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Jimmy - Lester del Rey

Siempre he pensado que el encontrar a un fantasma habría de ser una cosa bastante reconfortante. Cuando un hombre ha pasado de los cincuenta y tiene edad suficiente para hacerse una idea de la muerte, todo lo que demuestre que no se llega a un final completo y absoluto, vacío de significado, ha de ser un consuelo. ¡Ni siquiera el verse uno condenado a frecuentar un determinado lugar, a solas, durante toda la eternidad tiene el horror del no ser!
Naturalmente, la religión proporciona esperanzas a ciertas personas; pero la mayoría no tenemos ya la fe de nuestros mayores. Un fantasma debería constituir una prueba en contra de la inimaginable finalidad de la muerte.
Así solía pensar yo. Ahora, no lo sé. Ojalá supiera explicar lo de Jimmy...
Le oíamos, no cabe duda. A la muerte de mamá, toda la familia le oyó, incluso mi hermana Agnes, que es la atea más convencida que conozco. Hasta su hermana menor, que se hallaba en el piso de abajo a la sazón, subió corriendo para ver quién era el otro niño. No, no se trató de una alucinación colectiva, como tampoco se trató de algo que pueda explicarse por las leyes naturales que conocemos.
El doctor también oyó aquello, y por la cara que puso me figuro que había oído a Jimmy anteriormente y más de una vez. De todos modos, no quiere hablar del asunto, y los otros no habían podido vivir una experiencia anterior, porque nunca habían estado allí. Yo soy el único que puede declarar que he oído a Jimmy en otras ocasiones, aparte de aquélla. Ojalá no hubiera de reconocerlo así, ni siquiera ante mí mismo.
Eramos una familia numerosa, aunque la tradición de las familias numerosas estuviera dando ya las últimas boqueadas, a la vuelta del siglo. Mamá y papá lo habían querido así, y las cuatro niñas que perecieron antes de tener la menor posibilidad de vivir no cambiaron mucho las cosas. Quedamos con vida seis muchachos y tres chicas, y para mamá esto lo justificaba todo. 
Me figuro que habríamos sido una familia más numerosa aún, si un toro enfurecido no hubiese matado a papá, mientras yo estaba lejos, salvando al mundo para la Democracia. Quizá mamá hubiera encontrado otros maridos —la extensa finca de lowa, con su grande y antigua casona se los habría proporcionado—, pero se había pronunciado resueltamente contra semejante posibilidad. 
Nosotros, los hermanos mayores, nos fuimos a trabajar a la ciudad, ayudando a los otros a cursar sus estudios hasta que también ellos encontraron empleos. Con el tiempo, mamá se quedó sola en la vieja casa, mientras la ciudad crecía y se desparramaba, hasta que la finca fue vendida a parcelas, porque ya se hallaba en la periferia.
Eso le procuró a mamá una pequeña fortuna, particularmente después de la Segunda Guerra Mundial. No parecía necesitarnos, y se iba volviendo una persona de conducta atontada y con la cual resultaba difícil tratar. De modo que, poco a poco, nuestras visitas se fueron haciendo más escasas. 
Yo trabajaba en Des Moines y era el que vivía más cerca de ella; pero tenía mi propia vida, y, por otra parte, mamá parecía dichosa y capaz, a pesar de haber dejado bastante atrás los setenta años.
Yo le enviaba felicitaciones en su cumpleaños y en las fiestas importantes —o al menos Liza se las enviaba en mi nombre— y seguía cultivando el propósito de ir a verla. Pero mi hijo mayor pareció desmoronarse, después de la Segunda Guerra Mundial; mi hija se casó con un camionero y tuvo gemelos antes de encontrar un apartamento decente; a mi hijo pequeño lo hicieron prisionero en Corea; a mí me ascendieron a presidente de la compañía de materiales para tejados, y, en el club, un profesor nuevo me entrenaba a marcar más de noventa la mayor parte del tiempo.
Entonces mamá empezó a escribir cartas; las primeras cartas de verdad que escribía en muchos años. Eran bastante animadas, estaban llenas de pequeñas noticias sobre algunos vecinos, los nuevos cortinajes de las ventanas, una receta para preparar pastel de mantecado de limón, y cosas así. Al principio lo consideré una señal excelente. Luego advertí algo en ellas que empezó a inquietarme. De todos modos, hasta la quinta no encontré nada concreto.
En ésa escribía unas cuantas palabras sobre el maestro nuevo de la antigua escuela. Yo repasé la carta un par de veces antes de recordar que el edificio escuela había sido demolido quince años atrás. Después de darme cuenta de este detalle, otras cosas empezaron a conjuntarse. Las cortinas que mencionaba las había puesto hacía varios años, y la receta era la primera que preparó... ¡aquella que siempre salía demasiado dulce, antes de que la modificara! Había otras cosas, además.
Todo ello no cesaba de inquietarme, y por eso telefoneé. Mamá tenía una voz excelente, aunque estaba un poco preocupada temiendo que me hubiera pasado algo. Habló un par de minutos; luego murmuró algo acerca de tener el almuerzo en la estufa, y colgó rápidamente. No podía ser más normal. Saqué mis palos y había bajado la mitad de los escalones de la fachada cuando algo me hizo retroceder para repasar nuevamente sus cartas.
Después telefoneé al doctor Matthews. Al cabo de medio minuto invertido en identificarme, le pregunté por mi madre.
Su voz se revistió inmediatamente del acento profesional. La anciana estaba muy bien... en unas condiciones físicas notablemente buenas para una mujer de su edad. No, no había motivo alguno para que fuera allá en seguida. No le pasaba nada, en absoluto.
El médico extremaba la nota, al mismo tiempo que no sabía esconder por completo la inquietud de su voz. Supongo que por aquellas fechas yo había pensado en tomarme unos días de vacaciones, en el futuro, para ir a verla. Pero apenas hubo colgado el teléfono el médico, volví a dejar los palos en el armario y me cambié de ropa. Liza estaba fuera, en algún club de perfeccionamiento, y le dejé una nota. Ella se había llevado el convertible, de modo que yo estaba de suerte. 
Habíamos traído recientemente el «Cadillac» nuevo de que le hicieran un repaso y estaba ideal para una buena carrera. Además, con él corría menos peligro de que me regalaran una papeleta de multa, si pisaba con algún exceso el acelerador; la mayoría de guardias se sienten inclinados a mostrarse menos duros con los personajes que conducen coches de esa categoría. Así pues, corrí bastante todo el camino.
Matthews seguía viviendo en la misma casa; pero la blancura de su cabello me causó una viva impresión. Me miró arrugando la frente, examinándome con la mirada desde la cintura hasta el poco cabello que me quedaba, para descender de nuevo hacia el rostro. Luego levantó la mano pausadamente, dirigiendo una rápida ojeada al «Cadillac».
—Supongo que ahora todo el mundo te llama A. J. —comentó—. Y puesto que ya estás aquí, entra.
Me hizo cruzar la sala de espera y me acompañó al consultorio. Sus ojos volaron de nuevo hacia el coche, en el exterior. No sé de dónde, sacó una botella de buen whisky escocés. Viendo el signo afirmativo que le hice, mezcló licor con agua de una nevera. Luego se acomodó, estudiándome mientras ocupaba su sillón habitual.
—Conque A. J., ¿eh? —comentó otra vez. Pero me pareció advertir cierto deje ácido en sus palabras—. Esto da a entender que has triunfado. Pensaba que tu madre había dicho algo acerca de que, hace unos años, tú te encontraste en un apuro.
—No financiero —puntualicé. Yo habría pensado que sólo se acordaba Liza de aquello. A la sazón debió de escribir a mi madre; porque yo había cuidado de que la noticia no llegara a los periódicos. Y luego que me avine a comprar la línea de camiones para mi yerno, Liza acabó perdonándome definitivamente. No era asunto de la incumbencia de Matthews; pero me acordé de que por aquellas latitudes los médicos se consideran con derecho a saberlo todo y enterarse de todo—. ¿Por qué, doctor?
El hombre me estudió, dejó que sus ojos volvieran a recorrer el coche, y luego levantó el vaso para apurar el whisky.
—Simple curiosidad... No, caramba, tanto da que sea sincero. Al fin y al cabo, la verás dentro de unos momentos. Es una anciana, Andrew, y posee una fortuna que podríamos calificar de muy saneadita. Cuando los hijos, que no se han acordado de ella durante años enteros se presentan de pronto, puede que no sea por cariño. ¡Pero yo no permitiré que ahora le pase nada a Martha!
Las implicaciones de estas palabras encajaban demasiado con mis propias sospechas, que noté se consolidaban, mezclándose con disgusto y un toque de miedo. No quería hacer la pregunta. Quería enojarme con él, y acusarle de viejo entrometido. Pero había de saberlo.
—¿Quiere decir... demencia senil?
—No —respondió prestamente, enarcando un poco una ceja—. ¡No, Andrew, no está loca! Está en excelentes condiciones físicas, y bastante cuerda para cuidar de sí misma durante los quince años que es probable que aún viva. No necesita médicos de lujo ni psiquiatras. Acuérdate de esto, nada más, y de que es una anciana. 
