Hasta que su informe
fue conocido, se consideraba a la expedición a Marte que Murphy, Gobiniev,
Langois, Alameda y Mutsuhara llevaron a cabo en 2002 como la primera realizada
con éxito. La verdad es que el primer viaje lo consumó de modo completamente
accidental, en 1887, el año de las bodas de oro de la reina Victoria, un tal
Humphrey Beachy-Cumerland.
Su nombre completo
era Humphrey Howard Clarence Beachy-Cumberland, y era pariente lejano -muy
lejano- de los Churchill, a quienes consideraba más bien como advenedizos. Él
no tenía título, y alimentaba sobre la dignidad de par ideas muy poco
halagüeñas.
Había habido Beachy
en Agincourt y Cressy, y Beachy-Cumberland fue nombre distinguido en Naseby y
Ramíllies, Prestonpans y Salamanca. No estaba dispuesto a cambiarlo por un lord
Fulánez o un conde de Nosédónde. A los veinticinco años -había nacido uno
después de la muerte del príncipe consorte- poseía ya sólidos principios. Tenía
un marcado interés por el progreso (mejores casas de vecinos, clases gratuitas
para obreros...) y un alto sentido de la responsabilidad (inspección de
alcantarillas, pensiones para los sirvientes ancianos...)
Es el progreso, y en
modo alguno la afinidad, lo que explica su interés por Oiles Pundershot.
Pundershot era un vulgar en todos los sentidos: de humilde cuna, colocaba mal
la h, pedía dinero sin cuidarse de devolverlo, leía las cartas ajenas, seducía
criadas y llevaba la corbata de un colegio al que no fue nunca. Llegada la oportunidad,
hubiese sido muy capaz de cazar zorros a tiros.
Era también un genio de primera
magnitud, un físico tan por delante de su época que ninguna universidad
toleraba que se mencionase su nombre ni ningún tratadista de viso se molestaba
en refutarle.
Humphrey le daba una libra a la semana, habitación en el ala de
la servidumbre y una razonable cuenta abierta en una fundición de hierro de la
que era director. Le concedió también un ayudante de jardinero y medio acre de
terreno para la construcción de una máquina voladora. Tanto Humphrey como
Pundershot estaban seguros de que el vuelo de los más pesados que el aire sería
posible antes de 1900.
La máquina voladora
de Pundershot seguía concepciones revolucionarias. Era, en realidad, un
proyectil... un proyectil sin cañón.
- Magnetismo -
explicaba Pundershot -, atracción y repulsión. Antigravedad, en una palabra.
Repele la Tierra.
- ¿De veras? -
preguntó Humphrey cortésmente.
- Lo malo es si la
repele con excesiva brusquedad. Sí no me equivoco, volará a trescientas millas
por segundo.
- Demasiado -
comentó Humphrey - Demasiado a todos los efectos.
- Dieciocho mil
millas por minuto - dijo Pundershot -. Un millón de millas por hora. Semejante
velocidad no sirve para nada.
- Eso parece -
asintió Humpbrey.
- Bueno - dijo
Pundershot, sombríamente satisfecho -; supongo que tendré que deshacerlo y
volverlo a montar.
Humphrey parecía
abrigar ligeras dudas. Sabía al penique cuánto le había costado el proyectil, y
la experiencia enseñaba que el segundo costaría al menos cuatro veces más caro.
- ¿Qué hay por
dentro? - preguntó, aplazando el momento de aprobar el nuevo experimento de
Pundershot.
- Nada que pueda
entender un aficionado. Falsas paredes, superpuestas y rellenas; un tanque de
oxigeno -el vehículo es estanco- y controles magnéticos: «Marcha» y «Parado».
Todo un poco apretado, a causa del mecanismo de absorción de choques que va
entre las paredes. Apenas queda sitio para una persona, y está todo oscuro.
¿Quiere echarle una mirada?
Humpbrey no tenía
especial curiosidad, pero el tacto (¿acaso no se ofendería Pundershot si no
mostraba interés?) y la desconfianza (después de todo, con semejante tipo, a lo
mejor resultaba todo de cartón) le hicieron asomarse por la abierta portezuela.
- Entre sí quiere -
invitó Pundershot -. No podrá ver mucho, pero algo notara.
