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La tela ensangrentada - Ueda Akinari

Desde que el emperador Heizei, quincuagésimo primer soberano desde la fundación del país, ocupara el trono, no había ni inundación ni sequía. El pueblo expresaba con cantos y danzas su alegría por las buenas cosechas, los pájaros construían sus nidos en cualquier árbol y eran muchos los eruditos que servían al emperador con su sabiduría. 
 
Uno de ellos, un gran conocedor de la Historia, propuso el nombre de Daido, o Gran Continuidad, para denominar con un término de buen augurio la nueva era que se iniciaba con el reinado de dicho emperador. Poco después de su ascenso al trono, Su Majestad nombró como príncipe heredero a su hermano menor, el príncipe Kamino, el cual había gozado del favor del difunto emperador Kanmu, y luego mandó edificar para él un nuevo palacio. 

El príncipe Kamino tenía una mente brillante y una sagacidad sin precedentes. Era un maestro en los clásicos chinos y japoneses, y sus caligrafías eran tan admiradas por los enviados chinos de la corte, que se decía que querían llevárselas consigo de vuelta a su país. 

En aquella época, el emperador Xian Zong, de la dinastía Tang, reinaba en China, y la virtud del emperador Heizei influenciaba positivamente las relaciones con el país vecino. También el rey Ae Chang, del reino coreano de Silla, siguiendo las antiguas costumbres, había vuelto a enviar decenas de navíos cargados de tributos a nuestra nación.

El emperador Heizei era de carácter gentil y bondadoso y, como deseaba ceder cuanto antes el trono a su hermano Kamino, consultó en privado al respecto con sus consejeros, los cuales le pidieron que no se apresurara a tomar semejante decisión. Una noche, el emperador tuvo un sueño en el que el difunto soberano Kanmu se le aparecía y le recitaba los siguientes versos:

Como el bramido
de los ciervos del monte
a la alborada,
que tu voz no me deje
por larga que sea la noche.

Tratando esforzadamente de descifrar su significado, el emperador finalmente concluyó que el bramido del ciervo se refería a la cesión del trono. A la noche siguiente, en otro sueño, un enviado del difunto emperador Kanmu le comunicó este mensaje:

«El espíritu del difunto príncipe Sawara ha acudido al mausoleo imperial a pedirle perdón. Se lamenta de que, acabado su linaje, no se haya celebrado ninguna ceremonia por el descanso de su alma».

Dicho esto, se marchó.

El emperador, aunque atribuía sus sueños a su propia debilidad de espíritu, decidió otorgar al príncipe Sawara el título póstumo de «emperador Sudó». Los bonzos y los sacerdotes sintoístas acudieron a los altares para recitar plegarias y realizar una ceremonia de purificación.

Un cortesano llamado Fujiwara no Nakanari y su hermana menor Kusuriko se dirigieron al emperador con estas palabras:

—Los adivinos dicen que hay seis tipos de sueños. ¿Será que la suerte de una persona depende del buen o del mal augurio de un sueño? Vuestra Majestad debe de haber sido endemoniado por algún espíritu malvado.

A continuación, ordenaron que Izumo no Hironari elaborase una medicina y se la ofreciera al emperador.

Los consejeros imperiales se reunieron y acordaron enviar mensajeros a los santuarios y a los templos. Convocaron también a un ermitaño llamado Genpin, que vivía retirado en la provincia de Hoki, para que oficiara rituales. 

A Genpin le había sido otorgado el puesto de
sozu, uno de los cargos más altos de la jerarquía budista, pero se había retirado a la montaña a causa de la maldad del bonzo Yuge no Dokyo, de su mismo clan, y en su retiro espiritual se dedicaba al ascetismo. 

El ermitaño pasó siete días en la corte, durante los cuales exorcizó a los demonios, y cuan
do consideró que su labor había finalizado, pidió permiso para irse. A pesar de que el emperador lo instó a quedarse más tiempo, pues su presencia le era grata, Genpin regresó a su provincia lejana quién sabe por qué oscuro motivo.

Siguiendo con su plan, Nakanari hizo todo lo posible por alejar de la corte a los demás nobles y, junto con su hermana Kusuriko, se dedicó a distraer la mente del emperador, quien con sonrisa ingenua prestaba atención a sus malévolas palabras. Noche tras noche se celebraban suntuosos banquetes y Su Majestad se divertía uniéndose al círculo de danza utagaki, y los participantes cantaban el poema que había compuesto el mismo emperador:

Todas las noches
brama el ciervo por su amada.
Igual que yo que,
mientras el rocío en hielo no cambie,
joven me siento.

