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Mejor Manolo - Elvira Lindo


UN SECUNDARIO DE LUJO

             No sé si te acuerdas de que siempre empiezo todas las historias desde el principio de los tiempos. El principio de los tiempos de la vida actual en casa de los G. M. fue la llegada a este planeta de (la) Chirli. Pero antes de que naciera hubo un embarazo. Creo que no es necesario explicar en este capítulo cómo es la reproducción humana porque, personalmente, este tema me sale ya por las orejas: todos los años lo damos en Conocimiento del Medio, así que te puedo decir que la teoría la domino. Al principio tenía su interés, y nos reíamos bastante cuando salía en el libro la palabra «vulva» o la palabra «testículo» y ya no te digo si aparecía la palabra «pene», pero te puedo asegurar que después de cuatro año de venga con lo mismo hemos perdido la ilusión en esos temas.

            Yihad, el chulo de mi barrio, le preguntó el otro día a mi sita Asunción:

            Sita, ¿cuándo nos llegará el momento de la práctica?

            Yo casi me caigo al suelo de la risa. Casi siempre le río las gracias a Yihad sólo para que no me rompa las gafas, pero hay que reconocer que esta vez el tío estuvo sembrao. Lo increíble es que la sita me echó a mí de clase, y cuando luego le pregunté a la salida por qué me castigaba a mí y no al autor de los hechos, mi sita me dijo que porque Yihad era un niño que ya no tenía remedio y, en cambio, yo aún tenía salvación. Me fui casi flotando a casa porque es la primera vez que la sita me dice algo positivo. Para que veas con que poco me conformo.

            Pues eso, que el principio de los tiempos de esta historia es el embarazo de una madre, la mía.

           El Imbécil es un niño imprevisible. Eso lo dice la Luisa. Siempre dice que el Imbécil es un niño imprevisible. Y yo lo repito:

             1. Porque es verdad.

          2. Porque, como ya dije en el capítulo anterior, las palabras no pertenecen a nadie. Y aunque ésta es una palabra que a mí no se me ocurriría pronunciar nunca delante de mis amigos, la uso porque es verdad, porque el Imbécil es un niño imprevisible.

             Resulta que hace tres años mi madre se pasó no sé cuántos días dándole vueltas a cómo decirle al Imbécil que dentro de nueve meses íbamos a tener un hermano o, en su defecto, hermana. Decía mi madre que el pobre se iba a deprimir bastante porque era la peor noticia que podía recibir un niño que desde que nació había sido el mimadito de la sociedad. A mi madre se la notan las preferencias a distancia: no te creas que se preocupaba por mí, qué va, sólo se preocupaba por su Imbécil. Pero no me importa, ya tengo callo.

            Por resumirte la vida del Imbécil hasta ese momento te diré que es un niño que había tenido suerte desde la cuna. Todo el mundo siempre había estado pendiente de él, adorándole, sobre todo mi madre, que babeaba. Y todavía babea, aunque ahora un tanto por ciento de sus babas, pongamos un treinta por ciento, son para la Chirli. Y a mí siempre que me den morcillas porque desde que nació el Imbécil tengo mucha fama de ser un celoso que siempre está comparándose con el hermano pequeño. Y es verdad, desde que tengo memoria comparo lo que se gastan en el cumpleaños del Imbécil con lo que se gastan en el mío. Conozco los precios de los mercados. Y que me caiga ahora mismo muerto si no es verdad que se gastan en sus regalos por lo menos uno o dos euros más. Y eso a mí me hace bastante daño.

            Pero mi depresión a mi madre no la importaba, a ella sólo la importaba la depresión que iba va a pillar el Imbécil cuando le llegara el hermano o, en su defecto, hermana, y tuviera que abandonar la habitación de mis padres, que ya iba siendo hora, por cierto, porque cuando nació Chirli el Imbécil era un niño de casi cinco años al que se le salían las patas por los barrotes de la cuna, y no me digas a mí que esto es normal. Entrabas por la noche y te encontrabas con esa visión estremecedora: una cuna pegada a la cama de unos padres y en esa cuna un niñorro gigante con los pies fuera de los barrotes.

            Me acuerdo de que una noche tuve una pesadilla que nunca olvidaré: soñé que el Imbécil se había hecho mayor y los pies ya le tocaban el suelo y tenía las piernas llenas de pelos. Me desperté sudando, como en las películas, y como no se me quitaba esa terrible visión de la mente cerebral me armé de valor y fui a la habitación de mis padres. A oscuras y aún temblando puse las manos hacia delante, como hacen los sonámbulos, y al tocar unos pies enormes de los que salían unas piernas peludas me puse a gritar y también se puso a gritar un hombre al superunísono. Pensé, Dios mío, el tiempo se me ha pasado sin sentir… Pero entonces alguien dio la luz y allí estaba mi padre, tumbado, con la mano en el corazón, y dijo jadeando, como cuando en las películas la gente pronuncia sus últimas palabras: «Para una vez que me quedo en casa entre semana.»

            Yo me eché a llorar, porque matar a un padre de un susto es algo de lo que te vas a arrepentir siempre y porque es lo que suelo hacer cuando siento que las collejas sobrevuelan mi cabeza. Y entonces dije, he tenido una pesadilla. Y mi padre dijo, anda ven. Y me hizo un sitio a su lado y me pasó el brazo por el hombro y entonces escuché su corazón, bum bum bum, y a punto estaba de quedarme dormido cuando el Imbécil, que por aquellos días aún tenía el sistema de balancearse sobre su barriga en la baranda de la cuna para dejarse caer en la cama de mis padres, cayó sobre mí con todos sus kilos de niñorro gigantesco, y entonces mi corazón sonó, bum bum bum, pero eso a mis padres no les despertó porque ya tenían asumido que el Imbécil les caía encima a media noche y no se asustaban, igual que uno no se asusta ni se despierta cuando pasa el camión de la basura.

          Lo que te estaba diciendo: que mi madre se pasó todas aquellas Navidades hablando en plan secretillos con la Luisa y con mi padre, supermisteriosa todo el tiempo, y yo estaba bastante mosqueado porque a mí la gente cuando se pone a decirse cosas al oído para que yo no las oiga es que me cae fatal aunque sean de mi familia. Pero resultó que un día histórico, la víspera de Reyes, mi madre le dijo a mi abuelo que, por favor, que se bajara al Imbécil a la Cabalgata de Carabanchel, y ya me estaba poniendo yo la chupa para irme con ellos, cuando suelta mi madre: «No, Manolito, tú espérate un momento conmigo y luego les alcanzamos.» Yo ya tenía la boca abierta para protestar. Bueno, «en honor a la verdad», como dice mi padrino Bernabé, yo siempre tengo la boca abierta porque como las gafas se me van escurriendo hasta la mitad de la nariz no respiro bien y tengo que llevar la boca abierta todo el tiempo para no morir ahogado. Pero vamos, que en este caso tenía además la boca abierta para decirle a mi madre que también quería ver la Cabalgata desde el principio (de los tiempos) y en esto que fue mi madre y me guiñó un ojo mirando al Imbécil. «En honor a la verdad» la intriga me carcomía.

            El Imbécil y mi abuelo tardaron mucho en irse porque el Imbécil no encontraba su chupete cochambroso, uno que tenía desde que nació y que mi madre hervía cada dos por tres porque al Imbécil se le había caído al váter o a la calle o al cubo de la basura pero que era preferible hervirlo a soportar sus aullidos de desesperación.

            Además, luego, me acuerdo de que también estuvo buscando la Barbie Corazón que era su preferida y estaba empeñado en subirse esa Barbie a sus hombros y enseñarle la Cabalgata, porque en aquellos tiempos el Imbécil era un niño que creía que las Barbies eran gente humana y tenían sentimientos. Para colmo, mi madre se pasó media hora abrigándolo, que yo creo que lo raro es que hayamos sobrevivido a sus abrigamientos, porque entonces nos ponía la bufanda apretada hasta los ojos, como si fuera un torniquete. Hubo veces que yo vi al Imbécil rojo y era porque no le estaba llegando el oxígeno a su cerebro. Mi madre le anudaba la bufanda tan fuerte que los mocos del Imbécil se iban desparramando por la bufanda y ahí se le quedan secos como el superglú. Había veces, y que me caiga muerto ahora mismo si miento, que llegábamos a casa por la noche y la bufanda se le había quedado pegada y había que pegarle un tirón mortal. Igual que cuando la Luisa se hace la cera en el bigote, que yo la he visto.

