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La casa de salud - Ellery Queen

    No había nada en la apariencia de la hermosa mansión colonial, que durante cien años había sido el orgullo de los habitantes de Spuyten Duyvil, que sugiriese la tragedia que pronto iba a desarrollarse entre sus muros. Al contrario, su ancha galería, desde la que se alzaban cuatro altas columnas que llegaban hasta el segundo piso para sostener el tejado, el césped bien cortado que había ante ella, los dos altaneros robles que encuadraban la fachada, de un blanco brillante bajo el sol de julio, todo hablaba de dignidad, reposo y seguridad. 

    De hecho, había un aire de indiferencia en la mansión, erguida en lo alto de la larga ladera verde, que miraba serenamente hacia el suroeste por encima de los jardines que la circundaban, los claros, los bosques; y más allá, al otro lado del ancho Hudson, las Palisades. Un anacronismo, sin embargo, rompía la belleza silenciosa de la casa y el terreno.

    De norte a sur, a lo largo de los aleros de la galería, había un letrero de neón que de noche se iluminaba en rojo para que lo leyesen los automovilistas que pasaban: Casa de Salud John Braun.

    A John Braun, que había comprado el lugar unos años antes, le importaba más la publicidad que el buen gusto. La belleza, según se deducía de sus revistas de difusión nacional El Cuerpo Perfecto, La Forma Exquisita, Alimentos Sanos de Braun y muchas otras más, estaba confinada a la anatomía humana y se alcanzaba exclusivamente por medio de sacudidas físicas y consumiendo los productos alimenticios Braun. 

    Fue su creencia en el valor de la publicidad lo que le llevó a erigir una estatua de sí mismo en tamaño natural, luciendo pantalones muy ajustados, que podía verse desde la ancha puerta de la verja de entrada. Desde este estratégico lugar los curiosos también podían observar a Cornelia Mullins, su asistente, de grandes senos y piel hermosamente bronceada, dirigiendo las clases de educación física al aire libre en la terraza situada al sur del edificio. 

    Las clases estaban compuestas en su mayor parte por cincuentones de saneada cuenta corriente y orondos estómagos, y mujeres obesas que intentaban tardíamente neutralizar los efectos de demasiadas cajas de bombones.

    Pero pronto aumentarían las filas de curiosos desocupados, los espectadores ligeramente divertidos de la verja. Cientos de morbosos ojos mirarían (ávidos) a través de las barras de hierro. Pasarían centenares de automóviles llenos de gente alargando el cuello para ver la Casa de Salud John Braun, dándose codazos, señalando excitados: «Ahí es; la habitación del segundo piso. Justo donde está el poli. ¡Seguro! Ahí fue donde se encontró el cadáver»; o un chico con los ojos como platos, leyendo el anuncio luminoso: «Es escalofriante, ¿verdad? Pero ¡apuesto lo que quieras a que Queen coge al asesino!».

    El día 23 de julio, al sol del amanecer, la mansión parecía todo menos siniestra. Las clases no habían empezado todavía. Los hombres con sus infladas barrigas todavía dormían la borrachera de sus whiskies con soda; las fláccidas mujeres amontonaban mermelada sobre sus cereales de trigo puro de las mañanas. Y el sol brillaba cálidamente sobre el verde césped y sobre el agua inmóvil y coloreada de azul de la piscina y, deslizándose por entre las ramas de los robles, trazaba brillantes siluetas en la blanca fachada. 

    Un rayo, atravesando el follaje de la copa de un árbol, descendía sesgado y caía sobre la reja de hierro que cubría una ventana del segundo piso. Pasaba a través de la reja y centelleaba sobre el cristal negro de una radiografía. El cristal lo reflejaba hacia arriba iluminando la cara ceñuda del doctor que sostenía la lámina.

    –No hay duda, doctor Rogers –dijo con calma, mientras entregaba la radiografía a uno de los otros dos doctores que se encontraban en el estudio de John Braun–. Si se tratase de diagnosticar un cáncer incipiente, habría alguna razón para esta consulta. Pero no es incipiente. Está en un estado avanzado. Están afectados los pulmones y el corazón. Operar sería un asesinato.

    –Naturalmente, soy consciente de ello –dijo Jim Rogers–. ¿Se da usted cuenta?, estoy en desventaja en lo que a él se refiere, quiero decir. Durante algunos años he sido aquí lo que él llama el médico residente de la Casa de Salud. Abandoné mi consulta cuando me vine aquí con él. La oferta era demasiado atractiva desde el punto de vista monetario para despreciarla. Desde entonces me ha empezado a considerar un impostor. Cree que todos los que le rodean son impostores.

    –Entonces ¿es usted quien escribe los artículos de medicina en sus revistas?

    Rogers asintió.

    –Bajo el nombre de Braun. El no podría soportar que otro se llevase la fama. Pero me estoy desviando del tema. Se negó a creerme. Me costó muchísimo conseguir que me dejase hacerle las radiografías. ¿Se dan cuenta? Adora el cuerpo. La idea de que el suyo pueda estar enfermo es algo que aborrecería. Braun es el dios de Braun. 

    Su cuerpo es la encarnación de su dios. Nunca he conocido un caso igual de adoración por el cuerpo –buscando confirmación, Rogers giró la mirada del doctor Henderson al hombre de barba gris que estaba a su derecha–. Usted se ha dado cuenta de eso, ¿verdad, Garten?

    El doctor Garten se encogió de hombros y luego sonrió.

    –Su estatua de mármol de la terraza podría darle la razón.

    –¡Estatua! –Rogers hizo una mueca–. Es un ídolo. Miren.

    Indicó a los otros que le siguieran y atravesó la habitación hasta un gabinete.

    A la derecha, en la pared del gabinete había un nicho, y en el nicho, una estatua de yeso, pintada color carne.

    Mirándola, el doctor Garten se acarició la barba.

    –No se le puede reprochar que esté orgulloso de su físico –comentó–. Tiene el cuerpo de Hermes.

    –De hecho, tiene moldes de todo su cuerpo. No se fiaba del escultor. Es una réplica de la de mármol de la terraza –explicó Rogers amargamente.

    –Bueno, al pobre diablo no le queda mucho tiempo para adorarse –dijo el doctor Henderson cuando volvían al estudio–. Personalmente, no le doy más de seis semanas.

    –¿Cómo se lo tomará? –preguntó Garten–. ¿Se dará cuenta de cómo será el final?

    –Naturalmente que lo sabrá –dijo Jim Rogers de mal humor. Pasó sus dedos a través de su pelo negro desgreñado–. Eso es lo espantoso. Todavía parece estar en perfecta forma físicamente. Es horrible pensar en la agonía que tendrá que soportar su cuerpo. Y saber lo que le espera no le va a ayudar.

    –¿Cómo se comportó cuando le dio usted su diagnóstico? –preguntó Henderson.

    Rogers se pasó el pañuelo por los labios.

    –Como un loco –dijo después de un rato–. Estaba tan furioso como un león que hubiese caído en una trampa. Me costó un buen rato, créanme, conseguir que se fuese a la cama. Imagino que cuando ustedes confirmen mi diagnóstico les considerará a los dos sus enemigos personales.

    –Tanto mejor –dijo Garten con filosofía, mirando a través de la ventana–. Un tratamiento y descanso podrían prolongar su vida unos pocos días o posiblemente semanas, pero... –el especialista calló, y luego dijo bruscamente–: Es más caritativo dejarle hacer lo que quiera ahora.

