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Aqueronte - José Emilio Pacheco

Son las cinco de la tarde, la lluvia ha cesado, bajo la húmeda luz el domingo parece vacío. La muchacha entra en el café. La observan dos parejas de edad madura, un padre con cuatro niños pequeños. 

A una velocidad que demuestra su timidez, atraviesa el salón, toma asiento a una mesa en el extremo izquierdo. Por un instante se aprecia nada más la silueta a contraluz del brillo solar en los ventanales. 

Cuando se acerca el mesero la muchacha pide una limonada, saca un cuaderno y se pone a escribir algo en sus páginas. No lo haría si esperara a alguien que en cualquier momento puede llegar a interrumpirla. La música de fondo está a bajo volumen. De momento no hay conversaciones.

El mesero sirve la limonada, ella da las gracias, echa azúcar en el vaso alargado y la disuelve con una cucharilla de peltre. Prueba el líquido agridulce, vuelve a concentrarse en lo que escribe con un bolígrafo de tinta roja. ¿Un diario, una carta, una tarea escolar, un poema, un cuento? Imposible saberlo, imposible saber por qué está sola en la capital y no tiene adónde ir la tarde de un domingo en mayo de 1966. 

Es difícil calcular su edad: catorce, dieciocho, veinte años. La hacen muy atractiva la esbelta armonía de su cuerpo, el largo pelo castaño, los ojos un poco rasgados, un aire de inocencia y desamparo, la pesadumbre de quien tiene un secreto.

Un joven de su misma edad o acaso un poco mayor se sienta en un lugar de la terraza, aislada del salón por un ventanal. Llama al mesero y ordena un café. Observa el interior. 

Su mirada recorre sitios vacíos, grupos silenciosos, y se detiene un instante en la muchacha. Al sentirse observada alza la vista. En seguida baja los ojos y se concentra en su escritura. El salón ya no flota en la penumbra: acaban de encender las luces fluorescentes.

Bajo la falsa claridad ella de nuevo levanta la cabeza y encuentra la mirada del joven. Agita la cucharilla de peltre para disolver el azúcar asentada en el fondo. Él prueba su café y observa la muchacha. Sonríe al ver que ella lo mira y luego se vuelve hacia la calle. 

Este mostrarse y ocultarse, este juego que parece divertirlos o exaltarlos se repite con leves variantes por espacio de un cuarto de hora o veinte minutos. Por fin él la mira de frente y sonríe una vez más. Ella aún trata de esconder el miedo o el misterio que impiden el natural acercamiento.

El ventanal la refleja, copia sus actos, los duplica sin relieve ni hondura. Recomienza la lluvia, el aire arroja gotas de agua a la terraza. Cuando siente humedecerse su ropa el joven da muestras de inquietud y ganas de marcharse. 

Entonces ella desprende una hoja del cuaderno, escribe unas líneas y da una mirada ansiosa al desconocido. Con la cuchara golpea el vaso alargado. Se acerca el mesero, toma la hoja de papel, lee las primeras palabras, retrocede, gesticula, contesta indignado, se retira como quien opone un gesto altivo a la ofensa que acaba de recibir.

Los gritos del mesero llaman la atención de todos los presentes. La muchacha enrojece y no sabe en dónde ocultarse. El joven observa paralizado la escena inimaginable: el desenlace lógico era otro. Antes de que él pueda intervenir, vencer la timidez que lo agobia cuando se encuentra sin el apoyo, el estímulo, la mirada crítica de sus amigos, la muchacha se levanta, deja unos billetes sobre la mesa y sale del café.

Él la ve pasar por la terraza sin mirarlo, se queda inmóvil un instante, luego reacciona y toca en el ventanal para que le traigan la cuenta. El mesero tomo lo que dejó la muchacha, va hacia la caja y habla mucho tiempo con la encargada, el joven recibe la nota, paga, sale al mundo en que se oscurece la lluvia. En una esquina donde las calles se bifurcan mira hacia todas partes. No la encuentra. El domingo termina. Cae la noche en la ciudad que para siempre ocultará a la muchacha.

