INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta sueño. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sueño. Mostrar todas las entradas

El medallón - Karl Edward Wagner

Se trataba de un pequeño medallón de oro, de finales de la época victoriana, con forma de corazón, los típicos adornos de la época y una pesada cadenilla de oro. Formaba parte de un lote de joyas heredadas por el que Pandora había pujado con éxito. Estaba muy satisfecha de su compra, a pesar de que la puja había sido muy elevada. Por lo general, le iba bien en sus viajes de compras.

Pandora Smythe (había decidido volver a utilizar su apellido de soltera) era la propietaria y encargada de una tienda de antigüedades de Pine Hill, Carolina del Norte, una aburrida ciudad universitaria invadida por las nuevas urbanizaciones, los yuppies que empleaban las numerosas oficinas del lugar y los jubilados que venían del norte. 

Pandora era de origen británico y no podía quejarse de los recién llegados, ya que les encantaba gastarse el dinero en muebles antiguos para adornar sus nuevas casas adosadas, las cuales habían sido construidas allí donde un año antes no había más que árboles.

Su tienda se llamaba La Caja de Pandora, como no podía ser de otra manera. Tenía mucho movimiento, por lo que Pandora había contratado a tres dependientes, uno de los cuales le acompañaba en sus viajes de compras. Pandora Smythe tenía la tez color melocotón con nata, las facciones angulosas pero bonitas y los ojos verdes. Era rubia y bastante alta; salía a correr todos los días para conservar el buen tipo y frisaba los treinta años. Sus dos vicios eran las novelas románticas y llorar cuando veía antiguos dramones en blanco y negro en cintas de vídeo alquiladas.

Le hubiera gustado ser Bette Davis, pero en realidad era una inteligente mujer de negocios que sólo había cometido en su vida dos equivocaciones dignas de mención: casarse con Matthew McKee (con quien había convivido casi un año entero a pesar de la falta de amor, sus flirteos en público y los maltratos a los que la sometía cuando se emborrachaba) y comprarse un medallón.

Había sido un buen día en la tienda. Doreen y Mavis se las habían arreglado muy bien y Derrick se había encargado del empaquetamiento y entrega de los artículos subastados más grandes: unos enormes muebles victorianos de calidad y unas excelentes piezas rústicas que serían cargadas en la parte trasera de unas camionetas Volvo antes de que acabase la semana. 

Pandora llevó a la trastienda el joyero, reprendiéndose porque había pagado demasiado por él. Pero había sido inevitable, porque el desgraciado de Stuart Reading también había mostrado gran interés por el lote. Probablemente habría costado más si las joyas se hubieran vendido por separado, pero cuando lo habían sacado a subasta todavía quedaba mucho día por delante y, además, la mayoría de las piezas eran de bisutería y su valor intrínseco era inferior al que tenían como antigüedades.

—¡Oh! ¡Me encantan estos pendientes de jade! —exclamó Mavis a Pandora, que estaba ordenando su tesoro sobre el escritorio.

—Pues resta el precio de tu salario —Pandora les echó una ojeada—. Cuestan cincuenta dólares. Son de fines de siglo. Y no son de jade, sino de jaspe verde.

—Entonces te doy treinta dólares.

—Cuarenta. Eso es oro.

—Te olvidas del descuento para los empleados. Treinta dólares. Los tengo en efectivo.

—Hecho —Pandora entregó los pendientes a Mavis. Podría habérselos vendido fácilmente a un cliente por cincuenta dólares, pero tenía simpatía por sus empleados y por Mavis en concreto. Además, el lote incluía piezas que podían proporcionarle ganancias más considerables de las que creía. Si se lo dijera a Stuart Reading, se moriría de rabia.

—Aquí tienes —Mavis había ido rápidamente a coger su cartera.

—Es una venta. Ponlo en la caja —Pandora estaba separando los artículos que pudieran requerir la tasación de un joyero profesional. De éstos había unos cuantos.

—Mira. Este me gusta —Pandora cogió el medallón de oro. Tenía una inscripción en latín que rezaba: Face quidlibet voles.

Mavis lo examinó.

—Época victoriana tardía. De oro. Tuyo por sólo doscientos dólares.

—Ya lo he comprado, Mavis —Pandora estaba forcejeando con la cadenilla de oro—. Échame una mano con el cierre.

Mavis se colocó detrás de ella y le puso la cadenilla al cuello.

—¿Vas a quedártelo tú?

—Creo que lo llevaré unos días. ¿Qué te parece?

—Pues que necesitas una falda de lana que le vaya a juego.

Pandora se miró en un espejo antiguo y se arregló el pelo.

—Me gusta. Creo que voy a llevarlo durante una temporada. Como has dicho, podríamos pedir doscientos dólares por él. Es de oro macizo. Fíjate qué trabajo más exquisito.

Mavis miró el escote de Pandora.

—No sé qué significa la inscripción: Face no sé qué voles… ¿Haz no sé qué por dar una vuelta…? Qué tontería.

Pandora observó su imagen en el espejo con detenimiento.

—Es el problema que tiene el oro: se nota que lo han usado mucho. Y, en cuanto a la inscripción, la última vez que leí algo en latín fue cuando iba al instituto.

—Vamos a abrirlo a ver qué hay dentro —Mavis forcejeó con el fiador—. Seguro que contiene un mechón de pelo o un retrato antiguo —volvió a intentarlo—. Mierda, no se abre.

—Deja de tirar —protestó Pandora—. Ya lo haré cuando llegue a casa.

Pandora se duchó tranquilamente, se enfundó un albornoz y una toalla en la cabeza, preparó una pequeña tetera, puso leche, dos azucarillos y un poco de limón en su taza, encendió la televisión, se hizo un ovillo en su sofá favorito, se arrebujó con un edredón de pluma de oca y esperó a que se le secara el pelo. Lo tenía demasiado lacio para su gusto, por lo que prefería no usar el secador. La televisión era aburrida, pero el té estaba sabroso. 

Empezó a manipular el fiador del medallón de oro; no había conseguido abrir el cierre de la cadena antes de ducharse, pero el agua caliente había solucionado el problema. El fiador se abrió de golpe, pero dentro no había nada. Pandora frunció el entrecejo. Sintiéndose cansada por el viaje de compras, poco a poco se quedó dormida.

Llevaba un uniforme de gimnasia del colegio. Dos monjas estaban cogiéndola de los brazos y ella estaba inclinada sobre un escritorio. Una tercera monja le había levantado la falda y le había bajado bruscamente su decorosa braga de algodón blanco. Sostenía una regla de madera. Las otras chicas de la clase la miraban con miedo y expectación.

—Te han visto toqueteándote —dijo la monja.

—¡Soy una mujer de negocios adulta! ¿Quién demonios es usted?

—No has hecho más que empeorar las cosas —la monja le dio un reglazo en el trasero. Pandora soltó un grito de dolor y entonces los golpes empezaron a lloverle encima. Pandora se echó a llorar. Sus compañeras de clase rieron disimuladamente. La monja siguió azotándole el trasero, cada vez más enrojecido. Pandora gritaba y trataba de soltarse de las otras dos religiosas, que la sujetaban fuertemente. La azotaina continuó.

De pronto, Pandora sintió la oleada de un orgasmo. Se irguió conteniendo la respiración y estuvo a punto de volcar la taza de té. La terminó y observó que el medallón estaba cerrado. Debía de haberlo cerrado ella misma mientras dormía. Era la última vez que bebía un té cargado antes de irse a la cama. Se quitó la toalla de la cabeza y se sacudió el pelo. Qué sueño más extraño… Ella nunca había ido a una escuela católica. Sus padres pertenecían a la Iglesia anglicana y ella era una humanista secular, tal como se decía ahora en la jerga políticamente correcta.

Le dolía el trasero. Cuando se miró en el espejo, comprobó que tenía moratones.

A la mañana siguiente no vio nada que le llamara la atención cuando se miró en el espejo. Pandora restó importancia al asunto y lo atribuyó a las arrugas del albornoz y a su imaginación calenturienta. Dejó que sus empleados se ocuparan de la tienda mientras ella ojeaba los anuncios por palabras y los avisos de las próximas subastas. 

