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El medallón - Karl Edward Wagner

Se trataba de un pequeño medallón de oro, de finales de la época victoriana, con forma de corazón, los típicos adornos de la época y una pesada cadenilla de oro. Formaba parte de un lote de joyas heredadas por el que Pandora había pujado con éxito. Estaba muy satisfecha de su compra, a pesar de que la puja había sido muy elevada. Por lo general, le iba bien en sus viajes de compras.

Pandora Smythe (había decidido volver a utilizar su apellido de soltera) era la propietaria y encargada de una tienda de antigüedades de Pine Hill, Carolina del Norte, una aburrida ciudad universitaria invadida por las nuevas urbanizaciones, los yuppies que empleaban las numerosas oficinas del lugar y los jubilados que venían del norte. 

Pandora era de origen británico y no podía quejarse de los recién llegados, ya que les encantaba gastarse el dinero en muebles antiguos para adornar sus nuevas casas adosadas, las cuales habían sido construidas allí donde un año antes no había más que árboles.

Su tienda se llamaba La Caja de Pandora, como no podía ser de otra manera. Tenía mucho movimiento, por lo que Pandora había contratado a tres dependientes, uno de los cuales le acompañaba en sus viajes de compras. Pandora Smythe tenía la tez color melocotón con nata, las facciones angulosas pero bonitas y los ojos verdes. Era rubia y bastante alta; salía a correr todos los días para conservar el buen tipo y frisaba los treinta años. Sus dos vicios eran las novelas románticas y llorar cuando veía antiguos dramones en blanco y negro en cintas de vídeo alquiladas.

Le hubiera gustado ser Bette Davis, pero en realidad era una inteligente mujer de negocios que sólo había cometido en su vida dos equivocaciones dignas de mención: casarse con Matthew McKee (con quien había convivido casi un año entero a pesar de la falta de amor, sus flirteos en público y los maltratos a los que la sometía cuando se emborrachaba) y comprarse un medallón.

Había sido un buen día en la tienda. Doreen y Mavis se las habían arreglado muy bien y Derrick se había encargado del empaquetamiento y entrega de los artículos subastados más grandes: unos enormes muebles victorianos de calidad y unas excelentes piezas rústicas que serían cargadas en la parte trasera de unas camionetas Volvo antes de que acabase la semana. 

Pandora llevó a la trastienda el joyero, reprendiéndose porque había pagado demasiado por él. Pero había sido inevitable, porque el desgraciado de Stuart Reading también había mostrado gran interés por el lote. Probablemente habría costado más si las joyas se hubieran vendido por separado, pero cuando lo habían sacado a subasta todavía quedaba mucho día por delante y, además, la mayoría de las piezas eran de bisutería y su valor intrínseco era inferior al que tenían como antigüedades.

—¡Oh! ¡Me encantan estos pendientes de jade! —exclamó Mavis a Pandora, que estaba ordenando su tesoro sobre el escritorio.

—Pues resta el precio de tu salario —Pandora les echó una ojeada—. Cuestan cincuenta dólares. Son de fines de siglo. Y no son de jade, sino de jaspe verde.

—Entonces te doy treinta dólares.

—Cuarenta. Eso es oro.

—Te olvidas del descuento para los empleados. Treinta dólares. Los tengo en efectivo.

—Hecho —Pandora entregó los pendientes a Mavis. Podría habérselos vendido fácilmente a un cliente por cincuenta dólares, pero tenía simpatía por sus empleados y por Mavis en concreto. Además, el lote incluía piezas que podían proporcionarle ganancias más considerables de las que creía. Si se lo dijera a Stuart Reading, se moriría de rabia.

—Aquí tienes —Mavis había ido rápidamente a coger su cartera.

—Es una venta. Ponlo en la caja —Pandora estaba separando los artículos que pudieran requerir la tasación de un joyero profesional. De éstos había unos cuantos.

—Mira. Este me gusta —Pandora cogió el medallón de oro. Tenía una inscripción en latín que rezaba: Face quidlibet voles.

Mavis lo examinó.

—Época victoriana tardía. De oro. Tuyo por sólo doscientos dólares.

—Ya lo he comprado, Mavis —Pandora estaba forcejeando con la cadenilla de oro—. Échame una mano con el cierre.

Mavis se colocó detrás de ella y le puso la cadenilla al cuello.

—¿Vas a quedártelo tú?

—Creo que lo llevaré unos días. ¿Qué te parece?

—Pues que necesitas una falda de lana que le vaya a juego.

Pandora se miró en un espejo antiguo y se arregló el pelo.

—Me gusta. Creo que voy a llevarlo durante una temporada. Como has dicho, podríamos pedir doscientos dólares por él. Es de oro macizo. Fíjate qué trabajo más exquisito.

Mavis miró el escote de Pandora.

—No sé qué significa la inscripción: Face no sé qué voles… ¿Haz no sé qué por dar una vuelta…? Qué tontería.

Pandora observó su imagen en el espejo con detenimiento.

—Es el problema que tiene el oro: se nota que lo han usado mucho. Y, en cuanto a la inscripción, la última vez que leí algo en latín fue cuando iba al instituto.

—Vamos a abrirlo a ver qué hay dentro —Mavis forcejeó con el fiador—. Seguro que contiene un mechón de pelo o un retrato antiguo —volvió a intentarlo—. Mierda, no se abre.

—Deja de tirar —protestó Pandora—. Ya lo haré cuando llegue a casa.

Pandora se duchó tranquilamente, se enfundó un albornoz y una toalla en la cabeza, preparó una pequeña tetera, puso leche, dos azucarillos y un poco de limón en su taza, encendió la televisión, se hizo un ovillo en su sofá favorito, se arrebujó con un edredón de pluma de oca y esperó a que se le secara el pelo. Lo tenía demasiado lacio para su gusto, por lo que prefería no usar el secador. La televisión era aburrida, pero el té estaba sabroso. 

Empezó a manipular el fiador del medallón de oro; no había conseguido abrir el cierre de la cadena antes de ducharse, pero el agua caliente había solucionado el problema. El fiador se abrió de golpe, pero dentro no había nada. Pandora frunció el entrecejo. Sintiéndose cansada por el viaje de compras, poco a poco se quedó dormida.

Llevaba un uniforme de gimnasia del colegio. Dos monjas estaban cogiéndola de los brazos y ella estaba inclinada sobre un escritorio. Una tercera monja le había levantado la falda y le había bajado bruscamente su decorosa braga de algodón blanco. Sostenía una regla de madera. Las otras chicas de la clase la miraban con miedo y expectación.

