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El hombre del traje marrón - Agatha Christie

Capítulo XIX

La situación me recordó la Jornada Tercera de los «Peligros de Pamela». ¡Cuántas veces había estado yo sentada en las butacas de seis peniques, comiendo una barra de chocolate y anhelando que me ocurrieran a mí cosas como aquella! Bueno, pues, ya me estaban ocurriendo. Y sin saber por qué, no resultaban tan divertidas como yo me las había imaginado. Está muy bien verlo en la pantalla, y una tiene el consuelo de saber que habrá una Jornada Cuarta. Pero en la vida real nadie podía garantizarme que Anita Aventurera no dejara de existir bruscamente al final de cualquiera de los episodios.

Sí; me encontraba en una situación difícil. Recordé con desagradable claridad todas las cosas que Rayburn me había dicho aquella mañana. «Diga usted la verdad», me había aconsejado. Bueno, pues eso siempre podría hacerlo; pero, ¿me serviría de algo? En primer lugar, ¿se daría crédito a mi relato? ¿Creerían probable o posible que hubiese emprendido aquella loca aventura sin más bases que un pedazo de papel que olía a naftalina? A mí me parecía una cosa completamente increíble. En aquel instante de cordura y serenidad me maldije a mí misma por melodramática e idiota y anhelé el apacible aburrimiento de Little Hampsly.

Todo eso me pasó por la imaginación en mucho menos tiempo del necesario para contarlo. Mi primer movimiento instintivo fue dar un paso atrás y buscar el tirador de la puerta. El hombre se limitó a sonreír.

—Aquí está y aquí se queda —observó.

Hice lo posible por hacer al mal tiempo buena cara.

—Me invitó a venir aquí el Conservador del Museo de la Ciudad de El Cabo. Si he cometido un error...

—¿Un error? ¡Oh, sí! ¡Un error muy grande!

Rió gravemente.

—¿Con qué derecho me detiene? Daré cuenta a la policía...
—Yap, yap, yap... como un perrito faldero —rió.
—Me veo obligada a llegar a la conclusión de que es usted un loco peligroso —anuncié, con frialdad.
—¿De veras?
—Quisiera advertirle que mis amistades están perfectamente enteradas de que he venido aquí. Si no he regresado antes del anochecer, vendrán a buscarme, ¿comprende?
—Conque sus amistades saben que está usted aquí, ¿eh? ¿Qué amistades?

Retada así, calculé rápidamente las probabilidades. ¿Debiera mencionar a sir Eustace? Era un hombre muy conocido y su nombre pudiera influir. Pero si se hallaba en contacto con Pagett pudiera saber que mentía. Más valía no correr el riesgo de mencionar ahora a sir Eustace.

—La señora Blair, por ejemplo. Una amiga mía con quien me alojo.
—No lo creo —anunció el hombre, sacudiendo la anaranjada cabeza—. No la ha visto usted desde esta mañana a las once. Y recibió nuestra nota, pidiéndole que viniese aquí, a la hora de comer.

Por sus palabras comprendí cuán de cerca se habían seguido mis pasos; pero no pensaba rendirme sin luchar.

—Es usted muy listo —dije—. ¿Ha oído hablar alguna vez de cierto invento muy útil que se llama teléfono? La señora Blair me telefoneó cuando descansaba en mi cuarto después de comer. Le dije dónde iba a estar esta tarde.

Con gran satisfacción mía, observé que su rostro reflejaba, durante un instante, cierta preocupación. Era evidente que no había pensado en la posibilidad de que Susana me telefoneara. Lástima que no lo hubiese hecho de verdad.

—Basta de eso —dijo con aspereza, poniéndose en pie.
—¿Qué va usted a hacer de mí? —inquirí, procurando parecer serena aún.
—Meterla donde no pueda hacer daño alguno, si a sus amistades se les ocurre venir a buscarla.

Durante unos segundos, la sangre se me heló en las venas. Pero las palabras que a continuación dijo, me tranquilizaron.

—Mañana tendrá que responder a algunas preguntas, y cuando lo haya hecho, sabremos qué hacer con usted. Y puedo asegurarle, jovencita, que conocemos muchas maneras de hacer hablar a los imbéciles que sean testarudos.

No era muy animador aquello; pero por lo menos me daba tiempo a respirar. Tenía hasta el día siguiente. Aquel hombre no era más que un subordinado, que obedecía órdenes superiores. ¿Era posible que su superior fuese Pagett?

Llamó y se presentaron dos cafres. Me condujeron escalera arriba. A pesar de cuanto forcejeé, me ataron de pies y manos y me amordazaron. La habitación en que me habían metido era una especie de buhardilla, debajo del tejado. Estaba llena de polvo y no parecía haber estado ocupada. El holandés me hizo una reverencia burlona y se retiró cerrando la puerta tras él.

Me hallaba completamente impotente. Por mucho que me retorcí no pude aflojar las ligaduras y la mordaza no me permitía gritar. Si por una casualidad se presentara alguien en la casa, nada podría hacer para llamar la atención. Oí abajo el ruido de una puerta que se cerraba. El holandés había salido, al parecer.

Me enloquecía no poder hacer cosa alguna. Volví a probar mis ligaduras, pero los nudos no cedieron. Me di por vencida al fin y me desmayé o me dormí. Cuando volví a despertar, me dolía todo el cuerpo. La oscuridad era completa ya, y juzgué que estaría muy avanzada la noche, porque la Luna se hallaba muy alta en el firmamento y llenaba con sus rayos la polvorienta claraboya. La mordaza casi me ahogaba y el entumecimiento y el dolor resultaban casi insoportables.

Fue entonces cuando mi mirada se posó sobre el trozo de vidrio que había en un rincón. Un rayo de Luna le daba de lleno y su brillo había llamado mi atención. Al mirarlo, se me ocurrió una idea de esas que se le ocurren a una en momentos difíciles.

No podía mover manos ni piernas; pero suponía que me sería posible rodar. Me puse en movimiento lenta y torpemente. No era fácil. Además de ser extremadamente doloroso, puesto que no podía protegerme el rostro con los brazos, resultaba también muy difícil rodar en una dirección determinada.

La tendencia era rodar en cualquier dirección menos en la que me interesaba. Después de mucho trabajo, sin embargo, llegué al punto que deseaba. El vidrio casi me tocaba las manos.

Aun así, la cosa no resultó fácil. Precisé una eternidad para empujar el vidrio hasta encajarlo de tal suerte contra la pared que pudiera rozar con él las ligaduras. Esta última operación fue tan larga, tan exasperante, que casi perdí toda esperanza. No obstante, acabé cortando las cuerdas que me ataban las manos. Lo demás fue cuestión de tiempo. Una vez hube restablecido la circulación en mis manos dándome masajes en las muñecas, pude quitarme la mordaza. Y cuando hube respirado profundamente un par de veces, me sentí mucho mejor.

No tardé ya en deshacer hasta el último nudo; pero hube de esperar un buen rato antes de poder ponerme en pie. Por fin me erguí, agitando los brazos para restablecer la circulación. Ansiaba, sobre todas las cosas, encontrar algo de comer.

Aguardé cosa de un cuarto de hora para estar segura de que no me abandonarían las fuerzas. Luego, me acerqué a la puerta de puntillas. Como había esperado, no estaba cerrada con llave. La abrí y atisbé con cautela.

Todo estaba silencioso. La luz de la Luna, que se filtraba por una ventana, me permitió ver la escalera cubierta de polvo y sin alfombra. Bajé con sigilo. No se oía ningún ruido. Pero cuando llegué al descansillo de abajo, llegó a mis oídos un débil murmullo de voces. Paré en seco y permanecí inmóvil algún tiempo. Un reloj colgado de la pared señalaba más de medianoche.

