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Asignación - James Cross

—Creo que Howard ha conseguido aquí un concepto muy audaz, J. L. —dijo con entusiasmo Weatherby Fallstone III—. Muy fuerte.

Se detuvo, sonriéndole a Howard Grafton a través de la larga mesa.

—Abre nuevos caminos —siguió diciendo—. Es algo nuevo, completamente nuevo. No creo que hayamos hecho nunca nada como esto. Quiero paladearlo un rato en mi boca para saborear su gusto.

Observó la imperceptible sombra que se extendió por el rostro de J. L. Girton. «Muy ingenioso, Fallstone —pensó—. Algo que no se parece en nada a lo que hemos hecho en el pasado, a lo que J. L. Girton ha aprobado o inventado, a lo que ya empezaba a resultar anticuado. Algo más nuevo y mejor que lo de J. L. Veamos cómo esa comadreja de Grafton sale de esto».

—Creo que Weatherby me está alabando demasiado —dijo Grafton cuidadosamente—. En realidad, se trata de una recombinación de unas pocas ideas que J. L. ya esbozó en 1958. Si parece algo nuevo y fresco... bueno, eso no es más que un tributo a la vitalidad de los conceptos de donde los he extraído.

«Atrapado como un ratón —pensó Fallstone—, y por ese astuto hijo de perra».

—Lo comprendo —dijo Fallstone—. Los fundamentos básicos no cambian. Creo que es usted un ganador, Howard —siguió diciendo con generosidad.

—Parece un pensamiento creativo, Howard —dijo J. L. con decisión—. ¿Qué le parece a usted, Eldon?

La cabeza blanca del vicepresidente encargado de las relaciones con los clientes se sacudió bruscamente y sus ojos parpadearon una o dos veces. Eldon Smith no había estado completamente dormido, pero eso habría sido algo difícil de probar ante los hombres que le observaban, cuidadosamente y sin compasión alguna.

—Quizá... —dijo lentamente—, quizá debamos consultarlo con la almohada.

—Creía que eso ya lo había hecho usted, Eldon.

—Claro que no, J. L. Lo que sucede es que cerrar los ojos me ayuda a visualizar las ideas.

J. L. le miró fríamente. Después sonrió, girando su vista alrededor de la mesa.

—Con esto hemos terminado. Gracias, caballeros.

Los ejecutivos de J. L. Girton y Asociados empezaron a recoger tranquilamente sus papeles.

—¡Ah, Howard! —dijo J. L.—. Quédese un momento. Y usted también, Weatherby.

—Un buen plan, Howard —dijo J. L. cuando los tres hombres se encontraron solos—. Me gustan los hombres que son capaces de trabajar creativamente sin perder el contacto con conceptos de sonido y de gusto.

El rostro redondo, suave y blanco de Grafton expresó una gran gratitud y sinceridad, como si aquellas sensaciones se las hubiera aplicado con una crema facial. Miró a J. L. directamente a los ojos.

—Gracias, J. L. —dijo modestamente—. Solo espero poder llevarlo a cabo.

Después miró a Fallstone de soslayo. «Este sí que es grande —pensó—. Apuesto a que ese demacrado bastardo se está mordiendo las uñas por dentro».

—Sin embargo —siguió diciendo J. L.—, será un verdadero desafío. Es por eso por lo que le he pedido a Weatherby que se quede. Va a dejar su viejo equipo y lo van a trabajar entre ustedes dos. Creo que pueden hacer un buen trabajo.

—Eso es gracioso, J. L. —dijo Fallstone con entusiasmo—. Entre nosotros convertiremos esas ideas en algo sólido.

—Bien, manos a la obra. Cuando hayan trazado un plan de operación adecuado, que Frank Baker elabore los detalles internos.

Los dos hombres se detuvieron un momento ante la puerta, en una elaborada charada de amistosa cortesía. Entonces Fallstone, el más alto, puso su mano sobre el hombro de Grafton de un modo tan afectuoso que resultaba imposible tomarlo como una ofensa, y empezó a empujarle suavemente a través de la puerta.

—¡Oh, a propósito! —dijo J. L.—. Creo que deben saber una cosa. Cierre la puerta un momento, Weatherby. Eldon Smith se retirará a finales de este año. Me temo que ya está un poco en decadencia. Está bien, eso es todo lo que deseaba decirles.

El despacho de Howard Grafton era el más cercano, por lo que llegó a él unos segundos antes de que Weatherby Fallstone llegara a su cubículo idéntico... idéntico en metros cuadrados, en mobiliario, en ventanas. «Pero el mío está más cerca del de J. L. —pensó Grafton por un momento, antes de darse cuenta de que la elección de despachos para los dos hombres había sido originalmente decidida por el prosaico procedimiento de lanzar una moneda al aire, procedimiento que fue acompañado de bromas bien intencionadas e incluso, por parte del ganador, del ofrecimiento de permitir elegir primero al perdedor—, si es que eso significa tanto para él».

Grafton se quedó sentado tranquilamente. Sabía que a unos pocos metros de distancia Fallstone estaba sentado en el mismo tipo de sillón móvil de ejecutivo, forrado de cuero —de imitación—, y pensando justamente en lo mismo que él. Había quedado más claro que cualquier otra cosa en J. L. Girton y Asociados. Se les había dicho, tan directamente como nunca habrían supuesto, que en algún momento antes de finalizar el año, cuando el viejo Eldon Smith se retirara, uno de ellos se convertiría en el nuevo vicepresidente encargado de las relaciones con los clientes. Y se les había dicho también que empezaran a competir por el puesto y que J. L. mantendría un ojo sobre cada uno de ellos. El bajo, rechoncho y genial Grafton contra el alto, delgado y entusiasta Fallstone.

Aquella noche, cuando Grafton llegó a casa se lo contó todo a su esposa. Lenore Grafton era una mujer delgada, con buenas curvas y rubia. Algún día se convertiría en una mujer demasiado gruesa, pero por el momento había alcanzado una madura perfección. Era bastante más astuta que su esposo, pero una buena parte de aquella inteligencia la malgastaba con la constante necesidad de que él no se diera cuenta de este hecho.

—Creo que será mejor invitar pronto a J. L. y a su esposa a cenar —dijo ella—. Con esa espantosa mujer que tiene, él debe estar muriéndose de ganas de tomar una comida decente.

—Y un rostro bonito al que mirar —dijo Grafton con una elaborada despreocupación.

Estaba recordando el momento en que entró en la cocina, durante aquella reunión, y vio a J. L. y a Lenore apretados contra el fregadero, mientras ella sostenía aún un cuenco con cubos de hielo en una mano. Estaban demasiado ocupados para verle y él se retiró y volvió al cabo de un minuto o poco después, haciendo todo el ruido preliminar que pudo antes de entrar.

Lenore le observó reflexivamente por un momento, como si estuviera recibiendo un mensaje que no estaba muy segura de querer recibir. Después se dirigió hacia la mesa de despacho que había en el extremo de la habitación y cogió el cuaderno de notas en el que apuntaba sus citas.

—Puede ser cualquier día después de esta semana —dijo—. Yo me encargaré de llamarla. No vamos a llevar las cosas demasiado deprisa.

La cena fue un gran éxito, al menos para J. L. Girton y para Lenore. Ella se mostró lo bastante discreta, aunque habló con él tanto como con todos los demás invitados juntos. Se sentó infantilmente en el suelo, a los pies de la silla de J. L., riendo al escuchar cada uno de sus chistes, reaccionando ante sus anécdotas autobiográficas con unos ojos abiertos llenos de admiración y un interés que, en más de una ocasión, la hizo inclinarse adelante lo suficiente como para que él captara el máximo efecto posible de su décolletage. Incluso cuando no estaba con él, se sentaba frente a él al otro lado de la habitación, en el ángulo adecuado para que él no dejara nunca de ver las excelentes piernas, únicamente semicubiertas por el arremolinado y corto vestido de discothèque.

