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Edward el Conquistador - Roald Dahl (Parte 1)

Louisa, sosteniendo un trapo de cocina, salió por la puerta trasera al frío sol de octubre.

—¡Edward! —gritó—. ¡Edward! ¡El almuerzo está listo!

Tras detenerse y escuchar un instante, se dirigió a paso lento hacia la superficie cubierta de césped, internóse en ella, seguida por la débil sombra que proyectaba su cuerpo, contorneó los rosales y, al cruzar frente a él, tocó con un dedo el reloj de sol. 

Su paso cadencioso y el suave balanceo de hombros y brazos le daban un porte bastante garboso para una mujer menuda y un poco metida en carnes. Pasó bajo la morera, ganó el caminillo enladrillado y lo siguió hasta el paraje desde donde podía dominar el declive que se formaba al fondo del vasto jardín.

—¡Edward! ¡El almuerzo!

Por fin lo había descubierto, a cosa de setenta metros de distancia, en el extremo del declive, donde empezaba el bosque. Espigado, pero de cuerpo estrecho, vestido con unos pantalones caqui y un suéter verde oscuro, dedicábase, plantado junto a una gran fogata, horca en mano, a amontonar zarzas sobre el fuego, que, voraz, levantaba llamas anaranjadas y enviaba hacia el jardín nubes de humo lechoso y un maravilloso aroma a hojas quemadas y a otoño.

Louisa descendió la pendiente al encuentro de su marido. De haberlo deseado, le habría sido fácil repetir la llamada y hacerse oír; pero las grandes hogueras tenían algo que la impulsaba hacia ellas, hacia su inmediata vecindad, donde pudiera percibir su crepitar y su calor.

—El almuerzo —repitió conforme se acercaba.

—Ah, hola. Sí, está bien. En seguida voy.

—¡Qué espléndido fuego!

—He decidido limpiar esto de zarzas —comentó su esposo—. Me tienen harto y aburrido.

Su alargado rostro estaba húmedo de sudor, cuyas gotillas le moteaban todo el bigote, como rocío, y dos pequeños regueros le corrían garganta abajo hasta donde comenzaba el cuello alto del suéter.

—Cuidado con excederte, Edward.

—De veras me gustaría, Louisa, que dejaras de tratarme como si fuera un octogenario. Un poco de ejercicio nunca ha perjudicado a nadie.

—Sí, cariño, lo sé. ¡Oh, Edward! ¡Mira! ¡Mira!

Se volvió el hombre y miró a Louisa, que señalaba hacia el otro extremo de la fogata.

—¡Míralo, Edward! ¡El gato!

Sentado en tierra, tan próximo al fuego que sus llamas parecían tocarlo a veces, un gatazo de color insólito por demás dedicábase, inmóvil por completo, la cabeza ladeada y la nariz al viento, a contemplar al matrimonio con sus ojos amarillos y apacibles.

—¡Se va a quemar! —exclamó Louisa.

Y, dejando caer el trapo, echó a correr hacia el animal, lo aferró con ambas manos y, levantándolo con viveza, volvió a dejarlo en la hierba, a prudente distancia de las llamas.

—¡Gato loco! —apostrofó mientras se sacudía el polvo de las manos—. ¿Qué te ocurre a ti?

—Los gatos saben lo que se hacen —observó su marido—. No verás a ninguno hacer algo que no le plazca. Los gatos, no.

—¿De quién es? ¿Lo habías visto antes?

—No, nunca. Tiene un color rarísimo.

El gato se había sentado en la hierba y les miraba de soslayo. Tenían sus ojos una velada expresión introspectiva, algo curiosamente sabio y reflexivo, y en torno a la nariz mostraba un delicadísimo gesto de desdén, como si aquellos dos seres de edad madura —el uno menudo, regordete y rosado; flaco y sudoroso en extremo el otro— fuesen motivo de cierta sorpresa pero escaso interés. Muy largo y sedoso, de un gris puramente plateado y sin el menor matiz de azul, el pelaje del animal era, desde luego, inusitado en un gato.

Louisa se inclinó y le acarició la cabeza.

—Tienes que irte a casa —le dijo—. Sé un gato bueno y vuélvete a tu casa, que es donde debes estar.

Marido y mujer acometieron despaciosos la cuesta en dirección a su vivienda. El gato, que se había levantado, los siguió, primero a cierta distancia y luego, conforme avanzaban, aproximándose más y más. Pronto estuvo a su lado y, rebasándoles, les precedió a través del césped camino de la casa con la cola enhiesta como un mástil, cual si fuera el dueño del lugar.

—Márchate a tu casa —dijo el hombre—. A casa. No te queremos.

Pero cuando alcanzaron ellos la suya les siguió al interior y Louisa le dio un poco de leche en la cocina. Durante el almuerzo saltó encima de la silla libre que quedaba entre ambos y, sentado allí, con la cabeza justo al ras de la mesa, asistió al resto de la comida observando su curso con aquellos ojos suyos, de un amarillo oscuro, que no dejaban de viajar despaciosos de la mujer al hombre y de este nuevamente a ella.

—No me gusta este gato —comentó Edward.

—Oh, yo lo encuentro precioso. Confío en que se quede un rato más.

—Escúchame bien, Louisa. Este bicho no puede quedarse aquí de ninguna manera. Se ha perdido, pero tiene dueño. Y, si por la tarde continúa merodeando por aquí, harás bien en llevarlo a la policía. Ellos se encargarán de que vuelva a su casa.

Terminado el almuerzo, Edward volvió a su trabajo de jardinería y Louisa se dirigió, como de costumbre, hacia el piano. Intérprete competente y melómana devota, casi todas las tardes pasaba cosa de una hora tocando para sí. El gato se había instalado ahora en el sofá; y como ella se detuviera al pasar y lo acariciara, abrió los ojos, la miró un instante y, cerrándolos de nuevo, se volvió a dormir.

—Eres un gato encantador —dijo—. Y de un color divino. Ojalá pudieras quedarte conmigo.

Recorrían sus dedos la piel de la cabeza cuando tropezaron con una hinchazón, una pequeña protuberancia situada justo encima del ojo derecho.

—Pobre gato —continuó—, tienes bultitos en esa cara tan linda. Te estarás haciendo viejo.

Siguió su camino y tomó asiento en la larga banqueta del piano, pero no se puso a tocar en seguida. Uno de sus pequeños placeres particulares estaba en elaborar cotidianamente una especie de concierto del día, con un programa elegido con esmero, que estudiaba punto por punto antes de empezar. 

Contraria desde siempre a interrumpir el gozo de la interpretación mientras discurría qué pieza atacar seguidamente, lo que buscaba era una breve pausa entre una y otra, en tanto el público, aplaudiendo enfervorizado, pedía más. Imaginar un auditorio embellecía el momento, y a veces, durante las interpretaciones —en los días afortunados, claro está—, la sala comenzaba a danzar, a desdibujarse y a oscurecerse hasta que ya no veía sino fila tras fila de butacas y todo un mar de blancos rostros vueltos hacia ella según escuchaban con arrobada y concentrada adoración.

Unas veces tocaba de memoria; otras, con partitura. Hoy quería hacerlo de memoria, que era lo que más se acomodaba a su ánimo. ¿Y en qué consistiría el programa? Sentada al piano con sus pequeñas manos enlazadas sobre el regazo, la estampa que ofrecía era la de una mujer menudita, regordeta, sonrosada, de cara redonda y todavía muy bonita y pelo recogido en pulido moño sobre la nuca. 

Desviando un poco la vista hacia la derecha alcanzaba a ver al gato, que dormía ovillado en el sofá, y el bello contraste que ofrecía su piel gris plateado sobre el púrpura del cojín. ¿Qué tal algo de Bach, para empezar? O, mejor todavía, de Vivaldi. La adaptación que Bach hizo, para órgano, de su Concerto Grosso en re menor. Sí: eso en primer término. Luego, algo de Schumann, quizá. ¿El Carnaval? Eso sería agradable. ¿Y a continuación? Bueno... un poquitín de Liszt, para amenizar. Uno de sus Sonetos de Petrarca; el segundo, en mi mayor, que era el más bonito. Después, más Schumann, otra de sus piezas alegres, las Kinderscenen. Y finalmente, para el encore, un vals de Brahms, o quizá dos, si se sentía predispuesta.

Vivaldi, Schumann, Liszt, Schumann, Brahms. Un programa muy bonito y que podía interpretar fácilmente prescindiendo de partituras. Se acercó un poco más al piano y aguardó unos instantes a la espera de que alguien de entre el público —algo le decía ya que este era uno de sus días afortunados— acabase de toser. Y entonces, con la pausada gracia que acompañaba la mayoría de sus movimientos, alzó las manos sobre el teclado y comenzó a tocar.

Aunque en ese momento concreto no estaba, ni mucho menos, pendiente del gato —a decir verdad había olvidado su presencia—, en cuanto los primeros acordes graves de Vivaldi sonaron suaves en la habitación, por el rabillo del ojo percibió, en el sofá, a su derecha, un súbito revuelo, un instantáneo movimiento.

Dejó de tocar en el acto.

—¿Qué tienes? —dijo vuelta hacia el gato—. ¿Qué te pasa?

El animal, que unos segundos antes dormía apacible, se había erguido en el diván y enhiesto, muy tenso, trémulo todo él, las orejas de punta, miraba de hito en hito el piano.

—¿Te he asustado? —indagó amable—. A lo mejor es que nunca habías oído música.

No, dijo para sí. No creo que se trate de eso. Bien pensado, la reacción del gato no le parecía de temor. No había percibido en él ni amilanamiento ni intención de retroceder, sino antes bien lo contrario: una voluntad de adelantarse, una especie de avidez. La cara, por otra parte... bueno, mostraba una expresión singular, una mezcla de sorpresa y de conmoción. 

