Mi nombre es Eibon, hijo de Milaab, el hijo de Uori. Nací en la ciudad
de Iqqua, en el trigésimo cuarto año del reinado del rey Xactura, monarca al
que mi padre sirvió como encargado de los archivos tal como su padre lo había
sido antes de él. A su vez, este cargo tendría que haber recaído en mí; pero
los hados inescrutables decretaron otra cosa, y la fortuna de nuestra casa
decayó; y mi desventurado padre fue conducido al solitario exilio y a una
prematura muerte por el maleficio de los fanáticos e inquisitoriales sacerdotes
que servían a la diosa Yhoundeh.
La autoridad temporal de esta jerarquía había ido aumentando en Iqqua,
debido a que el rey, vuelto decrépito y senil por el paso de los años, había
caído bajo la influencia del archipontífice, cuya elocuente oratoria había
logrado que el envejecido monarca desatara una persecución contra todos
aquellos considerados como heréticos. Mi padre había incurrido en la ira de
este sumo sacerdote a causa de sus inocentes investigaciones de anticuario
sobre los rituales prohibidos de Tsathoggua, una oscura divinidad cuyo culto
había florecido en ciclos anteriores pero que se encontraba entonces
extinguido. Los fanáticos que servían a Yhoundeh consideran a este dios como
una abominación y habían logrado desde hacía mucho tiempo extirpar todos los
rastros de este aborrecido culto dentro de las fronteras de los territorios que
se encontraban sujetos a la soberanía del rey Xactura.
Huérfano de este modo en mi tierna juventud, tuve la fortuna de
convertirme en aprendiz de un mago de inmenso y fabuloso renombre llamado
Zylac, cuya casa pentagonal de gneis negro —que posteriormente pasaría a ser
mía por herencia— se levantaba sobre un desolado promontorio que dominaba las
playas del mar boreal. Allí me sentía a salvo de toda persecución que los
inquisidores de Iqqua pudieran emprender contra el único hijo del herético
archivista, porque hasta entonces los sacerdotes no ejercían su dominio sobre
los desiertos páramos y los solitarios riscos de Mhu Thulan, de cuyas áridas y
apartadas fragosidades mi maestro y yo éramos en ese entonces los únicos
habitantes.
Este Zylac el archimago era de estatura alta e imponente, con
tendencia a la delgadez. Su carne, de un tinte cetrino oscuro, estaba cubierta
de una red de finas arrugas, ya que su vigor había sido prolongado más allá de
la normal cantidad de años que es concedido vivir a la mayor parte de la
humanidad. Con una barba de patriarca, su rostro sombrío era severo y lleno de
sabiduría, y sus refulgentes e intensos ojos, de una rara pigmentación
amarilla, eran en extremo penetrantes. Su comportamiento era afable y sereno
pero distante; y su bondad hacia mí era poco común, porque a semejanza de la
mayor parte de los taumaturgos, se mantenía alejado de la compañía de sus
semejantes humanos, y vivía en medio de los desolados desiertos, prefiriendo el
contacto con espíritus del otro mundo y con los ultraterrenos habitantes de
remotas esferas al contacto con los hombres.
Pero mi padre, en su calidad de archivista supremo, había hecho
frecuentes favores al archimago pues le procuró, para su uso, ciertos raros
rollos de preciosos volúmenes u oscuros códices del saber antiguo. Por lo cual
puede decirse que, al aceptar mi propuesta de convertirme en su aprendiz, el
sabio Zylac no había hecho otra cosa que recompensar muchos antiguos favores
recibidos.
Ahora bien, las dotes profundas y preternaturales de Zylac le habían
atraído la envidia, mezclada con respeto, de sus colegas que practicaban las artes
de la magia negra en las regiones más populosas situadas al sur de la suya; por
cuyo magisterio superior era considerado como preeminente entre los magos de
Hiperbórea. Bajo su paciente tutela estudié muchos amarillentos rollos de
pergamino de pterodáctilo, en los cuales los magos prehistóricos del inmemorial
Mu habían redactado las más abstrusas de las fórmulas obtenidas de los
demonios.
