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Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 6 y última)

Dilvish se detuvo una vez para apoyar la mano en el muro.

—¿Está lejos? —preguntó.

—Sí. ¿Por qué?

—Sigo notando las vibraciones con mucha fuerza —dijo Dilvish—. Debemos estar muy por debajo del nivel del castillo... metidos ya en la montaña.

—Cierto —replicó Reena, dando otra vuelta.

—Al principio he temido que nos echaran el castillo en la cabeza...

—Seguramente destruirán el castillo si esto dura mucho más —dijo la joven—. Estoy muy orgullosa de Ridley... a pesar de las inconveniencias.

—No me refería exactamente a eso —dijo Dilvish, mientras continuaban la huida hacia abajo—. ¡Eh! ¡Esto empeora! —Extendió una mano para conservar el equilibrio mientras la escalera temblaba con una pasajera onda de choque—. ¿No os parece que toda la montaña está temblando?

—Sí, así es —replicó Reena—. Debe ser cierto.

—¿El qué?

—Oí decir que hace siglos, en la cumbre de su poder, el ma... Jelerak creó esta montaña con un conjuro.

—¿Y?

—Si él está suficientemente arraigado en este lugar, supongo que podrá recurrir a esos viejos hechizos suyos para obtener más fuerza. En cuyo caso...

—La montaña podría derrumbarse igual que el castillo.

—Existe esa posibilidad. ¡Oh, Ridley! ¡Buena suerte!

—¡No será tan buena si seguimos debajo!

—Cierto —dijo Reena, que de pronto avanzó más deprisa todavía—. Puesto que él no es vuestro hermano, entiendo vuestra opinión. Sin embargo, debéis estar complacido viendo a Jelerak tan apremiado.

—Así es —admitió Dilvish—, pero debéis prepararos para cualquier contingencia.

Reena guardó silencio unos instantes.

—¿La muerte de Ridley? —preguntó por fin—. Sí. Hace tiempo que comprendí que había grandes posibilidades de esto, fuera cual fuese la naturaleza de su encuentro. De todas formas, desaparecer con tanto estrépito... Eso también impresiona, ¿sabéis?

—Sí —replicó Dilvish—. Yo también lo he pensado muchas veces.

De pronto, llegaron al rellano. Reena lo cruzó inmediatamente y condujo a Dilvish hacia un túnel. El rocoso suelo tembló bajo sus pies. La luz danzó de nuevo. En alguna parte hubo un lento ruido rechinante que duró tal vez diez segundos. Entraron corriendo en el túnel.

—¿Y vos? —dijo Reena, mientras se adentraban presurosos en el túnel—. Si Jelerak sobrevive, ¿continuaréis buscándole?

—Sí —dijo Dilvish—. Sé con certeza que él tiene como mínimo otras seis ciudadelas. Conozco la localización aproximada de varias. Las buscaré igual que busqué este lugar.

—Yo he estado en tres —replicó Reena—. Si sobrevivimos a esto, os explicaré algo de ellas. Tampoco será fácil asaltarlas.

—Eso no importa —dijo Dilvish—. Nunca pensé que fuera fácil. Si él vive, iré a visitarlas. Si no consigo localizarle, las destruiré una a una hasta que él tenga que verme por fuerza.

El ruido rechinante se produjo otra vez. Fragmentos de roca cayeron alrededor de la pareja. Mientras esto ocurría, la luz flotante desapareció.

—Quedaos quieto —dijo Reena—. Haré otra.

Varios instantes después, otra luz brilló entre las manos de la joven. Siguieron avanzando y los ruidos de la roca cesaron un rato.

—¿Qué haréis si Jelerak muere? —preguntó Reena.

Dilvish guardó silencio unos momentos.

—Visitaré mi patria —dijo por fin—. Ha pasado mucho tiempo desde que me fui. ¿Qué haréis vos si conseguimos salir de aquí?

—Tooma, Ánkyra, Blostra —replicó Reena—, como ya he dicho, si encuentro algún caballero deseoso de escoltarme hasta alguna de esas ciudades.

—Creo que eso podría arreglarse —dijo Dilvish.

Al acercarse al final del túnel, un intenso temblor recorrió la montaña entera. Reena se tambaleó; Dilvish la sujetó y fue arrojado contra el muro. A través de los hombros, notó las potentes vibraciones de la roca. Detrás de la pareja se inició un constante estruendo al caer piedras.

—¡Deprisa! —dijo Dilvish, empujando a la joven.

La luz avanzó ebriamente ante ellos. Llegaron a una fría caverna.

—Este es el lugar —dijo Reena, señalando con el dedo—. El trineo está allí.

Dilvish vio el vehículo, cogió del brazo a Reena y se dirigió hacia él.

—¿A qué altura de la montaña estamos? —preguntó.

—Dos tercios del camino, más o menos —dijo Reena—. Estamos un poco por debajo del punto donde la pendiente se hace muy escarpada.

—De todas formas, la pendiente no será suave —dijo Dilvish. Se detuvo junto al vehículo y apoyó una mano en el borde—. ¿Cómo proponéis sacarlo fuera?

—Esa será la parte difícil —replicó la joven. Metió la mano en su corpiño y sacó un pergamino doblado—. He arrancado esta hoja de uno de los libros de la torre. Cuando ordené a los criados que construyeran este trineo, sabía que necesitaría algo fuerte para arrastrarlo. Se trata de un encantamiento bastante complejo, pero hará venir a un animal demoníaco que obedecerá nuestras órdenes.

—¿Puedo verlo?

Reena le dio la hoja. Dilvish la desdobló y la sostuvo cerca de la luz flotante.

—Este hechizo requiere preparativos bastante largos —dijo instantes después—. No creo que nos quede tanto tiempo, a juzgar por la forma en que tiembla y se desmorona todo.

—Pero es la única posibilidad que tenemos —dijo Reena—. Necesitaremos estas provisiones. Yo no podía saber que la maldita montaña iba a desmoronarse. Tendremos que arriesgarnos a esa demora.

Dilvish sacudió la cabeza y le devolvió la hoja.

—Aguardad aquí —dijo—, ¡y no iniciéis ese hechizo todavía!

Dilvish dio media vuelta y se abrió paso por el túnel, donde soplaban heladas ráfagas. Cristales de nieve yacían en el suelo. Tras doblar un breve recodo, vio la amplia boca de la cueva, débilmente iluminada. El suelo tenía una gruesa capa de nieve encima del hielo. 

Dilvish se acercó a la entrada, asomó la cabeza, miró hacia abajo. Era posible pasar el trineo por el borde del saliente hasta un punto no muy alto a la izquierda. Pero luego el vehículo simplemente caería como un cohete, alcanzando una velocidad suicida mucho antes de llegar al pie de la montaña.

Dilvish avanzó hasta el mismo saliente, miró hacia arriba. Una proyección rocosa le impidió ver más arriba. Avanzó cinco pasos a la izquierda, observó, miró alrededor. Luego se aproximó al extremo derecho del saliente y volvió a mirar, protegiendo sus ojos de la ráfaga de helados cristales con una mano.