El emperador alzó su copita de sake. Entonces Kusuriko tomó el abanico y se puso a bailar haciendo ondear la manga de su quimono mientras recitaba el siguiente poema para festejar el reinado de Su Majestad:

El dios que habita
en el santuario de Miwa
la puerta ha abierto.
¡Que de par en par se abra!
¡Larga vida, larga vida! 

De esta manera, el ánimo del soberano se mostraba sereno y pasaba las mañanas cumpliendo con los asuntos de Estado.

Algunos cortesanos envidiosos difamaban secretamente al hermano del emperador, a quien aborrecían por su sobresaliente inteligencia. Cuando las calumnias llegaron a oídos del soberano, este se dijo: «Desde nuestro ancestro imperial Jinmu, quien lanza en mano se abrió camino hacia el gobierno del país, y logró expulsar con arco y flecha a los enemigos, hasta el reinado del emperador Sujin, décimo en el trono, ¿acaso no ha sucedido nada digno de ser puesto por escrito? En las crónicas de Nihon shoki no se encuentra nada llamativo. Si bien es cierto que la introducción del confucianismo pareció ayudar a rectificar las malas conductas, lo que realmente hizo fue desfigurar la verdad y hacer uso de argucias, y conforme su influencia aumentó con el transcurso del tiempo, más se degradó el espíritu del pueblo. Pero yo, que desconozco los clásicos chinos, solo puedo intentar gobernar aferrándome a la rectitud y a la honestidad».

Un día en que el cielo estaba despejado y no soplaba ni una brisa que meciera las ramas de los árboles, se escuchó súbitamente un estruendo en las alturas. Kukai, un bonzo de alto rango que casualmente se encontraba en el palacio, pronunció en voz alta palabras mágicas con el rosario budista en la mano y, de repente, un objeto se estrelló en la tierra. 

Sorprendentemente, se trataba de un ser salvaje y negro sentado
en un carro que fue capturado de inmediato y confinado en un cofre; luego, fue hundido en el canal de Naniwa. 

Inbe no Hamanari, ministro de Asuntos Religiosos, ordenó ca
var un hoyo de unos tres shaku en el punto exacto donde había caído el ser monstruoso y pronunció en voz alta fórmulas mágicas para espantar al mal espíritu.

El hermano del emperador, el príncipe Kamino, visitó el augusto mausoleo de su padre, el anterior soberano, en Kashiwara para formular una petición en secreto. Con razón nadie sabía de qué se trataba.

Unos días después, Su Majestad en persona visitó el mismo lugar acompañado por un extenso séquito de oficiales y ministros que abrían y cerraban la comitiva. Rodeando el palanquín del emperador, los generales mayores y medios de la Izquierda y de la Derecha empuñaban flechas y arco, y se ceñían la espada a la cintura. 

Frente al augusto mausoleo, sobre una gran mesa, se dispusieron las of
rendas y las ramas de sakaki adornadas con tiras votivas de papel de diversos colores, una visión que hacía recordar a la Edad de los Dioses. 

Los maestros del Ministerio de Música Imperial, puestos en fila, tocaron tres flautas y tres tamboriles; y fue tan excelsa su interpretación que hasta los
sirvientes más rudos la escucharon encantados. 

Entonces, inexplicablemente, unas sombría
s nubes surgieron por detrás de las montañas y en un instante el cielo se tiñó de negro; no caía ni una gota de lluvia, pero el cielo lucía oscuro como el de la última noche del año. Con presteza rodearon el palanquín imperial no solo los sirvientes sino todo el séquito, y los generales mayores y medios de la Izquierda y de la Derecha, rompiendo la fila, se dispusieron para proteger al soberano.

Nada más anunciarse el regreso de Su Majestad a palacio, los hombres del clan de Otomo se apresuraron a abrir la puerta. «¡Su Majestad está enfermo!», exclamaron todos. Los médicos, muy preocupados, acudieron de inmediato al Palacio Imperial para prepararle una medicina al soberano. 

Pero Su Majestad no compartía la preocupación de los doctores; más bien estaba convencido de que el prodig
io que había presenciado era una señal a favor de su abdicación, idea que rondaba su mente desde hacía tiempo. Su Majestad pidió de beber. Le sirvieron una copita de sake acompañada de trucha pescada en el río de Kurusuno, helecho arborescente recogido en Narabi no Oka, namasu y otras viandas. El emperador quedó satisfecho y, cuando se iba a retirar a sus aposentos y la luna asomaba por el cielo, escuchó cantar un cuclillo.

