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La tristeza de Cornelius Berg - Marguerite Yourcenar


Desde que había regresado a Amsterdam, Cornelius Berg vivía en una posada. A menudo cambiaba de alojamiento, se mudaba cuando tenía que pagar el alquiler aunque a veces pintaba pequeños retratos, cuadros de costumbres por encargo y fragmentos de desnudos, por aquí y por allá, para algún aficionado; y buscaba, a lo largo de las calles, la oportunidad de pintar un cartel. 

Por desgracia, su mano temblaba y tenía que cambiar con frecuencia los cristales de sus anteojos por otros más gruesos; y el vino, al que se había aficionado en Italia, acababa de arrebatarle, junto con el tabaco, la poca seguridad que todavía conservaba su pincelada y de la cual seguía presumiendo. 

Despechado, se negaba entonces a entregar su obra, echaba a perder todo con demasiados retoques o raspados, hasta que terminaba por abandonar su trabajo.

Pasaba largas horas en el fondo de las tabernas llenas de humo como la conciencia de un borracho, en donde algunos de los antiguos alumnos de Rembrandt, que antaño habían sido condiscípulos suyos, le pagaban la bebida con la esperanza de que les relatara sus viajes. 

Pero los países polvorientos de sol por donde Cornelius había paseado sus pinceles y sus bolsas de colores se revelaban con menos precisión en su memoria de lo que lo habían hecho en sus proyectos del porvenir; y además, ya no tenía facilidad, como en su juventud, de ingeniar aquellas bromas picantes que hacían reír por lo bajo a las sirvientas. 

Los que se acordaban del vivaz Cornelius de otros tiempos se extrañaban de hallarlo tan taciturno; sólo la embriaguez le soltaba la lengua, pero entonces emitía discursos incomprensibles. Se sentaba con la cara vuelta hacia la pared, el sombrero echado sobre los ojos, para no ver a la gente que, según decía, le repugnaba. 

Cornelius, el viejo pintor de retratos que vivió mucho tiempo en una buhardilla de Roma, había escrutado detenidamente a lo largo de su vida la expresión de los rostros humanos; y ahora se apartaba de ellos con una terrible indiferencia. Incluso llegaba a decir que ya no le gustaba pintar a los animales porque se parecían demasiado a los hombres. 

Parecía que le llegara el genio conforme iba perdiendo el poco talento que poseía. Se instalaba frente a su caballete, en su desordenado desván, colocaba a su lado una hermosa fruta exótica que costaba muy caro, y a la que era necesario reproducir en el lienzo a toda prisa, antes de que su piel brillante perdiera la frescura; o bien, colocaba un simple caldero o mondaduras. 

Una luz amarillenta inundaba la habitación; la lluvia lavaba humildemente los cristales; la humedad estaba en todas partes. El elemento húmedo hinchaba, bajo la forma de savia, la esfera granulosa de la naranja, levantaba el artesonado que crujía un poco, y opacaba el cobre del caldero. 

Pero muy pronto, Cornelius dejaba reposar sus pinceles: sus dedos torpes, tan dispuestos antaño a pintar encargos de Venus recostadas o de Jesuses de barba rubia bendiciendo a niños desnudos y a mujeres envueltas en mantos, renunciaban a reproducir en la tela aquella doble corriente luminosa y húmeda que impregnaba las cosas y empañaba el cielo. 

Sus manos deformadas adquirían, al tocar los objetos que ya no pintaba, todas las solicitudes de la ternura. Por la calle triste de Amsterdam, soñaba con campos temblorosos de rocío, más bellos que las orillas crepusculares del Anio, aunque desiertos, demasiado sagrados para el hombre. 

Aquel anciano, como hinchado por la miseria, parecía sufrir de hidropesía en el corazón. Cornelius Berg, que pintaba con ligereza cuadros lamentables, igualaba a Rembrandt con sus sueños.

No tenía relaciones con la familia que aún le quedaba. Algunos de sus parientes ni siquiera lo habían reconocido; otros, fingían ignorarlo. El único que lo saludaba todavía era el Síndico de Haarlem.

Trabajó durante toda la primavera en aquella ciudad clara y limpia, donde lo empleaban para pintar los falsos recubrimientos de madera en las paredes de la iglesia. Por la noche, terminada su tarea, no rehusaba entrar en la casa de aquel hombre viejo dulcemente embrutecido por las rutinas de una existencia sin azares, que no sabía nada de arte, y que vivía solo, entregado por completo a los solícitos cuidados de una sirvienta. 

Empujaba la frágil barrera de madera pintada: en el jardincito, cerca del canal, el enamorado de los tulipanes lo esperaba entre las flores. Cornelius no se apasionaba por aquellos bulbos inestimables, pero era hábil para distinguir hasta el mínimo detalle de sus formas o de los matices de sus colores; y sabía que el viejo Síndico lo invitaba a su casa sólo para saber su opinión sobre las variedades que iba logrando. 

Nadie habría podido designar con palabras la infinita diversidad de blancos, azules, rosas y malvas. Esbeltos, rígidos, los cálices patricios brotaban de la tierra rica y negra: un olor a tierra húmeda flotaba solamente sobre aquellas floraciones sin perfume. 

El viejo Síndico ponía una vasija sobre sus rodillas y, sosteniendo el tallo entre dos dedos como por la cintura, hacía, sin decir nada, admirar aquella delicada maravilla. Intercambiaban pocas palabras. Cornelius Berg daba su opinión con un movimiento de la cabeza.

Aquel día, el Síndico estaba feliz de haber logrado una nueva variedad más rara que las otras: la flor, blanca y violácea, casi poseía las estriaciones de un lirio. La observaba con detenimiento, le daba vueltas por todas partes, y poniéndola a sus pies dijo:
-Dios es un gran pintor.
Cornelius Berg no respondió. El apacible anciano prosiguió:
-Dios es el pintor del universo.

