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Cuento cubano - Guillermo Cabrera Infante

Una mujer. Encinta. En un pueblo de campo. Grave enfermedad: tifus, influenza, también llamada trancazo. Al borde de la tumba. Ruegos a Dios, a Jesús y a todos los santos. No hay cura. Promesa a una virgen propicia: si salvo, Santana, pondré tu nombre Ana a la criatura que llevo en mis entrañas. Cura inmediata. Pero siete meses más tarde, en vez de niña nace un niño. Dilema. La madre decide cumplir su promesa, a toda costa. Sin embargo, para atenuar el golpe y evitar chacotas deciden todos tácitamente llamar al niño Anito.

La alondra cantarina y saltarina - Hermanos Grimm

 

Erase una vez un hombre que tenía proyec­tado un gran viaje, y al despedirse les pre­guntó a sus tres hijas qué querían que les trajera.

La mayor quiso perlas, la segunda diamantes, pero la tercera dijo:

-Querido padre, yo quiero una alondra cantarina y saltarina.

-Sí, si la puedo conseguir la tendrás -dijo el padre, y besó a las tres y se marchó.

Cuando le llegó el momento de regresar de nuevo a casa tenía las perlas y los diamantes para las dos mayo­res, pero la alondra cantarina y saltarina para la más pequeña la había buscado en vano por todas partes, y eso le daba mucha pena, pues en realidad era su hija favorita.

Su camino le llevó entonces por un bosque, y en mi­tad de él había un magnífico palacio, y cerca del palacio había un árbol, y arriba del todo, en la copa del árbol, vio una alondra que cantaba y saltaba.

-¡Vaya, me vienes que ni pintada! -exclamó.

Se puso muy contento y llamó a su criado y le mandó que se subiera al árbol y atrapara al animalito. Pero en cuanto éste se acercó al árbol saltó de él un león y se sa­cudió y pegó tal rugido que temblaron todas las hojas de los árboles.

-¡Al que pretenda robarme mi alondra cantarina y saltarina me lo como!

Entonces dijo el hombre:

-No sabía que el pájaro te pertenecía. ¿No me lo po­drías vender?

-¡No! -dijo el león-. No hay nada que te pueda salvar, a no ser que me prometas darme lo primero que te encuentres al llegar a casa. Si lo haces, te perdonaré la vida y además te daré el pájaro para tu hija.

El hombre, sin embargo, no quería y dijo:

-Podría ser mi hija pequeña, que es la que más me quiere y siempre sale corriendo a mi encuentro cuando vuelvo a casa.

Pero al criado le entró miedo y dijo:

-¡También podría ser un gato o un perro!

El hombre entonces se dejó convencer, cogió con el corazón muy triste la alondra cantarina y saltarina y le prometió al león que le daría lo primero con lo que se encontrara en casa.

Y cuando entró en su casa lo primero que se encon­tró no fue sino a su hija menor y más querida, que vino corriendo y le besó y le abrazó, y cuando vio que había traído una alondra cantarina y saltarina se alegró toda­vía más.

El padre, sin embargo, no pudo alegrarse, sino que se echó a llorar y dijo:

-¡Ay, qué dolor, mi querida niña! ¡El pequeño pája­ro bien caro lo he comprado, pues por él he tenido que prometer que te daría a un león salvaje, y cuando te ten­ga te hará pedazos y te comerá!

Y entonces le contó todo lo que había ocurrido y le suplicó que no fuera, pasara lo que pasara. Pero ella le consoló y le dijo:

-Queridísimo padre, si lo habéis prometido tenéis que cumplir vuestra palabra; iré y ya apaciguaré yo al león para poder volver sana y salva a casa con vos.

A la mañana siguiente hizo que le indicaran el ca­mino y se internó confiada en el bosque. El león, sin embargo, era un príncipe encantado y durante el día era un león y con él toda su gente se convertía en león, pero por la noche todos recuperaban su figura ha­bitual.

Cuando ella llegó la trató con muchísima amabilidad y se celebró la boda, y por la noche él era un hombre muy guapo, y a partir de entonces velaron por la noche y durmieron durante el día y vivieron felices juntos du­rante una larga temporada.

Una vez llegó él y dijo:

-Mañana hay una fiesta en casa de tu padre porque se casa tu hermana la mayor; si te apetece ir te llevarán mis leones.

