INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta Dávila. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dávila. Mostrar todas las entradas

Árboles petrificados - Amparo Dávila

Es de noche, estoy acostada y sola. Todo pesa sobre mí como un aire muerto; las cuatro paredes me caen encima como el silencio y la soledad que me aprisionan. Llueve. Escucho la lluvia cayendo lenta y los automóviles que pasan veloces. El silbato de un vigilante suena como un grito agónico. Pasa el último camión de media noche. Media noche, también entonces era la media noche... 

Reposamos, la respiración se ha ido calmando y es cada vez más leve. Somos dos náufragos tirados en la misma playa, con tanta prisa o ninguna como el que sabe que tiene la eternidad para mirarse. 

Nada que no sea nosotros mismos importa ahora, sorprendidos por una verdad que sin saberlo conocíamos. Nos hemos buscado a tientas desde el otro lado del mundo, presintiéndonos en la soledad y el sueño. Aquí estamos. Reconociéndonos a través del cuerpo. 

Nos hemos quedado inmóviles, largo rato en silencio, uno al lado del otro. Tu mano vuelve a acariciarme y nuestros labios se encuentran. Una ola ardiente nos inunda, caemos nuevamente, nos hundimos en un agua profunda y nos perdemos juntos. Suspiras. Yo también. Estamos de vuelta. 

Ha pasado el tiempo, minutos o años, ya nada está igual. Todo se ha transformado. Se abren jardines y huertos; se abre una ciudad bajo el sol, y un templo olvidado resplandece. Afuera transcurre plácida la noche y en el viento llega un lejano rumor de campanas. No quisiera escucharlas. Suenan a ausencia y a muerte, y me ciño de nuevo a tu cuerpo como si me afianzara la vida. 

La desesperanza florece en una pasión que está más allá de las palabras y las lágrimas. "Es muy tarde" dices. "Tendrás que irte..." Me siento al borde de la cama como si estuviera a la orilla del mundo, del espacio en que hemos navegado como planetas reencontrados. 

Te contemplo vistiéndote con prisa y sin cuidado, yo me pongo una bata con desgano y tengo que hacer un gran esfuerzo para levantarme y caminar hasta la puerta a despedirte. No hablamos. Pueden oírnos y descubrir que nos hemos amado apresurada y clandestinamente en esta noche que empieza a caérseme en pedazos. 

Las campanas siguen tocando y llegan cada vez más claras en el viento de la madrugada, su sonido nos envuelve como un agua azul llena de peces. Llegamos cogidos de la mano hasta la puerta y nos besamos allí como los que se besan en los muelles. La puerta se cierra tras de ti y es como una página que termina y uno quisiera alargar toda la vida. No logro entender que ya te has ido y que estoy de nuevo sola. 

Abro la ventana y el aire frío del amanecer me azota la cara. Tiemblo de pies a cabeza y comienzo de pronto a sentir miedo, miedo de que mañana, hoy, todo se desvanezca o termine como niebla que la luz deshace. Vivimos una noche que no nos pertenece, hemos robado manzanas y nos persiguen. Quiero verme el rostro en un espejo, saber cómo soy ahora, después de esta noche... 

Ha llegado. La llave da vuelta en la cerradura. La puerta se abre. Voy a fingir que duermo para que no me moleste, no quiero que me interrumpa ahora que estoy en esa noche, esa que él no puede recordar, noches y días sólo nuestros, que no le pertenecen. 

Ha entrado a ver si estoy dormida, me está mirando, suspira fastidiado, enciende un cigarrillo, busca junto al teléfono si hay recados, sale, camina por la estancia, conecta el radio, ya no hay nada, es tarde, sólo music for dancing, recorre todas las estaciones, va hacia la cocina, abre el refrigerador, no ha de haber cenado, dijo que no le guardara nada, hay un poco de pollo, si quiere puede hacer un sandwich, ya tiró algo, siempre tan torpe, está cantando ahora, debe estar muy contento. 

Sigue lloviendo. Suenan las llantas de los automóviles en el asfalto mojado. También aquel día había llovido en la madrugada y la mañana estaba un poco fresca, ¿te acuerdas...? Llegaste muy temprano con un ramo de claveles rojos; yo me quedé con ellos entre las manos... No sé bien lo que te estoy diciendo, he caído dentro de un remolino de sorpresas y turbación. 

Nunca me han regalado flores, es la primera vez, quisiera decírtelo pero empezamos a hablar de cosas que no nos pertenecen mientras yo arreglo los claveles en un florero. Tú miras los libros del estante y los hojeas mostrando un desmedido interés. Sé que los dos estamos huyendo de este momento o de las palabras directas, de una emoción que nos aturde y nos ciega como una luz incandescente. 

Nos quedamos suspendidos sobre el instante mientras un claxon suena en la esquina como si sonara en el más remoto pasado. Ese pasado antes de ti que ahora se desvanece y pierde todo sentido. Sólo tienen validez estos momentos tan honda y confusamente vividos dentro de nosotros mismos. 

Nos sentamos junto a la ventana y miramos hacia afuera como si estuviéramos dentro de una jaula o de una armadura. Quisiera vivir este mismo instante mañana, en un día abierto para nosotros. Pienso en una ciudad donde pudiéramos caminar por las calles sin que nadie nos conociera ni nos saludara, estar tirados en una playa sola o vagar por el campo cogidos de la mano. Quisiera conocer contigo el mundo, quisiera entrar contigo en el sueño y despertar siempre a tu lado. 

Te miro fijamente, quiero aprenderte bien para cuando sólo quede tu recuerdo y tenga que descifrar lo que no me dices ahora. Una parte de mi vida, estos minutos, se van contigo. No sé decir las cosas que siento. Tal vez algún día te las escriba sentada frente a otra ventana. No sé tampoco hasta dónde soy feliz. Cada despedida es un estarse desangrando, un dolor que nos asesina lentamente. 

Estamos llenos de palabras y sentimientos, de un silencio que nos confina en nosotros mismos. Tal vez esta habitación nos queda demasiado grande o demasiado estrecha y por eso no sabemos qué hacer con nuestros cuerpos y las palabras. Miras el reloj. El tiempo es una daga suspendida sobre nuestra cabeza. 

Después vendrá la tarde vacía como esas cuando no estás conmigo, cuando nos separamos y nos falta la mitad del cuerpo... Siento que me está mirando fijamente y suspira, debe estar cansado, bosteza, ha de ser ya muy tarde, bosteza otra vez y comienza a desnudarse. 

La ropa va cayendo sobre la silla, la cama se hunde cuando se sienta a quitarse los zapatos. Se mete bajo las cobijas pegándose a mi cuerpo y su mano empieza a acariciarme. Quisiera poder decirle que no me toque, que es inútil, que no estoy aquí, que sus labios no busquen los míos, yo ya he salido, estoy lejos conduciendo el automóvil por la avenida de los sauces, oyendo el zumbido de las llantas sobre el pavimento, viendo de reojo como avanza la aguja en el cuadrante, 70, 80, las casas y los árboles pasan cada vez más rápido, 90, 100, una niña llora sentada en la banqueta, necesito llegar pronto, la calle se alarga hasta la eternidad, un hombre me saluda y sonríe, no quiero hacerte esperar, paso las luces rojas, sólo importa llegar, me has estado esperando a través de los días y los años, a pesar de la dicha y la desdicha, por eso es tan cierto nuestro encuentro, no hay otra manera de decirlo. 

Corro hacia ti y nos abrazamos largamente. Caminamos cogidos de la mano. Caminamos hacia el fin del mundo. La noche ha caído sobre nosotros como una profecía largo tiempo esperada. Las calles están desiertas, somos los únicos sobrevivientes del verano. Este viejo jardín nos estaba esperando. El tiempo ha dejado de ser una angustia. 

Estamos tan completos que no deseamos hacer nada, sólo sentarnos en esta banca y quedarnos como dos sonámbulos dentro del mismo sueño. Los pájaros revolotean entre las amas, caen hojas. Estamos unidos por las manos y por los ojos, por todo lo que somos hoy y hemos logrado rescatar de la rutina de los días iguales. Aquí sentados hemos estado siempre, aquí seguiremos sin despedidas ni distancias en un continuo revivir. Suenan las doce en esta noche perdurable. 

