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Navidad en Ganímedes - Isaac Asimov

 

Olaf Johnson canturreaba entre dientes mientras sus ojos azules observaban soñadores el impresionante abeto situado en un rincón de la biblioteca. Aunque ésta era la estancia más amplia de la Base, a Olaf no le parecía demasiado espaciosa en aquella ocasión. Se inclinó con entusiasmo sobre la enorme canasta que tenía a su lado y extrajo el primer rollo de papel verde y rojo.

No se detuvo a reflexionar sobre el repentino impulso sentimental que se había apoderado de la Productos Ganimedinos, S. A., para enviar a la Base una colección completa de adornos navideños. Olaf se hallaba bien preparado para desempeñar el trabajo que se había impuesto como decorador en jefe de los temas navideños; este cargo le colmaba de satisfacción.

De repente frunció el entrecejo y masculló una maldición. La lámpara que convocaba Asamblea General empezó a lanzar destellos histéricamente. Con expresión contrariada dejó a un lado el martillo, que ya había levantado, así como el rollo de papel; se arrancó unas cuantas lentejuelas del cabello y se dirigió al departamento de los oficiales.

El comandante Scott Pelham estaba arrellanado en el sillón presidencial cuando entró Olaf. Sus dedos rechonchos tamborileaban sin ritmo sobre el cristal que cubría la parte superior de la mesa. Olaf sostuvo sin temor la mirada colérica del comandante, ya que en su departamento no había ocurrido ninguna anomalía en veinte circunvoluciones ganimedinas.

Un grupo de hombres llenó con presteza el aposento y la mirada de Pelham se endureció mientras los contaba uno a uno inquisitivamente.

–Ya estamos todos aquí –exclamó–. ¡Muchachos! Nos enfrentamos con una crisis.

Se percibió un vago movimiento. Los ojos de Olaf miraron al techo y se sintió aliviado. Por término medio, en cada circunvolución completa se originaba una crisis en la Base. Generalmente surgía al producirse un alza repentina en el cupo de oxita, o bien cuando era inferior la calidad del último lote de hojas de karen. Sin embargo, las palabras siguientes le dejaron sin aliento.

–En relación con la crisis tengo que hacer una pregunta.

La voz de Pelham tenia un profundo timbre de barítono, salpicado de estridencias, cuando estaba colérico.

–¿Qué cochino y estúpido perturbador ha contado historias de hadas a esos revoltosos astruces?

Olaf carraspeó nervioso, con lo que se convirtió en el centro de la atención general. Le oscilaba la nuez presa de repentina alarma, se le arrugó la frente como cartón mojado; temblaba.

–Yo... yo... –tartamudeó; hubo un momentáneo silencio, sus largos dedos hacían desatinados ademanes suplicantes–. Sí... quiero decir que estuve allí después que las últimas entregas de hojas de karen... ya que los astruces se movían con lentitud y...

La voz de Pelham adquirió un tono de falsa dulzura. Sonrió.

–¿Les habló a los nativos de Santa Claus, Olaf?

La sonrisa parecía insólita al igual que la mirada lobuna que lanzaba de reojo y Olaf quedó anonadado. Asintió convulsivamente.

–Oh, ¿si? ¿Habló con ellos? Vaya, vaya, les habló de San Nicolás. Viene en un trineo volando por los aires con un tiro de ocho renos, ¿eh?

–Sí, en efecto. ¿No es verdad? –inquirió inadecuadamente Olaf.

–Y dibujó los renos para demostrar que no se trataba de un error. Y que él tiene una gran barba blanca y sus ropas son encarnadas con cenefas albinas.

–Si, señor, tiene razón –contestó Olaf estupefacto.

–Y lleva un gran saco atestado de regalos para los niños buenos, los deja caer por la chimenea y los pone dentro de los calcetines y medias.

–Exacto.

–También les dijo que está a punto de llegar. Una circunvalación más y vendrá a visitarnos.

Olaf sonrió débilmente.

–Si, mi comandante. Quería decírselo; estoy montando el árbol y...

–¡Cállese! –el comandante respiraba agitado y sibilante–, ¿sabe lo que se han imaginado esos astruces?

–No, mi comandante.

Pelham inclinó el torso sobre la mesa en dirección a Olaf y gritó:

–Quieren que Santa Claus los visite.

Se oyeron algunas risas que al punto se convirtieron en toses ahogadas ante la encolerizada mirada del comandante.

–Y si Santa Claus no los visita dejarán de trabajar –repitió–. Se producirá una huelga.

Después de estas palabras ya no se oyeron risas, ni toses contenidas, ni nada por el estilo. Si había cruzado otro pensamiento por las mentes del grupo, éste no llegó a manifestarse. Olaf expresó la idea que estaba en el ánimo de todos:

–¿Y cómo va la cuota?

–¿Que cómo va la cuota? –gruñó Pelham–. ¿Tengo que dibujarles un gráfico? Productos ganimedinos tiene que obtener cien toneladas de wolframita, ochenta toneladas de hojas de karen y cincuenta toneladas de oxita por año, o de lo contrario perderá la concesión. Supongo que ninguno de ustedes lo ignora. Se da la circunstancia que al año terminará dentro de dos circunvoluciones ganimedinas y la producción sufre un déficit del cinco por ciento con arreglo al plan establecido.

Se produjo un silencio sepulcral. Pelham prosiguió:

–Y los nativos no trabajarán si no viene Santa Claus. No habrá trabajo, ni cuota, ni concesión, ni empleos. Cuando la Compañía pierda sus derechos, perderemos los empleos mejor pagados de la organización. Adiós, muchachos... buena suerte... a menos...

Hizo una pausa y mirando fijamente a Olaf añadió:

–A menos que antes de terminar la próxima circunvolución tengamos un trineo volador, ocho renos y un Santa Claus y por las manchas cósmicas de los anillos de Saturno, lo conseguiremos; especialmente un Santa Claus.

Diez rostros palidecieron mortalmente.

–¿Tiene algún plan, mi comandante? –graznó alguien con voz trémula.

–Sí, desde luego que lo tengo –estiró las piernas y se recostó en el sillón.

Un repentino sudor frío se apoderó de Olaf Johnson al notar, cual dedo acusador, las miradas fijas de todos los presentes.

–Cuanto lo siento, mi comandante –murmuró con voz ahogada.

Pero el dedo acusador permanecía inmóvil.

Pelham penetró con paso firme en la antesala. Se despojó de la careta de oxígeno y de los fríos cilindros conectados a ella. Arrojó a un lado, una tras otra, gruesas prendas de lana y, al fin, con un suspiro de preocupación, se quitó a tirones un par de botas espaciales que le llegaban hasta las rodillas.

Sim Pierce interrumpió el cuidadoso examen de la última partida de hojas de karen y lanzó desde detrás de sus lentes una mirada esperanzadora.

–¿Qué hay? –preguntó.

Pelham se encogió de hombros.

–Les prometí la visita de Santa Claus. ¿Qué podía hacer? También les he doblado la ración de azúcar y de momento están trabajando.