            Yo ya no podía más de la intriga. Incluso me había empezado a arrancar la ceja derecha, que es lo que hago cuando estoy atacado de los nervios. Por fin, mi abuelo y el Imbécil se fueron después de que mi madre le diera al Imbécil cien mil besos, que parecía que en vez de a la Cabalgata se iba a un Erasmus, y entonces yo y mi madre nos quedamos solos bastante frente a frente. La tensión se mascaba en el ambiente. Y fue entonces cuando mi madre se sentó en el taburete del mueble-bar, que parece que la estoy viendo ahora mismo, y dijo:

            —A lo mejor tenemos un hermanito. O hermanita.

            Y yo me quedé, te lo juro, tan petrificado que podrían haber venido a estudiarme a Carabanchel antropólogos de todo el mundo. Era lo que menos me esperaba en la vida: un hermanito. Y entonces mi madre dijo que ella tampoco se lo esperaba y que había sido una sorpresa bastante sorprendente, que al principio le había sentado como un tiro, pero que al final estaba segura de que todos íbamos a ser muy felices porque un niño recién nacido, decía mi madre, traía mucha alegría a las familias, aunque las familias no quisieran al principio a ese recién nacido ni por asomo, pero como ese recién nacido luego tenía una gracia que te morías, esas mismas familias, que al principio es que no querían ni verlo, lo pasaban de muerte en el futuro riéndose a mandíbula batiente con las gracias del recién nacido ese.

            Yo ya me conocía el tema. Mi madre me lo había vendido de la misma manera cuando el Imbécil estaba a punto de llegar a este mundo y yo me lo había creído porque entonces era un niño de la infancia y no sabía nada de la vida pero ahora estaba lleno de experiencia y ya no me podían engañar.

            De todas formas, ya te digo, mi madre no estaba preocupada por mí, sino por su ojito derecho. A ella la preocupaba cómo se lo iba a tomar el Imbécil y lo que de verdad quería era que yo le dijera al Imbécil que tener un hermanito (o en su defecto, hermanita) era algo que todos los niños deberían estar deseando. Las madres son muy liantas. Y la mía, la más lianta de todas. Quería que colaborara con ella en el mayor engaño de la historia.

            Total, que al día siguiente fue Reyes y al día siguiente el día de después de Reyes (claro) y luego empezamos otra vez el colegio y la vida volvió a ser un rollo (repollo). Y todo ese tiempo estuvimos sin decirle nada al Imbécil porque mi madre decía que no encontraba el momento. Pero di que un sábado estábamos viendo en la tele Batman. El Caballero Oscuro, que es la película favorita del Imbécil, porque es un niño que ama la violencia en el cine, y en esto que llegan los anuncios y sale un anuncio de Iberia en el que se veía un cielo plagado de bebés voladores de todas las razas del mundo. Bebés blancos, chinos, negros, indios y a lunares. Y entonces mi madre va y con toda la intención le pregunta al Imbécil:

            —¿No te gustaría tener uno de esos bebés, cariño?

            —Sí, uno. El nene quiere uno.

            —¿Quieres que te lo traiga mamá?

            —Quiero el chino.

            —¿Y si te traigo uno que no sea chino? Mira ése qué bonito es el que no es chino, el blanquito —dijo mi madre señalándoselo—, también es muy gracioso.

            —No, el nene quiere el chino volador. Si no es chino el nene no lo quiere.

            Nos quedamos todos pensativos porque el Imbécil siempre fue un niño de ideas fijas y además tiene una memoria de elefante y como nos avisara de que lo quería chino estábamos seguros de que iba a montar un pollo en el mismo hospital cuando viera que a mis padres los niños no les salen chinos, les salen como nosotros.

            Te parecerá que en mi familia somos idiotas pero nadie se atrevió a decirle al Imbécil que el hermanito o, en su defecto, hermanita, nunca sería chino, y a partir de aquel momento bastante histórico todos hablamos de la llegada del chino, del nacimiento del chino, de cómo se iba a llamar el chino. Te decía al principio que el Imbécil es imprevisible porque en vez de pillarse la típica depresión preparto cada vez que le nombrábamos al chino el tío se partía de risa y preguntaba todo el tiempo, cuando llegábamos del colegio, que si el chino había llegado ya por fin. «Está impaciente —decía mi madre—, se muere de ganas de tener a su hermanito.» Y el Imbécil la corregía sacándose el chupete de la boca y levantándolo hacia arriba, como hacía cuando iba a decirnos algo bastante fundamental:

            —El nene tiene ganas de tener al chino.

            Porque la idea que tenía el Imbécil de un hermanito era bastante rara, la verdad. Un día que oyó a mi madre que hablaba de que había que ir pensando en arreglar el cuarto y comprarnos de una vez por todas unas literas a mí y al Imbécil, el Imbécil salió de casa como loco sin que pudiéramos detenerlo. De pronto oímos los ladridos de la Boni, la perra de la Luisa, en la escalera, y era que el Imbécil le había arrebatado su cojincillo de la Boni y subía con él, y la Boni venía detrás mordiéndole los zapatos. Pero el Imbécil ni caso porque a él nunca le han dado miedo ni las personas ni los animales.

            —Aquí dormirá el chino —dijo poniendo el cojincillo al lado del mueble-bar.

            También otro día subió la Luisa diciendo que le había desaparecido el cacharro del pienso de la Boni y lo encontramos en el mismo sitio, detrás del mueble-bar. El Imbécil se creía que al chino lo íbamos a criar por los suelos, que ningún bebé volador se atrevería a expulsarle de su cuna en el cuarto de mis padres, y que seguiría ahí hasta que le salieran las famosas dos patas peludas por los barrotes de la cama, como si fuera Gulliver en la cárcel de los liliputienses. Tampoco se imaginaba que habría otro niño sentado en una trona como la que él tenía para comer, desde la que nos mandaba como un dictador y nos tiraba garbanzos a propulsión con la cuchara como nos atreviéramos a desobedecer sus órdenes.

            El Imbécil, en su imaginación calenturienta, se creía que al chino habría que bajarlo al parque como a la Boni para que hiciera sus cosas y que le podríamos llevar con correa. También le robó la correa a la Boni porque al Imbécil lo que más ilusión le hacía de tener un chino volador era poder llevarlo con correa y sacarlo a pasear al Parque del Ahorcado.

            Un día que fuimos con mi madre al ambulatorio para ver si el famoso chino seguía engordando en su barriga, una señora, que era como todas las señoras que están en una sala de espera, una cotilla, le preguntó al Imbécil si estaba contento porque iba a tener un hermanito nuevo. Y el Imbécil le contestó que no, que no, que él no iba a tener un hermanito, que iba a tener un chino volador, y que mi madre lo llevaba en la barriga porque que era un chino bueno y no mordía y que a veces se notaba que estaba vivo porque movía el rabo. Y el Imbécil agarró a la señora la mano y se la puso encima de la barriga de mi madre y gritó:

            —¡Ahora, ahora está moviendo el rabo el chino!

            Y la señora se pegó un susto, apartó la mano de golpe y nos miró raro. Y mi madre se quedó sonriéndola como sin saber qué decir. Yo la dije a mi madre que alguna vez tendríamos que decirle al Imbécil algo de la verdad de la vida y de lo que le esperaba. Y mi madre me dijo, ya llegará el momento, que no quiero líos antes de tiempo. Y yo le dije que el Imbécil en realidad lo que quería tener era un perro, y mi madre dijo: «¡No me calientes la cabeza, Manolito, que siempre vas a ponerme la cabeza como una olla a presión!» Y yo dije que vale, que bueno, pero que el que avisa no es traidor. Y mi abuelo me hizo una seña para que me callara porque tenía la teoría de que a las madres embarazadas no se las puede llevar la contraria y menos a la mía, que no se la puede llevar la contraria nunca.

