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Historia del demoniaco pacheco - Jan Potocki


 —Nací en Córdoba, donde mi padre vivía en una situación más que holgada. Mi madre murió hace tres años. Mi padre pareció primero echarla mucho de menos, pero, al cabo de algunos meses, con ocasión de un viaje que hizo a Sevilla, se enamoró allí de una joven viuda, llamada Camila de Tormes. Esa persona no gozaba de muy buena reputación, y varios de los amigos de mi padre trataron de alejarlo de su trato; mas, a pesar de las molestias que ellos se tomaron, la boda se celebró dos años después de la muerte de mi madre. La ceremonia se hizo en Sevilla, y, al cabo de unos cuantos días, mi padre volvió a Córdoba, con Camila, su nueva mujer, y una hermana de Camila, llamada Inesilla.

»Mi nueva madrastra respondió perfectamente a la mala opinión que se tenía de ella, y sus comienzos en la casa consistieron en querer inspirarme amor. No lo consiguió. Me enamoré, sin embargo, pero fue de su hermana Inesilla. Mi pasión no tardó en hacerse tan fuerte que fui a arrojarme a los pies de mi padre y le pedí la mano de su cuñada.

»Mi padre me hizo levantar, bondadosamente, y me dijo:

»—Hijo mío, te prohíbo pensar en esa boda, te lo prohíbo por tres razones. Primera: pecaría contra la gravedad el que te convirtieras, en cierto modo, en cuñado de tu padre. Segunda: los santos cánones de la Iglesia no aprueban esta clase de matrimonios. Tercera: no quiero que te cases con Inesilla.

»Mi padre, tras comunicarme estas tres razones, me volvió la espalda y se marchó.

»Yo me retiré a mi habitación, donde me abandoné a la desesperación.

»Mi madrastra, a la que mi padre informó en seguida de lo que había ocurrido, vino a verme y me dijo que no tenía por qué afligirme, ya que, si no podía convertirme en marido de Inesilla, sí podía en cambio ser su cortejo, es decir, su amante, y que ella hacía del asunto cosa propia; pero, al mismo tiempo, me declaró el amor que sentía por mí, e hizo valer el sacrificio al que se sometía al cederme a su hermana. Demasiado oído presté yo a aquellas palabras que halagaban mi pasión, pero Inesilla era tan recatada que me parecía imposible que se la pudiera impulsar algún día a responder a mi amor.

»Por entonces, mi padre se decidió a hacer el viaje a Madrid, con la intención de solicitar la plaza de corregidor de Córdoba, y se llevó consigo a su mujer y su cuñada. Su ausencia había de ser sólo de dos meses, pero aquel plazo me pareció muy largo, porque estaba lejos de Inesilla.

»Cuando los dos meses estaban a punto de haber transcurrido, recibí carta de mi padre, ordenándome que saliera a su encuentro en la Venta Quemada, en la entrada de Sierra Morena. No me hubiera arriesgado fácilmente a pasar por Sierra Morena algunas semanas antes, pero precisamente acababan de ahorcar a los dos hermanos de Zoto. Su banda estaba dispersada, y los caminos se consideraban bastante seguros.

»Salí pues de Córdoba hacia las diez de la mañana, y fui a pernoctar en Andújar, en la posada de uno de los hospederos más parlanchines que hay en Andalucía. Ordené allí una cena abundante, comí una parte, y guardé el resto para el viaje.

»El día siguiente comí en Los Alcornoques con lo que me había guardado de la víspera, y aquella misma noche llegué a la Venta Quemada. No encontré allí a mi padre, pero, como en su carta me ordenaba que lo esperase, decidí hacerlo, de tanta mejor gana cuanto que me encontraba en una hospedería espaciosa y cómoda. El hospedero era entonces un tal González de Murcia, bastante buen hombre, aunque un poco fanfarrón; no se abstuvo de prometerme una cena digna de un grande de España. Mientras él se ocupaba de prepararla, fui a dar un paseo por a orilla del Guadalquivir, y, al volver a la hospedería, encontré esperándome una cena que, en efecto, no era mala.

»Después de comer le dije a González que me hiciera la cama. Entonces vi que se turbaba, y me dijo algunas cosas que no tenían demasiado sentido. Finalmente me confesó que la hospedería estaba frecuentada por fantasmas, que él y su familia pasaban todas las noches en una granjita junto al río, y añadió que, si yo quería dormir allí también, me haría preparar una cama junto a la suya.

»Esta propuesta me pareció muy fuera de lugar. Le dije que se fuera a dormir donde quisiera, y que lo único que tenía que hacer era mandarme a mi gente. González me obedeció y se retiró, meneando la cabeza y encogiéndose de hombros.

»Mis criados llegaron al poco rato. También ellos habían oído hablar de fantasmas y quisieron convencerme de pasar la noche en la granja. Acogí sus consejos con cierta brutalidad, y les ordené que me prepararan la cama en la misma habitación donde había cenado. 

