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Grisélida - Charles Perrault

No lejos de los Alpes vivía un príncipe, joven y bravo, en quien la naturaleza había agotado sus dones, y de todos muy amado. Su instrucción era distinguida, su valor en la guerra le había ganado justa fama y su afición a las bellas artes era mucha. 

A fuerza de hombre de elevados sentimientos, deseaba realizar grandes proyectos y cuanto puede hacer digno a un príncipe de ocupar un puesto privilegiado en las páginas de la historia, distinción que se propuso merecer dedicándose con predilección a labrar la felicidad de su pueblo, por parecerle esta gloria más sólida que la que se conquista en los campos de batalla. 

Pero tenía el príncipe un defecto, cosa nada rara, pues la imperfección es difícil si no imposible. Y consistía en su monomanía contra las mujeres, porque en ellas solo veía engaño y perfidia. Otros tienen tal preocupación, necia y vulgar, que, por lo visto, también puede alcanzar a los grandes de la tierra. 

Por tal idea dominado hizo el propósito de permanecer soltero, con gran disgusto de sus súbditos, quienes, por lo demás, estaban de él muy contentos, pues empleaba la mañana en el despacho de los negocios del Estado, procurando administrar recta justicia, amparar a los débiles, a las viudas y a los huérfanos y disminuir los impuestos. La tarde la dedicaba a la caza.

Temerosos sus súbditos de que al morir tan buen príncipe no hubiese quien le sucediera en el trono, resolvieron enviarle una diputación para suplicarle que se casara. Buscóse el mejor de los oradores para que pronunciara el discurso. 

El elegido pasó muchos días estudiando lo que había de decir al príncipe, y, por último, le soltó la arenga delante de los comisionados, pronunciándola con aire grave y diciéndole, en resumen, que la felicidad del Estado exigía que contrajera matrimonio.

El príncipe contestó:

—Vuestras palabras patentizan vuestro afecto, y deseo complaceros; pero debéis tener presente que el matrimonio es asunto delicado, pues muchas jóvenes, modestas, pudorosas y buenas al lado de sus padres, se transforman una vez casadas, y se convierten en malas cualidades las que antes eran excelentes. La cándida se trueca en coqueta, la prudente en alborotadora, la que era alegría de su casa en infierno de la del marido; la económica en derrochadora, la modesta en imperiosa, y la que no osaba levantar la voz en el hogar paterno, quiere mandar en absoluto en el del esposo. Me espantan tales defectos; pero como quiero contentaros, buscad una joven beldad sin orgullo, sin vanidad, obediente, que no tenga más voluntad que la de su marido, y cuando hayáis dado con ella, será mi esposa.

Dada la respuesta, el príncipe montó a caballo, y a escape dirigiose en busca de su traílla, que se había adelantado y le esperaba en la llanura. En cuanto llegó, soltáronse los perros, resonaron las trompas y comenzó la cacería, ganándoles a todos en ardor; y tanto fue este y tanto se alejó de su comitiva, que al detener el caballo cubierto de sudor después de una vertiginosa carrera, observó que estaba solo y que no oía los ladridos de los perros ni los ecos de las trompas.

Hallóse en un sitio encantador, donde los arroyuelos murmuraban, las flores del prado perfumaban el ambiente y los verdes árboles daban fresca sombra; y mientras estaba extasiado en la contemplación de la naturaleza, apareció a su vista una joven; y tal efecto le produjo, que creyó eran los ojos del corazón los que la miraban, no los del cuerpo. 

La joven era una pastora que estaba apacentando su rebaño y mientras tanto hilaba a orillas de un arroyo. Su tez era blanca, sus mejillas recordaban las rosas, sus labios el clavel, sus ojos el azul del cielo y su mirada la luz de las estrellas.

El príncipe no se cansaba de mirarla; dirigióse hacia ella, y como al ruido levantase la cabeza y le viera, de tal manera tiñóse de grana su rostro, que el príncipe creyó que aquel día la aurora se había asomado dos veces al horizonte. 

Debajo de su rubor el príncipe descubrió una sencillez, una dulzura, una sinceridad de que había creído incapaz al bello sexo, y presa de una emoción por él hasta entonces desconocida, se acercó con timidez a la pastora y le dijo:

—He perdido de vista a mis compañeros. ¿Podríais decirme si la cacería ha pasado por aquí?

—No, señor —contestó la joven—; pero os enseñaré un camino que os llevará al lado de vuestros amigos.

—Gracias, bella joven —añadió el príncipe—. Muchas veces he estado en estos lugares, pero hasta ahora no he sabido ver lo más precioso que hay en ellos.

Al decir estas palabras, inclinóse para beber en el arroyo y apagar la ardiente sed que le devoraba.

—Esperad un momento —añadió ella.

Saltando como un jilguero, fue a su cabaña y volvió con la sonrisa en los labios ofreciendo al príncipe un vaso que, con ser de barro, parecióle más precioso que los de oro y plata. Luego de haber bebido guióle la pastora a través del bosque, fijándose el príncipe en el sitio por donde pasaban, porque deseaba ver de nuevo a la joven. 

Por último, descubrieron la llanura y a lo lejos el palacio del príncipe, quien se separó de la pastora no sin tristeza; y en ella pensando, a paso lento se encaminó a su suntuosa morada. Tan grabada tenía su imagen en su corazón, que al día siguiente salió a cazar más temprano que de costumbre, y guiándose por sus recuerdos, dio con el arroyo, con el rebaño y con la pastora.

Trabó conversación con ella y supo que era huérfana de madre y vivía con su padre, siendo su nombre Grisélida. De los frutos de la tierra se alimentaban y de la leche de las ovejas, cuya lana hilaba, tejiéndose los vestidos sin recurrir para nada a la ciudad. 

A medida que oía a la joven, la llama del amor iba en aumento en el corazón del príncipe, porque se le aparecían las bellezas del alma de la pastora. Con sentimiento despidióse de ella, y al llegar a su palacio mandó reunir su consejo y le dijo:

—Mis pueblos quieren que me case, y accediendo a sus deseos, he buscado la mujer que ha de compartir conmigo el trono. Entre vosotros la he hallado y es hermosa, prudente y honesta. Al elegirla de este país, he hecho lo que mis antepasados muchas veces hicieron. No os diré quién es la preferida hasta el día de la boda.

La noticia cundió con tanta rapidez que al poco rato no hubo quien la ignorara, siendo general la alegría y grande la satisfacción del orador que había expuesto al príncipe la conveniencia de casarse, pues atribuía únicamente a su discurso el mérito de la resolución. 

Cada joven creyó que ella era la elegida y todas se vistieron con coquetería, hablaron con melindre y se peinaron con esmero. Comenzaron los preparativos para los festejos públicos; se levantaron arcos, se construyeron preciosos carros triunfales, se prepararon castillos de fuegos artificiales y se anunciaron funciones gratuitas.

Por fin llegó el tan esperado día de las bodas, y antes de amanecer ya estaba todo el mundo levantado, en particular las jóvenes casaderas, que esperaban la llegada del mensajero que debía pronunciar el nombre de la elegida. El pueblo lanzóse a la calle, donde los soldados mantenían la circulación. 

Resonaron músicas, clarines y tambores en el palacio, y por último salió el príncipe rodeado de su corte, siendo acogido por entusiastas aclamaciones. Siguiéronle todos con la mirada, y general fue la sorpresa al verle salir de la ciudad y dirigirse al vecino bosque como tenía por costumbre todos los días. La alegría trocóse en desencanto, pues el pueblo supuso que, dominado por su pasión por la caza, había dado al olvido la boda.

La sorpresa de la corte no era menor que la del pueblo, y fue en aumento cuando el príncipe se internó en lo más profundo del bosque. Al llegar delante de la cabaña de la pastora, se detuvo. En aquel entonces salía Grisélida con un vestido nuevo, pues hasta ella había llegado la noticia del casamiento y quería ir a la ciudad para ver los festejos.

—¿A dónde vais? —le preguntó el príncipe con amoroso y dulce acento, mirándola tiernamente—. No apresuréis el paso, pues la boda no puede realizarse sin vos. Yo soy el príncipe y os he elegido entre todas las bellezas de este país para pasar con vos el resto de mis días, si mi corazón halla correspondencia en el vuestro.

Llena de asombro y dominada por la emoción, la pastora balbuceó:

—¡Ah, señor, cómo he de creer que sea cierto lo que decís, si soy una humilde campesina!

—Pero reináis en mi corazón. Vuestro padre, a quien he hablado, consiente en que seáis mi esposa, y para la boda solo falta vuestro consentimiento. Deseoso de que la tranquilidad impere en mi hogar, os ruego juréis que nunca tendréis otra voluntad que la mía.

—Lo prometo y lo juro —contestó ella—. Aunque me hubiese casado con el último aldeano, su yugo me sería dulce y en todo le obedeciera. ¡Cuánta no será mi obediencia si hallo en vos mi señor y mi esposo!

La corte aplaudió la elección. Las señoras que formaban parte de la comitiva entraron con Grisélida en la cabaña y le pusieron los vestidos que llevan las novias de los reyes; y todas se esmeraron en su obra, admirando mientras tanto el aseo de aquella pobre morada, que se cobijaba a la sombra de un plátano y parecía una mansión llena de encantos.

Al aparecer Grisélida, todos aplaudieron y celebraron su belleza realzada por el rico traje; pero el príncipe casi casi hubiera preferido verla con los sencillos vestidos de pastora. Los novios tomaron asiento en un soberbio carro de oro y de marfil y el príncipe mostróse más orgulloso al lado de Grisélida que cuando hacía su entrada triunfal después de haber obtenido una victoria. 

Seguidos de la corte se pusieron en marcha, y antes de llegar a la ciudad encontraron a todos sus habitantes que se habían esparramado por la llanura esperando con impaciencia el regreso. El carro rodaba con dificultad por entre la inmensa muchedumbre, que en cuanto pasaban los novios se unía a la comitiva que avanzaba en medio de incesantes aclamaciones, tan ruidosas que muchas veces llegaron a espantar a los caballos.

Celebrada la boda fueron a palacio y comenzaron las fiestas, tan magníficas que de otras iguales no había memoria. Grisélida, rodeada de sus damas, hablaba sin orgullo, pero como si hubiese nacido princesa; y en todo demostró tanta circunspección que no hubo quien no la admirara. 

Ajustó sus maneras a las de la corte, procuró estudiar el carácter de cuantos la rodeaban, y al poco tiempo los gobernaba con la misma facilidad que antes guiaba su rebaño.

Antes de terminar el año, el cielo bendijo su unión y nació una princesa. Hubieran preferido sus padres un varón, pero tantos eran los encantos de la niña que en ella concentraron todo su cariño. El príncipe no se cansaba de mirarla y la madre no apartaba de ella los ojos. Grisélida empeñóse en ser su nodriza, diciendo que nadie como ella criaría a su hija.