            Luego entramos con mi madre a la consulta porque mi madre decía que así íbamos comprendiendo cosas del misterio de la vida. Vimos al chino en la pantalla, escuchamos su corazón palpitante y luego el médico nos enseñó la foto que estaba bastante oscura. El Imbécil señaló entonces una mancha y dijo: «Aquí está el rabo», y el médico se mosqueó porque hacía un momento que le había dicho a mi madre que todavía no se veía si era niño o niña y los médicos de siempre han querido saber más que nadie. Total que nos echó de su despacho. Ya en la sala de espera el Imbécil me dijo: aquí no dejarán pasar al chino, pero el nene se quedará con el chino en el parque paseando.

            Siempre fue un niño bastante cabezota y cuando se le mete algo en la cabeza, no le digas lo contrario que te la monta. Yo pensé que el día en que naciera el chino y él viera cómo era dicho chino los aullidos del Imbécil se oirían hasta en Carabanchel Bajo. Pero, de momento, igual tenía razón mi madre y era mejor no contarle la verdad cruda, porque, conociendo como conocemos al Imbécil, ¿quién se atrevía? ¿te hubieras atrevido tú?

           El día del nacimiento, al que llamaremos día FD (Fatal Desenlace), llegó, y, si quieres que te diga la verdad, a esas alturas yo también me esperaba algo parecido a un perrito pequinés, raza originaria del gigante asiático, o una especie de centauro, mitad perro mitad bebé de Iberia. No es que hubiera perdido la cabeza, pero las ideas del Imbécil siempre han sido altamente contagiosas. Soñé varias veces con el bebé pequinés. Me lo imaginaba como uno de los bebés voladores del anuncio, soñaba que lo sacábamos con la correa al Parque del Ahorcado y era maravilloso porque flotaba y era como si lleváramos un globo enorme y todo el mundo nos envidiaba esa mascota que nuestra madre nos había traído al mundo.

             Recuerdo, como si lo estuviera viviendo ahora mismo, que el día FD volvimos del colegio y nos encontramos con que sólo estaba mi abuelo en casa y nos dijo que dejáramos la cartera porque nos íbamos al hospital. Acto seguido, el Imbécil se subió al sofá y empezó a dar saltos de alegría incontenible, y yo pensaba, pobrecillo, vaya chasco que se va a llevar en breves instantes. Nunca me había sentido tan superidentificado con él. Eso es lo que tiene ser un niño con experiencia de la vida, que ya lo has vivido todo en tus propias carnes y ya casi nada te impresiona. En aquellos días yo tenía en la cabeza hacerme un poco millonario con un libro de auto-ayuda para niños de cinco años que iban a tener un hermano. Me parecía algo que los mercados estaban pidiendo a gritos. Estaba seguro de que sería un bombazo y pagaríamos la hipoteca del camión, compraríamos las literas, podríamos construir el adosado de nuestros sueños, y mis padres se arrepentirían de haber tenido tan poca confianza en mi gran talento. Y todo esto sin tener que ir a un colegio de élite. Lo que más me gustaba de mi sueño es que mis padres sufrieran un poco por el poco caso que me habían hecho desde que el Imbécil nació para arrebatarme el protagonismo. Pero mi abuelo me quitó la idea de la cabeza, porque me dijo, y ahí tuve que darle la razón, que era muy difícil que tuviera éxito de crítica y público un libro destinado a niños de cinco años dado que a esa edad los niños son (prácticamente) analfabetos y que entonces el libro tendrían que leérselo sus madres y ellas se negarían dado que ellas siempre se ponen de parte del más pequeño. No me importó porque a mí se me ocurren ideas para best sellers prácticamente todos los días. Pero con la vida que llevo, el colegio y tal, te juro que no tengo tiempo. Está claro que si quieres ser escritor no puedes trabajar.

           Cuando llegamos al hospital ya estaba todo el mundo allí. Cuando digo todo el mundo me refiero lo que viene siendo todo el mundo en estos casos: mi padrino Bernabé, la Luisa y mi padre. Estaban al fondo del pasillo verde y olía como huelen los hospitales: a desinfectante, a sopa de fideos y a gasa. De pronto, me pareció tener un «ya lo vi», como dice la Luisa. Un «ya lo vi» consiste en estar viviendo algo que te parece que ya has vivido o en años pasados o en anteriores reencarnaciones.

            Era la misma imagen que tuve ante mis gafas cinco años atrás, cuando yo era ese niño inocente que iba de la mano de mi abuelo por el mismo pasillo y los mismos tres estaban esperando de pie, en la puerta de la habitación de mi madre. Ahora llevábamos de la mano al Imbécil, colgándose de nuestros brazos y dando saltos de alegría. Se supone que ésa era la última vez que hacíamos ese paseíllo porque mi padre había declarado unos días antes en la cocina que ésa era la última vez en su vida que iba a estar en aquel pasillo verde ya que él, dijo, no pensaba traer más García Morenos a este planeta. Yo le dije que no podía estar tan seguro porque los niños, siempre según mi madre, venían cuando menos se les esperaba. Y él me miró y dijo: «Te digo que yo he cortado el grifo.» Yo le miré sin entender. Y entonces él dijo: «¿Cuántos años dices que llevas dando la reproducción humana en el colegio?» Y mi abuelo le cortó diciendo: «Deja al angelico en paz, que entre su madre y tú le exigís que tenga más conocimiento del que le corresponde.» Dos años y medio más tarde creo que he entendido lo que significa cortar el grifo, pero no lo voy a contar aquí porque siempre cabe la posibilidad de que lo haya entendido al revés y no quiero pillarme las manos.

             Llegamos a la puerta de la habitación y todas las miradas se centraron en el Imbécil. Ya te digo, de mí pasaban bastante. Al lado de mi madre había la típica cuna que le ponen a cualquiera que nace. Todos rodeamos al Imbécil. Yo tenía celos y curiosidad, las dos cosas compitiendo en mi cerebro. Mi madre hizo una cosa que hacen todas las madres cuando quieren enseñar a su nuevo hijo y que yo no entiendo muy bien por qué: le quitó la sabanita que tapaba al bebé y lo dejó al descubierto para que lo viéramos entero. El Imbécil dijo:

            —Éste no es.

            Y mi madre le corrigió:

            —No es éste, cariño, es ésta. Es una niña.

            Entonces fui yo quien me acerqué a la cuna. Jamás había pensado que podía ser una niña. Cualquier otra cosa me hubiera impresionado menos, un bebé chino volador, un pequinés, un bebé mitad niño mitad perro, en fin, lo que se le suele pasar a uno por la cabeza si convive con el Imbécil, pero no podía pensar que fuera una niña. De pronto, la idea, no me preguntes por qué, me gustó un poco, pero lo oculté en solidaridad con mi hermano al que, por antigüedad, quería un noventa por ciento más que a la recién llegada. Yo, en eso, soy un cuadriculado. Y fue entonces cuando el Imbécil soltó aquella frase bastante histórica:

            —Ésta no es. Yo no la quiero.

            Se hizo un silencio bastante sepulcral. No sólo porque por primera vez mi hermano no se iba a salir con la suya, sino porque también por primera vez en su vida había hablado como todo el mundo habla, en primera persona.

            Hasta hacía tan sólo una hora, hasta que pisamos aquel pasillo verde, el Imbécil hablaba como los grandes artistas y como los políticos, como si fuera una autoridad dirigiéndose al pueblo, «el nene quiere un chino», «el nene tiene un pedo», «el nene no come verde», en fin, sus típicas declaraciones públicas. Pero fue ver a esa bebé a la que llamaron Catalina, como mi madre, aunque ya nadie se acuerde, y que más tarde sería conocida en todo Carabanchel Alto como (la) Chirli, y el Imbécil ya nunca volvió a ser el mismo. Ya nunca volvió a hablar de sí mismo como «el nene». A mi madre y a la Luisa les temblaron las barbillas. «Lo hemos perdido», pensaban con los ojos inundados en lágrimas. A mí también me pareció que, de pronto, el Imbécil se había hecho treinta años más viejo. El niño-anciano se metió las manos en los bolsillos y, después de decir otra vez «ésta no es, no la quiero», se dio media vuelta, y yo y mi abuelo tuvimos casi que echar a correr detrás de él porque ya estaba a punto de entrar en el ascensor.