Como consecuencia de todo ello, Grafton tuvo que dirigir la mayor parte de sus obligaciones como anfitrión a mistress Girton, una arpía escuálida, marchita y que siempre se estaba quejando de algo. Dijo mucho en favor de su encanto y de su genialidad el hecho de que fuera capaz de distraerla durante toda la noche sin que ella se diera cuenta del comportamiento de su esposo.

Lenore dijo que no le gustaba Nueva York en el verano. El calor y las multitudes le hacían perder el ánimo. No había nada nuevo en los teatros por esa época; la ciudad estaba llena de turistas; las tiendas no hacían otra cosa que vender los restos de sus pasados errores. Le gustaba jugar al golf o al tenis, o estar echada bajo el sol, en la playa, y después tomar una ducha fría, o bien quedarse en su casa, que tenía aire acondicionado, y leer.

Así pues, Grafton quedó un poco sorprendido cuando ella empezó a acudir a Nueva York una o dos veces a la semana... durante dos meses en los que hizo uno de los veranos más calurosos que jamás había pasado la ciudad. Según le decía, llegaba a la ciudad antes del mediodía, miraba los escaparates, almorzaba y pasaba la tarde en un museo o, de vez en cuando, iba a ver una película. A veces cogía el tren de regreso inmediatamente anterior al suyo; en otras ocasiones se quedaba y los dos cenaban juntos. 

Él no deseaba saber demasiado sobre lo que ella hacía en la ciudad, así que no planteó muchas preguntas. No deseaba pensar en ello, como tampoco quería pensar en el hecho de que J. L. pareciera tener más compromisos que nunca para almorzar con clientes, mientras que, al parecer, había decidido mejorar su habilidad en el golf tomándose libres varias tardes a la semana. Solo en una ocasión se acercó tangencialmente a la cuestión, y eso solo ocurrió un viernes por la noche, antes de cenar y después de haber bebido algunas copas.

—Me siento un poco preocupado sobre mi posición con J. L. —dijo—. Tengo la impresión de que no le estoy viendo tanto como solía verle antes. Siempre está fuera de la oficina.

—En tu lugar, Howie, no me preocuparía mucho por eso. Creo que te aprecia mucho; y lo que es más, creo que vas a conseguir ese puesto.

Eso, sin embargo, fue antes de la cena en casa de los Fallstone. Lenore no se encontraba bien en aquella ocasión. Su nariz estaba roja, hinchada y goteaba como consecuencia de un resfriado de verano; su voz era ronca. Aquella noche Grafton se pasó bastante tiempo solo con ella y, aunque se marcharon temprano, tuvo el tiempo suficiente para ver cómo Marcia Fallstone manejaba a J. L. Ella era una mujer alta y delgada y muy elegante, y J. L. fue como un conejo con una cobra.

—Ese hijo de perra —se dijo a sí mismo mientras conducía el coche de regreso a casa.

Durante las siguientes semanas J. L. continuó manteniendo su ritmo lento de trabajo, aunque Lenore ya no acudía a la ciudad. Una tarde, en el pasillo, Grafton pasó ante la puerta abierta del despacho de Fallstone y le vio hablando con Frank Baker.

—Vale la pena verlo —dijo Fallstone—. Marcia y yo lo vimos anoche. Ella está ahora en el campo; pero de este modo, cuando viene, podemos pasar una noche o dos a la semana en la ciudad.

—Ese hijo de perra —se volvió a decir Grafton, sabiendo que todo estaba aún en un punto muerto.

Cuando, aproximadamente una semana más tarde, J. L. regresó abruptamente a su ritmo normal de trabajo en la oficina, Grafton se sintió seguro de ello.

Todavía era verano, aunque ya se estaba acabando el buen tiempo y a veces las noches resultaban un poco frías sin la calefacción. Grafton miró fijamente y con un gesto taciturno el contenido de su quinto martini, sin desear mirar a su esposa, que llevaba puesto el vestido rojo que le dejaba la espalda al aire.

—Tengo frío, Howie —dijo ella—. ¿Quieres acercarme ese chal... el italiano? No quiero coger un resfriado.

—¡No quiero coger un resfriado! —exclamó él salvajemente, imitándola con un tono de rabia en su voz—. ¿Por qué no te cuidaste hace un mes? Por lo que a mí respecta, puedes coger una neumonía si quieres.

Ella le miró fría y especulativamente durante un momento, como si estuviera examinando una nueva forma de vida, pero no dijo nada. Él pudo observar la ligera y casi imperceptible sonrisa que se esbozó en su boca antes de que ella se volviera y abandonara la habitación. 

Y entonces Howard Grafton supo que aquella vicepresidencia no era simplemente algo que deseara conseguir, sino algo que tenía que alcanzar porque no le quedaba ya otra cosa.

Al día siguiente, después del trabajo, se detuvo en el bar del Biltmore y empezó a beber seriamente. Aquella noche no fue a casa, sino que se quedó en un hotel. A la mañana siguiente llegó muy tarde a trabajar y su cabeza le molestó durante el resto del día. Le consoló algo, aunque no lo suficiente, observar que Weatherby Fallstone también estaba pasando por un mal trago.

Aquella misma noche, en casa, Grafton se encerró en la biblioteca con su quinta copa de whisky escocés y trató de pensar. Iría a ver a Fallstone y se lo expondría directamente: echarían una moneda al aire y el que perdiera abandonaría la empresa J. L. Girton y Asociados. «Al diablo —terminó pensando—. ¡Nada de tratos con ese tramposo bastardo! 

Contrataría los servicios de un detective privado, conseguiría todo un dosier sobre Fallstone y se lo entregaría a J. L.». Tardó treinta segundos en desembarazarse de aquella idea... no disponía del dinero necesario; por otra parte, J. L. podía reaccionar despidiéndole a él. Además, el detective de Fallstone, si es que él también decidía contratar a uno, podría hacer un trabajo igual de bueno sobre Grafton. 

Jugó con la posibilidad de suministrar los datos más jugosos a un columnista de Broadway, pero ¿quién diablos imprimiría aquello? Nadie había oído hablar jamás de ninguno de ellos dos. Tampoco podía asesinar a Fallstone; no sabía cómo hacerlo y, además, sentía miedo. No sabía cómo contratar a alguien para que lo hiciera y también tenía miedo de dar ese paso. Cuando ya habían desaparecido las tres cuartas partes de la botella, se dio cuenta de que no podía hacer otra cosa que sudarlo.

Estuvo sudando mucho más después de la reunión del viernes por la mañana. Fallstone fue alabado por J. L. en no menos de tres ocasiones, mientras que uno de los esquemas más queridos de Grafton había sido rechazado por «no estar pensado debidamente». También había sido amonestado por J. L. por hablar durante demasiado tiempo, por interrumpir a Fallstone y finalmente por no prestar atención. 

Cuando la secretaria de J. L. le llamó a primeras horas de la tarde, sus manos empezaron a temblar y sintió como si algo le estuviera royendo el estómago. Masticó rápidamente tres pastillas de antiácidos y se dirigió al despacho de J. L.

