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El círculo rojo - Arthur Conan Doyle

- Bueno, señora Warren, no veo que tenga ningún motivo especial para estar intranquila, ni comprendo por qué yo, puesto que mí tiempo tiene cierto valor, debería intervenir en el asunto. La verdad es que tengo otras cosas en que ocuparme. -Así dijo Sherlock Holmes, y volvió al gran libro de apuntes en que ordenaba y clasificaba algún material reciente.

Pero la patrona era tan pertinaz y astuta como puede serlo una mujer. Mantuvo firmemente sus posiciones.

- Usted arregló un asunto de un huésped mío el año pasado -dijo-, el señor Fairdale Hobbs.

- Ah, sí; un asunto muy sencillo.

- Pero él no hace más que hablar de eso, de su amabilidad, señor Holmes, y del modo en que hizo luz en las tinieblas. Recordé sus palabras cuando yo misma me encontré entre brumas y dudas. Sé que usted podría si quisiera.

Holmes era accesible por el lado de la lisonja y también, para hacerle justicia, por el lado de la benevolencia. Las dos fuerzas le hicieron dejar el pincel de la goma con un suspiro de resignación y echar atrás su asiento.

- Bueno, bueno, señora Warren, hablemos sobre eso, entonces. No le molesta el tabaco, me parece. Gracias, Watson, ¡los fósforos! Está usted inquieta, según entiendo, porque su nuevo huésped permanece en sus habitaciones y usted no le puede ver. Bueno, señora Warren, si yo fuera su huésped muchas veces no me vería durante varias semanas.

- No lo dudo, señor Holmes, pero esto es diferente. Me da pánico; no puedo dormir de miedo. Oír sus rápidos pasos, moviéndose de acá para allá desde la madrugada hasta altas horas de la noche, y sin embargo no ver ni un atisbo de él…, es más de lo que puedo soportar. Mi marido está tan nervioso con eso como yo, pero él pasa fuera todo el día en su trabajo, mientras que yo no tengo descanso, ¿Por qué se esconde? ¿Qué ha hecho? Salvo por la chica, estoy sola en casa todo el día con él, y es algo que mis nervios no pueden aguantar.

Holmes se inclinó hacia delante y puso sus largos y flacos dedos en el hombro de la mujer. Tenía un poder tranquilizador casi hipnótico cuando lo deseaba. El susto se desvaneció de los ojos de ella, y sus agitados rasgos volvieron a su habitual estado. Se sentó en la silla que él le indicaba.

- Si lo tomo, debo conocer todos sus detalles -dijo él-. Tómese tiempo para considerarlo. El punto más pequeño puede ser esencial. ¿Dice usted que el hombre llegó hace diez días, y le pagó una quincena de pensión y alimentación?

- Preguntó mis condiciones, señor Holmes. Dije que cincuenta chelines por semana. Hay un pequeño gabinete y una alcoba, todo completo, en lo más alto de la casa.

- ¿Y bien?

- Dijo: «Le pagaré cinco libras por semana si lo puedo tener en mis propios términos.» Yo soy pobre, señor Holmes, y mi marido gana poco, y el dinero es muy importante para mí. Sacó un billete de diez libras, y lo extendió hacia allí mismo. «Puede recibir lo mismo cada quincena durante mucho tiempo si cumple mis condiciones», dijo. «Si no, no tendré que ver más con usted.»

- ¿Cuáles eran las condiciones?

- Pues bien, señor Holmes, que tenía que tener una llave de la casa. Eso estaba muy bien. Los huéspedes muchas veces la tiene. También, que había que dejarle completamente solo, sin molestarle nunca, bajo ninguna excusa.

- Nada extraño en eso, ¿verdad?

- De un modo razonable, no, señor. Pero esto está fuera de toda razón. Lleva allí diez días y ni mi marido, ni yo, ni la chica le hemos puesto los ojos encima una sola vez. Podemos oír sus rápidos pasos dando vueltas de un lado para otro, por la noche, de madrugada, a mediodía; pero, salvo esa primera noche, nunca ha salido de la casa ni una vez.

- Ah, salió la primer anoche, ¿no?

- Sí, señor, y volvió muy tarde…, cuando ya todos estábamos en la cama. Me dijo, después de tomar las habitaciones, que lo haría así, y me pidió que no pusiera la barra en la puerta. Le oí subir las escaleras pasada la medianoche.

- Pero ¿y sus comidas?

- Dio instrucciones especiales de que siempre, cuando llamara, debíamos dejar su comida en una silla, fuera de la habitación. Luego vuelve a llamar cuando ha terminado, y la cogemos de la misma silla. Si quiere alguna cosa, lo pone en letras de molde en un papel y lo deja.

- ¿En letras de molde?

- Sí, señor; en letras de molde a lápiz. Sólo la palabra; nada más. Aquí tiene uno que le he traído: JABÓN. Aquí hay otro: FÓSFORO. Este es el que dejó esta mañana: DAILY GAZETTE. Le dejo ese periódico con el desayuno todas las mañanas.

- Caramba, Watson -dijo Holmes, mirando con gran curiosidad las tiras de papel de barba que le había entregado la patrona-: esto sí que es un poco raro. El encierro lo puedo entender, pero ¿por qué en letras de molde? Es un procedimiento un poco complicado. ¿Por qué no escribir normalmente? ¿Qué sugeriría, Watson?

- Que deseara ocultar su letra.

- Pero ¿por qué? ¿Qué puede importarle que su patrona tuviera una palabra en su letra? Sin embargo, quizá sea lo que dice usted. Pero entonces, ¿por qué unos mensajes tan lacónicos?

- No me lo puedo imaginar.

- Esto abre un placentero campo a la especulación inteligente. Las palabras están escritas con un lápiz de clase nada rara, de punta ancha y color violeta. Observará que el papel está roto aquí, por el lado, después de escribir, de modo que parte de la J de Jabón se ha perdido. Sugerente, Watson, ¿verdad?

- Denota precaución.

- Exactamente. Está claro que había alguna señal, alguna marca del pulgar, algo que pudiera dar una clave sobre la identidad de la persona. Bueno, señora Warren, dice usted que el hombre era de tamaño mediano, moreno y barbudo. ¿Qué edad tendría?

- Joven, señor; no más de treinta años.

- Bueno, ¿no me puede dar más indicaciones?

- Hablaba un buen inglés, y sin embargo pensé que era extranjero por su acento.

- ¿Iba bien vestido?

- Muy elegantemente vestido…, un caballero. Ropa oscura, nada que llamara la atención.

- ¿No dio nombre?

- No, señor.

- ¿Y no ha tenido cartas o visitantes?

- Nada.

- Pero sin duda, usted o la chica entran en su cuarto por la mañana.

- No, señor; él cuida de sí mismo.

- ¡Vaya!, eso sí que es notable. ¿Y su equipaje?

- Llevaba una sola maleta, grande, oscura… nada más.

- Bueno, no veo que tengamos mucho material que nos sirva. ¿Dice usted que nada ha salido de ese cuarto…, absolutamente nada?

La patrona sacó un envoltorio de su bolso; de él, sacudió dos fósforos quemados y una colilla de cigarrillo, y los hizo caer en la mesa.

- Estaban en su bandeja esta mañana. Los traje porque había oído que usted sabe leer grandes cosas en cosas pequeñas.

- Aquí no hay nada -dijo-. Los fósforos, desde luego, se han usado para encender cigarrillos. Eso se ve en lo corto del lado quemado. Encendiendo una pipa o un cigarro se consume la mitad. Pero ¡caramba!, esta colilla es verdaderamente notable. ¿Dice usted que el caballero tenía barba y bigote?

- Sí, señor.

- No lo entiendo. Yo diría que sólo un hombre afeitado del todo podía haber fumado esto. Bueno, Watson, incluso su modesto bigote habría sufrido quemaduras.

- ¿Una boquilla? -sugerí.

- No, no; el extremo está aplastado. Supongo que no podría haber dos personas en sus habitaciones, señora Warren.

- No, señor. Come tan poco, que muchas veces me extraña que pueda conservar la vida de una sola persona.

- Bueno, creo que debemos esperar a tener un poco más de material. Después de todo, usted no tiene de que quejarse. Ha recibido su renta, y no es un huésped molesto, aunque ciertamente es raro. Paga bien, y si decide vivir oculto, no es asunto que le incumba directamente a usted. No tenemos excusa para invadir su vida privada mientras no tengamos razones para pensar que hay un motivo culpable. Yo acepto el asunto y no lo perderé de vista. Infórmeme si ocurre algo nuevo, y confíe en mi asistencia si hace falta.

- Ciertamente hay algunos puntos de interés en este caso, Watson -observó, cuando se marchó la patrona-. Claro que quizá sea trivial, una excentricidad individual; o quizá sea mucho más profundo de lo que parece a primera vista. Lo primero que se le ocurre a uno es la posibilidad obvia de que la persona que está ahora en las habitaciones sea diferente de la que las tomó.

- ¿Por qué piensa eso?

- Bueno, aparte de esta colilla, ¿no resulta curioso que la única vez que salió el huésped fuera inmediatamente después de tomar las habitaciones? Volvió -o alguien volvió- cuando todos los testigos estaban alejados. No tenemos pruebas de que la persona que volvió fuera la que salió. Luego, además, el hombre que tomó las habitaciones hablaba bien el inglés. Este otro, en cambio, escribe «fósforo» cuando debía ser «fósforos». Puedo imaginar que sacó la palabra de un diccionario, que da el sustantivo, pero no el plural, el estilo lacónico puede ser para ocultar la falta de conocimiento del inglés. Sí, Watson, hay buenas razones para sospechar que ha habido una sustitución de huéspedes.

- Pero ¿con que posible fin?

- ¡Ah!, ahí está nuestro problema. Hay una sola línea evidente de investigación.         

-Bajó el gran libro en que, día tras día, ordenaba los anuncios personales de los diversos diarios de Londres-. ¡Válgame Dios! -dijo, pasando las hojas-, ¡qué coro de gemidos, gritos y balidos! ¡Qué mezcla de sucesos extraños! Pero sin duda es el terreno de caza más valioso que le ha sido dado nunca a un estudioso de lo insólito. Esta persona está sola, y no se la puede abordar por carta sin romper el absoluto secreto que se desea. ¿Cómo le va a llegar de fuera una noticia o un mensaje? Obviamente, por un anuncio en un periódico. No parece haber otro camino, y por suerte sólo tenemos que ocuparnos de un periódico. Aquí están los recortes de la Daily Gazette de la última quincena: «Señora con boa negro en el club de Patinaje Prince’s», eso lo podemos pasar. «Sin duda Jimmy no le partirá el corazón a su madre»; esto parece que no viene a cuento. «Si la señora que se desmayó en el autobús de Brixton…»…no me interesa. «Todos los días mi corazón anhela…» Un balido, Watson, un balido sin disimulo. ¡Ah! esto es un poco más probable: «Ten paciencia. Encontraré algún medio de comunicación. Mientras, esta columna. G.» Esto es dos días después de que llegara el huésped de la señora Warren. Parece plausible, ¿no? El misterioso ser podría entender inglés aunque no pudiera escribirlo. Vamos a ver si encontramos otra vez el rastro. Sí, aquí estamos, tres días después. «Hago arreglos con éxito. Paciencia y prudencia. Pasará la nube. G.» Nada en una semana después de esto. Luego viene algo mucho más claro: «El camino se despeja. Si encuentro oportunidad de mensaje por señales recuerda código convenido; uno A, dos B, etcétera. Pronto sabrás. G.» Eso estaba en el periódico de ayer, y no hay nada en el de hoy. Todo esto concuerda bastante con el huésped de la señora Warren. Si esperamos un poco, Watson, no dudo que el asunto se hará más comprensible.

