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Perdido en la pirámide - Louisa May Alcott

I

—¿Y esto qué es, Paul? —preguntó Evelyn tras abrir una caja de oro deslucido y examinar su contenido con curiosidad.
 
—Semillas de una planta egipcia desconocida —respondió Forsyth, y una repentina sombra le cubrió el rostro mientras miraba los tres granos escarlata que había en la palma extendida de la muchacha.
 
—¿De dónde las sacaste? —preguntó ella.
 
—Es una historia muy extraña, y sólo serviría para que te asustaras si te la cuento —dijo Forsyth con una expresión distraída que despertó aún más la curiosidad de la chica.
 
—Por favor, cuéntamela, me gustan las historias extrañas, y ya casi no me asustan. Ah, por favor cuéntamela; tus historias son siempre tan interesantes —exclamó levantando la mirada con una mezcla tan atractiva de súplica y orden en su encantador rostro que oponerse resultaba imposible.

—Terminarás lamentándolo, y quizás también yo; te advierto que estas misteriosas semillas traen mala suerte a quien las posee —dijo Forsyth, sonriente, incluso cuando frunció las negras cejas y miró a la radiante criatura que tenía ante él con una expresión enamorada pero al mismo tiempo severa.

—Cuéntamela, no me asustan estas pequeñas semillas —respondió ella con ademán imperioso.

—Tus deseos son órdenes para mí. Permíteme que exponga los hechos y luego comenzaré —respondió Forsyth, y se puso a pasear de un lado para otro con la mirada ausente del que pasa las páginas hacia el pasado.

Evelyn lo observó durante unos instantes y después volvió a concentrarse en su bordado, o en la tarea en la que estaba ocupada; una actividad que parecía ajustarse a la perfección a la vital criatura, medio niña, medio mujer.

—Durante mi estancia en Egipto —comenzó Forsyth con calma—, salí un día con mi guía y con el catedrático Niles a explorar las Pirámides de Keops. Niles sentía verdadera obsesión por las antigüedades y se olvidaba del tiempo, del peligro y la fatiga en el fragor de su búsqueda. Hurgaba en todos los recovecos de los estrechos pasajes, medio ahogado por el polvo y el aire cerrado; leía inscripciones en las paredes, tropezaba con sarcófagos rotos, o se quedaba observando los ojos de algún espécimen marchito colgado como un trasgo en los pequeños estantes en los que se apilaba a los muertos durante años. 

»Yo me sentí desesperadamente cansado tras unas cuantas horas y le supliqué al catedrático que volviéramos. Pero él estaba empeñado en explorar ciertos lugares y no quería detenerse. Sólo teníamos un guía, así que me vi obligado a quedarme; pero Jumal, mi hombre, viendo lo agotado que estaba, sugirió que nos quedásemos descansando en uno de los corredores más espaciosos mientras él iba a por otro guía para Niles. 

»Accedimos a ello y, tras asegurarnos que estaríamos totalmente a salvo si no nos apartábamos de ese punto, Jumal se marchó prometiéndonos que regresaría pronto. El catedrático se sentó para tomar algunas notas sobre sus investigaciones, de modo que me tumbé sobre la blanda arena y me quedé dormido.

»Me despertó ese miedo indescriptible que de forma instintiva nos advierte del peligro y, poniéndome de pie de un salto, vi que estaba solo. Una antorcha ardía débilmente donde Jumal la había clavado, pero Niles y la otra antorcha habían desaparecido. Una terrible sensación de soledad me oprimió el pecho durante unos instantes; luego me tranquilicé y eché un vistazo a mi alrededor. Había un trozo de papel clavado en mi sombrero, y en la nota y con la letra del profesor se leían las siguientes palabras:

He retrocedido un poco para refrescarme la memoria sobre ciertos elementos. No me sigas hasta que regrese Jumal. Puedo volver hasta donde estás porque he dejado una pista. Duerme bien y sueña con la gloria de los Faraones. N. N.

»En un primer momento me reí del viejo fanático, pero luego comencé a sentirme nervioso y más tarde intranquilo. Finalmente decidí seguirle cuando descubrí una soga gruesa atada a una roca caída y comprendí que esa era la pista de la que hablaba Nigel. Dejé una nota a Jumal, tomé la antorcha y volví sobre mis pasos siguiendo la soga por el laberinto de pasillos. 

»Le llamaba a gritos a intervalos frecuentes, pero no recibí ninguna respuesta y seguí adelante esperando tras cada esquina encontrar al anciano escudriñando alguna reliquia mohosa. De repente la soga se terminó y a la luz de la antorcha pude ver que las huellas continuaban más allá. “Qué tipo más imprudente, acabará perdiéndose, con toda seguridad”, pensé, ahora ya bastante alarmado.

»Hice un alto en el camino y llegó a mis oídos una débil llamada, respondí, esperé, volví a gritar y una respuesta aún más débil volvió a mí.

»Evidentemente, Niles seguía avanzando, confundido por las reverberaciones de los corredores más profundos. No había tiempo que perder en esos momentos y, olvidándome de mí mismo, clavé profundamente la antorcha en la arena para que me guiase de regreso a la marca, y recorrí a toda prisa el camino que se abría ante mí, soltando alaridos como un demente mientras avanzaba. 

»No quería perder de vista la luz, pero en mi ansia por encontrar a Niles torcí desviándome del corredor principal y seguí corriendo guiándome por su voz. En breve su antorcha me alegró los ojos y pude ver la agonía que había experimentado por cómo se aferraron sus manos a mí.

»—Salgamos de este horrible lugar inmediatamente —dijo secándose los enormes goterones de la frente.

»—Ven, no estamos lejos de la soga. Llegaremos pronto allí y entonces estaremos a salvo —pero incluso mientras decía esto un escalofrío me atravesó el cuerpo: un laberinto perfecto de angostos corredores se extendía interminable frente a nosotros.

»Intentando guiarme por los accidentes del terreno que había podido retener durante mi apresurada carrera, seguí las huellas en la arena hasta que me pareció que debíamos estar cerca de mi antorcha. 

»Sin embargo, no se veía ninguna luz y, tras arrodillarme para examinar las huellas más de cerca, descubrí consternado que había estado siguiendo las huellas equivocadas, porque entre aquellas marcadas más profundamente con tacón de bota, había huellas de pies descalzos; no habíamos llegado allí con el guía, y Jumal llevaba sandalias.

»Me erguí y miré a Nile
s, con la desesperada palabra “¡Perdidos!” dibujada en los labios mientras señalaba la arena traicionera y luego la luz que menguaba rápidamente.

»Pensé que el anciano estaría totalmente asustado pero, para mi sorpresa, parecía bastante calmado y sereno, reflexionó durante unos instantes y luego dijo en voz baja:

»—Otros hombres han pasado antes que nosotros por aquí; sigamos sus pasos, porque, si no estoy equivocado, nos conducirán a corredores menos estrechos, donde podremos orientarnos con más facilidad.

»El profesor continuó la marcha con valentía, hasta que dio un mal paso y salió rodando violentamente por el suelo con una pierna rota y a punto de apagar la antorcha por completo. Era una situación terrible y abandoné toda esperanza mientras me sentaba junto al pobre hombre, el cual yacía exhausto por la fatiga, el remordimiento y el dolor; no iba a abandonarlo.

»—Paul —dijo de pronto—, si no quieres continuar tú solo, nos queda aún una última posibilidad. Recuerdo haber oído que un grupo perdido como nosotros se salvó encendiendo una hoguera. El humo llegó más lejos que el sonido o la luz, y el sagaz guía entendió el origen de la extraña niebla; la siguió y rescató al grupo. Haz un fuego y confía en Jumal.

»—¿Un fuego sin madera?… —comencé a objetar, pero el profesor señaló un estante a mis espaldas, el cual me había pasado totalmente desapercibido en la penumbra; sobre él vi un estrecho cajón de momia. Entonces comprendí: estas cajas secas, de las que hay a cientos en las pirámides, son usadas como leña cuando se necesita. Alargué los brazos y bajé la caja creyendo que estaba vacía; pero al caer se abrió de golpe y salió rodando una momia. 

»Estaba acostumbrado a ese tipo de visiones, pero en ese momento me sobresalté ligeramente porque el susto me había alterado los nervios. Aparté la pequeña y marrón crisálida y rompí el cajón, encendí los maderos con la antorcha y en breve una tenue nube de humo flotaba por los tres corredores que convergían en el espacio con forma de celda en el que nos habíamos detenido.

»Mientras andaba atareado con el fuego, Niles, haciendo caso omiso del dolor y el peligro, se acercó arrastrándose a la momia y la examinó con el interés de un hombre gobernado por una pasión que continuaba indeleble incluso frente a la muerte.