—Te han visto toqueteándote —dijo la monja.

—¡Soy una mujer de negocios adulta! ¿Quién demonios es usted?

—No has hecho más que empeorar las cosas —la monja le dio un reglazo en el trasero. Pandora soltó un grito de dolor y entonces los golpes empezaron a lloverle encima. Pandora se echó a llorar. Sus compañeras de clase rieron disimuladamente. La monja siguió azotándole el trasero, cada vez más enrojecido. Pandora gritaba y trataba de soltarse de las otras dos religiosas, que la sujetaban fuertemente. La azotaina continuó.

De pronto, Pandora sintió la oleada de un orgasmo. Se irguió conteniendo la respiración y estuvo a punto de volcar la taza de té. La terminó y observó que el medallón estaba cerrado. Debía de haberlo cerrado ella misma mientras dormía. Era la última vez que bebía un té cargado antes de irse a la cama. Se quitó la toalla de la cabeza y se sacudió el pelo. Qué sueño más extraño… Ella nunca había ido a una escuela católica. Sus padres pertenecían a la Iglesia anglicana y ella era una humanista secular, tal como se decía ahora en la jerga políticamente correcta.

Le dolía el trasero. Cuando se miró en el espejo, comprobó que tenía moratones.

A la mañana siguiente no vio nada que le llamara la atención cuando se miró en el espejo. Pandora restó importancia al asunto y lo atribuyó a las arrugas del albornoz y a su imaginación calenturienta. Dejó que sus empleados se ocuparan de la tienda mientras ella ojeaba los anuncios por palabras y los avisos de las próximas subastas. 

Doreen consiguió vender con facilidad por setecientos dólares la mesa de duramen de pino, que estaba mal restaurada y había sido comprada por una décima parte del precio de venta. Pandora empezó a sentirse mejor, pero, aun así, volvió a casa temprano. Se acordó de una película de James Bond que había visto e imaginó que Doreen y Mavis eran Bambi y Thumper, y Derrick era James Bond. Podía dejar la tienda en sus manos.

Se puso un camisón rosa estilo jovencita ingenua (tenía debilidad por la ropa de los años cincuenta), se hizo un ovillo en la cama y se puso a leer Deseo ardiente de enamorada, de David Drake, su escritor favorito de novela romántica. Involuntariamente, jugueteó con el medallón y la tapa se abrió.

Pandora llevaba un sujetador blanco con copa en pico y medias con liguero. Su vestido de noche debía de estar en algún lugar del asiento trasero de su coche, un Chevrolet del cincuenta y seis. Ella estaba de rodillas sobre la hierba del cementerio.

Biff y Jerry tenían prisa, ya que la policía estaba patrullando aquella zona en busca de adolescentes que iban allí para experimentar sensaciones fuertes. Acababan de bajarse los vaqueros y los calzoncillos. Se encontraban al lado del coche y Pandora les estaba haciendo una mamada a los dos al mismo tiempo.

No podía meterse las dos pollas en la boca por completo, por lo que les chupaba los capullos y los lamía rápidamente por turnos mientras se las meneaba y se masturbaba frotándose la vagina. Como a ninguno se le había ocurrido comprar condones, les había dicho que tenía la regla.

—¡Dios mío! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí…! —estaba gritando Biff.

—¡Cállate ya, mamón! ¡Vas a conseguir que la policía nos coja con el culo al aire!

Pandora no dijo nada y siguió haciendo el ruido que se produce cuando se sorbe y chupa algo. No podía cerrar los labios sobre las dos pollas y la saliva se le escurría por la barbilla hasta el sujetador.

Jerry soltó un gruñido y Biff repitió:

—¡Dios mío!

El semen de los dos inundó la boca de Pandora a más velocidad de la que ella podía tragarlo y le regó la cara. Ella engulló el pegajoso y salado chorro, chupando las dos pollas mientras estas iban perdiendo rigidez y sin dejar en ningún momento de frotarse la vagina. Tuvo el orgasmo justo en el momento en que conseguía que las dos pollas fláccidas llegaran al fondo de su garganta.

Pandora se incorporó en la cama repentinamente y con la novela todavía cogida entre las manos. Nunca había subido a un Chevrolet del cincuenta y seis. Tenía las mejillas y la barbilla cubiertas de saliva. Se las limpió con un pañuelo de papel y entonces se dio cuenta de que sabía a semen. Era semen.

El medallón se había cerrado.

Al día siguiente Pandora no hizo nada útil en la tienda y volvió a casa a la hora de comer aduciendo que tenía síntomas de gripe. Sus empleados se mostraron comprensivos, ya que no tenía buen aspecto. Mavis le telefoneó para recordarle que el sábado había una subasta a la que Pandora y Derrick pensaban acudir y añadió que Stuart Reading había llamado.

Pandora le contestó que Stuart Reading podía irse al cuerno y luego decidió tomar una ducha caliente. Quizá fuera cierto que tenía la gripe.

Una ducha era justo lo que necesitaba: caliente, con mucho vapor y relajante para los músculos. Mientras se secaba, rozó el medallón con los dedos y este se abrió con un chasquido.

Pandora se encontraba en un vestuario de hombres lleno de vapor y solo llevaba puesto un suspensorio blanco y elástico, pero no tenía ningún bulto en la entrepierna, a diferencia de las demás personas que había en el vestuario, musculosos hombres empapados en sudor y que lucían abultados suspensorios.

Uno de ellos le pegó en el trasero con una toalla enrollada y Pandora profirió un grito.

—Si quieres jugar a fútbol con los chicos, tendrás que inclinarte.

La obligaron a ponerse de rodillas sobre un banco de gimnasio y, al cabo de unos segundos, notó que una polla enjabonada le presionaba el ano. Pandora soltó un chillido cuando el capullo la penetró y la polla se coló brutalmente hasta los testículos. El hombre empezó a embestirla violentamente, acicateado por los gritos de ánimo de los demás. Pandora contuvo la respiración y consiguió soportar el dolor. Al cabo de unos minutos, notó que la polla se ponía tirante, se calentaba aún más y descargaba un chorro de semen en su recto.

La segunda penetración no fue tan dolorosa y el hombre se corrió rápidamente después de unas cuantas acometidas apresuradas. La tercera polla era gorda y larga; el hombre la folló por el culo lentamente mientras los demás le gritaban que se diera prisa. El cuarto hombre parecía que no iba a acabar nunca de correrse. El quinto entró y salió de su trasero en un momento. El sexto se lo tomó con calma e hizo una pausa para beberse una cerveza. Para cuando le tocó al séptimo, Pandora ya tenía el ano dolorido y ensangrentado, pero el hombre la excitó mediante un masaje en la vagina. El octavo hizo lo mismo y jugó con su clítoris. Con el noveno, Pandora tuvo por fin un orgasmo.