—¿Qué era aquello...?

—¡Black! —gritó Dilvish a un retazo de sombra más oscuro situado más arriba y a un lado—. ¡Black!

La sombra pareció agitarse. Dilvish ahuecó las manos a ambos lados de su boca y gritó de nuevo.

—¡Diiil... viish! —La respuesta bajó la pendiente hacia el guerrero en cuanto se apagó su grito.

—¡Aquí abajo! —Agitó las manos por encima de la cabeza.

—¡Ya... te... veo!

—¡¿Puedes llegar hasta aquí?!

No hubo réplica, pero la sombra se movió. Bajó del saliente donde estaba e inició un lento descenso con las patas rígidas hacia Dilvish, que siguió donde estaba, bien visible, agitando los brazos. 

La silueta de Black no tardó en aclararse entre los remolinos de nieve. Avanzaba con paso firme. Pasó por la mitad del recorrido, continuó. Al llegar junto a Dilvish, Black irradió calor varios segundos y la nieve se fundió y goteó a ambos lados.

—Están ocurriendo asombrosas brujerías en lo alto —dijo Black—. Vale la pena observarlas.

—Mucho mejor que lo hagamos de lejos —replicó Dilvish—. La montaña entera podría venirse abajo.

—Sí, se vendrá abajo —dijo Black—. Algo que hay arriba está recurriendo a viejos encantamientos muy elementales incrustados por todo el lugar. Es muy instructivo. Monta y te llevaré abajo.

—No es tan sencillo.

—¿Ah, no?

—Hay una mujer... y un trineo en la cueva.

Black apoyó las patas delanteras en el saliente y, tras tomar impulso, se situó junto a Dilvish.

—Entonces será mejor echar un vistazo —dijo—. ¿Cómo te ha ido arriba?

Dilvish se encogió de hombros.

—Todo eso habría sucedido igualmente sin estar yo, seguramente —dijo—, pero al menos he tenido el placer de ver a alguien poner en apuros a Jelerak.

—¿Está él arriba?

Se adentraron en la cueva.

—Su cuerpo está en otro sitio, pero la parte que muerde ha rendido visita.

—¿Con quién está peleando?

—Con el hermano de la dama que estás a punto de conocer. Por aquí.

Doblaron el recodo y entraron en la cueva más espaciosa. Reena seguía de pie junto al trineo. Se había cubierto con una piel. Los cascos metálicos de Black resonaron en la roca.

—¿Deseabais un animal demoníaco? —le dijo Dilvish—. Black, esta es Reena. Reena, os presento a Black.

Black inclinó la cabeza.

—Encantado —dijo Black—. Vuestro hermano me ha proporcionado considerable diversión mientras aguardaba fuera.

Reena sonrió y extendió una mano para tocarle el cuello.

—Gracias —dijo la joven—. Me complace conocerte. ¿Puedes ayudarnos?

Black se volvió y observó el trineo.

—Detrás —dijo al cabo de unos instantes. Y agregó—: Enganchado detrás del trineo, podría sujetarlo un poco y dejar que me precediera montaña abajo. Pero los dos tendréis que caminar... junto a mí, agarrados. No creo poder hacerlo si os ponéis en el trineo. Incluso así será difícil, pero considero que es la única forma.

—En ese caso, será mejor que lo saquemos y partamos —dijo Dilvish mientras la montaña temblaba de nuevo.

Reena y Dilvish agarraron el vehículo por ambos lados. Black se apoyó sobre la parte trasera. El trineo empezó a moverse. En cuanto llegaron a la nieve del suelo de la cueva, el avance se hizo más fácil. Finalmente, dieron vuelta al vehículo en la boca de la gruta y engancharon a Black a los arreos. 

Con cuidado, suavemente después, pasaron la parte trasera del vehículo por el saliente en la zona no muy elevada de la izquierda mientras Black avanzaba despacio, manteniendo la tensión en los arreos. Los patines golpearon la nieve de la pendiente y Black dejó caer el trineo hasta que reposó totalmente en el terreno. Luego fue detrás cautelosamente, dando rígidos tirones hacia arriba para sujetar el trineo tras dar el último salto.

—Muy bien —dijo—. Ahora bajad y agarraos a mí, uno a cada lado.

Dilvish y Reena lo siguieron y ocuparon sus respectivas posiciones. Black inició lentamente el avance.

—Difícil —dijo mientras descendían—. Un día inventarán nombres para las propiedades de los objetos, como la tendencia de un objeto a moverse en cuanto está en movimiento.

—¿De qué servirá eso? —preguntó Reena—. Todo el mundo sabe ya que eso es lo que sucede.

—¡Ah! Pero pueden aplicarse números a la cantidad de materia implicada y a la cantidad de empuje requerido, y obtener prodigiosos y útiles cálculos.

—Parece demasiado problemático para tan escaso provecho —dijo la joven—. Idear magia es mucho más fácil.

—Quizá tengáis razón.

Descendieron firmemente; los cascos de Black aplastaron la helada corteza. Más tarde, cuando por fin llegaron a un lugar desde donde se divisaba el castillo, vieron que la torre más elevada y otras no tan altas habían caído. Mientras lo observaban, una porción de muro se desmoronó. Los fragmentos rodaron por el borde y, por fortuna, bajaron la ladera muy a la derecha del grupo. 

Debajo de la nieve, la montaña temblaba constantemente, y llevaba ya largo rato así. Rocas y trozos de hielo rebotaban de vez en cuando junto a los tres fugados. Siguieron descendiendo durante lo que les pareció un tiempo interminable. Black movió el trineo hacia abajo, poco a poco, paso a paso, mientras Reena y Dilvish arrastraban sus ateridos pies junto a la montura.

Al llegar cerca del pie de la ladera, un terrible estruendo reverberó alrededor del grupo. Tras levantar la cabeza, vieron cómo se desmoronaban y menguaban los restos del castillo, que se plegaba sobre sí mismo. Black apretó el paso arriesgadamente mientras los fragmentos caían alrededor.

—Cuando lleguemos abajo —dijo—, desatadme inmediatamente, pero poneos al otro lado del trineo mientras lo hacéis. Lo pondré de través cuando lleguemos allí. Después, si podéis engancharme delante sin perder tiempo, hacedlo. Pero si la lluvia de fragmentos es demasiado fuerte, agazapaos al otro lado del trineo. Yo me situaré delante para servir de escudo. Pero si podéis engancharme delante, subid enseguida y mantened agachada la cabeza.

Bajaron patinando buena parte del trecho final, y por un instante pareció que el trineo iba a volcar mientras Black lo manejaba. Tras incorporarse, Dilvish empezó a desenganchar rápidamente el arnés. Reena se puso detrás del trineo y miró hacia arriba.

—¡Dilvish! ¡Mirad! —gritó.

Dilvish levantó la cabeza mientras terminaba de soltar los arreos y Black se apartó. El castillo había desaparecido por completo y habían surgido grandes fisuras en la ladera. En la cumbre de la montaña, dos columnas de humo, una oscura y otra clara, se erguían inmóviles pese al viento que debía azotarlas. Black se colocó entre los arreos. Dilvish comenzó a engancharlo otra vez. Más fragmentos descendían por la ladera, a la derecha del grupo.