Me obedecieron, aunque a regañadientes, y, cuando la cama estuvo hecha, me conjuraron una vez más, con lágrimas en los ojos, para que fuera a dormir a la granja. Me impacienté seriamente con sus invocaciones, y me permití ciertas demostraciones que los pusieron en fuga; y, como no tenía la costumbre de hacerme desvestir por mi gente, prescindí fácilmente de ellos para acostarme. 

A todo eso, mis criados habían sido más atentos de lo que yo merecía por mis modales con ellos: habían dejado junto a mi cama una vela encendida, otra de recambio, dos pistolas, y unos cuantos volúmenes cuya lectura podía mantenerme despierto; pero lo cierto es que había perdido el sueño.

»Pasé un par de horas leyendo y revolviéndome en la cama alternativamente. Luego oí el sonido de una campana o un reloj que daba las doce de la medianoche. Aquello me sorprendió, ya que no había oído sonar las demás horas. Al poco rato se abrió la puerta, y vi entrar a mi madrastra. Iba en camisón de noche y llevaba en la mano un candelero. Se me acercó de puntillas y con un dedo en los labios, como imponiéndome silencio. Luego colocó su candelero en mi mesilla de noche, se sentó en mi cama me tomó la mano, y me habló en estos términos:

»—Mi querido Pacheco, he aquí el momento en que puedo proporcionarte los placeres que te tengo prometidos. Hace una hora que hemos llegado a esta taberna. Tu padre se ha ido a dormir a la granja, pero yo, al saber que tú estabas aquí, he obtenido permiso para pasar aquí la noche con mi hermana Inesilla. Ella te espera, y está dispuesta a no negarte nada; pero he de comunicarte las condiciones que he puesto para tu felicidad. Tú amas a Inesilla, y yo te amo. Y no puede ser que, de los tres, dos sean felices a expensas del tercero. Quiero que una sola cama nos sirva a todos esta noche. Ven.

»Mi madrastra no me dejó tiempo de contestarle; me tomó de la mano y me condujo de corredor en corredor hasta que llegamos ante una puerta, por el ojo de cuya cerradura se puso a mirar.

»Cuando hubo mirado lo suficiente, me dijo:

»—Todo marcha bien, ve tú mismo.

»Ocupé su puesto en la cerradura, y vi, efectivamente, a la encantadora Inesilla en la cama; ¡pero qué lejos estaba del recato que siempre le había visto! La expresión de sus ojos, su respiración agitada, la animación de su tez, su actitud, todo en ella dejaba ver que esperaba a un amante.

»Camila, tras dejarme mirar a conciencia, me dijo:

»—Mi querido Pacheco, quédate en esta puerta; cuando llegue el momento, vendré a avisarte.

»Cuando hubo entrado, volví a aplicar el ojo a la cerradura, y vi mil cosas que me cuesta contar. Primero Camila se desnudó, bastante exactamente; luego, metiéndose en la cama de su hermana, le dijo:

»—Mi pobre Inesilla, ¿estás segura de querer tener un amante? Pobre niña, no sabes el daño que te hará. Primero, te abatirá, te pisoteará, y luego, te aplastará, te desgarrará.

»Cuando Camila consideró que su alumna estaba lo bastante adoctrinada, vino a abrirme la puerta, me llevó a la cama, y se acostó con nosotros.

»¿Qué os diré de aquella noche fatal? Agoté las delicias y los crímenes. Largo rato combatí contra el sueño y la naturaleza para prolongar otro tanto mis deleites infernales. Por fin me dormí, y desperté, la mañana siguiente, debajo de la horca de los hermanos Zoto, acostado entre sus infames cadáveres.

El ermitaño interrumpió en este punto al demoníaco, y me dijo:

—Decidme, hijo mío, ¿qué os parece? Supongo que os hubiera dado un miedo terrible encontraros acostado entre dos cadáveres.

—Padre le respondí—, me ofendéis. Un gentilhombre no debe tener miedo nunca, y menos todavía cuando tiene el honor de ser capitán de los Guardias Valones.

—Pero, hijo mío —insistió el ermitaño—, ¿habíais oído contar jamás que semejante aventura le hubiera ocurrido a alguien?

Titubeé un instante, y luego le contesté:

—Padre, si esta aventura le ha ocurrido al señor Pacheco, también puede haberle ocurrido a otros; podré juzgar mejor si accedéis a ordenarle que prosiga su relato.

El ermitaño se volvió hacia el poseso y le dijo:

—¡Pacheco, Pacheco! En nombre de tu redentor, te ordeno que prosigas tu relato.

Pacheco profirió un aullido espantoso y continuó en estos términos:

—Estaba medio muerto cuando me alejé de la horca. Me arrastré sin saber hacia dónde. Finalmente encontré a unos viajeros que se apiadaron de mí y me llevaron de nuevo a la Venta Quemada. Encontré al tabernero y a mi gente muy inquietos por mí. Les pregunté si mi padre había dormido en la granja. Me contestaron que no había llegado nadie.

»No pude soportar el quedarme más tiempo en la Venta, y reemprendí el camino de Andújar. No llegué hasta después de ponerse el sol. La posada estaba llena; me prepararon una cama en la cocina y me acosté, pero no conseguí dormirme, ya que me era imposible alejar de mi mente los horrores de la noche anterior.