Ella dijo que sí, que le gustaría volver a ver a su padre, y se fue allí y los leones la acompañaron.

Cuando llegó hubo una gran alegría, pues todos creían que había muerto hacía ya mucho tiempo despedazada por el león.

Ella, sin embargo, les contó lo bien que le iba y se quedó con ellos mientras duró la boda; luego regresó de nuevo al bosque.

Cuando la segunda hija se casó y a ella la invitaron de nuevo a la boda le dijo al león:

-Esta vez no quiero estar sola; tienes que venirte conmigo.

El león, sin embargo, no quiso y le dijo que eso era demasiado peligroso para él, pues si le daba allí el rayo de alguna luz se transformaría en una paloma y tendría que volar durante siete años con las palomas. Pero ella no le dejó en paz y le dijo que ya cuidaría de él y le pro­tegería de cualquier luz.

Así que se fueron los dos juntos y se llevaron también a su pequeño hijo. Ella, sin embargo, hizo que levanta­ran allí, alrededor de un salón, un muro tan fuerte y tan grueso que no penetrara ningún rayo, y allí tendría que quedarse él cuando encendieran las luces de la boda. Pero la puerta estaba hecha de madera fresca y saltó y se abrió en ella una pequeña grieta de la que nadie se dio cuenta.

Entonces se celebró la boda con gran boato, pero cuando la comitiva salió de la iglesia y pasó con muchí­simas antorchas y velas al lado del salón un rayo muy, muy fino cayó sobre el príncipe, y en el mismo momen­to en que le rozó se transformó, y cuando ella entró a buscarle no le vio; allí lo único que había era una palo­ma que le dijo:

-Siete años tengo que volar ahora por el mundo, pero cada siete pasos dejaré caer una roja gota de san­gre y una pluma blanca que te señalarán el camino, y si me sigues podrás salvarme.

La paloma entonces salió volando por la puerta y ella la siguió, y cada siete pasos caía una gotita de sangre roja y una plumita blanca y le señalaban el camino. Así, andu­vo por el ancho mundo sin parar y sin mirar atrás y sin descansar, y ya casi habían pasado los siete años; enton­ces se alegró mucho y pensó que ya estaban salvados, pero aún le faltaba mucho para eso.

Una vez, según iba andando, ya no cayó ninguna plu­mita ni ninguna gotita roja de sangre, y cuando abrió bien los ojos la paloma había desaparecido. Y como pen­só que ahí los hombres no podían ayudarla, se subió al sol y le dijo:

-Tú brillas sobre todas las cumbres y todas las que­bradas, ¿no has visto volar una blanca palomita?

-No -le contestó el sol-, no he visto ninguna, pero te regalo una cajita; ábrela cuando estés en un gran apuro.

Le dio las gracias al sol y siguió adelante hasta que se hizo de noche y salió la luna; entonces le preguntó:

-Tú brillas toda la noche sobre todos los campos y bosques, ¿no has visto volar ninguna paloma blanca?

-No -dijo la luna-, no he visto ninguna, pero te regalo un huevo; cáscalo cuando estés en un gran apuro.

Le dio las gracias a la luna y siguió adelante hasta que sopló el viento nocturno, y entonces le preguntó:

-Tú soplas por todos los árboles y por debajo de todas las hojitas, ¿no has visto volar ninguna paloma blanca?

-No -dijo el viento nocturno-, no he visto ningu­na, pero les preguntaré a los otros tres vientos, quizás ellos la hayan visto.

El viento del este y el viento del oeste vinieron y dije­ron que ellos no habían visto nada, pero el viento del sur dijo:

-La blanca paloma la he visto yo. Se ha ido volando al mar Rojo y allí se ha convertido de nuevo en un león, pues ya han pasado los siete años, y allí está luchando contra un dragón, pero el dragón es una princesa en­cantada.

Entonces el viento nocturno le dijo a ella:

-Te voy a dar un consejo: vete al mar Rojo; en la ori­lla derecha hay grandes cañas, cuéntalas y córtate para ti la undécima y golpea con ella al dragón; así el león podrá vencerlo y ambos recuperarán también su figura humana. 

Luego mira a tu alrededor y verás en la orilla del mar Rojo al pájaro grifo; móntate en su lomo con tu amado y el pájaro os cruzará el mar y os llevará hasta casa. 

