I
Diana Draper miraba por
la ventanilla del tren, pero no veía más paisaje que el de su pensamiento. Hacía
ya muchos meses que faltaba de su casa, aquella vieja quinta que había sido la
delicia de su infancia, aquella vieja quinta que había sido azotada por la
tragedia, aquella vieja quinta que había sido emponzoñada por la desconfianza y
el rencor...
No la esperaban hasta el día siguiente, pero Diana había preferido
anticipar su llegada, algo por dar una sorpresa a su padre y mucho por dar un
sofocón a su madrastra. ¡Su padre y su madrastra! ¡Dios, qué escándalo fue
aquél!
Rafael Valdeduero,
sentado casi frente a Diana, del otro lado del pasillo, volvía mecánicamente
las hojas de un libro, pero no tenía ojos más que para ella. “¿Qué estará
viendo esta chica en ese paisaje que no ve?”,
se preguntaba. “¡Y es guapa de veras!”
Diana Draper volvió un
instante la mirada y la detuvo fugazmente en su joven observador. “¡Vaya!”, se
dijo. “Parece que he hecho una conquista.” Pero no llegó a interesarle. Sonrió
con placer a la imagen de Félix Hocquart, que acababa de saltar al primer plano
de su pensamiento, y suspiró. ¡Félix! También él se sorprendería al verla
llegar aquella noche.
Habían sido novios toda su vida, pero, en realidad, no
hacía más que dos años que lo habían descubierto. ¡Cómo habían jugado de niños
en aquella casa inolvidable, en aquel parque a un tiempo espeso y transparente!
Félix Hocquart era el mejor, casi el único amigo de Willy ... ¡Willy!
“Está pensando en el
novio de su infancia”, observó Valdeduero mientras trataba de encender un
cigarrillo. “Pero hay algo más que un novio de la infancia en su pensamiento.”
“¡Pobre Willy!”, murmuró
Diana. Siempre había querido con delirio a aquel muchacho de aspecto indefenso,
a aquel su único hermano... ¡Cómo había sufrido Willy! Le parecía verlo con
aquel rebelde mechón de pelo sobre la frente, jugando a ser hombre cuando niño,
jugando como un niño cuando hombre... ¡Y la vida le había hecho aquella
jugarreta inconcebible!
Diana volvió a sentir la
escrutadora mirada de su desconocido compañero de viaje, y se agitó
nerviosamente. “¿Por qué vuelve las hojas de su libro, si parece estar leyendo
en mí?” Quiso desafiar la muda inquisición del hombre, pero desvió rápidamente
la mirada hacia el soleado verdor de la monótona llanura indiferente.
“Es evidente que le
intereso tan poco que ya empiezo a preocuparla”, reflexionó Valdeduero satisfecho.
Todo había sido
felicidad en casa de los Draper hasta el día de la tragedia, hasta el día en
que la madre de Diana murió en el camino de las casas de arriba. Fue como si el
tiempo se rompiera. Pero se había roto algo más que el tiempo. Su padre y su
madre, su hermano y Félix... y además, Yola...
Yola
había sido su amiga; en realidad, lo era todavía, a pesar de todo. Se habían
conocido en el colegio, y se había sentido atraída por aquella muchacha
enérgica, llena de vida, ambiciosa y dispuesta como una flecha en el arco; una
flecha que parecía haber dado de lleno en la expectativa ingenua y asombrada de
Willy.
Yola tenía cuatro años más que Diana y dos más que Willy. Quizá había
sido eso. Willy estaba enamorado... “¿Habrá estado realmente enamorado?”,
parecía preguntar Diana a un recio pino erguido que pasó fugazmente a su lado.
Pero Yola había evitado siempre una definición. Insinuante y esquiva, coqueta y
distante, cariñosa y frívola, parecía aceptarlo y rechazarlo continuamente en
sutil esgrima de sonrisas y desaires. “¿Habrá estado jugando con él, en
realidad?”, murmuró Diana a media voz.
Rafael Valdeduero siguió
el movimiento de sus labios y asimiló la frase. “Una comedia de amor; un drama
de celos”, concluyó. Y siguió con la vista la extraña trayectoria de la colilla
que arrojó al capricho del aire.
Diana Draper recordaba
aquel día radiante súbitamente ennegrecido por la muerte de su madre. Se había
caído del caballo. Nada más que una caída del caballo. Y la recogieron muerta.