Pierce agitó una enorme hoja de karen con cierto énfasis, mientras decía:

–¿Quiere decir hasta el día en que deba aparecer el prometido San Nicolás? En mi vida he oído cosa más tonta. No se podrá llevar a cabo. No habrá Santa Claus.

–Diga eso a los astruces –Pelham se hundió en una butaca y sus rasgos adquirieron una expresión pétrea–. ¿Qué hace Benson?

–¿Cree que podrá equipar ese dichoso trineo? –Pierce examinó una hoja al trasluz con aire crítico–. Mi opinión es que está chiflado. El viejo aguilucho ha descendido al sótano esta mañana y desde entonces está allí. Lo único que sé es que ha desmontado el disociador eléctrico. Si sucede algo anormal, nos quedaremos sin oxígeno.

–Bien –Pelham se incorporó con dificultad–. Por mi parte ojalá nos asfixiemos. Seria la manera más fácil de salir de este atolladero. Me voy abajo.

Salió presuroso y cerró la puerta de golpe.

En el sótano miró a su alrededor aturdido. Diseminadas por todos los sitios brillaban numerosas piezas de acero cromado. Pasó un buen rato tratando de reconocer las partes que el día anterior constituían una compacta maquinaria, un electro-disociador perfectamente montado. En el centro, en contraste anacrónico, había un polvoriento trineo de madera, con las palas encarnadas y deslucidas; Se oían martillazos procedentes de su interior.

–¡Eh, Benson! –gritó Pelham.

Un rostro tiznado y sudoroso se asomó bajo el trineo y un chorro de tabaco salió disparado hacia la inseparable escupidera del ingeniero.

–¿Cómo grita de esta manera? –se quejó Benson–. Estoy haciendo un trabajo delicado.

–¿Qué diablos es éste fantástico artificio?

–Un trineo volante. Una idea mía –el fuego del entusiasmo brilló en los húmedos ojos de Benson y mientras hablaba le surgía por la comisura de los labios la espuma del tabaco–. El trineo lo trajeron aquí en los viejos tiempos, cuando se creía que Ganímedes estaba cubierto de nieve como otros satélites de Júpiter. Todo cuánto tengo que hacer es adaptar en el fondo unos cuantos gravo-repulsores del disociador, con lo cual el trineo se hará antigravitatorio al conectar la corriente. Los compresores harán el resto.

El comandante se mordió el labio inferior dubitativo.

–¿Y funcionará?

–Por supuesto. Mucha gente ha pensado aplicar los repulsores a los viajes aéreos, pero resultan ineficaces en los campos de gran gravitación. En Ganímedes, con un tercio de gravitación y una presión atmosférica muy leve, un chiquillo podría manejarlo, incluso Johnson, aunque no lamentaría si cayera y se rompiera su maldito cuello.

–Muy bien, mire. Tenemos grandes cantidades de esa madera purpúrea aborigen. Póngase en contacto con Fim y dígale que coloque el trineo en una plataforma construida con este material. Tiene que medir unos seis metros de largo con una baranda alrededor de la parte que sobresalga.

Benson escupió y frunció el ceño bajo los espesos cabellos que le llegaban hasta los ojos.

–¿Cuál es su idea, comandante? –inquirió.

Inmediatamente se dejaron oír las risotadas de Pelham como ásperos ladridos.

–Esos astruces esperan ver los renos y los verán. Estos animales tendrán que ir montados en algo, ¿no es eso?

–Cierto... pero en Ganímedes no hay renos.

El comandante Pelham, que ya se marchaba, se detuvo un momento. Contrajo los párpados con desagrado como hacía siempre que pensaba en Olaf Johnson.

–Olaf ha salido a cazar ocho zambúes. Tienen cuatro patas, cabeza en un extremo y cola en el otro. Esto es suficiente para los astruces.

El viejo ingeniero rumió este informe y rió entre dientes de mala gana.

–Bien, me agrada la tonta distracción de su trabajo.

–A mí también –gritó Pelham.

Se alejó majestuosamente mientras Benson, mirándolo de reojo, desaparecía bajo el trineo.

La descripción que había hecho el comandante de un zambú era concisa y exacta, pero omitió detalles interesantes. Por una parte, el zambú tiene una cola larga, un hocico flexible, dos orejas que ondean elegantemente de atrás hacia adelante. Tiene dos ojos purpúreos y emotivos. 

Los machos están dotados de espinas de color carmesí, plegables a voluntad, que se extienden a lo largo de la columna vertebral y al parecer este ornamento es muy apreciado por las hembras de esta especie. Todo esto, combinado con una cola cubierta de escamas y un cerebro nada mediocre tendrán ustedes un zambú, o al menos lo tienen si logran capturarlo.

Precisamente, éste era el pensamiento que se le ocurrió a Olaf Johnson, al descender con cautela por una eminencia rocosa aproximándose a un rebaño de veinticinco zambúes que pastaban entre los desperdigados matorrales de una zona arenosa. Los ejemplares más próximos observaban cómo se acercaba Olaf, quien ofrecía un grotesco aspecto enfundado en pieles y con la careta de oxígeno conectada a la nariz. Como sea que los zambúes carecen de enemigos naturales se contentaban con mirar aquella extraña figura con ojos lánguidos y reprobatorios y volvieron a ronzar su provechosa pitanza.

Las nociones de Olaf respecto a la caza mayor eran incompletas. Rebuscó en los bolsillos un terrón de azúcar y cortándolo exclamó:

–Pss... Pss... michito... pss... pss... michito...

Las orejas del zambú más próximo se crisparon con desagrado. Olaf se acercó más con el terrón de azúcar en alto:

–Ven aquí, currito, ven aquí...

El zambú vio la golosina y puso los ojos en blanco.

Movió el hocico arrojando el último bocado de vegetación y avanzó olfateando con el cuello estirado. Después golpeó la palma extendida con un rápido y experto movimiento, llevándose el terrón a la boca. La otra mano de Olaf bajó rápida, pero se encontró con el vacío.

Con expresión desengañada sacó otra pieza del bolsillo:

–Ven aquí, príncipe. Acércate, Fido...

El zambú emitió un gruñido tremolante en las profundidades de su garganta. Era una manifestación placentera. Evidentemente aquel extraño monstruo que tenía ante él, después de haberse vuelto loco, se proponía alimentarlo para siempre con aquellos bocados concentrados y suculentos. Se lo arrebató de nuevo y retrocedió con la misma rapidez que la vez anterior. Pero en esta ocasión Olaf lo sujetaba con firmeza, pero el zambú también le había cazado medio dedo.

El alarido que dio Olaf denotaba que éste carecía en cierto modo de la impasibilidad necesaria requerida en tales circunstancias. Sin embargo, un mordisco que hace daño a través de espesos guantes, por supuesto, no deja de ser un mordisco.

Se abalanzó osadamente sobre el animal. Había ciertas cosas que alteraban la sangre de Johnson y el antiguo espíritu de los vikingos resurgía en él. Precisamente una de estas cosas era el que alguien o algo le mordiera un dedo, y mucho más si este alguien o algo era un ser extraterrestre.

