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Una revelación - Mary E. Braddon (Parte 1)

 I

—Y esta determinación suya de marcharse a Inglaterra ¿no es un poco repentina?

—Lo es —contestó el coronel Desborough—. Y son tantos los años que llevo en la India que es probable que en mi propio país no consiga sentirme tan en casa como aquí. Y llevo tantos años en la India que quizá la sienta más hogar que mi propio país. Pero un viaje por mar me vendrá bien, eso dicen los médicos. De un tiempo a esta parte no me encuentro nada bien.

—Es cierto que le he visto desmejorado, y que también parecía muy deprimido. ¿Le sucede algo? Y disculpe la pregunta.

—Mi estimado Breakspear, nuestra amistad justifica una pregunta tan natural. En efecto, sí que me sucede algo, y no es bueno, nada bueno. Salvo a mis dos médicos, no he mencionado a nadie la causa de mi mala salud y de mi abatimiento; pero, como el Jumna parte la semana que viene y quizá no volvamos a vernos nunca más, se la confiaré a usted.

—Ahí está ese pesimismo de nuevo. Por supuesto que nos volveremos a ver, y espero que tenga esposa para entonces. Debiera usted casarse, Desborough; lleva solo demasiado tiempo.

—No —contestó el coronel—. Estoy a punto de cumplir los cuarenta y, en mi opinión, es difícil que a esas alturas de la vida pueda uno cambiar ya de costumbres o de ideas. Una esposa de mi edad se encontraría en la misma situación… chocaríamos. Y una más joven me importunaría. Pero dejemos lo del matrimonio, es una cuestión sobre la que no merece la pena discutir.

—Bien, pues entonces volvamos a la causa de su afección.

—¿Recuerda nuestra expedición a las montañas y la cacería del tigre?

—Sí, claro, hace solo cinco meses; estaba usted muy bien por entonces… Con el ánimo por las nubes, lo recuerdo.

—Y esa fue la última vez que lo estuve —replicó Desborough apesadumbrado—. Como sabe, le seguimos el rastro a nuestra pieza hasta lo más profundo de la jungla, y allí lo matamos. Al regresar, había una luna llena que lo iluminaba todo como si fuera de día. Yo iba a la cabeza mientras avanzábamos en fila india por la angosta senda. Por delante todo aparecía despejado; solitario, de hecho. De repente, divisé a escasos pasos de donde me encontraba la figura de un viejo amigo a quien no había visto y en quien no había vuelto a pensar en muchos años; y, sin embargo, allí estaba, de pie en medio del sendero. Levantó un brazo e hizo un gesto para que me acercase.

—Por fuerza tuvo que ser una sombra —observó prudente el mayor Breakspear, advirtiendo la palidez y el nerviosismo que se habían ido apoderando de Desborough mientras hablaba.

—Lo mismo pensé yo entonces, estaba convencido de que la visión no era más que una jugarreta de la memoria. Pues bien, deseché de mi cabeza el asunto; pero —y bajó la voz—, una noche o dos después, mientras me miraba en el espejo del tocador, lo vi justo a mi espalda, de pie en mitad de la habitación. Volvió a hacerme un gesto, invitándome a que lo siguiera. Lo más extraño de todo es que, aunque lo reconocí a la perfección, ya no era un hombre joven, como cuando lo vi por última vez, sino que tenía el pelo y la barba grises como el acero, y su aspecto era el que indudablemente tendría si hubieran pasado quince años.

—Pura imaginación —dijo el mayor—. ¿Y ha experimentado alguna otra reaparición de este… fenómeno?

—¡¿Alguna reaparición, dice usted?! Ojalá pudiera decir que no. Le veo con frecuencia y en los momentos más inesperados…, y no siempre por la noche, aunque sí que generalmente plantado entre las sombras, como en esa hornacina de ahí, por ejemplo. —Y lanzó una mirada nerviosa hacia el hueco mientras hablaba—. No soy supersticioso, y nunca he creído en las manifestaciones espectrales. He luchado en batallas y he sido testigo de los horrores de un asedio prolongado, pero he de confesar que no hay nada que me haya sobrecogido tanto como esta aparición.

—Es muy extraño, desde luego; y dice usted que ni siquiera había pensado en su amigo recientemente —observó el mayor Breakspear.

—Para nada. Es tres años mayor que yo; coincidimos en las academias de Rugby y de Sandhurst. A la muerte de su padre, heredó el título de baronet y se casó. Yo me vine a la India a los dieciocho años, y solo regresé a casa de permiso cumplidos los veinticuatro. Supe que mi viejo compañero de academia se había quedado viudo y que tenía una niña pequeña. Eso fue hace quince años. Mantuvimos alguna correspondencia, pero no he tenido noticias suyas ni he pensado en él durante los últimos diez. Bueno sí, hace dos o tres años leí en The Times que había contraído nupcias por segunda vez. Y ahora se diría que estoy poseído por él; cuando duermo sueño con él, y al despertar me lo encuentro ahí de pie, en mitad de la habitación. La cuestión es, Breakspear, ¿estoy loco?

