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El medallón - Karl Edward Wagner

Se trataba de un pequeño medallón de oro, de finales de la época victoriana, con forma de corazón, los típicos adornos de la época y una pesada cadenilla de oro. Formaba parte de un lote de joyas heredadas por el que Pandora había pujado con éxito. Estaba muy satisfecha de su compra, a pesar de que la puja había sido muy elevada. Por lo general, le iba bien en sus viajes de compras.

Pandora Smythe (había decidido volver a utilizar su apellido de soltera) era la propietaria y encargada de una tienda de antigüedades de Pine Hill, Carolina del Norte, una aburrida ciudad universitaria invadida por las nuevas urbanizaciones, los yuppies que empleaban las numerosas oficinas del lugar y los jubilados que venían del norte. 

Pandora era de origen británico y no podía quejarse de los recién llegados, ya que les encantaba gastarse el dinero en muebles antiguos para adornar sus nuevas casas adosadas, las cuales habían sido construidas allí donde un año antes no había más que árboles.

Su tienda se llamaba La Caja de Pandora, como no podía ser de otra manera. Tenía mucho movimiento, por lo que Pandora había contratado a tres dependientes, uno de los cuales le acompañaba en sus viajes de compras. Pandora Smythe tenía la tez color melocotón con nata, las facciones angulosas pero bonitas y los ojos verdes. Era rubia y bastante alta; salía a correr todos los días para conservar el buen tipo y frisaba los treinta años. Sus dos vicios eran las novelas románticas y llorar cuando veía antiguos dramones en blanco y negro en cintas de vídeo alquiladas.

Le hubiera gustado ser Bette Davis, pero en realidad era una inteligente mujer de negocios que sólo había cometido en su vida dos equivocaciones dignas de mención: casarse con Matthew McKee (con quien había convivido casi un año entero a pesar de la falta de amor, sus flirteos en público y los maltratos a los que la sometía cuando se emborrachaba) y comprarse un medallón.

Había sido un buen día en la tienda. Doreen y Mavis se las habían arreglado muy bien y Derrick se había encargado del empaquetamiento y entrega de los artículos subastados más grandes: unos enormes muebles victorianos de calidad y unas excelentes piezas rústicas que serían cargadas en la parte trasera de unas camionetas Volvo antes de que acabase la semana. 

Pandora llevó a la trastienda el joyero, reprendiéndose porque había pagado demasiado por él. Pero había sido inevitable, porque el desgraciado de Stuart Reading también había mostrado gran interés por el lote. Probablemente habría costado más si las joyas se hubieran vendido por separado, pero cuando lo habían sacado a subasta todavía quedaba mucho día por delante y, además, la mayoría de las piezas eran de bisutería y su valor intrínseco era inferior al que tenían como antigüedades.

—¡Oh! ¡Me encantan estos pendientes de jade! —exclamó Mavis a Pandora, que estaba ordenando su tesoro sobre el escritorio.

—Pues resta el precio de tu salario —Pandora les echó una ojeada—. Cuestan cincuenta dólares. Son de fines de siglo. Y no son de jade, sino de jaspe verde.

—Entonces te doy treinta dólares.

—Cuarenta. Eso es oro.

—Te olvidas del descuento para los empleados. Treinta dólares. Los tengo en efectivo.

—Hecho —Pandora entregó los pendientes a Mavis. Podría habérselos vendido fácilmente a un cliente por cincuenta dólares, pero tenía simpatía por sus empleados y por Mavis en concreto. Además, el lote incluía piezas que podían proporcionarle ganancias más considerables de las que creía. Si se lo dijera a Stuart Reading, se moriría de rabia.

—Aquí tienes —Mavis había ido rápidamente a coger su cartera.

—Es una venta. Ponlo en la caja —Pandora estaba separando los artículos que pudieran requerir la tasación de un joyero profesional. De éstos había unos cuantos.

—Mira. Este me gusta —Pandora cogió el medallón de oro. Tenía una inscripción en latín que rezaba: Face quidlibet voles.

Mavis lo examinó.

—Época victoriana tardía. De oro. Tuyo por sólo doscientos dólares.

—Ya lo he comprado, Mavis —Pandora estaba forcejeando con la cadenilla de oro—. Échame una mano con el cierre.

Mavis se colocó detrás de ella y le puso la cadenilla al cuello.

—¿Vas a quedártelo tú?

—Creo que lo llevaré unos días. ¿Qué te parece?

—Pues que necesitas una falda de lana que le vaya a juego.

Pandora se miró en un espejo antiguo y se arregló el pelo.

—Me gusta. Creo que voy a llevarlo durante una temporada. Como has dicho, podríamos pedir doscientos dólares por él. Es de oro macizo. Fíjate qué trabajo más exquisito.

Mavis miró el escote de Pandora.

—No sé qué significa la inscripción: Face no sé qué voles… ¿Haz no sé qué por dar una vuelta…? Qué tontería.

Pandora observó su imagen en el espejo con detenimiento.

—Es el problema que tiene el oro: se nota que lo han usado mucho. Y, en cuanto a la inscripción, la última vez que leí algo en latín fue cuando iba al instituto.

—Vamos a abrirlo a ver qué hay dentro —Mavis forcejeó con el fiador—. Seguro que contiene un mechón de pelo o un retrato antiguo —volvió a intentarlo—. Mierda, no se abre.

—Deja de tirar —protestó Pandora—. Ya lo haré cuando llegue a casa.

Pandora se duchó tranquilamente, se enfundó un albornoz y una toalla en la cabeza, preparó una pequeña tetera, puso leche, dos azucarillos y un poco de limón en su taza, encendió la televisión, se hizo un ovillo en su sofá favorito, se arrebujó con un edredón de pluma de oca y esperó a que se le secara el pelo. Lo tenía demasiado lacio para su gusto, por lo que prefería no usar el secador. La televisión era aburrida, pero el té estaba sabroso. 

Empezó a manipular el fiador del medallón de oro; no había conseguido abrir el cierre de la cadena antes de ducharse, pero el agua caliente había solucionado el problema. El fiador se abrió de golpe, pero dentro no había nada. Pandora frunció el entrecejo. Sintiéndose cansada por el viaje de compras, poco a poco se quedó dormida.

Llevaba un uniforme de gimnasia del colegio. Dos monjas estaban cogiéndola de los brazos y ella estaba inclinada sobre un escritorio. Una tercera monja le había levantado la falda y le había bajado bruscamente su decorosa braga de algodón blanco. Sostenía una regla de madera. Las otras chicas de la clase la miraban con miedo y expectación.

—Te han visto toqueteándote —dijo la monja.

—¡Soy una mujer de negocios adulta! ¿Quién demonios es usted?

—No has hecho más que empeorar las cosas —la monja le dio un reglazo en el trasero. Pandora soltó un grito de dolor y entonces los golpes empezaron a lloverle encima. Pandora se echó a llorar. Sus compañeras de clase rieron disimuladamente. La monja siguió azotándole el trasero, cada vez más enrojecido. Pandora gritaba y trataba de soltarse de las otras dos religiosas, que la sujetaban fuertemente. La azotaina continuó.

