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Asignación - James Cross

—Creo que Howard ha conseguido aquí un concepto muy audaz, J. L. —dijo con entusiasmo Weatherby Fallstone III—. Muy fuerte.

Se detuvo, sonriéndole a Howard Grafton a través de la larga mesa.

—Abre nuevos caminos —siguió diciendo—. Es algo nuevo, completamente nuevo. No creo que hayamos hecho nunca nada como esto. Quiero paladearlo un rato en mi boca para saborear su gusto.

Observó la imperceptible sombra que se extendió por el rostro de J. L. Girton. «Muy ingenioso, Fallstone —pensó—. Algo que no se parece en nada a lo que hemos hecho en el pasado, a lo que J. L. Girton ha aprobado o inventado, a lo que ya empezaba a resultar anticuado. Algo más nuevo y mejor que lo de J. L. Veamos cómo esa comadreja de Grafton sale de esto».

—Creo que Weatherby me está alabando demasiado —dijo Grafton cuidadosamente—. En realidad, se trata de una recombinación de unas pocas ideas que J. L. ya esbozó en 1958. Si parece algo nuevo y fresco... bueno, eso no es más que un tributo a la vitalidad de los conceptos de donde los he extraído.

«Atrapado como un ratón —pensó Fallstone—, y por ese astuto hijo de perra».

—Lo comprendo —dijo Fallstone—. Los fundamentos básicos no cambian. Creo que es usted un ganador, Howard —siguió diciendo con generosidad.

—Parece un pensamiento creativo, Howard —dijo J. L. con decisión—. ¿Qué le parece a usted, Eldon?

La cabeza blanca del vicepresidente encargado de las relaciones con los clientes se sacudió bruscamente y sus ojos parpadearon una o dos veces. Eldon Smith no había estado completamente dormido, pero eso habría sido algo difícil de probar ante los hombres que le observaban, cuidadosamente y sin compasión alguna.

—Quizá... —dijo lentamente—, quizá debamos consultarlo con la almohada.

—Creía que eso ya lo había hecho usted, Eldon.

—Claro que no, J. L. Lo que sucede es que cerrar los ojos me ayuda a visualizar las ideas.

J. L. le miró fríamente. Después sonrió, girando su vista alrededor de la mesa.

—Con esto hemos terminado. Gracias, caballeros.

Los ejecutivos de J. L. Girton y Asociados empezaron a recoger tranquilamente sus papeles.

—¡Ah, Howard! —dijo J. L.—. Quédese un momento. Y usted también, Weatherby.

—Un buen plan, Howard —dijo J. L. cuando los tres hombres se encontraron solos—. Me gustan los hombres que son capaces de trabajar creativamente sin perder el contacto con conceptos de sonido y de gusto.

El rostro redondo, suave y blanco de Grafton expresó una gran gratitud y sinceridad, como si aquellas sensaciones se las hubiera aplicado con una crema facial. Miró a J. L. directamente a los ojos.

—Gracias, J. L. —dijo modestamente—. Solo espero poder llevarlo a cabo.

Después miró a Fallstone de soslayo. «Este sí que es grande —pensó—. Apuesto a que ese demacrado bastardo se está mordiendo las uñas por dentro».

—Sin embargo —siguió diciendo J. L.—, será un verdadero desafío. Es por eso por lo que le he pedido a Weatherby que se quede. Va a dejar su viejo equipo y lo van a trabajar entre ustedes dos. Creo que pueden hacer un buen trabajo.

—Eso es gracioso, J. L. —dijo Fallstone con entusiasmo—. Entre nosotros convertiremos esas ideas en algo sólido.

—Bien, manos a la obra. Cuando hayan trazado un plan de operación adecuado, que Frank Baker elabore los detalles internos.

Los dos hombres se detuvieron un momento ante la puerta, en una elaborada charada de amistosa cortesía. Entonces Fallstone, el más alto, puso su mano sobre el hombro de Grafton de un modo tan afectuoso que resultaba imposible tomarlo como una ofensa, y empezó a empujarle suavemente a través de la puerta.

—¡Oh, a propósito! —dijo J. L.—. Creo que deben saber una cosa. Cierre la puerta un momento, Weatherby. Eldon Smith se retirará a finales de este año. Me temo que ya está un poco en decadencia. Está bien, eso es todo lo que deseaba decirles.

El despacho de Howard Grafton era el más cercano, por lo que llegó a él unos segundos antes de que Weatherby Fallstone llegara a su cubículo idéntico... idéntico en metros cuadrados, en mobiliario, en ventanas. «Pero el mío está más cerca del de J. L. —pensó Grafton por un momento, antes de darse cuenta de que la elección de despachos para los dos hombres había sido originalmente decidida por el prosaico procedimiento de lanzar una moneda al aire, procedimiento que fue acompañado de bromas bien intencionadas e incluso, por parte del ganador, del ofrecimiento de permitir elegir primero al perdedor—, si es que eso significa tanto para él».

Grafton se quedó sentado tranquilamente. Sabía que a unos pocos metros de distancia Fallstone estaba sentado en el mismo tipo de sillón móvil de ejecutivo, forrado de cuero —de imitación—, y pensando justamente en lo mismo que él. Había quedado más claro que cualquier otra cosa en J. L. Girton y Asociados. Se les había dicho, tan directamente como nunca habrían supuesto, que en algún momento antes de finalizar el año, cuando el viejo Eldon Smith se retirara, uno de ellos se convertiría en el nuevo vicepresidente encargado de las relaciones con los clientes. Y se les había dicho también que empezaran a competir por el puesto y que J. L. mantendría un ojo sobre cada uno de ellos. El bajo, rechoncho y genial Grafton contra el alto, delgado y entusiasta Fallstone.

Aquella noche, cuando Grafton llegó a casa se lo contó todo a su esposa. Lenore Grafton era una mujer delgada, con buenas curvas y rubia. Algún día se convertiría en una mujer demasiado gruesa, pero por el momento había alcanzado una madura perfección. Era bastante más astuta que su esposo, pero una buena parte de aquella inteligencia la malgastaba con la constante necesidad de que él no se diera cuenta de este hecho.

—Creo que será mejor invitar pronto a J. L. y a su esposa a cenar —dijo ella—. Con esa espantosa mujer que tiene, él debe estar muriéndose de ganas de tomar una comida decente.

—Y un rostro bonito al que mirar —dijo Grafton con una elaborada despreocupación.

Estaba recordando el momento en que entró en la cocina, durante aquella reunión, y vio a J. L. y a Lenore apretados contra el fregadero, mientras ella sostenía aún un cuenco con cubos de hielo en una mano. Estaban demasiado ocupados para verle y él se retiró y volvió al cabo de un minuto o poco después, haciendo todo el ruido preliminar que pudo antes de entrar.

Lenore le observó reflexivamente por un momento, como si estuviera recibiendo un mensaje que no estaba muy segura de querer recibir. Después se dirigió hacia la mesa de despacho que había en el extremo de la habitación y cogió el cuaderno de notas en el que apuntaba sus citas.

—Puede ser cualquier día después de esta semana —dijo—. Yo me encargaré de llamarla. No vamos a llevar las cosas demasiado deprisa.

La cena fue un gran éxito, al menos para J. L. Girton y para Lenore. Ella se mostró lo bastante discreta, aunque habló con él tanto como con todos los demás invitados juntos. Se sentó infantilmente en el suelo, a los pies de la silla de J. L., riendo al escuchar cada uno de sus chistes, reaccionando ante sus anécdotas autobiográficas con unos ojos abiertos llenos de admiración y un interés que, en más de una ocasión, la hizo inclinarse adelante lo suficiente como para que él captara el máximo efecto posible de su décolletage. Incluso cuando no estaba con él, se sentaba frente a él al otro lado de la habitación, en el ángulo adecuado para que él no dejara nunca de ver las excelentes piernas, únicamente semicubiertas por el arremolinado y corto vestido de discothèque.

Como consecuencia de todo ello, Grafton tuvo que dirigir la mayor parte de sus obligaciones como anfitrión a mistress Girton, una arpía escuálida, marchita y que siempre se estaba quejando de algo. Dijo mucho en favor de su encanto y de su genialidad el hecho de que fuera capaz de distraerla durante toda la noche sin que ella se diera cuenta del comportamiento de su esposo.

Lenore dijo que no le gustaba Nueva York en el verano. El calor y las multitudes le hacían perder el ánimo. No había nada nuevo en los teatros por esa época; la ciudad estaba llena de turistas; las tiendas no hacían otra cosa que vender los restos de sus pasados errores. Le gustaba jugar al golf o al tenis, o estar echada bajo el sol, en la playa, y después tomar una ducha fría, o bien quedarse en su casa, que tenía aire acondicionado, y leer.

Así pues, Grafton quedó un poco sorprendido cuando ella empezó a acudir a Nueva York una o dos veces a la semana... durante dos meses en los que hizo uno de los veranos más calurosos que jamás había pasado la ciudad. Según le decía, llegaba a la ciudad antes del mediodía, miraba los escaparates, almorzaba y pasaba la tarde en un museo o, de vez en cuando, iba a ver una película. A veces cogía el tren de regreso inmediatamente anterior al suyo; en otras ocasiones se quedaba y los dos cenaban juntos. 

Él no deseaba saber demasiado sobre lo que ella hacía en la ciudad, así que no planteó muchas preguntas. No deseaba pensar en ello, como tampoco quería pensar en el hecho de que J. L. pareciera tener más compromisos que nunca para almorzar con clientes, mientras que, al parecer, había decidido mejorar su habilidad en el golf tomándose libres varias tardes a la semana. Solo en una ocasión se acercó tangencialmente a la cuestión, y eso solo ocurrió un viernes por la noche, antes de cenar y después de haber bebido algunas copas.

—Me siento un poco preocupado sobre mi posición con J. L. —dijo—. Tengo la impresión de que no le estoy viendo tanto como solía verle antes. Siempre está fuera de la oficina.

—En tu lugar, Howie, no me preocuparía mucho por eso. Creo que te aprecia mucho; y lo que es más, creo que vas a conseguir ese puesto.

Eso, sin embargo, fue antes de la cena en casa de los Fallstone. Lenore no se encontraba bien en aquella ocasión. Su nariz estaba roja, hinchada y goteaba como consecuencia de un resfriado de verano; su voz era ronca. Aquella noche Grafton se pasó bastante tiempo solo con ella y, aunque se marcharon temprano, tuvo el tiempo suficiente para ver cómo Marcia Fallstone manejaba a J. L. Ella era una mujer alta y delgada y muy elegante, y J. L. fue como un conejo con una cobra.

—Ese hijo de perra —se dijo a sí mismo mientras conducía el coche de regreso a casa.

Durante las siguientes semanas J. L. continuó manteniendo su ritmo lento de trabajo, aunque Lenore ya no acudía a la ciudad. Una tarde, en el pasillo, Grafton pasó ante la puerta abierta del despacho de Fallstone y le vio hablando con Frank Baker.

—Vale la pena verlo —dijo Fallstone—. Marcia y yo lo vimos anoche. Ella está ahora en el campo; pero de este modo, cuando viene, podemos pasar una noche o dos a la semana en la ciudad.

—Ese hijo de perra —se volvió a decir Grafton, sabiendo que todo estaba aún en un punto muerto.

Cuando, aproximadamente una semana más tarde, J. L. regresó abruptamente a su ritmo normal de trabajo en la oficina, Grafton se sintió seguro de ello.