Doreen consiguió vender con facilidad por setecientos dólares la mesa de duramen de pino, que estaba mal restaurada y había sido comprada por una décima parte del precio de venta. Pandora empezó a sentirse mejor, pero, aun así, volvió a casa temprano. Se acordó de una película de James Bond que había visto e imaginó que Doreen y Mavis eran Bambi y Thumper, y Derrick era James Bond. Podía dejar la tienda en sus manos.

Se puso un camisón rosa estilo jovencita ingenua (tenía debilidad por la ropa de los años cincuenta), se hizo un ovillo en la cama y se puso a leer Deseo ardiente de enamorada, de David Drake, su escritor favorito de novela romántica. Involuntariamente, jugueteó con el medallón y la tapa se abrió.

Pandora llevaba un sujetador blanco con copa en pico y medias con liguero. Su vestido de noche debía de estar en algún lugar del asiento trasero de su coche, un Chevrolet del cincuenta y seis. Ella estaba de rodillas sobre la hierba del cementerio.

Biff y Jerry tenían prisa, ya que la policía estaba patrullando aquella zona en busca de adolescentes que iban allí para experimentar sensaciones fuertes. Acababan de bajarse los vaqueros y los calzoncillos. Se encontraban al lado del coche y Pandora les estaba haciendo una mamada a los dos al mismo tiempo.

No podía meterse las dos pollas en la boca por completo, por lo que les chupaba los capullos y los lamía rápidamente por turnos mientras se las meneaba y se masturbaba frotándose la vagina. Como a ninguno se le había ocurrido comprar condones, les había dicho que tenía la regla.

—¡Dios mío! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí…! —estaba gritando Biff.

—¡Cállate ya, mamón! ¡Vas a conseguir que la policía nos coja con el culo al aire!

Pandora no dijo nada y siguió haciendo el ruido que se produce cuando se sorbe y chupa algo. No podía cerrar los labios sobre las dos pollas y la saliva se le escurría por la barbilla hasta el sujetador.

Jerry soltó un gruñido y Biff repitió:

—¡Dios mío!

El semen de los dos inundó la boca de Pandora a más velocidad de la que ella podía tragarlo y le regó la cara. Ella engulló el pegajoso y salado chorro, chupando las dos pollas mientras estas iban perdiendo rigidez y sin dejar en ningún momento de frotarse la vagina. Tuvo el orgasmo justo en el momento en que conseguía que las dos pollas fláccidas llegaran al fondo de su garganta.

Pandora se incorporó en la cama repentinamente y con la novela todavía cogida entre las manos. Nunca había subido a un Chevrolet del cincuenta y seis. Tenía las mejillas y la barbilla cubiertas de saliva. Se las limpió con un pañuelo de papel y entonces se dio cuenta de que sabía a semen. Era semen.

El medallón se había cerrado.

Al día siguiente Pandora no hizo nada útil en la tienda y volvió a casa a la hora de comer aduciendo que tenía síntomas de gripe. Sus empleados se mostraron comprensivos, ya que no tenía buen aspecto. Mavis le telefoneó para recordarle que el sábado había una subasta a la que Pandora y Derrick pensaban acudir y añadió que Stuart Reading había llamado.

Pandora le contestó que Stuart Reading podía irse al cuerno y luego decidió tomar una ducha caliente. Quizá fuera cierto que tenía la gripe.

Una ducha era justo lo que necesitaba: caliente, con mucho vapor y relajante para los músculos. Mientras se secaba, rozó el medallón con los dedos y este se abrió con un chasquido.

Pandora se encontraba en un vestuario de hombres lleno de vapor y solo llevaba puesto un suspensorio blanco y elástico, pero no tenía ningún bulto en la entrepierna, a diferencia de las demás personas que había en el vestuario, musculosos hombres empapados en sudor y que lucían abultados suspensorios.

Uno de ellos le pegó en el trasero con una toalla enrollada y Pandora profirió un grito.

—Si quieres jugar a fútbol con los chicos, tendrás que inclinarte.

La obligaron a ponerse de rodillas sobre un banco de gimnasio y, al cabo de unos segundos, notó que una polla enjabonada le presionaba el ano. Pandora soltó un chillido cuando el capullo la penetró y la polla se coló brutalmente hasta los testículos. El hombre empezó a embestirla violentamente, acicateado por los gritos de ánimo de los demás. Pandora contuvo la respiración y consiguió soportar el dolor. Al cabo de unos minutos, notó que la polla se ponía tirante, se calentaba aún más y descargaba un chorro de semen en su recto.

La segunda penetración no fue tan dolorosa y el hombre se corrió rápidamente después de unas cuantas acometidas apresuradas. La tercera polla era gorda y larga; el hombre la folló por el culo lentamente mientras los demás le gritaban que se diera prisa. El cuarto hombre parecía que no iba a acabar nunca de correrse. El quinto entró y salió de su trasero en un momento. El sexto se lo tomó con calma e hizo una pausa para beberse una cerveza. Para cuando le tocó al séptimo, Pandora ya tenía el ano dolorido y ensangrentado, pero el hombre la excitó mediante un masaje en la vagina. El octavo hizo lo mismo y jugó con su clítoris. Con el noveno, Pandora tuvo por fin un orgasmo.

Despertó tumbada en su cama sintiendo un dolor horroroso en el trasero. El medallón estaba cerrado. Se dirigió al retrete con urgencia, pese a que apenas podía andar. Cuando se sentó, vio que echaba un poco de sangre y una gran cantidad de semen. Luego, mientras se limpiaba, se quitó el suspensorio. Ella nunca había tenido un suspensorio.

Pandora telefoneó a su terapeuta y obtuvo hora para el día siguiente. La doctora Rosalind Walden le había prestado un gran apoyo durante los aciagos meses de su fracasado matrimonio y Pandora pensaba que le ayudaría a comprender las pesadillas que había tenido, si es que habían sido realmente pesadillas.

La doctora Walden era una morena con buen tipo, el pelo bastante corto y de aproximadamente la misma altura que ella. Más que una psiquiatra, parecía una profesional de éxito. Aquel día llevaba un conjunto holgado de hilo en tonos oscuros y medias negras. Pandora se sentía cómoda con ella y, agradecida, se dejó caer en el sillón.

Al cabo de un rato, la doctora Walden dijo:

—De modo que piensas que estos sueños guardan relación con este medallón antiguo. ¿Por qué no te deshaces de él, pues?

—Creo que disfruto con las fantasías —contestó Pandora.

—Estás recuperándote de un matrimonio disfuncional durante el cual tu marido te maltrató tanto física como sexualmente. Creo que puede haber una parte de ti que disfruta siendo la víctima. Es preciso que exploremos estas necesidades reprimidas. Pero antes vamos a echar un vistazo al medallón.

La doctora Walden se inclinó sobre ella y empezó a forcejear con el fiador. A Pandora le resultó agradable el roce de sus manos sobre su pecho.

—No consigo abrirlo.

—Permíteme.

Pandora abrió el medallón. Rosalind acercó la cabeza y la besó suavemente en los labios. A continuación, sus lenguas se entrelazaron. Jadeante, Rosalind dejó de besarla y se volvió para quitarse las bragas. Pandora se sorprendió al ver que llevaba un liguero negro. Rosalind arrojó las bragas negras de encaje al suelo y rápidamente se sentó a horcajadas sobre la cara de Pandora. Luego se levantó la falda y miró a Pandora a los ojos.

—Quieres lamerme el coño. Tú sabes que quieres lamerme el coño. ¡Dime que quieres lamerme el coño! —Rosalind se había afeitado la entrepierna para ponerse un tanga. Le olía a almizcle y a perfume suave, y tenía los labios hinchados y separados.

—Quiero lamerte el coño.

—¡Dilo más alto! ¡Dentro de un momento ya no podrás pedírmelo!

—¡Sí! —gritó Pandora—. ¡Quiero lamerte el coño!

Rosalind descendió sobre su cara, haciéndola callar con su mordaza de carne. Con la falda levantada a la altura del pecho, observó la cara de Pandora mientras se mecía adelante y atrás sobre su lengua, se estrujaba los senos y daba empellones con el clítoris contra su nariz.