- Bueno - dijo
Humphrey vacilante -; probaré.
La descripción del
interior que había hecho Pundershot era más bien optimista. Humphrey no vio
nada; tan sólo sintió una como premonición del ataúd, y trató de volver sobre
sus pasos.
- ¡Cuidado! -
exclamó Pundershot. Mire lo que hace. El cierre automático está junto a su
brazo.
Naturalmente,
Humphrey movió el brazo. Tropezó con un botón; y la portezuela metálica se
cerró de golpe. Lanzó una exclamación y luchó por volver a abrir el cilindro.
En vez de conseguirlo, entró en contacto con el invisible botón «Marcha». El
proyectil repelió la gravedad de la Tierra con absoluta repugnancia. A cuarenta
y ocho millones de millas, metro más o menos, el planeta Marte lanzaba sus
rojos destellos. La nariz de la máquina apuntó exactamente hacia él.
El último
pensamiento de Humphrey Beachy-Cumberland mientras desgarraba la envoltura
gaseosa de la Tierra fue que había dejado una pensión para Pundershot en su
testamento. Bien se arrepentía.
Los marcianos que le
rodearon cuarenta y ocho horas más tarde habían vuelto a la barbarie hacía
miles de generaciones. Sus grandes ciudades yacían en el polvo, y el saber
había degenerado en fábula y magia, tras fallar los delicados resortes de
equilibrio de una sociedad completamente libre, igualitaria y sin violencia.
Pequeñas tribus, tan bárbaras que su jefatura no era hereditaria, sino asumida
por el más fuerte o el más astuto, guerreaban perpetuamente entre sí, ansiosas
de nuevas victorias. A pesar de ello, Humphrey estaba de suerte; prácticamente,
todos los marcianos habían abandonado el canibalismo.
Miró hacia arriba, a
los rostros impasibles, todos los marcianos le sacaban, por lo menos, la cabeza
y percibió las ropas toscamente tejidas, las pálidas pieles, los amplios torsos
y la profusión de hachas y cuchillos.
- ¡Agua..., por
favor! - boqueó.
Uno de los marcianos
emitió algunas sílabas agudas. «Vaya», pensó Humphrey «tendré que enseñarles
inglés. ¡Qué lata! ».
Los ininteligibles
sonidos debían tener algo de humorístico, pues los demás rieron brevemente.
Siniestramente. Humphrey se llevó un imaginario vaso a los labios. Al no
observar el menor indicio de comprensión, puso sus manos en forma de cuenco e
hizo exagerados ruidos ingurgitatorios. El marciano del chiste sacó un horrible
cuchillo de hierro.
- ¡Eh! - se apresuró
Humphrey -. Guarde eso. Puede hacer daño a alguien.
Nunca le había
gustado el humor negro. Se volvió hacia el otro lado, repitiendo su pantomima.
El del cuchillo se detuvo.
- ¡Agua! - repitió
Humphrey, alzando la voz a pesar de la sequedad de su garganta, seguro de que
los extranjeros siempre se las arreglan para entender, si se les habla bien
alto y muy despacio.
Mucho más tarde, y
tras haber sido amenazado con la mutilación o la muerte por los más ingeniosos
procedimientos -evitados por el de mirar al supuesto asesino y asegurarles
fríamente que ése no era modo de comportarse- Humphrey estaba de rodillas al
borde de un canal increíblemente ancho, calmando su sed con el agua oscura y
nauseabunda.
Sus captores se hallaban junto a él, en modo alguno intimidados
por aquella increíble criatura que parecía desconocer el miedo -y el sentido
común- y que no hablaba como todo el mundo. No estaban intimidados, pero si
confundidos.
Humphrey paseó su
mirada a través del canal, y después arriba y abajo, hasta donde desaparecía en
el horizonte. «Supongo que no habrá auténticos ríos. Bien, por algún sitio hay
que empezar; llamaré a esto el Támesis. Canal del Támesis».
Se volvió a los
marcianos.
- Támesis, dijo
claramente. - Taaa-mesis. Ca-nal.
Y señaló la obra de
ingeniería construida por sus antepasados hacía sesenta mil años.
- Fenutch Gubra -
articuló un marciano.
- No, no - Dijo
Humphrey -. Támesis. Canal del Támesis.