»Había dejado una vela encendida encima del fogón de la cocina. De repente, se apagó, y sentí en seguida una especie de escalofrío mortal que me heló la sangre en las venas.

«Alguien tiró de mi manta, luego oí una vocecilla que decía:

»—Soy Camila, tu madrastra; tengo frío, corazoncito, hazme sitio debajo de tu manta.

»Luego, otra voz dijo:

»—Yo soy Inesilla. Déjame entrar en tu cama. Tengo frío, tengo frío.

»Luego sentí que una mano helada me cogía por debajo del mentón. Hice acopio de todas mis fuerzas y dije, en voz alta.

»—¡Satán, retírate!

«Entonces, las vocecillas me dijeron:

»—¿Por qué nos echas? ¿No eres acaso nuestro maridito? Tenemos frío. Vamos a hacer un poco de fuego.

»En efecto, vi al poco rato arder una llama en el hogar de la cocina. Se hizo más clara, y vi, no a Inesilla y Camila, sino a los dos hermanos de Zoto, colgados en la chimenea.

»Aquella visión me puso fuera de mí. Salí de la cama. Salté por la ventana y me eché a correr por el campo. Hubo un momento en que me felicité por haber escapado a tantos horrores, pero al volverme vi que los dos hermanos me seguían. Me eché a correr de nuevo, y vi que los ahorcados quedaban rezagados. Pero mi alegría no duró mucho. Aquellos detestables seres se pusieron a avanzar a volteretas, y en un instante me alcanzaron. Seguí corriendo; pero al final las fuerzas me abandonaron.

»Entonces sentí que uno de los ahorcados me asía por el talón del pie izquierdo. Quise librarme de él, pero el otro ahorcado me cerró el paso. Se plantó delante mío, con unos ojos aterradores y sacando una lengua que era roja como hierro recién sacado del fuego. Pedí misericordia. Pero en vano. Con una mano me asió del cuello, y con la otra me arrancó el ojo que me falta. En el vacío dejado por mi ojo metió su lengua ardiente. Me lamió con ella el cerebro, y me hizo rugir de dolor.

«Entonces, el otro ahorcado, que me tenía asido por la pierna izquierda, quiso también dar empleo a sus garras. Primero empezó por hacerme cosquillas en la planta del pie que me tenía agarrado. Luego, aquel monstruo arrancó la piel del pie, separó todos sus nervios, los dejó al descubierto, y quiso tocar en ellos como en un instrumento musical; pero como yo no emitía ningún sonido que le proporcionara placer, hundió el pulgar en mi corva, pellizcó los tendones, y se puso a retorcerlos, tal como se hace cuando se afina un arpa. 

Finalmente, se puso a tocar con mi pierna, que usaba a modo de salterio. Yo oía su risa diabólica. Mientras el dolor me arrancaba mugidos aterradores, los aullidos del infierno les hacían coro. Pero cuando llegué hasta oír el rechinar de dientes de los condenados, me pareció que todas y cada una de mis fibras quedaban trituradas por sus dientes. Por fin perdí el conocimiento.

»El día siguiente, unos pastores me encontraron en pleno campo y me trajeron a esta ermita. Aquí he confesado mis pecados, y he encontrado al pie de la cruz algún alivio a mis males.

En este punto, el demoníaco profirió un aullido espantoso y se calló.

Entonces, el ermitaño tomó la palabra y me dijo:

—Joven, ya veis cuál es el poder de Satán; rezad y llorad. Pero es tarde. Debemos separarnos. No os propongo que durmáis en mi celda, porque Pacheco suelta durante la noche unos gritos que podrían incomodaros. Id a acostaros en la capilla. Allí estaréis bajo la protección de la cruz, que triunfa de los demonios.

Contesté al ermitaño que me acostaría donde me dijera. Llevamos a la capilla un pequeño catre de tijera. Me acosté en él, y el ermitaño me deseó las buenas noches.

Cuando me quedé solo, me volvió a la mente el relato de Pacheco. Encontraba en él mucha coincidencia con mis propias aventuras, y seguía pensando en ello cuando oí las campanadas de medianoche. No sabía si era el ermitaño el que las daba, o si era una vez más asunto de fantasmas. Entonces oí rascar en mi puerta. Fui hacia allí y pregunté:

—¿Quién anda ahí?

Una vocecilla me respondió:

—Tenemos frío, abridnos, somos vuestras mujercitas.

—¡Oh, claro, malditos ahorcados! —les contesté—. Volved a vuestra horca y dejadme dormir.

Entonces, la vocecilla me dijo:

—Te burlas de nosotros porque estás en una capilla, pero a ver si te atreves a salir.

—Allá voy —les repuse, acto seguido.

Fui a por mi espada y traté de salir, pero me encontré con que la puerta estaba cerrada. Así se lo dije a los fantasmas, que no me contestaron. Fui a acostarme y dormí hasta el día.