»—Ven y ayúdame a desenrollar esto. Siempre he deseado ser el primero en ver y conseguir los curiosos tesoros escondidos entre los pliegues de estos extraños vendajes. Esta es una mujer, y quizás encontremos algo único y valioso —dijo, y empezó a desplegar el vendaje exterior, que desprendía un extraño y aromático olor.

»Le obedecí de mala gana; sentía que había algo sagrado en los huesos de aquella mujer desconocida. Pero, a fin de pasar el rato y entretener al pobre hombre, le eché una mano. Mientras lo hacíamos me maravillaba que esta cosa oscura y repugnante pudiera haber sido en otros tiempos una bella egipcia de ojos dulces.

»De los pliegues fibrosos del vendaje cayeron piedras preciosas y especias que nos dejaron medio narcotizados por sus potentes efectos, monedas antiguas y una o dos joyas curiosas que Niles examinó durante largo rato.

»Todos los vendajes, excepto uno, fueron finalmente retirados y emergió una cabeza pequeña, redonda, de la que aún pendían enormes trenzas de lo que en otro tiempo fuera una cabellera exuberante. Las manos marchitas estaban cruzadas sobre el pecho sujetando esa caja dorada.

—¡Ah! —gritó Evelyn, dando un respingo y dejando caer la caja de su rosada palma.

—No, no rechaces el tesoro de la pobre momia. Nunca me he perdonado por robarla, o por quemar su cuerpo —dijo Forsyth, dibujando con mayor rapidez, como si el recuerdo de aquella experiencia le transmitiera energía a la mano.

—¡La quemaste! Oh, Paul, ¿qué quieres decir? —preguntó la chica, enderezándose en su asiento con expresión de profunda excitación.

—Te lo contaré. Mientras andábamos atareados con Madame la Momia, nuestro fuego fue debilitándose porque la madera de los ca
jones secos ardía tan rápido como la yesca. Un sonido débil y lejano encogió nuestros corazones y Niles gritó:

»—Apila los maderos. Jumal nos está buscando;
¡no permitas que el humo nos falle ahora o estamos perdidos!

»—Ya no hay más madera; el cajón era muy pequeño y ya no queda nada —respondió desprendiéndome de todas las prendas de mi vestimenta que pudieran arder con rapidez y apilándolas sobre las brasas.

»Niles hizo lo mismo, pero las telas ligeras se consumían rápidamente y no levantaban humo.

»—¡Quema eso! —me ordenó el profesor, señalando a la momia. Dudé unos segundos. De nuevo me llegó el débil eco de un cuerno. Amaba demasiado la vida. Un puñado de huesos secos podría salvarnos y le obedecí en silencio.

»Una columna humeante brotó de la momia en llamas, formando volutas y flotando por los corredores más alejados, amenazando con ahogarnos con su fragante bruma. Mi cabeza comenzó a dar vueltas y bailaban luces ante mis ojos, extraños fantasmas parecían poblar el aire y, cuando fui a preguntar a Niles por qué jadeaba y estaba tan pálido, caí inconsciente.

Evelyn dejó escapar una profunda exhalación y apartó los regalos aromáticos de su regazo, como si su olor le abrumara.

El rostro moreno de Forsyth brillaba entusiasmado al relatar la historia, y sus ojos negros brillaron cuando añadió tras una breve carcajada:

—Eso es todo; Jumal nos encontró y nos sacó, y ambos renunciamos a las pirámides por el resto de nuestros días.

—Pero ¿y la caja?, ¿cómo es que la conservaste? —preguntó Evelyn, mirando la caja con recelo, mientras esta reflejaba un rayo de sol.

—Oh, te la traje de recuerdo, y Niles se guardó las otras joyas.

—Pero tú dijiste que algún mal recaería sobre el poseedor de esas semillas escarlata —insistió la chica; el relato había estimulado su imaginación y sospechaba que aún no había sido desvelado todo.

—Entre su botín Niles encontró un trozo de pergamino. Descifró la inscripción y esta afirmaba que la momia que habíamos quemado tan ruinmente era la de una famosa hechicera que maldeciría a cualquiera que perturbara su descanso eterno. Por supuesto no creo que esa maldición tenga nada que ver con ello, pero es un hecho que Niles nunca levantó cabeza desde aquel día. 

»Él dice que es porque nunca se recuperó de esa caída y del miedo que sintió, y yo me atrevo a asegurar que así es; pero en ocasiones me pregunto si yo también compartiré esa maldición, porque me invaden ciertas supersticiones, y esa pobre y diminuta momia aún me asalta en sueños.

Un largo silencio siguió a estas palabras. Paul siguió pintando de forma mecánica y Evelyn posaba mirándole con expresión pensativa. Pero la tristeza era tan ajena a su naturaleza como las sombras al mediodía; finalmente dejó escapar una alegre risa y dijo mientras volvía a coger la caja:

—¿Por qué no las plantas? Así verás qué maravillosa flor brota de ellas.

—Dudo que brote nada de ellas después de haber estado en las manos de una momia durante siglos —replicó Forsyth con voz grave.

—Déjame que las plante y lo intente. Sabes que se encontró trigo que había brotado y crecido en el ataúd de una momia; ¿por qué no iban a crecer estas hermosas semillas? Me encantaría verlas crecer... ¿me dejas, Paul?

—No, prefiero no probar ese experimento. Tengo un extraño presentimiento sobre este tema y no quiero verme a mí o a alguien a quien aprecio involucrado en todo este asunto de las semillas. Podría tratarse de un terrible veneno, o poseer algún tipo de poder maligno; la hechicera evidentemente las tenía en gran estima al aferrarse a ellas incluso en su tumba.

—Ahora te estás comportando como un tonto supersticioso, y me río de ti. Sé generoso; dame sólo una semilla, sólo para ver cómo crece. Mira, te pagaré por ella —y Evelyn, que se había levantado y estaba junto a él, le besó en la frente mientras le suplicaba de manera sumamente persuasiva.

Pero Forsyth no cedió. Sonrió y le devolvió el abrazo con amorosa calidez; luego lanzó las semillas al fuego y le devolvió la caja dorada susurrándole con ternura:

—Querida, te la llenaré con diamantes o bombones, si así lo deseas, pero no permitiré que juegues con los hechizos de esa bruja. Con los tuyos ya tienes suficiente, así que olvídate de las «hermosas semillas» y observa en qué magnífica Luz del Harén te he convertido en el cuadro.

Evelyn frunció el ceño, luego sonrió y finalmente los amantes salieron al sol primaveral para disfrutar de sus felices esperanzas sin que les perturbara temor alguno.

II

—Tengo una pequeña sorpresa para ti, amor —dijo Forsyth al saludar a su prima tres meses más tarde, la mañana del mismo día de su boda.

—Y yo tengo otra para ti —respondió ella, sonriendo levemente.

—¡Qué pálida estás, y qué delgada se te ve! Todo este lío nupcial ha sido demasiado para ti, Evelyn —dijo él con profunda preocupación, observando la extraña palidez en su rostro y presionando la pequeña y demacrada mano.

—Estoy tan cansada —dijo ella, y apoyó la cabeza exhausta sobre el pecho de su amado—. Ni el sueño ni la comida ni el aire fresco me dan fuerza, y en ocasiones una extraña bruma inunda mi mente. Mamá dice que es el calor, pero tiemblo incluso bajo el sol, mientras que de noche me quema la fiebre. Paul, cariño, me alegro que me lleves a otro lugar para vivir una vida feliz y tranquila contigo, pero me temo que será una vida muy corta.

—¡Mi fantasiosa mujercita! Estás cansada y nerviosa por todas estas preocupaciones, pero unas pocas semanas de descanso en el campo nos traerán de regreso a nuestra radiante Eve. ¿No tienes curiosidad por saber cuál es mi sorpresa? —preguntó él para desviar sus pensamientos.

La mirada perdida en el rostro de la chica dio paso a una de interés, pero mientras le escuchaba parecía necesitar hacer un enorme esfuerzo por retener en su mente las palabras de su amado.

—¿Recuerdas el día que estuvimos revolviendo en el viejo armario?

—Sí —y durante unos segundos una sonrisa se dibujó en sus labios.

—¿Y cuánto deseabas plantar aquellas extrañas semillas que le robé a la momia?

—Lo recuerdo —sus ojos centellearon con un fuego repentino.

—Bueno, las lancé al fuego, o eso pensé, y te devolví la caja vacía. Pero cuando regresé para cubrir el cuadro encontré una de aquellas semillas sobre la alfombra; un repentino deseo de complacerte hizo que se la enviara a Niles y le pidiera que la plantase y me informase de su progreso. 