—¡Oh, Howie! —dijo J. L.—. ¿Sabe ese chisme que tiene usted, el que hace agua de soda en el sifón? ¿Me lo quiere traer mañana cuando venga? El mío se ha estropeado y tardaré un par de días en sustituirlo.

—Claro, J. L. —asintió.

«No podré resistir esto por mucho tiempo más», pensó Grafton cuando a la tarde siguiente se dirigió hacia la residencia campestre de J. L. Lenore estaba a su lado, infinitamente deseable, con su traje de satén verde que hacía juego con sus ojos. Pero la máquina de agua de soda estaba en el asiento que había entre ellos, como una espada en el aire. Ella miraba directamente frente a sí. Cuando él le dirigió la palabra, contestó breve y amablemente, pero nunca fue la primera en hablar.

«Tengo una úlcera —pensó Grafton—. Estoy empezando a beber demasiado. Mi esposa me odia; y voy a perder mi trabajo porque tendré que despedirme cuando elijan a Fallstone. No podré resistir esto por mucho más tiempo. Tendré que hacer algo».

Las cosas no mejoraron por el hecho de llegar al mismo tiempo que los Fallstone. Colocó sinceramente una mano sobre el hombro de Fallstone y fue entonces cuando percibió el tic nervioso de su mejilla izquierda, que saltaba como si tuviera vida propia. 

Detrás de ellos las dos mujeres, tras haber expresado pequeños gritos de delicia, se estaban besando mutuamente, a muy pocos milímetros de distancia de la mejilla de la otra. 

Grafton abrazó a Marcia Fallstone, llevando mucho cuidado de no arrugar su vestido. Cuando colocó su mejilla contra la de ella, quedó sorprendido por la irradiación de calor. Cuando los Fallstone avanzaron ante ellos, notó lo amables que cada uno de ellos era para con el otro... «Casi tan amables como Lenore y yo mismo», pensó con una oleada de esperanza.

Solo después de los cócteles y de la cena fría se dio cuenta Grafton, al acudir al bar para tomar su segunda copa, de la presencia de aquel hombre genial, pequeño y de movimientos rápidos, que llevaba aquella monstruosa chaqueta de tartán, una camisa a rayas y una estruendosa corbata.

—Maravillosa reunión —dijo el hombre—. Tendré que venir más a menudo. ¿Conoce usted a míster Girton desde hace mucho tiempo, míster...?

—Grafton. Trabajo en la empresa de J. L., míster...

—Dee. Doctor Dee. Doctor en ciencias humanas, o sea, en cosas sagradas y profanas.

El pequeño hombre emitió una serie de breves risitas que parecían relinchos.

—Sagradas y profanas —repitió—. Eso es como un pequeño chiste mío... a causa de mi negocio.

—¿De qué se trata? —preguntó Grafton.

De algún modo, y sin que él se diera cuenta de ello, el doctor Dee le había sacado de la sala por una puerta que daba a un gran patio, situado junto a la piscina.

—Se trata de una pequeña historia sobre artículos religiosos... libros, imágenes, iconos, todo lo que se pueda desear.

—En ese caso, ¿dónde aparece lo «profano»?

El doctor Dee bajó el tono de su voz.

—Como usted sabe, míster Grafton, hay muchas clases de religiones, ¿y quiénes somos nosotros para decir cuál es la verdadera? Si un cliente quiere una raíz de mandrágora, o una pequeña bolsa que llevar alrededor del cuello, ¿quién soy yo para decirle que no lo haga? Siempre podrá obtener lo que desea en la trastienda. O quizá puede creer que yo soy capaz de ayudarle a conseguir a la chica que desea por medio de una poción amorosa; o posiblemente desee que yo destroce a un enemigo suyo. Yo no le digo que los remedios que aplique tendrán efectividad —decirlo así va en contra de la ley—, pero si él cree que funcionarán, entonces se los venderé en la trastienda.

—¿Y se trata de remedios muy caros?

—¿Los libros religiosos? No, tienen un precio bastante razonable.

—Me refiero a los otros.

—Esos ya son bastante caros. Pero lo que hago es que no pido el pago en el momento de la venta. Solo después, cuando el cliente esté satisfecho.

—¿Y no tiene problemas para cobrar sus honorarios?

—Muy pocos, míster Grafton. Si el cliente está satisfecho, entonces creerá en mí. Y no querrá hacerme esperar mucho para pagarme mi dinero.

—Doctor Dee —dijo Grafton—, como usted sabe, trabajo en el departamento de publicidad. Estoy interesado en alguna de sus ideas, para ver la posibilidad de lanzar una campaña, eso es. Quizá podamos vernos la próxima semana.

—Aquí tiene mi tarjeta, míster Grafton. Mantengo abierto de nueve a nueve. Pero me temo que no podrá ser el lunes por la tarde de la próxima semana. Tengo una cita con mi zapatero. Es un fastidio —siguió diciendo el hombre pequeño—, pero tengo una ligera malformación del talón y mis zapatos me los tienen que hacer a medida. Y, créame, míster Grafton, no tiene usted la menor idea de lo mucho que me cobra ese hombre. Sería mejor andar descalzo.

Grafton bajó la mirada, observando el calzado de Dee. Eran altos, negros y estaban relucientemente limpios, y también eran pequeños, casi diminutos. Había algo de horripilante en su configuración y en un segundo Grafton se dio cuenta de lo que había de erróneo en ellos: eran casi tan anchos como largos; pero a pesar de ello tenía uno la impresión de que, al margen de la deformación, estaban como acolchados. «Pobre diablo —pensó—, debe ser un infierno tener que andar sobre esas cosas y, sin embargo, mantiene su sonrisa».

—Gracias, doctor Dee —dijo Grafton cogiendo la tarjeta—. Quizá vaya a visitarle más tarde durante la semana. Ha sido un placer conocerle.

Servus, míster Grafton.

Más tarde, cuando regresaron a casa, Grafton no estaba muy sobrio. Lenore tuvo que conducir. Durante todo el trayecto Grafton dejó descansar su cabeza sobre el respaldo del asiento, sintiendo un fuerte vértigo mientras todo le daba vueltas en la cabeza; al mismo tiempo se sentía desligado de todo. A pesar de la cantidad de alcohol que había bebido, durmió muy mal, quedándole todo demasiado borroso como para separar los pensamientos de los sueños. 

En un momento el doctor Dee le estaba entregando una gran llave dorada mientras que Lenore y J. L. Girton aplaudían; al momento siguiente se encontraba despierto, sudando y comprobando el estado de su anémica cuenta corriente. «Al diablo con ello —pensó—; nadie puede hacer nada así». Pero se dijo a sí mismo que no tendría que pagar nada hasta que no funcionara. 

Quizá pudiera. «He oído hablar a veces de cosas de chiflados. No tengo nada que perder; ya lo he intentado todo. Si fracasa, no habré perdido nada; y si funciona, valdrá la pena pagarle lo que él quiera cobrar». Después se volvió a dormir, pero en ese rápido segundo que media entre la vigilia y el sueño había tomado una decisión.

Grafton estuvo ocupado con reuniones durante todo el lunes, pero el martes por la mañana tomó el metro de la Lexington Avenue y después anduvo por la Third Street. La tienda del doctor Dee se encontraba en el centro de la manzana, flanqueada por dos grandes comercios de anticuarios. El escaparate estaba lleno de biblias, pinturas religiosas, iconos y crucifijos. En uno de los rincones había una inscripción en letras góticas doradas: «Artículos religiosos, doctor John Dee»; debajo estaba el número de la calle.

La tienda tenía bastante clientela, pero un empleado que tenía el aspecto de un sacerdote malogrado se le acercó y le saludó afectadamente.