Casi sin poder respirar, Pandora consiguió lametear rápidamente el clítoris de Rosalind y su vagina. Tenía el coño salado y al mismo tiempo dulce por las secreciones. La excitaba. Entonces notó que a ella también se le humedecía la vagina. Rosalind se corrió en su boca, medio asfixiándola. Tras una breve convulsión extática, Rosalind empezó a moverse con más vigor. Pandora tenía la vagina cada vez más caliente y húmeda. Trató de masturbarse, pero las piernas de Rosalind le inmovilizaban los brazos y no pudo meterse la mano bajo la falda. El segundo orgasmo de Rosalind fue lo bastante violento como para provocarle a ella otro.

Pandora se incorporó repentinamente en el sillón. El medallón estaba cerrado y la doctora Walden tomaba notas.

—Las fantasías sexuales reprimidas son comunes en todas las personas y no es nada raro que los pacientes incluyan a sus terapeutas en ellas… Oh, ¿quieres un café? Te has quedado dormida durante un momento.

—Estoy bien.

—¿Estás segura de que puedes conducir? Te recetaré algo que te ayudará a dormir por la noche. Lo más probable es que las preocupaciones laborales y la tensión de los viajes sean la causa de la aparición de estas fantasías sexuales en la fase de sueño profundo. Prueba esto durante una semana. Si te va bien, te haré otra receta. En caso contrario, quizá sea necesario considerar la posibilidad de un antidepresivo. De todas maneras, no dudes en llamarme en cualquier momento.

—Gracias —Pandora cogió su bolso, que estaba en el suelo junto al sillón. A su lado había unas bragas negras de encaje. Rápidamente, mientras la doctora Walden le hacía la receta, las cogió y las metió en el bolso.

Derrick Sloane llamó a la puerta de su casa a las seis de la mañana. Pandora se puso el albornoz y le hizo pasar. Derrick parecía desconcertado.

—Quedamos en que vendría a eso de las seis y no has dicho nada, así que aquí me tienes, a la hora exacta. ¿Te encuentras bien? La gripe puede ser muy molesta. Si quieres quedarte en casa hasta que te recuperes, puedo ir a despertar a Mavis y decirle a Doreen que se ocupe de la tienda mientras nosotros vamos a la subasta.

—No. Es que mi psicóloga me ha dado unas pastillas para dormir. Me visto en un momento. ¿Te importaría poner la cafetera?

—No sabía que fueras al psiquiatra.

Derrick ya sabía manejarse en su cocina y estaba esperándole con una taza cuando acabó de vestirse.

—Gracias. Esto me sentará bien. No puedo perderme esta subasta.

Derrick preparaba el café mejor que Pandora. Era más alto que ella y muy fornido, tenía veintitantos años y era un buen conocedor de antigüedades. Era la persona perfecta para levantar y cargar piezas pesadas en las subastas y para moverlas en la tienda. Poseía una belleza misteriosa, y a Pandora le gustaba bastante, aunque sospechaba que era homosexual. Fuera como fuese, no le había hecho ninguna insinuación a ella o a las empleadas de la tienda, y eso que Mavis era una preciosidad.

Hacía una luminosa mañana de primavera y Pandora se sentía mejor gracias al café. Se había puesto unos vaqueros desteñidos, unas Reebok desgastadas y una camiseta de manga corta que abogaba por la salvación de las ballenas. Derrick llevaba unas Docker negras, una camiseta de Graceland y una chaqueta ligera de cuero negro. Le daría calor en cuanto el sol ascendiera. Pandora echó un vistazo a su reloj. Llevaban cierto retraso, pero llegarían a tiempo de ver la exposición de los artículos.

Derrick condujo velozmente. Pandora contempló con admiración sus hombros. Consiguieron llegar a la exposición previa a la subasta con tiempo de sobra. Se trataba de una granja de finales del siglo XIX de la que sus herederos querían deshacerse junto con todos sus bienes. Pandora sabía a ciencia cierta que la casa era un tesoro.

Stuart Reading se encontraba allí, naturalmente, conversando con los demás tratantes. Discretamente, se puso al lado de Pandora. Era un hombre de sesenta y pico años, calvo y barrigudo, que apestaba a tabaco.

—¿Ya has echado un vistazo a ese lote de joyas de la herencia Beale? Ya veo que llevas puesto su medallón.

—¿El medallón de quién?

—El de Tilda Beale. Si pujé menos que tú por el lote fue sólo porque estaba interesado en unas pocas piezas. Puedo ofrecerte un precio muy bueno por ellas. Por los pendientes de jaspe, por ejemplo.

—Eran de jade y ya están vendidos.

—Eran de crisólito, para ser exactos. ¿Todavía tienes el collar de cornalina y sanguinaria? ¿Y los pendientes a juego? Vamos, ofréceme un buen precio y no pujaré contra ti por esa cama de laca roja en la que has puesto los ojos. Ya tengo un comprador para ellos, de modo que podrás quedarte la cama sin necesidad de sobrepujarme y los dos saldremos ganando.

Reading miró el medallón y lo cogió del pecho de Pandora ante el desagrado de esta.

Face quidlibet voles. «Haz lo que quieras». Aleister Crowley. ¿Dónde demonios adquiriría esto? Lo llevaba siempre. Probablemente era la divisa de la familia. ¿Has pensado en venderlo?

—Los pendientes y el collar están a la venta, por supuesto, pero el medallón no. ¿Qué sabes de Tilda Beale?

—Deberías hacer tus deberes, querida, si deseas permanecer a flote en este negocio. Era una recatada solterona que jamás tuvo un pensamiento impuro. Una matriarca de nuestra Iglesia —Reading pertenecía a la Iglesia Baptista del Sur—. Falleció a los ciento tres años. Era una mujer maravillosa. Una mujer de las que hay pocas.

—¿No tenía pensamientos impuros?

—Si tuvo alguno, lo cual me extrañaría muchísimo, lo mantuvo guardado en su corazón. Mira, están a punto de empezar. ¿Hacemos un trato o no?

Lo hicieron, y Derrick y Pandora se llevaron triunfalmente la cama de laca roja.

Cuando descargaron la cama y el resto de las compras de Pandora, Derrick sugirió que fueran a su casa a beber la botella de champán que tenía guardada desde que su equipo había perdido la Super Bowl. Pandora se sentía animada por el éxito obtenido en la subasta y por haber vendido el collar y los pendientes a Stuart Reading a un precio desorbitado. Su comprador debía de ser tonto.

—¡Estupendo! —exclamó. ¿Estaba Derrick haciéndole una insinuación? Quizá se había formado una idea equivocada de él.

Derrick tenía varias botellas de champán. Con ayuda de un poco de queso Brie y unas galletas Ritz acabaron la primera rápidamente. Derrick no dejaba de excusarse y, cuando dijo que se le habían acabado la mantequilla de cacahuetes y el Velveeta, los dos prorrumpieron en carcajadas.

—¿Qué opinas de este medallón? —dijo Pandora, que ya había bebido una copa de más.

—¿Todavía lo llevas? Seguro que tiene dentro la fotografía de una mujer y un mechón de pelo. Lo vi en la subasta junto con el resto del lote la semana pasada.

—Pero está vacío.

—¿De veras? Bueno, da igual. Vamos a echar un vistazo —Derrick forcejeó con el fiador.

—Déjame a mí —dijo Pandora. El medallón se abrió.

Antes de que acabaran de darse el primer beso, Derrick ya estaba quitándole la camiseta. Ella le quitó a él la suya. Pandora llevaba sujetador, de modo que se lo quitó, tras lo cual también le quitó los vaqueros. Ella lo imitó. No tuvieron que quitarse muchas cosas más para quedar desnudos.

—¿Te importa si te ato? —preguntó Derrick.

—¿Cómo? —Pandora estaba medio aturdida por el champán.

—No es más que un juego inofensivo, pero resulta de lo más excitante. Así conseguiré que alcances una nueva cima de la pasión.

Parecía una mala frase sacada de una de sus novelas románticas, pero Pandora estaba dispuesta a todo. Derrick había empezado a empalmarse, y Pandora comprendió que se había equivocado al considerarlo homosexual. A poco que ella le ayudara, podría llegar a medirle unos veinticinco centímetros.

—Claro que no me importa.

Derrick abrió un cajón lleno de cuerdas y artilugios. Pandora puso las manos a la espalda y él se las ató.

—Ahora vamos a ver cuánto puedes acercar los codos.

—¡Me haces daño! —gimió ella cuando Derrick le ató los brazos brutalmente con otra cuerda.

