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La dama pálida - Alejandro Dumas (Parte 1)

—Escuchad —dijo la dama pálida con una extraña solemnidad—, puesto que todos los aquí presentes han contado una historia, también yo quisiera contar una. No me diga, doctor, que la historia no es verdadera, pues es la mía… Va a saber lo que la ciencia no ha podido explicarle hasta ahora, doctor; va a saber por qué estoy tan pálida.
 
En aquel momento, un rayo de luna se filtró por la ventana entre las cortinas y, yendo a travesear sobre el canapé donde ella estaba tendida, la envolvió con una luz azulada que parecía hacer de ella una estatua de mármol negro echada sobre una tumba.
 
Ninguna voz acogió la propuesta, pero el profundo silencio que de pronto reinó en el salón anunció que todos esperaban con ansiedad.

 
I. LOS MONTES CÁRPATOS
 

Soy polaca, nacida en Sandomir, es decir, en un país donde las leyendas se convierten en artículos de fe, donde creemos en nuestras tradiciones de familia tanto, y acaso más, que en el Evangelio. No hay uno solo de nuestros castillos que no tenga su espectro, ni cabaña que no tenga su genio familiar. Tanto en la casa del rico como en la del pobre, tanto en el castillo como en la cabaña, se reconoce el principio amigo y el principio enemigo. 

A veces estos dos principios entran en conflicto entre sí y pugnan. Entonces se oyen ruidos tan misteriosos en los corredores, rugidos tan espantosos en las antiguas torres, temblores tan aterradores en las murallas, que la gente sale huyendo tanto de la cabaña como del castillo, y aldeanos o nobles corren a la iglesia en busca de la cruz bendecida o de las santas reliquias, únicos protectores contra los demonios que nos atormentan.


Pero otros dos principios más terribles, más encarnizados e implacables, se encuentran también allí presentes: la tiranía y la libertad.


El año 1825 vio librar entre Rusia y Polonia una de esas luchas en las que se creería agotada toda la sangre de un pueblo, como a menudo se agota toda la sangre de una familia.


Mi padre y mis dos hermanos, alzados contra el nuevo zar, habían ido a alistarse bajo la bandera de la independencia polaca, siempre abatida, siempre levantada de nuevo.


Un día tuve conocimiento de que mi hermano menor había caído en la lucha; otro día me anunciaron que mi hermano mayor estaba herido de muerte; y, por último, tras una jornada durante la cual yo había oído con terror el tronar cada vez más próximo del cañón, vi llegar a mi padre con un centenar de hombres a caballo, resto de los tres mil hombres que mandaba.


Venía a encerrarse en nuestro castillo con la intención de enterrarse bajo sus ruinas.


Mi padre, que no temía nada por él, temblaba por mí. En efecto, el único riesgo para mi padre era la muerte, pues estaba segurísimo de no caer vivo en manos de sus enemigos, pero ¡a mí me amenazaba la esclavitud, la deshonra, la vergüenza!


Mi padre escogió a diez hombres entre los cien que le quedaban, llamó al intendente, le hizo entrega de todo el oro y de las joyas que poseíamos y, recordando que, con ocasión del segundo reparto de Polonia, mi madre, siendo casi niña, había encontrado un refugio inaccesible en el convento de Sahastru, situado en medio de los montes Cárpatos, le ordenó llevarme a aquel convento que, hospitalario como había sido con la madre, no lo sería menos con su hija.


A pesar del gran amor que mi padre me profesaba, la despedida no se prolongó mucho. Todo parecía indicar que los rusos llegarían al día siguiente a la vista del castillo, por lo que no había tiempo que perder.


Me puse apresuradamente un vestido de amazona con el que solía acompañar a mis hermanos en las cacerías. Me ensillaron el mejor caballo de las caballerizas; mi padre metió en las fundas del arzón sus propias pistolas, unas obras maestras de las fábricas de Tula, me besó y dio la orden de partida.


Durante aquella noche y la jornada siguiente recorrimos veinte leguas siguiendo la orilla de uno de esos ríos sin nombre que acaban vertiendo sus aguas en el Vístula. Esta primera doble etapa nos había puesto fuera del alcance de los rusos.


A los últimos rayos del sol, habíamos visto resplandecer las cimas nevadas de los montes Cárpatos.


Hacia el atardecer del día siguiente, alcanzamos su base; al fin, la mañana del tercer día, nos internábamos ya por una de sus gargantas.


Nuestros montes Cárpatos no se parecen en nada a las montañas civilizadas de Occidente. Cuanto la naturaleza tiene de extraordinario y de grandioso se presenta allí a las miradas en toda su majestad. 

Sus cumbres tempestuosas se pierden en las nubes, cubiertas de nieves eternas; sus bosques inmensos de abetos se inclinan sobre el terso espejo de unos lagos que semejan mares; y nunca navecilla alguna ha surcado estos lagos, nunca red alguna de pescador ha turbado su cristal, profundo como el azul del cielo; apenas, de tiempo en tiempo, resuena allí la voz humana, haciendo oír un canto moldavo al que responden los gritos de los animales salvajes: canto y gritos van a despertar algún eco solitario, atónito de que un ruido cualquiera le haya hecho tomar conciencia de su propia existencia. 

Durante millas y millas se viaja por debajo de las sombrías bóvedas de bosques interrumpidos por esas inesperadas maravillas que la soledad nos revela a cada instante, y que hacen pasar nuestro ánimo del asombro a la admiración. Allí el peligro está por todas partes, y se compone de mil peligros diferentes; pero uno no tiene tiempo para sentir temor, de tan sublimes como son estos peligros. 

Unas veces son cascadas improvisadas por el derretirse de los hielos y que, saltando de peña en peña, invaden de pronto el angosto sendero que recorréis, sendero trazado por el paso de la bestia feroz y del cazador que la persigue; otras hay árboles carcomidos por el tiempo que se desprenden del suelo y caen con un horrendo estruendo semejante al de un terremoto; otras, por último, son los huracanes los que os envuelven de nubes en medio de las cuales se ve fulgurar, proyectarse y zigzaguear el relámpago, como una serpiente de fuego.


Luego, tras haber superado estos picos alpestres, estos bosques primitivos, después de pasar por en medio de gigantescas montañas y bosques sin límites, nos vemos ante inmensas estepas sin fin, verdadero mar con sus olas y sus tempestades, sabanas áridas y gibosas, donde la vista se pierde en un horizonte infinito. 

Entonces ya no es terror lo que se apodera de vosotros, sino una triste y profunda melancolía, de la que nada puede distraeros, porque el aspecto de la región, por lejos que llegue nuestra vista, es siempre el mismo. Ya ascendáis o descendáis veinte veces unas pendientes semejantes, buscando en vano un camino trazado, al veros así perdidos en vuestro aislamiento, en medio de desiertos, os creéis solos en la naturaleza, y vuestra melancolía se trueca en desolación. 

En efecto, os parece inútil seguir adelante, porque ello no os conducirá a nada; no encontráis ni una aldea, ni un castillo, ni una cabaña, ningún rastro de habitáculo humano. Solo de vez en cuando, como una tristeza más en este mortecino paisaje, un pequeño lago sin cañaverales, sin arbustos, dormido en el fondo de un barranco, como si fuera otro mar Muerto, os cierra el camino con sus verdes aguas, sobre las que se alzan, al acercaros, algunas aves acuáticas de prolongados y estridentes gritos. Luego bordeáis aquel lago, trepáis a la colina que tenéis delante de vosotros, descendéis a otro valle, subís a otra colina, y así hasta haber recorrido la entera cadena montañosa que va disminuyendo cada vez más.

 
Pero, si al acabarse esa cadena, os volvéis hacia el mediodía, el paisaje recobra entonces toda su grandiosidad, percibís otra cadena de montañas más altas, de forma más pintoresca, de más rica vegetación; esta se halla toda empenachada de bosques, toda surcada de arroyos; con la sombra y el agua renace la vida en el paisaje; se oye la campana de una ermita y, en la ladera de alguna de aquellas montañas se ve serpentear una caravana. 

Por fin, a los últimos rayos del sol poniente, se perciben, como una bandada de aves blancas, apoyándose las unas en las otras, las casas de una aldea, que parece que se hubieran agrupado para defenderse de un asalto nocturno; pues con la vida ha vuelto el peligro, y ya no son, como en los primeros montes que se ha atravesado, las manadas de osos y de lobos lo que hay que temer, sino las hordas de bandidos moldavos lo que hay que combatir.


Mientras tanto, nos íbamos acercando. Habían pasado diez días de marcha sin el menor incidente. Podíamos ya avistar la cumbre del monte Pion, que sobrepasaba a toda aquella familia de gigantes, y en cuya vertiente meridional se halla el convento de Sahastru, al que me dirigía. Tres días más, y habríamos llegado.


Estábamos a finales de julio; habíamos tenido una jornada muy calurosa y empezábamos a respirar hacia las cuatro con incomparable deleite el primer fresco del atardecer. Habíamos dejado atrás hacía poco las torres en ruinas de Niantzo. Descendábamos hacia una llanura que empezábamos a vislumbrar a través de una abertura de las montañas. Desde donde nos encontrábamos, podíamos seguir ya con la vista el curso del Bistriza, de riberas esmaltadas de rojas oficinales y de altas campánulas de flores blancas. Bordeábamos un precipicio por cuyo fondo corría el río, que no era allí todavía más que un torrente. Nuestras monturas apenas si tenían espacio para andar dos de frente.

 
Nos precedía nuestro guía, que, ladeado sobre su caballo, cantaba una canción morlaca, de modulaciones monótonas, y cuyas palabras yo seguía con singular interés.
 
El cantor era al mismo tiempo el poeta. En cuanto a la melodía, habría que ser uno de esos montañeses para poder transmitiros toda su salvaje tristeza, toda su profunda sencillez. He aquí lo que decía:

En el marjal de Stavila, 
donde tanta sangre guerrera se derramara,
¿no veis ese cadáver?
No es un hijo de Iliria, no;
sino un feroz bandido
que, tras engañar a la dulce María,
se entregó a matar, saquear e incendiar.
Una bala, rauda como el huracán,
ha atravesado el corazón del truhán,
clavado en la garganta tiene un yatagán.
Pero desde hace tres días, ¡oh misterio!,
bajo el pino triste y solitario,
su tibia sangre empapa la tierra
y ennegrece el pálido Ovigan.
Sus azules ojos han brillado por última vez,
huyamos todos, malhaya
quien pase por su lado hacia el marjal.
¡Es un vampiro! El lobo feroz
del impuro cadáver se aleja,
y el fúnebre buitre ha huido 
sobre la montaña de pelada cima.

