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El pianista holandés - Andrés Neuman

 
Recuerdo que llovía. No digo que mucho. Unas gotas.

Mientras subíamos la cuesta el aire se enfriaba, porque en esta ciudad, no sé por qué, hace más frío en verano. El mirador ofrecía en bandeja los tejados. Atardecía. Las nubes de colores violentos nos parecieron témperas volcadas.

Mezcladas con la llovizna, las ondas de un sonido nos detuvieron: era un piano. Provenía de una de las casas, al pie del mirador. Nos acercamos corriendo al umbral. Durante un rato escuchamos la espléndida, triste melodía de aquel piano. 

De repente hubo una pausa, un carraspeo agrio, silencio. 

Después la melodía se reanudó. Ella y yo nos miramos intrigados. No sabíamos que por allí viviera ningún pianista. Sentados en el umbral, nos intercambiábamos hipótesis en voz baja: Es un estudiante de conservatorio; no, una profesora aburrida; un concertista ensayando; mejor que eso, un compositor viudo. Nos reímos a carcajadas, pero callamos de inmediato al notar que el piano había enmudecido. Esperamos, inmóviles. La música siguió. ¿Quién escuchaba a quién?

Nos pusimos en pie. Volvimos a mirarnos. Como no nos atrevimos a besarnos, alguno de los dos golpeó tímidamente el portón de madera. Un nuevo carraspeo interrumpió el fluir del piano. Unos pasos. El portón se desplazó, lento como la noche que empezaba a caer. Tuvimos miedo.

Y ahí estaba él, ojeroso, envuelto en una bata gris.

Nos miró sin sorpresa. Haciéndome el gracioso para espantar el susto o para impresionarla a ella, me incliné y dije: Buenas noches, señor, venimos a hacer de público. Ah, contestó él. Y, como si no hubiera quedado otro remedio, se movió para dejarnos entrar en su casa. Glink, me llamo Marcel Glink, nos dijo mientras el portón se cerraba. De todas formas..., murmuró sin terminar la frase.

Glink regresó al piano. Ella y yo dedujimos que debíamos colocarnos en el único hueco que quedaba en el sofá invadido de libros, ropa arrugada y partituras. La habitación era un desorden estático: daba la impresión de que las cosas, alguna vez dejadas por azar, habían permanecido durante años en el mismo lugar. 

Colgada encima del piano había una reproducción del Guernica. A su lado, una foto del canal de Amsterdam: más joven y con aspecto saludable, abrazando a una mujer rubia, Glink sonreía a la cámara. 

Alrededor de una mesita de cristal vimos decenas de latas de cerveza volcadas y un par de botellas de whisky. Aparcada junto a la biblioteca, absurda, había una motocicleta de color naranja. Sin pensar lo que hacía, me sorprendí guardándome en un bolsillo una de las tarjetas que había desparramadas entre los papeles del sofá. 

En ese momento noté sobresaltado que, a nuestros pies, alguien nos olisqueaba. Entonces Glink dijo: Es ciega. Seis años, perra ciega. Y, sin esperar a que contestáramos, se volvió hacia la partitura y retrocedió una página. Yo toco, anunció con voz grave, última pieza antes de morir. Ella y yo nos miramos entre incrédulos y alarmados. Pero el rictus de Glink no era el de un hombre que bromeaba. Ni siquiera parecía demasiado interesado en hacerse entender. Se limitó a hablarnos una sola vez más: Fantasía de Schumann, después muero.

Dicho esto, dejó caer sus manos sobre el teclado. La música era noble, atormentada. Glink cerraba los ojos.

Fue a mitad de la interpretación cuando comprendimos que el pianista holandés no volvería a dirigirnos la palabra. Tocaba para él mismo apretando las mandíbulas, con los párpados translúcidos y la cabeza en péndulo, como si se anticipara una fracción de segundo a las notas que escuchábamos. 

Nosotros tratábamos de sonreír y darnos mutuamente la impresión de divertirnos. Unos minutos más tarde tuvimos la impresión de que la pieza estaba a punto de acabarse. La perra ciega pareció mirarnos, y nosotros miramos a los ojos blancos de la perra. Nos pusimos en pie al unísono, sin saber si lo más correcto sería formular alguna despedida o permanecer callados para no interrumpir. 