A continuación cogió otra y se la ató a la altura de los senos, apretándoselos cruelmente.

—Ya te acostumbrarás —dijo él. Le había ceñido la cintura con otra cuerda y, tras darle varias vueltas, se la había pasado varias veces por la vagina y el trasero, tirando de ella fuertemente—. Ya se te está humedeciendo el coño. Ahora entra en la habitación y túmbate en la cama.

Derrick le ató a continuación tobillos y rodillas. Luego la puso boca abajo, le ató las muñecas con los tobillos y los juntó tirando del nudo. Pandora tenía ahora los tobillos asidos con las manos y sentía un poco de dolor. Tenía la espalda arqueada y los senos dirigidos hacia arriba. Aquello no era ningún juego, pero ya era demasiado tarde.

—Pero ¿cómo vas a follarme de este modo?

—Por la garganta, encanto. Abre bien la boca, zorra, si quieres que luego te desate.

Derrick, que estaba al lado de la cama y la había cogido por el pelo, introdujo de pronto la enorme polla erecta hasta el fondo de su garganta. Pandora trató de abarcarla con la boca y pensó en una película que había visto sobre un tal señor Rabolargo o algo parecido. Estaba totalmente indefensa. Aunque quizá fuera todo una broma.

Derrick estaba excitado y se corrió muy rápidamente, llenando su boca con chorros de semen. Le agarró la cabeza y le golpeó la cara una y otra vez contra su entrepierna, gritándole obscenidades. Cuando ella le hubo chupado hasta la última gota de semen, él se apartó de su boca. Pandora estaba muy dolorida a causa de la brutal forma en que la había atado Derrick.

—Creo que este juego ya ha durado bastante. Desátame, por favor.

—Pues yo creo que hablas demasiado —Derrick estaba rebuscando en el montón de ropa. Dobló esmeradamente sus bragas y luego se las metió en la boca por la parte de la entrepierna, que estaba sucia, y se lo ató fuertemente con el sujetador.

—De este modo no se te saldrá el semen mientras planeo lo que voy a hacer el resto de la tarde.

Pandora se balanceaba de atrás adelante sobre la cama, impotente e incapaz de nada excepto gruñir apagadamente.

Derrick la puso de lado, le rodeó con otra larga cuerda por encima de los senos y luego le hizo un fuerte torniquete en cada uno de ellos. Estos no tardaron en inflamarse a causa de la constricción. Derrick, que parecía satisfecho por el efecto que producían sus abultados y enrojecidos senos, cogió unas pinzas para la ropa y se las puso en los pezones. Pandora profirió unos sonidos ahogados por la mordaza.

Derrick la observó retorcerse mientras se fumaba un cigarrillo. Entonces se levantó y lo apagó sobre el trasero de Pandora, cuyos gritos se perdieron en la mordaza formada por las bragas y el sujetador. Derrick encendió otro cigarrillo.

—¿Te gusta, zorra? Ahora vamos a probar otro juego.

Derrick trajo una vela de la mesa del comedor, la encendió y empezó a verter cera caliente sobre los torturados senos de Pandora, quien profirió enloquecidamente unos sonidos amortiguados por la mordaza. Su dolor excitó a Derrick, que se empalmó rápidamente y empezó a frotarse la polla contra sus senos y su cara mientras dejaba que la cera cayera gota a gota sobre los rojos e hinchados senos.

—Creo que voy a correrme por tu nariz para ver si puedes respirar semen —Pandora le miró con expresión suplicante. Ya tenía dificultades para respirar a causa de la mordaza.

—Tal vez luego. Vamos a ver si te gusta esto —Derrick eyaculó sobre sus doloridos senos y a continuación vertió cera caliente sobre el semen—. ¿Qué está más caliente, puta? He pensado que te gustaría. Ahora vamos a probar esto.

Derrick la puso boca abajo y le encajó violentamente el cabo de vela encendida entre las nalgas.

—Si permaneces quieta y no protestas porque la cera caliente se te escurre por el culo y el chocho, puede que apague la vela antes de que se consuma del todo.

Aplastó el cigarrillo sobre su otra nalga, encendió otro y se sentó para mirarla. Luego sacó de un cajón un cuchillo largo y probó el filo. Pandora sentía un dolor espantoso pero aun así retorció el cuerpo para restregarse el clítoris mientras la cera caliente caía gota a gota por la raja de su trasero. La vela seguía consumiéndose y la llama le quemaba ahora las muñecas. No tardaría en quemarle las nalgas. Pandora se retorció con más fuerza, restregándose el clítoris con la cuerda. La llama llegó a su trasero.

Le costó muchísimo alcanzar el orgasmo, pero lo consiguió. El medallón estaba cerrado.

De pronto, Pandora se levantó del sillón de Derrick tambaleándose.

—Espero que te guste la infusión de hierbas. Ésta es una de mis favoritas. Ya verás cómo te espabila. Llevas una hora dormida. No deberías mezclar las subastas con la gripe.

Derrick tenía puesto un chándal. Puso la bandeja del té en la mesa que había al lado del sillón y empezó a servirlo.

—A todo esto, te presento a mi amigo Denny. Ha llegado cuando estabas en el reino de los sueños.

Denny era un joven guapo, rubio y musculoso que debía de haber cumplido los veinte hacía poco. La saludó con la mano e hizo los típicos comentarios graciosos al tiempo que aceptaba la taza de infusión. Luego dijo:

—Derrick me ha dicho que no habéis parado desde las seis de la mañana. No me extraña que te hayas quedado dormida.

—El vaso de Chablis ha contribuido a ello —dijo Derrick antes de beber un trago de infusión—. Y además, por muy liberadas que estén las mujeres, no deberías haber insistido en ayudarme a levantar los muebles. Cuando acabemos, te llevaremos a casa. Realmente necesitas tomarte unos días libres de la tienda. Nosotros podemos ocuparnos de ella. Estamos preocupados por ti. La gripe puede ser mucho peor que un simple resfriado.

Derrick y Denny llevaron a Pandora a casa. Ella les dio las gracias, cerró la puerta con llave, se desnudó, se quitó la cera que todavía tenía pegada a los senos, se tomó una pastilla y se tendió sobre la cama.

Como era domingo, se quedó en la cama hasta la tarde. A los pocos minutos de levantarse estaba andando por la casa con paso inseguro, enfundada en su albornoz y revolviendo una mezcla de café, azúcar y brandy con la que iba a tomarse una aspirina. Después de esto se tomó un brandy solo y luego se aposentó en su sillón favorito.

Debía de tener la gripe. Le dolían las articulaciones como si la hubieran inmovilizado con cuerdas. Entre la gripe, el peso que había levantado, el exceso de trabajo… Bueno, el lunes por la mañana estaría como una rosa. Aunque también podía tomarse un día libre como le había sugerido Derrick. Probablemente había hecho el ridículo desmayándose como lo había hecho. Necesitaba tomar más vitaminas y hacer más ejercicio. Y nada de beber champán. ¿O Chablis?

No habían bebido champán. Derrick había ido a su casa sólo para recoger el correo y dar de comer al gato, y ella había tenido que hacer una llamada. ¿Que había bebido un vaso de Chablis…? Quizá. ¿Un desvanecimiento? A saber… Había cogido la gripe y trabajaba en exceso. Tenía los nervios crispados.

Fue al lavabo y se sentó cuidadosamente en el retrete porque el trasero le dolía mucho. Luego de deponer se sintió mucho mejor. Entonces vio el cabo de una vela flotar en la taza.

Tiró de la cadena y salió apresuradamente del cuarto de baño sin parar de gritar.

—¡Zorra! ¡Zorra! ¡Eres una jodida zorra baptista! ¡Una mojigata de mierda! —Pandora irrumpió tambaleándose en su dormitorio y tiró de la cadena de oro del medallón—. ¡Zorra! ¡Zorra! Conque guardaste todas tus fantasías sexuales en tu corazón, ¿eh? ¡Eres una zorra! ¡Una zorra de mierda! ¡Te vas a enterar!

Pandora no consiguió abrir el fiador. Tras varios intentos, rompió la cadena, irritándose el cuello al hacerlo. Arrojó la cadena y el medallón al suelo y este se abrió de golpe. Empezó a pisotearlo con el pie desnudo, pero no era más que un medallón con un mechón de pelo y el retrato de una joven de otro siglo. Pandora se sentó en la cama y se cubrió la cara con las manos.