Crimen en la familia - Ameltax Mayfer

 I

Diana Draper miraba por la ventanilla del tren, pero no veía más paisaje que el de su pensamiento. Hacía ya muchos meses que faltaba de su casa, aquella vieja quinta que había sido la delicia de su infancia, aquella vieja quinta que había sido azotada por la tragedia, aquella vieja quinta que había sido emponzoñada por la desconfianza y el rencor... 

No la esperaban hasta el día siguiente, pero Diana había preferido anticipar su llegada, algo por dar una sorpresa a su padre y mucho por dar un sofocón a su madrastra. ¡Su padre y su madrastra! ¡Dios, qué escándalo fue aquél!

Rafael Valdeduero, sentado casi frente a Diana, del otro lado del pasillo, volvía mecánicamente las hojas de un libro, pero no tenía ojos más que para ella. “¿Qué estará viendo esta chica en ese paisaje que no ve?”, se preguntaba. “¡Y es guapa de veras!”

Diana Draper volvió un instante la mirada y la detuvo fugazmente en su joven observador. “¡Vaya!”, se dijo. “Parece que he hecho una conquista.” Pero no llegó a interesarle. Sonrió con placer a la imagen de Félix Hocquart, que acababa de saltar al primer plano de su pensamiento, y suspiró. ¡Félix! También él se sorprendería al verla llegar aquella noche. 

Habían sido novios toda su vida, pero, en realidad, no hacía más que dos años que lo habían descubierto. ¡Cómo habían jugado de niños en aquella casa inolvidable, en aquel parque a un tiempo espeso y transparente! Félix Hocquart era el mejor, casi el único amigo de Willy ... ¡Willy!

“Está pensando en el novio de su infancia”, observó Valdeduero mientras trataba de encender un cigarrillo. “Pero hay algo más que un novio de la infancia en su pensamiento.”

“¡Pobre Willy!”, murmuró Diana. Siempre había querido con delirio a aquel muchacho de aspecto indefenso, a aquel su único hermano... ¡Cómo había sufrido Willy! Le parecía verlo con aquel rebelde mechón de pelo sobre la frente, jugando a ser hombre cuando niño, jugando como un niño cuando hombre... ¡Y la vida le había hecho aquella jugarreta inconcebible!

Diana volvió a sentir la escrutadora mirada de su desconocido compañero de viaje, y se agitó nerviosamente. “¿Por qué vuelve las hojas de su libro, si parece estar leyendo en mí?” Quiso desafiar la muda inquisición del hombre, pero desvió rápidamente la mirada hacia el soleado verdor de la monótona llanura indiferente.

“Es evidente que le intereso tan poco que ya empiezo a preocuparla”, reflexionó Valdeduero satisfecho.

Todo había sido felicidad en casa de los Draper hasta el día de la tragedia, hasta el día en que la madre de Diana murió en el camino de las casas de arriba. Fue como si el tiempo se rompiera. Pero se había roto algo más que el tiempo. Su padre y su madre, su hermano y Félix... y además, Yola... 

Yola había sido su amiga; en realidad, lo era todavía, a pesar de todo. Se habían conocido en el colegio, y se había sentido atraída por aquella muchacha enérgica, llena de vida, ambiciosa y dispuesta como una flecha en el arco; una flecha que parecía haber dado de lleno en la expectativa ingenua y asombrada de Willy. 

Yola tenía cuatro años más que Diana y dos más que Willy. Quizá había sido eso. Willy estaba enamorado... “¿Habrá estado realmente enamorado?”, parecía preguntar Diana a un recio pino erguido que pasó fugazmente a su lado. Pero Yola había evitado siempre una definición. Insinuante y esquiva, coqueta y distante, cariñosa y frívola, parecía aceptarlo y rechazarlo continuamente en sutil esgrima de sonrisas y desaires. “¿Habrá estado jugando con él, en realidad?”, murmuró Diana a media voz.

Rafael Valdeduero siguió el movimiento de sus labios y asimiló la frase. “Una comedia de amor; un drama de celos”, concluyó. Y siguió con la vista la extraña trayectoria de la colilla que arrojó al capricho del aire.

Diana Draper recordaba aquel día radiante súbitamente ennegrecido por la muerte de su madre. Se había caído del caballo. Nada más que una caída del caballo. Y la recogieron muerta. Nada más. El tiempo quedó roto. Todo quedó roto. Todos quedaron rotos. Su padre, un Heriberto Draper deshecho y acabado, se marchó de viaje. Willy se fue a vivir con Félix a su casa de la ciudad. Ella aceptó aquel puesto en un colegio, también en la ciudad. Y Yola... Yola desapareció.

La bomba estalló cuando Heriberto Draper regresó. Habían ido a recibirlo al puerto los tres:

Willy, Félix, Diana... “¡Allí está papá!” “¿Dónde?” “¡Allí! ¿No lo ves? Junto a...” Y las palabras naufragaron en la sorpresa. “¡Pero...! ¿Con quién viene?” “¿No es ... ?” Y era, ¡por cierto que era! ¿Qué hacía Yola a bordo, con su padre?

