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El Misterioso Caso De Styles - Agatha Christie

Capítulo 2 - Dieciséis y diecisiete de julio

Había llegado a Styles el 5 de julio. Relataré a continuación los hechos ocurridos el 16 y 17 de aquel mes. Recapitularé los incidentes de aquellos días con tanta exactitud como me sea posible. Estos hechos salieron a la luz posteriormente, en el proceso, después de largos y pesados interrogatorios.

Recibí una carta de Evelyn Howard un par de días después de su marcha; en ella me decía que trabajaba como enfermera en el gran hospital de Middlingham, ciudad industrial a unas quince millas de Styles, y me rogaba le hiciera saber si la señora Inglethorp daba muestras de desear reconciliarse.

La única sombra que enturbiaba la tranquilidad de mi estancia en Styles era la extraordinaria preferencia de la señora Cavendish por la compañía del doctor Bauerstein, preferencia que me parecía incomprensible. No podía comprender qué era lo que veía en él, pero siempre estaba invitándole y con frecuencia hacían largas excursiones juntos. Sinceramente, su atractivo era para mí un misterio.

El 16 de julio cayó en lunes. Fue un día de mucho movimiento. La famosa tómbola se había inaugurado el sábado anterior, y aquella noche se representaría una función relacionada con la fiesta de la caridad, en la que la señora Inglethorp recitaría un poema patriótico. Habíamos estado toda la mañana muy atareados arreglando y decorando el local del pueblo donde la función iba a celebrarse. Almorzamos tarde y salimos al jardín a descansar. Observé que la actitud de John no era del todo normal. Parecía muy excitado e inquieto.

Después del té, la señora Inglethorp se retiró a sus habitaciones y yo desafié a Mary Cavendish a un partido de tenis.

A eso de las siete menos cuarto, la señora Inglethorp nos avisó a gritos que la comida se adelantaría aquella noche y que no íbamos a estar a punto. Tuvimos que darnos mucha prisa para llegar a tiempo y, antes de terminar de comer, el coche ya esperaba en la puerta.

La función constituyó un gran éxito y la actuación de la señora Inglethorp fue premiada con una ovación. Hubo también algunos cuadros plásticos en los que intervino Cynthia. La muchacha no regresó con nosotros, por haber sido invitada a una cena y a pasar la noche con unos amigos que habían actuado con ella en la representación.

A la mañana siguiente, la señora Inglethorp desayunó en la cama por encontrarse fatigada, pero a las 12:30 se presentó muy animada y nos arrastró a Lawrence y a mí a una comida en casa de unos amigos.

—Una invitación amabilísima de la señora Rolleston —dijo—. Es hermana de lady Tadminster. Los Rolleston vinieron a Inglaterra con Guillermo el Conquistador. Una de nuestras familias más antiguas.

Mary se había excusado de asistir, pretextando un compromiso con el doctor Bauerstein.

La comida resultó muy agradable y, al volver, Lawrence sugirió que pasáramos por Tarminster, dando un rodeo de una milla escasa, y le hiciéramos una visita a Cynthia en su dispensario. A la señora Inglethorp le pareció una idea excelente, pero como tenía que escribir varias cartas dijo que nos dejaría allí y que volviéramos con Cynthia cuanto antes en el tílburi.

El portero del hospital nos detuvo por sospechosos hasta que apareció Cynthia y respondió por nosotros. Su aspecto era reposado y estaba muy mona con su larga bata blanca. Nos llevó a su cuarto y nos presentó a un compañero suyo, individuo de aspecto terrible, a quien Cynthia llamaba alegremente «Nibs».

—¡Qué cantidad de botellas! —exclamé, dejando vagar la mirada por el pequeño cuarto—. ¿Sabe usted realmente lo que hay en todas ellas?

—Diga algo original —rezongó Cynthia—. Todo el que viene aquí dice lo mismo. Estamos pensando en conceder un premio al primero que no diga: «¡Qué cantidad de botellas!». Y ya sé qué es lo que va a decir ahora: «¿A cuántas personas ha envenenado?».

Me confesé culpable, riendo.

—Si supieran ustedes lo fácil que es envenenar a una persona por error, no bromearían acerca de ello. Vamos, vamos a tomar el té. Tenemos toda clase de provisiones en el armario. ¡No, Lawrence, ese es el armario de los venenos! El grande, eso es.

Tomamos el té alegremente y ayudamos a Cynthia a fregar los cacharros. Acabábamos de guardar la última cucharilla cuando se oyó un golpe en la puerta. Súbitamente, los rostros de Cynthia y Nibs se endurecieron, adquiriendo una expresión antipática.

—Pase —dijo Cynthia en tono profesional.

Apareció una joven enfermera de aspecto asustado, que entregó a Nibs una botella. Este, a su vez, se la dio a Cynthia, diciendo enigmáticamente:

—Yo no estoy aquí hoy.

Cynthia cogió la botella y la examinó con la severidad de un juez.

—Tenían que haberla traído esta mañana.

—La enfermera lo siente mucho. Se olvidó.

—La enfermera debería haber leído las instrucciones que hay en la puerta.

Por la expresión de la enfermerita comprendí que no había la menor probabilidad de que se atreviera a transmitir el mensaje a la temible «enfermera».

—De modo que ya no se puede hacer nada hasta mañana —concluyó Cynthia.

—¿No sería posible hacerlo esta noche?

—Estamos muy ocupados, pero si hay tiempo se hará —dijo Cynthia, condescendiente.

La pequeña enfermera se retiró y Cynthia cogió un frasco del estante, llenó la botella y la colocó en la mesa. Me reí.

—¿Manteniendo la disciplina?

—Eso es. Venga al balcón. Desde allí se ven todos los pabellones.

Seguí a Cynthia y a su amigo, quienes me señalaron las diferentes salas. Lawrence se quedó atrás, pero al cabo de unos segundos Cynthia se volvió y le dijo que se reuniera con nosotros. Entonces miró su reloj de pulsera.

—¿No nos queda nada que hacer, Nibs?

—No.

—Muy bien. Entonces cerraremos y nos vamos.

Aquella tarde había visto a Lawrence bajo un aspecto totalmente distinto. Comparado con John, era extraordinariamente difícil llegar a conocerlo. Era opuesto a su hermano en casi todo. Sin embargo, había cierto encanto en su modo de ser y me pareció que, conociéndolo bien, podría tomársele gran afecto. Por regla general, su actitud respecto a Cynthia era algo cohibida, y ella, por su parte, se sentía tímida en su presencia. Pero aquella tarde estaban los dos muy alegres y charlaban como un par de chiquillos.

Cuando cruzábamos el pueblo, recordé que necesitaba unos sellos y, por consiguiente, nos detuvimos ante la oficina de correos.

Al salir de esta oficina, tropecé con un hombrecillo que entraba. Me hice a un lado, ofreciendo mis excusas, cuando de pronto, con una exclamación, me estrechó entre sus brazos y me besó calurosamente.

—¡Mi amigo Hastings! —exclamó—. ¡Pero si es mi amigo Hastings!

—¡Poirot! —exclamé.

Me volví a explicar a mis amigos, que seguían en el tílburi:

—Cynthia, es un encuentro realmente agradable para mí. Mi viejo amigo monsieur Poirot, a quien no había visto desde hace años. Ya comprenderá mi alegría ante tal encuentro.

—Pero si ya lo conocemos —dijo Cynthia, alegremente—. Y no tenía la menor idea de que fuera amigo suyo.

—Es cierto —dijo Poirot seriamente—. Conozco a la señorita Cynthia. Si estoy aquí es gracias a la bondadosa señora Inglethorp. Sí, amigo mío, ha ofrecido hospitalidad a siete refugiados de mi país. Nosotros, los belgas, le estamos eternamente agradecidos.

Poirot era un hombrecillo de aspecto fuera de lo corriente. Mediría escasamente 1,60 m de altura, pero su porte resultaba muy digno. Su cabeza tenía la forma exacta de un huevo y acostumbraba a inclinarla ligeramente hacia un lado. Su bigote era tieso y de aspecto militar. La pulcritud de su atuendo era casi increíble; dudo que una herida de bala pudiera causarle el mismo disgusto que una mota de polvo. Sin embargo, este curioso hombrecillo, que, por desgracia, y según pude observar, cojeaba ligeramente, había sido en sus tiempos uno de los miembros más destacados de la policía belga. Como detective, su olfato era extraordinario, y había obtenido resonantes éxitos ventilando algunos de los casos más desconcertantes de la época.

Me señaló la casita donde habitaban él y su compatriota y prometí ir a verle en fecha próxima. Saludó ceremoniosamente a Cynthia, quitándose el sombrero, y nos marchamos.

—Es un hombrecillo encantador —dijo Cynthia—. No tenía idea de que lo conocía usted.

—Han dado ustedes albergue a una celebridad —repliqué.

Y durante todo el camino les recité las hazañas y éxitos de Hércules Poirot.

Llegamos a casa en alegre disposición de ánimo. Al atravesar el vestíbulo, vimos a la señora Inglethorp que salía de su *boudoir*. Parecía nerviosa y trastornada.

—¡Ah!, sois vosotros —dijo.

—¿Pasa algo, tía Emily? —preguntó Cynthia.

—Claro que no —dijo bruscamente la señora Inglethorp—. ¿Qué va a pasar?

Y viendo a Dorcas, la doncella, que se dirigía al salón, le dijo que le llevara unos sellos al *boudoir*.

—Sí, señora —la vieja sirvienta titubeó y dijo al fin, tímidamente—: ¿No cree usted, señora, que haría bien en irse a la cama? Parece usted fatigada.

—Puede ser que tenga usted razón, Dorcas, sí... No, ahora no. Tengo que terminar algunas cartas para que alcancen el correo. ¿Ha encendido el fuego en mi cuarto, como le dije?

—Sí, señora.