—No eres tú, sino yo. Tengo los nervios crispados. No puedo seguir reprimiendo mis fantasías. Ni siquiera quiero hacerlo. No quiero ser como tú.

Pandora se lavó el rasguño del cuello y, al mirarse en el espejo, contempló con admiración el corazón rojo que tenía tatuado sobre el seno izquierdo. Lo había borrado de su mente, pero ahora se acordaba de aquella ocasión en que, tras beber unas copas, había pasado por delante de un establecimiento donde hacían tatuajes. 

Se acordaba de la determinación que había sentido y de la sensación de la aguja al penetrar en su piel. Se preguntó qué otras cosas no recordaba de las que le habían ocurrido durante sus desvanecimientos y a partir de qué momento habían comenzado sus fantasías. La última paliza que le había propinado su marido le había obligado a permanecer tres días en el hospital.

Se estaba haciendo tarde, pero los bares de solteros estaban abiertos y seguramente con un ambiente muy interesante. Pandora eligió su vestimenta cuidadosamente y al final se puso medias con liguero, bragas, un sujetador que le realzaba los senos, un ajustado vestido de tubo y zapatos con tacones de aguja, todo negro. Gracias al acentuado escote y al atrevido sujetador, podía lucir el tatuaje en forma de corazón. 

Ahora recordaba que al comprar aquellas prendas no había experimentado ninguna vergüenza: se había sentido descarada y había sonreído a la dependienta de una manera que había puesto nerviosa a la joven. Aquélla era la primera vez que Pandora se ponía el conjunto, o al menos eso pensaba ella.

Se maquilló con cuidado y se cepilló el pelo mientras se preguntaba qué podía hacer a continuación. Vio una pequeña mancha parecida a una postilla en el dobladillo del vestido y la limpió. Quizá debería ponerse el vestido rojo en lugar de aquél.

La doctora Walden le había dicho que podía llamar en cualquier momento. Cuando saliera del bar de solteros, quizá. Podía preguntarle su opinión. Pero daba igual si lo hacía aquella noche u otra.

Abrió un cajón y dejó caer la navaja en su bolso de lentejuelas negro. Frunciendo el ceño, la sacó y apretó el botón del resorte: el mecanismo, bien engrasado, funcionaba, y la hoja estaba afilada y limpia. Volvió a meter la navaja en el bolso. Recordaba que la había encontrado en una caja de curiosidades comprada en una subasta. Como el medallón. También recordaba que le había limpiado la sangre antes de guardarla en el cajón por última vez. ¿O se trataba sólo de otra fantasía? El cuchillo era auténtico.

Con Derrick posiblemente resultaría divertido, así que lo dejaría para más tarde. ¿Y Mavis? Mavis sería algo delicioso… Ya no volvería a ser la víctima.

La nube de lluvia - Theodor Storm (Final)

Entonces Andrés se acordó del pomito de hidromiel, que hasta ese momento había guardado. Al abrirlo, un perfume se expandió como si miles de plantas —de cuyas corolas habría sido chupada la miel por las abejas para producirlo hace tal vez más de cien años— hubieran florecido. Apenas los labios de la muchacha rozaron uno de sus bordes, cuando ella exclamó con ojos muy abiertos:

—¡Oh! ¿Qué parque tan hermoso es este donde estamos?

¡No es ningún parque, María! Pero bebe, esto te fortalecerá.

Cuando bebió, se puso de pie y miró con ojos penetrantes en torno suyo.

—Bebe tú también, Andrés —le dijo—. ¡Pobre mujer, ha de ser una miserable criatura!

—¡Este es un auténtico elixir! —exclamó Andrés, después de haber probado también—. ¡Sabrá el cielo con qué haya sido preparado!

Fortalecidos, continuaron su camino en alegre charla. No obstante, luego de un rato, la muchacha se detuvo una vez más.

—¿Qué te ocurre, María? —preguntó Andrés.

—¡Oh, nada! Solo pensaba.

—¿Y qué pensabas, María?

¡Pues mira, Andrés! Mi padre tiene la mitad de su heno en la pradera, ¡y yo me escapo con el propósito de hacer llover!

—Tu padre es un hombre rico, María. Nosotros tenemos en el henil, desde hace mucho tiempo, una parte de nuestra cosecha. Pero nuestra cosecha completa cuelga todavía de los enjutos tallos.

—¡Sí, sí, Andrés, tienes razón! ¡Debemos también pensar en los demás!

En silencio, consigo misma, añadió un momento después: «¡Ay, María, María, no salgas ahora con tonterías! ¡Se trata únicamente de tu tesoro!».

Así hubieron de continuar durante un rato, hasta que de pronto la muchacha exclamó:

—¿Qué es esto? ¿Dónde estamos? ¡Es un hermoso jardín!

Habían llegado sin saber en realidad cómo, desde la recta avenida de sauces, hasta un amplio parque. Del requemado y extenso césped se elevaban por todos lados majestuosas arboledas. En efecto, su follaje en parte había caído o colgaba, lánguido y marchito, de las ramas, pero la audaz arquitectura de estas se elevaba, en tanto las opulentas raíces de los troncos brotaban en caprichosas ramificaciones del tierno suelo. Flores en abundancia como no habían visto jamás lo cubrían todo. Sin embargo, marchitas y sin perfume, parecían haber sido dañadas por el mortal enrarecimiento del aire en el transcurso de su floreciente plenitud.

—¡Estamos en el lugar justo, según creo! —dijo Andrés.

 María asintió:

—Entonces, tienes ahora que quedarte aquí hasta mi regreso.

—¡Por supuesto! —replicó él, estirándose a la sombra de un gran encino—. De aquí en adelante te haces cargo. ¡Recuerda bien las palabras y no te equivoques!

Así pues, caminó sola por el amplio césped, bajo esos árboles que parecían llegar hasta el cielo, y al poco rato el joven, que hubo de quedarse rezagado, no la vio más. Ella caminó sin parar por solitarios parajes. Pronto dieron fin las arboledas y el terreno comenzó a descender. Reconoció claramente que caminaba sobre el lecho de unas aguas. Arena blanca y guijarros cubrían el suelo; había allí, esparcidos, cuerpos de peces cuyas escamas plateadas resplandecían a la luz del Sol. 

Vio una grisácea y extraña ave en medio del lecho. Le pareció semejante a una garza, pero era de tal estatura que su cabeza, de ser levantada, sobrepasaría la de una persona. El pájaro mantuvo su largo cuello entre las alas y pareció dormir. María sintió miedo. Aparte de la inmóvil y misteriosa ave, no se apreciaba ningún ser vivo; ni siquiera el zumbido de una mosca interrumpía el silencio que la rodeaba. 

Este parecía gravitar en aquel sitio como un espanto. Por un momento, el miedo la impulsó a llamar a su amado Andrés, pero no se atrevió a hacerlo: el sonido de su voz le parecía en ese desierto más horripilante que todo lo demás.

De suerte que mantuvo la mirada en el horizonte, donde parecían elevarse otras densas arboledas, y sin mirar siquiera de soslayo prosiguió su camino. No se movió la enorme ave cuando, sin ruido, se deslizó a unos cuantos pasos de ella. 

Por un instante, algo resplandeció bajo la blanca piel del párpado. Suspiró aliviada. Luego de dar unos cuantos pasos, el lecho del lago se estrechó hasta convertirse en un cauce de medianas dimensiones, que corría bajo un holgado grupo de tilos. El ramaje de estos inmensos árboles era tan denso que, a pesar de ser pocas las ramas, ningún rayo de Sol lo penetraba. 

María continuó caminando por el canal. Bajo la alta y tupida bóveda de árboles se sintió impresionada por la imprevista frescura que la envolvía. Casi le parecía como si caminara hacia el altar de una iglesia. De pronto, sus ojos fueron heridos por una refulgente luz; los árboles habían quedado atrás y, delante de ella, se elevaban unas pardas rocas sobre las que ardía el Sol más deslumbrante.

María se hallaba en un foso de arena en el que normalmente debía haber caído, entre las peñas, una cascada que remataba su cauce en el lago, ahora totalmente seco. Buscó con la mirada un camino entre las rocas. Algo la asustó de improviso. Aquello que estaba en mitad del barranco no podía pertenecer al macizo de rocas. 

