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Villa Ruiseñor - Agatha Christie (parte 2)

 Pero la noche del día siguiente, comprendió que ciertas fuerzas ocultas la iban minando interiormente. Dick Windyford no había vuelto a telefonear y, sin embargo, percibía su influencia. No cesaba de recordar sus palabras: «Ese hombre es un desconocido para ti. No sabes nada de él.» Y con ellas el recuerdo del rostro de su marido acudía a su memoria diciéndole: «¿Tú crees que tiene gracia hacer de esposa de Barba Azul?» ¿Por qué había dicho eso? ¿Qué quiso decir con aquellas palabras?
Hubo una advertencia en ellas... una amenaza. Era como si le hubieran dicho: «Sería mejor que no te metieras en mi vida privada, Alix. Podrías llevarte un disgusto si lo hicieras.» Cierto que pocos minutos después le juraba que no hubo otra mujer en su vida que le importase..., pero Alix trató en vano de recordar aquella sensación que le diera de sinceridad. ¿Acaso no estaba obligado a jurárselo?
El viernes por la mañana Alix estaba convencida de que había habido otra mujer en la vida de Gerald... algo semejante a la cámara de Barba Azul y que luchaba por ocultárselo. Sus celos, tardos en despertar, se hicieron desenfrenados.
¿Es que acaso debía encontrarse con una mujer aquella noche a las nueve? ¿Habría inventado la historia del revelado de las fotografías en el apuro del momento? Con una extraña sensación de sobresalto Alix comprendió que desde que encontrara su agenda de bolsillo había vivido atormentada. Y eso que no había nada en ella. Eso era lo más irónico del caso.
Tres días antes hubiera jurado conocer perfectamente a su esposo, y ahora le parecía un extraño del que nada sabía. Recordó su enojo irrazonable contra el pobre Jorge, tan contrario a su acostumbrado buen carácter. Un pequeño detalle, tal vez, pero demostraba que en realidad desconocía al nombre que era su marido.
Alix necesitaba adquirir varias cosas para el fin de semana y por la tarde sugirió que ella podría ir al pueblo a buscarlas, mientras Gerald se ocupaba del jardín, pero ante su sorpresa se opuso resueltamente a su plan e insistió en ir él para que Alix se quedara en casa. Alix viose obligada a dejarle hacer su voluntad, pero su insistencia le había sorprendido. ¿Por qué aquel afán de evitar a toda costa que fuera al pueblo?
Y de pronto, la explicación que dejaba todo en claro: ¿No era posible que, a pesar de no decirle nada, Gerald hubiera encontrado a Dick Windyford en el pueblo? Sus propios celos, dormidos durante la época de su matrimonio, sólo habían surgido después. ¿No podría haberle ocurrido lo mismo a Gerald? ¿Acaso no estaría tratando de impedir que volviera a ver a Dick Windyford? Esa explicación coincidía tan bien con los hechos, y confortó tanto a Alix, que la abrazó con todo entusiasmo.
Sin embargo, cuando pasó la hora del té, estaba inquieta y enferma de impaciencia, luchando contra una tentación que la asaltaba desde la marcha de Gerald. Por fin, tranquilizando su conciencia con la excusa de que la habitación necesitaba una buena limpieza, subió al despacho de su marido con un sacudidor del polvo para justificarse.
—Si pudiera estar segura —se repetía—. Si pudiera estar completamente segura.
En vano se decía que cualquier cosa comprometedora habría sido destruida años atrás. Pero los hombres guardan algunas veces la prueba más condenatoria llevados de un sentimentalismo exagerado.
Al fin Alix sucumbió, y con las mejillas arreboladas por la vergüenza de su acción, fue revisando todos los paquetes de cartas y documentos, abriendo todos los cajones, y examinando incluso los bolsillos de los trajes de su marido. Sólo dos cajones se le resistieron: el último cajón de la cómoda, y el de la parte izquierda del escritorio estaban cerrados con llave. Pero ahora Alix era ya capaz de cualquier cosa, y estaba convencida de que en uno de ellos encontraría alguna prueba de la existencia de aquella mujer del pasado de su marido que la obsesionaba.
Recordó que Gerald había dejado sus llaves olvidadas sobre el aparador, y yendo a buscarlas las fue probando una por una. La tercera entraba en la cerradura del cajón del escritorio, que Alix se apresuró a abrir. Había un talonario de cheques y una cartera bien provista de billetes, y en el fondo un paquete de cartas atado con una cinta.
Respirando afanosamente, Alix lo desató, y luego un intenso rubor cubrió su rostro mientras dejaba las cartas de nuevo en el interior del cajón, y volvía a cerrarlo. Porque aquellas cartas eran suyas, las que escribiera a Gerald Martin antes de casarse con él.
Dirigióse a la cómoda, impulsada más por el deseo de no dejar nada por registrar, que por la esperanza de encontrar lo que buscaba. Sentíase avergonzada y convencida de la locura de su obsesión.
Ante su contrariedad ninguna de las llaves de Gerald abría el cajón. Sin desanimarse, Alix se fue en busca de otra serie de llaves, y al fin la llave del guardarropa pudo abrirlo, pero en su interior no había más que un rollo de recortes de periódicos manchados y descoloridos por el tiempo.
Alix exhaló un suspiro de alivio. Sin embargo, fue revisando los recortes para saber qué es lo que había interesado tanto a su marido como para guardar aquel paquete polvoriento. Casi todos eran de periódicos americanos, de varios años atrás, y trataban del proceso de un famoso estafador y bígamo, Carlos LeMaitre. LeMaitre era considerado sospechoso de haber dado muerte a varias mujeres. Se había encontrado un esqueleto enterrado debajo del suelo de una de las casas que había alquilado, y la mayoría de las mujeres con las que «contrajo matrimonio» desaparecieron sin dejar rastro.
El se había defendido contra las acusaciones con habilidad consumada, con la ayuda de uno de los abogados de más talento de los Estados Unidos. El veredicto escocés «Absuelto por falta de pruebas» hubiera sido más apropiado al caso, pero en su defecto, se le consideró «Inocente» de la culpa capital, aunque le sentenciaron a un largo período de cárcel por los otros cargos presentados contra él.
Alix recordaba la sensación que produjo aquel caso, y también la que causó la huida de LeMaitre unos tres años más tarde. No volvieron a detenerle. La personalidad de aquel hombre y su extraordinario atractivo para las mujeres fueron comentados extensamente en los periódicos, junto con un resumen de la excitabilidad que demostró en el juzgado, sus protestas apasionadas, y sus repentinos colapsos debidos a su corazón débil, aunque algunos lo atribuyeron a sus facultades dramáticas.
Venía una fotografía suya en uno de los recortes que Alix tenía en la mano y la estudió con cierto interés... un caballero de luenga barba con aspecto de catedrático. Le recordaba a alguien, pero de momento no supo precisar quién era ese alguien. No imaginaba que Gerald se interesase por los crímenes y procesos famosos, aunque sabía que era el entretenimiento predilecto de muchos hombres.
¿A quién le recordaba aquella cara? De pronto, sobresaltada, comprendió que al propio Gerald. Aquellas cejas y aquellos ojos tenían un gran parecido con los suyos. Tal vez conservase aquellos recortes por esa razón. Sus ojos leyeron el párrafo que aparecía junto al retrato. Al parecer se encontraron ciertas notas en la agenda de bolsillo del acusado que coincidían con las fechas en que se deshizo de sus víctimas. Luego, una mujer había identificado al prisionero por una cicatriz que tenía en la muñeca izquierda, precisamente debajo de la palma de la mano.
Alix dejó caer los papeles de entre sus manos nerviosas mientras se tambaleaba. En la muñeca izquierda, precisamente debajo de la palma, Gerald tenía una pequeña cicatriz.
Todo giraba a su alrededor. Después le pareció tener de pronto aquella absoluta certeza. ¡Gerald Martin era Carlos LeMaitre! Lo sabía y lo aceptaba con la velocidad del relámpago. Fragmentos sueltos acudían a su memoria, como las piezas de un rompecabezas que van tomando forma.
El dinero pagado por la casa... su dinero... únicamente su dinero. Los bonos al portador que confiara a su custodia. Incluso su sueño tenía ahora significado. En lo más profundo de su ser, su subconsciente siempre había temido a Gerald Martin y deseado escapar de él y para ello su otro yo pedía ayuda a Dick Windyford. Por eso también aceptó la verdad con tanta facilidad, y sin dudas ni vacilaciones. Ella iba a ser pronto otra de las víctimas de LeMaitre... quizá muy pronto.
Casi se le escapa un grito, al recordar lo anotado en la agenda. Miércoles a las nueve de la noche. Con lo fácil que era levantar las baldosas del sótano. En cierta ocasión ya había enterrado a una de sus víctimas en un sótano. Todo lo tenía planeado para la noche del miércoles, ¡pero escribirlo de antemano con aquella tranquilidad... era una locura! No, era lógico. Gerald tomaba siempre nota de sus compromisos... y para él un crimen era una cuestión de negocios como cualquier otra.
Pero, ¿qué la salvó? ¿Qué es lo que pudo salvarla? ¿Por qué se arrepentiría en el último momento? Sí... como un rayo le vino la respuesta. El viejo Jorge. Ahora le resultaba comprensible el enojo incontenible de su esposo. Sin duda había preparado el terreno diciendo a todo el mundo que encontraba que se iban a Londres al día siguiente. Luego Jorge fue a trabajar inesperadamente y al hablarle de Londres, ella había desmentido la historia. Era demasiado arriesgado deshacerse de ella aquella noche, exponiéndose a que el jardinero repitiera su conversación. ¡Pero había escapado de milagro! De no haber mencionado aquel asunto tan trivial... Alix se estremeció.
Pero no había tiempo que perder. Tenía que huir en seguida... antes de que él regresara. Por nada del mundo pasaría otra noche bajo el mismo techo que aquel hombre. Apresuróse a guardar de nuevo el rollo de recortes de periódicos en el cajón, y lo cerró.
Y entonces se quedó como si se hubiera convertido en estatua de piedra. Había oído el chirrido de la cerca. Su esposo había regresado ya.
Por un momento Alix continuó inmóvil; luego yendo de puntillas hasta la ventana atisbo tras el amparo de la cortina.
Sí, era su marido, que sonriendo para sí tarareaba una tonadilla. En la mano llevaba algo que casi paralizó el corazón de la aterrorizada Alix: una azada nueva.
Alix se dijo instintivamente: Iba a ser esta noche. Pero le quedaba una oportunidad. Gerald, todavía tarareando había ido dando la vuelta a la casa.
Va a dejarla en el sótano... preparada, pensó Alix con un escalofrío.
Sin vacilar un momento echó a correr escaleras abajo y salió de la casa, pero en el preciso momento que atravesaba la puerta, su esposo hizo su aparición por un lado de la casa.
—Hola —le dijo—. ¿A dónde vas tan de prisa?
Alix procuró desesperadamente parecer tranquila. De momento había perdido su oportunidad, pero si tenía cuidado de no despertar sus sospechas volvería a tenerla más tarde. Incluso ahora mismo, tal vez.
—Iba a ir paseando hasta el extremo del prado —dijo con voz que le sonó débil e insegura a sus propios oídos.
—Muy bien —replicó Gerald—. Te acompañaré.
—No... por favor, Gerald. Estoy nerviosa... me duele la cabeza... preferiría ir sola.
Él la miró fijamente y Alix creyó ver el recelo en sus ojos.
—¿Qué te ocurre, Alix? Estás pálida... temblorosa.
—No es nada —se esforzó por sonreír—. Me duele la cabeza, eso es todo. Un paseo me sentará bien.
—Bueno, es inútil que digas que no te acompañe —declaró Gerald riendo—. Iré contigo quieras o no.
Alix no se atrevió a insistir más. Si sospechara que sabía...
Con un esfuerzo procuró recuperar algo de su habitual tranquilidad. No obstante, se daba cuenta de que él la miraba de reojo de cuando en cuando, como si no estuviera satisfecho y no hubiese acallado sus sospechas.
Cuando regresaron a la casa, él insistió en que debía acostarse, y le trajo agua de colonia para mojar sus sienes. Fue, como siempre, el esposo atento y solícito, y no obstante, Alix sentíase tan indefensa como si estuviera atada de pies y manos en el interior de una trampa.