El mayor Breakspear, notando el estado de extrema agitación en el que se encontraba su camarada, le apoyó una mano amiga sobre el hombro.

—No, no —dijo—, no lo piense ni por un instante; es un desequilibrio fisiológico, solo eso.

—En Demonología y brujería, sir Walter Scott se hace eco de la historia de un caballero, miembro de las más altas instancias de la administración de justicia, a quien rondaba de forma pertinaz una presencia imaginaria y que, de hecho, acabó consumiéndose y muriendo por tan terrible experiencia. Puede que a la larga yo corra la misma suerte. Mi raciocinio no está capacitado para combatir los efectos de lo que o bien es una realidad o bien un producto de una mente enferma.

El mayor Breakspear contempló a su amigo atentamente, reparando en lo mucho que se había consumido aquel cuerpo antaño fornido, y en cuán demacrada estaba su cara, antes apuesta y franca. Desborough había destacado como uno de los hombres con mejor planta del ejército, con su más de metro ochenta de estatura, un espléndido físico, ágil y activo, una pose elegante y erguida y la cabeza siempre firme y echada hacia atrás; tenía un fino rostro sajón, rasgos clásicos, una tez sana (muy bronceada por el sol), ojos azules y el pelo rubio oscuro. A sus treinta y ocho años era mucho más atractivo que un buen número de hombres más jóvenes que él.

—La travesía calmará sus nervios y le fortalecerá —acertó a decir Breakspear—. Le aconsejo que parta con la mayor premura posible.

Después de que el mayor se marchara, el coronel Desborough empezó a pasearse por la habitación, sumido en sus pensamientos.

—No, no —se dijo a sí mismo—, no estoy loco, pero estoy decidido a resolver este misterio. Iré a ver a Henry Chalvington. Si me marcho a Inglaterra no es solo por mi estado de salud. —Entonces hizo pasar a su edecán—. ¿Ha decidido ya si me acompañará o no, Blencoe?

Blencoe, un hombre atractivo de unos treinta años, le hizo el saludo militar.

—Iría con usted hasta el fin del mundo, coronel, pero… no a Inglaterra.

—Supongo que, al igual que me ocurre a mí, no le une a usted ningún lazo con nuestro país.

—Al contrario, señor, tengo uno y con ese me basta… ¡una esposa!

El coronel no pudo reprimir una carcajada.

—¡Me sorprende usted! —dijo—. No tenía ni idea de que fuera un hombre casado.

—Aquí nadie lo sabe, coronel; es más, si me alisté en el ejército fue para esconderme y huir de ella. Blencoe no es mi verdadero nombre. Llevo aquí seis años, un tiempo que dista mucho de ser suficiente para haber alterado mi aspecto físico. Si me cruzara con mi esposa, aún me reconocería.

—Entonces viajaré sin asistente y contrataré uno cuando llegue a Londres. De haber aceptado acompañarme, le aseguro que no habría sido en balde. Su formación es excelente. —De hecho, Blencoe ocupaba un puesto de ayudante en la oficina del tesorero—. Podría haberme leído, y escribir al dictado durante el viaje, puesto que no me encuentro con fuerzas para ello.

El joven lanzó una mirada apesadumbrada al coronel.

—Si pudiera estar seguro de que no fuera a encontrarme con ella. Verá, señor. Yo estaba empleado de pasante en un despacho de abogados y un mal día me casé con esa mujer. Mi padre, que era metodista y, por tanto, un hombre muy estricto, me echó de casa. Empecé a trasnochar y mi jefe me despidió. Probé en el teatro, pero descubrí que no sabía actuar. Corrí un tupido velo sobre las idas y venidas de mi amada esposa. Salí huyendo y aquí estoy.

—No podría haber sido más gráfico y sucinto. Ya veo que no tiene usted ningún aliciente para viajar a Inglaterra.

—Al contrario, coronel, hay dos alicientes de peso. El primero es su compañía, señor, puesto que es usted un caballero; ha sido generoso conmigo y en más de una ocasión ha tenido la enorme bondad de alabar mi formación, que posiblemente habría sido mejor de no haberme comportado como un cabeza loca. El otro aliciente —prosiguió Blencoe, que bajó la cabeza para ocultar un brillo delator en sus ojos— es volver a ver el rostro de mi madre, si es que vive. De modo que creo que me arriesgaré, señor, y le acompañaré.

No había un hombre más valiente al servicio de Su Majestad que el coronel Desborough. Era inteligente, y sentía tanta devoción por la vida militar que, a pesar de disponer de una importante fortuna, heredada tras la muerte de un hermano mayor, había permanecido en la India y, hasta el momento, vivido con la sencillez de un hombre de recursos muy modestos. 