Los ojos del zambú observaban indecisos mientras retrocedía. Ya no le ofrecían más terrones blancos y no sabía con seguridad lo que sucedería a continuación. La incertidumbre se desvaneció con rapidez inesperada cuando dos manos enguantadas se apoderaron de sus orejas y empezaron a zarandearlas. Lanzó un agudo gañido y arremetió brioso.

Los zambúes están dotados de cierta dignidad. Les desagrada que les tiren de las orejas, particularmente cuando otros zambúes, incluyendo algunas hembras, forman un corro y miran expectantes.

El terrícola cayó de espaldas y durante un rato estuvo en esta posición. Mientras tanto el zambú se alejó unos cuantos pasos y caballerosamente permitió que Johnson se pusiera en pie.

La vieja sangre delos vikingos alcanzó un grado más alto de efervescencia en Olaf. Se restregó la parte dolorida y saltó, olvidándose de las leyes de gravitación ganimedinas. Se desplazó por el aire a un metro de altura sobre la espalda del zambú.

Asomó el miedo en los ojos del animal al observar a Olaf. El salto había sido imponente, pero al mismo tiempo también se notaba en sus órganos visuales cierta confusión. Parecía que aquella maniobra carecía de propósito.

Olaf volvió a caer de espaldas sobre los cilindros al igual que la vez anterior. Empezaba a sentirse desconcertado. Los sonidos que emitían los espectadores denotaban palpablemente su condición de risitas burlonas.

–Risitas, ¿eh? –masculló amargado–; todavía no ha empezado la lucha.

Se acercó al animal lenta y cautelosamente. Dio un rodeo, examinando el punto más conveniente para lanzar el ataque. El zambú hizo lo mismo. Olaf simuló un falso ataque. Su oponente se agachó. A continuación, este último se volvió de espaldas y Olaf se agachó a su vez.

El seco y agresivo ronquido que salía de la garganta del zambú no parecía estar en consonancia con el espíritu fraternal que generalmente reina durante la época navideña y esta actitud irreverente le recordaba a Olaf algo así como un sacrilegio.

De pronto se oyó un silbido. Olaf sintió un repentino calor en la cabeza detrás de las oreja izquierda. Esta vez dio una vuelta en el aire y cayó de nuca. Los asistentes al espectáculo prorrumpieron en un clamor que parecía un relincho de satisfacción y el zambú movió la cola triunfalmente.

Olaf se sobrepuso a la impresión de estar flotando en un espacio infinito tachonado de estrellas y se incorporó vacilante.

–¡Protesto! –exclamó–. El ataque con la cola es juego sucio.

Saltó hacia atrás esquivando otro coletazo y acto seguido se lanzó hacia la parte inferior del animal y, atrapándole las patas, con fuerza, le obligó a dar con el espinazo en el suelo. El zambú lanzó un gañido de indignación.

Ahora la lucha había entrado en una fase en la que los músculos terrícolas y ganimedianos jugaban un papel decisivo. Olaf se manifestó como un hombre de fuerza bruta. Luchó con denuedo y por último se lo cargó a la espalda y el animal se sintió zarandeado e impotente.

Respondió vociferante y trató de demostrar sus objeciones con un coletazo bien administrado. Pero estaba situado con desventaja y la cola pasó silbando inofensiva sobre la cabeza de Olaf.

Los otros zambúes dejaron paso libre al vencedor con triste expresión en sus semblantes. Evidentemente eran muy buenos amigos del animal capturado y les era desagradable en extremo que hubiera perdido el combate. Volvieron a su quehacer gastronómico con resignación filosófica, completamente convencidos que todo era obra del destino.

Al otro lado de la prominencia rocosa, Olaf Había habilitado una cueva. Se desarrolló una breve y confusa lucha antes que Olaf lograra hacer entrar en razón al zambú. Una cuerda anudada concienzudamente fue el auxiliar más eficaz para mantenerlo quieto.

Pocas horas después cuando ya tenía en su poder los ocho zambúes, poseía una técnica depurada que sólo se adquiere tras larga experiencia. Podía haber dado a los cow-boys valiosos consejos sobre la forma de derribar cuadrúpedos recalcitrantes. También podía haber dado unas cuantas lecciones a los estibadores terrícolas, sobre maldiciones y juramentos simples y compuestos.

Era el día de Nochebuena y en la Base ganimedina reinaba un ruido ensordecedor y un confuso acaloramiento, como si se hubiera puesto en marcha un nuevo ingenio para registrar toda clase de sonidos. Alrededor del viejo trineo situado sobre una enorme plataforma de madera purpúrea, cinco terrícolas libraban una verdadera batalla con un zambú.

El zambú posee opiniones concretas en relación con muchas cosas y uno de sus más tenaces principios es que no va adonde no quiere ir. Esto lo demostraba palpablemente sacudiendo la cabeza, la cola, las cuatro patas, las tres espinas, en todas las direcciones y con todas sus fuerzas.

Pero los terrícolas insistieron y no con gran delicadeza. A pesar de sus angustiosos alaridos el animal, fue elevado hasta la plataforma, colocado en el lugar correspondiente y enjaezado sin remedio ni esperanza.

–Muy bien –gritó Peter Benson–. Traigan la botella.

Sujetando el hocico con una mano, Benson agitó la botella con la otra. El zambú temblaba de ansiedad y emitió temblorosos gañidos. Benson introdujo el líquido en la garganta del animal. Se oyó un gorgoteo y después un gruñido comprensivo. El animal estiró el cuello en demanda de otro trago.

–Nuestro mejor coñac –suspiró Benson.

Hubiera terminado la botella, pero la dejó cuando estaba por la mitad. Los ojos del zambú giraron rápidamente en sus cuencas; parecía como si intentara bromear. Sin embargo, esta actitud no duró mucho tiempo, pues el metabolismo ganimedino queda afectado por el alcohol casi de inmediato. Los músculos se le contrajeron con la rigidez propia de la borrachera e hipando sonoramente se desplomó.

–Traer al siguiente –exclamó Benson.

Al cabo de una hora los ocho zambúes no eran más que estatuas catalépticas. Les ligaron a sus cabezas palas en horquilla a guisa de astas.. Producían un efecto tosco e inexacto, pero apto para el fin deseado.

En el preciso momento en que Benson abría la boca para preguntar dónde estaba Olaf Johnson, el benemérito personaje apareció entre los brazos de tres camaradas y fue conducido a la plataforma tan envarado como cualquier zambú después de la lucha. No obstante, articuló sus objeciones con la mayor claridad.

–Yo no voy a ninguna parte con este atuendo. ¿Me oye...?

En realidad había motivos para quejarse. Olaf nunca había sido atractivo, ni en sus mejores momentos, pero su condición actual era una mezcolanza entre una pesadilla de zambúes y una concepción patriarcal de Picasso.

