—Nací en Córdoba, donde mi padre vivía en
una situación más que holgada. Mi madre murió hace tres años. Mi padre pareció
primero echarla mucho de menos, pero, al cabo de algunos meses, con ocasión de
un viaje que hizo a Sevilla, se enamoró allí de una joven viuda, llamada Camila
de Tormes. Esa persona no gozaba de muy buena reputación, y varios de los
amigos de mi padre trataron de alejarlo de su trato; mas, a pesar de las
molestias que ellos se tomaron, la boda se celebró dos años después de la
muerte de mi madre. La ceremonia se hizo en Sevilla, y, al cabo de unos cuantos
días, mi padre volvió a Córdoba, con Camila, su nueva mujer, y una hermana de
Camila, llamada Inesilla.
»Mi nueva madrastra respondió
perfectamente a la mala opinión que se tenía de ella, y sus comienzos en la
casa consistieron en querer inspirarme amor. No lo consiguió. Me enamoré, sin
embargo, pero fue de su hermana Inesilla. Mi pasión no tardó en hacerse tan
fuerte que fui a arrojarme a los pies de mi padre y le pedí la mano de su
cuñada.
»Mi padre me hizo levantar,
bondadosamente, y me dijo:
»—Hijo mío, te prohíbo pensar en esa
boda, te lo prohíbo por tres razones. Primera: pecaría contra la gravedad el
que te convirtieras, en cierto modo, en cuñado de tu padre. Segunda: los santos
cánones de la Iglesia no aprueban esta clase de matrimonios. Tercera: no quiero
que te cases con Inesilla.
»Mi padre, tras comunicarme estas tres
razones, me volvió la espalda y se marchó.
»Yo me retiré a mi habitación, donde me
abandoné a la desesperación.
»Mi madrastra, a la que mi padre informó
en seguida de lo que había ocurrido, vino a verme y me dijo que no tenía por
qué afligirme, ya que, si no podía convertirme en marido de Inesilla, sí podía
en cambio ser su cortejo, es decir, su amante, y que ella hacía del asunto cosa
propia; pero, al mismo tiempo, me declaró el amor que sentía por mí, e hizo
valer el sacrificio al que se sometía al cederme a su hermana. Demasiado oído
presté yo a aquellas palabras que halagaban mi pasión, pero Inesilla era tan
recatada que me parecía imposible que se la pudiera impulsar algún día a
responder a mi amor.
»Por entonces, mi padre se decidió a
hacer el viaje a Madrid, con la intención de solicitar la plaza de corregidor
de Córdoba, y se llevó consigo a su mujer y su cuñada. Su ausencia había de ser
sólo de dos meses, pero aquel plazo me pareció muy largo, porque estaba lejos
de Inesilla.
»Cuando los dos meses estaban a punto de
haber transcurrido, recibí carta de mi padre, ordenándome que saliera a su
encuentro en la Venta Quemada, en la entrada de Sierra Morena. No me hubiera
arriesgado fácilmente a pasar por Sierra Morena algunas semanas antes, pero
precisamente acababan de ahorcar a los dos hermanos de Zoto. Su banda estaba
dispersada, y los caminos se consideraban bastante seguros.
»Salí pues de Córdoba hacia las diez de
la mañana, y fui a pernoctar en Andújar, en la posada de uno de los hospederos
más parlanchines que hay en Andalucía. Ordené allí una cena abundante, comí una
parte, y guardé el resto para el viaje.
»El día siguiente comí en Los Alcornoques
con lo que me había guardado de la víspera, y aquella misma noche llegué a la
Venta Quemada. No encontré allí a mi padre, pero, como en su carta me ordenaba
que lo esperase, decidí hacerlo, de tanta mejor gana cuanto que me encontraba
en una hospedería espaciosa y cómoda. El hospedero era entonces un tal González
de Murcia, bastante buen hombre, aunque un poco fanfarrón; no se abstuvo de
prometerme una cena digna de un grande de España. Mientras él se ocupaba de prepararla,
fui a dar un paseo por a orilla del Guadalquivir, y, al volver a la hospedería,
encontré esperándome una cena que, en efecto, no era mala.