No sabía determinar con exactitud si su deficiente estado de salud se debía a una estancia demasiado prolongada en aquel clima tan caluroso o si, por el contrario, debía achacarla a otras causas; él siempre se había mofado de los cuentos de fantasmas, pues consideraba impropio de un hombre sensato tomarlos en consideración y mucho menos creer en ellos. 

Por eso opinaba que las frecuentes e inesperadas apariciones de este viejo amigo solo podían ser producto de una imaginación enferma. No obstante, era tan mayúscula la impresión que estas le habían causado que ahora iba a embarcarse rumbo a Inglaterra con el fin de llegar al fondo de aquel extraño suceso.

—Se trata de una afección mental —se dijo con pesimismo—; una semana llevo harto entretenido con los preparativos para el viaje y las despedidas de mis amistades, y mi estado de ánimo ha experimentado una notable mejoría, he desviado mis pensamientos hacia otros derroteros y, por tanto, esta pesadilla de mi imaginación ha cesado; un cambio de aires la curará.

En total contradicción con esta teoría, coincidiendo con un momento en el que se encontraba más alegre que nunca, puesto que regresaba de compartir una cena con un puñado de amigos la víspera de su partida, sucedió que al abrir la puerta de su dormitorio vio con absoluta claridad a sir Henry Chalvington bajo la luz de un rayo de luna que se colaba por la galería. 

Mientras entraba, la figura pareció retroceder ante su presencia hasta que finalmente se esfumó a través de la ventana abierta. La siguió hasta la terraza de su bungaló, delante de la cual un centinela hacía su ronda.

—¿Ha pasado alguien por aquí? —preguntó el coronel.

—Ni un alma desde que estoy de servicio, señor —contestó el soldado, presentando armas.

(CONTINUARÁ....)

La casa de salud - Ellery Queen

    No había nada en la apariencia de la hermosa mansión colonial, que durante cien años había sido el orgullo de los habitantes de Spuyten Duyvil, que sugiriese la tragedia que pronto iba a desarrollarse entre sus muros. Al contrario, su ancha galería, desde la que se alzaban cuatro altas columnas que llegaban hasta el segundo piso para sostener el tejado, el césped bien cortado que había ante ella, los dos altaneros robles que encuadraban la fachada, de un blanco brillante bajo el sol de julio, todo hablaba de dignidad, reposo y seguridad. 

    De hecho, había un aire de indiferencia en la mansión, erguida en lo alto de la larga ladera verde, que miraba serenamente hacia el suroeste por encima de los jardines que la circundaban, los claros, los bosques; y más allá, al otro lado del ancho Hudson, las Palisades. Un anacronismo, sin embargo, rompía la belleza silenciosa de la casa y el terreno.

    De norte a sur, a lo largo de los aleros de la galería, había un letrero de neón que de noche se iluminaba en rojo para que lo leyesen los automovilistas que pasaban: Casa de Salud John Braun.

    A John Braun, que había comprado el lugar unos años antes, le importaba más la publicidad que el buen gusto. La belleza, según se deducía de sus revistas de difusión nacional El Cuerpo Perfecto, La Forma Exquisita, Alimentos Sanos de Braun y muchas otras más, estaba confinada a la anatomía humana y se alcanzaba exclusivamente por medio de sacudidas físicas y consumiendo los productos alimenticios Braun. 

    Fue su creencia en el valor de la publicidad lo que le llevó a erigir una estatua de sí mismo en tamaño natural, luciendo pantalones muy ajustados, que podía verse desde la ancha puerta de la verja de entrada. Desde este estratégico lugar los curiosos también podían observar a Cornelia Mullins, su asistente, de grandes senos y piel hermosamente bronceada, dirigiendo las clases de educación física al aire libre en la terraza situada al sur del edificio. 

    Las clases estaban compuestas en su mayor parte por cincuentones de saneada cuenta corriente y orondos estómagos, y mujeres obesas que intentaban tardíamente neutralizar los efectos de demasiadas cajas de bombones.

    Pero pronto aumentarían las filas de curiosos desocupados, los espectadores ligeramente divertidos de la verja. Cientos de morbosos ojos mirarían (ávidos) a través de las barras de hierro. Pasarían centenares de automóviles llenos de gente alargando el cuello para ver la Casa de Salud John Braun, dándose codazos, señalando excitados: «Ahí es; la habitación del segundo piso. Justo donde está el poli. ¡Seguro! Ahí fue donde se encontró el cadáver»; o un chico con los ojos como platos, leyendo el anuncio luminoso: «Es escalofriante, ¿verdad? Pero ¡apuesto lo que quieras a que Queen coge al asesino!».

    El día 23 de julio, al sol del amanecer, la mansión parecía todo menos siniestra. Las clases no habían empezado todavía. Los hombres con sus infladas barrigas todavía dormían la borrachera de sus whiskies con soda; las fláccidas mujeres amontonaban mermelada sobre sus cereales de trigo puro de las mañanas. Y el sol brillaba cálidamente sobre el verde césped y sobre el agua inmóvil y coloreada de azul de la piscina y, deslizándose por entre las ramas de los robles, trazaba brillantes siluetas en la blanca fachada. 

