INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta fantasma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fantasma. Mostrar todas las entradas

La puerta del monstruo - William Hope Hodgson (Parte 1)

Me dirigí a Cheyne Walk en respuesta a la acostumbrada postal de invitación de Carnacki para cenar y escuchar una historia, y me encontré que ya habían llegado las otras tres personas habitualmente invitadas a aquellos felices momentos. Cinco minutos más tarde, Carnacki, Arkright, Jessop, Taylor y yo nos dedicábamos a la «placentera tarea» de cenar.

—Esta vez no se ha ausentado mucho tiempo —comenté al terminar la sopa, olvidando por un momento el desagrado que sentía Carnacki a ser preguntado por cualquier cosa de su historia, aunque solo estuviera lejanamente relacionada con ella, antes de estar listo para contarla. En ese momento no escatimaría en palabras.

—Déjelo —replicó, conciso, y yo cambié de tema, comenté que había comprado un nuevo rifle, noticia que él acogió asintiendo con aire conocedor, y con una sonrisa que creo reflejaba el genuino aprecio con que agradecía el intencionado cambio de conversación.

Luego, una vez concluida la cena, Carnacki se instaló confortablemente en su gran sillón, cogió la pipa y empezó a contar su historia sin más rodeos:

—Como Hodgson observó hace un momento, he pasado poco tiempo fuera, y ha sido por una buena razón… He estado a muy corta distancia. Me temo que no puedo decirles exactamente dónde, pero fue a menos de diez kilómetros de aquí, y no creo que el hecho de cambiar el nombre estropee la historia. ¡Y es toda una historia! Una de las más extraordinarias con las que me he encontrado.

»Hace unos quince días recibí la carta de un hombre, a quien debo llamar Anderson, solicitando una cita. Acordé una hora y, cuando vino, descubrí que deseaba que yo investigara e intentase resolver un caso antiguo y bien, demasiado bien, autentificado de lo que él llamaba un “encantamiento”. Me proporcionó detalles completos y, al final, como el caso parecía tener algo especial, decidí aceptar.

»Dos días después, fui a la casa a una hora muy avanzada de la tarde y descubrí que se trataba de una mansión muy antigua, que se erguía solitaria en medio de sus terrenos. Anderson había dejado al mayordomo una carta rogándome que excusara su ausencia, y dejando a mi disposición toda la casa para mis investigaciones. 

»Era evidente que el mayordomo conocía el objeto de mi visita, así que lo interrogué a fondo durante la cena que tomé en el solitario lugar. Era un sirviente antiguo y privilegiado que conocía con detalle la historia de la Habitación Gris. Por él conocí detalles referentes a dos cosas que Anderson solo había mencionado de pasada. 

»La primera, que era en plena noche cuando se oía la puerta de la Habitación Gris abriéndose y cerrándose con un portazo, por más que el mayordomo la supiera cerrada, y que la llave estaba en el manojo de llaves de la despensa. La segunda era que la ropa de la cama siempre acababa fuera y amontonada en un rincón.

»Lo que más alteraba al viejo mayordomo eran los portazos. Me dijo que, en más de una ocasión, se había pasado la noche despierto y tiritando de miedo, escuchándolos, pues a veces los portazos eran constantes —¡Blam! ¡Blam! ¡Blam!— y resultaba imposible dormir.

»Gracias a Anderson, yo sabía ya que la historia de la habitación se remontaba a más de ciento cincuenta años. En ella se había estrangulado a tres personas, uno de sus antepasados con su esposa e hijo. La historia era auténtica, pues me molesté en comprobarla, así que ya imaginarán que, tras la cena, subí al piso de arriba a echar un vistazo a la Habitación Gris, convencido de estar investigando un caso notable.

»Peter, el viejo mayordomo, se alteró mucho ante mis intenciones, y me aseguró con gran solemnidad que, en sus veinte años de servicio, nadie había entrado en aquella habitación después del anochecer. Me suplicó, casi de forma paternal, que esperase a la mañana, cuando ya no hubiera peligro, y que él me acompañaría entonces.

»Por supuesto, le sonreí y le dije que no se preocupara. Le expliqué que me limitaría a mirarla un poco y, quizá, a poner algún precinto. No debía temer nada; yo ya estaba acostumbrado a esas cosas. Pero él negó con la cabeza al oír eso.

»—No hay muchos fantasmas como los nuestros, señor —me aseguró, con lúgubre orgullo.

»Y por Júpiter que tenía razón, como verán.

»Cogí un par de velas, y Peter me siguió con el manojo de llaves. Abrió la puerta, pero no quiso seguirme al interior. Estaba visiblemente aterrado y renovó su súplica de posponer el examen hasta que hubiera luz de día. Por supuesto, volví a reírme de él y le dije que podía hacer guardia ante la puerta y coger lo que fuera a salir.

»—Eso nunca sale, señor —dijo con su solemne forma de hablar, antigua y graciosa. De algún modo se las arregló para hacerme creer que estaba a punto de pasar un miedo terrible, pero ya imaginarán que el aterrado era él.

»Lo dejé allí y examiné la habitación. Era amplia y amueblada con estilo, con una enorme cama de cuatro postes cuya cabecera daba a la pared de la fachada. En la repisa de la chimenea había dos palmatorias, y otras dos en cada una de las tres mesas de la habitación. Las encendí todas, con lo que el lugar pareció algo menos inhumanamente lúgubre, aunque estaba oreado y cuidado en todos los aspectos.

»Tras echar un buen vistazo al lugar, usé cera para pegar cinta de tela a través de las ventanas, a lo largo de las paredes, sobre los cuadros y cruzando chimenea y armarios. Mientras yo trabajaba, el mayordomo se mantenía todo el tiempo al otro lado de la puerta abierta, sin que pudiera convencerlo para que entrase, por mucho que me burlara de él mientras yo extendía la cinta a uno y otro lado. De vez en cuando él me decía:

»—Seguro que el señor me disculpará, pero me gustaría que saliera ya. De verdad que temo por usted.

»Le contesté que no tenía por qué esperarme, pero a su manera era muy leal para con lo que consideraba su deber. Dijo que no podía irse dejándome allí solo. Se disculpó, pero aclarándome que no me percataba de lo peligrosa que era la habitación, y pude apreciar que estaba muy aterrado. 

»
Me dio igual, tenía que preparar la habitación para saber si entraba algo material en ella, así que le pedí que no me molestara a no ser que oyera o viera algo. Empezaba a ponerme nervioso, y la “sensación” que me producía la habitación ya era bastante mala de por sí, sin que él contribuyera a acentuarla.

»Trabajé un rato más, tensando cintas por el suelo y sujetándolas con cera, de forma que las rompiera el menor roce, en caso de que alguien se aventurase a entrar en la habitación a oscuras con la intención de gastar una broma. 

»Todo ello me llevó más tiempo del previsto, y, de pronto, oí que un reloj daba las once. Me había quitado la chaqueta nada más empezar a trabajar y, en ese momento, al haber acabado prácticamente todo lo que tenía que hacer, atravesé la habitación para recogerla de encima del sofá. Fue al ponérmela cuando oí la voz chillona y despavorida del viejo mayordomo, que en la última hora no había dicho ni una sola palabra:

»—¡Salga, señor, deprisa! ¡Va a pasar algo!

»¡Por Júpiter! Di un salto y, entonces, en ese mismo instante, se apagó una de las velas de la mesa de la izquierda, junto a la cama. No sé si fue el viento o qué, pero por un instante me asusté lo bastante como para correr hasta la puerta, y me alegra poder decir que me recuperé antes de llegar a ella. 

