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El zapato maravilloso (travesura) - Marcus Aguinis

    Aprieta su carita contra los barrotes fríos del balcón. No consigue pasar la cabeza, pero logra ver el asfalto azul, seis pisos abajo. En el centro de la calle, solo, brilloso, está su zapatito derecho. Lo anduvo buscando en cajones, bajo las camas, en la heladera, en los bolsos de mamá. ¿Cómo fue a parar allí? No recuerda haberlo arrojado. Tampoco fue su hermanito: tiene apenas cuatro meses y no sale de la cuna. 
 
    En su casa no hay gatos ni perros, aunque hace tiempo que los pide con lágrimas y sonrisas al inflexible papá (es mamá la que no los quiere; dice que ensucian todo, pero la que ensucia es ella, basta con mirar la cocina).

La punta del zapato enfrenta a los vehículos. Se le arrojan encima con apuro, como bólidos. Pero no lo destruyen. A lo sumo agitan sus cordones como si fueran cabellos.

Ricardito permanece encantado en su atalaya. No hubiera sospechado que el zapato goza de poderes. Es nuevo, se lo compraron con urgencia antes de su reciente cumpleaños. 

Venía oyendo repetir a mamá que necesita zapatos, pero pasaban los días sin que trajera la anunciada caja. No entendía para qué hablaba tanto del asunto: cuando él deseaba una golosina, le bastaba agenciarse unas monedas y bajar al quiosco. Mamá no tenía más que ir a la zapatería.

Es evidente que le gustaba quejarse sin motivo. Antes del cumpleaños corrió como una loca. Y además de cursar las invitaciones y preparar la torta y comprar las bebidas y colgar banderitas e inflar los globos, tuvo que salir a buscar zapatos. 

Si le hubiera hecho caso a él, los zapatos ya habrían estado en casa mucho antes. ¡Y también destrozados!, replicó ella. Se los trajo a último momento para que lucieran nuevos, no porque le faltara tiempo. ¡Ufa, qué complicada es mamá!

Hermoso el zapatito derecho. Ahora lo ve hermoso. Brilla sobre el asfalto más que su par izquierdo, tranquilo en la caja, indiferente, vulgar. Este zapatito derecho le recuerda al Súper ratón. Se ríe de las moles que amenazan aplastarlo. No se mueve de su sitio, ni se bambolea con las ráfagas violentas, ni siquiera se molesta en enderezar la punta un poco desviada hacia los edificios de enfrente. 

Los gigantes braman, rabiosos. Ahora vienen de a cuatro juntos, rozándose los costados. Forman un ejército interminable. El semáforo de la esquina los detiene cada tres minutos. Entonces el valiente zapatito respira en medio de la planicie asfáltica. Como un luchador insigne, que no reclama ayuda, sino que espera con regodeo a sus enemigos. Y los enemigos se vuelven a abalanzar en tropel fragoroso. Pero no logran despedazarlo. Este lugar es mío, yo lo conquisté.

Ricardito se quedaría horas gozando la aventura.

Pero su madre lo llama. En ese momento el semáforo frena la jauría. Pronto se repetirá la lucha y el pequeño deberá soportar la arremetida de los monstruos. Su madre sigue llamando. Luz verde: ¡los monstruos arrancan! Hay uno más pequeño, amarillento, que se mete entre los cuatro. Su rueda izquierda le pasará exactamente por encima. Será inevitable el accidente. Mamá ya profiere gritos. Pasa el amarillento en línea recta. Detrás siguen los otros, blancos, rojos, azules, negros. Aún no puede distinguir la calzada. Es un río de elefantes mecánicos. Más largo que nunca. Su madre le sacude el hombro. El semáforo no cambia de color. Su madre lo quiere arrancar de los barrotes. Ricardito no se suelta. Y profiere una exclamación de júbilo. ¡Está intacto!: sólo le desviaron la puntera. ¡Es el vencedor! Su madre también lo reconoce. Pero no se alegra. Le aplica un tirón de pelos a Ricardito: ¡por qué lo arrojaste a la calle! Está furiosa, no entiende nada Y corre a buscarlo. En un instante llega al cordón de la vereda. Se la nota impaciente, la nueva correntada de vehículos le impide acercarse, se retuerce los dedos, está segura que lo arruinarán, adiós dinero; la pobre ignora sus poderes mágicos. El semáforo concede un respiro. Lo levanta, lo examina por arriba y por abajo, asombrada, y aparece tras Ricardito con mejor semblante.

Después de comer, mientras ella lava la vajilla y papá lee el diario, se esconde con el zapato en el placard. Deja unos centímetros de abertura para que penetre una raya de luz. El placard es muy confortable. El aroma de vestidos, frazadas, sábanas, le resulta embriagador. Apoya sus pies sobre un montículo de blusas y su espalda contra los abrigos colgantes. 

En la penumbra no hay demasiado orden. Mejor. Acaricia el empeine del zapatito mágico. Lo felicita. No tiene un solo raspón. Aquí, en la punta, deben estar sus ojos invisibles. Con ellos miraba y desafiaba el aluvión de autos. Y de cada uno de los agujeros por donde pasa el cordón emergían sus puñitos de acero, con los que lograba apartar las ruedas asesinas. 

Contempla sus propios puños y los supone idénticos a los del zapatito. Cuando el auto amarillento se le fue directamente encima, pudo ser que el zapatito se hubiera abierto como una alfombra y después hubiera recuperado su forma primitiva. Tiene muchas maneras de hacer la guerra. Puede agrandarse de golpe. Agrandarse mucho, mucho, de manera que los monstruos, en lugar de aplastarlo, se encuentren corriendo dentro de su panza, como bichitos insignificantes.

¡Zas! su hermanito empieza a llorar. Tiene hambre y está aburrido. Iría a consolarlo, pero se lo prohibieron. Le mostraría su zapatito maravilloso. Quizá entienda más que sus padres. Cuando vinieron sus amigos para el cumpleaños, presentó al bebé con orgullo; la mayoría lo contempló de lejos, con cierto temor; algunos apoyaron sus manos en el borde de la cuna preguntando cómo se llama, qué come, si habla y otras tonterías; y hubo también uno bastante atrevido que le acercó el dedo a la boca. El hermanito se divertía, pero mamá, “para que no molestara”, lo encerró en el dormitorio. El pobre se perdió el espectáculo de títeres además de la torta con velitas.

El bebé pesa más que el zapato. Pero Ricardito lo puede sacar de la cuna y volverlo a poner. No obstante, cada vez que lo intenta, mamá y papá vienen corriendo con la mano en el corazón. Una vez casi se le cae a mamá del cambiador blanco y Ricardito ni la retó, ni le tiró de las mechas, ni le prohibió que lo siguiera cambiando. Tampoco le dejan darle el biberón: dicen que se ahoga. Sin embargo, también se ahoga cuando lo sostiene papá y ni hablar cuando es la vecina del octavo piso.

Se acordaron del pequeño prisionero cuando papá tuvo listo el aparato de fotografías. Le mojaron la boca con agua azucarada, lo movieron de aquí para allá y por último consiguieron tranquilizarlo con un chupete embebido en miel. Pero papá se empeñaba en sacarle una instantánea sin chupete. No había caso: o el chupete o los berridos. Está bien —terminó por rendirse—: encajale el tapón y que se calle. Ricardito pidió una foto teniéndolo en brazos, sin éxito. Lo recluyeron nuevamente en el dormitorio.

Terminaba el cumpleaños. Quedaban cinco chicos. Papá y mamá acompañaron a los padres de Miguel hasta la calle. Se entretuvieron largo rato contándose las peripecias del último veraneo. Al regresar, en el ascensor coincidieron sobre el éxito de la fiestita: concurrieron muchos niños y les costó relativamente poco; lo más caro fue la animadora, que accedió a cobrarles la mitad por ser amiga de tía Justa. Se sentían cansados y con ganas de dormir. Pronto vendrían a buscar a los niños restantes.

De súbito les chocó el extraño silencio. Los cinco chicos permanecían alineados en el living, de frente al largo sofá. Estallaron risas y aplausos cuando apareció el títere, detrás del respaldo que servía de referencia escénica. Mamá casi se desmaya. 

Ricardito movía el títere para arriba y para abajo, izquierda y derecha. La redonda cabecita del muñeco sonreía con inédita felicidad. Y parecía hablarle a la audiencia. Sus ojitos brillaban. Sus bracitos algo flexionados y rígidos parecían dispuestos a cumplir con las amenazas que profería la voz en falsete. 

Papá se abalanzó hacia el sofá, tropezó con varios cuerpos y se lo arrancó a Ricardito. El muñeco, tras un instante de perplejidad, se asustó y rompió a llorar. La madre, aún pálida, se apresuró a meterle el chupete y, recibiéndolo de papá, lo estrechó contra su pecho con exageradas e inoportunas muestras de cariño. 

Encima de arruinarle la actuación, lo hicieron aparecer como un supermimado. Papá dio un manotazo contra Ricardito, que salió corriendo. Desde entonces ya no le permiten jugar en ningún momento y bajo ninguna forma con el bebé.