Hasta altas horas de la noche, a la luz amarillenta de altas velas de
sebo de cadáver, leía con cuidado placas recobradas de los senderos de los
glaciares en avance de la olvidada Thule, de cuyas runas escritas con sangre
aprendí el saber terrible y blasfemo que se creía hubiera muerto en el
trascurso de las eras. A través de ladrillos jeroglíficos de arcilla roja
cocida, traídos de las islas tropicales de Antilla, en las cuales sahamanes
bárbaros habían preservado sus rituales antiguos y de otro modo olvidados,
llegué a conocer las suprimidas letanías de los Antiguos.
Finalmente, mi mentor me reveló las selladas crónicas de las oscuras y
míticas civilizaciones que habían florecido innumerables eras antes de la
aparición del hombre. Estremeciéndome, examinaba las antiguas teurgias de los
Voormis, casi humanos y cubiertos de piel, que en anteriores ciclos habían
celebrado con arcaicas y grotescas ceremonias a ese mismo Tsathoggua por el
estudio de cuyas abandonadas liturgias mi desventurado padre había sufrido la
fatal ira del hierofante.
Además, estudié cuidadosamente tabletas primordiales de un metal
brillante e imperecedero donde había columnas verticales de una extraña
escritura cuneiforme grabada con líneas tan bien delineadas que parecían haber
sido hechas con hojas de plumas diamantinas mojadas en un corrosivo veneno. Mi
maestro me informó gravemente que en ellas el saber oculta de los seres
serpientes prehumanos, cuyo olvidado continente había sido partido por un
cataclismo volcánico y se había hundido en el abismo un número indeterminado de
eras antes que la tierra de Hiperbórea emergiera del fango primordial, se
hallaba preservado del deterioro de las eras geológicas.
Mi maestro había realizado sus estudios más profundos sobre las
ciencias mágicas de estas especies desaparecidas, en particular; porque era su
más firme convicción que los seres serpientes habían alcanzado un conocimiento
superior de las fuerzas que componen la matriz de la Plenitud del espacio y del
tiempo, y que su dominio de este saber había superado en gran medida los
arcanos más rudimentarios de los Voormis semibestiales de los habitantes
prehumanos de la última Thule, sumergida por los glaciares.
Durante innumerables años mi mentor había tratado de encontrar
inscripciones antiguas que dataran de la antigua edad de la raza serpentina,
sus tabletas cuneiformes de metal perdurable, sus horripilantes ídolos ofídicos
y sus monolitos cubiertos de glifos. En el curso de su gradual adquisición de
la ciencia de éstos, mi maestro tuvo que reconocer varias dificultades
insuperables, la más importante de las cuales era la imposibilidad casi
completa de subordinar los preconceptos e inclinaciones de una facultad cognoscitiva
meramente humana a las filosofías cósmicas y totalmente extrañas de los seres
serpientes. Creía que con el trascurso del tiempo llegaría a superar estas
barreras al completo dominio de las invocaciones ofídicas.
En lo que a mí respecta, mientras que voluntariamente reprimía mi
innata reacción contra el extraño carácter reptil de estos seres, y facilitaba
los experimentos de Zylac con todas las capacidades de que disponía, debo
reconocer mi profunda e instintiva repugnancia a estos ofidios, cuya conciencia
fríamente inhumana despertaba en mi interior una terrorífica aversión. Era
propio de sus orígenes que hubiesen sido adeptos a los abominables cultos del
Padre Yig, del oscuro Han y de Byatis, la serpiente barbuda, ya que estas
espantosas entidades nunca gozaron del culto de seres humanos en este planeta.
No podía racionalizar mi sentido del horror y del asco, sino que algo
en su filosofía desapasionada y contraria a la de los mamíferos despertó en mí
un prodigioso malestar, junto con una inquietante ansiedad y ciertas
premoniciones de inminentes peligros que no podía detallar con certeza. Traté
en vano de comunicar estos vagos y ominosos presagios a mi mentor; pero, con el retraimiento y
vehemencia propios de alguien llevado por sus investigaciones más allá del
límite extremo del conocimiento humano permisible, desestimó mis inconsistentes
presentimientos, los atribuyó a las supersticiones de la inmadurez, e
imprudentemente continuó con sus estudios cabalísticos.
