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El secretario del club - Lord Dunsany

Creo haber contado que en nuestro club existe la costumbre de conversar de jardinería en primavera y verano, o mejor dicho, de escuchar la explicación de lo que los diversos miembros han hecho en sus jardines, o del nacimiento sumamente temprano de una planta, o de su increíble tamaño en el jardín de cualquiera de nosotros; pero cuando llega la estación de las nieblas y el sol se pone detrás de los edificios antes de que termine el almuerzo, acostumbramos a contar historias más entretenidas con el fin de impedir que alguien se duerma delante de la chimenea o que todos los miembros vayan marchándose, alegando algún asunto tedioso. 

Fue en una de estas ocasiones, cuando uno de nuestro grupo, sentado ante el fuego, y que parecía a punto de dormirse, abrió de pronto los ojos y exclamó:

—¡Por favor, que alguien nos hable de algún sitio donde aún brille el sol!

Entonces oí que Jorkens respiraba con fuerza. Pero antes de que pudiese hablar, se oyó la voz de Terbut:

—Y que se trate, por una vez, de Inglaterra. Estoy harto de oír hablar de cosas ocurridas en los confines del mundo.

Jamás había oído un intento más deliberado de hacer callar a Jorkens. Mas no sirvió de nada.

—Una vez vi una cosa muy extraña en Inglaterra —empezó a contar Jorkens—. Sí, una cosa muy extraña. Iba dando un paseo fuera de Londres..., un paseo muy largo con bocadillos y un buen frasco de una pinta. Caminaba en parte por hacer ejercicio, aunque más para complacer a mi espíritu que a mi cuerpo. 
 
»Estaba harto de las calles enlosadas. Ya sabéis lo que se siente en tales ocasiones, y la primavera venía a grandes zancadas. No sé por dónde iba, aunque sí que debía de ser en dirección sur aproximadamente, ya que tenía el sol enfrente.

»Eché a andar temprano y no almorcé hasta al menos las dos, puesto que no me senté a hacerlo hasta que estuve completamente fuera de Londres. Debía de haber andado unos buenos treinta kilómetros. Bien, me senté sobre un trecho herboso, ante un seto verdísimo que corría por encima de un ribazo. Las prímulas ya habían florecido, así como las violetas tempranas. 

»Allí almorcé, mientras oía cantar a los pájaros y unas nubes blancas se deslizaban por el cielo azul. No tenía idea de lo que había al otro lado del seto, ya que no podía ver nada ni a su través ni por encima. Mientras almorzaba, me contenté con estar allí sentado, meditando cómodamente. Y después de almorzar, entre la larga caminata, el canto de los pájaros, el resplandeciente sol y todo lo demás, empecé a adormilarme cuando un súbito ataque de curiosidad me obligó a levantarme y echar una ojeada a través del seto. 

»Entonces, por entre una brecha abierta entre los tallos del seto espinoso, divisé una serie de prados que se extendían a lo lejos, y un edificio con ventanas curvadas, cristales verdes y tejado rojo, que evidentemente era la casa de un club de golf. 
 
»Aquella ojeada a través del seto no aplacó mi curiosidad, porque la luz primaveral brillaba con tanta fuerza sobre aquellos prados que parecían poseer el resplandor de otros soles percibidos mucho antes, por la mañana temprano, y recordados casi desde la infancia; parecían poseer una cualidad mágica.

»En aquella época yo era muy delgado, y una vez tuve la cabeza metida en aquella brecha del seto, pasar al otro lado solo fue cuestión de retorcerme un poco. Nadie jugaba al golf, por lo que fui hasta la casa sin ver a nadie ni oír el menor sonido. La hierba crecía en tal abundancia que llegué a pensar que aquellos prados tal vez fuesen demasiado pantanosos para jugar al golf. 

»Llegué, en medio del silencio, hasta la puerta de roble del club. Y allí, un portero con una librea muy reluciente, aunque anticuada, abrió al momento la puerta. Iba ya a disculparme y a explicar que me había extraviado, pero pensando que sería mejor excusarme ante un miembro de más autoridad del club que ante un simple portero, o tal vez para ganar tiempo, pedí ver al secretario. El secretario se hallaba en la casa y el portero lo condujo al momento hasta mí.

