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El sacerdote y su amor - Yukio Mishima

De acuerdo con La esencia de la Salvación, de Eshin, los Diez Placeres no son nada más que una gota de agua en el océano comparados con los goces de la Tierra Pura. El suelo es, allí, de esmeralda y los caminos que la cruzan, de cordones de oro. No hay fronteras y su superficie es plana. 

Cincuenta mil millones de salones y torres trabajadas en oro, plata, cristal y coral se levantan en cada uno de los Precintos sagrados. Hay maravillosos ropajes diseminados sobre enjoyadas margaritas. 

Dentro de los salones y sobre las torres una multitud de ángeles tocan eternamente música sagrada y entonan himnos de alabanza al Tathagata Buda. 

Existen grandes estanques de oro y esmeralda en los jardines para que los fieles realicen sus abluciones. Los estanques de oro están rodeados de arena de plata y los de esmeralda, de arena de cristal. Hay plantas de loto en las fuentes que brillan con mil fuegos cuando el viento acaricia la superficie del agua. 

Día y noche el aire se colma con el canto de las grullas, gansos, pavos reales, papagayos y Kalavinkas de dulce acento que tienen rostros de mujeres hermosas. 

Estos y otras miríadas de pájaros cien veces alhajados elevan sus melodiosos cantos en alabanza a Buda. (Aun cuando sus voces resuenen dulcemente, esta inmensa colección de aves debe resultar extremadamente ruidosa).

Las orillas de estanques y ríos están cubiertas de bosquecillos con preciosos árboles sagrados que poseen troncos de oro, ramas de plata y flores de coral. Su belleza se refleja en las aguas. 

El aire está colmado de cuerdas enjoyadas de las que cuelgan legiones de campanas preciosas que tañen por siempre la Ley Suprema de Buda, y extraños instrumentos musicales, que resuenan sin ser pulsados, se extienden en lontananza por el diáfano cielo.

Una mesa con siete joyas, sobre cuya resplandeciente superficie se encuentran siete recipientes colmados por los más exquisitos manjares, aparece frente a aquellos que sienten algún tipo de apetito. 

No es necesario llevarse a la boca estas viandas. Basta deleitarse con su aroma y colores. En tal forma, el estómago se satisface y el cuerpo se nutre mientras que el sujeto se mantiene espiritual y físicamente puro. Una vez terminada la merienda, los recipientes y la mesa desaparecen.

De la misma manera, el cuerpo se viste automáticamente sin necesidad de coser, lavar, teñir o zurcir.

Las lámparas tampoco son necesarias, pues el cielo está iluminado por una luz omnipresente. Además, la Tierra Pura goza de una temperatura moderada durante todo el año, haciendo innecesario refrescarse o abrigarse. Cien mil esencias tenues perfuman el aire y pétalos de loto caen en constante lluvia.

En el capítulo de "El Portal de Inspección" se nos enseña que, visto y considerando que los no iniciados no pueden adentrarse profundamente en la Tierra Pura, deben ocuparse en despertar sus poderes de "imaginación exterior" y, luego, en engrandecerlos continuamente. 

El poder de la imaginación permite escapar a las trabas de nuestra vida mundana y contemplar a Buda. Si estamos dotados de una rica y turbulenta fantasía, podremos concentrar nuestra atención en una sola flor de loto y, desde allí, expandirnos hacia infinitos horizontes.

A través de una observación microscópica y de cierta proyección astronómica, la flor de loto puede convertirse en los cimientos de una teoría del universo y en el agente por medio del cual nos será posible percibir la Verdad. 

En primer lugar, debemos saber que cada pétalo tiene ochenta y cuatro mil nervaduras, y que cada nervadura posee ochenta y cuatro mil luces. Más aún, la más pequeña de estas flores tiene un diámetro de doscientos cincuenta yojana. 

Presumiendo que el yoyana del cual hablan las Sagradas Escrituras corresponde a setenta y cinco millas cada uno, podemos llegar a la conclusión de que una flor de loto de un diámetro de diecinueve mil millas no es de las más grandes.

Pues bien, esa flor tiene ochenta y cuatro mil pétalos y dentro de cada uno hay un millón de joyas resplandecientes con mil luces diferentes. Sobre el cáliz bellamente adornado de la flor se levantan cuatro alhajados pilares, cada uno de los cuales es cien billones de veces más grande que el Monte Sumeru, que sobresale en el centro del universo budista. 

Grandes tapices cuelgan de sus pilares. Cada uno de ellos está adornado con cincuenta mil millones de joyas que emiten ochenta y cuatro mil luces por unidad. Cada luz está compuesta de ochenta y cuatro mil tonos diferentes de oro.

La concentración en tales imágenes es conocida como "Pensamiento del asiento de Loto en el que se sienta Buda", y el mundo que se vislumbra como fondo de nuestra historia es un mundo imaginado en esa escala.

El sacerdote del Templo de Shiga era un hombre de gran virtud. Sus cejas eran muy blancas y apenas podía con sus huesos. Recorría el templo de un lado a otro, apoyado en un bastón.

A los ojos de este sabio asceta el mundo sólo era un montón de basura. Había vivido retirado durante muchos años y el pequeño retoño de pino que había plantado con sus propias manos, al mudarse a su celda actual era ya un gran árbol cuyas ramas se agitaban al viento. 

Un monje que había logrado abandonar el Mundo Fluctuante desde tanto tiempo atrás, debía nutrir gran seguridad respecto a su futuro.

Sonreía, compasivo, frente a nobles poderosos, y reflexionaba acerca de la imposibilidad que demostraba aquella gente en advertir que los placeres no eran sino sueños vacíos. 

Cuando contemplaba a alguna mujer hermosa, su única reacción era experimentar piedad por los hombres que aún habitan el mundo de las desilusiones y se sacuden en las olas del deseo carnal.

Cuando un hombre no responde a las motivaciones que regulan el mundo material, ese mundo parece sumergirse en un completo reposo. 

Para los ojos del Gran Sacerdote, el mundo sólo ofrecía reposo, estaba reducido a un dibujo, al mapa de cierta tierra extranjera. 

Cuando se ha alcanzado el estado de ánimo en el cual las pasiones indignas del mundo han desaparecido, también se olvida el temor. 

Es por esta razón que el Sacerdote no podía explicarse la existencia del Infierno. Sabía, más allá de toda duda, que el mundo no ejercía ya ningún poder sobre él, pero como carecía por completo de soberbia no se detenía a pensar que ello se debía a su enorme virtud.

En cuanto a su cuerpo, podía decirse que ya no tenía casi carne. Al bañarse se regocijaba viendo cómo sus huesos salientes estaban precariamente cubiertos por carne marchita. 

Habiendo su cuerpo alcanzado ese estado, podía avenirse a él como si perteneciera a otra persona. Un cuerpo en tales condiciones parecía estar más calificado para ser nutrido por la Tierra Pura que por alimentos y bebidas terrestres.

Soñaba noche a noche con la Tierra Pura y, al despertar, sólo sabía que subsistir en este mundo significaba estar atado a una triste ensoñación evanescente.

Cuando llegaba la época de admirar las flores, gran cantidad de gente venia de la capital con el objeto de visitar la villa de Shiga. Esto no molestaba al sacerdote, ya que hacía tiempo que había superado el estado en el que los ruidos del mundo pueden irritar la mente.

Abandonó su celda, en un atardecer de primavera, y caminó hacia el lago. Era la hora en que las sombras del crepúsculo avanzan lentamente sobre la brillante luz de la tarde. Ni el más leve movimiento agitaba la superficie del agua. El sacerdote se detuvo en la orilla y comenzó a practicar el sagrado rito de la Contemplación del Agua.

En aquel momento, un carruaje tirado por bueyes, perteneciente a todas luces a una persona de alto rango, rodeó el lago y se detuvo cerca del sacerdote. Su dueña una dama de la Corte del distrito Kyogoku de la Capital, poseía el alto título de Gran Concubina Imperial. 

Esta dama deseaba contemplar el paisaje de Shiga en la recién llegada primavera y, al regresar, había hecho detener el carruaje. Alzó la cortina para echar una última mirada al lago.

El Gran Sacerdote miró, casualmente, en esa dirección y, de inmediato se sintió abrumado por tanta belleza. Sus ojos se encontraron con los de la mujer y, como no hiciera nada por apartarlos, ella no trató de ocultarse.

Su liberalidad no era tanta como para permitir que los hombres la miraran con apasionamiento; pero reflexionó que los motivos de aquel austero y viejo asceta no podían ser los mismos que los de los hombres comunes.

La dama bajó la cortina tras algunos minutos. El carruaje echó a andar y, después de cruzar el Paso de Shiga, se encaminó lentamente por la ruta que conducía a la Capital. Cayó la noche. Hasta que el carruaje no fue más que un punto entre los árboles lejanos, el Gran Sacerdote permaneció como petrificado en el mismo lugar.

