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La renta espectral - Henry James (Parte 1)

Acababa de cumplir veintidós años cuando terminé mis estudios superiores. Me encontré en plena libertad de escoger mi futura carrera, y lo hice sin mayores vacilaciones. Cierto que luego la abandoné con idéntica rapidez, lo admito, pero nunca he lamentado aquellos dos alegres años de experiencia perpleja y excitante, aunque también agradable y provechosa. 

Sentía una gran inclinación por la teología y durante ese lapso fui un admirador y lector entusiasta de las obras del doctor Channing. Esta era una teología atrayente y de exquisito sabor; parecía, al leerla, como si se ofreciera una rosa fragante desprovista de espinas. 

Más adelante, por razones íntimamente vinculadas con mi afición por la teología, decidí entrar en el Divinity School. Durante toda mi vida he procurado no perder de vista lo que hay detrás del drama humano de la vida. Por ello consideré que debía desempeñar mi papel, con pocas posibilidades de aplausos (al menos de mí mismo), en aquella apartada y tranquila casa de apacible casuística, con su respetable avenida a un lado, y su contacto con la verde campiña y los extensos terrenos de bosque al otro.

Cambridge, para los amantes de los bosques y campos, ha cambiado mucho desde aquellos días, y ya no posee aquella deliciosa mezcla de pastoral y escolástica quietud. Sí, en aquella época era un hermoso centro docente rodeado de bosques; una bella combinación de la madre Naturaleza con la diosa de la cultura. 

Lo que hoy día es Cambridge no tiene nada que ver con mi historia; sin embargo, no me cabe la menor duda de que aún existen en sus aulas esos graduados orgullosos del saber adquirido que gozan, a la llegada del verano, de las bellezas naturales próximas a ese prestigioso centro de la cultura inglesa.

Por lo que a mí respecta, no lo pasé muy mal en Cambridge. Me otorgaron una habitación en la planta baja, cuyas amplias ventanas daban a un gran patio. Apenas me alojé en ella, colgué en sus paredes unos cuadros de Overbeck y Ary Scheffer, arreglé mis libros, y los clasifiqué con sumo refinamiento, sobre las estanterías que había encima de la chimenea, y me puse a estudiar las obras de San Agustín y Plotino. 

Entre mis compañeros había dos o tres de excelentes cualidades, con los que a veces tomaba una taza de té junto al fuego de la chimenea. Después de profundos estudios, conferencias, coloquios y largas meditaciones, mientras paseaba por los bosques, mi iniciación en el aspecto clerical progresó bastante, con gran placer de mi parte.

Intimé más con uno de mis camaradas, con quien tenía gustos afines, y pasaba la mayor parte del tiempo con él. Por desgracia, adquirió un mal grave en una de sus rodillas, lo que le obligó a llevar una vida sedentaria; y como yo era un fanático enamorado de pasear por los bosques, esto se interpuso en nuestra naciente amistad. 

Yo tenía la costumbre de andar por el bosque sin más compañía que mi bastón y un libro; con estas caminatas y la lectura no necesitaba compañía alguna. A este placer podía añadir el que me proporcionaban mis ojos, pues siempre he sido un hombre observador. 

Me deleitaba fijándome en todas las cosas interesantes que encontraba durante aquellos paseos por la campiña. Sí, mis ojos y yo estábamos en excelente armonía. Tanto que, en honor a la verdad, debo admitir que precisamente gracias a esta inquietud por todo lo que me rodeaba y a mi observación inquisitiva de todas las cosas interesantes, aconteció la historia que voy a narrar.

Aunque la campiña que rodea a Cambridge es actualmente muy hermosa, lo era aún más hace treinta años. En efecto, en aquella época no existían esos chalets que hoy han inundado los prados verdes robándole parte de sus encantos naturales, sobre todo en la zona de Waltham Hills, donde las sombrías formas de aquellas villas, con sus plantas y flores extrañas, presentaban un feo contraste en yuxtaposición con el medio ambiente sencillo y rústico. 

Incluso los modestos senderos de entonces poseían esa gracia de la que carecen las numerosas carreteras modernas que hoy atraviesan los campos y bosques de la zona de Cambridge. En cuanto a las personas, tampoco se ven ahora aquellas viejecitas que hilaban pacientemente sentadas en el pórtico de sus casas, cubriendo sus venerables frentes con aquella especie de cofia tan típica de Cambridge.

Aquel invierno fue muy duro; hacía mucho frío, pero había poca nieve, y los caminos estaban seguros y firmes, lo que me permitió, por lo tanto, dar mis cotidianos paseos a través del bosque y la campiña. Una helada tarde de diciembre me encaminé hacia el vecino pueblo de Medford. 

Mientras andaba, observé los pálidos y fríos matices del cielo, semejantes al ámbar transparente, lo cual, no sé por qué, me hacía recordar la sonrisa de una hermosa mujer. Cuando ya empezaba a anochecer, llegué a un estrecho camino por el que nunca había transitado, e imaginé que por él podría acortar el trayecto de regreso a casa. Me hallaba a tres millas de distancia y se me había hecho tarde.

Así pues, eché a andar por aquella extraña senda. Cuando llevaba caminando más de diez minutos, me di cuenta de que tenía un aspecto bastante extraño: las huellas de las ruedas de los carros parecían viejas y resecas, y el silencio era impresionante. Sin embargo, un poco más abajo había una casa, por lo que deduje que aquel misterioso camino antaño debió ser una vía pública. Instantes después llegué a dicha mansión y sentí una gran curiosidad apenas me vi ante ella. 

Me detuve delante de su jardín abandonado, con una vaga mezcla de curiosidad y temor incomprensibles. Era una casa como todas las existentes por aquella zona, excepto que tenía una hermosa estructura arquitectónica dentro de su clase. 

Se hallaba situada sobre una pendiente cubierta de hierba, con un gigantesco olmo delante de su fachada anterior, y detrás un gran cobertizo de negro tejado. Era de grandes dimensiones y tenía aspecto de ser una construcción sólida. Debía ser antigua, pues al menos las maderas delicadamente grabadas de su puerta y pórtico pertenecían a ese estilo arquitectónico tan típico del siglo pasado.

A simple vista se podía observar que en su tiempo estuvo pintada de blanco, pero el paso de los años había apagado aquella blancura, que ahora presentaba una tonalidad gris, sin vida. Detrás de la casa había un grupo de manzanos, de tronco descarnado y extraño aspecto, que en aquel profundo silencio parecían árboles muertos aún sujetos a la madre tierra. 

Todas las ventanas mostraban sus bisagras enmohecidas, corroídas, y sus persianas estaban ligeramente entornadas. No había ninguna señal de vida dentro de aquella mansión; sin embargo, al aproximarme, me pareció que tenía un aire familiar, una audible elocuencia. 

Siempre he pensado en la impresión que me produjo a primera vista aquel gran edificio colonial, lo cual corrobora que la inducción puede a veces estar cerca de la adivinación, o ser análoga a ella, ya que, después de todo, no había ningún hecho que garantizase la formal percepción que hice.

Me volví y crucé el camino. Los últimos rayos rojos del sol al ponerse en el horizonte parecían hacer desaparecer la casa, reflejándose por unos instantes en lo que fuera su fachada blanca, arrancando misteriosos destellos de aquellas vetustas ventanas sobre el pórtico. Luego desapareció el rey de los astros, y el viejo edificio quedó envuelto en fantasmagóricas sombras. En este preciso instante, me dije a mí mismo: «Esta casa está encantada». 

De inmediato, sin saber por qué, creí a pies juntillas en aquella idea que me vino a la mente; idea que, por añadidura, me causó un gran placer. Y es que estaba íntimamente vinculada con el aspecto de la casa que acababa de ver y lo explicaba todo. Si me hubieran preguntado media hora antes, habría contestado, como cualquier otro hombre consagrado a los estudios de lo sobrenatural, que no existían casas encantadas. Pero fue tan fuerte la impresión, que algo en mi interior aseguraba lo acertado de mi convicción.

Cuanto más observaba aquella mansión, más profundo me parecía el secreto que ocultaban sus paredes. Me puse a dar vueltas alrededor de la misma, observando cuidadosamente cualquier detalle que pudiera corroborar esa certidumbre de que aquel edificio estaba encantado. 