Claro está que la cara de un gato es una cosa pequeña y bastante inexpresiva; pero, aun así, si observaba uno con atención el juego combinado de ojos y orejas, y en especial la zona situada por debajo de estas, donde la piel era tan móvil, a veces cabía captar el reflejo de emociones muy vivas. Muy atenta ahora a la cara del animal, y porque le intrigaba ver qué ocurriría esta segunda vez, Louisa avanzó las manos hacia el teclado y recomenzó la pieza de Vivaldi.

Debido a que ahora el gato lo esperaba, solo se produjo, por de pronto, una pequeña tensión adicional del cuerpo. Pero, según la música iba ganando rapidez y volumen camino de ese primer y emocionante movimiento que constituye la introducción de la fuga, una extraña expresión que frisaba casi en el éxtasis comenzó a invadir el rostro del animal. Las orejas, hasta ese momento enderezadas, fueron entrando poco a poco en reposo: cayeron los párpados; la cabeza se ladeó; y Louisa hubiera podido jurar que el animal comprendía y estimaba su trabajo.

Lo que vio (o creyó ver) era algo que había advertido muchas veces en el rostro de los que seguían con atento oído una pieza musical. Cuando el sonido se apodera por completo de un oyente y lo absorbe en sí, se hace patente en aquel una peculiar expresión, de intenso éxtasis, tan fácil de reconocer como pudiera serlo una sonrisa. Y, por lo que Louisa veía, era esa, casi exactamente, la expresión que ahora mostraba el gato.

Concluida la fuga, atacó la siciliana, todo ello sin perder de vista al animal que ocupaba el sofá. La prueba concluyente de que la escuchaba se produjo al final, cuando cesó la música: parpadeó el gato, se revolvió un poco, estiró una pata, buscó una postura más cómoda y, habiendo echado una rápida ojeada alrededor, volvió hacia ella, expectante, los ojos. 

Era aquella, punto por punto, la reacción del asiduo seguidor de conciertos ante la momentánea liberación de la pausa que en una sinfonía separa dos movimientos. Tan netamente humana resultó esa conducta, que sintió Louisa una extraña oleada de emoción en el pecho.

—¿Te ha gustado? —preguntó—. ¿Te gusta Vivaldi?

Apenas dicho esto, le invadió un sentimiento de ridículo, pero no tan vivo —y eso es lo que la sobrecogió un poco— como hubiera correspondido.

En fin, ya no quedaba sino continuar, como si tal cosa, con el programa, cuyo próximo punto era el Carnaval. Así que hubo empezado a tocar, el gato se atiesó de nuevo y enderezó su postura; luego, conforme la música iba penetrándole lenta y plácidamente, cayó de nuevo en aquel curioso estado de arrobo, en el que parecían mezclarse el ensueño y la sensación de ser engullido. 

Resultaba en verdad extravagante —y cómico también— ver a aquel gato plateado aposentarse allí en el sofá y entregarse a semejantes transportes. Y lo que llevaba la cosa al puro absurdo, concluyó Louisa, era el hecho de que aquella música, en la que tanto placer parecía hallar el animal, era a todas luces demasiado difícil, demasiado clásica para ser apreciada por la mayoría de los humanos.

Quizá no sea cierto que disfrute, pensó. A lo mejor se trata de una especie de reacción hipnótica, como se da en las serpientes. Bien mirado, si a ellas se las puede encantar mediante la música, ¿por qué no a un gato? Solo que se contaban por millones de ellos los que a diario oían la música de radios, gramófonos y pianos durante toda su vida, sin que hasta ahora, que ella supiera, se hubiese observado en ninguno semejante conducta. Y el que tenía delante se comportaba como si siguiese una a una las notas. Era ciertamente increíble.

¿Pero no resultaba, también, maravilloso? Desde luego que sí. A decir verdad, o mucho se equivocaba o era una especie de milagro, uno de esos milagros que se dan en los animales quizá una vez cada cien años.

—Ya he visto que esta te ha entusiasmado —dijo al terminar la pieza—. Si bien lamento no haberla interpretado hoy demasiado bien. ¿Cuál te ha complacido más, la de Vivaldi, o la de Schumann?

Como el gato no respondiera, Louisa, temerosa de perder la atención de su oyente, pasó sin demora al siguiente tema del programa: el segundo Soneto de Petrarca, de Liszt.

Y en ese punto ocurrió algo extraordinario: apenas interpretados los tres o cuatro primeros compases, los bigotes del animal comenzaron a agitarse de forma perceptible. Lentamente, tras enderezarse todavía un punto, inclinó la cabeza primero a un lado, luego al otro, y dejó flotar la mirada en el vacío con una especie de gesto de ceñuda concentración que parecía decir: «¿Qué es esto? No, no me lo digas. ¡Lo conozco tan bien...! Y, sin embargo, en este momento no acierto a identificarlo». Fascinada, con la boca entreabierta y una media sonrisa, Louisa continuó tocando mientras se preguntaba qué iría a ocurrir a continuación.

El gato se levantó, avanzó hacia un extremo del sofá, sentóse de nuevo y escuchó un rato más; y luego, inopinadamente, saltó al suelo, de ahí a la banqueta del piano, y allí se instaló, a su lado, atento al precioso soneto, ahora sin ensimismarse, sino muy tieso, sus ojazos amarillos fijos en los dedos de Louisa.

—¡Vaya! —exclamó conforme hacía sonar el último acorde—. Conque has venido a sentarte junto a mí, ¿no? ¿Prefieres esto al sofá? Está bien, te dejaré quedarte, a condición de que te estés quieto y no empieces a dar saltos. —Alargó una mano y, en tanto acariciaba el lomo del animal desde la cabeza a la cola, agregó—: Esto era de Liszt. No creas, a veces puede resultar de una vulgaridad espantosa; pero, en piezas como esta, es verdaderamente encantador.

Porque empezaba a encontrar placer en esa extravagante pantomima animal, atacó directamente el próximo tema del programa, las Kinderscenen de Schumann.

No llevaba más de un par de minutos de interpretación, cuando se dio cuenta de que el gato, de nuevo en movimiento, había vuelto a su antiguo acomodo del sofá. Estando pendiente solo de sus propias manos en aquel instante, sin duda se debía a eso el que ni siquiera hubiese advertido su marcha; aunque, con todo, el movimiento tenía que haber sido rápido y silencioso en extremo. 

Pero, por mucho que el animal siguiera mirándola, en apariencia pendiente todavía de la música, Louisa tuvo la impresión de que no mostraba ahora el embelesado entusiasmo de antes, el que provocara la pieza de Liszt. Por si eso fuera poco, el acto de abandonar la banqueta y volver al sofá se hubiera dicho un moderado pero positivo gesto de desencanto.

—¿Qué pasa? —indagó al terminar—. ¿Qué tiene Schumann de malo? ¿Y qué hay de tan maravilloso en Liszt?

El gato le devolvió la mirada de sus ojos ambarinos y de pupilas con pintas de un negro azabache.

Esto empieza a ponerse interesante, se dijo la mujer; y también, según se mire, un tanto inquietante... Pero el simple hecho de ver al animal tendido en el sofá, tan vivaz y atento, tan a las claras deseoso de más música, le devolvió la confianza.

—Está bien —dijo—. Te diré lo que voy a hacer. Voy a modificar, especialmente para ti, mi programa. Ya que Liszt parece gustarte tanto, te interpretaré otra de sus piezas.

Tras un momento de vacilación conforme buscaba en la memoria algo bueno de Liszt, inició lentamente una de las doce pequeñas composiciones de Der Weihnachtsbaum. Muy atenta ahora al gato, lo primero que advirtió fue que otra vez volvía a mover los bigotes. 

Saltó a la alfombra, se quedó allí un instante, con la cabeza inclinada y trémulo de excitación, y seguidamente, el paso lento y cadencioso, contorneó el piano, saltó a la banqueta y se acomodó junto a Louisa.

En eso estaban cuando apareció Edward procedente del jardín.

—¡Edward! —exclamó la mujer en tanto se levantaba de un brinco—. ¡Oh, Edward, tesoro! ¡Atiende! ¡Escucha lo que ha ocurrido!

—¿Qué pasa ahora? —replicó él—. Yo quisiera un poco de té.

Era el suyo uno de esos rostros de nariz afilada, angostos y levemente purpúreos, que el sudor hacía brillar ahora como si fuera un alargado y húmedo grano de uva.

—¡Es el gato! —continuó ella admirativa al tiempo que señalaba al animal plácidamente sentado en la banqueta—. ¡Cuando te enteres de lo que ha ocurrido...!

—Creí haberte dicho que lo llevaras a la policía.

—Pero escúchame, Edward. Esto es apasionante de verdad. Se trata de un gato melómano.

—Oh, ¿de veras?

—No solo le gusta la música sino que, además, la entiende.

—Vamos, Louisa, déjate ya de bobadas, y, por lo que más quieras, tomemos un poco de té. Estoy acalorado y rendido de tanto cortar zarzas y hacer fogatas.

Se acomodó en una butaca, tomó un pitillo de una caja que tenía al lado y lo encendió con el enorme encendedor acharolado que había junto a aquella.

—Lo que tú no comprendes —continuó Louisa— es que aquí, en nuestra casa, ha estado sucediendo en tu ausencia algo por demás apasionante, algo que incluso podría ser... bueno... trascendental.

—Seguro que sí.

—¡Edward, por favor...!

Estaba la mujer en pie junto al piano, su carita más sonrosada que nunca, y en las mejillas sendas rosetas de un encendido escarlata.

—Si te interesa —agregó—, te diré lo que pienso.

—Te escucho, cariño.

