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Cráneos en las estrellas - Robert E. Howard

 I

Dos son los caminos que llevan a Torkertown. El uno, que es la ruta más corta y directa, atraviesa un páramo alto y baldío, y el otro, que es mucho más largo, serpentea entre los cerros y cenagales de los pantanos, bordeando las bajas colinas rumbo al este. Esta última era una carretera peligrosa y aburrida y, por eso, Solomon Kane se quedó asombrado cuando un muchacho del pueblo que acababa de abandonar le dio alcance y, sin aliento, le imploró que, por el amor de Dios, cogiese el camino de los pantanos.

—¡El camino de los pantanos! —Kane se quedó contemplando al chico.

Un hombre alto y enjuto, ése era Solomon Kane, de rostro pálido y sepulcral, y ojos meditabundos que resultaban aún más sombríos merced a su austero atuendo de puritano.

—Sí, señor; es, de lejos, el más seguro —fue la respuesta que el muchachuelo dio a su sorprendida exclamación.

—Entonces, el mismísimo Satanás debe de acechar en el camino del páramo, porque tus paisanos me instaron a no atravesar el otro.

—Se trata de los cenagales, señor, que son invisibles en la oscuridad. Haríais mejor en volver al pueblo y seguir viaje por la mañana, señor.

—¿Por el camino del pantano?

—Sí, señor.

Kane se encogió de hombros y meneó la cabeza.

—La luna saldrá al poco del crepúsculo. Gracias a su luz puedo llegar a Torkertown, cruzando el páramo.

—No debierais hacerlo, señor. Nadie viaja por ese camino. No hay ni una sola casa en todo el páramo, mientras que en el pantano está la choza del viejo Ezra, que vive allí completamente solo desde que su sobrino Gideon, que estaba mal de la cabeza, se extravió y murió en los cenagales, sin que su cuerpo apareciera jamás… y, aunque el viejo Ezra es un avaro, no podrá negaros su hospitalidad si decidís deteneros allí a esperar el alba. Si tenéis que marcharos, lo mejor sería que tomaseis el camino del pantano.

Kane observó inquisitivamente al muchacho. Éste se sonrojó y removió los pies.

—Si el camino del páramo es tan peligroso para los viajeros —inquirió el puritano—, ¿por qué la gente del pueblo no me lo dijo, en vez de andar hablando sin ton ni son?

—A los hombres no les gusta hablar de ello, señor. Confiábamos en que tomaseis el camino del pantano, según os indicaron los hombres; pero, cuando vimos que no tomabais la bifurcación, me enviaron a buscaros para rogaros que reconsideréis vuestra decisión.

—¡Por Satanás! —exclamó con dureza Kane, mostrando con ese juramento poco habitual en él su irritación—. El camino del pantano y el camino del páramo… ¿Qué es lo que me puede amenazar allí y por qué tengo que apartarme kilómetros de mi camino y arrostrar ciénagas y fangales?

—Señor —musitó el chico, bajando la voz y acercándose a él—, no somos más que sencillos aldeanos a los que no les gusta hablar de ciertas cosas, no sea que la mala suerte caiga sobre nosotros; pero el camino del páramo es una ruta maldita y nadie de la región lo ha atravesado desde hace un año o más. Cruzar esos páramos de noche significa la muerte, como han podido constatar en carne propia una veintena de desdichados. Algún tipo de horror furioso ronda ese camino y hace de los hombres sus víctimas.

—¿Ah, sí? ¿Y qué es ese ser?

—Nadie lo sabe. Nadie le ha visto y vivido para contarlo; pero los viajeros rezagados han escuchado terribles risotadas a lo lejos, en los yermos, y los hay que han oído los terribles gritos de sus víctimas. Señor, en el nombre de Dios, volved al pueblo, pasad allí la noche y tomad mañana el camino del pantano que lleva a Torkertown.

Muy profundo, en los ojos melancólicos de Kane, había comenzado a resplandecer una luz ardiente, como una antorcha embrujada que llamease bajo metros de congelado hielo gris. El pulso se le aceleró. ¡Aventura! ¡El cebo de la vida en riesgo y el peligro! Y, sin embargo, Kane no consideraba que sus sentimientos fueran ésos. Y creía expresar lo que de verdad sentía al anunciar:

—Cosas así tienen que ser producidas por algún poder maligno. Los señores de la oscuridad han lanzado una maldición sobre esta tierra. Se necesita a un hombre fuerte, capaz de combatir a Satanás y a su poder. Por tanto iré yo; yo, que tantas veces le he desafiado.