¡Trece hijos en menos de veinte años! Viuda antes de los cuarenta. Solitaria todos estos años últimos, aunque sea demasiado independiente para molestar a sus hijos. Las ancianas tienen derecho a toda suerte de felicidad que puedan proporcionarse. ¡No lo olvides!
Se interrumpió; pareció sorprendido de sí mismo. Luego se puso en pie y cogió el sombrero.
—Vamos, te acompañaré.
El buen médico me fue dando una lección de historia local mientras corríamos por unas calles en las que, la última vez que estuve por allí, se cultivaba el maíz. Donde antes había la arboleda, ahora se levantaba un hospital, y la fuente antigua quedaba escondida por una casa de vecinos. La casona en que nacimos nosotros continuaba en pie, extendiéndose con fea afectuosidad entre aquellas imitaciones de cajas de piano a las que hoy en día llaman casas.
Quise volverme; pero Matthews me hizo seña de que le siguiera por la acera. La puerta de la calle continuaba abierta. El médico entró, ladeando la cabeza hacia las escaleras.
—¡Martha! ¡Eh, Martha!
—Ha vuelto Jimmy, doctor —respondió desde arriba una voz. Era la de mi madre, inalterada, salvo por un canturreo desconcertante, que no le había oído nunca, y exhalé un profundo suspiro de alivio.
—Muy bien, Martha —contestó el médico—. Le veré un momento, pues, y más tarde la visitaré a usted. Porque cuando vea a quién le traigo, no me querrá por aquí. ¡Es Andrew!
—¡Qué bien! ¡Dígale que se siente, y me visto en un minuto!
El doctor levantó los hombros.
—Pasaré unos minutos sentado en el jardín —me dijo—. Luego regresaré allá en taxi. Pero, recuérdalo: tu madre merece toda la dicha que se pueda procurar. ¡No se la arruines!
El médico salió por la puerta del fondo; yo encontré el saloncito y me dejé caer en el viejo sofá. Luego arrugué la frente. Lo habíamos subido al ático en 1913, cuando papá compró el mobiliario nuevo. Afiné la mirada a través de la semioscuridad y fui distinguiendo todos los muebles antiguos. 
Hasta la alfombra era la misma que había cuando yo era pequeño. Entonces pasé a las otras habitaciones, y las encontré tal como estaban cuarenta años atrás, excepto por el televisor de la sala de estar y la cocina, completamente moderna, con una olla de sopa burbujeando a lomos del fogón.
Volvía a sentir una especie de nudo en la garganta y la misma inquietud que experimentaba anteriormente, cuando el sonido de pasos en las escaleras me hizo levantar los ojos.
Mamá bajaba, con cierta lentitud, pero sin ningún signo de debilidad. No apoyaba la mano en la baranda. Habría podido hacer juego perfectamente con los muebles de la casa, salvo por las arrugas y el cabello blanco. Llevaba un vestido nuevo, ¡aunque copia exacta del que solía llevar cuando yo era niño todavía!
Parece que no oyó la exclamación que emití. Su mano se levantó para coger la mía, y todo su cuerpo se inclinó adelante para besarme en la mejilla.
—Tienes muy buen aspecto, Andrew. Ea, veamos, veamos. Hummm. Liza te alimenta bien, lo noto. Pero apuesto a que te comerías una sopa y un pastel realmente preparados en casa, ¿eh? Ven a la cocina. Te los preparo en un minuto.
No sólo estaba en excelente forma física, sino que parecía quince años más joven de lo que realmente era. Y hasta se acordó de llamarme Andrew, en lugar de los varios apodos cariñosos que utilizó durante mi infancia. ¡Aquello no era senilidad! 
Una mujer senil habría echado mano del más antiguo de dichos apodos, según yo recordaba muy bien, en particular por haber tenido que luchar denodadamente para conseguir que abandonase los nombrecitos de la niñez. Sin embargo, la casa...
Mi madre iba y venía por la cocina, y me sirvió una sopa caliente riquísima. Cuando yo era niño, mi madre no era buena cocinera; pero había ido mejorando continuamente, y ahora resultaba superlativa.
—Supongo que el doctor ha pronunciado bien el nombre de Jimmy —dijo con toda naturalidad—. Ahora se ha ido a correr por ahí. Bueno, después de pasarse dos semanas encerrado aquí con el sarampión, no puedo reprochárselo. Recuerdo cómo estabas tú cuando lo tuviste. ¿Te has fijado en cómo he ordenado la casa, Andrew?
—Me he fijado en los muebles antiguos. Pero ¿ese Jimmy...?
—Ah, tú no le conoces, ¿verdad que no? No importa; le conocerás. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte, Andrew?
Procuré imaginarme la situación, mientras maldecía al doctor por no haberme avisado. Claro, había oído algo acerca de que uno de mis varios sobrinos había quedado viudo. ¿Sería el que tenía ese muchacho joven? Pero ¿no se marchó a Alaska? No, ése era el hijo de Frank. Además, ¿por qué había de cargar nadie a mi madre con las tareas de cuidar a un chiquillo? Había una multitud de mujeres más jóvenes en la familia.
Advertí que me miraba fijamente, y recobré la compostura.
—Saldré dentro de un par de horas, madre. Solamente...
—Has sido muy amable viniendo —me interrumpió, siguiendo su vieja costumbre de interrumpir nuestras respuestas—. Tenía siempre el propósito de ir a veros a ti y a Liza; pero el arreglo de la casa me tuvo muy ocupada. Dos hombres bajaron los muebles del ático; pero todo lo demás lo hice yo sola. Con estos muebles antiguos aquí, me siento más joven.
Echó en un plato una cuarta parte de pastel de melocotón y me lo puso delante, junto con una buena taza de café caliente. También ella se sirvió pastel de melocotón y se llenó la taza de café. Yo me representaba mentalmente a Liza con sus vitaminas y sus dietas. ¿Cuál era la senil?
—Ahora Jimmy va a la escuela —dijo—. Está loco por su profesora, además. ¿Más pastel, Andrew? Tendré que guardar un trozo para el pequeño Jimmy, pero todavía quedan dos.
Se oyó un ruido súbito en el exterior; mamá se levantó de un salto y fue apresuradamente hacia la puerta trasera. Luego volvió a entrar en la cocina.
—No era nada —explicó—. Sólo el hijo de una vecina tomando un atajo. De todos modos, me gustaría que fuesen más agradables y jugasen con Jimmy. A veces se siente solo. ¿Te gusta mi cocina, Andrew?
—Es bonita —dije con cautela, procurando no perder los hilos de la conversación—. Pero bastante moderna.
—La cocina y el televisor, en efecto —convino alegremente—. Hay cosas modernas que son bonitas. También lo son algunas antiguas. En la cama tengo un colchón de espuma de caucho; pero el resto del cuarto... Sube, Andrew. ¡Te enseñaré una cosa que me parece elegante de veras!
La casa estaba limpia y no tenía ninguna habitación cerrada. Yo lo iba meditando mientras subíamos las escaleras. Y no había visto ninguna criada. Mi madre soltó un bufido de desprecio cuando mencioné el hecho.
—Claro que lo hago yo. Es trabajo de mujer, ¿verdad? Además, Jimmy me ayuda un poco. Se está volviendo muy servicial.
El dormitorio era algo digno de ser contemplado. Me recordó lo que había visto yo en grabados y películas sobre los años noventa del siglo pasado; lleno de voluntes y chucherías. El resto de la casa quedaba apagado por el trabajo que habían realizado los años, al pasar, decolorando tapizados y papeles de las paredes. En cambio, aquí todo parecía brillante y nuevo.
—Contraté a un joven decorador de Chicago para que la arreglase —explicó con orgullo—. Como la hubiera querido yo cuando era niña. Costó una fortuna; pero Jimmy me dijo que debía hacerlo, puesto que lo quería así. —Y se rió de buena gana—. Siéntate, Andrew. ¿Qué tal van Liza y tú? ¿Se siguen peleando por aquella bribonzuela con la que te sorprendió, o Liza ha seguido mi consejo? Fue muy tonta al dejar que te enterases de que lo sabía. Yo he comprobado que nunca se muestra tan amoroso un hombre como cuando tiene un pecadillo..., especialmente si a la sazón la mujer le trata con verdadera dulzura.
Pasamos una hora larga hablando de varias cosas, y me sentí muy a gusto. Le expliqué cómo, finalmente, nos devolvían nuestro hijo menor; embarcaría pronto. Me dejé regañar por consentir cómo consentía que mi hijo mayor abusara de mí, y por lo que ella llamaba mi estupidez en relación a mi yerno. Su idea de dejarle, al principio, reducido únicamente a la condición de socio joven no era mala. Hubiera debido ocurrírseme a mí mismo. También me explicó todas las habladurías referentes a la familia. Fuese como fuere, seguía la marcha de los acontecimientos. 
Yo no me había enterado siquiera de la defunción de Pete; aunque sí había tenido noticia de otras dos. Tuve el propósito de asistir a los entierros; pero hubo entonces aquel considerable negocio con la Midcity Asphalt y luego el ímprobo trabajo que nos dio el meter a nuestro hombre en el Congreso. Son cosas que siempre suelen presentarse en los momentos menos oportunos.
Cuando me levanté por fin, no sentía el menor temor de que mi madre pudiera poner en ridículo a la familia. Si Matthews se figuraba que podía molestarme el hecho de que hubiera vuelto a instalar los muebles antiguos y de que hubiera hecho decorar esta habitación a estilo ultramoderno, y no importa lo que le hubiera costado, él era quien estaba senil. 
En verdad, me sentía a gusto. Aquello había sido mejor que una partida entera de golf, ganando yo. Me puse a decirle que pensaba volver pronto. Hasta pensaba traer a Liza y la familia, cuando hiciera las vacaciones, en lugar de irnos a Bermuda como habíamos hablado.