Willy había tenido una escena violentísima con su padre; allí, en la vieja casa de la quinta. Pero todo pareció arreglarse al fin. Diana frunció el entrecejo al recordar aquellas palabras que Willy le contó luego: “Tienes que comprenderlo, hijo. No te he quitado nada, porque nunca lo tuviste. Jugaste a tenerlo, pero no lo tuviste. Y yo la necesito más que tú. Debes perdonarme si te he herido, pero advierte que si he ofendido algo en ti no ha sido como rival afortunado, sino en tus sentimientos de hijo que se subleva ante la idea de ver a su madre reemplazada.”

Siempre fue un misterio para todos el encuentro en el extranjero de Heriberto Draper y Yola Canning... Jamás preguntó nadie nada. Habían vuelto casados, simplemente. Eso fue todo. La intervención de Félix Hocquart había terminado por resolver las cosas. Fue el verdadero pacificador. ¡Cuánto le debían todos!

La maleta de Diana comenzó a oscilar sobre su cabeza, en la red de equipajes. Valdeduero la miraba curiosamente, como calculando la fuerza que necesitaría para caer.

Heriberto Draper había querido que todos vivieran nuevamente en la quinta. Fue un ensayo penoso. No es fácil acostumbrarse a ver a su más íntima amiga convertida en madrastra. Es imposible soportar como mujer de su padre a la mujer que uno ha deseado para sí. “¡Pobre Willy!” Había perdonado a su padre —¿o quizás no?—, pero no había podido perdonar a Yola. ¿La seguía queriendo en un silencio devorado de amargura? “Siempre he temido que la odiara desde entonces”, se dijo Diana, y no consiguió dominar un estremecimiento.

Rafael Valdeduero pareció seguir la estela de aquel escalofrío, y sus ojos se detuvieron en las manos entrelazadas de la joven.

“Y esas miradas suspicaces de papá... Eso es lo peor. Papá está celoso de Willy...”

La maleta de Diana se asomó peligrosamente al borde de la red, como atraída por la magnética mirada de Rafael Valdeduero. Diana levantó la cabeza, misteriosamente advertida... Y el hábil salto del hombre le permitió recibir en sus brazos la no muy pesada carga.

El primer instante de estupor fue seguido, naturalmente, por las obligadas frases de gratitud, y la conversación quedó inaugurada.

 II

Seis personas conversaban esforzadamente en el salón de la villa de los Draper, en Arroyo Blanco. El diálogo languidecía asfixiado por la enrarecida atmósfera que pesaba sobre la casa.

—Mañana llegará Diana —decía Heriberto Draper—, y después de almorzar explicaré a todos los motivos de esta reunión de familia que he convocado.

—¿No puedes adelantarnos nada? —inquirió Yola más curiosa que interesada.

—No. Tienen que estar todos.

—¿A qué hora llegará Diana? —preguntó Félix Hocquart casi con avidez.

—A las nueve iremos a la estación —repuso Willy con afectada indiferencia—. ¿Se te hace largo el tiempo?

Félix no contestó, sumergido, acaso, en la contemplación mental de su novia.

El coronel Teófilo Aymerich, viejo amigo de la casa, se atusaba los generosos bigotes con ademán mosqueteril. Su hermana Ursula, la más querida amiga de Graciela Conti —la primera mujer de Draper—, miraba con no disimulado encono a Yola Canning...

“Te las arreglaste para engatusarlo, bruja traicionera, pero no saldrás con todo tu plan...”

Yola Canning correspondía a las miradas de Ursula Aymerich con desdeñosa sonrisa.

“Lo siento por ti. Eres una arpía solterona, pero no te tengo miedo. Un poco de lástima, nada más.”

—¿Crees, realmente, que es una buena idea? —dijo el coronel señalando a Draper con un índice casi acusador.

—¿De qué hablas? —preguntó el interpelado, sorprendido.

—De ese reunión de familia...

Ursula Aymerich miró un momento a su hermano, y volvió a clavar los ojos en Yola.

“No quieres más que su dinero, ¿eh? Y crees que mañana será tu día...”

Yola Draper encendió un cigarrillo y echó el humo en dirección de Ursula.

“No puedes con tu despecho, ¿verdad? Estás enamorada de él desde que ibais juntos al colegio... El pueblo entero lo sabe.”

“No saldrás con la tuya...” “No podrás conmigo...”

Willy abría y cerraba su encendedor, produciendo un ruido monótono y exasperante que parecía marcar los tiempos de la tensión creciente.

—¿No puedes quedarte quieto? —estalló su padre, irritado.

—Perdona —repuso Willy sin mirarlo.

Félix Hocquart se levantó y salió al parque sin decir una palabra.

—¿Quieres que bailemos, Willy? —preguntó Yola con dulzura.

Heriberto Draper miró inquisitivamente a su hijo.

—¿Bailar?... —dijo éste como para sí—. ¿Qué?

—Lo que tú quieras. Algo movido.

—Bueno.