Todavía era verano, aunque ya se estaba acabando el buen tiempo y a veces las noches resultaban un poco frías sin la calefacción. Grafton miró fijamente y con un gesto taciturno el contenido de su quinto martini, sin desear mirar a su esposa, que llevaba puesto el vestido rojo que le dejaba la espalda al aire.

—Tengo frío, Howie —dijo ella—. ¿Quieres acercarme ese chal... el italiano? No quiero coger un resfriado.

—¡No quiero coger un resfriado! —exclamó él salvajemente, imitándola con un tono de rabia en su voz—. ¿Por qué no te cuidaste hace un mes? Por lo que a mí respecta, puedes coger una neumonía si quieres.

Ella le miró fría y especulativamente durante un momento, como si estuviera examinando una nueva forma de vida, pero no dijo nada. Él pudo observar la ligera y casi imperceptible sonrisa que se esbozó en su boca antes de que ella se volviera y abandonara la habitación. 

Y entonces Howard Grafton supo que aquella vicepresidencia no era simplemente algo que deseara conseguir, sino algo que tenía que alcanzar porque no le quedaba ya otra cosa.

Al día siguiente, después del trabajo, se detuvo en el bar del Biltmore y empezó a beber seriamente. Aquella noche no fue a casa, sino que se quedó en un hotel. A la mañana siguiente llegó muy tarde a trabajar y su cabeza le molestó durante el resto del día. Le consoló algo, aunque no lo suficiente, observar que Weatherby Fallstone también estaba pasando por un mal trago.

Aquella misma noche, en casa, Grafton se encerró en la biblioteca con su quinta copa de whisky escocés y trató de pensar. Iría a ver a Fallstone y se lo expondría directamente: echarían una moneda al aire y el que perdiera abandonaría la empresa J. L. Girton y Asociados. «Al diablo —terminó pensando—. ¡Nada de tratos con ese tramposo bastardo! 

Contrataría los servicios de un detective privado, conseguiría todo un dosier sobre Fallstone y se lo entregaría a J. L.». Tardó treinta segundos en desembarazarse de aquella idea... no disponía del dinero necesario; por otra parte, J. L. podía reaccionar despidiéndole a él. Además, el detective de Fallstone, si es que él también decidía contratar a uno, podría hacer un trabajo igual de bueno sobre Grafton. 

Jugó con la posibilidad de suministrar los datos más jugosos a un columnista de Broadway, pero ¿quién diablos imprimiría aquello? Nadie había oído hablar jamás de ninguno de ellos dos. Tampoco podía asesinar a Fallstone; no sabía cómo hacerlo y, además, sentía miedo. No sabía cómo contratar a alguien para que lo hiciera y también tenía miedo de dar ese paso. Cuando ya habían desaparecido las tres cuartas partes de la botella, se dio cuenta de que no podía hacer otra cosa que sudarlo.

Estuvo sudando mucho más después de la reunión del viernes por la mañana. Fallstone fue alabado por J. L. en no menos de tres ocasiones, mientras que uno de los esquemas más queridos de Grafton había sido rechazado por «no estar pensado debidamente». También había sido amonestado por J. L. por hablar durante demasiado tiempo, por interrumpir a Fallstone y finalmente por no prestar atención. 

Cuando la secretaria de J. L. le llamó a primeras horas de la tarde, sus manos empezaron a temblar y sintió como si algo le estuviera royendo el estómago. Masticó rápidamente tres pastillas de antiácidos y se dirigió al despacho de J. L.

—¡Oh, Howie! —dijo J. L.—. ¿Sabe ese chisme que tiene usted, el que hace agua de soda en el sifón? ¿Me lo quiere traer mañana cuando venga? El mío se ha estropeado y tardaré un par de días en sustituirlo.

—Claro, J. L. —asintió.

«No podré resistir esto por mucho tiempo más», pensó Grafton cuando a la tarde siguiente se dirigió hacia la residencia campestre de J. L. Lenore estaba a su lado, infinitamente deseable, con su traje de satén verde que hacía juego con sus ojos. Pero la máquina de agua de soda estaba en el asiento que había entre ellos, como una espada en el aire. Ella miraba directamente frente a sí. Cuando él le dirigió la palabra, contestó breve y amablemente, pero nunca fue la primera en hablar.

«Tengo una úlcera —pensó Grafton—. Estoy empezando a beber demasiado. Mi esposa me odia; y voy a perder mi trabajo porque tendré que despedirme cuando elijan a Fallstone. No podré resistir esto por mucho más tiempo. Tendré que hacer algo».

Las cosas no mejoraron por el hecho de llegar al mismo tiempo que los Fallstone. Colocó sinceramente una mano sobre el hombro de Fallstone y fue entonces cuando percibió el tic nervioso de su mejilla izquierda, que saltaba como si tuviera vida propia. 

Detrás de ellos las dos mujeres, tras haber expresado pequeños gritos de delicia, se estaban besando mutuamente, a muy pocos milímetros de distancia de la mejilla de la otra. 

Grafton abrazó a Marcia Fallstone, llevando mucho cuidado de no arrugar su vestido. Cuando colocó su mejilla contra la de ella, quedó sorprendido por la irradiación de calor. Cuando los Fallstone avanzaron ante ellos, notó lo amables que cada uno de ellos era para con el otro... «Casi tan amables como Lenore y yo mismo», pensó con una oleada de esperanza.

Solo después de los cócteles y de la cena fría se dio cuenta Grafton, al acudir al bar para tomar su segunda copa, de la presencia de aquel hombre genial, pequeño y de movimientos rápidos, que llevaba aquella monstruosa chaqueta de tartán, una camisa a rayas y una estruendosa corbata.

—Maravillosa reunión —dijo el hombre—. Tendré que venir más a menudo. ¿Conoce usted a míster Girton desde hace mucho tiempo, míster...?

—Grafton. Trabajo en la empresa de J. L., míster...

—Dee. Doctor Dee. Doctor en ciencias humanas, o sea, en cosas sagradas y profanas.

El pequeño hombre emitió una serie de breves risitas que parecían relinchos.

—Sagradas y profanas —repitió—. Eso es como un pequeño chiste mío... a causa de mi negocio.

—¿De qué se trata? —preguntó Grafton.

De algún modo, y sin que él se diera cuenta de ello, el doctor Dee le había sacado de la sala por una puerta que daba a un gran patio, situado junto a la piscina.

—Se trata de una pequeña historia sobre artículos religiosos... libros, imágenes, iconos, todo lo que se pueda desear.

—En ese caso, ¿dónde aparece lo «profano»?

El doctor Dee bajó el tono de su voz.

—Como usted sabe, míster Grafton, hay muchas clases de religiones, ¿y quiénes somos nosotros para decir cuál es la verdadera? Si un cliente quiere una raíz de mandrágora, o una pequeña bolsa que llevar alrededor del cuello, ¿quién soy yo para decirle que no lo haga? Siempre podrá obtener lo que desea en la trastienda. O quizá puede creer que yo soy capaz de ayudarle a conseguir a la chica que desea por medio de una poción amorosa; o posiblemente desee que yo destroce a un enemigo suyo. Yo no le digo que los remedios que aplique tendrán efectividad —decirlo así va en contra de la ley—, pero si él cree que funcionarán, entonces se los venderé en la trastienda.

—¿Y se trata de remedios muy caros?

—¿Los libros religiosos? No, tienen un precio bastante razonable.

—Me refiero a los otros.

—Esos ya son bastante caros. Pero lo que hago es que no pido el pago en el momento de la venta. Solo después, cuando el cliente esté satisfecho.

—¿Y no tiene problemas para cobrar sus honorarios?

—Muy pocos, míster Grafton. Si el cliente está satisfecho, entonces creerá en mí. Y no querrá hacerme esperar mucho para pagarme mi dinero.

—Doctor Dee —dijo Grafton—, como usted sabe, trabajo en el departamento de publicidad. Estoy interesado en alguna de sus ideas, para ver la posibilidad de lanzar una campaña, eso es. Quizá podamos vernos la próxima semana.

—Aquí tiene mi tarjeta, míster Grafton. Mantengo abierto de nueve a nueve. Pero me temo que no podrá ser el lunes por la tarde de la próxima semana. Tengo una cita con mi zapatero. Es un fastidio —siguió diciendo el hombre pequeño—, pero tengo una ligera malformación del talón y mis zapatos me los tienen que hacer a medida. Y, créame, míster Grafton, no tiene usted la menor idea de lo mucho que me cobra ese hombre. Sería mejor andar descalzo.

Grafton bajó la mirada, observando el calzado de Dee. Eran altos, negros y estaban relucientemente limpios, y también eran pequeños, casi diminutos. Había algo de horripilante en su configuración y en un segundo Grafton se dio cuenta de lo que había de erróneo en ellos: eran casi tan anchos como largos; pero a pesar de ello tenía uno la impresión de que, al margen de la deformación, estaban como acolchados. «Pobre diablo —pensó—, debe ser un infierno tener que andar sobre esas cosas y, sin embargo, mantiene su sonrisa».

—Gracias, doctor Dee —dijo Grafton cogiendo la tarjeta—. Quizá vaya a visitarle más tarde durante la semana. Ha sido un placer conocerle.

Servus, míster Grafton.

Más tarde, cuando regresaron a casa, Grafton no estaba muy sobrio. Lenore tuvo que conducir. Durante todo el trayecto Grafton dejó descansar su cabeza sobre el respaldo del asiento, sintiendo un fuerte vértigo mientras todo le daba vueltas en la cabeza; al mismo tiempo se sentía desligado de todo. A pesar de la cantidad de alcohol que había bebido, durmió muy mal, quedándole todo demasiado borroso como para separar los pensamientos de los sueños. 

En un momento el doctor Dee le estaba entregando una gran llave dorada mientras que Lenore y J. L. Girton aplaudían; al momento siguiente se encontraba despierto, sudando y comprobando el estado de su anémica cuenta corriente. «Al diablo con ello —pensó—; nadie puede hacer nada así». Pero se dijo a sí mismo que no tendría que pagar nada hasta que no funcionara. 

Quizá pudiera. «He oído hablar a veces de cosas de chiflados. No tengo nada que perder; ya lo he intentado todo. Si fracasa, no habré perdido nada; y si funciona, valdrá la pena pagarle lo que él quiera cobrar». Después se volvió a dormir, pero en ese rápido segundo que media entre la vigilia y el sueño había tomado una decisión.

Grafton estuvo ocupado con reuniones durante todo el lunes, pero el martes por la mañana tomó el metro de la Lexington Avenue y después anduvo por la Third Street. La tienda del doctor Dee se encontraba en el centro de la manzana, flanqueada por dos grandes comercios de anticuarios. El escaparate estaba lleno de biblias, pinturas religiosas, iconos y crucifijos. En uno de los rincones había una inscripción en letras góticas doradas: «Artículos religiosos, doctor John Dee»; debajo estaba el número de la calle.

La tienda tenía bastante clientela, pero un empleado que tenía el aspecto de un sacerdote malogrado se le acercó y le saludó afectadamente.

—¿Está el doctor Dee? Me pidió que viniera a verle.

—Sígame, por favor, míster Grafton.

Grafton le miró sospechosamente.

—¡El nombre! —exclamó el empleado—. ¡Oh! Eso es bastante fácil. Hay muy pocos clientes que piden ver personalmente al doctor Dee, y ayer nos dijo que un tal míster Grafton podría venir a verle.