Me daba perfecta cuenta de los riesgos que podría correr si bajaba más; pero, al fin venció en mí la curiosidad. Tomando infinitas precauciones me dispuse a explorar. Me deslicé silenciosamente por el último tramo de escalera hasta el cuadrado vestíbulo. Miré a mi alrededor, y contuve el aliento. Un cafre estaba sentado junto a la puerta. No me había visto. No tardé en darme cuenta, por el ritmo de su respiración, que se había dormido.

¿Debía retroceder o seguir adelante? Las voces emanaban del cuarto al que se me condujera a mi llegada. Una de ellas era la del holandés. No pude reconocer la otra, aunque se me antojaba vagamente conocida.

Al fin decidí que era mi deber enterarme de todo lo que fuese posible. Tendría que correr el riesgo de que se despertase el cafre. Crucé silenciosamente el pasillo y me arrodillé junto a la puerta del cuarto. Durante unos instantes no pude oír mejor por ello. Las voces sonaban más altas, pero no lograba distinguir lo que decían.

Apliqué el ojo a la cerradura en lugar del oído. Como había supuesto, uno de los que hablaban era el holandés. El otro hombre se hallaba fuera de mi campo visual.

De pronto se puso en pie para servirse algo de beber. Aun antes de que diera la vuelta comprendí quién era.

¡El señor Chichester!

Ahora empecé a entender las palabras.

—No obstante, es peligroso. ¿Y si sus amistades vinieran a buscarla?

Era el holandés quien hablaba. Chichester le respondió. Ya no usaba su voz de clérigo. Nada de particular tenía, pues, que no la hubiese reconocido.

—Eso es puro bluf. Nadie tiene la menor idea de dónde se encuentra.

Habló con convencimiento.

—Es posible. He investigado el asunto y no tenemos nada que temer. Sea como fuere, las órdenes emanan del «Coronel». Supongo que no querrá usted desobedecerlas...

El holandés soltó una exclamación en su idioma nativo. Juzgué que era una rotunda negativa.

—Pero, ¿por qué no darle un golpe en la cabeza? —gruñó—. Sería más sencillo. El barco está preparado. Se la podría llevar a alta mar.
—Sí —contestó Chichester, pensativo—. Eso es lo que yo haría. Sabe demasiado; de eso no cabe la menor duda. Pero al «Coronel» le gusta trabajar solo, aunque no le consiente a ningún otro que lo haga. (Sus propias palabras parecieron despertar en él algún recuerdo que le molestaba). Deseaba obtener de esta muchacha informes de alguna clase.

Había hecho una pausa antes de decir «informes», y el holandés se agarró a la palabra.

—¿Informes?
—O algo así.
—«Diamantes» —dije yo para mis adentros.
—Y ahora —continuó Chichester— déme las listas.

Durante un buen rato su conversación me resultó completamente ininteligible. Parecían versar sobre grandes cantidades de legumbres y verduras. Se mencionaron fechas, precios y nombres de varios lugares que yo no conocía. Transcurrió su buena media hora antes de que terminaran de contar y de hacer comprobaciones.

—Muy bien —dijo Chichester. Y se oyó un ruido como el de una silla al arrastrarse por el suelo—. Me las llevaré para que las vea el «Coronel».
—¿Cuándo se marcha usted?
—Mañana por la mañana a las diez bastará.
—¿Quiere ver a la muchacha antes de irse?
—No. Hay órdenes severas de que nadie debe ver a la chica hasta que llegue el «Coronel». ¿Se encuentra bien?
—Me asomé a verla cuando vine a comer. Creo que estaba dormida. ¿Y alimentos?
—Un poco de ayuno no le hará ningún daño. El «Coronel» vendrá aquí mañana por la mañana a una hora u otra. Responderá mejor a las preguntas si tiene hambre. Más vale que no se acerque nadie hasta entonces. ¿Está bien atada?

El holandés se echó a reír.

—¿Qué cree usted?

Los dos rieron. Y yo también, aunque para mis adentros. Luego, comoquiera que los ruidos que se oyeran parecían anunciar que estaba a punto de salir del cuarto, me batí precipitadamente en retirada. Lo hice justamente a tiempo. Al llegar a la escalera, oí abrirse la puerta del vestíbulo. Me retiré prudentemente a la buhardilla, me rodeé el cuerpo con las cuerdas y volví a tirarme en el suelo por si se les ocurría subir a echarme una mirada.

No lo hicieron, sin embargo. Al cabo de una hora, aproximadamente, descendí con cautela la escalera. El cafre de guardia junto a la puerta estaba despierto y tarareaba una canción. Tenía vivos deseos de salir de la casa, pero no veía la forma de conseguirlo.

Acabé teniendo que retirarme a la buhardilla otra vez. Era evidente que el cafre se pasaría la noche allí, vigilando. Permanecí en mi encierro, armándome de paciencia, durante las primeras horas de la mañana, escuchando todos los preparativos. Los hombres desayunaron en el vestíbulo. Empezaba a sentirme enervada. ¿Cómo demonios iba a salir de la casa? ¿Podría?

Me aconsejé a mí misma paciencia. Un paso temerario pudiera echarlo a perder todo. Después del desayuno oí marcharse a Chichester. Con gran alivio mío, el holandés le acompañó.

Aguardé, conteniendo el aliento. Estaban quitando la mesa y haciendo el trabajo de la casa. Por fin, todas las actividades parecieron cesar. Volví a salir de mi guarida. Me deslicé silenciosamente escalera abajo. El vestíbulo estaba desierto. Lo crucé con velocidad de relámpago, abrí la puerta y salí al sol. Bajé corriendo el camino del jardín como si me persiguiera el mismísimo demonio.

Una vez fuera, me puse a caminar de forma normal. La gente me miraba con curiosidad, y no era de extrañar. Debía de llevar los vestidos y la cara cubiertos de polvo de la buhardilla. Por fin llegué a un garaje. Entré.

—He sufrido un accidente —expliqué—. Necesito un coche que me conduzca inmediatamente a Ciudad de El Cabo. He de pillar el vapor para Durban.

No tuve que esperar mucho. Diez minutos más tarde me hallaba camino de Ciudad de El Cabo. Era preciso que me enterara de si Chichester iba a bordo. No me era posible decidir aún si embarcar en él yo también o no; pero a última hora decidí hacerlo. Chichester no sabría que le había visto en el hotelito de Muizenberg. Seguramente prepararía nuevas trampas para cazarme. Pero yo estaría sobre aviso. Y él era el hombre a quien me interesaba seguir, el hombre que andaba buscando los diamantes por cuenta del misterioso «Coronel».

¡Pobres planes míos! Cuando llegué yo al muelle, el Castillo de Kilmorden enfilaba ya con su proa la salida del puerto. Y no tenía yo medio alguno de averiguar si Chichester viajaba a bordo o no.
 
 
Capítulo XX

Me dirigí al hotel. En el saloncillo no había ninguna persona conocida. Subí corriendo la escalera y llamé a la puerta de Susana. Me dijo que entrara. Cuando vio quién era, se me colgó del cuello, así, como suena.

—¡Anita, querida! ¿Dónde ha estado? ¡Me ha tenido la mar de alarmada! ¿Qué ha estado haciendo?
—Corriendo aventuras —repliqué—. Jornada Tercera de «Los Peligros de Pamela».

Le conté toda la historia. Exhaló ella un profundo suspiro cuando terminé.