»—¿En qué puedo servirle? —fue la amable pregunta.

»—Deseo disculparme —dije—. No soy miembro de su club de golf. Me extravié entre sus prados.

»—Esto no es un club de golf —sonrió el secretario.

»—¿No?

»—No —dijo etéreamente. O eso me pareció. Era algo incorpóreo, incluso para un secretario de club—. No —repitió—, no es un club de golf.

»—Pues pensé que era un club de golf —insistí.

»—No —contestó—. En realidad es un club para poetas.

»—¿Para poetas? —me asombré.

»—Sí, y aunque esto le sorprenda, para poetas de todas las épocas.

»—¿De todas las épocas? —repetí.

»—Sí —llevándome hacia las puertas interiores del vestíbulo, me indicó a través de los cristales—. Vea allí a Swinburne charlando con Herrick.

»Seguro, reconocí el rostro anhelante de Swinburne, que estaba hablando, y vi al individuo que el secretario había llamado Herrick, el cual respondía con unas risitas. Bien, a pesar de lo que acababa de decirme el secretario, la cosa no me sorprendió; había algo tan etéreo en la luz de los prados que cruzara antes de llegar a la casa del club, y algo tan alejado de esta época en aquel pequeño edificio, que parecía natural que allí se reuniesen personas de todos los tiempos pretéritos. No me habría sorprendido ver al propio Homero. Y allí estaba, acariciándose la barba majestuosamente.

»—Allí está Stephen Phillips —continuó el secretario—, conversando con Dante.

»Reconocí a los dos nombrados y me pareció observar, a través de los vidrios un tanto opacos, cierta semejanza de rasgos.

»—Ha tenido suerte al ser elegido, ¿eh? —comenté, señalando a Phillips.

»—Bien, sí —convino el secretario—; se encuentran casos de suerte en todos los clubs... si bien siempre hay alguien que no la tenga.

»Después apareció Tennyson al otro lado de los cristales algo borrosos. Le reconocí inmediatamente.

»—Tal vez se hunda un poco en esa zona —dije, indicando los prados por los que yo había llegado hasta el club.

»—Oh, no, allí está bien —replicó el secretario.

»—¿Y los camareros? —inquirí, al ver que varios pasaban de un lado a otro.

»—Todos son escritores. Todos escribieron buenas obras. Pero no son inmortales. Aquél es el mejor del personal —señaló al portero—. Es Pope.

»—Pope —repetí—. ¿De veras? Supongo que la cuota de ingreso en el club...

»—Es muy elevada. Como ve, tenemos a Shakespeare, Milton y los mejores. Allí va Shelley.

»Vi una figura delgada que pasaba, dejando caer lo que me pareció un folleto político en el sombrero de alguien.

»—¿Cómo se llama este club? —quise saber.

»—El Club Elíseo.

»Tal como había supuesto.

»Pope solo era el portero, y Homero un miembro con pleno derecho. Entonces, ¿quién era el secretario? Era esta la pregunta que en aquel extraordinario club, donde podía haber tantas cosas interesantes, me absorbía casi por entero. 

»¡Qué poderosa es la curiosidad, una vez despertada! Hubiese podido hablar a Shakespeare. Y, no obstante, malgastaba el tiempo tratando de satisfacer la miserable curiosidad de saber quién era el secretario.

»—Naturalmente, usted también escribe.

»—Muy poco —murmuró mi interlocutor—. Lo dejé hace mucho tiempo.

»¡Lo había dejado! Esto aún era más asombroso. Y, sin embargo, tenía que ser más importante que Pope. ¿Sería Keats? Lo pensé un instante. Porque Keats escribió muy poco en comparación con otros. Pero no, Keats nunca dejó de escribir.

»No me quedaba más remedio que preguntarle su nombre. Cosa que hice. Y me lo dijo. Y, ¿saben una cosa?, no me aclaró nada. Lo cual fue una torpeza.

