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Mostrando las entradas etiquetadas como Lord Dunsany

Erlathdronion - Lord Dunsany

El que fuera Sultán en un lugar tan remoto de Oriente que sus dominios fueron  considerados fabulosos en Babilonia, cuyo nombre es hoy prototipo de lejanía en las  calles de Bagdad, cuya excelencia invocan por su nombre viajeros barbados a la caída  de la tarde con el fin de convocar oyentes a su recitación de cuentos, mientras se eleva  el humo del tabaco, suenan los dados y las tabernas rebosan de gente, estableció  también su mandato en esa misma ciudad y dijo: "Que sean conducidos hasta aquí  todos los sabios que puedan comparecer ante mí y regocijar mi corazón con su  sabiduría".    Los hombres se apresuraron y los clarines sonaron, y así fue como se presentaron al  sultán todos sus sabios. Y muchos fueron declarados no aptos. Mas de todos los que  fueron capaces de decir cosas aceptables, después de ser llamados Los Afortunados,  uno dijo que al sur de la Tierra había un País –coronado de loto, añadió– donde era  ver...

Chu-bu y Sheemish - Lord Dunsany

Los martes por la tarde era costumbre en el templo de Chu-bu que el sacerdote entrara y cantara: "Nadie existe salvo Chu-bu". Y toda la gente se alegraba y gritaba: "Nadie existe salvo Chu-bu". Y ofrecían miel a Chu-bu, y maíz y manteca de cerdo. De esta manera era glorificado. Chu-bu era un ídolo algo antiguo, como puede comprobarse por el color de la madera. Había sido esculpido en caoba y después pulimentado. Luego lo habían erigido sobre un pedestal de diorita con un brasero delante para quemar especias y dorados platos llanos para la manteca. De esta manera adoraban a Chu-bu. Debía haber estado allí más de cien años, cuando un día los sacerdotes llegaron al templo con otro ídolo y lo erigieron sobre un pedestal cerca de Chu-bu, cantando: "También existe Sheemish". Palpablemente Sheemish era un ídolo moderno, y aunque su madera había adquirido un tono rojo oscuro, podía uno figurarse que acababa de ser esculpido. Y ofrecieron miel a Sheemish lo...

La coronación del señor Thomas Shap - Lord Dunsany

La ocupación del señor Thomas Shap consistía en persuadir a los clientes de que la mercancía era genuina y de excelente calidad, y que en cuanto al precio su voluntad tácita sería consultada. Para llevar a cabo esta ocupación todas las mañanas iba muy temprano en tren a unas pocas millas de la City desde el suburbio en donde pasaba la noche. Así era como empleaba su vida. Desde el momento en que por vez primera se dio cuenta (no como se lee un libro, sino como las verdades son reveladas al instinto) de la bestialidad propia de su ocupación, y de la casa en la que pasaba la noche -su aspecto, forma y pretensiones-, e incluso de la ropa que llevaba puesta, desde aquel mismo momento dejó de cifrar en ellos sus sueños, sus ilusiones, sus ambiciones; se olvidó de todo excepto de aquel laborioso señor Shap vestido con levita que adquiría billetes de tren, manejaba dinero y a su vez podía ser manejado por las estadísticas. Ni el sacerdote que había en el señor Shap, ni el poeta, tomaron jam...

De cómo Nuth habría practicado su arte contra los Gnolos - Lord Dunsany

Pese a las alusiones de firmas rivales, es probable que todos los comerciantes sepan que dentro de su profesión nadie goza actualmente de una posición igual a la del señor Nuth.  Para aquellos que se encuentran fuera del círculo mágico de los negocios, su nombre es apenas conocido; mas él no necesita anunciarse, está satisfecho. Está por encima incluso de la moderna competencia, y, cualesquiera que sean las pretensiones de las que se jacten, sus rivales lo saben.  Sus precios son moderados, ya sea al contado a la entrega del género, ya sea mediante chantaje después. Toma siempre en consideración la conveniencia de los demás.  Se puede contar con su experiencia; le he visto moverse más sigilosamente que una sombra en una noche ventosa, pues Nuth es un ladrón profesional. Se ha sabido de hombres que, sin abandonar sus casas de campo, han enviado comerciantes a negociar un tapiz, algún mueble o algún cuadro que habían visto en su tienda.  Eso es de mal gusto; mas aquell...

La señorita Cubbidge y el dragón del romance - Lord Dunsany

Esta historia se cuenta en los balcones de Belgrave Square y entre las torres de Pont Street; los hombres la cantan al anochecer en Brompton Road. Poco antes de su decimoctavo cumpleaños, la señorita Cubbidge, que vivía en el número 12A de Prince of Wales' Square, pensó que antes de que otro año pasara de largo ella perdería de vista aquel deforme rectángulo que por tanto tiempo había sido su casa.  Y si además le hubieran dicho que en ese mismo año se habría desvanecido de su memoria cualquier vestigio de aquella supuesta plaza y del día en que su padre fue elegido por abrumadora mayoría para tomar parte en la dirección de los destinos del imperio, simplemente habría dicho con esa voz afectada que tenía: "¡Sí, ya!". La prensa diaria no dijo nada al respecto, la política del partido de su padre no lo había previsto, no apareció ni por asomo en las conversaciones de las reuniones vespertinas a las que acudía la señorita Cubbidge: nada hubo que le avisara de que un repu...

La demanda de las lágrimas de la Reina - Lord Dunsany

Sylvia, reina de los bosques, reunió a la corte en su palacio y se burló de sus pretendientes. Les cantaría, dijo, les ofrecería banquetes, les narraría cuentos de los tiempos legendarios; sus juglares harían cabriolas ante ellos, sus ejércitos les saludarían, sus bufones bromearían con ellos y tendrían extravagantes ocurrencias; sólo que no podía quererles. Ésa no era forma, dijeron ellos, de tratar a príncipes en todo su esplendor y a misteriosos trovadores que ocultaban nombres regios; no está de acuerdo con la fábula; no hay precedente de ello en la mitología. La reina podía haber arrojado su guante, dijeron ellos, en la guarida de un león, podía haber pedido una veintena de cabezas de serpientes venenosas de Licantara, o de haber exigido la muerte de cualquier dragón notable, o enviarles a todos ellos tras alguna demanda fatal, mas que no pudiera quererles... ¡eso nunca se había oído!... no tenía parangón en los anales del romance. Y entonces ella les dijo que, si tenían neces...

Las imprudentes plegarias de Pombo el Idólatra - Lord Dunsany

Pombo el idólatra había dirigido a Ammuz una súplica sencilla, indispensable, de esas que incluso un ídolo de marfil podía conceder con suma facilidad, y Ammuz no la había concedido inmediatamente. Luego, Pombo había rezado a Tharma pidiendo el derrocamiento de Ammuz, un ídolo simpático a los ojos de Tharma, y al hacerlo violó el protocolo de los dioses. Tharma rehusó conceder la petición.  Pombo suplicó desesperadamente a todos los dioses de la idolatría, pues aunque se trataba de un asunto sencillo, era indispensable para él. Dioses más antiguos que Ammuz rechazaron las plegarias de Pombo, e incluso dioses más recientes y por tanto de mayor reputación. Les suplicó uno a uno y todos rehusaron escucharle. Al principio él ni siquiera pensó en aquel sutil protocolo divino que había violado. Se le ocurrió de repente mientras rezaba al quincuagésimo ídolo, un diosecillo verde jade conocido de los chinos, contra el cual se habían aliado todos los demás ídolos. Cuando Pombo descubrió est...