Llevaba los atavíos tradicionales de Santa Claus. Estos eran encarnados, tanto como podía permitir el papel de seda cosido a su capa espacial. El “armiño” era tan blanco como el algodón en rama; precisamente esto es lo que era. Su barba ondeaba libremente, hecha de más algodón en rama, enganchada a un lienzo que le llegaba de oreja a oreja.

Con tales aditamentos debajo y la nariz de oxígeno encima hasta la persona de ánimo más templado hubiera rehuido su mirada.

A Olaf no le habían mostrado un espejo para mirarse, pero lo que podía ver de él mismo y lo que su instinto le decía, le postraba en tal estado que la caída de un rayo fulminante la hubiera saludado con alivio.

Entre gritos y espasmos fue izado al trineo. Intervinieron otros, ayudando vigorosamente hasta que de Olaf, no quedó más que una masa retorcida de la que salían voces ahogadas.

–Dejadme –mascullaba–, dejadme –y atacaba uno a uno.

Hizo un pequeño amago para demostrar su osadía, pero cayeron sobre él numerosas manos que lo atenazaron, impidiéndole mover un dedo.

–¡Entre! –ordenó Benson.

–¡Váyase al infierno! –rugió Olaf entrecortadamente–. No quiero entrar en un artefacto patentado para un suicidio inmediato. Se puede llevar a su sanguinario trineo volante y...

–¡Oiga! –interrumpió Benson–. El comandante Pelham le está esperando al otro lado. Lo despellejará vivo si no está allí dentro de media hora.

–El comandante Pelham puede entrar en el trineo a mi lado y...

–Piense en su empleo. Piense en sus ciento cincuenta dólares semanales. Piense en Hilda allá en la Tierra que no se casará con usted si pierde el empleo.. Piense en todo eso.

Johnson pensó en aquello confusamente; pensó alguna cosa más y penetró en el trineo. Aseguró el saco con correas y puso en marcha el gravo-repulsor. Abrió el propulsor a chorro lanzando una horrible maldición.

El trineo arrancó impetuoso y Olaf no salió despedido hacia atrás por encima del artilugio, por verdadero milagro.

Se aferró a los pasadores y observó cómo las colinas circundantes subían y bajaban según los picados y rizos del inseguro trineo.

Sopló el viento y las ondulaciones se hicieron más sensibles. Cuando Júpiter apareció, su luz amarillenta iluminó todos los picos y abismos del accidentado terreno hacia cada uno de los cuales parecía dirigirse el trineo y cuando el gigantesco planeta se había alejado por completo de la línea del horizonte, la maldición de la bebida, que sale de los organismos ganimedinos, con la misma rapidez que entra, comenzó a alejarse de los zambúes.

El zambú zaguero fue el primero en despertar; se relamió la cavidad bucal, dio un respingo y desvaneció el maléfico influjo del alcohol. Después de haber tomado esta decisión, examinó lánguidamente lo que tenía a su alrededor. No le causó una impresión inmediata, Gradualmente se fue dando cuenta del hecho incontrastable de que el suelo que pisaba, cualquIera que fuere, no era el terreno firme de Ganímedes, Se inclinaba, se movía, lo cual era muy extraño.

Aunque hubiera atribuido este balanceo a su reciente orgía, no por ello dejó de mirar por debajo del barandal al cual estaba amarrado. Los zambúes jamás han muerto de ataque cardíaco, según consta en los registros sanitarios, pero éste, cuando miró abajo de sus patas estuvo a punto de romper la tradición.

El angustioso chillido de horror y desesperación que lanzó, hizo recobrar el conocimiento a los demás, cuyas cabezas, aunque doloridas, habían recobrado la conciencia.

Durante un buen rato se desarrolló una torpe, cacareante y confusa conversación, ya que los animales trataban de echar fuera de la cabeza el dolor e introducir en ella los hechos. Lograron conseguir ambos propósitos y organizaron una estampida. No era propiamente una estampida, puesto que estaban estrechamente atados. Pero si exceptuamos el detalle de su situación forzada, hicieron todos los movimientos del galope tendido. Y el trineo se volvió loco.

Olaf se cogió la barba un segundo antes de dejarla ondear libremente.

–¡Eh! –gritó,

Era tanto como sisear a un huracán.

El trineo pataleaba, saltaba y bailaba un tango histérico. Era presa de repentinos arrebatos y parecía dispuesto a estrellar su cerebro de madera contra la corteza de Ganímedes. Entretanto Olaf, a la vez que renegaba, juraba y lloraba, accionaba los propulsores a chorro.

Ganímedes daba vueltas y Júpiter se mostraba como una mancha borrosa. Quizá la bailotearte panorámica de Júpiter fue lo que indujo a los zambúes a comportarse con más formalidad. Parecía que ya les había pasado el malestar de la borrachera. Sea como fuere, cesaron de moverse, se dirigieron los unos a los otros sublimes discursos de despedida, confesaron sus pecados y esperaron la muerte.

El trineo se estabilizó y Olaf recobró el aliento que volvió a perder de nuevo ante un curioso espectáculo: hacia arriba veía las colinas y el sólido terreno ganimedino y por debajo el obscuro cielo y la abultada figura de Júpiter.

Al ver todo esto, él también hizo las paces con la eternidad y esperó el fin.

Unos cincuenta astruces se habían agrupado en una construcción de poca altura hecha de madera purpúrea, que llamaban salón de reunión. En un sucio Banco de honor de esta estancia fétida y obscurecida por el humo de las antorchas, estaban sentados el comandante Pelham y cinco de sus hombres. Ante ellos se pavoneaba el astrúz más desaliñado de todos inflando su enorme tórax con rítmicos y explosivos sonidos. Se detuvo un momento y señaló hacia una abertura en el techo.

–Mira –graznó–. Chimenea. Nosotros hacer, entrar Sannicaus.

Pelham asintió con un gruñido. El astrúz cloqueó placentero. Señaló los pequeños sacos de hierba tejida que colgaban de las paredes:

–Mirar, calcetines, medias, Sannicaus poner regalos.

–Sí –admitió Pelham sin entusiasmo– chimenea y calcetines. Muy bonito.

Torció la boca en dirección a Sim Pierce, que estaba sentado a su lado y murmuró entre dientes:

–Si estoy media hora más en esta escombrería, me moriré. ¿Cuando llegará ese tonto?

Pierce se movió incómodamente.

–Escuche, he realizado algunos cálculos. Estamos a salvo en todo menos en las hojas de karen, en las que aún llevamos cuatro toneladas de déficit. Si logramos resolver este estúpido asunto dentro de una hora, podremos empezar un nuevo período y hacer que los astruces trabajen el doble –se echó hacia atrás y continuó–. Sí, creo que lo podremos conseguir.

–Poco más o menos –replicó Pelham sombríamente–. Y eso si llega Johnson y no nos pone en otro aprieto.

El astrúz hablaba de nuevo, pues a sus congéneres les agrada charlar:

–Todos los años Kissmess –no sabía pronunciar Christmas–, Kissmess bonito, todo el Mundo amigos. Astruz querer Kissmess. Vosotros gustar Kissmess.