Cornelius Berg miraba alternativamente la flor y el canal. Aquel empañado espejo plomizo reflejaba únicamente arriates, muros de ladrillo y la ropa tendida por las lavanderas; pero el viejo vagabundo, cansado, contemplaba imprecisamente en él toda su vida. 

Recordaba determinados rasgos de algunas fisonomías vislumbradas en sus largos viajes: el Oriente sórdido, el Sur desalineado, las expresiones de avaricia, de estupidez o de ferocidad vistas bajo tantos cielos hermosos; los refugios miserables, las enfermedades vergonzosas, las riñas a navajazos a la puerta de las tabernas, el rostro seco de los prestamistas, y el extraordinario cuerpo de su modelo Frédérique Gerritsdochter, tendido sobre la mesa de anatomía de la Escuela de Medicina de Friburgo. 

Luego, otro recuerdo le vino a la mente: En Constantinopla, donde había pintado algunos retratos de Sultanes para el embajador de las Provincias Unidas, tuvo la oportunidad de admirar otro jardín de tulipanes, orgullo y deleite de un bajá, que contaba con el pintor para inmortalizar, en su breve perfección, su harem floral. 

En el interior de un patio de mármol, palpitaban los tulipanes, se habría podido decir que susurraban, con sus colores brillantes o suaves. Cantaba un pájaro posado en la pileta de una fuente. Las copas de los cipreses agujereaban el cielo pálidamente azul. 

Pero el esclavo que por orden de su dueño enseñaba al extranjero aquellas maravillas era tuerto y sobre su ojo perdido recientemente se acumulaban las moscas. Entonces, Cornelius Berg, quitándose los anteojos exclamó:
-Es verdad, Dios es el pintor del universo.
Y luego, añadió en voz baja con amargura:
-Pero qué pena, señor Síndico, que Dios no se haya limitado a pintar paisajes.



Cómo se salvó Wang‑Fô - Marguerite Yourcenar

    Avanzaban lentamente, pues WangFô se detenía durante la noche a contemplar los astros y durante el día a mirar las libélulas. No iban muy cargados, ya que WangFô amaba la imagen de las cosas y no las cosas en sí mismas, y ningún objeto del mundo le parecía digno de ser adquirido a no ser pinceles, tarros de laca y rollos de seda o de papel de arroz. 

    Eran pobres, pues WangFô trocaba sus pinturas por una ración de mijo y despreciaba las monedas de plata. Su discípulo Ling, doblándose bajo el peso de un saco lleno de bocetos, encorvaba respetuosamente la espalda como si llevara encima la bóveda celeste, ya que aquel saco, a los ojos de Ling, estaba lleno de montañas cubiertas de nieve, de ríos en primavera y del rostro de la luna de verano.

    Ling no había nacido para correr los caminos al lado de un anciano que se apoderaba de la aurora y apresaba el crepúsculo. Su padre era cambista de oro; su madre era la hija única de un comerciante de jade, que le había legado sus bienes maldiciéndola por no ser un hijo. Ling había crecido en una casa donde la riqueza abolía las inseguridades.

    Aquella existencia, cuidadosamente resguardada, lo había vuelto tímido: tenía miedo de los insectos, de la tormenta y del rostro de los muertos. Cuando cumplió quince años, su padre le escogió una esposa, y la eligió muy bella, pues la idea de la felicidad que proporcionaba a su hijo lo consolaba de haber llegado a la edad en que la noche sólo sirve para dormir. 

    La esposa de Ling era frágil como un junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Después de la boda, los padres de Ling llevaron su discreción hasta el punto de morirse, y su hijo se quedó solo en su casa pintada de cinabrio, en compañía de su joven esposa, que sonreía sin cesar, y de un ciruelo que daba flores rosas cada primavera. 

    Ling amó a aquella mujer de corazón límpido igual que se ama a un espejo que no se empaña nunca, o a un talismán que siempre nos protege. Acudía a las casas de té para seguir la moda, y favorecía moderadamente a bailarinas y acróbatas. Una noche, en una taberna, tuvo por compañero de mesa a WangFô. El anciano había bebido, para ponerse en un estado que le permitiera pintar con realismo a un borracho; su cabeza se inclinaba hacia un lado, como si se esforzara por medir la distancia que separaba su mano de la taza. 

    El alcohol de arroz desataba la lengua de aquel artesano taciturno, y aquella noche, Wang hablaba como si el silencio fuera una pared y las palabras unos colores destinados a embadurnarla. Gracias a él, Ling conoció la belleza que reflejaban las caras de los bebedores, difuminadas por el humo de las bebidas calientes, el esplendor tostado de las carnes lamidas de una forma desigual por los lengüetazos del fuego, y el exquisito color de rosa de las manchas de vino esparcidas por los manteles como pétalos marchitos. 

   Una ráfaga de viento abrió la ventana; el aguacero penetró en la habitación. WangFô se agachó para que Ling admirase la lívida veta del rayo y Ling, maravillado, dejó de tener miedo a las tormentas.

    Ling pagó la cuenta del viejo pintor; como Wang‑Fô no tenía ni dinero ni morada, le ofreció humildemente un refugio. Hicieron juntos el camino; Ling llevaba un farol; su luz proyectaba en los charcos inesperados destellos: Aquella noche, Ling se enteró con sorpresa de que los muros de su casa no eran rojos, como él creía sino que tenían el color de una naranja que se empieza a pudrir. 

    En el patio, WangFô advirtió la forma delicada de un arbusto, en el que nadie se había fijado hasta entonces, y lo comparó a una mujer joven que dejara secar sus cabellos. En el pasillo, siguió con arrobo el andar vacilante de una hormiga a lo largo de las grietas de la pared, y el horror que Ling sentía por aquellos bichitos se desvaneció. Entonces, comprendiendo que WangFô acababa de regalarle un alma y una percepción nuevas, Ling acostó respetuosamente al anciano en la habitación donde habían muerto sus padres.