En un abrir y cerrar de ojos el mundo se había vengado del sacerdote con terrible saña. Todo cuanto había creído tan inexpugnable, caía en ruinas.

Volvió al templo, contempló la imagen de Buda e invocó su Sagrado Nombre. Pero las sombras opacas de los pensamientos impuros se cernían sobre él. Se dijo que la belleza de una mujer no era más que una aparición fugaz, un fenómeno temporario compuesto de carne perecedera. 

Sin embargo, aunque intentaba borrarla, la inefable belleza que había contemplado junto al lago, pesaba ahora sobre su corazón con la fuerza de algo llegado desde una infinita distancia. 

El Gran Sacerdote no era lo suficientemente joven, ni física ni espiritualmente, como para creer que ese nuevo sentimiento era sólo una trampa que su carne le jugaba. La carne de un hombre, y lo sabía bien, no se agita tan rápidamente. Antes bien, tenía la sensación de haber sido sumergido en algún veneno sutil y poderoso que había alterado su espíritu.

El Gran Sacerdote no había quebrantado nunca su voto de castidad. La lucha interior librada en su juventud contra el deseo lo había llevado a considerar a las mujeres sólo como meros seres materiales. 

La única carne era la que existía realmente en su imaginación. Considerándola más como una abstracción ideal que como un hecho físico, confiaba en su fortaleza espiritual para subyugarla. En ese sentido, el sacerdote había triunfado. Nadie que lo conociera podría ponerlo en duda.

Pero el rostro de mujer que había levantado la cortina del carruaje era demasiado armonioso y refulgente como para ser designado como un mero objeto de la carne. 

El sacerdote no supo qué nombre darle. Sólo pudo reflexionar en que, para que tan portentoso hecho se produjera, algo hasta aquel momento oculto y al acecho en su interior, se había revelado finalmente. 

Ese algo no era sino este mundo, que hasta entonces había permanecido en reposo, y que, súbitamente, emergía de la oscuridad y comenzaba a agitarse.

Era como si hubiera permanecido, de pie, junto al camino que lleva a la capital, con las manos firmemente apretadas sobre los oídos, y hubiera visto cruzar con gran estrépito dos grandes carros tirados por bueyes. Al destaparse los oídos, bruscamente, el estruendo lo envolvía.

Percibir el flujo y reflujo de fenómenos transitorios, sentir su fragor rugiente en los oídos, era entrar dentro del círculo de este mundo. Para un hombre como el Gran Sacerdote, que no había admitido concesiones en su contacto con el mundo exterior, significaba someterse nuevamente a un estado de dependencia.

Aun leyendo a los Sutras exhalaba grandes suspiros de angustia. Pensó, entonces, que la naturaleza servía para distraer su espíritu e intentó concentrarse en las montañas que, a través de la ventana de su celda, se destacaban en la distancia contra el cielo nocturno. Pero sus pensamientos, en vez de concentrarse en la belleza, se desvanecían como nubes y desaparecían.

Fijaba su mirada en la luna, pero sus pensamientos fluctuaban como antes, y cuando fue a inclinarse, nuevamente, frente a la Suprema Imagen, en un desesperado esfuerzo por recobrar la pureza de su mente, el rostro de Buda se transformó y se convirtió en las facciones de la dama del carruaje. 

Su universo había quedado aprisionado dentro de los límites de un estrecho círculo donde se enfrentaban el Gran Sacerdote y la Gran Concubina Imperial.

La Gran Concubina Imperial de Kyogoku olvidó rápidamente al viejo sacerdote que la observara con tanta atención en el lago de Shiga. Sin embargo, poco tiempo después llegó a sus oídos un rumor que le recordó el incidente. 

Uno de los habitantes del villorrio había sorprendido al Gran Sacerdote mirando cómo se perdía en la distancia el carruaje de la dama. Se lo había comentado a un caballero de la Corte que admiraba las flores de Shiga, agregando que, desde aquel día, el Sacerdote se comportaba como quien ha perdido la razón.

La Concubina Imperial fingió no creer en tales habladurías, pero la virtud del sacerdote era conocida en toda la capital y el suceso sirvió para alimentar la vanidad de la dama.

Estaba verdaderamente cansada del amor que recibía de los hombres de este mundo. La Concubina Imperial tenía clara conciencia de lo hermosa que era y se inclinaba hacia otras disciplinas, como la religión, que trataran a su belleza y a su alto rango como cosas desprovistas de valor. 

El mundo la aburría soberanamente y, por ende, creía también en la Tierra Pura. Era inevitable que el Budismo Jodo, que rechazaba toda la belleza y el brillo del mundo visible como si fuera corrupción y contaminación, tuviera un atractivo especial para quien, como la Concubina Imperial, estaba tan desilusionada de la elegante superficialidad de la vida cortesana. Elegancia que, por otra parte, parecía anunciar inequívocamente los Últimos Días de la Ley y su degeneración.

Entre aquellos que consideraban al amor como su principal preocupación, la Concubina Imperial ocupaba un alto puesto como la personificación misma del refinamiento. El hecho de que jamás hubiera brindado su amor a hombre alguno no hacía sino acrecentar su fama. 

Aun cuando cumplía sus deberes para con el Emperador con el más absoluto decoro, nadie creía, ni por un momento, que estuviera enamorada de él. La Gran Concubina Imperial soñaba con una pasión al borde de lo imposible.

El Gran Sacerdote del Templo de Shiga era famoso por su virtud y todos en la Capital sabían hasta qué punto este anciano prelado había hecho abandono del mundo. 

Tanto más sorprendente era, entonces, el rumor de que había sido prendado por los encantos de la Concubina Imperial, y que, por ella, había sacrificado la vida eterna. Rehusar los goces de la Tierra Pura que estaban casi al alcance de su mano, equivalía al mayor sacrificio y a la más importante ofrenda.

La Gran Concubina Imperial se mostraba totalmente indiferente a los encantos de los nobles y jóvenes libertinos que abundaban en la Corte. Los atributos físicos de los hombres ya no representaban nada para ella. Su única ambición era encontrar a alguien que pudiera ofrecerle un amor fuerte y profundo.

Una mujer con tales aspiraciones se convierte en una criatura aterradora. Si hubiera sido sólo una cortesana, la habrían conformado las riquezas y la frivolidad. La Gran Concubina poseía todo lo que la riqueza del mundo puede brindar. El hombre que aguardaba tendría que ofrecerle, pues, los bienes del universo del futuro.

Los comentarios sobre el enamoramiento del Gran Sacerdote inundaron la Corte, hasta que, finalmente, y en son de broma, la historia fue repetida hasta al mismo Emperador. 

Esta chismografía desagradaba a la Gran Concubina, que guardaba una actitud fría e indiferente. Comprendía perfectamente que existían dos motivos para que los cortesanos pudieran bromear libremente sobre un asunto cuyo comentario, normalmente, les estaría vedado. 

El primero, que, refiriéndose al amor del Gran Sacerdote, estaban halagando la belleza de la mujer que inspiraba aun a un eclesiástico de tan gran virtud, tamaña distracción y, en segundo término, todos sabían que el amor del anciano por la noble dama jamás podría ser retribuido.

La Gran Concubina Imperial reconstruyó mentalmente los rasgos del viejo sacerdote que había visto a través de la ventana del carruaje. No se parecía en absoluto a los rostros de ninguno de los hombres que la habían amado hasta entonces. Era extraño que el amor surgiera en el corazón de un hombre que no poseía ninguna condición como para ser amado. 

La dama recordó frases tales como "mi amor perdido y sin esperanzas" que eran usadas a menudo por los poetastros de Palacio cuando deseaban despertar eco en los corazones de sus indiferentes amadas. 

La situación del más desgraciado de aquellos elegantes resultaba envidiable frente a la del Gran Sacerdote. Sin embargo, a la Concubina Imperial los escarceos poéticos de tales jóvenes se le antojaron adornos mundanos, inspirados por la vanidad y totalmente desprovistos de sentimiento.

A esta altura, el lector comprenderá claramente que la Gran Concubina Imperial no era, como comúnmente se la creía, la personificación de la elegancia cortesana, sino una persona que encontraba en la evidencia de ser amada una verdadera razón de vivir. 

Pese a su alto rango era, antes que nada, una mujer, y todo el poder y la autoridad del mundo carecían de valor si no le brindaban tal evidencia. Los hombres que la rodeaban se entregaban a luchar sin fin para alcanzar el poder político. Ella soñaba con dominar el mundo por otros medios puramente femeninos.

Había conocido a muchas mujeres que habían tomado los hábitos que se habían retirado del mundo. Tales mujeres la hacían reír. Cualquiera sea la razón alegada por una mujer para abandonar el mundo, le es casi imposible desprenderse de sus posesiones. Sólo los hombres son verdaderamente capaces de abandonar cuanto poseen.