Fuese que su pasión hubiese disminuido o que la mala idea que antes se tenía formada de las mujeres se hubiese renovado, creyó el príncipe que había poca sinceridad en las palabras y en los actos de su esposa, y comenzó a observarla primero, a vigilarla después, a contrariarla luego; acabando por mostrarse tan extremado que no la permitió salir del palacio ni consintió que tomase parte en los placeres de la corte. 

Como si esto no fuera bastante, la tuvo encerrada en su aposento, mostrándose desconfiado hasta de la luz del día, que solo consintió entrara a medias; y, por último, pidióle de una manera brusca que le entregara todas las joyas que como prueba de amor le había regalado el día de su boda para que no realzara con adornos su natural belleza. 

Grisélida se las dio con el mismo placer con que las había recibido, porque se dijo que entonces, como ahora, complacía a su marido, cuya voluntad debía ser suya.

—Mi esposo y señor —pensó—, me mortifica por ponerme a prueba, y hace bien, puesto que en medio de los placeres podría debilitarse mi virtud. Si tal no es el propósito de mi marido, bendito sea Dios que prueba mi constancia y mi fe, a cuya suprema bondad soy deudora de que por medio de tantas contrariedades quiera corregir mis defectos. Bendito sea ese rigor, que por más que me haga sufrir es tan provechoso; y bendita sea la bondad paternal de Dios y la mano de que se sirve para mi salvación.

A pesar de que Grisélida obedecía sin replicar todas las órdenes del príncipe, este se decía: «Su virtud es fingida y su hipócrita resignación se debe a que no la he herido en lo que ama. Su hija ha de vencerla».

Entró en su cámara y hallóla que estaba jugando con la princesita después de haberla amamantado.

—Mucho la amas —murmuró su marido—, pero es necesario que te separes de ella porque quiero que desde la más tierna edad se formen sus costumbres y, además, preservarla de ciertos defectos que a tu lado podría adquirir. Su buena suerte ha querido que encontrase una dama de talento que sabrá infundir en su alma todas las virtudes y darle la educación que corresponde a una princesa. Por lo tanto disponte a separarte de tu hija, pues en breve vendrán por ella.

Pronunciadas estas palabras salió el príncipe de la estancia, pues no tuvo el corazón bastante duro para presenciar el cumplimiento de sus órdenes y ver cómo arrebataban la única prenda de su amor a Grisélida, que llorando y abatida esperó el fatal momento. Cuando apareció la persona encargada de dar cumplimiento al mandato del príncipe, la infeliz madre murmuró:

—Es necesario obedecer.

Abrazó a su hija; pareció querer devorarla con la mirada, besóla con la efusión del cariño maternal y llorando a mares se separó de ella.

Cerca de la ciudad había un monasterio famoso por su antigüedad, habitado por monjas sujetas a una regla austera y regidas por una abadesa ilustre por su piedad. Allí fue llevada la niña sin declarar su nombre ni cuna; si bien algunas preciosas alhajas que se le hallaron, indicaron que no quedarían sin recompensa los cuidados que se le prodigaran. 

El príncipe se entregó con más ardor que antes a los violentos ejercicios de la caza para ahogar la voz de su conciencia, que le reprendía su crueldad, y cuando volvió a presentarse delante de su esposa lo hizo con el recelo del que va a hallarse enfrente de una fiera a la que ha arrebatado sus pequeñuelos; pero Grisélida le recibió con la misma ternura y tuvo para él sonrisas tan dulces como en los mejores días de su felicidad. 

Tal proceder conmovióle, mas logró la desconfianza dominarle; y dos días después, queriendo sujetar a su esposa a más rudas pruebas, le dijo con fingido sentimiento que su hija había muerto.

Tan funesto fue el efecto producido por la terrible nueva, que el príncipe sintió por un instante el vehemente deseo de poner término al dolor de Grisélida diciéndole que la noticia era inexacta; pero siempre desconfiado, quedaron vencidos los nobles ímpetus de su corazón. La infeliz princesa procuró hacerse superior a sus penas y mostrarse cada vez más amante con su marido.

Quince años transcurrieron sin que nada turbase la paz perfecta en que vivían, mostrándose ambos igualmente cariñosos, luego si alguna vez el príncipe la contrariaba era para mostrarse después más enamorado; y mientras tanto creció la joven princesa, hermosa, reflexiva, dulce, candorosa, vivo retrato de su encantadora madre, a cuyas cualidades reunía las nobles de su ilustre padre. 

Viola por casualidad un joven cortesano, de alta prosapia, superando a la cuna la belleza y los dotes, y de ella enamoróse locamente. Adivinó la princesa el amor que inspiraba, y transcurrido algún tiempo, también ella acabó por enamorarse. Quiso la casualidad que el príncipe hubiese fijado la atención en el joven y deseara casarlo con su hija; pero siempre desconfiado, se propuso ponerle a prueba y discurrió de la siguiente manera:

—Quiero hacerles dichosos casándoles, pero antes es necesario que la zozobra y el temor les hagan apreciar en todo su valor su felicidad. Al mismo tiempo realzaré por medio de la piedra de toque del sufrimiento la paciencia de mi esposa, no ya, como hasta el presente, para tranquilizar mi loca desconfianza, puesto que no me es posible dudar de su amor, sino para que su bondad, su dulzura, su admirable prudencia brillen a los ojos de todo el mundo y todos la respeten al admirar sus nobles y extraordinarias cualidades.

Inmediatamente manifestó a la corte que habiendo muerto la hija nacida de su matrimonio, que calificó de loco, y no teniendo, por lo tanto, sucesión, quería tomar esposa de ilustre cuna para asegurar un sucesor al Estado, añadiendo que la futura princesa había sido educada en un convento.

Terrible fue la nueva para los jóvenes amantes. El príncipe dijo acto seguido a Grisélida que era necesaria la separación para evitar mayores desgracias, pues indignado el pueblo de su humilde cuna le obligaba a contraer más ilustre alianza.

—Es necesario —añadió el príncipe— que volváis a vuestra cabaña, vistiendo antes las ropas de pastora que he mandado prepararos.

La princesa oyó pronunciar su sentencia procurando mostrarse resignada y sin despegar los labios para quejarse; y si bien hizo grandes esfuerzos para que su rostro permaneciese tranquilo, no pudo impedir que gruesas lágrimas rodasen por sus mejillas.

—Sois mi marido y señor —le dijo lanzando un suspiro y próxima a desmayarse—, y por terribles que sean vuestras palabras, he de demostraros que nada me es tan querido como la obediencia cuando de vuestras órdenes se trata.

Inmediatamente después retiróse a sus habitaciones, y despojándose de sus ricos trajes, con la frente serena y sin murmurar, volvió a vestir el de pastora. Luego dijo al príncipe:

—No puedo alejarme de vuestro lado sin que me perdonéis por no haber sabido satisfacer todos vuestros deseos. Nada me importa la miseria, pero no puedo acostumbrarme a la idea de vuestro desprecio. Perdonadme y viviré contenta en mi pobre cabaña, sin que jamás disminuyan el respeto y el amor que os profeso.

Tanta sumisión y grandeza de alma reveladas debajo de un humilde traje, impresionaron con fuerza al príncipe, que sintiendo avivarse la llama de su pasión tan fuerte como en los primeros días, dio un paso para abrazar a Grisélida; pero se contuvo deseoso de no ceder hasta el último momento, y contestó con acento duro:

—He dado al olvido lo pasado. No me disgusta vuestro arrepentimiento. Podéis iros.

Fuese Grisélida, apoyada en el brazo de su padre, que también había vuelto a tomar sus humildes vestidos, derramando ambos en silencio amargas lágrimas.

—Volvamos a nuestra cabaña —le dijo Grisélida—, y abandonemos sin pesar la pompa de los palacios. No hay tanta magnificencia en nuestra pobre morada, pero en cambio nos brinda la tranquilidad y la paz.
 
Apenas hubo llegado a la casita donde nació, volvió a hilar y a apacentar su rebaño, sentándose a orillas del arroyo donde por primera vez la había visto el príncipe. Con frecuencia levantaba los ojos al cielo para pedirle que colmara de dichas, riquezas y gloria a su esposo. El príncipe mandó llamarla y le dijo:

—Grisélida: quiero que la princesa con quien me caso esté contenta de vos y de mí. Mañana es la boda y os ordeno que me ayudéis para que nada turbe su alegría y sepa cuáles son mis deseos a fin de que pueda complacerme. Dispondréis sus habitaciones, teniendo en cuenta que se trata de una joven princesa a la que amo tiernamente; y para que os convenzáis de que es digna de mi cariño, quiero que la admiréis.

Vio Grisélida a la joven y parecióle que veía a la aurora, sintiendo su corazón afectos tan dulces como inexplicables. Al ver aquel hermoso rostro recordó los días felices que ya habían pasado, y murmuró:

—Si mi hija no hubiese muerto sería tan bella como ella y tendría su edad.

Este recuerdo de madre despertó en su pecho tal amor por la joven, que dijo al príncipe con acento conmovido:

—Permitidme, señor, os indique que esta encantadora princesa que va a ser vuestra esposa, educada en medio de todos los regalos, no podrá vivir a vuestro lado como yo he vivido, sin que la muerte ponga término a vuestra felicidad. Nacida en humilde cuna, todo lo he sufrido; pero una palabra dura o seca a ella la mataría.

—Cuidad de lo que os importa —le contestó el príncipe con rudeza—, y cumplid mis órdenes. No consiento que una pastora me recuerde mis deberes.

A estas palabras Grisélida bajó los ojos sin pronunciar palabra.

Invitada la corte a la boda, todas las damas y todos los caballeros se reunieron en un magnífico salón. Presentóse el príncipe, y les dijo:

—Muy engañadora es la esperanza, pero aún lo es más la apariencia, y si alguien lo duda pronto se convencerá de cuán cierto es lo que digo. Todos estáis convencidos de que rebosa contento el corazón de la joven princesa que va a ser mi esposa. Apariencia engañadora. Creéis que este joven, valiente en batallas, de ilustre estirpe, ve con satisfacción la boda de su príncipe. Apariencia engañadora. Suponéis que Grisélida llora en estos momentos presa de la mayor desesperación. Apariencia engañadora también, pues Grisélida inclina la cabeza ante la voluntad de su señor y nada ha podido agotar su paciencia. Por último, no hay entre vosotros quien no tenga la íntima convicción de que esta boda ha de ser el remate de mi felicidad. Otra apariencia engañadora. Difícil os parecerá el enigma, pero pronto lo comprenderéis. Sabed que la encantadora princesa es mi hija y la doy en matrimonio a este joven caballero que la ama entrañablemente y cuyo amor es correspondido; sabed también que, conmovido por la paciencia y cariño de la fiel esposa a quien he arrojado indignamente de este palacio, le abro mis brazos y mi corazón con el propósito de hacerla olvidar con mi ternura cuantas penas le ha ocasionado mi carácter receloso; y si mucho estudio puse en disgustarla para someterla a continuas y difíciles pruebas, mayor será mi afán por hacerla feliz. Si las generaciones venideras recuerdan los sufrimientos, que no lograron abatir su corazón, también recordarán su virtud.