    –Bueno, ¿entramos? –preguntó Henderson, señalando con la cabeza hacia la puerta cerrada de la habitación.

    –Si no les importa –dijo Rogers vacilando–, preferiría no estar presente. Hablaré con él después de que ustedes se hayan ido. Su esposa se encuentra con él. Ella lo sabe. Ya se lo he dicho.

    Henderson asintió y se acercó a la puerta.

    El otro especialista siguió a su colega a través de la habitación. La puerta se abrió. Luego se cerró.

    Jim Rogers, con la barbilla apoyada en sus largos dedos, contempló sombríamente la radiografía que había dejado sobre el escritorio del estudio de Braun. Tenía treinta y pocos años; diez años antes pudo haber sido el graduado más brillante de su escuela de Medicina si hubiese continuado con su trabajo de investigación y su consulta. Él lo sabía. 

    Pero, tras aceptar la oferta de Braun y convertirse en el médico residente de la Casa de Salud, encontró pocas cosas que excitasen su inteligencia. No estaba interesado por las enfermedades imaginarias de las mujeres gordinflonas y los barrigudos que patrocinaban la institución del brillante edificio de salud; y en cuanto a los artículos que continuamente se veía obligado a escribir para las publicaciones Braun, le aburrían. 

    Aunque escritos sinceramente, iban dirigidos a lo que él consideraba una vasta multitud de comilones y perezosos, entregados a una vida regalada; desde luego no a sus colegas profesionales.

    El doctor Rogers tenía una frente amplia, ojos oscuros y una barbilla más bien afilada que sus amigos describían como sensitiva y sus enemigos como débil. Probablemente habría abandonado su empleo en la Casa de Salud después de un año o dos y hubiese vuelto al trabajo para el que estaba tan brillantemente capacitado de no haber sido por una complicación que no estaba ni remotamente relacionada con su profesión. Sea como fuese, bien porque era un fatalista o bien por ser un oportunista, se quedó para escribir artículos que le aburrían, escuchar las quejas de los gordos clientes y beber mucho más de lo que le convenía.

    Jim empujó la radiografía impulsivamente hacia un lado como si de pronto se le hubiese tornado repulsiva y echó una ojeada nerviosa por la habitación. Como todo en lo que Braun metía la mano, la habitación era maciza y al mismo tiempo aparatosa. 

    El escritorio era grande y caprichoso. Vacío, a no ser por un secante sin usar, el tintero de ágata, la pluma estilográfica verde situada en un ángulo sobre su soporte, seis revistas Braun alineadas matemáticamente, y en aquel momento la radiografía, su misma desnudez proclamaba la eficiencia de Braun. La alfombra de felpilla era gruesa, blanda al tacto de los pies de Jim. 

    En las paredes colgaban pinturas al óleo de dioses y diosas griegos sobre las estanterías de solemnes libros que no habían sido abiertos desde el día en que Braun compró la biblioteca a uno de sus clientes. Las cortinas de terciopelo de un marrón oscuro hacían que las sillas y el canapé, tapizados también en terciopelo, pareciesen más solemnes.

    Se dirigió al gabinete y encendió la luz. Desde el techo, varios focos iluminaban la estatua de John Braun. Durante un instante, Jim contempló con hostilidad el brazo musculoso, los tendones del cuello, el ancho pecho y las fuertes y bien formadas piernas. Luego apagó los focos, volvió al escritorio y se quedó mirando la puerta del dormitorio. Estaba todavía contemplándola, cuando se abrió rápidamente y Henderson, seguido por Garten, entró en la habitación.

    El doctor Garten cerró la puerta con cuidado.

    –Bueno, ya está –anuncio–. Debo decir que admiro el valor de ese hombre más que sus modales.

    –No me extrañaría que pensase que los tres somos, de alguna forma misteriosa, responsables de su cáncer, –el doctor Henderson encogió sus pesados hombros. Tendió su mano a Jim Rogers–. No le envidio su paciente –dijo sonriendo.

    –Gracias por haber venido –dijo Jim, dando la mano a Henderson y Garten–. Haré todo lo que pueda para impedir que piense en sí mismo.

    –Eso es todo lo que puede hacer –dijo Garten mientras que él y Henderson se dirigían al vestíbulo–. Adiós y buena suerte.

    Jim esperó hasta escuchar sus pasos sobre el desnudo suelo del vestíbulo. Luego se dirigió resueltamente hacia la puerta del dormitorio. La abrió y entró en él.

    Con la cabeza sostenida por las almohadas, John Braun miró ferozmente a Jim Rogers. Su esposa, una mujer tímida y descolorida de cincuenta años, estaba sentada al lado de la cama; volvió hada él sus ojos llenos de lágrimas.

    –¡Oh, Jim! –sollozó.

    –Fuera de aquí, Rogers –rugió Braun–. Fuera. Ya hizo todo el mal que podía hacer. En vista de que estoy igual que si estuviese muerto, me puedo pasar muy bien sin sus servicios.

    –Señor Braun, por favor, por usted mismo. Enfadarse y excitarse sólo...

    –¡Fuera!

    –Es muy importante, señor Braun.

    –¡Fuera! –Braun señaló la puerta imperiosamente–. ¡Fuera!

    Una gota de sudor resbaló por su frente, al lado de la nariz, y colgó, brillando, en la comisura de su boca.

    El gesto de Jim se endureció. Eso fue todo. Giró sobre sus talones y se marchó.

    –¡Oh!, John, no deberías –la señora Braun escondió su cara entre sus manos y siguió sollozando–. No deberías, John.

    –Mira, Lidia –dijo Braun con voz severa–. Tus lloriqueos no sirven de nada. Me han dado mi certificado de defunción, pero no te creas que John Braun es un cobarde llorón. ¡Tendrías que saberlo, después de tantos años! Es tiempo de acción; acción, no gimoteos.

    –Sí, John; sí –dijo ella tímidamente, limpiándose las lágrimas con un pequeño pañuelo–. Eso es lo que te iba a preguntar. Quieres que busque a Barbara ahora, ¿verdad John?

    Braun no se habría incorporado con más rapidez si su esposa le hubiera abofeteado. Sus ojos inyectados en sangre estaban furiosos.

    –¡Barbara! –gritó, y luego, de pronto, su voz se tornó gutural–. No quiero ver a Barbara. No quiero oír nada sobre ella ni de ella. No quiero hablar sobre ella. No existe. ¿Me oyes?

    –Pero, John, tu propia hija, tu único descendiente –murmuró la señora Braun–. No puedes hacer eso. Tenemos que encontrarla, traerla de nuevo.

    –¡Tonterías! Barbara dejó de ser mi hija en el momento en que se volvió contra mí. Escogió por sí misma. Ahora deja que persevere en ello.

    –Pero, John, tú la obligaste a ello –declaró la señora Braun con un resurgimiento repentino de valor.

    –¿Yo la obligué? –gritó él–. ¡Le prohibí casarse con ese curandero: Jim Rogers! Le prohibí casarse con un asqueroso borracho que sólo la quería por su dinero, ¡y tú le llamas a eso echarla de casa!

    –Pero, John, tú mismo trajiste a Jim a vivir aquí. Dijiste que era un joven brillante, que no tenía precio para ti.

    –Rogers servía para algunos objetivos del negocio. ¡Eso es todo! De otra forma le habría arrojado al arroyo, adonde pertenece. Pero ¿qué tiene esto que ver? Si Barbara es tan idiota que se cuela por un borrachín, ¿voy a tener yo la culpa por haberle empleado? ¡No me regañes, Lidia! –Braun cayó otra vez sobre las almohadas–. No me regañes, Lidia –repitió, y su voz era más suave. 

