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La leyenda de Sleepy Hollow - Washington Irving (Parte 1)

Era una tierra plácida de inquieta y dulce fantasía, en la que brotaban sueños ante los ojos entornados y fantásticos castillos en las nubes que pasaban, las que jamás huyen de un cielo de verano. Castillo de la Indolencia   Encontrada entre los papeles del difunto Diedrich Knickerbocker          En lo más profundo de una de las inmensas ensenadas de playas que el Hudson acaricia en sus orillas orientales, se produce un enorme ensanchamiento al que los viejos marinos holandeses llamaron en tiem­pos Tappan Zee; para navegarlo, recogían las velas prudentemente mientras invocaban a San Nicolás.         Justo allí se alza una pequeña aldea con su puerto recoleto, a la que algunos dan el nombre de Greensburg, pero a la que la mayoría de la gente llama Tarry  Town. Recibió este nombre, por lo que sabemos, en tiempos antiguos; se lo dieron las bue­nas mujeres de un villorrio vecino, pues era en las tabernas de Tarry Town d...

El fantasma - Enrique Anderson Imbert

Se dio cuenta de que acababa de morirse cuando vio que su propio cuerpo, como si no fuera el suyo sino el de un doble, se desplomaba sobre la silla y la arrastraba en la caída. Cadáver y silla quedaron tendidos sobre la alfombra, en medio de la habitación. ¿Con que eso era la muerte? ¡Qué desengaño! Había querido averiguar cómo era el tránsito al otro mundo ¡y resultaba que no había ningún otro mundo! La misma opacidad de los muros, la misma distancia entre mueble y mueble, el mismo repicar de la lluvia sobre el techo... Y sobre todo ¡qué inmutables, qué indiferentes a su muerte lo objetos que él siempre había creído amigos!: la lámpara encendida, el sombrero en la percha...Todo, todo estaba igual. Sólo la silla volteada y su propio cadáver, cara al cielo raso. Se inclinó y se miró en su cadáver como antes solía mirarse en el espejo. ¡Qué avejentado! ¡Y esas envolturas de carne gastada! - Si yo pudiera alzarle los párpados quizá la luz azul de mis ojos ennobleciera otra vez el cuer...

El Fantasma de la ópera - Gastón Leroux

Cristina se detuvo ante aquella visión que parecía que era apartada de sus manos trémulas, mientras que los ecos de la noche así como habían repetido el nombre de Erik, repetían tres veces el clamor: "¡Horror!, ¡horror! ¡horror!". Raúl y Cristina, más estrechamente unidos aún por el terror del relato, alzaron los ojos hacia las estrellas que brillaban en un cielo apacible y puro. Raúl dijo: –Es extraño, Cristina, cómo esta noche tan suave y tan tranquila esté llena de sollozos. Difiérase que se lamenta junto con nosotros. Cristina le respondió: –Ahora que va usted a conocer el secreto, sus oídos, como los míos, van a estar llenos de lamentos. –Luego, tomando entre las suyas las manos protectoras de Raúl y sacudida por un largo estremecimiento, prosiguió: –¡Oh, sí!, aunque viva cien años, oirá, siempre el clamor sobrehumano que exhaló el grito de su dolor y de su rabia infernales, mientras que la cara aparecía ante mis ojos, inmensos de horror, como mi boca, que no podía cerra...

La casa de la pesadilla - Edward Lucas White

  La primera vez que vi la casa, fue desde la cima de un monte, luego de quitar algunas malezas y mirar a través del ancho valle a varios centenares de pies debajo mío, hacia el sol, que estaba hundiéndose tras las lejanas colinas azules. Desde ese punto de vista momentáneo, tenía un exagerado sentido de observación. Me parecía estar colgando sobre una maqueta de carreteras y campos, salpicado de granjas y sentía la decepción familiar de que casi podía arrojar una piedra sobre la casa. Lo que atrajo mi vista fue el pequeño camino en frente de la misma, entre la masa de verdes árboles y el huerto de la casa. Era perfectamente derecho, y estaba bordeado por una constante hilera de árboles, a través de la cual distinguí un sendero color ceniza y un bajo muro de piedra. Notoriamente, entre el huerto y dos de los árboles, había un objeto blanco, que parecía ser una piedra alta, un espigón vertical de caliza, de los varios que los campos de la región están regados. Vi con mucha c...