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Grisélida - Charles Perrault

No lejos de los Alpes vivía un príncipe, joven y bravo, en quien la naturaleza había agotado sus dones, y de todos muy amado. Su instrucción era distinguida, su valor en la guerra le había ganado justa fama y su afición a las bellas artes era mucha. 

A fuerza de hombre de elevados sentimientos, deseaba realizar grandes proyectos y cuanto puede hacer digno a un príncipe de ocupar un puesto privilegiado en las páginas de la historia, distinción que se propuso merecer dedicándose con predilección a labrar la felicidad de su pueblo, por parecerle esta gloria más sólida que la que se conquista en los campos de batalla. 

Pero tenía el príncipe un defecto, cosa nada rara, pues la imperfección es difícil si no imposible. Y consistía en su monomanía contra las mujeres, porque en ellas solo veía engaño y perfidia. Otros tienen tal preocupación, necia y vulgar, que, por lo visto, también puede alcanzar a los grandes de la tierra. 

Por tal idea dominado hizo el propósito de permanecer soltero, con gran disgusto de sus súbditos, quienes, por lo demás, estaban de él muy contentos, pues empleaba la mañana en el despacho de los negocios del Estado, procurando administrar recta justicia, amparar a los débiles, a las viudas y a los huérfanos y disminuir los impuestos. La tarde la dedicaba a la caza.

Temerosos sus súbditos de que al morir tan buen príncipe no hubiese quien le sucediera en el trono, resolvieron enviarle una diputación para suplicarle que se casara. Buscóse el mejor de los oradores para que pronunciara el discurso. 

El elegido pasó muchos días estudiando lo que había de decir al príncipe, y, por último, le soltó la arenga delante de los comisionados, pronunciándola con aire grave y diciéndole, en resumen, que la felicidad del Estado exigía que contrajera matrimonio.

El príncipe contestó:

—Vuestras palabras patentizan vuestro afecto, y deseo complaceros; pero debéis tener presente que el matrimonio es asunto delicado, pues muchas jóvenes, modestas, pudorosas y buenas al lado de sus padres, se transforman una vez casadas, y se convierten en malas cualidades las que antes eran excelentes. La cándida se trueca en coqueta, la prudente en alborotadora, la que era alegría de su casa en infierno de la del marido; la económica en derrochadora, la modesta en imperiosa, y la que no osaba levantar la voz en el hogar paterno, quiere mandar en absoluto en el del esposo. Me espantan tales defectos; pero como quiero contentaros, buscad una joven beldad sin orgullo, sin vanidad, obediente, que no tenga más voluntad que la de su marido, y cuando hayáis dado con ella, será mi esposa.

Dada la respuesta, el príncipe montó a caballo, y a escape dirigiose en busca de su traílla, que se había adelantado y le esperaba en la llanura. En cuanto llegó, soltáronse los perros, resonaron las trompas y comenzó la cacería, ganándoles a todos en ardor; y tanto fue este y tanto se alejó de su comitiva, que al detener el caballo cubierto de sudor después de una vertiginosa carrera, observó que estaba solo y que no oía los ladridos de los perros ni los ecos de las trompas.

Hallóse en un sitio encantador, donde los arroyuelos murmuraban, las flores del prado perfumaban el ambiente y los verdes árboles daban fresca sombra; y mientras estaba extasiado en la contemplación de la naturaleza, apareció a su vista una joven; y tal efecto le produjo, que creyó eran los ojos del corazón los que la miraban, no los del cuerpo. 

La joven era una pastora que estaba apacentando su rebaño y mientras tanto hilaba a orillas de un arroyo. Su tez era blanca, sus mejillas recordaban las rosas, sus labios el clavel, sus ojos el azul del cielo y su mirada la luz de las estrellas.

El príncipe no se cansaba de mirarla; dirigióse hacia ella, y como al ruido levantase la cabeza y le viera, de tal manera tiñóse de grana su rostro, que el príncipe creyó que aquel día la aurora se había asomado dos veces al horizonte. 

Debajo de su rubor el príncipe descubrió una sencillez, una dulzura, una sinceridad de que había creído incapaz al bello sexo, y presa de una emoción por él hasta entonces desconocida, se acercó con timidez a la pastora y le dijo:

—He perdido de vista a mis compañeros. ¿Podríais decirme si la cacería ha pasado por aquí?

—No, señor —contestó la joven—; pero os enseñaré un camino que os llevará al lado de vuestros amigos.

—Gracias, bella joven —añadió el príncipe—. Muchas veces he estado en estos lugares, pero hasta ahora no he sabido ver lo más precioso que hay en ellos.

Al decir estas palabras, inclinóse para beber en el arroyo y apagar la ardiente sed que le devoraba.

—Esperad un momento —añadió ella.

Saltando como un jilguero, fue a su cabaña y volvió con la sonrisa en los labios ofreciendo al príncipe un vaso que, con ser de barro, parecióle más precioso que los de oro y plata. Luego de haber bebido guióle la pastora a través del bosque, fijándose el príncipe en el sitio por donde pasaban, porque deseaba ver de nuevo a la joven. 

Por último, descubrieron la llanura y a lo lejos el palacio del príncipe, quien se separó de la pastora no sin tristeza; y en ella pensando, a paso lento se encaminó a su suntuosa morada. Tan grabada tenía su imagen en su corazón, que al día siguiente salió a cazar más temprano que de costumbre, y guiándose por sus recuerdos, dio con el arroyo, con el rebaño y con la pastora.

Trabó conversación con ella y supo que era huérfana de madre y vivía con su padre, siendo su nombre Grisélida. De los frutos de la tierra se alimentaban y de la leche de las ovejas, cuya lana hilaba, tejiéndose los vestidos sin recurrir para nada a la ciudad. 

A medida que oía a la joven, la llama del amor iba en aumento en el corazón del príncipe, porque se le aparecían las bellezas del alma de la pastora. Con sentimiento despidióse de ella, y al llegar a su palacio mandó reunir su consejo y le dijo:

—Mis pueblos quieren que me case, y accediendo a sus deseos, he buscado la mujer que ha de compartir conmigo el trono. Entre vosotros la he hallado y es hermosa, prudente y honesta. Al elegirla de este país, he hecho lo que mis antepasados muchas veces hicieron. No os diré quién es la preferida hasta el día de la boda.

La noticia cundió con tanta rapidez que al poco rato no hubo quien la ignorara, siendo general la alegría y grande la satisfacción del orador que había expuesto al príncipe la conveniencia de casarse, pues atribuía únicamente a su discurso el mérito de la resolución. 

Cada joven creyó que ella era la elegida y todas se vistieron con coquetería, hablaron con melindre y se peinaron con esmero. Comenzaron los preparativos para los festejos públicos; se levantaron arcos, se construyeron preciosos carros triunfales, se prepararon castillos de fuegos artificiales y se anunciaron funciones gratuitas.

Por fin llegó el tan esperado día de las bodas, y antes de amanecer ya estaba todo el mundo levantado, en particular las jóvenes casaderas, que esperaban la llegada del mensajero que debía pronunciar el nombre de la elegida. El pueblo lanzóse a la calle, donde los soldados mantenían la circulación. 

Resonaron músicas, clarines y tambores en el palacio, y por último salió el príncipe rodeado de su corte, siendo acogido por entusiastas aclamaciones. Siguiéronle todos con la mirada, y general fue la sorpresa al verle salir de la ciudad y dirigirse al vecino bosque como tenía por costumbre todos los días. La alegría trocóse en desencanto, pues el pueblo supuso que, dominado por su pasión por la caza, había dado al olvido la boda.