El pulso de la música aumentaba. El silencio, al final, fue lo más respetuoso que encontramos para Marcel Glink. La música se aceleraba cada vez más y, al mismo tiempo, iniciaba un fortissimo. Apresurándonos, tropezando casi con los muebles, abrimos nerviosamente la puerta y dejamos allí a Glink con sus últimos acordes. No podría jurarlo, pero diría que, antes de que el portón terminara de cerrarse, en los labios del pianista se dibujó una débil sonrisa.

Echamos a correr cuesta abajo. Ella reía y buscaba mi mano. Yo quise reír también, pero no supe. Fantasía de Schumann, recordaba sin cesar con una voz que era de otro. El aire se iba helando entre las callejuelas. Descendimos, conversamos y nos separamos. Esa noche tampoco me atreví a besarla. Visto desde ahora, creo que aquel pudo ser el principio de esta larga soledad.

Todavía conservo, entre mis fetiches más queridos la tarjeta que robé aquella vez de entre los papeles del sofá:

Marcel Glink,
PIANISTA

Me consuelo mirándola cuando pienso demasiado Schumann. 

El postre - Andrés Neuman

Se ajustó por detrás el lazo del delantal y se alisó la falda. Sus manos subrayaron por un momento la forma de los muslos. Alzó una bandeja y se acercó a la mesa donde el cliente de la barba terminaba su almuerzo. Tenía buen apetito, el tipo de la barba. Había pedido un caldo, una ensalada de la casa, un filete de lomo con guarnición y una ración de croquetas. 

También había pedido dos veces que le llenaran la cestilla del pan. Ella se inclinó ligeramente y carraspeó. Él levantó la vista: el reflejo borroso de su rostro desapareció de la fuente vacía.
-¿Va a pedir alguna otra cosa, señor?
El tipo de la barba la miró con aire risueño.
-¿Usted cree que puedo tener más hambre?
-No sé, señor. No me pagan para interpretar las caras de los clientes, sino para tomarles nota. ¿Va a pedir alguna otra cosa?
-No, gracias, no puedo más.
-Muy bien. Le traigo la cuenta, entonces.
-¡Espere, señorita, espere! Creo que quiero un postre.
-¿Un postre?
El tipo de la barba miró hacia ambos lados y después se detuvo en su delantal.
-¿Por qué? ¿Tan raro le parece que pida un postre?
-¿A mí? Claro que no, señor -contestó ella recogiendo los platos en la bandeja.
-Entonces tráigame la carta de los postres, por favor.

Ella se marchó. Enseguida volvió con la misma carta que le había dado al principio. El tipo de la barba se demoró en su lectura como si se tratase de un intrincado texto. Sin proponérselo, ella empezó a doblar las rodillas y mover los pies descontroladamente. El tipo de la barba, que tenía manos grandes, seguía estudiando la carta.
-¿Sí...? -probó ella.
-Disculpa. No me decido.

Ella acusó el impacto del tuteo con mal disimulada violencia. Otro más. Ya empezaba. Se despejó la frente con dos dedos y miró al techo. Le dolían las piernas. Había sido un mediodía agotador y pegajoso, repleto de imbéciles y escaso de propinas. Cuando volvió a interrogar al tipo de la barba, vio que él le espiaba los tobillos. 

Ella levantó un zapato, como si pretendiera pisar esa mirada. El se acarició la barba y sonrió con frescura, mordiéndose un costado del labio.
-¿Está seguro de que va a tomar postre?
-Niña, qué carácter. ¿Te pasa algo conmigo? ¿Nunca has visto a un cliente indeciso?
-No es eso. Es que...
-¿Es que qué?
-Nada, nada. Ahora vuelvo, ¿de acuerdo? -dijo ella separándose de la mesa.
-Dame tiempo, sólo eso -murmuró él.

