El ser estaba inquieto. El acostumbrado ciclo se había interrumpido. Una
nueva vida debía despertar. Una vida sin cuerpo. Vida energética. Sólo dos
veces, durante la existencia del energetón, era posible el proceso del
nacimiento. Condición indispensable para ello era que hubiera suficiente
energía, tanto en forma de calor como de radiación.
Ya el tiempo de preparación para el extraordinario acontecimiento requería
una fuerza incrementada a lo largo de siglos, aunque eso, para el energetón,
fuera únicamente un período breve, sin importancia. Para conseguir la cantidad
de energía necesaria, el ser se veía forzado a extraer más potencia del doble
astro, del mismo modo que, sistemáticamente, le había sacado «alimento» a
través de los milenios.
*****
Cuando el doble sol se oscureció por tercera vez en este período, el
planeta sufrió algo semejante a un estremecimiento. Ni siquiera los más
ancianos habitantes del planeta Vanda, del sistema binario de Berthes,
recordaban un fenómeno parecido.
Tales eclipses aparecían generalmente una vez durante cada período e iban
acompañados de tremendas tormentas y tempestades de arena, que todo lo
arrasaban. Si un ser viviente no lograba refugiarse a tiempo en lugar seguro
cuando sobrevenía el temporal, su muerte era segura.
La desaparición de la humedad del aire, que coincidía con impresionantes
descargas eléctricas en la atmósfera, no daba posibilidad de supervivencia al
hombre indefenso.
Sobre todo al principio, durante el primer período de colonización, los
inmigrantes habían sufrido espantosas pérdidas. En la primera tormenta
sucumbió una tercera parte de los desprevenidos pobladores.
Desde entonces, al cabo de casi dos siglos de la colonización de Vanda, sus
habitantes estaban ya preparados para enfrentarse con tales fenómenos. Sólidas
casas de roca ofrecían enérgica resistencia a las tempestades, y altos mástiles
de acero, colocados en el centro de la doble población, desviaban hacia el
suelo la peligrosa electricidad de la atmósfera. Grandes depósitos de agua
proporcionaban a los edificios la seguridad que el aire conservaría el grado de
humedad necesario.
En el transcurso de las tres últimas generaciones se había producido dos
veces la repetición del eclipse del doble astro dentro de un mismo período.
Apenas repuesto el planeta de las consecuencias del primer oscurecimiento, se
había visto azotado de nuevo por las tormentas anunciadoras del segundo. Las
devastaciones fueron terribles, y también hubo que lamentar desgracias
personales.
*****
El nuevo energetón iniciaba su existencia. Ansioso absorbía ya las
energías, para que el nacimiento fuera más fácil. En ese instante debía
separarse de su madre en una difícil y agotadora operación.
En consecuencia, el energetón madre recurrió por tercera vez en un solo
período al doble sol, con objeto de tener preparado suficiente alimento para el
descendiente.
Cuando en el horizonte comenzaron a dibujarse las primeras señales, Pierre
se hallaba trabajando en los campos de mengo. Este sustituto de la patata
terrestre era uno de los principales productos alimenticios del planeta. Pierre
hundió con brío su pala en el fangoso suelo, sin observar que Lyra corría a su
encuentro.
Desde lejos ella gritó sin alientos.
—¡Date prisa, Pierre! Tenemos que avisar a los demás y ayudarles...
—¿Cómo? ¿Y por qué?
—¡Vuelven a empezar las descargas azules!
—Pero eso significaría que...
—¡... Sí, que viene un tercer eclipse! —la muchacha terminó la frase.
—¡Corramos al pueblo, y hagamos lo que podamos!
Los dos jóvenes se tomaron de la mano y salieron a escape hacia la cercana
aldea. Allí reinaba una actividad angustiosa. La gente actuaba presa del pánico.
Había que acondicionar al ganado, preparar las provisiones y llenar los
depósitos de agua hasta los bordes.
Cuando Lyra llegó a la granja de sus padres, seguida del jadeante Pierre,
chocó contra los brazos de su madre. Aquella mujer, normalmente tan serena y
enérgica, estaba a punto de perder el control de sus nervios. La tormenta que
se aproximaba iba a frustrar todas las esperanzas de una buena cosecha.
Lyra intentó consolarla.
—¡Ánimo, madre, que el mundo no se hundirá por eso! Con las provisiones que
tenemos, de sobra resistiremos también el año próximo, aunque la tempestad
arrasara todos los campos.
—Sí, pero...
