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El patio cuadrado - Amparo Dávila

Atardecía y desde el patio descubierto se podía ver un crepúsculo tan enrojecido como un incendio o como un mar de púrpura. Era uno de esos patios de provincia, cuadrados, con corredores y habitaciones a cada lado. Horacio estaba junto a mí mirando el atardecer, y en los rincones de los corredores unos embozados permanecían replegados y quietos como si fuera un coro secundario; un acompañamiento en sordina, o a sotto voce

No sé si sería por aquel ocaso ensangrentado o porque era esa hora de la tarde en que uno se siente especialmente triste que ninguno de los dos hablábamos. De pronto descubrí la silueta de un hombre que se recortaba contra el fondo rojísimo del cielo como un puñal negro, clavado en el borde mismo de la cornisa del patio. Un mínimo impulso bastaba para que se precipitara al vacío.

—Se va a matar —le dije a Horacio.

—Se va a matar —dije de nuevo, porque el hombre permanecía sin dar un paso atrás, como si estuviera resuelto a lanzarse.

Busqué con la mirada a Horacio pero ya no estaba junto a mí. Me tranquilizó saber que había comprendido mi mensaje y lo iba a salvar. Ansiosamente esperé verlo llegar detrás del hombre; pero los minutos pasaban y Horacio no aparecía. Mientras el atardecer se desgaja en jirones sangrantes.

Entonces supe que Horacio estaba frente al suicida en el otro extremo del patio, en idéntica actitud: como dos dagas clavadas frente a frente, como dos neones en un tablero de ajedrez.

—Se va a matar —dije, ya sin esperanza, mirando al desconocido.

En ese mismo instante Horacio se precipitó al vacío. Los embozados que habían permanecido inmóviles todo el tiempo lanzaron un graznido siniestro y se arrojaron voraces sobre el cuerpo caído, cubriéndolo con sus alas parduzcas y membranosas.

Yo comencé a retroceder, a retroceder... Entré en el cuarto donde se guardaban los juguetes de la infancia, pero aquella habitación llena siempre de muñecas, pelotas, osos, patines, era ahora un enorme vestidor con percheros repletos de ropa. 

Una vez que se entraba ahí ya no era posible ver sino prendas de vestir por todos lados, como si fuera una tienda de empeño o de esas en que se alquilan trajes para toda ocasión. Había cientos, miles de vestidos lindos y costosos de los estilos y olores más diversos; cualquier prenda de ropa que uno pudiera desear estaba allí. Con gran entusiasmo me dediqué a probarme todas las cosas, pero nada me quedaba bien, o era grande o era chico, largo, apretado. No había nada a mi medida, nada. 

Comencé a desesperarme y a sufrir verdaderamente por no encontrar algo de mi talla, pero no cesaba en mi empeño y me medía vestidos y más vestidos, y abrigos y sacos y capas, blusas y faldas y négligés. Estaba muy atareada cuando oí que me llamaban por mi nombre una y otra vez. Reconocí la voz de Olivia que salía de entre la ropa.

—Olivia, ¿dónde estás?

No hubo respuesta a mi pregunta, pero volví a oír el mismo llamado.

—Olivia, Olivia, ¿dónde estás?

—Aquí estoy, en el centro del cuarto —contestó entonces con una voz muy queda, como si la ropa la sofocara.

Me puse a remover trajes y más trajes tratando de apartarlos y despejar el camino hacia ella. Lograba pasar entre un perchero y encontraba otro y después otro y luego otro y otro, como si la ropa y los percheros se multiplicaran y no me dejaran nunca llegar hasta Olivia. 

Por fin conseguí salir de aquel mundo de ropa y verla vestida toda de negro y velado el rostro por gasas también negras. Estaba de pie en el centro de un círculo, una circunferencia pequeñísima que parecía pertenecerle.

— ¿Qué haces aquí? —le pregunté.

Ella avanzó un paso, o nada, pero yo sentí que se encaminaba hacia mí, mientras sus manos apartaban las gasas que la velaban.

—Estoy muerta —dijo—, ¿no te has dado cuenta de que estoy muerta, de que hace mucho tiempo que estoy muerta?

Y al apartar los velos que la cubrían yo tuve ante un rostro hueco, una cavidad donde yo miraba al vacío.

—Estoy  muerta, muerta...

Y siguió avanzando lentamente hacia mí. Yo me lancé entre aquella maraña de vestidos, que ahora volaban y eran negros murciélagos y búhos y buitres y telarañas que mis manos arrancaban en la huída…

Yo comencé a retroceder, a retroceder...

Me precipité dentro de una habitación donde había dos hombres de edad, sentados frente a una mesa triangular, leyendo un gran libro bajo la luz blanquísima de una lámpara de látigo. Mi súbita aparición los sobresaltó y levantaron la vista del volumen para observarme con todo detenimiento. 

Alcancé a ver que leían La interpretación de los sueños, por lo que encontré muy conveniente y oportuno consultarles algo que me preocupaba mucho desde hacía tiempo. Accedieron a mi súplica y me invitaron cortésmente a tomar asiento frente a la mesa en el tercer ángulo que estaba desocupado.

—Un hombre, el mismo siempre, me persigue con un enorme puñal todas las noches cuando duermo. Es un tormento indecible el temor con que vivo de que algún día me dé alcance y yo no despierte más —les dije.

—Bien sé yo lo que es eso —dijo el menos viejo de los dos—, yo sufro la persecución diaria, constante, de una nube de mariposas negras que aparecen siempre en cualquier momento, en cualquier parte donde me encuentre. 