Volvió a acercarse
al agua para lavarse cara y manos... «Tengo que hacer algo para conseguir un
baño decente. Los malditos tienen hierro; no será difícil fabricar alguna
especie de barreño».
Los baños diarios
eran una necesidad, pero otras exigían inmediata precedencia. Juzgaba a sus
huéspedes lo bastante primitivos para dormir a la intemperie, conducta que no
se proponía imitar.
La incomodidad endurece al hombre, le hace más apto, pero
la intimidad es la base de la civilización. Y Humphrey no pensaba abandonar
ésta, ni siquiera bajo las presentes críticas circunstancias.
- Bien - dijo
bruscamente -, no puedo estar así todo el día. ¿Qué tal ahora un poco de
comida? Comida. ¿Entienden? Co-mi-da...
Humphrey se sintió
desolado al descubrir la realidad del atraso marciano. Tras el infantilismo de
amenazar a un extranjero con bestiales torturas, ya no esperaba la cultura de
Manchester o Birmingham; no buscaba refinamientos como los paraguas o el Punch.
Pero es que ellos ni siquiera conocían la institución familiar.
Las tribus
vivían divididas con arreglo al... ¡hum...! género. Los niños permanecían junto
a las mujeres hasta alcanzar la edad de intervenir en la interminable guerra
con otras tribus, de la que sólo regresaban con... propósitos carnales. Todo de
una completa inmoralidad.
Peor aún, no había
herencia, mayorazgo ni vinculación. Humphrey no podría cruzarse de brazos ante
tal estado de cosas sin que pareciese concederles su aprobación.
Sus captores
pugnaban todavía por animarse a matarlo, pero el simple intento era algo más
difícil cada día. Resultaba completamente absurdo y no poco indecente violar de
ese modo la costumbre y código fundamentales -«no dejaréis con vida a ningún
extranjero»-, pero nunca extranjero alguno se había mostrado tan opuesto a
cooperar.
Se negaba a asustarse de las hachas blandidas o los cuchillos
enarbolados. Ni siquiera podía acabarse con él durante el sueño; los intentos
de aproximación subrepticia al burdo cobijo que había construido tropezaban
siempre con un alerta y desconcertante preguntón.
El caso es que
mientras hubiesen faltado a lo establecido al no saltarle los sesos o cortarle
el cuello de un modo inmediato, Míster -esto era cuanto de «Mr.
Beachy-Cumberland» juzgaban conveniente pronunciar- corría el riesgo de ser
despachado en cualquier momento. Entre tanto, ahora que comprendían algunas de
sus palabras, quizá pudiesen sacarle algunos trucos para vencer a las tribus
vecinas.
Humphrey no tenía
intención de serles útil en este aspecto. Luchar por la reina y el país era una
ocasional, desagradable -y gloriosa- necesidad. Pero no había necesidad ni
gloria en aquellos choques aborígenes. Eran simplemente repugnantes.
No obstante, sin
querer aumentó el poder de la tribu y su propio prestigio. En aquellas regiones,
al menos, no había árboles ni animales -como amante del rosbif con puding de
Yorkshire, lamentaba la ausencia de vida animal-; tan solo abundante variedad
de vegetación anual junto a las orillas del canal.
Por ello, las armas, que en
semejante estadio de desarrollo deberían haber sido de madera o de hueso, eran
burdamente forjadas con el hierro oxidado que se hallaba en abundancia en las
arenas. También el carbón era abundante.
Humphrey había, como
accionista y director, estudiado concienzudamente la siderurgia. Sin ser un
técnico, podía fabricar cok del carbón para conseguir un metal más fuerte y
ligero que el que los marcianos utilizaban en sus primitivas herramientas.
Trabajando al principio en solitario, y después con los pocos que creyeron
divertido imitarle, produjo cuchillos que cortaban en vez de serrar; azadas
para el cultivo, a fin de conseguir mayores cosechas de alimentos y fibras más
fuertes para tejer; y palas y picos para excavar nuevas reservas metalíferas.
Los marcianos vieron
las ventajas de sus métodos y se construyeron mejores hachas de guerra.
Humphrey consideraba las hachas de guerra contrarías al progreso.
