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Los Miles - Daniel Alarcón

No hubo luna aquella primera noche, y la pasamos haciendo lo mismo que durante el día: trabajar. Sus padres y madres han sobrevivido siempre gracias a la fuerza de sus brazos. Llegamos en camiones y despejamos el terreno de rocas y escombros. Trabajamos iluminados por las pálidas luces de los faros, y por su textura, olor y sabor supimos de inmediato que la tierra era buena. En este lugar criaríamos a nuestros hijos. En este lugar construiríamos nuestras vidas. Entiendan que hasta hace poco tiempo aquí no había nada. La tierra no tenía dueño, ni siquiera un nombre. Aquella primera noche la oscuridad que nos rodeaba parecía infinita, y mentiría si dijera que no teníamos miedo. Otros lo habían intentado antes y habían fracasado -en otros distritos, en otras tierras baldías-. Algunos cantábamos para mantenernos despiertos. Otros rezaban pidiendo fortaleza al cielo. Estábamos en una carrera, y todos lo sabíamos. La ley era muy clara: aunque lo que estábamos haciendo técnicamente no era legal, el gobierno no estaba autorizado a demoler viviendas.
Teníamos solo hasta la mañana para construirlas.
Las horas pasaban, y hacia el amanecer nuestro avance era innegable. Con un poco de imaginación se podía distinguir los contornos básicos de aquello que se convertiría en nuestro hogar. Había carpas hechas con lona y palos. Esteras de carrizo entrelazado que sostenían techos de sacos de arroz cosidos, y trozos de cartón prensado apoyados contra desvalijadas capotas de automóviles viejos. Habíamos pasado meses recolectando todo lo que la ciudad desechaba, preparándonos para esa primera noche. Trabajamos sin descanso, y, por si acaso, dedicamos las últimas horas de esa larga noche a dibujar calles sobre el terreno, apenas unas líneas trazadas con tiza, pero imagínenselo, solo imagínenselo... Nosotros, y nadie más que nosotros, ya podíamos verlas -las avenidas que estos trazos ya anunciaban-. Al llegar la mañana todo estaba ahí, un conjunto destartalado de cachivaches y remiendos, y no pudimos dejar de sentirnos orgullosos. Cuando finalmente decidimos descansar, nos dimos cuenta de que hacía frío, y en la suave pendiente de la colina se encendieron docenas de fogatas. Nos calentamos reconfortados por ellas, por las tantas caras conocidas que nos acompañaban, por la tierra que habíamos elegido. La mañana era pálida, el cielo límpido y despejado. Qué bonito, dijimos, y es verdad, las montañas se veían muy hermosas aquel día.
Y aún lo son. El gobierno llegó antes del mediodía, y supo cómo desalojarnos. Encendieron sus máquinas, y todos nos abrazamos formando un círculo alrededor de la que habíamos construido. No nos movimos. Son nuestros hogares, dijimos, y el gobierno se rascó desconcertado su afiebrada cabeza. Nunca había visto casas como las nuestras -construcciones de alambre y calamina, de mantas y palos, de plástico y llantas- Bajó de sus máquinas a inspeccionar estas obras de arte. Nosotros le mostramos lo que habíamos construido, y después de un tiempo el gobierno se marchó, pueden quedarse con estas tierras, nos dijo. De todos modos no las queremos.
Los periódicos se preguntaban de dónde habían salido tantos miles de personas. Cómo lo habíamos logrado. Y luego la radio empezó a hacerse las mismas preguntas, y la televisión envió sus cámaras, y poco a poco pudimos contar nuestra historia. Pero no toda. Una buena parte nos la guardamos solo para nosotros, para ustedes, nuestros hijos, como las letras de nuestras canciones y el contenido de nuestras plegarias. En cierta ocasión, el gobierno quiso contar cuántos éramos, pero no pasó mucho antes de que alguien se diera cuenta de que hacerlo era una tarea imposible. Cuando trazaron los nuevos mapas de la ciudad, en el espacio originalmente en blanco hacia el extremo noreste, los cartógrafos escribieron Los Miles. Nos gustó mucho el nombre, porque nuestro número es lo único que siempre hemos tenido.
Hoy, por supuesto, somos muchos más.



 

Visión del futuro remoto - María Covadonga Mendoza

 La tierra está seca, áspera al tacto del único ojo del cielo, que quema con su furia la arena estéril; las huellas de la vida han sido borradas por el aliento de la desolación. 

A lo lejos, se distinguen las ruinas de atalayas centenarias que hace tiempo doblaron la testuz de piedra, trastornadas por el abandono. El aire cala sus restos muertos en vano intento por resucitarlas. No hay movimiento, ni sonido alguno. 

En torno a ellas pulula un gran número de seres invisibles, pálidos recuerdos de existencia, señal inequívoca del paso de la muerte. Rondan las jambas derribadas, saltan los muros, dan vueltas alrededor de lo que en otro tiempo fue su hogar. No tienen memoria, e ignoran qué les lleva a volver una y otra vez a aquel sitio donde ya no les recibe nadie. 

Quieren gritar pero carecen de garganta; o llorar sobre las fosas donde aún reposan sus huesos, pero han sido privados de ojos. Permanecen en un estado de eterna ignorancia y eterna esperanza; separados tanto de la vida como de la muerte, sin poder engendrar materia ni pensamiento, sin poder sentir placer o dolor; ciegos, mudos y sordos. 

Con pesadillas en vez de sueños, como entes vegetativos, carentes incluso de extensión física. El tiempo no les afecta, pues están fuera de sus dominios; lo ven pasar, lo ven detenerse y acelerarse, destruir lo orgánico y lo inorgánico, en connivencia con sus hijas, las doncellas de la muerte, portadoras de afiladas espadas que se ceban en todo cuanto existe sin asomo de remordimiento.

Allá, en lontananza, un grupo de personas macilentas y desarrapadas camina hacia la ruina de la antigua ciudad, metidos los pechos, los pies desnudos; los vestidos que llevan no ocultan la extrema delgadez de sus miembros; el hambre dibuja muecas horribles en sus labios sin carne; su piel esta cubierta por una costra rojiza, como el manto de una enfermedad bíblica e innombrable. 

Son en suma, la viva imagen de la degeneración humana. No se atreven a mirar hacia arriba: el sol les castiga los ojos; ni al frente, pues la visión del yermo les encoge los corazones; arrastran los pies al andar, sus fuerzas están mermadas por el éxodo. Aunque hace calor, algunos sufren temblores y escalofríos, precursores de un fin próximo y horrible.

Encaramado en una colina, otro grupo observa la caravana de silentes viajeros. La alegría les embarga. Hace semanas que no topan con seres humanos. Las madres desempolvan una sonrisa para sus hijos; los hombres, descienden con premura la ladera envueltos en una nube de polvo. Los caminantes detienen su marcha.

La gente de la colina se allega a los forasteros, quienes de puro agotados, no pueden mostrar todo el gozo que vibra en sus corazones. El jefe de los nativos, le toma la mano al que comanda la expedición...

Esa noche hay fiesta en el poblado de los hombres de la colina. Por primera vez en mucho tiempo tienen cena en abundancia. Mientras se cocina al fuego la carne de los nómadas, las madres, felices, relatan a sus hijos los versículos de la Profecía Sagrada, para que la recuerden y la repitan a las generaciones venideras:

Y en aquel tiempo grande será la afllicción;
Si una mujer tiene dos hijos y los dos mueren,
Por uno lo sentirá, porque aún es humana,
Pero por el otro no, porque tendrá hambre
Y necesitará alimentar su propio cuerpo.
Y si un hombre tiene dos hermanos y los dos mueren,
Por uno lo sentirá pero por el otro no,
Porque el mundo ya no da ni pan ni vino, 
Y las bocas están hambrientas y sedientas.
El tiempo se llevó la prosperidad;
La guerra desapareció de la tierra,
Y se llevó a los combatientes.
La enfermedad devora la carne
Que hemos de comer.
Hubo un día en que las naciones
Luchaban; había mucha gente
Y mucha hambre.
Dejamos crecer al hambre; mermó la gente.
Mermaron los árboles, creció la plaga.
Creció el aire impuro, mermaron las aguas. 
En aquellos tiempos que han de llegar
Los vivos buscarán los sepulcros de los antepasados,
Para enterrarse con ellos.
Pero no morirán hasta que no los consuma el dolor y la fiebre.
Los muertos no podran descansar en paz
Porque habrán de servir de alimento a los vivos.

Al socaire de los cánticos, los espectros de los que fueron, siguen rondando los edificios derruidos, en vano, sin rumbo fijo. Sus filas se han engrosado con nuevos elementos, que ciegos, mudos y sordos buscan explicación a su estado. Arriba, en medio del océano negro en que se ha convertido el cielo, la luna vigila. 

El tiempo sigue pasando; pero también él será derribado algún día, y con él, sus hijas, las doncellas de la muerte.  

