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Vampirismo - E. T. A. Hoffmann

El conde Hippolyt acababa de llegar de un larguísimo viaje de lejanas tierras para hacerse cargo de la cuantiosa herencia de su padre, fallecido ya hacía algún tiempo. El castillo familiar estaba ubicado en una de las comarcas más bellas y agradables, y las rentas que producían sus tierras servían sobradamente para contribuir con cuanto fuera necesario a su embellecimiento. 

Todo aquello que el conde vio a lo largo de sus viajes, sobre todo en Inglaterra, y que le había parecido encantador, de buen gusto o suntuoso, deseaba que surgiera ahora, de nuevo, ante sus ojos. Los artesanos, obreros y artistas que consideró necesarios para realizar sus proyectos acudieron a su llamada y, al cabo, comenzó a construirse alrededor del castillo un parque inmenso de gran estilo, que también incluía en su entorno la iglesia, el camposanto y la casa parroquial, las cuales pasarían también a formar parte de aquel bosque artificial. 

El propio conde dirigía las obras, pues poseía suficientes conocimientos como para hacerlo. Tal empeño puso en la tarea que ya había pasado más de un año sin que se le ocurriese seguir el consejo que le diera un anciano tío suyo, de mostrar su luz en la corte y dejarse ver entre las damas casaderas del lugar para que pudiera elegir entre ellas como esposa a la que le pareciera más noble, buena y hermosa de todas. 

Precisamente, una mañana que se hallaba sentado a la mesa de dibujo esbozando el plano de un nuevo edificio, le anunciaron la visita de una anciana baronesa, una pariente lejana de su padre. 

En cuanto Hippolyt oyó el nombre de la baronesa, recordó que su padre había hablado siempre de aquella mujer con la más profunda indignación, e incluso con repugnancia, y que a veces también había advertido a personas que pretendían acercarse a ella que harían mucho mejor si se mantenían alejadas de la baronesa; sin embargo, el buen hombre jamás dio razón alguna que justificase su actitud. 

Si se le preguntaba expresamente acerca de estas razones, el conde solía contestar que existían ciertas cosas sobre las que más valía guardar silencio que hablar. Pero algo se sabía, pues en la corte corrían oscuros rumores sobre un extraño y secreto proceso criminal en el que estaba implicada la baronesa, la cual, separada de su marido y expulsada del lejano lugar donde residía, se había librado de la prisión solo gracias a la benevolencia del príncipe. 

Hippolyt se sintió muy molesto por la presencia de una persona a la que su padre aborrecía, a pesar de que no hubiera conocido las razones de dicho aborrecimiento. La ley de la hospitalidad que, sobre todo allí, en el campo, era algo prioritario, le obligaba a recibir a tan molesta visita. Jamás hubo persona alguna cuya apariencia exterior —y no porque fuera fea— hubiera provocado en el conde un rechazo tal como el que, precisamente, provocó en él la baronesa. 

Al entrar, traspasó al conde con una mirada de fuego, luego bajó los ojos y se disculpó por su visita con expresiones que rayaban en la humildad. Se quejó de que el padre del conde, poseído de un sinfín de extraños prejuicios sobre ella, a los que le habían inducido maliciosamente sus enemigos, la hubiera odiado hasta la muerte y que, sin consideración alguna, la hubiera arrojado a la más amarga miseria. 

Vivía, pues, avergonzándose de su estado y sin recibir ningún tipo de ayuda. Por fin, y de forma inesperada —siguió contando—, había entrado en posesión de una pequeña cantidad de dinero que le permitiera abandonar la corte y refugiarse en una alejada ciudad de provincias. 

No había resistido la tentación de realizar este viaje para conocer al hijo de un hombre al que, a pesar del odio injusto e irreconciliable del que la hacía objeto, sin embargo, ella nunca había dejado de respetar. Fue el emotivo tono de veracidad con que habló la baronesa lo que hizo que el conde se conmoviera, máxime cuando, en vez de contemplar la desagradable faz de aquella mujer, se hallaba inmerso en la contemplación de la adorable, maravillosa y encantadora criatura que la acompañaba. 

La baronesa guardó silencio; el conde pareció no advertirlo, permanecía mudo. Entonces la anciana se disculpó, ya que, dado lo que significaba para ella estar en aquel lugar, por lo que le imponía e impresionaba, no le había presentado al conde de inmediato, nada más entrar, a su hija Aurelie. 

Solo entonces recuperó el conde la palabra y, rojo como la grana a causa de la confusión que también advirtió en la encantadora jovencita, prometió a la baronesa que tuviera a bien concederle reparar aquello que su padre, solo como causa de un malentendido, pudiera adeudarle, y que él mismo la tomaría de la mano para que entrase en su castillo. 

Para confirmar solemnemente su voluntad, tomó la mano de la baronesa, pero de súbito, la palabra y el aliento se le cortaron: un frío glacial inundó todo su ser. Sintió que unos dedos rígidos como la muerte aferraban su mano, y la alta y huesuda figura de la baronesa, que lo miraba fijamente sin visión alguna en sus ojos, le pareció no ser más que un cadáver repugnante, muy acicalado y vestido con un traje multicolor.

—¡Oh, Dios mío, vaya una fatalidad, precisamente ahora! —exclamó Aurelie, quejándose con voz conmovedora y tiernísima de que su pobre madre se viera atacada repentinamente por una de sus parálisis, añadiendo que tal estado solía curarse en muy poco tiempo, sin necesidad de utilizar remedio alguno.

El conde se soltó con esfuerzo de la mano de la baronesa, pero recuperó todo el fuego de la vida y el deleite del amor en cuanto tomó la mano de Aurelie y, apasionadamente, la apretó contra sus labios.

Apenas llegado a la edad viril, Hippolyt sintió por primera vez toda la fuerza de la pasión, de tal modo que fue incapaz de ocultar sus sentimientos; la manera con que Aurelie parecía mirarle, con toda la gracia de su encantadora inocencia, hizo despertar en él la esperanza de conquistarla. 

Habían pasado algunos minutos cuando la baronesa volvió en sí tras su parálisis e, ignorante por completo del estado del que acababa de salir, aseguró al conde cuánto la honraba la propuesta de invitarla a permanecer una temporada en su castillo y, también, que olvidaba para siempre todas las injusticias que su padre le había hecho. 

Así, se transformó súbitamente la situación hogareña del conde y este tuvo que creer que, gracias a una bondadosa jugada del destino, se le otorgaba la dicha de conducir hasta él a la única persona en el mundo entero a quien más ardientemente podría haber deseado como esposa, la única que podría concederle a su espíritu la dicha más inmensa que cupiera en la existencia terrenal. 

El comportamiento de la anciana baronesa siguió siendo el mismo: se mostraba callada y seria, ensimismada, y cuando se presentaba el momento hacía gala de un carácter dulce y de alguna dicha inocente en su apagado corazón. 

El conde se acostumbró al rostro verdaderamente temible y cadavérico de la baronesa, así como a su figura fantasmal, rasgos que atribuía nada más que a la enfermedad que la afligía; también atribuía a su estado su tendencia al delirio nervioso y al desvarío, que la impulsaban —según había llegado a saber por sus servidores— a dar a menudo paseos nocturnos por el parque, y a encaminarse hasta el cementerio. 

El conde se avergonzaba de que también a él le hubiera afectado tanto el prejuicio de su padre, pero en cuanto a las insistentes advertencias de que le hacía objeto un anciano tío suyo instándole a que superara el sentimiento amoroso que lo embargaba y que rompiese una relación que, tarde o temprano, sería la causa de su desgracia, no llegaban a ejercer en él el más mínimo efecto. 

Convencido vivamente, a su vez, del intenso amor de Aurelie, pidió su mano. Podrá imaginarse con qué alegría aceptó la baronesa tal petición, ya que, al punto, se vio rescatada de la más profunda indigencia para ir a parar a los brazos de la fortuna. 

Tanto la palidez como ese aspecto característico que denota la existencia de una inquebrantable tristeza interior desaparecieron del semblante de Aurelie: la felicidad del amor resplandecía en su mirada y un fresco color rosado lucía en sus mejillas. La mañana del día en el que se iba a celebrar la boda, una estremecedora casualidad vino a contrariar los deseos del conde. 

Habían encontrado a la baronesa caída en el suelo, boca abajo e inerte, en las inmediaciones del cementerio. La habían llevado al palacio, precisamente cuando el conde acababa de despertarse y saboreaba ya las mieles de la felicidad que consideraba alcanzada. 

Creyó que la baronesa había tenido otro de sus acostumbrados ataques repentinos, pero todos los remedios que se utilizaron para intentar devolverla a la vida fueron inútiles: estaba muerta. Aurelie no desahogó su dolor de forma violenta, sino que, sin derramar una sola lágrima, pareció enmudecer y quedar paralizada interiormente a consecuencia del golpe recibido. 

El conde temía por su amada y, solo muy dulce y cautelosamente, se atrevió a recordarle su mutuo compromiso y su situación de criatura desamparada que exigía que se tomasen cuanto antes las medidas oportunas y se hiciera lo más conveniente, que habría de ser, a pesar de la muerte de la madre, acelerar todo lo posible el día de su boda. 

Aurelie, llorando desconsoladamente, cayó en brazos del conde, gritando con una voz desgarradora que partía el corazón:

—¡Sí, sí! ¡Por todos los santos! ¡Por la paz de mi alma! ¡Sí!

El conde atribuyó aquel repentino desahogo al amargo pensamiento de que, sola y sin patria, sin saber adónde ir, la joven pensaba que tampoco podía permanecer más tiempo en el castillo en aquella situación sin dañar las normas de la decencia. 

El conde se encargó, pues, de que una anciana y respetable matrona acompañara a Aurelie durante las escasas semanas que faltaban para que llegase la nueva fecha de la boda que, al fin, pudo celebrarse sin que ningún funesto suceso la interrumpiera y que coronó la felicidad de Hippolyt y Aurelie. 