El despacho del doctor Dee estaba en el segundo piso, dando a la calle. Grafton no sabía muy bien lo que había esperado... un cocodrilo disecado en la pared, quizá; esqueletos colgados del techo; un sombrero negro de tipo cónico con estrellas de plata en su frente. Pero, en realidad, el despacho era muy similar al suyo, aunque bastante más grande.

El doctor Dee se levantó de su sillón, brillándole los ojos, y estrechó vigorosamente la mano de Grafton.

—Dee-licioso —dijo sonriendo—. «Dee-licioso» es un pequeño chiste mío, por la combinación de palabras. Pero ahora, míster Grafton, vayamos al asunto. Sé que es usted un hombre muy ocupado. Como un buen amigo mío de Nueva Inglaterra; solía tener un cartel sobre su mesa que decía: «EL TIEMPO ES DINERO; VAYA A SU ASUNTO». En cambio yo, me temo que soy demasiado parlanchín. Pero siéntese, míster Grafton, siéntese.

Grafton tomó asiento cuidadosamente en una silla.

—Doctor Dee —dijo lenta y precavidamente—, suponga que existen dos hombres, cada uno de los cuales aspira a conseguir un buen puesto en la empresa donde trabajan.

—¡Qué vergüenza! —exclamó el doctor Dee—. Ataque al corazón, celos, rompimiento de antiguas amistades, insomnio, úlceras, amarga rivalidad. ¡Cuánto no daría yo por evitar tales conflictos, míster Grafton! Pero suelo ver demasiados de ese tipo en mi negocio.

—¿Puede arreglarlo? ¿Puede arreglarlo de modo que una de las personas no consiga el puesto?

El doctor Dee abrió uno de los cajones de su mesa de ejecutivo y sacó una pequeña botella llena de un líquido claro. En lugar de un corcho, en el cuello de la botella había un cuentagotas medicinal. Grafton se la quedó mirando horrorizado.

—No quiero decir eso —dijo rápidamente—. No tiene por qué ser eso. Lo único que deseo es dejarle fuera de la competición. Algo que le haga aparecer con un aspecto malo, que diga cosas tontas, que se convierta en un verdadero tonto durante las reuniones de directivos. Que se corte su propio cuello... figurativamente, claro —añadió con rapidez.

—Usted desea algo que garantice que Weatherby Fallstone no conseguirá la vicepresidencia cuando Eldon Smith se retire —dijo el doctor Dee—. No se sorprenda, míster Grafton. Siempre he pensado que es mucho mejor poner inmediatamente nuestras cartas sobre la mesa.

—¿Cómo sabe que se trata de Fallstone? —preguntó Grafton sospechosamente.

—Mi querido míster Grafton, voy de un lado a otro, asisto a fiestas y reuniones, aparte de que leo las Sagradas Escrituras —el doctor Dee parpadeó genialmente—. Voy de un lado a otro de la tierra, y subo y bajo en ella, y quedaría usted sorprendido de saber la gran cantidad de cosas que atraen mi atención.

De algún modo, toda aquella cuestión seguía siendo extraña y perturbadora para Grafton. Sin embargo, hizo la siguiente e inevitable pregunta, porque, en realidad, ya no podía hacer otra cosa:

—¿Puede hacerlo?

—Claro que sí, míster Grafton. Resultará bastante fácil. Tengo precisamente el método adecuado.

El doctor Dee se inclinó hacia la otra parte de la mesa y sacó un pequeño muñeco. Lo puso en las manos de Grafton. Estaba hecho de un plástico muy parecido a la carne y, durante un terrible momento, Grafton pensó que se movía por sí solo. Le dio la vuelta y miró su rostro; entonces se sintió realmente enfermo. Era una reproducción perfecta de Weatherby Fallstone, de la cabeza a los pies, con su traje blanco, su corbata negra y sus pantalones de franela gris.

—No se alarme, míster Grafton. Pensé que era esto lo que estaba deseando, así es que me tomé la libertad de hacerlo construir con anterioridad. Este plástico moderno es un material fantástico.

—¿Y qué hago yo con esto?

—Limítese a coger un alfiler normal, del tipo de los que se suelen poner en una camisa nueva, y aplíquelo al muñeco como crea más efectivo. Si lo clava en el hombro, producirá una repentina y agonizante bursitis que garantizará una oleada de dolor. En el abdomen, en cambio, producirá un violento ataque de úlcera. Abra la boca, míster Grafton... es muy fácil; vea cómo se mueve la mandíbula inferior. Si rasca en el cuello, tendrá repentinos vómitos en público... y eso es algo muy incómodo. Si prefiere arañar la lengua —¿ve la pequeña lengua roja?—, balbuceará, literalmente; no se entenderán sus palabras. Eso no le ayudará nada a hacer una presentación a un cliente. O quizá prefiera rascarle las costillas con la aguja. Sentirá entonces unas cosquillas incontrolables que le harán echarse a reír, como una joven histérica. Seguramente, todo eso no le recomendará muy bien para un ascenso.

—¿Existe alguna forma particular de hacerlo?

—Ligeramente, ligeramente, míster Grafton. Con suavidad, con mucha suavidad. Una ligera y continua presión o roce con la punta de la aguja, y podrá seguir utilizando el método siempre que quiera. Pero no introduzca la aguja en el muñeco dejándola clavada en él, porque entonces se encontrará con un hombre muerto. Y recuerdo muy bien lo sensible que es usted en esa cuestión.

—Me lo llevaré —dijo Grafton, deseando marcharse cuanto antes—. ¿Cuánto le debo?

—Mil dólares, una vez que haya quedado usted satisfecho.

—¿Me garantiza que esto colocará a Fallstone fuera de la competición por el puesto?

—Se lo garantizo, míster Grafton, aunque quizá sea ilegal decirlo así.

Grafton colocó el pequeño muñeco en la caja de madera forrada de terciopelo —como un ataúd, pensó— que le entregó el doctor Dee. Después, colocó la caja en su maletín.

—Mi cuenta será pagada una vez haya quedado satisfecho, míster Grafton.

—No se preocupe —dijo Grafton, sintiendo náuseas en su estómago—. No se preocupe. Le pagaré.

El viernes era el día en que se celebraba la reunión de directivos. Aquella mañana, Grafton decidió tener un gran resfriado. Hizo que Lenore, que apenas le dirigía la palabra, llamara a la oficina. Después, se quedó echado en la cama y esperó a que llegaran las once. A las 10:30 Lenore entró en el dormitorio, trayéndole el desayuno. Por primera vez en varias semanas, sus ojos no estaban velados ni mostraban hostilidad y su rostro estaba tranquilo. Colocó la bandeja sobre la mesita de noche, se inclinó sobre él y le besó.

—Gracias, cielo —dijo él—. Gracias por ambas cosas.

—Todo está bien, Howie. No te preocupes más por ello. No vale la pena. Quizá nunca valió la pena.

—No me voy a preocupar más. Lo consiga o no.

Ella le volvió a besar.

—Me voy de compras. ¿Estarás bien?

—Claro que sí. Me siento mejor. Puede que baje a la biblioteca y me ponga a leer un rato.

Cuando escuchó cómo ella cerraba la puerta, llamó rápidamente a la oficina y preguntó por Weatherby Fallstone.

—Weatherby —dijo—, tengo un terrible resfriado.

—Lo siento mucho, viejo. Cuídate.

—¿Estarás en la reunión?

—Claro. Tengo una o dos buenas ideas que quiero llevar a la práctica.

—Espero estar de regreso el lunes. ¿Querrás tomar unas notas y pasarme una síntesis de la reunión?

—Con gusto, viejo.

Colgó el teléfono, engulló ávidamente el desayuno y después se dirigió al estudio. Se sentó allí, con el pequeño muñeco en una mano y un alfiler en la otra. Sobre la mesa dejó algunos otros alfileres. Entonces, volvió a llamar a Fallstone.

—Míster Fallstone está en una reunión —le dijo la secretaria.

—No importa, le volveré a llamar más tarde.

Dejó que la reunión se desarrollara durante unos quince minutos. Y entonces empezó a actuar. Empezó con un simple dolor de cabeza. «Que no sea una terrible migraña», pensó, raspando el alfiler, como si fuera una pluma, sobre la frente del muñeco. Aquello solo era un mal preludio. Dejó pasar unos diez minutos antes de abrir la mandíbula inferior del muñeco; empezó a jugar entonces con la diminuta lengua. Después, arañó las costillas un rato y fue aumentando el proceso en un crescendo, rascando suavemente el cuello del muñeco. Tenía una idea final propia que puso en práctica: colocó un pañuelo doblado sobre los ojos del muñeco durante otros cinco minutos. Después, devolvió el muñeco a su caja y colocó esta en su maletín. Cuando Lenore regresó, estaba leyendo el The New York Times.

El lunes acudió a la oficina a una hora algo más temprana de lo usual para los cargos ejecutivos, pero su secretaria estaba allí, dispuesta a darle las noticias.

—Fue terrible, míster Grafton. Míster Fallstone sufrió un ataque durante la reunión del viernes. Se puso la cabeza entre las manos y gimió de dolor; después, empezó a balbucear y a decir cosas sin sentido. Más tarde, empezó a reír de tal modo que no podía detenerse. Y finalmente —entonces bajó el tono de su voz—, vomitó sobre el propio despacho de míster Girton. Cuando le sacaban de la sala, empezó a gritar diciendo que estaba ciego, y entonces le llevaron al hospital.

—Terrible. ¿Cómo está ahora?

—He oído decir que estaba bien, pero le tienen en una especie de observación.

Estaba leyendo el Times tranquilamente y con cierto alivio cuando el intercomunicador sonó, llamándole. Antes de dirigirse al despacho de J. L., pasó ante el de Fallstone, mirando en su interior. No había en él el menor signo de vida. Solo unas cuantas pertenencias personales amontonadas —pastillas, un paraguas, unos cuantos libros—; todo ello amontonado sobre la mesa, donde lo había colocado el botones. Aquello le convenció de que el despacho ya no estaba ocupado por nadie.

—Supongo que se habrá enterado usted —dijo J. L., indicándole una silla con un movimiento de la mano.

—Terrible.

—No puedo entenderlo. Parecía un hombre tan racional y tan tranquilo. Supongo que el pobre diablo ha bebido demasiado. Bueno, no podemos quedarnos sentados lamentándonos. Howard, quiero que empiece a trabajar muy estrechamente con Eldon. Él nos dejará dentro de un par de meses y hay una gran cantidad de cabos sueltos que deberá usted atar antes de que nos deje.

—Aprecio mucho esto, J. L. Ya sabe que puede contar conmigo. —Se detuvo un momento y habló muy seriamente—: Es una lástima que tuviera que suceder de este modo.

—No vale la pena preocuparse por ello, Howard. No es culpa suya. Y ahora, vaya a empezar a trabajar.

El cheque que envió aquella misma tarde al doctor Dee superaba el saldo de su cuenta corriente. Para cubrirlo, tuvo que cobrar unos bonos de ahorro que poseía, depositando el dinero en su cuenta. Ya era casi la hora de cerrar y las ventanillas estaban empezando a bajarse, pero Grafton las mantuvo abiertas el tiempo suficiente para certificar su cheque. Había firmado con anterioridad algunos cheques incobrables, pero, de algún modo, tenía la sensación de que no desearía por nada del mundo que este cheque se lo devolvieran con la nota de «fondos insuficientes». Más tarde, lo envió por correo certificado y entrega especial.

