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El otro modelo de Pickman - Caitlín R. Kiernan

Nunca he tenido demasiada afición al cine, prefiero entretenerme con el teatro; siempre me han gustado más los actores en carne y hueso que esos parpadeantes y estridentes fantasmas agigantados y proyectados en las paredes de salas oscuras y llenas de humo, a veinticuatro fotogramas por segundo. 

Nunca he sido capaz de olvidar que el movimiento aparente es tan solo una ilusión óptica, una hábil sucesión de imágenes fijas que pasan por mis ojos a tal velocidad que solo percibo movimiento donde realmente no lo hay. Pero en los meses previos a mi primer encuentro con Vera Endecott, me sentía cada vez más atraído por las salas de cine de Boston, a pesar de esta reticencia tan arraigada en mí.

Había quedado profundamente conmocionado por el suicidio de Thurber, aunque, con la inútil clarividencia del que examina las cosas a toro pasado, no cabe duda de que debería haber tenido la suficiente fortaleza mental para haberlo visto venir. Thurber fue soldado de infantería durante la guerra… La Guerre pour la Civilisation, como solía llamarla. Estuvo en la batalla de Saint-Mihiel cuando Pershing fracasó en su campaña para arrebatar Metz a los alemanes, y apenas dos semanas más tarde sobrevivió para ser testigo de las atrocidades cometidas en el bosque de Argonne. 

Cuando abandonó Francia y regresó a su hogar a principios de 1919, Thurber era apenas una sombra, un eco nervioso del hombre que había conocido durante nuestros años de universidad en la Escuela de Diseño de Rhode Island, y en aquellas ocasiones —cada vez más escasas— en las que nos encontrábamos y hablábamos, nuestras conversaciones derivaban con frecuencia de la pintura, la escultura y cuestiones de estética a cosas que había visto en las trincheras embarradas y las ciudades en ruinas de Europa.

Y entonces comenzó aquella obstinada fascinación por el cabrón degenerado de Richard Upton Pickman, una obsesión que pronto se transformó en lo que diagnostiqué como una fijación neurótica por aquel hombre y por las blasfemias que plasmaba en sus lienzos. 

Cuando Pickman desapareció hace dos años de su mugroso «estudio» en el North End, y no se le volvió a ver, esta fijación no hizo más que empeorar, hasta que Thurber finalmente me contó una historia increíble y pesadillesca que por aquel entonces solo pude considerar como el producto de una mente inestable, debido al baño de sangre y la locura y los innumerables horrores de la guerra que había presenciado a orillas del Mosa, y más tarde en la frondosidad del bosque de Argonne.

Aquella noche, sentados juntos en una sórdida taberna cerca de Faneuil Hall (no recuerdo el nombre del local, porque no era uno de mis locales favoritos), reparé en que yo tampoco era el hombre que fui entonces. Al tiempo que William Thurber había cambiado por la Guerra y por lo que hubiera podido experimentar junto a Pickman, yo también había cambiado. 

Y he cambiado profundamente, primero por el repentino suicidio de Thurber, y luego por una actriz de cine llamada Vera Endecott. Creo estar todavía en posesión de mis facultades mentales y, si me lo pidiesen, podría atestiguar ante un juez que mi mente se encuentra en buen estado, aunque un tanto magullada. 

Pero no puedo ver el mundo a mi alrededor como lo veía antes, porque, después de haber contemplado ciertas cosas, no hay forma de dar marcha atrás y regresar al estado de inocencia o gracia no profanada que prevalecía antes de haber experimentado tales visiones. 

No hay camino de retorno hacia la sagrada cuna del Edén, porque las puertas están custodiadas por las espadas flamígeras de querubines, y la mente —a excepción de algunos casos piadosos de conmoción o amnesia histérica— no puede simplemente olvidar las extrañas y desalentadoras revelaciones padecidas por los hombres y mujeres que deciden formular preguntas prohibidas. 

Y estaría mintiendo si afirmase que no atisbé o sospeché que la tarea que me había impuesto cuando comencé mi investigación siguiendo las informaciones de Thurber tras su funeral, me llevaría a donde ahora me encuentro. Lo sé, o lo sabía con la suficiente certeza. Todavía no he sobrepasado ese nivel de degradación necesario para dejar de asumir la responsabilidad de mis propios actos y las consecuencias que se derivan de ellos.

Thurber y yo solíamos discutir sobre la validez de la narración en primera persona y su eficacia como recurso literario; él la defendía y yo cuestionaba la credibilidad de tales historias, y dudaba tanto de las motivaciones de sus autores ficticios como de la capacidad de esos narradores-personajes para evocar con una claridad tan perfecta y detallada conversaciones concretas y otros sucesos durante momentos de gran tensión e incluso peligro personal. 

Esto probablemente no se diferencie mucho de mi dificultad para disfrutar las imágenes en movimiento de las películas, porque soy consciente de que, de hecho, no son imágenes en movimiento. Sospecho que se debe a algún tipo de rechazo consciente o incapacidad inconsciente, por mi parte, de activar lo que Coleridge definió como la «suspensión de la incredulidad». 

Y ahora yo me siento para escribir mi propio relato, aunque doy fe de que no hay ni una sola palabra de ficción intencional en él, y ciertamente no tengo ningún plan de publicarlo. Sin embargo, sin duda estará lleno de inexactitudes que se derivan de las objeciones a una narración en primera persona que ya he explicado más arriba. Lo que estoy plasmando aquí es mi mejor intento de evocar los sucesos previos que envuelven el asesinato de Vera Endecott, y debería ser leído como tal.

Es mi historia, presentada con la escasa documentación que la corrobore de la que dispongo. Es una pequeña parte de la historia de Vera Endecott, también, y por ella sobrevuelan los fantasmas de Pickman y Thurber. Honestamente, ya comienzo a dudar de que al dejarlo escrito logre obtener el remedio que tan desesperadamente ansío: la disolución del maldito recuerdo, la disminución del impacto de esos recuerdos en mí, y, con mucha suerte, la posibilidad de dormir en habitaciones oscuras de nuevo y acabar de una vez con el sinfín de fobias que me llevan acosando desde hace tanto tiempo. 

Demasiado tarde he comprendido los miedos macabros del pobre Thurber a los sótanos y túneles subterráneos, y a ellos ahora puedo añadir mis propios miedos, ya sean racionales o no. «Supongo que no te preguntarás ya por qué tengo que mantenerme alejado de subterráneos y sótanos», me dijo ese día en la taberna. Por supuesto, yo sí me lo preguntaba, y también dudaba de la cordura de un querido y leal amigo. Pero, al menos en esta cuestión, hace ya tiempo que he dejado de dudarlo.

La primera vez que vi a Vera Endecott en la «gran pantalla» tan solo era actriz de reparto en la película Una mujer del mar, de Josef von Sternberg, que proyectaban en el Exeter Street Theater. Pero esa no fue la primera vez que vi a Vera Endecott.

Me topé por primera vez con el nombre y el rostro de la actriz mientras ordenaba los documentos de William, tarea que me pidió que realizara el único miembro vivo de su familia más cercana, Ellen Thurber, su hermana mayor. Me vi enfrentado a una tarea que no era ni mucho menos pequeña o simple. 

En la habitación cerrada y medio desvencijada que había alquilado Thurber en Hope Street, Providence, tras abandonar Boston, el suelo estaba totalmente cubierto de correspondencia, hojas mecanografiadas, revistas y ensayos inacabados, incluyendo el monográfico sobre arte extraño que había jugado un papel tan importante en el inicio de su relación con Richard Pickman tres años atrás. 

Tan solo me sorprendió encontrar, en medio de aquel desbarajuste, una serie de dibujos de Pickman, todos realizados a carboncillo o a tinta y pluma. Su presencia entre las pertenencias de Thurber me pareció bastante incongruente, teniendo en cuenta lo aterrado que decía haber llegado a estar de aquel hombre. Y, lo que es más, teniendo en cuenta la afirmación que realizó de haber destrozado la única prueba que apoyaba la increíble historia que aseguraba haber oído, visto y recogido del sótano-estudio de Pickman.

Era un día caluroso, hacia finales de julio o principios de agosto. Cuando encontré los siete dibujos guardados dentro de una carpeta de dibujo, crucé el cuarto con ellos bajo el brazo y los extendí sobre la estrecha y hundida cama que ocupaba uno de los rincones. Yo conocía bastante bien la obra del pintor, y debo confesar que lo que vi no me afectó tan profundamente como le había afectado a Thurber. 

Sí, sin duda alguna, Pickman poseía un extraordinario y singular talento, y supongo que alguien no acostumbrado a las imágenes de lo diabólico, lo extraño o lo monstruoso podría encontrar sus cuadros inquietantes o poco gratos de contemplar. 

Siempre atribuí que su capacidad de capturar lo extraño se debía en gran medida a la yuxtaposición intencionada de un argumento fantasmagórico con un estilo descarnado y concienzudamente realista. Thurber también advirtió esto y, de hecho, dedicó casi un capítulo entero de su monográfico inacabado al examen de la técnica de Pickman.

Me senté en la cama para examinar los dibujos, y los muelles del colchón gimieron ruidosamente bajo mi peso, lo cual hizo que volviera a preguntarme por qué mi amigo había alquilado un alojamiento tan miserable cuando sin duda podía permitirse algo mejor. 

En cualquier caso, tras echar un vistazo a los dibujos, no encontré en su mayor parte nada particularmente sorprendente, y supuse que eran regalos de Pickman, o que Thurber tal vez le había pagado alguna pequeña cantidad de dinero por ellos. 

Identifiqué dos de ellos como bocetos de uno de los cuadros mencionados ese día en la taberna de Chatham Street, el titulado La lección, en el cual el pintor había representado a un número de demonios necrófagos subhumanos con apariencia de perros instruyendo a un niño (un niño sustituto, supuso Thurber) en la práctica de la necrofagia. 

Otro era un boceto apresurado de lo que le parecieron algunos de los monumentos más señoriales del cementerio de Copp’s Hill, y había también un par de dibujos chapuceros de criaturas en cuclillas semejantes a gárgolas.

Pero fueron los dos últimos dibujos de la carpeta los que atraparon y retuvieron mi atención. Ambos eran desnudos muy bien ejecutados, más perfectamente acabados que cualquiera de los otros dibujos, y dado el tema de ambos, jamás habría creído que habían salido de los dedos de Pickman de no haber estado rubricados con su firma en el extremo inferior. 

No había ningún elemento en ellos que pudiera ser considerado pornográfico y, teniendo en cuenta su procedencia, esto también me sorprendió. En la oeuvre de Richard Pickman que yo mismo había podido contemplar, jamás encontré ni un solo atisbo de interés por las formas femeninas, e incluso se había rumoreado en el Club de Arte que era homosexual. 

Pero corrían tantos rumores sobre él en los días anteriores a su desaparición, muchos de ellos totalmente falsos, que nunca les presté mayor atención. Fuera cual fuese su inclinación sexual, estos dos dibujos estaban imbuidos de tal admiración y familiaridad con el cuerpo de una mujer que parecía poco probable que hubieran sido pintados como meros ejercicios académicos o que fueran plagios de obras de otros pintores menos excéntricos.

Mientras examinaba los desnudos, pensando que al menos estas dos obras podrían reportar algunos dólares para ayudar a la hermana de Thurber a cubrir los gastos inesperados ocasionados por la muerte de su hermano, así como las deudas pendientes del fallecido, mis ojos se toparon con un fajo de recortes de revistas y periódicos que también habían sido guardados en la carpeta de dibujo. 

Había un número considerable de ellos y supuse entonces, y todavía lo pienso, que Thurber había contratado los servicios de un gabinete de documentalistas. Casi la mitad eran críticas de exposiciones en galerías que habían incluido obras de Pickman, la mayoría del periodo entre 1921 y 1925, antes de ser condenado al ostracismo y que las oportunidades de exponer públicamente su obra hubieran mermado. 

Pero el resto de recortes parecía proceder principalmente de tabloides, suplementos y revistas como Photoplay y New York Evening Graphic, y todos los artículos estaban dedicados o hacían mención a la actriz oriunda de Massachusetts Vera Marie Endecott. Había, entre estos recortes, una serie de fotografías de la actriz, y el parecido con la mujer que había posado para los dos desnudos de Pickman era incuestionable.

Había algo bastante característico en sus altos pómulos, en el ángulo de la nariz, una dureza innegable en su semblante a pesar de la belleza y el sex appeal de la estrella en ciernes que era. Más tarde llegué a reconocer cierta similitud entre su rostro y el de algunas «vampiresas» y femmes fatales como Theda Bara, Eva Galli, Musidora y, en particular, Pola Negri. 

Pero, por lo que puedo recordar ahora, mi primera impresión de Vera Endecott, no contaminada por su personalidad cinematográfica (aunque sin duda influenciada por la relación de los recortes con la obra de Richard Pickman, entre las pertenencias de un suicida), era la de una mujer cuyo encanto consistía tan solo en un halo de glamour que ocultaba un rostro más real y salvaje. 

Ciertamente, producía una impresión extraña, y permanecí allí sentado en la sofocante habitación de la casa de huéspedes mientras el sol se deslizaba lentamente hacia el crepúsculo, leyendo todos y cada uno de los artículos, e incluso leyendo algunos dos veces. Sospechaba que, sin duda, debían contener pruebas de que la mujer de los dibujos era, en efecto, la misma mujer que había iniciado su carrera en los estudios de cine de Long Island y New Jersey, antes de que la industria se trasladara al oeste, a California.

En su mayoría, los recortes no eran más que los típicos cotilleos, insinuaciones y sensacionalismo del mundo del cine. Pero, aquí y allá, alguien, supuestamente el propio Thurber, había subrayado varios pasajes con lápiz rojo y, si se leían seguidas esas líneas subrayadas, entresacadas del contexto de los artículos correspondientes, se revelaba un curioso patrón. 