De pronto, Pandora sintió la oleada de un orgasmo. Se irguió conteniendo la respiración y estuvo a punto de volcar la taza de té. La terminó y observó que el medallón estaba cerrado. Debía de haberlo cerrado ella misma mientras dormía. Era la última vez que bebía un té cargado antes de irse a la cama. Se quitó la toalla de la cabeza y se sacudió el pelo. Qué sueño más extraño… Ella nunca había ido a una escuela católica. Sus padres pertenecían a la Iglesia anglicana y ella era una humanista secular, tal como se decía ahora en la jerga políticamente correcta.

Le dolía el trasero. Cuando se miró en el espejo, comprobó que tenía moratones.

A la mañana siguiente no vio nada que le llamara la atención cuando se miró en el espejo. Pandora restó importancia al asunto y lo atribuyó a las arrugas del albornoz y a su imaginación calenturienta. Dejó que sus empleados se ocuparan de la tienda mientras ella ojeaba los anuncios por palabras y los avisos de las próximas subastas. 

Doreen consiguió vender con facilidad por setecientos dólares la mesa de duramen de pino, que estaba mal restaurada y había sido comprada por una décima parte del precio de venta. Pandora empezó a sentirse mejor, pero, aun así, volvió a casa temprano. Se acordó de una película de James Bond que había visto e imaginó que Doreen y Mavis eran Bambi y Thumper, y Derrick era James Bond. Podía dejar la tienda en sus manos.

Se puso un camisón rosa estilo jovencita ingenua (tenía debilidad por la ropa de los años cincuenta), se hizo un ovillo en la cama y se puso a leer Deseo ardiente de enamorada, de David Drake, su escritor favorito de novela romántica. Involuntariamente, jugueteó con el medallón y la tapa se abrió.

Pandora llevaba un sujetador blanco con copa en pico y medias con liguero. Su vestido de noche debía de estar en algún lugar del asiento trasero de su coche, un Chevrolet del cincuenta y seis. Ella estaba de rodillas sobre la hierba del cementerio.

Biff y Jerry tenían prisa, ya que la policía estaba patrullando aquella zona en busca de adolescentes que iban allí para experimentar sensaciones fuertes. Acababan de bajarse los vaqueros y los calzoncillos. Se encontraban al lado del coche y Pandora les estaba haciendo una mamada a los dos al mismo tiempo.

No podía meterse las dos pollas en la boca por completo, por lo que les chupaba los capullos y los lamía rápidamente por turnos mientras se las meneaba y se masturbaba frotándose la vagina. Como a ninguno se le había ocurrido comprar condones, les había dicho que tenía la regla.

—¡Dios mío! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí…! —estaba gritando Biff.

—¡Cállate ya, mamón! ¡Vas a conseguir que la policía nos coja con el culo al aire!

Pandora no dijo nada y siguió haciendo el ruido que se produce cuando se sorbe y chupa algo. No podía cerrar los labios sobre las dos pollas y la saliva se le escurría por la barbilla hasta el sujetador.

Jerry soltó un gruñido y Biff repitió:

—¡Dios mío!

El semen de los dos inundó la boca de Pandora a más velocidad de la que ella podía tragarlo y le regó la cara. Ella engulló el pegajoso y salado chorro, chupando las dos pollas mientras estas iban perdiendo rigidez y sin dejar en ningún momento de frotarse la vagina. Tuvo el orgasmo justo en el momento en que conseguía que las dos pollas fláccidas llegaran al fondo de su garganta.

Pandora se incorporó en la cama repentinamente y con la novela todavía cogida entre las manos. Nunca había subido a un Chevrolet del cincuenta y seis. Tenía las mejillas y la barbilla cubiertas de saliva. Se las limpió con un pañuelo de papel y entonces se dio cuenta de que sabía a semen. Era semen.

El medallón se había cerrado.

Al día siguiente Pandora no hizo nada útil en la tienda y volvió a casa a la hora de comer aduciendo que tenía síntomas de gripe. Sus empleados se mostraron comprensivos, ya que no tenía buen aspecto. Mavis le telefoneó para recordarle que el sábado había una subasta a la que Pandora y Derrick pensaban acudir y añadió que Stuart Reading había llamado.

Pandora le contestó que Stuart Reading podía irse al cuerno y luego decidió tomar una ducha caliente. Quizá fuera cierto que tenía la gripe.

Una ducha era justo lo que necesitaba: caliente, con mucho vapor y relajante para los músculos. Mientras se secaba, rozó el medallón con los dedos y este se abrió con un chasquido.

Pandora se encontraba en un vestuario de hombres lleno de vapor y solo llevaba puesto un suspensorio blanco y elástico, pero no tenía ningún bulto en la entrepierna, a diferencia de las demás personas que había en el vestuario, musculosos hombres empapados en sudor y que lucían abultados suspensorios.

Uno de ellos le pegó en el trasero con una toalla enrollada y Pandora profirió un grito.

—Si quieres jugar a fútbol con los chicos, tendrás que inclinarte.

La obligaron a ponerse de rodillas sobre un banco de gimnasio y, al cabo de unos segundos, notó que una polla enjabonada le presionaba el ano. Pandora soltó un chillido cuando el capullo la penetró y la polla se coló brutalmente hasta los testículos. El hombre empezó a embestirla violentamente, acicateado por los gritos de ánimo de los demás. Pandora contuvo la respiración y consiguió soportar el dolor. Al cabo de unos minutos, notó que la polla se ponía tirante, se calentaba aún más y descargaba un chorro de semen en su recto.

La segunda penetración no fue tan dolorosa y el hombre se corrió rápidamente después de unas cuantas acometidas apresuradas. La tercera polla era gorda y larga; el hombre la folló por el culo lentamente mientras los demás le gritaban que se diera prisa. El cuarto hombre parecía que no iba a acabar nunca de correrse. El quinto entró y salió de su trasero en un momento. El sexto se lo tomó con calma e hizo una pausa para beberse una cerveza. Para cuando le tocó al séptimo, Pandora ya tenía el ano dolorido y ensangrentado, pero el hombre la excitó mediante un masaje en la vagina. El octavo hizo lo mismo y jugó con su clítoris. Con el noveno, Pandora tuvo por fin un orgasmo.

Despertó tumbada en su cama sintiendo un dolor horroroso en el trasero. El medallón estaba cerrado. Se dirigió al retrete con urgencia, pese a que apenas podía andar. Cuando se sentó, vio que echaba un poco de sangre y una gran cantidad de semen. Luego, mientras se limpiaba, se quitó el suspensorio. Ella nunca había tenido un suspensorio.

Pandora telefoneó a su terapeuta y obtuvo hora para el día siguiente. La doctora Rosalind Walden le había prestado un gran apoyo durante los aciagos meses de su fracasado matrimonio y Pandora pensaba que le ayudaría a comprender las pesadillas que había tenido, si es que habían sido realmente pesadillas.