    Luego dijo entre dientes–: No le tengo miedo a la muerte. He creído en la salud, salud corporal. Ha sido mi vida, mi religión. Y ahora todo destrozado. Mi cuerpo, mi vida. Dios me ha enseñado que he estado viviendo una mentira; una mentira sin valor alguno.

    La señora Braun empezó a llorar otra vez. Braun le dio palmaditas en el hombro.

    –Ahora, querida, déjame solo. Tengo mucho que pensar. Vete –sacó sus piernas de la cama y se sentó, contemplando la alfombra.

    Ella pudo ver que de nuevo había arrojado de su mente a ella, a Barbara, a todos. Con una intensidad típica en él, se estaba concentrando en algún problema personal, uno de los muchos problemas que nunca le había sido permitido compartir. Una sensación de soledad se apoderó de ella.

    La señora Braun se levantó y, sin mirar a su esposo, huyó de la habitación de la muerte.

La casa de la pesadilla - Edward Lucas White

 

La primera vez que vi la casa, fue desde la cima de un monte, luego de quitar algunas malezas y mirar a través del ancho valle a varios centenares de pies debajo mío, hacia el sol, que estaba hundiéndose tras las lejanas colinas azules. Desde ese punto de vista momentáneo, tenía un exagerado sentido de observación. Me parecía estar colgando sobre una maqueta de carreteras y campos, salpicado de granjas y sentía la decepción familiar de que casi podía arrojar una piedra sobre la casa.

Lo que atrajo mi vista fue el pequeño camino en frente de la misma, entre la masa de verdes árboles y el huerto de la casa. Era perfectamente derecho, y estaba bordeado por una constante hilera de árboles, a través de la cual distinguí un sendero color ceniza y un bajo muro de piedra.

Notoriamente, entre el huerto y dos de los árboles, había un objeto blanco, que parecía ser una piedra alta, un espigón vertical de caliza, de los varios que los campos de la región están regados.

Vi con mucha claridad este camino y me dio una placentera expectación.

Había estado viajando fatigosamente por el bosque de aquellas colinas semi-montañosas. No había visto ni una granja, solamente chozas destartaladas a lo largo de la carretera, a través de más de veinte millas de obstáculos e impedimentos. Ahora, cuando no me restaba mucho trecho para llegar a mi destino, veía a corta distancia un buen lugar donde reposar.

A medida que aceleraba cautelosamente mi vehículo, a través del comienzo del largo descenso, los árboles me engulleron de nuevo, perdiendo de vista el valle. Me sumergí en una hondonada, y cuando subí de nuevo, en la cresta de la siguiente elevación, volví a ver la casa, más cerca que antes.

La piedra elevada atrajo mi atención con cierta sorpresa. ¿No había visto que estaba frente a la casa, cerca del huerto? Evidentemente estaba a la izquierda del camino que conducía a la casa. Mi autocuestionamiento duró hasta que crucé la cresta. Luego vi nuevamente truncada mi perspectiva; pero pronto me puse a mirar para adelante una vez, en la próxima chance de ver el mismo panorama.

Al final de la segunda colina solamente se veía de refilón parte del camino y no podía estar seguro, pero en un principio, la piedra elevada parecía estar a la derecha del camino.

Llegué a la cima de la tercera y última colina y volví a mirar para abajo, viendo el camino bajo los enormes árboles, casi como si estuviera viendo a través de un tubo. Había una línea de blancura que creí identificar como la piedra alta. Estaba sobre la derecha.

Me zambullí en la última de las hondonadas. Mientras remontaba la más lejana cuesta, mantuve mi vista en la cima del camino, delante mío. Cuando mi línea visual transpuso la elevación, pude ver la piedra elevada a mi derecha, entre los numerosos arces. Me detuve a un costado del camino, e inspeccioné mis neumáticos, luego tiré la palanca.

A medida que avanzaba, miraba para adelante. ¡Veía la piedra ahora a la izquierda del camino! Estaba realmente asombrado y hasta atemorizado, y me decidí a acercarme lo suficiente a la piedra para comprobar a ciencia cierta si estaba a la derecha o a la izquierda, o si no, en el medio del camino.

En mi atolondramiento, puse la velocidad máxima. La máquina dio un brinco y perdí el control. Di un giro a la izquierda, pero fue inútil y choqué contra un gran arce.

Cuando volví en mí, estaba caído de espaldas en una zanja. Los últimos rayos de sol enviaban fustes de luz verde-dorada a través de las ramas de los arces. Mi primer pensamiento fue de una rara mezcla de admiración a las bellezas de la naturaleza y de desaprobación por mi propia conducta, por ir de excursión sin acompañante (algo que he lamentado más de una vez). 

Luego se me aclaró la mente, y me senté. Me sentía mareado, y no estaba sangrando ni tenía huesos rotos; aunque estaba muy sacudido, no había sufrido magulladuras serias.

Entonces vi al muchacho. Estaba parado al final del camino color ceniza, cerca del zanjón. Era robusto y macizo; estaba descalzo y tenía los pantalones arremangados a la altura de las rodillas; vestía una camisa color nogal, abierta en el pecho, y no tenía ni capa ni sombrero. Su rostro rezumaba pecas y tenía un horroroso labio leporino.

Intenté levantarme y procedí a examinar el destrozo. No había habido explosión ni fuego, pero mi máquina estaba convertida en ruinas. Todo lo que vi estaba hecho pedazos. Mis dos cestas de pertrechos habían, por aquellas cínicas burlas del destino, escapado al destrozo, y estaban incólumes, ni siquiera una botella se había roto.

Durante mi investigación, la vista desvaída del muchacho me siguió contínuamente, pero él no pronunció palabra. Cuando me hube convencido de mi impotencia para reparar el daño, fui derecho hacia él y le dirigí la palabra:

"¿Cuán lejos está la herrería más cercana?" "Ocho millas," respondió. Tenía un alarmante caso de paladar partido, y sus palabras eran apenas inteligibles.

"¿Me puedes guiar hacia allí?" inquirí.

"No hay equipo en la casa," replicó; "ni caballo, ni vacas." "¿Qué tan lejos está la siguiente casa?" continué.

"Seis millas," respondió.

Miré al cielo. El sol ya se había puesto. Y me volví a mirar mi reloj: iban a dar las siete treinta y cinco.

"¿Puedo dormir en tu casa esta noche?" pregunté.

"Puede venir si usted quiere," dijo, "y puede quedarse a dormir. Casa está descuidada; Ma murió hace tres años, y Pa se fue. No hay nada para comer, salvo harina de trigo y tocino mohoso." "Tengo suficiente comida," respondí, levantando una cesta. "Solo toma esta cesta, ¿lo harás?" "Usted puede venir, si así lo desea," dijo, "pero debe acarrear sus propias cosas." No habló con grosería o rudeza, pero parecía afirmar con docilidad un hecho inofensivo.

"Correcto," dije, levantando la otra cesta, "muéstrame el camino." El patio frente a la casa estaba oscuro, bajo una docena o más inmensos ailanthus, bajo los cuales habían crecido gran cantidad de arbustos y pequeños árboles, y por debajo, a su vez, largas y enmarañadas hierbas. 