Mientras tanto, Aurelie se hallaba en un estado perpetuo de gran excitación nerviosa. No era el dolor por la pérdida de la madre, no; más bien era una angustia mortal, íntima y sin nombre lo que parecía perseguirla sin cesar. En medio de los más dulces diálogos amorosos se sentía acometida de pronto por un terror repentino, empalidecía como un cadáver y, bañada en lágrimas, caía en brazos del conde aferrándose a él con violencia, como si quisiera impedir que un poder invisible y enemigo la arrebatara y la llevara a la perdición.

—¡No! ¡Nunca, nunca! —exclamaba.

Una vez casada con el conde, pareció desaparecer aquel estado de excitación, así como aquella angustia espantosa. Sin embargo, al conde no le pasaba inadvertido que Aurelie ocultaba algún lacerante secreto que la torturaba, mas le parecía una falta de tacto preguntarle sobre ello mientras durase aquel extraño nerviosismo y ella misma continuara guardando silencio al respecto. 

Pero ahora que su mujer parecía encontrarse un poco mejor, se atrevió a preguntarle con delicadeza cuál era la causa de sus extraños transportes anímicos, asegurándole que sería un gran remedio para ella confiarle a él, a su querido marido, los secretos de su corazón. 

Grande fue el asombro del conde cuando al fin descubrió que solo la infame conducta de la madre constituía la causa de todo aquel dolor que había caído sobre Aurelie.

—¿Hay algo más espantoso que tener que odiar y aborrecer a la propia madre? —exclamó Aurelie.

Por tanto, ni el padre ni el tío se hallaban obcecados por prejuicio alguno, mientras que la baronesa había sabido confundir al conde con su premeditada hipocresía. Hippolyt consideró, pues, un guiño muy favorable del destino para con su felicidad el hecho de que aquella madre malvada hubiera muerto justo el día en que él pensaba casarse. 

No tenía reparo alguno en decirlo; pero Aurelie le explicó que, justo al morir su madre, ella se había sentido de tal modo sobrecogida por oscuros y terribles presentimientos que había sido incapaz de superar la angustia que le provocaron: creía que la muerta volvería de su tumba para arrebatarla de los brazos de su amado y llevársela con ella al abismo. 

Aurelie recordaba —según refirió— muy oscuramente los tiempos de su primera infancia, en los que, una mañana —y sabía que era una mañana porque, justamente, acababa de despertarse— hubo un terrible tumulto en su casa. Las puertas se abrían y se cerraban con violencia y se oían gritos entremezclados de voces desconocidas. 

Al fin, cuando volvió a reinar el silencio en la casa, la niñera tomó a Aurelie de la mano y la condujo a una gran sala en la que había muchas personas reunidas; en el centro, sobre una larga mesa, yacía el cuerpo del hombre que jugaba con ella a menudo y le daba golosinas y al que ella llamaba «papá». Extendió los brazos hacia él y quiso besarlo. 

Aquellos labios, siempre tan cálidos, estaban ahora helados y, Aurelie, sin saber muy bien por qué, comenzó a sollozar violentamente. La niñera la condujo luego a una casa extraña, donde tuvo que permanecer mucho tiempo hasta que, al fin, apareció una mujer que se la llevó con ella en un coche. Era su madre, quien poco después viajó con ella a la corte. 

Aurelie debía de tener unos dieciséis años cuando apareció un hombre en casa de la baronesa al que esta pareció recibir con gran alegría y confianza, como si se tratara de un viejo y querido amigo. 

El desconocido comenzó a visitarlas cada vez más a menudo, a la par que enseguida comenzó a variar de forma evidente la situación en la que vivía la baronesa. En vez de habitar en una casa miserable y de vestirse con pobre ropa y alimentarse con mala comida, pudo trasladarse a una hermosa vivienda en la parte más bella de la ciudad y lucir valiosos vestidos; comía y bebía los más ricos manjares con aquel extraño, que era su invitado permanente, y podía permitirse el lujo de asistir a cuantas diversiones y espectáculos públicos ofrecía la corte. 

Aurelie permanecía ajena al influjo de todas esas mejoras de la situación de su madre, que, como era evidente para ella, solo se debían a la mediación del desconocido. La joven se recluía en su habitación mientras la baronesa y el desconocido se apresuraban a salir en busca de diversiones, por lo que se sentía más sola y desamparada que nunca. 

A pesar de que aquel hombre muy bien pudiera contar unos cuarenta años, poseía una apariencia fresca y juvenil, su figura era esbelta y hermosa y habría que añadir que su semblante era bello y masculino. 

Sin embargo, a Aurelie le desagradaba, pues por mucho que él tratara de comportarse con corrección, sus maneras eran torpes, groseras y vulgares. Las miradas que pronto comenzó a dirigir a Aurelie llenaban a esta de un temor inquietante, y le producían una repugnancia cuya causa ni ella misma acertaba a explicarse. 

Hasta el momento, la baronesa no se había molestado en decirle tan siquiera una palabra a Aurelie sobre el desconocido. Pero un día le dijo su nombre, añadiendo que el barón era muy rico y que, además, se trataba de un pariente lejano. Alabó su figura, sus cualidades, y concluyó preguntándole a Aurelie si le gustaba. 

Aurelie no ocultó el aborrecimiento que sentía por el desconocido; la baronesa le lanzó una mirada que le produjo un intenso pavor y le dijo que no era más que una pobre necia. Poco después, la baronesa comenzó a mostrarse demasiado amable con Aurelie, tanto como nunca lo había sido. Le regaló hermosos vestidos, toda clase de adornos y complementos de moda, y le permitió asistir a las diversiones sociales. 

El desconocido se esforzaba por hacerse agradable a Aurelie, pero de un modo que solo lograba que su presencia fuera más aborrecible ante los ojos de la muchacha. Mortal fue, sin embargo, el golpe que sufrió su tierna sensibilidad de doncella cuando, a causa de una simple casualidad, la muchacha fue secreto testigo de una indignante y aborrecible escena entre el desconocido y la depravada condesa. 

Cuando, finalmente, unos días después, el desconocido se atrevió, llevado de su ebriedad, a abrazar a Aurelie de una manera que no dejaba ya duda alguna sobre sus intenciones, la joven, en su desesperación, hizo acopio de un vigor casi varonil y lo apartó de sí dándole un empujón que le hizo retroceder mientras ella escapaba y se encerraba en su habitación. 

La baronesa le explicó entonces a Aurelie con toda crudeza y severidad que, como el desconocido era quien mantenía la casa, y como ella no tenía ninguna gana de volver a la miseria anterior, todos sus remilgos y reparos serían inútiles: Aurelie tendría que someterse a la voluntad del desconocido, quien, de lo contrario, había amenazado con abandonarlas a su suerte.

En vez de conmoverse con las súplicas desgarradoras de Aurelie, en vez de compadecerse de sus ardientes lágrimas, la horrible mujer se deshizo en improperios a la vez que reía sarcásticamente y alababa una relación que le brindaría a la joven la posibilidad de disfrutar de todos los placeres de la vida; hablaba con tal desenfreno, mostrando su repugnancia y desprecio por todos los sentimientos de decencia y piedad, burlándose de todo lo que podía considerarse más noble y más sagrado, que provocó verdadero espanto en Aurelie. 

Esta se vio perdida y consideró que su único medio de salvación sería huir sin demora. Aurelie consiguió hacerse con la llave de la puerta principal; hizo un paquete con aquello que consideró de estricta necesidad y, a eso de la medianoche, cuando creyó que su madre ya dormía, se deslizó hasta el vestíbulo, que estaba escasamente iluminado. 

Ya se disponía a traspasarlo muy despacio y sin hacer el más mínimo ruido cuando, de súbito, la puerta de la casa se abrió violentamente y se oyó un ruido de pasos en la escalera. La baronesa se precipitó justo a los pies de Aurelie vestida con una bata pobrísima y sucia, con los brazos y el pecho desnudos, el grisáceo cabello desmadejado, revolviéndose desencajada. Y, tras ella, apareció el desconocido.

—¡Aguarda, infame Satanás, bruja del infierno! ¡Me las pagarás todas juntas! —gritaba.

La agarró del cabello y la arrastró hasta el centro de la estancia, y allí comenzó a azotarla de manera frenética con una gruesa fusta. La baronesa chillaba y gritaba de miedo de forma espantosa; Aurelie, a punto de perder la razón, corrió a la ventana y comenzó a gritar pidiendo ayuda. Dio la casualidad de que en aquellos momentos pasaba por allí una patrulla de policía que inmediatamente irrumpió en la casa.

—¡Cogedle! —gritó la baronesa, ebria de furia y dolor, a los soldados—. ¡Cogedle! ¡Sujetadle bien! ¡Mirad su espalda! Él es…

—¡Ajá! ¡Por fin te tenemos, Urian! —exclamó jubiloso el sargento de policía, al mando de la patrulla, en cuanto la baronesa hubo pronunciado aquel nombre.

Y sujetándolo entre todos fuertemente, y a pesar de los esfuerzos que el desconocido hacía por desasirse, terminaron por llevárselo. Las intenciones de fuga de Aurelie, sin embargo, no pasaron inadvertidas para la baronesa. Se apresuró, pues, a tomar bruscamente del brazo a Aurelie y a arrojarla dentro de su habitación, y luego, cerrando la puerta con llave, la dejó allí encerrada sin dirigirle una sola palabra. 

A la mañana siguiente la baronesa salió de la casa y no regresó hasta por la noche, mientras que Aurelie, encerrada en su cuarto como en una celda, sin ver ni hablar con nadie, tuvo que pasar allí el día entero sin comida ni bebida. Así transcurrieron varios días. La baronesa se asomaba a verla de vez en cuando; mirándola con ojos de furia, parecía que estuviese dudando sobre qué decisión tomar, hasta que una tarde recibió unas cartas cuyo contenido pareció agradarle.

—Estúpida criatura, tú tienes la culpa de todo, pero ya está bien; solo desearía que no cayera sobre ti el temible castigo que el malvado espíritu te ha destinado.