    Hacía años que WangFô soñaba con hacer el retrato de una princesa de antaño tocando el laúd bajo un sauce. Ninguna mujer le parecía lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling podía serlo, puesto que no era una mujer. Más tarde, WangFô habló de pintar a un joven príncipe tensando el arco al pie de un alto cedro. Ningún joven de la época actual era lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling mandó posar a su mujer bajo el ciruelo del jardín.

    Después, WangFô la pintó vestida de hada entre las nubes de poniente, y la joven lloró, pues aquello era un presagio de muerte. Desde que Ling prefería los retratos que le hacía WangFô a ella misma, su rostro se marchitaba como la flor que lucha con el viento o con las lluvias de verano. 

    Una mañana la encontraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las puntas de la bufanda de seda que la estrangulaba flotaban al viento mezcladas con sus cabellos; parecía aún más esbelta que de costumbre, y tan pura como las beldades que cantan los poetas de tiempos pasados. 

    WangFô la pintó por última vez, pues le gustaba ese color verdoso que adquiere el rostro de los muertos. Su discípulo Ling desleía los colores y este trabajo exigía tanta aplicación que se olvidó de verter unas lágrimas.

    Ling vendió sucesivamente sus esclavos, sus jades y los peces de su estanque para proporcionar al maestro tarros de tinta púrpura que venían de Occidente. Cuando la casa estuvo vacía, se marcharon y Ling cerró tras él la puerta de su pasado. Wang‑Fô estaba cansado de una ciudad en donde ya las caras no podían enseñarle ningún secreto de belleza o de fealdad, y juntos ambos, maestro y discípulo, vagaron por los caminos del reino de Han.

    Su reputación los precedía por los pueblos, en el umbral de los castillos fortificados y bajo el pórtico de los templos donde se refugian los peregrinos inquietos al llegar el crepúsculo. Se decía que Wang‑Fô tenía el poder de dar vida a sus pinturas gracias a un último toque de color que añadía a los ojos. 

    Los granjeros acudían a suplicarle que les pintase un perro guardián, y los señores querían que les hiciera imágenes de soldados. Los sacerdotes honraban a Wang‑Fô como a un sabio; el pueblo lo temía como a un brujo. Wang se alegraba de estas diferencias de opiniones que le permitían estudiar a su alrededor las expresiones de gratitud, de miedo o de veneración.

    Ling mendigaba la comida, velaba el sueño de su maestro y aprovechaba sus éxtasis para darle masaje en los pies. Al apuntar el día, mientras el anciano seguía durmiendo, salía en busca de paisajes tímidos, escondidos detrás de los bosquecillos de juncos. 

    Por la noche, cuando el maestro, desanimado, tiraba sus pinceles al suelo, él los recogía. Cuando Wang‑Fô estaba triste y hablaba de su avanzada edad, Ling le mostraba sonriente el tronco sólido de un viejo roble; cuando Wang‑Fô estaba alegre y soltaba sus chanzas, Ling fingía escucharlo humildemente.

    Un día, al atardecer, llegaron a los arrabales de la ciudad imperial, y Ling buscó para Wang‑Fô un albergue donde pasar la noche. El anciano se envolvió en sus harapos y Ling se acostó junto a él para darle calor, pues la primavera acababa de llegar y el suelo de barro estaba helado aún. 

    Al llegar el alba, unos pesados pasos resonaron por los pasillos de la posada; se oyeron los susurros amedrentados del posadero y unos gritos de mando proferidos en lengua bárbara. Ling se estremeció, recordando que el día anterior había robado un pastel de arroz para la comida del maestro. No puso en duda que venían a arrestarlo y se preguntó quién ayudaría mañana a Wang‑Fô a vadear el próximo río.

    Entraron los soldados provistos de faroles. La llama, que se filtraba a través del papel de colores, ponía luces rojas y azules en sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba en su hombro, y, de repente, los más feroces rugían sin razón alguna. Pusieron su pesada mano en la nuca de Wang‑Fô, quien no pudo evitar fjarse en que sus mangas no hacían juego con el color de sus abrigos. 

    Ayudado por su discípulo, Wang‑Fô siguió a los soldados, tropezando por unos caminos desiguales. Los transeúntes, agrupados, se mofaban de aquellos dos criminales a quienes probablemente iban a decapitar. A todas las preguntas que hacía Wang, los soldados contestaban con una mueca salvaje. Sus manos atadas le dolían y Ling, desesperado, miraba a su maestro sonriendo, lo que era para él una manera más tierna de llorar.

    Llegaron a la puerta del palacio imperial, cuyos muros color violeta se erguían en pleno día como un trozo de crepúsculo. Los soldados obligaron a Wang‑Fô a franquear innumerables salas cuadradas o circulares, cuya forma simbolizaba las estaciones, los puntos cardinales, lo masculino y lo femenino, la longevidad, las prerrogativas del poder. 

    Las puertas giraban sobre sí mismas mientras emitían una nota de música, y su disposición era tal que podía recorrerse toda la gama al atravesar el palacio de Levante a Poniente. Todo se concertaba para dar idea de un poder y de una sutileza sobrehumanas y se percibía que las más ínfimas órdenes que allí se pronunciaban debían de ser definitivas y terribles, como la sabiduría de los antepasados. 

    Finalmente, el aire se enrareció; el silencio se hizo tan profundo que ni un torturado se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una cortina; los soldados temblaron como mujeres, y el grupito entró en la sala en donde se hallaba el Hijo del Cielo sentado en su trono.

 Era una sala desprovista de paredes, sostenida por unas macizas columnas de piedra azul. Florecía un jardín al otro lado de los fustes de mármol y cada una de las flores que encerraban sus bosquecillos pertenecía a una exótica especie traída de allende los mares. Pero ninguna de ellas tenía perfume, por temor a que la meditación del Dragón Celeste se viera turbada por los buenos olores. 