De pronto se oyó la detonación de un arma de fuego, silbó una bala. La canción se interrumpió, y el guía, herido de muerte, fue a parar al fondo del precipicio, mientras su caballo se detenía temblando y alargando la inteligente testa hacia el fondo del abismo, donde había desaparecido su amo.
 
Al mismo tiempo se alzó un gran grito, y vimos, por la ladera de la montaña, aparecer a una treintena de bandidos: estábamos completamente rodeados.
 
Todos los nuestros empuñaron su arma, y aunque cogidos por sorpresa, como los que me acompañaban eran viejos soldados habituados al fuego, no se dejaron intimidar y respondieron; yo misma, dando ejemplo, empuñé una pistola y, consciente de lo desventajosa que era nuestra situación, grité:
—¡Adelante!
 
Y piqué espuelas a mi caballo, que se lanzó a toda carrera hacia la llanura.
 
Pero teníamos que vérnoslas con unos montañeses que saltaban de peña en peña como verdaderos demonios de los abismos, que hacían fuego incluso saltando, y manteniendo siempre en nuestra ladera la posición que habían tomado.
 
Por lo demás, nuestra maniobra había sido prevista. En un lugar donde el camino se ensanchaba y la montaña formaba una meseta, aguardaba nuestro paso un joven a la cabeza de diez hombres a caballo; cuando nos vieron pusieron sus cabalgaduras al galope y nos atacaron frontalmente, mientras que los que nos perseguían corrían laderas abajo de la montaña y, tras cortarnos la retirada, nos rodeaban por todos lados.
 
La situación era grave y, sin embargo, acostumbrada como estaba desde niña a las escenas de guerra, pude afrontarla sin perderme ni un detalle.
 
Todos aquellos hombres, ataviados con pieles de carnero, llevaban unos enormes sombreros redondos coronados de flores naturales como los de los húngaros. Cada uno de ellos empuñaba un largo fusil turco, que agitaban acto seguido de haber disparado, lanzando unos gritos salvajes, y al cinto llevaban un alfanje y un par de pistolas.
 
En cuanto a su jefe, era un joven de apenas veintidós años, de tez pálida, grandes ojos negros y cabellos ensortijados que le caían sobre los hombros. Su atuendo se componía de la casaca moldava guarnecida de piel y ceñida al talle con un fajín a franjas de oro y de seda. En su mano resplandecía un alfanje, y al cinto relucían cuatro pistolas. 

Durante la lucha lanzaba gritos broncos e inarticulados que no parecían un lenguaje humano, y que sin embargo expresaban lo que era su voluntad, pues a aquellos gritos sus hombres obedecían, ya echándose a tierra boca abajo para esquivar las descargas de nuestros soldados, ya alzándose para hacer fuego a su vez, abatiendo a aquellos de nosotros que seguían en pie, rematando a los heridos, y convirtiendo, en definitiva, la lucha en una carnicería.

 
Yo había visto caer uno tras otro a las dos terceras partes de mis defensores. Quedaban cuatro todavía en pie y se apretaban a mi alrededor, sin pedir una gracia que estaban seguros de no obtener, y únicamente pensando en vender su vida lo más cara posible.
 
Entonces el joven jefe dio un grito más expresivo que los otros, tendiendo la punta de su alfanje hacia nosotros. Aquella orden significaba sin duda que debía rodearse a nuestro último grupo de un cerco de fuego y fusilarnos a todos juntos, pues de repente vimos que nos apuntaban todos aquellos largos mosquetes moldavos. Comprendí que había llegado nuestra última hora. Alcé los ojos y las manos al cielo, murmurando una última oración, y esperé la muerte.
 
En ese instante vi, no descender, sino precipitarse, saltando de peña en peña, a un joven que se detuvo, erguido, sobre una roca que dominaba toda la escena, semejante a una estatua sobre un pedestal, y que, extendiendo la mano hacia el campo de batalla, pronunció esta sola palabra:
—¡Basta!
 
Todos los ojos se alzaron a esta voz, y todos parecieron obedecer a ese nuevo amo. Solo un bandido se llevó de nuevo el fusil al hombro e hizo un disparo.
 
Uno de nuestros hombres pegó un grito, pues la bala le había roto el brazo izquierdo.
 
Se volvió enseguida para abalanzarse sobre el que le había herido, pero no había dado su caballo todavía cuatro pasos cuando un fogonazo brilló por encima de nosotros y el bandido rebelde cayó herido con la cabeza destrozada por una bala.
 
Tantas emociones distintas habían acabado con mis fuerzas; me desmayé.
 
Cuando volví en mí, estaba tendida sobre la hierba, con la cabeza apoyada sobre las rodillas de un hombre, del que no veía más que la blanca mano cubierta de anillos rodeando mi talle, mientras que ante mí estaba parado, de brazos cruzados y la espada bajo un brazo, el joven jefe moldavo que había dirigido el asalto contra nosotros.
 
—Kostaki —decía en francés y con un tono de autoridad el que me sostenía—, que tus hombres se retiren de inmediato, y deja que yo me ocupe de esta joven.
 
—Hermano, hermano —respondió aquel a quien iban dirigidas estas palabras, y que parecía dominarse a duras penas—, procurad no hacerme perder la paciencia; yo os dejo a vos el castillo, pero vos dejadme a mí el bosque. En el castillo sois vos quien manda, pero aquí el todopoderoso soy yo. Aquí me bastaría una sola palabra para obligaros a obedecerme.
 
—Kostaki, el primogénito soy yo, lo que quiere decir que soy el amo en todas partes, tanto en el bosque como en el castillo, tanto allí como aquí. Por mis venas corre la sangre de los Brancovan, como también por las vuestras, sangre real acostumbrada a mandar, y yo mando.
 
—Mandáis sobre vuestros servidores, Gregoriska; pero no sobre mis soldados.
 
—Vuestros soldados no son más que unos bandidos, Kostaki…, bandidos a los que haré ahorcar de las almenas si no me obedecen al instante.
 
—Bien, tratad, pues, de darles una orden.
 
Entonces sentí que quien me sostenía retiraba su rodilla, y colocaba suavemente mi cabeza sobre una piedra. Le seguí ansiosa con la mirada y pude ver al mismo joven que había caído, por así decir, del cielo en medio de la refriega, y al que yo había podido entrever nada más, al haberme desmayado justo en el momento en que él había hablado.
 
Era un joven de veinticuatro años, alto y con unos grandes ojos azules en los que se leía una resolución y una firmeza singulares. Sus largos cabellos rubios, indicio de la raza eslava, caían sobre sus hombros como los del arcángel san Miguel, enmarcando unas mejillas jóvenes y lozanas; sus labios, realzados por una sonrisa desdeñosa, dejaban ver una doble hilera de perlas. 

Su mirada era la que cruza el águila con el relámpago. Vestía una especie de túnica de terciopelo negro; iba tocado con un gorrito parecido al de Rafael, adornado con una pluma de águila; vestía unos calzones muy ajustados y calzaba unas botas bordadas. Ceñía su talle un cinturón del que pendía un cuchillo de caza; llevaba terciada una pequeña carabina de doble cañón, cuya precisión había podido comprobar uno de los bandidos.

 
Extendió una mano y con aquel gesto imperioso pareció imponerse hasta a su hermano.
 
Pronunció unas palabras en lengua moldava, palabras que parecieron causar una profunda impresión en los bandidos.
 
Entonces, en la misma lengua, habló a su vez el joven jefe, y tuve la impresión de que sus palabras eran una mezcla de amenazas y de imprecaciones.
 
A aquel largo y ardiente discurso respondió el hermano mayor con una sola palabra.
 
Los bandidos hicieron una inclinación.
 
A un gesto suyo, los bandidos se colocaron detrás de nosotros.
 
—¡Bien! Sea, pues, Gregoriska —dijo Kostaki volviendo a hablar en francés—. Esta mujer no irá a la cueva, pero no por eso dejará de ser mía. La encuentro hermosa, la he conquistado y la quiero para mí.
 
Tras decir esto, se arrojó sobre mí y se me llevó en volandas.
 
—Esta mujer será llevada al castillo y puesta en manos de mi madre; yo no la abandonaré desde ahora hasta ese momento —dijo mi protector.

—¡Mi caballo! —gritó Kostaki en lengua moldava.


Varios bandidos se apresuraron a obedecer, y le trajeron a su señor la cabalgadura que pedía.


Gregoriska miró en torno suyo, aferró las bridas de un caballo sin dueño y saltó sobre él sin tocar los estribos.


Kostaki, aunque me tenía todavía apretada entre sus brazos, montó en la silla casi con tanta ligereza como su hermano, y partió al galope. El caballo de Gregoriska pareció haber recibido el mismo impulso y fue a pegar su cabeza y el flanco contra los del caballo de Kostaki.


Era curioso ver a aquellos dos jinetes volando uno al lado del otro, taciturnos, silenciosos, sin perderse un solo instante de vista, por más que aparentasen no mirarse, y abandonándose a sus cabalgaduras, cuya impetuosa carrera los llevaba a través de bosques, peñas y precipicios. Yo tenía la cabeza echada hacia atrás, lo que me permitía ver los bonitos ojos de Gregoriska fijos en los míos. 

Como Kostaki se percató de ello, me levantó la cabeza y ya no vi más que su sombría mirada que me devoraba. Bajé los párpados, pero fue en vano; seguía viendo, a través de su velo, aquella mirada obsesiva que me penetraba hasta el fondo del pecho y hería mi corazón. 

Entonces me dominó una extraña alucinación, me pareció ser la Lenore de la balada de Bürger, llevada por el caballo y el caballero fantasmas, y cuando sentí que nos deteníamos abrí los ojos con terror, tan convencida estaba de ver en torno a mí solo cruces rotas y tumbas abiertas. Lo que vi no era algo mucho más alegre: era el patio interior de un castillo moldavo, construido en el siglo XIV.

  
II. EL CASTILLO DE LOS BRANCOVAN

Kostaki me dejó resbalar de sus brazos a tierra, bajando casi inmediatamente después que yo; pero, por rápido que hubiera sido su movimiento, no había hecho más que seguir al de Gregoriska.
 
Como había dicho este, en el castillo era él el amo.

Al ver llegar a los dos jóvenes y a aquella extranjera que traían con ellos, los criados acudieron; pero, aunque repartieron sus cuidados entre Kostaki y Gregoriska, se notaba que los mayores miramientos y el respeto más profundo eran para este último.


Se acercaron dos mujeres: Gregoriska les dio una orden en lengua moldava, y con una señal me indicó que las siguiera.


La mirada que acompañaba aquel gesto era tan respetuosa que no vacilé. Cinco minutos después, me encontraba en un aposento que, por más desnudo y totalmente inhabitable que hubiera parecido a la persona menos difícil de contentar, era evidentemente el más hermoso del castillo.