»Después de comer le dije a González que
me hiciera la cama. Entonces vi que se turbaba, y me dijo algunas cosas que no
tenían demasiado sentido. Finalmente me confesó que la hospedería estaba
frecuentada por fantasmas, que él y su familia pasaban todas las noches en una
granjita junto al río, y añadió que, si yo quería dormir allí también, me haría
preparar una cama junto a la suya.
»Esta propuesta me pareció muy fuera de
lugar. Le dije que se fuera a dormir donde quisiera, y que lo único que tenía
que hacer era mandarme a mi gente. González me obedeció y se retiró, meneando
la cabeza y encogiéndose de hombros.
»Mis criados llegaron al poco rato.
También ellos habían oído hablar de fantasmas y quisieron convencerme de pasar
la noche en la granja. Acogí sus consejos con cierta brutalidad, y les ordené
que me prepararan la cama en la misma habitación donde había cenado.
Me obedecieron,
aunque a regañadientes, y, cuando la cama estuvo hecha, me conjuraron una vez
más, con lágrimas en los ojos, para que fuera a dormir a la granja. Me
impacienté seriamente con sus invocaciones, y me permití ciertas demostraciones
que los pusieron en fuga; y, como no tenía la costumbre de hacerme desvestir
por mi gente, prescindí fácilmente de ellos para acostarme.
A todo eso, mis
criados habían sido más atentos de lo que yo merecía por mis modales con ellos:
habían dejado junto a mi cama una vela encendida, otra de recambio, dos
pistolas, y unos cuantos volúmenes cuya lectura podía mantenerme despierto;
pero lo cierto es que había perdido el sueño.
»Pasé un par de horas leyendo y
revolviéndome en la cama alternativamente. Luego oí el sonido de una campana o
un reloj que daba las doce de la medianoche. Aquello me sorprendió, ya que no
había oído sonar las demás horas. Al poco rato se abrió la puerta, y vi entrar
a mi madrastra. Iba en camisón de noche y llevaba en la mano un candelero. Se
me acercó de puntillas y con un dedo en los labios, como imponiéndome silencio.
Luego colocó su candelero en mi mesilla de noche, se sentó en mi cama me tomó
la mano, y me habló en estos términos:
»—Mi querido Pacheco, he aquí el momento
en que puedo proporcionarte los placeres que te tengo prometidos. Hace una hora
que hemos llegado a esta taberna. Tu padre se ha ido a dormir a la granja, pero
yo, al saber que tú estabas aquí, he obtenido permiso para pasar aquí la noche
con mi hermana Inesilla. Ella te espera, y está dispuesta a no negarte nada;
pero he de comunicarte las condiciones que he puesto para tu felicidad. Tú amas
a Inesilla, y yo te amo. Y no puede ser que, de los tres, dos sean felices a
expensas del tercero. Quiero que una sola cama nos sirva a todos esta noche.
Ven.
»Mi madrastra no me dejó tiempo de
contestarle; me tomó de la mano y me condujo de corredor en corredor hasta que
llegamos ante una puerta, por el ojo de cuya cerradura se puso a mirar.
»Cuando hubo mirado lo suficiente, me
dijo:
»—Todo marcha bien, ve tú mismo.
»Ocupé su puesto en la cerradura, y vi,
efectivamente, a la encantadora Inesilla en la cama; ¡pero qué lejos estaba del
recato que siempre le había visto! La expresión de sus ojos, su respiración
agitada, la animación de su tez, su actitud, todo en ella dejaba ver que
esperaba a un amante.
»Camila, tras dejarme mirar a conciencia,
me dijo:
»—Mi querido Pacheco, quédate en esta
puerta; cuando llegue el momento, vendré a avisarte.
