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Años - Cesare Pavese

De lo que era yo entonces no queda nada: apenas hombre, era aún un crío. Lo sabía hacía tiempo, pero todo ocurrió a finales del invierno, una tarde y una mañana. Vivíamos juntos, casi escondidos, en una habitación que daba a una avenida. Silvia me dijo, esa noche, que tenía que irme, o irse ella - ya no teníamos nada que hacer juntos. Le supliqué que dejase que probásemos de nuevo: estaba tumbado a su  lado y la  abrazaba. Ella  me dijo:

- ¿Con qué finalidad? - Hablábamos en voz baja, a oscuras.

Luego Silvia se durmió, y yo tuve hasta la mañana una rodilla pegada a la suya. Apareció la mañana como había aparecido siempre, y hacía mucho frío; Silvia tenía el pelo sobre los ojos y no se movía. En la penumbra yo miraba pasar el tiempo, sabía que pasaba y corría, y que fuera había niebla. Todo el tiempo que había vivido con Silvia en aquella habitación era como un solo día y una noche, que ahora terminaba por la mañana. Entonces comprendí que nunca volvería a salir conmigo entre la niebla fresca.

Era mejor que me vistiera y me marchase sin despertarla. Pero ahora tenía en la cabeza una cosa que preguntarle. Esperé, intentando adormilarme.

Cuando estuvo despierta, Silvia me sonrió. Seguimos hablando. Ella dijo: - Es bonito ser sinceros, como nosotros. - ¡Oh, Silvia!-susurré-, ¿qué haré al salir de aquí? ¿Adónde iré? - Era eso lo que tenía que preguntarle. Sin apartar la nuca del almohadón, ella sonrió de nuevo, beatífica. - Bobo - dijo-, irás a donde quieras. ¿No es hermoso ser libre? Conocerás a muchas chicas, harás todas las cosas que quieras. Te envidio, palabra.

Ahora la mañana llenaba el cuarto y sólo había un poco de calor en la cama. Silvia esperaba paciente.- Tú eres como una prostituta - le dije - y siempre lo has sido.

Silvia no abrió los ojos. - ¿Estás mejor ahora que lo has dicho? - me dijo.

Entonces me quedé como si ella no estuviera, y miraba al techo y lloraba sin ruido. Las lágrimas me llenaban los ojos y corrían sobre la almohada. No valía la pena que se diera cuenta. Mucho tiempo ha pasado, y ahora sé que aquellas lágrimas mudas fueron la única cosa de hombre que hice con Silvia; sé que lloraba no por ella sino porque había entrevisto mi destino. De lo que era yo entonces no queda nada. Queda sólo que había comprendido quién sería en el futuro.

Luego Silvia me dijo: -Ya basta. Tengo que levantarme.

Nos levantamos juntos, los dos. No la vi vestirse. Estuve pronto en pie, a la ventana, y miraba vislumbrarse las plantas. Detrás de la niebla estaba el sol, el sol que tantas veces había entibiado el cuarto. También Silvia se vistió pronto, y me preguntó si no me llevaba mis cosas. Le dije que primero quería calentar el café, y encendí el hornillo.

Silvia, sentada al borde de la cama, se puso a arreglarse las uñas. En el pasado se las había arreglado siempre en la mesa. Parecía abstraída y el pelo le caía continuamente sobre los ojos. Entonces daba sacudidas con la cabeza y se liberaba. Yo deambulé por el cuarto y recogí mis cosas. Hice un montón sobre una silla y de repente Silvia saltó en pie y corrió a apagar el café que se derramaba.

Luego saqué la maleta y metí las cosas. Mientras tanto, por dentro me esforzaba en recoger todos los recuerdos desagradables  que tenía de Silvia - sus futilidades, sus malos humores, sus frases irritantes, sus arrugas. Eso me llevaba de su cuarto. Lo que dejaba era una niebla.

Cuando hube acabado, el café estaba listo. Lo tomamos de pie, junto al hornillo. Silvia dijo algo, que ese día iría a ver a un tipo, a hablar de un asunto. Poco después dejé la taza y me marché con la maleta. Fuera la niebla y el sol cegaban.

La mujer del sacerdote budista - Oliver Schreiner

Hace muchos años, en un piso londinense situado al final de largos tramos de escalera, ardía el fuego en una chimenea. En las paredes se veían las marcas que habían dejado los cuadros, ya descolgados; el papel pintado tenía florecillas azules, en el suelo había una alfombra azul de fieltro, y junto al fuego, a un lado, una mujer en una silla.

En aquel momento se abrió la puerta y entró la anciana que se ocupaba del portal.

-¿Quiere algo esta noche?- preguntó.

-No, sólo estoy esperando una visita; cuando haya venido, me iré,

-¿Se han llevado ya todas sus cosas?

-Sí, dejo sólo esto.

La anciana bajó de nuevo, pero volvió a subir con una taza de té en la mano.

-Bébase esto, sienta bien: nada ayuda tanto como el té cuando una se ha pasado el día embalando cosas.

