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El gran cambiazo - Roald Dahl (Segunda Parte y última)

Hasta aquí nuestros planes básicos. Luego vino lo que en nuestras notas bautizamos con el nombre de «familiarización con el terreno». Primeramente Jerry me instruyó a mí. Me sometió a un entrenamiento de tres horas en su propia casa un domingo por la tarde, aprovechando que su mujer y los niños no estaban. 

Nunca había entrado en el dormitorio de Jerry y Samantha. Sobre la mesita del tocador estaban los perfumes de Samantha, sus cepillos y sus otras cositas. Un par de medias colgaba del respaldo de una silla. Su camisón, que era blanco y azul, colgaba detrás de la puerta que conducía al cuarto de baño.

—De acuerdo —dijo Jerry—. La habitación estará completamente a oscuras cuando entres. Samantha duerme en este lado, de manera que tendrás que dar la vuelta a la cama de puntillas y meterte en ella por el otro lado. Voy a vendarte los ojos para que practiques un poco.

Al principio, con los ojos vendados, vagué por toda la habitación como un borracho. Pero después de casi una hora de trabajo, conseguí hacer el recorrido bastante bien. Pero, antes de que Jerry me diera el visto bueno definitivo, tuve que ir, con los ojos vendados, desde la puerta de la calle hasta la escalera, cruzando el vestíbulo, pasando luego por delante de los cuartos de los niños, entrando en la habitación de Samantha y aterrizando en el lugar exacto. Y tuve que hacerlo en silencio, igual que un ladrón. Todo ello requirió tres horas de duro trabajo, pero al final le cogí la costumbre.

El domingo siguiente por la mañana, mientras Mary y los niños estaban en la iglesia, tuve la oportunidad de dar a Jerry la misma instrucción en mi casa. Aprendió más deprisa que yo y, al cabo de una hora, ya había superado la prueba de los ojos vendados sin meter la pata ni una sola vez.

Fue durante esta operación cuando decidimos desconectar la lamparilla de cabecera de las dos mujeres al entrar en la alcoba. Así que Jerry practicó la operación de encontrar el enchufe y tirar de él sin quitarse la venda de los ojos y el fin de semana siguiente yo hice lo mismo en su casa.

Llegó entonces lo que era con mucho la parte más importante de nuestro entrenamiento. Le dimos el nombre de «tirar de la manta» y fue durante la misma cuando ambos tuvimos que describir con todo lujo de detalles el procedimiento que seguíamos al hacer el amor con nuestras respectivas esposas. 

Acordamos no complicarnos la vida con variaciones exóticas que él o yo pudiéramos poner en práctica ocasionalmente. Nos ocupamos exclusivamente de enseñarnos mutuamente el procedimiento más rutinario, el que utilizáramos con mayor frecuencia y que, por tanto, fuera el menos susceptible de levantar sospechas.

La sesión tuvo lugar en mi oficina a las seis de la tarde de un miércoles, cuando el personal ya se había ido a casa. Al principio los dos nos sentimos algo azorados y ninguno quería ser el primero en empezar. De modo que saqué la botella de whisky y después de tomarnos un par de copas soltamos la lengua y empezó la lección. 

Mientras Jerry hablaba yo tomaba notas y viceversa. Al final de todo, resultó que la única diferencia real entre el procedimiento de Jerry y el mío residía en el tiempo. ¡Pero menuda diferencia era! Él se tomaba las cosas (si hay que creer lo que dijo) con tanta calma y prolongaba los momentos hasta tal punto que me pregunté en silencio si su pareja no se dormiría en pleno acto. Sin embargo, mi misión no consistía en criticar, sino en copiar, así que no dije nada.

Jerry no se mostró tan discreto. Al finalizar mi descripción personal, tuvo la temeridad de decir:

—¿De veras que lo haces así?

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

—Que si terminas la cosa tan pronto.

—Mira —dije—, no estamos aquí para darnos lecciones el uno al otro. Estamos aquí para aprender hechos concretos.

—Ya lo sé —dijo—. Pero me voy a sentir un poco tonto si copio tu estilo exactamente. ¡Dios mío! ¡Lo haces con la rapidez de un tren expreso al pasar por una estación pueblerina!

Me quedé mirándole fijamente, boquiabierto.

—No pongas esa cara de sorpresa —dijo—. Tal como me lo has contado, cualquiera creería que...

—¿Que qué? —dije.

—Bueno, olvídalo —dijo.

—Gracias —dije.

Me sentía furioso. Hay dos cosas en este mundo que me consta que hago de modo inmejorable. Una es conducir un automóvil y la otra ya saben ustedes qué es. Así que verle ahí sentado, diciéndome que no sabía cómo comportarme con mi propia esposa, fue una afrenta monstruosa. Era él y no yo quien no sabía hacerlo. ¡Pobre Samantha! ¡Las cosas que habría tenido que soportar a lo largo de los años!

—Siento haber dicho eso —dijo Jerry. Echó más whisky en nuestros vasos—. ¡Brindo por el gran cambiazo! —dijo—. ¿Cuándo será?

—Hoy estamos a miércoles —contesté—. ¿Qué te parece el sábado que viene?

—¡Espléndido! —dijo Jerry.

—Deberíamos hacerlo antes de que se nos olviden las prácticas —dije—. ¡Son tantas las cosas que hay que recordar!

Jerry se acercó a la ventana y miró los coches que pasaban por la calle.

—De acuerdo —dijo, girando en redondo—. ¡Será el sábado próximo!

Después cada cual se fue a casa en su propio coche.

—Jerry y yo hemos pensado que el sábado por la noche podríamos llevaros a ti y a Samantha a cenar fuera de casa —le dije a Mary.

Estábamos en la cocina y ella preparaba unas hamburguesas para los niños. Dio media vuelta y se quedó mirándome, con la sartén en una mano y la cuchara en la otra. Sus ojos azules miraron directamente los míos.

—¡Caramba, Vic! —dijo—. ¡Qué sorpresa más agradable! Pero ¿se puede saber qué vamos a celebrar?

La miré fijamente a los ojos y contesté:

—Me dije que, para variar, sería agradable ver caras nuevas. Siempre vemos a la misma gente en las mismas casas.

Mary dio un paso al frente y me besó la mejilla.

—¡Qué bueno eres! —exclamó—. ¡Cómo te quiero!

—No te olvides de telefonear a la canguro.

—No, la llamaré esta misma noche —dijo.

El jueves y el viernes pasaron muy aprisa y, de repente, llegó el sábado. El día «D». Me levanté presa de una excitación loca. Después de desayunar me sentí incapaz de estarme quieto, así que salí a lavar el coche. Estaba en plena tarea cuando Jerry apareció por el boquete del seto, pipa en boca.

—Hola, chico. Ha llegado el día.

—Ya lo sé —dije.

También yo tenía una pipa en la boca. Hacía un gran esfuerzo por fumármela, pero me costaba mantenerla encendida y el humo me quemaba la lengua.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Jerry.

—De primera —repliqué—. ¿Y tú?

—Algo nervioso —dijo.

—No te pongas nervioso, Jerry.

—Lo que vamos a hacer es una barbaridad —dijo—. Espero que nos salga bien.

Seguí sacándole brillo al parabrisas. Era la primera vez que veía a Jerry asustado por algo. Me preocupó un poco.

—Me alegra saber que no somos los primeros en intentarlo —dijo—. Si nadie lo hubiera hecho anteriormente, no creo que me atreviese.

—Estoy de acuerdo —dije.

—Lo que me impide ponerme demasiado nervioso —prosiguió— es el hecho de que tu amigo lo encontrase tan fantásticamente fácil.

—Mi amigo dijo que es cosa de coser y cantar —dije—. Pero por el amor de Dios, Jerry, ¡no te pongas nervioso ahora que ya falta poco! Sería un desastre.

—No te preocupes —dijo—. ¡Pero es excitante! ¿Verdad?

—Desde luego que lo es —dije.

—Escucha —dijo—. Será mejor que esta noche seamos prudentes con la bebida.

—Buena idea —dije—. Nos veremos a las ocho y media.

A las ocho y media Samantha, Jerry, Mary y yo salimos en el coche de Jerry hacia el restaurante Billy's, cuya especialidad eran los filetes. A pesar de su nombre, el restaurante era caro y de mucha clase, y las chicas se habían vestido de largo para la ocasión. 