La doctora Walden era una morena con buen tipo, el pelo bastante corto y de aproximadamente la misma altura que ella. Más que una psiquiatra, parecía una profesional de éxito. Aquel día llevaba un conjunto holgado de hilo en tonos oscuros y medias negras. Pandora se sentía cómoda con ella y, agradecida, se dejó caer en el sillón.

Al cabo de un rato, la doctora Walden dijo:

—De modo que piensas que estos sueños guardan relación con este medallón antiguo. ¿Por qué no te deshaces de él, pues?

—Creo que disfruto con las fantasías —contestó Pandora.

—Estás recuperándote de un matrimonio disfuncional durante el cual tu marido te maltrató tanto física como sexualmente. Creo que puede haber una parte de ti que disfruta siendo la víctima. Es preciso que exploremos estas necesidades reprimidas. Pero antes vamos a echar un vistazo al medallón.

La doctora Walden se inclinó sobre ella y empezó a forcejear con el fiador. A Pandora le resultó agradable el roce de sus manos sobre su pecho.

—No consigo abrirlo.

—Permíteme.

Pandora abrió el medallón. Rosalind acercó la cabeza y la besó suavemente en los labios. A continuación, sus lenguas se entrelazaron. Jadeante, Rosalind dejó de besarla y se volvió para quitarse las bragas. Pandora se sorprendió al ver que llevaba un liguero negro. Rosalind arrojó las bragas negras de encaje al suelo y rápidamente se sentó a horcajadas sobre la cara de Pandora. Luego se levantó la falda y miró a Pandora a los ojos.

—Quieres lamerme el coño. Tú sabes que quieres lamerme el coño. ¡Dime que quieres lamerme el coño! —Rosalind se había afeitado la entrepierna para ponerse un tanga. Le olía a almizcle y a perfume suave, y tenía los labios hinchados y separados.

—Quiero lamerte el coño.

—¡Dilo más alto! ¡Dentro de un momento ya no podrás pedírmelo!

—¡Sí! —gritó Pandora—. ¡Quiero lamerte el coño!

Rosalind descendió sobre su cara, haciéndola callar con su mordaza de carne. Con la falda levantada a la altura del pecho, observó la cara de Pandora mientras se mecía adelante y atrás sobre su lengua, se estrujaba los senos y daba empellones con el clítoris contra su nariz.

Casi sin poder respirar, Pandora consiguió lametear rápidamente el clítoris de Rosalind y su vagina. Tenía el coño salado y al mismo tiempo dulce por las secreciones. La excitaba. Entonces notó que a ella también se le humedecía la vagina. Rosalind se corrió en su boca, medio asfixiándola. Tras una breve convulsión extática, Rosalind empezó a moverse con más vigor. Pandora tenía la vagina cada vez más caliente y húmeda. Trató de masturbarse, pero las piernas de Rosalind le inmovilizaban los brazos y no pudo meterse la mano bajo la falda. El segundo orgasmo de Rosalind fue lo bastante violento como para provocarle a ella otro.

Pandora se incorporó repentinamente en el sillón. El medallón estaba cerrado y la doctora Walden tomaba notas.

—Las fantasías sexuales reprimidas son comunes en todas las personas y no es nada raro que los pacientes incluyan a sus terapeutas en ellas… Oh, ¿quieres un café? Te has quedado dormida durante un momento.

—Estoy bien.

—¿Estás segura de que puedes conducir? Te recetaré algo que te ayudará a dormir por la noche. Lo más probable es que las preocupaciones laborales y la tensión de los viajes sean la causa de la aparición de estas fantasías sexuales en la fase de sueño profundo. Prueba esto durante una semana. Si te va bien, te haré otra receta. En caso contrario, quizá sea necesario considerar la posibilidad de un antidepresivo. De todas maneras, no dudes en llamarme en cualquier momento.

—Gracias —Pandora cogió su bolso, que estaba en el suelo junto al sillón. A su lado había unas bragas negras de encaje. Rápidamente, mientras la doctora Walden le hacía la receta, las cogió y las metió en el bolso.

Derrick Sloane llamó a la puerta de su casa a las seis de la mañana. Pandora se puso el albornoz y le hizo pasar. Derrick parecía desconcertado.

—Quedamos en que vendría a eso de las seis y no has dicho nada, así que aquí me tienes, a la hora exacta. ¿Te encuentras bien? La gripe puede ser muy molesta. Si quieres quedarte en casa hasta que te recuperes, puedo ir a despertar a Mavis y decirle a Doreen que se ocupe de la tienda mientras nosotros vamos a la subasta.

—No. Es que mi psicóloga me ha dado unas pastillas para dormir. Me visto en un momento. ¿Te importaría poner la cafetera?

—No sabía que fueras al psiquiatra.

Derrick ya sabía manejarse en su cocina y estaba esperándole con una taza cuando acabó de vestirse.

—Gracias. Esto me sentará bien. No puedo perderme esta subasta.

Derrick preparaba el café mejor que Pandora. Era más alto que ella y muy fornido, tenía veintitantos años y era un buen conocedor de antigüedades. Era la persona perfecta para levantar y cargar piezas pesadas en las subastas y para moverlas en la tienda. Poseía una belleza misteriosa, y a Pandora le gustaba bastante, aunque sospechaba que era homosexual. Fuera como fuese, no le había hecho ninguna insinuación a ella o a las empleadas de la tienda, y eso que Mavis era una preciosidad.

Hacía una luminosa mañana de primavera y Pandora se sentía mejor gracias al café. Se había puesto unos vaqueros desteñidos, unas Reebok desgastadas y una camiseta de manga corta que abogaba por la salvación de las ballenas. Derrick llevaba unas Docker negras, una camiseta de Graceland y una chaqueta ligera de cuero negro. Le daría calor en cuanto el sol ascendiera. Pandora echó un vistazo a su reloj. Llevaban cierto retraso, pero llegarían a tiempo de ver la exposición de los artículos.

Derrick condujo velozmente. Pandora contempló con admiración sus hombros. Consiguieron llegar a la exposición previa a la subasta con tiempo de sobra. Se trataba de una granja de finales del siglo XIX de la que sus herederos querían deshacerse junto con todos sus bienes. Pandora sabía a ciencia cierta que la casa era un tesoro.

Stuart Reading se encontraba allí, naturalmente, conversando con los demás tratantes. Discretamente, se puso al lado de Pandora. Era un hombre de sesenta y pico años, calvo y barrigudo, que apestaba a tabaco.

—¿Ya has echado un vistazo a ese lote de joyas de la herencia Beale? Ya veo que llevas puesto su medallón.

—¿El medallón de quién?

—El de Tilda Beale. Si pujé menos que tú por el lote fue sólo porque estaba interesado en unas pocas piezas. Puedo ofrecerte un precio muy bueno por ellas. Por los pendientes de jaspe, por ejemplo.

—Eran de jade y ya están vendidos.

—Eran de crisólito, para ser exactos. ¿Todavía tienes el collar de cornalina y sanguinaria? ¿Y los pendientes a juego? Vamos, ofréceme un buen precio y no pujaré contra ti por esa cama de laca roja en la que has puesto los ojos. Ya tengo un comprador para ellos, de modo que podrás quedarte la cama sin necesidad de sobrepujarme y los dos saldremos ganando.