Al menos, tal patrón podía ser imaginado por un lector que o bien lo buscase, y por lo tanto estuviera predispuesto a descubrirlo, existiera o no, o por alguien, como yo mismo, que había llegado a dar con esta colección de recortes de periodismo amarillista bajo tales circunstancias y tal atmósfera de terror que abocaran al lector a establecer paralelismos donde, objetivamente, no había ninguno. 

Llegué a la conclusión, aquella tarde de verano, de que la idée fixe de Thurber con Richard Pickman le había llevado a interpretar una serie de ideas absurdamente macabras con relación a esta mujer, y que yo, aun estando afligido por la pérdida de un buen amigo y rodeado como estaba por el desorden de su obra inacabada, tan solo había logrado descubrir otro de los delirios de Thurber.

La mujer conocida por los espectadores como Vera Endecott había nacido en una familia ciertamente peculiar de la región de la Costa Norte de Massachusetts y, sin duda alguna, se había esforzado en ocultar sus orígenes adoptando un nombre artístico poco después de llegar a Fort Lee en el mes de febrero de 1922. Se había inventado una nueva biografía y afirmaba que venía no del condado rural de Essex, sino de Beacon Hill en Boston. 

Sin embargo, apenas cumplidos los veinticuatro años, poco después de lograr su primer papel importante —una aparición en El cielo bajo el lago de los estudios Biograph—, un número de columnistas famosos comenzaron a reflejar en sus artículos ciertas sospechas acerca de los orígenes que la actriz aseguraba tener. No había ni rastro del banquero que se suponía que era su padre, y resultó bastante fácil averiguar que nunca había cursado estudios en la Winsor School para jovencitas. 

A los veinticinco, tras protagonizar The Horse Winter, de Robert G. Vignola, un reportero del New York Evening Graphic afirmó que el padre verdadero de Endecott era un hombre llamado Iscariot Howard Snow, propietario de varias canteras de granito en Cape Ann. Su esposa, Conciliadora, era de Salem o Marblehead, y murió en 1902, cuando daba a luz a su única hija, cuyo nombre no era Vera, sino Lillian Margaret. 

No había ninguna prueba entre los recortes de que la actriz hubiera negado o tan siquiera respondido a esas alegaciones, a pesar de que los Snow, e Iscariot Snow en particular, poseían una reputación de lo más despreciable en Ipswich y alrededores. 

A pesar de la riqueza y relevancia de la familia en el sector de los negocios locales, era un secreto a voces, y no faltaban conversaciones a puerta cerrada sobre hechicería y brujería, incesto e incluso canibalismo. En 1899, Conciliadora Snow también dio a luz a gemelos, Aldous y Edward, aunque Edward nació muerto.

Pero fue un recorte del Kidder’s Weekly Art News (27 de marzo de 1925), una publicación que yo conocía bastante bien, el que relacionaba por primera vez a la actriz con Pickman. Una tal «señorita Vera Endecott de Manhattan» estaba en una lista de asistentes a la inauguración de una exposición que incluía un par de dibujos más comedidos de Pickman, aunque no se hacía mención a la fama de la actriz. 

Thurber había rodeado su nombre con lápiz rojo y había escrito dos signos de exclamación detrás de él. Cuando di con la nota de prensa, el crepúsculo ya había descendido sobre Hope Street y tenía dificultades para leer. Consideré durante unos segundos encender el viejo quinqué de petróleo que había junto a la cama, pero entonces, mientras miraba la penumbra que se acumulaba entre el mobiliario destartalado y andrajoso del sórdido cuartito, me embargó una repentina y vaga inquietud… algo que, incluso ahora, me resisto a llamar miedo. 

Volví a guardar los recortes y los siete dibujos en la carpeta, la metí bajo el brazo y recogí rápidamente el sombrero de una mesa enterrada bajo una máquina de escribir, una pila de libretas y libros de la biblioteca, platos sucios y botellas de refresco vacías. Unos minutos más tarde me encontraba de nuevo fuera del edificio, bajo una farola, observando las dos ventanas oscuras que daban a la habitación donde, una semana antes, William Thurber se introdujo el cañón de un revólver en la boca y apretó el gatillo.

Acabo de despertarme de otra de mis pesadillas, que cada vez son más vívidas y habituales, e incluso más terribles, y que con frecuencia no me permiten dormir más de una o dos horas por la noche. Estoy sentado frente a mi escritorio, contemplando el cielo que comienza a tintarse del violeta grisáceo de un falso amanecer, y escucho el reloj que suena como un gigantesco insecto de cuerda posado sobre la rejilla de la chimenea. 

Pero mi mente retiene todavía con toda viveza el sueño de la enmohecida sala de proyecciones privadas cerca de Harvard Square, organizadas por un grupo de aficionados al cine grotesco, la sala donde por primera vez vi las imágenes «en movimiento» de la hija de Iscariot Snow.

Conocí la existencia del grupo a través de un colega del departamento de adquisiciones del Museo de Bellas Artes, quien me contó que se reunían a intervalos irregulares —pocas veces lo hacían más de una vez cada tres meses— para visionar y debatir material tan estrafalario y morboso como Häxan de Benjamin Christensen, El fantasma de la ópera de Rupert Julian, Nosferatu, eine Symphonie des Grauens de Murnau, y La casa del horror de Tod Browning. 

Todos esos títulos y nombres de directores significaban muy poco para mí, porque, como ya he explicado, nunca fui un gran aficionado al cine. Esto ocurrió en agosto, tan solo un par de semanas después de que partiera de Providence para regresar a Boston tras haber resuelto los asuntos de Thurber tan bien como pude. 

Todavía prefiero no pensar en qué desafortunado capricho del destino hizo coincidir mi descubrimiento de los dibujos de Vera Endecott pintados por Pickman y el interés de Thurber en ella con el visionado en aquella sala de la que, en mi opinión, no era más que una película vulgar y merecidamente desconocida. 

Realizada entre 1923 y 1924, averigüé que alcanzó una celebridad infame tras la muerte del director (otro suicidio). Todos los que financiaron la película permanecieron en el anonimato, y parece ser que la producción no avanzó más allá de la versión provisional que contemplé aquella noche.

Sin embargo, no me he sentado aquí para escribir un escueto relato de mi descubrimiento de esta película sin título e inacabada, sino para intentar capturar algo del sueño que ya se desgaja en brumosos jirones y retazos. Como Perseo, que tan solo se atrevió a mirar a los ojos de la gorgona Medusa de forma indirecta a través de un reflejo sobre su escudo de bronce, igualmente me sentía impelido y totalmente decidido a reflexionar sobre estos sucesos, e incluso sobre mis propias pesadillas tan indirectamente como pudiera. 

Siempre he detestado la cobardía y, sin embargo, echando la vista atrás al escribir estas páginas, me parece detectar algo en mi actitud innegablemente cobarde. Da igual que no tenga intención de que estas líneas sean leídas por nadie. A menos que escriba con honestidad, no hay apenas motivos para que sean escritas. Si esta es una historia de fantasmas (y eso es lo que me está pareciendo cada vez más), entonces permitamos que sea una historia de fantasmas en lugar de unos recuerdos inconexos.

En el sueño, estoy sentado en una silla plegable de madera en aquella sala oscura, iluminada únicamente por un rayo de luz que se filtra de la cabina del proyeccionista. Y las paredes frente a mí se han convertido en una ventana con vistas a otro mundo, un mundo carente de sonidos y casi de todo color; la gama se limita a un espectro de lúgubres negros y cegadores blancos e innumerables matices de gris. 

A mi alrededor, los otros que se han reunido para ver la película fuman puros y cigarrillos, y se susurran unos a otros. No llego a entender nada de lo que dicen, pero, de todas formas, tampoco les presto mucha atención. No puedo apartar la mirada de aquella escena silenciosa y color grisalla, y realmente poco más ocupa mi mente.

«Bueno, ¿lo entiendes?», pregunta Thurber sentado en la butaca junto a la mía, y tal vez yo asiento, y tal vez incluso susurro alguna u otra afirmación en voz baja. Pero no aparto los ojos de la pantalla lo suficiente como para echar una ojeada a su rostro. 

Pasan demasiadas cosas allí que podría perderme si osara apartar la mirada, tan siquiera un instante, y además no tengo ningún deseo de contemplar el rostro de un hombre muerto. Thurber no dice nada más durante un largo rato, aparentemente satisfecho de que yo haya llegado a aquel lugar para presenciar por mí mismo un pequeño fragmento de lo que finalmente le condujo a los confines de la locura.

Ella está allí en la pantalla, Vera Endecott, Lillian Margaret Snow, de pie al borde de una poza rodeada de rocas. Está tan desnuda como en los dibujos de Pickman, y al principio está situada de espaldas a la cámara. Las retorcidas raíces y ramas de lo que tal vez sean sauces milenarios inclinados sobre la poza rasgan la superficie del agua con sus ramas como látigos y oscilan elegantemente de un lado a otro, agitadas por la misma brisa que hace ondear el pelo corto de la actriz. 

Y aunque parece que no hay nada en absoluto que pueda ser considerado siniestro en esta escena, en mí inspira inmediatamente la misma clase de pavor e inquietud que los grabados de Doré para Orlando furioso y la Divina comedia. Hay en el cuadro una sensación de intenso presagio y premonición, y me pregunto qué pistas sutiles e ingeniosas han sido dejadas para que esta escena aparentemente idílica pueda ser interpretada con tan sombrías expectativas.

Y entonces me doy cuenta de que la actriz sostiene en la mano derecha una especie de vial y lo inclina lo suficiente para derramar en la poza su contenido, un líquido denso y alquitranado. Unas ondas se expandieron lentamente por la superficie del agua, demasiado lentamente, estoy seguro, para haber sido originadas por algún proceso físico natural, y por lo tanto me da la impresión de que se trata de algún simple truco fotográfico; cuando el vial está vacío, o, al menos, cuando ha dejado de contaminar la poza (y estoy bastante seguro de que ha quedado contaminada), la mujer se arrodilla sobre el barro y las hierbas al borde del agua. 

Desde algún lugar indeterminado allá arriba, allí en la sala en la que me encuentro, me llega el sonido de alas de palomas sorprendidas alzando el vuelo, y la actriz se gira a medias hacia la audiencia, como si ella también hubiera escuchado el revuelo. El barullo de alas rápidamente se acalla y de nuevo tan solo se escucha el sonido metálico del proyector y el susurro de los hombres y mujeres apiñados en la sala mohosa. 

En la pantalla, la actriz se vuelve de espaldas a la poza, pero antes de ello ya tengo la total certeza de que su rostro es el mismo que el de los recortes que encontré en la habitación de Thurber, el mismo que el de los dibujos realizados por la mano de Richard Upton Pickman. El vial se resbala de sus dedos, cae al agua, y en esta ocasión no se producen ondas. Ni salpicaduras. Nada.

En ese instante, la imagen salta y luego se funde en un blanco cegador y durante unos instantes creo que la cinta de la película, gracias a Dios, ha saltado del carrete o algo parecido, y así, tal vez, no tenga que ver el resto. Pero entonces ella vuelve, la mujer y la poza y los sauces, sucediéndose un fotograma tras otro y otro más. 

Ella se arrodilla al borde de la poza y entonces pienso en Narciso languideciendo por Eco, o su gemelo perdido, pienso en Circe envenenando el manantial donde Escila se bañaba, y pienso en la maldita Shalott de Tennyson y, de nuevo, pienso en Perseo y Medusa. No veo la cosa en sí misma, sino tan solo una equivalencia tenue y engañosa, y mi mente rebusca analogías y significados y puntos de referencia.

En la pantalla, Vera Endecott, o Lillian Margaret Snow —la una o la otra, las dos que siempre eran solo una—, se inclina hacia delante y sumerge la mano en la poza. Y, de nuevo, no se produce ninguna onda que surque la tersa superficie de obsidiana. 

La mujer de la película habla ahora, mueve los labios exageradamente, sin emitir ningún sonido, y no alcanzo a escuchar nada a excepción del murmullo en la sala llena de humo y el chisporroteo del proyector. Y es entonces cuando me doy cuenta de que los sauces no son precisamente sauces, y que aquellos troncos y ramas y raíces retorcidas en realidad son cuerpos humanos de ambos sexos entrelazados, y sus pieles imitan perfectamente la escamosa corteza de un sauce. 

Comprendo entonces que no son ninfas del bosque, ni hijas de Hamadríades y Óxilo. Son prisioneros, o almas condenadas y sometidas eternamente por sus pecados, y durante un tiempo tan solo soy capaz de contemplar fijamente los brazos y piernas, las caderas y pechos y rostros marcados por incontables siglos de la agonía constante de aquella contorsión y transformación. Quiero girarme y preguntar a otros si ven lo que yo veo, y cómo puede haberse logrado tal efecto, porque sin duda estas personas saben más de la prosaica magia del cine que yo.

Y lo peor de todo es que los cuerpos no estaban totalmente inertes, sino que se retorcían muy levemente, ayudando así al viento a sacudir las largas y frondosas ramas primero hacia un lado y después hacia otro. Luego mis ojos son atraídos de nuevo hacia la poza, la cual ha comenzado a echar humo, una niebla gris blancuzca que se eleva lánguidamente de la superficie del agua (si es que todavía es agua).

La actriz se inclina un poco más sobre la laguna durmiente y en ese momento noto unos deseos irrefrenables de apartar la mirada. Sea cual sea la cámara que la haya captado en el acto de invocación o apaciguamiento, no quiero ver, ni quiero conocer su demoníaca fisionomía. Sus labios continúan moviéndose y sus manos remueven el agua que permanece tan lisa como el cristal, sin mostrar ningún rastro de estar siendo agitada.