La pobre mujer rompió en sollozos y tardó en poder agregar:
—Busquen
a George... Seguro que está otra vez con sus aparatos, en
vez de ayudarnos...
*****
Al oír que llamaban a la puerta, George movió la cabeza malhumorado.
¡Precisamente ahora tenía que venir alguien a molestarle! ¿Es que no podían dejarle
en paz? ¿No se habían reído todavía bastante de él y de su afición? Le llamaban
el «escucha-estrellas», sólo porque se había construido un pequeño
radiotelescopio —conectado a un aparato emisor y receptor— con el cual se
dedicaba a buscar desconocidas fuentes de radio en el ámbito de la galaxia.
Claro que, hasta el momento, no había conseguido grandes éxitos. Pero él
no era hombre que capitulara tan pronto ante un problema. ¡Que la gente se
burlara de él cuanto quisiera! ¿Qué le importaba, al fin y al cabo, la falta de
comprensión de los demás?
George se concentró nuevamente en su aparato. Hoy parecía tener suerte.
Llevaba un rato percibiendo un extraño gemido entrecortado que, de vez en
cuando, se veía dominado por un sonido sordo y constante. El joven no se
explicaba tal fenómeno.
En aquel instante trataba de ajustar exactamente la fuente con ayuda de la
antena del tejado. Lo había intentado ya varias veces, pero la radiación se le
escapaba una y otra vez. Por consiguiente, se molestó mucho cuando la llamada
a la puerta se repitió.
—¡Adelante, maldición!
La cabeza ensortijada de Lyra asomó por el resquicio de la puerta. La
muchacha hizo una mueca.
—¡Aquí está nuestro sabio incomprendido! —exclamó—. ¿Qué, ya estás
escuchando la inmortal música de las esferas celestiales?
—¡Déjame tranquilo! ¿Qué quieres ahora? No tengo tiempo...
—Calma, George —intervino Pierre, apartando a Lyra al mismo tiempo que se
acercaba al receptor—. Oye, ¿qué significa ese piar en el aparato?
—¡Eso no tiene importancia ahora! —protestó Lyra—. George, debes saber que
nos espera un tercer eclipse. Tienes que ayudarnos a prepararlo todo.
—¡Imposible! Sería la primera vez que eso ocurre.
—Pues llegó esa primera vez —señaló Pierre con cierto aire de
condescendencia—. Pero no me dijiste aún qué son esos ruidos tan raros que hace
tu receptor.
Inmediatamente, los dos jóvenes se enfrascaron en una viva discusión. Tras
repetidos intentos de interrumpir su conversación, Lyra comprendió que nada
conseguiría, por lo que abandonó la estancia sin hacer ruido y se reunió con su
madre para acabar con ésta los preparativos.
*****
Pronto llegó el momento. El nuevo ser comenzó a moverse. Como una esponja
iba chupando las energías extraídas del doble sol. El energetón madre se veía
obligado a proporcionarle cantidades cada vez mayores.
Poco a poco se inició la separación del cuerpo original. El ser materno
cayó en unas ligeras convulsiones para facilitar el proceso. De una densidad
electromagnética increíblemente escasa por naturaleza, estas convulsiones
produjeron una retracción. El energetón se espesó. Si antes era invisible a
causa de la delicada distribución —incluso había sido inútil la radiación
procedente del doble sol—, la nueva conglomeración produjo una suave luminosidad
azul y fosforescente.
*****
En su acalorada discusión, los dos muchachos no se dieron cuenta, de
momento, que la fuente de radio había vuelto a desaparecer. Fue la súbita falta
de señales lo que les hizo reaccionar.
—No lo entiendo en absoluto —dijo George con el ceño fruncido—. No puede
existir una fuente que varíe de lugar con tanta rapidez.
—Quizá se trate de una nave espacial.
—No, Pierre. Eso no es posible, pero...
Pensativo, George tomó las anotaciones que tenía sobre su mesa de trabajo
y, después de reflexionar con esfuerzo durante un par de minutos, corrió a la
ventana.
—¡Perthes! —gritó—. ¡Esa tiene que ser la solución! Sal conmigo. Creo que
lo descubrí.
Lleno de curiosidad, Pierre siguió a su amigo al exterior. Una vez fuera,
George contempló caviloso el doble sol. Una súbita ráfaga de viento había desgarrado
el velo de polvo, de modo que los dos astros quedaban perfectamente visibles.
Pierre apoyó una mano en el hombro del compañero.
—No creerás que... —comenzó a decir.
—Pues es la única posibilidad. Y dime, Pierre: ¿no observas nada especial?