El viejo sacerdote del lago había dejado, en determinada etapa de su vida, el Mundo Fluctuante y sus placeres. Ante los ojos de la Concubina Imperial era más hombre que todos los nobles que poblaban la Corte. Y así como había abandonado una vez este Mundo Fluctuante, estaba dispuesto ahora, por ella, a renunciar también al mundo futuro.

La Concubina recordó la idea de la sagrada flor de loto que su profunda fe había impreso vívidamente en su mente. Pensó en el enorme loto con una anchura de doscientas cincuenta yojana. Aquella planta absurda se ajustaba más a sus gustos que las mezquinas flores flotantes de los estanques de la Capital. 

Por las noches, el susurro del viento entre los árboles del jardín le parecía insípido comparado con la música delicada que produce la brisa, en la Tierra Pura, cuando sacude a las plantas sagradas.

Al recordar los extraños instrumentos que colgaban del cielo y tañían sin ser tocados, el sonido del arpa de Palacio sólo se le antojaba una despreciable imitación.

El Sacerdote del Templo de Shiga luchaba. En sus combates juveniles contra la carne, lo había sostenido siempre la esperanza de alcanzar el mundo futuro. Pero, en cambio, esta lucha desesperada de su vejez se asociaba con un sentimiento de pérdida irreparable.

La imposibilidad de consumar su amor por la Gran Concubina Imperial se le aparecía tan clara como el sol en el cielo. Al mismo tiempo, tenía perfecta conciencia de la imposibilidad de avanzar hacia la Tierra Pura, mientras permaneciera esclavo de aquel amor. 

El Gran Sacerdote había vivido en un estado de incomparable libertad y ahora, en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba sin futuro y en la más completa oscuridad. El coraje que lo había acompañado durante las luchas de su juventud había tenido quizás, sus raíces en su propio orgullo y confianza. En saber que se estaba privando voluntariamente del placer que tenía al alcance de la mano.

El Gran Sacerdote sentía miedo nuevamente. Hasta que aquel noble carruaje se aproximara a la orilla del Lago Shiga, su convencimiento era que cuanto le esperaba ya no era sino la liberación del Nirvana. Ahora se encontraba, de pronto, frente a la oscuridad del mundo donde es imposible adivinar lo que nos acecha a cada paso.

En vano acudía a todas las formas de meditación religiosa. Ensayó la Contemplación del Crisantemo, la Contemplación del Aspecto Total y la Contemplación de las Partes; pero cada vez que intentaba concentrarse, el hermoso rostro de la Concubina aparecía ante sus ojos. 

Tampoco fue un remedio la Contemplación del Agua, pues invariablemente aparecían los bellos rasgos resplandecientes entre las ondas del lago.

Todo esto, sin duda, era sólo una consecuencia de su apasionamiento. Bien pronto, el sacerdote advirtió que la concentración le producía más mal que bien, y fue entonces cuando ensayó aliviar su espíritu por medio de la dispersión. 

Le asombraba constatar que la meditación lo hundía, paradójicamente, en una desilusión aún más profunda. A medida que su espíritu iba sucumbiendo bajo tal peso, el sacerdote decidió que antes de proseguir una lucha estéril, era mejor concentrar deliberadamente sus pensamientos en la figura de la Gran Concubina Imperial.

El Gran Sacerdote hallaba una nueva satisfacción al adornar su visión de la dama en las más variadas formas, como si se tratara de una imagen budista cubierta de diademas y baldaquines. Al hacerlo, el objeto de su amor se transformaba en un ser de creciente esplendor, distante e imposible. 

Esto le producía una alegría especial, seguramente porque de lo contrario, el ver a la Gran Concubina Imperial como a una mujer común y corriente era más peligroso. La revestía de todas las humanas fragilidades.

Mientras reflexionaba sobre este asunto, la verdad se hizo en su corazón. No veía en la Gran Concubina Imperial a una criatura de carne y hueso, ni tampoco a una visión. Era, en todo caso, un símbolo de la realidad, un símbolo de la esencia de las cosas. 

Resulta verdaderamente extraño perseguir esa esencia en la figura de una mujer. Y, sin embargo, existía un motivo. Aun al enamorarse, el sacerdote de Shiga no había perdido el hábito, adquirido tras largos años de contemplación, de esforzarse por alcanzar la esencia de las cosas a través de una constante abstracción. 

La Gran Concubina Imperial de Kyogoku, se había identificado con la visión del inmenso loto de doscientos cincuenta yojana. Reclinada en el agua y sostenida por todas las flores de loto, la Cortesana se volvía. tan grande como el Monte Sumeru.

Cuanto más convertía a su amor en un imposible, más profundamente traicionaba el sacerdote a Buda, pues la imposibilidad de su amor se encontraba aparejada con la imposibilidad de llegar a la iluminación. 

Y cuanto más advertía que su amor no podía tener esperanza, más crecía la fantasía que lo alimentaba y más se arraigaban sus pensamientos impuros. 

Mientras consideraba que su amor tenía alguna remota posibilidad, le había sido más fácil renunciar a él; pero ahora que la Gran Concubina se había convertido en una criatura fabulosa y totalmente inalcanzable, el amor del Gran Sacerdote se inmovilizaba como un gran lago de aguas calmas que cubría, inexorablemente, la superficie de la tierra.

Esperaba ver el rostro de su dama aún una vez más, pero temía que esa figura, que ahora se había vuelto una gigantesca flor de loto, se desvaneciera sin dejar rastros. Si aquello sucedía, el Gran Sacerdote se salvaría. Esta vez no dudaba de alcanzar la verdad. Y aquella mera perspectiva llenó al sacerdote de miedo y reverencia.

El melancólico amor del anciano había comenzado a crear curiosas estratagemas. Cuando, por fin, se decidió a visitar a la Gran Concubina, creyó en la ilusión de estar saliendo de una enfermedad que estaba marchitando su cuerpo. El caviloso sacerdote interpretó la alegría que acompañaba a su determinación como el alivio de haber escapado finalmente a las trabas de su amor.

Ninguno de los servidores de la Gran Concubina halló nada extraño en el hecho de que un anciano sacerdote permaneciera de pie en un rincón del jardín, apoyado en su bastón y mirando tristemente la Residencia. Era frecuente encontrar a ascetas y mendigos frente a las grandes casas de la Capital, aguardando limosnas.

Una de las cortesanas mencionó el hecho a su señora. La Gran Concubina miró, casualmente, a través del postigo que la separaba del jardín. Bajo las sombras del verde follaje, un anciano sacerdote macilento y de raídas vestiduras negras, inclinaba la cabeza. La dama lo observó por algún tiempo, y cuando hubo reconocido al sacerdote del lago de Shiga, su pálido rostro se volvió aún más demacrado.

Pasados algunos minutos de indecisión, impartió las órdenes necesarias para que la presencia del sacerdote en el jardín fuera ignorada.

Por primera vez el desasosiego hizo presa de ella. Había visto a mucha gente hacer abandono del mundo, pero ahora se encontraba por primera vez con alguien que renunciaba al mundo futuro. La visión resultaba siniestra y aterradora. 

Todos los placeres que había extraído su imaginación ante la idea del amor del sacerdote, desaparecieron en un segundo. Aunque aquel hombre hubiera renunciado al mundo futuro por ella, ahora comprendía que ese mundo jamás pasaría a sus propias manos.

La Gran Concubina Imperial contempló sus ropas elegantes y su hermoso cuerpo. Luego, miró hacia el jardín y observó al feo anciano andrajoso. El hecho de que pudiera existir alguna relación entre ambos tenia una extraña fascinación.

¡Qué diferente de la espléndida visión resultaba todo! El Gran Sacerdote parecía ahora una persona salida del Infierno mismo. Nada quedaba del hombre de virtuosa presencia que traía consigo el destello de la Tierra Pura. Su luz interior, que hacía evocar la gloria, se había desvanecido totalmente. Aun cuando se trataba del hombre del Lago de Shiga, era una persona completamente distinta.

Como la mayoría de los cortesanos, la Gran Concubina Imperial tendía a estar en guardia contra sus propias emociones, especialmente cuando se enfrentaba con algo que podía afectarla profundamente.

Al comprobar el amor del Gran Sacerdote, la invadió el descorazonamiento. La pasión consumada con la cual tanto había soñado durante años, adquiría una forma, preciso es reconocerlo, harto descolorida.

Cuando el sacerdote, apoyado en su bastón, llegó a la capital, casi había olvidado su fatiga. Penetró sigilosamente en las posesiones de la Gran Concubina Imperial en Kyogoku y observó desde el jardín. Tras aquellos postigos estaba la dama de sus pensamientos.