- Escucha - dijo a
un joven marciano que había sido de los primeros en imitar sus métodos de
fundición y forja -. Esto no puede ser. ¿Por qué os empeñáis en estar siempre
peleándoos?
- Co-mer - articuló
trabajosamente el marciano -. Mu-jer.
- Sí - reflexionó
Humphrey -. Claro. Naturalmente. - Le consideró con ojo crítico -. ¿Te llamas
Tom Smith, creo?
- Mogolum Tu.
- Eso no es un
nombre, es un galimatías para trombón de varas. Créeme, te va mucho mejor Tom
Smith. Y pasemos a lo de la comida y... ¡eh...! las mujeres. Ya veis qué fácil
es conseguir plantas más grandes utilizando mejores herramientas.
Ahora podemos
construir un arado - no hay anímales por desgracia -; y sembrando en vez de
confiar en la suerte, se obtendrá más de lo que esta tribu puede comer, aunque
haga fiesta todos los días. Sobrará alimento para todas las tribus. En cuanto
a... las mujeres, también podría hacerse mejor.
Y delicadamente
explicó las ventajas del matrimonio monógamo.
El problema que
preocupaba a Humphrey no tenía nada que ver con la noria de hierro que ahora
chirriaba y rechinaba en el canal del Támesis para proporcionar agua a arenales
incultos durante milenios. Tampoco con los telares mejorados para conseguir
mejores tejidos, ni con las negociaciones con otra nueva tribu que pretendía
unirse a la pacífica y próspera federación.
Ni siquiera se refería al grupo de
disidentes capitaneado por Henry Green -antes Thottho Gor- que protestaban de
que Tom Smith y Míster estaban yendo demasiado lejos y con prisa excesiva.
El problema de
Humphrey era de orden sacro. Nada beato, sabía poca Teología, y había pensado
siempre que esos asuntos eran cosa del vicario. La frase «sucesión apostólica»
flotaba en su ánimo: no puede uno iniciar a nativos seleccionados en los
secretos del Breviario -del que recordaba largos pasajes- y ponerlos a
administrar los sacramentos. Sólo pensarlo ya olía a inconformismo. Pero, ¿cómo
regularizar los matrimonios que había arreglado?
Cierto que incluso la
monogamia irregular era preferible a las condiciones antes reinantes, pero no
por ello dejaba de ser irregular. ¿Y qué hacer con los bautismos y los
entierros? Cuando a él mismo le tocase bajar a la Tierra -a Marte, exactamente-
quería que sobre su cuerpo se leyesen, en debida forma, las oraciones de rigor.
Entretanto, mantenía
a un creciente grupo de ayudantes en constante ocupación. Tom Smith seguía
siendo su discípulo preferido, pero estaba siempre atareadísimo llevando a cabo
los proyectos de Humphrey, explicando, aplacando, persuadiendo... Para sus
nuevas reformas e invenciones, Humphrey dependía de hombres que acababan apenas
de abandonar la caza de sus semejantes.
Le maravillaba la rapidez con que
comprendían ideas y teorías, a menudo aún nebulosas en su mente, y las llevaban
a la práctica. Sabía que podía obtenerse papel reduciendo a fibra las pulpas de
madera; ellos encontraron la planta más adecuada y discurrieron los medios de
producción. Indicó la manera de obtener y utilizar los tipos, y ellos
organizaron una imprenta. Poseía ligeras nociones sobre vidrio y cemento; y
pronto hicieron cristales y vasijas que eran, cuando menos, traslúcidos, y
fabricaron hormigón y mortero que prometían conservar su dureza.
A regañadientes
aceptó un compromiso en cuanto a las órdenes sagradas. Un capitán de barco,
argumentaba, une matrimonios válidos y envía cuerpos al abismo. ¿Por qué no ha
de hacerlo el capitán de un planeta más lejano que los mares terrestres? Sabía
que su lógica se hacía más frágil a medida que la estiraba, pero algo había que
arbitrar.
Tranquilizó su conciencia diciéndose que no estaba ordenando
clérigos, sino tan sólo delegando funciones; y hacía que sus alumnos se llamasen
«vicario diputado» o «cura en funciones». Ahora, si algo le ocurría -y no
olvidaba que la facción anti-Mister de Henry Green había crecido peligrosamente
desde la extensión de la civilización a las tribus que habitaban más allá de
los canales Serpentine y Avon-, quedaría alguien para enseñar a los jóvenes e
infundir decoro a unas gentes cuyo comportamiento podría de otro modo llegar a
ser escandaloso.