Han pasado mil años, han pasado un segundo o dos. Los pájaros revolotean entre las ramas, caen hojas. Miramos la fachada de una vieja iglesia entre la bruma cálida del amanecer. Miramos las columnas y los nichos como a través de un recuerdo. No hables ahora, guárdame en tus manos. 

Conserva la moneda, tu rostro y el mío, para tardes lluviosas en que el tedio pesa enormemente. Todo sentimiento aparte de nosotros se ha borrado. Velada por nubes altas pasa la una como una herida luminosa en el cielo negro. Los pájaros revolotean entre las ramas, caen hojas. Se anudan las palabras en la garganta, son demasiado usadas para decirlas. Vivimos una noche siempre nuestra. Me afianzo a tus manos y a tus ojos. Es tan claro el silencio que nuestra sangre se escucha. El alumbrado de las calles ha palidecido. Ni un alma transita por ninguna parte. Los árboles que nos rodean están petrificados. Tal vez ya estamos muertos... tal vez estamos más allá de nuestro cuerpo...

Las noches de las guitarras rotas - Amparo Dávila

Una tarde de sábado, de esas en las que uno sale a comprar cualquier cosa, o simplemente a vagar horas y horas por el centro de la ciudad y se detiene en cada aparador observando cuidadosamente todos y cada uno de los objetos como si entre ellos se fuera a encontrar una ganga, o alguna otra cosa largo tiempo buscada, mis hijas y yo caminábamos por el pasaje que se encuentra detrás de la Catedral, rumbo al expendio de los herbolarios. Al pasar frente a un comercio de instrumentos musicales donde había violines, chelos, bongos, maracas y, especialmente, guitarras de todos los tamaños, clases y precios, mis niñas se detuvieron embelesadas:

— ¡Mira qué linda guitarrita! — exclamó Jaina—. Cómpramela, Shábada.

—No puedo ahora, mi vida.

—Sí, Shábada, cómpranos una —pidió también Loren.

—No traigo dinero, niñas.

—Entonces, ¿con qué vas a pagar todas las hierbas que compres? (Jaina sabe muy bien que entre mis grandes aficiones está la de comprar toda hierba, semilla, raíz o corteza que tenga nombre raro o leyenda sobre sus facultades medicinales. Con ellas preparo bastantes cosas, pero especialmente maceraciones y tisanas que bebo, la mayoría de las veces, llevada por la curiosidad de conocer su sabor y comprobar, al mismo tiempo, si son verdaderas o supuestas las cualidades curativas que se les atribuyen. 

A través de la larga experiencia que tengo en estas indagaciones debo confesar que, algunas de las veces en que ensayo brebajes exóticos o poco conocidos, he llegado a sufrir desde leves intoxicaciones hasta serios envenenamientos; pero, no por eso disminuye el vivo interés que siempre he tenido por la investigación de las plantas medicinales ni el asombro ante la comprobación de sus virtudes.)

Las hierbas cuestan muy poco —aclaré a Jaina.

- Pero tú compras cientos, Shábada...

Mientras Jaina y yo discutíamos, Loren tomó una de las guitarritas que estaban sobre un mostrador junto con los bongos y las maracas, y comenzó rascar las cuerdas para averiguar si tenían sonido como las grandes, o sólo eran de juguete.

—Deja esa guitarra, Loren. Les prometo que vendremos a comprar una el próximo sábado.

—¡Qué bonito cutis tiene...!

Miré hacia todos lados buscando de dónde salía aquella voz que había sonado tan suave.

—¿Ha de usar cremas muy caras, verdad?

Entonces la descubrí sentada detrás de uno de los mostradores al fondo de la tienda, casi escondida entre ese mundo de instrumentos, y no pude menos que sentirme totalmente fascinada por aquella mujer que parecía una auténtica muñeca de los veinte. 

Era de tez apiñonada, con una impresionante palidez, que le hacía a uno recordar La montaña mágica o La dama de las camelias. Al acercarme más, observé que esa exagerada palidez se debía, en parte, a los polvos demasiado claros para su tono de piel y usados en exceso. Y en aquel marco encalado resaltaban notablemente sus enormes ojos negros y unas profundas ojeras violáceas que le daban un misterioso atractivo. 

La ceja era sólo una línea de lápiz negro a lo Jean Harlow y la boca pintada de rojo encendido en forma de corazón, "as de corazones rojos, boquita de una mujer..." Llevaba el pelo castaño oscuro peinado muy liso y recogido hacia atrás en una especie de moño a medio hacer, o que estaba a punto de deshacerse. Lo más increíble de todo era su traje: un vestido de terciopelo granate, tan gastado por el uso que en algunas partes casi no tenía pelo, con olanes de gasa color crudo en el cuello y en las mangas.

—No lo crea —le contesté, cuando logré salir un poco del estupor que su aspecto me produjo y de una extraña sensación que comencé a sentir al verla, como si el tiempo diera marcha atrás y yo hubiera estado alguna vez conversando la misma intrascendente charla con esa mujer, en la época de la que ella era fiel retrato.

— ¿Qué se pone entonces?

—Lociones y cremas que yo misma preparo.

—Y también tomas, Shábada —agregó Jaina.

—Porque, sabe usted, yo soy de Guadalajara —empezó, de pronto, a contarme la mujer sin ningún preámbulo— y allí yo usaba varias cremas, jabones, lociones y muchas otras cosas que una amiga de mis tías me enseñó a preparar. 

El esposo de esa señora, que era alemán, había trabajado en su juventud como químico en un laboratorio de cosméticos de Berlín. Cuando vino a México puso una ferretería en Guadalajara y se casó con la amiga de mis tías. Si usted hubiera visto cuántos libros tenía y las fórmulas tan magníficas que había en ellos; pero se me han ido olvidando las recetas, confiando en la memoria nunca tuve la precaución de anotarlas, y hace tiempo que ya no uso casi nada. 

Al verla —añadió con un dejo de melancolía—, no pude menos que fijarme en su cutis tan limpio y terso. A mí se me han empezado a abrir los poros de la nariz... ¡Si viera usted qué buen cutis tenía...! Bueno, los años pasan y uno...

— ¿No usa usted el romero?

— ¿El romero? Lo usé, claro está, es de lo mejor...

—Y la siempreviva, ¿la conoce?

—Sólo he oído hablar de sus propiedades; pero nunca logré saber cómo usarla. ¿Lo sabe usted?

—Sí, sólo que hay varias maneras de prepararla; todo depende de las particularidades de cada tipo de piel. Como yo vengo seguido por aquí, le voy a copiar algunas de las fórmulas que tengo, para que usted elija la que le parezca más conveniente.

En ese momento se quedó pensativa como tratando de recordar algo y se fue muy lejos, se ausentó tanto que yo ya me disponía a marcharme, cuando dijo de pronto:

—Una cosa que es verdaderamente magnífica para los párpados hinchados es la infusión de rosas, porque sabe usted, a veces uno chilla por las noches y al día siguiente los ojos amanecen hechos un desastre, bien abotagados. Pero con unos fomentos de infusión de rosas, apenas tibia, se desinflaman luego, luego...

Vi entonces, en lo oscuro de la noche, a aquella muñeca de los veintes llorando en silencio sobre una dura y fría almohada, e involuntariamente fijé la vista en las ojeras violáceas tan marcadas y profundas. No pude menos que pensar en lo desdichada que debía ser aquella extraña criatura para llorar así a mitad de la noche.

—Usted no ha de llorar seguido, no tiene los párpados hinchados —y me observaba con detenimiento—, pero si algún día... Mire, se pone en la lumbre un pozuelito así —con la mano me indicó el tamaño del jarro—, con la mitad de agua, a calentar a fuego lento, muy lento, y al soltar el hervor se le agregan los pétalos de las rosas, y entonces se tapa y se deja reposar un buen rato...