Reading miró el medallón y lo cogió del pecho de Pandora ante el desagrado de esta.

Face quidlibet voles. «Haz lo que quieras». Aleister Crowley. ¿Dónde demonios adquiriría esto? Lo llevaba siempre. Probablemente era la divisa de la familia. ¿Has pensado en venderlo?

—Los pendientes y el collar están a la venta, por supuesto, pero el medallón no. ¿Qué sabes de Tilda Beale?

—Deberías hacer tus deberes, querida, si deseas permanecer a flote en este negocio. Era una recatada solterona que jamás tuvo un pensamiento impuro. Una matriarca de nuestra Iglesia —Reading pertenecía a la Iglesia Baptista del Sur—. Falleció a los ciento tres años. Era una mujer maravillosa. Una mujer de las que hay pocas.

—¿No tenía pensamientos impuros?

—Si tuvo alguno, lo cual me extrañaría muchísimo, lo mantuvo guardado en su corazón. Mira, están a punto de empezar. ¿Hacemos un trato o no?

Lo hicieron, y Derrick y Pandora se llevaron triunfalmente la cama de laca roja.

Cuando descargaron la cama y el resto de las compras de Pandora, Derrick sugirió que fueran a su casa a beber la botella de champán que tenía guardada desde que su equipo había perdido la Super Bowl. Pandora se sentía animada por el éxito obtenido en la subasta y por haber vendido el collar y los pendientes a Stuart Reading a un precio desorbitado. Su comprador debía de ser tonto.

—¡Estupendo! —exclamó. ¿Estaba Derrick haciéndole una insinuación? Quizá se había formado una idea equivocada de él.

Derrick tenía varias botellas de champán. Con ayuda de un poco de queso Brie y unas galletas Ritz acabaron la primera rápidamente. Derrick no dejaba de excusarse y, cuando dijo que se le habían acabado la mantequilla de cacahuetes y el Velveeta, los dos prorrumpieron en carcajadas.

—¿Qué opinas de este medallón? —dijo Pandora, que ya había bebido una copa de más.

—¿Todavía lo llevas? Seguro que tiene dentro la fotografía de una mujer y un mechón de pelo. Lo vi en la subasta junto con el resto del lote la semana pasada.

—Pero está vacío.

—¿De veras? Bueno, da igual. Vamos a echar un vistazo —Derrick forcejeó con el fiador.

—Déjame a mí —dijo Pandora. El medallón se abrió.

Antes de que acabaran de darse el primer beso, Derrick ya estaba quitándole la camiseta. Ella le quitó a él la suya. Pandora llevaba sujetador, de modo que se lo quitó, tras lo cual también le quitó los vaqueros. Ella lo imitó. No tuvieron que quitarse muchas cosas más para quedar desnudos.

—¿Te importa si te ato? —preguntó Derrick.

—¿Cómo? —Pandora estaba medio aturdida por el champán.

—No es más que un juego inofensivo, pero resulta de lo más excitante. Así conseguiré que alcances una nueva cima de la pasión.

Parecía una mala frase sacada de una de sus novelas románticas, pero Pandora estaba dispuesta a todo. Derrick había empezado a empalmarse, y Pandora comprendió que se había equivocado al considerarlo homosexual. A poco que ella le ayudara, podría llegar a medirle unos veinticinco centímetros.

—Claro que no me importa.

Derrick abrió un cajón lleno de cuerdas y artilugios. Pandora puso las manos a la espalda y él se las ató.

—Ahora vamos a ver cuánto puedes acercar los codos.

—¡Me haces daño! —gimió ella cuando Derrick le ató los brazos brutalmente con otra cuerda.

A continuación cogió otra y se la ató a la altura de los senos, apretándoselos cruelmente.

—Ya te acostumbrarás —dijo él. Le había ceñido la cintura con otra cuerda y, tras darle varias vueltas, se la había pasado varias veces por la vagina y el trasero, tirando de ella fuertemente—. Ya se te está humedeciendo el coño. Ahora entra en la habitación y túmbate en la cama.

Derrick le ató a continuación tobillos y rodillas. Luego la puso boca abajo, le ató las muñecas con los tobillos y los juntó tirando del nudo. Pandora tenía ahora los tobillos asidos con las manos y sentía un poco de dolor. Tenía la espalda arqueada y los senos dirigidos hacia arriba. Aquello no era ningún juego, pero ya era demasiado tarde.

—Pero ¿cómo vas a follarme de este modo?

—Por la garganta, encanto. Abre bien la boca, zorra, si quieres que luego te desate.

Derrick, que estaba al lado de la cama y la había cogido por el pelo, introdujo de pronto la enorme polla erecta hasta el fondo de su garganta. Pandora trató de abarcarla con la boca y pensó en una película que había visto sobre un tal señor Rabolargo o algo parecido. Estaba totalmente indefensa. Aunque quizá fuera todo una broma.

Derrick estaba excitado y se corrió muy rápidamente, llenando su boca con chorros de semen. Le agarró la cabeza y le golpeó la cara una y otra vez contra su entrepierna, gritándole obscenidades. Cuando ella le hubo chupado hasta la última gota de semen, él se apartó de su boca. Pandora estaba muy dolorida a causa de la brutal forma en que la había atado Derrick.

—Creo que este juego ya ha durado bastante. Desátame, por favor.

—Pues yo creo que hablas demasiado —Derrick estaba rebuscando en el montón de ropa. Dobló esmeradamente sus bragas y luego se las metió en la boca por la parte de la entrepierna, que estaba sucia, y se lo ató fuertemente con el sujetador.

—De este modo no se te saldrá el semen mientras planeo lo que voy a hacer el resto de la tarde.

Pandora se balanceaba de atrás adelante sobre la cama, impotente e incapaz de nada excepto gruñir apagadamente.

Derrick la puso de lado, le rodeó con otra larga cuerda por encima de los senos y luego le hizo un fuerte torniquete en cada uno de ellos. Estos no tardaron en inflamarse a causa de la constricción. Derrick, que parecía satisfecho por el efecto que producían sus abultados y enrojecidos senos, cogió unas pinzas para la ropa y se las puso en los pezones. Pandora profirió unos sonidos ahogados por la mordaza.

Derrick la observó retorcerse mientras se fumaba un cigarrillo. Entonces se levantó y lo apagó sobre el trasero de Pandora, cuyos gritos se perdieron en la mordaza formada por las bragas y el sujetador. Derrick encendió otro cigarrillo.

—¿Te gusta, zorra? Ahora vamos a probar otro juego.

Derrick trajo una vela de la mesa del comedor, la encendió y empezó a verter cera caliente sobre los torturados senos de Pandora, quien profirió enloquecidamente unos sonidos amortiguados por la mordaza. Su dolor excitó a Derrick, que se empalmó rápidamente y empezó a frotarse la polla contra sus senos y su cara mientras dejaba que la cera cayera gota a gota sobre los rojos e hinchados senos.

—Creo que voy a correrme por tu nariz para ver si puedes respirar semen —Pandora le miró con expresión suplicante. Ya tenía dificultades para respirar a causa de la mordaza.