La joven que estaba junto al fuego no le dio las gracias, pero acarició la mano de la mujer de la muñeca a los dedos.

-Me despediré de usted cuando salga.

La mujer atizó el fuego, echó los últimos carbones y se marchó. Cuando hubo salido, en lugar de tomarse el té, la joven sacó una pequeña pitillera de plata del bolsillo y encendió un cigarrillo. Fumó un rato junto al hogar; después se levantó y anduvo por la habitación.

Poco después se sentó de nuevo al lado de la chimenea. Tiró la colilla del cigarrillo al fuego y empezó otra vez a ir y venir con las manos a la espalda. Regresó a su asiento y encendió otro cigarrillo. Volvió a dar vueltas por la habitación. Luego se sentó y contempló el fuego; unió con fuerza las palmas de las manos y se quedó mirándolo fijamente.

Se oyó entonces un rumor de pasos en la escalera y alguien llamó a la puerta.

La mujer se levantó, echó la colilla a las llamas y dijo sin moverse del sitio:

-¡Adelante!

Se abrió la puerta y apareció un hombre vestido de etiqueta con un sobretodo abierto.

-¿Me permite? No he podido librarme de esto abajo, no he visto dónde dejarlo. -Se quitó el abrigo-. ¿Cómo está usted? ¡Esto es un auténtico nido!

Ella le indicó una silla.

-Espero que no le moleste que le haya pedido que venga.

-Oh, no. Estoy encantado. Pero he encontrado la nota en mi club hace veinte minutos. ¿Así que se va a la India? ¡Qué maravilla! Pero ¿qué va usted a hacer allí? Si no me equivoco, fue Grey quien me contó hace seis semanas que se iba usted, aunque lo comentó como una de esas historias míticas que no merecen mucho crédito. Sin embargo, todavía no lo entiendo, a mí no me sorprende nada. -La miró con una expresión entre divertida e interesada-. ¡Cuánto tiempo desde que nos vimos por última vez! ¿Seis meses? ¿Ocho?

-Siete -dijo ella.

-De veras, tenía la sensación de que me evitaba usted. ¿Qué ha estado haciendo todo este tiempo?

-Oh, he estado ocupada. ¿No quiere un cigarrillo? -preguntó ella tendiéndole la pitillera.

-¿Fumará usted también? Ya sé que no le parece bien fumar en presencia de hombres, pero puede hacer una excepción en mi caso.

-Gracias. -La mujer encendió el suyo y le pasó las cerillas.

-Pero dígame, de verdad, ¿qué ha estado haciendo todo este tiempo? Ha desaparecido usted de la vida civilizada. Cuando estuve en casa de los Graham en primavera, dijeron que iba usted a ir y, al final, en el último momento, se echó atrás. Nos decepcionó a todos. ¿Y qué la lleva ahora a la India? ¿Va a ir a predicar la doctrina social y la igualdad intelectual a las mujeres hindúes e incitarlas a la revuelta? ¿Se casará usted con un viejo sacerdote budista, construirá una casita en lo alto del Himalaya y vivirá allí, hablando de filosofía y meditando? Me parece que eso es lo que a usted le gustaría. ¡No me sorprendería nada si me dijeran que lo ha hecho!

Ella se rió y sacó la pitillera. La mujer fumó lentamente.

-Llevo aquí mucho tiempo, cuatro años, y quiero cambiar. Me alegré de ver lo bien que le fue en las elecciones -añadió ella-. Tenía usted un gran interés, ¿verdad?

-Oh, sí. La lucha fue reñida. Eso dice en mi favor, aunque no era exactamente un asunto personal. Pero fue para mí una gran inquietud.

-¿No le parece que se equivocó al enviar aquella carta a los periódicos? -preguntó ella-. El silencio habría reforzado su postura.

-Sí, tal vez sí; ahora lo creo, pero me aconsejaron que la enviara. De todos modos hemos ganado, así que qué más da -dijo él, recostándose en la silla.

-¿Está usted bien?

-Oh, sí, muy bien; aburrido. Algunas veces uno no sabe para qué sirve tanto trabajo y tanto esfuerzo.

-¿Adónde irá de vacaciones este año?

-Oh, a Escocia, imagino; siempre voy allí; a la vieja casa.

-¿Por qué no va a Noruega? El cambio sería mayor para usted y significaría mayor descanso. ¿Le llegó un libro sobre la caza en Noruega?

-¿Fue usted quien me lo envió? ¡Qué amable! Lo leí con mucho interés. Estaba casi decidido a ponerme en camino en el acto. Supongo que es la vis inertiae que nos invade a medida que nos hacemos mayores lo que nos devuelve a los orígenes. Sería mucho mejor cambiar.

-Hay una lista al final del libro de las cosas exactas que hay que llevar -dijo ella-. Me pareció que ahorraba molestias; podría dársela a su criado y dejar que él se ocupara de todo. ¿Todavía lo tiene?