—¿Está el doctor Dee? Me pidió que viniera a verle.

—Sígame, por favor, míster Grafton.

Grafton le miró sospechosamente.

—¡El nombre! —exclamó el empleado—. ¡Oh! Eso es bastante fácil. Hay muy pocos clientes que piden ver personalmente al doctor Dee, y ayer nos dijo que un tal míster Grafton podría venir a verle.

El despacho del doctor Dee estaba en el segundo piso, dando a la calle. Grafton no sabía muy bien lo que había esperado... un cocodrilo disecado en la pared, quizá; esqueletos colgados del techo; un sombrero negro de tipo cónico con estrellas de plata en su frente. Pero, en realidad, el despacho era muy similar al suyo, aunque bastante más grande.

El doctor Dee se levantó de su sillón, brillándole los ojos, y estrechó vigorosamente la mano de Grafton.

—Dee-licioso —dijo sonriendo—. «Dee-licioso» es un pequeño chiste mío, por la combinación de palabras. Pero ahora, míster Grafton, vayamos al asunto. Sé que es usted un hombre muy ocupado. Como un buen amigo mío de Nueva Inglaterra; solía tener un cartel sobre su mesa que decía: «EL TIEMPO ES DINERO; VAYA A SU ASUNTO». En cambio yo, me temo que soy demasiado parlanchín. Pero siéntese, míster Grafton, siéntese.

Grafton tomó asiento cuidadosamente en una silla.

—Doctor Dee —dijo lenta y precavidamente—, suponga que existen dos hombres, cada uno de los cuales aspira a conseguir un buen puesto en la empresa donde trabajan.

—¡Qué vergüenza! —exclamó el doctor Dee—. Ataque al corazón, celos, rompimiento de antiguas amistades, insomnio, úlceras, amarga rivalidad. ¡Cuánto no daría yo por evitar tales conflictos, míster Grafton! Pero suelo ver demasiados de ese tipo en mi negocio.

—¿Puede arreglarlo? ¿Puede arreglarlo de modo que una de las personas no consiga el puesto?

El doctor Dee abrió uno de los cajones de su mesa de ejecutivo y sacó una pequeña botella llena de un líquido claro. En lugar de un corcho, en el cuello de la botella había un cuentagotas medicinal. Grafton se la quedó mirando horrorizado.

—No quiero decir eso —dijo rápidamente—. No tiene por qué ser eso. Lo único que deseo es dejarle fuera de la competición. Algo que le haga aparecer con un aspecto malo, que diga cosas tontas, que se convierta en un verdadero tonto durante las reuniones de directivos. Que se corte su propio cuello... figurativamente, claro —añadió con rapidez.

—Usted desea algo que garantice que Weatherby Fallstone no conseguirá la vicepresidencia cuando Eldon Smith se retire —dijo el doctor Dee—. No se sorprenda, míster Grafton. Siempre he pensado que es mucho mejor poner inmediatamente nuestras cartas sobre la mesa.

—¿Cómo sabe que se trata de Fallstone? —preguntó Grafton sospechosamente.

—Mi querido míster Grafton, voy de un lado a otro, asisto a fiestas y reuniones, aparte de que leo las Sagradas Escrituras —el doctor Dee parpadeó genialmente—. Voy de un lado a otro de la tierra, y subo y bajo en ella, y quedaría usted sorprendido de saber la gran cantidad de cosas que atraen mi atención.

De algún modo, toda aquella cuestión seguía siendo extraña y perturbadora para Grafton. Sin embargo, hizo la siguiente e inevitable pregunta, porque, en realidad, ya no podía hacer otra cosa:

—¿Puede hacerlo?

—Claro que sí, míster Grafton. Resultará bastante fácil. Tengo precisamente el método adecuado.

El doctor Dee se inclinó hacia la otra parte de la mesa y sacó un pequeño muñeco. Lo puso en las manos de Grafton. Estaba hecho de un plástico muy parecido a la carne y, durante un terrible momento, Grafton pensó que se movía por sí solo. Le dio la vuelta y miró su rostro; entonces se sintió realmente enfermo. Era una reproducción perfecta de Weatherby Fallstone, de la cabeza a los pies, con su traje blanco, su corbata negra y sus pantalones de franela gris.

—No se alarme, míster Grafton. Pensé que era esto lo que estaba deseando, así es que me tomé la libertad de hacerlo construir con anterioridad. Este plástico moderno es un material fantástico.

—¿Y qué hago yo con esto?

—Limítese a coger un alfiler normal, del tipo de los que se suelen poner en una camisa nueva, y aplíquelo al muñeco como crea más efectivo. Si lo clava en el hombro, producirá una repentina y agonizante bursitis que garantizará una oleada de dolor. En el abdomen, en cambio, producirá un violento ataque de úlcera. Abra la boca, míster Grafton... es muy fácil; vea cómo se mueve la mandíbula inferior. Si rasca en el cuello, tendrá repentinos vómitos en público... y eso es algo muy incómodo. Si prefiere arañar la lengua —¿ve la pequeña lengua roja?—, balbuceará, literalmente; no se entenderán sus palabras. Eso no le ayudará nada a hacer una presentación a un cliente. O quizá prefiera rascarle las costillas con la aguja. Sentirá entonces unas cosquillas incontrolables que le harán echarse a reír, como una joven histérica. Seguramente, todo eso no le recomendará muy bien para un ascenso.

—¿Existe alguna forma particular de hacerlo?

—Ligeramente, ligeramente, míster Grafton. Con suavidad, con mucha suavidad. Una ligera y continua presión o roce con la punta de la aguja, y podrá seguir utilizando el método siempre que quiera. Pero no introduzca la aguja en el muñeco dejándola clavada en él, porque entonces se encontrará con un hombre muerto. Y recuerdo muy bien lo sensible que es usted en esa cuestión.

—Me lo llevaré —dijo Grafton, deseando marcharse cuanto antes—. ¿Cuánto le debo?

—Mil dólares, una vez que haya quedado usted satisfecho.

—¿Me garantiza que esto colocará a Fallstone fuera de la competición por el puesto?

—Se lo garantizo, míster Grafton, aunque quizá sea ilegal decirlo así.

Grafton colocó el pequeño muñeco en la caja de madera forrada de terciopelo —como un ataúd, pensó— que le entregó el doctor Dee. Después, colocó la caja en su maletín.

—Mi cuenta será pagada una vez haya quedado satisfecho, míster Grafton.

—No se preocupe —dijo Grafton, sintiendo náuseas en su estómago—. No se preocupe. Le pagaré.

El viernes era el día en que se celebraba la reunión de directivos. Aquella mañana, Grafton decidió tener un gran resfriado. Hizo que Lenore, que apenas le dirigía la palabra, llamara a la oficina. Después, se quedó echado en la cama y esperó a que llegaran las once. A las 10:30 Lenore entró en el dormitorio, trayéndole el desayuno. Por primera vez en varias semanas, sus ojos no estaban velados ni mostraban hostilidad y su rostro estaba tranquilo. Colocó la bandeja sobre la mesita de noche, se inclinó sobre él y le besó.

—Gracias, cielo —dijo él—. Gracias por ambas cosas.

—Todo está bien, Howie. No te preocupes más por ello. No vale la pena. Quizá nunca valió la pena.

—No me voy a preocupar más. Lo consiga o no.

Ella le volvió a besar.

—Me voy de compras. ¿Estarás bien?

—Claro que sí. Me siento mejor. Puede que baje a la biblioteca y me ponga a leer un rato.