—Entonces me iré a la cama inmediatamente después de comer.

Entró de nuevo en su *boudoir* y Cynthia se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos.

—¡Por Dios bendito! ¿Qué pasará? —le dijo a Lawrence.

Él no la oyó, al parecer, pues, sin decir una palabra, giró sobre sus talones, nos echó una mirada y salió de la casa inmediatamente.

Le propuse a Cynthia un rápido partido de tenis antes de cenar y, habiendo sido aceptada mi proposición, corrí escaleras arriba a buscar mi raqueta.

La señora Cavendish bajaba en aquel momento. Puede ser que fuera mi imaginación, pero parecía agitada.

—¿Fue agradable el paseo con el doctor Bauerstein? —pregunté, tan indiferente como me fue posible.

—No fui —contestó bruscamente—. ¿Dónde está la señora Inglethorp?

—En el *boudoir*.

Su mano se agarraba con fuerza a la baranda. Después pareció acumular energías para una entrevista difícil y rápidamente bajó las escaleras y cruzó el vestíbulo en dirección al *boudoir*, donde entró cerrando la puerta tras ella.

Unos minutos después, camino del campo de tenis, tuve que pasar por delante de la ventana abierta del *boudoir* y no pude evitar oír lo siguiente:

—¿Entonces no quiere usted enseñármelo? —decía Mary Cavendish con la voz de una persona que hace esfuerzos desesperados por dominarse.

—Querida Mary, no tiene nada que ver con el asunto —replicó la señora Inglethorp.

—Pues enséñemelo entonces.

—Ya te he dicho que no es lo que te imaginas. No te incumbe en absoluto.

A lo cual Mary Cavendish replicó con amargura creciente:

—¡Claro está! ¡Debería haber supuesto que usted lo protegería!

Cynthia me esperaba y me recibió diciendo con vehemencia:

—¡Oiga, Hastings! ¡Ha habido un lío espantoso! Se lo he sacado a Dorcas.

—¿Qué clase de lío?

—Entre tía Emily y él. Espero que al fin sabrá quién es.

—¿Andaba Dorcas presente?

—Claro que no. Estaba «cerca de la puerta, por casualidad». Ha sido algo serio. Me gustaría saber el motivo.

Recordé la cara agitada de la señora Raikes y las advertencias de la señorita Howard, pero decidí prudentemente guardar silencio, mientras Cynthia agotaba toda posible hipótesis. Al fin dijo, esperanzada:

—Tía Emily le echará de casa y no volverá a dirigirle la palabra.

Tenía grandes deseos de hablar con John, pero no pude encontrarle. Era evidente que algo muy grave había ocurrido, sin querer, y, a pesar de todos mis esfuerzos, no conseguía apartarlo de mi imaginación. ¿Qué relación tendría Mary Cavendish con el asunto?

El señor Inglethorp estaba en el salón cuando bajé a cenar. Su rostro aparecía tan impasible como de costumbre y volvió a impresionarme la extraña irrealidad que emanaba en gran manera de su persona.

La señora Inglethorp fue la última en bajar. Parecía estar todavía fatigada y durante la comida reinó un silencio un poco forzado. Generalmente rodeaba a su mujer de pequeñas atenciones, colocando un cojín a su espalda y representando el papel de marido complaciente. Después de comer, la señora Inglethorp se retiró de nuevo a su *boudoir*.

—Mándame allí mi café, Mary —pidió—. Sólo tengo cinco minutos si quiero que las cartas no pierdan el correo.

Cynthia y yo nos sentamos junto a la ventana abierta del salón. Mary Cavendish nos llevó allí el café. Parecía excitada.

—¿Quiere la gente joven que encienda las luces o prefieren la semioscuridad del crepúsculo? —preguntó—. Cynthia, por favor, llévale el café a la señora Inglethorp. Voy a servirlo.

—Déjelo, Mary, yo lo haré —dijo Inglethorp. Él mismo lo sirvió y salió del cuarto llevándolo con cuidado.

Lawrence le siguió y la señora Cavendish se sentó junto a nosotros.

Permanecieron los tres en silencio durante algún tiempo. Era una noche maravillosa, cálida y tranquila. La señora Cavendish se abanicaba dulcemente con una hoja de palma.

—Hace casi demasiado calor. Tendremos tormenta a no tardar.

¡Lástima que estos momentos llenos de armonía no puedan durar! El sonido de una voz conocida que yo detestaba profundamente hizo añicos mi paraíso.

—¡El doctor Bauerstein! —exclamó Cynthia—. ¡Vaya unas horas de venir!

Dirigí a Mary Cavendish una mirada recelosa, pero permanecía impasible, sin que se alterase siquiera la deliciosa palidez de sus mejillas. Segundos más tarde, Alfred Inglethorp introducía al doctor, quien se disculpaba riendo por entrar en el salón en aquella facha. Realmente, estaba cubierto de barro de pies a cabeza y ofrecía un aspecto lamentable.

—¿Qué ha estado usted haciendo, doctor? —exclamó la señora Cavendish.

—Tengo que disculparme —dijo el médico—. No quería entrar, pero el señor Inglethorp insistió con tanto ahínco.

—La verdad es, Bauerstein, que está usted hecho una pena —dijo John, que venía del vestíbulo—. Tome una taza de café y cuéntenos qué le ha ocurrido.

—Gracias.

Se rió con melancolía y explicó que había descubierto una especie muy rara de helecho en un lugar inaccesible, y que en sus esfuerzos por apoderarse de él había perdido pie, cayendo de modo lamentable a una charca.

—Me sequé pronto al sol —añadió—, pero mi aspecto es lamentable.

En este momento, la señora Inglethorp llamó a Cynthia desde el vestíbulo y la muchacha salió corriendo.

—¿Quieres subirme la caja morada de los papeles? Me voy a la cama.

La puerta que daba al vestíbulo era ancha. Me levanté al mismo tiempo que Cynthia. John estaba a mi lado. Por tanto, éramos tres los testigos que podríamos jurar que la señora Inglethorp llevaba en la mano su taza de café, que aún no había probado.

La presencia del doctor Bauerstein me estropeó la velada por completo. Me parecía que no iba a marcharse nunca. Sin embargo, al fin se levantó y suspiré aliviado.

—Bajaré al pueblo con usted —dijo Inglethorp—. Tengo que ver al administrador para tratar de unas cuentas. —Se volvió a John—: No es necesario que nadie me espere levantado. Llevaré el llavín.

 

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Capítulo 3 - La noche de la tragedia

Para que resulte clara esta parte de mi relato, incluyo el siguiente plano del primer piso de Styles. A las habitaciones de la servidumbre se llega a través de la puerta B. No tiene comunicación con el ala derecha, donde estaban situadas las habitaciones de los Inglethorp.

Debía de ser hacia la mitad de la noche cuando me despertó Lawrence Cavendish. Tenía una vela en la mano y por la agitación de su rostro se veía claramente que algo grave ocurría.

—¿Qué pasa? —pregunté, sentándome en la cama y tratando de ordenar mis pensamientos dispersos.

—Parece que mi madre está muy enferma. Debe de tener un ataque. Por desgracia, se ha encerrado por dentro en su cuarto.

—Voy enseguida.

Salté de la cama y, poniéndome una bata, seguí a Lawrence a lo largo del pasillo y de la galería hasta el ala derecha de la casa.

John Cavendish se unió a nosotros y uno o dos de los sirvientes espantados rondaban por allí, excitadísimos. Lawrence se volvió hacia su hermano.

—¿Qué te parece que hagamos?

La indecisión de su carácter nunca había sido tan evidente.

John sacudió con violencia el picaporte, pero sin resultado positivo. La puerta, evidentemente, estaba cerrada con llave o tenía echado el cerrojo por dentro. Ya toda la casa se había levantado. Desde el interior de la habitación llegaban ruidos alarmantes. Había que hacer algo con urgencia.

—Trate de entrar por el cuarto del señor Inglethorp, señor —gritó Dorcas—. ¡La pobre señora!

De pronto caí en la cuenta de que Alfred Inglethorp no estaba con nosotros. Era el único que no había hecho acto de presencia. John abrió la puerta de su cuarto. Estaba oscuro como la boca del lobo, pero Lawrence le seguía con la vela y, a su luz vacilante, pudimos ver que la cama estaba sin deshacer y no había señales de que el cuarto hubiera sido ocupado aquella noche.

Fuimos directamente a la puerta de comunicación. También estaba cerrada o tenía echado el cerrojo por dentro. ¿Qué hacer?

—¡Ay, señor! ¿Qué vamos a hacer? —gritaba Dorcas, retorciéndose las manos.

—Creo que debemos intentar forzar la puerta. Va a ser tarea dura. Que una de las chicas baje a buscar al doctor Wilkins. Bueno, vamos a la puerta. Un momento, ¿no hay una puerta en el cuarto de la señorita Cynthia?

—Sí, señor, pero también está cerrada. Nunca ha estado abierta.

—Podemos probarlo de todos modos.

Corrió a lo largo del pasillo hasta el cuarto de Cynthia. Allí estaba Mary Cavendish, zarandeando a la muchacha, que debía tener un sueño extraordinariamente pesado, y tratando de despertarla.

John estuvo de vuelta después de unos segundos.

—No hay nada que hacer allí; también está cerrada. Tenemos que forzar la puerta. Creo que esta es algo menos sólida que la del pasillo.

Todos unimos nuestras fuerzas y empujamos, jadeantes. El armazón de la puerta era sólido y durante mucho tiempo resistió nuestros esfuerzos, pero al fin, con un ruidoso estallido, se abrió violentamente.

Entramos todos juntos, dando traspiés. Lawrence seguía sosteniendo la vela. La señora Inglethorp estaba en la cama, agitada por violentas convulsiones, en una de las cuales, al parecer, había volcado la mesa que estaba a su lado. Sin embargo, cuando nosotros entramos, sus miembros se relajaron y cayó sobre las almohadas.

