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La dama pálida - Alejandro Dumas (Parte 2 y última)

III. LOS DOS HERMANOS

A partir de aquel momento, quedó establecida mi residencia en el castillo; y a partir de aquel momento también dio comienzo el drama que voy a contaros.

Los dos hermanos se enamoraron de mí, cada uno con sus propios matices de temperamento.


Kostaki me confesó, al día siguiente, que me amaba, y declaró que yo sería suya y de nadie más, y que me mataría antes de que yo perteneciera a cualquier otro.


Gregoriska no dijo nada de ello, pero me rodeó de cuidados y de atenciones. Para complacerme puso en práctica todos los medios de una refinada educación, todos los recuerdos de una juventud pasada en las más nobles cortes de Europa. Pero, ¡ay!, no era algo difícil, pues al primer sonido de su voz había sentido que esa voz acariciaba mi alma; y a la primera mirada de sus ojos había sentido que esa mirada penetraba hasta mi corazón.


Al cabo de tres meses, Kostaki me había repetido cien veces que me amaba, y yo lo odiaba; al cabo de tres meses, Gregoriska todavía no me había dicho ni una sola palabra de amor, y yo sentía que cuando él lo desease sería totalmente suya.


Kostaki había dejado sus correrías. No salía del castillo. Había cedido temporalmente el mando a una especie de lugarteniente que, de vez en cuando, venía a pedirle órdenes y desaparecía al punto.


También Smeranda me quería con una amistad apasionada, cuyas expresiones me atemorizaban. Protegía a todas luces a Kostaki, y parecía estar más celosa de mí de lo que lo estaba él. Pero como no entendía ni el polaco ni el francés, y yo no comprendía el moldavo, no tenía forma de abogar ante mí en favor de su hijo; pero había aprendido a decir en francés cuatro palabras, que me repetía siempre cuando posaba sus labios en mi frente:


—¡Kostaki ama a Jadwige!


Un día me enteré de una noticia terrible y que era el colmo de mis desdichas: los cuatro hombres que habían sobrevivido al combate habían sido puestos en libertad y regresado a Polonia, dando su palabra de que uno de ellos, antes de tres meses, regresaría para traerme noticias de mi padre.


Y, efectivamente, una mañana reapareció uno de ellos. Nuestro castillo había sido tomado, incendiado y arrasado, y mi padre había encontrado la muerte defendiéndolo.


En adelante estaba sola en el mundo.


Kostaki redobló sus insinuaciones, y Smeranda su afecto; pero esta vez aduje como pretexto mi luto por mi padre. Kostaki insistió diciendo que cuanto más sola me encontraba tanto más necesidad tenía de apoyo, y su madre insistió como él y con él, más incluso que él.


Gregoriska me había hablado del dominio de sí mismos que tienen los moldavos cuando no quieren que otros lean en sus sentimientos. Él era un vivo ejemplo de ello. Era imposible estar más segura del amor de un hombre de lo que yo lo estaba del suyo, y sin embargo, si alguien me hubiera preguntado en qué basaba mi certeza, me habría sido imposible decirlo: nadie en el castillo había visto nunca que su mano tocara la mía, o que sus ojos buscaran los míos. Tan solo los celos podían hacer tomar conciencia a Kostaki acerca de esta rivalidad, como solo mi amor podía hacerme tomar conciencia de este amor.

Sin embargo, lo confieso, me inquietaba mucho ese dominio de sí de Gregoriska. Yo confiaba en él, pero no era suficiente; necesitaba estar convencida; cuando he aquí que una noche, justo cuando acababa de volver a mi aposento, oí llamar suavemente a una de las dos puertas que, como ya he indicado, cerraban por dentro. Por la manera de llamar adiviné que era una llamada amiga. Me acerqué y pregunté quién era.

—Gregoriska —contestó una voz cuyo acento no podía engañarme.


—¿Qué queréis de mí? —le pregunté temblando como una hoja.


—Si confiáis en mí —dijo Gregoriska—, si me creéis hombre de honor, aceptad una petición mía.


—¿Cuál?


—Apagad la luz como si os hubierais acostado y, de aquí a media hora, abridme esta puerta.


—Volved en media hora —me limité a responder.


Apagué la luz y esperé.


El corazón me palpitaba con violencia, pues comprendía que se trataba de un hecho importante.


Pasó la media hora. Oí llamar más suavemente aún que la primera vez. Durante el intervalo había descorrido el cerrojo; no me quedaba, pues, sino abrir la puerta.


Entró Gregoriska y, sin esperar a que me lo pidiera, cerré la puerta tras él y eché el cerrojo.


Él permaneció un momento mudo e inmóvil, imponiéndome silencio con una indicación. Luego, una vez que se hubo asegurado de que no nos amenazaba peligro alguno por el momento, me llevó al centro del amplio aposento, y sintiendo, por mi temblor, que no podría sostenerme en pie, fue a buscar una silla.


Me senté, mejor dicho, me dejé caer sobre el asiento.


—¡Dios mío! —le dije—, ¿qué sucede y por qué tantas precauciones?


—Porque mi vida, lo que no sería nada, y acaso también la vuestra, dependen de la conversación que vamos a tener.


Le tomé de una mano, toda asustada. Él se la llevó a los labios, mientras me miraba como si quisiera excusarse por semejante audacia.


Yo bajé los ojos, lo que era una forma de consentir.


—Os amo —me dijo con su voz melodiosa como un canto—. ¿Me amáis vos?


—Sí —le respondí.


—¿Y aceptaríais ser mi mujer?


—Sí.


Se llevó la mano a la frente con una profunda aspiración de felicidad.


—Entonces, ¿no os negaréis a seguirme?


—¡Os seguiré a donde sea!


—Así que comprendéis —continuó— que no podemos ser felices si no es huyendo de aquí.


—¡Oh, sí! —exclamé yo—, huyamos.


—¡Silencio! —dijo él estremeciéndose—. ¡Silencio!


—Tenéis razón.


Y yo me acerqué a él temblando.


—He aquí lo que he hecho —me dijo—, he aquí por qué he estado tanto tiempo sin confesaros que os amaba: es que quería, una vez que estuviera seguro de vuestro amor, que nada pudiera oponerse a nuestra unión. Yo soy rico, querida Jadwige, inmensamente rico, pero a la manera de los señores moldavos: rico en tierras, en rebaños, en siervos. Pues bien, he vendido, por un millón, tierras, rebaños y campesinos al monasterio de Hango. Me han dado por todo ello trescientos mil francos en muchas piedras preciosas, cien mil francos en oro y el resto en letras de cambio pagaderas en Viena. ¿Os bastará con un millón?


Le apreté la mano.


—Me hubiera bastado con vuestro amor, Gregoriska, así que juzgad vos mismo.


—Pues bien, escuchad. Mañana iré al monasterio de Hango para tomar mis últimas disposiciones con el superior. Este me tiene preparados unos caballos que nos esperarán a partir de las nueve de la mañana ocultos a cien pasos del castillo. Después de la cena, subiréis de nuevo igual que hoy a vuestro aposento; apagaréis la luz y, como hoy, yo entraré. Pero mañana, en lugar de salir solo de aquí, me seguiréis vos, saldremos por la puerta que da a los campos, iremos a por los caballos, montaremos en ellos y, pasado mañana por la mañana, habremos hecho treinta leguas.


—¡Oh! ¿Por qué no será ya pasado mañana?


—¡Querida Jadwige!


Gregoriska me estrechó contra su corazón; y nuestros labios se encontraron. ¡Oh! Bien que lo había dicho él: había abierto la puerta de mi aposento a un hombre de honor; pero él comprendió perfectamente que, si no le pertenecía de cuerpo, le pertenecía de alma.


Pasó la noche sin que pudiera pegar ojo ni un instante. ¡Me veía huyendo con Gregoriska, me sentía transportada por él como lo había sido ya por Kostaki! Solo que esa carrera terrible, espantosa, fúnebre, se trocaba ahora en un dulce y delicioso aprieto al que la velocidad añadía también su parte de goce, pues la velocidad es un placer en sí misma.


Despuntó el día. Bajé. Me pareció que había algo más sombrío aún que de ordinario en la manera en que Kostaki me saludó. Su sonrisa no era ya una ironía, sino una amenaza. En cuanto a Smeranda, me pareció la misma que de costumbre.


Durante el almuerzo, Gregoriska pidió sus caballos. Pareció que Kostaki no prestase la menor atención a aquella orden.


Hacia las once, Gregoriska se despidió, anunciando que no estaría de vuelta hasta el atardecer, y rogando a su madre que no le esperase para comer; luego se volvió hacia mí y me rogó que tuviera a bien admitir sus disculpas.


Salió. La mirada de su hermano le siguió hasta el momento en que dejó la estancia, y en ese instante sus ojos echaron tales chispas de odio que me estremecí.


Podéis imaginaros con qué inquietud pasé aquel día. No había confiado a nadie nuestros planes, a duras penas me atreví a hablarle a Dios de ellos en mis oraciones, y tenía la impresión de que todos estaban al tanto de ellos, que cada mirada que se ponía en mí podía penetrar y leer en el fondo de mi corazón.


La comida fue un suplicio: sombrío y taciturno, Kostaki hablaba raramente; esta vez se limitó a decir dos o tres palabras en moldavo a su madre, y cada vez el acento de su voz me provocó un estremecimiento.


Cuando me levanté para subir a mi aposento, Smeranda, como de costumbre, me abrazó, y, al hacerlo, repitió aquella frase que, desde hacía ya ocho días, no había vuelto a salir de su boca:


—¡Kostaki ama a Jadwige!


Esta frase me persiguió como una amenaza; una vez en mi aposento, me parecía que una voz fatal me susurrase al oído: «¡Kostaki ama a Jadwige!».


Ahora bien, el amor de Kostaki, me lo había dicho Gregoriska, equivalía a la muerte.


Hacia las siete de la tarde, y como el día comenzaba a declinar, vi a Kostaki atravesar el patio. Se volvió para mirar hacia mi lado, pero yo me eché hacia atrás, para que no pudiera verme.


Estaba inquieta, pues durante todo el tiempo en que la posición de mi ventana me había permitido seguirle, lo había visto dirigirse hacia las caballerizas. Me aventuré a descorrer el cerrojo de mi puerta, y deslizarme hacia la habitación contigua, desde donde podría ver todo lo que hiciese.


En efecto, se dirigía a las caballerizas. Entonces hizo salir él mismo a su caballo favorito, lo ensilló personalmente y con el esmero de un hombre que concede la mayor importancia a los menores detalles. Vestía el mismo traje con el que lo había conocido la primera vez. Solo que, por toda arma, llevaba su alfanje.


Cuando hubo ensillado el caballo, dirigió sus ojos una vez más a mi aposento. Luego, al no verme, saltó sobre la silla, mandó abrir la misma puerta por la que había salido y por la que debía regresar su hermano, y se alejó al galope, en dirección al monasterio de Hango.


Entonces mi corazón se encogió de una manera terrible; un presentimiento fatal me decía que Kostaki iba al encuentro de su hermano.


Me quedé en aquella ventana mientras pude distinguir aquel camino, que, a un cuarto de legua del castillo, hacía un recodo, y se perdía al comienzo de un bosque. Pero la noche se volvía cada momento más cerrada, y el camino no tardó en desaparecer totalmente de mi vista. Seguí en la ventana. Finalmente mi inquietud, por su propio exceso, me devolvió las fuerzas, y, como era, evidentemente, abajo en la sala donde debía recibir las primeras noticias de uno o del otro de los dos hermanos, bajé.