Historia del demoniaco pacheco - Jan Potocki


 —Nací en Córdoba, donde mi padre vivía en una situación más que holgada. Mi madre murió hace tres años. Mi padre pareció primero echarla mucho de menos, pero, al cabo de algunos meses, con ocasión de un viaje que hizo a Sevilla, se enamoró allí de una joven viuda, llamada Camila de Tormes. Esa persona no gozaba de muy buena reputación, y varios de los amigos de mi padre trataron de alejarlo de su trato; mas, a pesar de las molestias que ellos se tomaron, la boda se celebró dos años después de la muerte de mi madre. La ceremonia se hizo en Sevilla, y, al cabo de unos cuantos días, mi padre volvió a Córdoba, con Camila, su nueva mujer, y una hermana de Camila, llamada Inesilla.

»Mi nueva madrastra respondió perfectamente a la mala opinión que se tenía de ella, y sus comienzos en la casa consistieron en querer inspirarme amor. No lo consiguió. Me enamoré, sin embargo, pero fue de su hermana Inesilla. Mi pasión no tardó en hacerse tan fuerte que fui a arrojarme a los pies de mi padre y le pedí la mano de su cuñada.

»Mi padre me hizo levantar, bondadosamente, y me dijo:

»—Hijo mío, te prohíbo pensar en esa boda, te lo prohíbo por tres razones. Primera: pecaría contra la gravedad el que te convirtieras, en cierto modo, en cuñado de tu padre. Segunda: los santos cánones de la Iglesia no aprueban esta clase de matrimonios. Tercera: no quiero que te cases con Inesilla.

»Mi padre, tras comunicarme estas tres razones, me volvió la espalda y se marchó.

»Yo me retiré a mi habitación, donde me abandoné a la desesperación.

»Mi madrastra, a la que mi padre informó en seguida de lo que había ocurrido, vino a verme y me dijo que no tenía por qué afligirme, ya que, si no podía convertirme en marido de Inesilla, sí podía en cambio ser su cortejo, es decir, su amante, y que ella hacía del asunto cosa propia; pero, al mismo tiempo, me declaró el amor que sentía por mí, e hizo valer el sacrificio al que se sometía al cederme a su hermana. Demasiado oído presté yo a aquellas palabras que halagaban mi pasión, pero Inesilla era tan recatada que me parecía imposible que se la pudiera impulsar algún día a responder a mi amor.

»Por entonces, mi padre se decidió a hacer el viaje a Madrid, con la intención de solicitar la plaza de corregidor de Córdoba, y se llevó consigo a su mujer y su cuñada. Su ausencia había de ser sólo de dos meses, pero aquel plazo me pareció muy largo, porque estaba lejos de Inesilla.

»Cuando los dos meses estaban a punto de haber transcurrido, recibí carta de mi padre, ordenándome que saliera a su encuentro en la Venta Quemada, en la entrada de Sierra Morena. No me hubiera arriesgado fácilmente a pasar por Sierra Morena algunas semanas antes, pero precisamente acababan de ahorcar a los dos hermanos de Zoto. Su banda estaba dispersada, y los caminos se consideraban bastante seguros.

»Salí pues de Córdoba hacia las diez de la mañana, y fui a pernoctar en Andújar, en la posada de uno de los hospederos más parlanchines que hay en Andalucía. Ordené allí una cena abundante, comí una parte, y guardé el resto para el viaje.

»El día siguiente comí en Los Alcornoques con lo que me había guardado de la víspera, y aquella misma noche llegué a la Venta Quemada. No encontré allí a mi padre, pero, como en su carta me ordenaba que lo esperase, decidí hacerlo, de tanta mejor gana cuanto que me encontraba en una hospedería espaciosa y cómoda. El hospedero era entonces un tal González de Murcia, bastante buen hombre, aunque un poco fanfarrón; no se abstuvo de prometerme una cena digna de un grande de España. Mientras él se ocupaba de prepararla, fui a dar un paseo por a orilla del Guadalquivir, y, al volver a la hospedería, encontré esperándome una cena que, en efecto, no era mala.