El nuevo Papá Noel - Brian W. Aldiss

Roberta, la menuda anciana, bajó el reloj del estante y lo puso sobre la hornalla; luego tomó la tetera e intentó darle cuerda. El reloj había llegado casi al punto de ebullición antes de que ella se diera cuenta. Chillando en voz baja, para no despertar al viejo Robin, tomó el reloj con un repasador y lo dejó caer sobre la mesa. Marchaba furiosamente. Lo contempló.
Aunque Roberta daba cuerda al reloj todas las mañanas al levantarse, llevaba meses sin echarle una mirada. Esa mañana, al contemplarlo, vio que eran las 7:30 del día de Navidad, 2388.
–¡Dios mío! –exclamó–. ¡Navidad, ya! ¡Si parece que apenas han pasado las Pascuas!
Ni siquiera tenía idea de que fuera el año de 2388. Tanto ella como Robin llevaban mucho tiempo en la fábrica. Se sintió contenta de que fuera Navidad, porque le gustaban las sorpresas... pero también sintió algo de miedo. Porque aquello la llevaba a recordar al Nuevo Papá Noel, y habría preferido no pensar en eso. El Nuevo Papá Noel, según se decía, hacía sus rondas en la mañana de Navidad.
–Debo contárselo a Robin –dijo.
Pero el pobre Robin había estado demasiado susceptible en los últimos tiempos; era de suponer que se pondría de malhumor al encontrarse de pronto con la Navidad encima. De cualquier modo, como Roberta era incapaz de reservarse nada, tendría que bajar a contárselo a los vagabundos.
Tras poner la tetera al fuego, salió de la vivienda para entrar a la fábrica, como un ratón que emergiera de su nido oloroso a pastel de fruta. Roberta y Robin vivían en lo alto de la fábrica, y los vagabundos habían fijado su domicilio ilegal en la parte más baja. Roberta fue bajando en puntas de pies por muchas, muchas escaleras de metal.
La fábrica estaba poblada por ese tipo de sonidos que Robin llamaba «el ruido silencioso». Era constante, día y noche, y hacía tiempo que los dos humanos habían dejado de escucharlo. Cuando los dos fueran ya incapaces de oír nada, el ruido proseguiría. Esa mañana, las máquinas estaban más atareadas que nunca, y no tenían el menor aspecto navideño. Roberta reparó especialmente en dos máquinas por las que sentía un odio especial: una se movía como un telar, empacando un alambre increíblemente fino en cajas increíblemente pequeñas; la otra se revolcaba como si luchara contra algún enemigo invisible, aparentemente sin producir nada.
La anciana pasó con cautela junto a ellas y bajó al sótano. Al llegar frente a una puerta gris, llamó con los nudillos. De inmediato pudo oír que los vagabundos se echaban contra la puerta, del lado interior, gritándose ásperamente.
Roberta, incapaz de alzar la voz, esperó que hicieran silencio, y entonces dijo, tan claramente como pudo:
–Soy yo, muchachos.
Tras una pausa muda, la puerta se abrió unos milímetros. En seguida se abrió por completo. Tres siluetas ojerosas se presentaron ante ella, con expresiones de angustia: Jerry, el exescritor, y Tony y Dusty, quienes nunca habían sido ni serían más que vagabundos. Jerry, el más joven, tenía cuarenta años; le quedaba, por lo tanto, media vida para dormitar por ahí. Tony tenía cincuenta y cinco, y Dusty sufría de erupciones.
–¡Creímos que era la Barredora Infernal! –exclamó Tony.
Cada mañana, la Barredora Infernal barría toda la fábrica. Cada mañana, los vagabundos se veían obligados a parapetarse en la habitación, para que la barredora no los arrojara con todas sus pertenencias por los vertederos de basura.
–Entre, por favor –dijo Jerry–. Perdone el desorden.
Roberta entró; fatigada por su larga caminata, se sentó en un cajón de embalaje. El cuarto de los vagabundos la ponía nerviosa; sospechaba que a veces llevaban mujeres allí; además, había calzoncillos colgados en un rincón.
–Tengo algo que deciros, a los tres –empezó.
Todos esperaron, corteses aunque intrigados. Jerry se limpiaba las uñas con una chincheta.
–Acabo de olvidar qué era –confesó la anciana.
Los vagabundos suspiraron ruidosamente, con alivio. Tenían miedo de todo lo que amenazara perturbar su tranquilidad. Tony se sintió comunicativo.
–Hoy es Navidad –dijo, echando a su alrededor una mirada furtiva.
–¿De veras? –exclamó Roberta–. ¡Pero si recién han pasado las Pascuas!
–Permítanos –dijo Jerry– desearle una Navidad segura y un Año Nuevo libre de persecuciones.
Esa muestra de cortesía hizo rebrotar los temores latentes de Roberta.
–Vosotros... no creéis en el Nuevo Papá Noel, ¿verdad? –les preguntó.
Ninguno respondió, pero la cara de Dusty tomó el color de la cáscara de limón; ella comprendió que sí, que creían en él. También ella.
–Será mejor que vengáis al departamento para celebrar este día feliz –dijo–. Después de todo, la unión hace la fuerza.
–Yo no puedo pasar por la fábrica –dijo Dusty–; las máquinas me hacen brotar la erupción. Es una especie de alergia.
–De cualquier modo, iremos –decidió Jerry–. Nunca se debe desperdiciar una invitación.
Los cuatro treparon las escaleras como pesados ratones, y atravesaron la fábrica en constante expansión. Las máquinas fungieron ignorarlos.
En el departamento los esperaba un verdadero pandemónium. La tetera estaba hirviendo, y Robin gritaba pidiendo auxilio. Aunque oficialmente estaba condenado a guardar cama, podía levantarse en momentos críticos; ahora estaba de pie junto a la puerta del cuarto, y Roberta tuvo que ir a quitar la tetera del fuego antes de ir a tranquilizarlo.
–¿Y por qué has traído aquí a esa gente? –inquirió, en un violento susurro.
–Porque son nuestros amigos, Robin –contestó Roberta, tratando de llevarlo de nuevo a la cama.
–¡Ésos no son amigos míos! –protestó él.
Se le ocurrió algo terrible para decirle; temblando, luchó con la idea, y finalmente no dijo nada. El esfuerzo lo dejó débil e irritable. Era horrendo estar bajo el dominio de su mujer. Su obligación, como cuidador de la gran fábrica, era cuidar de que no entrara ninguna persona indeseable; pero, tal como estaban las cosas, no podía expulsar a los vagabundos, puesto que su mujer los defendía. La vida era, sin lugar a dudas, algo exasperante.
–Vinimos a desearle una segura Navidad, señor Proctor –dijo Jerry, deslizándose en el dormitorio con sus dos compañeros–. ¡Navidad, y yo con erupciones!
–No es Navidad –gimoteó Robin, mientras Roberta le metía los pies bajo las frazadas–. Lo decís sólo para molestarme.
¡Si pudieran al menos intuir la cólera que rodaba por sus venas como una enfermedad! En ese momento, el conducto de distribución del correo tintineó, y un sobre entró en la habitación, como lanzado por una catapulta. Robin lo tomó de manos de Roberta y lo abrió, tembloroso. Dentro había una tarjeta de Navidad, firmada por el Ministro de Fábricas Automáticas.
–Esto prueba que hay otra gente viva en el Mundo –dijo Robin.
Aquellos tres tontos no eran lo bastante importantes como para recibir tarjetas de Navidad. Su esposa echó una mirada miope sobre la firma del ministro.
–Esto es un sello de goma, Robin –dijo–. No prueba nada.
Eso terminó de ponerlo furioso. ¡Que lo contradijera delante de esa canalla! Además, desde la Navidad pasada las mejillas de Roberta se habían arrugado más, cosa que lo molestaba profundamente. Cuando estaba a punto de desollarla, sus ojos se posaron casualmente en la dirección escrita en el sobre; decía: «Robin Proctor, F. A. X10».
–¡Pero si esta fábrica no es X10! –protestó a viva voz–. Es la SC541.
–A lo mejor hace treinta y cinco años que estamos en una fábrica que no nos corresponde –dijo Roberta–. ¿Qué importancia tiene?
La pregunta era tan absurda que el anciano apartó las cobijas hasta los pies de la cama.
–¡Bueno, ve a averiguar, vieja estúpida! –chilló–. El número de la fábrica está grabado en la salida. Ve a ver qué dice. Si no dice SC541, debemos salir de aquí en seguida. ¡Rápido!
–La acompaño –dijo Jerry a la anciana.
–¡Todos vosotros iréis con ella! –dijo Robin–. No quiero que os quedéis aquí conmigo. ¡Me asesinaríais en esta misma cama!
Sin gran sorpresa (aunque Tony lanzó, al pasar, una mirada triste a la tetera vacía) se encontraron en los preñados estratos de la fábrica, y bajaron hacia la salida. Allí había cintas transportadoras que llevaban los productos terminados hacia los vehículos que esperaban.
–Esto no me gusta mucho –dijo Roberta, intranquila–. Con sólo echar una mirada fuera siento que mi agorafobia se agrava.
De cualquier modo, hizo lo que Robin le había indicado. Sobre la puerta de salida, un cartel rezaba: X10.
–Robin no me creerá cuando se lo diga –se quejó.
–Yo creo que la fábrica cambió de nombre –observó Jerry, tranquilo–. Quizá cambió también de ramo. Después de todo, no hay nadie que verifique; puede hacer lo que quiera. ¿Siempre ha fabricado estos huevos?
En silencio, contemplaron la interminable línea móvil de huevos de acero. Eran pulidos, grandes como huevos de avestruz; salían al exterior, donde varios robots los apilaban dentro de los camiones encargados del transporte.
–Nunca supe de una fábrica que pusiera huevos –rió Dusty, rascándose el hombro–. Será mejor que volvamos antes de que la Barredora Infernal nos atrape.
Subieron lentamente los innumerables escalones.
–Yo creía que aquí se fabricaban televisores –dijo Roberta, en algún momento.
–Si ya no hay hombres –observó Jerry, sombrío–, no hacen falta televisores.
–No recuerdo bien si...
Cuando se lo dijeron a Robin, se descompuso de furia; llegó a caerse de la cama, y amenazó con bajar a ver con sus propios ojos el nombre de la fábrica. Sólo se contuvo porque tenía la secreta teoría de que la fábrica entera no era sino una de las tantas alucinaciones de Roberta.
–Y en lo que respecta a los huevos... –barbotó.
Jerry metió la mano en uno de sus rotosos bolsillos y sacó uno de los huevos, depositándolo en el piso. En el silencio siguiente, todos pudieron oír que el huevo hacía tic-tac...
–Hiciste mal, Jerry –dijo Dusty en tono áspero–. Eso equivale a... interferir –todos miraron a Jerry, más asustados aún porque ignoraban la causa del miedo que sentían.
–Lo traje porque pensé que la fábrica debía hacernos un regalo de Navidad –explicó Jerry, soñador, agachándose para mirar el huevo–. Saben... Hace mucho tiempo, antes de que las máquinas declararan prescindibles a los escritores como yo, conocí a un robot-escritor. Lo habían dejado para chatarra, pero me contó un par de cosas. Me dijo que las máquinas, al asumir las obligaciones del hombre, también habían adoptado sus mitos. Por supuesto, adaptaron esos mitos a sus propias creencias. Pero creo que les gustaría la idea de entregar regalos de Navidad.
Dusty hizo rodar a Jerry de un puntapié.
–¡Toma, por tu idea! –le dijo–. ¿Estás loco, muchacho? Las máquinas vendrán aquí a buscar ese huevo. No sé qué podemos hacer.
–Pondré el té para preparar la tetera –dijo Roberta, con mucho tino.
Ese comentario estúpido colmó la paciencia de Robin.
–¡Devolved el huevo, todos vosotros! –chilló–. Eso es robar, y nada más que robar, y yo no quiero que se me complique en semejante cosa. ¡Y después, vosotros, vagabundos, salid de la fábrica!
Jerry, que se había acomodado a gusto en el suelo, dijo, sin levantar la vista:
–No quisiera asustarlo, señor Proctor, pero el Nuevo Papá Noel vendrá por usted, si no tiene cuidado. Aquel viejo mito navideño fue uno de los que las máquinas adoptaron y modificaron. El Nuevo Papá Noel es todo metal y vidrio; en vez de dejar juguetes nuevos, se lleva a las máquinas y a la gente que ya está vieja.
Roberta, que escuchaba junto a la puerta, quedó tan blanca como una sábana.
–Tal vez es por eso que el Mundo se ha despoblado tanto últimamente –dijo–. Será mejor que vaya a preparar un poco de té.
Robin se las compuso para salir de la cama, aguijoneado por su tremenda irritación. Mientras avanzaba tambaleante hacia Jerry, el huevo se cascó.
Se partió limpiamente en dos mitades, dejando al descubierto una pequeña maquinaria. Cuatro diminutos maniquíes saltaron fuera y entraron en acción. En un segundo, mediante pequeñísimos soldadores, habían convertido la cáscara en una doble cúpula; del interior surgía un ruido de martillos.
–¡Van a construir otra fábrica aquí mismo, esos desfachatados! –exclamó Roberta.
Intentó aplastar las cúpulas con la tetera, pero ni siquiera logró mellarlas. De inmediato, un leve tintineo invadió la habitación.
–¡Cielos! –exclamó Jerry–. ¡Están telegrafiando para pedir ayuda! ¡Debemos salir en seguida de aquí!
Salieron con Robin, que temblaba de cólera.
Y el Nuevo Papá Noel los atrapó a todos en la escalera.