—Creo que en este momento podríamos encontrarnos en presencia de... —se interrumpió, como percatándose, súbitamente, de lo absurdo de la idea.

—Continúa...

—Quizá lo consideres una tontería, Edward; pero es lo que pienso en realidad...

—¿En presencia de quién, por amor de Dios?

—¡Del mismísimo Franz Liszt!

Su marido dio una larga y lenta chupada al pitillo y expulsó el humo en dirección al techo. Sus mejillas, hundidas, de piel atirantada, eran las de quien lleva largos años usando dentadura postiza; y, cuando succionaba un cigarrillo, aún se le sumían más y hacían que los pómulos descollasen como los de una calavera.

—No te sigo —respondió.

—Edward, atiende, por favor. A juzgar por lo que he visto esta tarde con mis propios ojos, da toda la impresión de tratarse de una especie de reencarnación.

—¿Te refieres a esa porquería de gato?

—Por favor, cariño, no hables así.

—No estarás enferma, ¿verdad, Louisa?

—Me encuentro perfectamente, muchas gracias. Si acaso, un poco confusa, lo reconozco; pero ¿quién no se sentiría así después de lo que acaba de ocurrir? Edward, te juro que...

—Pero ¿qué es lo que ha ocurrido, si puede saberse?

Se lo expuso. Él la escuchaba despatarrado en el sillón, dando chupadas al pitillo cuyo humo proyectaba hacia el techo con una tenue sonrisa cínica en los labios.

—Yo no veo nada extraordinario en todo eso —dijo cuando su esposa hubo concluido—. Se trata, simplemente, de un gato adiestrado. Se lo han enseñado a hacer; eso es todo.

—No digas tonterías, Edward. En cuanto me pongo a tocar algo de Liszt, se excita todo él y corre a sentarse en la banqueta, a mi lado. Pero solo reacciona así con Liszt. Y nadie puede enseñarle a un gato a distinguir a Liszt de Schumann. Como que ni siquiera tú notas la diferencia. Él, en cambio, ha acertado siempre. Y Liszt, por otra parte, no es nada conocido.

—Han sido dos veces —observó él—. Solo lo ha hecho dos veces.

—Con eso basta.

—Pues a ver, que lo repita. Vamos.

—No. Decididamente, no. Porque si este gato es Liszt, como yo así lo creo, o cuando menos el alma de Liszt, o el elemento, como quiera que se llame, que sobrevive, está claro que no es justo, ni tampoco demasiado amable, someterle a toda una serie de pruebas humillantes.

—Pero, ¡querida mía!, esto no es más que un gato, un gato gris y bastante estúpido que esta mañana en el jardín ha estado a punto de chamuscarse la piel junto a la hoguera. Y, por otra parte, ¿qué sabes tú de reencarnaciones?

—Si hay un alma en ese animal, para mí es bastante —replicó Louisa con firmeza—. Lo importante es el alma.

—Pues nada: veámosle actuar. Veámosle distinguir entre su propia obra y la de otro.

—No, Edward, ya te lo he dicho: me niego a hacerle pasar por nuevas y estúpidas pruebas circenses. Por hoy, basta y sobra. Pero te diré lo que voy a hacer. A eso sí estoy dispuesta. Voy a tocarle un poco de su propia música.

—Mucho vas a probar con eso.

—Tú obsérvale. Algo puedes dar por seguro: en cuanto la reconozca, se negará a moverse de la banqueta donde ahora lo ves.

Louisa se dirigió hacia el estante donde guardaba las partituras, tomó un libro con partituras de Liszt, lo hojeó con rapidez y eligió otra de sus más bellas composiciones: la Sonata en si menor. Aunque solo se proponía interpretar su primera parte, una vez estuvo en ello, y como advirtiese la forma en que escuchaba el animal, literalmente trémulo de placer y observando sus manos con aquel aire de concentración embelesada, le faltó valor para interrumpirse y la tocó completa. Terminada la pieza, volvió los ojos hacia su esposo y dijo sonriente:

—Ya lo has visto. No me negarás que le tenía encantado por completo.

—Le gusta ese ruido, no es más que eso.

—Estaba verdaderamente encantado. ¿No es cierto, precioso? —insistió, tomando en brazos al gato—. ¡Oh, si pudiera hablar...! ¿Te das cuenta? ¡En su juventud conoció a Beethoven! Y también a Schubert, a Mendelssohn, a Schumann; a Berlioz y a Grieg, a Delacroix y a Ingres, a Heine y a Balzac. Y aguarda un momento... ¡Cielo santo, si fue suegro de Wagner! ¡Tengo en los brazos al suegro de Wagner!

(CONTINUARÁ...)

El enano saltarín - James Finn Garner

Hace mucho tiempo, en un reino muy lejano, vivía un molinero afectado por una situación económica sumamente desventajosa. Aquel molinero compartía su humilde morada con su única hija, una joven de espíritu independiente llamada Esmeralda. 

El caso es que, en lugar de mostrarse enfurecido contra el sistema económico que le marginaba, el molinero se sentía sumamente avergonzado de su pobreza, y siempre estaba buscando el modo de hacerse rico rápidamente.

—Si consiguiera casar a mi hija con un hombre rico —solía reflexionar con su actitud sexista y arcaica—, a ella no le faltaría de nada y yo no tendría que volver a trabajar durante el resto de mi vida.

Al fin, concibió una idea que le ayudaría a conseguir tan indigno objetivo. Haría correr el rumor de que su hija era capaz de hilar la paja corriente y convertirla en oro. Mediante aquella falsedad, lograría atraer la atención de numerosos hombres acaudalados y casar a su Esmeralda.

El rumor se propagó por el reino como un reguero de pólvora, y no tardó en llegar a oídos del príncipe. Este, tan codicioso y cándido como la mayoría de los hombres de su posición, creyó aquellas habladurías a pies juntillas e invitó a Esmeralda a su castillo para asistir a los festejos celebrados con motivo del Primero de Mayo. 

Sin embargo, cuando llegó la muchacha, ordenó que la arrojaran a una mazmorra llena de paja y le ordenó que la transformara en oro.

Encerrada en aquel calabozo y temiendo por su vida, Esmeralda se sentó en el suelo y comenzó a sollozar. Nunca hasta entonces se le había revelado con tanta crudeza la capacidad de explotación del sistema patriarcal. Mientras lloraba, apareció de repente en la mazmorra un hombrecillo diminuto tocado con un gorro de feria.

—¿Por qué lloras, querida? —inquirió.

Esmeralda se sobresaltó, pero respondió a su pregunta:

—El príncipe me ha ordenado hilar toda esta paja hasta convertirla en oro.

—Sí, pero, ¿por qué lloras? —preguntó de nuevo.

—Porque no puede hacerse. ¿Qué eres tú, un superdotado o algo por el estilo?

El hombre de estatura reducida se echó a reír y dijo:

—Querida, concentras demasiado tu pensamiento en el hemisferio cerebral izquierdo. Pero estás de suerte. Te enseñaré cómo llevar a cabo esa tarea, sí, pero primero debes prometerme que me darás a cambio lo que yo quiera.

Esmeralda, desprovista de elección alternativa, asintió. Para convertir la paja en oro, ambos la transportaron a una cooperativa campesina próxima, donde fue empleada para recubrir un viejo tejado. 

Dotados así de un hogar más seco, los granjeros vieron mejorar su salud y su productividad, fundaron una escuela comunal y transformaron gradualmente el reino en un modelo de democracia carente de cualquier forma de injusticia económica o social y dotado de una ínfima tasa de mortalidad infantil.

El príncipe, por su parte, fue capturado por una muchedumbre airada y ejecutado a golpes de bieldo frente a su palacio. A medida que fueron incrementándose las inversiones extranjeras de todos los países del mundo, los campesinos recordaron la paja con que tan generosamente les había obsequiado Esmeralda y la recompensaron con numerosas arcas llenas de oro.

Cuando todo hubo terminado, el menudo hombrecillo del gorro de feria se echó a reír y dijo:

—Así es como se consigue transformar la paja en oro. —Inmediatamente, su expresión se tornó amenazadora—: Y ahora que ya he concluido mi labor, te toca a ti cumplir con tu parte del trato. ¡Habrás de entregarme tu primer hijo!

—¡No tengo por qué negociar con alguien capaz de interferir en mis derechos de reproducción! —le espetó Esmeralda sin vacilar.

El hombrecillo verticalmente limitado se sintió impresionado ante la convicción de su tono de voz, por lo que decidió cambiar de táctica y dijo ladinamente:

—Muy bien, querida; te dejaré libre de cualquier obligación si eres capaz de adivinar cómo me llamo.

—De acuerdo —repuso Esmeralda. Caviló unos instantes, golpeándose la barbilla con los dedos, y añadió—: ¿No te llamarás, acaso...? Oh, no lo sé... ¿El enano saltarín, quizá?

—¡AAAARGHHH! —chilló el hombre de altura limitada—. Pero, ¿cómo... cómo has podido saberlo?

Repuso Esmeralda:

—Porque aparece escrito sobre el distintivo del "Seminario en pro de las Personas Pequeñas al Poder" que aún llevas puesto.

El enano saltarín dejó escapar un alarido de furia, dio una patada en el suelo y, al hacerlo, se abrió la tierra y le tragó entre un torbellino de humo y azufre.

Esmeralda, con su dinero, se trasladó a California y abrió una clínica de planificación familiar para enseñar a otras mujeres a no dejarse esclavizar por sus sistemas reproductores y vivió soltera el resto de sus días como una persona concienciada y realizada.