Al asumir su adoración una forma sin mácula, el mundo futuro comenzó a ejercer nuevamente su fascinación sobre el Gran Sacerdote. 

Nunca antes había vislumbrado la Tierra Pura con tanta intensidad. Su anhelo hacia ella se volvió casi sensual. Sólo debía pasar ahora por la formalidad de presentarse ante la Gran Concubina, declararle su amor y, de tal manera, librarse de una vez por todas de pensamientos impuros que lo ataban aún a este mundo. Faltaba ese único requisito para acercarse aún más a la Tierra Pura.

Le resultaba doloroso permanecer de pie, apoyado en el bastón. Los ardientes rayos del sol de mayo atravesaban las hojas y caían sobre su cabeza afeitada. Una y otra vez creyó perder el sentido. ¡Si tan sólo la dama advirtiera su propósito y lo invitara a saludarla para cumplir así con aquella formalidad! El Gran Sacerdote esperaba y, apoyado en su bastón, luchaba contra su creciente debilidad.

Finalmente llegó el crepúsculo. Nada sabía aún de la Gran Concubina, quien, por lógica, no podía conocer el pensamiento del sacerdote que, a través de ella, vislumbraba la Tierra Pura. Se limitaba a observarlo a través de los postigos. El sacerdote continuaba en el mismo sitio, inmóvil. La claridad nocturna iluminó el jardín.

La Gran Concubina Imperial se atemorizó. Presintió que cuando veía en el jardín no era sino la encarnación de aquella "desilusión profundamente arraigada" de la que hablan los Sutras. Quedó abrumada ante la posibilidad de merecer las penas del Infierno.

Después de haber llevado a la perdición a un sacerdote de tan gran virtud, no era, seguramente, la Tierra Pura cuanto podía esperar, sino, en cambio, el Infierno mismo con todos los terrores que ella tan bien conocía. 

El amor supremo con el cual soñara se había derrumbado. Ser amada así, equivalía a una forma de condenación. Del mismo modo en que el Gran Sacerdote vislumbraba por su intermedio la Tierra Pura, la Gran Concubina contemplaba el horrible reino del Infierno a través del amor de aquel anciano.

Sin embargo, esta noble dama de Kyogoku era demasiado orgullosa como para sucumbir a sus temores sin luchar, y decidió poner en juego todos los recursos de su innata crueldad.

"El Gran Sacerdote—se dijo—tendrá que sucumbir, tarde o temprano, al mareo." Lo observó a través de los postigos esperando verlo en el suelo; pero, para su fastidio, la silenciosa figura continuaba inmóvil.

Cayó la noche y, a la luz de la luna, la figura del sacerdote se asemejaba a un montón de huesos blancos.

La dama, llena de temor, no podía conciliar el sueño. Dejó de mirar a través de los postigos y dio la espalda al jardín. Sin embargo, le parecía sentir constantemente la penetrante mirada del sacerdote.

Sabía que aquél no era un amor vulgar. Por temor a ser amada y, por ende, de terminar en el Infierno, la Gran Concubina Imperial rezaba con más fervor que nunca por la Tierra Pura. Una Tierra Pura propia e invulnerable que ansiaba conservar en su corazón. 

Era diferente a la del sacerdote y no tenía relación con su amor. No dudaba de que, si alguna vez la mencionaba ante el anciano, aquella interpretación personal se desintegraría inmediatamente.

El amor del sacerdote, se decía, no tenía nada que ver con ella. Era una aventura unilateral en la que sus sentimientos no tenían parte alguna. No había, pues, razón por la cual se la descalificara en su admisión en la Tierra Pura. 

Aun cuando el Gran Sacerdote perdiera el sentido y falleciera, ella se mantendría indemne. Sin embargo, a medida que avanzaba la noche y la temperatura se hacía más fría, su confianza comenzó a abandonarla.

El Sacerdote permanecía en el jardín. Cuando las nubes ocultaban la luna, se asemejaba a un extraño árbol viejo y nudoso.

La dama, consumida de angustia, insistía en que aquel anciano le era totalmente ajeno. Las palabras parecían explotar en su corazón. ¿Por qué, en nombre del Cielo, tenía que ocurrir esto?

En aquellos momentos, y por extraño que parezca, la Gran Concubina Imperial se había olvidado completamente de su belleza. Quizás fuera más correcto decir que se había visto obligada a hacerlo.

Finalmente, los tenues matices del amanecer irrumpieron en el cielo oscuro y la figura del sacerdote se destacó en la media luz. Todavía permanecía en pie. La Gran Concubina Imperial estaba derrotada.

Llamó a una doncella y le ordenó invitar al sacerdote a dejar el jardín y a arrodillarse junto al postigo.

El Gran Sacerdote se hallaba en la frontera del olvido, donde la carne se desintegra. Ya no sabía si esperaba a la Gran Concubina Imperial o al mundo futuro. Aun cuando distinguió la figura de la doncella aproximándose desde la residencia en la pálida luz del amanecer, ni siquiera comprendió que cuanto había esperado con tantas ansias, se hallaba finalmente al alcance de su mano.

La doncella trasmitió el mensaje de su señora. Al escucharlo, el sacerdote profirió un grito horrendo e inhumano. La doncella intentó guiarlo de la mano, pero él no se lo permitió y se dirigió hacia la casa con pasos increíblemente rápidos y seguros.

La oscuridad reinaba tras el postigo y resultaba imposible ver, desde afuera, a la Gran Concubina. El sacerdote cayó de rodillas y, cubriéndose el rostro con las manos, rompió a llorar. Estuvo allí por largo rato con el cuerpo sacudido por esporádicas convulsiones.

Entonces, en la semi penumbra del amanecer, una blanca mano emergió dulcemente del postigo. El sacerdote del Templo de Shiga la tomó entre las suyas y se la llev6 a la frente y a las mejillas.

La Gran Concubina Imperial de Kyogoku tocó unos dedos extrañamente fríos. Al mismo tiempo, sintió algo húmedo y tibio. Alguien mojaba sus manos con tristes lágrimas.

Cuando los pálidos reflejos de la luz matutina comenzaron a iluminarla a través del postigo, la ferviente fe de la dama le infundió una maravillosa inspiración. No dudó ni por un instante de que aquella mano extraña era la de Buda.

Entonces, la gran visión surgió nuevamente en el corazón de la Concubina. El suelo de esmeraldas de la Tierra Pura; los millones de torres de siete joyas; los ángeles y su música; los estanques dorados con arenas de plata; los lotos resplandecientes y la dulce voz de las Kalavinkas. 

Si aquella era la Tierra Pura que le tocaría en suerte—y en aquel momento no dudaba de que así sería—, ¿por qué no aceptar el amor del Gran Sacerdote?

Aguardó a que el hombre con las manos de Buda le rogara abrir el postigo que los separaba. Cuando se lo pidiera, ella levantaría tal barrera y su cuerpo incomparablemente hermoso aparecería frente a él como en su primer encuentro junto al lago. Ella lo invitaría a entrar.

La Gran Concubina Imperial esperó.

Pero el Gran Sacerdote del Templo de Shiga no dijo nada. No pidió nada. Después de cierto tiempo, las viejas manos aflojaron su presión y los blancos dedos de la dama quedaron solos en la penumbra del amanecer. El Sacerdote se alejó. Un frío mortal descendió sobre el corazón de la Gran Concubina Imperial.

Pocos días después llegó a la Corte el rumor de que el espíritu del Gran Sacerdote había alcanzado la liberación final en su celda de Shiga. Al enterarse de tal noticia, la dama de Kyogoku se dedicó a copiar en rollos y rollos, con la más hermosa escritura, el pensamiento de los Sutras.

 


 

La ausencia del señor Glass - G. K. Chesterton


La sala de consulta del doctor Orion Hood, el eminente criminólogo y especialista en ciertos trastornos morales, estaba frente al mar, en Scarborough, y tenía una serie de puertas-ventana, amplias y luminosas, por las que se veía el mar del Norte como una infinita muralla exterior de mármol azul verdoso. 

En esa zona, el mar tenía algo de la monotonía de un friso de ese color. Y la propia sala estaba organizada según un or­den inflexible, semejante, en cierto modo, al orden inflexible del mar. No debe dedu­cirse de ello que excluyera del lugar el lujo o incluso la poesía. Ambos estaban presen­tes, en el sitio que les correspondía. Pero uno sentía que nunca se les permitía dejar su lugar. 

El lujo estaba presente: en una me­sa especial había ocho o diez cajas de ciga­rros de la mejor calidad, pero colocados con deliberación, de manera que los más fuertes estaban siempre más próximos a la pared y los más suaves más cerca de la ventana. Tres frascos con tres clases diferentes de licor, todos ellos excelentes, permane­cían siempre en esa mesa representativa del lujo. Pero las personas imaginativas sostienen que el whisky, el coñac y el ron pare­cían estar siempre a la misma altura. 