Ninguna de las dos, ni ella ni yo, nos habíamos dado cuenta de que mientras platicábamos tan entusiasmadas mis hijas probaban una guitarra tras otra, o bien sonaban un bongó con una mano y con la otra una maraca, o ensayaban los violines sacándoles sonidos destemplados, cuando una voz como un trueno, o un rugido, cortó de golpe nuestro diálogo, con tal violencia y en una forma tan sorpresiva, que yo sentí como si aquella interrumpida conversación quedara ahora relegada a un remotísimo pasado.

—¡Dejen allí, niñas, dejen, dejen, dejen las cosas en su lugar, no toquen más, que no toquen nada! ¿Me oyen? ¡Han manoseado todo, desarreglándolo, ensuciándolo, estropeándolo, dejando pintados sus dedos mugrosos, y ella allí, mirando sin importarle nada! ¡Claro!; no le han costado ni un solo centavo, que se acaben, sí, que se acabe todo, todo, ¡qué importa!, pero ella sentada allí cómodamente, platicando encantada de la vida, dejando que cojan todas mis cosas y las llenen de dedos, de chicle, de babas, ¿qué he hecho?, ¿qué cosa he hecho yo para merecer esto?, ¿por qué mis cosas?, mis cosas, sí, lo mío, y la señora platicando, sin importarle nada, nada, ¿por qué?, ¿por qué, Dios mío...?

Mis hijas se quedaron inmóviles, sorprendidas y aterrorizadas por aquella voz y la forma tan brutal en que se les privaba de su entretenimiento; después depositaron tímidamente sobre el mostrador los instrumentos musicales que tenían en las manos. También yo confieso que me asustó y desconcertó bastante aquella irrupción tan violenta y el tono de voz tan colérico y deshumanizado, en el momento en que menos se esperaba. Ella, la muñeca morena, se estremeció de pies a cabeza, con un sacudimiento de terror incontrolado, y enmudeció.

Creo que involuntariamente cerré los ojos al escuchar todas las cosas que aquel hombre profería a gritos; tal vez, ahora pienso, que el estallido de esa horrible voz, como una luz hiriente, me hizo cerrar los ojos al descender de golpe a una realidad no esperada. 

Al abrirlos vi junto a la vitrina donde yo estaba recargada, unos toscos pies calzados con zapatos muy maltratados y sucios. Y al levantar la vista encontré un cuerpo corpulento, convulsionado por la ira, que manoteaba grotescamente o se mesaba los cabellos, y al gritar accionaba y se agitaba de tal manera como si fuera a llegar al frenesí: los brazos retorcidos, las facciones contraídas, distorsionadas, los ojos extraviados. 

No supe bien a bien cómo era su rostro, porque como atraída por un imán toda mi atención se detuvo en unos ojos que se entrecerraban y se empequeñecían como los de las serpientes cuando van a atacar y de ellos salía una mirada helada que penetraba hasta los mismos huesos.

Mis niñas se habían pegado completamente a mí y sentí sus manitas húmedas que buscaban protección.

Sin decir una palabra nos alejamos de allí, no sin antes mirar por última vez a la muñeca vestida de terciopelo granate y boca de corazón. Pero ella miraba ya sin mirar, se había ido, perdiéndose por los sombríos túneles del miedo y el desencanto; hasta llegar a lo profundo de la noche, donde silenciosa y desesperadamente lloraba y lloraba empapando la almohada; hasta que la luz del amanecer entrara a través de la roída cortina encontrando, sobre el piso de la mísera alcoba, los pedazos de unas guitarras rotas y los fragmentos de aquella muñeca triste.

Garden Party - Amparo Dávila

El taxi se detuvo frente a una residencia muy iluminada de donde salían música, carcajadas e infinidad de voces.

—Son 36.50 —dijo el chofer.

—¿Quée di-ce? —preguntó el pasajero con tal extrañeza como si lo sacaran de un profundo sueño.

-Que son 36.50

—¿Tre-inn-ta yse-iss cin-cu-enta? ¿De qués-ta-uss-ted ha-blan-do? Yono sé aqué se re-fi-ere.

—Mire usted —replicó en tono airado el chofer, viendo cara a cara al hombre—, o me paga los 36.50 de la dejada, o me obligará a usar de éstos: —y le mostró los puños.

— ¡Ah...! Sí... lade-ja-da, sí, us-tedd meha-tra-ído   (hip) hass-taquí, ess-ci-erto.

El pasajero comenzó entonces a buscar en los bolsillos del saco y después en los de los pantalones, hasta encontrar un billete arrugado que le entregó al chofer. Abrió la portezuela del automóvil y tropezó al poner los pies en el suelo. Con un gran esfuerzo consiguió recuperar el equilibrio y se dirigió a través del jardín hacia la entrada de la mansión.

—¡Oiga amigo, aquí está su cambio! —gritaba el chofer. Pero aquel hombre alto, flaco y desgarbado, se alejaba  balanceándose de un lado hacia otro como un títere con la cuerda demasiado floja.

—Su invitación, caballero, si me hace usted el favor — solicitó un mozo que recogía las invitaciones en la puerta.

—¿In-vita-ción? ¿Invi (hip)ta-ción? ¿Min-vita-ción di-ceus-tedd? Yonun-cahe ten (hip)ido invi-ta-ci-ones, nisi-qui-era tarje-tass, sa-beuss-tedd, yoso-lo he-ten-ido losbol-sillos va-cí-os ya-hora esstin-menso (hip)do-lor, essta-pena que...

—Tenga la bondad de darme su invitación, caballero —rogó el mozo. Pero el hombre flaco ya había entrado al salón dejando al mozo hablando solo.

El salón se encontraba demasiado iluminado y pletórico. Mujeres elegantísimas muy escotadas o con las espaldas desnudas y cubiertas de joyas desde la cabeza hasta los pies; hombres con frac o smoking, de riguroso puro y opulenta humanidad la mayoría.

El hombre flaco y descuidadamente vestido se sintió bastante incómodo por el exceso de luz y de humo que le hacía arder los ojos de manera insoportable. Sacó un pañuelo sucio y se lo pasó repetidas veces por la cara. Después lo guardó hecho bola y gritó a voz en cuello:

Go-oodd mor-niingg eve-ry body!

Los que se encontraban cerca de él se dieron vuelta y lo miraron ridículo e inaceptable. Un don nadie. No faltó quien comentara que "si ya le había amanecido tan pronto al caballero".

El hombre lanzó entonces una estruendosa carcajada que nunca antes había sido capaz de proferir en sus 48 años.

—Noti-ene impor-tan (hip)cia, esono-tie-nenin-gu-na impor (hip)tancia, dí-ass ono-ches dalo miss-mo loim-por-tann-tes (hip) quese-an bue-nos, lodi-go (hip)yo por-quelo-sé, síse-ñorr, yolo-sé...

En ese momento un hombre de mediana edad, correctamente vestido, se abrió paso y llegó hasta el borracho interrumpiendo su alegato.

—Creí que nunca llegarías ¡pero, hombre! — exclamó en voz baja para que nadie más lo oyera—, te advertí claramente que se trataba de algo muy especial y que vinieras bien vestido. ¡Y mira cómo estás, hecho una verdadera facha! Tú sabías muy bien, Rogelio, que ésta era la oportunidad, tal vez la única oportunidad para que yo te presentara a don Ramón y a don César Rubio. 

Que conseguirte una invitación fue un triunfo. O ¿es que quieres terminar tus días en ese miserable puesto, con un sueldo infeliz que no te alcanza para nada? Después de la faena que he tenido que hacer por ti... De lo que he ponderado tus capacidades administrativas, tu honradez, tu intachable comportamiento... Ahora lo echas todo a perder presentándote como un vagabundo y, como si esto fuera poco, borracho.

Rogelio escuchaba la reconvención como si estuviera dirigida a otra persona, sin que le atañese en lo más mínimo. De pronto logró entender algo de todo aquello que su amigo le decía y sacudió la cabeza como tratando de despejarse.

—Fue don-dePe-rico lle-gué ato-marme un tra-(hip)gui-to, untra-gui-toan-tes dirá cambi-arme de (hip) ropa, sí, derro-pa (hip) pa-rave-nir, un tragui-(hip)to no-máss telo ju-ro porr mi san-tama-dre, unosó-lo (hip) pa-radar-mevalorr ypa-raver sial-guien mede-cía don...