Aquí tienes también una nuez; cuando estés en mitad del mar déjala caer e inmediatamente se abrirá y crecerá sobre las aguas un gran nogal en el que el grifo descansará; si no pudiera descansar no sería lo suficien­temente fuerte para llevarlos al otro lado y si se te olvida dejar caer la nuez os arrojará al mar.

Ella entonces fue y se lo encontró todo tal como el viento nocturno había dicho, y cortó la undécima caña y golpeó con ella al dragón e inmediatamente el león le venció y ambos recuperaron su cuerpo humano. 

Y cuando la princesa, que antes era un dragón, se vio li­bre el hombre la cogió en brazos, se montó en el pájaro grifo y se la llevó de allí con él. Así que la pobre, que ha­bía andado tanto, se quedó allí abandonada de nuevo, pero dijo:

-Seguiré andando mientras el viento sople y el gallo cante hasta que le encuentre.

Y siguió andando y recorrió largos, largos caminos, hasta que finalmente llegó al palacio en el que ambos vivían juntos; allí oyó que pronto se iba a celebrar una fiesta en la que los dos iban a casarse. Pero ella dijo:

-¡Dios me ayudará aún!

Y cogió la cajita que le había dado el sol y dentro ha­bía un vestido tan reluciente como el propio sol. Lo sacó y se lo puso, y subió al palacio y todos se la queda­ron mirando, hasta la propia novia; y le gustó tanto el vestido que pensó que podría ser su traje de novia y le preguntó si no se lo podría vender.

-No lo vendo ni por dinero ni por bienes -contes­tó-, pero sí por carne y por sangre.

La novia le preguntó qué quería decir con eso y ella entonces contestó:

-Dejadme pasar una noche en la cámara donde duerme el novio.

La novia no quería, pero al mismo tiempo deseaba tener el vestido, así que finalmente accedió, pero el ayu­da de cámara tuvo que darle de beber al príncipe un somnífero.

Cuando era ya de noche y el príncipe estaba dur­miendo la condujeron a la cámara y entonces se sentó junto a la cama y dijo:

-Te he estado siguiendo siete años, he estado con el sol, la luna y los vientos preguntando por ti y te he ayu­dado a vencer al dragón, ¿es que vas a olvidarte de mí por completo?

Pero el príncipe estaba tan profundamente dormido que solamente le pareció como si el viento zumbara fuera entre los abetos.

Cuando amaneció la volvieron a sacar de allí y tuvo que entregar el vestido dorado; y como eso tampoco le había servido de nada, se puso muy triste, salió a un pra­do, se sentó y se echó a llorar.

Y mientras estaba allí sentada se acordó del huevo que le había dado la luna y lo cascó. ¡Oh! ¡De él salió una gallina clueca con doce pollitos enteramente de oro que se pusieron a corretear a su alrededor piando y luego se metieron de nuevo bajo las alas de su madre, que no se podía ver cosa más hermosa en el mundo en­tero! Ella entonces se puso de pie y los hizo corretear por el prado delante de ella hasta que la novia miró por la ventana y al ver a los animalitos le gustaron tanto que bajó inmediatamente y le preguntó si no se los podría vender.

-No los vendo ni por dinero ni por bienes, pero sí por carne y por sangre. Dejadme dormir otra noche en la cámara donde duerme el novio.

La novia dijo que sí y quiso engañarla como la noche anterior, pero cuando el príncipe se fue a la cama le preguntó a su ayuda de cámara qué habían sido los murmullos y los susurros de la noche anterior.

Entonces el ayuda de cámara se lo contó todo: que le había tenido que dar de beber un somnífero porque una pobre muchacha había dormido en secreto en la cámara y que esa noche le tenía que dar a beber otro. El príncipe dijo:

-Vierte la bebida al lado de la cama.

Y por la noche la llevaron otra vez dentro y cuando empezó a contar de nuevo su aciago destino él recono­ció enseguida por su voz que era su querida esposa, y saltó de la cama y dijo:

-Ahora sí que estoy salvado de verdad. Estaba como en un sueño, pues la princesa extranjera me había he­chizado para que te olvidara, pero Dios me ha ayudado en el momento oportuno.

Entonces los dos salieron a escondidas del palacio en mitad de la noche, pues temían al padre de la princesa, que era un mago.

