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Erlathdronion - Lord Dunsany

El que fuera Sultán en un lugar tan remoto de Oriente que sus dominios fueron considerados fabulosos en Babilonia, cuyo nombre es hoy prototipo de lejanía en las calles de Bagdad, cuya excelencia invocan por su nombre viajeros barbados a la caída de la tarde con el fin de convocar oyentes a su recitación de cuentos, mientras se eleva el humo del tabaco, suenan los dados y las tabernas rebosan de gente, estableció también su mandato en esa misma ciudad y dijo: "Que sean conducidos hasta aquí todos los sabios que puedan comparecer ante mí y regocijar mi corazón con su sabiduría". 
 
Los hombres se apresuraron y los clarines sonaron, y así fue como se presentaron al sultán todos sus sabios. Y muchos fueron declarados no aptos. Mas de todos los que fueron capaces de decir cosas aceptables, después de ser llamados Los Afortunados, uno dijo que al sur de la Tierra había un País –coronado de loto, añadió– donde era verano cuando nosotros estamos en invierno y viceversa. 
 
Y cuando el Sultán de aquellas remotas tierras supo que el Creador de Todo había ideado una estratagema tan sumamente de su gusto, su júbilo no conoció fronteras. De pronto habló y dijo (eso fue en esencia lo que dijo) que sobre esa frontera o límite que separa el norte del sur se construiría un palacio en cuyos salones del ala norte sería verano, mientras que en los del ala sur sería invierno; así que él se trasladaría de unos salones a otros según su estado de ánimo: se reiría del verano por la mañana y pasaría el mediodía entre la nieve. 
 
De modo que mandaron llamar a los poetas del Sultán y les ordenaron que hablasen de aquella ciudad, previendo su esplendor lejos hacia el sur y en tiempos futuros, y algunos de ellos fueron considerados afortunados. Y entre todos los que fueron considerados afortunados y fueron coronados de flores, ninguno consiguió con más facilidad la sonrisa del Sultán (de la que dependía que los días fueran largos) que el que, imaginándose la ciudad, habló así de ella: 
 
–Durante siete años y siete días, ¡oh, Puntal del Cielo!, tus constructores edificarán tu palacio, que no estará ni en el norte ni en el sur, en el que ni el verano ni el invierno será dueño exclusivo de las horas. Lo veo blanco, tan extenso como una ciudad, tan hermoso como una mujer, auténtica maravilla del mundo, con muchas ventanas, desde las que al ocaso tus princesas mirarán al exterior. 
 
Sí, percibo la dicha en sus balcones dorados y escucho el rumor que desciende de las galerías y el arrullo de las palomas en sus aleros esculpidos. 
 
¡Oh, Puntal del Cielo!, esa ciudad tan hermosa deberían construirla tus antiguos señores, los hijos del sol, para que todos los hombres admiren su poder incluso hoy, y no sólo los poetas, cuya imaginación la ve tan alejada hacia el sur y en tiempos futuros. 
 
"¡Oh, Rey de los Años!, la ciudad debería estar situada en el centro de esa línea que divide equitativamente el norte del sur y separa las estaciones como si fuera una pantalla. Cuando en el ala norte sea verano, tus centinelas vestidos de seda pasearán por deslumbrantes murallas, mientras tus lanceros cubiertos de pieles circularán por el ala sur. 
 
Mas al mediodía del día central del año, tu chambelán descenderá de su elevada posición y entrará en el salón del centro, y tras él bajarán hombres con trompetas, y él proferirá un gran grito al mediodía, y los hombres harán sonar las trompetas, y los lanceros cubiertos de pieles marcharán hacia el norte y tus centinelas vestidos de seda ocuparán su lugar en el sur, y el verano abandonará el norte y se irá al sur, y las golondrinas levantarán el vuelo y le seguirán. 
 
Y únicamente no habrá cambio en tus salones interiores, pues están situados sobre esa línea que separa las estaciones y divide el norte del sur. 
 
"Y en los jardines siempre será primavera, pues la primavera permanece siempre al margen del verano; y el otoño también teñirá siempre tus jardines, pues siempre resplandece al borde del invierno, y esos jardines permanecerán aparte entre el invierno y el verano. Y habrá orquídeas en tu jardín, también, con toda su carga de otoño en las ramas y todas las flores de la primavera. 
 
"Sí, percibo ese palacio, ya que podemos imaginar las cosas venideras; veo su blanco muro resplandeciente a la deslumbrante luz del solsticio de verano, y los lagartos tumbados inmóviles al sol, y los hombres dormidos al mediodía, y las mariposas revoloteando alrededor, y las aves de radiante plumaje persiguiendo maravillosas polillas, y a lo lejos en la selva las grandes orquídeas, y los insectos iridiscentes danzando en torno a la luz. 
 
Veo el muro por el otro lado: la nieve se ha amontonado en las almenas, los carámbanos las han orlado de barbas de hielo, un violento viento que sopla desde parajes solitarios y clama a los helados campos, ha enviado los ventisqueros por encima de los contrafuertes. 
 