»Cuando hubo entrado, volví a aplicar el
ojo a la cerradura, y vi mil cosas que me cuesta contar. Primero Camila se
desnudó, bastante exactamente; luego, metiéndose en la cama de su hermana, le
dijo:
»—Mi pobre Inesilla, ¿estás segura de
querer tener un amante? Pobre niña, no sabes el daño que te hará. Primero, te
abatirá, te pisoteará, y luego, te aplastará, te desgarrará.
»Cuando Camila consideró que su alumna
estaba lo bastante adoctrinada, vino a abrirme la puerta, me llevó a la cama, y
se acostó con nosotros.
»¿Qué os diré de aquella noche fatal?
Agoté las delicias y los crímenes. Largo rato combatí contra el sueño y la
naturaleza para prolongar otro tanto mis deleites infernales. Por fin me dormí,
y desperté, la mañana siguiente, debajo de la horca de los hermanos Zoto,
acostado entre sus infames cadáveres.
El ermitaño interrumpió en este punto al
demoníaco, y me dijo:
—Decidme, hijo mío, ¿qué os parece?
Supongo que os hubiera dado un miedo terrible encontraros acostado entre dos
cadáveres.
—Padre le respondí—, me ofendéis. Un
gentilhombre no debe tener miedo nunca, y menos todavía cuando tiene el honor
de ser capitán de los Guardias Valones.
—Pero, hijo mío —insistió el ermitaño—, ¿habíais
oído contar jamás que semejante aventura le hubiera ocurrido a alguien?
Titubeé un instante, y luego le contesté:
—Padre, si esta aventura le ha ocurrido
al señor Pacheco, también puede haberle ocurrido a otros; podré juzgar mejor si
accedéis a ordenarle que prosiga su relato.
El ermitaño se volvió hacia el poseso y
le dijo:
—¡Pacheco, Pacheco! En nombre de tu
redentor, te ordeno que prosigas tu relato.
Pacheco profirió un aullido espantoso y
continuó en estos términos:
—Estaba medio muerto cuando me alejé de
la horca. Me arrastré sin saber hacia dónde. Finalmente encontré a unos
viajeros que se apiadaron de mí y me llevaron de nuevo a la Venta Quemada.
Encontré al tabernero y a mi gente muy inquietos por mí. Les pregunté si mi
padre había dormido en la granja. Me contestaron que no había llegado nadie.
»No pude soportar el quedarme más tiempo
en la Venta, y reemprendí el camino de Andújar. No llegué hasta después de
ponerse el sol. La posada estaba llena; me prepararon una cama en la cocina y
me acosté, pero no conseguí dormirme, ya que me era imposible alejar de mi
mente los horrores de la noche anterior.
»Había dejado una vela encendida encima
del fogón de la cocina. De repente, se apagó, y sentí en seguida una especie de
escalofrío mortal que me heló la sangre en las venas.
«Alguien tiró de mi manta, luego oí una
vocecilla que decía:
»—Soy Camila, tu madrastra; tengo frío,
corazoncito, hazme sitio debajo de tu manta.
»Luego, otra voz dijo:
»—Yo soy Inesilla. Déjame entrar en tu
cama. Tengo frío, tengo frío.
»Luego sentí que una mano helada me cogía
por debajo del mentón. Hice acopio de todas mis fuerzas y dije, en voz alta.
»—¡Satán, retírate!
«Entonces, las vocecillas me dijeron:
»—¿Por qué nos echas? ¿No eres acaso
nuestro maridito? Tenemos frío. Vamos a hacer un poco de fuego.
»En efecto, vi al poco rato arder una
llama en el hogar de la cocina. Se hizo más clara, y vi, no a Inesilla y
Camila, sino a los dos hermanos de Zoto, colgados en la chimenea.