Y así resultó: pues por la mañana encontré a mi amigo de pie, ante la chimenea, de espaldas al fuego y con una sonrisa de completa satisfacción en la cara.

- ¿Qué tal esto, Watson? -exclamó, tomando el periódico de la mesa-. «Casa alta roja con molduras de piedra blanca. Tercer piso. Segunda ventana a la izquierda. Después del oscurecer. G.» Eso está bastante claro. Creo que después de desayunar debemos hacer una pequeña exploración del barrio de la señora Warren. Ah, señora Warren, ¿qué noticias nos trae esta mañana?

Nuestra cliente había irrumpido en el cuarto con una energía explosiva, que prometía algún acontecimiento nuevo e importante.

- ¡Es cosa para la policía, señor Holmes! -exclamó-. ¡No quiero saber nada más de esto! Que se marche con su equipaje. Iba a subir a decírselo sin más, sólo que pensé que era mejor pedir primero su opinión. Pero mi paciencia ha llegado a su límite, y cuando se llega a golpear al marido de una…

- ¿Golpear al señor Warren?

- En todo caso, tratarle mal.

- Pero ¿quién le ha tratado mal?

- ¡Ah! ¡Eso es lo que queremos saber! Fue esta mañana, señor Holmes. Mi marido es cronometrador en Morton y Waylight’s, en Tottenham Court Road. Tiene que salir de casa antes de las siete. Pues bien, esta mañana, no había dado diez pasos en la calle cuando dos hombres le fueron por detrás, le echaron un abrigo por la cabeza y le metieron en un coche de punto que estaba junto a la acera. Le llevaron una hora en el coche, y luego abrieron la puerta y le arrojaron fuera. Se quedó en la calzada tan trastornado que no vio qué se hacía del coche. Cuando pudo dominarse, se dio cuenta de que estaba en Hampstead Heath; así que tomó un ómnibus hasta casa, y ahí está, tumbado en el sofá, mientras yo venía en seguida a contarle lo que ha pasado.

- Muy interesante -dijo Holmes-. ¿Observó el aspecto de esos hombres?, ¿les oyó hablar?

- No, está aturdido. Sólo sabe que le arrebataron como por arte de magia y le dejaron caer del mismo modo. Había por lo menos dos en el asunto, o quizá tres.

- ¿Y usted relaciona este ataque con su huésped?

- Bueno, llevamos viviendo ahí quince años y nunca nos ha pasado tal cosa. Ya estoy harta de él. El dinero no lo es todo. Le haré salir de mi casa antes que termine el día.

- Espere un poco, señora Warren. No se precipite. Empiezo a creer que este asunto puede ser mucho más importante de lo que parecía a simple vista. Ahora está claro que algún peligro amenaza a su huésped. Está igualmente claro que sus enemigos, acechando en su espera junto a su puerta, le confundieron con su marido en la luz neblinosa de la mañana. Al descubrir su error, le soltaron. Qué habrían hecho si no hubiera sido un error, sólo podemos hacer conjeturas.

- ¿Qué tengo que hacer, señor Holmes?

- Tengo muchas ganas de ver a ese huésped suyo, señora Warren.

- No veo cómo pueda conseguirlo, a no ser que eche abajo la puerta. Siempre le oigo quitar la llave mientras bajo la escalera después de dejar la bandeja.

- Tiene que meter la bandeja. Sin duda podríamos ocultarnos y verle actuar.

- Bueno, señor, enfrente está el cuarto de los baúles. Podría poner un espejo, quizá, y si usted estuviera detrás de la puerta…

- ¡Excelente! -dijo Holmes-. ¿A qué hora almuerza?

- Hacia la una, señor Holmes.

- Entonces, el doctor Watson y yo nos daremos una vuelta. Por el momento, señora Warren, adiós.

A las doce y media estábamos en la entrada de la casa de la señora Warren, un edificio alto, estrecho, de ladrillo amarillo, en Great Orme Street, estrecho pasadizo al nordeste del British Museum. Como queda cerca de la esquina de la calle, domina Howe Street, con sus casas más pretenciosas. Holmes señaló con una risita una de ellas, una serie de pisos residenciales, que se destacaba tanto que no podía menos de llamar la atención.

- ¡Vea, Watson! -dijo-. «Casa alta, roja, con molduras de piedra.» Esa es la estación de señales, sin duda. Conocemos el lugar y conocemos el código; nuestra tarea debería ser simple. Hay en esa ventana un rótulo de «Se Alquila». Evidentemente es un piso vacío al que tiene acceso el cómplice. Bueno, señora Warren, ¿qué más?

- Se lo tengo todo preparado. Si suben y dejan las botas en el descansillo, les llevaré allí en seguida.

Era un escondite excelente el que había arreglado. El espejo estaba puesto de tal modo que, sentados en la oscuridad, podíamos ver claramente la puerta de enfrente. Apenas nos habíamos instalado allí, y se había marchado la señora Warren cuando un claro campanilleo nos hizo saber que llamaba nuestro misterioso vecino. 

Al fin apareció la patrona con la bandeja, la dejó en una silla junto a la puerta cerrada, y luego, pisando pesadamente, se marchó. Acurrucados en el ángulo de la puerta, manteníamos los ojos fijos en el espejo. De repente, mientras dejaban de oírse los pasos de la patrona, hubo un rechinar de la llave, giró el pistillo, y dos manos delgadas salieron disparadas y levantaron la bandeja de la silla. 

Un momento después la volvían a poner, y vi un atisbo de una cara morena, hermosa, horrorizada, que miraba fijamente a la estrecha apertura del cuarto de los baúles. Luego, la puerta se cerró de golpe, la llave volvió a girar, y todo fue silencio. Holmes me tiró de la manga y nos deslizamos juntos escaleras abajo.

- Volveré a verla esta noche -dijo a la expectante patrona-. Creo, Watson, que podremos discutir mejor este asunto en nuestra propia residencia.

- Mi sospecha, como ha visto, ha resultado ser correcta -dijo él luego, hablando desde las profundidades de su butaca-. Ha habido una sustitución de huéspedes. Lo que no preví es que encontráramos una mujer, y una mujer nada corriente, Watson.

- Ella nos vio.

- Bueno, vio algo que la alarmó. Eso es seguro. La sucesión general de acontecimientos está bastante clara, ¿verdad? Una pareja busca en Londres refugio contra un peligro terrible y muy apremiante. La medida de ese peligro es el rigor de sus precauciones. El hombre, que tiene algún trabajo que hacer, desea dejar a la mujer en absoluta seguridad mientras lo hace. No es un problema fácil, pero lo ha resuelto de modo original, y tan eficazmente que la presencia de ella no era conocida ni por la patrona que le da su alimento. Los mensajes en letras de molde está claro que eran para evitar que su letra revelara su sexo. El hombre no puede acercarse a la mujer, pues guiaría a sus enemigos hacia ella. Como no puede comunicarse con ella directamente, recurre a los anuncios personales de un periódico. Hasta ahí, todo está claro.

- Pero ¿qué hay en la base de todo?

- Ah, sí, Watson: ¡severamente práctico, como de costumbre! ¿Qué hay en la base de todo? El caprichoso problema de la señora Warren se ensancha un poco y toma un aspecto más siniestro conforme avanzamos. Esto sí que lo puedo asegurar: no es una escapada amorosa corriente. Ya vio la cara de la mujer ante las señales de peligro. Hemos sabido también del ataque contra el patrón, que sin duda iba contra el huésped. Estas alarmas, y la desesperada necesidad de secreto, indican que el asunto es de vida o muerte. El ataque contra el señor Warren hace pensar además que el enemigo, quienquiera que sea, no se ha dado cuenta de la sustitución del huésped masculino por el femenino. Es muy curioso y complejo, Watson.

- ¿Por qué se va a meter más en ello? ¿Qué puede sacar de eso?

- ¿Por qué, en efecto? Es el Arte por el Arte, Watson. Supongo que cuando usted se doctoró se encontró estudiando casos sin pensar en los honorarios, ¿no?

- Para mi educación, Holmes.

- La educación no se termina nunca, Watson. Es una serie de lecciones, de las cuales las más instructivas son las últimas. Este es un caso instructivo. No hay en él dinero ni prestigio, y sin embargo, a uno le gustaría ponerlo en claro. Cuando anochezca nos deberíamos hallar en una etapa más avanzada de nuestra investigación.

Cuando volvimos a casa de la señora Warren, la oscuridad de un anochecer invernal de Londres se había espesado en una cortina gris, en una muerta monotonía de color, rota sólo por los nítidos cuadrados amarillos de las ventanas y los halos borrosos de los faroles de gas. Atisbando desde el salón oscurecido de la pensión, otra pálida luz brilló, alta, en la oscuridad.

- Alguien se mueve en ese cuarto -dijo Holmes, en un susurro, con su cara macilenta y ansiosa tendida hacia el cristal-. Sí, veo su sombra. ¡Ahí está otra vez! Tiene una vela en la mano. Ahora escudriña al otro lado. Quiere estar seguro de que ella está alerta. Ahora empieza a destellar. Tome el mensaje usted también, Watson, que lo confrontaremos uno con otro. Un único destello, eso es A, sin duda. Bueno, ahora. ¿Cuántos ha contado? Veinte. Yo también. Seguro que ése es el comienzo de otra palabra. Ahora -TENTA. Se acabó. ¿Puede ser eso todo, Watson? ATTENTA no tiene sentido. Ni vale en tres palabras: AT-TEN-TA. ¡Ahí va otra vez! ¿Qué es eso? ATTE… vaya, el mismo mensaje otra vez. ¡Curioso, Watson, muy curioso! Ahora empieza otra vez: AT… vaya, lo repite por tercera vez. ¡ATTENTA tres veces! ¿Cuántas veces lo va a repetir? No, parece que sea el final. Se ha retirado de la ventana. ¿Qué piensa de eso, Watson?

- Un mensaje en cifra, Holmes.

Mi compañero lanzó una súbita risa de comprensión.

- Y no es una cifra muy difícil, Watson -dijo-. ¡Vaya, claro, es italiano! El mensaje va dirigido a una mujer ¡Atenta! ¡Ten cuidado! ¿Qué tal, Watson?

- Creo que ha acertado.

- Sin duda. Es un mensaje muy urgente, repetido tres veces para hacerlo aún más apremiante; ¿atenta a qué? Espere un poco; otra vez vuelve a la ventana.

Al renovarse las señales, vimos otra vez la vaga silueta de un hombre acurrucado y el fulgor de la pequeña llama por la ventana. Eran más frecuentes que antes; tanto que era difícil seguirlas.

- PERICOLO. ¿Eh, qué es eso, Watson? Peligro, ¿verdad? Sí, es una señal de peligro. Ahí va otra vez. Hola, qué demonios pasa…

La luz se había extinguido de repente, había desaparecido el cuadrado luminoso de la ventana, y el tercer piso formaba una banda oscura en torno al alto edificio, con sus filas de ventanas brillantes. El último grito de aviso había quedado cortado de pronto. ¿Cómo, y por quién? En el mismo instante se nos ocurrió la misma idea. Holmes se levantó de un salto del lugar donde estaba acurrucado, junto a la ventana.