Despertó tumbada en su cama sintiendo un dolor horroroso en el trasero. El medallón estaba cerrado. Se dirigió al retrete con urgencia, pese a que apenas podía andar. Cuando se sentó, vio que echaba un poco de sangre y una gran cantidad de semen. Luego, mientras se limpiaba, se quitó el suspensorio. Ella nunca había tenido un suspensorio.

Pandora telefoneó a su terapeuta y obtuvo hora para el día siguiente. La doctora Rosalind Walden le había prestado un gran apoyo durante los aciagos meses de su fracasado matrimonio y Pandora pensaba que le ayudaría a comprender las pesadillas que había tenido, si es que habían sido realmente pesadillas.

La doctora Walden era una morena con buen tipo, el pelo bastante corto y de aproximadamente la misma altura que ella. Más que una psiquiatra, parecía una profesional de éxito. Aquel día llevaba un conjunto holgado de hilo en tonos oscuros y medias negras. Pandora se sentía cómoda con ella y, agradecida, se dejó caer en el sillón.

Al cabo de un rato, la doctora Walden dijo:

—De modo que piensas que estos sueños guardan relación con este medallón antiguo. ¿Por qué no te deshaces de él, pues?

—Creo que disfruto con las fantasías —contestó Pandora.

—Estás recuperándote de un matrimonio disfuncional durante el cual tu marido te maltrató tanto física como sexualmente. Creo que puede haber una parte de ti que disfruta siendo la víctima. Es preciso que exploremos estas necesidades reprimidas. Pero antes vamos a echar un vistazo al medallón.

La doctora Walden se inclinó sobre ella y empezó a forcejear con el fiador. A Pandora le resultó agradable el roce de sus manos sobre su pecho.

—No consigo abrirlo.

—Permíteme.

Pandora abrió el medallón. Rosalind acercó la cabeza y la besó suavemente en los labios. A continuación, sus lenguas se entrelazaron. Jadeante, Rosalind dejó de besarla y se volvió para quitarse las bragas. Pandora se sorprendió al ver que llevaba un liguero negro. Rosalind arrojó las bragas negras de encaje al suelo y rápidamente se sentó a horcajadas sobre la cara de Pandora. Luego se levantó la falda y miró a Pandora a los ojos.

—Quieres lamerme el coño. Tú sabes que quieres lamerme el coño. ¡Dime que quieres lamerme el coño! —Rosalind se había afeitado la entrepierna para ponerse un tanga. Le olía a almizcle y a perfume suave, y tenía los labios hinchados y separados.

—Quiero lamerte el coño.

—¡Dilo más alto! ¡Dentro de un momento ya no podrás pedírmelo!

—¡Sí! —gritó Pandora—. ¡Quiero lamerte el coño!

Rosalind descendió sobre su cara, haciéndola callar con su mordaza de carne. Con la falda levantada a la altura del pecho, observó la cara de Pandora mientras se mecía adelante y atrás sobre su lengua, se estrujaba los senos y daba empellones con el clítoris contra su nariz.

Casi sin poder respirar, Pandora consiguió lametear rápidamente el clítoris de Rosalind y su vagina. Tenía el coño salado y al mismo tiempo dulce por las secreciones. La excitaba. Entonces notó que a ella también se le humedecía la vagina. Rosalind se corrió en su boca, medio asfixiándola. Tras una breve convulsión extática, Rosalind empezó a moverse con más vigor. Pandora tenía la vagina cada vez más caliente y húmeda. Trató de masturbarse, pero las piernas de Rosalind le inmovilizaban los brazos y no pudo meterse la mano bajo la falda. El segundo orgasmo de Rosalind fue lo bastante violento como para provocarle a ella otro.

Pandora se incorporó repentinamente en el sillón. El medallón estaba cerrado y la doctora Walden tomaba notas.

—Las fantasías sexuales reprimidas son comunes en todas las personas y no es nada raro que los pacientes incluyan a sus terapeutas en ellas… Oh, ¿quieres un café? Te has quedado dormida durante un momento.

—Estoy bien.

—¿Estás segura de que puedes conducir? Te recetaré algo que te ayudará a dormir por la noche. Lo más probable es que las preocupaciones laborales y la tensión de los viajes sean la causa de la aparición de estas fantasías sexuales en la fase de sueño profundo. Prueba esto durante una semana. Si te va bien, te haré otra receta. En caso contrario, quizá sea necesario considerar la posibilidad de un antidepresivo. De todas maneras, no dudes en llamarme en cualquier momento.

—Gracias —Pandora cogió su bolso, que estaba en el suelo junto al sillón. A su lado había unas bragas negras de encaje. Rápidamente, mientras la doctora Walden le hacía la receta, las cogió y las metió en el bolso.

Derrick Sloane llamó a la puerta de su casa a las seis de la mañana. Pandora se puso el albornoz y le hizo pasar. Derrick parecía desconcertado.

—Quedamos en que vendría a eso de las seis y no has dicho nada, así que aquí me tienes, a la hora exacta. ¿Te encuentras bien? La gripe puede ser muy molesta. Si quieres quedarte en casa hasta que te recuperes, puedo ir a despertar a Mavis y decirle a Doreen que se ocupe de la tienda mientras nosotros vamos a la subasta.

—No. Es que mi psicóloga me ha dado unas pastillas para dormir. Me visto en un momento. ¿Te importaría poner la cafetera?

—No sabía que fueras al psiquiatra.

Derrick ya sabía manejarse en su cocina y estaba esperándole con una taza cuando acabó de vestirse.

—Gracias. Esto me sentará bien. No puedo perderme esta subasta.

Derrick preparaba el café mejor que Pandora. Era más alto que ella y muy fornido, tenía veintitantos años y era un buen conocedor de antigüedades. Era la persona perfecta para levantar y cargar piezas pesadas en las subastas y para moverlas en la tienda. Poseía una belleza misteriosa, y a Pandora le gustaba bastante, aunque sospechaba que era homosexual. Fuera como fuese, no le había hecho ninguna insinuación a ella o a las empleadas de la tienda, y eso que Mavis era una preciosidad.

Hacía una luminosa mañana de primavera y Pandora se sentía mejor gracias al café. Se había puesto unos vaqueros desteñidos, unas Reebok desgastadas y una camiseta de manga corta que abogaba por la salvación de las ballenas. Derrick llevaba unas Docker negras, una camiseta de Graceland y una chaqueta ligera de cuero negro. Le daría calor en cuanto el sol ascendiera. Pandora echó un vistazo a su reloj. Llevaban cierto retraso, pero llegarían a tiempo de ver la exposición de los artículos.