Durante el transcurso de las semanas siguientes se enteró a trozos de que Fallstone había sido dado de baja en el hospital, de que se le había entregado un generoso cheque como despedida, de que se estaba dedicando a visitar las agencias de publicidad con su álbum de recortes y de que había sido visto, completamente borracho, en un bar. Al cabo de un tiempo, su caso dejó de preocupar a Grafton. Estaba demasiado ocupado.

Se encontraba solo en su despacho, trabajando a una hora bastante avanzada en un proyecto que el viejo Eldon había dejado atascado. Fue entonces cuando sintió el dolor. Fue como una puñalada en su vientre que le obligó a doblarse, sintiendo un dolor punzante y angustioso que le hizo caer de la silla al suelo. Tuvo un breve momento de respiro, pero el dolor volvió de nuevo. Fue entonces cuando Grafton recordó que todos los ejecutivos de J. L. Girton y Asociados habían estado presentes en la fiesta, y se dio cuenta entonces de que el doctor Dee había hablado también con otras personas, y no solo con él. Durante un instante sintió un cierto alivio mientras que, en un alejado rincón de su memoria, se dibujaba la figura del doctor Dee hablando con Fallstone. Después, volvió a sentir aquel terrible dolor.

Estaba gimiendo, tendido en el suelo, cuando el vigilante de noche pasó por allí una hora después; pero cuando le llevaron al hospital, ya estaba muerto.

—No puedo entenderlo —dijo J. L. Girton a Frank Baker—. Tenía una salud perfecta. Tenía toda la vida por delante. Es un asunto terrible. Bien, Frank, ahora todo depende de usted.

—Haré todo lo que pueda, señor —dijo Baker con la juvenil modestia que era su forma particular de actuar en los negocios.

Míster Girton agregó:

—J. L.

—J. L., me gustaría tomarme una hora libre para decírselo a Betty. Significará mucho para ella. Imagíneselo: vicepresidente.

—Desde luego, muchacho. Hágalo. Y no olvide presentar mis respetos a su hermosa esposa.

Antes de pasar por su apartamento, el joven Frank Baker pasó por la tienda del doctor Dee.

—Aquí traigo el pago —dijo—. Acaban de nombrarme vicepresidente.

—¡Magnífico! Tenía la fuerte sensación de que usted lo conseguiría. Sentí una gran simpatía por usted desde el primer momento en que nos encontramos.

—¿Puede usted decirme, si le está permitido, claro, cómo se las arregló?

—No he hecho gran cosa.

—Me ha convertido usted en vicepresidente, eso es todo. Y solo por medio del poder mental... simplemente deseándolo así para mí.

El doctor Dee abrió uno de los cajones y sacó un pequeño muñeco.

—¿Recuerda usted cómo actúa esto, verdad?

—Sí, usted mismo me lo dijo.

—Bueno, Grafton y Fallstone han quedado fuera de juego... cada uno se desembarazó del otro. Se eliminaron entre sí.

—Doctor Dee, ¿quiere usted decir que le dijo a cada uno de ellos que conseguirían el puesto para después permitir que lo consiguiera yo? Y si eso es así, ¿no resulta algo poco ético?

—No hay nada de eso, muchacho. Le dije a cada uno de ellos que procuraría que el otro no consiguiera el puesto. Eso era lo que ellos querían, y yo mantuve mi palabra.

El doctor Dee volvió a colocar el muñeco en el cajón.

—Usted, en cambio, me pidió ese puesto específicamente —sonrió ampliamente y añadió—: Y lo ha conseguido.

Una visita inesperada - Agatha Christie (parte 3)

         11

Una vez la policía hubo abandonado la habi­tación con Jan, un silencio tenso se cernió sobre los presentes. Starkwedder dijo:

-Bien, supongo que he de comprobar si han logrado sacar mi coche de la cuneta; no pasamos por delante al venir hacia aquí.

-No -respondió Laura-, el sendero co­mienza en el otro lado de la carretera.

-Ya veo -respondió Starkwedder mientras se dirigía a los ventanales. Al salir a la terraza, comen­tó-: ¡Qué diferente se ve todo con la luz del día!

Tan pronto se marchó, Laura y Farrar se mi­raron.

-Julian! -exclamó ella-. ¡El encendedor! ¡Dije que era mío!

-¿Dijiste que era tuyo? ¿Al inspector?

-No. A él.

-A ese tipo... -comenzó Farrar, pero en­mudeció al ver a Starkwedder pasearse por la te­rraza-. Laura...

-¡Ten cuidado! -le advirtió ella mientras se acercaba a la pequeña ventana del vano y mi­raba al exterior-. Quizá nos esté escuchando.

-¿Quién es? -preguntó Farrar-. ¿Le co­noces?

Laura se acercó al centro de la estancia.

-No, no le conozco -dijo-. Tuvo un ac­cidente con el coche y vino anoche, justo des­pués de...

Julian le rozó la mano tendida sobre el res­paldo del sofá.

-No pasa nada, Laura. Sabes que haré todo lo que pueda.

-Julian... las huellas dactilares.

-¿Qué huellas?

-En esa mesa y en el cristal de la ventana. ¿Son tuyas?

Farrar retiró la mano de la suya para indicar que Starkwedder volvía a pasar por la terraza. Sin volverse hacia la ventana, ella se apartó de él y dijo en voz alta:

-Es muy amable de tu parte, Julian, estoy convencida de que puedes ayudarnos con mu­chas cosas.

Starkwedder deambulaba por la terraza. Cuando hubo desaparecido de vista, Laura dijo:

-¿Son tuyas estas huellas dactilares, Julian? Piensa.

Farrar permaneció pensativo un instante y luego dijo:

-Las de la mesa quizá sí.

-¡Dios mío! ¿Qué vamos a hacer?

De nuevo distinguieron a Starkwedder caminando de un lado a otro de la terraza. Laura dio una calada al cigarrillo.

-La policía sospecha de un hombre llamado MacGregor -dijo.

-Muy bien -respondió él-. Es probable que sigan pensando así.

-Pero imagina...

Farrar la interrumpió.

-Debo marcharme, tengo una reunión -dijo mientras se incorporaba-. No pasa nada -la tranquilizó con unas palmadas en el hombro-. No te preocupes, yo me ocuparé de que estés bien.

La expresión de Laura era de incompren­sión, casi de desesperación. Pero Farrar, al pare­cer ajeno a ello, se dirigió a los ventanales. Al sa­lir, se encontró con Starkwedder, que entraba de nuevo en el estudio. Farrar se apartó con cortesía para evitar chocar con él.

-¿Se marcha usted a alguna parte? -pre­guntó Starkwedder.

-Sí. Estos días voy bastante ajetreado. Las elecciones se celebran dentro de una semana.

-Ya -respondió Starkwedder-. Perdone mi ignorancia, pero ¿qué partido representa us­ted? ¿El conservador?

-Soy liberal -respondió Farrar con al­tivez.

-¡Ah! ¿Todavía existen?

Julian Farrar suspiró y se marchó sin pro­nunciar palabra. Starkwedder dedicó a Laura una mirada dura.

-Ya veo -dijo con furia contenida-, o al menos estoy empezando a ver.

-¿Qué quiere decir?

-Es su amiguito, ¿verdad? -dijo mientras se acercaba a ella-. Vamos, ¿sí o no?

-Ya que lo pregunta, ¡sí, lo es! -respondió desafiante.

Starkwedder la miró y dijo:

-Hay muchas cosas que no me dijo anoche, ¿no es cierto? Por eso cogió su encendedor tan deprisa y dijo que era suyo. -Starkwedder se alejó unos pasos y se volvió hacia ella-. ¿Cuánto tiempo hace que dura esta historia entre uste­des dos?

-Bastante -respondió ella con un hilo de voz. -¿Nunca pensó en abandonar a Warwick y marcharse con él?

-No. Está la carrera política de Julian, po­dría arruinarle.

Starkwedder se sentó malhumorado en un extremo del sofá.

-Seguro que no, hoy en día no. ¿No acep­tan todos el adulterio con tranquilidad?

-Son circunstancias muy especiales -intentó explicar Laura-. Era amigo de Richard, y tratándose de un inválido...

-Sí, ya veo. Es cierto que no representaría muy buena publicidad para él -replicó Stark­wedder.

Laura se acercó al sofá y se quedó de pie, de­lante de él.

-¿Supongo que piensa que debería habér­selo explicado anoche? -comentó con frialdad. El apartó los ojos de su mirada.

-No tenía ninguna obligación -murmuró. Laura pareció tranquilizarse.

-No pensé que importara... -dijo-. Quiero decir... lo único en lo que podía pensar era en que había matado a Richard.

Pareció ganarse de nuevo a simpatía de Starkwedder, pues éste murmuró:

-Entiendo. -Después de una pausa añadió-: Yo tampoco podía pensar en nada más. -Enmu­deció de nuevo y después alzó los ojos hacia ella-. ¿Quiere probar un pequeño experimento? ¿Dón­de se encontraba ayer cuando disparó a Richard?

-¿Dónde me encontraba? -repitió Laura perpleja.

-Sí, eso he dicho.

Después de pensarlo un momento, ella res­pondió.

-Allí -señaló los ventanales.

-Acérquese al lugar desde donde disparó -le pidió Starkwedder.

Laura se levantó y comenzó a deambular nerviosa por la habitación.

-No... no lo recuerdo -dijo-. No me pida que lo recuerde. -Parecía asustada.

-Su marido le dijo algo -le recordó Stark­wedder-, algo que hizo que usted cogiera la pis­tola. -Se levantó del sofá y se dirigió a la mesa junto al sillón para apagar el cigarrillo-. Vamos, representemos la escena -continuó-. Allí está la mesa y la pistola -dijo mientras cogía el cigarrillo de Laura y lo depositaba en el cenicero-. Estaban discutiendo y usted cogió la pistola, cójala...

-¡No quiero! -exclamó ella.

-No sea tonta. No está cargada. Vamos, có­jala.

Reticente, Laura lo hizo.

-Recuerde que la atrapó con fuerza, no como ahora. La cogió con fuerza y disparó. Muéstreme cómo lo hizo.

Sosteniendo la pistola con torpeza, ella se alejó unos pasos de él.

-Yo... yo -balbució.

-Vamos, muéstremelo -ordenó con fuerza Starkwedder.

Laura intentó apuntar el arma.

-Vamos, ¡dispare! No está cargada. Mientras Laura seguía titubeando, él le arre­bató la pistola.

-¡Me lo imaginaba! -exclamó-. Jamás ha disparado un arma en su vida, no sabe cómo ha­cerlo. -Con la vista clavada en la pistola agre­gó-: Usted no disparó a su marido.

-Sí que lo hice -insistió ella.

-No, no lo hizo.

Laura preguntó con tono asustado:

-¿Por qué iba a decir entonces que lo hi­ce yo?

Starkwedder respiró hondo. Se acercó al sofá y se dejó caer en él.

-La respuesta me parece bastante evidente: porque fue Julian Farrar quien le mató.

-¡No! -exclamó ella casi en un grito.

-¡Sí!

-¡No!

-Le digo que sí -insistió él.

-Si fue Julian, ¿por qué diablos iba a decir que lo hice yo?