-Oh, sí. Me es tan fiel como un perro, me parece que no me abandonaría por nada. No me deja ir a cazar porque el pasado otoño me hice un esguince en el pie y tengo que ir a escondidas. Cree que no puedo tenerme en la silla con un esguince de tobillo; pero es muy buena persona; me cuida como una madre. -Fumó en silencio; el fuego brillaba en su chaqueta negra-. Pero ¿para qué se va usted a la India? ¿Conoce a alguien allí?

-No -dijo ella-, pero creo que es un lugar espléndido. Siempre he sentido gran interés por el Oriente. Es una vida compleja e interesante.

El se volvió y la miró.

-Va a buscar nuevas experiencias, dirá usted, imagino. Nunca he conocido a una mujer que se echara a perder como lo hace usted; una mujer con su atractivo que permitiera que se le escapara la vida entre los dedos y no hiciera nada por evitarlo. Debe de ser usted la mujer de más éxito de todo Londres. Oh, sí; ya sé lo que me va a decir: «Me da igual». Y ahí está la cosa: no le da igual. Va usted en pos de experiencias, va a conseguirlo todo, y nunca lo consigue. Dice que escribirá cuando sepa suficiente y nunca está satisfecha. Tendría que estar ganando dos mil al año pero le da igual. ¡Ahí está la cuestión! Vivir, enterrarse con un montón de antiguallas. Nunca hará nada. Podría tenerlo todo y lo deja escapar.

-Oh, tengo una vida muy plena -dijo ella-. Hay dos cosas que son realidades absolutas, el amor y el conocimiento, y no es posible eludirlas. -Había tirado el cigarrillo y contemplaba el fuego con una sonrisa.

-He dejado este piso a una amiga mía -añadió, mirando a su alrededor y sonriendo-. No sabe que le voy a dejar estas cosas. Le gustarán porque son mías. El mundo es muy hermoso, me parece a mí... delicioso.

-Oh, sí. Pero ¿qué hace usted con él? ¿Qué partido le saca? Debería sentar la cabeza y casarse, como las demás mujeres, en lugar de vagar por el mundo hasta la India y la China y Dios sabe dónde. Está arruinando su vida. Se rodea siempre de todo tipo de gente insólita. Si oigo que un hombre o una mujer es gran amigo suyo, siempre me digo: «¿Y a éste qué le pasa? ¿Ha perdido su dinero, se ha echado a perder él? ¿Tiene una enfermedad incurable?». Diría que sólo puede parecerle interesante una persona que padezca algún mal de mente o de cuerpo. Me parece que adora usted los harapos. ¡Mira que venir a encerrarse en un lugar así, lejos de todos y de todo! Es un error; es una majadería.

-Soy muy feliz -contestó ella-. Mire -dijo, inclinándose hacia el fuego con las manos sobre las rodillas-. Lo que importa es que algo te necesite. No es una cuestión de amor. Para qué estar cerca de algo si otras personas pueden ser de la misma utilidad que uno. Si los demás pueden ser más útiles es puro egoísmo. Lo que establece el lazo orgánico de la unión es la necesidad que unas cosas tienen de otras. A usted le gustan las montañas y los caballos, pero ellos no lo necesitan; Así pues, ¡de qué sirve decir nada! Imagino que lo más delicioso de la vida es sentir que algo te necesita y entregarse en el momento en que seamos necesarios. Aquello que no te necesita... hay que quererlo con cierta distancia.

-Oh, pero una mujer como usted debería casarse, debería tener hijos. Se malgasta usted en el primer mendigo anciano, la primera mujer desamparada o el primer criminal fugitivo con que se encuentra; será estupendo para ellos, pero para usted es un error. -Tocó suavemente la ceniza con la punta del dedo y la tiró-. Yo sí tengo la intención de casarme -dijo, volviendo a apoyar un codo sobre una rodilla y a ladear la cabeza, de modo que ella le veía el cabello castaño con rizos menudos un poco entreverados de gris en las sienes-. Es cosa curiosa que cuando un hombre alcanza cierta edad quiera casarse. No se enamora; no es que tenga planes concretos; es la sensación de que debe tener casa, mujer y niños. Supongo que es el mismo tipo de sensación que empuja a los pájaros a fabricar nidos en determinadas épocas del año. No es amor; es algo más. Cuando era joven despreciaba a los hombres que se casaban y me preguntaba por qué lo hacían; podían perderlo todo y no ganaban nada. Pero, cuando un hombre alcanza los treinta y seis, sus sentimientos cambian. No es amor o pasión lo que quiere; es un hogar; es una esposa y niños. Puede tener casa y criados, pero no es lo mismo. Yo habría dicho que a las mujeres les pasaba igual.

Ella guardó silencio un minuto, sosteniendo un cigarrillo entre los dedos; después dijo lentamente:

-Sí, algunas veces la mujer siente un curioso deseo de tener un hijo, especialmente cuando se acerca a los treinta o los sobrepasa. Es distinto al amor por una persona en concreto. Pero es algo que hay que superar. Para una mujer, el matrimonio es mucho más serio que para un hombre. Puede pasarse la vida sin encontrar al hombre al que sea capaz de querer y, si lo encuentra, quizá no sea conveniente o posible. El matrimonio se ha convertido en algo muy complejo, ahora que se ha transformado en algo tan intelectual. ¿No quiere otro?