Derrick condujo velozmente. Pandora contempló con admiración sus hombros. Consiguieron llegar a la exposición previa a la subasta con tiempo de sobra. Se trataba de una granja de finales del siglo XIX de la que sus herederos querían deshacerse junto con todos sus bienes. Pandora sabía a ciencia cierta que la casa era un tesoro.

Stuart Reading se encontraba allí, naturalmente, conversando con los demás tratantes. Discretamente, se puso al lado de Pandora. Era un hombre de sesenta y pico años, calvo y barrigudo, que apestaba a tabaco.

—¿Ya has echado un vistazo a ese lote de joyas de la herencia Beale? Ya veo que llevas puesto su medallón.

—¿El medallón de quién?

—El de Tilda Beale. Si pujé menos que tú por el lote fue sólo porque estaba interesado en unas pocas piezas. Puedo ofrecerte un precio muy bueno por ellas. Por los pendientes de jaspe, por ejemplo.

—Eran de jade y ya están vendidos.

—Eran de crisólito, para ser exactos. ¿Todavía tienes el collar de cornalina y sanguinaria? ¿Y los pendientes a juego? Vamos, ofréceme un buen precio y no pujaré contra ti por esa cama de laca roja en la que has puesto los ojos. Ya tengo un comprador para ellos, de modo que podrás quedarte la cama sin necesidad de sobrepujarme y los dos saldremos ganando.

Reading miró el medallón y lo cogió del pecho de Pandora ante el desagrado de esta.

Face quidlibet voles. «Haz lo que quieras». Aleister Crowley. ¿Dónde demonios adquiriría esto? Lo llevaba siempre. Probablemente era la divisa de la familia. ¿Has pensado en venderlo?

—Los pendientes y el collar están a la venta, por supuesto, pero el medallón no. ¿Qué sabes de Tilda Beale?

—Deberías hacer tus deberes, querida, si deseas permanecer a flote en este negocio. Era una recatada solterona que jamás tuvo un pensamiento impuro. Una matriarca de nuestra Iglesia —Reading pertenecía a la Iglesia Baptista del Sur—. Falleció a los ciento tres años. Era una mujer maravillosa. Una mujer de las que hay pocas.

—¿No tenía pensamientos impuros?

—Si tuvo alguno, lo cual me extrañaría muchísimo, lo mantuvo guardado en su corazón. Mira, están a punto de empezar. ¿Hacemos un trato o no?

Lo hicieron, y Derrick y Pandora se llevaron triunfalmente la cama de laca roja.

Cuando descargaron la cama y el resto de las compras de Pandora, Derrick sugirió que fueran a su casa a beber la botella de champán que tenía guardada desde que su equipo había perdido la Super Bowl. Pandora se sentía animada por el éxito obtenido en la subasta y por haber vendido el collar y los pendientes a Stuart Reading a un precio desorbitado. Su comprador debía de ser tonto.

—¡Estupendo! —exclamó. ¿Estaba Derrick haciéndole una insinuación? Quizá se había formado una idea equivocada de él.

Derrick tenía varias botellas de champán. Con ayuda de un poco de queso Brie y unas galletas Ritz acabaron la primera rápidamente. Derrick no dejaba de excusarse y, cuando dijo que se le habían acabado la mantequilla de cacahuetes y el Velveeta, los dos prorrumpieron en carcajadas.

—¿Qué opinas de este medallón? —dijo Pandora, que ya había bebido una copa de más.

—¿Todavía lo llevas? Seguro que tiene dentro la fotografía de una mujer y un mechón de pelo. Lo vi en la subasta junto con el resto del lote la semana pasada.

—Pero está vacío.

—¿De veras? Bueno, da igual. Vamos a echar un vistazo —Derrick forcejeó con el fiador.

—Déjame a mí —dijo Pandora. El medallón se abrió.

Antes de que acabaran de darse el primer beso, Derrick ya estaba quitándole la camiseta. Ella le quitó a él la suya. Pandora llevaba sujetador, de modo que se lo quitó, tras lo cual también le quitó los vaqueros. Ella lo imitó. No tuvieron que quitarse muchas cosas más para quedar desnudos.

—¿Te importa si te ato? —preguntó Derrick.

—¿Cómo? —Pandora estaba medio aturdida por el champán.

—No es más que un juego inofensivo, pero resulta de lo más excitante. Así conseguiré que alcances una nueva cima de la pasión.

Parecía una mala frase sacada de una de sus novelas románticas, pero Pandora estaba dispuesta a todo. Derrick había empezado a empalmarse, y Pandora comprendió que se había equivocado al considerarlo homosexual. A poco que ella le ayudara, podría llegar a medirle unos veinticinco centímetros.

—Claro que no me importa.

Derrick abrió un cajón lleno de cuerdas y artilugios. Pandora puso las manos a la espalda y él se las ató.

—Ahora vamos a ver cuánto puedes acercar los codos.

—¡Me haces daño! —gimió ella cuando Derrick le ató los brazos brutalmente con otra cuerda.

A continuación cogió otra y se la ató a la altura de los senos, apretándoselos cruelmente.

—Ya te acostumbrarás —dijo él. Le había ceñido la cintura con otra cuerda y, tras darle varias vueltas, se la había pasado varias veces por la vagina y el trasero, tirando de ella fuertemente—. Ya se te está humedeciendo el coño. Ahora entra en la habitación y túmbate en la cama.

Derrick le ató a continuación tobillos y rodillas. Luego la puso boca abajo, le ató las muñecas con los tobillos y los juntó tirando del nudo. Pandora tenía ahora los tobillos asidos con las manos y sentía un poco de dolor. Tenía la espalda arqueada y los senos dirigidos hacia arriba. Aquello no era ningún juego, pero ya era demasiado tarde.

—Pero ¿cómo vas a follarme de este modo?

—Por la garganta, encanto. Abre bien la boca, zorra, si quieres que luego te desate.

Derrick, que estaba al lado de la cama y la había cogido por el pelo, introdujo de pronto la enorme polla erecta hasta el fondo de su garganta. Pandora trató de abarcarla con la boca y pensó en una película que había visto sobre un tal señor Rabolargo o algo parecido. Estaba totalmente indefensa. Aunque quizá fuera todo una broma.