    Por respeto al silencio en que bañaban sus pensamientos, ningún pájaro había sido admitido en el interior del recinto y hasta se había expulsado de allí a las abejas. Un alto muro separaba el jardín del resto del mundo, con el fin de que el viento, que pasa sobre los perros reventados y los cadáveres de los campos de batalla, no pudiera permitirse ni rozar siquiera la manga del Emperador.

    El Maestro Celeste se hallaba sentado en un trono de jade y sus manos estaban arrugadas como las de un viejo, aunque apenas tuviera veinte años. Su traje era azul, para simular el invierno, y verde, para recordar la primavera. Su rostro era hermoso, pero impasible como un espejo colocado a demasiada altura y que no reflejara más que los astros y el implacable cielo. 

    A su derecha tenía al Ministro de los Placeres Perfectos y a su izquierda al Consejero de los Tormentos Justos. Como sus cortesanos, alineados al pie de las columnas, aguzaban el oído para recoger la menor palabra que de sus labios se escapara, había adquirido la costumbre de hablar siempre en voz baja.

 ‑Dragón Celeste ‑dijo Wang‑Fô, prosternándose‑, soy viejo, soy pobre y soy débil. Tú eres como el verano; yo soy como el invierno. Tú tienes Diez Mil Vidas; yo no tengo más que una y pronto acabará. ¿Qué te he hecho yo? Han atado mis manos que jamás te hicieron daño alguno.

 ‑¿Y tú me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang‑Fô? ‑dijo el Emperador.

    Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Levantó su mano derecha, que los reflejos del suelo de jade transformaban en glauca como una planta submarina, y Wang‑Fô, maravillado por aquellos dedos tan largos y delgados, trató de hallar en sus recuerdos si alguna vez había hecho del Emperador o de sus ascendientes un retrato tan mediocre que mereciese la muerte. 

    Mas era poco probable, pues Wang‑Fô, hasta aquel momento, apenas había pisado la corte de los Emperadores, prefiriendo siempre las chozas de los granjeros o, en las ciudades, los arrabales de las cortesanas y las tabernas del muelle en las que disputan los estibadores.

 ‑¿Me preguntas lo que me has hecho, viejo Wang‑Fô? ‑prosiguió el Emperador, inclinando su cuello delgado hacia el anciano que lo escuchaba‑. Voy a decírtelo. 

    Pero como el veneno ajeno no puede entrar en nosotros, sino por nuestras nueve aberturas, para ponerte en presencia de tus culpas deberé recorrer los pasillos de mi memoria y contarte toda mi vida. 

    Mi padre había reunido una colección de tus pinturas en la estancia más escondida de palacio, pues sustentaba la opinión de que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a las miradas de los profanos, en cuya presencia no pueden bajar los ojos. En aquellas salas me educaron a mí, viejo Wang‑Fô, ya que habían dispuesto una gran soledad a mi alrededor para permitirme crecer. 

    Con objeto de evitarle a mi candor las salpicaduras humanas, habían alejado de mí las agitadas olas de mis futuros súbditos, y a nadie se le permitía pasar ante mi puerta, por miedo a que la sombra de aquel hombre o mujer se extendiera hasta mí. 

    Los pocos y viejos servidores que se me habían concedido se mostraban lo menos posible; las horas daban vueltas en círculo; los colores de tus cuadros se reavivaban con el alba y palidecían con el crepúsculo. Por las noches, yo los contemplaba cuando no podía dormir, y durante diez años consecutivos estuve mirándolos todas las noches. 

    Durante el día, sentado en una alfombra cuyo dibujo me sabía de memoria, reposando la palma de mis manos vacías en mis rodillas de amarilla seda, soñaba con los goces que me proporcionaría el porvenir. Me imaginaba al mundo con el país de Han en medio, semejante al llano monótono hueco de la mano surcada por las líneas fatales de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde nacen los monstruos y, más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo. Y para ayudarme a imaginar todas esas cosas, yo me valía de tus pinturas. 

    Me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua extendida en tus telas, tan azul que una piedra al caer no puede por menos de convertirse en zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como las flores, semejantes a las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, por los senderos de tus jardines, y que los jóvenes guerreros de delgada cintura que velan en las fortalezas de las fronteras eran como flechas que podían traspasarnos el corazón. 

  A los dieciséis años, vi abrirse las puertas que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio a mirar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Pedí mi litera: sacudido por los caminos, cuyo barro y piedras yo no había previsto, recorrí las provincias del Imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres parecidas a luciérnagas, aquellas mujeres que tú pintabas y cuyo cuerpo es como un jardín. 

    Los guijarros de las orillas me asquearon de los océanos; la sangre de los ajusticiados es menos roja que la granada que se ve en tus cuadros; los parásitos que hay en los pueblos me impiden ver la belleza de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna tanto como la carne muerta que cuelga de los ganchos en las carnicerías, y la risa soez de mis soldados me da náuseas. 

    Me has mentido, Wang‑Fô, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato, borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde tú penetras, viejo Wang‑Fô, por el camino de las Mil Curvas y de los Diez Mil Colores. 

    Sólo tú reinas en paz sobre unas montañas cubiertas por una nieve que no puede derretirse y sobre unos campos de narcisos que nunca se marchitan. Y por eso, Wang‑Fô, he buscado el suplicio que iba a reservarte, a ti cuyos sortilegios han hecho que me asquee de cuanto poseo y me han hecho desear lo que jamás podré poseer. 

    Y para encerrarte en el único calabozo de donde no vas a poder salir, he decidido que te quemen los ojos, ya que tus ojos, Wang‑ Fô, son las dos puertas mágicas que abren tu reino. Y puesto que tus manos son los dos caminos, divididos en diez bifurcaciones, que te llevan al corazón de tu imperio, he dispuesto que te corten las manos. ¿Me has entendido, viejo Wang‑Fô?