Una gran estancia cuadrada, con una especie de diván de sarga verde; asiento de día, lecho de noche. Asimismo había allí cinco o seis grandes sillones de roble, un arcón enorme y, en un rincón, un dosel semejante a una gran silla de coro.


Ni sombra de cortinas en las ventanas ni en el lecho.


Se subía a este aposento por una escalera, en la que, en unas hornacinas, se erguían tres estatuas de los Brancovan de un tamaño superior al natural.


Al cabo de unos instantes trajeron los equipajes, entre los que se encontraban también mis baúles. Las mujeres me ofreció sus servicios. Pero, pese a subsanar el desorden que lo sucedido había causado en mi vestimenta, conservé mi traje de amazona, más en armonía con el de mis anfitriones que ningún otro de los que hubiera podido adoptar.


Apenas había hecho estos pequeños cambios, cuando oí llamar suavemente a la puerta.


—Adelante —dije naturalmente en francés, al ser esta lengua para nosotros los polacos, como sabéis, poco menos que una lengua materna.


Entró Gregoriska.


—¡Ah!, señora, cuánto me complace que habléis francés.


—También a mí —respondí yo— me alegra saber esta lengua, pues así he podido, merced a este feliz azar, apreciar vuestra generosa conducta para conmigo. Es en esta lengua en la que me habéis defendido de las intenciones de vuestro hermano, y es en esa lengua en la que quiero expresaros mi sincero agradecimiento.


—Gracias, señora. Era la cosa más normal del mundo que me interesara por una mujer que se hallaba en vuestra situación. Me encontraba cazando en la montaña cuando oí unas detonaciones anómalas y continuas; comprendí que se trataba de un asalto a mano armada, y fui al encuentro del fuego, como se dice en términos militares. A Dios gracias, llegué a tiempo, pero permitidme que os pregunte, señora, por qué azares una mujer distinguida, como sois vos, se ha aventurado en nuestras montañas.


—Soy polaca, señor —le respondí—. Mis dos hermanos cayeron, hace poco, en la guerra contra Rusia; mi padre, al que dejé mientras se preparaba para defender nuestro castillo contra el enemigo, sin duda se ha reunido ya con ellos a estas horas, y yo, huyendo por orden de mi padre de todas aquellas matanzas, venía en busca de refugio en el convento de Sahastru, donde mi madre, en su juventud y en circunstancias parecidas, encontró un asilo seguro.


—¿Sois enemiga de los rusos? Tanto mejor —dijo el joven—; esto os será de gran ayuda en el castillo, y nosotros necesitaremos de todas nuestras fuerzas para sostener la lucha que se prepara. Pero ante todo, señora, puesto que ya sé quién sois, debéis saber también quiénes somos nosotros; el nombre de los Brancovan no os es desconocido, ¿verdad, señora?


Yo hice una inclinación.


—Mi madre es la última princesa de este nombre, la última descendinte de ese ilustre jefe al que hicieron matar los Cantimir, esos viles cortesanos de Pedro I. Se casó en primeras nupcias con mi padre, Serban Waivady, príncipe también él, pero de estirpe menos ilustre.


»Mi padre había sido educado en Viena, y allí pudo apreciar las ventajas de la civilización. Decidió hacer de mí un europeo. Partimos para Francia, Italia, España y Alemania.


»Mi madre (ya sé que no corresponde a un hijo contaros lo que voy a deciros, pero ya que, para nuestra salvación, es necesario que nos conozcáis bien, reconoceréis acertados los motivos de esta revelación), mi madre, que durante los primeros viajes de mi padre, cuando yo estaba todavía en mi tierna infancia, había tenido unos amores culpables con un jefe de los guerrilleros, que así es como llaman en este país —agregó con una sonrisa Gregoriska— a los hombres por los que fuisteis agredida, mi madre, como decía, que había tenido unos amores culpables con un tal conde Giordaki Koproli, medio griego, medio moldavo, le escribió a mi padre confesándole todo y pidiéndole el divorcio, apoyándose, para esta petición, en que ella, una Brancovan, no quería seguir siendo por más tiempo la mujer de un hombre que se volvía cada día más ajeno a su patria. 

»
¡Ay! Mi padre no tuvo necesidad de dar su consentimiento a esa petición, que puede pareceros extraña, pero que entre nosotros es algo de lo más común y natural. Mi padre acababa de morir de un aneurisma que desde hacía mucho tiempo padecía, y la carta de mi madre la recibí yo.

»A mí no me quedaba ya otra cosa que hacer votos muy sinceros por la felicidad de mi madre, votos que llegaron a través de una carta mía junto con la noticia de que era viuda.


»En dicha carta le pedía también permiso para continuar mis viajes, permiso que me fue concedido.


»Tenía yo la firme intención de establecerme en Francia o en Alemania para no encontrarme cara a cara con un hombre que me detestaba, y al que no podía amar, es decir, al marido de mi madre; cuando he aquí que, de improviso, me enteré de que el conde Giordaki Koproli acababa de ser asesinado, según se decía, por los viejos cosacos de mi padre.


»Me apresuré a regresar porque quería a mi madre; comprendía su aislamiento y la necesidad en que debía de encontrarse de tener a su lado en tales circunstancias a sus seres queridos. Aunque ella nunca se había mostrado muy afectuosa conmigo, yo era su hijo. Llegué inesperadamente una mañana al castillo de nuestros padres.


»Allí encontré a un joven, a quien al principio tomé por un extraño, pero luego supe que era mi hermano.


»Se trataba de Kostaki, el hijo del adulterio, legitimado por un segundo matrimonio; Kostaki, es decir, la indomable criatura que visteis, para quien sus pasiones son la única ley, para quien no hay nada sagrado en este mundo excepto su madre, que me obedece como el tigre obedece al brazo que lo ha domado, pero rugiendo siempre, en la vaga esperanza de poder devorarme un día. 
 
»En el interior del castillo, en la morada de los Brancovan y de los Waivady, el amo soy todavía yo; pero fuera de este recinto, en campo abierto, él se convierte en el hijo salvaje de los bosques y de los montes, que quiere doblegarlo todo bajo su férrea voluntad. Cómo es que ha cedido hoy, cómo es que han cedido sus hombres, no lo sé; acaso por una antigua costumbre, o por un resto de respeto. Pero no quisiera pasar por una nueva prueba. Quedaos aquí, no salgáis de este aposento, del patio, del recinto amurallado, en suma, y yo respondo de todo; si dais un paso fuera del castillo, no puedo prometeros otra cosa que dar mi vida por defenderos.

—¿No podré, pues —dije yo—, siguiendo el deseo de mi padre, proseguir el viaje hacia el convento de Sahastru?


—Hacedlo, intentadlo, mandad, que yo os acompañaré, pero me quedaré a mitad del camino, y vos…, vos sin duda no alcanzaréis la meta de vuestro viaje.


—Pero ¿qué puedo hacer, pues?


—Quedaos aquí, esperad, dejad que sean los hechos los que aconsejen qué hacer y aprovechad las circunstancias. Suponed que habéis caído en una guarida de bandidos, y que solo vuestro valor podrá sacaros del apuro y vuestra sangre fría salvaros. Mi madre, pese a la preferencia que otorga a Kostaki, hijo de su amor, es buena y generosa. 

»
Por otra parte, es una Brancovan, es decir, una verdadera princesa. Ya lo veréis: ella os defenderá de las brutales pasiones de Kostaki. Poneos bajo su protección: sois hermosa y os amará. Y por otra parte —me miró con una expresión indefinible—, ¿hay alguien que pueda veros y no amaros? Venid ahora al comedor donde mi madre nos espera. 

»No mostréis embarazo ni desconfianza: hablad polaco; aquí nadie conoce esta lengua; yo le traduciré a mi madre vuestras palabras, y estad tranquila, que solo diré lo que sea preciso decir. Y sobre todo ni una palabra de cuanto os acabo de revelar. Nadie debe sospechar que existe un acuerdo entre nosotros. No sabéis aún de cuánta astucia y disimulo es capaz el más sincero de nosotros. Venid.

Yo lo seguí por la escalera, iluminada por unas antorchas de resina colocadas en unas manos de hierro que sobresalían del muro.


Era evidente que aquella desacostumbrada iluminación había sido dispuesta para mí.


Llegamos al comedor.


Apenas Gregoriska hubo abierto la puerta y pronunciado una palabra en lengua moldava, que posteriormente supe que quería decir «la extranjera», avanzó hacia nosotros una mujer alta.


Era la princesa Brancovan.


Llevaba sus blancos cabellos trenzados en torno a la cabeza, que estaba cubierta de un gorrito de marta cibelina, que remataba un penacho, signo de su origen principesco. Vestía una especie de túnica de tisú de oro, el corpiño recubierto de pedrería, sobrepuesta a una larga hopalanda de tela turca, adornada con una piel semejante a la del gorrito.


Llevaba en la mano un rosario de cuentas de ámbar que desgranaba muy rápido entre sus dedos.


A su lado estaba Kostaki, ataviado con el espléndido y majestuoso traje magiar, bajo el cual me pareció todavía más extraño.


Era un ropón de terciopelo verde, de mangas anchas, que le caían hasta debajo de la rodilla, calzones de casimir rojo, babuchas de marroquín bordadas de oro; con su cabeza destocada, sus largos cabellos, de color negro tirando a azulado, le caían sobre su cuello desnudo, rodeado tan solo por la cenefa blanca de una camisa de seda.


Me saludó torpemente, y pronunció en moldavo algunas palabras ininteligibles para mí.


—Podéis hablar en francés, hermano mío —dijo Gregoriska—; la señora es polaca y comprende esta lengua.


Entonces, Kostaki dijo en francés algunas palabras casi tan ininteligibles para mí como las que había pronunciado en moldavo; pero la madre, extendiendo gravemente el brazo, interrumpió a los dos hermanos. Era evidente para mí que les decía a sus hijos que era ella quien debía recibirme.


Comenzó entonces en lengua moldava un discurso de bienvenida, al que su fisonomía daba un sentido fácil de explicar. Me indicó la mesa, me ofreció una silla cerca de ella, señaló con un gesto toda la casa, como diciéndome que estaba a mi disposición, y, sentándose antes que los demás con benévola dignidad, se persignó y dijo una oración.


Entonces cada uno ocupó el sitio que le correspondía, de acuerdo con la etiqueta, con Gregoriska a mi lado. Como yo era la extranjera, ello hacía que a Kostaki le tocara el puesto de honor junto a su madre Smeranda.


Así se llamaba la princesa.