Samantha llevaba algo de color verde que no empezaba hasta llegar a la mitad de su seno y yo no recordaba haberla visto jamás tan hermosa como aquella noche. En nuestra mesa había velas. Samantha se sentó enfrente de mí y, cada vez que se inclinaba hacia adelante, acercando el rostro a la luz de las velas, podía ver aquella diminuta cresta de piel en el centro de su labio inferior.

—Vamos a ver —dijo, cogiendo el menú que el camarero le ofrecía—. ¿Qué voy a tomar esta noche?

«¡Jo, jo, jo! —pensé—. ¡He aquí una buena pregunta!». Todo fue como una seda en el restaurante y las chicas se lo pasaron muy bien. Cuando regresamos a casa de Jerry eran las doce menos cuarto. Samantha nos invitó a entrar para tomarnos una última copa.

—Gracias —dije—, pero es un poquitín tarde. Y tengo que llevar a la canguro en coche a su casa.

Así que Mary y yo cruzamos el seto.

«Ahora —me dije al entrar por la puerta principal—. Ahora empieza la cuenta atrás. Tengo que mantener la cabeza despejada y no olvidarme de nada».

Mientras Mary pagaba a la canguro, me dirigí a la nevera y encontré un trozo de queso canadiense. Saqué un cuchillo del cajón y un rollo de esparadrapo del armario. Me envolví con esparadrapo la punta del dedo índice de la mano derecha y esperé a que Mary se volviera hacia mí.

—Me he cortado —dije, levantando el dedo para que lo viese—. No es nada, pero sangra un poquito.

—Creía que ya habías comido suficiente por hoy —fue todo lo que dijo.

Pero el esparadrapo se le grabó en la mente y con ello quedó cumplida la primera parte de mi misión.

Llevé a la canguro a su casa y, cuando volví y entré en el dormitorio, eran casi las doce y Mary ya estaba medio dormida con la luz apagada. Apagué la lámpara de mi mesita de noche y entré en el baño para desnudarme. Me entretuve allí durante unos diez minutos y, al salir, Mary, como esperaba, ya estaba bien dormida. 

Me pareció que no valía la pena meterme en la cama con ella. Así que me limité a apartar un poco la ropa de mi lado para que a Jerry le resultase más fácil acostarse; luego, con las zapatillas puestas, bajé a la cocina y enchufé la cafetera eléctrica. Eran las doce y diecisiete minutos. Faltaban cuarenta y tres minutos.

A las doce treinta y cinco minutos subí a comprobar si Mary y los niños dormían. Todo el mundo dormía a pierna suelta.

A las doce cincuenta y cinco minutos, cinco minutos antes de la hora cero, volví a subir para llevar a cabo una última comprobación. Me acerqué directamente a Mary y susurré su nombre. No contestó. Espléndido.

«¡Llegó la hora! —pensé—. ¡En marcha!».

Me puse un impermeable marrón sobre el pijama y apagué la luz de la cocina para que toda la casa quedara a oscuras. Cerré de golpe la puerta principal. Y luego, sintiendo una gran euforia, salí de la casa y me interné en la noche.

En nuestra calle no había faroles. Tampoco había luna ni se veía una sola estrella. La noche era negra, negrísima, pero el aire era cálido y soplaba un poco de brisa procedente de alguna parte.

Dirigí mis pasos hacia el boquete del seto. Cuando estuve muy cerca conseguí distinguir el seto y encontré el boquete. Me quedé esperando allí. Luego oí los pasos de Jerry acercándose.

—Hola, chico —susurró—. ¿Todo en orden?

—Lo tienes todo preparado —contesté, también susurrando.

Siguió su camino; oí sus pies calzados con zapatillas cruzando el césped en dirección a mi casa. Eché a andar hacia la suya.

Abrí la puerta principal de Jerry. Dentro estaba aún más negro que fuera. Cerré la puerta con cuidado. Me quité el impermeable y lo colgué en el tirador de la puerta. Después me quité las zapatillas y las dejé contra la pared, al lado de la puerta. Me era literalmente imposible ver mis propias manos. Tenía que hacerlo todo a tientas.

Me alegré de que Jerry me hubiese hecho practicar con los ojos vendados durante tantas horas. No eran mis pies sino mis dedos los que me guiaban. Los dedos de una mano o de la otra en ningún momento dejaban de estar en contacto con alguna cosa: una pared, la barandilla, un mueble, la cortina de alguna ventana. 

En todo momento sabía o creía saber exactamente dónde me encontraba. Pero sentía un no sé qué extraño al cruzar de puntillas la casa de otra persona en plena noche. Mientras subía a tientas la escalera me puse a pensar en los ladrones que habían entrado en nuestra casa el invierno pasado y se habían llevado el televisor. Cuando vino la policía al día siguiente les enseñé el enorme excremento que yacía sobre la nieve enfrente del garaje.

—Casi siempre hacen eso —dijo uno de los policías—. No pueden evitarlo. Están asustados.

Llegué a lo alto de las escaleras. Crucé el descansillo sin dejar de palpar la pared con los dedos de la mano derecha. Empecé a caminar por el pasillo, pero me detuve cuando mi mano encontró la puerta de la primera habitación de los niños. 

Estaba ligeramente entreabierta. Agucé el oído. Hasta mí llegó la respiración acompasada de Robert Rainbow, de ocho años de edad. Seguí avanzando. Encontré la puerta del segundo dormitorio de los niños. Este era el de Billy, de seis años, y de Amanda, de tres. Me quedé unos segundos escuchando. Todo iba bien.

El dormitorio principal estaba al final del pasillo, unos cuatro metros más allá. Llegué a la puerta. De acuerdo con los planes, Jerry la había dejado abierta. Entré. Me quedé absolutamente inmóvil a pocos pasos de la puerta, escuchando atentamente por si se oía alguna señal de que Samantha estaba despierta. El silencio era total. Fui palpando la pared hasta que llegué al lado de la cama donde dormía Samantha. 

Inmediatamente me arrodillé y busqué el enchufe de la lámpara de su mesita de noche. Extraje la clavija y la deposité sobre la alfombra. Muy bien. Ahora había menos peligro. Me levanté. No podía ver a Samantha y al principio tampoco podía oír nada. Me incliné sobre la cama. Ah, sí, pude oír su respiración. 

De repente llegó hasta mi nariz una vaharada del fuerte perfume de almizcle que se había puesto aquella noche. Sentí que la sangre bajaba corriendo hacia mis ingles. Rápidamente me dirigí de puntillas hacia el otro lado de la cama, palpando suavemente el borde de esta con dos dedos.

Lo único que me faltaba por hacer era meterme dentro. Así lo hice, pero, al apoyar el peso de mi cuerpo sobre el colchón, el crujido de los muelles del somier sonó como si alguien estuviera disparando un fusil en la alcoba. Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración. 

El corazón me latía como una máquina en la garganta. Samantha estaba de espaldas a mí. No se movió. Tiré de la ropa de la cama hasta cubrirme el pecho y me volví hacia ella. Un calorcillo femenino salía de su cuerpo y me envolvía. ¡Adelante! ¡Ahora!

Alargué una mano y le toqué el cuerpo. Su camisón era cálido y sedoso. Apoyé la mano suavemente en sus muslos. Siguió sin moverse. Esperé uno o dos minutos, luego dejé que la mano apoyada en el muslo avanzara e iniciase las exploraciones. Lentamente, deliberadamente y muy acertadamente mis dedos empezaron el proceso de enardecerla.

Samantha se movió. Dio media vuelta y quedó boca arriba. Luego, con voz soñolienta, murmuró:

—¡Oh, querido!... ¡Oh, queridísimo!... ¡Santo cielo, amor!...

Yo, por supuesto, no dije nada. Me limité a proseguir la tarea.

Pasaron un par de minutos.

Samantha yacía completamente inmóvil.

Pasó otro minuto. Luego otro. Ella no movió ni un músculo.

Empecé a preguntarme cuánto tiempo tardaría en encenderse.

Perseveré.

Pero ¿por qué aquel silencio? ¿Por qué aquella inmovilidad absoluta y total, aquella postura paralizada?