–Sí, es muy bonito –refunfuñó Pelham cortésmente–. Paz en Ganímedes y buena voluntad para los hombres, especialmente para aquéllos como Johnson. ¿Dónde diablos está ese idiota?

Cogió otro berrinche mientras el astrúz saltaba unas cuantas veces de arriba a abajo de manera calculada, evidentemente para ejercitarse. Continuó saltando variando el ritmo con aburridos pasos de baile. 

Los puños de Pelham se crispaban de una manera extraña. Unos excitados graznidos que provenían de un agujero en la pared, dignificado con el nombre de ventana, contuvieron a Pelham de hacer una matanza de nativos.

Los astruces se agruparon en enjambres y los terrícolas lucharon por hallar un punto dominante.

Al fondo de la gran bola amarillenta de Júpiter, rugió un trineo volante tirado por ocho renos. Era muy pequeñito, pero no cabía duda; era Santa Claus que llegaba.

Al parecer algo funcionaba mal. El trineo, los renos y todo el conjunto, descendían a una velocidad terrible, pero volaban invertidos.

Los astruces se dispersaron en medio de una cacofonía de granizados.

–¡Sannicaus! ¡Sannicaus! ¡Sannicaus!

Salieron trepando por las ventanas como una fila de estropajos locos en movimiento.. Pelham y sus hombres alcanzaron el exterior por una puerta de poca altura.

El trineo se aproximaba, se hacía más grande, daba bandazos de un lado a otro y vibraba como una rueda descentrada en vuelo. Olaf Johnson era una pequeña figura que se asía perfectamente al trineo con ambas manos.

Pelham gritaba desaforadamente, incoherente y se atragantaba cada vez que se le olvidaba respirar a través de la careta nasal en la fina atmósfera ganimedina.

De pronto se detuvo y miró fijamente con horror. El trineo seguía descendiendo veloz y ya casi se veía de tamaño natural. Si hubiera sido una flecha disparada por Guillermo Tell, no hubiera apuntado, entre ceja y ceja de Pelham, con más precisión.

–Todo el Mundo a tierra –chilló mientras se dejaba caer.

La ráfaga de viento que dejó el trineo al pasar de largo restalló penetrante contra su rostro. La voz de Olaf se oyó durante un instante chillona y confusa. Los compresores de aire dejaron una estela de vapor. Pelham temblaba en el helado suelo de Ganímedes.

Poco después se levantó lentamente, sacudiendo las rodillas como una hula hawaina. Los astruces que se habían dispersado, antes de que se les echara encima el vehículo aéreo, se agruparon de nuevo. 

A lo lejos el trineo giraba dando media vuelta. Pelham seguía los revoloteos y bandazos del artefacto desde que empezó a cambiar de dirección. Cabeceó e inclinándose a un lado, enfiló hacia la base y ganó velocidad.

En el interior del trineo Olaf trabajaba como un demonio. Con las piernas ampliamente abiertas balanceaba con desesperación el peso de su cuerpo. Sudaba y maldecía mientras intentaba con todas sus fuerzas evitar la panorámica de Júpiter “hacia abajo”, y esto producía en el trineo oscilaciones más y más violentas.

Los bamboleos alcanzaban ahora un ángulo de 180”, y Olaf sintió que su estómago le presentaba enérgicas reclamaciones.

Conteniendo el aliento apoyó todo el peso de su cuerpo sobre el pie derecho y el trineo se balanceó con más amplitud que nunca. En el punto más pronunciado de este vaivén desconectó el gravo-repulsor y la débil fuerza gravitatoria de Ganímedes Sacudió el trineo obligándole a descender. Como es natural, al ser el vehículo más pesado por el fondo, debido a la masa metálica del gravo-propulsor, adquirió la posición normal en tanto descendía.

Pero esto le causó muy poco alivio al comandante Pelham ya que, una vez más, el trineo apuntaba directamente hacia su persona.

–Cuerpo a tierra –vociferó, y de nuevo se lanzó al suelo.

El trineo silbó sobre su cabeza, crujió al tropezar contra una peña, hizo un salto dé cinco metros y se paró en seco con un chasquido. Olaf salió despedido por la baranda.

Había llegado Santa Claus.

Con un profundo y tembloroso suspiro, Olaf se ajustó el saco sobre la espalda, se recompuso la barba y acarició la cabeza a uno de los sufridos y silenciosos zambúes. Podía haber sobrevenido la muerte; en verdad, Olaf no la había afrontado con serenidad, pero ahora estaba dispuesto a morir, pisando tierra firme, con nobleza, como un Johnson.

Dentro de la cabaña en la que los astruces se habían aglomerado, una vez más, un golpe en el tejado anunció la llegada del saco de los regalos de Santa Claus y un segundo batacazo la llegada del santo. Una figura espantosa apareció a través del agujero provisional.

–¡Felices Navidades! –farfulló, dejándose caer por el orificio.

Olaf fue a parar encima de los cilindros de oxígeno, como de costumbre y después los colocó en el sitio habitual.

Los astruces saltaban de arriba a abajo como pelotas de goma.

Olaf se dirigió cojeando ostensiblemente al primer calcetín y depositó una pequeña esfera deslumbrante y policromada que extrajo del saco, una de las muchas bolas que originalmente habían sido proyectadas para adornar los árboles navideños. Una a una las fue dejando en todos los saquitos disponibles.

Después de haber realizado su tarea, se sentó en cuclillas completamente agotado y siguió las sucesivas escenas con ojos vidriosos e inseguros. La jovialidad y las carcajadas de buen humor, tradición característica de la festividad de Santa Claus, estuvieron completamente ausentes en esta ocasión.

Pero la ausencia de alegría la compensaron los astruces con su extraño embelesamiento. Hasta que Olaf, entregó la última bola guardaron silencio y permanecieron sentados. Pero cuando se acabó el reparto, el aire se enrareció bajo la tensión de estridencias discordantes. En menos de un segundo la mano de cada astrúz contenía una bola.

Charlaban entre ellos violentamente y asían las bolas con cuidado, protegiéndolas con el pecho. Después las comparaban unas con otras y formaban grupos para contemplar las más llamativas.

El astrúz más desaseado se acercó a Pelharn y lo cogió por las solapas.

–Sannícaus, bueno –cacareó–. Mira, dejar huevos. Observó reverentemente su esfera y agregó:

–Ser más bonitos que huevos astruces. Ser huevos Sannícaus, ¿eh?

Con su dedo pellejudo pinchó el estómago de Pelham.

–¡No! –aulló Pelham impetuosamente–. ¡Infiernos, no...!

Pero el astrúz no le escuchaba. Ocultó la bola en las profundidades de su plumaje y continuó:

–Colores bonitos. ¿Cuánto tiempo tardar salir pequeños Sannícaus? ¿Qué comer pequeños Sannícaus?... Nosotros enseñar ser vivos inteligentes, como astruces.

Pierce agarró el brazo del comandante Pelham.