Así le habló la baronesa a Aurelie; más tarde, volvió a mostrarse amable con ella, y Aurelie, como el infame desconocido había desaparecido, ya no pensó más en fugarse y disfrutó de mayor libertad.

Había transcurrido ya algún tiempo cuando, una tarde en la que Aurelie se hallaba sentada a solas en su cuarto, oyó un gran alboroto en la calle. La doncella apareció corriendo y le contó que se trataba del traslado del hijo del verdugo, quien, ya una vez, tras haber sido marcado al fuego por robo y asesinato, al ser conducido a la cárcel había logrado escapar a sus guardianes. 

Aurelie vaciló y, acometida por una terrible sospecha, se dirigió a la ventana; en efecto, no se había equivocado: era el desconocido, que, rodeado por gran cantidad de guardias, pasaba por allí en aquellos instantes, bien encadenado, en un carro que le conducía al cadalso donde habría de cumplirse su sentencia. 

Aurelie se dejó caer medio desvanecida en una butaca después de que la furibunda mirada de aquel tipo se encontrara con la suya y este alzara un brazo con el puño apretado, en un gesto amenazador hacia la ventana donde ella se encontraba.

Todavía pasaba la baronesa mucho tiempo fuera de casa, pero nunca llevaba con ella a Aurelie; por eso, la vida de la muchacha, ensombrecida por todas aquellas consideraciones sobre el terrible destino que la aguardaba, sobre un peligro que se cernía sobre ella y que podía asaltarla en cualquier momento llevándola a la perdición, etcétera, se volvía cada vez más triste y aburrida. 

Por la doncella, quien precisamente había sido contratada tras lo ocurrido aquella noche terrible, supo Aurelie que la gente comentaba que la baronesa había sido amante de aquel villano, pero que también en la corte todo el mundo sentía compasión de ella por haber sido tan ingenua y haberse dejado engañar de una manera tan tonta. Sin embargo, Aurelie sabía demasiado bien cómo habían sido en realidad las cosas. 

Le parecía imposible que al menos los policías que habían detenido al desconocido en casa de la baronesa y que habían podido presenciar cómo ella le llamó por su nombre y les hizo observar la marca de fuego en la espalda como signo inequívoco de su crimen, no hubieran quedado convencidos de lo bien que aquella mujer conocía al hijo del verdugo. 

Ahora bien, la doncella refería además otro tipo de rumores en los que se aludía a una severa investigación de los tribunales que incluso había estado a punto de costarle el arresto a la baronesa, puesto que el infame criminal, el hijo del verdugo, había declarado unas cosas muy extrañas respecto a ella.

Enseguida comprendió Aurelie que, tras lo ocurrido a su madre, esta no podría permanecer ni un minuto más en la corte. Finalmente, la baronesa se vio obligada a abandonar aquel lugar en el que constantemente se veía asediada por sospechas aún no confirmadas y huyó a una comarca lejana. Aquel viaje la condujo al palacio del conde, donde sucedió lo que ya hemos relatado.

Aurelie debería, pues, sentirse muy feliz al librarse así de sus temores; sin embargo, se sintió profundamente aterrada al recordar las palabras que le había dirigido su madre, cuando la muchacha se creyó a salvo de ellos:

—¡Tú eres mi desgracia, maldito engendro del infierno! Pero ya te atrapará mi maldición cuando a mí me lleve una muerte súbita y tú estés disfrutando de tu añorada dicha. En las convulsiones que me costó tu nacimiento, la astucia de Satanás…

Aquí, Aurelie Se a
no pudo ya continuar. rrojó al pecho del conde y le pidió la absolviese de tener que repetir las palabras que había pronunciado la baronesa llevada de su furia demencial. Se sentía destrozada al recordar esas espantosas amenazas proferidas por aquella madre investida de poderes infernales, sobre todo porque preveía que podrían hacerse realidad. 

El conde consoló a su mujer lo mejor que pudo sin tener en cuenta el gélido terror que a él mismo le acometía. No tuvo más remedio que confesarse a sí mismo, cuando ya estuvo algo más calmado, que aquella profunda repugnancia que le producía la baronesa, aun estando ya muerta, había arrojado una negra sombra sobre su vida, velando así un tanto la claridad anterior que siempre la había caracterizado.

Poco tiempo después, Aurelie comenzó a cambiar de manera notable. Mientras que la palidez de su semblante y la mirada perdida y lánguida de sus ojos parecían denotar que estaba acometida por alguna enfermedad, su ser inquieto, inconstante y temeroso evidenciaba de nuevo la existencia interior de algún oscuro secreto que la trastornaba. 

Huía incluso de su marido, se encerraba en su gabinete o buscaba refugio en los lugares más recónditos del parque; cuando se la volvía a ver, sus ojos llorosos, los rasgos demacrados de su rostro, indicaban los espantosos sufrimientos de su interior torturado. 

En vano insistió el conde en buscar la causa del estado en que se hallaba su esposa; de la desesperación inconsolable en la que cayó solo pudo sacarle la sospecha de un famoso médico que atribuyó aquella hipersensibilidad de la condesa, aquellos amenazadores cambios de ánimo, a un supuesto estado de buena esperanza, que había de traer la felicidad al matrimonio. 

El propio médico, mientras comía con el conde y la condesa, no tuvo reparo alguno en gastar todo tipo de bromas sobre aquel estado de buena esperanza. La condesa las escuchaba sin hacer ningún caso, pero su atención se avivó cuando el médico se refirió a los extraordinarios caprichos por los que solían verse acometidas las mujeres embarazadas y a los cuales les era imposible resistirse a pesar del detrimento que pudiera sufrir su propia salud, e incluso la del niño que llevaban en su seno. 

La condesa hizo muchas preguntas al médico, y este no se cansó de hablarle de sus experiencias e incluso de narrarle algunos casos muy graciosos.

—Sin embargo —aseguró el médico—, se han dado ejemplos de caprichos anormales, a causa de los que alguna mujer se vio abocada a realizar hechos terribles. Así, la mujer de un herrero se sintió desbordada por un deseo tan grande de comer la carne de su marido que no paró hasta que, una noche en que el herrero llegó borracho a casa, cayó sobre él con un enorme cuchillo de cocina y lo hirió de tal manera que el pobre hombre expiró a las pocas horas.

Apenas pronunció el médico estas palabras, la condesa cayó desvanecida en el sillón, y solo con muchos cuidados pudo sobreponerse después al ataque de nervios que siguió al desvanecimiento. El médico comprendió que había obrado con suma inconsciencia al relatar aquel suceso horrible en presencia de una mujer tan extremadamente delicada e impresionable.

Sin embargo, aquella crisis pareció haber sido beneficiosa para el estado de la condesa, pues, tras ella, se tranquilizó un poco; ahora bien, la extraña rigidez de su ser, el tétrico brillo de sus ojos y aquella palidez cada vez más acusada de su piel, sembraron de nuevo la duda y la inquietud en el conde acerca del estado de su esposa. 

Lo más inexplicable de todo lo que le ocurría a la condesa era que no comía en absoluto y que, además, sentía repugnancia de las viandas que se le ofrecían, sobre todo de la carne; en tales circunstancias, tenía que abandonar la mesa cuando ya no podía contener los síntomas de su aborrecimiento. 

Toda la sabiduría del médico resultó inútil, y ni las más cariñosas admoniciones ni los lamentos del marido ni nada en el mundo pudo hacer que la condesa tomase ni una sola gota de medicina. 

Como transcurrieron semanas e incluso meses sin que la condesa ingiriese bocado alguno y resultaba por tanto un misterio cómo sustentaba su vida, el médico opinó finalmente que en aquel caso entraba en juego algo que se hallaba fuera del ámbito de acción del conocimiento de cualquier ciencia humana y abandonó el castillo pretextando una nimiedad. 

Perfectamente pudo notar el conde que la situación de su mujer le había parecido a aquel acreditado médico demasiado misteriosa e inquietante como para insistir más en hallarle una solución y quedarse para ser testigo de una enfermedad sin fundamento en la que él ya no podía ayudar a la paciente de ninguna manera. Podrá imaginarse el estado anímico en el que quedó Hippolyt. Sin embargo, aún le aguardaba algo más.

Precisamente en aquella época se le ocurrió a un viejo y fiel sirviente del conde descubrirle a su amo, en un momento en que lo encontró a solas, que la condesa abandonaba todas las noches el castillo y que no regresaba hasta el alba. El conde sintió un escalofrío. 

Solo entonces reparó en que aquel sueño tan antinatural, que desde hacía algún tiempo le sobrevenía diariamente a eso de la medianoche, podía deberse a cualquier tipo de narcótico que le administrara la condesa para, de ese modo, poder abandonar la habitación que, contrariando las costumbres elegantes, compartía con su esposo, sin que él lo notara. Los más negros presentimientos, las más terribles sospechas, se adueñaron del alma del conde. 

Pensó en aquella madre demoníaca, cuyas costumbres quizá se reprodujeran ahora en su hija; en algún repugnante adulterio; en aquel tipo infame, hijo del verdugo… A la noche siguiente, pues, tendría que desvelársele el espantoso secreto, único motivo del mal inexplicable de su esposa.

La condesa tenía la costumbre de preparar ella misma el té que su marido tomaba por las noches, retirándose una vez que se lo había servido. Aquella vez, el conde no ingirió ni una sola gota; según su costumbre, leyó en la cama antes de dormirse y, como esperaba, no le acometió hacia la medianoche esa terrible necesidad de dormir a la que ya se había acostumbrado; no obstante, hizo como si así fuera y se recostó sobre los almohadones fingiendo que se hallaba profundamente dormido. 

Muy despacio y sin hacer ningún ruido, la condesa abandonó su lecho, se acercó al de Hippolyt, le alumbró el rostro, y se deslizó fuera de la habitación. El corazón del conde latía con inusitada violencia; saltó de la cama, se echó un abrigo por encima y salió sigilosamente en pos de su mujer. Era una noche muy clara, de luna, de modo que aunque Aurelie caminaba muy deprisa y le llevaba una considerable ventaja, el conde podía distinguir muy bien desde lejos su figura, vestida con un camisón blanco. 