De repente di con la explicación. ¡Me había olvidado por completo de Jerry! ¡Era tal mi excitación que me había olvidado completamente de su procedimiento personal! ¡Lo estaba haciendo a mi manera en vez de a la suya! Su forma de hacerlo era mucho más compleja que la mía. Era ridículamente complicada. Era de todo punto innecesaria. Pero era la rutina a la que Samantha estaba acostumbrada. Y ahora se daba cuenta de la diferencia y trataba de adivinar qué diantres estaba pasando.

Pero ya era demasiado tarde para cambiar de dirección. Tenía que seguir.

Seguí. La mujer que yacía a mi lado era como un muelle enroscado. Noté la tensión debajo de su piel. Empecé a sudar.

De repente profirió un gemido extraño.

Más pensamientos horribles cruzaron por mi cerebro. ¿Estaría enferma? ¿Le estaría dando un ataque al corazón? ¿Debía yo salir pitando de allí?

Samantha volvió a gruñir, esta vez más fuerte. De pronto exclamó: «¡Sí-sí-sí-sí-sí!» y, al igual que una bomba cuya mecha retardada hubiese alcanzado por fin la dinamita, hizo explosión y volvió a la vida. Me apresó entre sus brazos y vino por mí con tan increíble ferocidad que tuve la sensación de ser atacado por un tigre.

¿O sería mejor decir «tigresa»?

Ni en sueños había pensado que una mujer pudiera hacer las cosas que Samantha me hizo a continuación. Era un torbellino, un torbellino deslumbrante y frenético que me arrancó de raíz y me hizo girar y girar elevándome hacia el firmamento, hacia lugares de cuya existencia nada sabía.

Yo no aporté nada. ¿Cómo podía aportar algo? Me veía reducido a la impotencia. Yo era la hoja de palmera girando y girando por los aires, el cordero entre las garras del tigre. Apenas si podía respirar.

A pesar de todo, resultó excitante rendirse ante una mujer violenta y durante los siguientes diez, veinte, treinta minutos —¿cómo iba a saber exactamente cuánto tiempo?— la tormenta siguió rugiendo. Mas no es mi intención obsequiar al lector con detalles escabrosos. No soy partidario de lavar la ropa en público. Lo siento, pero no hay que darle más vueltas. 

Espero, sin embargo, que mi reticencia no cause un anticlímax demasiado fuerte. Desde luego, no hubo ningún «anti» en mi propio clímax y durante el último y abrasador paroxismo proferí un grito que debería haber despertado a todo el vecindario. Luego me derrumbé y quedé como un odre vacío.

Samantha, como si no hubiera hecho más que beberse un vaso de agua, se limitó a volverse de espaldas a mí y dormirse de nuevo.

¡Puf!

Me quedé quieto, recuperándome poco a poco.

Como verán, había acertado en lo que dije acerca de aquella cosita que tenía en el labio inferior, ¿no es verdad?

Ahora que lo pienso, había acertado más o menos en todo lo referente a aquella increíble aventura. ¡Qué triunfo! Me sentía maravillosamente relajado y exhausto.

Me pregunté qué hora sería. Mi reloj no era luminoso. Lo mejor era que me fuese ya. Me levanté de la cama. A tientas, aunque esta vez no tan cautelosamente como antes, di la vuelta a la cama, salí del dormitorio, recorrí el pasillo, bajé las escaleras y entré en el vestíbulo de la casa. 

Encontré mi impermeable y las zapatillas. Me los puse. Llevaba un encendedor en el bolsillo del impermeable. Lo utilicé para ver qué hora era. Faltaban ocho minutos para las dos. Era más tarde de lo que me figuraba. Abrí la puerta principal y salí a la negra noche.

Mis pensamientos comenzaron a concentrarse en Jerry. ¿Estaría bien? ¿Se habría salido con la suya? Avancé en la oscuridad hacia el boquete del seto.

—Hola, chico —susurró una voz a mi lado.

—¡Jerry!

—¿Todo bien? —preguntó Jerry.

—Fantástico —dije—. Asombroso. ¿Y tú... qué?

—Lo mismo —dijo. Vi sus dientes blancos sonriéndome en la oscuridad—. ¡Lo hemos conseguido, Vic! —susurró, tocándome el brazo—. ¡Tenías razón! ¡Ha funcionado! ¡Ha sido sensacional!

—Nos veremos mañana —susurré—. Vete a casa.

Nos separamos. Crucé el seto y entré en mi casa. Al cabo de tres minutos me encontraba de vuelta en mi cama, sano y salvo, con mi propia esposa durmiendo profundamente a mi lado.

El día siguiente era domingo. Me levanté a las ocho y media y bajé en pijama y bata a preparar el desayuno para la familia, como hago todos los domingos. Mary seguía durmiendo arriba. Los dos chicos, Víctor, de nueve años, y Wally, de tres, ya estaban abajo.

—Hola, papá —dijo Wally.

—Voy a preparar algo nuevo para el desayuno —anuncié.

—¿Qué? —dijeron los dos chicos al unísono.

Habían ido al pueblo a buscar el periódico dominical y en aquel momento estaban leyendo las historietas de dibujos.

—Prepararemos unas tostadas, las untaremos con mantequilla y extenderemos mermelada de naranja encima —dije—. Luego colocaremos unas lonjas de tocino sobre la mermelada.

—¡Tocino! —exclamó Víctor—. ¡Con mermelada de naranja!

—Ya lo sé. Pero espera a probarlo. Es delicioso.

Saqué el zumo de pomelo y me bebí dos vasos. Puse otro sobre la mesa para cuando Mary bajase. Enchufé la cafetera eléctrica, metí el pan en la tostadora y empecé a freír el tocino. En eso estaba cuando Mary entró en la cocina. Llevaba una prenda de gasa vaporosa, color melocotón, encima del camisón.

—Buenos días —dije, observándola por encima del hombro mientras manipulaba la sartén.

No contestó. Se dirigió hacia la silla que solía ocupar ante la mesa de la cocina y se sentó. Luego empezó a beberse el zumo de pomelo. No me miró ni miró a los chicos. Seguí friendo el tocino.

—Hola, mami —dijo Wally. Tampoco esta vez contestó.

El olor de la grasa del tocino empezaba a revolverme el estómago.

—Me apetecería un poco de café —dijo Mary, sin apartar los ojos de la mesa. Su voz resultaba muy extraña.

—Marchando —dije.

Aparté la sartén del fuego y rápidamente preparé una taza de café instantáneo sin leche. Luego la coloqué ante ella.

—Muchachos —dijo Mary, dirigiéndose a los niños—. ¿Os importaría ir a leer en otra parte hasta que el desayuno esté preparado?

—¿Nosotros? —dijo Víctor—. ¿Por qué?

—Porque yo lo digo.

—¿Estamos haciendo algo malo? —preguntó Wally.

—No, cariño, no. Simplemente quiero estar a solas con papá un momento.

Sentí que me encogía dentro del pellejo y me entraron ganas de salir corriendo. Quería salir pitando por la puerta principal, correr calle abajo y esconderme en alguna parte.

—Sírvete una taza de café, Vic —dijo Mary— y siéntate.

Su voz era completamente inexpresiva. No había enfado en ella. Simplemente no había nada. Y seguía sin mirarme directamente. Los chicos salieron llevándose consigo la parte del periódico donde estaban las historietas de dibujos.

—Cerrad la puerta —les dijo Mary.

Eché una cucharadita de café en polvo en mi taza y vertí agua hirviendo encima. Después añadí leche y azúcar. El silencio era apabullante. Me acerqué a la mesa y me senté ante Mary. Tuve la sensación de haberme sentado en la silla eléctrica.

—Escúchame, Vic —dijo ella, mirando el interior de su taza de café—. Quiero dejar esto bien sentado antes de que pierda el dominio de mí misma y no pueda decirlo.

—¡Por el amor de Dios! ¿A qué viene tanto drama? —pregunté—. ¿Ha ocurrido algo?

—Sí, Vic, ha ocurrido algo.

—¿Qué?

Estaba pálida, inexpresiva y distante, inconsciente de la cocina a su alrededor.

—Adelante, pues, ¡desembucha! —dije, haciendo acopio de valor.