Pero Pierre no descubrió nada raro, por mucho que se esforzara, y sacudió
la cabeza.
—¡Mira bien los dos soles!
Fue entonces cuando Pierre notó que el doble astro aparecía rodeado de un
halo de un azul fosforescente, fenómeno que no acertaba a explicarse. Nunca
había visto nada semejante.
Por eso prestó escasa atención a lo que al respecto decía el amigo hasta
que, de pronto, una de sus frases le arrancó de su estupor.
—¡No irás a afirmar que se trata de un ser viviente! ¿Ese resplandor
azulado...? ¡Pero eso es absurdo!
—¿Ves como nunca escuchas? Acabo de exponerte por qué ese gemido o ese
modo de piar, como prefieras llamarlo, tiene que ser la expresión de una forma
u otra de vida. A mí me recuerda algo así como..., como los ladridos de un
perro...
Por fin le comprendió Pierre.
—¡Los de una perra, querrás decir!
Ahora fue George el asombrado.
—¿Cómo...? ¿Qué...?
—Supongamos que una perra va a tener cachorros. ¿Qué hace entonces?
—Pues..., muchas cosas. Gemir quedamente, por ejemplo —respondió George.
—¿Te das cuenta? En consecuencia, si tu teoría es cierta, pudiera tratarse
aquí de un alumbramiento. Y para tal operación hace falta una cosa: ¡energía!
La energía que pueden suministrar en cantidad suficiente nuestros dos soles...
—Son gemidos, en efecto —comprobó George muy pensativo—. Y en ese caso...,
¡lo tengo, lo tengo...! —gritó el muchacho, volviendo a la casa a todo correr.
*****
Impulsado por el deseo de terminar cuanto antes el proceso de separación,
el energetón madre recurría cada vez con mayor frecuencia al abastecedor de
energía. Era una feliz casualidad que la poderosa fuente se hallara tan cerca.
Por regla general, el parto se producía mucho más despacio y solía acabar en
un total agotamiento del cuerpo materno.
Las convulsiones adquirieron mayor intensidad y el calor azul se puso más
denso. Pronto tendría efecto el nacimiento.
*****
Pierre había seguido lentamente a George a la casa. El primero estaba
manejando ya el ajuste de frecuencia del aparato, pero no el de recepción, sino
el de emisión.
—¿Qué significa eso? ¿Acaso vas a emitir?
—Sí, claro.
—No lo entiendo.
—Fuiste tú, precisamente, quien me dio la idea. ¿Qué hace un perro pequeño
cuando tiene miedo y se siente amenazado?
—Gimotea y aúlla.
—¿Cómo?
—Pues..., con voz aguda. Yo... Ahora ya sé lo que quieres hacer, pero...,
¿crees que tendremos éxito?
—Hay que intentarlo. Cuando el cachorro llora, la madre procura ayudarle.
Aquí no se trata de verdaderos aullidos, sino de algo que se manifiesta como
señales de radio. Si ahora, yo emito en ultrasonido, y lo hago de manera
entrecortada, entonces...
—...Entonces pudiera suceder que ese algo de allí arriba lo
tomara por una expresión de angustia y comprendiese, quizá, que la excesiva
extracción de energía de nuestros soles amenaza otras vidas.
—Exactamente.
Y George empezó a emitir.
La población de Vanda estaba al borde de la desesperación. Ráfagas cada
vez más furiosas reventaban el suelo de los campos de cultivo, y las cuidadas
plantaciones de frutales existían ya sólo en el recuerdo de los que fueran sus
propietarios.
Las descargas eléctricas alcanzaron un nuevo punto culminante. Tremendos
rayos hicieron tambalearse los mástiles de acero, que se veían envueltos en un
loco fuego de San Telmo. La gente permanecía apretujada en sus viviendas, en
espera de lo peor.
De repente, la oscura capa que cubría el cielo se abrió. La tempestad de
arena iba cediendo. Tampoco se repitieron las descargas eléctricas.
¿Un milagro? El doble astro brillaba con su antigua fuerza. Los habitantes
de Vanda se lanzaron al exterior con un inmenso alivio.
*****
¿Un milagro?
Aunque todo el mundo creyera en un hecho maravilloso, George y Pierre
estaban convencidos de lo contrario. Para ellos no existía duda que habían sido
testigos de un entendimiento entre el hombre y la vida cósmica.
Claro que George hubiera dado cualquier cosa por saber qué había entendido
aquel ser de su mensaje, y qué había sido de su cuerpo...