Es una nube espesa que se cierne sobre mi cabeza y que, si corro, se desplaza con el mismo ritmo de mi carrera no dejándome sitio donde protegerme y librarme de ella; me persigue sin descanso como una sombra delatora proyectada hacia arriba; a veces la siento ya tan cerca de mí que tengo que llevarme las manos sobre la cabeza y correr agachado, casi pegado al suelo, para evitar el roce de sus alas tamizadas de un polvo parduzco y rancio...

—Imágenes, símbolos, persecución siniestra —gritó el más viejo, interrumpiendo al otro—, no hay escapatoria posible al huir de nosotros mismos; el caos de adentro se proyecta siempre hacia afuera; la evasión es un camino hacia ninguna parte..., pero no hay que sufrir ni atormentarse, iniciemos el juego; el ambiente es propicio, sólo la magia perdura, el pensamiento mágico, el sortilegio inasible de la palabra...

—Sí, encendamos el fuego, hay que adorar al fuego, la magia roja, vibrante y abrasadora —decía el otro hombre sacando su encendedor, y el encendedor era un gran falo metálico, pulido y reluciente.

Los dos hombres iniciaron una hoguera con todo lo que había en la habitación, rompiendo sillas, bancos, apilando cojines, libros y papeles que sacaban de un gran archivero verde.

— ¡Que vengan ahora las mariposas negras! — gritaba el menos viejo, dándose golpes en el pecho como un hombre de las cavernas—. ¡Sí! ¡Que vengan las mariposas negras a quemar sus pinches alitas en el fuego ancestral, el fuego que no se consume nunca, el fuego infinito de ayer, de hoy y de mañana...

— Éstas son las memorias de mi infancia —gritaba riéndose a carcajadas el más viejo—, Requiescat in pace en ti, ¡oh fuego!, ¡oh magia roja!, ¡oh matriz redonda y tibia que nos abortaste! —y despedazaba amarillentos papeles.

El otro hombre danzaba alrededor de la hoguera y deshojaba sus cartas de amor.

—Me quiere, no me quiere, mucho, poquito, nada, me quiere, no me quiere, mucho, poquito...

—Ayúdame —gritaba el más viejo mientras sacaba un enorme fajo de recibos, muchos de ellos timbrados—, incineremos las rentas, los recibos de la luz, del teléfono y del gas; los recibos de las prostitutas que hemos archivado para llevar un minucioso inventario de entradas y salidas, para ser disciplinados y exactos en nuestra contabilidad sexual y económica, como los seres ordenados que llevan su vida al día y que escriben su diario y sus memorias.

Yo comencé a desnudarme, e iba arrojando a la hoguera las prendas que me quitaba; como la única cooperación que podía ofrecerles para alimentar el fuego. Ellos, muy ocupados en su trabajo, sólo levantaban, de cuando en cuando, los lentes empañados por el humo y sonreían bastante complacidos por aquella espontánea muestra de colaboración.

—No, eso no, eso no —gritó el menos viejo al ver que el otro hombre iba a arrojar al fuego tres cartapacios repletos de fotos—, eso no, jamás, que se salven los retratos pornográficos, ¿qué haríamos después, sin ellos? — dijo bajando el tono de la voz hasta que llegó a ser sólo un dulcísimo murmullo—, ¿qué haríamos sin ellos esas largas noches del insomnio? —y de sus ojos empezaron a rodar densas lágrimas—, piensa que nuestra imaginación ya no es una virgen impetuosa sino una anciana que se fatiga y solicita ayuda para atravesar una calle...

—Bien, rescataremos los retratos pornográficos —dijo el más viejo totalmente convencido por las pesadas lágrimas y el razonamiento tan sensato de su amigo.

—Rescataremos los retratos pornográficos, matarili, rili, rili, matarili, rili, ron —cantábamos ahora los tres tomados de las manos alrededor del fuego—, matarili, rili, rili, matarili, rili, ron, ¿qué quiere usted, matarili, rili, ron...?

Yo comencé a toser sin parar porque el polvillo de las alas quemadas de las mariposas negras se me metía hasta la garganta, y el humo comenzaba a asfixiarme. Sin despedirme de ellos, abrí la puerta y salí.

Y comencé a retroceder...

Me encontré en un gran salón lleno de libros, algo así como una gran biblioteca o librería en reparación, puesto que los volúmenes se apilaban en el piso o sobre los bancos y los estantes estaban vacíos. Por todos lados había libros. Un joven flaco y pálido los sacudía con un plumero anaranjado, pero no hacía nada por acomodarlos en los anaqueles. Al verme se encaminó hacia mí y me preguntó si deseaba algún libro.

—Hace tiempo que busco el Rabinal Achí —le contesté.

—¿El Rabinal Achí? —preguntó sorprendido.

—Sí, el Rabinal Achí.

—Es bastante absurdo querer leer el Rabinal Achí sin ninguna preparación, así como así —dijo muy serio rascándose el mentón con un dedo largo y amarillento—; no, no es posible.

— ¿Puede decirme por qué?

—Pero..., ¿es que no sabe usted que para leer ese libro se necesita haber llegado a un grado especial, es decir a un estado de gran pureza mental?

—Nunca lo he sabido, ni me interesa —le contesté marcando bien las palabras. Él se encogió de hombros y se me quedó mirando fijamente.

—Y qué clase de pureza se requiere para poder leerlo? —pregunté, ya en un tono más amable.