Derrick estaba excitado y se corrió muy rápidamente, llenando su boca con chorros de semen. Le agarró la cabeza y le golpeó la cara una y otra vez contra su entrepierna, gritándole obscenidades. Cuando ella le hubo chupado hasta la última gota de semen, él se apartó de su boca. Pandora estaba muy dolorida a causa de la brutal forma en que la había atado Derrick.

—Creo que este juego ya ha durado bastante. Desátame, por favor.

—Pues yo creo que hablas demasiado —Derrick estaba rebuscando en el montón de ropa. Dobló esmeradamente sus bragas y luego se las metió en la boca por la parte de la entrepierna, que estaba sucia, y se lo ató fuertemente con el sujetador.

—De este modo no se te saldrá el semen mientras planeo lo que voy a hacer el resto de la tarde.

Pandora se balanceaba de atrás adelante sobre la cama, impotente e incapaz de nada excepto gruñir apagadamente.

Derrick la puso de lado, le rodeó con otra larga cuerda por encima de los senos y luego le hizo un fuerte torniquete en cada uno de ellos. Estos no tardaron en inflamarse a causa de la constricción. Derrick, que parecía satisfecho por el efecto que producían sus abultados y enrojecidos senos, cogió unas pinzas para la ropa y se las puso en los pezones. Pandora profirió unos sonidos ahogados por la mordaza.

Derrick la observó retorcerse mientras se fumaba un cigarrillo. Entonces se levantó y lo apagó sobre el trasero de Pandora, cuyos gritos se perdieron en la mordaza formada por las bragas y el sujetador. Derrick encendió otro cigarrillo.

—¿Te gusta, zorra? Ahora vamos a probar otro juego.

Derrick trajo una vela de la mesa del comedor, la encendió y empezó a verter cera caliente sobre los torturados senos de Pandora, quien profirió enloquecidamente unos sonidos amortiguados por la mordaza. Su dolor excitó a Derrick, que se empalmó rápidamente y empezó a frotarse la polla contra sus senos y su cara mientras dejaba que la cera cayera gota a gota sobre los rojos e hinchados senos.

—Creo que voy a correrme por tu nariz para ver si puedes respirar semen —Pandora le miró con expresión suplicante. Ya tenía dificultades para respirar a causa de la mordaza.

—Tal vez luego. Vamos a ver si te gusta esto —Derrick eyaculó sobre sus doloridos senos y a continuación vertió cera caliente sobre el semen—. ¿Qué está más caliente, puta? He pensado que te gustaría. Ahora vamos a probar esto.

Derrick la puso boca abajo y le encajó violentamente el cabo de vela encendida entre las nalgas.

—Si permaneces quieta y no protestas porque la cera caliente se te escurre por el culo y el chocho, puede que apague la vela antes de que se consuma del todo.

Aplastó el cigarrillo sobre su otra nalga, encendió otro y se sentó para mirarla. Luego sacó de un cajón un cuchillo largo y probó el filo. Pandora sentía un dolor espantoso pero aun así retorció el cuerpo para restregarse el clítoris mientras la cera caliente caía gota a gota por la raja de su trasero. La vela seguía consumiéndose y la llama le quemaba ahora las muñecas. No tardaría en quemarle las nalgas. Pandora se retorció con más fuerza, restregándose el clítoris con la cuerda. La llama llegó a su trasero.

Le costó muchísimo alcanzar el orgasmo, pero lo consiguió. El medallón estaba cerrado.

De pronto, Pandora se levantó del sillón de Derrick tambaleándose.

—Espero que te guste la infusión de hierbas. Ésta es una de mis favoritas. Ya verás cómo te espabila. Llevas una hora dormida. No deberías mezclar las subastas con la gripe.

Derrick tenía puesto un chándal. Puso la bandeja del té en la mesa que había al lado del sillón y empezó a servirlo.

—A todo esto, te presento a mi amigo Denny. Ha llegado cuando estabas en el reino de los sueños.

Denny era un joven guapo, rubio y musculoso que debía de haber cumplido los veinte hacía poco. La saludó con la mano e hizo los típicos comentarios graciosos al tiempo que aceptaba la taza de infusión. Luego dijo:

—Derrick me ha dicho que no habéis parado desde las seis de la mañana. No me extraña que te hayas quedado dormida.

—El vaso de Chablis ha contribuido a ello —dijo Derrick antes de beber un trago de infusión—. Y además, por muy liberadas que estén las mujeres, no deberías haber insistido en ayudarme a levantar los muebles. Cuando acabemos, te llevaremos a casa. Realmente necesitas tomarte unos días libres de la tienda. Nosotros podemos ocuparnos de ella. Estamos preocupados por ti. La gripe puede ser mucho peor que un simple resfriado.

Derrick y Denny llevaron a Pandora a casa. Ella les dio las gracias, cerró la puerta con llave, se desnudó, se quitó la cera que todavía tenía pegada a los senos, se tomó una pastilla y se tendió sobre la cama.

Como era domingo, se quedó en la cama hasta la tarde. A los pocos minutos de levantarse estaba andando por la casa con paso inseguro, enfundada en su albornoz y revolviendo una mezcla de café, azúcar y brandy con la que iba a tomarse una aspirina. Después de esto se tomó un brandy solo y luego se aposentó en su sillón favorito.

Debía de tener la gripe. Le dolían las articulaciones como si la hubieran inmovilizado con cuerdas. Entre la gripe, el peso que había levantado, el exceso de trabajo… Bueno, el lunes por la mañana estaría como una rosa. Aunque también podía tomarse un día libre como le había sugerido Derrick. Probablemente había hecho el ridículo desmayándose como lo había hecho. Necesitaba tomar más vitaminas y hacer más ejercicio. Y nada de beber champán. ¿O Chablis?

No habían bebido champán. Derrick había ido a su casa sólo para recoger el correo y dar de comer al gato, y ella había tenido que hacer una llamada. ¿Que había bebido un vaso de Chablis…? Quizá. ¿Un desvanecimiento? A saber… Había cogido la gripe y trabajaba en exceso. Tenía los nervios crispados.

Fue al lavabo y se sentó cuidadosamente en el retrete porque el trasero le dolía mucho. Luego de deponer se sintió mucho mejor. Entonces vio el cabo de una vela flotar en la taza.

Tiró de la cadena y salió apresuradamente del cuarto de baño sin parar de gritar.

—¡Zorra! ¡Zorra! ¡Eres una jodida zorra baptista! ¡Una mojigata de mierda! —Pandora irrumpió tambaleándose en su dormitorio y tiró de la cadena de oro del medallón—. ¡Zorra! ¡Zorra! Conque guardaste todas tus fantasías sexuales en tu corazón, ¿eh? ¡Eres una zorra! ¡Una zorra de mierda! ¡Te vas a enterar!

