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Vampire The Masquerade - La senda del Eclipse por Zimorgh Arkhon

 LA SENDA DEL ECLIPSE


*Ama la libertad, pues libre se enriquece más el alma.
*Búscale fallos a los sistemas establecidos y rebélate ante ellos, pues de no hacerlo es como no querer mejorar uno mismo.
*Desestrésate provocando estrés, es como regresar la mala energía al ciclo de la vida.
*Expresa siempre tu opinión, educarás a unos y podrán educarte otros.
*No te quedes con la duda de nada, el conocimiento anticipado de las cosas da poder y entendimiento.
*Aceptar defectos propios es malo, pero no superarlos es peor.

JERARQUÍA DE PECADOS


10) No hacer un comentario sarcástico. 
- El sarcasmo es una herramienta útil para el alma propia, usada adecuadamente, es similar a un bisturí.
9) No hacerle una maldad a aquellos que conoces.
- La gente siempre recuerda lo malo, cuando la maldad hecha es memorable, siempre serás recordado entre aquellos a quien estimas y conoces.
8) No expresar algo que te moleste.
- Todos tenemos almas turbulentas, expresar nuestras quejas es compartir esa turbulencia y hacer entender a los demás que no somos como el resto del ganado.
7) Dejar de buscar algo de leer.
- La lectura es uno de los alimentos más provechosos para el alma, dejar de leer es matar de hambre el alma.
6) Dejar que abusen de uno.
- No enfrentar el abuso es aceptar ser inferior
5) Mostrarse hipócrita ante alguien poco agradable.
- La hierba mala siempre se separa del trigo, el silencio y la indiferencia son útiles para alejar a los indeseables
4) Fallar en "percibir" el carácter de alguien.
- La gente muestra evidentes señales de la clase de personas que son, pasar por alto esas señales significa un fallo a nuestras capacidades de crítica y percepción espiritual.
3) No buscar nuevas formas de provocar rabietas a los conocidos.
- La innovación previene el fastidio
2) Obedecer órdenes.
- La rebeldía es parte fundamental de nuestras almas.
1) Aceptar estar encadenado.
- La pérdida de la libertad es como la perdida de la existencia.

Alumbramiento Cósmico - Jörg Weigand

El ser estaba inquieto. El acostumbrado ciclo se había interrumpido. Una nueva vida debía desper­tar. Una vida sin cuerpo. Vida energética. Sólo dos veces, durante la existencia del energetón, era posi­ble el proceso del nacimiento. Condición indispensa­ble para ello era que hubiera suficiente energía, tanto en forma de calor como de radiación.

Ya el tiempo de preparación para el extraordina­rio acontecimiento requería una fuerza incremen­tada a lo largo de siglos, aunque eso, para el ener­getón, fuera únicamente un período breve, sin im­portancia. Para conseguir la cantidad de energía ne­cesaria, el ser se veía forzado a extraer más potencia del doble astro, del mismo modo que, sistemáticamente, le había sacado «alimento» a través de los milenios.

***** 

Cuando el doble sol se oscureció por tercera vez en este período, el planeta sufrió algo semejante a un estremecimiento. Ni siquiera los más ancianos habitantes del planeta Vanda, del sistema binario de Berthes, recordaban un fenómeno parecido.

Tales eclipses aparecían generalmente una vez durante cada período e iban acompañados de tre­mendas tormentas y tempestades de arena, que todo lo arrasaban. Si un ser viviente no lograba refugiar­se a tiempo en lugar seguro cuando sobrevenía el temporal, su muerte era segura.

La desaparición de la humedad del aire, que coin­cidía con impresionantes descargas eléctricas en la atmósfera, no daba posibilidad de supervivencia al hombre indefenso.

Sobre todo al principio, durante el primer pe­ríodo de colonización, los inmigrantes habían su­frido espantosas pérdidas. En la primera tormenta sucumbió una tercera parte de los desprevenidos pobladores.