—La lograda a base de una diaria y ardua disciplina del espíritu y del cuerpo —dijo displicente, y siguió sacudiendo libros.

— ¿Y eso cómo se adquiere, mediante cuáles prácticas?

—Bueno, es bastante complicado de explicar, tomaría mucho tiempo —y se fue sin más a atender a un señor que había llegado.

Yo me quedé sin saber qué pensar, muy extrañada y molesta por la actitud del joven pálido. Casi al momento regresó y me dijo:

—Creo que puedo recomendarle para empezar el entrenamiento, o sea como un simple paso de iniciación, el Hatha Yoga.

—¿El Hatha Yoga? No me parece nada del otro mundo. Debe usted saber que durante años me he parado de cabeza todas las mañanas al levantarme.

—Eso no es nada —dijo con sarcasmo—, cuando usted pueda hacer esto hablaremos —agregó a tiempo que se elevaba como un metro sobre el piso y colocaba un libro en la tabla más alta del librero—, o esto —añadió mientras tomaba aire por la nariz y yo veía cómo se sostenía sobre el piso sólo con el dedo índice de la mano izquierda y todo su cuerpo era una línea con los pies hacia arriba y la cabeza hacia abajo sin tocar el suelo.

—¿Nada fácil, verdad? —dijo volviendo a su posición normal.

—¿Y cuánto cuesta el Rabinal Achí? —se me ocurrió preguntar, ya bastante molesta por la marcada impertinencia de aquel jovencito tan flaco y pálido.

—¿Que cuánto cuesta el libro? Usted no puede comprarlo, mi estimada señora.

Busque en mi bolsa para saber cuánto llevaba y que tenía cerca de doscientos pesos.

—Tengo dinero suficiente para comprar ese libro y otros que se me antojen —le contesté golpeando las palabras.

—No se trata de dinero, señora. Usted no comprende...

—Pero entonces, ¿cómo puedo...?

—Su valor no es material, se lo he dicho a usted, hay que merecerlo o ganarlo, rescatarlo si usted quiere.

Como se dio cuenta de que yo no entendía nada, dijo en un tono más cordial:

—Venga conmigo, le mostraré dónde se encuentra el Rabinal Achí.

Lo seguí y pasamos a otro salón donde había una piscina en el centro.

—Mire al fondo.

En el fondo de la piscina que estaba iluminada como si fuera un escaparate había muchos libros. Las letras fosforescentes de los títulos bailaban en e1 agua: r...a...b...i...n...a...l...a...ch...í   ...sí, Rabinal Achí, ahí estaba.

—Pero ¿qué hacen los libros dentro de la piscina? —le pregunté sorprendida—. ¿No se mojan?

—Nada les pasa, el agua es su elemento y ahí estarán bastante tiempo hasta que alguien los merezca o se atreva a rescatarlos.

—¿Por qué no me saca uno?

—¿Por qué no va usted por él? —dijo mirándome de una manera tan burlona que me fue imposible soportar.

—¿Por qué no? —contesté al tiempo en que me zambullía en la piscina.

Al tirarme pensé que habría como dos metros de profundidad y que con la sola zambullida llegaría hasta el fondo, pero la piscina resultó más honda y los libros estaban mucho más abajo de lo que calculaba. 

Seguí sumergiéndome y cuando ya creía que mis manos tocarían los libros me daba cuenta de que estaban aún más abajo, todavía más, y así seguí hundiéndome más y más, cada vez más, en el agua iluminada y fosforescente, hasta que sentí que ya no tenía casi aire, que solamente me quedaba el necesario para salir y respirar. 

Comencé entonces a nadar hacia arriba con toda la rapidez de que era capaz, no deseando ya ni libros ni ninguna otra cosa sino respirar, respirar hondo, llenar los pulmones, respirar una vez más, una vez más, y subía y subía ya sin aire, desesperada por respirar un poco de aire, de aire, de aire... hasta que mis manos chocaron con algo duro y metálico, algo como una tapa, como la tapa de un enorme sarcófago.

El héroe es único - Harlan Ellison

    Cort estaba acostado con los ojos cerrados, fingiendo que dormía, desde hacía exactamente una hora después de que ella empezara a roncar. De vez en cuando permitía que sus ojos se abrieran formando pequeñas rendijas para seguir el paso del tiempo en la esfera luminosa del reloj que había dejado en la mesilla. A las cinco en punto de la mañana salió de la cama del motel, que parecía una piscina olímpica, recogió la ropa del enmarañado montón que había en el suelo y se vistió con rapidez en el cuarto de baño. No encendió la luz.

Como no recordaba el nombre de ella, no dejó una nota.
Como no deseaba degradar a la chica, no dejó un billete de veinte dólares en la mesilla.
Como no podía irse con la celeridad que deseaba, sacó el coche del aparcamiento empujándolo y dejó que cobrara impulso por el silencioso solar hasta llegar a la calle. A través de la abierta ventanilla giró el volante, cogió la puerta antes de que el vehículo rodara hacia atrás, se metió y sólo entonces puso en marcha el motor.
 
La Ruta 1 entre Big Sur y Monterrey estaba desierta. La niebla abundaba. En algún punto, a la izquierda, bajo los acantilados, el Pacífico murmuraba amenazas cual viejo enemigo. La niebla se ondulaba en la autopista, conjurando ectoplásmicas formas con las condensadas luces de los faros. La humedad pendía de los grandes y gruesos árboles como plateados recuerdos de tiempos anteriores a la llegada del hombre. La tortuosa carretera de la costa ascendía a través de un terreno que recordó a Cort la selva tropical brasileña: empapado por la niebla y frígido, impenetrable y agresivamente siniestro. Cort aceleró, arriesgándose a que el desastre lo alcanzara. Debía de haber algo más que la amenaza de la selva.
 