Villa Ruiseñor - Agatha Christie (parte 2)

 Pero la noche del día siguiente, comprendió que ciertas fuerzas ocultas la iban minando interiormente. Dick Windyford no había vuelto a telefonear y, sin embargo, percibía su influencia. No cesaba de recordar sus palabras: «Ese hombre es un desconocido para ti. No sabes nada de él.» Y con ellas el recuerdo del rostro de su marido acudía a su memoria diciéndole: «¿Tú crees que tiene gracia hacer de esposa de Barba Azul?» ¿Por qué había dicho eso? ¿Qué quiso decir con aquellas palabras?
Hubo una advertencia en ellas... una amenaza. Era como si le hubieran dicho: «Sería mejor que no te metieras en mi vida privada, Alix. Podrías llevarte un disgusto si lo hicieras.» Cierto que pocos minutos después le juraba que no hubo otra mujer en su vida que le importase..., pero Alix trató en vano de recordar aquella sensación que le diera de sinceridad. ¿Acaso no estaba obligado a jurárselo?
El viernes por la mañana Alix estaba convencida de que había habido otra mujer en la vida de Gerald... algo semejante a la cámara de Barba Azul y que luchaba por ocultárselo. Sus celos, tardos en despertar, se hicieron desenfrenados.
¿Es que acaso debía encontrarse con una mujer aquella noche a las nueve? ¿Habría inventado la historia del revelado de las fotografías en el apuro del momento? Con una extraña sensación de sobresalto Alix comprendió que desde que encontrara su agenda de bolsillo había vivido atormentada. Y eso que no había nada en ella. Eso era lo más irónico del caso.
Tres días antes hubiera jurado conocer perfectamente a su esposo, y ahora le parecía un extraño del que nada sabía. Recordó su enojo irrazonable contra el pobre Jorge, tan contrario a su acostumbrado buen carácter. Un pequeño detalle, tal vez, pero demostraba que en realidad desconocía al nombre que era su marido.
Alix necesitaba adquirir varias cosas para el fin de semana y por la tarde sugirió que ella podría ir al pueblo a buscarlas, mientras Gerald se ocupaba del jardín, pero ante su sorpresa se opuso resueltamente a su plan e insistió en ir él para que Alix se quedara en casa. Alix viose obligada a dejarle hacer su voluntad, pero su insistencia le había sorprendido. ¿Por qué aquel afán de evitar a toda costa que fuera al pueblo?
Y de pronto, la explicación que dejaba todo en claro: ¿No era posible que, a pesar de no decirle nada, Gerald hubiera encontrado a Dick Windyford en el pueblo? Sus propios celos, dormidos durante la época de su matrimonio, sólo habían surgido después. ¿No podría haberle ocurrido lo mismo a Gerald? ¿Acaso no estaría tratando de impedir que volviera a ver a Dick Windyford? Esa explicación coincidía tan bien con los hechos, y confortó tanto a Alix, que la abrazó con todo entusiasmo.
Sin embargo, cuando pasó la hora del té, estaba inquieta y enferma de impaciencia, luchando contra una tentación que la asaltaba desde la marcha de Gerald. Por fin, tranquilizando su conciencia con la excusa de que la habitación necesitaba una buena limpieza, subió al despacho de su marido con un sacudidor del polvo para justificarse.
—Si pudiera estar segura —se repetía—. Si pudiera estar completamente segura.
En vano se decía que cualquier cosa comprometedora habría sido destruida años atrás. Pero los hombres guardan algunas veces la prueba más condenatoria llevados de un sentimentalismo exagerado.
Al fin Alix sucumbió, y con las mejillas arreboladas por la vergüenza de su acción, fue revisando todos los paquetes de cartas y documentos, abriendo todos los cajones, y examinando incluso los bolsillos de los trajes de su marido. Sólo dos cajones se le resistieron: el último cajón de la cómoda, y el de la parte izquierda del escritorio estaban cerrados con llave. Pero ahora Alix era ya capaz de cualquier cosa, y estaba convencida de que en uno de ellos encontraría alguna prueba de la existencia de aquella mujer del pasado de su marido que la obsesionaba.
Recordó que Gerald había dejado sus llaves olvidadas sobre el aparador, y yendo a buscarlas las fue probando una por una. La tercera entraba en la cerradura del cajón del escritorio, que Alix se apresuró a abrir. Había un talonario de cheques y una cartera bien provista de billetes, y en el fondo un paquete de cartas atado con una cinta.
Respirando afanosamente, Alix lo desató, y luego un intenso rubor cubrió su rostro mientras dejaba las cartas de nuevo en el interior del cajón, y volvía a cerrarlo. Porque aquellas cartas eran suyas, las que escribiera a Gerald Martin antes de casarse con él.
Dirigióse a la cómoda, impulsada más por el deseo de no dejar nada por registrar, que por la esperanza de encontrar lo que buscaba. Sentíase avergonzada y convencida de la locura de su obsesión.
Ante su contrariedad ninguna de las llaves de Gerald abría el cajón. Sin desanimarse, Alix se fue en busca de otra serie de llaves, y al fin la llave del guardarropa pudo abrirlo, pero en su interior no había más que un rollo de recortes de periódicos manchados y descoloridos por el tiempo.
Alix exhaló un suspiro de alivio. Sin embargo, fue revisando los recortes para saber qué es lo que había interesado tanto a su marido como para guardar aquel paquete polvoriento. Casi todos eran de periódicos americanos, de varios años atrás, y trataban del proceso de un famoso estafador y bígamo, Carlos LeMaitre. LeMaitre era considerado sospechoso de haber dado muerte a varias mujeres. Se había encontrado un esqueleto enterrado debajo del suelo de una de las casas que había alquilado, y la mayoría de las mujeres con las que «contrajo matrimonio» desaparecieron sin dejar rastro.
El se había defendido contra las acusaciones con habilidad consumada, con la ayuda de uno de los abogados de más talento de los Estados Unidos. El veredicto escocés «Absuelto por falta de pruebas» hubiera sido más apropiado al caso, pero en su defecto, se le consideró «Inocente» de la culpa capital, aunque le sentenciaron a un largo período de cárcel por los otros cargos presentados contra él.
Alix recordaba la sensación que produjo aquel caso, y también la que causó la huida de LeMaitre unos tres años más tarde. No volvieron a detenerle. La personalidad de aquel hombre y su extraordinario atractivo para las mujeres fueron comentados extensamente en los periódicos, junto con un resumen de la excitabilidad que demostró en el juzgado, sus protestas apasionadas, y sus repentinos colapsos debidos a su corazón débil, aunque algunos lo atribuyeron a sus facultades dramáticas.
Venía una fotografía suya en uno de los recortes que Alix tenía en la mano y la estudió con cierto interés... un caballero de luenga barba con aspecto de catedrático. Le recordaba a alguien, pero de momento no supo precisar quién era ese alguien. No imaginaba que Gerald se interesase por los crímenes y procesos famosos, aunque sabía que era el entretenimiento predilecto de muchos hombres.
¿A quién le recordaba aquella cara? De pronto, sobresaltada, comprendió que al propio Gerald. Aquellas cejas y aquellos ojos tenían un gran parecido con los suyos. Tal vez conservase aquellos recortes por esa razón. Sus ojos leyeron el párrafo que aparecía junto al retrato. Al parecer se encontraron ciertas notas en la agenda de bolsillo del acusado que coincidían con las fechas en que se deshizo de sus víctimas. Luego, una mujer había identificado al prisionero por una cicatriz que tenía en la muñeca izquierda, precisamente debajo de la palma de la mano.
Alix dejó caer los papeles de entre sus manos nerviosas mientras se tambaleaba. En la muñeca izquierda, precisamente debajo de la palma, Gerald tenía una pequeña cicatriz.
Todo giraba a su alrededor. Después le pareció tener de pronto aquella absoluta certeza. ¡Gerald Martin era Carlos LeMaitre! Lo sabía y lo aceptaba con la velocidad del relámpago. Fragmentos sueltos acudían a su memoria, como las piezas de un rompecabezas que van tomando forma.
El dinero pagado por la casa... su dinero... únicamente su dinero. Los bonos al portador que confiara a su custodia. Incluso su sueño tenía ahora significado. En lo más profundo de su ser, su subconsciente siempre había temido a Gerald Martin y deseado escapar de él y para ello su otro yo pedía ayuda a Dick Windyford. Por eso también aceptó la verdad con tanta facilidad, y sin dudas ni vacilaciones. Ella iba a ser pronto otra de las víctimas de LeMaitre... quizá muy pronto.