Ahora tiene un zapato maravilloso. En cuanto mamá se distraiga en el lavadero, sentará a su hermanito sobre el brillante empeine. El zapato crecerá hasta convertirse en un bote. Y saldrá volando. ¡Qué contento se sentirá el pobre, que se la pasa encerrado en su cuna celeste! Verá los techos, y la parte superior de los árboles. Se cruzará con algunos pájaros. Desde arriba todo es distinto. 

Lo comprobó en el Italpark, cuando lo llevaron a dar una vuelta en la rueda gigante. Al principio tuvo miedo y se agarró tan fuerte de la baranda que sus nudillos se pusieron blancos como la miga, pero a la segunda vuelta ya se soltó y pudo regocijarse con el colorido mundo, que pululaba a sus pies. Su hermanito se lo agradecerá cuando pueda hablar.

En este momento lo están llamando a gritos otra vez. Insisten que se bañe todas las noches. Pero a Ricardito no le gusta el primer contacto con el agua. Es cierto que después se acostumbra y se divierte, tardando en salir. Entonces protestan porque se baña demasiado. 

Una vez armaron un escándalo porque se bañaba a oscuras. Como si el agua necesitara de la luz para limpiar la mugre. Simplemente se había olvidado de encenderla, o no tuvo ganas de hacerlo, y como la bañera ya tenía suficiente agua, cerró la puerta y se zambulló. Estaba encantado. Chapoteaba que daba gusto. Se sentía en un lago. No divisaba la costa. Algunas gotas prendían lucecitas. Así debía ser el mar. Nadando un poco llegaría a la isla donde crecen bananas silvestres. Le pareció distinguir una montaña. Nadaba y cantaba. Algunos peces dibujaban anillos alrededor de sus piernas y brazos. Le faltaba poco para llegar. Ya tocaba la arena del fondo. Qué delicia... En eso estalla un fogonazo que lo ciega. Espanta el lago, los peces brillantes, la isla. Un toallón cae sobre su cabeza y mamá lo arranca con reproches sin sentido.

Nuevo conflicto: su madre no acepta que duerma con el zapato mágico. Si fueras mujer —explica— tendrías una muñeca, pero ¡un zapato sobre la almohada!... Papá propone cambiarlo por el astronauta, soñarás con un lindo viaje; el zapato es sucio, nadie duerme con un zapato al lado de la cara. 

Ricardito no cede: aprieta con energía al pequeño objeto. La madre suspira: veo que te has arrepentido, casi lo perdés; no se te ocurra tirarlo de nuevo por el balcón. Ricardito piensa que no vale la pena insistir que él no lo tiró, que no es un zapato vulgar sino maravilloso, y lo acomoda en el suelo, junto a la cama. Sus padres se alejan gratificados y tan ignorantes como vinieron.

Después de varios días consigue llevar a cabo su audaz plan aéreo. Mamá lo controla como nunca. Y cuando ella sale, baja la insoportable vecina del octavo. Su hermanito no da más de aburrimiento: come, duerme y llora. Con el llanto le dice a Ricardito que se apure, por favor, para hacerlo volar en el zapato maravilloso por sobre las terrazas y los árboles.

Se presenta la ansiada ocasión. Mamá tiende ropa aprovechando la espléndida mañana. La vecina del octavo está enferma; enhorabuena. Corre al dormitorio y saca a su hermanito de la cuna. Pesa más que la última vez. No importa. Lo acuesta sobre el zapato mágico. Pero algo lo asusta y empieza a llorar. Cuando reingresa la madre ha conseguido, felizmente, depositarlo en su sitio y simula ofrecerle el chupete. 

Ricardito piensa que el bebé tiene razón: el zapato no puede transformarse en bote dentro del cuarto y salir volando por la estrecha ventana. Sus grandiosos poderes se manifiestan al aire libre, en plena calle, sobre la hermosa cancha de asfalto. Allí colocará la maravilla y a su hermanito encima. Los autos se asombrarán cuando se convierta en bote y alce vuelo en el mismo instante que el semáforo marque verde.

Introduce el objeto prodigioso en su bolsillo para conservar las manos libres. Carga a su hermanito y llama el ascensor. No llora, sus ojitos redondos tienen el mismo júbilo que cuando actuaba de títere. Seguramente imagina su fabuloso viaje entre los gorriones. Ningún enemigo cierra el paso, mamá sigue en el lavadero. Llegan a la vereda. 

El semáforo detiene a los monstruos rugientes. Hay que proceder rápido. Se lanza a la calle, descarga el bebé, acomoda el zapato, sube al bebé sobre el zapato. Pronto se transformará en bote y navegará por el aire. Desde el balcón podrá contemplar el espectáculo. Ya no verá la solitaria y breve rayita de cuero, sino el bulto lechoso de su hermanito que empieza a ser rodeado por las confortables paredes del bote volador.

El semáforo suprime el freno y los monstruos arrancan como bólidos. En la primera línea son cuatro. Su zapatito se transformará a tiempo, le alcanzan los poderes para actuar de manera fulminante. Y ante el desconcierto general, iniciará su elevación. Pero no lo hace aún... Las moles se aproximan a la carrera. Braman con rabia. Aunque se lo propusieran, ya no podrían frenar. 

Ricardito confía en su zapato. Sabe que se reserva el efecto espectacular para el último instante. Como en la tele. Se ensanchará de golpe. En el preciso momento en que las ruedas se abalancen sobre su hermanito, dará un brinco a las alturas. Entonces el torrente mecánico y violento pasará sobre la calle limpia de obstáculos.

Ya tocan a su hermanito. ¡Ahora o nunca!... Los autos negros y rojos y azules y cremas siguen corriendo con pareja velocidad. Lanzan gases, los neumáticos queman. El suelo es arrasado por las llamaradas.

Otra vez cambia la luz del semáforo. La calle se vacía. No hay rastros del zapatito mágico ni del bebé. Mira hacia arriba y descubre el luminoso bote sobrevolando majestuosamente la ciudad.

Esa noche, cuando le ordenan que se vaya a dar el baño, tiene ganas de contar el prodigio. Pero mamá, concentrada en preparar el biberón, no entiende estas cosas.

Yo y El Imbécil - Elvira Lindo

 LOS BERNABÉS

Por la mañana, nos levantamos y nos costó lo menos 30 segundos saber dónde estábamos: en casa de la Luisa, porque mi madre se había quedado en el hospital con mi abuelo, que ya no tenía próstata. A no ser, claro, que se hubieran equivocado y en vez de la próstata le hubieran quitado el hígado, que es una cosa que, por lo que cuenta la Luisa, ocurre bastante en los hospitales. Es que ella hizo durante un tiempo una colección de errores médicos; son recortes que tiene de periódicos y cosas que le ha contado la gente y que tiene escritas. Dice que un día hará un libro con todo eso y será un best-seller y retirará a Bernabé de trabajar y se irán a una playa con bastantes palmeras y nos llevarán a mí y al Imbécil para que les espantemos las moscas con una rama mientras ellos toman el sol con el dinero del best-seller bien cerquita, para que no se lo quite nadie, dentro de la riñonera, bien pegado a la barriga. Si algún día ves en una playa tropical a un matrimonio con dos riñoneras bien atadas a la cintura y dos niños espantándoles las moscas con una rama (uno de ellos con gafas): somos nosotros.

Yo le pregunté a la Luisa durante el desayuno cuánto tiempo podía vivir un abuelo sin hígado. Yo qué sé, por ponerme en lo peor y pensar que al cirujano se le hubiera ido la olla y hubiera cortado por otro lado.  Y cuando la Luisa me dijo que un abuelo sin hígado no duraba ni una mañana, me entró una angustia de pensar que a lo mejor no volvíamos a ver a mi abuelo vivo, que me puse pálido y la Luisa se asustó y me gritó: «Pero, ¿qué te pasa, qué te pasa?», y cuando le pude decir con mi boca sin saliva que tenía miedo de tener en esos momentos un abuelo sin hígado y sin vida, la Luisa me tranquilizó un poco y me dijo que ella sabía por mi madre que mi abuelo estaba superbien y yo mismo lo iba a ver con mis propios ojos, porque por la tarde ella nos iba a llevar al hospital para llevarle unos bombones que nos íbamos a comer nosotros mismos, porque los abuelos recién operados no pueden comer bombones; se tienen que comer los nietos todos los de la caja. Eso me dejó un poco más tranquilo, pero dentro de mi cerebro sabía que hasta que no viera a mi abu por la tarde no me creería del todo las palabras de la Luisa, que, como dice mi madre, miente más que habla.

El desayuno aquella mañana en casa de la Luisa fue paranormal, porque el Imbécil no tiró ni una pizca de su leche (en mi casa la tira todos los días), y eso es algo que ni había sucedido antes, desde que yo tengo memoria cerebral, ni ha vuelto a suceder después de ese día. Cosas raras que pasan, acontecimientos extraños que no vuelven a repetirse en cientos de años, como el paso de un cometa o la caída de un meteorito.