Como tenía que haber en su vida algo más que endodoncias, rentas y frottage cargado de culpa a últimas horas de la noche con ojinegras ayudantes de dentista. Algo más que marcos de peltre con diplomas de prestigiosas universidades. Algo más que una esposa de una familia socialmente distinguida y 2,6 hijos aptos para la visión propagandista, perfecta y empalagosa de la juventud norteamericana de un fabricante. Algo más que levantarse todas las mañanas en un mundo que no reservaba sorpresas.
Debía de haber desastre en alguna parte. En la selva, en la niebla, en la noche.
Pero no en la Ruta 1 a las cinco y media. No para él, no en aquel momento.
 
A las seis y media llegó a Monterrey y se dio cuenta de que no había comido desde el mediodía del día anterior, cuando había terminado la terapia de los canales dentales de la señora Udall; tras guardar el torno se quitó la bata, se puso la chaqueta, salió de su despacho sin decir una palabra a Jan y a Alicia, fue al garaje del sótano y partió hacia la costa, huyendo sin pensar en un destino.
No hubo tiempo de cenar cuando ligó con la camarera, y ningún puesto nocturno de pizzas abierto para tomar algo antes de que ella se durmiera. El ácido había empezado a abrirle un agujero en el revestimiento de su estómago por culpa de tanto café y tan poca paz mental.
 
Cort se dirigió al centro turístico de Monterrey y no tuvo problemas para localizar una alargada extensión de espacios de aparcamiento. No había movimiento alguno en las aceras de las tiendas. El sol parecía dispuesto a no salir nunca. La niebla era espesa y húmeda; corrientes de arena movediza fluían alrededor de Cort. Durante un instante el escaparate de una tienda, repleto de lámparas con base de madera flotante destinadas a salas subterráneas de grabación de lowa, se solidificó en el centro de la remolineante niebla; acto seguido desapareció. Pero en ese instante Cort vio su cara en el cristal. Esa noche podía prolongarse el día entero.
 
Cort recorrió atentamente las calles, en busca de algún madrugador local donde pudiera conseguir un wafle con fresas heladas untadas con azucarado jugo. Un huevo frito por un solo lado. Algo agradable en la interminable oscuridad.
Nada abierto. Cort pensó en aquel detalle. ¿Nadie trabajaba temprano en Monterrey? ¿Ningún establecimiento se engalanaba para el asalto de las langostas que era la llegada de quinceañeros con mochilas, corpulentos vendedores de máquinas industriales con carmesíes sombreros a la moda y viudas semíticas de azulado cabello? ¿Se había producido un eclipse? ¿Era aquella la hoyosa, tímida faz de la luna vuelta de lado? ¿Dónde demonios estaba la luz diurna?
 
La niebla pasó junto a Cort, se dividió en fajas un instante. Al final de una callejuela vio una luz. Amarillenta, tan apagada como un pergamino, pálida y timorata. Pero era una luz.
Cort se metió en la callejuela y atisbo a través del azogue en busca de la fuente. Parecía haberse esfumado. Pasó junto a cerradas panaderías, joyerías y bazares con material de escafandrista. Un fantasma en la niebla. Cort comprendió que no sólo se enfrentaba a una ciudad vacía y a las fajas de niebla, sino también a un estado de temor. Gnotobiosis: estado ambiental en que a animales libres de gérmenes se les inoculan trazas de microorganismos conocidos. Miedo.
La luz salió a flote entre las silenciosas y plateadas sombras del océano: y Cort estaba delante mismo de ella. ¿Se había acercado él a la luz, o la luz a él?
Era una librería. Sin letrero. Y en el interior, muchos hombres y mujeres. Todos hojeando libros.
 
Cort permaneció en la oscuridad, inalcanzado por la somera luz de la anónima librería, con la mirada fija en la escena. Una tienda tan pequeña, a hora tan temprana de la mañana, estaba atestada. Hombres y mujeres de pie, casi tocándose unos a otros, todos absortos en el libro que tenían en la mano. Gnotobiosis: Cort notó que el miedo se deslizaba por sus venas y arterias igual que veneno.
Ninguno de los clientes volvía las hojas.
 
De no haber sido por el ligero movimiento de los cuerpos, si nadie se hubiera rascado el labio, parpadeado o movido los pies, si nadie hubiera hundido los hombros, erguido la espalda o mirado alrededor... Cort habría creído que contemplaba maniquíes. Una extraña pero interesante escena para inducir a los transeúntes a entrar y hojear. Estaban vivos, pero no volvían las hojas de los libros que les absorbían. Ni dejaban un libro en su estante para coger otro. Los hombres, las mujeres, todos: fascinados por palabras en el punto donde estaban abiertos los libros.
 