—Señor… —comenzó el chico, pero acto seguido cerró la boca, al comprender la futilidad de sus argumentos. Tan sólo añadió—: Los cadáveres de las víctimas estaban golpeados y desgarrados, señor.

Y se quedó allí plantado, en la encrucijada, suspirando con pesar mientras contemplaba cómo la alta y fornida figura proseguía por el camino que llevaba a los páramos.

El sol se estaba poniendo cuando Kane cruzó las cimas de las bajas colinas que rodeaban aquel plano erial. Inmenso y ensangrentado, se hundía tras el tenebroso horizonte de los páramos, pareciendo incendiar los abundantes pastizales; y, por un instante, el observador creyó estar contemplando un mar de sangre. Luego las sombras llegaron deslizándose desde el este, el resplandor occidental se desvaneció y Kane se internó con audacia en la creciente oscuridad.

El camino casi había desaparecido por falta de uso, pero aún se distinguía con claridad. Kane caminaba audaz, aunque alerta, pistola y espada en mano. Las estrellas titilaban y la brisa nocturna susurraba entre los herbazales como espectros gimoteantes. La luna comenzaba a salir, carcomida y macilenta, como un cráneo entre las estrellas.

Entonces, con brusquedad, Kane se detuvo en seco. En alguna parte delante de él resonaba un eco extraño y fantasmal… o algo que se parecía a un eco. Otra vez, y en esta ocasión más alto. Kane retomó la marcha. ¿Le estaban engañando sus sentidos? ¡No!

A lo lejos, repicó un susurro de risa espantosa. Y otra vez, esta vez más cerca. Ningún ser humano podría reír de esa forma; no había alegría en ella, y sí odio y horror y un terror capaz de aniquilar el alma. Kane se detuvo. No sentía miedo pero, por un instante, casi perdió los nervios. Y entonces, alzándose a través de esa risa espantosa, le llegó el sonido de un grito indudablemente humano. Kane se lanzó adelante, forzando el paso. Maldijo las luces engañosas y las sombras fluctuantes que entrevelaban el páramo bajo la luna naciente, y que hacían imposible ver con claridad. Las risotadas proseguían, cada vez más altas, así como los chillidos. Entonces se escuchó, débilmente, el tamborileo de unos frenéticos pies humanos. Kane echó a correr.

Algún ser humano estaba siendo perseguido a muerte por el yermo, y sólo Dios sabía en qué horrible forma exactamente. El sonido de los pasos fugitivos cesó de golpe y el chillido resonó de forma insoportable, entremezclado con otros sonidos indescriptibles y horrorosos. Era evidente que el hombre había sido capturado y Kane, con la piel de gallina, llegó a entrever a un espantoso demonio de la oscuridad inclinado sobre la espalda de su víctima… inclinado y desgarrando.

Se escuchó claramente, en aquel abismal silencio nocturno, el ruido de una pelea breve y terrible, y luego volvieron a sonar las pisadas, ahora titubeantes y disparejas. El griterío seguía resonando, aunque ahora entremezclado con un estertor gorgoteante. Un sudor frío cubrió la frente y el cuerpo de Kane. El horror se sumaba al horror de una forma insoportable.

¡Dios, qué no daría por un instante de claridad! Un espantoso drama tenía lugar a muy corta distancia, a juzgar por los sonidos que le llegaban. Pero esas infernales medias luces lo entrevelaban todo con sombras tornadizas, para convertir los pantanos en una bruma de espejismos turbios, en los que los árboles enanos y los matorrales parecían gigantes.

Kane comenzó a gritar, esforzándose por ganar velocidad. Los chillidos del desconocido se convirtieron en un agudo alarido; de nuevo se escucharon sonidos de lucha y, desde las sombras de las altas pasturas, algo llegó tambaleándose… algo que había sido un hombre; un ser cubierto de sangre y espantoso de ver, que cayó a los pies de Kane y se retorció, se arrastró y alzó su rostro terrible hacia la luna naciente; algo que farfulló y aulló, y se derrumbó de nuevo para morir bañado en su propia sangre.

La luna se había elevado y había más luz. Kane se inclinó sobre el cuerpo, que yacía inmóvil, víctima de indescriptibles mutilaciones, y sintió un estremecimiento; algo raro en él, que había visto lo que eran capaces de hacer la Inquisición Española y los cazadores de brujas.

Supuso que se trataba de algún viajero. Y entonces fue como si una mano helada le rozase la espalda, ya que notó que no estaba solo. Levantó la mirada, escrutando con ojos fríos las sombras de las que había surgido tambaleándose el muerto. No vio nada, pero supo, sintió, que otros ojos le devolvían la mirada; ojos terribles y ultraterrenos. Se enderezó y, empuñando una pistola, esperó acontecimientos. La luz lunar se derramaba como un lago de sangre pálida sobre el páramo, y los árboles y los herbazales recuperaron su verdadero tamaño.