Le tendió la pitillera.

-Puede encenderlo con el mío.

Se inclinó para encenderlo.

-Es usted un hombre que debería casarse. No tiene un trabajo que absorba su pensamiento y en el que interfiera una mujer; el matrimonio lo completaría. -Se reclinó, fumando serenamente.

-Sí -dijo él-. Pero hay demasiadas cosas que hacer en esta vida; nunca encuentro el momento de buscar una mujer y no me atraen esas bellezas sonrosadas tan comunes y que tanto gustan a algunos hombres. Yo necesito otra cosa. Si he de tener una esposa, tendré que ir a América a buscarla.

-Sí, una americana le convendrá más.

-Sí -dijo él-. No quiero una mujer a la que cuidar; tiene que ser autosuficiente y tampoco tiene que ser aburrida. Usted ya sabe lo que quiero decir. La vida está demasiado llena de preocupaciones para ocuparse además de una criatura indefensa.

-Sí -dijo ella levantándose y apoyando el codo en la chimenea-. El tipo de mujer que usted desea debe ser joven y fuerte; no es necesario que sea demasiado hermosa, pero tiene que ser atractiva; tiene que tener energía, pero no una individualidad demasiado acusada; tiene que ser en gran medida neutra; no debe mostrar por usted una devoción demasiado apasionada o demasiado profunda, pero sí respaldarlo de modo completamente racional. Debe tener los mismos objetivos y gustos que usted. Ninguna mujer tiene derecho a casarse con un hombre si se va a ver obligada a moldearse para adaptarse a él. Quizá ella podría desearlo, pero, por muy apasionadamente que se lo proponga, nunca podrá ser lo que otras mujeres son sin esfuerzo. El carácter dominará todo lo demás y acabará saliendo. -La mujer miró el fuego-. Cuando se case usted, no debe hacerlo con una mujer que lo halague demasiado. Es siempre señal de algún tipo de falsedad. Si una mujer lo ama como a ella misma, lo criticará y lo comprenderá como si fuera ella misma. Dos personas que van a pasar juntas toda la vida deben ser capaces de mirarse a los ojos y decirse la verdad. Eso ayuda en la vida. Encontrará muchas mujeres así en América -dijo ella-, mujeres que lo ayudarán a triunfar, que no lo arrastrarán hacia abajo.

-Sí, ésa es mi idea. Pero ¿de dónde voy a sacar a la mujer ideal?

-Vaya y búsquela. Vaya a América en lugar de ir a Escocia este año. Hará bien. Un hombre tiene derecho a buscar lo que necesita. En el caso de las mujeres es distinto; ésa es una de las diferencias radicales entre hombres y mujeres. -Bajó la vista hacia el fuego-. Es una ley de la naturaleza femenina y de las relaciones entre los sexos. No hay en ello nada arbitrario y convencional, del mismo modo que no lo hay tampoco en el hecho de que la mujer dé a luz al hijo y el varón no. Desde un punto de vista intelectual podemos ser iguales. Imagino que si cincuenta hombres y cincuenta mujeres tuvieran que resolver un problema matemático lo harían del mismo modo; cuanto más abstracto e intelectual es el terreno, más nos parecemos. Cuanto más nos acercamos a lo personal y lo sexual, más distintos somos -dijo-. Si tuviera que representar la naturaleza del hombre y de la mujer con un diagrama, pintaría dos círculos; el lado derecho de ambos lo pintaría de rojo brillante; después lo difuminaría hasta que en el lado izquierdo se transformara en azul para uno y verde para el otro. Esa zona representa el sexo y, cuanto más te acercas, más distintos son los colores de los discos. Pero, si giras los discos para que se toquen los lados rojos, parecen exactamente iguales; si los giras hasta que entren en contacto el verde y el azul, parecerán totalmente distintos. Por ese motivo vemos que los hombres brutales y sensuales invariablemente creen que las mujeres son totalmente distintas a los hombres, son otro tipo de criaturas; y los hombres muy cultos e intelectuales algunas veces creen que somos exactamente iguales. El amor sexual puede ser, en sustancia, idéntico para ambos; en la forma de su expresión tiene que distinguirse. La culpa no es del varón, es cosa de la naturaleza.

»Si un hombre ama a una mujer, tiene derecho a intentar que lo quiera porque puede hacerlo abiertamente, directamente, sin someterse. No es necesario que haya sutilezas, vías indirectas. En el caso de las mujeres no es igual; la mujer no puede aceptar un amor que no se ponga a sus pies. La naturaleza ordena que nunca muestre lo que siente; la mujer que dijera a un hombre que lo amaba habría levantado para siempre entre ambos una barrera insuperable; y, si lo atrajera sutilmente, utilizando medios de mujer, con silencios, sutilezas, tirando el pañuelo, con visitas sorpresa, con la amable afirmación de que no pensaba verlo cuando había hecho un largo viaje sólo para eso, estaría condenada. Conseguiría el amor, pero lo habría profanado con astucias; no tendría valor. Por ello, en la relación con el otro sexo, la mujer debe quedarse de brazos cruzados; sólo tiene derecho a tomar el amor que se postra a sus pies y le ruega que lo acepte. He aquí la verdadera diferencia entre un hombre y una mujer. Ustedes pueden ir en pos del amor porque pueden hacerlo abiertamente; nosotras no podemos porque debemos hacerlo con argucias. La mujer tiene que quedarse de brazos cruzados.

