Pero
la noche del día siguiente, comprendió que ciertas fuerzas ocultas la
iban minando interiormente. Dick Windyford no había vuelto a telefonear
y, sin embargo, percibía su influencia. No cesaba de recordar sus
palabras: «Ese hombre es un desconocido para ti. No sabes nada de él.» Y
con ellas el recuerdo del rostro de su marido acudía a su memoria
diciéndole: «¿Tú crees que tiene gracia hacer de esposa de Barba Azul?»
¿Por qué había dicho eso? ¿Qué quiso decir con aquellas palabras?
Hubo
una advertencia en ellas... una amenaza. Era como si le hubieran dicho:
«Sería mejor que no te metieras en mi vida privada, Alix. Podrías
llevarte un disgusto si lo hicieras.» Cierto que pocos minutos después
le juraba que no hubo otra mujer en su vida que le importase..., pero
Alix trató en vano de recordar aquella sensación que le diera de
sinceridad. ¿Acaso no estaba obligado a jurárselo?
El
viernes por la mañana Alix estaba convencida de que había habido otra
mujer en la vida de Gerald... algo semejante a la cámara de Barba Azul y
que luchaba por ocultárselo. Sus celos, tardos en despertar, se
hicieron desenfrenados.
¿Es
que acaso debía encontrarse con una mujer aquella noche a las nueve?
¿Habría inventado la historia del revelado de las fotografías en el
apuro del momento? Con una extraña sensación de sobresalto Alix
comprendió que desde que encontrara su agenda de bolsillo había vivido
atormentada. Y eso que no había nada en ella. Eso era lo más irónico del
caso.
Tres
días antes hubiera jurado conocer perfectamente a su esposo, y ahora le
parecía un extraño del que nada sabía. Recordó su enojo irrazonable
contra el pobre Jorge, tan contrario a su acostumbrado buen carácter. Un
pequeño detalle, tal vez, pero demostraba que en realidad desconocía al
nombre que era su marido.
Alix
necesitaba adquirir varias cosas para el fin de semana y por la tarde
sugirió que ella podría ir al pueblo a buscarlas, mientras Gerald se
ocupaba del jardín, pero ante su sorpresa se opuso resueltamente a su
plan e insistió en ir él para que Alix se quedara en casa. Alix viose
obligada a dejarle hacer su voluntad, pero su insistencia le había
sorprendido. ¿Por qué aquel afán de evitar a toda costa que fuera al
pueblo?
Y
de pronto, la explicación que dejaba todo en claro: ¿No era posible
que, a pesar de no decirle nada, Gerald hubiera encontrado a Dick
Windyford en el pueblo? Sus propios celos, dormidos durante la época de
su matrimonio, sólo habían surgido después. ¿No podría haberle ocurrido
lo mismo a Gerald? ¿Acaso no estaría tratando de impedir que volviera a
ver a Dick Windyford? Esa explicación coincidía tan bien con los hechos,
y confortó tanto a Alix, que la abrazó con todo entusiasmo.
Sin
embargo, cuando pasó la hora del té, estaba inquieta y enferma de
impaciencia, luchando contra una tentación que la asaltaba desde la
marcha de Gerald. Por fin, tranquilizando su conciencia con la excusa de
que la habitación necesitaba una buena limpieza, subió al despacho de
su marido con un sacudidor del polvo para justificarse.
—Si pudiera estar segura —se repetía—. Si pudiera estar completamente segura.
En
vano se decía que cualquier cosa comprometedora habría sido destruida
años atrás. Pero los hombres guardan algunas veces la prueba más
condenatoria llevados de un sentimentalismo exagerado.
Al
fin Alix sucumbió, y con las mejillas arreboladas por la vergüenza de
su acción, fue revisando todos los paquetes de cartas y documentos,
abriendo todos los cajones, y examinando incluso los bolsillos de los
trajes de su marido. Sólo dos cajones se le resistieron: el último cajón
de la cómoda, y el de la parte izquierda del escritorio estaban
cerrados con llave. Pero ahora Alix era ya capaz de cualquier cosa, y
estaba convencida de que en uno de ellos encontraría alguna prueba de la
existencia de aquella mujer del pasado de su marido que la obsesionaba.