    Al escuchar esta sentencia, el discípulo Ling se arrancó del cinturón un cuchillo mellado y se precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo apresaron. El Hijo del Cielo sonrió y añadió con un suspiro:

 ‑Y te odio también, viejo Wang‑Fô, porque has sabido hacerte amar. Matad a ese perro.

    Ling dio un salto para evitar que su sangre manchase el traje de su maestro. Uno de los soldados levantó el sable, y la cabeza de Ling se desprendió de su nuca, semejante a una flor tronchada. Los servidores se llevaron los restos y Wang‑Fô, desesperado, admiró la hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo dejaba en el pavimento de piedra verde.

    El Emperador hizo una seña y dos eunucos limpiaron los ojos de Wang‑Fô.

 ‑Oyeme, viejo Wang‑Fo ‑dijo el Emperador‑, y seca tus lágrimas, pues no es el momento de llorar. Tus ojos deben permanecer claros, con el fin de que la poca luz que aún les queda no se empañe con tu llanto. Ya que no deseo tu muerte sólo por rencor, ni sólo por crueldad quiero verte sufrir.

    Tengo otros proyectos, viejo WangFô. Poseo, entre la colección de tus obras, una pintura admirable en donde se reflejan las montañas, el estuario de los ríos y el mar, infinitamente reducidos, es verdad, pero con una evidencia que sobrepasa a la de los objetos mismos, como las figuras que se miran a través de una esfera. Pero esta pintura se halla inacabada, WangFô, y tu obra maestra no es más que un esbozo. 

    Probablemente, en el momento en que la estabas pintando, sentado en un valle solitario, te fijaste en un pájaro que pasaba, o en un niño que perseguía al pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño te hicieron olvidar los párpados azules de las olas. No has terminado las franjas del manto del mar, ni los cabellos de algas de las rocas. 

    WangFô, quiero que dediques las horas de luz que aún te quedan a terminar esta pintura, que encerrará de esta suerte los últimos secretos acumulados durante tu larga vida. No me cabe duda de que tus manos, tan próximas a caer, temblarán sobre la seda y el infinito penetrará en tu obra por esos cortes de la desgracia. Ni me cabe duda de que tus ojos, tan cerca de ser aniquilados, descubrirán unas relaciones al límite de los sentidos humanos. 

    Tal es mi proyecto, viejo WangFô, y puedo obligarte a realizarlo. Si te niegas, antes de cegarte quemaré todas tus obras y entonces serás como un padre cuyos hijos han sido todos asesinados y destruidas sus esperanzas de posteridad. Piensa más bien, si quieres, que esta última orden es una consecuencia de mi bondad, pues sé que la tela es la única amante a quien tú has acariciado. Y ofrecerte unos pinceles, unos colores y tinta para ocupar tus últimas horas es lo mismo que darle una ramera como limosna a un hombre que va a morir.

    A una seña del dedo meñique del Emperador, dos eunucos trajeron respetuosamente la pintura inacabada donde Wang‑Fô había trazado la imagen del cielo y del mar. 

    Wang‑Fô se secó las lágrimas y sonrió, pues aquel apunte le recordaba su juventud. Todo en él atestiguaba una frescura de alma a la que ya Wang‑Fô no podía aspirar, pero le faltaba, no obstante, algo, pues en la época en que la había pintado Wang, todavía no había contemplado lo bastante las montañas, ni las rocas que bañan en el mar sus flancos desnudos, ni tampoco se había empapado lo suficiente de la tristeza del crepúsculo. 

    Wang‑Fô eligió uno de los pinceles que le presentaba un esclavo y se puso a extender, sobre el mar inacabado, amplias pinceladas de azul. Un eunuco, en cuclillas a sus pies, desleía los colores; hacía esta tarea bastante mal, y más que nunca Wang‑Fô echó de menos a su discípulo Ling.

    Wang empezó por teñir de rosa la punta del ala de una nube posada en una montaña. Luego añadió a la superficie del mar unas pequeñas arrugas que no hacían sino acentuar la impresión de su serenidad. El pavimento de jade se iba poniendo singularmente húmedo, pero Wang‑Fô, absorto en su pintura, no advertía que estaba trabajando sentado en el agua.

    La frágil embarcación, agrandada por las pinceladas del pintor, ocupaba ahora todo el primer plano del rollo de seda. El ruido acompasado de los remos se elevó de repente en la distancia, rápido y ágil como un batir de alas. El ruido se fue acercando, llenó suavemente toda la sala y luego cesó; unas gotas temblaban, inmóviles, suspendidas de los remos del barquero. 

    Hacía mucho tiempo que el hierro al rojo vivo destinado a quemar los ojos de Wang se había apagado en el brasero del verdugo. Con el agua hasta los hombros, los cortesanos, inmovilizados por la etiqueta, se alzaban sobre la punta de los pies. El agua llegó por fin a nivel del corazón imperial. El silencio era tan profundo que hubiera podido oírse caer las lágrimas.

    Era Ling, en efecto. Llevaba puesto su traje viejo de diario, y su manga derecha aún llevaba la huella de un enganchón que no había tenido tiempo de coser aquella mañana, antes de la llegada de los soldados. Pero lucía alrededor del cuello una extraña bufanda roja. Wang‑Fô le dijo dulcemente, mientras continuaba pintando:

 ‑Te creía muerto.

 ‑Estando vos vivo ‑dijo respetuosamente Ling‑, ¿cómo podría yo morir?

    Y ayudó al maestro a subir a la barca. El techo de jade se reflejaba en el agua, de suerte que Ling parecía navegar por el interior de una gruta. Las trenzas de los cortesanos sumergidos ondulaban en la superficie como serpientes, y la cabeza pálida del Emperador flotaba como un loto.

 ‑Mira, discípulo mío ‑dijo melancólicamente Wang‑Fô‑. Esos desventurados van a perecer, si no lo han hecho ya. Yo no sabía que había bastante agua en el mar para ahogar a un Emperador. ¿Qué podemos hacer?