—Por lo que se ve, no fue sólo un traguito, te has de haber bebido hasta al mismo Perico, pero, quitémonos de aquí, no quiero que se hagan más burlas a costa tuya.

—¿Adón-de melle-vas Ós-car?

—Al jardín. Allí hay mesas y, tal vez, con una poca de suerte, podamos encontrar alguna, apartada y discreta, donde pasemos inadvertidos.

—¿Aljar-dín? ¿Essta-rá allí Ce-li-na?

—Podría ser.

—Pero... haydos pu-ertas (hip) ysisa-limos poruna, alome-jor Cel (hip)ina en-tra por (hip)…

—Anda, ven.

—Ós-car, ¿quedi-rec-ción esla-deaquí? —preguntó Rogelio, presa de una gran angustia.

Óscar caminaba por delante y la música y el barullo general no le dejaron escuchar a su amigo. La pregunta de Rogelio quedó sin contestación.

—Que medi-gass ladi-rec (hip)ción, porrfa-vor —pidió en el colmo de la desesperación—, si no me la dan no te la puedo decir Celina... —Y volvió a suplicar tímidamente:

—Porfa-vor di-me ladi-rec (hip)ción... no sé la dirección Celina no sé dónde estoy ni dónde estás tú ahora he perdido a los dos a ti y a mi y Óscar cruel y despiadado no me dice en dónde estoy ni en dónde estás tú ¿en dónde estamos Celina?...

El jardín estaba a media luz con faroles de colores colocados entre las ramas de los árboles y reflectores velados que creaban una atmósfera irreal. También había árboles revestidos de serpentinas y otros totalmente dorados o plateados, en los cuales las luces de los faroles producían efectos sugerentes. 

Algunas mesas se hallaban distribuidas alrededor de la piscina que, premeditadamente, no tenía luz alguna. Desde una plataforma la orquesta ejecutaba, estrepitosamente, los ritmos más populares del momento. Óscar iba y venía arrastrando a Rogelio y buscando afanosamente la mesa más apropiada, hasta que una le pareció conveniente. 

Se sentaron cuidando Óscar que Rogelio quedara de espaldas al escenario y sólo tuviera ante sí la vista de aquel inmenso jardín. Cuando ya estaban instalados, Óscar notó sorprendido que había lágrimas en los ojos de su amigo.

—¡Pero, hombre!, a tu edad... anda, sécate los ojos.

Para ese tiempo y con gran desconsuelo de Óscar, todo el mundo había invadido el jardín ocupando las mesas o disponiéndose a hacerlo.

—Creo que tendremos variedad acuática —comentó con otro, un joven que estaba ahí cerca.

—Y, por supuesto, también el show de las mulatas platinadas.

—Dicen que don Ramón le anda echando los perros a la Suly...

—Ese viejo siempre trae unos forros de primera...

—No se puede negar que tiene buen gusto, y como además es muy espléndido, consigue lo que quiere.

—¿Sabeuss-tedd dón-des-tá Ce-li-na?

—Caballero, yo sólo sé dónde están los whiskys y las princesas, ¿quiere usted uno o una?

—Yoqui-ero queme (hip) diga dón-des-tá Cel-ina, Cel-ina, miCe-lina.

—¡Vamos, hombre! Bébase este high ball a la salud de Celina —y puso su propio vaso en la mano temblorosa del borracho.

Rogelio se quedó un momento como sin entender y sin ver siquiera la copa de whisky, luego, súbitamente, se la bebió sin dejar ni gota. yo no debo beber porque a ti no te gusta Celina que yo beba tú siempre me decías... Pero yo no bebo Celina sólo una copa o dos y no me pasa nada esto de la lengua que siempre me crece no tiene importancia... Celina aquella noche yo pensé que volverías temprano...

— ¡Lo felicito, mi amigo, por su juego de garganta! Otro whisky más y Celina se va al fondo del olvido... —y el joven elegante se fue a saludar a unas muchachas que lo llamaban desde otra mesa.

Óscar le ofreció un cigarrillo a Rogelio, quien lo tomó como autómata.

—A-quí nohay(hip) nada quebe-berr —gritó enfurecido—, queme-den algo, algo (hip) debe-ber, sí, yoqui-ero be-berr, be-berr...

— ¡Cállate! —le ordenó Óscar—, que ya va a empezar el espectáculo.

todo está igual Celina como tú lo dejaste igual nada ha cambiado tus pantuflas verdes que te regalé en Navidad debajo de la cama el cuarto y toda la casa llena de ti de tu perfume estás en todos lados pero no estás Celina Celina dónde estás... —Ten-gola gargan (hip)ta seca, seca, yanopu-edo niha-blar, sí, yano. . . ¿quécla-se delu-gar ess (hip) éste donde-no (hip) ledan auno nada, nadade be-berr?

—Rogelio, contrólate, por favor, te lo suplico, piensa en el ridículo que haríamos si vienen a sacarnos.

—¿Qué desean beber los señores?

Óscar tomó un whisky y Rogelio otro, pero al momento aclaró: —Yono qui-e-ro be-ber, quie-ro queme trai-ga (hip) a Celina, Ce-li-na, por-queCe-lina sefuee... —Y al decir esto, le cambió el tono de la voz hasta llegar a ser casi sollozo—, Celi-nase fue ¿us (hip)tedd sa-be?, Ce-lina sefue, mi (hip)Ce-li-na...

En ese momento Rogelio casi se cayó con todo y silla sobre una dama opulenta y cargada de joyas a más no poder.

—¿Uss-ted vacan (hip)tar, algu-na (hip) a-ria?

—¡Me ha quemado el vestido! —gritó fuera de sí la mujer, al darse cuenta de que Rogelio le había apagado el cigarrillo en la falda de terciopelo.

—¿Ela-ria dela lo(hip)cura?, ¡per-fec (hip)to!, ¡ess-tá uss-tedd enn plan delaPe-ral (hip)ta!

— ¡El colmo, el colmo! Me ha arruinado para siempre mi traje, ¡y un vestido como éste!, no es posible, no es posible...

Las señoras que compartían su mesa y otras sentadas cerca de ella, la rodearon haciendo mil comentarios en voz alta y cuchicheos entre sí, mientras la orquesta ejecutaba una melodía con un ritmo tan desenfrenado y el baterista se despeinaba a tal punto que, al cubrirle los cabellos por completo la cara, podría decirse con justa razón que tocaba a ciegas. — ¡Mi vestido, mi vestido!

— ¡Pero qué desastre, Chata, tu vestido tan lindo...!

— ¡Y tan costoso! Tú sabes, querida, que es nada menos que un Balenciaga, me lo trajo Ramón, de París, cuando fue a la convención.

—Yo nunca pensé que fuera un Balenciaga, ¡claro que se ve a leguas que es un traje fino, pero aquí en México hay cosas muy bonitas, que no le piden nada a Chapareli, o como se diga!

—Los Balenciaga son costosos, costosísimos, Ramón lo mandó hacer expresamente para mí. Fue diseñado de acuerdo con el color de mis ojos y de mi pelo... —Y se echó a llorar.

— ¡Qué falta de consideración hacer estas cosas, es un crimen, un verdadero crimen...!

— Como dañar un Rafael o un Leonardo...

— ¿Dequéha-bla esa (hip) gor-da —preguntó Rogelio a su amigo, sin percatarse de que Óscar había enrojecido totalmente.

— ¡Sí, queridas mías, como se los digo, es un verdadero crimen...!

—Hay que llamar a la policía...

—Pe-ro ¿porr-qué gri-ta esamu-jer, porr-qué (hip) su-fre? Celina yo sé que tú me amas verdad Celina que me amas yo lo sé si lo sé cuando te enojabas conmigo porque no teníamos dinero siempre el maldito dinero yo te decía... bajaste con el vestido gris que tanto me gustaba "después me cuentas eso" yo te iba a platicar que...  qué bella estabas Celina aquella tarde sábado en la tarde no se me olvida olías tan bien tú siempre estás bella eres muy bella "no tardaré después hablamos" yo no quería que salieras esa tarde yo sólo quería pero tú... yo te quería decir "ahora vuelvo" y apenas dizque un beso en la mejilla no me dejaste ni que te besara en la boca "me vas a arrugar el vestido déjame no me despintes chao" sólo hiciste una señal de despedida con la mano yo te he estado esperando esperando Celina dónde estás Celina dónde...