En 1897 botaron el
primer buque a vapor en el canal del Támesis. Humphrey había elaborado un calendario
marciano utilizando los años terrestres. Su defecto residía en la incertidumbre
sobre la fecha exacta de su llegada; de modo que nunca estaba muy seguro en la
celebración del cumpleaños de la reina, y el día de Navidad era clara cuestión
de azar. Pero la botadura tuvo lugar incuestionablemente en 1897, diez años
después del aterrizaje del proyectil.
El buque era
pequeño, saltarín y de poco calado, con una caldera sospechosa y ruedas de
palas poco eficaces; pero llevó a los emisarios de Humphrey a extraños lugares
donde crecían plantas exóticas y el cobre y el tungsteno abundaban tanto como
el hierro; donde Mister era sólo un nombre de una vaga leyenda, y donde su
mensaje de progreso encontró tan a menudo nubes de proyectiles como coros de
oyentes.
Fue el mismo año en
que se grabaron los billetes de banco y los marcianos aprendieron a apreciar
las ventajas de la propiedad y a vender las cosas por ocho chelines y seis
peniques y medio en vez de regalarlas. Y así, con los salarios, los bienes
raíces, el comercio, los beneficios, los dividendos y el paro... Todas las
bendiciones de la civilización.
El problema de Henry
Green y los descontentos que le seguían no podía ser demorado por más tiempo.
Humphrey había impreso carteles explicando el sistema parlamentario, la
responsabilidad gubernativa y el imperio de la constitución. A las primeras
elecciones, Tom Smith recibió la investidura por Nueva Brighton, en el canal
del Tweed; y resultaron elegidos los suficientes partidarios suyos para
permitirle formar un gobierno en el que era primer ministro y canciller del
Exchequer, con Robert Janes, nacido Poromby Lusu, como primer lord del
Almirantazgo. Henry Green era, naturalmente, el jefe de la oposición.
Uno de los primeros
actos del nuevo Parlamento fue prohibir el matrimonio con la hermana de la
esposa difunta, otro creó un servicio postal, y un tercero decretó que jueces y
abogados llevasen peluca. Una Ley de Defensa del Reino fue vigorosamente
combatida por Green, alegando que acabaría con los últimos vestigios de las
antiguas libertades. («¿Hemos de plegar nuestras costumbres a las visionarias
teorías de un extranjero de un planeta inferior?». Gritos de «¡Muy bien! ¡Muy
bien!» en la oposición, y de «¡Qué vergüenza! ¡Salvaje! ¡Calumnias!» desde el
banco azul.) Se suspendieron las sesiones y el primer ministro apeló al país.
Nueva Brighton on
Tweed volvió a elegir a Tom Smith, pero el partido de Green obtuvo mayoría de
actas. Durante el escrutinio, esta posibilidad había engendrado oscuras
profecías; pero el nuevo gobierno conservador -que así llamaba Green a su
partido- se hizo cargo del país sin fricciones, e inmediatamente aprobó una Ley
de Defensa del Reino, entre las amargas protestas de los liberales de Smith.
Asentada la
situación política, florecientes las condiciones económicas y religiosas,
Humphrey pasó a ocuparse de la cultura,
Un Times semanal
presagió otro diario: se inauguró una public school, y se proyectó una
Enciclopedia, Marciana. Mientras se discutía la conveniencia de una Sociedad
Filosófica y una Academia de Bellas Artes, se dieron los pasos para formar una
Orquesta Filarmónica. Humphrey tuvo el melancólico placer de enfocar el primer
telescopio hacia la Tierra y la pura alegría de comer el primer crumpet
marciano.
Tenía solamente cincuenta
y cinco años en 1917, cuando las últimas tribus salvajes resignaron su
independencia. Fue en ese año cuando Tom Smith dimitió finalmente la jefatura
liberal a favor de Herbert Nora. La influencia de Humphrey en la cuestión del
cambio de nombre se iba debilitando.