Al día siguiente, por la mañana temprano, cuando Kukai visitó al emperador, este le dijo:

—Los Emperadores Legendarios de la China son del pasado lejano. Háblame, más bien, de sus sucesores.

Kukai le respondió:

—¿Acaso algún país puede ser gobernado únicamente sobre la base de la teoría? El emperador Tang, de la dinastía Yin, dijo una vez: «Abrid los tres lados de la red de caza y que venga a mí», lo cual representa la primera manifestación de la codicia entre los dominadores. Ya que Su Majestad es un hombre de corazón puro y sincero, pienso que debe obrar según le indique su espíritu. Levantarse al amanecer e ir a la cama al anochecer; comer cuando se tiene hambre y beber cuando se tiene sed. El pueblo no desea más de lo necesario.

El emperador asintió con la cabeza, diciendo:

—Bien, muy bien.

A continuación, acudió su hermano, el príncipe heredero Kamino. Después de charlar un rato los dos hermanos, el emperador le preguntó:

—La dinastía Chou duró ochocientos años y la de los Han, cuatrocientos. ¿Cuál fue la clave para que perduraran tan largo tiempo?

El príncipe heredero, perspicaz, habiendo comprendido la intención de la pregunta, contestó:

—Aunque a primera vista parece un largo periodo de tiempo, se ha de tener en cuenta que la dinastía Chou empezó su declive transcurridos setenta años desde el inicio de su reinado. La dinastía Han, de igual modo, poco después del fallecimiento de su fundador, padeció la rebelión de Lu, pero de esto tuvo la culpa el soberano.

—Entonces, ¿todo esto se debe a la voluntad del Cielo? —preguntó de nuevo Su Majestad—. Tengo entendido que el Cielo se refiere a Takamagahara, donde mora nuestra diosa ancestral Amaterasu, que con su luz ilumina la faz de la tierra día tras día. Al preguntarles a los sabios confucianos si eso que llamamos Cielo significa «firmamento», suelen contestar: «No; es la fortuna que al nacer tenemos cada uno de nosotros». O, a veces, dicen que es un lugar en el que se mueven el Sol y la Luna. Cada uno tiene su propia interpretación. Los bonzos dicen: «El emperador del Cielo mismo escuchó, con la cabeza inclinada, las instrucciones de Buda». ¡Qué complicado es todo esto!

El príncipe heredero Kamino se marchó sin dar respuesta.

Al día siguiente, un decreto imperial anunció la abdicación. El emperador Heizei, a partir de ahora emperador retirado, se trasladó a Nara, la antigua capital, que había sido la sede de siete generaciones de soberanos, desde la emperatriz Genmei hasta su augusto padre el emperador Kanmu. Su Majestad Heizei había elegido esta ciudad al recordar unos versos en los que se describía el Palacio Imperial allí ubicado:

Su gran belleza
refulge como brotes
recién florecidos.

El día en que los augurios fueron propicios, el emperador retirado abandonó la capital en dirección a Nara. Al llegar a Uji, ordenó detener el palanquín y, observando la corriente del río, compuso este poema:

¡Ah, mis guerreros,
firmes como las tablas
de este puente!
En mi camino servidme
diez mil generaciones.

Y los oficiales del Ministerio de Música Imperial que acompañaban al soberano recitaron el poema siete veces. Después, su majestad el emperador retirado comentó:

—Aunque hoy no se vean las ondas producidas por las redes de pesca, hemos encontrado una bandada de chorlitos que cantan chiyo chiyo en el banco de arena.

Y pidió otra copita de sake. La dama Kusuriko se la sirvió como de costumbre. El emperador dijo:

—Componed una poesía sobre el río Uji.

Kusuriko fue la primera en recitar:

Un sol radiante
de luz bañaba el monte Asahi.
Eso fue ayer.
Hoy, mis manos en las mangas,
gélidas aguas del Uji.

—Pero, mira, el viento que sopla sobre el río es fresco, no helado —replicó el soberano sonriendo.

A continuación, el capitán medio de la Guardia de la Izquierda, Fujiwara no Tadanari, recitó su poema:

Su Majestad
el río Uji cruzará
esta mañana.
Mas yo no cejaré de serviros
por más que le pese al mundo.

Le llegó el turno al viceministro de Guerra, Tachibana no Mitsugi:

Alguien cantó
a una flor semejante
pensando en su amada.
¡Ah, si yo ver pudiera
una yamabuki en la orilla!