»Hoy he recibido noticias suyas por primera vez, y me dice que la semilla ha brotado y que ha florecido maravillosamente, y ahora tiene la intención de cortar el primer capullo, si florece a tiempo, para mostrarlo en un congreso científico, después me enviará el verdadero nombre y la propia planta. Por su descripción, debe de tratarse de un ejemplar muy curioso y estoy impaciente por verlo.

—No te hace falta esperar; puedo mostrarte la planta ya florecida —y Evelyn le hizo una seña con una sonrisa méchante, tan ajena a sus labios en otros tiempos.

Sumamente sorprendido, Forsyth la siguió hasta su pequeño tocador, y allí, bajo los rayos del sol, estaba la desconocida planta.

Casi exuberante en su abundancia, lucía unas hojas de un verde intenso y unos tallos delgados y morados; en el centro se alzaba una flor de un blanco fantasmal, con forma de cabeza de serpiente encapuchada y estambres rojos como lenguas bífidas, y sobre sus pétalos se observaban unas manchas brillantes, como si fueran gotas de rocío.

—¡Qué flor más extraña y misteriosa! ¿Desprende algún aroma? —preguntó Forsyth mientras se inclinaba para observarla de cerca, tan intrigado por la planta que olvidó preguntar cómo había llegado hasta allí.

—Ninguno, y eso me ha decepcionado; me gustan tanto los perfumes… —respondió la joven acariciando las verdes hojas, que temblaron bajo sus dedos, mientras que los tallos adquirieron un color morado más oscuro.

—Ahora cuéntame cómo ha llegado aquí —dijo Forsyth tras permanecer en silencio durante unos minutos.

—Yo entré en la estancia antes que tú y me guardé una de las semillas, porque fueron dos las que cayeron sobre la alfombra. La planté bajo una campana de cristal en la tierra más fértil que encontré, la regué fervorosamente y me sorprendió la rapidez con la que creció desde el momento en que brotó de la tierra. 

»No se lo dije a nadie porque quería darte una sorpresa; pero le ha llevado tanto tiempo florecer al capullo que tuve que esperar. Es un buen presagio que haya florecido justamente hoy, y como ya está casi totalmente blanca tengo intención de llevarla puesta para la boda; le he cogido bastante apego después de haberla cuidado durante tanto tiempo.

—Yo no me la pondría… a pesar de su color inocente tiene un aspecto maligno, con esa lengua de víbora y ese extraño rocío. Espera a que Niles nos diga qué es y luego sigue cuidándola si es inofensiva. Quizás mi hechicera le tenía tanto aprecio simplemente por su belleza simbólica… esos antiguos egipcios creían en todo tipo de fantasías. 

»Fuiste muy astuta y te adelantaste a mí. Pero te perdono porque dentro de unas pocas horas encadenaré esta misteriosa mano a la mía para siempre. ¡Qué fría está! Sal al jardín y toma un poco de sol y color para esta noche, amor mío.

Pero cuando llegó la noche nadie pudo reprochar palidez alguna a la joven: tenía el rubor de una flor de granado, sus ojos centelleaban con un fuego intenso, sus labios estaban encarnados y toda su antigua vitalidad parecía haber retornado a su cuerpo. 

Nunca jamás hubo novia más radiante bajo un velo nupcial, y cuando su amado la vio quedó totalmente anonadado por la belleza casi sobrenatural que había transformado a la pálida y lánguida criatura de la mañana en aquella mujer resplandeciente.

Se desposaron y, si el amor, la infinidad de parabienes y lujosos regalos que llovieron sobre ellos podía hacerles felices, entonces esta joven pareja resultó tremendamente bendecida. Pero incluso en el éxtasis del momento en que la desposaba, Forsyth notó la frialdad de la mano que sostenía, notó el febril rubor oscuro de las suaves mejillas que besó, y el extraño fuego que ardía en los tiernos ojos que le miraban enamorados.

Alegre y bella como un espíritu, la sonriente novia cumplió su papel en todas las festividades de aquella larga velada, y cuando finalmente la luz, la vida y el color comenzaron a desvanecerse de su cuerpo, los amorosos ojos que la observaban lo achacaron al cansancio de las altas horas. 

Cuando los últimos invitados partieron, un sirviente se acercó a Forsyth y le entregó una carta marcada con «Urgente». La abrió y leyó las siguientes líneas escritas por un amigo del profesor:

ESTIMADO SEÑOR… el pobre Niles murió repentinamente hace dos días mientras se encontraba en el Club Científico, y sus últimas palabras fueron: «Adviertan a Paul Forsyth que se proteja de la Maldición de la Momia, porque esa flor letal me ha arrebatado la vida». Las circunstancias de su muerte fueron tan extrañas que he añadido la narración de las mismas a este mensaje. 

Durante varios meses, como nos había informado el profesor, tuvo bajo observación una planta desconocida, y esa tarde nos trajo la flor para que la examináramos. Otras cuestiones de interés nos absorbieron hasta bien entrada la noche y nos olvidamos de la planta. 

El profesor la llevaba en el ojal de su chaqueta… era una flor blanca extraña y con forma de cabeza de serpiente, con puntos claros brillantes que lentamente cambiaron a un tono rojo brillante, como si las hojas estuvieran salpicadas de sangre. 

Se observó que, en lugar de la palidez y debilidad que había estado padeciendo últimamente, el profesor se mostró esa tarde inusualmente animado y parecía hallarse en un estado sobrenatural de excitación. 

Pero casi al final de la reunión, en medio de una animada discusión, se derrumbó como si sufriera un ataque de apoplejía. Se le trasladó a su casa inconsciente y, tras un breve intervalo de lucidez en el que me dio el mensaje que he citado más arriba, murió entre enormes dolores, delirando sobre momias, pirámides, serpientes y alguna maldición mortal que había recaído sobre él. 

Tras su muerte, aparecieron sobre su piel unas manchas de color escarlata amoratado, como las de los pétalos de la flor, y se consumió como una hoja marchita. Siguiendo mis órdenes, la misteriosa planta fue examinada y una de las voces más autorizadas en la materia certificó que la muerte había sido causada por uno de los venenos más potentes conocidos por las hechiceras egipcias. 

La planta absorbe lentamente la vitalidad de la persona que la cultiva y, si se lleva puesta la flor durante dos o tres horas, sobreviene en el sujeto o la locura o la muerte. 

El papel cayó de la mano de Forsyth; no siguió leyendo y regresó corriendo al cuarto en el que había dejado a su joven esposa. Se la veía totalmente exhausta sobre el sillón y dormitaba allí inmóvil con el rostro medio tapado por los finos pliegues del velo.

—¡Evelyn, mi amor! Despierta y respóndeme. ¿Te pusiste esa extraña flor hoy? —susurró Forsyth apartando el etéreo velo.

No hizo falta que respondiera, porque allí, reluciendo espectralmente sobre su pecho, estaba la flor maligna, sus pétalos blancos estaban ahora salpicados de puntos escarlata, tan vivos como gotas de sangre recién derramada.

Pero el infeliz novio apenas pudo mirarla, porque más arriba el rostro lo dejó profundamente conmocionado por su total vacuidad. Demacrado y pálido, como si hubiera sido consumido por alguna enfermedad, el joven rostro que fuera tan bello tan sólo unas horas antes, ahora se le mostraba envejecido y marchitado por la siniestra influencia de la planta que se bebió su vida. 

No se veía ningún destello de reconocimien
to en sus ojos, ni sonaba palabra alguna en sus labios, no hizo ademán alguno con su mano… tan sólo una respiración débil, un pulso tembloroso y unos ojos totalmente abiertos indicaban que aún estaba con vida.

¡Ay de la pobre y joven esposa! El miedo supersticioso del que antes se había reído terminó probando ser cierto: la maldición que hab
ía estado esperando su oportunidad durante años fue al fin cumplida, y con su propia mano destruyó su felicidad para siempre. 

La muerte en vid
a fue su destino, y durante años Forsyth se recluyó para profesar una patética devoción al pálido fantasma, el cual nunca, ni con una palabra ni una mirada, pudo agradecerle el amor que sobrevivió incluso a un destino como este.

Una revelación - Mary E. Braddon (Parte 1)

 I

—Y esta determinación suya de marcharse a Inglaterra ¿no es un poco repentina?

—Lo es —contestó el coronel Desborough—. Y son tantos los años que llevo en la India que es probable que en mi propio país no consiga sentirme tan en casa como aquí. Y llevo tantos años en la India que quizá la sienta más hogar que mi propio país. Pero un viaje por mar me vendrá bien, eso dicen los médicos. De un tiempo a esta parte no me encuentro nada bien.