Ella se levantó para besarme otra vez. Luego se contuvo.
—¡Dios santo! Ya te marchas, y todavía no conoces a Jimmy. ¡Siéntate un momento, nada más, Andrew!
Levantó prestamente la persiana, dando paso al olor de las rosas de detrás de la casa.
—¡Jimmy! ¡Jimmy! Se hace tarde. Entra. Pero lávate la cara y las manos antes de subir. Quiero que conozcas a tu tío Andrew.
Mamá regresó, sonriendo como si pidiera excusas.
—Es mi mimado, Andrew —dijo—. Yo siempre procuré ser equitativa en el amor a mis hijos; ¡pero pienso que a Jimmy le tengo un cariño especial!
Abajo se oyó el ruido de una puerta cerrándose con cuidado; luego percibí las pisadas apagadas de un muchacho subiendo hacia la cocina. Mamá continuaba sonriendo con ancha sonrisa, más dichosa de lo que la había visto yo en muchos años... desde que murió papá, en realidad. Luego las pisadas sonaron en las escaleras. 
Yo sonreía para mí mismo pensando que Jimmy debía de subir los escalones de dos en dos, utilizando la baranda para darse impulso. De pequeño, yo siempre lo hacía así. Estaba meditando en cuán similares son todos los muchachos cuando las pisadas llegaron al rellano y se encaminaron hacia la habitación.
Me disponía a mirar hacia la puerta; pero el cambio operado en el rostro de mi madre me llamó la atención. De pronto parecía incluso joven, y los ojos le brillaban mientras fijaba la mirada en la puerta, detrás de mí.
Oí el leve ruido de la misma al abrirse y cerrarse, e inicié el movimiento de volverme. Pero entonces sentí un cosquilleo en el espinazo. ¡Allí había algo anormal!
Luego, al dar media vuelta, lo reconocí. Cuando se abre una puerta, el aire de la habitación se mueve. Y aunque nunca nos fijamos en este movimiento, si no se produce nos llama la atención. Entonces, esta anormalidad nos dice que no pudo tratarse de una puerta auténtica. Esta vez, el aire no se había movido.
Ahora los pasos sonaban delante de mí, indecisos, como los de un muchachito tímido, de unos seis años. Pero allí no había nadie. La gruesa alfombra no se hundía siquiera mientras el suave sonido de los pasos se acercaba y se paraba, enfrente mismo de mí.
—Este es tío Andrew, Jimmy —anunció mi madre, gozosa—. Dale la mano como un niño bien educado, vamos. Ha venido de lejos, de Des Moines, para verte.
Yo tendí la mano, impulsado por un vago deseo de complacerla, al mismo tiempo que sentía correr un sudor frío por los brazos y las piernas. Hasta moví la mano como si alguien me la estrechara. Luego me dirigí con paso inseguro hacia la puerta, la abrí de golpe y empecé a bajar las escaleras.
Detrás, sonaban inciertos los pasos del niño, siguiéndome hasta el rellano. Pero a continuación los apagaron las pisadas de mi madre, al bajar rápidamente las escaleras para alcanzarme.
—¡Andrew, pienso que en presencia de un niño te vuelves tímido! Tú no me engañas. ¡Te marchas corriendo, sólo porque no sabes qué decirle a Jimmy! —Y sonreía divertida. Luego me cogió la mano de nuevo—. Vuelve pronto, muy pronto, Andrew.
No sé cómo, pero creo que pronuncié las frases oportunas. Ella se volvió para subir las escaleras de nuevo, al mismo tiempo que yo oía el crujido de unas pisadas arriba, allí donde no había nadie. Luego salí de la casa y subí al coche. Tuve la buena suerte de encontrar un par de sorbos de whisky en una botella de la guantera. Aunque el licor no me sirvió de mucho.
Evité el pasar por delante de la vivienda del doctor Matthews. Me dirigí hacia la carretera principal y apuré al máximo el potente motor, sin que me importara la policía. Quería poner toda la distancia que pudiera entre mi persona y las pisadas espectrales del pequeño Jimmy. ¿Un fantasma? ¡Ni eso siquiera! Sólo unas pisadas y el ruido levísimo de una puerta que no se abrió. Jimmy no era ni un fantasma siquiera; no podía serlo.
Tuve que disminuir la marcha cuando brotó de mi garganta la primera carcajada. Salí de la carretera y dejé que la risa me sacudiese, hasta que el dolor de costado acabó por cortarla.
Después de este desahogo me sentí mejor. Y cuando volví a poner el «Cadillac» en marcha, empezaba a pensar. Al llegar a las afueras de Des Moines lo tenía resuelto y explicado todo.
Se trataba de una alucinación, por supuesto. El doctor Matthews había tratado de avisarme de que mi madre sufría una determinada forma de chochez. Se había creado un hijo para sí, retrocediendo hasta su propia juventud. El colegio que no existía, la pasión por la profesora, el sarampión..., todo eran cosas reales que volvía a vivir a través de Jimmy. 
Pero como se mantenía tan completamente cuerda sobre cualquier cuestión excepto esta única fantasía, me había engañado, me había hecho creer que estaba en posesión de todas sus facultades. Cuando explicó el retorno de los muebles antiguos, eliminó todas mis dudas, que se habían centrado en este punto.
Sí, me hizo dar por descontado que Jimmy era un niño real. Y me había inducido a oír pisadas cuando su propia actitud de persona que escucha me había preparado para ello. Sus propias, ligeras reacciones, me habían atraído a seguir su imaginación... sin duda vi algún leve gesto y seguí su propia marcha. Aquello había sido estupendamente real, para ella... y yo había sufrido una ilusión de los sentidos.
No era imposible. Ahí está el secreto de muchas de las grandes ilusiones del escenario. Contribuyeron al fenómeno mis propios recuerdos de la vieja casona, y le dio vida el hecho de que ella creía en los pasos como ningún ilusionista de escenario podría creer. Me convencí a mí mismo casi por completo. Tenía que convencerme. Acabé casi desterrando de mi mente aquellas pisadas y no pensé sino en mi madre. 
Las palabras del médico me volvieron a la memoria, y moví la cabeza asintiendo. Se trataba de una fantasía inofensiva, y mi madre tenía derecho a gozar de este placer. Estaba sobradamente cuerda para cuidar de sí misma, sin duda alguna, y mucho mejor, físicamente, de lo que podía reclamar. Con el interés que demostraba el doctor Matthews por ella, no había motivo para que yo me inquietase por nada.
Así que cuando metía el coche en el garaje ya estaba haciendo planes otra vez para organizar la empresa de transportes, siguiendo el consejo que me había dado mamá de constituirme en el socio más antiguo. No había perdido el día, después de todo.
La vida continuaba casi exactamente igual que de costumbre. Mi hijo menor había regresado a casa por una temporada. Yo había esperado su retorno con gran emoción; pero en cierto modo el Ejército había roto los lazos entre nosotros. Ni cuando yo tenía tiempo, nunca hallábamos muchos temas de conversación. 
Se me figura que sentimos una especie de alivio cuando se fue a ocupar un empleo en Nueva York; en todo caso yo estaba muy atareado despejando las consecuencias de una camorra en que se había metido el hijo mayor. Mi hija estaba encinta de nuevo, y su marido daba pruebas de una incapacidad total por colaborar conmigo. No me quedaba mucho tiempo para pensar en el pequeño Jimmy. Liza no me había preguntado detalles del viaje, y era una suerte, porque así nada me impedía olvidarlo en buena parte.
De vez en cuando escribía a mi madre, ahora. Sus cartas se hicieron más largas, y a veces aparecía en ellas el nombre de Jimmy, junto con unos consejos sobre el negocio de los transportes. La mayor parte eran perfectamente inútiles, por supuesto; pero vi que sabía mucho más de negocios de lo que yo me figuraba. Lo cual me daba motivo para volverle a escribir.
Durante un tiempo pagué unos crecidos honorarios a un psiquiatra; pero en general se limitó a confirmar las conclusiones que yo mismo había sacado. Y como las otras tonterías que quería meterme en la mollera no me interesaban, al cabo de un tiempo dejé de consultarle.
Luego me olvidé por completo de esta cuestión. Fue cuando la New Mode Roofing and Asphalt lanzó el primer globo sonda sugiriendo una fusión. Yo había echado la semilla de esta idea durante meses; pero el conseguir que se hiciera de modo que la dirección quedara en mis manos resultó un problema espinoso. Finalmente tuve que ceder en parte, aviniéndome a trasladar la sede general a Akron, cortando, de la noche a la mañana, nuestras raíces de donde las habíamos clavado y aposentándonos de nuevo. 
Liza me armó una escena tremenda, y nuestra hija se negó lisa y llanamente a trasladarse. Hete ahí que cuando el negocio de los transportes empezaba a dejar ganancias, tuve que resignarme a entregárselo por entero a mi yerno. Aunque la separación se nos iba echando encima ya desde que él se negó a despedir a mi hijo mayor de la tarea de conducir un camión con remolque.
Quizá diera lo mismo. Al chico parecía gustarle el cambio. Estaríamos en Akron, nadie sabría nada de lo sucedido, y él saldría mejor librado que cuando rondaba con alguno de los amigos que tenía antes. Pensaba escribir a mamá sobre este asunto, puesto que una vez me lo sugirió, y yo hasta sospechaba que ella tuvo algo que ver. Pero el traslado acaparó toda mi atención. Luego hubo el problema de organizar la nueva empresa.