    Un rayo, atravesando el follaje de la copa de un árbol, descendía sesgado y caía sobre la reja de hierro que cubría una ventana del segundo piso. Pasaba a través de la reja y centelleaba sobre el cristal negro de una radiografía. El cristal lo reflejaba hacia arriba iluminando la cara ceñuda del doctor que sostenía la lámina.

    –No hay duda, doctor Rogers –dijo con calma, mientras entregaba la radiografía a uno de los otros dos doctores que se encontraban en el estudio de John Braun–. Si se tratase de diagnosticar un cáncer incipiente, habría alguna razón para esta consulta. Pero no es incipiente. Está en un estado avanzado. Están afectados los pulmones y el corazón. Operar sería un asesinato.

    –Naturalmente, soy consciente de ello –dijo Jim Rogers–. ¿Se da usted cuenta?, estoy en desventaja en lo que a él se refiere, quiero decir. Durante algunos años he sido aquí lo que él llama el médico residente de la Casa de Salud. Abandoné mi consulta cuando me vine aquí con él. La oferta era demasiado atractiva desde el punto de vista monetario para despreciarla. Desde entonces me ha empezado a considerar un impostor. Cree que todos los que le rodean son impostores.

    –Entonces ¿es usted quien escribe los artículos de medicina en sus revistas?

    Rogers asintió.

    –Bajo el nombre de Braun. El no podría soportar que otro se llevase la fama. Pero me estoy desviando del tema. Se negó a creerme. Me costó muchísimo conseguir que me dejase hacerle las radiografías. ¿Se dan cuenta? Adora el cuerpo. La idea de que el suyo pueda estar enfermo es algo que aborrecería. Braun es el dios de Braun. 

    Su cuerpo es la encarnación de su dios. Nunca he conocido un caso igual de adoración por el cuerpo –buscando confirmación, Rogers giró la mirada del doctor Henderson al hombre de barba gris que estaba a su derecha–. Usted se ha dado cuenta de eso, ¿verdad, Garten?

    El doctor Garten se encogió de hombros y luego sonrió.

    –Su estatua de mármol de la terraza podría darle la razón.

    –¡Estatua! –Rogers hizo una mueca–. Es un ídolo. Miren.

    Indicó a los otros que le siguieran y atravesó la habitación hasta un gabinete.

    A la derecha, en la pared del gabinete había un nicho, y en el nicho, una estatua de yeso, pintada color carne.

    Mirándola, el doctor Garten se acarició la barba.

    –No se le puede reprochar que esté orgulloso de su físico –comentó–. Tiene el cuerpo de Hermes.

    –De hecho, tiene moldes de todo su cuerpo. No se fiaba del escultor. Es una réplica de la de mármol de la terraza –explicó Rogers amargamente.

    –Bueno, al pobre diablo no le queda mucho tiempo para adorarse –dijo el doctor Henderson cuando volvían al estudio–. Personalmente, no le doy más de seis semanas.

    –¿Cómo se lo tomará? –preguntó Garten–. ¿Se dará cuenta de cómo será el final?

    –Naturalmente que lo sabrá –dijo Jim Rogers de mal humor. Pasó sus dedos a través de su pelo negro desgreñado–. Eso es lo espantoso. Todavía parece estar en perfecta forma físicamente. Es horrible pensar en la agonía que tendrá que soportar su cuerpo. Y saber lo que le espera no le va a ayudar.

    –¿Cómo se comportó cuando le dio usted su diagnóstico? –preguntó Henderson.

    Rogers se pasó el pañuelo por los labios.

    –Como un loco –dijo después de un rato–. Estaba tan furioso como un león que hubiese caído en una trampa. Me costó un buen rato, créanme, conseguir que se fuese a la cama. Imagino que cuando ustedes confirmen mi diagnóstico les considerará a los dos sus enemigos personales.

    –Tanto mejor –dijo Garten con filosofía, mirando a través de la ventana–. Un tratamiento y descanso podrían prolongar su vida unos pocos días o posiblemente semanas, pero... –el especialista calló, y luego dijo bruscamente–: Es más caritativo dejarle hacer lo que quiera ahora.

    –Bueno, ¿entramos? –preguntó Henderson, señalando con la cabeza hacia la puerta cerrada de la habitación.

    –Si no les importa –dijo Rogers vacilando–, preferiría no estar presente. Hablaré con él después de que ustedes se hayan ido. Su esposa se encuentra con él. Ella lo sabe. Ya se lo he dicho.

    Henderson asintió y se acercó a la puerta.

    El otro especialista siguió a su colega a través de la habitación. La puerta se abrió. Luego se cerró.

    Jim Rogers, con la barbilla apoyada en sus largos dedos, contempló sombríamente la radiografía que había dejado sobre el escritorio del estudio de Braun. Tenía treinta y pocos años; diez años antes pudo haber sido el graduado más brillante de su escuela de Medicina si hubiese continuado con su trabajo de investigación y su consulta. Él lo sabía. 