Mi primera mirada fue para Smeranda. Por la serenidad de su rostro comprendí que no sentía ningún recelo; daba sus órdenes para la cena como de costumbre, y los cubiertos de los dos hermanos estaban en su sitio.


Yo no me atrevía a preguntar a nadie. Por otra parte, ¿a quién hubiese podido preguntar? Nadie en el castillo, a excepción de Kostaki y de Gregoriska, hablaba ninguna de las dos únicas lenguas que yo sabía.


Al menor ruido me estremecía.


Normalmente era a las nueve cuando nos sentábamos a la mesa para cenar. Yo había bajado a las ocho y media; y seguía con la mirada el minutero, cuya marcha era casi visible en la amplia esfera del reloj.


La aguja viajera rebasó la distancia que la separaba del cuarto. Sonó el cuarto. La vibración resonó sombría y triste; luego la aguja retomó su marcha silenciosa, y la vi recorrer de nuevo la distancia con la regularidad y la lentitud de una punta de compás.


Unos minutos antes de las nueve, me pareció oír el galope de un caballo en el patio. Smeranda también lo oyó, pues volvió la cabeza del lado de la ventana; pero la noche era demasiado espesa para que ella pudiera ver.


¡Oh! ¡Si ella me hubiese mirado en aquel momento, seguro que habría podido adivinar lo que pasaba en mi corazón! No se había oído más que el trote de un único caballo, y era muy simple. Ya sabía perfectamente que no regresaría más que un solo jinete.


Pero ¿cuál?


Unos pasos resonaron en la antecámara. Estos pasos eran lentos y parecían muy titubeantes; cada uno de estos pasos parecía pesar sobre mi corazón.


Se abrió la puerta, y vi en la oscuridad dibujarse una sombra. La sombra se detuvo un momento en la puerta. Yo tenía el corazón en vilo.


La sombra avanzó, y, a medida que entraba dentro del círculo de luz, yo respiraba.


Reconocí a Gregoriska. Un instante de duda más y mi corazón se hubiera roto.


Reconocí a Gregoriska, pero pálido como un muerto. Nada más verle, se intuía que algo terrible acababa de pasar.


—¿Eres tú, Kostaki? —preguntó Smeranda.


—No, madre —respondió Gregoriska con una voz sorda.


—¡Ah!, aquí estáis —dijo ella—; ¿y desde cuándo vuestra madre debe esperaros?


—Madre mía —dijo Gregoriska echando una mirada al péndulo—, no son más que las nueve.


Y en ese momento, en efecto, dieron las nueve.


—Es cierto —dijo Smeranda—. ¿Dónde está vuestro hermano?


A mi pesar, pensé que era la misma pregunta que Dios había hecho a Caín.


Gregoriska no respondió.


—¿Nadie ha visto a Kostaki? —preguntó Smeranda.


El vatar, o mayordomo, se informó a su alrededor.


—A eso de las siete —dijo—, el conde ha ido a las caballerizas, ha ensillado su caballo él mismo y ha tomado el camino de Hango.


En ese momento, mi mirada se cruzó con la de Gregoriska. Yo no sabía si era una realidad o una alucinación, pero me pareció que había una gota de sangre en medio de su frente.

Llevé lentamente mi dedo a mi propia frente, indicando el lugar donde creía ver esta mancha.

Gregoriska comprendió; tomó su pañuelo y se secó.


—Sí, sí —murmuró Smeranda—, se habrá encontrado a algún oso, o a algún lobo, y se habrá divertido en perseguirlo. Por eso es por lo que un niño hace esperar a su madre. ¿Dónde lo habéis dejado, Gregoriska? Decid.


—Madre mía —respondió Gregoriska con una voz emocionada, pero firme—, mi hermano y yo no hemos partido juntos.


—¡Está bien! —dijo Smeranda—. Que sirvan, sentaos a la mesa y que cierren las puertas; el que se quede fuera pasará la noche fuera.


Las dos primeras partes de esta orden fueron ejecutadas al pie de la letra: Smeranda ocupó su lugar, Gregoriska se sentó a su derecha y yo a su izquierda.


Acto seguido los servidores salieron para cumplir la tercera, es decir, para cerrar las puertas del castillo.


En aquel momento se oyó un gran ruido en el patio, y un criado completamente trastornado entró en la sala diciendo:

—Princesa, el caballo del conde Kostaki acaba de entrar en el patio, solo, y todo cubierto de sangre.

—¡Oh! —murmuró Smeranda alzándose pálida y amenazadora—, así es como regresó un atardecer el caballo de su padre.


Dirigí mi mirada hacia Gregoriska: ya no estaba pálido, sino lívido.


En efecto, el caballo del conde Koproli había entrado un atardecer en el patio del castillo, totalmente cubierto de sangre, y, una hora después, los servidores habían encontrado y traído el cuerpo cubierto de heridas.


Smeranda tomó una antorcha de las manos de uno de los criados, avanzó hacia la puerta, la abrió y bajó al patio.


El caballo, totalmente espantado, era refrenado a su pesar por tres o cuatro servidores que unían sus esfuerzos para apaciguarlo.


Smeranda se adelantó hacia el animal, miró la sangre que manchaba su silla y reconoció una herida en la parte alta de su testuz.


—Kostaki ha muerto de frente —afirmó ella—, en duelo y por la mano de un solo enemigo. Buscad su cuerpo, hijos míos, más tarde buscaremos a su asesino.


Como el caballo había regresado por la puerta de Hango, todos los servidores se precipitaron por aquella puerta, y se vio perderse por los campos sus antorchas e internarse en el bosque, igual que en un bonito atardecer de verano se ve resplandecer las luciérnagas en las llanuras de Niza y de Pisa.


Smeranda, como si estuviese convencida de que la marcha no sería larga, esperó de pie en la puerta. Ni una lágrima corría de los ojos de esta madre desolada, y sin embargo se sentía rugir la desesperación en el fondo de su corazón.


Gregoriska permanecía detrás de ella, y yo estaba cerca de Gregoriska.


Al abandonar la sala, hizo un amago de ofrecerme el brazo, pero no se atrevió.


Al cabo de un cuarto de hora aproximadamente, se vio por un recodo del camino reaparecer una antorcha, luego dos, y acto seguido todas las demás.


Solo que esta vez, en lugar de dispersarse por los campos, estaban agrupadas en torno a un centro común.


Pronto pudo verse que este centro común se componía de unas parihuelas y de un hombre tendido sobre ellas.


El fúnebre cortejo avanzaba lentamente, pero avanzaba. Al cabo de diez minutos, estuvo ante la puerta. Al ver a la madre viva que esperaba al hijo muerto, los que lo portaban se descubrieron instintivamente, luego entraron silenciosos en el patio.


Smeranda echó a andar tras ellos, y nosotros seguimos a Smeranda. Se llegó así a la gran sala, en la que fue depositado el cuerpo.


Entonces, haciendo un gesto de suprema majestad, Smeranda mandó apartarse a todo el mundo y, acercándose al cadáver, hincó una rodilla en tierra delante de él, apartó los cabellos que velaban su rostro, lo contempló largamente, con los ojos secos en todo momento. Luego, abriendo la casaca moldava, apartó la camisa manchada de sangre.


La herida estaba en el lado derecho del pecho. Debía de haber sido hecha por una hoja recta y de doble filo.


Me acordé de que había visto ese mismo día, en el costado de Gregoriska, el largo cuchillo de caza que servía de bayoneta a su carabina.


Busqué esta arma en su costado, pero había desaparecido.


Smeranda pidió agua, empapó su pañuelo en ella y lavó la herida.


Una sangre fresca y pura enrojeció los labios de la herida.


El espectáculo que tenía ante mis ojos presentaba un no sé qué de atroz y de sublime al mismo tiempo. Aquella amplia estancia, ahumada por las antorchas de resina, esos rostros bárbaros, esos ojos relucientes de ferocidad, esas costumbres extrañas, esa madre que calculaba, a la vista de la sangre todavía caliente, cuánto tiempo hacía que la muerte le había arrebatado a su hijo, ese gran silencio, solo interrumpido por los sollozos de esos bandidos, cuyo jefe era Kostaki, todo ello, repito, era atroz y sublime de ver.


Finalmente, Smeranda acercó sus labios a la frente de su hijo, y acto seguido, tras levantarse y echarse hacia atrás las largas trenzas de sus blancos cabellos que se habían desprendido, dijo:

—¿Gregoriska?

Gregoriska se estremeció, meneó la cabeza y, abandonando su atonía, repuso:


—¿Sí, madre?


—Venid aquí, hijo mío, y escuchadme.


Gregoriska obedeció estremeciéndose, pero obedeció.


A medida que se acercaba al cuerpo, la sangre brotaba de la herida, más copiosa y más bermeja. Por fortuna, Smeranda no miraba ya de ese lado, pues, a la vista de aquella sangre acusadora, no hubiera tenido ya necesidad de buscar quién era el asesino.


—Gregoriska —dijo—, bien sabes que Kostaki y tú no os tenéis ningún aprecio. Sé perfectamente que tú eres Waivady por parte de padre, y él Koproli por parte del suyo; pero, por parte de vuestra madre, sois los dos Brancovan. Sé que tú eres un hombre de las ciudades de Occidente, y él un hijo de las montañas orientales; pero, por el seno que os trajo al mundo a ambos, sois hermanos. Pues bien, Gregoriska, quiero saber si vamos a llevar a mi hijo al lado de su padre sin que el juramento haya sido pronunciado, si puedo llorar tranquila por fin, como una mujer, pudiendo confiar en vos, es decir, en un hombre, para el castigo.


—Decidme el nombre del asesino de mi hermano, señora, y solo tenéis que darme una orden; os juro que antes de una hora, si así lo exigís, habrá dejado de vivir.


—Jurad, Gregoriska, jurad, so pena de mi maldición, ¿entendido, hijo mío?, jurad que el asesino morirá, que no dejaréis piedra sobre piedra de su casa; que su madre, sus hijos, sus hermanos, su mujer o su prometida perecerán por vuestra mano. Jurad, y, al hacerlo, que la ira del cielo caiga sobre vos si faltáis a este sagrado juramento. ¡Si faltáis a este sagrado juramento, someteos a la miseria, a la execración de vuestros amigos, a la maldición de vuestra madre!


Gregoriska extendió la mano sobre el cadáver.


—¡Juro que el asesino morirá! —dijo.


A este extraño juramento, y cuyo verdadero sentido solo el muerto y yo, tal vez, podíamos comprender, vi o creí ver producirse un prodigio espantoso. Los ojos del cadáver se volvieron a abrir y se clavaron en mí más vivos de lo que los había visto jamás, y sentí, como si ese doble rayo hubiese sido palpable, penetrar un hierro candente hasta mi corazón.


Era más de lo que podía soportar y me desvanecí. 

 

IV. EL MONASTERIO DE HANGO

 
Cuando me desperté, estaba en mi aposento, acostada en mi cama; una de las dos mujeres velaba cerca de mí. Yo pregunté dónde estaba Smeranda; se me respondió que velaba cerca del cuerpo de su hijo. Yo pregunté dónde estaba Gregoriska; se me respondió que estaba en el monasterio de Hango. Ni hablar de una huida. Pues ¿acaso Kostaki no estaba muerto? Ni tampoco de casarme con él. Pues ¿acaso podía desposarse el fratricida?

Pasaron tres días y tres noches en medio de unos sueños extraños. En mi vigilia o en mi sueño, veía en todo momento esos dos ojos vivos en medio de aquel rostro muerto: era una visión horrible. Era al tercer día cuando debía tener lugar el enterramiento de Kostaki. Por la mañana de aquel día me trajeron de parte de Smeranda un vestido completo de viuda. Me lo puse y bajé. La casa parecía vacía; todo el mundo estaba en la capilla. Me encaminé hacia el lugar de la ceremonia. En el momento en que franqueé el umbral, Smeranda, a la que llevaba tres días sin ver, vino hacia mí.