Y se montaron en el pájaro grifo y éste los llevó sobre el mar Rojo, y cuando estaban en medio de él ella dejó caer la nuez. Inmediatamente creció un gran nogal y el pájaro descansó en él, y luego los llevó hasta su casa, donde encontraron a su hijo, que se había hecho gran­de y hermoso, y a partir de entonces vivieron felices has­ta el fin de sus días. 

Aire - Andrés Neuman

 Persigo instantes únicos. Algún tiempo sin máscara. Un viaje sin destino.

Aceptarlo. Eso es todo.

Soy paracaidista.

La primera vez que salté, me juré que sería la última. No fui capaz de soportar lo que veía. Después ya no supe vivir sin saltar.

Cuando siento mi materia cortada por el aire y veo la tierra corriendo a mi encuentro, me vuelvo diáfano y cobarde: pido perdón, suplico, hago promesas. Es extraño el estado que uno alcanza al reencontrar, como por vez primera, la firmeza bajo sus pies. Pero uno echa a andar y se retracta. Olvida que ha rogado, que ha temido, y se envilece poco a poco. Así es como vivimos: nos hemos olvidado de la tierra que hay bajo nuestros pies.

Después de la caída, la vida recupera todos sus milagros. Y es fácil olvidarlos. Comenzamos a andar, eso es todo.

Entonces hace falta un nuevo salto. Y otro. Y otro. Y muy pronto lo que uno más anhela es dejarse caer. Soy súbdito del aire. Quién pudiera vivir aterrizando.

Una dicha, me temo, imposible: en cuanto vuelvo al suelo, dejo de arriesgar lo que tanto vale y el bienestar se va desvaneciendo. Así es como vivimos. Viajes. Máscaras. Pero hoy he dado con la solución.

Este es mi instante. Vuelo. Estoy volando. Sólo yo, en estado puro.

Sé que es injusto despreciar la tierra que se pisa. No volveré a hacerlo.

Voy camino de mí, sin ataduras. Falta poco.

Seré leal como los libres.

Libre siempre.

Aire feliz.


Juan Erizo - Hermanos Grimm

 Erase una vez un labrador que poseía buena cantidad de tierras y de dinero; más por rico que fuese, le faltaba algo para ser feliz: no tenía hijos. Con frecuencia, cuando iba a la ciudad con los demás campesinos, burlábanse éstos de él y le preguntaban por qué no tenía hijos.

Enfadóse el hombre al cabo y, al llegar a su casa, exclamó:

—¡Quiero un hijo, aunque haya de ser un erizo!

Y he aquí que su mujer tuvo uno el cual era, por la parte superior, un erizo, y por la inferior, un ser humano; y, al verlo, la madre exclamó asustada:

—¡Ay, nos han embrujado!

Dijo el hombre:

—Esto ya no tiene remedio. De todos modos hay que bautizar al niño; pero ¿quién será el padrino?

—No podemos ponerle más nombre que «Juan Erizo» —observó la mujer.

Una vez estuvo bautizado, dijo el cura:

—Con las púas que tiene no puede dormir en una cama corriente.

Por lo cual le pusieron un montón de paja detrás del horno, y éste fue el lecho de Juan Erizo. Pero su madre tampoco podía amamantarlo, pues con sus púas la habría pinchado.

Se pasó ocho años allí tendido, y su padre estaba cansado de él y todo era pensar: «¡Ojalá se muriese!». Pero no se murió, sino que siguió viviendo.

Sucedió que, un día de mercado en la ciudad, el labrador quiso ir y preguntó a su mujer qué deseaba que le trajese.

—Algo de carne y unos panecillos —respondió ella.

Luego preguntó a la criada, la cual pidióle unas zapatillas y medias. Finalmente, dirigiéndose a Juan Erizo, díjole:

—¿Y tú qué quieres?

—Padrecito —respondió él—, tráeme una gaita.

De regreso, el campesino dio a su mujer lo que había comprado para ella: carne y pan; a la criada, las medias y las zapatillas, y a Juan Erizo, la gaita.

Cuando éste tuvo el instrumento, dijo a su padre:

—Padrecito, ve a la herrería y haz herrar mi gallo; montaré en él y me marcharé, y nunca más volveré.

Alegróse el padre al pensar que se libraría de aquel hijo; mandó poner herraduras al gallo y, cuando ya estuvo listo, montó en él Juan Erizo y partió, llevándose también cerdos y asnos con el propósito de criarlos en el bosque.