Como el continente natal de "la raza ofídica había sucumbido ante
un cataclismo natural en las más remotas edades del tiempo registrado, el
archimago tuvo forzosamente que buscar sus restos y archivos en las enmarañadas
profundidades del abandonado continente meridional de Thuria. Allí, donde ciudades-mausoleo
de estelas rajadas y templos vencidos por las eras se iban convirtiendo pedazo
a pedazo en montones de escombros, encontró algunas de sus ruinas misteriosas y
de pérfida reputación, que coexistían en inquietante proximidad con los restos de
las más antiguas moradas humanas, que eran las de los brumosos y míticos
Valusios, una cultura extinguida que algunos sabios consideran como un remoto
ancestro de la nuestra.
En el undécimo año de mi noviciado, el archimago volvió de una de esas
solitarias expediciones por las intransitadas profundidades de las junglas de
Thuria trayendo consigo un singular artefacto cargado de terribles y espantosos
presagios. Este objeto era un repulsivo rollo prehistórico de arcaica grafía,
rescatado de la ruinosa necrópolis de una ciudad antediluviana en la cual había
reposado durante varias eras geológicas, preservado de la erosión del tiempo
dentro de un tabernáculo de bronce.
Desplegó este códice ante mí en un estado de muy intensa excitación,
porque creía que el voluminoso tomo, con sus páginas de placas de metal
cubiertas de escritura cuneiforme, encuadernado en piel coriácea y curtida del
extinguido diplodoco, no era otra cosa que el propio grimorio o testamento
mágico del célebre y sagaz Zloigm, un importante mago de la raza serpentina que
había sido tan preeminente entre los taumaturgos de su incierta y remota época
como lo era mi maestro entre los magos de su propio tiempo, y cuyos legendarios
logros en el arte de la nigromancia me había narrado frecuentemente mi maestro.
Dejándome entregado a mis estudios preordenados, Zylac llevó este
primitivo manual de hechicería a lo más recóndito de sus aposentos privados, y
durante un período de siete días y siete noches no lo vi en absoluto, mientras
él estudiaba infatigablemente el códice prehumano, esforzándose por traducir la
primera de las tenebrosas ceremonias de invocación de los espíritus malignos
que contenía, de la críptica escritura cuneiforme de los hombres ofidios a
nuestra propia lengua. Al emerger en su cámara, al fin de la reclusión mi
maestro Zylac anunció el buen resultado de sus esfuerzos, ya que había logrado
—como entonces supuso una transliteración tentativa pero completa del conjuro
inicial preservado en el grimorio de Zloigm.
Sucedió que esta letanía resultó ser nada menos que una invocación al
propio genio nacional o demonio tutelar de la raza serpentina. Al finalizar el
rito, el practicante podía anticipar la manifestación real de esta entidad
espiritual conjurada de este modo en
forma humana, desde sus oscuros límites en alguna dimensión superior del
espacio, o desde cualquier recóndito y sobrenatural plano de la existencia que
habitualmente ocupara. En esta segunda ocasión volví empero a hacer todo lo
posible para despertar el latente sentido de la precaución de mi maestro,
argumentando que estaban lejos de ser claras todas las implicancias de un
hechizo extraño de un uso tan inusitado y desconocido, y de un objeto sumamente
incierto.
Sin embargo, su ferviente entusiasmo le hizo nuevamente olvidar toda
elemental precaución. Y aquella noche sus cerrados aposentos privados resonaron
con las cacofonías de la antigua ceremonia. Con los más funestos
presentimientos, traté de cerrar mis oídos a las modulaciones de los vocablos
toscos y atroces, producto de un modo de hablar extraño en tal grado, que la
lengua humana nunca fue apta para pronunciar su sibilante ulular. Pero la
liturgia de Zloigm seguía gimiendo, y tuve que escuchar, involuntariamente sin
embargo, las abominaciones verbales.