La poesía estaba presente: el rincón izquierdo de la habitación estaba cubierto con estan­tes en los que se alojaba una colección tan completa de los clásicos ingleses como la que, en el rincón derecho de la habitación, representaba a los fisiólogos ingleses y ex­tranjeros. Pero si uno sacaba de su fila, un volumen de Chaucer o de Shelley, su ausen­cia producía un efecto irritante, como una mella en los incisivos de una persona. Uno no podría decir que los libros no se leían nunca; probablemente sí se leían, pero da­ban la sensación de estar encadenados a sus lugares, como las Biblias en las viejas iglesias. 

El doctor Hood trataba su bibliote­ca privada como si fuera una biblioteca pú­blica. Y si esta estricta rigidez científica alcanzaba incluso a los estantes cargados de poemas y de baladas y a las mesas colma­das de bebida y tabaco, no hace falta decir que esa santidad pagana protegía aún más los otros estantes que contenían la bibliote­ca del especialista y las otras mesas que sos­tenían los frágiles e incluso etéreos instru­mentos químicos o mecánicos.

El doctor Orion Hood paseaba arriba y abajo por su consulta, limitado -como di­cen las geografías escolares- al este por el mar del Norte y al oeste por las apretadas hi­leras de su biblioteca sociológica y crimino­lógica. Iba vestido de terciopelo, como un ar­tista, pero sin nada del descuido propio de los artistas. Tenía muchas canas, pero su pe­lo era espeso y saludable: su rostro, aunque delgado, era de expresión optimista y alerta.

Todo lo que se refería a él y a su habita­ción indicaba algo a la vez rígido e inquie­to, como ese gran mar nórdico junto al cual (por puras razones higiénicas) había cons­truido su hogar.

El destino, que estaba de ánimo jocoso, empujó la puerta e introdujo en ese largo y estricto aposento, flanqueado por el mar, a alguien que era quizá lo más violentamente opuesto a él y a su dueño. 

En respuesta a una invitación breve pero educada, la puer­ta se abrió hacia dentro y apareció, con tor­pe caminar, una figurita informe, que pare­cía encontrar su propio sombrero y su pro­pio paraguas tan inmanejables como una enorme cantidad de equipaje. 

El paraguas era un bulto negro, vulgar y en pésimo esta­do; el sombrero era de ala ancha y curva, clerical, pero de un tipo poco frecuente en Inglaterra. El hombre, era la encarnación misma de la humildad y el desvalimiento.

  El médico contempló al recién llegado con sorpresa contenida, parecida a la que habría mostrado si algún animal marino de gran tamaño, pero inofensivo, se hubiera arrastrado hasta su habitación. El recién lle­gado contempló al médico con esa expre­sión sonriente, pero jadeante, que caracteri­za a una corpulenta mujer de la limpieza que acaba de lograr meterse en un ómni­bus. 

    Es una espléndida combinación de sa­tisfacción social propia y de apariencia físi­ca desordenada. Se le cayó el sombrero a la alfombra y el pesado paraguas se le escurrió entre las rodillas, con un golpe sordo. El hombrecillo se lanzó a recoger el primero y se agachó para recuperar el segundo, mien­tras con una sonrisa inocente en su redonda faz decía lo siguiente:

-Me llamo Brown. Le ruego que me disculpe. He venido por el asunto de los MacNab. Me he enterado de que usted ayu­da a menudo a gente con problemas seme­jantes. Discúlpeme si me equivoco.

Para entonces, ya había recuperado des­mañadamente el sombrero e hizo una bre­ve inclinación de cabeza sobre él, a modo de saludo, como si así todo quedara perfec­tamente en orden.

-Creo que no le comprendo -replicó el científico, con frialdad-. Me temo que se ha equivocado usted de despacho. Yo soy el doctor Hood y mi trabajo es casi en­teramente literario y educativo. Es cierto que algunas veces la policía me ha consul­tado en casos de especial dificultad e im­portancia, pero...

-Oh, esto es algo de la mayor impor­tancia -interrumpió el hombrecito llama­do Brown-. Imagínese, su madre no deja que se prometan en matrimonio. -Y se echó hacia atrás en la butaca con la más ra­diante expresión de racionalidad.

Las cejas del doctor Hood estaban frun­cidas sombríamente, pero, bajo ellas, los ojos brillaban con un fulgor que podía ser fruto de la ira o de la diversión.

-Pues sigo sin entender del todo -dijo.

-Mire usted: quieren casarse -aclaró el hombre del sombrero clerical-. Maggie Mac­Nab y el joven Todhunter quieren casarse. ¿Y qué puede haber más importante que eso?

Los triunfos científicos del gran Orion Hood lo habían privado de muchas cosas, unos decían que de la salud, otros que de Dios; pero no le habían despojado total­mente del sentido del absurdo. Y ante la úl­tima apelación del ingenuo cura, se le esca­pó una risa ahogada y se dejó caer en una silla, adoptando una actitud irónica, de mé­dico llamado a consulta.

-Señor Brown -dijo gravemente-: ha­ce catorce años y medio que se me pidió que atendiera personalmente un problema particu­lar. Y entonces el caso era un intento de enve­nenar al presidente francés en un banquete ofrecido por un alcalde. 

Entiendo que ahora se trata de si una amiga de usted, llamada Maggie, es la prometida adecuada para un amigo de ella llamado Todhunter. Pues bien, señor Brown, soy un deportista. Me haré cargo del caso. Daré a la familia MacNab el mejor con­sejo que pueda, tan bueno como el que di a la República francesa y al Rey de Inglaterra; no, mejor: catorce años mejor. No tengo nada más que hacer esta tarde. Cuénteme su historia.

El curita llamado Brown le dio las gra­cias calurosamente, pero con la misma y peculiar sencillez. Era más bien como si diera las gracias a un desconocido, en un salón para fumadores, por haberse tomado la molestia de pasarle las cerillas en vez de estar dando las gracias (y a los efectos, así era) al conservador de los Kew Gardens por acompañarle a un prado a encontrar un tré­bol de cuatro hojas. Sin apenas una pausa tras su cálido agradecimiento, el hombreciIlo empezó su relato:

    -Le dije que mi nombre era Brown y así es, en efecto. Soy el cura de la Iglesia ca­tólica que me imagino habrá usted visto al otro lado de esas calles dispersas que hay a las afueras de la ciudad, hacia el norte. 

   En la última y más apartada de esas calles que corre paralela al mar como un muelle, hay un miembro de mi parroquia, una viuda lla­mada MacNab, una mujer muy honrada pe­ro de genio bastante vivo. Tiene una hija y alquila habitaciones, y entre ella y los hués­pedes bueno, me imagino que habría mucho que decir de ambas partes. 

    En estos momentos tiene sólo un huésped, el joven llamado Todhunter. Pero ha dado bastante más que hacer que todos los anteriores, porque quiere casarse con la hija.

-Y la hija -preguntó el doctor Hood, enormemente divertido, aunque lo oculta­ra-, ¿qué es lo que quiere?

-¡Pues casarse con él! -exclamó el padre Brown, enderezándose en el asiento, con vehemencia-. Esa es la horrible com­plicación.

-Es, en verdad, un enigma espantoso -dijo el doctor Hood.

-El joven James Todhunter -continuó el clérigo- es un muchacho muy serio, por lo que yo sé. Pero el caso es que nadie co­noce mucho de él. Es un tipo bajito, de tez oscura, alegre, ágil como un mono, comple­tamente afeitado como un actor y servicial como un cortesano fiel. Parece tener una buena cantidad de dinero, pero nadie sabe en qué trabaja. 

Por lo tanto, la señora Mac­Nab, que es dada al pesimismo, está completamente segura de que se trata de algo horrible y probablemente relacionado con la dinamita. La dinamita debe ser de no muy buena clase y no ruidosa, porque el pobre muchacho se limita a encerrarse varias ho­ras al día y estudiar algo, tras la puerta cerra­da con llave. 

El afirma que su encierro es temporal y está justificado y promete expli­carlo todo antes de la boda. Eso es todo lo que se sabe con certeza, pero la señora MacNab le contará muchas cosas de las que ella está segura. Ya sabe usted cómo surgen las historias cuando sólo hay ignorancia. 

Hay historias de dos voces a las que se oye hablar en la habitación, aunque, cuando se abre la puerta, Todhunter está siempre solo. Hay historias de un misterioso hombre alto con sombrero de copa, que una vez salió de entre la bruma marina procedente, al pare­cer, del propio mar, caminando sin ruido a través de la arena, y que atravesó el peque­ño jardín trasero, al crepúsculo, hasta que se le oyó hablando con el huésped, por la ven­tana abierta. La conversación parece que terminó en pelea. Todhunter cerró violenta­mente la ventana, y el hombre del sombrero de copa desapareció de nuevo entre la bru­ma del mar. La familia cuenta esta historia con la mayor de las perplejidades. 