—Tal vez luego. Vamos a ver si te gusta esto —Derrick eyaculó sobre sus doloridos senos y a continuación vertió cera caliente sobre el semen—. ¿Qué está más caliente, puta? He pensado que te gustaría. Ahora vamos a probar esto.

Derrick la puso boca abajo y le encajó violentamente el cabo de vela encendida entre las nalgas.

—Si permaneces quieta y no protestas porque la cera caliente se te escurre por el culo y el chocho, puede que apague la vela antes de que se consuma del todo.

Aplastó el cigarrillo sobre su otra nalga, encendió otro y se sentó para mirarla. Luego sacó de un cajón un cuchillo largo y probó el filo. Pandora sentía un dolor espantoso pero aun así retorció el cuerpo para restregarse el clítoris mientras la cera caliente caía gota a gota por la raja de su trasero. La vela seguía consumiéndose y la llama le quemaba ahora las muñecas. No tardaría en quemarle las nalgas. Pandora se retorció con más fuerza, restregándose el clítoris con la cuerda. La llama llegó a su trasero.

Le costó muchísimo alcanzar el orgasmo, pero lo consiguió. El medallón estaba cerrado.

De pronto, Pandora se levantó del sillón de Derrick tambaleándose.

—Espero que te guste la infusión de hierbas. Ésta es una de mis favoritas. Ya verás cómo te espabila. Llevas una hora dormida. No deberías mezclar las subastas con la gripe.

Derrick tenía puesto un chándal. Puso la bandeja del té en la mesa que había al lado del sillón y empezó a servirlo.

—A todo esto, te presento a mi amigo Denny. Ha llegado cuando estabas en el reino de los sueños.

Denny era un joven guapo, rubio y musculoso que debía de haber cumplido los veinte hacía poco. La saludó con la mano e hizo los típicos comentarios graciosos al tiempo que aceptaba la taza de infusión. Luego dijo:

—Derrick me ha dicho que no habéis parado desde las seis de la mañana. No me extraña que te hayas quedado dormida.

—El vaso de Chablis ha contribuido a ello —dijo Derrick antes de beber un trago de infusión—. Y además, por muy liberadas que estén las mujeres, no deberías haber insistido en ayudarme a levantar los muebles. Cuando acabemos, te llevaremos a casa. Realmente necesitas tomarte unos días libres de la tienda. Nosotros podemos ocuparnos de ella. Estamos preocupados por ti. La gripe puede ser mucho peor que un simple resfriado.

Derrick y Denny llevaron a Pandora a casa. Ella les dio las gracias, cerró la puerta con llave, se desnudó, se quitó la cera que todavía tenía pegada a los senos, se tomó una pastilla y se tendió sobre la cama.

Como era domingo, se quedó en la cama hasta la tarde. A los pocos minutos de levantarse estaba andando por la casa con paso inseguro, enfundada en su albornoz y revolviendo una mezcla de café, azúcar y brandy con la que iba a tomarse una aspirina. Después de esto se tomó un brandy solo y luego se aposentó en su sillón favorito.

Debía de tener la gripe. Le dolían las articulaciones como si la hubieran inmovilizado con cuerdas. Entre la gripe, el peso que había levantado, el exceso de trabajo… Bueno, el lunes por la mañana estaría como una rosa. Aunque también podía tomarse un día libre como le había sugerido Derrick. Probablemente había hecho el ridículo desmayándose como lo había hecho. Necesitaba tomar más vitaminas y hacer más ejercicio. Y nada de beber champán. ¿O Chablis?

No habían bebido champán. Derrick había ido a su casa sólo para recoger el correo y dar de comer al gato, y ella había tenido que hacer una llamada. ¿Que había bebido un vaso de Chablis…? Quizá. ¿Un desvanecimiento? A saber… Había cogido la gripe y trabajaba en exceso. Tenía los nervios crispados.

Fue al lavabo y se sentó cuidadosamente en el retrete porque el trasero le dolía mucho. Luego de deponer se sintió mucho mejor. Entonces vio el cabo de una vela flotar en la taza.

Tiró de la cadena y salió apresuradamente del cuarto de baño sin parar de gritar.

—¡Zorra! ¡Zorra! ¡Eres una jodida zorra baptista! ¡Una mojigata de mierda! —Pandora irrumpió tambaleándose en su dormitorio y tiró de la cadena de oro del medallón—. ¡Zorra! ¡Zorra! Conque guardaste todas tus fantasías sexuales en tu corazón, ¿eh? ¡Eres una zorra! ¡Una zorra de mierda! ¡Te vas a enterar!

Pandora no consiguió abrir el fiador. Tras varios intentos, rompió la cadena, irritándose el cuello al hacerlo. Arrojó la cadena y el medallón al suelo y este se abrió de golpe. Empezó a pisotearlo con el pie desnudo, pero no era más que un medallón con un mechón de pelo y el retrato de una joven de otro siglo. Pandora se sentó en la cama y se cubrió la cara con las manos.

—No eres tú, sino yo. Tengo los nervios crispados. No puedo seguir reprimiendo mis fantasías. Ni siquiera quiero hacerlo. No quiero ser como tú.

Pandora se lavó el rasguño del cuello y, al mirarse en el espejo, contempló con admiración el corazón rojo que tenía tatuado sobre el seno izquierdo. Lo había borrado de su mente, pero ahora se acordaba de aquella ocasión en que, tras beber unas copas, había pasado por delante de un establecimiento donde hacían tatuajes. 

Se acordaba de la determinación que había sentido y de la sensación de la aguja al penetrar en su piel. Se preguntó qué otras cosas no recordaba de las que le habían ocurrido durante sus desvanecimientos y a partir de qué momento habían comenzado sus fantasías. La última paliza que le había propinado su marido le había obligado a permanecer tres días en el hospital.

Se estaba haciendo tarde, pero los bares de solteros estaban abiertos y seguramente con un ambiente muy interesante. Pandora eligió su vestimenta cuidadosamente y al final se puso medias con liguero, bragas, un sujetador que le realzaba los senos, un ajustado vestido de tubo y zapatos con tacones de aguja, todo negro. Gracias al acentuado escote y al atrevido sujetador, podía lucir el tatuaje en forma de corazón. 

Ahora recordaba que al comprar aquellas prendas no había experimentado ninguna vergüenza: se había sentido descarada y había sonreído a la dependienta de una manera que había puesto nerviosa a la joven. Aquélla era la primera vez que Pandora se ponía el conjunto, o al menos eso pensaba ella.

Se maquilló con cuidado y se cepilló el pelo mientras se preguntaba qué podía hacer a continuación. Vio una pequeña mancha parecida a una postilla en el dobladillo del vestido y la limpió. Quizá debería ponerse el vestido rojo en lugar de aquél.

La doctora Walden le había dicho que podía llamar en cualquier momento. Cuando saliera del bar de solteros, quizá. Podía preguntarle su opinión. Pero daba igual si lo hacía aquella noche u otra.

