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¡Fuera de Aquí! - Fredric Brown

Daptina es el secreto de todo. Primero la llamaron Adaptina; luego la abreviaron, convirtiéndola en Daptina. Nos permitió adaptarnos.

Esto nos lo explicaron cuando teníamos diez años; creo que pensaron que éramos demasiado niños para entenderlo antes de esa edad, a pesar de que ya estábamos bien enterados. Lo sabíamos desde que nos desembarcaron en Marte.

—Este será su hogar, niños —nos dijo nuestro maestro cuando hubimos penetrado en la cúpula de glasita que nos habían construido allí. Y nos anunció que aquella noche teníamos que asistir a una importante conferencia que se daba en nuestro honor.
 
Y aquella misma noche ya nos lo contó todo, con sus porqués y sus cómos. Nos lo dijo todo de pie ante nosotros, vistiendo un traje del espacio provisto de casco y calefacción, porque la temperatura que reinaba en la cúpula era agradable para nosotros, pero para él era helada. 

Además, la atmósfera era demasiado tenue para sus pulmones. Su voz nos llegaba a través del aparato de radio portátil que llevaba su casco.
 
—Muchachos —nos dijo— considérense en su hogar. Están en Marte, el planeta donde a partir de ahora pasarán el resto de su vida. Considérense marcianos. Han vivido cinco años en la Tierra y otros cinco en pleno espacio interplanetario. Ahora pasarán diez años, hasta que sean mayores de edad, en esta cúpula, aunque hacia el fin de este período se les permitirá pasar momentos cada vez más largos en el exterior. Entonces saldrán para construir sus hogares y vivir sus vidas como verdaderos marcianos. Contraerán matrimonio entre ustedes mismos y sus hijos ya nacerán marcianos. Ya es hora de que les cuente la historia de este gran experimento, del cual cada uno de ustedes es parte integrante.
 
Y entonces nos la refirió. Estas fueron sus palabras:
 
—El hombre —nos dijo—, llegó por primera vez a Marte en 1985. Comprobó que en el planeta rojo no existía vida inteligente (hay abundante vida vegetal y algunas clases de insectos ápteros) y se comprobó que no era habitable para los seres humanos. El hombre solo podría sobrevivir en Marte residiendo en el interior de cúpulas de glasita y revistiendo trajes del espacio cuando quisiera abandonarlas para recorrer el exterior. 

»Únicamente durante el día y en la estación más cálida, la temperatura le resultaba soportable. La atmósfera era demasiado tenue y una larga exposición al sol (las radiaciones solares peligrosas atravesaban con mayor facilidad aquella atmósfera, menos densa que la terrestre), podía serle fatal. Las plantas no eran comestibles debido a su extraña composición química y ello le obligaba a traer víveres desde la Tierra o establecer cultivos hidropónicos.

Durante cincuenta años el hombre trató de colonizar Marte, pero todos sus esfuerzos se estrellaron contra la naturaleza hostil del planeta. Además de aquella cúpula que había sido construida para nosotros, solo había otro puesto avanzado, otra cúpula de glasita mucho más pequeña que se encontraba a poco más de un kilómetro. 

Parecía como si el hombre no hubiese de poder extenderse jamás hacia los otros planet
as del Sistema Solar pues, de todos ellos, Marte era el menos inhóspito; si no podía vivir allí, sería perder el tiempo tratar de colonizar los restantes.
 
Hasta que en 2034, es decir hace treinta años, un eminente bioquímico llamado Waymoth, descubrió la daptina. Una droga milagrosa cuyos efectos se dejaban sentir no solo en el animal o la persona a quien se le suministraba, sino a los descendientes que dicho animal o persona engendraba durante un período limitado después de la inoculación. 

El producto proporcionaba a los descendientes una adaptabilidad casi ilimitada a las más diversas condiciones ambientales, a condic
ión de que los cambios se realizasen gradualmente.
 
El Doctor Waymoth inoculó la droga a una pareja de conejillos de Indias, macho y hembra; de estos nacieron cinco crías y poniendo a cada una de ellas en medios distintos que poco a poco iban cambiando, el sabio obtuvo resultados sorprendentes. 

Cuando los cinco miemb
ros de la camada alcanzaron la edad adulta, uno de ellos vivía cómodamente bajo una temperatura constante de cuarenta grados bajo cero; otro, en cambio, se encontraba muy a sus anchas a sesenta y cinco grados sobre cero. Un tercero medraba perfectamente con un régimen que hubiera sido mortal para un conejillo de Indias ordinario, mientras que un cuarto estaba muy satisfecho bajo un bombardeo constante de rayos X que hubiera matado a uno de sus progenitores en pocos minutos. 

Los experimentos que luego se realizaron con otras camadas demostraron que los animales que se habían adaptado a condiciones similares se reproducían perfectamente y que su progenie se hallaba acondicionada desde su nacimiento para vivir bajo aquellas condiciones.
 
—Hace diez años, es decir diez años después de lo que les he contado —nos dijo el maestro— nacieron ustedes. Nacieron de padres cuidadosamente seleccionados entre los que se ofrecieron voluntarios para el experimento. Y desde el día de su nacimiento los hemos criado en condiciones cuidadosamente reguladas y sometidas a cambio gradual. 

»Desde el día en que vinieron al mundo el aire que han respirado se ha ido haciendo cada vez menos denso y su contenido de oxígeno se ha ido reduciendo. Sus pulmones han compensado esta disminución con un aumento notable en su capacidad, lo cual explica que su tórax sea mucho más amplio que el de sus maestros y asistentes; cuando alcancen la plena madurez y respiren la atmósfera de Marte, la diferencia será aún más apreciable. 

»Sus cuerpos comienzan a cubrirse de vello, como defensa contra el frío creciente. Ahora se encuentran muy bien bajo condiciones que serían fatales para seres humanos ordinarios. Desde que tenían cuatro años de edad sus niñeras y maestros han tenido que protegerse especialmente ante unas condiciones que a ustedes les parecen normales. 

»Dentro de ocho o diez años, cuando alcancen la mayoría de edad, ya estarán completamente aclimatados a Marte. Su atmósfera les parecerá normal; sus plantas constituirán su sustento. Soportarán fácilmente los rigores de su clima y sus temperaturas medias les resultarán agradables. 
 
»Como ya han permanecido cinco años en el espacio bajo los efectos de una gravedad cada vez menor, la gravedad marciana les parece completamente normal. Marte será su planeta, en el que crecerán y se multiplicarán. Son hijos de la Tierra, pero también son los primeros marcianos dignos de este nombre.
 