La sorpresa de la corte no era menor que la del pueblo, y fue en aumento cuando el príncipe se internó en lo más profundo del bosque. Al llegar delante de la cabaña de la pastora, se detuvo. En aquel entonces salía Grisélida con un vestido nuevo, pues hasta ella había llegado la noticia del casamiento y quería ir a la ciudad para ver los festejos.

—¿A dónde vais? —le preguntó el príncipe con amoroso y dulce acento, mirándola tiernamente—. No apresuréis el paso, pues la boda no puede realizarse sin vos. Yo soy el príncipe y os he elegido entre todas las bellezas de este país para pasar con vos el resto de mis días, si mi corazón halla correspondencia en el vuestro.

Llena de asombro y dominada por la emoción, la pastora balbuceó:

—¡Ah, señor, cómo he de creer que sea cierto lo que decís, si soy una humilde campesina!

—Pero reináis en mi corazón. Vuestro padre, a quien he hablado, consiente en que seáis mi esposa, y para la boda solo falta vuestro consentimiento. Deseoso de que la tranquilidad impere en mi hogar, os ruego juréis que nunca tendréis otra voluntad que la mía.

—Lo prometo y lo juro —contestó ella—. Aunque me hubiese casado con el último aldeano, su yugo me sería dulce y en todo le obedeciera. ¡Cuánta no será mi obediencia si hallo en vos mi señor y mi esposo!

La corte aplaudió la elección. Las señoras que formaban parte de la comitiva entraron con Grisélida en la cabaña y le pusieron los vestidos que llevan las novias de los reyes; y todas se esmeraron en su obra, admirando mientras tanto el aseo de aquella pobre morada, que se cobijaba a la sombra de un plátano y parecía una mansión llena de encantos.

Al aparecer Grisélida, todos aplaudieron y celebraron su belleza realzada por el rico traje; pero el príncipe casi casi hubiera preferido verla con los sencillos vestidos de pastora. Los novios tomaron asiento en un soberbio carro de oro y de marfil y el príncipe mostróse más orgulloso al lado de Grisélida que cuando hacía su entrada triunfal después de haber obtenido una victoria. 

Seguidos de la corte se pusieron en marcha, y antes de llegar a la ciudad encontraron a todos sus habitantes que se habían esparramado por la llanura esperando con impaciencia el regreso. El carro rodaba con dificultad por entre la inmensa muchedumbre, que en cuanto pasaban los novios se unía a la comitiva que avanzaba en medio de incesantes aclamaciones, tan ruidosas que muchas veces llegaron a espantar a los caballos.

Celebrada la boda fueron a palacio y comenzaron las fiestas, tan magníficas que de otras iguales no había memoria. Grisélida, rodeada de sus damas, hablaba sin orgullo, pero como si hubiese nacido princesa; y en todo demostró tanta circunspección que no hubo quien no la admirara. 

Ajustó sus maneras a las de la corte, procuró estudiar el carácter de cuantos la rodeaban, y al poco tiempo los gobernaba con la misma facilidad que antes guiaba su rebaño.

Antes de terminar el año, el cielo bendijo su unión y nació una princesa. Hubieran preferido sus padres un varón, pero tantos eran los encantos de la niña que en ella concentraron todo su cariño. El príncipe no se cansaba de mirarla y la madre no apartaba de ella los ojos. Grisélida empeñóse en ser su nodriza, diciendo que nadie como ella criaría a su hija.

Fuese que su pasión hubiese disminuido o que la mala idea que antes se tenía formada de las mujeres se hubiese renovado, creyó el príncipe que había poca sinceridad en las palabras y en los actos de su esposa, y comenzó a observarla primero, a vigilarla después, a contrariarla luego; acabando por mostrarse tan extremado que no la permitió salir del palacio ni consintió que tomase parte en los placeres de la corte. 

Como si esto no fuera bastante, la tuvo encerrada en su aposento, mostrándose desconfiado hasta de la luz del día, que solo consintió entrara a medias; y, por último, pidióle de una manera brusca que le entregara todas las joyas que como prueba de amor le había regalado el día de su boda para que no realzara con adornos su natural belleza. 

Grisélida se las dio con el mismo placer con que las había recibido, porque se dijo que entonces, como ahora, complacía a su marido, cuya voluntad debía ser suya.

—Mi esposo y señor —pensó—, me mortifica por ponerme a prueba, y hace bien, puesto que en medio de los placeres podría debilitarse mi virtud. Si tal no es el propósito de mi marido, bendito sea Dios que prueba mi constancia y mi fe, a cuya suprema bondad soy deudora de que por medio de tantas contrariedades quiera corregir mis defectos. Bendito sea ese rigor, que por más que me haga sufrir es tan provechoso; y bendita sea la bondad paternal de Dios y la mano de que se sirve para mi salvación.

A pesar de que Grisélida obedecía sin replicar todas las órdenes del príncipe, este se decía: «Su virtud es fingida y su hipócrita resignación se debe a que no la he herido en lo que ama. Su hija ha de vencerla».

Entró en su cámara y hallóla que estaba jugando con la princesita después de haberla amamantado.

—Mucho la amas —murmuró su marido—, pero es necesario que te separes de ella porque quiero que desde la más tierna edad se formen sus costumbres y, además, preservarla de ciertos defectos que a tu lado podría adquirir. Su buena suerte ha querido que encontrase una dama de talento que sabrá infundir en su alma todas las virtudes y darle la educación que corresponde a una princesa. Por lo tanto disponte a separarte de tu hija, pues en breve vendrán por ella.

Pronunciadas estas palabras salió el príncipe de la estancia, pues no tuvo el corazón bastante duro para presenciar el cumplimiento de sus órdenes y ver cómo arrebataban la única prenda de su amor a Grisélida, que llorando y abatida esperó el fatal momento. Cuando apareció la persona encargada de dar cumplimiento al mandato del príncipe, la infeliz madre murmuró:

—Es necesario obedecer.

Abrazó a su hija; pareció querer devorarla con la mirada, besóla con la efusión del cariño maternal y llorando a mares se separó de ella.

Cerca de la ciudad había un monasterio famoso por su antigüedad, habitado por monjas sujetas a una regla austera y regidas por una abadesa ilustre por su piedad. Allí fue llevada la niña sin declarar su nombre ni cuna; si bien algunas preciosas alhajas que se le hallaron, indicaron que no quedarían sin recompensa los cuidados que se le prodigaran. 

El príncipe se entregó con más ardor que antes a los violentos ejercicios de la caza para ahogar la voz de su conciencia, que le reprendía su crueldad, y cuando volvió a presentarse delante de su esposa lo hizo con el recelo del que va a hallarse enfrente de una fiera a la que ha arrebatado sus pequeñuelos; pero Grisélida le recibió con la misma ternura y tuvo para él sonrisas tan dulces como en los mejores días de su felicidad. 

Tal proceder conmovióle, mas logró la desconfianza dominarle; y dos días después, queriendo sujetar a su esposa a más rudas pruebas, le dijo con fingido sentimiento que su hija había muerto.

Tan funesto fue el efecto producido por la terrible nueva, que el príncipe sintió por un instante el vehemente deseo de poner término al dolor de Grisélida diciéndole que la noticia era inexacta; pero siempre desconfiado, quedaron vencidos los nobles ímpetus de su corazón. La infeliz princesa procuró hacerse superior a sus penas y mostrarse cada vez más amante con su marido.

Quince años transcurrieron sin que nada turbase la paz perfecta en que vivían, mostrándose ambos igualmente cariñosos, luego si alguna vez el príncipe la contrariaba era para mostrarse después más enamorado; y mientras tanto creció la joven princesa, hermosa, reflexiva, dulce, candorosa, vivo retrato de su encantadora madre, a cuyas cualidades reunía las nobles de su ilustre padre. 