»Sencillamente no podía salir de forma apresurada ante el mayordomo, no después de haberle leído la cartilla para que fuera “valiente y eso”. Así que di media vuelta, cogí las dos velas de la repisa de la chimenea y me acerqué a la mesa junto a la cama. No vi nada, la verdad. Apagué la vela, que aún seguía encendida, yendo luego a apagar las de las otras dos mesas.

»—¡Oh, señor! ¡Se lo ruego! ¡Se lo suplico! —volvió a exclamar el viejo al otro lado de la puerta.

»—Muy bien, Peter —dije, y por Júpiter que mi voz no estaba tan serena como me habría gustado. Me dirigí a la puerta y me costó un poco no echar a correr. Como imaginarán, llegué a ella dando largas zancadas. Junto a la puerta tuve la súbita sensación de que una brisa fría recorría la habitación. Casi como si la ventana se hubiera abierto de repente. Cuando crucé la puerta, el viejo mayordomo retrocedió unos pasos de forma instintiva.

»—¡Coja las velas, Peter! —le dije con tono cortante y se las puse en las manos.

»Me volví, agarré la manija y cerré la puerta con fuerza, con un portazo. Y al hacerlo, sentí de algún modo que algo tiraba de ella, ¿saben?, pero debió ser solo mi imaginación. Giré la llave en la cerradura, una y dos veces, cerrando bien. Entonces me tranquilicé y procedí a precintar la puerta. 

»Además, puse mi tarjeta en el ojo de la cerradura y la sujeté a ella, tras lo cual me guardé la llave en un bolsillo y bajé con Peter, que iba delante de mí nervioso y en silencio. ¡Pobre diablo! Hasta ese momento no me di cuenta de que había pasado dos o tres horas sometido a una considerable tensión nerviosa.

»Me fui a la cama alrededor de la medianoche. Mi habitación estaba al final del pasillo al que daba la puerta de la Habitación Gris. Conté las puertas que me separaban de ella y vi que eran cinco las habitaciones. Seguro que comprenderán que no lo lamentase. 

»Entonces, cuando empezaba a desvestirme, se me ocurrió una idea y cogí la vela y la cera de sellar para precintar la entrada a las cinco habitaciones. Si se oía un portazo en la noche, sabría qué puerta había sido. Volví a mi habitación, eché la llave y me metí en la cama.

»Un gran estruendo en alguna parte del pasillo me despertó bruscamente de un profundo sueño. Me senté en la cama, y escuché, pero no oí nada. Encendí la vela, y en el mismo instante en que la encendí oí el estruendo de una puerta cerrándose con violencia en el pasillo. Salté de la cama y cogí el revólver. 

»Salí al pasillo, sosteniendo la vela en alto y con el arma amartillada. Entonces pasó algo extraño. No pude dar un solo paso hacia la Habitación Gris. Todos ustedes saben que no soy cobarde. He estado en demasiados casos relacionados con asuntos fantasmales como para que se me acuse de serlo, pero les aseguro que estaba asustado, sencillamente asustado, como un bendito crío. 

»Aquella noche había algo terriblemente impío en el aire. Corrí de vuelta al dormitorio y cerré la puerta con llave. Me pasé toda la noche sentado en la cama, escuchando el tétrico batir de la puerta al final del pasillo. El sonido parecía retumbar en toda la casa.

»Por fin llegó el amanecer y me lavé y vestí. Hacía una hora que no se oían portazos, y ya estaba recuperando la serenidad. Me sentía avergonzado de mí mismo, lo cual en cierto modo era tontería, pues es inevitable que se pierda el temple alguna vez cuando te entrometes en esa clase de asuntos. 

»Y en esos casos solo te queda sentarte en silencio y llamarte cobarde hasta el amanecer. Pero quisiera creer que eso a veces no es simple cobardía, que a veces es algo que quiere prevenirnos del peligro y que lucha por nosotros. Aun así, siempre me siento mezquino y miserable tras esos momentos.

»Cuando se hizo completamente de día, abrí la puerta y recorrí el pasillo en silencio, con el revólver a mano. Para ello debía pasar ante las escaleras, ¿y a quién vi subir por ellas sino al viejo mayordomo, llevando una taza de café? Iba con la camisa de dormir arremetida en los pantalones y calzaba unas viejas zapatillas de felpa.

»—¡Hola, Peter! —dije, sintiéndome repentinamente animado, pues me alegré como un niño perdido por tener cerca a un ser humano vivo—. ¿Adónde se dirige con ese refrigerio?

»El anciano se sobresaltó y derramó algo de café. Me miró fijamente y pude ver que tenía el semblante pálido y desencajado. Terminó de subir las escaleras y me alargó la pequeña bandeja.

»—Doy sinceras gracias por encontrarlo sano y salvo, señor —dijo—. Por un momento temí que el señor se hubiera arriesgado a entrar en la Habitación Gris. El sonido de la puerta me ha tenido toda la noche en vela. Y en cuanto alboreó pensé en prepararle una taza de café. Sabía que usted querría examinar los precintos y, en cierto modo, parece más seguro hacerlo siendo dos, señor.

»—Mire que es usted testarudo, Peter —dije—. Muy amable por su parte —me tomé el café, devolviéndole luego la bandeja—. Venga, veamos qué han hecho esos animales. No he tenido valor para verlo de noche.

»—¡Doy gracias por ello, señor! —replicó—. Nada puede la gente de carne y hueso contra los demonios, y eso es lo que hay en la Habitación Gris una vez oscurece.

»Mientras avanzábamos, fui examinando los precintos de las puertas, encontrándolos intactos, pero el de la Habitación Gris estaba roto, aunque no se había tocado la tarjeta de la cerradura. La arranqué, abrí la puerta con la llave y entré, con mucha precaución, como podrán imaginar; pero nada había en la habitación que pudiese causar espanto, y estaba muy iluminada. Examiné todos los precintos, sin encontrar ni uno solo alterado. El viejo mayordomo me había seguido y exclamó de pronto:

»—¡La ropa de cama, señor!

»Corrí hacia el lecho y miré sobre él, y, efectivamente, estaba en el rincón a la izquierda de la cama. ¡Por Júpiter! Imaginen cómo me sentí. Algo había estado en la habitación. Me quedé mirando un rato a la cama y a las sábanas del suelo, con ojos que no hicieron otra cosa que ir de la cama a la ropa tirada en el suelo. 

»Supe que no querría tocarlas. Pero el viejo Peter no parecía afectado del mismo modo. Se acercó a las sábanas para recogerlas, como sin duda venía haciendo a diario desde hacía veinte años, pero yo se lo impedí. No quería que se tocase nada hasta que yo no acabara con mi examen. Debí dedicar más de una hora a ello, permitiendo solo entonces que Peter hiciera la cama, tras lo cual salimos fuera, y yo cerré la puerta, pues la habitación me estaba poniendo de los nervios.

»Di un corto paseo y luego desayuné, tras lo cual me sentí más dueño de mí mismo. Volví a la Habitación Gris y, con la ayuda de Peter y de una de las doncellas, hice que se llevaran todo su contenido, cuadros incluidos, no dejando más que la cama. 