Recordó
que Gerald había dejado sus llaves olvidadas sobre el aparador, y yendo
a buscarlas las fue probando una por una. La tercera entraba en la
cerradura del cajón del escritorio, que Alix se apresuró a abrir. Había
un talonario de cheques y una cartera bien provista de billetes, y en el
fondo un paquete de cartas atado con una cinta.
Respirando
afanosamente, Alix lo desató, y luego un intenso rubor cubrió su rostro
mientras dejaba las cartas de nuevo en el interior del cajón, y volvía a
cerrarlo. Porque aquellas cartas eran suyas, las que escribiera a
Gerald Martin antes de casarse con él.
Dirigióse
a la cómoda, impulsada más por el deseo de no dejar nada por registrar,
que por la esperanza de encontrar lo que buscaba. Sentíase avergonzada y
convencida de la locura de su obsesión.
Ante
su contrariedad ninguna de las llaves de Gerald abría el cajón. Sin
desanimarse, Alix se fue en busca de otra serie de llaves, y al fin la
llave del guardarropa pudo abrirlo, pero en su interior no había más que
un rollo de recortes de periódicos manchados y descoloridos por el
tiempo.
Alix
exhaló un suspiro de alivio. Sin embargo, fue revisando los recortes
para saber qué es lo que había interesado tanto a su marido como para
guardar aquel paquete polvoriento. Casi todos eran de periódicos
americanos, de varios años atrás, y trataban del proceso de un famoso
estafador y bígamo, Carlos LeMaitre. LeMaitre era considerado sospechoso
de haber dado muerte a varias mujeres. Se había encontrado un esqueleto
enterrado debajo del suelo de una de las casas que había alquilado, y
la mayoría de las mujeres con las que «contrajo matrimonio»
desaparecieron sin dejar rastro.
El
se había defendido contra las acusaciones con habilidad consumada, con
la ayuda de uno de los abogados de más talento de los Estados Unidos. El
veredicto escocés «Absuelto por falta de pruebas» hubiera sido más
apropiado al caso, pero en su defecto, se le consideró «Inocente» de la
culpa capital, aunque le sentenciaron a un largo período de cárcel por
los otros cargos presentados contra él.
Alix
recordaba la sensación que produjo aquel caso, y también la que causó
la huida de LeMaitre unos tres años más tarde. No volvieron a detenerle.
La personalidad de aquel hombre y su extraordinario atractivo para las
mujeres fueron comentados extensamente en los periódicos, junto con un
resumen de la excitabilidad que demostró en el juzgado, sus protestas
apasionadas, y sus repentinos colapsos debidos a su corazón débil,
aunque algunos lo atribuyeron a sus facultades dramáticas.
Venía
una fotografía suya en uno de los recortes que Alix tenía en la mano y
la estudió con cierto interés... un caballero de luenga barba con
aspecto de catedrático. Le recordaba a alguien, pero de momento no supo
precisar quién era ese alguien. No imaginaba que Gerald se interesase
por los crímenes y procesos famosos, aunque sabía que era el
entretenimiento predilecto de muchos hombres.
¿A
quién le recordaba aquella cara? De pronto, sobresaltada, comprendió
que al propio Gerald. Aquellas cejas y aquellos ojos tenían un gran
parecido con los suyos. Tal vez conservase aquellos recortes por esa
razón. Sus ojos leyeron el párrafo que aparecía junto al retrato. Al
parecer se encontraron ciertas notas en la agenda de bolsillo del
acusado que coincidían con las fechas en que se deshizo de sus víctimas.
Luego, una mujer había identificado al prisionero por una cicatriz que
tenía en la muñeca izquierda, precisamente debajo de la palma de la
mano.
