Le indicó que lo mejor para seguir el curioso tratamiento iba a ser que se hiciera socio de Donantes de Sangre. Loperena fue objeto de nuestras chanzas durante un tiempo, hasta que, conforme iban transcurriendo los días y comprobamos que a la pregunta: «¿Qué, has ido ya a sacarte sangre?», seguía respondiendo con evasivas, comprendimos algo que ni remotamente podíamos sospechar en él: estaba cagado de miedo.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Donante - Iban Zaldua
Le indicó que lo mejor para seguir el curioso tratamiento iba a ser que se hiciera socio de Donantes de Sangre. Loperena fue objeto de nuestras chanzas durante un tiempo, hasta que, conforme iban transcurriendo los días y comprobamos que a la pregunta: «¿Qué, has ido ya a sacarte sangre?», seguía respondiendo con evasivas, comprendimos algo que ni remotamente podíamos sospechar en él: estaba cagado de miedo.
El Misterioso Caso De Styles - Agatha Christie
Capítulo 2 - Dieciséis y diecisiete de julio
Había llegado a Styles el 5 de julio. Relataré a continuación los hechos ocurridos el 16 y 17 de aquel mes. Recapitularé los incidentes de aquellos días con tanta exactitud como me sea posible. Estos hechos salieron a la luz posteriormente, en el proceso, después de largos y pesados interrogatorios.
Recibí una carta de Evelyn Howard un par de días después de su marcha; en ella me decía que trabajaba como enfermera en el gran hospital de Middlingham, ciudad industrial a unas quince millas de Styles, y me rogaba le hiciera saber si la señora Inglethorp daba muestras de desear reconciliarse.
La única sombra que enturbiaba la tranquilidad de mi estancia en Styles era la extraordinaria preferencia de la señora Cavendish por la compañía del doctor Bauerstein, preferencia que me parecía incomprensible. No podía comprender qué era lo que veía en él, pero siempre estaba invitándole y con frecuencia hacían largas excursiones juntos. Sinceramente, su atractivo era para mí un misterio.
El 16 de julio cayó en lunes. Fue un día de mucho movimiento. La famosa tómbola se había inaugurado el sábado anterior, y aquella noche se representaría una función relacionada con la fiesta de la caridad, en la que la señora Inglethorp recitaría un poema patriótico. Habíamos estado toda la mañana muy atareados arreglando y decorando el local del pueblo donde la función iba a celebrarse. Almorzamos tarde y salimos al jardín a descansar. Observé que la actitud de John no era del todo normal. Parecía muy excitado e inquieto.
Después del té, la señora Inglethorp se retiró a sus habitaciones y yo desafié a Mary Cavendish a un partido de tenis.
A eso de las siete menos cuarto, la señora Inglethorp nos avisó a gritos que la comida se adelantaría aquella noche y que no íbamos a estar a punto. Tuvimos que darnos mucha prisa para llegar a tiempo y, antes de terminar de comer, el coche ya esperaba en la puerta.
La función constituyó un gran éxito y la actuación de la señora Inglethorp fue premiada con una ovación. Hubo también algunos cuadros plásticos en los que intervino Cynthia. La muchacha no regresó con nosotros, por haber sido invitada a una cena y a pasar la noche con unos amigos que habían actuado con ella en la representación.
A la mañana siguiente, la señora Inglethorp desayunó en la cama por encontrarse fatigada, pero a las 12:30 se presentó muy animada y nos arrastró a Lawrence y a mí a una comida en casa de unos amigos.
—Una invitación amabilísima de la señora Rolleston —dijo—. Es hermana de lady Tadminster. Los Rolleston vinieron a Inglaterra con Guillermo el Conquistador. Una de nuestras familias más antiguas.
Mary se había excusado de asistir, pretextando un compromiso con el doctor Bauerstein.
La comida resultó muy agradable y, al volver, Lawrence sugirió que pasáramos por Tarminster, dando un rodeo de una milla escasa, y le hiciéramos una visita a Cynthia en su dispensario. A la señora Inglethorp le pareció una idea excelente, pero como tenía que escribir varias cartas dijo que nos dejaría allí y que volviéramos con Cynthia cuanto antes en el tílburi.
El portero del hospital nos detuvo por sospechosos hasta que apareció Cynthia y respondió por nosotros. Su aspecto era reposado y estaba muy mona con su larga bata blanca. Nos llevó a su cuarto y nos presentó a un compañero suyo, individuo de aspecto terrible, a quien Cynthia llamaba alegremente «Nibs».
—¡Qué cantidad de botellas! —exclamé, dejando vagar la mirada por el pequeño cuarto—. ¿Sabe usted realmente lo que hay en todas ellas?
—Diga algo original —rezongó Cynthia—. Todo el que viene aquí dice lo mismo. Estamos pensando en conceder un premio al primero que no diga: «¡Qué cantidad de botellas!». Y ya sé qué es lo que va a decir ahora: «¿A cuántas personas ha envenenado?».
Me confesé culpable, riendo.
—Si supieran ustedes lo fácil que es envenenar a una persona por error, no bromearían acerca de ello. Vamos, vamos a tomar el té. Tenemos toda clase de provisiones en el armario. ¡No, Lawrence, ese es el armario de los venenos! El grande, eso es.
Tomamos el té alegremente y ayudamos a Cynthia a fregar los cacharros. Acabábamos de guardar la última cucharilla cuando se oyó un golpe en la puerta. Súbitamente, los rostros de Cynthia y Nibs se endurecieron, adquiriendo una expresión antipática.
—Pase —dijo Cynthia en tono profesional.
Apareció una joven enfermera de aspecto asustado, que entregó a Nibs una botella. Este, a su vez, se la dio a Cynthia, diciendo enigmáticamente:
—Yo no estoy aquí hoy.
Cynthia cogió la botella y la examinó con la severidad de un juez.
—Tenían que haberla traído esta mañana.
—La enfermera lo siente mucho. Se olvidó.
—La enfermera debería haber leído las instrucciones que hay en la puerta.
Por la expresión de la enfermerita comprendí que no había la menor probabilidad de que se atreviera a transmitir el mensaje a la temible «enfermera».