Estas palabras devolvieron la alegría a algunos semblantes velados por la tristeza. La joven princesa, loca de contento al saber quién era su padre, arrojóse a sus pies; y el príncipe la obligó a levantarse, la abrazó, cubrióla de besos y luego la llevó a su madre, que creyó morir de alegría; pues aquel corazón que no se había rendido a tantas penas, difícilmente pudo soportar tan extremado júbilo al ver llena de vida a su hija querida, a la que no había cesado de llorar creéndola muerta.

—Tiempo te quedará —le dijo el príncipe—, para dar expansión a los sentimientos de tu alma. Ahora ponte los vestidos que tu rango exige y vamos a celebrar las bodas de nuestra hija.

Celebrado inmediatamente el matrimonio de los jóvenes novios, las fiestas se sucedieron a cuál más espléndidas; y en la ciudad y en la corte solo se habló durante mucho tiempo de la paciencia y de la virtud de Grisélida, que sin cesar había resistido tan duras pruebas, mereciendo los elogios y la admiración de todos.

Una revelación - Mary E. Braddon (Parte 3 y última)

 

III

«Se ofrece recompensa de quinientas libras a cualquier persona que proporcione información precisa acerca del paradero actual de sir Henry Chalvington, baronet de Methwold Park, Norfolk, a su viejo amigo el coronel Desborough, hotel Morley’s, Charing Cross.»

Eso decía el anuncio que se publicaba a diario en The Times y también en el Galignani y otros periódicos extranjeros. Pero el tiempo fue pasando sin que se recibiera respuesta alguna. 

Con la Navidad a la vuelta de la esquina y la climatología empeorando por momentos, el coronel Desborough contemplaba con creciente intranquilidad su marcha al extranjero, viaje que tenía la determinación de hacer, convencido como estaba de que el baronet se hallaba en algún lugar del continente. 

Desde su regreso a Inglaterra, su salud había experimentado una notable mejoría, y en sus pensamientos ganaba fuerza la idea de que había estado sufriendo de delirios mentales; no obstante, seguía pareciéndole una extraña coincidencia que sir Henry continuara ausente, y aunque ya no era víctima de las apariciones que con tanta frecuencia había experimentado en la India, el coronel estaba más ansioso que nunca por desvelar el misterio, no solo por su bien, sino por el de la propia Mary Chalvington.

Por fin un día recibió una carta del extranjero. Estaba manuscrita en papel muy fino y llevaba matasellos de Niza. La misiva se le antojó misteriosa, puesto que todo parecía relacionado con su búsqueda. Decía que, aunque el remitente no podía proporcionar con exactitud el paradero de sir Henry, sí que creía contar con una pista que contribuiría a localizarlo. El coronel debía acudir en persona al Albergo Aggradevole, en Scarena, cerca de Niza, y preguntar por Carlo.

Entusiasmado por la oportunidad que se le brindaba de obtener una información crucial, el coronel abandonó con gusto la fría y húmeda Inglaterra rumbo a un clima más amable. Scarena, según comprobó, era un pueblecito situado en los Alpes Marítimos, a escasas millas de Niza y en la carretera que llevaba a Turín. 

Desborough no se tomó ni una sola jornada de descanso hasta que no hubo llegado a la posada que tenía como destino, y donde se quedó a pasar la noche. Era un hotelito decente que dependía principalmente de los turistas que iban de camino a Sospello para disfrutar de sus majestuosos paisajes.

Vista la solicitud y obsequiosidad con las que le recibieron el albergatore, su esposa y los sirvientes, el coronel supo sin lugar a duda que lo estaban esperando. No obstante, aguardó hasta acabada la cena para preguntar por el tal Carlo, que resultó ser, tal y como él había anticipado, su anfitrión en persona.

—Sí, signor, yo soy Carlo. A su servicio. Rara vez leo el Galignani, pero las cosas del destino son así. Un día cayó en mis manos un ejemplar del periódico mientras me encontraba en Niza y, al regresar a casa, se lo leí a mi esposa; fue entonces cuando topé con su anuncio. «Yo he oído antes ese nombre —le dije—, pero no recuerdo cuándo.

»Un momento —me dijo ella—. Estaba en el cuaderno que se dejó olvidado el caballero inglés, el que estuvo aquí alojado dos días con su esposa, mira.» Entonces María abrió el scrittoriello y sacó el librito, que es este que ahora tengo el placer de entregarle, signor.

Dicho esto, el posadero tendió a Desborough un cuaderno vulgar y corriente. Manuscrito en la guarda con la inconfundible caligrafía de su viejo amigo se podía leer: «Henry Chalvington, Brook Street, Grosvenor Square».

El cuaderno contenía varias anotaciones, tales como horarios de trenes y de paquebotes. Una de ellas incluso arrancó una lágrima al coronel. Era una nota de un par de líneas tan solo, escrita apresuradamente a lápiz: «Hoy mencionaban a Jack Desborough en una noticia en la que hablaban sobre Simla, debo escribirle».

Eso era todo, aunque, dadas las circunstancias, ¡qué conmovedor!

El albergatore lo observaba visiblemente satisfecho.

—Ahora hábleme de la dama y del caballero que se alojaron en su posada. ¿Cuándo estuvieron aquí?

—El pasado abril, signor —contestó su anfitrión, mientras se arrellanaba con comodidad en una silla—. Llegaron en su propio carruaje. El caballero estaba muy pálido y delgado, y caminaba del brazo del intérprete o sirviente, no sabría decir si era una cosa u otra. Parecía enfermo y llevaba puesto un abrigo de piel, a pesar de que no hacía frío. En cuanto a la dama…, no tengo palabras para describir su belleza, ¡era fabulosa! Se quedaron aquí dos días, signor, e iban de camino a La Chiandola para visitar las cascadas; pero por lo que comentó el hombre que estaba a su servicio, deduje que buscaban una casa donde poder alojarse unos meses por el bien de la salud del caballero. En cualquier caso, cuando se marcharon, se olvidaron de este cuaderno. ¿Le es de alguna utilidad, signor? Si en efecto pertenece a su amigo, haré cuanto esté en mi mano para asistirle en su búsqueda. Debemos atravesar las montañas por Scarena, Sospello, La Chiandola, Saorgio, Tenda, Simone, Savigliano y así hasta Turín, preguntando a diestra y siniestra de la carretera —dijo el anfitrión, mientras pronunciaba con orgullo la retahíla de poblaciones, contándolas con los dedos.

El hombre parecía inteligente, y actuaba de buena fe; la pingüe recompensa seguramente constituyese para él una auténtica fortuna.

Al día siguiente se realizaron a toda prisa los preparativos del viaje, y con unos buenos caballos y una calesa ligera, comenzó la búsqueda. Huelga seguir sus pasos por los lugares citados por el albergatore, donde sus pesquisas obtuvieron más o menos éxito. 

Son tantos los turistas que visitan la zona en esa temporada que, de no haber sido porque el caballero vestía un abrigo de piel y la dama era muy hermosa, con unos ojos espléndidos, los Chalvington habrían pasado casi desapercibidos. No obstante, el rastro moría en la villa de Saorgio, en ninguno de cuyos hoteles recordaba nadie a la pareja.

—Debemos dar media vuelta, signor. Sus amigos nunca llegaron tan lejos —dijo el albergatore.

Así pues, en lugar de seguir la vía principal entre Niza y Turín a través de los Alpes Marítimos, esa carretera magníficamente construida y completada en el transcurso de diecisiete años por orden de Víctor Amadeo, rey de Cerdeña, se desviaron hacia el interior y visitaron las aldeas ribereñas de los arroyos que riegan esta zona del Piamonte. Aunque sin éxito.

Descorazonados por los constantes fracasos, regresaron sobre sus pasos y se dirigieron una vez más a la casa de postas de Simone. Allí, la Carrozza di Viaggio, una suerte de coche de viajeros, se encontraba en ese momento relevando la caballería.

De pronto, Carlo Rigo profirió una exclamación y se apeó de un salto de la calesa.

—¡Ahí! ¡Ahí! —gritó el posadero preso de una gran agitación—. ¡El abrigo! ¡El abrigo del caballero! —Y corrió hasta el costado del carruaje, que era la diligencia que cubría el trayecto entre Tenda y Sospello.

El cochero, que llevaba puesto el abrigo en cuestión y sostenía un enorme látigo en la mano, aguardaba sentado en el pescante a que atasen los caballos frescos a las varas. Era inconfundiblemente italiano, y no mostró la menor sorpresa cuando el albergatore exclamó:

—¡Cospetto! ¿De dónde has sacado ese abrigo?

Los dos hombres entablaron una animada charla. Desborough esperó hasta que el posadero regresó radiante de satisfacción.

Signor —gritó—, asunto solucionado. Nicolo es un hombre muy respetable; lleva conduciendo la carrozza los diez últimos años. Me ha dicho que compró ese abrigo hace un mes para protegerse de los fuertes vientos que nos azotan en estos parajes en primavera y en invierno. Estaba colgado de la puerta de Isacco el Judío, en Sospello.

—Entonces vayamos a ver a ese tal Isacco —dijo el coronel.

De nuevo se adentraron en la pequeña población. Isacco era un anciano de fino rostro aguileño y venerable barba blanca que podría haber pasado perfectamente por uno de los patriarcas. El hombre les proporcionó con gusto la información que buscaban. El abrigo se lo había traído a su tienda, ocho meses atrás, el sirviente del caballero inglés que había adquirido Villa Cipresso. Sus señores se trasladaban a Nápoles, y no iban a necesitar el abrigo.

¿Y dónde estaba Villa Cipresso? A escasas millas de allí, en los castañares, o eso creía.

Una vez averiguada la dirección, avanzar fue sencillísimo. Contrataron a un postillón que conocía la localidad para que condujera al coronel y a su acompañante hasta la casa al día siguiente, pues ya era tarde para hacerlo en ese momento. La villa se encontraba a unas once millas de distancia y tan rodeada de árboles que era imposible de discernir hasta que uno no se topaba con ella. 

El paraje era precioso, pero la casa era una construcción solitaria y descuidada. Las malas hierbas y las zarzas habían invadido los caminos y los arriates de flores; y las ventanas estaban tapiadas con tablones. El ruido del carruaje atrajo a la puerta a una anciana, que se mostró asombrada por su llegada. Alta, morena, surcada de arrugas y vestida con ropas andrajosas, se quedó plantada en el umbral como petrificada, mirando a los visitantes con ojos desorbitados.

—¿Es esto Villa Cipresso? —preguntó Carlo Rigo.

—Sí —contestó la anciana.

—¿Está aquí sir Henry Chalvington? —inquirió el coronel.

El efecto que causó en ella esta pregunta fue del todo inesperado. Levantó los brazos por encima de la cabeza, dejó escapar un gemido y, alejándose a toda prisa por un pasadizo de piedra, se metió en un cuarto y se encerró pasando la llave por dentro.