- Esto es serio, Watson -exclamó-. Hay algo diabólico en marcha. ¿Por qué iba a detenerse tal mensaje a medio camino? Yo pondría a Scotland Yard en contacto con este asunto… pero es demasiado apremiante para que nos marchemos.

- ¿Voy a llamar a la policía?

- Tenemos que definir la situación de un modo un poco más claro. A lo mejor admite alguna interpretación más inocente. Vamos, Watson, crucemos nosotros mismos al otro lado a ver qué sacamos de ello.

Caminando rápidamente por Howe Street me volví para mirar el edificio que habíamos dejado. Allí, vagamente perfilada en la ventana más alta, vi la sombra de una cabeza, una cabeza de mujer, mirando tensamente, con rigidez, a la noche, esperando en suspenso, casi sin aliento, la continuación de ese mensaje interrumpido. En la puerta de los pisos de Howe Street, un hombre, embozado en un plastrón y un gabán, estaba apoyado en la verja. Se sobresaltó cuando la luz del vestíbulo nos dio en la cara.

- ¡Holmes! -gritó.

- ¡Vaya, Gregson! -dijo mi compañero, dando la mano al detective de Scotland Yard-. Fin del viaje con encuentro de enamorados. ¿Qué le trae por aquí?

- Lo mismo que a usted, espero -dijo Gregson-. ¿Cómo ha llegado usted a esto?, no puedo imaginarlo.

- Diferentes hilos, pero que llevan al mismo enredo. He estado recibiendo las señales.

- ¿Las señales?

- Sí, desde esa ventana. Se interrumpieron a la mitad. Pasamos acá a ver por qué razón. Pero puesto que está a salvo en sus manos, no veo de qué sirve continuar el asunto.

- ¡Espere un poco! -gritó Gregson, con empeño-. Le he de hacer justicia, señor Holmes; nunca he tenido un caso en que no me sintiera más fuerte por contar con usted a mi lado. Hay sólo una salida de estos pisos, así que le tenemos seguro.

- ¿Quién es él?

- Bueno, bueno, por una vez le llevamos ventaja, señor Holmes. Tiene que reconocernos como mejores esta vez. -Golpeó fuertemente el suelo con el bastón, a lo cual un cochero de punto, látigo en mano, se acercó desde un coche de cuatro ruedas en que estaba al otro lado de la calle-. Este es el señor Leverton, de la Agencia American Pinkerton’s.

- ¿El héroe del misterio de la cueva de Long Island? -dijo Holmes-. Encantado de conocerle.

El americano, un joven tranquilo, con aire práctico, y de cara afilada y bien afeitada, se ruborizó ante esas palabras de elogio.

- Estoy sobre la pista de mi vida, señor Holmes -dijo-. Si puedo encontrar a Gorgiano…

- ¡Cómo! ¿Gorgiano el del Circulo Rojo?

- Ah, ¿tiene fama en Europa, entonces? Bueno, en América lo sabemos todo de él. Sabemos que está en la base de cincuenta asesinatos, y sin embargo no tenemos nada positivo con que cazarle. Voy detrás de él desde Nueva York, y le he seguido de cerca durante una semana en Londres, esperando alguna excusa para echarle la mano al cuello. El señor Gregson y yo le hemos acorralado en esa gran casa de pisos, y hay sólo una puerta, así que no se nos puede escapar. Han salido tres personas desde que entró, pero juraría que no era ninguna de ellas.

- El señor Holmes habla de señales -dijo Gregson-. Espero que, como de costumbre, sepa cosas que nosotros no sabemos.

En pocas palabras, Holmes explicó la situación tal como nos ha aparecido. El americano dio una palmada, consternado.

- ¡Va contra nosotros! -exclamó.

- ¿Por qué lo cree así?

- Bueno, eso parece, ¿no? Ahí está, enviando mensajes a un cómplice; hay en Londres varios de su banda. Luego, de repente, cuando, según lo que cuenta, les decía que había peligro, se interrumpió. ¿Qué podía significar eso sino que desde la ventana había visto que estábamos en la calle, o que había comprendido lo cerca que estaba el peligro, y que debía actuar en seguida para evitarlo? ¿Qué sugiere, señor Holmes?

- Que subamos en seguida y lo veamos con nuestros propios ojos.

- Pero no tenemos orden de detención.

- Está el local desalquilado en circunstancias sospechosas -dijo Gregson-. Eso basta por el momento. Una vez que lo tengamos sujeto ya veremos si Nueva York puede o no ayudarnos a retenerle. Yo asumiré la responsabilidad de detenerle ahora.

Nuestros detectives oficiales pueden fallar en cuestión de inteligencia, pero nunca de valentía. Gregson subió por la escalera para detener a ese asesino desesperado, con el mismo aire absolutamente tranquilo y de negocios con que habría subido la escalera de Scotland Yard. El agente de Pinkerton había tratado de adelantársele de un empujón, pero Gregson le echó atrás firmemente con el codo. Los peligros de Londres son privilegio de la policía de Londres.

En el tercer descansillo, la puerta del piso de la izquierda estaba entreabierta. Gregson la abrió de un empujón. Dentro, todo era silencio y oscuridad. Encendí un fósforo, y prendí la linterna del detective. Cuando el chisporroteo se afirmó en una llama, todos lanzamos un grito de sorpresa. 

En las tablas del suelo sin alfombra se destacaba una reciente traza de sangre. Los pasos ensangrentados apuntaban hacia nosotros, y salían de un cuarto interior, cuya puerta estaba cerrada. Gregson la abrió de una sacudida y sostuvo por delante la luz, mientras todos escudriñábamos ansiosos sobre sus hombros.

En medio del suelo del cuarto vacío apareció la figura de un hombre enorme, con su cara morena y bien afeitada contorsionada de modo grotesco y horrible, y con la cabeza rodeada por un espectral halo carmesí de sangre, tendido en un ancho círculo mojado sobre las blancas tablas. 

Tenía las rodillas enhiestas y las manos extendidas con angustia, y del centro de su ancha garganta morena, levantada hacia arriba, surgía el mango blanco de un cuchillo con toda la hoja metida en su cuerpo. Gigantesco como era, el hombre debía haber caído como un buey en el matadero bajo ese terrible golpe. Junto a su mano derecha, había en el suelo un tremendo puñal de doble filo y mango de cuerno, y al lado, un guante negro de cabritilla.

- ¡Caramba! ¡Es Gorgiano el Negro en persona! -exclamó el detective americano-. Alguien se nos ha adelantado esta vez.

- Ahí está la vela en la ventana, señor Holmes -dijo Gregson-. Pero ¿qué hace?

Holmes había ido al otro lado, había encendido la vela, y la estaba pasando de un lado a otro a través de los cristales de la ventana. Luego atisbó en la oscuridad, apagó la vela de un soplo, y la tiró al suelo.

- Creo más bien que eso será útil -dijo. Se acercó y se quedó profundamente pensativo, mientras los dos profesionales examinaban el cadáver-. Dice usted que tres personas más salieron de la casa mientras usted esperaba abajo -dijo, por fin-. ¿Las observó bien?

- Sí.

- ¿Había un hombre de unos treinta años, de barba negra, moreno, de tamaño mediano?

- Sí, fue el último en pasar delante de mí.

- Ese es su hombre, me parece. Puedo darle su descripción, y tenemos un excelente perfil de su huella. Eso debería bastarle.

- No es mucho, señor Holmes, entre los millones de habitantes de Londres.

- Quizá no. Por eso me pareció lo mejor convocar a esta señora en su ayuda.

Nos volvimos todos ante esas palabras. Allí, enmarcada en el umbral, había una mujer alta y bella: la misteriosa huésped de Bloomsbury. Avanzó lentamente, con la cara pálida y tensa a causa del terrible temor, los ojos fijos, y su mirada aterrorizada clavada en la oscura figura tendida en el suelo.

- ¡Le han matado! -murmuró-. ¡Oh, Dios mío, le han matado!

Entonces oí que tomaba aliento, profundamente, y dio un salto con un grito de alegría. Dando vueltas al cuarto, danzó dando palmadas, con sus ojos oscuros fulgurando en asombro, felicidad, y con mil bonitas exclamaciones italianas en los labios. Era terrible y sorprendente ver a tal mujer tan convulsa de alegría ante semejante espectáculo. De repente se detuvo y nos miró con ojos interrogantes.

- ¡Pero ustedes! ¡Ustedes son de la policía! ¿no es verdad? Ustedes han matado a Guiseppe Gorgiano. ¿No es verdad?

- Somos de la policía, señora.

Miró en torno suyo, a las sombra del cuarto.

- Pero entonces, ¿dónde está Gennaro? -preguntó-. Es mi marido, Gennaro Lucca. Yo soy Emilia Lucca, y somos de Nueva York. ¿Dónde está Gennaro? Me acaba de llamar desde esta ventana y he venido a toda prisa.

- Fui yo quien llamó -dijo Holmes.

- ¡Usted! ¿Cómo pudo?

- Su cifra no era difícil, señora. Su presencia aquí era necesaria. Sabía que sólo tenía que transmitir con la luz VIENI para que usted viniera.

La hermosa italiana miró con respeto a mi compañero.

- No comprendo cómo sabe esas cosas -dijo-. Guiseppe Gorgiano… cómo pudo… -se detuvo; luego, de repente, su cara se iluminó de orgullo y placer-. ¡Ya lo veo! ¡Mi Gennaro! ¡Mi espléndido, mi hermoso Gennaro, que me ha conservado a salvo de todo daño, lo hizo; con su propia mano fuerte mató al monstruo! ¡Ah, Gennaro, qué estupendo eres! ¿Qué mujer puede merecer a tal hombre?

- Bueno, señora Lucca -dijo el prosaico Gregson, poniendo la mano en la manga de la señora con tan poco sentimiento con si ella fuera un chulo de Notting Hill-, todavía no tengo muy claro quién es usted o qué es usted, pero ha dicho bastante como para dejar en claro que la vamos a necesitar en Scotland Yard.

- Un momento, Gregson -dijo Holmes-. Me parece que esta señora puede tener tantos deseos de proporcionarnos información como nosotros de recibirla. ¿Comprende usted, señora, que su marido será detenido y juzgado por la muerte del hombre que tenemos delante? Lo que diga usted puede ser utilizado en el proceso. Pero si usted piensa que ha actuado por motivos que no son criminales, y que él querría que se conocieran, entonces no puede ayudarle mejor que contándonos toda la historia.

- Ahora que Gorgiano ha muerto, no tenemos nada -dijo la señora-. Era un demonio y un monstruo, y no puede haber juez en el mundo que castigue a mi marido por haberle matado.

- En ese caso -dijo Holmes-, sugiero que cerremos esta puerta, que dejemos las cosas como las encontramos, que vayamos con esta señora a sus habitaciones y que formemos nuestra opinión después de oír lo que tenga que decirnos.