—Es cierto que le he visto desmejorado, y que también parecía muy deprimido. ¿Le sucede algo? Y disculpe la pregunta.

—Mi estimado Breakspear, nuestra amistad justifica una pregunta tan natural. En efecto, sí que me sucede algo, y no es bueno, nada bueno. Salvo a mis dos médicos, no he mencionado a nadie la causa de mi mala salud y de mi abatimiento; pero, como el Jumna parte la semana que viene y quizá no volvamos a vernos nunca más, se la confiaré a usted.

—Ahí está ese pesimismo de nuevo. Por supuesto que nos volveremos a ver, y espero que tenga esposa para entonces. Debiera usted casarse, Desborough; lleva solo demasiado tiempo.

—No —contestó el coronel—. Estoy a punto de cumplir los cuarenta y, en mi opinión, es difícil que a esas alturas de la vida pueda uno cambiar ya de costumbres o de ideas. Una esposa de mi edad se encontraría en la misma situación… chocaríamos. Y una más joven me importunaría. Pero dejemos lo del matrimonio, es una cuestión sobre la que no merece la pena discutir.

—Bien, pues entonces volvamos a la causa de su afección.

—¿Recuerda nuestra expedición a las montañas y la cacería del tigre?

—Sí, claro, hace solo cinco meses; estaba usted muy bien por entonces… Con el ánimo por las nubes, lo recuerdo.

—Y esa fue la última vez que lo estuve —replicó Desborough apesadumbrado—. Como sabe, le seguimos el rastro a nuestra pieza hasta lo más profundo de la jungla, y allí lo matamos. Al regresar, había una luna llena que lo iluminaba todo como si fuera de día. Yo iba a la cabeza mientras avanzábamos en fila india por la angosta senda. Por delante todo aparecía despejado; solitario, de hecho. De repente, divisé a escasos pasos de donde me encontraba la figura de un viejo amigo a quien no había visto y en quien no había vuelto a pensar en muchos años; y, sin embargo, allí estaba, de pie en medio del sendero. Levantó un brazo e hizo un gesto para que me acercase.

—Por fuerza tuvo que ser una sombra —observó prudente el mayor Breakspear, advirtiendo la palidez y el nerviosismo que se habían ido apoderando de Desborough mientras hablaba.

—Lo mismo pensé yo entonces, estaba convencido de que la visión no era más que una jugarreta de la memoria. Pues bien, deseché de mi cabeza el asunto; pero —y bajó la voz—, una noche o dos después, mientras me miraba en el espejo del tocador, lo vi justo a mi espalda, de pie en mitad de la habitación. Volvió a hacerme un gesto, invitándome a que lo siguiera. Lo más extraño de todo es que, aunque lo reconocí a la perfección, ya no era un hombre joven, como cuando lo vi por última vez, sino que tenía el pelo y la barba grises como el acero, y su aspecto era el que indudablemente tendría si hubieran pasado quince años.

—Pura imaginación —dijo el mayor—. ¿Y ha experimentado alguna otra reaparición de este… fenómeno?

—¡¿Alguna reaparición, dice usted?! Ojalá pudiera decir que no. Le veo con frecuencia y en los momentos más inesperados…, y no siempre por la noche, aunque sí que generalmente plantado entre las sombras, como en esa hornacina de ahí, por ejemplo. —Y lanzó una mirada nerviosa hacia el hueco mientras hablaba—. No soy supersticioso, y nunca he creído en las manifestaciones espectrales. He luchado en batallas y he sido testigo de los horrores de un asedio prolongado, pero he de confesar que no hay nada que me haya sobrecogido tanto como esta aparición.

—Es muy extraño, desde luego; y dice usted que ni siquiera había pensado en su amigo recientemente —observó el mayor Breakspear.

—Para nada. Es tres años mayor que yo; coincidimos en las academias de Rugby y de Sandhurst. A la muerte de su padre, heredó el título de baronet y se casó. Yo me vine a la India a los dieciocho años, y solo regresé a casa de permiso cumplidos los veinticuatro. Supe que mi viejo compañero de academia se había quedado viudo y que tenía una niña pequeña. Eso fue hace quince años. Mantuvimos alguna correspondencia, pero no he tenido noticias suyas ni he pensado en él durante los últimos diez. Bueno sí, hace dos o tres años leí en The Times que había contraído nupcias por segunda vez. Y ahora se diría que estoy poseído por él; cuando duermo sueño con él, y al despertar me lo encuentro ahí de pie, en mitad de la habitación. La cuestión es, Breakspear, ¿estoy loco?

El mayor Breakspear, notando el estado de extrema agitación en el que se encontraba su camarada, le apoyó una mano amiga sobre el hombro.

—No, no —dijo—, no lo piense ni por un instante; es un desequilibrio fisiológico, solo eso.

—En Demonología y brujería, sir Walter Scott se hace eco de la historia de un caballero, miembro de las más altas instancias de la administración de justicia, a quien rondaba de forma pertinaz una presencia imaginaria y que, de hecho, acabó consumiéndose y muriendo por tan terrible experiencia. Puede que a la larga yo corra la misma suerte. Mi raciocinio no está capacitado para combatir los efectos de lo que o bien es una realidad o bien un producto de una mente enferma.

El mayor Breakspear contempló a su amigo atentamente, reparando en lo mucho que se había consumido aquel cuerpo antaño fornido, y en cuán demacrada estaba su cara, antes apuesta y franca. Desborough había destacado como uno de los hombres con mejor planta del ejército, con su más de metro ochenta de estatura, un espléndido físico, ágil y activo, una pose elegante y erguida y la cabeza siempre firme y echada hacia atrás; tenía un fino rostro sajón, rasgos clásicos, una tez sana (muy bronceada por el sol), ojos azules y el pelo rubio oscuro. A sus treinta y ocho años era mucho más atractivo que un buen número de hombres más jóvenes que él.

—La travesía calmará sus nervios y le fortalecerá —acertó a decir Breakspear—. Le aconsejo que parta con la mayor premura posible.

Después de que el mayor se marchara, el coronel Desborough empezó a pasearse por la habitación, sumido en sus pensamientos.

—No, no —se dijo a sí mismo—, no estoy loco, pero estoy decidido a resolver este misterio. Iré a ver a Henry Chalvington. Si me marcho a Inglaterra no es solo por mi estado de salud. —Entonces hizo pasar a su edecán—. ¿Ha decidido ya si me acompañará o no, Blencoe?

Blencoe, un hombre atractivo de unos treinta años, le hizo el saludo militar.

—Iría con usted hasta el fin del mundo, coronel, pero… no a Inglaterra.

—Supongo que, al igual que me ocurre a mí, no le une a usted ningún lazo con nuestro país.

—Al contrario, señor, tengo uno y con ese me basta… ¡una esposa!

El coronel no pudo reprimir una carcajada.

—¡Me sorprende usted! —dijo—. No tenía ni idea de que fuera un hombre casado.

—Aquí nadie lo sabe, coronel; es más, si me alisté en el ejército fue para esconderme y huir de ella. Blencoe no es mi verdadero nombre. Llevo aquí seis años, un tiempo que dista mucho de ser suficiente para haber alterado mi aspecto físico. Si me cruzara con mi esposa, aún me reconocería.

—Entonces viajaré sin asistente y contrataré uno cuando llegue a Londres. De haber aceptado acompañarme, le aseguro que no habría sido en balde. Su formación es excelente. —De hecho, Blencoe ocupaba un puesto de ayudante en la oficina del tesorero—. Podría haberme leído, y escribir al dictado durante el viaje, puesto que no me encuentro con fuerzas para ello.

El joven lanzó una mirada apesadumbrada al coronel.

—Si pudiera estar seguro de que no fuera a encontrarme con ella. Verá, señor. Yo estaba empleado de pasante en un despacho de abogados y un mal día me casé con esa mujer. Mi padre, que era metodista y, por tanto, un hombre muy estricto, me echó de casa. Empecé a trasnochar y mi jefe me despidió. Probé en el teatro, pero descubrí que no sabía actuar. Corrí un tupido velo sobre las idas y venidas de mi amada esposa. Salí huyendo y aquí estoy.

—No podría haber sido más gráfico y sucinto. Ya veo que no tiene usted ningún aliciente para viajar a Inglaterra.

—Al contrario, coronel, hay dos alicientes de peso. El primero es su compañía, señor, puesto que es usted un caballero; ha sido generoso conmigo y en más de una ocasión ha tenido la enorme bondad de alabar mi formación, que posiblemente habría sido mejor de no haberme comportado como un cabeza loca. El otro aliciente —prosiguió Blencoe, que bajó la cabeza para ocultar un brillo delator en sus ojos— es volver a ver el rostro de mi madre, si es que vive. De modo que creo que me arriesgaré, señor, y le acompañaré.