Cuando escuchó cómo ella cerraba la puerta, llamó rápidamente a la oficina y preguntó por Weatherby Fallstone.

—Weatherby —dijo—, tengo un terrible resfriado.

—Lo siento mucho, viejo. Cuídate.

—¿Estarás en la reunión?

—Claro. Tengo una o dos buenas ideas que quiero llevar a la práctica.

—Espero estar de regreso el lunes. ¿Querrás tomar unas notas y pasarme una síntesis de la reunión?

—Con gusto, viejo.

Colgó el teléfono, engulló ávidamente el desayuno y después se dirigió al estudio. Se sentó allí, con el pequeño muñeco en una mano y un alfiler en la otra. Sobre la mesa dejó algunos otros alfileres. Entonces, volvió a llamar a Fallstone.

—Míster Fallstone está en una reunión —le dijo la secretaria.

—No importa, le volveré a llamar más tarde.

Dejó que la reunión se desarrollara durante unos quince minutos. Y entonces empezó a actuar. Empezó con un simple dolor de cabeza. «Que no sea una terrible migraña», pensó, raspando el alfiler, como si fuera una pluma, sobre la frente del muñeco. Aquello solo era un mal preludio. Dejó pasar unos diez minutos antes de abrir la mandíbula inferior del muñeco; empezó a jugar entonces con la diminuta lengua. Después, arañó las costillas un rato y fue aumentando el proceso en un crescendo, rascando suavemente el cuello del muñeco. Tenía una idea final propia que puso en práctica: colocó un pañuelo doblado sobre los ojos del muñeco durante otros cinco minutos. Después, devolvió el muñeco a su caja y colocó esta en su maletín. Cuando Lenore regresó, estaba leyendo el The New York Times.

El lunes acudió a la oficina a una hora algo más temprana de lo usual para los cargos ejecutivos, pero su secretaria estaba allí, dispuesta a darle las noticias.

—Fue terrible, míster Grafton. Míster Fallstone sufrió un ataque durante la reunión del viernes. Se puso la cabeza entre las manos y gimió de dolor; después, empezó a balbucear y a decir cosas sin sentido. Más tarde, empezó a reír de tal modo que no podía detenerse. Y finalmente —entonces bajó el tono de su voz—, vomitó sobre el propio despacho de míster Girton. Cuando le sacaban de la sala, empezó a gritar diciendo que estaba ciego, y entonces le llevaron al hospital.

—Terrible. ¿Cómo está ahora?

—He oído decir que estaba bien, pero le tienen en una especie de observación.

Estaba leyendo el Times tranquilamente y con cierto alivio cuando el intercomunicador sonó, llamándole. Antes de dirigirse al despacho de J. L., pasó ante el de Fallstone, mirando en su interior. No había en él el menor signo de vida. Solo unas cuantas pertenencias personales amontonadas —pastillas, un paraguas, unos cuantos libros—; todo ello amontonado sobre la mesa, donde lo había colocado el botones. Aquello le convenció de que el despacho ya no estaba ocupado por nadie.

—Supongo que se habrá enterado usted —dijo J. L., indicándole una silla con un movimiento de la mano.

—Terrible.

—No puedo entenderlo. Parecía un hombre tan racional y tan tranquilo. Supongo que el pobre diablo ha bebido demasiado. Bueno, no podemos quedarnos sentados lamentándonos. Howard, quiero que empiece a trabajar muy estrechamente con Eldon. Él nos dejará dentro de un par de meses y hay una gran cantidad de cabos sueltos que deberá usted atar antes de que nos deje.

—Aprecio mucho esto, J. L. Ya sabe que puede contar conmigo. —Se detuvo un momento y habló muy seriamente—: Es una lástima que tuviera que suceder de este modo.

—No vale la pena preocuparse por ello, Howard. No es culpa suya. Y ahora, vaya a empezar a trabajar.

El cheque que envió aquella misma tarde al doctor Dee superaba el saldo de su cuenta corriente. Para cubrirlo, tuvo que cobrar unos bonos de ahorro que poseía, depositando el dinero en su cuenta. Ya era casi la hora de cerrar y las ventanillas estaban empezando a bajarse, pero Grafton las mantuvo abiertas el tiempo suficiente para certificar su cheque. Había firmado con anterioridad algunos cheques incobrables, pero, de algún modo, tenía la sensación de que no desearía por nada del mundo que este cheque se lo devolvieran con la nota de «fondos insuficientes». Más tarde, lo envió por correo certificado y entrega especial.

Durante el transcurso de las semanas siguientes se enteró a trozos de que Fallstone había sido dado de baja en el hospital, de que se le había entregado un generoso cheque como despedida, de que se estaba dedicando a visitar las agencias de publicidad con su álbum de recortes y de que había sido visto, completamente borracho, en un bar. Al cabo de un tiempo, su caso dejó de preocupar a Grafton. Estaba demasiado ocupado.

Se encontraba solo en su despacho, trabajando a una hora bastante avanzada en un proyecto que el viejo Eldon había dejado atascado. Fue entonces cuando sintió el dolor. Fue como una puñalada en su vientre que le obligó a doblarse, sintiendo un dolor punzante y angustioso que le hizo caer de la silla al suelo. Tuvo un breve momento de respiro, pero el dolor volvió de nuevo. Fue entonces cuando Grafton recordó que todos los ejecutivos de J. L. Girton y Asociados habían estado presentes en la fiesta, y se dio cuenta entonces de que el doctor Dee había hablado también con otras personas, y no solo con él. Durante un instante sintió un cierto alivio mientras que, en un alejado rincón de su memoria, se dibujaba la figura del doctor Dee hablando con Fallstone. Después, volvió a sentir aquel terrible dolor.

Estaba gimiendo, tendido en el suelo, cuando el vigilante de noche pasó por allí una hora después; pero cuando le llevaron al hospital, ya estaba muerto.

—No puedo entenderlo —dijo J. L. Girton a Frank Baker—. Tenía una salud perfecta. Tenía toda la vida por delante. Es un asunto terrible. Bien, Frank, ahora todo depende de usted.

—Haré todo lo que pueda, señor —dijo Baker con la juvenil modestia que era su forma particular de actuar en los negocios.

Míster Girton agregó:

—J. L.

—J. L., me gustaría tomarme una hora libre para decírselo a Betty. Significará mucho para ella. Imagíneselo: vicepresidente.

—Desde luego, muchacho. Hágalo. Y no olvide presentar mis respetos a su hermosa esposa.

Antes de pasar por su apartamento, el joven Frank Baker pasó por la tienda del doctor Dee.

—Aquí traigo el pago —dijo—. Acaban de nombrarme vicepresidente.

—¡Magnífico! Tenía la fuerte sensación de que usted lo conseguiría. Sentí una gran simpatía por usted desde el primer momento en que nos encontramos.

—¿Puede usted decirme, si le está permitido, claro, cómo se las arregló?

—No he hecho gran cosa.

—Me ha convertido usted en vicepresidente, eso es todo. Y solo por medio del poder mental... simplemente deseándolo así para mí.

El doctor Dee abrió uno de los cajones y sacó un pequeño muñeco.

—¿Recuerda usted cómo actúa esto, verdad?

—Sí, usted mismo me lo dijo.

—Bueno, Grafton y Fallstone han quedado fuera de juego... cada uno se desembarazó del otro. Se eliminaron entre sí.

—Doctor Dee, ¿quiere usted decir que le dijo a cada uno de ellos que conseguirían el puesto para después permitir que lo consiguiera yo? Y si eso es así, ¿no resulta algo poco ético?