Atravesando el parque, la condesa llegó al cementerio; una vez allí, desapareció tras el muro. Hippolyt se apresuró a seguirla entrando por la puerta de aquel lugar, que se hallaba abierta. Allí pudo observar, a la luz de la luna, un círculo de espantosas figuras espectrales. 

Viejas medio desnudas, con los cabellos desmadejados y dispuestas en círculo, se agachaban en el suelo: en el centro yacía el cadáver de un ser humano que devoraban con ansias de lobo. ¡Aurelie estaba entre ellas! Instigado por un frenético terror, el conde huyó de allí, corriendo irreflexivamente, inflamado de un miedo mortal, anegado por todos los espantos del infierno a través de los senderos del parque, hasta que, ya al alba, bañado en sudor, se halló de nuevo ante la puerta del castillo. 

Sin voluntad alguna, incapaz de pensar de forma clara y racional, subió a gran velocidad la escalera y atravesó corriendo las habitaciones hasta llegar a la alcoba. Allí yacía la condesa, entregada, al parecer, a un sueño dulce y tranquilo. 

El conde quiso convencerse de que todo había sido una repugnante pesadilla —aunque no podía ignorar el paseo nocturno, del que daba prueba su abrigo, húmedo de rocío de la mañana— o, por lo menos, una burla de los sentidos que le había asustado mortalmente. Sin esperar a que despertara la condesa, abandonó la habitación, se vistió y montó a caballo. 

El paseo que dio aquella hermosa mañana a través de aromáticos arbustos, de entre los que parecía saludarle el canto matutino de los vivaces pajarillos, disipó las terribles imágenes nocturnas; consolado y mucho más tranquilo, regresó al castillo. 

Pero cuando ambos, el conde y la condesa, se hallaron sentados a la mesa y aquella diera grandes muestras de repugnancia al serle presentada la carne cocinada, pretendiendo por ello, como tantas veces, levantarse y abandonar el comedor, se hizo evidente con toda crudeza en el alma del conde la verdad de lo que había sucedido la noche anterior. 

Lleno de furia, saltó de su asiento y, con voz terrible, gritó:

—¡Maldito engendro del diablo! ¡Ya sé por qué te repugna la comida civilizada! ¡En las tumbas es donde pastas, mujer endemoniada!

Mas en cuanto el conde hubo pronunciado estas palabras, la condesa se abalanzó sobre él lanzando un terrible alarido y, con la furia de una hiena, le clavó sus dientes en el pecho. Hippolyt logró desasirse de aquella loca, que cayó al suelo y expiró entre horribles convulsiones.

Tras estos terribles sucesos, el conde enloqueció.

El sombrío tercer piso - Ellen Glasgow (Parte 3 y último)

Mientras él me miraba, yo tenía consciencia de una batalla interior, como si en algún punto de las profundidades de mi ser unos ángeles enemigos estuvieran en lucha. Cuando tomé, por fin, una decisión, comprendí yo misma que actuaba guiada menos por la razón que obedeciendo al impulso de cierta corriente secreta de pensamiento. Pero el cielo sabe que incluso entonces, mientras le desafiaba, aquel hombre me tenía cautiva.

—Doctor Maradick —dije, levantando francamente por primera vez los ojos al encuentro de los suyos—, yo creo que su esposa está tan sana como yo... o como usted.

Él tuvo un sobresalto.

—Entonces, ¿ella no le habló con franqueza?

—Puede estar equivocada, destemplada, presa de una tremenda aflicción... —lo dije sin el menor énfasis—, pero no es, y estaría dispuesta a jugarme mi futuro en ello, una paciente indicada para un asilo. Llevarla a Rosedale sería una tontería..., sería una crueldad.

—¿Una crueldad, dice? —Una expresión atormentada cruzó su rostro, y su voz tomó un acento extraordinariamente dulce—. ¿Verdad que no me cree capaz de ser cruel con ella?

—No, no le creo. —También a mí se me había dulcificado la voz.

—Dejaremos las cosas tal como están. Quizá el doctor Brandon pueda hacernos otras indicaciones. —Sacó el reloj de bolsillo y lo comparó con el de pared. Nerviosamente, observé yo, como si la acción fuese una pantalla que escondiera su desazón, o su perplejidad—. Ahora tengo que irme. Por la mañana hablaremos de nuevo.

Pero por la mañana no hablamos, y durante el mes que cuidé a Mrs. Maradick no volvieron a llamarme al estudio de su marido. Cuando le encontraba en el vestíbulo, o por las escaleras, cosa poco frecuente, se mostraba tan encantador como de costumbre; no obstante, a pesar de su cortesía, yo tenía la persistente sensación de que aquella noche me valoró suficientemente y decidió que ya no podía sacar partido alguno de mí.

A medida que pasaban los días, Mrs. Maradick parecía cobrar fuerzas. Después de aquella primera noche con ella, nunca más me habló de su hija, nunca más aludió, ni con una sola palabra, a la terrible acusación que había levantado contra su marido. Era como una mujer que se recobrara de una gran pena, excepto que se mostraba más dulce y amable. 

No es maravilla que todos los que se acercaban a ella la amasen; porque la rodeaba un encanto que era como el misterio de la luz, no de la oscuridad. Siempre he tenido la idea de que se parecía muchísimo a un ángel, todo lo que pueda parecérsele una mujer de este mundo. Y con todo, a pesar de su cualidad angélica, había ocasiones en que odiaba y temía, a la vez, a su marido. 

Aunque mientras yo estuve allí nunca entró en el cuarto de su mujer, ni escuché nunca su nombre de labios de ella hasta una hora antes del fin; la expresión de terror de la cara de la dama me advertía, siempre que las pisadas del doctor cruzaban el vestíbulo, de que el alma misma de la pobre mujer se estremecía al oírle acercarse.

En todo el mes no volví a ver a la niña, aunque una noche, al entrar repentinamente en el dormitorio de Mrs. Maradick, encontré un jardincito, de esos que los niños improvisan con chinitas y trocitos de madera, en el alféizar de la ventana. No le dije nada a Mrs. Maradick, y más tarde, cuando la criada bajó las cortinas, advertí que el jardín había desaparecido. 

Desde entonces me he preguntado con frecuencia si la niña era invisible para el resto de nosotros y solo su madre podía verla. Pero no había manera de averiguarlo, salvo preguntando, y Mrs. Maradick estaba tan bien y era tan buena que nunca tuve valor para interrogarla. 

Las cosas, por su parte, no podían marchar mejor de lo que marchaban, y yo me estaba diciendo que pronto podría salir a tomar el aire, cuando he ahí que el final se presentó repentinamente.

Era un suave día de enero, de esos que traen un sabor anticipado de primavera en mitad del invierno, y cuando bajé por la tarde, me paré un minuto junto a la ventana del final del pasillo para contemplar el laberinto de tiestos de flores del jardín. 

Había allí un antiguo surtidor con dos muchachos de mármol, riendo, en el centro del paseo engravillado, y el agua, que aquella mañana había dado para contentar a Mrs. Maradick, brillaba como plata bajo el chorro de los rayos del sol. 

Nunca en enero había encontrado una atmósfera tan tranquila y primaveral, y, contemplando el jardín, se me ocurrió que sería buena idea que Mrs. Maradick saliese a broncearse un rato bajo los rayos del sol. Me parecía raro que no le permitiesen respirar otro aire puro que el que le entraba por la ventana. 

Sin embargo, cuando entré en su habitación, hallé que ella no tenía ganas de salir. Estaba sentada, envuelta en chales, junto a la ventana abierta, que daba sobre el surtidor, y al oírme entrar levantó la vista de un librito que estaba leyendo. En el alféizar de la ventana había un tiesto de narcisos trompones. Las flores le gustaban mucho, y procurábamos que siempre tuviera algún tiesto en la habitación.

—¿Sabe qué estoy leyendo, Miss Randolph? —me preguntó con aquella voz suya, tan suave. Y me leyó una estrofa en voz alta, mientras yo me acercaba al estante para prepararle una dosis de medicina.

—«Si tienes dos hogazas de pan, vende una y compra narcisos; porque el pan alimenta el cuerpo; pero los narcisos deleitan el alma». Esto es muy hermoso, ¿no se lo parece a usted?

—Sí —le contesté. Y luego le pregunté si no le gustaría bajar a dar un paseo por el jardín.

—A él no le gustaría —me respondió. Era la primera vez que mencionaba a su marido desde la noche que entré en aquella casa—. No quiere que salga.

Quise hacerle abandonar la idea, tomándola a broma; pero fue inútil, y al cabo de unos minutos renuncié a mi empeño y me puse a conversar de otras cosas. Ni siquiera entonces se me ocurrió la idea de que el miedo que Mrs. Maradick tenía a su marido fuese otra cosa que una fantasía. 

Por supuesto, veía perfectamente que no estaba loca; pero también sabía yo que a veces hay personas muy cuerdas afectadas de prejuicios inexplicables, y acepté su desafecto como un mero capricho, o una aversión. Entonces no lo entendía y —tanto da que lo confiese antes de llegar al final— hoy sigo sin entenderlo. Anoto las cosas que vi realmente, y repito que mi espíritu jamás se inclinó hacia el terreno de lo milagroso.

Las primeras horas de la tarde las pasamos en amable conversación; conversaba animadamente, cuando surgía algún tema que le interesase, y fue la última hora del día, esa hora grave y quieta en que los movimientos de la vida parecen cesar y vacilar durante unos cortos, preciosos minutos, la que nos trajo aquello que yo había temido en silencio desde mi primera noche en la casa. 

Recuerdo que me había levantado a cerrar la ventana y asomaba el cuerpo fuera para respirar unas bocanadas de aire agradable, cuando en el pasillo sonaron unas pisadas intencionadamente leves, y llegó a mis oídos la llamada habitual del doctor Brandon. 