Lo que alguna vez fue, aparentemente, un camino, ahora era una estrecha y curvada senda en dirección a la casa. Por todos lados había brotes de ailanthus, y el aire estaba viciado con el desagradable olor de sus raíces y de las hierbas.

La casa era de piedra gris, con persianas color verde, pero tan desgastadas que parecían grises como la piedra. Contra el frente había un porche, no muy elevado por encima del suelo, y sin balaustrada o pasamanos. 

Había varias mecedoras de tablas de nogal americano. Había ocho ventanas cerradas, y en medio entre las ventanas y el porche, una gran puerta, con pequeños paneles color violeta a cada uno de sus lados y montante en forma de abanico por encima.

"Abre la puerta," dije al muchacho.

"Ábrala usted mismo," replicó, no de manera desagradable ni enfadosa, sino con un tono que uno no podría sino tomarlo como una sugerencia de lo más natural.

Bajé mis canastas e intenté con la puerta. Estaba cerrada pero no con llave, y abrió con un penoso trabajo de sus herrumbrosas bisagras, sobre las cuales se combeó locamente, raspando el piso a medida que se movía. El pasillo tenía un olor a moho y humedad. Había varias puertas a ambos lados; el chico me apuntó hacia la primera de la derecha.

"Usted puede ocupar ese cuarto," dijo.

Abrí la puerta. Se podía distinguir poco, entre el polvillo, las ramas de los árboles fuera, el techo de pizarra y las puertas cerradas.

"Mejor trae una lámpara," dije al chico.

"No hay lámpara," declaró festivamente. "No hay velas. Usualmente estamos en cama cuando oscurece." Volví a los restos de mi vehículo. Mi cuatro lámparas estaban reducidas a cristales quebrados y metal abollado. Mi linterna estaba hecha puré. Sin embargo, llevaba algunas bujías en un maletín. Estaban un poco machacadas, pero aún se mantenían en una pieza. Regresé con el maletín y en el porche lo abrí y extraje tres velas.

Entré a la habitación, donde encontré al muchacho parado justo donde lo dejé, y encendí una vela. Las paredes estaban blanqueadas, el piso pelado.

Había un frío y enmohecido aroma, pero la cama parecía estar recién hecha, a pesar que se sentía todo húmedo.

Con un par de gotas de su propio sebo, pegué la vela en la esquina de un desvencijado escritorio. No había nada en la habitación, salvo dos sillas desfondadas y una pequeña mesa. Volví a salir al porche a buscar mi maletín, y lo puse en la cama. Quité el pestillo de cada ventana y abrí los postigos. 

Entonces pregunté al muchacho, quien no se había movido ni hablado, cuál era el camino hacia la cocina. Me guió a través del vestíbulo, hacia la parte trasera de la casa. La cocina era grande, y no tenía más moblaje que algunas sillas de pino, una banqueta de pino y una mesa también de la misma madera.

Fijé dos velas en lados opuestos de la mesa. No había horno ni calentador en esa cocina, solo una gran chimenea, y unas cenizas que olían y semejaban tener más de un mes. La madera en la leñera estaba reseca, y tenía un aroma rancio. Un par de herramientas, hachas, estaban oxidadas y desafiladas, pero aún utilizables. 

Rápidamente hice un gran fuego. Para mi sorpresa, ya que era una noche de mediados de junio y que el tiempo que estaba seco y cálido, el muchacho, con sonrisa tosca en su poco agraciado rostro, se reclinó sobre el fuego, extendiendo las manos y los brazos, hasta casi el punto de tostarse a sí mismo.

"¿Tienes frío?" inquirí.

"Siempre tengo frío," replicó, acercándose ya peligrosamente al fuego, hasta un punto que pensé que iba a quemarse.

Lo dejé tostándose a sí mismo mientras fui en busca de agua. Descubrí una bomba, y tuve un gran trabajo para llenar dos baldes. Cuando puse el agua a hervir, fui por mis cestas al porche.

Di una cepillada a la mesa y serví la vianda, pavo frío, jamón frío, pan negro y pan blanco, aceitunas, conserva y pastel. Cuando la lata de sopa estuvo caliente y hube servido el café, invité al chico a sentarse conmigo.

"No tengo hambre," dijo; "ya cené." Este chico era una nueva clase de muchacho; todos los chicos que conocía eran voraces devoradores y siempre estaban listos para una nueva ingesta.

Yo mismo había sentido hambre, pero de algún modo cuando comencé a comer ya tenía poco apetito, y difícilmente paladeaba la comida. Pronto terminé con mi vianda, apagué el fuego y soplé las velas, y regresé al porche, para sentarme en una de las mecedoras y ponerme a fumar. 

El muchacho me siguió en silencio, y se sentó en el piso mismo del porche, apoyándose en una columna y dejando uno de sus pies fuera, en la hierba.

"¿Qué haces cuando tu padre está fuera?" pregunté.

"Solo holgazanear," dijo. "Solo perder el tiempo." "¿Qué tan lejos están de sus vecinos más cercanos?" pregunté.

"No hay vecinos cercanos que vengan aquí," indicó. "Dicen que temen a los fantasmas." Yo no estaba asustado; el lugar tenía el aspecto que usualmente se le atribuye a las casas denominadas encantadas. Estaba impresionado por su extraña manera de hablar del asunto, que era como si dijera que ellos tenían miedo de un perro enojado.

"¿Has visto algún fantasma por aquí?" continué.

"Nunca los vi," respondió, como si hubiera mencionado vagabundos o perdices. "Nunca los escuché. Algunas veces los siento." "¿Tienes miedo a ellos?" pregunté.

"Nope," confesó. "No creo en fantasmas; creo en las pesadillas. ¿Alguna vez tuvo pesadillas?" "Raras veces," repliqué.

"Yo sí," dijo. "Siempre tengo la misma. Un gran marrano, grande como un buey, que trata de comerme. Despierto tan asustado que podría seguir corriendo. No hay escapatoria. Voy a dormir, y ahí está de nuevo.

Despierto más asustado que nunca. Pa decía que eran las tortas de trigo en verano." "Tu habrás hecho alguna broma, alguna vez," dije.

"Sip," dijo. "Una vez a una gran cerda, tomé uno de sus cerditos por la pata trasera. Lo tuve por mucho tiempo. Lo dejé caer en el chiquero.

Desearía no haberlo hecho. Tengo esa pesadilla tres veces a la semana. Lo peor es ser quemado. Vaya, siento los fantasmas ahora a nuestro alrededor.

Él no trataba de asustarme. Estaba simplemente opinando tal y como si hablara de murciélagos o mosquitos. No le contesté, y me quedé involuntariamente escuchándolo. Mi pipa se apagó. No quería fumar otra, pero no me sentía con cansancio como para irme a la cama aún, ya que estaba cómodo donde estaba, aunque el aroma del ailanthus era sumamente desagradable. Volví a llenar mi pipa, la encendí y luego, mientras daba una bocanada, me quedé adormilado por un momento.

Desperté con una sensación de que un suave tejido me surcó el rostro. El chico seguía inmóvil.

"¿Viste eso?" pregunté rápidamente.

"No vi nada," dijo. "¿Qué fue?" "Fue como si una red para atrapar mosquitos me hubiera rozado la cara." "No hay tal red," aseguró; "fue un velo. Ese es uno de los fantasmas. Alguno voló sobre usted; alguno lo tocó con sus largos y fríos dedos. Es uno que arrastró un velo por sobre su rostro, bien, supongo que debe ser Ma." 

Hablaba con la inatacable convicción del niño en "We Are Seven". No encontré palabras para replicar, y me levanté para ir a la cama.