»—Sí, sí, claro —balbucí, observación que dejaba traslucir que no me había aclarado nada en absoluto. Pero el secretario no se ofendió.

»—No, no, usted no ha oído hablar de mí. Escribí muy poco. Un gran verso... eso es lo que opinan los miembros. De haber escrito treinta habría podido ser miembro del club. Pero, según dicen, solo escribí un gran verso... Mejor que los de aquel —añadió, señalando al portero—. Pero no lo bastante para ser miembro, repito. Aunque sí lo soy honorario.

»Bien, yo he leído mucha poesía yendo por el mundo, y el verso podía aclararme lo que no me decía el nombre. Seguro que así sería. Le rogué que recitase el verso, y empezó al momento:

»—“Una ciudad rosa y roja...”

»Pero yo lo terminé por él:

»—“...la mitad de vieja que el tiempo.”

»—¡Sí! —exclamó—. Una ciudad rosa y roja, / la mitad de vieja que el tiempo —y repitió el bellísimo verso como un buen catador degustando un oporto viejo de un siglo—. Lástima que no compusiera treinta como este; aunque, en realidad, estoy bien como estoy. ¿Quiere ver mi despacho?

»Bien, me enseñó un cuartito muy lindo, y yo hubiese debido hablar más con él, y especialmente ver a más miembros; pero, al fin y al cabo, yo había entrado casi por la fuerza en el club, y ya había molestado bastante al secretario. 

»De modo que le ofrecí mi frasco, que naturalmente estaba lleno de whisky, en pago de sus amabilidades. Y, ¿sabéis una cosa?, se bebió hasta la última gota. Cuando quise beber a mi vez, ya en la carretera, encontré el frasco totalmente vacío.

El toro negro de Noruega - Cuento popular británico

En otro tiempo (y fue hace muchos años) y en otro país (y el país era Noruega), había una pobre montañesa cuyo marido murió cuando sus tres hijas eran todavía muy pequeñas.
 
La mujer se hizo la firme promesa de que a sus hijas no les faltaría de nada. Trabajaba todo el día y la mitad de la noche. Los vestidos de las niñas eran sencillos y bonitos; su comida era buena, y la pequeña casa en la que siempre habían vivido estaba tan limpia como la lengua de un gato.
 
En verano, las muchachitas traían diariamente flores silvestres de las praderas; las colocaban entre las asas de cada taza y cada jarro del aparador; las entrelazaban en los collares de sus tres vacas y arreglaban un ramo en el centro de la mesa reluciente.
 
A medida que las muchachas crecían se daban cuenta del precio que su madre había tenido que pagar por tan duro trabajo: su juventud y su alegría. Se apenaron por ella, y empezaron a sentir la impaciencia propia de los pajarillos volantones.
 
—Bajaré al valle —dijo la mayor de las hijas, cuyo nombre era Betony—. ¿Quién sabe a quién encontraré?
 
La mujer horneó para su hija un pastel de cebada y un buen pedazo de jamón. Después, Betony dejó atrás las laderas de la montaña, atravesó un pinar y llegó hasta una casa: el hogar de la bruja y de su única hija.
 
—Quédate hoy aquí —dijo la bruja—. Ve y asómate por la puerta trasera. Verás lo que puedes ver. 
 
—¡Nada! —dijo Betony—. Nada en el camino.
 
Tampoco el segundo día la hija mayor vio nada. Pero el tercero observó seis caballos que se encaminaban hacia la casa tirando de una carroza de cristal.
 
—Una carroza de seis caballos se dirige hacia aquí —dijo Betony.
 
—¡Ah! —exclamó la bruja—. Viene a por ti.
 
Uno de los cocheros desmontó, abrió la puerta de cristal a la hija mayor y se alejaron de allí al galope.
 
Poco tiempo después, la segunda hija, cuyo nombre era Bracken, quiso seguir los pasos de su hermana mayor.
 
—¡Madre! —dijo—. Prepárame un pastel de cebada y un trozo de jamón. Bajaré hasta el valle. ¿Quién sabe a quién encontraré? ¿Quién sabe adónde iré?
 