Las sombras se desvanecieron, ¡y Kane vio! Al principio creyó que se trataba tan sólo de un retazo de bruma, un remolino de niebla del páramo que se ondulaba sobre la hierba, delante de él. Observó con mayor detenimiento. Otro espejismo, supuso. Pero entonces aquello comenzó a perfilarse de forma vaga e indistinta. Dos ojos espantosos llameaban delante de él —ojos que contenían la esencia de ese horror que ha sido patrimonio del hombre desde las terribles eras del alba—; ojos terribles y enloquecidos, llenos de una locura que trascendía la demencia humana. La forma de aquel ser era vaga y brumosa; una parodia enloquecedora de la figura humana, semejante a ésta pero al tiempo distinta de una forma horrible. La hierba y los matorrales se distinguían con claridad a través de la misma.

Kane sintió latir la sangre en sus sienes, pero se mantuvo frío como el hielo. No podía comprender cómo un ser tan etéreo como el que fluctuaba ante sus ojos podía dañar a un hombre en el plano físico, pero el rojo horror que yacía a sus pies era mudo testigo de que el demonio podía causar terribles efectos materiales.

De una cosa estaba Kane seguro: no le cazarían a través de los lúgubres pantanos, ni gritaría ni huiría para ser derribado una y otra vez. Si había de morir, sería a su manera: recibiendo los golpes de frente.

Una boca informe y horripilante se abrió, y aquella risotada demoníaca resonó de nuevo, esta vez haciendo estremecer el espíritu con su proximidad. Y, enfrentado a ese peligro de muerte, Kane apuntó su pistolón y abrió fuego. Un maníaco aullido de rabia y burla respondió al disparo, y el ser se abalanzó sobre él como un retazo volante de humo, con largos y fantasmales brazos que se tendían para abatirle.

Kane, con la relampagueante rapidez de un lobo famélico, disparó la segunda pistola con nulos resultado, desenvainó la larga espada y se lanzó contra el centro de su brumoso atacante. La hoja zumbó al pasarlo de lado a lado, sin encontrar resistencia sólida, y Kane sintió cómo dedos helados le aferraban los miembros, y garras bestiales le desgarraban ropas y piel.

Hizo a un lado su espada inservible y trató de luchar contra su enemigo. Era como pelear contra un banco de brumas, contra una sombra flotante armada con zarpas afiladas como dagas. Sus golpes furiosos se perdían en el aire, y sus brazos musculosos, en cuyo abrazo habían perecido hombres fuertes, golpeaban la nada y aferraban el vacío. Nada era sólido o real, a excepción de los lacerantes y simiescos dedos de garras curvas, y esos ojos enloquecidos que quemaban en las estremecidas profundidades de su alma.

Kane comprendió que estaba en una situación verdaderamente desesperada. Sus ropas colgaban en jirones y sangraba por una docena de profundas heridas. Pero en ningún momento se amilanó, ni la idea de escapar se le pasó por la cabeza. Nunca había huido de enemigo alguno y la simple idea, en caso de habérsele ocurrido, le hubiera hecho sonrojar de vergüenza.

No veía otro final que el de yacer junto a los restos de esa otra víctima, pero tal pensamiento no le causaba ningún temor. Su único deseo era dar lo máximo de sí antes de caer y, caso de ser posible, infligir algún daño a su ultraterreno enemigo.

El hombre combaría al demonio bajo la pálida luz de la luna levante, sobre el cuerpo despedazado del muerto, con todas las ventajas de parte del demonio, excepto una. Y esa una era capaz de superar al resto. Porque, si el odio abstracto podía materializarse en la forma de un ser fantasmal, ¿por qué el coraje, igualmente abstracto, no podía ser un arma concreta para combatir a ese fantasma?

Kane luchó con brazos, pies y manos, y al fin pudo ver cómo el espectro retrocedía ante él, y cómo aquella risa espantosa se trocaba en gritos de furia desconcertada. Porque la única arma del hombre es ese coraje que no retrocede ni ante las mismísimas puertas del Infierno y ante el cual nada pueden ni siquiera las legiones infernales.

Pero nada de eso sabía Kane; sólo era consciente de que las zarpas que le desgarraban y laceraban parecían flaquear y titubear, al tiempo que una luz salvaje lucía cada vez con más fuerza en aquellos ojos horribles. Tambaleándose y resollando, se abalanzó sobre el ser, logró al fin abrazarle y le derribó; y, mientras daban tumbos por el páramo, y el ser retorcía y agitaba sus miembros como una serpiente de humo, la carne se le puso de gallina y los pelos se le erizaron, puesto que comenzaba a entender lo que el ser balbuceaba.