Alix
dejó caer los papeles de entre sus manos nerviosas mientras se
tambaleaba. En la muñeca izquierda, precisamente debajo de la palma,
Gerald tenía una pequeña cicatriz.
Todo
giraba a su alrededor. Después le pareció tener de pronto aquella
absoluta certeza. ¡Gerald Martin era Carlos LeMaitre! Lo sabía y lo
aceptaba con la velocidad del relámpago. Fragmentos sueltos acudían a su
memoria, como las piezas de un rompecabezas que van tomando forma.
El
dinero pagado por la casa... su dinero... únicamente su dinero. Los
bonos al portador que confiara a su custodia. Incluso su sueño tenía
ahora significado. En lo más profundo de su ser, su subconsciente
siempre había temido a Gerald Martin y deseado escapar de él y para ello
su otro yo pedía ayuda a Dick Windyford. Por eso también aceptó la
verdad con tanta facilidad, y sin dudas ni vacilaciones. Ella iba a ser
pronto otra de las víctimas de LeMaitre... quizá muy pronto.
Casi
se le escapa un grito, al recordar lo anotado en la agenda. Miércoles a
las nueve de la noche. Con lo fácil que era levantar las baldosas del
sótano. En cierta ocasión ya había enterrado a una de sus víctimas en un
sótano. Todo lo tenía planeado para la noche del miércoles, ¡pero
escribirlo de antemano con aquella tranquilidad... era una locura! No,
era lógico. Gerald tomaba siempre nota de sus compromisos... y para él
un crimen era una cuestión de negocios como cualquier otra.
Pero,
¿qué la salvó? ¿Qué es lo que pudo salvarla? ¿Por qué se arrepentiría
en el último momento? Sí... como un rayo le vino la respuesta. El viejo
Jorge. Ahora le resultaba comprensible el enojo incontenible de su
esposo. Sin duda había preparado el terreno diciendo a todo el mundo que
encontraba que se iban a Londres al día siguiente. Luego Jorge fue a
trabajar inesperadamente y al hablarle de Londres, ella había desmentido
la historia. Era demasiado arriesgado deshacerse de ella aquella noche,
exponiéndose a que el jardinero repitiera su conversación. ¡Pero había
escapado de milagro! De no haber mencionado aquel asunto tan trivial...
Alix se estremeció.
Pero
no había tiempo que perder. Tenía que huir en seguida... antes de que
él regresara. Por nada del mundo pasaría otra noche bajo el mismo techo
que aquel hombre. Apresuróse a guardar de nuevo el rollo de recortes de
periódicos en el cajón, y lo cerró.
Y
entonces se quedó como si se hubiera convertido en estatua de piedra.
Había oído el chirrido de la cerca. Su esposo había regresado ya.
Por un momento Alix continuó inmóvil; luego yendo de puntillas hasta la ventana atisbo tras el amparo de la cortina.
Sí,
era su marido, que sonriendo para sí tarareaba una tonadilla. En la
mano llevaba algo que casi paralizó el corazón de la aterrorizada Alix:
una azada nueva.
Alix
se dijo instintivamente: Iba a ser esta noche. Pero le quedaba una
oportunidad. Gerald, todavía tarareando había ido dando la vuelta a la
casa.
Va a dejarla en el sótano... preparada, pensó Alix con un escalofrío.
Sin
vacilar un momento echó a correr escaleras abajo y salió de la casa,
pero en el preciso momento que atravesaba la puerta, su esposo hizo su
aparición por un lado de la casa.
—Hola —le dijo—. ¿A dónde vas tan de prisa?
Alix
procuró desesperadamente parecer tranquila. De momento había perdido su
oportunidad, pero si tenía cuidado de no despertar sus sospechas
volvería a tenerla más tarde. Incluso ahora mismo, tal vez.
—Iba a ir paseando hasta el extremo del prado —dijo con voz que le sonó débil e insegura a sus propios oídos.