Como había hecho su hermana, Bracken llamó a la casa de la bruja. Se asomó por la puerta trasera y, el tercer día, vio cuatro caballos que tiraban de una carroza de plata y se encaminaban hacia la casa.
 
—Una carroza de cuatro caballos se dirige hacia aquí —dijo Bracken.
 
—¡Ah! —exclamó la bruja—. Viene a por ti.
 
El cochero desmontó, abrió la puerta de plata a la hija segunda y se alejaron de allí al galope.
 
—¡Madre! —dijo la hija menor, cuyo nombre era Flora—. Prepárame un pastel de cebada y un trozo de jamón. Bajaré hasta el valle.
 
—¿También tú? —preguntó la madre.
 
—¿Quién sabe a quién encontraré? —respondió Flora—. ¿Quién sabe adónde iré?
 
Flora dejó a su madre y bajó la montaña, atravesó el bosque y llegó hasta la casa de la bruja.
 
—Ve y mira por la puerta trasera —dijo la bruja—. Verás lo que puedes ver.
 
—¡Nada! —dijo Flora—. Nada en el camino.
 
Tampoco el segundo día la hija menor pudo ver nada. Pero el tercero observó un gigantesco toro negro que mugía y escarbaba la tierra mientras caminaba hacia la casa.
 
—Un toro negro se dirige hacia aquí —dijo Flora—, y es muy grande.
 
—¡Ah! —dijo la bruja—. Viene a por ti.
 
—¡A por mí! —exclamó la muchacha; y sus ojos se llenaron de lágrimas.
 
El toro esperó fuera de la casa; la bruja ayudó a la hija menor a montar sobre su lomo y se fueron lejos de allí.
 
El toro negro era una bestia horrible y enorme. Sus hombros eran anchos, sus ojos estaban inyectados en sangre y su pelo era tosco y enmarañado.
 
—Agárrate a mis cuernos, Flora —dijo el toro.

Flora se inclinó hacia adelante y asió los cuernos del toro. Inmediatamente después, el toro se dirigió, trotando, hacia las lomas. Saltó por encima de un arroyo; subió pedregosas laderas golpeando cantos que rodaban y se estrellaban, tras ellos, al pie de la montaña.
 
Al cabo de un rato, el miedo de Flora dejó paso a la curiosidad. El toro negro viajaba rápidamente internándola en una remota región rocosa. Hora tras hora siguió trotando sin aflojar la marcha.
 
—Tengo hambre —dijo Flora.
 
—Hay comida en mi oreja derecha —contestó el toro negro.
 
—Y tengo sed —dijo Flora.
 
—Hay bebida en mi oreja izquierda. Come y bebe cuanto quieras.
 
De esta forma, Flora comió y bebió, sintiéndose maravillosamente reconfortada.
 
Llegaba la noche y una niebla fría y húmeda comenzaba a levantarse a su alrededor, cuando Flora divisó un castillo que parecía brotar de la misma roca. Estaba lleno de murallas, almenas y saeteras.
 
—Descansaremos aquí esta noche —dijo el toro—. Mi hermano mayor vive aquí.
 
—¿Quién eres tú, entonces? —preguntó Flora.
 
Pero el toro no contestó y galopó hacia el patio del castillo.
 
Varios sirvientes ayudaron a Flora a descender del lomo del toro y la acompañaron al interior; luego, condujeron al toro hacia unos pastos rodeados de serbales y perfumados pinos.
 
Flora comió y durmió bien. Por la mañana, un sirviente la condujo a una habitación luminosa. Ante una gran mesa de castaño había un hombre sentado.
 
—Sé bienvenida —dijo el hombre.
 
Flora vio que sostenía en sus manos la más maravillosa de las manzanas. Brillaba como encendida por su propia luz interior.
 
—Esta manzana es para ti —dijo el hombre—. No deberás cortarla ni abrirla hasta que no tengas verdadera necesidad de hacerlo.
 
A continuación, los sirvientes del castillo ayudaron a Flora a montar sobre el lomo del toro. Y se alejaron de allí. Al llegar la noche, tras haber viajado muchas millas, llegaron a un castillo engalanado con numerosas banderas ondeantes. Había banderas a su alrededor, banderas en el torreón y banderas pendiendo de casi todas las ventanas.
 