—Lo que voy a decir no te gustará mucho —dijo, y sus ojos grandes y azules, obsesionados, se posaron unos instantes en mi cara antes de clavarse de nuevo en la taza de café.

—¿Qué es eso que no va a gustarme mucho? —pregunté.

El terror empezaba a revolverme las tripas. Me sentía igual que los ladrones de los que me hablara el policía.

—Ya sabes que detesto hablar de hacer el amor y de esa clase de cosas —dijo—. No te he hablado ni una sola vez de ello en todo el tiempo que llevamos casados.

—Es verdad —dije.

Bebió un sorbo de café, pero sin paladearlo.

—La verdad es —dijo— que nunca me ha gustado. Si de veras quieres saberlo, es algo que siempre he detestado.

—¿Qué es lo que siempre has detestado? —pregunté.

—El sexo —dijo—. Hacerlo.

—¡Santo Dios! —exclamé.

—Nunca me ha proporcionado siquiera un ápice de placer.

La declaración resultaba demoledora de por sí, pero lo peor aún no había llegado. Estaba seguro de ello.

—Lo lamento si te has llevado una sorpresa —añadió.

No se me ocurrió nada que decir, así que permanecí callado.

Sus ojos volvieron a apartarse de la taza y se clavaron en los míos, vigilantes, como si estuviesen calculando algo; luego se posaron de nuevo en la taza.

—No pensaba decírtelo jamás —prosiguió—. Y nunca te lo hubiera dicho de no ser por lo de anoche.

—¿Qué ocurrió anoche? —preguntó despacio.

—Pues anoche —dijo— averigüé la verdad de todo el asunto.

—¿De veras?

Me miró directamente; su cara estaba abierta como una flor.

—Sí —dije—. Tal como te digo. No me moví.

—¡Cariño! —exclamó, levantándose de un salto, abalanzándose sobre mí y dándome un beso enorme—. ¡Muchísimas gracias por lo de anoche! ¡Estuviste maravilloso! ¡Y yo estuve maravillosa! ¡Los dos estuvimos maravillosos! ¡No pongas esa cara tan azorada, cariño mío! ¡Deberías sentirte orgulloso de ti mismo! ¡Estuviste fantástico! ¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Te quiero!

Seguí sentado, sin reaccionar.

Se inclinó ante mí y me rodeó los hombros con un brazo.

—Y ahora —dijo dulcemente—. Ahora que has... no sé muy bien cómo decirlo... ahora que has descubierto qué es lo que necesito... ¡a partir de ahora todo va a ser maravilloso!

Seguí inmovilizado en la silla. Mary regresó lentamente a la suya. Una gruesa lágrima surcaba una de sus mejillas. No acerté a explicarme el porqué.

—He hecho bien en decírtelo, ¿verdad? —dijo, sonriendo a través de sus lágrimas.

—Sí —dije—. Desde luego.

Me levanté y me acerqué a la cocina eléctrica para no tener que mirarla cara a cara. Por la ventana de la cocina vi a Jerry que cruzaba su jardín con el periódico dominical bajo el brazo. Había cierto ritmo alegre en su caminar, una especie de saltito de triunfo en cada paso que daba y, al llegar a los escalones del porche, los subió de dos en dos.

Asignación - James Cross

—Creo que Howard ha conseguido aquí un concepto muy audaz, J. L. —dijo con entusiasmo Weatherby Fallstone III—. Muy fuerte.

Se detuvo, sonriéndole a Howard Grafton a través de la larga mesa.

—Abre nuevos caminos —siguió diciendo—. Es algo nuevo, completamente nuevo. No creo que hayamos hecho nunca nada como esto. Quiero paladearlo un rato en mi boca para saborear su gusto.

Observó la imperceptible sombra que se extendió por el rostro de J. L. Girton. «Muy ingenioso, Fallstone —pensó—. Algo que no se parece en nada a lo que hemos hecho en el pasado, a lo que J. L. Girton ha aprobado o inventado, a lo que ya empezaba a resultar anticuado. Algo más nuevo y mejor que lo de J. L. Veamos cómo esa comadreja de Grafton sale de esto».

—Creo que Weatherby me está alabando demasiado —dijo Grafton cuidadosamente—. En realidad, se trata de una recombinación de unas pocas ideas que J. L. ya esbozó en 1958. Si parece algo nuevo y fresco... bueno, eso no es más que un tributo a la vitalidad de los conceptos de donde los he extraído.

«Atrapado como un ratón —pensó Fallstone—, y por ese astuto hijo de perra».

—Lo comprendo —dijo Fallstone—. Los fundamentos básicos no cambian. Creo que es usted un ganador, Howard —siguió diciendo con generosidad.

—Parece un pensamiento creativo, Howard —dijo J. L. con decisión—. ¿Qué le parece a usted, Eldon?

La cabeza blanca del vicepresidente encargado de las relaciones con los clientes se sacudió bruscamente y sus ojos parpadearon una o dos veces. Eldon Smith no había estado completamente dormido, pero eso habría sido algo difícil de probar ante los hombres que le observaban, cuidadosamente y sin compasión alguna.

—Quizá... —dijo lentamente—, quizá debamos consultarlo con la almohada.

—Creía que eso ya lo había hecho usted, Eldon.

—Claro que no, J. L. Lo que sucede es que cerrar los ojos me ayuda a visualizar las ideas.

J. L. le miró fríamente. Después sonrió, girando su vista alrededor de la mesa.

—Con esto hemos terminado. Gracias, caballeros.

Los ejecutivos de J. L. Girton y Asociados empezaron a recoger tranquilamente sus papeles.

—¡Ah, Howard! —dijo J. L.—. Quédese un momento. Y usted también, Weatherby.

—Un buen plan, Howard —dijo J. L. cuando los tres hombres se encontraron solos—. Me gustan los hombres que son capaces de trabajar creativamente sin perder el contacto con conceptos de sonido y de gusto.

El rostro redondo, suave y blanco de Grafton expresó una gran gratitud y sinceridad, como si aquellas sensaciones se las hubiera aplicado con una crema facial. Miró a J. L. directamente a los ojos.

—Gracias, J. L. —dijo modestamente—. Solo espero poder llevarlo a cabo.

Después miró a Fallstone de soslayo. «Este sí que es grande —pensó—. Apuesto a que ese demacrado bastardo se está mordiendo las uñas por dentro».

—Sin embargo —siguió diciendo J. L.—, será un verdadero desafío. Es por eso por lo que le he pedido a Weatherby que se quede. Va a dejar su viejo equipo y lo van a trabajar entre ustedes dos. Creo que pueden hacer un buen trabajo.

—Eso es gracioso, J. L. —dijo Fallstone con entusiasmo—. Entre nosotros convertiremos esas ideas en algo sólido.

—Bien, manos a la obra. Cuando hayan trazado un plan de operación adecuado, que Frank Baker elabore los detalles internos.

Los dos hombres se detuvieron un momento ante la puerta, en una elaborada charada de amistosa cortesía. Entonces Fallstone, el más alto, puso su mano sobre el hombro de Grafton de un modo tan afectuoso que resultaba imposible tomarlo como una ofensa, y empezó a empujarle suavemente a través de la puerta.

—¡Oh, a propósito! —dijo J. L.—. Creo que deben saber una cosa. Cierre la puerta un momento, Weatherby. Eldon Smith se retirará a finales de este año. Me temo que ya está un poco en decadencia. Está bien, eso es todo lo que deseaba decirles.

El despacho de Howard Grafton era el más cercano, por lo que llegó a él unos segundos antes de que Weatherby Fallstone llegara a su cubículo idéntico... idéntico en metros cuadrados, en mobiliario, en ventanas. «Pero el mío está más cerca del de J. L. —pensó Grafton por un momento, antes de darse cuenta de que la elección de despachos para los dos hombres había sido originalmente decidida por el prosaico procedimiento de lanzar una moneda al aire, procedimiento que fue acompañado de bromas bien intencionadas e incluso, por parte del ganador, del ofrecimiento de permitir elegir primero al perdedor—, si es que eso significa tanto para él».