Los que se asoman a las ventanas de ese ala de tu palacio ven a los gansos silvestres volando bajo, y a todas las aves invernales pasando veloces en bandadas atenazadas por el implacable viento, y las nubes de encima son negras, ya que allí están en el solsticio de invierno. 
 
Mientras tanto, en tus otros salones las fuentes tintinean, cayendo sobre mármol bajo el sol abrasador del verano. 
 
"Así será tu palacio, ¡oh, Rey de los Años!, y su nombre será Erlathdronion, Prodigio de la Tierra; y tu sabiduría ordenará a tus arquitectos que lo construyan inmediatamente, ya que podemos ver lo que hasta ahora únicamente veían los poetas, y esta profecía se cumplirá. 
 
Y cuando el poeta se detuvo, el Sultán habló y dijo, mientras los demás escuchaban con la cabeza vuelta: –No será necesario que mis constructores edifiquen ese palacio, Erlathdronion, Prodigio de la Tierra, pues al oírte a ti hemos saboreado ya sus placeres. 
 
Y el poeta se fue de su Presencia y soñó otra cosa. 

Chu-bu y Sheemish - Lord Dunsany

Los martes por la tarde era costumbre en el templo de Chu-bu que el sacerdote entrara y cantara: "Nadie existe salvo Chu-bu".

Y toda la gente se alegraba y gritaba: "Nadie existe salvo Chu-bu". Y ofrecían miel a Chu-bu, y maíz y manteca de cerdo. De esta manera era glorificado.

Chu-bu era un ídolo algo antiguo, como puede comprobarse por el color de la madera. Había sido esculpido en caoba y después pulimentado. Luego lo habían erigido sobre un pedestal de diorita con un brasero delante para quemar especias y dorados platos llanos para la manteca. De esta manera adoraban a Chu-bu. Debía haber estado allí más de cien años, cuando un día los sacerdotes llegaron al templo con otro ídolo y lo erigieron sobre un pedestal cerca de Chu-bu, cantando: "También existe Sheemish".

Palpablemente Sheemish era un ídolo moderno, y aunque su madera había adquirido un tono rojo oscuro, podía uno figurarse que acababa de ser esculpido. Y ofrecieron miel a Sheemish lo mismo que a Chu-bu, y también maíz y manteca de cerdo.

La furia de Chu-bu no conoció límite de tiempo estuvo furioso toda la noche y al día siguiente todavía lo estaba. La situación exigía inmediatos prodigios. Seguramente el ídolo no tenía potestad para devastar la ciudad con una peste que matara a todos sus sacerdotes, por lo que sabiamente concentró los poderes divinos que tenía a fin de originar un pequeño terremoto. "Así -pensaba Chu-bu- me reafirmaré como único dios, y los hombres escupirán sobre Sheemish".

Chu-bu insistió y volvió a insistir, mas el terremoto no llegaba todavía, cuando de pronto se dio cuenta de que el aborrecido Sheemish osaba tratar de hacer un milagro también. Dejó de ocuparse del terremoto y estuvo atento -¿o debería decir con todos los sentidos alerta?- a lo que Sheemish estaba pensando, pues los dioses se enteran de lo que pasa en la mente gracias a un sentido distinto a los otros cinco. Sheemish trataba también de provocar un terremoto.

El móvil del nuevo dios era probablemente hacer valer sus derechos. Dudo que Chu-bu comprendiera o se preocupase lo más mínimo por ese motivo; para un ídolo inflamado de celos era suficiente que su detestable rival estuviera a punto de hacer un milagro. Todo el poder de Chu-bu viró inmediatamente en redondo, oponiéndose resueltamente al terremoto, por  pequeño que éste fuera. Durante algún tiempo todo siguió igual en el templo de Chu-bu, sin que se produjera ningún terremoto.

Ser un dios y no poder realizar un milagro es una sensación desesperante; es como si un hombre decidiera estornudar y no le saliera el estornudo; como si alguien intentara nadar provisto de pesadas botas o pretendiera recordar un nombre completamente olvidado: todos estos sufrimientos padecía Sheemish.

Y el martes llegaron los sacerdotes y los fieles, y todos adoraron a Chu-bu y le ofrecieron manteca de cerdo, diciendo: "Oh, Chu-bu, que has creado todo"; y luego los sacerdotes cantaron: "También existe Sheemish"; y Chu-bu se avergonzó y no habló en tres días.

En el templo de Chu-bu había pájaros sagrados, y al acercarse el tercer día y su noche, la mente de Chu-bu descubrió, por así decirlo, que había excrementos en la cabeza de Sheemish.

Chu-bu habló a Sheemish como hablan los dioses, sin mover los labios ni siquiera alterar el silencio, diciendo: "Hay excrementos en tu cabeza, oh, Sheemish". A lo largo de toda la noche murmuró una y otra vez: "Hay excrementos en la cabeza de Sheemish". Y cuando al amanecer se oyeron voces a lo lejos, Chu-bu se mostró exultante con el despertar de las cosas de la Tierra, y exclamó hasta que el sol estuvo alto: "Excrementos, hay excrementos en la cabeza de Sheemish"; y al mediodía dijo: "Por tanto, Sheemish debe de ser dios". De esa manera dejó confundido a Sheemish.