"Buenas noches," dije.

"Buenas noches," hizo eco de mis palabras. "Encendí un fósforo, encontré la vela y la fijé a la esquina de la ajada mesa, y me desvestí. La cama tenía un confortable colchón de plumas y al rato estaba dormido.

Tenía la sensación de haber estado dormido por un largo rato, cuando comencé a tener una pesadilla, la misma pesadilla que describiera antes el muchacho. Un enorme cerdo, grande como un caballo de carreta, que estaba asomado con sus patas delanteras sobre la cama, tratando de hincarse sobre mí. El animal gruñó y resopló, y sentí que yo iba a ser su alimento. Sabía que era solo un sueño, y me esforcé en despertar.

Entonces, la gigantesca bestia se movió torpemente, sobre los pies de la cama, y me desperté.

Estaba en absoluta oscuridad, tan negra como si estuviera encerrado en un baúl. Mi estremecimiento instantáneamente mermó y mis nervios se calmaron; comprendí en donde estaba, y no sentí el menor pánico. 

Me di vuelta e intenté volver a dormir. Entonces tuve una real pesadilla, no reconocible como sueño, sobrecogedoramente real, una inenarrable agonía de horror sin razón.

Había una Cosa en la habitación; no era un cerdo, ni ninguna otra criatura identificable, sino una Cosa. Era grande como un elefante, y ocupaba la estancia hasta el techo; tenía forma como de jabalí, sentado sobre sus ancas, con sus cuartos delanteros rígidos. Tenía un hocico babeante y rojo, repleto de grandes colmillos, y su mandíbula se movía como si tuviera mucho hambre. Comenzó a encorvarse, lentamente, pulgada por pulgada, hasta que sus vastas patas se montaron en la cama.

La cama se comprimió como papel secante húmedo, y sentí el peso de la Cosa sobre mis pies, sobre mis piernas, sobre mi cuerpo y sobre mi pecho.

Estaba hambriento, y yo era su platillo, y sus fauces chorreantes se acercaban cada vez más a mi cara.

Entonces la indefensión del sueño que me había dejado incapaz de moverme, súbitamente cedió, y grité y me desperté. Esta vez había sentido verdadero terror y no pude despojarme del mismo fácilmente.

Era cerca del amanecer: podía discernir levemente a través de los sucios ventanales. Encendí el muñón de la vela y las otras dos, me vestí precipitadamente, hice mi maletín, y lo puse en el porche, contra la pared. Entonces llamé al chico. Súbitamente me di cuenta que no me había dicho su nombre ni yo se lo había preguntado.

Grité "¡Hola!" un par de veces, pero no hubo respuesta. Ya no aguantaba más esa casa. Aún estaba empapado del pánico de la pesadilla. Desistí de seguir gritando, no lo busqué, pero con las dos velas, fui a la cocina.

Tomé un trago de café frío y comí un biscuit mientras me apresuré a meter mis pertenencias en las cestas. Entonces, dejando un dólar de plata en la mesa, salí con las canastas y las dejé en el porche, junto a mi maletín.

Ya había un poco más de luz, la necesaria como para ver el camino. El rocío de la noche había provocado que el paisaje se viera más descorazonador que antes. Sin embargo, todo estaba sereno. No había huellas de ruedas o de herraduras en el camino. La piedra elevada, que ciertamente había causado mi desastre, se erguía como un centinela, frente a donde me encontraba.

Me propuse hallar un taller de herrero. Antes que iniciara mi marcha, el sol había ya salido y estaba calentando, no muy alto en el horizonte.

Luego de caminar bastante, me acaloré en demasía, y me pareció haber caminado diez millas más que seis cuando llegué a la primer casa. Era una casa pulcramente pintada y cercana a una carretera, con una cerca blanca a lo largo de su jardín.

Estaba casi por abrir la puerta cuando un gran perro negro, con una cola ondulada, brincó desde los arbustos. No se puso a ladrar, sino que se sentó tras la puerta, moviendo su cola y observándome con ojos amistosos; yo dudé, tenía mi mano en el picaporte, y lo consideré. 

El perro podía no ser tan amigable como parecía, y su visión me hizo caer en cuenta que a excepción del muchacho, no había visto otra criatura viviente en la casa en donde había pasado la noche; no había perro ni gato; ni siquiera sapos o aves. Mientras estaba cavilando sobre esta impresión, un hombre salió del interior de la casa.

"¿Muerde su perro?" pregunté.

"No," respondió; "no muerde, pase usted." Le conté que había tenido un accidente con mi automóvil, y le pregunté si podría conducirme a algún taller de herrería, y luego, de nuevo al lugar de mi siniestro.

"Cierto," respondió. "Feliz de ayudarle. ¿Dónde chocó?" "En frente de la casa gris, seis millas atrás," respondí.

"¿Esa gran casa de piedra?" interrogó.

"La misma," asentí.

"¿Usted vino por aquí antes?" preguntó asombrado. "No lo oí." "No," dije; "vine desde la otra dirección." "¿Porque," meditó, "usted tuvo que chocar antes del amanecer. Vino usted a través de las montañas durante la noche?" "No," repliqué; "choqué antes de que caiga la noche." "¡Anochecer!" exclamó. "¿Dónde diablos pasó usted la noche, entonces?" "Dormí en la casa, frente a la cual choqué." "¿En esa gran casa de piedra, entre los árboles?" preguntó como demandando.

"Sí," asentí.

"¿Por qué?" trinó excitado, "¡Esa casa está encantada! Dicen que si uno pasa por ahí después del anochecer, no se puede decir a que lado del camino se alza la gran piedra blanca." "No lo pude comprobar hasta después del anochecer," dije.

"¡Vaya!" exclamó. "¡Mire usted! ¡Y usted durmió en la casa! ¿En verdad usted durmió allí?

"Dormí muy bien," dije. "Excepto por una pesadilla, dormí toda la noche." "Bueno," comentó, "no pasaría la noche en esa esa casa, ni siquiera por mi salvación. ¡Y usted se quedó ahí anoche! ¿Cómo diablos se le ocurrió entrar?" "El muchacho me llevó," dije.

"¿Qué clase de muchacho?" preguntó, sus ojos fijos en mi con una rara y rústica expresión de absorto interés.

"Robusto, pecoso, tenía labio leporino," dije.

"¿Y hablaba como si su boca estuviera llena de puré?" inquirió.

"Sí," respondí; "un mal caso de paladar partido." "¡Bueno!" exclamó. "Nunca creí en fantasmas, y nunca creí que esa casa estuviera encantada, pero ahora lo se. ¡Y usted durmió ahí!" "No vi ningún fantasma," repliqué ya un poco irritado.

"Usted vio un fantasma, seguro," contestó solemnemente. "Ese muchacho del labio leporino, ha muerto hace seis meses."

El pabellón del descanso - Amparo Dávila

Por más que lo intentaba no podía dejar de pensar que todo había comenzado, o se había desencadenado, con la visita de la Nena y de Billy. Angelina se había esforzado demasiado en tener la casa impecable, y todo correctamente organizado para impresionar bien al cuñado norteamericano y que él tuviera la mejor opinión de la familia de su mujer y de su casa. 

Cosas como estas son muy importantes al principio del matrimonio, y más si se toma en cuenta que Billy pertenecía, según la Nena le había platicado en sus cartas, a una familia muy distinguida, conservadora y en extremo escrupulosa, que había puesto varias objeciones al matrimonio de Billy y de la Nena, por no saber — ¡claro está!— de qué origen era la Nena, pero que finalmente había tenido que dar su consentimiento. 