 III

Diana Draper estaba asombrada de la naturalidad de su conversación con Rafael Valdeduero. Parecía que aquel extraño conocía su vida como si la hubiera dictado. En realidad, la había obligado a contársela..., sin la menor presión, desde luego.

—¿Amigos? —había dicho él.

—Amigos —repuso ella—. Pero, la verdad, me miraba usted de una manera... Llegó a fastidiarme.

—Me interesaba usted —aclaró él haciendo un guiño—. Profesionalmente..., por supuesto.

—¿Profesionalmente?...

—Eso es. Escribo para el teatro, ¿sabe usted?

—¡Ah!... Y le pareció que yo desfallezco por dedicarme al teatro. ¿Cree que tengo tipo de actriz?

—De actriz, no. De personaje. De personaje de drama familiar, exactamente.

Y por allí había empezado Valdeduero a sonsacarle la historia de su vida y su familia.

—Así que va usted a una reunión de familia... —comentó él cuando ella hubo terminado.

—Algo por el estilo. Pero no sé en qué terminará todo.

—Tal vez se case usted con su novio —contestó él volublemente—. Es un final algo vulgar, pero acaso tenga sus atractivos.

—¡Sí! —saltó ella con no contenido entusiasmo—. Pronto nos casaremos. Papá le está tan agradecido por su intercesión cuando... Bueno, ya lo sabe. Le está tan agradecido, que ha hecho de él su hombre de confianza. De modo que...

El tren llegó a la estación de Arroyo Blanco. Rafael Valdeduero tomó la maleta de Diana en el momento en que ésta se levantaba y dejaba caer su bolso de mano. La muchacha miró consternada a su compañero, quien se agachó a recoger las llaves y el tubito de carmín que se escaparon del abierto bolso.

Atardecía cuando Diana Draper y Rafael Valdeduero se despidieron en el portón de la villa. “¡Qué casualidad que viniera también a Arroyo Blanco!”, pensaba Diana mientras avanzaba por el cuidado camino. “¿Y por qué se pondría pálido cuando nombré a Yola Canning?”... y llegó a la casa diciéndose que Rafael Valdeduero había aceptado demasiado pronto su invitación a tomar café aquella noche.

 IV

Diana Draper se detuvo ante la puerta del ala izquierda y entró sigilosamente. Dejó la maleta al pie de la escalera y tomó por el largo corredor que se abría a su izquierda. Su padre estaría seguramente en la biblioteca y podría darle su proyectada sorpresa...

Andando de puntillas, Diana abrió la puerta de la biblioteca... y allí, en la penumbra de la espaciosa sala, junto a la ventana francesa que daba al parque, vio algo que la llenó de horror... Permaneció rígida un instante, luego sintió que las piernas cedían bajo su peso... Iba a caer, pero se agarró fuertemente del escritorio... Abrió la boca para gritar, pero consiguió dominarse... ¿Dominarse? ¿No giraba todo a su alrededor? ¿Qué era aquella sangre que parecía anegarlo todo? Y empezó a caer, a caer, a seguir cayendo, cayendo..., cayendo...

V

Un grito aterrador rompió la quietud del aire.

—¡Yola!...

Y una carrera plural se desató hacia la biblioteca.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó la autoritaria voz del coronel Aymerich.

Willy, Félix Hocquart y Ursula llegaron tras él.

Heriberto Draper, de rodillas en el suelo, contemplaba espantado la damasquinada empuñadura que parecía plantada con abono de sangre en la espalda desnuda de Yola Canning, que yacía junto a la ventana francesa que daba al parque.

Teófilo Aymerich no esperó respuesta. Apartó a Draper con cierta solícita brusquedad y se inclinó sobre Yola. Buscó la mirada de su hermana antes de menear casi imperceptiblemente la cabeza, y tomó el mando.

—Que salgan todos, por favor —ordenó.

Willy Draper cambió una mirada con Félix Hocquart, y ambos obedecieron en silencio. Ursula Aymerich tomó afectuosamente del brazo a Heriberto Draper, todavía alelado, y lo llevó hacia la puerta.

El coronel miraba fijamente el cadáver.

—¡Yola Canning!... —murmuró.

Había oscurecido casi totalmente. Aymerich encendió la luz y volvió a inclinarse sobre el cuerpo de la mujer asesinada.

—¡Yola Canning!... —volvió a decir.

Y una especie de eco inesperado le repuso débilmente:

—Yola...

Aymerich se incorporó bruscamente. ¿Qué era aquello? Y otra vez el apenas audible gemido:

—Yola...

El coronel sacudió ferozmente la cabeza.

—¿Qué demonios... ? —empezó a decir. Y se calló de súbito.

Caído junto al escritorio había otro cuerpo de mujer, casi oculto por el mueble. Se precipitó literalmente hacia él...

—¡Diana! —exclamó.

Pero Diana Draper recobraba ya el conocimiento.

—Yola... —repetía—. ¡Yola!...

 VI

El comisario Montroy, de la Policía Judicial, había actuado con su habitual rapidez.

—Asesinato; sin duda alguna —diagnosticó un poco innecesariamente.

—Es usted asombroso —le había contestado el coronel con agresivo sarcasmo.