Starkwedder le dirigió una mirada desapa­sionada.

-Porque usted pensó, con bastante acierto, que yo la encubriría, y tuvo razón. -Starkwed­der se reclinó en el sofá antes de proseguir-. Sí, jugó muy bien conmigo. Pero se acabó, ¿lo entiende? Que me aspen si voy a contar un montón de mentiras para salvar el pellejo del mayor Fa­rrar.

Se hizo un silencio. Laura sonrió y fue hacia la mesa junto al sillón para recoger el cigarrillo. Se volvió hacia Starkwedder y dijo:

-¡Sí que lo hará! ¡Tendrá que hacerlo! ¡Ya le ha dado su versión a la policía! ¡Ahora no pue­de cambiarla!

-¿Qué? -respondió él perplejo.

Laura se sentó en el sillón.

-Por mucho que sepa o crea saber -pun­tualizó-, tendrá que ajustarse a su versión. Ahora es usted cómplice, lo dijo usted mismo -explicó.

Starkwedder se levantó y exclamó:

-¡Menuda zorra! -La miró con desprecio sin pronunciar palabra y, girando sobre los talo­nes, se marchó.

Laura le observó avanzar por el jardín. Hizo ademán de seguirle y llamarle, pero cambió de opinión y, con aire abatido, abandonó el estudio por la puerta del pasillo.

 

12

Ese mismo día, a última hora de la tarde, Ju­lian Farrar caminaba nervioso de un lado a otro del estudio. Las ventanas de la terraza estaban abiertas; el sol, a punto de ocultarse tras el ho­rizonte, proyectaba una luz dorada sobre el jardín. Farrar había sido citado por Laura War­wick, que al parecer necesitaba verle con ur­gencia. Mientras esperaba, Farrar consultó su reloj repetidas veces.

Con aire disgustado, echó un vistazo a la te­rraza y después se adentró de nuevo en la habita­ción, no sin antes mirar de nuevo el reloj. En ese instante vio un periódico sobre la mesa situada junto al sillón y lo cogió. Se trataba de un diario local, The Western Echo, que publicaba en pri­mera página un artículo sobre la muerte de Ri­chard Warwick: «Prominente residente local asesinado por un agresor misterioso», rezaba el titular. 

Farrar se sentó y comenzó a leer el ar­tículo con nerviosismo. Pasados unos minutos, dejó el periódico a un lado, se dirigió a la ventana y, con un último vistazo a la habitación, se aden­tró en el jardín. Había recorrido la mitad del te­rreno cuando oyó un ruido a sus espaldas. Dio media vuelta y comenzó a farfullar:

-Laura, lo siento, yo... -Pero se detuvo en seco al comprobar que la persona que venía en su dirección no era Laura Warwick, sino Angell, el asistente del difunto Richard Warwick.

-Señor, la señora Warwick me ha pedido que le comunique que bajará enseguida -dijo Angell-. Pero yo me preguntaba si sería posible hablar un momento con usted.

-Claro. ¿De qué se trata?

Angell se acercó a Julian Farrar y dio unos pasos más alejándose de la casa, como si le preo­cupara que alguien pudiera oír lo que tenía que decir.

-¿Y bien? -preguntó Farrar al adivinar sus intenciones.

-Señor, siento cierta preocupación sobre mi situación en esta casa y quería consultarlo con usted.

Preocupado por sus propios asuntos, Julian Farrar no estaba interesado en aquello.

-Y bien, ¿cuál es el problema?

Angell reflexionó un momento antes de contestar:

-Con la muerte del señor Warwick, pierdo mi puesto de trabajo.

-Sí, supongo que sí. Pero, no creo que ten­ga dificultad en encontrar otro, ¿verdad?

-Espero que no, señor.

-Usted es un hombre cualificado, ¿no es cierto? -preguntó Farrar.

-Oh, sí. Además, siempre tengo la posibili­dad de trabajar en un hospital o en un centro pri­vado, ya lo sé.

-Entonces, ¿qué le preocupa? -indagó Fa­rrar.

-Pues bien, señor, las circunstancias en las que este trabajo ha llegado a su término han sido muy desagradables para mí.

-Hablando en cristiano, no le gusta la idea de haberse visto involucrado en un asesinato. ¿Es eso?

-Podríamos decirlo así, señor -asintió el asistente.

-Pues bien, me temo que nadie puede hacer nada al respecto. De todos modos, supongo que la señora Warwick le dará buenas referencias. -Farrar sacó la pitillera y la abrió.

-No creo que haya ningún problema al res­pecto, señor -respondió Angell-. La señora Warwick es una persona muy agradable, encan­tadora, si me permite decirlo.

Farrar, que había decidido esperar a Laura, estaba a punto de regresar a la casa, pero se giró al percibir algo extraño en la actitud del asis­tente.

-¿Qué quiere decir? -preguntó con voz queda.

-No quisiera causar ninguna molestia a la señora Warwick -respondió Angell con voz melosa.

Antes de replicar, Farrar extrajo un cigarrillo de la pitillera.

-¿Quiere decir que está alargando su estadía por deferencia a ella?

-Es cierto, señor -confirmó Angell-, que la ayudo con los asuntos de la casa, pero no es eso lo que quería decir exactamente. -Guardó silencio un instante antes de continuar-. De hecho, es una cuestión de conciencia, señor.

-¿Qué puñetas quiere decir? -espetó Fa­rrar irritado.

Angell parecía incómodo, pero su voz sonó segura cuando respondió:

-Creo que no se da cuenta de la dificultad de mi situación, señor, al tener que declarar ante la policía, quiero decir. Es mi deber como ciuda­dano ayudar a la policía en todo lo que me sea posible pero, al mismo tiempo, quisiera perma­necer fiel a mis patronos.

Farrar se giró para encender el cigarrillo.

-Habla usted como si hubiese alguna clase de conflicto -comentó.

-Si lo piensa bien, señor, se dará cuenta de que es inevitable. Podríamos decir que se da un conflicto de lealtades.

Farrar lo miró.

-¿Adónde quiere llegar, Angell?

-La policía, señor, no puede evaluar la si­tuación -respondió Angell-. Quizá, y sólo quizá, esta situación pudiera resultar muy im­portante en un caso como éste. Sabe usted, hace bastante tiempo que padezco insomnio.

-¿Es necesario que hablemos de sus dolen­cias? -preguntó Farrar.

-Me temo que sí, señor, pues aunque ayer me retiré temprano, fui incapaz de conciliar el sueño.

-Cuánto lo siento -respondió Farrar con acritud-. Pero realmente...

-Verá, señor -continuó Angell, haciendo caso omiso de la interrupción-, dada la ubica­ción de mi dormitorio en esta casa, he llegado a tener conocimiento de ciertos asuntos de los que quizá la policía no sea plenamente consciente.

-¿Qué intenta decir?

-El difunto señor Warwick -respondió Angell- era un hombre enfermo e inválido. En estas tristes circunstancias, era de esperar que una mujer atractiva como la señora Warwick buscara, ¿cómo diría yo?, otro vínculo en otra parte.

-Así que se trata de eso -dijo Farrar-. Creo que no me agrada su tono, Angell.

-No, señor. Pero no se precipite en su jui­cio. Si lo piensa bien, quizá comprenda lo difícil que es mi situación, pues poseo una informa­ción que, de momento, no he compartido con la policía, pero que quizá sería mi deber hacerlo.

Farrar lo miró con frialdad.

-Creo que lo de ir a la policía es un farol; lo que usted quiere decir es que podría remover el asunto a no ser que... -Se detuvo antes de com­pletar la frase-. ¿A no ser qué?

Angell se encogió de hombros.

-Como usted bien dice, soy enfermero ti­tulado. Pero a veces, mayor Farrar, pienso que me gustaría establecer mi propio negocio, un pe­queño centro, no exactamente una clínica sino un lugar en el que pudiera acoger a cinco o seis pacientes. Con la ayuda de un asistente, claro. 

Seguramente los pacientes serían hombres difíci­les de cuidar en casa por sus problemas con el al­cohol, ya sabe. Por desgracia, aunque he logrado ahorrar una suma considerable, no es suficiente, y por ello me preguntaba si...

Farrar completó la frase por él:

-Usted se preguntaba si yo, o si yo y la señora Warwick, podríamos ayudarle con su pro­vecto.

-Sólo me lo preguntaba, señor -respondió Angell con tono dócil-. Sería muy bondadoso por su parte.

-Sí que lo sería, ¿verdad? -respondió Fa­rrar sarcástico.

-Usted ha sugerido, con cierta precipita­ción -prosiguió Angell-, que amenazaba con remover el asunto, supongo que está pensando en el escándalo. Pero no es ésa mi intención, señor. Jamás soñaría con hacer algo así.

-¿Adónde quiere llegar, Angell? -pregun­tó Farrar a punto de perder los estribos-. Porque es obvio que pretende llegar a alguna parte.

Angell sonrió con modestia antes de respon­der. Cuando habló fue con voz queda pero firme:

-Como le decía, señor, anoche no podía dormir; así que estaba tumbado en la cama escu­chando la sirena de niebla (siempre he pensa­do que es un sonido muy deprimente), cuando de pronto creí oír una persiana chocando con­tra una ventana, un ruido muy molesto cuando se intenta conciliar el sueño. Me levanté, miré por la ventana y me pareció que se trataba de la persiana de la despensa, situada casi debajo de la mía.

-¿Y bien?

-Decidí bajar a cerrar la persiana -conti­nuó Angell-. Y cuando lo hacía, oí un disparo. En ese momento no le di mayor importancia, pues pensé: Ya está otra vez el señor Warwick haciendo de las suyas, aunque es imposible que vea nada con esta neblina. Después me dirigí a la despensa y cerré la persiana. No se por qué, pero mientras estaba allí me invadió cierta inquietud. Además, al otro lado de la ventana, oí unos pasos en dirección a la casa.

-Se refiere al camino que lleva a... -le inte­rrumpió Farrar volviendo los ojos en esa direc­ción.

-Sí, señor -confirmó Angell-. El camino que va desde la terraza, rodea la casa y pasa por delante de las dependencias del servicio. Nadie utiliza ese camino, señor, excepto usted cuando lo toma como atajo para ir a su casa.

El asistente guardó silencio y clavó los ojos en Farrar, quien simplemente respondió: -Prosiga.

-Como le decía, me sentía un poco inquieto, pensaba que quizá había algún merodeador por la casa, así que no puede imaginarse el alivio que sen­tí al verle pasar por delante de la ventana de la des­pensa. Caminaba deprisa, en dirección a su casa.

Farrar guardó silencio y después dijo:

-Realmente no entiendo cuál es el sentido de lo que me explica. ¿Acaso tiene alguno?

Con un carraspeo de disculpa, Angell res­pondió.

-Sólo me preguntaba, señor, si había usted mencionado a la policía que ayer estuvo aquí vi­sitando al señor Warwick. Si no es así, y supo­niendo que me interrogaran de nuevo sobre los acontecimientos de anoche...

Farrar le interrumpió.

-¿Supongo que es consciente de que la pena por chantaje es muy dura? -preguntó con sequedad.

-¿Chantaje, señor? -respondió Angell con aire sorprendido-. No sé qué quiere decir, tan sólo se trata de mi deber para con la policía...

-La policía ya está satisfecha con la identi­dad de la persona que asesinó al señor Warwick, de hecho a ese tipo sólo le faltó firmar con su nombre, por lo que no es muy probable que va­yan a hacerle más preguntas.