Parecía una efigie encarnada del dolor. Con un movimiento lento como el de una estatua, posó sus labios gélidos en mi frente y, con una voz que parecía salir ya de la tumba, pronunció estas palabras habituales:


—Kostaki os ama.


No podéis haceros una idea del efecto que produjeron en mí tales palabras. Esta declaración de amor hecha en tiempo presente, en lugar de hacerla en tiempo pasado; ese «os ama», en lugar de «os amaba»; ese amor de ultratumba que venía a buscarme en la vida, me produjo una terrible impresión. 

Al mismo tiempo, un extraño sentimiento se apoderaba de mí, como si yo hubiera sido, en efecto, la mujer de aquel que estaba muerto y no la prometida del que estaba vivo. Ese féretro me atraía hacia él, a mi pesar, dolorosamente, como se dice que la serpiente atrae al pájaro que fascina. Busqué los ojos de Gregoriska; lo vi, pálido y erguido contra una columna; sus ojos miraban al cielo. No puedo asegurar que él me viera.


Los monjes del convento de Hango rodeaban el cuerpo cantando unas salmodias del rito griego, algunas veces muy armoniosas, pero las más, muy monótonas. También yo quería rezar, pero la oración moría en mis labios; tenía el espíritu tan trastornado que me parecía más bien estar asistiendo a una junta de diablos que a una reunión de sacerdotes. 

En el momento en que levantaron el cuerpo, yo quise seguirlo, pero mis fuerzas se negaron a ello. Sentí que me flaqueaban las piernas y me apoyé en la puerta. Entonces Smeranda vino hacia mí e hizo una señal a Gregoriska.


Gregoriska obedeció y se acercó. Smeranda me dirigió la palabra en lengua moldava.


—Mi madre me ordena que os repita palabra por palabra lo que ella va a decir —dijo Gregoriska.


Entonces Smeranda habló de nuevo; y, cuando hubo terminado, dijo:

—He aquí las palabras de mi madre: «Lloráis a mi hijo, Jadwige, pues lo amabais, ¿no es así? Os agradezco vuestras lágrimas y vuestro amor; de ahora en adelante vos seréis mi hija como si Kostaki hubiera sido vuestro esposo; tenéis de ahora en adelante una patria, una madre, una familia. Derramemos la suma de lágrimas debidas a los muertos, luego volvamos a ser de nuevo dignas las dos de aquel que no está…, ¡yo su madre, y vos su mujer! Adiós, volved a vuestro aposento; yo voy a seguir a mi hijo hasta su última morada; a mi vuelta, me encerraré con mi dolor, y vos no me veréis hasta que lo haya vencido; estad tranquila, lo venceré, pues no quiero que sea él el que me venza a mí».

No pude responder a estas palabras de Smeranda, traducidas por Gregoriska, más que con un gemido. Volví a subir a mi aposento, el cortejo se alejó. Lo vi desaparecer por un recodo del camino. El convento de Hango no estaba más que a una media legua del castillo en línea recta; pero los obstáculos del suelo obligaban a que el camino se desviara, por lo que se tardaba cerca de dos horas en recorrerlo. 

Estábamos en el mes de noviembre. Los días se habían vuelto fríos y cortos. A las cinco de la tarde era ya noche cerrada. Hacia las siete, vi reaparecer unas antorchas. Era el cortejo fúnebre que venía de regreso. El cadáver reposaba en la tumba de sus padres. Estaba todo dicho.


Ya os he confesado presa de qué extraña obsesión vivía desde el fatal suceso que nos había vestido a todos de luto, y sobre todo desde que yo había visto reabrir y clavarse en mí los ojos que la muerte había cerrado. Aquella tarde, abrumada por las emociones de la jornada, estaba más triste aún. 

Escuchaba dar las diferentes horas en el reloj del castillo, y me entristecía conforme el tiempo que volaba me acercaba al instante en que Kostaki debía de haber muerto. Oía sonar las nueve menos cuarto.


Entonces una extraña sensación se apoderó de mí. Era un terror estremecedor que corría por todo mi cuerpo y lo helaba; luego, con este terror, algo como un sueño invencible que entorpecía mis sentidos; sentí una opresión en el pecho, mis ojos se velaron, extendí los brazos y, retrocediendo, fui a caer sobre mi cama. 

Sin embargo, no había perdido a tal punto mis sentidos para no poder oír cómo unos pasos se acercaban a mi puerta; luego me pareció que mi puerta se abría. Luego no vi y no oí ya nada. Únicamente sentí un vivo dolor en el cuello. Tras lo cual, caí en un completo letargo.


Me desperté a medianoche; mi lámpara todavía ardía; quise levantarme, pero estaba tan débil que tuve que intentarlo dos veces. Sin embargo, vencí esta debilidad y, como despierta sentía en el cuello el mismo dolor que había experimentado en mi sueño, me arrastré, apoyándome contra la pared, hasta el espejo y miré. Algo parecido a un pinchazo de alfiler señalaba la arteria de mi cuello. Pensé que algún insecto me habría mordido mientras dormía, y, como estaba muerta de cansancio, me acosté y me dormí.


Al día siguiente, me desperté como de costumbre. Y como de costumbre quise levantarme en cuanto mis ojos se hubieron abierto; pero sentí una debilidad que no había experimentado todavía más que una sola vez en mi vida, al día siguiente de un día en que me habían aplicado una sangría. 

Me acerqué al espejo y me quedé sorprendida de mi palidez. La jornada pasó triste y sombría; experimentaba una cosa extraña; sentía la necesidad de quedarme allí donde estaba, pues todo desplazamiento suponía una fatiga. 

Cuando llegó la noche, me trajeron mi lámpara; mis mujeres, al menos eso comprendía por sus gestos, se ofrecían a quedarse a mi lado. Yo les di las gracias; ellas salieron. A la misma hora que la víspera, experimenté los mismos síntomas. Entonces quise levantarme y pedir socorro; pero no pude ir hasta la puerta. 

Oí vagamente el carillón del reloj que daba las nueve menos cuarto, resonaron los pasos, la puerta se abrió; pero yo no veía, no oía ya nada; al igual que la víspera, había ido a caer desplomada sobre mi cama. Al igual que la víspera, sentí un dolor agudo en el mismo sitio. Al igual que la víspera, me desperté a medianoche; solo que me desperté más débil y más pálida que la víspera.


Al día siguiente se repitió también la horrible obsesión. Estaba decidida a bajar para estar al lado de Smeranda, por más débil que estuviese, cuando una de mis mujeres entró en mi aposento y pronunció el nombre de Gregoriska. 

Gregoriska venía detrás de ella. Quise levantarme para recibirle; pero volví a caer en mi sillón. Él lanzó un grito al verme y quiso abalanzarse hacia mí; pero yo tuve fuerzas para extender el brazo hacia él.


—¿Qué venís a hacer aquí? —le pregunté.


—¡Ay! —dijo él—, ¡venía a deciros adiós! Venía a deciros que abandono este mundo que me es insoportable sin vuestro amor y sin vuestra presencia; venía a deciros que me retiro al convento de Hango.


—Os veis privado de mi presencia, Gregoriska —le respondí—, pero no de mi amor. Lamentablemente, os sigo amando, y mi gran dolor es que de ahora en adelante este amor sea poco menos que un crimen.


—Entonces, ¿puedo esperar que rezaréis por mí, Jadwige?


—Sí, solo que no rezaré por largo tiempo —añadí con una sonrisa.


—¿Qué os ocurre, en efecto, y por qué estáis tan pálida?


—¡Que… Dios se apiada de mí, sin duda, y me llama con Él!


Gregoriska se acercó a mí, me tomó de una mano que yo no tuve fuerzas de retirar y, mirándome con fijeza, dijo:

—Esta palidez no es natural, Jadwige; ¿de qué os viene? Hablad.

—Si os lo dijera, Gregoriska, creeríais que estoy loca.


—No, no, hablad, Jadwige, os lo suplico; nos encontramos en un país que no se parece a ningún otro, en una familia que no se parece a ninguna otra familia. Hablad, decidlo todo, os lo suplico.


Le conté todo: esa extraña alucinación que me dominaba a la misma hora en que debía de haber muerto Kostaki; ese terror, ese amodorramiento, ese frío gélido, esa postración que me obligaba a acostarme, ese ruido de pasos que creía oír, esa puerta que creía ver abrirse y, por último, ese dolor agudo seguido de una palidez y de una debilidad que no hacían sino ir en aumento. 

Yo había creído que mi relato le parecería a Gregoriska un principio de locura, y lo concluí no sin una cierta timidez, cuando, por el contrario, vi que prestaba a este relato una profunda atención. Cuando hube dejado de hablar, él reflexionó unos instantes.


—¿Así que —preguntó— os dormís todas las noches a las nueve menos cuarto?


—Sí, por más esfuerzos que haga por resistir al sueño.


—¿Así que creéis ver abrirse vuestra puerta?


—Sí, aunque echo el cerrojo.


—¿Así que sentís un dolor agudo en el cuello?


—Sí, aunque apenas mi cuello conserva la señal de una herida.


—¿Me permitiríais que la viera? —preguntó.


Eché mi cabeza sobre un hombro. Él examinó esa cicatriz.

—Jadwige —dijo, al cabo de unos instantes—, ¿tenéis confianza en mí?

—¿Y me lo preguntáis? —repuse yo.


—¿Creéis en mi palabra?


—Como si fuera el Evangelio.


—Pues bien, Jadwige, a fe mía, os juro que no os quedan ocho días de vida si no aceptáis hacer, hoy mismo, lo que voy a deciros.


—¿Y si acepto?


—Si aceptáis, tal vez podréis salvaros.


—¿Tal vez?


Guardó silencio.


—Sea lo que sea lo que haya de pasar, Gregoriska —proseguí—, haré lo que me mandéis hacer.


—Pues bien, escuchad —dijo—, y sobre todo no os asustéis. En vuestro país, como en Hungría, como en nuestra Rumanía, existe una tradición.


Me estremecí, pues me había vuelto esta tradición a la memoria.


—¡Ah! —dijo él—, ¿sabéis a lo que me refiero?


—Sí —respondí—, he visto en Polonia personas sometidas a esta horrible fatalidad.


—Os referís a los vampiros, ¿no es cierto?


—Sí, en mi infancia vi cómo desenterraban en el cementerio de un pueblo que pertenecía a mi padre a cuarenta personas, muertas en quince días, sin que hubiera podido adivinarse la causa de su fallecimiento. Entre estos muertos, diecisiete mostraban señales de vampirismo, es decir, fueron encontrados lozanos, bermejos y parecidos a seres vivos; los otros eran sus víctimas.


—¿Y qué se hizo para liberar a la región de ellos?


—Se les clavó una estaca en el corazón y, a continuación, se los quemó.


—Sí, así es como se actúa de ordinario; pero eso para nosotros no basta. Para liberaros del fantasma, primero quiero conocerlo, y vive Dios que lo conoceré. Sí, y si es preciso lucharé cuerpo a cuerpo con él, sea quien sea.


—¡Oh, Gregoriska! —exclamé yo aterrada.


—Ya lo he dicho: quienquiera que sea, repito. Pero para llevar a buen fin esta terrible aventura, es preciso que aceptéis todo lo que voy a exigir de vos.


—Hablad.