—De modo que ya no se puede hacer nada hasta mañana —concluyó Cynthia.
—¿No sería posible hacerlo esta noche?
—Estamos muy ocupados, pero si hay tiempo se hará —dijo Cynthia, condescendiente.
La pequeña enfermera se retiró y Cynthia cogió un frasco del estante, llenó la botella y la colocó en la mesa. Me reí.
—¿Manteniendo la disciplina?
—Eso es. Venga al balcón. Desde allí se ven todos los pabellones.
Seguí a Cynthia y a su amigo, quienes me señalaron las diferentes salas. Lawrence se quedó atrás, pero al cabo de unos segundos Cynthia se volvió y le dijo que se reuniera con nosotros. Entonces miró su reloj de pulsera.
—¿No nos queda nada que hacer, Nibs?
—No.
—Muy bien. Entonces cerraremos y nos vamos.
Aquella tarde había visto a Lawrence bajo un aspecto totalmente distinto. Comparado con John, era extraordinariamente difícil llegar a conocerlo. Era opuesto a su hermano en casi todo. Sin embargo, había cierto encanto en su modo de ser y me pareció que, conociéndolo bien, podría tomársele gran afecto. Por regla general, su actitud respecto a Cynthia era algo cohibida, y ella, por su parte, se sentía tímida en su presencia. Pero aquella tarde estaban los dos muy alegres y charlaban como un par de chiquillos.
Cuando cruzábamos el pueblo, recordé que necesitaba unos sellos y, por consiguiente, nos detuvimos ante la oficina de correos.
Al salir de esta oficina, tropecé con un hombrecillo que entraba. Me hice a un lado, ofreciendo mis excusas, cuando de pronto, con una exclamación, me estrechó entre sus brazos y me besó calurosamente.
—¡Mi amigo Hastings! —exclamó—. ¡Pero si es mi amigo Hastings!
—¡Poirot! —exclamé.
Me volví a explicar a mis amigos, que seguían en el tílburi:
—Cynthia, es un encuentro realmente agradable para mí. Mi viejo amigo monsieur Poirot, a quien no había visto desde hace años. Ya comprenderá mi alegría ante tal encuentro.
—Pero si ya lo conocemos —dijo Cynthia, alegremente—. Y no tenía la menor idea de que fuera amigo suyo.
—Es cierto —dijo Poirot seriamente—. Conozco a la señorita Cynthia. Si estoy aquí es gracias a la bondadosa señora Inglethorp. Sí, amigo mío, ha ofrecido hospitalidad a siete refugiados de mi país. Nosotros, los belgas, le estamos eternamente agradecidos.
Poirot era un hombrecillo de aspecto fuera de lo corriente. Mediría escasamente 1,60 m de altura, pero su porte resultaba muy digno. Su cabeza tenía la forma exacta de un huevo y acostumbraba a inclinarla ligeramente hacia un lado. Su bigote era tieso y de aspecto militar. La pulcritud de su atuendo era casi increíble; dudo que una herida de bala pudiera causarle el mismo disgusto que una mota de polvo. Sin embargo, este curioso hombrecillo, que, por desgracia, y según pude observar, cojeaba ligeramente, había sido en sus tiempos uno de los miembros más destacados de la policía belga. Como detective, su olfato era extraordinario, y había obtenido resonantes éxitos ventilando algunos de los casos más desconcertantes de la época.
Me señaló la casita donde habitaban él y su compatriota y prometí ir a verle en fecha próxima. Saludó ceremoniosamente a Cynthia, quitándose el sombrero, y nos marchamos.
—Es un hombrecillo encantador —dijo Cynthia—. No tenía idea de que lo conocía usted.
—Han dado ustedes albergue a una celebridad —repliqué.
Y durante todo el camino les recité las hazañas y éxitos de Hércules Poirot.
Llegamos a casa en alegre disposición de ánimo. Al atravesar el vestíbulo, vimos a la señora Inglethorp que salía de su *boudoir*. Parecía nerviosa y trastornada.
—¡Ah!, sois vosotros —dijo.
—¿Pasa algo, tía Emily? —preguntó Cynthia.
—Claro que no —dijo bruscamente la señora Inglethorp—. ¿Qué va a pasar?
Y viendo a Dorcas, la doncella, que se dirigía al salón, le dijo que le llevara unos sellos al *boudoir*.
—Sí, señora —la vieja sirvienta titubeó y dijo al fin, tímidamente—: ¿No cree usted, señora, que haría bien en irse a la cama? Parece usted fatigada.
—Puede ser que tenga usted razón, Dorcas, sí... No, ahora no. Tengo que terminar algunas cartas para que alcancen el correo. ¿Ha encendido el fuego en mi cuarto, como le dije?
—Sí, señora.
—Entonces me iré a la cama inmediatamente después de comer.
Entró de nuevo en su *boudoir* y Cynthia se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos.
—¡Por Dios bendito! ¿Qué pasará? —le dijo a Lawrence.
Él no la oyó, al parecer, pues, sin decir una palabra, giró sobre sus talones, nos echó una mirada y salió de la casa inmediatamente.
Le propuse a Cynthia un rápido partido de tenis antes de cenar y, habiendo sido aceptada mi proposición, corrí escaleras arriba a buscar mi raqueta.
La señora Cavendish bajaba en aquel momento. Puede ser que fuera mi imaginación, pero parecía agitada.
—¿Fue agradable el paseo con el doctor Bauerstein? —pregunté, tan indiferente como me fue posible.
—No fui —contestó bruscamente—. ¿Dónde está la señora Inglethorp?
—En el *boudoir*.
Su mano se agarraba con fuerza a la baranda. Después pareció acumular energías para una entrevista difícil y rápidamente bajó las escaleras y cruzó el vestíbulo en dirección al *boudoir*, donde entró cerrando la puerta tras ella.
Unos minutos después, camino del campo de tenis, tuve que pasar por delante de la ventana abierta del *boudoir* y no pude evitar oír lo siguiente:
—¿Entonces no quiere usted enseñármelo? —decía Mary Cavendish con la voz de una persona que hace esfuerzos desesperados por dominarse.
—Querida Mary, no tiene nada que ver con el asunto —replicó la señora Inglethorp.