Viola por casualidad un joven cortesano, de alta prosapia, superando a la cuna la belleza y los dotes, y de ella enamoróse locamente. Adivinó la princesa el amor que inspiraba, y transcurrido algún tiempo, también ella acabó por enamorarse. Quiso la casualidad que el príncipe hubiese fijado la atención en el joven y deseara casarlo con su hija; pero siempre desconfiado, se propuso ponerle a prueba y discurrió de la siguiente manera:

—Quiero hacerles dichosos casándoles, pero antes es necesario que la zozobra y el temor les hagan apreciar en todo su valor su felicidad. Al mismo tiempo realzaré por medio de la piedra de toque del sufrimiento la paciencia de mi esposa, no ya, como hasta el presente, para tranquilizar mi loca desconfianza, puesto que no me es posible dudar de su amor, sino para que su bondad, su dulzura, su admirable prudencia brillen a los ojos de todo el mundo y todos la respeten al admirar sus nobles y extraordinarias cualidades.

Inmediatamente manifestó a la corte que habiendo muerto la hija nacida de su matrimonio, que calificó de loco, y no teniendo, por lo tanto, sucesión, quería tomar esposa de ilustre cuna para asegurar un sucesor al Estado, añadiendo que la futura princesa había sido educada en un convento.

Terrible fue la nueva para los jóvenes amantes. El príncipe dijo acto seguido a Grisélida que era necesaria la separación para evitar mayores desgracias, pues indignado el pueblo de su humilde cuna le obligaba a contraer más ilustre alianza.

—Es necesario —añadió el príncipe— que volváis a vuestra cabaña, vistiendo antes las ropas de pastora que he mandado prepararos.

La princesa oyó pronunciar su sentencia procurando mostrarse resignada y sin despegar los labios para quejarse; y si bien hizo grandes esfuerzos para que su rostro permaneciese tranquilo, no pudo impedir que gruesas lágrimas rodasen por sus mejillas.

—Sois mi marido y señor —le dijo lanzando un suspiro y próxima a desmayarse—, y por terribles que sean vuestras palabras, he de demostraros que nada me es tan querido como la obediencia cuando de vuestras órdenes se trata.

Inmediatamente después retiróse a sus habitaciones, y despojándose de sus ricos trajes, con la frente serena y sin murmurar, volvió a vestir el de pastora. Luego dijo al príncipe:

—No puedo alejarme de vuestro lado sin que me perdonéis por no haber sabido satisfacer todos vuestros deseos. Nada me importa la miseria, pero no puedo acostumbrarme a la idea de vuestro desprecio. Perdonadme y viviré contenta en mi pobre cabaña, sin que jamás disminuyan el respeto y el amor que os profeso.

Tanta sumisión y grandeza de alma reveladas debajo de un humilde traje, impresionaron con fuerza al príncipe, que sintiendo avivarse la llama de su pasión tan fuerte como en los primeros días, dio un paso para abrazar a Grisélida; pero se contuvo deseoso de no ceder hasta el último momento, y contestó con acento duro:

—He dado al olvido lo pasado. No me disgusta vuestro arrepentimiento. Podéis iros.

Fuese Grisélida, apoyada en el brazo de su padre, que también había vuelto a tomar sus humildes vestidos, derramando ambos en silencio amargas lágrimas.

—Volvamos a nuestra cabaña —le dijo Grisélida—, y abandonemos sin pesar la pompa de los palacios. No hay tanta magnificencia en nuestra pobre morada, pero en cambio nos brinda la tranquilidad y la paz.
 
Apenas hubo llegado a la casita donde nació, volvió a hilar y a apacentar su rebaño, sentándose a orillas del arroyo donde por primera vez la había visto el príncipe. Con frecuencia levantaba los ojos al cielo para pedirle que colmara de dichas, riquezas y gloria a su esposo. El príncipe mandó llamarla y le dijo:

—Grisélida: quiero que la princesa con quien me caso esté contenta de vos y de mí. Mañana es la boda y os ordeno que me ayudéis para que nada turbe su alegría y sepa cuáles son mis deseos a fin de que pueda complacerme. Dispondréis sus habitaciones, teniendo en cuenta que se trata de una joven princesa a la que amo tiernamente; y para que os convenzáis de que es digna de mi cariño, quiero que la admiréis.

Vio Grisélida a la joven y parecióle que veía a la aurora, sintiendo su corazón afectos tan dulces como inexplicables. Al ver aquel hermoso rostro recordó los días felices que ya habían pasado, y murmuró:

—Si mi hija no hubiese muerto sería tan bella como ella y tendría su edad.

Este recuerdo de madre despertó en su pecho tal amor por la joven, que dijo al príncipe con acento conmovido:

—Permitidme, señor, os indique que esta encantadora princesa que va a ser vuestra esposa, educada en medio de todos los regalos, no podrá vivir a vuestro lado como yo he vivido, sin que la muerte ponga término a vuestra felicidad. Nacida en humilde cuna, todo lo he sufrido; pero una palabra dura o seca a ella la mataría.

—Cuidad de lo que os importa —le contestó el príncipe con rudeza—, y cumplid mis órdenes. No consiento que una pastora me recuerde mis deberes.

A estas palabras Grisélida bajó los ojos sin pronunciar palabra.

Invitada la corte a la boda, todas las damas y todos los caballeros se reunieron en un magnífico salón. Presentóse el príncipe, y les dijo:

—Muy engañadora es la esperanza, pero aún lo es más la apariencia, y si alguien lo duda pronto se convencerá de cuán cierto es lo que digo. Todos estáis convencidos de que rebosa contento el corazón de la joven princesa que va a ser mi esposa. Apariencia engañadora. Creéis que este joven, valiente en batallas, de ilustre estirpe, ve con satisfacción la boda de su príncipe. Apariencia engañadora. Suponéis que Grisélida llora en estos momentos presa de la mayor desesperación. Apariencia engañadora también, pues Grisélida inclina la cabeza ante la voluntad de su señor y nada ha podido agotar su paciencia. Por último, no hay entre vosotros quien no tenga la íntima convicción de que esta boda ha de ser el remate de mi felicidad. Otra apariencia engañadora. Difícil os parecerá el enigma, pero pronto lo comprenderéis. Sabed que la encantadora princesa es mi hija y la doy en matrimonio a este joven caballero que la ama entrañablemente y cuyo amor es correspondido; sabed también que, conmovido por la paciencia y cariño de la fiel esposa a quien he arrojado indignamente de este palacio, le abro mis brazos y mi corazón con el propósito de hacerla olvidar con mi ternura cuantas penas le ha ocasionado mi carácter receloso; y si mucho estudio puse en disgustarla para someterla a continuas y difíciles pruebas, mayor será mi afán por hacerla feliz. Si las generaciones venideras recuerdan los sufrimientos, que no lograron abatir su corazón, también recordarán su virtud.

Estas palabras devolvieron la alegría a algunos semblantes velados por la tristeza. La joven princesa, loca de contento al saber quién era su padre, arrojóse a sus pies; y el príncipe la obligó a levantarse, la abrazó, cubrióla de besos y luego la llevó a su madre, que creyó morir de alegría; pues aquel corazón que no se había rendido a tantas penas, difícilmente pudo soportar tan extremado júbilo al ver llena de vida a su hija querida, a la que no había cesado de llorar creéndola muerta.