Ni por un momento la dejó sola. Fue con ella a la cocina ayudándola a preparar la cena. Apenas podía tragar bocado, pero se esforzó en comer, e incluso parecer alegre y natural. Ahora se daba cuenta de que luchaba por su vida. Estaba a solas con aquel hombre, a varios kilómetros de distancia de la civilización, completamente a su merced. Su única oportunidad era aplacar sus sospechas para que la dejara sola unos momentos... los suficientes para llegar al teléfono del recibidor para pedir ayuda. Aquélla era su única esperanza. Si se decidía a huir, la alcanzaría antes de que pudiera llegar al pueblo.
Una esperanza momentánea la animó al recordar cómo había abandonado su plan la otra noche. ¿Y si le dijera que Dick Windyford iba a ir a verles aquella noche?
Las palabras temblaban en sus labios... pero se apresuró a rechazarlas. Aquel nombre no perdería su segunda oportunidad. Había tal determinación bajo su calma aparente que le daba náuseas. Sólo conseguiría precipitar su crimen. La mataría en seguida, y luego con toda tranquilidad telefonearía a Dick Windyford con cualquier excusa para que no fuera. ¡Oh!, si Dick fuera a verles aquella noche. Si Dick...
Una idea acudió a su mente y miró de soslayo a su esposo por temor a que pudiera adivinar sus pensamientos, y mientras formaba su plan, sintió renacer su valor mostrándose tan natural que ella misma se maravilló. Gerald estaba ahora completamente tranquilizado.
Alix preparó el café y lo llevó ahora al porche, donde solían sentarse las noches cálidas.
—A propósito —dijo Gerald de pronto—, más tarde revelaremos esas fotografías.
Alix sintió que un escalofrío recorría su cuerpo, pero replicó con naturalidad:
—¿No puedes hacerlo solo? Estoy dormida y muy cansada esta noche.
—No tardaremos mucho —sonrió—, y te aseguro que luego no te sentirás cansada.
Aquellas palabras parecieron divertirle. Alix se estremeció. Ahora, o nunca podría llevar a cabo su plan.
Se puso en pie.
—Voy a telefonear al carnicero —anunció tranquilamente.
—¿Al carnicero? ¿A estas intempestivas horas de la noche?
—Tonto, ya sé que la tienda está cerrada pero él está en la casa. Mañana es sábado y quiero que me traiga unos filetes de ternera bien temprano, antes de que se los lleve otra. El viejo haría cualquier cosa por mí.
Y entró rápidamente en la casa, cerrando la puerta tras ella. Oyó a Gerald que decía: «No cierres la puerta», y Alix replicó con ligereza: «Así no entrarán los mosquitos. Aborrezco los mosquitos. ¿Tienes miedo de que le haga el amor al carnicero, tonto?»
Una vez en el interior de la casa cogió el teléfono y dio el número de la «Posada del Viajero». Le dieron comunicación en seguida.
—¿El señor Windyford está todavía ahí? ¿Podría hablar con él?
Entonces el corazón le dio un vuelco. La puerta acababa de abrirse y su marido entraba en el recibidor.
—Vete, Gerald —le dijo mimosa—. No me gusta que me escuchen cuando hablo por teléfono.
Él se limitó a echarse a reír mientras se sentaba en una silla.
—¿Seguro que telefoneas al carnicero? —le preguntó.
Alix estaba desesperada. Su plan había fracasado. Dentro de unos instantes, Dick Windyford estaría al teléfono. ¿Se arriesgaría a gritar pidiendo ayuda? ¿Comprendería lo que quería decirle antes de que Gerald le arrebatara el aparato? ¿O creería únicamente que se trataba de una broma?
Y luego mientras nerviosa movía la clavija que permite que la voz se oiga o no en el extremo del hilo, se le ocurrió otra idea.
«Será fácil —pensó—. Tendré que procurar no perder la cabeza y escoger las palabras apropiadas y no desfallecer ni un momento, pero creo que podré hacerlo.»
Y en aquel momento oyó la voz de Dick Windyford.
Alix tomó aliento. Luego conectó la clavija de comunicación con firmeza.
—Aquí la señora Martin... de «Villa Ruiseñor». Por favor, venga (cerró la clavija) mañana por la mañana y tráigame seis filetes de ternera bien hermosos (volvió a dar la comunicación). Es muy importante. (Cerró.) Muchísimas gracias, señor Hexworthy, espero que no le haya molestado llamando tan tarde, pero en realidad el tener esos filetes el sábado (abrió) es cuestión de vida o muerte... (cerró). Muy bien... mañana por la mañana... (abrió), cuanto antes...
Volvió a dejar el teléfono en la horquilla y miró a su esposo respirando trabajosamente.
—De manera que es así como hablas con el carnicero ¿eh? —dijo Gerald.
—Estrategia femenina —dijo Alix en tono ligero.
Rebosaba excitación. Gerald no había sospechado nada, y sin duda Dick iría aunque no hubiese comprendido.
Pasaron al saloncito y Alix encendió la luz. Gerald la observaba.
—Pareces muy contenta ahora —le dijo mirándola con curiosidad.
—Sí —repuso Alix—; ya no me duele la cabeza.
Ocupó la butaca acostumbrada y su esposo fue a sentarse frente a ella. Estaba salvada. Eran sólo las ocho y veinticinco, y mucho antes de las nueve Dick habría llegado.
—No me ha gustado mucho el café de hoy —se quejó Gerald—. Es muy amargo.
—Es que he comprado una clase nueva. Si no te gusta no volveré a comprarlo, querido.
Alix, cogiendo su labor, empezó a coser. Confiaba plenamente en su propia habilidad para representar el papel de esposa solícita. Gerald leyó varias páginas de su libro y luego mirando el reloj dejó la novela.
—Las ocho y media. Es hora de bajar al sótano y empezar a trabajar.
A Alix se le cayó la labor de las manos.
—¡Oh! Aún no. Esperemos hasta las nueve.
—No, pequeña, es la hora que he fijado. Así podrás acostarte más pronto.
—Pero yo prefiero esperar hasta las nueve.
—Las ocho y media —insistió Gerald—. Ya sabes que cuando fijo una hora me gusta atenerme a ella. Vamos, Alix. No quiero esperar ni un minuto más.
Alix le miró, y a pesar suyo sintió que el terror la invadía. Gerald se había quitado la máscara y se retorcía las manos; los ojos le brillaban de excitación, y se pasaba continuamente la lengua por los labios resecos. Ya no se esforzaba por disimular su nerviosismo.
Alix pensó «Es cierto... no puede esperar... está como loco...».
Se acercó a ella y cogiéndola por los hombros la obligó a ponerse en pie.
—Vamos, pequeña... o te llevaré a rastras.
Su tono era alegre, pero había tal ferocidad en el fondo que Alix quedó como paralizada. Con un esfuerzo supremo logró desasirse yendo a apoyarse contra la pared. Estaba impotente. No podía escapar... ni hacer nada... él se iba acercando.
—Ahora, Alix...
—No..., no.
Lanzó un grito alargando las manos en un gesto de impotencia para impedir que se le acercara.
—Gerald... basta... tengo algo que decirte... tengo que confesarte una cosa...
Él no se detuvo.
—¿Confesar qué? —preguntó con curiosidad.
—Sí; que confesar —continuó ella desesperada, procurando mantener su atención—. Es algo que debiera haberte dicho antes.
En el rostro de Gerald apareció una mirada de desprecio. El encanto estaba roto.
—Un antiguo amor, supongo —se burló.
—No —dijo Alix—. Es otra cosa. Supongo que tú lo llamarías... sí... un crimen.
En el acto vio que había pulsado la cuerda oportuna, y que de nuevo era dueña de su interés. Eso le devolvió el valor sintiéndose dueña absoluta de la situación en aquel preciso momento.
—Será mejor que vuelvas a sentarte —le dijo tranquila.
Ella fue a ocupar su butaca, e incluso se detuvo para recoger la labor, aunque tras su calma aparente estaba inventando a toda prisa, ya que la historia que iba a contarle debía mantener su atención hasta que llegara la ayuda.
—Te dije —empezó— que había sido taquimecanógrafa durante quince años, y eso no es del todo cierto. Hubo dos intervalos. El primero tuvo lugar cuando yo tenía veintidós años. Conocía a un hombre ya mayor, dueño de una pequeña fortuna. Se enamoró de mí y me pidió que fuera su esposa. Acepté y nos casamos —hizo una pausa—. Yo le induje a que asegurara su vida en mi favor.
Vio que el interés de su esposo iba en aumento y continuó con más seguridad.
—Durante la guerra trabajé por algún tiempo en el Dispensario de un hospital. Allí manejé toda clase de drogas y venenos. Sí, venenos.
Volvió a detenerse. Ahora Gerald estaba ya sumamente interesado, no cabía duda. Al asesino le atraen los crímenes. Ella había jugado aquella carta y ganado. Echó una ojeada al reloj. Eran las nueve menos veinticinco.
—Existe un veneno.... es un polvito blanco. Una porción insignificante significa la muerte. ¿Entiendes tú de venenos, quizá?
Hizo la pregunta con cierta precipitación. Si la respuesta era afirmativa tendría que ir con cuidado.
—No —respondió Gerald—. Sé muy poco de eso.
Exhaló un suspiro de alivio. Así sería más fácil.
—Pero habrás oído hablar de heroscina, ¿verdad? Es una droga que actúa igual, pero que no deja rastro. Cualquier médico extendería un certificado de defunción por fallo cardíaco. Robé una pequeña cantidad y la conservo en mi poder.
Hizo una pausa midiendo sus fuerzas.
—Continúa —dijo Gerald.
—No. Tengo miedo. No puedo decírtelo. Otro día.
—Ahora —replicó él impaciente—. Quiero saberlo.
—Llevábamos casados un mes. Yo me portaba muy bien con mi marido, era muy amable y solícita, y él hablaba muy bien de mí a todos los vecinos. Todos sabían lo buena esposa que era. Yo misma le preparaba el café todas las noches. Y un día, cuando estábamos solos, puse en su taza un poquitín del alcaloide mortal.
Alix hizo una pausa y enhebró la aguja con gran parsimonia. Ella, que nunca había hecho teatro, en aquellos momentos rivalizaba con la mejor actriz del mundo, representando el papel de envenenadora a sangre fría.
—Fue muy sencillo. Yo le observaba. De pronto empezó a faltarle la respiración y el aire. Yo abrí la ventana. Luego dijo que no podía moverse de su butaca... y, al cabo de poco murió.
Se detuvo sonriendo. Eran las nueve menos cuarto. No tardaría en llegar.
—¿A cuánto ascendía la prima del seguro? —preguntóle Gerald.
—A unas dos mil libras. Especulé con ellas y perdí. Por eso tuve que volver a trabajar en la oficina, pero nunca tuve intención de seguir allí mucho tiempo. Entonces conocí a otro hombre. En la oficina conservé mi nombre de soltera, y él no supo que había estado casada. Éste era más joven, bien parecido, y gozaba de buena posición económica. Nos casamos en Sussex. La ceremonia fue sencilla. No quiso asegurar su vida, pero desde luego hizo testamento a mi favor. Le gustaba que yo le preparara el café, igual que a mi primer mando —Alix sonrió al añadir con sencillez—. Sé hacerlo muy bien.
Luego continuó:
—Yo tenía varios amigos en el pueblecito donde vivíamos, y se compadecieron mucho de mí cuando una noche después de cenar mi esposo falleció repentinamente de un colapso. No me gustó el médico. No creo que sospechara de mí, pero desde luego le sorprendió mucho la repentina muerte de mi esposo. Aún no sé por qué volví a la oficina. Supongo que por costumbre. Mi segundo esposo me dejó unas cuatro mil libras. No especulé con ellas esta vez. Las invertí. Luego...
Pero fue interrumpida. Gerald con el rostro congestionado y ahogándose, la señaló angustiado con el dedo índice.
—¡El café... Dios mío! ¡El café!
Ella le miró sorprendida.
—Ahora comprendo por qué estaba tan amargo. Eres un demonio, me has envenenado.
Sus manos se asieron a los brazos del sillón y parecía dispuesto a saltar sobre ella.
—Me has envenenado.
Alix se había ido alejando hasta la chimenea y aterrorizada se disponía a negarlo... cuando lo pensó mejor. Iba a lanzarse sobre ella, y reuniendo todo su valor le miró retadoramente y con firmeza.
—Sí —le dijo—. Te he envenenado, y el veneno ya empieza a hacer su efecto. Ya no puedes moverte del sillón... no puedes moverte...
Si pudiera mantenerle allí... por lo menos unos minutos...
¡Ah! ¿Qué era aquello? Pasos en el camino. El chirrido de la cerca... más pisadas... y la puerta del recibidor que se abría...
—No puedes moverte —repitió.
Luego pasó corriendo ante él, yendo a refugiarse en los brazos de Dick Windyford.
—¡Dios mío! —exclamó.
Luego volvióse al hombre que le acompañaba, un policía alto y fornido vestido de uniforme y le dijo:
—Vaya a ver lo que ha ocurrido en esa habitación.
Y tendiendo cuidadosamente a Alix en el diván se inclinó sobre ella.
—Mi pequeña —murmuró—. Pobrecita. ¿Qué es lo que te han estado haciendo?
Alix cerró los ojos y sus labios pronunciaron su nombre.
Dick despertó de sus sueños de felicidad cuando el policía fue a tocarle en el brazo.
—En esta habitación no hay más que un hombre sentado en una butaca. Parece como si acabara de sufrir un ataque y...
—¿Sí?
—Bueno, señor... está muerto.
Se sobresaltaron al oír la voz de Alix diciendo como en sueños:
—Y al cabo de poco —dijo como si estuviera repitiendo algo—, murió.