No le escuchó ni comprendió como un hombre escucha y comprende lo que le dice otro, pero los espantosos secretos que el ser le trasmitió, en forma de susurros, aullidos y silencios que eran como gritos, le clavaron dedos de hielo en el corazón, y Kane supo.

II

 

La choza del viejo Ezra, el avaro, se levantaba junto al camino, en mitad de los pantanos, medio oculta por los sombríos árboles que crecían a su alrededor. Las cercas estaban podridas, el tejado hundido, y unas monstruosas fungosidades, pálidas y verdosas, se asían al mismo para retorcerse sobre puertas y ventanas, como tratando de atisbar en su interior. Los árboles se inclinaban sobre la casa y sus ramas grises se entrelazaban de tal forma que ésta se agazapaba en la semioscuridad como un enano monstruoso, por encima de cuyas espaldas acechasen ogros.

El camino que atravesaba ese pantano, entre tocones podridos, cerros llenos de maleza, estanques y ciénagas putrefactas e infectadas de serpientes, serpenteaba junto a la choza. En aquella época, muchos hombres cruzaban la senda, aunque pocos conocían del viejo Ezra otra cosa que no fuera un rostro amarillento, entrevisto mientras les espiaba a través de las ventanas cubiertas de hongos, el rostro mismo semejante a un hongo feo.

El viejo Ezra, el usurero, compartía muchas de las cualidades del pantano, ya que era nudoso, encorvado y sombrío; sus dedos eran como sarmientos de plantas parásitas y los mechones de cabello le colgaban como musgo mustio sobre unos ojos acostumbrados a la penumbra de los cenagales. Esos ojos eran como los de un muerto, e insinuaban profundidades tan abismales y espantosas como los lagos muertos de los pantanos.

Esos ojos escudriñaban ahora al hombre que se había detenido delante de su cabaña. Este último era alto, enjuto y oscuro, su rostro se veía ojeroso y arañado, y tenía los brazos y las piernas vendadas. Al lado de ese hombre había un grupo de aldeanos.

—¿Eres tú Ezra, del camino del pantano?

—Así es. ¿Y tú qué quieres de mí?

—¿Dónde está tu sobrino Gideon, el joven perturbado que vivía contigo?

—¿Gideon?

—Sí.

—Se metió en el pantano y nunca volvió. Sin duda se extravió y se lo comieron los lobos, o se hundió en un tremedal, o le picó una víbora.

—¿Cuánto hace de eso?

—Algo así como un año.

—Sí. Escucha, Ezra el avaro. Poco después de la desaparición de tu sobrino, un lugareño que volvía a casa cruzando los páramos fue atacado por un demonio desconocido y despedazado, y, desde entonces, cruzar esos páramos ha significado la muerte. Primero aquel lugareño, luego forasteros que recorrían el yermo, todos cayeron bajo las garras de ese ser. Muchos hombres han muerto desde aquel primer ataque.

»La noche pasada crucé los páramos, y escuché cómo otra víctima huía y era perseguida; un forastero que nada sabía sobre el diablo de los páramos. Fue algo espantoso, Ezra el avaro, ya que aquel desdichado se zafó malherido por dos veces de su agresor, y ambas veces el demonio le atrapó y le derribó de nuevo. Al final, cayó muerto precisamente a mis pies; muerto de una forma que haría estremecer a la estatua de un santo.

Los aldeanos se agitaron inquietos y murmuraron espantados entre ellos, y los ojos del viejo Ezra les escrutaron furtivamente. Pero la sombría expresión de Solomon Kane no se alteró lo más mínimo, y su mirada de cóndor parecía atravesar al avaro.

—¡Sí, sí! —musitó apresuradamente el viejo Ezra—. ¡Un mal asunto, un mal asunto! ¿Pero por qué me cuentas todo esto a mí?

—Sí, sí que es un triste asunto. Escucha algo más, Ezra. El demonio surgió de las sombras y luché con él, sobre el cuerpo de su víctima. Lo cierto es que no sé cómo le vencí, pero la lucha fue larga y reñida; sin embargo, los poderes del bien y de la luz estaban de mi lado, y son más fuertes que los poderes del Infierno.

»Al final yo fui el más fuerte, y él se zafó de mí y huyó, y yo le perseguí en vano. Pero, antes de escapar, me susurró una monstruosa verdad.