            Mi abuelo dijo que nos invitaba a comer en Ching-Chong, el chino de mi barrio. Fue una comida superrara porque el Imbécil no se puso los palillos en la nariz como Fétido, que es una gracia que siempre hace y siempre es igual de graciosa, y estuvo toda la comida bastante silencioso, como si fuera un niño con una gran vida interior. Para colmo, en la galleta de la suerte le salió el siguiente mensaje: «Compartir te hará feliz.» No le debió de gustar porque se subió a una silla y tiró el mensaje a una pecera oceánica llena de peces mutantes. Uno de los peces mutantes se comió el papel. Me pareció bastante simbólico.

            El Imbécil se salió a la calle antes que nadie. Mientras mi abuelo pagaba la cuenta yo le vigilaba por la cristalera. Daba patadas a los chinorros que había en el suelo. Cuando yo salí, me dijo: «Bajamos el balón y tú me tiras y yo hago paradones.»

            Aquella tarde, con todo el mundo (mi padre, Bernabé y la Luisa) todavía en el hospital nos pudimos quedar en la calle hasta las nueve sin que nadie se preocupara por nuestras vidas. Al rato de llegar aparecieron Yihad y Melody Martínez. Ellos también querían tirar, así que nos fuimos turnando. Nunca en la vida en este planeta ha habido ni habrá un tío que haga los paradones que el Imbécil hizo esa tarde. Ni tan siquiera Iker Casillas hubiera podido superarlo. Estaba como furioso y como poseído y se lanzaba al suelo sin importarle su integridad física. Acabó con la cara roja y con unos mocos que le caían y que se limpiaba con la camiseta. No había habido manera de colarle una. Tuve que despegarle de la tierra para llevarle a casa porque si les hubiera dejado a él y a Yihad hubieran seguido hasta el día siguiente. Yihad porque no podía irse a su casa sin meter un gol y el Imbécil porque se había convertido en una máquina de parar.

            Por la escalera le empezó a salir sangre de la nariz y fue dejándolo todo perdido porque no sabíamos con qué limpiarle. Mi abuelo lo vio y se asustó y le mandó a la ducha. Después de eso, ya limpio aunque lleno de magulladuras y con su melena mojada y peinada para atrás, se sentó en el sofá a mi lado y se echó encima de mí, como cuando tenía tres años y no le daba vergüenza ser pequeño. Esa noche se vino a dormir conmigo y con mi abuelo, parecía que se daba cuenta de que ya sobraba en la habitación de mis padres, y es un niño bastante orgulloso. En mitad de la noche me despertó mi padre, que acababa de volver.

            —¿De qué es esa sangre que hay en toda la escalera? —me dijo.

            —De la nariz del Imbécil.

            —Ah, bueno —dijo mi padre.

            Ya puedes desangrarte vivo que, si es por la nariz, a un padre o a una madre les parece estupendo.

            Mi padre dijo: «¿Estás contento con tu hermana?» Y yo le dije que sí. Aunque todavía no podía saberlo. Cómo vas a estar contento con alguien que no conoces. Y mi padre me preguntó que qué tal mi hermano. Y le dije que ya estaba acostumbrando, aunque yo sabía que no era cierto, pero me dio un poco de rabia que todos estuvieran tan preocupados por él. Cuando se fue mi padre me quedé mirando al Imbécil. Había tanta luz por la farola y por la luna que veía su cara a la perfección. Tenía todavía el algodón en la nariz y dos arañazos en la cara. Era como uno de esos actores que sólo salen un rato pero que roban la película. De ser el protagonista había pasado a ser un secundario de lujo y a mí me entraron:

            a) Celos

            b) Pena

            Por ese orden.

Manolito tiene un secreto - Elvira Lindo

  LAS SUPEREXPERIENCIAS DEL IMBÉCIL

 

Ya sé que el Imbécil es más guapo que yo. Nadie me lo ha dicho así claramente, pero yo noto que la gente lo piensa, porque no soy tonto. Soy más feo, vale, lo admito, pero no soy tonto. Me doy cuenta cuando sube la Luisa a casa y nos ve a los dos en pijama y dice mirando al Imbécil:

-Es un niño de anuncio. Y luego me mira a mi y dice:

-Ahora, éste es el que tiene mejor corazón de los dos, Cata, te pongas como te pongas.

Me doy cuenta también cuando nos arreglamos para salir los domingos y mi madre piensa en voz alta:

-Mi niño chico, por qué será que con cualquier cosilla que le vistas parece un príncipe.

Y como tampoco es tonta y ve que yo me quedo como esperando algo, pues añade:

-No te pongas celosillo, tonto, ya verás cuando seas mayor y te puedas poner lentíllas, y crezcas, y adelgaces un poco, y te dejes de arrancar la ceja cuando estás nervioso... Ya verás, no vas a parecer tú, te las vas a llevar de calle.

Y encima no me puedo enfadar porque es justo cuando mi madre me dice esas cosas uno de los pocos momentos en que no me está riñendo; qué va, al contrario, hay veces que hasta me está dando un beso y peinándome la ceja izquierda con su dedo mojado en saliva (es que la ceja izquierda me la arranco cuando me pongo de los nervios). 

Y yo me dejo que me dé esos besos, y mientras me los está dando y me está diciendo cosas, a mí se me pone una sonrisa de tonto como si me estuvieran diciendo cosas buenas, pero luego, según vamos por la calle yo y el Imbécil, me pongo a pensarlo y pensarlo, y caigo en la cuenta de que en el fondo me ha puesto verde una vez más y no sé por qué me entran ganas de pagarlo con el Imbécil. Bueno, sí sé por qué, porque con mi madre no me atrevo. 

Y ha habido veces, lo voy a confesar públicamente, que, después de que mi madre me dijera esas cosas que parecen buenas pero que en realidad son malas, me ha entrado una rabia tan terrible que, sin venir a cuento, le he pegado un empujón al Imbécil, pero como el Imbécil es tan raro y me admira y nunca piensa que yo sea un hermano atravesao y retorcido, se cree que el empujón ha sido de broma, como tantas veces que nos damos empujones, y va el tío y, partiéndose el pecho de risa, se levanta del suelo y me lo devuelve. 

Y claro, son de esos momentos en que ni tu propio rival se entera de que le tienes una manía horrible, ni tu madre de que te ha insultado, y a mí me encantaría irme derecho al despacho de la sita Espe, la psicóloga de mi colegio, y contarle mi gran trauma, pero ya te dije que la psicóloga no me quiere ni ver, que prefiere codearse con niños abusones y macarras como Yihad. 

Es una psicóloga extraña, sólo le gustan los pacientes violentos, y no como yo, que, encima de que siempre me pegan, cuando estoy muy nervioso me arranco mi propia ceja, y cuando por fin decido hacer el mal y le doy un empujón al Imbécil, me toma a cachondeo.

Supongo que cuando sea mayor tendré que ir a un psicólogo de esos a los que hay que pagar y que me dará por fin la razón cuando le cuente todos estos feos que me están haciendo (la gente que me rodea en general).

Pero aunque ya sabía que el Imbécil es más guapo que yo, porque me lo llevan diciendo desde el día en que nació, yo tenía la esperanza de superarle en una cosa, sólo en una: había una chica de mi clase que estaba por mí. Bueno, sí, todo el mundo sabe que esa chica es Melody Martínez, y Melody no es precisamente la tía que tiene más éxito entre las niñas de mi clase, porque nos saca una cabeza a todos los chicos (bueno, a mí y a Mostaza nos saca dos), porque lleva calcetines con sandalias, porque es bastante burra y porque la tenemos bastante miedo, por si se enfada y nos da una patada. Yo la tengo miedo, no a que me vaya a pegar, porque, ya se sabe, está por mí. La tengo miedo porque me hace quedar en ridiculo delante de mis compañeros y me defiende de los que se meten conmigo y me hace quedar como un gallina.

A mi me hubiera gustado más que la que estuviera por mi fuera Susana Bragas-sucias, que se parece un poco a Cameron Díaz (más guapa la Susana), pero la Susana lleva años sin decidirse, desde que íbamos todos juntos a preescolar, y yo, personalmente, ya me he hartado. 