Ella llega a Rhegium; se enfrenta al océano,
y pisa con pies secos las olas hirvientes…


Pero el deseo no es suficiente, ni la excitación, y no aparto la mirada, ya sea porque he sido embrujado al igual que los demás que han venido a verla, o porque alguna faceta más profunda, más inquisitiva de mi propio ser me ha dominado y está dispuesta a condenarse eternamente al ahondar en este misterio.

«Es solo una película», me recuerda Thurber desde su asiento junto al mío. «Da igual lo que ella pueda decir, jamás debes olvidar que es solo un sueño».

Y yo quiero replicar: «¿Es eso lo que te ha ocurrido a ti, querido William? ¿Te olvidaste quizás de que no fue nada más que un sueño siempre y te viste incapaz de despertar a la lucidez y la vida?». Pero no digo ni una sola palabra, y Thurber no dice nada más.

Sin embargo, ella no sabe a quién teme;
en vano se ofrece a correr,
y arrastra a su alrededor lo que se empeña en ocultar.


«Genial», susurra una mujer en la oscuridad a mis espaldas, y «Sublime», murmura lo que suena a un hombre muy anciano. Mis ojos no se separan de la pantalla. La actriz ha dejado de remover la superficie de la poza, ha retirado la mano del agua, pero permanece allí arrodillada, contemplando la mancha negruzca sobre los dedos y la palma y la muñeca. 

Tal vez, pienso, sea eso para lo que vino, para ser marcada, para ser reconocida, aunque mi mente soñadora no aspira a adivinar qué o quién la hubiera reconocido gracias a la mancha. Ella estira el brazo y lo mete entre los juncos y el musgo y saca de allí una daga con el mango negro, luego la sujeta en alto por encima de su cabeza, como si estuviera haciendo un ofrecimiento a dioses invisibles, y a continuación usa la hoja reluciente para hacerse un corte en la mano que previamente había ofrecido a las aguas. 

Y creo que, tal vez, por fin lo comprendo, y que el vial y la agitación del agua de la poza han sido solo rituales de brujería preparatorios antes de realizar este ofrecimiento o expiación. Cuando las gotas de sangre impactan y ruedan sobre la superficie de la poza como gotas de mercurio golpeando la superficie sólida de una mesa, algo ha comenzado a tomar forma, algo que se nutre de aquellas profundidades ocultas, y aunque no hay sonido alguno, está lo suficientemente claro que los sauces han comenzado a aullar y a balancearse como si fueran agitados por un viento huracanado. 

Creo que tal vez sea una boca, o algo similar, fusionándose ante la figura postrada de Vera Endecott o Lillian Margaret Snow, una boca o una vagina, o un ojo ciego y sin párpado, o algún otro órgano que pudiera hacer todas las funciones de los tres anteriores. Sopeso cada una de estas posibilidades, una tras otra.

Hace unos cinco minutos he dejado mi pluma a un lado y he acabado de releer en voz alta lo que he escrito, mientras el falso amanecer ha dado paso a la salida del sol y a las primeras luces desapacibles de un nuevo día de octubre. 

Pero antes de que reconduzca este relato a la carpeta que contenía los dibujos de Pickman y los recortes de Thurber y avance en los asuntos que la mañana me depara, querría confesar que lo que he soñado y lo que he documentado aquí no es lo que vi aquella tarde en la sala de proyecciones junto a Harvard Square. 

Tampoco es totalmente cierta la pesadilla que me despertó e hizo que me precipitara a trompicones hacia mi escritorio. La mayor parte del sueño se esfumó de mi mente, a pesar de que me apresuré a anotarlo todo, y los sueños nunca son exactamente, y en ocasiones ni siquiera remotamente, como lo que se ve proyectado en aquella pared, aquella engañosa sucesión de imágenes fijas que conspiran unas con otras para fingir animación. 

Este es otro de los asuntos que siempre intentaba explicarle a Thurber y que él nunca admitía: el hecho de la inevitabilidad de narradores poco fiables. No he mentido; no diría tanto. Pero nada de esto se acerca a la verdad más que cualquier otro cuento de hadas.

Tras los días que pasé en la casa de huéspedes de Providence, intentando aportar una apariencia de orden al caos de la vida interrumpida de Thurber, comencé a reunir mis propios documentos sobre Vera Endecott y pasé varios días del mes de agosto consultando los fondos del Ateneo y la Biblioteca Pública de Boston, y de la Widener Library de Harvard. 

No era difícil dar sentido a la historia del ascenso de la actriz al estrellato y el escándalo que provocó su caída a la oscuridad y al alcoholismo a finales de 1927, no mucho antes de que Thurber me abordara con su extravagante relato acerca de Pickman y los demonios necrófagos subterráneos. 

Lo que resultaba más difícil de rastrear era su paso por ciertas sociedades teosóficas y secretas, desde Manhattan hasta Los Ángeles, círculos en los cuales el propio Richard Upton Pickman no era un desconocido.

En enero de 1927, tras haber firmado un contrato con Paramount Pictures en primavera, y durante el rodaje de una adaptación cinematográfica de la novela de Margaret Kennedy, La ninfa fiel, comenzaron a filtrarse rumores a los tabloides de que Vera Endecott tenía problemas con la bebida y que probablemente consumía heroína. 

Sin embargo, estas acusaciones no parecieron causar mayor alarma ni dañar más su carrera cinematográfica que el hecho de que se descubriera anteriormente que en realidad era Lillian Snow, o que se aireasen públicamente sus orígenes poco respetables de North Shore. Más tarde, el 3 de mayo, fue arrestada en lo que, en un principio, se creyó que era una simple redada en un bar clandestino de Durand Drive, en una de las casas de las empinadas colinas llenas de maleza que dominan la ciudad de Los Ángeles, no muy lejos de Lake Hollywood Reservoir y Mulholland Highway. 

Unos días más tarde, tras la puesta en libertad de Endecott bajo fianza, comenzaron a surgir relatos más extraños acerca de los sucesos de aquella noche, y hacia el día 7, los artículos del Van Nuys Call, Los Angeles Times, y el Herald-Express describían el tipo de reuniones que se realizaban en Durand Drive, no como una fiesta clandestina, sino como cualquier otra cosa, desde un «sabbat de brujas» hasta «un rito sacrílego, decadente y orgiástico de hechicería y homosexualidad».

Pero el suceso definitivo e incriminatorio llegó cuando los reporteros descubrieron que una de las muchas mujeres que se encontraban aquella noche en compañía de Vera Endecott, una prostituta mexicana llamada Ariadna Delgado, había tenido que ser trasladada inmediatamente al hospital Queen of Angels Hollywood Presbyterian, en coma y con múltiples puñaladas en el torso, los pechos y el rostro. 

Delgado murió la mañana del día 4 de mayo sin haber recobrado la conciencia. Una segunda «víctima» o «participante» (dependiendo del periódico), un guionista joven y fracasado al que se referían simplemente como Joseph E. Chapman, fue internado en el ala de psicopatías del Hospital General del Condado de Los Ángeles tras los arrestos.

Aunque se habló de que hubo intentos de mantener el incidente oculto tanto por parte de los abogados de los estudios de cine como por parte de miembros del Departamento de Policía de Los Ángeles, Endecott fue arrestada por segunda vez el 10 de mayo y fue acusada de los delitos de violación, sodomía, asesinato en segundo grado, secuestro y prostitución. 

La enumeración de los distintos cargos contra ella varía de una fuente a otra, pero en cualquier caso a Endecott se le concedió por segunda vez la libertad bajo fianza el 11 de mayo, y cuatro días más tarde, el departamento del fiscal de distrito de Los Ángeles, Asa Keyes, repentinamente y de forma bastante inexplicable solicitó que se retirasen todos los cargos contra la actriz, una petición aceptada por una igualmente inexplicable resolución del Tribunal Superior de California en el condado de Los Ángeles (conviene hacer mención, por supuesto, de que el propio fiscal del distrito Keyes fue poco después acusado de prevaricación y está a la espera de ser juzgado en la actualidad). Así pues, tras ocho días de arresto domiciliario en la residencia de Durand Drive, Vera Endecott volvía a ser una mujer libre, y a finales de mayo ya había regresado a Manhattan, después de que la Paramount le rescindiese el contrato.

Salpicados aquí y allá en la cobertura informativa de los periódicos y tabloides se encuentran numerosos detalles que adquieren una mayor relevancia a la luz de la conexión de la actriz con Richard Pickman. 

Por ejemplo, algunos reporteros mencionaron que en la escena del crimen se encontró «un ídolo obsceno» o «una repulsiva estatuilla tallada en un material similar a esteatita verdosa», una estatua de la que se dice que uno de los agentes que llevaron a cabo los arrestos describió como una «bestia perruna acuclillada». 

En un artículo se informaba de que el objeto había sido examinado por un arqueólogo local (del cual se omite el nombre), que supuestamente se quedó perplejo al examinar su origen y filiaciones culturales. La casa en Durand Drive era, y podría seguir siéndolo, propiedad de un hombre llamado Beauchamp, quien a su vez había frecuentado la compañía de Aleister Crowley durante los cuatro años que duró su visita a los Estados Unidos (1914-1918), y que además tenía contacto con una serie de organizaciones herméticas y teúrgicas. 

Finalmente, el guionista Joseph Chapman se ahogó en el Pacífico en algún punto de la costa cercano a Malibú hace tan solo unos meses, poco después de que fuera dado de alta en el hospital. La única nota breve que logré encontrar sobre su muerte hacía mención a su participación en el «célebre incidente de Durand Drive» e incluía un fragmento que se suponía que procedía de su nota de suicidio. Parte de la misma es como sigue:

> Oh, Dios, ¿cómo puede un hombre olvidar, deliberada y completamente y para siempre las visiones que yo he tenido la desgracia de contemplar? Las cosas terribles que hicimos y permitimos que fueran hechas aquella noche, los sucesos que desencadenamos, ¿cómo puedo olvidarme de mi culpabilidad? En verdad, no puedo ni soy ya capaz de luchar día tras día intentándolo. La Endecotte [sic] ha regresado a algún lugar del este, o eso he oído, y espero con todas mis fuerzas que reciba su merecido. He quemado el abominable dibujo que me dio, pero no me siento más limpio, ni menos idiota, después de haberlo hecho. No queda nada de mí, tan solo la putrefacción que nosotros mismos invocamos. Ya no puedo seguir haciendo esto.

¿Estoy en lo cierto, pues, al suponer que Vera Endecott regaló uno de los dibujos de Pickman al desafortunado Joseph Chapman, y que este dibujo tuvo algo que ver con la locura y muerte del guionista? Y si es así, ¿cuántos recibieron tales regalos de ella y cuántos de esos lienzos todavía sobreviven a miles de kilómetros del frío y húmedo sótano-estudio cerca de Battery Street donde Pickman los creó? No es algo a lo que me guste darle vueltas.

Tras el regreso de Endecott a Manhattan, no logré dar con ninguna referencia impresa del paradero o de la vida de la actriz hasta el mes de octubre de ese mismo año, poco después de la desaparición de Pickman y mi encuentro con Thurber en la taberna de Faneuil Hall. 

Se trata tan solo de una fugaz mención en una columna de sociedad en el New York Herald Tribune, acerca de la presencia de «la actriz Vera Endecott» entre los asistentes a la inauguración de una exposición de antigüedades sumerias, hititas y babilónicas en el Metropolitan Museum of Art.

¿Qué es lo que estoy intentando conseguir con toda esta colección de fechas, muertes e infortunios, de desgracias y crímenes? Entre los libros de Thurber encontré un ejemplar de El libro de los condenados de Charles Hoyt Fort (Nueva York, Boni & Liveright, 1 de diciembre de 1919). 

Ni siquiera estoy seguro de por qué me lo llevé de allí y, tras leerlo, los escritos de este hombre me parecen de una beligerancia que raya en el histerismo y tienden constantemente a la ofuscación y desorientación intencionadas. Oh, seguro que a ese cabrón cejijunto le encantaría tener un encuentro amoroso con «los condenados». 

Lo que intento decir es que me veo forzado a reconocer que estas últimas páginas que he escrito presentan una marcada e irritante similitud con la mayor parte del primer libro de Fort (no he leído su segunda obra, Nuevos territorios, ni tengo intención de hacerlo jamás). Fort escribió sobre su intención de recopilar una serie de datos que habían quedado excluidos de la ciencia (id est, «condenados»):

> Desfilarán batallones de malditos, capitaneados por datos desvaídos que he desenterrado. O los leen… o ellos desfilarán. Algunos lívidos, otros feroces y otros putrefactos.
> Algunos de ellos son cadáveres, esqueletos, momias, sacudiéndose, trotando, vivificados por compañeros que han sido condenados en vida. Por allí pasarán gigantes, a pesar de estar profundamente dormidos. Habrá teoremas y habrá harapos: marcharán como Euclides, cogidos del brazo del espíritu de la anarquía. Aquí y allá revolotearán pequeñas rameras. Muchos son payasos. Pero gran parte de ellos son de familias muy respetables. Algunos son asesinos. Hay sutiles hedores y sombrías supersticiones y meras sombras y bulliciosas malicias: caprichos y cordialidades. Ingenuos y pedantes y extravagantes y grotescos y sinceros y falsos, profundos y pueriles.

Y creo que no he logrado nada más que esto en mi relato de la ascensión y caída de Endecott, prestando atención a algunas de las partes más melodramáticas y vulgares de una historia que no es, en su conjunto, más extraordinaria que la mayoría de los numerosos escándalos de Hollywood. 