Miré a través de todos los boquetes existentes en sus paredes, sintiendo una pueril satisfacción al poner mi mano sobre el pomo de la puerta y hacerlo girar con suavidad. ¿Qué hubiera hecho si se hubiera abierto? ¿Me habría atrevido a penetrar en aquella silenciosa obscuridad? Por fortuna, mi audacia se vio frenada: la puerta era extremadamente sólida e incluso me fue imposible empujarla unos milímetros. Al fin me alejé de ella, pero volviendo la mirada con insistencia. Luego eché a andar y después de un largo trayecto alcancé el camino principal.

A cierta distancia de donde había visto aquella vetusta y misteriosa mansión se encontraba una magnífica y confortable casita de recreo, que hacía más patente a mis ojos la diferencia existente entre una casa normal y otra embrujada. 

Esta casita de recreo estaba recién pintada de blanco y su amplio y vistoso porche estaba cubierto de una hermosa cristalera color verde botella. Había un coche de caballos a la puerta de aquella casa, con dos personas que parecían estar despidiéndose de los dueños de la misma en aquel momento. 

Al acercarme más a ella, pude ver a través de sus ventanas sin cortinas una salita de estar en cuya mesa estaban colocadas las tazas de té con el que probablemente habrían obsequiado a aquellos visitantes. La señora de la casa había acompañado a sus huéspedes hasta la puerta, y cuando estos partieron en el coche les saludó durante unos instantes con la mano; tiempo suficiente para que yo pudiera observar a esas personas. 

Aquella señora era una mujer joven, de ojos muy negros, y estuve a punto de acercarme y hablar con ella. Mas luego cambié de idea, me detuve ante ella y le pregunté, después de saludarla con cortesía:

—¿Me podría decir a quién pertenece la casa que está allí abajo, junto al camino, aproximadamente a una milla de aquí?

La mujer pareció sorprendida por un instante; se sonrojó y contestó:

—Los hombres de esta tierra nunca bajan por este camino.

—Utilizando esa senda se ahorra mucho tiempo y distancia para ir al pueblo de Medford —respondí—, y no dudo que los hombres de este lugar no sean prácticos como todos los buenos campesinos.

—Es posible que al no ir por ese camino se tarde más en llegar al pueblo —dijo la mujer—, pero nadie lo utiliza por nada del mundo.

Era interesante la respuesta de aquella señora, es decir, bastante extraña. Un buen norteamericano, con el sentido tan práctico que posee, debía tener muy poderosas razones para perder tiempo utilizando un camino más largo. Por ello volví a preguntar:

—Pero, dígame, ¿ha estado alguna vez en esa casa?

—No, nunca la he visto.

—¿A quién pertenece? —insistí.

La mujer se echó a reír y miró hacia otro lado, cual si temiera que un extranjero interpretara sus palabras como fruto de una campesina supersticiosa.

—Supongo que pertenecerá —repuso— a los que viven en ella.

—¿Pretende decir que esa casa está habitada? —dije—. Sin embargo, está completamente cerrada.

—Eso no significa nada —me respondió con cierta ironía—, pues nunca nadie entra ni sale de allí, por lo que no veo ninguna diferencia.

Acto seguido intentó marcharse, pero la retuve respetuosamente por el brazo.

—¿Quiere decir que esa casa está encantada? —pregunté.

La mujer se asustó, se llevó los dedos a sus labios ruborizándose, y entró con rapidez a su casa para correr las cortinas de las ventanas.

Durante muchos días estuve pensando en aquella aventura, reservándome el placer de guardarla para mí solo. Si la casa no estaba encantada era una tontería de mi parte el excitar en vano mi imaginación, y si lo estaba, resultaba agradable vaciar la copa del horror sin dejar que nadie la probara. 

Desde luego, decidí regresar a ese camino, y una semana más tarde —era el último día del año— volví sobre mis pasos a aquel lugar. Me acerqué a la casa por una dirección opuesta a la que utilicé la primera vez, y llegué a la misma hora que entonces. 

La luz era cada vez menor a la caída del sol, y el cielo bajo y gris; el viento soplaba con fuerza barriendo la arena reseca del jardín y haciendo estremecer las hojas de los árboles. Allí estaba la casa, delante de mis ojos, como queriendo defenderse del crudo invierno en su siniestro hermetismo, envuelta en su halo de misterio.

Si en aquel instante se hubieran abierto sus puertas, no habría dudado en penetrar en ella y dejar que sus paredes me atraparan. ¿Quiénes serían los misteriosos propietarios que había mencionado aquella mujer? ¿Qué se había visto u oído en aquella casa? ¿Qué cosas se contaban de ella? ¿Existía alguna leyenda o algún hecho verídico en relación a la misma? 

La puerta seguía tan firme y resistente como la primera vez, y todos mis intentos por abrirla resultaron en vano. Ninguna de las ventanas cedió a mis furiosos puñetazos, y ningún rostro misterioso se asomó a ellas. Desesperado, di numerosos golpes con el pesado y mohoso picaporte, pero solo conseguí que aquellos ruidos resonaran con espantoso eco en la mansión vacía.

No sé lo que habría hecho a continuación de no haber percibido que por el mismo camino por donde yo había bajado antes avanzaba ahora una persona solitaria. Pensé que haría el ridículo si me viera en aquella extraña actitud, y por mi mente pasó la idea de refugiarme entre los arbustos del jardín, cosa que hice de inmediato. Instantes después observé que el recién llegado avanzaba recto hacia la casa. 

Era un hombre de baja estatura, de avanzada edad y con el aspecto más extraño que jamás he visto en mi vida. Iba envuelto en una larga capa de corte militar y avanzaba penosamente apoyándose en un bastón nudoso, mas con aire decidido y resuelto. Después de caminar durante unos minutos, se detuvo ante la casa. 

La contempló con detenimiento, observando todos sus detalles, como si estuviera contando todas las ventanas o tratando de localizar una marca o señal determinada. Después se quitó el sombrero y se inclinó suave y solemnemente, como si estuviera llevando a cabo un acto de obediencia o respeto.

Dada la posición del viejo, me fue más fácil observarle. Se trataba, como ya dije antes, de un anciano de baja estatura, mas era difícil afirmar si pertenecía a este mundo o al otro. Su cabeza me hizo recordar vagamente a las pinturas de Andrew Jackson. 

Tenía cabellos grises, pero tiesos como los pelos de un cepillo, y su rostro, cuya piel era como un pergamino egipcio, estaba pálido. Sus ojos brillaban intensamente bajo la sombra de unas pobladas cejas que, cosa curiosa, habían permanecido negras. Sus facciones, lo mismo que la capa que llevaba, parecían pertenecer a un militar retirado de modesto rango, pero ello no obstaba para darle el aspecto de una persona autoritaria, fría, excéntrica y grotesca. 

Cuando terminó su salutación, avanzó hacia el portal, se detuvo, revolvió los bolsillos de su raída capa y sacó una llave. Introdujo esta en la cerradura y la hizo girar. Mas la puerta no se abrió de inmediato. El anciano meneó la cabeza, aplicó el oído a la madera y luego miró en dirección al misterioso camino. 

Satisfecho o tranquilizado, apoyó su hombro contra la hoja, empujó firmemente y, por fin, esta se abrió dejando ver una negra obscuridad tras ella. Volvió a detenerse en el umbral, se quitó el sombrero e hizo otra reverencia. Luego penetró en la casa y cerró la puerta tras de sí.

¿Quién demonios era este hombre y qué hacía en aquel lugar? Parecía uno de esos personajes sacados de un cuento de Hoffmann. ¿Era un espectro o un ser de carne y hueso? ¿Un inquilino de la casa o un visitante amigo del propietario de la mansión? Por lo demás, ¿qué significaban aquellas reverencias y qué pretendía hacer en la profunda obscuridad de la casa? 

Salí de mi escondrijo y me encaminé a una de las ventanas, espiando a través de ella. Luego me dirigí, una por una, a las otras, observando que durante el intervalo que empleaba en pasar entre ellas se hacía visible un rayo de luz entre las hendiduras de las persianas. 