—Pues enséñemelo entonces.
—Ya te he dicho que no es lo que te imaginas. No te incumbe en absoluto.
A lo cual Mary Cavendish replicó con amargura creciente:
—¡Claro está! ¡Debería haber supuesto que usted lo protegería!
Cynthia me esperaba y me recibió diciendo con vehemencia:
—¡Oiga, Hastings! ¡Ha habido un lío espantoso! Se lo he sacado a Dorcas.
—¿Qué clase de lío?
—Entre tía Emily y él. Espero que al fin sabrá quién es.
—¿Andaba Dorcas presente?
—Claro que no. Estaba «cerca de la puerta, por casualidad». Ha sido algo serio. Me gustaría saber el motivo.
Recordé la cara agitada de la señora Raikes y las advertencias de la señorita Howard, pero decidí prudentemente guardar silencio, mientras Cynthia agotaba toda posible hipótesis. Al fin dijo, esperanzada:
—Tía Emily le echará de casa y no volverá a dirigirle la palabra.
Tenía grandes deseos de hablar con John, pero no pude encontrarle. Era evidente que algo muy grave había ocurrido, sin querer, y, a pesar de todos mis esfuerzos, no conseguía apartarlo de mi imaginación. ¿Qué relación tendría Mary Cavendish con el asunto?
El señor Inglethorp estaba en el salón cuando bajé a cenar. Su rostro aparecía tan impasible como de costumbre y volvió a impresionarme la extraña irrealidad que emanaba en gran manera de su persona.
La señora Inglethorp fue la última en bajar. Parecía estar todavía fatigada y durante la comida reinó un silencio un poco forzado. Generalmente rodeaba a su mujer de pequeñas atenciones, colocando un cojín a su espalda y representando el papel de marido complaciente. Después de comer, la señora Inglethorp se retiró de nuevo a su *boudoir*.
—Mándame allí mi café, Mary —pidió—. Sólo tengo cinco minutos si quiero que las cartas no pierdan el correo.
Cynthia y yo nos sentamos junto a la ventana abierta del salón. Mary Cavendish nos llevó allí el café. Parecía excitada.
—¿Quiere la gente joven que encienda las luces o prefieren la semioscuridad del crepúsculo? —preguntó—. Cynthia, por favor, llévale el café a la señora Inglethorp. Voy a servirlo.
—Déjelo, Mary, yo lo haré —dijo Inglethorp. Él mismo lo sirvió y salió del cuarto llevándolo con cuidado.
Lawrence le siguió y la señora Cavendish se sentó junto a nosotros.
Permanecieron los tres en silencio durante algún tiempo. Era una noche maravillosa, cálida y tranquila. La señora Cavendish se abanicaba dulcemente con una hoja de palma.
—Hace casi demasiado calor. Tendremos tormenta a no tardar.
¡Lástima que estos momentos llenos de armonía no puedan durar! El sonido de una voz conocida que yo detestaba profundamente hizo añicos mi paraíso.
—¡El doctor Bauerstein! —exclamó Cynthia—. ¡Vaya unas horas de venir!
Dirigí a Mary Cavendish una mirada recelosa, pero permanecía impasible, sin que se alterase siquiera la deliciosa palidez de sus mejillas. Segundos más tarde, Alfred Inglethorp introducía al doctor, quien se disculpaba riendo por entrar en el salón en aquella facha. Realmente, estaba cubierto de barro de pies a cabeza y ofrecía un aspecto lamentable.
—¿Qué ha estado usted haciendo, doctor? —exclamó la señora Cavendish.
—Tengo que disculparme —dijo el médico—. No quería entrar, pero el señor Inglethorp insistió con tanto ahínco.
—La verdad es, Bauerstein, que está usted hecho una pena —dijo John, que venía del vestíbulo—. Tome una taza de café y cuéntenos qué le ha ocurrido.
—Gracias.
Se rió con melancolía y explicó que había descubierto una especie muy rara de helecho en un lugar inaccesible, y que en sus esfuerzos por apoderarse de él había perdido pie, cayendo de modo lamentable a una charca.
—Me sequé pronto al sol —añadió—, pero mi aspecto es lamentable.
En este momento, la señora Inglethorp llamó a Cynthia desde el vestíbulo y la muchacha salió corriendo.
—¿Quieres subirme la caja morada de los papeles? Me voy a la cama.
La puerta que daba al vestíbulo era ancha. Me levanté al mismo tiempo que Cynthia. John estaba a mi lado. Por tanto, éramos tres los testigos que podríamos jurar que la señora Inglethorp llevaba en la mano su taza de café, que aún no había probado.
La presencia del doctor Bauerstein me estropeó la velada por completo. Me parecía que no iba a marcharse nunca. Sin embargo, al fin se levantó y suspiré aliviado.
—Bajaré al pueblo con usted —dijo Inglethorp—. Tengo que ver al administrador para tratar de unas cuentas. —Se volvió a John—: No es necesario que nadie me espere levantado. Llevaré el llavín.
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Capítulo 3 - La noche de la tragedia
Para que resulte clara esta parte de mi relato, incluyo el siguiente plano del primer piso de Styles. A las habitaciones de la servidumbre se llega a través de la puerta B. No tiene comunicación con el ala derecha, donde estaban situadas las habitaciones de los Inglethorp.
Debía de ser hacia la mitad de la noche cuando me despertó Lawrence Cavendish. Tenía una vela en la mano y por la agitación de su rostro se veía claramente que algo grave ocurría.
—¿Qué pasa? —pregunté, sentándome en la cama y tratando de ordenar mis pensamientos dispersos.
—Parece que mi madre está muy enferma. Debe de tener un ataque. Por desgracia, se ha encerrado por dentro en su cuarto.
—Voy enseguida.
Salté de la cama y, poniéndome una bata, seguí a Lawrence a lo largo del pasillo y de la galería hasta el ala derecha de la casa.
John Cavendish se unió a nosotros y uno o dos de los sirvientes espantados rondaban por allí, excitadísimos. Lawrence se volvió hacia su hermano.
—¿Qué te parece que hagamos?
La indecisión de su carácter nunca había sido tan evidente.