Ni Angelina ni su tía pudieron asistir a la boda por encontrarse la señora muy delicada de salud en esos días, y ella no se había hecho el ánimo de dejarla enferma y sola. 

La Nena se había casado a fines del año anterior y siempre mencionaba en sus cartas lo feliz que era, la suerte que había tenido de casarse con Billy y lo orgullosa que estaba de su familia política, tan refinada y distinguida. 

Cuando anunció la Nena que vendrían Billy y ella para las vacaciones del verano tan sólo con un mes de anticipación, Angelina ya no tuvo paz. Se dedicó en cuerpo y alma al arreglo y limpieza de aquella vieja casa porfiriana que, a decir verdad, estaba muy descuidada, porque su tía hacía tiempo que ya no podía o no quería hacer nada, Julia la nana, vieja también, sólo se dedicaba a la cocina y a atender los caprichos de la señora, y Angelina, que trabajaba hasta las cinco o seis de la tarde, solamente disponía de unas horas para hacer mil cosas y entretener un poco a su tía, quien siempre se estaba lamentando de su triste vida de mujer enferma y sola. 

Comenzó bajando de los estantes todos los libros de la biblioteca y sacudiéndolos uno por uno. Quitó las cortinas de todas las habitaciones y las lavó y planchó ella misma, por temor de que si las enviaba a la lavandería a lo mejor las maltrataban o rompían, puesto que ya eran algo viejas y había que tratarlas con mucho cuidado. 

Enceró y lustró todos los pisos así como los muebles de madera. Tuvo que almidonar manteles y colchas, limpiar y pulir la plata, desempolvar los marcos de los cuadros, los muebles y las alfombras, alistó la vajilla, lavó los candiles y los espejos, y revisó tantos y tantos pequeños detalles que no se deben descuidar si uno quiere quedar bien y producir una buena impresión.

Cuando Billy y la Nena llegaron, la casa estaba reluciente. Y Angelina se sentía contenta y satisfecha. A la Nena le había sentado el matrimonio, no cabía duda; se veía tranquila y reposada. También su manera de vestir había cambiado: usaba ropa sencilla de corte clásico y de colores neutros o tonos suaves; se maquillaba con mucha discreción y había olvidado por completo las pestañas postizas, las pelucas y los trajes extravagantes que antes usaba. 

Consultaba a Billy para todo y no lo molestaba en nada. Qué gusto daba ver a la Nena convertida en una verdadera señora. Esto lo comentaron muchas veces Angelina y su tía, quien no podía creer que esa recién casada tan discreta y moderada fuera aquella muchacha tan llamativa y exagerada, que un día se fuera a trabajar a los Estados Unidos. "No cabe duda de que Billy sí ha sabido manejar a la Nena", decía la tía a cada momento; "pero ¿te fijas con qué tacto se comporta la Nena?"; "¡quién lo hubiera creído!"; "yo no me esperaba este cambio tan radical..."

Si los preparativos para la visita fueron agotadores, los días en que estuvieron Billy y la Nena resultaron exhaustivos. Billy era todo un caballero, sumamente educado, muy fino y en extremo metódico: acostumbraba desayunar a las ocho de la mañana, comer a la una en punto y cenar entre siete y media y ocho de la noche. 

Para que ese horario pudiera llevarse a cabo sin ningún tropiezo, la pobre Angelina tenía que levantarse a las seis de la mañana y dejar preparada la comida antes de irse a su trabajo. Porque la vieja Julia, muy claro había dicho que ella no se comprometía a darles de comer a esa hora y, cuando decía una cosa, así era.

A la salida del trabajo, Angelina corría al Supermercado a hacer las compras para el día siguiente y luego, a toda prisa, se ponía a preparar la cena. Después de cenar salían al cine o al teatro, visitaban a algunos amigos de la Nena o de la familia, iban a tomar una copa o, simplemente daban una suelta por la ciudad, cosa que a Billy le agradaba mucho. 

Angelina se excusaba algunas veces de no salir en la noche pero, como notara que esto molestaba a Billy, no volvió a negarse. Si se quedaban en la casa la velada transcurría platicando con la tía Carlota o viendo la televisión y así daban las doce o la una de la mañana igual que cuando salían. 

Y ella, que se levantaba tan temprano, a esa hora se encontraba totalmente rendida, muerta de sueño y de cansancio, soñando con la tibieza de su cama. Cuando por fin se acostaba, la fatiga y la tensión nerviosa le impedían conciliar el sueño, y sólo lograba dormirse casi a la hora de levantarse. 

Al sonar el despertador a las cinco y media, Angelina sentía que no tenía fuerzas para levantarse, que su cuerpo no podía más con aquel enorme esfuerzo que estaba haciendo día tras día, y sólo era su voluntad la que la hacía ponerse en pie y seguir adelante, otro día más, otro más... Así transcurrieron las tres semanas que duró la visita de la Nena y de Billy.

Cuando por fin se marcharon (y conste que Angelina adoraba a la Nena, a quien había querido siempre no como hermana menor, sino como hija, porque cuando la Nena nació y murió su madre, Angelina y la tía Carlota cuidaron a la niña que fue una muñeca de carne y hueso para Angelina quién entonces dejó de jugar con las de pasta y de celuloide. 

Angelina ya no tenía ropa que ponerse, todo le quedaba tristemente flojo, como si no fuera de ella. Había perdido peso y estaba demacrada, y aunque no le gustaba tuvo que empezar a usar un poco de rubor para disimular aquella tremenda palidez.  "Si vieras qué cansada me siento,  como si tuviera un fuerte agotamiento", le dijo varias veces a la tía Carlota. "Te aseguro que no tanto como yo", contestaba invariablemente la tía, quien no podía admitir que otra persona estuviera más enferma que ella.

"Yo, a tu edad, nunca sentí fatiga, era incansable, me movía de la mañana a la noche y como si nada; en cambio, ahora, los años, las enfermedades tan serias que he tenido, y que tengo, más bien dicho, porque lo que yo tengo sí son cosas serias y delicadas, y ya ves cómo las he soportado..." Y Angelina entonces hablaba de otra cosa, porque su tía nunca tomaría en cuenta otra enfermedad que no fuera la suya propia.

Una mañana Angelina se desmayó en la oficina al estar tomando un dictado de su jefe. Inmediatamente se la envió con el médico de la compañía, quien ordenó una serie de análisis, como es la costumbre.

—Esto es más serio de lo que yo pensaba —dijo el médico cuando Angelina le llevó los resultados del laboratorio—. ¿Qué familiares cercanos tiene usted, señorita Ruiz?, pues me gustaría hablar con alguno de ellos.

—Realmente estoy sola. Mi hermana y su esposo radican en los Estados Unidos, y la tía con quien vivo es una mujer vieja y enferma y... —estuvo a punto de decir: demasiado egoísta para preocuparse por alguien.

—Bueno, en ese caso...

—¿Qué enfermedad tengo, doctor?

—Leucemia, señorita Ruiz, lamento mucho tener que decírselo a usted.

—¿Leucemia? He oído que es una enfermedad mortal, ¿no es así, doctor?

—Bueno, sí, en general así es, pero siempre hay algo que hacer, algo que intentar y, en este caso, en que el mal no está aún en su completo desarrollo haremos todo lo que esté a nuestro alcance para detenerlo. Hablaré hoy mismo con el señor de la Garza y le haré ver la necesidad de internarla de inmediato en un sanatorio donde reciba usted toda la atención que estos casos requieren.