Nada más. El tiempo quedó roto. Todo quedó roto. Todos quedaron rotos. Su
padre, un Heriberto Draper deshecho y acabado, se marchó de viaje. Willy se fue
a vivir con Félix a su casa de la ciudad. Ella aceptó aquel puesto en un
colegio, también en la ciudad. Y Yola... Yola desapareció.
La bomba estalló cuando
Heriberto Draper regresó. Habían ido a recibirlo al puerto los tres:
Willy, Félix, Diana... “¡Allí
está papá!” “¿Dónde?” “¡Allí! ¿No lo ves? Junto a...” Y las palabras
naufragaron en la sorpresa. “¡Pero...! ¿Con quién viene?” “¿No
es ... ?” Y era, ¡por cierto que era! ¿Qué hacía Yola a bordo, con su padre?
Willy había tenido una
escena violentísima con su padre; allí, en la vieja casa de la quinta. Pero
todo pareció arreglarse al fin. Diana frunció el entrecejo al recordar aquellas
palabras que Willy le contó luego: “Tienes que comprenderlo, hijo. No te he
quitado nada, porque nunca lo tuviste. Jugaste a tenerlo, pero no lo tuviste. Y
yo la necesito más que tú. Debes perdonarme si te he herido, pero advierte que
si he ofendido algo en ti no ha sido como rival afortunado, sino en tus
sentimientos de hijo que se subleva ante la idea de ver a su madre reemplazada.”
Siempre fue un misterio
para todos el encuentro en el extranjero de Heriberto Draper y Yola Canning...
Jamás preguntó nadie nada. Habían vuelto casados, simplemente. Eso fue todo. La
intervención de Félix Hocquart había terminado por resolver las cosas. Fue el
verdadero pacificador. ¡Cuánto le debían todos!
La maleta de Diana
comenzó a oscilar sobre su cabeza, en la red de equipajes. Valdeduero la miraba
curiosamente, como calculando la fuerza que necesitaría para caer.
Heriberto Draper había
querido que todos vivieran nuevamente en la quinta. Fue un ensayo penoso. No es
fácil acostumbrarse a ver a su más íntima amiga convertida en madrastra. Es
imposible soportar como mujer de su padre a la mujer que uno ha deseado para sí.
“¡Pobre Willy!” Había perdonado a su padre —¿o quizás no?—, pero no había
podido perdonar a Yola. ¿La seguía queriendo en un silencio devorado de
amargura? “Siempre he temido que la odiara desde entonces”, se dijo Diana, y no
consiguió dominar un estremecimiento.
Rafael Valdeduero pareció
seguir la estela de aquel escalofrío, y sus ojos se detuvieron en las manos
entrelazadas de la joven.
“Y esas miradas
suspicaces de papá... Eso es lo peor. Papá está celoso de Willy...”
La maleta de Diana se
asomó peligrosamente al borde de la red, como atraída por la magnética mirada
de Rafael Valdeduero. Diana levantó la cabeza, misteriosamente advertida... Y
el hábil salto del hombre le permitió recibir en sus brazos la no muy pesada
carga.
El primer instante de
estupor fue seguido, naturalmente, por las obligadas frases de gratitud, y la
conversación quedó inaugurada.
II
Seis personas conversaban
esforzadamente en el salón de la villa de los Draper, en Arroyo Blanco. El
diálogo languidecía asfixiado por la enrarecida atmósfera que pesaba sobre la
casa.
—Mañana llegará Diana
—decía Heriberto Draper—, y después de almorzar explicaré a todos los motivos
de esta reunión de familia que he convocado.
—¿No puedes adelantarnos
nada? —inquirió Yola más curiosa que interesada.
—No. Tienen que estar
todos.
—¿A qué hora llegará
Diana? —preguntó Félix Hocquart casi con avidez.
—A las nueve iremos a la
estación —repuso Willy con afectada indiferencia—. ¿Se te hace largo el tiempo?
Félix no contestó,
sumergido, acaso, en la contemplación mental de su novia.
El coronel Teófilo
Aymerich, viejo amigo de la casa, se atusaba los generosos bigotes con ademán
mosqueteril. Su hermana Ursula, la más querida amiga de Graciela Conti —la
primera mujer de Draper—, miraba con no disimulado encono a Yola Canning...
“Te las arreglaste para
engatusarlo, bruja traicionera, pero no saldrás con todo tu plan...”