»Después de comer le dije a González que me hiciera la cama. Entonces vi que se turbaba, y me dijo algunas cosas que no tenían demasiado sentido. Finalmente me confesó que la hospedería estaba frecuentada por fantasmas, que él y su familia pasaban todas las noches en una granjita junto al río, y añadió que, si yo quería dormir allí también, me haría preparar una cama junto a la suya.

»Esta propuesta me pareció muy fuera de lugar. Le dije que se fuera a dormir donde quisiera, y que lo único que tenía que hacer era mandarme a mi gente. González me obedeció y se retiró, meneando la cabeza y encogiéndose de hombros.

»Mis criados llegaron al poco rato. También ellos habían oído hablar de fantasmas y quisieron convencerme de pasar la noche en la granja. Acogí sus consejos con cierta brutalidad, y les ordené que me prepararan la cama en la misma habitación donde había cenado. 

Me obedecieron, aunque a regañadientes, y, cuando la cama estuvo hecha, me conjuraron una vez más, con lágrimas en los ojos, para que fuera a dormir a la granja. Me impacienté seriamente con sus invocaciones, y me permití ciertas demostraciones que los pusieron en fuga; y, como no tenía la costumbre de hacerme desvestir por mi gente, prescindí fácilmente de ellos para acostarme. 

A todo eso, mis criados habían sido más atentos de lo que yo merecía por mis modales con ellos: habían dejado junto a mi cama una vela encendida, otra de recambio, dos pistolas, y unos cuantos volúmenes cuya lectura podía mantenerme despierto; pero lo cierto es que había perdido el sueño.

»Pasé un par de horas leyendo y revolviéndome en la cama alternativamente. Luego oí el sonido de una campana o un reloj que daba las doce de la medianoche. Aquello me sorprendió, ya que no había oído sonar las demás horas. Al poco rato se abrió la puerta, y vi entrar a mi madrastra. Iba en camisón de noche y llevaba en la mano un candelero. Se me acercó de puntillas y con un dedo en los labios, como imponiéndome silencio. Luego colocó su candelero en mi mesilla de noche, se sentó en mi cama me tomó la mano, y me habló en estos términos:

»—Mi querido Pacheco, he aquí el momento en que puedo proporcionarte los placeres que te tengo prometidos. Hace una hora que hemos llegado a esta taberna. Tu padre se ha ido a dormir a la granja, pero yo, al saber que tú estabas aquí, he obtenido permiso para pasar aquí la noche con mi hermana Inesilla. Ella te espera, y está dispuesta a no negarte nada; pero he de comunicarte las condiciones que he puesto para tu felicidad. Tú amas a Inesilla, y yo te amo. Y no puede ser que, de los tres, dos sean felices a expensas del tercero. Quiero que una sola cama nos sirva a todos esta noche. Ven.

»Mi madrastra no me dejó tiempo de contestarle; me tomó de la mano y me condujo de corredor en corredor hasta que llegamos ante una puerta, por el ojo de cuya cerradura se puso a mirar.

»Cuando hubo mirado lo suficiente, me dijo:

»—Todo marcha bien, ve tú mismo.

»Ocupé su puesto en la cerradura, y vi, efectivamente, a la encantadora Inesilla en la cama; ¡pero qué lejos estaba del recato que siempre le había visto! La expresión de sus ojos, su respiración agitada, la animación de su tez, su actitud, todo en ella dejaba ver que esperaba a un amante.

»Camila, tras dejarme mirar a conciencia, me dijo:

»—Mi querido Pacheco, quédate en esta puerta; cuando llegue el momento, vendré a avisarte.

»Cuando hubo entrado, volví a aplicar el ojo a la cerradura, y vi mil cosas que me cuesta contar. Primero Camila se desnudó, bastante exactamente; luego, metiéndose en la cama de su hermana, le dijo:

»—Mi pobre Inesilla, ¿estás segura de querer tener un amante? Pobre niña, no sabes el daño que te hará. Primero, te abatirá, te pisoteará, y luego, te aplastará, te desgarrará.

»Cuando Camila consideró que su alumna estaba lo bastante adoctrinada, vino a abrirme la puerta, me llevó a la cama, y se acostó con nosotros.