—Muy bien —replicó Gerald—. Te acompañaré.
—No... por favor, Gerald. Estoy nerviosa... me duele la cabeza... preferiría ir sola.
Él la miró fijamente y Alix creyó ver el recelo en sus ojos.
—¿Qué te ocurre, Alix? Estás pálida... temblorosa.
—No es nada —se esforzó por sonreír—. Me duele la cabeza, eso es todo. Un paseo me sentará bien.
—Bueno, es inútil que digas que no te acompañe —declaró Gerald riendo—. Iré contigo quieras o no.
Alix no se atrevió a insistir más. Si sospechara que sabía...
Con
un esfuerzo procuró recuperar algo de su habitual tranquilidad. No
obstante, se daba cuenta de que él la miraba de reojo de cuando en
cuando, como si no estuviera satisfecho y no hubiese acallado sus
sospechas.
Cuando
regresaron a la casa, él insistió en que debía acostarse, y le trajo
agua de colonia para mojar sus sienes. Fue, como siempre, el esposo
atento y solícito, y no obstante, Alix sentíase tan indefensa como si
estuviera atada de pies y manos en el interior de una trampa.
Ni
por un momento la dejó sola. Fue con ella a la cocina ayudándola a
preparar la cena. Apenas podía tragar bocado, pero se esforzó en comer, e
incluso parecer alegre y natural. Ahora se daba cuenta de que luchaba
por su vida. Estaba a solas con aquel hombre, a varios kilómetros de
distancia de la civilización, completamente a su merced. Su única
oportunidad era aplacar sus sospechas para que la dejara sola unos
momentos... los suficientes para llegar al teléfono del recibidor para
pedir ayuda. Aquélla era su única esperanza. Si se decidía a huir, la
alcanzaría antes de que pudiera llegar al pueblo.
Una
esperanza momentánea la animó al recordar cómo había abandonado su plan
la otra noche. ¿Y si le dijera que Dick Windyford iba a ir a verles
aquella noche?
Las
palabras temblaban en sus labios... pero se apresuró a rechazarlas.
Aquel nombre no perdería su segunda oportunidad. Había tal determinación
bajo su calma aparente que le daba náuseas. Sólo conseguiría precipitar
su crimen. La mataría en seguida, y luego con toda tranquilidad
telefonearía a Dick Windyford con cualquier excusa para que no fuera.
¡Oh!, si Dick fuera a verles aquella noche. Si Dick...
Una
idea acudió a su mente y miró de soslayo a su esposo por temor a que
pudiera adivinar sus pensamientos, y mientras formaba su plan, sintió
renacer su valor mostrándose tan natural que ella misma se maravilló.
Gerald estaba ahora completamente tranquilizado.
Alix preparó el café y lo llevó ahora al porche, donde solían sentarse las noches cálidas.
—A propósito —dijo Gerald de pronto—, más tarde revelaremos esas fotografías.
Alix sintió que un escalofrío recorría su cuerpo, pero replicó con naturalidad:
—¿No puedes hacerlo solo? Estoy dormida y muy cansada esta noche.
—No tardaremos mucho —sonrió—, y te aseguro que luego no te sentirás cansada.
Aquellas palabras parecieron divertirle. Alix se estremeció. Ahora, o nunca podría llevar a cabo su plan.
Se puso en pie.
—Voy a telefonear al carnicero —anunció tranquilamente.
—¿Al carnicero? ¿A estas intempestivas horas de la noche?
—Tonto,
ya sé que la tienda está cerrada pero él está en la casa. Mañana es
sábado y quiero que me traiga unos filetes de ternera bien temprano,
antes de que se los lleve otra. El viejo haría cualquier cosa por mí.
Y
entró rápidamente en la casa, cerrando la puerta tras ella. Oyó a
Gerald que decía: «No cierres la puerta», y Alix replicó con ligereza:
«Así no entrarán los mosquitos. Aborrezco los mosquitos. ¿Tienes miedo
de que le haga el amor al carnicero, tonto?»