Media hora después estábamos sentado los cuatro en el pequeño gabinete de la signora Lucca, oyendo su notable relato sobre esos siniestros acontecimientos, cuyo final habíamos presenciado por casualidad. Hablaba en un inglés rápido y fluido, pero nada convencional, que no intentaremos imitar:

- Nací en Posilipo, cerca de Nápoles -dijo-, hija de Augusto Barelli, que era el abogado más importante, y que en una ocasión fue diputado de esa comarca. Gennaro era empleado de mi padre, y me enamoré de él, como tiene que amarle toda mujer. No tenía dinero ni posición, así que mi padre prohibió el matrimonio. Escapamos juntos, nos casamos en Bari y vendí mis joyas para obtener el dinero con que llegar a América. Eso fue hace cuatro años, y desde entonces hemos estado en Nueva York.

»Al principio, la fortuna fue muy buena con nosotros. Gennaro pudo hacer un favor a un caballero italiano -le salvó de unos rufianes en un sitio llamado la Bowery, haciendo así un amigo poderoso. Se llamaba Tito Castalotti, y era el principal socio de la firma Castalotti y Zamba, que son los mayores importadores de fruta de Nueva York. El señor Zamba está inválido, y nuestro nuevo amigo Castalotti tenía poder en toda la firma, que emplea más de trescientos hombres. Dio empleo a mi marido, le hizo jefe de un departamento y le mostró su buena voluntad en todos los sentidos. El señor Castalotti era soltero, y creo que sentía que Gennaro era como su hijo, y tanto mi marido como yo le queríamos como si fuera nuestro padre. Habíamos tomado y amueblado una casita en Brooklyn, y nuestro porvenir parecía asegurado, cuando apareció una nube negra que pronto iba a cubrir nuestro cielo.

»Una noche, al volver del trabajo, Gennaro trajo a un paisano con él. Se llamaba Gorgiano y también era de Posilipo. Era un hombre enorme, como saben, pues han visto su cadáver. No sólo tenía cuerpo de gigante, sino que todo en él era gigantesco, enorme, aterrador. Su voz era como un trueno en nuestra casita. Apenas había sitio para sus braceos cuando hablaba. Sus pensamientos, sus emociones, sus pasiones, eran todas exageradas y monstruosas. Hablaba, o más bien rugía, con tal emoción que los demás no podían sino quedarse escuchando, acobardados por aquel poderoso torrente de palabras. Era un hombre terrible y extraño. ¡Gracias a Dios que está muerto!

»Volvió una y otra vez. Pero yo me daba cuenta de que Gennaro no estaba más contento que yo con su presencia. Mi pobre marido se quedaba sentado, pálido y nervioso, escuchando su inacabable delirio sobre política y cuestiones sociales. Gennaro no decía nada, pero yo, que le conocía tan bien, pude leer en su rostro una emoción que nunca había visto en él. Al principio creí que era rencor. Y luego, poco a poco, comprendí que era algo más: era miedo, un miedo profundo, secreto, penetrante. Esa noche, que advertí su terror, le abracé y le imploré por su amor y por todo lo que quería que no me ocultara nada, y que me contara por qué ese hombre enorme le abrumaba tanto.

»Él me lo contó, y mi corazón se sintió frío como el hielo al escucharlo. Mi pobre Gennaro, en sus días locos y encendidos, cuando todo el mundo parecía estar contra él y su mente estaba medio desquiciada por las injusticias de la vida, se había unido a una sociedad napolitana, el Círculo Rojo, que estaba en relación con los antiguos Carbonarios. Los juramentos y secretos de esa fraternidad eran terribles; pero una vez bajo su dominio no era posible escapar. Cuando huimos a América, Gennaro creyó que se los había quitado de encima para siempre. ¡Cuál fue su horror una noche al encontrar por la calle al mismo hombre que le había iniciado en Nápoles, el gigante Gorgiano, un hombre que se había ganado el sobrenombre de “Muerte” en el Sur de Italia, pues estaba teñido hasta los codos en crimen! Había llegado a Nueva York para evitar a la policía italiana, y ya había plantado una rama de esa terrible sociedad en su nuevo país. Todo esto me dijo Gennaro, y me enseño una convocatoria que había ese mismo día, con un Círculo Rojo en el encabezamiento, diciéndole que se iba a convocar una reunión en una determinada fecha, y que se ordenaba y requería su presencia.

»Eso ya era bastante malo, pero aún faltaba lo peor. Yo había notado que desde hacía algún tiempo que cuando Gorgiano venía a vernos, según solía, al anochecer, me hablaba mucho a mí; y aun cuando sus palabras fueran para mi marido, esos terribles ojos, bestiales y fulgurantes, siempre se dirigían a mí. Una noche reveló su secreto. Yo había despertado en él lo que llamaba “amor”; el amor de un bruto, de un salvaje. Cuando Gennaro no había vuelto todavía, él llegó. Se abrió paso a empujones, me agarró con sus poderosos brazos, me abrazó con su abrazo de oso, me cubrió de besos y me imploró que me escapara con él. Yo estaba luchando y chillando cuando entró Gennaro y le atacó. Él dejó sin sentido a Gennaro de un golpe y huyó de la casa, donde nunca más entraría. Esa noche hicimos un enemigo mortal.

»Pocos días después tuvo lugar la reunión. Gennaro volvió de ella con una cara tan sombría que comprendí que había ocurrido algo terrible. Era peor de lo que yo podía haber imaginado. Los fondos de la sociedad se recaudaban por medio de chantaje a italianos ricos a los que se amenazaba cuando rehusaban pagar. Parece que habían abordado a Castalotti, nuestro querido amigo y protector. Él se había negado a ceder a las amenazas, y había entregado los avisos a la policía. En la reunión se acordó que él y su casa debían ser volados con dinamita. Echaron a suertes quién había de realizarlo. Gennaro vio la cruel cara de nuestro enemigo sonriéndole cuando metió la mano en la bolsa. Sin duda lo habían arreglado previamente de algún modo, pues fue el fatal disco, con el Círculo Rojo, lo que sacó en la mano. Tenía que matar a su mejor amigo o exponerse él mismo y a mí a la venganza de sus camaradas. Era parte de su demoníaco sistema castigar a quienes temían u odiaban dañando no sólo a sus personas, sino a sus seres queridos, y el saberlo era lo que pendía con terror sobre la cabeza de mi pobre Gennaro y lo que casi le enloquecía de temor. Toda esa noche velamos juntos, abrazados, fortaleciéndonos mutuamente para las dificultades que teníamos por delante. La noche siguiente era la fijada para el intento. A mediodía, mi marido y yo estábamos de camino para Londres, pero no sin antes avisar a nuestro bienhechor del peligro, y dejar también a la policía la información que protegiera su vida en el futuro.

»Lo demás, caballeros, ya lo saben por ustedes mismos. Estábamos seguros de que nuestros enemigos nos seguirían como nuestras sombras. Gorgiano tenía sus razones particulares para vengarse, pero además sabíamos lo inexorable, astuto e incansable que podía ser. Italia y América estaban llenas de historias de su temible poder. Ahora sería cuando se ejerciera del todo. Mi marido empleó los pocos días sin peligro que habíamos conseguido con nuestra fuga en buscarme un refugio para poder estar a cubierto de cualquier riesgo. Por su parte, él deseaba estar libre para poder comunicar con la policía americana y la italiana. Yo misma no sé dónde vivía, ni cómo. Lo único que sabía era por los anuncios de un periódico. Pero una vez, mirando por la ventana, vi dos italianos observando la casa, y comprendí que Gorgiano había encontrado de algún modo nuestro refugio. Finalmente, Gennaro me dijo, por el periódico, que me haría señales desde una ventana, pero cuando llegaron, las señales no fueron más que alertas, que se interrumpieron de pronto. Ahora veo claro que él sabía que Gorgiano le seguía de cerca, y ¡gracias a Dios! estaba preparado para cuando llegara. Y ahora, caballeros, les preguntaría si tenemos algo que temer de la justicia, o si algún juez en el mundo condenaría a mi Gennaro por lo que ha hecho.

- Bueno, señor Gregson -dijo el americano, mirando al inspector-, no sé cuál será su punto de vista británico, pero supongo que en Nueva York el marido de esta señora recibiría una muestra de agradecimiento casi general.

- Tendrá que venir conmigo a ver al jefe -respondió Gregson-. Si se confirma lo que dice, creo que ni ella ni su marido tienen mucho que temer. Pero lo que no puedo entender en absoluto, señor Holmes, es cómo demonios se ha mezclado usted también en el asunto.

- Por la educación, Gregson, por la educación. Sigo buscando conocimientos en la vieja universidad. Bueno, Watson, ya tiene otra muestra más de lo trágico y lo grotesco que añadir a su colección. Por cierto, ¿no son las ocho, y es una noche de Wagner en Covent Garden? Si nos damos prisa, podemos llegar a tiempo para el segundo acto.

El aristócrata solterón - Sir Arthur Conan Doyle

    Hace ya mucho tiempo que el matrimonio de lord St. Si­mon y la curiosa manera en que terminó dejaron de ser te­mas de interés en los selectos círculos en los que se mueve el infortunado novio. Nuevos escándalos lo han eclipsado, y sus detalles más picantes han acaparado las murmuracio­nes, desviándolas de este drama que ya tiene cuatro años de antigüedad. 

    No obstante, como tengo razones para creer que los hechos completos no se han revelado nunca al públi­co en general, y dado que mi amigo Sherlock Holmes de­sempeñó un importante papel en el esclarecimiento del asunto, considero que ninguna biografía suya estaría com­pleta sin un breve resumen de este notable episodio.

Pocas semanas antes de mi propia boda, cuando aún compartía con Holmes el apartamento de Baker Street, mi amigo regresó a casa después de un paseo y encontró una carta aguardándole encima de la mesa. Yo me había queda­do en casa todo el día, porque el tiempo se había puesto de repente muy lluvioso, con fuertes vientos de otoño, y la bala que me había traído dentro del cuerpo como recuerdo de mi campaña de Afganistán palpitaba con monótona persisten­cia. 

Tumbado en una poltrona con una pierna encima de otra, me había rodeado de una nube de periódicos hasta que, saturado al fin de noticias, los tiré a un lado y me quedé postrado e inerte, contemplando el escudo y las iniciales del sobre que había encima de la mesa, y preguntándome perezosamente quién sería aquel noble que escribía a mi amigo.

-Tiene una carta de lo más elegante -comenté al entrar él-. Si no recuerdo mal, las cartas de esta mañana eran de un pescadero y de un aduanero del puerto.

-Sí, desde luego, mi correspondencia tiene el encanto de la variedad -respondió él, sonriendo-. Y, por lo general, las más humildes son las más interesantes. Ésta parece una de esas molestas convocatorias sociales que le obligan a uno a aburrirse o a mentir.

Rompió el lacre y echó un vistazo al contenido.

-¡Ah, caramba! ¡Después de todo, puede que resulte interesante!

-¿No es un acto social, entonces?

-No; estrictamente profesional.

-¿Y de un cliente noble?

-Uno de los grandes de Inglaterra.

-Querido amigo, le felicito.

-Le aseguro, Watson, sin falsa modestia, que la categoría de mi cliente me importa mucho menos que el interés que ofrezca su caso. Sin embargo, es posible que esta nueva in­vestigación no carezca de interés. Ha leído usted con aten­ción los últimos periódicos, ¿no es cierto?

-Eso parece -dije melancólicamente, señalando un enor­me montón que había en un rincón-. No tenía otra cosa que hacer.