—Tiempo te quedará —le dijo el príncipe—, para dar expansión a los sentimientos de tu alma. Ahora ponte los vestidos que tu rango exige y vamos a celebrar las bodas de nuestra hija.

Celebrado inmediatamente el matrimonio de los jóvenes novios, las fiestas se sucedieron a cuál más espléndidas; y en la ciudad y en la corte solo se habló durante mucho tiempo de la paciencia y de la virtud de Grisélida, que sin cesar había resistido tan duras pruebas, mereciendo los elogios y la admiración de todos.

Pulgarcito - Charles Perrault

Había una vez un leñador y su esposa, quienes tenían siete hijos, todos varones. El mayor apenas era un adolescente y el menor rondaba los siete años.

Ellos eran muy pobres, y sus siete hijos eran una gran fuente de problemas porque ninguno podía aún ganarse su pan. Y lo que les causaba más dificultad era que el menor era muy delicado, y difícilmente pronunciaba una palabra, lo que hacía que la gente tomara por estupidez cualquier cosa que dijera con buen sentido. Él era pequeñito, y cuando nació no era más grande que el dedo pulgar; por eso lo llamaron "Pulgarcito".

El pobre niño era el menospreciado de la familia, y siempre lo hacían a un lado. Él era, sin embargo, el más brillante y discreto de los hermanos, y si hablaba poco, oía y pensaba mucho más.

Y vino un año muy malo, y la hambruna fue tan grande para esta pobre gente, que no sabían que hacer con los chicos. Un atardecer, cuando ya ellos estaban en cama, y el leñador estaba sentado con su esposa junto a la chimenea, él le dijo, con su corazón a punto de explotar de pesar:

-"Bien sabes plenamente que no estamos en condiciones de seguir dándole alimento a nuestros hijos, y no soportaría verlos a ellos morir de hambre ante mis ojos, por lo que he resuelto perderlos en el bosque mañana, lo cual es muy fácil de hacer. Cuando estén atando los grupos de leña, nosotros sólo tendremos que correr sigilosamente y abandonarlos sin que nos vean."-

-"¡Oh no!"- gritó su esposa, -"¿Serías realmente capaz de llevarte a los chicos y perderlos?"-

En vano su esposo le presentó su situación de gran pobreza, ella no lo consentía. Ella era muy pobre, pero era su madre.

Sin embargo, habiendo considerado el inmenso pesar que sería para ella verlos morir de hambre en su presencia, ella consintió, y se fue llorando a su cama.

Pulgarcito, que estaba despierto, escuchó todo lo que conversaron, pues oyendo que hablaban de planes futuros, se levantó suavemente y se deslizó debajo del asiento de su padre, de modo que pudo oír sin que lo vieran. Luego volvió a su cama de nuevo, pero esa noche no durmió ni un instante, pensando en qué tendría que hacer. Esa mañana, él se levantó temprano, y se dirigió a la orilla del riachuelo, donde llenó sus bolsillos de pequeñas piedrecillas blancas, y regresó a casa. 

Pulgarcito nunca le contó a sus hermanos una palabra de lo que sabía. Más tarde todos salieron, y fueron a una tupida selva, donde no podían verse unos a otros ni a diez metros de distancia. El leñador comenzó a cortar madera, y los chicos a juntar los palos para hacer gavillas. Su padre y su madre, viéndolos bien ocupados en su labor, se alejaron de ellos silenciosamente y corrieron tan rápido como podían por un ventoso sendero. 

Cuando los muchachos se dieron cuenta de que estaban solos, comenzaron a gritar lo más fuerte que podían. Pulgarcito los dejaba gritar, sabiendo muy bien cómo regresar a casa de nuevo, ya que cuando venían hacia el bosque, había dejado caer a lo largo del camino las piedritas blancas que traía en su bolso. Entonces él les dijo:

-"No teman, hermanos, nuestro padre y madre nos han dejado aquí, pero yo los llevaré de nuevo a casa. Solamente síganme."-

Ellos lo siguieron, y los llevó a casa por el mismo camino por donde entraron a la floresta. Ellos no se atrevían a ingresar a la casa, sino que se quedaron afuera de la puerta para escuchar lo que sus padres pudieran comentar.

En el mismo momento que el leñador y su esposa llegaban a casa, el señor del feudo les enviaba a ellos diez coronas, que hacía tiempo le debía, y las cuales él pensaba que no volvería a ver. Esto les dio a ellos nueva vida, ya que la pobre gente se estaba muriendo de hambre. El leñador envió a su esposa donde el carnicero inmediatamente. Y como ya hacía rato que no probaban bocado, ella compró el triple de carne necesaria para una cena de dos personas. Cuando ya habían comido, la mujer dijo:

-"¡Dios mío!, ¿dónde estarán nuestros pobres niños ahora?, bien pudieran haber hecho una buena fiesta de todo lo que dejamos aquí. Fuiste tú, Guillermo, quien quisiste que se perdieran. Te dije que nos arrepentiríamos de eso. ¿Qué estarán haciendo ahora en la selva? ¡Oh, no! quizás los lobos ya los devoraron. Fuiste muy inhumano por haber perdido a los chicos."-

El leñador se llenó de total impaciencia, ya que ella repitió veinte veces que él se arrepentiría de esa acción, y que ella estaba en lo correcto. Él le pidió que dejara de hablar. El leñador estaba, quizás, más dolido que su esposa, pero ella lo importunaba tanto que no podía soportarla. Ella lloró amargamente, diciendo:

-"¡Dios mío! ¿Dónde están mis muchachos ahora, mis pobres muchachos? "-

Y una vez ella dijo eso tan alto, que los chicos que estaban tras la puerta, lo oyeron y gritaron a coro:

-"¡Aquí estamos! ¡Aquí estamos!"-

Ella corrió inmediatamente y los metió a la casa, y abrazándolos dijo:

-"Qué feliz me siento de verlos de nuevo, mis queridos muchachitos. Están muy cansados y hambrientos, y mi pobre Pedro, estás lleno de barro. Ven y déjame que te limpie."- 

Pedro era el mayor de ellos, a quien ella amaba más que al resto, porque él era pelirrojo, igual que ella.

Todos se sentaron a la mesa, y comieron con un apetito que deleitó tanto a padre y madre, a quienes les contaron lo asustados que estuvieron en el bosque, casi todos hablando al mismo tiempo. 

Y los padres estaban deleitados de ver a sus hijos una vez más. Y esta dicha perduró mientras las diez coronas se gastaban. Pero cuando ya se acabaron, ellos cayeron de nuevo en sus congojas, y decidieron volver a perder a los muchachos de nuevo. Y para estar bien seguros de hacerlo mejor, determinaron llevarlos a un lugar mucho más largo y a más profundidad dentro del bosque que antes. 

Ellos trataban de hablar de esto muy secretamente, pero fueron oídos otra vez por Pulgarcito, que trazó su plan para salir de la dificultad tal como lo había hecho la vez anterior. Pero a pesar de haberse levantado temprano para ir a recoger las piedritas, no pudo, pues las puertas estaban cerradas con doble tranca. En ese momento no supo que hacer. 

El padre les dio a cada uno un pedazo de pan para el desayuno. Pulgarcito percató que él podría usar el pan en lugar de las piedritas, tirándolo en migajas a lo largo del camino por donde deberían pasar, por lo que lo guardó en su bolso. Su padre y madre los llevaron a lo más denso y oscuro del bosque, y entonces, escapándoseles en un sendero, los dejaron allí.

Pulgarcito no se preocupó mucho por eso, ya que pensó que fácilmente encontraría la ruta de nuevo por medio de las migajas de pan que dejó caer a lo largo del recorrido. Pero se sorprendió mucho cuando no pudo encontrar ni una simple borona: los pájaros habían llegado y comido todo el pan. 