Y el martes llegó alguien y lavó su cabeza con agua de rosas, y de nuevo fue adorado y le cantaron: "También existe Sheemish". Y Chu-bu todavía estaba contento, pues decía: "La cabeza de Sheemish ha sido profanada", y de nuevo: "Su cabeza fue profanada, eso está bien". Y he aquí que una tarde había también excrementos en la cabeza de Chu-bu, circunstancia de  la que se apercibió Sheemish inmediatamente.

Con los dioses no ocurre como con los hombres. Nosotros nos enfadamos unos con otros y cambiamos continuamente de parecer, mas la ira de los dioses es perdurable. Chu-bu recordaba y Sheemish no olvidaba. Hablaron entre ellos como nosotros no solemos hacer, en silencio, pero oyéndose uno al otro, y sus puntos de vista no fueron como los nuestros. No deberíamos juzgarlos solamente mediante criterios humanos. 

A lo largo de toda la noche hablaron y en todo ese tiempo únicamente pronunciaron estas palabras: "Sucio Chu-bu". "Sucio Sheemish". "Sucio Chu-bu". "Sucio Sheemish" toda la noche. Al amanecer su ira no se había agotado, ni se habían hartado de acusarse mutuamente. Y, poco a poco, Chu-bu vino a darse cuenta de que no era más que el igual de Sheemish.

Todos los dioses son celosos; mas esta igualdad con el adversario Sheemish, un objeto de madera pintada cien años después que el propio Chu-bu, y la adoración a él prestada en el templo del mismo Chu-bu, eran particularmente amargas. 

Aunque fuera dios, Chu-bu era celoso; y cuando llegó de nuevo el martes, tercer día de la adoración a Sheemish, Chu-bu no pudo soportarlo más. Sentía que debía manifestar su enojo a toda costa, y  con toda la vehemencia de su voluntad reanudó sus intentos de provocar un pequeño terremoto. 

Nada más irse del templo los adoradores, Chu-bu se concentró a fin de realizar el milagro; de vez en cuando sus meditaciones se veían alteradas por la ya familiar máxima "Sucio Chu-bu"; mas Chu-bu perseveraba ferozmente, sin dejar de decir lo que quería decir y ya había dicho novecientas veces, y pronto cesaron incluso esas interrupciones.

Cesaron porque Sheemish había retomado un proyecto que nunca había abandonado del todo: el deseo de exaltarse e imponerse a Chu-bu, realizando un milagro; y, como estaban en una zona volcánica, había elegido un pequeño terremoto como milagro más fácilmente asequible a un dios pequeño.

Ahora bien, un milagro solicitado a la vez por dos dioses tiene el doble de probabilidad de cumplirse que si es deseado por uno solo, y una posibilidad incalculablemente mayor que cuando dos dioses tiran cada uno por su lado; como ocurre en el caso de dioses más antiguos y más importantes: cuando el sol y la luna apuntan a la misma dirección tenemos las mayores mareas.

Chu-bu nada sabía de la teoría de las mareas, y estaba demasiado ocupado con su milagro para darse cuenta de lo que Sheemish estaba haciendo. Y súbitamente se consumó el milagro.

Fue un terremoto muy localizado, pues existen otros dioses además de Chu-bu o incluso Sheemish, y éstos habían querido que fuera pequeño; mas derribó algunos monolitos de una columnata que soportaba un ala del templo e hizo caer todo un muro del mismo; y las humildes casuchas de los habitantes de aquella ciudad temblaron un poco, y algunas puertas se bloquearon y no podían abrirse. Ni Chu-bu ni Sheemish pretendían hacer nada más; mas habían puesto en marcha una vieja ley más antigua que el propio Chu-bu: la ley de la gravedad, que aquella columnata había aplacado durante centenares de años; y el templo de Chu-bu se estremeció, luego se tambaleó una vez y finalmente se derrumbó sobre las cabezas de Chu-bu y Sheemish.

Nadie lo reconstruyó, pues nadie osaba acercarse a dioses tan terribles.

Algunos dijeron que Chu-bu hizo el milagro; otros dijeron que fue Sheemish; y se originó un cisma. Los más débiles, alarmados por el encono de las sectas rivales, buscaron un término medio y dijeron que ambos lo habían realizado; mas ninguno de ellos adivinó la verdad: que lo hicieron por rivalidad.

Y un rumor surgió, y ambas sectas lo compartieron: quien tocase a Chu-bu o mirase a Sheemish, moriría.

Así fue como adquirí a Chu-bu cuando una vez realicé un viaje más allá de las colinas de Ting. Lo encontré en el derrumbado templo de Chu-bu: sus manos y dedos de los pies sobresalían de los escombros, y estaba tendido boca arriba. Y en esa misma postura en que lo encontré lo he mantenido hasta la fecha sobre la repisa de la chimenea; de esa manera está menos expuesto a ser derribado. Sheemish estaba roto, de manera que lo dejé donde estaba.

