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La capa - Dino Buzzati

Al cabo de una interminable espera, cuando la esperanza comenzaba ya a morir, Giovanni regresó a casa. Todavía no habían dado las dos, su madre estaba quitando la mesa, era un día gris de marzo y volaban las cornejas. Apareció de improviso en el umbral y su madre gritó: «¡Ah, bendito seas!», corriendo a abrazarlo. También Anna y Pietro, sus dos hermanitos mucho más pequeños, se pusieron a gritar de alegría. Había llegado el momento esperado durante meses y meses, tan a menudo entrevisto en los dulces ensueños del alba, que debía traer la felicidad. Él apenas dijo nada, teniendo ya suficiente trabajo con reprimir el llanto. Había dejado en seguida el pesado sable encima de una silla, en la cabeza llevaba aún el gorro de pelo. «Deja que te vea», decía entre lágrimas la madre retirándose un poco hacia atrás, «déjame ver lo guapo que estás. Pero qué pálido estás...» Estaba realmente algo pálido, y como consumido. Se quitó el gorro, avanzó hasta la mitad de la habitación, se sentó. Qu...

La capa - Robert Bloch

El sol agonizaba, y su sangre salpicaba el cielo mientras el astro se arrastraba hacia un sepulcro más allá de las montañas. El plañidero viento lanzaba las hojas secas hacia el oeste, como si las apremiara a asistir al funeral del sol. «¡Tonterías!», pensó Henderson, y dejó de pensar. El sol estaba poniéndose en un empañado cielo rojo, y un sucio y desapacible viento pateaba las hojas medio rotas hacia una inmunda zanja. ¿Por qué perdía el tiempo con fantasía barata? «¡Tonterías!», repitió Henderson. Probablemente, ese humor lo provocaba el día, meditó. Al fin y al cabo, el sol estaba poniéndose en la víspera de Todos los Santos. Esa noche era la más temida, cuando los espíritus aparecían y los cráneos gritaban en sus tumbas bajo tierra. Eso, o bien esa noche era simplemente otro día de otoño, pésimo y frío. Henderson suspiró. Hubo otro tiempo, reflexionó, en que la llegada de esa noche significaba algo. Una sombría Europa, gimiendo de supersticioso miedo, dedicaba esa víspera al...