John sacudió con violencia el picaporte, pero sin resultado positivo. La puerta, evidentemente, estaba cerrada con llave o tenía echado el cerrojo por dentro. Ya toda la casa se había levantado. Desde el interior de la habitación llegaban ruidos alarmantes. Había que hacer algo con urgencia.
—Trate de entrar por el cuarto del señor Inglethorp, señor —gritó Dorcas—. ¡La pobre señora!
De pronto caí en la cuenta de que Alfred Inglethorp no estaba con nosotros. Era el único que no había hecho acto de presencia. John abrió la puerta de su cuarto. Estaba oscuro como la boca del lobo, pero Lawrence le seguía con la vela y, a su luz vacilante, pudimos ver que la cama estaba sin deshacer y no había señales de que el cuarto hubiera sido ocupado aquella noche.
Fuimos directamente a la puerta de comunicación. También estaba cerrada o tenía echado el cerrojo por dentro. ¿Qué hacer?
—¡Ay, señor! ¿Qué vamos a hacer? —gritaba Dorcas, retorciéndose las manos.
—Creo que debemos intentar forzar la puerta. Va a ser tarea dura. Que una de las chicas baje a buscar al doctor Wilkins. Bueno, vamos a la puerta. Un momento, ¿no hay una puerta en el cuarto de la señorita Cynthia?
—Sí, señor, pero también está cerrada. Nunca ha estado abierta.
—Podemos probarlo de todos modos.
Corrió a lo largo del pasillo hasta el cuarto de Cynthia. Allí estaba Mary Cavendish, zarandeando a la muchacha, que debía tener un sueño extraordinariamente pesado, y tratando de despertarla.
John estuvo de vuelta después de unos segundos.
—No hay nada que hacer allí; también está cerrada. Tenemos que forzar la puerta. Creo que esta es algo menos sólida que la del pasillo.
Todos unimos nuestras fuerzas y empujamos, jadeantes. El armazón de la puerta era sólido y durante mucho tiempo resistió nuestros esfuerzos, pero al fin, con un ruidoso estallido, se abrió violentamente.
Entramos todos juntos, dando traspiés. Lawrence seguía sosteniendo la vela. La señora Inglethorp estaba en la cama, agitada por violentas convulsiones, en una de las cuales, al parecer, había volcado la mesa que estaba a su lado. Sin embargo, cuando nosotros entramos, sus miembros se relajaron y cayó sobre las almohadas.
John cruzó el cuarto y encendió el gas. Volviéndose hacia Annie, una de las doncellas, la mandó al salón a buscar coñac. Entonces se acercó a su madre, mientras yo descorría el cerrojo de la puerta del pasillo.
Me volví hacia Lawrence para sugerirle que era mejor que yo les dejara, ya que mis servicios no eran necesarios, pero las palabras se helaron en mis labios. Nunca había visto a un hombre con semejante expresión de terror. Estaba blanco como la nieve; la vela que sostenía en su mano temblaba y la cera caía en la alfombra, y sus ojos, petrificados por el pánico o algún sentimiento similar, miraban fijamente a algún punto de la pared. Seguí instintivamente la dirección de su mirada, pero no pude ver allí nada extraordinario. Solo las brasas que chisporroteaban débilmente en la chimenea y la hilera de figuritas en la repisa, pero ni unas ni otras justificaban aquel terror.
Parecía que la violencia del ataque de la señora Inglethorp iba cediendo. Ya podía hablar tan solo con sonidos entrecortados.
—Estoy mejor... Vino tan de pronto... qué estúpida he sido... encerrándome...
Una sombra se proyectó en la cama, volví la cabeza y vi a Mary Cavendish de pie, cerca de la puerta, sosteniendo con un brazo a Cynthia, que parecía completamente aturdida. Tenía el rostro congestionado y bostezaba repetidamente.
—La pobre Cynthia está muy asustada —dijo Mary Cavendish en voz baja y clara.
Mary llevaba puesta su bata blanca de trabajo. Debía de ser más tarde de lo que había pensado. Un pálido rayo de luz atravesaba las cortinas de las ventanas y el reloj de la chimenea señalaba cerca de las cinco.
Un grito estrangulado me sobresaltó. El dolor atenazaba de nuevo a la infortunada señora. Las convulsiones eran de tal violencia que el presenciarlas constituía una verdadera prueba. Reinaba la mayor confusión. Nos amontonábamos a su alrededor, incapaces de ayudarla o aliviarla. Una última convulsión la levantó de la cama, y luego pareció descansar sobre la cabeza y los tobillos, con el cuerpo arqueado del modo más extraordinario. Mary y John trataban en vano de darle a beber coñac. Los minutos iban pasando. De nuevo se arqueó su cuerpo extrañamente.
En aquel momento, el doctor Bauerstein se abrió paso autoritariamente a través de la habitación. Durante unos segundos permaneció inmóvil contemplando a la señora Inglethorp, y entonces esta gritó con voz ahogada, los ojos fijos en el doctor:
—¡Alfred! ¡Alfred!
Y cayó inmóvil sobre las almohadas. El doctor se acercó vivamente al lecho y, cogiendo los brazos de la señora Inglethorp, los zarandeó enérgicamente, aplicándole la respiración artificial. Dio unas cuantas órdenes rápidas a los sirvientes. Un imperioso movimiento de su mano nos llevó a todos a la puerta. Le contemplábamos fascinados, aunque creo que en el fondo de nuestros corazones todos sabíamos que era ya demasiado tarde para conseguir nada. Por la expresión de su rostro comprendí que él tampoco tenía esperanzas.
Por último abandonó su tarea, moviendo la cabeza gravemente. En aquel momento oímos unos pasos que se acercaban y entró atropelladamente el médico de cabecera de la señora Inglethorp, el doctor Wilkins, un hombre rollizo e inquieto.
En pocas palabras, el doctor Bauerstein explicó que pasaba casualmente por delante de la verja cuando el coche salía en busca del doctor Wilkins, y había acudido lo más aprisa posible. Señaló a la figura de la cama con un vago gesto que hizo con la mano.