Al amanecer mi maestro reapareció, temblando de fatiga, con sus
penetrantes ojos amarillos febriles de regocijo, con su vigor aparentemente
incólume a los rigores de la ordalía nocturna. Me informo que el conjuro había terminado en un
fracaso, y la esencia de la raza ofídica había rehusado aceptar una
manifestación humana; pero el imprudente e incauto Zylac seguía teniendo
confianza en el logro final de la manifestación. Después de un examen más
exhaustivo del grimorio, había encontrado finalmente un elemento ausente que
consideraba ahora indispensable para la exitosa realización de la invocación, y
éste era cierto elixir cuya fórmula había pasado por alto de algún modo durante
su anterior lectura del códice.
Parece que los conjuros nigrománticos de los seres serpiente eran horriblemente
diferentes en sus formas profundas y elementales de los rituales utilizados por
los magos meramente humanos de las civilizaciones más recientes, y que
requerían que se tomaran raras y curiosas drogas o pociones, con cuya ingestión
podía alcanzarse una especial condición de receptividad provocada por el
narcótico. Solo en el estado semejante al trance que suponía resultaría del uso
de este pernicioso narcótico, Zylac podía esperar percibir la ansiada visita o
descenso del genio astral que percibían los ofidios, y que era demasiado sutil
como para ser percibido de otra manera, con los toscos sentidos de la carne.
Otra vez resultaron desatendidas mis advertencias desesperadas y
sumamente apremiantes, y el archimago se puso a trabajar entre los atanores,
incensarios y retortas, los burbujeantes recipientes y los crisoles hirvientes
de su laboratorio de alquimia, preparando una maloliente poción, de cuyos
ingredientes los menos repugnantes y peligrosos eran gotas de raíz de
mandrágora, bilis de basiliscos, jugo del mortífero antiar, icor de los
esquivos catoblepas, habitantes de la montaña, y orina hirviente de los
wyverns. Imprudentemente apuró hasta las heces este licor indeciblemente
detestable apenas terminó de prepararlo, retirándose luego a sus aposentos para
repetir la demoníaca letanía y para esperar la materialización del
demonio-serpiente en el estado de narcosis que exigía el grimorio.
Pero cuando los primeros rayos de la aurora tiñeron de sangre la parte
más alta de su torre, y se levantó del catafalco de seda que utilizaba como
diván, estaba pálido, descolorido y con el ánimo abatido, ya que el ritual
había terminado nuevamente en completo fracaso, y ningún personaje sobrenatural
había descendido en el círculo del conjuro durante el sueño nocturno, hipnótico
y carente de sueños, de Zylac.
En los días que siguieron trabajé junto a mi mentor y nos esforzamos
por retraducir juntos, con un grado mayor de exactitud, los arcaicos caracteres
que estaban grabados en las placas metálicas del grimorio prehistórico. Nuestro
conocimiento de la escritura de los pre-Valusios era impreciso y en ciertos
aspectos sumamente conjetural, y a esta imperfección en el conocimiento de la
lengua ofídica atribuía mi maestro los resultados negativos de la invocación y
del brebaje narcótico. De este modo, nos dedicamos durante cierto tiempo a
estudios lingüísticos y gramáticos, tediosos y rigurosos, pero sin llegar,
empero, a descubrir ningún elemento fundamental, ni en la realización del
ritual ni en la preparación del elixir, por el cual pudiéramos explicar el
fracaso del conjuro.
Durante esas tareas diurnas compartidas, no pude dejar de notar en el
aspecto de mi maestro ciertas señales de un deterioro físico de rápido avance,
que al principio atribuí a los rigores de nuestra ardua e ininterrumpida labor.
Su rostro, por lo general delgado y atezado, se volvió extrañamente abotagado,
y su tez, de ordinario oscura, fue adquiriendo en forma gradual una rara y
glauca palidez; y la textura de su epidermis, normalmente flexible y elástica,
se fue tornando de un modo singular e inquietante áspera y escabrosa, mostrando al poco tiempo los estigmas de una
inusitada escamosidad, que no podía explicarse por ningún grado de fatiga.
Una reserva natural me impedía hacer notar al propio Zylac estas
observaciones demasiado personales sobre su aspecto. Pero la verdosa y nauseosa
palidez de su semblante se fue haciendo claramente pronunciada con el tiempo,
lo mismo que la rugosa y escamosa condición de su piel.