—Está asustada —dijo Desborough—. ¿Es posible que viva aquí sola? La casa parece vacía.

El posadero fue hasta la puerta, llamó y le habló con suavidad para que se tranquilizase, pero ella no contestó. Solo se oían sus gemidos, como si la mujer sufriese un gran pesar.

El coronel y su acompañante inspeccionaron la casa. No era grande, su mobiliario era muy sencillo y estaba claro que se encontraba deshabitada. No hallaron ni un solo libro ni pedazo de papel que pudiera aportar alguna pista sobre quiénes habían sido los últimos ocupantes de aquellas estancias.

El postillón desató los caballos y los condujo hasta el establo vacío y descuidado; los únicos seres vivos con los que se topó por el camino fueron unas pocas aves de corral famélicas que vagaban por el patio. El coronel Desborough se dio una vuelta por los jardines, que estaban invadidos de enormes chumberas asilvestradas y falsos pimenteros de aspecto desaliñado.

Había fuentes ornamentales resecas, mirtos y otros arbustos plantados en tupidos macizos, y altos cipreses oscuros que daban una apariencia sombría y melancólica al lugar. Bordeaba el jardín un bosque de alcornoques, y más allá de esta pantalla de árboles, bloqueando la vista, se alzaba la majestuosa mole de los Alpes, como diciendo: «No os aventuraréis más allá».

Entre tanto, pareció que la curiosidad de la mujer vencía a su miedo inicial, y tras mantener Carlo Rigo una conversación con ella desde el otro lado de la puerta, la convenció para que saliese y preparase un almuerzo con los refrigerios que habían traído consigo, cosa que hizo con avidez, puesto que estaba hambrienta. Pero a todas sus preguntas respondió negando con la cabeza, resistiéndose a darles cualquier información.

—Pasaremos aquí la noche —dijo el coronel con gravedad—. Tengo que saber más antes de marcharme, y lo haré.

Al caer la tarde, él y el albergatore volvieron a darse un paseo por el jardín. El sol se había puesto detrás de las montañas y todo estaba teñido de una preciosa luz violácea, esa que se conoce como arrebol. ¡Qué soledad! Las sombras del ocaso se intensificaron cuando se adentraron en un claro rodeado de cipreses.

—¡Mire, mire, signor! —gritó Carlo—. ¡Ahí está el caballero inglés!

Al escuchar estas palabras, Desborough alzó la vista ilusionado. Allí delante, a escasos pasos de él, se erguía más nítida que nunca la figura de su amigo; pálido, encanecido, inmóvil, su silueta claramente recortada contra el fondo oscuro de los árboles verdes.

—¿Por qué nos pide que nos acerquemos? ¿Por qué señala al suelo? ¡Oh! ¡Ha desaparecido! —gritó espantado el italiano.

El coronel intentó hablar, pero no daba con las palabras. Buscó apoyo en un árbol y, preso de la agitación, se enjugó la frente.

—Entonces ¿lo ha visto usted también? —le preguntó a Rigo cuando consiguió recuperar el habla—. ¿Con absoluta claridad?

—¿Al caballero inglés? Sí, signor.

—Gracias a Dios —exclamó Desborough retirándose el sombrero en un gesto de reverencia—. ¡No estoy loco!

—No lo entiendo, signor —dijo el desconcertado posadero.

—No —respondió el coronel—, no puede entenderlo; porque ese a quien acabamos de ver no es un habitante de este mundo. Hagámonos con picos y palas… ¡Creo que bajo ese parche de hierba yace enterrado sir Henry Chalvington!

¡Qué extraña revelación! ¡Qué cadena de acontecimientos, aparentemente fortuitos, había guiado al coronel Desborough hasta ese preciso lugar, donde estaba predestinado a resolver un misterio y reparar una gran injusticia! Pues fue allí, bajo la grisácea luz crepuscular, donde exhumaron lo que quedaba de Henry Chalvington. ¿Lo habían asesinado?

—No, no —gritó la anciana, arrodillándose a sus pies—. No lo suponga, ni lo piense siquiera, el inglés falleció de muerte natural. Tras adquirir esta villa, él y su esposa vinieron a ver qué muebles podían necesitar. Habían viajado desde Niza, él parecía enfermo y débil. Tres días después de su llegada, se encontraba sentado a la mesa, cenando, cuando cayó hacia atrás de repente… ¡muerto! Es la verdad, se lo juro. La dama estaba aterrada, al igual que el sirviente que los acompañaba. «Escuche —me dijo—, de sabérseme viuda seré una mujer pobre. ¡Pero mientras se suponga a mi marido con vida seguiré siendo rica! Lo mantendremos en secreto… Podemos enterrarle bajo los cipreses, y yo me encargaré de que no le falte a usted nada. Siga viviendo aquí; dispondrá de dinero siempre y cuando no hable.» Entonces el signor Texere, el sirviente, cavó la tumba y lo depositamos ahí, ¡pobre inglese!

»La señora y su asistente se marcharon. Al principio me enviaban dinero, no mucho, pero el suficiente para cubrir mis necesidades. De un tiempo a esta parte han dejado de hacerlo. Y yo me muero de hambre. ¿Por qué razón voy a seguir manteniendo el secreto? Roto el pacto, puedo contarlo todo. Pero, signor, le juro que no fue asesinato. Yo estaba en el comedor sirviendo la cena cuando él se cayó de la silla, muerto. Fue su corazón. Esa expresión de su cara ya la había visto antes en la de uno de mis hijos cuando falleció de la misma dolencia.

Una vez más la escena se traslada a la residencia de Eastern Terrace, en Brighton. Lady Chalvington, suntuosamente ataviada en un brocado dorado, estaba a punto de salir para el teatro cuando le anunciaron que el coronel Desborough y el señor Bruce deseaban verla. Y eran sin duda estos dos caballeros, acompañados de Blencoe y un agente de policía vestido de paisano, quienes aguardaban en el vestíbulo.

Lady Chalvington entró en la biblioteca, adonde la habían hecho pasar aquellos visitantes tan poco gratos.

—No alcanzo a imaginar cuál puede ser el propósito de su visita, caballeros —exclamó con altivez, al cruzar el umbral—. Los negocios se tratan por las mañanas, señor Bruce.

—Esto es mucho más que una visita de negocios, señora —contestó el coronel—. Venimos a informarla de que los restos de su difunto marido han sido hallados y trasladados a Inglaterra para que reciban cristiana sepultura.

Por un instante, la culpable se quedó paralizada; luego, corrió hasta la puerta y, ya estaba cruzando el vestíbulo, cuando se detuvo en seco, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada. Blencoe le había cortado el paso.

—¡Deténganla! ¡Detengan a lady Chalvington! —gritó el coronel.

—¡Lady Chalvington! —bramó Blencoe, agarrándola del brazo—. Aquí no hay ninguna lady Chalvington. Confieso con vergüenza y repugnancia que esta mujer es mi esposa, Harriet Lemoine, y que ese hombre —dijo señalando a Texere, que acababa de entrar en escena— es su hermano, un falsificador, jugador y estafador que vivió en mi casa, haciendo de la noche día y del día noche. 

Fue para huir de semejante esposa, y para cortar de raíz con su detestable estirpe por lo que me marché a la India. Esta mujer ni mucho menos estaba casada con sir Henry. Puedo demostrar que su identidad es la de la chica con la que contraje matrimonio en la iglesia de St. Pancras hace ya ocho años.

Seis semanas después de tan repentino desenlace, el coronel Desborough entró en la sala de la residencia de Brook Street con un aspecto más fortalecido y saludable del que había ofrecido durante prácticamente los doce últimos meses, si bien seguía todavía muy afectado por la tensión nerviosa a la que había estado sometido. 

Conjurada la aparición, había experimentado una mejoría en su estado de ánimo y recuperado también su acostumbrada buena salud; aunque, posiblemente, conservara ya para el resto de su vida ese talante mucho más circunspecto y grave que le confería el saber que se había comunicado de algún modo con el mundo de los espíritus; un mundo al que apenas había dedicado un solo pensamiento hasta entonces, pero en el que ahora creía y al que respetaba con veneración, habiendo llegado a la conclusión de que, en determinadas circunstancias, esa clase de revelaciones eran posibles.

Mary Chalvington, vestida de luto, se acercó a recibirle, tan blanca y frágil como una azucena.

—Sí —dijo él—, vengo a despedirme. El Crocodile parte de Southampton mañana mismo.

—¡Oh! —exclamó Mary—. ¿Qué voy a hacer cuando se marche? Es usted mi mejor y único amigo. ¿Qué será de esta huérfana a la que ha rescatado de una servidumbre peor que la muerte? ¿Por qué no quiere quedarse en Inglaterra?

—Porque no hay lazos que me aten a este lugar. Soy un hombre solitario.

—¿Y es eso necesario? —preguntó la joven con delicadeza, en voz baja.

El coronel la miró y a continuación empezó a pasearse por la estancia de forma agitada.

—Si yo creyera… —dijo, y se detuvo—. Si osara… Pero casi te doblo en edad, querida mía; ¿cómo pedirte semejante sacrificio?

—No sería un sacrificio —murmuró Mary—, ¡sería la felicidad!

El coronel Desborough nunca regresó a la India.

Una revelación - Mary E. Braddon (Parte 2)

 II

—¿Quién es el coronel Desborough? —preguntó lady Chalvington, tomando la tarjeta que acababan de entregarle y examinándola con sus anteojos de oro—. ¿Lo conozco?

Non lo so, Excellenza. Es cierto que primero preguntó por el señor, y après pour Madame.

El hombre que contestó con este galimatías era un personaje muy relevante en el séquito de nuestra dama. Ella a veces lo calificaba como su homme d’affaires, otras como su maggiordomo. Era un individuo de tez oscura y aire extranjero, con el pelo negro muy brillante y bastante largo, bigote negro, ojillos inquietos y nariz aguileña. Iba muy bien vestido de traje negro, y exhibía una rutilante leontina, además de numerosos anillos en unos dedos largos y huesudos. 

Jamás hablaba en una única lengua correctamente; más bien recurría a las primeras palabras que se le pasaban por la mente y sin atender nunca a las normas gramaticales. Al contestar a lady Chalvington, la miró directamente a los ojos, y ella le devolvió la mirada, aunque con expresión interrogante.

—¿Te resulta familiar el apellido, Mary? —preguntó, dirigiéndose a su hijastra.

La señorita Chalvington levantó la vista de su labor de bordado y se quedó pensativa unos instantes.

—Me parece que sí. Guardo un vago recuerdo de un tal coronel Desborough que vino a pasar unos días con nosotros en Methwold cuando yo era pequeña —dijo—. Se portó muy bien conmigo.

—¿Crees que debería recibirle, o no? Sí; hágale subir, Texere.