Proceso - Alfred E. Van Vogt

Bajo la brillante luz de aquel lejano sol, el bosque respiraba y estaba vivo. Era consciente de la nave que acababa de aparecer, tras atravesar las ligeras brumas de la alta atmósfera. Pero su automática hostilidad hacia cualquier cosa alienígena no iba acompañada inmediatamente por la alarma.
Por decenas de miles de kilómetros cuadrados, sus raíces se entrelazaban bajo el suelo, y sus millones de copas se balanceaban indolentemente bajo miles de brisas. Y más allá, extendiéndose a lo ancho de las colinas y las montañas, y más allá aún, hasta el borde de un mar casi interminable, se extendían otros bosques, tan fuertes y poderosos como él mismo.
Desde un tiempo inmemorial el bosque había guardado el suelo de un peligro cuya comprensión se había perdido. Pero ahora empezaba a recordar algo de este peligro. Provenía de naves como aquella que descendía ahora del cielo. El bosque no llegaba a determinar exactamente cómo se había defendido a sí mismo en el pasado, pero sí recordaba claramente que aquella defensa había sido necesaria.
A medida que iba siendo más y más consciente de la aproximación de la nave a través del cielo gris-rojo que había sobre él, sus hojas susurraron un eterno relato de batallas libradas y ganadas. Los pensamientos recorrían su lento camino a lo largo de canales de vibraciones, y las ramas madres de cientos de árboles temblaron casi imperceptiblemente.
Lo vasto de tal temblor, afectando poco a poco a todos los árboles, creó gradualmente un sonido y una tensión. Al principio fue casi impalpable, como una suave brisa soplan¬do a través de un verdeante valle. Pero aumentó de intensidad.
Adquirió sustancia. El sonido llegó a envolverlo todo. Y la totalidad del bosque aguardó, vibrando su hostilidad, esperando la cosa que se le acercaba a través del cielo.
No tuvo que esperar mucho.