El viejo Ezra se sobresaltó, mirándole con ojos enloquecidos, y pareció encogerse.

—¿Por qué me cuentas todo esto? —musitó.

—Volví al pueblo y conté lo que me había ocurrido —repuso Kane—, ya que sabía que tenía en mi mano el librar a los páramos para siempre de su maldición. ¡Ezra, ven con nosotros!

—¿Adónde? —boqueó el avaro.

—Al roble podrido de los páramos.

 

Ezra se tambaleó como si hubiera recibido un golpe; gritó de forma incoherente y trató de huir.

Al instante, a una acerada orden de Kane, dos fornidos aldeanos se abalanzaron sobre el avaro y lo apresaron. Arrancaron la daga de su débil mano y le inmovilizaron los brazos, estremeciéndose al hundir los dedos en la carne pegajosa.

Kane les indicó con un gesto que le siguiesen y se volvió para encabezar la marcha, seguido por los aldeanos, que hubieron de emplear toda su fuerza para llevar a su prisionero con ellos. Fueron serpenteando a lo largo del pantano, por una senda poco usada que llevaba, cruzando los cerros, hasta los páramos.

Caía el sol y el viejo Ezra lo miraba con ojos desorbitados; lo miraba como si no lo hubiera visto lo suficiente. A lo lejos, en los yermos, se alzaba el gran roble, como un patíbulo, convertido ahora en una carcasa marchita. Solomon Kane se detuvo allí.

El viejo Ezra se debatió en garras de sus captores, y prorrumpió en sonidos inarticulados.

—Hace más de un año que tú —le dijo Solomon Kane—, temeroso de que tu retrasado sobrino Gideon pudiera contar las crueldades que habías cometido con él, le trajiste desde el pantano, por el mismo camino que acabamos de seguir, y le mataste aquí mismo, al amparo de la noche.

El viejo Ezra se encogió y resopló.

—¡No puedes probar esa mentira!

Kane cambió unas pocas palabras con un ágil aldeano. El mozo se encaramó al podrido tronco de árbol y, de una grieta situada en lo alto, sacó algo que cayó resonante a los pies del avaro. Ezra se derrumbó con un terrible alarido.

El objeto era un esqueleto humano con el cráneo roto.

—¿Cómo sabes todo esto? ¡Eres el mismísimo Satanás! —balbució el viejo Ezra.

Kane se cruzó de brazos.

—El ser con el que combatí anoche me lo contó mientras luchábamos, y le perseguí hasta este árbol. ¡Porque ese demonio es el espectro de Gideon!

Ezra volvió a vociferar y se debatió con furia.

—Tú lo sabías —dijo sombrío Kane—, conocías lo que tales actos acarrean. Temías al fantasma del perturbado y por eso optaste por abandonar su cuerpo en los eriales, en vez de ocultarlo en el pantano. Porque sabías que el fantasma iba a merodear por el lugar de su muerto. Estaba perturbado en vida y, una vez muerto, no sabe cómo encontrar a su asesino; de otro modo, ya hubiera ido a buscarte a tu cabaña. No odia a ningún hombre, excepto a ti; pero su espíritu confuso no sabe distinguir a un hombre de otro, y los mata a todos, para no dejar escapar a su asesino. Sin embargo, te reconocerá y luego podrá descansar en paz por toda la eternidad. El odio convirtió a ese fantasma en un ser sólido capaz de desgarrar y matar y, aunque te temía de forma atroz en vida, en la muerte ya no tiene miedo de ti.

Kane se detuvo. Miró en dirección al sol.

—Todo eso lo supe gracias al espectro de Gideon, entre aullidos, y susurros y silencios que eran como gritos. Nada excepto tu muerte puede dar el descanso a ese espectro.

Ezra escuchó en un silencio desalentado y Kane pronunció las palabras que significaban su sentencia.

—Resulta muy duro —dijo Kane sombríamente— condenar a un hombre a muerte a sangre fría y en la forma que tengo en la cabeza, pero debes morir para que otros vivan… y Dios es testigo de que mereces la muerte.

»No morirás por soga, bala o espada, sino bajo las garras de aquel a quien asesinaste, ya que sólo eso le aplacará.

Al oír tales palabras, Ezra perdió la cabeza, las piernas le flaquearon y se arrastró pidiendo a gritos la muerte, ser quemado en la hoguera, desollado vivo. El rostro de Kane era duro como la muerte y los aldeanos, con la crueldad despertada por el miedo, ataron a aquel infeliz que gritaba al roble, y uno de ellos le instó a ponerse en paz con Dios. Pero Ezra no dio respuesta alguna, sino que lanzó un aullido con una voz alta y estridente de insoportable monotono. El aldeano quiso abofetear al avaro, pero Kane le contuvo.