 ‑No temas nada, Maestro ‑murmuró el discípulo‑. Pronto se hallarán a pie enjuto, y ni siquiera recordarán haberse mojado las mangas. Tan sólo el Emperador conservará en su corazón un poco de amargor marino. Estas gentes no están hechas para perderse por el interior de una pintura.

 Y añadió:

 ‑La mar está tranquila y el viento es favorable. Los pájaros marinos están haciendo sus nidos. Partamos, maestro, al país de más allá de las olas.

 ‑Partamos ‑dijo el viejo pintor.

    Wang‑Fô cogió el timón y Ling se inclinó sobre los remos. La cadencia de los mismos llenó de nuevo toda la estancia, firme y regular como el latido de un corazón. El nivel del agua iba disminuyendo insensiblemente en torno a las grandes rocas verticales que volvían a ser columnas. 

    Muy pronto, tan sólo unos cuantos charcos brillaron en las depresiones del pavimento de jade. Los trajes de los cortesanos estaban secos, pero el Emperador conservaba algunos copos de espuma en la orla de su manto.

    El rollo de seda pintado por Wang‑Fô permanecía sobre una mesita baja. Una barca ocupaba todo el primer término. Se alejaba poco a poco, dejando tras ella un delgado surco que volvía a cerrarse sobre el mar inmóvil. Ya no se distinguía el rostro de los dos hombres sentados en la barca, pero aún podía verse la bufanda roja de Ling y la barba de Wang‑Fô, que flotaba al viento.

    La pulsación de los remos fue debilitándose y luego cesó, borrada por la distancia. El Emperador, inclinado hacia delante, con la mano a modo de visera delante de los ojos, contemplaba alejarse la barca de Wang‑Fô, que ya no era más que una mancha imperceptible en la palidez del crepúsculo. Un vaho de oro se elevó, desplegándose sobre el mar. 

    Finalmente, la barca viró en derredor a una roca que cerraba la entrada a la alta mar; cayó sobre ella la sombra del acantilado; borróse el surco de la desierta superficie y el pintor Wang‑Fô y su discípulo Ling desaparecieron para siempre en aquel mar de Jade azul que Wang‑Fô acababa de inventar.

La noche de La Valse - Francisco Tario

Tan pronto llegué a aquel pueblo, me dediqué a buscar ansiosamente al poseedor del singular retrato.

Un pescador me dijo:

—Es aquel hombre de barba blanca que tiende sus redes al sol.

Me llegué hasta él, saltando unas matas, y nos encaminamos juntos a su casa.

—Soy pintor —le dije en el trayecto— y la historia me interesa vivamente.

Vi temblar sus ojos grises, bajo las cejas grises, en el rostro agrietado por el sol.

—La historia es bien extraña —comentó; y aquella voz que embriagaba los sentidos era la única franca, saludable y alegre que escuché en mi vida—. Amaneció allá, entre los arrecifes de la costa, a bordo de una pequeña nave desarbolada, después de una noche de tormenta. Desde mi ventana vi albear su proa blanca, bajo la luz del sol que nacía. Me vestí rápidamente y bajé a la playa. Pude leer su nombre; un nombre extranjero e insulso, y mi curiosidad aumentó. Así pues, con la ayuda de una lancha me dispuse a ganar el navío. Penetré; pero en su interior había sólo "eso"...

—¿Eso? —repetí, insinuando maquinalmente un cuadrado en el aire.

—Eso mismo. Cargué con él a cuestas y me lo llevé a casa. Aquí está... ¿quiere usted pasar?

Pasé, hallándome de manos a boca con un sorprendente óleo, al parecer recién concluido, y que representaba a una mujer palidísima con un lirio entre las manos.

Me impresionó sobremanera este especial detalle: la analogía —por no decir identidad— de esta obra extraña con otra concebida por mí ha tiempo y no realizada nunca.

Examiné la pintura ávidamente, ya sin ningún resabio de experto, absorbido totalmente por la belleza del asunto. La mujer, en efecto, era peculiarísima: muy joven y aérea, de cabellos lisos y amarillos, de pómulos salientes, labios agónicos, frente convexa. Pero lo que más sorprendía del conjunto —aparte sus ojos extáticos, sumergidos— era la inmaterialidad opalina de la flor viva entre los dedos sensuales, obsesionantes.

Cerca de una hora transcurrió sin que lograra yo desviar mi atención de aquella extraordinaria imagen, suspendida de un clavo negro en la misérrima morada de un pescador. Prometí volver a la mañana siguiente, y el viejecito de la voz saludable quiso obsequiarme con unas ostras y medio litro de vino tinto, demasiado denso y aromático, que no pude tolerar.

Di las gracias y partí.

Anochecía, cubierto el cielo de raros resplandores. Una casta brisa marina batía contra mis labios, despertando mi lujuria de hombre sucio de ciudad. Caminaba yo a lo largo de un atajo muy retorcido, rumbo a la playa, oculto casi por completo entre las espigas del maíz. Se iban encendiendo prematuramente las estrellas, titilando en la profundidad. Y cuando cayó la noche íntegramente sobre la paz del campo, vi el firmamento torvo, desmesurado, mas una gran luna redonda que iluminaba mi ruta. Prisionero, hostil, el mar exponía su angustia.

Ya sobre la arena de la playa me estremecí como ante la explosión más carnal que pueda sacudir a eremita alguno. Me descalcé afanosamente los pies, desnudándome el torso. Absorbí el aire cargado de sal. Y de esta forma recorrí la extensión plateada, perfectamente visible, pero que se antojaba infinita. La costa alta, dura, trepaba hacia la soledad igual que un muro gigante y ruinoso cubierto de hiedra. Y eran sus vértices de tal suerte erizados, siniestros; sus fauces tan horripilantes y lóbregas, que no me hubiera asombrado lo más mínimo ver surgir de ellas incontables falanges de aves nocturnas, chatas y feas, con las pupilas como luciérnagas.