Decidí visitar a mi madre en lugar de escribirle. Esta vez no me dejaría engañar por aquella alucinación. El nuevo psiquiatra me lo aseguró, y me aconsejó que fuera. Yo había señalado ya en mi calendario la fecha del mes próximo para la visita.
El proyecto no pudo llegar a buen fin. El doctor Mattews me telefoneó a las dos de la madrugada, después de haber perdido dos días averiguando mi paradero a través de amigos y conocidos. Naturalmente, a nadie se le ocurrió buscar mi nombre en una guía comercial.
Mamá tenía pulmonía y la prognosis era desfavorable.
—A su edad, estas cosas son serias —dijo. Y esta vez no daba un tono profesional a la voz—. Será mejor que vengas tan pronto como puedas. Ella ha preguntado por ti varias veces.
—Contrato un avión al momento —respondí. Esto desataría el infierno en la reunión que teníamos convocada para discutir el asunto de las acciones; pero, evidentemente, yo no podía dejar de acudir al lado de mi madre. Casi me había convencido, días atrás, de que la buena mujer continuaría en pie veinte años más. Y ahora—... ¿Cómo ha sido?
—Fue la tormenta de la semana pasada. ¡Salió con los chanclos y un paraguas, en medio de la tormenta, para recoger a Jimmy en el colegio! Se mojó hasta los huesos. Cuando llegué a su casa ya tenía fiebre. Lo he probado todo; pero...
Colgué el aparato sintiendo náuseas. ¡El pequeño Jimmy! Por un minuto deseé que fuera bastante real para poderlo estrangular.
Llamé a la puerta de Liza y le encargué que contratase el avión mientras yo hacía el equipaje y despertaba a mi secretaria por el otro teléfono. Liza me llevó al aeropuerto, donde el aeroplano se estaba calentando mientras esperaba. Me volvía para decir adiós a mi esposa y me encontré con que estaba sacando otra bolsa del portamaletas.
—Te acompaño —anunció llanamente. Inicié una discusión, vi la cara que ponía, y lo dejé.
Unos minutos después, despegábamos.
La mayor parte de nuestros familiares estaban allí ya, rondando por las cercanías del dormitorio recién decorado donde mi madre yacía bajo una tienda de oxígeno; puñados de familiares grandes y pequeños ocupaban todas las habitaciones del segundo piso, fijas las miradas en la cerrada puerta y hablando y discutiendo con los ásperos susurros que la gente emplea en el escenario de la muerte.
Matthews les indicó, con el ademán, que se retiraran y se acercó a mí inmediatamente.
—Me temo que no hay esperanza, Andrew —dijo, con lágrimas en los ojos.
—¿No podemos hacer nada? —preguntó Liza, cuya voz descendió, adoptando el murmullo áspero de las otras—. ¿Nada en absoluto, doctor?
Matthews meneó la cabeza.
—He hablado ya con los mejores colegas de la región. Lo hemos intentado todo. Hasta las plegarias.
Desde un costado del vestíbulo, Agnes emitió un bufido sonoro. Al parecer su ateísmo militante no se dejaba domesticar por nada. No importaba. La casa estaba invadida por la muerte; su presencia era tan clara que se olía. A mí siempre me ha fastidiado el derroche y la banalidad de la muerte. Pero ahora aquello me afectaba personalmente, y era peor. Detrás de aquella puerta cerrada yacía mi madre, moribunda, y no podía hacer nada por socorrerla.
—¿Puedo entrar? —pregunté, contra mi deseo.
Matthews hizo un gesto de asentimiento.
—Ahora ya no puede perjudicarla. Y ella quería verte.
Entré detrás del médico, con los ojos de los demás clavados en mi espalda. Matthews hizo una seña a la enfermera para que saliese y se acercó a la ventanilla. El sonido de asfixia que producía su garganta dominaba el leve silbido del oxígeno. Yo vacilé; después me acerqué a la cama.
Mamá estaba tendida en ella, y tenía los ojos abiertos. Los dirigió hacia mí; pero no se notó que me reconociera. Sus delgadas manos tiraban de la transparente tienda que la cubría. Yo miré a Matthews, quien movió la cabeza lentamente en signo afirmativo.
—Ahora ya no importará.
El médico me ayudó a apartar la tienda. La mano de mi madre tentaba el aire, mientras el ruido sibilante de su respiración aumentaba de volumen. Probé de seguir la dirección de su dedo al señalar. Pero fue Matthews quien cogió un retrato pequeño de un muchachito y se lo puso en las manos. Ella se lo acercó al pecho.
—¡Mamá! —El grito me salió más fuerte de lo que me proponía—. ¡Soy Andy! ¡Estoy aquí!
Volvió los ojos de nuevo y movió los apergaminados labios.
—¿Andrew? —preguntó con voz débil. Luego pasó brevemente por su rostro la sombra de una sonrisa. Meneó un poquitín la cabeza—. ¡Jimmy! ¡Jimmy! —Sus manos levantaron el retrato hasta que pudo verlo—. ¡Jimmy! —repitió.
De abajo subió el sonido de una puerta cerrándose dulcemente, y unas pisadas cruzaron el suelo del piso. Luego emprendieron las escaleras, de dos en dos; pero ahora las pisadas eran rápidas, sin necesidad de la baranda. Cruzaron el rellano. La puerta continuó cerrada, pero se oyó el ruidito de una empuñadura al girar. Unas pisadas jóvenes cruzaron la alfombra, invisibles; era un sonido que parecía reducir al silencio a todos los demás. Las pisadas llegaron a la cama y se detuvieron.
Mamá volvió los ojos en aquella dirección, y la sonrisa se encendió de nuevo. Una mano se levantó. Luego mi madre se echó atrás y dejó de respirar.
El silencio quedó interrumpido nuevamente por el ruido de unos pies..., unos pies más pesados, más seguros, que pareció se plantaban en el suelo bajando de la cama. Sonaron dos series de pisadas. Unas podían ser las de un muchachito. Las otras eran unos sones rápidos, secos que sólo puede producir una mujer joven que se apresura con su primogénito al lado. Las pisadas cruzaron la habitación.
Esta vez no hubo ningún titubeo ante la puerta, ni ruido alguno de que ésta se abriera o cerrara. Las pisadas continuaron por el rellano y las escaleras. Mientras Matthews y yo seguíamos hacia el vestíbulo, las pisadas parecieron acelerarse en dirección a la puerta trasera. Ahora, por fin, se percibió el ruidito suave, pausado de una puerta al cerrarse, y luego el silencio.
Yo miré atrás bruscamente y vi los ojos de todos los demás fijos en la puerta trasera, mientras las estiradas faces revelaban unas emociones de las que nunca había sido testigo. Agnes se levantó despacio, con los ojos hacia lo alto. Sus delgados labios se abrieron, vacilaron y se cerraron en una línea tensa. Volvió a sentarse como una mujer–palo que se plegase, dirigiendo una mirada a su alrededor para ver si los otros se habían fijado.
Su hija subía del piso inferior, corriendo escaleras arriba.
—¡Mamá! ¡Mamá!, ¿quién era el niño que he oído pasar?
Yo no esperé la respuesta, ni las palabras roncas con que Matthews confirmó la noticia del fallecimiento de mi madre. Yo había vuelto al lado del pobre cuerpo anciano, y le quité el retrato de las cerradas manos.
Liza me había seguido; su faz empezaba apenas a recobrar el color.
—Espectros —dijo con voz trastornada. Luego movió la cabeza y su acento se dulcificó—. Era tu madre y una hija que ha venido del otro mundo, a buscarla. Yo siempre pensé...
—No —le dije—. No es una de aquellas hermanas mías que murieron demasiado jóvenes. No es tan sencillo, Liza. No es tan cómodo. Era un niño. Un niño que tuvo el sarampión a los seis años, que subía los escalones de dos en dos..., un niño llamado Jimmy...
Ella me miró fijamente, con expresión dubitativa; luego bajó los ojos hacia el retrato que yo tenía en la mano..., un retrato de mí mismo a los seis años.
—Pero tú... —empezó. En seguida se volvió, sin terminar, mientras los otros empezaban a entrar desordenadamente en la habitación. Tuvimos que quedarnos para la ceremonia, naturalmente, aunque me figuro que mi madre no me necesitaba en el funeral. Ya tenía a su Jimmy.
Mamá quiso que yo me llamase James, en honor a su padre; pero papá se empeñó en que me llamara Andrew, en honor al suyo. Venció papá, y me pusieron Andrew en primer lugar. Pero hasta que cumplí los diez años, mamá siempre me llamó Jimmy. Jimmy, Andy, Andrew, A. J. Recordé que, según las antiguas creencias, el nombre de un hombre formaba parte de su alma.
De todos modos, aquello no tenía sentido, por mucho que quisiera analizarlo. Probé de discutirlo con Matthews; pero el médico no quiso hacer ningún comentario. Lo intenté también con Liza cuando estábamos en el aeroplano, de regreso.
—Creo en el espíritu de mi madre —terminé diciendo. Lo había pasado y repasado todo tantas veces por mi mente, que había acabado aceptando el hecho—. Pero ¿quién era Jimmy? Todos le oímos, hasta la hija de Agnes le oyó desde abajo. De manera que no se trató de una ilusión de los sentidos. Pero no puede ser un fantasma. ¡Un fantasma es un espíritu que ha retornado, el alma de un hombre que falleció!
—¿Y bien...? —preguntó Liza fríamente. Yo aguardé, pero ella continuó mirando por la ventanilla del aeroplano, sin pronunciar ni una palabra más.
Antes solía pensar yo que el conocer un fantasma había de infundirle seguridad a un hombre. Ahora no lo sé. Si al menos pudiera explicarme lo del pequeño Jimmy...