-Le aseguro, señor -repuso Angell con tono alarmado-, que sólo quería...

-Sé muy bien que es imposible que recono­ciera a nadie en la niebla tan espesa de anoche, sólo se ha inventado esta historia para... -Farrar enmudeció al ver que Laura Warwick salía al jardín.


13

-Siento haberte hecho esperar, Julian -se disculpó Laura mientras se acercaba. Parecía sorprendida de ver a Angell y Julian Farrar conversando.

-Señor, quizá pueda hablar más tarde con usted sobre este pequeño asunto -murmuró Angell antes de marcharse. Hizo una pequeña reverencia a Laura, cruzó el jardín con paso rápido y viró al llegar a la esquina de la casa.

Laura siguió su marcha y después dijo con apremio:

-Julian, tengo que...

Él le interrumpió.

-¿Por qué has mandado por mí, Laura?

-preguntó enfadado.

-Te he estado esperando todo el día -res­pondió ella sorprendida.

-He estado muy ocupado toda la mañana -repuso él-, y esta tarde he tenido varias reu­niones; no puedo dejar esas cosas cuando están tan cerca las elecciones. De todos modos, ¿no crees que sería mejor que no nos viéramos por una temporada?

-Pero necesitamos hablar de varias cosas. Farrar la tomó del brazo para alejarla de la casa.

-¿Sabes que Angell ha intentado chanta­jearme?

-¿Angell? -exclamó Laura incrédula.

-Sí, está claro que sabe lo nuestro y tam­bién sabe, o al menos dice saber, que estuve aquí anoche.

Ella ahogó un grito.

-¿Quieres decir que te vio?

-Dice que me vio -replicó Farrar.

-Pero es imposible que te viera con esa niebla.

-Me ha contado una historia sobre que bajó a la despensa para cerrar una persiana y que me vio pasar cuando regresaba a casa. También dice que oyó un disparo poco antes pero que no le dio mayor importancia.

-¡Dios mío! ¡Qué horror! ¿Qué vamos a hacer?

Farrar fue a consolarla con un abrazo, pero echó una ojeada a la casa y se abstuvo. Después la observó con detenimiento.

-Todavía no sé qué vamos a hacer, tendre­mos que pensar en algo.

-No le vas a pagar, ¿verdad?

-No. Si empiezas, es el principio del fin. Pero, por otro lado, ¿qué puede hacerse? -pre­guntó a la vez que se pasaba la mano por la fren­te-. Pensé que nadie sabía que estuve aquí anoche, estoy convencido de que mi ama de llaves lo ignora. Pero la cuestión es: ¿es cierto que me vio Angell o sólo finge haberme visto?

-¿Qué sucederá si acude a la policía? -pre­guntó Laura con voz temblorosa.

-No sé. Tenemos que pensar, pensar con cuidado. -Comenzó a caminar de un lado a otro-. Podríamos ignorarle aduciendo que es un farol y que está mintiendo, que yo jamás salí de casa anoche.

-Pero están las huellas dactilares -objetó Laura.

-¿Qué huellas?

-Te has olvidado de las huellas de la me­sa -le recordó ella-. La policía cree que son de MacGregor, pero si Angell les cuenta esta historia, querrán tomar tus huellas, y enton­ces...

-Ya -masculló Farrar-. Bien, pues en­tonces tendré que reconocer que estuve aquí e inventarme alguna historia, que vine para ver a Richard y que conversamos...

-Podrías decir que se encontraba en perfec­to estado cuando te marchaste.

Farrar la miró sin afecto alguno.

-¡Qué fácil haces que parezca todo! -replicó-. ¿De verdad puedo decir eso? -añadió sarcástico.

-¡Tendrás que decir algo! -respondió Laura a la defensiva.

-Sí, que apoyé la mano cuando me incliné a ver... -Tragó saliva al revivir la escena.

-Siempre y cuando piensen que las huellas son de MacGregor -dijo Laura.

-¡MacGregor! ¡MacGregor! -espetó él fu­rioso-. ¿Qué demonios te hizo sacar ese men­saje del periódico y ponerlo sobre el cuerpo de Richard? ¿No estabas corriendo un gran riesgo?

-Sí... no... ¡No lo sé! -chilló Laura confundida.

Farrar la contempló con desprecio.

-Teníamos que pensar en algo -suspiró Laura-. Yo... yo no podía pensar. Fue idea de Michael,

-¿Michael?

-Michael Starkwedder.

-¿Quieres decirme que él te ayudó? -pre­guntó Farrar incrédulo.

-¡Sí, lo hizo! Por eso quería verte, para ex­plicarte...

Farrar se acercó a Laura y masculló:

-¿Qué tiene que ver ese Michael -enfatizó el nombre de pila de Starkwedder-, ese Michael Starkwedder en todo esto?

-Entró y me encontró allí, con la pistola en la mano y...

-¡Dios Santo! -exclamó él al tiempo que se apartaba de ella-. Y de alguna manera le convenciste de que...

-Creo que él me convenció a mí -murmu­ró ella con tristeza mientras daba un paso hacia Farrar-. ¡Oh, Julian!

Laura estaba a punto de rodearle el cuello con los brazos, pero él la apartó.

-Ya te lo he dicho, haré todo lo que pueda -le aseguró-. No creas que no, pero...

Laura le observó.

-Has cambiado -comentó con voz queda.

-Lo siento, pero es que no puedo sentir lo mismo -reconoció Farrar, desesperado-. Después de lo sucedido, no puedo sentir lo mismo.

-Yo sí. Al menos eso creo. No importa lo que hayas hecho, Julian, siempre sentiré lo mismo.

-Nuestros sentimientos no importan ahora -dijo Farrar-. Tenemos que ajustarnos a los hechos.

Ella le miró.

-Lo sé. Dije a Starkwedder que yo... bueno, ya sabes, que fui yo.

Farrar la contempló con incredulidad. -¿Le dijiste eso a Starkwedder?

-Sí.

-¿Y estuvo de acuerdo en ayudarte? ¿Un extraño? ¡Ese hombre debe de estar loco!

-Sí, quizá esté un poco loco, pero fue reconfortante tenerle allí.

-¡Así que no hay hombre que se te resista! ¿Se trata de eso? -exclamó Farrar, y se giró. Después se volvió hacia Laura de nuevo-. De todos modos, un asesinato... -Enmudeció al tiempo que sacudía la cabeza.

-Intentaré no pensar en ello -contestó ella-. No fue premeditado, Julian, fue un im­pulso -agregó con tono casi suplicante.

-No es necesario que hablemos más de ello. Ahora tenemos que pensar en lo que vamos a hacer.

-Ya lo sé, están tus huellas y el encendedor.

-Sí -recordó Farrar-, debió de caerse cuando me incliné sobre el cuerpo.

-Starkwedder sabe que es tuyo -dijo Lau­ra-. Pero no puede hacer nada al respecto, aho­ra ya se ha comprometido y no puede cambiar su versión de los hechos.

Farrar la observó un instante. Cuando habló de nuevo fue con cierto tono heroico:

-Llegado el caso, Laura, yo asumiré la cul­pa -le aseguró.

-¡No, no quiero que hagas eso! -exclamó ella y le agarró el brazo, pero lo soltó tras lanzar una ojeada nerviosa a la casa-. ¡No quiero que lo hagas! -repitió.

-No creas que no entiendo cómo sucedió -dijo Farrar-. Cogiste la pistola y le disparaste sin saber lo que hacías, y...

Laura ahogó un grito.

-¿Qué? ¿Acaso pretendes que diga que le maté yo? -espetó.

-En absoluto -respondió Farrar con aire avergonzado-. Ya te he dicho que estoy dispuesto a asumir la culpa si fuera necesario. Laura sacudió la cabeza, perpleja.

-Pero si decías que sabías cómo había ocu­rrido...

Él la observó.

-Escucha, no creo que fuera un acto delibe­rado ni premeditado. Sé que no lo fue, sé que le disparaste porque...

Laura 1e interrumpió:

-¿Que yo le disparé? ¿Realmente crees que yo le disparé?

Farrar se dio la vuelta al tiempo que excla­maba:

-¡Dios mío! Va a ser imposible, ni siquiera somos capaces de ser honestos con nosotros mismos. Laura parecía desesperada. Intentó tranquilizarse antes de replicar con énfasis:

-¡Yo no le disparé y tú lo sabes!

Hubo un silencio. El se volvió lentamente hacia ella.

-Entonces ¿quién lo hizo? -preguntó. De pronto lo comprendió y añadió-: ¡Laura! No estarás diciendo que yo le maté.

Se encontraban frente a frente. Guardaron silencio durante un instante. Luego Laura dijo:

-Oí el disparo, Julian. -Respiró hondo an­tes de continuar-. Oí el disparo y tus pasos mientras te alejabas por el camino. Bajé, y allí estaba Richard, muerto.

Pasado un instante, Farrar respondió con suavidad:

-Laura, yo no le maté. -Alzó la vista al cie­lo como en busca de inspiración y después clavó los ojos en ella-. Vine para hablar con Richard -explicó-, para decirle que después de las elec­ciones tendríamos que llegar a algún acuerdo so­bre el divorcio. Oí un disparo poco antes de lle­gar, pensé que se trataba de uno de los juegos de Richard, como siempre. Entré, y allí estaba, muerto. El cuerpo todavía estaba caliente.

Ella le miró perpleja.

-¿Caliente? -repitió.

-No llevaba más de uno o dos minutos muerto. Como es natural, pensé que le habías matado tú, ¿quién más podía haber sido?

-No lo comprendo -murmuró ella.

-Supongo... supongo que pudo ser un sui­cidio -aventuró Farrar, pero Laura le interrum­pió.

-No, no pudo ser, porque... -Enmudeció al oír los gritos exaltados del joven Jan en el inte­rior de la casa.

 

14

Farrar y Laura corrieron hacia la casa y casi chocaron con Jan cuando salió por la contraven­tana de la terraza.

-¡Laura! -gritó mientras le empujaba ha­cia la biblioteca-. Laura, ahora que Richard ha muerto, todas sus pistolas, rifles y cosas así me pertenecen, ¿verdad? Quiero decir, yo soy su hermano, soy el hombre de la familia.

Julian Farrar les siguió a la biblioteca, se acercó al sillón y se sentó en el brazo mientras Laura trataba de tranquilizar a Jan, que no cesa­ba de quejarse.

-Benny no me deja coger las pistolas, las ha guardado con llave en el armario de allá arriba. -Señaló con un gesto hacia la puerta-. Pero son mías, estoy en mi derecho. Dile que me dé la llave.

-Escucha, Jan, cariño -comenzó Laura, pero Jan no quería ser interrumpido. Se dirigió rá­pido hacia la puerta y dio media vuelta gritando:

-Me trata como a un niño. Todos me tratan como a un niño, pero soy un hombre. Ten­go diecinueve años, soy casi mayor de edad.

-Abrió los brazos como si intentara abarcar sus pistolas-. Todas las cosas de Richard me perte­necen. Haré lo mismo que él, dispararé contra las ardillas, los pájaros y los gatos. -Rió histéri­co-. Quizá dispare también contra las personas que no me gustan.

-No debes excitarte, Jan -le advirtió Laura.