Angelina escuchaba lo que proponía el doctor sin decir nada, como si estuviera refiriéndose a otra persona y no a ella. Se había quedado anonadada, consternada. Así de pronto, sin preámbulos, sentenciada a muerte, a una muerte tal vez inminente. Y uno nunca está preparado para morir, menos así, cuando no se espera, y que se lo digan sin rodeos, fríamente. Salió del consultorio caminando lenta y pesadamente, agobiada por aquella fatal sentencia.

El señor de la Garza se portó maravillosamente cuando supo por el médico la gravedad del caso. Ordenó que Angelina se internara en el sanatorio Inglés a donde sólo iban los altos empleados de la compañía, y que no se escatimaran gastos en la atención de su secretaria, a quien profesaba gran afecto, porque era la secretaria más educada y eficiente que había tenido.

Cuando la tía Carlota supo que Angelina se iba a internar en el sanatorio Inglés para someterse a un tratamiento, ya que tenía una fuerte anemia, no pudo menos de comentar con su sirvienta que eso eran puras exageraciones de Angelina. "Tener anemia no es nada del otro mundo. Si Angelina tuviera todo lo que yo tengo no sé qué haría y, sin embargo, yo aquí sufriendo en silencio." Estos y otros muchos comentarios hacía a cada momento.

Angelina quedó encamada en el cuarto 253, un sábado 20 de julio. El cuarto era agradable, tenía buena temperatura, bastante luz y vista al jardín. Ella llevó solamente su radio portátil y unos cuantos libros. Y qué maravilloso fue poder permanecer todo el día en una cama tibia, amable, sin tener que hacer aquellos tremendos esfuerzos para levantarse diariamente, ir al trabajo, al supermercado, correr de un lado a otro y atender a todos los caprichos y necedades de la tía Carlota. 

Poder estar en silencio, pensando, sin oír gritos ni lamentaciones: "es tan triste la vida cuando se está vieja y enferma, todo el mundo se cansa de uno, nadie se preocupa por mí, soy un estorbo, ya no sirvo para nada..." Poder contemplar el cielo desde su cama, los árboles del jardín, ver pasar las nubes, los pájaros; oír los programas de radio Universidad, aquella música celestial que llenaba su espíritu de una paz infinita. Qué cierto era de que no hay mal que por bien no venga. Qué dulce bienestar la invadía, una tranquilidad nunca soñada.

Por la mañana, cuando hacía buen tiempo, ya que a veces llovía todo el día o estaba nublado y frío, la enfermera la sacaba a pasear al jardín. Como no le permitían caminar sino lo indispensable para que no se debilitara más, la enfermera Esperanza la llevaba en un carrito de ruedas con una manta sobre las piernas, y así recorrían los senderos de grava de ese grande y bien cuidado jardín que tanto le gustaba. 

Se detenían a saludar a otros enfermos, platicaban con ellos y, después, Esperanza situaba el carrito bajo alguna sombra y ahí permanecían hasta que llegaba la hora de la comida. A veces platicaban. Otras veces Angelina no tenía ganas de hacerlo y entrecerraba los ojos y se perdía en sus pensamientos y en sus recuerdos. Entonces la enfermera sacaba su fotonovela y se ponía a leer.

Casi al fondo del jardín había un pabellón más pequeño y separado de los demás, en donde no se advertía ningún movimiento y a donde nadie entraba ni salía. Esto atrajo la atención, más bien la curiosidad de Angelina, y cuantas veces pasaba por allí o estaba cerca, sentada en su carrito, se dedicaba a observar atentamente algún indicio de vida. Un día le preguntó a la enfermera porqué estaba tan solo ese pabellón.

—Es el Pabellón  del Descanso —contestó Esperanza.

—¿El Pabellón del Descanso? Y ¿qué es eso?

—Es a donde traen a los que se mueren. Inmediatamente que ocurre una defunción se los traen a toda prisa, antes de que los demás enfermos se den cuenta y se pongan nerviosos. Y ahí los tienen hasta que llega la familia y ordena a qué agencia funeraria se les envía. Cuando los difuntos no son de la capital y han venido a curarse de algún lugar de la República, permanecen en el Descanso, a veces varios días, mientras llegan los familiares o alguien que los reclame. Claro que en esos casos los preparan debidamente para que aguanten la espera y no se descompongan.

—;Y cuando nadie se muere?

—Pues entonces el Descanso está vacío, así como ahora.

— (Está vacío, así como ahora, está vacío, así como ahora, así como ahora, está vacío, está vacío, así como ahora...) —Angelina repetía dentro de sí las palabras de la enfermera. Esas dos frases la habían conmovido y perturbado. Sin duda removieron algo tan hondo y escondido como un manantial subterráneo.

Desde ese día Angelina le pedía siempre a la enfermera Esperanza que colocara el carrito enfrente o a un lado del Pabellón, como si éste fuera el modelo que ella iba a pintar en un lienzo. Pero el dibujo era interior. Y ella observaba con gran detenimiento e interés aquel edificio un poco diferente de los otros pabellones: más sobrio, más sencillo, pintado de blanco. 

Era tan agradable, que debería estar siempre lleno de gente, de ruido, de movimiento, y no así sumido en el más completo abandono, rodeado de silencio, como situado en el silencio mismo y en la soledad. "Qué injusto y qué triste", pensaba Angelina.

Algunos días no la querían sacar a pasear, bien porque el día estaba frío o porque Angelina tenía algo de fiebre y podía pescar un resfriado o alguna otra cosa más seria. Ella insistía y volvía a insistir en que le permitieran salir al jardín a dar una vueltecita solamente. A veces el permiso era negado y ella pasaba todo el día sumida en la depresión y en la angustia por no saber si el Pabellón seguía solo o si estaba ocupado. Esos días Angelina perdía el apetito y la fiebre aumentaba. Con mucho tacto preguntaba por los enfermos más graves: ¿cómo seguían?, ¿estaban igual o se habían empeorado?, ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿qué decían los médicos?

Una vez por semana llegaba carta de la Nena, y Billy con sus mejores deseos porque Angelina saliera adelante con su enfermedad. Cartas muy cariñosas siempre, llenas de aliento y optimismo, invitándola a ir a pasar con ellos una buena temporada tan pronto los médicos la autorizaran. Julia, la sirvienta, hablaba dos o tres veces por semana, de parte de la tía Carlota, para preguntar cómo seguía. 

También de la oficina se informaban de su salud, y los domingos, día de visita, iba alguien enviado por el señor de la Garza a saludarla y saber si estaba bien atendida y si necesitaba alguna cosa. El señor de la Garza fue a verla en dos ocasiones;  fueron unas visitas muy  breves,  pero que ella  agradeció enormemente pues, conociéndolo tanto, sabía muy bien lo que detestaba ir a los hospitales y visitar enfermos. 

Al principio de su internamiento Angelina esperaba el domingo con impaciencia. Le hacía una gran ilusión platicar con alguien de la oficina, conocer las novedades, todo lo que ocurría durante su ausencia. Su  trabajo, la oficina, su jefe y sus compañeros eran todo su mundo. Después, poco a poco, empezó a desear que no fuera nadie a visitarla; ya no quería tener visitas, porque le impedían ir hasta el Pabellón, sentarse frente a él, esperando con gran ansiedad que estuviera ocupado o compartiendo su soledad.