Grafton se quedó sentado tranquilamente. Sabía que a unos pocos metros de distancia Fallstone estaba sentado en el mismo tipo de sillón móvil de ejecutivo, forrado de cuero —de imitación—, y pensando justamente en lo mismo que él. Había quedado más claro que cualquier otra cosa en J. L. Girton y Asociados. Se les había dicho, tan directamente como nunca habrían supuesto, que en algún momento antes de finalizar el año, cuando el viejo Eldon Smith se retirara, uno de ellos se convertiría en el nuevo vicepresidente encargado de las relaciones con los clientes. Y se les había dicho también que empezaran a competir por el puesto y que J. L. mantendría un ojo sobre cada uno de ellos. El bajo, rechoncho y genial Grafton contra el alto, delgado y entusiasta Fallstone.

Aquella noche, cuando Grafton llegó a casa se lo contó todo a su esposa. Lenore Grafton era una mujer delgada, con buenas curvas y rubia. Algún día se convertiría en una mujer demasiado gruesa, pero por el momento había alcanzado una madura perfección. Era bastante más astuta que su esposo, pero una buena parte de aquella inteligencia la malgastaba con la constante necesidad de que él no se diera cuenta de este hecho.

—Creo que será mejor invitar pronto a J. L. y a su esposa a cenar —dijo ella—. Con esa espantosa mujer que tiene, él debe estar muriéndose de ganas de tomar una comida decente.

—Y un rostro bonito al que mirar —dijo Grafton con una elaborada despreocupación.

Estaba recordando el momento en que entró en la cocina, durante aquella reunión, y vio a J. L. y a Lenore apretados contra el fregadero, mientras ella sostenía aún un cuenco con cubos de hielo en una mano. Estaban demasiado ocupados para verle y él se retiró y volvió al cabo de un minuto o poco después, haciendo todo el ruido preliminar que pudo antes de entrar.

Lenore le observó reflexivamente por un momento, como si estuviera recibiendo un mensaje que no estaba muy segura de querer recibir. Después se dirigió hacia la mesa de despacho que había en el extremo de la habitación y cogió el cuaderno de notas en el que apuntaba sus citas.

—Puede ser cualquier día después de esta semana —dijo—. Yo me encargaré de llamarla. No vamos a llevar las cosas demasiado deprisa.

La cena fue un gran éxito, al menos para J. L. Girton y para Lenore. Ella se mostró lo bastante discreta, aunque habló con él tanto como con todos los demás invitados juntos. Se sentó infantilmente en el suelo, a los pies de la silla de J. L., riendo al escuchar cada uno de sus chistes, reaccionando ante sus anécdotas autobiográficas con unos ojos abiertos llenos de admiración y un interés que, en más de una ocasión, la hizo inclinarse adelante lo suficiente como para que él captara el máximo efecto posible de su décolletage. Incluso cuando no estaba con él, se sentaba frente a él al otro lado de la habitación, en el ángulo adecuado para que él no dejara nunca de ver las excelentes piernas, únicamente semicubiertas por el arremolinado y corto vestido de discothèque.

Como consecuencia de todo ello, Grafton tuvo que dirigir la mayor parte de sus obligaciones como anfitrión a mistress Girton, una arpía escuálida, marchita y que siempre se estaba quejando de algo. Dijo mucho en favor de su encanto y de su genialidad el hecho de que fuera capaz de distraerla durante toda la noche sin que ella se diera cuenta del comportamiento de su esposo.

Lenore dijo que no le gustaba Nueva York en el verano. El calor y las multitudes le hacían perder el ánimo. No había nada nuevo en los teatros por esa época; la ciudad estaba llena de turistas; las tiendas no hacían otra cosa que vender los restos de sus pasados errores. Le gustaba jugar al golf o al tenis, o estar echada bajo el sol, en la playa, y después tomar una ducha fría, o bien quedarse en su casa, que tenía aire acondicionado, y leer.

Así pues, Grafton quedó un poco sorprendido cuando ella empezó a acudir a Nueva York una o dos veces a la semana... durante dos meses en los que hizo uno de los veranos más calurosos que jamás había pasado la ciudad. Según le decía, llegaba a la ciudad antes del mediodía, miraba los escaparates, almorzaba y pasaba la tarde en un museo o, de vez en cuando, iba a ver una película. A veces cogía el tren de regreso inmediatamente anterior al suyo; en otras ocasiones se quedaba y los dos cenaban juntos. 

Él no deseaba saber demasiado sobre lo que ella hacía en la ciudad, así que no planteó muchas preguntas. No deseaba pensar en ello, como tampoco quería pensar en el hecho de que J. L. pareciera tener más compromisos que nunca para almorzar con clientes, mientras que, al parecer, había decidido mejorar su habilidad en el golf tomándose libres varias tardes a la semana. Solo en una ocasión se acercó tangencialmente a la cuestión, y eso solo ocurrió un viernes por la noche, antes de cenar y después de haber bebido algunas copas.

—Me siento un poco preocupado sobre mi posición con J. L. —dijo—. Tengo la impresión de que no le estoy viendo tanto como solía verle antes. Siempre está fuera de la oficina.

—En tu lugar, Howie, no me preocuparía mucho por eso. Creo que te aprecia mucho; y lo que es más, creo que vas a conseguir ese puesto.

Eso, sin embargo, fue antes de la cena en casa de los Fallstone. Lenore no se encontraba bien en aquella ocasión. Su nariz estaba roja, hinchada y goteaba como consecuencia de un resfriado de verano; su voz era ronca. Aquella noche Grafton se pasó bastante tiempo solo con ella y, aunque se marcharon temprano, tuvo el tiempo suficiente para ver cómo Marcia Fallstone manejaba a J. L. Ella era una mujer alta y delgada y muy elegante, y J. L. fue como un conejo con una cobra.

—Ese hijo de perra —se dijo a sí mismo mientras conducía el coche de regreso a casa.

Durante las siguientes semanas J. L. continuó manteniendo su ritmo lento de trabajo, aunque Lenore ya no acudía a la ciudad. Una tarde, en el pasillo, Grafton pasó ante la puerta abierta del despacho de Fallstone y le vio hablando con Frank Baker.

—Vale la pena verlo —dijo Fallstone—. Marcia y yo lo vimos anoche. Ella está ahora en el campo; pero de este modo, cuando viene, podemos pasar una noche o dos a la semana en la ciudad.

—Ese hijo de perra —se volvió a decir Grafton, sabiendo que todo estaba aún en un punto muerto.

Cuando, aproximadamente una semana más tarde, J. L. regresó abruptamente a su ritmo normal de trabajo en la oficina, Grafton se sintió seguro de ello.

Todavía era verano, aunque ya se estaba acabando el buen tiempo y a veces las noches resultaban un poco frías sin la calefacción. Grafton miró fijamente y con un gesto taciturno el contenido de su quinto martini, sin desear mirar a su esposa, que llevaba puesto el vestido rojo que le dejaba la espalda al aire.

—Tengo frío, Howie —dijo ella—. ¿Quieres acercarme ese chal... el italiano? No quiero coger un resfriado.

—¡No quiero coger un resfriado! —exclamó él salvajemente, imitándola con un tono de rabia en su voz—. ¿Por qué no te cuidaste hace un mes? Por lo que a mí respecta, puedes coger una neumonía si quieres.

Ella le miró fría y especulativamente durante un momento, como si estuviera examinando una nueva forma de vida, pero no dijo nada. Él pudo observar la ligera y casi imperceptible sonrisa que se esbozó en su boca antes de que ella se volviera y abandonara la habitación. 

Y entonces Howard Grafton supo que aquella vicepresidencia no era simplemente algo que deseara conseguir, sino algo que tenía que alcanzar porque no le quedaba ya otra cosa.

Al día siguiente, después del trabajo, se detuvo en el bar del Biltmore y empezó a beber seriamente. Aquella noche no fue a casa, sino que se quedó en un hotel. A la mañana siguiente llegó muy tarde a trabajar y su cabeza le molestó durante el resto del día. Le consoló algo, aunque no lo suficiente, observar que Weatherby Fallstone también estaba pasando por un mal trago.

Aquella misma noche, en casa, Grafton se encerró en la biblioteca con su quinta copa de whisky escocés y trató de pensar. Iría a ver a Fallstone y se lo expondría directamente: echarían una moneda al aire y el que perdiera abandonaría la empresa J. L. Girton y Asociados. «Al diablo —terminó pensando—. ¡Nada de tratos con ese tramposo bastardo! 