–No discuta con ellos –susurró frenético–. ¿Qué importa si ellos creen que esas bolas son huevos de Santa Claus? ¡Mire! Si trabajamos como locos, podremos alcanzar la cuota. Que empiecen a trabajar.

–Lleva razón –admitió Pelham.

Se dirigió al astrúz:

–Dígales a todos que se preparen.

Hablaba con claridad y en voz alta.

–Ahora a trabajar, ¿me comprenden? ¡Venga!, de prisa, de prisa...

Hacía ademanes con los brazos. El desastrado astrúz se detuvo de repente y dijo con calma:

–Nosotros trabajar, pero Johnson decir Kissmess y venir todos los años.

–¿No tenéis bastante con un Christmas? –masculló Pelham.

–¡No! –graznó el astrúz–, nosotros querer Sannicaus año próximo. Traer más huevos. Más otro año. Y otro, y otro, más huevos. Más pequeños Sannicaus. Si Sannicaus no venir, nosotros no trabajar.

–Hay mucho tiempo por delante. Ya hablaremos entonces. O nos volveremos todos locos o los astruces habrán olvidado la fiesta.

Pierce abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir, la cerró de nuevo, la abrió otra vez y finalmente consiguió hablar:

–Comandante, quieren que venga todos los años.

–Yo lo sé, pero el año próximo no se acordarán.

–Pero, no comprende... Un año para ellos es una revolución completa alrededor de Júpiter. Esto significa una semana y tres horas del tiempo terrestre. ¡Quieren que Santa Claus venga todas las semanas!

–¡Todas las semanas! –rugió Pelham–. Johnson les dijo...

Durante unos instantes le pareció que todo eran chispas dando saltos mortales. Se quedó sin respiración y automáticamente sus ojos buscaron a Olaf.

Olaf se quedó frío hasta el tuétano. Se levantó sobrecogido y se deslizó hacia la puerta. Se detuvo cuando estaba en el umbral; de repente recordó la tradición.

Con la barba semidesprendida graznó:

–¡Felices Navidades y buenas noches a todos!

Corrió hacia el trineo como si todos los diablos le pisaran los talones. No eran los diablos, era el comandante Scott Pelham.

 

                                    FIN 

 

“Astruz” es un diminutivo de avestruz y a este animal se parecían los nativos de Ganímedes, si bien hay que considerar que tienen el cuello más corto la cabeza más grande y su plumaje parece que de un momento a otro vaya a desprenderse de raíz. Hay qué añadir a su retrato un par de brazos, flacos y huesudos, provistos de tres dedos rechonchos. Saben inglés, pero cuando uno los oye, preferiría que no lo hablaran. 

Cómo Ocurrió - Isaac Asimov


Mi hermano empezó a dictar en su mejor estilo oratorio, ese que hace que las tribus se queden aleladas ante sus palabras.

-En el principio -dijo-, exactamente hace quince mil doscientos millones de años, hubo una gran explosión, y el universo...

Pero yo había dejado de escribir.
-¿Hace quince mil doscientos millones de años? -pregunté, incrédulo.
-Exactamente -dijo-. Estoy inspirado.
-No pongo en duda tu inspiración -aseguré. 

(Era mejor que no lo hiciera. Él es tres años más joven que yo, pero jamás he intentado poner en duda su inspiración. Nadie más lo hace tampoco, o de otro modo las cosas se ponen feas.)

-Pero ¿vas a contar la historia de la Creación a lo largo de un período de más de quince mil millones de años?
-Tengo que hacerlo. Ese es el tiempo que llevó. Lo tengo todo aquí dentro -dijo, palmeándose la frente-, y procede de la más alta autoridad.

Para entonces yo había dejado el estilo sobre la mesa.
-¿Sabes cuál es el precio del papiro? -dije.
-¿Qué?

(Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia que su inspiración no incluye asuntos tan sórdidos como el precio del papiro.)

-Supongamos que describes un millón de años de acontecimientos en cada rollo de papiro. Eso significa que vas a tener que llenar quince mil rollos. Tendrás que hablar mucho para llenarlos, y sabes que empiezas a tartamudear al poco rato. Yo tendré que escribir lo bastante como para llenarlos, y los dedos se me acabarían cayendo. Además, aunque podamos comprar todo ese papiro, y tú tengas la voz y yo la fuerza suficientes, ¿quién va a copiarlo? Hemos de tener garantizados un centenar de ejemplares antes de poder publicarlo, y en esas condiciones ¿cómo vamos a obtener derechos de autor?

Mi hermano pensó durante un rato. Luego dijo:

-¿Crees que deberíamos acortarlo un poco?
-Mucho -puntualicé, si esperas llegar al gran público.
-¿Qué te parecen cien años?
-¿Qué te parecen seis días?
-No puedes comprimir la Creación en sólo seis días -dijo, horrorizado.
-Ese es todo el papiro de que dispongo -le aseguré-. Bien, ¿qué dices?
-Oh, está bien -concedió, y empezó a dictar de nuevo-. En el principio... ¿De veras han de ser sólo seis días, Aarón?
-Seis días, Moisés -dije firmemente. 

Carne de su carne, sangre de su sangre - Isaac Asimov


La serie de catástrofes había tenido lugar hacía cinco años: cinco revoluciones de aquel planeta, HC-12549d según los mapas, y desprovisto de cualquier otro nombre. Más de seis revoluciones de la Tierra; pero, ¿quien lo contaba... ya?

Si la gente, allá en casa, lo supiera, quizá dijesen que era una lucha heroica, una epopeya del Cuerpo Galáctico: cinco hombres contra un mundo hostil, manteniendo una amarga defensa durante cinco (o más de seis) años... Y ahora estaban muriendo, perdida la batalla después de todo. Tres habían entrado en el coma final, un cuarto tenía aún abiertos sus ojos teñidos de amarillo, y el quinto seguía aún en pie.

Pero no se trataba, en lo más mínimo, de una cuestión de heroísmo. Habían sido cinco hombres enfrentándose con el aburrimiento y la desesperación y manteniendo su burbuja metálica de condiciones vitales únicamente por la menos heroica de las razones: que no había otra cosa que hacer mientras les quedase vida.

Si alguno de ellos se sintió estimulado por la batalla, jamás lo mencionó. Pasado el primer año, dejaron de hablar de rescate, y tras el segundo la palabra «Tierra» pasó a ser tabú.

Pero una palabra estaba siempre presente, y si no la pronunciaban, al menos la tenían en mente: amoniaco.

La habían pronunciado por primera vez cuando estaban tratando, contra toda posibilidad, de lograr un aterrizaje con sus motores averiados y su casco maltrecho.

Naturalmente, uno acepta la mala suerte... pero sólo si no es demasiado mala. Una explosión estelar quema los hipercircuitos: pueden repararse con el tiempo. Un meteorito desalinea las válvulas de alimentación: eso puede arreglarse, con el tiempo. Una trayectoria es mal calculada en un momento de tensión, y un instante de aceleración arranca las antenas de navegación y merma los sentidos de todos los hombres de la nave: pero las antenas pueden ser remplazadas y los sentidos se recobran, si hay tiempo.