—¿Qué es eso? —dijo Dilvish.

—La columna oscura es Jelerak —replicó Black.

Dilvish siguió observando de vez en cuando mientras enganchaba a Black, y de pronto vio que las columnas se movían, despacio, una hacia la otra. No tardaron en entrecruzarse, aunque sin confundirse, retorciéndose y enredándose como un par de serpientes en plena pelea. Dilvish terminó de poner los arneses.

—¡Subid! —gritó a Reena mientras otra porción de la montaña se desmoronaba.

—¡Tú también! —dijo Black, y Dilvish se colocó junto a la joven.

No tardaron en correr, cobrando cada vez más velocidad. La parte alta de la masa de hielo reventó y, pese a ello, los ondulantes rivales siguieron girando en el cielo.

—¡Oh, no! ¡Ridley está debilitándose! —dijo Reena mientras continuaba la huida. Dilvish vio que la columna oscura llevaba a la otra hacia el corazón de la desmoronada montaña. Black apretó el paso, aunque todavía resbalaban. Al poco tiempo, los humeantes rivales desaparecieron en lo alto. Black más velozmente, hacia el sur.

Tal vez pasó un cuarto de hora sin cambios en el panorama que dejaban atrás, aparte de que iba menguando de tamaño. Pero Dilvish y Reena, agazapados bajo las pieles, siguieron observando. Una sensación de premonición parecía brotar del paisaje. 

Cuando se produjo la conmoción, la tierra tembló y lanzó el trineo de un lado a otro, y los temblores continuaron mucho tiempo. La cumbre de la montaña reventó, salpicando el cielo con una oscura nube expansiva. Luego, la negra mancha quedó marcada con rayas, ensanchada por el viento, y algunas porciones se alargaron hacia el oeste como dedos lentamente extendidos. Al cabo de un rato, una potente onda de choque alcanzó al grupo.

Mucho más tarde, una solitaria nube, apagada y de bordes irregulares, la nube oscura, se separó de la confusión. Arrastrando rasgadas humaredas, sacudida por el viento, avanzó igual que un viejo tambaleante, huyendo hacia el sur. Pasó muy a la derecha del grupo y no se detuvo.

—Ese es Jelerak —dijo Black—. Está herido.

Contemplaron la turbulenta nube hasta que desapareció de pronto muy hacia el sur. Luego, de nuevo volvieron la cabeza hacia las ruinas del norte. Siguieron observando hasta que el lugar dejó de verse, pero la columna blanca no se alzó. Finalmente, Reena bajó la cabeza. Dilvish le pasó un brazo por los hombros. Los patines del trineo cantaban suavemente al deslizarse por la nieve.

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 4)

Tras separar los postigos, Dilvish bajó a la habitación. La tenue luz de la ventana le mostró parte del desorden que reinaba allí. Se detuvo unos instantes para memorizar la disposición lo mejor posible; se volvió después y cerró la ventana, aunque no por completo. Los empañadísimos vidrios obstruían buena parte de la luz, pero él no deseaba verse delatado por una chismosa corriente de aire.

Avanzó en silencio, siguiendo el mapa de su mente. Había envainado su larga espada y solo llevaba una daga en la mano. Tropezó una vez antes de llegar a la puerta (con la pata de una silla que sobresalía), pero avanzaba con tanta lentitud que no hubo ruido alguno. Abrió ligeramente la puerta y miró a la derecha. Un pasillo oscuro...

Salió y miró a la izquierda. Había luz en esa dirección. Se dirigió hacia ella. Al avanzar, vio que procedía de la derecha: un corredor lateral o una habitación abierta. El ambiente fue haciéndose más cálido, la sensación más agradable que Dilvish había experimentado en las últimas semanas. Se detuvo, tanto para prestar atención a sonidos delatores como para saborear aquella sensación. Al cabo de unos instantes hubo un tenuísimo ruido al otro lado del rincón. Dilvish se acercó un poco y aguardó. El sonido no se repitió.

Con el cuchillo bajo, avanzó. Vio que era la entrada de una habitación y contempló a una mujer sentada en el interior; la mujer estaba leyendo un libro y había un vaso en la mesita situada a la derecha. Dilvish miró a ambos lados del umbral, comprobó que estaba solo y entró.

—Será mejor que no gritéis —dijo.

Ella bajó el libro y le miró fijamente.

—No lo haré —replicó—. ¿Quién sois?

Dilvish vaciló.

—Llamadme Dilvish —dijo por fin.

—Mi nombre es Reena. ¿Qué deseáis?

Dilvish bajó ligeramente el arma.

—He venido a matar. No os pongáis en mi camino y nada os pasará. Hacedlo, y lo pagaréis. ¿Cuál es vuestra situación en esta casa?

Reena palideció. Escrutó el semblante del guerrero.

—Estoy... prisionera —dijo.

—¿Por qué?

—Nuestros medios de salida están bloqueados, igual que los medios normales de entrada.

—¿Cómo?

—Fue un accidente... por así decirlo. Pero no pienso que lo creáis.

—¿Por qué no? Hay accidentes.

Ella le miró de un modo extraño.

—Eso os ha traído aquí, ¿no es cierto?

Dilvish sacudió lentamente la cabeza.

—Temo no comprenderos.

—Cuando él descubrió que el espejo no podía ya transportarle a este lugar, os envió a matar a la persona responsable, ¿no es cierto?

—No he sido enviado —dijo Dilvish—. He venido por voluntad y deseo propios.

—Ahora soy yo la que no os comprende —dijo Reena—. Afirmáis que habéis venido a matar, y Ridley espera que alguien venga a matarle. Lógicamente...

—¿Quién es Ridley?

—Mi hermano, el aprendiz de mago que atiende este lugar para su maestro.

—¿Vuestro hermano es aprendiz de Jelerak?

—¡Por favor! ¡Ese nombre!

—¡Estoy harto de murmurarlo! ¡Jelerak! ¡Jelerak! ¡Jelerak! Si puedes oírme, Jelerak, ¡ven a verme más de cerca! ¡Estoy preparado! ¡Acabemos con esto! —gritó Dilvish.

Ambos guardaron silencio unos instantes, como si esperaran una réplica u otra manifestación. No pasó nada. Finalmente, Reena carraspeó.

—¿Vuestra disputa, pues, es enteramente con el maestro? ¿No con su siervo?

—Eso es correcto. Los actos de vuestro hermano no significan nada para mí, mientras no obstruyan mis propósitos. Sin saberlo, tal vez, ya lo han hecho... si es que él ha cerrado el paso a este lugar a mi enemigo. Pero no considero eso como motivo de venganza. ¿Qué es ese espejo de transporte de que habláis? ¿Lo ha roto vuestro hermano?

—No —replicó Reena—, está físicamente intacto. Pero bien podía haberlo roto. Ha puesto el hechizo de transporte en suspenso, por así decirlo. Es una puerta usada por el maestro. Él lo usaba para venir aquí... y desde aquí podía usarlo igualmente para viajar a cualquier otra de sus fortalezas, y seguramente a otros lugares. Ridley anuló el espejo cuando... no era él mismo.