Antes de que yo pudiera cruzar la habitación, la puerta se abrió y entraron el doctor y Miss Peterson. Yo sabía que la enfermera de día era una mujer estúpida; pero nunca me lo había parecido tanto, nunca la había visto tan acorazada y encajonada en su actitud profesional como en aquel momento.

—Me alegra verla tomando el aire. —Mientras el doctor Brandon se acercaba a la ventana, yo me preguntaba maliciosamente qué clase de contradicciones le habían convertido en un distinguido especialista en enfermedades nerviosas.

—¿Quién era el otro médico que ha traído usted esta mañana? —preguntó gravemente Mrs. Maradick. Y esto fue todo lo que jamás supe de la visita del segundo alienista.

—Una persona deseosa de curarla a usted. —El doctor se dejó caer en una silla, a su vera, y le dio una palmadita en la mano con los largos, pálidos dedos—. Estamos tan ansiosos por curarla que queremos enviarla al campo un par de semanas. Miss Peterson ha venido para ayudarla a prepararse, y yo tengo el coche abajo, esperando. No podría ofrecérsenos un día mejor para hacer un viaje, ¿verdad que no?

El momento había llegado por fin. Comprendí al instante lo que quería decir el médico, y se lo expliqué a Mrs. Maradick. Una oleada de color acudió a sus mejillas y las abandonó, y cuando me aparté de la ventana y le rodeé los hombros con el brazo, noté que su cuerpo se estremecía. 

Me di cuenta nuevamente, como me la había dado aquella noche en el estudio del doctor Maradick, de una corriente de pensamiento que penetraba en mi cerebro desde el aire de mi entorno. Aunque me costase mi carrera de enfermera y una reputación de demencia, comprendí que había de obedecer aquel aviso invisible.

—Van a llevarme a un asilo —dijo Mrs. Maradick.

El médico se escudó tras una negativa o unas evasivas tontas; pero antes de que hubiera terminado, yo me aparté de Mrs. Maradick y me enfrenté con él impulsivamente. En una enfermera, esto equivalía a una rebelión franca y clara, y sabía que el gesto arruinaba mi futuro profesional. A pesar de todo, no me importaba y no vacilé. Me impulsaba una fuerza más poderosa que yo.

—Doctor Brandon —dije—, le suplico, le imploro que espere hasta mañana. Hay cosas que debo contarle.

En la faz del médico apareció una expresión rara, y comprendí, incluso en medio de mi excitación, que estaba decidiendo mentalmente en qué grupo había de situarme, a qué clase de manifestaciones morbosas pertenecía yo.

—Muy bien, muy bien, lo escucharemos todo —contestó él en tono apaciguador. Pero vi que miraba a Miss Peterson, y esta fue al armario a buscar el abrigo de pieles y el sombrero de Mrs. Maradick.

De pronto esta, sin previo aviso, arrojó los chales lejos de sí y se puso en pie.

—Si me envían fuera —dijo—, no volveré nunca más. No viviré lo suficiente para poder regresar.

El gris del crepúsculo invadía el ambiente, y mientras permanecía plantada allí, en las sombras de la habitación, su faz brillaba, pálida y con tanto aspecto de flor como los narcisos del alféizar de la ventana.

—¡No puedo marcharme! —gritó con voz más aguda—. ¡No puedo alejarme de mi hija!

Vi su rostro claramente, oí su voz, y entonces... —¡el horror de la escena se me echa encima de nuevo!— vi que la puerta se abría lentamente y la niñita cruzaba la habitación corriendo en dirección a su madre. Vi que la niña levantaba los bracitos, y vi que la madre se inclinaba y la estrechaba contra su pecho. Tan estrechamente unidas estaban en aquel apasionado abrazo que sus formas parecían mezclarse en la penumbra que las envolvía.

—¿Y después de esto, pueden dudar? —Escupí las palabras con furia casi salvaje... y luego, al apartar la vista de la madre y la hija para fijarla en el doctor Brandon y en Miss Peterson, comprendí, desalentada... —¡oh, el sobresalto de aquel descubrimiento!— que estaban ciegos para la niña. 

Sus rostros impasibles revelaban la consternación de la ignorancia, no de la convicción. No habían visto nada, salvo los brazos vacíos de la madre y el rápido, estrambótico gesto con que se había inclinado para abrazar una presencia invisible. 

Solo mi visión, y desde entonces me he preguntado si el poder de la simpatía me permitía penetrar la telaraña de hechos materiales y ver la forma espiritual de la niña, solo mi visión no quedaba cegada por la arcilla a través de la cual miraba.

—¿Y después de esto, puede dudar? —El doctor Brandon me devolvía mis propias palabras. ¿Tenía él la culpa, pobre hombre, si la vida no le había concedido más que los ojos de la carne? ¿Era culpa suya si solo podía ver la mitad de las cosas que tenía delante?

En todo caso, ellos no veían, y como no veían, comprendí que sería inútil explicárselo. Antes de una hora, llevaban a Mrs. Maradick al asilo; y la pobre se marchó pacíficamente, aunque cuando llegó el momento de separarse de mí mostró un vestigio leve de sentimiento. Recuerdo que en el último instante, mientras estábamos paradas en la acera, se levantó el negro velo que llevaba por la niña y dijo:

—Quédese con ella todo el tiempo que pueda, Miss Randolph. Yo no regresaré ya.

Luego subió al coche y se la llevaron, mientras yo la seguía con la mirada, conteniendo los sollozos en la garganta. Con lo espantoso que me parecía el caso, no comprendía, por supuesto, todo el horror que encerraba; porque si lo hubiera comprendido, no me habría quedado allí, quieta, en la acera. 

La verdad es que no lo comprendí hasta varios meses después, cuando llegó la noticia de que había muerto en el asilo. Nunca supe de qué dolencia falleció, aunque recuerdo vagamente que se dijo algo de «fallo cardíaco»..., que es una expresión sobradamente indefinida. Por mi parte, estoy convencida de que murió de miedo a vivir.

Con gran sorpresa mía, el doctor Maradick me pidió que me quedase, después de haber llevado a su esposa a Rosedale, como enfermera oficinista suya, y cuando llegó la noticia de la muerte de Mrs. Maradick nadie habló de que yo hubiera de marcharme. 

En el día de hoy todavía no sé para qué me quería en aquella casa. Acaso pensara que si seguía viviendo bajo su techo tendría menos oportunidades de chismorrear; quizá todavía deseara poner a prueba el poder de su hechizo sobre mí. Tenía una vanidad increíble para un hombre tan realmente importante. 

Le he visto sonrojarse de placer cuando la gente se volvía para mirarle por la calle, y sé que no era incapaz de aprovecharse de la debilidad sentimental de sus pacientes. ¡Pero era guapísimo en verdad, el cielo lo sabe! Imagino que pocos hombres han sido objeto de tan estúpidos enamoramientos.

El verano siguiente, el doctor Maradick se fue un par de meses al extranjero. Mientras estuvo fuera yo pasé mis vacaciones en Virginia. Cuando regresó, tenía más trabajo que nunca —su fama no conocía límites— y mis días estaban tan llenos de citas y escapadas precipitadas hacia casos de urgencia que apenas me quedaba un minuto para recordar a la pobre Mrs. Maradick. 

Desde la tarde que la llevaron al asilo, la niña no había vuelto a frecuentar la casa; yo me estaba convenciendo ya, por fin, de que aquella figurita había sido una ilusión óptica, el efecto de un cambio de luces en la penumbra de las viejas habitaciones, y no la aparición que en otro tiempo creí contemplar. 

No se necesita mucho tiempo para que un espectro se borre de la memoria, especialmente si una persona lleva la vida activa y metódica que yo me vi obligada a llevar aquel invierno. Quizá..., ¿quién sabe...? —recuerdo que me decía a mí misma—, quizá los médicos tuvieran razón, después de todo, y la pobre señora no estuviera en sus cabales. 

Con esta visión del pasado, el juicio que me merecía el doctor Maradick iba cambiando insensiblemente. Creo que terminé por absolverle del todo. Pero entonces, cuando se levantaba limpio y espléndido en el veredicto que yo pronunciaba sobre él, la inversión vino tan precipitadamente que me quedo sin aliento, ahora, cuando trato de revivir aquellas circunstancias. 

La violencia del sesgo que tomaron de pronto los acontecimientos me dejó, imagino a menudo, con una desorientación perpetua de la imaginación.

Fue en mayo cuando nos enteramos de la defunción de Mrs. Maradick, y un año después, exactamente, en medio de una tarde perfumada en la que los jacintos florecían en grupos en torno del viejo surtidor, el ama de llaves entró en el despacho, donde yo me entretenía repasando unas cuentas, para traerme la noticia del próximo casamiento del doctor.

—No es sino lo que podíamos esperar —concluyó muy sensata—. La casa debe de parecerle vacía..., ¡es un hombre tan sociable! Pero yo no puedo dejar de imaginarme —añadió lentamente después de una pausa durante la cual me sentí recorrida por un escalofrío—, no puedo dejar de imaginarme que ha de ser duro para esa otra mujer el disponer del dinero que la pobre Mrs. Maradick heredó de su primer marido.

—¿Se trata, pues, de una cantidad de dinero muy grande? —pregunté con viva curiosidad.

—Muy grande. —Y movió la mano como si las palabras fueran una cosa demasiado inconsistente para expresarla—. ¡Millones y millones!

—Abandonarán esta casa, por supuesto.

—Esto ya está hecho, querida mía. El año que viene, por estas fechas, no quedará ni un ladrillo. La derribarán, y sobre el solar edificarán una casa de apartamentos.

Otro escalofrío me recorrió de nuevo. No podía soportar la idea de que el viejo hogar de Mrs. Maradick pudiera caerse a pedazos.

—No me ha dicho cómo se llama la novia —comenté—. ¿Es alguna que conoció estando en Europa?

—¡Oh, no, Dios mío! Es la misma con la cual estaba prometido antes de casarse con Mrs. Maradick; solo que, según dice la gente, le dejó porque no era bastante rico. Luego ella se casó con no sé qué lord o príncipe de ultramar; pero más tarde se divorciaron, y ahora ha vuelto a su primer amor. ¡Ahora ya es bastante rico, me figuro, hasta para una mujer como esa!