Nosotros, naturalmente, ya estábamos enterados de muchas cosas.
 
El año anterior fue el mejor. El aire que llenaba la cúpula —con excepción de las partes con aire acondicionado donde vivían nuestros maestros y asistentes— era casi igual al exterior, y cada vez nos dejaban pasar períodos más largos fuera de la cúpula. Nos gustaba estar al aire libre.
 
Durante los últimos meses se mostraron menos rigurosos en lo tocante a la separación de los sexos para que pudiésemos comenzar a escoger pareja, si bien nos dijeron que no autorizarían uniones hasta después del último día, cuando ya nos hubiesen dado de alta, por así decir. La elección no fue difícil en mi caso. Ya la había hecho desde mucho antes y estaba seguro de que ella compartía mis sentimientos. Acerté.
 
Mañana será el día de nuestra libertad. Mañana seremos marcianos, los marcianos. Mañana el planeta pasará a nuestras manos.
 
Entre nosotros, algunos apenas podían dominar su impaciencia, pero se impuso el buen sentido y nos dispusimos a esperar. Hemos esperado veinte años y podemos esperar un día más.
 
Hasta mañana.
 
Mañana, a una señal dada, mataremos a nuestros maestros y a todos los terrestres que se encuentran entre nosotros, antes de salir al exterior. Como ellos no sospechan nada, la tarea será fácil.
 
Hemos disimulado durante años enteros. Ellos no se imaginan cómo los odiamos. No saben qué repugnantes y desagradables los encontramos, con sus cuerpos feos y deformes, de hombros estrechos y pechos hundidos, con sus voces débiles y sibilantes que tienen que ser amplificadas para oírse en nuestra atmósfera marciana, y sobre todo con su epidermis blanca, pastosa y lampiña.
 
Los mataremos y luego iremos a destruir la otra cúpula, para que perezcan todos los terrestres que viven allí.
 
Si vienen más terrestres para castigarnos, viviremos en las montañas, donde ellos nunca podrán encontrarnos. Y si tratan de construir más cúpulas, también las destruiremos. No queremos saber nada con la Tierra.
 
Este es nuestro planeta y no queremos forasteros. ¡Fuera de aquí!

Recomendación: «El final» de Fredric Brown, por Sivela Tanit

Fredric Brown siempre ha sido uno de mis autores favoritos; en esta ocasión te presento un microcuento llamado «El final», donde encontrarás una pincelada de ciencia ficción y el característico sentido de la ironía de Brown.

Aun cuando la duración de su lectura es muy breve, contiene elementos muy importantes, como el arduo trabajo científico y el viaje en el tiempo.

Te invito a que disfrutes de la breve historia que encontrarás en el siguiente enlace:

https://sivela.blogspot.com/2010/09/el-final-fredric-brown.html

Absurdos - Fredric Brown

Mr. Weatherwax untaba cuidadosamente de mantequilla su tostada. Su voz era firme:

— Querida, quiero que esto quede bien claro: a partir de ahora no habrá más lecturas embrutecedoras de esas en nuestro apartamento.

— Pero Jasson, yo no lo sabía.

— Comprendido. Pero es de su responsabilidad saber lo que lee tu hijo.

— Lo vigilaré más, Jasson. No le vi traer esta revista. No sabía que estaba ahí.

— Tampoco yo lo sabría si ayer noche no moviera por casualidad un cojín del sofá. La revista estaba disimulada debajo y por supuesto le eché una ojeada.

Las puntas del bigote de Mr. Weatherwax se estremecieron de indignación.

— Nociones ridículas, ideas imposibles. Ciencia ficción. ¡Ah! ¡Qué bonita es su ciencia!

Apuró un trago de café para calmarse.

— ¡Ridículas vanidades! ¡Qué cosas más absurdas! ¡Viajes a otras galaxias gracias a la cuarta dimensión! ¡Máquinas para viajar en el tiempo, teleportación, telekinesia...! ¡Bobadas, nada más que bobadas!

— Querido Jasson —dijo su mujer esta vez con un poco de dureza—, yo te garantizo que a partir de ahora vigilaré las lecturas de Gerard. Tienes toda la razón.

— Gracias, querida —contestó Mr. Weatherwax calmado—. La juventud no debería verse envenenada por esas ideas contaminantes.

Miró su reloj, se levantó con prisa, besó a su mujer y salió.

En la puerta del apartamento se dejó deslizar lentamente por el pozo antigravitación y flotó hacia el bajo de los 200 pisos, hasta la calle donde tuvo la suerte de detener inmediatamente un taxi atómico. 
 
Dio al chofer-robot los datos del astropuerto lunar. Luego descansó y cerró los ojos para captar el boletín telepático. Esperaba oír las noticias de la cuarta guerra marciana, pero no era más que un informe del Centro de Inmortalidad: entonces él sprultó.

Una operación financiera - Slawomir Mrozek


Un buen día el cartero me trajo una postal con el siguiente mensaje:
«O me deja antes del jueves, debajo de la piedra, en la plazoleta frente al mesón, cien mil en efectivo, o se va a enterar.» Firmado: «Oswald.»

Calculé que mi sueldo no me alcanzaría para pagar aquello. ¿Que podía hacer? No tenía ganas de perecer a mi edad. Me senté y escribí la siguiente carta:
«Estimado Señor: o bien encuentro el miércoles, a mas tardar, frente al mesón, en la plazoleta, debajo de la piedra, cien mil en efectivo, o se va a enterar. Su Calavera. P.D.: No pido para mí, sino para alguien necesitado.»

Tras una breve reflexión borré «cien mil» y puse «ciento cincuenta mil». ¿Por qué no aprovechar la ocasión para ganar algo?

Ahora sólo quedaba decidir a quién podía enviar mi mensaje, dado que nadie tenía dinero. Por fin lo envié a un colega con el que mantengo amistad desde niño. Él tampoco tiene pasta pero al menos sé su dirección y es un tío legal.

El miércoles fui a la plazoleta y miré debajo de la piedra. En lugar de dinero había una carta:
«Estimado Señor Calavera: sólo puedo pagarle cincuenta mil y como más pronto el viernes por la mañana.»
«Mejor esto que nada -pensé-. Con todo, ¿de dónde puede sacar mi colega tanta pasta?»