Villa Ruiseñor - Agatha Christie (parte 1)

—Adiós, querida.
—Adiós, cariño.
Alix Martin quedó apoyada contra la acera rústica contemplando la figura de su marido que se alejaba por el camino en dirección al pueblo.
Al fin dobló un recodo y le perdió de vista, pero Alix continuó en la misma posición apartando distraída un mechón de sus preciosos cabellos castaños que le caía sobre la frente.
Alix Martin no era hermosa, ni siquiera bonita, estrictamente hablando; pero su rostro...  el rostro de una mujer que ya había pasado la primera juventud y tenía una expresión radiante, se había dulcificado hasta tal punto que sus antiguos compañeros de trabajo apenas la hubieran reconocido. La señorita Alix King había sido una joven eficiente de modales ligeramente bruscos, muy capaz y segura de sí... que sacaba el menor, no el mayor, partido posible a sus hermosos cabellos castaños. Su boca, de bonita línea, siempre estaba contraída en un gesto severo. Sus ropas fueron siempre limpias y cómodas, pero sin el menor detalle de coquetería.
Alix se había graduado en una escuela muy rígida, y por espacio de quince años, desde los dieciocho a los treinta y tres, se había mantenido (y a su madre inválida durante siete) gracias a su trabajo de taquimecanógrafa; fue la lucha por la vida la que endureció los suaves rasgos de su rostro de niña.
Cierto que tuvo un... novio. Dick Windyford, un compañero de oficina. Siendo una mujer sensata, Alix supo siempre que él la amaba. Exteriormente eran amigos, nada más. Con su sueldo escaso, Dick había tenido que contribuir a la educación de su hermano menor, y por el momento no podía pensar en casarse. Sin embargo, cuando Alix pensaba en el porvenir lo hacía con la certeza de que algún día sería la esposa de Dick. Se querían, o por lo menos eso hubiera dicho ella, pero ambos eran muy sensatos... tenían mucho tiempo por delante y ninguna necesidad de apresurarse. Y así fueron pasando los años.
Y pronto la liberación de aquella penosa vida cotidiana le vino a la joven de la manera más inesperada. Una prima lejana había muerto dejando su dinero a Alix. Varios miles de libras, las suficientes para proporcionarle una renta anual de doscientas. Para Alix aquello era la libertad, la vida, la independencia. Ahora ella y Dick no tendrían que esperar más.
Pero Dick reaccionó de un modo extraño. Nunca había hablado a Alix directamente de su amor, y ahora parecía menos inclinado que nunca. La evitaba, y se hizo reservado y pesimista. Alix no tardó en comprender la razón. Se había convertido en una mujer de posibilidades, y la delicadeza y el orgullo impedían que el correcto Dick la convirtiera en su esposa.
Alix le quiso más que nunca por eso, e incluso se preguntaba si no habría de ser ella quien diera el primer paso, cuando por segunda vez ocurrió lo inesperado.
Conoció a Gerald Martin en casa de unos amigos. Se enamoraron locamente y a la semana estaban prometidos; y la joven, que nunca había creído en «el flechazo», apenas sabía lo que estaba ocurriendo.
Sin querer había encontrado el medio de despertar a su antiguo amor. Dick Windyford se puso furioso al conocer la noticia.
—Ese hombre es completamente desconocido para ti. No sabes nada de él.
—Sé que le quiero.
—¿Cómo puedes saberlo... en una semana?
—Todo el mundo no necesita once años para descubrir que se ha enamorado —replicó Alix furiosa.
Dick se puso lívido.
—Yo te he querido desde que te conocí, y creí que tú también me querías.
Alix fue sincera.
—Yo también lo creí —admitió—. Pero es porque no sabía lo que era el amor verdadero.
Entonces Dick volvió a enfurecerse. Ruegos, súplicas... incluso amenazas contra el hombre que le había suplantado. Alix estaba sorprendida al descubrir aquel volcán oculto bajo el reservado exterior del hombre que creyó conocer tan bien. Y también le asustó un poco. Claro que Dick no podía pensar seriamente lo que estaba diciendo... aquellas amenazas para vengarse de Gerald Martin. Estaba despechado, no era nada más.
Sus pensamientos la habían llevado a recordar aquella entrevista aquella mañana soleada mientras se apoyaba contra la cerca de su casita. Hacía un mes que estaba casada, y era completamente feliz. No obstante, durante la ausencia momentánea de su esposo, que lo era todo para ella, una sombra de esa ansiedad era Dick Windyford.
Por tercera vez desde su matrimonio había soñado lo mismo. El medio ambiente variaba, pero los factores principales eran siempre los mismos. Veía a su esposo muerto y a Dick Windyford de pie a su lado, y ella sabía sin la menor duda que era su mano la que había descargado el golpe fatal.
Pero por terrible que fuera aquélla, aún había algo más horrible todavía... que le parecía horrible al despertar, pero que durante el sueño era para ella algo perfectamente natural e inevitable. Ella, Alix Martin, se alegraba de la muerte de su esposo... alargaba sus manos agradecidas hacia el asesino, e incluso le daba las gracias. El sueño siempre terminaba lo mismo... refugiándose en brazos de Dick Windyford.
Nada dijo de aquel sueño a su esposo, pero le preocupaba más de lo que hubiera querido admitir. ¿Sería un aviso... contra Dick Windyford? ¿Tendría algún poder secreto que trataba de transmitir a través de la distancia?
No sabía gran cosa de hipnotismo, pero había oído muchas veces que las personas pueden ser hipnotizadas contra su voluntad.
El timbre del teléfono sonando en el interior de la casa la sacó de sus pensamientos y yendo hasta la casita lo descolgó. Se tambaleó y tuvo que apoyarse para no caer. ¿Quién dirían ustedes que llamaba?
—Vaya, Alix, ¿qué le ocurre a tu voz? No te hubiera conocido. Soy Dick.
—¡Oh! —dijo Alix—. ¡Oh! ¿Dónde estás?
—En «La Posada del Viajero»... así se llama, ¿no? ¿O es que ni siquiera conoces la existencia de la posada del pueblo? Estoy de vacaciones... y vine a pescar por aquí. ¿Tienes algún inconveniente en que os vaya a ver a vuestra casa esta noche después de cenar?
—No —replicó Alix, tajante—. No debes venir.
Hubo una pausa y luego volvió a dejarse oír la voz de Dick un tanto alterada.
—Perdona —le dijo en tono grave—. No era mi intención molestarte...
Alix se apresuró a rectificar. Claro que debía parecerle extraño su comportamiento. Y lo era. Sus nervios estaban deshechos, pero no era culpa de Dick que ella tuviera aquellos sueños.
—Quise decir que esta noche tenemos un... compromiso —explicó tratando de que su voz sonara lo más natural posible—. ¿Por qué no vienes a cenar mañana?
Pero evidentemente Dick había notado la falta de cordialidad en su invitación.
—Muchísimas gracias —dijo en el mismo tono formal—. Pero tal vez me marche de un momento a otro. Depende de si regresa un compañero mío. Adiós Alix —hizo una pausa y luego agregó en tono distinto—: te deseo mucha suerte, querida.
Alix colgó el aparato con alivio.
—Él no debe venir aquí —se repitió—. No debe venir aquí. ¡Oh! ¡Qué tonta soy! Ponerme tan nerviosa por una tontería. De todas maneras, celebro que no venga.
Y cogiendo un sombrero de paja de encima de una mesa salió de nuevo al jardín deteniéndose ante el nombre grabado en el porche: «Villa Ruiseñor».
—¿Verdad que es un nombre bonito? —le había dicho a Gerald en cierta ocasión antes de casarse y él se rió.
—Eres una mujer de ciudad —le dijo en tono afectuoso—. No creo que hayas oído nunca el canto del ruiseñor. Y me alegro. Los ruiseñores debieran cantar sólo para los enamorados. Ya los oiremos juntos las noches de verano y ante nuestra propia casa.
Y el recuerdo de cómo los había oído, hizo enrojecer de felicidad a Alix de pie ante el umbral de su casita.
Fue Gerald quien encontró «Villa Ruiseñor», contándoselo a Alix con gran entusiasmo. Era lo que necesitaban... una ocasión única... la mejor oportunidad de toda su vida. Y cuando Alix la vio también quedó cautivada. Cierto que su situación era un tanto alejada..., estaba a dos kilómetros del pueblo más cercano..., pero la casa en sí era exquisita, con su aire de cuento, y sus magníficos cuartos de baño, con agua caliente, luz eléctrica y teléfono, que en el acto fue víctima de su encanto. Luego surgió una contrariedad. El propietario, un hombre muy rico que la hizo a su capricho, se negó a alquilarla. Únicamente se encontraba dispuesto a venderla.
Gerald Martin, aunque poseía una buena renta, no estaba en posición de poder tocar el capital. Todo lo que podría ofrecer eran mil libras y el propietario pedía tres. Pero Alix, que estaba enamorada de la casita, acudió en su ayuda. Su capital estaba más disponible, siendo en bonos al portador, y emplearía la mitad en adquirir la casa. Así que «Villa Ruiseñor» pasó a ser suya y ni un solo momento tuvieron que lamentar su elección. Era cierto que el servicio no apreciaba aquella soledad campestre... y en realidad no habían conseguido encontrar criada..., pero Alix, que nunca pudo tener vida de hogar, disfrutaba preparando la comida y cuidando de la casa.
El jardín, exuberante de flores, era atendido por un viejecillo del pueblo que acudía un par de veces por semana, y Gerald Martin, gran aficionado a la jardinería, pasaba en él la mayor parte de su tiempo.
Al dar la vuelta a la casa, Alix se extrañó al ver al viejo jardinero trabajando en los parterres. Estaba sorprendida porque solía ir los lunes y viernes, y aquel día era miércoles.
—Vaya, Jorge, ¿qué está haciendo aquí? —preguntó al acercarse a él.
El viejecito enderezóse con una risita mientras se llevaba la mano a su sombrero.
—Ya pensé que le extrañaría, pero ahí tiene, señora. El viernes es el santo del alcalde, y tenemos fiesta en el pueblo, y yo me dije: ni al señor Martin ni a su buena esposa les importará que por una vez vaya el miércoles en vez del viernes.
—Tiene usted mucha razón —dijo Alix—. Espero que disfrute mucho en la fiesta.
—Sí —repuso Jorge con sencillez—. Es agradable llenar el estómago sabiendo que no es uno el que paga. El alcalde da un té espléndido a todos sus servidores, y además, señora, quise verla antes de su partida para saber qué es lo que hay que plantar. ¿No tiene idea de cuándo volverá poco más o menos?
—Pero si no me marcho.
Jorge la miró extrañado.
—Pero, ¿no se va a Londres mañana?
—No. ¿Cómo se le ha ocurrido pensarlo?
Jorge ladeó la cabeza.
—Ayer tarde me encontré a su esposo en el pueblo y me dijo que usted se iba mañana a Londres, y que no sabía cuándo regresaría.
—Tonterías —dijo Alix, riendo—. No debió entenderlo bien.
De todas maneras se preguntaba qué era lo que le podría haber dicho Gerald para que el viejecillo llegara a semejante error. ¿Ir a Londres? No quería volver a Londres en toda su vida.