Yo sé que mis compañeros se ríen de mi porque Melody, la caballona, como la llama Yihad, me persigue y hace todo lo posible por salvarme si jugamos a un rescate, o, por ejemplo, un ejemplo, si cuento un chiste, tiene que hacer como que se parte el pecho, cuando todo el mundo sabe que a mí no se me da bien contar chistes, y yo preferiría que dijera como mis amigos: "¡Qué maaaaalo, Manolito!". Pero no, ella hace como que se mea y se tira de espaldas como una locaria, que a mi me da hasta vergüenza que se ría alguien así de un chiste mío.

Pero de todas formas, aunque no haya tenido mucha suerte con la niña a la que le gusto, yo creo que, en el fondo, todos me envidian un poco porque ninguna tía de mi clase le ha soltado a ninguno de mis amigos así tan sin cortarse ni un pelo eso de "estoy por tí", y claro, eso me da a mí una superexperiencia que todos mis amigos se mueren de envidia podrida aunque lo disimulen. Lo sé porque de vez en cuando se les escapa preguntarme si es verdad lo que va diciendo Melody, eso de que me dio un beso en el portal y de que me llamó la otra noche a mi casa pasadas las 11.

Y yo procuro poner la sonrisa más enigmática que tengo y les digo una frase que he oído muchas tardes en las películas de problemáticas humanas que ponen en la tele:

-Prefiero no hablar de eso.

El Imbécil sabe la verdad, sabe que Melody se coló conmigo en el portal aunque los dos (yo y el propio Imbécil) empujábamos la puerta para cerrarla y dejarla fuera con todas nuestras fuerzas, pero ella, la caballona, tiene más músculos de los que nosotros tendremos nunca en la vida y pegó un empujón que nos tiró de espaldas contra el cactus que puso la Luisa en la entrada, porque la Luisa es la presidenta y manda sobre todos nosotros y se empeñó en poner un cactus porque los cactus no necesitan ni sol ni agua ni que nadie les dé los buenos días, y el cactus se ha hecho así de grande, que parece un cactus del desierto salvaje y cada dos por tres un vecino se tropieza con el cactus y tiene que ir a urgencias porque se le ha clavado una espina mortal. Ya digo, yo y el Imbécil nos caímos de culo en el cactus y al Imbécil se le pinchó una púa de esas en el culo, y mientras yo se la quitaba la Melody aprovechó para colarse.

Era el Día de los Enamorados y Melody había anunciado en el patío que pensaba darme un beso. Comprenderás que no iba a dejar que lo hiciera allí, en el colegio, delante de todo el mundo, así que me pasé el recreo en el váter, más aburrido que una ostra, aunque el Imbécil me encontró después de buscarme desesperadamente, como hace todos los días (si no me ve, se pone a llorar), y me dio la mitad de su bocadillo. 

Del váter me volví a clase, y cuando sonó la sirena para irnos a casa, salí corriendo y me encontré con el Imbécil en el quiosco del señor Mariano, tal y como habíamos acordado en nuestro plan para librarnos de M.M. Pero Melody no estaba dispuesta a dejarme escapar: nos siguió corriendo hasta el portal y, después del empujón, me agarró de la cara y me quiso estampar un beso en los morros, pero yo me retiré a tiempo y le puse la nariz, porque en los morros, la verdad, me daba un poco de asco. 

Aunque sé que hay gente que lo hace, porque lo veo todos los sábados en el Parque del Ahorcado cuando se van los mayores a darse el lote, que se ponen todos detrás del Árbol del Ahorcado, que es el único árbol que hay en mi parque y, claro, si te interesa, estás al tanto de todo lo que hacen. Y a Yihad, a mí y al Orejones nos interesa bastante y hay veces que nos sentamos en el banco del parque en invierno a las siete, que ya es de noche, y nos helamos de frío, pero nos quedamos, y Yihad dice que algún día seremos nosotros los que estemos detrás del Árbol del Ahorcado y yo, la verdad, no termino de creerme eso de que algún día estaré quedándome congelado con Melody dándome un besito aquí y otro allá.

Yo le dije al Imbécil que no se le ocurriera contar nunca, nunca que Melody se me había abalanzado, y subimos a casa, yo rojo de vergüenza, y mi madre dijo eso de "qué raro, qué raro está este chico".

Estaba raro, pero además es que soy raro, porque después de huir de Melody, después de la vergüenza que pasé por gustarle tanto, luego, después de esos momentos de alta tensión ambiental, no sé qué mosca me picó que me pasé la tarde dándole lecciones al Imbécil sobre las tías y mis experiencias. Y el Imbécil me miraba como si estuviera viendo a un ser sobrenatural. Era uno de esos momentos en que no me importaba reconocer que era más feo que él, porque me sentía como el típico feo con éxito. Si esto era así con 10 años, pensaba yo para mi mismo, qué pasaría cuando tuviera 20.

Íbamos al día siguiente camino del colegio y yo le iba diciendo al Imbécil que lo que le gustaba a Melody de mi era mi gran personalidad, que no era un bestia como Yihad, ni un niño mimado como el Ore, que yo era un tío con gancho. Por la cara con que me miraba el Imbécil, yo estaba seguro de que me admiraba bastante. Pasábamos por el portal de Mostaza y la Melanio, la hermana pequeña de Mostaza, y en ese momento la Melanio y Mostaza salían. Mostaza me dijo:

-¿Qué, te dio por fin Melody el beso del Día de los Enamorados?

Yo le dije que me dejara en paz, y fue al oír lo del Día de los Enamorados cuando Melanie se quitó el chupete, se paró delante del Imbécil y, sin decir nada, le arrancó al Imbécil el suyo, le agarró la cabeza y le dio un beso en todo el morro. Yo pensé que el Imbécil se iba a cortar, pero el Imbécil el tío ni se apartó. 

Me miró como pidiéndome permiso para llevar a cabo todas las enseñanzas que yo le había dado la tarde anterior, y le devolvió el beso a la Melanie, y la Melanie se lo devolvió a él, y hubo un momento en que tuvimos que separarlos porque, no sé tú qué pensarás, pero con cuatro años que tiene el Imbécil me parece un poco pronto para esas superexperiencias, y además, qué fuerte, en un momento se había comido más roscas que yo, que le doblaba la edad. No sólo era más guapo que yo, encima, tenia más éxito y ahora era un experto. Le iba a dar un empujón de rabia, pero me lo ahorré. Para qué, si es un niño extraño que me quiere aunque le empuje.

Esa noche, que era viernes, el Imbécil se vino a mi cama. Es que los viernes es el dia que llega mi padre a casa. Y como se van por ahí de bares hasta las tantas le dicen que duerma conmigo. Pero además, ese viernes nos habían dado las vacaciones de Navidad y era el viernes mejor de nuestras vidas. 

Los viernes, con el Imbécil en nuestra terraza de aluminio visto, es imposible dormirse, porque se pone como loco, y se pasa un rato con mi abuelo y luego se viene conmigo y le da la risa y se pone a hablar en la oscuridad cuando nos estamos quedando dormidos y mi abuelo dice que qué rollo de niño. Pero esa noche, con todas las vacaciones por delante y todos los regalos que nos estaban trayendo los Reyes que ya estaban camino de Carabanchel, yo tampoco podía pegar ojo. 

Esa noche, el Imbécil quería enseñarle a mi abuelo cómo le había agarrado la Melanie para darle un beso y me agarraba a mí de la cara y yo le decía que ni se le ocurriera darme el beso a mí, y entonces el Imbécil se lo enseñaba a mi abuelo con un cojín, y mi abuelo y yo teníamos que quitarle el cojín de delante de la cara porque se emocionaba con el cojín y nos daba miedo de que se ahogara a sí mismo por esa pasíón que le entraba. 

Ese viernes en que el Imbécil no se dormía, aprovechando que mis padres estaban en los bares, nos disfrazamos, yo de pastorcillo y él de oveja, y le hicimos a mi abuelo toda la actuación. Teníamos que despertarlo de vez en cuando porque se nos quedaba dormido. Luego también le hicimos del Orejones cuando estaba recitando y le dieron los apretones de la muerte. Y luego hicimos del Alcalde de la Capa y jugamos a que el alcalde salvaba a los niños que se tiraban por el Viaducto y a las ancianas a punto de ser atropelladas y a los camioneros que iban a tener un accidente, aunque mi abuelo dijo que ese juego no le gustaba nada, pero nada de nada.