Sin embargo, se acercaba el jueves fatal. Como seguía sin banca, escribí una breve carta y la metí debajo de la piedra. La carta decía lo siguiente:
«Señor Oswald: lo siento, pero sólo puedo pagarle cincuenta mil y como más pronto el sábado por la mañana. Atentamente: la Víctima.»

Tras una breve reflexión taché «cincuenta mil» y puse «veinticinco mil». ¿Por qué no aprovechar la ocasión para ganar algo?

El viernes por la mañana debajo de la piedra no había el dinero, sino una carta:
«Estimado Señor Calavera: ruego disculpe mi retraso. Tendrá su dinero, pero el domingo. Desgraciadamente sólo la mitad.

He aquí las sucesivas cartas mías a Oswald y las de mi víctima a mí:
«Señor Oswald: acabemos con esta historia. El lunes le daré cien pelas.»
«Señor Calavera: desgraciadamente hasta el lunes no recibiré cincuenta pelas de un tipo que me las debe. Así que el miércoles como más pronto, ¿vale? Un beso en la mandíbula.»

Y una semana más tarde, el viernes siguiente, debajo de la piedra no encontré más que un paquete de Celtas. Mejor esto que nada.

Sólo que los Celtas eran míos.

Tabú - Enrique Anderson Imbert

El ángel de la guarda le susurra a Fabián, por detrás del hombro:

–¡Cuidado, Fabián! Está dispuesto que mueras en cuanto pronuncies la palabra zangolotino.

–¿Zangolotino?  –pregunta Fabián azorado.

Y muere.

Amanecer - Robert Bloch

En el cielo silbaron las cabezas de torpedo cargadas con explosivos, y el fragor de su paso hizo temblar la montaña.

En las profundidades de su abovedado santuario, el hombre permanecía sentado, deifico e inescrutable, enterado de todo lo que estaba sucediendo. No tenía necesidad de salir desde su refugio para contemplar el cielo.

Sabía lo que estaba sucediendo: lo supo desde aquella noche en que el Sol parpadeó y se apagó. Un anunciante, embutido en la bata blanca símbolo de las artes curativas, estaba emitiendo un importante mensaje acerca del laxante más popular del mundo: el que la mayoría de la gente prefería, el que cuatro de cada cinco médicos usaban personalmente. En medio de su elogio de aquel nuevo y sorprendente descubrimiento, hizo una pausa para advertir al auditorio que se dispusiera a escuchar un boletín especial.

Pero el boletín no llegó; un momento después, la pantalla ennegreció y rugió el trueno.

Durante toda la noche, la montaña tembló, y el hombre sentado tembló también; no por miedo al futuro, sino por miedo al presente. Esperaba aquello, por ese motivo se encontraba allí. Otros hablaron del asunto durante años. Circularon rumores, advertencias solemnes y comentarios en las tabernas. Pero los que esparcían rumores, y los que hacían advertencias, y los que comentaban en los bares, no efectuaron movimiento alguno. Se quedaron en la ciudad y sólo él había huido.

Algunos de ellos lo sabían, se quedaron para aceptar el inevitable final del mejor modo posible, y él los admiraba por su valor. Otros trataron de ignorar el futuro, y él los detestaba por su ceguera. No obstante, a todos compadecía.

Había comprobado, hace mucho tiempo, que el valor no era suficiente, y que la ignorancia no representaba la salvación. Las palabras prudentes y las palabras estúpidas son idénticas en un sentido: no detienen la tormenta. Y cuando la tormenta se acerca, lo mejor es huir.

Él se había preparado aquel refugio montañoso, a mucha altura sobre la ciudad, y estaba a salvo, y estaría a salvo durante los años siguientes. Otros hombres de igual riqueza podían haber hecho lo mismo, pero fueron demasiado listos o demasiado estúpidos para enfrentarse con la realidad. De modo que mientras ellos esparcían sus rumores y pronunciaban sus advertencias y hacían sus comentarios, él se había construido su refugio; revestido de plomo, y aprovisionado de todo lo que podía necesitar durante muchos años, incluida una generosa provisión del laxante más popular del mundo.

Por fin llegó el alba y los ecos del trueno se apagaron, y el hombre se dirigió a un refugio especial, desde el cual podía enfocar su telescopio sobre la ciudad. Miró y remiró, pero allí no había nada que ver. Nada, excepto nubes en remolino que giraban cubriendo, con su negrura, el inflamado horizonte.

Se convenció que tendría que bajar a la ciudad si quería ver, y efectuó los adecuados preparativos.

En primer lugar, un traje especial fabricado a base de tela aislante y láminas de plomo, difícil y costoso de obtener. El traje era un alto secreto; del tipo que sólo poseían los generales del Pentágono. No podían procurárselos a sus esposas, y tenían que robarlos para sus amantes. Pero él tenía uno. Y se lo puso.

Una plataforma móvil le ayudó a descender hasta la base de la montaña, donde había un automóvil esperándole. Lo puso en marcha, las puertas se cerraron automáticamente detrás de él, y emprendió el camino hacia la ciudad. A través de la mirilla de su casco aislante contempló la niebla amarilla, y condujo lentamente, a pesar que no encontró ningún otro vehículo ni señales de vida.

Al cabo de un rato la niebla desapareció y pudo contemplar el paisaje rural. Arboles amarillos e hierba amarilla silueteándose contra un cielo amarillo en el cual grandes nubes negras giraban y giraban.

Un cuadro de Van Gogh, se dijo a sí mismo, sabiendo que era una mentira. Ya que ninguna mano de artista había destrozado los cristales de las granjas, arrancando la pintura de las paredes de los graneros ni estrujado el cálido aliento de los rebaños que pacían en los campos, dejándolos en pie, helados, muertos.

Condujo a lo largo de la ancha carretera que desembocaba en la ciudad; una carretera que habitualmente hervía de objetos multicolores, que eran vehículos a motor. Pero no había ningún automóvil en toda la longitud de la arteria.

No los vio hasta que se acercó a los suburbios. Al doblar una curva, estuvo a punto de chocar contra varios de ellos. Y le invadió el pánico y se detuvo.

La carretera, ante él, aparecía llena de automóviles hasta donde alcanzaba la vista: una masa sólida, guardabarros contra guardabarros, dispuesta a avanzar hacia él con chirriantes ruedas.

Pero las ruedas no giraban.