John cruzó el cuarto y encendió el gas. Volviéndose hacia Annie, una de las doncellas, la mandó al salón a buscar coñac. Entonces se acercó a su madre, mientras yo descorría el cerrojo de la puerta del pasillo.

Me volví hacia Lawrence para sugerirle que era mejor que yo les dejara, ya que mis servicios no eran necesarios, pero las palabras se helaron en mis labios. Nunca había visto a un hombre con semejante expresión de terror. Estaba blanco como la nieve; la vela que sostenía en su mano temblaba y la cera caía en la alfombra, y sus ojos, petrificados por el pánico o algún sentimiento similar, miraban fijamente a algún punto de la pared. Seguí instintivamente la dirección de su mirada, pero no pude ver allí nada extraordinario. Solo las brasas que chisporroteaban débilmente en la chimenea y la hilera de figuritas en la repisa, pero ni unas ni otras justificaban aquel terror.

Parecía que la violencia del ataque de la señora Inglethorp iba cediendo. Ya podía hablar tan solo con sonidos entrecortados.

—Estoy mejor... Vino tan de pronto... qué estúpida he sido... encerrándome...

Una sombra se proyectó en la cama, volví la cabeza y vi a Mary Cavendish de pie, cerca de la puerta, sosteniendo con un brazo a Cynthia, que parecía completamente aturdida. Tenía el rostro congestionado y bostezaba repetidamente.

—La pobre Cynthia está muy asustada —dijo Mary Cavendish en voz baja y clara.

Mary llevaba puesta su bata blanca de trabajo. Debía de ser más tarde de lo que había pensado. Un pálido rayo de luz atravesaba las cortinas de las ventanas y el reloj de la chimenea señalaba cerca de las cinco.

Un grito estrangulado me sobresaltó. El dolor atenazaba de nuevo a la infortunada señora. Las convulsiones eran de tal violencia que el presenciarlas constituía una verdadera prueba. Reinaba la mayor confusión. Nos amontonábamos a su alrededor, incapaces de ayudarla o aliviarla. Una última convulsión la levantó de la cama, y luego pareció descansar sobre la cabeza y los tobillos, con el cuerpo arqueado del modo más extraordinario. Mary y John trataban en vano de darle a beber coñac. Los minutos iban pasando. De nuevo se arqueó su cuerpo extrañamente.

En aquel momento, el doctor Bauerstein se abrió paso autoritariamente a través de la habitación. Durante unos segundos permaneció inmóvil contemplando a la señora Inglethorp, y entonces esta gritó con voz ahogada, los ojos fijos en el doctor:

—¡Alfred! ¡Alfred!

Y cayó inmóvil sobre las almohadas. El doctor se acercó vivamente al lecho y, cogiendo los brazos de la señora Inglethorp, los zarandeó enérgicamente, aplicándole la respiración artificial. Dio unas cuantas órdenes rápidas a los sirvientes. Un imperioso movimiento de su mano nos llevó a todos a la puerta. Le contemplábamos fascinados, aunque creo que en el fondo de nuestros corazones todos sabíamos que era ya demasiado tarde para conseguir nada. Por la expresión de su rostro comprendí que él tampoco tenía esperanzas.

Por último abandonó su tarea, moviendo la cabeza gravemente. En aquel momento oímos unos pasos que se acercaban y entró atropelladamente el médico de cabecera de la señora Inglethorp, el doctor Wilkins, un hombre rollizo e inquieto.

En pocas palabras, el doctor Bauerstein explicó que pasaba casualmente por delante de la verja cuando el coche salía en busca del doctor Wilkins, y había acudido lo más aprisa posible. Señaló a la figura de la cama con un vago gesto que hizo con la mano.

—Muy triste, muy triste —murmuró el doctor Wilkins—. ¡Pobre señora! Siempre quería hacer demasiadas cosas, demasiadas, contra mi consejo... Yo se lo advertí. Su corazón estaba muy débil. «Calma, calma», le dije. Pero no, su amor por las buenas obras era demasiado grande. La naturaleza se rebeló, la naturaleza se rebeló.

El doctor Bauerstein observaba con atención a su colega.

—Las convulsiones eran de una violencia extraordinaria, doctor Wilkins —dijo sin dejar de mirarle—. Siento que no haya estado usted aquí a tiempo de presenciarlas. Eran... de naturaleza tetánica.

—¡Ah! —dijo prudentemente el doctor Wilkins.

—Me gustaría hablar con usted reservadamente —dijo Bauerstein. Y volviéndose hacia John—: ¿Tiene usted algo que objetar?

—Desde luego que no.

Salimos todos al pasillo, dejando solos a los dos médicos, y oí la llave en la cerradura detrás de nosotros.

Bajamos lentamente las escaleras. Yo estaba excitadísimo. Tengo cierto talento deductivo y la actitud del doctor Bauerstein había despertado en mi imaginación un montón de conjeturas. Mary Cavendish puso su mano sobre mi brazo.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué está tan... extraño el doctor Bauerstein?

—¿Sabe usted lo que pienso?

—¿Qué?

—¡Escuche!

Miré alrededor. Estábamos fuera del alcance del oído de los demás, pero, aun así, dije en un susurro:

—Creo que ha sido envenenada. Estoy seguro de que el doctor Bauerstein lo sospecha.

—¡Qué!

Se encogió contra la pared, las pupilas dilatadas violentamente, lanzando un grito desesperado que me sobresaltó.

—¡No, no! ¡Eso no, eso no!

Y voló escaleras arriba, dejándome solo. La seguí, temiendo que fuera a desmayarse. La encontré recostada contra el pasamano, mortalmente pálida. Me hizo con la mano una señal complaciente de que me fuera.

—¡No, no, déjeme! Prefiero estar sola. Déjeme tranquila un minuto o dos. Vaya abajo con los demás.

Obedecí de mala gana. John y Lawrence estaban en el salón. Me acerqué a ellos. Todos permanecíamos callados, pero creo que expresé el sentir general cuando rompí aquel silencio y pregunté alterado:

—¿Dónde está el señor Inglethorp?

John negó con la cabeza.

—No está en casa.

Nos miramos. ¿Dónde estaba Alfred Inglethorp? Su ausencia resultaba extraña, inexplicable. Recordé las últimas palabras de la señora Inglethorp. ¿Qué había en el fondo de ellas? ¿Qué más nos hubiera dicho de haber tenido tiempo?

Al fin oímos a los médicos bajar la escalera. El doctor Wilkins se daba aires de importancia y parecía como si tratara de ocultar bajo una calma decorosa su excitación interior. El doctor Bauerstein se mantenía en segundo término y la expresión de su rostro grave no se había alterado. El doctor Wilkins habló por los dos, dirigiéndose a John:

—Señor Cavendish, deseo su autorización para hacer la autopsia.

—¿Es necesario? —preguntó John gravemente. Un espasmo de dolor cruzó su rostro.

—Absolutamente necesario —contestó el doctor Bauerstein.

—¿Quiere usted decir que...?

—Que ni el doctor Wilkins ni yo podremos extender un certificado de defunción en las actuales circunstancias.

John inclinó la cabeza.

—En ese caso, mi única alternativa es consentir.

—Gracias —dijo el doctor Wilkins vivamente—. Creemos conveniente que la autopsia tenga efecto mañana por la noche, o mejor esta misma noche. —Miró rápidamente a la luz del día—. En las presentes circunstancias me temo que no podremos evitar una indagatoria. Son formalidades necesarias, pero les ruego que no se angustien por ello. A todo se proveerá.

Una pausa siguió a las palabras del médico de cabecera. Luego, el doctor Bauerstein sacó dos llaves de su bolsillo y se las entregó a John, diciendo a la par:

—Las llaves de los dos cuartos. Los he cerrado y, en mi opinión, deberían permanecer cerrados por el momento.

Los doctores se marcharon.

Había estado dando vueltas en mi cabeza a una idea y me pareció que había llegado el momento de exponerla. Sin embargo, temía un poco hacerlo. Sabía que John sentía horror por toda clase de publicidad y que era un optimista despreocupado, poco amigo de buscar problemas. Podía ser difícil convencerle de la sensatez de mi plan. Por otra parte, Lawrence, menos esclavo de convencionalismos y más imaginativo, podía convertirse en mi aliado. Sin ningún género de duda, había llegado el momento de que yo tomara la dirección del asunto.

—John —dije—, te voy a pedir una cosa.

—Di.

—¿Recuerdas que os he hablado de mi amigo Poirot, el belga que está en el pueblo? Ha sido un detective famosísimo.

—Sí. Bien.

—Quiero que me dejes llamarlo para... investigar el asunto que nos ocupa.

—¡Cómo! ¿Ahora mismo? ¿Antes de la autopsia?

—Sí, el tiempo será un gran aliado si... si hay algo sucio en todo esto.

—¡Tonterías! —exclamó Lawrence con enfado—. En mi opinión, todo es una paparruchada de Bauerstein. A Wilkins no se le ocurrió semejante cosa hasta que Bauerstein se la metió en la cabeza. Como todos los especialistas, Bauerstein tiene su manía. Los venenos son su chifladura y, claro, conoce bien sus efectos.

Tengo que confesar que me sorprendió la actitud de Lawrence. Muy rara vez se apasionaba por nada. John dudó un momento.

—No estoy de acuerdo contigo, Lawrence —dijo al fin—. Me inclino a darle a Hastings plenos poderes, aunque prefiero esperar un poco. No queremos escándalo si puede evitarse.

—¡No, no! —exclamé con ansiedad—. No tengáis miedo. Poirot es la discreción personificada y procede con sumo tino.

—Bueno, entonces haz lo que quieras. Lo dejo en tus manos. Aunque si es lo que sospechamos, parece un caso clarísimo. Dios me perdone si soy injusto con él.