La nave aumentó de tamaño mientras seguía la curva de su trayectoria. Su velocidad, ahora que estaba más cerca del suelo, era mayor de lo que había parecido al principio. Planeó amenazadora, por encima de los árboles más cercanos, y descendió aún más, sin preocuparse de las copas. Algunas ramas se rompieron, algunos vástagos se incendiaron, y árboles enteros fueron barridos como si se tratara de seres insignificantes, sin peso ni fuerza.
La nave prosiguió su descenso, abriéndose camino a través del bosque que gritaba y gemía a su paso. Se posó, abriendo un profundo surco en el suelo, tres kilómetros después de tocar el primer árbol. Tras ella, la senda de árboles tronchados se estremecía y palpitaba bajo la luz del sol, un recto sendero de destrucción que —recordó repentinamente el bosque— era idéntico al que se había producido en el pasado.
Empezó amputando los sectores alcanzados. Hizo refluir su savia, y cesó su vibración en el área afectada. Más tarde enviaría nuevos brotes a reemplazar a aquellos que habían sido destruidos, pero ahora aceptó aquella muerte parcial y sufrió por ella. Conoció el miedo.
Era un miedo teñido por la rabia. Sentía la nave yaciendo sobre los troncos partidos, en una parte de sí mismo que aún no estaba muerta. Sentía la frialdad y la dureza de aquellas paredes de acero, y el miedo y la rabia aumentaron.
Un susurrar de pensamientos pulsó a lo largo de los canales vibratorios. Espera, decían, hay un recuerdo en mí. Un recuerdo de un lejano tiempo en el que vinieron otras naves parecidas a ésta.
El recuerdo se negó a precisarse. Tenso pero vacilante, el bosque se preparó a lanzar su primer ataque. Empezó a crecer alrededor de la nave.
Mucho tiempo atrás había descubierto el poder de crecimiento que poseía. Había sido en un tiempo en el que ocupaba una extensión mucho más limitada que la que cubría ahora. Y entonces, un día, se dio cuenta que estaba muy cerca de otro bosque como él mismo.
Las dos masas de árboles en crecimiento, los dos colosos de entremezcladas raíces, se acercaron mutuamente lenta, prudentemente, en una creciente pero cautelosa sorpresa y maravilla manifestando que otra forma de vida similar a la suya hubiera podido existir todo aquel tiempo. Se acercaron, se tocaron..., y lucharon durante años.
Durante aquella prolongada lucha casi nada creció en las regiones centrales, que se detuvieron. Los árboles dejaron de desarrollar nuevas ramas. Las hojas, por necesidad, se robustecieron y afirmaron sus funciones para períodos mucho más largos. Las raíces se desarrollaron lentamente. Toda la energía utilizable del bosque fue concentrada en los procesos de defensa y ataque.
Auténticas murallas de árboles se levantaban en una noche. Enormes raíces cavaban túneles en las profundidades del suelo penetrando kilómetros y kilómetros, abriéndose paso entre rocas y metales, edificando una barrera de madera viva contra el invasor crecimiento del bosque extranjero. En la superficie, las barreras se cerraron en una línea de un kilómetro o más de árboles situados tronco contra tronco. Y, bajo estas bases, la gran batalla se detuvo finalmente. El bosque aceptó el obstáculo creado por su enemigo.
Más tarde, luchó con las mismas armas contra un segundo bosque que lo atacaba desde otra dirección.
Los límites de estas demarcaciones empezaron a ser tan naturales como el gran mar salado del sur, o las heladas cúspides de las montañas que se cubrían de nieve una vez cada año.
Y como había hecho en su batalla contra los otros dos bosques, el bosque concentró toda su fuerza contra la nave invasora. Los árboles crecieron a un ritmo de treinta centímetros cada pocos minutos. Las plantas trepadoras escalaron los árboles, se proyectaron por encima de la nave. Los incontables filamentos reptaron por encima del metal, y se anudaron por sí mismos alrededor de los árboles del otro lado. Las raíces de aquellos árboles se enterraron profunda¬mente en el suelo, y se anclaron en un estrato rocoso más resistente que ninguna nave jamás construida. Los troncos se ensancharon, y las lianas engrosaron hasta convertirse en enormes cables.
Cuando la luz de aquel primer día dejó paso al gris del atardecer, la nave estaba enterrada bajo cientos de toneladas de madera, y oculta bajo un follaje tan denso que ninguna parte de ella era visible.
Había llegado el momento de pasar a la acción para la destrucción final.
Poco después de oscurecer, pequeñas raíces comenzaron a tantear por debajo de la nave. Eran infinitésimamente pequeñas; tan pequeñas que en su etapa inicial no tenían más que unas pocas docenas de átomos de diámetro; tan pequeñas que el aparentemente sólido metal parecía casi vacío para ellas; tan increíblemente pequeñas que penetraron sin ningún esfuerzo en el duro acero.
Fue en aquel momento, como si hubiera estado aguardando a que llegara aquella etapa, que la nave reaccionó, pasando a la acción. El metal empezó a calentarse, luego quemó, después se puso al rojo vivo. Era todo lo que necesitaba. Las minúsculas raíces se contrajeron y murieron. Las raíces más grandes cerca del metal ardieron lentamente a medida que el creciente calor las alcanzaba.
En la superficie se inició otro tipo de violencia. Chorros de llamas surgieron de un centenar de orificios en la superficie de la nave. Primero las lianas, luego los árboles, empezaron a arder. No era el estallido de un incontrolable fuego, ni el feroz incendio saltando de árbol en árbol en una furia irresistible. Desde hacía mucho tiempo, el bosque había aprendido a controlar los fuegos iniciados por los rayos o por la combustión espontánea. Se trataba únicamente de enviar grandes cantidades de savia al área afectada. Cuanto más verde era el árbol, cuanta más savia lo permeaba, más intenso tenía que ser el fuego para mantenerse.
El bosque no pudo recordar inmediatamente haberse hallado nunca frente a un fuego que pudiera arrasar al mismo tiempo toda una hilera de árboles dejando que cada uno de ellos derramase un líquido viscoso por cada una de las resquebrajaduras de su corteza.
Pero este fuego sí podía. Era distinto. No tan sólo poseía llama, sino que era también energía. No se alimentaba tan sólo de madera, sino que vivía con una energía contenida en sí mismo.
Finalmente, este hecho despertó los recuerdos asociativos del bosque. Era un recuerdo agudo e inconfundible de lo que había hecho hacía mucho tiempo para librar, a él y a su planeta, de una nave como aquella.
Comenzó por retirarse de las inmediaciones de la nave. Abandonó su intento de aprisionar aquella estructura alienígena con un andamiaje de madera y hojas. A medida que la preciosa savia se retiraba a los árboles que ahora debían formar la segunda línea de defensa, las llamas adquirieron amplitud, y el fuego se hizo tan brillante que toda la escena adquirió una tonalidad irreal.
Pasó cierto tiempo antes que el bosque se diera cuenta que hacía rato que los rayos de fuego ya no surgían de la nave, y que toda la incandescencia y el humo que aún quedaban eran producidos por la madera ardiendo.
Esto también coincidía con sus recuerdos de lo que había ocurrido en la anterior ocasión.
Frenéticamente pero con reluctancia, el bosque inició lo que ahora se daba cuenta que era el único medio de librarse del intruso. Frenéticamente porque se sentía terriblemente convencido que la llama emitida por la nave podía destruir bosques enteros. Y reluctantemente porque el método de defensa traía consigo el sufrir quemaduras de energía apenas menos violentas que las que pudiera producirle la máquina.
Decenas de miles de raíces crecieron hacia las profundidades en busca de formaciones que habían evitado cuidadosamente desde que había llegado la última nave. A pesar de la necesidad de apresurarse, el proceso en sí mismo era lento. Pequeñísimas raíces, estremeciéndose ante lo que tenían que hacer, se obligaron a sí mismas a abrirse camino hacia las profundidades, se enterraron en determinados estratos minerales, y a través de un intrincado proceso de ósmosis arrancaron granos de metal puro de las capas naturales de metal impuro. Los granos eran casi tan pequeños como las raíces que habían penetrado en las paredes de acero de la nave, tan pequeños como para poder ser transportados hacia la superficie, suspendidos en la savia, a través del laberinto de gruesas raíces.
Muy pronto hubo miles de granos moviéndose a lo largo de los canales, luego millones. Y, aunque cada uno de ellos era en sí mismo pequeñísimo, el suelo donde fueron depositados brilló muy pronto a la luz del agonizante fuego. Cuando el sol de aquel mundo ascendió por sobre el horizonte, el plateado reflejo formaba un círculo a treinta metros alrededor de la nave.
Fue poco después del mediodía cuando la máquina alienígena dio señales de comprender lo que estaba ocurriendo. Una docena de escotillas se abrieron, y algunos objetos flotaron fuera de ellas. Se posaron en el suelo, y comenzaron a absorber aquella mancha plateada con cosas terminadas en una boquilla que chupaban el polvo finísimo en forma continua. Trabajaban con grandes precauciones; pero una hora después de oscurecer habían recogido más de doce toneladas del finamente disperso uranio 235.
A la caída de la noche, todas las cosas provistas de dos patas desaparecieron en el interior de la nave. Las escotillas se cerraron. La larga nave en forma de torpedo se elevó suavemente del suelo y se dirigió hacia el cielo, donde el sol brillaba aún débilmente.
La primera conciencia de la nueva situación le llegó al bosque cuando las raíces debajo de la nave informaron de un súbito descenso de la presión. Pasaron varias horas antes que llegara a la conclusión que la nave enemiga había sido echada. Y varias horas más antes que se diera cuenta que el uranio que permanecía aún en el suelo debía ser retirado. Sus radiaciones se estaban extendiendo peligrosamente.
El accidente se produjo por una razón muy simple. El bosque había tomado aquella sustancia radiactiva de las rocas. Para librarse de ella, necesitaba tan solo introducirla de nuevo en las más cercanas capas rocosas, particularmente las del tipo de roca que absorbía la radiactividad. Para el bosque, la situación era tan obvia como esto.
Una hora después que iniciara la realización de su plan, la explosión lanzó su hongo hacia el espacio abierto.
Era algo que estaba mucho más allá de la capacidad de comprensión del bosque. Ni vio ni escuchó aquella colosal silueta portadora de muerte. Lo que experimentó fue sin embargo suficiente. Un huracán arrasó kilómetros cuadrados de bosque. Las ondas de calor y de radiación provocaron incendios que requirieron horas para ser extinguidos.
El miedo se apagó lentamente cuando recordó que también había ocurrido lo mismo la otra vez. Pero más aguda que este recuerdo fue la visión de las posibilidades que abría lo ocurrido..., la naturaleza de tal oportunidad.
Poco después del amanecer del día siguiente, lanzó su ataque. Su víctima era el bosque que —según su desfalleciente memoria— había invadido originalmente su territorio.
A lo largo de todo el frente que separaba a los dos colosos, entraron en erupción pequeñas explosiones atómicas. La sólida barrera de árboles que formaban las defensas exteriores del otro bosque se derrumbó ante los sucesivos ataques de tan irresistible energía.
El enemigo, reaccionando normalmente, puso en marcha sus reservas de savia. Cuando estaba plenamente dedicado a la gigantesca tarea de edificar una nueva barrera, las bombas empezaron de nuevo a actuar. Las explosiones resultantes destruyeron completamente las reservas de savia. Y el enemigo, no pudiendo comprender lo que estaba ocurriendo, estuvo perdido desde aquel momento.
En la tierra de nadie donde habían actuado las bombas, el bosque atacante lanzó una oleada de raíces. Cada vez que se manifestaba una resistencia, estallaba una nueva bomba atómica. Poco después del siguiente mediodía una titánica explosión destruyó el centro sensitivo de árboles del otro bosque..., y la batalla finalizó.
Se necesitaron meses para que el bosque creciera en el territorio de su derrotado enemigo, arrancando sus agonizantes raíces, arrasando en su empuje los indefensos árboles que habían quedado, y tomando posesión plena e indiscutida de su nuevo territorio.
Una vez terminada la tarea, se volvió como una furia contra el bosque que lo flanqueaba por el otro lado. Una vez más, atacó con el trueno atómico, e intentó abrumar a su adversario con una lluvia de fuego.
Fue respondido con igual fuerza. ¡Explosiones atómicas!
Su conocimiento se había difundido a través de la barrera de entrelazadas raíces que formaba la separación entre los dos bosques.
Los dos monstruos se destruyeron mutuamente casi por completo. Cada uno de ellos se convirtió en un vestigio, que tuvo que iniciar de nuevo el doloroso proceso de su crecimiento. A medida que pasaban los años, el recuerdo de lo que había ocurrido se fue desvaneciendo. Pero tampoco tenía importancia. Actualmente, las naves venían muy a menudo. Y de todos modos, aunque el bosque hubiera recordado, sus bombas atómicas no podían estallar en presencia de una nave.
La única forma que había de echar a las naves consistía en rodear cada nave alienígena con un círculo de fino polvo radioactivo. Entonces, la nave absorbía el material y se retiraba apresuradamente.
La victoria del bosque fue desde entonces tan simple como eso.

La noche de la gallina - Francisco Tario

—Los hombres son vanos y crueles como no tienes idea —me decía hace casi un siglo una gallina amiga, cuando todavía era yo joven y virgen, y habitaba un corral indescriptiblemente suntuoso, poblado de árboles frutales.

—Lo que ocurre —objeté yo, sacudiendo mi cola blanca— es que tú no los comprendes; ni siquiera te has cuidado de observarlos adecuadamente. ¡Confiesa! ¿Qué has hecho durante la mayor parte de tu existencia, sino corretear como una locuela detrás de tus cien maridos y empollar igual que una señora burguesa? ¡El hombre es un ser admirable, caritativo y muy sabio, a quien debemos estar agradecidas profundamente!

Esto decía yo hace tiempo; no sé cuántos meses. Cuando aún me dejaba sorprender por las apariencias, rendía culto a los poetas y llevaba minuciosamente clasificadas en un cuaderno las características de los petimetres que me perseguían. Cuando mi cresta era voluptuosa cual un seno de mujer, y mi cola, artística, poblada. Cuando dormía en posturas graciosas y, al crepúsculo, languidecía bajo la influencia inefable de las encinas. Decía esto —entre otros motivos más graves— porque mi amo era muy cordial conmigo y solía conducirme a los rincones más apartados de la finca, con objeto de obsequiarme los residuos de los banquetes y otras golosinas menos importantes.

Hoy no. Hoy pienso de otro modo.

Heme aquí confinada en una celda tenebrosa, condenada a muerte. ¿Creen que no lo adivino? ¿Creen los hombres que por ser diminutas y estar cubiertas de plumas, no tenemos las gallinas nuestro corazoncito, nuestra sensibilidad y nuestro entendimiento?

Me apresaron al atardecer. Paseaba yo con una amiga por el sendero de las coles. Soplaba una cautivadora brisa. Íbamos charlando de mil cosas triviales y picoteando, ora un rábano, ora una fruta caída, cuando se entreabrió la puerta fatídica y apareció el cocinero. Nunca me simpatizó este hombre. Es un tipo grueso, perverso, de epidermis muy roja, con un bigote cuadrado y un delantal demasiado largo, tinto en sangre generalmente. De ordinario, salta al corral con un cuchillo en la mano y se contonea por entre los árboles, berreando siempre la misma tonada. Cuando alguien osa acercársele, toma la primera estaca o piedra que ve a su alcance y la arroja contra el intruso. En seguida corta una ciruela o un albérchigo y, tras de frotarlo contra su trasero, lo engulle, escupiendo la piedra a gran distancia... Pues bien, llegó el cocinero y me fue persiguiendo taimadamente por la vereda de las coles. Tan pronto llegamos a la tapia —¡oh, perfumada muy lindamente por las enredaderas de Bécquer!— me atrapó con sus manazas de simio, sujetándome por las alas. Me introdujo en la casa, hizo girar la puerta de un cuarto muy tétrico y me lanzó al aire, cual si se tratara de una avioneta. Caí como mejor pude y tardé mucho tiempo en moverme.