Las posibilidades de que estas tres malas pasadas del destino sucedan al mismo tiempo son una por un número incontable de veces; y aún menos de que sucedan durante un aterrizaje particularmente complejo, cuando lo que más falta es ese factor indispensable para la corrección de todo error: el tiempo.

El Cruiser John se había encontrado con esa posibilidad casi imposible y había realizado su último aterrizaje, pues nunca volvería a alzarse de una superficie planetaria.

El que hubiera aterrizado prácticamente intacto era ya de por sí casi un milagro. Al menos, a los cinco les quedaba vida para algunos años; aparte de esto, sólo la accidental llegada de otra nave podría ayudarles, pero nadie lo esperaba. Habían tenido ya una cuota de coincidencias superior a la que cabe esperar en toda una vida, y todas ellas habían sido malas.

Así estaban las cosas.

Y la palabra clave era «amoniaco». Con la superficie subiendo en espiral hacia la nave y la muerte (piadosamente rápida) aguardándoles con una casi total seguridad, Chou había tenido, de alguna manera, tiempo para fijarse en el espectrógrafo de absorción, que estaba funcionando a toda marcha.

–Amoniaco –gritó.

Los otros lo oyeron, pero no tenían tiempo para prestarle atención. Sólo lo tenían para una lucha desesperada contra una muerte rápida, para lograr una muerte lenta.

Cuando finalmente aterrizaron, en un terreno arenoso, con una escasa y maltrecha vegetación azulada –hierbas, y unos objetos con forma de árboles, de corteza azul y sin hojas–, ningún signo de vida animal, y con un cielo casi verdoso cruzado por algunas nubes, la palabra volvió a su atención.

–¿Amoniaco? –dijo en voz alta Petersen.
–Cuatro por ciento –confirmó Chou.
–Imposible –exclamó Petersen.

Pero no lo era. Los libros no decían que fuera imposible. Lo que el Cuerpo Galáctico había descubierto era un planeta de una cierta masa y volumen y que se hallaba a una determinada temperatura: era un planeta oceánico; y los planetas oceánicos siempre tenían uno de estos dos tipos de atmósfera: nitrógeno/oxígeno o nitrógeno/dióxido de carbono.

En el primer caso la vida era abundante; en el segundo, primitiva.

Nadie se preocupaba ya en comprobar más que la masa, el volumen y la temperatura. Se suponía que la atmósfera sería una de las dos citadas. Pero los libros no decían que tuviera que ser así; sino que, hasta entonces, siempre había sido así. 

Termodinámicamente, eran posibles otras atmósferas; pero eran muy poco probables, así que, en la práctica, no eran halladas.

Hasta entonces. Los hombres del Cruiser John se habían encontrado con una, y tenían que permanecer durante todo el tiempo que pudieran sobrevivir bajo una atmósfera de nitrógeno/dióxido de carbono/amoniaco.

Los tripulantes convirtieron su nave en una burbuja subterránea con condiciones de vida de tipo terrestre. No podían despegar de la superficie ni trasmitir una onda de comunicación a través del hiperespacio, pero todo lo demás podía utilizarse. Para compensar las deficiencias de su sistema de reciclado, incluso podían aprovechar el suministro de aire y agua del propio planeta: siempre, claro está, que le quitasen el amoníaco.

Organizaron grupos de exploración, dado que sus trajes estaban en excelentes condiciones, y aquello ayudaba a pasar el tiempo. El planeta era inofensivo: no habla vida animal, y por todas partes la vida vegetal era escasa. Azul, siempre azul: clorofila amoniacada; proteína amoniacada.

Montaron laboratorios, analizaron los componentes de las plantas, estudiaron secciones microscópicas de las mismas, compilaron grandes volúmenes con sus hallazgos. Intentaron hacer crecer plantas nativas en una atmósfera sin amoniaco, y fracasaron. Se convirtieron en geólogos y estudiaron la corteza del planeta; en astrónomos, y estudiaron el espectro del sol del sistema.

A veces, Barrere decía:
–Algún día el Cuerpo llegará a este planeta y encontrará esperándole nuestro legado de conocimientos. Después de todo, es un planeta único. Quizá no haya otro planeta de tipo terrestre con amoniaco en toda la Vía Láctea.
–Maravilloso –dijo Sandropoulos, con amargura–. ¡Qué suerte hemos tenido!
Sandropoulos estudió el aspecto termodinámico de la situación.
–Es un sistema metaestable –dijo–. El amoniaco desaparece constantemente a causa de una oxidación geoquímica que forma nitrógeno; las plantas utilizan el nitrógeno y vuelven a producir amoniaco, adaptándose a la presencia de ese amoniaco. Si la producción de amoniaco por las plantas descendiese en un dos por ciento, se produciría una espiral descendente. La vida vegetal iría muriendo, reduciendo aún más el amoniaco, lo que influiría en las plantas que quedasen, etc., etc..
–¿Quieres decir que si matásemos suficientes plantas –preguntó Vlassov– podríamos acabar con el amoniaco?
–Si tuviéramos deslizadores aéreos y atomizadores de gran potencia, y un año para trabajar, quizá lo lográsemos –contestó Sandropoulos–, pero no lo tenemos, y hay un método mejor. Si lográsemos hacer crecer nuestras plantas, la formación de oxígeno a causa de la fotosíntesis incrementaría la velocidad de oxidación del amoniaco. Incluso un aumento pequeño y localizado haría disminuir el amoniaco de la región y estimularía aún más el crecimiento de las plantas terrestres, y, al inhibir el crecimiento de las nativas, haría que aún descendiese más el amoniaco, etcétera.

Se convirtieron en agricultores durante la estación de la siembra. Después de todo, aquello era rutina para el Cuerpo Galáctico. La vida en los planetas parecidos a la Tierra era habitualmente del tipo agua/proteína, pero la variación era infinita, y pocas veces los alimentos extraterrestres eran nutritivos, mientras que a menudo (no siempre, pero a menudo) sucedía que algunos tipos de plantas terrestres se imponían y acababan con la flora nativa. Y con la flora nativa en disminución, otras plantas terrestres podían echar raíces.

Docenas de planetas habían sido convertidos en nuevas Tierras mediante este método. En el proceso, las plantas terrícolas se habían desarrollado en centenares de variantes muy resistentes que florecían en las más difíciles condiciones; lo que mejoraba las posibilidades de que sobreviviesen en el siguiente planeta.

El amoniaco podía matar a cualquier planta de la Tierra, pero las semillas de que disponían en el Cruiser John no eran verdaderas plantas de la Tierra, sino mutaciones de esas plantas obtenidas en otros mundos. Lucharon bien, pero no lo bastante. Algunas variedades crecieron de forma débil y enfermiza, y acabaron muriendo.