Desde entonces, al cabo de casi dos siglos de la colonización de Vanda, sus habitantes estaban ya preparados para enfrentarse con tales fenómenos. Sólidas casas de roca ofrecían enérgica resistencia a las tempestades, y altos mástiles de acero, colo­cados en el centro de la doble población, desviaban hacia el suelo la peligrosa electricidad de la atmós­fera. Grandes depósitos de agua proporcionaban a los edificios la seguridad que el aire conservaría el grado de humedad necesario.

En el transcurso de las tres últimas generacio­nes se había producido dos veces la repetición del eclipse del doble astro dentro de un mismo período. Apenas repuesto el planeta de las consecuencias del pri­mer oscurecimiento, se había visto azotado de nuevo por las tormentas anunciadoras del segundo. Las devastaciones fueron terribles, y también hubo que lamentar desgracias personales.

***** 

El nuevo energetón iniciaba su existencia. Ansio­so absorbía ya las energías, para que el nacimiento fuera más fácil. En ese instante debía separarse de su madre en una difícil y agotadora operación.

En consecuencia, el energetón madre recurrió por tercera vez en un solo período al doble sol, con objeto de tener preparado suficiente alimento para el descendiente.

Cuando en el horizonte comenzaron a dibujarse las primeras señales, Pierre se hallaba trabajando en los campos de mengo. Este sustituto de la pa­tata terrestre era uno de los principales productos alimenticios del planeta. Pierre hundió con brío su pala en el fangoso suelo, sin observar que Lyra co­rría a su encuentro.

Desde lejos ella gritó sin alientos.

—¡Date prisa, Pierre! Tenemos que avisar a los demás y ayudarles...

—¿Cómo? ¿Y por qué?

—¡Vuelven a empezar las descargas azules!

—Pero eso significaría que...

—¡... Sí, que viene un tercer eclipse! —la mucha­cha terminó la frase.

—¡Corramos al pueblo, y hagamos lo que poda­mos!

Los dos jóvenes se tomaron de la mano y salieron a escape hacia la cercana aldea. Allí reinaba una ac­tividad angustiosa. La gente actuaba presa del pá­nico.

Había que acondicionar al ganado, preparar las provisiones y llenar los depósitos de agua hasta los bordes.

Cuando Lyra llegó a la granja de sus padres, se­guida del jadeante Pierre, chocó contra los brazos de su madre. Aquella mujer, normalmente tan sere­na y enérgica, estaba a punto de perder el control de sus nervios. La tormenta que se aproximaba iba a frustrar todas las esperanzas de una buena cose­cha.

Lyra intentó consolarla.

—¡Ánimo, madre, que el mundo no se hundirá por eso! Con las provisiones que tenemos, de sobra resistiremos también el año próximo, aunque la tem­pestad arrasara todos los campos.

—Sí, pero...

La pobre mujer rompió en sollozos y tardó en poder agregar:

—Busquen a George... Seguro que está otra vez con sus aparatos, en vez de ayudarnos...

***** 

Al oír que llamaban a la puerta, George movió la cabeza malhumorado. ¡Precisamente ahora tenía que venir alguien a molestarle! ¿Es que no podían de­jarle en paz? ¿No se habían reído todavía bastante de él y de su afición? Le llamaban el «escucha-estrellas», sólo porque se había construido un pequeño radiotelescopio —conectado a un aparato emisor y receptor— con el cual se dedicaba a buscar desco­nocidas fuentes de radio en el ámbito de la gala­xia.

Claro que, hasta el momento, no había consegui­do grandes éxitos. Pero él no era hombre que ca­pitulara tan pronto ante un problema. ¡Que la gente se burlara de él cuanto quisiera! ¿Qué le importaba, al fin y al cabo, la falta de comprensión de los de­más?

George se concentró nuevamente en su aparato. Hoy parecía tener suerte. Llevaba un rato percibien­do un extraño gemido entrecortado que, de vez en cuando, se veía dominado por un sonido sordo y constante. El joven no se explicaba tal fenómeno.

En aquel instante trataba de ajustar exactamente la fuente con ayuda de la antena del tejado. Lo ha­bía intentado ya varias veces, pero la radiación se le escapaba una y otra vez. Por consiguiente, se mo­lestó mucho cuando la llamada a la puerta se repi­tió.

—¡Adelante, maldición!

La cabeza ensortijada de Lyra asomó por el res­quicio de la puerta. La muchacha hizo una mueca.