Yola Canning correspondía
a las miradas de Ursula Aymerich con desdeñosa sonrisa.
“Lo siento por ti. Eres
una arpía solterona, pero no te tengo miedo. Un poco de lástima, nada más.”
—¿Crees, realmente, que
es una buena idea? —dijo el coronel señalando a Draper con un índice casi
acusador.
—¿De qué hablas?
—preguntó el interpelado, sorprendido.
—De ese reunión de
familia...
Ursula Aymerich miró un
momento a su hermano, y volvió a clavar los ojos en Yola.
“No quieres más que su
dinero, ¿eh? Y crees que mañana será tu día...”
Yola Draper encendió un
cigarrillo y echó el humo en dirección de Ursula.
“No puedes con tu
despecho, ¿verdad? Estás enamorada de él desde que ibais juntos al colegio...
El pueblo entero lo sabe.”
“No saldrás con la
tuya...” “No podrás conmigo...”
Willy abría y cerraba su
encendedor, produciendo un ruido monótono y exasperante que parecía marcar los
tiempos de la tensión creciente.
—¿No puedes quedarte
quieto? —estalló su padre, irritado.
—Perdona —repuso Willy
sin mirarlo.
Félix Hocquart se levantó
y salió al parque sin decir una palabra.
—¿Quieres que bailemos,
Willy? —preguntó Yola con dulzura.
Heriberto Draper miró
inquisitivamente a su hijo.
—¿Bailar?... —dijo éste
como para sí—. ¿Qué?
—Lo que tú quieras. Algo
movido.
—Bueno.
III
Diana Draper estaba
asombrada de la naturalidad de su conversación con Rafael Valdeduero. Parecía
que aquel extraño conocía su vida como si la hubiera dictado. En realidad, la
había obligado a contársela..., sin la menor presión, desde luego.
—¿Amigos? —había dicho
él.
—Amigos —repuso ella—.
Pero, la verdad, me miraba usted de una manera... Llegó a fastidiarme.
—Me interesaba usted
—aclaró él haciendo un guiño—. Profesionalmente..., por supuesto.
—¿Profesionalmente?...
—Eso es. Escribo para el
teatro, ¿sabe usted?
—¡Ah!... Y le pareció que
yo desfallezco por dedicarme al teatro. ¿Cree que tengo tipo de actriz?
—De actriz, no. De
personaje. De personaje de drama familiar, exactamente.
Y por allí había empezado Valdeduero a sonsacarle la historia de su vida y su
familia.
—Así que va usted a una
reunión de familia... —comentó él cuando ella hubo terminado.
—Algo por el estilo. Pero
no sé en qué terminará todo.
—Tal vez se case usted
con su novio —contestó él volublemente—. Es un final algo vulgar, pero acaso
tenga sus atractivos.
—¡Sí! —saltó ella con no
contenido entusiasmo—. Pronto nos casaremos. Papá le está tan agradecido por su
intercesión cuando... Bueno, ya lo sabe. Le está tan agradecido, que ha hecho
de él su hombre de confianza. De modo que...
El tren llegó a la
estación de Arroyo Blanco. Rafael Valdeduero tomó la maleta de Diana en el
momento en que ésta se levantaba y dejaba caer su bolso de mano. La muchacha
miró consternada a su compañero, quien se agachó a recoger las llaves y el
tubito de carmín que se escaparon del abierto bolso.
Atardecía cuando Diana
Draper y Rafael Valdeduero se despidieron en el portón de la villa. “¡Qué
casualidad que viniera también a Arroyo Blanco!”, pensaba Diana mientras
avanzaba por el cuidado camino. “¿Y por qué se pondría pálido cuando nombré a
Yola Canning?”... y llegó a la casa
diciéndose que Rafael Valdeduero había aceptado demasiado pronto su invitación
a tomar café aquella noche.
IV
Diana Draper se detuvo
ante la puerta del ala izquierda y entró sigilosamente. Dejó la maleta al pie
de la escalera y tomó por el largo corredor que se abría a su izquierda. Su
padre estaría seguramente en la biblioteca y podría darle su proyectada
sorpresa...