El clero lo apoyaba en cuanto a los
nombres de pila: pero creció la tendencia a conservar los antiguos apellidos
marcianos. Fue también el año en que Humphrey empezó a construir Cumberland
House y a dar forma a los floridos jardines que desde ella descendían hasta el
canal del Severa.
Aunque los cincuenta
y cinco era una edad ridículamente temprana para pensar en el retiro, cada vez
encontraba menos que hacer. Todo se hallaba en buenas manos. Sin dejar de mirar
con recelo algunas de las obras de sus protegidos, no podía negar que los
marcianos pisaban ya terreno firme. Había en ellos buena madera.
Viajaba poco; cuando
se ha visto un canal marciano se han visto todos. Revisó y amplió lo planos de
Cumberland House; vigilaba a albañiles y vidrieros y mantenía en constante
ocupación a los jardineros. Dedicó algún tiempo a recopilar una edición del
Anuario de Hacendados Marcianos.
Pero sobre todo
pasaba sus días charlando de los viejos tiempos, a menudo con los mismos que
entonces planearon su asesinato. El personal de Cumberland House se componía de
hombres que no se habían adaptado bien a los nuevos modos o los habían
posteriormente abandonado. Humphrey recordaba con ellos el pasado, y unos y
otros, por diferentes razones, disfrutaban así.
Un cinco de
noviembre estaba sentado a la mesa, vestido de punta en blanco para la cena y
de excelente humor. Su mayordomo acababa de servir un plato de caldo de líquen
y ya se retiraba, cuando Humphrey llamó.
- ¡Espere! Yo...
El hombre se
precipitó a recoger el cuerpo que se derrumbaba; pero, antiguo guerrero,
conoció la muerte apenas verla.
Lo enterraron en sus
jardines; y pusieron sobre su tumba la lápida que él había hecho grabar:
HUMPHREY HOWARD CLARENCE BEACHY-CUMBERLAND SQUIRE
NATURAL DE
BUCKINHGAMSHIRE
Recordó siempre a su
país.
Sean McDairmuid
Murphy, un americano, dirigía la expedición interplanetaria de las Naciones
Unidas del año 2002, en la medida en que los demás nacionales que la formaban
-la excepción era Yasu Matsuhara- reconocían alguna jefatura. Más exactamente,
el doctor Murphy era el decano de los científicos que viajaban en la WAC Field
Marshal, y su antropólogo.
Sergei Gobiniev, el
etnólogo, se hallaba en abierta contienda con el filólogo, Hyacinthe Langois,
sobre sí la Civilización marciana tendría analogías con la terrestre. El
geólogo. Luis Alameda, estaba convencido de que no hallarían ni rastro de seres
humanos.
El doctor Matsuhara
creía que Alameda sufría deformación profesional; en cambio, él tenía un
espíritu abierto para cuanto no fuese la botánica y el béisbol. Estaba tan
seguro de que encontraría bambú, o algo parecido, como de que San Francisco
ganaría el doble campeonato en 2003. O, todo lo más, en 2004.
La expedición debió
incluir a un sexto miembro, sir David Rabinovits. Pero desde que el Reino Unido
se retiró, en 1990, de la Commonwealth
canadiense-australianoafrícano-indiooccidental, Westminster había mostrado
escaso interés por nuevos horizontes. Sir David fue eliminado y la expedición
partió sin biólogo.
- Mejor - dijo
Langois -. Quién sabe lo que puede esperarse de la pérfida Albión.
- Sí, pérfida -
masculló Gobiniev -. Nos mandaban a un cosmopolita desarraigado, hechura de un
corrompido e imperialista gobierno laborista. Sin duda habría recibido órdenes
para trabajar contra las democracias populares. Como los lacayos de la
sedicente Quinta República.
- Tonterías - dijo
Sean Murphy -. Habría mucho que decir de Johnny Bull - la prueba es que Irlanda
sigue dividida -, pero el utilizar a David Rabinovits como agente no entraría
en sus cálculos. No han pagado el viaje de David porque no les importan Marte
ni la ONU ni nada que no sea esa estúpida conmemoración que celebran este año.
El WAC Field Marshal
realizó un hermoso aterrizaje a menos de diez millas del lugar donde el
proyectil de Humphrey había levantado la arena. Aquello era ahora un parque
planetario, conservado intacto en su primitivo estado.