—Quizá se le pueda convencer para que vuelva a dejarlo como antes. Luego, cuando Jelerak venga a averiguar la causa del problema, yo estaré aguardándolo.

Reena meneó la cabeza.

—No es tan sencillo —dijo. Y agregó—: Debéis estar incómodo, con esa postura encorvada propia de un luchador. Yo sé que estoy incómoda simplemente viéndoos. ¿No queréis tomar asiento? ¿Os apetecería un vaso de vino?

Dilvish miró por encima del hombro.

—No es nada personal —dijo—, pero preferiría seguir de pie.

Envainó la daga, no obstante, y se acercó al bufete, donde había una botella de vino abierta y varios vasos.

—¿Bebéis esto?

Reena sonrió y se levantó. Atravesó la habitación para ponerse junto a Dilvish, cogió la botella y llenó dos vasos.

—Servidme uno, caballero.

Dilvish cogió un vaso y se lo dio con una cortés inclinación de cabeza. La mirada de la joven topó con la de él al aceptarlo. Reena alzó el vaso y bebió. Dilvish cogió el otro vaso, lo olió, lo probó.

—Muy bueno.

—La provisión de mi hermano —dijo ella—. Le gusta lo mejor.

—Habladme de vuestro hermano.

Reena se volvió un poco y se apoyó en el bufete.

—Lo eligieron aprendiz entre muchos candidatos —dijo— porque poseía grandes aptitudes naturales para ello. ¿Sabéis que la magia, en sus más elevadas manifestaciones, requiere asumir una personalidad artificialmente construida... cuidadosamente desarrollada, disciplinada, suave como un guante cuando se actúa?

—Sí —replicó Dilvish.

Reena le miró de reojo y prosiguió hablando.

—Pero Ridley siempre ha sido distinto a casi todo el mundo, puesto que ya poseía dos personalidades. Normalmente es amable, ingenioso, interesante. No obstante, de vez en cuando lo domina su otra naturaleza y se convierte en todo lo contrario: cruel, violento, malicioso. Tras iniciar su trabajo con la magia superior, el otro lado de su personalidad logró fundirse con el lado mágico. Cuando asumía las actitudes mentales y emotivas precisas para su trabajo, el otro lado estaba presente. Había hecho grandes avances para llegar a ser un excelente mago, pero siempre que recurría a la magia se transformaba en otra cosa... muy poco agradable. Sin embargo, la situación no habría sido un gran inconveniente, siempre que mi hermano pudiera desprenderse de su otra personalidad con la misma facilidad con que la asumía... con el anillo que había hecho para tal fin. Pero al cabo de un tiempo, este... otro... se resistió a la restauración. Ridley llegó a creer que el otro trataba de dominarle.

—He oído hablar de personas así, con más de una naturaleza o carácter —dijo Dilvish—. ¿Qué sucedió finalmente? ¿Qué lado ha dominado?

—La lucha continúa. Él está en su mejor personalidad actualmente. Pero teme enfrentarse al otro... que se ha convertido en un demonio personal para él.

Dilvish asintió y terminó de beber. Reena señaló la botella. El guerrero se sirvió más vino.

—De modo que el otro dominaba —dijo Dilvish— cuando él anuló el hechizo del espejo.

—Sí. Al otro le gusta dejar tareas inacabadas, de forma que mi hermano tendrá que recurrir a él...

—Pero cuando él era... el otro... ¿dijo por qué había hecho eso con el espejo? Eso parece ser algo más que una lucha mental. Debió comprender que estaba provocando problemas peligrosísimos... procedentes de otra parte.

—Él sabía lo que se hacía —dijo Reena—. El otro es un egoísta extraordinario. Cree estar preparado para enfrentarse al mismo maestro en una lucha por el poder. Privar al espejo de su carácter pretendía ser un reto. En realidad, él me dijo entonces que ese acto pretendía resolver dos situaciones al mismo tiempo.

—Creo que puedo imaginar la segunda —dijo Dilvish.

—Sí —replicó la joven—. El otro cree que venciendo en esa contienda podrá revelarse como la personalidad dominante.

—¿Qué opináis vos?

Reena recorrió lentamente la habitación y se volvió hacia Dilvish.

—Que tal vez sí —dijo—, pero no creo que venza.

Dilvish apuró el vaso y lo dejó a un lado. Cruzó los brazos sobre su pecho.

—¿Existe alguna posibilidad —preguntó— de que Ridley domine al otro antes de que ocurra ese conflicto?

—No lo sé. Él lo ha intentado... pero teme que el otro haga lo mismo.

—¿Y si triunfa? ¿Creéis que eso aumentaría sus posibilidades?

—¿Quién puede decirlo? Yo no, ciertamente. Estoy harta de todo esto y odio este lugar. ¡Ojalá me encontrara en algún sitio caluroso, como Tooma o Ánkyra!

—¿Qué haríais allí?

—Me gustaría ser la cortesana mejor pagada de la ciudad, y cuando me hartara de eso, tal vez casarme con un noble. Me gustaría una vida de indolencia, lujo y cordialidad, lejos de las batallas de los expertos.

Reena miró a Dilvish.

—Tenéis una parte de sangre elfa, ¿no es cierto?

—Sí.

—Y parecéis tener conocimientos de estos asuntos. De modo que habéis llegado con algo más que una espada para hacer frente al maestro...

Dilvish sonrió.

—Le traigo un presente del Infierno.

—¿Sois mago?

—Mi conocimiento de estos asuntos es altamente especializado. ¿Por qué?

—Estaba pensando que si fuerais lo bastante experto como para reparar el espejo, yo podría usarlo para marcharme y no ponerme en el camino de nadie.

Dilvish meneó la cabeza.

—Los espejos mágicos no son mi especialidad. Ojalá lo fueran. Resulta un poco penoso haber recorrido tanta distancia en busca de un enemigo y descubrir que su acceso está impedido.

Reena se echó a reír.

—¿Creéis que una cosa así va a detenerlo?

Dilvish alzó la mirada, dejó caer los brazos, miró alrededor.

—¿Qué queréis decir?

—El que buscáis estará molesto por la situación, sí. Pero ello difícilmente puede representar una barrera insuperable. Él se limitará a no usar su cuerpo.

Dilvish empezó a pasear de un lado a otro de la habitación.

—En ese caso, ¿qué es lo que lo retiene? —preguntó.

—En primer lugar, necesitará acrecentar su poder. Si llega aquí sin cuerpo, estará en ligera desventaja ante cualquier conflicto que surja. Es preciso que acumule poder para compensar su desventaja.

Dilvish dio media vuelta y miró a la joven, con la espalda apoyada en la pared.

—Esto no me gusta en absoluto —dijo—. Últimamente deseo algo que pueda sufrir heridas. ¡No un espectro sin cuerpo! ¿Cuánto durará esta concentración de poder? ¿Qué opináis? ¿Cuándo llegará él?