La Luisa nos dijo que nos teníamos que quedar solos mientras ella se iba a la peluquería, porque «con estos pelos que llevo», dijo, «no puedo ir esta tarde a un hospital». Y dijo que teníamos que ser responsables y cuidar de sus animales. No es que el piso de la Luisa sea una granja, pero hay un pez, un canario y la famosa Boni, y hay que estar pendientes de su comida y de que no se devoren los unos a los otros, porque los animales parecen muy buenos, pero después de ver los documentales con los que se duerme mi abuelo por la tarde te queda la duda: ves un canario amarillo que siempre te ha parecido tan inocente y, la verdad, lo menos que piensas es que como se le cruce un cable al canario ese te da un picotazo y te puede sacar un ojo y comérselo allí mismo, en su misma jaula.

Le dijimos a la Luisa adiós, adiós, y allí nos quedamos, vestidos con los pijamas de Bernabé, porque la Luisa nos dijo que para estar en casa el pijama es lo mejor. En cuanto se fue, el Imbécil tuvo la idea de que fuéramos al armario de los peluquines y nos pusiéramos cada uno en nuestras cabezas uno de los peluquines de Bernabé. Yo le dije que antes debíamos asegurarnos de que la Luisa se había ido de verdad. Así que nos asomamos a la ventana y la vimos que hablaba con una vecina, que hablaba con otra (¿por qué siempre tiene que hablar tanto?) y luego se metía en la peluquería Don Moño, que es la peluquería a la que van todas las mujeres que yo he conocido en mi vida. Al fin éramos libres.

Nos pusimos cada uno nuestro peluquín. El Imbécil se puso el que se hizo Bernabé con el propio pelo de la Luisa, y yo me puse uno más serio, más oscuro, el que utiliza mi padrino para las bodas o las comuniones. Y una vez que estuvimos los dos disfrazados de Bernabé, jugamos a ser veterinarios. Pero antes nos enfadamos y estuvimos a punto de no jugar porque los dos queríamos llamarnos Bernabé y, claro, lo que yo le decía, que es muy raro ir a una clínica veterinaria y encontrarse a dos hermanos veterinarios que se llamen los dos de la misma manera. Intenté convencerlo y le propuse varios nombres: Francisco, Eusebio, Vicente... Nombres que a mí me parece que están bien cuando uno es veterinario, pero el Imbécil dijo que no y que no, y que si no se llamaba Bernabé no jugaba ni a eso ni a nada. A mí me gustaría tener un hermano pequeño para poder mandarle todo lo que yo quisiera; creo que para eso tienen que ser los hermanos pequeños, pero el Imbécil es un niño que nació para ir a su bola y es muy cabezota.

—El nene se llama Bernabé —me dijo cruzándose de brazos—. Y Manolito, que se llame Francisco o Vicente si quiere.

A mí tampoco me dio la gana, así que llegamos los dos a un acuerdo: seríamos los primeros hermanos en la historia que se llamarían igual. Nuestra clínica veterinaria se llamaría Los Bernabés, y vendría mucha gente del mundo entero a ver con sus propios ojos a dos hermanos que se llamaban igual y se dedicaban a lo mismo. Y cuando alguien dijera: «Traigo a esta perra rabiosa a que la cure el veterinario, ¿dónde está el doctor Bernabé?», los dos nos pondríamos detrás del mostrador con una gran sonrisa y diríamos: «Nosotros somos el doctor Bernabé», y uno miraría a la perra rabiosa por la parte del rabo y el otro por la parte de la boca. Y tan contentos.

Los Bernabés nos pusimos a cuidar a nuestros tres animales. Yo, para empezar, solté a Tutto (el canario), para que se diera unos cuantos vuelos por ahí mientras yo le limpiaba la jaula, porque no quería poner la jaula debajo de la ducha con el canario dentro. Y el otro Bernabé (el Imbécil) se puso a buscar un termómetro para ponérselo a la Boni. De Fernandito, el pez, nos ocuparíamos más tarde, porque, según el Imbécil, el agua de la pecera estaba muy fría y el pez Fernandito se podía constipar. «Los Bernabés: pon a tus animales en las mejores manos (cuatro)»; así pensábamos anunciarnos en las páginas amarillas.

EL SOLDADO DESCONOCIDO

Fue bastante difícil ponerle el termómetro a la Boni, porque cuando la perra de la Luisa vio que habíamos soltado al canario Tutto, se puso que parecía que había cogido la rabia. Faltó muy poco para que se lo merendara. El canario volaba muy mal, daba pena verlo; vamos, que sólo volaba unos saltitos que eso no es volar ni es nada.

—El nene vuela mejor —dijo el Imbécil.

Y tenía razón, porque yo he visto volar al Imbécil, cuando jugamos a Superman o cosas así, y de verdad que se da más maña para volar que aquel canario. Claro, que al Imbécil lo tenemos en libertad, y eso ayuda. Aquel canario llevaba preso mucho tiempo y las plumas no le rulaban.

Tutto fue dando saltitos en la zona que tiene la Luisa dedicada a Lugares Históricos del Mundo. Saltó del pergamino egipcio a unos fósiles que compró en el Pryca una vez que celebraron la Semana de la Prehistoria Terrenal, y luego saltó a la cabeza de los luchadores de Sumo, y luego a un póster que tiene de Viena, que es el sitio adonde le gustaría ir a la Luisa, pero no va por si a Bernabé se le vuela el peluquín mientras bailan el vals y todo el mundo se ríe. Allí se quedó Tutto, encima del marco de la foto de Viena. Y la Boni se subió a una silla y se puso a ladrar y a enseñarle los dientes al canario, que daba miedo verla. De pronto, la Boni, esa perra de cojín, como dice la Luisa, se había transformado en una perra de presa. El Imbécil, que tiene mucho valor, insistió en ponerle el termómetro porque dijo que él era un veterinario que no le temía a ningún animal salvaje. Fue a levantarle la pata a la Boni para ponérselo, y la Boni hizo un gesto al bies con la boca, enseñándole los dientes, que por poco se come el termómetro y la mano de su veterinario.

El veterinario era valeroso hasta cierto punto, claro, porque fue ver que la Boni le podía morder, y me echó las manos al cuello para que le cogiera en brazos. Los dos nos quedamos un rato detrás del sofá oyendo gruñir a la Boni y bastante preocupados. Al Imbécil se le ocurrió que en estos casos hay que ponerle a la perra una inyección antirrábica de urgencia, y a mí me pareció muy bien, sólo que, como no teníamos la inyección, tuvimos que pensar en otra cosa. Entonces, el Imbécil, el niño de las grandes ideas, me dijo que podíamos encerrar a la Boni en la cocina y luego cazar a Tutto y volverle a meter en la jaula, porque un canario que vuela tan mal no se merece andar por ahí suelto por los Lugares Históricos del Mundo. Yo le dije al Imbécil que muy bien, que encerrábamos a la Boni en la cocina; pero, ¿cómo?, fue la pregunta que me hice y que se estará haciendo ya media España. Entonces el Imbécil se convirtió en un niño de acción y me dijo allí mismo, detrás del sofá:

—Cubre al nene, cúbrele.

Yo no sabía lo que quería decir hasta que lo vi salir arrastrándose, como van los soldados en las películas de una trinchera a otra. Sólo le faltaban un casco y unas hojas de árbol en la cabeza para ser por completo el soldado desconocido. A mí no se me ocurría con qué cubrirle; desde luego, no pensaba salir de detrás del sofá, no fuera a ser que la Boni, esa perra de presa, se lanzara sobre mí; así que hice lo que haría cualquier soldado: me quedé detrás de la trinchera, con mi brazo estirado como una ametralladora, y apunté a la Boni para proteger a mi hermano, el soldado desconocido. Para que te des cuenta de la gran imaginación que tenemos los niños de la infancia.

 El Imbécil llegó a la cocina y le oí que abría la nevera. «¿Qué hace?», me pregunté mientras no paraba de apuntar a la Boni. Oía que el Imbécil revolvía en la nevera, sacaba platos, abría cajones. «¿Se habrá vuelto loco el soldado desconocido?», me seguí preguntando. Al fin y al cabo, a muchos les pasa eso de la supertensión bélica. Yo, desde luego, no me pensaba mover de mi refugio, porque yo era el clásico soldado que no se arriesga; es más, como la cosa se pusiera muy fea en aquella casa de animales salvajes, podía andar por detrás del sofá, y llegar desde mi trinchera a la misma puerta de la calle y ser el clásico soldado desertor.

Pero pronto comprendí lo que iba a hacer el Imbécil. Salió de la cocina con un filete crudo en la mano y se lo escondió en la espalda. Se puso en medio del salón y miró a la Boni con una gran sonrisa en los labios.

—Boni, bonita... Boni, bonita...