—Aborrezco Londres —dijo con voz ronca.
—¡Ah! —repitió Jorge en tono bonachón—. Debí entenderlo mal, y sin embargo, me pareció que estaba bastante claro. Celebro que se quede aquí. No me gusta el ajetreo de las calles y no pienso ir a Londres. Demasiados coches... eso es lo malo de hoy en día. En cuanto alguien tiene automóvil, ya no puede estarse quieto en ninguna parte. El señor Ames, el antiguo propietario de esta casa... era un caballero muy tranquilo hasta que compró uno de esos chismes. No hacía ni un mes que lo tenía cuando se puso en venta esta casa. ¡Con lo que gastó en ella, con tanto cuarto de baño, luz eléctrica y demás! «Nunca recuperará su dinero —le dije—. No todo el mundo tiene afición a lavarse en cada habitación de la casa.» «Pero, Jorge —me dijo—, conseguiré dos mil libras por esta casa, que es lo que me ha costado.» Y las consiguió.
—Consiguió tres mil —dijo Alix, sonriendo.
—Dos mil —repitió Jorge—. Entonces se habló mucho de lo que pedía. Y era una cifra muy alta.
—En realidad fueron tres mil —insistió Alix.
—Las mujeres no entienden nada de números —replicó el jardinero sin dejarse convencer—. No me dirá que el señor Ames tuvo el valor de pedirle tres mil en voz alta.
—A mí no me las pidió —dijo Alix—, sino a mi esposo.
Jorge volvió a inclinarse sobre el parterre.
—El precio fueron dos mil —repitió obstinado.
Alix no se tomó la molestia de discutir con él, y dirigiéndose a otro de los parterres empezó a cortar un ramo de flores. El sol, el perfume de las flores y el ligero zumbido de las abejas contribuían a que el día fuese perfecto.
Cuando se dirigía a la casa con su fragante carga, Alix observó un pequeño objeto verde oscuro que asomaba entre las hojas de una planta. Se agachó para recogerlo viendo que era la agenda de bolsillo de su esposo. Debió caérsele mientras arrancaba las malas hierbas.
La abrió, hojeando su contenido con cierto regocijo. Casi desde el principio de su matrimonio había comprendido que el impulsivo y sentimental Gerald poseía las sorprendentes virtudes de la pulcritud y el orden. Quería que las comidas estuvieran dispuestas a la hora en punto, y siempre planeaba lo que haría al día siguiente con la misma precisión. Aquella mañana, por ejemplo, había anunciado que saldría hacia el pueblo después del desayuno... a las diez y cuarto. Y a esa hora en punto dejaba la casa.
AI repasar la agenda, le divirtió ver que en el día catorce de mayo había anotado: Boda con Alix en San Pedro a las dos y media.
—El grandísimo tonto —murmuró Alix para sí, volviendo las páginas.
De pronto se detuvo.
—Miércoles, dieciocho de junio... vaya, es hoy.
Y en el espacio correspondiente a aquel día estaba escrito con la letra precisa de Gerald: Nueve de la noche. Nada más. ¿Qué era lo que pensaba hacer Gerald a las nueve? Alix sonrió considerando que si aquello ocurriera en una novela, como las que leía a menudo, la agenda hubiera proporcionado alguna revelación sensacional. Seguramente el nombre de otra mujer. Fue volviendo las hojas hacia atrás. Fechas, citas, referencias a tratos de asuntos comerciales, pero un solo nombre de mujer: el suyo.
Sin embargo, mientras guardaba la agenda en su bolsillo y llevaba las flores al interior de la casa, sintió una vaga inquietud. Acudieron a ella las palabras de Dick Windyford como si estuviera allí repitiéndolas: «Ese hombre es un desconocido para ti. No sabes nada de él.»
Era cierto. ¿Qué sabía de él? Al fin y al cabo, Gerald tenía cuarenta años. En todo ese tiempo debía haber habido alguna mujer.
Alix sacudió la cabeza con impaciencia. Nada de entregarse a aquellos pensamientos. Tenía otra preocupación más importante. ¿Debía o no decir a su marido que Dick Windyford había telefoneado?
Cabía la posibilidad de que Gerald le hubiera encontrado en el pueblo, pero en ese caso seguramente lo mencionaría en seguida de llegar y el asunto quedaría fuera de su acción. Y si no..., ¿qué hacer? Alix se daba cuenta de su afán por no decir nada. Gerald siempre se había mostrado amablemente dispuesto hacia el otro. «Pobre diablo —dijo en cierta ocasión—; creo que está tan loco por ti como yo. Qué desagradable debe ser que le rechacen a uno.» No dudaba respecto a los sentimientos de Alix.
Si se lo contaba, estaba segura de que invitaría a Dick Windyford para que fuera a «Villa Ruiseñor». Entonces se enteraría de que Dick mismo lo había propuesto y que ella se negó a que fuera. Y cuando le preguntase por qué lo hizo, ¿qué hacer? ¿Iba a contarle su sueño? Gerald se reiría o... lo que era peor, vería que ella le daba una importancia excesiva, y tal vez pensase... ¡oh, cualquier cosa!
Al final, bastante avergonzada, decidió no decir nada. Era el primer secreto que ocultaba a su esposo y le hizo sentirse intranquila.
Cuando oyó que Gerald regresaba del pueblo, apresuróse a refugiarse en la cocina afanándose en preparar la comida para disimular su turbación.
En seguida comprendió que Gerald no había visto a Dick Windyford e inmediatamente sintióse aliviada y nerviosa a la vez. Ahora sí que le ocultaba algo a su marido, y durante el resto del día estuvo distraída, sobresaltándose al menor ruido, aunque su esposo no pareció observarlo. Él también estaba ensimismado en sus pensamientos y un par de veces tuvo que repetirle alguna observación trivial para que pusiera atención antes de que respondiera.
No fue hasta después de cenar, cuando estaban sentados en el saloncito de estar con las ventanas abiertas para que entrara la suave brisa de la noche con el perfume de los jazmines, cuando Alix recordó la agenda de bolsillo y se dispuso a distraer sus pensamientos.
—Aquí tengo algo que encontré entre las flores —le dijo arrojándosela sobre el regazo.
—Se me cayó en un parterre, ¿eh?
—Sí. Ahora sé todos tus secretos.
—Soy inocente —replicó Gerald, moviendo la cabeza.
—¿Y qué me dices de lo que has anotado para las nueve de la noche?
—¡Oh!, eso... —pareció cortado de momento, y luego sonrió como si aquello le divirtiera—. Es una cita con una chica guapísima, Alix. Tiene el cabello castaño, los ojos azules y se parece muchísimo a ti.
—No comprendo —dijo Alix, fingiendo ponerse seria—. Estás apartándote de la cuestión.
—No. A decir verdad, lo anoté para acordarme de revelar algunos negativos esta noche, y que tú me ayudes.
Gerald Martin era un fotógrafo entusiasta. Poseía una cámara un tanto anticuada, pero con muy buenas lentes, y él mismo revelaba sus placas en un sótano pequeño que había preparado como cuarto oscuro. Nunca se cansaba de retratar a Alix en distintas posiciones.
—¿Y tiene que ser precisamente a las nueve? —dijo Alix.
Gerald pareció algo molesto.
—Mi querida Alix —dijo con cierta tirantez—, siempre hay que buscar una hora precisa para hacer las cosas. Entonces es cuando se puede trabajar como es debido.
Alix permaneció unos instantes observando a su esposo. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo de su butaca y las líneas de su rostro pulcramente afeitado se recortaban contra el fondo oscuro. Y de pronto, por alguna razón desconocida, sintió que la invadía una ola de pánico y antes de poder evitarlo había exclamado:
—¡Oh, Gerald! ¡Ojalá supiera algo más de ti!
Su esposo volvió su rostro asombrado hacia ella.
—Pero, mi querida Alix, si sabes todo lo referente a mí. Te he hablado de mi infancia en Northumberland, de mi vida en África del Sur, y estos últimos diez años en el Canadá que me proporcionaron el éxito.
—¡Oh, los negocios!
Gerald se echó a reír.
—Sé a lo que te refieres... a la parte amorosa. Todas las mujeres sois iguales. Sólo os interesa la cuestión personal.
Alix sintió que se le secaba la garganta mientras murmuraba:
—Bueno, pero debes de haber tenido... amores. Quiero decir... que si yo supiera...
Hubo una pausa de unos minutos. Gerald Martin había fruncido el ceño y la indecisión se reflejaba en su rostro. Cuando habló, fue en tono grave, sin el menor rastro de frivolidad:
—¿Tú crees que tiene gracia el hacer de esposa de Barba Azul? Sí que ha habido mujeres en mi vida. No lo niego. No me creerías si te lo negara. Pero puedo jurarte que ninguna de ellas significó nada para mí.
 Hubo tal sinceridad en su voz que se sintió agradablemente confortada.
—¿Satisfecha, Alix? —le preguntó con una sonrisa. 
Y luego la contempló con cierta curiosidad.
—¿Por qué se te ha ocurrido hablar de esto precisamente esta noche? Nunca lo mencionaste.
Alix se puso en pie y comenzó a pasear inquieta.
—¡Oh! No lo sé —contestó—. Todo el día he estado nerviosa.
—Es curioso —dijo Gerald en voz baja, como si hablara consigo mismo—. Es muy curioso.
—¿Por qué es curioso?
—Oh, querida, no te pongas así. Sólo digo que es curioso porque por lo general eres siempre tan serena y dulce.
Alix procuró sonreír.
—Hoy todo se confabula para molestarme —confesó—. Incluso el viejo Jorge tenía la ridícula idea de que nos íbamos a Londres. Según él, tú se lo dijiste.
—¿Dónde le viste? —preguntó Gerald, en tono crispado.
—Vino a trabajar hoy en vez del viernes.
—El viejo imbécil —dijo Gerald, enojado.
Alix le miró extrañada. Su esposo tenía el rostro contraído por la ira. Nunca le había visto tan furioso, y al ver su asombro, Gerald hizo un esfuerzo por recuperar el dominio de sí mismo.
—Bueno, es un viejo estúpido —protestó.
—¿Qué le dijiste para que pensara que nos íbamos?
—¿Yo? No le dije nada. A menos... Oh, sí, recuerdo que en broma dije que nos íbamos a Londres a la mañana siguiente, y supongo que lo tomaría en serio. O debió entenderlo mal. Supongo que tú le desengañarías.
Y esperó su respuesta.
—Claro, pero es de esos viejos que cuando se les mete una idea en la cabeza... bueno, no es fácil quitársela.
Y le contó la insistencia del jardinero en la cantidad pedida por la casita.
Gerald guardó silencio unos instantes y luego dijo:
—Ames estaba dispuesto a aceptar dos mil libras en efectivo, y las mil restantes en hipoteca. Supongo que ése será el origen de su error.
—Es muy probable —replicó Alix.
Luego, mirando el reloj, en otro tono:
—Ya debiéramos estar abajo, Gerald. Pasan cinco minutos de la hora fijada.
Una sonrisa muy particular apareció en el rostro de Gerald.
—He cambiado de opinión —dijo tranquilamente—. Esta noche no revelaremos las fotografías.
La mentalidad de la mujer es algo muy curioso. Cuando se acostó aquel miércoles por la noche, Alix sentíase contenta y tranquila. Su felicidad, momentáneamente amenazada, resurgió triunfante como nunca.