Casi se le escapa un grito, al recordar lo anotado en la agenda. Miércoles a las nueve de la noche. Con lo fácil que era levantar las baldosas del sótano. En cierta ocasión ya había enterrado a una de sus víctimas en un sótano. Todo lo tenía planeado para la noche del miércoles, ¡pero escribirlo de antemano con aquella tranquilidad... era una locura! No, era lógico. Gerald tomaba siempre nota de sus compromisos... y para él un crimen era una cuestión de negocios como cualquier otra.
Pero, ¿qué la salvó? ¿Qué es lo que pudo salvarla? ¿Por qué se arrepentiría en el último momento? Sí... como un rayo le vino la respuesta. El viejo Jorge. Ahora le resultaba comprensible el enojo incontenible de su esposo. Sin duda había preparado el terreno diciendo a todo el mundo que encontraba que se iban a Londres al día siguiente. Luego Jorge fue a trabajar inesperadamente y al hablarle de Londres, ella había desmentido la historia. Era demasiado arriesgado deshacerse de ella aquella noche, exponiéndose a que el jardinero repitiera su conversación. ¡Pero había escapado de milagro! De no haber mencionado aquel asunto tan trivial... Alix se estremeció.
Pero no había tiempo que perder. Tenía que huir en seguida... antes de que él regresara. Por nada del mundo pasaría otra noche bajo el mismo techo que aquel hombre. Apresuróse a guardar de nuevo el rollo de recortes de periódicos en el cajón, y lo cerró.
Y entonces se quedó como si se hubiera convertido en estatua de piedra. Había oído el chirrido de la cerca. Su esposo había regresado ya.
Por un momento Alix continuó inmóvil; luego yendo de puntillas hasta la ventana atisbo tras el amparo de la cortina.
Sí, era su marido, que sonriendo para sí tarareaba una tonadilla. En la mano llevaba algo que casi paralizó el corazón de la aterrorizada Alix: una azada nueva.
Alix se dijo instintivamente: Iba a ser esta noche. Pero le quedaba una oportunidad. Gerald, todavía tarareando había ido dando la vuelta a la casa.
Va a dejarla en el sótano... preparada, pensó Alix con un escalofrío.
Sin vacilar un momento echó a correr escaleras abajo y salió de la casa, pero en el preciso momento que atravesaba la puerta, su esposo hizo su aparición por un lado de la casa.
—Hola —le dijo—. ¿A dónde vas tan de prisa?
Alix procuró desesperadamente parecer tranquila. De momento había perdido su oportunidad, pero si tenía cuidado de no despertar sus sospechas volvería a tenerla más tarde. Incluso ahora mismo, tal vez.
—Iba a ir paseando hasta el extremo del prado —dijo con voz que le sonó débil e insegura a sus propios oídos.
—Muy bien —replicó Gerald—. Te acompañaré.
—No... por favor, Gerald. Estoy nerviosa... me duele la cabeza... preferiría ir sola.
Él la miró fijamente y Alix creyó ver el recelo en sus ojos.
—¿Qué te ocurre, Alix? Estás pálida... temblorosa.
—No es nada —se esforzó por sonreír—. Me duele la cabeza, eso es todo. Un paseo me sentará bien.
—Bueno, es inútil que digas que no te acompañe —declaró Gerald riendo—. Iré contigo quieras o no.
Alix no se atrevió a insistir más. Si sospechara que sabía...
Con un esfuerzo procuró recuperar algo de su habitual tranquilidad. No obstante, se daba cuenta de que él la miraba de reojo de cuando en cuando, como si no estuviera satisfecho y no hubiese acallado sus sospechas.
Cuando regresaron a la casa, él insistió en que debía acostarse, y le trajo agua de colonia para mojar sus sienes. Fue, como siempre, el esposo atento y solícito, y no obstante, Alix sentíase tan indefensa como si estuviera atada de pies y manos en el interior de una trampa.
Ni por un momento la dejó sola. Fue con ella a la cocina ayudándola a preparar la cena. Apenas podía tragar bocado, pero se esforzó en comer, e incluso parecer alegre y natural. Ahora se daba cuenta de que luchaba por su vida. Estaba a solas con aquel hombre, a varios kilómetros de distancia de la civilización, completamente a su merced. Su única oportunidad era aplacar sus sospechas para que la dejara sola unos momentos... los suficientes para llegar al teléfono del recibidor para pedir ayuda. Aquélla era su única esperanza. Si se decidía a huir, la alcanzaría antes de que pudiera llegar al pueblo.
Una esperanza momentánea la animó al recordar cómo había abandonado su plan la otra noche. ¿Y si le dijera que Dick Windyford iba a ir a verles aquella noche?
Las palabras temblaban en sus labios... pero se apresuró a rechazarlas. Aquel nombre no perdería su segunda oportunidad. Había tal determinación bajo su calma aparente que le daba náuseas. Sólo conseguiría precipitar su crimen. La mataría en seguida, y luego con toda tranquilidad telefonearía a Dick Windyford con cualquier excusa para que no fuera. ¡Oh!, si Dick fuera a verles aquella noche. Si Dick...
Una idea acudió a su mente y miró de soslayo a su esposo por temor a que pudiera adivinar sus pensamientos, y mientras formaba su plan, sintió renacer su valor mostrándose tan natural que ella misma se maravilló. Gerald estaba ahora completamente tranquilizado.
Alix preparó el café y lo llevó ahora al porche, donde solían sentarse las noches cálidas.
—A propósito —dijo Gerald de pronto—, más tarde revelaremos esas fotografías.
Alix sintió que un escalofrío recorría su cuerpo, pero replicó con naturalidad:
—¿No puedes hacerlo solo? Estoy dormida y muy cansada esta noche.
—No tardaremos mucho —sonrió—, y te aseguro que luego no te sentirás cansada.
Aquellas palabras parecieron divertirle. Alix se estremeció. Ahora, o nunca podría llevar a cabo su plan.
Se puso en pie.
—Voy a telefonear al carnicero —anunció tranquilamente.
—¿Al carnicero? ¿A estas intempestivas horas de la noche?
—Tonto, ya sé que la tienda está cerrada pero él está en la casa. Mañana es sábado y quiero que me traiga unos filetes de ternera bien temprano, antes de que se los lleve otra. El viejo haría cualquier cosa por mí.
Y entró rápidamente en la casa, cerrando la puerta tras ella. Oyó a Gerald que decía: «No cierres la puerta», y Alix replicó con ligereza: «Así no entrarán los mosquitos. Aborrezco los mosquitos. ¿Tienes miedo de que le haga el amor al carnicero, tonto?»
Una vez en el interior de la casa cogió el teléfono y dio el número de la «Posada del Viajero». Le dieron comunicación en seguida.
—¿El señor Windyford está todavía ahí? ¿Podría hablar con él?
Entonces el corazón le dio un vuelco. La puerta acababa de abrirse y su marido entraba en el recibidor.
—Vete, Gerald —le dijo mimosa—. No me gusta que me escuchen cuando hablo por teléfono.
Él se limitó a echarse a reír mientras se sentaba en una silla.
—¿Seguro que telefoneas al carnicero? —le preguntó.
Alix estaba desesperada. Su plan había fracasado. Dentro de unos instantes, Dick Windyford estaría al teléfono. ¿Se arriesgaría a gritar pidiendo ayuda? ¿Comprendería lo que quería decirle antes de que Gerald le arrebatara el aparato? ¿O creería únicamente que se trataba de una broma?
Y luego mientras nerviosa movía la clavija que permite que la voz se oiga o no en el extremo del hilo, se le ocurrió otra idea.
«Será fácil —pensó—. Tendré que procurar no perder la cabeza y escoger las palabras apropiadas y no desfallecer ni un momento, pero creo que podré hacerlo.»
Y en aquel momento oyó la voz de Dick Windyford.
Alix tomó aliento. Luego conectó la clavija de comunicación con firmeza.
—Aquí la señora Martin... de «Villa Ruiseñor». Por favor, venga (cerró la clavija) mañana por la mañana y tráigame seis filetes de ternera bien hermosos (volvió a dar la comunicación). Es muy importante. (Cerró.) Muchísimas gracias, señor Hexworthy, espero que no le haya molestado llamando tan tarde, pero en realidad el tener esos filetes el sábado (abrió) es cuestión de vida o muerte... (cerró). Muy bien... mañana por la mañana... (abrió), cuanto antes...
Volvió a dejar el teléfono en la horquilla y miró a su esposo respirando trabajosamente.
—De manera que es así como hablas con el carnicero ¿eh? —dijo Gerald.