Era obvio que el anciano intentaba encender todas las luces posibles. ¿Acaso iba a dar una fiesta? ¿Una reunión de fantasmas? Mi curiosidad aumentó aún más, pero nada podía hacer por satisfacerla. Por un instante quise acercarme a la puerta y golpear en ella, pero desistí inmediatamente, e intenté hallar la forma de romper el maleficio de aquella mansión, si es que en realidad lo tenía. 

Acto seguido me puse a dar vueltas alrededor de la casa tratando de abrir alguna de las ventanas bajas. Al principio no pude lograrlo, pero al fin di con una que no me opuso ninguna resistencia. Comprendía perfectamente que había un riesgo en lo que estaba haciendo, pues no solo me exponía a ser visto, sino a ver algo que no debía... Pero la curiosidad, como dije antes, se había transformado en inspiración, y el peligro era demasiado agradable.

A través de las hendiduras de las persianas pude ver una habitación iluminada por dos cirios colocados en candelabros de bronce sobre el manto de la chimenea. Parecía ser una especie de salón privado y conservaba todo su mobiliario, consistente en divanes, sillones, mesas y cornucopias pasados de moda, muy antiguos. 

Pero aunque aquella estancia estaba amueblada, tenía un extraño aire de estar deshabitada. Desde mi posición no podía verlo todo, por lo que no me di cuenta de que a mi derecha había una puerta plegable. Estaba ligeramente abierta, y la luz del cuarto adyacente se filtraba a través de ella. 

Permanecí inmóvil durante unos minutos, pero al final comprobé que la habitación estaba vacía. Luego percibí que una sombra alargada se proyectaba en el muro situado frente a la puerta plegable. Era alta y grotesca. Daba la impresión de corresponder a una persona personalizada sentada de perfil, completamente inmóvil. Creí reconocer en ella la nariz arqueada de mi pequeño viejecillo. Había una extraña sensación de quietud en su postura; parecía estar sentado y observar algo con atención. Estuve largo rato contemplando la susodicha sombra, pero nunca se movía.

Al fin, cuando mi paciencia ya empezaba a agotarse, se movió con lentitud, se elevó y su primitiva forma desapareció. No sé lo que hubiese sucedido luego, pues instintivamente cerré las persianas por donde contemplaba aquel extraño espectáculo. ¿Fue por delicadeza? ¿O por pusilanimidad? No podría asegurarlo. No obstante, me quedé en aquel sitio confiado en que mi extraño viejecillo reaparecería. 

No me equivoqué: el anciano volvió a salir, mirando de la misma manera que antes y haciendo idénticas inclinaciones y reverencias. (La luz que hasta entonces había observado desapareció de las ventanas). El viejecillo, luego de efectuar su pequeña ceremonia, se encaminó por donde había venido. 

Durante unos instantes tuve la intención de dirigirme a él, pero me contuve y dejé que desapareciera en un recodo del misterioso camino. Quizá se pensará que fue una delicadeza de mi parte, pero, en el fondo, creo que no tuve valor para detenerlo y hablar con él. Incluso consideré que aquel anciano tenía derecho a no ser observado, aunque, por otro lado, yo también tenía el derecho de poder fijarme en todo lo que quisiera, máxime si tenemos en cuenta que aquel individuo parecía más bien un fantasma que una persona normal y corriente. 

Al fin me alejé por el camino opuesto al que él había tomado, no sin sentir la tentación, algo tardía, de seguirle a cierta distancia y ver adónde se dirigía, aunque esto también me pareció una falta de delicadeza. Por lo demás, he de confesar que estaba tan entusiasmado con mi pequeña aventura que deseaba paladearla poco a poco, arrancando hoja por hoja de la margarita, como vulgarmente suele decirse.

Durante algún tiempo aspiré el misterioso perfume de esta flor, ya que su aroma me había fascinado. Proseguí mi marcha y volví a pasar por delante de la casita de recreo existente en el cruce de caminos, pero no vi a la mujer supersticiosa ni al viejecillo, ni a ningún ser de este mundo ni del otro. 

Tuve sumo cuidado de que nadie me avistara, ya que, a mi juicio, un buen observador debe pasar desapercibido hasta el momento en que descubre lo que tenía por misión averiguar. Así pues, me quedé con la expectativa de volver a encontrarme con aquel viejecillo algún día, en algún lugar. 

Pero a medida que pasaba el tiempo y el anciano no aparecía por ninguna parte, acabé por perder toda esperanza de verlo. Sin embargo, tenía la corazonada de que debía vivir en aquella vecindad, máxime si tenemos en cuenta que había hecho su peregrinaje a la misteriosa mansión a pie, tratándose de un hombre de avanzada edad. 

De haber vivido a mucha distancia, seguramente habría viajado en alguno de esos viejos y destartalados coches de caballos que se utilizaban durante el siglo pasado; un vehículo tan venerable y grotesco como él mismo.

Un día me dirigí paseando al cementerio de Mount Auburn, un lugar que durante mi infancia poseía un encanto místico del que hoy carece, dadas las reformas modernas efectuadas en él. Contenía más arces y abedules que cipreses y sauces. No parecía una ciudad de los muertos, sino más bien otro pueblo de la comarca, donde todo el mundo podía penetrar y perturbar el sagrado descanso de sus habitantes fallecidos. 

Aquel día despertaba la primavera, ya que días antes había acabado el invierno, y el suelo desprendía ese olor tan grato de tierra fresca y lozana. El sol se hallaba cubierto por un cúmulo de ligeras nubes, pero calentaba algo. Anduve por los caminillos del cementerio, hasta que de pronto, al llegar a un recodo, percibí una extraña figura sentada en un banco contra una valla tapizada de madreselvas silvestres.

Aquella persona me era familiar, la había visto en alguna parte. Aunque estaba de espaldas a mí, comprendí quién era al observar su raída capa. Sí, no estaba equivocado: se trataba del extraño viejecillo que visitó la casa encantada. Allí se me presentaba la oportunidad que tanto había anhelado: la de acercarme a él y hablarle. Di un rodeo y me acerqué a él de frente. 

El anciano me vio al final del sendero, pero permaneció inmóvil, con las manos apoyadas en el pomo de su bastón; mas cuando se percató de que me dirigía hacia él, me miró con aquellos ojos penetrantes bajo sus negras cejas. A cierta distancia, estas cejas tan obscuras daban una extraña sensación; tanto que fue lo único que observé en su rostro. A medida que me acercaba a él, comprendí que se trataba de un pobre anciano inofensivo, un viejo gentleman.

Me detuve ante él, le saludé con cortesía y le pedí permiso para sentarme en el mismo banco que él. Aprobó mi petición con un gesto mudo pleno de dignidad, y me acomodé a su lado. En esta postura podía observarle de reojo con todo detalle. Comprobé que a la luz del sol era un ser mucho más extraño que cuando lo vi bajo la pálida luna aquella noche en la casa encantada. 

Los rasgos de su rostro eran tan rígidos como si hubieran sido esculpidos en roca granítica por un hábil artista. Sus ojos tenían una mirada llameante, su nariz era espantosa y su boca estaba herméticamente cerrada, como una vieja concha marina. Sin embargo, pensé que, a pesar de todos estos siniestros detalles personales, se trataba de un anciano y apacible caballero. 

Habría apostado que se hubiera alegrado de poder sonreírme, pero, evidentemente, sus rasgos faciales no se lo permitían: habían adoptado aquella rigidez hacía ya muchos años, y era muy tarde para suavizarlos, por mucho interés que pusiera en intentarlo. Me pregunté si se trataría de un anciano demente, pero pronto deseché esa idea, ya que no tenía aspecto de serlo. 

Lo que en realidad reflejaba su rostro era una profunda y gris tristeza; quizá su corazón estuviera roto, mas su cerebro permanecía intacto. Las ropas que llevaba estaban raídas, pero limpias, y su vieja capa azul había sido cepillada durante más de medio siglo.

Me apresuré en hacer ciertas observaciones sobre el hermoso día de primavera que teníamos, y el anciano me contestó, con voz gentil y suave, que me extrañó ver partir de sus rígidos labios:

—Este es un lugar muy apacible.

—A mí me gusta mucho pasear por este cementerio —repuse rápidamente, al intuir que aquel era el punto flaco del anciano.