Los automóviles estaban muertos. Toda la carretera era un cementerio de automóviles. El hombre cruzó el lugar a pie, inclinándose reverentemente ante los cadáveres de los Cadillac, los cadáveres de los Chevrolet, los cadáveres de los Buicks. Delante de sus ojos tenía la evidencia de unas muertes violentas; los cristales destrozados, los guardabarros aplastados, retorcidos.

Las señales de la lucha eran lastimosas de ver; aquí había un diminuto Volkswagen, aplastado entre dos poderosos Lincolns; allí, un MG había muerto debajo de las ruedas de un impresionante camión. Pero ahora todo estaba inmóvil. Los Dodges, y los Hornets, y los Ramblers…

Resultaba duro para él comprobar la tragedia que sorprendió a las personas que iban en el interior de aquellos vehículos: también estaban muertas, desde luego, pero su fallecimiento no era tan impresionante. Tal vez su pensamiento había sido afectado por la actitud de la época, en la cual un hombre tendía a ser cada vez menos identificado como un individuo, y cada vez más considerado de acuerdo con la valoración simbólica del automóvil que conducía. 
 
Cuando un desconocido conducía por la calle, rara vez se pensaba en él como en una persona; la inmediata reacción era: «Ahí va un Ford… ahí va un Pontiac… ahí va un Jaguar descapotable». Y los hombres se jactaban de sus automóviles, en vez de hacerlo de sus cualidades personales. De modo que, en cierto sentido, la muerte de los automóviles era más importante que la muerte de sus propietarios. No parecía que los seres humanos hubieran muerto en un frenético esfuerzo por huir de la ciudad; eran los automóviles los que habían efectuado un esfuerzo final para escapar, y habían fracasado.

Continuó caminando por la carretera hasta que llegó a las primeras filas de los suburbios. Allí, las huellas de la destrucción eran más evidentes. Las explosiones habían hecho su efecto. En el campo, la pintura había sido arrancada de las paredes, pero en los suburbios las paredes habían sido arrancadas de los edificios. No todas las viviendas estaban derruidas. Había muchas casas en pie, pero en su interior no se apreciaba la menor señal de vida. Los aparatos de radio y televisión estaban muertos.

Vio entorpecido su avance por montones de escombros. Al parecer, una de aquellas explosiones había afectado a aquella zona de un modo directo; su camino estaba bloqueado por un montón de los heterogéneos restos de Exurbia.

Pasó por encima o dio un rodeo alrededor de Cajas de Kleenex, cabezas artificiales que habían colgado de los escaparates de las tiendas, artículos para automóviles, arrugadas listas de compra y garabateadas notas de citas con el psiquiatra.
 
Se detuvo ante unos Grandes Almacenes, y sus pies se enredaron con los camisones de nilón, cajas de supositorios desodorantes y un montón de discos de Harry Belafonte.

Le resultaba difícil de avanzar con normalidad, ya que las calles estaban llenas de vehículos destrozados y las aceras aparecían bloqueadas por los trozos o las fachadas enteras de los edificios. Estructuras enteras fueron arrancadas de cuajo, y, en algunas casas, quedó al descubierto el interior de las habitaciones. Aparentemente, la explosión se produjo de un modo repentino, sin previo aviso, ya que había pocos cadáveres en las calles y los que se encontraban en el interior de los inmuebles parecían haber encontrado la muerte mientras desempeñaban sus ocupaciones habituales.

Continuó caminando, y evitó deliberadamente mirar los cadáveres. Pero no podía evitar verlos, y con la costumbre la repugnancia se convirtió en simple aprensión. Que luego dejó paso a la curiosidad.

Al pasar por delante del patio de recreo de una escuela, se alegró que el final se produjera sin violencia. Probablemente, una ola de gas paralizante se había extendido a través de toda aquella zona antes de la explosión.

El centro de la ciudad era una masa de obra de albañilería, formando caprichosas figuras, como diseñadas por un arquitecto demente. Aquí y allí había diminutos capullos de llama brotando desde los intersticios de enormes nubes.

El hombre vaciló, preguntándose si sería conveniente aventurarse más allá. Entonces vio la colina que servía de fondo a la ciudad, y la imponente estructura que era el nuevo Edificio Federal. Estaba allí, milagrosamente intacto, y a través de la niebla el hombre pudo ver la bandera que ondeaba todavía en su tejado. Allí podía haber vida aún, y el hombre sabía que no quedaría satisfecho si no lo comprobaba.

Pero, antes de alcanzar su objetivo, encontró otras pruebas de existencia. Mientras se movía entre los escombros se dio cuenta que no estaba sólo en aquel caos central.

Dondequiera que las llamas ardían y parpadeaban, había figuras furtivas moviéndose cerca del fuego. Para espanto suyo, se dio cuenta que estaban avivando los incendios; quemando barricadas que no podían ser apartadas de otro modo, para poder entrar y saquear en las tiendas. Algunos de los saqueadores estaban silenciosos y avergonzados, otros se mostraban petulantes; pero todos estaban condenados a muerte, definitivamente desahuciados.
 
El saber esto impidió al hombre intervenir. Que robaran y saquearan a su antojo; dentro de unas cuantas horas, o de unos cuantos días, la radiación produciría su inevitable final.

Nadie se interpuso en su paso. Tal vez el casco y el traje protectores parecían un uniforme oficial. Continuó caminando y vio:

En el interior de una tienda de bebidas, un hombre descalzo, que llevaba un abrigo de visón, entregando botellas a una brigada formada por cuatro chiquillos…
 
Una anciana de pie junto a la derruida caja fuerte de un Banco, metiendo fajos de billetes en un saco. En un rincón yacía el cadáver de una mujer de pelo blanco, abrazada a un montón de monedas…

Un soldado y una mujer con el brazalete de la Cruz Roja, transportando una camilla hacia la bloqueada entrada de una iglesia parcialmente derruida. Imposibilitados de entrar, el soldado dio un puntapié a una de las ventanas laterales y por ella introdujeron la camilla…

Una mujer con el rostro de una modelo de Vogue, tendida en la calle. Al parecer, había sido sorprendida por la explosión mientras respondía a la llamada del deber, ya que una mano delgada, aristocrática, agarraba todavía el cordón de su caja de sombreros…

Un hombre delgado, saliendo de la tienda de un prestamista y cargado con una enorme tuba. Desapareció momentáneamente en una carnicería y volvió a salir, con la trompa de su tuba llena de salchichas…

Unos estudios de radio, casi destruidos, con su sala de sonido decorada con los carteles de las quince variedades distintas de los Cigarrillos Preferidos por los Norteamericanos, y de las veinte marcas de la Cerveza Preferida por los Norteamericanos…

Una mujer sentada en la calle, llorando sobre el cadáver de un gatito…

Un autobús aplastado contra un pared; los pasajeros empujándose para salir, incluso en el rigor mortis…

Los cuartos traseros de un león de piedra delante de lo que fue la Biblioteca Pública; en la escalinata de la entrada, el cadáver de una anciana cuya bolsa de la compra se había desparramado por el suelo, junto a ella: dos novelas policiacas, un ejemplar de Peyton Place, y el último número del Reader´s Digest…

Un chiquillo que empuñaba una pistola de juguete y disparaba contra su hermanita, gritando: «¡Bang! ¡Estás muerta!»
 