(CONTINUARA...)

El aristócrata solterón - Sir Arthur Conan Doyle

    Hace ya mucho tiempo que el matrimonio de lord St. Si­mon y la curiosa manera en que terminó dejaron de ser te­mas de interés en los selectos círculos en los que se mueve el infortunado novio. Nuevos escándalos lo han eclipsado, y sus detalles más picantes han acaparado las murmuracio­nes, desviándolas de este drama que ya tiene cuatro años de antigüedad. 

    No obstante, como tengo razones para creer que los hechos completos no se han revelado nunca al públi­co en general, y dado que mi amigo Sherlock Holmes de­sempeñó un importante papel en el esclarecimiento del asunto, considero que ninguna biografía suya estaría com­pleta sin un breve resumen de este notable episodio.

Pocas semanas antes de mi propia boda, cuando aún compartía con Holmes el apartamento de Baker Street, mi amigo regresó a casa después de un paseo y encontró una carta aguardándole encima de la mesa. Yo me había queda­do en casa todo el día, porque el tiempo se había puesto de repente muy lluvioso, con fuertes vientos de otoño, y la bala que me había traído dentro del cuerpo como recuerdo de mi campaña de Afganistán palpitaba con monótona persisten­cia. 

Tumbado en una poltrona con una pierna encima de otra, me había rodeado de una nube de periódicos hasta que, saturado al fin de noticias, los tiré a un lado y me quedé postrado e inerte, contemplando el escudo y las iniciales del sobre que había encima de la mesa, y preguntándome perezosamente quién sería aquel noble que escribía a mi amigo.

-Tiene una carta de lo más elegante -comenté al entrar él-. Si no recuerdo mal, las cartas de esta mañana eran de un pescadero y de un aduanero del puerto.

-Sí, desde luego, mi correspondencia tiene el encanto de la variedad -respondió él, sonriendo-. Y, por lo general, las más humildes son las más interesantes. Ésta parece una de esas molestas convocatorias sociales que le obligan a uno a aburrirse o a mentir.

Rompió el lacre y echó un vistazo al contenido.

-¡Ah, caramba! ¡Después de todo, puede que resulte interesante!

-¿No es un acto social, entonces?

-No; estrictamente profesional.

-¿Y de un cliente noble?

-Uno de los grandes de Inglaterra.

-Querido amigo, le felicito.

-Le aseguro, Watson, sin falsa modestia, que la categoría de mi cliente me importa mucho menos que el interés que ofrezca su caso. Sin embargo, es posible que esta nueva in­vestigación no carezca de interés. Ha leído usted con aten­ción los últimos periódicos, ¿no es cierto?

-Eso parece -dije melancólicamente, señalando un enor­me montón que había en un rincón-. No tenía otra cosa que hacer.

-Es una suerte, porque así quizás pueda ponerme al corriente. Yo no leo más que los sucesos y los anuncios personales. Estos últimos son siempre instructivos. Pero si usted ha seguido de cerca los últimos acontecimientos, habrá leí­do acerca de lord St. Simon y su boda.

-Oh, sí, y con el mayor interés.

-Estupendo. La carta que tengo en la mano es de lord St. Simon. Se la voy a leer y, a cambio, usted repasará esos periódicos y me enseñará todo lo que tenga que ver con el asunto. Esto es lo que dice:

-.-.-.-.-.-.-.-.-.- 

«Querido señor Sherlock Holmes: Lord Backwater me asegura que puedo confiar plenamente en su juicio y discreción. Así pues, he decidido hacerle una visita para consultar­le con respecto al dolorosísimo suceso acaecido en relación con mi boda. 

El señor Lestrade, de Scotland Yard, se encuen­tra ya trabajando en el asunto, pero me ha asegurado que no hay inconveniente alguno en que usted coopere, e incluso cree que podría resultar de alguna ayuda. Pasaré a verle a las cuatro de la tarde, y le agradecería que aplazara cualquier otro compromiso que pudiera tener a esa hora, ya que el asunto es de trascendental importancia. Suyo afectísimo, ROBERT ST. SIMON.»

-.-.-.-.-.-.-.-.-.- 

-Está fechada en Grosvenor Mansions, escrita con pluma de ave, y el noble señor ha tenido la desgracia de mancharse de tinta la parte de fuera de su meñique derecho -comentó Holmes, volviendo a doblar la carta.

-Dice que a las cuatro, y ahora son las tres. Falta una hora para que venga.

-Entonces, tengo el tiempo justo, contando con su ayuda, para ponerme al corriente del tema. Repase esos periódicos y ordene los artículos por orden de fechas, mientras yo miro quién es nuestro cliente -sacó un volumen de tapas rojas de una hilera de libros de referencia que había junto a la repisa de la chimenea-. 

Aquí está -dijo, sentándose y abriéndolo sobre las rodillas-. «Robert Walsingham de Vere St. Simon, segundo hijo del duque de Balmoral»... ¡Hum! Escudo: Campo de azur, con tres abrojos en jefe sobre banda de sa­ble. Nacido en 1846. Tiene, pues, cuarenta y un años, que es una edad madura para casarse. Fue subsecretario de las colonias en una administración anterior. El duque, su padre, fue durante algún tiempo ministro de Asuntos Exteriores. Han heredado sangre de los Plantagenet por vía directa y de los Tudor por vía materna. ¡Ajá! Bueno, en todo esto no hay nada que resulte muy instructivo. Creo que dependo de us­ted, Watson, para obtener datos más sólidos.

-Me resultará muy fácil encontrar lo que busco -dije yo-, porque los hechos son bastante recientes y el asunto me lla­mó bastante la atención. Sin embargo, no me atrevía a ha­blarle del tema, porque sabía que tenía una investigación en­tre manos y que no le gusta que se entrometan otras cosas.

-Ah, se refiere usted al insignificante problema del furgón de muebles de Grosvenor Square. Eso ya está aclarado de so­bra... aunque la verdad es que era evidente desde un princi­pio. Por favor, deme los resultados de su selección de prensa.

-Aquí está la primera noticia que he podido encontrar. Está en la columna personal del Morning Post y, como ve, lle­va fecha de hace unas semanas. «Se ha concertado una boda», dice, «que, si los rumores son ciertos, tendrá lugar dentro de muy poco, entre lord Robert St. Simon, segundo hijo del duque de Balmoral, y la señorita Hatty Doran, hija única de Aloysius Doran, de San Francisco, California, EE.UU.» Eso es todo.

-Escueto y al grano -comentó Holmes, extendiendo ha­cia el fuego sus largas y delgadas piernas.

-En la sección de sociedad de la misma semana apareció un párrafo ampliando lo anterior. ¡Ah, aquí está!: «Pronto será necesario imponer medidas de protección sobre el mer­cado matrimonial, en vista de que el principio de libre co­mercio parece actuar decididamente en contra de nuestro producto nacional. Una tras otra, las grandes casas nobilia­rias de Gran Bretaña van cayendo en manos de nuestras be­llas primas del otro lado del Atlántico. 

Durante la última se­mana se ha producido una importante incorporación a la lista de premios obtenidos por estas encantadoras invasoras. Lord St. Simon, que durante más de veinte años se había mostrado inmune a las flechas del travieso dios, ha anuncia­do de manera oficial su próximo enlace con la señorita Hatty Doran, la fascinante hija de un millonario california­no. 

La señorita Doran, cuya atractiva figura y bello rostro atrajeron mucha atención en las fiestas de Westbury House, es hija única y se rumorea que su dote está muy por encima de las seis cifras, y que aún podría aumentar en el futuro. 

Teniendo en cuenta que es un secreto a voces que el duque de Balmoral se ha visto obligado a vender su colección de pin­tura en los últimos años, y que lord St. Simon carece de propiedades, si exceptuamos la pequeña finca de Birchmoor, parece evidente que la heredera californiana no es la única que sale ganando con una alianza que le permitirá realizar la fácil y habitual transición de dama republicana a aristócrata británica».

-¿Algo más? -preguntó Holmes, bostezando.

-Oh, sí, mucho. Hay otro párrafo en el Morning Post di­ciendo que la boda sería un acto absolutamente privado, que se celebraría en San Jorge, en Hanover Square, que sólo se invitaría a media docena de amigos íntimos, y que luego to­dos se reunirían en una casa amueblada de Lancaster Gate, alquilada por el señor Aloysius Doran. 

Dos días después... es decir, el miércoles pasado... hay una breve noticia de que la boda se ha celebrado y que los novios pasarían la luna de miel en casa de lord Backwater, cerca de Petersfield. Éstas son todas las noticias que se publicaron antes de la desapari­ción de la novia.

-¿Antes de qué? -preguntó Holmes con sobresalto.

-De la desaparición de la dama.

-¿Y cuándo desapareció?

-Durante el almuerzo de boda.

-Caramba. Esto es más interesante de lo que yo pensaba; y de lo más dramático.

-Sí, a mí me pareció un poco fuera de lo corriente.

-Muchas novias desaparecen antes de la ceremonia, y alguna que otra durante la luna de miel; pero no recuerdo nada tan súbito como esto. Por favor, déme detalles.

-Le advierto que son muy incompletos.

-Quizás podamos hacer que lo sean menos.

-Lo poco que se sabe viene todo seguido en un solo artí­culo publicado ayer por la mañana, que voy a leerle. Se titula «Extraño incidente en una boda de alta sociedad».

«La familia de lord Robert St. Simon ha quedado sumida en la mayor consternación por los extraños y dolorosos su­cesos ocurridos en relación con su boda. La ceremonia, tal como se anunciaba brevemente en la prensa de ayer, se cele­bró anteayer por la mañana, pero hasta hoy no había sido posible confirmar los extraños rumores que circulaban de manera insistente. 

«A pesar de los esfuerzos de los amigos por silenciar el asunto, éste ha atraído de tal modo la aten­ción del público que de nada serviría fingir desconocimien­to de un tema que está en todas las conversaciones.

»La ceremonia, que se celebró en la iglesia de San Jorge, en Hanover Square, tuvo lugar en privado, asistiendo tan sólo el padre de la novia, señor Aloysius Doran, la duquesa de Balmoral, lord Backwater, lord Eustace y lady Clara St. Si­mon (hermano menor y hermana del novio), y lady Alicia Whittington. A continuación, el cortejo se dirigió a la casa del señor Aloysius Doran, en Lancaster Gate, donde se había preparado un almuerzo. 

«Parece que allí se produjo un pe­queño incidente, provocado por una mujer cuyo nombre no se ha podido confirmar, que intentó penetrar por la fuerza en la casa tras el cortejo nupcial, alegando ciertas reclama­ciones que tenía que hacerle a lord St. Simon. 

«Tras una larga y bochornosa escena, el mayordomo y un lacayo consiguie­ron expulsarla. La novia, que afortunadamente había entra­do en la casa antes de esta desagradable interrupción, se ha­bía sentado a almorzar con los demás cuando se quejó de una repentina indisposición y se retiró a su habitación.

«Como su prolongada ausencia empezaba a provocar comentarios, su padre fue a buscarla; pero la doncella le dijo que sólo había entrado un momento en su habitación para coger un abrigo y un sombrero, y que luego había salido a toda pri­sa por el pasillo. Uno de los lacayos declaró haber visto salir de la casa a una señora cuya vestimenta respondía a la des­cripción, pero se negaba a creer que fuera la novia, por estar convencido de que ésta se encontraba con los invitados. 

«Al comprobar que su hija había desaparecido, el señor Aloysius Doran, acompañado por el novio, se puso en contacto con la policía sin pérdida de tiempo, y en la actualidad se están lle­vando a cabo intensas investigaciones, que probablemente no tardarán en esclarecer este misterioso asunto. 

«Sin embar­go, a últimas horas de esta noche todavía no se sabía nada del paradero de la dama desaparecida. Los rumores se han desatado, y se dice que la policía ha detenido a la mujer que provocó el incidente, en la creencia de que, por celos o algún otro motivo, pueda estar relacionada con la misteriosa desa­parición de la novia.»