Todo aquello era perfectamente cierto, supongo; sonaba tan verosímil como un reportaje de un periódico; y, sin embargo, mientras el ama de llaves me lo explicaba, yo percibía, o creía percibir, una especie de silencio impalpable, siniestro, en el aire. 

Estaba nerviosa, sin duda; me había trastornado lo repentino con que el ama de llaves me había espetado la noticia; pero mientras permanecía sentada allí tenía, vivamente, la impresión de que la vieja casa estaba escuchando..., de que había una presencia real, auténtica, aunque invisible, en la habitación o en el jardín. 

Sin embargo, un instante después, cuando miré por la larga ventana que se abría sobre la terraza de ladrillo, solo vi la leve luz solar sobre el jardín desierto, con su laberinto de tiestos, su surtidor de mármol y sus trechos de jacintos trompones.

El ama de llaves se había marchado —creo que vino a llamarla una criada— y yo continuaba sentada detrás de la mesa cuando las palabras de Mrs. Maradick en aquella última noche emergieron en mi pensamiento. 

Los jacintos me trajeron el recuerdo de la mujer; porque mientras los miraba crecer tan tranquilos y áureos bajo la luz del sol, se me ocurrió pensar en el placer que le habría dado a ella el contemplarlos. Casi inconscientemente, me repetí la estrofa que la difunta señora me leyó:

«Si tienes dos hogazas de pan, vende una y compra jacintos»... y fue en aquel instante, mientras tenía aún las palabras en los labios, cuando volví la vista hacia el laberinto de tiestos y vi a la niña saltando a la comba por el sendero engravillado que iba hasta el surtidor. 

Con toda claridad, con la claridad de la luz del día, la vi venir con ese andar que las niñas llaman paso de danza, entre los bajos bordes de las macetas hasta el lugar donde crecían los jacintos, junto al surtidor. Desde el lacio cabello castaño hasta el vestido escocés plisado y los piececitos que brincaban, calzados con calcetines blancos y zapatos negros, sobre la cuerda en movimiento, era para mí un ser tan real como el suelo que pisaba o los risueños muchachos de mármol apostados bajo el chapoteo del agua. 

Me levanté de la silla y di un paso hacia la terraza. Si podía alcanzarla..., si podía al menos hablar con ella..., comprendía que quizá, por fin, pudiera resolver el misterio. Pero con el primer revuelo de mi vestido en la terraza, la etérea forma se disolvió en la quieta penumbra del laberinto. 

Ni un soplo de aire agitó las flores, ni una sombra pasó sobre el disperso chorro del agua; y, no obstante, débil y estremecida en todos mis nervios, me senté en el peldaño de ladrillo de la terraza y estallé en llanto. Debía de comprender que ocurriría algo terrible antes de que derribasen la casa de Mrs. Maradick.

Aquella noche el doctor comió fuera. Estaba con la dama con quien iba a casarse, me dijo el ama de llaves, y sería casi medianoche cuando le oí llegar y subir a su cuarto. Yo estaba en el piso inferior porque no podía dormir, y aquella tarde había dejado en el despacho el libro que ahora quería terminar de leer. 

El libro —ya no recuerdo cuál era— me pareció muy interesante cuando lo empecé por la mañana; pero después de la visita de la niña, aquella novela romántica se me antojaba tan sosa como un tratado sobre cuidado de enfermos. Me resultaba imposible seguir las líneas, y estaba a punto de irme a la cama cuando el doctor Maradick abrió la puerta con el llavín y subió las escaleras.

Yo continuaba sentada allí cuando sonó el teléfono de mi mesa, de una manera que a mis nervios sobreexcitados les pareció singularmente brusca, y la voz de la inspectora me dijo apresuradamente que al doctor Maradick se le necesitaba con gran urgencia en el hospital. 

Estaba yo tan habituada a estas llamadas nocturnas de urgencia que me quedé muy tranquilizada después de haber llamado al doctor a su cuarto y haber escuchado el tono amable, cordial de su voz al responder. Todavía no se había desnudado —me dijo— y bajaría inmediatamente, mientras yo ordenaba que viniera de nuevo su coche, que debía de haber llegado apenas al garaje.

—¡Estaré ahí dentro de cinco minutos! —dijo con la misma animación que si le hubiera llamado para su boda.

Le oí cruzar su habitación, y antes de que pudiera llegar a la cima de las escaleras, abrí la puerta y salí al vestíbulo para encender la luz y esperarle con el sombrero y el abrigo preparados. El interruptor eléctrico estaba en el extremo del vestíbulo, y mientras me dirigía allá, guiada por el leve resplandor que bajaba del descansillo de arriba, levanté los ojos hacia las escaleras que ascendían en la penumbra, con la esbelta balaustrada de caoba, hasta el tercer piso. 

Y fue entonces, en el mismo momento que el doctor, tarareando alegremente, empezaba a descender a toda prisa las escaleras, cuando vi con toda claridad —y así lo juraré hasta en mi lecho de muerte— una cuerda de saltar a la comba, enrollada al descuido en el suelo, como si se hubiera caído de una manita distraída, en la curva de las escaleras. 

De un salto llegué al interruptor, inundando el vestíbulo de luz. Y en el preciso momento que encendía las luces, mientras tenía el brazo estirado todavía hacia atrás, oí que el canturreo se convertía en un grito de terror o sorpresa, y vi que la figura de las escaleras tropezaba y se desplomaba pesadamente mientras sus manos parecían buscar apoyo en el vacío. 

El grito de advertencia murió en mi garganta al mismo tiempo que veía al doctor Maradick rodando por el largo tramo de escaleras hasta llegar abajo, junto a mis pies. Antes de inclinarme sobre él, antes de limpiarle la sangre de la frente y tentar con la mano su silencioso corazón, ya sabía que estaba muerto.

Algo... —pudo ser, como cree la gente, un paso en falso en la oscuridad, o acaso fuese, como yo me siento inclinada a creer y atestiguar, un juicio invisible—, algo le había matado en el momento en que más ganas tenía de vivir.

Edward el Conquistador - Roald Dahl (Parte 1)

Louisa, sosteniendo un trapo de cocina, salió por la puerta trasera al frío sol de octubre.

—¡Edward! —gritó—. ¡Edward! ¡El almuerzo está listo!

Tras detenerse y escuchar un instante, se dirigió a paso lento hacia la superficie cubierta de césped, internóse en ella, seguida por la débil sombra que proyectaba su cuerpo, contorneó los rosales y, al cruzar frente a él, tocó con un dedo el reloj de sol. 

Su paso cadencioso y el suave balanceo de hombros y brazos le daban un porte bastante garboso para una mujer menuda y un poco metida en carnes. Pasó bajo la morera, ganó el caminillo enladrillado y lo siguió hasta el paraje desde donde podía dominar el declive que se formaba al fondo del vasto jardín.

—¡Edward! ¡El almuerzo!

Por fin lo había descubierto, a cosa de setenta metros de distancia, en el extremo del declive, donde empezaba el bosque. Espigado, pero de cuerpo estrecho, vestido con unos pantalones caqui y un suéter verde oscuro, dedicábase, plantado junto a una gran fogata, horca en mano, a amontonar zarzas sobre el fuego, que, voraz, levantaba llamas anaranjadas y enviaba hacia el jardín nubes de humo lechoso y un maravilloso aroma a hojas quemadas y a otoño.

Louisa descendió la pendiente al encuentro de su marido. De haberlo deseado, le habría sido fácil repetir la llamada y hacerse oír; pero las grandes hogueras tenían algo que la impulsaba hacia ellas, hacia su inmediata vecindad, donde pudiera percibir su crepitar y su calor.

—El almuerzo —repitió conforme se acercaba.

—Ah, hola. Sí, está bien. En seguida voy.

—¡Qué espléndido fuego!

—He decidido limpiar esto de zarzas —comentó su esposo—. Me tienen harto y aburrido.

Su alargado rostro estaba húmedo de sudor, cuyas gotillas le moteaban todo el bigote, como rocío, y dos pequeños regueros le corrían garganta abajo hasta donde comenzaba el cuello alto del suéter.

—Cuidado con excederte, Edward.

—De veras me gustaría, Louisa, que dejaras de tratarme como si fuera un octogenario. Un poco de ejercicio nunca ha perjudicado a nadie.

—Sí, cariño, lo sé. ¡Oh, Edward! ¡Mira! ¡Mira!

Se volvió el hombre y miró a Louisa, que señalaba hacia el otro extremo de la fogata.

—¡Míralo, Edward! ¡El gato!

Sentado en tierra, tan próximo al fuego que sus llamas parecían tocarlo a veces, un gatazo de color insólito por demás dedicábase, inmóvil por completo, la cabeza ladeada y la nariz al viento, a contemplar al matrimonio con sus ojos amarillos y apacibles.

—¡Se va a quemar! —exclamó Louisa.

Y, dejando caer el trapo, echó a correr hacia el animal, lo aferró con ambas manos y, levantándolo con viveza, volvió a dejarlo en la hierba, a prudente distancia de las llamas.

—¡Gato loco! —apostrofó mientras se sacudía el polvo de las manos—. ¿Qué te ocurre a ti?

—Los gatos saben lo que se hacen —observó su marido—. No verás a ninguno hacer algo que no le plazca. Los gatos, no.

—¿De quién es? ¿Lo habías visto antes?

—No, nunca. Tiene un color rarísimo.

El gato se había sentado en la hierba y les miraba de soslayo. Tenían sus ojos una velada expresión introspectiva, algo curiosamente sabio y reflexivo, y en torno a la nariz mostraba un delicadísimo gesto de desdén, como si aquellos dos seres de edad madura —el uno menudo, regordete y rosado; flaco y sudoroso en extremo el otro— fuesen motivo de cierta sorpresa pero escaso interés. Muy largo y sedoso, de un gris puramente plateado y sin el menor matiz de azul, el pelaje del animal era, desde luego, inusitado en un gato.