»Por supuesto, la amistad es diferente. En ese terreno nos encontramos en pie de igualdad con los hombres; es posible pedir a un amigo que venga a verte, como acabo de hacer con usted. Ése es el atractivo que tiene el intelecto y la vida intelectual para una mujer, permite que se aflojen los grilletes; y ése es el motivo de que se retraiga tanto ante el sexo. Tal vez si estuviera muriéndose o se encontrara en una situación igual de grave, podría... La muerte significa mucho más para una mujer que para un hombre; si una mujer sabe que se muere, puede mirar el mundo que la rodea y sentir que las ataduras de su sexo, que la han quebrado y aplastado toda la vida, han desaparecido: no existe ya la mujer, sólo queda el ser humano, capaz de tratar a su entorno en pie de igualdad.

»No hay motivo para que no vaya usted a América y busque esposa con total deliberación. No debe decir mentiras. Busque hasta que encuentre a una mujer a la que quiera de veras, que le convenga sin la menor duda y no sólo la ame, y pídale entonces que se case con usted. Tienen que tener niños; la vida de un anciano sin hijos es muy triste.

-Sí, tendría que tener hijos. Ahora muchas veces pienso que para qué sirve todo esto, este trabajo, este esfuerzo, si no tengo a nadie a quien dejárselo. Es un vacío, imaginemos que consigo...

-¿Imaginemos que consigue su título?

-Sí. ¿De qué me sirve si no tengo a nadie a quien legárselo? Ésa es la sensación que tengo. Es muy raro estar sentado hablando de esto con usted. Pero es usted tan distinta a otras mujeres... Si todas fueran como usted, sus teorías de la igualdad entre hombres y mujeres funcionarían. Es usted la única mujer con la que puedo estar sin darme cuenta de que es una mujer.

-Sí -dijo ella. Siguió contemplando el fuego

-¿Cuánto tiempo piensa estar en la India?

-Oh, no voy a volver.

-¡No va a volver! Eso es imposible. Romperá el corazón de la mitad de la gente de por aquí si no vuelve. No he conocido nunca a una mujer con una capacidad semejante para atrapar el corazón de los hombres, a pesar de esa filosofía suya. No sé -añadió con una sonrisa- si no habría caído yo también en esa trampa (hace tres años casi creí caer) si no hubiera estado usted siempre atacándome de modo tan incontinente y persistente en todos los aspectos y en todas las ocasiones. No me gusta el dolor, las bofetadas me enfrían. Pero no parece tener ese efecto en otros hombres... El año pasado, cuando estuve en el campo, conocí a un individuo ridículo. Ya sabe cómo se llama... -Agitó los dedos mientras hacía memoria-... Un individuo grande, de bigote amarillo, un comandante que se ha ido ahora a la costa oriental de África; las señoras sacaron a la luz que llevaba siempre una fotografía de usted en el bolsillo; y tenía la costumbre de sacar trocitos de artículos que usted había publicado y enseñárselos a la gente con aire misterioso. Casi se batió en duelo con un hombre una noche, después de la cena, porque habló de usted de un modo que le pareció inapropiado...

-No me gusta hablar de los hombres que me han querido -dijo ella-. Por pequeño e insignificante que fuera ese individuo, me ofreció lo mejor de sí mismo. No hay nada ridículo en el amor. Me parece que una mujer debe pensar que todo el amor que los hombres le han dado y que ella no ha podido devolver es como una corona que le han puesto encima; tiene que intentar crecer para estar a su altura. No puedo soportar la idea de que todo el amor que se me ha dado se ha malgastado en alguien que no lo merecía. Esos hombres han sido encantadores y me han hecho un gran honor. Les estoy agradecida. Si un hombre te dice que te quiere -dijo, mirando el fuego-, si descubre su pecho ante ti para que lo golpees a voluntad, lo menos que puedes hacer es extender la mano y ocultarlo de la mirada de los demás. Si fuera una cierva y un ciervo se hiriera al perseguirme, aunque no pudiera tenerlo como compañero, me quedaría quieta y echaría tierra con la pezuña sobre el lugar en el que hubiera vertido su sangre; el resto de la manada no sabría que se había herido siguiéndome. Taparía la sangre, si fuera una cierva -repitió, y guardó silencio. Luego se sentó en la silla y añadió con la mano extendida-: Sin embargo, no pienso lo mismo que todo el mundo sobre el amor. Creo que el amado otorga un bien a quien ama, tan grande y hermoso es haber sido amado. Creo que el hombre debería dar las gracias a la mujer o la mujer debería dar las gracias al hombre que la ha amado, haya sido correspondido o no, los hayan separado o no las circunstancias. -Se frotó la rodilla suavemente con la mano.