Todos habían sido ya interrogados, y todos habían declarado qué estaban haciendo en el supuesto momento del crimen. Pero nadie había conseguido demostrarlo.

Félix Hocquart había estado paseando por el parque. Willy se estaba vistiendo para la comida. El coronel leía en su cuarto. Ursula se negó a declarar y afirmó, muy rotundamente, su absoluta solidaridad con el asesino.

—¿Debo entender que es usted su cómplice? —había sugerido Montroy ahogando una maldición.

—No, señor —repuso ella con altivez—. Debe usted entender que soy su partidaria.

Heriberto Draper se había quedado solo en el salón escuchando las informaciones de bolsa que transmitían por radiofonía. Luego se había dirigido a la biblioteca, según su invariable costumbre, a leer los diarios de la tarde y...

—Y descubrió usted el cadáver —terminó el comisario—. ¡Que me maten si puedo negarlo! Bien. Y ¿usted, señorita?...

Diana Draper explicó los motivos de su temprana llegada.

—Quería darle una sorpresa a mi padre. Entré de puntillas en la biblioteca, creyendo que ya estaría allí, y...

—Y vio usted el cadáver cubierto de sangre, y se desmayó —concluyó Montroy con cierta empecinada monotonía—. Ya me doy cuenta. Todo está perfectamente, ¡por Satanás!

El coronel carraspeó en evidente alarde de disgusto y se encaró con el comisario.

—Vea usted —le dijo—; no me gusta nada su manera de preguntar, ni me da la gana de permitir que siga usted con sus reticentes juramentos. ¿Me ha entendido?

Montroy torció el gesto.

—Usted verá, coronel... Tampoco a mí me gusta nada este maldito asesinato, y no puedo permitirme el lujo de creer todo lo que me dicen.

—¿Insiste usted?

—No tengo más remedio. Que el diablo me lleve; pero un condenado asesinato necesita un condenado asesino...

—Y un asesino debe ser detenido —le interrumpió Aymerich—. Sí; lo comprendo, por supuesto. Por eso me pregunto qué espera usted para ordenar una batida por los alrededores. Tal vez esté todavía en el pueblo...

El comisario Montroy logró lo que podría llamarse una sonrisa sintética.

—¿Y por qué no en esta casa, coronel?... —replicó, ponzoñoso.

 VII

La llegada de Rafael Valdeduero a la casa de los Draper no fue, precisamente, un éxito de recepción, pero no fue tampoco, evidentemente, un alarde de inoportunidad.

—¿Quién diablos es usted? —le había preguntado el comisario cuando se lo encontró entrando casi en vilo al imaginaria de la puerta.

—Soy un invitado que viene a tomar café —respondió tranquilamente Valdeduero, depositando cuidadosamente en el suelo al pataleante y furioso guardia.

—¿Y cómo rayos se atreve a entrar así? ¿No le han dicho que aquí se ha cometido un asesinato?

—Por supuesto. Por eso he entrado así. ¿O cree usted que yo tengo la manía de entrar en las casas enarbolando porteros?

Montroy estaba ya a punto de congestión.

—Pues se me está usted largando con viento fresco —le gritó—, o lo pongo yo a la sombra hasta que se le pase.

Rafael Valdeduero sonrió seductoramente.

—Lo siento, comisario; pero es imposible. Si aquí se ha cometido un asesinato, no puedo marcharme hasta haberlo resuelto. Créame usted; el desenlace es fundamental y es mi fuerte, ¿sabe usted? Soy un verdadero experto en desenlaces.

El comisario miraba fascinado a su interlocutor.

—Además, comisario —concluyó Valdeduero—, aquí hay una señorita que me interesa... Es el personaje que me encontré en el tren.

Y ante la mirada extraviada de Montroy, se dirigió serenamente hacia el interior de la casa.

Diana Draper recibió muy amablemente a su invitado y lo presentó a cada uno de los presentes. La acogida general fue bastante fría, pero él lo comprendió perfectamente. ¡No estaban las cosas para cortesías! Contempló sucesivamente a todos, y llegó a una conclusión asombrosa:

“¡No hay uno que no sea culpable!”

Padre e hijo se conducían como dos desconocidos. Estaban situados muy lejos el uno del otro, pero las pocas veces que sus miradas coincidían se contemplaban como si no se hubiesen visto en la vida. Félix Hocquart era muy mal actor, desde luego. Ocultaba algo, y se le notaba casi sin verlo. Además, rehuía la compañía de Diana, que, afligida, se refugiaba en los bizarros hermanos Aymerich.

Cuando el comisario Montroy volvió al salón, Valdeduero le salió al paso.

—Bien, comisario, ¿sabe usted algo?

—¡Sí! —rugió el interpelado—. ¡Sé que usted se marcha!

—No, comisario. Información falsa. Yo me quedo. ¿Cómo va usted a resolver el caso si me voy?

—El caso está resuelto, joven. ¿Me entiende?

—¡Magnífico! ¿Cuál es su opinión?