Aquí estoy, en consecuencia, sola, en tinieblas, sin un galán indómito que se aventure a rescatarme. Sola con mis reminiscencias, con mi pasado turbulento, con mi angustia loca, con mi cresta ya no tan voluptuosa y mi pechuguita tierna.

"Posiblemente —cavilo— me reste una noche de vida: doce horas: varios cientos de minutos... Si me pusiera a contar desde ahora, no llegaría a treinta mil seguramente."

Suspiro y prosigo, dejando que mis pensamientos fluyan, fluyan, como una bandada de canarios.

"¡Cuan crueles y vanos son los hombres! ¿Por qué nos asesinan? ¿Por qué nos comen? ¿Qué daño les he hecho yo, por ejemplo? ¿Qué grave trastorno o qué perjuicio irreparable les he ocasionado...? Les he dado huevos frescos, cría; los he recreado con mi canto; les he anunciado el mal tiempo, el bueno —tal vez con mayor exactitud y armonía que los maestros cantores—, la presencia de un ladrón. No me he enfermado nunca; por el contrario, siempre podía admirárseme pizpireta, complaciente, muy limpia, tomando el sol a toda hora del día, meciendo mis alas níveas, que un joven galante comparó una vez con las de un cisne. He servido también de modelo a cierto pintor impertinente que profanó nuestros dominios. Me han retratado los chiquillos, he respetado la siembra, no he herido, injuriado a nadie. Jamás hice un mal gesto. ¿Qué culpa es, pues, la mía? Y sin embargo, van a inmolarme, van a comerme."

Me estrujará el cocinero entre sus garras inicuas e irá arrancando a puñados mis plumas finas, mis plumas albas, que tan celosamente he cuidado. Me las arrancará, sí, con la avidez de un enamorado que deshoja una margarita, y las irá arrojando a un cubo lleno de sangre —abollado, fétido—, cual si se tratara de algo despreciable e inmundo. Me desprenderá el cuello de un tajo, y mis ojitos pardos, mis ojitos picaros —que otro galán comparó con los de una gacela— se obscurecerán definitivamente. Mis piernas doradas y elásticas caerán por tierra como las ramas secas de un árbol... y las comerán los cerdos —¿quién iba a pensarlo?— los cerdos: esa especie de hipopótamos color de rosa que liban sus propios orines y jamás alzan la jeta, temerosos de vaciarse un ojo. Bien asada, me acomodarán en una fuente de loza y me transportarán a la mesa, humeante, guarnecido mi cuerpecito con zanahorias, trufas o espárragos. Y es tal la crueldad de los hombres, tal su sadismo, que quizá respeten mi forma y me presenten así enterita, sin plumas, en cueros, exhibiendo para deleite de todos mi inocente vergüenza.

Los invitados se relamerán de gusto, no importa que entre ellos se cuente algún filósofo o canónigo.

"Bien sabrosa que debe estar" —pensarán para sus adentros.

Y la dueña de la casa, esa berruga con faldas, exclamará melifluamente:

—No es malo, que digamos, su aspecto; pero temo que esté un poquito dura. ¡Era tan vieja!

También es creíble que un niño me rechace y su mamá le ofrezca un muslito.

—Mamá, no quiero gallina —protestará el infante, con su carita de ángel bobo y rico.

—Si está muy tiernecita, tonto... ¡Mira!

Y el rorro objetará entonces, gesticulando:

—¿Por qué me das esas cosas, si sabes que las gallinas comen caquita?

¡Ay, me sacrificarán sin remedio! ¡Me asesinarán los hombres, no obstante que he alegrado sus vidas! Son vanos, crueles, egoístas. Principalmente eso: egoístas. ¿Por qué no matan al perro? ¡Porque los defiende! ¿Por qué no matan al gato? ¡Porque se come a los ratones! ¿Por qué no matan al burro? ¡Porque transporta sus mercancías! ¿Por qué no matan al caballo? ¡Porque los transporta a ellos! ¿Por qué no sacrifican al tigre, a la víbora o al lobo? ¡Porque les temen! ¡Canallas! ¡Cobardes! ¡Nos asesinan a nosotras, y a los pajaritos, y a los gansos, y a los cerdos, que no sirven para nada. Nos ven pequeños, indefensos, asequibles!

Ya sé de qué modo hablan los hombres. Cierta tarde sorprendí a uno de ellos interrogando:

—Y diga usted ¿es que no ha probado por casualidad el gato?

Otro respondió, llevándose el pañuelo viscoso a la boca:

—Por Dios, qué excentricidades... ¡Valiente asco!

Yo he gritado entonces:

—¡Mentira! ¡Mentira! ¡No es asco lo que tenéis ni mucho menos!

Pero nuestro lenguaje resulta enteramente incomprensible para esa gente. Tanto, que el primero de ellos dijo:

—¡Maldito bicho éste! ¡Qué lata nos está dando!

Y según es costumbre en tales seres, me lanzó un pedrusco, a riesgo de matarme. Pero yo esquivé el proyectil, dando rienda suelta a la hilaridad más desbordante. Prorrumpí desde lejos:

—¡No, no es asco lo que le tenéis al gato! ¡Cuidáis vuestro queso!

¡Cómo! Oigo una llave... la tos del cocinero... ¿Es que ha llegado la hora? ¡Oh, se anticipan! Pero ¿qué significa todo esto? ¿Es que no van a permitirme confesar siquiera? He oído contar no sé dónde que a los reos a muerte se les dispensan privilegios de tal índole: se les conforta, se les auxilia espiritualmente. ¿Y por qué a mí no? Yo también creo en Dios. También a mí me espanta el infierno. Mis pecados pueden ser graves... ¡Sí, sí, creo en Dios, creo en Dios lo mismo que pueda creer el hombre más docto! ¡He nacido de Dios! ¡He cometido adulterio...! ¡Y tengo mi alma —chiquita y débil— pero mi alma! ¡Aquí está! ¡Quiero salvarla! ¡Quiero salvarla! ¿Qué clase de justicia es ésta?

Inútil. Chirría la puerta sobre sus goznes y aparece el cocinero. Le veo al trasluz divinamente, con su delantal hasta los tobillos y su cabezota calva. Entreabre los brazos para atraparme. Me escurro una, dos, tres veces con éxito. Insiste; se desespera. Yo pienso:

"Perfectamente. Puesto que así sois de villanos, la pagaréis bien cara."

Doy un salto increíble, ridículo si se quiere para una gallina, y escapo por encima de los hombros del verdugo; vuelo a través de un pasadizo que apesta a vinagre; de un corredor lleno de muebles y ropa sucia; de la escalera... Detrás viene el cocinero blasfemando y sacudiendo su panza dura. Descubro en el segundo piso de la casa una ventana abierta y me lanzo al vacío, ahora sí como una avioneta. Tardo en caer al corral y, abajo, se produce un clamoreo inenarrable, consecuencia de mis gritos desgarradores. Quien chilla, pidiendo auxilio; quien corre de un lado para otro, tapándose los ojos; mi amiga sufre un soponcio. Pero yo anuncio, y mi anuncio lo escuchan hasta los muertos:

—¡La pagaréis bien cara! ¡La pagaréis bien cara!

Cuando el cocinero salta al jardín, ya he alcanzado mi meta. Es una planta misteriosa, azafranada, de hojas muy ásperas, que, de niñas, nos prohibían frecuentar nuestras mamas:

—Quien pruebe de ellas, sucumbe —nos prevenían, cubriéndonos con sus temblorosas alas.

Y yo comí esta vez hasta hartarme. Comí raíces, tallos, flores, ¡cuanto pude!

Un poco más tarde, el verdugo empuñaba el cuchillo y me apoyaba su hoja en el pecho, diciéndome:

—¡Escápate ahora, maldita...!

Aún solté una carcajada que atronó la casa.

Desde el retrete preguntó la dueña:

—Cirilo: ¿qué ocurre?

—¡Nada! —prorrumpió el asesino, trozándome el cuello—. ¡Esta maldita perra...!

—¿Cuál perra? —oí a la vieja, como entre sueños.

—O lo que sea. ¡Esta gallina!

Una vez más ratifiqué mi amenaza:

—¡La pagaréis bien cara!

Y en efecto: treinta y seis horas más tarde, cinco ataúdes en fila bajaban por la arboleda rumbo al cementerio.