(Y lo estaba).

El hombre caminaba lentamente ahora, entorpecido por obstáculos materiales y espirituales. Se acercó al edificio de la colina dando un rodeo; evitando la repugnancia, la curiosidad morbosa, la piedad inútil, el horror indescriptible…

Sabía que había otros hombres allí, en el corazón de la ciudad, algunos entregados a actos de misericordia, otros a heroicos actos de pillaje. Pero él los ignoraba a todos, ya que todos estaban muertos. La misericordia carecía ya de significado, y no había posibilidad de rescate de las radiaciones. Algunos de los que pasaban junto a él le llamaban; pero él continuaba su camino haciendo oídos sordos, sabiendo que sus palabras eran simples estertores de moribundos.

Pero, de pronto, mientras trepaba por la ladera de la colina, notó que estaba llorando. Las lágrimas, cálidas y salobres, descendieron por sus mejillas y empañaron la superficie interior de su casco, de modo que ya no pudo ver nada con claridad. Y así fue como salió del círculo interior; del círculo interior de la ciudad, el círculo interior del infierno de Dante.

Sus lágrimas cesaron de fluir y su visión se aclaró. Delante de él se erguía la impresionante mole del Edificio Federal, intacto… o casi.

A medida que se acercaba a la enorme escalinata principal observó que había evidentes señales de cuarteamiento y de corrosión sobre la superficie de la estructura. La explosión sólo dañó directamente a las esculturas que adornaban el gran arco que daba acceso al edificio; las estatuas simbólicas fueron arrancadas de sus pedestales y estaban en el suelo, destrozadas. El hombre las contempló sin ocultar cierto asombro.

Luego penetró en el interior del edificio. Los centinelas continuaban montando guardia, pero ninguno de ellos le impidió el paso, probablemente porque llevaba un traje protector todavía más complicado e impresionante que los suyos.

En el interior del edificio, un pequeño ejército de funcionarios de poca categoría y de oficiales de alta graduación hormigueaba por los pasillos, subía y bajaba las escaleras. No había ascensores, desde luego: habían cesado de funcionar cuando se cortó la energía eléctrica. Pero el hombre podía subir a pie.

Sentía deseos de subir, ya que para eso había ido allí. Deseaba contemplar la ciudad desde las alturas del edificio. Embutido en su traje protector, parecía un autómata, y como un autómata subió escalera tras escalera hasta que llegó al piso más alto.

Pero allí no había ventanas, únicamente oficinas rodeadas de paredes. Avanzó por un largo pasillo hasta llegar al final. Allí se abría un gran cubículo cuadrado iluminado por la claridad que penetraba a través de la pared de cristal del fondo.

Un hombre estaba sentado ante un escritorio, empuñando un receptor telefónico y maldiciendo en voz baja. Miró con curiosidad al intruso, observó el uniforme aislante, y volvió a sus maldiciones.

De modo que era posible acercarse a la pared del fondo y contemplar la gran ciudad. Mejor dicho, el enorme cráter donde estuvo asentada la gran ciudad.

La noche se mezclaba con el apagado resplandor del horizonte, pero allí no había oscuridad. Las pequeñas bombas incendiarias habían ido extendiendo el fuego, al parecer empujado por el viento, y ahora el hombre contemplaba un inmenso océano de llamas. 
 
Todo estaba envuelto en unas inmensas olas rojizas. Mientras contemplaba aquel espectáculo, las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos, aunque sabía que no habría lágrimas suficientes para apagar aquellos incendios.

Se volvió hacia el hombre sentado ante el escritorio, notando por primera vez que llevaba uno de los uniformes reservados para los generales.

Por lo tanto, debía ser el comandante en jefe. Sí, ahora estaba seguro de ello ya que, alrededor del escritorio, el suelo estaba inundado de papeles. Tal vez eran mapas anticuados, tal vez eran tratados anticuados. Poco importaba ya lo que pudieran ser.

Detrás del escritorio, colgado de la pared, había otro mapa, y este importaba mucho. Estaba literalmente cubierto de banderitas negras y rojas, y al hombre le costó muy poco descifrar su significado. Las banderitas rojas significaban destrucción, ya que una de ellas se encontraba clavada sobre el nombre de aquella ciudad. Y había una sobre Nueva York, una sobre Chicago, Detroit, Los Angeles… sobre todos y cada uno de los centros importantes.

Miró al general, y finalmente fluyeron las palabras.

–Debe ser terrible.

–Sí, terrible -dijo el general.

–Millones y millones de muertos.
 
–Muertos.

–Las ciudades destruidas, el aire envenenado, y ninguna posibilidad de escape. Ninguna posibilidad de escape a ninguna parte del mundo.

–Ninguna posibilidad.

El hombre se volvió hacia la ventana y contempló el Infierno una vez más. Pensando: Este es el fin del mundo.
 
Miró de nuevo al general, y suspiró.

–Pensar que hemos sido derrotados -susurró.

El resplandor rojo creció, y a su luz vio el rostro del general, exultante de alegría.

–¿Qué está diciendo, hombre? – dijo orgullosamente el general, mientras las llamas crecían y crecían-. ¡Hemos ganado!