También Gregoriska se había cambiado de indumentaria. Llevaba la túnica magiar como su hermano, solo que la suya era de terciopelo granate y sus calzones de casimir azul. Tenía colgada del cuello una espléndida condecoración, el Nisciam del sultán Mahmud.


Los restantes comensales del castillo cenaban en la misma mesa, cada cual en el rango que le correspondía según el grado que ocupaba entre los amigos o entre los servidores.


La cena fue triste: Kostaki no me dirigió la palabra una sola vez, aunque su hermano tuvo en todo momento la atención de hablarme en francés. En cuanto a la madre, me ofreció de todo ella misma con ese aire solemne que no le abandonaba jamás. Gregoriska había dicho la verdad: era una auténtica princesa.


Después de la cena, Gregoriska se acercó a su madre. Le explicó en lengua moldava la necesidad que yo debía de tener de estar sola, y lo muy necesario que me sería el descanso tras las emociones de una jornada como aquella. Smeranda hizo con la cabeza un signo de aprobación, me tendió la mano, me besó en la frente, como hubiera hecho con una hija suya, y me deseó que pasara una buena noche en su castillo.


Gregoriska no se había equivocado: deseaba ardientemente aquel momento de soledad. Di las gracias por ello a la princesa, que me condujo hasta la puerta, donde me esperaban las dos mujeres que me habían conducido ya a mi aposento.


Me despedí a mi vez de ella, así como de sus dos hijos, volví a ese mismo aposento, de donde había salido una hora antes.


El diván se había convertido en un lecho. Era el único cambio que se había producido.


Di las gracias a las mujeres. Les hice comprender mediante gestos que me desvestiría sola; y ellas salieron enseguida con mil muestras de respeto que indicaban que tenían órdenes de obedecerme en todo.


Me quedé sola en aquel inmenso aposento, del que mi candela solo alcanzaba a alumbrar, al desplazarse, aquellas partes que recorría, sin iluminar nunca el conjunto. Era un juego singular de luces, que establecía una especie de lucha entre el resplandor de mi vela y los rayos de la luna, que penetraban a través de la ventana sin cortinas.


Además de la puerta por la que había entrado, y que daba sobre la escalera, había otras dos en la habitación; pero unos enormes cerrojos, puestos en estas puertas, y que se cerraban por dentro, bastaban para tranquilizarme.


Fui a ver la puerta de entrada. También esta, como las otras, contaba con sus medios de defensa.


Abrí la ventana, que daba sobre un precipicio.


Comprendí que Gregoriska había elegido aquella habitación a conciencia.


De vuelta, por fin, a mi diván, encontré sobre una mesita puesta junto a la cabecera de mi cama una esquela doblada.


La abrí y leí en polaco:


Dormid tranquila; no tenéis nada que temer mientras permanezcáis en el interior del castillo. 
—Gregoriska

Seguí el consejo que me había dado y, como la fatiga era superior a mis preocupaciones, me acosté y no tardé en quedarme dormida.

Donante - Iban Zaldua

Circunstancias más bien peregrinas me llevaron a hacerme donante de sangre. A Loperena, compañero de cenas y chiquiteo, el médico le recomendó —más bien le ordenó— que se hiciera sacar sangre con cierta regularidad: lo ignoro todo sobre la ciencia de Esculapio, pero recuerdo que el curioso remedio, uno más de entre todo un arsenal, tenía que ver con la extrema obesidad de nuestro amigo, y con el lamentable estado de su hígado. 
 
Le indicó que lo mejor para seguir el curioso tratamiento iba a ser que se hiciera socio de Donantes de Sangre. Loperena fue objeto de nuestras chanzas durante un tiempo, hasta que, conforme iban transcurriendo los días y comprobamos que a la pregunta: «¿Qué, has ido ya a sacarte sangre?», seguía respondiendo con evasivas, comprendimos algo que ni remotamente podíamos sospechar en él: estaba cagado de miedo. 
 
Tratamos de alentarlo como siempre suele hacerse en estos casos: que no pasa nada, si es un pinchacito y se acabó, que no se ha muerto nadie… Inútilmente. Así que decidimos, en un acto de generosidad sin precedentes hacia Loperena y la Humanidad, convertirnos nosotros mismos también en donantes y acompañar al desdichado gordo en su particular calvario. 
 
Los siete —todos menos Juárez, que había tenido hepatitis— nos encaminamos un sábado a la mañana hacia el banco de sangre, sin dejar de hacer chistes y dando palmaditas en el hombro a Loperena, que estaba más blanco que la leche. 
 
Para animarle, quedamos en que luego visitaríamos los bares del barrio y saquearíamos sus reservas de tinto y pinchos. Entre protestas, todos nos comprometimos a invitar. Ni siquiera esto devolvió la vida a los ojos de perro apaleado de Loperena.
 
La sede de la Asociación de Donantes de Sangre se halla en el bajo de un oscuro edificio del Centro, en la calle Lope de Aguirre; como Nazábal, con su habitual pedantería, se encargó de ilustrarnos, ocupaba lo que habían sido las antiguas oficinas de la CNT durante la guerra: los agujeros de bala que tachonaban el dintel y uno de los balcones, rellenos de un mortero que había ennegrecido más que la piedra de la fachada, daban fe de ello. 
 
El interior se correspondía casi exactamente con la lúgubre entrada: una amplia sala con una mesa, tres camillas que parecían sacadas de un compendio decimonónico, varias vitrinas modernistas y gastadas, llenas de frascos, azulejos blancos en el suelo, el techo y las paredes. Lo único anacrónico allí eran las bolsas de plástico para la sangre y las balanzas en el suelo, junto a las camillas. 
 
Nos recibió el doctor Elorza, alto, espigado, calvo, con una mueca de seriedad permanente de esas que uno, por conservar la calma, procura no confundir con la animadversión hacia todo lo que se mueve sobre dos piernas. Ni el marco ni el galeno eran, evidentemente, los más adecuados para que Loperena caminara sin miedo hacia su primera donación, así que —una simple mirada de entendimiento nos bastó— Juancho, Loco y yo decidimos afrontar los primeros el potro de la tortura. 
 
Tras un prolijo y desagradable interrogatorio, una enfermera sin edad nos fue tumbando en las camillas y el doctor, con una mirada casi sádica, fue clavándonos la aguja en la vena y dándonos las instrucciones para que la sangre fluyera a la bolsa. Aunque sólo puedo hablar por mí mismo, estoy seguro de que a los tres nos dolió más de lo que preveíamos, y que nos pareció una experiencia bastante desagradable. 
 
Sin embargo, ante los demás, y sobre todo ante Loperena, evitamos cualquier gesto de disgusto y seguimos bromeando hasta el final. Marcos, Nazábal y Mikel hicieron lo mismo. Loperena no pudo echarse atrás. Aguantó como pudo y, aunque estuvo a punto de marearse, no vomitó. 
 
Todos juntos ya, y acompañados por la enfermera, nos zampamos el bocadillo, bebimos los litros de agua prescritos, recibimos cada uno nuestro carné y salimos para la calle. Era la una y media del mediodía. Fuera porque la sangre que nos habían restado debilitaba nuestro organismo, fuera porque los pinchos que trasegamos no fueron suficientes para hacer base en nuestros estómagos, el caso es que para las dos y cuarto ya estábamos como cubas. 
 
No tuvimos más remedio que quedarnos a comer por la zona, en uno de esos tascuchos con menú de a mil doscientas pesetas que invitan, en los postres, a cantar a coro y a iniciar interminables guerras de pan. La memorable juerga concluyó con los primeros rayos del sol de la mañana siguiente. 
 
No extrañará, por lo tanto, que decidiéramos convertir aquellas donaciones en tradición, en el preludio de largas jornadas de disparates, cánticos y chuletadas que íbamos a perpetrar cada tres o cuatro meses. Así lo decidimos, ya recuperados de la resaca, con un solemne juramento.
 
Como era de esperar, la primera juerga eclipsó a todas las siguientes. Es sabido lo que perduran las tradiciones recién adoptadas en estas circunstancias: dos, tres años, o acaso lo que tarda en deshacerse una cuadrilla. En nuestro caso ambos plazos casi coincidieron. 
 
Habíamos concluido los estudios, conocimos a otras gentes, algunos encontraron trabajo lejos del barrio, la vida nos trazó líneas que se fueron separando en el mapa del tiempo. Yo fui de los que se quedó en la ciudad. Y el único que, una vez cada cuatro meses, siguió acudiendo a donar sangre. Es posible que alguno siguiera haciéndolo, pero no desde luego en aquel local del centro. 
 
La lista de excusas que fueron proporcionando para justificar su deserción es demasiado prolija y la considero innecesaria en este relato. Loperena fue el último en abandonarme. Un día me comunicó que su nuevo médico de cabecera había decidido cambiar radicalmente de tratamiento, aduciendo que, a fin de cuentas, aquellas donaciones de sangre no eran más que una burda variante de las sangrías de antaño. 
 
Todo eso, según Loperena, acompañado de una serie de lindezas sobre su colega que se pagarían a muy buen precio en el Colegio Provincial de Médicos. Pese a los alicientes que rodeaban a las jornadas de donación, Loperena nunca logró sacudirse de encima el malestar que le producían el doctor Elorza y sus agujas. 
 
Le felicité sinceramente, pero no advertí rastros de alegría —ni siquiera de alivio— en su mirada. Me lo explicó: el nuevo médico le había impuesto un régimen muy estricto. Después de realizar mi donación —la solidaridad de Loperena no llegó hasta el punto de acompañarme aquel día—, decidimos celebrarlo por todo lo alto en el Felipe: marmitako, pencas rellenas, gorrín, repostería variada, café, puro y pacharán. 
 
Todo ello regado con un par de botellas de Viña Ardanza de 1973 que elevaron la cuenta —y nuestra moral— como la espuma. Pero no nos importó. Loperena lo dejó muy claro: «Esta es la última. Mañana mismo empiezo con el régimen».
 
No sé por qué seguí donando. Local y empleados me resultaban desagradables, las satisfacciones que me proporcionaba el hecho de perder medio litro de sangre cada cuatro meses eran intangibles y —cavilaba— lo que sobra en esta provincia son donantes de sangre. Eso decían las estadísticas, por lo menos: cuando empecé a ir solo me sorprendió no coincidir nunca con nadie. ¿Por qué me empeñaba en ir, entonces? ¿Era, acaso, una forma de tranquilizar mi conciencia, de decirme que ya hacía —y, además, gratis— lo suficiente por la Humanidad? ¿Mi coartada para afrontar la vida con un mínimo de hipocresía? ¿Era la Asociación de Donantes de Sangre —a cuyas reuniones jamás acudía— lo mismo que el Movimiento de Objeción de Conciencia para Nazábal, la Asociación para la Protección de Nuestro Patrimonio Industrial para Marcos, el sindicato para Juancho? Lo ignoro. Creo que actuaba movido por una suerte de premonición. Esperaba a Milagros.
 