Pandora no consiguió abrir el fiador. Tras varios intentos, rompió la cadena, irritándose el cuello al hacerlo. Arrojó la cadena y el medallón al suelo y este se abrió de golpe. Empezó a pisotearlo con el pie desnudo, pero no era más que un medallón con un mechón de pelo y el retrato de una joven de otro siglo. Pandora se sentó en la cama y se cubrió la cara con las manos.

—No eres tú, sino yo. Tengo los nervios crispados. No puedo seguir reprimiendo mis fantasías. Ni siquiera quiero hacerlo. No quiero ser como tú.

Pandora se lavó el rasguño del cuello y, al mirarse en el espejo, contempló con admiración el corazón rojo que tenía tatuado sobre el seno izquierdo. Lo había borrado de su mente, pero ahora se acordaba de aquella ocasión en que, tras beber unas copas, había pasado por delante de un establecimiento donde hacían tatuajes. 

Se acordaba de la determinación que había sentido y de la sensación de la aguja al penetrar en su piel. Se preguntó qué otras cosas no recordaba de las que le habían ocurrido durante sus desvanecimientos y a partir de qué momento habían comenzado sus fantasías. La última paliza que le había propinado su marido le había obligado a permanecer tres días en el hospital.

Se estaba haciendo tarde, pero los bares de solteros estaban abiertos y seguramente con un ambiente muy interesante. Pandora eligió su vestimenta cuidadosamente y al final se puso medias con liguero, bragas, un sujetador que le realzaba los senos, un ajustado vestido de tubo y zapatos con tacones de aguja, todo negro. Gracias al acentuado escote y al atrevido sujetador, podía lucir el tatuaje en forma de corazón. 

Ahora recordaba que al comprar aquellas prendas no había experimentado ninguna vergüenza: se había sentido descarada y había sonreído a la dependienta de una manera que había puesto nerviosa a la joven. Aquélla era la primera vez que Pandora se ponía el conjunto, o al menos eso pensaba ella.

Se maquilló con cuidado y se cepilló el pelo mientras se preguntaba qué podía hacer a continuación. Vio una pequeña mancha parecida a una postilla en el dobladillo del vestido y la limpió. Quizá debería ponerse el vestido rojo en lugar de aquél.

La doctora Walden le había dicho que podía llamar en cualquier momento. Cuando saliera del bar de solteros, quizá. Podía preguntarle su opinión. Pero daba igual si lo hacía aquella noche u otra.

Abrió un cajón y dejó caer la navaja en su bolso de lentejuelas negro. Frunciendo el ceño, la sacó y apretó el botón del resorte: el mecanismo, bien engrasado, funcionaba, y la hoja estaba afilada y limpia. Volvió a meter la navaja en el bolso. Recordaba que la había encontrado en una caja de curiosidades comprada en una subasta. Como el medallón. También recordaba que le había limpiado la sangre antes de guardarla en el cajón por última vez. ¿O se trataba sólo de otra fantasía? El cuchillo era auténtico.

Con Derrick posiblemente resultaría divertido, así que lo dejaría para más tarde. ¿Y Mavis? Mavis sería algo delicioso… Ya no volvería a ser la víctima.

Milagro en la Luna - Kurt Karl Doberer

 Hacía algunos minutos que la antena direccional instalada en las anchas espaldas de mi termocoraza no recibía las señales...

Comprobé el paso de los minutos en el cronó­metro, para girar en círculo. Pero el zumbador per­maneció mudo. El campamento ocho no enviaba la acostumbrada serie de ondas intermitentes.

Preocupado, moví la cabeza dentro de la esca­fandra de plástico y acerqué la boca al micro. El leve crujido de la membrana me demostró que la ligera presión había sido suficiente para conectar debidamente el emisor... ¡Al menos me tenían que oír!

—¡Hallo, hallo! —dije, sin duda de manera algo brusca y excitada—. ¡Hallo, hallo! ¡Aquí habla Dalton!

Pero todo parecía estar en orden. Apenas trans­curridos unos segundos, me contestó una voz grave y tranquila:

¡Hallo, aquí el campamento! Le oímos, Dalton.

Como de costumbre, no logré distinguir si era Mellton, el jefe, o nuestro técnico Maier. Supuse que sería este último.

—¿Qué ocurre con...?

—¿La señal? Ya vuelve a funcionar —me cortó Maier, contra todas las reglas. Él era así—. Hubo una interrupción en el contacto —agregó luego—. Y es que, automáticamente...

Tatiitiitií..., intervino entonces la señal. Esa si que podía permitírselo. La señal era siempre lo pri­mero. Me sentí satisfecho.

—Aquí todo marcha bien. ¿Quién habla?

—Soy Maier.

—Pues dile a Mellton que venga y se traiga el quemador de choque. Es mejor ir prevenidos. ¡Sabe Dios lo que nos espera en el fondo del cráter!

—¡Okay! —repuso Maier, arrastrando las voca­les como hacía Mellton, de quien se le había pegado.

¡Tatiitiitií!, sonó de nuevo la señal.

Ya calmado, proseguí mi camino por encima de la vítrea rocalla. El chorro de luz de mi linterna, que se hundía cortante en la oscuridad, tanteaba el sendero que debía seguir. Yo lo había hecho ya ju­guetear un par de veces por la empinada ladera, y siempre parecían saltar miles de chispas, destellos de los más variados colores, en el lugar donde la luz rozaba el suelo.

De pronto pisé una superficie lisa como un es­pejo o, con más exactitud, como el acero. En mi lucha por mantener el equilibrio dirigí la linterna hacia abajo. Un cristal octaédrico despedía todos los tonos del arco iris. Cegado, intenté aferrarme en el vacío. Mis pies resbalaron y caí. Mientras me desplomaba, pensé: «Ese cristal...»

Lo primero que recuerdo con claridad es que, al seguir adelante, tambaleándome, tropezaba a cada momento con cantos prismáticos. Volví a encender la linterna, pero todo se me antojó extraño e irreal. Tuve la sensación de haber abandonado el campa­mento años antes.

Entonces comprendí lo que me había hecho per­der el equilibrio. Era ridículo que en la Luna me hubiera sorprendido tal cosa. ¡Diamantes! Diaman­tes del tamaño de calabazas, nacidos en forma de octaedros de un río de carbono líquido y ardiente... Miles de toneladas de cristal yacían bajo el cielo nocturno como un mágico laberinto. Donde penetra­ba el fino rayo de luz, todo estallaba en mil reflejos.