»Examiné paredes, suelo y techo con ayuda de una sonda, un martillo y una lupa, sin encontrar nada sospechoso. Y puedo asegurarles que empezaba a darme cuenta de que en aquella habitación había estado alguna cosa increíble durante la pasada noche. Volví a precintarlo todo y salí, cerrando y precintando la puerta como la vez anterior.

»Después de cenar, Peter y yo desembalamos parte de mis cosas y puse ante la puerta de la Habitación Gris mi cámara y su flash, con un cordel que unía la puerta al disparador del flash. Así, si de verdad se abría la puerta, el flash se dispararía y posiblemente a la mañana siguiente tendríamos una extraña fotografía a examinar. 
 
»Lo último que hice antes de alejarme fue quitarle la tapa al objetivo, tras lo cual me fui a mi dormitorio y a la cama, pues tenía intención de levantarme a medianoche. Para asegurarme de ello, ajusté mi pequeño despertador a la hora indicada y dejé encendida la vela.

»El timbre me despertó a las doce, y me levanté, poniéndome una bata y unas zapatillas. Deslicé el revólver en el bolsillo derecho y abrí la puerta. Encendí la linterna sorda y bajé la cortinilla para que proyectara una luz clara. Recorrí con ella diez metros de pasillo y la deposité en el suelo, con el lado abierto mirando lejos de mí para que me mostrase cualquier cosa que pudiera acercarse por el oscuro pasaje. Entonces regresé y me senté en el umbral de mi habitación, con el revólver al alcance de la mano, cara al pasillo, mirando hacia aquello ante lo que había colocado la cámara: la puerta de la Habitación Gris.

»Diría que llevaba cerca de hora y media vigilando, cuando, de pronto, oí un débil ruido pasillo arriba. Fui inmediatamente consciente de un extraño hormigueo en la base del cráneo, y de que mis manos empezaban a transpirar ligeramente. Un instante después, el tramo final del pasaje quedó a la vista bajo el brusco fogonazo del flash. 

»Después sobrevino la consecuente oscuridad y yo escruté nerviosamente el pasillo, escuchando en tensión, intentando ver qué había más allá de la débil luz de mi linterna sorda, que ahora resultaba ridículamente mortecina al lado del tremendo resplandor del flash… En ese momento, estando yo inclinado hacia delante, mirando y escuchando, me llegó el demoledor estruendo de la puerta de la Habitación Gris. 

»El sonido pareció llenar por completo el largo pasillo y despertar cavernosos ecos en toda la casa. Les aseguro que me encontré muy mal, como si se me hubieran licuado los huesos. Terriblemente mal. ¡Cómo miré y escuché entonces, por Júpiter! Entonces volvió a oírse, ¡blam!, ¡blam!, ¡blam!, y luego se hizo un silencio que resultaba casi peor que el ruido de la puerta, pues yo no podía dejar de imaginarme algún ser espantoso deslizándose furtivamente hacia mí por el pasillo. 

»Pero en ese momento se apagó la linterna y no pude ver nada a más de un metro de distancia. Al punto me di cuenta de la tontería que estaba cometiendo quedándome allí sentado, y me levanté de un salto. Al hacerlo, creí oír un sonido, en el pasillo, muy cerca de mí. 

»Salté hacia atrás, al interior de mi habitación y cerré la puerta de golpe, echando la llave. Me senté en la cama y me quedé mirando fijamente la puerta. Tenía el revólver en la mano, aunque me pareció algo abominablemente inútil. Sentí que al otro lado de la puerta había algo. Por alguna razón desconocida, supe que ese algo estaba empujando contra la puerta y que eso era blando. Fue justo eso lo que pensé. Una ocurrencia de lo más insólita.

»Finalmente conseguí dominarme un poco y tracé apresuradamente con tiza un pentáculo en el suelo, dentro del cual permanecí sentado hasta el alba. Y durante todo ese tiempo la puerta de la Habitación Gris siguió dando portazos pasillo arriba, a intervalos solemnes y espantosos. Fue una noche demoledora y deprimente.

»Cuando el día empezó a despuntar, el batir de la puerta disminuyó hasta cesar y, finalmente, hice acopio de valor y recorrí en penumbra el pasillo para tapar el objetivo de la cámara. Les aseguro que me costó, pero la fotografía se habría estropeado de no haberlo hecho, y quería evitarlo a toda costa. Volví a mi habitación y me puse a borrar la estrella de cinco puntas en la que me había sentado.

»Media hora más tarde, llamaron discretamente a la puerta. Era Peter con mi café. Una vez me lo tomé, fuimos a la Habitación Gris. Por el camino me fijé en los precintos de las demás puertas, que estaban intactos. El de la Habitación Gris estaba roto, igual que el cordel del disparador del flash, pero la tarjeta de la cerradura seguía en su sitio. La arranqué y abrí la puerta. 

»No observamos nada inusual hasta que nos acercamos a la cama. Al igual que el día anterior, le habían quitado las sábanas y las habían tirado en el rincón de la izquierda, exactamente en el mismo lugar que la otra vez. Me afectó mucho, pero no olvidé comprobar todos los precintos, constatando que ninguno estaba roto.

»Entonces, me volví para mirar al viejo Peter y él me miró a mí, asintiendo con la cabeza.

»—¡Salgamos de aquí! —dije—. No es lugar en el que deba entrar un ser humano sin la protección adecuada.

»Una vez fuera, volví a cerrar la puerta con llave.

»Tras el desayuno, revelé el negativo, pero solo mostraba la puerta de la Habitación Gris entreabierta. Entonces salí de la casa, pues debía conseguir algunas cosas y recursos necesarios para proteger mi vida, o quizá mi alma, pues pretendía pasar la siguiente noche dentro de la Habitación Gris.

»Volví en un coche de punto a eso de las cinco y media, cargado con mi material, y Peter y yo lo subimos a la Habitación Gris, apilándolo cuidadosamente en el centro. Una vez estuvo todo dentro, incluido un gato que había llevado, cerré y precinté la puerta, y me fui a mi habitación, diciéndole a Peter que no bajaría a cenar.

»—Bien, señor —me respondió, y se fue escaleras abajo, pensando que me iría a la cama, que era lo que quería que creyese, pues de conocer mis intenciones, se habría preocupado y me habría preocupado a mí.

»Pero me limité a coger la cámara y el flash para apresurarme a volver a la Habitación Gris. Me encerré con llave, la precinté y me puse a trabajar, pues tenía mucho que hacer antes del anochecer.

»Primero quité todas las cintas del suelo; después dejé al gato, aún dentro de su cesta, junto a la pared del fondo. Volví al centro de la habitación y delimité un espacio de siete metros de diámetro, que barrí con una “escoba de hisopo”. A su alrededor dibujé con tiza una circunferencia, cuidando de no salirme. 

»Restregué varios ajos fuera de ella, trazando una amplia banda circular y, una vez completada, cogí una jarrita de un agua concreta de entre las cosas que había dejado en el centro. Rompí el lacre y le quité el tapón. Luego mojé en ella el dedo índice de la mano izquierda y recorrí nuevamente la circunferencia, por la parte de dentro de la línea de tiza, trazando el Segundo Signo del Ritual Saaamaaa, uniendo cada uno de los signos con una media luna mirando a la izquierda. 

»Puedo asegurarles que, una vez hice esto y completé el “círculo de agua”, me sentí más tranquilo. Luego desembalé más cosas y puse una vela encendida en el “valle” de cada media luna. Acto seguido, dibujé un pentáculo de forma que cada una de las cinco puntas de la estrella protectora tocase la circunferencia de tiza. En cada punta coloqué una porción de pan, envuelto en tela de lino, y en cada “valle”, una jarra sin tapar del agua con la que había trazado el “círculo de agua”. Había completado mi primera barrera protectora. 
 