—¿Por qué han de ocurrirle a usted siempre esas cosas? —exclamó quejumbrosa—. ¿Por qué no me amordaza a mí nadie ni me ata de pies y manos?
—No le gustaría si se lo hiciesen —le aseguré—; y a decir verdad, no tengo tantas ganas ya de correr aventuras como antes. Una pequeña dosis de eso le harta a una para una temporada.

Susana no pareció muy convencida. De haberse pasado una hora o dos atada y amordazada, seguramente hubiera cambiado de opinión. A Susana le gustan las emociones, pero odia las incomodidades.

—¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntó.
—No estoy muy segura —le respondí dubitativa—. Usted sigue encargada de ir a Rhodesia, naturalmente, para vigilar a Pagett...
—¿Y usted?

Ahí estaba la dificultad... ¿Habría embarcado Chichester a bordo del Kilmorden o no? ¿Pensaba seguir su plan original de marcha a Durban? La hora en que abandonara Muizenberg parecía insinuar que la contestación a ambas preguntas debía de ser afirmativa. En cuyo caso podría marchar yo a Durban por tren. Estaba segura de que llegaría yo allí antes que el barco. Sin embargo, si le cablegrafiaban a Chichester la noticia de mi huida, y le decían que había salido de Ciudad de El Cabo en dirección a Durban, nada más fácil para él que abandonar el barco en Port Elizabeth o East London y escapárseme así por completo.

El problema era algo complicado.

—Sea como fuere —dije—, nos enteraremos de la hora de salida de los trenes para Durban.
—Y no es demasiado tarde para una taza de té matutina —anunció Susana—. La tomaremos en el saloncillo.

El tren de Durban salía a las ocho y cuarto de la noche, me dijo el conserje. De momento aplacé mi decisión y me reuní con Susana para tomar el té.

—¿Cree usted que podrá reconocer a Chichester otra vez... si lleva un disfraz distinto, quiero decir? —inquirió Susana.

Sacudí la cabeza.

—Desde luego no le conocí cuando le vi disfrazado de camarera ni le hubiese reconocido de no haber sido por el dibujo que usted me hizo.
—Ese hombre es actor de profesión —dijo Susana, pensativa—. Estoy segura de ello. Puede abandonar el barco vestido de obrero o de cualquier cosa, y no conseguirá usted descubrirle.
—Es usted muy consoladora —le repuse.

En aquel momento el coronel Race miró por la puerta ventana y se reunió con nosotras.

—¿Qué hace sir Eustace? —inquirió Susana—. No le he visto por aquí hoy.

Una expresión extraña cruzó el rostro del coronel.

—Tiene preocupaciones que no le dejan tiempo libre.
—Cuéntenos de qué se trata.
—Hablar de eso sería una indiscreción.
—Cuéntenos algo... aunque tenga que inventarlo nada más que para distraernos.
—Bueno, pues, ¿qué diría si le dijese que el famoso «Hombre del traje color castaño» ha viajado en nuestra compañía?
—¿Cómo?

Sentí que la sangre se retiraba de mi rostro y volvía a invadirlo otra vez. Por fortuna, el coronel Race no me estaba mirando.

—Creo que es un hecho. Mientras las autoridades vigilaban todos los puertos para que no pudiese escapar de Inglaterra, consiguió engañar a Pedler para que le trajera aquí como secretario.
—¿El señor Pagett?
—No; Pagett no. El otro. Decía llamarse Rayburn.
—¿Le han detenido? —preguntó Susana.

Por debajo de la mesa me tranquilizó con un apretoncito de manos. Aguardé sin aliento la contestación.

—Parece haber desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra.
—¿Cómo lo ha tomado sir Eustace?
—Lo considera como un insulto personal que le ha inferido el Destino.

Más tarde, aquel mismo día, se presentó una oportunidad de escuchar lo que sir Eustace opinaba del asunto. Un botones portador de una nota nos despertó cuando dormíamos la siesta. Sir Eustace nos suplicaba, con emocionantes palabras, que le concediéramos el honor de tomar el té con él en su gabinete.

El pobre hombre se hallaba en un estado lastimoso. Nos contó sus cuitas animado por los murmullos de simpatía de Susana. (Que sabe hacer esta clase de cosas muy bien).

—Primero, una mujer completamente desconocida tiene la impertinencia de hacerse asesinar en mi casa... nada más que por molestarme, estoy seguro. ¿Por qué en mi casa? ¿Por qué, entre todas las casas de Gran Bretaña, escoger la Casa del Molino? ¿Qué mal le había hecho yo jamás a esa mujer para que fuera a dejarse matar allí?

Susana emitió uno de sus murmullos comprensivos otra vez, y sir Eustace prosiguió, con voz más dolida aún:

—Y, por si eso fuera poco, el hombre que la había asesinado tuvo la impertinencia..., la colosal impertinencia..., de agregarse a mí como secretario. ¡Mi secretario, fíjense bien! Estoy ya harto de secretarios. Me niego a soportar más secretarios. O son asesinos ocultos o borrachos y pendencieros. ¿Han visto el ojo que lleva Pagett? Pues claro que lo habrán visto. ¿Cómo puedo andar por ahí con un secretario así? Y tiene la cara de un amarillo feo, por añadidura..., precisamente del color que menos pega con un ojo a la funerala. Para mí se han acabado los secretarios... a menos que encuentre una muchacha. Una muchacha bonita, de ojos líquidos, que me coja de la mano siempre que me vea enfadado. ¿Qué me dice usted, señorita Ana? ¿Quiere aceptar el empleo?
—¿Cuánto tiempo he de tenerle cogida la mano? —pregunté, riendo.
—Todo el santo día —respondió sir Eustace, muy galante.
—No me quedará mucho tiempo para escribir a máquina entonces —le recordé.
—Eso no importa. Todo ese trabajo es idea de Pagett. Me mata a trabajar. Mi único consuelo es que voy a dejarle atrás cuando salga de Ciudad de El Cabo.
—¿Se va a quedar aquí?
—Sí. Se divertirá de lo lindo buscando a Rayburn. Esa clase de trabajo le va a Pagett que ni pintado. Adora las intrigas. Pero le hago la oferta en serio. ¿Quiere acompañarme? La señora Blair es una dueña competente. Y puede usted disponer de medio día de fiesta de vez en cuando para cavar en busca de huesos.
—Muchísimas gracias, sir Eustace —dije, con cautela—. Pero creo que voy a salir para Durban esta noche.
—No sea usted una joven testaruda. No olvide que hay la mar de leones en Rhodesia. Le gustarán los leones. A todas las jóvenes les gustan.
—¿Estarán ensayando saltitos cortos? —le pregunté, riendo—. No, muchas gracias. He de marchar a Durban sin perder tiempo.

Sir Eustace me miró, suspiró profundamente y luego abrió la puerta de la habitación contigua y llamó a Pagett.

—Si ha dormido usted ya la siesta, amigo mío, quizá esté dispuesto a trabajar un poco como variación.

Guy Pagett apareció en el umbral. Nos hizo una reverencia a las dos, dando muestras de un leve sobresalto al verme, y replicó con su melancólica voz:

—He estado escribiendo a máquina esa memoria toda la tarde, sir Eustace.
—Pues deje de escribir a máquina entonces. Vaya a las oficinas del Delegado de Comercio... o a la Delegación de Agricultura... o a la Cámara de Minas... o a uno de esos sitios. Y pídales que me presten una mujer que me acompañe a Rhodesia. Ha de tener ojos de mirada líquida y no tener inconveniente en que le coja yo la mano.
—Bien, sir Eustace. Pediré una taquimecanógrafa competente.
—Pagett es un hombre malintencionado —dijo sir Eustace después de haberse ido el secretario—. Estoy dispuesto a apostar que escogerá una mujer que tenga cara de torta, nada más que por molestarme. Ha de tener los pies bonitos también... Me había olvidado decir eso.