Contrataría los servicios de un detective privado, conseguiría todo un dosier sobre Fallstone y se lo entregaría a J. L.». Tardó treinta segundos en desembarazarse de aquella idea... no disponía del dinero necesario; por otra parte, J. L. podía reaccionar despidiéndole a él. Además, el detective de Fallstone, si es que él también decidía contratar a uno, podría hacer un trabajo igual de bueno sobre Grafton. 

Jugó con la posibilidad de suministrar los datos más jugosos a un columnista de Broadway, pero ¿quién diablos imprimiría aquello? Nadie había oído hablar jamás de ninguno de ellos dos. Tampoco podía asesinar a Fallstone; no sabía cómo hacerlo y, además, sentía miedo. No sabía cómo contratar a alguien para que lo hiciera y también tenía miedo de dar ese paso. Cuando ya habían desaparecido las tres cuartas partes de la botella, se dio cuenta de que no podía hacer otra cosa que sudarlo.

Estuvo sudando mucho más después de la reunión del viernes por la mañana. Fallstone fue alabado por J. L. en no menos de tres ocasiones, mientras que uno de los esquemas más queridos de Grafton había sido rechazado por «no estar pensado debidamente». También había sido amonestado por J. L. por hablar durante demasiado tiempo, por interrumpir a Fallstone y finalmente por no prestar atención. 

Cuando la secretaria de J. L. le llamó a primeras horas de la tarde, sus manos empezaron a temblar y sintió como si algo le estuviera royendo el estómago. Masticó rápidamente tres pastillas de antiácidos y se dirigió al despacho de J. L.

—¡Oh, Howie! —dijo J. L.—. ¿Sabe ese chisme que tiene usted, el que hace agua de soda en el sifón? ¿Me lo quiere traer mañana cuando venga? El mío se ha estropeado y tardaré un par de días en sustituirlo.

—Claro, J. L. —asintió.

«No podré resistir esto por mucho tiempo más», pensó Grafton cuando a la tarde siguiente se dirigió hacia la residencia campestre de J. L. Lenore estaba a su lado, infinitamente deseable, con su traje de satén verde que hacía juego con sus ojos. Pero la máquina de agua de soda estaba en el asiento que había entre ellos, como una espada en el aire. Ella miraba directamente frente a sí. Cuando él le dirigió la palabra, contestó breve y amablemente, pero nunca fue la primera en hablar.

«Tengo una úlcera —pensó Grafton—. Estoy empezando a beber demasiado. Mi esposa me odia; y voy a perder mi trabajo porque tendré que despedirme cuando elijan a Fallstone. No podré resistir esto por mucho más tiempo. Tendré que hacer algo».

Las cosas no mejoraron por el hecho de llegar al mismo tiempo que los Fallstone. Colocó sinceramente una mano sobre el hombro de Fallstone y fue entonces cuando percibió el tic nervioso de su mejilla izquierda, que saltaba como si tuviera vida propia. 

Detrás de ellos las dos mujeres, tras haber expresado pequeños gritos de delicia, se estaban besando mutuamente, a muy pocos milímetros de distancia de la mejilla de la otra. 

Grafton abrazó a Marcia Fallstone, llevando mucho cuidado de no arrugar su vestido. Cuando colocó su mejilla contra la de ella, quedó sorprendido por la irradiación de calor. Cuando los Fallstone avanzaron ante ellos, notó lo amables que cada uno de ellos era para con el otro... «Casi tan amables como Lenore y yo mismo», pensó con una oleada de esperanza.

Solo después de los cócteles y de la cena fría se dio cuenta Grafton, al acudir al bar para tomar su segunda copa, de la presencia de aquel hombre genial, pequeño y de movimientos rápidos, que llevaba aquella monstruosa chaqueta de tartán, una camisa a rayas y una estruendosa corbata.

—Maravillosa reunión —dijo el hombre—. Tendré que venir más a menudo. ¿Conoce usted a míster Girton desde hace mucho tiempo, míster...?

—Grafton. Trabajo en la empresa de J. L., míster...

—Dee. Doctor Dee. Doctor en ciencias humanas, o sea, en cosas sagradas y profanas.

El pequeño hombre emitió una serie de breves risitas que parecían relinchos.

—Sagradas y profanas —repitió—. Eso es como un pequeño chiste mío... a causa de mi negocio.

—¿De qué se trata? —preguntó Grafton.

De algún modo, y sin que él se diera cuenta de ello, el doctor Dee le había sacado de la sala por una puerta que daba a un gran patio, situado junto a la piscina.

—Se trata de una pequeña historia sobre artículos religiosos... libros, imágenes, iconos, todo lo que se pueda desear.

—En ese caso, ¿dónde aparece lo «profano»?

El doctor Dee bajó el tono de su voz.

—Como usted sabe, míster Grafton, hay muchas clases de religiones, ¿y quiénes somos nosotros para decir cuál es la verdadera? Si un cliente quiere una raíz de mandrágora, o una pequeña bolsa que llevar alrededor del cuello, ¿quién soy yo para decirle que no lo haga? Siempre podrá obtener lo que desea en la trastienda. O quizá puede creer que yo soy capaz de ayudarle a conseguir a la chica que desea por medio de una poción amorosa; o posiblemente desee que yo destroce a un enemigo suyo. Yo no le digo que los remedios que aplique tendrán efectividad —decirlo así va en contra de la ley—, pero si él cree que funcionarán, entonces se los venderé en la trastienda.

—¿Y se trata de remedios muy caros?

—¿Los libros religiosos? No, tienen un precio bastante razonable.

—Me refiero a los otros.

—Esos ya son bastante caros. Pero lo que hago es que no pido el pago en el momento de la venta. Solo después, cuando el cliente esté satisfecho.

—¿Y no tiene problemas para cobrar sus honorarios?

—Muy pocos, míster Grafton. Si el cliente está satisfecho, entonces creerá en mí. Y no querrá hacerme esperar mucho para pagarme mi dinero.

—Doctor Dee —dijo Grafton—, como usted sabe, trabajo en el departamento de publicidad. Estoy interesado en alguna de sus ideas, para ver la posibilidad de lanzar una campaña, eso es. Quizá podamos vernos la próxima semana.

—Aquí tiene mi tarjeta, míster Grafton. Mantengo abierto de nueve a nueve. Pero me temo que no podrá ser el lunes por la tarde de la próxima semana. Tengo una cita con mi zapatero. Es un fastidio —siguió diciendo el hombre pequeño—, pero tengo una ligera malformación del talón y mis zapatos me los tienen que hacer a medida. Y, créame, míster Grafton, no tiene usted la menor idea de lo mucho que me cobra ese hombre. Sería mejor andar descalzo.

Grafton bajó la mirada, observando el calzado de Dee. Eran altos, negros y estaban relucientemente limpios, y también eran pequeños, casi diminutos. Había algo de horripilante en su configuración y en un segundo Grafton se dio cuenta de lo que había de erróneo en ellos: eran casi tan anchos como largos; pero a pesar de ello tenía uno la impresión de que, al margen de la deformación, estaban como acolchados. «Pobre diablo —pensó—, debe ser un infierno tener que andar sobre esas cosas y, sin embargo, mantiene su sonrisa».

—Gracias, doctor Dee —dijo Grafton cogiendo la tarjeta—. Quizá vaya a visitarle más tarde durante la semana. Ha sido un placer conocerle.

Servus, míster Grafton.

Más tarde, cuando regresaron a casa, Grafton no estaba muy sobrio. Lenore tuvo que conducir. Durante todo el trayecto Grafton dejó descansar su cabeza sobre el respaldo del asiento, sintiendo un fuerte vértigo mientras todo le daba vueltas en la cabeza; al mismo tiempo se sentía desligado de todo. A pesar de la cantidad de alcohol que había bebido, durmió muy mal, quedándole todo demasiado borroso como para separar los pensamientos de los sueños. 

En un momento el doctor Dee le estaba entregando una gran llave dorada mientras que Lenore y J. L. Girton aplaudían; al momento siguiente se encontraba despierto, sudando y comprobando el estado de su anémica cuenta corriente. «Al diablo con ello —pensó—; nadie puede hacer nada así». Pero se dijo a sí mismo que no tendría que pagar nada hasta que no funcionara. 