—Estad preparada a las siete, bajad a la capilla y hacedlo sola; tenéis que vencer vuestra debilidad, Jadwige, tenéis que hacerlo. Allí recibiremos la bendición nupcial. Consentid a ello, querida mía; es preciso, para defenderos, que ante Dios y ante los hombres tenga yo derecho a velar por vos. Volveremos a subir aquí y entonces veremos.


—¡Oh, Gregoriska! —exclamé yo—, ¡si es él, os matará!


—No temáis nada, mi querida Jadwige. Limitaos a dar vuestro consentimiento.


—Sabéis muy bien que haré cuanto queráis, Gregoriska.


—Hasta el atardecer, pues.


—Sí, haced por vuestra parte lo que se os antoje y yo os secundaré del mejor modo; podéis iros.


Salió. Un cuarto de hora después, vi a un jinete correr precipitadamente por el camino del convento: ¡era él! Apenas lo hube perdido de vista, cuando caí de rodillas y recé, como no se reza ya en vuestros países incrédulos, y esperé a las siete, ofreciendo a Dios y a los santos el sacrificio de mis pensamientos: no volví a levantarme hasta el momento en que dieron las siete. 

Estaba débil como una moribunda, pálida como una muerta. Me toqué con un gran velo negro, bajé la escalera, sosteniéndome contra las paredes, y me dirigí a la capilla sin haberme encontrado con nadie.


Gregoriska me esperaba con el padre Basilio, superior del convento de Hango. Llevaba a un costado una espada santa, reliquia de un viejo cruzado que había tomado Constantinopla con Villehardouin y Balduino de Flandes.


—Jadwige —dijo dando un golpe en su espada con una mano—, con la ayuda de Dios, esto es lo que romperá el hechizo que amenaza vuestra vida. Acercaos, pues, resueltamente; he aquí un santo varón que, tras haber recibido mi confesión, va a recibir nuestros juramentos.


Dio comienzo la ceremonia; tal vez nunca ha habido algo más sencillo y más solemne a la vez. Nadie ayudaba al pope; él mismo nos colocó sobre la cabeza las coronas nupciales. 

Vestidos de luto los dos, dimos la vuelta al altar con un cirio en la mano; luego el religioso, tras haber pronunciado las palabras santas, añadió:


—Ahora podéis iros, hijos míos, y que Dios os infunda la fuerza y el valor de luchar contra el enemigo del género humano. Estáis armados de vuestra inocencia y de su justicia; venceréis al demonio. Id y benditos seáis.


Nosotros besamos los libros sagrados y salimos de la capilla. 

Entonces, por primera vez, me apoyé en el brazo de Gregoriska y me pareció que, al tocar aquel valeroso brazo, que al contacto con aquel noble corazón, la vida retornaba a mis venas. Me creía segura de triunfar, puesto que Gregoriska estaba conmigo; volvimos a subir a mi aposento. Dieron las ocho y media.


—Jadwige —me dijo entonces Gregoriska—, no tenemos tiempo que perder. ¿Quieres dormirte como de costumbre y que todo suceda durante tu sueño? ¿O quieres permanecer despierta y verlo todo?


—A tu lado no temo nada, por lo que quiero permanecer despierta, quiero verlo todo.


Gregoriska extrajo de su pecho una ramita de boj bendecido, completamente húmeda aún de agua bendita, y me la entregó.


—Coge, pues, esta ramita —dijo—, acuéstate en tu cama, di las oraciones a la Virgen y espera sin temor. Dios está con nosotros. Sobre todo, no dejes caer tu ramita; con ella podrás mandar hasta en el mismísimo infierno. No me llames, no grites; reza, ten esperanza y aguarda.

Yo me acosté en la cama. Crucé mis manos sobre mi pecho, sobre el cual apoyé la ramita bendecida. En cuanto a Gregoriska, se escondió detrás del dosel al que ya me he referido y que ocultaba el rincón de mi aposento. Yo contaba los minutos y sin duda Gregoriska los contaba también por su parte. 

Dieron los tres cuartos. El resonar del martillo vibraba aún cuando sentí ese mismo amodorramiento, ese mismo terror, ese mismo frío glacial; pero acerqué la ramita bendecida a mis labios y esta primera sensación se disipó. Entonces oí muy claramente el ruido de esos pasos lentos y mesurados que resonaban en la escalera y que se acercaban a mi puerta. 

Luego mi puerta se abrió lentamente, sin ruido, como empujada por una fuerza sobrehumana, y entonces…


La voz se detuvo como ahogada en la garganta de la narradora.


Y entonces —continuó no sin esfuerzo—, vi a Kostaki, pálido como lo había visto sobre las parihuelas; sus largos cabellos, esparcidos sobre sus hombros, goteaban sangre: llevaba su traje habitual, solo que abierto a la altura del pecho, y dejaba ver su herida sangrante. Todo estaba muerto, todo era cadáver, carne, ropa, andares…, únicamente los ojos, esos ojos terribles estaban vivos. 

Al ver esto, ¡cosa extraña!, en lugar de sentir redoblarse mi espanto, sentí aumentar mi valor. Me lo infundía Dios, sin duda, para que pudiera juzgar yo mi situación y defenderme contra el infierno. Al primer paso que el fantasma dio hacia mi cama, crucé osadamente mi mirada con esa mirada plomiza y le presenté la ramita bendecida.


El espectro trató de avanzar; pero un poder más fuerte que el suyo lo mantenía en su sitio. Se detuvo.


—¡Oh! —murmuró—, no duerme; lo sabe todo.


Hablaba en moldavo y, sin embargo, yo entendía como si sus palabras hubiesen sido pronunciadas en una lengua que yo comprendiera. Estábamos así enfrente el uno del otro, el fantasma y yo, sin que mis ojos pudieran desviarse de los suyos, cuando vi, sin necesitar volver la cabeza hacia su lado, a Gregoriska salir de detrás de la silla de coro de madera, parecido al ángel exterminador y empuñando la espada. 

Se santiguó con la mano izquierda y avanzó lentamente con la espada tendida hacia el fantasma; este, al reconocer a su hermano, había sacado a su vez su alfanje con una carcajada terrible; pero apenas el alfanje hubo tocado el acero bendito cuando el brazo del fantasma volvió a caer inerme al lado de su cuerpo.


Kostaki dejó escapar un suspiro lleno de lucha y desesperación.


—¿Qué quieres? —preguntó a su hermano.


—En el nombre de Dios vivo —dijo Gregoriska—, te suplico que respondas.


—Habla —dijo el fantasma con un rechinar de dientes.


—¿Fui yo quien te esperó?


—No.


—¿Fui yo quien te atacó?


—No.


—¿Fui yo quien te hirió?


—No.


—Fuiste tú quien se arrojó sobre mi espada, eso es todo. Por tanto, a los ojos de Dios y de los hombres, no soy culpable del crimen de fratricidio; por tanto, no has recibido ninguna misión divina, sino infernal; por eso has salido de la tumba no como una sombra santa, sino como un espectro maldito, y volverás a tu tumba.


—Con ella, sí —exclamó Kostaki haciendo un esfuerzo supremo para apoderarse de mí.


—Solo —exclamó a su vez Gregoriska—; esta mujer es mía.


Y al pronunciar estas palabras, con la punta del acero bendecido tocó la herida viva. Kostaki lanzó un grito como si una espada flamígera le hubiese tocado y, llevándose la mano izquierda a su pecho, dio un paso hacia atrás. 

Al mismo tiempo, y con un movimiento que parecía acompasado con el suyo, Gregoriska dio un paso hacia delante; entonces, con los ojos fijos en los ojos del muerto, la espada contra el pecho de su hermano, comenzó una marcha lenta, terrible, solemne; algo parecido al paso de Don Juan y del Comendador; el espectro retrocediendo ante la espada sagrada, ante la voluntad irresistible del campeón de Dios; este siguiéndole paso a paso sin pronunciar una palabra, los dos jadeando, los dos lívidos, el vivo empujando al muerto delante de él y obligándole a abandonar aquel castillo, que fuera su morada en el pasado, por la tumba, que era su morada en el futuro. ¡Oh! Era un espectáculo horrible, os lo juro.


Y sin embargo, movida yo misma por una fuerza superior a mí, invisible, desconocida, sin darme cuenta de lo que hacía, me levanté y les seguí. Bajamos la escalera, alumbrados tan solo por las pupilas ardientes de Kostaki. Atravesamos así la galería y también el patio. Franqueamos la puerta con esos mismos pasos mesurados: el espectro retrocediendo, Gregoriska con el brazo tendido, yo siguiéndolos. 

Este recorrido fantástico se prolongó por espacio de una hora: era preciso llevar de nuevo al muerto a su tumba; solo que, en lugar de seguir el camino habitual, Kostaki y Gregoriska atajaron yendo en línea recta, sin preocuparse por unos obstáculos que habían dejado de existir: bajo sus pies, el suelo se allanaba, los torrentes se secaban, los árboles retrocedían, las rocas se apartaban; por lo que hace a mí, se operaba el mismo milagro que se operaba para con ellos; solo que todo el cielo me parecía cubierto de un crespón negro, la luna y las estrellas habían desaparecido, y yo no veía brillar en la noche en todo momento más que los ojos llameantes del vampiro.


Llegamos así a Hango, pasamos así a través del seto de arbustos que servía de cerca al cementerio. Apenas en su interior, distinguí en la sombra la tumba de Kostaki situada al lado de la de su padre; ignoraba que estuviese allí y, sin embargo, la reconocí. Esa noche lo sabía todo. Al borde de la fosa abierta, Gregoriska se detuvo.


—Kostaki —dijo—, no ha terminado todo aún para ti, y una voz del cielo me dice que serás perdonado si te arrepientes: ¿prometes, pues, volver a entrar en tu tumba, prometes no volver a salir de ella, prometes consagrar, por último, a Dios el culto que has consagrado al infierno?


—¡No! —respondió Kostaki.


—¿Te arrepientes? —preguntó Gregoriska.


—¡No!


—Por última vez, ¿te arrepientes, Kostaki?


—¡No!


—¡Pues bien, invoca en tu ayuda a Satanás, que yo invoco a Dios en la mía, y veamos una vez más de parte de quién se decantará la victoria!


Dos gritos resonaron al mismo tiempo; los aceros se cruzaron despidiendo chispas, y el combate se prolongó por espacio de un minuto que me pareció un siglo. Kostaki se desplomó; vi alzarse la espada terrible, la vi hundirse en su cuerpo y clavar ese cuerpo en la tierra recién removida. Un grito supremo, y que nada tenía de humano, recorrió los aires.


Yo acudí. Gregoriska se había quedado de pie, pero tambaleándose. Yo acudí y lo sostuve en mis brazos.


—¿Estáis herido? —le pregunté con ansiedad.


—No —me dijo—; pero en un duelo semejante, querida Jadwige, no es la herida la que mata, sino la lucha. Yo he luchado con la muerte y pertenezco a la muerte.


—¡Amigo, amigo! —exclamé yo—, aléjate, aléjate de aquí, y la vida tal vez retorne.


—No —dijo él—, esta es mi tumba, Jadwige: pero no perdamos tiempo; coge una poca de esta tierra impregnada de su sangre y aplícala sobre la mordedura que él te ha hecho; es el único medio para preservarte en el futuro de su horrible amor.


Yo obedecí temblando. Me agaché para recoger aquella tierra ensangrentada y, al hacerlo, vi el cadáver clavado en el suelo; la espada bendecida le atravesaba el corazón y una sangre negra y copiosa brotaba de su herida, como si acabara de morir en ese mismo instante. Amasé un poco de tierra con la sangre y apliqué el horrible talismán en mi herida.