Y Chu-bu parece tan desvalido, con sus regordetas manos alzadas, que , a veces, me entran ganas de inclinarme ante él y rezarle, diciendo: "Oh, Chu-bu, tú que lo has creado todo , socorre a tu siervo".

Chu-bu no puede hacer mucho, aunque estoy seguro de que en cierta ocasión en una partida de bridge me envió un as de triunfos, después de que en toda la velada no había tenido una sola carta que mereciera la pena. La suerte podía haber hecho por mí otro tanto, mas eso no se lo conté a Chu-bu.

La coronación del señor Thomas Shap - Lord Dunsany

La ocupación del señor Thomas Shap consistía en persuadir a los clientes de que la mercancía era genuina y de excelente calidad, y que en cuanto al precio su voluntad tácita sería consultada. Para llevar a cabo esta ocupación todas las mañanas iba muy temprano en tren a unas pocas millas de la City desde el suburbio en donde pasaba la noche. Así era como empleaba su vida.

Desde el momento en que por vez primera se dio cuenta (no como se lee un libro, sino como las verdades son reveladas al instinto) de la bestialidad propia de su ocupación, y de la casa en la que pasaba la noche -su aspecto, forma y pretensiones-, e incluso de la ropa que llevaba puesta, desde aquel mismo momento dejó de cifrar en ellos sus sueños, sus ilusiones, sus ambiciones; se olvidó de todo excepto de aquel laborioso señor Shap vestido con levita que adquiría billetes de tren, manejaba dinero y a su vez podía ser manejado por las estadísticas. Ni el sacerdote que había en el señor Shap, ni el poeta, tomaron jamás el primer tren para la City.

Al principio solía hacer pequeños recorridos en su imaginación, fijándose en su ensueño en los campos y ríos tendidos al sol, en los que éste sorprendía al mundo con mayor brillantez cuanto más hacia el sur. Luego empezó a imaginar mariposas; después de eso, gente vestida de seda y templos que construían a sus dioses.

Se advertía que el señor Shap era más bien callado, e incluso a veces distraído; mas no se criticaba su comportamiento con los clientes, para los cuales seguía siendo tan convincente como antaño. Por tanto, soñó durante un año más y, según soñaba, su fantasía se reforzaba. Leía todavía en el tren publicaciones baratas, seguía discutiendo los efímeros tópicos de la vida cotidiana y todavía votaba en las elecciones, aunque ya no lo hacía con todo su ser: su alma ya no intervenía.

Había tenido un año agradable, aunque su imaginación era completamente nueva para él, y a menudo le había descubierto cosas hermosas lejos de donde estaban disponibles, al sudeste del limbo crepuscular. Como tenía una mente lógica y prosaica, a veces decía: "¿Por qué he de pagar dos peniques en el teatro eléctrico cuando bastante fácilmente puedo ver gratis todo tipo de cosas?" Cualquier cosa que hiciera era ante todo lógica, y los que le conocían hablaban siempre de Shap como de "un hombre bueno, sensato y juicioso".

El día más importante de su vida, con mucho, fue a la ciudad como de costumbre en el primer tren a vender artículos plausibles a sus clientes, mientras su parte espiritual vagaba por tierras imaginarias. Según venía de la estación, lleno de sueños pero completamente despierto, descubrió repentinamente que el verdadero Shap no era el que iba al Comercio con fea ropa negra, sino el que vagaba a lo largo del borde de la jungla cerca de las murallas de una antigua ciudad oriental que surgía de la arena y que el desierto lamía con su eterna ondulación. Solía imaginar que el nombre de esa ciudad era Larkar. "Después de todo, la ilusión es tan real como el mismo cuerpo", decía con perfecta lógica. Era una teoría peligrosa.

Al igual que en el Comercio, se daba perfecta cuenta de la importancia y el valor del método para aquella otra vida que llevaba. No dejaba que su fantasía vagara demasiado lejos hasta conocer perfectamente sus principales aledaños. En particular evitaba la jungla: no es que temiera encontrar allí un tigre (después de todo, no era real), mas sí que pudieran agazaparse extrañas criaturas. 

Creó Larkar lentamente: muralla a muralla, torres para los arqueros, puerta de latón, y todo lo demás. Y entonces, un día se persuadió, y con toda razón, de que toda aquella gente vestida de seda que recorría sus calles, sus camellos, sus mercancías procedentes de Inkustahn, la misma ciudad, eran producto de su voluntad, por lo que él mismo se hizo Rey. 

Después sonreía cuando la gente no se quitaba el sombrero a su paso por las calles, mientras caminaba de la estación al Comercio; mas era lo suficientemente práctico como para reconocer que era preferible no comentar esas cosas con los que únicamente le conocían como señor Shap.