Sin embargo, me concedí cinco minutos, que empleé en rebuscar en la biblioteca hasta que descubrí un libro de medicina con una descripción del envenenamiento por estricnina.

Villa Ruiseñor - Agatha Christie (parte 2)

 Pero la noche del día siguiente, comprendió que ciertas fuerzas ocultas la iban minando interiormente. Dick Windyford no había vuelto a telefonear y, sin embargo, percibía su influencia. No cesaba de recordar sus palabras: «Ese hombre es un desconocido para ti. No sabes nada de él.» Y con ellas el recuerdo del rostro de su marido acudía a su memoria diciéndole: «¿Tú crees que tiene gracia hacer de esposa de Barba Azul?» ¿Por qué había dicho eso? ¿Qué quiso decir con aquellas palabras?
Hubo una advertencia en ellas... una amenaza. Era como si le hubieran dicho: «Sería mejor que no te metieras en mi vida privada, Alix. Podrías llevarte un disgusto si lo hicieras.» Cierto que pocos minutos después le juraba que no hubo otra mujer en su vida que le importase..., pero Alix trató en vano de recordar aquella sensación que le diera de sinceridad. ¿Acaso no estaba obligado a jurárselo?
El viernes por la mañana Alix estaba convencida de que había habido otra mujer en la vida de Gerald... algo semejante a la cámara de Barba Azul y que luchaba por ocultárselo. Sus celos, tardos en despertar, se hicieron desenfrenados.
¿Es que acaso debía encontrarse con una mujer aquella noche a las nueve? ¿Habría inventado la historia del revelado de las fotografías en el apuro del momento? Con una extraña sensación de sobresalto Alix comprendió que desde que encontrara su agenda de bolsillo había vivido atormentada. Y eso que no había nada en ella. Eso era lo más irónico del caso.
Tres días antes hubiera jurado conocer perfectamente a su esposo, y ahora le parecía un extraño del que nada sabía. Recordó su enojo irrazonable contra el pobre Jorge, tan contrario a su acostumbrado buen carácter. Un pequeño detalle, tal vez, pero demostraba que en realidad desconocía al nombre que era su marido.
Alix necesitaba adquirir varias cosas para el fin de semana y por la tarde sugirió que ella podría ir al pueblo a buscarlas, mientras Gerald se ocupaba del jardín, pero ante su sorpresa se opuso resueltamente a su plan e insistió en ir él para que Alix se quedara en casa. Alix viose obligada a dejarle hacer su voluntad, pero su insistencia le había sorprendido. ¿Por qué aquel afán de evitar a toda costa que fuera al pueblo?
Y de pronto, la explicación que dejaba todo en claro: ¿No era posible que, a pesar de no decirle nada, Gerald hubiera encontrado a Dick Windyford en el pueblo? Sus propios celos, dormidos durante la época de su matrimonio, sólo habían surgido después. ¿No podría haberle ocurrido lo mismo a Gerald? ¿Acaso no estaría tratando de impedir que volviera a ver a Dick Windyford? Esa explicación coincidía tan bien con los hechos, y confortó tanto a Alix, que la abrazó con todo entusiasmo.
Sin embargo, cuando pasó la hora del té, estaba inquieta y enferma de impaciencia, luchando contra una tentación que la asaltaba desde la marcha de Gerald. Por fin, tranquilizando su conciencia con la excusa de que la habitación necesitaba una buena limpieza, subió al despacho de su marido con un sacudidor del polvo para justificarse.
—Si pudiera estar segura —se repetía—. Si pudiera estar completamente segura.
En vano se decía que cualquier cosa comprometedora habría sido destruida años atrás. Pero los hombres guardan algunas veces la prueba más condenatoria llevados de un sentimentalismo exagerado.
Al fin Alix sucumbió, y con las mejillas arreboladas por la vergüenza de su acción, fue revisando todos los paquetes de cartas y documentos, abriendo todos los cajones, y examinando incluso los bolsillos de los trajes de su marido. Sólo dos cajones se le resistieron: el último cajón de la cómoda, y el de la parte izquierda del escritorio estaban cerrados con llave. Pero ahora Alix era ya capaz de cualquier cosa, y estaba convencida de que en uno de ellos encontraría alguna prueba de la existencia de aquella mujer del pasado de su marido que la obsesionaba.
Recordó que Gerald había dejado sus llaves olvidadas sobre el aparador, y yendo a buscarlas las fue probando una por una. La tercera entraba en la cerradura del cajón del escritorio, que Alix se apresuró a abrir. Había un talonario de cheques y una cartera bien provista de billetes, y en el fondo un paquete de cartas atado con una cinta.
Respirando afanosamente, Alix lo desató, y luego un intenso rubor cubrió su rostro mientras dejaba las cartas de nuevo en el interior del cajón, y volvía a cerrarlo. Porque aquellas cartas eran suyas, las que escribiera a Gerald Martin antes de casarse con él.
Dirigióse a la cómoda, impulsada más por el deseo de no dejar nada por registrar, que por la esperanza de encontrar lo que buscaba. Sentíase avergonzada y convencida de la locura de su obsesión.
Ante su contrariedad ninguna de las llaves de Gerald abría el cajón. Sin desanimarse, Alix se fue en busca de otra serie de llaves, y al fin la llave del guardarropa pudo abrirlo, pero en su interior no había más que un rollo de recortes de periódicos manchados y descoloridos por el tiempo.
Alix exhaló un suspiro de alivio. Sin embargo, fue revisando los recortes para saber qué es lo que había interesado tanto a su marido como para guardar aquel paquete polvoriento. Casi todos eran de periódicos americanos, de varios años atrás, y trataban del proceso de un famoso estafador y bígamo, Carlos LeMaitre. LeMaitre era considerado sospechoso de haber dado muerte a varias mujeres. Se había encontrado un esqueleto enterrado debajo del suelo de una de las casas que había alquilado, y la mayoría de las mujeres con las que «contrajo matrimonio» desaparecieron sin dejar rastro.
El se había defendido contra las acusaciones con habilidad consumada, con la ayuda de uno de los abogados de más talento de los Estados Unidos. El veredicto escocés «Absuelto por falta de pruebas» hubiera sido más apropiado al caso, pero en su defecto, se le consideró «Inocente» de la culpa capital, aunque le sentenciaron a un largo período de cárcel por los otros cargos presentados contra él.
Alix recordaba la sensación que produjo aquel caso, y también la que causó la huida de LeMaitre unos tres años más tarde. No volvieron a detenerle. La personalidad de aquel hombre y su extraordinario atractivo para las mujeres fueron comentados extensamente en los periódicos, junto con un resumen de la excitabilidad que demostró en el juzgado, sus protestas apasionadas, y sus repentinos colapsos debidos a su corazón débil, aunque algunos lo atribuyeron a sus facultades dramáticas.
Venía una fotografía suya en uno de los recortes que Alix tenía en la mano y la estudió con cierto interés... un caballero de luenga barba con aspecto de catedrático. Le recordaba a alguien, pero de momento no supo precisar quién era ese alguien. No imaginaba que Gerald se interesase por los crímenes y procesos famosos, aunque sabía que era el entretenimiento predilecto de muchos hombres.
¿A quién le recordaba aquella cara? De pronto, sobresaltada, comprendió que al propio Gerald. Aquellas cejas y aquellos ojos tenían un gran parecido con los suyos. Tal vez conservase aquellos recortes por esa razón. Sus ojos leyeron el párrafo que aparecía junto al retrato. Al parecer se encontraron ciertas notas en la agenda de bolsillo del acusado que coincidían con las fechas en que se deshizo de sus víctimas. Luego, una mujer había identificado al prisionero por una cicatriz que tenía en la muñeca izquierda, precisamente debajo de la palma de la mano.
Alix dejó caer los papeles de entre sus manos nerviosas mientras se tambaleaba. En la muñeca izquierda, precisamente debajo de la palma, Gerald tenía una pequeña cicatriz.
Todo giraba a su alrededor. Después le pareció tener de pronto aquella absoluta certeza. ¡Gerald Martin era Carlos LeMaitre! Lo sabía y lo aceptaba con la velocidad del relámpago. Fragmentos sueltos acudían a su memoria, como las piezas de un rompecabezas que van tomando forma.
El dinero pagado por la casa... su dinero... únicamente su dinero. Los bonos al portador que confiara a su custodia. Incluso su sueño tenía ahora significado. En lo más profundo de su ser, su subconsciente siempre había temido a Gerald Martin y deseado escapar de él y para ello su otro yo pedía ayuda a Dick Windyford. Por eso también aceptó la verdad con tanta facilidad, y sin dudas ni vacilaciones. Ella iba a ser pronto otra de las víctimas de LeMaitre... quizá muy pronto.
Casi se le escapa un grito, al recordar lo anotado en la agenda. Miércoles a las nueve de la noche. Con lo fácil que era levantar las baldosas del sótano. En cierta ocasión ya había enterrado a una de sus víctimas en un sótano. Todo lo tenía planeado para la noche del miércoles, ¡pero escribirlo de antemano con aquella tranquilidad... era una locura! No, era lógico. Gerald tomaba siempre nota de sus compromisos... y para él un crimen era una cuestión de negocios como cualquier otra.
Pero, ¿qué la salvó? ¿Qué es lo que pudo salvarla? ¿Por qué se arrepentiría en el último momento? Sí... como un rayo le vino la respuesta. El viejo Jorge. Ahora le resultaba comprensible el enojo incontenible de su esposo. Sin duda había preparado el terreno diciendo a todo el mundo que encontraba que se iban a Londres al día siguiente. Luego Jorge fue a trabajar inesperadamente y al hablarle de Londres, ella había desmentido la historia. Era demasiado arriesgado deshacerse de ella aquella noche, exponiéndose a que el jardinero repitiera su conversación. ¡Pero había escapado de milagro! De no haber mencionado aquel asunto tan trivial... Alix se estremeció.
Pero no había tiempo que perder. Tenía que huir en seguida... antes de que él regresara. Por nada del mundo pasaría otra noche bajo el mismo techo que aquel hombre. Apresuróse a guardar de nuevo el rollo de recortes de periódicos en el cajón, y lo cerró.
Y entonces se quedó como si se hubiera convertido en estatua de piedra. Había oído el chirrido de la cerca. Su esposo había regresado ya.
Por un momento Alix continuó inmóvil; luego yendo de puntillas hasta la ventana atisbo tras el amparo de la cortina.
Sí, era su marido, que sonriendo para sí tarareaba una tonadilla. En la mano llevaba algo que casi paralizó el corazón de la aterrorizada Alix: una azada nueva.
Alix se dijo instintivamente: Iba a ser esta noche. Pero le quedaba una oportunidad. Gerald, todavía tarareando había ido dando la vuelta a la casa.
Va a dejarla en el sótano... preparada, pensó Alix con un escalofrío.
Sin vacilar un momento echó a correr escaleras abajo y salió de la casa, pero en el preciso momento que atravesaba la puerta, su esposo hizo su aparición por un lado de la casa.
—Hola —le dijo—. ¿A dónde vas tan de prisa?
Alix procuró desesperadamente parecer tranquila. De momento había perdido su oportunidad, pero si tenía cuidado de no despertar sus sospechas volvería a tenerla más tarde. Incluso ahora mismo, tal vez.
—Iba a ir paseando hasta el extremo del prado —dijo con voz que le sonó débil e insegura a sus propios oídos.
—Muy bien —replicó Gerald—. Te acompañaré.
—No... por favor, Gerald. Estoy nerviosa... me duele la cabeza... preferiría ir sola.
Él la miró fijamente y Alix creyó ver el recelo en sus ojos.
—¿Qué te ocurre, Alix? Estás pálida... temblorosa.
—No es nada —se esforzó por sonreír—. Me duele la cabeza, eso es todo. Un paseo me sentará bien.
—Bueno, es inútil que digas que no te acompañe —declaró Gerald riendo—. Iré contigo quieras o no.
Alix no se atrevió a insistir más. Si sospechara que sabía...
Con un esfuerzo procuró recuperar algo de su habitual tranquilidad. No obstante, se daba cuenta de que él la miraba de reojo de cuando en cuando, como si no estuviera satisfecho y no hubiese acallado sus sospechas.
Cuando regresaron a la casa, él insistió en que debía acostarse, y le trajo agua de colonia para mojar sus sienes. Fue, como siempre, el esposo atento y solícito, y no obstante, Alix sentíase tan indefensa como si estuviera atada de pies y manos en el interior de una trampa.