Pero yo creo, en realidad, que la señora MacNab prefiere su propia versión original: que el Otro Hombre (o lo que sea) sale todas las noches del arcón de la esquina, que siempre está cerrado con llave; por lo tanto, ya ve us­ted cómo esta puerta cerrada de Todhunter se convierte en la puerta de todas las fanta­sías y monstruosidades de "Las mil y una no­ches". 

Y, sin embargo, ahí está el muchacho, con su respetable chaqueta negra, tan exac­to e inocente como un reloj de salón. Paga su renta con puntualidad y es prácticamente abstemio. No se cansa nunca de entretener a los niños durante horas y horas, del modo más amable. Además, y eso es lo más im­portante de todo, goza de todas las simpatías de la hija mayor, que está dispuesta a casar­se con él mañana mismo.

El hombre que se ocupa de teorías de largo alcance siente siempre un placer especial en aplicarlas a cualquier asunto trivial. El gran especialista, una vez que hubo decidido mostrarse bondadoso con la sim­plicidad del sacerdote, lo hizo de la mane­ra más generosa. Se acomodó en su sillón y empezó a hablar con el tono de un profesor algo distraído:

   -Incluso en un asunto mínimo, lo me­jor es buscar las principales tendencias de la Naturaleza. Una flor concreta puede no estar muerta al principio del invierno, pero las flores mueren en general en esas fechas; un guijarro concreto puede no mojarse con la marea, pero la marea sube. 

    Para el ojo científico, toda la historia humana es una serie de movimientos colectivos, destruc­ciones o migraciones, como la matanza de moscas en invierno o el regreso de los pája­ros en la primavera. 

    Ahora bien, el hecho básico de toda la historia es la Raza. La Ra­za produce la religión, la Raza genera gue­rras legales y éticas. No hay ejemplo más fuerte que el del absurdo e ingenuo linaje, en camino de desaparición, al que común­mente llamamos linaje celta, al cual perte­necen sus amigos los MacNab. 

  Pequeños, morenos, soñadores e inestables, aceptan fácilmente las explicaciones supersticiosas de cualquier hecho, igual que todavía acep­tan (discúlpeme por decirlo), la supersticio­sa explicación de todos los incidentes que usted y su iglesia representan. No es nada extraordinario que esa gente, con el mar la­mentándose detrás de ellos y la Iglesia (per­dóneme de nuevo) zumbando delante, den rasgos fantásticos a los que probablemente no son más que hechos normales. 

   Usted, con sus pequeñas responsabilidades parro­quiales, sólo ve a esta señora MacNab en concreto, aterrada con la historia de las dos voces y el hombre alto que viene del mar. Pero el hombre dotado de imaginación científica ve, por así decir, los clanes ente­ros de los MacNab, esparcidos por todo el mundo, tan iguales en su manifestación úl­tima como una bandada de pájaros. Ve mi­les de señoras MacNab en miles de casas, dejando caer su gotita de morbosidad en las tazas de té de sus amigas; ve...

Antes de que el científico pudiera termi­nar su frase, se oyó llamar fuera de nuevo, más impacientemente que la primera vez. Alguien con faldas crujientes caminaba con precipitación por el pasillo y la puerta se abrió dejando ver a una joven, decorosa­mente vestida pero con aspecto nervioso y el rostro rojo por la prisa. Tenía el pelo ru­bio, alborotado por el viento marino, y ha­bría sido realmente hermosa si sus pómu­los, como es típico de los escoceses, no hu­bieran sido un poquito demasiado altos y sonrosados. Su disculpa fue casi tan brusca como una orden.

-Lamento interrumpirle -dijo-, pero tenía que seguir al padre Brown, sin falta; se trata de un asunto de vida o muerte.

El padre Brown empezó a ponerse en pie con cierta agitación.

-Pero ¿qué ha ocurrido, Maggie? -dijo.

-Han asesinado a James, por lo que pue­do deducir -respondió la joven, respirando todavía agitadamente tras la carrera-. Ese in­dividuo, Glass, ha estado otra vez con él. Los oí hablando a través de la puerta, con toda claridad. Dos voces distintas, porque James habla bajo, con un tono gutural y la otra voz era aguda y temblorosa.

-¿Ese individuo Glass? -repitió per­plejo el cura.

-Sé que se llama Glass -respondió la joven con tono muy impaciente-, lo oí a través de la puerta. Estaban peleándose, por cuestiones de dinero, creo, porque oí a Ja­mes decir una y otra vez: "Muy bien, señor Glass" o "No, señor Glass" y luego "Dos o tres, señor Glass". Pero estamos hablando demasiado. Debe usted venir inmediata­mente y quizá lleguemos a tiempo.

-Pero ¿a tiempo para qué? -preguntó el doctor Hood, que había estado observan­do a la joven con gran interés-. ¿Qué pasa con ese señor Glass y sus problemas mone­tarios que impulsan a tal urgencia?

-Traté de echar la puerta abajo y no pude -respondió bruscamente la joven-. Entonces corrí al patio trasero y logré subir al alféizar de la ventana de la habitación. Estaba bastante oscuro y parecía no haber nadie, pero juro que vi a James tirado en un rincón, como si estuviera drogado o lo hu­bieran estrangulado.

    -Esto es algo muy serio -dijo el padre Brown, recogiendo sus escurridizos para­guas y sombrero y poniéndose en pie-. De hecho yo estaba exponiendo sus problemas a este caballero y su opinión...

-Ha sufrido un cambio considerable - dijo con preocupación el científico-. No creo que esta joven sea tan céltica como había supuesto. Como no tengo otra cosa que hacer, me pondré el sombrero y los acompañaré.

Unos minutos después, los tres se acer­caban al final de la triste calle de los Mac­Nab, la joven con paso firme y sin aliento como un montañero, el criminólogo con pa­sos largos y elegantes que recordaban la agi­lidad de un leopardo y el cura con un trote enérgico, totalmente carente de elegancia. 

El aspecto de esta zona de las afueras de la ciudad no dejaba de justificar las alusiones del médico a actitudes y ambientes desola­dos. Las casas dispersas estaban cada vez más alejadas unas de otras, en una línea in­terrumpida a lo largo de la costa; la tarde iba cayendo con una penumbra prematura y parcialmente lívida; el mar era de un púrpu­ra turbio y producía un murmullo amenaza­dor. 

En el descuidado jardín trasero de los MacNab, que bajaba hacia la arena, había dos árboles negros con aspecto de no brotar nunca, que parecían manos de demonios le­vantadas con expresión de asombro. Al co­rrer calle abajo para recibirlos con las delga­das manos en alto, en un gesto similar, y su rostro impetuoso en la sombra, la señora MacNab se parecía también un poco a un demonio. 

El médico y el sacerdote apenas replicaron a su estridente reiteración del re­lato de la joven, con detalles más perturbadores de su propia cosecha, a las promesas de venganza alternativamente dirigidas con­tra el señor Glass por asesinato y contra el señor Todhunter por haber sido asesinado, o contra este último por haberse atrevido a querer casarse con su hija y no haber vivido para hacerlo.         

 Atravesaron el estrecho pasillo de la parte delantera de la casa hasta llegar a la puerta del huésped en la parte trasera y allí, el doctor Hood, con la habilidad de un viejo detective, dio un golpe seco y logró abrir la puerta.

Se encontraron con una catástrofe silen­ciosa. Nadie que la viera, aunque sólo fuese un segundo, podría dudar de que la habita­ción había sido el escenario de alguna impactante pelea entre dos personas o quizá más. Había naipes dispersos sobre la mesa o desparramados por el suelo, como si se hu­biera interrumpido una partida. Copas de vi­no en una mesita auxiliar y una tercera, he­cha trizas, como una estrella de cristal, so­bre la alfombra. 

A pocos pies de ella había lo que parecía un cuchillo largo o una espa­da corta, recta, pero con un puño muy ador­nado y pintado. Su hoja apagada recibía un brillo grisáceo de la deprimente ventana que había detrás, por la que se veían los negros árboles contra la plomiza línea del mar. Un sombrero de copa había rodado hacia el ex­tremo opuesto de la habitación, como si al­guien se lo acabara justo de quitar, tanto que uno tenía casi la impresión de que seguía ro­dando. 

Y detrás de él, en la esquina, tirado como una bolsa de patatas, pero atado co­mo un baúl facturado, yacía el señor James Todhunter, con una bufanda tapándole la boca y seis o siete cuerdas anudadas en tor­no a los codos y los tobillos. Sus ojos casta­ños estaban llenos de vida y se volvieron ha­cia ellos con expresión alerta.