Descubrí sin ningún esfuerzo la mancha blanca de la llave, oscilante como un péndulo, entre las rocas. Y sin ningún obstáculo, también, logré introducirme en ella, notando de qué modo crujían sus huesos bajo mis pies descalzos.

Un olor indefinible —mezcla de jungla y de cavidad marina—- flotaba en el interior.

Descendí, paso a paso, hasta las calderas, enervado por la cadencia del agua, por el plenilunio absoluto, por la emanación sugerente.

Una emoción inverosímil, nunca antes experimentada en mi agitada vida de pintor, me invadió de pronto. Evocaba ahora la ingenua narración del pescador anciano, pretendiendo por todos los medios hallarla risible. Empero, la evidencia sometió a mi frivolidad. Y, anonadado, como un chiquillo crédulo ante la más genial de las fruslerías, me entregué en brazos de la ansiedad.

—¡Lástima —prorrumpí en voz alta, sofocado por los vapores y las sombras— que la obscuridad sea tal que me impida llevar a cabo una investigación provechosa!

Así ocurrió. Nada, nada logré resolver de aquella alucinante aventura. Nada que no fuese la presencia indiscutible del yacht decrépito, sin timón ni mástil, atrapado entre las garras de la playa, y en cuyos costados aparecía el nombre simbólico: La Valse.

Sin ninguna luz penetré en las cabinas y me tumbé sobre la madera chorreante. Reptaba el mar allá abajo y mugía el viento atolondradamente. Y yo presentía, como un augurio, demasiado próximos a mí, la luna roja, caótica, gravitando en la inmensidad como un montgolfier fugitivo; las estrellas impávidas; la profundidad vertiginosa y traidora; mil monstruos nefastos, con una pupila azul y risueña en cada tentáculo...

Al punto fui aventurando enredos, hipótesis más o menos factibles acerca de la relación secreta entre la mujer del óleo y La Valse.

"...Una sirena rubia y alta, multimillonaria y enferma —la girl del óleo— inicia un viaje de recreo en compañía de su esposo o amante. Cierta noche, en las proximidades del continente, la borrasca estalla, vibran los relámpagos y retumban, enormes, los truenos..."

Pero aquí mi cerebro se detenía en seco, cual si una maldita cortina obstruyera el fulgor de las ideas. .

Insistí de nuevo.

"...Una anciana inválida se arrastra nostálgica y caduca por las galerías de su palacio. Proyecta un día su último viaje, y, a cuestas con su retrato más querido —demente o suicida— parte a bordo de la misteriosa nave hacia océanos funestos..."

Así repetidas veces —mil— sin que acudiera a mí la respuesta lógica.

Ignoro el tiempo que transcurrió, pero en un momento dado pensé que convendría salir.

—Mañana, en cuanto despunte el día...

Y eché a andar, haciendo tronar las escaleras. Ya arriba, noté con desagrado que la luna se había vuelto más lívida y que el viento arreciaba gradualmente. Me disponía a saltar sobre la borda, cuando hube de retroceder aterrado. A mis pies, trágica y hambrienta, espantosamente dilatada, abríase la boca del mar. Sin ningún éxito busqué con la mirada la costa dura, el acantilado negro, la playa buena. Un círculo desesperante, sembrado de reflejos verdes, aclaró definitivamente mi posición: mar adentro la ruinosa nave avanzaba, avanzaba, movida por extraña locura. No supe qué hacer o pensar, indefenso y solo, náufrago del plenilunio homicida, en el caos de agua profunda.

Recorrí el yacht de arriba abajo, sin una idea ni un auxilio. Me asomé a la borda, contemplando las espumas que sonaban, sonaban. Consideré descomunal la velocidad de la nave. De tiempo en tiempo, para prevenirme de que el mundo subsistía, un ave solitaria evolucionaba sobre mi cabeza, oteando quién sabe qué abismos...

Acepté, en suma, la idea de la muerte, dejándome caer contra un aparejo arrumbado cuya naturaleza no me interesó más.

La avidez de las olas persistía, a ratos tierna, suplicante y benigna; a ratos, pavorosa, infernal y agresiva. Mas, por encima de todo ese estruendo o ese beso, La Valse marcaba su ruta. Y eran su quilla y su proa, su mástil herido, su soledad infinita, un violín abominable que exaltaba el aniquilamiento del hombre.

De pronto, percibí muy distintamente la figura de una mujer blanca que avanzaba por la cubierta o se inclinaba pensativa hacia el mar. Creí ser, desde luego, víctima de uno de esos delirios esporádicos que suelen atormentarnos aun a los opiómanos liberados. Me incorporé, pues, tan ágilmente como pude, frotándome con desazón los ojos; pero la mujer blanca proseguía allí quieta, reclinada, mirando al corazón del agua muy de cerca. Su vestido impalpable —de humo— dejaba palpitante y libre el cuerpo frágil; los cabellos escurríansele hasta los pechos, y en las manos tenía un lirio.

A punto estuve de gritar, tan pronto logré identificarla,

Me le fui acercando lenta, sigilosamente, procurando no turbar su éxtasis.

El mar sonaba ahora más altivo, sacudía la nave y me hacía perder casi el equilibrio.

Debió advertirme, pues cuando me hallaba a pocos pasos de ella, volvió el rostro tranquilamente y sus ojos de ajenjo recorrieron las tinieblas, igual que dos luces extrañas y frías que se encienden a un tiempo. ¡Jamás orgasmo alguno podrá sugerir delirio semejante! Era una especie de virgen enferma o de deidad erótica —pensaba yo— triunfadora de todos los ardores posibles... Andaba aún por la adolescencia y, de sus muslos, exaltados por la leve tela, emanaba ese algo de las frutas maduras que impulsa al hombre a precipitarse sobre ellas y empaparse en su jugo.

Permaneció serena al verme, cual si me aguardara. Sonrió. Apretó después el lirio entre sus dedos, y, yo, cada vez más cerca, recibí su aliento.

Dijo:

—Viniste al cabo...