Ahora estaban en un grave problema, pues entre más intentaban salir, más profundamente se internaban en el bosque. Cayó la noche, y se levantó un fuerte viento, que los llenó de temor. Ellos se imaginaban que oían a cada lado a los lobos llegando a devorarlos. Ellos difícilmente se atrevían a hablar o voltear sus cabezas. Entonces llovió tan torrencialmente, que se empaparon hasta la piel. Sus pies resbalaban a cada paso, y caían en el barro, cubriendo sus manos con él, tanto que no sabían que hacer con ellas. 

 Pulgarcito escaló a lo alto de un árbol, para ver que descubría. Mirando alrededor,  vio una pequeña luz, como una candela, pero lejos, después del bosque. Bajó, y cuando estuvo en el suelo, no la pudo ver más, lo que lo puso muy triste. Sin embargo, habiendo caminado por un rato con sus hermanos en la dirección hacia la cual había visto la luz, él la descubrió de nuevo en cuanto salieron del bosque. 

Al fin llegaron a la casa donde brillaba la lucecita, no sin muchos temores, ya que a menudo la perdían de vista, lo que sucedía cada vez que llegaban a una depresión del terreno. Ellos tocaron a la puerta, y una buena mujer vino a abrirles.

Ella les preguntó que deseaban. Pulgarcito le dijo que eran muchachos pobres que se habían perdido en el bosque, y deseaban que por caridad les diera posada. La mujer, viéndolos a todos muy hermosos, comenzó a llorar y a decirles:

-"¡Por Dios!, pobres muchachos, ¿de dónde vienen?, ¿No saben que esta casa pertenece a un cruel ogro que come muchachos y niños?"-

-"¡Ay no!, querida señora "- contestó Pulgarcito, (a quien, junto con sus hermanos, le temblaban todos sus miembros), -"¿Qué debemos hacer? Los lobos del bosque con seguridad nos devorarán esta noche si usted no nos acoge en su casa. Así que preferiríamos que sea el caballero quien nos coma. Quizás él pueda tener piedad de nosotros si usted se lo implora"-

La esposa del ogro, que creía que podría ocultarlos de su esposo hasta la mañana, los dejó entrar, y los llevó a entibiarse a un buen fuego, ya que había un cordero entero asándose para la cena del ogro.

Cuando ellos comenzaban a entibiarse oyeron tres o cuatro golpes secos en la puerta. Era el ogro que había llegado a casa. Su esposa rápidamente los ocultó bajo la cama y fue a abrir la puerta. El ogro de inmediato preguntó si ya estaba lista la cena y el vino servido, y se sentó a la mesa. El cordero aún estaba crudo, pero así le gustaba más. El olió a derecha e izquierda, diciendo:

-"Me huele a carne fresca."-

-"Lo que te huele"- dijo su esposa, -"debe ser el ternero que acabo de matar y destazar."-

-"Me huele a carne fresca, te digo una vez más"- replicó el ogro, viendo fijamente a su esposa, -"y hay algo aquí que no comprendo."

Y pronunciando estas palabras se levantó de la mesa y se fue directamente a la cama.

-"Ah"- dijo mirando bajo la cama, -"así es cómo me engañas. No sé por qué no te he comido. Es bueno para ti que seas tan dura de carnes. Aquí está el producto de la caza, que llega muy a tiempo para entretener a tres ogros conocidos que vendrán a visitarme en uno o dos días."- 

Él los fue sacando uno a uno de debajo de la cama. Los pobres chicos cayeron sobre sus rodillas implorando perdón, pero estaban tratando con uno de los más crueles ogros, quien, lejos de tener piedad de ellos, ya los estaba devorando mentalmente, y le dijo a su esposa que ellos serían una comida delicada cuando ella haya cocinado una buena salsa.

Entonces tomó un gran cuchillo, y acercándose a los pobres chicos, lo afiló con una gran piedra de afilar que sostenía en su mano izquierda. Y ya había colgado a uno de ellos por los pies cuando su esposa le dijo:

-"¿Qué necesidad tienes de hacer eso ahora? ¿No tendrás bastante tiempo mañana?"-

-"Déjate de habladurías"- dijo el ogro, -"mis amigos comerán el más tierno"-

-"Pero tienes mucha carne ya lista"- replicó su esposa, -" hay un ternero, dos ovejas, y medio cerdo."-

-"Es cierto" dijo el ogro, -"dale a estos chicos una buena cena, para que no estén tan delgados, y ponlos en la cama"-

La buena mujer estaba muy contenta por ello, y les sirvió una buena cena. Pero ellos estaban tan asustados que no pudieron comer. 

Y en cuanto al ogro, se sentó de nuevo a beber, sintiéndose todo complacido de contar con qué atender a sus amigos. Bebió una docena de vasos de vino más que de costumbre, que se le subieron a la cabeza y lo obligaron a ir a la cama.

El ogro tenía siete hijas, que estaban aún jovencitas. Estas jóvenes ogresas tenían todas muy fina tez, pero todas ellas tenían pequeños ojos grises, cara redonda, nariz aguileña, una gran boca, y muy grandes y afilados dientes. Aún no eran malvadas, pero iban en camino a serlo, pues ya habían comido a pequeños niños.

Su madre ya las había acostado, a todas las siete en una misma cama, y cada una con una corona de oro sobre su cabeza. Había en la habitación otra cama del mismo tamaño, y la esposa del ogro puso a los siete muchachitos en esa cama, y luego ella misma fue a su cama.

Pulgarcito, que había observado que las hijas del ogro tenían coronas de oro sobre sus cabezas, y que estaba temeroso de que el ogro los fuera a matar esa noche, se levantó a medianoche, y tomando las gorritas de sus hermanos y la propia, fue sigilosamente donde las hijas,  y quitándole  sus coronas, les colocó las gorritas de ellos, y a sus hermanos y a él mismo, colocó las coronas de oro, de modo que el ogro los tomara a ellos como sus hijas, y a sus hijas como si fueran ellos, a quienes quería matar.

Las cosas salieron tal como las pensó, ya que el ogro, desvelándose a media noche, le incomodaba que hubiera pospuesto para la mañana lo que él pudo haber hecho temprano esa  noche, y saltó ligero de la cama y tomó su gran cuchillo.

-"Veamos"- dijo, -"cómo funcionan nuestros bribones, y no tenga así que repetir el trabajo"-

Él subió las gradas, y andando a tientas todo el camino, llegó al dormitorio de las hijas, y acercándose a la cama donde estaban los muchachos bien dormidos, menos Pulgarcito, quien se puso terriblemente asustado cuando el ogro pasó su mano sobre su cabeza, tal como lo había hecho con sus hermanos. El ogro sintió las coronas de oro y dijo:

-"Tengo que hacer un fino trabajo con todo esto, aunque cierto, bebí demasiado anoche."-

Entonces se dirigió a la cama donde dormían sus hijas, y sintiendo en sus cabezas los gorros de los chicos, dijo:

-"¡Ah!, mis queridos mozos, ¿están aquí?, vamos a trabajar descaradamente."-

Y diciendo esas palabras, sin mayor dificultad, cruelmente mató a sus siete hijas. Y bien satisfecho con lo que había hecho, regresó a su cama.

En cuanto Pulgarcito escuchó al ogro roncar, despertó a sus hermanos, y les pidió que se pusieran sus vestidos rápidamente y lo siguieran. Llegaron silenciosamente al jardín y escalaron el muro. Ellos corrieron rápido, toda la noche, temblando todo el tiempo, sin saber hacia donde dirigirse.