—Pasaremos la noche en este lugar —dijo el toro—. Mi segundo hermano vive aquí.
 
—¿Quién eres tú, entonces? —dijo Flora.

Pero el toro no replicó y galopó hacia el patio del castillo.

Varios sirvientes ayudaron a Flora a descender del lomo del toro y condujeron a este hacia unos pastos para pasar la noche. Por la mañana, un sirviente acompañó a Flora a una habitación adornada con centelleantes tapices. Un hombre sentado presidía una larga mesa y Flora vio que sostenía en su mano una pera maravillosa.
 
—Sé bienvenida —dijo el hombre—. Esta pera es para ti. No deberás cortarla ni abrirla hasta que no tengas verdadera necesidad de hacerlo.
 
Una vez más, los sirvientes del castillo ayudaron a Flora a subir sobre el lomo del toro. Y se alejaron de allí. Viajaron muchas millas. Cruzaron una comarca escarpada y pedregosa. Flora nunca había visto antes un lugar tan desolado. El toro continuó avanzando muy deprisa, y al llegar la noche alcanzaron un tercer castillo. Este estaba enteramente revestido de madera pintada y decorada.
 
—Pasaremos ahí la noche —dijo el toro—. Mi hermano más pequeño vive aquí.
 
—¿Quién eres tú, entonces? —preguntó Flora.
 
Pero el toro no contestó y galopó hacia el patio del castillo.
 
Varios sirvientes ayudaron a Flora a descender del lomo del toro, y condujeron a este hacia un prado para pasar la noche. Por la mañana, un sirviente condujo a Flora al interior de una habitación cuyas paredes eran espejos. Había un hombre sentado ante una mesa, y Flora vio que sostenía una maravillosa ciruela entre sus manos.

—Sé bienvenida —dijo el hombre—. Esta ciruela es para ti. No deberás cortarla ni abrirla hasta que no tengas verdadera necesidad de hacerlo.

Una vez más, los sirvientes del castillo ayudaron a Flora a subir sobre el lomo del toro. Y se alejaron de allí hasta llegar a un valle oscuro y sombrío. A ambos lados de un riachuelo de fuerte corriente se levantaban encumbradas rocas que tapaban el sol, excepto al mediodía. El riachuelo estaba lleno de cantos rodados.

—Este es el lugar —dijo el toro negro—. Bájate de mi lomo.

Flora desmontó y contempló al toro negro, sus anchos hombros, sus ojos inyectados en sangre y su pelo tosco y enmarañado.

—Debes esperar aquí —dijo el toro—, mientras yo voy a luchar con el diablo. Debes sentarte en esa roca.

Flora miró una roca con forma de plato que emergía del agua.

—¡Siéntate en esa roca y no muevas ni una mano ni un pie hasta que yo vuelva! Si te mueves, aunque solo sea una vez, no podré encontrarte nunca más. Si todo a tu alrededor se vuelve azul, habré vencido al diablo —explicó el toro—. Pero si todo se vuelve rojo en torno a ti, él me habrá vencido a mí.

Flora se sentó en la roca con forma de plato. Miró fijamente el agua; pensó en su madre y sus hermanas, tan lejos de allí, y meditó sobre su compañero de viaje…

Poco después, todo comenzó a teñirse de azul alrededor de Flora. Las altas crestas de las rocas se volvieron de color índigo y las rocas del riachuelo tomaron el azul de la pizarra; el agua plateada se tornó aguamarina y las nubes se alejaron por encima de su cabeza.

Flora suspiró de placer. Quería gritar y bailar. Levantó el pie izquierdo y lo cruzó sobre el derecho.

Cuando el toro negro regresó al valle oscuro no pudo encontrar a Flora. Ella le oyó y le llamó una y otra vez. Pero él no podía verla ni oírla.

Finalmente, Flora se levantó. Sin saber adónde iba, caminó valle arriba. De cuando en cuando podía distinguir un brillante pico muy lejos de allí y, a medida que se iba acercando, se dio cuenta de que estaba hecho enteramente de cristal.