-No estoy excitado -respondió enfurru­ñado-. Pero no voy a dejar que... que me victi­micen. Ahora soy el señor de la casa y todos ha­rán lo que yo diga. -Se detuvo un instante y después se dirigió a Farrar-: Yo también podría ser juez de paz si quisiera, ¿verdad, Julian?

-Todavía eres demasiado joven para eso -contestó Farrar.

Jan se encogió de hombros y se volvió hacia Laura.

-Todos me tratáis como a un niño -volvió a lamentarse-. Pero ahora que Richard ha muerto ya no podéis. -Fue hasta el sofá, se sen­tó y se cruzó de piernas-. Además, supongo que ahora también soy rico, ¿verdad? Esta casa me pertenece, nadie puede mandarme, ahora mandaré yo. No dejaré que la tonta de Benny me diga lo que tengo que hacer, si Benny intenta darme órdenes, yo... ¡yo ya sé lo que haré!

Laura se acercó a él.

-Jan, cariño -susurró con dulzura-, éste es un momento muy difícil para todos, y las co­sas de Richard no pertenecerán a nadie hasta que vengan los abogados, lean el testamento y lo autentifiquen. ¿Lo comprendes?

La voz de Laura tuvo un efecto balsámico y tranquilizador sobre Jan. El joven la miró, le ro­deó la cintura con los brazos y apoyó la cabeza en su regazo.

-Comprendo lo que dices, Laura -dijo-. Te quiero, Laura. Te quiero mucho.

-Sí, cariño -murmuró ella con dulzura-. Yo también te quiero.

-Estás contenta de que Richard haya muer­to, ¿verdad? -preguntó Jan de repente. Sorprendida, ella respondió:

-No, claro que no.

-Sí que lo estás -replicó él, astuto-. Aho­ra podrás casarte con Julian.

Laura lanzó una rápida mirada a Julian, que se puso en pie mientras Jan continuaba hablando.

-Sé que hace mucho tiempo que quieres ca­sarte con Julian. Todos piensan que no me doy cuenta de las cosas, o que no sé nada, pero no es así. Ahora estáis bien, la situación se ha arreglado y estáis contentos. Estáis contentos porque... -Calló al oír la voz de la señorita Bennett en el pasillo llamándolo.

Jan rió.

-¡Benny, tonta! -gritó mientras daba saltos en el sofá.

-Pórtate bien con Benny -le reprendió Laura mientras le ayudaba a ponerse en pie-. Está muy preocupada por todo -añadió mien­tras lo acompañaba hasta la puerta-. Tienes que ayudar a Benny, Jan, porque ahora eres el hom­bre de la familia.

Jan abrió la puerta, miró a Laura y después a Julian.

-De acuerdo, de acuerdo -prometió con una sonrisa-. Lo haré. -Abandonó la habita­ción, cerró la puerta tras de sí y comenzó a gritar «¡Benny!».

Laura se volvió hacia Farrar, que se acercó a ella.

-No tenía ni idea de que supiera lo nuestro -exclamó ella.

-Ese es el problema con las personas como Jan. Nunca sabes cuánto saben. Es muy... quiero decir... se altera muy rápido, ¿verdad?

-Sí, se pone nervioso muy rápido -reco­noció Laura-. Pero ahora que no está Richard para burlarse de él, se tranquilizará, será más normal, estoy segura.

Farrar parecía dudoso.

-No lo sé -comenzó, pero se detuvo al en­trar Starkwedder por la contraventana de la te­rraza.

-Hola -dijo con tono alegre.

-Hola -respondió Farrar titubeante.

-¿Cómo va todo? ¿Felices como perdices? -preguntó Starkwedder mientras los contem­plaba. Sonrió-: Ya veo, dos son compañía y tres son multitud. No debería haber entrado por la contraventana así, un caballero se hubiera dirigi­do a la puerta principal y hubiera llamado al tim­bre, ¿no es así? Pero, saben, yo no soy ningún caballero.

-Por favor... -comenzó Laura, pero Stark­wedder la interrumpió.

-De hecho -explicó-, he venido por dos razones. En primer lugar, para despedirme, ya han verificado mis antecedentes y las altas esfe­ras de Abadan han confirmado que soy un hombre bueno y honesto. Así que ya soy libre de marcharme.

-Siento que se vaya tan pronto -dijo Laura.

-Muy amable por su parte -respondió Starkwedder con cierta acritud-, sobre todo si se tiene en cuenta la manera en que me he entrometido en este asesinato familiar. -Contempló a Laura un instante y después se acercó a la silla del escritorio-. Pero he entrado por la contraventana por otra razón. La policía me ha acom­pañado en su coche y, aunque no se mostraron muy comunicativos, creo que se traen algo entre manos.

Laura ahogó un grito de consternación.

-¿La policía ha vuelto?

-Sí -confirmó Starkwedder.

-Pero pensé que ya habían acabado esta ma­ñana.

Starkwedder le dirigió una mirada astuta. -¡Por eso digo que se traen algo entre ma­nos! -exclamó.

Laura y Farrar se acercaron al oír unas voces en el pasillo. La puerta se abrió y entró la madre de Richard Warwick, muy erguida y dueña de sí misma, a pesar de seguir caminando con ayuda de un bastón.

-¡Benny! -exclamó por encima del hom­bro antes de dirigirse a Laura-. ¡Ah! Estás aquí, Laura. Te estábamos buscando.

Farrar se aproximó a la señora Warwick y la ayudó a sentarse en el sillón.

-Qué amable por tu parte volver a pasar por aquí, Julian, con lo ocupado que estás -comentó.

-Hubiera venido antes, señora Warwick -respondió Farrar-, pero hoy ha sido un día especialmente ajetreado. Si puedo hacer algo para ayudar... -Enmudeció al entrar en el estudio la señorita Bennett seguida del inspector Thomas.

El policía, que se detuvo en el centro de la habitación, llevaba un maletín en la mano. Stark­wedder se sentó en la silla del escritorio y encen­dió un cigarrillo mientras el sargento Cadwalla­der entraba acompañado de Angell.

-No encuentro al joven Warwick, señor -dijo el sargento al inspector mientras se acer­caba a los ventanales de la terraza.

-Está fuera en algún lugar, ha salido a dar un paseo -anunció la señorita Bennett.

-No importa -dijo el inspector. Observó a todos los presentes. Su actitud había cambiado y ahora mostraba cierta severidad.

Después de esperar un momento a que ha­blara, la señora Warwick preguntó con frial­dad:

-¿Debo suponer que tiene más preguntas que hacer, inspector Thomas?

-Sí, señora Warwick, me temo que sí.

La voz de la señora Warwick sonó cansada cuando preguntó:

-¿Todavía no tiene noticias de ese MacGre­gor?

-Al contrario -respondió el inspector.

-¿Lo han encontrado? -preguntó la seño­ra Warwick, ansiosa.

-Sí.

Todos reaccionaron con manifiesta agita­ción. Laura y Farrar se mostraron incrédulos mientras que Starkwedder se volvió hacia el ins­pector.

La voz severa de la señorita Bennett rasgó el silencio:

-Entonces, ¿le han arrestado?

El inspector la miró antes de responder.

-Creo que eso es imposible, señorita Bennett.

-¿Imposible? -exclamó-. Pero, ¿por qué?

-Porque está muerto -respondió el inspector con voz seca.

 

15

El anuncio del inspector Thomas fue recibi­do con un silencio atónito. Laura susurró con voz titubeante y temerosa:

-¿Qué ha dicho?

-He dicho que ese MacGregor ha muerto. Todos emitieron un grito de sorpresa. El ins­pector inició la explicación:

-John MacGregor murió en Alaska hace más de dos años, poco después de regresar de In­glaterra a Canadá.

-¡Muerto! -exclamó Laura, incrédula.

En ese momento Jan cruzó la terraza y de­sapareció de vista.

-Esto lo cambia todo, ¿no es así? -conti­nuó el inspector-. No fue John MacGregor quien colocó esa nota de venganza sobre el cadá­ver del señor Warwick. Pero es obvio, ¿no creen?, que la dejó alguien que conocía la historia de MacGregor y del accidente en Norfolk. -Se acercó al escabel y colocó el maletín encima- Lo cual nos limita, de forma definitiva, a alguna persona de esta casa.

-¡No! -protestó la señorita Bennett al tiempo que se acercaba al inspector-. ¿No pudo haber sido...?

-¿Sí, señorita Bennett? -la instó el inspec­tor y esperó un instante, pero ella se vio incapaz de continuar. Desesperada, se alejó hacia los ventanales.

El inspector centró su atención en la madre de Richard Warwick.

-Como usted comprenderá -dijo inten­tando mostrarse compasivo-, esto cambia las cosas.

-Sí, por supuesto -respondió ella antes de ponerse en pie-. ¿Me necesita para algo más, inspector?

-De momento no, señora Warwick.

-Gracias -murmuró ella mientras se diri­gía a la puerta que Angell se apresuró a abrirle.

Julian Farrar también se incorporó para acompañarla, luego regresó y se colocó pensati­vo detrás del sillón. Mientras tanto, el inspector Thomas había abierto el maletín y extrajo una pistola.

Angell seguía a la señora Warwick cuando el inspector le llamó con tono imperioso:

-¡Angell!

Sobresaltado, el asistente regresó al estudio y cerró la puerta.

-¿Sí, señor? -respondió.

El inspector se acercó a él llevando en la mano lo que era sin duda el arma del crimen.

-Es acerca de esta pistola; esta mañana no estaba seguro, pero ¿puede o no puede decir con certeza si pertenecía al señor Warwick?

-No quisiera equivocarme, inspector -res­pondió Angell-. Tenía muchas pistolas.

-Se trata de una pistola europea -le infor­mó el inspector mostrándole el arma-, supongo que es un recuerdo de alguna parte.

Jan volvió a cruzar la terraza en dirección contraria, sin que nadie le viera, con una pistola que intentaba ocultar.

Angell echó un vistazo a la pistola que el ins­pector tenía en la mano.

-El señor Warwick poseía algunas pistolas extranjeras, señor -dijo-. Pero él mismo se ocupaba de sus armas y no dejaba que yo las to­cara.

El inspector se volvió hacia Farrar.

-Mayor -dijo-, seguramente usted tiene recuerdos de la guerra. ¿Le dice algo esta arma? Farrar lanzó un rápido vistazo a la pistola.

-No, me temo que no.

El inspector introdujo de nuevo el arma en el maletín.

-El sargento Cadwallader y yo -anunció volviéndose hacia los presentes- queremos examinar la colección de armas del señor Warwick. Creo entender que tenía licencia para la mayoría.

-¡Oh, sí! -le aseguró Angell-. Las licen­cias se encuentran en uno de los cajones de su dormitorio, y todas las pistolas y el resto de las armas están en el armario de las armas.

El sargento Cadwallader se acercó a la puer­ta, pero la señorita Bennett le impidió abando­nar la habitación.

-Un momento. Querrá usted la llave del ar­mario- dijo al tiempo que sacaba una del bolsillo.

-¿Lo ha cerrado con llave? -inquirió el inspector-. ¿Por qué?

La respuesta de la señorita Bennett fue igual de lacónica:

-Creo que esa pregunta es innecesaria. Tantas armas, y la munición... es muy peligroso, todo el mundo lo sabe.