La prueba - H. G. Ewers

Toby Warwick tenía miedo. Dos horas antes se había separado disimuladamente de sus compañeros de clase, porque con su alboroto ahuyentaban a los animales del bosque, que a él tanto le gustaba obser­var. Ahora, en cambio, añoraba la presencia de sus ruidosos amigos. Pero eso no tenía remedio. Toby se había extraviado. 

Sin duda la señora Barlett, su profesora, habría observado ya su desaparición. Toby se imaginó durante unos momentos cómo le llama­ban todos. Algo absurdo, porque era sordo de naci­miento. No era la primera vez, en sus trece años de vida, que Toby se daba cuenta de lo que le dife­renciaba de los demás, pero nunca había sentido tan profundamente su desgracia como ahora.

Dentro de su mala fortuna, sin embargo, Toby podía considerarse dichoso. La gran suerte del mu­chacho se llamaba Gardner Warwick y era su pa­dre, que con inagotable paciencia había ido ense­ñando al niño el difícil arte de leer en los labios, de modo que Toby podía asistir a la misma escuela que los chicos normales y con harta frecuencia lle­gaba a olvidar su incapacidad de oír.

Toby siguió un estrecho sendero. No sabía si avanzaba en la dirección acertada. Sólo estaba se­guro de hallarse en los bosques casi vírgenes de las Colinas Negras y que, en alguna parte, en diez kilómetros a la redonda, corría la carretera que con­ducía de Lead a Newcastle. Y allí, en un estaciona­miento situado a cuatro kilómetros de Lead, aguar­daba el autobús escolar que había trasladado los niños desde Newcastle hasta los bosques.

Toby tenía conciencia que no todos los cami­nos llevaban a la carretera salvadora. Si tomaba la dirección contraria, le tocaría andar por lo menos diecisiete kilómetros para salir a la de Moorcroft-Spearfish. Y también podía equivocarse e ir a parar al triángulo de bosques que se extendía al sudoeste. Eso significaría tener que recorrer ochenta kilóme­tros de selva virgen sombría, montañosa y en buena parte llena de pantanos, y en realidad la distancia sería aún mayor, ya que le resultaría imposible avan­zar siempre en línea recta. Por si fuera poco, dos horas más tarde anochecería.

Si Toby hubiera sabido que en aquellos instantes la señora Barlett iniciaba su búsqueda desde la ca­rretera, ayudada por casi cincuenta muchachos, pro­bablemente habría permanecido donde estaba. Pero, dadas las circunstancias, hizo todo lo contrario. Los animales del bosque, por los cuales se había apar­tado de sus compañeros, eran ahora para él la en­carnación del temor y del abandono. 

Al no poder oír cómo se acercaban, su presencia le sorprendía cada vez de nuevo y hacía que, pese a su carácter inofensivo, le pareciesen malos espíritus. Su fantasía infantil poblaba el silencioso bosque de todos los personajes imaginables y Toby aceleró el paso más y más hasta que, por fin, quedó agotado.

Llegó como pudo hasta un pequeño calvero, y allí se dejó caer, jadeante, entre poas y sellos de Salomón, cubriéndose la cara con las manos, como si con ello apartara de sí el peligro. Pasado un rato, se fue calmando. Echó la cabeza hacia atrás y con­templó el cielo. Allí arriba refulgía solitaria una estrella..., tan solitaria como él. Pero la estrella tendría pronto compañía, mientras que él permane­cería incomunicado.

De súbito, los ojos del muchacho se abrieron des­mesuradamente. En línea, diagonal descendente se deslizaba, por el cielo, un pálido resplandor que ad­quirió después un brillo azulado y pareció posarse detrás de las cercanas copas de los árboles. Perma­neció allí un rato cual silenciosa columna de fuego para adquirir poco a poco la forma de una flecha indicadora que destacaba refulgente contra el fondo gris del crepúsculo y disolverse de arriba abajo como una exhalación.

Toby respiraba con angustia. ¿Qué habría sido eso? ¿Una estrella fugaz? Nunca había visto un cuer­po luminoso tan claro, y mucho menos en pleno anochecer. Entonces recordó que, con frecuencia, los equipos de localización empleaban bengalas para anunciar su presencia a las personas extraviadas, y Toby quedó convencido que todo Lead y al me­nos la mitad de los habitantes de Newcastle le an­daba buscando. Con aquel cohete querían indicarle el camino. La esperanza dio nuevas fuerzas al niño, que echó a correr al encuentro de la ansiada sal­vación.

Una hora más tarde, Toby no había descubierto todavía a ningún miembro del equipo de salvamento y el abatimiento volvió a apoderarse de él. Lenta­mente se abrió paso entre la espesura. Cada vez le costaba más luchar contra el creciente cansancio. De pronto se movieron las ramas que tenía delante. Du­rante unos segundos se hizo visible la borrosa si­lueta de un ser humano.

—¡Aquí estoy! —chilló el muchacho, temeroso de no ser visto.

Los arbustos se entreabrieron. Primero asomó el doble cañón de una escopeta de caza, y a conti­nuación surgió de la semioscuridad la forma de algo que hacía ya mucho tiempo que no merecía el nom­bre de sombrero. Debajo de eso apareció otra cosa extraña, semejante a una maraña de estopa. Toby necesitó unos momentos para comprender que aque­llo era una barba mal cuidada. 

El aspecto del indi­viduo hizo que se arrepintiera de haber delatado su presencia. La gente de Newcastle hablaba mucho de delincuentes que tenían su escondrijo en las Colinas Negras, y la idea que Toby se había formado de uno de esos bandidos correspondía exactamente al tipo del desconocido.

Entretanto, el hombre se aproximaba al niño. El olor a aguardiente y tabaco de mascar que des­pedía no contribuyó, ciertamente, a inspirarle más confianza.

—¿Qué haces aquí? —rugió una voz procedente del negro agujero que se abría entre la pelambre que cubría la parte inferior de la cara, desde la nariz de ave de rapiña.

Toby tuvo dificultad para leer las palabras en aquellos labios.

—Yo..., yo busco... —tartamudeó, aunque se corrigió en seguida—: La gente de Lead y Newcastle me buscan. Seguramente llegarán de un momento a otro. No hace mucho, vi la bengala...

El muchachito confiaba en que el hombre se asus­tara y pusiera pies en polvorosa, pero no fue así.