Ni por un momento la dejó sola. Fue con ella a la cocina ayudándola a preparar la cena. Apenas podía tragar bocado, pero se esforzó en comer, e incluso parecer alegre y natural. Ahora se daba cuenta de que luchaba por su vida. Estaba a solas con aquel hombre, a varios kilómetros de distancia de la civilización, completamente a su merced. Su única oportunidad era aplacar sus sospechas para que la dejara sola unos momentos... los suficientes para llegar al teléfono del recibidor para pedir ayuda. Aquélla era su única esperanza. Si se decidía a huir, la alcanzaría antes de que pudiera llegar al pueblo.
Una esperanza momentánea la animó al recordar cómo había abandonado su plan la otra noche. ¿Y si le dijera que Dick Windyford iba a ir a verles aquella noche?
Las palabras temblaban en sus labios... pero se apresuró a rechazarlas. Aquel nombre no perdería su segunda oportunidad. Había tal determinación bajo su calma aparente que le daba náuseas. Sólo conseguiría precipitar su crimen. La mataría en seguida, y luego con toda tranquilidad telefonearía a Dick Windyford con cualquier excusa para que no fuera. ¡Oh!, si Dick fuera a verles aquella noche. Si Dick...
Una idea acudió a su mente y miró de soslayo a su esposo por temor a que pudiera adivinar sus pensamientos, y mientras formaba su plan, sintió renacer su valor mostrándose tan natural que ella misma se maravilló. Gerald estaba ahora completamente tranquilizado.
Alix preparó el café y lo llevó ahora al porche, donde solían sentarse las noches cálidas.
—A propósito —dijo Gerald de pronto—, más tarde revelaremos esas fotografías.
Alix sintió que un escalofrío recorría su cuerpo, pero replicó con naturalidad:
—¿No puedes hacerlo solo? Estoy dormida y muy cansada esta noche.
—No tardaremos mucho —sonrió—, y te aseguro que luego no te sentirás cansada.
Aquellas palabras parecieron divertirle. Alix se estremeció. Ahora, o nunca podría llevar a cabo su plan.
Se puso en pie.
—Voy a telefonear al carnicero —anunció tranquilamente.
—¿Al carnicero? ¿A estas intempestivas horas de la noche?
—Tonto, ya sé que la tienda está cerrada pero él está en la casa. Mañana es sábado y quiero que me traiga unos filetes de ternera bien temprano, antes de que se los lleve otra. El viejo haría cualquier cosa por mí.
Y entró rápidamente en la casa, cerrando la puerta tras ella. Oyó a Gerald que decía: «No cierres la puerta», y Alix replicó con ligereza: «Así no entrarán los mosquitos. Aborrezco los mosquitos. ¿Tienes miedo de que le haga el amor al carnicero, tonto?»
Una vez en el interior de la casa cogió el teléfono y dio el número de la «Posada del Viajero». Le dieron comunicación en seguida.
—¿El señor Windyford está todavía ahí? ¿Podría hablar con él?
Entonces el corazón le dio un vuelco. La puerta acababa de abrirse y su marido entraba en el recibidor.
—Vete, Gerald —le dijo mimosa—. No me gusta que me escuchen cuando hablo por teléfono.
Él se limitó a echarse a reír mientras se sentaba en una silla.
—¿Seguro que telefoneas al carnicero? —le preguntó.
Alix estaba desesperada. Su plan había fracasado. Dentro de unos instantes, Dick Windyford estaría al teléfono. ¿Se arriesgaría a gritar pidiendo ayuda? ¿Comprendería lo que quería decirle antes de que Gerald le arrebatara el aparato? ¿O creería únicamente que se trataba de una broma?
Y luego mientras nerviosa movía la clavija que permite que la voz se oiga o no en el extremo del hilo, se le ocurrió otra idea.
«Será fácil —pensó—. Tendré que procurar no perder la cabeza y escoger las palabras apropiadas y no desfallecer ni un momento, pero creo que podré hacerlo.»
Y en aquel momento oyó la voz de Dick Windyford.
Alix tomó aliento. Luego conectó la clavija de comunicación con firmeza.
—Aquí la señora Martin... de «Villa Ruiseñor». Por favor, venga (cerró la clavija) mañana por la mañana y tráigame seis filetes de ternera bien hermosos (volvió a dar la comunicación). Es muy importante. (Cerró.) Muchísimas gracias, señor Hexworthy, espero que no le haya molestado llamando tan tarde, pero en realidad el tener esos filetes el sábado (abrió) es cuestión de vida o muerte... (cerró). Muy bien... mañana por la mañana... (abrió), cuanto antes...
Volvió a dejar el teléfono en la horquilla y miró a su esposo respirando trabajosamente.
—De manera que es así como hablas con el carnicero ¿eh? —dijo Gerald.
—Estrategia femenina —dijo Alix en tono ligero.
Rebosaba excitación. Gerald no había sospechado nada, y sin duda Dick iría aunque no hubiese comprendido.
Pasaron al saloncito y Alix encendió la luz. Gerald la observaba.
—Pareces muy contenta ahora —le dijo mirándola con curiosidad.
—Sí —repuso Alix—; ya no me duele la cabeza.
Ocupó la butaca acostumbrada y su esposo fue a sentarse frente a ella. Estaba salvada. Eran sólo las ocho y veinticinco, y mucho antes de las nueve Dick habría llegado.
—No me ha gustado mucho el café de hoy —se quejó Gerald—. Es muy amargo.
—Es que he comprado una clase nueva. Si no te gusta no volveré a comprarlo, querido.
Alix, cogiendo su labor, empezó a coser. Confiaba plenamente en su propia habilidad para representar el papel de esposa solícita. Gerald leyó varias páginas de su libro y luego mirando el reloj dejó la novela.
—Las ocho y media. Es hora de bajar al sótano y empezar a trabajar.
A Alix se le cayó la labor de las manos.
—¡Oh! Aún no. Esperemos hasta las nueve.
—No, pequeña, es la hora que he fijado. Así podrás acostarte más pronto.
—Pero yo prefiero esperar hasta las nueve.
—Las ocho y media —insistió Gerald—. Ya sabes que cuando fijo una hora me gusta atenerme a ella. Vamos, Alix. No quiero esperar ni un minuto más.
Alix le miró, y a pesar suyo sintió que el terror la invadía. Gerald se había quitado la máscara y se retorcía las manos; los ojos le brillaban de excitación, y se pasaba continuamente la lengua por los labios resecos. Ya no se esforzaba por disimular su nerviosismo.
Alix pensó «Es cierto... no puede esperar... está como loco...».
Se acercó a ella y cogiéndola por los hombros la obligó a ponerse en pie.
—Vamos, pequeña... o te llevaré a rastras.
Su tono era alegre, pero había tal ferocidad en el fondo que Alix quedó como paralizada. Con un esfuerzo supremo logró desasirse yendo a apoyarse contra la pared. Estaba impotente. No podía escapar... ni hacer nada... él se iba acercando.
—Ahora, Alix...
—No..., no.
Lanzó un grito alargando las manos en un gesto de impotencia para impedir que se le acercara.
—Gerald... basta... tengo algo que decirte... tengo que confesarte una cosa...
Él no se detuvo.
—¿Confesar qué? —preguntó con curiosidad.
—Sí; que confesar —continuó ella desesperada, procurando mantener su atención—. Es algo que debiera haberte dicho antes.
En el rostro de Gerald apareció una mirada de desprecio. El encanto estaba roto.
—Un antiguo amor, supongo —se burló.
—No —dijo Alix—. Es otra cosa. Supongo que tú lo llamarías... sí... un crimen.
En el acto vio que había pulsado la cuerda oportuna, y que de nuevo era dueña de su interés. Eso le devolvió el valor sintiéndose dueña absoluta de la situación en aquel preciso momento.
—Será mejor que vuelvas a sentarte —le dijo tranquila.
Ella fue a ocupar su butaca, e incluso se detuvo para recoger la labor, aunque tras su calma aparente estaba inventando a toda prisa, ya que la historia que iba a contarle debía mantener su atención hasta que llegara la ayuda.
—Te dije —empezó— que había sido taquimecanógrafa durante quince años, y eso no es del todo cierto. Hubo dos intervalos. El primero tuvo lugar cuando yo tenía veintidós años. Conocía a un hombre ya mayor, dueño de una pequeña fortuna. Se enamoró de mí y me pidió que fuera su esposa. Acepté y nos casamos —hizo una pausa—. Yo le induje a que asegurara su vida en mi favor.
Vio que el interés de su esposo iba en aumento y continuó con más seguridad.
—Durante la guerra trabajé por algún tiempo en el Dispensario de un hospital. Allí manejé toda clase de drogas y venenos. Sí, venenos.
Volvió a detenerse. Ahora Gerald estaba ya sumamente interesado, no cabía duda. Al asesino le atraen los crímenes. Ella había jugado aquella carta y ganado. Echó una ojeada al reloj. Eran las nueve menos veinticinco.
—Existe un veneno.... es un polvito blanco. Una porción insignificante significa la muerte. ¿Entiendes tú de venenos, quizá?
Hizo la pregunta con cierta precipitación. Si la respuesta era afirmativa tendría que ir con cuidado.
—No —respondió Gerald—. Sé muy poco de eso.
Exhaló un suspiro de alivio. Así sería más fácil.
—Pero habrás oído hablar de heroscina, ¿verdad? Es una droga que actúa igual, pero que no deja rastro. Cualquier médico extendería un certificado de defunción por fallo cardíaco. Robé una pequeña cantidad y la conservo en mi poder.
Hizo una pausa midiendo sus fuerzas.
—Continúa —dijo Gerald.
—No. Tengo miedo. No puedo decírtelo. Otro día.
—Ahora —replicó él impaciente—. Quiero saberlo.
—Llevábamos casados un mes. Yo me portaba muy bien con mi marido, era muy amable y solícita, y él hablaba muy bien de mí a todos los vecinos. Todos sabían lo buena esposa que era. Yo misma le preparaba el café todas las noches. Y un día, cuando estábamos solos, puse en su taza un poquitín del alcaloide mortal.
Alix hizo una pausa y enhebró la aguja con gran parsimonia. Ella, que nunca había hecho teatro, en aquellos momentos rivalizaba con la mejor actriz del mundo, representando el papel de envenenadora a sangre fría.
—Fue muy sencillo. Yo le observaba. De pronto empezó a faltarle la respiración y el aire. Yo abrí la ventana. Luego dijo que no podía moverse de su butaca... y, al cabo de poco murió.
Se detuvo sonriendo. Eran las nueve menos cuarto. No tardaría en llegar.
—¿A cuánto ascendía la prima del seguro? —preguntóle Gerald.
—A unas dos mil libras. Especulé con ellas y perdí. Por eso tuve que volver a trabajar en la oficina, pero nunca tuve intención de seguir allí mucho tiempo. Entonces conocí a otro hombre. En la oficina conservé mi nombre de soltera, y él no supo que había estado casada. Éste era más joven, bien parecido, y gozaba de buena posición económica. Nos casamos en Sussex. La ceremonia fue sencilla. No quiso asegurar su vida, pero desde luego hizo testamento a mi favor. Le gustaba que yo le preparara el café, igual que a mi primer mando —Alix sonrió al añadir con sencillez—. Sé hacerlo muy bien.
Luego continuó:
—Yo tenía varios amigos en el pueblecito donde vivíamos, y se compadecieron mucho de mí cuando una noche después de cenar mi esposo falleció repentinamente de un colapso. No me gustó el médico. No creo que sospechara de mí, pero desde luego le sorprendió mucho la repentina muerte de mi esposo. Aún no sé por qué volví a la oficina. Supongo que por costumbre. Mi segundo esposo me dejó unas cuatro mil libras. No especulé con ellas esta vez. Las invertí. Luego...
Pero fue interrumpida. Gerald con el rostro congestionado y ahogándose, la señaló angustiado con el dedo índice.
—¡El café... Dios mío! ¡El café!
Ella le miró sorprendida.
—Ahora comprendo por qué estaba tan amargo. Eres un demonio, me has envenenado.
Sus manos se asieron a los brazos del sillón y parecía dispuesto a saltar sobre ella.
—Me has envenenado.
Alix se había ido alejando hasta la chimenea y aterrorizada se disponía a negarlo... cuando lo pensó mejor. Iba a lanzarse sobre ella, y reuniendo todo su valor le miró retadoramente y con firmeza.
—Sí —le dijo—. Te he envenenado, y el veneno ya empieza a hacer su efecto. Ya no puedes moverte del sillón... no puedes moverte...
Si pudiera mantenerle allí... por lo menos unos minutos...
¡Ah! ¿Qué era aquello? Pasos en el camino. El chirrido de la cerca... más pisadas... y la puerta del recibidor que se abría...
—No puedes moverte —repitió.
Luego pasó corriendo ante él, yendo a refugiarse en los brazos de Dick Windyford.
—¡Dios mío! —exclamó.
Luego volvióse al hombre que le acompañaba, un policía alto y fornido vestido de uniforme y le dijo:
—Vaya a ver lo que ha ocurrido en esa habitación.
Y tendiendo cuidadosamente a Alix en el diván se inclinó sobre ella.
—Mi pequeña —murmuró—. Pobrecita. ¿Qué es lo que te han estado haciendo?
Alix cerró los ojos y sus labios pronunciaron su nombre.
Dick despertó de sus sueños de felicidad cuando el policía fue a tocarle en el brazo.
—En esta habitación no hay más que un hombre sentado en una butaca. Parece como si acabara de sufrir un ataque y...
—¿Sí?
—Bueno, señor... está muerto.
Se sobresaltaron al oír la voz de Alix diciendo como en sueños:
—Y al cabo de poco —dijo como si estuviera repitiendo algo—, murió.