El emperador Heizei replicó:

—¿No estarás pensando en la flor yamabuki del promontorio de Kojimazaki, en Asuka, capital antigua, donde se encuentra el palacio del príncipe Kusakabe?

Aquel día se compusieron otros poemas, pero no se dejaron por escrito.

La comitiva se detuvo en Narazaka para la cena. Su Majestad preguntó entonces:

—¿Dónde estarán las hojas de tuya de las que tanto he oído hablar?

Uno de los vasallos se apresuró a responder:

—Las hojas, al parecer, tienen ambas caras idénticas. Se dice que simbolizan a quienes sirven a dos señores, y por ello se evita mencionar su nombre. Aquellos que estamos a vuestro servicio somos todos fieles. ¡Cómo puede haber alguien que os traicione!

—Tienes razón —asintió el emperador retirado.

El cortejo prosiguió su camino y llegó por la noche al Palacio Imperial de la antigua capital.

Al día siguiente por la mañana, Su Majestad ordenó retirar los toldos de bambú para disfrutar de la vista panorámica. Los montes Kasuga, Takamado y Miwa, al este; el Takamuchi, al sur; el Kazuragi y el Takama, al oeste, junto con los montes Ikoma y Futagami, formaban una muralla verde. «Con razón —se dijo Su Majestad— el Palacio Imperial tiene su sede en este lugar. Me pregunto por qué motivo el emperador Kanmu, mi padre, trasladó la capital al norte, a Kioto».

Uno de sus acompañantes comentó:

—Al norte se encuentran las tumbas de las emperatrices Genmei y Gensho y del emperador Shomu.

Entonces el emperador Heizei se postró y se puso a rezar en esa dirección. Altos eran los tejados de los grandes templos y numerosas las pagodas de la ciudad de Nara. Muchos edificios aún no habían sido trasladados a la nueva capital, Kioto, por lo que Nara no presentaba el aspecto de una antigua capital abandonada.

Su Majestad partió para el templo Todaiji a fin de ver la gran estatua de Buda. Una vez allí, levantando los ojos hacia el Buda, exclamó:

—¡Es mucho más magnífica de lo que imaginaba! Nacido en un lejano país al este de Japón, aumenta su esplendor con las flores áureas de Michinoku. ¡Qué cosa tan extraordinaria!

Un monje se acercó al emperador y explicó:

—La estatua reproduce la sacra imagen tal y como está descrita en el Sutra de la Guirnalda. Se dice que a través de sus avatares el Buda Nyorai ocupa el espacio entero en el Cielo y, sin embargo, también puede caber en el interior de la semilla de una adormidera. Una imagen suya se trajo a Japón. En la planta del pie de la estatua está inscrito el año en que fue consagrada. Esta es la tercera copia del original y supera por poco los cinco shaku de altura.

Su Majestad permaneció en silencio, escuchando, sin hacer objeción alguna, las palabras del monje. Admirable era, pues, el carácter del emperador retirado quien, cuando Kusuriko o Nakanari trataban de incitarlo a cometer malas acciones, se limitaba a inclinar la cabeza, cubierta con el gorro cortesano eboshi, y adoptaba la expresión del que se niega a conspirar. Era una imagen lamentable.

Al poco, le fue servida la comida. Satisfecho con ella, Su Majestad preguntó:

—Tengo entendido que los pescadores de Naniwa nos han ofrecido esta comida. ¿Está Naniwa cerca de aquí?

—Fue el emperador Nintoku quien estableció la capital en Naniwa —respondió Kusuriko—. Como su padre, el emperador Ojin, había nombrado a su hermano menor, el príncipe Uji, como heredero, el príncipe Nintoku estaba decidido a servir a su hermano Uji tras el fallecimiento de su progenitor. Sin embargo, el príncipe Uji, pensando que subir al trono imperial antes que su hermano mayor iría contra las leyes de Confucio, le cedió el trono a Nintoku. Pero este, por su parte, insistió: «No lo acepto. Recuerda que nuestro padre el emperador te designó a ti como príncipe heredero». De este modo, haciéndose concesiones mutuas, transcurrieron tres años sin que ninguno de los dos hermanos se decidiera a ocupar el trono. Finalmente, el príncipe Uji, desesperado, puso fin a su propia vida con la espada. Se dice que durante los tres años de vacilaciones sobre la sucesión imperial, los pescadores de Naniwa que querían obsequiar con sus pescados al soberano iban y venían de un hermano a otro, y sus presentes acababan descomponiéndose por el camino. Hay un dicho nacido de esta historia que reza: «Los pescadores lloraron llevando sus propios pescados». Por fin, el príncipe Nintoku aceptó subir al trono. Todo el mundo lo elogió como emperador sabio y su prestigio viene transmitiéndose de generación en generación.