Aunque igualmente gris e inmóvil como el precipicio, reconoció a primera vista que se trataba de un vestido que cubría bajo sus pliegues a una figura que dormía. Se acercó conteniendo apenas la respiración. Entonces le fue posible ver con claridad. 

Era una hermosa y sólida figura femenina. La cabeza pendía recayendo sobre el fondo rocoso. La rubia cabellera se esparcía hasta la altura de las caderas y estaba cubierta de polvo, así como de un reseco y marchito follaje. María la contempló arrobada.

«Debió haber sido muy hermosa —pensó— antes de que sus mejillas se hicieran tan flácidas y se hubieran hundido tanto sus ojos. ¡Ay!, qué pálidos están sus labios. ¿Será acaso la señora Nube? ¡Pero esta que está aquí no duerme! ¡Es una muerta! ¡Oh, se está terriblemente solo en este lugar!».

Pero la firme muchacha se recobró al instante. Se aproximó cuanto pudo y, arrodillándose e inclinándose ante ella, acercó los frescos labios al oído de la durmiente, tan pálida como un mármol. Momentos después, haciendo acopio de valor, habló con clara y resuelta voz:

¡El vapor es el humo,

el polvo, la fuente!

¡Mudos son los bosques,

el Hombre de fuego baila por los campos!

¡No dejes pasar más tiempo,

eh, tú, despierta!

¡La Madre te trae a tu casa

cruzando la noche!

Al momento, leves susurros alcanzaron las copas de los árboles y, a lo lejos, se oyeron agudos truenos de una tormenta. Al mismo tiempo, un sonido penetrante pareció venir del otro lado de las rocas, cortando el aire como el grito rabioso de una cruel y feroz bestia. Cuando María miró hacia lo alto, la figura estaba erguida frente a ella.

¿Qué quieres? —preguntó.

—¡Ay, señora Nube! —contestó la muchacha, aún de rodillas—. ¡Habéis dormido cruelmente durante muchísimo tiempo y ahora todo follaje y toda criatura están a punto de consumirse!

La mujer la miró muy sorprendida, como si se esforzara por volver de un profundo sueño. Finalmente, con voz apenas audible, preguntó:

—¿Ya no brota agua de la fuente?

—No, señora Nube —respondió María.

—¿Y mi ave no vuela más sobre el lago?

—Duerme parada bajo el ardiente Sol.

—¡Ay! —gimió la mujer—. Apenas tenemos tiempo... ¡Ven, sígueme! Pero no olvides esa vasija que está a tus pies.

María hizo lo que la mujer le indicó y en seguida ambas escalaron las rocas. Arboledas inmensas y flores aún más hermosas brotaban de la tierra, si bien todo parecía marchito y sin perfume. Caminaron a lo largo del canal del río, oculto hasta ese instante por los monolitos de roca. 

Lenta y vacilantemente, caminaron la mujer y, detrás suyo, la muchacha, que miraba con tristeza a su alrededor. María advirtió que, pese a todo, aún quedaba un verde brillo en el césped. Al pisar tan peculiarmente, no podía dejar de llamarle la atención el breve susurro que su vestido arrastraba sobre la marchita hierba.

—¿Llueve ya, señora Nube? —preguntó.

—Desgraciadamente no, mi niña. Primero tienes que destapar el pozo.

—¿El pozo? ¿Pues dónde está?

Acababan de dejar atrás la arboleda.

—¡Allá! —señaló la mujer, y a cientos de pasos delante de ellas María vio elevarse una inmensa construcción; parecía un apilamiento desordenado de piedra gris.

«Parece llegar hasta el cielo», pensó María, pues en el punto más alto de la construcción todo se diluía entre brumas y resplandores solares. La eminencia de la parte frontera se elevaba en gigantescos torreones; interrumpida por altas cavidades de arcos y ventanas, no permitía, sin embargo, ver al interior.

Se encaminaron por espacio de varios minutos hacia el sitio hasta detenerse en la empinada margen de un río, que parecía apuntalar la construcción. Pero allí también el agua se había evaporado hasta el punto de quedar reducido a un hilillo que fluía en el centro del cauce. Una destartalada barquilla se posaba sobre la capa lodosa de la ribera.

—Cruza el río —dijo la mujer—. Sobre ti no tiene ningún poder. Pero no te olvides de sacar agua. ¡Pronto la vas a necesitar!

Cuando María, obedeciendo su orden, dejó la orilla, casi de inmediato retiró el pie debido al tremendo calor que su planta abrasaba desde el suelo. «¡Bah, que se quemen los zapatos!», pensó mientras seguía caminando con la vasija en la mano. Pero de pronto se detuvo; una expresión del más profundo terror asomó a sus ojos: un pesado y pardo puño quebró bajo su peso, muy cerca de ella, la capa de lodo mientras sus torcidas falanges hacían por atrapar a la muchacha.

—¡Ten valor! —escuchó que le dijo la voz de la mujer, quien gritó desde la orilla, a sus espaldas.

En ese momento pegó un fuerte grito y la imagen desapareció.

—¡Cierra los ojos! —oyó de nuevo exclamar a la mujer.

Continuó entonces su paso con los ojos cerrados, pero al sentir que uno de los pies tocaba el agua, se inclinó a llenar la vasija. Luego escaló cuidadosamente, evitando cualquier tropiezo, a la otra orilla. Tan pronto como llegó al palacio penetró, latiéndole con fuerza el corazón, por uno de los portones abiertos. 

Ya dentro se quedó de pie, llena de admiración, ante el pórtico. Parecía ser un único e inmenso espacio. Macizas columnas de estalactitas transportaban una extraña techumbre hasta alturas insospechadas. María casi llegó a pensar que no eran sino unas grises y gigantescas telarañas colgando de todas partes, entre los capiteles, en forma de nudos y cabos.

Permaneció así en el mismo sitio, como perdida. En un momento divisó la lejanía, de uno a otro extremos, pero los inmensos espacios le parecían no tener fin, no así el frontispicio, que fue por donde ella entró. Una tras otra se erguían las colinas y, pese a todo su esfuerzo, no pudo ver dónde terminaban. De pronto, su mirada quedó prendada de una enorme cavidad abierta en la tierra. ¡Sí, no lejos de ella había un pozo! Vio también la dorada llave encima del escotillón.

En tanto iba hacia él, notó que el suelo estaba cubierto con baldosas de piedra, como en la iglesia del pueblo. Avanzó entre abundantes y resecos carrizos y prados. A esas alturas, ya nada le asombraba.

Tan pronto llegó al pozo, quiso tomar la llave; de inmediato retiró la mano. La llave lucía bajo la diáfana luz de un rayo solar y tuvo entonces por cierto que brillaba de un color bermejo no por ser de oro, sino por su incandescencia. Decidida, vació el agua encima de ella, de manera que borboteó multiplicando su eco en los dilatados espacios. Luego, abrió rápidamente el pozo. Un fresco aroma se elevó al quedar abierto el escotillón y pronto la atmósfera fue saturándose con un fino y húmedo vapor que ascendía por las columnas envueltas en irisados celajes.

Pensativa, María se paseaba dando vueltas. Respiraba un aroma refrescante. Entonces, a sus pies, dio inicio un nuevo milagro. Lloviznaba, como una exhalación, una humedad ligeramente reverdecida sobre la delgada capa vegetal, haciendo que los tallos se irguieran, y la muchacha se paseó entre una abundancia de hojas y frescos pétalos, al pie de las columnas. 

Todo era un azul de nomeolvides del cual surgían iridáceas de color amarillo y violeta que despedían un tierno aroma. Por las puntas de sus hojas revoloteaban libélulas de gráciles y relucientes alitas, arrebozadas encima de los cálices; el suave perfume, que no dejaba de elevarse desde el pozo, iba saturando cada vez más el aire, como ondulaciones de chispas plateadas que centelleaban bajo el sol.

María no daba fin a su encanto y admiración cuando oyó a sus espaldas un placentero suspiro, dulce y suave como el de una mujer. Y, en efecto, al dirigir su mirada hacia el pozo, pudo advertir la figura de una mujer extraordinariamente hermosa y exuberante, como si hubiese florecido sobre el verde y musgoso brocal. 