Abrió un cajón y dejó caer la navaja en su bolso de lentejuelas negro. Frunciendo el ceño, la sacó y apretó el botón del resorte: el mecanismo, bien engrasado, funcionaba, y la hoja estaba afilada y limpia. Volvió a meter la navaja en el bolso. Recordaba que la había encontrado en una caja de curiosidades comprada en una subasta. Como el medallón. También recordaba que le había limpiado la sangre antes de guardarla en el cajón por última vez. ¿O se trataba sólo de otra fantasía? El cuchillo era auténtico.

Con Derrick posiblemente resultaría divertido, así que lo dejaría para más tarde. ¿Y Mavis? Mavis sería algo delicioso… Ya no volvería a ser la víctima.

La casa de la pesadilla - Edward Lucas White

 

La primera vez que vi la casa, fue desde la cima de un monte, luego de quitar algunas malezas y mirar a través del ancho valle a varios centenares de pies debajo mío, hacia el sol, que estaba hundiéndose tras las lejanas colinas azules. Desde ese punto de vista momentáneo, tenía un exagerado sentido de observación. Me parecía estar colgando sobre una maqueta de carreteras y campos, salpicado de granjas y sentía la decepción familiar de que casi podía arrojar una piedra sobre la casa.

Lo que atrajo mi vista fue el pequeño camino en frente de la misma, entre la masa de verdes árboles y el huerto de la casa. Era perfectamente derecho, y estaba bordeado por una constante hilera de árboles, a través de la cual distinguí un sendero color ceniza y un bajo muro de piedra.

Notoriamente, entre el huerto y dos de los árboles, había un objeto blanco, que parecía ser una piedra alta, un espigón vertical de caliza, de los varios que los campos de la región están regados.

Vi con mucha claridad este camino y me dio una placentera expectación.

Había estado viajando fatigosamente por el bosque de aquellas colinas semi-montañosas. No había visto ni una granja, solamente chozas destartaladas a lo largo de la carretera, a través de más de veinte millas de obstáculos e impedimentos. Ahora, cuando no me restaba mucho trecho para llegar a mi destino, veía a corta distancia un buen lugar donde reposar.

A medida que aceleraba cautelosamente mi vehículo, a través del comienzo del largo descenso, los árboles me engulleron de nuevo, perdiendo de vista el valle. Me sumergí en una hondonada, y cuando subí de nuevo, en la cresta de la siguiente elevación, volví a ver la casa, más cerca que antes.

La piedra elevada atrajo mi atención con cierta sorpresa. ¿No había visto que estaba frente a la casa, cerca del huerto? Evidentemente estaba a la izquierda del camino que conducía a la casa. Mi autocuestionamiento duró hasta que crucé la cresta. Luego vi nuevamente truncada mi perspectiva; pero pronto me puse a mirar para adelante una vez, en la próxima chance de ver el mismo panorama.

Al final de la segunda colina solamente se veía de refilón parte del camino y no podía estar seguro, pero en un principio, la piedra elevada parecía estar a la derecha del camino.

Llegué a la cima de la tercera y última colina y volví a mirar para abajo, viendo el camino bajo los enormes árboles, casi como si estuviera viendo a través de un tubo. Había una línea de blancura que creí identificar como la piedra alta. Estaba sobre la derecha.

Me zambullí en la última de las hondonadas. Mientras remontaba la más lejana cuesta, mantuve mi vista en la cima del camino, delante mío. Cuando mi línea visual transpuso la elevación, pude ver la piedra elevada a mi derecha, entre los numerosos arces. Me detuve a un costado del camino, e inspeccioné mis neumáticos, luego tiré la palanca.

A medida que avanzaba, miraba para adelante. ¡Veía la piedra ahora a la izquierda del camino! Estaba realmente asombrado y hasta atemorizado, y me decidí a acercarme lo suficiente a la piedra para comprobar a ciencia cierta si estaba a la derecha o a la izquierda, o si no, en el medio del camino.

En mi atolondramiento, puse la velocidad máxima. La máquina dio un brinco y perdí el control. Di un giro a la izquierda, pero fue inútil y choqué contra un gran arce.

Cuando volví en mí, estaba caído de espaldas en una zanja. Los últimos rayos de sol enviaban fustes de luz verde-dorada a través de las ramas de los arces. Mi primer pensamiento fue de una rara mezcla de admiración a las bellezas de la naturaleza y de desaprobación por mi propia conducta, por ir de excursión sin acompañante (algo que he lamentado más de una vez). 

Luego se me aclaró la mente, y me senté. Me sentía mareado, y no estaba sangrando ni tenía huesos rotos; aunque estaba muy sacudido, no había sufrido magulladuras serias.

Entonces vi al muchacho. Estaba parado al final del camino color ceniza, cerca del zanjón. Era robusto y macizo; estaba descalzo y tenía los pantalones arremangados a la altura de las rodillas; vestía una camisa color nogal, abierta en el pecho, y no tenía ni capa ni sombrero. Su rostro rezumaba pecas y tenía un horroroso labio leporino.

Intenté levantarme y procedí a examinar el destrozo. No había habido explosión ni fuego, pero mi máquina estaba convertida en ruinas. Todo lo que vi estaba hecho pedazos. Mis dos cestas de pertrechos habían, por aquellas cínicas burlas del destino, escapado al destrozo, y estaban incólumes, ni siquiera una botella se había roto.

Durante mi investigación, la vista desvaída del muchacho me siguió contínuamente, pero él no pronunció palabra. Cuando me hube convencido de mi impotencia para reparar el daño, fui derecho hacia él y le dirigí la palabra:

"¿Cuán lejos está la herrería más cercana?" "Ocho millas," respondió. Tenía un alarmante caso de paladar partido, y sus palabras eran apenas inteligibles.

"¿Me puedes guiar hacia allí?" inquirí.

"No hay equipo en la casa," replicó; "ni caballo, ni vacas." "¿Qué tan lejos está la siguiente casa?" continué.

"Seis millas," respondió.

Miré al cielo. El sol ya se había puesto. Y me volví a mirar mi reloj: iban a dar las siete treinta y cinco.

"¿Puedo dormir en tu casa esta noche?" pregunté.

"Puede venir si usted quiere," dijo, "y puede quedarse a dormir. Casa está descuidada; Ma murió hace tres años, y Pa se fue. No hay nada para comer, salvo harina de trigo y tocino mohoso." "Tengo suficiente comida," respondí, levantando una cesta. "Solo toma esta cesta, ¿lo harás?" "Usted puede venir, si así lo desea," dijo, "pero debe acarrear sus propias cosas." No habló con grosería o rudeza, pero parecía afirmar con docilidad un hecho inofensivo.

"Correcto," dije, levantando la otra cesta, "muéstrame el camino." El patio frente a la casa estaba oscuro, bajo una docena o más inmensos ailanthus, bajo los cuales habían crecido gran cantidad de arbustos y pequeños árboles, y por debajo, a su vez, largas y enmarañadas hierbas. 

Lo que alguna vez fue, aparentemente, un camino, ahora era una estrecha y curvada senda en dirección a la casa. Por todos lados había brotes de ailanthus, y el aire estaba viciado con el desagradable olor de sus raíces y de las hierbas.