Louisa se inclinó y le acarició la cabeza.

—Tienes que irte a casa —le dijo—. Sé un gato bueno y vuélvete a tu casa, que es donde debes estar.

Marido y mujer acometieron despaciosos la cuesta en dirección a su vivienda. El gato, que se había levantado, los siguió, primero a cierta distancia y luego, conforme avanzaban, aproximándose más y más. Pronto estuvo a su lado y, rebasándoles, les precedió a través del césped camino de la casa con la cola enhiesta como un mástil, cual si fuera el dueño del lugar.

—Márchate a tu casa —dijo el hombre—. A casa. No te queremos.

Pero cuando alcanzaron ellos la suya les siguió al interior y Louisa le dio un poco de leche en la cocina. Durante el almuerzo saltó encima de la silla libre que quedaba entre ambos y, sentado allí, con la cabeza justo al ras de la mesa, asistió al resto de la comida observando su curso con aquellos ojos suyos, de un amarillo oscuro, que no dejaban de viajar despaciosos de la mujer al hombre y de este nuevamente a ella.

—No me gusta este gato —comentó Edward.

—Oh, yo lo encuentro precioso. Confío en que se quede un rato más.

—Escúchame bien, Louisa. Este bicho no puede quedarse aquí de ninguna manera. Se ha perdido, pero tiene dueño. Y, si por la tarde continúa merodeando por aquí, harás bien en llevarlo a la policía. Ellos se encargarán de que vuelva a su casa.

Terminado el almuerzo, Edward volvió a su trabajo de jardinería y Louisa se dirigió, como de costumbre, hacia el piano. Intérprete competente y melómana devota, casi todas las tardes pasaba cosa de una hora tocando para sí. El gato se había instalado ahora en el sofá; y como ella se detuviera al pasar y lo acariciara, abrió los ojos, la miró un instante y, cerrándolos de nuevo, se volvió a dormir.

—Eres un gato encantador —dijo—. Y de un color divino. Ojalá pudieras quedarte conmigo.

Recorrían sus dedos la piel de la cabeza cuando tropezaron con una hinchazón, una pequeña protuberancia situada justo encima del ojo derecho.

—Pobre gato —continuó—, tienes bultitos en esa cara tan linda. Te estarás haciendo viejo.

Siguió su camino y tomó asiento en la larga banqueta del piano, pero no se puso a tocar en seguida. Uno de sus pequeños placeres particulares estaba en elaborar cotidianamente una especie de concierto del día, con un programa elegido con esmero, que estudiaba punto por punto antes de empezar. 

Contraria desde siempre a interrumpir el gozo de la interpretación mientras discurría qué pieza atacar seguidamente, lo que buscaba era una breve pausa entre una y otra, en tanto el público, aplaudiendo enfervorizado, pedía más. Imaginar un auditorio embellecía el momento, y a veces, durante las interpretaciones —en los días afortunados, claro está—, la sala comenzaba a danzar, a desdibujarse y a oscurecerse hasta que ya no veía sino fila tras fila de butacas y todo un mar de blancos rostros vueltos hacia ella según escuchaban con arrobada y concentrada adoración.

Unas veces tocaba de memoria; otras, con partitura. Hoy quería hacerlo de memoria, que era lo que más se acomodaba a su ánimo. ¿Y en qué consistiría el programa? Sentada al piano con sus pequeñas manos enlazadas sobre el regazo, la estampa que ofrecía era la de una mujer menudita, regordeta, sonrosada, de cara redonda y todavía muy bonita y pelo recogido en pulido moño sobre la nuca. 

Desviando un poco la vista hacia la derecha alcanzaba a ver al gato, que dormía ovillado en el sofá, y el bello contraste que ofrecía su piel gris plateado sobre el púrpura del cojín. ¿Qué tal algo de Bach, para empezar? O, mejor todavía, de Vivaldi. La adaptación que Bach hizo, para órgano, de su Concerto Grosso en re menor. Sí: eso en primer término. Luego, algo de Schumann, quizá. ¿El Carnaval? Eso sería agradable. ¿Y a continuación? Bueno... un poquitín de Liszt, para amenizar. Uno de sus Sonetos de Petrarca; el segundo, en mi mayor, que era el más bonito. Después, más Schumann, otra de sus piezas alegres, las Kinderscenen. Y finalmente, para el encore, un vals de Brahms, o quizá dos, si se sentía predispuesta.

Vivaldi, Schumann, Liszt, Schumann, Brahms. Un programa muy bonito y que podía interpretar fácilmente prescindiendo de partituras. Se acercó un poco más al piano y aguardó unos instantes a la espera de que alguien de entre el público —algo le decía ya que este era uno de sus días afortunados— acabase de toser. Y entonces, con la pausada gracia que acompañaba la mayoría de sus movimientos, alzó las manos sobre el teclado y comenzó a tocar.

Aunque en ese momento concreto no estaba, ni mucho menos, pendiente del gato —a decir verdad había olvidado su presencia—, en cuanto los primeros acordes graves de Vivaldi sonaron suaves en la habitación, por el rabillo del ojo percibió, en el sofá, a su derecha, un súbito revuelo, un instantáneo movimiento.

Dejó de tocar en el acto.

—¿Qué tienes? —dijo vuelta hacia el gato—. ¿Qué te pasa?

El animal, que unos segundos antes dormía apacible, se había erguido en el diván y enhiesto, muy tenso, trémulo todo él, las orejas de punta, miraba de hito en hito el piano.

—¿Te he asustado? —indagó amable—. A lo mejor es que nunca habías oído música.

No, dijo para sí. No creo que se trate de eso. Bien pensado, la reacción del gato no le parecía de temor. No había percibido en él ni amilanamiento ni intención de retroceder, sino antes bien lo contrario: una voluntad de adelantarse, una especie de avidez. La cara, por otra parte... bueno, mostraba una expresión singular, una mezcla de sorpresa y de conmoción. 

Claro está que la cara de un gato es una cosa pequeña y bastante inexpresiva; pero, aun así, si observaba uno con atención el juego combinado de ojos y orejas, y en especial la zona situada por debajo de estas, donde la piel era tan móvil, a veces cabía captar el reflejo de emociones muy vivas. Muy atenta ahora a la cara del animal, y porque le intrigaba ver qué ocurriría esta segunda vez, Louisa avanzó las manos hacia el teclado y recomenzó la pieza de Vivaldi.

Debido a que ahora el gato lo esperaba, solo se produjo, por de pronto, una pequeña tensión adicional del cuerpo. Pero, según la música iba ganando rapidez y volumen camino de ese primer y emocionante movimiento que constituye la introducción de la fuga, una extraña expresión que frisaba casi en el éxtasis comenzó a invadir el rostro del animal. Las orejas, hasta ese momento enderezadas, fueron entrando poco a poco en reposo: cayeron los párpados; la cabeza se ladeó; y Louisa hubiera podido jurar que el animal comprendía y estimaba su trabajo.

Lo que vio (o creyó ver) era algo que había advertido muchas veces en el rostro de los que seguían con atento oído una pieza musical. Cuando el sonido se apodera por completo de un oyente y lo absorbe en sí, se hace patente en aquel una peculiar expresión, de intenso éxtasis, tan fácil de reconocer como pudiera serlo una sonrisa. Y, por lo que Louisa veía, era esa, casi exactamente, la expresión que ahora mostraba el gato.

Concluida la fuga, atacó la siciliana, todo ello sin perder de vista al animal que ocupaba el sofá. La prueba concluyente de que la escuchaba se produjo al final, cuando cesó la música: parpadeó el gato, se revolvió un poco, estiró una pata, buscó una postura más cómoda y, habiendo echado una rápida ojeada alrededor, volvió hacia ella, expectante, los ojos. 

Era aquella, punto por punto, la reacción del asiduo seguidor de conciertos ante la momentánea liberación de la pausa que en una sinfonía separa dos movimientos. Tan netamente humana resultó esa conducta, que sintió Louisa una extraña oleada de emoción en el pecho.

—¿Te ha gustado? —preguntó—. ¿Te gusta Vivaldi?

Apenas dicho esto, le invadió un sentimiento de ridículo, pero no tan vivo —y eso es lo que la sobrecogió un poco— como hubiera correspondido.

En fin, ya no quedaba sino continuar, como si tal cosa, con el programa, cuyo próximo punto era el Carnaval. Así que hubo empezado a tocar, el gato se atiesó de nuevo y enderezó su postura; luego, conforme la música iba penetrándole lenta y plácidamente, cayó de nuevo en aquel curioso estado de arrobo, en el que parecían mezclarse el ensueño y la sensación de ser engullido. 

Resultaba en verdad extravagante —y cómico también— ver a aquel gato plateado aposentarse allí en el sofá y entregarse a semejantes transportes. Y lo que llevaba la cosa al puro absurdo, concluyó Louisa, era el hecho de que aquella música, en la que tanto placer parecía hallar el animal, era a todas luces demasiado difícil, demasiado clásica para ser apreciada por la mayoría de los humanos.

Quizá no sea cierto que disfrute, pensó. A lo mejor se trata de una especie de reacción hipnótica, como se da en las serpientes. Bien mirado, si a ellas se las puede encantar mediante la música, ¿por qué no a un gato? Solo que se contaban por millones de ellos los que a diario oían la música de radios, gramófonos y pianos durante toda su vida, sin que hasta ahora, que ella supiera, se hubiese observado en ninguno semejante conducta. Y el que tenía delante se comportaba como si siguiese una a una las notas. Era ciertamente increíble.

¿Pero no resultaba, también, maravilloso? Desde luego que sí. A decir verdad, o mucho se equivocaba o era una especie de milagro, uno de esos milagros que se dan en los animales quizá una vez cada cien años.

—Ya he visto que esta te ha entusiasmado —dijo al terminar la pieza—. Si bien lamento no haberla interpretado hoy demasiado bien. ¿Cuál te ha complacido más, la de Vivaldi, o la de Schumann?

Como el gato no respondiera, Louisa, temerosa de perder la atención de su oyente, pasó sin demora al siguiente tema del programa: el segundo Soneto de Petrarca, de Liszt.