Tienda de chatarra - John Brosnan

Joe descubrió la tienda por casualidad durante uno de sus paseos a la hora del almuerzo. Estaba apretujada entre una fábrica en ruinas y un vacío almacén en una pequeña callejuela. Si le preguntan el lugar exacto, Joe será incapaz de contestar, aunque él sabe que se hallaba cerca de las cocheras de tranvías. No era lo que se llama propiamente una tienda, dice Joe; no había escaparate, no había nada, en realidad no era más que una barraca.
En fin, Joe se detiene al llegar a la tienda y atisba el interior. No consigue ver gran cosa porque el sol brilla bastante ese día, y el interior está oscuro, pero vislumbra un letrero en una mesa, cerca de la puerta, que tiene escrita la palabra CHATARRA. Joe, como es sabido, es aficionado a husmear en tiendas de chatarra y similares, y entra. Todavía no puede ver nada, deslumbrado como está por el sol, pero el lugar huele mal. El ambiente es caluroso y húmedo, tiene un sabor «metálico» (si le preguntan a Joe qué pretende decir con eso, él supondrá que se trata del criadero perfecto para uno de sus dolores de cabeza). Pero Joe decide que echará una rápida ojeada, y cuando por fin sus ojos se adaptan a la oscuridad interior, empieza a husmear.
Las existencias, suponiendo que se las pueda llamar así, están dispuestas en dos hileras de mesas largas y estrechas que se extienden hasta la misma parte trasera de la tienda. Al principio nada parece prometedor a Joe, en realidad ni siquiera reconoce lo que ve; pero eso no le sorprende, ya que supone que los objetos más vulgares parecen extraños cuando están alejados de su habitual entorno. Al coger una retorcida pieza de metal, preguntándose si procede de las entrañas de un motor de reacción o de una lavadora, Joe nota de pronto que alguien está de pie junto a él. Sorprendido, se vuelve y ve a un anciano vestido con un sucio mono.
Suponiendo que debe de ser el propietario de la tienda, como así es realmente, Joe sonríe y le dice:—Sólo estoy echando una ojeada. Le parece bien, ¿no? —-Claro —dice el viejo—, mire cuanto quiera. Él es un extraño bobalicón, según Joe. Piel amarillenta, ¿saben?, como de ictericia, y ojos de brillante color anaranjado. Bien, pregunten a Joe luego. La cuestión es que a Joe no le gusta el aspecto del anciano y confía en que se esfume. Joe considera que ser observado anula toda la diversión de curiosear.
—Estaré detrás —dice el viejo—. Dé un grito si encuentra algo que le guste.
Y se va. Sintiéndose más feliz, Joe continúa su fisgoneo y, dos minutos más tarde, topa con algo que le interesa. Es una esfera en forma de huevo, de veinte centímetros de diámetro, hecha con vidrio transparente o algo similar. Como por arte de magia —y Joe tiene sus ideas al respecto— el anciano vuelve a estar junto a él con aire ansioso. Joe está tan sorprendido que el objeto por poco se le escapa de las manos.
—¿Le gusta? —pregunta el viejo.
—Oh, no sé —dice Joe—. ¿Qué es? No será una de esas bolas de cristal, ¿eh?
—Nooo —dice el viejo—. Es lo que podría llamarse una novedad. Mire fijamente el interior.
Joe obedece. Descubre que el huevo tiene un trozo de reluciente neblina en el centro.
—Observe —dice el viejo.
Joe observa y ve que la zona de neblina se encoge. Se hace cada vez más pequeña hasta que es imposible verla. Luego hay un brillante centelleo de luz y la zona de neblina reaparece, pero en esta ocasión creciendo.
—¿Qué es? —vuelve a preguntar Joe.
—El universo —responde el anciano.
—Oh —dice Joe, y luego piensa un poco—. Muy ingenioso, ciertamente. Como una de esas escenas de Navidad para los niños. Las agitas y parece como si nevara dentro.
—Nooo —dice el anciano—. Esto es genuino. Lo que está sosteniendo usted es su verdadero universo.
—Me está tomando el pelo —dice Joe—. ¿Cómo puede meterse el universo entero en un huevo de cristal de este tamaño?
—No lo sé —responde el viejo—. Supongo que es como meter un barco dentro de una botella. Era un hobby de un antepasado mío. Ni siquiera tengo una pista de cómo lo hacía.
—Pero ¿cómo podemos estar aquí sosteniendo el universo? —pregunta Joe—. ¿No deberíamos estar también dentro del huevo?
—Estamos, o estaremos, o estuvimos; no estoy seguro. Una escala de tiempo muy distinta, eso está claro por el hecho de que podemos ver la vibración del universo. Mientras hablamos, millones de años pasan dentro del huevo.
—Hummm —dice Joe.
—Bien, ¿lo quiere? Será una maravillosa curiosidad en su cuarto de estar. Es francamente espectacular si apaga las luces.
—No quiero que se forme una idea equivocada —dice Joe—, pero me resulta difícil tragar esta bola. ¿Puede demostrar que es el universo verdadero?
El anciano suspira.
—Naturalmente —dice—. Basta con que me mire los ojos.
—Bueno... —dice Joe, y empieza a retroceder.
—Mire —repite el viejo.
Y Joe, simplemente para darle gusto, observa los curiosos ojos anaranjados del viejo chiflado, y de repente comprende, comprende —pero no le pidan que explique cómo— que el anciano está diciéndole la verdad.
—¡Cristo! —exclama Joe—. ¡Vaya antepasados que tiene!
El viejo tipo ofrece una sonrisa a modo de excusa y se encoge de hombros.
—Pero, como puede ver, yo he topado con tiempos difíciles...
Joe vuelve a mirar el huevo.
—Cristo —murmura—, el verdadero universo... —Luego le asalta un pensamiento—. Eh, ¿cuánto quiere por esto?
El anciano medita.
—¿Qué le parece un dólar y medio? —pregunta,Joe menea la cabeza y, con aire de tristeza, deja el huevo en la mesa.
—Lo que pensaba —comenta—, demasiado. ¿Qué otras cosas tiene?

La noche de la gallina - Francisco Tario

—Los hombres son vanos y crueles como no tienes idea —me decía hace casi un siglo una gallina amiga, cuando todavía era yo joven y virgen, y habitaba un corral indescriptiblemente suntuoso, poblado de árboles frutales.

—Lo que ocurre —objeté yo, sacudiendo mi cola blanca— es que tú no los comprendes; ni siquiera te has cuidado de observarlos adecuadamente. ¡Confiesa! ¿Qué has hecho durante la mayor parte de tu existencia, sino corretear como una locuela detrás de tus cien maridos y empollar igual que una señora burguesa? ¡El hombre es un ser admirable, caritativo y muy sabio, a quien debemos estar agradecidas profundamente!