No había un hombre más valiente al servicio de Su Majestad que el coronel Desborough. Era inteligente, y sentía tanta devoción por la vida militar que, a pesar de disponer de una importante fortuna, heredada tras la muerte de un hermano mayor, había permanecido en la India y, hasta el momento, vivido con la sencillez de un hombre de recursos muy modestos. 

No sabía determinar con exactitud si su deficiente estado de salud se debía a una estancia demasiado prolongada en aquel clima tan caluroso o si, por el contrario, debía achacarla a otras causas; él siempre se había mofado de los cuentos de fantasmas, pues consideraba impropio de un hombre sensato tomarlos en consideración y mucho menos creer en ellos. 

Por eso opinaba que las frecuentes e inesperadas apariciones de este viejo amigo solo podían ser producto de una imaginación enferma. No obstante, era tan mayúscula la impresión que estas le habían causado que ahora iba a embarcarse rumbo a Inglaterra con el fin de llegar al fondo de aquel extraño suceso.

—Se trata de una afección mental —se dijo con pesimismo—; una semana llevo harto entretenido con los preparativos para el viaje y las despedidas de mis amistades, y mi estado de ánimo ha experimentado una notable mejoría, he desviado mis pensamientos hacia otros derroteros y, por tanto, esta pesadilla de mi imaginación ha cesado; un cambio de aires la curará.

En total contradicción con esta teoría, coincidiendo con un momento en el que se encontraba más alegre que nunca, puesto que regresaba de compartir una cena con un puñado de amigos la víspera de su partida, sucedió que al abrir la puerta de su dormitorio vio con absoluta claridad a sir Henry Chalvington bajo la luz de un rayo de luna que se colaba por la galería. 

Mientras entraba, la figura pareció retroceder ante su presencia hasta que finalmente se esfumó a través de la ventana abierta. La siguió hasta la terraza de su bungaló, delante de la cual un centinela hacía su ronda.

—¿Ha pasado alguien por aquí? —preguntó el coronel.

—Ni un alma desde que estoy de servicio, señor —contestó el soldado, presentando armas.

(CONTINUARÁ....)

El segundo viaje a Marte - Ward Moore

  

Hasta que su informe fue conocido, se consideraba a la expedición a Marte que Murphy, Gobiniev, Langois, Alameda y Mutsuhara llevaron a cabo en 2002 como la primera realizada con éxito. La verdad es que el primer viaje lo consumó de modo completamente accidental, en 1887, el año de las bodas de oro de la reina Victoria, un tal Humphrey Beachy-Cumerland.

Su nombre completo era Humphrey Howard Clarence Beachy-Cumberland, y era pariente lejano -muy lejano- de los Churchill, a quienes consideraba más bien como advenedizos. Él no tenía título, y alimentaba sobre la dignidad de par ideas muy poco halagüeñas.

Había habido Beachy en Agincourt y Cressy, y Beachy-Cumberland fue nombre distinguido en Naseby y Ramíllies, Prestonpans y Salamanca. No estaba dispuesto a cambiarlo por un lord Fulánez o un conde de Nosédónde. A los veinticinco años -había nacido uno después de la muerte del príncipe consorte- poseía ya sólidos principios. Tenía un marcado interés por el progreso (mejores casas de vecinos, clases gratuitas para obreros...) y un alto sentido de la responsabilidad (inspección de alcantarillas, pensiones para los sirvientes ancianos...)

Es el progreso, y en modo alguno la afinidad, lo que explica su interés por Oiles Pundershot. Pundershot era un vulgar en todos los sentidos: de humilde cuna, colocaba mal la h, pedía dinero sin cuidarse de devolverlo, leía las cartas ajenas, seducía criadas y llevaba la corbata de un colegio al que no fue nunca. Llegada la oportunidad, hubiese sido muy capaz de cazar zorros a tiros. 

Era también un genio de primera magnitud, un físico tan por delante de su época que ninguna universidad toleraba que se mencionase su nombre ni ningún tratadista de viso se molestaba en refutarle. 

Humphrey le daba una libra a la semana, habitación en el ala de la servidumbre y una razonable cuenta abierta en una fundición de hierro de la que era director. Le concedió también un ayudante de jardinero y medio acre de terreno para la construcción de una máquina voladora. Tanto Humphrey como Pundershot estaban seguros de que el vuelo de los más pesados que el aire sería posible antes de 1900.

La máquina voladora de Pundershot seguía concepciones revolucionarias. Era, en realidad, un proyectil... un proyectil sin cañón.

- Magnetismo - explicaba Pundershot -, atracción y repulsión. Antigravedad, en una palabra. Repele la Tierra.

- ¿De veras? - preguntó Humphrey cortésmente.

- Lo malo es si la repele con excesiva brusquedad. Sí no me equivoco, volará a trescientas millas por segundo.

- Demasiado - comentó Humphrey - Demasiado a todos los efectos.

- Dieciocho mil millas por minuto - dijo Pundershot -. Un millón de millas por hora. Semejante velocidad no sirve para nada.

- Eso parece - asintió Humpbrey.

- Bueno - dijo Pundershot, sombríamente satisfecho -; supongo que tendré que deshacerlo y volverlo a montar.

Humphrey parecía abrigar ligeras dudas. Sabía al penique cuánto le había costado el proyectil, y la experiencia enseñaba que el segundo costaría al menos cuatro veces más caro.

- ¿Qué hay por dentro? - preguntó, aplazando el momento de aprobar el nuevo experimento de Pundershot.

- Nada que pueda entender un aficionado. Falsas paredes, superpuestas y rellenas; un tanque de oxigeno -el vehículo es estanco- y controles magnéticos: «Marcha» y «Parado». Todo un poco apretado, a causa del mecanismo de absorción de choques que va entre las paredes. Apenas queda sitio para una persona, y está todo oscuro. ¿Quiere echarle una mirada?

Humpbrey no tenía especial curiosidad, pero el tacto (¿acaso no se ofendería Pundershot si no mostraba interés?) y la desconfianza (después de todo, con semejante tipo, a lo mejor resultaba todo de cartón) le hicieron asomarse por la abierta portezuela.

- Entre sí quiere - invitó Pundershot -. No podrá ver mucho, pero algo notara.

- Bueno - dijo Humphrey vacilante -; probaré.

La descripción del interior que había hecho Pundershot era más bien optimista. Humphrey no vio nada; tan sólo sintió una como premonición del ataúd, y trató de volver sobre sus pasos.

- ¡Cuidado! - exclamó Pundershot. Mire lo que hace. El cierre automático está junto a su brazo.

Naturalmente, Humphrey movió el brazo. Tropezó con un botón; y la portezuela metálica se cerró de golpe. Lanzó una exclamación y luchó por volver a abrir el cilindro. En vez de conseguirlo, entró en contacto con el invisible botón «Marcha». El proyectil repelió la gravedad de la Tierra con absoluta repugnancia. A cuarenta y ocho millones de millas, metro más o menos, el planeta Marte lanzaba sus rojos destellos. La nariz de la máquina apuntó exactamente hacia él.

El último pensamiento de Humphrey Beachy-Cumberland mientras desgarraba la envoltura gaseosa de la Tierra fue que había dejado una pensión para Pundershot en su testamento. Bien se arrepentía.

Los marcianos que le rodearon cuarenta y ocho horas más tarde habían vuelto a la barbarie hacía miles de generaciones. Sus grandes ciudades yacían en el polvo, y el saber había degenerado en fábula y magia, tras fallar los delicados resortes de equilibrio de una sociedad completamente libre, igualitaria y sin violencia. 

Pequeñas tribus, tan bárbaras que su jefatura no era hereditaria, sino asumida por el más fuerte o el más astuto, guerreaban perpetuamente entre sí, ansiosas de nuevas victorias. A pesar de ello, Humphrey estaba de suerte; prácticamente, todos los marcianos habían abandonado el canibalismo.

Miró hacia arriba, a los rostros impasibles, todos los marcianos le sacaban, por lo menos, la cabeza y percibió las ropas toscamente tejidas, las pálidas pieles, los amplios torsos y la profusión de hachas y cuchillos.

- ¡Agua..., por favor! - boqueó.

Uno de los marcianos emitió algunas sílabas agudas. «Vaya», pensó Humphrey «tendré que enseñarles inglés. ¡Qué lata! ».

Los ininteligibles sonidos debían tener algo de humorístico, pues los demás rieron brevemente. Siniestramente. Humphrey se llevó un imaginario vaso a los labios. Al no observar el menor indicio de comprensión, puso sus manos en forma de cuenco e hizo exagerados ruidos ingurgitatorios. El marciano del chiste sacó un horrible cuchillo de hierro.