Una
vez en el interior de la casa cogió el teléfono y dio el número de la
«Posada del Viajero». Le dieron comunicación en seguida.
—¿El señor Windyford está todavía ahí? ¿Podría hablar con él?
Entonces el corazón le dio un vuelco. La puerta acababa de abrirse y su marido entraba en el recibidor.
—Vete, Gerald —le dijo mimosa—. No me gusta que me escuchen cuando hablo por teléfono.
Él se limitó a echarse a reír mientras se sentaba en una silla.
—¿Seguro que telefoneas al carnicero? —le preguntó.
Alix
estaba desesperada. Su plan había fracasado. Dentro de unos instantes,
Dick Windyford estaría al teléfono. ¿Se arriesgaría a gritar pidiendo
ayuda? ¿Comprendería lo que quería decirle antes de que Gerald le
arrebatara el aparato? ¿O creería únicamente que se trataba de una
broma?
Y luego mientras nerviosa movía la clavija que permite que la voz se oiga o no en el extremo del hilo, se le ocurrió otra idea.
«Será
fácil —pensó—. Tendré que procurar no perder la cabeza y escoger las
palabras apropiadas y no desfallecer ni un momento, pero creo que podré
hacerlo.»
Y en aquel momento oyó la voz de Dick Windyford.
Alix tomó aliento. Luego conectó la clavija de comunicación con firmeza.
—Aquí
la señora Martin... de «Villa Ruiseñor». Por favor, venga (cerró la
clavija) mañana por la mañana y tráigame seis filetes de ternera bien
hermosos (volvió a dar la comunicación). Es muy importante. (Cerró.)
Muchísimas gracias, señor Hexworthy, espero que no le haya molestado
llamando tan tarde, pero en realidad el tener esos filetes el sábado
(abrió) es cuestión de vida o muerte... (cerró). Muy bien... mañana por
la mañana... (abrió), cuanto antes...
Volvió a dejar el teléfono en la horquilla y miró a su esposo respirando trabajosamente.
—De manera que es así como hablas con el carnicero ¿eh? —dijo Gerald.
—Estrategia femenina —dijo Alix en tono ligero.
Rebosaba excitación. Gerald no había sospechado nada, y sin duda Dick iría aunque no hubiese comprendido.
Pasaron al saloncito y Alix encendió la luz. Gerald la observaba.
—Pareces muy contenta ahora —le dijo mirándola con curiosidad.
—Sí —repuso Alix—; ya no me duele la cabeza.
Ocupó
la butaca acostumbrada y su esposo fue a sentarse frente a ella. Estaba
salvada. Eran sólo las ocho y veinticinco, y mucho antes de las nueve
Dick habría llegado.
—No me ha gustado mucho el café de hoy —se quejó Gerald—. Es muy amargo.
—Es que he comprado una clase nueva. Si no te gusta no volveré a comprarlo, querido.
Alix,
cogiendo su labor, empezó a coser. Confiaba plenamente en su propia
habilidad para representar el papel de esposa solícita. Gerald leyó
varias páginas de su libro y luego mirando el reloj dejó la novela.
—Las ocho y media. Es hora de bajar al sótano y empezar a trabajar.
A Alix se le cayó la labor de las manos.
—¡Oh! Aún no. Esperemos hasta las nueve.
—No, pequeña, es la hora que he fijado. Así podrás acostarte más pronto.
—Pero yo prefiero esperar hasta las nueve.
—Las
ocho y media —insistió Gerald—. Ya sabes que cuando fijo una hora me
gusta atenerme a ella. Vamos, Alix. No quiero esperar ni un minuto más.
Alix
le miró, y a pesar suyo sintió que el terror la invadía. Gerald se
había quitado la máscara y se retorcía las manos; los ojos le brillaban
de excitación, y se pasaba continuamente la lengua por los labios
resecos. Ya no se esforzaba por disimular su nerviosismo.