La Boni le enseñó sus colmillos por toda respuesta y volvió a mirar al canario, que seguía encima de Viena. Parecía que le estaba advirtiendo: «Mira, niño, no me molestes ahora, que estoy esperando a que se caiga este pájaro del cuadro para zampármelo». Pero el Imbécil insistió: «Boni, bonita...».

La Boni perdió la paciencia, se bajó de la silla y fue hacia él. Yo estaba a punto de echar a correr hacia la puerta y ser de una vez por todas el soldado desertor, cuando vi que el Imbécil, con la misma sonrisa, sacó el filete de su espalda y lo lanzó hacia la cocina. La Boni miró un momento al canario y miró un momento el filete en el suelo de la cocina, y pensó: «¿Qué prefiero, un filete lleno de carne o un canario lleno de huesos?». Se decidió por el filete y se tiró como loca a por él. Entonces fue cuando el Imbécil cerró la puerta de la cocina, y dijo: «Ya está». El soldado desertor (yo) salió de detrás del sofá, alucinado con la hazaña del soldado desconocido, y le felicitó, porque ser desertor no quita que no reconozcas cuándo los demás hacen las cosas bien. Ahora sólo nos quedaba cazar a Tutto, que seguía muerto de miedo allá arriba, temblando, como hubiera estado cualquiera camino del matadero. Yo dejé que fuera el Imbécil el que decidiera, porque estaba claro que en hazañas bélicas él era el líder.

—Lo cazamos con el peluquín —dijo.

Y se quitó el peluquín de Bernabé de la cabeza, se subió a la silla y empezó a tirar el peluquín hacia el cuadro. A la quinta vez, el peluquín cayó encima del pobre Tutto (que tenía un tutto de muerte), y el canario y el peluquín fueron a parar al suelo. Yo, por colaborar, traje corriendo la jaula de Tutto, y el Imbécil metió en la jaula el peluquín de Bernabé con Tutto dentro. El canario salió de entre los pelos del peluquín y se puso a cantar. Nosotros pensamos que estaba bastante agradecido.

Y yo me quedé mirando al Imbécil con una admiración sin límites. 

FERNANDITO, UN PEZ SIN HOGAR

Con la Boni encerrada en la cocina y Tutto encerrado en su jaula, yo y el Imbécil (los Bernabés) teníamos las manos libres para ocuparnos del pobre pez Fernandito. Fernandito es un pez que tiene muy buen carácter, como casi todos los peces, quitando los tiburones y otros peces devoradores. Fernandito se pasa la vida en su pecera redonda, dando vueltas a la roca, al buzo de plástico y a un cofre con un tesoro que le regalé yo a la Luisa de mis Legos, y que a la Luisa le encantó porque le da a la pecera un ambiente superrealista de fondo del mar. Fernandito es naranja y no tiene ninguna gracia; no canta como Tutto, ni come gambas como la Boni; a Fernandito le coges cariño igual que le coges cariño al mueble-bar o a una taza; le coges cariño porque lo ves todos los días dando vueltas y vueltas por la pecera; pero, vamos, quiero decir que con Fernandito no tienes lo que se dice una gran comunicación.

Después de mojar un poco el chupete en la pecera de Fernandito y metérselo en la boca (es su forma de medir la temperatura), el Imbécil dijo:

—Está fría el agua de Fernandito.

Y yo pensé que eso había que arreglarlo porque a lo mejor Fernandito sería más expresivo o estaría más alegre si tuviera un agua más tropical, porque a lo mejor a Fernandito lo que le pasaba es que tenía los músculos agarrotados, y por eso parecía que tenía cara de muerto.

 Llevamos la pecera a la cocina para realizar la operación de cambio de aguas. La Boni seguía devorando su filete crudo. Un hilillo de sangre del filete se le había quedado en los bigotes, y tenía una pinta bastante salvaje. En cuanto nos vio aparecer, se llevó su carne cruda al rincón; tenía miedo de que se la quitáramos. El Imbécil intentó pescar a Fernandito con la mano, pero Fernandito resultó ser un pez bastante resbaladizo y no había manera, así que cogimos el colador de la leche y así logramos atraparlo. No se resistió. Ya te digo que Fernandito es un pez sin expresión, que ni siente ni padece. Yo tiré toda el agua de la pecera en la pila, y el Imbécil se quedó con Fernandito en el colador. Intenté hacerlo muy rápido, porque un pez en un colador no puede sobrevivir mucho tiempo. No sé cómo hice, no me lo preguntes porque se ha borrado de mi cerebro, pero al ir a arrimar la pecera al agua caliente, se me resbaló por los brazos y se rompió contra el suelo de la cocina. Yo y el Imbécil nos quedamos mirando los cristales bastante paralizados, y fue entonces cuando Fernandito empezó a respirar como si se ahogara; yo creo que porque se dio cuenta de que su futuro estaba bastante negro. Estuve a punto de enfadarme con el Imbécil porque, sin apartar los ojos del suelo, me dijo:

—Lo sabía.

Ésta es una frase que ha aprendido de mi madre, que cuando te caes o tiras algo, siempre dice: «Lo sabía», y tú en ese momento la coges, aunque sea tu madre, bastante manía.

Me hubiera puesto a pelearme con el Imbécil si no llega a ser porque nos dimos cuenta de que Fernandito estaba en las últimas. Ya no estaba naranja, se había puesto negro. Como medida de urgencia, eché agua en un vaso y allí que soltamos a Fernandito, que empezó a revivir poco a poco. El Imbécil le echó el chupete en el vaso para que Fernandito se consolara por la pérdida de su pecera.

—No llores, Fernandito —le dijo, acariciando el vaso—. Al buzo no le ha pasado nada.

Como verás, aunque es un niño normalmente sin escrúpulos, de pronto tiene ramalazos de niño sentimental.

Era verdad, al buzo no le había pasado nada; estaba en el suelo, rodeado de cristales, pero como era un buzo de plástico no había sufrido daños personales. Me pasé media hora recogiendo los cristales. El Imbécil estaba sentado en la silla hablando con Fernandito, y hablando conmigo. Me decía mientras yo barría:

—Debajo de la pata se ha dejado Manolito cristales.

—Pues te levantas y los recoges tú, listo.

De pronto me di cuenta de que los cristales habían llegado hasta el rincón donde la Boni chupeteaba su carne ensangrentada. Me acerqué de buenos modos, intentando explicarle el peligro que corría:

—Boni, si te tragas un cristal, puedes morir de perforación estomacal.

Pero la Boni era acercarme y hacer: «Grrrrrrrrrr».

El Imbécil encontró una vez más la solución: abrió la nevera de la Luisa y sacó otro filete. Lo cogió con la mano y se lo enseñó:

—Boni, bonita... Boni, bonita.

Y la Boni soltó su filete viejo y empezó a relamerse mirando el nuevo. Entonces el Imbécil lanzó el filete, ahora hacia el salón. La Boni salió disparada. Los dos miramos a ver dónde había caído: en el sofá. La Boni entró en éxtasis. Se revolcó en el sofá con el filete agarrado por los dientes. Parecía un tigre. Cerramos la puerta de la cocina, y ahí la dejamos con su filete y su éxtasis.

A mí me sudaban hasta las gafas de barrer por aquí y por allá y de tanta problemática. El suelo sonaba cruas-cruas cuando andabas, pero tampoco me iba a pasar la vida limpiando la casa de la Luisa. No era su criadito.

Nos pusimos a pensar dónde podíamos meter a Fernandito ahora que su casa se había roto en mil pedazos. Revolvimos los armarios de la Luisa: ¿en una botella, en un tuperware, en el cazo de la leche? Queríamos encontrar un lugar donde Fernandito, el inexpresivo, fuera por fin feliz. Lo encontramos: la olla a presión. Era una casa grande; como diría mi madre: sin estrecheces. Echamos agua en la olla. El Imbécil midió la temperatura con el chupete.

—Así está bien.

Y una vez que el Imbécil dio el visto bueno a la temperatura, llenamos la olla con agua tirando a calentita para que Fernandito viviera al fin como un pez tropical, y le metimos el buzo y la roca y el tesoro (donado por la Fundación Manolito). Cuando tuvimos listo el hogar, soltamos a Fernandito dentro. La olla a presión tenía una pega, que no era transparente, y Fernandito parecía que nadaba por el fondo submarino del mar, con todo a oscuras. Lo arreglamos: le cogimos una linterna a Bernabé y la atamos a una de las asas de la olla para que alumbrara el fondo. Por otra parte, la olla tenía una cosa muy buena: que cuando a Fernandito se le volviera a enfriar el agua, no habría necesidad de cambiarla; con poner un poquito la olla al fuego, ya estaba arreglado. Sólo un poquito, claro, porque como te pasaras un poco hacías un caldo con Fernandito, y eso no mola, porque a Fernandito, aunque no tenga una gran comunicación, se le toma cariño. Por si acaso, escribimos un cartel:

 

«Cuando calientes el agua de Fernandito, cuidadito, cuidadito. 

Firmado: los Bernabés.»