—Siempre, en todos lados del mundo hay seres así de ordinarios, gente que uno ni siquiera conoce ni sabe de dónde sale, que uno jamás invitaría...

—Pe-ro... ¡sies a-ún lamis-ma, lamismí-sima (hip) mu-jer! Di-me Ós-car ¿qui-én es esaes-canda-losa y fe-a y gor-damu-jer? Sí, (hip) ¿essa gor-datan-fea...?

Y Óscar, que no sabía dónde meterse y le pedía a Dios que se lo tragara la tierra, le contestó:

—Es la esposa de don Ramón, es nuestra anfitriona. ¡Buena la has hecho! ¿Por qué, Dios mío, por qué tendré siempre esta infame y perra suerte?

—Yono laco-nozco niqui-ero cono-cerla. ¿Sa-bes Ós (hip)car?, nome guss-tan, ninun-ca, nun-ca, en-mi desgra (hip) ciada vi-da mehan gus-tado e-sass mu-jeres tan (hip) gor-das, estemal-dito hipo y gri-tonass … también Fifí te está esperando está muy triste si vieras qué triste está y qué solo se siente sin ti pasó días y días sin comer muchos días come Fifí Celina mañana vierte yo trataba y trataba de consolarlo pero el pobre perrito tan chiquito tan chiquitito tú lo mimabas mucho sí mucho más que a mí ¿verdad? no lo puedes negar el pobre Fifí tan mal acostumbrado me miraba con unos ojos tan tristes me sigue mirando Celina mirando con unos ojos tan tristes tan tristes que yo...

La variedad de las negras había comenzado. Y los dos jóvenes que estaban junto a la mesa de Óscar y Rogelio solicitaron permiso para sentarse allí. Óscar accedió, cortés: —Encantados, sírvanse sentarse. —Pero mientras se hacían las mutuas presentaciones, él pensaba, presa de la desesperación, que ahora sí había transpuesto las puertas mismas del infierno.

— ¿Cono-ceus-tedd (hip) aCe-lina?

—No tengo el gusto.

—Celi-naes muy be-lla (hip) tie-ne loso-jos azules (hip) yel pe-lo sí elpe-lo ne-gro ne (hip)gro ysus di-en-tes sonmuy blan-cos ti-ene loso-jos azules comun-lis-tón a-zul (hip) sí, a-zul dea-ma-necer comodi-ce  elma (hip)estro La-ra ¿ver-dadd? yti-eneun cu-erpo me-jor sise-ñor me-jor (hip) lodi-go yo porr-que yolo co-noz-co sinna-da  sintapa (hip)-rrabos co-molos desas —y señaló a las mulatas platinadas—, des-nudo sinna-da porrques mí-o ¿sa-beus-tedd?, tie-neel ca-bello ne-gro, ne (hip)gro yasí hass-ta-bajo délos hom-bros yon-du-lado... —y con la mano ejecutó el oleaje del cabello de Celina— ylo-so-jos  (hip) a-zules tana-zules comu-na tra-la la lala lala lalaaa...

—Ya está bien Rogelio, mejor mira la variedad.

—¿Desean  beber algo los señores? ¿Un  whisky, un coñac, un gin and tonic?

—Yobe-bo loque sea pe-roCe-lina seno-ja con (hip) mi-go, di-ce queyo... oigauss-tedd —y jaló de la manga del saco al joven que tenía a su lado—, Ce (hip)lina ess máslin-da quesa mu (hip)jer vestida deblan (hip)co, essano valena-da cerr-cade Celina, Ce-lina (hip) ti-ene elca-be-llo máss ne-gro y loso-jos máss azu-les sí pe-roCe-lina sefue, se fu-e... ¿sa-beus-tedd?

—Sí, claro, ya lo sé desde hace un buen rato.

—Peroe-ra miCe-lina. —Y volvió a jalar al joven, ahora de la solapa.

—Hay muchas Celinas donde quiera. Si le interesa le doy después algunas direcciones...

Celina Celina dónde estás días y noches esperándote semanas enteras sin dormir sin comer dónde estás Celina dímelo por favor sabes Celina yo voy a tener un buen sueldo te compraré muchas cosas muchas aquellos zapatos de charol que tanto te gustaban voy a ser rico Celina sabes muy rico muy rico deveras tendrás todos los vestidos que tú quieras de noche oigo tus pasos subiendo la escalera y tu risa te compraré cientos de perfumes miles de perfumes camino horas y horas buscándote ya no tengo zapatos ni pies te busco por todas partes en los parques a la salida de los cines pero yo sé que te encontraré Celina Fifi se va a morir si tú no vuelves y yo también ya no sé quién tiene la cara más triste si Fifí o yo haré lo que tú quieras todo lo que tú quieras lavaré los trastes que tanto odias iremos a fiestas te compraré una casa como ésta con muchos árboles y flores y piscina te llevaré al cine los domingos y los jueves y a diario si quieres porque yo seré muy rico tendré dinero a montones un automóvil para ti siempre a todas horas oigo tu voz apapachando a Fifí te voy a regalar un vestido rojo como aquel que llevabas cuando nos conocimos cuántos aplausos cuánto ruido quién hace tanto ruido Celina yo quiero estar solo contigo qué mujeres tan horribles se van a romper en pedazos en muchos pedazos tendrán que recogerlos con escoba ya no tengo escoba barro la casa todos los días para que la encuentres limpia te estoy viendo caminar moviendo las caderas déjame verte caminar siempre y reír reír a carcajadas como tú sabes enseñando los dientes no quiero verte enojada ni triste el agua tiene un color muy oscuro no se parece a tus ojos me paso las horas contemplando el cielo allí hay muchos ojos tuyos nuestra casa me da miedo me da mucho miedo estar solo pero cuánto ruido por qué tanto ruido y tanta gente dónde estoy Celina dónde estás tú...

—Qui-ero be-berr, be-berr, tengola gar-ganta (hip) seca quequi-ero u-na copa queme den u-naco-paporrr que...

—Ya viene el mesero, cálmate...

—Queyo qui-ero be-berr ¿me oyen? be-berr be-berrr...

Y sin esperar más se levantó y se fue tambaleando antes de que Óscar pudiera detenerlo. Rogelio sorteaba las mesas con gran dificultad, tanta, que Óscar no dudó de que se cayera de bruces sobre alguna. Sin embargo, no intentó ya seguirlo y decidió dejarlo a su suerte. Además, pensaba que al encontrar la copa regresaría. ¿A dónde más podría ir en ese estado?

Rogelio se fue tropezando a cada paso, hasta el extremo opuesto del jardín. Se quedó un buen rato apoyándose en el grueso tronco de un árbol, mirando fijamente la piscina en cuyas aguas oscilaban las luces de los faroles colgados en los árboles, produciendo dentro del agua formas indefinibles.

allí has de estar escondiéndote de mi si allá abajo viéndome sufrir y sufrir hasta ya no poder más ocultando tus ojos azules en la oscuridad del agua riéndote riéndote de que no he sido ni soy capaz de encontrarte pero ya sé si ahora lo sé que estás allí en el fondo acostada y desnuda esperando y riéndote desparramados tus negros cabellos en el agua y los peces entrando y saliendo recorriendo todo tu cuerpo descansando sobre tus senos sobre tu vientre jugando en ese cuerpo que es sólo mío sólo mío pero óyelo no serás de los peces ni del agua que te rodea y te esconde agua maldita que te cubre que me aparta de ti de tu cuerpo mío sólo mío oyes ni de los peces ni del agua mío solamente mío mío...

Y entre aquel frenesí, entre gritos y aplausos, unas burbujas y una ondulación en el agua no fueron vistas por nadie.

La rueda - Amparo Dávila

Al salir de Sanborns de Niza, después de haber desayunado con una amiga mi acostumbrado jugo de naranja, café y tostadas con mantequilla, un sol tibio inundaba las calles. En mi reloj eran cerca de las nueve, y contaba aún con media hora antes de asistir a la cita con el señor Fernández. Decidí hacer un poco de tiempo mirando los aparadores. 