—Ahora, mi adorada Jadwige —dijo Gregoriska con una voz debilitada—, escucha bien mis últimas instrucciones: abandona el país en cuanto puedas. La distancia es la única seguridad para ti. El padre Basilio ha recibido hoy mis últimas voluntades y las cumplirá. ¡Jadwige! ¡Un beso! ¡El último, el único, Jadwige! Me muero.


Y, diciendo estas palabras, Gregoriska se desplomó cerca de su hermano. En cualquier otra circunstancia, en medio de aquel cementerio, cerca de aquella tumba abierta, con aquellos dos cadáveres tendidos uno al lado del otro, me hubiese vuelto loca; pero, ya lo he dicho, Dios me había infundido unas fuerzas parejas a los sucesos de los que Él me hacía no solo testigo, sino también protagonista. 

En el momento en que miré en torno mío, buscando alguna ayuda, vi abrirse la puerta del claustro y los monjes, conducidos por el padre Basilio, avanzaron de dos en dos, llevando unas antorchas encendidas y cantando las preces por los difuntos. El padre Basilio acababa de llegar al convento; había previsto lo sucedido y, a la cabeza de toda la comunidad, se dirigía al cementerio. 

Me encontró viva cerca de los dos muertos. Kostaki tenía el rostro trastornado por una última convulsión. Gregoriska, por el contrario, estaba sereno y casi sonriente.


Tal como había pedido Gregoriska, lo enterraron cerca de su hermano, el cristiano guardando al condenado. Smeranda, al tener conocimiento de esa nueva desgracia y la parte que había tenido yo en ella, quiso verme; vino a visitarme al convento de Hango y supo por mi boca todo lo sucedido en aquella terrible noche. Yo le conté con todo pormenor la fantástica historia, pero ella me escuchó como me había escuchado Gregoriska, sin asombro ni espanto.


—Jadwige —respondió tras unos momentos de silencio—, por más extraño que resulte lo que acabáis de contar, no habéis dicho sin embargo más que la pura verdad. La raza de los Brancovan es una raza maldita, hasta la tercera y la cuarta generación, y ello porque un Brancovan dio muerte a un sacerdote. Pero la maldición ha tocado a su fin; pues, aunque esposa, sois virgen, y conmigo se acaba la raza. Si mi hijo os ha legado un millón, tomadlo. Después de mí, aparte de los legados piadosos que pienso hacer, el resto de mi fortuna será para vos. Ahora seguid el consejo de vuestro esposo, regresad cuanto antes a los países donde Dios no permite que ocurran estos terribles prodigios. Yo no tengo necesidad de nadie conmigo para llorar a mis hijos. Mi dolor exige soledad. Adiós, no preguntéis más por mí. Mi suerte futura pertenece solo a mí y a Dios.


Y tras besarme en la frente como de costumbre, me dejó y fue a encerrarse en el castillo de Brancovan. Ocho días después, partí para Francia. Tal como había esperado Gregoriska, mis noches dejaron de verse hostigadas por el terrible fantasma. Restablecida mi salud, no he guardado de este acontecimiento más que esa palidez mortal que acompaña hasta la tumba a toda criatura humana que ha sufrido el beso de un vampiro.


La dama se calló, dieron las doce de la noche, y casi me atrevería a decir que el más valiente de nosotros se estremeció al oír el carillón del reloj de péndulo.

El zapato maravilloso (travesura) - Marcus Aguinis

    Aprieta su carita contra los barrotes fríos del balcón. No consigue pasar la cabeza, pero logra ver el asfalto azul, seis pisos abajo. En el centro de la calle, solo, brilloso, está su zapatito derecho. Lo anduvo buscando en cajones, bajo las camas, en la heladera, en los bolsos de mamá. ¿Cómo fue a parar allí? No recuerda haberlo arrojado. Tampoco fue su hermanito: tiene apenas cuatro meses y no sale de la cuna. 
 
    En su casa no hay gatos ni perros, aunque hace tiempo que los pide con lágrimas y sonrisas al inflexible papá (es mamá la que no los quiere; dice que ensucian todo, pero la que ensucia es ella, basta con mirar la cocina).

La punta del zapato enfrenta a los vehículos. Se le arrojan encima con apuro, como bólidos. Pero no lo destruyen. A lo sumo agitan sus cordones como si fueran cabellos.

Ricardito permanece encantado en su atalaya. No hubiera sospechado que el zapato goza de poderes. Es nuevo, se lo compraron con urgencia antes de su reciente cumpleaños. 

Venía oyendo repetir a mamá que necesita zapatos, pero pasaban los días sin que trajera la anunciada caja. No entendía para qué hablaba tanto del asunto: cuando él deseaba una golosina, le bastaba agenciarse unas monedas y bajar al quiosco. Mamá no tenía más que ir a la zapatería.

Es evidente que le gustaba quejarse sin motivo. Antes del cumpleaños corrió como una loca. Y además de cursar las invitaciones y preparar la torta y comprar las bebidas y colgar banderitas e inflar los globos, tuvo que salir a buscar zapatos. 

Si le hubiera hecho caso a él, los zapatos ya habrían estado en casa mucho antes. ¡Y también destrozados!, replicó ella. Se los trajo a último momento para que lucieran nuevos, no porque le faltara tiempo. ¡Ufa, qué complicada es mamá!

Hermoso el zapatito derecho. Ahora lo ve hermoso. Brilla sobre el asfalto más que su par izquierdo, tranquilo en la caja, indiferente, vulgar. Este zapatito derecho le recuerda al Súper ratón. Se ríe de las moles que amenazan aplastarlo. No se mueve de su sitio, ni se bambolea con las ráfagas violentas, ni siquiera se molesta en enderezar la punta un poco desviada hacia los edificios de enfrente. 

Los gigantes braman, rabiosos. Ahora vienen de a cuatro juntos, rozándose los costados. Forman un ejército interminable. El semáforo de la esquina los detiene cada tres minutos. Entonces el valiente zapatito respira en medio de la planicie asfáltica. Como un luchador insigne, que no reclama ayuda, sino que espera con regodeo a sus enemigos. Y los enemigos se vuelven a abalanzar en tropel fragoroso. Pero no logran despedazarlo. Este lugar es mío, yo lo conquisté.

Ricardito se quedaría horas gozando la aventura.

Pero su madre lo llama. En ese momento el semáforo frena la jauría. Pronto se repetirá la lucha y el pequeño deberá soportar la arremetida de los monstruos. Su madre sigue llamando. Luz verde: ¡los monstruos arrancan! Hay uno más pequeño, amarillento, que se mete entre los cuatro. Su rueda izquierda le pasará exactamente por encima. Será inevitable el accidente. Mamá ya profiere gritos. Pasa el amarillento en línea recta. Detrás siguen los otros, blancos, rojos, azules, negros. Aún no puede distinguir la calzada. Es un río de elefantes mecánicos. Más largo que nunca. Su madre le sacude el hombro. El semáforo no cambia de color. Su madre lo quiere arrancar de los barrotes. Ricardito no se suelta. Y profiere una exclamación de júbilo. ¡Está intacto!: sólo le desviaron la puntera. ¡Es el vencedor! Su madre también lo reconoce. Pero no se alegra. Le aplica un tirón de pelos a Ricardito: ¡por qué lo arrojaste a la calle! Está furiosa, no entiende nada Y corre a buscarlo. En un instante llega al cordón de la vereda. Se la nota impaciente, la nueva correntada de vehículos le impide acercarse, se retuerce los dedos, está segura que lo arruinarán, adiós dinero; la pobre ignora sus poderes mágicos. El semáforo concede un respiro. Lo levanta, lo examina por arriba y por abajo, asombrada, y aparece tras Ricardito con mejor semblante.

Después de comer, mientras ella lava la vajilla y papá lee el diario, se esconde con el zapato en el placard. Deja unos centímetros de abertura para que penetre una raya de luz. El placard es muy confortable. El aroma de vestidos, frazadas, sábanas, le resulta embriagador. Apoya sus pies sobre un montículo de blusas y su espalda contra los abrigos colgantes. 

En la penumbra no hay demasiado orden. Mejor. Acaricia el empeine del zapatito mágico. Lo felicita. No tiene un solo raspón. Aquí, en la punta, deben estar sus ojos invisibles. Con ellos miraba y desafiaba el aluvión de autos. Y de cada uno de los agujeros por donde pasa el cordón emergían sus puñitos de acero, con los que lograba apartar las ruedas asesinas. 

Contempla sus propios puños y los supone idénticos a los del zapatito. Cuando el auto amarillento se le fue directamente encima, pudo ser que el zapatito se hubiera abierto como una alfombra y después hubiera recuperado su forma primitiva. Tiene muchas maneras de hacer la guerra. Puede agrandarse de golpe. Agrandarse mucho, mucho, de manera que los monstruos, en lugar de aplastarlo, se encuentren corriendo dentro de su panza, como bichitos insignificantes.

¡Zas! su hermanito empieza a llorar. Tiene hambre y está aburrido. Iría a consolarlo, pero se lo prohibieron. Le mostraría su zapatito maravilloso. Quizá entienda más que sus padres. Cuando vinieron sus amigos para el cumpleaños, presentó al bebé con orgullo; la mayoría lo contempló de lejos, con cierto temor; algunos apoyaron sus manos en el borde de la cuna preguntando cómo se llama, qué come, si habla y otras tonterías; y hubo también uno bastante atrevido que le acercó el dedo a la boca. El hermanito se divertía, pero mamá, “para que no molestara”, lo encerró en el dormitorio. El pobre se perdió el espectáculo de títeres además de la torta con velitas.

El bebé pesa más que el zapato. Pero Ricardito lo puede sacar de la cuna y volverlo a poner. No obstante, cada vez que lo intenta, mamá y papá vienen corriendo con la mano en el corazón. Una vez casi se le cae a mamá del cambiador blanco y Ricardito ni la retó, ni le tiró de las mechas, ni le prohibió que lo siguiera cambiando. Tampoco le dejan darle el biberón: dicen que se ahoga. Sin embargo, también se ahoga cuando lo sostiene papá y ni hablar cuando es la vecina del octavo piso.

Se acordaron del pequeño prisionero cuando papá tuvo listo el aparato de fotografías. Le mojaron la boca con agua azucarada, lo movieron de aquí para allá y por último consiguieron tranquilizarlo con un chupete embebido en miel. Pero papá se empeñaba en sacarle una instantánea sin chupete. No había caso: o el chupete o los berridos. Está bien —terminó por rendirse—: encajale el tapón y que se calle. Ricardito pidió una foto teniéndolo en brazos, sin éxito. Lo recluyeron nuevamente en el dormitorio.

Terminaba el cumpleaños. Quedaban cinco chicos. Papá y mamá acompañaron a los padres de Miguel hasta la calle. Se entretuvieron largo rato contándose las peripecias del último veraneo. Al regresar, en el ascensor coincidieron sobre el éxito de la fiestita: concurrieron muchos niños y les costó relativamente poco; lo más caro fue la animadora, que accedió a cobrarles la mitad por ser amiga de tía Justa. Se sentían cansados y con ganas de dormir. Pronto vendrían a buscar a los niños restantes.

De súbito les chocó el extraño silencio. Los cinco chicos permanecían alineados en el living, de frente al largo sofá. Estallaron risas y aplausos cuando apareció el títere, detrás del respaldo que servía de referencia escénica. Mamá casi se desmaya. 

Ricardito movía el títere para arriba y para abajo, izquierda y derecha. La redonda cabecita del muñeco sonreía con inédita felicidad. Y parecía hablarle a la audiencia. Sus ojitos brillaban. Sus bracitos algo flexionados y rígidos parecían dispuestos a cumplir con las amenazas que profería la voz en falsete. 