-Bueno, tengo que irme -dijo él, sacándose el reloj-. Es tan fascinante hablar con usted que podría quedarme toda la noche, pero tengo todavía dos compromisos.

Se puso en pie; ella se puso en pie también y lo miró un momento.

-¡Qué buen aspecto tiene usted! Me parece que ha descubierto el secreto de la eterna juventud. No aparenta ni un día más que cuando lo conocí, hace cuatro años. Parece como si estuviera siempre entre llamas ardientes y no se quemara nunca.

El la miró con expresión divertida, tal como se mira a un niño interesante o a un gran perro de Terranova.

-¿Cuándo volveré a verla?

-¡No volverá a verme!

-¡No volveré a verla! Tenemos que conseguir que vuelva; usted pertenece a este lugar. Se cansará de su budista y volverá con nosotros.

-¿No le molesta que le haya pedido que venga a despedirse? -preguntó ella con aire infantil, impropio de la determinación que mostraba cuando hablaba de cosas impersonales-. Quería decir adiós a todo el mundo. Si no te despides, te sientes inquieto y tienes la sensación de que deberías regresar. Cuando te despides de todos tus amigos, sabes que todo ha terminado.

-Oh, no es una despedida definitiva, volverá usted dentro de diez años y compararemos nuestras experiencias: las suyas con su sacerdote budista y yo con mi bella americana ideal; y veremos a quién le ha ido mejor.

Ella se echó a reír.

-Seguiré sus andanzas por los periódicos, así que no estaremos del todo distanciados; y tal vez le lleguen noticias mías.

-Sí, espero que tenga mucho éxito.

Ella lo estaba mirando de pies a cabeza, con los ojos muy abiertos. Él se volvió hacia la silla de la que colgaba su abrigo.

-¿Lo ayudo a ponérselo?

-Oh, no, gracias.

Él se puso el sobretodo.

-Abróchese hasta arriba -dijo ella-. En esta habitación hace calor.

Él se volvió hacia ella, con el abrigo y los guantes puestos. Se encontraban cerca de la puerta.

-Bien, adiós. Que le vaya bien

Él la miraba, envuelto en su sobretodo. Ella alzó la mano un poco.

-Quisiera pedirle algo- dijo rápidamente.

-¿Qué es?

-¿Le importaría besarme?

Él la miró unos instantes y se inclinó hacia ella.

No podría decirlo con certeza, pero años después tuvo siempre la sensación de que ella extendió la mano y se la puso en la coronilla con una caricia extraña y suave, con el gesto de una madre cuando el niño duerme y no quiere despertarlo. Después se dio la vuelta y ella desapareció. La puerta se había cerrado sin hacer ruido. Se quedó quieto unos momentos, se dirigió a la chimenea y contempló una colilla, retrocedió hasta la puerta y la abrió. La escalera estaba oscura y en silencio. Tocó la campanilla con violencia. La anciana subió. Le preguntó dónde estaba la señora. Ella le dijo que había salido, tenía un coche esperando. Él le preguntó cuándo volvería. La anciana le dijo: «No volverá»; se había ido. Él preguntó adónde se había ido. La mujer dijo que no lo sabía, había dado instrucciones de que le guardaran las cartas durante seis u ocho meses hasta que escribiera comunicando su dirección. Él preguntó si tenía alguna idea de dónde podría encontrarla. La mujer dijo que no. Él dio unos pasos hasta un rincón de la pared donde había habido un cuadro y se quedó mirando como si siguiera ahí colgado. Hizo un gesto con los labios como si lanzara un largo silbido, pero nada se oyó. Dio a la mujer diez chelines y bajó la escalera.

Habían transcurrido ocho años desde entonces.

¡Qué hermosa debe de haber sido la vida para quien sigue pareciendo tan joven!

La capa - Dino Buzzati

Al cabo de una interminable espera, cuando la esperanza comenzaba ya a morir, Giovanni regresó a casa. Todavía no habían dado las dos, su madre estaba quitando la mesa, era un día gris de marzo y volaban las cornejas.

Apareció de improviso en el umbral y su madre gritó: «¡Ah, bendito seas!», corriendo a abrazarlo. También Anna y Pietro, sus dos hermanitos mucho más pequeños, se pusieron a gritar de alegría. Había llegado el momento esperado durante meses y meses, tan a menudo entrevisto en los dulces ensueños del alba, que debía traer la felicidad.

Él apenas dijo nada, teniendo ya suficiente trabajo con reprimir el llanto. Había dejado en seguida el pesado sable encima de una silla, en la cabeza llevaba aún el gorro de pelo. «Deja que te vea», decía entre lágrimas la madre retirándose un poco hacia atrás, «déjame ver lo guapo que estás. Pero qué pálido estás...»

Estaba realmente algo pálido, y como consumido. Se quitó el gorro, avanzó hasta la mitad de la habitación, se sentó. Qué cansado, qué cansado, incluso sonreír parecía que le costase.