Me detuve frente a uno de la calle de Hamburgo que atrajo especialmente mi atención por unas preciosas bolsas de cocodrilo de excelente calidad y de modelos originales y novedosos, así carteras, cinturones, billeteras y otros muchos objetos de piel. 

En un espejo que se encontraba en interior de la tienda me vi reflejada, lo que aproveché para arreglarme un poco el cabello. Cuando me estaba retocando el peinado, llegó un joven y lo colocó a mi lado. Al sentir su mirada me di vuelta y lo contemplé frente a frente. Era un hombre joven, moreno. 

Un fuerte escalofrío me recorrió de pies a cabeza. No podía ser otra persona, nadie más, sino él. "¿E...res Mar...cos?" "Sí", escuché; pero sus labios no se movieron al hablar. Presa de una indecible angustia y de un terror indescriptible, de ese terror que entra en la vida por las puertas del alma, comencé a caminar rumbo al despacho del señor Fernández. 

Hubiera querido correr, emprender una loca y desenfrenada carrera y perderlo de vista; pero un fuerte temblor se había apoderado de todo mi cuerpo, y mis piernas apenas lograban sostenerme. Mi corazón daba tumbos golpeando sordamente. De reojo, porque no me atrevía a verlo abiertamente, lo miraba caminar junto a mí, casi pegando su cuerpo al mío. 

De pronto, al atravesar la calle, el pavimento se agrietó y caímos los dos en un negro abismo, pero no nos precipitamos de golpe hacia las profundidades sino que descendíamos como dentro de un remolino o de una fuerza centrífuga que nos envolvía y nos jalaba hacia sus entrañas. 

Allí, juntos, atraídos por aquella fuerza arrolladora e irresistible, alcanzaba a ver a Marcos a través de la escasísima claridad que aún se filtraba de la superficie. A veces veía su cuerpo completo, desnudo, esbelto y hermoso como había sido; otras, la cabeza sola, o el cuerpo mutilado; después, sólo miembros sueltos, un brazo, una pierna, una mano, dedos crispados, los ojos, la boca distorsionada por una sonrisa sarcástica. 

"No, por Dios", grité desesperada; es decir, grité dentro de mí, porque ya la voz no salía de la garganta y sólo el pensamiento nos comunicaba. "No, no quiero morir aún, déjame, tengo innumerables cosas por hacer, mi familia, mis amigos, todo lo que amo, tengo mucho, mucho que terminar en la vida, todo lo que me fue encomendado y debo cumplir antes de irme, no, no deseo, no quiero morir ahora, no estoy dispuesta todavía, déjame salir, volver a la superficie, a la luz, al sol que amo, a esas pequeñas cosas que se nos dan sin tributo, tú estás muerto desde hace tiempo ya no puedes hacer ni exigir nada, ya no tienes qué hacer aquí en la tierra, debes entenderlo, aléjate, aléjate de mí, vete al sitio que te corresponde, en donde debes estar, en donde descansarás con los que te precedieron, yo quiero vivir, vivir, hay sangre caliente corriendo por mis venas, hay tanto deseo, tantos deseos insatisfechos y dañando, exigiendo su realización, déjame seguir viviendo, por piedad, he salido hace tan poco tiempo del infierno, estoy aún en pleno purgatorio, tú lo sabes bien, no he sabido sino de torturas y dolores, angustia y soledad, antes de morir quiero conocer muchas cosas en las que he soñado siempre, países, mares, ruinas, sitios hermosos, todo lo que alimenta al espíritu, conocer también antes de morir un hombre verdadero, total, íntegro, un hombre en toda la extensión y sentido de la palabra, y no sólo fragmentos y despojos de seres humanos, aproximaciones o dolorosas caricaturas de un hombre con imágenes desleídas o terribles que desgarran el alma y las entrañas, conocer un hombre auténtico, sentir tú amor y gozarlo, comprobar que existe la ternura verdadera y sencilla, la tranquilidad, la paz del alma, la dicha burguesa y limitada de la mayoría de las gentes que van los sábados al cine y los domingos a comer al campo, quiero vivir, quiero ver otra vez el mar, el cielo, los ojos de mis niñas, no quiero, no quiero morir aún, déjame por Dios, déjame vivir... "

Y entre aquella negrura, porque la luz ya sólo era un recuerdo, yo sentía aquellos miembros fríos, desarticulados y como gelatinosos que se adherían a mi cuerpo como si fueran ventosas o sanguijuelas enloquecidas que trataban furiosamente de chuparme la vida, absorber mi ser, arrastrándome más abajo, más abajo, cada vez más abajo, sin apiadarse de mi desesperación, ni de los gritos que se transformaban en sordos ronquidos, o estertores, dentro de mi garganta. 

Entonces, sí, entonces, llegó desde muy lejos un largo timbre que cada vez iba aumentando en intensidad. Abrí los ojos y respiré honda, profundamente. Estaba empapada en sudor frío, mi corazón latía descompasado y la respiración era tan agitada como si hubiera corrido a través de la larga noche. 

"Las siete de la mañana, gracias a Dios son las siete de la mañana", me oí decir de manera casi automática, al tiempo en que experimentaba una gran alegría, la alegría de estar viva aún y no muerta, o camino hacia la muerte como en el terrible sueño recién terminado. Sí, era maravilloso el estar con vida a las siete de la mañana de un lunes de agosto y haber salido de aquel desquiciante sueño.

—Buenos días, señora, aquí está su té —dijo Juana y me acercó la taza que tomaba siempre al despertar—; pero, ¿qué le pasa? Está muy pálida, ¿se siente mal?

—No, estoy bien, sólo que tuve una pesadilla, una horrible pesadilla, pero gracias a Dios terminó. ¿Ha llamado alguien por teléfono?

—La señorita Teresa llamó anoche, antes de que usted llegara, para recordarle que van a desayunar juntas.

Tomé el té y me metí a la regadera. Con el agua aliente cedió la tensión de los músculos y, después de frotarme el cuerpo con mi colonia favorita, me sentí tan bien como si hubiera tenido un buen descanso. Me vestí y arreglé cuidadosamente pues tenía que ver a varias personas después de desayunar con mi amiga Teresa.

El cielo estaba limpio, con un azul increíble cuando salí de casa, cerca de las ocho. Con gran desencanto, al sacar el automóvil me di cuenta que éste tenía una llanta completamente baja, "siempre tienen que suceder estas cosas cuando uno lleva prisa", y me dispuse a buscar un taxi, bastante contrariada, sabiendo que a esa hora es casi un milagro encontrar uno. 

Teresa ya habría llegado, sin duda alguna, porque las dos gustábamos de la puntualidad. Como lo temía no logré conseguir ningún taxi y tuve que tomar dos camiones para llegar hasta Sanborns de Niza donde me esperaba mi amiga. 

Cuando por fin logré llegar ella ya había empezado a desayunar. Entraba a su trabajo a las nueve y sólo faltaba media hora. Me tranquilizó encontrarla comiendo tranquilamente, y comencé a contarle mis contratiempos.

—Pero, ¿qué vas a desayunar ahora? —preguntó interrumpiendo mi relato y sonriéndose porque de sobra sabía que nunca varío mi desayuno.

—Lo mismo de siempre.

—No cabe duda de que comes como un pajarito. Yo no me explico cómo puedes vivir y trabajar con esa alimentación —decía mientras devoraba sus huevos con tocino y frijoles refritos, y yo bebía lentamente mi café, después de haber tomado el jugo de naranja y untaba una tostada con mantequilla.

—No me vas a creer si te cuento que Elvira ya se va a casar.

—¿Es en serio, o estás bromeando? —le pregunté.

—No, no, te lo digo en serio, ya avisó que trabaja sólo hasta el día último.

—¿Y cómo le hizo?

—Todo el mundo dice que es un milagro patentado, con esa cara y ese cuerpo —y se sirvió otra taza de café.

—Además, es una tremenda enredosa. Yo siempre le saco la vuelta.