—Estrategia femenina —dijo Alix en tono ligero.
Rebosaba excitación. Gerald no había sospechado nada, y sin duda Dick iría aunque no hubiese comprendido.
Pasaron al saloncito y Alix encendió la luz. Gerald la observaba.
—Pareces muy contenta ahora —le dijo mirándola con curiosidad.
—Sí —repuso Alix—; ya no me duele la cabeza.
Ocupó la butaca acostumbrada y su esposo fue a sentarse frente a ella. Estaba salvada. Eran sólo las ocho y veinticinco, y mucho antes de las nueve Dick habría llegado.
—No me ha gustado mucho el café de hoy —se quejó Gerald—. Es muy amargo.
—Es que he comprado una clase nueva. Si no te gusta no volveré a comprarlo, querido.
Alix, cogiendo su labor, empezó a coser. Confiaba plenamente en su propia habilidad para representar el papel de esposa solícita. Gerald leyó varias páginas de su libro y luego mirando el reloj dejó la novela.
—Las ocho y media. Es hora de bajar al sótano y empezar a trabajar.
A Alix se le cayó la labor de las manos.
—¡Oh! Aún no. Esperemos hasta las nueve.
—No, pequeña, es la hora que he fijado. Así podrás acostarte más pronto.
—Pero yo prefiero esperar hasta las nueve.
—Las ocho y media —insistió Gerald—. Ya sabes que cuando fijo una hora me gusta atenerme a ella. Vamos, Alix. No quiero esperar ni un minuto más.
Alix le miró, y a pesar suyo sintió que el terror la invadía. Gerald se había quitado la máscara y se retorcía las manos; los ojos le brillaban de excitación, y se pasaba continuamente la lengua por los labios resecos. Ya no se esforzaba por disimular su nerviosismo.
Alix pensó «Es cierto... no puede esperar... está como loco...».
Se acercó a ella y cogiéndola por los hombros la obligó a ponerse en pie.
—Vamos, pequeña... o te llevaré a rastras.
Su tono era alegre, pero había tal ferocidad en el fondo que Alix quedó como paralizada. Con un esfuerzo supremo logró desasirse yendo a apoyarse contra la pared. Estaba impotente. No podía escapar... ni hacer nada... él se iba acercando.
—Ahora, Alix...
—No..., no.
Lanzó un grito alargando las manos en un gesto de impotencia para impedir que se le acercara.
—Gerald... basta... tengo algo que decirte... tengo que confesarte una cosa...
Él no se detuvo.
—¿Confesar qué? —preguntó con curiosidad.
—Sí; que confesar —continuó ella desesperada, procurando mantener su atención—. Es algo que debiera haberte dicho antes.
En el rostro de Gerald apareció una mirada de desprecio. El encanto estaba roto.
—Un antiguo amor, supongo —se burló.
—No —dijo Alix—. Es otra cosa. Supongo que tú lo llamarías... sí... un crimen.
En el acto vio que había pulsado la cuerda oportuna, y que de nuevo era dueña de su interés. Eso le devolvió el valor sintiéndose dueña absoluta de la situación en aquel preciso momento.
—Será mejor que vuelvas a sentarte —le dijo tranquila.
Ella fue a ocupar su butaca, e incluso se detuvo para recoger la labor, aunque tras su calma aparente estaba inventando a toda prisa, ya que la historia que iba a contarle debía mantener su atención hasta que llegara la ayuda.
—Te dije —empezó— que había sido taquimecanógrafa durante quince años, y eso no es del todo cierto. Hubo dos intervalos. El primero tuvo lugar cuando yo tenía veintidós años. Conocía a un hombre ya mayor, dueño de una pequeña fortuna. Se enamoró de mí y me pidió que fuera su esposa. Acepté y nos casamos —hizo una pausa—. Yo le induje a que asegurara su vida en mi favor.
Vio que el interés de su esposo iba en aumento y continuó con más seguridad.
—Durante la guerra trabajé por algún tiempo en el Dispensario de un hospital. Allí manejé toda clase de drogas y venenos. Sí, venenos.
Volvió a detenerse. Ahora Gerald estaba ya sumamente interesado, no cabía duda. Al asesino le atraen los crímenes. Ella había jugado aquella carta y ganado. Echó una ojeada al reloj. Eran las nueve menos veinticinco.
—Existe un veneno.... es un polvito blanco. Una porción insignificante significa la muerte. ¿Entiendes tú de venenos, quizá?
Hizo la pregunta con cierta precipitación. Si la respuesta era afirmativa tendría que ir con cuidado.
—No —respondió Gerald—. Sé muy poco de eso.
Exhaló un suspiro de alivio. Así sería más fácil.
—Pero habrás oído hablar de heroscina, ¿verdad? Es una droga que actúa igual, pero que no deja rastro. Cualquier médico extendería un certificado de defunción por fallo cardíaco. Robé una pequeña cantidad y la conservo en mi poder.
Hizo una pausa midiendo sus fuerzas.
—Continúa —dijo Gerald.
—No. Tengo miedo. No puedo decírtelo. Otro día.
—Ahora —replicó él impaciente—. Quiero saberlo.
—Llevábamos casados un mes. Yo me portaba muy bien con mi marido, era muy amable y solícita, y él hablaba muy bien de mí a todos los vecinos. Todos sabían lo buena esposa que era. Yo misma le preparaba el café todas las noches. Y un día, cuando estábamos solos, puse en su taza un poquitín del alcaloide mortal.
Alix hizo una pausa y enhebró la aguja con gran parsimonia. Ella, que nunca había hecho teatro, en aquellos momentos rivalizaba con la mejor actriz del mundo, representando el papel de envenenadora a sangre fría.
—Fue muy sencillo. Yo le observaba. De pronto empezó a faltarle la respiración y el aire. Yo abrí la ventana. Luego dijo que no podía moverse de su butaca... y, al cabo de poco murió.
Se detuvo sonriendo. Eran las nueve menos cuarto. No tardaría en llegar.
—¿A cuánto ascendía la prima del seguro? —preguntóle Gerald.
—A unas dos mil libras. Especulé con ellas y perdí. Por eso tuve que volver a trabajar en la oficina, pero nunca tuve intención de seguir allí mucho tiempo. Entonces conocí a otro hombre. En la oficina conservé mi nombre de soltera, y él no supo que había estado casada. Éste era más joven, bien parecido, y gozaba de buena posición económica. Nos casamos en Sussex. La ceremonia fue sencilla. No quiso asegurar su vida, pero desde luego hizo testamento a mi favor. Le gustaba que yo le preparara el café, igual que a mi primer mando —Alix sonrió al añadir con sencillez—. Sé hacerlo muy bien.
Luego continuó:
—Yo tenía varios amigos en el pueblecito donde vivíamos, y se compadecieron mucho de mí cuando una noche después de cenar mi esposo falleció repentinamente de un colapso. No me gustó el médico. No creo que sospechara de mí, pero desde luego le sorprendió mucho la repentina muerte de mi esposo. Aún no sé por qué volví a la oficina. Supongo que por costumbre. Mi segundo esposo me dejó unas cuatro mil libras. No especulé con ellas esta vez. Las invertí. Luego...
Pero fue interrumpida. Gerald con el rostro congestionado y ahogándose, la señaló angustiado con el dedo índice.
—¡El café... Dios mío! ¡El café!
Ella le miró sorprendida.
—Ahora comprendo por qué estaba tan amargo. Eres un demonio, me has envenenado.
Sus manos se asieron a los brazos del sillón y parecía dispuesto a saltar sobre ella.
—Me has envenenado.
Alix se había ido alejando hasta la chimenea y aterrorizada se disponía a negarlo... cuando lo pensó mejor. Iba a lanzarse sobre ella, y reuniendo todo su valor le miró retadoramente y con firmeza.
—Sí —le dijo—. Te he envenenado, y el veneno ya empieza a hacer su efecto. Ya no puedes moverte del sillón... no puedes moverte...
Si pudiera mantenerle allí... por lo menos unos minutos...
¡Ah! ¿Qué era aquello? Pasos en el camino. El chirrido de la cerca... más pisadas... y la puerta del recibidor que se abría...
—No puedes moverte —repitió.
Luego pasó corriendo ante él, yendo a refugiarse en los brazos de Dick Windyford.
—¡Dios mío! —exclamó.
Luego volvióse al hombre que le acompañaba, un policía alto y fornido vestido de uniforme y le dijo:
—Vaya a ver lo que ha ocurrido en esa habitación.
Y tendiendo cuidadosamente a Alix en el diván se inclinó sobre ella.
—Mi pequeña —murmuró—. Pobrecita. ¿Qué es lo que te han estado haciendo?
Alix cerró los ojos y sus labios pronunciaron su nombre.
Dick despertó de sus sueños de felicidad cuando el policía fue a tocarle en el brazo.
—En esta habitación no hay más que un hombre sentado en una butaca. Parece como si acabara de sufrir un ataque y...
—¿Sí?
—Bueno, señor... está muerto.
Se sobresaltaron al oír la voz de Alix diciendo como en sueños:
—Y al cabo de poco —dijo como si estuviera repitiendo algo—, murió.