El ogro, cuando despertó, dijo a su esposa:

-"Ve arriba y viste a esos traviesos que llegaron anoche."-

La ogresa estaba sorprendida de aquella bondad de su esposo, sin imaginar de que manera los iba a vestir, y pensando solamente que él le había ordenado ir arriba y vestirlos, ella fue. Pero se horrorizó cuando se dio cuenta de que sus siete hijas estaban muertas.

Ahí mismo ella se desmayó, lo que sería natural en tal caso. El ogro, extrañado de que su esposa tardara tanto en hacer lo ordenado, subió para ayudarle. Él no fue menos sorprendido que su esposa ante aquel escalofriante espectáculo.

-"¡Oh! ¿Pero que he hecho?"- gritaba, -"¡Esos desgraciados pagarán por esto, e inmediatamente!"-

Él tiró un tarro de agua sobre la cara de su esposa desmayada, y volviéndola en sí, gritó:

-"¡Tráeme rápido mis botas de siete leguas, pues iré a capturarlos!"-

Salió entonces al campo, y después de correr en todas direcciones, llegó al fin al camino principal por donde estaban los muchachos, y a no más de cien pasos de la casa de sus padres. Ellos vigilaron al ogro, quien caminaba en un solo paso montaña tras montaña, y pasaba sobre anchos ríos como si fueran riachuelos. Pulgarcito, viendo un hueco en una roca cercana, escondió a sus hermanos allí, y metiéndose él también, esperaban a ver que llegaría a ser del ogro.

El ogro, que se sentía agotado con su largo e infructuoso viaje, (ya que esas botas de siete leguas exigían mucho esfuerzo a su usuario), tenía una gran necesidad de descansar, y por casualidad, se fue a sentar sobre la roca donde se habían escondido los muchachos. Y como estaba desgastado por la fatiga, quedó dormido, y al cabo de un rato empezó a roncar tan horriblemente que los pobres muchachos no estaban menos asustados que cuando tomó el cuchillo y estaba a punto de quitarles la vida. Pulgarcito no estaba tan asustado como sus hermanos, y les dijo que debían correr de una vez hacia la casa mientras el ogro dormía profundamente y que no se preocuparan por él. Ellos siguieron lo aconsejado y corrieron de inmediato hacia la casa.

Pulgarcito se acercó entonces al ogro, y suavemente le quitó las botas, y se las puso él mismo sobre sus pies. Las botas eran grandes, pero como eran botas fantásticas, tenían el don de hacerse grandes o pequeñas, de acuerdo a las piernas de quien las usara, de modo que le calzaron al pie y a la pierna como si hubieran sido hechas a la medida para él. Se dirigió entonces directamente a la casa del ogro, donde encontró a la esposa llorando amargamente por la pérdida de sus hijas asesinadas.

-"Su esposo"- dijo Pulgarcito, -"está en grave peligro, ya que ha sido capturado por una banda de ladrones, que han amenazado con matarlo si él no les entrega todo su oro y plata. Y en el  momento en que le tenían puestas sus dagas en la garganta, logró verme y me rogó que viniera y le contara a usted la condición en que se encontraba, y le dijera que me diera todo lo que tuviera de valor, sin retener una sola cosa, pues si no lo matarían sin misericordia. Y como la amenaza iba en serio, me dijo que usara las botas de siete leguas, que puede ver que llevo puestas, de modo que yo pudiera venir rápido y que así le demostraría que no es una imposición de mi parte."- 

La buena mujer, quedando grandemente atemorizada, le dio todo lo que tenía, ya que el ogro aunque comía niños, era un buen esposo. Pulgarcito, teniendo ya toda la fortuna del ogro, llegó con sus hermanos a la casa de sus padres, donde fue recibido con inmensa dicha.

Hay mucha gente que no está de acuerdo con el relato de esta acción de Pulgarcito, y suponen que él nunca le quitó del todo la fortuna al ogro, y que solamente pensó que sería de suficiente justicia tomar las botas de siete leguas, porque él las usaba únicamente para perseguir niños. 

Estos folkloristas  afirman estar muy seguros de eso, porque dicen que han comido y bebido a menudo en la casa del leñador. Ellos declaran que cuando Pulgarcito tomó las botas del ogro, fue a la Corte, donde se enteró de que había problemas en cierto ejército, que se encontraba a doscientas leguas de allí, y que estaban ansiosos por saber del éxito de la batalla. Él fue, dicen ellos, a donde el rey, y le dijo que si quería, el podría traerle noticias al respecto antes del anochecer.

El rey le prometió una gran cantidad de dinero si tenía éxito. Pulgarcito regresó esa misma noche con las noticias, y esta primera expedición causó que fuera conocido, y ganó tanto dinero como quiso, ya que el rey le pagaba muy bien por llevar sus órdenes al ejército. Muchas damas lo contrataban para enviar sus mensajes, con quienes ganó mucho dinero también. Después de algún tiempo de llevar el negocio de mensajero y ganar con ello una gran fortuna, fue a casa de sus padres, y es imposible expresar la felicidad de su familia. Él colocó a todos sus hermanos en circunstancias muy confortables, compró propiedades para sus padres y hermanos, y con eso los asentó muy firmemente en el mundo, mientras que él continuó su camino exitosamente.

La bella durmiente del bosque - Charles Perrault

Había una vez un rey y una reina que estaban tan afligidos por no tener hijos, tan afligidos que no hay palabras para expresarlo. Fueron a todas las aguas termales del mundo; votos, peregrinaciones, pequeñas devociones, todo se ensayó sin resultado.

Al fin, sin embargo, la reina quedó encinta y dio a luz una hija. Se hizo un hermoso bautizo; fueron madrinas de la princesita todas las hadas que pudieron encontrarse en la región (eran siete) para que cada una de ellas, al concederle un don, como era la costumbre de las hadas en aquel tiempo, colmara a la princesa de todas las perfecciones imaginables.

Después de las ceremonias del bautizo, todos los invitados volvieron al palacio del rey, donde había un gran festín para las hadas. Delante de cada una de ellas habían colocado un magnífico juego de cubiertos en un estuche de oro macizo, donde había una cuchara, un tenedor y un cuchillo de oro fino, adornado con diamantes y rubíes. Cuando cada cual se estaba sentando a la mesa, vieron entrar a una hada muy vieja que no había sido invitada porque hacia más de cincuenta años que no salía de una torre y la creían muerta o hechizada.

El rey le hizo poner un cubierto, pero no había forma de darle un estuche de oro macizo como a las otras, pues sólo se habían mandado a hacer siete, para las siete hadas. La vieja creyó que la despreciaban y murmuró entre dientes algunas amenazas. Una de las hadas jóvenes que se hallaba cerca la escuchó y pensando que pudiera hacerle algún don enojoso a la princesita, fue, apenas se levantaron de la mesa, a esconderse tras la cortina, a fin de hablar la última y poder así reparar en lo posible el mal que la vieja hubiese hecho.

Entretanto, las hadas comenzaron a conceder sus dones a la princesita. La primera le otorgó el don de ser la persona más bella del mundo, la siguiente el de tener el alma de un ángel, la tercera el de poseer una gracia admirable en todo lo que hiciera, la cuarta el de bailar a las mil maravillas, la quinta el de cantar como un ruiseñor, y la sexta el de tocar toda clase de instrumentos musicales a la perfección. Llegado el turno de la vieja hada, ésta dijo, meneando la cabeza, más por despecho que por vejez, que la princesa se pincharía la mano con un huso, lo que le causaría la muerte.