Apoyaba la cabeza sobre el desnudo y blanco brazo, sobre el cual el cabello se esparcía en dorados rizos; tenía la mirada perdida hacia lo alto de la cúpula, entre los remates de las columnas.

María dirigió automáticamente su mirada hacia ese mismo punto. Vio entonces que lo que había creído una enorme telaraña no era sino el fino tejido de las generosas nubes, que cobraban cuerpo con el perfume que ascendía desde el pozo. En ese momento se desprendió sin ruido tal nubarrón del centro de la bóveda, que María vio el rostro de la hermosa mujer, junto al pozo, como a través de un velo gris. Rejuvenecida, de pronto la mujer dio unas palmadas y de inmediato la nube flotó en una abertura y se deslizó hacia afuera.

—¡Bien hecho! —exclamó la bella mujer—. ¿Y qué te parece? —le preguntó, y sus rojos labios sonrieron dejando ver la deslumbrante blancura de sus dientes.

Después, a una señal, la hizo acercarse; ella se dejó caer suavemente sobre el musgo, a su lado. Al advertir el descenso de una voluta aromática, la mujer dijo:

—Ahora, palmea con tus propias manos.

Y cuando María hizo lo indicado y la nube ascendió hasta desaparecer, la mujer exclamó:

—¿Ves qué fácil resulta? ¡Pero si lo haces mejor que yo!

Admirada, María observó a la hermosa mujer, desbordante de alegría.

—Pero, ¿quién sois realmente?

—¿Quién soy? ¡Ay, niña, vaya simpleza!

—¿Eh? ¡Perdonadme! ¡Pero es que sois tan hermosa y alegre!

Entonces la mujer guardó de pronto silencio.

¡Sí! —exclamó—. Estoy ahora muy agradecida contigo. Si no me hubieras despertado, el Hombre de Fuego se hubiera convertido en maestro y yo no hubiera tenido más remedio que ir de vuelta con la Madre en lo profundo de la Tierra.

Encogió un tanto los blancos hombros como si un terror interno la hubiera estremecido. Luego añadió:

—¡Y tan hermoso y floreciente que es aquí arriba!

María tuvo que contarle cómo había llegado hasta ese lugar. Plácidamente sentada sobre el musgo, la mujer la escuchaba. De vez en cuando, tomaba cualquier flor que a su vera brotaba y la prendía del cabello de la muchacha o del suyo propio. Al escuchar el relato de su difícil caminata a lo largo de la enorme avenida de sauces, la mujer suspiró y dijo:

—Esa avenida fue construida alguna vez por vosotros los humanos. ¡Pero de eso hace ya mucho tiempo! Trajes como el que tú vistes ahora no los he visto nunca antes. Tiempo atrás me visitabais más a menudo. Yo os daba semillas, simientes para nuevas plantas y cereales. Agradecidos, compartíais conmigo vuestros frutos. Así como no me olvidasteis, yo tampoco me olvidé de vosotros y así vuestros campos no carecieron nunca de lluvia. Pero desde hace mucho me sois extraños, ya nadie me visita. Desde entonces, por el calor y el hastío, me he quedado dormida, con lo cual el traicionero Hombre de Fuego pudo hacer suya la victoria.

Entre tanto, María se había tumbado sobre el musgo. Cerró los ojos. En torno suyo caía un tenue rocío y la voz de la hermosa mujer resonaba en sus oídos con un timbre dulce y familiar.

—Solo una vez —continuó la mujer—, pero de eso hace también mucho tiempo, vino una muchacha de aspecto muy semejante al tuyo. A decir verdad, vestía muy parecido a ti. Le obsequié miel silvestre, y ese fue el último regalo que un humano recibió de mí.

¡Mirad! —dijo María—. ¡Qué coincidencia! ¡Aquella muchacha tiene que haber sido la antepasada de mi amado y el elixir que hoy me ha fortificado tanto era seguramente vuestra miel silvestre!

La mujer pensó sin duda en la joven amiga de antaño al preguntar:

—¿Aún tiene esos hermosos rizos color castaño sobre la frente?

—¿Quién, señora Nube?

—¡Pues la antepasada, como tú la llamas!

—¡Oh, no, señora Nube! —replicó María, sintiéndose en ese momento apenas perceptiblemente superior a su poderosa amiga—. Ella se convirtió en una anciana.

—¿Anciana? —preguntó la hermosa mujer; no entendía tal cosa, pues la edad le resultaba un concepto desconocido.

María tuvo gran dificultad para explicárselo.

—¡Fijaos bien! —le dijo finalmente—. ¡Cabello gris y ojos enrojecidos en un ser malhumorado! ¡A eso le llamamos anciano nosotros los humanos, señora Nube!

¡Claro! —replicó la mujer—. Ahora recuerdo, había una de ellas entre las mujeres... Pues entonces dile que vuelva conmigo, la convertiré de nuevo en un ser alegre y hermoso.

María movió la cabeza.

—Eso ya no es posible, señora Nube —le dijo—, hace ya mucho que la antepasada descansa bajo tierra.

La mujer gimió:

—¡Pobrecilla!

Entonces ambas guardaron silencio sobre el suave musgo, donde permanecían placenteramente tendidas.

—¡Pero, niña! —exclamó de pronto la mujer—. ¡De tanto charlar nos hemos olvidado por completo de la lluvia!

—¡Caramba, aquí uno se empapa como un gato! —exclamó María, abriendo los ojos con asombro.

La mujer se rio.

—¡Tan solo palmea un poco más! ¡Pero ten cuidado, no vayas a disolver las nubes!

De esta manera empezaron a palmear; pronto las nubes se hicieron más densas, la neblina se apretujaba junto a las escotillas y se dispersaba en el aire. Poco después, María vio una vez más el pozo y el verde prado, ahora cubierto de incontables iridáceas amarillas y violetas. Asimismo, se despejaron enseguida los huecos de las escotillas. A lo lejos, por encima de los árboles del jardín, vio cubrirse el cielo por completo. El sol iba desapareciendo lentamente. No pasó mucho tiempo cuando escuchó el chubasco como agua corriendo sobre ramas y matorrales, susurrando sin cesar con poderoso ímpetu.

María estaba sentada, muy erguida, con las manos entrelazadas.

—Señora Nube —dijo en voz baja—, está lloviendo.

La mujer asintió en silencio, a sus espaldas, inclinando su hermosa y rubia cabellera. Estaba también sentada, como sumida en ensueños.

De pronto, estalló una fuerte y aguda crepitación. Cuando María, temerosa, miró hacia afuera, vio elevarse al cielo, desde el cauce del anchuroso río que había cruzado hacía poco, inmensas y vaporosas nubes blancas. En ese momento se sintió abrazada por la hermosa Mujer de la Lluvia, quien se oprimía temblando contra la jovencita, que permaneció junto a ella.

—Ahora las nubes están derramando agua sobre el Hombre de Fuego —susurró la mujer—. ¡Escucha cómo se defiende! Pero su lucha será inútil.

Así se mantuvieron abrazadas durante algún rato. De pronto, todo estaba en calma; afuera no se escuchaba más que el suave murmullo del bosque bajo la lluvia. Se levantaron en ese momento y la mujer bajó la puerta corrediza del pozo y la cerró.

María besó su blanca mano y le dijo:

—¡Os doy las gracias, querida señora Nube, por mí y por toda la gente de nuestro pueblo!

Luego añadió, un tanto vacilante:

—¡Y ahora quisiera regresar a casa!

—¿Quieres irte ya tan pronto? —preguntó la mujer.

—Sabéis que mi tesoro me está esperando, seguramente ha de estar empapado.

La mujer elevó el índice y le dijo:

—¿En adelante no lo dejarás esperar nunca más?

¡Seguro que no, señora!

—Entonces ve, hija. Y cuando vuelvas a casa cuéntales de mí a los demás para que no me olviden. ¡Y ahora, ven! Te voy a acompañar.

Afuera, en el fresco rocío, habían brotado por todos lados, entre árboles y matorrales, prados verdes y follaje. Cuando llegaron al río, el agua había llenado de nuevo todo su cauce y, como si las esperara, la barquilla, al parecer restaurada por una mano invisible, flotaba mecida por las aguas, muy cercana a la hierba de la orilla. 