—Muy triste, muy triste —murmuró el doctor Wilkins—. ¡Pobre señora! Siempre quería hacer demasiadas cosas, demasiadas, contra mi consejo... Yo se lo advertí. Su corazón estaba muy débil. «Calma, calma», le dije. Pero no, su amor por las buenas obras era demasiado grande. La naturaleza se rebeló, la naturaleza se rebeló.
El doctor Bauerstein observaba con atención a su colega.
—Las convulsiones eran de una violencia extraordinaria, doctor Wilkins —dijo sin dejar de mirarle—. Siento que no haya estado usted aquí a tiempo de presenciarlas. Eran... de naturaleza tetánica.
—¡Ah! —dijo prudentemente el doctor Wilkins.
—Me gustaría hablar con usted reservadamente —dijo Bauerstein. Y volviéndose hacia John—: ¿Tiene usted algo que objetar?
—Desde luego que no.
Salimos todos al pasillo, dejando solos a los dos médicos, y oí la llave en la cerradura detrás de nosotros.
Bajamos lentamente las escaleras. Yo estaba excitadísimo. Tengo cierto talento deductivo y la actitud del doctor Bauerstein había despertado en mi imaginación un montón de conjeturas. Mary Cavendish puso su mano sobre mi brazo.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué está tan... extraño el doctor Bauerstein?
—¿Sabe usted lo que pienso?
—¿Qué?
—¡Escuche!
Miré alrededor. Estábamos fuera del alcance del oído de los demás, pero, aun así, dije en un susurro:
—Creo que ha sido envenenada. Estoy seguro de que el doctor Bauerstein lo sospecha.
—¡Qué!
Se encogió contra la pared, las pupilas dilatadas violentamente, lanzando un grito desesperado que me sobresaltó.
—¡No, no! ¡Eso no, eso no!
Y voló escaleras arriba, dejándome solo. La seguí, temiendo que fuera a desmayarse. La encontré recostada contra el pasamano, mortalmente pálida. Me hizo con la mano una señal complaciente de que me fuera.
—¡No, no, déjeme! Prefiero estar sola. Déjeme tranquila un minuto o dos. Vaya abajo con los demás.
Obedecí de mala gana. John y Lawrence estaban en el salón. Me acerqué a ellos. Todos permanecíamos callados, pero creo que expresé el sentir general cuando rompí aquel silencio y pregunté alterado:
—¿Dónde está el señor Inglethorp?
John negó con la cabeza.
—No está en casa.
Nos miramos. ¿Dónde estaba Alfred Inglethorp? Su ausencia resultaba extraña, inexplicable. Recordé las últimas palabras de la señora Inglethorp. ¿Qué había en el fondo de ellas? ¿Qué más nos hubiera dicho de haber tenido tiempo?
Al fin oímos a los médicos bajar la escalera. El doctor Wilkins se daba aires de importancia y parecía como si tratara de ocultar bajo una calma decorosa su excitación interior. El doctor Bauerstein se mantenía en segundo término y la expresión de su rostro grave no se había alterado. El doctor Wilkins habló por los dos, dirigiéndose a John:
—Señor Cavendish, deseo su autorización para hacer la autopsia.
—¿Es necesario? —preguntó John gravemente. Un espasmo de dolor cruzó su rostro.
—Absolutamente necesario —contestó el doctor Bauerstein.
—¿Quiere usted decir que...?
—Que ni el doctor Wilkins ni yo podremos extender un certificado de defunción en las actuales circunstancias.
John inclinó la cabeza.
—En ese caso, mi única alternativa es consentir.
—Gracias —dijo el doctor Wilkins vivamente—. Creemos conveniente que la autopsia tenga efecto mañana por la noche, o mejor esta misma noche. —Miró rápidamente a la luz del día—. En las presentes circunstancias me temo que no podremos evitar una indagatoria. Son formalidades necesarias, pero les ruego que no se angustien por ello. A todo se proveerá.
Una pausa siguió a las palabras del médico de cabecera. Luego, el doctor Bauerstein sacó dos llaves de su bolsillo y se las entregó a John, diciendo a la par:
—Las llaves de los dos cuartos. Los he cerrado y, en mi opinión, deberían permanecer cerrados por el momento.
Los doctores se marcharon.
Había estado dando vueltas en mi cabeza a una idea y me pareció que había llegado el momento de exponerla. Sin embargo, temía un poco hacerlo. Sabía que John sentía horror por toda clase de publicidad y que era un optimista despreocupado, poco amigo de buscar problemas. Podía ser difícil convencerle de la sensatez de mi plan. Por otra parte, Lawrence, menos esclavo de convencionalismos y más imaginativo, podía convertirse en mi aliado. Sin ningún género de duda, había llegado el momento de que yo tomara la dirección del asunto.
—John —dije—, te voy a pedir una cosa.
—Di.
—¿Recuerdas que os he hablado de mi amigo Poirot, el belga que está en el pueblo? Ha sido un detective famosísimo.
—Sí. Bien.
—Quiero que me dejes llamarlo para... investigar el asunto que nos ocupa.
—¡Cómo! ¿Ahora mismo? ¿Antes de la autopsia?
—Sí, el tiempo será un gran aliado si... si hay algo sucio en todo esto.
—¡Tonterías! —exclamó Lawrence con enfado—. En mi opinión, todo es una paparruchada de Bauerstein. A Wilkins no se le ocurrió semejante cosa hasta que Bauerstein se la metió en la cabeza. Como todos los especialistas, Bauerstein tiene su manía. Los venenos son su chifladura y, claro, conoce bien sus efectos.
Tengo que confesar que me sorprendió la actitud de Lawrence. Muy rara vez se apasionaba por nada. John dudó un momento.
—No estoy de acuerdo contigo, Lawrence —dijo al fin—. Me inclino a darle a Hastings plenos poderes, aunque prefiero esperar un poco. No queremos escándalo si puede evitarse.
—¡No, no! —exclamé con ansiedad—. No tengáis miedo. Poirot es la discreción personificada y procede con sumo tino.
—Bueno, entonces haz lo que quieras. Lo dejo en tus manos. Aunque si es lo que sospechamos, parece un caso clarísimo. Dios me perdone si soy injusto con él.
Sin embargo, me concedí cinco minutos, que empleé en rebuscar en la biblioteca hasta que descubrí un libro de medicina con una descripción del envenenamiento por estricnina.