 

Cuando terminamos el cartel, oímos la llave de la puerta: por el olor a laca que inundó la casa en un momento, supimos que la Luisa había vuelto de la peluquería.

¡Cómo molo! - Elvira Lindo

 A vida o muerte


Cuando ayer por la mañana me miraba en el espejo de mi madre con el bañador nuevo, pensaba:

—Cómo molo.

Yo reconozco que es una frase un poco rara para decirla en voz alta, a no ser que seas un chulito como Yihad, pero estoy seguro de que pensarla la piensa mucha gente. La piensa el socorrista de la piscina de mi barrio, descarao: de vez en cuando, veo que se mira su superbíceps, y me corto un brazo si ese tío no está pensando: «Cómo molo». La piensa Bernabé cuando se peina con agua su peluquín de los domingos por la mañana y antes de salir a la calle se vuelve un momento para mirarse en el espejo del portal. Yo le veo sonreír y pensar: «Cómo molo». La piensa mi abuelo cuando se pone el chándal de las Tortugas Ninja y se baja a comprar el pan y la panadera le dice:

—Hay que ver lo bien que le pinta a usted ese chándal de las Tortugas Ninja. Le hace cincuenta años más joven.

Que me cuelguen del Árbol del Ahorcado si mi abuelo no piensa en esos precisos instantes:

—Cómo molo.

Lo piensa la Susana cuando pasa delante del banco del parque del Ahorcado donde estamos sentados Yihad, yo y el Orejones, y dejamos por un momento de insultarnos y de aburrirnos para mirarla cómo se va sin decirnos ni ahí os quedáis. Seguro que en el interior de su mente enigmática hay una frase con dos palabras que dice:

—Cómo molo.

Así que no es de extrañar que cuando yo me vi con aquel bañador de palmeras salvajes, hinchara el pecho, me diera dos o tres puñetazos mortales en las costillas y después de toser un rato (es que me di un poco fuerte) pensara lo mismo que pensaban las personas que acabo de nombrar. Yo también soy humano.

Lancé delante del espejo un grito que hubiera dejado sorda a la mismísima mona de Tarzán, al tiempo que pensaba para mis adentros y con todas mis fuerzas:

—¡Cómo mooooooolooooooo

    Nos íbamos a la piscina pero eso no era lo mejor: lo mejor era que íbamos a la piscina sin mi madre. Yo a mi madre la quiero hasta la muerte mortal pero en la piscina tenemos nuestras pequeñas diferencias: a ella no le gusta que hagamos gárgaras espectaculares, pedorretas acuáticas, que la salpiquemos, que nos tiremos a estilo bomba o que nos hagamos los pobres niños ahogados cuando pasa por nuestro lado. No entiende ese tipo de bromitas.

A mí no me gusta que me embadurne cada cinco minutos de crema, que me haga guardar dos horas de digestión y que me haga vestirme con ella en los vestuarios de chicas para tenerme controlado. Compréndelo, es un cortazo, te ves en unas situaciones prohibidas para menores de dieciocho años. Las chicas se desnudan delante de ti y encima luego se molestan si las miras a esas zonas del cuerpo humano donde sin querer se te van los ojos. A mí me dijo una el año pasado:

—Eh, chaval, mira para otro lado que te estás quedando pasmao.

Yo es que no entiendo ese tipo de reacciones, te lo juro.

Menos mal que esta vez nos llevaba mi abuelo, que aunque ha afirmado en varias ocasiones que le gustaría pasar también al vestuario de señoras, se tiene que conformar con el de caballeros.

En la puerta de la piscina habíamos quedado en que nos encontraríamos con el Orejones. Iba a ser un día total de la muerte. Iba a ser un día para recordarlo el resto de mi vida, fijo que sí.

La verdad es que nos costó mucho arrancar, porque mi madre se empeñó en vaciarnos el contenido de la nevera en la mochila. Iba ya por el décimo yogur cuando mi abuelo se interpuso entre la mochila y ella, y gritó:

—¡Catalina, por Dios, que no nos vamos a escalar el Aconcagua!

Mi madre, que jamás se da por vencida, pasó a la acción con otro tipo de cosas: nos metió la crema de protección 18 para el Imbécil, y las palas y los cubitos y el flotador, y dos bañadores de repuesto y dos albornoces, y unas tiritas y mercromina por si pisábamos unos cristales de una litrona que acabaran de romper unos macarras. Ella siempre se pone en lo más trágico. Así estoy yo, completamente enfermo de los nervios. Muchas veces me da por pensar en qué programa de sucesos de la tele me gustaría salir si me ocurriera una desgracia terrible. Mi señorita dice que tengo el cerebro destrozado de imaginar barbaridades terribles que salen por la televisión. Se equivoca. A mí me basta con las barbaridades terribles que se le ocurren a mi madre. De verdad, deberían contratarla en Hollywood para escribir la décima parte de Viernes 13.

Nos dio veinticinco besos en persona y nos tiró otros veinticinco por la ventana. Ya creíamos que nos habíamos librado de ella, cuando surgió como loca de una esquina. Qué susto nos dio la tía. Sólo quería recordarnos lo de la crema del Imbécil, y que le mojáramos la cabeza, y que le pusiéramos la gorra y que, por favor, no nos ahogáramos, que era muy desagradable. Por una vez, estábamos de acuerdo.

    Nuestro día espectacular lo empezamos regular. Mi abuelo se mosqueó con el cuidador de la piscina porque el señor cuidador decía que mi abuelo tenía que ponerse en bañador y mi abuelo decía que antes muerto que hacer el ridículo. Aunque no te lo creas, mi abuelo no se ha puesto en bañador en su vida y tiene la barriga como si se la hubiesen lavado con Ariel-Nueva Fórmula. El señor cuidador estaba empeñado en que mi abuelo se desnudase y mi abuelo le dijo al señor cuidador:

—No lo puedo entender. ¿Qué interés tiene usted en ver desnudo a un viejo? Que se lo diga mi nieto: no merece la pena.

Yo se lo dije al señor cuidador y era verdad: mi abuelo desnudo no es nada espectacular.

Al final llegaron a un acuerdo: mi abuelo aceptó cambiarse la boina por la gorra de los Picapiedra que habíamos traído para el Imbécil. El cuidador dijo:

—Bueno, esto ya es otra cosa, ya está usted más presentable.

Los cuidadores de piscina tienen unos gustos muy extraños.

Por fin nos dejaron pasar.

Mi abuelo se sentó en un banco de la piscina, se quitó la dentadura (para que luego digan que no se desnuda) y a los cinco minutos se quedó sopa con la boca abierta mirando al sol. Así es mi abuelo: como los girasoles. El Orejones y yo le pusimos unas gafas rosas de plástico auténtico del Imbécil para que no le diera el sol en los ojos, y nos fuimos oyendo sus aterradores ronquidos a nuestras espaldas.

Al Imbécil lo dejamos en la piscina de pequeños con todas sus palas y sus cincuenta cubos, y nosotros nos fuimos a hacernos unas ahogadillas mortales a la honda.

Estuvimos a punto de ahogarnos de la risa en bastantes ocasiones. Tirábamos mis gafas al fondo y buceábamos para rescatarlas. En fin, esas cosas tronchantes que a mi madre no le hacen ninguna gracia.

Nos intentamos tirar de cabeza, pero de momento sólo conseguimos aterrizar con la barriga. Es bastante doloroso pero hay cosas peores en la vida: ir al colegio, por ejemplo. Además, en mi barrio casi todos los niños se tiran en plancha, y ninguno se queja en voz alta. Sólo de vez en cuando nos echamos la mano a la tripa con un gesto terrible de dolor. Somos gente dura.

El Orejones se tiró tan fuerte que le empezó a salir sangre por la nariz. Al Orejones le sale sangre por la nariz todos los días, si no es por una cosa es por otra. La sita Espe dice que es psicológico, pero vamos, yo puedo afirmar que en esta ocasión no fue psicológico, fue porque el Orejones se pegó un planchazo que casi saca toda el agua de la piscina el tío.

Le salía tanta que los dos pensamos que lo mejor que podía hacer era quedarse metido en la piscina y limpiarse con el agua, que como tiene cloro, posee poderes cicatrizantes.     

Al momento ya estaban allí dos señoras que traían al socorrista y todo para que nos echara. Una de ellas estaba tan indignada que le quitó el pito y todo al socorrista para amenazarnos a pitadas. Qué numerazo. Decían las señoras que les daba asco y que dónde estaban nuestras madres para enseñarnos educación. Las señoras a veces no tienen humanidad. Sólo les conmueve la sangre de las películas, la sangre de verdad les da asco. Una de ellas le metió un algodón en la nariz al Orejones, que casi le asomaba por el ojo de lo dentro que se lo había metido. Encima les tuve que dar las gracias. Se las di yo, claro. El Orejones no tiene modales, lo que tiene es mucho morro.