Pero también Fort se habría reído de mis propios «datos desvaídos», estoy seguro, mi patética búsqueda a ciegas, como si pudiera hacer que todo pareciera perfectamente razonable al citar selectivamente artículos de periódicos e informes policiales, esforzándome por preservar la frágil infraestructura de mi mente racional. 

Es hora de desechar estos dudosos y chapuceros intentos de erudición. Ya hay suficientes Forts en el mundo, suficientes bromistas y provocadores y herejes intelectuales para que también me una yo a sus filas. Los documentos que he logrado reunir serán adjuntados a este escrito, todos mis «batallones de los malditos», y si alguien en alguna ocasión tiene algún motivo para leer estas líneas, puede hacer con esos apéndices lo que buenamente quiera. Es hora de decir la verdad, tan bien como sea capaz, y terminar con todo esto.

Es cierto que asistí al pase de una película protagonizada por Vera Endecott, en una húmeda, fría y pequeña sala cerca de Harvard Square. Y que sigue todavía acosándome en sueños. Pero como he precisado anteriormente, los sueños que experimento raras veces son una reproducción exacta de lo que vi aquella noche. No había una poza negra, no había sauces formados por remiendos de cuerpos humanos, ni se derramaba un vial lleno de veneno en el agua. Esos son adornos de mi mente soñadora y subconsciente. Podría llenar varios diarios con tales pesadillas.

Lo que sí vi, hace tan solo dos meses, y un mes antes de que por fin conociera en persona a la mujer, no fue más que una escena macabra, aunque extrañamente mundana. Puede que se tratase simplemente de un metraje de prueba, o quizás alrededor de unos 17 000 fotogramas, unos doce minutos aproximadamente extraídos de una película más larga. 

En términos generales, no era mucho más que un pastiche descaradamente pornográfico de las instantáneas publicitarias que circularon ampliamente en 1918 de Theda Bara tumbada en arriesgadas poses con un esqueleto humano (para la Salomé de J. Edward Gordon). 

La imagen era de muy mala calidad y el operador del proyector tuvo que parar en dos ocasiones para empalmar la película tras haberse roto. La hija de Iscariot Snow, conocida por el resto del mundo como Vera Endecott, yacía desnuda sobre un suelo de piedra con un esqueleto. Sin embargo, el cráneo humano había sido sustituido por lo que me pareció entonces (y me sigue pareciendo ahora) un «cráneo» de yeso o papel maché más parecido al cráneo de un perro deforme o macrocefálico. 

La pared o fondo a sus espaldas era de un austero gris mate y daba la impresión de que la escena había sido rodada a propósito con poca luz para aportar una mayor atmósfera a una producción de bajo presupuesto. El esqueleto (y su cráneo de imitación) estaban unidos con alambre y Endecott acariciaba todos los ángulos óseos de los brazos y piernas y prodigaba besos sobre la boca sin labios de la calavera, para luego masturbarse, primero con los huesos de la mano derecha del esqueleto, y luego frotándose contra el pico de la cresta del hueso pélvico.

Las reacciones de los otros espectadores que habían asistido al pase de la película aquella noche oscilaron desde un silencio aburrido hasta una atención embelesada o risas. Mi propia reacción fue, durante la mayor parte del tiempo, de simple repulsión y vergüenza por encontrarme entre la audiencia. 

Cuando encendieron las luces, escuché a alguien decir que la lata que contenía el rollo de película iba marcada con dos títulos: La necrófila y La hija del perro. También se indicaban dos fechas: 1923 y 1924. Más tarde, de boca de alguien que mantuvo una breve amistad con Richard Pickman, me llegó el rumor de que el pintor había estado trabajando en la realización de los decorados para un director de cine, posiblemente Bernard Natan, el célebre director franco-rumano de «películas porno», que recientemente había comprado los estudios Pathé y los había fusionado con sus propios estudios, Rapid Film. No puedo confirmar ni negar este punto, pero sin duda imagino que lo que vi aquella noche habría hecho las delicias de Pickman.

Sin embargo, lo que quedó grabado en mi mente con tanta fuerza aquella noche, y lo que creo que fue la causa de aquellas pesadillas en las que aparecía Endecott en una interminable sucesión de películas de terror inexistentes, se reveló en los segundos finales de la película. En efecto, apareció y desapareció tan rápidamente que varios asistentes pidieron al operador que rebobinase y volviera a reproducir el final más de cuatro veces, con el fin de averiguar si habíamos visto realmente lo que creíamos haber visto.

Tras haber saciado aparentemente su lujuria, la actriz permaneció tumbada junto a su amante esquelético con un brazo rodeando la caja torácica vacía, tras lo cual cerró los ojos tiznados de rímel. Y en ese último instante, antes de que finalizase la película, apareció una sombra, algo que pasaba lentamente entre el plato y la fuente de luz de la cámara. 

Incluso después de cinco visionados, solo puedo describir aquella sombra como algo que me recordó a una especie de figura corpulenta, alguna criatura bastante más abajo de la cadena evolutiva que el hombre de Piltdown o de Java. Y hubo un acuerdo general entre todos los presentes en aquella cerrada y mohosa sala en que la sombra poseía una extraña especie de hocico o morro que se asemejaba a la mandíbula prognata y el rostro del falso cráneo unido con alambre al esqueleto.

Y ya está. Eso fue todo lo que realmente vi aquella noche, todo cuanto soy capaz de recordar. Tras lo cual tan solo me queda por relatar un último fragmento suelto de esta historia: la noche en la que por fin conocí a la mujer que se hacía llamar Vera Endecott.

—¿Decepcionado? ¿No ha sido lo que esperaba? —preguntó ella, ofreciéndome una sonrisa desabrida e irónica, y creo que le respondí asintiendo con la cabeza.

Ella aparentaba tener al menos diez años más de los veintisiete años que tenía, como una mujer que ya hubiera sobrevivido a una vida bastante turbulenta y que quizás había vuelto a comenzar una segunda. Se distinguían finas líneas en las comisuras de sus labios y sus ojos, los semicírculos morados bajo los ojos delataban un insomnio crónico y consumo excesivo de drogas y, si no me equivoco, un atisbo prematuro de cabellos plateados en su cabello negro y corto. 

¿Qué es lo que había esperado? Es difícil decirlo ahora, a toro pasado, pero me sorprendió su altura, y el iris de sus ojos, que era de un sorprendente tono gris. De inmediato me recordaron al mar, a niebla y rompeolas y a cantos de granito perfectamente pulidos por los siglos de espuma. Los griegos decían que la diosa Atenea tenía ojos «gris-mar», y me pregunto qué habrían pensado de los ojos de Lillian Snow.

—No he estado bien —le confió ella, haciendo que la confidencia sonara casi como un mea culpa, y aquellos ojos pétreos se dirigieron hacia una silla del vestíbulo de mi apartamento. La conduje al sofá Davenport en la diminuta salita junto a mi estudio, y ella me lo agradeció. Me pidió whisky o ginebra, y luego se rio de mí cuando le dije que era abstemio. Cuando le ofrecí té, ella lo rechazó.

—¿Un pintor que no bebe? —preguntó—. No me extraña que jamás haya oído hablar de usted.

Creo que farfullé algo en ese momento sobre la Decimoctava Enmienda y la Ley Volstead, lo cual provocó en ella una mueca en la que se entremezclaban la incredulidad y el desprecio. Me respondió que ese era el segundo strike y que si resultaba que tampoco fumaba se marcharía, ya que quedaría probado que mi afirmación de que era pintor era una patraña, y sabría que la había atraído a mi apartamento mediante falsedades. 

Pero entonces le ofrecí un cigarrillo, uno de los Gitanes brun a los que me aficioné por primera vez en la universidad, y ese gesto pareció relajarla ligeramente. Encendí su cigarrillo y se recostó sobre el sofá, todavía con aquella sonrisa irónica en los labios, observándome con sus ojos gris-mar y el delgado rostro envuelto en velos diáfanos de humo. Llevaba un sombrero de campana de fieltro amarillo que no combinaba muy bien con la camisa de seda bermellón, y vi que había una carrera en la media de la pierna izquierda.

—Usted conoció a Upton Pickman —dije torpemente, lanzándome demasiado rápido al grano e, inmediatamente, su expresión se volvió un tanto recelosa. No dijo nada durante casi un minuto entero, se limitó a permanecer sentada devolviéndome la mirada, y en silencio maldije mi impaciencia y falta de tacto. Pero entonces regresó la sonrisa, se rio suavemente y asintió.

—Vaya —dijo—. Ese nombre no lo había escuchado desde hacía mucho tiempo. Pero sí, claro, conocí al hijo de puta. Así que, ¿qué es usted? ¿Otro de sus protegidos, o tal vez solo uno de esos afeminados que le gustaba tener a mano?

—¿Entonces es cierto que Pickman era de la acera de enfrente? —pregunté.

Ella se volvió a reír, y en esta ocasión detecté en su voz un inconfundible eco a burla. Dio otra larga calada al cigarrillo, exhaló el humo y me miró a través de este con los ojos entornados.

—Señor, todavía tengo que encontrar la criatura, ya sea macho, hembra, o cualquier cosa entre medias, que ese jodido degenerado no se follaría si tuviera la más mínima oportunidad —se calló unos segundos mientras tiraba la ceniza al suelo—. Así que, si usted no es un marica, entonces ¿qué es usted? ¿Un judío, quizás? Tiene pinta de judío.

—No —repliqué—. No soy judío. Mis padres eran católicos, pero yo no soy muy de nada, me temo, tan solo un pintor del que nunca ha oído hablar.

—¿En serio lo está?

—¿En serio estoy qué, señorita Endecott?

—Asustado —dijo, dejando escapar el humo por la nariz—. Y no se atreva a llamarme «señorita Endecott». Me hace parecer una maldita maestra o algo igual de miserable.

—¿Así que, últimamente, prefiere que la llamen Vera? —pregunté, tentando a mi suerte—. ¿O Lillian?

—¿Qué tal Lily? —dijo sonriendo, completamente desconcertada, por lo que pude observar, como si declamara líneas de algún guión que había estado ensayando durante toda la semana.

—Muy bien, Lily —dije mientras le arrimaba el cenicero sobre la mesa. Lo observó frunciendo el ceño, como si le estuviese ofreciendo un surtido de alimentos absolutamente repugnantes y esperase que se lo comiera; no obstante, dejó de tirar la ceniza al suelo.

—¿Por qué estoy aquí? —preguntó, demandando una respuesta sin alzar la voz—. ¿Por qué se ha tomado tantas molestias para verme?

—No ha sido tan difícil —contesté.

Todavía no estaba preparado para responderle y quería alargar este encuentro un poco más, comprendiendo, o más bien esperando, que probablemente se marchase en cuanto tuviera lo que tenía que darle. En realidad, sí me había tomado muchas molestias; empecé telefoneando a su anterior agente, y luego continué con una media docena de contactos cada vez de peor reputación y menos dispuestos a cooperar. 

Tuve que sobornar a dos, y obligar a otro con una serie de amenazas vacías que incluían contactos inexistentes en el Departamento de la Policía de Boston. Pero tras hacer y decirlo todo, mis esfuerzos se vieron recompensados, porque aquí estaba sentada frente a mí, los dos, solos, solo yo y la mujer que había sido una estrella de cine y que había jugado algún papel en la crisis nerviosa de Thurber, y que había posado para Pickman y casi con toda seguridad había cometido un asesinato una noche de primavera en Hollywood. 

Ahí estaba la mujer que podía responder a las preguntas que yo no me atrevía a formular, y que sabía qué clase de ser había arrojado la sombra que vi en aquella sórdida película pornográfica. O, al menos, ahí estaba lo que quedaba de ella.

—No quedan muchas personas vivas que se hubieran tomado la molestia —dijo, bajando al mismo tiempo la mirada hacia la brasa humeante de su Gitane.

—Bueno, siempre he sido un tipo bastante obstinado —le dije, y ella sonrió de nuevo.

Era una sonrisa extrañamente salvaje, que me recordó a una de las primeras imágenes que tuve de ella… aquel sofocante día de verano, ahora hace ya más de dos meses, mientras examinaba un fajo de viejos recortes en la casa de huéspedes de Hope Street. El hecho de que su rostro no fuera nada más que una máscara de glamour de cuento de hadas ayudaba a esconder su verdad al mundo.

—¿Cómo lo conoció? —pregunté, y ella aplastó el cigarrillo en el cenicero.

—¿A quién? ¿Cómo conocí a quién? —frunció el ceño y desvió la mirada nerviosamente hacia la ventana del vestíbulo, que está orientado hacia el este, hacia el puerto.

—Lo siento —contesté—. Pickman. ¿Cómo llegó a conocer a Richard Pickman?

—Algunas personas opinarían que tiene unos intereses poco saludables, señor Blackman —replicó al tiempo que su sonrisa peculiarmente carnívora se borraba rápidamente, llevándose con ella cualquier atisbo de amenaza. En su lugar, tan solo quedaba una cáscara desamparada y acabada de mujer.

—Y, sin duda, también han dicho lo mismo de usted muchas, muchas veces, Lily. Leí todo lo ocurrido sobre Durand Drive y la tal Delgado.

—Sin duda lo ha hecho —dijo suspirando y sin apartar la mirada de la ventana—. No habría esperado menos de un tipo tan obstinado como usted.

—¿Cómo conoció a Richard Pickman? —le pregunté por tercera vez.

—¿Importa mucho? Eso ocurrió hace mucho tiempo. Hace muchos, muchos años. Él está muerto…

—No se encontró su cuerpo.

Y en ese instante, apartó la mirada de la ventana y me miró, y todas aquellas inesperadas líneas en su rostro parecieron hacerse más profundas súbitamente; puede que tuviera veintisiete años biológicamente, pero nadie se habría extrañado si hubiera afirmado que tenía cuarenta.