Así a Susana de la mano, excitada, y casi la arrastré hasta su cuarto.

—Ahora, Susana —exclamé—, hemos de hacer planes... y muy aprisa. Pagett se queda en Ciudad de El Cabo. ¿Oyó usted eso?
—Sí. Supongo que eso significa que no podré ir a Rhodesia..., lo que es una verdadera lata, porque quiero ir a Rhodesia. ¡Qué contratiempo!
—Anímese —le dije—. Irá usted. No veo yo cómo iba a volverse atrás en el último instante sin que la cosa pareciese sospechosa. Además, cabe la posibilidad de que sir Eustace llamara de pronto a Pagett y le costaría a usted mucho más trabajo colgarse a él.
—Resultaría muy poco decente —aseguró Susana, con una sonrisa—. Me vería obligada a fingirme locamente enamorada de él para justificarlo.
—Sin embargo, si se encontrara usted allí ya a su llegada, la cosa no podría parecer más natural. Además, no creo que debamos perder de vista a los otros dos por completo.
—Pero, Ana, ¿es posible que desconfíe usted del coronel Race y de sir Eustace?
—Desconfío de todo el mundo —respondí con aire de misterio—. Y si ha leído usted alguna novela detectivesca, Susana, debe saber que el criminal es siempre el hombre que menos parece serlo. Ha habido la mar de criminales gordos y joviales como sir Eustace.
—No puede decirse que el coronel Race sea gordo en realidad ni muy jovial tampoco.
—A veces son delgados y silenciosos —repuse—. No digo que desconfíe seriamente de ninguno de los dos. Pero, después de todo, a la mujer la asesinaron en la casa de sir Eustace.
—Sí, sí... No es preciso que discutamos todo eso otra vez. Le vigilaré, Anita, y si engorda más o se vuelve más alegre, le mandaré a usted un telegrama inmediatamente: «Sir E. se hincha. Altamente sospechoso. Venga sin demora».
—¡Por Dios, Susana! —exclamé—. ¡Parece usted creer que todo esto es un juego!
—Ya lo sé —respondió ella sin inmutarse—. Sí me lo parece. La culpa es suya, Anita. Me ha imbuido de su espíritu de «Corramos una aventura». No se me antoja ni pizca real. Si Clarence supiera que andaba por África siguiendo la pista a criminales peligrosos, le daría un patatús.
—¿Por qué no se lo dice por cable? —pregunté, con sarcasmo.

Pero Susana es incapaz de verle la gracia a nada relacionado con la expedición de un cablegrama. Reflexionó sobre mi proposición con toda la buena fe del mundo.

—Podría hacerlo. Tendría que ser un cable muy largo —se animó enormemente ante semejante posibilidad—. Pero creo que será preferible abstenerse. Los maridos siempre quieren inmiscuirse en las diversiones más inofensivas.
—Bueno —dije, haciendo un resumen de la situación—, usted vigilará a sir Eustace y al coronel Race...
—Sé por qué he de vigilar a sir Eustace —me interrumpió Susana—. Es por su tipo y su humorística conversación. Pero desconfiar del coronel Race se me antoja llevar la cosa a extremos... Le aseguro que sí. Pero ¡si tiene algo que ver con el Servicio Secreto! ¿Sabe usted una cosa, Ana? Creo que lo mejor que podríamos hacer sería confiar en él y contarle toda la historia.

Me opuse vigorosamente a semejante proceder. Reconocí en ello los desastrosos efectos del matrimonio. Cuántas veces no habré oído decir a una mujer inteligente a más no poder: «Edgardo dice...», como quien cita una autoridad incontrovertible. Y eso cuando todo el mundo sabe que Edgardo es un perfecto idiota. Susana, como consecuencia de ser casada, ansiaba buscar el apoyo de un hombre u otro.

No obstante, me prometió fielmente no decirle una palabra al coronel Race y seguimos confeccionando planes.

—Es evidente que he de quedarme yo aquí y vigilar a Pagett y he aquí la mejor manera de hacerlo: he de fingir salir para Durban esta noche, llevándome el equipaje a la estación y todo eso. Pero, en realidad, me iré a cualquier hotelito pequeño de la ciudad. Puedo cambiar un poco de aspecto... llevar un tupé rubio y uno de esos tupidos velos de encaje blanco. Tendré mucha más ocasión de ver lo que hace si me cree lejos de aquí.

Susana se mostró completamente de acuerdo con mi plan. Hicimos todos los preparativos con ostentación. Preguntamos de nuevo la hora a que salía el tren e hicimos el equipaje.

Comimos juntas en el restaurante. El coronel Race no se presentó; pero sir Eustace y Pagett ocupaban su mesa junto a la ventana. Pagett abandonó la mesa a mediados de la comida, cosa que me molestó, porque mi intención era despedirme de él. No obstante, seguramente serviría igual sir Eustace para el caso. Me acerqué a él cuando terminé la cena.

—Adiós, sir Eustace —le dije—. Salgo esta noche para Durban.
—Así había oído decir. No le gustaría a usted que le acompañase, ¿verdad?
—Me encantaría.
—Buena chica. ¿Está usted segura de que no cambiará lo más mínimo de opinión e irá conmigo a buscar leones a Rhodesia?
—Completamente segura.
—Debe de ser la mar de guapo —murmuró sir Eustace, quejumbroso—. Algún jovencito de Durban seguramente que eclipsará por completo los encantos de mi madurez. A propósito, Pagett marcha en el coche dentro de unos minutos. Podría llevarla a usted a la estación.
—Oh, no, gracias —me apresuré a decir—. La señora Blair y yo hemos pedido un taxi ya.

Lo que menos podía desear yo era ir a la estación con Pagett. Sir Eustace me miró con atención.

—Estoy por asegurar que Pagett no es santo de su devoción. No me extraña. ¡Es tan entrometido...! Y va por ahí con cara de mártir mientras, en realidad, está haciendo todo lo posible por molestarme y darme disgustos.
—¿Qué ha hecho ahora? —pregunté, con ansiedad.
—Me ha conseguido una secretaria. ¡Jamás se ha visto mujer igual! Tiene cuarenta años por lo menos; usa gafas y botas; y tiene aire de una eficiencia que acabará matándome. ¡Una completa cara de torta!
—¿No le quiere coger la mano?
—¡Dios quiera que no! —exclamó sir Eustace—. Eso sería ya el colmo. Bueno, adiós, ojos líquidos. Si mato un león no le regalaré a usted la piel... por haber cometido la bajeza de abandonarme.

Me estrechó cordialmente la mano y nos separamos. Susana me estaba aguardando en el vestíbulo. Iba a despedirnos a la estación.

—Pongámonos en marcha enseguida —dijo precipitadamente.

E hizo una señal al conserje para que parara un taxi.
Una voz que sonó a mis espaldas me hizo dar un brinco.

—Perdone, señorita Beddingfeld, pero bajo ahora con un coche. Puedo dejarlas a la señora Blair y a usted en la estación.
—Oh, gracias —me apresuré a decir—; pero no hay necesidad de molestarle. Yo...
—No es molestia, se lo aseguro. Cargue el equipaje, mozo.

No pude hacer nada. Hubiese podido protestar de nuevo; pero el codazo que me dio Susana disimuladamente me advirtió que debía andar con cautela.