Ya en él, subió con el gallo a un alto árbol, y desde allí estuvo muchos años guardando sus cerdos y sus borricos, hasta que los rebaños aumentaron extraordinariamente; y durante todo aquel tiempo su padre no supo nada de él.

Mientras estaba en el árbol, sacaba su gaita y tocaba bonitas tonadas; pero he aquí que un buen día, acertó a pasar por aquellos lugares un rey que se había extraviado. Sorprendido al oír aquella música, envió a uno de sus criados a averiguar de dónde procedía. Miró el hombre a todas partes, mas sólo pudo descubrir un extraño animalito en la copa de un árbol; era una especie de gallo con un erizo encima, y éste era el músico.

Mandó el Rey al criado que le preguntase por qué estaba allí y si conocía el camino que llevaba a su reino. Juan Erizo bajó entonces de su árbol y dijo que estaba dispuesto a indicar el camino al Rey, a condición de que éste le prometiese, por escrito, darle lo primero que encontrase al llegar a la Corte.

Pensó el Rey: «Puedo muy bien suscribir la promesa; Juan Erizo no lo entenderá, y yo escribiré lo que me parezca». Y, cogiendo pluma y tinta, el Rey anotó unas palabras, con lo cual Juan Erizo le indicó el camino y el Monarca pudo llegar felizmente a su palacio.

Al verlo venir su hija desde lejos, corrió a recibirlo y abrazarlo llena de alegría; entonces se acordó el Rey de Juan Erizo y contó a la muchacha lo que le había ocurrido: que había prometido a un animal muy raro, mediante firma, entregarle lo primero que encontrase al llegar a su casa; y cómo aquel animal montaba en un gallo a guisa de corcel, y que tocaba muy bien la gaita. Él, empero, había escrito que no lo tendría, pues Juan Erizo no sabía leer.

La princesita se puso muy contenta y dijo que había obrado muy bien, pues de ninguna manera se habría avenido a ser entregada al animal.

Juan Erizo seguía guardando sus cerdos y asnos y, siempre alegre, se pasaba las horas encaramado en su árbol y tocaba la gaita.

Y he aquí que acertó a pasar otro rey, con sus criados y peones; también él se había extraviado y no sabía cómo salir de aquel bosque inmenso. Oyendo, a su vez, la melodiosa música, envió a uno de sus servidores a informarse y el criado, al llegar al pie del árbol, vio en la copa al gallo con Juan Erizo montado en él. Preguntóle el hombre qué hacía allí.

—Guardo mis cerdos y asnos —respondióle Juan—. Y vos, ¿qué queréis?

Díjole el criado que se habían extraviado, y el Rey no sabía cómo volver a su reino, por lo que le pedía que le mostrase el camino.

Bajó Juan Erizo del árbol con el gallo y manifestó al anciano rey que le indicaría el camino, a condición de que le diese lo primero que encontrase al llegar a su real mansión.

Conformóse el Rey y suscribió el compromiso. Y cuando Juan Erizo tuvo en su poder el documento, montado en su gallo guió hasta el camino a los extraviados, y el Rey pudo llegar sano y salvo a su Corte.

Al entrar en palacio hubo general regocijo, y su única hija, una princesa hermosísima, corrió a abrazarlo y besarlo contentísima de su regreso.

Al inquirir la causa de su larga ausencia, contóle el Rey que se había extraviado en el bosque, en el que habría muerto de no haber sido por un extrañe ser, mitad erizo mitad hombre (que, montado en un gallo tocaba la gaita en la copa de un árbol), el cual lo había sacado de apuros mostrándole el camino, si bien a condición de que él le entregaría lo primero que encontrase al llegar a casa; y ahora resultaba que era ella lo primero que había encontrado, y le dolía mucho que así fuese.

La princesa, empero, se mostró presta a entregarse cuando viniese a buscarla, por amor a su anciano padre.

Juan Erizo continuó guardando sus cerdos, los cuales criaron y se multiplicaron de tal modo que llenaban todo el bosque. Por lo cual el mozo creyó conveniente no seguir viviendo allí y envió recado a su padre de que vaciase todas las pocilgas de pueblo, ya que él llegaba con una piara tan numerosa que todo el mundo podría matar un cerdo.