-¿Y eso es todo?

-Sólo hay una notita en otro de los periódicos, pero bas­tante sugerente.

-¿Qué dice?

-Que la señorita Flora Millar, la dama que provocó el incidente, había sido detenida. Parece que es una antigua bailarina del Allegro, y que conocía al novio desde hace varios años. No hay más detalles, y el caso queda ahora en sus manos... Al menos, tal como lo ha expuesto la prensa.

-Y parece tratarse de un caso sumamente interesante. No me lo perdería por nada del mundo. Pero creo que llaman a la puerta, Watson, y dado que el reloj marca poco más de las cuatro, no me cabe duda de que aquí llega nuestro aristocrático cliente. No se le ocurra marcharse, Watson, porque me interesa mucho tener un testigo, aunque sólo sea para con­firmar mi propia memoria.

-El señor Robert St. Simon -anunció nuestro botones, abriendo la puerta de par en par, para dejar entrar a un ca­ballero de rostro agradable y expresión inteligente, altivo y pálido, quizás con algo de petulancia en el gesto de la boca, y con la mirada firme y abierta de quien ha tenido la suerte de nacer para mandar y ser obedecido. 

Aunque sus movi­mientos eran vivos, su aspecto general daba una errónea im­presión de edad, porque iba ligeramente encorvado y se le doblaban un poco las rodillas al andar. Además, al quitarse el sombrero de ala ondulada, vimos que sus cabellos tenían las puntas grises y empezaban a clarear en la coronilla. 

En cuanto a su atuendo, era perfecto hasta rayar con la afecta­ción: cuello alto, levita negra, chaleco blanco, guantes ama­rillos, zapatos de charol y polainas de color claro. Entró des­pacio en la habitación, girando la cabeza de izquierda a derecha y balanceando en la mano derecha el cordón del que colgaban sus gafas con montura de oro.

-Buenos días, lord St. Simon -dijo Holmes, levantándose y haciendo una reverencia-. Por favor, siéntese en la butaca de mimbre. Éste es mi amigo y colaborador, el doctor Wat­son. Acérquese un poco al fuego y hablaremos del asunto.

-Un asunto sumamente doloroso para mí, como podrá usted imaginar, señor Holmes. Me ha herido en lo más hon­do. Tengo entendido, señor, que usted ya ha intervenido en varios casos delicados, parecidos a éste, aunque supongo que no afectarían a personas de la misma clase social.

-En efecto, voy descendiendo.

-¿Cómo dice?

-Mi último cliente de este tipo fue un rey.

-¡Caramba! No tenían idea. ¿Y qué rey?

 -El rey de Escandinavia.

-¿Cómo? ¿También desapareció su esposa?

-Como usted comprenderá -dijo Holmes suavemente-, aplico a los asuntos de mis otros clientes la misma reserva que le prometo aplicar a los suyos.

-¡Naturalmente! ¡Tiene razón, mucha razón! Le pido mil perdones. En cuanto a mi caso, estoy dispuesto a proporcionarle cualquier información que pueda ayudarle a formarse una opinión.

-Gracias. Sé todo lo que ha aparecido en la prensa, pero nada más. Supongo que puedo considerarlo correcto... Por ejemplo, este artículo sobre la desaparición de la novia.

El señor St. Simon le echó un vistazo.

-Sí, es más o menos correcto en lo que dice.

-Pero hace falta mucha información complementaria para que alguien pueda adelantar una opinión. Creo que el modo más directo de conocer los hechos sería preguntarle a usted.

-Adelante.

-¿Cuándo conoció usted a la señorita Hatty Doran?

-Hace un año, en San Francisco.

-¿Estaba usted de viaje por los Estados Unidos?

-Sí.

-¿Fue entonces cuando se prometieron?

-No.

-¿Pero su relación era amistosa?

-A mí me divertía estar con ella, y ella se daba cuenta de que yo me divertía.

-¿Es muy rico su padre?

-Dicen que es el hombre más rico de la Costa Oeste.

-¿Y cómo adquirió su fortuna?

-Con las minas. Hace unos pocos años no tenía nada. Entonces, encontró oro, invirtió y subió como un cohete.

-Veamos: ¿qué impresión tiene usted sobre el carácter de la señorita... es decir, de su esposa?

El noble aceleró el balanceo de sus gafas y se quedó mirando al fuego.

-Verá usted, señor Holmes -dijo-. Mi esposa tenía ya veinte años cuando su padre se hizo rico. Se había pasado la vida correteando por un campamento minero y vagando por bosques y montañas, de manera que su educación debe más a la naturaleza que a los maestros de escuela. 

Es lo que en Inglaterra llamaríamos una buena pieza, con un carácter fuerte, impetuoso y libre, no sujeto a tradiciones de ningún tipo. Es impetuosa... hasta diría que volcánica. Toma deci­siones con rapidez y no vacila en llevarlas a la práctica. Por otra parte, yo no le habría dado el apellido que tengo el ho­nor de llevar -soltó una tosecilla solemne- si no pensara que tiene un fondo de nobleza. Creo que es capaz de sacrificios heroicos y que cualquier acto deshonroso la repugnaría.

-¿Tiene una fotografía suya?

-He traído esto.

Abrió un medallón y nos mostró el retrato de una mujer muy hermosa. No se trataba de una fotografía, sino de una miniatura sobre marfil, y el artista había sacado el máximo partido al lustroso cabello negro, los ojos grandes y oscuros y la exquisita boca. Holmes lo miró con gran atención du­rante un buen rato. Luego cerró el medallón y se lo devolvió a lord St. Simon.

-Así pues, la joven vino a Londres y aquí reanudaron sus relaciones.

-Sí, su padre la trajo a pasar la última temporada en Londres. Nos vimos varias veces, nos prometimos y por fin nos casamos.

-Tengo entendido que la novia aportó una dote considerable.

-Una buena dote. Pero no mayor de lo habitual en mi familia.

-Y, por supuesto, la dote es ahora suya, puesto que el matrimonio es un hecho consumado.

-La verdad, no he hecho averiguaciones al respecto.

-Es muy natural. ¿Vio usted a la señorita Doran el día an­tes de la boda?

-Sí.

-¿Estaba ella de buen humor?

-Mejor que nunca. No paraba de hablar de la vida que llevaríamos en el futuro.

-Vaya, vaya. Eso es muy interesante. ¿Y la mañana de la boda?

-Estaba animadísima... Por lo menos, hasta después de la ceremonia.

-¿Y después observó usted algún cambio en ella? -Bueno, a decir verdad, fue entonces cuando advertí las primeras señales de que su temperamento es un poquitín violento. Pero el incidente fue demasiado trivial como para mencionarlo, y no puede tener ninguna relación con el caso.

-A pesar de todo, le ruego que nos lo cuente.

-Oh, es una niñería. Cuando íbamos hacia la sacristía se le cayó el ramo. Pasaba en aquel momento por la primera fila de reclinatorios, y se le cayó en uno de ellos. Hubo un instan­te de demora, pero el caballero del reclinatorio se lo devolvió y no parecía que se hubiera estropeado con la caída. Aun así, cuando le mencioné el asunto, me contestó bruscamente; y luego, en el coche, camino de casa, parecía absurdamente agitada por aquella insignificancia.

-Vaya, vaya. Dice usted que había un caballero en el reclinatorio. Según eso, había algo de público en la boda, ¿no?

-Oh, sí. Es imposible evitarlo cuando la iglesia está abierta.

-El caballero en cuestión, ¿no sería amigo de su esposa?

-No, no; le he llamado caballero por cortesía, pero era una persona bastante vulgar. Apenas me fijé en su aspecto. Pero creo que nos estamos desviando del tema.

-Así pues, la señora St. Simon regresó a la boda en un estado de ánimo menos jubiloso que el que tenía al ir. ¿Qué hizo al entrar de nuevo en casa de su padre?

-La vi mantener una conversación con su doncella.

-¿Y quién es esta doncella?

-Se llama Alice. Es norteamericana y vino de California con ella.

-¿Una doncella de confianza?

-Quizás demasiado. A mí me parecía que su señora le permitía excesivas libertades. Aunque, por supuesto, en América estas cosas se ven de un modo diferente.

-¿Cuánto tiempo estuvo hablando con esta Alice?

-Oh, unos minutos. Yo tenía otras cosas en que pensar.

-¿No oyó usted lo que decían?

-La señora St. Simon dijo algo acerca de «pisarle a otro la licencia». Solía utilizar esa jerga de los mineros para hablar. No tengo ni idea de lo que quiso decir con eso.

-A veces, la jerga norteamericana resulta muy expresiva. ¿Qué hizo su esposa cuando terminó de hablar con la doncella?

-Entró en el comedor.

-¿Del brazo de usted?

-No, sola. Era muy independiente en cuestiones de poca monta como ésa. Y luego, cuando llevábamos unos diez minutos sentados, se levantó con prisas, murmuró unas palabras de disculpa y salió de la habitación. Ya no la volvimos a ver.

-Pero, según tengo entendido, esta doncella, Alice, ha declarado que su esposa fue a su habitación, se puso un abrigo largo para tapar el vestido de novia, se caló un sombrero y salió de la casa.

-Exactamente. Y más tarde la vieron entrando en Hyde Park en compañía de Flora Millar, una mujer que ahora está detenida y que ya había provocado un incidente en casa del señor Doran aquella misma mañana.

-Ah, sí. Me gustaría conocer algunos detalles sobre esta dama y sus relaciones con usted.

Lord St. Simon se encogió de hombros y levantó las cejas.

-Durante algunos años hemos mantenido relaciones amistosas... podría decirse que muy amistosas. Ella trabaja­ba en el Allegro. La he tratado con generosidad, y no tiene ningún motivo razonable de queja contra mí, pero ya sabe usted cómo son las mujeres, señor Holmes. 

Flora era encantadora, pero demasiado atolondrada, y sentía devoción por mí. Cuando se enteró de que me iba a casar, me escribió unas cartas terribles; y, a decir verdad, la razón de que la boda se celebrara en la intimidad fue que yo temía que diese un es­cándalo en la iglesia. 

Se presentó en la puerta de la casa del señor Doran cuando nosotros acabábamos de volver, e in­tentó abrirse paso a empujones, pronunciando frases muy injuriosas contra mi esposa, e incluso amenazándola, pero yo había previsto la posibilidad de que ocurriera algo seme­jante, y había dado instrucciones al servicio, que no tardó en expulsarla. Se tranquilizó en cuanto vio que no sacaría nada con armar alboroto.

-¿Su esposa oyó todo esto?

-No, gracias a Dios, no lo oyó.

-¿Pero más tarde la vieron paseando con esta misma mujer?

-Sí. Y al señor Lestrade, de Scotland Yard, eso le parece muy grave. Cree que Flora atrajo con engaños a mi esposa hacia alguna terrible trampa.

-Bueno, es una suposición que entra dentro de lo posible.

-¿También usted lo cree?

-No dije que fuera probable. ¿Le parece probable a usted?

-Yo no creo que Flora sea capaz de hacer daño a una mosca.

-No obstante, los celos pueden provocar extraños cam­bios en el carácter. ¿Podría decirme cuál es su propia teoría acerca de lo sucedido?

-Bueno, en realidad he venido aquí en busca de una teo­ría, no a exponer la mía. Le he dado todos los datos. Sin em­bargo, ya que lo pregunta, puedo decirle que se me ha pasa­do por la cabeza la posibilidad de que la emoción de la boda y la conciencia de haber dado un salto social tan inmenso le hayan provocado a mi esposa algún pequeño trastorno ner­vioso de naturaleza transitoria.

-En pocas palabras, que sufrió un arrebato de locura.

-Bueno, la verdad, si consideramos que ha vuelto la espal­da... no digo a mí, sino a algo a lo que tantas otras han aspi­rado sin éxito... me resulta difícil hallar otra explicación.