—Gracias, señor Pagett —dije con frialdad.

Subimos todos al coche. Cuando bajamos la carretera a gran velocidad hacia la población, me devané los sesos buscando algo que decir. Fue el propio Pagett quien rompió el silencio por fin.

—Le he conseguido una secretaria muy eficiente a sir Eustace —observó—. La señorita Pettigrew.
—No parecía estar muy entusiasmado con ella hace unos instantes —dije yo.

Pagett me miró con frialdad.

—Es una taquimecanógrafa muy hábil —me dijo en tono reprensivo.

Nos paramos delante de la estación. Allí pensé yo que nos dejaría. Me volví hacia él con la mano tendida. Pero no.

—Entraré a despedirme. Son las ocho en punto. Su tren sale dentro de un cuarto de hora.

Dio instrucciones a los mozos. Yo me quedé inmóvil, impotente, sin atreverme a mirar a Susana. El hombre aquel desconfiaba. Estaba decidido a asegurarse de que me marchaba, en efecto, con aquel tren. ¿Y qué podía hacer yo? Nada. Me vi salir de la estación un cuarto de hora más tarde mientras Pagett me despedía agitando la mano desde el andén. Había sabido cambiar las tortas con mucha habilidad. Además, su trato había cambiado por completo. Me hablaba con una jovialidad que le cuadraba muy mal y que a mí me daba náuseas. El hombre aquel era un hipócrita acabado. Había intentado asesinarme y ahora me colmaba de cumplidos. ¿Se imaginaría ni un solo instante que no le había reconocido aquella noche sobre cubierta? No; era una simple postura, un simulacro que me obligaba a aceptar.

Tan impotente como un cordero, me moví guiada por sus hábiles instrucciones. Me amontonaron el equipaje en el coche-cama. Tenía una cabina doble para mí sola. Eran las 8:12. El tren salía dentro de tres minutos. Pero Pagett no había contado con Susana.

—Va a ser un viaje muy caluroso, Anita —dijo esta de pronto—. Sobre todo cuando pase por Karpo mañana. Lleva usted agua de colonia de lavanda, ¿verdad?

No podía haberme dado una indicación más clara.

—¡Oh! —exclamé, fingiendo consternación—. ¡Me he dejado el agua de colonia sobre el tocador de mi cuarto!

La costumbre que tenía Susana de mandar le sirvió muy bien. Se volvió, imperiosa, hacia Pagett.

—¡Señor Pagett! ¡Pronto! Tiene el tiempo justo. Hay una perfumería casi enfrente de la estación. Es preciso que Ana se lleve el agua de colonia.

El hombre vaciló; pero los autoritarios modales de Susana resultaron irresistibles. Susana es autócrata innata. Pagett obedeció. La señora Blair le siguió con la mirada hasta que desapareció de su vista.

—¡Pronto, Anita! ¡Apéese por el otro lado... por si acaso no ha ido y nos observa desde el extremo del andén! No se acuerde del equipaje. Puede telegrafiar pidiendo que se lo reexpidan mañana. ¡Oh! ¡Si el tren saliera a la hora en punto...!

Abrí la puerta del otro lado del tren y me apeé. Nadie me observó. Me era posible ver a Susana de pie, donde la había dejado, con la cabeza alzada mirando hacia el tren y hablando, al parecer, conmigo por la ventanilla. Sonó un silbido. El tren arrancó. Entonces oí que alguien corría desesperadamente por el andén. Me oculté en la sombra de un quiosco de libros y atisbé desde allí.

Susana, que había estado agitando un pañuelo en señal de despedida, se volvió.

—Llega usted demasiado tarde, señor Pagett —dijo alegremente—. Se ha ido. ¿Es esta la colonia? ¡Qué lástima que no pensáramos en ella más pronto!

Pasaron cerca de mí al dirigirse a la salida de la estación. Guy Pagett estaba acaloradísimo. Era evidente que había ido a la perfumería y vuelto corriendo desesperadamente.

—¿Quiere que le busque un taxi, señora Blair?

Susana supo desempeñar su papel.

—Si me hace el favor... ¿Quiere usted que le lleve al hotel? ¿Tiene mucho que hacer para sir Eustace? ¡Ojalá hubiese marchado Ana Beddingfeld con nosotros mañana! No me gusta ni pizca que una muchacha joven como ella marche a Durban completamente sola. Pero estaba empeñada en hacerlo. Supongo que habría allí algo que le atraía...

No pude oír más porque habíanse alejado ya demasiado. ¡Hábil Susana! Me había salvado.

Dejé que transcurrieran unos minutos más y luego salí yo de la estación también, casi tropezando, al hacerlo, con un hombre de aspecto desagradable, de nariz muy grande, completamente desproporcionada.


616 Todo es Infierno - David Zurdo

Capítulo 14 

Audrey cortó sin responder la llamada de Joseph a su teléfono celular. El bombero no había dejado de intentar hablar con ella en los últimos días. La memoria del contestador de la casa de Audrey estaba llena de mensajes suyos, y la secretaria de la consulta no sabía ya cómo decirle que su jefa llevaba días sin acudir al despacho. La psiquiatra estaba evitando a Joseph y él ya tenía que haberse dado cuenta de ello. Pero no iba a desistir. De momento se limitaba a esas insistentes llamadas telefónicas. No había aparecido aún en casa de Audrey, ni tampoco en la residencia de ancianos, aunque lo haría más tarde o más temprano. Joseph era una buena persona y estaba preocupado por ella. ¿Cómo podría no estarlo después del estado en que se presentó en su casa aquella noche, empapada y completamente aturdida?

Audrey había ido al apartamento de Joseph siguiendo un impulso. Buscaba el más primitivo de los consuelos: el abrazo de otro ser humano. Se sentía dolida y desamparada, y eso le hizo cometer un error que ahora trataba de enmendar. Ella y Joseph habían acabado acostándose y haciendo el amor, algo que Audrey no buscaba ni pretendía cuando fue a casa del bombero. Era la primera vez que estaba con un hombre desde… no recordaba desde cuándo. Joseph había sido tierno y cariñoso con ella, y eso no hacía sino empeorar la situación y volver más difícil lo que Audrey tenía que hacer. No quería empezar ninguna relación de ningún tipo. Ni siquiera con alguien tan encantador como Joseph. Quería centrar todas sus fuerzas en encontrar de nuevo a su hijo Eugene. Solo eso le importaba.

Ante la insistencia de Joseph, Audrey le había contado aquella noche cómo la mujer de su amigo Michael McGale acababa de morir de un infarto repentino en un restaurante próximo a su consulta. Lo hizo de un modo atropellado y confuso, y demasiadas cosas quedaron por aclarar. Pero Joseph no la presionó para que le contara más de lo que Audrey quiso contarle. Esta dejó el apartamento poco antes del amanecer, tras despertarse de un sueño ligero e inquieto, cuajado de pesadillas. Joseph había pasado buena parte de la noche intentando serenar a Audrey en los peores momentos. Realmente era una buena persona. Pero Audrey debía seguir adelante. Ella sola. No quería involucrarle en lo que iba a ocurrir y en su incierto y temible desenlace.

Daniel estaba poseído por el Demonio. La madre superiora tenía razón. A Audrey ya no le quedaban dudas sobre eso. «Demuéstrame que lo que dices es cierto y creeré en ti», le había dicho Audrey al Daniel oscuro, cuando este dejó ver que era el Demonio y afirmó que podría contarle la verdad sobre Eugene. Audrey no le creyó, e ingenuamente le exigió una prueba. Él ansiaba dársela. Y lo hizo. La falta de fe de Audrey había condenado a la mujer de su amigo Michael. Una muerte más con la que su alma tendría que cargar. Ese fue el precio para que se le abrieran los ojos, porque ahora sí tenía fe. Ahora sí creía que Daniel sabía la verdad sobre Eugene, y que el Demonio hablaba por su boca.