- Desierto - graznó
el doctor Alameda -. Desierto estéril.
Langois sacudió la
cabeza con aire obstinado, mientras escrutaba el arenal con sus gemelos de
campaña. A lo lejos surgió una nube de polvo, que al fin se resolvió en un
revuelo de gente.
- ¿Qué les decía?
¡Hombres! Y también mujeres, espero.
- Aquellas manchas
de color parecen banderas - dijo Matsuhara.
- Imposible -
sentenció Murphy -. Será algún capricho evolutivo.
- Son Unión Jacks -
identificó Alameda.
- ¡Un complot! -
exclamó Gobiniev -. ¡Una trampa para desacreditar a la URSS! Una locomotora con
grandes ruedas de hierro lanzaba nubes de humo blanco a la cabeza de un vagón
cerrado y con múltiples puertas. Se detuvo cerca del WAC Field Marshal, y la
muchedumbre de a pie se arremolinó a su alrededor. Las puertas del vagón se
abrieron y descendieron los marcianos, vestidos con pantalones de tubo y levitas
cruzadas. Uno de ellos, sombrero de copa en la mano izquierda, levantó su
diestra.
- ¿Son ustedes de la
Tierra, supongo?
- No puede ser -
decía Murphy -. No puede ser.
- ¿Cómo no hablan
ruso? - les increpó Gobiaiev.
- ¿Son ustedes
rusos? - preguntó fríamente el marciano -. Crimea y Turquestán... El oso que
camina como un hombre...
- Sólo uno - explicó
Alameda -. Yo soy del Uruguay.
- Ah, la Banda
Oriental... «El país que perdimos». ¿Supongo que habrá también un francés? ¿E
incluso un americano?
Matsuhara dijo
tímidamente:
- Nos sorprende que
su idioma sea el inglés.
- ¿De veras? En
cambio a nosotros no nos sorprende que ustedes lo utilicen. Pero vayamos por
orden. Yo soy Austen Aboxu, primer ministro y secretario de Estado para la
Defensa. Bienvenidos - ahora oficialmente - a Marte. Cuando les divisamos,
estábamos celebrando una recepción en el ayuntamiento de Nueva Oxford. Vengan
como están - ¡je, je! -. Supongo que no les será fácil vestirse de otro modo.
Una expedición
ligeramente aturdida escuchó la oferta, llena de disculpas, de llevarlos en su
vagón de ferrocarril.
- Es un tanto
primitivo; no estamos muy adelantados en vehículos terrestres. En cambio, en
barcos... bueno, ahí sí nos sentimos orgullosos. «Impera en las olas» y todo
eso, ya saben.
Guardias marcianos
con morriones de piel de oso de imitación fueron colocados en torno al VAC
Field Marshal, y ellos subieron al vagón.
- Naturalmente, nos
desilusionó que la expedición no fuese británica - dijo el primer ministro -.
Pero espero que habrá una en cualquier momento. Todavía no se han despertado.
Inglaterra pierde todas las batallas menos la última.
- Eso dicen ellos -
masculló Murphy.
- Ahora permítanme
que les dé una idea de lo que va a pasar en el ayuntamiento. En primer lugar, hablará
el arzobispo interino de Marte; me temo que lo encuentren pesado. El deán es
peor. Pero hay que respetar al clero. Espero que ahora nos envíen personas
apropiadas, ordenadas y con todos los requisitos.
- Qué duda cabe -
dijo Murphy por decir algo.
- Después, el jefe
de la oposición procederá a despacharse a su gusto. Me pondrá de vuelta y media
por no darles la bienvenida como él lo hubiese hecho si las últimas elecciones
parciales hubiesen tenido otro resultado. No hagan caso; son cosas del oficio y
yo haría lo mismo sí él fuese el muy honorable y yo tan solo el diputado por
Nueva Basingstoke. Encontrarán también a los caballeros pertigueros de la Negra
Vara, al guardián de los Cinco Puerto, al lord lugarteniente de los Polos
Marcianos...