—Y como tú todo el mundo. La que está que se muere de rabia es la Güera. ¿Te acuerdas de las apuestas que hizo con todo el mundo?

Y así, entre comentarios de la última película, de la barata del Palacio de Hierro, de la carta de Luis Mario, de los zapatos de Pertegaz que son un verdadero primor y tan cómodos, y quedando en vernos el sábado a las siete de la noche para ir a la exposición de pintura francesa, Teresa se fue corriendo a los cinco para las nueve y yo todavía me fumé otro cigarrillo, con toda calma.

Al salir de Sanborns, un sol tibio bañaba las calles. En mi reloj eran las nueve, y yo contaba aún con media hora antes de asistir a la cita con don Manuel Fernández. Decidí hacer un poco de tiempo mirando los aparadores. Me detuve frente a uno de la calle de Hamburgo que atrajo especialmente mi atención por unas preciosas bolsas de cocodrilo, de excelente calidad y modelos originales y muy novedosos, así como carteras, cinturones, billeteras y otros muchos objetos de piel. 

En un espejo, que se encontraba en el interior de la tienda, me vi reflejada, lo cual aproveché para arreglarme un poco el cabello. Cuando estaba retocando mi peinado llegó un joven y se colocó a mi lado "Al sentir su mirada me di vuelta y lo contemplé frente a frente. Era un hombre joven, moreno. Un fuerte escalofrío me recorrió de pies a cabeza. No podía ser otra persona, nadie más, sino él. Pero, ¿usted no es Marcos, verdad...?

El patio cuadrado - Amparo Dávila

Atardecía y desde el patio descubierto se podía ver un crepúsculo tan enrojecido como un incendio o como un mar de púrpura. Era uno de esos patios de provincia, cuadrados, con corredores y habitaciones a cada lado. Horacio estaba junto a mí mirando el atardecer, y en los rincones de los corredores unos embozados permanecían replegados y quietos como si fuera un coro secundario; un acompañamiento en sordina, o a sotto voce

No sé si sería por aquel ocaso ensangrentado o porque era esa hora de la tarde en que uno se siente especialmente triste que ninguno de los dos hablábamos. De pronto descubrí la silueta de un hombre que se recortaba contra el fondo rojísimo del cielo como un puñal negro, clavado en el borde mismo de la cornisa del patio. Un mínimo impulso bastaba para que se precipitara al vacío.

—Se va a matar —le dije a Horacio.

—Se va a matar —dije de nuevo, porque el hombre permanecía sin dar un paso atrás, como si estuviera resuelto a lanzarse.

Busqué con la mirada a Horacio pero ya no estaba junto a mí. Me tranquilizó saber que había comprendido mi mensaje y lo iba a salvar. Ansiosamente esperé verlo llegar detrás del hombre; pero los minutos pasaban y Horacio no aparecía. Mientras el atardecer se desgaja en jirones sangrantes.

Entonces supe que Horacio estaba frente al suicida en el otro extremo del patio, en idéntica actitud: como dos dagas clavadas frente a frente, como dos neones en un tablero de ajedrez.

—Se va a matar —dije, ya sin esperanza, mirando al desconocido.

En ese mismo instante Horacio se precipitó al vacío. Los embozados que habían permanecido inmóviles todo el tiempo lanzaron un graznido siniestro y se arrojaron voraces sobre el cuerpo caído, cubriéndolo con sus alas parduzcas y membranosas.

Yo comencé a retroceder, a retroceder... Entré en el cuarto donde se guardaban los juguetes de la infancia, pero aquella habitación llena siempre de muñecas, pelotas, osos, patines, era ahora un enorme vestidor con percheros repletos de ropa. 

Una vez que se entraba ahí ya no era posible ver sino prendas de vestir por todos lados, como si fuera una tienda de empeño o de esas en que se alquilan trajes para toda ocasión. Había cientos, miles de vestidos lindos y costosos de los estilos y olores más diversos; cualquier prenda de ropa que uno pudiera desear estaba allí. Con gran entusiasmo me dediqué a probarme todas las cosas, pero nada me quedaba bien, o era grande o era chico, largo, apretado. No había nada a mi medida, nada. 

Comencé a desesperarme y a sufrir verdaderamente por no encontrar algo de mi talla, pero no cesaba en mi empeño y me medía vestidos y más vestidos, y abrigos y sacos y capas, blusas y faldas y négligés. Estaba muy atareada cuando oí que me llamaban por mi nombre una y otra vez. Reconocí la voz de Olivia que salía de entre la ropa.

—Olivia, ¿dónde estás?

No hubo respuesta a mi pregunta, pero volví a oír el mismo llamado.

—Olivia, Olivia, ¿dónde estás?

—Aquí estoy, en el centro del cuarto —contestó entonces con una voz muy queda, como si la ropa la sofocara.

Me puse a remover trajes y más trajes tratando de apartarlos y despejar el camino hacia ella. Lograba pasar entre un perchero y encontraba otro y después otro y luego otro y otro, como si la ropa y los percheros se multiplicaran y no me dejaran nunca llegar hasta Olivia. 

Por fin conseguí salir de aquel mundo de ropa y verla vestida toda de negro y velado el rostro por gasas también negras. Estaba de pie en el centro de un círculo, una circunferencia pequeñísima que parecía pertenecerle.

— ¿Qué haces aquí? —le pregunté.

Ella avanzó un paso, o nada, pero yo sentí que se encaminaba hacia mí, mientras sus manos apartaban las gasas que la velaban.

—Estoy muerta —dijo—, ¿no te has dado cuenta de que estoy muerta, de que hace mucho tiempo que estoy muerta?

Y al apartar los velos que la cubrían yo tuve ante un rostro hueco, una cavidad donde yo miraba al vacío.

—Estoy  muerta, muerta...

Y siguió avanzando lentamente hacia mí. Yo me lancé entre aquella maraña de vestidos, que ahora volaban y eran negros murciélagos y búhos y buitres y telarañas que mis manos arrancaban en la huída…

Yo comencé a retroceder, a retroceder...

Me precipité dentro de una habitación donde había dos hombres de edad, sentados frente a una mesa triangular, leyendo un gran libro bajo la luz blanquísima de una lámpara de látigo. Mi súbita aparición los sobresaltó y levantaron la vista del volumen para observarme con todo detenimiento. 

Alcancé a ver que leían La interpretación de los sueños, por lo que encontré muy conveniente y oportuno consultarles algo que me preocupaba mucho desde hacía tiempo. Accedieron a mi súplica y me invitaron cortésmente a tomar asiento frente a la mesa en el tercer ángulo que estaba desocupado.

—Un hombre, el mismo siempre, me persigue con un enorme puñal todas las noches cuando duermo. Es un tormento indecible el temor con que vivo de que algún día me dé alcance y yo no despierte más —les dije.

—Bien sé yo lo que es eso —dijo el menos viejo de los dos—, yo sufro la persecución diaria, constante, de una nube de mariposas negras que aparecen siempre en cualquier momento, en cualquier parte donde me encuentre. 

Es una nube espesa que se cierne sobre mi cabeza y que, si corro, se desplaza con el mismo ritmo de mi carrera no dejándome sitio donde protegerme y librarme de ella; me persigue sin descanso como una sombra delatora proyectada hacia arriba; a veces la siento ya tan cerca de mí que tengo que llevarme las manos sobre la cabeza y correr agachado, casi pegado al suelo, para evitar el roce de sus alas tamizadas de un polvo parduzco y rancio...

—Imágenes, símbolos, persecución siniestra —gritó el más viejo, interrumpiendo al otro—, no hay escapatoria posible al huir de nosotros mismos; el caos de adentro se proyecta siempre hacia afuera; la evasión es un camino hacia ninguna parte..., pero no hay que sufrir ni atormentarse, iniciemos el juego; el ambiente es propicio, sólo la magia perdura, el pensamiento mágico, el sortilegio inasible de la palabra...

—Sí, encendamos el fuego, hay que adorar al fuego, la magia roja, vibrante y abrasadora —decía el otro hombre sacando su encendedor, y el encendedor era un gran falo metálico, pulido y reluciente.