—El hombre está muerto —dijo con voz inexpresiva—. Y si por alguna casualidad no lo está, bueno, todos deberíamos ser lo suficientemente afortunados para conseguir lo que nuestro corazón anhela, sea lo que sea.

A continuación, volvió a mirar a la ventana y, durante un minuto o dos, ninguno de los dos habló.

—Usted me dijo que tiene los dibujos —dijo ella, finalmente—. ¿Era una mentira para que subiera aquí?

—No, los tengo. Bueno, dos de ellos —alargué el brazo para agarrar la carpeta apoyada junto a mi silla y desaté el cordel que la mantenía cerrada—. Por supuesto, no sé en cuántos otros dibujos de Pickman habrá posado usted. ¿Hay más?

—Más de dos —contestó ella, ahora casi susurrando.

—Lily, todavía no ha contestado mi pregunta.

—Y usted es un tipo obstinado.

—Sí —le aseguré, mientras sacaba los dos desnudos de la carpeta y los sostenía en alto para que los viera, pero aún sin dejarle tocarlos.

Ella los examinó durante unos segundos y su semblante permaneció relajado e imperturbable, como si la visión de aquellos dibujos no provocara en ella ningún recuerdo en absoluto.

—Necesitaba una modelo —explicó, girándose de nuevo hacia la ventana y al cielo azul de octubre—. Yo acababa de llegar de Nueva York y estaba alojada con una amiga que lo conoció en una galería o en una conferencia o algo similar. Mi amiga sabía que andaba buscando modelos, y yo necesitaba el dinero.

Miré una vez más los dos dibujos al carboncillo, la curva de aquellas amplias caderas, los redondos y firmes glúteos, y la cola… un apéndice doblado y deforme que sobresalía de la base del coxis y llegaba hasta la articulación de las rodillas de la modelo. Como ya he dicho antes, Pickman estaba fascinado por el realismo y su ojo para la anatomía humana era casi tan extraño como los necrófagos y demonios que pintaba. Señalé uno de los dibujos, a la cola.

—Eso no es una licencia artística, ¿verdad?

Ella no volvió a mirar los dibujos, se limitó a negar lentamente con la cabeza.

—Me operaron en Jersey, en 1921 —dijo ella.

—¿Por qué esperó tanto tiempo, Lily? Tengo entendido que ese tipo de deformaciones son corregidas habitualmente durante el parto, o poco después.

Y estuvo a punto de volver a sonreír con aquella sonrisa hambrienta y salvaje, pero esta murió, incompleta, en sus labios.

—Mi padre tiene sus propias ideas sobre tales cosas —dijo en voz baja—. Mire, siempre se enorgulleció de que el cuerpo de su hija hubiera sido bendecido con la prueba de su herencia. Le hacía sentir muy feliz.

—Su herencia… —comencé a decir, pero entonces Lily Snow levantó la mano izquierda, haciéndome callar.

—Creo, señor, que ya le he respondido suficientes preguntas para una sola tarde. Especialmente, teniendo en cuenta que usted tan solo tiene ese par de dibujos, y que no me dijo que ese fuera el caso cuando hablamos.

Asentí de mala gana y le entregué los dos dibujos. Ella los cogió, me dio las gracias y se puso en pie, limpiándose una pelusa o una mota de polvo de su camisa bermellón. Le dije que lamentaba no tener los otros dibujos en mi posesión, que no se me había ocurrido pensar que hubiera posado para otros aparte de aquellos dos. Esta última parte era mentira, por supuesto, porque sabía que Pickman sin duda habría realizado tantos bocetos como hubiera podido al contemplar un cuerpo tan inusual.

—No hace falta que me acompañe a la salida —me informó cuando me disponía a levantarme de la silla—. Y no volverá a molestarme más, nunca más.

—No —accedí—. Nunca más. Tiene mi palabra.

—Sois unos mentirosos hijos de puta, todos vosotros —dijo ella, tras lo cual el fantasma viviente de Vera Endecott se volvió y se dirigió al vestíbulo.

Unos segundos más tarde escuché cómo se abría la puerta y a continuación cómo se cerraba de un portazo, y me quedé sentado allí, en la pálida luz del día moribundo, mirando los sombríos rastros que permanecían en la carpeta de Thurber.

24 de octubre de 1929


Esto es el final. Tan solo unas cuantas palabras más y habré acabado. Ahora sé que al haber intentado capturar estos terribles sucesos, no he logrado hacerlo en absoluto, sino que simplemente les he aportado una nueva perspectiva más clara.

Hace cuatro días, la mañana del 20 de octubre, fue descubierto un cuerpo suspendido del tronco de un roble que se yergue cerca del centro del camposanto de King’s Chapel. 

Según informaban los periódicos, el cuerpo pendía a cinco metros del suelo, atado por la cintura y el pecho con tramos entrelazados de soga de yute y alambre de embalaje. La mujer fue identificada como la que en otro tiempo fuera la actriz Vera Endecott, Lillian Margaret Snow de soltera, y se abundaba en su fama y el infructuoso intento de ocultar su relación con los Snow de Ipswich, Massachusetts, una familia adinerada, pero también hermética y de pésima reputación. 

Su cuerpo estaba totalmente desnudo, había sido destripada y su lengua aparecía cercenada. Los labios habían sido cosidos con puntadas de hilo de sutura. Alrededor del cuello colgaba un letrero en el que había escrita una palabra con lo que se cree que era la sangre de la propia mujer: apóstata.

Esta mañana estuve a punto de quemar la carpeta de Thurber, junto a todos mis archivos. Incluso llegué a transportarlo todo al fogón, pero luego me falló la fuerza de voluntad, y simplemente me quedé sentado en el suelo, mirando los recortes y los bocetos de Pickman. 

No sé qué fue lo que detuvo mi mano, más allá de la sospecha de que la destrucción de aquellos papeles no iba a salvarme la vida. Si me quieren muerto, entonces moriré. Ya he avanzado demasiado por este camino para poder librarme intentando destruir las pruebas físicas de mi investigación.

Depositaré este manuscrito y todos los documentos relacionados que he reunido en mi caja fuerte de depósito, y luego intentaré retomar la vida que tenía antes de la muerte de Thurber. Pero no puedo olvidar una de las frases de la nota de suicidio del guionista, Joseph Chapman… ¿cómo puede un hombre olvidar, deliberada y completamente y para siempre las visiones que yo he tenido la desgracia de contemplar? 

Cómo, en efecto. Y tampoco puedo olvidar los ojos de la mujer, aquella tonalidad pétrea del gris de un mar revuelto. O aquella deforme sombra fugazmente vista en los últimos segundos de una película que podría haber sido rodada en 1923 o 1924, y que podría haber sido titulada La hija del perro o La necrófila.

Sé que las pesadillas no van a abandonarme, ni ahora ni en un tiempo futuro; tan solo ruego tener la suerte de que esta haya sido la última vez que contemplo despierto aquellas visiones aterradoras que invocó mi mente estúpida y entrometida.

El aristócrata solterón - Sir Arthur Conan Doyle

    Hace ya mucho tiempo que el matrimonio de lord St. Si­mon y la curiosa manera en que terminó dejaron de ser te­mas de interés en los selectos círculos en los que se mueve el infortunado novio. Nuevos escándalos lo han eclipsado, y sus detalles más picantes han acaparado las murmuracio­nes, desviándolas de este drama que ya tiene cuatro años de antigüedad. 

    No obstante, como tengo razones para creer que los hechos completos no se han revelado nunca al públi­co en general, y dado que mi amigo Sherlock Holmes de­sempeñó un importante papel en el esclarecimiento del asunto, considero que ninguna biografía suya estaría com­pleta sin un breve resumen de este notable episodio.

Pocas semanas antes de mi propia boda, cuando aún compartía con Holmes el apartamento de Baker Street, mi amigo regresó a casa después de un paseo y encontró una carta aguardándole encima de la mesa. Yo me había queda­do en casa todo el día, porque el tiempo se había puesto de repente muy lluvioso, con fuertes vientos de otoño, y la bala que me había traído dentro del cuerpo como recuerdo de mi campaña de Afganistán palpitaba con monótona persisten­cia. 

Tumbado en una poltrona con una pierna encima de otra, me había rodeado de una nube de periódicos hasta que, saturado al fin de noticias, los tiré a un lado y me quedé postrado e inerte, contemplando el escudo y las iniciales del sobre que había encima de la mesa, y preguntándome perezosamente quién sería aquel noble que escribía a mi amigo.

-Tiene una carta de lo más elegante -comenté al entrar él-. Si no recuerdo mal, las cartas de esta mañana eran de un pescadero y de un aduanero del puerto.

-Sí, desde luego, mi correspondencia tiene el encanto de la variedad -respondió él, sonriendo-. Y, por lo general, las más humildes son las más interesantes. Ésta parece una de esas molestas convocatorias sociales que le obligan a uno a aburrirse o a mentir.

Rompió el lacre y echó un vistazo al contenido.

-¡Ah, caramba! ¡Después de todo, puede que resulte interesante!

-¿No es un acto social, entonces?

-No; estrictamente profesional.

-¿Y de un cliente noble?

-Uno de los grandes de Inglaterra.

-Querido amigo, le felicito.

-Le aseguro, Watson, sin falsa modestia, que la categoría de mi cliente me importa mucho menos que el interés que ofrezca su caso. Sin embargo, es posible que esta nueva in­vestigación no carezca de interés. Ha leído usted con aten­ción los últimos periódicos, ¿no es cierto?

-Eso parece -dije melancólicamente, señalando un enor­me montón que había en un rincón-. No tenía otra cosa que hacer.

-Es una suerte, porque así quizás pueda ponerme al corriente. Yo no leo más que los sucesos y los anuncios personales. Estos últimos son siempre instructivos. Pero si usted ha seguido de cerca los últimos acontecimientos, habrá leí­do acerca de lord St. Simon y su boda.

-Oh, sí, y con el mayor interés.

-Estupendo. La carta que tengo en la mano es de lord St. Simon. Se la voy a leer y, a cambio, usted repasará esos periódicos y me enseñará todo lo que tenga que ver con el asunto. Esto es lo que dice:

-.-.-.-.-.-.-.-.-.- 

«Querido señor Sherlock Holmes: Lord Backwater me asegura que puedo confiar plenamente en su juicio y discreción. Así pues, he decidido hacerle una visita para consultar­le con respecto al dolorosísimo suceso acaecido en relación con mi boda. 

El señor Lestrade, de Scotland Yard, se encuen­tra ya trabajando en el asunto, pero me ha asegurado que no hay inconveniente alguno en que usted coopere, e incluso cree que podría resultar de alguna ayuda. Pasaré a verle a las cuatro de la tarde, y le agradecería que aplazara cualquier otro compromiso que pudiera tener a esa hora, ya que el asunto es de trascendental importancia. Suyo afectísimo, ROBERT ST. SIMON.»

-.-.-.-.-.-.-.-.-.- 

-Está fechada en Grosvenor Mansions, escrita con pluma de ave, y el noble señor ha tenido la desgracia de mancharse de tinta la parte de fuera de su meñique derecho -comentó Holmes, volviendo a doblar la carta.

-Dice que a las cuatro, y ahora son las tres. Falta una hora para que venga.

-Entonces, tengo el tiempo justo, contando con su ayuda, para ponerme al corriente del tema. Repase esos periódicos y ordene los artículos por orden de fechas, mientras yo miro quién es nuestro cliente -sacó un volumen de tapas rojas de una hilera de libros de referencia que había junto a la repisa de la chimenea-. 

Aquí está -dijo, sentándose y abriéndolo sobre las rodillas-. «Robert Walsingham de Vere St. Simon, segundo hijo del duque de Balmoral»... ¡Hum! Escudo: Campo de azur, con tres abrojos en jefe sobre banda de sa­ble. Nacido en 1846. Tiene, pues, cuarenta y un años, que es una edad madura para casarse. Fue subsecretario de las colonias en una administración anterior. El duque, su padre, fue durante algún tiempo ministro de Asuntos Exteriores. Han heredado sangre de los Plantagenet por vía directa y de los Tudor por vía materna. ¡Ajá! Bueno, en todo esto no hay nada que resulte muy instructivo. Creo que dependo de us­ted, Watson, para obtener datos más sólidos.

-Me resultará muy fácil encontrar lo que busco -dije yo-, porque los hechos son bastante recientes y el asunto me lla­mó bastante la atención. Sin embargo, no me atrevía a ha­blarle del tema, porque sabía que tenía una investigación en­tre manos y que no le gusta que se entrometan otras cosas.

-Ah, se refiere usted al insignificante problema del furgón de muebles de Grosvenor Square. Eso ya está aclarado de so­bra... aunque la verdad es que era evidente desde un princi­pio. Por favor, deme los resultados de su selección de prensa.

-Aquí está la primera noticia que he podido encontrar. Está en la columna personal del Morning Post y, como ve, lle­va fecha de hace unas semanas. «Se ha concertado una boda», dice, «que, si los rumores son ciertos, tendrá lugar dentro de muy poco, entre lord Robert St. Simon, segundo hijo del duque de Balmoral, y la señorita Hatty Doran, hija única de Aloysius Doran, de San Francisco, California, EE.UU.» Eso es todo.

-Escueto y al grano -comentó Holmes, extendiendo ha­cia el fuego sus largas y delgadas piernas.

-En la sección de sociedad de la misma semana apareció un párrafo ampliando lo anterior. ¡Ah, aquí está!: «Pronto será necesario imponer medidas de protección sobre el mer­cado matrimonial, en vista de que el principio de libre co­mercio parece actuar decididamente en contra de nuestro producto nacional. Una tras otra, las grandes casas nobilia­rias de Gran Bretaña van cayendo en manos de nuestras be­llas primas del otro lado del Atlántico. 