La parentela de los elfos - Lord Dunsany

LA PARENTELA DE LOS ELFOS
Lord Dunsany

CAPITULO I

Soplaba el viento del Norte y de él fluía rojos y dorados los últimos días del otoño. Solemne y fría caía la tarde sobre los marjales.
Todo estaba sumido en la quietud.
Entonces la última paloma volvió a su casa de los árboles en tierra seca a la distancia, y su forma ya se había vuelto misteriosa en la niebla.
Todo volvió a estar sumido en la quietud.
Cuando la luz iba desvaneciéndose y la niebla volviéndose más espesa, el misterio vino arrastrándose de todas partes.
Entonces las verdes avefrías vinieron plañideras y se posaron todas.
Y otra vez hubo silencio, salvo cuando una de las avefrías revoloteaba un trecho emitiendo el grito del descampado. Y acallada y silenciosa estuvo la tierra a la espera de la primera estrella. Entonces llegaron los patos y las maracas, bandada tras bandada: y toda la luz del día se desvaneció, salvo una franja roja sobre el horizonte. Sobre la franja aparecieron, negras y terribles, las alas de una bandada de gansos batiendo el aire de los marjales. También éstos descendieron entre los juncos.
Entonces aparecieron las estrellas y brillaron en la quietud y hubo silencio en los vastos espacios de la noche.
De pronto irrumpieron las campanas de la catedral de los marjales que llamaban a oraciones vespertinas.
Ocho siglos atrás los hombres habían construido la enorme catedral a orillas de los marjales, o quizá fue hace siete siglos, o puede que nueve... lo mismo les daba a las Criaturas Silvestres.
De modo que se celebraron las oraciones vespertinas, se encendieron las velas y las luces a través de las ventanas brillaban rojas y verdes en el agua, y el sonido del órgano vibró estruendoso sobre los marjales. Pero desde los lugares profundos y peligrosos, bordeados de musgo luminoso, las Criaturas Silvestres vinieron brincando para bailar sobre el reflejo de las estrellas, y por sobre sus cabezas los fuegos fatuos flotaban y fluían.
Las Criaturas Silvestres tienen algo de humano en la apariencia, sólo que su piel es parda y apenas alcanzan los dos pies de altura. Sus orejas son puntiagudas como las de las ardillas, sólo que mucho más grandes, y saltan a alturas prodigiosas. Viven todo el día sumergidas en los estanques profundos en medio de los marjales más solitarios, pero de noche salen a la superficie y bailan. Cada Criatura Silvestre tiene sobre la cabeza un fuego fatuo que se mueve junto con ella; no tienen alma y no pueden morir, y son de la familia de los elfos.
Toda la noche bailan sobre los pantanos andando sobre el reflejo de las estrellas (porque la sola superficie del agua no los sostiene por sí misma); pero cuando las estrellas comienzan a palidecer, se hunden una por una en los estanques donde tienen su hogar. O, si se retardan descansando sobre los juncos, sus cuerpos van desvaneciéndose y volviéndose invisibles al igual que los fuegos fatuos empalidecen a la luz, y de día nadie puede ver a las Criaturas Silvestres, de la familia de los elfos. Nadie puede verlas ni siquiera de noche, salvo que haya nacido, como yo, a la hora del anochecer, justo en el momento en que aparece la primera estrella.
Ahora bien, en la noche de la cual hablo, una pequeña Criatura Silvestre había ido deslizándose por el descampado hasta llegar a los muros de la catedral y bailó sobre las imágenes coloridas de los santos espejadas en el agua entre los reflejos de las estrellas. Y mientras brincaba en su fantástica danza, vio a través de los vitrales de colores el lugar donde la gente rezaba y oyó el órgano que sonaba estruendoso sobre los marjales. El sonido del órgano sonaba estruendoso sobre los marjales, pero el canto y las oraciones de la gente ascendían desde la más alta de las torres de la catedral como finas cadenas de oro y llegaban hasta el Paraíso y por ellas bajaban los ángeles desde el Paraíso a la gente, y desde ésta subían al Paraíso una vez más.
Entonces, algo no distante del descontento perturbó a la Criatura Silvestre por primera vez desde que fueron hechos los marjales; y la blanda exudación gris y el frío de las aguas profundas no parecieron bastar, ni tampoco la llegada desde el Norte de los tumultuosos gansos, ni el frenético regocijo de las alas de las aves cuando cada una de sus plumas canta, ni la maravilla del hielo sereno que sobreviene cuando las agachadizas parten, y barba los juncos de escarcha y viste el descampado acallado de misteriosa niebla en la que el sol se vuelve rojo y bajo y ni siquiera la danza de las Criaturas Silvestres en la noche magnífica; y la pequeña Criatura Silvestre anheló tener alma e ir a venerar a Dios.
Y cuando las oraciones de las vísperas terminaron y se apagaron las luces, volvió llorando entre los suyos.
Pero a la noche siguiente, tan pronto como las imágenes de las estrellas aparecieron en el agua, se fue saltando de estrella a estrella hasta el borde más extremo de los marjales donde crecía un espeso bosque en el que vivía la más anciana de las Criaturas Silvestres.
Y encontró a la Más Anciana de las Criaturas Silvestres sentada al pie de un árbol, al abrigo de la luna.
Y la pequeña Criatura Silvestre dijo:
—Quiero tener un alma para venerar a Dios y conocer la significación de la música y ver la belleza íntima de los marjales e imaginarme el Paraíso.
Y la Más Anciana de las Criaturas Silvestres le respondió:
—¿Qué tenemos nosotras que ver con Dios? Sólo somos Criaturas Silvestres, de la familia de los elfos.
Pero la pequeña sólo insistió:
—Quiero tener alma.
Entonces la Más Anciana de las Criaturas Silvestres dijo:
—No tengo alma que darte; pero si tuvieras alma, un día tendrías que morir, y si conocieras la significación de la música, tendrías que aprender la significación del dolor, y es mejor ser una Criatura Silvestre y no morir.
De modo que la pequeña se fue llorando.
Pero las parientes de los elfos sintieron pena por la Criatura Silvestre; y aunque las Criaturas Silvestres no pueden apenarse mucho tiempo por no tener alma con qué hacerlo, por un rato sintieron lástima en el lugar donde deberían haber estado sus almas al contemplar la aflicción de su camarada.
De modo que la parentela de los elfos salió por la noche a hacerle un alma a la pequeña Criatura Silvestre. Y se trasladaron por sobre los marjales hasta llegar a los campos elevados entre las flores y las hierbas. Y allí recogieron una gran telaraña que la araña había tejido en el crepúsculo; y estaba cubierta de rocío.
En ese rocío habían brillado todas las luces de las amplias orillas del cielo y los colores cambiantes en los reposados espacios de la tarde. Y sobre él la noche maravillosa había resplandecido con todas sus estrellas. Luego las Criaturas Silvestres fueron con la telaraña salpicada de rocío hasta el borde de su morada, y allí recogieron un poco de la neblina gris que por la noche pende sobre los marjales. Y en ella pusieron la melodía del descampado que es transportada de un lugar al otro de los marjales al caer la tarde sobre las alas de los frailecillos dorados. Y también pusieron en ella el canto doliente que tienen que cantar por fuerza los juncos ante la presencia del arrogante Viento del Norte. Luego cada una de las Criaturas Silvestres dio alguno de sus atesorados recuerdos de los viejos marjales.
—Pues podemos permitírnoslo—dijeron.
Y a todo esto agregaron unas pocas imágenes de las estrellas que recogieron del agua. Sin embargo, el alma que las parientes de los elfos estaban haciendo, todavía no tenía vida.
Entonces le agregaron las voces quedas de los amantes que caminaban solos y errantes tarde en la noche. Y después de eso esperaron hasta el amanecer. Y el majestuoso amanecer se hizo presente, los fuegos fatuos de las Criaturas Silvestres empalidecieron en la luz, sus cuerpos se desvanecieron y aún siguieron esperando al borde de los marjales. Y hasta ellos que se estaban allí esperando, por sobre campos y marjales, desde tierra y cielo, llegó el múltiple canto de los pájaros.
También a éste pusieron las Criaturas Silvestres en el trozo de niebla que habían recogido en los marjales, y lo envolvieron todo en la telaraña salpicada de rocío. Entonces el alma cobró vida.
Y allí estaba en las manos de las Criaturas Silvestres, no mayor que un erizo; y cosas maravillosas había en ella, verdes y azules que cambiaban incesantes girando una y otra vez y en el gris que tenía en el centro, había un resplandor púrpura.
Y a la noche siguiente se allegaron a la pequeña Criatura Silvestre y le mostraron el alma refulgente. Y le dijeron:
—Si por fuerza has de tener alma y venerar a Dios, convertirte en mortal y morir, ponte esto sobre el pecho izquierdo algo por encima del corazón, penetrará en ti y te volverás humana. Pero si la coges, nunca podrás deshacerte de ella para volverte mortal nuevamente, a no ser que te la arranques y se la des a otro; y nosotras no te la recibiremos y la mayor parte de los seres humanos ya tienen alma. Y si no te es posible encontrar un ser humano sin alma, un día tendrás que morir, y tu alma no puede ir al Paraíso porque sólo fue hecha en los marjales.
A lo lejos la pequeña Criatura Silvestre vio las ventanas de la catedral iluminadas para el servicio de las oraciones vespertinas; la canción de la gente ascendía al Paraíso y los ángeles subían y bajaban por ella. De modo que agradecida se despidió con lágrimas de las Criaturas Silvestres, de la familia de los elfos, y se alejó saltando hacia la verde tierra seca llevando el alma en las manos.