- ¡Eh! - se apresuró Humphrey -. Guarde eso. Puede hacer daño a alguien.

Nunca le había gustado el humor negro. Se volvió hacia el otro lado, repitiendo su pantomima. El del cuchillo se detuvo.

- ¡Agua! - repitió Humphrey, alzando la voz a pesar de la sequedad de su garganta, seguro de que los extranjeros siempre se las arreglan para entender, si se les habla bien alto y muy despacio.

Mucho más tarde, y tras haber sido amenazado con la mutilación o la muerte por los más ingeniosos procedimientos -evitados por el de mirar al supuesto asesino y asegurarles fríamente que ése no era modo de comportarse- Humphrey estaba de rodillas al borde de un canal increíblemente ancho, calmando su sed con el agua oscura y nauseabunda. 

Sus captores se hallaban junto a él, en modo alguno intimidados por aquella increíble criatura que parecía desconocer el miedo -y el sentido común- y que no hablaba como todo el mundo. No estaban intimidados, pero si confundidos.

Humphrey paseó su mirada a través del canal, y después arriba y abajo, hasta donde desaparecía en el horizonte. «Supongo que no habrá auténticos ríos. Bien, por algún sitio hay que empezar; llamaré a esto el Támesis. Canal del Támesis».

Se volvió a los marcianos.

- Támesis, dijo claramente. - Taaa-mesis. Ca-nal.

Y señaló la obra de ingeniería construida por sus antepasados hacía sesenta mil años.

- Fenutch Gubra - articuló un marciano.

- No, no - Dijo Humphrey -. Támesis. Canal del Támesis.

Volvió a acercarse al agua para lavarse cara y manos... «Tengo que hacer algo para conseguir un baño decente. Los malditos tienen hierro; no será difícil fabricar alguna especie de barreño».

Los baños diarios eran una necesidad, pero otras exigían inmediata precedencia. Juzgaba a sus huéspedes lo bastante primitivos para dormir a la intemperie, conducta que no se proponía imitar. 

La incomodidad endurece al hombre, le hace más apto, pero la intimidad es la base de la civilización. Y Humphrey no pensaba abandonar ésta, ni siquiera bajo las presentes críticas circunstancias.

- Bien - dijo bruscamente -, no puedo estar así todo el día. ¿Qué tal ahora un poco de comida? Comida. ¿Entienden? Co-mi-da...

Humphrey se sintió desolado al descubrir la realidad del atraso marciano. Tras el infantilismo de amenazar a un extranjero con bestiales torturas, ya no esperaba la cultura de Manchester o Birmingham; no buscaba refinamientos como los paraguas o el Punch. Pero es que ellos ni siquiera conocían la institución familiar. 

Las tribus vivían divididas con arreglo al... ¡hum...! género. Los niños permanecían junto a las mujeres hasta alcanzar la edad de intervenir en la interminable guerra con otras tribus, de la que sólo regresaban con... propósitos carnales. Todo de una completa inmoralidad.

Peor aún, no había herencia, mayorazgo ni vinculación. Humphrey no podría cruzarse de brazos ante tal estado de cosas sin que pareciese concederles su aprobación.

Sus captores pugnaban todavía por animarse a matarlo, pero el simple intento era algo más difícil cada día. Resultaba completamente absurdo y no poco indecente violar de ese modo la costumbre y código fundamentales -«no dejaréis con vida a ningún extranjero»-, pero nunca extranjero alguno se había mostrado tan opuesto a cooperar. 

Se negaba a asustarse de las hachas blandidas o los cuchillos enarbolados. Ni siquiera podía acabarse con él durante el sueño; los intentos de aproximación subrepticia al burdo cobijo que había construido tropezaban siempre con un alerta y desconcertante preguntón.

El caso es que mientras hubiesen faltado a lo establecido al no saltarle los sesos o cortarle el cuello de un modo inmediato, Míster -esto era cuanto de «Mr. Beachy-Cumberland» juzgaban conveniente pronunciar- corría el riesgo de ser despachado en cualquier momento. Entre tanto, ahora que comprendían algunas de sus palabras, quizá pudiesen sacarle algunos trucos para vencer a las tribus vecinas.

Humphrey no tenía intención de serles útil en este aspecto. Luchar por la reina y el país era una ocasional, desagradable -y gloriosa- necesidad. Pero no había necesidad ni gloria en aquellos choques aborígenes. Eran simplemente repugnantes.

No obstante, sin querer aumentó el poder de la tribu y su propio prestigio. En aquellas regiones, al menos, no había árboles ni animales -como amante del rosbif con puding de Yorkshire, lamentaba la ausencia de vida animal-; tan solo abundante variedad de vegetación anual junto a las orillas del canal. 

Por ello, las armas, que en semejante estadio de desarrollo deberían haber sido de madera o de hueso, eran burdamente forjadas con el hierro oxidado que se hallaba en abundancia en las arenas. También el carbón era abundante.

Humphrey había, como accionista y director, estudiado concienzudamente la siderurgia. Sin ser un técnico, podía fabricar cok del carbón para conseguir un metal más fuerte y ligero que el que los marcianos utilizaban en sus primitivas herramientas. 

Trabajando al principio en solitario, y después con los pocos que creyeron divertido imitarle, produjo cuchillos que cortaban en vez de serrar; azadas para el cultivo, a fin de conseguir mayores cosechas de alimentos y fibras más fuertes para tejer; y palas y picos para excavar nuevas reservas metalíferas.

Los marcianos vieron las ventajas de sus métodos y se construyeron mejores hachas de guerra. Humphrey consideraba las hachas de guerra contrarías al progreso.

- Escucha - dijo a un joven marciano que había sido de los primeros en imitar sus métodos de fundición y forja -. Esto no puede ser. ¿Por qué os empeñáis en estar siempre peleándoos?

- Co-mer - articuló trabajosamente el marciano -. Mu-jer.

- Sí - reflexionó Humphrey -. Claro. Naturalmente. - Le consideró con ojo crítico -. ¿Te llamas Tom Smith, creo?

- Mogolum Tu.

- Eso no es un nombre, es un galimatías para trombón de varas. Créeme, te va mucho mejor Tom Smith. Y pasemos a lo de la comida y... ¡eh...! las mujeres. Ya veis qué fácil es conseguir plantas más grandes utilizando mejores herramientas. 

Ahora podemos construir un arado - no hay anímales por desgracia -; y sembrando en vez de confiar en la suerte, se obtendrá más de lo que esta tribu puede comer, aunque haga fiesta todos los días. Sobrará alimento para todas las tribus. En cuanto a... las mujeres, también podría hacerse mejor.

Y delicadamente explicó las ventajas del matrimonio monógamo.

El problema que preocupaba a Humphrey no tenía nada que ver con la noria de hierro que ahora chirriaba y rechinaba en el canal del Támesis para proporcionar agua a arenales incultos durante milenios. Tampoco con los telares mejorados para conseguir mejores tejidos, ni con las negociaciones con otra nueva tribu que pretendía unirse a la pacífica y próspera federación. 

Ni siquiera se refería al grupo de disidentes capitaneado por Henry Green -antes Thottho Gor- que protestaban de que Tom Smith y Míster estaban yendo demasiado lejos y con prisa excesiva.

El problema de Humphrey era de orden sacro. Nada beato, sabía poca Teología, y había pensado siempre que esos asuntos eran cosa del vicario. La frase «sucesión apostólica» flotaba en su ánimo: no puede uno iniciar a nativos seleccionados en los secretos del Breviario -del que recordaba largos pasajes- y ponerlos a administrar los sacramentos. Sólo pensarlo ya olía a inconformismo. Pero, ¿cómo regularizar los matrimonios que había arreglado? 

Cierto que incluso la monogamia irregular era preferible a las condiciones antes reinantes, pero no por ello dejaba de ser irregular. ¿Y qué hacer con los bautismos y los entierros? Cuando a él mismo le tocase bajar a la Tierra -a Marte, exactamente- quería que sobre su cuerpo se leyesen, en debida forma, las oraciones de rigor.

Entretanto, mantenía a un creciente grupo de ayudantes en constante ocupación. Tom Smith seguía siendo su discípulo preferido, pero estaba siempre atareadísimo llevando a cabo los proyectos de Humphrey, explicando, aplacando, persuadiendo... Para sus nuevas reformas e invenciones, Humphrey dependía de hombres que acababan apenas de abandonar la caza de sus semejantes. 