»Vuestra Majestad ha abdicado en tan solo cuatro años. Se dice que tanto los nobles como el pueblo, habiendo perdido la esperanza, se lamentan. Vuestro hermano el nuevo emperador ha leído muchos clásicos chinos y, a imitación de los malos hábitos de China, ha usurpado el trono.

—¡Ya basta! —exclamó el emperador retirado interrumpiendo a Kusuriko.

Pero Kusuriko replicó:

—Escuchad, Alteza. Vuestros súbditos aquí presentes deseamos que volváis a subir al trono en Kioto.

En el séquito había algunos traidores que eran leales al nuevo emperador. Al oír por accidente las palabras de Kusuriko, sus sospechas se desataron: «Están tramando algo», murmuraban entre sí.

—Vuestra Majestad podría decir que ha abdicado de manera temporal debido a un mal pasajero y así poder recuperar el trono —dijo Nakanari retomando el discurso de su hermana—. En caso de que vuestro hermano el emperador se oponga, yo, capitán de la Guardia, desplegaré mis tropas hasta la colina de Narayama y el río de Izumi para mostrarle vuestra autoridad.

Muy pronto el pueblo comenzó a cantar:

En florecer
los cerezos del sur
son los primeros.
Mas la nieve de las ventanas del norte,
¡qué frío el corazón tiene!

Cuando el poema llegó a oídos de la corte en Kioto, el nuevo emperador convocó a los súbditos del emperador retirado en Nara para un interrogatorio. Esto fue lo que le respondieron:

—La conspiración ha sido maquinada por Kusuriko, Nakanari y sus partidarios. En el primer día del Nuevo Año, en la ceremonia en que el emperador retirado debía beber las tres medicinas rituales, solo le ofrecieron dos, toso y byakusan, pero no la tercera, toshosan. Entonces Su Majestad preguntó: «¿Y el toshosan?». A lo que respondieron: «No deseamos que crucéis el escarpado paso de la montaña, señor. Aunque la cuesta de Nara es una leve pendiente, más allá de las montañas de la provincia de Yamato, que se alzan como una muralla verde, hay montañas con escabrosos caminos. Aún más acá de las colinas de Nara, vuestros súbditos ya no os ofrecerán más tributos. ¡Qué tristeza!». Y lloraron tanto que las mangas de sus quimonos se empaparon. Esto es todo lo que tenemos por seguro, pues estábamos presentes cuando conversaban de tal modo. Mas, viviendo en tiempos dichosos, ¿quién se atrevería a provocar una guerra?

—Comprendo —dijo el nuevo emperador al escuchar las explicaciones.

A continuación, dio orden inmediata de detener a Nakanari y ejecutarlo. Su cabeza decapitada acabó expuesta en la cuesta de Nara. En cuanto a la dama Kusuriko, fue llevada de vuelta a su provincia, donde fue confinada.

El nuevo soberano, ahora llamado emperador Saga, había tenido en cuenta los sentimientos de su hermano mayor, el emperador retirado Heizei, y por ello había nombrado al hijo de este, el príncipe Takaoka, como su heredero. Pero, debido a este incidente, Saga anuló la designación y ordenó a su sobrino que se hiciera bonzo. 

Takaoka se tonsuró y cambió su nombre por el de Shinnyo. Bajo la supervisió
n de Dosen, estudió la doctrina de Sanron y fue iniciado por Kukai en los principios secretos de la escuela Shingon. Con el deseo de explorar más a fondo los misterios del budismo, al tercer año de la Era Jogan, partió rumbo a China. 

Luego, atravesando la altiplanicie de Pamir, llegó a Laos, donde realizó estudios religiosos hasta alcanzar la plena sabiduría. Por fin, regresó a Japón. Se cuenta que tanto los dignatarios de rango superior como el pueblo llano se decían en secreto unos a otros: «¡Ojalá el príncipe Takaoka fuera nuestro emperador!».

Kusuriko, por su parte, nunca se arrepintió de sus malos actos y, consumida por el fuego del resentimiento, acabó matándose con la espada. Su sangre empapó la tela de fina seda de la cortina que, una vez mojada de sangre, nunca volvió a secarse. Se dice que, cuando los jóvenes valientes disparaban flechas hacia ella, no se mecía siquiera; y cuando intentaban rasgarla con la espada, el filo se mellaba. Tales fueron los prodigios de esta tela, siendo natural el gran pavor que produjo.