Audrey deseaba conocer esa verdad. Lo necesitaba atormentadamente. Cada segundo que pasaba en la ignorancia de lo que había sido de Eugene era un nuevo clavo que le atravesaba el alma. El ser que poseía a Daniel podía acabar con ese sufrimiento. Pero Audrey tendría que pagar un precio por ello. Las enseñanzas de sus padres y su formación religiosa coincidían en que el Demonio nunca da nada a cambio de nada. Y a Audrey le aterraba perder lo único que aún le importaba, aparte de encontrar a Eugene: su alma.

Se hallaba en medio de dos abismos igual de profundos, entre los que parecía que iba a verse obligada a elegir. Pero había vuelto a la residencia con la firme esperanza de no tener que hacerlo. Días antes creía haber descubierto un modo de hacer hablar al ser diabólico que habitaba el interior de Daniel sin condenarse por eso irremisiblemente a las llamas del Infierno. Una sola posibilidad, que, además, salvaría también al viejo jardinero, inocente de todo aquello.

En pocos minutos, un sacerdote enviado por la diócesis de Boston llevaría a cabo con Daniel un ritual de exorcismo. La madre superiora se había ocupado de hacer los preparativos y de acelerarlos todo lo posible. Se mostró de acuerdo con la idea del exorcismo en cuanto Audrey se la propuso. La religiosa sospechaba ya desde hacía tiempo de la presencia del Maligno en Daniel, pero no quería ser ella quien propusiera un exorcismo, a no ser que Audrey estuviera también convencida. Y ese momento había llegado.

Ante la entrada de la residencia, quieta y con la mirada perdida en los vetustos muros, Audrey rezó. Por primera vez en muchos años, lo hizo con auténtica humildad. Le pidió a Dios que la ayudara en este trance, para que el exorcista consiguiera arrancar de Daniel al Demonio y para que ella pudiera arrancarle al Demonio la verdad sobre Eugene. Audrey sabía que el exorcismo era peligroso y que podría sacar a la luz hechos oscuros de su pasado, pero no había alternativa. Además, eso ya no la preocupaba. El Demonio no le mintió cuando dijo que nada es más importante que la verdad.

Se sentía débil y mareada. El hedor a enfermedad y orines rancios de la entrada le revolvió el estómago, aunque no había nada en él excepto un poco de agua. Llevaba tres días sin comer alimentos sólidos. El padre Tomás Gómez, que celebraría el exorcismo, le había comunicado a la madre superiora que un ayuno riguroso de todos los que fueran a asistir al ritual era imprescindible para combatir eficazmente al Demonio. Eso decidió que solo Audrey y el sacerdote participaran en el exorcismo de Daniel. La madre Victoria insistió con terquedad en hacerlo también, pero Audrey logró disuadirla. La psiquiatra argumentó primero que la edad avanzada de la religiosa no le permitiría un ayuno absoluto, pues eso pondría en peligro su salud. Pero la religiosa no cedió. Estaba dispuesta a arriesgarse si con eso ayudaba a liberar a Daniel del Maligno. Frente a esta actitud, Audrey utilizó otro argumento, el único capaz de convencerla: la fragilidad de la madre superiora no solo no ayudaría a Daniel, sino que podría fortalecer al ser que lo poseía y hacer que resultara imposible expulsarlo de él. La monja cedió por fin, para alivio de Audrey, aunque una parte egoísta de ella habría deseado que no lo hiciera.

El exorcismo iba a celebrarse en la habitación de Daniel. Era el lugar más discreto aparte de la sala de terapia, que enseguida fue descartada. Tanto a la madre Victoria como a Audrey les daba la impresión de que la sala era un «terreno favorable» para el Enemigo.

Antes de dirigirse hacia la habitación, Audrey pasó por el despacho de la religiosa. La conversación que mantuvieron fue corta. Empezó con una petición de la monja: «Ve con Daniel. Está muy asustado y el padre Gómez no me permite verlo. Nosotras rezaremos por él en la capilla», y terminó con un ruego afligido: «Que Dios nos proteja».

Un inusual olor a incienso se mezclaba con el tufo rutinario a desinfectante en el pasillo que conducía hasta Daniel. Delante de la puerta de su habitación, el exorcista esperaba a Audrey, vestido para el combate. Pues de eso se trataba, de un combate. Sobre el hábito llevaba puesta la túnica ceremonial de lino blanco, el alba, y de su cuello colgaba una estola morada. Cuando habló, fue muy directo en sus palabras:

—Señorita Barrett, soy el padre Gómez. Aunque la Iglesia recomienda ahora que esté presente un psiquiatra en los exorcismos, sus conocimientos científicos aquí no sirven de nada por sí mismos, así es que haga el favor de observar y no intervenir en ningún momento, salvo cuando yo se lo diga. ¿Estamos de acuerdo?

—Por supuesto.

Quizá por influencia del cine, Audrey esperaba encontrarse con un sacerdote ya anciano, de aspecto sabio y mirada profunda, con un gesto duro esculpido en mil batallas contra el Príncipe del Mal. Esa era la imagen que Audrey tenía de un sacerdote exorcista. Y no pudo evitar sentirse decepcionada, además de temerosa. El padre Gómez era un hombre joven, de origen puertorriqueño y gesto altivo. Su voz afectada y su comentario desdeñoso revelaban una soberbia que la inquietó. Un exorcismo es una lucha despiadada entre el Bien y el Mal, una tierra de nadie donde las fuerzas de ambos bandos se encuentran más igualadas que en ningún otro caso. Para vencer la batalla son necesarias fe y perseverancia. Pero también humildad. Un exorcista que carezca de ella puede caer fácilmente en las trampas del Demonio. Dios es quien sale victorioso en un exorcismo, y no el exorcista, que es su mero instrumento. Ojalá el padre Gómez no se olvidara de ello.

—¿Es este su primer exorcismo? —Audrey tuvo que preguntar. Había demasiado en juego.

—¡Claro que no! ¡Por supuesto que no es mi primer exorcismo!

—Me alegro. Para mí, sí lo es.

Él la miró con desdén y, sin añadir nada más, entró en la habitación de Daniel. Allí el olor a incienso era casi sofocante. Daniel estaba sentado encima de la cama. A su lado, el exorcista había puesto el crucifijo que normalmente colgaba de la pared. Y Audrey detectó también otro cambio: sobre la mesilla en la que solía haber una lámpara, el padre Gómez había colocado una imagen de la Santísima Virgen y dos pequeños recipientes, uno con agua bendita y otro con sal.

—¡Au… drey! Tengo… miedo.

—Vuelve a sentarte —le ordenó a Daniel el sacerdote, cuando vio que el anciano iba a levantarse de la cama.

—No hace falta que le hable así —dijo Audrey—. ¿No ve que está aterrorizado? Tranquilo, Daniel. Yo estoy aquí. No va a pasarte nada.

El exorcista puso una mueca exasperada, antes de decir:

—Señorita Barrett, ya le he dicho que usted debe limitarse a hacer lo que yo le diga. Si eso no le parece bien, será mejor que se marche ahora mismo y que no participe en el ritual. No se puede ser condescendiente con Satanás.

Audrey pensó: «Este no es Satanás, pedazo de imbécil. Es solo un pobre anciano retrasado que está muerto de miedo». Sin embargo, lo que dijo fue:

—Haré todo lo que me ordene.