Aqueronte - José Emilio Pacheco

Son las cinco de la tarde, la lluvia ha cesado, bajo la húmeda luz el domingo parece vacío. La muchacha entra en el café. La observan dos parejas de edad madura, un padre con cuatro niños pequeños. 

A una velocidad que demuestra su timidez, atraviesa el salón, toma asiento a una mesa en el extremo izquierdo. Por un instante se aprecia nada más la silueta a contraluz del brillo solar en los ventanales. 

Cuando se acerca el mesero la muchacha pide una limonada, saca un cuaderno y se pone a escribir algo en sus páginas. No lo haría si esperara a alguien que en cualquier momento puede llegar a interrumpirla. La música de fondo está a bajo volumen. De momento no hay conversaciones.

El mesero sirve la limonada, ella da las gracias, echa azúcar en el vaso alargado y la disuelve con una cucharilla de peltre. Prueba el líquido agridulce, vuelve a concentrarse en lo que escribe con un bolígrafo de tinta roja. ¿Un diario, una carta, una tarea escolar, un poema, un cuento? Imposible saberlo, imposible saber por qué está sola en la capital y no tiene adónde ir la tarde de un domingo en mayo de 1966. 

Es difícil calcular su edad: catorce, dieciocho, veinte años. La hacen muy atractiva la esbelta armonía de su cuerpo, el largo pelo castaño, los ojos un poco rasgados, un aire de inocencia y desamparo, la pesadumbre de quien tiene un secreto.

Un joven de su misma edad o acaso un poco mayor se sienta en un lugar de la terraza, aislada del salón por un ventanal. Llama al mesero y ordena un café. Observa el interior. 

Su mirada recorre sitios vacíos, grupos silenciosos, y se detiene un instante en la muchacha. Al sentirse observada alza la vista. En seguida baja los ojos y se concentra en su escritura. El salón ya no flota en la penumbra: acaban de encender las luces fluorescentes.

Bajo la falsa claridad ella de nuevo levanta la cabeza y encuentra la mirada del joven. Agita la cucharilla de peltre para disolver el azúcar asentada en el fondo. Él prueba su café y observa la muchacha. Sonríe al ver que ella lo mira y luego se vuelve hacia la calle. 

Este mostrarse y ocultarse, este juego que parece divertirlos o exaltarlos se repite con leves variantes por espacio de un cuarto de hora o veinte minutos. Por fin él la mira de frente y sonríe una vez más. Ella aún trata de esconder el miedo o el misterio que impiden el natural acercamiento.

El ventanal la refleja, copia sus actos, los duplica sin relieve ni hondura. Recomienza la lluvia, el aire arroja gotas de agua a la terraza. Cuando siente humedecerse su ropa el joven da muestras de inquietud y ganas de marcharse. 

Entonces ella desprende una hoja del cuaderno, escribe unas líneas y da una mirada ansiosa al desconocido. Con la cuchara golpea el vaso alargado. Se acerca el mesero, toma la hoja de papel, lee las primeras palabras, retrocede, gesticula, contesta indignado, se retira como quien opone un gesto altivo a la ofensa que acaba de recibir.