Di en el clavo, pues el viejecillo se volvió hacia mí y dijo entusiasmado, con cierto aire de gravedad:

—Sí, es muy agradable pasear por este lugar. Hágalo mientras pueda, pues algún día se encontrará en una de esas tumbas, quieto, sin poder moverse.

—Es cierto —le respondí—; pero, según algunos científicos, hay personas que pueden caminar y pasearse después del día de su muerte.

Hasta entonces el anciano me había estado mirando a los ojos mientras yo hablaba, mas al decirle esta última frase, apartó repentinamente la vista, como si hubiese pronunciado una blasfemia.

—¿No me oyó? —le dije con amabilidad.

El anciano siguió mirando hacia otro lado, como si no le interesara mi conversación.

—Como le decía, algunas personas pueden caminar después de muertas —insistí.

Entonces el anciano se volvió de pronto hacia mí y repuso con fiereza:

—Usted no cree en eso que me está diciendo.

—¿Cómo puede usted saber, querido señor, que yo no creo en esas cosas? —le respondí.

—Porque es joven y alocado —me respondió en un tono que, lejos de parecer duro, más bien parecía propio de una persona que está de vuelta de muchas cosas de la vida y habla con conocimiento de causa, consciente de su experiencia, de lo comprobado por sí mismo a lo largo de muchos años de existencia.

—Admito que soy joven —le contesté—; pero no creo que esté loco. Si dijera que creo en los fantasmas, mucha gente estaría de mi lado.

—La mayoría de la gente está loca —respondió el anciano mientras clavaba su mirada en mi rostro.

Dejé el tema en el aire y me puse a hablar de otras cosas. El anciano parecía haberse puesto en guardia, me miraba desafiante y solo hacía breves observaciones y secos comentarios sobre todo lo que le decía. Pero, a pesar de todo, yo estaba seguro de que le había agradado nuestro encuentro, y que, a sus ojos, este había sido un incidente social de cierta importancia. 

Sin duda alguna, se trataba de una persona solitaria, y tenía muy pocas oportunidades de poder hablar con alguien. Había tenido graves problemas que le distanciaron del mundo, aislándolo, haciéndole refugiarse en su mundo interior. Pero la armonía dentro de su anticuado espíritu no se encontraba rota, y yo estaba seguro de que aún pensaba que podía hacerla vibrar ardientemente. Al fin, se decidió a preguntarme sobre mi persona, inquiriendo si yo era un estudiante.

—Soy estudiante de ciencias divinas —respondí.

—¿Ciencias divinas?

—De teología. Estudio para sacerdote.

Al decirle esto, el viejecillo me miró con peculiar intensidad.

—Pues entonces, mi joven amigo, permítame que le diga que existen muchísimas cosas que tiene que aprender, sí, muchas cosas que ignora.

—Siempre he tenido ansias de aprender y de conocer cosas que me están vedadas —repuse—. Pero, por favor, ¿a qué se refiere?

El anciano me miró de nuevo, pero, sin hacer caso de mi pregunta, dijo:

—Me gusta usted, me agrada su forma de hablar. Estoy seguro de que es un buen muchacho.

—Al menos creo serlo, o pretendo serlo —le respondí—, aunque hay momentos en que creo dejar de serlo.

—Pues pienso que tiene una mente muy despierta, y que se preocupa por aprender, por tener inquietudes, por observar todo lo que le rodea.

—¿Quiere decir que ya no piensa que soy un joven alocado como dijo antes? —le respondí.

—Me revientan las personas que niegan a los difuntos el poder de regresar —me contestó, mientras golpeaba furiosamente el suelo con su bastón—. Todos son unos locos, auténticos locos.

Guardé silencio durante unos instantes. Luego le pregunté de sopetón:

—Estoy seguro de que usted ha visto un fantasma.

—Está en lo cierto, mi joven amigo —respondió con mucha dignidad en su expresión—. Por lo que a mí respecta, no se trata de hechos corroborados por frías teorías; no necesito leer libros antiguos para aprender en qué debo creer. ¡Yo sé! ¡Con estos ojos que ve, yo he contemplado el espíritu de un muerto tan cerca de mí como lo está usted ahora!

Mientras decía estas palabras, los ojos del viejecillo parecían estar fijos en algo misterioso, invisible para mí. Sus palabras me impresionaron tanto, que me vi obligado a insistir en mis preguntas.

—¿Y se asustó usted?

—Soy un viejo soldado —repuso ofendido—, y no le temo a nada.

—¿En qué época fue usted soldado? —inquirí.

El viejecillo me miró con aire confuso, por lo que supuse que me había excedido haciéndole tantas preguntas.

—Discúlpeme, no puedo entrar en detalles personales —me contestó—. Ya he hablado más de lo que debía; no puedo tolerar el que se opine a la ligera de un tema tan importante como este. ¡Pero nunca olvide que en cierta ocasión conversó con un anciano honesto que le dijo, jurándoselo por su honor, que había visto un fantasma!

Acto violentamente se levantó con brusquedad, como si hubiese pensado que había hablado demasiado. Quizá su actitud obedeciera a timidez, a su carácter reservado o, simplemente, al temor de que pudiera reírme de sus palabras. 

Consideré todo esto; por otro lado, también admití la posibilidad de que, como todas las personas de edad avanzada, su lengua y su mente estaban endurecidas por la atrofia producida en tantos años de soledad. 

Tampoco podía descartar la idea de que pensase que se había excedido en la conversación, cosa muy lógica en cualquier persona al hablar con un desconocido. Era evidente que yo no debía insistir, dada su actitud. Al menos, siempre me quedaría la esperanza de volver a verle en otra ocasión.

—Como deseo que sepa quién es el anciano que le ha dicho estas palabras, que a usted le parecerán extrañas —volvió a tomar la palabra el anciano de la capa azul—, permítame presentarme: soy el capitán Diamond, señor. Tengo muchos años de servicio sobre mis espaldas.

—Confío en que tendré el placer de volver a encontrarlo —repuse cortésmente.

—Yo también lo espero —me respondió; y tomando el bastón con firmeza, se levantó y se alejó.

 

(CONTINUARÁ...) 