Me sobrecogí ante aquella voz.

—¿Ves cómo te aguardaba? —agregó—. Pero tu tez ya no es la misma. ¡Ay, el agua profunda te ha cambiado!

Veía sus labios abrirse y cerrarse, y sentía su succión en mis venas.

—¡La sal te ha vuelto blanco! —añadió; y me miró tan tristemente—. Los brazos marinos te han extenuado... ¿Qué placer has descubierto allá? — y señaló con un gesto de la mano la sombra variable del agua—. ¿Qué hay allá, dime, que no haya podido ofrecerte yo? ¿Lechos más blandos? ¿Besos más hondos? ¿Opio más lento? ¿Muslos más febriles?

Continuó en el mismo tono:

—Yo soy en cambio la misma. Ni un dios ni un pez me han poseído. ¡Conservo tu frenesí aquí dentro!

Y dejando caer la tela fría quedó ante mis ojos desnuda: pequeños los pechos, adormecidas las caderas, doradas y largas las piernas.

—Me ha tostado el sol, es cierto —dijo—; pero era la única voluptuosidad de que disponía. ¡Comprende! La sangre grita y tú estabas lejos.

Aquel cuerpo salobre, perfumado y débil como una burbuja marina, aproximó a mí dos firmamentos: el de la llama y el hielo. Quise poseerla.

—¡Aún no! —protestó muy dulcemente, retirando su vientre.

Y echándome un brazo por la espalda, se abandonó sobre mi hombro.

—Paseemos.

—Paseamos, mientras las olas volvían a sonar. Al menos yo volví a escucharlas tan ruidosamente como si golpearan contra mi nuca. Y la luna se extravió en el cielo y una claridad nociva rayó en el agua.

—¡La noche toca a su fin! —prorrumpí, temiendo que se disolviera todo.

Mas ella prosiguió hablando:

—Cuenta, cuenta qué ondinas, qué monstruos o qué girls como yo han muerto entre tus brazos. Cuenta qué músicas has escuchado o qué licores has bebido que de tal suerte consumieron tu color. Dime qué caricias o qué vicios de los que yo no fui capaz extenuaron tus músculos. ¿No te acuerdas ya de ti?

—No —repliqué instintivamente.

Volvió a sonreír y dijo:

—Has perdido también la memoria...

Y luego:

—Desnudos tus bíceps de acero; desnudo tu torso de fiera; tus órbitas blancas sobre la tez de tu rostro, felino y melancólico, reunías aquí los colores, sobre ese mismo lugar que ahora pisas; y me retratabas desnuda, con una flor en la mano, mientras amanecía y la luna se alejaba. Diez veces interrumpías la labor en una noche y diez veces la reanudabas; y yo era en el lienzo cada vez más lánguida, cada vez más dócil, y el color salía de tu sangre cada vez más tenue. Cuando se miraba al óleo —¿recuerdas?— uno experimentaba la impresión alucinante de que algo se desplomaba por entre las nubes hacia un abismo azul y misterioso. ¡Tu fuerza era inagotable, Tom! ¡Eras el esclavo invencible! ¡El negro de acero!

—No recuerdo nada —confesé otra vez.

—¡No recuerdas! —balbució ella; y el mar pareció contraerse, y La Valse se precipitó en la sombra—. ¿Qué recuerdas entonces? ¿Los muelles tórridos que pintabas aún sin conocerme? ¿Las chimeneas, los calabrotes? ¿Los marineros barbudos, alcohólicos y pendencieros? ¿Las naves que partían en las mañanas de niebla?

—No recuerdo nada.

—¿No recuerdas siquiera tu cubo rojo, tu catre rojo, el único peldaño de tu casa, tu barrio triste?

—¡Nada!

—¿Recuerdas la pipa larga, el disco que rodaba, los rascacielos que se hundían, la nieve dura?

—No recuerdo nada.

—¿La nieve dura con que frotabas tus muslos humeantes?

—No recuerdo nada, mi ama...

—Así me decías: "mi ama".Y yo sobre tu catre rojo, en la caverna de la noche sin fin, dejaba caer sobre mi vientre tus ojos blancos, tus dientes blancos, tus garras abiertas, tu sudor caliente...

—No recuerdo nada.

"¿Qué más quieres de mí?"—me repetías. Y yo, diez veces durante la misma noche, te gritaba sin verte: ¡Quiero tus muslos negros! ¡Tus muslos negros como dos grúas!

—Te desmayabas...

—Y ansiaba morir por si la muerte me deparaba una demencia nueva.

—Allí sobre los ladrillos...

—Y rodaba el disco...

—Y la pipa larga...

-—Y la menta helada...

—¡Oh, déjame poseerte!

—Aún no, mira...

—¡Déjame poseerte!

—Aún no.

—¡Déjame poseerte, mi ama!

—Yo soy una girl rubia y tú un negro.

—¡Mi ama!

—Soy débil y tú enorme...

—¡Mi ama!

Y cuando la girl del lirio irguió alto alto el cuerpo para entregárseme, y la sangre después brotó de mi hombro a borbotones, igual que el manantial de un río monstruoso, y su talle vibró como una rama seca, y se hundieron mis uñas en su pecho blando, y por sus labios escapó en un grito la vida, logré reconocerme. Reconocí mi obra: la flor entre los dedos; la cabellera húmeda; las esmeraldas de New York. Pero todo era lejano, lejano; y el sol temblaba sobre las aguas y la claridad no tenía remedio.

Se desplomó rígida, azul, contra el aparejo arrumbado. Cayó así, con los muslos abiertos, abiertos los labios, terriblemente profunda la herida.

Aún pudo gritarme. Y acudí.

Convulsionó su vientre.

—¡Toooom!

Pero su cuerpo se hizo de hielo. Los ojos demasiado extáticos. La carne horripilante.

Y yo busqué el suicidio lento, sudoroso, de la médula que se derrite gota a gota sobre la sangre palpitante.