Esto decía yo hace tiempo; no sé cuántos meses. Cuando aún me dejaba sorprender por las apariencias, rendía culto a los poetas y llevaba minuciosamente clasificadas en un cuaderno las características de los petimetres que me perseguían. Cuando mi cresta era voluptuosa cual un seno de mujer, y mi cola, artística, poblada. Cuando dormía en posturas graciosas y, al crepúsculo, languidecía bajo la influencia inefable de las encinas. Decía esto —entre otros motivos más graves— porque mi amo era muy cordial conmigo y solía conducirme a los rincones más apartados de la finca, con objeto de obsequiarme los residuos de los banquetes y otras golosinas menos importantes.

Hoy no. Hoy pienso de otro modo.

Heme aquí confinada en una celda tenebrosa, condenada a muerte. ¿Creen que no lo adivino? ¿Creen los hombres que por ser diminutas y estar cubiertas de plumas, no tenemos las gallinas nuestro corazoncito, nuestra sensibilidad y nuestro entendimiento?

Me apresaron al atardecer. Paseaba yo con una amiga por el sendero de las coles. Soplaba una cautivadora brisa. Íbamos charlando de mil cosas triviales y picoteando, ora un rábano, ora una fruta caída, cuando se entreabrió la puerta fatídica y apareció el cocinero. Nunca me simpatizó este hombre. Es un tipo grueso, perverso, de epidermis muy roja, con un bigote cuadrado y un delantal demasiado largo, tinto en sangre generalmente. De ordinario, salta al corral con un cuchillo en la mano y se contonea por entre los árboles, berreando siempre la misma tonada. Cuando alguien osa acercársele, toma la primera estaca o piedra que ve a su alcance y la arroja contra el intruso. En seguida corta una ciruela o un albérchigo y, tras de frotarlo contra su trasero, lo engulle, escupiendo la piedra a gran distancia... Pues bien, llegó el cocinero y me fue persiguiendo taimadamente por la vereda de las coles. Tan pronto llegamos a la tapia —¡oh, perfumada muy lindamente por las enredaderas de Bécquer!— me atrapó con sus manazas de simio, sujetándome por las alas. Me introdujo en la casa, hizo girar la puerta de un cuarto muy tétrico y me lanzó al aire, cual si se tratara de una avioneta. Caí como mejor pude y tardé mucho tiempo en moverme.

Aquí estoy, en consecuencia, sola, en tinieblas, sin un galán indómito que se aventure a rescatarme. Sola con mis reminiscencias, con mi pasado turbulento, con mi angustia loca, con mi cresta ya no tan voluptuosa y mi pechuguita tierna.

"Posiblemente —cavilo— me reste una noche de vida: doce horas: varios cientos de minutos... Si me pusiera a contar desde ahora, no llegaría a treinta mil seguramente."

Suspiro y prosigo, dejando que mis pensamientos fluyan, fluyan, como una bandada de canarios.

"¡Cuan crueles y vanos son los hombres! ¿Por qué nos asesinan? ¿Por qué nos comen? ¿Qué daño les he hecho yo, por ejemplo? ¿Qué grave trastorno o qué perjuicio irreparable les he ocasionado...? Les he dado huevos frescos, cría; los he recreado con mi canto; les he anunciado el mal tiempo, el bueno —tal vez con mayor exactitud y armonía que los maestros cantores—, la presencia de un ladrón. No me he enfermado nunca; por el contrario, siempre podía admirárseme pizpireta, complaciente, muy limpia, tomando el sol a toda hora del día, meciendo mis alas níveas, que un joven galante comparó una vez con las de un cisne. He servido también de modelo a cierto pintor impertinente que profanó nuestros dominios. Me han retratado los chiquillos, he respetado la siembra, no he herido, injuriado a nadie. Jamás hice un mal gesto. ¿Qué culpa es, pues, la mía? Y sin embargo, van a inmolarme, van a comerme."

Me estrujará el cocinero entre sus garras inicuas e irá arrancando a puñados mis plumas finas, mis plumas albas, que tan celosamente he cuidado. Me las arrancará, sí, con la avidez de un enamorado que deshoja una margarita, y las irá arrojando a un cubo lleno de sangre —abollado, fétido—, cual si se tratara de algo despreciable e inmundo. Me desprenderá el cuello de un tajo, y mis ojitos pardos, mis ojitos picaros —que otro galán comparó con los de una gacela— se obscurecerán definitivamente. Mis piernas doradas y elásticas caerán por tierra como las ramas secas de un árbol... y las comerán los cerdos —¿quién iba a pensarlo?— los cerdos: esa especie de hipopótamos color de rosa que liban sus propios orines y jamás alzan la jeta, temerosos de vaciarse un ojo. Bien asada, me acomodarán en una fuente de loza y me transportarán a la mesa, humeante, guarnecido mi cuerpecito con zanahorias, trufas o espárragos. Y es tal la crueldad de los hombres, tal su sadismo, que quizá respeten mi forma y me presenten así enterita, sin plumas, en cueros, exhibiendo para deleite de todos mi inocente vergüenza.

Los invitados se relamerán de gusto, no importa que entre ellos se cuente algún filósofo o canónigo.

"Bien sabrosa que debe estar" —pensarán para sus adentros.

Y la dueña de la casa, esa berruga con faldas, exclamará melifluamente:

—No es malo, que digamos, su aspecto; pero temo que esté un poquito dura. ¡Era tan vieja!

También es creíble que un niño me rechace y su mamá le ofrezca un muslito.

—Mamá, no quiero gallina —protestará el infante, con su carita de ángel bobo y rico.

—Si está muy tiernecita, tonto... ¡Mira!

Y el rorro objetará entonces, gesticulando:

—¿Por qué me das esas cosas, si sabes que las gallinas comen caquita?

¡Ay, me sacrificarán sin remedio! ¡Me asesinarán los hombres, no obstante que he alegrado sus vidas! Son vanos, crueles, egoístas. Principalmente eso: egoístas. ¿Por qué no matan al perro? ¡Porque los defiende! ¿Por qué no matan al gato? ¡Porque se come a los ratones! ¿Por qué no matan al burro? ¡Porque transporta sus mercancías! ¿Por qué no matan al caballo? ¡Porque los transporta a ellos! ¿Por qué no sacrifican al tigre, a la víbora o al lobo? ¡Porque les temen! ¡Canallas! ¡Cobardes! ¡Nos asesinan a nosotras, y a los pajaritos, y a los gansos, y a los cerdos, que no sirven para nada. Nos ven pequeños, indefensos, asequibles!

Ya sé de qué modo hablan los hombres. Cierta tarde sorprendí a uno de ellos interrogando:

—Y diga usted ¿es que no ha probado por casualidad el gato?