Villa Ruiseñor - Agatha Christie (parte 1)

—Adiós, querida.
—Adiós, cariño.
Alix Martin quedó apoyada contra la acera rústica contemplando la figura de su marido que se alejaba por el camino en dirección al pueblo.
Al fin dobló un recodo y le perdió de vista, pero Alix continuó en la misma posición apartando distraída un mechón de sus preciosos cabellos castaños que le caía sobre la frente.
Alix Martin no era hermosa, ni siquiera bonita, estrictamente hablando; pero su rostro...  el rostro de una mujer que ya había pasado la primera juventud y tenía una expresión radiante, se había dulcificado hasta tal punto que sus antiguos compañeros de trabajo apenas la hubieran reconocido. La señorita Alix King había sido una joven eficiente de modales ligeramente bruscos, muy capaz y segura de sí... que sacaba el menor, no el mayor, partido posible a sus hermosos cabellos castaños. Su boca, de bonita línea, siempre estaba contraída en un gesto severo. Sus ropas fueron siempre limpias y cómodas, pero sin el menor detalle de coquetería.
Alix se había graduado en una escuela muy rígida, y por espacio de quince años, desde los dieciocho a los treinta y tres, se había mantenido (y a su madre inválida durante siete) gracias a su trabajo de taquimecanógrafa; fue la lucha por la vida la que endureció los suaves rasgos de su rostro de niña.
Cierto que tuvo un... novio. Dick Windyford, un compañero de oficina. Siendo una mujer sensata, Alix supo siempre que él la amaba. Exteriormente eran amigos, nada más. Con su sueldo escaso, Dick había tenido que contribuir a la educación de su hermano menor, y por el momento no podía pensar en casarse. Sin embargo, cuando Alix pensaba en el porvenir lo hacía con la certeza de que algún día sería la esposa de Dick. Se querían, o por lo menos eso hubiera dicho ella, pero ambos eran muy sensatos... tenían mucho tiempo por delante y ninguna necesidad de apresurarse. Y así fueron pasando los años.
Y pronto la liberación de aquella penosa vida cotidiana le vino a la joven de la manera más inesperada. Una prima lejana había muerto dejando su dinero a Alix. Varios miles de libras, las suficientes para proporcionarle una renta anual de doscientas. Para Alix aquello era la libertad, la vida, la independencia. Ahora ella y Dick no tendrían que esperar más.
Pero Dick reaccionó de un modo extraño. Nunca había hablado a Alix directamente de su amor, y ahora parecía menos inclinado que nunca. La evitaba, y se hizo reservado y pesimista. Alix no tardó en comprender la razón. Se había convertido en una mujer de posibilidades, y la delicadeza y el orgullo impedían que el correcto Dick la convirtiera en su esposa.
Alix le quiso más que nunca por eso, e incluso se preguntaba si no habría de ser ella quien diera el primer paso, cuando por segunda vez ocurrió lo inesperado.
Conoció a Gerald Martin en casa de unos amigos. Se enamoraron locamente y a la semana estaban prometidos; y la joven, que nunca había creído en «el flechazo», apenas sabía lo que estaba ocurriendo.
Sin querer había encontrado el medio de despertar a su antiguo amor. Dick Windyford se puso furioso al conocer la noticia.
—Ese hombre es completamente desconocido para ti. No sabes nada de él.
—Sé que le quiero.
—¿Cómo puedes saberlo... en una semana?
—Todo el mundo no necesita once años para descubrir que se ha enamorado —replicó Alix furiosa.
Dick se puso lívido.
—Yo te he querido desde que te conocí, y creí que tú también me querías.
Alix fue sincera.
—Yo también lo creí —admitió—. Pero es porque no sabía lo que era el amor verdadero.
Entonces Dick volvió a enfurecerse. Ruegos, súplicas... incluso amenazas contra el hombre que le había suplantado. Alix estaba sorprendida al descubrir aquel volcán oculto bajo el reservado exterior del hombre que creyó conocer tan bien. Y también le asustó un poco. Claro que Dick no podía pensar seriamente lo que estaba diciendo... aquellas amenazas para vengarse de Gerald Martin. Estaba despechado, no era nada más.
Sus pensamientos la habían llevado a recordar aquella entrevista aquella mañana soleada mientras se apoyaba contra la cerca de su casita. Hacía un mes que estaba casada, y era completamente feliz. No obstante, durante la ausencia momentánea de su esposo, que lo era todo para ella, una sombra de esa ansiedad era Dick Windyford.
Por tercera vez desde su matrimonio había soñado lo mismo. El medio ambiente variaba, pero los factores principales eran siempre los mismos. Veía a su esposo muerto y a Dick Windyford de pie a su lado, y ella sabía sin la menor duda que era su mano la que había descargado el golpe fatal.
Pero por terrible que fuera aquélla, aún había algo más horrible todavía... que le parecía horrible al despertar, pero que durante el sueño era para ella algo perfectamente natural e inevitable. Ella, Alix Martin, se alegraba de la muerte de su esposo... alargaba sus manos agradecidas hacia el asesino, e incluso le daba las gracias. El sueño siempre terminaba lo mismo... refugiándose en brazos de Dick Windyford.
Nada dijo de aquel sueño a su esposo, pero le preocupaba más de lo que hubiera querido admitir. ¿Sería un aviso... contra Dick Windyford? ¿Tendría algún poder secreto que trataba de transmitir a través de la distancia?
No sabía gran cosa de hipnotismo, pero había oído muchas veces que las personas pueden ser hipnotizadas contra su voluntad.
El timbre del teléfono sonando en el interior de la casa la sacó de sus pensamientos y yendo hasta la casita lo descolgó. Se tambaleó y tuvo que apoyarse para no caer. ¿Quién dirían ustedes que llamaba?
—Vaya, Alix, ¿qué le ocurre a tu voz? No te hubiera conocido. Soy Dick.
—¡Oh! —dijo Alix—. ¡Oh! ¿Dónde estás?
—En «La Posada del Viajero»... así se llama, ¿no? ¿O es que ni siquiera conoces la existencia de la posada del pueblo? Estoy de vacaciones... y vine a pescar por aquí. ¿Tienes algún inconveniente en que os vaya a ver a vuestra casa esta noche después de cenar?
—No —replicó Alix, tajante—. No debes venir.
Hubo una pausa y luego volvió a dejarse oír la voz de Dick un tanto alterada.
—Perdona —le dijo en tono grave—. No era mi intención molestarte...
Alix se apresuró a rectificar. Claro que debía parecerle extraño su comportamiento. Y lo era. Sus nervios estaban deshechos, pero no era culpa de Dick que ella tuviera aquellos sueños.
—Quise decir que esta noche tenemos un... compromiso —explicó tratando de que su voz sonara lo más natural posible—. ¿Por qué no vienes a cenar mañana?
Pero evidentemente Dick había notado la falta de cordialidad en su invitación.
—Muchísimas gracias —dijo en el mismo tono formal—. Pero tal vez me marche de un momento a otro. Depende de si regresa un compañero mío. Adiós Alix —hizo una pausa y luego agregó en tono distinto—: te deseo mucha suerte, querida.
Alix colgó el aparato con alivio.
—Él no debe venir aquí —se repitió—. No debe venir aquí. ¡Oh! ¡Qué tonta soy! Ponerme tan nerviosa por una tontería. De todas maneras, celebro que no venga.
Y cogiendo un sombrero de paja de encima de una mesa salió de nuevo al jardín deteniéndose ante el nombre grabado en el porche: «Villa Ruiseñor».
—¿Verdad que es un nombre bonito? —le había dicho a Gerald en cierta ocasión antes de casarse y él se rió.
—Eres una mujer de ciudad —le dijo en tono afectuoso—. No creo que hayas oído nunca el canto del ruiseñor. Y me alegro. Los ruiseñores debieran cantar sólo para los enamorados. Ya los oiremos juntos las noches de verano y ante nuestra propia casa.
Y el recuerdo de cómo los había oído, hizo enrojecer de felicidad a Alix de pie ante el umbral de su casita.
Fue Gerald quien encontró «Villa Ruiseñor», contándoselo a Alix con gran entusiasmo. Era lo que necesitaban... una ocasión única... la mejor oportunidad de toda su vida. Y cuando Alix la vio también quedó cautivada. Cierto que su situación era un tanto alejada..., estaba a dos kilómetros del pueblo más cercano..., pero la casa en sí era exquisita, con su aire de cuento, y sus magníficos cuartos de baño, con agua caliente, luz eléctrica y teléfono, que en el acto fue víctima de su encanto. Luego surgió una contrariedad. El propietario, un hombre muy rico que la hizo a su capricho, se negó a alquilarla. Únicamente se encontraba dispuesto a venderla.
Gerald Martin, aunque poseía una buena renta, no estaba en posición de poder tocar el capital. Todo lo que podría ofrecer eran mil libras y el propietario pedía tres. Pero Alix, que estaba enamorada de la casita, acudió en su ayuda. Su capital estaba más disponible, siendo en bonos al portador, y emplearía la mitad en adquirir la casa. Así que «Villa Ruiseñor» pasó a ser suya y ni un solo momento tuvieron que lamentar su elección. Era cierto que el servicio no apreciaba aquella soledad campestre... y en realidad no habían conseguido encontrar criada..., pero Alix, que nunca pudo tener vida de hogar, disfrutaba preparando la comida y cuidando de la casa.
El jardín, exuberante de flores, era atendido por un viejecillo del pueblo que acudía un par de veces por semana, y Gerald Martin, gran aficionado a la jardinería, pasaba en él la mayor parte de su tiempo.
Al dar la vuelta a la casa, Alix se extrañó al ver al viejo jardinero trabajando en los parterres. Estaba sorprendida porque solía ir los lunes y viernes, y aquel día era miércoles.
—Vaya, Jorge, ¿qué está haciendo aquí? —preguntó al acercarse a él.
El viejecito enderezóse con una risita mientras se llevaba la mano a su sombrero.
—Ya pensé que le extrañaría, pero ahí tiene, señora. El viernes es el santo del alcalde, y tenemos fiesta en el pueblo, y yo me dije: ni al señor Martin ni a su buena esposa les importará que por una vez vaya el miércoles en vez del viernes.
—Tiene usted mucha razón —dijo Alix—. Espero que disfrute mucho en la fiesta.
—Sí —repuso Jorge con sencillez—. Es agradable llenar el estómago sabiendo que no es uno el que paga. El alcalde da un té espléndido a todos sus servidores, y además, señora, quise verla antes de su partida para saber qué es lo que hay que plantar. ¿No tiene idea de cuándo volverá poco más o menos?
—Pero si no me marcho.
Jorge la miró extrañado.
—Pero, ¿no se va a Londres mañana?
—No. ¿Cómo se le ha ocurrido pensarlo?
Jorge ladeó la cabeza.
—Ayer tarde me encontré a su esposo en el pueblo y me dijo que usted se iba mañana a Londres, y que no sabía cuándo regresaría.
—Tonterías —dijo Alix, riendo—. No debió entenderlo bien.
De todas maneras se preguntaba qué era lo que le podría haber dicho Gerald para que el viejecillo llegara a semejante error. ¿Ir a Londres? No quería volver a Londres en toda su vida.