El intérprete hizo una pronunciada reverencia, abandonó la sala y al cabo de un minuto anunció al coronel Desborough y lo hizo pasar a la sala. Su aspecto había mejorado considerablemente después del viaje, pero todavía conservaba un rictus de ansiedad en el rostro. Sin embargo, no había visto nada que lo alterase durante la travesía, y por lo tanto había dormido bien. 

El descanso, combinado con el aire del mar, lo habían restablecido. Tan pronto entró en la estancia, lady Chalvington pensó que jamás había visto un hombre tan atractivo. Él, por su parte, quedó apabullado por el soberbio aspecto de la dama, que se adelantó a saludarlo.

Aparentaba unos veintisiete años; una mujer hermosa, de belleza selvática, si es que podía describirse así; en su cara, los enormes ojos negros, con largas pestañas, aparecían acentuados por unas cejas negras muy marcadas; la tez era de una delicada textura y de un tono aceitunado muy pálido; la nariz, de orificios redondeados, parecía más bien africana; la boca de labios carnosos la llevaba pintada de exquisito carmín. 

Era de estatura mediana, con un cuerpo robusto, bien proporcionado. El vestido era de terciopelo carmesí ribeteado de encaje amarillo antiguo; llevaba su ondulado pelo negro recogido en la coronilla y unos diamantes lanzaban destellos en sus orejas.

—Gracias por recibirme, lady Chalvington —dijo el coronel—. Soy amigo de juventud de sir Henry, acabo de llegar de la India. Pasé por su residencia de Brook Street y me enteré de que estaba usted aquí, en Brighton. Me dicen que sir Henry está en el extranjero, aquejado de problemas de salud. No será nada serio, ¿verdad?

—¡Ah! —suspiró la dama que, con un pequeño gesto de una mano blanquísima y repleta de joyas, lo invitó a sentarse en un sofá mientras ella misma tomaba asiento, con estudiada elegancia, en una silla que había al lado—. Está muy delicado de salud, le cuesta respirar en los inviernos fríos. Inglaterra es demasiado neblinosa y húmeda para él.

—Vaya, cuánto lo siento. Y ¿regresará para primavera?

—Me temo que permanecerá ausente durante un periodo indefinido de tiempo.

—¡No me diga! —contestó el coronel asombrado—. Pero, y disculpe la pregunta, ¿cómo es que no está usted con él?

—Ese ha sido su deseo, puesto que de hacerlo no podría yo atender mis compromisos sociales.

—¿Me dará usted su dirección? Me gustaría escribirle una carta.

—Yo se la remitiré encantada en su nombre. Lo hacemos así con toda la correspondencia por deseo expreso de sir Henry.

El rostro del coronel adoptó una expresión de inusitada sorpresa. Desvió casualmente la mirada hacia la joven que estaba sentada al fondo de la estancia, detrás de lady Chalvington, y vio que esta lo miraba y negaba con la cabeza. 

Al ver que sus ojos permanecían repentinamente fijos en algún objeto, lady Chalvington se dio la vuelta de golpe, aunque solo para hallar a su hijastra diligentemente ocupada en su labor.

El coronel Desborough supo aprovechar la ocasión y, levantándose con la mano tendida, avanzó hacia la hija de su amigo.

—¿Es posible que esta sea la pequeña Mary? —dijo.

—Ya no tan pequeña —contestó la señorita Chalvington con una dulce sonrisa, al mismo tiempo que dejaba reposar una mano pequeña y fina sobre la de él—. Pero sí que se acuerda del coronel Desborough, y de cómo solía ponerse a gatas y rugir, imitando a un león, para hacerla reír.

—Eso fue cuando era joven, hace quince años —dijo él—. Tú eras apenas una niña. Digo yo que rondarías los cuatro años.

—Ahora tengo diecinueve.

—¿Escribirás pronto a tu padre? —preguntó él.

La muchacha alzó la vista y lo miró de hito en hito con unos ojos grises muy serios. ¿Qué sentimiento anidaba en ellos? ¿Era súplica?, ¿temor?, ¿duda? Aquella mirada lo desconcertó.

—Eso espero —dijo ella lanzando una mirada furibunda a su madrastra.

Él retuvo la mano de la muchacha en la suya y escudriñó aquel rostro tan pálido y desmejorado. Un leve rubor se asomó a sus mejillas. Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas. El coronel se sintió consternado y se atrevió a apretar aquella pequeña mano tan frágil que descansaba con absoluta confianza en la suya. Ante esta señal de amistad, ella regresó rápidamente a su silla y enterró la cara en su pañuelo, sollozando con gran pesar.

—Márchate a tu habitación, ¡ahora! —exclamó lady Chalvington, acercándose a ellos—. Deberías avergonzarte, ¡una jovencita de tu edad comportándose como una niña malcriada!

Mary se levantó apresuradamente y abandonó la estancia sin mediar palabra, enjugándose aún los ojos con el pañuelo. Desborough observó con interés cómo salía. Reparó en que era una chica muy alta y delgada, que caminaba muy erguida y que tenía el pelo rubio, el cual llevaba recogido en un moño en la parte posterior de una cabeza de rasgos clásicos. Llevaba un vestido gris, bastante sencillo, modesto como el de una cuáquera, lo que contrastaba de manera llamativa con el fastuoso atuendo de su madrastra.

—Parece una muchacha muy delicada —dijo él.

—Mary no es delicada. Lo aparenta por esa tez tan blanca que tiene, pero es arisca por naturaleza —replicó lady Chalvington ostensiblemente irritada por la escena que acababa de desarrollarse.

—Cuando escriba a sir Henry, menciónele mi nombre y dígale que quisiera verle cuanto antes.

—Así lo haré —contestó la dama, acercándose a la campanilla.

Consciente de que había demorado su visita hasta donde permitía la etiqueta, el coronel se retiró. En el vestíbulo encontró un lacayo y a Texere.

—¿Cuál es la dirección de sir Henry? —le preguntó abruptamente a este último, que lo saludó con una pronunciada reverencia.

Entschuldigen Sie, mein Herr; in verità non posso; je ne sais pas, Monsieur.

—¿Cuánto tiempo lleva enfermo sir Henry?

Depuis quand est-il malade… tres años. Tiene tisis.

—¿Quién se encarga de su correspondencia?

—La señora.

—¿Quién maneja sus asuntos?

—La señora.

El coronel se marchó.

—¿Qué he conseguido? —se preguntó tan pronto como se encontró en la acera de Eastern Terrace, nada más salir—. Nada. ¿Qué sucede ahí dentro? ¿De dónde se sacó a esa esposa que se maquilla la cara y los labios, y se oscurece todavía más sus ya negrísimos ojos? ¡Y esa pobre niña! ¡Con qué ojos tan implorantes me ha mirado! Hay algo en esa casa que no me acaba de encajar. Bueno, este viaje a Brighton ha resultado infructuoso. Iré a la finca familiar en Norfolk y hablaré con el administrador.

El coronel Desborough era un hombre de acción. Aquella misma noche ya estaba de regreso en Londres y tan solo un par de días después se encontraba en Norwich, desde donde partió sin demora hacia Methwold, sede de la Baronía de sir Henry Chalvington. 

A finales de noviembre el paisaje ya resultaba lo suficientemente deprimente, y el cometido al que se había encomendado le pesaba en el ánimo. ¿Dónde estaba su amigo? Sin pensárselo puso rumbo a la casa del administrador de la finca, la que recordaba situada a la entrada del parque. Por fortuna, lo encontró en casa, pero el hombre al que él buscaba había fallecido hacía mucho tiempo. El actual administrador era otro y más joven.

—Recibimos cartas de sir Henry de vez en cuando —le informó este respondiendo a las preguntas del coronel—, y siempre por medio de la señora, que es una avezada mujer de negocios. Los cheques llegan con regularidad. Pero en lo que se refiere al paradero de sir Henry, nadie lo conoce; las cartas no llevan remite alguno. El señor desea mantener en secreto su lugar de residencia.

—¿Y no le parece eso muy extraño?

—Así nos lo parece a todos por aquí, pero ¿qué le vamos a hacer?

—Hábleme de lady Chalvington —dijo el coronel—, ¿quién es exactamente? ¿A qué se dedica? Yo conocí a su primera esposa…

—Sobre quién es la dama, solo puedo decirle que era condesa de Acluna; viuda, medio extranjera y de origen sudamericano, que yo sepa. Sir Henry se casó con ella hace tres o cuatro años, en París. Es una mujer de una elegancia exquisita. Y en cuanto a qué se dedica, puedo asegurarle que da las mejores fiestas de Londres, y que sin duda es la mujer de moda.

—Pero ¿realmente asiste la gente a sus recepciones?

—Suplican para conseguir una invitación. Pero yo sé que a sir Henry no le gustaba estar en compañía. Hay quien piensa que esa es la razón por la que prefiere vivir retirado en el extranjero.

—¿Y qué me dice de la señorita Chalvington? —preguntó Desborough.

—Ella y la señora no se llevan demasiado bien. A la señorita Chalvington le encanta alojarse aquí. La señora, sin embargo, detesta la campiña.

El coronel Desborough lo miró con el semblante muy serio.

—¿Cuánto hace que sir Henry se marchó de Inglaterra?

—Ocho meses. La señora y él viajaron juntos a Engadine, y parece ser que el señor no consideró conveniente regresar. ¿Le gustaría pasarse por la casa, señor?

—Sí, me encantaría volver a echarle un vistazo a esas viejas habitaciones. Pero recuerdo a la perfección un atajo hasta allí a través del parque. No hace falta que se moleste en acompañarme.

Methwold era un viejo caserón isabelino rodeado de árboles y más allá de cuyo parque se extendía una zona boscosa. Era el elemento central de una extensa propiedad. ¡Y qué familiar le resultaba! El ama de llaves recibió al coronel con sumo placer y le enseñó la mansión. 

¡Qué bien la recordaba! Y, sin embargo, se le antojó más oscura y pequeña que cuando era joven. ¿Qué había sido de aquellos dos muchachos vehementes que corrían por sus pasillos? ¿Qué de los dos cadetes recién licenciados en Sandhurst? ¡Ay! Uno de ellos era ahora un hombre serio tostado por el sol de la India y el otro…, ¿dónde estaba el otro?

El coronel entró por último a la galería de retratos, que ocupaba un ala que corría todo a lo largo del edificio. Colgada en la pared estaba la imagen de sir Henry cuando era un agraciado niño de siete años, pintada por Harlstone. Y también otro retrato suyo, ya de joven y vestido de uniforme, obra de Richmond. 

Entristecido por los recuerdos del pasado, Desborough les dio la espalda y, al punto, quedó paralizado. Su amigo estaba allí de pie, a unos pasos de donde él se encontraba. Lo vio con absoluta claridad, parecía muy serio y entristecido, y en el pelo se le adivinaban ya algunas canas. Esta vez la impresión fue demasiado fuerte para el coronel, que se dejó caer en un sillón, completamente superado por la escena.