CONTINUARÁ... 

La Biblia de los Seadown - William Goyen

Conocí a un hombre y una mujer viejos, que vivían en una casa sobre una colina, al otro lado de un pueblo. Eran los Seadown. De chico solía ir a esa casa para hablar con los Seadown, a veces durante horas y horas hasta que mi madre, preocupada, mandaba a uno de mis hermanos a buscarme con una linterna. 

Conocí a mucha gente del pueblo cuando era más joven y vivía allí, pero ahora, en esta ciudad, recuerdo a los Seadown más que a nadie porque siempre me hablaban como si fuera adulto y, sobre todo, porque me leían la Biblia.

En su casa, la Biblia estaba más a mano que cualquier otra cosa. La usaban con la misma frecuencia que una sartén. Cuando llegaba, la tenía siempre uno de los dos, con un dedo metido dentro para no perder la página. Los Seadown leían la Biblia de una forma maravillosa. Yo oía «dejad que los niños vengan a mí» o «aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles…», y era como oír una bella historia que podía herir mis sentimientos. 

Las palabras me tomaban por las muñecas y hormigueaban por mis brazos, apuntaban directamente a la boca de mi estómago y explotaban como una luz de bengala, o temblaban por toda mi columna, arriba y abajo, empezando detrás del cuello, como una araña de juguete en una goma elástica o un mono de juguete que trepaba por una cuerda.

Eso fue hace mucho tiempo.

Después tuve que irme de ese pueblo a otro. Pasaron muchos años sin que oyera hablar de los Seadown. Me sucedieron las cosas usuales y esperables: crecí, gané altura, empecé a afeitarme, encontré una chica que me gustaba y, finalmente, ya mayor de edad, me fui más al norte, a la ciudad, en busca de trabajo.

Pero muchas veces imaginaba a los Seadown en la casa de la colina, en mi pueblo. Pensaba en ellos cuando estaba en lugares extraños, como en una cabina de teléfono y, una vez, sentado en la bañera, después de lavarme, sin ganas de salir del agua agradable y cálida. Recordaba a los Seadown en lugares que no tenían nada que ver con ellos. Después me preguntaba qué estarían haciendo, si aún leerían la Biblia y seguirían siendo los de siempre. 

Algunas noches hasta soñaba con los Seadown. En mis sueños los veía andar por su granja o los veía sentados frente a la chimenea leyendo la Biblia, como pasa con esa gente que olvidaste hace tiempo o dejaste atrás en tu camino hacia otra cosa (quién sabe a cuál) y regresa, de pronto, nuevamente, a tu imaginación, sin importar qué estés haciendo. Regresan súbitamente, como algo que olvidaste hacer y recordaste demasiado tarde.

Eso comenzó a pasar cuando faltaba poco para que le tocara un día libre a nuestra tienda. Cuando el día libre llegó, decidí usarlo para volver a mi pueblo y ver a los Seadown. Me parecía que querían que volviera, quizá para decirme algo (mamá solía decir «anoche tuve un sueño terrible con la pobre, vieja, Chitah; significa que quiere decirme algo, me necesita»).

De manera que ese día libre regresé. Era mi viejo pueblo. Ahora nadie me conocía. El pueblo me sentía como los pueblos sienten a un extraño que en su ir y venir les molesta, los intriga (y por eso quieren expulsarlo o acercarlo para hacerle preguntas). 

Solo me paró una vieja, que me preguntó: «¿No serás Joe Edward Marks, el hijo de Lucy Marks, el que vivía al lado de la iglesia metodista y que se montaba en mi ternera manchada?», y yo dije no, porque no quería recordar nada de eso delante de ella aunque conocía bien a esa ternera manchada que se llamaba Roma.

No sentía nada por ese pueblo. Solo sentí algo cuando vi una jardinera, hecha con un neumático, que contenía algunas achiras. No pude mirarlas de nuevo. Un solo vistazo bastó para ver y sentir toda mi vida en ese pueblo de achiras, sobre todo amarillas con motas rojas.

Caminé hacia la colina de los Seadown, pasando la vieja casa de los Tanner, con el cedro que aún tenía una rama bífida como el hueso de la suerte de un pollo, por la que una vez patiné (y caí) y quedé colgando, como Absalón, hasta que la señora Tanner corrió a salvarme. 

Dejé atrás el aserradero, ahora inmóvil como el fantasma de un aserradero. Dejé atrás el cementerio con las langostas enormes de siempre, todavía posadas sobre las tumbas, y seguí por el camino arenoso por donde iba descalzo a casa, con algunas sartenes o calabazas de verano para la señora Larjens.

Entonces vi la casa de los Seadown. Aún estaba ahí, en la colina, y era la misma, aunque las persianas se habían caído y no las habían sacado de donde habían caído. El carro que usábamos para pasear había perdido una rueda, no lo habían sacado y allí estaba, roto en la parte trasera.

Fui hasta la puerta y llamé. Esperé, pero estaba ansioso porque sabía que los Seadown seguían ahí y que uno de ellos vendría, finalmente, a la puerta, me dejaría pasar y se alegraría de verme cuando le dijera mi nombre y le recordara quién era. Después de un rato largo, un viejo vino a la puerta. 

Era el señor Seadown. Tenía un bastón y no sonreía. Le dije que era Joe Edward Marks, se acordó de mí, posó su brazo sobre mis hombros y sentí que sus brazos temblaban. Pregunté por la señora Seadown y me dijo que estaba muy vieja y débil, que estaba en el piso de arriba, siempre en la cama, porque era demasiado vieja para caminar. 

Subimos las escaleras y hallamos a la señora Seadown recostada en su cama como una alubia reseca, tan vieja que ni siquiera parecía una mujer: solo algo viejo y blanco con un aro de pelo blanco alrededor.

El señor Seadown dijo: «Este es Joe Edward Marks, que solía venir a vernos cuando era un chico», y entonces la señora Seadown sonrió y estiró la mano para alcanzar la mía. Su mano temblaba. Parecía que en casa de los Seadown todo temblaba, estaba viejo y gastado.

Les pedí a los Seadown que me leyeran la Biblia, como antes. El señor Seadown dijo que la señora Seadown ya no tenía voz para leer ninguna línea de la Biblia y que él iba a intentarlo.

Leyó, muy lentamente, con voz débil y temblorosa, algunas líneas que no me había leído nunca, que decían: «Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes de que vengan los días malos y lleguen los años en que digas “No tengo en ellos placer”…». 
 
Yo estaba ahí, sentado, cambiado, mientras él leía; estaba ahí sentado y no era nada de todo lo que hubiera sido o sería. No escuchaba las palabras, solo el sonido de la voz del viejo señor Seadown, que era como el ruido que hace una puerta vieja cuando el viento la abre y la cierra. 

Y luego, de pronto, oí las palabras: «cuando se agote el almendro, se arrastre la langosta y caiga la alcaparra: porque el hombre va a su morada eterna y las plañideras circulan ya por las calles, antes de que se rompa el cordón de plata y se quiebre el globo de oro; antes de que se rompa el cántaro de la fuente y caiga la rueda en la cisterna y vuelva el polvo a la tierra de donde procede y el espíritu vuelva a Dios, que fue quien lo dio».