—Déjale ponerse en paz con Satanás, con quien sin duda va a reunirse —dijo con hosquedad el puritano—. El sol está a punto de ponerse. Aflojad las cuerdas para que pueda liberarse en la oscuridad, ya que es mejor que afronte la muerte libre y desatado que amarrado como en un sacrificio.

Mientras se volvían para dejarle a solas, el viejo Ezra gimoteaba y farfullaba sonidos inhumanos, y por último guardó silencio, mirando al sol con terrible intensidad.

Anduvieron a través del erial, y Kane lanzó una última mirada a la grotesca forma atada al árbol que se parecía, bajo aquella luz difusa, a un gran hongo crecido en el tronco. Y de repente el avaro lanzó un grito horrible:

—¡Muerte! ¡Muerte! ¡Hay cráneos en las estrellas!

—La vida ha sido buena con él, aunque fue torcido, grosero y malvado —suspiró Kane—. Puede que Dios tenga un sitio para esa alma, donde las llamas y el sacrificio puedan purificarlas de sus imperfecciones, de la misma forma que el fuego limpia el bosque de hongos. Sin embargo, el corazón me pesa en el pecho.

—No, señor —le dijo uno de los aldeanos—. Tan sólo habéis hecho la voluntad de Dios y nada más que bien saldrá de lo que ha ocurrido esta noche.

—No —dijo apenado Kane—. No sé, no sé.

El sol se había puesto y la noche caía con sorprendente rapidez, como si grandes sombras llegasen desde desconocidas simas para cubrir el mundo con acelerada oscuridad. A través de la noche cerrada les llegó un eco espantoso, y los hombres se detuvieron a mirar hacia el camino que habían dejado a las espaldas.

No pudieron ver nada. El páramo era un océano de sombras y las altas hierbas de la vecindad oscilaban en largas olas, empujadas por la brisa, rompiendo la mortal quietud con jadeantes susurros.

Entonces, lejos, el disco rojo de la luna se levantó sobre el erial y, durante un momento, una silueta deforme se perfiló en negro contra la misma. Una figura pasó corriendo por delante del rostro de la luna; un ser monstruoso y grotesco cuyos pies parecían tocar apenas el suelo y, muy cerca de ella, llegaba un ser como una sombra voladora… un horror indescriptible y sin forma.

Por un momento, los dos corredores se recortaron con nitidez contra la luna; luego se fundieron en una masa indefinible y amorfa, y desaparecieron entre las sombras.

Allá lejos, en el erial, estalló un solo alarido de risa terrible.

La mano derecha de la maldición - Robert E. Howard

 —¡Y al alba le colgarán! ¡Jo, jo!

Quien así hablaba se palmeó sonoramente el muslo, al tiempo que lanzaba carcajadas con voz espesa y chillona. Lanzó una ojeada jactanciosa a sus oyentes, y echó un trago del vino que tenía a mano. El fuego saltaba y oscilaba en el hogar de la sala y nadie le respondió.

—¡Roger Simeon, el nigromante! —se burló esa voz chillona—. ¡Adepto de las artes diabólicas y practicante de magia negra! A fe mía que todo su necio poder no le pudo salvar cuando los soldados del rey rodearon su caverna y le apresaron. Huyó cuando la gente comenzó a lanzar adoquines contra sus ventanas, y creyó que podía ocultarse y huir a Francia. ¡Jo, jo! Su escapatoria va a estar al extremo de una soga. Esto es lo que yo llamo un día bien aprovechado.

Echó una bolsita sobre la mesa, haciendo que tintineara musicalmente.

—¡El precio de la vida de un hechicero! —se jactó—. ¿Y vos qué decís, mi áspero amigo?

Esto último se lo decía a un hombre alto y callado que se sentaba cerca del fuego. Ese personaje, enjuto, recio y vestido de forma sombría, volvió su rostro cetrino hacia quien le hablaba para clavar en él un par de ojos profundos y helados.

—Digo —le respondió con voz sonora— que hoy habéis cometido un acto execrable. Puede que ese nigromante mereciera la muerte, pero él confiaba en voz, os tenía por su único amigo y le habéis vendido por un puñado de sucias monedas. A fe mía que algún día os reuniréis con él en el Infierno.

El que primero había hablado, un sujeto rechoncho, robusto y de aspecto ruin, abrió la boca como si fuera a darle una réplica enfurecida, pero luego vaciló. Los ojos helados le contemplaron por un instante, antes de que el hombre alto se levantase con la flexibilidad de un gato y se alejase del hogar a trancos largos y elásticos.