La noticia afligió al padre, el cual creía a su hijo muerto desde hacía muchos años. Pero Juan Erizo montó en su gallo, condujo los cerdos al pueblo y empezó la matanza. Tal fue la carnicería, que los berridos podían oían a dos leguas a la redonda.

Dijo luego Juan Erizo:

—Padrecito, llevad otra vez el gallo a la herrería a que le cambien las herraduras, y me marcharé para no volver más.

El padre cumplió gustoso el encargo, satisfecho de que su hijo no compareciese más por el pueblo.

Entonces marchó Juan a ver al primero de los reyes a los que enseñó el camino cuando se hallaban extraviados en el bosque.

El Soberano había dado orden de que si se presentaba un sujeto montado en un gallo y llevando una gaita, se le recibiese a tiros, estocadas y palos, y no se le dejara llegar a palacio.

Al acercarse, pues, Juan Erizo, salieron todos los soldados con bayoneta calada para cortarle el paso, pero él espoleó al gallo el cual, levantando el vuelo y pasando por encima de la puerta, plantóse en la ventana del Rey y, a voz en grito, le reclamó lo prometido; en caso de negarse, les costaría la vida a él y a su hija.

El Rey, con buenas palabras, persuadió a su hija de que marchase con él, para salvar la vida de los dos. Vistióse la princesa de blanco, y su padre le dio una carroza tirada por seis caballos, amén de apuestos servidores, tierras y dineros.

Instalóse la joven en el coche y, a su lado, Juan Erizo con el gallo y la gaita. Despidiéronse y se alejaron, pensando el Rey que no volvería a verlos jamás. Pero los cosas no sucedieron según sus cálculos, pues, apenas habían salido de la ciudad, Juan Erizo, despojando a la princesa de sus hermosos vestidos, le pinchó con su erizada piel hasta hacerle brotar la sangre, y luego le dijo:

—Ésta es tu recompensa por tu falacia. Ahora vete, no te quiero.

Y enviándola a su casa, quedó ella afrentada para toda su vida.

Entonces, Juan Erizo montó nuevamente en su gallo y, armado de la gaita, fue a ver al otro rey. Este monarca había dado orden de que si llegaba un individuo del aspecto de Juan Erizo, se le presentasen armas, se le acogiese con aclamaciones y se le introdujese en el palacio.

Al verlo, la hija del Rey quedó asustada, porque realmente era extraño el aspecto del forastero; sin embargo, pensó que el único remedio era cumplir lo prometido a su padre.

Recibió, pues, a Juan Erizo con toda cortesía; casáronlos, y el novio se sentó a la real mesa, y ella a su lado, comiendo y bebiendo juntos.

Al llegar la hora de acostarse, la princesa sentía mucho miedo de sus púas; pero él la tranquilizó, asegurándole que nada había de temer; ningún daño le ocurriría.

Dijo luego al anciano rey que enviase cuatro hombres a guardar la puerta de la habitación, con orden de encender un gran fuego; cuando él entrase en la alcoba para acostarse, se quitaría la piel de erizo y la dejaría al lado de la cama. Entonces los hombres debían acudir rápidamente, cogerla y arrojarla al fuego, no perdiéndola de vista hasta que se hubiese consumido por completo.

Al sonar las campanadas de las once, el nuevo príncipe entró en su aposento y, despojándose de la erizada piel, dejóla al lado del lecho. Acudieron los hombres, lleváronsela rápidamente y la arrojaron al fuego; y, una vez se hubo consumido del todo, Juan quedó desencantado y en su natural figura humana. Sólo que el cuerpo le quedó negro como el carbón como si estuviera chamuscado.

El Rey mandó llamar a su médico, el cual le aplicó pomadas y bálsamos, y Juan quedó transformado en un gallardo y hermoso joven de blanca piel. Mucho se alegró la princesa al verlo, y por la mañana hubo un banquete. La boda se celebró con toda esplendidez, y Juan Erizo recibió del anciano monarca la corona del reino.

Transcurridos algunos años, él y su esposa hicieron un viaje a la casa de su padre, a quien se presentó el Rey como su hijo. Pero el viejo replicó que no tenía ninguno; cierto que había tenido uno, pero su cuerpo estaba cubierto de púas como un erizo, y se había marchado a correr mundo. No obstante, el príncipe insistió hasta convencerlo y el viejo, contento, se marcho con él a su reino.