-Bien, desde luego, también es una hipótesis concebible -dijo Holmes sonriendo-. Y ahora, lord St. Simon, creo que ya dispongo de casi todos los datos. ¿Puedo preguntar si en la mesa estaban ustedes sentados de modo que pudieran ver por la ventana?

-Podíamos ver el otro lado de la calle, y el parque. 

-Perfecto. En tal caso, creo que no necesito entretenerlo más tiempo. Ya me pondré en comunicación con usted.

-Si es que tiene la suerte de resolver el problema -dijo nuestro cliente, levantándose de su asiento.

-Ya lo he resuelto.

-¿Eh? ¿Cómo dice?

-Digo que ya lo he resuelto.

-Entonces, ¿dónde está mi esposa?

-Ése es un detalle que no tardaré en proporcionarle. Lord St. Simon meneó la cabeza.

-Me temo que esto exija cabezas más inteligentes que la suya o la mía -comentó, y tras una pomposa inclinación, al estilo antiguo, salió de la habitación.

-El bueno de lord St. Simon me hace un gran honor al colocar mi cabeza al mismo nivel que la suya -dijo Sherlock Holmes, echándose a reír-. Después de tanto interrogatorio, no me vendrá mal un poco de whisky con soda. Ya había sa­cado mis conclusiones sobre el caso antes de que nuestro cliente entrara en la habitación.

-¡Pero Holmes!

-Tengo en mi archivo varios casos similares, aunque, como le dije antes, ninguno tan precipitado. Todo el interro­gatorio sirvió únicamente para convertir mis conjeturas en certeza. En ocasiones, la evidencia circunstancial resulta muy convincente, como cuando uno se encuentra una tru­cha en la leche, por citar el ejemplo de Thoreau.

-Pero yo he oído todo lo que ha oído usted.

-Pero sin disponer del conocimiento de otros casos anteriores, que a mí me ha sido muy útil. Hace años se dio un caso muy semejante en Aberdeen, y en Munich, al año siguiente de la guerra franco-prusiana, ocurrió algo muy parecido. Es uno de esos casos... Pero ¡caramba, aquí vie­ne Lestrade! Buenas tardes, Lestrade. Encontrará usted otro vaso encima del aparador, y aquí en la caja tiene ciga­rros.

El inspector de policía vestía chaqueta y corbata marine­ras, que le daban un aspecto decididamente náutico, y lleva­ba en la mano una bolsa de lona negra. Con un breve saludo, se sentó y encendió el cigarro que le ofrecían.

-¿Qué le trae por aquí? -preguntó Holmes con un brillo malicioso en los ojos-. Parece usted descontento.

-Y estoy descontento. Es este caso infernal de la boda de St. Simon. No le encuentro ni pies ni cabeza al asunto.

-¿De verdad? Me sorprende usted.

-¿Cuándo se ha visto un asunto tan lioso? Todas las pistas se me escurren entre los dedos. He estado todo el día traba­jando en ello.

-Y parece que ha salido mojadísimo del empeño -dijo Holmes, tocándole la manga de la chaqueta marinera.

-Sí, es que he estado dragando el Serpentine.

-¿Y para qué, en nombre de todos los santos?

-En busca del cuerpo de lady St. Simon.

Sherlock Holmes se echó hacia atrás en su asiento y rom­pió en carcajadas.

-¿Y no se le ha ocurrido dragar la pila de la fuente de Trafalgar Square?

-¿Por qué? ¿Qué quiere decir?

-Pues que tiene usted tantas posibilidades de encontrar a la dama en un sitio como en otro.

Lestrade le dirigió a mi compañero una mirada de furia.

-Supongo que usted ya lo sabe todo -se burló.

-Bueno, acabo de enterarme de los hechos, pero ya he llegado a una conclusión.

-¡Ah, claro! Y no cree usted que el Serpentine intervenga para nada en el asunto.

-Lo considero muy improbable.

-Entonces, tal vez tenga usted la bondad de explicar cómo es que encontramos esto en él -y diciendo esto, abrió la bol­sa y volcó en el suelo su contenido; un vestido de novia de seda tornasolada, un par de zapatos de raso blanco, una guirnalda y un velo de novia, todo ello descolorido y empa­pado. Encima del montón colocó un anillo de boda nuevo-. Aquí tiene, maestro Holmes. A ver cómo casca usted esta nuez.

-Vaya, vaya -dijo mi amigo, lanzando al aire anillos de humo azulado-. ¿Ha encontrado usted todo eso al dragar el Serpentine?

-No, lo encontró un guarda del parque, flotando cerca de la orilla. Han sido identificadas como las prendas que vestía la novia, y me pareció que si la ropa estaba allí, el cuerpo no se encontraría muy lejos.

-Según ese brillante razonamiento, todos los cadáveres deben encontrarse cerca de un armario ropero. Y dígame, por favor, ¿qué esperaba obtener con todo esto?

-Alguna prueba que complicara a Flora Millar en la desaparición.

-Me temo que le va a resultar difícil.

-¿Conque eso se teme, eh? -exclamó Lestrade, algo pica­do-. Pues yo me temo, Holmes, que sus deducciones y sus inferencias no le sirven de gran cosa. Ha metido dos veces la pata en otros tantos minutos. Este vestido acusa a la señorita Flora Millar.

-¿Y de qué manera?

-En el vestido hay un bolsillo. En el bolsillo hay un tarje­tero. En el tarjetero hay una nota. Y aquí está la nota -la plantó de un manotazo en la mesa, delante de él-. Escuche esto: «Nos veremos cuando todo esté arreglado. Ven en se­guida. F H. M.».  

Pues bien, desde un principio mi teoría ha sido que lady St. Simon fue atraída con engaños por Flora Millar, y que ésta, sin duda con ayuda de algunos cómplices, es responsable de su desaparición. Aquí, firmada con sus iniciales, está la nota que sin duda le pasó disimuladamente en la puerta, y que sirvió de cebo para atraerla hasta sus manos.

-Muy bien, Lestrade -dijo Holmes, riendo-. Es usted fan­tástico. Déjeme verlo -cogió el papel con indiferencia, pero algo le llamó la atención al instante, haciéndole emitir un grito de satisfacción.

-¡Esto sí que es importante! -dijo.

-¡Vaya! ¿Le parece a usted?

-Ya lo creo. Le felicito calurosamente.

Lestrade se levantó con aire triunfal e inclinó la cabeza para mirar.

-¡Pero...! -exclamó-. ¡Si lo está usted mirando por el otro lado!

-Al contrario, éste es el lado bueno.

-¿El lado bueno? ¡Está usted loco! ¡La nota escrita a lápiz está por aquí!

-Pero por aquí hay algo que parece un fragmento de una factura de hotel, que es lo que me interesa, y mucho.

-Eso no significa nada. Ya me había fijado -dijo Lestra­de-. «4 de octubre, habitación 8 chelines, desayuno 2 cheli­nes y 6 peniques, cóctel 1 chelín, comida 2 chelines y 6 peni­ques, vaso de jerez 8 peniques.» Yo no veo nada ahí.

-Probablemente, no. Pero aun así, es muy importante. También la nota es importante, o al menos lo son las inicia­les, así que le felicito de nuevo.

-Ya he perdido bastante tiempo -dijo Lestrade, ponién­dose en pie-. Yo creo en el trabajo duro, y no en sentarme junto a la chimenea urdiendo bellas teorías. Buenos días, se­ñor Holmes, y ya veremos quién llega antes al fondo del asunto -recogió las prendas, las metió otra vez en la bolsa y se dirigió a la puerta.

-Le voy a dar una pequeña pista, Lestrade -dijo Holmes lentamente-. Voy a decirle la verdadera solución del asunto. Lady St. Simon es un mito. No existe ni existió nunca semejante persona.

Lestrade miró con tristeza a mi compañero. Luego se vol­vió a mí, se dio tres golpecitos en la frente, meneó solemne­mente la cabeza y se marchó con prisas.

Apenas se había cerrado la puerta tras él, cuando Sher­lock Holmes se levantó y se puso su abrigo.

-Algo de razón tiene este buen hombre en lo que dice so­bre el trabajo de campo -comentó-. Así pues, Watson, creo que tendré que dejarle algún tiempo solo con sus periódi­cos.

Eran más de las cinco cuando Sherlock Holmes se mar­chó, pero no tuve tiempo de aburrirme, porque antes de que transcurriera una hora llegó un recadero con una gran caja plana, que procedió a desenvolver con ayuda de un mucha­cho que le acompañaba.

Al poco rato, y con gran asombro por mi parte, sobre nuestra modesta mesa de caoba se des­plegaba una cena fría totalmente epicúrea. Había un par de cuartos de becada fría, un faisán, un pastel de foie-gras y va­rias botellas añejas, cubiertas de telarañas. 

Tras extender to­das aquellas delicias, los dos visitantes se esfumaron como si fueran genios de las Mil y Una Noches, sin dar explicaciones, aparte de que las viandas estaban pagadas y que les habían encargado llevarlas a nuestra dirección.

Poco antes de las nueve, Sherlock Holmes entró a paso rápido en la sala. Traía una expresión seria, pero había un brillo en sus ojos que me hizo pensar que no le habían fallado sus suposiciones.

-Veo que han traído la cena -dijo, frotándose las manos.

-Parece que espera usted invitados. Han traído bastante para cinco personas.

-Sí, me parece muy posible que se deje caer por aquí algu­na visita -dijo-. Me sorprende que lord St. Simon no haya llegado aún. ¡Ajá! Creo que oigo sus pasos en la escalera.

Era, en efecto, nuestro visitante de por la mañana, que en­tró como una tromba, balanceando sus lentes con más fuer­za que nunca y con una expresión de absoluto desconcierto en sus aristocráticas facciones.

-Veo que mi mensajero dio con usted -dijo Holmes.

-Sí, y debo confesar que el contenido del mensaje me dejó absolutamente perplejo. ¿Tiene usted un buen fundamento para lo que dice?

-El mejor que se podría tener.

Lord St. Simon se dejó caer en un sillón y se pasó la mano por la frente.

-¿Qué dirá el duque -murmuró- cuando se entere de que un miembro de su familia ha sido sometido a semejante humillación?

-Ha sido puro accidente. Yo no veo que haya ninguna humillación.

-Ah, usted mira las cosas desde otro punto de vista.

-Yo no creo que se pueda culpar a nadie. A mi entender, la dama no podía actuar de otro modo, aunque la brusquedad de su proceder sea, sin duda, lamentable. Al carecer de ma­dre, no tenía a nadie que la aconsejara en esa crisis.

-Ha sido un desaire, señor, un desaire público -dijo lord St. Simon, tamborileando con los dedos sobre la mesa.

-Debe usted ser indulgente con esta pobre muchacha, colocada en una situación tan sin precedentes.

-Nada de indulgencias. Estoy verdaderamente indigna­do, y he sido víctima de un abuso vergonzoso.

-Creo que ha sonado el timbre -dijo Holmes-. Sí, se oyen pasos en el vestíbulo. Si yo no puedo convencerle de que considere el asunto con mejores ojos, lord St. Simon, he traí­do un abogado que quizás tenga más éxito.

Abrió la puerta e hizo entrar a una dama y a un caballero.

-Lord St. Simon -dijo-: permítame que le presente al se­ñor Francis Hay Moulton y señora. A la señora creo que ya la conocía.

Al ver a los recién llegados, nuestro cliente se había puesto en pie de un salto y permanecía muy tieso, con la mirada gacha y la mano metida bajo la pechera de su levita, convertido en la viva imagen de la dignidad ofendida. 

La dama se había adelantado rápidamente para ofrecerle la mano, pero él si­guió negándose a levantar la vista. Posiblemente, ello le ayu­dó a mantener su resolución, pues la mirada suplicante de la mujer era difícil de resistir.

-Estás enfadado, Robert -dijo ella-. Bueno, supongo que te sobran motivos.

-Por favor, no te molestes en ofrecer disculpas -dijo lord St. Simon en tono amargado.

-Oh, sí, ya sé que te he tratado muy mal, y que debería haber hablado contigo antes de marcharme; pero estaba como atontada, y desde que vi aquí a Frank, no supe lo que hacía ni lo que decía. No me explico cómo no caí desmayada delante mismo del altar.