Andando de puntillas,
Diana abrió la puerta de la biblioteca... y allí, en la penumbra de la espaciosa sala, junto a la ventana francesa que
daba al parque, vio algo que la llenó de horror... Permaneció rígida un
instante, luego sintió que las piernas cedían bajo su peso... Iba a caer, pero
se agarró fuertemente del escritorio... Abrió la boca para gritar, pero
consiguió dominarse... ¿Dominarse? ¿No giraba todo a su alrededor? ¿Qué era
aquella sangre que parecía anegarlo todo? Y empezó a caer, a caer, a seguir
cayendo, cayendo..., cayendo...
V
Un grito aterrador rompió
la quietud del aire.
—¡Yola!...
Y una carrera plural se
desató hacia la biblioteca.
—¿Qué pasa aquí?
—preguntó la autoritaria voz del coronel Aymerich.
Willy, Félix Hocquart y
Ursula llegaron tras él.
Heriberto Draper, de
rodillas en el suelo, contemplaba espantado la damasquinada empuñadura que
parecía plantada con abono de sangre en la espalda desnuda de Yola Canning, que
yacía junto a la ventana francesa que daba al parque.
Teófilo Aymerich no
esperó respuesta. Apartó a Draper con cierta solícita brusquedad y se inclinó
sobre Yola. Buscó la mirada de su hermana antes de menear casi
imperceptiblemente la cabeza, y tomó el mando.
—Que salgan todos, por
favor —ordenó.
Willy Draper cambió una
mirada con Félix Hocquart, y ambos obedecieron en silencio. Ursula Aymerich
tomó afectuosamente del brazo a Heriberto Draper, todavía alelado, y lo llevó
hacia la puerta.
El coronel miraba
fijamente el cadáver.
—¡Yola Canning!...
—murmuró.
Había oscurecido casi
totalmente. Aymerich encendió la luz y volvió a inclinarse sobre el cuerpo de
la mujer asesinada.
—¡Yola Canning!... —volvió
a decir.
Y una especie de eco
inesperado le repuso débilmente:
—Yola...
Aymerich se incorporó
bruscamente. ¿Qué era aquello? Y otra vez el apenas audible gemido:
—Yola...
El coronel sacudió
ferozmente la cabeza.
—¿Qué demonios... ?
—empezó a decir. Y se calló de súbito.
Caído junto al escritorio
había otro cuerpo de mujer, casi oculto por el mueble. Se precipitó
literalmente hacia él...
—¡Diana! —exclamó.
Pero Diana Draper recobraba
ya el conocimiento.
—Yola... —repetía—.
¡Yola!...
VI
El comisario Montroy, de
la Policía Judicial, había actuado con su habitual rapidez.
—Asesinato; sin duda
alguna —diagnosticó un poco innecesariamente.
—Es usted asombroso —le
había contestado el coronel con agresivo sarcasmo.
Todos habían sido ya
interrogados, y todos habían declarado qué estaban haciendo en el supuesto
momento del crimen. Pero nadie había conseguido demostrarlo.
Félix Hocquart había
estado paseando por el parque. Willy se estaba vistiendo para la comida. El
coronel leía en su cuarto. Ursula se negó a declarar y afirmó, muy
rotundamente, su absoluta solidaridad con el asesino.
—¿Debo entender que es
usted su cómplice? —había sugerido Montroy ahogando una maldición.
—No, señor —repuso ella
con altivez—. Debe usted entender que soy su partidaria.
Heriberto Draper se había
quedado solo en el salón escuchando las informaciones de bolsa que transmitían
por radiofonía. Luego se había dirigido a la biblioteca, según su invariable
costumbre, a leer los diarios de la tarde y...
—Y descubrió usted el cadáver —terminó el comisario—. ¡Que me maten si puedo
negarlo! Bien. Y ¿usted, señorita?...
Diana Draper explicó los
motivos de su temprana llegada.
—Quería darle una
sorpresa a mi padre. Entré de puntillas en la biblioteca, creyendo que ya
estaría allí, y...
—Y vio usted el cadáver cubierto de sangre, y se desmayó —concluyó Montroy con
cierta empecinada monotonía—. Ya me doy cuenta. Todo está perfectamente, ¡por
Satanás!
El coronel carraspeó en
evidente alarde de disgusto y se encaró con el comisario.
—Vea usted —le dijo—; no
me gusta nada su manera de preguntar, ni me da la gana de permitir que siga
usted con sus reticentes juramentos. ¿Me ha entendido?
Montroy torció el gesto.
—Usted verá, coronel...