Durante la última se­mana se ha producido una importante incorporación a la lista de premios obtenidos por estas encantadoras invasoras. Lord St. Simon, que durante más de veinte años se había mostrado inmune a las flechas del travieso dios, ha anuncia­do de manera oficial su próximo enlace con la señorita Hatty Doran, la fascinante hija de un millonario california­no. 

La señorita Doran, cuya atractiva figura y bello rostro atrajeron mucha atención en las fiestas de Westbury House, es hija única y se rumorea que su dote está muy por encima de las seis cifras, y que aún podría aumentar en el futuro. 

Teniendo en cuenta que es un secreto a voces que el duque de Balmoral se ha visto obligado a vender su colección de pin­tura en los últimos años, y que lord St. Simon carece de propiedades, si exceptuamos la pequeña finca de Birchmoor, parece evidente que la heredera californiana no es la única que sale ganando con una alianza que le permitirá realizar la fácil y habitual transición de dama republicana a aristócrata británica».

-¿Algo más? -preguntó Holmes, bostezando.

-Oh, sí, mucho. Hay otro párrafo en el Morning Post di­ciendo que la boda sería un acto absolutamente privado, que se celebraría en San Jorge, en Hanover Square, que sólo se invitaría a media docena de amigos íntimos, y que luego to­dos se reunirían en una casa amueblada de Lancaster Gate, alquilada por el señor Aloysius Doran. 

Dos días después... es decir, el miércoles pasado... hay una breve noticia de que la boda se ha celebrado y que los novios pasarían la luna de miel en casa de lord Backwater, cerca de Petersfield. Éstas son todas las noticias que se publicaron antes de la desapari­ción de la novia.

-¿Antes de qué? -preguntó Holmes con sobresalto.

-De la desaparición de la dama.

-¿Y cuándo desapareció?

-Durante el almuerzo de boda.

-Caramba. Esto es más interesante de lo que yo pensaba; y de lo más dramático.

-Sí, a mí me pareció un poco fuera de lo corriente.

-Muchas novias desaparecen antes de la ceremonia, y alguna que otra durante la luna de miel; pero no recuerdo nada tan súbito como esto. Por favor, déme detalles.

-Le advierto que son muy incompletos.

-Quizás podamos hacer que lo sean menos.

-Lo poco que se sabe viene todo seguido en un solo artí­culo publicado ayer por la mañana, que voy a leerle. Se titula «Extraño incidente en una boda de alta sociedad».

«La familia de lord Robert St. Simon ha quedado sumida en la mayor consternación por los extraños y dolorosos su­cesos ocurridos en relación con su boda. La ceremonia, tal como se anunciaba brevemente en la prensa de ayer, se cele­bró anteayer por la mañana, pero hasta hoy no había sido posible confirmar los extraños rumores que circulaban de manera insistente. 

«A pesar de los esfuerzos de los amigos por silenciar el asunto, éste ha atraído de tal modo la aten­ción del público que de nada serviría fingir desconocimien­to de un tema que está en todas las conversaciones.

»La ceremonia, que se celebró en la iglesia de San Jorge, en Hanover Square, tuvo lugar en privado, asistiendo tan sólo el padre de la novia, señor Aloysius Doran, la duquesa de Balmoral, lord Backwater, lord Eustace y lady Clara St. Si­mon (hermano menor y hermana del novio), y lady Alicia Whittington. A continuación, el cortejo se dirigió a la casa del señor Aloysius Doran, en Lancaster Gate, donde se había preparado un almuerzo. 

«Parece que allí se produjo un pe­queño incidente, provocado por una mujer cuyo nombre no se ha podido confirmar, que intentó penetrar por la fuerza en la casa tras el cortejo nupcial, alegando ciertas reclama­ciones que tenía que hacerle a lord St. Simon. 

«Tras una larga y bochornosa escena, el mayordomo y un lacayo consiguie­ron expulsarla. La novia, que afortunadamente había entra­do en la casa antes de esta desagradable interrupción, se ha­bía sentado a almorzar con los demás cuando se quejó de una repentina indisposición y se retiró a su habitación.

«Como su prolongada ausencia empezaba a provocar comentarios, su padre fue a buscarla; pero la doncella le dijo que sólo había entrado un momento en su habitación para coger un abrigo y un sombrero, y que luego había salido a toda pri­sa por el pasillo. Uno de los lacayos declaró haber visto salir de la casa a una señora cuya vestimenta respondía a la des­cripción, pero se negaba a creer que fuera la novia, por estar convencido de que ésta se encontraba con los invitados. 

«Al comprobar que su hija había desaparecido, el señor Aloysius Doran, acompañado por el novio, se puso en contacto con la policía sin pérdida de tiempo, y en la actualidad se están lle­vando a cabo intensas investigaciones, que probablemente no tardarán en esclarecer este misterioso asunto. 

«Sin embar­go, a últimas horas de esta noche todavía no se sabía nada del paradero de la dama desaparecida. Los rumores se han desatado, y se dice que la policía ha detenido a la mujer que provocó el incidente, en la creencia de que, por celos o algún otro motivo, pueda estar relacionada con la misteriosa desa­parición de la novia.»

-¿Y eso es todo?

-Sólo hay una notita en otro de los periódicos, pero bas­tante sugerente.

-¿Qué dice?

-Que la señorita Flora Millar, la dama que provocó el incidente, había sido detenida. Parece que es una antigua bailarina del Allegro, y que conocía al novio desde hace varios años. No hay más detalles, y el caso queda ahora en sus manos... Al menos, tal como lo ha expuesto la prensa.

-Y parece tratarse de un caso sumamente interesante. No me lo perdería por nada del mundo. Pero creo que llaman a la puerta, Watson, y dado que el reloj marca poco más de las cuatro, no me cabe duda de que aquí llega nuestro aristocrático cliente. No se le ocurra marcharse, Watson, porque me interesa mucho tener un testigo, aunque sólo sea para con­firmar mi propia memoria.

-El señor Robert St. Simon -anunció nuestro botones, abriendo la puerta de par en par, para dejar entrar a un ca­ballero de rostro agradable y expresión inteligente, altivo y pálido, quizás con algo de petulancia en el gesto de la boca, y con la mirada firme y abierta de quien ha tenido la suerte de nacer para mandar y ser obedecido. 

Aunque sus movi­mientos eran vivos, su aspecto general daba una errónea im­presión de edad, porque iba ligeramente encorvado y se le doblaban un poco las rodillas al andar. Además, al quitarse el sombrero de ala ondulada, vimos que sus cabellos tenían las puntas grises y empezaban a clarear en la coronilla. 

En cuanto a su atuendo, era perfecto hasta rayar con la afecta­ción: cuello alto, levita negra, chaleco blanco, guantes ama­rillos, zapatos de charol y polainas de color claro. Entró des­pacio en la habitación, girando la cabeza de izquierda a derecha y balanceando en la mano derecha el cordón del que colgaban sus gafas con montura de oro.

-Buenos días, lord St. Simon -dijo Holmes, levantándose y haciendo una reverencia-. Por favor, siéntese en la butaca de mimbre. Éste es mi amigo y colaborador, el doctor Wat­son. Acérquese un poco al fuego y hablaremos del asunto.

-Un asunto sumamente doloroso para mí, como podrá usted imaginar, señor Holmes. Me ha herido en lo más hon­do. Tengo entendido, señor, que usted ya ha intervenido en varios casos delicados, parecidos a éste, aunque supongo que no afectarían a personas de la misma clase social.

-En efecto, voy descendiendo.

-¿Cómo dice?

-Mi último cliente de este tipo fue un rey.

-¡Caramba! No tenían idea. ¿Y qué rey?

 -El rey de Escandinavia.

-¿Cómo? ¿También desapareció su esposa?

-Como usted comprenderá -dijo Holmes suavemente-, aplico a los asuntos de mis otros clientes la misma reserva que le prometo aplicar a los suyos.

-¡Naturalmente! ¡Tiene razón, mucha razón! Le pido mil perdones. En cuanto a mi caso, estoy dispuesto a proporcionarle cualquier información que pueda ayudarle a formarse una opinión.

-Gracias. Sé todo lo que ha aparecido en la prensa, pero nada más. Supongo que puedo considerarlo correcto... Por ejemplo, este artículo sobre la desaparición de la novia.

El señor St. Simon le echó un vistazo.

-Sí, es más o menos correcto en lo que dice.

-Pero hace falta mucha información complementaria para que alguien pueda adelantar una opinión. Creo que el modo más directo de conocer los hechos sería preguntarle a usted.

-Adelante.

-¿Cuándo conoció usted a la señorita Hatty Doran?

-Hace un año, en San Francisco.

-¿Estaba usted de viaje por los Estados Unidos?

-Sí.

-¿Fue entonces cuando se prometieron?

-No.

-¿Pero su relación era amistosa?

-A mí me divertía estar con ella, y ella se daba cuenta de que yo me divertía.

-¿Es muy rico su padre?

-Dicen que es el hombre más rico de la Costa Oeste.

-¿Y cómo adquirió su fortuna?

-Con las minas. Hace unos pocos años no tenía nada. Entonces, encontró oro, invirtió y subió como un cohete.

-Veamos: ¿qué impresión tiene usted sobre el carácter de la señorita... es decir, de su esposa?

El noble aceleró el balanceo de sus gafas y se quedó mirando al fuego.

-Verá usted, señor Holmes -dijo-. Mi esposa tenía ya veinte años cuando su padre se hizo rico. Se había pasado la vida correteando por un campamento minero y vagando por bosques y montañas, de manera que su educación debe más a la naturaleza que a los maestros de escuela. 

Es lo que en Inglaterra llamaríamos una buena pieza, con un carácter fuerte, impetuoso y libre, no sujeto a tradiciones de ningún tipo. Es impetuosa... hasta diría que volcánica. Toma deci­siones con rapidez y no vacila en llevarlas a la práctica. Por otra parte, yo no le habría dado el apellido que tengo el ho­nor de llevar -soltó una tosecilla solemne- si no pensara que tiene un fondo de nobleza. Creo que es capaz de sacrificios heroicos y que cualquier acto deshonroso la repugnaría.

-¿Tiene una fotografía suya?

-He traído esto.

Abrió un medallón y nos mostró el retrato de una mujer muy hermosa. No se trataba de una fotografía, sino de una miniatura sobre marfil, y el artista había sacado el máximo partido al lustroso cabello negro, los ojos grandes y oscuros y la exquisita boca. Holmes lo miró con gran atención du­rante un buen rato. Luego cerró el medallón y se lo devolvió a lord St. Simon.

-Así pues, la joven vino a Londres y aquí reanudaron sus relaciones.

-Sí, su padre la trajo a pasar la última temporada en Londres. Nos vimos varias veces, nos prometimos y por fin nos casamos.

-Tengo entendido que la novia aportó una dote considerable.

-Una buena dote. Pero no mayor de lo habitual en mi familia.

-Y, por supuesto, la dote es ahora suya, puesto que el matrimonio es un hecho consumado.

-La verdad, no he hecho averiguaciones al respecto.

-Es muy natural. ¿Vio usted a la señorita Doran el día an­tes de la boda?

-Sí.

-¿Estaba ella de buen humor?

-Mejor que nunca. No paraba de hablar de la vida que llevaríamos en el futuro.

-Vaya, vaya. Eso es muy interesante. ¿Y la mañana de la boda?

-Estaba animadísima... Por lo menos, hasta después de la ceremonia.

-¿Y después observó usted algún cambio en ella? -Bueno, a decir verdad, fue entonces cuando advertí las primeras señales de que su temperamento es un poquitín violento. Pero el incidente fue demasiado trivial como para mencionarlo, y no puede tener ninguna relación con el caso.

-A pesar de todo, le ruego que nos lo cuente.

-Oh, es una niñería. Cuando íbamos hacia la sacristía se le cayó el ramo. Pasaba en aquel momento por la primera fila de reclinatorios, y se le cayó en uno de ellos. Hubo un instan­te de demora, pero el caballero del reclinatorio se lo devolvió y no parecía que se hubiera estropeado con la caída. Aun así, cuando le mencioné el asunto, me contestó bruscamente; y luego, en el coche, camino de casa, parecía absurdamente agitada por aquella insignificancia.

-Vaya, vaya. Dice usted que había un caballero en el reclinatorio. Según eso, había algo de público en la boda, ¿no?

-Oh, sí. Es imposible evitarlo cuando la iglesia está abierta.

-El caballero en cuestión, ¿no sería amigo de su esposa?

-No, no; le he llamado caballero por cortesía, pero era una persona bastante vulgar. Apenas me fijé en su aspecto. Pero creo que nos estamos desviando del tema.

-Así pues, la señora St. Simon regresó a la boda en un estado de ánimo menos jubiloso que el que tenía al ir. ¿Qué hizo al entrar de nuevo en casa de su padre?

-La vi mantener una conversación con su doncella.

-¿Y quién es esta doncella?

-Se llama Alice. Es norteamericana y vino de California con ella.

-¿Una doncella de confianza?

-Quizás demasiado. A mí me parecía que su señora le permitía excesivas libertades. Aunque, por supuesto, en América estas cosas se ven de un modo diferente.

-¿Cuánto tiempo estuvo hablando con esta Alice?

-Oh, unos minutos. Yo tenía otras cosas en que pensar.

-¿No oyó usted lo que decían?

-La señora St. Simon dijo algo acerca de «pisarle a otro la licencia». Solía utilizar esa jerga de los mineros para hablar. No tengo ni idea de lo que quiso decir con eso.

-A veces, la jerga norteamericana resulta muy expresiva. ¿Qué hizo su esposa cuando terminó de hablar con la doncella?

-Entró en el comedor.