—Muy bien —la voz del padre Gómez sonó aguda, de complacencia—. Puede empezar poniéndole esto a Daniel.

Al ver lo que el exorcista sacó de su maletín, Audrey tuvo que contenerse otra vez.

—Yo… no quiero… co… rreas.

La expresión doliente de Daniel le partió a Audrey el corazón.

—Daniel, ¿confías en mí?

—Sí.

—Entonces ¿me crees si te digo que es necesario que te pongas las correas? —Daniel asintió—. No las apretaré mucho.

—Apriételas todo lo posible.

Por tercera vez, Audrey no dijo lo que estaba pensando. La mirada de odio que le dirigió al exorcista fue más que elocuente.

—Tengo que hacerle caso al padre Gómez. ¿Lo entiendes, Daniel?

—Yo… con… fío… en ti.

Siguiendo las instrucciones del exorcista, Audrey ató con las correas las manos de Daniel; una a la cabecera de la cama y otra a su pie. El anciano quedó así con los brazos extendidos, como el propio Cristo que descansaba a su lado. La penosa imagen hizo asentir, satisfecho, al padre Gómez. Luego, rebuscó de nuevo en su maletín, del que esta vez sacó una pequeña cámara de vídeo digital.

—¿Va a grabar el exorcismo? —Esto había cogido a Audrey por sorpresa. Se había resignado a que, durante el ritual, pudieran revelarse acontecimientos de su pasado que habría preferido mantener ocultos. Pero nunca se le ocurrió que fueran a quedar registrados en una cinta.

—Yo grabo todos mis exorcismos. De hecho, es preceptivo cuando los medios técnicos lo permiten.

—¿De verdad lo cree necesario, padre Gómez?

En la respuesta de él volvió a percibirse su hiriente y peligrosa soberbia.

—El registro de imagen y sonido en el exorcismo es un procedimiento habitual en el siglo XXI. ¿Acaso le molesta?

«Claro que me molesta, engreído de mierda».

—No. No me molesta.

El padre Gómez puso la cámara digital sobre una cómoda apoyada en la pared hacia la que miraba Daniel. Después de graduar el zoom y el enfoque, oprimió el botón de grabación y volvió atrás.

—Empecemos de una vez. La cámara ya está en marcha. Puede orar en silencio por Daniel, pero se lo repito una vez más: no intervenga en ningún momento, salvo cuando yo se lo ordene expresamente.

—Así lo haré.

El exorcista se colocó a la izquierda de Daniel e indicó a Audrey que se pusiera al otro lado. La psiquiatra vio al padre Gómez mirar al objetivo de la cámara. Él mostraba una estúpida autocomplacencia. Incluso llegó a arreglarse los cabellos, como si fuera a prepararse para un concurso de belleza masculina, en vez de para un combate contra el Demonio. Por fin, sacó de un bolsillo el libro con el ritual del exorcismo y, tras cerrar los ojos, comenzó a orar para sus adentros. Terminado el rezo preparatorio, hizo la señal de la cruz, que exhortó a Audrey a hacer también, y dijo:

—En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo… Usted debe responder «amén».

—Amén.

Extendiendo los brazos y las manos, el exorcista prosiguió:

—Dios, Padre Omnipotente que quiere que todos los hombres se salven, esté con todos vosotros. —Hacia Audrey, dijo—: Y con tu espíritu.

—Y con tu espíritu.

—Daniel, te pido tu permiso para expulsar a los demonios que te atormentan. ¿Me lo concedes?

Daniel no sabía qué responder. Por eso, miró a Audrey, que asintió y le dijo en un murmullo: «Di que sí».

—Sí… Sí.

Ahora, el exorcista tomó un puñado de sal, que echó en el recipiente con agua bendita:

—Te suplicamos, Dios Todopoderoso, que bendigas en tu bondad esta sal creada por ti. Tú mandaste al profeta Eliseo arrojarla en el agua estéril para hacerla fecunda. Concédenos, Señor, que al recibir la aspersión de esta agua mezclada con sal nos veamos libres de los ataques del enemigo, y la presencia del Espíritu Santo nos proteja siempre. Por Jesucristo, nuestro Señor…

El padre Gómez volvió a mirar hacia Audrey. Pero ella no contestó «Amén». Estaba ensimismada.

—¡Responda amén! —exclamó el padre Gómez.

—Amén.

Airado, el exorcista comenzó la súplica litánica. La furia de su voz desvirtuó las dulces palabras de la oración:

—Queridos hermanos, supliquemos intensamente la misericordia de Dios, para que, movido por la intercesión de todos los santos, atienda bondadosamente la invocación de su Iglesia a favor de nuestro hermano Daniel, que sufre gravemente.

El anciano estaba sufriendo, sí. Pero el demonio que llevaba dentro no parecía resentirse en absoluto por el ritual. De hecho, Audrey aún no había notado siquiera su maléfica presencia.

—Arrodillémonos para comenzar las letanías —dijo el exorcista—. Tú no, Daniel.

Este no habría podido arrodillarse aunque hubiera tenido que hacerlo, porque las correas que lo sujetaban a la cama se lo habrían impedido. El jardinero sudaba. De la frente húmeda le caían gotas sobre los ojos sin que pudiera limpiárselas con sus manos atadas. Audrey vio la mirada suplicante del anciano y estuvo a punto de levantarse para enjugarle ella misma el sudor. No lo hizo porque sabía que, en ese caso, el exorcista la echaría de la habitación. Fijó cobardemente su mirada en el suelo, incapaz de soportar la angustia de Daniel.

—Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.

Así inició el padre Gómez una monótona y larga oración, por la que se imploraba a Dios, la Virgen, los ángeles y todos los santos que intercedieran por Daniel. El ruego terminó con las palabras: «Cristo, escúchanos». Fue entonces cuando Audrey, que tenía ya doloridas las rodillas desnudas, levantó de nuevo los ojos hacia Daniel. Él la observaba fijamente. Y Audrey no habría necesitado leer en sus labios las mudas palabras «Aquí estoy» para saber que el Demonio había ocupado una vez más su cuerpo. De nada de esto se percató el padre Gómez, ni tampoco de cómo le temblaban las piernas a Audrey cuando él dijo:

—Levantémonos. Señor y Dios nuestro, a quien pertenece compadecerse siempre y perdonar, escucha nuestra súplica para que la compasión de tu misericordia libere a este servidor tuyo, Daniel, que está sujeto por las cadenas del dominio diabólico. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

—A… mén —dijo Audrey con voz entrecortada.

El inocente jardinero había abandonado la habitación. Su cuerpo lo habitaba ahora el ser que llevaba atormentándolo desde el incendio del convento. Con ese fuego se inició el torrente de sucesos casi inimaginables que había desembocado en este exorcismo, en el preciso momento de medir realmente las fuerzas del Bien y del Mal. Porque los dos contendientes se encontraban ya en el campo de batalla.

—Buenas tardes, padre Gómez —dijo el Daniel oscuro, en un remedo de burlona cortesía. Mientras hablaba, se dedicó a mirar con curiosidad las correas que lo aferraban a la cama.

—¡Por fin te atreves a mostrarte, cobarde Satanás!

Audrey tuvo que reconocer que el exorcista había identificado al momento la presencia diabólica y que no se había amilanado ante ella. Lo que Audrey deseaba era que esa entereza se mantuviera y que su exceso de confianza no le hiciera fracasar.

—¿Me llamas cobarde, sacerdote?