Alix pensó «Es cierto... no puede esperar... está como loco...».
Se acercó a ella y cogiéndola por los hombros la obligó a ponerse en pie.
—Vamos, pequeña... o te llevaré a rastras.
Su
tono era alegre, pero había tal ferocidad en el fondo que Alix quedó
como paralizada. Con un esfuerzo supremo logró desasirse yendo a
apoyarse contra la pared. Estaba impotente. No podía escapar... ni hacer
nada... él se iba acercando.
—Ahora, Alix...
—No..., no.
Lanzó un grito alargando las manos en un gesto de impotencia para impedir que se le acercara.
—Gerald... basta... tengo algo que decirte... tengo que confesarte una cosa...
Él no se detuvo.
—¿Confesar qué? —preguntó con curiosidad.
—Sí; que confesar —continuó ella desesperada, procurando mantener su atención—. Es algo que debiera haberte dicho antes.
En el rostro de Gerald apareció una mirada de desprecio. El encanto estaba roto.
—Un antiguo amor, supongo —se burló.
—No —dijo Alix—. Es otra cosa. Supongo que tú lo llamarías... sí... un crimen.
En
el acto vio que había pulsado la cuerda oportuna, y que de nuevo era
dueña de su interés. Eso le devolvió el valor sintiéndose dueña absoluta
de la situación en aquel preciso momento.
—Será mejor que vuelvas a sentarte —le dijo tranquila.
Ella
fue a ocupar su butaca, e incluso se detuvo para recoger la labor,
aunque tras su calma aparente estaba inventando a toda prisa, ya que la
historia que iba a contarle debía mantener su atención hasta que llegara
la ayuda.
—Te
dije —empezó— que había sido taquimecanógrafa durante quince años, y
eso no es del todo cierto. Hubo dos intervalos. El primero tuvo lugar
cuando yo tenía veintidós años. Conocía a un hombre ya mayor, dueño de
una pequeña fortuna. Se enamoró de mí y me pidió que fuera su esposa.
Acepté y nos casamos —hizo una pausa—. Yo le induje a que asegurara su
vida en mi favor.
Vio que el interés de su esposo iba en aumento y continuó con más seguridad.
—Durante
la guerra trabajé por algún tiempo en el Dispensario de un hospital.
Allí manejé toda clase de drogas y venenos. Sí, venenos.
Volvió
a detenerse. Ahora Gerald estaba ya sumamente interesado, no cabía
duda. Al asesino le atraen los crímenes. Ella había jugado aquella carta
y ganado. Echó una ojeada al reloj. Eran las nueve menos veinticinco.
—Existe un veneno.... es un polvito blanco. Una porción insignificante significa la muerte. ¿Entiendes tú de venenos, quizá?
Hizo la pregunta con cierta precipitación. Si la respuesta era afirmativa tendría que ir con cuidado.
—No —respondió Gerald—. Sé muy poco de eso.
Exhaló un suspiro de alivio. Así sería más fácil.
—Pero
habrás oído hablar de heroscina, ¿verdad? Es una droga que actúa igual,
pero que no deja rastro. Cualquier médico extendería un certificado de
defunción por fallo cardíaco. Robé una pequeña cantidad y la conservo en
mi poder.
Hizo una pausa midiendo sus fuerzas.
—Continúa —dijo Gerald.
—No. Tengo miedo. No puedo decírtelo. Otro día.
—Ahora —replicó él impaciente—. Quiero saberlo.
—Llevábamos
casados un mes. Yo me portaba muy bien con mi marido, era muy amable y
solícita, y él hablaba muy bien de mí a todos los vecinos. Todos sabían
lo buena esposa que era. Yo misma le preparaba el café todas las noches.
Y un día, cuando estábamos solos, puse en su taza un poquitín del
alcaloide mortal.