—¡Aquí está nuestro sabio incomprendido! —ex­clamó—. ¿Qué, ya estás escuchando la inmortal mú­sica de las esferas celestiales?

—¡Déjame tranquilo! ¿Qué quieres ahora? No ten­go tiempo...

—Calma, George —intervino Pierre, apartando a Lyra al mismo tiempo que se acercaba al receptor—. Oye, ¿qué significa ese piar en el aparato?

—¡Eso no tiene importancia ahora! —protestó Lyra—. George, debes saber que nos espera un ter­cer eclipse. Tienes que ayudarnos a prepararlo todo.

—¡Imposible! Sería la primera vez que eso ocu­rre.

—Pues llegó esa primera vez —señaló Pierre con cierto aire de condescendencia—. Pero no me dijiste aún qué son esos ruidos tan raros que hace tu recep­tor.

Inmediatamente, los dos jóvenes se enfrascaron en una viva discusión. Tras repetidos intentos de interrumpir su conversación, Lyra comprendió que nada conseguiría, por lo que abandonó la estancia sin hacer ruido y se reunió con su madre para aca­bar con ésta los preparativos.

***** 

Pronto llegó el momento. El nuevo ser comenzó a moverse. Como una esponja iba chupando las ener­gías extraídas del doble sol. El energetón madre se veía obligado a proporcionarle cantidades cada vez mayores.

Poco a poco se inició la separación del cuerpo original. El ser materno cayó en unas ligeras con­vulsiones para facilitar el proceso. De una densidad electromagnética increíblemente escasa por natura­leza, estas convulsiones produjeron una retracción. El energetón se espesó. Si antes era invisible a causa de la delicada distribución —incluso había sido inútil la radiación procedente del doble sol—, la nueva conglomeración produjo una suave lumino­sidad azul y fosforescente.

***** 

En su acalorada discusión, los dos muchachos no se dieron cuenta, de momento, que la fuente de radio había vuelto a desaparecer. Fue la súbita fal­ta de señales lo que les hizo reaccionar.

—No lo entiendo en absoluto —dijo George con el ceño fruncido—. No puede existir una fuente que varíe de lugar con tanta rapidez.

—Quizá se trate de una nave espacial.

—No, Pierre. Eso no es posible, pero...

Pensativo, George tomó las anotaciones que te­nía sobre su mesa de trabajo y, después de reflexio­nar con esfuerzo durante un par de minutos, corrió a la ventana.

—¡Perthes! —gritó—. ¡Esa tiene que ser la solución! Sal conmigo. Creo que lo descubrí.

Lleno de curiosidad, Pierre siguió a su amigo al exterior. Una vez fuera, George contempló caviloso el doble sol. Una súbita ráfaga de viento había des­garrado el velo de polvo, de modo que los dos as­tros quedaban perfectamente visibles.

Pierre apoyó una mano en el hombro del compa­ñero.

—No creerás que... —comenzó a decir.

—Pues es la única posibilidad. Y dime, Pierre: ¿no observas nada especial?

Pero Pierre no descubrió nada raro, por mucho que se esforzara, y sacudió la cabeza.

—¡Mira bien los dos soles!

Fue entonces cuando Pierre notó que el doble as­tro aparecía rodeado de un halo de un azul fosfo­rescente, fenómeno que no acertaba a explicarse. Nunca había visto nada semejante.

Por eso prestó escasa atención a lo que al res­pecto decía el amigo hasta que, de pronto, una de sus frases le arrancó de su estupor.

—¡No irás a afirmar que se trata de un ser vi­viente! ¿Ese resplandor azulado...? ¡Pero eso es ab­surdo!

—¿Ves como nunca escuchas? Acabo de expo­nerte por qué ese gemido o ese modo de piar, como prefieras llamarlo, tiene que ser la expresión de una forma u otra de vida. A mí me recuerda algo así como..., como los ladridos de un perro...

Por fin le comprendió Pierre.

—¡Los de una perra, querrás decir!

Ahora fue George el asombrado.

—¿Cómo...? ¿Qué...?

—Supongamos que una perra va a tener cacho­rros. ¿Qué hace entonces?