Los ojos hacen algo mas que ver - Isaac Asimov

Después de cientos de billones de años, pensó de súbito de sí mismo como Ames. No la combinación de ondas que a través de todo el universo era ahora el equivalente de Ames, sino el sonido en sí propio. Una clara memoria trajo las ondas sonoras que él no oyó ni pudo oír. 
El nuevo proyecto había estado aguzando su memoria más allá de los más viejos eones. Allanó el vórtice energético que recubría la suma de su individualidad y las líneas de fuerza se extendieron más allá de las estrellas. 
La señal de respuesta de Brock vino. 
Con seguridad, pensó Ames, él podía hablar con Brock. Con seguridad podía él hablar con cualquiera. 
Los modelos de energía enviados por Brock, comunicaron: 
-¿Te acercas, Ames? 
-Naturalmente. 
-¿Tomarías parte en la contienda? 
-¡Sí! -Las líneas de fuerza de Ames se movieron irregularmente-. He pensado en una forma artística completamente nueva. Algo realmente insólito. 
-¡Qué derroche de esfuerzo! ¿Cómo puedes creer que una nueva variante pueda ser concebida tras doscientos billones de años? Nada puede haber que sea nuevo. 
Por un momento Brock quedó fuera de fase y comunicación, y Ames se apresuró en ajustar sus líneas de fuerza. Captó la dirección de los pensamientos de otros emanadores mientras lo hacía; captó la poderosa visión de la anchurosa galaxia contra el terciopelo de la nada, y las líneas de fuerza pulsada sin fin por multitudinaria vida energética y discurriendo entre las galaxias. 
-Por favor, Brock -dijo Ames-, absorbe mis pensamientos. No los evites. He estado pensando en manipular la Materia. ¡Imagínate! Una sinfonía de Materia. ¿Por qué molestarse con Energía? Claro que nada hay de nuevo en la Energía. ¿Cómo 
podía ser de otro modo? ¿No nos enseña esto que debemos planificar la Materia? 
¡La Materia! 
Ames interpretó las vibraciones energéticas de Brock como un tinte de disgusto. 
-¿Por qué no? -dijo-. Nosotros mismos fuimos Materia en otro tiempo, mucho tiempo... ¡Oh, quizás un trillón de años atrás! ¿Por qué no erigir objetos en un medio Material, o con formas abstractas, o... escucha, Brock... ¿por qué no construir una imitación nuestra en Materia, una Materia a nuestra imagen y semejanza, tal y como solíamos ser? 
-No recuerdo cómo fuimos -dijo Brock-. Nadie lo recuerda. 
-Yo lo recuerdo -dijo Ames con ímpetu-. No he pensado sino en eso y estoy comenzando a recordar. Brock, déjame que te lo muestre. Dime si obro bien. 
Dímelo. 
-No. Es ridículo. Es... repulsivo. 
-Déjame intentarlo, Brock. Hemos sido amigos; desde los comienzos pulsamos juntos nuestra energía, desde el momento en que llegamos a ser lo que ahora somos. ¡Por favor, Brock! 
-De acuerdo, pero rápido. 
Ames no había sentido tal temblor a lo largo de sus líneas de fuerza desde... ¿desde cuándo? Si lo intentaba ahora para Brock y obtenía fruto, se atrevería a manipular la Materia en presencia de la reunión de seres Energéticos que durante tanto tiempo esperaban algo nuevo. 
La Materia permanecía raía entre las galaxias, pero Ames la reuniría, la conjuntaría más allá de los años-luz, escogiendo los átomos, dotándola de consistencia y conformándola en sentido ovoide. 
-¿No lo recuerdas, Brock? -preguntó suavemente-. ¿No era algo parecido? 
El vórtice de Brock tembló al entrar en fase. 
-No me obligues a recordar. No recuerdo nada. -Había una cúspide y ellos la llamaban cabeza. Lo recuerdo tan claramente como te lo digo ahora. -Esperó y luego continuó-: Mira, ¿recuerdas eso? 
Sobre la cima del ovoide apareció la CABEZA. 
-¿Qué es? -preguntó Brock. 
-La palabra que designa la cabeza. Los símbolos que significan la palabra sonora. 
Dime qué recuerdas, Brock. 
-Hay algo más -dijo Brock con dudas-, algo en medio. -Una forma abultada surgió. 
-¡Sí! -dijo Ames-. ¡Es la nariz!- Y la palabra NARIZ apareció en su lugar-. Y también había ojos en otra parte... OJO IZQUIERDO... OJO DERECHO. 
Ames contempló lo que había conformado, sus líneas de fuerza pulsando lentamente. ¿Estaba seguro de que era así? 
-Boca -dijo luego-, y mandíbula, y nuez de Adán, y clavículas. ¿Cómo si no podrían venir las palabras hasta mi? -Y todo esto apareció en la forma ovoide. 
-No había pensado en estas cosas desde hace cientos de billones de años -dijo Brock-. ¿Por qué haces que las recuerde? ¿Por qué? 
Ames permanecía sumido momentáneamente en sus pensamientos. 
-Algo más. Órganos para oír. Algo para recoger los sonidos. ¡Oídos! ¿Dónde estaban? ¡No puedo recordar dónde estaban! 
-iDéjalo estar! gritó Brock-. iOlvídate de los oídosl y todo lo demas! iNo recuerdes! 
¿Qué hay de malo en recordar? -dijo Ames, desconcertado. 
-El exterior no era rugoso y frío como eso, sino cálido y suave. Los ojos respiraban ternura y estaban vivos y los labios de la boca temblaban y eran blandos sobre los míos. -Las líneas de fuerza de Brock golpeaban y se agitaban, golpeaban y se 
agitaban. 
¡Lo lamento! -dijo Ames. ¡Lo lamento! 
-Me has recordado que en otro tiempo fui mujer y supe amar; esos ojos hacían algo mas que mirar y no había nadie que lo hiciera por mi... 
Con violencia, ella añadió una porción de materia a la rugosa y áspera cabeza y dijo: 
-Ahora, déjalos que lo hagan -y desapareció. 
Y Ames vio y recordó que en otro tiempo, también, fue un hombre. La fuerza de su vórtice partió la cabeza en dos y se lanzó a través de las galaxias siguiendo huellas de la energía de Brock, de vuelta a la infinita amenaza de la vida.  
Y los ojos de la hendida cabeza de Materia todavía centelleaban con lo que Brock había colocado allí en representación de las lágrimas. La cabeza de Materia hizo lo que los seres de energía ya no podían hacer y lloraron por toda la humanidad y por la frágil belleza de los cuerpos que otrora fueron, un trillón de años atrás. 

La tristeza de Cornelius Berg - Marguerite Yourcenar


Desde que había regresado a Amsterdam, Cornelius Berg vivía en una posada. A menudo cambiaba de alojamiento, se mudaba cuando tenía que pagar el alquiler aunque a veces pintaba pequeños retratos, cuadros de costumbres por encargo y fragmentos de desnudos, por aquí y por allá, para algún aficionado; y buscaba, a lo largo de las calles, la oportunidad de pintar un cartel. 

Por desgracia, su mano temblaba y tenía que cambiar con frecuencia los cristales de sus anteojos por otros más gruesos; y el vino, al que se había aficionado en Italia, acababa de arrebatarle, junto con el tabaco, la poca seguridad que todavía conservaba su pincelada y de la cual seguía presumiendo. 

Despechado, se negaba entonces a entregar su obra, echaba a perder todo con demasiados retoques o raspados, hasta que terminaba por abandonar su trabajo.

Pasaba largas horas en el fondo de las tabernas llenas de humo como la conciencia de un borracho, en donde algunos de los antiguos alumnos de Rembrandt, que antaño habían sido condiscípulos suyos, le pagaban la bebida con la esperanza de que les relatara sus viajes. 

Pero los países polvorientos de sol por donde Cornelius había paseado sus pinceles y sus bolsas de colores se revelaban con menos precisión en su memoria de lo que lo habían hecho en sus proyectos del porvenir; y además, ya no tenía facilidad, como en su juventud, de ingeniar aquellas bromas picantes que hacían reír por lo bajo a las sirvientas. 

Los que se acordaban del vivaz Cornelius de otros tiempos se extrañaban de hallarlo tan taciturno; sólo la embriaguez le soltaba la lengua, pero entonces emitía discursos incomprensibles. Se sentaba con la cara vuelta hacia la pared, el sombrero echado sobre los ojos, para no ver a la gente que, según decía, le repugnaba. 

Cornelius, el viejo pintor de retratos que vivió mucho tiempo en una buhardilla de Roma, había escrutado detenidamente a lo largo de su vida la expresión de los rostros humanos; y ahora se apartaba de ellos con una terrible indiferencia. Incluso llegaba a decir que ya no le gustaba pintar a los animales porque se parecían demasiado a los hombres. 

Parecía que le llegara el genio conforme iba perdiendo el poco talento que poseía. Se instalaba frente a su caballete, en su desordenado desván, colocaba a su lado una hermosa fruta exótica que costaba muy caro, y a la que era necesario reproducir en el lienzo a toda prisa, antes de que su piel brillante perdiera la frescura; o bien, colocaba un simple caldero o mondaduras. 

Una luz amarillenta inundaba la habitación; la lluvia lavaba humildemente los cristales; la humedad estaba en todas partes. El elemento húmedo hinchaba, bajo la forma de savia, la esfera granulosa de la naranja, levantaba el artesonado que crujía un poco, y opacaba el cobre del caldero. 

Pero muy pronto, Cornelius dejaba reposar sus pinceles: sus dedos torpes, tan dispuestos antaño a pintar encargos de Venus recostadas o de Jesuses de barba rubia bendiciendo a niños desnudos y a mujeres envueltas en mantos, renunciaban a reproducir en la tela aquella doble corriente luminosa y húmeda que impregnaba las cosas y empañaba el cielo. 

Sus manos deformadas adquirían, al tocar los objetos que ya no pintaba, todas las solicitudes de la ternura. Por la calle triste de Amsterdam, soñaba con campos temblorosos de rocío, más bellos que las orillas crepusculares del Anio, aunque desiertos, demasiado sagrados para el hombre. 

Aquel anciano, como hinchado por la miseria, parecía sufrir de hidropesía en el corazón. Cornelius Berg, que pintaba con ligereza cuadros lamentables, igualaba a Rembrandt con sus sueños.