-¿Desea usted, señora Moulton, que mi amigo y yo salga­mos de la habitación mientras usted se explica?

-Si se me permite dar una opinión -intervino el caballero desconocido-, ya ha habido demasiado secreto en este asun­to. Por mi parte, me gustaría que Europa y América enteras oyeran las explicaciones.

Era un hombre de baja estatura, fibroso, tostado por el sol, de expresión avispada y movimientos ágiles. -Entonces, contaré nuestra historia sin más preámbulo -dijo la señora-. Frank y yo nos conocimos en el 81, en el campamento minero de McQuire, cerca de las Rocosas, donde papá explotaba una mina. Nos hicimos novios, Frank y yo, pero un día papá dio con una buena veta y se forró de dinero, mientras el pobre Frank tenía una mina que fue a menos y acabó en nada. 

Cuanto más rico se hacia papá, más pobre era Frank; llegó un momento en que papá se negó a que nuestro compromiso siguiera adelante, y me llevó a San Francisco, pero Frank no se dio por vencido y me siguió has­ta allí; nos vimos sin que papá supiera nada. De haberlo sa­bido, se habría puesto furioso, así que lo organizamos todo nosotros solos. 

Frank dijo que también él se haría rico, y que no volvería a buscarme hasta que tuviera tanto dinero como papá. Yo prometí esperarle hasta el fin de los tiempos, y juré que mientras él viviera no me casaría con ningún otro. En­tonces, él dijo: «¿Por qué no nos casamos ahora mismo, y así estaré seguro de ti? No revelaré que soy tu marido hasta que vuelva a reclamarte».

En fin, discutimos el asunto y resultó que él ya lo tenía todo arreglado, con un cura esperando y todo, de manera que nos casamos allí mismo; y después, Frank se fue a buscar fortuna y yo me volví con papá.

»Lo siguiente que supe de Frank fue que estaba en Montana; después oí que andaba buscando oro en Arizona, y más tarde tuve noticias suyas desde Nuevo México. Y un día apa­reció en los periódicos un largo reportaje sobre un campamento minero atacado por los indios apaches, y allí estaba el nombre de mi Frank entre las víctimas. 

Caí desmayada y es­tuve muy enferma durante meses. Papá pensó que estaba tí­sica y me llevó a la mitad de los médicos de San Francisco. Durante más de un año no llegaron más noticias, y ya no dudé de que Frank estuviera muerto de verdad. 

Entonces apareció en San Francisco lord St. Simon, nosotros vinimos a Londres, se organizó la boda y papá estaba muy contento, pero yo seguía convencida de que ningún hombre en el mundo podría ocupar en mi corazón el puesto de mi pobre Frank.

»Aun así, de haberme casado con lord St. Simon, yo le habría sido leal. No tenemos control sobre nuestro amor, pero sí sobre nuestras acciones. Fui con él al altar con la intención de ser para él tan buena esposa como me fuera posible. Pero puede usted imaginarse lo que sentí cuando, al acercarme al altar, volví la mirada hacia atrás y vi a Frank mirándome desde el primer reclinatorio. 

Al principio, lo tomé por un fantasma; pero cuando lo miré de nuevo seguía allí, como preguntándome con la mirada si me alegraba de verlo o lo lamentaba. No sé cómo no caí al suelo. Sé que todo me daba vueltas, y las palabras del sacerdote me sonaban en los oídos como el zumbido de una abeja. 

No sabía qué hacer. ¿Debía interrumpir la ceremonia y dar un escándalo en la iglesia? Me volví a mirarlo, y me pareció que se daba cuenta de lo que yo pensaba, porque se llevó los dedos a los labios para indicarme que permaneciera callada. Luego le vi garabatear en un papel y supe que me estaba escribiendo una nota. 

Al pasar junto a su reclinatorio, camino de la salida, dejé caer mi ramo junto a él y él me metió la nota en la mano al devol­verme las flores. Eran sólo unas palabras diciéndome que me reuniera con él cuando él me diera la señal. Por supuesto, ni por un momento dudé de que mi principal obligación era para con él, y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que él me indicara.

»Cuando llegamos a casa, se lo conté a mi doncella, que le había conocido en California y siempre le tuvo simpatía. Le ordené que no dijera nada y que preparase mi abrigo y unas cuantas cosas para llevarme. Sé que tendría que habérselo dicho a lord St. Simon, pero resultaba muy dificil hacerlo delante de su madre y de todos aquellos grandes personajes. 

Decidí largarme primero y dar explicaciones después. No llevaba ni diez minutos sentada a la mesa cuando vi a Frank por la ventana, al otro lado de la calle. Me hizo una seña y echó a andar hacia el parque. Yo me levanté, me puse el abrigo y salí tras él. En la calle se me acercó una mujer que me dijo no sé qué acerca de lord St. John... 

Por lo poco que en­tendí, me pareció que también ella tenía su pequeño secreto anterior a la boda... Pero conseguí librarme de ella y pronto alcancé a Frank. Nos metimos en un coche y fuimos a un apartamento que tenía alquilado en Gordon Square, y allí se celebró mi verdadera boda, después de tantos años de espe­ra. 

Frank había caído prisionero de los apaches, había escapado, llegó a San Francisco, averiguó que yo le había dado por muerto y me había venido a Inglaterra, me siguió hasta aquí, y me encontró la mañana misma de mi segunda boda.

-Lo leí en un periódico -explicó el norteamericano-. Ve­nía el nombre y la iglesia, pero no la dirección de la novia.

-Entonces discutimos lo que debíamos hacer, y Frank era partidario de revelarlo todo, pero a mí me daba tanta vergüenza que prefería desaparecer y no volver a ver a nadie; todo lo más, escribirle unas líneas a papá para hacerle saber que estaba viva. Me resultaba espantoso pensar en todos aquellos personajes de la nobleza, sentados a la mesa y esperando mi regreso. 

Frank cogió mis ropas y demás cosas de novia, hizo un bulto con todas ellas y las tiró en algún sitio donde nadie las encontrara, para que no me siguieran la pis­ta por ellas. Lo más seguro es que nos hubiéramos marchado a París mañana, pero este caballero, el señor Holmes, vino a vernos esta tarde y nos hizo ver con toda claridad que yo es­taba equivocada y Frank tenía razón, y tanto secreto no ha­cía sino empeorar nuestra situación. 

Entonces nos ofreció la oportunidad de hablar a solas con lord St. Simon, y por eso hemos venido sin perder tiempo a su casa. Ahora, Robert, ya sabes todo lo que ha sucedido; lamento mucho haberte he­cho daño y espero que no pienses muy mal de mí.

Lord St. Simon no había suavizado en lo más mínimo su rígida actitud, y había escuchado el largo relato con el ceño fruncido y los labios apretados.

-Perdonen -dijo-, pero no tengo por costumbre discutir de mis asuntos personales más íntimos de una manera tan pública.

-Entonces, ¿no me perdonas? ¿No me darás la mano antes de que me vaya?

-Oh, desde luego, si eso le causa algún placer -extendió la mano y estrechó fríamente la que le tendían.

-Tenía la esperanza -surgió Holmes- de que me acompañaran en una cena amistosa.

-Creo que eso ya es pedir demasiado -respondió su seño­ría-. Quizás no me quede más remedio que aceptar el curso de los acontecimientos, pero no esperarán que me ponga a celebrarlo. Con su permiso, creo que voy a despedirme. Muy buenas noches a todos -hizo una amplia reverencia que nos abarcó a todos y salió a grandes zancadas de la habitación.

-Entonces, espero que al menos ustedes me honren con su compañía -dijo Sherlock Holmes-. Siempre es un placer conocer a un norteamericano, señor Moulton; soy de los que opinan que la estupidez de un monarca y las torpezas de un ministro en tiempos lejanos no impedirán que nuestros hi­jos sean algún día ciudadanos de una única nación que abar­cará todo el mundo, bajo una bandera que combinará los co­lores de la Union Jack con las Barras y Estrellas.

 

-Ha sido un caso interesante -comentó Holmes cuando nuestros visitantes se hubieron marchado-, porque demues­tra con toda claridad lo sencilla que puede ser la explicación de un asunto que a primera vista parece casi inexplicable. No podríamos encontrar otro más inexplicable. 

Y no encon­traríamos una explicación más natural que la serie de acon­tecimientos narrada por esta señora, aunque los resultados no podrían ser más extraños si se miran, por ejemplo, desde el punto de vista del señor Lestrade, de Scotland Yard.

-Así pues, no se equivocaba usted.

-Desde un principio había dos hechos que me resultaron evidentísimos. El primero, que la novia había acudido por su propia voluntad a la boda; el otro, que se había arrepenti­do a los pocos minutos de regresar a casa. Evidentemente, algo había ocurrido durante la mañana que le hizo cambiar de opinión. 

¿Qué podía haber sido? No podía haber hablado con nadie, porque todo el tiempo estuvo acompañada del novio. ¿Acaso había visto a alguien? De ser así, tenía que ha­ber sido alguien procedente de América, porque llevaba de­masiado poco tiempo en nuestro país como para que al­guien hubiera podido adquirir tal influencia sobre ella que su mera visión la indujera a cambiar tan radicalmente de planes. 

Como ve, ya hemos llegado, por un proceso de exclu­sión, a la idea de que la novia había visto a un americano. ¿Quién podía ser este americano, y por qué ejercía tanta in­fluencia sobre ella? Podía tratarse de un amante; o podía tra­tarse de un marido. Sabíamos que había pasado su juventud en ambientes muy rudos y en condiciones poco normales. 

Hasta aquí había llegado antes de escuchar el relato de lord St. Simon. Cuando éste nos habló de un hombre en un recli­natorio, del cambio de humor de la novia, del truco tan transparente de recoger una nota dejando caer un ramo de flores, de la conversación con la doncella y confidente, y de la significativa alusión a «pisarle la licencia a otro», que en la jerga de los mineros significa apoderarse de lo que otro ha reclamado con anterioridad, la situación se me hizo absolutamente clara. Ella se había fugado con un hombre, y este hombre tenía que ser un amante o un marido anterior; lo más probable parecía lo último.

-¿Y cómo demonios consiguió usted localizarlos?

-Podría haber resultado difícil, pero el amigo Lestrade te­nía en sus manos una información cuyo valor desconocía. Las iniciales, desde luego, eran muy importantes, pero aún más importante era saber que hacía menos de una semana que nuestro hombre había pagado su cuenta en uno de los hoteles más selectos de Londres.

-¿De dónde sacó lo de selecto?

-Por lo selecto de los precios. Ocho chelines por una cama y ocho peniques por una copa de jerez indicaban que se trataba de uno de los hoteles más caros de Londres. No hay muchos que cobren esos precios. 

En el segundo que visi­té, en Northumberland Avenue, pude ver en el libro de registros que el señor Francis H. Moulton, caballero norteameri­cano, se había marchado el día anterior; y al examinar su factura, me encontré con las mismas cuentas que habíamos visto en la copia. 

Había dejado dicho que se le enviara la co­rrespondencia al 226 de Gordon Square, así que allá me en­caminé, tuve la suerte de encontrar en casa a la pareja de enamorados y me atrevía ofrecerles algunos consejos pater­nales, indicándoles que sería mucho mejor, en todos los as­pectos, que aclararan un poco su situación, tanto al público en general como a lord St. Simon en particular. Los invité a que se encontraran aquí con él y, como ve, conseguí que también él acudiera a la cita.

-Pero con resultados no demasiado buenos -comenté yo-. Desde luego, la conducta del caballero no ha sido muy elegante.

-¡Ah, Watson! -dijo Holmes sonriendo-. Puede que tam­poco usted se comportara muy elegantemente si, después de todo el trabajo que representa echarse novia y casarse, se en­contrara privado en un instante de esposa y de fortuna. 

Creo que debemos ser clementes al juzgar a lord St. Simon, y dar gracias a nuestra buena estrella, porque no es probable que lleguemos a encontrarnos en su misma situación. Acerque su silla y páseme el violín; el único problema que aún nos queda por resolver es cómo pasar estas aburridas veladas de otoño.