-¿Del brazo de usted?

-No, sola. Era muy independiente en cuestiones de poca monta como ésa. Y luego, cuando llevábamos unos diez minutos sentados, se levantó con prisas, murmuró unas palabras de disculpa y salió de la habitación. Ya no la volvimos a ver.

-Pero, según tengo entendido, esta doncella, Alice, ha declarado que su esposa fue a su habitación, se puso un abrigo largo para tapar el vestido de novia, se caló un sombrero y salió de la casa.

-Exactamente. Y más tarde la vieron entrando en Hyde Park en compañía de Flora Millar, una mujer que ahora está detenida y que ya había provocado un incidente en casa del señor Doran aquella misma mañana.

-Ah, sí. Me gustaría conocer algunos detalles sobre esta dama y sus relaciones con usted.

Lord St. Simon se encogió de hombros y levantó las cejas.

-Durante algunos años hemos mantenido relaciones amistosas... podría decirse que muy amistosas. Ella trabaja­ba en el Allegro. La he tratado con generosidad, y no tiene ningún motivo razonable de queja contra mí, pero ya sabe usted cómo son las mujeres, señor Holmes. 

Flora era encantadora, pero demasiado atolondrada, y sentía devoción por mí. Cuando se enteró de que me iba a casar, me escribió unas cartas terribles; y, a decir verdad, la razón de que la boda se celebrara en la intimidad fue que yo temía que diese un es­cándalo en la iglesia. 

Se presentó en la puerta de la casa del señor Doran cuando nosotros acabábamos de volver, e in­tentó abrirse paso a empujones, pronunciando frases muy injuriosas contra mi esposa, e incluso amenazándola, pero yo había previsto la posibilidad de que ocurriera algo seme­jante, y había dado instrucciones al servicio, que no tardó en expulsarla. Se tranquilizó en cuanto vio que no sacaría nada con armar alboroto.

-¿Su esposa oyó todo esto?

-No, gracias a Dios, no lo oyó.

-¿Pero más tarde la vieron paseando con esta misma mujer?

-Sí. Y al señor Lestrade, de Scotland Yard, eso le parece muy grave. Cree que Flora atrajo con engaños a mi esposa hacia alguna terrible trampa.

-Bueno, es una suposición que entra dentro de lo posible.

-¿También usted lo cree?

-No dije que fuera probable. ¿Le parece probable a usted?

-Yo no creo que Flora sea capaz de hacer daño a una mosca.

-No obstante, los celos pueden provocar extraños cam­bios en el carácter. ¿Podría decirme cuál es su propia teoría acerca de lo sucedido?

-Bueno, en realidad he venido aquí en busca de una teo­ría, no a exponer la mía. Le he dado todos los datos. Sin em­bargo, ya que lo pregunta, puedo decirle que se me ha pasa­do por la cabeza la posibilidad de que la emoción de la boda y la conciencia de haber dado un salto social tan inmenso le hayan provocado a mi esposa algún pequeño trastorno ner­vioso de naturaleza transitoria.

-En pocas palabras, que sufrió un arrebato de locura.

-Bueno, la verdad, si consideramos que ha vuelto la espal­da... no digo a mí, sino a algo a lo que tantas otras han aspi­rado sin éxito... me resulta difícil hallar otra explicación.

-Bien, desde luego, también es una hipótesis concebible -dijo Holmes sonriendo-. Y ahora, lord St. Simon, creo que ya dispongo de casi todos los datos. ¿Puedo preguntar si en la mesa estaban ustedes sentados de modo que pudieran ver por la ventana?

-Podíamos ver el otro lado de la calle, y el parque. 

-Perfecto. En tal caso, creo que no necesito entretenerlo más tiempo. Ya me pondré en comunicación con usted.

-Si es que tiene la suerte de resolver el problema -dijo nuestro cliente, levantándose de su asiento.

-Ya lo he resuelto.

-¿Eh? ¿Cómo dice?

-Digo que ya lo he resuelto.

-Entonces, ¿dónde está mi esposa?

-Ése es un detalle que no tardaré en proporcionarle. Lord St. Simon meneó la cabeza.

-Me temo que esto exija cabezas más inteligentes que la suya o la mía -comentó, y tras una pomposa inclinación, al estilo antiguo, salió de la habitación.

-El bueno de lord St. Simon me hace un gran honor al colocar mi cabeza al mismo nivel que la suya -dijo Sherlock Holmes, echándose a reír-. Después de tanto interrogatorio, no me vendrá mal un poco de whisky con soda. Ya había sa­cado mis conclusiones sobre el caso antes de que nuestro cliente entrara en la habitación.

-¡Pero Holmes!

-Tengo en mi archivo varios casos similares, aunque, como le dije antes, ninguno tan precipitado. Todo el interro­gatorio sirvió únicamente para convertir mis conjeturas en certeza. En ocasiones, la evidencia circunstancial resulta muy convincente, como cuando uno se encuentra una tru­cha en la leche, por citar el ejemplo de Thoreau.

-Pero yo he oído todo lo que ha oído usted.

-Pero sin disponer del conocimiento de otros casos anteriores, que a mí me ha sido muy útil. Hace años se dio un caso muy semejante en Aberdeen, y en Munich, al año siguiente de la guerra franco-prusiana, ocurrió algo muy parecido. Es uno de esos casos... Pero ¡caramba, aquí vie­ne Lestrade! Buenas tardes, Lestrade. Encontrará usted otro vaso encima del aparador, y aquí en la caja tiene ciga­rros.

El inspector de policía vestía chaqueta y corbata marine­ras, que le daban un aspecto decididamente náutico, y lleva­ba en la mano una bolsa de lona negra. Con un breve saludo, se sentó y encendió el cigarro que le ofrecían.

-¿Qué le trae por aquí? -preguntó Holmes con un brillo malicioso en los ojos-. Parece usted descontento.

-Y estoy descontento. Es este caso infernal de la boda de St. Simon. No le encuentro ni pies ni cabeza al asunto.

-¿De verdad? Me sorprende usted.

-¿Cuándo se ha visto un asunto tan lioso? Todas las pistas se me escurren entre los dedos. He estado todo el día traba­jando en ello.

-Y parece que ha salido mojadísimo del empeño -dijo Holmes, tocándole la manga de la chaqueta marinera.

-Sí, es que he estado dragando el Serpentine.

-¿Y para qué, en nombre de todos los santos?

-En busca del cuerpo de lady St. Simon.

Sherlock Holmes se echó hacia atrás en su asiento y rom­pió en carcajadas.

-¿Y no se le ha ocurrido dragar la pila de la fuente de Trafalgar Square?

-¿Por qué? ¿Qué quiere decir?

-Pues que tiene usted tantas posibilidades de encontrar a la dama en un sitio como en otro.

Lestrade le dirigió a mi compañero una mirada de furia.

-Supongo que usted ya lo sabe todo -se burló.

-Bueno, acabo de enterarme de los hechos, pero ya he llegado a una conclusión.

-¡Ah, claro! Y no cree usted que el Serpentine intervenga para nada en el asunto.

-Lo considero muy improbable.

-Entonces, tal vez tenga usted la bondad de explicar cómo es que encontramos esto en él -y diciendo esto, abrió la bol­sa y volcó en el suelo su contenido; un vestido de novia de seda tornasolada, un par de zapatos de raso blanco, una guirnalda y un velo de novia, todo ello descolorido y empa­pado. Encima del montón colocó un anillo de boda nuevo-. Aquí tiene, maestro Holmes. A ver cómo casca usted esta nuez.

-Vaya, vaya -dijo mi amigo, lanzando al aire anillos de humo azulado-. ¿Ha encontrado usted todo eso al dragar el Serpentine?

-No, lo encontró un guarda del parque, flotando cerca de la orilla. Han sido identificadas como las prendas que vestía la novia, y me pareció que si la ropa estaba allí, el cuerpo no se encontraría muy lejos.

-Según ese brillante razonamiento, todos los cadáveres deben encontrarse cerca de un armario ropero. Y dígame, por favor, ¿qué esperaba obtener con todo esto?

-Alguna prueba que complicara a Flora Millar en la desaparición.

-Me temo que le va a resultar difícil.

-¿Conque eso se teme, eh? -exclamó Lestrade, algo pica­do-. Pues yo me temo, Holmes, que sus deducciones y sus inferencias no le sirven de gran cosa. Ha metido dos veces la pata en otros tantos minutos. Este vestido acusa a la señorita Flora Millar.

-¿Y de qué manera?

-En el vestido hay un bolsillo. En el bolsillo hay un tarje­tero. En el tarjetero hay una nota. Y aquí está la nota -la plantó de un manotazo en la mesa, delante de él-. Escuche esto: «Nos veremos cuando todo esté arreglado. Ven en se­guida. F H. M.».  

Pues bien, desde un principio mi teoría ha sido que lady St. Simon fue atraída con engaños por Flora Millar, y que ésta, sin duda con ayuda de algunos cómplices, es responsable de su desaparición. Aquí, firmada con sus iniciales, está la nota que sin duda le pasó disimuladamente en la puerta, y que sirvió de cebo para atraerla hasta sus manos.

-Muy bien, Lestrade -dijo Holmes, riendo-. Es usted fan­tástico. Déjeme verlo -cogió el papel con indiferencia, pero algo le llamó la atención al instante, haciéndole emitir un grito de satisfacción.

-¡Esto sí que es importante! -dijo.

-¡Vaya! ¿Le parece a usted?

-Ya lo creo. Le felicito calurosamente.

Lestrade se levantó con aire triunfal e inclinó la cabeza para mirar.

-¡Pero...! -exclamó-. ¡Si lo está usted mirando por el otro lado!

-Al contrario, éste es el lado bueno.

-¿El lado bueno? ¡Está usted loco! ¡La nota escrita a lápiz está por aquí!

-Pero por aquí hay algo que parece un fragmento de una factura de hotel, que es lo que me interesa, y mucho.

-Eso no significa nada. Ya me había fijado -dijo Lestra­de-. «4 de octubre, habitación 8 chelines, desayuno 2 cheli­nes y 6 peniques, cóctel 1 chelín, comida 2 chelines y 6 peni­ques, vaso de jerez 8 peniques.» Yo no veo nada ahí.

-Probablemente, no. Pero aun así, es muy importante. También la nota es importante, o al menos lo son las inicia­les, así que le felicito de nuevo.

-Ya he perdido bastante tiempo -dijo Lestrade, ponién­dose en pie-. Yo creo en el trabajo duro, y no en sentarme junto a la chimenea urdiendo bellas teorías. Buenos días, se­ñor Holmes, y ya veremos quién llega antes al fondo del asunto -recogió las prendas, las metió otra vez en la bolsa y se dirigió a la puerta.

-Le voy a dar una pequeña pista, Lestrade -dijo Holmes lentamente-. Voy a decirle la verdadera solución del asunto. Lady St. Simon es un mito. No existe ni existió nunca semejante persona.

Lestrade miró con tristeza a mi compañero. Luego se vol­vió a mí, se dio tres golpecitos en la frente, meneó solemne­mente la cabeza y se marchó con prisas.

Apenas se había cerrado la puerta tras él, cuando Sher­lock Holmes se levantó y se puso su abrigo.

-Algo de razón tiene este buen hombre en lo que dice so­bre el trabajo de campo -comentó-. Así pues, Watson, creo que tendré que dejarle algún tiempo solo con sus periódi­cos.

Eran más de las cinco cuando Sherlock Holmes se mar­chó, pero no tuve tiempo de aburrirme, porque antes de que transcurriera una hora llegó un recadero con una gran caja plana, que procedió a desenvolver con ayuda de un mucha­cho que le acompañaba.

Al poco rato, y con gran asombro por mi parte, sobre nuestra modesta mesa de caoba se des­plegaba una cena fría totalmente epicúrea. Había un par de cuartos de becada fría, un faisán, un pastel de foie-gras y va­rias botellas añejas, cubiertas de telarañas. 

Tras extender to­das aquellas delicias, los dos visitantes se esfumaron como si fueran genios de las Mil y Una Noches, sin dar explicaciones, aparte de que las viandas estaban pagadas y que les habían encargado llevarlas a nuestra dirección.

Poco antes de las nueve, Sherlock Holmes entró a paso rápido en la sala. Traía una expresión seria, pero había un brillo en sus ojos que me hizo pensar que no le habían fallado sus suposiciones.

-Veo que han traído la cena -dijo, frotándose las manos.

-Parece que espera usted invitados. Han traído bastante para cinco personas.

-Sí, me parece muy posible que se deje caer por aquí algu­na visita -dijo-. Me sorprende que lord St. Simon no haya llegado aún. ¡Ajá! Creo que oigo sus pasos en la escalera.

Era, en efecto, nuestro visitante de por la mañana, que en­tró como una tromba, balanceando sus lentes con más fuer­za que nunca y con una expresión de absoluto desconcierto en sus aristocráticas facciones.

-Veo que mi mensajero dio con usted -dijo Holmes.

-Sí, y debo confesar que el contenido del mensaje me dejó absolutamente perplejo. ¿Tiene usted un buen fundamento para lo que dice?

-El mejor que se podría tener.

Lord St. Simon se dejó caer en un sillón y se pasó la mano por la frente.

-¿Qué dirá el duque -murmuró- cuando se entere de que un miembro de su familia ha sido sometido a semejante humillación?

-Ha sido puro accidente. Yo no veo que haya ninguna humillación.

-Ah, usted mira las cosas desde otro punto de vista.

-Yo no creo que se pueda culpar a nadie. A mi entender, la dama no podía actuar de otro modo, aunque la brusquedad de su proceder sea, sin duda, lamentable. Al carecer de ma­dre, no tenía a nadie que la aconsejara en esa crisis.