»¿Qué os diré de aquella noche fatal? Agoté las delicias y los crímenes. Largo rato combatí contra el sueño y la naturaleza para prolongar otro tanto mis deleites infernales. Por fin me dormí, y desperté, la mañana siguiente, debajo de la horca de los hermanos Zoto, acostado entre sus infames cadáveres.

El ermitaño interrumpió en este punto al demoníaco, y me dijo:

—Decidme, hijo mío, ¿qué os parece? Supongo que os hubiera dado un miedo terrible encontraros acostado entre dos cadáveres.

—Padre le respondí—, me ofendéis. Un gentilhombre no debe tener miedo nunca, y menos todavía cuando tiene el honor de ser capitán de los Guardias Valones.

—Pero, hijo mío —insistió el ermitaño—, ¿habíais oído contar jamás que semejante aventura le hubiera ocurrido a alguien?

Titubeé un instante, y luego le contesté:

—Padre, si esta aventura le ha ocurrido al señor Pacheco, también puede haberle ocurrido a otros; podré juzgar mejor si accedéis a ordenarle que prosiga su relato.

El ermitaño se volvió hacia el poseso y le dijo:

—¡Pacheco, Pacheco! En nombre de tu redentor, te ordeno que prosigas tu relato.

Pacheco profirió un aullido espantoso y continuó en estos términos:

—Estaba medio muerto cuando me alejé de la horca. Me arrastré sin saber hacia dónde. Finalmente encontré a unos viajeros que se apiadaron de mí y me llevaron de nuevo a la Venta Quemada. Encontré al tabernero y a mi gente muy inquietos por mí. Les pregunté si mi padre había dormido en la granja. Me contestaron que no había llegado nadie.

»No pude soportar el quedarme más tiempo en la Venta, y reemprendí el camino de Andújar. No llegué hasta después de ponerse el sol. La posada estaba llena; me prepararon una cama en la cocina y me acosté, pero no conseguí dormirme, ya que me era imposible alejar de mi mente los horrores de la noche anterior.

»Había dejado una vela encendida encima del fogón de la cocina. De repente, se apagó, y sentí en seguida una especie de escalofrío mortal que me heló la sangre en las venas.

«Alguien tiró de mi manta, luego oí una vocecilla que decía:

»—Soy Camila, tu madrastra; tengo frío, corazoncito, hazme sitio debajo de tu manta.

»Luego, otra voz dijo:

»—Yo soy Inesilla. Déjame entrar en tu cama. Tengo frío, tengo frío.

»Luego sentí que una mano helada me cogía por debajo del mentón. Hice acopio de todas mis fuerzas y dije, en voz alta.

»—¡Satán, retírate!

«Entonces, las vocecillas me dijeron:

»—¿Por qué nos echas? ¿No eres acaso nuestro maridito? Tenemos frío. Vamos a hacer un poco de fuego.

»En efecto, vi al poco rato arder una llama en el hogar de la cocina. Se hizo más clara, y vi, no a Inesilla y Camila, sino a los dos hermanos de Zoto, colgados en la chimenea.

»Aquella visión me puso fuera de mí. Salí de la cama. Salté por la ventana y me eché a correr por el campo. Hubo un momento en que me felicité por haber escapado a tantos horrores, pero al volverme vi que los dos hermanos me seguían. Me eché a correr de nuevo, y vi que los ahorcados quedaban rezagados. Pero mi alegría no duró mucho. Aquellos detestables seres se pusieron a avanzar a volteretas, y en un instante me alcanzaron. Seguí corriendo; pero al final las fuerzas me abandonaron.

»Entonces sentí que uno de los ahorcados me asía por el talón del pie izquierdo. Quise librarme de él, pero el otro ahorcado me cerró el paso. Se plantó delante mío, con unos ojos aterradores y sacando una lengua que era roja como hierro recién sacado del fuego. Pedí misericordia. Pero en vano. Con una mano me asió del cuello, y con la otra me arrancó el ojo que me falta. En el vacío dejado por mi ojo metió su lengua ardiente. Me lamió con ella el cerebro, y me hizo rugir de dolor.