Cuando se cortó la hemorragia volvimos al lugar del crimen, a la piscina, y pasamos un buen rato haciendo una alucinante pelea de cocodrilos; una pelea muy realista, valía morder y todo. Con este tipo de juegos nos mosqueamos en seguida. Es muy difícil controlarse a la hora de pegarle un mordisco al enemigo, así que nos sentamos en la escalerilla. El Orejones miró su fantástico reloj submarino: llevábamos media hora luchando en el agua y una hora desde que dejamos a mi abuelo sopinstant.

Ya teníamos los dedos como los garbanzos en remojo. Pensamos que había llegado ese momento crucial en que un abuelo te da dinero para un helado.     

Cuando íbamos hacia el banco de mi abuelo vimos a un grupo de señoras (incluidas las dos de antes) que rodeaban a un niño tumbado boca arriba con veinticinco palas en la mano. El niño estaba rojo como esos cangrejos que le gusta tanto chupar a mi madre. El niño rojo era mi hermano. Yo me puse a llorar inmediatamente. Lloraba por ver a mi hermano tan rojo y porque las señoras le estaban echando la bronca a mi abuelo porque decían que era un abuelo sin conocimiento ni decencia. El socorrista de los superbíceps cogió en brazos a mi hermano para montarlo en un taxi y que lo lleváramos al hospital. Mi abuelo y yo llorábamos andando detrás del socorrista. Parecía un entierro. Me salían tantas lágrimas que no veía nada detrás de las gafas. Las señoras decían que seguro que el Imbécil tenía un cuadro de insolación en primer grado. Eso debía de ser terrible.

Cuando llegamos al hospital llamé a mi madre para tranquilizarla y le dije:

—No te preocupes: es un caso a vida o muerte. Ven sin pérdida de tiempo.

Oí un grito desgarrador y luego no oí nada más. A mi abuelo se le juntó la próstata con los nervios y se tuvo que ir al váter. La señorita enfermera me preguntó que qué era yo del Imbécil y yo le dije que su hermano. La señorita enfermera me preguntó el nombre del Imbécil, y me puse a llorar otra vez y le dije que no me acordaba. Entonces llegó mi abuelo y dijo una frase histórica:

—El niño se llama Nicolás García Moreno.

Así que mi hermano se llama Nicolás, como mi abuelo. Qué bonito. En un futuro tendría que acostumbrarme a llamarle por su nombre.

Al rato llegó mi madre. No parecía mi madre: estaba blanca como Morticia, la de la Familia Addams. La había traído la Luisa con el pañuelo blanco fuera de la ventanilla. Mi madre no nos miró ni a mi abuelo ni a mí. Nos ignoró. Pasó directamente a ver a mi hermano. Cuando salió dijo que el Imbécil se quedaría allí toda la noche. Mi abuelo y yo nos pusimos a llorar. Y encima de que llorábamos nos echaron la bronca entre las dos. A mi abuelo le dijeron que era un abuelo sin conocimiento y a mí que era un hermano bastante malvado, que no le había puesto la protección 18, ni le había puesto la gorra (qué iba a hacer, la llevaba mi abuelo), que no le había cuidado porque no le quería. Eso sí que no era cierto. Lo puedo jurar con la mano en la Biblia y delante del presidente del gobierno si es necesario.

Ayer por la noche fue la cena más triste de nuestras vidas. No podíamos dejar de pensar en el Imbécil con esos calzoncillos blancos tan grandes que le habían puesto en el hospital. Seguro que se meaba a media noche. Mi madre me dijo que así aprendería a querer más a mi hermano. Como estaba tan triste me compró un supercucurucho de postre. Me lo comí, sí, pero se me caían las lágrimas. Me lo comí para consolarme y algo me consoló, la verdad.

Me metí en la cama sin bañarme porque un baño sin el Imbécil y sin nuestro espectacular campeonato de pedos acuáticos no tiene gracia, no es lo mismo.

Al día siguiente, la Luisa y mi madre se fueron a recoger al Imbécil. Mi abuelo y yo estuvimos todo el tiempo esperando en el portal. A la hora vimos aparecer el coche de la Luisa, que se le caló tres veces hasta llegar donde estábamos nosotros.

El Imbécil salió del coche cargado hasta los dientes: seguía con las palas, los cubos y unas pelotas con goma que le habían comprado. Se le había quitado bastante el color rojo y estaba más delgado porque en el hospital le habían contagiado una terrible culitis. El Imbécil no nos guardaba rencor, porque el Imbécil todavía no sabe lo que es el rencor y era chachi que estuviera otra vez con nosotros. Cuando llegó la noche no pudimos hacer el famoso campeonato acuático de pedos en la bañera porque teniendo culitis, ya se sabe, detrás del efecto sonoro viene la realidad completamente cruda.

Esta noche me lo han dejado en mi cama. No me importa que me la mee. Se ha dormido con la mano sujetándose el chupete en la boca. Yo creo que tiene miedo de que algún desaprensivo se lo robe. No es verdad que yo no quiera a mi hermano, sólo que se me olvidó ponerle la protección 18. Tengo mis despistes.

Por cierto, se me ha olvidado otra vez cómo se llama.

Terrible, cuando piensa uno en ello - Graham Greene

Cuando el niño me miró y guiñó los ojos desde su cesto de mimbre, depositado en el asiento frente al mío y en algún lugar entre Reading y Slough, me sentí incómodo. Era como si hubiera descubierto mi oculto interés.

Es terrible lo poco que cambiamos. Con mucha frecuencia un antiguo conocido, alguien con quien no nos hemos cruzado en cuarenta años, desde que ocupaba un pupitre lleno de cicatrices y manchado de tinta no lejos del nuestro, nos para en la calle con su inoportuna memoria. 

Ya de niños llevamos el futuro en nosotros. La ropa no puede cambiarnos, las ropas son el uniforme de nuestro carácter y nuestro carácter cambia tan poco como la forma de la nariz y la expresión de los ojos.

En los trenes mi afición ha sido siempre descubrir en los rasgos de un niño al hombre futuro, el que frecuenta los bares, el que vagabundea por las calles, el que asiste a bodas elegantes. 

Sólo hay que imaginarlo con la gorra de género o el sombrero de copa gris, el uniforme del triste, alegre o presuntuoso futuro. Pero siempre he sentido cierto desdén por los niños que he estudiado con tan superior sabiduría (ellos apenas lo notan). 

La semana pasada me sobresaltó que una criatura no sólo me pescara en plena observación, sino también que me hiciera ese gesto de entendimiento, como si participara de mi clarividencia respecto al futuro que le estaba destinado.

Su madre lo había dejado solo por unos minutos en el asiento frente al mío. Me había sonreído, con el tácito acuerdo de que cuidaría de su hijo unos instantes. Después de todo, ¿qué podía pasarle a la criatura? (Quizás ella no estuviera tan segura de su sexo como yo. Claro que ella sabía qué ocultaban los pañales, pero las formas engañan: las partes se alteran, se hacen operaciones...) Ella no podía ver lo que yo había visto: el sombrero hongo, el paraguas colgado del brazo. (Aunque no se veía ningún brazo bajo la manta estampada con conejos rosa.)

Cuando me cercioré de que la mujer había salido del vagón, me incliné sobre el cesto y le hice una pregunta. Nunca había ido tan lejos en mis indagaciones.

-¿Qué quieres tomar?
Sus labios produjeron una firme pompa blanca, parda en los bordes. No había la menor duda de su respuesta: «Un vaso de la mejor cerveza».
-Hace mucho que no te veo... ya sabes... en el lugar de siempre.

Sonrió, haciendo estallar la pompa. Después volvió a hacerme un guiño. Sin duda decía: « ¿Otra más?».
A mi vez, hice una pompa. Hablábamos el mismo lenguaje.
Volvió la cabeza ligeramente a un lado. No quería que nadie oyera lo que iba a decirme.
-¿Sabes algún soplo?

Mi pregunta no debe interpretarse mal. Yo no buscaba información sobre las carreras. Desde luego no podía verle el cuerpo bajo la manta con los conejos rosa pero sabía perfectamente bien que llevaba chaleco cruzado y que no tenía nada que ver con las pistas. Su madre podría regresar en cualquier momento, de modo que dije rápidamente:
-Mis corredores de bolsa son Druce, Davis y Burrows.
Me miró con ojos inyectados. En la comisura de los labios empezó a formársele una línea de saliva.
-Oh, ya sé que no son tan buenos. Pero en este momento me recomiendan que compre Grandes Almacenes.

El niño dio un chillido de dolor. Podría creerse que se debía al aire pero yo sabía que no. En su club no servían mejunjes.
-Te advierto que no estoy de acuerdo -dije.
Dejó de quejarse, hizo otra pompa, una resistente pompa que persistió en sus labios.
Entendí en seguida lo que quería decirme.
-Es mi ronda -dije-. ¿Qué te parece si pedimos algo fuerte?
Asintió.
-¿Whisky?
Sé que muy pocos podrán creerme, pero levantó un poco la cabeza y sin lugar fijó la mirada en mi reloj.
-¿Un poco temprano? -dije-. ¿Una ginebra con angostura?