Esperamos, porque había terminado. Estaba muy cansado, cerró el libro, con su dedo torcido dentro para no perder la página, como si solo estuviera haciendo una pausa y fuese a leer de nuevo. Los dos me miraron amablemente, pero con una especie de desafío y una especie de tristeza en la cara.

Entonces me puse de pie. Quería decir algo que sonara como esas líneas de la Biblia y por eso dije: «He regresado sin haber hecho nada que se parezca a todas las líneas que me han leído de ese libro, señor y señora Seadown. Ahora han envejecido y están cansados y ya no tienen voz para hablar conmigo. Tuve muchos empleos, pero ninguno como el que tengo ahora, de dependiente en una tienda de la ciudad. Hay una mujer, llamada Hazel, que vive conmigo como si fuera mi esposa, pero no lo es porque no amo a Hazel, solo la deseo. Estuve aquí y allá, con esta y la otra. Hice lo que quería con ellas. Me conformé con mi pobre vida y mis cosas insignificantes». Esperamos. Pero ellos no tenían voz para hablarme.

Me puse de pie y les dije que me hicieran el favor de descansar, que tenía que irme pero que regresaría muy pronto para leerles la Biblia porque tenía una voz fuerte. Tomé sus manos temblorosas entre las mías, para saludarlos, dejé la habitación y me fui.

Camino al autobús, pasé de nuevo por el cementerio y me detuve. Miré las tumbas, bajo las combadas langostas gigantes. «Ellos nunca me pidieron nada —pensé—, pero les fallé a los Seadown con mi vida». 

Luego pensé en todas las personas que estaban en las tumbas. Estaban muertas y acabadas y en cambio yo caminaba, erguido. Parecían mejores que yo, aunque yacieran muertas, y allí, junto al cementerio, dejé que la añoranza sincera que sentía por el pueblo volviera a mí.

En el autobús me embargó la vergüenza y esa noche me fui a la cama sintiéndome avergonzado y sintiéndome nada.

Al día siguiente, en la tienda, odié a todos: a los jefes de sección que hablaban de su día libre, a las señoras que perdían el tiempo haciendo compras, con sus vestidos de crepé. Una vez más, estaba convencido de que ese no era lugar para mí, de que estaba destinado a hacer algo en este mundo que sería como lo que decían las líneas de la Biblia cuando el señor Seadown las pronunciaba. Pero necesitaba el dinero y pronto pasaron dos semanas y me acordé de Hattie y de su apartamento oscuro y volví, y me encantó verla.

Cuando quise darme cuenta, habían pasado otros seis meses y había olvidado mis inquietudes y me encontraba silbando cuando volvía a casa desde la tienda, como si allí hubiera hecho algo bueno y lo dejara atrás.

Pero empecé a soñar nuevamente, por la noche, con los Seadown. Nunca sonreían. Había algo malo en sus caras. Eso me preocupaba mucho, era como el acoso de un fantasma. Me emborrachaba para dejar de preocuparme. Después me decía: «ahora los Seadown se han muerto por la edad y los temblores y yo tengo a Hattie y a lo mejor, cuando tenga más dinero, podemos casarnos». A la mañana siguiente me despertaba, sobrio y aliviado, y me encontraba a Hattie durmiendo al lado.

Pasaron muchos años hasta que me acordé otra vez de la vieja casa de la colina en mi pueblo. Sabía que los Seadown habían muerto y ya no estaban, pero de pronto quise regresar.

Fui un sábado. Subí la colina y me alegré al ver que la casa seguía allí. Había gente cerca, niños que corrían y jugaban. Me di cuenta de que todos eran extraños. Pregunté quiénes vivían ahí y el hombre que estaba en la puerta dijo que los Grotons, por supuesto, y me preguntó qué quería. Pregunté dónde estaban los Seadown y dijo que no lo sabía, que ellos vivían en la casa desde hacía muchos años, que era vieja y ventosa y no valía lo que habían tenido que pagar por ella.

Sentí que había perdido algo y que no podía irme si no revisaba el lugar donde eso podía estar, y entonces pedí permiso para entrar y echar un vistazo, en mi calidad de viejo amigo de los Seadown.

Entré, miré un poco y vi, en un rincón oscuro, la mesita de mimbre de los Seadown y encima, vi la Biblia, como si la hubiesen dejado para mí. Me acerqué, la toqué y le pregunté al hombre si podía quedármela. Me dijo que pertenecía a la casa, que ya era tarde y que tenía que salir al campo a trabajar antes de que oscureciera. 

Finalmente le dije: «voy a darle diez dólares por esa Biblia». Me la vendió. Los Seadown ya no estaban y la Biblia era mía. Me la llevaría para leerla de nuevo y quizá iba a leérsela a Hattie, lo que podría hacerle bien.

No abrí la Biblia hasta que llegué a casa. Pero cuando traté de leerla no pude. Cuando lo intenté, sonaba seco y forzado, como muchas palabras de un catálogo o como los números de un calendario. Le pedí a Hattie que me la leyera pero ella era vieja, dura y amarga y las palabras sonaban como cuando un hombre hacía el inventario en la tienda a fin de mes.

Me sentía perdido. No sabía qué hacer. Me sentía en posesión de un tesoro cuya llave de acceso había perdido. Después pensé: «quizá esta no sea la Biblia de los Seadown». Pero en la página principal estaba su nombre, en tinta gastada: Joseph y Sarah Seadown. Me llenó de orgullo tener sus nombres en mis habitaciones.

Al poco tiempo, no pude leer sus nombres. El libro era muy viejo y las habitaciones, muy húmedas y oscuras. Su nombre se esfumó.

Me dieron ganas de buscar a los viejos Seadown por todo el mundo, pero tenía la triste sensación de que aunque los encontrara en algún lugar no tendrían voz para leerme. Entonces me di cuenta de que ya no estaban y de que aquellos días y aquel sentimiento se habían ido con ellos para siempre.

A la mañana siguiente me desperté a un día de oscuridad eterna, esperanza perdida y desolación, y nunca volví a tratar de leer la Biblia.

Xélucha - Matthew Phipps Shiell


«Va en pos de ella… y no lo sabe…»
(De un diario)

¡Hace tres días! Cielos, parece un siglo. Pero estoy conmocionado… mi razón está pervertida. Hace un rato me sumí en un coma que recordaba en todo a un ataque de petit mal. «Tumbas, y gusanos, y epitafios»: esa es la fantasía de mi sueño. A mi edad, con mi físico, ¡camino tambaleándome, como un hombre acabado! Pero todo eso pasará: debo volver en mí… mi razón está pervertida. ¡Hace tres días, y parece un siglo! 

Sentado en el suelo ante una vieja cista llena de cartas, encontré un paquete de las de Cosmo. ¡Vaya, las había olvidado, ya empiezan a amarillear! En verdad, ya no puedo llamarme joven. 

Me quedé allí leyendo, inmóvil, arrebatado por los recuerdos. ¡Pero divagar es perderse!, debo retorcer el cuello a esa mala costumbre, o disponerme a perecer. Una vez más me deslicé por la laberíntica armonía esférica del minueto, y di vueltas con el vals, mientras las llamas alargadas de los candelabros y el mediodía de la bacanal giraban a mi alrededor. 