Quizá pudiera. «He oído hablar a veces de cosas de chiflados. No tengo nada que perder; ya lo he intentado todo. Si fracasa, no habré perdido nada; y si funciona, valdrá la pena pagarle lo que él quiera cobrar». Después se volvió a dormir, pero en ese rápido segundo que media entre la vigilia y el sueño había tomado una decisión.

Grafton estuvo ocupado con reuniones durante todo el lunes, pero el martes por la mañana tomó el metro de la Lexington Avenue y después anduvo por la Third Street. La tienda del doctor Dee se encontraba en el centro de la manzana, flanqueada por dos grandes comercios de anticuarios. El escaparate estaba lleno de biblias, pinturas religiosas, iconos y crucifijos. En uno de los rincones había una inscripción en letras góticas doradas: «Artículos religiosos, doctor John Dee»; debajo estaba el número de la calle.

La tienda tenía bastante clientela, pero un empleado que tenía el aspecto de un sacerdote malogrado se le acercó y le saludó afectadamente.

—¿Está el doctor Dee? Me pidió que viniera a verle.

—Sígame, por favor, míster Grafton.

Grafton le miró sospechosamente.

—¡El nombre! —exclamó el empleado—. ¡Oh! Eso es bastante fácil. Hay muy pocos clientes que piden ver personalmente al doctor Dee, y ayer nos dijo que un tal míster Grafton podría venir a verle.

El despacho del doctor Dee estaba en el segundo piso, dando a la calle. Grafton no sabía muy bien lo que había esperado... un cocodrilo disecado en la pared, quizá; esqueletos colgados del techo; un sombrero negro de tipo cónico con estrellas de plata en su frente. Pero, en realidad, el despacho era muy similar al suyo, aunque bastante más grande.

El doctor Dee se levantó de su sillón, brillándole los ojos, y estrechó vigorosamente la mano de Grafton.

—Dee-licioso —dijo sonriendo—. «Dee-licioso» es un pequeño chiste mío, por la combinación de palabras. Pero ahora, míster Grafton, vayamos al asunto. Sé que es usted un hombre muy ocupado. Como un buen amigo mío de Nueva Inglaterra; solía tener un cartel sobre su mesa que decía: «EL TIEMPO ES DINERO; VAYA A SU ASUNTO». En cambio yo, me temo que soy demasiado parlanchín. Pero siéntese, míster Grafton, siéntese.

Grafton tomó asiento cuidadosamente en una silla.

—Doctor Dee —dijo lenta y precavidamente—, suponga que existen dos hombres, cada uno de los cuales aspira a conseguir un buen puesto en la empresa donde trabajan.

—¡Qué vergüenza! —exclamó el doctor Dee—. Ataque al corazón, celos, rompimiento de antiguas amistades, insomnio, úlceras, amarga rivalidad. ¡Cuánto no daría yo por evitar tales conflictos, míster Grafton! Pero suelo ver demasiados de ese tipo en mi negocio.

—¿Puede arreglarlo? ¿Puede arreglarlo de modo que una de las personas no consiga el puesto?

El doctor Dee abrió uno de los cajones de su mesa de ejecutivo y sacó una pequeña botella llena de un líquido claro. En lugar de un corcho, en el cuello de la botella había un cuentagotas medicinal. Grafton se la quedó mirando horrorizado.

—No quiero decir eso —dijo rápidamente—. No tiene por qué ser eso. Lo único que deseo es dejarle fuera de la competición. Algo que le haga aparecer con un aspecto malo, que diga cosas tontas, que se convierta en un verdadero tonto durante las reuniones de directivos. Que se corte su propio cuello... figurativamente, claro —añadió con rapidez.

—Usted desea algo que garantice que Weatherby Fallstone no conseguirá la vicepresidencia cuando Eldon Smith se retire —dijo el doctor Dee—. No se sorprenda, míster Grafton. Siempre he pensado que es mucho mejor poner inmediatamente nuestras cartas sobre la mesa.

—¿Cómo sabe que se trata de Fallstone? —preguntó Grafton sospechosamente.

—Mi querido míster Grafton, voy de un lado a otro, asisto a fiestas y reuniones, aparte de que leo las Sagradas Escrituras —el doctor Dee parpadeó genialmente—. Voy de un lado a otro de la tierra, y subo y bajo en ella, y quedaría usted sorprendido de saber la gran cantidad de cosas que atraen mi atención.

De algún modo, toda aquella cuestión seguía siendo extraña y perturbadora para Grafton. Sin embargo, hizo la siguiente e inevitable pregunta, porque, en realidad, ya no podía hacer otra cosa:

—¿Puede hacerlo?

—Claro que sí, míster Grafton. Resultará bastante fácil. Tengo precisamente el método adecuado.

El doctor Dee se inclinó hacia la otra parte de la mesa y sacó un pequeño muñeco. Lo puso en las manos de Grafton. Estaba hecho de un plástico muy parecido a la carne y, durante un terrible momento, Grafton pensó que se movía por sí solo. Le dio la vuelta y miró su rostro; entonces se sintió realmente enfermo. Era una reproducción perfecta de Weatherby Fallstone, de la cabeza a los pies, con su traje blanco, su corbata negra y sus pantalones de franela gris.

—No se alarme, míster Grafton. Pensé que era esto lo que estaba deseando, así es que me tomé la libertad de hacerlo construir con anterioridad. Este plástico moderno es un material fantástico.

—¿Y qué hago yo con esto?

—Limítese a coger un alfiler normal, del tipo de los que se suelen poner en una camisa nueva, y aplíquelo al muñeco como crea más efectivo. Si lo clava en el hombro, producirá una repentina y agonizante bursitis que garantizará una oleada de dolor. En el abdomen, en cambio, producirá un violento ataque de úlcera. Abra la boca, míster Grafton... es muy fácil; vea cómo se mueve la mandíbula inferior. Si rasca en el cuello, tendrá repentinos vómitos en público... y eso es algo muy incómodo. Si prefiere arañar la lengua —¿ve la pequeña lengua roja?—, balbuceará, literalmente; no se entenderán sus palabras. Eso no le ayudará nada a hacer una presentación a un cliente. O quizá prefiera rascarle las costillas con la aguja. Sentirá entonces unas cosquillas incontrolables que le harán echarse a reír, como una joven histérica. Seguramente, todo eso no le recomendará muy bien para un ascenso.

—¿Existe alguna forma particular de hacerlo?

—Ligeramente, ligeramente, míster Grafton. Con suavidad, con mucha suavidad. Una ligera y continua presión o roce con la punta de la aguja, y podrá seguir utilizando el método siempre que quiera. Pero no introduzca la aguja en el muñeco dejándola clavada en él, porque entonces se encontrará con un hombre muerto. Y recuerdo muy bien lo sensible que es usted en esa cuestión.

—Me lo llevaré —dijo Grafton, deseando marcharse cuanto antes—. ¿Cuánto le debo?

—Mil dólares, una vez que haya quedado usted satisfecho.

—¿Me garantiza que esto colocará a Fallstone fuera de la competición por el puesto?

—Se lo garantizo, míster Grafton, aunque quizá sea ilegal decirlo así.

Grafton colocó el pequeño muñeco en la caja de madera forrada de terciopelo —como un ataúd, pensó— que le entregó el doctor Dee. Después, colocó la caja en su maletín.

—Mi cuenta será pagada una vez haya quedado satisfecho, míster Grafton.

—No se preocupe —dijo Grafton, sintiendo náuseas en su estómago—. No se preocupe. Le pagaré.

El viernes era el día en que se celebraba la reunión de directivos. Aquella mañana, Grafton decidió tener un gran resfriado. Hizo que Lenore, que apenas le dirigía la palabra, llamara a la oficina. Después, se quedó echado en la cama y esperó a que llegaran las once. A las 10:30 Lenore entró en el dormitorio, trayéndole el desayuno. Por primera vez en varias semanas, sus ojos no estaban velados ni mostraban hostilidad y su rostro estaba tranquilo. Colocó la bandeja sobre la mesita de noche, se inclinó sobre él y le besó.

—Gracias, cielo —dijo él—. Gracias por ambas cosas.