El sombrío tercer piso - Ellen Glasgow (Parte 2)
Hallé mi habitación suficientemente agradable. Habían decidido —por indicación del doctor Maradick, me figuro— que dormiría en la casa, y después de la austera cama del hospital tuve una agradable sorpresa ante el alegre aspecto de la habitación en que me introdujo la doncella.
El papel de las paredes lucía un dibujo de rosas y en la ventana había una cortina de quimón floreado. La ventana daba sobre un cuidado jardincito de la parte trasera de la casa. Esto lo supe por la doncella, porque la oscuridad era demasiado densa para que yo pudiera distinguir algo más que un surtidor de mármol y un abeto que parecía viejo, aunque luego supe que habían de replantarlo casi todos los años.
A los diez minutos, me había puesto ya el uniforme y estaba en disposición de acudir al lado de mi paciente; pero por no sé qué motivo —en el día de hoy todavía no he averiguado la causa que la volvió contra mí en el principio— Mistress Maradick se negó a recibirme. Mientras permanecía delante de la puerta, oía cómo, dentro, la enfermera de día probaba de persuadirla de que me dejase entrar.
Pero fue completamente inútil, y al final me vi obligada a regresar a mi dormitorio y aguardar hasta que a la pobre señora se le hubiera pasado el antojo y consintiera en verme. Lo cual sucedió bastante después de la comida —estarían ya más cerca las once que las diez— y Miss Peterson se sentía completamente agotada cuando vino a buscarme.
—Me temo que pasará usted una mala noche —me decía mientras bajábamos las escaleras juntas. Pronto vi que este era el estilo de Miss Peterson: esperar lo peor de todo y de todos.
—¿Y la tiene a usted así, en vela, muy a menudo?
—Oh, no, habitualmente es muy considerada. Jamás vi un carácter más amable. Pero sigue siempre con esa alucinación...
Y una vez más, igual que en la escena con el doctor Maradick, comprendí que la explicación solo había servido para hacer más impenetrable el misterio. Evidentemente, la alucinación de Mistress Maradick, fuese cual fuere la forma que asumiera, era una fuente de evasivas y subterfugios en aquella casa.
Ya tenía yo en la punta de la lengua la pregunta de: «Pero ¿en qué consiste esa alucinación?» cuando he ahí que llegamos delante de la puerta de Mistress Maradick, y Miss Peterson me indicó con un ademán que guardara silencio. La puerta se abrió un poquitín para dejarme paso, y vi que Mistress Maradick estaba acostada ya y todas las luces apagadas, excepto una lamparilla de noche encendida sobre un candelabro, al lado de un libro y una botella de agua.
—Yo no entraré —dijo en un susurro Miss Peterson. Por mi parte, estaba a punto de cruzar el umbral cuando vi a la chiquilla, con su vestido escocés plisado, deslizándose a mi vera desde las sombras de la habitación hacia el pasillo iluminado eléctricamente. Llevaba una muñeca en brazos, y al pasar se le cayó en el umbral una cestita de labor de muñeca.
Sin duda, Miss Peterson recogió prestamente el juguete, porque cuando me volví, al minuto, buscándolo con la mirada, hallé que había desaparecido. Recuerdo que pensé que era muy tarde para que una niñita continuara levantada, y una niña que parecía delicada, además, pero, al fin y al cabo, no era asunto mío, y los cuatro años de estancia en el hospital me habían enseñado a no mezclarme en cosas que no me incumbieran.
La primera lección que aprende, y muy pronto, una enfermera es la de no querer enderezar el mundo en un solo día.
Cuando crucé la habitación hasta la silla al lado de la cama de Mistress Maradick, esta se volvió sobre el costado y me dirigió la sonrisa más dulce y triste.
—Usted es la enfermera de noche —dijo con voz afable, y apenas abrió los labios comprendí que su manía..., o su alucinación, como la llamaban, no tenía nada de histérico ni de violento—. Me han dicho cómo se llama usted; pero he olvidado el nombre.
—Randolph... Margaret Randolph. —Le cogí afecto desde el primer instante, y creo que ella debió de darse cuenta.
—Parece usted muy joven, Miss Randolph.
—Tengo veintidós años; pero supongo que no los represento. La gente suele considerarme más joven.
Ella permaneció callada un minuto, y mientras me sentaba en la silla, junto a la cama, pensaba en cuán extraordinariamente se parecía a la chiquilla que había visto aquella tarde por primera vez, y, luego, cuando salía de la habitación unos momentos antes.
Ambas tenían la cara en forma de corazón y con un color levísimo y delicado; el mismo cabello lacio y suave, entre castaño y blondo; y los mismos ojos grandes, graves, muy separados bajo unas arqueadas cejas. Sin embargo, lo que más me sorprendía era que ambas me miraban con aquella expresión enigmática y vagamente meditativa..., solo que en la faz de Mistress Maradick la vaguedad parecía transformarse de vez en cuando en un miedo definido, un chispazo, habría dicho yo casi, de estremecido horror.
Permanecí muy quieta en mi silla, y hasta que llegó la hora de que Mistress Maradick tomase la medicina no se cruzó ni una sola palabra entre nosotras. Luego, cuando me incliné sobre ella con el vaso en la mano, Mistress Maradick levantó la cabeza de la almohada y dijo en un susurro de contenida vehemencia:
—Usted parece bondadosa. Me pregunto si no habrá visto a mi hijita...
Mientras deslizaba el brazo bajo la almohada probé de dirigirle una sonrisa alegre.
—Sí, la he visto dos veces. Y la conocería en cualquier parte por lo mucho que se parece a usted.
Una hermosa luz brilló en sus ojos, y pensé en lo bonita que debía de ser cuando la enfermedad no se había llevado aún la vida y la animación de sus rasgos.
—En esto conozco que usted es buena. —Lo decía con una voz tan fatigada y baja que apenas la oía—. Si no fuese buena, no habría podido verla.
Me pareció un comentario bastante raro; pero me limité a decir:
—Tiene un aspecto delicado para continuar levantada a estas horas.