—¡Ah...! —dijo el desconocido, a la par que ba­jaba el arma—. Conque te buscan, ¿eh? ¿Te has escapado? —añadió, alargando las palabras.

El hombre avanzó y Toby retrocedió temeroso. Pero el otro fue más rápido y le agarró por el cuello de la camisa.

—¡Eh! —exclamó—. ¡Nada de escabullirte, amiguito! ¿Crees que los vecinos de Lead y Newcastle no tienen otras cosas que hacer que correr detrás de ti?

El viejo sonrió de pronto, y Toby sintió casi cier­ta simpatía por él, lo que le hizo suspirar de alivio.

El hombre guiñó los ojos en una pícara mueca.

—De modo que tenías miedo de mí... ¡Ja, ja, ja! Desde luego, el viejo Lister no está muy presentable. Pero eso sería mucho pedir de un guardabosques, ¿no te parece?

Toby experimentó un sentimiento de alivio. ¡Era Lister, el guarda! En Newcastle ya había oído hablar de él. Propiamente era el mismo Lister quien se había nombrado guardabosques, ya que no existía designación oficial alguna, pero como el hombre no pedía dinero a cambio ni causaba daño, se le tole­raba de manera tácita. Y lo cierto era que más de un caminante solitario que se había perdido le de­bía la vida.

Toby observaba atento su boca, para no perderse ni una sola palabra. Pero de pronto, su mirada se desvió. Detrás del viejo Lister acababa de percibir otro movimiento. El guardabosques demostró ser hombre de ojo avizor, porque observó en seguida el cambio de expresión en el rostro de Toby. 

Se volvió con brusquedad y quedó aterrado al ver la extraña aparición que oscilaba ligeramente en la os­curidad y destacaba pálida contra la negrura de la maleza. Toby había oído hablar mucho de fantas­mas, aunque no creía en ellos. Ahora, sin embargo, las viejas historias de miedo de Mammy Rahel pa­recían haber adquirido vida.

Lo que allí permanecía inmóvil, no era hombre ni animal. Toby tuvo la impresión que era un capullo de gusano de seda que flotaba a poca dis­tancia del suelo, compuesto de hilos indescriptible­mente finos, blancos y además fluorescentes... Sólo que se trataba de un capullo de dimensiones gigan­tescas, ya que al menos medía un metro de largo y veinticinco centímetros de ancho.

Estaban tan asustados que ni el chico ni el an­ciano guardabosques se atrevían a moverse. Final­mente, cuando del centro de la sedosa cubierta sur­gieron poco a poco tres largos tentáculos o tubos, del grueso de un dedo, que se movían de un lado a otro como si el viento los meciese, Lister salió de su estupor. Con gesto decidido alzó la escopeta y apuntó contra la misteriosa figura. Pero no apretó el gatillo. Por lo visto, no sabía en qué categoría de espíritus incluir aquella aparición.

Pero también el fantasma vaciló. De momento volvió a introducir sus miembros, o lo que fueran, en el capullo, y en su lugar asomó una masa rosada y pulsante. Toby observó, con mirada desorbitada, cómo la reluciente masa iba adquiriendo forma de boca casi humana. Los «labios» se movieron, pero el muchacho estaba demasiado sorprendido para leer algo en ellos. Tampoco Lister reaccionó. Enton­ces, la aparición debió perder la paciencia, porque comenzó a acercarse al anciano con boca súbitamente inmóvil. Lister no supo ya qué hacer y dis­paró.

Toby vio el fogonazo y el humo producido por la pólvora. Comprobó asimismo que la figura se tam­baleaba, aunque con asombrosa rapidez volvía a re­cobrar el equilibrio. Y de nuevo se movieron los labios, de forma que el niño pudo descifrar al fin una palabra.

—¡Tatvamahsi!

Toby no entendió el significado de aquella expre­sión. Absorto, siguió con los ojos clavados en la extraña boca. Dos veces repitió la misma palabra. ¿Qué pretendía con ello aquel extraño ser? El mu­chachito buscó al viejo con la mirada..., y quedó horrorizado. Dio un grito ahogado, y cayó sin sen­tido.

Aun así, la terrible visión le acompañó en su in­consciencia.

¡La imagen de un hombre que se transformaba en un convulso bolo gelatinoso!

Cuando Toby Warwick despertó, estaba bañado en sudor. Notó que su cuerpo temblaba y supo en seguida que tenía miedo de algo espantoso. Sin em­bargo, no logró recordar de qué se trataba. ¿Le ha­bía martirizado alguna pesadilla? El muchacho buscó a tientas la lamparita de la mesa de noche, pero no la encontró. En cambio, sus dedos chocaron contra una cosa fría que se escurrió al momento.

De súbito se encendió una luz. Cegado por ella, Toby no se dio cuenta que se aproximaba una figura blanca. La vio sólo cuando estaba ya junto a su cama. Instintivamente, Toby se estremeció. Aque­lla figura le había traído un recuerdo confuso. Sus ojos se deslizaron hacia arriba por la blanca super­ficie. El rostro rosado de una enfermera le miraba sonriente.

—¿Qué, por fin despertaste, pequeño fugitivo? —leyó Toby en sus labios.

El niño arrugó la frente. ¿Fugitivo él? No acaba­ba de comprenderlo...

—¿Dónde..., dónde estoy? —musitó.

—En el hospital, Toby. Pero no temas, que no tienes nada de particular. Únicamente estás todavía un poco agotado, lo que no es de extrañar, después de tanto correr de un lado a otro.

—¿Yo de un lado a otro...?

—Ahora debes descansar, muchacho.

La enfermera barrió en silencio los fragmentos de un vaso roto. Él lo habría tirado al suelo sin darse cuenta. Poco después, la enfermera se acercó a la cama con un nuevo vaso de agua en el que echó unos polvos blancos, y se lo ofreció a Toby:

—Bebe esto, pequeño, y verás cómo sientes ali­vio.

El chico obedeció y vació el vaso de un solo trago, pues de pronto sentía una sed abrasadora. La enfermera dijo entonces:

—Ahora sé bueno y vuelve a echarte, ¿eh? Yo no tardaré en estar otra vez contigo.

Toby hizo un mohín de disgusto. Aquella enfer­mera le resultaba empalagosa. ¡Al fin y al cabo tenía ya trece años! Se recostó en la almohada y cerró los ojos, dispuesto a no abrirlos cuando regresara la mujer. Pero no necesitó llevar a cabo ese propó­sito porque, mucho antes que volviera la enfer­mera, Toby dormía profundamente.

De momento, el chico no supo qué le había des­pertado. Un rostro delgado y enérgico, con gafas de concha, se inclinaba sobre él.

—¿Me entiendes, Toby? —pronunciaron los labios.

El muchacho asintió, todavía un poco amodo­rrado.

La cara desapareció para retornar a los pocos instantes.

—¿Quién es usted? —preguntó Toby.

—Soy el doctor Berull, hijo. ¿Crees tener sufi­ciente fuerza para levantarte?

—¡Quiero volver a casa, con papá! —declaró el niño, enérgico.

El rostro se movió de arriba abajo, en un gesto afirmativo.

—Claro que sí, Toby. Puedes irte en seguida. Sólo que... —evidentemente, el médico buscaba las pala­bras adecuadas—, hay unos señores, muy amables por cierto, que desean hablarte antes. ¿Harás el fa­vor de atenderles?

Toby asintió de nuevo. Conocía de sobra a los mayores para saber que una negativa no iba a ser­virle de nada. Se vistió con prisa, una vez que el doctor le hubo ayudado a salir de la cama. El mu­chacho tenía prisa por salvar el último obstáculo que le separaba de su padre, porque lentamente, y de modo incompleto, volvían a su memoria los su­cesos de las Colinas Negras.

Cuando el doctor Berull le hizo cruzar una puer­ta que daba a un despacho, Toby experimentó un desengaño. No se había hecho una idea concreta de esos «amables señores» que le aguardaban, pero sí confiaba en que su aspecto fuese un poco extraordi­nario. 

Pero nada de eso. Se trataba de tres señores de cierta edad y cara bondadosa que, en primer lu­gar, se interesaban por las revistas que tenían exten­didas delante. El muchacho permaneció cosa de un segundo en la habitación sin que le hicieran caso, y se sintió pequeño e insignificante.

Por fin, el mayor y más grueso de los tres dejó la lectura y miró a Toby con sus ojos claros, de mirada franca.

—¡Ah, ya tenemos aquí a nuestro fugitivo! —ex­clamó, a la vez que alargaba la mano para asir a Toby y hacerle sentar en un cuarto sillón.

También los otros dos señores dejaron sus revis­tas y sonrieron al niño con benevolencia, aunque de manera un poco enigmática.