-Es una suerte, porque así quizás pueda ponerme al corriente. Yo no leo más que los sucesos y los anuncios personales. Estos últimos son siempre instructivos. Pero si usted ha seguido de cerca los últimos acontecimientos, habrá leí­do acerca de lord St. Simon y su boda.

-Oh, sí, y con el mayor interés.

-Estupendo. La carta que tengo en la mano es de lord St. Simon. Se la voy a leer y, a cambio, usted repasará esos periódicos y me enseñará todo lo que tenga que ver con el asunto. Esto es lo que dice:

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«Querido señor Sherlock Holmes: Lord Backwater me asegura que puedo confiar plenamente en su juicio y discreción. Así pues, he decidido hacerle una visita para consultar­le con respecto al dolorosísimo suceso acaecido en relación con mi boda. 

El señor Lestrade, de Scotland Yard, se encuen­tra ya trabajando en el asunto, pero me ha asegurado que no hay inconveniente alguno en que usted coopere, e incluso cree que podría resultar de alguna ayuda. Pasaré a verle a las cuatro de la tarde, y le agradecería que aplazara cualquier otro compromiso que pudiera tener a esa hora, ya que el asunto es de trascendental importancia. Suyo afectísimo, ROBERT ST. SIMON.»

-.-.-.-.-.-.-.-.-.- 

-Está fechada en Grosvenor Mansions, escrita con pluma de ave, y el noble señor ha tenido la desgracia de mancharse de tinta la parte de fuera de su meñique derecho -comentó Holmes, volviendo a doblar la carta.

-Dice que a las cuatro, y ahora son las tres. Falta una hora para que venga.

-Entonces, tengo el tiempo justo, contando con su ayuda, para ponerme al corriente del tema. Repase esos periódicos y ordene los artículos por orden de fechas, mientras yo miro quién es nuestro cliente -sacó un volumen de tapas rojas de una hilera de libros de referencia que había junto a la repisa de la chimenea-. 

Aquí está -dijo, sentándose y abriéndolo sobre las rodillas-. «Robert Walsingham de Vere St. Simon, segundo hijo del duque de Balmoral»... ¡Hum! Escudo: Campo de azur, con tres abrojos en jefe sobre banda de sa­ble. Nacido en 1846. Tiene, pues, cuarenta y un años, que es una edad madura para casarse. Fue subsecretario de las colonias en una administración anterior. El duque, su padre, fue durante algún tiempo ministro de Asuntos Exteriores. Han heredado sangre de los Plantagenet por vía directa y de los Tudor por vía materna. ¡Ajá! Bueno, en todo esto no hay nada que resulte muy instructivo. Creo que dependo de us­ted, Watson, para obtener datos más sólidos.

-Me resultará muy fácil encontrar lo que busco -dije yo-, porque los hechos son bastante recientes y el asunto me lla­mó bastante la atención. Sin embargo, no me atrevía a ha­blarle del tema, porque sabía que tenía una investigación en­tre manos y que no le gusta que se entrometan otras cosas.

-Ah, se refiere usted al insignificante problema del furgón de muebles de Grosvenor Square. Eso ya está aclarado de so­bra... aunque la verdad es que era evidente desde un princi­pio. Por favor, deme los resultados de su selección de prensa.

-Aquí está la primera noticia que he podido encontrar. Está en la columna personal del Morning Post y, como ve, lle­va fecha de hace unas semanas. «Se ha concertado una boda», dice, «que, si los rumores son ciertos, tendrá lugar dentro de muy poco, entre lord Robert St. Simon, segundo hijo del duque de Balmoral, y la señorita Hatty Doran, hija única de Aloysius Doran, de San Francisco, California, EE.UU.» Eso es todo.

-Escueto y al grano -comentó Holmes, extendiendo ha­cia el fuego sus largas y delgadas piernas.

-En la sección de sociedad de la misma semana apareció un párrafo ampliando lo anterior. ¡Ah, aquí está!: «Pronto será necesario imponer medidas de protección sobre el mer­cado matrimonial, en vista de que el principio de libre co­mercio parece actuar decididamente en contra de nuestro producto nacional. Una tras otra, las grandes casas nobilia­rias de Gran Bretaña van cayendo en manos de nuestras be­llas primas del otro lado del Atlántico. 

Durante la última se­mana se ha producido una importante incorporación a la lista de premios obtenidos por estas encantadoras invasoras. Lord St. Simon, que durante más de veinte años se había mostrado inmune a las flechas del travieso dios, ha anuncia­do de manera oficial su próximo enlace con la señorita Hatty Doran, la fascinante hija de un millonario california­no. 

La señorita Doran, cuya atractiva figura y bello rostro atrajeron mucha atención en las fiestas de Westbury House, es hija única y se rumorea que su dote está muy por encima de las seis cifras, y que aún podría aumentar en el futuro. 

Teniendo en cuenta que es un secreto a voces que el duque de Balmoral se ha visto obligado a vender su colección de pin­tura en los últimos años, y que lord St. Simon carece de propiedades, si exceptuamos la pequeña finca de Birchmoor, parece evidente que la heredera californiana no es la única que sale ganando con una alianza que le permitirá realizar la fácil y habitual transición de dama republicana a aristócrata británica».

-¿Algo más? -preguntó Holmes, bostezando.

-Oh, sí, mucho. Hay otro párrafo en el Morning Post di­ciendo que la boda sería un acto absolutamente privado, que se celebraría en San Jorge, en Hanover Square, que sólo se invitaría a media docena de amigos íntimos, y que luego to­dos se reunirían en una casa amueblada de Lancaster Gate, alquilada por el señor Aloysius Doran. 

Dos días después... es decir, el miércoles pasado... hay una breve noticia de que la boda se ha celebrado y que los novios pasarían la luna de miel en casa de lord Backwater, cerca de Petersfield. Éstas son todas las noticias que se publicaron antes de la desapari­ción de la novia.

-¿Antes de qué? -preguntó Holmes con sobresalto.

-De la desaparición de la dama.

-¿Y cuándo desapareció?

-Durante el almuerzo de boda.

-Caramba. Esto es más interesante de lo que yo pensaba; y de lo más dramático.

-Sí, a mí me pareció un poco fuera de lo corriente.

-Muchas novias desaparecen antes de la ceremonia, y alguna que otra durante la luna de miel; pero no recuerdo nada tan súbito como esto. Por favor, déme detalles.

-Le advierto que son muy incompletos.

-Quizás podamos hacer que lo sean menos.

-Lo poco que se sabe viene todo seguido en un solo artí­culo publicado ayer por la mañana, que voy a leerle. Se titula «Extraño incidente en una boda de alta sociedad».

«La familia de lord Robert St. Simon ha quedado sumida en la mayor consternación por los extraños y dolorosos su­cesos ocurridos en relación con su boda. La ceremonia, tal como se anunciaba brevemente en la prensa de ayer, se cele­bró anteayer por la mañana, pero hasta hoy no había sido posible confirmar los extraños rumores que circulaban de manera insistente. 

«A pesar de los esfuerzos de los amigos por silenciar el asunto, éste ha atraído de tal modo la aten­ción del público que de nada serviría fingir desconocimien­to de un tema que está en todas las conversaciones.

»La ceremonia, que se celebró en la iglesia de San Jorge, en Hanover Square, tuvo lugar en privado, asistiendo tan sólo el padre de la novia, señor Aloysius Doran, la duquesa de Balmoral, lord Backwater, lord Eustace y lady Clara St. Si­mon (hermano menor y hermana del novio), y lady Alicia Whittington. A continuación, el cortejo se dirigió a la casa del señor Aloysius Doran, en Lancaster Gate, donde se había preparado un almuerzo. 

«Parece que allí se produjo un pe­queño incidente, provocado por una mujer cuyo nombre no se ha podido confirmar, que intentó penetrar por la fuerza en la casa tras el cortejo nupcial, alegando ciertas reclama­ciones que tenía que hacerle a lord St. Simon. 

«Tras una larga y bochornosa escena, el mayordomo y un lacayo consiguie­ron expulsarla. La novia, que afortunadamente había entra­do en la casa antes de esta desagradable interrupción, se ha­bía sentado a almorzar con los demás cuando se quejó de una repentina indisposición y se retiró a su habitación.

«Como su prolongada ausencia empezaba a provocar comentarios, su padre fue a buscarla; pero la doncella le dijo que sólo había entrado un momento en su habitación para coger un abrigo y un sombrero, y que luego había salido a toda pri­sa por el pasillo. Uno de los lacayos declaró haber visto salir de la casa a una señora cuya vestimenta respondía a la des­cripción, pero se negaba a creer que fuera la novia, por estar convencido de que ésta se encontraba con los invitados. 

«Al comprobar que su hija había desaparecido, el señor Aloysius Doran, acompañado por el novio, se puso en contacto con la policía sin pérdida de tiempo, y en la actualidad se están lle­vando a cabo intensas investigaciones, que probablemente no tardarán en esclarecer este misterioso asunto. 

«Sin embar­go, a últimas horas de esta noche todavía no se sabía nada del paradero de la dama desaparecida. Los rumores se han desatado, y se dice que la policía ha detenido a la mujer que provocó el incidente, en la creencia de que, por celos o algún otro motivo, pueda estar relacionada con la misteriosa desa­parición de la novia.»

-¿Y eso es todo?

-Sólo hay una notita en otro de los periódicos, pero bas­tante sugerente.

-¿Qué dice?

-Que la señorita Flora Millar, la dama que provocó el incidente, había sido detenida. Parece que es una antigua bailarina del Allegro, y que conocía al novio desde hace varios años. No hay más detalles, y el caso queda ahora en sus manos... Al menos, tal como lo ha expuesto la prensa.

-Y parece tratarse de un caso sumamente interesante. No me lo perdería por nada del mundo. Pero creo que llaman a la puerta, Watson, y dado que el reloj marca poco más de las cuatro, no me cabe duda de que aquí llega nuestro aristocrático cliente. No se le ocurra marcharse, Watson, porque me interesa mucho tener un testigo, aunque sólo sea para con­firmar mi propia memoria.

-El señor Robert St. Simon -anunció nuestro botones, abriendo la puerta de par en par, para dejar entrar a un ca­ballero de rostro agradable y expresión inteligente, altivo y pálido, quizás con algo de petulancia en el gesto de la boca, y con la mirada firme y abierta de quien ha tenido la suerte de nacer para mandar y ser obedecido. 

Aunque sus movi­mientos eran vivos, su aspecto general daba una errónea im­presión de edad, porque iba ligeramente encorvado y se le doblaban un poco las rodillas al andar. Además, al quitarse el sombrero de ala ondulada, vimos que sus cabellos tenían las puntas grises y empezaban a clarear en la coronilla. 

En cuanto a su atuendo, era perfecto hasta rayar con la afecta­ción: cuello alto, levita negra, chaleco blanco, guantes ama­rillos, zapatos de charol y polainas de color claro. Entró des­pacio en la habitación, girando la cabeza de izquierda a derecha y balanceando en la mano derecha el cordón del que colgaban sus gafas con montura de oro.

-Buenos días, lord St. Simon -dijo Holmes, levantándose y haciendo una reverencia-. Por favor, siéntese en la butaca de mimbre. Éste es mi amigo y colaborador, el doctor Wat­son. Acérquese un poco al fuego y hablaremos del asunto.