Ahora que era Rey de la ciudad de Larkar y de todo el desierto que se extiende hacia el este y el norte, dejó vagar más lejos su fantasía. Se llevó los regimientos de camelleros y abandonó Larkar entre tintineos producidos por las campanillas de plata que llevaban los camellos debajo de la barbilla, y llegó a otras remotas ciudades del desierto que se alzaban al sol con sus blancas murallas y torres. Atravesó las puertas de estas ciudades con sus tres regimientos vestidos de seda: el regimiento azul pálido estaba a su derecha, el regimiento verde cabalgaba a su izquierda y el regimiento lila iba delante. 

Cuando hubo atravesado las calles de cada una de las ciudades, y observado los modales de sus gentes, y contemplado la forma en que el sol daba en sus torres, se proclamó Rey allí mismo y a continuación siguió adelante con su fantasía. De esa manera pasó de ciudad en ciudad y de país en país. Aunque el señor Shap era perspicaz, creo que pasó por alto el ansia de engrandecimiento del que tan a menudo son víctimas los reyes. 

De manera que, cuando las primeras ciudades abrieron sus relucientes puertas y vio que la gente se postraba ante su camello, y que los lanceros le aclamaban a lo largo de innumerables balcones, y que los sacerdotes salían a hacerle reverencias, él, que nunca había tenido siquiera la más modesta autoridad en su mundo familiar, se volvió insensatamente insaciable. 

Apenas fue Rey dejó que su fantasía vagase a velocidades desmesuradas, renunció al método, y ansió ampliar sus fronteras; de manera que se internó cada vez más en terrenos completamente desconocidos para él. 

La concentración que mostró en sus desmesurados avances a través de países que la historia desconoce y de ciudades de tan fantásticos baluartes que, aunque sus habitantes eran humanos, sin embargo el enemigo al que temían no lo parecía tanto; el asombro con que percibió puertas y torres desconocidas incluso para el arte, y gente furtiva afluyendo por intrincados caminos para aclamarle como su soberano; todas esas cosas comenzaron a afectar su capacidad para el Comercio. Sabía como cualquiera que su imaginación no podía gobernar aquellas hermosas tierras a menos que el otro Shap, por insignificante que fuera, estuviera bien amparado y alimentado: y el amparo y el alimento significan dinero, y el dinero Comercio. 

Su error se parecía más al de un jugador astuto que ignorara la codicia humana. Un día su imaginación, vagando de buena mañana, llegó a una ciudad espléndida como el alba, en cuyas opalescentes murallas había puertas de oro, tan enormes que entre sus barrotes fluía un río en el que, cuando aquéllas se abrían, flotaban grandes galeones con las velas alzadas. De ellas salió danzando un grupo instrumental que ejecutó una melodía alrededor de la muralla. Aquella mañana el señor Shap, el Shap corporal de Londres, se olvidó del tren que le conducía a la ciudad.

Hasta hacía un año nunca había imaginado nada; no hay por qué extrañarse de que todas aquellas cosas recientemente imaginadas por su fantasía le jugaran al principio una mala pasada a la memoria de un hombre tan cuerdo.

Dejó por completo de leer los periódicos, perdió todo su interés por la política, y cada vez le importaban menos las cosas que pasaban a su alrededor. Incluso volvió a ocurrirle aquella desgraciada pérdida del tren de la mañana y la empresa le reprendió severamente por ello. Mas él se consoló. ¿Acaso no le pertenecían Aráthrion y Argun Zeerith y todo el litoral de Oora? 

E incluso cuando la empresa le criticó, contempló en su imaginación a los yaks en viajes agotadores, lentas partículas sobre los campos nevados, portando sus ofrendas; y vio los ojos verdes de los montañeses que le habían mirado de una manera extraña en la ciudad de Nith cuando entró por la puerta del desierto. 

No obstante, su lógica no le abandonó del todo; sabía que sus extraños súbditos no existían, y estaba más orgulloso de haberlos creado en su mente que de poder gobernarlos únicamente. Así que, en su orgullo, se consideraba más importante que un Rey, sin atreverse a pensar exactamente qué. Entró en el templo de la ciudad de Zorra y permaneció allí algún tiempo solo: todos los sacerdotes se arrodillaron ante él cuando salió.

Cada vez le importaban menos las cosas que a nosotros nos preocupan, los asuntos propios de Shap, el comerciante de Londres. Comenzó a despreciarle con soberano desdén.

Un día, hallándose en Sowla, la ciudad de los thuls, sentado en el trono de amatista, decidió, y al momento fue proclamado con trompetas de plata por todo el país, que sería coronado Rey de todo el País de las Maravillas.

Delante de aquel viejo templo donde año tras año, durante más de mil, fueron venerados los thuls, instalaron pabellones al aire libre. Los árboles que allí florecían despedían radiantes fragancias, desconocidas en todos los países incluidos en los mapas; las estrellas brillaban intensamente por aquel excelente motivo. 

Una fuente lanzaba incesantemente hacia arriba con gran estrépito brazada tras brazada de diamantes; un profundo silencio aguardaba a las trompetas doradas: se acercaba la noche de la coronación. En lo alto de aquellos viejos y gastados escalones, que bajaban no se sabe adónde, se encontraba el Rey con su manto de color esmeralda y amatista, la antigua vestidura de los thuls; a su lado estaba la Esfinge que en las pasadas semanas le había aconsejado en sus asuntos.