El hecho es que, tres sábados al año, allí me tenían, listo para vaciar mis venas. El doctor Elorza nunca llegó a tutearme, ¡faltaría más! Cuando traspasaba la puerta y le saludaba me solía atravesar con una mirada cansada, como si anduviera cargado de trabajo, agobiado por las masas de donantes. 
 
Nunca encontré a nadie allí. Después celebrábamos el ritual mecánicamente: me hacía las mismas preguntas, yo daba las mismas respuestas, me tumbaba en la camilla más alejada, me pinchaba, volvía a su escritorio y a partir de entonces era su casi muda ayudante la que se ocupaba de todo: vigilar la oscilación de la balanza, decidir cuándo había suficiente sangre en la bolsa, cortar el flujo, aplicarme el algodón en el pinchazo y recitarme, siempre con la misma voz monocorde: «Ahora apriete fuerte hasta que deje de manar sangre». 
 
Ni siquiera llegué a saber su nombre. Después de aquello, me bajaba la manga y, ya sin ayuda, me encaminaba a los sofás de la entrada, bebía medio litro de agua, ojeaba algunas revistas y deglutía un bocadillo de —parece difícil de creer— excelente salchichón. Siempre había cuatro o cinco más preparados en la mesilla, y más de una vez estuve tentado de pedirles permiso para repetir. 
 
Pero algo en el silencio de aquella amplia sala me lo impedía siempre también. Quizá fuera el recuerdo del brillo extraño que asomaba a los ojos de Elorza cada vez que extraía la aguja de su protector de plástico y miraba mi brazo buscando el punto exacto. No logré acostumbrarme.
 
Un sábado, nada más entrar, me di cuenta de que las cosas habían cambiado, y mucho, en el último cuatrimestre. Mamparas de color salmón dividían el espacio que antes ocupaba la gran sala, de manera que la entrada se reducía a un hall bastante pequeño, aunque coqueto. De las paredes originales no habían podido arrancar aquellos horribles azulejos, pero las habían cubierto con pósters y reproducciones de pinturas impresionistas que les daban otro aire. 
 
La mesa de oficina había sido sustituida por un mostrador tras el cual una vivaracha enfermera, que enseguida me dijo que se llamaba Merche, pedía los datos, rebuscaba en el fichero y conducía al donante a una pequeña sala de espera donde —y aquí venía la sorpresa— la doctora en medicina general Milagros Rotaeche cumplimentaba, con una amabilidad inusitada, el cuestionario de rigor. 
 
Ella fue la que me informó del cese del doctor Elorza y de cómo ella se había hecho con el puesto. Todo eso sin dejar de sonreír. Puedo decir, sin riesgo a equivocarme, que es una hermosa mujer, morena, de ojazos verdes y largas pestañas, y con una sonrisa que no abandona su boca en ningún momento: creo que fue ese rasgo, en contraste quizás con la actitud de Elorza, lo que me cautivó. 
 
Sospeché, con una mezcla de horror y satisfacción, que por fin habían descubierto los experimentos secretos que sin duda realizaba el doctor Elorza y se hallaba expiando sus crímenes en alguna institución penitenciaria; no he sabido hasta mucho después que se enroló en una misión de Medicus Mundi con destino a Ruanda, donde por lo visto realizó durante dos años una labor más que meritoria. 
 
Salió hasta en el semanal de El País. Tengo que confesar que la noticia me ha contrariado un tanto, pero en aquel entonces di gracias al Señor —las sigo dando— por el cambio y por el castigo que por sus crímenes contra la Humanidad se merecía Elorza. Pero sobre todo por el cambio.
 
La doctora Rotaeche era además encantadora, atenta e inteligente. Su conversación no decaía nunca y suponía una delicia estar con ella. Si no tenía mucho trabajo se quedaba junto a mí durante la extracción, y hablábamos de cualquier cosa. La verdad, era ella la que más hablaba, porque yo no tenía mucho que decir. 
 
Mi trabajo, en la sección de contabilidad de una sucursal de la caja de ahorros provincial, no daba para grandes aventuras; mis recuerdos de juventud, de puro felices, se me antojaban insulsos; mis vacaciones en Cuba —desde que empecé a trabajar he ido cuatro veces, cada verano—, eran más bien inconfesables, pese a que eran lo más excitante en una vida que se reducía a un eterno paseo entre la oficina y el apartamento. 
 
Milagros —enseguida si insistió en tratarme de tú— opinaba sobre todo lo divino y lo humano con una soltura envidiable, de esas que arrastran: yo mismo me sorprendí, en más de una ocasión, proporcionándole mi punto de vista sobre cuestiones que en la vida me habían interesado, o sobre las que nunca me habría atrevido a discutir. 
 
Aquellos ratos, desgraciadamente, no fueron tan abundantes como yo hubiera deseado. La voz corrió y los miembros de la Asociación de Donantes acudieron como moscas. Nunca había visto el local tan concurrido: hubo sábados en que tuve que volverme a casa sin haber cumplido con mi deber. Una vez en la sala, donde habían colocado dos camillas más, amén de una televisión, todos nos disputábamos los favores de Milagros. 
 
Al principio creí ser el preferido, pero casi estoy convencido de que a todos nos ocurría lo mismo. Durante un año entero me devoraron los celos: ¿acaso no pasaba unos minutos más con esa foca sebosa de Rodríguez Rezola, un carnicero que contaba chistes sin cesar, y no precisamente de los mejores? 
 
Pero no, luego volvía junto a mí, introducía aquella suave aguja bajo mi piel, acariciaba mi hombro, me preguntaba por el trabajo, me tranquilizaba. Mes tras mes, esperaba aquellos sábados con ansiedad. Más de una vez me planteé si podría verla fuera de aquel local, si me atrevería a invitarla a salir, o algo así. Nunca lo intenté: algo más fuerte que mi deseo me detenía. Como si la imagen de Milagros fuera de aquel local me pareciera irreal. Como si no pudiera tomar cuerpo en otro sitio que no fuera aquel escenario. Ahora sé que no tiene por qué ser así.
 
Milagros era, además, una médico muy preparada. Pronto nos enteramos —todo se llega a saber en los círculos devotos— de que había sido la primera de su promoción, y de que había publicado artículos en las revistas más importantes de la especialidad. 
 
Reputada experta en hematología, ella misma nos confesó que estaba perfeccionando un preparado con el que queremos conseguir que la sangre de los donantes recuperara más rápidamente los elementos que se perdían con la transfusión. No podíamos estar más de acuerdo con su línea de investigación: si tenía éxito el ritmo de donaciones se aceleraría y habría más sangre para transfusiones y, lo más importante, podríamos acudir cada menos tiempo a visitar la sede de la Asociación. A visitar a Milagros. 
 
Su sueño, me confesó un día, era la producción artificial de sangre, pero no confiaba en lograrlo aún, dados los escasos medios de que disponía. Por eso había optado por perfeccionar el funcionamiento de la mejor máquina de producir sangre que la naturaleza había creado. Y me acarició la cabeza.
 
Cuando, tímidamente, nos propuso formar parte de su experimento, dudo que nadie se negara a probar aquel brebaje rosa que Merche nos iba a servir después de cada donación, junto al agua y el bocadillo. Nos dijo que íbamos a ser famosos y que nuestros nombres aparecerían en el artículo que sin duda le publicarían en el Scientific American. Eso, por lo menos. 
 
A partir de ese momento empezamos a ser citados más a menudo. Primero cada tres meses, luego cada dos, y a partir de ahí Milagros fue bajando una semana a cada visita. Mi vida se convirtió en una delicia, al menos en parte. No sólo porque acudía al local de la Asociación de Donantes de Sangre más a menudo, sino también porque pasaba más tiempo allí. 
 
Efectivamente, el revitalizador de Milagros, por lo visto, no sólo lograba acelerar la recuperación de los elementos que perdía la sangre del donante, sino que lograba triplicar el ritmo de reproducción de la propia masa sanguínea, con lo que, nos comunicó, podríamos donar más sangre cada vez. 
 
La perspectiva de pasar ratos más largos junto a Milagros me sedujo —nos sedujo— sin remedio. Casi se convirtió en una competición entre los habituales. Subimos de medio litro a tres cuartos, de ahí al litro y algunos llegamos al techo de litro y medio por donación, con descansos de tres semanas entre una sesión y la siguiente.
 
Evidentemente, cada día que pasaba me sentía más débil. No puedo decir que me importara mucho. Nunca he sido muy dado a tomar el sol, pero la imagen que cada mañana me devolvía el espejo me decía a las claras que mi piel había perdido cualquier vestigio de color que alguna vez hubiera tenido. 
 
Perdí el apetito, adelanté y empecé a llegar tarde al trabajo. Siempre he sido puntual, y nunca antes se me habían pegado las sábanas. Pero ahora subía a casa y no sentía más que ganas de dormir, acudía al trabajo y me entraba sueño frente al ordenador. No, ni se me ocurrió preocuparme. 
 
Milagros nos hacía chequeos antes y después de cada sesión, nos tomaba la tensión, realizaba complicadas pruebas con muestras de nuestra orina y casi siempre proclamaba que estábamos estupendos; a algunos les prescribía unas vitaminas, «una ayudita», como ella solía decir, pero poco más. 
 
Un día, nada más llegar a la oficina, me desmayé. El médico diagnosticó anemia con complicaciones —la lista es demasiado larga—, y me dio a entender que tenía la sangre tan debilitada que lamentaba hasta haberme extraído la muestra. Me dio baja para un mes, que tenía que pasar en la cama. Ni se me ocurrió comentarle nada de los experimentos de Milagros. 
 
Ella misma se había encargado de subrayar que aquello era un secreto entre nosotros, que en el mundo de la investigación hay muchas envidias y muchos desaprensivos dispuestos a robar descubrimientos que no les pertenecen. Nunca dudamos de su buena fe, ni de sus revisiones. Confiábamos en Milagros.
 
Aquella baja, qué duda cabe, me salvó la vida. A la segunda semana ya estaba algo mejor, y pude empezar a leer los periódicos que, a regañadientes, me subía un vecino. La noticia apareció un lunes. Los titulares de los diferentes diarios no podían ser más expresivos: «LO MATÓ PARA EXTRAERLE TODA SU SANGRE», «HORRIBLE ASESINATO», «EL LOCAL DE LOS HORRORES», «LA VAMPIRESA DE LA CALLE LOPE DE AGUIRRE». Y continuaron los días siguientes: «MÁS CUERPOS EN LA TRASTIENDA DEL LOCAL», «SED DE SANGRE», «LA DOCTORA ROTAECHE INGRESA EN PRISIÓN», «DIMISIONES EN LA ASOCIACIÓN DE DONANTES DE SANGRE», «POSIBLE IMPLICACIÓN DEL DIRECTOR DE OSAKIDETZA», etc. 
 