–Pero quítate la capa, criatura –dijo la madre, y lo miraba como un prodigio, hasta el punto de sentirse amedrentada; qué alto, qué guapo, qué apuesto se había vuelto (si bien un poco en exceso pálido)–. Quítate la capa, tráela acá, ¿no notas el calor?

Él hizo un brusco movimiento de defensa, instintivo, apretando contra sí la capa, quizá por temor a que se la arrebataran.

–No, no, deja –respondió, evasivo–, mejor no, es igual, dentro de poco me tengo que ir...

–¿Irte? ¿Vuelves después de dos años y te quieres ir tan pronto? –dijo ella desolada al ver de pronto que volvía a empezar, después de tanta alegría, la eterna pena de las madres–. ¿Tanta prisa tienes? ¿Y no vas a comer nada?

–Ya he comido, madre –respondió el muchacho con una sonrisa amable, y miraba en torno, saboreando las amadas sombras–. Hemos parado en una hostería a unos kilómetros de aquí...

–Ah, ¿no has venido solo? ¿Y quién iba contigo? ¿Un compañero de regimiento? ¿El hijo de Mena, quizá?

–No, no, uno que me encontré por el camino. Está ahí afuera, esperando.

–¿Está esperando fuera? ¿Y por qué no lo has invitado a entrar? ¿Lo has dejado en medio del camino?

Se llegó a la ventana y más allá del huerto, más allá del cancel de madera, alcanzó a ver en el camino a una persona que caminaba arriba y abajo con lentitud; estaba embozada por entero y daba sensación de negro. Nació entonces en su ánimo, incomprensible, en medio de los torbellinos de la inmensa alegría, una pena misteriosa y aguda.

–Mejor no –respondió él, resuelto–. Para él sería una molestia, es un tipo raro.

–¿Y un vaso de vino? Un vaso de vino se lo podemos llevar, ¿no?

–Mejor no, madre. Es un tipo extravagante y es capaz de ponerse furioso.

–¿Pues quién es? ¿Por qué se te ha juntado? ¿Qué quiere de ti?

–Bien no lo conozco –dijo él lentamente y muy serio–. Lo encontré por el camino. Ha venido conmigo, eso es todo.

Parecía preferir hablar de otra cosa, parecía avergonzarse. Y la madre, para no contrariarlo, cambió inmediatamente de tema, pero ya se extinguía de su rostro amable la luz del principio.

–Escucha –dijo–, ¿te imaginas a Marietta cuando sepa que has vuelto? ¿Te imaginas qué saltos de alegría? ¿Es por ella por lo que tienes prisa por irte?

Él se limitó a sonreír, siempre con aquella expresión de aquel que querría estar contento pero no puede por algún secreto pesar.

La madre no alcanzaba a comprender: ¿por qué se estaba ahí sentado, como triste, igual que el lejano día de la partida? Ahora estaba de vuelta, con una vida nueva por delante, una infinidad de días disponibles sin cuidados, con innumerables noches hermosas, un rosario inagotable que se perdía más allá de las montañas, en la inmensidad de los años futuros. Se acabaron las noches de angustia, cuando en el horizonte brotaban resplandores de fuego y se podía pensar que también él estaba allí en medio, tendido inmóvil en tierra, con el pecho atravesado, entre los restos sangrientos. Por fin había vuelto, mayor, más guapo, y qué alegría para Marietta. Dentro de poco llegaría la primavera, se casarían en la iglesia un domingo por la mañana entre flores y repicar de campanas. ¿Por qué, entonces, estaba apagado y distraído, por qué no reía, por qué no contaba sus batallas? ¿Y la capa? ¿Por qué se la ceñía, tanto, con el calor que hacía en la casa? ¿Acaso porque el uniforme, debajo, estaba roto y embarrado? Pero con su madre, ¿cómo podía avergonzarse delante de su madre? He aquí que, cuando las penas parecían haber acabado, nacía de pronto una nueva inquietud.

Con el dulce rostro ligeramente ceñudo, lo miraba con fijeza y preocupación, atenta a no contrariarlo, a captar con rapidez todos sus deseos. ¿O acaso estaba enfermo? ¿O simplemente agotado a causa de los muchos trabajos? ¿Por qué no hablaba, por qué ni siquiera la miraba? Realmente el hijo no la miraba, parecía más bien evitar que sus miradas se encontraran, como si temiera algo. Y, mientras tanto, los dos hermanos pequeños lo contemplaban mudos, con una extraña vergüenza.

–Giovanni –murmuró ella sin poder contenerse más–. ¡Por fin estás aquí! ¡Por fin estás aquí! Espera un momento que te haga el café.

Corrió a la cocina. Y Giovanni se quedó con sus hermanos mucho más pequeños que él. Si se hubieran encontrado por la calle, ni siquiera se habrían reconocido, tal había sido el cambio en el espacio de dos años. Ahora se miraban recíprocamente en silencio, sin saber qué decirse, pero sonriéndose los tres de cuando en cuando, obedeciendo casi a un viejo pacto no olvidado.