Lentamente, subieron hacia él, de no se sabe dónde, ciento veinte arzobispos, veinte ángeles y dos arcángeles, llevando la fabulosa corona, la diadema de los thuls. Mientras ascendían hasta él, sabían que a todos ellos les esperaba un ascenso por su labor aquella noche. Silencioso, majestuoso, el Rey les aguardaba.

Los doctores de abajo fueron sentándose a cenar, los vigilantes pasaron lentamente de una habitación a otra, y cuando, en aquel confortable dormitorio de Hanwell, vieron al Rey todavía erguido y regio, resuelto, subieron hasta él y le dijeron: "Váyase a la cama... a la linda cama". Así es que se acostó y pronto se quedó dormido: el gran día había terminado.

De cómo Nuth habría practicado su arte contra los Gnolos - Lord Dunsany

Pese a las alusiones de firmas rivales, es probable que todos los comerciantes sepan que dentro de su profesión nadie goza actualmente de una posición igual a la del señor Nuth. 

Para aquellos que se encuentran fuera del círculo mágico de los negocios, su nombre es apenas conocido; mas él no necesita anunciarse, está satisfecho. Está por encima incluso de la moderna competencia, y, cualesquiera que sean las pretensiones de las que se jacten, sus rivales lo saben. Sus precios son moderados, ya sea al contado a la entrega del género, ya sea mediante chantaje después. Toma siempre en consideración la conveniencia de los demás. 

Se puede contar con su experiencia; le he visto moverse más sigilosamente que una sombra en una noche ventosa, pues Nuth es un ladrón profesional. Se ha sabido de hombres que, sin abandonar sus casas de campo, han enviado comerciantes a negociar un tapiz, algún mueble o algún cuadro que habían visto en su tienda. 

Eso es de mal gusto; mas aquellos cuya cultura es más refinada invariablemente han llamado a Nuth una o dos noches después de visitar su tienda. Se maneja bien con los tapices, difícilmente se daría uno cuenta de que los bordes han sido cortados. 

Y a menudo, cuando veo alguna nueva casa, inmensa, llena de muebles antiguos y cuadros de otras épocas, me digo a mí mismo: "Estas sillas con molduras, estos antepasados de cuerpo entero y estas caobas talladas son producto del incomparable Nuth".

Se puede objetar en contra de mi utilización de la palabra "incomparable" que en el oficio de ladrón el nombre de Slith sigue siendo soberano y único; eso no lo ignoro. Mas Slith es un clásico y vivió hace mucho tiempo, y no sabía completamente nada acerca de la moderna competencia; aparte de que la sorprendente índole de su funesto destino posiblemente ha añadido un encanto que exagera ante nuestros ojos sus indudables méritos.

No cabe suponerse que yo sea un amigo cualquiera de Nuth. Al contrario, soy partidario de la Propiedad, y no necesita que yo interceda por él, ya que su posición es casi única dentro del gremio, siendo de los pocos que no precisan anunciarse.

En la época en que comienza mi historia, Nuth vivía en una espaciosa casa de Belgrave Square. A su inimitable manera había trabado amistad con la portera. El lugar le agradaba a Nuth y, cada vez que alguien iba a inspeccionarlo con ánimos de compra, la portera solía ensalzar la casa con las palabras que Nuth le había sugerido. "Si no fuera por los desagües -les decía ella-, sería la mejor casa de Londres". Y cuando ellos se  aferraban a esa observación, y hacían preguntas acerca de los desagües, ella les contestaba que eran buenos, mas no tanto como la propia casa. 

No veían a Nuth cuando recorrían las habitaciones, mas Nuth estaba allí. Una mañana primaveral llegó una anciana, vestida pulcramente de negro y con un gorro forrado de rojo, preguntando por el señor Nuth; con ella venía su voluminoso y desgarbado hijo. La señora Eggins, la portera, echó un vistazo a la calle y después los dejó entrar, haciéndoles esperar en el salón entre muebles cubiertos por sábanas.

Esperaron un buen rato y luego olieron a tabaco de pipa: era Nuth que se acercaba a ellos. -Señor -dijo la anciana del gorro forrado de rojo-, usted ha sido el que me ha incitado -y entonces comprendió que ésa no era forma de dirigirse al señor Nuth.

Finalmente habló Nuth y la anciana le explicó muy tímidamente que su hijo era un joven prometedor, introducido ya en la profesión, que quería mejorar de posición, y que ella deseaba que el señor Nuth le enseñara a ganarse la vida.

Ante todo, Nuth quiso ver sus referencias, y cuando le mostraron una de un joyero del cual daba la casualidad de que era uña y carne, el resultado fue que accedió a hacerse cargo de Tonker (pues así se llamaba el prometedor joven) y convertirlo en su aprendiz. La anciana del gorro forrado de rojo regresó a su pequeña casa de campo y cada atardecer le decía a su viejo marido: -Tonker, debemos cerrar los postigos por la noche, pues ahora Tommy es un ladrón.