Papá se abalanzó hacia el sofá, tropezó con varios cuerpos y se lo arrancó a Ricardito. El muñeco, tras un instante de perplejidad, se asustó y rompió a llorar. La madre, aún pálida, se apresuró a meterle el chupete y, recibiéndolo de papá, lo estrechó contra su pecho con exageradas e inoportunas muestras de cariño. 

Encima de arruinarle la actuación, lo hicieron aparecer como un supermimado. Papá dio un manotazo contra Ricardito, que salió corriendo. Desde entonces ya no le permiten jugar en ningún momento y bajo ninguna forma con el bebé.

Ahora tiene un zapato maravilloso. En cuanto mamá se distraiga en el lavadero, sentará a su hermanito sobre el brillante empeine. El zapato crecerá hasta convertirse en un bote. Y saldrá volando. ¡Qué contento se sentirá el pobre, que se la pasa encerrado en su cuna celeste! Verá los techos, y la parte superior de los árboles. Se cruzará con algunos pájaros. Desde arriba todo es distinto. 

Lo comprobó en el Italpark, cuando lo llevaron a dar una vuelta en la rueda gigante. Al principio tuvo miedo y se agarró tan fuerte de la baranda que sus nudillos se pusieron blancos como la miga, pero a la segunda vuelta ya se soltó y pudo regocijarse con el colorido mundo, que pululaba a sus pies. Su hermanito se lo agradecerá cuando pueda hablar.

En este momento lo están llamando a gritos otra vez. Insisten que se bañe todas las noches. Pero a Ricardito no le gusta el primer contacto con el agua. Es cierto que después se acostumbra y se divierte, tardando en salir. Entonces protestan porque se baña demasiado. 

Una vez armaron un escándalo porque se bañaba a oscuras. Como si el agua necesitara de la luz para limpiar la mugre. Simplemente se había olvidado de encenderla, o no tuvo ganas de hacerlo, y como la bañera ya tenía suficiente agua, cerró la puerta y se zambulló. Estaba encantado. Chapoteaba que daba gusto. Se sentía en un lago. No divisaba la costa. Algunas gotas prendían lucecitas. Así debía ser el mar. Nadando un poco llegaría a la isla donde crecen bananas silvestres. Le pareció distinguir una montaña. Nadaba y cantaba. Algunos peces dibujaban anillos alrededor de sus piernas y brazos. Le faltaba poco para llegar. Ya tocaba la arena del fondo. Qué delicia... En eso estalla un fogonazo que lo ciega. Espanta el lago, los peces brillantes, la isla. Un toallón cae sobre su cabeza y mamá lo arranca con reproches sin sentido.

Nuevo conflicto: su madre no acepta que duerma con el zapato mágico. Si fueras mujer —explica— tendrías una muñeca, pero ¡un zapato sobre la almohada!... Papá propone cambiarlo por el astronauta, soñarás con un lindo viaje; el zapato es sucio, nadie duerme con un zapato al lado de la cara. 

Ricardito no cede: aprieta con energía al pequeño objeto. La madre suspira: veo que te has arrepentido, casi lo perdés; no se te ocurra tirarlo de nuevo por el balcón. Ricardito piensa que no vale la pena insistir que él no lo tiró, que no es un zapato vulgar sino maravilloso, y lo acomoda en el suelo, junto a la cama. Sus padres se alejan gratificados y tan ignorantes como vinieron.

Después de varios días consigue llevar a cabo su audaz plan aéreo. Mamá lo controla como nunca. Y cuando ella sale, baja la insoportable vecina del octavo. Su hermanito no da más de aburrimiento: come, duerme y llora. Con el llanto le dice a Ricardito que se apure, por favor, para hacerlo volar en el zapato maravilloso por sobre las terrazas y los árboles.

Se presenta la ansiada ocasión. Mamá tiende ropa aprovechando la espléndida mañana. La vecina del octavo está enferma; enhorabuena. Corre al dormitorio y saca a su hermanito de la cuna. Pesa más que la última vez. No importa. Lo acuesta sobre el zapato mágico. Pero algo lo asusta y empieza a llorar. Cuando reingresa la madre ha conseguido, felizmente, depositarlo en su sitio y simula ofrecerle el chupete. 

Ricardito piensa que el bebé tiene razón: el zapato no puede transformarse en bote dentro del cuarto y salir volando por la estrecha ventana. Sus grandiosos poderes se manifiestan al aire libre, en plena calle, sobre la hermosa cancha de asfalto. Allí colocará la maravilla y a su hermanito encima. Los autos se asombrarán cuando se convierta en bote y alce vuelo en el mismo instante que el semáforo marque verde.

Introduce el objeto prodigioso en su bolsillo para conservar las manos libres. Carga a su hermanito y llama el ascensor. No llora, sus ojitos redondos tienen el mismo júbilo que cuando actuaba de títere. Seguramente imagina su fabuloso viaje entre los gorriones. Ningún enemigo cierra el paso, mamá sigue en el lavadero. Llegan a la vereda. 

El semáforo detiene a los monstruos rugientes. Hay que proceder rápido. Se lanza a la calle, descarga el bebé, acomoda el zapato, sube al bebé sobre el zapato. Pronto se transformará en bote y navegará por el aire. Desde el balcón podrá contemplar el espectáculo. Ya no verá la solitaria y breve rayita de cuero, sino el bulto lechoso de su hermanito que empieza a ser rodeado por las confortables paredes del bote volador.

El semáforo suprime el freno y los monstruos arrancan como bólidos. En la primera línea son cuatro. Su zapatito se transformará a tiempo, le alcanzan los poderes para actuar de manera fulminante. Y ante el desconcierto general, iniciará su elevación. Pero no lo hace aún... Las moles se aproximan a la carrera. Braman con rabia. Aunque se lo propusieran, ya no podrían frenar. 

Ricardito confía en su zapato. Sabe que se reserva el efecto espectacular para el último instante. Como en la tele. Se ensanchará de golpe. En el preciso momento en que las ruedas se abalancen sobre su hermanito, dará un brinco a las alturas. Entonces el torrente mecánico y violento pasará sobre la calle limpia de obstáculos.

Ya tocan a su hermanito. ¡Ahora o nunca!... Los autos negros y rojos y azules y cremas siguen corriendo con pareja velocidad. Lanzan gases, los neumáticos queman. El suelo es arrasado por las llamaradas.

Otra vez cambia la luz del semáforo. La calle se vacía. No hay rastros del zapatito mágico ni del bebé. Mira hacia arriba y descubre el luminoso bote sobrevolando majestuosamente la ciudad.

Esa noche, cuando le ordenan que se vaya a dar el baño, tiene ganas de contar el prodigio. Pero mamá, concentrada en preparar el biberón, no entiende estas cosas.

Mejor Manolo - Elvira Lindo


UN SECUNDARIO DE LUJO

             No sé si te acuerdas de que siempre empiezo todas las historias desde el principio de los tiempos. El principio de los tiempos de la vida actual en casa de los G. M. fue la llegada a este planeta de (la) Chirli. Pero antes de que naciera hubo un embarazo. Creo que no es necesario explicar en este capítulo cómo es la reproducción humana porque, personalmente, este tema me sale ya por las orejas: todos los años lo damos en Conocimiento del Medio, así que te puedo decir que la teoría la domino. Al principio tenía su interés, y nos reíamos bastante cuando salía en el libro la palabra «vulva» o la palabra «testículo» y ya no te digo si aparecía la palabra «pene», pero te puedo asegurar que después de cuatro año de venga con lo mismo hemos perdido la ilusión en esos temas.

            Yihad, el chulo de mi barrio, le preguntó el otro día a mi sita Asunción:

            Sita, ¿cuándo nos llegará el momento de la práctica?

            Yo casi me caigo al suelo de la risa. Casi siempre le río las gracias a Yihad sólo para que no me rompa las gafas, pero hay que reconocer que esta vez el tío estuvo sembrao. Lo increíble es que la sita me echó a mí de clase, y cuando luego le pregunté a la salida por qué me castigaba a mí y no al autor de los hechos, mi sita me dijo que porque Yihad era un niño que ya no tenía remedio y, en cambio, yo aún tenía salvación. Me fui casi flotando a casa porque es la primera vez que la sita me dice algo positivo. Para que veas con que poco me conformo.

            Pues eso, que el principio de los tiempos de esta historia es el embarazo de una madre, la mía.

           El Imbécil es un niño imprevisible. Eso lo dice la Luisa. Siempre dice que el Imbécil es un niño imprevisible. Y yo lo repito:

             1. Porque es verdad.

          2. Porque, como ya dije en el capítulo anterior, las palabras no pertenecen a nadie. Y aunque ésta es una palabra que a mí no se me ocurriría pronunciar nunca delante de mis amigos, la uso porque es verdad, porque el Imbécil es un niño imprevisible.

             Resulta que hace tres años mi madre se pasó no sé cuántos días dándole vueltas a cómo decirle al Imbécil que dentro de nueve meses íbamos a tener un hermano o, en su defecto, hermana. Decía mi madre que el pobre se iba a deprimir bastante porque era la peor noticia que podía recibir un niño que desde que nació había sido el mimadito de la sociedad. A mi madre se la notan las preferencias a distancia: no te creas que se preocupaba por mí, qué va, sólo se preocupaba por su Imbécil. Pero no me importa, ya tengo callo.

            Por resumirte la vida del Imbécil hasta ese momento te diré que es un niño que había tenido suerte desde la cuna. Todo el mundo siempre había estado pendiente de él, adorándole, sobre todo mi madre, que babeaba. Y todavía babea, aunque ahora un tanto por ciento de sus babas, pongamos un treinta por ciento, son para la Chirli. Y a mí siempre que me den morcillas porque desde que nació el Imbécil tengo mucha fama de ser un celoso que siempre está comparándose con el hermano pequeño. Y es verdad, desde que tengo memoria comparo lo que se gastan en el cumpleaños del Imbécil con lo que se gastan en el mío. Conozco los precios de los mercados. Y que me caiga ahora mismo muerto si no es verdad que se gastan en sus regalos por lo menos uno o dos euros más. Y eso a mí me hace bastante daño.

            Pero mi depresión a mi madre no la importaba, a ella sólo la importaba la depresión que iba va a pillar el Imbécil cuando le llegara el hermano o, en su defecto, hermana, y tuviera que abandonar la habitación de mis padres, que ya iba siendo hora, por cierto, porque cuando nació Chirli el Imbécil era un niño de casi cinco años al que se le salían las patas por los barrotes de la cuna, y no me digas a mí que esto es normal. Entrabas por la noche y te encontrabas con esa visión estremecedora: una cuna pegada a la cama de unos padres y en esa cuna un niñorro gigante con los pies fuera de los barrotes.

            Me acuerdo de que una noche tuve una pesadilla que nunca olvidaré: soñé que el Imbécil se había hecho mayor y los pies ya le tocaban el suelo y tenía las piernas llenas de pelos. Me desperté sudando, como en las películas, y como no se me quitaba esa terrible visión de la mente cerebral me armé de valor y fui a la habitación de mis padres. A oscuras y aún temblando puse las manos hacia delante, como hacen los sonámbulos, y al tocar unos pies enormes de los que salían unas piernas peludas me puse a gritar y también se puso a gritar un hombre al superunísono. Pensé, Dios mío, el tiempo se me ha pasado sin sentir… Pero entonces alguien dio la luz y allí estaba mi padre, tumbado, con la mano en el corazón, y dijo jadeando, como cuando en las películas la gente pronuncia sus últimas palabras: «Para una vez que me quedo en casa entre semana.»