Pronto noté asimismo que farfullaba y sibilaba curiosamente al hablar,
y que tenía tendencia a pronunciar las vocales con un prolongado susurro muy extraño a sus acentos
habituales. Sin embargo, estos signos de degeneración física no se extendieron
a su manera de estar de pie o de caminar, porque en esos aspectos no observé el
menor deterioro de sus facultades. En realidad parecía deslizarse por los
apartamentos y cámaras de la torre con una desacostumbrada flexibilidad, y una
gracia casi rejuvenecida, y sus propios ademanes se animaron de una curiosa blandura, una fluidez de
movimientos tal que parecía no tener huesos, que yo encontraba tan extraña,
como repulsiva, para mí.
Durante este intervalo comencé a experimentar una indescriptible
aversión al contacto con él. Hasta el más casual apretón de manos u otro
contacto familiar despertaban en mi interior un estremecimiento de repugnancia
que parecía virtualmente instintivo y que no podía explicar, así como tampoco
podía fingir ignorarlo. Encontré pronto que trataba de evitar basta su sola presencia
todas las veces que me era posible; y como durante este período aconteció que
se produjo una rara conjunción de los planetas Yli-diomph y Cykranosh —nombres
con los cuales los astrólogos hiperbóreos denominan a Júpiter y a Saturno— encontré una ocasión para evitar completamente su compañía.
Alegué que la extraordinaria significación horoscópica de este
infrecuente aspecto planetario requería mi dedicación durante las horas de la
noche y que, como tendría en consecuencia que dormir en los períodos diurnos,
se imponía mi total ausencia de su lado. Abstraído en sus estudios
gramaticales, el archimago me dio distraídamente permiso para ello, y, separado
de él de esta manera, evité con gran alivio el malestar que me causaba su
proximidad.
Al terminar esta conjunción celeste, no tuve más remedio que volver
con el archimago; pero encontré, con indescriptible alivio que, entretanto,
éste había decidido encerrarse dentro de sus aposentos y que ya no necesitaba
ni, por eso mismo, deseaba, más ayuda de mi parte.
A partir de entonces, durante muchos días no lo vi; pero
frecuentemente oía, por encima del incesante bullicio de las olas que venían a
estrellarse y cuya agitada espuma hervía alrededor de la base del acantilado
sobre el cual estaba edificada nuestra morada, los sordos cánticos de ciertos
rituales que resonaban dentro de las puertas cerradas de sus aposentos
privados. Y por la noche vislumbraba el resplandor de fuegos de sacrificio o
invocatorios que vacilaban dentro de los arcos góticos de sus estrechas
ventanas como la fosforescencia de la descomposición dentro de las oscuras
cuencas vacías de una calavera. Pronto creí olfatear en el viento del mar el
humo acre de inexplicables sahumerios llevado a las ventanas de mi nariz desde
sus habitaciones, o sentí el pesado batir de unas extrañas e invisibles alas en
torno del piso más alto, donde moraba, que indicaba la llegada de genios
potentes y extratelúricos desde astros remotos.
Lo que intrigaba y confundía mi frustrado conocimiento respecto de
esos curiosos fenómenos era que ellos diferían por completo de sus rituales
mágicos anteriores, los que habían estado dedicados únicamente a la
reconstrucción tentativa de la horrible invocación del espíritu elemental de la
raza de los sagaces ofidios. No obstante, estos ritos de ahora eran distintos
en sus fines y en su naturaleza; y entre el zumbido de sus letanías oídas a
medias creí reconocer uno de los más terribles y severos de los famosos
exorcismos de Pnom, mientras que los aromas del incienso que llevaban hacia mí
los ululantes vientos tenían el olor de varios de los perfumes de potencia
antidemoníaca utilizados habitualmente para alejar, u obtener la expulsión, de
indeseables visitantes de los planos astrales o etéreos. Parecía como si, por
alguna razón que escapaba de mi comprensión, toda la substancia y el fin de los
esfuerzos de Zylac hubieran recientemente cambiado, de un intento de invocar a
cierta Presencia divina, a un esfuerzo —que pronto se tornó delirante y hasta
histérico por su vigor— para hacer salir de
allí a alguna entidad innominada y transmundana, no solo considerada como
indeseable, sino también evidentemente temida con una violenta repugnancia y
terror, cuya desesperada intensidad yo no podía comprender, pero que despertó
en mí las más espantosas y horribles premoniciones.