La policía dio con el caso casi por casualidad, mientras investigaba la desaparición de Rodríguez Rezola que, como todos los carniceros, tenía dinero y sólidas relaciones. A algún espabilado se le ocurrió que acudía con demasiada asiduidad al local de Donantes y mientras hacían una pregunta por aquí, manoseaban un aparatito por allá, algún agente abrió la puerta del depósito y se topó con el cuerpo —por decir algo— de Rodríguez Rezola, convertido en un saco de piel y huesos apenas reconocible. 
 
El forense no encontró en su cuerpo, casi momificado, ni una gota de sangre. Lo mismo puede decirse de los otros cuatro cuerpos que hallaron bajo el suelo de aquella habitación; publicaron sus fotos y he de decir que los conocía a casi todos: mis antiguos rivales. El famoso preparado resultó estar compuesto básicamente de sirope de granadina. 
 
Merche, la enfermera, por lo visto, no sabía nada. La policía vino a visitarme una semana después de la detención de Milagros. Confirmé punto por punto las declaraciones de los demás testigos. Sin embargo no quise ponerle una denuncia. No he debido ser el único, porque los policías no insistieron. Ni siquiera parecieron sorprenderse.
 
Por suerte, los periodistas no me molestaron. No hubiera sabido qué contarles. El caso de la doctora Rotaeche fue, como era de esperar, un duro golpe para la Asociación Provincial de Donantes de Sangre: las estadísticas de este último año son elocuentes. Incluso han cambiado de sede, pero no parece que les haya servido de mucho. 
 
Yo, desde luego, no he vuelto a donar, y no conozco el nuevo local. Nunca lo conoceré. No es por lo que nos ocurrió. Sé que si voy no encontraré a Milagros allí, y eso es suficiente. No sería lo mismo. He intentado conseguir un permiso para visitarla en la cárcel, pero no me lo han concedido. 
 
Razones de seguridad, añaden. Me han dicho que probablemente pueda cuando la sentencia sea firme. Incluso un vis a vis; eso sería estupendo. Esperaré. Vaya que si esperaré. Me da un poco de lástima, claro. Todo este tiempo. Con la sed que estará pasando, la pobre.

El Misterioso Caso De Styles - Agatha Christie

Capítulo 2 - Dieciséis y diecisiete de julio

Había llegado a Styles el 5 de julio. Relataré a continuación los hechos ocurridos el 16 y 17 de aquel mes. Recapitularé los incidentes de aquellos días con tanta exactitud como me sea posible. Estos hechos salieron a la luz posteriormente, en el proceso, después de largos y pesados interrogatorios.

Recibí una carta de Evelyn Howard un par de días después de su marcha; en ella me decía que trabajaba como enfermera en el gran hospital de Middlingham, ciudad industrial a unas quince millas de Styles, y me rogaba le hiciera saber si la señora Inglethorp daba muestras de desear reconciliarse.

La única sombra que enturbiaba la tranquilidad de mi estancia en Styles era la extraordinaria preferencia de la señora Cavendish por la compañía del doctor Bauerstein, preferencia que me parecía incomprensible. No podía comprender qué era lo que veía en él, pero siempre estaba invitándole y con frecuencia hacían largas excursiones juntos. Sinceramente, su atractivo era para mí un misterio.

El 16 de julio cayó en lunes. Fue un día de mucho movimiento. La famosa tómbola se había inaugurado el sábado anterior, y aquella noche se representaría una función relacionada con la fiesta de la caridad, en la que la señora Inglethorp recitaría un poema patriótico. Habíamos estado toda la mañana muy atareados arreglando y decorando el local del pueblo donde la función iba a celebrarse. Almorzamos tarde y salimos al jardín a descansar. Observé que la actitud de John no era del todo normal. Parecía muy excitado e inquieto.

Después del té, la señora Inglethorp se retiró a sus habitaciones y yo desafié a Mary Cavendish a un partido de tenis.

A eso de las siete menos cuarto, la señora Inglethorp nos avisó a gritos que la comida se adelantaría aquella noche y que no íbamos a estar a punto. Tuvimos que darnos mucha prisa para llegar a tiempo y, antes de terminar de comer, el coche ya esperaba en la puerta.

La función constituyó un gran éxito y la actuación de la señora Inglethorp fue premiada con una ovación. Hubo también algunos cuadros plásticos en los que intervino Cynthia. La muchacha no regresó con nosotros, por haber sido invitada a una cena y a pasar la noche con unos amigos que habían actuado con ella en la representación.

A la mañana siguiente, la señora Inglethorp desayunó en la cama por encontrarse fatigada, pero a las 12:30 se presentó muy animada y nos arrastró a Lawrence y a mí a una comida en casa de unos amigos.

—Una invitación amabilísima de la señora Rolleston —dijo—. Es hermana de lady Tadminster. Los Rolleston vinieron a Inglaterra con Guillermo el Conquistador. Una de nuestras familias más antiguas.

Mary se había excusado de asistir, pretextando un compromiso con el doctor Bauerstein.

La comida resultó muy agradable y, al volver, Lawrence sugirió que pasáramos por Tarminster, dando un rodeo de una milla escasa, y le hiciéramos una visita a Cynthia en su dispensario. A la señora Inglethorp le pareció una idea excelente, pero como tenía que escribir varias cartas dijo que nos dejaría allí y que volviéramos con Cynthia cuanto antes en el tílburi.

El portero del hospital nos detuvo por sospechosos hasta que apareció Cynthia y respondió por nosotros. Su aspecto era reposado y estaba muy mona con su larga bata blanca. Nos llevó a su cuarto y nos presentó a un compañero suyo, individuo de aspecto terrible, a quien Cynthia llamaba alegremente «Nibs».

—¡Qué cantidad de botellas! —exclamé, dejando vagar la mirada por el pequeño cuarto—. ¿Sabe usted realmente lo que hay en todas ellas?

—Diga algo original —rezongó Cynthia—. Todo el que viene aquí dice lo mismo. Estamos pensando en conceder un premio al primero que no diga: «¡Qué cantidad de botellas!». Y ya sé qué es lo que va a decir ahora: «¿A cuántas personas ha envenenado?».

Me confesé culpable, riendo.

—Si supieran ustedes lo fácil que es envenenar a una persona por error, no bromearían acerca de ello. Vamos, vamos a tomar el té. Tenemos toda clase de provisiones en el armario. ¡No, Lawrence, ese es el armario de los venenos! El grande, eso es.

Tomamos el té alegremente y ayudamos a Cynthia a fregar los cacharros. Acabábamos de guardar la última cucharilla cuando se oyó un golpe en la puerta. Súbitamente, los rostros de Cynthia y Nibs se endurecieron, adquiriendo una expresión antipática.

—Pase —dijo Cynthia en tono profesional.

Apareció una joven enfermera de aspecto asustado, que entregó a Nibs una botella. Este, a su vez, se la dio a Cynthia, diciendo enigmáticamente:

—Yo no estoy aquí hoy.

Cynthia cogió la botella y la examinó con la severidad de un juez.

—Tenían que haberla traído esta mañana.

—La enfermera lo siente mucho. Se olvidó.

—La enfermera debería haber leído las instrucciones que hay en la puerta.

Por la expresión de la enfermerita comprendí que no había la menor probabilidad de que se atreviera a transmitir el mensaje a la temible «enfermera».

—De modo que ya no se puede hacer nada hasta mañana —concluyó Cynthia.

—¿No sería posible hacerlo esta noche?

—Estamos muy ocupados, pero si hay tiempo se hará —dijo Cynthia, condescendiente.

La pequeña enfermera se retiró y Cynthia cogió un frasco del estante, llenó la botella y la colocó en la mesa. Me reí.

—¿Manteniendo la disciplina?

—Eso es. Venga al balcón. Desde allí se ven todos los pabellones.

Seguí a Cynthia y a su amigo, quienes me señalaron las diferentes salas. Lawrence se quedó atrás, pero al cabo de unos segundos Cynthia se volvió y le dijo que se reuniera con nosotros. Entonces miró su reloj de pulsera.

—¿No nos queda nada que hacer, Nibs?

—No.

—Muy bien. Entonces cerraremos y nos vamos.

Aquella tarde había visto a Lawrence bajo un aspecto totalmente distinto. Comparado con John, era extraordinariamente difícil llegar a conocerlo. Era opuesto a su hermano en casi todo. Sin embargo, había cierto encanto en su modo de ser y me pareció que, conociéndolo bien, podría tomársele gran afecto. Por regla general, su actitud respecto a Cynthia era algo cohibida, y ella, por su parte, se sentía tímida en su presencia. Pero aquella tarde estaban los dos muy alegres y charlaban como un par de chiquillos.

Cuando cruzábamos el pueblo, recordé que necesitaba unos sellos y, por consiguiente, nos detuvimos ante la oficina de correos.

Al salir de esta oficina, tropecé con un hombrecillo que entraba. Me hice a un lado, ofreciendo mis excusas, cuando de pronto, con una exclamación, me estrechó entre sus brazos y me besó calurosamente.

—¡Mi amigo Hastings! —exclamó—. ¡Pero si es mi amigo Hastings!

—¡Poirot! —exclamé.

Me volví a explicar a mis amigos, que seguían en el tílburi:

—Cynthia, es un encuentro realmente agradable para mí. Mi viejo amigo monsieur Poirot, a quien no había visto desde hace años. Ya comprenderá mi alegría ante tal encuentro.

—Pero si ya lo conocemos —dijo Cynthia, alegremente—. Y no tenía la menor idea de que fuera amigo suyo.

—Es cierto —dijo Poirot seriamente—. Conozco a la señorita Cynthia. Si estoy aquí es gracias a la bondadosa señora Inglethorp. Sí, amigo mío, ha ofrecido hospitalidad a siete refugiados de mi país. Nosotros, los belgas, le estamos eternamente agradecidos.

Poirot era un hombrecillo de aspecto fuera de lo corriente. Mediría escasamente 1,60 m de altura, pero su porte resultaba muy digno. Su cabeza tenía la forma exacta de un huevo y acostumbraba a inclinarla ligeramente hacia un lado. Su bigote era tieso y de aspecto militar. La pulcritud de su atuendo era casi increíble; dudo que una herida de bala pudiera causarle el mismo disgusto que una mota de polvo. Sin embargo, este curioso hombrecillo, que, por desgracia, y según pude observar, cojeaba ligeramente, había sido en sus tiempos uno de los miembros más destacados de la policía belga. Como detective, su olfato era extraordinario, y había obtenido resonantes éxitos ventilando algunos de los casos más desconcertantes de la época.