Aún así se portaron mejor que la vida microscópica. Los bacterioides de aquel planeta eran mucho más florecientes que la anémica vida vegetal de color azul. Los microorganismos nativos acabaron con cualquier intento de competencia de sus congéneres terrestres. El intento de sembrar el suelo del planeta con flora bacteriana de tipo terrícola, con el fin de ayudar a las plantas de la Tierra, fracasó.

Vlassov agitó la cabeza:
–De todos modos, no iba a servir de nada. Si nuestras bacterias sobreviviesen, sería únicamente adaptándose a la presencia del amoníaco.
–Las bacterias no van a ayudarnos –dijo Sandropoulos–. Necesitamos las plantas; ellas son las que tienen sistemas de fabricación de oxígeno.
–Podríamos fabricarlo nosotros mismos –dijo Petersen–. Podríamos electrolizar el agua.
–¿Y cuánto tiempo nos duraría nuestro equipo? Si pudiésemos conseguir que nuestras plantas prosperasen, eso equivaldría a estar electrolizando agua constantemente, poco a poco, pero año tras año, hasta que el planeta se rindiese.
–Entonces, tratemos el suelo –intervino Barreré–. Está podrido de sales de amoniaco. Sacaremos las sales y dejaremos un suelo limpio de amoniaco.
–¿Y qué hay de la atmósfera? –preguntó Chou.
–En un suelo limpio de amoniaco quizá sobrevivan a pesar de la atmósfera. Ya casi lo consiguen sin eso.

Trabajaron como posesos, pero sin lograr ver un final a sus esfuerzos. Ninguno de ellos creía verdaderamente que fuera a funcionar y, aunque lo hiciese, no había futuro para ellos. Pero el trabajar ayudaba a pasar los días.

En la siguiente época de siembra tenían su suelo libre de amoniaco, pero las plantas terrestres seguían creciendo enfermizas. Incluso colocaron domos sobre algunas plantas y bombearon en su interior aire libre de amoniaco. Sirvió de algo pero no fue suficiente. Ajustaron la composición química del suelo de todas las maneras que les era posible, No obtuvieron premio.

Las débiles plantas producían sus pequeñas vaharadas de oxígeno, pero no era bastante para alterar el equilibrio de la atmósfera de amoniaco.

–Un empujón más –dijo Sandropoulos–, uno más. Estamos haciéndola tambalearse; se tambalea; pero no podemos derribarla.

Su equipo y herramientas se desgastaron y fueron fallando con el tiempo, y el futuro fue terminando para ellos. Cada mes tenían menos posibilidades de maniobra.

Cuando por último llego el final, fue con una premura que casi era de agradecer. No sabían qué nombre darle a aquella debilidad y aquellos vértigos, que nadie suponía que fueran debidos a un envenenamiento directo del amoniaco. 

Sin embargo, estaban viviendo de las algas que habían formado parte del sistema hidropónico de la nave, y durante aquellos años era posible que las algas hubieran sufrido una contaminación  del medio ambiente.

O tal vez hubiese sido la obra de algún microorganismo nativo que, al fin, hubiese aprendido cómo alimentarse de ellos. Aunque quizá hubiese sido un microorganismo terrestre, mutado bajo las condiciones de un mundo extraño.

Así que tres murieron por fin aunque, afortunadamente, lo hicieron sin sentir dolor. Estaban contentos de irse y poder dejar aquella inútil lucha.

Chou dijo en un susurro casi inaudible:
–Es tonto perder de esta manera.

Petersen, el único de los cinco que seguía en pie (¿sería inmune a aquella dolencia, fuera la que fuese?) volvió su rostro dolorido hacia su único compañero con vida.
–No mueras –le dijo–. No me dejes solo.
Chou trató de sonreír.
–No tengo elección, pero puedes seguirnos, viejo amigo. ¿Para qué luchar? Ya no tienes herramientas, y no hay forma de vencer, aunque quizá no la hubo nunca.

Aún así, Petersen combatió la desesperación final, concentrándose en la lucha contra la atmósfera. Pero su mente estaba cansada y su corazón desgastado, y cuando Chou murió a la hora siguiente, se quedó con cuatro cadáveres que eliminar.

Miró los cuerpos, evocando los recuerdos, volviendo hacia atrás (ahora que estaba solo y se atrevía a llorar) hasta llegar a la misma Tierra, que había visto por última vez en una visita hacia once años.

Tendría que enterrar los cuerpos. Rompería las azuladas ramas de los árboles nativos desprovistos de hojas y construiría cruces con ellas. Encima, colgaría el casco espacial de cada hombre y recostaría contra ella los cilindros de aire. Cilindros vacíos para simbolizar la lucha perdida.

Un sentimiento estúpido dedicado a hombres a los que ya no les importaba, y para ojos futuros que quizá jamás llegasen a verlo.

Pero en realidad lo estaba haciendo para él mismo, para mostrar respeto por sus amigos y también por sí mismo, pues no era el tipo de hombre que no se cuidase de sus amigos muertos mientras le fuera posible.

Además...

¿Además? Se sentó cansado, pensando durante un rato.
Mientras siguiera vivo lucharía con las herramientas de que dispusiese y enterraría a sus amigos.

Enterró a cada uno de ellos en un punto del suelo libre de amoniaco que habían logrado con tanto trabajo; los enterró sin sudario y sin ropa alguna, dejándolos desnudos en el suelo hostil, a merced de la lenta descomposición que producirían sus propios microorganismos antes de que también ellos muriesen por la inevitable invasión de los bacterioides nativos.

Petersen colocó cada cruz, con su casco y cilindros de aire, la aseguró con piedras y se volvió, hosco y triste, para regresar a la nave enterrada en la que ahora vivía solo.

Siguió trabajando y, al fin, también a él le llegaron los síntomas.

Se metió trabajosamente en su traje espacial y salió a la superficie en lo que sabía que sería su última visita.

Cayó de rodillas en los espacios cultivados. Las plantas terrestres se veían verdes. Habían vivido mucho más que nunca antes. Tenían un aspecto lozano, incluso vigoroso.

Habían tratado el suelo, cuidado la atmósfera, y ahora Petersen había utilizado la última herramienta, la única de que ya disponía, y también les había dado fertilizantes...

De la carne, en lenta descomposición, de los terrestres, salían los productos nutritivos que estaban proporcionando el último empujón. De las plantas terrestres surgía el oxígeno que derrotaría al amoniaco y sacaría al planeta del inexplicable nicho ecológico en el que se había visto encerrado.

Si los terrestres volvían alguna vez (¿cuándo?, ¿dentro de un millón de años?) se encontrarían con una atmósfera de nitrógeno/oxígeno y una flora limitada que recordaría extrañamente a la terrestre.

Las cruces se pudrirían y descompondrían, el metal se oxidaría y convertiría en polvo. Quizá los huesos se fosilizasen y quedasen para dar una pista de lo que había sucedido. Tal vez fueran hallados sus informes, que había dejado sellados.

Pero nada de aquello importaba. Si no encontraban ninguna de esas cosas, el planeta mismo, todo el planeta, sería su monumento.

Y Petersen se recostó para morir en medio de la victoria de aquel grupo de terrestres.