    Pero, tras aceptar la oferta de Braun y convertirse en el médico residente de la Casa de Salud, encontró pocas cosas que excitasen su inteligencia. No estaba interesado por las enfermedades imaginarias de las mujeres gordinflonas y los barrigudos que patrocinaban la institución del brillante edificio de salud; y en cuanto a los artículos que continuamente se veía obligado a escribir para las publicaciones Braun, le aburrían. 

    Aunque escritos sinceramente, iban dirigidos a lo que él consideraba una vasta multitud de comilones y perezosos, entregados a una vida regalada; desde luego no a sus colegas profesionales.

    El doctor Rogers tenía una frente amplia, ojos oscuros y una barbilla más bien afilada que sus amigos describían como sensitiva y sus enemigos como débil. Probablemente habría abandonado su empleo en la Casa de Salud después de un año o dos y hubiese vuelto al trabajo para el que estaba tan brillantemente capacitado de no haber sido por una complicación que no estaba ni remotamente relacionada con su profesión. Sea como fuese, bien porque era un fatalista o bien por ser un oportunista, se quedó para escribir artículos que le aburrían, escuchar las quejas de los gordos clientes y beber mucho más de lo que le convenía.

    Jim empujó la radiografía impulsivamente hacia un lado como si de pronto se le hubiese tornado repulsiva y echó una ojeada nerviosa por la habitación. Como todo en lo que Braun metía la mano, la habitación era maciza y al mismo tiempo aparatosa. 

    El escritorio era grande y caprichoso. Vacío, a no ser por un secante sin usar, el tintero de ágata, la pluma estilográfica verde situada en un ángulo sobre su soporte, seis revistas Braun alineadas matemáticamente, y en aquel momento la radiografía, su misma desnudez proclamaba la eficiencia de Braun. La alfombra de felpilla era gruesa, blanda al tacto de los pies de Jim. 

    En las paredes colgaban pinturas al óleo de dioses y diosas griegos sobre las estanterías de solemnes libros que no habían sido abiertos desde el día en que Braun compró la biblioteca a uno de sus clientes. Las cortinas de terciopelo de un marrón oscuro hacían que las sillas y el canapé, tapizados también en terciopelo, pareciesen más solemnes.

    Se dirigió al gabinete y encendió la luz. Desde el techo, varios focos iluminaban la estatua de John Braun. Durante un instante, Jim contempló con hostilidad el brazo musculoso, los tendones del cuello, el ancho pecho y las fuertes y bien formadas piernas. Luego apagó los focos, volvió al escritorio y se quedó mirando la puerta del dormitorio. Estaba todavía contemplándola, cuando se abrió rápidamente y Henderson, seguido por Garten, entró en la habitación.

    El doctor Garten cerró la puerta con cuidado.

    –Bueno, ya está –anuncio–. Debo decir que admiro el valor de ese hombre más que sus modales.

    –No me extrañaría que pensase que los tres somos, de alguna forma misteriosa, responsables de su cáncer, –el doctor Henderson encogió sus pesados hombros. Tendió su mano a Jim Rogers–. No le envidio su paciente –dijo sonriendo.

    –Gracias por haber venido –dijo Jim, dando la mano a Henderson y Garten–. Haré todo lo que pueda para impedir que piense en sí mismo.

    –Eso es todo lo que puede hacer –dijo Garten mientras que él y Henderson se dirigían al vestíbulo–. Adiós y buena suerte.

    Jim esperó hasta escuchar sus pasos sobre el desnudo suelo del vestíbulo. Luego se dirigió resueltamente hacia la puerta del dormitorio. La abrió y entró en él.

    Con la cabeza sostenida por las almohadas, John Braun miró ferozmente a Jim Rogers. Su esposa, una mujer tímida y descolorida de cincuenta años, estaba sentada al lado de la cama; volvió hada él sus ojos llenos de lágrimas.

    –¡Oh, Jim! –sollozó.

    –Fuera de aquí, Rogers –rugió Braun–. Fuera. Ya hizo todo el mal que podía hacer. En vista de que estoy igual que si estuviese muerto, me puedo pasar muy bien sin sus servicios.

    –Señor Braun, por favor, por usted mismo. Enfadarse y excitarse sólo...

    –¡Fuera!

    –Es muy importante, señor Braun.

    –¡Fuera! –Braun señaló la puerta imperiosamente–. ¡Fuera!

    Una gota de sudor resbaló por su frente, al lado de la nariz, y colgó, brillando, en la comisura de su boca.

    El gesto de Jim se endureció. Eso fue todo. Giró sobre sus talones y se marchó.

    –¡Oh!, John, no deberías –la señora Braun escondió su cara entre sus manos y siguió sollozando–. No deberías, John.