Y allí permanecían esparcidas las piedras. De ser más pequeñas, cabrían en los bolsillos. Con la punta de tungsteno de mi calzado golpeé una de las caras de un diamante. Ésta no se astilló ni quedó tan siquiera señalada por un arañazo. La dura punta metálica se deslizaba suave por encima.

Apagué mi linterna. Las cinco mil relucientes es­trellas del cielo negro llamaban a sus diez mil her­manos surgidos de un petrificado caudal de carbono. Una pálida luz bañaba la ladera. Una luz no sepa­rada de las tinieblas, como la que debió imperar antes de la creación del mundo...

El sistemático tictac del cronómetro me sacó de mis sueños. Con gesto mecánico miré la esfera del instrumento. Las veintitrés treinta. Pocos mi­nutos más, y el sol pondría fin a esa descolorida noche. Por entre las cadenas de cristales busqué mi senda hacia arriba.

Las veintitrés treinta y cuatro. Una franja de fuego asomó al horizonte. Bastaron unos segundos para transformar la noche en día. Diez, veinte mil focos perforaron la negrura que me rodeaba. Ruti­lantes haces de rayos se arrojaron sobre el borde del mar de lava, y allí chocaron contra el río de nítidos cristales. Saltaron los rayos en astillas y se multiplicaron, formaron cintas de increíbles colores y se levantó impetuoso un castillo de fuegos artifi­ciales. El sol seguía enviando nuevos ejércitos de rayos. Miles de millones de refulgentes haces se di­vidían en mil veces más espigas deslumbradoras, volcándose en loca orgía de chispas sobre aquellas grandiosas cataratas de luz.

Poco antes me había permitido sonreír con cierto desprecio ante la abundancia de unos diamantes que, dadas las circunstancias, no tenían valor algu­no. Ahora, sus gavillas de chispas se lanzaban con­tra mí y deslumbrantes vorágines de colores me dejaron casi sin sentido. Aunque protegidos por los cristales de cuarzo, mis ojos parecían clavados en aquellos frenéticos remolinos de luz. Unos puntos rojos empezaron a formar palpitantes círculos en grandes aros verdes. Creí hallarme en un indescrip­tible paraíso infernal. Súbitamente cayó sobre mi cuerpo una lluvia de rayos blancos, de modo que tuve la impresión de haberme secado y apergami­nado. Algo me quemaba, ahogaba y estrangulaba. Y ese algo penetró en las ranuras de mis ojos como un solo rayo perturbador, y allí quedó clavado como un cuchillo. Lleno de angustia quise llevarme las manos al rostro, pero caí de bruces.

Tuve la suerte de quedar de cara al suelo. Cuan­do recobré el conocimiento, palpé el terreno con las manos. Despacio. A través de la delgada coraza térmica que las protegía, noté las cortantes aristas de los cristales.

Recordé entonces las secas y claras instruccio­nes de Mellton: «Cuando el sol oscila encima del horizonte, los diafragmas iris de las ranuras visua­les deben quedar reducidos al máximo.» Y me pa­reció escuchar de nuevo una advertencia especial: «¡Lo mejor, Dalton, es conectar en seguida los fil­tros de luz!»

Mi propia experiencia acababa de dar la razón al consejo del jefe. Poco había faltado para que el aprendizaje me saliera caro. Era de esperar que, en adelante, realizara esos movimientos de forma au­tomática.

Cuando me levanté, pude soportar mejor la luz. Pero desde donde yo estaba no tenía vista alguna. La cresta de la pared del cráter quedaba más alta. Me dispuse, entonces, a trepar en diagonal la cuesta que me faltaba.

Con fatigosa respiración vi, por fin, el borde del gigantesco y ovalado cráter. Era el primer hom­bre, el primer habitante de la Tierra que lo alcan­zaba caminando hacia el sur desde el campamento. Ahora se demostraría si los astrónomos estaban acer­tados en sus observaciones o no.

Mis ojos siguieron la cresta, vacilantes, y des­pués se deslizaron hacia un extenso campo de lava, cráter adentro, para quedar prendidos en el juego de los coloreados gases que brotaban en el fondo de la enorme cuenca.

Lo que otros habían creído ver a través de los telescopios especiales de los observatorios, aquellos velos de vapor producidos por los gases arrojados, no eran, entonces, alucinación de sus ojos cansados.

Allí arriba reinaba un silencio aterrador. Rocas y trozos de lava yacían ardientes, llenos de luz. Y encima de mí el inmenso vacío, sin aire, sin gas. Abajo, en cambio, en el fondo del cráter, había pul­sante vida y nieblas en constante girar.

Lentamente comencé el descenso. Como en los géiseres de Islandia, ascendían de la infernal boca borboteantes vapores que, después, se extendían so­bre la llanura cual jirones de gasa blanquecina. Las altas paredes del cráter formaban una especie de cuenco de leche colosal, cuyo contenido hervía ame­nazador.

Mi altímetro marcaba ya cuatrocientos metros de descenso. El termómetro colocado en la parte ex­terior de la coraza térmica había rebasado ya a la mitad de los grados que indicara arriba, en el borde del cráter, cuando estaba expuesto al calor blanco despedido por el sol. Donde me encontraba ahora, su fuerza era quebrada por tenues nubes.

Pude ver, finalmente, las partes más profundas del multicolor fondo del cráter. Sus tonalidades constituían una excepción entre la gris monotonía de la piedra lunar. Pero lo que de súbito apareció ante mis ojos me paralizó durante unos instantes. Así fue, en realidad. Un imponente géiser saltaba del fangoso y oscuro suelo, y alrededor del chorro ser­penteaban y se retorcían unos horribles seres ver­des.

Me apoyé en un bloque de lava para restablecer mi equilibrio. A través de mi telescopio observé aquellas criaturas. Desde luego eran asquerosas y feas, pero no era belleza lo que esperábamos encon­trar en la Luna. Estudié sus detalles hasta que me dolieron los ojos, y tuve que cerrarlos sin haber podido familiarizarme con los extraños bichos.

Éstos balanceaban la cabeza ligeramente levan­tada y sus rojos y redondos ojos estaban clavados en el humeante manantial. Se revolcaban con placer y dejaban que el líquido ardiente cayera sobre sus largos cuerpos. Allí donde el azulado chorro les to­caba, se hinchaban pictóricos de vida, y su viscosa piel verde lanzaba metálicos destellos.

El salto dado desde la última plataforma de lava me hubiera costado los huesos en la Tierra. También los gusanos debieron percibir la ligera sacudida, pues sus cuerpos se enderezaron en actitud de expecta­ción.