Pese a que el mismo emperador retirado jamás formó parte de la intriga, se reprendió a sí mismo diciendo: «La culpa es mía», y decidió hacerse bonzo. Los historiadores registraron en sus crónicas que falleció a los cincuenta y dos años de edad.

La Biblia de los Seadown - William Goyen

Conocí a un hombre y una mujer viejos, que vivían en una casa sobre una colina, al otro lado de un pueblo. Eran los Seadown. De chico solía ir a esa casa para hablar con los Seadown, a veces durante horas y horas hasta que mi madre, preocupada, mandaba a uno de mis hermanos a buscarme con una linterna. 

Conocí a mucha gente del pueblo cuando era más joven y vivía allí, pero ahora, en esta ciudad, recuerdo a los Seadown más que a nadie porque siempre me hablaban como si fuera adulto y, sobre todo, porque me leían la Biblia.

En su casa, la Biblia estaba más a mano que cualquier otra cosa. La usaban con la misma frecuencia que una sartén. Cuando llegaba, la tenía siempre uno de los dos, con un dedo metido dentro para no perder la página. Los Seadown leían la Biblia de una forma maravillosa. Yo oía «dejad que los niños vengan a mí» o «aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles…», y era como oír una bella historia que podía herir mis sentimientos. 

Las palabras me tomaban por las muñecas y hormigueaban por mis brazos, apuntaban directamente a la boca de mi estómago y explotaban como una luz de bengala, o temblaban por toda mi columna, arriba y abajo, empezando detrás del cuello, como una araña de juguete en una goma elástica o un mono de juguete que trepaba por una cuerda.

Eso fue hace mucho tiempo.

Después tuve que irme de ese pueblo a otro. Pasaron muchos años sin que oyera hablar de los Seadown. Me sucedieron las cosas usuales y esperables: crecí, gané altura, empecé a afeitarme, encontré una chica que me gustaba y, finalmente, ya mayor de edad, me fui más al norte, a la ciudad, en busca de trabajo.

Pero muchas veces imaginaba a los Seadown en la casa de la colina, en mi pueblo. Pensaba en ellos cuando estaba en lugares extraños, como en una cabina de teléfono y, una vez, sentado en la bañera, después de lavarme, sin ganas de salir del agua agradable y cálida. Recordaba a los Seadown en lugares que no tenían nada que ver con ellos. Después me preguntaba qué estarían haciendo, si aún leerían la Biblia y seguirían siendo los de siempre. 

Algunas noches hasta soñaba con los Seadown. En mis sueños los veía andar por su granja o los veía sentados frente a la chimenea leyendo la Biblia, como pasa con esa gente que olvidaste hace tiempo o dejaste atrás en tu camino hacia otra cosa (quién sabe a cuál) y regresa, de pronto, nuevamente, a tu imaginación, sin importar qué estés haciendo. Regresan súbitamente, como algo que olvidaste hacer y recordaste demasiado tarde.

Eso comenzó a pasar cuando faltaba poco para que le tocara un día libre a nuestra tienda. Cuando el día libre llegó, decidí usarlo para volver a mi pueblo y ver a los Seadown. Me parecía que querían que volviera, quizá para decirme algo (mamá solía decir «anoche tuve un sueño terrible con la pobre, vieja, Chitah; significa que quiere decirme algo, me necesita»).

De manera que ese día libre regresé. Era mi viejo pueblo. Ahora nadie me conocía. El pueblo me sentía como los pueblos sienten a un extraño que en su ir y venir les molesta, los intriga (y por eso quieren expulsarlo o acercarlo para hacerle preguntas). 

Solo me paró una vieja, que me preguntó: «¿No serás Joe Edward Marks, el hijo de Lucy Marks, el que vivía al lado de la iglesia metodista y que se montaba en mi ternera manchada?», y yo dije no, porque no quería recordar nada de eso delante de ella aunque conocía bien a esa ternera manchada que se llamaba Roma.

No sentía nada por ese pueblo. Solo sentí algo cuando vi una jardinera, hecha con un neumático, que contenía algunas achiras. No pude mirarlas de nuevo. Un solo vistazo bastó para ver y sentir toda mi vida en ese pueblo de achiras, sobre todo amarillas con motas rojas.

Caminé hacia la colina de los Seadown, pasando la vieja casa de los Tanner, con el cedro que aún tenía una rama bífida como el hueso de la suerte de un pollo, por la que una vez patiné (y caí) y quedé colgando, como Absalón, hasta que la señora Tanner corrió a salvarme. 