—No puedo oír las vibraciones a ese nivel. No lo sé.

—¿Existe alguna posibilidad de forzar a vuestro hermano a...?

Se deslizó un panel detrás de Dilvish y un criado con cara de momia le golpeó en la nuca con un bastón. Aturdido, el guerrero se tambaleó. El bastón se alzó y cayó de nuevo. Dilvish cayó de rodillas y por fin se desplomó.

Ridley apartó al criado y entró en la habitación. El portador del bastón y un segundo siervo le siguieron.

—Muy bien, hermana. Muy bien —observó Ridley—, retenerle aquí hasta que nos pudiéramos ocupar de él.

Ridley se arrodilló y extrajo la larga espada de la vaina del costado de Dilvish. La arrojó al otro lado de la habitación. Tras dar la vuelta al cuerpo de Dilvish, sacó la daga de la vaina más pequeña y la alzó.

—Hay que acabar de una vez —dijo.

—¡Eres un necio! —afirmó Reena, que se había acercado y le había agarrado la muñeca—. ¡Ese hombre podía haber sido un aliado! ¡No está buscándote! ¡Quiere matar al maestro! Le tiene un rencor personal.

Ridley bajó la daga. Reena no le soltó la muñeca.

—¿Y tú has creído eso? —dijo—. Llevas aquí demasiado tiempo. El primer hombre que se presenta te hace creer...

Reena le abofeteó.

—¡No tienes derecho a hablarme así! ¡Él ni siquiera sabía quién eres! ¡Podía haber sido útil! ¡Ahora no confiará en nosotros!

Ridley observó el rostro de Dilvish. Luego se levantó, con el brazo caído. Dejó caer la daga y de una patada la mandó al otro lado de la sala. Reena le soltó la muñeca.

—¿Quieres su vida? —dijo él—. De acuerdo. Pero si él no va a confiar en nosotros, tampoco nosotros podemos confiar en él. —Se volvió hacia los criados, que permanecían inmóviles detrás—. Lleváoslo —les ordenó— y echadlo por el agujero para que haga compañía a Mack.

—Estás agravando tus errores —dijo Reena.

Ridley miró ferozmente a su hermana.

—Y yo estoy harto de tus burlas —dijo—. Te he concedido su vida. Confórmate con eso, antes de que cambie de opinión.

Los criados se agacharon y levantaron la inerte forma de Dilvish entre los dos. Lo llevaron hacia la puerta.

—Tanto si me equivoqué como si acerté con él —dijo Ridley, señalando a los criados—, habrá un ataque. Tú lo sabes. En una forma o en otra. Probablemente pronto. Tengo que hacer preparativos y no deseo que me molesten.

Se volvió dispuesto a irse. Reena se mordió el labio antes de responder.

—¿Te falta mucho para lograr algo así como... un arreglo?

Ridley se detuvo, sin volver la cabeza.

—Menos de lo que pensaba que me faltaría —replicó— en este punto. Ahora creo que tengo una posibilidad de dominar. Por eso no puedo permitirme riesgo alguno, y por eso no puedo tolerar más interrupciones o retrasos. Vuelvo a la torre ahora mismo.

Se dirigió hacia la puerta, por la que acababa de pasar el cuerpo de Dilvish. Reena bajó la cabeza.

—Buena suerte —dijo en voz baja.

Ridley salió apresuradamente de la habitación.

Los mudos criados llevaron a Dilvish por un corredor débilmente iluminado. Al llegar a una hendidura de la pared, se detuvieron y dejaron el cuerpo en el suelo. Uno de ellos entró en el nicho y abrió una trampa del suelo. Tras acercarse de nuevo al inmóvil cuerpo, ayudó a levantarlo y ambos criados bajaron a Dilvish, con los pies por delante, por la oscura abertura que había quedado al descubierto. Le soltaron y el cuerpo dejó de verse. Un criado cerró la trampa. Finalmente, los dos se volvieron y se fueron por el corredor.

Dilvish notó que se deslizaba por una superficie inclinada. Durante unos instantes tuvo la visión de que Black había resbalado en el ascenso de la montaña. Estaba deslizándose Torre de Hielo abajo, y cuando llegara a la parte más baja...

Dilvish abrió los ojos. Le asaltó una instantánea claustrofobia. Estaba avanzando en la oscuridad. Al hacer un viraje, había notado la pared muy cerca. Dilvish pensó que si estiraba las manos para agarrarse, se las despellejaría.

¡Los guantes! Los había apretado al cinto.

Los buscó, los sacó, empezó a ponérselos. Se incorporó mientras lo hacía. Parecía haber un débil retazo de luz más adelante. Extendió ambas manos, y las piernas al mismo tiempo, hacia los lados. Su talón derecho tocó la pared en el mismo momento que sus manos. Después el izquierdo...

Notando una vibración en la cabeza, Dilvish incrementó la presión en los cuatro puntos. Las palmas de sus manos empezaron a calentarse con la fricción, pero su velocidad disminuyó un poco. Apretó con más fuerza, clavó los talones. La velocidad disminuyó.

Dilvish recurrió a toda su fuerza. Los guantes empezaron a desgastarse. El izquierdo se desgarró. La palma de su mano comenzó a arder. Por delante, el cuadrado débilmente iluminado aumentó de tamaño. Dilvish comprendió que podría detenerse antes de llegar abajo. Empujó una vez más. Olió a paja podrida y llegó al lugar. Cayó de pie y de inmediato se desplomó.

El picor que sentía en la mano izquierda impidió que se desmayara. Respiró profundamente el fétido aire. Aún estaba mareado. En su nuca notaba un enorme dolor. No recordaba qué había sucedido. Permaneció inmóvil, jadeante, mientras los latidos de su corazón se calmaban. El suelo era frío. 

Fragmento tras fragmento, los recuerdos volvieron... Recordó la ascensión al castillo, la entrada... La mujer, Reena... Habían estado conversando... La cólera ardió en su pecho. Ella le había engatusado. Le había retenido hasta recibir ayuda para enfrentarse a él.

Pero el relato de la joven tenía una construcción excesivamente elaborada, llena de innecesarios detalles... Dilvish se extrañó. ¿Habría algo más que simple traición? Suspiró. Todavía no estaba preparado para pensar. ¿Dónde se hallaba? Suaves sonidos le llegaron a través de la paja. Tal vez una celda... ¿Había otro preso? 

Algo corrió por su espalda. Se incorporó en parte bruscamente, notó que se derrumbaba, se volvió de costado al hacerlo. Vio las menudas y oscuras siluetas en la penumbra. Ratas. Eso era. Observó la mitad de celda que tenía ante los ojos. Nada más... 

Dio la vuelta para apoyarse en el otro costado, vio la puerta destrozada. Se incorporó, ahora con más cuidado que antes. Se frotó la cabeza y parpadeó al ver la luz. Una rata se alejó con esos movimientos.

Dilvish se puso en pie, se limpió la ropa. Avanzó hacia la puerta rota, la tocó. Apoyado en el marco, contempló la gran habitación de heladas paredes. Llameaban antorchas fijadas en brazos a ambos extremos de la habitación. Había una salida abierta, oscuridad al otro lado. Dilvish pasó entre la puerta y el marco, sin dejar de mirar alrededor. 