Para acercarme al borde del cráter interior, de menor tamaño, tuve que rodear el lodazal donde se movían los monstruosos animales, que con sus lar­gos cuerpos de babosa y sus lisas cabezas de reptil resultaban cada vez más repelentes. Me dije que aquellos ojos rojizos y planos, con su aspecto turbio, no podían tener una vista aguda. Pero también era posible que yo no interesara a los verdes habitantes del fango por considerarme bocado poco apetitoso. De momento, al menos, no se metieron conmigo.

El segundo cráter, no tan extenso y más profundo, se hallaba en el centro de la gran elipse del pri­mero, y sin duda también tenía un diámetro de mil metros. No obstante, en medio de la gigantesca boca parecía el resto de una pequeña burbuja ya reventada. Desde donde yo estaba, era fácil bajar hasta su llano suelo.

Una y otra vez apliqué cuidadosamente el teles­copio a las ranuras de mi escafandra. Acababa de descubrir otra cosa. Allí abajo vivían unos seres bulbosos que formaban una dilatada colonia y per­manecían quietos como bejines o estrellas de mar.

Bastante lejos de mí, un desagradable gusano verde se disponía a devorar uno de esos bulbos. En un par de saltos aterricé en el fondo del cráter interior. Avancé poco a poco a la vez que graduaba mi anteojo. La colonia de bulbos se extendía a mi alrededor, en amplio círculo.

El gusano había atacado a un tubérculo que cre­cía sólo en la parte alta de la pendiente. Vi perfec­tamente cómo le arrancaba un trozo del costado. Pero, entonces, el bulbo cobró súbita vida. De su masa parda brotaron unos tentáculos que, primero, confundí con antenas de caracol, aunque en seguida observé que la diminuta punta redonda se abría como la corola de una flor, para dar paso a algo brillante, en forma de gancho o, mejor dicho, de garra.

Esos brazos avanzaron tanteando hacia el cuerpo de la alimaña verde y se clavaron en su liso vientre. Ahora, el bulbo pareció separarse también del suelo. El gusano se combó furioso y empezó a retorcerse en todas direcciones. Su córnea o espumajeante boca mordía el tubérculo y le arrancaba pedazos.

De repente se oyó un grito salvaje y desconocido. Los gases y vapores transportaron aquella voz, que llegó hasta mí a través de la niebla. Horrible, débil y, al mismo tiempo, estridente. Inmediatamente supe que aquello era un grito de muerte.

Tubérculo y gusano se habían convertido en una sucia maraña verdegrís. Imposible distinguir quién estaba agotado y quién había sucumbido.

La angustiosa voz de muerte desató un eco ho­rrísono. En el borde del cráter se alzó una ola de sonidos chillones y extrañamente gorjeantes. Debía ser la respuesta de los seres verdes del géiser. ¿Aca­so iban a acudir en ayuda de su congénere?

También en las colonias de tubérculos se pro­dujo un zumbido que iba aumentando de tono. Me pareció que los bulbos se apretaban unos contra otros. Con sumo cuidado me aproximé a un grupo de esas gelatinosas bolas de color castaño y tan re­dondas como raros y caprichosos hongos. Allí donde el sol las tocaba, se adelantaban unos brazos, apén­dices de carne roja y veteados de gris. Entonces, los bulbos parecían pulpos o asteroideos gigantes.

¡Y de nuevo un sonido agudo, estridente! Proce­día de dos tubérculos que, hinchados y rebosantes de energía, yacían al sol. Uno de ellos parecía que acabara de arrancarse del suelo. De un lado, de su vientre, salía un líquido espeso y amoratado. El sor­prendente ser avanzaba hacia el otro bulbo sobre sus tentáculos enrollados, torpe como una tortuga.

Yo estaba muy cerca. Súbitamente, en la parte más alta de su espalda verrugosa, se abrió un sin­gular ojo que hundió en mí su mirada de maldad, surgida de un cristal amarillo y refulgente. Un tentáculo se alzó amenazador y se disparó hacia el vacío. Retrocedí tambaleándome. Después de una breve vacilación, aquella criatura indescriptible vol­vió a dedicarse a su congénere.

Ambos tubérculos emitían constantemente unos chillidos agudos, que aturdían. Se arrimaron todavía más y montaron uno sobre el otro. De los extremos de los cinco tentáculos, que se contraían convulsi­vamente a intervalos, goteaba viscosa la sangre rojiazul, que llegó a formar un charco. Pegada al liso suelo de lava, se secaba temblorosa. Un centelleante estremecimiento recorrió los cuerpos de aquella es­pecie de celentéreos lunares. Su piel tersa y tirante se tornó áspera y rugosa. Por doquier aparecieron profundas grietas, de las que brotaron humeantes surtidores amarillentos. En un mar de vapor dis­tinguí, entre la informe masa, unos bultos transpa­rentes que se iban cristalizando. Una pastosa y aglu­tinante capa celular los recubría poco a poco.

Todo volvía a pulsar de manera regular, contra­yéndose para dilatarse otra vez. Una vida nueva parecía penetrar en las jóvenes formas. Con brus­cas sacudidas y misterioso sonido se creaban asteroideos, cubiertos en seguida por una azulada piel protectora que empezaba a secarse en seguida.

Detrás de mí oí el ruido de algo que se arras­traba. Me volví lentamente, y me hallé ante algo que hizo congelar mi sangre en las venas y me aga­rrotó la garganta.

Los gusanos habían percibido el grito de muerte de su congénere. Y venían. Se acercaban en ancho frente. De las repugnantes bocas de sus oscilantes cabezas de reptil rezumaba una saliva verdosa.

Las colonias de bulbos parecieron despertar de un sueño. Vigilantes párpados se abrieron sobre ojos de amarillo cristal. Miles de tentáculos se ade­lantaron captatorios para levantarse luego amena­zadores. Al cortante y ensordecedor grito de guerra de los gusanos, respondieron los bulbos con el agu­do y monótono zumbido propio de los mosquitos.

Me vi metido en pleno campo de batalla. Apresado entre la fila de los furiosos gusanos y el tenso semicírculo de bulbos. Sentí desconcierto y horror. Y la locura se apoderaría de mí antes que me llegara la muerte en medio de aquella viscosa vorá­gine de baba y venenosa saliva. Un frío sudor bañó todo mi cuerpo.

Con las últimas fuerzas logré conectar el radio­goniómetro y sintonizar la emisora.

—¡Mellton! —chillé—. ¡¡Mellton...!!

Luego perdí el conocimiento y me derrumbé en mi coraza metálica.