Cort dio media vuelta para alejarse con la máxima rapidez posible.
El coche. Sal a la carretera. Tiene que haber una parada de camiones, un comedor, un restaurante económico, comida para llevar, algo. «He estado aquí otra vez, ¡y esto no es Monterrey!»
Los golpes en el escaparate le detuvieron.
Cort se volvió. La desesperada expresión en la cara de tortuga de la menuda anciana atiesó su espalda. Cort notó que tenía la mano derecha levantada, como puesta entre él y la visión de la vieja. Sacudió la cabeza, no, definitivamente no, pero sin tener la menor idea respecto a qué estaba rechazando.
Ella le hizo gestos para que se quedara con sus arrugadas y pequeñas manos, y pronunció palabras al otro lado del vidrio del escaparate. Las pronunció con gran precisión y las palabras eran éstas:
«Tengo lo que necesita.»
Luego le indicó por gestos que se acercara a la puerta, que entrara: «Tengo lo que necesita».
La esfera luminosa del reloj de pulsera de Cort indicaba las 7.00. Aún era de noche. La niebla seguía descendiendo del bosque de la península de Monterrey.
 
Cort intentó alejarse. San Francisco estaba arriba. El sol debía de estar llameando en Russian Hill, Candlestich Park y Coit Tower. El mundo reservaba sorpresas a pesar de todo. Ahora estás libre, has roto el ciclo, oyó musitar a su futuro. No respondas. Dirígete hacia el sol.
Vio que su mano se alzaba hacia el pomo de la puerta. Entró en la librería.
Todos alzaron los ojos un momento, no denotaron emoción alguna en sus semblantes, la puerta se cerró, siguieron mirando los libros. Cort estaba ya dentro, con ellos.
—Estoy segura de que lo tengo en tapas duras, un ejemplar muy bien conservado —dijo la vieja tortuguilla que era la mujer.
Su sonrisa carecía de dientes. ¿Cómo puede haber niebla aquí dentro?
—Sólo quiero hojear —dijo Cort.
—Sí, claro —repuso ella—. Todos están hojeando.
La anciana le puso una mano en su brazo y Cort se estremeció.
—Hasta que abra algún restaurante.
—"Sí, claro.
Cort tenía dificultades para respirar. Acidez.
—¿Siempre..., siempre hay tanta oscuridad a primeras horas de la mañana?
—Está fuera de estación —dijo ella—. Eche un vistazo. Tengo lo que necesita. Exactamente lo que necesita.
Cort obedeció.
—No busco nada especial.
La vieja caminó junto a él, una mano en su brazo.
—Tampoco lo buscaban ellos. —La anciana señaló con la cabeza el enjambre de hombres y mujeres—. Pero encontraron respuestas aquí. Tengo un surtido magnífico.
Nadie volvía las páginas.
 
Cort miró por encima del hombro de una mujer de edad madura que tenía la vista fija en un libro con grabados de acero en ambas páginas abiertas.
—Su curiosidad —explicó la tortuga— fue excitada por la pregunta: «¿Cómo se creó el primer vampiro?». Un concepto fascinante, ¿no le parece? Si únicamente es posible crear un vampiro a partir de un ser humano normal que recibe el mordisco de un vampiro, ¿cómo nació el primer vampiro? Ella ha encontrado la respuesta aquí, entre mis prodigiosas existencias.
Cort miró el libro. Uno de los grabados en acero reproducía el Arca de Noé.
Pero ¿no significaba eso que tuvo que haber dos a bordo?
La tortuga le obligó a seguir recorriendo las hileras de libros. 
 
Cort se detuvo junto a un joven que llevaba una camiseta muy apretada. Parecía estar agotado por el trabajo. Tenía la cabeza inclinada, tan cerca del libro abierto en sus manos que su arreglado cabello rubio caía sobre sus ojos.
—Durante años ha sentido dolores simpáticos con una persona desconocida —explicó la anciana a modo de confidencia—. Sentía peligro, júbilo, lujuria, desesperación..., nada de ello personal, nada de ello relacionado en forma alguna con sus circunstancias en el momento concreto. Por fin comenzó a comprender que estaba unido a otra persona. Como los hermanos corsos. Pero sus padres le aseguraron que él había nacido solo, que no existía gemelo. El encontró la respuesta en este tomo.
La vieja hizo agitados gestos con sus manos llenas de azuladas venas.
Cort miró más allá de la cabeza y el cabello del joven. Era un libro de historia africana. Había lágrimas en los ojos del joven; había una mancha de humedad en la página par. Cort apartó la mirada rápidamente; no deseaba entremeterse.
 
El siguiente de la hilera era un hombre muy alto, con aspecto de asceta, que sostenía un pliego de papel obviamente escrito con una pluma de ave. Por los rasgos floridos y los remolinees de la escritura, Cort comprendió que el libro debía de ser muy antiguo y seguramente muy valioso. La mujer tortuga se agachó, con la cabeza tocando suavemente el pecho de Cort, y dijo:
—Siglo dieciséis. El primer infolio de Shakespeare. Este caballero pasó buena parte de su vida adulta, y décadas de investigaciones académicas, atormentado por el problema de quién escribió realmente The Booke of Sir Thomas More: el poeta, o su rival, Anthony Munday. Ahí está la respuesta, ante sus ojos. Tengo unas existencias tan magníficas...
 
—¿Por qué este hombre..., por qué ninguna de estas personas pasa las hojas?
—¿Por qué iban a molestarse? Han encontrado la respuesta que buscaban.
—¿Y no desean saber nada más? —Al parecer, no. Interesante, ¿no le parece? Cort pensó que era más estremecedor que interesante. Después, el estremecimiento se aferró permanentemente a su corazón, como una lapa, con la muda pregunta, ¿cuánto tiempo llevan así estos curiosos?
—Aquí hay una mujer que siempre había querido saber si el mal puro existe en todos los lugares de la faz de la tierra. —La mujer en cuestión llevaba una mantilla sobre los hombros, y contemplaba hipnotizada un libro de historia natural—. Este hombre anhelaba poseer una relación completa del contenido de la gran Biblioteca de Alejandría, los temas de ese medio millón de papiros escritos a mano antes de que la biblioteca fuera incendiada en el siglo quinto.
 