Esa Navidad iba a ser la más importante de nuestras vidas, aunque ninguno de nosotros lo sabíamos todavía, y menos el Imbécil, que vivía en el mundo mundial de la felicidad. El Imbécil se había pedido otra Barbie para jugar a los bolos con ellas, y se había pedido tres dinosaurios, incluido el Tyrannosaurus Rex, que es su favorito, y se había pedido el barco pirata de los Legos, porque le gusta que mi padre se ponga a montar el barco pirata todo el día de Reyes y lleguen las tres de la mañana y no haya terminado. 

Es un niño sádico. Y se había pedido un juego de magia porque dice que le gusta ser mago. Se pone un trapo de la cocina encima de la cabeza y luego se lo quita y dice que ha desaparecido y nosotros tenemos que hacer como que no le vemos, y el pobre se lo cree y yo le tengo dicho a mi madre que algún día hay que decirle la terrible verdad, no vaya a ser que un día del futuro, cuando sea mago de verdad, haga el truco ese de la desaparición y el público responda violentamente. De momento, los Reyes le trajeron su juego de magia y ahora hace que desaparece en vez de con el trapo de cocina con un trapo de seda negro que venia en la caja y se da con la varita mágica en la cabeza unos golpazos antes de descubrirse la cabeza. Es bastante emocionante.

Mi abuelo se había pedido una radio porque en la suya ya sólo se oyen las interferencias, aunque decía que sólo le traerían una bufanda porque pensaba que con él los Reyes nunca tenían ni un detalle. Pero se equivocó, porque le trajeron su radio con cascos incluidos y desde entonces mi abuelo siempre está con los cascos y no se entera de nada, ni oye el timbre de la puerta, ni el del teléfono, ni cuando le llama el Imbécil para que le saque de la bañera porque ya está arrugado como un garbanzo. Y mi madre dice que en qué hora le traerían los Reyes esa radio y esos cascos.

Y a mí me trajeron una goma nueva para las gafas y unos calcetines y unos calzoncillos. Pero sobre todo me gustaron los juegos de la PlayStation y el juego de la cueva del terror, y un discman, que era la ilusión de mi vida, con sus supercascos, y desde entonces me pongo los cascos y no oigo ni el timbre de la puerta ni el del teléfono y mi madre dice que vaya idea que tuvieron los Reyes con semejante regalo. 

Y en casa de la Luisa nos trajeron, como todos los años, un puzle superpedagógico de 1.500 piezas, y la Luisa y mi madre se pasaron toda la tarde haciéndolo sin dirigirle la palabra a nadie, y Bernabé y mi padre montando el barco del Imbécil, y así pudimos bajarnos yo y el Imbécil al banco del Parque del Ahorcado donde había otros chavales, Yihad, el Ore, Mostaza, etcétera, que habían dejado a sus padres y a sus madres haciendo barcos y puzles.

Yo puse el discman y le di un auricular al Imbécil y otro me lo puse yo. Hacía bastante frío y todos, mis amigos y yo, estábamos superapretados en el banco. Todos estaban pensativos porque dentro de dos días tendríamos que verle la cara otra vez a la sita Asunción. Pero yo estaba más superpensativo que los demás porque sabía una cosa que no sabía nadie, y menos el Imbécil. Mi madre me había dicho una cosa bastante extraña. 

Me había dicho que, a lo mejor, sólo a lo mejor, había dicho, este año que empezaba teníamos, a lo mejor, sólo a lo mejor, otro niño, o en su defecto, niña, en la familia García Moreno. Me había pedido que no se lo dijera al Imbécil, porque era a lo mejor, sólo a lo mejor, y había que saberlo seguro. Así que me había dicho mi madre que, de momento, era un secreto entre yo y ella. Pero yo sabía que si mi madre me había dicho eso era porque todos lo sabían, la Luisa, Bernabé, mi abuelo, mi padre, todos lo sabían ya, porque yo no soy tan superimportante para mi madre. 

Y me dio pena que el Imbécil fuera el último en enterarse (del secreto). Estuve por decírselo, pero pensé, vamos a dejarle que tenga algún mes más de felicidad, porque dentro de poco dejará de ser el niño de su mamá, el niño de la cuna gigantesca, el niño más gracioso de la infancia. Además, el tío, de estar tan apretado contra mí en el banco, con el gorro puesto hasta las cejas, moviendo el chupete a toda velocidad y escuchando una canción romántica de Chenoa, se me había quedado dormido.

Manolito on the Road - Elvira Lindo

Y aquí llega la última parte que es donde yo me pongo más nervioso cada vez que me toca contarla, y mi abuelo me dice: «No te líes, que éste es el momento más emocionante de la historia». Me lío porque sólo de acordarme se me ponen los pelos de punta. Pero el caso es que en esta parte también hay que empezar por el principio de los tiempos. El principio aquí sería que después de hacer dos o tres paradas para que mi padre fuera dejando las últimas tandas de la mercancía, volvimos al «Chohuí» a comer. Había lo menos cinco camiones aparcados en fila porque un chaval que había en el porche los estaba limpiando. A mi padre le había cambiado la cara desde que había decidido que volvíamos esa tarde a Madrid, estaba mucho más contento y me dijo que pararíamos en Cuenca para comprarle a mi madre una cosa bonita para que no se enfadara por tonterías. Me cogió en brazos y me hizo abrir la puerta del restaurante del «Chohuí» con la cabeza, como en los salones del Oeste. Dos colegas de mi padre, los dos que se habían quejado la noche anterior, le dijeron que si delante de este niño (yo) se podría jugar la partidita de mus, y mi padre dijo que claro y que un respeto, que yo era su camionero-copiloto, no era un niño cualquiera. En la mesa del rincón estaba Marcial que nos saludó levantando el tenedor porque la boca la tenía llena.

Nos sentamos a comer y Alicia nos puso un platazo de carne con tomate, y aunque no era de la marca que usa mi madre, que era uno de ésos con tropezones, me comí el plato entero y luego hice lo menos veinticinco barquitos. Los dos colegas de mi padre se sentaron al rato con nosotros y uno de ellos me echó un poquillo de vino en la casera.

—Buena la has hecho —dijo mi padre—, en cuanto llegue a casa se lo cuenta a su madre.

—¡No es verdad! —le dije yo superenfadado—. Siempre me estás llamando chivato.

—Que era una broma. Bébetelo, tonto.

Yo ya había probado el vino tinto con casera porque mi abuelo siempre nos da al Imbécil y a mí un chupito de su vaso, y luego por la noche, cuando se hace de postre vino con pan y azúcar le metemos la cuchara para pillar un trozo de pan mojado en vino. Lo tenemos que hacer a espaldas de mi madre porque ella dice que eso de dejar a los niños que prueben el vino es una cosa muy antigua y que ahora, si se entera la Asociación de Padres del Colegio, igual te meten en la cárcel. Al niño, no, al padre. Al niño lo meten en Alcohólicos Anónimos para que lo cuente por un micrófono delante de unas personas que también metieron la cuchara en el vaso de su abuelo. Me bebí el vaso de una volá porque estaba muy fresquito y porque a mí me encanta todo lo que tenga burbujas en esta vida, incluidas las chicas que anuncian el champán todos los años por Navidad. Yo me llené otra vez el vaso con gaseosa y el otro colega de mi padre me hizo un gesto como para que no dijera a nadie nada y me echó otro poquillo de vino.

Alicia fue retirando las cosas de la mesa y después de limpiar el hule puso un tapete verde. Me quedé con los ojos a cuadros cuando mi propio padre llamó a Marcial y le dijo «pero, venga, acaba, que te estamos esperando». Marcial vino masticando todavía y con su vaso de vino en la mano. Iban por parejas y Marcial era de la pareja de los enemigos de mi padre. Alicia me dijo que si la quería ayudar a poner unas copas para los jugadores.

—Eso, que trabaje, que los niños de ahora no sirven pa ná.