            Yo me eché a llorar, porque matar a un padre de un susto es algo de lo que te vas a arrepentir siempre y porque es lo que suelo hacer cuando siento que las collejas sobrevuelan mi cabeza. Y entonces dije, he tenido una pesadilla. Y mi padre dijo, anda ven. Y me hizo un sitio a su lado y me pasó el brazo por el hombro y entonces escuché su corazón, bum bum bum, y a punto estaba de quedarme dormido cuando el Imbécil, que por aquellos días aún tenía el sistema de balancearse sobre su barriga en la baranda de la cuna para dejarse caer en la cama de mis padres, cayó sobre mí con todos sus kilos de niñorro gigantesco, y entonces mi corazón sonó, bum bum bum, pero eso a mis padres no les despertó porque ya tenían asumido que el Imbécil les caía encima a media noche y no se asustaban, igual que uno no se asusta ni se despierta cuando pasa el camión de la basura.

          Lo que te estaba diciendo: que mi madre se pasó todas aquellas Navidades hablando en plan secretillos con la Luisa y con mi padre, supermisteriosa todo el tiempo, y yo estaba bastante mosqueado porque a mí la gente cuando se pone a decirse cosas al oído para que yo no las oiga es que me cae fatal aunque sean de mi familia. Pero resultó que un día histórico, la víspera de Reyes, mi madre le dijo a mi abuelo que, por favor, que se bajara al Imbécil a la Cabalgata de Carabanchel, y ya me estaba poniendo yo la chupa para irme con ellos, cuando suelta mi madre: «No, Manolito, tú espérate un momento conmigo y luego les alcanzamos.» Yo ya tenía la boca abierta para protestar. Bueno, «en honor a la verdad», como dice mi padrino Bernabé, yo siempre tengo la boca abierta porque como las gafas se me van escurriendo hasta la mitad de la nariz no respiro bien y tengo que llevar la boca abierta todo el tiempo para no morir ahogado. Pero vamos, que en este caso tenía además la boca abierta para decirle a mi madre que también quería ver la Cabalgata desde el principio (de los tiempos) y en esto que fue mi madre y me guiñó un ojo mirando al Imbécil. «En honor a la verdad» la intriga me carcomía.

            El Imbécil y mi abuelo tardaron mucho en irse porque el Imbécil no encontraba su chupete cochambroso, uno que tenía desde que nació y que mi madre hervía cada dos por tres porque al Imbécil se le había caído al váter o a la calle o al cubo de la basura pero que era preferible hervirlo a soportar sus aullidos de desesperación.

            Además, luego, me acuerdo de que también estuvo buscando la Barbie Corazón que era su preferida y estaba empeñado en subirse esa Barbie a sus hombros y enseñarle la Cabalgata, porque en aquellos tiempos el Imbécil era un niño que creía que las Barbies eran gente humana y tenían sentimientos. Para colmo, mi madre se pasó media hora abrigándolo, que yo creo que lo raro es que hayamos sobrevivido a sus abrigamientos, porque entonces nos ponía la bufanda apretada hasta los ojos, como si fuera un torniquete. Hubo veces que yo vi al Imbécil rojo y era porque no le estaba llegando el oxígeno a su cerebro. Mi madre le anudaba la bufanda tan fuerte que los mocos del Imbécil se iban desparramando por la bufanda y ahí se le quedan secos como el superglú. Había veces, y que me caiga muerto ahora mismo si miento, que llegábamos a casa por la noche y la bufanda se le había quedado pegada y había que pegarle un tirón mortal. Igual que cuando la Luisa se hace la cera en el bigote, que yo la he visto.

            Yo ya no podía más de la intriga. Incluso me había empezado a arrancar la ceja derecha, que es lo que hago cuando estoy atacado de los nervios. Por fin, mi abuelo y el Imbécil se fueron después de que mi madre le diera al Imbécil cien mil besos, que parecía que en vez de a la Cabalgata se iba a un Erasmus, y entonces yo y mi madre nos quedamos solos bastante frente a frente. La tensión se mascaba en el ambiente. Y fue entonces cuando mi madre se sentó en el taburete del mueble-bar, que parece que la estoy viendo ahora mismo, y dijo:

            —A lo mejor tenemos un hermanito. O hermanita.

            Y yo me quedé, te lo juro, tan petrificado que podrían haber venido a estudiarme a Carabanchel antropólogos de todo el mundo. Era lo que menos me esperaba en la vida: un hermanito. Y entonces mi madre dijo que ella tampoco se lo esperaba y que había sido una sorpresa bastante sorprendente, que al principio le había sentado como un tiro, pero que al final estaba segura de que todos íbamos a ser muy felices porque un niño recién nacido, decía mi madre, traía mucha alegría a las familias, aunque las familias no quisieran al principio a ese recién nacido ni por asomo, pero como ese recién nacido luego tenía una gracia que te morías, esas mismas familias, que al principio es que no querían ni verlo, lo pasaban de muerte en el futuro riéndose a mandíbula batiente con las gracias del recién nacido ese.

            Yo ya me conocía el tema. Mi madre me lo había vendido de la misma manera cuando el Imbécil estaba a punto de llegar a este mundo y yo me lo había creído porque entonces era un niño de la infancia y no sabía nada de la vida pero ahora estaba lleno de experiencia y ya no me podían engañar.

            De todas formas, ya te digo, mi madre no estaba preocupada por mí, sino por su ojito derecho. A ella la preocupaba cómo se lo iba a tomar el Imbécil y lo que de verdad quería era que yo le dijera al Imbécil que tener un hermanito (o en su defecto, hermanita) era algo que todos los niños deberían estar deseando. Las madres son muy liantas. Y la mía, la más lianta de todas. Quería que colaborara con ella en el mayor engaño de la historia.

            Total, que al día siguiente fue Reyes y al día siguiente el día de después de Reyes (claro) y luego empezamos otra vez el colegio y la vida volvió a ser un rollo (repollo). Y todo ese tiempo estuvimos sin decirle nada al Imbécil porque mi madre decía que no encontraba el momento. Pero di que un sábado estábamos viendo en la tele Batman. El Caballero Oscuro, que es la película favorita del Imbécil, porque es un niño que ama la violencia en el cine, y en esto que llegan los anuncios y sale un anuncio de Iberia en el que se veía un cielo plagado de bebés voladores de todas las razas del mundo. Bebés blancos, chinos, negros, indios y a lunares. Y entonces mi madre va y con toda la intención le pregunta al Imbécil:

            —¿No te gustaría tener uno de esos bebés, cariño?

            —Sí, uno. El nene quiere uno.

            —¿Quieres que te lo traiga mamá?

            —Quiero el chino.

            —¿Y si te traigo uno que no sea chino? Mira ése qué bonito es el que no es chino, el blanquito —dijo mi madre señalándoselo—, también es muy gracioso.

            —No, el nene quiere el chino volador. Si no es chino el nene no lo quiere.

            Nos quedamos todos pensativos porque el Imbécil siempre fue un niño de ideas fijas y además tiene una memoria de elefante y como nos avisara de que lo quería chino estábamos seguros de que iba a montar un pollo en el mismo hospital cuando viera que a mis padres los niños no les salen chinos, les salen como nosotros.

            Te parecerá que en mi familia somos idiotas pero nadie se atrevió a decirle al Imbécil que el hermanito o, en su defecto, hermanita, nunca sería chino, y a partir de aquel momento bastante histórico todos hablamos de la llegada del chino, del nacimiento del chino, de cómo se iba a llamar el chino. Te decía al principio que el Imbécil es imprevisible porque en vez de pillarse la típica depresión preparto cada vez que le nombrábamos al chino el tío se partía de risa y preguntaba todo el tiempo, cuando llegábamos del colegio, que si el chino había llegado ya por fin. «Está impaciente —decía mi madre—, se muere de ganas de tener a su hermanito.» Y el Imbécil la corregía sacándose el chupete de la boca y levantándolo hacia arriba, como hacía cuando iba a decirnos algo bastante fundamental:

            —El nene tiene ganas de tener al chino.

            Porque la idea que tenía el Imbécil de un hermanito era bastante rara, la verdad. Un día que oyó a mi madre que hablaba de que había que ir pensando en arreglar el cuarto y comprarnos de una vez por todas unas literas a mí y al Imbécil, el Imbécil salió de casa como loco sin que pudiéramos detenerlo. De pronto oímos los ladridos de la Boni, la perra de la Luisa, en la escalera, y era que el Imbécil le había arrebatado su cojincillo de la Boni y subía con él, y la Boni venía detrás mordiéndole los zapatos. Pero el Imbécil ni caso porque a él nunca le han dado miedo ni las personas ni los animales.

            —Aquí dormirá el chino —dijo poniendo el cojincillo al lado del mueble-bar.

            También otro día subió la Luisa diciendo que le había desaparecido el cacharro del pienso de la Boni y lo encontramos en el mismo sitio, detrás del mueble-bar. El Imbécil se creía que al chino lo íbamos a criar por los suelos, que ningún bebé volador se atrevería a expulsarle de su cuna en el cuarto de mis padres, y que seguiría ahí hasta que le salieran las famosas dos patas peludas por los barrotes de la cama, como si fuera Gulliver en la cárcel de los liliputienses. Tampoco se imaginaba que habría otro niño sentado en una trona como la que él tenía para comer, desde la que nos mandaba como un dictador y nos tiraba garbanzos a propulsión con la cuchara como nos atreviéramos a desobedecer sus órdenes.

            El Imbécil, en su imaginación calenturienta, se creía que al chino habría que bajarlo al parque como a la Boni para que hiciera sus cosas y que le podríamos llevar con correa. También le robó la correa a la Boni porque al Imbécil lo que más ilusión le hacía de tener un chino volador era poder llevarlo con correa y sacarlo a pasear al Parque del Ahorcado.

            Un día que fuimos con mi madre al ambulatorio para ver si el famoso chino seguía engordando en su barriga, una señora, que era como todas las señoras que están en una sala de espera, una cotilla, le preguntó al Imbécil si estaba contento porque iba a tener un hermanito nuevo. Y el Imbécil le contestó que no, que no, que él no iba a tener un hermanito, que iba a tener un chino volador, y que mi madre lo llevaba en la barriga porque que era un chino bueno y no mordía y que a veces se notaba que estaba vivo porque movía el rabo. Y el Imbécil agarró a la señora la mano y se la puso encima de la barriga de mi madre y gritó:

            —¡Ahora, ahora está moviendo el rabo el chino!

            Y la señora se pegó un susto, apartó la mano de golpe y nos miró raro. Y mi madre se quedó sonriéndola como sin saber qué decir. Yo la dije a mi madre que alguna vez tendríamos que decirle al Imbécil algo de la verdad de la vida y de lo que le esperaba. Y mi madre me dijo, ya llegará el momento, que no quiero líos antes de tiempo. Y yo le dije que el Imbécil en realidad lo que quería tener era un perro, y mi madre dijo: «¡No me calientes la cabeza, Manolito, que siempre vas a ponerme la cabeza como una olla a presión!» Y yo dije que vale, que bueno, pero que el que avisa no es traidor. Y mi abuelo me hizo una seña para que me callara porque tenía la teoría de que a las madres embarazadas no se las puede llevar la contraria y menos a la mía, que no se la puede llevar la contraria nunca.