—No hay nada de eso, muchacho. Le dije a cada uno de ellos que procuraría que el otro no consiguiera el puesto. Eso era lo que ellos querían, y yo mantuve mi palabra.

El doctor Dee volvió a colocar el muñeco en el cajón.

—Usted, en cambio, me pidió ese puesto específicamente —sonrió ampliamente y añadió—: Y lo ha conseguido.

El Duende-Beso - Juan Valera

 
I
     Notabilísimo huésped había llegado al convento de Capuchinos de la villa, allá por los años de 1672. Famoso era el huésped en todas partes por la agudeza de su ingenio, por el profundo saber que había adquirido y por las obras científicas en que le divulgaba. Baste decir, y está todo dicho, que el huésped era el reverendísimo padre fray Antonio de Fuente la Peña, ex provincial de la Orden.
     Después de comer con excelente apetito y de dormir una buena siesta, para reposar de las fatigas del viaje, fray Antonio recibió en su celda al padre guardián, fray Domingo, y habló a solas con él sobre el importante asunto que le había impulsado a ir a aquella santa casa.
     -Sé por fama -le dijo- el extraño caso de mi señora doña Eulalia, hija única del ilustre caballero don César del Robledal. Y considerado bien y ponderado todo, me atrevo a sostener que la joven no está posesa ni obsesa.
     -Vuestra reverencia me ha de perdonar si le contradigo. No veo prueba en contra de la posesión o de la obsesión de la joven. Aunque me esté mal el decirlo, sabido es que, a Dios gracias, ejerzo bastante imperio sobre los espíritus malignos, y que he expulsado a no pocos de los cuerpos que atormentaban. Si los que atormentan a la joven doña Eulalia no me obedecen, no es porque no estén en ella o en torno de ella, sino porque son muy ladinos y marrajos. Si están en ella, se esconden, se recatan y se parapetan de tal suerte, que se hacen sordos a mis conjuros; y si la cercan, para atormentarla, andan sobrado listos para escapar cuando yo llego, y no volver a las andadas sino después que me voy. Los síntomas del mal son, sin embargo, evidentes. Sobre lo único que estoy indeciso y no disputo, es sobre si el mal es posesión u obsesión.
     -Pues bien -replicó fray Antonio-, mi conclusión es enteramente contraria, y mientras más lo reflexiono más me afirmo en ella. Doña Eulalia no habla nunca en latín ni en ningún otro idioma que no sea nuestro castellano puro y castizo; sus pies se apoyan siempre en el suelo cuando no está sentada o tendida; en vez de estar desmedrada, pálida y ojerosa, sé que está muy guapa y de tan buen color que parece una rosa de mayo; y el que ella repugne casarse con ninguno de los novios que su señor padre le ha buscado, y el que ande melancólica y retraída, y el que tenga por las noches y a solas, en su retirada estancia, coloquios misteriosos con seres invisibles, no prueba que esté endemoniada ni mucho menos. Los demonios jamás son tan benignos y apacibles con una criatura. Ser, por consiguiente, de menos perversa y dañina condición que los ángeles precitos, es quien tiene trato y coloquios con mi señora doña Eulalia. Ergo, no es demonio, sino duende quien la visita y habla con ella. Y conocedor yo de este suceso, y empleándome como me empleo en el estudio de los duendes, según lo testifica mi ya celebérrimo libro El ente dilucidado, he venido por aquí a ver si me pongo en relación con el duende que visita a doña Eulalia y logro arrojarle de su lado, valiéndome de los medios que me suministra la ciencia.
     -Extraño es -dijo fray Domingo- que afirme todo eso vuestra reverencia por meras conjeturas.
     -No son meras conjeturas -repuso fray Antonio-. Aunque por mis pecados nunca he sido digno de tener revelaciones sobrenaturales, lo que es naturales las tengo con frecuencia, y tal es el caso de ahora. Aquí estamos solos y puedo hablar con libertad, confiando en el indispensable sigilo.
     Fray Domingo hizo señal de que no descubriría lo que se le dijese y fray Antonio continuó en voz misteriosa y baja:
     -El duende que visita a doña Eulalia se ha franqueado conmigo y me lo ha explicado todo. Harto se comprende que sea yo estimado, querido y familiar entre los duendes, a quienes he defendido de las injurias y calumnias que propala contra ellos el vulgo ignorante. Yo he demostrado que no son diablos, ni almas en pena, sino criaturas sutilísimas e invisibles, casi siempre traviesas y alegres, que se engendran en lo más delgado del aire. Agradecidos los duendes, ¿qué tiene de particular que acudan a conversar conmigo? Además, que mis estudios y meditaciones sobre todos los secretos de la madre Naturaleza y mi asidua investigación acerca de los seres más menudos y casi incorpóreos, han aguzado de tal suerte mis sentidos, que veo, toco y oigo lo que por ingénita y grosera dureza del sentir no notan ni descubren los otros mortales. Perdóneseme la jactancia; yo descubro, al tender mi penetrante mirada por el universo, cien veces más vida y más inteligencia que la que ve la inmensa mayoría de los hombres. En suma, y contrayéndonos al presente singular caso, el duende, hará cerca de diez años, desde que doña Eulalia cumplió quince, hasta dentro de tres días, que cumplirá veinticinco, se entiende con ella, la aparta de la convivencia de la gente y la hace arisca y zahareña; pero me ha predicho que desaparecerá dentro de los indicados tres días, y hasta que antes se dejará ver bajo la figura de un gallardo mancebo. Doña Eulalia quedará libre entonces de toda molestia, y aunque siempre recatada, honestísima y decorosa, depondrá sus desdenes, dejará de ser huraña y se hará para todo el mundo conversable y mansa.
     Con acento irónico, aunque templado o velado por el respeto, exclamó entonces fray Domingo:
     -Sin duda que a fin de que la revelación no haya sido a medias, el duende habrá pronosticado a vuestra reverencia el punto y la hora de su desaparición y de la aparición del mancebo.
     -Sí que me lo ha pronosticado -respondió fray Antonio-. Ello ha de ser a media noche, en la propia habitación de doña Eulalia, a donde hemos de acudir, recatadamente y sin que doña Eulalia ni nadie se entere, el padre de ella, desarmado para evitar un funesto rapto de ira, vuestra reverencia con sus exorcismos y yo pertrechado de mi ciencia duendina. Tengo la más perfecta seguridad de que todo tendrá allí desenlace dichoso.
 