Este don terrible hizo temblar a todos los asistentes y no hubo nadie que no llorara. En ese momento, el hada joven salió de su escondite y en voz alta pronunció estas palabras:

—Tranquilizaos, rey y reina, vuestra hija no morirá; es verdad que no tengo poder suficiente para deshacer por completo lo que mi antecesora ha hecho. La princesa se clavará la mano con un huso; pero en vez de morir, sólo caerá en un sueño profundo que durará cien años, al cabo de los cuales el hijo de un rey llegará a despertarla.

Para tratar de evitar la desgracia anunciada por la anciana, el rey hizo publicar de inmediato un edicto, mediante el cual bajo pena de muerte, prohibía a toda persona hilar con huso y conservar husos en casa.

Pasaron quince o dieciséis años. Un día en que el rey y la reina habían ido a una de sus mansiones de recreo, sucedió que la joven princesa, correteando por el castillo, subiendo de cuarto en cuarto, llegó a lo alto de un torreón, a una pequeña buhardilla donde una anciana estaba sola hilando su copo. Esta buena mujer no había oído hablar de las prohibiciones del rey para hilar en huso.

—¿Qué hacéis aquí, buena mujer? —dijo la princesa. Estoy hilando, mi bella niña, le respondió la anciana, que no la conocía.

—¡Ah! qué lindo es, replicó la princesa, ¿cómo lo hacéis? Dadme, a ver si yo también puedo.

No hizo más que coger el huso, y siendo muy viva y un poco atolondrada, aparte de que la decisión de las hadas así lo habían dispuesto, cuando se clavó la mano con él y cayó desmayada.

La buena anciana, muy confundida, clama socorro. Llegan de todos lados, echan agua al rostro de la princesa, la desabrochan, le golpean las manos, le frotan las sienes con agua de la reina de Hungría; pero nada la reanima.

Entonces el rey, que acababa de regresar al palacio y había subido al sentir el alboroto, se acordó de la predicción de las hadas, y pensando que esto tenía que suceder ya que ellas lo habían dicho, hizo poner a la princesa en el aposento más hermoso del palacio, sobre una cama bordada en oro y plata. Se veía tan bella que parecía un ángel, pues el desmayo no le había quitado sus vivos colores: sus mejillas eran encarnadas y sus labios como el coral; sólo tenía los ojos cerrados, pero se la oía respirar suavemente, lo que demostraba que no estaba muerta. El rey ordenó que la dejaran dormir en reposo, hasta que llegase su hora de despertar.

El hada buena que le había salvado la vida, al hacer que durmiera cien años, se hallaba en el reino de Mataquin, a doce mil leguas de allí, cuando ocurrió el accidente de la princesa; pero en un instante recibió la noticia traída por un enanito que tenía botas de siete leguas (eran unas botas que recorrían siete leguas en cada paso). El hada partió de inmediato, y al cabo de una hora la vieron llegar en un carro de fuego tirado por dragones.

El rey la fue a recibir dándole la mano a la bajada del carro. Ella aprobó todo lo que él había hecho; pero como era muy previsora, pensó que cuando la princesa llegara a despertar, se sentiría muy confundida al verse sola en este viejo palacio.

Hizo lo siguiente: tocó con su varita todo lo que había en el castillo (salvo al rey y a la reina), ayas, damas de honor, mucamas, gentilhombres, oficiales, mayordomos, cocineros, tocó también todos los caballos que estaban en las caballerizas, con los palafreneros, los grandes perros de gallinero, y la pequeña Puf, la perrita de la princesa que estaba junto a ella sobre el lecho. Junto con tocarlos, se durmieron todos, para que despertaran al mismo tiempo que su ama, a fin de que estuviesen todos listos para atenderla llegado el momento; hasta los asadores, que estaban al fuego con perdices y faisanes, se durmieron, y también el fuego. Todo esto se hizo en un instante: las hadas no tardaban en realizar su tarea.

Entonces el rey y la reina luego de besar a su querida hija, sin que ella despertara, salieron del castillo e hicieron publicar prohibiciones de acercarse a él a quienquiera que fuese en todo el mundo. Estas prohibiciones no eran necesarias, pues en un cuarto de hora creció alrededor del parque tal cantidad de árboles grandes y pequeños, de zarzas y espinas entrelazadas unas con otras, que ni hombre ni bestia habría podido pasar; de modo que ya no se divisaba, sino lo alto de las torres del castillo y esto sólo de muy lejos. Nadie dudó de que esto fuese también obra del hada para que la princesa, mientras durmiera, no tuviera nada que temer de los curiosos.

Al cabo de cien años, el hijo de un rey que gobernaba en ese momento y que no era de la familia de la princesa dormida, andando de caza por esos lados, preguntó qué eran esas torres que divisaba por encima de un gran bosque muy espeso; cada cual le respondió según lo que había oído hablar. Unos decían que era un viejo castillo poblado de fantasmas; otros, que todos los brujos de la región celebraban allí sus reuniones. La opinión más corriente era que en ese lugar vivía un ogro y llevaba allí a cuanto niño podía atrapar, para comérselo a gusto y sin que pudieran seguirlo, teniendo él solamente el poder para hacerse un camino a través del bosque. El príncipe no sabía qué creer, hasta que un viejo campesino tomó la palabra y le dijo:

—Príncipe, hace más de cincuenta años le oí decir a mi padre que había en ese castillo una princesa, la más bella del mundo; que dormiría durante cien años y sería despertada por el hijo de un rey a quien ella estaba destinada.

Al escuchar este discurso, el joven príncipe se sintió enardecido; creyó sin vacilar que él pondría fin a tan hermosa aventura; e impulsado por el amor y la gloria, resolvió investigar al instante de qué se trataba.

Apenas avanzó hacia el bosque, esos enormes árboles, aquellas zarzas y espinas se apartaron solos para dejarlo pasar: caminó hacia el castillo que veía al final de una gran avenida adonde penetró, pero, ante su extrañeza, vio que ninguna de esas gentes había podido seguirlo porque los árboles se habían cerrado tras él. Continuó sin embargo su camino: un príncipe joven y enamorado es siempre valiente.

Llegó a un gran patio de entrada donde todo lo que apareció ante su vista era para helarlo de temor. Reinaba un silencio espantoso, por todas partes se presentaba la imagen de la muerte, era una de cuerpos tendidos de hombres y animales, que parecían muertos. Pero se dio cuenta, por la nariz granujienta y la cara rubicunda de los guardias, que sólo estaban dormidos, y sus jarras, donde aún quedaban unas gotas de vino, mostraban a las claras que se habían dormido bebiendo.

Atraviesa un gran patio pavimentado de mármol, sube por la escalera, llega a la sala de los guardias que estaban formados en hilera, la carabina al hombro, roncando a más y mejor. Atraviesa varias cámaras llenas de caballeros y damas, todos durmiendo, unos de pie, otros sentados; entra en un cuarto todo dorado, donde ve sobre una cama cuyas cortinas estaban abiertas, el más bello espectáculo que jamás imaginara: una princesa que parecía tener quince o dieciséis años cuyo brillo resplandeciente tenía algo luminoso y divino.

Se acercó temblando y en actitud de admiración se arrodilló junto a ella. Entonces, como había llegado el término del hechizo, la princesa despertó; y mirándolo con ojos más tiernos de lo que una primera vista parecía permitir:

—¿Sois vos, príncipe mío? —le dijo ella— bastante os habéis hecho esperar.