—Pues..., muchas cosas. Gemir quedamente, por ejemplo —respondió George.

—¿Te das cuenta? En consecuencia, si tu teoría es cierta, pudiera tratarse aquí de un alumbramien­to. Y para tal operación hace falta una cosa: ¡ener­gía! La energía que pueden suministrar en cantidad suficiente nuestros dos soles...

—Son gemidos, en efecto —comprobó George muy pensativo—. Y en ese caso..., ¡lo tengo, lo ten­go...! —gritó el muchacho, volviendo a la casa a todo correr.

***** 

Impulsado por el deseo de terminar cuanto antes el proceso de separación, el energetón madre recu­rría cada vez con mayor frecuencia al abastecedor de energía. Era una feliz casualidad que la podero­sa fuente se hallara tan cerca. Por regla general, el parto se producía mucho más despacio y solía aca­bar en un total agotamiento del cuerpo materno.

Las convulsiones adquirieron mayor intensidad y el calor azul se puso más denso. Pronto tendría efecto el nacimiento.

***** 

Pierre había seguido lentamente a George a la casa. El primero estaba manejando ya el ajuste de frecuencia del aparato, pero no el de recepción, sino el de emisión.

—¿Qué significa eso? ¿Acaso vas a emitir?

—Sí, claro.

—No lo entiendo.

—Fuiste tú, precisamente, quien me dio la idea. ¿Qué hace un perro pequeño cuando tiene miedo y se siente amenazado?

—Gimotea y aúlla.

—¿Cómo?

—Pues..., con voz aguda. Yo... Ahora ya sé lo que quieres hacer, pero..., ¿crees que tendremos éxito?

—Hay que intentarlo. Cuando el cachorro llora, la madre procura ayudarle. Aquí no se trata de ver­daderos aullidos, sino de algo que se manifiesta co­mo señales de radio. Si ahora, yo emito en ultraso­nido, y lo hago de manera entrecortada, entonces...

—...Entonces pudiera suceder que ese algo de allí arriba lo tomara por una expresión de angus­tia y comprendiese, quizá, que la excesiva extracción de energía de nuestros soles amenaza otras vidas.

—Exactamente.

Y George empezó a emitir.

La población de Vanda estaba al borde de la de­sesperación. Ráfagas cada vez más furiosas reven­taban el suelo de los campos de cultivo, y las cui­dadas plantaciones de frutales existían ya sólo en el recuerdo de los que fueran sus propietarios.

Las descargas eléctricas alcanzaron un nuevo punto culminante. Tremendos rayos hicieron tamba­learse los mástiles de acero, que se veían envueltos en un loco fuego de San Telmo. La gente permanecía apretujada en sus viviendas, en espera de lo peor.

De repente, la oscura capa que cubría el cielo se abrió. La tempestad de arena iba cediendo. Tampoco se repitieron las descargas eléctricas.

¿Un milagro? El doble astro brillaba con su anti­gua fuerza. Los habitantes de Vanda se lanzaron al exterior con un inmenso alivio.

***** 

¿Un milagro?

Aunque todo el mundo creyera en un hecho mara­villoso, George y Pierre estaban convencidos de lo contrario. Para ellos no existía duda que habían sido testigos de un entendimiento entre el hombre y la vida cósmica.

Claro que George hubiera dado cualquier cosa por saber qué había entendido aquel ser de su men­saje, y qué había sido de su cuerpo...

El Conde Drácula - Woody Allen


En algún lugar de Transilvania yace Drácula, el monstruo, durmiendo en su ataúd y aguardando a que caiga la noche. Como el contacto con los rayos solares le causaría la muerte con toda seguridad, permanece en la oscuridad en su caja forrada de raso que lleva iniciales inscritas en plata. 

Luego, llega el momento de la oscuridad, y movido por instinto milagroso, el demonio emerge de la seguridad de su escondite y, asumiendo las formas espantosas de un murciélago o un lobo, recorre los alrededores y bebe la sangre de sus víctimas. 

Por último, antes de que los rayos de su gran enemigo, el sol, anuncien el nuevo día, se apresura a regresar a la seguridad de su ataúd protector y se duerme mientras vuelve a comenzar el ciclo.