El sargento disimuló una sonrisa. Tomó la llave que le tendió la gobernanta, se dirigió a la puerta y se detuvo en el umbral por si el inspec­tor deseaba acompañarle. Disgustado por el co­mentario de la señorita Bennett, el inspector agregó:

-Necesito hablar con usted de nuevo, Angell. -Dicho esto, cogió el maletín, abandonó la habitación seguido por el sargento y dejó la puerta abierta para Angell.

Sin embargo, el asistente no le siguió de inmediato sino que, después de lanzar una mirada nerviosa a Laura, que estaba sentada con los ojos clavados en la puerta, se acercó a Farrar y mur­muró:

-Sobre ese pequeño asunto, señor. Estoy impaciente por arreglarlo pronto...

Con voz entrecortada, Farrar respondió:

-Creo... creo que podré hacer algo al res­pecto.

-Gracias, señor -contestó Angell con una leve sonrisa-. Muchas gracias. -El asistente estaba a punto de trasponer la puerta cuando Fa­rrar le dijo con tono autoritario:

-¡No! Espere un momento, Angell.

El asistente se volvió hacia él y Farrar gritó:

-¡Inspector Thomas!

Hubo una pausa tensa. Un momento más tarde, el inspector apareció por la puerta con el sargento detrás:

-¿Sí, señor Farrar?

Farrar adoptó una actitud distendida al tiem­po que se acercaba al sillón.

-Antes de que empiece con las preguntas rutinarias -comentó-, hay algo que debería haberle dicho. De hecho, hubiera tenido que mencionárselo esta mañana, pero estábamos to­dos tan consternados... La señora Warwick aca­ba de informarme de que desean identificar unas huellas dactilares. Aquí, en la mesa, me parece que dijo; pues bien, con toda probabilidad serán mías.

Hubo un silencio. El inspector se acercó a Farrar lentamente antes de preguntarle:

-¿Estuvo usted aquí anoche, mayor Farrar?

-Sí. Vine a conversar con Richard después de cenar, como suelo hacer a menudo.

-¿Y le encontró...?

-Le encontré muy malhumorado y depre­sivo, así que no me quedé mucho tiempo.

-¿A qué hora fue eso? -preguntó el ins­pector.

Farrar reflexionó un instante y luego res­pondió:

-No me acuerdo, quizá a las diez, o a las diez y media.

El inspector le observó.

-¿Podría ser un poco más preciso? -in­quirió.

-Lo siento, pero no -fue la respuesta de Farrar.

Después de un silencio ligeramente tenso, el inspector preguntó con un tono que pretendía ser indiferente.

-¿Supongo que no discutirían acaloradamente?

-No, por supuesto que no -respondió Fa­rrar. Después consultó su reloj y agregó-: Ten­go que asistir a una reunión en el ayuntamiento y no puedo retrasarme. -Dio media vuelta y se dirigió a la contraventana-. Así que, si no le im­porta... -dijo al llegar a la terraza.

-No puede hacer esperar a los del ayuntamiento -convino el inspector mientras se acer­caba a él-. Pero estoy seguro de que entenderá, mayor Farrar, que me gustaría tener una declara­ción completa sobre sus movimientos de anoche. Quizá podamos hacerlo mañana por la ma­ñana. -Hizo una pausa antes de proseguir- Se dará cuenta, claro, de que no tiene obligación al­guna de declarar, que es un acto plenamente voluntario por su parte, y que tiene derecho a exi­gir la presencia de su abogado.

La madre de Richard Warwick había entrado de nuevo en la habitación, pero permaneció en silencio mientras escuchaba las últimas pala­bras del inspector. Farrar contuvo el aliento al asimilar las palabras que acababa de pronunciar el inspector.

-Lo comprendo, perfectamente -dijo-. ¿Qué le parece mañana a las diez? Mi abogado estará presente.

Farrar salió por la terraza y el inspector se volvió hacia Laura Warwick.

-¿Vio al mayor Farrar cuando vino aquí anoche? -le preguntó.

-Yo, yo... -comenzó ella titubeante, pero Starkwedder acudió en su ayuda.

-No creo que a la señora Warwick le ape­tezca contestar ninguna pregunta ahora mismo -manifestó al inspector.

 

16

Starkwedder y el inspector Thomas se miraron en silencio durante un instante. A continua­ción, habló éste:

-¿Qué ha dicho usted, señor Starkwedder? -preguntó.

-He dicho que no creo que a la señora War­wick le apetezca contestar más preguntas por el momento.

-¿De verdad? ¿Acaso es asunto suyo?

La madre de Richard Warwick se unió a la discusión. -El señor Starkwedder tiene razón -terció.

El inspector se volvió hacia Laura con expre­sión inquisidora. Pasados unos instantes, ésta murmuró:

-No, no quiero responder más preguntas ahora mismo.

Satisfecho, Starkwedder sonrió al inspector, el cual dio media vuelta y abandonó la habitación acompañado del sargento. Angell les siguió y cerró la puerta detrás de sí. En ese momento Laura dijo:

-Pero debería hablar, debo... debo decirles.

-El señor Starkwedder tiene razón, Laura -la interrumpió la señora Warwick-. Cuanto menos digas ahora, mejor. -Caminó unos pa­sos por la habitación apoyándose en el bastón antes de añadir- Debemos ponernos en contacto con el señor Adams de inmediato. -Se volvió hacia Starkwedder y explicó- Es nuestro abogado. -Miró a la señorita Bennett-. Llámale ahora, Benny.

La señorita Bennett asintió y se acercó al te­léfono, pero la señora Warwick la detuvo.

-No; utiliza el supletorio de arriba -le in­dicó y agregó- Laura, acompáñala.

Laura se puso en pie titubeante y lanzó una mirada confusa a su suegra. Pero ésta meramente dijo:

-Quiero hablar con el señor Starkwedder.

-Pero... -protestó Laura, aunque la señora Warwick la interrumpió.

-No te preocupes, querida, haz lo que te digo.

Laura dudó un instante, pero luego salió al pasillo seguida de la señorita Bennett, que cerró la puerta tras de sí. La señora Warwick se acercó a Starkwedder.

-No sé de cuánto tiempo disponemos -dijo deprisa al tiempo que lanzaba una mirada a la puerta-. Quiero que me ayude.

El se sorprendió.

-¿Cómo? -preguntó.

-Usted es un hombre inteligente, y un ex­traño. Ha llegado a nuestras vidas desde el exte­rior, no sabemos nada de usted, no tiene nada que ver con ninguno de nosotros.

Starkwedder asintió.

-Una visita inesperada, ¿eh? -murmuró. Se sentó en un brazo del sofá-. Ya me lo han dicho antes -comentó.

-Como es usted un extraño -prosiguió ella-, voy a pedirle que haga algo por mí. -Sa­lió a la terraza y miró en ambas direcciones.

Pasado un instante, Starkwedder dijo:

-Sí, ¿señora Warwick?

Mientras entraba en la habitación, ella co­menzó a hablar con tono apremiante.

-Hasta esta noche había una explicación ra­zonable para esta tragedia. Un hombre al que mi hijo había hecho daño al matar accidentalmente a su hijo había venido a vengarse. Sé que suena melodramático pero, después de todo, cosas así se leen en los periódicos.

-Si usted lo dice -comentó él mientras se preguntaba a dónde conducía esa conversación.

-Pero me temo que ahora ya no existe esa explicación, con lo cual el asesinato de mi hijo vuelve a la familia. -Se acercó al sillón-. Hay dos personas que no pueden haber disparado a mi hijo y ésas son su mujer y la señorita Bennett, pues estaban juntas cuando se produjo el disparo.

Starkwedder le lanzó una fugaz mirada y dijo «Vaya».

-No obstante -añadió la señora War­wick-, a pesar de que Laura no pudo haber ma­tado a su marido, puede saber quién fue.

-Eso la convertiría en cómplice. Ella y ese Julian Farrar, ¿a eso se refiere?

Ella torció el gesto.

-No -respondió. Se alejó del sillón y lan­zó otra mirada a la puerta antes de agregar- Ju­lian Farrar no disparó a mi hijo.

Starkwedder se levantó del brazo del sofá.

-¿Cómo puede saberlo? -preguntó.

-Lo sé -contestó la señora Warwick mien­tras se alejaba unos pasos de él para luego volverse-. Voy a contarle a usted, un extraño, algo que nadie de mi familia sabe: soy una mujer a la que no le queda mucho tiempo de vida.

-Lo siento -comenzó Starkwedder, pero ella levantó la mano para interrumpirle-. No se lo digo para que me compadezca, sino para ex­plicar algo que, en caso contrario, sería difícil de explicar. Hay veces en las que uno elige una línea de acción que no elegiría si le quedaran varios años de vida.

-¿Por ejemplo? -preguntó Starkwedder. Ella le observó.

-En primer lugar, tengo que explicarle otra cosa, señor Starkwedder, debo contarle algo so­bre mi hijo. -La señora Warwick se sentó en el sofá-. Yo quería mucho a mi hijo; de niño y du­rante su juventud tenía muchas virtudes. Tenía éxito, era ingenioso, valiente, de carácter alegre, era una gran compañía. -Se detuvo como si estuviera recordando-. Tengo que reconocer que también tenía los defectos asociados con esas cualidades: le frustraban las limitaciones, los obstáculos. Tenía una veta cruel y una especie de arrogancia fatal. Todo funcionaba bien siempre y cuando tuviera éxito, pero su carácter no le permitía enfrentarse a las adversidades, y hacía tiempo que yo venía observando su declive.

Starkwedder se sentó en el escabel frente a ella.

-Si dijera que se había convertido en un monstruo -prosiguió la madre de Richard Warwick-, parecería una exageración, pero de alguna forma lo era, un monstruo egoísta, orgu­lloso y cruel. Como él había sufrido, sentía nece­sidad de hacer sufrir a los demás. -En su voz había amargura-. Así que todos comenzaron a sufrir por su culpa, ¿me comprende?

-Creo que sí -murmuró él.

La voz de la señora Warwick volvió a dulci­ficarse cuando continuó.

-Pues bien, tengo mucho cariño a mi nuera, es una chica de gran espíritu, bondadosa y fuerte. Richard la deslumbró, pero no sé si realmente se enamoró de él. De todos modos, he de reco­nocer que hizo todo lo que una esposa podía hacer para que la enfermedad e inactividad de Richard fueran soportables.

Reflexionó un instante antes de continuar con voz triste:

-Pero Richard no quería su ayuda, la recha­zaba. A veces pienso que incluso la odiaba, quizá sea eso más natural de lo que pensamos. Así que creo que me entenderá cuando le diga que al fi­nal sucedió lo inevitable: Laura se enamoró de otro hombre.

Starkwedder la observó con atención.

-¿Por qué me cuenta todo esto? -pre­guntó.

-Porque es usted un extraño -respondió ella-. Todos estos amores, odios y tribulacio­nes no significan nada para usted, así que puede escuchar sin verse afectado.

-Quizá.

Como si no le hubiera oído, ella prosiguió.

-Así que se llegó a un punto en el que parecía que la única manera de resolver todas las difi­cultades era con la muerte de Richard.

Starkwedder continuó observándola con atención.

-Así que ¿la muerte de Richard era conve­niente? -murmuró.

-Sí.

Hubo un silencio. Entonces Starkwedder se incorporó, rodeó el escabel y se acercó a la mesa para apagar el cigarrillo.

-Perdóneme si soy tan directo, señora Warwick -se disculpó- pero ¿acaso se está confesando autora de un asesinato?

 

 

CONTINUARÁ...