Era un hombre macilento y arrugado y en su semblante estaba grabada una expresión de fatiga tan vieja que Cort pensó en Stonehenge. Tenía la mirada clavada en dos hojas con caracteres infinitesimales y Cort no pudo distinguir una sola palabra entre aquellas cagadas de mosca.
—Una mujer que perdió la memoria —dijo la tortuga mientras señalaba con un gesto de su cabeza de tortuga a una hermosa criatura adornada con bufandas de seda de diez colores distintos—. Despertó en un burdel de Marrakech víctima de la trata de blancas, huyó para salvarse, ha pasado años errando por todas partes, intentando descubrir quién es. —La vieja se rió; su risa era suave y cordial—. Ella lo averiguó aquí. El relato completo está en ese libro.
 
Cort se volvió para mirar a la tortuga, apartando la arrugada zarpa de su brazo.
—Y usted «tiene lo que yo necesito», ¿verdad?
—Sí. Tengo lo que necesita. Entre mis magníficas existencias.
—¿Qué es exactamente lo que tiene y que yo necesito? Aquí. Entre sus magníficas existencias.
No le hacía falta que la mujer hablara. Cort sabía exactamente qué iba a decir ella. Ella diría: «Vaya, tengo las respuestas a su búsqueda», y después él se pasearía por la librería sintiéndose superior a los pobres diablos que llevaban allí desde sólo Dios sabía cuánto tiempo. Y finalmente él miraría a la vieja, sonreiría y diría: «Ni siquiera conozco las preguntas», y ambos sonreirían con esa afirmación: él como un idiota porque se trataba de la frase más gastada posible, ella porque sabía que él iba a decir alguna tontería como aquella. Y él se abstendría de excusarse por su fugaz estupidez. Luego formularía la pregunta y la vieja señalaría un estante y contestaría: «El libro que desea está allí», y le sugeriría que mirara tal y tal página para averiguar exactamente lo que deseaba saber: el motivo de su viaje por la costa.
 
Y si, diez mil años más tarde, la kármica esencia de lo único que queda de Suleimán el Magnífico, bendito sea su nombre, Suleimán del potente sello, sultán y señor de los genios de todas las especies: jinns, efrits, iblis...; si esa transustanciada esencia se presenta de nuevo, como se presenta de nuevo el cometa Halley, ese espíritu que aparece como por encanto, recorriendo la carmesí eternidad en su interminable hégira..., si se presenta de nuevo encontrará a Cort (doctor Alexander Cort, dentista cirujano de una cooperativa de odontólogos) todavía de pie en la librería, codo a codo con los otros curiosos. Celacantos perfilados en esquisto, mastodontes repentinamente congelados en hielo, avispas embutidas en ámbar. Gnotobiosis: para siempre.
 
—¿Por qué tengo la sensación de que todo esto no es casualidad? —preguntó Cort a la vieja mujer tortuga. Retrocedió poco a poco hacia la puerta—. ¿Por qué tengo la sensación de que todo esto me esperaba, del mismo modo que esperó al resto de pobres y jodidos perdedores? ¿Por qué huele usted a gardenias podridas, vieja señora?
Casi estaba en la puerta.
La anciana se hallaba en un espacio libre, en el centro de la librería, mirándole fijamente.
—Usted no es distinto, doctor Cort. Necesita las respuestas igual que los demás.
—Quizás una poción amorosa..., una piedra mágica..., inmortalidad..., toda esa jerigonza. He visto lugares como este en películas de televisión. Pero yo no muerdo, vieja señora. No tengo necesidades que usted pueda satisfacer.
Y su mano estaba en el pomo de la puerta; y lo hizo girar; y dio un tirón; y la puerta se abrió a la siniestra niebla y la interminable noche y el bosque que le aguardaba. Y la anciana dijo:
—¿No le gustaría saber cuándo tendrá el mejor instante de
toda su vida?
Y Cort cerró la puerta y se quedó inmóvil con la espalda apoyada en ella. Su sonrisa era enfermiza.
—Bien, me ha cogido —musitó.
—Su momento de máxima felicidad —dijo la vieja en voz baja, sin apenas mover sus finos labios—. De mayor fuerza, de más satisfacción, la cima de su buena forma, de su control, el momento de mayor gallardía, cuando tenga el mejor aspecto y sea sumamente bien considerado por el resto del mundo. Su momento culminante, de mayor impulso, su logro más apetecido, el que configurará el resto de su vida. El instante que jamás volverá a presentarse, aunque viva mil años. Aquí, entre mis magníficas existencias, tengo un tomo que le indicará el día, la hora, el minuto, el segundo de su mejor futuro. Pídalo y es suyo. Tengo lo que necesita.
—¿Y qué me costará?
La anciana abrió su húmeda boca y sonrió. Sus arrugadas manilas quedaron abiertas con las palmas hacia arriba ante ella.
—Pues nada —dijo—. Igual que los demás..., usted sólo quiere hojear, ¿no es cierto?
 