Le maravillaba la rapidez con que comprendían ideas y teorías, a menudo aún nebulosas en su mente, y las llevaban a la práctica. Sabía que podía obtenerse papel reduciendo a fibra las pulpas de madera; ellos encontraron la planta más adecuada y discurrieron los medios de producción. Indicó la manera de obtener y utilizar los tipos, y ellos organizaron una imprenta. Poseía ligeras nociones sobre vidrio y cemento; y pronto hicieron cristales y vasijas que eran, cuando menos, traslúcidos, y fabricaron hormigón y mortero que prometían conservar su dureza.

A regañadientes aceptó un compromiso en cuanto a las órdenes sagradas. Un capitán de barco, argumentaba, une matrimonios válidos y envía cuerpos al abismo. ¿Por qué no ha de hacerlo el capitán de un planeta más lejano que los mares terrestres? Sabía que su lógica se hacía más frágil a medida que la estiraba, pero algo había que arbitrar. 

Tranquilizó su conciencia diciéndose que no estaba ordenando clérigos, sino tan sólo delegando funciones; y hacía que sus alumnos se llamasen «vicario diputado» o «cura en funciones». Ahora, si algo le ocurría -y no olvidaba que la facción anti-Mister de Henry Green había crecido peligrosamente desde la extensión de la civilización a las tribus que habitaban más allá de los canales Serpentine y Avon-, quedaría alguien para enseñar a los jóvenes e infundir decoro a unas gentes cuyo comportamiento podría de otro modo llegar a ser escandaloso.

En 1897 botaron el primer buque a vapor en el canal del Támesis. Humphrey había elaborado un calendario marciano utilizando los años terrestres. Su defecto residía en la incertidumbre sobre la fecha exacta de su llegada; de modo que nunca estaba muy seguro en la celebración del cumpleaños de la reina, y el día de Navidad era clara cuestión de azar. Pero la botadura tuvo lugar incuestionablemente en 1897, diez años después del aterrizaje del proyectil.

El buque era pequeño, saltarín y de poco calado, con una caldera sospechosa y ruedas de palas poco eficaces; pero llevó a los emisarios de Humphrey a extraños lugares donde crecían plantas exóticas y el cobre y el tungsteno abundaban tanto como el hierro; donde Mister era sólo un nombre de una vaga leyenda, y donde su mensaje de progreso encontró tan a menudo nubes de proyectiles como coros de oyentes.

Fue el mismo año en que se grabaron los billetes de banco y los marcianos aprendieron a apreciar las ventajas de la propiedad y a vender las cosas por ocho chelines y seis peniques y medio en vez de regalarlas. Y así, con los salarios, los bienes raíces, el comercio, los beneficios, los dividendos y el paro... Todas las bendiciones de la civilización.

El problema de Henry Green y los descontentos que le seguían no podía ser demorado por más tiempo. Humphrey había impreso carteles explicando el sistema parlamentario, la responsabilidad gubernativa y el imperio de la constitución. A las primeras elecciones, Tom Smith recibió la investidura por Nueva Brighton, en el canal del Tweed; y resultaron elegidos los suficientes partidarios suyos para permitirle formar un gobierno en el que era primer ministro y canciller del Exchequer, con Robert Janes, nacido Poromby Lusu, como primer lord del Almirantazgo. Henry Green era, naturalmente, el jefe de la oposición.

Uno de los primeros actos del nuevo Parlamento fue prohibir el matrimonio con la hermana de la esposa difunta, otro creó un servicio postal, y un tercero decretó que jueces y abogados llevasen peluca. Una Ley de Defensa del Reino fue vigorosamente combatida por Green, alegando que acabaría con los últimos vestigios de las antiguas libertades. («¿Hemos de plegar nuestras costumbres a las visionarias teorías de un extranjero de un planeta inferior?». Gritos de «¡Muy bien! ¡Muy bien!» en la oposición, y de «¡Qué vergüenza! ¡Salvaje! ¡Calumnias!» desde el banco azul.) Se suspendieron las sesiones y el primer ministro apeló al país.

Nueva Brighton on Tweed volvió a elegir a Tom Smith, pero el partido de Green obtuvo mayoría de actas. Durante el escrutinio, esta posibilidad había engendrado oscuras profecías; pero el nuevo gobierno conservador -que así llamaba Green a su partido- se hizo cargo del país sin fricciones, e inmediatamente aprobó una Ley de Defensa del Reino, entre las amargas protestas de los liberales de Smith.

Asentada la situación política, florecientes las condiciones económicas y religiosas, Humphrey pasó a ocuparse de la cultura,

Un Times semanal presagió otro diario: se inauguró una public school, y se proyectó una Enciclopedia, Marciana. Mientras se discutía la conveniencia de una Sociedad Filosófica y una Academia de Bellas Artes, se dieron los pasos para formar una Orquesta Filarmónica. Humphrey tuvo el melancólico placer de enfocar el primer telescopio hacia la Tierra y la pura alegría de comer el primer crumpet marciano.

Tenía solamente cincuenta y cinco años en 1917, cuando las últimas tribus salvajes resignaron su independencia. Fue en ese año cuando Tom Smith dimitió finalmente la jefatura liberal a favor de Herbert Nora. La influencia de Humphrey en la cuestión del cambio de nombre se iba debilitando. 

El clero lo apoyaba en cuanto a los nombres de pila: pero creció la tendencia a conservar los antiguos apellidos marcianos. Fue también el año en que Humphrey empezó a construir Cumberland House y a dar forma a los floridos jardines que desde ella descendían hasta el canal del Severa.

Aunque los cincuenta y cinco era una edad ridículamente temprana para pensar en el retiro, cada vez encontraba menos que hacer. Todo se hallaba en buenas manos. Sin dejar de mirar con recelo algunas de las obras de sus protegidos, no podía negar que los marcianos pisaban ya terreno firme. Había en ellos buena madera.

Viajaba poco; cuando se ha visto un canal marciano se han visto todos. Revisó y amplió lo planos de Cumberland House; vigilaba a albañiles y vidrieros y mantenía en constante ocupación a los jardineros. Dedicó algún tiempo a recopilar una edición del Anuario de Hacendados Marcianos.

Pero sobre todo pasaba sus días charlando de los viejos tiempos, a menudo con los mismos que entonces planearon su asesinato. El personal de Cumberland House se componía de hombres que no se habían adaptado bien a los nuevos modos o los habían posteriormente abandonado. Humphrey recordaba con ellos el pasado, y unos y otros, por diferentes razones, disfrutaban así.

Un cinco de noviembre estaba sentado a la mesa, vestido de punta en blanco para la cena y de excelente humor. Su mayordomo acababa de servir un plato de caldo de líquen y ya se retiraba, cuando Humphrey llamó.

- ¡Espere! Yo...

El hombre se precipitó a recoger el cuerpo que se derrumbaba; pero, antiguo guerrero, conoció la muerte apenas verla.

Lo enterraron en sus jardines; y pusieron sobre su tumba la lápida que él había hecho grabar:

HUMPHREY HOWARD CLARENCE BEACHY-CUMBERLAND SQUIRE

NATURAL DE BUCKINHGAMSHIRE

Recordó siempre a su país.

Sean McDairmuid Murphy, un americano, dirigía la expedición interplanetaria de las Naciones Unidas del año 2002, en la medida en que los demás nacionales que la formaban -la excepción era Yasu Matsuhara- reconocían alguna jefatura. Más exactamente, el doctor Murphy era el decano de los científicos que viajaban en la WAC Field Marshal, y su antropólogo.

Sergei Gobiniev, el etnólogo, se hallaba en abierta contienda con el filólogo, Hyacinthe Langois, sobre sí la Civilización marciana tendría analogías con la terrestre. El geólogo. Luis Alameda, estaba convencido de que no hallarían ni rastro de seres humanos.

El doctor Matsuhara creía que Alameda sufría deformación profesional; en cambio, él tenía un espíritu abierto para cuanto no fuese la botánica y el béisbol. Estaba tan seguro de que encontraría bambú, o algo parecido, como de que San Francisco ganaría el doble campeonato en 2003. O, todo lo más, en 2004.

La expedición debió incluir a un sexto miembro, sir David Rabinovits. Pero desde que el Reino Unido se retiró, en 1990, de la Commonwealth canadiense-australianoafrícano-indiooccidental, Westminster había mostrado escaso interés por nuevos horizontes. Sir David fue eliminado y la expedición partió sin biólogo.

- Mejor - dijo Langois -. Quién sabe lo que puede esperarse de la pérfida Albión.

- Sí, pérfida - masculló Gobiniev -. Nos mandaban a un cosmopolita desarraigado, hechura de un corrompido e imperialista gobierno laborista. Sin duda habría recibido órdenes para trabajar contra las democracias populares. Como los lacayos de la sedicente Quinta República.