Dejé atrás el aserradero, ahora inmóvil como el fantasma de un aserradero. Dejé atrás el cementerio con las langostas enormes de siempre, todavía posadas sobre las tumbas, y seguí por el camino arenoso por donde iba descalzo a casa, con algunas sartenes o calabazas de verano para la señora Larjens.

Entonces vi la casa de los Seadown. Aún estaba ahí, en la colina, y era la misma, aunque las persianas se habían caído y no las habían sacado de donde habían caído. El carro que usábamos para pasear había perdido una rueda, no lo habían sacado y allí estaba, roto en la parte trasera.

Fui hasta la puerta y llamé. Esperé, pero estaba ansioso porque sabía que los Seadown seguían ahí y que uno de ellos vendría, finalmente, a la puerta, me dejaría pasar y se alegraría de verme cuando le dijera mi nombre y le recordara quién era. Después de un rato largo, un viejo vino a la puerta. 

Era el señor Seadown. Tenía un bastón y no sonreía. Le dije que era Joe Edward Marks, se acordó de mí, posó su brazo sobre mis hombros y sentí que sus brazos temblaban. Pregunté por la señora Seadown y me dijo que estaba muy vieja y débil, que estaba en el piso de arriba, siempre en la cama, porque era demasiado vieja para caminar. 

Subimos las escaleras y hallamos a la señora Seadown recostada en su cama como una alubia reseca, tan vieja que ni siquiera parecía una mujer: solo algo viejo y blanco con un aro de pelo blanco alrededor.

El señor Seadown dijo: «Este es Joe Edward Marks, que solía venir a vernos cuando era un chico», y entonces la señora Seadown sonrió y estiró la mano para alcanzar la mía. Su mano temblaba. Parecía que en casa de los Seadown todo temblaba, estaba viejo y gastado.

Les pedí a los Seadown que me leyeran la Biblia, como antes. El señor Seadown dijo que la señora Seadown ya no tenía voz para leer ninguna línea de la Biblia y que él iba a intentarlo.

Leyó, muy lentamente, con voz débil y temblorosa, algunas líneas que no me había leído nunca, que decían: «Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes de que vengan los días malos y lleguen los años en que digas “No tengo en ellos placer”…». 
 
Yo estaba ahí, sentado, cambiado, mientras él leía; estaba ahí sentado y no era nada de todo lo que hubiera sido o sería. No escuchaba las palabras, solo el sonido de la voz del viejo señor Seadown, que era como el ruido que hace una puerta vieja cuando el viento la abre y la cierra. 

Y luego, de pronto, oí las palabras: «cuando se agote el almendro, se arrastre la langosta y caiga la alcaparra: porque el hombre va a su morada eterna y las plañideras circulan ya por las calles, antes de que se rompa el cordón de plata y se quiebre el globo de oro; antes de que se rompa el cántaro de la fuente y caiga la rueda en la cisterna y vuelva el polvo a la tierra de donde procede y el espíritu vuelva a Dios, que fue quien lo dio».

Esperamos, porque había terminado. Estaba muy cansado, cerró el libro, con su dedo torcido dentro para no perder la página, como si solo estuviera haciendo una pausa y fuese a leer de nuevo. Los dos me miraron amablemente, pero con una especie de desafío y una especie de tristeza en la cara.

Entonces me puse de pie. Quería decir algo que sonara como esas líneas de la Biblia y por eso dije: «He regresado sin haber hecho nada que se parezca a todas las líneas que me han leído de ese libro, señor y señora Seadown. Ahora han envejecido y están cansados y ya no tienen voz para hablar conmigo. Tuve muchos empleos, pero ninguno como el que tengo ahora, de dependiente en una tienda de la ciudad. Hay una mujer, llamada Hazel, que vive conmigo como si fuera mi esposa, pero no lo es porque no amo a Hazel, solo la deseo. Estuve aquí y allá, con esta y la otra. Hice lo que quería con ellas. Me conformé con mi pobre vida y mis cosas insignificantes». Esperamos. Pero ellos no tenían voz para hablarme.

Me puse de pie y les dije que me hicieran el favor de descansar, que tenía que irme pero que regresaría muy pronto para leerles la Biblia porque tenía una voz fuerte. Tomé sus manos temblorosas entre las mías, para saludarlos, dejé la habitación y me fui.

Camino al autobús, pasé de nuevo por el cementerio y me detuve. Miré las tumbas, bajo las combadas langostas gigantes. «Ellos nunca me pidieron nada —pensé—, pero les fallé a los Seadown con mi vida». 