-Un asunto sumamente doloroso para mí, como podrá usted imaginar, señor Holmes. Me ha herido en lo más hon­do. Tengo entendido, señor, que usted ya ha intervenido en varios casos delicados, parecidos a éste, aunque supongo que no afectarían a personas de la misma clase social.

-En efecto, voy descendiendo.

-¿Cómo dice?

-Mi último cliente de este tipo fue un rey.

-¡Caramba! No tenían idea. ¿Y qué rey?

 -El rey de Escandinavia.

-¿Cómo? ¿También desapareció su esposa?

-Como usted comprenderá -dijo Holmes suavemente-, aplico a los asuntos de mis otros clientes la misma reserva que le prometo aplicar a los suyos.

-¡Naturalmente! ¡Tiene razón, mucha razón! Le pido mil perdones. En cuanto a mi caso, estoy dispuesto a proporcionarle cualquier información que pueda ayudarle a formarse una opinión.

-Gracias. Sé todo lo que ha aparecido en la prensa, pero nada más. Supongo que puedo considerarlo correcto... Por ejemplo, este artículo sobre la desaparición de la novia.

El señor St. Simon le echó un vistazo.

-Sí, es más o menos correcto en lo que dice.

-Pero hace falta mucha información complementaria para que alguien pueda adelantar una opinión. Creo que el modo más directo de conocer los hechos sería preguntarle a usted.

-Adelante.

-¿Cuándo conoció usted a la señorita Hatty Doran?

-Hace un año, en San Francisco.

-¿Estaba usted de viaje por los Estados Unidos?

-Sí.

-¿Fue entonces cuando se prometieron?

-No.

-¿Pero su relación era amistosa?

-A mí me divertía estar con ella, y ella se daba cuenta de que yo me divertía.

-¿Es muy rico su padre?

-Dicen que es el hombre más rico de la Costa Oeste.

-¿Y cómo adquirió su fortuna?

-Con las minas. Hace unos pocos años no tenía nada. Entonces, encontró oro, invirtió y subió como un cohete.

-Veamos: ¿qué impresión tiene usted sobre el carácter de la señorita... es decir, de su esposa?

El noble aceleró el balanceo de sus gafas y se quedó mirando al fuego.

-Verá usted, señor Holmes -dijo-. Mi esposa tenía ya veinte años cuando su padre se hizo rico. Se había pasado la vida correteando por un campamento minero y vagando por bosques y montañas, de manera que su educación debe más a la naturaleza que a los maestros de escuela. 

Es lo que en Inglaterra llamaríamos una buena pieza, con un carácter fuerte, impetuoso y libre, no sujeto a tradiciones de ningún tipo. Es impetuosa... hasta diría que volcánica. Toma deci­siones con rapidez y no vacila en llevarlas a la práctica. Por otra parte, yo no le habría dado el apellido que tengo el ho­nor de llevar -soltó una tosecilla solemne- si no pensara que tiene un fondo de nobleza. Creo que es capaz de sacrificios heroicos y que cualquier acto deshonroso la repugnaría.

-¿Tiene una fotografía suya?

-He traído esto.

Abrió un medallón y nos mostró el retrato de una mujer muy hermosa. No se trataba de una fotografía, sino de una miniatura sobre marfil, y el artista había sacado el máximo partido al lustroso cabello negro, los ojos grandes y oscuros y la exquisita boca. Holmes lo miró con gran atención du­rante un buen rato. Luego cerró el medallón y se lo devolvió a lord St. Simon.

-Así pues, la joven vino a Londres y aquí reanudaron sus relaciones.

-Sí, su padre la trajo a pasar la última temporada en Londres. Nos vimos varias veces, nos prometimos y por fin nos casamos.

-Tengo entendido que la novia aportó una dote considerable.

-Una buena dote. Pero no mayor de lo habitual en mi familia.

-Y, por supuesto, la dote es ahora suya, puesto que el matrimonio es un hecho consumado.

-La verdad, no he hecho averiguaciones al respecto.

-Es muy natural. ¿Vio usted a la señorita Doran el día an­tes de la boda?

-Sí.

-¿Estaba ella de buen humor?

-Mejor que nunca. No paraba de hablar de la vida que llevaríamos en el futuro.

-Vaya, vaya. Eso es muy interesante. ¿Y la mañana de la boda?

-Estaba animadísima... Por lo menos, hasta después de la ceremonia.

-¿Y después observó usted algún cambio en ella? -Bueno, a decir verdad, fue entonces cuando advertí las primeras señales de que su temperamento es un poquitín violento. Pero el incidente fue demasiado trivial como para mencionarlo, y no puede tener ninguna relación con el caso.

-A pesar de todo, le ruego que nos lo cuente.

-Oh, es una niñería. Cuando íbamos hacia la sacristía se le cayó el ramo. Pasaba en aquel momento por la primera fila de reclinatorios, y se le cayó en uno de ellos. Hubo un instan­te de demora, pero el caballero del reclinatorio se lo devolvió y no parecía que se hubiera estropeado con la caída. Aun así, cuando le mencioné el asunto, me contestó bruscamente; y luego, en el coche, camino de casa, parecía absurdamente agitada por aquella insignificancia.

-Vaya, vaya. Dice usted que había un caballero en el reclinatorio. Según eso, había algo de público en la boda, ¿no?

-Oh, sí. Es imposible evitarlo cuando la iglesia está abierta.

-El caballero en cuestión, ¿no sería amigo de su esposa?

-No, no; le he llamado caballero por cortesía, pero era una persona bastante vulgar. Apenas me fijé en su aspecto. Pero creo que nos estamos desviando del tema.

-Así pues, la señora St. Simon regresó a la boda en un estado de ánimo menos jubiloso que el que tenía al ir. ¿Qué hizo al entrar de nuevo en casa de su padre?

-La vi mantener una conversación con su doncella.

-¿Y quién es esta doncella?

-Se llama Alice. Es norteamericana y vino de California con ella.

-¿Una doncella de confianza?

-Quizás demasiado. A mí me parecía que su señora le permitía excesivas libertades. Aunque, por supuesto, en América estas cosas se ven de un modo diferente.

-¿Cuánto tiempo estuvo hablando con esta Alice?

-Oh, unos minutos. Yo tenía otras cosas en que pensar.

-¿No oyó usted lo que decían?

-La señora St. Simon dijo algo acerca de «pisarle a otro la licencia». Solía utilizar esa jerga de los mineros para hablar. No tengo ni idea de lo que quiso decir con eso.

-A veces, la jerga norteamericana resulta muy expresiva. ¿Qué hizo su esposa cuando terminó de hablar con la doncella?

-Entró en el comedor.

-¿Del brazo de usted?

-No, sola. Era muy independiente en cuestiones de poca monta como ésa. Y luego, cuando llevábamos unos diez minutos sentados, se levantó con prisas, murmuró unas palabras de disculpa y salió de la habitación. Ya no la volvimos a ver.

-Pero, según tengo entendido, esta doncella, Alice, ha declarado que su esposa fue a su habitación, se puso un abrigo largo para tapar el vestido de novia, se caló un sombrero y salió de la casa.

-Exactamente. Y más tarde la vieron entrando en Hyde Park en compañía de Flora Millar, una mujer que ahora está detenida y que ya había provocado un incidente en casa del señor Doran aquella misma mañana.

-Ah, sí. Me gustaría conocer algunos detalles sobre esta dama y sus relaciones con usted.

Lord St. Simon se encogió de hombros y levantó las cejas.

-Durante algunos años hemos mantenido relaciones amistosas... podría decirse que muy amistosas. Ella trabaja­ba en el Allegro. La he tratado con generosidad, y no tiene ningún motivo razonable de queja contra mí, pero ya sabe usted cómo son las mujeres, señor Holmes. 

Flora era encantadora, pero demasiado atolondrada, y sentía devoción por mí. Cuando se enteró de que me iba a casar, me escribió unas cartas terribles; y, a decir verdad, la razón de que la boda se celebrara en la intimidad fue que yo temía que diese un es­cándalo en la iglesia. 

Se presentó en la puerta de la casa del señor Doran cuando nosotros acabábamos de volver, e in­tentó abrirse paso a empujones, pronunciando frases muy injuriosas contra mi esposa, e incluso amenazándola, pero yo había previsto la posibilidad de que ocurriera algo seme­jante, y había dado instrucciones al servicio, que no tardó en expulsarla. Se tranquilizó en cuanto vio que no sacaría nada con armar alboroto.

-¿Su esposa oyó todo esto?

-No, gracias a Dios, no lo oyó.

-¿Pero más tarde la vieron paseando con esta misma mujer?

-Sí. Y al señor Lestrade, de Scotland Yard, eso le parece muy grave. Cree que Flora atrajo con engaños a mi esposa hacia alguna terrible trampa.

-Bueno, es una suposición que entra dentro de lo posible.

-¿También usted lo cree?

-No dije que fuera probable. ¿Le parece probable a usted?

-Yo no creo que Flora sea capaz de hacer daño a una mosca.

-No obstante, los celos pueden provocar extraños cam­bios en el carácter. ¿Podría decirme cuál es su propia teoría acerca de lo sucedido?

-Bueno, en realidad he venido aquí en busca de una teo­ría, no a exponer la mía. Le he dado todos los datos. Sin em­bargo, ya que lo pregunta, puedo decirle que se me ha pasa­do por la cabeza la posibilidad de que la emoción de la boda y la conciencia de haber dado un salto social tan inmenso le hayan provocado a mi esposa algún pequeño trastorno ner­vioso de naturaleza transitoria.

-En pocas palabras, que sufrió un arrebato de locura.

-Bueno, la verdad, si consideramos que ha vuelto la espal­da... no digo a mí, sino a algo a lo que tantas otras han aspi­rado sin éxito... me resulta difícil hallar otra explicación.

-Bien, desde luego, también es una hipótesis concebible -dijo Holmes sonriendo-. Y ahora, lord St. Simon, creo que ya dispongo de casi todos los datos. ¿Puedo preguntar si en la mesa estaban ustedes sentados de modo que pudieran ver por la ventana?

-Podíamos ver el otro lado de la calle, y el parque. 

-Perfecto. En tal caso, creo que no necesito entretenerlo más tiempo. Ya me pondré en comunicación con usted.

-Si es que tiene la suerte de resolver el problema -dijo nuestro cliente, levantándose de su asiento.

-Ya lo he resuelto.

-¿Eh? ¿Cómo dice?

-Digo que ya lo he resuelto.

-Entonces, ¿dónde está mi esposa?

-Ése es un detalle que no tardaré en proporcionarle. Lord St. Simon meneó la cabeza.

-Me temo que esto exija cabezas más inteligentes que la suya o la mía -comentó, y tras una pomposa inclinación, al estilo antiguo, salió de la habitación.

-El bueno de lord St. Simon me hace un gran honor al colocar mi cabeza al mismo nivel que la suya -dijo Sherlock Holmes, echándose a reír-. Después de tanto interrogatorio, no me vendrá mal un poco de whisky con soda. Ya había sa­cado mis conclusiones sobre el caso antes de que nuestro cliente entrara en la habitación.

-¡Pero Holmes!

-Tengo en mi archivo varios casos similares, aunque, como le dije antes, ninguno tan precipitado. Todo el interro­gatorio sirvió únicamente para convertir mis conjeturas en certeza. En ocasiones, la evidencia circunstancial resulta muy convincente, como cuando uno se encuentra una tru­cha en la leche, por citar el ejemplo de Thoreau.