Cuando varios días habían pasado de ese modo, desde que Zylac se había
encerrado tan misteriosamente fuera de mi vista dentro de la reclusión de sus
aposentos, sin salir de allí ni una vez para alimentarse o distraerse, hice
acopio de valor y golpeé la puerta de su cámara, preguntando solícitamente por
su estado de salud. A mis oídos solo llegó el silencio de la habitación situada
al otro lado; eso, y un singular e inexplicable ruido de frotamiento. Al reiterar mis ansiosas preguntas, logré al fin
obtener una respuesta del interior; pero el habla de Zylac había caído en un
estado tan farfullante y sibilante durante el período que acababa de
trascurrir, que solo haciéndolas repetir logré comprender sus palabras: éstas
eran una severa advertencia para que me abstuviera de entrar, y dejara de
perturbar sus experimentos de hechicería, ya que no necesitaba nada.
Y otra vez llegó a mis oídos ese ruido horriblemente sugestivo de algo que frotaba o rozaba, como si algún
bulto grande, torpe y rugoso se estuviera arrastrando lenta y penosamente sobre
el piso de mosaicos de la cámara situada del otro lado de la puerta.
Se me ocurrió pensar entonces que la degeneración corporal cuyas
señales había distinguido anteriormente en el aspecto y en el porte del
archimago quizá había avanzado durante su prolongado y furtivo evitar de mi
presencia y que el proceso degenerativo tal vez había afectado su mente, hasta
el punto de trastornar su sano juicio. Por lo cual, sin hacer caso de sus
exhortaciones para que me abstuviera de entrar y lo dejara solo como deseaba,
exhortaciones que me fueron comunicadas en una imitación tan repugnante del
habla humana, con un horripilante silbido
que se prolongaba en los sonidos aspirados, que hacía casi irreconocibles
las palabras, forcé ambas hojas de la puerta.
Clavé la vista en Aquello que se retorcía y se deslizaba con hórrida y
serpentina gracia sobre el piso de mosaicos, y, dando un alarido de increíble
horror, huí de la visión de la Cosa: quedó grabada para siempre en mi
palpitante cerebro la brevísima y sumamente evanescente imagen de esta suprema
abominación. Tomando una garrafa de vidrio llena del Alkahest, que todo lo
devora, vacié impulsivamente su corrosivo contenido sobre la innominada
anormalidad que se retorcía y se deslizaba sobre su vientre; y ésta desapareció entre
los vapores hirvientes y fétidos, con un sobrenatural e infrahumano grito
sibilante.
Y supe entonces que ninguna cosa viviente podía resistir, ni por un
instante, el bautismo con aquel potente ácido; empero me volví y huí de la alta
casa de gneis negro que se elevaba sobre su escarpada elevación por encima de
las atronadoras olas del océano septentrional; e, ignorando los peligros
implícitos en la potencial venganza de los sacerdotes de Yhouhdeh, me encaminé
hacia las más saludables regiones meridionales y los modos habituales de trato
humano normal durante una temporada.
Y cuando, con el tiempo, volví para establecer nuevamente mi morada en
la torre pentagonal que se alzaba sobre el desolado promontorio de la península
extrema de Mhu Thulan, que era ahora mi propia heredad, y para reanudar mis
estudios ocultos, lo hice con la inconmovible determinación de evitar para
siempre toda práctica o lectura cuidadosa de los aborrecibles y atroces rituales
de los conscientes ofidios de la prehumana Valusia ... recordando aquella Cosa
verde, escamosa y viscosa que se había desenroscado del otro lado del umbral de
la cámara interior, alzando hacia mí, sobre un cuello alargado y ondulante,
aquella horrenda cabeza de cobra en forma de cuña y totalmente inhumana ...
debajo de cuya frente con deformes arrugas habían clavado una mirada tan
lastimosa en mis propios ojos los inconfundibles ojos amarillos del archimago.