Montroy lanzó una torva mirada a la redonda, y anunció:

—Uno de ustedes ha declarado en falso.

“¡Vaya!”, murmuró Valdeduero para su coleto. “¡Qué hombre deduciendo!”

Teófilo Aymerich dirigió al comisario una mirada incendiaria, pero no dijo palabra.

—Ese de ustedes que ha declarado en falso es, obviamente, el asesino —continuó Montroy.

En el momento en que el comisario se aclaraba la voz para lanzar su solemne orden de arresto, ocurrió algo tremendo...

—¡No...! —gritó una voz que más parecía el aullido de un espectro.

Y alguien se desplomó pesadamente.

Montroy no pudo ocultar su extrañeza, y se acercó con paso inseguro a Heriberto Draper.

—¡Está muerto! —anunció con voz ronca.

Rafael Valdeduero estuvo instantáneamente a su lado.

—Un síncope, comisario —declaró después de examinar al caído.

—¿Es usted médico? —preguntó Montroy, aun sin reaccionar.

—No, comisario. Ya le dije a usted que soy especialista en desenlaces. 

VIII

Se había encontrado en un bolsillo de Heriberto Draper la confesión del crimen, y el asunto se cerró sin mayor publicidad.

—Usted pensaba arrestar a Willy, ¿verdad? —preguntó Valdeduero al sorprendido comisario.

—¿Cómo demonios lo sabe?

—Experiencia, amigo mío. Usted sabe, el teatro... El móvil pasional era perfecto.

—Fue pasional, de todos modos —anotó Montroy.

—No lo sabe usted bien, comisario. ¡No sabe usted hasta qué punto!

Montroy se encogió de hombros.

—Usted está loco, sin la menor duda —dijo—. Más loco que una cabra subiendo por las paredes, ¡así me cuelguen!

 IX

Rafael Valdeduero y Diana Draper conversaban al borde del estanque del parque.

—No creo que haya sido papá —decía ella.

—Tampoco yo, por supuesto —coincidió él.

La joven lo contempló largamente.

—¿Y la confesión? —indagó nerviosamente.

—Un oportuno embuchado para convencer al comisario; nada más.

—¿Qué quiere usted decir?

—Eso; nada más que eso. El comisario iba a detener a Willy, y Willy es inocente. Su padre sufrió el síncope, incapaz ya de soportar la situación, y alguien pudo aprovechar su muerte para que nadie sufriera más por causa de Yola Canning...

Diana Draper miró a Valdeduero horrorizada.

—¿Pero quién pudo prever que papá sufriría un síncope?

—Supongo que nadie. Pero alguien previó que Montroy detendría a un inocente, y preparó esa confesión para que el culpable reflexionara...

Hubo un momento de silencio; un profundo silencio sólo turbado por el plácido rumor de la fronda. Diana levantó la cabeza, que había ocultado entre las manos.

—De modo que la muerte de papá...

—Salvó al criminal.

—Pero manchó su memoria.

—Nadie lo sabrá nunca.

—¿Sabe usted quién es el asesino?

—Por supuesto.

—¿Por qué no lo denunció?

—Porque tengo una viga en el ojo, que me impide ver la mota en el ojo de mi hermano.

—¿Qué espera usted de él?

—Que busque a un sacerdote y se confiese cuanto antes.

—¿Nada más?

—Nada menos.

Diana Draper se levantó pesadamente y echó a andar hacia la casa. Valdeduero la siguió y se detuvo tras ella ante la puerta del ala izquierda. Entraron en silencio, y siguieron por el largo corredor que se abría a su izquierda, hasta la puerta de la biblioteca... Cruzaron el umbral y se pararon ante el escritorio.

—¿Cómo lo supo? —murmuró Diana conteniendo un sollozo.

—Porque allí, junto a la ventana francesa que da al parque, Yola Canning y Félix Hocquart se estaban besando al caer la tarde...

Diana se mantuvo rígida.

—Porque el arma que mató a Yola Canning es la plegadera en forma de puñal que tenía su padre en el escritorio... Porque eso fue lo que encontró la mano de la persona que entró aquí a dar una sorpresa, cuando la impresión de la sorpresa que ella recibió la hizo aferrarse al escritorio para no caer...

—¿Qué más? —susurró Diana con voz ausente.

—Porque se encontró un bolso de mano junto a usted, aquí, al lado del escritorio... Pero el pincelito del carmín estaba debajo del cadáver. Por todo eso, Diana... Porque Yola Canning había pisoteado demasiadas cosas respetables... y porque las seguía pisoteando.

—¿Cómo sabe usted que Félix?...

—El perfume de Yola en la camisa de Félix...

Diana se apoyó en el brazo de un sillón y permaneció así, con la mirada perdida a través del vano de la ventana francesa.

—¿Y ahora? —murmuró al cabo de un rato que pareció una eternidad.

—El telón ha caído, Diana —contestó él muy quedo—. Ya no hay nadie en el teatro. Me voy a casa.

Rafael Valdeduero salió al parque y se perdió tras un grupo de naranjos que ofrecían al aire la promesa de sus ramas en flor.