La casa era de piedra gris, con persianas color verde, pero tan desgastadas que parecían grises como la piedra. Contra el frente había un porche, no muy elevado por encima del suelo, y sin balaustrada o pasamanos. 

Había varias mecedoras de tablas de nogal americano. Había ocho ventanas cerradas, y en medio entre las ventanas y el porche, una gran puerta, con pequeños paneles color violeta a cada uno de sus lados y montante en forma de abanico por encima.

"Abre la puerta," dije al muchacho.

"Ábrala usted mismo," replicó, no de manera desagradable ni enfadosa, sino con un tono que uno no podría sino tomarlo como una sugerencia de lo más natural.

Bajé mis canastas e intenté con la puerta. Estaba cerrada pero no con llave, y abrió con un penoso trabajo de sus herrumbrosas bisagras, sobre las cuales se combeó locamente, raspando el piso a medida que se movía. El pasillo tenía un olor a moho y humedad. Había varias puertas a ambos lados; el chico me apuntó hacia la primera de la derecha.

"Usted puede ocupar ese cuarto," dijo.

Abrí la puerta. Se podía distinguir poco, entre el polvillo, las ramas de los árboles fuera, el techo de pizarra y las puertas cerradas.

"Mejor trae una lámpara," dije al chico.

"No hay lámpara," declaró festivamente. "No hay velas. Usualmente estamos en cama cuando oscurece." Volví a los restos de mi vehículo. Mi cuatro lámparas estaban reducidas a cristales quebrados y metal abollado. Mi linterna estaba hecha puré. Sin embargo, llevaba algunas bujías en un maletín. Estaban un poco machacadas, pero aún se mantenían en una pieza. Regresé con el maletín y en el porche lo abrí y extraje tres velas.

Entré a la habitación, donde encontré al muchacho parado justo donde lo dejé, y encendí una vela. Las paredes estaban blanqueadas, el piso pelado.

Había un frío y enmohecido aroma, pero la cama parecía estar recién hecha, a pesar que se sentía todo húmedo.

Con un par de gotas de su propio sebo, pegué la vela en la esquina de un desvencijado escritorio. No había nada en la habitación, salvo dos sillas desfondadas y una pequeña mesa. Volví a salir al porche a buscar mi maletín, y lo puse en la cama. Quité el pestillo de cada ventana y abrí los postigos. 

Entonces pregunté al muchacho, quien no se había movido ni hablado, cuál era el camino hacia la cocina. Me guió a través del vestíbulo, hacia la parte trasera de la casa. La cocina era grande, y no tenía más moblaje que algunas sillas de pino, una banqueta de pino y una mesa también de la misma madera.

Fijé dos velas en lados opuestos de la mesa. No había horno ni calentador en esa cocina, solo una gran chimenea, y unas cenizas que olían y semejaban tener más de un mes. La madera en la leñera estaba reseca, y tenía un aroma rancio. Un par de herramientas, hachas, estaban oxidadas y desafiladas, pero aún utilizables. 

Rápidamente hice un gran fuego. Para mi sorpresa, ya que era una noche de mediados de junio y que el tiempo que estaba seco y cálido, el muchacho, con sonrisa tosca en su poco agraciado rostro, se reclinó sobre el fuego, extendiendo las manos y los brazos, hasta casi el punto de tostarse a sí mismo.

"¿Tienes frío?" inquirí.

"Siempre tengo frío," replicó, acercándose ya peligrosamente al fuego, hasta un punto que pensé que iba a quemarse.

Lo dejé tostándose a sí mismo mientras fui en busca de agua. Descubrí una bomba, y tuve un gran trabajo para llenar dos baldes. Cuando puse el agua a hervir, fui por mis cestas al porche.

Di una cepillada a la mesa y serví la vianda, pavo frío, jamón frío, pan negro y pan blanco, aceitunas, conserva y pastel. Cuando la lata de sopa estuvo caliente y hube servido el café, invité al chico a sentarse conmigo.

"No tengo hambre," dijo; "ya cené." Este chico era una nueva clase de muchacho; todos los chicos que conocía eran voraces devoradores y siempre estaban listos para una nueva ingesta.

Yo mismo había sentido hambre, pero de algún modo cuando comencé a comer ya tenía poco apetito, y difícilmente paladeaba la comida. Pronto terminé con mi vianda, apagué el fuego y soplé las velas, y regresé al porche, para sentarme en una de las mecedoras y ponerme a fumar. 

El muchacho me siguió en silencio, y se sentó en el piso mismo del porche, apoyándose en una columna y dejando uno de sus pies fuera, en la hierba.

"¿Qué haces cuando tu padre está fuera?" pregunté.

"Solo holgazanear," dijo. "Solo perder el tiempo." "¿Qué tan lejos están de sus vecinos más cercanos?" pregunté.

"No hay vecinos cercanos que vengan aquí," indicó. "Dicen que temen a los fantasmas." Yo no estaba asustado; el lugar tenía el aspecto que usualmente se le atribuye a las casas denominadas encantadas. Estaba impresionado por su extraña manera de hablar del asunto, que era como si dijera que ellos tenían miedo de un perro enojado.

"¿Has visto algún fantasma por aquí?" continué.

"Nunca los vi," respondió, como si hubiera mencionado vagabundos o perdices. "Nunca los escuché. Algunas veces los siento." "¿Tienes miedo a ellos?" pregunté.

"Nope," confesó. "No creo en fantasmas; creo en las pesadillas. ¿Alguna vez tuvo pesadillas?" "Raras veces," repliqué.

"Yo sí," dijo. "Siempre tengo la misma. Un gran marrano, grande como un buey, que trata de comerme. Despierto tan asustado que podría seguir corriendo. No hay escapatoria. Voy a dormir, y ahí está de nuevo.

Despierto más asustado que nunca. Pa decía que eran las tortas de trigo en verano." "Tu habrás hecho alguna broma, alguna vez," dije.

"Sip," dijo. "Una vez a una gran cerda, tomé uno de sus cerditos por la pata trasera. Lo tuve por mucho tiempo. Lo dejé caer en el chiquero.

Desearía no haberlo hecho. Tengo esa pesadilla tres veces a la semana. Lo peor es ser quemado. Vaya, siento los fantasmas ahora a nuestro alrededor.

Él no trataba de asustarme. Estaba simplemente opinando tal y como si hablara de murciélagos o mosquitos. No le contesté, y me quedé involuntariamente escuchándolo. Mi pipa se apagó. No quería fumar otra, pero no me sentía con cansancio como para irme a la cama aún, ya que estaba cómodo donde estaba, aunque el aroma del ailanthus era sumamente desagradable. Volví a llenar mi pipa, la encendí y luego, mientras daba una bocanada, me quedé adormilado por un momento.

Desperté con una sensación de que un suave tejido me surcó el rostro. El chico seguía inmóvil.

"¿Viste eso?" pregunté rápidamente.

"No vi nada," dijo. "¿Qué fue?" "Fue como si una red para atrapar mosquitos me hubiera rozado la cara." "No hay tal red," aseguró; "fue un velo. Ese es uno de los fantasmas. Alguno voló sobre usted; alguno lo tocó con sus largos y fríos dedos. Es uno que arrastró un velo por sobre su rostro, bien, supongo que debe ser Ma." 