Ya estaba de vuelta la madre y con ella el café humeante con un buen pedazo de pastel. Vació la taza de un trago, masticó el pastel con esfuerzo. «¿Qué pasa? ¿Ya no te gusta? ¡Antes te volvía loco!», habría querido decirle la madre, pero calló para no importunarlo.

–Giovanni –le propuso en cambio–, ¿y tu cuarto? ¿no quieres verlo? La cama es nueva, ¿sabes? He hecho encalar las paredes, hay una lámpara nueva, ven a verlo... pero ¿y la capa? ¿No te la quitas? ¿No tienes calor?

El soldado no le respondió, sino que se levantó de la silla y se encaminó a la estancia vecina. Sus gestos tenían una especie de pesada lentitud, como si no tuviera veinte años. La madre se adelantó corriendo para abrir los postigos (pero entró solamente una luz gris, carente de cualquier alegría).

–Está precioso –dijo él con débil entusiasmo cuando estuvo en el umbral, a la vista de los muebles nuevos, de los visillos inmaculados, de las paredes blancas, todos ellos nuevos y limpios. Pero, al inclinarse la madre para arreglar la colcha de la cama, también flamante, posó él la mirada en sus frágiles hombros, una mirada de inefable tristeza que nadie, además, podía ver. Anna y Pietro, de hecho, estaban detrás de él, las caritas radiantes, esperando una gran escena de regocijo y sorpresa.

Sin embargo, nada. «Muy bonito. Gracias, sabes, madre», repitió, y eso fue todo. Movía los ojos con inquietud, como quien desea concluir un coloquio penoso. Pero sobre todo miraba de cuando en cuando con evidente preocupación, a través de la ventana, el cancel de madera verde detrás del cual una figura andaba arriba y abajo lentamente.

–¿Te gusta, Giovanni? ¿Te gusta? –preguntó ella, impaciente por verlo feliz. «¡Oh, sí, está precioso!» respondió el hijo (pero ¿por qué se empeñaba en no quitarse la capa?) y continuaba sonriendo con muchísimo esfuerzo.

–Giovanni –le suplicó–. ¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa, Giovanni? Tú me ocultas algo, ¿por qué no me lo quieres decir?

Él se mordió los labios, parecía que tuviese algo atravesado en la garganta.

–Madre –respondió, pasado un instante, con voz opaca–, madre, ahora me tengo que ir.

–¿Que te tienes que ir? Pero vuelves en seguida, ¿no? Vas donde Marietta, ¿a que sí? Dime la verdad, ¿vas donde Marietta? –y trataba de bromear, aun sintiendo pena.

–No lo sé, madre –respondió él, siempre con aquel tono contenido y amargo; entre tanto, se encaminaba a la puerta y había recogido ya el gorro de pelo–, no lo sé, pero ahora me tengo que ir, ése está ahí esperándome.

–¿Pero vuelves luego?, ¿vuelves? Dentro de dos horas aquí, ¿verdad? Haré que vengan también el tío Giulio y la tía, figúrate qué alegría para ellos también, intenta llegar un poco antes de que comamos...

–Madre –repitió el hijo como si la conjurase a no decir nada más, a callar por caridad, a no aumentar la pena–. Ahora me tengo que ir, ahí está ése esperándome, ya ha tenido demasiada paciencia –y la miró fijamente...

Se acercó a la puerta, sus hermanos pequeños, todavía divertidos, se apretaron contra él y Pietro levantó una punta de la capa para saber cómo estaba vestido su hermano por debajo.

–¡Pietro! ¡Pietro! Estate quieto, ¿qué haces?, ¡déjalo en paz, Pietro! –gritó la madre temiendo que Giovanni se enfadase.

–¡No, no! –exclamó el soldado, advirtiendo el gesto del muchacho. Pero ya era tarde. Los dos faldones de paño azul se habían abierto un instante.

–¡Oh, Giovanni, vida mía!, ¿qué te han hecho? –tartamudeó la madre hundiendo el rostro entre las manos–. Giovanni, ¡esto es sangre!

–Tengo que irme, madre –repitió él por segunda vez con desesperada firmeza–. Ya lo he hecho esperar bastante. Hasta luego Anna, hasta luego Pietro, adiós madre.

Estaba ya en la puerta. Salió como llevado por el viento. Atravesó el huerto casi a la carrera, abrió el cancel, dos caballos partieron al galope bajo el cielo gris, no hacia el pueblo, no, sino a través de los prados, hacia el norte, en dirección a las montañas. Galopaban, galopaban.

Entonces la madre por fin comprendió; un vacío inmenso que nunca los siglos habrían bastado a colmar se abrió en su corazón. Comprendió la historia de la capa, la tristeza del hijo y sobre todo quién era el misterioso individuo que paseaba arriba y abajo por el camino esperando, quién era aquel siniestro personaje tan paciente. Tan misericordioso y paciente como para acompañar a Giovanni a su vieja casa (antes de llevárselo para siempre), a fin de que pudiera saludar a su madre; de esperar tantos minutos detrás del cancel, de pie, en medio del polvo, él, señor del mundo, como un pordiosero hambriento.