«Entonces, el otro ahorcado, que me tenía asido por la pierna izquierda, quiso también dar empleo a sus garras. Primero empezó por hacerme cosquillas en la planta del pie que me tenía agarrado. Luego, aquel monstruo arrancó la piel del pie, separó todos sus nervios, los dejó al descubierto, y quiso tocar en ellos como en un instrumento musical; pero como yo no emitía ningún sonido que le proporcionara placer, hundió el pulgar en mi corva, pellizcó los tendones, y se puso a retorcerlos, tal como se hace cuando se afina un arpa. 

Finalmente, se puso a tocar con mi pierna, que usaba a modo de salterio. Yo oía su risa diabólica. Mientras el dolor me arrancaba mugidos aterradores, los aullidos del infierno les hacían coro. Pero cuando llegué hasta oír el rechinar de dientes de los condenados, me pareció que todas y cada una de mis fibras quedaban trituradas por sus dientes. Por fin perdí el conocimiento.

»El día siguiente, unos pastores me encontraron en pleno campo y me trajeron a esta ermita. Aquí he confesado mis pecados, y he encontrado al pie de la cruz algún alivio a mis males.

En este punto, el demoníaco profirió un aullido espantoso y se calló.

Entonces, el ermitaño tomó la palabra y me dijo:

—Joven, ya veis cuál es el poder de Satán; rezad y llorad. Pero es tarde. Debemos separarnos. No os propongo que durmáis en mi celda, porque Pacheco suelta durante la noche unos gritos que podrían incomodaros. Id a acostaros en la capilla. Allí estaréis bajo la protección de la cruz, que triunfa de los demonios.

Contesté al ermitaño que me acostaría donde me dijera. Llevamos a la capilla un pequeño catre de tijera. Me acosté en él, y el ermitaño me deseó las buenas noches.

Cuando me quedé solo, me volvió a la mente el relato de Pacheco. Encontraba en él mucha coincidencia con mis propias aventuras, y seguía pensando en ello cuando oí las campanadas de medianoche. No sabía si era el ermitaño el que las daba, o si era una vez más asunto de fantasmas. Entonces oí rascar en mi puerta. Fui hacia allí y pregunté:

—¿Quién anda ahí?

Una vocecilla me respondió:

—Tenemos frío, abridnos, somos vuestras mujercitas.

—¡Oh, claro, malditos ahorcados! —les contesté—. Volved a vuestra horca y dejadme dormir.

Entonces, la vocecilla me dijo:

—Te burlas de nosotros porque estás en una capilla, pero a ver si te atreves a salir.

—Allá voy —les repuse, acto seguido.

Fui a por mi espada y traté de salir, pero me encontré con que la puerta estaba cerrada. Así se lo dije a los fantasmas, que no me contestaron. Fui a acostarme y dormí hasta el día.

Rincón de la poesía: Prosa de la calavera - José Emilio Pacheco

Prosa de la calavera

En vez de temerme o ridiculizarme por obra de tu miedo deberías estarme agradecido. Sin mí qué cárcel sería la vida en la tierra. Que tormento si nada cambiara ni envejeciera. Y durante siglos y siglos de desesperación sin salida la misma gente diera vueltas y vueltas a la misma noria.

Gracias a mí todo es inexpresivamente valioso porque todo es efímero y jamás se repite.

Porque voy con ustedes a todas partes. Siempre con él, con ella, contigo, esperando sin protestar, esperando.

De la pulverización de mis añicos está amasada la tierra.

Volverás a la oscura tierra y yo, que en cierta forma soy tu hija, heredaré tu nada y tu nombre.

Seré tus restos, tus despojos, tus residuos, tus sobras: el testimonio de que por haber vivido estás muerto.

Así, quién lo diría, yo -máscara de le muerte- soy la más porfunda entre tus señales de vida, tu huella final, tu última ofrenda de basura al planeta que ya no cabe en sí mismo de tantos muertos.

Yo tu verdadera cara, tu apariencia última, tu rostro final que te hace Nadie y te vuelve Legión, hoy te ofrezco un espejo y te digo:
Contémplate.

Los trabajos del mar. p.27-29