El frío como de lapas que osificaba su columna vertebral indicó a Cort que había cosas peores que tratar con el diablo. Sólo hojear, como ejercicio...
—¿Y bien? —preguntó la vieja, a la espera.
Cort meditó mientras se humedecía los labios, repentinamente secos cuando el momento decisivo estaba a su alcance.
¿Y si se produce dentro de pocos años? ¿Y si tengo poco tiempo para lograr cualquier cosa que siempre quise conseguir? ¿Cómo voy a vivir el resto de mi vida después de esto, sabiendo que nunca estará mejor, que jamás seré más feliz, más rico, más seguro, sabiendo que nunca superaré lo que hice en ese instante? ¿Qué valor tendrá el resto de mi vida?
 
La menuda mujer tortuga apartó con los hombros a dos curiosos, que se separaron perezosamente, como si se dieran la vuelta en la cama, y sacó un libro pequeño y rechoncho de un estante situado a la altura de su cintura. Cort parpadeó con rapidez. No, ella no lo había sacado de los estantes. El libro se había deslizado y había saltado hacia la mano de la vieja. Parecía un viejo minilibro.
La anciana se acercó y le tendió el libro.
—Sólo hojear—dijo húmedamente.
Cort extendió la mano y se detuvo, dobló los dedos. La mujer arqueó los finos bosquejos que eran sus cejas y le ofreció una mirada de diversión, irónica.
—Está terriblemente ansiosa de que yo lea este libro —dijo Cort.
—Estamos aquí para servir al público —dijo ella amistosamente.
—Tengo que hacerle una pregunta. No, dos preguntas. Son dos preguntas que quiero que me responda. Luego consideraré si hojeo sus magníficas existencias.
—Si yo no puedo responderle, cosa que es, al fin y al cabo, nuestro trabajo aquí, entonces estoy convencida de que un libro de mis magníficas existencias contiene la respuesta adecuada. Pero..., coja este libro que necesita, sólo cójalo, y responderé a su pregunta. Preguntas. Dos preguntas. Muy importantes, estoy segura.
 
La anciana le tendió el librito. Cort lo miró. Era un minilibro, de los que había leído siendo niño, con páginas ilustradas alternadas con páginas de texto, con aventuras de héroes de tebeo como Red Ryder, La Sombra o Skippy. A su alcance, la respuesta a la pregunta que todo el mundo desea formular: ¿cuál será el mejor momento de mi vida?
Cort no tocó el libro.
—Yo preguntaré, usted responderá. Entonces me habrá cogido... entonces me dedicaré a hojear.
La anciana se alzó de hombros, como diciendo, «haga lo que prefiera».
Cort pensó: «Haga lo que haga, usted hará su agosto».
—¿Cómo se llama esta librería? —dijo.
La cara de la vieja se crispó. Cort notó una repentina oleada de recuerdos de la infancia, de su primera lectura de un cuento de brujas. La cara de la mujer tortuga adoptó un aire malvado.
—No tiene nombre. Simplemente existe.
—¿Y cómo vamos a encontrarla en las páginas amarillas? —dijo Cort, mofándose de la vieja.
Era obvio que él se encontraba de pronto en situación de fuerza. Aunque no tuviera la menor idea respecto a la fuente de donde fluía esa fuerza.
 
—¡Ningún nombre! ¡Ningún nombre! No nos hace falta nombre. ¡Tenemos una clientela muy selecta! ¡La librería jamás ha tenido nombre! ¡No nos hacen falta nombres! —Su voz, suave como una tortuga, blanda, de chocolate, se había transformado en metal oxidado que araña metal oxidado—. ¡Ningún nombre, no le diré ningún nombre, no voy a mostrarle apestosas etiquetas!
Hizo una pausa para calmar su ira, y en pleno silencio Cort formuló su segunda pregunta.
—¿Qué gana usted con esto? ¿Cuánto le pagan? ¿Dónde está la línea de beneficio mínimo en su gráfica? ¿Qué saca usted de esto, pavorosa señora?
La mujer apretó los labios. Sus llameantes ojos parecían al mismo tiempo viejos y juvenilmente feroces y plateados.
—Clotho —dijo—. Clotho: Libros Raros.
  
Cort no reconoció el nombre, pero por la forma en que ella lo pronunció, supo que le había arrancado un importante secreto. Y lo había hecho, al parecer, porque él era el primero que lo preguntaba. Como cualquiera lo habría hecho, si hubiera preguntado. Y tras haber preguntado y ser respondido, Cort sabía que estaba a salvo de ella.
—Pues bien, dígame, señorita Clotho, o señora Clotho, o lo que sea. Dígame, ¿Qué gana usted con esto? ¿En qué moneda del reino le pagan? Usted se ocupa de esta tienda sobrenatural, atrapa a estos necios, y apuesto que apenas yo me vaya, ¡zas!, todo se esfuma. De vuelta al País de los Ensueños. ¿Qué tipo de vida hogareña lleva? ¿Hace tres comidas diarias? ¿Se cambia el tampax cuando tiene la regla? ¿Tiene aún la regla? ¿O ya ha pasado por la menopausia? ¿Inmortal, quizás? Dígame, extraña señora tortuga, si vive siempre, ¿cambia de vida? ¿Todavía le gusta acostarse con un hombre? ¿Alguna vez lo hizo? ¿Cómo es su caca, firme y dura? ¿Tienen que hacer caca las misteriosas viejas fantásticas que se esfuman con su librería? ¿O quizá no, eh?
—¡No puede hablarme así! —le gritó ella—. ¿Sabe quién soy?
—¡Mierda, no! —le respondió chillando Cort—. ¡No sé quién demonios es usted, y lo que es más importante, me importa un cochino pepino quién es!
 