Los gritos del mesero llaman la atención de todos los presentes. La muchacha enrojece y no sabe en dónde ocultarse. El joven observa paralizado la escena inimaginable: el desenlace lógico era otro. Antes de que él pueda intervenir, vencer la timidez que lo agobia cuando se encuentra sin el apoyo, el estímulo, la mirada crítica de sus amigos, la muchacha se levanta, deja unos billetes sobre la mesa y sale del café.

Él la ve pasar por la terraza sin mirarlo, se queda inmóvil un instante, luego reacciona y toca en el ventanal para que le traigan la cuenta. El mesero tomo lo que dejó la muchacha, va hacia la caja y habla mucho tiempo con la encargada, el joven recibe la nota, paga, sale al mundo en que se oscurece la lluvia. En una esquina donde las calles se bifurcan mira hacia todas partes. No la encuentra. El domingo termina. Cae la noche en la ciudad que para siempre ocultará a la muchacha.

Aquí pasan cosas raras - Luisa Valenzuela

En el café de la esquina -todo café que se precie está en esquina, todo sitio de encuentro es un cruce entre dos vías (dos vidas)- Mario y Pedro piden sendos cortados y les ponen mucha azúcar porque el azúcar es gratis y alimenta. 

Mario y Pedro están sin un mango desde hace rato y no es que se quejen demasiado pero bueno, ya es hora de tener un poco de suerte, y de golpe ven el portafolios abandonado y tan sólo mirándose se dicen que quizá el momento haya llegado. Propio ahí, muchachos, en el café de la esquina, uno de tantos.

Está solito el portafolios sobre la silla arrimada a la mesa y nadie viene a buscarlo.

Entran y salen los chochamus del barrio, comentan cosas que Mario y Pedro no escuchan: Cada vez hay más y tienen tonadita, vienen de tierra adentro... me pregunto qué hacen, para qué han venido. 

Mario y Pedro se preguntan en cambio si alguien va a sentarse a la mesa del fondo, va a descorrer esa silla y encontrar ese portafolios que ya casi aman, casi acarician y huelen y lamen y besan. Uno por fin llega y se sienta, solitario (y pensar que el portafolios estará repleto de billetes y el otro lo va a ligar al módico precio de un batido de Gancia que es lo que finalmente pide después de dudar un rato). 

Le traen el batido con buena tanda de ingredientes. ¿Al llevarse a la boca qué aceituna, qué pedacito de queso va a notar el portafolios esperándolo sobre la silla al lado de la suya? Pedro y Mario no quieren ni pensarlo y no piensan otra cosa... Al fin y al cabo el tipo tiene tanto o tan poco derecho al portafolios como ellos, al fin y al cabo es sólo cuestión de azar, una mesa mejor elegida y listo. 

El tipo sorbe su bebida con desgano, traga uno que otro ingrediente; ellos ni pueden pedir otro café porque están en la mala como puede ocurrirle a usted o a mí, más quizá a mí que a usted, pero eso no viene a cuento ahora que Pedro y Mario viven supeditados a un tipo que se saca pedacitos de salame de entre los dientes con la uña mientras termina de tomar su trago y no ve nada, no oye los comentarios de la muchachada: Se los ve en las esquinas. 

Hasta Elba el otro día me lo comentaba, fíjate, ella que es tan chicata. Ni qué ciencia ficción, aterrizados de otro planeta aunque parecen tipos del interior pero tan peinaditos, atildaditos te digo y yo a uno le pedí la hora pero minga, claro, no tienen reloj. Para qué van a querer reloj, me podes decir, si viven en un tiempo que no es el de nosotros. No. Yo también los vi, salen de debajo de los adoquines en esas calles donde todavía quedan y ahora vaya uno a saber qué buscan aunque sabemos que dejan agujeros en las calles, esos baches enormes por donde salieron y que no se pueden cerrar más.

Ni el tipo del batido de Gancia los escucha ni los escuchan Mario y Pedro, pendientes de un portafolios olvidado sobre una silla que seguro contiene algo de valor porque si no no hubiera sido olvidado así para ellos, tan sólo para ellos, si el tipo del batido no... 

El tipo del batido de Gancia, copa terminada, dientes escarbados, platitos casi sin tocar, se levanta de la mesa, paga de pie, mozo retira todo mete propina en bolsa pasa el trapo húmedo sobre mesa se aleja y listo, ha llegado el momento porque el café está animado en la otra punta y aquí vacío y Mario y Pedro saben que si no es ahora es nunca.

Portafolios bajo el brazo, Mario sale primero y por eso mismo es el primero en ver el saco de hombre abandonado sobre un coche, contra la vereda. Contra la vereda el coche, y por ende el saco abandonado sobre el techo del mismo. Un saco espléndido de estupenda calidad. 

También Pedro lo ve, a Pedro le tiemblan las piernas por demasiada coincidencia, con lo bien que a él le vendría un saco nuevo y además con los bolsillos llenos de guita. Mario no se anima a agarrarlo. Pedro sí aunque con cierto remordimiento que crece, casi estalla al ver acercarse a dos canas que vienen hacia ellos con intenciones de...

-Encontramos este coche sobre un saco. Este saco sobre un coche. No sabemos qué hacer con él. El saco, digo.

-Entonces déjelo donde lo encontró. No nos moleste con menudencias, estamos para cosas más importantes.

Cosas más trascendentes. Persecución del hombre por el hombre si me está permitido el eufemismo. Gracias a lo cual el célebre saco queda en las manos azoradas de Pedro que lo ha tomado con tanto cariño. Cuánta falta le hacía un saco como éste, sport y seguro bien forradito, ya dijimos, forrado de guita no de seda qué importa la seda. Con el botín bien sujeto enfilan a pie hacia su casa. No se deciden a sacar uno de esos billetes crocantitos que Mario creyó vislumbrar al abrir apenas el portafolios, plata para tomar un taxi o un mísero colectivo.

Por las calles prestan atención por si las cosas raras que están pasando, esas que oyeron de refilón en el café, tienen algo que ver con los hallazgos. Los extraños personajes o no aparecen por esas zonas o han sido reemplazados: dos vigilantes por esquina son muchos vigilantes porque hay muchas esquinas. 

Ésta no es una tarde gris como cualquiera y pensándolo bien quizá tampoco sea una tarde de suerte como parece. Son las caras sin expresión de un día de semana, tan distintas de las caras sin expresión de los domingos. Pedro y Mario ahora tienen color, tienen máscara y se sienten existir porque en su camino florecieron un portafolios (fea palabra) y un saco sport. (Un saco no tan nuevo como parecía más bien algo raído y con los bordes gastados pero digno. Eso es: un saco digno.) 

Como tarde no es una tarde fácil, ésta. Algo se desplaza en el aire con el aullido de las sirenas y ellos empiezan a sentirse señalados. Ven policías por todos los rincones, policías en los vestíbulos sombríos, de a pares en todas las esquinas cubriendo el área ciudadana, policías trepidantes en sus motocicletas circulando a contramano como si la marcha del país dependiera de ellos y quizá dependa, sí, por eso están las cosas como están y Mario no se arriesga a decirlo en voz alta porque el portafolios lo tiene trabado, ni que ocultara un micrófono, pero qué paranoia, si nadie lo obliga a cargarlo. 

Podría deshacerse de él en cualquier rincón y no, ¿cómo largar la fortuna que ha llegado sin pedirla a manos de uno, aunque la fortuna tenga carga de dinamita? Toma el portafolios con más naturalidad, con más cariño, no como si estuviera a punto de estallar. 

En ese mismo momento Pedro decide ponerse el saco que le queda un poco grande pero no ridículo ni nada de eso. Holgado, sí, pero no ridículo; cómodo, abrigado, cariñoso, gastadito en los bordes, sobado. Pedro mete las manos en los bolsillos del saco (sus bolsillos) y encuentra unos cuantos boletos de colectivo, un pañuelo usado, unos billetes y monedas. 

No le puede decir nada a Mario y se da vuelta de golpe para ver si los han estado siguiendo. Quizá hayan caído en algún tipo de trampa indefinible, y Mario debe estar sintiendo algo parecido porque tampoco dice palabra. Chifla entre dientes con cara de tipo que toda su vida ha estado cargando un ridículo portafolios negro como ése. 

La situación no tiene aire tan brillante como en un principio. Parece que nadie los ha seguido, pero vaya uno a saber: gente viene tras ellos y quizá alguno dejó el portafolios y el saco con oscuros designios. Mario se decide por fin y le dice a Pedro en un murmullo: No entremos a casa, sigamos como si nada, quiero ver si nos siguen. Pedro está de acuerdo. Mario rememora con nostalgia los tiempos (una hora atrás) cuando podían hablarse en voz alta y hasta reír. El portafolios se le está haciendo demasiado pesado y de nuevo tiene la tentación de abandonarlo a su suerte. ¿Abandonarlo sin antes haber revisado el contenido? Cobardía pura.

Siguen caminando sin rumbo fijo para despistar a algún posible aunque improbable perseguidor. No son ya Pedro y Mario los que caminan, son un saco y un portafolios convertidos en personajes. Avanzan y por fin el saco decide: Entremos en un bar a tomar algo, me muero de sed.

-¿Con todo esto? ¿Sin siquiera saber de qué se trata?

-Y, sí. Tengo unos pesos en el bolsillo.

Saca la mano azorada con dos billetes. Mil y mil de los viejos, no se anima a volver a hurgar, pero cree -huele- que hay más. Buena falta les hacen unos sandwiches, pueden pedirlos en ese café que parece tranquilo.

Un tipo dice y la otra se llama los sábados no hay pan; cualquier cosa, me pregunto cuál es el lavado de cerebro... En épocas turbulentas no hay como parar la oreja aunque lo malo de los cafés es el ruido de voces que tapa las voces. Lo bueno de los cafés son los tostados mixtos.

Escucha bien, vos que sos inteligente.