»Aquella visión me puso fuera de mí. Salí
de la cama. Salté por la ventana y me eché a correr por el campo. Hubo un
momento en que me felicité por haber escapado a tantos horrores, pero al
volverme vi que los dos hermanos me seguían. Me eché a correr de nuevo, y vi
que los ahorcados quedaban rezagados. Pero mi alegría no duró mucho. Aquellos
detestables seres se pusieron a avanzar a volteretas, y en un instante me
alcanzaron. Seguí corriendo; pero al final las fuerzas me abandonaron.
»Entonces sentí que uno de los ahorcados
me asía por el talón del pie izquierdo. Quise librarme de él, pero el otro
ahorcado me cerró el paso. Se plantó delante mío, con unos ojos aterradores y
sacando una lengua que era roja como hierro recién sacado del fuego. Pedí
misericordia. Pero en vano. Con una mano me asió del cuello, y con la otra me
arrancó el ojo que me falta. En el vacío dejado por mi ojo metió su lengua
ardiente. Me lamió con ella el cerebro, y me hizo rugir de dolor.
«Entonces, el otro ahorcado, que me tenía
asido por la pierna izquierda, quiso también dar empleo a sus garras. Primero
empezó por hacerme cosquillas en la planta del pie que me tenía agarrado.
Luego, aquel monstruo arrancó la piel del pie, separó todos sus nervios, los
dejó al descubierto, y quiso tocar en ellos como en un instrumento musical;
pero como yo no emitía ningún sonido que le proporcionara placer, hundió el
pulgar en mi corva, pellizcó los tendones, y se puso a retorcerlos, tal como se
hace cuando se afina un arpa.
Finalmente, se puso a tocar con mi pierna, que
usaba a modo de salterio. Yo oía su risa diabólica. Mientras el dolor me
arrancaba mugidos aterradores, los aullidos del infierno les hacían coro. Pero
cuando llegué hasta oír el rechinar de dientes de los condenados, me pareció
que todas y cada una de mis fibras quedaban trituradas por sus dientes. Por fin
perdí el conocimiento.
»El día siguiente, unos pastores me
encontraron en pleno campo y me trajeron a esta ermita. Aquí he confesado mis
pecados, y he encontrado al pie de la cruz algún alivio a mis males.
En este punto, el demoníaco profirió un
aullido espantoso y se calló.
Entonces, el ermitaño tomó la palabra y
me dijo:
—Joven, ya veis cuál es el poder de Satán;
rezad y llorad. Pero es tarde. Debemos separarnos. No os propongo que durmáis
en mi celda, porque Pacheco suelta durante la noche unos gritos que podrían
incomodaros. Id a acostaros en la capilla. Allí estaréis bajo la protección de
la cruz, que triunfa de los demonios.
Contesté al ermitaño que me acostaría
donde me dijera. Llevamos a la capilla un pequeño catre de tijera. Me acosté en
él, y el ermitaño me deseó las buenas noches.
Cuando me quedé solo, me volvió a la
mente el relato de Pacheco. Encontraba en él mucha coincidencia con mis propias
aventuras, y seguía pensando en ello cuando oí las campanadas de medianoche.
No sabía si era el ermitaño el que las daba, o si era una vez más asunto de
fantasmas. Entonces oí rascar en mi puerta. Fui hacia allí y pregunté:
—¿Quién anda ahí?
Una vocecilla me respondió:
—Tenemos frío, abridnos, somos vuestras
mujercitas.
—¡Oh, claro, malditos ahorcados! —les
contesté—. Volved a vuestra horca y dejadme dormir.
Entonces, la vocecilla me dijo:
—Te burlas de nosotros porque estás en
una capilla, pero a ver si te atreves a salir.
—Allá voy —les repuse, acto seguido.
Fui a por mi espada y traté de salir,
pero me encontré con que la puerta estaba cerrada. Así se lo dije a los
fantasmas, que no me contestaron. Fui a acostarme y dormí hasta el día.