¡Cosmo era el auténtico zar y marajá de los sibaritas, el Príapo de los détraqués! En cada alcoba inesperada de su villa romana había un diván elevado, con su necesario escabel, flanqueado y endoselado por espejos de oro puro. La tisis le tenía bien atenazado; cuando al fin se recostaba ante la mesa, hasta que entraba en calor, apenas podía levantar su copa de vino. ¡Sus ojos eran como luciérnagas enroscadas, cercadas por un halo de vaporosas emanaciones de fósforo! Se veía a las claras que libraba una lucha desesperada con la Devoradora. 

Pero hasta el final persistió su sonrisa principesca, hasta el final, entre aquella cómica compañía, siguió siendo el director indiscutido del coro de todos los ritos, ¡no diré de Pafos, pero sí de Quemos y Baal-Peor! Cuando se animaba no rehuía la fiesta, el baile, la cámara oscura. 

Aquella cámara, a la que se accedía por un pasadizo secreto, era negra y opaca, de forma circular, circundada enteramente por otomanas de Marruecos; en el aire cálido flotaban perfumes de bálsamos, de bedelio, y se oían leves sones de flauta y dulcémele. Fue allí donde Lucy Hill apuñaló en el corazón a Caccofogo, al confundir la cicatriz que tenía en la espalda con la marca de Soriac. Y allí, en una bañera de malaquita, un día en que había despertado tarde, encontró la princesa Egla a Cosmo tiesamente muerto, sumergido enteramente en el agua del baño.

«¡Pero en nombre de Dios, Mérimée!», me escribía, «¡pensar que Xélucha está muerta! ¡Xélucha! ¿Puede entonces un rayo de luna perecer de supuraciones? ¿Puede el arcoíris ser comido por los gusanos? ¡Ja, ja, ja, ja, ríete conmigo, amigo mío: “elle dérangera l’Enfer”! ¡Pondrá de moda en Tofet el pas de tarentule! ¡Xélucha, la femenina! ¡Xélucha, que recordaba a las espléndidas rameras de la historia! Llora conmigo: manat rara meas lacrima per genas!

Experta como Targelia, culta como Aspasia, púrpura como Semíramis. Comprendía el tabernáculo humano, amigo mío, sus resortes y humores secretos, más íntimamente que cualquier savant de Salamanca. Tarare… ¡pero Xélucha no está muerta! 

La vitalidad no es mortal; no puedes envolver una llama en un sudario. ¡Xélucha! Entonces, ¿dónde está? Transferida, quizá: raptada a una constelación como la hija de Leda. Viajó hasta el Indostán, acompañada por la comitiva y el fasto de una begum, y amenazó con atacar al Emperador de Tartaria. 

Yo hablé de la desolación de Occidente; ella me besó, y prometió regresar. También te mencionó a ti, Mérimée, “su Conquistador”, “Mérimée, el Destructor de Mujeres”. Vaharadas de invernadero se enredaban en su pelo encrespado, mechones esparcidos sobre esa tez de tulita que tú conoces. Disfrazada cap-à-pie tenía, amigo mío, la delicada complexión de una margarita brillantemente reflejada en el ojo del bruto que pace. 
 
Me dijo que un símil de Milton había inflamado durante años la avidez de su mirada: “Las áridas llanuras de Sericana, por donde a favor de la brisa y de las velas caminan los chinos en sus ligeros esquifes de caña”. Me aseguró que yo, y los sabeos, considerábamos erróneamente la Llama el todo del ser, pues la otra mitad de las cosas es la Luz quintaesencial de Aristóteles. 

En la Jerarquía Urania y el libro de Fausto encuentras una compleción: ardiente serafín, querubín lleno de ojos. En Xélucha se combinaban ambos. Reconquistará el Oriente para Dionisio, y volverá. Oí de ella resplandeciente en Delhi, en una carroza tirada por leones. Después ese rumor… probablemente falso. Como Odín, Arturo y los demás, Xélucha… reaparecerá».

Poco después Cosmo se tendió en su balneum de malaquita, y tras cubrirse con el agua como con una manta, se durmió. Yo, en Inglaterra, oí poco sobre Xélucha: primero que estaba viva, luego muerta, luego que había aparecido en la antigua Tadmor del Desierto, que ahora llaman Palmira. 

Tampoco me preocupaba, pues hacía mucho tiempo que Xélucha se había convertido en mi boca en manzanas de Sodoma. Hasta que me senté junto a la cista de cartas y releí la de Cosmo, llevaba años desaparecida de mi memoria activa.

Ya es inveterado en mí el hábito de dormir durante la mayor parte del día, y vagar por la noche a lo largo y ancho de la ciudad bajo la influencia sedante de una tintura que se ha vuelto necesaria para mi vida. Tal existencia de sombra no deja de tener su encanto, y no creo que haya muchas almas que, sometidas a sus condiciones, no dejarían de ganar en elevación y temor reverencial. 

Viajar solo con el Primordial no puede sino ser solemne. La luna tiene el color de la luciérnaga, y la Noche el del sepulcro. Nux lleva en su seno a Tánatos no menos que a Hipnos, y las lágrimas amargas de Isis confluyen en un manantial. A las tres, si pasa un coche de alquiler, el ruido tiene el tono augusto del trueno. 

Una vez, a las dos, junto a una esquina, encontré a un sacerdote sentado, muerto, sonriendo impúdicamente, con las piernas dobladas. Un brazo, apoyado en una rodilla, señalaba hacia arriba con un índice acusador. Mediante una exacta observación descubrí que apuntaba hacia Betelgeuse, la estrella “a” de la lluviosa Orión. Estaba horriblemente hinchado, pues había muerto de hidropesía. Así, en todos los Supremos hay una grotesquerie; y uno de los hijos de la Noche es… Buffo.

En una plaza de Londres que, me imagino, estará desierta incluso de día, oí acercándose el metálico tintineo argentino de unos zapatitos. Eran las tres de una madrugada de invierno, al día siguiente de mi redescubrimiento de Cosmo. Me había detenido junto a una verja, mirando cómo navegaban las nubes guiadas por una luna envuelta en mantos de inclemencia. 

Al volverme vi a una dama menuda, gloriosamente vestida. Había caminado directamente hacia mí. Llevaba descubierta la cabeza, y el pelo encrespado en ondas que se unían formando un moño, tachonado de joyas, en su nuca. En la redundancia abultada de su décolleté recordaba a Parvati, la diosa del amor de la exquisita fantasía de los brahmanes.

Me hizo esta pregunta:

—¿Qué estás haciendo aquí, querido?

Su belleza me espoleaba, y la Noche es bon camarade. 

Respondí:

—Tomando el sol por medio de la luna.

—Todo eso es brillo prestado —contestó—, lo has sacado de Las flores de Sión del viejo Drummond.

Al recordarla ahora, no puedo decir que esta réplica me asombrara, aunque por supuesto debería haberlo hecho. Dije:

—Te juro por mi alma que no; pero ¿y tú?

—¡Deberías adivinar de dónde vengo yo!

—Estás radiante: vienes de Paz.

—¡Oh, más lejos que eso, hijo mío! Digamos de un baile privado en el Soho.

—¿Sí?… ¿sola?, ¿con este frío?, ¿andando…?

—Bueno, soy vieja, y soy filósofa. Puedo distinguir allí arriba a la Andrómeda que cabalga del Carnero que es su montura. Se equivocan, M’sieur, quienes suponen la existencia de una atmósfera en la cara ancha de la luna. Tengo razones para creer que en Marte habita una raza de párpados transparentes como el cristal, por lo que sus ojos son visibles mientras duermen, y quien los contempla puede ver todos los sueños desplegándose en un diminuto panorama sobre el iris. ¡No puedes imaginarme como una simple fille! Dejar que te acompañen es admitir que eres una mujer, y eso es impropio en la Nada. El joven Enós conduce un équipage à quatre, pero Artemisa «camina» sola. ¡En nombre de Diógenes, apártate de mi luz prestada! Me voy a casa.