Los lectores zombies había levantado la cabeza. Parecían angustiados. Como si se hubiera roto un prolongadísimo trance. Pestañeaban furiosamente, se movían sin objeto, parecían... marmotas que salen a examinar sus sombras.
—¡Deje de gritar! —refunfuñó Clotho—. ¡Está poniendo nerviosos a mis clientes!
—¿Quiere decir que estoy despenándolos? ¡Venga, todo el mundo, salgan a tomar el sol! ¡Dense un chapuzón! ¿Por qué están tan quietos? ¿Sabiduría del destino?
—¡Cierre el pico!
—¿Ah, sí? Tal vez lo haga y tal vez no, vieja tortuga. Si responde a mi pregunta, por qué me aguardaba aquí especialmente a mí, es posible que deje a estos papanatas seguir hojeando.
La vieja se acercó a él tanto como pudo sin tocarle, y silbó igual que una serpiente
—¿Usted? —dijo con los dientes apretados—. ¿Por qué piensa que le esperábamos a usted precisamente? Esperamos a todo el mundo. Esta era su oportunidad. Todos tienen una oportunidad, todos tendrán su oportunidad en la tienda del curioseo.
—¿Por qué dice «esperamos»? ¿Se siente imperial?
—Nosotras. Mis hermanas y yo.
—Oh, hay más de una como usted, ¿eh? Una cadena de librerías. Muy agudo. Pero supongo que tendrán sucursales en estos tiempos, con tanta competencia de otras cadenas...
Clotho apretó los dientes. Y por primera vez Cort vio que la vieja tortuga tenía dientes detrás de sus rectos y finos labios.
—Coja este libro o salga de mi tienda —dijo la mujer en un mortífero susurro.
Cort cogió el minilibro de las temblorosas manos de la vieja.
—Nunca había tratado una persona tan vil, tan grosera —refunfuñó Clotho.
—El cliente siempre tiene la razón, querida —dijo Cort.
Y abrió el libro en la página exacta.
 
La página donde leyó cuál sería su mejor momento. El conocimiento que convertiría el resto de su vida en una idea tardía. Un fracasado pasando el tiempo. Una constante caminata montaña abajo.
¿Cuándo se produciría? ¿Dentro de un año? ¿Dos años? ¿Cinco, diez, veinticinco, cincuenta, o en el bendito instante final de la vida, después de haber trepado, trepado y trepado siempre hasta la cumbre? Cort leyó...
Leyó que su mejor momento se produjo cuando tenía diez años. Cuando, en el transcurso de un partido de béisbol en un solar, un partido en el que sólo se podía batear si se echaba fuera a otro jugador, el mejor bateador del barrio consiguió un tremendo golpe dirigido hacia la parte más alejada del centro del campo, donde Cort se veía forzado a jugar siempre (porque se destacaba en este deporte). Él corrió de espaldas, extendió su desnuda mano y milagrosamente, él, el pequeño Alex Cort, saltó todo lo que pudo y el dolor de la desgastada y dura bola al tocar su mano y quedarse en ella fue más dulce que cualquier sensación anterior... o posterior. El momento se revivía en las palabras de la página del terrible libro. Lentamente, poco a poco Cort cayó al suelo, sus pies tocaron tierra y su vista fue hacia su mano, y allí, en la enrojecida y afligida palma, falta de guante de béisbol, estaba la pelota más dura jamás lanzada por un bateador. Alex era el mejor, el amo del mundo, lo más increíble en la faz de la tierra, enorme, intrépido y excelente, el expeno inconmesurable, milagroso; un prodigio, un prodigio andante. Ése fue el mejor momento de su vida.
Cuando tenía diez años.
 
Nada más haría en su vida, nada había hecho entre los diez y los treinta y cinco años, su edad mientras leía el minilibro. Y observó que él, hasta que muriera cuando se agotaran los años que le restaban de vida, no haría nada... nada podría compararse con aquel momento.
 
Cort alzó la cabeza lentamente. Tenía dificultades para ver. Estaba llorando. Clotho le sonreía desagradablemente.
—Tiene suene de que yo no sea como mis hermanas. Ellas reaccionan mucho peor cuando las fastidian.
La vieja se alejó de él. El sonido del minilibro bruscamente cerrado en el mostrador del escaparate detuvo su caminar. Cort dio media vuelta sin pronunciar palabra y se dirigió hacia la puerta. Oyó detrás de él los apresurados pasos de la anciana.
—¿Adonde cree que va?
—Vuelvo al mundo real. —Tenía dificultad para hablar. Las lágrimas le obligaban a expresarse con sollozos y las palabras brotaban ásperamente.
—¡Tiene que quedarse! ¡Todos se quedan!
—Yo no, querida. El héroe es único.
—Todo es inútil. Nunca volverá a conocer la grandeza. Sólo basura, despojos, vacío. No habrá nada tan bueno aunque viva mil años.
Cort abrió la puerta. La niebla continuaba allí. Y la noche. Y la última selva. Cort se detuvo y miró a la vieja.
—Si tengo suerte, no viviré mil años.
Luego cruzó la puerta de «Clotho: Libros Raros» y la cerró con fuerza. La vieja le observó al otro lado del escaparate cuando él se alejó entre la niebla.
Se detuvo de nuevo y se agachó para hablar tan cerca del vidrio como fuera posible. Ella estiró su carilla de tortuga y le oyó decir:
—Lo que queda puede ser solamente el final de una vida de mierda... pero es mi vida de mierda.
 
«Y es la única diversión de la ciudad, querida. El héroe es único.»
Luego Cort se adentró en la niebla, llorando; pero intentando silbar.