II
     En la noche y hora prefijadas, de concierto ya don César con los dos reverendos, acudieron en misterioso silencio y de puntillas a la puerta de la habitación de doña Eulalia, armado fray Domingo del libro de los exorcismos y de un hisopo; armado fray Antonio de un turibulo donde quemaba hierbas mágicas, esparciendo el humo; y armado don César de paciencia, después de haberse comprometido solemnemente a no perderla y, a no enfurecerse, ocurriera lo que ocurriera.
     Celebrados ya sus ritos y evocaciones, fray Antonio y fray Domingo prescribieron a don César que llamase con brío a la puerta de la habitación de doña Eulalia, cerrada con llave, y que ordenase que se abriera de par en par, inmediatamente, sin excusa ni pretexto alguno.
     No hubo modo de evitarlo ni de retardarlo, y la puerta se abrió de par en par y de súbito. En medio de ella, como magnífico retrato de Claudio Coello, encerrado en su marco, apareció un galán muy bizarro y apuesto, con traje e insignias de capitán, larga espada al cinto, airosas plumas en el sombrero que llevaba en la diestra, rica cadena de oro y veneras que en su pecho brillaban y espuelas, de oro también, asidas a sus amplias botas de camino.
     Don César, que era muy violento y celoso de su honra, no hubiera sabido contenerse y hubiera caído sobre el forastero, si ambos frailes, cada uno de un lado, no le contienen.
     El galán, con voz reposada y serena dijo entonces:
     -Sosiéguese mi señor don César y no tome a mal que me presente tan a deshora. Yo soy el capitán don Pedro González de la Rivera, de cuya renta y condiciones ha escrito a su señoría mi amigo el banquero genovés Jusepe Salvago, y de cuyos altos hechos de armas en Portugal, en Flandes, en Italia y en el remoto Oriente le han dado noticias otras varias personas muy respetables. Aspiro a la mano de doña Eulalia; ella me ha dado prueba de que me quiere para esposo; y sólo nos falta el consentimiento paterno y después la bendición del reverendo padre fray Antonio, que está presente y que espero no ha de negarse a bendecirnos.
     -Todo eso estaría bien -respondió don César con mal reprimida cólera- si vuestra merced no lo pidiese, después de ofender mis canas, hollar mi casa y atropellar todo respeto.
     -Yo, señor don César -replicó el capitán sonriendo-, tenía que vengar con esta aparente injuria otra nada aparente que vuestra merced me hizo hace diez años, cuando me sorprendió en este mismo sitio en dulces coloquios con mi señora doña Eulalia, que aun no había cumplido quince años. Yo era entonces un rapazuelo de dieciséis, y vuestra merced me arrojó de aquí a empellones nada paternales. Por amor de doña Eulalia, lo sufrí todo y mayor afrenta hubiera sufrido a ser posible mayor afrenta. Harto he demostrado después mi valor. Acrisolada está mi honra. La fortuna además me ha favorecido. La satisfacción que espero y pido para los pasados agravios es que vuestra merced me acepte como yerno.
     En este punto apareció doña Eulalia al lado del galán. Estaba linda en extremo, muy elegante y ricamente engalanada con magníficas joyas, y manifestando en el rostro juvenil y ruboroso gran satisfacción y contento. ¿Qué había de hacer don César? Consintió en todo y abrazó cariñosamente a sus hijos, no sin exclamar, mirando al capitán detenidamente:
     -Válgame Dios, muchacho, ¡y cómo has crecido y embarnecido en este decenio! ¿Quién al pronto había de reconocer en ti al rubio y travieso monaguillo de Capuchinos que repicaba tan bien las campanas?



III
     No bastó la respetuosa consideración que fray Antonio inspiraba al padre guardián, para que éste se callase y no dijese claro que, si no había habido demonio, tampoco había habido duende, y que todo había sido farsa.
     Fray Antonio quiso entonces justificarse, y antes de volver a Madrid, donde habitualmente residía, habló al padre guardián como sigue:
     -No sólo ha habido duende, sino uno de los duendes más poéticos que en este mundo sublunar puede darse. Era ella tan pura, tan cándida y tan ignorante de lo malo, que a los quince años parecía ángel y no mujer. Él era bueno y sencillo como ella. Ambos se amaban con la más ardiente efusión de las almas, sin la menor malicia, sin que la dormida sensualidad en ellos despertase. Anhelaban unirse en estrecho y santo lazo; vivir unidos hasta la muerte, como en unión castísima habían vivido desde la infancia. A esto se oponía el desnivel de posición social. Menester era que Periquito ganase posición, nombre, gloria y bienes de fortuna. Al separarse para irse él a dar cima a su empresa, sin estímulo vicioso, con inocencia de niños y con fervoroso amor del cielo, se unieron sus bocas en un beso prolongadísimo. Sin duda se interpuso entre labios y labios una levísima chispa de éter, átomo indivisible, germen de inteligencia y de vida. El fuego abrasador de ambas almas enamoradas penetró en el átomo, le dio brillantez y tersura, y cuanto hay de hermoso y de noble en el mundo, vino a reflejarse en él como en espejo encantado que lo purifica y lo sublima todo. Los santos anhelos de amor de él y de ella, se fundieron en uno; y sin desprenderse enteramente de ambas almas, tuvieron en la misteriosa unión ser singular y substancial suyo y algo a modo de vaga, indecisa y propia conciencia. Se separaron los amantes. Él fue muy lejos; peregrinó y combatió. Durante diez años, no supieron ella de él, ni él de ella, por los medios ordinarios y vulgares. Pero el unificado deseo de ambos, el duende que nació del beso, con pintadas alas de mariposa y con la rapidez del rayo, volaba de un extremo a otro de la tierra; y ya se posaba en ella, ya en él, y hacía que se estrechasen como presentes, y renovaba el casto beso de que había nacido, no como recuerdo vano, sino como si nuevamente y con la misma o con mayor vehemencia ellos se besaran. No dude, pues vuestra reverencia de que el tal duende existe o ha existido. ¿Cómo explicar sin él la tenaz persistencia, durante diez años, de los mismos amores? El deseo no era sólo de ella. El deseo no era sólo de él. En ambos estaba, pero, al unirse, se separó de ambos, creando la unión un ser distinto. Este ser no tiene ya razón de ser; desaparece, pero no muere. No debe decirse que ha muerto o que va a morir la chispa inteligente, enriquecida con la viva representación de toda la hermosura, de la tierra y del cielo, cuando, cumplida la misión para que fue creada, se diluye en el inmenso mar de la inteligencia y del sentimiento, que presta vigor armónico y crea la luz y hace palpitar la vida en la indefinida multitud de mundos que llenan la amplitud del éter.
     Fray Domingo oyó con atención todo esto y mucho más que dijo fray Antonio, y acabó por convencerse de que había duendes, unos prosaicos, otros poéticos, como el de don Pedro y doña Eulalia, sin que la teoría de fray Antonio pugnase en manera alguna con la verdad católica, pues redundaba en mayor gloria de Dios, hasta donde alcanza a concebirla el limitado entendimiento humano.

Árboles petrificados - Amparo Dávila

Es de noche, estoy acostada y sola. Todo pesa sobre mí como un aire muerto; las cuatro paredes me caen encima como el silencio y la soledad que me aprisionan. Llueve. Escucho la lluvia cayendo lenta y los automóviles que pasan veloces. El silbato de un vigilante suena como un grito agónico. Pasa el último camión de media noche. Media noche, también entonces era la media noche... 

Reposamos, la respiración se ha ido calmando y es cada vez más leve. Somos dos náufragos tirados en la misma playa, con tanta prisa o ninguna como el que sabe que tiene la eternidad para mirarse. 

Nada que no sea nosotros mismos importa ahora, sorprendidos por una verdad que sin saberlo conocíamos. Nos hemos buscado a tientas desde el otro lado del mundo, presintiéndonos en la soledad y el sueño. Aquí estamos. Reconociéndonos a través del cuerpo. 

Nos hemos quedado inmóviles, largo rato en silencio, uno al lado del otro. Tu mano vuelve a acariciarme y nuestros labios se encuentran. Una ola ardiente nos inunda, caemos nuevamente, nos hundimos en un agua profunda y nos perdemos juntos. Suspiras. Yo también. Estamos de vuelta. 

Ha pasado el tiempo, minutos o años, ya nada está igual. Todo se ha transformado. Se abren jardines y huertos; se abre una ciudad bajo el sol, y un templo olvidado resplandece. Afuera transcurre plácida la noche y en el viento llega un lejano rumor de campanas. No quisiera escucharlas. Suenan a ausencia y a muerte, y me ciño de nuevo a tu cuerpo como si me afianzara la vida. 