—Ante todo, vamos a presentarnos —dijo el más viejo—. Yo soy Ray. Ray Stinson. Tío Ray para ti, y estos señores —añadió, señalando con un ligero gesto de la mano a sus acompañantes, que hasta entonces no habían abierto la boca— son Joe Welsh y Rex Hine. Y tú eres Toby Warwick...

Lo último fue más una constatación que una pre­gunta. No obstante, Toby contestó con un vacilante «sí, señor».

—¡Tío Ray! —le corrigió el hombre grueso, que se reclinó comodón en su butaca, hizo salir azulados aros de humo del cigarro y volvió a enmudecer. Toby, nervioso, se escurría de un lado a otro de su asiento. Ansiaba poder relatar lo vivido en el bosque.

—Pues bien... —el tío Ray reanudó la conversa­ción—. Cuéntanos ahora todo lo que ocurrió desde que te extraviaste. Pero procura hacerlo de forma ordenada.

Por vez primera apareció una chispa de interés en los ojos de sus compañeros. Pero Toby estaba demasiado excitado para fijarse en ello. Empezó a explicar sus aventuras. Al principio, con inseguridad y naciendo muchas pausas. Luego, las palabras bro­taron de sus labios como un torrente. Sus oyentes demostraban atención y paciencia. Sólo cuando, al término de su relato, volvió a tartamudear un poco, intervino el tío Ray con un carraspeo:

—Está bien, muchacho... Conque el señor Lister disparó con su escopeta contra el..., el espíritu. ¿Sa­bes si le dio?

Toby hizo un gesto de afirmación, pensativo.

—Creo que sí. El fantasma o lo que fuera se tambaleó unos instantes, pero el tiro no pareció haberle hecho daño.

—¡Claro, a un espíritu poco puede importarle que le suelten un balazo o toda una andanada de perdi­gones! —rió uno de los hombres.

—¡Cállese, Joel —le increpó Ray Stinson—. Con­tinúa, muchacho. ¿Qué más sucedió?

—Pues... —prosiguió Toby con voz temblorosa—. Entonces gritó algo..., y, de pronto, el..., el guarda­bosques desapareció.

—¡Ah! ¿Adónde se fue el viejo Lister? —inquirió Ray, inclinándose hacia el muchacho.

Toby sacudió la cabeza.

—No se marchó. Eso puedo jurarlo. La maleza era tan espesa, que le hubiera costado trabajo abrirse camino. Desapareció, simplemente. Pero allí donde él había estado, quedó una..., una...

—Una masa gelatinosa de color verde —le ayudó el tío Ray.

El chico miró a Stinson con reproche.

—No era una masa, sino un bolo, un bolo de un metro de altura, más o menos, y el cañón de la escopeta asomaba un trozo de esa forma rara...

—¡Exactamente lo que nosotros encontramos! —intervino el hombre llamado Joe—. ¡Pero un ser humano no puede convertirse así como así en un bolo de gelatina! ¿Estás seguro que ese «espí­ritu» no llevaba un arma en la mano?

—¡Sí no tenía manos! —repuso Toby, molesto.

Joe lanzó un suspiro.

—Está bien... Quizá carecía de manos, como tú afirmas. Sin embargo, algo tuvo que hacer...

—Sólo dijo una palabra. Nada más. Lo leí clara­mente en su boca.

—¿Y qué dijo?

Tres pares de ojos se clavaron en el muchacho.

—A ver... Ta..., ta... No, no era eso. Takamah... ¡Ya lo tengo! La palabra era tatvamahsi.

Mientras intentaba recordar tan extraña expre­sión, Toby había cerrado los ojos para concentrar­se mejor. Después, cuando los abrió, creyó morir de espanto. Los tres hombres habían desaparecido. En su lugar, los sillones estaban ocupados por tres bolos de una gelatina verdosa.

El muchacho fue incapaz de mover ni un dedo. En cambio, chilló. Chillaba todavía cuando el mé­dico se presentó en compañía de dos enfermeras. También éstas empezaron a gritar. El doctor fue el único que, aun con visible esfuerzo, logró dominarse y agarrar el teléfono.

 —¡Habla de una vez! ¿Qué ocurrió en el despa­cho del hospital? ¿Qué les hiciste a mis tres hom­bres?

La voz del desconocido era dura y amenazadora. Todo lo contrario de la del desdichado tío Ray. Pero Toby no era capaz de distinguirlo, aunque por el rostro congestionado del inspector comprendió que estaba fuera de sí. No había duda: echaban la culpa a Toby de los misteriosos sucesos. La presencia de seis policías armados hasta los dientes era suficien­temente elocuente.

Toby se echó a llorar. Ni siquiera recordaba con claridad cómo le habían transportado desde el hos­pital. ¡Pero él era inocente! ¿Sí...? ¿Lo era en rea­lidad? Poco a poco, Toby fue comprendiendo la si­tuación, lo que le hizo aún más obstinado.

El inspector golpeó la mesa con una regla. Luego dio media vuelta bruscamente y agarró a Toby por el cuello de la camisa.

—Amigo —comenzó—, voy a decirte una cosa. ¡O bien me explicas en seguida todo lo ocurrido, sin pérdida de tiempo, o te encerraremos en nuestra celda más oscura!

El inspector Thorcraft no era el monstruo por el que Toby le tomaba. Pero el hombre había lle­gado al límite de su resistencia. Lo que acababa de pasar le parecía tan horrible, tan escalofriante, que no por ser policía estaba menos impresionado que los demás.

—¿Qué me respondes? —insistió en tono amena­zador.

Toby tragó saliva. En su martirizado cerebro ha­bía nacido una idea salvadora...

—Deme lápiz y papel, por favor, y entonces es­cribiré la palabra. Temo que, si la pronuncio...

El inspector levantó una ceja, pero sin más co­mentarios se volvió de cara a la mesa y entregó al muchacho lo que había pedido. Toby dio las gra­cias con un gesto de cabeza y, con grandes y torpes letras, se puso a escribir la misteriosa palabra TATVAMAHSI.

—Tome, señor —dijo con voz insegura—, pero le ruego que no lea eso en voz alta. La desgracia podría repetirse...

Thorcraft estudió ceñudo la hoja de papel.

—Hum... De acuerdo, Toby. Espero que no nos hayas ocultado nada y que ésta sea realmente la palabra, aunque no me explico cómo...

—No les engaño, señor. ¿Puedo irme ahora a casa?

—Todavía no, hijo. Antes tenemos que compro­bar la veracidad de tu declaración, ¿entiendes? —contestó el inspector, pese a que no tenía aún la menor idea de cómo demostrar el efecto de aquel vocablo fatal. Si Toby no había mentido, era total­mente imposible hacerlo.

—De momento regresa a tu habitación —prosi­guió—. Nada debes temer si dijiste la verdad.

Hizo una señal a los dos agentes uniformados, que flanquearon a Toby y se lo llevaron.

Sólo entonces entró en escena el delgado cien­tífico de cabellos grises que mientras tanto había permanecido silencioso en un rincón. Thorcraft le miró muy serio.

—¿Qué opina de esta historia, profesor Prayer?

—¡Que es fantástica! —susurró el sabio—. Tengo la impresión, sin embargo, que el chico no mien­te. Claro que será muy difícil probarlo. ¿Qué no­ticias han llegado de las Colinas Negras, inspector?

—Nada nuevo —replicó Thorcraft, a la vez que encendía un pitillo—. Los equipos de investigación no han encontrado nada, por ahora, ninguna huella de la extraña aparición. Se diría que se la ha tragado el suelo, si no existió solamente en la imaginación de ese chiquillo.

—Sí, claro, también hay que admitir tal posibi­lidad —admitió Prayer de mala gana—. Pero con­tamos con testigos cada vez más numerosos que, aquel anochecer, se produjo un fenómeno celeste muy raro... Todos coinciden en que una columna de fuego descendió poco a poco sobre la Tierra y desa­pareció en la misma parte de bosque donde luego fue encontrado Toby.

Thorcraft movió la cabeza.

—Un meteorito. ¿Qué iba a ser, si no? ¿Relaciona usted acaso los dos sucesos?

—Naturalmente, inspector, y usted debiera ha­cer lo mismo. Porque ese fenómeno celeste no fue un aerolito, según el informe del observatorio de Yerkes, en la bahía de Williams.

—¿Y qué relación ven los astrónomos entre una cosa y otra?

—Ninguna, inspector. ¿Supone que hablé a esos señores de nuestro problema? Por ahora no debe correr la voz, pero nosotros debemos reflexionar muy en serio sobre el asunto. ¿Qué sería más fan­tástico: la aparición de un auténtico fantasma o..., el aterrizaje de un ser no terrestre?

—¿De un... extraterrestre?

Thorcraft saltó de su asiento, pero luego movió la cabeza en sentido negativo.

—Perdone, profesor, pero no puedo aceptar tal cosa. ¿Qué iba a buscar aquí uno de esos seres?

—Trate de adivinarlo, inspector —contestó Pra­yer, y con estas palabras dejó solo al policía.