No tenía relaciones con la familia que aún le quedaba. Algunos de sus parientes ni siquiera lo habían reconocido; otros, fingían ignorarlo. El único que lo saludaba todavía era el Síndico de Haarlem.

Trabajó durante toda la primavera en aquella ciudad clara y limpia, donde lo empleaban para pintar los falsos recubrimientos de madera en las paredes de la iglesia. Por la noche, terminada su tarea, no rehusaba entrar en la casa de aquel hombre viejo dulcemente embrutecido por las rutinas de una existencia sin azares, que no sabía nada de arte, y que vivía solo, entregado por completo a los solícitos cuidados de una sirvienta. 

Empujaba la frágil barrera de madera pintada: en el jardincito, cerca del canal, el enamorado de los tulipanes lo esperaba entre las flores. Cornelius no se apasionaba por aquellos bulbos inestimables, pero era hábil para distinguir hasta el mínimo detalle de sus formas o de los matices de sus colores; y sabía que el viejo Síndico lo invitaba a su casa sólo para saber su opinión sobre las variedades que iba logrando. 

Nadie habría podido designar con palabras la infinita diversidad de blancos, azules, rosas y malvas. Esbeltos, rígidos, los cálices patricios brotaban de la tierra rica y negra: un olor a tierra húmeda flotaba solamente sobre aquellas floraciones sin perfume. 

El viejo Síndico ponía una vasija sobre sus rodillas y, sosteniendo el tallo entre dos dedos como por la cintura, hacía, sin decir nada, admirar aquella delicada maravilla. Intercambiaban pocas palabras. Cornelius Berg daba su opinión con un movimiento de la cabeza.

Aquel día, el Síndico estaba feliz de haber logrado una nueva variedad más rara que las otras: la flor, blanca y violácea, casi poseía las estriaciones de un lirio. La observaba con detenimiento, le daba vueltas por todas partes, y poniéndola a sus pies dijo:
-Dios es un gran pintor.
Cornelius Berg no respondió. El apacible anciano prosiguió:
-Dios es el pintor del universo.

Cornelius Berg miraba alternativamente la flor y el canal. Aquel empañado espejo plomizo reflejaba únicamente arriates, muros de ladrillo y la ropa tendida por las lavanderas; pero el viejo vagabundo, cansado, contemplaba imprecisamente en él toda su vida. 

Recordaba determinados rasgos de algunas fisonomías vislumbradas en sus largos viajes: el Oriente sórdido, el Sur desalineado, las expresiones de avaricia, de estupidez o de ferocidad vistas bajo tantos cielos hermosos; los refugios miserables, las enfermedades vergonzosas, las riñas a navajazos a la puerta de las tabernas, el rostro seco de los prestamistas, y el extraordinario cuerpo de su modelo Frédérique Gerritsdochter, tendido sobre la mesa de anatomía de la Escuela de Medicina de Friburgo. 

Luego, otro recuerdo le vino a la mente: En Constantinopla, donde había pintado algunos retratos de Sultanes para el embajador de las Provincias Unidas, tuvo la oportunidad de admirar otro jardín de tulipanes, orgullo y deleite de un bajá, que contaba con el pintor para inmortalizar, en su breve perfección, su harem floral. 

En el interior de un patio de mármol, palpitaban los tulipanes, se habría podido decir que susurraban, con sus colores brillantes o suaves. Cantaba un pájaro posado en la pileta de una fuente. Las copas de los cipreses agujereaban el cielo pálidamente azul. 

Pero el esclavo que por orden de su dueño enseñaba al extranjero aquellas maravillas era tuerto y sobre su ojo perdido recientemente se acumulaban las moscas. Entonces, Cornelius Berg, quitándose los anteojos exclamó:
-Es verdad, Dios es el pintor del universo.
Y luego, añadió en voz baja con amargura:
-Pero qué pena, señor Síndico, que Dios no se haya limitado a pintar paisajes.



Las noches de las guitarras rotas - Amparo Dávila

Una tarde de sábado, de esas en las que uno sale a comprar cualquier cosa, o simplemente a vagar horas y horas por el centro de la ciudad y se detiene en cada aparador observando cuidadosamente todos y cada uno de los objetos como si entre ellos se fuera a encontrar una ganga, o alguna otra cosa largo tiempo buscada, mis hijas y yo caminábamos por el pasaje que se encuentra detrás de la Catedral, rumbo al expendio de los herbolarios. Al pasar frente a un comercio de instrumentos musicales donde había violines, chelos, bongos, maracas y, especialmente, guitarras de todos los tamaños, clases y precios, mis niñas se detuvieron embelesadas:

— ¡Mira qué linda guitarrita! — exclamó Jaina—. Cómpramela, Shábada.

—No puedo ahora, mi vida.

—Sí, Shábada, cómpranos una —pidió también Loren.

—No traigo dinero, niñas.

—Entonces, ¿con qué vas a pagar todas las hierbas que compres? (Jaina sabe muy bien que entre mis grandes aficiones está la de comprar toda hierba, semilla, raíz o corteza que tenga nombre raro o leyenda sobre sus facultades medicinales. Con ellas preparo bastantes cosas, pero especialmente maceraciones y tisanas que bebo, la mayoría de las veces, llevada por la curiosidad de conocer su sabor y comprobar, al mismo tiempo, si son verdaderas o supuestas las cualidades curativas que se les atribuyen. 

A través de la larga experiencia que tengo en estas indagaciones debo confesar que, algunas de las veces en que ensayo brebajes exóticos o poco conocidos, he llegado a sufrir desde leves intoxicaciones hasta serios envenenamientos; pero, no por eso disminuye el vivo interés que siempre he tenido por la investigación de las plantas medicinales ni el asombro ante la comprobación de sus virtudes.)

Las hierbas cuestan muy poco —aclaré a Jaina.

- Pero tú compras cientos, Shábada...

Mientras Jaina y yo discutíamos, Loren tomó una de las guitarritas que estaban sobre un mostrador junto con los bongos y las maracas, y comenzó rascar las cuerdas para averiguar si tenían sonido como las grandes, o sólo eran de juguete.

—Deja esa guitarra, Loren. Les prometo que vendremos a comprar una el próximo sábado.

—¡Qué bonito cutis tiene...!

Miré hacia todos lados buscando de dónde salía aquella voz que había sonado tan suave.

—¿Ha de usar cremas muy caras, verdad?

Entonces la descubrí sentada detrás de uno de los mostradores al fondo de la tienda, casi escondida entre ese mundo de instrumentos, y no pude menos que sentirme totalmente fascinada por aquella mujer que parecía una auténtica muñeca de los veinte. 

Era de tez apiñonada, con una impresionante palidez, que le hacía a uno recordar La montaña mágica o La dama de las camelias. Al acercarme más, observé que esa exagerada palidez se debía, en parte, a los polvos demasiado claros para su tono de piel y usados en exceso. Y en aquel marco encalado resaltaban notablemente sus enormes ojos negros y unas profundas ojeras violáceas que le daban un misterioso atractivo. 

La ceja era sólo una línea de lápiz negro a lo Jean Harlow y la boca pintada de rojo encendido en forma de corazón, "as de corazones rojos, boquita de una mujer..." Llevaba el pelo castaño oscuro peinado muy liso y recogido hacia atrás en una especie de moño a medio hacer, o que estaba a punto de deshacerse. Lo más increíble de todo era su traje: un vestido de terciopelo granate, tan gastado por el uso que en algunas partes casi no tenía pelo, con olanes de gasa color crudo en el cuello y en las mangas.

—No lo crea —le contesté, cuando logré salir un poco del estupor que su aspecto me produjo y de una extraña sensación que comencé a sentir al verla, como si el tiempo diera marcha atrás y yo hubiera estado alguna vez conversando la misma intrascendente charla con esa mujer, en la época de la que ella era fiel retrato.

— ¿Qué se pone entonces?

—Lociones y cremas que yo misma preparo.

—Y también tomas, Shábada —agregó Jaina.

—Porque, sabe usted, yo soy de Guadalajara —empezó, de pronto, a contarme la mujer sin ningún preámbulo— y allí yo usaba varias cremas, jabones, lociones y muchas otras cosas que una amiga de mis tías me enseñó a preparar. 