No tengo la intención de pormenorizar los detalles del aprendizaje del prometedor joven: los que son de la profesión ya los conocen y los que son de otros oficios solamente se preocupan de los suyos propios, mientras que los desocupados que carecen de profesión no lograrían apreciar los progresos de Tommy Tonker, primero cruzando a oscuras y sin hacer ningún ruido simples maderos cubiertos de pequeños obstáculos, después ascendiendo en silencio escaleras que crujen, más tarde abriendo puertas y por último trepando.

Baste decir que el negocio prosperó enormemente, mientras Nuth enviaba de vez en cuando a la anciana del gorro forrado de rojo entusiastas informes, escritos con su difícil letra, sobre los progresos de Tommy Tonker. Nuth había renunciado muy pronto a las clases de caligrafía, pues parecía tener algún prejuicio contra la falsificación y, por consiguiente, consideraba la escritura como una pérdida de tiempo. 

Más tarde se produjo la transacción con lord Castlenorman en su residencia de Surrey. Nuth eligió un sábado por la noche y a las once en punto toda la casa estaba en silencio. Cinco minutos antes de la medianoche, Tommy Tonker, siguiendo instrucciones del señor Nuth, que esperaba fuera, salió con una bolsa llena de anillos y botones de camisa. Era una bolsa realmente liviana, mas los joyeros de París no podrían igualarla sin hacer un pedido especial a África, así es que lord Castlenorman tuvo que pedir prestados botones de hueso.

No hubo ni un solo rumor que susurrara el nombre de Nuth. Si dijera que esta circunstancia se le subió a la cabeza, la afirmación molestaría a más de uno, pues sus socios sostienen que su astuto juicio no se veía afectado por las circunstancias. 

Diré por consiguiente que estimuló su genio para planear lo que ningún otro ladrón había planeado antes. Ni más ni menos que robar la mansión de los gnolos. Y eso se lo reveló a Tonker aquel hombre abstemio frente a una taza de té. 

Aunque Tonker no hubiera estado casi loco de orgullo por su reciente transacción, ni cegado por su veneración por Nuth, habría aceptado el plan, pero me temo que habría derramado la leche. Mas protestó respetuosamente: dijo que prefería no ir; se permitió argüir que no era un asunto claro. Y al final, una ventosa mañana de octubre que amenazaba tormenta les sorprendió a ambos siguiendo un rastro cerca del espantoso bosque.

Sopesando pequeñas esmeraldas con simples pedazos de roca, Nuth averiguó el peso probable de los adornos caseros que, según se creía, poseen los gnolos en la angosta y elevada mansión en la que han morado desde muy antiguo. 

Decidieron robar dos esmeraldas y transportarlas entre los dos envueltas en un capote; mas si resultaban demasiado pesadas, deberían arrojar inmediatamente una de ellas. Nuth advirtió al joven Tonker contra la avaricia y le explicó que las esmeraldas valdrían menos que un queso hasta que ellos estuvieran a salvo del espantoso bosque.

Todo había sido cuidadosamente planeado, y ahora caminaban ambos en silencio. No hallaron indicios de sendero alguno entre la siniestra penumbra de los árboles; tampoco de hombres o de ganado; desde hacía centenares de años no había pasado por allí ni siquiera algún cazador furtivo en busca de elfos. No era posible penetrar dos veces en los diminutos valles de los gnolos. Y, aparte de las cosas que allí habían sucedido, los mismos árboles eran un aviso, no tenían el aspecto saludable que presentan los que nosotros plantamos.

La aldea más próxima estaba a pocas millas y la parte posterior de todas sus casas daba al bosque, aunque sin ninguna ventana en aquella dirección.

Allí no hablaban de él y en otras partes lo desconocían.

Nuth y Tommy Tonker se introdujeron en aquel bosque. No llevaban armas de fuego. Tonker había pedido una pistola, mas Nuth le respondió que el ruido de un disparo "nos lo echaría todo a perder", y no se habló más de ello.

Anduvieron todo el día por el bosque, internándose cada vez más en él.

Vieron el esqueleto de algún primitivo cazador furtivo de tiempos del rey Jorge, clavado a una puerta bajo un roble. De vez en cuando divisaron a lo lejos una trampa para hadas. En cierta ocasión, Tonker pisó un trozo de madera seca y endurecida, después de lo cual permanecieron ambos inmóviles durante unos veinte minutos. Y el ocaso refulgió, lleno de presagios, por entre los troncos de los árboles; y cayó la noche; y, a la caprichosa luz de las estrellas, como Nuth había previsto, llegaron a aquella casa angosta y elevada donde los gnolos moraban en secreto.

Todo estaba tan silencioso en aquella módica casa que el decaído ánimo de Tonker vaciló; mas al experimentado juicio de Nuth le pareció que aquel silencio era excesivo. Y todo el tiempo el cielo presentó ese aspecto peor que un juicio oral, de manera que Nuth, como ocurre a menudo cuando los hombres desconfían, tuvo tiempo suficiente para temerse lo peor. 