No necesité esperar su respuesta.
-Sírvalas bien grandes -dije al imaginario camarero.
El niño hizo estallar la pompa, de modo que agregué:
-Suprima la angostura.
-Bueno -dije-, aquí tienes. A tu salud.
Sonreímos satisfechos.
-No sé que me aconsejarás -dije-. Pero las acciones de Tabacos están muy bajas. Cuando pienso que las de Imps estaban a 80 a comienzos del treinta y ahora se pueden conseguir a menos de 60... Este miedo al cáncer no puede seguir. La gente tiene derecho a divertirse.

Al oír la palabra «divertirse» volvió a hacerme un guiño, miró cautelosamente alrededor y comprendí que quizás había seguido una pista equivocada. Después de todo, no era del mercado de valores de lo que quería hablar.
-Ayer me contaron uno muy bueno... -dije-. Un hombre sube al metro y ve a una muchacha muy bonita con una media arrugada...
Bostezó y cerró los ojos.
-Lo siento -dije-. Creí que era nuevo. Cuéntame uno tú.

¿Saben ustedes que el condenado estaba dispuesto a complacerme? Pero pertenecía a la escuela de los que se divierten con sus propios chistes y cuando trató de hablar, sólo consiguió reírse. Rió, hizo un guiño, volvió a reírse... Sin duda era un chiste muy bueno. 

Hubiera podido comer fuera de casa durante semanas gracias a su comicidad. Agitó las piernas en el cesto; hasta trató de sacar las manos de la manta con los conejos rosa. Al fin cesó su risa. Casi lo oí decir: «Te lo contaré después, amigo».

La madre abrió la portezuela del compartimiento.
-Ha estado entreteniendo al niño... ¡Qué amable! ¿Le gustan los niños?

Me miró con tal expresión -pequeñas arrugas de ternura en torno a la boca y los ojos- que estuve a punto de contestarle con la cordialidad e hipocresía previsibles, pero me contuvo la mirada implacable del niño.
-Bueno, en realidad no me gustan -dije.
Seguí divagando y perdiendo todas mis oportunidades ante esos ojos azules y cristalinos.
-Es que nunca tuve un hijo... Pero los peces me gustan mucho.

Supongo que, en cierto modo, tuve mi recompensa. El niño produjo toda una serie de pompas. Estaba satisfecho; después de todo, un tipo no se insinúa a la madre de otro tipo sobre todo cuando pertenece al mismo club... Porque de repente supe sin lugar a dudas a qué club pertenecería él dentro de veinticinco años. «Otra ronda para todos; invito yo», decía ahora, evidentemente, el niño. Pero yo esperé que no me quedaran tantos años de vida.

Venganza - Juan José Hernández

Todas las noches, antes de acostarse, ordena su colección de objetos preciosos: una araña pollito sumergida en formol, un talismán de hueso que tiene la virtud de curar los orzuelos, un mono de chocolate, recuerdo de su último cumpleaños, y la famosa medalla de su tío, que los chicos del barrio envidian: Alfonso XII al Ejército de Filipinas. Valor, Disciplina, Lealtad.

Su tío la llevaba de adorno, colgada del llavero, pero él insistió tanto que acabó por regalársela. Con su abuela las cosas son más complicadas. En vano le ha pedido aquella piedra que trajo de la Gruta de la Virgen del Valle, el año de su peregrinación a Catamarca. Durante un tiempo agotó sus recursos de nieto predilecto para conseguirla: se hizo cortar el pelo, aprendió las lecciones de solfeo. Su abuela persistió en la negativa. Ni siquiera pudo conmoverla cuando estuvo enfermo de sarampión y ella se quedaba junto a la cama, leyéndole.

Una tarde, mientras bebía jugo de naranja, interrumpió la lectura y volvió a pedirle la piedra de la Virgen. Su abuela le dijo que no fuera cargoso, que se trataba de una piedra bendita y que con reliquias no se juega. El chico, enfurecido, derramó el jugo de naranja sobre la cama. La abuela pensó que lo había hecho sin querer.

Unos días después de este incidente, el chico abandonó la cama y cruzó a la casa de enfrente, donde vive la abuela. Tiene el propósito de sentarse en la silla de hamaca, cerca de la pajarera principal, y terminar Robinson Crusoe. Se siente débil y el médico ha recomendado que lo hagan tomar un poco de sol, por las mañanas. La casa de la abuela está llena de pájaros y plantas.

En los patios hay jaulas de alambre tejido con cardenales y canarios; a lo largo de las paredes, casales de pájaros finos seleccionados para cría; en el jardín del fondo, pajareras de mimbre con reinamoras. Tupidos helechos desbordan los macetones de barro cocido, y toda la casa es fresca, manchada y luminosa, como con luz cambiante de tormenta. 

Dentro de las habitaciones, la abuela, dos veces viuda, se consagra al recuerdo de sus maridos y a sus santos de siempre. San Roque y su perro, amparado por un fanal de vidrio, goza de la mayor devoción. Lamparitas de aceite arden todo el tiempo sobre la mesa que sirve de altar; flores de papel y un escapulario bordado en oro, con un corazón en llamas, completan la sencilla decoración.

Allí también está la piedra de la Virgen, brillante de mica y de prestigio.

Sentado en la silla de hamaca, el chico mira a su abuela, que ayudada por la criada riega las plantas, corta brotes malsanos y cambia el agua de las pajareras.

Tiene entre las manos Robinson Crusoe, pero no lee. Piensa en la piedra que nunca será suya, en la negativa odiosa de la abuela. No ha vuelto a hablarle del asunto desde la tarde en que derramó el jugo de naranja sobre la cama. Imposible robársela. Es una piedra bendita. Y quién sabe si al intentar hacerlo no cae fulminado por un rayo como se cuenta de Uzza, en la Historia Sagrada, que tocó el Arca de Dios. 

El chico quiere leer y no puede. Observa la pajarera principal cuyo techo, de lata verde, imita el de una pagoda china. La abuela y la criada están distraídas regando las hortensias del jardín del fondo. Entonces se incorpora sin hacer ruido y abre una puerta de la pajarera. El primer canario vacila, desconfía, trina, y de pronto echa a volar. Los demás, siguiendo el ejemplo, huyen alborotados hacia los árboles del vecino.

No tires nada por la ventanilla - Michael Avallone

El Impala descansaba rojo y reluciente en la loma del sendero para autos. Bobby corrió hacia él, con los ojos brillantes y batiendo palmas. ¡Él y papá darían una vuelta! Se detuvo intrigado, mientras su padre levantaba el capot e inspeccionaba el motor con cuidado, mirando atentamente los cables de la batería para cerciorarse de que no había ninguna conexión extraña que pudiera significar una bomba.

Jamison no había sido tan cuidadoso, pero Jamison había muerto asesinado.

Bobby, por supuesto, no tenía manera de saber por qué su padre se comportaba de esa forma y tampoco pensó en eso mucho tiempo. Todo lo que sabía era que él y su padre darían una vuelta. Y papá se había colocado incluso el revólver. Debajo del saco, en la cartuchera de cuero oscuro.

El hombre corpulento cerró el capot, satisfecho con la inspección, y le sonrió al niño.

—Recuerda —estaba diciendo—, nunca tires nada por la ventanilla. ¿Entendido? No está bien. Sobre todo cuando papá está manejando rápido por la autopista. No está bien, Bobby. Podrías pegarle a otro papá en el ojo y causar un accidente. ¿Entiendes?

Bobby asintió, tirando de la puerta del Impala.

—¡Qué bien se porta este nene! Sabía que entenderías una vez que supieras la razón. Mamá va a estar orgullosa de ti cuando se lo cuente.

Bobby sonrió. Las palabras le corrían por la cabeza como cachorros contentos. Mamá Orgullosa. ¡Qué bien se porta este nene! Cuando uno tiene cinco años, esas palabras son faros luminosos de progreso y amor que iluminan la existencia.

Pero sobre todo, de progreso. El largo viaje hacia el misterioso país de los adultos.

—¿A dónde vamos hoy, papá? ¿Otra vez a la Policía? —Cuando papá se colocaba el revólver por lo general significaba que iban a la Policía.

—Papá tiene que ir a Elmira —dijo Robert Black padre, con un destello extraño en los ojos—. Es parte del trabajo, también. Tengo que ir a lo del fiscal del distrito para entregar unos papeles. Ya sabes. Te lo conté. Nos encontraremos con mamá ahí y después puede que vayamos al cine. ¿Te gustaría eso?

Hizo una pausa y prendió un cigarrillo con el encendedor del tablero. Bobby lo miraba, rebosante de entusiasmo y de orgullo por el paseo. Le gustaban las manos grandes y el perfil agudo de su padre. Agudo como el canto de una moneda. Papá le había dicho eso una vez y él se acordaba.

—¿Mamá está en el centro? —preguntó Bobby con insaciable curiosidad de niño.

—Sí. Haciendo compras. Tomó el ómnibus. Tú estabas durmiendo aún.