El esposo de esa señora, que era alemán, había trabajado en su juventud como químico en un laboratorio de cosméticos de Berlín. Cuando vino a México puso una ferretería en Guadalajara y se casó con la amiga de mis tías. Si usted hubiera visto cuántos libros tenía y las fórmulas tan magníficas que había en ellos; pero se me han ido olvidando las recetas, confiando en la memoria nunca tuve la precaución de anotarlas, y hace tiempo que ya no uso casi nada. 

Al verla —añadió con un dejo de melancolía—, no pude menos que fijarme en su cutis tan limpio y terso. A mí se me han empezado a abrir los poros de la nariz... ¡Si viera usted qué buen cutis tenía...! Bueno, los años pasan y uno...

— ¿No usa usted el romero?

— ¿El romero? Lo usé, claro está, es de lo mejor...

—Y la siempreviva, ¿la conoce?

—Sólo he oído hablar de sus propiedades; pero nunca logré saber cómo usarla. ¿Lo sabe usted?

—Sí, sólo que hay varias maneras de prepararla; todo depende de las particularidades de cada tipo de piel. Como yo vengo seguido por aquí, le voy a copiar algunas de las fórmulas que tengo, para que usted elija la que le parezca más conveniente.

En ese momento se quedó pensativa como tratando de recordar algo y se fue muy lejos, se ausentó tanto que yo ya me disponía a marcharme, cuando dijo de pronto:

—Una cosa que es verdaderamente magnífica para los párpados hinchados es la infusión de rosas, porque sabe usted, a veces uno chilla por las noches y al día siguiente los ojos amanecen hechos un desastre, bien abotagados. Pero con unos fomentos de infusión de rosas, apenas tibia, se desinflaman luego, luego...

Vi entonces, en lo oscuro de la noche, a aquella muñeca de los veintes llorando en silencio sobre una dura y fría almohada, e involuntariamente fijé la vista en las ojeras violáceas tan marcadas y profundas. No pude menos que pensar en lo desdichada que debía ser aquella extraña criatura para llorar así a mitad de la noche.

—Usted no ha de llorar seguido, no tiene los párpados hinchados —y me observaba con detenimiento—, pero si algún día... Mire, se pone en la lumbre un pozuelito así —con la mano me indicó el tamaño del jarro—, con la mitad de agua, a calentar a fuego lento, muy lento, y al soltar el hervor se le agregan los pétalos de las rosas, y entonces se tapa y se deja reposar un buen rato...

Ninguna de las dos, ni ella ni yo, nos habíamos dado cuenta de que mientras platicábamos tan entusiasmadas mis hijas probaban una guitarra tras otra, o bien sonaban un bongó con una mano y con la otra una maraca, o ensayaban los violines sacándoles sonidos destemplados, cuando una voz como un trueno, o un rugido, cortó de golpe nuestro diálogo, con tal violencia y en una forma tan sorpresiva, que yo sentí como si aquella interrumpida conversación quedara ahora relegada a un remotísimo pasado.

—¡Dejen allí, niñas, dejen, dejen, dejen las cosas en su lugar, no toquen más, que no toquen nada! ¿Me oyen? ¡Han manoseado todo, desarreglándolo, ensuciándolo, estropeándolo, dejando pintados sus dedos mugrosos, y ella allí, mirando sin importarle nada! ¡Claro!; no le han costado ni un solo centavo, que se acaben, sí, que se acabe todo, todo, ¡qué importa!, pero ella sentada allí cómodamente, platicando encantada de la vida, dejando que cojan todas mis cosas y las llenen de dedos, de chicle, de babas, ¿qué he hecho?, ¿qué cosa he hecho yo para merecer esto?, ¿por qué mis cosas?, mis cosas, sí, lo mío, y la señora platicando, sin importarle nada, nada, ¿por qué?, ¿por qué, Dios mío...?

Mis hijas se quedaron inmóviles, sorprendidas y aterrorizadas por aquella voz y la forma tan brutal en que se les privaba de su entretenimiento; después depositaron tímidamente sobre el mostrador los instrumentos musicales que tenían en las manos. También yo confieso que me asustó y desconcertó bastante aquella irrupción tan violenta y el tono de voz tan colérico y deshumanizado, en el momento en que menos se esperaba. Ella, la muñeca morena, se estremeció de pies a cabeza, con un sacudimiento de terror incontrolado, y enmudeció.

Creo que involuntariamente cerré los ojos al escuchar todas las cosas que aquel hombre profería a gritos; tal vez, ahora pienso, que el estallido de esa horrible voz, como una luz hiriente, me hizo cerrar los ojos al descender de golpe a una realidad no esperada. 

Al abrirlos vi junto a la vitrina donde yo estaba recargada, unos toscos pies calzados con zapatos muy maltratados y sucios. Y al levantar la vista encontré un cuerpo corpulento, convulsionado por la ira, que manoteaba grotescamente o se mesaba los cabellos, y al gritar accionaba y se agitaba de tal manera como si fuera a llegar al frenesí: los brazos retorcidos, las facciones contraídas, distorsionadas, los ojos extraviados. 

No supe bien a bien cómo era su rostro, porque como atraída por un imán toda mi atención se detuvo en unos ojos que se entrecerraban y se empequeñecían como los de las serpientes cuando van a atacar y de ellos salía una mirada helada que penetraba hasta los mismos huesos.

Mis niñas se habían pegado completamente a mí y sentí sus manitas húmedas que buscaban protección.

Sin decir una palabra nos alejamos de allí, no sin antes mirar por última vez a la muñeca vestida de terciopelo granate y boca de corazón. Pero ella miraba ya sin mirar, se había ido, perdiéndose por los sombríos túneles del miedo y el desencanto; hasta llegar a lo profundo de la noche, donde silenciosa y desesperadamente lloraba y lloraba empapando la almohada; hasta que la luz del amanecer entrara a través de la roída cortina encontrando, sobre el piso de la mísera alcoba, los pedazos de unas guitarras rotas y los fragmentos de aquella muñeca triste.