—¿Queda lejos?

—Cerca de Piccadilly.

—Pero ¿un coche?

—Yo no voy en coche, gracias. La distancia no es nada. Ven.

Nos pusimos en marcha. Mi acompañante marcó en seguida una distancia entre nosotros, citando de El coadjutor español que los espacios abiertos son enemigos del amor. Los talmudistas, insistió dos veces, sostienen con razón que la mano es la parte más sagrada de la persona, y en ese terreno también me prohibió el contacto por el momento. 

Caminaba con suma rapidez. Yo la seguía. No se veía un alma por ninguna parte. Finalmente llegamos ante la puerta de una mansión en St. James que parecía deshabitada: no se veía ninguna luz, las ventanas no tenían cortinas, y en algunas había carteles con la leyenda SE ALQUILA. 

Sin embargo, mi acompañante subió corriendo las escaleras y, haciéndome una seña, entró en la casa. Yo la seguí, cerré la puerta de golpe y me encontré a oscuras. La oí subir, y al rato una luz difusa procedente de arriba reveló una ancha escalera que se curvaba en su ascenso. En el piso bajo donde estaba yo no había alfombras, ni muebles; el polvo era espeso. Había empezado a subir cuando, para mi sorpresa, reapareció a mi lado y susurró:

—Hasta arriba del todo, querido.

Subió ágilmente delante de mí. Más arriba no pude dudar ya de que la casa estaba vacía, salvo por nosotros. Todo era un vacío lleno de polvo y ecos. Pero en el último piso brotaba luz de una puerta, y entré en un espacioso salón. 

Quedé deslumbrado por el repentino resplandor de la estancia, en medio de la cual había una mesa puesta, cuadrada, opulenta con platos de oro, frutas y fuentes de comida; del techo pendían tres pesadas arañas de luz eléctrica, y me fijé también (lo que resultaba muy bizarre) en un pequeño candelero de latón, con un resto curvo de sebo, que había en la mesa. 

Pero la impresión del conjunto era de una magnificencia no menos que asiria: un diván de marfil, a un lado de la mesa, tenía una cabecera de calcedonia que formaba un mar donde retozaban ictiosaurios de color esmeralda; tapices cobrizos, alternados con espejos, hacían juego con una bóveda de cobre (aunque esta última, según recuerdo ahora, produjo en mi mirada una clara impresión de mugre). 
 
Mi acompañante se reclinó en un diván sigma, elevado a la altura de la mesa a la manera semítica, visible hasta sus chinelas de satén azafrán. Me indicó un asiento al otro lado, cuya incongruencia en medio de aquel esplendor me hizo tanta gracia que nada en el mundo hubiera podido impedirme esbozar una sonrisa: era una mísera silla de madera, y como no tardé en descubrir, con una pata más corta que las otras.

Señaló el vino en una botella negra, y una copa, pero no hizo el menor ademán de beber o comer; se quedó tendida sobre la cadera y el codo, petite, resplandeciente, mirando gravemente hacia arriba. Sin embargo, yo bebí.

—Se ve —dije— que estás cansada.

—¡Bien poco es lo que tú ves! —replicó ella con aire soñador, casi sin mirarme.

—Vaya, ¿así que has cambiado de humor? Estás taciturna.

—Me imagino que nunca habrás visto una tumba-pasadizo escandinava.

—Y arisca.

—¿La has visto?

—¿Una tumba-pasadizo? No.

—¡Merece la pena el viaje! Son cámaras circulares de piedra, cubiertas por túmulos de tierra, con un «pasadizo» de losas que las conecta con el aire exterior. Todo alrededor de la cámara se sientan los muertos, con la cabeza apoyada en las rodillas dobladas, y celebran consejo en silencio.

—Bebe vino conmigo, y no seas tan tartárea.

—Ciertamente pareces un necio —contestó con sarcástica frialdad—. ¿No es de lo más romántico? Sabes, datan de la Era Neolítica. A medida que caen los dientes, uno a uno, de las bocas sin labios… quedan recogidos en el regazo. Cuando el regazo adelgaza… ruedan al suelo. A partir de entonces, todo diente que cae en la cámara rompe bruscamente el silencio.

—¡Ja, ja, ja!

—Sí. Es como un lento goteo siglo tras siglo en una profunda cueva subterránea.

—¡Ja, ja! ¡Este vino se sube a la cabeza! Se expresan en un dialecto básicamente dental.

—El simio, por otra parte, lo hace en un lenguaje enteramente gutural.

Un reloj de la calle dio las cuatro. Nuestra conversación avanzaba pesadamente, agujereada por silencios. Las exhalaciones del vino llegaban a mi cerebro; la veía a través de una bruma, dilatándose vagamente, volviendo a encogerse en una delicada forma compacta. Pero todo deseo amoroso se había extinguido en mi interior.

—¿Sabes —preguntó— lo que ha descubierto un niñito en una de las kjökkenmöddings danesas? Algo horrendo. El esqueleto de un pez enorme con facciones…

—Eres sumamente infeliz.

—Cállate.

—Estás llena de zozobra.

—Creo que eres un gran imbécil.

—Te atormenta la desdicha.

—Eres un crío. No tienes ningún instinto del significado de las palabras.

—¡Cómo! ¿No soy un hombre? ¿También yo infeliz, preocupado?

—En realidad no eres nada… hasta que puedas crear.

—¿Crear qué?

—Materia.

—Eso es pretencioso. La materia no puede crearse, ni destruirse.

—En verdad, pues, debes de ser una criatura con un intelecto inusualmente débil. Ahora me doy cuenta. Así, la materia no existe, en realidad no hay nada que pueda llamarse así… es una apariencia, un espectro… salvo los imbéciles, todo escritor de Platón a Fichte ha demostrado eso, de forma voluntaria o involuntaria, para siempre. Crear es producir una impresión de su realidad en los sentidos; destruir es pasar un trapo húmedo por una pizarra cubierta de garabatos.

—Quizá. No me importa. Puesto que nadie puede hacerlo.

—¿Nadie? Tú eres un mero embrión…

—Entonces ¿quién?

—Cualquiera cuyo poder de Voluntad sea equivalente a la fuerza gravitatoria de una estrella de Primera Magnitud.

—¡Ja, ja, ja! Cielos, te gusta ser ocurrente. Entonces, ¿existen voluntades de tamaña magnitud?

—Ha habido tres, los fundadores de religiones. Hubo un cuarto: un zapatero de Herculano cuya voluntad indujo el cataclismo del Vesubio en el año 79, en directa oposición a la gravedad de Sirio. Sabes, hay más famas que las que tú has cantado. Estoy segura de que la mayor parte de los espíritus incorpóreos también…

—¡Cielos, no puedo dejar de pensar que estás llena de dolor! ¡Pobre criatura!, ven, bebe conmigo. El vino es espeso y estimulante. ¿No es setiano? Hace que te balancees y te hinches ante mí, lo juro, como una nube púrpura crepuscular…

—¡Pero eres pura pesantez, eso no lo sabía! ¡No eres un compañero! Todos tus pequeños intereses giran en torno a los centros más bajos.