«Si pudiera escalar esta montaña —se dijo Flora—, vería cómo es el terreno de alrededor. Necesito comida y refugio. Si no logro escalar esta montaña, nunca podré encontrar el camino de casa».

Pero Flora no pudo escalar la montaña. Apenas conseguía dar unos pocos pasos sobre la inclinada ladera, cuando se escurría hacia abajo de nuevo.

Flora comenzó a llorar. Luego, se puso a caminar. Aquella noche, en la linde de un pinar, encontró una cabaña. Era poco más que un pesebre, y al principio pensó que estaba abandonada. Pero entonces apareció un anciano que se acercó cojeando hacia ella.

El hombre comprendió que Flora estaba tan cansada que apenas si podía hablar, comer o beber. Le dio una taza de caldo y no le hizo preguntas.

—Puedes dormir aquí —le dijo, señalando un trozo de sucia arpillera.

Flora durmió y, por la mañana, después de descubrir que el hombre era un herrero, le pidió ayuda.

—Si no consigo escalar la montaña de cristal —explicó—, no encontraré nunca el camino de casa.

—Te ayudaré si tú me ayudas a mí —dijo el anciano—. Si trabajas para mí durante siete años, te haré un par de zapatos de hierro, y con ellos podrás escalar la montaña.

Pasados siete años, Flora ganó sus zapatos de hierro y escaló la montaña de cristal. Vio a su alrededor gran número de picos y glaciares, altos pastizales, bosques y valles. Todo el campo estaba a sus pies. Miró y remiró a su alrededor, hasta que finalmente tomó el camino de su casa.

Anduvo durante ocho días. El noveno llegó a las laderas de su propia montaña y se detuvo en la casa de la bruja.

—¡Ah! ¡De manera que has vuelto! —dijo la bruja—. Y quizás justo a tiempo. Un joven caballero y sus dos compañeros de caza se hospedan aquí durante varios días. El caballero me ha dado estas camisas manchadas de sangre para lavar. «Y quienquiera que pueda lavarlas, ha dicho, quienquiera que lave estas camisas hasta dejarlas limpias, será mi mujer».

—¿Y tú no puedes lavarlas? —preguntó Flora.

—No puedo —respondió la mujer—. Y mi hija tampoco.

—Entonces, ¿cómo podría hacerlo yo?

—Puedo leer las cosas que sucederán —dijo la bruja—. ¡Intenta lavarlas!

Y, de esta forma, Flora calentó un cubo de agua en el fuego y lavó las camisas. Una a una, las manchas desaparecieron.

—Las camisas han quedado inmaculadas —dijo la bruja.

—Entonces, el caballero y yo nos casaremos —dijo Flora.

Pero Flora estaba tan cansada después de tantas aventuras que, mientras esperaba la llegada del joven caballero, que debía volver aquella noche, se quedó dormida. La bruja dio la bienvenida al caballero, le contó que su propia hija había lavado las camisas y el caballero consintió en casarse con ella.

Cuando Flora se despertó, se dio cuenta de que yacía en la cama de la bruja. En primer lugar, miró a hurtadillas para ver lo hermoso que era el caballero, con cuello de toro, sus anchos hombros y su pelo negro.

—Te conozco —musitó Flora—. Sé quién eres. Y ahora sé por qué he trabajado, caminando y esperando durante siete años.

Pero en ese momento Flora escuchó cómo él y la bruja discutían los planes de la boda entre el caballero y la hija de la bruja, que tendría lugar aquella misma noche. Se sintió sola y muy triste. Pensó que necesitaba ayuda.

—Mi manzana —susurró.

Abrió la manzana y descubrió que estaba llena de oro y ricas joyas. A continuación llamó a la hija de la bruja.

—Así es que estás despierta —dijo la hija.

—¿Ves esto? —preguntó Flora.

Al contemplar las joyas, la hija de la bruja se quedó con la boca abierta.

—¿Vas a casarte con ese caballero? —quiso saber Flora.

—No puedes detenerme —contestó la hija.