Ella respondió que sí de espaldas. Dio unos cuantos pasos hacia la cocina y tuvo una intuición. Se volvió bruscamente. Al acercarse de nuevo a su mesa, se fijó por primera vez en su chaqueta: las mangas estaban desgastadas y uno de los bolsillos estaba mal cosido. Iba pulcro, era más bien atractivo, pero su ropa lo delataba. 

Se inclinó hacia él, notando cómo algo se soltaba inoportunamente alrededor de sus pechos.
-No tienes dinero, ¿verdad? -susurró ella.
La sonrisa del tipo de la barba pareció desencajarse. Enseguida recobró el aplomo.
-Creo que quiero un flan de la casa. Sin nata.
-¡No tienes! ¡No tienes dinero...! -confirmó ella irguiéndose con disgusto.
-Odio la nata. Desde niño. Qué asco.

Ella dio un paso atrás, como intentando enfocar mejor la mesa y el cliente.
-¿Se puede saber ahora cómo piensas pagar?
-¿Se puede saber ahora cómo piensas cobrarme?
Ella puso los brazos en jarra. Miró a su alrededor: nadie parecía estar prestándoles la menor atención. El jefe estaba en la cocina, si es que estaba.
-Puedo llamar a mi jefe.
-¡Ah!, puedes, puedes.
-No se haga el gracioso.
-Y tú no te hagas la seria, niña. Estábamos en que yo era tú, no usted.

Ella suspiró, dejando caer los brazos sobre las caderas.
-Mira, no me pongas en un compromiso. Paga con lo que tengas, habla con mi jefe o lo que sea. Pero no hagas una escenita, que estoy harta.
-¡Al contrario, al contrario! -exclamó él-. Dile al dueño que venga, yo lo espero aquí. Adviértele que soy rapidísimo. Una pantera. Un karateka. Una serpiente cascabel. 

Y vas a ver cómo antes de que ese gordo inmundo me ponga las manos encima, yo lo he derribado y estoy sentado sobre su barriga obligándolo a que me fíe también mañana, y de paso vengándome de cómo te explota, que ya he visto que ni siquiera has comido. Haz la prueba, mi vida. Soy la pantera socialista. La serpiente romántica. Vamos. Llámalo.

Ella tardó unos segundos en reaccionar.
-Ay, me vas a dar la tarde.
-Y tú ya me la has dado, reina. Estás riquísima.

Ella agachó la cabeza y apretó la boca para disimular una risa. El tipo la miraba acariciándose la barba.
-Bea, me llamo Bea -dijo ella mostrándole los ojos.



Aire - Andrés Neuman

 Persigo instantes únicos. Algún tiempo sin máscara. Un viaje sin destino.

Aceptarlo. Eso es todo.

Soy paracaidista.

La primera vez que salté, me juré que sería la última. No fui capaz de soportar lo que veía. Después ya no supe vivir sin saltar.

Cuando siento mi materia cortada por el aire y veo la tierra corriendo a mi encuentro, me vuelvo diáfano y cobarde: pido perdón, suplico, hago promesas. Es extraño el estado que uno alcanza al reencontrar, como por vez primera, la firmeza bajo sus pies. Pero uno echa a andar y se retracta. Olvida que ha rogado, que ha temido, y se envilece poco a poco. Así es como vivimos: nos hemos olvidado de la tierra que hay bajo nuestros pies.

Después de la caída, la vida recupera todos sus milagros. Y es fácil olvidarlos. Comenzamos a andar, eso es todo.

Entonces hace falta un nuevo salto. Y otro. Y otro. Y muy pronto lo que uno más anhela es dejarse caer. Soy súbdito del aire. Quién pudiera vivir aterrizando.

Una dicha, me temo, imposible: en cuanto vuelvo al suelo, dejo de arriesgar lo que tanto vale y el bienestar se va desvaneciendo. Así es como vivimos. Viajes. Máscaras. Pero hoy he dado con la solución.

Este es mi instante. Vuelo. Estoy volando. Sólo yo, en estado puro.

Sé que es injusto despreciar la tierra que se pisa. No volveré a hacerlo.

Voy camino de mí, sin ataduras. Falta poco.

Seré leal como los libres.

Libre siempre.

Aire feliz.