—Todo está bien, Howie. No te preocupes más por ello. No vale la pena. Quizá nunca valió la pena.

—No me voy a preocupar más. Lo consiga o no.

Ella le volvió a besar.

—Me voy de compras. ¿Estarás bien?

—Claro que sí. Me siento mejor. Puede que baje a la biblioteca y me ponga a leer un rato.

Cuando escuchó cómo ella cerraba la puerta, llamó rápidamente a la oficina y preguntó por Weatherby Fallstone.

—Weatherby —dijo—, tengo un terrible resfriado.

—Lo siento mucho, viejo. Cuídate.

—¿Estarás en la reunión?

—Claro. Tengo una o dos buenas ideas que quiero llevar a la práctica.

—Espero estar de regreso el lunes. ¿Querrás tomar unas notas y pasarme una síntesis de la reunión?

—Con gusto, viejo.

Colgó el teléfono, engulló ávidamente el desayuno y después se dirigió al estudio. Se sentó allí, con el pequeño muñeco en una mano y un alfiler en la otra. Sobre la mesa dejó algunos otros alfileres. Entonces, volvió a llamar a Fallstone.

—Míster Fallstone está en una reunión —le dijo la secretaria.

—No importa, le volveré a llamar más tarde.

Dejó que la reunión se desarrollara durante unos quince minutos. Y entonces empezó a actuar. Empezó con un simple dolor de cabeza. «Que no sea una terrible migraña», pensó, raspando el alfiler, como si fuera una pluma, sobre la frente del muñeco. Aquello solo era un mal preludio. Dejó pasar unos diez minutos antes de abrir la mandíbula inferior del muñeco; empezó a jugar entonces con la diminuta lengua. Después, arañó las costillas un rato y fue aumentando el proceso en un crescendo, rascando suavemente el cuello del muñeco. Tenía una idea final propia que puso en práctica: colocó un pañuelo doblado sobre los ojos del muñeco durante otros cinco minutos. Después, devolvió el muñeco a su caja y colocó esta en su maletín. Cuando Lenore regresó, estaba leyendo el The New York Times.

El lunes acudió a la oficina a una hora algo más temprana de lo usual para los cargos ejecutivos, pero su secretaria estaba allí, dispuesta a darle las noticias.

—Fue terrible, míster Grafton. Míster Fallstone sufrió un ataque durante la reunión del viernes. Se puso la cabeza entre las manos y gimió de dolor; después, empezó a balbucear y a decir cosas sin sentido. Más tarde, empezó a reír de tal modo que no podía detenerse. Y finalmente —entonces bajó el tono de su voz—, vomitó sobre el propio despacho de míster Girton. Cuando le sacaban de la sala, empezó a gritar diciendo que estaba ciego, y entonces le llevaron al hospital.

—Terrible. ¿Cómo está ahora?

—He oído decir que estaba bien, pero le tienen en una especie de observación.

Estaba leyendo el Times tranquilamente y con cierto alivio cuando el intercomunicador sonó, llamándole. Antes de dirigirse al despacho de J. L., pasó ante el de Fallstone, mirando en su interior. No había en él el menor signo de vida. Solo unas cuantas pertenencias personales amontonadas —pastillas, un paraguas, unos cuantos libros—; todo ello amontonado sobre la mesa, donde lo había colocado el botones. Aquello le convenció de que el despacho ya no estaba ocupado por nadie.

—Supongo que se habrá enterado usted —dijo J. L., indicándole una silla con un movimiento de la mano.

—Terrible.

—No puedo entenderlo. Parecía un hombre tan racional y tan tranquilo. Supongo que el pobre diablo ha bebido demasiado. Bueno, no podemos quedarnos sentados lamentándonos. Howard, quiero que empiece a trabajar muy estrechamente con Eldon. Él nos dejará dentro de un par de meses y hay una gran cantidad de cabos sueltos que deberá usted atar antes de que nos deje.

—Aprecio mucho esto, J. L. Ya sabe que puede contar conmigo. —Se detuvo un momento y habló muy seriamente—: Es una lástima que tuviera que suceder de este modo.

—No vale la pena preocuparse por ello, Howard. No es culpa suya. Y ahora, vaya a empezar a trabajar.

El cheque que envió aquella misma tarde al doctor Dee superaba el saldo de su cuenta corriente. Para cubrirlo, tuvo que cobrar unos bonos de ahorro que poseía, depositando el dinero en su cuenta. Ya era casi la hora de cerrar y las ventanillas estaban empezando a bajarse, pero Grafton las mantuvo abiertas el tiempo suficiente para certificar su cheque. Había firmado con anterioridad algunos cheques incobrables, pero, de algún modo, tenía la sensación de que no desearía por nada del mundo que este cheque se lo devolvieran con la nota de «fondos insuficientes». Más tarde, lo envió por correo certificado y entrega especial.

Durante el transcurso de las semanas siguientes se enteró a trozos de que Fallstone había sido dado de baja en el hospital, de que se le había entregado un generoso cheque como despedida, de que se estaba dedicando a visitar las agencias de publicidad con su álbum de recortes y de que había sido visto, completamente borracho, en un bar. Al cabo de un tiempo, su caso dejó de preocupar a Grafton. Estaba demasiado ocupado.

Se encontraba solo en su despacho, trabajando a una hora bastante avanzada en un proyecto que el viejo Eldon había dejado atascado. Fue entonces cuando sintió el dolor. Fue como una puñalada en su vientre que le obligó a doblarse, sintiendo un dolor punzante y angustioso que le hizo caer de la silla al suelo. Tuvo un breve momento de respiro, pero el dolor volvió de nuevo. Fue entonces cuando Grafton recordó que todos los ejecutivos de J. L. Girton y Asociados habían estado presentes en la fiesta, y se dio cuenta entonces de que el doctor Dee había hablado también con otras personas, y no solo con él. Durante un instante sintió un cierto alivio mientras que, en un alejado rincón de su memoria, se dibujaba la figura del doctor Dee hablando con Fallstone. Después, volvió a sentir aquel terrible dolor.

Estaba gimiendo, tendido en el suelo, cuando el vigilante de noche pasó por allí una hora después; pero cuando le llevaron al hospital, ya estaba muerto.

—No puedo entenderlo —dijo J. L. Girton a Frank Baker—. Tenía una salud perfecta. Tenía toda la vida por delante. Es un asunto terrible. Bien, Frank, ahora todo depende de usted.

—Haré todo lo que pueda, señor —dijo Baker con la juvenil modestia que era su forma particular de actuar en los negocios.

Míster Girton agregó:

—J. L.

—J. L., me gustaría tomarme una hora libre para decírselo a Betty. Significará mucho para ella. Imagíneselo: vicepresidente.

—Desde luego, muchacho. Hágalo. Y no olvide presentar mis respetos a su hermosa esposa.

Antes de pasar por su apartamento, el joven Frank Baker pasó por la tienda del doctor Dee.

—Aquí traigo el pago —dijo—. Acaban de nombrarme vicepresidente.

—¡Magnífico! Tenía la fuerte sensación de que usted lo conseguiría. Sentí una gran simpatía por usted desde el primer momento en que nos encontramos.

—¿Puede usted decirme, si le está permitido, claro, cómo se las arregló?

—No he hecho gran cosa.

—Me ha convertido usted en vicepresidente, eso es todo. Y solo por medio del poder mental... simplemente deseándolo así para mí.

El doctor Dee abrió uno de los cajones y sacó un pequeño muñeco.

—¿Recuerda usted cómo actúa esto, verdad?

—Sí, usted mismo me lo dijo.

—Bueno, Grafton y Fallstone han quedado fuera de juego... cada uno se desembarazó del otro. Se eliminaron entre sí.

—Doctor Dee, ¿quiere usted decir que le dijo a cada uno de ellos que conseguirían el puesto para después permitir que lo consiguiera yo? Y si eso es así, ¿no resulta algo poco ético?

—No hay nada de eso, muchacho. Le dije a cada uno de ellos que procuraría que el otro no consiguiera el puesto. Eso era lo que ellos querían, y yo mantuve mi palabra.

El doctor Dee volvió a colocar el muñeco en el cajón.

—Usted, en cambio, me pidió ese puesto específicamente —sonrió ampliamente y añadió—: Y lo ha conseguido.