No había más sonido que los suaves ruidos de las ratas detrás y el goteo de agua. Observó las antorchas. La de la izquierda era ligeramente mayor. Se acercó y la sacó del brazo. Luego se dirigió hacia el oscuro umbral.

Una fría corriente de aire agitó las llamas cuando Dilvish la cruzó. Se hallaba en otra cámara, más pequeña que la que acababa de dejar. Vio una escalera al frente. Avanzó hacia ella y empezó a subir. La escalera solo tenía un recodo. En la parte superior, Dilvish vio una lisa pared a la derecha, un amplio corredor de bajo techo a la izquierda. Siguió el corredor.

Al cabo de quizá medio minuto, observó lo que parecía ser un rellano, con un pasamano que sobresalía de la pared. Al aproximarse vio que había una abertura de la que salía la baranda. Precavidamente, Dilvish subió al rellano, aguzó el oído unos instantes, asomó la cabeza por el rincón. Nada. Nadie. Solo una larga y oscura escalera ascendente. 

Se cambió la antorcha, cuyas llamas eran bajas, a la otra mano y comenzó a subir rápidamente. Esa escalera era mucho más alta que la anterior, ascendía en espiral largo trecho. Dilvish llegó súbitamente al final, se le cayó la antorcha y pisó las llamas unos instantes. 

Después de pararse en el último escalón, salió al corredor. Tenía una alfombra alargada y ornamentos en las paredes. Grandes velas ardían en soportes a lo largo del pasillo. A la derecha había una amplia escalera ascendente. Dilvish se acercó al primer escalón, convencido de haber llegado a una parte más frecuentada del castillo.

 

(CONTINUARÁ...) 

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 3)

Reena sacó prenda tras prenda de su guardarropa. Su habitación estaba llena de vestidos y capas, embozos y sombreros, abrigos y botas, prendas interiores y guantes. Yacían en la cama, en todas las sillas y en dos banquetas de la pared.

Tras menear la cabeza, Reena describió un lento círculo para examinar el conjunto. En la segunda vuelta, retiró una prenda de los montones y la plegó sobre su brazo izquierdo. Luego cogió una gruesa bufanda de piel de un gancho. Entregó ambas cosas al hombre alto, cetrino y silencioso que estaba de pie junto a la puerta. El arrugadísimo rostro del hombre parecía el del criado que había servido la cena: inexpresivo, de vagos ojos.

El criado recogió las prendas y las plegó. Reena le dio un segundo vestido, un sombrero, unos calzones y ropa interior. Guantes... El hombre recogió dos gruesas mantas que Reena sacó de un estante. Más calzones... Él metió todo en una especie de talego de lona.

—Lleva este... y otro vacío —dijo Reena, y se dirigió hacia la puerta.

Cruzó el umbral y atravesó el pasillo hasta una escalera, que empezó a bajar. El siervo la siguió, sosteniendo el saco junto al cuello con una mano, delante de él. Llevaba otro saco, plegado, bajo el otro brazo, que pendía rígidamente a su costado.

Reena avanzó por diversos pasillos hasta una espaciosa cocina vacía, donde el fuego seguía ardiendo sin llama en un hogar. El viento producía silbidos en la chimenea. Reena pasó junto al enorme tajadero y se dirigió hacia la habitación auxiliar de la cocina, a la izquierda. Examinó los estantes, recipientes y cajones, deteniéndose solo para mascar un bizcocho mientras miraba.

—Dame el saco —dijo—. No, ese no. El vacío.

Desplegó el saco y comenzó a llenarlo... con carnes secas, trozos de queso, botellas de vino, hogazas de pan. Hizo una pausa, examinó de nuevo las existencias, añadió luego un saquito de té y otro de azúcar. Metió también una olla pequeña y algunos cubiertos.

—Llévate este también —dijo por fin, dando media vuelta y saliendo de la despensa.

Avanzó con más precaución, con el siervo pisándole los talones en silencio, un saco en ambas manos. Reena se detuvo y aguzó el oído en rincones y escaleras antes de proseguir. Pero lo único que escuchó fueron los chillidos que sonaban muy arriba.

Finalmente llegó a una larga y estrecha escalera que bajaba y desaparecía en las tinieblas.

—Aguarda —dijo en voz baja, y alzó ambas manos, las ahuecó ante sus labios, sopló suavemente y las contempló.

Una chispita apareció en sus palmas, se apagó, brotó de nuevo mientras Reena musitaba suaves palabras. Separó las manos sin dejar de mover los labios. La minúscula luz quedó suspendida en el aire ante ella, agrandándose, aumentando su brillo. Era blancoazulada y alcanzaba la intensidad de varias velas.

Reena pronunció una última palabra y la luz empezó a moverse, desplazándose hacia abajo por la escalera. La joven la siguió. El criado fue detrás. Durante largo rato estuvieron bajando. La escalera descendía en espiral sin término visible. La luz parecía guiarlos. Las paredes cobraron humedad, frialdad, enorme frialdad, y las heladas figuras acabaron cubriéndose de una fina pátina. Reena se tapó más con la capa. Los minutos iban pasando.

Por fin llegaron a un rellano. Distantes paredes eran apenas visibles en la negrura más allá de la luz. Reena se dirigió hacia la izquierda y la luz se desplazó para precederla. Atravesaron un largo corredor ligeramente inclinado hacia abajo y, al cabo de un rato, llegaron a otra escalera, en un lugar donde las paredes se ensanchaban a ambos lados y el rocoso techo mantuvo su nivel hasta que desapareció durante el descenso.

Las dimensiones de la cámara en la que entraron no eran discernibles. Parecía más una caverna que una habitación. El suelo era menos regular que en cualquier otro punto anterior y, con mucho, era el lugar más frío que habían recorrido. Con la capa totalmente cerrada, las manos bajo ella, Reena entró en la cámara y se desplazó en diagonal hacia la derecha.

Finalmente apareció un gran trineo en forma de caja, con un ceroso trapo colgado de la punta del patín izquierdo. Se hallaba cerca del muro, en la entrada de un túnel donde bramaba un helado viento. La luz quedó encima, suspendida. Reena se detuvo y se volvió hacia el siervo.

—Ponlos ahí —dijo señalando—, en la parte delantera.

Suspiró mientras el criado obedecía, y después se inclinó y cubrió los sacos con una piel blanca que estaba plegada en el asiento del vehículo.

—Muy bien —dijo dando media vuelta—. Será mejor que regresemos.

Apuntó en la dirección por donde habían venido y la luz flotante se movió para seguir la indicación de su dedo.

En la habitación circular de la parte superior de la torre más elevada, Ridley pasaba las páginas de uno de los grandes libros. El viento bramaba como un fantasma por encima del inclinado techo, que de vez en cuando vibraba con la fuerza del aire. La misma torre tenía una oscilación apenas perceptible.