Ahora, empieza a moverse. El movimiento de sus cejas responde a un instinto milenario e inexplicable, es señal de que el sol está a punto de desaparecer y se acerca la hora. Esta noche, está especialmente sediento y, mientras allí descansa, ya despierto, con el smoking y la capa forrada de rojo confeccionada en Londres, esperando sentir con espectral exactitud el momento preciso en que la oscuridad es total antes de abrir la tapa y salir, decide quiénes serán las víctimas de esta velada. 

El panadero y su mujer, reflexiona. Suculentos, disponibles y nada suspicaces. El pensamiento de esa pareja despreocupada, cuya confianza ha cultivado con meticulosidad, exita su sed de sangre y apenas puede aguantar estos últimos segundos de inactividad antes de salir del ataúd y abalanzarse sobre sus presas.

De pronto, sabe que el sol se ha ido. Como un ángel del infierno, se levanta rápidamente, se metamorfosea en murciélago y vuela febrilmente a la casa de sus tentadoras víctimas.

-¿Vaya, conde Drácula, que agradable sorpresa! -dice la mujer del panadero al abrir la puerta para dejarlo pasar. (Asumida otra vez su forma humana. entra en la casa ocultando, con sonrisa encantadora, su rapaz objetivo.)

-¿Qué le trae por aquí tan temprano? -pregunta el panadero.

-Nuestro compromiso de cenar juntos -contesta el conde-. Espero no haber cometido un error. Era esta noche, ¿no?

-Sí, esta noche, pero aún faltan siete horas.

-¿Cómo dice? -inquiere Drácula echando una mirada sorprendida a la habitación.

-¿O es que ha venido a contemplar el eclipse con nosotros?

-¿Eclipse?

-Así es. Hoy tenemos un eclipse total.

-¿Qué dice?

-Dos minutos de oscuridad total a partir de las doce del mediodía.

-¡Vaya por Dios! ¡Qué lío!

-¿Qué pasa, señor conde?

-Perdóneme... debo... Debo irme...Hem...¡Oh, qué lío!... -y, con frenesí, se aferra al picaporte de la puerta.

-¿Ya se va? Si acaba de llegar.

-Sí, pero, creo que...

-Conde Drácula, está usted muy pálido.

-¿Sí? necesito un poco de aire fresco. Me alegro de haberlos visto...

-¡Vamos! Siéntese. Tomaremos un buen vaso de vino juntos.

-¿Un vaso de vino? Oh, no, hace tiempo que dejé la bebida, ya sabe, el hígado y todo eso. Debo irme ya. Acabo de acordarme que dejé encendidas las luces de mi castillo... Imagínese la cuenta que recibiría a fin de mes...

-Por favor -dice el panadero pasándole al conde un brazo por el hombro en señal de amistad-. usted no molesta. No sea tan amable. Ha llegado temprano, eso es todo.

-Créalo, me gustaría quedarme, pero hay una reunión de viejos condes rumanos al otro lado de la ciudad y me han encargado la comida.

-Siempre con prisas. Es un milagro que no haya tenido un infarto.

-Sí, tiene razón, pero ahora...

-Esta noche haré pilaf de pollo -comenta la mujer del panadero-. Espero que le guste.

-¡Espléndido, espléndido! -dice el conde con una sonrisa empujando a la buena mujer sobre un montón de ropa sucia. Luego, abriendo por equivocación la puerta del armario, se mete en él-. Diablos, ¿dónde está esa maldita puerta?

-¡Ja, ja! -se ríe la mujer del panadero-. ¡Qué ocurrencias tiene, señor conde!

-Sabía que le divertiría -dice Drácula con una sonrisa forzada-, pero ahora déjeme pasar.

Por fin, abre la puerta, pero ya no le quedaba tiempo.

-¡Oh, mira, mamá! -dice el panadero-, ¡el eclipse debe de haber terminado! Vuelve a salir el sol.

-Así es -dice Drácula cerrando de un portazo la puerta de entrada-. He decidido quedarme. Cierren todas las persianas, rápido, ¡rápido! ¡No se queden ahí!