Los dos hombres iniciaron una hoguera con todo lo que había en la habitación, rompiendo sillas, bancos, apilando cojines, libros y papeles que sacaban de un gran archivero verde.

— ¡Que vengan ahora las mariposas negras! — gritaba el menos viejo, dándose golpes en el pecho como un hombre de las cavernas—. ¡Sí! ¡Que vengan las mariposas negras a quemar sus pinches alitas en el fuego ancestral, el fuego que no se consume nunca, el fuego infinito de ayer, de hoy y de mañana...

— Éstas son las memorias de mi infancia —gritaba riéndose a carcajadas el más viejo—, Requiescat in pace en ti, ¡oh fuego!, ¡oh magia roja!, ¡oh matriz redonda y tibia que nos abortaste! —y despedazaba amarillentos papeles.

El otro hombre danzaba alrededor de la hoguera y deshojaba sus cartas de amor.

—Me quiere, no me quiere, mucho, poquito, nada, me quiere, no me quiere, mucho, poquito...

—Ayúdame —gritaba el más viejo mientras sacaba un enorme fajo de recibos, muchos de ellos timbrados—, incineremos las rentas, los recibos de la luz, del teléfono y del gas; los recibos de las prostitutas que hemos archivado para llevar un minucioso inventario de entradas y salidas, para ser disciplinados y exactos en nuestra contabilidad sexual y económica, como los seres ordenados que llevan su vida al día y que escriben su diario y sus memorias.

Yo comencé a desnudarme, e iba arrojando a la hoguera las prendas que me quitaba; como la única cooperación que podía ofrecerles para alimentar el fuego. Ellos, muy ocupados en su trabajo, sólo levantaban, de cuando en cuando, los lentes empañados por el humo y sonreían bastante complacidos por aquella espontánea muestra de colaboración.

—No, eso no, eso no —gritó el menos viejo al ver que el otro hombre iba a arrojar al fuego tres cartapacios repletos de fotos—, eso no, jamás, que se salven los retratos pornográficos, ¿qué haríamos después, sin ellos? — dijo bajando el tono de la voz hasta que llegó a ser sólo un dulcísimo murmullo—, ¿qué haríamos sin ellos esas largas noches del insomnio? —y de sus ojos empezaron a rodar densas lágrimas—, piensa que nuestra imaginación ya no es una virgen impetuosa sino una anciana que se fatiga y solicita ayuda para atravesar una calle...

—Bien, rescataremos los retratos pornográficos —dijo el más viejo totalmente convencido por las pesadas lágrimas y el razonamiento tan sensato de su amigo.

—Rescataremos los retratos pornográficos, matarili, rili, rili, matarili, rili, ron —cantábamos ahora los tres tomados de las manos alrededor del fuego—, matarili, rili, rili, matarili, rili, ron, ¿qué quiere usted, matarili, rili, ron...?

Yo comencé a toser sin parar porque el polvillo de las alas quemadas de las mariposas negras se me metía hasta la garganta, y el humo comenzaba a asfixiarme. Sin despedirme de ellos, abrí la puerta y salí.

Y comencé a retroceder...

Me encontré en un gran salón lleno de libros, algo así como una gran biblioteca o librería en reparación, puesto que los volúmenes se apilaban en el piso o sobre los bancos y los estantes estaban vacíos. Por todos lados había libros. Un joven flaco y pálido los sacudía con un plumero anaranjado, pero no hacía nada por acomodarlos en los anaqueles. Al verme se encaminó hacia mí y me preguntó si deseaba algún libro.

—Hace tiempo que busco el Rabinal Achí —le contesté.

—¿El Rabinal Achí? —preguntó sorprendido.

—Sí, el Rabinal Achí.

—Es bastante absurdo querer leer el Rabinal Achí sin ninguna preparación, así como así —dijo muy serio rascándose el mentón con un dedo largo y amarillento—; no, no es posible.

— ¿Puede decirme por qué?

—Pero..., ¿es que no sabe usted que para leer ese libro se necesita haber llegado a un grado especial, es decir a un estado de gran pureza mental?

—Nunca lo he sabido, ni me interesa —le contesté marcando bien las palabras. Él se encogió de hombros y se me quedó mirando fijamente.

—Y qué clase de pureza se requiere para poder leerlo? —pregunté, ya en un tono más amable.

—La lograda a base de una diaria y ardua disciplina del espíritu y del cuerpo —dijo displicente, y siguió sacudiendo libros.

— ¿Y eso cómo se adquiere, mediante cuáles prácticas?

—Bueno, es bastante complicado de explicar, tomaría mucho tiempo —y se fue sin más a atender a un señor que había llegado.

Yo me quedé sin saber qué pensar, muy extrañada y molesta por la actitud del joven pálido. Casi al momento regresó y me dijo:

—Creo que puedo recomendarle para empezar el entrenamiento, o sea como un simple paso de iniciación, el Hatha Yoga.

—¿El Hatha Yoga? No me parece nada del otro mundo. Debe usted saber que durante años me he parado de cabeza todas las mañanas al levantarme.

—Eso no es nada —dijo con sarcasmo—, cuando usted pueda hacer esto hablaremos —agregó a tiempo que se elevaba como un metro sobre el piso y colocaba un libro en la tabla más alta del librero—, o esto —añadió mientras tomaba aire por la nariz y yo veía cómo se sostenía sobre el piso sólo con el dedo índice de la mano izquierda y todo su cuerpo era una línea con los pies hacia arriba y la cabeza hacia abajo sin tocar el suelo.

—¿Nada fácil, verdad? —dijo volviendo a su posición normal.

—¿Y cuánto cuesta el Rabinal Achí? —se me ocurrió preguntar, ya bastante molesta por la marcada impertinencia de aquel jovencito tan flaco y pálido.

—¿Que cuánto cuesta el libro? Usted no puede comprarlo, mi estimada señora.

Busque en mi bolsa para saber cuánto llevaba y que tenía cerca de doscientos pesos.

—Tengo dinero suficiente para comprar ese libro y otros que se me antojen —le contesté golpeando las palabras.

—No se trata de dinero, señora. Usted no comprende...

—Pero entonces, ¿cómo puedo...?

—Su valor no es material, se lo he dicho a usted, hay que merecerlo o ganarlo, rescatarlo si usted quiere.

Como se dio cuenta de que yo no entendía nada, dijo en un tono más cordial:

—Venga conmigo, le mostraré dónde se encuentra el Rabinal Achí.

Lo seguí y pasamos a otro salón donde había una piscina en el centro.

—Mire al fondo.

En el fondo de la piscina que estaba iluminada como si fuera un escaparate había muchos libros. Las letras fosforescentes de los títulos bailaban en e1 agua: r...a...b...i...n...a...l...a...ch...í   ...sí, Rabinal Achí, ahí estaba.

—Pero ¿qué hacen los libros dentro de la piscina? —le pregunté sorprendida—. ¿No se mojan?

—Nada les pasa, el agua es su elemento y ahí estarán bastante tiempo hasta que alguien los merezca o se atreva a rescatarlos.

—¿Por qué no me saca uno?

—¿Por qué no va usted por él? —dijo mirándome de una manera tan burlona que me fue imposible soportar.

—¿Por qué no? —contesté al tiempo en que me zambullía en la piscina.

Al tirarme pensé que habría como dos metros de profundidad y que con la sola zambullida llegaría hasta el fondo, pero la piscina resultó más honda y los libros estaban mucho más abajo de lo que calculaba. 

Seguí sumergiéndome y cuando ya creía que mis manos tocarían los libros me daba cuenta de que estaban aún más abajo, todavía más, y así seguí hundiéndome más y más, cada vez más, en el agua iluminada y fosforescente, hasta que sentí que ya no tenía casi aire, que solamente me quedaba el necesario para salir y respirar. 

Comencé entonces a nadar hacia arriba con toda la rapidez de que era capaz, no deseando ya ni libros ni ninguna otra cosa sino respirar, respirar hondo, llenar los pulmones, respirar una vez más, una vez más, y subía y subía ya sin aire, desesperada por respirar un poco de aire, de aire, de aire... hasta que mis manos chocaron con algo duro y metálico, algo como una tapa, como la tapa de un enorme sarcófago.