—Vamos… olvida tus agonías…

—¿Cuál, crees tú, es la parte del cuerpo enterrado que buscan primero los gusanos?

—¡Los ojos!, ¡los ojos!

—Estás horriblemente equivocado… estás tan completamente en la inopia…

—¡Dios mío!

Se había inclinado hacia adelante con tal rabia de contradicción que se acercó mucho a mí. Un vestido suelto de seda ambarina, con anchas mangas, había sustituido su traje de noche, aunque no hubiera sido capaz de decir en qué momento; ahora lo advertí, perplejo, cuando se inclinó para apoyar en la mesa las palmas de las manos. Una ráfaga repentina como de flores de azahar, mezclada con el tenue olor de la mortalidad más que madura para la tumba, llenó mi olfato. Un escalofrío me recorrió la carne.

—Yerras tan garrafalmente…

—Por el amor de Dios…

—¡Estás tan miserablemente engañado! ¡No son para nada los ojos!

—¿Entonces qué, en nombre del cielo?

Un reloj anunció las cinco.

—¡La úvula!, esa pizca de carne mucosa, ya sabes, que pende del paladar por encima de la glotis: devoran el tejido de la piel y la mejilla, o se deslizan por los labios entre los dientes defectuosos, llenando la boca. Van derechos hacia ella: es la deliciae de la bóveda palatina.

Sentí náuseas ante el horror de su interés, su olor y sus palabras. Una indecible sensación de insignificancia, de debilidad, me hizo enmudecer.

—Dices que estoy llena de pesares. Dices que estoy atormentada por la aflicción, que rechino los dientes de angustia. Bueno, eres un crío en intelecto. Usas las palabras sin percatarte de su sentido, como esas mentes en lo que Leibniz llama la «conciencia simbólica». Pero supongamos que sea así…

—Es así.

—No sabes nada.

—Te veo retorcerte y penar. Tus ojos están muy pálidos. Creía que eran de color avellana; ahora tienen el tono azulado de trémulas llamas fosfóricas vistas en la oscuridad.

—Eso no prueba nada.

—Pero el blanco de la esclerótica está teñido de amarillo. Y pareces ensimismada. Dime, por tu alma, ¿por qué pareces tan pálidamente ensimismada? ¿Por qué no puedes hablar de nada que no sea el sepulcro y su podredumbre? Tus ojos me parecen descoloridos por siglos de vigilia, por misterios y milenios de dolor.

—¡El dolor!, ¡qué poco sabes de él! ¡Eres todo aire y palabrería! ¡Nada sabes de su filosofía y su rationale!

—¿Y quién sabe?

—Te daré una pista. El dolor es la subconsciencia en los seres conscientes de la Eternidad, y de la pérdida eterna. Un ínfimo pinchazo de alfiler que ni Peán ni Esculapio ni todos los poderes del cielo y el infierno pueden curar del todo. El cuerpo
consciente es subconsciente de una pérdida eterna, y el «dolor» es su suspiro ante esa tragedia. Así ocurre con todo dolor: cuanto mayor sea, mayor es la pérdida. La más enorme de las pérdidas es, por supuesto, la pérdida del Tiempo. Si pierdes eso, en cualquier medida, te sumerges de golpe en los trascendentalismos, las infinitudes de la Pérdida; si lo pierdes todo…

—¡De qué modo tan disparatado exageras! ¡Ja, ja! Te digo que es la aflicción la que te hace perorar sobre lugares comunes…

—El infierno es el lugar donde un Espíritu claro e ilimitado es subconsciente del Tiempo perdido, donde se retuerce de envidia pensando en el mundo vivo, ¡odiándolo para siempre, y a todos los hijos de la Vida!

—¡Pero domínate! Bebe… te lo ruego… yo te lo ruego… por el amor de Dios… aunque solo sea una vez…

—Precipitarse hacia la trampa… ¡eso es aflicción! Arrojar tu barco contra la roca del faro… ¡eso es Mara! Despertar, y sentir la irrevocable verdad de que fuiste en pos de ella… y los muertos estaban allí… y sus huéspedes estaban en las profundidades del infierno… ¡y no lo sabías!… aunque hubieras podido saberlo. Mira ahí fuera las casas de la ciudad en este día que amanece: te digo que no hay una que no esté habitada por algún alma… que recorre de un lado a otro el viejo teatro de su breve Día… espoleando la imaginación con mil trucos pueriles, semejanzas… engañándose minuciosamente con la fantasía de que todavía vive, de que la oportunidad de la vida no está perdida para siempre, para siempre… pero desgarrada todo el tiempo por memorias latentes del Verano desperdiciado, de la breve luz caduca entre las dos tinieblas eternas… ¡desgarrada, te digo y te grito!… ¡desgarrada, Mérimée, demonio destructor!…

Se había puesto en pie de un salto —ahora me parecía alta— entre el diván y la mesa.

—¡Mérimée! —grité—, ¿mi nombre, ramera, en tu boca maníaca? ¡Por Dios, mujer, me inspiras un terror mortal!

También yo me levanté de un salto, con el pelo erizado por el horror de mis fantasías.

—¿Tu nombre? ¿Puedes creer que ignoro tu nombre, o cualquier otra cosa sobre ti? ¡Mérimée! Vamos, ¿acaso no estabas ayer sentado leyendo sobre mí en una carta de Cosmo?

—Ah-h… —brotó la histeria en sollozos y risas de mis labios resecos—. ¡Ah! ¡Ja, ja! ¡Xélucha! ¡Mi memoria se entumece y agrisalla cada vez más, Xélucha! Apiádate de mí… ¡camino por el mismísimo valle de las sombras!… ¡marchito y senil!… mira mi pelo, Xélucha, mis mechones entrecanos… tembloroso, Xélucha, anublado… ¡No soy el hombre que conociste, Xélucha, en los palacios… de Cosmo! ¡Tú eres Xélucha!

—¡Deliras, pobre gusano! —exclamó ella, la cara retorcida por una especie de malicioso desdén—. Xélucha murió de cólera en Antioquía hace diez años. Yo enjugué la espuma de sus labios. Su nariz experimentó una descomposición verdosa antes del entierro. El ojo izquierdo estaba tan hundido en el cerebro que…

—Tú eres… ¡eres Xélucha! —grité—. Así lo aúllan ahora voces de trueno dentro de mi conciencia… y por Dios santísimo, Xélucha, aunque me apestes con el aliento del infierno que eres, te voy a abrazar… vivo o condenado…

Me abalancé hacia ella. Oí la palabra «¡Loco!», como siseada por las lenguas de diez mil serpientes por toda la estancia; por un momento, ante mis ojos desorbitados, pareció elevarse hasta el techo, expandiéndose, una torre de nubes deshilachadas, y en el preciso instante en que mis brazos se cerraban sobre el vacío, por obra de algún poderoso Behemot, me vi violentamente arrojado contra una pared de la habitación, donde caí sin sentido al suelo.

Desperté cuando el sol concluía ya su descenso hacia la noche, y me quedé mirando apáticamente el techo mugriento, y la sórdida silla, y el candelero de latón, y la botella de la que había bebido. La mesa, de madera de pino y sin mantel, estaba muy sucia. 

Todo tenía el aspecto de llevar así muchos años. Aparte de estas cosas la habitación estaba vacía; aquella visión de lujo se había esfumado en el aire. El recuerdo repentino me iluminó como un fogonazo. A duras penas me puse en pie, salí de la casa y eché a correr tambaleándome, dando alaridos, por las calles crepusculares.