Alix
hizo una pausa y enhebró la aguja con gran parsimonia. Ella, que nunca
había hecho teatro, en aquellos momentos rivalizaba con la mejor actriz
del mundo, representando el papel de envenenadora a sangre fría.
—Fue
muy sencillo. Yo le observaba. De pronto empezó a faltarle la
respiración y el aire. Yo abrí la ventana. Luego dijo que no podía
moverse de su butaca... y, al cabo de poco murió.
Se detuvo sonriendo. Eran las nueve menos cuarto. No tardaría en llegar.
—¿A cuánto ascendía la prima del seguro? —preguntóle Gerald.
—A
unas dos mil libras. Especulé con ellas y perdí. Por eso tuve que
volver a trabajar en la oficina, pero nunca tuve intención de seguir
allí mucho tiempo. Entonces conocí a otro hombre. En la oficina conservé
mi nombre de soltera, y él no supo que había estado casada. Éste era
más joven, bien parecido, y gozaba de buena posición económica. Nos
casamos en Sussex. La ceremonia fue sencilla. No quiso asegurar su vida,
pero desde luego hizo testamento a mi favor. Le gustaba que yo le
preparara el café, igual que a mi primer mando —Alix sonrió al añadir
con sencillez—. Sé hacerlo muy bien.
Luego continuó:
—Yo
tenía varios amigos en el pueblecito donde vivíamos, y se compadecieron
mucho de mí cuando una noche después de cenar mi esposo falleció
repentinamente de un colapso. No me gustó el médico. No creo que
sospechara de mí, pero desde luego le sorprendió mucho la repentina
muerte de mi esposo. Aún no sé por qué volví a la oficina. Supongo que
por costumbre. Mi segundo esposo me dejó unas cuatro mil libras. No
especulé con ellas esta vez. Las invertí. Luego...
Pero fue interrumpida. Gerald con el rostro congestionado y ahogándose, la señaló angustiado con el dedo índice.
—¡El café... Dios mío! ¡El café!
Ella le miró sorprendida.
—Ahora comprendo por qué estaba tan amargo. Eres un demonio, me has envenenado.
Sus manos se asieron a los brazos del sillón y parecía dispuesto a saltar sobre ella.
—Me has envenenado.
Alix
se había ido alejando hasta la chimenea y aterrorizada se disponía a
negarlo... cuando lo pensó mejor. Iba a lanzarse sobre ella, y reuniendo
todo su valor le miró retadoramente y con firmeza.
—Sí
—le dijo—. Te he envenenado, y el veneno ya empieza a hacer su efecto.
Ya no puedes moverte del sillón... no puedes moverte...
Si pudiera mantenerle allí... por lo menos unos minutos...
¡Ah! ¿Qué era aquello? Pasos en el camino. El chirrido de la cerca... más pisadas... y la puerta del recibidor que se abría...
—No puedes moverte —repitió.
Luego pasó corriendo ante él, yendo a refugiarse en los brazos de Dick Windyford.
—¡Dios mío! —exclamó.
Luego volvióse al hombre que le acompañaba, un policía alto y fornido vestido de uniforme y le dijo:
—Vaya a ver lo que ha ocurrido en esa habitación.
Y tendiendo cuidadosamente a Alix en el diván se inclinó sobre ella.
—Mi pequeña —murmuró—. Pobrecita. ¿Qué es lo que te han estado haciendo?
Alix cerró los ojos y sus labios pronunciaron su nombre.
Dick despertó de sus sueños de felicidad cuando el policía fue a tocarle en el brazo.
—En esta habitación no hay más que un hombre sentado en una butaca. Parece como si acabara de sufrir un ataque y...
—¿Sí?
—Bueno, señor... está muerto.
Se sobresaltaron al oír la voz de Alix diciendo como en sueños:
—Y al cabo de poco —dijo como si estuviera repitiendo algo—, murió.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Villa Ruiseñor - Agatha Christie (parte 2)
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