—Aborrezco Londres —dijo con voz ronca.
—¡Ah! —repitió Jorge en tono bonachón—. Debí entenderlo mal, y sin embargo, me pareció que estaba bastante claro. Celebro que se quede aquí. No me gusta el ajetreo de las calles y no pienso ir a Londres. Demasiados coches... eso es lo malo de hoy en día. En cuanto alguien tiene automóvil, ya no puede estarse quieto en ninguna parte. El señor Ames, el antiguo propietario de esta casa... era un caballero muy tranquilo hasta que compró uno de esos chismes. No hacía ni un mes que lo tenía cuando se puso en venta esta casa. ¡Con lo que gastó en ella, con tanto cuarto de baño, luz eléctrica y demás! «Nunca recuperará su dinero —le dije—. No todo el mundo tiene afición a lavarse en cada habitación de la casa.» «Pero, Jorge —me dijo—, conseguiré dos mil libras por esta casa, que es lo que me ha costado.» Y las consiguió.
—Consiguió tres mil —dijo Alix, sonriendo.
—Dos mil —repitió Jorge—. Entonces se habló mucho de lo que pedía. Y era una cifra muy alta.
—En realidad fueron tres mil —insistió Alix.
—Las mujeres no entienden nada de números —replicó el jardinero sin dejarse convencer—. No me dirá que el señor Ames tuvo el valor de pedirle tres mil en voz alta.
—A mí no me las pidió —dijo Alix—, sino a mi esposo.
Jorge volvió a inclinarse sobre el parterre.
—El precio fueron dos mil —repitió obstinado.
Alix no se tomó la molestia de discutir con él, y dirigiéndose a otro de los parterres empezó a cortar un ramo de flores. El sol, el perfume de las flores y el ligero zumbido de las abejas contribuían a que el día fuese perfecto.
Cuando se dirigía a la casa con su fragante carga, Alix observó un pequeño objeto verde oscuro que asomaba entre las hojas de una planta. Se agachó para recogerlo viendo que era la agenda de bolsillo de su esposo. Debió caérsele mientras arrancaba las malas hierbas.
La abrió, hojeando su contenido con cierto regocijo. Casi desde el principio de su matrimonio había comprendido que el impulsivo y sentimental Gerald poseía las sorprendentes virtudes de la pulcritud y el orden. Quería que las comidas estuvieran dispuestas a la hora en punto, y siempre planeaba lo que haría al día siguiente con la misma precisión. Aquella mañana, por ejemplo, había anunciado que saldría hacia el pueblo después del desayuno... a las diez y cuarto. Y a esa hora en punto dejaba la casa.
AI repasar la agenda, le divirtió ver que en el día catorce de mayo había anotado: Boda con Alix en San Pedro a las dos y media.
—El grandísimo tonto —murmuró Alix para sí, volviendo las páginas.
De pronto se detuvo.
—Miércoles, dieciocho de junio... vaya, es hoy.
Y en el espacio correspondiente a aquel día estaba escrito con la letra precisa de Gerald: Nueve de la noche. Nada más. ¿Qué era lo que pensaba hacer Gerald a las nueve? Alix sonrió considerando que si aquello ocurriera en una novela, como las que leía a menudo, la agenda hubiera proporcionado alguna revelación sensacional. Seguramente el nombre de otra mujer. Fue volviendo las hojas hacia atrás. Fechas, citas, referencias a tratos de asuntos comerciales, pero un solo nombre de mujer: el suyo.
Sin embargo, mientras guardaba la agenda en su bolsillo y llevaba las flores al interior de la casa, sintió una vaga inquietud. Acudieron a ella las palabras de Dick Windyford como si estuviera allí repitiéndolas: «Ese hombre es un desconocido para ti. No sabes nada de él.»
Era cierto. ¿Qué sabía de él? Al fin y al cabo, Gerald tenía cuarenta años. En todo ese tiempo debía haber habido alguna mujer.
Alix sacudió la cabeza con impaciencia. Nada de entregarse a aquellos pensamientos. Tenía otra preocupación más importante. ¿Debía o no decir a su marido que Dick Windyford había telefoneado?
Cabía la posibilidad de que Gerald le hubiera encontrado en el pueblo, pero en ese caso seguramente lo mencionaría en seguida de llegar y el asunto quedaría fuera de su acción. Y si no..., ¿qué hacer? Alix se daba cuenta de su afán por no decir nada. Gerald siempre se había mostrado amablemente dispuesto hacia el otro. «Pobre diablo —dijo en cierta ocasión—; creo que está tan loco por ti como yo. Qué desagradable debe ser que le rechacen a uno.» No dudaba respecto a los sentimientos de Alix.
Si se lo contaba, estaba segura de que invitaría a Dick Windyford para que fuera a «Villa Ruiseñor». Entonces se enteraría de que Dick mismo lo había propuesto y que ella se negó a que fuera. Y cuando le preguntase por qué lo hizo, ¿qué hacer? ¿Iba a contarle su sueño? Gerald se reiría o... lo que era peor, vería que ella le daba una importancia excesiva, y tal vez pensase... ¡oh, cualquier cosa!
Al final, bastante avergonzada, decidió no decir nada. Era el primer secreto que ocultaba a su esposo y le hizo sentirse intranquila.
Cuando oyó que Gerald regresaba del pueblo, apresuróse a refugiarse en la cocina afanándose en preparar la comida para disimular su turbación.
En seguida comprendió que Gerald no había visto a Dick Windyford e inmediatamente sintióse aliviada y nerviosa a la vez. Ahora sí que le ocultaba algo a su marido, y durante el resto del día estuvo distraída, sobresaltándose al menor ruido, aunque su esposo no pareció observarlo. Él también estaba ensimismado en sus pensamientos y un par de veces tuvo que repetirle alguna observación trivial para que pusiera atención antes de que respondiera.
No fue hasta después de cenar, cuando estaban sentados en el saloncito de estar con las ventanas abiertas para que entrara la suave brisa de la noche con el perfume de los jazmines, cuando Alix recordó la agenda de bolsillo y se dispuso a distraer sus pensamientos.
—Aquí tengo algo que encontré entre las flores —le dijo arrojándosela sobre el regazo.
—Se me cayó en un parterre, ¿eh?
—Sí. Ahora sé todos tus secretos.
—Soy inocente —replicó Gerald, moviendo la cabeza.
—¿Y qué me dices de lo que has anotado para las nueve de la noche?
—¡Oh!, eso... —pareció cortado de momento, y luego sonrió como si aquello le divirtiera—. Es una cita con una chica guapísima, Alix. Tiene el cabello castaño, los ojos azules y se parece muchísimo a ti.
—No comprendo —dijo Alix, fingiendo ponerse seria—. Estás apartándote de la cuestión.
—No. A decir verdad, lo anoté para acordarme de revelar algunos negativos esta noche, y que tú me ayudes.
Gerald Martin era un fotógrafo entusiasta. Poseía una cámara un tanto anticuada, pero con muy buenas lentes, y él mismo revelaba sus placas en un sótano pequeño que había preparado como cuarto oscuro. Nunca se cansaba de retratar a Alix en distintas posiciones.
—¿Y tiene que ser precisamente a las nueve? —dijo Alix.
Gerald pareció algo molesto.
—Mi querida Alix —dijo con cierta tirantez—, siempre hay que buscar una hora precisa para hacer las cosas. Entonces es cuando se puede trabajar como es debido.
Alix permaneció unos instantes observando a su esposo. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo de su butaca y las líneas de su rostro pulcramente afeitado se recortaban contra el fondo oscuro. Y de pronto, por alguna razón desconocida, sintió que la invadía una ola de pánico y antes de poder evitarlo había exclamado:
—¡Oh, Gerald! ¡Ojalá supiera algo más de ti!
Su esposo volvió su rostro asombrado hacia ella.
—Pero, mi querida Alix, si sabes todo lo referente a mí. Te he hablado de mi infancia en Northumberland, de mi vida en África del Sur, y estos últimos diez años en el Canadá que me proporcionaron el éxito.
—¡Oh, los negocios!
Gerald se echó a reír.
—Sé a lo que te refieres... a la parte amorosa. Todas las mujeres sois iguales. Sólo os interesa la cuestión personal.
Alix sintió que se le secaba la garganta mientras murmuraba:
—Bueno, pero debes de haber tenido... amores. Quiero decir... que si yo supiera...
Hubo una pausa de unos minutos. Gerald Martin había fruncido el ceño y la indecisión se reflejaba en su rostro. Cuando habló, fue en tono grave, sin el menor rastro de frivolidad:
—¿Tú crees que tiene gracia el hacer de esposa de Barba Azul? Sí que ha habido mujeres en mi vida. No lo niego. No me creerías si te lo negara. Pero puedo jurarte que ninguna de ellas significó nada para mí.
 Hubo tal sinceridad en su voz que se sintió agradablemente confortada.
—¿Satisfecha, Alix? —le preguntó con una sonrisa. 
Y luego la contempló con cierta curiosidad.
—¿Por qué se te ha ocurrido hablar de esto precisamente esta noche? Nunca lo mencionaste.
Alix se puso en pie y comenzó a pasear inquieta.
—¡Oh! No lo sé —contestó—. Todo el día he estado nerviosa.
—Es curioso —dijo Gerald en voz baja, como si hablara consigo mismo—. Es muy curioso.
—¿Por qué es curioso?
—Oh, querida, no te pongas así. Sólo digo que es curioso porque por lo general eres siempre tan serena y dulce.
Alix procuró sonreír.
—Hoy todo se confabula para molestarme —confesó—. Incluso el viejo Jorge tenía la ridícula idea de que nos íbamos a Londres. Según él, tú se lo dijiste.
—¿Dónde le viste? —preguntó Gerald, en tono crispado.
—Vino a trabajar hoy en vez del viernes.
—El viejo imbécil —dijo Gerald, enojado.
Alix le miró extrañada. Su esposo tenía el rostro contraído por la ira. Nunca le había visto tan furioso, y al ver su asombro, Gerald hizo un esfuerzo por recuperar el dominio de sí mismo.
—Bueno, es un viejo estúpido —protestó.
—¿Qué le dijiste para que pensara que nos íbamos?
—¿Yo? No le dije nada. A menos... Oh, sí, recuerdo que en broma dije que nos íbamos a Londres a la mañana siguiente, y supongo que lo tomaría en serio. O debió entenderlo mal. Supongo que tú le desengañarías.
Y esperó su respuesta.
—Claro, pero es de esos viejos que cuando se les mete una idea en la cabeza... bueno, no es fácil quitársela.
Y le contó la insistencia del jardinero en la cantidad pedida por la casita.
Gerald guardó silencio unos instantes y luego dijo:
—Ames estaba dispuesto a aceptar dos mil libras en efectivo, y las mil restantes en hipoteca. Supongo que ése será el origen de su error.
—Es muy probable —replicó Alix.
Luego, mirando el reloj, en otro tono:
—Ya debiéramos estar abajo, Gerald. Pasan cinco minutos de la hora fijada.
Una sonrisa muy particular apareció en el rostro de Gerald.
—He cambiado de opinión —dijo tranquilamente—. Esta noche no revelaremos las fotografías.
La mentalidad de la mujer es algo muy curioso. Cuando se acostó aquel miércoles por la noche, Alix sentíase contenta y tranquila. Su felicidad, momentáneamente amenazada, resurgió triunfante como nunca.

(CONTINUARA...)