-Pero yo he oído todo lo que ha oído usted.

-Pero sin disponer del conocimiento de otros casos anteriores, que a mí me ha sido muy útil. Hace años se dio un caso muy semejante en Aberdeen, y en Munich, al año siguiente de la guerra franco-prusiana, ocurrió algo muy parecido. Es uno de esos casos... Pero ¡caramba, aquí vie­ne Lestrade! Buenas tardes, Lestrade. Encontrará usted otro vaso encima del aparador, y aquí en la caja tiene ciga­rros.

El inspector de policía vestía chaqueta y corbata marine­ras, que le daban un aspecto decididamente náutico, y lleva­ba en la mano una bolsa de lona negra. Con un breve saludo, se sentó y encendió el cigarro que le ofrecían.

-¿Qué le trae por aquí? -preguntó Holmes con un brillo malicioso en los ojos-. Parece usted descontento.

-Y estoy descontento. Es este caso infernal de la boda de St. Simon. No le encuentro ni pies ni cabeza al asunto.

-¿De verdad? Me sorprende usted.

-¿Cuándo se ha visto un asunto tan lioso? Todas las pistas se me escurren entre los dedos. He estado todo el día traba­jando en ello.

-Y parece que ha salido mojadísimo del empeño -dijo Holmes, tocándole la manga de la chaqueta marinera.

-Sí, es que he estado dragando el Serpentine.

-¿Y para qué, en nombre de todos los santos?

-En busca del cuerpo de lady St. Simon.

Sherlock Holmes se echó hacia atrás en su asiento y rom­pió en carcajadas.

-¿Y no se le ha ocurrido dragar la pila de la fuente de Trafalgar Square?

-¿Por qué? ¿Qué quiere decir?

-Pues que tiene usted tantas posibilidades de encontrar a la dama en un sitio como en otro.

Lestrade le dirigió a mi compañero una mirada de furia.

-Supongo que usted ya lo sabe todo -se burló.

-Bueno, acabo de enterarme de los hechos, pero ya he llegado a una conclusión.

-¡Ah, claro! Y no cree usted que el Serpentine intervenga para nada en el asunto.

-Lo considero muy improbable.

-Entonces, tal vez tenga usted la bondad de explicar cómo es que encontramos esto en él -y diciendo esto, abrió la bol­sa y volcó en el suelo su contenido; un vestido de novia de seda tornasolada, un par de zapatos de raso blanco, una guirnalda y un velo de novia, todo ello descolorido y empa­pado. Encima del montón colocó un anillo de boda nuevo-. Aquí tiene, maestro Holmes. A ver cómo casca usted esta nuez.

-Vaya, vaya -dijo mi amigo, lanzando al aire anillos de humo azulado-. ¿Ha encontrado usted todo eso al dragar el Serpentine?

-No, lo encontró un guarda del parque, flotando cerca de la orilla. Han sido identificadas como las prendas que vestía la novia, y me pareció que si la ropa estaba allí, el cuerpo no se encontraría muy lejos.

-Según ese brillante razonamiento, todos los cadáveres deben encontrarse cerca de un armario ropero. Y dígame, por favor, ¿qué esperaba obtener con todo esto?

-Alguna prueba que complicara a Flora Millar en la desaparición.

-Me temo que le va a resultar difícil.

-¿Conque eso se teme, eh? -exclamó Lestrade, algo pica­do-. Pues yo me temo, Holmes, que sus deducciones y sus inferencias no le sirven de gran cosa. Ha metido dos veces la pata en otros tantos minutos. Este vestido acusa a la señorita Flora Millar.

-¿Y de qué manera?

-En el vestido hay un bolsillo. En el bolsillo hay un tarje­tero. En el tarjetero hay una nota. Y aquí está la nota -la plantó de un manotazo en la mesa, delante de él-. Escuche esto: «Nos veremos cuando todo esté arreglado. Ven en se­guida. F H. M.».  

Pues bien, desde un principio mi teoría ha sido que lady St. Simon fue atraída con engaños por Flora Millar, y que ésta, sin duda con ayuda de algunos cómplices, es responsable de su desaparición. Aquí, firmada con sus iniciales, está la nota que sin duda le pasó disimuladamente en la puerta, y que sirvió de cebo para atraerla hasta sus manos.

-Muy bien, Lestrade -dijo Holmes, riendo-. Es usted fan­tástico. Déjeme verlo -cogió el papel con indiferencia, pero algo le llamó la atención al instante, haciéndole emitir un grito de satisfacción.

-¡Esto sí que es importante! -dijo.

-¡Vaya! ¿Le parece a usted?

-Ya lo creo. Le felicito calurosamente.

Lestrade se levantó con aire triunfal e inclinó la cabeza para mirar.

-¡Pero...! -exclamó-. ¡Si lo está usted mirando por el otro lado!

-Al contrario, éste es el lado bueno.

-¿El lado bueno? ¡Está usted loco! ¡La nota escrita a lápiz está por aquí!

-Pero por aquí hay algo que parece un fragmento de una factura de hotel, que es lo que me interesa, y mucho.

-Eso no significa nada. Ya me había fijado -dijo Lestra­de-. «4 de octubre, habitación 8 chelines, desayuno 2 cheli­nes y 6 peniques, cóctel 1 chelín, comida 2 chelines y 6 peni­ques, vaso de jerez 8 peniques.» Yo no veo nada ahí.

-Probablemente, no. Pero aun así, es muy importante. También la nota es importante, o al menos lo son las inicia­les, así que le felicito de nuevo.

-Ya he perdido bastante tiempo -dijo Lestrade, ponién­dose en pie-. Yo creo en el trabajo duro, y no en sentarme junto a la chimenea urdiendo bellas teorías. Buenos días, se­ñor Holmes, y ya veremos quién llega antes al fondo del asunto -recogió las prendas, las metió otra vez en la bolsa y se dirigió a la puerta.

-Le voy a dar una pequeña pista, Lestrade -dijo Holmes lentamente-. Voy a decirle la verdadera solución del asunto. Lady St. Simon es un mito. No existe ni existió nunca semejante persona.

Lestrade miró con tristeza a mi compañero. Luego se vol­vió a mí, se dio tres golpecitos en la frente, meneó solemne­mente la cabeza y se marchó con prisas.

Apenas se había cerrado la puerta tras él, cuando Sher­lock Holmes se levantó y se puso su abrigo.

-Algo de razón tiene este buen hombre en lo que dice so­bre el trabajo de campo -comentó-. Así pues, Watson, creo que tendré que dejarle algún tiempo solo con sus periódi­cos.

Eran más de las cinco cuando Sherlock Holmes se mar­chó, pero no tuve tiempo de aburrirme, porque antes de que transcurriera una hora llegó un recadero con una gran caja plana, que procedió a desenvolver con ayuda de un mucha­cho que le acompañaba.

Al poco rato, y con gran asombro por mi parte, sobre nuestra modesta mesa de caoba se des­plegaba una cena fría totalmente epicúrea. Había un par de cuartos de becada fría, un faisán, un pastel de foie-gras y va­rias botellas añejas, cubiertas de telarañas. 

Tras extender to­das aquellas delicias, los dos visitantes se esfumaron como si fueran genios de las Mil y Una Noches, sin dar explicaciones, aparte de que las viandas estaban pagadas y que les habían encargado llevarlas a nuestra dirección.

Poco antes de las nueve, Sherlock Holmes entró a paso rápido en la sala. Traía una expresión seria, pero había un brillo en sus ojos que me hizo pensar que no le habían fallado sus suposiciones.

-Veo que han traído la cena -dijo, frotándose las manos.

-Parece que espera usted invitados. Han traído bastante para cinco personas.

-Sí, me parece muy posible que se deje caer por aquí algu­na visita -dijo-. Me sorprende que lord St. Simon no haya llegado aún. ¡Ajá! Creo que oigo sus pasos en la escalera.

Era, en efecto, nuestro visitante de por la mañana, que en­tró como una tromba, balanceando sus lentes con más fuer­za que nunca y con una expresión de absoluto desconcierto en sus aristocráticas facciones.

-Veo que mi mensajero dio con usted -dijo Holmes.

-Sí, y debo confesar que el contenido del mensaje me dejó absolutamente perplejo. ¿Tiene usted un buen fundamento para lo que dice?

-El mejor que se podría tener.

Lord St. Simon se dejó caer en un sillón y se pasó la mano por la frente.

-¿Qué dirá el duque -murmuró- cuando se entere de que un miembro de su familia ha sido sometido a semejante humillación?

-Ha sido puro accidente. Yo no veo que haya ninguna humillación.

-Ah, usted mira las cosas desde otro punto de vista.

-Yo no creo que se pueda culpar a nadie. A mi entender, la dama no podía actuar de otro modo, aunque la brusquedad de su proceder sea, sin duda, lamentable. Al carecer de ma­dre, no tenía a nadie que la aconsejara en esa crisis.

-Ha sido un desaire, señor, un desaire público -dijo lord St. Simon, tamborileando con los dedos sobre la mesa.

-Debe usted ser indulgente con esta pobre muchacha, colocada en una situación tan sin precedentes.

-Nada de indulgencias. Estoy verdaderamente indigna­do, y he sido víctima de un abuso vergonzoso.

-Creo que ha sonado el timbre -dijo Holmes-. Sí, se oyen pasos en el vestíbulo. Si yo no puedo convencerle de que considere el asunto con mejores ojos, lord St. Simon, he traí­do un abogado que quizás tenga más éxito.

Abrió la puerta e hizo entrar a una dama y a un caballero.

-Lord St. Simon -dijo-: permítame que le presente al se­ñor Francis Hay Moulton y señora. A la señora creo que ya la conocía.

Al ver a los recién llegados, nuestro cliente se había puesto en pie de un salto y permanecía muy tieso, con la mirada gacha y la mano metida bajo la pechera de su levita, convertido en la viva imagen de la dignidad ofendida. 

La dama se había adelantado rápidamente para ofrecerle la mano, pero él si­guió negándose a levantar la vista. Posiblemente, ello le ayu­dó a mantener su resolución, pues la mirada suplicante de la mujer era difícil de resistir.

-Estás enfadado, Robert -dijo ella-. Bueno, supongo que te sobran motivos.

-Por favor, no te molestes en ofrecer disculpas -dijo lord St. Simon en tono amargado.

-Oh, sí, ya sé que te he tratado muy mal, y que debería haber hablado contigo antes de marcharme; pero estaba como atontada, y desde que vi aquí a Frank, no supe lo que hacía ni lo que decía. No me explico cómo no caí desmayada delante mismo del altar.

-¿Desea usted, señora Moulton, que mi amigo y yo salga­mos de la habitación mientras usted se explica?

-Si se me permite dar una opinión -intervino el caballero desconocido-, ya ha habido demasiado secreto en este asun­to. Por mi parte, me gustaría que Europa y América enteras oyeran las explicaciones.

Era un hombre de baja estatura, fibroso, tostado por el sol, de expresión avispada y movimientos ágiles. -Entonces, contaré nuestra historia sin más preámbulo -dijo la señora-. Frank y yo nos conocimos en el 81, en el campamento minero de McQuire, cerca de las Rocosas, donde papá explotaba una mina. Nos hicimos novios, Frank y yo, pero un día papá dio con una buena veta y se forró de dinero, mientras el pobre Frank tenía una mina que fue a menos y acabó en nada. 