    –Mira, Lidia –dijo Braun con voz severa–. Tus lloriqueos no sirven de nada. Me han dado mi certificado de defunción, pero no te creas que John Braun es un cobarde llorón. ¡Tendrías que saberlo, después de tantos años! Es tiempo de acción; acción, no gimoteos.

    –Sí, John; sí –dijo ella tímidamente, limpiándose las lágrimas con un pequeño pañuelo–. Eso es lo que te iba a preguntar. Quieres que busque a Barbara ahora, ¿verdad John?

    Braun no se habría incorporado con más rapidez si su esposa le hubiera abofeteado. Sus ojos inyectados en sangre estaban furiosos.

    –¡Barbara! –gritó, y luego, de pronto, su voz se tornó gutural–. No quiero ver a Barbara. No quiero oír nada sobre ella ni de ella. No quiero hablar sobre ella. No existe. ¿Me oyes?

    –Pero, John, tu propia hija, tu único descendiente –murmuró la señora Braun–. No puedes hacer eso. Tenemos que encontrarla, traerla de nuevo.

    –¡Tonterías! Barbara dejó de ser mi hija en el momento en que se volvió contra mí. Escogió por sí misma. Ahora deja que persevere en ello.

    –Pero, John, tú la obligaste a ello –declaró la señora Braun con un resurgimiento repentino de valor.

    –¿Yo la obligué? –gritó él–. ¡Le prohibí casarse con ese curandero: Jim Rogers! Le prohibí casarse con un asqueroso borracho que sólo la quería por su dinero, ¡y tú le llamas a eso echarla de casa!

    –Pero, John, tú mismo trajiste a Jim a vivir aquí. Dijiste que era un joven brillante, que no tenía precio para ti.

    –Rogers servía para algunos objetivos del negocio. ¡Eso es todo! De otra forma le habría arrojado al arroyo, adonde pertenece. Pero ¿qué tiene esto que ver? Si Barbara es tan idiota que se cuela por un borrachín, ¿voy a tener yo la culpa por haberle empleado? ¡No me regañes, Lidia! –Braun cayó otra vez sobre las almohadas–. No me regañes, Lidia –repitió, y su voz era más suave. 

    Luego dijo entre dientes–: No le tengo miedo a la muerte. He creído en la salud, salud corporal. Ha sido mi vida, mi religión. Y ahora todo destrozado. Mi cuerpo, mi vida. Dios me ha enseñado que he estado viviendo una mentira; una mentira sin valor alguno.

    La señora Braun empezó a llorar otra vez. Braun le dio palmaditas en el hombro.

    –Ahora, querida, déjame solo. Tengo mucho que pensar. Vete –sacó sus piernas de la cama y se sentó, contemplando la alfombra.

    Ella pudo ver que de nuevo había arrojado de su mente a ella, a Barbara, a todos. Con una intensidad típica en él, se estaba concentrando en algún problema personal, uno de los muchos problemas que nunca le había sido permitido compartir. Una sensación de soledad se apoderó de ella.

    La señora Braun se levantó y, sin mirar a su esposo, huyó de la habitación de la muerte.

Los dorados años de Harry - Gahan Wilson


Unos cortecitos aquí, unos cosidos allá; un par de tirones por un lado y soltar por el otro; cambiar algu­nas viejas tuberías y Harry van Deventer se sintió como nuevo. O casi. Bastante bien, al menos.

Harry anudó el cinturón de su gabán y contempló, satisfecho, la imagen que le devolvía el espejo. Por otra parte, ignoraba que aquel espejo no reflejaba el color grisáceo de su piel. Al contrario, le daba un rosado tinte de bebé. Tampoco estaba enterado de que aquella Luna atenuaba las arrugas de la piel y no acusaba el violáceo cerco de sus ojos. Era natural, pues, que creyera estar en posesión de un físico inmejorable.

Sonrió, dándose unas palmaditas en la barriga, tan lisa como una plancha, después de la ardua labor de los cirujanos. Harry ignoraba también este detalle.

–No está mal –aprobó quedamente.

Se abrió la puerta y apareció la enfermera. Tenía un aspecto inmejorable. Todo un tipo. Harry recordó lo salvaje que había sido la pasada noche y sonrió. Le encantaba recordar cosas. Un hilo de saliva se escurrió por entre las comisuras de sus labios.

–¿Todo listo, mister Van Deventer? –preguntó la enfermera.

Harry asintió.

–A punto de marcha –dijo.

La enfermera bajó los ojos.

–Siento lo de anoche, mister Van Deventer –dijo–. Me refiero al modo en que me lancé sobre usted.

Le miró, sofocándose, y bajó los ojos al suelo de nuevo.

Harry encogió los hombros y enarcó las cejas.

–Está bien –dijo–. No importa, qué diablos.

Ella le miró con gran alivio.

–Sabía que lo comprendería –repuso.

Harry empezaba a sentirse incómodo.

–¿Dónde está el doctor?–preguntó.