Me señaló la casita donde habitaban él y su compatriota y prometí ir a verle en fecha próxima. Saludó ceremoniosamente a Cynthia, quitándose el sombrero, y nos marchamos.

—Es un hombrecillo encantador —dijo Cynthia—. No tenía idea de que lo conocía usted.

—Han dado ustedes albergue a una celebridad —repliqué.

Y durante todo el camino les recité las hazañas y éxitos de Hércules Poirot.

Llegamos a casa en alegre disposición de ánimo. Al atravesar el vestíbulo, vimos a la señora Inglethorp que salía de su *boudoir*. Parecía nerviosa y trastornada.

—¡Ah!, sois vosotros —dijo.

—¿Pasa algo, tía Emily? —preguntó Cynthia.

—Claro que no —dijo bruscamente la señora Inglethorp—. ¿Qué va a pasar?

Y viendo a Dorcas, la doncella, que se dirigía al salón, le dijo que le llevara unos sellos al *boudoir*.

—Sí, señora —la vieja sirvienta titubeó y dijo al fin, tímidamente—: ¿No cree usted, señora, que haría bien en irse a la cama? Parece usted fatigada.

—Puede ser que tenga usted razón, Dorcas, sí... No, ahora no. Tengo que terminar algunas cartas para que alcancen el correo. ¿Ha encendido el fuego en mi cuarto, como le dije?

—Sí, señora.

—Entonces me iré a la cama inmediatamente después de comer.

Entró de nuevo en su *boudoir* y Cynthia se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos.

—¡Por Dios bendito! ¿Qué pasará? —le dijo a Lawrence.

Él no la oyó, al parecer, pues, sin decir una palabra, giró sobre sus talones, nos echó una mirada y salió de la casa inmediatamente.

Le propuse a Cynthia un rápido partido de tenis antes de cenar y, habiendo sido aceptada mi proposición, corrí escaleras arriba a buscar mi raqueta.

La señora Cavendish bajaba en aquel momento. Puede ser que fuera mi imaginación, pero parecía agitada.

—¿Fue agradable el paseo con el doctor Bauerstein? —pregunté, tan indiferente como me fue posible.

—No fui —contestó bruscamente—. ¿Dónde está la señora Inglethorp?

—En el *boudoir*.

Su mano se agarraba con fuerza a la baranda. Después pareció acumular energías para una entrevista difícil y rápidamente bajó las escaleras y cruzó el vestíbulo en dirección al *boudoir*, donde entró cerrando la puerta tras ella.

Unos minutos después, camino del campo de tenis, tuve que pasar por delante de la ventana abierta del *boudoir* y no pude evitar oír lo siguiente:

—¿Entonces no quiere usted enseñármelo? —decía Mary Cavendish con la voz de una persona que hace esfuerzos desesperados por dominarse.

—Querida Mary, no tiene nada que ver con el asunto —replicó la señora Inglethorp.

—Pues enséñemelo entonces.

—Ya te he dicho que no es lo que te imaginas. No te incumbe en absoluto.

A lo cual Mary Cavendish replicó con amargura creciente:

—¡Claro está! ¡Debería haber supuesto que usted lo protegería!

Cynthia me esperaba y me recibió diciendo con vehemencia:

—¡Oiga, Hastings! ¡Ha habido un lío espantoso! Se lo he sacado a Dorcas.

—¿Qué clase de lío?

—Entre tía Emily y él. Espero que al fin sabrá quién es.

—¿Andaba Dorcas presente?

—Claro que no. Estaba «cerca de la puerta, por casualidad». Ha sido algo serio. Me gustaría saber el motivo.

Recordé la cara agitada de la señora Raikes y las advertencias de la señorita Howard, pero decidí prudentemente guardar silencio, mientras Cynthia agotaba toda posible hipótesis. Al fin dijo, esperanzada:

—Tía Emily le echará de casa y no volverá a dirigirle la palabra.

Tenía grandes deseos de hablar con John, pero no pude encontrarle. Era evidente que algo muy grave había ocurrido, sin querer, y, a pesar de todos mis esfuerzos, no conseguía apartarlo de mi imaginación. ¿Qué relación tendría Mary Cavendish con el asunto?

El señor Inglethorp estaba en el salón cuando bajé a cenar. Su rostro aparecía tan impasible como de costumbre y volvió a impresionarme la extraña irrealidad que emanaba en gran manera de su persona.

La señora Inglethorp fue la última en bajar. Parecía estar todavía fatigada y durante la comida reinó un silencio un poco forzado. Generalmente rodeaba a su mujer de pequeñas atenciones, colocando un cojín a su espalda y representando el papel de marido complaciente. Después de comer, la señora Inglethorp se retiró de nuevo a su *boudoir*.

—Mándame allí mi café, Mary —pidió—. Sólo tengo cinco minutos si quiero que las cartas no pierdan el correo.

Cynthia y yo nos sentamos junto a la ventana abierta del salón. Mary Cavendish nos llevó allí el café. Parecía excitada.

—¿Quiere la gente joven que encienda las luces o prefieren la semioscuridad del crepúsculo? —preguntó—. Cynthia, por favor, llévale el café a la señora Inglethorp. Voy a servirlo.

—Déjelo, Mary, yo lo haré —dijo Inglethorp. Él mismo lo sirvió y salió del cuarto llevándolo con cuidado.

Lawrence le siguió y la señora Cavendish se sentó junto a nosotros.

Permanecieron los tres en silencio durante algún tiempo. Era una noche maravillosa, cálida y tranquila. La señora Cavendish se abanicaba dulcemente con una hoja de palma.

—Hace casi demasiado calor. Tendremos tormenta a no tardar.

¡Lástima que estos momentos llenos de armonía no puedan durar! El sonido de una voz conocida que yo detestaba profundamente hizo añicos mi paraíso.

—¡El doctor Bauerstein! —exclamó Cynthia—. ¡Vaya unas horas de venir!

Dirigí a Mary Cavendish una mirada recelosa, pero permanecía impasible, sin que se alterase siquiera la deliciosa palidez de sus mejillas. Segundos más tarde, Alfred Inglethorp introducía al doctor, quien se disculpaba riendo por entrar en el salón en aquella facha. Realmente, estaba cubierto de barro de pies a cabeza y ofrecía un aspecto lamentable.

—¿Qué ha estado usted haciendo, doctor? —exclamó la señora Cavendish.

—Tengo que disculparme —dijo el médico—. No quería entrar, pero el señor Inglethorp insistió con tanto ahínco.

—La verdad es, Bauerstein, que está usted hecho una pena —dijo John, que venía del vestíbulo—. Tome una taza de café y cuéntenos qué le ha ocurrido.

—Gracias.

Se rió con melancolía y explicó que había descubierto una especie muy rara de helecho en un lugar inaccesible, y que en sus esfuerzos por apoderarse de él había perdido pie, cayendo de modo lamentable a una charca.

—Me sequé pronto al sol —añadió—, pero mi aspecto es lamentable.

En este momento, la señora Inglethorp llamó a Cynthia desde el vestíbulo y la muchacha salió corriendo.

—¿Quieres subirme la caja morada de los papeles? Me voy a la cama.

La puerta que daba al vestíbulo era ancha. Me levanté al mismo tiempo que Cynthia. John estaba a mi lado. Por tanto, éramos tres los testigos que podríamos jurar que la señora Inglethorp llevaba en la mano su taza de café, que aún no había probado.

La presencia del doctor Bauerstein me estropeó la velada por completo. Me parecía que no iba a marcharse nunca. Sin embargo, al fin se levantó y suspiré aliviado.

—Bajaré al pueblo con usted —dijo Inglethorp—. Tengo que ver al administrador para tratar de unas cuentas. —Se volvió a John—: No es necesario que nadie me espere levantado. Llevaré el llavín.

 

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Capítulo 3 - La noche de la tragedia

Para que resulte clara esta parte de mi relato, incluyo el siguiente plano del primer piso de Styles. A las habitaciones de la servidumbre se llega a través de la puerta B. No tiene comunicación con el ala derecha, donde estaban situadas las habitaciones de los Inglethorp.

Debía de ser hacia la mitad de la noche cuando me despertó Lawrence Cavendish. Tenía una vela en la mano y por la agitación de su rostro se veía claramente que algo grave ocurría.

—¿Qué pasa? —pregunté, sentándome en la cama y tratando de ordenar mis pensamientos dispersos.

—Parece que mi madre está muy enferma. Debe de tener un ataque. Por desgracia, se ha encerrado por dentro en su cuarto.

—Voy enseguida.

Salté de la cama y, poniéndome una bata, seguí a Lawrence a lo largo del pasillo y de la galería hasta el ala derecha de la casa.

John Cavendish se unió a nosotros y uno o dos de los sirvientes espantados rondaban por allí, excitadísimos. Lawrence se volvió hacia su hermano.

—¿Qué te parece que hagamos?

La indecisión de su carácter nunca había sido tan evidente.

John sacudió con violencia el picaporte, pero sin resultado positivo. La puerta, evidentemente, estaba cerrada con llave o tenía echado el cerrojo por dentro. Ya toda la casa se había levantado. Desde el interior de la habitación llegaban ruidos alarmantes. Había que hacer algo con urgencia.

—Trate de entrar por el cuarto del señor Inglethorp, señor —gritó Dorcas—. ¡La pobre señora!

De pronto caí en la cuenta de que Alfred Inglethorp no estaba con nosotros. Era el único que no había hecho acto de presencia. John abrió la puerta de su cuarto. Estaba oscuro como la boca del lobo, pero Lawrence le seguía con la vela y, a su luz vacilante, pudimos ver que la cama estaba sin deshacer y no había señales de que el cuarto hubiera sido ocupado aquella noche.

Fuimos directamente a la puerta de comunicación. También estaba cerrada o tenía echado el cerrojo por dentro. ¿Qué hacer?

—¡Ay, señor! ¿Qué vamos a hacer? —gritaba Dorcas, retorciéndose las manos.

—Creo que debemos intentar forzar la puerta. Va a ser tarea dura. Que una de las chicas baje a buscar al doctor Wilkins. Bueno, vamos a la puerta. Un momento, ¿no hay una puerta en el cuarto de la señorita Cynthia?

—Sí, señor, pero también está cerrada. Nunca ha estado abierta.

—Podemos probarlo de todos modos.

Corrió a lo largo del pasillo hasta el cuarto de Cynthia. Allí estaba Mary Cavendish, zarandeando a la muchacha, que debía tener un sueño extraordinariamente pesado, y tratando de despertarla.