Tuve que hacer lo menos diez viajes desde la cocina, uno por cada copa. Unas eran de anís, unas de coñá y otras de una cosa que se llamaba Sol y Sombra. Antes de abrir la puerta del comedor pegaba un sorbito para ver cómo sabía. La puerta era una de esas puertas que se abren cuando las empujas, así que después de la segunda copa que saqué decidí abrirla con la cabeza, igual que me había hecho mi padre cuando entramos al comedor. Al principio me reía yo solo de lo bien que abría la puerta a cabezazos y me reía también de que al ir a poner la copa en la mesa miraba las cartas que tenía Marcial y se las decía a mi padre al oído. Pero, en una de ésas, Marcial se dio cuenta y pegó un puñetazo en la mesa y dijo:

—Manolo, este niño está de reformatorio. Te está soplando al oído desde que hemos empezado.

—Bueno, Marcial, no te pongas así, que son cosas de críos.

—Como no deje el niño ese de rondarme por aquí por la espalda me levanto y no me vuelves a ver el pelo, que sabes que yo con las cosas del juego hablo en serio. Quítame al niño de la chepa o me largo.

Mi padre me dijo que me sentara en la mesa de al lado y que me esperara un rato, lo que tardaba en acabar la partida. Cuando me senté fue cuando me di cuenta de que mi madre nunca se podría enterar de que yo era un niño un poco borracho. Mi padre no se había dado cuenta y a mí me estaba entrando un sueño que me daba la impresión de que la cabeza se me iba a ir al suelo, me apoyé en la mesa y cerré los ojos, pero al cerrar los ojos el suelo del «Chohuí» empezó a moverse como si fuera el suelo de un barco. Mi padre que me vio echado encima de la mesa, me dijo:

—Anda, vete al camión y te echas la siesta. Venga, hijo, cuando te despiertes ya estaremos en casa.

No sé cómo nadie se dio cuenta de que tuve que ir poniendo las manos en las mesas para no tropezarme. Salí al porche y me pareció oír a Alicia a mis espaldas: «¿No me dices adiós, Manolito?», pero no sabía si era verdad o me lo estaba imaginando. La luz del sol me hacía mucho daño en los ojos, así que me fui corriendo al camión, que estaba enfilado con los otros camiones, y cuando abrí la puerta ya llevaba los ojos cerrados porque sólo tenía ganas de tumbarme y dormir. Y eso es lo que hice. Me tumbé y antes de quedarme dormido pensé que si no fuera porque tenía sueño hubiera vomitado otra vez, pensé que nunca

volvería a meter la cuchara en el vino con pan de mi abuelo, nunca bebería de las copas de jugadores, nunca tomaría vino con gaseosa, nunca, porque aquel camión también se movía como si fuera un barco.

Cuando me desperté el barco se seguía moviendo, pero ahora era cierto que el camión estaba en marcha. Tenía la lengua pegada a la parte de arriba de la boca, tenía mucha sed y también tenía dolor de cabeza. Mi abuelo me dijo días después: «Lo que tenías era resaca». Qué vergüenza para un niño.

Mi padre llevaba la radio superaltísima y me entraron ganas de levantarme para decirle que la bajara porque la música me daba golpes en la cabeza, pero volví a cerrar los ojos y fue muy raro porque soñé aunque sin quedarme dormido, soñé con que la música estaba sonando en el salón de mi casa y el Imbécil se había sentado en el taburete del mueble-bar de mi casa con un cubata en la mano. En otro taburete y a su lado estaba mi abuelo con su tinto de verano. El Imbécil al verme entrar decía:

—El nene borracho, como Manolito.

Y mi madre lloraba en el sofá y decía: «Qué desgracia, qué desgracia, tan pequeños y tan borrachos los dos». El Imbécil se reía a carcajadas. Yo me acercaba al mueble-bar y le decía casi llorando a mi abuelo:

—Pero, ¿por qué le has dejado beber, abuelo?

Y el Imbécil me respondía:

—No puede hablar, está disecado.

Era verdad, yo tocaba a mi abuelo y mi abuelo estaba seco y hueco como un muñeco de Tintín que tiene el Orejones en la estantería de su cuarto. Abrí los ojos: lo que estaba tocando en realidad era el asiento del camión. En la radio del camión hablaban ahora de no sé qué niño que había desaparecido y hablaba una vecina de ese niño, que era idéntica a la Luisa y que decía al entrevistador:

«No es que fuera un niño perfecto, entiéndame, tenía sus defectos como los tiene todo el mundo; incluso yo, pero aquí mi marido y yo lo queríamos como a un hijo, a veces lo queríamos más de lo que le quiere su madre, fíjese. Es que la madre está muy centrada en el pequeño, y a éste lo tiene un poquillo de lado, entiéndame, no abandonado, pero que le hace menos caso porque también es verdad que el chiquillo es un poco pesado.»

Luego hablaba un abuelo que era como mi abuelo, pero casi no se le entendía porque estaba medio llorando y sin dentadura:

«Mi nieto... Lo más grande para mí.»

Luego se oían unos alaridos estremecedores. Eran del Imbécil, descarao.

Y luego una mujer, que hubiera jurado que era mi madre, empezó a decir:

«Es un niño que todo lo que diga de él es poco, es bueno, trabajador. Conmigo tiene pasión, siempre mamá quieres esto, mamá quieres lo otro; en el colegio su señorita lo adora, todos los niños van detrás de él siempre. No es porque sea mi hijo pero es un niño con carisma. Yo, sin mi niño, es que no sé vivir.»

A mí se me estaban saltando las lágrimas por detrás de las gafas, pero estaba claro que esa mujer no era mi madre, mi madre nunca hubiera dicho esas cosas de mí, sólo las dice del Imbécil. Me levanté para no seguir soñando despierto con hermanos borrachos, abuelos disecados y niños perdidos y le fui a decir a mi padre que estaba malo y que me diera agua. Se había hecho muy de noche. No sabía cuánto tiempo había pasado, ni cuánto faltaba para llegar a casa. Desde atrás le puse la mano en el hombro a mi padre y, no sé por qué, me pareció un hombro muy raro. La espalda de aquellos hombros raros pegó un salto y la cabeza que había encima de aquellos hombros raros se dio la vuelta. El dueño de los hombros raros no era mi padre. Él me miró un momento y empezó a gritar al mismo tiempo que yo, que estaba gritando con la boca tan abierta que durante muchos días me dolieron las mandíbulas. El hombre era nada más y nada menos que Marcial y se volvía de vez en cuando sin dejar de gritar y me miraba con ojos asesinos y luego miraba a la carretera y hacía cosas raras con el volante. Eso duró mucho rato, lo menos media hora, aunque mi padre me ha dicho luego que no pudo durar más de un minuto. Dimos no sé cuántos tumbos con el camión por un sitio que ya no era carretera y de golpe nos paramos. Marcial empezó a gritar: «¿Pero qué haces aquí, qué haces aquí, niño cabrón?». Me llamó eso que he escrito al final, eso con todas sus letras, yo no lo pondría pero es que él me lo llamó no una sino muchas veces, y según me lo decía yo me convencía cada vez más de que Marcial me había secuestrado y me quería matar.

Mientras seguía gritando y llevándose las manos a la cabeza, decía: «Ay, Dios mío, que casi me mata el niño cabrón este...», y otros insultos que no voy a escribir porque no acabaría nunca. Yo me colé por la puerta y eché a correr. Los coches pasaban muy deprisa y casi rozándome, así que salté un quitamiedos y me fui por el campo. Marcial empezó a seguirme y a gritarme: «¿Y ahora adonde vas, niño (y lo que sigue)?». Así lo llevé mucho rato, detrás de mí, diciendo que si quería volverle loco, que si quería matarlo. Y cuanto más le oía yo decir esas cosas más seguro estaba de que Marcial era un tío peligroso que no pararía hasta agarrarme del cuello.

Por primera vez en mi vida yo corrí más rápido. Cuando llevaba un rato largo sin oírle gritar vi una casita de piedra. Todo estaba muy oscuro, pero dando la vuelta a toda la casa encontré la puerta. Fui a llamar pero al poner la mano en la madera se abrió sola. Olía fatal y el suelo me pareció que era de paja. Me pareció oír un montón de respiraciones. Me temblaba tanto la boca que los dientes me hacían ruido al chocar unos con otros. Tragué saliva y pregunté con una voz muy rara, que no parecía la mía:

—¿Hay alguien ahí?