-Ha sido un desaire, señor, un desaire público -dijo lord St. Simon, tamborileando con los dedos sobre la mesa.

-Debe usted ser indulgente con esta pobre muchacha, colocada en una situación tan sin precedentes.

-Nada de indulgencias. Estoy verdaderamente indigna­do, y he sido víctima de un abuso vergonzoso.

-Creo que ha sonado el timbre -dijo Holmes-. Sí, se oyen pasos en el vestíbulo. Si yo no puedo convencerle de que considere el asunto con mejores ojos, lord St. Simon, he traí­do un abogado que quizás tenga más éxito.

Abrió la puerta e hizo entrar a una dama y a un caballero.

-Lord St. Simon -dijo-: permítame que le presente al se­ñor Francis Hay Moulton y señora. A la señora creo que ya la conocía.

Al ver a los recién llegados, nuestro cliente se había puesto en pie de un salto y permanecía muy tieso, con la mirada gacha y la mano metida bajo la pechera de su levita, convertido en la viva imagen de la dignidad ofendida. 

La dama se había adelantado rápidamente para ofrecerle la mano, pero él si­guió negándose a levantar la vista. Posiblemente, ello le ayu­dó a mantener su resolución, pues la mirada suplicante de la mujer era difícil de resistir.

-Estás enfadado, Robert -dijo ella-. Bueno, supongo que te sobran motivos.

-Por favor, no te molestes en ofrecer disculpas -dijo lord St. Simon en tono amargado.

-Oh, sí, ya sé que te he tratado muy mal, y que debería haber hablado contigo antes de marcharme; pero estaba como atontada, y desde que vi aquí a Frank, no supe lo que hacía ni lo que decía. No me explico cómo no caí desmayada delante mismo del altar.

-¿Desea usted, señora Moulton, que mi amigo y yo salga­mos de la habitación mientras usted se explica?

-Si se me permite dar una opinión -intervino el caballero desconocido-, ya ha habido demasiado secreto en este asun­to. Por mi parte, me gustaría que Europa y América enteras oyeran las explicaciones.

Era un hombre de baja estatura, fibroso, tostado por el sol, de expresión avispada y movimientos ágiles. -Entonces, contaré nuestra historia sin más preámbulo -dijo la señora-. Frank y yo nos conocimos en el 81, en el campamento minero de McQuire, cerca de las Rocosas, donde papá explotaba una mina. Nos hicimos novios, Frank y yo, pero un día papá dio con una buena veta y se forró de dinero, mientras el pobre Frank tenía una mina que fue a menos y acabó en nada. 

Cuanto más rico se hacia papá, más pobre era Frank; llegó un momento en que papá se negó a que nuestro compromiso siguiera adelante, y me llevó a San Francisco, pero Frank no se dio por vencido y me siguió has­ta allí; nos vimos sin que papá supiera nada. De haberlo sa­bido, se habría puesto furioso, así que lo organizamos todo nosotros solos. 

Frank dijo que también él se haría rico, y que no volvería a buscarme hasta que tuviera tanto dinero como papá. Yo prometí esperarle hasta el fin de los tiempos, y juré que mientras él viviera no me casaría con ningún otro. En­tonces, él dijo: «¿Por qué no nos casamos ahora mismo, y así estaré seguro de ti? No revelaré que soy tu marido hasta que vuelva a reclamarte».

En fin, discutimos el asunto y resultó que él ya lo tenía todo arreglado, con un cura esperando y todo, de manera que nos casamos allí mismo; y después, Frank se fue a buscar fortuna y yo me volví con papá.

»Lo siguiente que supe de Frank fue que estaba en Montana; después oí que andaba buscando oro en Arizona, y más tarde tuve noticias suyas desde Nuevo México. Y un día apa­reció en los periódicos un largo reportaje sobre un campamento minero atacado por los indios apaches, y allí estaba el nombre de mi Frank entre las víctimas. 

Caí desmayada y es­tuve muy enferma durante meses. Papá pensó que estaba tí­sica y me llevó a la mitad de los médicos de San Francisco. Durante más de un año no llegaron más noticias, y ya no dudé de que Frank estuviera muerto de verdad. 

Entonces apareció en San Francisco lord St. Simon, nosotros vinimos a Londres, se organizó la boda y papá estaba muy contento, pero yo seguía convencida de que ningún hombre en el mundo podría ocupar en mi corazón el puesto de mi pobre Frank.

»Aun así, de haberme casado con lord St. Simon, yo le habría sido leal. No tenemos control sobre nuestro amor, pero sí sobre nuestras acciones. Fui con él al altar con la intención de ser para él tan buena esposa como me fuera posible. Pero puede usted imaginarse lo que sentí cuando, al acercarme al altar, volví la mirada hacia atrás y vi a Frank mirándome desde el primer reclinatorio. 

Al principio, lo tomé por un fantasma; pero cuando lo miré de nuevo seguía allí, como preguntándome con la mirada si me alegraba de verlo o lo lamentaba. No sé cómo no caí al suelo. Sé que todo me daba vueltas, y las palabras del sacerdote me sonaban en los oídos como el zumbido de una abeja. 

No sabía qué hacer. ¿Debía interrumpir la ceremonia y dar un escándalo en la iglesia? Me volví a mirarlo, y me pareció que se daba cuenta de lo que yo pensaba, porque se llevó los dedos a los labios para indicarme que permaneciera callada. Luego le vi garabatear en un papel y supe que me estaba escribiendo una nota. 

Al pasar junto a su reclinatorio, camino de la salida, dejé caer mi ramo junto a él y él me metió la nota en la mano al devol­verme las flores. Eran sólo unas palabras diciéndome que me reuniera con él cuando él me diera la señal. Por supuesto, ni por un momento dudé de que mi principal obligación era para con él, y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que él me indicara.

»Cuando llegamos a casa, se lo conté a mi doncella, que le había conocido en California y siempre le tuvo simpatía. Le ordené que no dijera nada y que preparase mi abrigo y unas cuantas cosas para llevarme. Sé que tendría que habérselo dicho a lord St. Simon, pero resultaba muy dificil hacerlo delante de su madre y de todos aquellos grandes personajes. 

Decidí largarme primero y dar explicaciones después. No llevaba ni diez minutos sentada a la mesa cuando vi a Frank por la ventana, al otro lado de la calle. Me hizo una seña y echó a andar hacia el parque. Yo me levanté, me puse el abrigo y salí tras él. En la calle se me acercó una mujer que me dijo no sé qué acerca de lord St. John... 

Por lo poco que en­tendí, me pareció que también ella tenía su pequeño secreto anterior a la boda... Pero conseguí librarme de ella y pronto alcancé a Frank. Nos metimos en un coche y fuimos a un apartamento que tenía alquilado en Gordon Square, y allí se celebró mi verdadera boda, después de tantos años de espe­ra. 

Frank había caído prisionero de los apaches, había escapado, llegó a San Francisco, averiguó que yo le había dado por muerto y me había venido a Inglaterra, me siguió hasta aquí, y me encontró la mañana misma de mi segunda boda.

-Lo leí en un periódico -explicó el norteamericano-. Ve­nía el nombre y la iglesia, pero no la dirección de la novia.

-Entonces discutimos lo que debíamos hacer, y Frank era partidario de revelarlo todo, pero a mí me daba tanta vergüenza que prefería desaparecer y no volver a ver a nadie; todo lo más, escribirle unas líneas a papá para hacerle saber que estaba viva. Me resultaba espantoso pensar en todos aquellos personajes de la nobleza, sentados a la mesa y esperando mi regreso. 

Frank cogió mis ropas y demás cosas de novia, hizo un bulto con todas ellas y las tiró en algún sitio donde nadie las encontrara, para que no me siguieran la pis­ta por ellas. Lo más seguro es que nos hubiéramos marchado a París mañana, pero este caballero, el señor Holmes, vino a vernos esta tarde y nos hizo ver con toda claridad que yo es­taba equivocada y Frank tenía razón, y tanto secreto no ha­cía sino empeorar nuestra situación. 

Entonces nos ofreció la oportunidad de hablar a solas con lord St. Simon, y por eso hemos venido sin perder tiempo a su casa. Ahora, Robert, ya sabes todo lo que ha sucedido; lamento mucho haberte he­cho daño y espero que no pienses muy mal de mí.

Lord St. Simon no había suavizado en lo más mínimo su rígida actitud, y había escuchado el largo relato con el ceño fruncido y los labios apretados.

-Perdonen -dijo-, pero no tengo por costumbre discutir de mis asuntos personales más íntimos de una manera tan pública.

-Entonces, ¿no me perdonas? ¿No me darás la mano antes de que me vaya?

-Oh, desde luego, si eso le causa algún placer -extendió la mano y estrechó fríamente la que le tendían.

-Tenía la esperanza -surgió Holmes- de que me acompañaran en una cena amistosa.

-Creo que eso ya es pedir demasiado -respondió su seño­ría-. Quizás no me quede más remedio que aceptar el curso de los acontecimientos, pero no esperarán que me ponga a celebrarlo. Con su permiso, creo que voy a despedirme. Muy buenas noches a todos -hizo una amplia reverencia que nos abarcó a todos y salió a grandes zancadas de la habitación.

-Entonces, espero que al menos ustedes me honren con su compañía -dijo Sherlock Holmes-. Siempre es un placer conocer a un norteamericano, señor Moulton; soy de los que opinan que la estupidez de un monarca y las torpezas de un ministro en tiempos lejanos no impedirán que nuestros hi­jos sean algún día ciudadanos de una única nación que abar­cará todo el mundo, bajo una bandera que combinará los co­lores de la Union Jack con las Barras y Estrellas.

 

-Ha sido un caso interesante -comentó Holmes cuando nuestros visitantes se hubieron marchado-, porque demues­tra con toda claridad lo sencilla que puede ser la explicación de un asunto que a primera vista parece casi inexplicable. No podríamos encontrar otro más inexplicable. 

Y no encon­traríamos una explicación más natural que la serie de acon­tecimientos narrada por esta señora, aunque los resultados no podrían ser más extraños si se miran, por ejemplo, desde el punto de vista del señor Lestrade, de Scotland Yard.

-Así pues, no se equivocaba usted.

-Desde un principio había dos hechos que me resultaron evidentísimos. El primero, que la novia había acudido por su propia voluntad a la boda; el otro, que se había arrepenti­do a los pocos minutos de regresar a casa. Evidentemente, algo había ocurrido durante la mañana que le hizo cambiar de opinión. 

¿Qué podía haber sido? No podía haber hablado con nadie, porque todo el tiempo estuvo acompañada del novio. ¿Acaso había visto a alguien? De ser así, tenía que ha­ber sido alguien procedente de América, porque llevaba de­masiado poco tiempo en nuestro país como para que al­guien hubiera podido adquirir tal influencia sobre ella que su mera visión la indujera a cambiar tan radicalmente de planes. 

Como ve, ya hemos llegado, por un proceso de exclu­sión, a la idea de que la novia había visto a un americano. ¿Quién podía ser este americano, y por qué ejercía tanta in­fluencia sobre ella? Podía tratarse de un amante; o podía tra­tarse de un marido. Sabíamos que había pasado su juventud en ambientes muy rudos y en condiciones poco normales. 

Hasta aquí había llegado antes de escuchar el relato de lord St. Simon. Cuando éste nos habló de un hombre en un recli­natorio, del cambio de humor de la novia, del truco tan transparente de recoger una nota dejando caer un ramo de flores, de la conversación con la doncella y confidente, y de la significativa alusión a «pisarle la licencia a otro», que en la jerga de los mineros significa apoderarse de lo que otro ha reclamado con anterioridad, la situación se me hizo absolutamente clara. Ella se había fugado con un hombre, y este hombre tenía que ser un amante o un marido anterior; lo más probable parecía lo último.

-¿Y cómo demonios consiguió usted localizarlos?

-Podría haber resultado difícil, pero el amigo Lestrade te­nía en sus manos una información cuyo valor desconocía. Las iniciales, desde luego, eran muy importantes, pero aún más importante era saber que hacía menos de una semana que nuestro hombre había pagado su cuenta en uno de los hoteles más selectos de Londres.

-¿De dónde sacó lo de selecto?

-Por lo selecto de los precios. Ocho chelines por una cama y ocho peniques por una copa de jerez indicaban que se trataba de uno de los hoteles más caros de Londres. No hay muchos que cobren esos precios. 

En el segundo que visi­té, en Northumberland Avenue, pude ver en el libro de registros que el señor Francis H. Moulton, caballero norteameri­cano, se había marchado el día anterior; y al examinar su factura, me encontré con las mismas cuentas que habíamos visto en la copia. 

Había dejado dicho que se le enviara la co­rrespondencia al 226 de Gordon Square, así que allá me en­caminé, tuve la suerte de encontrar en casa a la pareja de enamorados y me atrevía ofrecerles algunos consejos pater­nales, indicándoles que sería mucho mejor, en todos los as­pectos, que aclararan un poco su situación, tanto al público en general como a lord St. Simon en particular. Los invité a que se encontraran aquí con él y, como ve, conseguí que también él acudiera a la cita.

-Pero con resultados no demasiado buenos -comenté yo-. Desde luego, la conducta del caballero no ha sido muy elegante.

-¡Ah, Watson! -dijo Holmes sonriendo-. Puede que tam­poco usted se comportara muy elegantemente si, después de todo el trabajo que representa echarse novia y casarse, se en­contrara privado en un instante de esposa y de fortuna. 

Creo que debemos ser clementes al juzgar a lord St. Simon, y dar gracias a nuestra buena estrella, porque no es probable que lleguemos a encontrarnos en su misma situación. Acerque su silla y páseme el violín; el único problema que aún nos queda por resolver es cómo pasar estas aburridas veladas de otoño.