El doctor Orion Hood se detuvo un ins­tante sobre el felpudo y se empapó de toda la escena de silenciosa violencia. Luego atravesó con rapidez la alfombra, recogió el sombrero de copa y lo puso gravemente so­bre la cabeza del todavía cautivo Todhun­ter. Era demasiado ancho para él, tanto, que casi se deslizó hasta los hombros.

    -El sombrero del señor Glass -dijo el médico, volviendo con él y observando el interior con una lupa de bolsillo.

¿Cómo explicar la ausencia del señor Glass y la presencia del sombrero del señor Glass? Porque el señor Glass no es una per­sona descuidada con su ropa. Este sombre­ro tiene estilo y ha sido cepillado y lustrado sistemáticamente, aunque no es muy nue­vo. Un viejo dandy, diría yo.

-Pero ¡por Dios! -exclamó la señorita MacNab-. ¿Por qué no lo desata usted an­tes que nada?

-Digo "viejo" con intención, aunque no con certeza -continuó el comentaris­ta-. Es posible que mi razón para usar esa palabra pueda parecer algo atrevida. El pe­lo de los seres humanos empieza a caer en diversos grados, pero casi siempre cae en pequeña cantidad y con la lupa debería ver los pocos pelos que se depositan en un sombrero que se ha usado recientemente. 

Este sombrero no tiene ningún pelo, lo que me hace pensar que el señor Glass es calvo. Ahora bien, cuando este dato se une a la voz aguda y temblorosa que la señorita MacNab describió tan atinadamente (pa­ciencia, señorita, paciencia), cuando uni­mos la cabeza sin pelo al tono de voz co­mún en situaciones de ira senil, pienso que podemos deducir que se trata de alguien entrado en años. 

Sin embargo, era proba­blemente vigoroso y, casi con toda seguri­dad, de elevada estatura. Podría fiarme has­ta cierto punto de la historia de su aparición anterior ante la ventana, en la que se le des­cribía como un hombre alto con sombrero de copa, pero creo que tenemos indicios más certeros. Esta copa de vino ha saltado en pedazos por toda la habitación, pero uno de los trozos está en la repisa superior de la chimenea. No podría encontrarse allí si la copa se le hubiera caído a alguien re­lativamente bajo como el señor Todhunter.

-A propósito -dijo el padre Brown-, ¿no convendría que desatáramos al señor Todhunter?

-Lo que nos enseñan las copas no ter­mina aquí -continuó el especialista-. Pue­do decir inmediatamente que es posible que el individuo llamado Glass fuera calvo o ner­vioso, más a causa de su carácter disipado que por la edad. 

El señor Todhunter, como ya se ha dicho, es un caballero tranquilo y aus­tero, prácticamente abstemio. Estos naipes y estas copas de vino no forman parte de sus hábitos normales; han sido sacados para un invitado especial. Pero, además, podemos ir aún más lejos. El señor Todhunter puede te­ner o no tener un juego de copas de vino, si bien no parece poseer vino alguno. ¿Qué era, entonces, lo que debían contener estos recipientes? Yo sugeriría inmediatamente un coñac o whisky, quizá de clase extra, proce­dente de un frasco de bolsillo del señor Glass. 

Así tenemos el retrato del individuo o por lo menos, del tipo al que pertenece: alto, entrado en años, a la moda, pero algo ajado, ciertamente aficionado al juego y a los lico­res fuertes y quizá demasiado aficionado a ellos. El señor Glass es un caballero conoci­do en los grupos sociales marginales.

-Escúcheme -exclamó la joven-, si no me deja usted pasar para desatarlo, sal­dré corriendo y llamaré a gritos a la policía.

  -No le aconsejaría a usted, señorita MacNab -dijo gravemente el doctor Hood-, que tenga tanta prisa en hacer ve­nir a la policía. Padre Brown, le ruego fer­vorosamente que controle usted a su reba­ño, tanto por el bien del mismo como por el mío. Bien, ya hemos visto algo del aspecto y la condición del señor Glass. 

    ¿Cuáles son las cosas principales que se saben del señor Todhunter? Son sustancialmente tres: que es ahorrativo, que es más o menos rico y que tiene un secreto. Ahora bien, es evidente que aquí nos encontramos con los tres ras­gos básicos del hombre bueno, objeto de un chantaje. Y sin duda alguna es igual de evidente que la desgastada elegancia, las costumbres disipadas y la estridente irrita­ción del señor Glass son los rasgos incon­fundibles del tipo de hombre que lo somete a chantaje. 

    Aquí tenemos las dos figuras tí­picas de una tragedia de dinero oculto: por un lado, un hombre respetable con un secreto; por el otro, el buitre de los barrios de moda con olfato para descubrir un secreto. Estos dos hombres se han reunido hoy aquí y se han peleado, a golpes y con un arma desnuda.

-¿Le va a quitar usted las cuerdas? - insistió tercamente la joven.

El doctor Hood volvió a colocar cuida­dosamente el sombrero de copa sobre la mesa auxiliar y se acercó al cautivo. Lo es­tudió atentamente, incluso moviéndolo un poco y volviéndolo a medias por los hom­bros, pero se limitó a responder:

-No. Creo que estas cuerdas están muy bien hasta que sus amigos policías traigan las esposas.

El padre Brown, que había estado mi­rando aburridamente la alfombra, levantó su redonda cara y preguntó:

-¿Qué quiere usted decir?

El científico había tomado una extraña daga de la alfombra y la examinó con suma atención al tiempo que respondía:

-Dado que hemos encontrado al señor Todhunter atado, ustedes llegan a la conclu­sión de que el señor Glass lo ha atado y lue­go, me imagino, ha huido. Hay cuatro obje­ciones a esta tesis: la primera, ¿por qué un caballero tan presumido como nuestro ami­go Glass olvidaría su sombrero, si se fue por propia voluntad? Segunda -continuó, diri­giéndose hacia la ventana-, esta es la úni­ca salida y está cerrada por dentro. Tercera, esta hoja tiene una diminuta mancha de sangre en la punta, pero el señor Todhunter no presenta ninguna herida. 

El señor Glass se fue herido, vivo o muerto. Agreguemos a todo ello esta probabilidad fundamental: es mucho más probable que la persona chan­tajeada trate de matar a su víctima y no que el chantajista trate de matar la gallina de los huevos de oro. Esta es, creo yo, una rela­ción bastante compleja del caso.

 -Pero ¿y las cuerdas? -preguntó el cu­ra, cuyos ojos muy abiertos expresaban una admiración bastante vacua.

-Ah, las cuerdas -dijo el experto con un tono curioso-. La señorita MacNab in­sistía en saber por qué no liberé al señor Todhunter de sus ataduras. Pues bien, se lo diré. No lo hice porque el señor Todhunter puede librarse de ellas en el momento en que quiera hacerlo.

-¿Qué? -exclamó su auditorio con di­ferentes tonos de asombro.

-He observado los nudos del señor Todhunter -reiteró con calma Hood-. Da la casualidad de que entiendo algo de nu­dos; son toda una rama de la ciencia crimi­nal. Cada uno de esos nudos lo ha hecho él mismo y podría deshacerlos; ninguno de ellos podría haber sido hecho por un ene­migo que de verdad quisiera inmovilizarlo. 

Todo este asunto de las cuerdas es una astu­ta maniobra para hacernos creer que es víc­tima de una pelea, en vez del desdichado Glass, cuyo cadáver bien puede estar ocul­to en el jardín o escondido en la chimenea.

    Se produjo un silencio más bien depri­mente; la habitación iba oscureciéndose, las ramas de los árboles del jardín, castiga­das por el mar, parecían más delgadas y más oscuras que nunca; sin embargo, seme­jaban estar más cerca de la ventana. 

    Uno podía casi imaginar que esos monstruos marinos como los kraken o las saepias, pó­lipos serpenteantes que se habían arrastrado fuera del mar para ver el fin de esta trage­dia, del mismo modo que él, el malvado y la víctima de ella -el terrible hombre del sombrero de copa- se había arrastrado un día desde el mar. Todo el aire estaba carga­do de un clima de chantaje, que es la cosa humana más morbosa, porque es un delito que encubre otro delito. Un esparadrapo negro sobre una herida negra.

El rostro del curita católico que, gene­ralmente, tenía una expresión agradable e incluso cómica, se había fruncido de pron­to, en forma curiosa. No era la curiosidad inexpresiva de su primer candor. Era más bien la curiosidad creadora que acomete a un hombre que empieza a descubrir algo.

-Repítalo, por favor -dijo con tono sencillo y preocupado- ¿quiere usted decir que Todhunter puede atarse y desatarse él solo?

-Eso es lo que quiero decir -dijo el médico.

-¡Dios mío! -exclamó Brown de re­pente-. ¿Podría tratarse de eso?