El tono del Daniel oscuro seguía siendo burlesco, pero el exorcista ignoró sus palabras. Eso le habían enseñado a hacer. Aferró con más fuerza que nunca el libro que sostenía entre las manos, y leyó:

—Bajo la protección del Altísimo, les he dado poder de caminar sobre serpientes y para vencer todas las fuerzas del enemigo…

—¿No me contestas? ¿Te niegas a escucharme? —preguntó Daniel.

El padre Gómez alzó la voz:

—Tú eres, Señor, mi refugio. Tú que vives al amparo del Altísimo y resides a la sombra del Todopoderoso, di al Señor: «Mi refugio y mi baluarte, mi Dios, en quien confío». Tú eres, Señor, mi refugio.

—Eso pensaba también aquella muchacha de Guatemala… Que el Señor era su refugio. Pobre insensata…

El exorcista vaciló. Su silencio no llegó a durar un segundo, pero Audrey se dio cuenta de que vaciló antes de proseguir con la letanía:

—Él te librará de la red del cazador y de la peste perniciosa…

—Vivía en aquella cabaña infecta —siguió hablando Daniel, con su voz insidiosa—. Tenía solo doce años, ¿verdad?

Audrey se apartó aún más de Daniel. Este seguía sentado en el borde de la cama, con los brazos extendidos. Pero su semejanza con un Cristo crucificado resultaba ahora blasfema. Daniel exhalaba una maleficencia casi física, con la que Audrey temía contagiarse, quizá irracionalmente. O quizá no. El padre Gómez se mantuvo firme, en cambio. Aunque Audrey juraría que, de no haber tenido él que sujetar el libro del ritual entre las manos, se habría tapado con ellas los oídos para no tener que escuchar las palabras venenosas de Daniel.

—… Te cubrirá con sus plumas —dijo el exorcista, en voz más alta—, y hallarás un refugio bajo sus alas. No temerás los terrores de la noche, ni la flecha que vuela de día, ni la peste que acecha en las tinieblas, ni la plaga que devasta a pleno sol. Tú, Señor, eres mi refugio.

—La niña tenía solo doce años, sí. Y ya guardaba un pequeño secreto.

Daniel miró a Audrey, que se estremeció.

—Aunque caigan mil a tu izquierda y diez mil a tu derecha, tú no serás alcanzado: su brazo es escudo y coraza…

—¡ESCÚCHAME, SACERDOTE!

Las correas se rasgaron por sí solas con un ruido breve y seco. Una ráfaga de aire fétido les agitó las ropas. El grito de Audrey se perdió entre las manos con las que se tapó la boca.

—… Con solo dirigir una mirada, verás el castigo de los malos.

Nervioso, el padre Gómez continuó. Pero Daniel volvió a interrumpirle mientras se desataba tranquilamente los restos de las correas que seguían atados a sus muñecas:

—He dicho que… ¡ME ESCUCHES!

El exorcista se quedó rígido y, luego, comenzó a andar hacia atrás, hasta estrellarse contra la cómoda sobre la que descansaba la cámara digital. Faltó poco para que el fuerte impacto la hiciera caer al suelo. Alguien que viera grabado ese momento podría pensar que fue el propio exorcista quien caminó de espaldas y se tropezó accidentalmente con la cómoda. Pero Audrey sabía que no era eso lo que había ocurrido. Ella vio la mueca de pánico que se apoderó del rostro del padre Gómez. El exorcista no se había movido por su voluntad. Daniel le había hecho moverse como una marioneta. El anciano jardinero habló otra vez. Y su voz era temible:

—Tú la mataste.

—¡Fue el demonio que la poseía quien la mató!

Así se defendió el exorcista. Estaba gateando por el suelo, bajo la pérfida mirada de Daniel, con el rostro desencajado y balbuceando: «El libro, ¿dónde está el libro?».

—¿Sabías que estaba embarazada?

El padre Gómez se quedó mudo y se detuvo. No lo sabía. Audrey, que estaba acurrucada en una esquina, se limitaba a observar. El libro que buscaba el exorcista había ido a parar entre los pies de Daniel, que lo cogió del suelo y se lo lanzó por el aire.

—Aquí tienes tu libro, sacerdote.

Él se incorporó a duras penas, con el libro aferrado en su mano diestra. Respirando agitadamente, buscó el punto del ritual en el que este se había interrumpido, pero no consiguió encontrarlo. Desesperado, agarró la cruz que había sobre la cama y, poniéndola entre él y Daniel, a modo de escudo, comenzó a leer a gritos en una página cualquiera:

—¡Apártate de este siervo Daniel, a quien Dios hizo a su imagen, colmó con sus dones y adoptó como hijo de su misericordia! ¡Te conjuro, Satanás, príncipe de este mundo: reconoce el poder y la fuerza de Jesucristo, que te venció en el desierto…!

Estas palabras hicieron que ocurriera lo que ya parecía imposible. Daniel empezó a retorcerse, como si las simples palabras fueran flechas ardientes. Audrey contempló horrorizada los terribles cambios que se desataron en el cuerpo del anciano y que la cámara no llegó a captar de un modo claro. Algo se movía por debajo de la piel de Daniel. Algo escurridizo, que deformó su cara y que le hizo arrancarse la camisa entre aullidos de dolor.

—¡Dios, Dios, Dios! —gimió Audrey.

El torso de Daniel estaba surcado por una malla de venas negras. Palpitantes. Vivas. Que iban cambiando de forma y de posición por debajo de su piel. Audrey se volvió hacia el exorcista. La expresión de él era casi lunática. Y la misma locura se transmitía a sus palabras, dichas a voces:

—¡… Superó tus insidias en el Huerto, te despojó en la cruz y, resucitado del sepulcro, transfirió tus trofeos al reino de la luz: retírate de esta criatura, de Daniel, a la cual Cristo al nacer hizo su hermano y al morir lo redimió con su sangre! ¡TE CONJURO, SATANÁS, QUE ENGAÑAS AL GÉNERO HUMANO…!

De la boca de Daniel surgió una mezcla de mil voces abominables, que gritaron su agonía en mil lenguas distintas. Era el momento. El demonio que poseía a Daniel estaba a punto de ser derrotado. Audrey tenía que preguntarle por Eugene. Ahora que estaba más débil que nunca. Antes de que el exorcista lo expulsara por completo.

Audrey se arrodilló junto a la cama en la que Daniel continuaba retorciéndose, aullando de un modo espeluznante. El padre Gómez estaba tan absorto que no se molestó en reprenderla. Se limitó a proseguir con el ritual, gritando con todas sus fuerzas las palabras que creía poderosas. Del oído derecho de Daniel emergió de pronto un líquido negro que salpicó el rostro de Audrey. Olía a muerte y a decadencia. Ella sintió una arcada y, a continuación, unos dolorosos calambres le comprimieron el estómago vacío. Con un sabor amargo a bilis en la boca, Audrey se dispuso a preguntarle a Daniel qué había ocurrido con su hijo Eugene. La cara de Daniel estaba mirando al lado contrario de la psiquiatra. Cuando la volvió hacia Audrey, todas sus esperanzas se desvanecieron.

El demonio que lo poseía y que el exorcista pensaba estar muy cerca de derrotar, le había guiñado un ojo, como ya hiciera en otra ocasión. Había vuelto a engañarla. Los había engañado a los dos. Una risa cruel e infinitamente remota surgió de aquella criatura maléfica, que gritó:

—¡TODO ES INFIERNO!

Las palabras del exorcista se detuvieron. Y Audrey, simplemente, se rindió.

—Acércate —pidieron las voces demoníacas que hablaban como una sola. Ellas susurraron algo al oído de Audrey. La verdad que ansiaba conocer.