Tampoco a mí me gusta nada este maldito asesinato, y no puedo permitirme el
lujo de creer todo lo que me dicen.
—¿Insiste usted?
—No tengo más remedio.
Que el diablo me lleve; pero un condenado asesinato necesita un condenado asesino...
—Y un asesino debe ser detenido —le interrumpió Aymerich—. Sí; lo comprendo,
por supuesto. Por eso me pregunto qué espera usted para ordenar una batida por
los alrededores. Tal vez esté todavía en el pueblo...
El comisario Montroy
logró lo que podría llamarse una sonrisa sintética.
—¿Y por qué no en esta
casa, coronel?... —replicó, ponzoñoso.
VII
La llegada de Rafael
Valdeduero a la casa de los Draper no fue, precisamente, un éxito de recepción,
pero no fue tampoco, evidentemente, un alarde de inoportunidad.
—¿Quién diablos es usted?
—le había preguntado el comisario cuando se lo encontró entrando casi en vilo
al imaginaria de la puerta.
—Soy un invitado que
viene a tomar café —respondió tranquilamente Valdeduero, depositando
cuidadosamente en el suelo al pataleante y furioso guardia.
—¿Y cómo rayos se atreve
a entrar así? ¿No le han dicho que aquí se ha cometido un asesinato?
—Por supuesto. Por eso he
entrado así. ¿O cree usted que yo tengo la manía de entrar en las casas
enarbolando porteros?
Montroy estaba ya a punto
de congestión.
—Pues se me está usted
largando con viento fresco —le gritó—, o lo pongo yo a la sombra hasta que se
le pase.
Rafael Valdeduero sonrió
seductoramente.
—Lo siento, comisario;
pero es imposible. Si aquí se ha cometido un asesinato, no puedo marcharme
hasta haberlo resuelto. Créame usted; el desenlace es fundamental y es mi
fuerte, ¿sabe usted? Soy un verdadero experto en desenlaces.
El comisario miraba
fascinado a su interlocutor.
—Además, comisario
—concluyó Valdeduero—, aquí hay una señorita que me interesa... Es el personaje
que me encontré en el tren.
Y ante la mirada
extraviada de Montroy, se dirigió serenamente hacia el interior de la casa.
Diana Draper recibió muy
amablemente a su invitado y lo presentó a cada uno de los presentes. La acogida
general fue bastante fría, pero él lo comprendió perfectamente. ¡No estaban las
cosas para cortesías! Contempló sucesivamente a todos, y llegó a una conclusión
asombrosa:
“¡No hay uno que no sea
culpable!”
Padre e hijo se conducían
como dos desconocidos. Estaban situados muy lejos el uno del otro, pero las
pocas veces que sus miradas coincidían se contemplaban como si no se hubiesen
visto en la vida. Félix Hocquart era muy mal actor, desde luego. Ocultaba algo,
y se le notaba casi sin verlo. Además, rehuía la compañía de Diana, que,
afligida, se refugiaba en los bizarros hermanos Aymerich.
Cuando el comisario
Montroy volvió al salón, Valdeduero le salió al paso.
—Bien, comisario, ¿sabe
usted algo?
—¡Sí! —rugió el
interpelado—. ¡Sé que usted se marcha!
—No, comisario. Información
falsa. Yo me quedo. ¿Cómo va usted a resolver el caso si me voy?
—El caso está resuelto,
joven. ¿Me entiende?
—¡Magnífico! ¿Cuál es su opinión?
Montroy lanzó una torva
mirada a la redonda, y anunció:
—Uno de ustedes ha
declarado en falso.
“¡Vaya!”, murmuró
Valdeduero para su coleto. “¡Qué hombre deduciendo!”
Teófilo Aymerich dirigió
al comisario una mirada incendiaria, pero no dijo palabra.
—Ese de ustedes que ha
declarado en falso es, obviamente, el asesino —continuó Montroy.
En el momento en que el
comisario se aclaraba la voz para lanzar su solemne orden de arresto, ocurrió
algo tremendo...
—¡No...! —gritó una voz
que más parecía el aullido de un espectro.
Y alguien se desplomó
pesadamente.
Montroy no pudo ocultar
su extrañeza, y se acercó con paso inseguro a Heriberto Draper.
—¡Está muerto! —anunció
con voz ronca.
Rafael Valdeduero estuvo
instantáneamente a su lado.