-¿Qué persianas? -preguntó el panadero.

-¿No hay? ¡Lo que faltaba! ¡Qué para de...! ¿Tendrían al menos un sótano en este tugurio?

-No -contesta amablemente la esposa-. Siempre le digo a Jarslov que construya uno, pero nunca me presta atención. Ese Jarslov...

-Me estoy ahogando. ¿Dónde está el armario?

-Ya nos ha hecho esa broma, señor conde. Ya nos ha hecho reír lo nuestro.

-¡Ay... qué ocurrencia tiene!

-Miren, estaré en el armario. Llámenme a las siete y media.

Y, con esas palabras, el conde entra al armario y cierra la puerta.

-¡Ja,ja...! ¡Qué gracioso es, Jarslov!

-Señor conde, salga del armario. deje de hacer burradas.

Desde el interior del armario, llega la voz sorda de Drácula.

-No puedo... de verdad. Por favor, créanme. Tan solo permítanme quedarme aquí. Estoy muy bien. De verdad.

-Conde Drácula, basta de bromas. Ya no podemos más de tanto reírnos.

-Pero créanme, me encanta este armario.

-Sí, pero...

-Ya sé, ya sé... parece raro y sin embargo aquí estoy, encantado. El otro día precisamente le decía a la señora Hess, deme un buen armario y allí puedo quedarme durante horas. Una buena mujer, la señora Hess. Gorda, pero buena... Ahora, ¿por qué no hacen sus cosas y pasan a buscarme al anochecer? Oh,Ramona, la la la la, Ramona...

En aquel instante entran el alcalde y su mujer, Katia. Pasaban por allí y habían decidido hacer una visita a sus buenos amigo, el panadero y su mujer.

-¡Hola Jarslov! espero que Katia y yo no molestemos.

-Por supuesto que no, señor alcalde. Salga, conde Drácula.¡Tenemos visita!

-¿Está aquí el conde? -pregunta el alcalde, sorprendido.

-Sí, y nunca adivinaría dónde está -dice la mujer del panadero.

-¡Que raro es verlo a esta hora! De hecho no puedo recordar haberle visto ni una sola vez durante el día.

-Pues bien, aquí está. ¡Salga de ahí, conde Drácula!

-¿Dónde está? -pregunta Katia sin saber si reír o no.

-¡Salga de ahí ahora mismo! ¡Vamos! -La mujer del panadero se impacienta.

-Está en el armario -dice el panadero con cierta vergüenza.

-¡No me digas! -exclama el alcalde.

-¡Vamos! -dice el panadero con un falso buen humor mientras llama a la puerta del armario-. Ya basta. Aquí está el alcalde.

-Salga de ahí conde Drácula -grita el alcalde-. Tome un vaso de vino con nosotros.

-No, no cuenten conmigo. Tengo que despachar unos asuntos pendientes.

-¿En el armario?

-Sí, no quiero estropearles el día. Puedo oír lo que dicen: Estaré con ustedes en cuanto tenga algo que decir.

Se miran y se encogen de hombros. Sirven vino y beben.

-Qué bonito el eclipse de hoy -dice el alcalde tomando un buen trago.

-¿Verdad? -dice el panadero-. Algo increíble.

-¡Díganmelo a mí! ¡Espeluznante! -dice una voz desde el armario.

-¿Qué, Drácula?

-Nada, nada. No tiene importancia.

Así pasa el tiempo hasta que el alcalde, que ya no puede soportar esa situación, abre la puerta del armario y grita:

-¡Vamos, Drácula! Siempre pensé que usted era una persona sensata. ¡Déjese de locuras!

Penetra la luz del día; el diabólico monstruo lanza un grito desgarrador y lentamente se disuelve hasta convertirse en un esqueleto y luego en polvo ante los ojos de las cuatro personas presentes. Inclinándose sobre el montón de ceniza blanca, la mujer del panadero pega un grito:

-¡Se ha fastidiado mi cena!

El Eclipse - Augusto Monterroso

Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topogáfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, en el convento de Los Abrojos, donde Carlos V
condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible,que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel
conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo -, puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre una piedra de los sacrificios (brillante bajo la luz opaca de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.