Otro respondió, llevándose el pañuelo viscoso a la boca:

—Por Dios, qué excentricidades... ¡Valiente asco!

Yo he gritado entonces:

—¡Mentira! ¡Mentira! ¡No es asco lo que tenéis ni mucho menos!

Pero nuestro lenguaje resulta enteramente incomprensible para esa gente. Tanto, que el primero de ellos dijo:

—¡Maldito bicho éste! ¡Qué lata nos está dando!

Y según es costumbre en tales seres, me lanzó un pedrusco, a riesgo de matarme. Pero yo esquivé el proyectil, dando rienda suelta a la hilaridad más desbordante. Prorrumpí desde lejos:

—¡No, no es asco lo que le tenéis al gato! ¡Cuidáis vuestro queso!

¡Cómo! Oigo una llave... la tos del cocinero... ¿Es que ha llegado la hora? ¡Oh, se anticipan! Pero ¿qué significa todo esto? ¿Es que no van a permitirme confesar siquiera? He oído contar no sé dónde que a los reos a muerte se les dispensan privilegios de tal índole: se les conforta, se les auxilia espiritualmente. ¿Y por qué a mí no? Yo también creo en Dios. También a mí me espanta el infierno. Mis pecados pueden ser graves... ¡Sí, sí, creo en Dios, creo en Dios lo mismo que pueda creer el hombre más docto! ¡He nacido de Dios! ¡He cometido adulterio...! ¡Y tengo mi alma —chiquita y débil— pero mi alma! ¡Aquí está! ¡Quiero salvarla! ¡Quiero salvarla! ¿Qué clase de justicia es ésta?

Inútil. Chirría la puerta sobre sus goznes y aparece el cocinero. Le veo al trasluz divinamente, con su delantal hasta los tobillos y su cabezota calva. Entreabre los brazos para atraparme. Me escurro una, dos, tres veces con éxito. Insiste; se desespera. Yo pienso:

"Perfectamente. Puesto que así sois de villanos, la pagaréis bien cara."

Doy un salto increíble, ridículo si se quiere para una gallina, y escapo por encima de los hombros del verdugo; vuelo a través de un pasadizo que apesta a vinagre; de un corredor lleno de muebles y ropa sucia; de la escalera... Detrás viene el cocinero blasfemando y sacudiendo su panza dura. Descubro en el segundo piso de la casa una ventana abierta y me lanzo al vacío, ahora sí como una avioneta. Tardo en caer al corral y, abajo, se produce un clamoreo inenarrable, consecuencia de mis gritos desgarradores. Quien chilla, pidiendo auxilio; quien corre de un lado para otro, tapándose los ojos; mi amiga sufre un soponcio. Pero yo anuncio, y mi anuncio lo escuchan hasta los muertos:

—¡La pagaréis bien cara! ¡La pagaréis bien cara!

Cuando el cocinero salta al jardín, ya he alcanzado mi meta. Es una planta misteriosa, azafranada, de hojas muy ásperas, que, de niñas, nos prohibían frecuentar nuestras mamas:

—Quien pruebe de ellas, sucumbe —nos prevenían, cubriéndonos con sus temblorosas alas.

Y yo comí esta vez hasta hartarme. Comí raíces, tallos, flores, ¡cuanto pude!

Un poco más tarde, el verdugo empuñaba el cuchillo y me apoyaba su hoja en el pecho, diciéndome:

—¡Escápate ahora, maldita...!

Aún solté una carcajada que atronó la casa.

Desde el retrete preguntó la dueña:

—Cirilo: ¿qué ocurre?

—¡Nada! —prorrumpió el asesino, trozándome el cuello—. ¡Esta maldita perra...!

—¿Cuál perra? —oí a la vieja, como entre sueños.

—O lo que sea. ¡Esta gallina!

Una vez más ratifiqué mi amenaza:

—¡La pagaréis bien cara!

Y en efecto: treinta y seis horas más tarde, cinco ataúdes en fila bajaban por la arboleda rumbo al cementerio.

El solipsista - Fredric Brown

Walter B. Jehovah, por cuyo nombre no pido excusas desde que realmente fue su nombre, ha sido un solipsista toda la vida. Un solipsista, en el caso de que no conozcas la palabra, es alguien que cree que él es la única cosa que existe realmente, que el resto de la gente y el universo en general existe sólo en su imaginación, y que si él dejara de imaginarlos su existencia acabaría.
Un día Walter B. Jehovah comenzó a practicar el solipsismo. En una semana su mujer se escapó con otro hombre, perdió su trabajo como agente marítimo y se rompió la pierna en la persecución de un gato negro tratando de evitar que se cruzara en su camino.
Decidió, en la cama del hospital, acabar con todo.
Mirando a través de su ventana, hacia las estrellas, deseó que no existieran, y no estuvieron allí nunca más. Entonces él deseó que no existiera ninguna otra persona, y el hospital comenzó a estar demasiado tranquilo incluso para un hospital. Lo siguiente, el mundo, y se encontró suspendido en un vacío. Se libró de su cuerpo, y dió el paso final para tratar de acabar con su propia existencia.
No ocurrió nada.
Extraño, pensó. ¿Puede haber un límite para el solipsismo?
«Sí», dijo una voz.
«¿Quién eres?», preguntó Walter B. Jehovah.
«Soy el único que creó el universo que acabas de aniquilar. Y ahora tú has tomado mi lugar». Hubo un enorme suspiro. «Puedo, finalmente, acabar con mi existencia, encontrar olvido, y dejarte tomar posesión».
«Pero, ¿cómo puedo dejar de existir? Eso es lo que estoy intentando hacer».
«Sí, lo sé», dijo la voz. «Debes hacerlo del mismo modo que yo lo hice. Crea un universo. Espera hasta que alguien en él crea realmente lo que tú creíste y trate de dejar de existir. Entonces te puedes retirar y dejarle tomar posesión. Adiós.»
Y la voz se fue.
Walter B. Jehovah estaba sólo en el vacío, y era la única cosa que podía hacer.
Creó el cielo y la tierra.
Tardó siete días.

La casa de Asterión - Jorge Luis Borges

Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.

APOLODORO, Biblioteca, III, 1

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.


El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda transmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) 

Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo:
Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. 

Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. 

Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. 

Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. 

¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

 

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.

–¿Lo creerás, Ariadna? –dijo Teseo–. El minotauro apenas se defendió.