—¿Pero quién es ése? —preguntó resentido el fanfarrón—. ¿Quién es él para defender a brujos contra los hombres de bien? ¡Por Dios que ha tenido suerte de cruzar tales palabras con John Redly y conservar el corazón en el pecho!

El tabernero se inclinó a coger un ascua, para encender su larga pipa, y le contestó con sequedad:

—Y vos también sois afortunado, John, por haber sabido tener la boca cerrada. Ése es Solomon Kane, el puritano, y es un hombre más peligroso que un lobo.

Redly barbotó un juramento, y devolvió con gesto sombrío la bolsa a su cinto.

—¿Vais a pasar la noche aquí?

—Sí —replicó taciturno Redly—. Me gustaría estar presente en la ejecución de Simeon mañana en Torkertown, pero al alba tengo que ponerme camino de Londres.

El tabernero rellenó las copas.

—Esta ronda por el alma de Simeon. Que Dios se apiade del desdichado y haga fracasar la venganza que ha jurado tomar contra vos.

John Redly sufrió un sobresalto, soltó un juramento y luego una carcajada fanfarrona. La risa subió de tono huecamente y por último se quebró en una nota falsa.

Solomon Kane se despertó de repente y se incorporó en el lecho. Tenía el sueño liviano, como corresponde a un hombre que por lo común depende de sí mismo para sobrevivir. Y algún ruido, en algún lugar de la casa, le había despertado. Prestó atención. Fuera, como pudo ver a través de los postigos, estaba clareando bajo las primeras luces del alba.

De repente se oyó el mismo ruido, débilmente. Era como si un gato trepase por la pared exterior. Kane siguió escuchando y le llegó un sonido, como el de alguien que tantease los postigos. El puritano se incorporó, espada en mano, cruzó de un tirón la alcoba y los abrió de golpe. El mundo se mostraba dormido bajo su escrutinio. Una luna tardía colgaba sobre el horizonte occidental. No había ningún intruso al acecho bajo su ventana. Se asomó para mirar la ventana de la alcoba contigua. Los postigos estaban abiertos.

Kane cerró los suyos y cruzó el cuarto, para salir al corredor. Obraba llevado de un impulso, lo cual era habitual en él. Eran tiempos turbulentos. Esa taberna estaba a varios kilómetros de la ciudad más cercana, Torkertown. Los bandidos menudeaban. Alguien o algo había invadido la estancia contigua, y su dormido ocupante podía estar en peligro. Kane no se detuvo a sopesar pros y contras, sino que fue derecho a la puerta de la alcoba y la abrió.

La ventana estaba abierta de par en par y la luz entraba iluminando la estancia, aun cuando lo hada como si se filtrase a través de una bruma fantasmal. Un sujeto de aspecto ruin roncaba en el lecho y Kane le reconoció como John Redly, el hombre que había vendido al nigromante a los soldados.

Luego, su mirada fue a la ventana. Sobre el antepecho se agazapaba algo semejante a una araña gigantesca y, mientras Kane la observaba, ésta bajó al suelo y comenzó a arrastrarse hacia la cama. Aquella cosa era ancha, peluda y oscura, y Kane se dio cuenta de que había dejado una mancha sobre el alféizar. Corría sobre cinco patas gruesas y curiosamente articuladas, y en conjunto tenía un aspecto fantasmal que dejó a Kane como hechizado durante un instante. Enseguida llegó a la cama de Redly y trepó por el armazón con una torpeza que resultaba extraña.

Ya se balanceaba directamente sobre el durmiente, colgando del dosel, y Kane se adelantó con un grito de advertencia. Fue entonces cuando Redly despertó y miró hacia arriba. Los ojos se le desorbitaron, un grito terrible nació de sus labios y en ese momento la cosa-araña se descolgó, para caer directamente sobre su cuello. Mientras Kane llegaba a la cama, vio cómo se cerraba la presa de las patas, y escuchó el crujido de los huesos cervicales de John Redly. El hombre se envaró y luego quedó yerto, con la cabeza colgando de forma grotesca de su cuello roto. Y aquella cosa se desprendió del cuerpo y quedó inerte sobre la cama.

Kane se detuvo ante el espantoso espectáculo, sin poder dar crédito a lo que veía. La cosa que había abierto los postigos, se había arrastrado por los suelos y había dado muerte a John Redly en su propia cama, ¡era una mano humana!