El tutú - Paul Fournel

Josette Baconnier nunca tuvo edad de bailar. Había nacido en una familia de temperamento y de gustos rústicos, en la que cada día le prometían que bailaría al día siguiente. Cuando el día siguiente llegó y pudo ir a su primer baile, conoció al hombre de su vida, que se casó con ella tras haber bailado juntos un único tango. Le reclamó otros más, pero su esposo, que era el mejor hombre del mundo, respondía a todos sus pedidos con un lacónico: «Ya no es propio de nuestra edad».
Josette se acostumbró a la idea de que era muy vieja para bailar... Aunque eso no hizo, que el deseo desapareciera.
Pensó que la maternidad la curaría definitivamente y lo cierto es que en los últimos meses de su primer embarazo no soñó más con cabriolas, pero, no bien hubo nacido su hijo, se vio forzada a admitir que el deseo había regresado. Y después del nacimiento del tercero, este era más fuerte aún.
Tuvo, pues, que vivir con él.
Decidió bailar a escondidas.
Hizo el cálculo de los momentos de soledad disponibles en el día, y pensó en aprovecharlos. Podía trabajar, a grandes rasgos, dos medias horas por día.
Cada mañana bajaba antes que los demás para preparar el desayuno en la cocina. Era el mejor momento. Mientras miraba hervir la leche, hacía ejercicios de barra empleando el borde de la mesa. Los hacía tan intensamente como su robustez se lo permitía, y lo más suavemente posible para no despertar a toda la casa. Su único pesar era que debía hacerlos en pantuflas; las zapatillas de satén, asomando de su bata de nylon guatineado, no habrían dejado de llamar la atención. Para atenuar su decepción, tenía la costumbre, antes de empezar, de fingir que anudaba en torno a sus pantorrillas los lazos rosas de sus zapatillas imaginarias. Era el gesto mágico que le permitía entrar en la realidad de su sueño.
Los ejercicios matutinos eran muy rigurosos. Se imponía a sí misma una serie de ejercicios de estiramiento, luego algunas series de fouettés y de entre-chats. La fantasía y la improvisación estaban excluidas.
Al bajar por la escalera, unos veinte minutos más tarde, sus hijos y su marido la encontraban sentada a la mesa, tranquila, la tez rozagante y el apetito abierto.
En su jornada había un segundo momento de relativa calma al regresar del trabajo, al final de la tarde, antes de que su esposo volviese y mientras sus hijos hacían los deberes en la primera planta. Entonces daba rienda suelta a su pasión, pero nunca sobrepasaba los límites de la alfombra que sofocaba el ruido de sus saltos.
Al principio, no se sentía muy segura de su técnica y no se atrevía a comprar libros que hubiesen traicionado su secreto. Se las arregló por lo tanto como pudo hasta el bendito día en que su única hija, Micheline, cumplió los seis años.
Con la excusa de que una niña debe saber bailar y que no debe aprender en cualquier lugar, fue a la ciudad y visitó todos los cursos de danza que encontró. No era sectaria: le gustaba la danza en general y se dirigió tanto a las salas de danza clásica como a las de danza moderna, popular o jazz.
Fue como un cuento de hadas.
La pesquisa duró dos sábados que para Josette Baconnier fueron días inolvidables. Con su hija aterrorizada, aferrada a su falda, vio desfilar unas legiones de ratitas en tutú corto, unas oleadas de bailarinas, delgadas como juncos y con casacas de color. En la roja penumbra de un curso de tango, vio ondular vestidos con volantes, vio combarse unas espaldas de toreros, vio brillar unos ojos achinados.
Por todas partes oía una música atronadora, esa música esencial de la que se hallaba privada. Ya que estaba fuera de toda cuestión que ella pusiera un disco durante sus sesiones de trabajo, excluido incluso canturrear una melodía o contar en voz alta los compases.
Aprovechó su pesquisa para archivar la mayor cantidad de imágenes posibles, para almacenar una provisión de movimientos inéditos que a continuación repetía delante del horno.
Escogió para su hija un curso de danza clásica y la acompañó a su primera lección. Muy pronto tuvo que rendirse ante las pruebas: Micheline era pata dura y nada en ella dejaba prever una futura estrella de la Ópera de París.
A la pequeña, de hecho, le gustaba muy poco el ejercicio, se aburría mortalmente y no entendía qué interés podía haber en estirar de esa forma los músculos de los muslos.
Pero era una buena niña y se esforzó.
Josette aprendió mucho.
Observaba tanto, tanto, y participaba con tal ardor interior que acababa las lecciones más molida que su hija.
Pronto se convirtió en una especialista en ballet clásico. Mientras Micheline se duchaba y repeinaba, ella asistía a los cursos de las mayores que preparaban una gran fiesta de fin de año.
La televisión también era para Josette una fuente de valiosas informaciones. Sin embargo debía utilizarla con más precaución. Cada vez que unas bailarinas aparecían en la tele, su marido decía:
-¡Mira cómo gesticulan las imbéciles!
Frase que sus hijos repetían, por supuesto, para imitar a papá.
Ella, por norma, solía ubicarse de pie, detrás del sofá en el que todos se hallaban apoltronados, para que no pudieran ver brillar sus ojos, y no se perdía ni una migaja del espectáculo. Así fue como descubrió a Bejart, Carolyn Carlson, las estrellas del Bolshoi, Jorge Donn, Maia Plisetskaia y Les Clodettes.
Una noche, una bailarina ejecutó un movimiento tan perfecto y tan curioso que no pudo resistirse a la tentación de intentarlo en el acto. Se lanzó, lo más discretamente que pudo, y cayó redonda detrás del sofá. Había calculado mal su impulso.
Afortunadamente para ella, la familia pensó en una descompostura, la tendieron sobre el sofá, le pusieron en la frente unas compresas de agua fría.
Desafortunadamente para ella, apagaron también el televisor.
Su hija cumplió quince años. Su figura se afinó, sus piernas se alargaron y encontró un lugar entre las «grandes». Llegado el momento, preparó una gala.
Josette se fue agotando. Ensayaba mentalmente de la mañana a la noche cada encadenamiento, le angustiaba la idea de un público, tenía miedo de que las compañeritas no estuvieran a la altura...
A cuatro meses del acontecimiento, decidió no perder ni un minuto más y confeccionar ella el tutú romántico. Trabajó sin tregua. Y, como su hija no estaba allí, se lo probó ella misma.
La gala iría tal vez a convertir a su marido. A lo mejor, viendo bailar a su hija, se dejaría llevar y cambiaría de parecer; a lo mejor pronto tendría un hogar lleno de música, en el cual todos podrían bailar a su antojo...
Cuando Micheline llegó en el ómnibus del sábado, Josette se abalanzó sobre ella, la arrastró a su habitación y, radiante, le entregó el tutú.
La jovencita no mostró entusiasmo alguno.
La decepción de Josette fue terrible. Pero recibió otro golpe aún más terrible: Micheline le anunció con calma su irrevocable decisión de no participar en la gala y de no bailar más.
Fue un duro impacto.
Josette envolvió cuidadosamente el tutú en un papel suave, lo guardó en el armario del espejo y no habló nunca más del tema. Durante todo el fin de semana, apretó en su bolsillo un pañuelo hecho una bola y refunfuñó bastante.
No estaba enfadada con ella, pero le parecía una pena haber llegado tan lejos y abandonar sólo a pocas semanas de la gala...
Debió pasar algún tiempo para que se recobrara de la decepción.
Ya no tenía ningún motivo para asistir a los cursos y, sin pasión, se puso a bailar en sus recuerdos.
Josette, volvió a tener coraje el día en que el menor de sus hijos partió también a la ciudad. Entonces pudo darse el lujo de correr el sofá y de poner música. Tuvo la sensación de estar haciendo serios progresos. Josette estaba de visita en casa de una amiga cuando su marido murió por culpa de un pequeño mal paso en un andamio. La vinieron a buscar y corrió a toda prisa hasta la obra, sin ponerse ni siquiera el impermeable.
Sintió una pena espeluznante.
No había pensado que la muerte fuese así. Se habría quedado con gusto a solas con su esposo por algunas horas, pero no tuvo ni un segundo libre.
Debió arreglar los detalles del entierro, hacerle firmar los papeles al doctor, lavar el cuerpo, vestirlo, ordenar la casa, encargarse de las flores, conseguir la capilla ardiente, avisar a la familia y sobre todo soportar las condolencias de todas y de todos, detenerse mil veces para escucharse decir que era una desgracia, que los mejores son quienes parten primero...
Se refregaba los ojos, respiraba hondo y partía rumbo a sus obligaciones.
Durante todo el día, una idea la persiguió: se odiaba por no haber sido más perfecta con su esposo. Se odiaba en especial por no haberle dicho todo y por haber guardado en secreto una parte tan importante. Cien veces había tenido la intención de confesarle todo, y cien veces la había pospuesto. Ya sentía instalarse un nudo de remordimientos, con el cual tendría que convivir en adelante.
La jornada pasó como un remolino.
Micheline y los varones llegarían al día siguiente.
Hubo tanto y tanto que hacer que Josette sólo tuvo unrespiro después de medianoche.
El pueblo estaba dormido. La capilla ardiente ponía una mancha de luz anaranjada en la casa silenciosa y negra.
Josette permaneció largo rato en el umbral de la pieza, a solas por primera vez. Gruesas lágrimas silenciosas corrían por sus mejillas. No sentía más el cansancio, de tan cansada que estaba, y los remordimientos, allá en la penumbra, resurgían para torturarla.
Después de un largo momento mirando el cadáver, se dirigió al armario apoyando apenas las puntas de sus pantuflas. Se desvistió frente al espejo, conservando tan sólo sus bragas y su camiseta de tricota. Abrió la puerta y extrajo del papel el preciado tutú.
Lo ató a su cintura, tiró hacia atrás los cabellos que sujetó con ayuda de una peineta y le ofreció a su esposo muerto su primera gala.
Le mostró todo cuanto había aprendido, todo cuanto sabía, bailó mejor que en un sueño, mejor que con un disco...
Su tutú, al girar, hacía mecer las llamas de los cirios, alargando su sombra en las paredes.
Mantuvo los ojos cerrados, la cabeza gacha, los bazos arqueados. Los fouettés borraron toda fatiga, las puntas alejaron sus temores.
Tenía en su cabeza toda la vida y toda la música posibles, todos los violines de Viena, todas las orquestas de todas las óperas, e iba llenando la habitación silenciosa con el terrible crujido de sus rodillas.