Un temblor pasó por sus finos rasgos, y por un minuto temí que fuera a estallar en llanto. Cuando se hubo tomado la medicina, dejé el vaso en el estante, me incliné sobre la cama y le alisé el cabello, fino y suave como seda hilada, apartándoselo de la frente. Aquella mujer tenía un algo —no sé qué sería— que hacía que bastaba que te mirase para que la amaras.
—Siempre ha tenido ese aire ligero y etéreo; pero no ha estado enferma ni un solo día en su vida —respondió sosegadamente después de una pausa. Luego, buscando mi mano a tientas, susurró apasionadamente—: ¡No se lo diga a él..., no se lo diga a nadie que la ha visto!
—¿No debo decírselo a nadie? —De nuevo tuve la impresión que había experimentado por primera vez en el estudio del doctor Maradick y luego en las escaleras, con Miss Peterson, de estar buscando un rayo de luz en medio de la oscuridad.
—¿Está segura de que no nos escucha nadie..., de que no hay nadie a la puerta? —me preguntó, apartándome el brazo e incorporándose en las almohadas.
—Segura, completamente segura. Han apagado las luces del pasillo.
—¿Y no se lo contará a él? Prométame que no se lo contará. —En la vaga extrañeza de su expresión se encendió de nuevo el chispazo de horror—. No le gusta que vuelva, porque la mató él.
«¡Porque la mató él!» Entonces se hizo la luz dentro de mí, como en una llamarada. ¡De manera que aquella era la alucinación de Mistress Maradick! Creía que su hijita había muerto..., la niñita a quien yo había visto, con mis propios ojos, salir de la habitación; y creía que su marido, el gran cirujano a quien todos los del hospital idolatrábamos, la había asesinado.
¡No era extraño que envolviesen en misterio aquella espantosa obsesión! ¡No era raro que ni la misma Miss Peterson hubiera querido sacar a la luz el horrible problema! Simplemente, era una de esas alucinaciones con las que nadie tiene valor suficiente para enfrentarse.
—No sirve de nada contarle a la gente cosas que nadie cree —resumió ella pausadamente, siempre sujetándome la mano con una fuerza que me habría causado dolor si ella no hubiera tenido los dedos tan frágiles—. Nadie cree que la mató. Nadie cree que ella vuelve a casa todos los días. Nadie lo cree..., y, sin embargo, usted la ha visto...
—Sí, la he visto... Pero ¿por qué la habría matado su marido? —Se lo dije con acento apaciguador, tal como se habla a una persona que está loca de remate. Pero no estaba loca; mientras la miraba, habría jurado que no lo estaba, en absoluto.
Por un momento la mujer gimió inarticuladamente, como si el horror de sus pensamientos fuese demasiado grande para convertirse en palabras. Luego disparó los delgados, desnudos brazos en un gesto desesperado.
—¡Porque nunca me amó! —explicó—. ¡Porque no me ha amado nunca!
—Pero se casó con usted —le encarecí dulcemente, al mismo tiempo que le acariciaba el cabello—. Si no la hubiese amado, ¿por qué se habría casado con usted?
—Quería el dinero..., el dinero de mi niña. Cuando yo muera, pasará todo a sus manos.
—Pero él es rico. Ha de amasar una fortuna con su profesión.
—No le basta. Quería millones. —Se había puesto seria y trágica—. No, no me amó nunca. Amaba a otra persona desde siempre..., desde antes de conocerme a mí.
Vi que sería perfectamente inútil querer razonar con ella. Si no estaba loca, se hallaba en un estado de terror y desconfianza tan negros que casi cruzaban la frontera de la demencia. Por un momento tuve la idea de subir al cuarto de la niña y bajársela; pero después de un momento de vacilación comprendí que Miss Peterson y el doctor Maradick debían de haber ensayado ya desde mucho tiempo atrás estas medidas.
Evidentemente no podía hacer nada, excepto tranquilizarla y sosegarla cuanto pudiese, y así lo hice hasta que se sumió en un sueño ligero que se prolongó hasta bien entrada la mañana.
A las siete, yo estaba exhausta; no a causa del trabajo, sino de la tensión de mis sentimientos de ternura por aquella mujer, y cuando entró una doncella a traerme una taza de café, lo agradecí de veras.
Mistress Maradick seguía durmiendo —le había administrado una mezcla de bromuro y cloral— y no se despertó hasta que Miss Peterson entró de servicio, una o dos horas después. Luego, cuando bajé, encontré el comedor desierto a excepción de la vieja ama de llaves, que estaba repasando el servicio de plata. Al cabo de un rato me explicó que el doctor Maradick se hacía servir el desayuno en la «sala de la mañana», en la otra parte de la casa.
—¿Y la niña? ¿Come siempre en su habitación? —La mujer me dirigió una mirada alarmada. Más tarde me pregunté si era de desconfianza o de aprensión.
—No hay ninguna niña. ¿No está enterada?
—¿Enterada? No. ¡Caramba, si ayer la vi! —La mirada que me dirigió la mujer, sí, estaba segura, rebosaba de alarma.
—La niña..., que era la criatura más dulce que he visto en mi vida..., murió de pulmonía hace dos meses exactamente.
—Pues no es posible que muriera. —Yo hacía una tontería al insistir de este modo; pero la sorpresa me había enervado por completo—. Le digo que ayer la vi. —La alarma del rostro de la mujer subió de punto.
—Ese es el mal que padece Mistress Maradick. Cree que sigue viéndola.
—¿Y usted no la ve? —Disparé la pregunta sin rodeos.
—No. —La mujer puso los labios muy tirantes—. Yo nunca veo nada.
De modo que yo me equivocaba, después de todo, y la explicación, cuando llegó, solo acentuaba el terror. La niña había muerto... falleció de pulmonía dos meses atrás... y, sin embargo, yo la había visto con mis propios ojos jugando con la pelota en la biblioteca; la había visto salir sigilosamente de la habitación de su madre con una muñeca en brazos.
—¿Hay alguna otra niña en la casa? ¿Podría tratarse de la hija de algún sirviente? —Un rayo de luz se abría paso entre la bruma por la cual yo avanzaba a tientas.