Una mañana, como a los dos meses de estar internada, los médicos que la atendían le dieron la noticia:

—Si todo sigue marchando bien, así como hasta ahora, pronto le permitiremos irse para su casa, señorita Ruiz. —La sorpresa la hizo abrir mucho los ojos, sin dar crédito a lo que oía.

—¿A mi casa?

—Tal como usted lo oye. Su enfermedad ha evolucionado favorablemente que podrá dejar el sanatorio en poco tiempo y continuar, en su casa, con el tratamiento.

Los médicos salieron del cuarto y dejaron a Angelina en total desconcierto y turbación. Sus pensamientos eran potros desbocados: "dejar el sanatorio cuando menos lo pensaba, irse para su casa, abandonar el Pabellón, dejar el sanatorio en poco tiempo, dentro de unos días, irse para su casa dejando el Pabellón más solo aún, porque ahora él había encontrado quién lo compadeciera, quién lo entendiera, quién se preocupara por su soledad, por su abandono, eso no contaba en sus planes, irse de allí cuando menos lo esperaba, tener que irse y dejarlo, más solo ahora, más solo y más triste, no podía ser, ella no lo podía aceptar, no podía..."

Señorita Ruiz, su pastilla, señorita Ruiz... esta usted muy pensativa, ¿le preocupa algo?

— No, Esperanza, nada. Estaba distraída, eso  todo.

Esa noche Angelina no durmió agobiada por aquel torbellino de pensamientos que se agolpaban en su mente sin lograr encontrar una solución satisfactoria. Cuando la enfermera del turno de la noche llegó, a las seis de la mañana, a tomar la temperatura y los signos vitales, encontró a Angelina despierta y muy decaída por la noche de insomnio, bastante pálida y ojerosa.

—Pero... ¿qué le pasa señorita Angelina? ¿Se siente mal? ¿Le duele algo? Está usted muy pálida y demacrada.

—No, Carmelita, estoy bien —contestó Angelina con voz apagada—; lo que sucede es que no pude dormir en toda la noche, eso es todo.

— ¡Pero qué mala suerte!, ¡tan bien que estaba usted!, ¡tan buena cara que tenía ayer!, parecía que ya no estaba enferma. Ya ve qué contentos se fueron los doctores...

Angelina desayunó con desgano y lentamente, abatida, abismada. Tenía que encontrar una solución cuanto antes pero, ¿cómo?, ¿cuál?, la que fuera, pero ella no podía irse y dejar el Pabellón, sería tan cruel, tan despiadado, sería una traición, sí, eso era justamente, una traición, y ella nunca había...

—Me imagino que hoy no tendrá ganas de salir al jardín a dar su paseo —preguntó Esperanza, sacándola de su ensimismamiento.

—¿Cómo dice? ¡Claro que sí quiero salir! Sabe usted que ese rato que paso en el jardín me hace mucho bien, me gusta tanto ver las flores, el pasto verde, los árboles, los pájaros, respirar hondo aire puro, sentir la tibieza del sol, contemplar el cielo, las nubes, todo, pero ¿para qué perder el tiempo hablando? mejor nos vamos al jardín.

Allí, frente al Descanso, bajo la amable sombra de un fresno, Angelina se sintió reconfortada. Todo cambiaba con sólo poder mirar el Pabellón, su Pabellón, sí, bien podía decirlo, era su Pabellón, le pertenecía porque ella había descubierto su  soledad, la había entendido y compartido, ella había compadecido esa larga espera, su silencio profundo, ella había descubierto la gran tristeza de estar siempre solo, siempre vacío, tan pocas veces ocupado y por tan breve tiempo, unas horas, un día o dos y, después, otra vez la espera, la espera, la espera.  

—Ya es la una —decía la voz de Esperanza como llegando de muy lejos— hay que regresar o encontraremos la comida fría.

Esa noche tampoco durmió Angelina, pasó la noche entera cavilando. Tenía que encontrar algo, algo que evitara su partida, no podía irse y dejar el Pabellón abandonado, ella no era capaz de una cosa así, no, ella no conocía la traición ni el engaño, sería tan cruel, tan despiadado hacer una cosa así, no podía, no podía, no quería irse, se quedaría allí porque ése era su deseo, pero, ¿qué hacer?, ¿qué objetar? 

Y así daba vueltas y vueltas en la cama y el sueño ni se asomaba, además ella no quería dormir, quería encontrar la solución que necesitaba y que tenía que hallar pronto, antes de que la enviaran a su casa y la arrancaran para siempre de su Pabellón, ella se iría con una infinita tristeza y un inmenso dolor y él se quedaría más solo aún, sin nadie que se sentara enfrente a contemplarlo y a compadecerlo, a espiar si alguien llegaba, si llevaban a algún muerto, hacía muchos días que no se moría nadie, ¡era el colmo!, con tantos enfermos tan graves como había, y pasaban un día y otro y otro y no se morían; y ella preguntando con gran disimulo, dominando su ansiedad, ¿cómo sigue la señora Escobar?, "pues ay está todavía sufriendo la pobre, es increíble la resistencia que tienen algunas personas, la semana pasada le dieron la Extrema Unción y ay sigue...", ¿y el señor del 305?, "¿don Severo?, pues también en el mismo estado, a veces ya parece que se va y al otro día se reanima, la familia ya está desesperada y también cansada y muy gastada...", ¿y la señora española?, "ay, esa pobre mujer ya más parece muerta que viva, pero todavía respira, cómo ha sufrido la pobre...", eso le decían, y ella que tenía la secreta esperanza de que alguno hubiera muerto y estuviera ahí en su Pabellón, haciéndole compañía, aunque fuera un rato solamente, pero nadie se moría y el pobre Pabellón condenado a la más terrible e injusta soledad, a la más angustiosa de las esperas, eso era su vida, esperar, esperar, esperar siempre, pero, ¿por qué ese terrible destino?, los otros pabellones llenos de gente, sin un solo cuarto vacío y el pobrecito solo... —Otra vez despierta, qué mal está eso, no les va a gustar nada a los doctores —dijo la enfermera de noche.

Desde ese día los médicos acordaron que Angelina tomara un mogadón a la hora de merendar para que durmiera bien. Y así fue. Esa noche Angelina durmió como duermen los niños, con un sueño profundo y reparador. Dados los buenos resultados obtenidos con la medicina, la prescribieron diariamente. Pero Angelina había encontrado de pronto la solución que tanto anhelaba y la cual buscaba desesperadamente a través del insomnio. Esa noche cuando después de merendar le dieron su pastilla, ella fingió que se la tomaba, pero la escondió con todo cuidado. Y así día tras día.

Angelina estaba ahora tranquila, aguardaba pacientemente y contaba sus pastillas como el avaro que con ojos desbordados de codicia cuenta su tesoro diariamente. A pesar de que no tomaba la pastilla dormía bien. Muy quedo, para no molestar a los demás enfermos, escuchaba su música clásica que tanto le gustaba hasta que terminaban los programas a la media noche. 

Después cerraba los ojos y comenzaba a soñar despierta cómo sería estar ahí, por fin ahí en el Pabellón, sumidos en su mutuo silencio y la perfecta paz en la misma soledad en la larga y dolorosa espera a través de la vida a través del opaco y gris peregrinar sin eco sin resonancia sin sentido en el largo vacío sin comunicación identificados plenamente confundidos y completos realizados... "sí, es perfecto" —se dijo Angelina aquella noche y decidió no retardar más ese sueño tantas veces soñado.