Thorcraft le siguió con la mirada, caviloso, y apretó los labios.

—Empiezo a dudar de mi cordura —murmuró—, pero..., ¡diantre! Sea como fuere, tengo que redac­tar el informe para el gobernador.

Al cabo de media hora, el inspector firmó el do­cumento estrictamente confidencial y lo mandó por medio de un correo. Había pensado en todo, pues, en lo referente a su trabajo, Thorcraft era hombre exacto hasta la pedantería. Tampoco omitía la adver­tencia de Toby. Al final del informe aparecía sub­rayada con tres líneas rojas.

Pero, ¿quién lee un escrito de abajo arriba?

 El gobernador se hallaba todavía en su despacho de Cheyenne, capital del estado de Wyoming, cuan­do le llegó el informe del inspector. Ordenó al por­tador, un robusto sargento, que aguardara la posible respuesta y se dejó caer con un suspiro de fatiga en el sillón situado detrás de su enorme mesa de trabajo. Sus pensamientos nada tenían de amables. 

El dudoso suceso se había producido en una zona donde se unían las fronteras de Wyoming y Dakota del Sur. De haber ocurrido la cosa trescientos me­tros más al este, sería su colega de Pierre quien ten­dría que enfrentarse con el engorroso problema.

«...Debo comunicarle, muy a pesar mío, que los equipos encargados de la búsqueda no han descubierto aún huella alguna del misterioso ser. Sin embargo, dado el peligro a que se extienda el pánico, me permito recomendar que el asunto se mantenga en el más absoluto se­creto...»

—¡En el más absoluto secreto! —gruñó el gober­nador entre dientes, al mismo tiempo que por su tosca pipa hecha con una mazorca de maíz echaba volutas de humo azulado—. ¡Ese Thorcraft se ha creído que es más listo que yo!

Con cara de pocos amigos prosiguió la lectura... Según declaraba el testigo Toby Warwick, la trans­formación se presentaba siempre como efecto de una palabra al parecer sin sentido, la palabra tatvamahsi.

Y repitió en voz baja:

Tatvamahsi...

Allí, a media frase, terminó la existencia de lo que había sido el gobernador del estado federal de Wyoming. Un aro de humo brotó de la pipa, que permaneció todavía un instante pegada a un bolo de gelatina verdosa y luego cayó al suelo.

Cuando la secretaria llamó tímidamente a la puer­ta media hora más tarde, no obtuvo respuesta. Va­ciló todavía algunos segundos y, por fin, abrió con decisión. El sargento que esperaba en la habitación contigua llegó a tiempo de sujetarla entre sus bra­zos cuando la mujer, dando un grito terrible, se derrumbó desmayada. El suboficial Hawkins la acos­tó cuidadosamente en una butaca y penetró en el despacho.

Lo único que logró decir al descubrir el gelati­noso bolo verde, fueron estas duras palabras:

—¡Qué tipo más idiota! Ahora los problemas serán para mí...

Se dirigió furioso al teléfono y pidió inmediata comunicación con el inspector Thorcraft.

La indiscreción de los periodistas es tan prover­bial, que no hace falta destacarla de nuevo. Malo sería el reportero que no averiguara hasta los más ocultos secretos de estado.

Roland Denoyer, responsable de los programas de los recién inaugurados estudios de televisión de Kaycee, no sintió remordimientos de conciencia cuan­do entregó al locutor de turno el informe especial, redactado con el máximo esmero. Denoyer consideró un deber patriótico poner a sus conciudadanos so­bre aviso respecto del peligro que corrían a causa de su desprevención.

Quizá se habría evitado más de una desgracia si Ernest Hobble, llamado por sus colegas «el bello Ernest» no hubiera tenido la mala costumbre de prescindir del reglamento que ordenaba leer al me­nos dos veces cada texto, en silencio, antes de la emisión. Estaba seguro de su talento como locutor, y lo lucía.

Los estudios de Kaycee eran algo aún descono­cido para los habitantes del estado de Wyoming. Para remediar pronto tal situación, Denoyer se ha­bía ocupado de incluir en el programa algunos es­pacios sensacionalistas y, en efecto, mucha gente se apresuró a buscar en sus aparatos el nuevo canal.

También la familia Haggadey lo hizo. En la semioscuridad de la sala de estar se oía un gorgoteo. El señor Haggadey bebía cerveza, aunque sin apartar ni por un segundo los ojos del televisor. A su lado crujieron papeles. La señora Haggadey se dedicaba a abrir una caja de bombones, a despecho del con­sejo del médico y de la circunferencia de su propio abdomen. 

Los oídos de la mujer captaban entusias­mados la música para transmitirla a su alma, mientras que el marido se interesaba más por las bien formadas piernas de las bailarinas.

En consecuencia, y aunque por distinta causa, los dos se mostraron disgustados cuando la pan­talla se oscureció tras resplandecer brevemente. De cualquier forma no llegaron a protestar abiertamen­te, ya que la pantalla volvió a iluminarse y en ella apareció, cual deslumbrante cometa, el elegante Ernest Hobble. 

A la señora Haggadey se le atragantó el bombón de licor que tenía en la boca, y no se le pasó la tos hasta que el esposo le hubo dado unos cuantos golpecitos en la espalda. Ella le apartó de un empujón, al fin, y así pudieron, entender los dos las palabras del locutor:

 «... Resulta incomprensible que la policía y el gobernador silencien tan graves sucesos. En nuestra opinión, el pueblo tiene derecho a ser protegido de un destino espantoso mediante rá­pida información...»

—¡Debe andar suelto algún maníaco sexual! —ex­clamó indignada la señora Haggadey.

—¡Silencio! —bramó el marido, a la vez que abría ruidosamente una lata de cerveza. La cuarta.

 «... by Warwick. Éste fue testigo de los ho­rribles sucesos y es, además, el único supervi­viente. En círculos bien informados se habla del aterrizaje de una nave espacial marciana. Numerosos habitantes de Lead presenciaron la caída de una especie de cabellera de fuego que, sin duda, procede del ingenio que tomó tierra en las Colinas Negras. Habla también en favor de una invasión marciana el método de ataque del monstruo. 

Según Warwick con­siste en una palabra evidentemente mágica ca­paz de producir la transformación de las per­sonas en una especie de bolos de gelatina ver­dosa. Y como quiera que tal palabra surte igualmente efecto si una persona la pronuncia, ad­vertimos a todos los telespectadores que la pa­labra tatvamahsi...»

La voz del locutor se interrumpió bruscamente. Pero nadie tuvo tiempo de extrañarse, porque los miles y miles de bolos gelatinosos sentados ante los ahora mudos televisores eran ya incapaces de ha­blar. Los últimos ruidos que hubo en casa de los Haggadey consistieron en el sordo choque contra el suelo de una lata de cerveza a medio vaciar, y en otro, más suave, que produjo la caja de bombones al resbalar sobre la alfombra.

Y todo ello era consecuencia de un error. De un pequeñísimo error. Ernest Hobble había leído dema­siado tarde la observación, subrayada con una grue­sa raya roja, que decía: «¡Proyectar la palabra sin pronunciarla

Aquella estancia envuelta en la luz de un cre­púsculo azulado no se hallaba en la Tierra, sino en la proa de una nave cilíndrica que volaba alrededor del tercer planeta solar. Los blanquecinos seres en forma de gigantesco capullo de gusano de seda, que flotaban silenciosos en torno a las paredes violáceas de un cerebro mecánico, parecían fruto de una pe­sadilla. Sin embargo, es de suponer que a un hu­mano le hubiera impresionado más el fantasmal si­lencio que la enigmática existencia de los enormes capullos.

Pero el silencio era sólo aparente. Los seres esta­ban enzarzados en una viva discusión que no nece­sitaba de la palabra hablada, ya que sus pensamien­tos saltaban invisibles e inaudibles de un cerebro a otro.

—¿Qué revela la última evaluación, Anshagom? —preguntó el comandante de la nave espacial al psicólogo especializado en razas extrañas.

—Nada bueno, Huhbarum. Cuatro quintas partes de la comunidad de seres ha sido víctima del tatvamahsi. Sospecho que volvimos a presentarnos de­masiado pronto.

—O sea que el resultado es negativo, como la úl­tima vez. No podemos hacer nada. Anota esto para el fichero, Anshagom: la segunda visita a la Tierra ha demostrado que el comienzo está hecho. La Tie­rra posee una vida rica, pero todavía no cuenta con una especie que predomine por completo. 

Sin em­bargo, ciertos seres convivientes prometen una evo­lución favorable, si bien su actual reacción a la pa­labra clave no indica suficiente inteligencia. Se pro­pone, por lo tanto, reducir los intervalos entre las inspecciones a un millón de años.

—Listo, Huhbarum. ¿Suspendo los efectos del tatvamahsi?

—Sí. No les asustemos innecesariamente. Conecta el revertidor. ¡La prueba de inteligencia ha termi­nado!