Y en ese punto ocurrió algo extraordinario: apenas interpretados los tres o cuatro primeros compases, los bigotes del animal comenzaron a agitarse de forma perceptible. Lentamente, tras enderezarse todavía un punto, inclinó la cabeza primero a un lado, luego al otro, y dejó flotar la mirada en el vacío con una especie de gesto de ceñuda concentración que parecía decir: «¿Qué es esto? No, no me lo digas. ¡Lo conozco tan bien...! Y, sin embargo, en este momento no acierto a identificarlo». Fascinada, con la boca entreabierta y una media sonrisa, Louisa continuó tocando mientras se preguntaba qué iría a ocurrir a continuación.

El gato se levantó, avanzó hacia un extremo del sofá, sentóse de nuevo y escuchó un rato más; y luego, inopinadamente, saltó al suelo, de ahí a la banqueta del piano, y allí se instaló, a su lado, atento al precioso soneto, ahora sin ensimismarse, sino muy tieso, sus ojazos amarillos fijos en los dedos de Louisa.

—¡Vaya! —exclamó conforme hacía sonar el último acorde—. Conque has venido a sentarte junto a mí, ¿no? ¿Prefieres esto al sofá? Está bien, te dejaré quedarte, a condición de que te estés quieto y no empieces a dar saltos. —Alargó una mano y, en tanto acariciaba el lomo del animal desde la cabeza a la cola, agregó—: Esto era de Liszt. No creas, a veces puede resultar de una vulgaridad espantosa; pero, en piezas como esta, es verdaderamente encantador.

Porque empezaba a encontrar placer en esa extravagante pantomima animal, atacó directamente el próximo tema del programa, las Kinderscenen de Schumann.

No llevaba más de un par de minutos de interpretación, cuando se dio cuenta de que el gato, de nuevo en movimiento, había vuelto a su antiguo acomodo del sofá. Estando pendiente solo de sus propias manos en aquel instante, sin duda se debía a eso el que ni siquiera hubiese advertido su marcha; aunque, con todo, el movimiento tenía que haber sido rápido y silencioso en extremo. 

Pero, por mucho que el animal siguiera mirándola, en apariencia pendiente todavía de la música, Louisa tuvo la impresión de que no mostraba ahora el embelesado entusiasmo de antes, el que provocara la pieza de Liszt. Por si eso fuera poco, el acto de abandonar la banqueta y volver al sofá se hubiera dicho un moderado pero positivo gesto de desencanto.

—¿Qué pasa? —indagó al terminar—. ¿Qué tiene Schumann de malo? ¿Y qué hay de tan maravilloso en Liszt?

El gato le devolvió la mirada de sus ojos ambarinos y de pupilas con pintas de un negro azabache.

Esto empieza a ponerse interesante, se dijo la mujer; y también, según se mire, un tanto inquietante... Pero el simple hecho de ver al animal tendido en el sofá, tan vivaz y atento, tan a las claras deseoso de más música, le devolvió la confianza.

—Está bien —dijo—. Te diré lo que voy a hacer. Voy a modificar, especialmente para ti, mi programa. Ya que Liszt parece gustarte tanto, te interpretaré otra de sus piezas.

Tras un momento de vacilación conforme buscaba en la memoria algo bueno de Liszt, inició lentamente una de las doce pequeñas composiciones de Der Weihnachtsbaum. Muy atenta ahora al gato, lo primero que advirtió fue que otra vez volvía a mover los bigotes. 

Saltó a la alfombra, se quedó allí un instante, con la cabeza inclinada y trémulo de excitación, y seguidamente, el paso lento y cadencioso, contorneó el piano, saltó a la banqueta y se acomodó junto a Louisa.

En eso estaban cuando apareció Edward procedente del jardín.

—¡Edward! —exclamó la mujer en tanto se levantaba de un brinco—. ¡Oh, Edward, tesoro! ¡Atiende! ¡Escucha lo que ha ocurrido!

—¿Qué pasa ahora? —replicó él—. Yo quisiera un poco de té.

Era el suyo uno de esos rostros de nariz afilada, angostos y levemente purpúreos, que el sudor hacía brillar ahora como si fuera un alargado y húmedo grano de uva.

—¡Es el gato! —continuó ella admirativa al tiempo que señalaba al animal plácidamente sentado en la banqueta—. ¡Cuando te enteres de lo que ha ocurrido...!

—Creí haberte dicho que lo llevaras a la policía.

—Pero escúchame, Edward. Esto es apasionante de verdad. Se trata de un gato melómano.

—Oh, ¿de veras?

—No solo le gusta la música sino que, además, la entiende.

—Vamos, Louisa, déjate ya de bobadas, y, por lo que más quieras, tomemos un poco de té. Estoy acalorado y rendido de tanto cortar zarzas y hacer fogatas.

Se acomodó en una butaca, tomó un pitillo de una caja que tenía al lado y lo encendió con el enorme encendedor acharolado que había junto a aquella.

—Lo que tú no comprendes —continuó Louisa— es que aquí, en nuestra casa, ha estado sucediendo en tu ausencia algo por demás apasionante, algo que incluso podría ser... bueno... trascendental.

—Seguro que sí.

—¡Edward, por favor...!

Estaba la mujer en pie junto al piano, su carita más sonrosada que nunca, y en las mejillas sendas rosetas de un encendido escarlata.

—Si te interesa —agregó—, te diré lo que pienso.

—Te escucho, cariño.

—Creo que en este momento podríamos encontrarnos en presencia de... —se interrumpió, como percatándose, súbitamente, de lo absurdo de la idea.

—Continúa...

—Quizá lo consideres una tontería, Edward; pero es lo que pienso en realidad...

—¿En presencia de quién, por amor de Dios?

—¡Del mismísimo Franz Liszt!

Su marido dio una larga y lenta chupada al pitillo y expulsó el humo en dirección al techo. Sus mejillas, hundidas, de piel atirantada, eran las de quien lleva largos años usando dentadura postiza; y, cuando succionaba un cigarrillo, aún se le sumían más y hacían que los pómulos descollasen como los de una calavera.

—No te sigo —respondió.

—Edward, atiende, por favor. A juzgar por lo que he visto esta tarde con mis propios ojos, da toda la impresión de tratarse de una especie de reencarnación.

—¿Te refieres a esa porquería de gato?

—Por favor, cariño, no hables así.

—No estarás enferma, ¿verdad, Louisa?

—Me encuentro perfectamente, muchas gracias. Si acaso, un poco confusa, lo reconozco; pero ¿quién no se sentiría así después de lo que acaba de ocurrir? Edward, te juro que...

—Pero ¿qué es lo que ha ocurrido, si puede saberse?

Se lo expuso. Él la escuchaba despatarrado en el sillón, dando chupadas al pitillo cuyo humo proyectaba hacia el techo con una tenue sonrisa cínica en los labios.

—Yo no veo nada extraordinario en todo eso —dijo cuando su esposa hubo concluido—. Se trata, simplemente, de un gato adiestrado. Se lo han enseñado a hacer; eso es todo.

—No digas tonterías, Edward. En cuanto me pongo a tocar algo de Liszt, se excita todo él y corre a sentarse en la banqueta, a mi lado. Pero solo reacciona así con Liszt. Y nadie puede enseñarle a un gato a distinguir a Liszt de Schumann. Como que ni siquiera tú notas la diferencia. Él, en cambio, ha acertado siempre. Y Liszt, por otra parte, no es nada conocido.

—Han sido dos veces —observó él—. Solo lo ha hecho dos veces.

—Con eso basta.

—Pues a ver, que lo repita. Vamos.

—No. Decididamente, no. Porque si este gato es Liszt, como yo así lo creo, o cuando menos el alma de Liszt, o el elemento, como quiera que se llame, que sobrevive, está claro que no es justo, ni tampoco demasiado amable, someterle a toda una serie de pruebas humillantes.

—Pero, ¡querida mía!, esto no es más que un gato, un gato gris y bastante estúpido que esta mañana en el jardín ha estado a punto de chamuscarse la piel junto a la hoguera. Y, por otra parte, ¿qué sabes tú de reencarnaciones?

—Si hay un alma en ese animal, para mí es bastante —replicó Louisa con firmeza—. Lo importante es el alma.

—Pues nada: veámosle actuar. Veámosle distinguir entre su propia obra y la de otro.

—No, Edward, ya te lo he dicho: me niego a hacerle pasar por nuevas y estúpidas pruebas circenses. Por hoy, basta y sobra. Pero te diré lo que voy a hacer. A eso sí estoy dispuesta. Voy a tocarle un poco de su propia música.

—Mucho vas a probar con eso.

—Tú obsérvale. Algo puedes dar por seguro: en cuanto la reconozca, se negará a moverse de la banqueta donde ahora lo ves.

Louisa se dirigió hacia el estante donde guardaba las partituras, tomó un libro con partituras de Liszt, lo hojeó con rapidez y eligió otra de sus más bellas composiciones: la Sonata en si menor. Aunque solo se proponía interpretar su primera parte, una vez estuvo en ello, y como advirtiese la forma en que escuchaba el animal, literalmente trémulo de placer y observando sus manos con aquel aire de concentración embelesada, le faltó valor para interrumpirse y la tocó completa. Terminada la pieza, volvió los ojos hacia su esposo y dijo sonriente:

—Ya lo has visto. No me negarás que le tenía encantado por completo.

—Le gusta ese ruido, no es más que eso.

—Estaba verdaderamente encantado. ¿No es cierto, precioso? —insistió, tomando en brazos al gato—. ¡Oh, si pudiera hablar...! ¿Te das cuenta? ¡En su juventud conoció a Beethoven! Y también a Schubert, a Mendelssohn, a Schumann; a Berlioz y a Grieg, a Delacroix y a Ingres, a Heine y a Balzac. Y aguarda un momento... ¡Cielo santo, si fue suegro de Wagner! ¡Tengo en los brazos al suegro de Wagner!

(CONTINUARÁ...)