Ya fuera del hospital, Harry trató de recordar lo que había pasado con el médico al despedirse de él, pero no tuvo éxito en el intento. Le recomendó hacer esto y aquello, pensó; tomar unas píldoras o algo. En fin, que se puso furioso. ¿Quién creía ser aquel medicucho? Em­pezaba a enfurecerse de nuevo cuando un taxi se acercó y frenó al llegar junto a él.

–¿Vamos a alguna parte, mister Van Deventer? –preguntó el conductor.

Harry echó un vistazo al cogote del taxista y se pre­guntó la razón por la cual se encontraba siempre con el mismo conductor.

–Sí –repuso Harry entrando en el coche–, sólo que aún no tengo idea del lugar adonde quiero ir.

–Adonde usted diga, mister Van Deventer –respon­dió solícito el taxista.

–Lléveme a algún sitio agradable –contestó–. Aca­bo de abandonar el hospital y necesito distraerme.

–¿Ha estado en el hospital, mister Van Deventer? –se interesó el taxista–. ¡Vaya!, lo siento.

–Oh, no ha sido nada –le tranquilizó Harry.

El taxista puso en marcha un mecanismo que deter­minaría las condiciones físicas de Harry, así como su estado mental. Por supuesto que Harry no tenía la me­nor idea de aquello. Una diminuta computadora ronro­neó y arrojó una tarjeta sobre las rodillas del con­ductor.

–¿Qué le parece si vamos a La Gorda Lucy, mister Van Deventer? –preguntó.

–¿Qué es esto?

–Un lugar excelente en el que olvidará las preocupa­ciones. Le gustará, en serio, mister Van Deventer.

–Magnífico –contestó Harry.

Luego tuvo un presentimiento. Su cara expresó enojo.

–No tan aprisa. ¿Cuánto me costará? ¿No será un antro?

–Oh, no, créame, mister Van Deventer –aseguró el taxista con rapidez–. No debe preocuparse por eso. Ja­más le llevaría a un lugar así, se lo aseguro.

–De acuerdo entonces –contestó Harry, tranquili­zándose–. He oído rumores de que algunos de ustedes llevan a la gente a sitios de esa clase, eso es todo.

–Puede estar tranquilo yendo en mi taxi, mister Van Deventer –exclamó el taxista sonriendo nerviosamente.

–Dije que de acuerdo.

El conductor tragó saliva y miró al frente.

La Gorda Lucy resultó ser un buen lugar, después de todo, pensó Harry. Justo al entrar, una rubia aparatosa salió a su encuentro.

–¡Dios! He esperado por ti toda la vida –exclamó ella, sin quitarle las manos de encima–. ¡Jesús! ¿Dónde has estado?

–Por ahí –dijo Harry.

Lo pasó en grande, aunque no recordaba lo que suce­dió durante la mayor parte del tiempo. Era algo rela­tivo a una camarera y alguna inconveniencia que ésta dijera. No le había gustado, pero, por lo demás, resultó fabuloso. La muchacha se mostró apenada cuando deci­dió marcharse.

–¡Por Dios! ¡Debes volver otro día!

–Claro –aseguró Harry.

No pensaba hacerlo. Lo dijo sólo para consolarla. No podía evitar que todos le tomaran tanto afecto.

Ya de regreso, Harry tomó un baño y luego dio un vistazo al buzón del dinero. Le habían dejado monto­nes mientras duró su ausencia. No intentó hacer un cálculo aproximado de lo que había. No lo hacía nunca. Se fue a dormir.

Mientras dormía, le visitaron los contables, que le hicieron firmar algunos documentos. Años atrás, cuando Harry empezó a cansarse de los detalles, se las habían ingeniado de modo que pudiera firmar papeles sin nece­sidad de que le despertaran.

–Viejo bastardo –exclamó uno de los contables.

–Mira –repuso otro–, no te quejes, que no te ha ido tan mal.

Harry despertó aquella mañana sintiéndose fatigado y sin saber qué hacer. Conectó el televisor. Estaban transmitiendo, de nuevo, la historia de su vida. Tomó asiento y lo miró unos minutos. Se cansó muy pronto de aquello y decidió bañarse.

Encontró el cuarto de baño convertido en un verda­dero caos. Estaba todo patas arriba; debió de enfure­cerse por algo el día anterior, pero no lo recordaba. Había estropeado la ducha, pero no importaba: ya lo arreglarían.

Le costó trabajo anudar el cinturón de su gabán, pero lo consiguió al fin. Era el suyo un flamante cinturón con flecos y borlitas que colgaban de sus bordes.

Hacía un precioso día, por lo que ordenó al taxista volar un poco sobre la ciudad. Miró hacia abajo y vio el edificio con su nombre en el tejado. Era el más alto de la ciudad y le pertenecía. Harry no había estado en él desde hacía años. No le preocupaba. Dejaba que lo hicieran los demás.

Miró a lo lejos, en el horizonte, donde se distinguía una faja de verdor. Sabía que era algo, pero no acer­taba a dar con ello. De súbito se le ocurrió.