—No, no hay ninguna más. El doctor probó de traer una; pero la pobre señora se puso de tal forma que por poco muere. Además, no se hallaría otra niña tan sosegada y dulce como Dorothea. El verla saltar por ahí con su vestido escocés plisado me hacía pensar en un hada, aunque digan que las hadas solo visten de blanco o de verde.
—¿No la ha visto nadie más...? A la niña, quiero decir... ¿Ningún criado?
—Solo Gabriel, el mayordomo de color, que vino con la madre de Mistress Maradick de Carolina del Sur. Me ha contado que es frecuente que los negros posean una especie de segunda visión..., aunque no sé si ese es el nombre que ustedes le darían, exactamente. Pero parece que creen en lo sobrenatural por instinto, y Gabriel está tan viejo y chocho... ya no trabaja; solo acude cuando tocan el timbre de la puerta y limpia la plata, que nadie hace mucho caso de lo que vea...
—El cuarto de la niña, ¿lo tienen igual como cuando vivía?
—Oh, no. El doctor hizo enviar todos los juguetes al hospital de niños. Esto le causó muchísima pena a Mistress Maradick; pero el doctor Brandon creyó, y todas las enfermeras estuvieron de acuerdo con él, que a Mistress Maradick le convenía más no conservar el cuarto como cuando Dorothea vivía.
—¿Dorothea? ¿Así se llamaba la niña?
—Sí. Significa «regalo de Dios», ¿verdad? Se lo pusieron porque era el nombre de Mistress Ballard, madre del primer marido de Mistress Maradick. Ese primer marido era un hombre serio, callado... No se parecía en nada al doctor.
Yo me pregunté si la otra espantosa obsesión de Mistress Maradick había llegado también, por conducto de las enfermeras o las criadas, a oídos del ama de llaves; pero esta no hizo la menor alusión al tema, y, tratándose como se trataba, a mi parecer, de una persona muy charlatana, me pareció más cuerdo suponer que dicha habladuría no había llegado a su conocimiento.
Un poco más tarde, terminado el desayuno y antes de subir a mi cuarto, tuve la primera entrevista con el doctor Brandon, el famoso alienista que atendía a la enferma. Yo no le había visto nunca; pero desde el primer momento de verle hice su valoración casi intuitivamente.
Era, supongo, suficientemente honrado, cualidad que le he reconocido siempre a pesar del resentimiento que me ha inspirado. Si le faltaba sangre roja en el cerebro, y si por un prolongado contacto con fenómenos anormales había adquirido el hábito de mirar la vida entera como una enfermedad, no era culpa suya.
Era uno de esos médicos —y todas las enfermeras entenderán qué quiero decir— que trata instintivamente con grupos y no con individuos. Era alto y solemne; tenía la cara muy redonda, y no había hablado yo ni diez minutos con él que ya sabía que se había educado en Alemania, y que allá había aprendido a tratar todo sentimiento como una manifestación patológica.
Yo solía preguntarme qué sacaba él de la vida, qué sacaba de la vida todo aquel que a fuerza de análisis lo hubiera eliminado todo excepto la estructura descarnada.
Cuando, por fin, llegué a mi cuarto estaba tan cansada que apenas podía recordar ni las preguntas que me había hecho el doctor Brandon ni las instrucciones que me había dado. Me quedé dormida —lo sé— tan pronto como la cabeza tomó contacto con la almohada, y la doncella que entró a ver si quería tomar algo prefirió dejar que terminase el sueño.
Por la tarde, cuando vino de nuevo, trayéndome una taza de té, me encontró todavía pesada y soñolienta. Aunque estaba acostumbrada a las guardias de noche, me sentía como si hubiera bailado desde la puesta del sol hasta la llegada de la aurora.
Mientras tomaba el té, me decía que era una suerte que no todos los casos afectaran los sentimientos de una tan vivamente como la alucinación de Mrs. Maradick había afectado los míos.
Durante el día no vi al doctor Maradick; pero a las siete, cuando subía, después de comer temprano, a ocupar el puesto de Miss Peterson, que se había quedado de servicio una hora más que de costumbre, me encontró en el vestíbulo y me pidió que entrase en su estudio.
A mí me pareció más guapo que nunca, con su traje de noche y luciendo una flor blanca en el ojal. Tenía que asistir a un banquete, me dijo el ama de llaves; aunque lo cierto era que siempre asistía a esta u otra solemnidad. Creo que aquel invierno no cenó en casa ni una sola noche.
—¿Ha pasado bien la noche Mrs. Maradick? —Había cerrado la puerta detrás de nosotros, y al volverse dirigiéndome la pregunta, me sonreía amablemente, como si quisiera hacerme sentir a mis anchas desde el comienzo.
—Después de tomar la medicina, ha dormido muy bien. Se la di a las once.
Estuvo un minuto mirándome en silencio, y me di cuenta de que enfocaba sobre mí su personalidad, su hechizo. Era casi como si yo me encontrase en el centro de unos rayos convergentes de luz, tan viva era la impresión que me causaba.
—¿Aludió de alguna forma a su... su alucinación? —preguntó él.
Jamás he sabido de qué forma recibí la advertencia, qué invisibles ondas de percepción sensorial me transmitieron el mensaje; pero mientras permanecía allí, de cara al esplendor de la presencia de aquel hombre, todas las intuiciones de mi espíritu me decían que había llegado el momento en que me debía de pronunciar en favor de uno u otro bando, en aquella casa. Mientras permaneciera allí, o había de estar con Mrs. Maradick, o contra ella.
—Habló con mucha cordura —respondí al cabo de un momento.
—¿Qué dijo?
—Me explicó cómo se encontraba, que echaba de menos a la niña y que todos los días paseaba un rato por la habitación.
La cara del doctor Maradick cambió..., aunque primero no supe determinar en qué sentido.
—¿Ha visto al doctor Brandon?
—Ha venido esta mañana a darme instrucciones.
—Le ha parecido encontrarla peor. Me aconseja que la envíe a Rosedale.
Jamás he intentado, ni aun en secreto, explicarme la conducta del doctor Maradick. Es posible que fuese sincero. Yo solo cuento lo que sé, no lo que creo o imagino, y lo humano es, a veces, tan inescrutable, tan inexplicable, como lo sobrenatural.
(CONTINUARÁ...)