—Usted no está bien, señor —exclamó el ama de llaves—. Ver este viejo lugar otra vez le ha afectado.

Se marchó a toda prisa y regresó con un poco de agua y una pequeña licorera de brandy. Una vez recompuesto, el coronel no se marchó de Methwold sin someter antes al ama de llaves a un breve interrogatorio.

—No, sir Henry no estaba fuerte… tenía algo del corazón —dijo—. Había abandonado la caza y le molestaba recibir tantas visitas, que era lo que más le gustaba a mi señora, puesto que cantaba de maravilla y actuaba en pequeñas obras de teatro particulares. El mes de marzo pasado dejaron aquí a la señorita Chalvington y viajaron al continente. 

Ella regresó sola, con ese intérprete suyo, que aquí no cayó nada bien; es más, el señor Groves, nuestro mayordomo, se despidió al instante. ¿Me pregunta qué aspecto tenía el amo cuando se marchó, señor? Pues, le diré que aparentaba más edad de la que tenía, estaba flaquísimo y, ¡caramba!, el pelo se le había cubierto todo de canas.

Oído esto, el coronel Desborough se despidió. ¿Qué podía hacer? Regresar a Londres. Esta vez para visitar al abogado de la familia en su despacho de Bedford Row.

A la mañana siguiente se presentó en el despacho de dicho caballero. Sí, el señor Bruce lo recibiría cinco minutos, si se trataba de un asunto privado.

—Muy señor mío —dijo el abogado—, sé tanto sobre el paradero de sir Henry Chalvington como usted. Supongo que esta rara ventolera de ocultarse no es más que una excentricidad. Y yo acepto las cosas como me vienen dadas. Remito las cuentas a lady Chalvington, y ella, a su vez, me hace llegar las minutas y los cheques de sir Henry debidamente firmados por él. Está todo perfectamente correcto, pero aun así ¡desearía que regresara a casa!

—Debo tener noticias directas de él y las tendré —dijo el coronel—; para mí es de extrema importancia. Pienso ofrecer una recompensa a cambio de cualquier información acerca de su paradero actual o a quien pueda darme noticias suyas.

—Vamos, vamos, señor mío, ¿sinceramente cree necesario llegar a esos extremos? Espere y ya verá cómo sir Henry sale de su escondrijo por voluntad propia.

—No puedo esperar. Ofreceré una recompensa de quinientas libras.

Antes de llevar a efecto su propósito, se trasladó rápidamente a Brighton una vez más con la esperanza de entrevistarse de nuevo con lady Chalvington, pero en esta ocasión le fue denegado el acceso, ya que la dama se encontraba atendiendo otro compromiso.

Y a la señorita Chalvington, ¿podía verla a ella? No, la joven no recibía visitas. Pero el coronel no se dio por vencido. Ya avanzada la tarde volvió a presentarse en la casa de Eastern Terrace. Esta vez lady Chalvington había salido, cosa que era verdad.

Escribió un breve mensaje en su tarjeta de visita dirigido a la señorita Chalvington: «Le ruego que me reciba».

La depositó, junto con una libra de oro, en la mano del sorprendido Thomas, puesto que Texere estaba fuera con el carruaje.

—Subiré su tarjeta, señor —dijo el lacayo—, pero mi señora no permite a la señorita Chalvington recibir visitas jamás.

—Inténtelo de todos modos, mi querido amigo.

Thomas vaciló, pero finalmente hizo pasar al coronel a una pequeña estancia donde se guardaban sombreros, paraguas y mantas de carruaje, y cerró la puerta cautelosamente tras de él.

Al cabo de un rato, unos pasos ligeros y rápidos bajaron las escaleras y la señorita Chalvington entró en el cuartito. Parecía asustada y nerviosa.

—No debe entretenerme demasiado tiempo —dijo en voz baja—. Lady Chalvington podría regresar en cualquier momento; se pondrá furiosa.

—¡La temes!

—Es mi carcelera. ¡Soy su prisionera a todos los efectos!

—¿Y tu padre?

—¡Oh, coronel Desborough! Encuéntrelo, se lo imploro; por su vieja amistad, ¡tiene que dar con él! Nunca me escribe a mí, solo a ella. ¡Hace ocho meses que no lo veo! ¡Y me quería como el mejor de los padres!

—¿Acaso ella se queda con tus cartas?

A la joven le temblaba todo el cuerpo y miraba con nerviosismo hacia la puerta.

—¿Por qué querría interceptar tu correspondencia? ¿Por qué te tiene encerrada? —preguntó él.

—Porque me odia. Oh, coronel Desborough, estoy tan preocupada por mi padre… No sé qué pensar.

—Mi querida muchacha —dijo el coronel acariciándole el pelo del mismo modo que lo hiciera cuando ella no era más que una niña—, por supuesto que daré con tu padre, te lo prometo solemnemente. Pero ¿quién es esta mujer?

La señorita Chalvington se estremeció con un escalofrío.

—Es una mujer temible, una mujer cuya compañía debe uno rehuir a toda costa. Una mujer sin escrúpulos…, un lobo con piel de cordero. Y ahora, ¡márchese, por el amor de Dios, márchese!

—Sí —dijo el coronel con amargura—. Pronto regresaré para liberarte. ¡Pero antes pienso resolver este misterio!


(CONTINUARÁ...)

El gran cambiazo - Roald Dahl (Segunda Parte y última)

Hasta aquí nuestros planes básicos. Luego vino lo que en nuestras notas bautizamos con el nombre de «familiarización con el terreno». Primeramente Jerry me instruyó a mí. Me sometió a un entrenamiento de tres horas en su propia casa un domingo por la tarde, aprovechando que su mujer y los niños no estaban. 

Nunca había entrado en el dormitorio de Jerry y Samantha. Sobre la mesita del tocador estaban los perfumes de Samantha, sus cepillos y sus otras cositas. Un par de medias colgaba del respaldo de una silla. Su camisón, que era blanco y azul, colgaba detrás de la puerta que conducía al cuarto de baño.

—De acuerdo —dijo Jerry—. La habitación estará completamente a oscuras cuando entres. Samantha duerme en este lado, de manera que tendrás que dar la vuelta a la cama de puntillas y meterte en ella por el otro lado. Voy a vendarte los ojos para que practiques un poco.

Al principio, con los ojos vendados, vagué por toda la habitación como un borracho. Pero después de casi una hora de trabajo, conseguí hacer el recorrido bastante bien. Pero, antes de que Jerry me diera el visto bueno definitivo, tuve que ir, con los ojos vendados, desde la puerta de la calle hasta la escalera, cruzando el vestíbulo, pasando luego por delante de los cuartos de los niños, entrando en la habitación de Samantha y aterrizando en el lugar exacto. Y tuve que hacerlo en silencio, igual que un ladrón. Todo ello requirió tres horas de duro trabajo, pero al final le cogí la costumbre.

El domingo siguiente por la mañana, mientras Mary y los niños estaban en la iglesia, tuve la oportunidad de dar a Jerry la misma instrucción en mi casa. Aprendió más deprisa que yo y, al cabo de una hora, ya había superado la prueba de los ojos vendados sin meter la pata ni una sola vez.

Fue durante esta operación cuando decidimos desconectar la lamparilla de cabecera de las dos mujeres al entrar en la alcoba. Así que Jerry practicó la operación de encontrar el enchufe y tirar de él sin quitarse la venda de los ojos y el fin de semana siguiente yo hice lo mismo en su casa.

Llegó entonces lo que era con mucho la parte más importante de nuestro entrenamiento. Le dimos el nombre de «tirar de la manta» y fue durante la misma cuando ambos tuvimos que describir con todo lujo de detalles el procedimiento que seguíamos al hacer el amor con nuestras respectivas esposas. 

Acordamos no complicarnos la vida con variaciones exóticas que él o yo pudiéramos poner en práctica ocasionalmente. Nos ocupamos exclusivamente de enseñarnos mutuamente el procedimiento más rutinario, el que utilizáramos con mayor frecuencia y que, por tanto, fuera el menos susceptible de levantar sospechas.

La sesión tuvo lugar en mi oficina a las seis de la tarde de un miércoles, cuando el personal ya se había ido a casa. Al principio los dos nos sentimos algo azorados y ninguno quería ser el primero en empezar. De modo que saqué la botella de whisky y después de tomarnos un par de copas soltamos la lengua y empezó la lección. 

Mientras Jerry hablaba yo tomaba notas y viceversa. Al final de todo, resultó que la única diferencia real entre el procedimiento de Jerry y el mío residía en el tiempo. ¡Pero menuda diferencia era! Él se tomaba las cosas (si hay que creer lo que dijo) con tanta calma y prolongaba los momentos hasta tal punto que me pregunté en silencio si su pareja no se dormiría en pleno acto. Sin embargo, mi misión no consistía en criticar, sino en copiar, así que no dije nada.

Jerry no se mostró tan discreto. Al finalizar mi descripción personal, tuvo la temeridad de decir:

—¿De veras que lo haces así?

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

—Que si terminas la cosa tan pronto.

—Mira —dije—, no estamos aquí para darnos lecciones el uno al otro. Estamos aquí para aprender hechos concretos.

—Ya lo sé —dijo—. Pero me voy a sentir un poco tonto si copio tu estilo exactamente. ¡Dios mío! ¡Lo haces con la rapidez de un tren expreso al pasar por una estación pueblerina!

Me quedé mirándole fijamente, boquiabierto.

—No pongas esa cara de sorpresa —dijo—. Tal como me lo has contado, cualquiera creería que...

—¿Que qué? —dije.

—Bueno, olvídalo —dijo.

—Gracias —dije.

Me sentía furioso. Hay dos cosas en este mundo que me consta que hago de modo inmejorable. Una es conducir un automóvil y la otra ya saben ustedes qué es. Así que verle ahí sentado, diciéndome que no sabía cómo comportarme con mi propia esposa, fue una afrenta monstruosa. Era él y no yo quien no sabía hacerlo. ¡Pobre Samantha! ¡Las cosas que habría tenido que soportar a lo largo de los años!

—Siento haber dicho eso —dijo Jerry. Echó más whisky en nuestros vasos—. ¡Brindo por el gran cambiazo! —dijo—. ¿Cuándo será?

—Hoy estamos a miércoles —contesté—. ¿Qué te parece el sábado que viene?

—¡Espléndido! —dijo Jerry.

—Deberíamos hacerlo antes de que se nos olviden las prácticas —dije—. ¡Son tantas las cosas que hay que recordar!

Jerry se acercó a la ventana y miró los coches que pasaban por la calle.

—De acuerdo —dijo, girando en redondo—. ¡Será el sábado próximo!

Después cada cual se fue a casa en su propio coche.

—Jerry y yo hemos pensado que el sábado por la noche podríamos llevaros a ti y a Samantha a cenar fuera de casa —le dije a Mary.

Estábamos en la cocina y ella preparaba unas hamburguesas para los niños. Dio media vuelta y se quedó mirándome, con la sartén en una mano y la cuchara en la otra. Sus ojos azules miraron directamente los míos.