Cruzó la habitación como un conejo y miró con nuevo interés la cara parcialmen­te cubierta del cautivo. Luego volvió su pro­pio rostro, bastante tonto, hacia los otros y exclamó con cierta excitación:

-¡Pues sí, es eso! ¿No lo ven ustedes en su cara? ¡Pero mírenle los ojos!

Tanto el profesor como la joven siguie­ron la dirección de su mirada. Y aunque la amplia bufanda negra cubría completamen­te la mitad inferior del rostro de Todhunter, sí se dieron cuenta de que había algo in­quieto e intenso en la parte superior.

-La verdad es que los ojos tienen algo raro -exclamó la joven, muy conmovida­. ¡Son ustedes unos brutos! ¡Estoy convenci­da de que le duele algo!

-Eso no lo creo -dijo el doctor Hood-. Los ojos tienen ciertamente una ex­presión singular. Pero yo interpretaría esas arrugas de la frente más bien como la mani­festación de una ligera anormalidad psico­lógica del tipo...

-¡Oh, que tontería! -exclamó el pa­dre Brown-. ¿No ven ustedes que se está riendo?

-¿Riendo? -repitió sobresaltado el mé­dico-, pero ¿de qué diablos puede reírse?

-Bueno -replicó el reverendo Brown en tono de disculpa-, para no andarme con rodeos, yo creo que se ríe de usted. Y la verdad es que yo también me siento inclinado a reírme un poco de mí mismo, ahora que ya sé de qué se trata.

-¿Ahora que sabe usted qué? -pre­guntó Hood, algo molesto.

-Ahora que sé la profesión del señor Todhunter -replicó el cura.

El padre Brown iba de un lado para otro por la habitación, mirando los distintos ob­jetos, con lo que parecía una mirada vacua, y luego invariablemente rompía a reír con una risa igualmente vacua, proceso muy ás­pero para los que tenían que contemplarlo. 

Se rió mucho ante el sombrero, aun más an­te la copa rota, pero la sangre en la punta de la espada le produjo convulsiones in­controlables de hilaridad. Luego se volvió hacia el médico, que protestaba.

-Doctor Hood -exclamó con entu­siasmo-, ¡es usted un gran poeta! Ha crea­do de la nada, un ser inexistente. ¡Cuánto más propio de un dios es eso que si hubie­ra usted descubierto los hechos puros y sim­ples! En verdad, los hechos puros y simples son bastante vulgares y cómicos compara­dos con su explicación.

-No tengo la menor idea de a qué se refiere usted -dijo con bastante altivez el doctor Hood-. Mis hechos son todos inevitables, aunque necesariamente incomple­tos. Quizá se puede dejar un lugar a la in­tuición (o a la poesía si prefiere usted ese término), pero sólo porque los detalles correspondientes no pueden comprobarse de momento. En ausencia del señor Glass...

-Eso es, eso es -dijo el curita, asin­tiendo con entusiasmo-. Esa es la primera idea que hay que retener: la ausencia del señor Glass. ¡Ese señor está extremadamen­te ausente! Me imagino -añadió con aire reflexivo- que nunca hubo nadie más au­sente que el señor Glass.

-¿Quiere usted decir que está ausente de la ciudad? -preguntó el médico.

-Quiero decir que está ausente de to­das partes -respondió el padre Brown-. Está ausente de la naturaleza de las cosas, por así decir.

-¿Quiere usted decir de verdad -pre­guntó el especialista, con una sonrisa- que no existe tal persona?

El cura hizo un gesto de asentimiento. -La verdad es que es una lástima -dijo.

Orion Hood se echó a reír con tono des­preciativo.

-Bien -dijo-, antes de pasar a las ciento una pruebas restantes, tomemos la primera que encontramos; el primer hecho con el que nos topamos cuando entramos en esta habitación. Si no hay ningún señor Glass, ¿de quién es este sombrero?

-Es del señor Todhunter -replicó el padre Brown.

-Pero no es de su talla -exclamó im­paciente Hood-. No podría usarlo.

El padre Brown sacudió la cabeza con inefable suavidad y respondió:

-Yo nunca dije que pudiera usarlo. Di­je que era su sombrero. O, si usted insiste en el matiz, que es un sombrero de su propiedad.

-¿Y cuál es el matiz? -preguntó con ligero desprecio el criminólogo.

-Señor mío -exclamó el paciente hombrecito, con la primera manifestación de algo parecido a la impaciencia-, si va usted a la sombrerería más próxima verá que, en la lengua común, hay una diferen­cia entre el sombrero de un hombre y los sombreros que son de su propiedad.

-Pero un sombrerero -protestó Hood- puede sacar dinero de sus existencias de sombreros nuevos. ¿Qué podría sacar Todhunter de este único sombrero viejo?

-Conejos -replicó inmediatamente el padre Brown.

-¿Qué? -exclamó el doctor Hood.

-Conejos, cintas, caramelos, peces de colores, serpentinas -dijo el reverendo se­ñor, con rapidez-. ¿No se dio usted cuen­ta de todo cuando vio las cuerdas falsas? Igual ocurre con la espada. El señor Todhunter no tiene ni un rasguño sobre él, como usted dice; pero tiene un rasguño den­tro de él, si no me explico mal.

-¿Quiere usted decir dentro de la ropa? -preguntó severamente la señora MacNab.

-No quiero decir dentro de la ropa del señor Todhunter -respondió el padre Brown-. Quiero decir dentro del señor Todhunter.

-Pero ¿qué demonios quiere usted decir?

   -El señor Todhunter explicó plácida­mente el padre Brown- está aprendiendo a ser un mago profesional, así como un prestidigitador, un ventrílocuo y un experto en los trucos con cuerdas. Lo de la magia ex­plica el sombrero. No tiene rastros de pelo, no porque haya sido usado por el prematu­ramente calvo señor Glass sino porque nun­ca ha sido usado. 

    La prestidigitación expli­ca las tres copas, que Todhunter estaba aprendiendo a tirar al aire y recogerlas en rotación. Pero, como aún no es un experto, estrelló una de ellas contra el techo. 

    Y la prestidigitación explica también la espada, que el señor Todhunter, por deber profesio­nal, debía tragar. Pero nuevamente, mien­tras practicaba, se arañó ligeramente la garganta por dentro, con el arma. De ahí que tenga una herida dentro de él, aunque estoy seguro (por su expresión) de que no es gra­ve. 

    Estaba ensayando también el truco de soltarse de las cuerdas, como los hermanos Davenport, y estaba justo a punto de libe­rarse cuando todos irrumpimos en la habi­tación. Los naipes, por supuesto, son para juegos malabares también, y están dispersos por el suelo porque acababa de practicar uno de esos trucos que consiste en lanzar­los por los aires. 

    Se limitaba a guardar en secreto su oficio porque tenía que encubrir sus trucos, como cualquier otro mago. Pero el mero hecho de que algún paseante ocio­so con sombrero de copa hubiera observa­do una vez por la ventana y hubiera sido alejado con gran indignación bastó para ponernos a todos sobre una falsa pista de fantasía y hacernos pensar que toda su vida estaba dominada por el fantasma del señor Glass, con su sombrero de copa.

-Pero ¿y lo de las dos voces? -pregun­tó sorprendida Maggie.

-¿No ha oído usted nunca a un ventrí­locuo? -preguntó el padre Brown-. ¿No sabe usted que primero hablan con su voz natural y luego se contestan a sí mismos con esa voz estridente, temblorosa y artifi­cial que oyó usted?

Hubo un largo silencio y el doctor Hood contempló al hombrecito que había habla­do, con una sonrisa cínica y atenta.

-Es usted ciertamente muy ingenioso -dijo-. No podía haberse hecho mejor en un libro. Pero hay una parte del señor Glass que no ha logrado usted explicar y es su nombre. La señorita MacNab oyó clara­mente cómo lo llamaba así el señor Todhunter.

El reverendo padre Brown se echó a reír puerilmente.

-¡Ah, bueno! -dijo-. Eso es lo más tonto de esta historia absurda. Cuando nuestro amigo malabarista tiraba tres copas a un tiempo, las contaba a medida que las recogía y también comentaba en voz alta si no lograba asirlas. Lo que en realidad decía es: "Uno, dos y tres, fallé; uno, dos: fallé". Y así sucesivamente.

Hubo un segundo de inmovilidad en la habitación y luego, todos a una, se echaron a reír, mientras la figura que yacía en el rin­cón se desataba alegremente de las cuerdas y las dejaba caer con elegancia. 

Luego, avanzando hasta el centro de la habitación, con una reverencia sacó del bolsillo un gran cartel impreso en azul y rojo, que anunciaba que Zaladin, el Mejor Mago, Contorsionista, Ventrílocuo y Canguro Hu­mano del Mundo presentaría una serie completamente nueva de Números en el Pabellón Imperial, Scarborough, el lunes próximo, a las ocho en punto.