- Tonterías - dijo Sean Murphy -. Habría mucho que decir de Johnny Bull - la prueba es que Irlanda sigue dividida -, pero el utilizar a David Rabinovits como agente no entraría en sus cálculos. No han pagado el viaje de David porque no les importan Marte ni la ONU ni nada que no sea esa estúpida conmemoración que celebran este año.

El WAC Field Marshal realizó un hermoso aterrizaje a menos de diez millas del lugar donde el proyectil de Humphrey había levantado la arena. Aquello era ahora un parque planetario, conservado intacto en su primitivo estado.

- Desierto - graznó el doctor Alameda -. Desierto estéril.

Langois sacudió la cabeza con aire obstinado, mientras escrutaba el arenal con sus gemelos de campaña. A lo lejos surgió una nube de polvo, que al fin se resolvió en un revuelo de gente.

- ¿Qué les decía? ¡Hombres! Y también mujeres, espero.

- Aquellas manchas de color parecen banderas - dijo Matsuhara.

- Imposible - sentenció Murphy -. Será algún capricho evolutivo.

- Son Unión Jacks - identificó Alameda.

- ¡Un complot! - exclamó Gobiniev -. ¡Una trampa para desacreditar a la URSS! Una locomotora con grandes ruedas de hierro lanzaba nubes de humo blanco a la cabeza de un vagón cerrado y con múltiples puertas. Se detuvo cerca del WAC Field Marshal, y la muchedumbre de a pie se arremolinó a su alrededor. Las puertas del vagón se abrieron y descendieron los marcianos, vestidos con pantalones de tubo y levitas cruzadas. Uno de ellos, sombrero de copa en la mano izquierda, levantó su diestra.

- ¿Son ustedes de la Tierra, supongo?

- No puede ser - decía Murphy -. No puede ser.

- ¿Cómo no hablan ruso? - les increpó Gobiaiev.

- ¿Son ustedes rusos? - preguntó fríamente el marciano -. Crimea y Turquestán... El oso que camina como un hombre...

- Sólo uno - explicó Alameda -. Yo soy del Uruguay.

- Ah, la Banda Oriental... «El país que perdimos». ¿Supongo que habrá también un francés? ¿E incluso un americano?

Matsuhara dijo tímidamente:

- Nos sorprende que su idioma sea el inglés.

- ¿De veras? En cambio a nosotros no nos sorprende que ustedes lo utilicen. Pero vayamos por orden. Yo soy Austen Aboxu, primer ministro y secretario de Estado para la Defensa. Bienvenidos - ahora oficialmente - a Marte. Cuando les divisamos, estábamos celebrando una recepción en el ayuntamiento de Nueva Oxford. Vengan como están - ¡je, je! -. Supongo que no les será fácil vestirse de otro modo.

Una expedición ligeramente aturdida escuchó la oferta, llena de disculpas, de llevarlos en su vagón de ferrocarril.

- Es un tanto primitivo; no estamos muy adelantados en vehículos terrestres. En cambio, en barcos... bueno, ahí sí nos sentimos orgullosos. «Impera en las olas» y todo eso, ya saben.

Guardias marcianos con morriones de piel de oso de imitación fueron colocados en torno al VAC Field Marshal, y ellos subieron al vagón.

- Naturalmente, nos desilusionó que la expedición no fuese británica - dijo el primer ministro -. Pero espero que habrá una en cualquier momento. Todavía no se han despertado. Inglaterra pierde todas las batallas menos la última.

- Eso dicen ellos - masculló Murphy.

- Ahora permítanme que les dé una idea de lo que va a pasar en el ayuntamiento. En primer lugar, hablará el arzobispo interino de Marte; me temo que lo encuentren pesado. El deán es peor. Pero hay que respetar al clero. Espero que ahora nos envíen personas apropiadas, ordenadas y con todos los requisitos.

- Qué duda cabe - dijo Murphy por decir algo.

- Después, el jefe de la oposición procederá a despacharse a su gusto. Me pondrá de vuelta y media por no darles la bienvenida como él lo hubiese hecho si las últimas elecciones parciales hubiesen tenido otro resultado. No hagan caso; son cosas del oficio y yo haría lo mismo sí él fuese el muy honorable y yo tan solo el diputado por Nueva Basingstoke. Encontrarán también a los caballeros pertigueros de la Negra Vara, al guardián de los Cinco Puerto, al lord lugarteniente de los Polos Marcianos...

Y allí estaban, efectivamente, todos ellos y muchos más, cada cual con su larguísimo discurso de bienvenida a los intrépidos exploradores de «nuestro amado planeta». Entre discurso y discurso, se aplicaban al filete de hierbas marcianas, las coles de Marte a la Gladstone y las canalgas aux pommes de Mars. Al fin, Sean Murphy pidió permiso para hablar. Cuando le fue concedido -con gran desilusión del primer editorialista del Times, que se disponía a colocar su ingenioso discurso- Murphy comenzó, vacilante:

- He sido comisionado por las Naciones Unidas para tomar posesión de este planeta en nombre de la ONU...

El primer ministro Aboxu le detuvo con un gesto de la mano.

- Me temo que no pueda hacerlo.

- Bien - dijo Murphy -. Ya veo que están civilizados; no es lo mismo que ocupar un mundo vacío. Pero acaso deseen ustedes adherirse a la ONU...

- Creo que no lo ha comprendido - dijo el primer ministro con suave entonación -. No somos una nación. Al menos, no en el sentido en que ustedes utilizan esa palabra. Debemos nuestra primera y plena lealtad a la Corona. Al fin y al cabo, constituimos el Dominio de Marte, y corresponde por entero a Su Majestad - obrando por mi consejo - el decidir si hemos de incorporarnos a esas... Naciones Unidas.

- El cuarto Imperio británico - masculló Sean Murphy -. ¿Es que no hay justicia?

- Mañana - prosiguió el primer ministro, ignorando cortésmente al editorialista del Times - será una gran fiesta. Habrá un desfile por la mañana y un partido de criquet antes del té; y, por la noche, una reconstrucción de Pinafore. Tenemos las canciones, pero la letra está un poco en esqueleto. Espero que disculpen nuestros fallos coloniales; pero hay cosas que tenemos gran ansiedad por saber. Ante todo, la reina, Su Majestad, ¿ha... muerto?

- No, que yo sepa - respondió descuidadamente Murphy.

- Pero... si parece imposible. Es tan vieja...

- ¿Vieja? No, no mucho, para lo que ahora se vive.

El señor Aboxu se sentía confundido. La Corona era inmortal... ¿pero la reina? No, no: recordaba demasiado bien su historia. ¿Viva todavía? Comprendía la diferencia entre los años terrestres y marcianos, incluso con la confusión de un calendario marciano basado en la rotación terrestre, y normalmente podía hacer el cálculo de memoria; pero las emociones de la jornada y su breve pero expresiva defensa de la dignidad de la Corona le confundían. 

Parecía que Su Majestad debía tener unos doscientos años, pero quizá los cómputos del tiempo habían cambiado desde los días de Míster. ¡No, no era posible! Ah, pero la ciencia... Míster lamentaba siempre no poseer más ciencia y hablaba de la época en que los descubrimientos alargarían considerablemente la vida.

- Es cierto. Tiene usted razón.

Langois rebuscó en su memoria para complacer a sus anfitriones.

- En Inglaterra hay fiestas este año. Es el jubileo de la reina.

- ¿El jubileo? ¡Pero si fue el año en que llegó Mister! Las bodas de plata, y el cincuenta aniversario de su reinado. Este debe ser... el ciento sesenta y cinco. Sin duda se trataba de alguna significación especial que Míster había olvidado mencionar.

- Claro... el jubileo. También lo celebramos aquí.

El maestro de ceremonias taconeaba impaciente.

- El oporto, por favor. Sé que todos están deseando brindar por nuestros visitantes.

- Ah... - suspiro Gobiniev.

- Ante todo, nuestro brindis acostumbrado. Señor primer ministro...

El señor Aboxu se puso en píe y alzó su copa. Todos los comensales, exploradores incluidos, le imitaron.

- Caballeros - dijo con voz ligeramente temblorosa el muy honorable Austen Aboxu, PC, MP, miembro de la Real Sociedad Marciana para la Difusión del Saber -, ¡por la reina!

Bebieron, y rompieron los tallos de sus copas para que nunca fuesen profanadas con brindis menos dignos. En esto, como en tantas otras cosas, hacían lo que Humphrey les había enseñado. Y ahora todo adquiría nuevo significado; ahora cuando, por vez primera desde los tiempos de Mister la Madre Patria parecía tan próxima.