La desesperanza florece en una pasión que está más allá de las palabras y las lágrimas. "Es muy tarde" dices. "Tendrás que irte..." Me siento al borde de la cama como si estuviera a la orilla del mundo, del espacio en que hemos navegado como planetas reencontrados. 

Te contemplo vistiéndote con prisa y sin cuidado, yo me pongo una bata con desgano y tengo que hacer un gran esfuerzo para levantarme y caminar hasta la puerta a despedirte. No hablamos. Pueden oírnos y descubrir que nos hemos amado apresurada y clandestinamente en esta noche que empieza a caérseme en pedazos. 

Las campanas siguen tocando y llegan cada vez más claras en el viento de la madrugada, su sonido nos envuelve como un agua azul llena de peces. Llegamos cogidos de la mano hasta la puerta y nos besamos allí como los que se besan en los muelles. La puerta se cierra tras de ti y es como una página que termina y uno quisiera alargar toda la vida. No logro entender que ya te has ido y que estoy de nuevo sola. 

Abro la ventana y el aire frío del amanecer me azota la cara. Tiemblo de pies a cabeza y comienzo de pronto a sentir miedo, miedo de que mañana, hoy, todo se desvanezca o termine como niebla que la luz deshace. Vivimos una noche que no nos pertenece, hemos robado manzanas y nos persiguen. Quiero verme el rostro en un espejo, saber cómo soy ahora, después de esta noche... 

Ha llegado. La llave da vuelta en la cerradura. La puerta se abre. Voy a fingir que duermo para que no me moleste, no quiero que me interrumpa ahora que estoy en esa noche, esa que él no puede recordar, noches y días sólo nuestros, que no le pertenecen. 

Ha entrado a ver si estoy dormida, me está mirando, suspira fastidiado, enciende un cigarrillo, busca junto al teléfono si hay recados, sale, camina por la estancia, conecta el radio, ya no hay nada, es tarde, sólo music for dancing, recorre todas las estaciones, va hacia la cocina, abre el refrigerador, no ha de haber cenado, dijo que no le guardara nada, hay un poco de pollo, si quiere puede hacer un sandwich, ya tiró algo, siempre tan torpe, está cantando ahora, debe estar muy contento. 

Sigue lloviendo. Suenan las llantas de los automóviles en el asfalto mojado. También aquel día había llovido en la madrugada y la mañana estaba un poco fresca, ¿te acuerdas...? Llegaste muy temprano con un ramo de claveles rojos; yo me quedé con ellos entre las manos... No sé bien lo que te estoy diciendo, he caído dentro de un remolino de sorpresas y turbación. 

Nunca me han regalado flores, es la primera vez, quisiera decírtelo pero empezamos a hablar de cosas que no nos pertenecen mientras yo arreglo los claveles en un florero. Tú miras los libros del estante y los hojeas mostrando un desmedido interés. Sé que los dos estamos huyendo de este momento o de las palabras directas, de una emoción que nos aturde y nos ciega como una luz incandescente. 

Nos quedamos suspendidos sobre el instante mientras un claxon suena en la esquina como si sonara en el más remoto pasado. Ese pasado antes de ti que ahora se desvanece y pierde todo sentido. Sólo tienen validez estos momentos tan honda y confusamente vividos dentro de nosotros mismos. 

Nos sentamos junto a la ventana y miramos hacia afuera como si estuviéramos dentro de una jaula o de una armadura. Quisiera vivir este mismo instante mañana, en un día abierto para nosotros. Pienso en una ciudad donde pudiéramos caminar por las calles sin que nadie nos conociera ni nos saludara, estar tirados en una playa sola o vagar por el campo cogidos de la mano. Quisiera conocer contigo el mundo, quisiera entrar contigo en el sueño y despertar siempre a tu lado. 

Te miro fijamente, quiero aprenderte bien para cuando sólo quede tu recuerdo y tenga que descifrar lo que no me dices ahora. Una parte de mi vida, estos minutos, se van contigo. No sé decir las cosas que siento. Tal vez algún día te las escriba sentada frente a otra ventana. No sé tampoco hasta dónde soy feliz. Cada despedida es un estarse desangrando, un dolor que nos asesina lentamente. 

Estamos llenos de palabras y sentimientos, de un silencio que nos confina en nosotros mismos. Tal vez esta habitación nos queda demasiado grande o demasiado estrecha y por eso no sabemos qué hacer con nuestros cuerpos y las palabras. Miras el reloj. El tiempo es una daga suspendida sobre nuestra cabeza. 

Después vendrá la tarde vacía como esas cuando no estás conmigo, cuando nos separamos y nos falta la mitad del cuerpo... Siento que me está mirando fijamente y suspira, debe estar cansado, bosteza, ha de ser ya muy tarde, bosteza otra vez y comienza a desnudarse. 

La ropa va cayendo sobre la silla, la cama se hunde cuando se sienta a quitarse los zapatos. Se mete bajo las cobijas pegándose a mi cuerpo y su mano empieza a acariciarme. Quisiera poder decirle que no me toque, que es inútil, que no estoy aquí, que sus labios no busquen los míos, yo ya he salido, estoy lejos conduciendo el automóvil por la avenida de los sauces, oyendo el zumbido de las llantas sobre el pavimento, viendo de reojo como avanza la aguja en el cuadrante, 70, 80, las casas y los árboles pasan cada vez más rápido, 90, 100, una niña llora sentada en la banqueta, necesito llegar pronto, la calle se alarga hasta la eternidad, un hombre me saluda y sonríe, no quiero hacerte esperar, paso las luces rojas, sólo importa llegar, me has estado esperando a través de los días y los años, a pesar de la dicha y la desdicha, por eso es tan cierto nuestro encuentro, no hay otra manera de decirlo. 

Corro hacia ti y nos abrazamos largamente. Caminamos cogidos de la mano. Caminamos hacia el fin del mundo. La noche ha caído sobre nosotros como una profecía largo tiempo esperada. Las calles están desiertas, somos los únicos sobrevivientes del verano. Este viejo jardín nos estaba esperando. El tiempo ha dejado de ser una angustia. 

Estamos tan completos que no deseamos hacer nada, sólo sentarnos en esta banca y quedarnos como dos sonámbulos dentro del mismo sueño. Los pájaros revolotean entre las amas, caen hojas. Estamos unidos por las manos y por los ojos, por todo lo que somos hoy y hemos logrado rescatar de la rutina de los días iguales. Aquí sentados hemos estado siempre, aquí seguiremos sin despedidas ni distancias en un continuo revivir. Suenan las doce en esta noche perdurable. 

Han pasado mil años, han pasado un segundo o dos. Los pájaros revolotean entre las ramas, caen hojas. Miramos la fachada de una vieja iglesia entre la bruma cálida del amanecer. Miramos las columnas y los nichos como a través de un recuerdo. No hables ahora, guárdame en tus manos. 

Conserva la moneda, tu rostro y el mío, para tardes lluviosas en que el tedio pesa enormemente. Todo sentimiento aparte de nosotros se ha borrado. Velada por nubes altas pasa la una como una herida luminosa en el cielo negro. Los pájaros revolotean entre las ramas, caen hojas. Se anudan las palabras en la garganta, son demasiado usadas para decirlas. Vivimos una noche siempre nuestra. Me afianzo a tus manos y a tus ojos. Es tan claro el silencio que nuestra sangre se escucha. El alumbrado de las calles ha palidecido. Ni un alma transita por ninguna parte. Los árboles que nos rodean están petrificados. Tal vez ya estamos muertos... tal vez estamos más allá de nuestro cuerpo...