Luego pensé en todas las personas que estaban en las tumbas. Estaban muertas y acabadas y en cambio yo caminaba, erguido. Parecían mejores que yo, aunque yacieran muertas, y allí, junto al cementerio, dejé que la añoranza sincera que sentía por el pueblo volviera a mí.

En el autobús me embargó la vergüenza y esa noche me fui a la cama sintiéndome avergonzado y sintiéndome nada.

Al día siguiente, en la tienda, odié a todos: a los jefes de sección que hablaban de su día libre, a las señoras que perdían el tiempo haciendo compras, con sus vestidos de crepé. Una vez más, estaba convencido de que ese no era lugar para mí, de que estaba destinado a hacer algo en este mundo que sería como lo que decían las líneas de la Biblia cuando el señor Seadown las pronunciaba. Pero necesitaba el dinero y pronto pasaron dos semanas y me acordé de Hattie y de su apartamento oscuro y volví, y me encantó verla.

Cuando quise darme cuenta, habían pasado otros seis meses y había olvidado mis inquietudes y me encontraba silbando cuando volvía a casa desde la tienda, como si allí hubiera hecho algo bueno y lo dejara atrás.

Pero empecé a soñar nuevamente, por la noche, con los Seadown. Nunca sonreían. Había algo malo en sus caras. Eso me preocupaba mucho, era como el acoso de un fantasma. Me emborrachaba para dejar de preocuparme. Después me decía: «ahora los Seadown se han muerto por la edad y los temblores y yo tengo a Hattie y a lo mejor, cuando tenga más dinero, podemos casarnos». A la mañana siguiente me despertaba, sobrio y aliviado, y me encontraba a Hattie durmiendo al lado.

Pasaron muchos años hasta que me acordé otra vez de la vieja casa de la colina en mi pueblo. Sabía que los Seadown habían muerto y ya no estaban, pero de pronto quise regresar.

Fui un sábado. Subí la colina y me alegré al ver que la casa seguía allí. Había gente cerca, niños que corrían y jugaban. Me di cuenta de que todos eran extraños. Pregunté quiénes vivían ahí y el hombre que estaba en la puerta dijo que los Grotons, por supuesto, y me preguntó qué quería. Pregunté dónde estaban los Seadown y dijo que no lo sabía, que ellos vivían en la casa desde hacía muchos años, que era vieja y ventosa y no valía lo que habían tenido que pagar por ella.

Sentí que había perdido algo y que no podía irme si no revisaba el lugar donde eso podía estar, y entonces pedí permiso para entrar y echar un vistazo, en mi calidad de viejo amigo de los Seadown.

Entré, miré un poco y vi, en un rincón oscuro, la mesita de mimbre de los Seadown y encima, vi la Biblia, como si la hubiesen dejado para mí. Me acerqué, la toqué y le pregunté al hombre si podía quedármela. Me dijo que pertenecía a la casa, que ya era tarde y que tenía que salir al campo a trabajar antes de que oscureciera. 

Finalmente le dije: «voy a darle diez dólares por esa Biblia». Me la vendió. Los Seadown ya no estaban y la Biblia era mía. Me la llevaría para leerla de nuevo y quizá iba a leérsela a Hattie, lo que podría hacerle bien.

No abrí la Biblia hasta que llegué a casa. Pero cuando traté de leerla no pude. Cuando lo intenté, sonaba seco y forzado, como muchas palabras de un catálogo o como los números de un calendario. Le pedí a Hattie que me la leyera pero ella era vieja, dura y amarga y las palabras sonaban como cuando un hombre hacía el inventario en la tienda a fin de mes.

Me sentía perdido. No sabía qué hacer. Me sentía en posesión de un tesoro cuya llave de acceso había perdido. Después pensé: «quizá esta no sea la Biblia de los Seadown». Pero en la página principal estaba su nombre, en tinta gastada: Joseph y Sarah Seadown. Me llenó de orgullo tener sus nombres en mis habitaciones.

Al poco tiempo, no pude leer sus nombres. El libro era muy viejo y las habitaciones, muy húmedas y oscuras. Su nombre se esfumó.

Me dieron ganas de buscar a los viejos Seadown por todo el mundo, pero tenía la triste sensación de que aunque los encontrara en algún lugar no tendrían voz para leerme. Entonces me di cuenta de que ya no estaban y de que aquellos días y aquel sentimiento se habían ido con ellos para siempre.

A la mañana siguiente me desperté a un día de oscuridad eterna, esperanza perdida y desolación, y nunca volví a tratar de leer la Biblia.