Embarcaron cada una en silencio y el bote se deslizó hacia la margen opuesta mientras el lento oleaje se deshacía entre arabescos y rumores sobre la corriente de las aguas. De pronto, al pisar la otra orilla, cantaron los ruiseñores, muy cerca de ellas, bajo el fresco cobijo de los matorrales.

—¡Oh! —dijo la mujer, suspirando profundamente desde lo más hondo de su corazón—. Es todavía temporada de ruiseñores. ¡Hemos actuado muy a tiempo!

Caminaron a lo largo de un hilo de agua que conducía a la cascada. Esta caía con inusitada fuerza, rebotando en las rocas, corriendo después por el ancho canal, bajo la amplia sombra de unos tilos. Al descender, tuvieron que continuar su camino por la orilla, junto a los árboles. 

Al salir de nuevo al aire libre, María observó el extraño pájaro volando en amplios círculos por encima del lago, cuyos meandros se extendían hasta donde las dos caminaban. Luego siguieron por la parte baja, a lo largo del borde, mientras escuchaban el susurro del agua, que corría sobre la lustrosa y densa arena de la playa. 

Miles de pétalos se abrían por todas partes. María vio también violetas y lirios de mayo y otras flores que reconoció, y cuya temporada de hecho había pasado hacía mucho tiempo pero que, a causa de la malsana canícula, no habían podido desarrollarse a tiempo.

—Ellas tampoco quieren quedarse atrás —dijo la mujer—. Ahora todo florece al mismo tiempo.

Solía sacudir su rubia cabellera de manera que las gotas de agua refulgían en torno suyo como chispas; o unir las manos, con lo que el agua corría entre los blancos brazos como en el interior de una concha. Asimismo, separaba las manos y allí donde las chispeantes gotas tocaban el suelo, se elevaban nuevos aromas; un colorido juego de copiosas y relucientes flores nunca vistas se esparcía en todo el prado.

Pronto llegarían al lugar donde se había quedado Andrés. ¡Y así era! Apoyado en uno de los brazos, estaba tendido bajo los árboles; parecía dormir. Pero cuando María vio a la hermosa mujer caminar tan orgullosamente al lado suyo con sus encendidos y sonrientes labios, se sintió de pronto tan torpe y fea que pensó: "¡Ay, no! ¡Esto no está nada bien! ¡Andrés no puede verla!", y le dijo en voz alta:

—¡Os doy las gracias por vuestra compañía, señora Nube —replicó María—, él es un muchacho como los demás, y justo lo bastante bueno para una muchacha de pueblo!

La Mujer de la Lluvia la miró escrutadoramente.

—¡Tontuela, eres muy hermosa! —le dijo, y elevó amenazadoramente el índice—. ¿Y eres también la más guapa del pueblo?

Entonces la hermosa muchacha se sonrojó visiblemente y sus ojos se inflamaron al levantar los párpados. No obstante, la mujer volvió a sonreír.

¡Pues entonces escucha, María! —le dijo—. En vista de que ya han brotado de nuevo todas las fuentes y ríos, puedes seguir un camino más corto. Primero toma a la izquierda. Luego de la hilera de sauces hallarás una barca. ¡Sube a ella tranquilamente! ¡Te llevará segura y rápidamente a tu casa! ¡Y ahora, adiós! —exclamó, poniendo el brazo alrededor del cuello de la muchacha, besándola—. ¡Oh, qué dulces y frescos se sienten estos labios humanos!

Luego se dio vuelta y caminó bajo la lluvia cruzando un prado. Comenzó a cantar; su canto era dulce y monótono, y cuando la bella silueta desapareció entre la arboleda, María no supo si aún escuchaba su canto lejano o tan solo el susurro de la lluvia.

La muchacha se quedó parada un momento más; luego, como sumida en una súbita añoranza, se ciñó con sus propios brazos.

¡Adiós, querida y hermosa Nube, adiós! —gritó.

Pero ya no hubo respuesta. Al momento, se dio cuenta con claridad de que era la lluvia lo que había escuchado.

Al encaminarse hacia la entrada de un jardincillo, vio al joven de pie, muy erguido, bajo los árboles.

—¿Qué miras tanto? —le preguntó, estando cerca de él.

—¡Caramba, María! —exclamó Andrés—. ¿Quién era esa mujerona tan hermosa?

La muchacha tomó del brazo al joven y con un brusco jalón lo hizo volverse.

—¡No se te vayan a salir los ojos! —le dijo—. Esa mujer no es para ti. ¡Es la señora Nube!

Andrés se rio.

—¡Pues qué bien la has despertado, María! —replicó él, sin atender a su celoso reclamo—. ¡Ya lo he notado desde aquí! ¡Nunca antes ha sido tan torrencial la lluvia ni en mi vida he visto todo tan reverdecido! ¡Pero ven! Vamos a casa. Tu padre ha de cumplir su palabra.

Más tarde, en las cercanías de los sauces encontraron la barca y subieron a ella. La tierra baja estaba completamente inundada; el aire y el agua rebosaban de toda clase de aves; las esbeltas golondrinas se precipitaron lanzando garlidos por encima de sus cabezas, sumergiendo las puntas de sus alas en la corriente, en tanto que una gaviota nadaba, majestuosa, al lado de la rauda embarcación. En las verdes isletas que iban dejando atrás en su camino, llegaron a ver gallos de dorada cresta que peleaban entre sí.

De esa manera se deslizaron velozmente. Aún caía un poco de lluvia, tenue pero incesante. Después, el curso del agua se angostó y pronto esta se convirtió en un río de medianas dimensiones.

Andrés miraba desde hacía rato a lo lejos, con la mano puesta encima de los ojos a manera de una visera.

—Observa, María —exclamó—. ¿No es ese mi campo de centeno?

—¡Claro, Andrés! ¡Y qué bellamente ha reverdecido! ¿Pero es que ya te has dado cuenta de que hemos venido en el curso de nuestro riachuelo?

—Cierto, María. Pero, dime, ¿qué es lo que hay más allá? ¡Todo está inundado!

—¡Ay, santo Dios! —exclamó María—. ¡Esos son los pastizales de mi padre! Mira, todo el heno está flotando.

Andrés oprimió con la suya la mano de la muchacha.

¡No te preocupes, María! —le dijo el muchacho—. Pienso que el precio no ha sido muy alto, y mis campos tan mayores frutos darán.

La barca se detuvo poco antes de llegar junto al enorme tilo del pueblo. Treparon por la orilla y de inmediato caminaron tomados de la mano calle abajo. Entonces, desde todos lados fueron saludados efusivamente, ¡pues de seguro la madre Stine había hablado bastante durante su ausencia!

—¡Llueve! —gritaban los niños al correr por las calles, empapándose bajo el agua.

—¡Llueve! —dijo el primo Schulze, mirando placenteramente desde la ventana cuando, al pasar ellos, los sacudió con un fuerte saludo de manos.

—¡Sí, sí, llueve! —dijo el padre de María, que con su pipa en la boca estaba en ese momento en la entrada de su casona—. Y tú, María, ¡bien que me has mentido! Pero entren los dos. Andrés, como dijo el primo Schulze, ha sido siempre un buen muchacho; su cosecha, igualmente, será buena este año, y si en los próximos tres hay otra vez lluvia, no está nada mal que ricos y pobres se acerquen. ¡Vayan con madre Stine para que arreglemos el asunto!

Varias semanas habían transcurrido desde entonces. La lluvia había dejado de caer desde hacía algún tiempo y las últimas pesadas carretas entraban y salían de los graneros, adornadas con coronas de flores y cintas ondulantes.

Bajo el resplandor del sol, una procesión nupcial se dirigía a la parroquia. María y Andrés eran los novios; detrás de ellos, tomados de la mano en el cortejo, seguían los padres de ambos.

Muy cerca del atrio, al apenas comenzar a escucharse los sonidos que un anciano del pueblo arrancaba al órgano para darles el recibimiento, de pronto una nubecita blanca se acercó y ligeras gotas cayeron sobre el tocado de la novia.

¡Eso es de buena suerte! —gritaron algunos de los congregados en el atrio.

—¡Fue la señora Nube! —susurraron entre sí los novios, estrechándose las manos.

Poco después, la procesión entró en el templo. Brilló de nuevo el sol, la música del órgano dejó de escucharse y el párroco dio inicio a su tarea.