Cuanto más rico se hacia papá, más pobre era Frank; llegó un momento en que papá se negó a que nuestro compromiso siguiera adelante, y me llevó a San Francisco, pero Frank no se dio por vencido y me siguió has­ta allí; nos vimos sin que papá supiera nada. De haberlo sa­bido, se habría puesto furioso, así que lo organizamos todo nosotros solos. 

Frank dijo que también él se haría rico, y que no volvería a buscarme hasta que tuviera tanto dinero como papá. Yo prometí esperarle hasta el fin de los tiempos, y juré que mientras él viviera no me casaría con ningún otro. En­tonces, él dijo: «¿Por qué no nos casamos ahora mismo, y así estaré seguro de ti? No revelaré que soy tu marido hasta que vuelva a reclamarte».

En fin, discutimos el asunto y resultó que él ya lo tenía todo arreglado, con un cura esperando y todo, de manera que nos casamos allí mismo; y después, Frank se fue a buscar fortuna y yo me volví con papá.

»Lo siguiente que supe de Frank fue que estaba en Montana; después oí que andaba buscando oro en Arizona, y más tarde tuve noticias suyas desde Nuevo México. Y un día apa­reció en los periódicos un largo reportaje sobre un campamento minero atacado por los indios apaches, y allí estaba el nombre de mi Frank entre las víctimas. 

Caí desmayada y es­tuve muy enferma durante meses. Papá pensó que estaba tí­sica y me llevó a la mitad de los médicos de San Francisco. Durante más de un año no llegaron más noticias, y ya no dudé de que Frank estuviera muerto de verdad. 

Entonces apareció en San Francisco lord St. Simon, nosotros vinimos a Londres, se organizó la boda y papá estaba muy contento, pero yo seguía convencida de que ningún hombre en el mundo podría ocupar en mi corazón el puesto de mi pobre Frank.

»Aun así, de haberme casado con lord St. Simon, yo le habría sido leal. No tenemos control sobre nuestro amor, pero sí sobre nuestras acciones. Fui con él al altar con la intención de ser para él tan buena esposa como me fuera posible. Pero puede usted imaginarse lo que sentí cuando, al acercarme al altar, volví la mirada hacia atrás y vi a Frank mirándome desde el primer reclinatorio. 

Al principio, lo tomé por un fantasma; pero cuando lo miré de nuevo seguía allí, como preguntándome con la mirada si me alegraba de verlo o lo lamentaba. No sé cómo no caí al suelo. Sé que todo me daba vueltas, y las palabras del sacerdote me sonaban en los oídos como el zumbido de una abeja. 

No sabía qué hacer. ¿Debía interrumpir la ceremonia y dar un escándalo en la iglesia? Me volví a mirarlo, y me pareció que se daba cuenta de lo que yo pensaba, porque se llevó los dedos a los labios para indicarme que permaneciera callada. Luego le vi garabatear en un papel y supe que me estaba escribiendo una nota. 

Al pasar junto a su reclinatorio, camino de la salida, dejé caer mi ramo junto a él y él me metió la nota en la mano al devol­verme las flores. Eran sólo unas palabras diciéndome que me reuniera con él cuando él me diera la señal. Por supuesto, ni por un momento dudé de que mi principal obligación era para con él, y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que él me indicara.

»Cuando llegamos a casa, se lo conté a mi doncella, que le había conocido en California y siempre le tuvo simpatía. Le ordené que no dijera nada y que preparase mi abrigo y unas cuantas cosas para llevarme. Sé que tendría que habérselo dicho a lord St. Simon, pero resultaba muy dificil hacerlo delante de su madre y de todos aquellos grandes personajes. 

Decidí largarme primero y dar explicaciones después. No llevaba ni diez minutos sentada a la mesa cuando vi a Frank por la ventana, al otro lado de la calle. Me hizo una seña y echó a andar hacia el parque. Yo me levanté, me puse el abrigo y salí tras él. En la calle se me acercó una mujer que me dijo no sé qué acerca de lord St. John... 

Por lo poco que en­tendí, me pareció que también ella tenía su pequeño secreto anterior a la boda... Pero conseguí librarme de ella y pronto alcancé a Frank. Nos metimos en un coche y fuimos a un apartamento que tenía alquilado en Gordon Square, y allí se celebró mi verdadera boda, después de tantos años de espe­ra. 

Frank había caído prisionero de los apaches, había escapado, llegó a San Francisco, averiguó que yo le había dado por muerto y me había venido a Inglaterra, me siguió hasta aquí, y me encontró la mañana misma de mi segunda boda.

-Lo leí en un periódico -explicó el norteamericano-. Ve­nía el nombre y la iglesia, pero no la dirección de la novia.

-Entonces discutimos lo que debíamos hacer, y Frank era partidario de revelarlo todo, pero a mí me daba tanta vergüenza que prefería desaparecer y no volver a ver a nadie; todo lo más, escribirle unas líneas a papá para hacerle saber que estaba viva. Me resultaba espantoso pensar en todos aquellos personajes de la nobleza, sentados a la mesa y esperando mi regreso. 

Frank cogió mis ropas y demás cosas de novia, hizo un bulto con todas ellas y las tiró en algún sitio donde nadie las encontrara, para que no me siguieran la pis­ta por ellas. Lo más seguro es que nos hubiéramos marchado a París mañana, pero este caballero, el señor Holmes, vino a vernos esta tarde y nos hizo ver con toda claridad que yo es­taba equivocada y Frank tenía razón, y tanto secreto no ha­cía sino empeorar nuestra situación. 

Entonces nos ofreció la oportunidad de hablar a solas con lord St. Simon, y por eso hemos venido sin perder tiempo a su casa. Ahora, Robert, ya sabes todo lo que ha sucedido; lamento mucho haberte he­cho daño y espero que no pienses muy mal de mí.

Lord St. Simon no había suavizado en lo más mínimo su rígida actitud, y había escuchado el largo relato con el ceño fruncido y los labios apretados.

-Perdonen -dijo-, pero no tengo por costumbre discutir de mis asuntos personales más íntimos de una manera tan pública.

-Entonces, ¿no me perdonas? ¿No me darás la mano antes de que me vaya?

-Oh, desde luego, si eso le causa algún placer -extendió la mano y estrechó fríamente la que le tendían.

-Tenía la esperanza -surgió Holmes- de que me acompañaran en una cena amistosa.

-Creo que eso ya es pedir demasiado -respondió su seño­ría-. Quizás no me quede más remedio que aceptar el curso de los acontecimientos, pero no esperarán que me ponga a celebrarlo. Con su permiso, creo que voy a despedirme. Muy buenas noches a todos -hizo una amplia reverencia que nos abarcó a todos y salió a grandes zancadas de la habitación.

-Entonces, espero que al menos ustedes me honren con su compañía -dijo Sherlock Holmes-. Siempre es un placer conocer a un norteamericano, señor Moulton; soy de los que opinan que la estupidez de un monarca y las torpezas de un ministro en tiempos lejanos no impedirán que nuestros hi­jos sean algún día ciudadanos de una única nación que abar­cará todo el mundo, bajo una bandera que combinará los co­lores de la Union Jack con las Barras y Estrellas.

 

-Ha sido un caso interesante -comentó Holmes cuando nuestros visitantes se hubieron marchado-, porque demues­tra con toda claridad lo sencilla que puede ser la explicación de un asunto que a primera vista parece casi inexplicable. No podríamos encontrar otro más inexplicable. 

Y no encon­traríamos una explicación más natural que la serie de acon­tecimientos narrada por esta señora, aunque los resultados no podrían ser más extraños si se miran, por ejemplo, desde el punto de vista del señor Lestrade, de Scotland Yard.

-Así pues, no se equivocaba usted.

-Desde un principio había dos hechos que me resultaron evidentísimos. El primero, que la novia había acudido por su propia voluntad a la boda; el otro, que se había arrepenti­do a los pocos minutos de regresar a casa. Evidentemente, algo había ocurrido durante la mañana que le hizo cambiar de opinión. 

¿Qué podía haber sido? No podía haber hablado con nadie, porque todo el tiempo estuvo acompañada del novio. ¿Acaso había visto a alguien? De ser así, tenía que ha­ber sido alguien procedente de América, porque llevaba de­masiado poco tiempo en nuestro país como para que al­guien hubiera podido adquirir tal influencia sobre ella que su mera visión la indujera a cambiar tan radicalmente de planes. 

Como ve, ya hemos llegado, por un proceso de exclu­sión, a la idea de que la novia había visto a un americano. ¿Quién podía ser este americano, y por qué ejercía tanta in­fluencia sobre ella? Podía tratarse de un amante; o podía tra­tarse de un marido. Sabíamos que había pasado su juventud en ambientes muy rudos y en condiciones poco normales. 

Hasta aquí había llegado antes de escuchar el relato de lord St. Simon. Cuando éste nos habló de un hombre en un recli­natorio, del cambio de humor de la novia, del truco tan transparente de recoger una nota dejando caer un ramo de flores, de la conversación con la doncella y confidente, y de la significativa alusión a «pisarle la licencia a otro», que en la jerga de los mineros significa apoderarse de lo que otro ha reclamado con anterioridad, la situación se me hizo absolutamente clara. Ella se había fugado con un hombre, y este hombre tenía que ser un amante o un marido anterior; lo más probable parecía lo último.

-¿Y cómo demonios consiguió usted localizarlos?

-Podría haber resultado difícil, pero el amigo Lestrade te­nía en sus manos una información cuyo valor desconocía. Las iniciales, desde luego, eran muy importantes, pero aún más importante era saber que hacía menos de una semana que nuestro hombre había pagado su cuenta en uno de los hoteles más selectos de Londres.

-¿De dónde sacó lo de selecto?

-Por lo selecto de los precios. Ocho chelines por una cama y ocho peniques por una copa de jerez indicaban que se trataba de uno de los hoteles más caros de Londres. No hay muchos que cobren esos precios. 

En el segundo que visi­té, en Northumberland Avenue, pude ver en el libro de registros que el señor Francis H. Moulton, caballero norteameri­cano, se había marchado el día anterior; y al examinar su factura, me encontré con las mismas cuentas que habíamos visto en la copia. 

Había dejado dicho que se le enviara la co­rrespondencia al 226 de Gordon Square, así que allá me en­caminé, tuve la suerte de encontrar en casa a la pareja de enamorados y me atrevía ofrecerles algunos consejos pater­nales, indicándoles que sería mucho mejor, en todos los as­pectos, que aclararan un poco su situación, tanto al público en general como a lord St. Simon en particular. Los invité a que se encontraran aquí con él y, como ve, conseguí que también él acudiera a la cita.

-Pero con resultados no demasiado buenos -comenté yo-. Desde luego, la conducta del caballero no ha sido muy elegante.

-¡Ah, Watson! -dijo Holmes sonriendo-. Puede que tam­poco usted se comportara muy elegantemente si, después de todo el trabajo que representa echarse novia y casarse, se en­contrara privado en un instante de esposa y de fortuna. 

Creo que debemos ser clementes al juzgar a lord St. Simon, y dar gracias a nuestra buena estrella, porque no es probable que lleguemos a encontrarnos en su misma situación. Acerque su silla y páseme el violín; el único problema que aún nos queda por resolver es cómo pasar estas aburridas veladas de otoño.