—Extraño a mamá.

—Yo también. Pero la veremos enseguida.

Papá tocó algunas cosas en el tablero y el motor empezó a rugir. A Bobby le gustaba ese ruido. Siempre quería decir que iban a algún lado a hacer cosas. Aunque eso no ocurría demasiado seguido con papá. Papá siempre estaba fuera de casa, o haciendo valijas o hablando por teléfono desde lugares lejanos como Washington D.C. y casi nunca tenía tiempo de jugar o de ir a caminar por el bosque. 

Bobby no sabía muy bien de qué trabajaba su papá. No iba a trabajar como los padres de sus amigos, no se iba de la casa a la mañana ni volvía a la hora de la cena, para jugar un rato a la pelota con él; no, no hacía nada de eso.

Bobby sólo sabía que el trabajo del hombre grande tenía algo que ver con el distintivo brillante que había visto en el interior de la billetera negra que su papá dejaba a veces encima del escritorio del dormitorio. Y también ese revólver feo que a veces veía cuando su papá se lo guardaba en el saco. 

Una vez trató de tomarlo, pero su padre se enojó mucho con él. Bobby sabía que no debía volver a hacer eso nunca más en su vida.

Robert Black padre le dio unas palmaditas cariñosas en la mejilla y soltó el freno de mano. Bobby sabía lo que estaba haciendo. El freno siempre hacía un ruido molesto cuando papá lo movía con la mano.

—Bueno, Bobby, ¿qué es eso que no debes olvidar?

—No tirar nada por la ventanilla.

—Muy bien. Entonces, si compramos caramelos o chicles, vas a doblar los papelitos con cuidado y me los vas a dar a mí y yo los voy a guardar en el cenicero. ¿Entendido?

—Entendido.

—La última vez, cuando tiraste la bolsa de papel por la ventanilla, voló hasta el parabrisas del auto que venía detrás de nosotros. El hombre no podía ver por dónde iba ni qué estaba haciendo, pudo haberse lastimado. Y a ti no te gustaría que pasara eso, ¿no?

     —No, papá.

—Así me gusta. Bueno, en marcha.

Papá hizo marcha atrás con el Impala por el sendero de grava. ¡La fila de árboles se veía tan linda al sol! El hombre grande hizo girar el auto dirigiéndose hacia la autopista; tenía las gruesas muñecas relajadas, las manos grandes apenas asidas al volante. Bobby reconoció el enorme edificio de la escuela, con la bandera norteamericana flameando en lo alto. El año siguiente iría allí como los otros nenes.

Se hundió alegremente en el asiento blando y cruzó los brazos. Era lindo ir a algún sitio con papá, para variar, en lugar de con mamá. Las mamás eran buenas y divertidas cuando iban a los negocios y a otros lugares, pero los papás eran mejores.

Y los papás nunca lloraban; en cambio, las mamás sí lloraban. Como la anoche anterior.

—Papá, ¿quién era ese hombre que llamó por teléfono anoche? ¿El que le dijo algo a mamá que la hizo llorar? ¿Era el hombre al que le pegué con la bolsa de papel? ¿Quería que me dieras una paliza?

Robert Black padre sonrió pero era una sonrisa seca, una sonrisa fría.

—No, hijo. Era un hombre malo. Era un hombre que creía que podía apartarme de mi trabajo con amenazas. —Robert Black padre calló repentinamente—. Sólo era un hombre malo, hijo. Olvídate del asunto. ¿Quieres hacerme el favor?

—¿Por qué lloró mamá?

—Te dije que lo olvidaras, Bobby. El hombre no era bueno. Como el lobo malo de Caperucita Roja.

—¿O como el de los Tres Chanchitos?

—Sí. No te preocupes. No va a llamar otra vez. No después que entregue estos papeles en Elmira.

La atención de Robert Black padre estaba en el camino y en el tráfico. Robert Black hijo estaba pensando en todas las cosas que le iba a contar a su mamá que habían pasado esa mañana después que ella se fue. 

Hablaría del diente de adelante flojo, del gatito rayado que encontró paseando por el patio de atrás, del nido de gorriones que piaban en el cobertizo del auto y del desayuno espléndido con tostadas y miel que le había preparado papá. Los papás sabían cocinar tan bien como las mamás.

—¿Papá?

—¿Sí, hijo?

—¿Qué quiere decir FBI?

     Robert Black padre rió entre dientes.

—¿Quién te dijo eso?

—Estaba mirando televisión con otros dos chicos y me dijeron que eras uno del FBI. ¿Es cierto, papá?

—Billy y Gary, supongo. Los espías del barrio. Necesitaríamos unos ocho tipos como ellos en el Departamento. Bueno, te estaban diciendo la verdad, Bobby. Soy del FBI.

—¿Qué es eso? ¿Una especie de policía?

—Sí. Ese es mi trabajo. Sabías que era una especie de policía, ¿no?

—Supongo.

El Impala avanzó como una bala, pasando a un veloz auto grande azul. Papá manejaba como un corredor de autos. Bobby sonreía orgulloso.

—¿A mamá le gusta que seas del FBI?

Robert Black padre hizo un gesto negativo con la cabeza, divertido.

—A veces me lo pregunto, hijo.

—¿Le da miedo? ¿Como anoche?

—A veces. Las mujeres son así, hijo. Pero es un trabajo de hombres. Y alguien tiene que hacerlo.

Bobby asintió con la cabeza como si comprendiera todo.

—A mí no me daría miedo. Estoy orgulloso de que seas del FBI. De veras, papá.

—Gracias, Bobby.

Robert Black hijo se sonrojó y miró de reojo a su padre. Se sorprendió de que la sonrisa en la cara angulosa se transformara repentinamente en un gesto de reprobación. Trató de buscar la razón del evidente desagrado.

—¿Qué pasa, papá? No tiré nada por la ventanilla.

Su padre se concentró en la ruta, sin poder contener una sonrisa.

No, pero hiciste algo casi igual de malo. Olvidaste ponerte el cinturón de seguridad. Siempre dijiste que eras lo suficientemente grande...

—¡Soy lo suficientemente grande! —La voz de Bobby sonó decidida.

Tiró de la hebilla que estaba entre su padre y él y después buscó entre el asiento y la puerta la lengüeta retráctil que se enroscaba en su estuche cuando no se usaba, como esa tortuga que tenía Gary que escondía la cabeza siempre que la tocaban. Sus dedos encontraron el extremo del cinturón de seguridad y tiraron de él. Parecía que estaba trabado. Tiró con más fuerza pero sin éxito; entonces, se inclinó hacia el costado, escudriñando el espacio entre la puerta y el asiento.

Vio un extraño objeto en forma de huevo, donde nunca había nada, aparentemente salido de debajo del asiento mientras tiraba y encajado con firmeza contra el asiento.

Bobby se inclinó más, lo desencajó y se lo puso en la falda junto con el extremo del cinturón, al que estaba sujeto. Miró el objeto con asombro y fascinación.

Robert Black padre conducía el auto por la autopista a cien kilómetros por hora, concentrado en el tránsito. Su perfil era exactamente igual al de esos policías que aparecían en la televisión. Bobby suspiró y volvió su atención a esa cosa en forma de huevo sobre su falda. Nunca antes había visto algo semejante.

Era pesada y de metal y tenía cuadraditos extraños en toda la superficie y un gancho redondo raro en la parte de arriba, sujeto al extremo del cinturón por un cable fino. Estaba seguro de que a su papá le interesaría, pero primero tenía que obedecer sus instrucciones. Tiró del huevo; se desprendió de la lengüeta del cinturón y se separó también del ganchito que quedó colgando graciosamente. Bobby se colocó el huevo en la falda y se prendió el cinturón.

—Papá.

—¿Sí, hijo? —Robert Black padre dio vuelta la cabeza hacia su hijo. Se puso blanco.

Bobby jamás había visto los ojos de su papá tan abiertos y asustados. Tenía la cara contraída, como si le doliera una muela.

El rugido del motor ahogó algo que su papá estaba gritando. Había muchos autos que pasaban a toda velocidad, con un ruido atronador, por la autopista. Bobby lloriqueó. También él estaba asustado.

Su padre hizo un movimiento brusco con el brazo derecho. Bobby se echó atrás, pensando por un horrible segundo que su papá le iba a pegar.

Se abrazó a la cosa en forma de huevo, la apretó contra su pecho y se encogió contra la puerta del auto para hacerse más pequeño.

Los autos pasaban como rayos, zumbando, en una loca carrera por alcanzar el sol en el horizonte. Un auto tocó la bocina y Bobby se asustó más aún.

—¡Bobby! —aulló Robert Black padre—. ¡Tira esa cosa por la ventanilla!

Los fugaces árboles, la faja de asfalto de la ruta, los motores que tronaban... Cuatro segundos vitales habían pasado.

—¡Bobby!

—¡Pero, papá! —protestó Robert Black hijo, su pequeña cara hecha una mueca de confusión—, dijiste que nunca...