Y allí estaban,
efectivamente, todos ellos y muchos más, cada cual con su larguísimo discurso
de bienvenida a los intrépidos exploradores de «nuestro amado planeta». Entre
discurso y discurso, se aplicaban al filete de hierbas marcianas, las coles de
Marte a la Gladstone y las canalgas aux pommes de Mars. Al fin, Sean Murphy
pidió permiso para hablar. Cuando le fue concedido -con gran desilusión del
primer editorialista del Times, que se disponía a colocar su ingenioso
discurso- Murphy comenzó, vacilante:
- He sido
comisionado por las Naciones Unidas para tomar posesión de este planeta en
nombre de la ONU...
El primer ministro
Aboxu le detuvo con un gesto de la mano.
- Me temo que no
pueda hacerlo.
- Bien - dijo Murphy
-. Ya veo que están civilizados; no es lo mismo que ocupar un mundo vacío. Pero
acaso deseen ustedes adherirse a la ONU...
- Creo que no lo ha
comprendido - dijo el primer ministro con suave entonación -. No somos una
nación. Al menos, no en el sentido en que ustedes utilizan esa palabra. Debemos
nuestra primera y plena lealtad a la Corona. Al fin y al cabo, constituimos el
Dominio de Marte, y corresponde por entero a Su Majestad - obrando por mi
consejo - el decidir si hemos de incorporarnos a esas... Naciones Unidas.
- El cuarto Imperio
británico - masculló Sean Murphy -. ¿Es que no hay justicia?
- Mañana - prosiguió
el primer ministro, ignorando cortésmente al editorialista del Times - será una
gran fiesta. Habrá un desfile por la mañana y un partido de criquet antes del
té; y, por la noche, una reconstrucción de Pinafore. Tenemos las canciones,
pero la letra está un poco en esqueleto. Espero que disculpen nuestros fallos
coloniales; pero hay cosas que tenemos gran ansiedad por saber. Ante todo, la
reina, Su Majestad, ¿ha... muerto?
- No, que yo sepa -
respondió descuidadamente Murphy.
- Pero... si parece
imposible. Es tan vieja...
- ¿Vieja? No, no
mucho, para lo que ahora se vive.
El señor Aboxu se
sentía confundido. La Corona era inmortal... ¿pero la reina? No, no: recordaba
demasiado bien su historia. ¿Viva todavía? Comprendía la diferencia entre los
años terrestres y marcianos, incluso con la confusión de un calendario marciano
basado en la rotación terrestre, y normalmente podía hacer el cálculo de
memoria; pero las emociones de la jornada y su breve pero expresiva defensa de
la dignidad de la Corona le confundían.
Parecía que Su Majestad debía tener
unos doscientos años, pero quizá los cómputos del tiempo habían cambiado desde
los días de Míster. ¡No, no era posible! Ah, pero la ciencia... Míster
lamentaba siempre no poseer más ciencia y hablaba de la época en que los
descubrimientos alargarían considerablemente la vida.
- Es cierto. Tiene
usted razón.
Langois rebuscó en
su memoria para complacer a sus anfitriones.
- En Inglaterra hay
fiestas este año. Es el jubileo de la reina.
- ¿El jubileo? ¡Pero
si fue el año en que llegó Mister! Las bodas de plata, y el cincuenta
aniversario de su reinado. Este debe ser... el ciento sesenta y cinco. Sin duda
se trataba de alguna significación especial que Míster había olvidado
mencionar.
- Claro... el
jubileo. También lo celebramos aquí.
El maestro de
ceremonias taconeaba impaciente.
- El oporto, por
favor. Sé que todos están deseando brindar por nuestros visitantes.
- Ah... - suspiro
Gobiniev.
- Ante todo, nuestro
brindis acostumbrado. Señor primer ministro...
El señor Aboxu se
puso en píe y alzó su copa. Todos los comensales, exploradores incluidos, le
imitaron.
- Caballeros - dijo
con voz ligeramente temblorosa el muy honorable Austen Aboxu, PC, MP, miembro
de la Real Sociedad Marciana para la Difusión del Saber -, ¡por la reina!
Bebieron, y
rompieron los tallos de sus copas para que nunca fuesen profanadas con brindis
menos dignos. En esto, como en tantas otras cosas, hacían lo que Humphrey les
había enseñado. Y ahora todo adquiría nuevo significado; ahora cuando, por vez
primera desde los tiempos de Mister la Madre Patria parecía tan próxima.