—Te daré todo esto —dijo Flora— si pospones la boda hasta mañana y me dejas entrar en su habitación, sola, esta noche.

La hija estuvo de acuerdo. Pero cuando la bruja conoció este trato, diluyó un somnífero en la cerveza del caballero. Luego, ella y su hija acostaron al caballero en su propia habitación y se acurrucaron junto al fuego para dormir.

Flora entró y miró intensamente al durmiente caballero; su cuello de toro, sus anchos hombros y su pelo negro. «Sé quién eres —se dijo—. Sé quién eres». Luego se sentó junto a él y, dulcemente, comenzó a cantar:

Durante siete largos años trabajé por ti,
Por ti escalé la montaña de cristal.
Por ti restregué la mancha de sangre de la camisa…
¿Es que no vas a volverte hacia mí?

Pero el caballero no se despertó; ni siquiera se movió. Flora se puso a llorar y comenzó de nuevo a cantar, pero el caballero durmió hasta el alba.

A la mañana siguiente, Flora rompió la pera. Estaba llena de joyas, incluso más valiosas que las que había en el interior de la manzana. Por segunda vez hizo un trato con la hija de la bruja. Y aquella noche, cuando el caballero regresó con sus dos compañeros de caza, y una vez que todos hubieron cenado juntos, Flora volvió a subir a su habitación, donde encontró al caballero dormido. Con la dulce voz de una paloma, cantó:

Durante siete largos años trabajé por ti,
Por ti escalé la montaña de cristal,
Por ti restregué la mancha de sangre de la camisa…
¿Es que no vas a volverte hacia mí?

Cantó una y otra vez; lloraba mientras cantaba, pero el caballero no se despertó; ni siquiera se movió. La bruja le había dado otra poción para hacerle dormir.

Por la mañana, el caballero y sus compañeros volvieron a salir de caza, prometiendo volver a tiempo para la celebración de la boda aquella noche.

—¿Qué era aquel ruido? —preguntó un compañero—. ¿Todos esos lamentos y arrullos durante la noche pasada?

—Yo no oí nada —respondió el caballero.

—En tu habitación —informó el otro compañero—. Canciones y lamentos.

—Es extraño —dijo el caballero—. Esta noche obraré con más cautela. Quiero estar despierto y escuchar esos sonidos por mí mismo.

Flora vivía entre la esperanza y la desesperación. Rompió la ciruela, descubriendo que contenía las más ricas joyas. De nuevo pactó con la hija de la bruja y, por tercera vez, la bruja mezcló una poción en la cerveza del caballero.

—A decir verdad —dijo el caballero—, soy algo goloso y esta cerveza me sabe un tanto agria. ¿Me darías un poco de miel para endulzarla?

Mientras la bruja salía a buscar la miel, el caballero vertió rápidamente la cerveza en un cesto que había en una esquina de la habitación y volvió a llenar su jarro de madera con agua del cántaro.

—¡Aquí está! —dijo la bruja—. Esto la endulzará.

Entonces, el caballero se retiró a su habitación, y sus dos compañeros, la bruja y su hija se tendieron alrededor del fuego. Un poco más tarde, Flora volvió a la habitación del caballero por tercera vez. Con la voz clara de un ruiseñor comenzó a cantar:

Durante siete largos años trabajé por ti,
Por ti escalé la montaña de cristal,
Por ti restregué la mancha de sangre de la camisa…
¿Es que no vas a volverte hacia mí?

Al escuchar esto, el joven caballero se volvió hacia Flora. Ella le contó a él todo lo que le había sucedido y él le contó a ella todo cuanto le había ocurrido también.

El caballero no esperó la llegada de la mañana. Se levantó y ordenó a sus compañeros que ataran con cuerdas a la engañosa bruja y a su hija y las quemaran hasta darles muerte.

Al amanecer, Flora condujo al caballero a través del pinar y sobre las laderas de la montaña. En pie, junto a la puerta de la casa, su madre miraba y aguardaba.

Poco después, el caballero y Flora contrajeron matrimonio. ¡Fueron tan felices! Y, por lo que tengo oído, ¡qué felices son!