El príncipe, atraído por estas palabras y más aún por la forma en que habían sido dichas, no sabía cómo demostrarle su alegría y gratitud; le aseguró que la amaba más que a sí mismo. Sus discursos fueron inhábiles; por ello gustaron más; poca elocuencia, mucho amor, con eso se llega lejos. Estaba más confundido que ella, y no era para menos; la princesa había tenido tiempo de soñar con lo que le diría, pues parece (aunque la historia no lo dice) que el hada buena, durante tan prolongado letargo, le había procurado el placer de tener sueños agradables. En fin, hacía cuatro horas que hablaban y no habían conversado ni de la mitad de las cosas que tenían que decirse.

Entretanto, el palacio entero se había despertado junto con la princesa; todos se disponían a cumplir con su tarea, y como no todos estaban enamorados, ya se morían de hambre; la dama de honor, apremiada como los demás, le anunció a la princesa que la cena estaba servida. El príncipe ayudó a la princesa a levantarse y vio que estaba toda vestida, y con gran magnificencia; pero se abstuvo de decirle que sus ropas eran de otra época y que todavía usaba gorguera; no por eso se veía menos hermosa.

Pasaron a un salón de espejos y allí cenaron, atendido por los servidores de la princesa; violines y oboes interpretaron piezas antiguas pero excelentes, que ya no se tocaban desde hacía casi cien años; y después de la cena, sin pérdida de tiempo, el capellán los casó en la capilla del castillo, y la dama de honor les cerró las cortinas: durmieron poco, la princesa no lo necesitaba mucho, y el príncipe la dejó por la mañana temprano para regresar a la ciudad, donde su padre debía estar preocupado por él.

El príncipe le dijo que estando de caza se había perdido en el bosque y que había pasado la noche en la choza de un carbonero quien le había dado de comer queso y pan negro. El rey: su padre, que era un buen hombre, le creyó pero su madre no quedó muy convencida, y al ver que iba casi todos los días a cazar y que siempre tenía una excusa a mano cuando pasaba dos o tres noches afuera, ya no dudó que se trataba de algún amorío; pues vivió más de dos años enteros con la princesa y tuvieron dos hijos siendo la mayor una niña cuyo nombre era Aurora, y el segundo un varón a quien llamaron el Día porque parecía aún más bello que su hermana.

La reina le dijo una y otra vez a su hijo para hacerlo confesar, que había que darse gusto en la vida, pero él no se atrevió nunca a confiarle su secreto; aunque la quería, le temía, pues era de la raza de los ogros, y el rey se había casado con ella por sus riquezas; en la corte se rumoreaba incluso que tenía inclinaciones de ogro, y que al ver pasar niños, le costaba un mundo dominarse para no abalanzarse sobre ellos; de modo que el príncipe nunca quiso decirle nada.

Mas, cuando murió el rey, al cabo de dos años, y él se sintió el amo, declaró públicamente su matrimonio y con gran ceremonia fue a buscar a su mujer al castillo. Se le hizo un recibimiento magnífico en la capital a donde ella entró acompañada de sus dos hijos.

Algún tiempo después, el rey fue a hacer la guerra contra el emperador Cantalabutte, su vecino. Encargó la regencia del reino a su madre, recomendándole mucho que cuidara a su mujer y a sus hijos. Debía estar en la guerra durante todo el verano, y apenas partió, la reina madre envió a su nuera y sus hijos a una casa de campo en el bosque para poder satisfacer más fácilmente sus horribles deseos. Fue allí algunos días más tarde y le dijo una noche a su mayordomo.

—Mañana para la cena quiero comerme a la pequeña Aurora.

—¡Ay! señora, dijo el mayordomo.

—¡Lo quiero!, dijo la reina (y lo dijo en un tono de ogresa que desea comer carne fresca), y deseo comérmela con salsa, Robert.

El pobre hombre, sabiendo que no podía burlarse de una ogresa, tomó su enorme cuchillo y subió al cuarto de la pequeña Aurora; ella tenía entonces cuatro años y saltando y corriendo se echó a su cuello pidiéndole caramelos. El se puso a llorar, el cuchillo se le cayó de las manos, y se fue al corral a degollar un corderito, cocinándolo con una salsa tan buena que su ama le aseguró que nunca había comido algo tan sabroso. Al mismo tiempo llevó a la pequeña Aurora donde su mujer para que la escondiera en una pieza que ella tenía al fondo del corral.

Ocho días después, la malvada reina le dijo a su mayordomo:

—Para cenar quiero al pequeño Día.

El no contestó, habiendo resuelto engañarla como la primera vez. Fue a buscar al niño y lo encontró, florete en la mano, practicando esgrima con un mono muy grande, aunque sólo tenía tres años. Lo llevó donde su mujer, quien lo escondió junto con Aurora, y en vez del pequeño Día, sirvió un cabrito muy tierno que la ogresa encontró delicioso.

Hasta aquí la cosa había marchado bien; pero una tarde, esta reina perversa le dijo al mayordomo:

—Quiero comerme a la reina con la misma salsa que sus hijos.

Esta vez el pobre mayordomo perdió la esperanza de poder engañarla nuevamente. La joven reina tenía más de 20 años, sin contar los cien que había dormido: aunque hermosa y blanca su piel era algo dura; ¿y cómo encontrar en el corral un animal tan duro? Decidió entonces, para salvar su vida, degollar a la reina, y subió a sus aposentos con la intención de terminar de una vez. Tratando de sentir furor y con el puñal en la mano, entró a la habitación de la reina. Sin embargo no quiso sorprendería y en forma respetuosa le comunicó la orden que había recibido de la reina madre.

—Cumplid con vuestro deber, le dijo ella, tendiendo su cuello; ejecutad la orden que os han dado; iré a reunirme con mis hijos, mis pobres hijos tan queridos (pues ella los creía muertos desde que los había sacado de su lado sin decirle nada).

—No, no, señora, le respondió el pobre mayordomo, enternecido, no moriréis, y tampoco dejaréis de reuniros con vuestros queridos hijos, pero será en mi casa donde los tengo escondidos, y otra vez engañaré a la reina, haciéndole comer una cierva en lugar vuestro.

La llevó en seguida al cuarto de su mujer y dejando que la reina abrazara a sus hijos y llorara con ellos, fue a preparar una cierva que la reina comió para la cena, con el mismo apetito que si hubiera sido la joven reina. Se sentía muy satisfecha con su crueldad, preparándose para contarle al rey, a su regreso, que los lobos rabiosos se habían comido a la reina su mujer y a sus dos hijos.

Una noche en que como de costumbre rondaba por los patios y corrales del castillo para olfatear alguna carne fresca, oyó en una sala de la planta baja al pequeño Día que lloraba porque su madre quería pegarle por portarse mal, y escuchó también a la pequeña Aurora que pedía perdón por su hermano.

La ogresa reconoció la voz de la reina y de sus hijos, y furiosa por haber sido engañada, a primera hora de la mañana siguiente, ordenó con una voz espantosa que hacía temblar a todo el mundo, que pusieran al medio del patio una gran cuba haciéndola llenar con sapos, víboras, culebras y serpientes, para echar en ella a la reina y sus niños, al mayordomo, su mujer y su criado; había dado la orden de traerlos con las manos atadas a la espalda.

Ahí estaban, y los verdugos se preparaban para echarlos a la cuba, cuando el rey, a quien no esperaban tan pronto, entró a caballo en el patio; había viajado por la posta, y preguntó atónito qué significaba ese horrible espectáculo. Nadie se atrevía a decírselo, cuando de pronto la ogresa, enfurecida al mirar lo que veía, se tiró de cabeza dentro de la cuba y en un instante fue devorada por las viles bestias que ella había mandado poner.

El rey no dejó de afligirse: era su madre, pero se consoló muy pronto con su bella esposa y sus queridos hijos.