John estuvo de vuelta después de unos segundos.

—No hay nada que hacer allí; también está cerrada. Tenemos que forzar la puerta. Creo que esta es algo menos sólida que la del pasillo.

Todos unimos nuestras fuerzas y empujamos, jadeantes. El armazón de la puerta era sólido y durante mucho tiempo resistió nuestros esfuerzos, pero al fin, con un ruidoso estallido, se abrió violentamente.

Entramos todos juntos, dando traspiés. Lawrence seguía sosteniendo la vela. La señora Inglethorp estaba en la cama, agitada por violentas convulsiones, en una de las cuales, al parecer, había volcado la mesa que estaba a su lado. Sin embargo, cuando nosotros entramos, sus miembros se relajaron y cayó sobre las almohadas.

John cruzó el cuarto y encendió el gas. Volviéndose hacia Annie, una de las doncellas, la mandó al salón a buscar coñac. Entonces se acercó a su madre, mientras yo descorría el cerrojo de la puerta del pasillo.

Me volví hacia Lawrence para sugerirle que era mejor que yo les dejara, ya que mis servicios no eran necesarios, pero las palabras se helaron en mis labios. Nunca había visto a un hombre con semejante expresión de terror. Estaba blanco como la nieve; la vela que sostenía en su mano temblaba y la cera caía en la alfombra, y sus ojos, petrificados por el pánico o algún sentimiento similar, miraban fijamente a algún punto de la pared. Seguí instintivamente la dirección de su mirada, pero no pude ver allí nada extraordinario. Solo las brasas que chisporroteaban débilmente en la chimenea y la hilera de figuritas en la repisa, pero ni unas ni otras justificaban aquel terror.

Parecía que la violencia del ataque de la señora Inglethorp iba cediendo. Ya podía hablar tan solo con sonidos entrecortados.

—Estoy mejor... Vino tan de pronto... qué estúpida he sido... encerrándome...

Una sombra se proyectó en la cama, volví la cabeza y vi a Mary Cavendish de pie, cerca de la puerta, sosteniendo con un brazo a Cynthia, que parecía completamente aturdida. Tenía el rostro congestionado y bostezaba repetidamente.

—La pobre Cynthia está muy asustada —dijo Mary Cavendish en voz baja y clara.

Mary llevaba puesta su bata blanca de trabajo. Debía de ser más tarde de lo que había pensado. Un pálido rayo de luz atravesaba las cortinas de las ventanas y el reloj de la chimenea señalaba cerca de las cinco.

Un grito estrangulado me sobresaltó. El dolor atenazaba de nuevo a la infortunada señora. Las convulsiones eran de tal violencia que el presenciarlas constituía una verdadera prueba. Reinaba la mayor confusión. Nos amontonábamos a su alrededor, incapaces de ayudarla o aliviarla. Una última convulsión la levantó de la cama, y luego pareció descansar sobre la cabeza y los tobillos, con el cuerpo arqueado del modo más extraordinario. Mary y John trataban en vano de darle a beber coñac. Los minutos iban pasando. De nuevo se arqueó su cuerpo extrañamente.

En aquel momento, el doctor Bauerstein se abrió paso autoritariamente a través de la habitación. Durante unos segundos permaneció inmóvil contemplando a la señora Inglethorp, y entonces esta gritó con voz ahogada, los ojos fijos en el doctor:

—¡Alfred! ¡Alfred!

Y cayó inmóvil sobre las almohadas. El doctor se acercó vivamente al lecho y, cogiendo los brazos de la señora Inglethorp, los zarandeó enérgicamente, aplicándole la respiración artificial. Dio unas cuantas órdenes rápidas a los sirvientes. Un imperioso movimiento de su mano nos llevó a todos a la puerta. Le contemplábamos fascinados, aunque creo que en el fondo de nuestros corazones todos sabíamos que era ya demasiado tarde para conseguir nada. Por la expresión de su rostro comprendí que él tampoco tenía esperanzas.

Por último abandonó su tarea, moviendo la cabeza gravemente. En aquel momento oímos unos pasos que se acercaban y entró atropelladamente el médico de cabecera de la señora Inglethorp, el doctor Wilkins, un hombre rollizo e inquieto.

En pocas palabras, el doctor Bauerstein explicó que pasaba casualmente por delante de la verja cuando el coche salía en busca del doctor Wilkins, y había acudido lo más aprisa posible. Señaló a la figura de la cama con un vago gesto que hizo con la mano.

—Muy triste, muy triste —murmuró el doctor Wilkins—. ¡Pobre señora! Siempre quería hacer demasiadas cosas, demasiadas, contra mi consejo... Yo se lo advertí. Su corazón estaba muy débil. «Calma, calma», le dije. Pero no, su amor por las buenas obras era demasiado grande. La naturaleza se rebeló, la naturaleza se rebeló.

El doctor Bauerstein observaba con atención a su colega.

—Las convulsiones eran de una violencia extraordinaria, doctor Wilkins —dijo sin dejar de mirarle—. Siento que no haya estado usted aquí a tiempo de presenciarlas. Eran... de naturaleza tetánica.

—¡Ah! —dijo prudentemente el doctor Wilkins.

—Me gustaría hablar con usted reservadamente —dijo Bauerstein. Y volviéndose hacia John—: ¿Tiene usted algo que objetar?

—Desde luego que no.

Salimos todos al pasillo, dejando solos a los dos médicos, y oí la llave en la cerradura detrás de nosotros.

Bajamos lentamente las escaleras. Yo estaba excitadísimo. Tengo cierto talento deductivo y la actitud del doctor Bauerstein había despertado en mi imaginación un montón de conjeturas. Mary Cavendish puso su mano sobre mi brazo.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué está tan... extraño el doctor Bauerstein?

—¿Sabe usted lo que pienso?

—¿Qué?

—¡Escuche!

Miré alrededor. Estábamos fuera del alcance del oído de los demás, pero, aun así, dije en un susurro:

—Creo que ha sido envenenada. Estoy seguro de que el doctor Bauerstein lo sospecha.

—¡Qué!

Se encogió contra la pared, las pupilas dilatadas violentamente, lanzando un grito desesperado que me sobresaltó.

—¡No, no! ¡Eso no, eso no!

Y voló escaleras arriba, dejándome solo. La seguí, temiendo que fuera a desmayarse. La encontré recostada contra el pasamano, mortalmente pálida. Me hizo con la mano una señal complaciente de que me fuera.

—¡No, no, déjeme! Prefiero estar sola. Déjeme tranquila un minuto o dos. Vaya abajo con los demás.

Obedecí de mala gana. John y Lawrence estaban en el salón. Me acerqué a ellos. Todos permanecíamos callados, pero creo que expresé el sentir general cuando rompí aquel silencio y pregunté alterado:

—¿Dónde está el señor Inglethorp?

John negó con la cabeza.

—No está en casa.

Nos miramos. ¿Dónde estaba Alfred Inglethorp? Su ausencia resultaba extraña, inexplicable. Recordé las últimas palabras de la señora Inglethorp. ¿Qué había en el fondo de ellas? ¿Qué más nos hubiera dicho de haber tenido tiempo?

Al fin oímos a los médicos bajar la escalera. El doctor Wilkins se daba aires de importancia y parecía como si tratara de ocultar bajo una calma decorosa su excitación interior. El doctor Bauerstein se mantenía en segundo término y la expresión de su rostro grave no se había alterado. El doctor Wilkins habló por los dos, dirigiéndose a John:

—Señor Cavendish, deseo su autorización para hacer la autopsia.

—¿Es necesario? —preguntó John gravemente. Un espasmo de dolor cruzó su rostro.

—Absolutamente necesario —contestó el doctor Bauerstein.

—¿Quiere usted decir que...?

—Que ni el doctor Wilkins ni yo podremos extender un certificado de defunción en las actuales circunstancias.

John inclinó la cabeza.

—En ese caso, mi única alternativa es consentir.

—Gracias —dijo el doctor Wilkins vivamente—. Creemos conveniente que la autopsia tenga efecto mañana por la noche, o mejor esta misma noche. —Miró rápidamente a la luz del día—. En las presentes circunstancias me temo que no podremos evitar una indagatoria. Son formalidades necesarias, pero les ruego que no se angustien por ello. A todo se proveerá.

Una pausa siguió a las palabras del médico de cabecera. Luego, el doctor Bauerstein sacó dos llaves de su bolsillo y se las entregó a John, diciendo a la par:

—Las llaves de los dos cuartos. Los he cerrado y, en mi opinión, deberían permanecer cerrados por el momento.

Los doctores se marcharon.

Había estado dando vueltas en mi cabeza a una idea y me pareció que había llegado el momento de exponerla. Sin embargo, temía un poco hacerlo. Sabía que John sentía horror por toda clase de publicidad y que era un optimista despreocupado, poco amigo de buscar problemas. Podía ser difícil convencerle de la sensatez de mi plan. Por otra parte, Lawrence, menos esclavo de convencionalismos y más imaginativo, podía convertirse en mi aliado. Sin ningún género de duda, había llegado el momento de que yo tomara la dirección del asunto.

—John —dije—, te voy a pedir una cosa.

—Di.

—¿Recuerdas que os he hablado de mi amigo Poirot, el belga que está en el pueblo? Ha sido un detective famosísimo.

—Sí. Bien.

—Quiero que me dejes llamarlo para... investigar el asunto que nos ocupa.

—¡Cómo! ¿Ahora mismo? ¿Antes de la autopsia?

—Sí, el tiempo será un gran aliado si... si hay algo sucio en todo esto.

—¡Tonterías! —exclamó Lawrence con enfado—. En mi opinión, todo es una paparruchada de Bauerstein. A Wilkins no se le ocurrió semejante cosa hasta que Bauerstein se la metió en la cabeza. Como todos los especialistas, Bauerstein tiene su manía. Los venenos son su chifladura y, claro, conoce bien sus efectos.

Tengo que confesar que me sorprendió la actitud de Lawrence. Muy rara vez se apasionaba por nada. John dudó un momento.

—No estoy de acuerdo contigo, Lawrence —dijo al fin—. Me inclino a darle a Hastings plenos poderes, aunque prefiero esperar un poco. No queremos escándalo si puede evitarse.

—¡No, no! —exclamé con ansiedad—. No tengáis miedo. Poirot es la discreción personificada y procede con sumo tino.

—Bueno, entonces haz lo que quieras. Lo dejo en tus manos. Aunque si es lo que sospechamos, parece un caso clarísimo. Dios me perdone si soy injusto con él.

Sin embargo, me concedí cinco minutos, que empleé en rebuscar en la biblioteca hasta que descubrí un libro de medicina con una descripción del envenenamiento por estricnina.