—Un síncope, comisario
—declaró después de examinar al caído.
—¿Es usted médico?
—preguntó Montroy, aun sin reaccionar.
—No, comisario. Ya le
dije a usted que soy especialista en desenlaces.
VIII
Se había encontrado en un
bolsillo de Heriberto Draper la confesión del crimen, y el asunto se cerró sin
mayor publicidad.
—Usted pensaba arrestar a
Willy, ¿verdad? —preguntó Valdeduero al sorprendido comisario.
—¿Cómo demonios lo sabe?
—Experiencia, amigo mío.
Usted sabe, el teatro... El móvil pasional era perfecto.
—Fue pasional, de todos
modos —anotó Montroy.
—No lo sabe usted bien,
comisario. ¡No sabe usted hasta qué punto!
Montroy se encogió de
hombros.
—Usted está loco, sin la
menor duda —dijo—. Más loco que una cabra subiendo por las paredes, ¡así me
cuelguen!
IX
Rafael Valdeduero y Diana
Draper conversaban al borde del estanque del parque.
—No creo que haya sido
papá —decía ella.
—Tampoco yo, por supuesto
—coincidió él.
La joven lo contempló
largamente.
—¿Y la confesión? —indagó
nerviosamente.
—Un oportuno embuchado
para convencer al comisario; nada más.
—¿Qué quiere usted decir?
—Eso; nada más que eso.
El comisario iba a detener a Willy, y Willy es inocente. Su padre sufrió el
síncope, incapaz ya de soportar la situación, y alguien pudo aprovechar su
muerte para que nadie sufriera más por causa de Yola Canning...
Diana Draper miró a
Valdeduero horrorizada.
—¿Pero quién pudo prever
que papá sufriría un síncope?
—Supongo que nadie. Pero
alguien previó que Montroy detendría a un inocente, y preparó esa confesión
para que el culpable reflexionara...
Hubo un momento de
silencio; un profundo silencio sólo turbado por el plácido rumor de la fronda.
Diana levantó la cabeza, que había ocultado entre las manos.
—De modo que la muerte de
papá...
—Salvó al criminal.
—Pero manchó su memoria.
—Nadie lo sabrá nunca.
—¿Sabe usted quién es el
asesino?
—Por supuesto.
—¿Por qué no lo denunció?
—Porque tengo una viga en
el ojo, que me impide ver la mota en el ojo de mi hermano.
—¿Qué espera usted de él?
—Que busque a un
sacerdote y se confiese cuanto antes.
—¿Nada más?
—Nada menos.
Diana Draper se levantó
pesadamente y echó a andar hacia la casa. Valdeduero la siguió y se detuvo tras
ella ante la puerta del ala izquierda. Entraron en silencio, y siguieron por el largo corredor que se abría a su izquierda, hasta la
puerta de la biblioteca... Cruzaron el umbral y se pararon ante el escritorio.
—¿Cómo lo supo? —murmuró
Diana conteniendo un sollozo.
—Porque allí, junto a la
ventana francesa que da al parque, Yola Canning y Félix Hocquart se estaban besando al caer la tarde...
Diana se mantuvo rígida.
—Porque el arma que mató
a Yola Canning es la plegadera en forma de puñal que tenía su padre en el
escritorio... Porque eso fue lo que encontró la mano de la persona que entró
aquí a dar una sorpresa, cuando la impresión de la sorpresa que ella recibió la
hizo aferrarse al escritorio para no caer...
—¿Qué más? —susurró Diana
con voz ausente.
—Porque se encontró un
bolso de mano junto a usted, aquí, al lado del escritorio... Pero el pincelito
del carmín estaba debajo del cadáver. Por todo eso, Diana... Porque Yola
Canning había pisoteado demasiadas cosas respetables... y porque las seguía pisoteando.
—¿Cómo sabe usted que
Félix?...
—El perfume de Yola en la
camisa de Félix...
Diana se apoyó en el
brazo de un sillón y permaneció así, con la mirada perdida a través del vano de
la ventana francesa.
—¿Y ahora? —murmuró al
cabo de un rato que pareció una eternidad.
—El telón ha caído, Diana
—contestó él muy quedo—. Ya no hay nadie en el teatro. Me voy a casa.
Rafael Valdeduero salió
al parque y se perdió tras un grupo de naranjos que ofrecían al aire la promesa
de sus ramas en flor.