—¡Caramba, Vic! —dijo—. ¡Qué sorpresa más agradable! Pero ¿se puede saber qué vamos a celebrar?

La miré fijamente a los ojos y contesté:

—Me dije que, para variar, sería agradable ver caras nuevas. Siempre vemos a la misma gente en las mismas casas.

Mary dio un paso al frente y me besó la mejilla.

—¡Qué bueno eres! —exclamó—. ¡Cómo te quiero!

—No te olvides de telefonear a la canguro.

—No, la llamaré esta misma noche —dijo.

El jueves y el viernes pasaron muy aprisa y, de repente, llegó el sábado. El día «D». Me levanté presa de una excitación loca. Después de desayunar me sentí incapaz de estarme quieto, así que salí a lavar el coche. Estaba en plena tarea cuando Jerry apareció por el boquete del seto, pipa en boca.

—Hola, chico. Ha llegado el día.

—Ya lo sé —dije.

También yo tenía una pipa en la boca. Hacía un gran esfuerzo por fumármela, pero me costaba mantenerla encendida y el humo me quemaba la lengua.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Jerry.

—De primera —repliqué—. ¿Y tú?

—Algo nervioso —dijo.

—No te pongas nervioso, Jerry.

—Lo que vamos a hacer es una barbaridad —dijo—. Espero que nos salga bien.

Seguí sacándole brillo al parabrisas. Era la primera vez que veía a Jerry asustado por algo. Me preocupó un poco.

—Me alegra saber que no somos los primeros en intentarlo —dijo—. Si nadie lo hubiera hecho anteriormente, no creo que me atreviese.

—Estoy de acuerdo —dije.

—Lo que me impide ponerme demasiado nervioso —prosiguió— es el hecho de que tu amigo lo encontrase tan fantásticamente fácil.

—Mi amigo dijo que es cosa de coser y cantar —dije—. Pero por el amor de Dios, Jerry, ¡no te pongas nervioso ahora que ya falta poco! Sería un desastre.

—No te preocupes —dijo—. ¡Pero es excitante! ¿Verdad?

—Desde luego que lo es —dije.

—Escucha —dijo—. Será mejor que esta noche seamos prudentes con la bebida.

—Buena idea —dije—. Nos veremos a las ocho y media.

A las ocho y media Samantha, Jerry, Mary y yo salimos en el coche de Jerry hacia el restaurante Billy's, cuya especialidad eran los filetes. A pesar de su nombre, el restaurante era caro y de mucha clase, y las chicas se habían vestido de largo para la ocasión. 

Samantha llevaba algo de color verde que no empezaba hasta llegar a la mitad de su seno y yo no recordaba haberla visto jamás tan hermosa como aquella noche. En nuestra mesa había velas. Samantha se sentó enfrente de mí y, cada vez que se inclinaba hacia adelante, acercando el rostro a la luz de las velas, podía ver aquella diminuta cresta de piel en el centro de su labio inferior.

—Vamos a ver —dijo, cogiendo el menú que el camarero le ofrecía—. ¿Qué voy a tomar esta noche?

«¡Jo, jo, jo! —pensé—. ¡He aquí una buena pregunta!». Todo fue como una seda en el restaurante y las chicas se lo pasaron muy bien. Cuando regresamos a casa de Jerry eran las doce menos cuarto. Samantha nos invitó a entrar para tomarnos una última copa.

—Gracias —dije—, pero es un poquitín tarde. Y tengo que llevar a la canguro en coche a su casa.

Así que Mary y yo cruzamos el seto.

«Ahora —me dije al entrar por la puerta principal—. Ahora empieza la cuenta atrás. Tengo que mantener la cabeza despejada y no olvidarme de nada».

Mientras Mary pagaba a la canguro, me dirigí a la nevera y encontré un trozo de queso canadiense. Saqué un cuchillo del cajón y un rollo de esparadrapo del armario. Me envolví con esparadrapo la punta del dedo índice de la mano derecha y esperé a que Mary se volviera hacia mí.

—Me he cortado —dije, levantando el dedo para que lo viese—. No es nada, pero sangra un poquito.

—Creía que ya habías comido suficiente por hoy —fue todo lo que dijo.

Pero el esparadrapo se le grabó en la mente y con ello quedó cumplida la primera parte de mi misión.

Llevé a la canguro a su casa y, cuando volví y entré en el dormitorio, eran casi las doce y Mary ya estaba medio dormida con la luz apagada. Apagué la lámpara de mi mesita de noche y entré en el baño para desnudarme. Me entretuve allí durante unos diez minutos y, al salir, Mary, como esperaba, ya estaba bien dormida. 

Me pareció que no valía la pena meterme en la cama con ella. Así que me limité a apartar un poco la ropa de mi lado para que a Jerry le resultase más fácil acostarse; luego, con las zapatillas puestas, bajé a la cocina y enchufé la cafetera eléctrica. Eran las doce y diecisiete minutos. Faltaban cuarenta y tres minutos.

A las doce treinta y cinco minutos subí a comprobar si Mary y los niños dormían. Todo el mundo dormía a pierna suelta.

A las doce cincuenta y cinco minutos, cinco minutos antes de la hora cero, volví a subir para llevar a cabo una última comprobación. Me acerqué directamente a Mary y susurré su nombre. No contestó. Espléndido.

«¡Llegó la hora! —pensé—. ¡En marcha!».

Me puse un impermeable marrón sobre el pijama y apagué la luz de la cocina para que toda la casa quedara a oscuras. Cerré de golpe la puerta principal. Y luego, sintiendo una gran euforia, salí de la casa y me interné en la noche.

En nuestra calle no había faroles. Tampoco había luna ni se veía una sola estrella. La noche era negra, negrísima, pero el aire era cálido y soplaba un poco de brisa procedente de alguna parte.

Dirigí mis pasos hacia el boquete del seto. Cuando estuve muy cerca conseguí distinguir el seto y encontré el boquete. Me quedé esperando allí. Luego oí los pasos de Jerry acercándose.

—Hola, chico —susurró—. ¿Todo en orden?

—Lo tienes todo preparado —contesté, también susurrando.

Siguió su camino; oí sus pies calzados con zapatillas cruzando el césped en dirección a mi casa. Eché a andar hacia la suya.

Abrí la puerta principal de Jerry. Dentro estaba aún más negro que fuera. Cerré la puerta con cuidado. Me quité el impermeable y lo colgué en el tirador de la puerta. Después me quité las zapatillas y las dejé contra la pared, al lado de la puerta. Me era literalmente imposible ver mis propias manos. Tenía que hacerlo todo a tientas.

Me alegré de que Jerry me hubiese hecho practicar con los ojos vendados durante tantas horas. No eran mis pies sino mis dedos los que me guiaban. Los dedos de una mano o de la otra en ningún momento dejaban de estar en contacto con alguna cosa: una pared, la barandilla, un mueble, la cortina de alguna ventana. 

En todo momento sabía o creía saber exactamente dónde me encontraba. Pero sentía un no sé qué extraño al cruzar de puntillas la casa de otra persona en plena noche. Mientras subía a tientas la escalera me puse a pensar en los ladrones que habían entrado en nuestra casa el invierno pasado y se habían llevado el televisor. Cuando vino la policía al día siguiente les enseñé el enorme excremento que yacía sobre la nieve enfrente del garaje.

—Casi siempre hacen eso —dijo uno de los policías—. No pueden evitarlo. Están asustados.

Llegué a lo alto de las escaleras. Crucé el descansillo sin dejar de palpar la pared con los dedos de la mano derecha. Empecé a caminar por el pasillo, pero me detuve cuando mi mano encontró la puerta de la primera habitación de los niños. 

Estaba ligeramente entreabierta. Agucé el oído. Hasta mí llegó la respiración acompasada de Robert Rainbow, de ocho años de edad. Seguí avanzando. Encontré la puerta del segundo dormitorio de los niños. Este era el de Billy, de seis años, y de Amanda, de tres. Me quedé unos segundos escuchando. Todo iba bien.

El dormitorio principal estaba al final del pasillo, unos cuatro metros más allá. Llegué a la puerta. De acuerdo con los planes, Jerry la había dejado abierta. Entré. Me quedé absolutamente inmóvil a pocos pasos de la puerta, escuchando atentamente por si se oía alguna señal de que Samantha estaba despierta. El silencio era total. Fui palpando la pared hasta que llegué al lado de la cama donde dormía Samantha. 

Inmediatamente me arrodillé y busqué el enchufe de la lámpara de su mesita de noche. Extraje la clavija y la deposité sobre la alfombra. Muy bien. Ahora había menos peligro. Me levanté. No podía ver a Samantha y al principio tampoco podía oír nada. Me incliné sobre la cama. Ah, sí, pude oír su respiración. 

De repente llegó hasta mi nariz una vaharada del fuerte perfume de almizcle que se había puesto aquella noche. Sentí que la sangre bajaba corriendo hacia mis ingles. Rápidamente me dirigí de puntillas hacia el otro lado de la cama, palpando suavemente el borde de esta con dos dedos.

Lo único que me faltaba por hacer era meterme dentro. Así lo hice, pero, al apoyar el peso de mi cuerpo sobre el colchón, el crujido de los muelles del somier sonó como si alguien estuviera disparando un fusil en la alcoba. Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración. 

El corazón me latía como una máquina en la garganta. Samantha estaba de espaldas a mí. No se movió. Tiré de la ropa de la cama hasta cubrirme el pecho y me volví hacia ella. Un calorcillo femenino salía de su cuerpo y me envolvía. ¡Adelante! ¡Ahora!

Alargué una mano y le toqué el cuerpo. Su camisón era cálido y sedoso. Apoyé la mano suavemente en sus muslos. Siguió sin moverse. Esperé uno o dos minutos, luego dejé que la mano apoyada en el muslo avanzara e iniciase las exploraciones. Lentamente, deliberadamente y muy acertadamente mis dedos empezaron el proceso de enardecerla.

Samantha se movió. Dio media vuelta y quedó boca arriba. Luego, con voz soñolienta, murmuró:

—¡Oh, querido!... ¡Oh, queridísimo!... ¡Santo cielo, amor!...

Yo, por supuesto, no dije nada. Me limité a proseguir la tarea.

Pasaron un par de minutos.

Samantha yacía completamente inmóvil.

Pasó otro minuto. Luego otro. Ella no movió ni un músculo.

Empecé a preguntarme cuánto tiempo tardaría en encenderse.

Perseveré.

Pero ¿por qué aquel silencio? ¿Por qué aquella inmovilidad absoluta y total, aquella postura paralizada?

De repente di con la explicación. ¡Me había olvidado por completo de Jerry! ¡Era tal mi excitación que me había olvidado completamente de su procedimiento personal! ¡Lo estaba haciendo a mi manera en vez de a la suya! Su forma de hacerlo era mucho más compleja que la mía. Era ridículamente complicada. Era de todo punto innecesaria. Pero era la rutina a la que Samantha estaba acostumbrada. Y ahora se daba cuenta de la diferencia y trataba de adivinar qué diantres estaba pasando.