Y de pronto, de la oscuridad, surgió un coro de voces que todas a una me contestaron:

—Beeeeeeeeeeeeeee.

Ya no me acuerdo de más porque, según lo que contaron más tarde, debí de desmayarme de la impresión. Desde luego hay momentos en la vida en los que es mejor desmayarse y ése fue uno de ellos. Se me juntó el desmayo con el sueño y cuando me desperté se estaba haciendo de día y hacía mucho frío. Alrededor de mí había un montón de ovejas que no me quitaban ojo. Yo pensé que a lo mejor me pasaba como a Mowgli, el de El libro de la Selva, sólo que yo en vez de criarme entre lobos, panteras, osos y serpientes, me criaba entre ovejas. Les dije que yo había hecho de oveja en el Belén Viviente de mi colegio, me pareció una buena tarjeta de presentación, sobre todo si tenía que pasar los próximos cincuenta años con ellas. Muy cerca de mí oí una voz que decía:

—Aquí está el chiquillo. Las ovejas empezaron a balar como locas anoche, tanto insistían que me acerqué a ver qué pasaba y ahí lo vi, tal y como está ahora. Le puse una manta para que no se enfriara y me fui a avisarlos a ustedes.

Una cara de guardia civil se me puso justo delante de las gafas.

—¿Te llamas Manolito?

Yo le dije que sí con la cabeza y luego le pregunté:

—¿Me va a detener?

—A los niños yo no los detengo, los devuelvo a sus casas. ¿Quieres volver a tu casa?

—¿Le importaría detener al hombre que me estaba persiguiendo, que quería secuestrarme y que le ha robado el camión a mi padre? Se llama Marcial.

—Ya lo tengo detenido. Ahora lo vas a ver en la carretera.

—Prefiero no verlo.

—Es que lo tienes que reconocer, para que yo sepa de verdad que es el que tú dices.

Me levanté y antes de salir de aquel pajar les dije adiós a las ovejas y al pastor. Por el camino le dije al señor guardia que tenía frío y el señor guardia se quitó la chaqueta y me la puso encima de los hombros. Me abrochó el primer botón y se me quedó todo el cuerpo tapado, sólo se me veían los pies con las zapatillas.

—¿Le importaría dejarme un rato la pistola?

—Pero cómo te voy a dejar la pistola, hombre. Anda que la pregunta.

Cuando llegamos a la carretera vi a Marcial hablando con el otro guardia, pero no me pareció que estuviera detenido, no tenía esposas ni nada y encima se estaba fumando un cigarro.

—¡Aquí está el niño! —dijo Marcial señalándome con el dedo. Delante de los guardias no se atrevió a decir aquello del niño-cabrón.

A mí me entraron ganas de volver a salir corriendo y el señor guardia civil debió de notarlo porque me puso la mano en el hombro muy fuerte y me hizo subir a la carretera. Yo tiraba para atrás y él tiraba para delante. Al final, viendo que él no me soltaba, me quedé detrás suyo y sólo saqué el brazo para señalar a Marcial y decir que aquél era el hombre que le había robado el camión a mi padre y que me quería matar y que, por eso, me perseguía por el campo y me insultaba y me decía lo que ya todo el mundo sabe.

—El camión de su padre, dice este demente. Mira, niño, mira de quién es este camión.

Yo asomé la cabeza de detrás del guardia y vi un cartelazo encima del parabrisas que decía «MARCIAL», y abajo unas letras pequeñas que decían: «Eres el más grande».

—El padre lo manda a echar la siesta porque el niño se va durmiendo por las mesas y el perturbado se mete en mi camión y, en plena noche, el niño de las narices se despierta y me pone una mano en la espalda. Nos podíamos haber matado los dos —Marcial se lo explicaba a los guardias como si yo fuera un delincuente y lo hubiera hecho a posta—. Sí les voy a decir una cosa, me entran ganas de matarlo ahora mismo.

Yo me volví a refugiar detrás del guardia.

—No le diga eso al niño, que él tampoco ha tenido la culpa.

—Que no le diga eso... No estoy yo muy seguro de que no lo haya hecho a conciencia. Porque éste es uno de esos niños que como te coja tirria va a por ti, descarao. Me di cuenta la primera vez que le vi la cara.

Marcial se quedó allí, en mitad de la carretera, echando pestes de mí, sin que nadie le hiciera mucho caso, porque los guardias me montaron en su jeep y me dijeron que mis padres ya estaban en camino para venir a buscarme. Yo les pregunté a los guardias que dónde estaba y ellos me dijeron «Espera un momento y ahora lo verás». El jeep iba por unos campos llenos de árboles y de hierbas gigantescas y unos ríos estrechos pasaban a veces por debajo de la carretera. De pronto, sin que yo me lo esperara, lo vi. Mucho más grande que en la tele, estaba muy quieto y olía fuerte, fuerte. El mar.

El coche se metió por un caminillo y llegamos a un chiringuito. Me dijeron que estaba en Valencia y que allí esperaríamos a mis padres. La playa estaba llena de gente tomando el sol. Les dije a los señores guardias que si podía ir hasta la orilla a meter los pies. Y ellos me contestaron que me tenían que acompañar porque hasta que no vinieran mis padres no podían dejarme solo.

Fui hasta la orilla con un señor guardia a cada lado, como si me llevaran detenido. La gente se separaba de nosotros y se nos quedaba mirando, sobre todo a mí, porque debían de pensar que era un niño que había cometido un crimen tan gordo que no se me podía dejar de vigilar ni un momento. Me dijeron los señores guardias que si me quería meter, pero les dije que no llevaba bañador.

—Pues con el calzoncillo mismo, anda qué problema. Si aquí, ya ves tú, nadie se fija en nadie.

Pero no era verdad, todo el mundo estaba pendiente de lo que hacían esos guardias con ese niño detenido, así que volvimos otra vez y la gente se volvió a apartar de nosotros como si fuéramos extraterrestres. Los guardias se quedaron en la barra y yo me senté. Me dijeron que me pidiera lo que quisiera, y ahí estuve pidiendo frutopías por un tubo hasta que llegaron mis padres.

Por fin el camión Manolito entró en el aparcamiento. Las puertas se abrieron y mi madre se tiró como una loca desde el asiento. Por un momento se quedó en el suelo de rodillas. La vi venir corriendo de una manera que parecía que cada pierna y cada brazo iban por un lado distinto y tenía una cara tan rara que me levanté y tuve la tentación de salir corriendo, porque no sabía qué es lo que quería hacerme aquella madre con aquella cara. No me pude escapar porque me agarró con los brazos, con las piernas, con la cabeza, como si fuera un pulpo, y me llenó la cabeza de besos. Detrás de ella vi a mi abuelo. Sentí algo húmedo en la oreja: era el chupete del Imbécil. Mi madre decía «Cariño, cariño, lo que hemos pasado toda la noche», mi abuelo decía «Angelico mío», el Imbécil decía «Dejad al nene con Manolito». El Imbécil se hizo sitio y se sentó encima de mí. Por detrás de todos ellos vi a mi padre. Llevaba el paquete que le había dado a Alicia en las manos y, dirigiéndose hacia mí, dijo:

—El detergente era para ti.

No lo entendí muy bien, pero lo abrí, aunque me resultó difícil porque los tenía a todos encima. En mi familia somos así, como estamos acostumbrados a vivir en una casa tan pequeña, aunque salgamos a la calle seguimos estando unos encima de otros.

Cuando el paquete estuvo abierto me quedé mirándolo sin poder creerlo. Mi padre sabía que, desde que vimos la película, el Imbécil y yo nos pasábamos la vida saltando por los sofás y peleando con nuestras espadas invisibles. ¡Era un disfraz del Zorro! Entré en el váter y salí vestido con el bañador que me había traído mi madre y con el disfraz del Zorro encima. Era un Zorro con un bañador de palmeras debajo. El típico Zorro de la Malvarrosa, dijo el dueño del chiringuito. La Malvarrosa era la playa en la que estábamos.