–Esto es el campo, ¿verdad?

El taxista siguió la dirección de su dedo.

–En efecto, mister Van Deventer –contestó.

–Vamos allá pues –apremió Harry–. Lo pasé muy bien allá en cierta ocasión.

–Usted manda, mister Van Deventer –contestó el conductor.

Mandó algunos mensajes por radio, sin que su pasajero se diera cuenta de ello.

Cuando llegaron a la campiña todo estaba a punto. El taxi aterrizó junto a una granja y Harry puso pie a tierra. Casi al mismo tiempo, un granjero le salió al encuentro sonriente.

–Bienvenido, forastero –fue su saludo–. Por lo ge­neral no me gusta ver a extraños, pero hay algo en su rostro que me gusta mucho.

El granjero dio a Harry una caña de pescar, expli­cándole su manejo mientras le conducía junto a una alberca situada en el centro del patio de la granja. En un tiempo increíblemente corto, Harry pescó docenas de plateados peces. Una multitud de lugareños acudie­ron a presenciar su proeza, asegurándole que era un pescador sensacional.

Algo ocurrió poco antes de la merienda, algo que Harry no recordaba bien del todo. Tenía que ver con un muchacho poco amable, todo lo contrario de los demás campesinos. El caso es que dijo algo malsonante acerca de su pesca, que le enfureció.

De todos modos, para la merienda, le vistieron con ropas propias de un granjero, ya que las suyas se ha­bían manchado no sabía cómo. Fuera lo que fuese, deci­dieron lavárselas, para que no quedaran las manchas, dijeron.

La merienda transcurrió en medio de una gran ani­mación. Todos comieron los peces que había capturado Harry. Todos proclamaban lo excelentes que eran, y cuando terminaron de comer, la hija del granjero llevó a Harry a un rincón, susurrándole lo loca que estaba por él. Se marcharon al granero.

–Oh, forastero, has estado maravilloso –exclamó la muchacha después de haber hecho el amor–. De veras, ¿cómo puedes ser tan maravilloso?

–No lo sé –contestó Harry.

Estaba urgando en la paja sobre la que se hallaban tendidos. Se volvió hacia la hija del granjero, sostenien­do un puñado de heno.

–¿De dónde sacáis esto? –preguntó.

Le dirigió una mirada preñada de desprecio, pero sólo por un segundo, trocándose en seguida en luminosa son­risa.

–Crece en los campos, forastero.

–Muéstramelos –ordenó, más que pidió, Harry.

No tuvo más remedio que acompañarle y enseñarle los sembrados. Habría comunicado a los otros su paseo, pero no contaba con ningún transmisor. En el campo no estaban tan bien equipados como en la ciudad.

A Harry le entusiasmaron los campos y no se can­saba de recorrerlos. Cuanto más se alejaban, más crecía el aburrimiento de la muchacha. Estaba segura de que todos les creían en el granero, y había recibido instrucciones de tener a Harry siempre a mano, por si acaso.

–¿Qué es esto? –preguntó, señalando ante ellos.

–Esto es un toro, forastero –explicó la hija del granjero–, pero es mejor que no te acerques a él. Puede ser peligroso.

Harry frunció el ceño, mirándola.

–¡Y a mí qué me importa! –gritó–. Me acercaré y echaré un vistazo, ¿te enteras?

–¡No lo hagas, forastero! –suplicó ella tirando de su brazo–. En realidad, no es más que un toro.

–¿Qué haces? ¿Quién te has creído que eres para darme órdenes? –gritó Harry desasiéndose brusca­mente.

La muchacha palideció.

–No pretendí tal cosa, forastero –contestó–. Es sólo que no deberías andar por ahí con ese animal suelto.

El rostro de Harry estaba congestionado y pequeñas gotas de sudor perlaban su frente. Su respiración se hizo trabajosa.

–¿Qué quieres decir, perra? –chilló–. ¿Cómo te atre­ves a decirme lo que debo hacer?

Le asestó un tremendo puñetazo en la mandíbula, dislocándosela y haciendo que le saltaran algunos dien­tes. Luego, al caer al suelo, la emprendió a puntapiés con ella, y eran lo bastante fuertes como para levantar el cuerpo de la chica del suelo a cada embate.

Después se alejó lentamente de ella, dirigiéndose ha­cia el toro. Se preguntaba qué habría olvidado ahora. Una campesina le dijo algo que no le gustó. Era lo único que recordaba.

La hija del granjero se arrastró como pudo para alejarse de allí y ser recogida por los suyos.

Más tarde, encontraron a Harry de bruces junto a un roble. El toro estaba mordisqueando la hierba un poco más lejos.

Le llevaron en avión al hospital, acompañado de su equipo de médicos y del jefe de los contables. Siempre iba con él, por si acaso.

Remendaron y unieron el cuerpo de Harry. Concluido el trabajo, el cirujano se quitó los guantes y suspiró.

–¿Vivirá, doctor? –preguntó el contable.

–Claro –respondió.