            Luego entramos con mi madre a la consulta porque mi madre decía que así íbamos comprendiendo cosas del misterio de la vida. Vimos al chino en la pantalla, escuchamos su corazón palpitante y luego el médico nos enseñó la foto que estaba bastante oscura. El Imbécil señaló entonces una mancha y dijo: «Aquí está el rabo», y el médico se mosqueó porque hacía un momento que le había dicho a mi madre que todavía no se veía si era niño o niña y los médicos de siempre han querido saber más que nadie. Total que nos echó de su despacho. Ya en la sala de espera el Imbécil me dijo: aquí no dejarán pasar al chino, pero el nene se quedará con el chino en el parque paseando.

            Siempre fue un niño bastante cabezota y cuando se le mete algo en la cabeza, no le digas lo contrario que te la monta. Yo pensé que el día en que naciera el chino y él viera cómo era dicho chino los aullidos del Imbécil se oirían hasta en Carabanchel Bajo. Pero, de momento, igual tenía razón mi madre y era mejor no contarle la verdad cruda, porque, conociendo como conocemos al Imbécil, ¿quién se atrevía? ¿te hubieras atrevido tú?

           El día del nacimiento, al que llamaremos día FD (Fatal Desenlace), llegó, y, si quieres que te diga la verdad, a esas alturas yo también me esperaba algo parecido a un perrito pequinés, raza originaria del gigante asiático, o una especie de centauro, mitad perro mitad bebé de Iberia. No es que hubiera perdido la cabeza, pero las ideas del Imbécil siempre han sido altamente contagiosas. Soñé varias veces con el bebé pequinés. Me lo imaginaba como uno de los bebés voladores del anuncio, soñaba que lo sacábamos con la correa al Parque del Ahorcado y era maravilloso porque flotaba y era como si lleváramos un globo enorme y todo el mundo nos envidiaba esa mascota que nuestra madre nos había traído al mundo.

             Recuerdo, como si lo estuviera viviendo ahora mismo, que el día FD volvimos del colegio y nos encontramos con que sólo estaba mi abuelo en casa y nos dijo que dejáramos la cartera porque nos íbamos al hospital. Acto seguido, el Imbécil se subió al sofá y empezó a dar saltos de alegría incontenible, y yo pensaba, pobrecillo, vaya chasco que se va a llevar en breves instantes. Nunca me había sentido tan superidentificado con él. Eso es lo que tiene ser un niño con experiencia de la vida, que ya lo has vivido todo en tus propias carnes y ya casi nada te impresiona. En aquellos días yo tenía en la cabeza hacerme un poco millonario con un libro de auto-ayuda para niños de cinco años que iban a tener un hermano. Me parecía algo que los mercados estaban pidiendo a gritos. Estaba seguro de que sería un bombazo y pagaríamos la hipoteca del camión, compraríamos las literas, podríamos construir el adosado de nuestros sueños, y mis padres se arrepentirían de haber tenido tan poca confianza en mi gran talento. Y todo esto sin tener que ir a un colegio de élite. Lo que más me gustaba de mi sueño es que mis padres sufrieran un poco por el poco caso que me habían hecho desde que el Imbécil nació para arrebatarme el protagonismo. Pero mi abuelo me quitó la idea de la cabeza, porque me dijo, y ahí tuve que darle la razón, que era muy difícil que tuviera éxito de crítica y público un libro destinado a niños de cinco años dado que a esa edad los niños son (prácticamente) analfabetos y que entonces el libro tendrían que leérselo sus madres y ellas se negarían dado que ellas siempre se ponen de parte del más pequeño. No me importó porque a mí se me ocurren ideas para best sellers prácticamente todos los días. Pero con la vida que llevo, el colegio y tal, te juro que no tengo tiempo. Está claro que si quieres ser escritor no puedes trabajar.

           Cuando llegamos al hospital ya estaba todo el mundo allí. Cuando digo todo el mundo me refiero lo que viene siendo todo el mundo en estos casos: mi padrino Bernabé, la Luisa y mi padre. Estaban al fondo del pasillo verde y olía como huelen los hospitales: a desinfectante, a sopa de fideos y a gasa. De pronto, me pareció tener un «ya lo vi», como dice la Luisa. Un «ya lo vi» consiste en estar viviendo algo que te parece que ya has vivido o en años pasados o en anteriores reencarnaciones.

            Era la misma imagen que tuve ante mis gafas cinco años atrás, cuando yo era ese niño inocente que iba de la mano de mi abuelo por el mismo pasillo y los mismos tres estaban esperando de pie, en la puerta de la habitación de mi madre. Ahora llevábamos de la mano al Imbécil, colgándose de nuestros brazos y dando saltos de alegría. Se supone que ésa era la última vez que hacíamos ese paseíllo porque mi padre había declarado unos días antes en la cocina que ésa era la última vez en su vida que iba a estar en aquel pasillo verde ya que él, dijo, no pensaba traer más García Morenos a este planeta. Yo le dije que no podía estar tan seguro porque los niños, siempre según mi madre, venían cuando menos se les esperaba. Y él me miró y dijo: «Te digo que yo he cortado el grifo.» Yo le miré sin entender. Y entonces él dijo: «¿Cuántos años dices que llevas dando la reproducción humana en el colegio?» Y mi abuelo le cortó diciendo: «Deja al angelico en paz, que entre su madre y tú le exigís que tenga más conocimiento del que le corresponde.» Dos años y medio más tarde creo que he entendido lo que significa cortar el grifo, pero no lo voy a contar aquí porque siempre cabe la posibilidad de que lo haya entendido al revés y no quiero pillarme las manos.

             Llegamos a la puerta de la habitación y todas las miradas se centraron en el Imbécil. Ya te digo, de mí pasaban bastante. Al lado de mi madre había la típica cuna que le ponen a cualquiera que nace. Todos rodeamos al Imbécil. Yo tenía celos y curiosidad, las dos cosas compitiendo en mi cerebro. Mi madre hizo una cosa que hacen todas las madres cuando quieren enseñar a su nuevo hijo y que yo no entiendo muy bien por qué: le quitó la sabanita que tapaba al bebé y lo dejó al descubierto para que lo viéramos entero. El Imbécil dijo:

            —Éste no es.

            Y mi madre le corrigió:

            —No es éste, cariño, es ésta. Es una niña.

            Entonces fui yo quien me acerqué a la cuna. Jamás había pensado que podía ser una niña. Cualquier otra cosa me hubiera impresionado menos, un bebé chino volador, un pequinés, un bebé mitad niño mitad perro, en fin, lo que se le suele pasar a uno por la cabeza si convive con el Imbécil, pero no podía pensar que fuera una niña. De pronto, la idea, no me preguntes por qué, me gustó un poco, pero lo oculté en solidaridad con mi hermano al que, por antigüedad, quería un noventa por ciento más que a la recién llegada. Yo, en eso, soy un cuadriculado. Y fue entonces cuando el Imbécil soltó aquella frase bastante histórica:

            —Ésta no es. Yo no la quiero.

            Se hizo un silencio bastante sepulcral. No sólo porque por primera vez mi hermano no se iba a salir con la suya, sino porque también por primera vez en su vida había hablado como todo el mundo habla, en primera persona.

            Hasta hacía tan sólo una hora, hasta que pisamos aquel pasillo verde, el Imbécil hablaba como los grandes artistas y como los políticos, como si fuera una autoridad dirigiéndose al pueblo, «el nene quiere un chino», «el nene tiene un pedo», «el nene no come verde», en fin, sus típicas declaraciones públicas. Pero fue ver a esa bebé a la que llamaron Catalina, como mi madre, aunque ya nadie se acuerde, y que más tarde sería conocida en todo Carabanchel Alto como (la) Chirli, y el Imbécil ya nunca volvió a ser el mismo. Ya nunca volvió a hablar de sí mismo como «el nene». A mi madre y a la Luisa les temblaron las barbillas. «Lo hemos perdido», pensaban con los ojos inundados en lágrimas. A mí también me pareció que, de pronto, el Imbécil se había hecho treinta años más viejo. El niño-anciano se metió las manos en los bolsillos y, después de decir otra vez «ésta no es, no la quiero», se dio media vuelta, y yo y mi abuelo tuvimos casi que echar a correr detrás de él porque ya estaba a punto de entrar en el ascensor.

            Mi abuelo dijo que nos invitaba a comer en Ching-Chong, el chino de mi barrio. Fue una comida superrara porque el Imbécil no se puso los palillos en la nariz como Fétido, que es una gracia que siempre hace y siempre es igual de graciosa, y estuvo toda la comida bastante silencioso, como si fuera un niño con una gran vida interior. Para colmo, en la galleta de la suerte le salió el siguiente mensaje: «Compartir te hará feliz.» No le debió de gustar porque se subió a una silla y tiró el mensaje a una pecera oceánica llena de peces mutantes. Uno de los peces mutantes se comió el papel. Me pareció bastante simbólico.

            El Imbécil se salió a la calle antes que nadie. Mientras mi abuelo pagaba la cuenta yo le vigilaba por la cristalera. Daba patadas a los chinorros que había en el suelo. Cuando yo salí, me dijo: «Bajamos el balón y tú me tiras y yo hago paradones.»

            Aquella tarde, con todo el mundo (mi padre, Bernabé y la Luisa) todavía en el hospital nos pudimos quedar en la calle hasta las nueve sin que nadie se preocupara por nuestras vidas. Al rato de llegar aparecieron Yihad y Melody Martínez. Ellos también querían tirar, así que nos fuimos turnando. Nunca en la vida en este planeta ha habido ni habrá un tío que haga los paradones que el Imbécil hizo esa tarde. Ni tan siquiera Iker Casillas hubiera podido superarlo. Estaba como furioso y como poseído y se lanzaba al suelo sin importarle su integridad física. Acabó con la cara roja y con unos mocos que le caían y que se limpiaba con la camiseta. No había habido manera de colarle una. Tuve que despegarle de la tierra para llevarle a casa porque si les hubiera dejado a él y a Yihad hubieran seguido hasta el día siguiente. Yihad porque no podía irse a su casa sin meter un gol y el Imbécil porque se había convertido en una máquina de parar.

            Por la escalera le empezó a salir sangre de la nariz y fue dejándolo todo perdido porque no sabíamos con qué limpiarle. Mi abuelo lo vio y se asustó y le mandó a la ducha. Después de eso, ya limpio aunque lleno de magulladuras y con su melena mojada y peinada para atrás, se sentó en el sofá a mi lado y se echó encima de mí, como cuando tenía tres años y no le daba vergüenza ser pequeño. Esa noche se vino a dormir conmigo y con mi abuelo, parecía que se daba cuenta de que ya sobraba en la habitación de mis padres, y es un niño bastante orgulloso. En mitad de la noche me despertó mi padre, que acababa de volver.

            —¿De qué es esa sangre que hay en toda la escalera? —me dijo.

            —De la nariz del Imbécil.

            —Ah, bueno —dijo mi padre.

            Ya puedes desangrarte vivo que, si es por la nariz, a un padre o a una madre les parece estupendo.

            Mi padre dijo: «¿Estás contento con tu hermana?» Y yo le dije que sí. Aunque todavía no podía saberlo. Cómo vas a estar contento con alguien que no conoces. Y mi padre me preguntó que qué tal mi hermano. Y le dije que ya estaba acostumbrando, aunque yo sabía que no era cierto, pero me dio un poco de rabia que todos estuvieran tan preocupados por él. Cuando se fue mi padre me quedé mirando al Imbécil. Había tanta luz por la farola y por la luna que veía su cara a la perfección. Tenía todavía el algodón en la nariz y dos arañazos en la cara. Era como uno de esos actores que sólo salen un rato pero que roban la película. De ser el protagonista había pasado a ser un secundario de lujo y a mí me entraron:

            a) Celos

            b) Pena

            Por ese orden.