Ridley murmuró algo mientras tocaba la encuadernación de cuero, recorriendo con sus ojos las hojas color crema. No lucía ya la cadena con el anillo. El adorno descansaba en ese momento encima de una pequeña cómoda junto a la pared próxima a la puerta; un alto espejo situado encima reflejaba su imagen, con la piedra brillando pálidamente.

Sin dejar de murmurar, Ridley pasó una hoja, luego otra, y se detuvo. Cerró los ojos un momento y se volvió, dejando el libro en el atril. Se situó en el centro exacto de la habitación y permaneció allí largo rato, en el centro de un diagrama rojo dibujado en el suelo. Prosiguió murmurando. De pronto dio media vuelta y se acercó a la cómoda. Cogió el anillo y la cadena. Desató la segunda y retiró el primero.

Sosteniendo el anillo entre el pulgar y el índice de la mano derecha, extendió el índice de la otra mano y rápidamente deslizó el anillo en ese dedo. Lo sacó casi de inmediato y respiró profundamente. Contempló su reflejo en el espejo. Se apresuró a ponerse de nuevo el anillo, se detuvo unos segundos, lo retiró con más lentitud.

Dio vueltas al anillo y lo examinó. La piedra parecía brillar un poco más. Se lo puso una vez más, se lo quitó, se detuvo, se lo puso, se lo quitó, se lo puso, se detuvo, se lo quitó, volvió a ponérselo, hizo una pausa más larga, empezó a quitárselo con lentitud, se lo puso otra vez...

De haber mirado el espejo, Ridley habría reparado en que cada manipulación del anillo provocaba un rápido cambio de expresión en su semblante. El joven pasó por ciclos de asombro y placer, temor y satisfacción mientras el anillo entraba y salía en su dedo. Se lo quitó otra vez y lo dejó encima de la cómoda. Se frotó el dedo. Se contempló en el espejo, bajó los ojos, miró fijamente las profundidades de la piedra. Se humedeció los labios.

Dio media vuelta, dio varios pasos sobre el dibujo, se detuvo. Se volvió y contempló el anillo. Volvió y lo cogió, y lo sopesó en la palma de su mano derecha. Volvió a ponérselo en el dedo y siguió luciéndolo, todavía aferrándolo fuertemente con los dedos de la otra mano. En esta ocasión apretó los dientes y arrugó la frente.

En ese momento el espejo se empañó y una nueva imagen empezó a tomar forma en el cristal. Roca y nieve... Cierto tipo de movimiento... Un hombre... El hombre se arrastraba por la nieve... No. ¡Las manos del hombre buscaban asideros! ¡Avanzaba hacia arriba, no hacia adelante! ¡Estaba trepando, no arrastrándose!

La imagen se hizo más clara. Mientras el hombre subía y localizaba otro apoyo para los pies, Ridley vio las botas verdes. Acto seguido... Ridley dio una brusca orden. Hubo un efecto en lontananza. El hombre empequeñeció, la faz de la escarpa se amplió y se elevó. Allí, por encima del escalador, se alzaba el castillo, aquel castillo con la luz brillante en la ventana de la torre más elevada.

Tras lanzar una maldición, Ridley arrancó el anillo de su dedo. La imagen desapareció al instante, para ser sustituida por la colérica expresión de Ridley.

—¡No! —gritó, corriendo hacia la puerta y abriéndola—. ¡No!

Abrió la puerta de par en par y bajó como una flecha la escalera de caracol.

Dilvish descansó un rato, espalda y piernas apoyadas en los lados de la chimenea de roca, los guantes en su regazo. Sopló sobre sus manos, se las frotó. La grieta acababa a corta distancia por encima de su cabeza. No habría más descansos hasta que llegara a la cumbre, y luego... ¿quién podía decirlo?

Algunos copos de nieve flotaban alrededor. Dilvish escrutó el oscuro cielo, como había hecho regularmente, previendo el retorno de la criatura voladora, pero no vio nada. La idea de que la criatura le atrapara en posición vulnerable le producía considerable preocupación. Siguió frotándose las manos hasta notar picor, hasta percibir que recuperaban un poco de calor. Después se puso los guantes para conservar esa calidez. Echó atrás la cabeza tanto como pudo y miró hacia arriba. Había recorrido dos terceras partes del ascenso por la faz vertical.

Buscó y localizó nuevos asideros para las manos. Escuchó los latidos de su corazón, momentáneamente normales otra vez. Poco a poco, cautelosamente, Dilvish siguió subiendo con los brazos extendidos. Un último impulso hacia arriba. Tras salir de la chimenea, Dilvish se agarró a un saliente y subió un poco más. Sus pies encontraron un punto de apoyo y extendió de nuevo una mano.

Se preguntó si Black habría descubierto un buen camino para bajar. Pensó en su última comida, fría y seca, que estuvo a punto de congelar su lengua. Recordó mejores alimentos en tiempos pasados y notó que la boca se le hacía agua. Llegó a un lugar resbaladizo, lo pasó. Le extrañó la extraña sensación que había tenido antes, como si alguien estuviera vigilándole. 

Había escudriñado el cielo apresuradamente, pero la criatura voladora no estaba por allí. Tras situarse en una gruesa proyección rocosa, sonrió al comprobar que el muro de piedra se inclinaba hacia adentro. Encontró un punto de apoyo para los pies y trepó.

Avanzó con más rapidez a partir de entonces, y al poco tiempo topó con un abrupto borde que quizá fuera el fin de la escalada. Ascendió penosamente hacia el reborde mientras la pendiente se intensificaba y meditó sus movimientos una vez llegara a la cima. Trepó cada vez más deprisa, y por fin la pendiente se suavizó y pudo avanzar agachado. 

Cerca de lo que le pareció la cumbre, trepó más pausadamente hasta quedar tendido a poco menos de dos metros del borde. Aguzó el oído unos instantes, pero no había ruidos aparte del viento.

Con sumo cuidado, los guantes en los dientes, Dilvish sacó el cinto con la espada por encima del brazo y el hombro, y de la cabeza. Desató el cinto y lo bajó. Compuso su ropa, se colocó después el cinto en la cintura. Avanzó con gran lentitud ante la proximidad del borde. 

Cuando por fin alzó la cabeza sobre la roca, sus ojos se llenaron del blanco fulgor del castillo, erguido cual obra de pastelero no demasiado lejos. Pasaron varios minutos mientras Dilvish examinaba el lugar. Nada se movía aparte de la nieve. Buscó una puerta lateral, una ventana baja, cualquier entrada indirecta... Cuando creyó haber encontrado lo que buscaba, trepó al saliente y prosiguió su avance.

Meg estaba cantando a las bailarinas ratas. Las antorchas tremolaban. La humedad corría por las paredes. La bruja tranquilizó a los animales con migas de pan. Las acarició, las rascó y se rió entre dientes.

Hubo otro fuerte golpe en la puerta central. En esta ocasión la madera se astilló cerca de las bisagras.

—Mmeg... ¡Mmeg!...

Y el gran ojo apareció de nuevo detrás de las rejas. Meg levantó la cabeza, observó los húmedos y azulados ojos. Una preocupada expresión asomó en su semblante.