Y las Criaturas Silvestres sintieron pena de que se hubiera ido, pero no por mucho tiempo, porque no tenían alma.
A orillas del marjal la pequeña Criatura Silvestre contempló por unos instantes los fuegos fatuos que saltaban de un lado a otro sobre el agua, y luego presionó el alma contra su pecho izquierdo algo por encima del corazón.
Instantáneamente se convirtió en una hermosa joven; sintió frío y estaba atemorizada. Se vistió como pudo de juncos y se acercó a las luces de una casa que se encontraba no lejos de allí. Abrió la puerta de un empujón, entró y encontró a un granjero con su mujer que comían sentados a la mesa.
Y la mujer del granjero condujo a la pequeña Criatura Silvestre con el alma y le trenzó el cabello; luego volvió a llevarla abajo y le ofreció la primera comida que hubiera nunca comido. Luego la mujer del granjero le hizo muchas preguntas:
—¿De dónde vienes?—le preguntó.
—De los marjales.
—¿De qué dirección?—le preguntó la mujer del granjero.
—Del Sur—respondió la pequeña Criatura Silvestre de alma flamante.
—Pero nadie puede venir de los marjales desde el Sur—dijo la mujer del granjero.
—No, eso no es posible—dijo el granjero.
—Yo vivía en los marjales.
—¿Quién eres tú?—preguntó la mujer del granjero.
—Soy una Criatura Silvestre y encontré un alma en los marjales; somos de la familia de los elfos
Hablando de ella más tarde, el granjero y su mujer decidieron que ella debía ser una gitana que se había perdido, y que el hambre y la intemperie la habrían desquiciado.
De modo que esa noche la pequeña Criatura Silvestre durmió en casa del granjero, pero su alma flamante permaneció despierta toda la noche soñando con la belleza de los marjales.
No bien la aurora llegó al descampado y brilló sobre la casa del granjero, ella miró por la ventana hacia las aguas resplandecientes y vio la belleza interior del marjal. Porque las Criaturas Silvestres sólo aman los marjales y conocen su morada, pero ella ahora percibía el misterio de sus distancias y la seducción de sus peligrosos estanques con sus rubios musgos mortales, y sintió la maravilla del Viento del Norte que llega dominante de desconocidas tierras heladas y la maravilla del flujo y reflujo de la vida cuando las aves llegan a los pantanos al atardecer y al llegar la aurora se dirigen al mar. Y sabía que por sobre su cabeza muy por encima de la casa del granjero, se extendía amplio el Paraíso donde quizás ahora Dios se estuviera imaginando un amanecer mientras los ángeles tocaban quedo sus laúdes y el sol se levantaba sobre el mundo por debajo para regocijo de los campos y los marjales.
Y todo lo que el cielo pensaba, lo pensaban los marjales también; porque el azul de los marjales era como el azul del cielo y la forma de las grandes nubes del cielo se convertía en la forma de los marjales y a través de ambas corrían momentáneos ríos púrpuras, errantes entre orillas de oro. Y el vigoroso ejército de juncos aparecía de entre las sombras con todos sus penachos mecidos hasta donde la vista alcanzara. Y desde otra ventana vio la vasta catedral que recogía toda su inmensa fuerza para izarla en sus torres desde los marjales.
Dijo ella:
—Jamás, jamás abandonaré los marjales.
Una hora más tarde se vistió con gran dificultad y descendió para comer la segunda comida de su vida. El granjero y su mujer eran gente bondadosa y le enseñaron a comer.
—Supongo que los gitanos no tienen cuchillo ni tenedor—se dijeron más tarde.
Después del desayuno el granjero fue a ver al Deán, que vivía cerca de la catedral, y en seguida volvió para llevar consigo a casa de éste a la pequeña Criatura Silvestre con su alma flamante.
—Esta es la joven—dijo el granjero—. Este es el Deán Murnith.
Luego partió.
—Ah—dijo el Deán—. Tengo entendido que te perdiste la pasada noche en los marjales. Era una noche terrible para que algo así sucediera.
—Amo los marjales —dijo la pequeña Criatura Silvestre de alma flamante.
—¡Vaya! ¿Cuántos años tienes?—preguntó el Deán.
—No lo sé—respondió ella.
—Tienes que saber cuántos años tienes—insistió él.
—Oh, unos noventa—respondió ella—o más.
—¡Noventa años! exclamó el Deán.
—No, noventa siglos—dijo ella—. Tengo la edad de los marjales.
Entonces contó su historia: cómo había anhelado ser humano y venerar a Dios, tener un alma y ver la belleza del mundo, y cómo las Criaturas Silvestres le habían hecho un alma de telaraña, niebla, música y recuerdos extraños.
—Pero si eso es cierto—dijo el Deán Murnith—, está muy mal hecho. Dios no pudo haber tenido intención de que contaras con un alma.
»¿Cuál es tu nombre?
—No tengo nombre—respondió ella.
—Debemos encontrar para ti un nombre de pila y un apellido. ¿Cómo te gustaría llamarte?
—Canción de los Juncos—respondió ella.
—Eso no es de ningún modo posible—dijo el Deán.
—Entonces me gustaría llamarme Terrible Viento Norte o Estrella en las Aguas—dijo ella.
—No, no, no—dijo el Deán Murnith—, eso es totalmente imposible. Podríamos darte el nombre de Señorita Junco, si gustas. ¿Qué te parece María Junco? Quizá sería mejor que tuvieras aún otro nombre, digamos María Juana Junco.
De modo que la pequeña Criatura Silvestre con el alma de los marjales tomó los nombres que se le ofrecieron y se convirtió en María Juana Junco.
—Y debemos encontrarte una ocupación—dijo el Deán Murnith—. Mientras tanto podemos ofrecerte una habitación aquí.
—Yo no quiero hacer nada—replicó María Juana—; sólo venerar a Dios en la catedral y vivir junto a los marjales.
Entonces llegó la Señora Murnith y durante el resto del día María Juana permaneció en casa del Deán.
Y allí con su nueva alma, percibió la belleza del mundo; porque ésta llegaba gris y grave desde las neblinosas distancias y se ensanchaba en las verdes hierbas y en los labrantíos hasta el viejo pueblo con casas provistas de gablete; y solitario en los campos lejanos se erguía un viejo molino de viento y sus honestas aspas hechas a mano giraban y giraban en los libres Vientos Anglos del Este. Muy cerca, las casas de gablete se inclinaban hacia las calles, sobre firmes maderos nacidos en viejos tiempos, todos juntas gloriándose de su belleza. Y destacándose de ellas, puntal sobre puntal, con inspiración de altura, se levantaban las torres de la catedral.
Y vio a la gente que se trasladaba por las calles, ociosa y lenta, y entre ellas invisibles, musitando entre sí, sin ser oídos de los hombres vivos, sólo concentrados en cosas pasadas, se agitaban los fantasmas de antaño. Y dondequiera que las calles se abrieran hacia el Este, dondequiera que hubiera espacios entre las casas, irrumpía siempre la visión de los grandes marjales, como si respondieran a una barra de música fascinante y extraña que vuelve una y otra vez en una melodía, tocada por el violín de un músico tan solo que no toca otra barra alguna, de pelo oscuro y lacio, barbado en torno de los labios, de largos bigotes caídos, cuya tierra de origen nadie conoce.
Todo esto era bueno de ver para un alma nueva.
Luego se paso el sol sobre los campos verdes y los labrantíos y vino la noche. Una por una las luces gozosas de las lámparas iluminaron las ventanas de las casas en la noche solemne.
Luego sonaron las campanas en una de las torres de la catedral y su música se derramó sobre los techos de las viejas casas y se vertió por sobre sus aleros hasta que las calles estuvieron llenas de ella, y fluyó luego hacia los campos verdes y los labrantíos hasta llegar al vigoroso molino y llamó al molinero que se dirigió con paso afanado al servicio de oraciones vespertinas y hacia el Este y hacia el mar se extendió el sonido hasta los más remotos marjales. Y para los fantasmas que rondaban las calles, nada había cambiado desde el día de ayer.
Entonces la mujer del Deán llevó a María Juana al servicio de oraciones vespertinas y vio allí trescientas velas encendidas que llenaban el pasillo de luz. Pero los firmes pilares se elevaban por la penumbra donde tarde y mañana, año tras año, cumplían su cometido en la oscuridad sosteniendo en alto la techumbre de la catedral. Y había más silencio allí que el silencio en que se sume el marjal cuando ha llegado el hielo y el viento que lo trajo se ha aquietado.
De pronto en esta quietud irrumpió el sonido del órgano, estruendoso, y en seguida la gente se puso a rezar y cantar.
Ya no le era posible a María Juana ver sus oraciones ascender como delgada cadena de oro, pues esa no era sino la fantasía propia de un elfo, pero imaginó con toda claridad en su alma flamante a los serafines en los senderos del Paraíso, y a los ángeles que se turnaban para vigilar al Mundo de noche.
Cuando el Deán hubo terminado con el servicio, subió al púlpito un joven cura, el Señor Millings.
Habló de Abana y Pharpar, ríos de Damasco: y María Juana se alegró de que hubiera ríos que tuvieran tales nombres, y escuchó hablar de Nínive, la gran ciudad, con maravilla, y también de muchas otras cosas extrañas y novedosas.
Y la luz de las candelas brilló sobre el pelo rubio del cura y su voz bajó resonante por el pasillo, y María Juana se regocijó de que estuviera allí.
Pero cuando el sonido de su voz se acalló, sintió una súbita soledad, que jamás había sentido antes desde que fueran hechos los marjales; porque las Criaturas Silvestres nunca padecen soledad ni experimentan nunca la desdicha, sino que bailan toda la noche sobre el reflejo de las estrellas; y, como no tienen alma, no desean nada más.
Después de recogidas las limosnas, antes de que nadie se moviera para irse, María Juana recorrió el pasillo hasta llegar al Señor Millings.
—Te amo —le dijo.