Pero ya era demasiado tarde para cambiar de dirección. Tenía que seguir.

Seguí. La mujer que yacía a mi lado era como un muelle enroscado. Noté la tensión debajo de su piel. Empecé a sudar.

De repente profirió un gemido extraño.

Más pensamientos horribles cruzaron por mi cerebro. ¿Estaría enferma? ¿Le estaría dando un ataque al corazón? ¿Debía yo salir pitando de allí?

Samantha volvió a gruñir, esta vez más fuerte. De pronto exclamó: «¡Sí-sí-sí-sí-sí!» y, al igual que una bomba cuya mecha retardada hubiese alcanzado por fin la dinamita, hizo explosión y volvió a la vida. Me apresó entre sus brazos y vino por mí con tan increíble ferocidad que tuve la sensación de ser atacado por un tigre.

¿O sería mejor decir «tigresa»?

Ni en sueños había pensado que una mujer pudiera hacer las cosas que Samantha me hizo a continuación. Era un torbellino, un torbellino deslumbrante y frenético que me arrancó de raíz y me hizo girar y girar elevándome hacia el firmamento, hacia lugares de cuya existencia nada sabía.

Yo no aporté nada. ¿Cómo podía aportar algo? Me veía reducido a la impotencia. Yo era la hoja de palmera girando y girando por los aires, el cordero entre las garras del tigre. Apenas si podía respirar.

A pesar de todo, resultó excitante rendirse ante una mujer violenta y durante los siguientes diez, veinte, treinta minutos —¿cómo iba a saber exactamente cuánto tiempo?— la tormenta siguió rugiendo. Mas no es mi intención obsequiar al lector con detalles escabrosos. No soy partidario de lavar la ropa en público. Lo siento, pero no hay que darle más vueltas. 

Espero, sin embargo, que mi reticencia no cause un anticlímax demasiado fuerte. Desde luego, no hubo ningún «anti» en mi propio clímax y durante el último y abrasador paroxismo proferí un grito que debería haber despertado a todo el vecindario. Luego me derrumbé y quedé como un odre vacío.

Samantha, como si no hubiera hecho más que beberse un vaso de agua, se limitó a volverse de espaldas a mí y dormirse de nuevo.

¡Puf!

Me quedé quieto, recuperándome poco a poco.

Como verán, había acertado en lo que dije acerca de aquella cosita que tenía en el labio inferior, ¿no es verdad?

Ahora que lo pienso, había acertado más o menos en todo lo referente a aquella increíble aventura. ¡Qué triunfo! Me sentía maravillosamente relajado y exhausto.

Me pregunté qué hora sería. Mi reloj no era luminoso. Lo mejor era que me fuese ya. Me levanté de la cama. A tientas, aunque esta vez no tan cautelosamente como antes, di la vuelta a la cama, salí del dormitorio, recorrí el pasillo, bajé las escaleras y entré en el vestíbulo de la casa. 

Encontré mi impermeable y las zapatillas. Me los puse. Llevaba un encendedor en el bolsillo del impermeable. Lo utilicé para ver qué hora era. Faltaban ocho minutos para las dos. Era más tarde de lo que me figuraba. Abrí la puerta principal y salí a la negra noche.

Mis pensamientos comenzaron a concentrarse en Jerry. ¿Estaría bien? ¿Se habría salido con la suya? Avancé en la oscuridad hacia el boquete del seto.

—Hola, chico —susurró una voz a mi lado.

—¡Jerry!

—¿Todo bien? —preguntó Jerry.

—Fantástico —dije—. Asombroso. ¿Y tú... qué?

—Lo mismo —dijo. Vi sus dientes blancos sonriéndome en la oscuridad—. ¡Lo hemos conseguido, Vic! —susurró, tocándome el brazo—. ¡Tenías razón! ¡Ha funcionado! ¡Ha sido sensacional!

—Nos veremos mañana —susurré—. Vete a casa.

Nos separamos. Crucé el seto y entré en mi casa. Al cabo de tres minutos me encontraba de vuelta en mi cama, sano y salvo, con mi propia esposa durmiendo profundamente a mi lado.

El día siguiente era domingo. Me levanté a las ocho y media y bajé en pijama y bata a preparar el desayuno para la familia, como hago todos los domingos. Mary seguía durmiendo arriba. Los dos chicos, Víctor, de nueve años, y Wally, de tres, ya estaban abajo.

—Hola, papá —dijo Wally.

—Voy a preparar algo nuevo para el desayuno —anuncié.

—¿Qué? —dijeron los dos chicos al unísono.

Habían ido al pueblo a buscar el periódico dominical y en aquel momento estaban leyendo las historietas de dibujos.

—Prepararemos unas tostadas, las untaremos con mantequilla y extenderemos mermelada de naranja encima —dije—. Luego colocaremos unas lonjas de tocino sobre la mermelada.

—¡Tocino! —exclamó Víctor—. ¡Con mermelada de naranja!

—Ya lo sé. Pero espera a probarlo. Es delicioso.

Saqué el zumo de pomelo y me bebí dos vasos. Puse otro sobre la mesa para cuando Mary bajase. Enchufé la cafetera eléctrica, metí el pan en la tostadora y empecé a freír el tocino. En eso estaba cuando Mary entró en la cocina. Llevaba una prenda de gasa vaporosa, color melocotón, encima del camisón.

—Buenos días —dije, observándola por encima del hombro mientras manipulaba la sartén.

No contestó. Se dirigió hacia la silla que solía ocupar ante la mesa de la cocina y se sentó. Luego empezó a beberse el zumo de pomelo. No me miró ni miró a los chicos. Seguí friendo el tocino.

—Hola, mami —dijo Wally. Tampoco esta vez contestó.

El olor de la grasa del tocino empezaba a revolverme el estómago.

—Me apetecería un poco de café —dijo Mary, sin apartar los ojos de la mesa. Su voz resultaba muy extraña.

—Marchando —dije.

Aparté la sartén del fuego y rápidamente preparé una taza de café instantáneo sin leche. Luego la coloqué ante ella.

—Muchachos —dijo Mary, dirigiéndose a los niños—. ¿Os importaría ir a leer en otra parte hasta que el desayuno esté preparado?

—¿Nosotros? —dijo Víctor—. ¿Por qué?

—Porque yo lo digo.

—¿Estamos haciendo algo malo? —preguntó Wally.

—No, cariño, no. Simplemente quiero estar a solas con papá un momento.

Sentí que me encogía dentro del pellejo y me entraron ganas de salir corriendo. Quería salir pitando por la puerta principal, correr calle abajo y esconderme en alguna parte.

—Sírvete una taza de café, Vic —dijo Mary— y siéntate.

Su voz era completamente inexpresiva. No había enfado en ella. Simplemente no había nada. Y seguía sin mirarme directamente. Los chicos salieron llevándose consigo la parte del periódico donde estaban las historietas de dibujos.

—Cerrad la puerta —les dijo Mary.

Eché una cucharadita de café en polvo en mi taza y vertí agua hirviendo encima. Después añadí leche y azúcar. El silencio era apabullante. Me acerqué a la mesa y me senté ante Mary. Tuve la sensación de haberme sentado en la silla eléctrica.

—Escúchame, Vic —dijo ella, mirando el interior de su taza de café—. Quiero dejar esto bien sentado antes de que pierda el dominio de mí misma y no pueda decirlo.

—¡Por el amor de Dios! ¿A qué viene tanto drama? —pregunté—. ¿Ha ocurrido algo?

—Sí, Vic, ha ocurrido algo.

—¿Qué?

Estaba pálida, inexpresiva y distante, inconsciente de la cocina a su alrededor.

—Adelante, pues, ¡desembucha! —dije, haciendo acopio de valor.

—Lo que voy a decir no te gustará mucho —dijo, y sus ojos grandes y azules, obsesionados, se posaron unos instantes en mi cara antes de clavarse de nuevo en la taza de café.

—¿Qué es eso que no va a gustarme mucho? —pregunté.

El terror empezaba a revolverme las tripas. Me sentía igual que los ladrones de los que me hablara el policía.

—Ya sabes que detesto hablar de hacer el amor y de esa clase de cosas —dijo—. No te he hablado ni una sola vez de ello en todo el tiempo que llevamos casados.

—Es verdad —dije.

Bebió un sorbo de café, pero sin paladearlo.

—La verdad es —dijo— que nunca me ha gustado. Si de veras quieres saberlo, es algo que siempre he detestado.

—¿Qué es lo que siempre has detestado? —pregunté.

—El sexo —dijo—. Hacerlo.

—¡Santo Dios! —exclamé.

—Nunca me ha proporcionado siquiera un ápice de placer.

La declaración resultaba demoledora de por sí, pero lo peor aún no había llegado. Estaba seguro de ello.

—Lo lamento si te has llevado una sorpresa —añadió.

No se me ocurrió nada que decir, así que permanecí callado.

Sus ojos volvieron a apartarse de la taza y se clavaron en los míos, vigilantes, como si estuviesen calculando algo; luego se posaron de nuevo en la taza.

—No pensaba decírtelo jamás —prosiguió—. Y nunca te lo hubiera dicho de no ser por lo de anoche.

—¿Qué ocurrió anoche? —preguntó despacio.

—Pues anoche —dijo— averigüé la verdad de todo el asunto.

—¿De veras?

Me miró directamente; su cara estaba abierta como una flor.

—Sí —dije—. Tal como te digo. No me moví.

—¡Cariño! —exclamó, levantándose de un salto, abalanzándose sobre mí y dándome un beso enorme—. ¡Muchísimas gracias por lo de anoche! ¡Estuviste maravilloso! ¡Y yo estuve maravillosa! ¡Los dos estuvimos maravillosos! ¡No pongas esa cara tan azorada, cariño mío! ¡Deberías sentirte orgulloso de ti mismo! ¡Estuviste fantástico! ¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Te quiero!

Seguí sentado, sin reaccionar.

Se inclinó ante mí y me rodeó los hombros con un brazo.

—Y ahora —dijo dulcemente—. Ahora que has... no sé muy bien cómo decirlo... ahora que has descubierto qué es lo que necesito... ¡a partir de ahora todo va a ser maravilloso!

Seguí inmovilizado en la silla. Mary regresó lentamente a la suya. Una gruesa lágrima surcaba una de sus mejillas. No acerté a explicarme el porqué.

—He hecho bien en decírtelo, ¿verdad? —dijo, sonriendo a través de sus lágrimas.

—Sí —dije—. Desde luego.

Me levanté y me acerqué a la cocina eléctrica para no tener que mirarla cara a cara. Por la ventana de la cocina vi a Jerry que cruzaba su jardín con el periódico dominical bajo el brazo. Había cierto ritmo alegre en su caminar, una especie de saltito de triunfo en cada paso que daba y, al llegar a los escalones del porche, los subió de dos en dos.