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Yo y El Imbécil - Elvira Lindo

  L OS BERNABÉS Por la mañana, nos levantamos y nos costó lo menos 30 segundos saber dónde estábamos: en casa de la Luisa, porque mi madre se había quedado en el hospital con mi abuelo, que ya no tenía próstata. A no ser, claro, que se hubieran equivocado y en vez de la próstata le hubieran quitado el hígado, que es una cosa que, por lo que cuenta la Luisa, ocurre bastante en los hospitales. Es que ella hizo durante un tiempo una colección de errores médicos; son recortes que tiene de periódicos y cosas que le ha contado la gente y que tiene escritas. Dice que un día hará un libro con todo eso y será un best-seller y retirará a Bernabé de trabajar y se irán a una playa con bastantes palmeras y nos llevarán a mí y al Imbécil para que les espantemos las moscas con una rama mientras ellos toman el sol con el dinero del best-seller bien cerquita, para que no se lo quite nadie, dentro de la riñonera, bien pegado a la barriga. Si algún día ves en una playa tropical a un matrimonio con ...

¡Cómo molo! - Elvira Lindo

  A  vida o muerte Cuando ayer por la mañana me miraba en el espejo de mi madre con el bañador nuevo, pensaba: —Cómo molo. Yo reconozco que es una frase un poco rara para decirla en voz alta, a no ser que seas un chulito como Yihad, pero estoy seguro de que pensarla la piensa mucha gente. La piensa el socorrista de la piscina de mi barrio, descarao : de vez en cuando, veo que se mira su superbíceps, y me corto un brazo si ese tío no está pensando: «Cómo molo». La piensa Bernabé cuando se peina con agua su peluquín de los domingos por la mañana y antes de salir a la calle se vuelve un momento para mirarse en el espejo del portal. Yo le veo sonreír y pensar: «Cómo molo». La piensa mi abuelo cuando se pone el chándal de las Tortugas Ninja y se baja a comprar el pan y la panadera le dice: —Hay que ver lo bien que le pinta a usted ese chándal de las Tortugas Ninja. Le hace cincuenta años más joven. Que me cuelguen del Árbol del Ahorcado si mi abuelo no piensa en esos pr...

Terrible, cuando piensa uno en ello - Graham Greene

Cuando el niño me miró y guiñó los ojos desde su cesto de mimbre, depositado en el asiento frente al mío y en algún lugar entre Reading y Slough, me sentí incómodo. Era como si hubiera descubierto mi oculto interés. Es terrible lo poco que cambiamos. Con mucha frecuencia un antiguo conocido, alguien con quien no nos hemos cruzado en cuarenta años, desde que ocupaba un pupitre lleno de cicatrices y manchado de tinta no lejos del nuestro, nos para en la calle con su inoportuna memoria.  Ya de niños llevamos el futuro en nosotros. La ropa no puede cambiarnos, las ropas son el uniforme de nuestro carácter y nuestro carácter cambia tan poco como la forma de la nariz y la expresión de los ojos. En los trenes mi afición ha sido siempre descubrir en los rasgos de un niño al hombre futuro, el que frecuenta los bares, el que vagabundea por las calles, el que asiste a bodas elegantes.  Sólo hay que imaginarlo con la gorra de género o el sombrero de copa gris, el uniforme del triste, aleg...

Venganza - Juan José Hernández

Todas las noches, antes de acostarse, ordena su colección de objetos preciosos: una araña pollito sumergida en formol, un talismán de hueso que tiene la virtud de curar los orzuelos, un mono de chocolate, recuerdo de su último cumpleaños, y la famosa medalla de su tío, que los chicos del barrio envidian: Alfonso XII al Ejército de Filipinas. Valor, Disciplina, Lealtad. Su tío la llevaba de adorno, colgada del llavero, pero él insistió tanto que acabó por regalársela. Con su abuela las cosas son más complicadas. En vano le ha pedido aquella piedra que trajo de la Gruta de la Virgen del Valle, el año de su peregrinación a Catamarca. Durante un tiempo agotó sus recursos de nieto predilecto para conseguirla: se hizo cortar el pelo, aprendió las lecciones de solfeo. Su abuela persistió en la negativa. Ni siquiera pudo conmoverla cuando estuvo enfermo de sarampión y ella se quedaba junto a la cama, leyéndole. Una tarde, mientras bebía jugo de naranja, interrumpió la lectura y volvió a pedirl...

No tires nada por la ventanilla - Michael Avallone

El Impala descansaba rojo y reluciente en la loma del sendero para autos. Bobby corrió hacia él, con los ojos brillantes y batiendo palmas. ¡Él y papá darían una vuelta! Se detuvo intrigado, mientras su padre levantaba el capot e inspeccionaba el motor con cuidado, mirando atentamente los cables de la batería para cerciorarse de que no había ninguna conexión extraña que pudiera significar una bomba. Jamison no había sido tan cuidadoso, pero Jamison había muerto asesinado. Bobby, por supuesto, no tenía manera de saber por qué su padre se comportaba de esa forma y tampoco pensó en eso mucho tiempo. Todo lo que sabía era que él y su padre darían una vuelta. Y papá se había colocado incluso el revólver. Debajo del saco, en la cartuchera de cuero oscuro. El hombre corpulento cerró el capot, satisfecho con la inspección, y le sonrió al niño. —Recuerda —estaba diciendo—, nunca tires nada por la ventanilla. ¿Entendido? No está bien. Sobre todo cuando papá está manejando rápido por la a...