Hablaba con la inatacable convicción del niño en "We Are Seven". No encontré palabras para replicar, y me levanté para ir a la cama.

"Buenas noches," dije.

"Buenas noches," hizo eco de mis palabras. "Encendí un fósforo, encontré la vela y la fijé a la esquina de la ajada mesa, y me desvestí. La cama tenía un confortable colchón de plumas y al rato estaba dormido.

Tenía la sensación de haber estado dormido por un largo rato, cuando comencé a tener una pesadilla, la misma pesadilla que describiera antes el muchacho. Un enorme cerdo, grande como un caballo de carreta, que estaba asomado con sus patas delanteras sobre la cama, tratando de hincarse sobre mí. El animal gruñó y resopló, y sentí que yo iba a ser su alimento. Sabía que era solo un sueño, y me esforcé en despertar.

Entonces, la gigantesca bestia se movió torpemente, sobre los pies de la cama, y me desperté.

Estaba en absoluta oscuridad, tan negra como si estuviera encerrado en un baúl. Mi estremecimiento instantáneamente mermó y mis nervios se calmaron; comprendí en donde estaba, y no sentí el menor pánico. 

Me di vuelta e intenté volver a dormir. Entonces tuve una real pesadilla, no reconocible como sueño, sobrecogedoramente real, una inenarrable agonía de horror sin razón.

Había una Cosa en la habitación; no era un cerdo, ni ninguna otra criatura identificable, sino una Cosa. Era grande como un elefante, y ocupaba la estancia hasta el techo; tenía forma como de jabalí, sentado sobre sus ancas, con sus cuartos delanteros rígidos. Tenía un hocico babeante y rojo, repleto de grandes colmillos, y su mandíbula se movía como si tuviera mucho hambre. Comenzó a encorvarse, lentamente, pulgada por pulgada, hasta que sus vastas patas se montaron en la cama.

La cama se comprimió como papel secante húmedo, y sentí el peso de la Cosa sobre mis pies, sobre mis piernas, sobre mi cuerpo y sobre mi pecho.

Estaba hambriento, y yo era su platillo, y sus fauces chorreantes se acercaban cada vez más a mi cara.

Entonces la indefensión del sueño que me había dejado incapaz de moverme, súbitamente cedió, y grité y me desperté. Esta vez había sentido verdadero terror y no pude despojarme del mismo fácilmente.

Era cerca del amanecer: podía discernir levemente a través de los sucios ventanales. Encendí el muñón de la vela y las otras dos, me vestí precipitadamente, hice mi maletín, y lo puse en el porche, contra la pared. Entonces llamé al chico. Súbitamente me di cuenta que no me había dicho su nombre ni yo se lo había preguntado.

Grité "¡Hola!" un par de veces, pero no hubo respuesta. Ya no aguantaba más esa casa. Aún estaba empapado del pánico de la pesadilla. Desistí de seguir gritando, no lo busqué, pero con las dos velas, fui a la cocina.

Tomé un trago de café frío y comí un biscuit mientras me apresuré a meter mis pertenencias en las cestas. Entonces, dejando un dólar de plata en la mesa, salí con las canastas y las dejé en el porche, junto a mi maletín.

Ya había un poco más de luz, la necesaria como para ver el camino. El rocío de la noche había provocado que el paisaje se viera más descorazonador que antes. Sin embargo, todo estaba sereno. No había huellas de ruedas o de herraduras en el camino. La piedra elevada, que ciertamente había causado mi desastre, se erguía como un centinela, frente a donde me encontraba.

Me propuse hallar un taller de herrero. Antes que iniciara mi marcha, el sol había ya salido y estaba calentando, no muy alto en el horizonte.

Luego de caminar bastante, me acaloré en demasía, y me pareció haber caminado diez millas más que seis cuando llegué a la primer casa. Era una casa pulcramente pintada y cercana a una carretera, con una cerca blanca a lo largo de su jardín.

Estaba casi por abrir la puerta cuando un gran perro negro, con una cola ondulada, brincó desde los arbustos. No se puso a ladrar, sino que se sentó tras la puerta, moviendo su cola y observándome con ojos amistosos; yo dudé, tenía mi mano en el picaporte, y lo consideré. 

El perro podía no ser tan amigable como parecía, y su visión me hizo caer en cuenta que a excepción del muchacho, no había visto otra criatura viviente en la casa en donde había pasado la noche; no había perro ni gato; ni siquiera sapos o aves. Mientras estaba cavilando sobre esta impresión, un hombre salió del interior de la casa.

"¿Muerde su perro?" pregunté.

"No," respondió; "no muerde, pase usted." Le conté que había tenido un accidente con mi automóvil, y le pregunté si podría conducirme a algún taller de herrería, y luego, de nuevo al lugar de mi siniestro.

"Cierto," respondió. "Feliz de ayudarle. ¿Dónde chocó?" "En frente de la casa gris, seis millas atrás," respondí.

"¿Esa gran casa de piedra?" interrogó.

"La misma," asentí.

"¿Usted vino por aquí antes?" preguntó asombrado. "No lo oí." "No," dije; "vine desde la otra dirección." "¿Porque," meditó, "usted tuvo que chocar antes del amanecer. Vino usted a través de las montañas durante la noche?" "No," repliqué; "choqué antes de que caiga la noche." "¡Anochecer!" exclamó. "¿Dónde diablos pasó usted la noche, entonces?" "Dormí en la casa, frente a la cual choqué." "¿En esa gran casa de piedra, entre los árboles?" preguntó como demandando.

"Sí," asentí.

"¿Por qué?" trinó excitado, "¡Esa casa está encantada! Dicen que si uno pasa por ahí después del anochecer, no se puede decir a que lado del camino se alza la gran piedra blanca." "No lo pude comprobar hasta después del anochecer," dije.

"¡Vaya!" exclamó. "¡Mire usted! ¡Y usted durmió en la casa! ¿En verdad usted durmió allí?

"Dormí muy bien," dije. "Excepto por una pesadilla, dormí toda la noche." "Bueno," comentó, "no pasaría la noche en esa esa casa, ni siquiera por mi salvación. ¡Y usted se quedó ahí anoche! ¿Cómo diablos se le ocurrió entrar?" "El muchacho me llevó," dije.

"¿Qué clase de muchacho?" preguntó, sus ojos fijos en mi con una rara y rústica expresión de absorto interés.

"Robusto, pecoso, tenía labio leporino," dije.

"¿Y hablaba como si su boca estuviera llena de puré?" inquirió.

"Sí," respondí; "un mal caso de paladar partido." "¡Bueno!" exclamó. "Nunca creí en fantasmas, y nunca creí que esa casa estuviera encantada, pero ahora lo se. ¡Y usted durmió ahí!" "No vi ningún fantasma," repliqué ya un poco irritado.

"Usted vio un fantasma, seguro," contestó solemnemente. "Ese muchacho del labio leporino, ha muerto hace seis meses."