Ellos se dejan distraer por un ratito, también se preguntan cuál será el lavado de cerebro, y si el que fue llamado inteligente se lo cree. Creer por creer, los hay dispuestos hasta a creerse lo de los sábados sin pan, como si alguien pudiera ignorar que los sábados se necesita pan para fabricar las hostias del domingo y el domingo se necesita vino para poder atravesar el páramo feroz de los días hábiles.

Cuando se anda por el mundo -los cafés- con las antenas aguzadas se pescan todo tipo de confesiones y se hacen los razonamientos más abstrusos (absurdos), absolutamente necesarios por necesidad de alerta y por culpa de esos dos elementos tan ajenos a ellos que los poseen a ellos, los envuelven sobre todo ahora que esos muchachos entran jadeantes al café y se sientan a una mesa con cara de aquí no ha pasado nada y sacan carpetas, abren libros pero ya es tarde: traen a la policía pegada a sus talones y como se sabe los libros no engañan a los sagaces guardianes de la ley, más bien los estimulan. 

Han llegado tras los estudiantes para poner orden y lo ponen, a empujones: documentos, vamos, vamos, derechito al celular que espera afuera con la boca abierta, Pedro y Mario no saben cómo salir de allí, cómo abrirse paso entre la masa humana que va abandonando el café a su tranquilidad inicial, convaleciente ahora. 

Al salir, uno de los muchachos deja caer un paquetito a los pies de Mario que, en un gesto irreflexivo, atrae el paquete con el pie y lo oculta tras el célebre portafolios apoyado contra la silla. De golpe se asusta: cree haber entrado en la locura apropiatoria de todo lo que cae a su alcance. Después se asusta más aún: sabe que lo ha hecho para proteger al pibe pero ¿y si a la cana se le diera por registrarlo a él? Le encontrarían un portafolios que vaya uno a saber qué tiene adentro, un paquete inexplicable (de golpe le da risa, alucina que el paquete es una bomba y ve su pierna volando por los aires simpáticamente acompañada por el portafolios, ya despanzurrado y escupiendo billetes de los gordos, falsos). 

Todo esto en el brevísimo instante de disimular el paquetito y después nada. Más vale dejar la mente en blanco, guarda con los canas telépatas y esas cosas. ¿Y qué se estaba diciendo hace mil años cuando reinaba la calma?: un lavado de cerebro; necesario sería un autolavado de cerebro para no delatar lo que hay dentro de esa cabecita loca -la procesión va por dentro, muchachos. Los muchachos se alejan, llevados un poquito a las patadas por los azules, el paquete queda allí a los pies de estos dos señores dignos, señores de saco y portafolios (uno de cada para cada). Dignos señores o muy solos en el calmo café, señores a los que ni un tostado mixto podrá ya consolar.

Se ponen de pie. Mario sabe que si deja el paquetito el mozo lo va a llamar y todo puede ser descubierto. Se lo lleva, sumándolo así al botín del día pero por poco rato; lo abandona en una calle solitaria dentro de un tacho de basura como quien no quiere la cosa y temblando. Pedro a su lado no entiende nada pero por suerte no logra reunir las fuerzas para preguntar.

En épocas de claridad pueden hacerse todo tipo de preguntas, pero en momentos como éste el solo hecho de seguir vivo ya condensa todo lo preguntable y lo desvirtúa. Sólo se puede caminar, con uno que otro alto en el camino, eso sí, para ver por ejemplo por qué llora este hombre. Y el hombre llora de manera tan mansa, tan incontrolada, que es casi sacrílego no detenerse a su lado y hasta preocuparse. 

Es la hora de cierre de las tiendas y las vendedoras que enfilan a sus casas quieren saber de qué se trata: el instinto maternal siempre está al acecho en ellas, y el hombre llora sin consuelo. Por fin logra articular Ya no puedo más, y el corrillo de gente que se ha formado a su alrededor pone cara de entender pero no entiende. 

Cuando sacude el diario y grita No puedo más, algunos creen que ha leído las noticias y el peso del mundo le resulta excesivo. Ya están por irse y dejarlo abandonado a su flojera. Por fin entre hipos logra explicar que busca trabajo desde hace meses y ya no le queda un peso para el colectivo ni un gramo de fuerza para seguir buscando.

-Trabajo, le dice Pedro a Mario. Vamos, no tenemos nada que hacer acá.

-Al menos, no tenemos nada que ofrecerle. Ojalá tuviéramos.

Trabajo, trabajo, corean los otros y se conmueven porque ésa sí es palabra inteligible y no las lágrimas. Las lágrimas del hombre siguen horadando el asfalto y vaya uno a saber qué encuentran pero nadie se lo pregunta aunque quizá él sí, quizá él se esté diciendo mis lágrimas están perforando la tierra y el llanto puede descubrir petróleo. 

Si me muero acá mismo quizá pueda colarme por los agujeritos que hacen las lágrimas en el asfalto y al cabo de mil años convertirme en petróleo para que otro como yo, en estas mismas circunstancias... Una idea bonita pero el corrillo no lo deja sumirse en sus pensamientos que de alguna manera -intuye- son pensamientos de muerte (el corrillo se espanta: pensar en muerte así en plena calle, qué atentado contra la paz del ciudadano medio a quien sólo le llega la muerte por los diarios). 

Falta de trabajo sí, todos entienden la falta de trabajo y están dispuestos a ayudarlo. Es mejor que la muerte. Y las buenas vendedoras de las casas de artefactos electrodomésticos abren sus carteras y sacan algunos billetes por demás estrujados, de inmediato se organiza la colecta, las más decididas toman el dinero de los otros y los instan a aflojar más. Mario está tentado de abrir el portafolios ¿qué tesoros habrá ahí dentro para compartir con ese tipo? Pedro piensa que debería haber recuperado el paquete que Mario abandonó en un tacho de basura. Quizá eran herramientas de trabajo, pintura en aerosol, o el perfecto equipito para armar una bomba, cualquier cosa para darle a este tipo y que la inactividad no lo liquide.

Las chicas están ahora pujando para que el tipo acepte el dinero juntado. El tipo chilla y chilla que no quiere limosnas. Alguna le explica que sólo se trata de una contribución espontánea para sacar del paso a su familia mientras él sigue buscando trabajo con más ánimo y el estómago lleno. El cocodrilo llora ahora de emoción. Las vendedoras se sienten buenas, redimidas, y Pedro y Mario deciden que éste es un tipo de suerte.

Quizá junto a este tipo Mario se decida a abrir el portafolios, Pedro pueda revisar a fondo el secreto contenido de los bolsillos del saco.

Entonces, cuando el tipo queda solo, lo toman del brazo y lo invitan a comer con ellos. El tipo al principio se resiste, tiene miedo de estos dos: pueden querer sacarle la guita que acaba de recibir. Ya no se sabe si es cierto o si es mentira que no encuentra trabajo o si ése es su trabajo, simular la desesperación para que la gente de los barrios se conmueva. 

Reflexiona rápidamente: Si es cierto que soy un desesperado y todos fueron tan buenos conmigo no hay motivo para que estos dos no lo sean. Si he simulado la desesperación quiere decir que mal actor no soy y voy a poder sacarles algo a estos dos también. Decide que tienen una mirada extraña pero parecen honestos, y juntos se van a un boliche para darse el lujo de unos buenos chorizos y bastante vino.

Tres, piensa alguno de ellos, es un número de suerte. Vamos a ver si de acá sale algo bueno.

¿Por qué se les ha hecho tan tarde contándose sus vidas que quizá sean ciertas? Los tres se descubren una idéntica necesidad de poner orden y relatan minuciosamente desde que eran chicos hasta estos días aciagos en que tantas cosas raras están pasando. 

El boliche queda cerca del Once y ellos por momentos sueñan con irse o con descarrilar un tren o algo con tal de aflojar la tensión que los infla por dentro. Ya es la hora de las imaginaciones y ninguno de los tres quiere pedir la cuenta. Ni Pedro ni Mario han hablado de sus sorpresivos hallazgos. Y el tipo ni sueña con pagarles la comida a estos dos vagos que para colmo lo han invitado.

La tensión se vuelve insoportable y sólo hay que decidirse. Han pasado horas. Alrededor de ellos los mozos van apilando las sillas sobre las mesas, como un andamiaje que poco a poco se va cerrando, amenaza con engullirlos porque los mozos en un insensible ardor de construcción siguen apilando sillas sobre sillas, mesas sobre mesas y sillas y más sillas. 

Van a quedar aprisionados en una red de patas de madera, tumba de sillas y una que otra mesa. Buen final para estos tres cobardes que no se animaron a pedir la cuenta. Aquí yacen: pagaron con sus vidas siete sandwiches de chorizo y dos jarras de vino de la casa. Fue un precio equitativo.

Pedro por fin -el arrojado Pedro- pide la cuenta y reza para que la plata de los bolsillos exteriores alcance. Los bolsillos internos son un mundo inescrutable aun allí, escudado por las sillas; los bolsillos internos conforman un laberinto demasiado intrincado para él. Tendría que recorrer vidas ajenas al meterse en los bolsillos interiores del saco, meterse en lo que no le pertenece, perderse de sí mismo entrando a paso firme en la locura.

La plata alcanza. Y los tres salen del restaurant aliviados y amigos. Como quien se olvida, Mario ha dejado el portafolios -demasiado pesado, ya- entre la intrincada construcción de sillas y mesas encimadas, seguro de que no lo van a encontrar hasta el día siguiente. A las pocas cuadras se despiden del tipo y siguen camino al departamento que comparten. 

Cuando están por llegar, Pedro se da cuenta de que Mario ya no tiene el portafolios. Entonces se quita el saco, lo estira con cariño y lo deja sobre un auto estacionado, su lugar de origen. Por fin abren la puerta del departamento sin miedo, y se acuestan sin miedo, sin plata y sin ilusiones. Duermen profundamente, hasta el punto que Mario, en un sobresalto, no logra saber si el estruendo que lo acaba de despertar ha sido real o soñado.