CAPÍTULO II

Nadie sentía simpatía por María Juana.
—Vaya, pobre Señor Millings—decían todos—. Un joven que prometía tanto.
A María Juana la enviaron a una gran ciudad industrial de la región central del país donde se le había encontrado trabajo en una fábrica de telas. Y no había nada en esa ciudad que un alma pudiera ver de buen grado. Porque ignoraba que la belleza fuera algo deseable; de modo que hacia muchas cosas con máquina, todo en ella se apresuraba, se jactaba de su superioridad en relación con otras ciudades, se enriquecía cada vez más y nadie había que se apiadara de ella.
En esta ciudad se le encontró a María Juana alojamiento cerca de la fábrica.
A las seis de la mañana, en noviembre, aproximadamente a la hora en que, lejos de la ciudad, las aves salvajes levantan vuelo de los serenos marjales y se dirigen a los perturbados espacios del mar, a las seis, la fábrica lanzaba un prolongado aullido con el que se llamaba a los trabajadores que trabajaban allí durante todas las horas del día, con excepción de dos horas destinadas a la comida, hasta que al oscurecer las campanas volvían a doblar fúnebres las seis.
Allí trabajaba María Juana con otras jóvenes en una alargada y tétrica estancia, donde gigantes con estridentes manos de acero machacaban lana hasta dejarla convertida en una larga franja de fibras. Durante todo el día se estaban allí rugiendo frente al desalmado trabajo. Pero María Juana no debía trabajar con ellos, aunque su rugido le perforaba sin cesar los oídos mientras sus estrepitosos miembros de acero iban y venían.
Su tarea consistía en atender a una criatura más pequeña, pero infinitamente más astuta.
Tomaba la franja de Lana que los gigantes habían machacado y la hacía girar y girar hasta que quedaba retorcida y convertida en una resistente fibra delgada. Luego aferraba con dedos de acero la fibra recogida y se alejaba contoneándose unas cinco yardas para volver con más.
Había dominado toda la sutileza de los trabajadores especializados y gradualmente había ido desplazándolos; sólo una cosa no era capaz de hacer: recoger los extremos de una fibra si ésta se rompía para volverlos a unir. Para esto se requería un alma humana, y la tarea de María Juana consistía en recoger los extremos de una cuerda rota; y, en el momento que ella los unía, la afanada y desalmada criatura los ataba por si misma.
Todo allí era feo; aun la lana verde que giraba y giraba no tenía el verde de la hierba, ni siquiera el verde de los juncos, sino un penoso verde parduzco que se adecuaba a una triste ciudad bajo un cielo lúgubre,
Cuando miraba por sobre los techos de la ciudad, tampoco allí había belleza; y bien lo sabían las casas, porque con horrible estuco mimaba como un mono grotesco los pilares y los temples de la antigua Grecia, fingiendo, la una delante de la otra, ser lo que no eran. Y al salir año tras año de estas casas y volver a entrar en ellas, y ver el fingimiento de pintura y estuco hasta quedar todo descascarado, las almas de sus pobres propietarios trataban de cambiarse por otras hasta fatigarse del intento.
Al llegar la noche María Juana volvía a su alojamiento. Sólo entonces, después de entrada la oscuridad, podía el alma de María Juana percibir cierta belleza en esa ciudad, cuando se encendían las lámparas y aquí y allí una estrella brillaba a través del humo. Habría ido entonces afuera para contemplar la noche, pero la vieja a la cual le había sido encomendada no se lo permitía. Y los días se multiplicaron por siete y se convirtieron en semanas, y las semanas pasaron y todos los días eran iguales. Y sin cesar el alma de María Juana lloraba por la presencia de cosas bellas y no las hallaba, salvo los domingos, cuando iba a la iglesia, y la dejaba para encontrar a la ciudad más gris que antes todavía.
Un día decidió que era preferible ser una Criatura Silvestre en los hermosos marjales que tener un alma que lloraba por la presencia de cosas hermosas sin hallar una siquiera. Desde ese día decidió deshacerse de su alma, de modo que le contó su historia a una de sus compañeras de fábrica y le dijo:
—Las otras jóvenes van pobremente vestidas y se desempeñan en un trabajo desalmado; seguramente alguna de ellas no tendrá alma y tomará de buen grado la mía.
Pero su compañera de fábrica le dijo:
—Todos los pobres tienen alma. Es lo único que tienen.
Entonces María Juana observó con cuidado a los ricos dondequiera los hallara y en vano buscó a alguno que no tuviera alma.
Un día, a la hora en que las máquinas descansan y los seres humanos que las atienden descansan también, el viento llegó de la dirección de los pantanos, y el alma de María Juana se lamentó amargamente. Entonces, como se encontraba fuera de los portones de la fábrica, el alma, de modo irresistible, la instó a cantar, y una canción desolada le salió de los labios como un himno a los marjales. Y en la canción se expresó plañidera la nostalgia que sentía por su hogar y por el sonido ululante del Viento del Norte, dominante y orgulloso, con su adorable señora de las Nieves; y cantó los cuentos que los juncos se musitan entre sí, cuentos que conoce la cerceta y la garza vigilante. Y por sobre las calles atestadas, su canción partió plañidera, la canción de los sitios descampados y de las salvajes tierras libres, plenas de maravilla y magia, porque ella tenía en su alma hecha por elfos, el canto de los pájaros y el estruendo del órgano en los marjales.
Dio la casualidad que en ese momento pasara por allí el Signor Thompsoni, el afamado tenor inglés, en compañía de un amigo. Se detuvieron y se pusieron a escuchar; todos se detenían y escuchaban.
—En mis tiempos no hubo nadie con voz semejante en Europa—dijo el Signor Thompsoni.
De modo que en la vida de María Juana se produjo un cambio.
Se dirigieron cartas y finalmente se dispuso que, a las pocas semanas, tendría un papel protagónico en la Opera del Covent Garden.
De modo que debió ir a Londres a estudiar.
Londres y las lecciones de canto eran algo mejor que la ciudad de la región central y esas terribles máquinas. Con todo, María Juana no era libre de vivir como se le antojara a la orilla de los marjales y estaba decidida a deshacerse de su alma, pero no encontraba a nadie que no tuviera ya una propia.
Un día se le dijo que los ingleses no querrían escucharla si se llamaba Señorita Junco, y se le pidió un nombre más adecuado por el que le gustara ser llamada.
—Me gustaría ser llamada Terrible Viento del Norte—dijo María Juana—o Canción de los Juncos.
Cuando se le dijo que eso no era posible y se le sugirió María Junchiano, ella cedió de inmediato como había cedido cuando se la separó de su cura; nada sabia de cómo se conducían los seres humanos.
Por fin llegó el día de la presentación en la Opera, un frío día de invierno.
Y la Signorina Junchiano apareció en el escenario frente a una casa atestada.
Y la Signorina Junchiano cantó.
Y a la canción pasó toda la nostalgia de su alma, el alma que no podía llegar al Paraíso, pero que sólo podía venerar a Dios y conocer la significación de la música, y la melancolía impregnó la canción italiana como el infinito misterio de las colinas se trasmite con el sonido de los cencerros lejanos. Entonces en el alma de los que se encontraban en esa casa atestada se despertaron recuerdos desde mucho tiempo atrás enterrados que volvieron a vivir mientras duró aquella maravillosa canción.
Y un frío extraño penetró en la sangre de todos los que escuchaban como si se encontraran a la orilla de los lúgubres marjales y soplara el viento del Norte.
Y a algunos los movió a tristeza, a otros al dolor y a otros, en fin, a una alegría ultraterrena; de pronto la canción fue desvaneciéndose quejumbrosa como los vientos del invierno se desvanecen de los marjales cuando desde el Sur, aparece la Primavera.
De este modo terminó. Y un gran silencio llenó como la niebla toda la casa poniendo fin a la animada conversación que mantenía Cecilia, Condesa de Birmingham, con un amigo.
En esa mortal quietud, la Signorina Junchiano desapareció apresurada del escenario; volvió a aparecer corriendo por entre el público y se precipitó sobre Lady Birmingham.
—Coged mi alma—le dijo—. Es una hermosa alma. Es capaz de venerar a Dios, conoce la significación de la música y puede imaginar el Paraíso. Y si vais a los marjales con ella, veréis cosas hermosas; hay una vieja ciudad allí construida de bellos maderos y fantasmas en sus calles.
Lady Birmingham se quedó mirándola. Todo el mundo se había puesto en pie.
—Mirad —dijo la Signorina Junchiano—, es un alma hermosa.
Y se cogió el pecho izquierdo algo por sobre el corazón, y allí estaba el alma brillando en su mano con luces verdes y azules que giraban y giraban y un resplandor púrpura en el medio.
—Tomadla—dijo—y amaréis todo lo que es hermoso y conoceréis a los cuatro vientos, a cada cual por su nombre, y las canciones de los pájaros al amanecer. Yo no la quiero porque no soy libre. Ponéosla en vuestro pecho izquierdo, algo por encima del corazón
Todo el mundo seguía en pie y Lady Birmingham se sentía incómoda.
—Por favor, ofrecedla a algún otro—dijo.
—Pero todos tienen ya alma—dijo la Signorina Junchiano.
Y todo el mundo estaba en pie todavía. Y Lady Birmingham cogió el alma en su mano.
—Quizá traiga buena suerte—dijo.
Sentía deseos de rezar.
Cerró a medias los ojos y dijo:
—Unberufen.
Luego se puso el alma sobre el pecho izquierdo algo por sobre el corazón en la esperanza de que la gente se sentara y la cantante se retirara.
Instantáneamente un montón de ropa cayó delante de ella. Por un momento, entre las sombras de las butacas, los nacidos a la hora del crepúsculo podrían haber visto a una criaturita parda que abandonaba el montón de roca y se dirigía saltando al vestíbulo brillantemente iluminado donde se volvió invisible para el ojo humano.
Corrió aquí y allí por un instante, encontró luego la puerta y salió a la calle iluminada por faroles.
Los nacidos a la hora del crepúsculo podrían haberla visto alejarse saltando de prisa por las calles que iban hacia el Norte y hacia el Este, desapareciendo al pasar bajo los faroles y apareciendo luego con un fuego fatuo sobre la cabeza.
En una oportunidad un perro la percibió y se puso a perseguirla, pero quedó muy atrás.
Los gatos de Londres, todos nacidos a la hora del crepúsculo, maullaron de modo terrorífico a su paso.
En seguida llegó a las calles suburbanas, donde las casas son más pequeñas. Entonces se dirigió sin desvío alguno hacia el noreste saltando de techo en techo. Y de ese modo, en pocos minutos llegó a espacios más abiertos y luego a las tierras desoladas donde se cultivan los huertos destinados al mercado. Hasta que por fin se divisaron los buenos árboles negros con sus demoníacas formas en la noche. Y un gran búho blanco apareció, que subía y bajaba en la oscuridad. Y ante todas estas cosas la pequeña Criatura Silvestre se regocijaba como se regocijan los elfos.
Y dejó a Londres, que teñía el cielo de rojo, muy atrás; ya no le era posible percibir sus desagradables clamores y escuchaba en cambio nuevamente los ruidos de la noche.
Y atravesó un villorrio que resplandecía pálido y amable en la noche; y volvió a salir al campo abierto otra vez, oscuro y húmedo; y se encontró con muchos búhos a su paso, raza que mantiene relaciones amistosas con la raza de los elfos. En ocasiones cruzó anchos ríos saltando de estrella a estrella; y, escogiendo su sendero al avanzar, para evitar los caminos ingratos y duros, antes de medianoche llegó a las tierras Anglas del Este.
Y oyó allí el grito del Viento del Norte, dominante colérico, que guiaba hacia el Sur a sus gansos aventurados; mientras tanto, los juncos se inclinaban ante él cantando en voz baja y plañidera como remeros esclavos de algún fabuloso trirreme que se inclinaran y se mecieran al golpe del látigo y cantaran al mismo tiempo una canción dolida.
Y sintió el agradable aire húmedo que viste por la noche a las anchas tierras Anglas del Este y llegó nuevamente a un viejo y peligroso estanque en el que crecen los suaves musgos verdes y se zambulló en él hundiéndose más y más en las queridas aguas oscuras hasta que sintió entre los dedos de los pies el limo hogareño. De allí, del adorable frío que anida en el corazón del limo, salió renovada y regocijada para bailar sobre la imagen de las estrellas.
Dio la casualidad que esa noche yo me encontraba a orillas del marjal, tratando de olvidar los negocios humanos; y vi los fuegos fatuos que venían saltando de todos los sitios peligrosos. Y vinieron por bandadas durante toda la noche hasta formar una gran multitud y se alejaron danzando por sobre los marjales.
Y creo que hubo un gran festejo esa noche entre la parentela de los elfos.