—¿Sí?... —dijo en voz baja.

—¡Meg!

Hubo otro estrépito. La puerta se estremeció. Aparecieron grietas en los bordes.

—¡Meg!

Otro golpe. La puerta crujió y sobresalió del marco; las rajas se ensancharon. Meg agitó la cabeza.

—¿Sí? —dijo en voz más alta, con cierta excitación en su tono.

Las ratas saltaron de su regazo, de sus hombros, de sus rodillas y huyeron precipitadamente por la paja. El siguiente golpe arrancó la puerta de sus goznes, empujándola casi medio metro hacia afuera. 

Una manaza cadavérica, más bien una garra, apareció en el borde con una cadena colgando de un puño metálico alrededor de la muñeca que resonó al golpear la pared, la puerta...

—¿Meg?

La bruja se puso en pie, dejando caer el pan restante que llevaba en el chal. Un negro torbellino de peludos cuerpos se agitó alrededor de las migas, y los chillidos apagaron la réplica de la bruja, que se abrió paso entre las ratas. Otro empujón abrió más la puerta. 

Una cabeza blanca, gigantesca y calva, con una zanahoria colgante por nariz, se asomó por el borde. El cuello era tan grueso que parecía prolongarse hasta los extremos de los anchos hombros. Los brazos eran tan grandes como muslos, la piel albina y con manchones de grasa. Apartó la puerta con un hombro y salió, con la espalda inclinada en un ángulo anormal, la cabeza echada hacia adelante, moviendo unas piernas como columnas. Vestía los jirones de una camisa y los desgarrados restos de unos calzones que, igual que su propietario, habían perdido por completo el color. Los ojos azules, que parpadearon y se humedecieron con la luz de las antorchas, se centraron en Meg.

—¿Mack?... —dijo la bruja.

—¿Meg?...

—¡Mack!

—¡Meg!

La bruja corrió a abrazar al cuarto de tonelada de níveos músculos, con los ojos también húmedos mientras él lograba estrecharla con suavidad. Ambos se hablaron con tiernos murmullos. Finalmente, la bruja le agarró el enorme brazo con su manita.

—Ven. Ven, Mack —le dijo—. Comida para ti. Calor. Estarás libre. Ven.

Le condujo hacia la salida de la cámara, olvidando a sus preciosas ratas. 

Ignorado, el criado de apergaminada piel se movía en los aposentos de Reena con silenciosos pies, recogiendo las esparcidas prendas y volviéndolas a poner en cajones y armarios. Reena estaba sentada ante el tocador, peinándose. Al terminar de poner en orden la habitación, el criado se acercó y se paró junto a la joven. Reena alzó la cabeza, miró alrededor.

—Muy bien —dijo—. No tengo más necesidad de ti. Puedes volver a tu ataúd.

La silueta de la oscura librea dio media vuelta y se fue. Reena se levantó y cogió una palangana de debajo de la cama. Tras llevarla a la mesita de noche, añadió agua de una jarra azul que estaba allí. Volvió al tocador, cogió una de las velas que había cerca del espejo y la colocó a la izquierda de la palangana. Luego se agachó y contempló la húmeda superficie. Las imágenes corrían en el agua... Mientras Reena observaba, fluyeron hasta unirse, se separaron, se combinaron...

El hombre estaba cerca de la cumbre. Reena se estremeció ligeramente al verlo detenerse para quitarse el cinto que llevaba al hombro y atárselo con la espada a la cintura. Lo vio trepar más, hasta el mismo borde. 

Lo vio examinar el castillo largo rato. Después, el desconocido subió y avanzó por la nieve... ¿Adónde iba? ¿Dónde buscaría una entrada? ...Hacia el norte y acercándose, hacia las ventanas del sombrío almacén de la parte trasera. ¡Naturalmente! La nieve estaba amontonada a más altura allí y muy endurecida. El hombre podía alcanzar el alféizar y encaramarse desde allí.

Solo precisaría unos momentos para abrir un agujero cerca del cerrojo con el puño de su arma, meter una mano y abrirlo. Después, varios largos minutos con la espada para astillar el hielo incrustado en el marco. Más tiempo para abrir la ventana. Otros segundos más para localizar la juntura de los postigos interiores, para introducir la hoja entre ambos, levantarla y soltar el pestillo... Luego se hallaría desorientado en una oscura habitación llena de objetos en desorden. 

Tardaría varios minutos más en superar esa situación... Reena sopló suavemente sobre la superficie del agua y la imagen desapareció entre escarceos. Tras coger la vela, la llevó al tocador, la dejó en el mismo sitio. Volvió a poner la palangana en su posición anterior. Se sentó ante el espejo y cogió un pequeño cepillo y una cajita metálica para añadir un toque de color a sus labios.

Ridley despertó a un criado y lo condujo arriba, para recorrer el pasillo que llevaba a la habitación de donde procedían los gritos. Tras detenerse ante la puerta, buscó la llave adecuada en el aro que llevaba al cinto y la abrió.

—¡Por fin! —sonó la voz del interior—. ¡Por favor! Ya...

—¡Cierra la boca! —dijo Ridley, y se volvió. Cogió del brazo al criado y lo condujo hacia la puerta abierta del pasillo. Empujó al criado para meterle en las sombras de la habitación.

—Ponte a un lado —le ordenó—. Quédate ahí. —Siguió guiándolo—. Ahí... donde no pueda verte nadie que pase cerca, pero donde puedas vigilar a ese. Ahora coge esta llave y escucha con atención. Si viene alguien a investigar estos gritos, debes estar preparado. En cuanto él quiera abrir esa puerta, sales rápidamente por detrás de él, le das un golpe y lo encierras... ¡Pega fuerte! Luego cierras la puerta con llave sin perder un instante. Después puedes volver a tu ataúd.

Ridley lo dejó solo, salió al corredor, vaciló un instante y se alejó en dirección al comedor.

—La hora ha llegado —anunció el rostro del espejo, en el mismo momento que entraba el joven.

Ridley se acercó al cristal, contempló la torva cara. Cogió el anillo y se lo puso.

—¡Silencio! —dijo—. Has cumplido tu misión. ¡Vete ya!

El rostro desapareció cuando sus labios empezaban a formar de nuevo las familiares palabras, y Ridley contempló su sombrío reflejo rodeado por el elegante marco. Sonrió vanidosamente, después su semblante cobró seriedad. Sus ojos se entrecerraron, su imagen osciló. El espejo se empañó y se aclaró. Ridley vio al hombre de las botas verdes de pie en el borde de una ventana, astillando el hielo...

Empezó a dar vueltas al anillo. Lo fue volviendo poco a poco, sin cesar, mordiéndose el labio mientras tanto. Luego, bruscamente, lo arrancó de su dedo y suspiró. La presuntuosa sonrisa volvió a su reflejado semblante. Ridley dio media vuelta y cruzó la sala. Pasó por un panel corredizo, se metió por una trampa en el suelo y bajó una escalerilla. Avanzando con rapidez, por todos los atajos que conocía, se dirigió una vez más a la habitación de los siervos.

 

(CONTINUARÁ...)