Ahora yacía fláccida y sin vida. Y Kane la atravesó cautelosamente con la punta de su espada, para levantarla a la altura de los ojos. Parecía ser la mano de un hombre grande, ya que era ancha y gruesa, con tanto vello como la zarpa de un mono. La habían cercenado a la altura de la muñeca y estaba cubierta de sangre. Había un delgado anillo de plata en el anular; una joya curiosa, con la forma de una serpiente enrollada.

Kane estaba estudiando aquel resto odioso cuando apareció el tabernero, cubierto con el camisón, y con una vela en una mano y el trabuco en la otra.

—¿Qué es lo que ocurre? —rugió, cuando sus ojos se posaron en el cadáver en el lecho.

Luego vio lo que Kane tenía espetado en la espada y se puso blanco. Se acercó como atrapado por un hechizo, y los ojos se le desorbitaron. Luego se alejó tambaleando y se desplomó sobre una silla, tan pálido que Kane pensó que iba a desmayarse.

—En el nombre de Dios, señor —boqueó—. ¡No deje que eso viva! Aún tiene que haber fuego en el hogar, señor…

Kane llegó a Torkertown en el curso de esa mañana. En las afueras del pueblo fue abordado por un joven parlanchín, que le saludó.

—Señor, como hombre de bien que sois, os complacerá saber que Roger Simeon, el brujo negro, ha sido colgado esta misma mañana, justo al rayar el sol.

—¿Murió con entereza? —preguntó sombrío Kane.

—Sí, señor; no flaqueó, aunque tuvo lugar un suceso fantástico. Escuchad, señor. ¡Roger Simeon subió a la horca con una sola mano!

—¿Y cómo ocurrió tal cosa?

—La noche pasada, señor, mientras estaba sentado en su celda como si fuese una gran araña, llamó a uno de sus carceleros y le pidió un último deseo: ¡le rogó que le seccionase la mano derecha! El hombre se negó en un principio, pero tenía miedo de la maldición de Roger y, al cabo, echó mano de la espada y le cortó la mano a la altura de la muñeca. Entonces Simeon, con la mano izquierda, la arrojó a través de los barrotes de su celda, al tiempo que pronunciaba muchas palabras mágicas, extrañas y dementes. El guardia temió por su vida, pero Roger le dio palabra de no dañarle y le dijo que al único que odiaba era a John Redly, que le había traicionado.

»Se cogió el muñón del brazo, para detener la pérdida de sangre, y se quedó el resto de la noche sentado como un hombre en trance, y a veces musitaba para sí mismo, como el que sin querer habla en alto. “A la derecha”, susurraba, y “vete hacia la izquierda” y “¡vamos, vamos!”

»Oh, señor, ¡era espantoso de escuchar, según dicen, y verle ahí acurrucado sobre el ensangrentado muñón del brazo! Fueron a buscarle al clarear, le sacaron del patíbulo y pusieron la soga alrededor de su cuello, y de repente se retorció y tensó como si hiciese un esfuerzo terrible, y los músculos de su brazo derecho, el manco, se hincharon y crujieron ¡como si le estuviese rompiendo el cuello a un hombre!

»Cuando los guardias se lanzaron a sujetarle, cesó en sus esfuerzos y comenzó a reír. Y es risa terrible y espantosa continuó hasta que se apretó el lazo y colgó, negro y silencioso, bajo el ojo rojo del sol naciente.

Solomon Kane guardaba silencio, reflexionando sobre el espantoso terror que había contorsionado los rasgos de John Redly en el último y fugaz instante que había tenido de lucidez y vida, antes de que la maldición le golpease. Y una débil imagen se le formó en la mente; la imagen de una mano peluda y seccionada que correteaba sobre sus dedos como una gran araña, a ciegas, cruzando bosques en la noche para escalar un muro y abrir los postigos de una alcoba. Allí se interrumpió su visión, abrumada por el oscuro y sangriento drama que siguió a todo aquello. ¡Cuán terribles fuegos de odio habían ardido en el alma del nigromante condenado, y qué espantoso poder había poseído, que había sido capaz de enviar esa mano ensangrentada, a tientas para cumplir su misión, guiada por la magia y el poder de ese cerebro exaltado!

Aunque, para cerciorarse, Solomon preguntó.

—¿Y no han encontrado la mano?

—Pues no, señor. Los hombres encontraron el lugar en el que cayó al ser arrojada desde la celda, pero había desaparecido, dejando un rastro rojo que llevaba al bosque. Sin duda, un lobo se la comió.

—Sin duda —repuso Solomon Kane—. ¿No serían las manos de Roger Simeon grandes y peludas, y no llevaría un anillo en el anular de la derecha?

—Pues sí, señor. Un anillo de plata con forma de serpiente enrollada.