Sin embargo, no abandonó el asunto sino que mandó al prometedor joven que, mediante una escala, subiera con el instrumental propio de su oficio a la vieja ventana verde. Y, en el momento en que Tonker tocó los podridos maderos, el silencio, que, aunque ominoso, era terrenal, se hizo sobrenatural como el roce de un gul. 

Y Tonker escuchó su respiración que violaba el silencio, y su corazón parecía un tambor furioso durante un ataque nocturno, y el cordón de una de sus sandalias golpeó en uno de los peldaños de la escalera, y las hojas del bosque enmudecieron, y la brisa de la noche se aplacó. Y Tonker rezó por que algún topo o ratón hiciera ruido; mas no se movió ni una sola criatura; incluso Nuth estuvo inmóvil.

E inmediatamente, antes de ser descubierto, el joven prometedor se decidió, como debiera haber hecho mucho antes, a dejar aquellas colosales esmeraldas en donde estaban y a no tener ya nada más que ver con la angosta y elevada mansión de los gnolos, abandonando en aquel preciso momento el siniestro bosque y retirándose enseguida del oficio para comprarse una casa en el campo. Entonces descendió silenciosamente y le hizo señas a Nuth. 

Mas los gnolos le habían observada a través de unos agujeros que habían horadado en los troncos de los árboles, y al misterioso silencio siguieron, como una bendición, los apresurados gritos de Tonker al ser atrapado por detrás; gritos cada vez más imperiosos hasta hacerse incoherentes. Es inútil preguntar adónde le llevaron, no pienso decir lo que hicieron.

Nuth observó durante un rato desde la esquina de la casa; mientras se frotaba la barbilla, su cara mostraba una ligera sorpresa, pues el truco de los agujeros en los árboles era nuevo para él. Entonces se escabulló ágilmente a través del espantoso bosque.

"¿Atraparon también a Nuth?", me preguntarás, apreciado lector.

"Pues no, niño mío" (pues semejante pregunta es pueril). "Nadie atrapó jamás a Nuth".

La señorita Cubbidge y el dragón del romance - Lord Dunsany

Esta historia se cuenta en los balcones de Belgrave Square y entre las torres de Pont Street; los hombres la cantan al anochecer en Brompton Road.

Poco antes de su decimoctavo cumpleaños, la señorita Cubbidge, que vivía en el número 12A de Prince of Wales' Square, pensó que antes de que otro año pasara de largo ella perdería de vista aquel deforme rectángulo que por tanto tiempo había sido su casa. 

Y si además le hubieran dicho que en ese mismo año se habría desvanecido de su memoria cualquier vestigio de aquella supuesta plaza y del día en que su padre fue elegido por abrumadora mayoría para tomar parte en la dirección de los destinos del imperio, simplemente habría dicho con esa voz afectada que tenía: "¡Sí, ya!".

La prensa diaria no dijo nada al respecto, la política del partido de su padre no lo había previsto, no apareció ni por asomo en las conversaciones de las reuniones vespertinas a las que acudía la señorita Cubbidge: nada hubo que le avisara de que un repugnante dragón de escamas doradas, que agitaba al andar, surgiría limpiamente de la flor y nata del romance y atravesaría Hammersmith de noche (por lo que sabemos), y vendría a Ardle Mansions, para luego torcer a la izquierda, lo que le conduciría por supuesto a la casa del padre de la señorita Cubbidge.

La señorita Cubbidge se sentó al atardecer en su balcón completamente sola a esperar que a su padre le nombraran baronet. Llevaba botas, sombrero y un traje de noche escotado; pues un pintor estaba haciendo su retrato en aquel momento, y ni ella ni el pintor vieron nada raro en la extraña combinación. Ella no reparó en el estruendo de las escamas doradas del dragón, ni distinguió por encima de las múltiples luces de Londres el insignificante brillo rojo de sus ojos. 

De pronto levantó la cabeza, un resplandor dorado, hacia el balcón; no parecía un dragón amarillo, pues sus relucientes escamas reflejaban la belleza que Londres únicamente luce al atardecer y por la noche. Ella gritó, mas no a un caballero; no sabía a qué caballero llamar, ni adivinaba dónde estaban los vencedores de dragones de los lejanos tiempos románticos, ni cuáles eran las piezas más poderosas que ahora perseguían, o las batallas que libraban; tal vez estuviesen ocupados todavía al servicio de Armageddon.

En el balcón de la casa de su padre en Prince of Wales' Square, pintado de gris oscuro y cada año más ennegrecido, el dragón, desplegando sus rápidas alas, alzó a la señorita Cubbidge y Londres desapareció como una moda anticuada. Y desapareció Inglaterra, y el humo de sus fábricas, y el sonoro mundo material que despliega gran actividad alrededor del sol, agitado y perseguido por el tiempo; hasta que aparecieron las eternas y antiguas tierras del romance, que permanecían ocultas bajo los mares místicos.

No os imaginaríais a la señorita Cubbidge acariciando distraídamente con una mano la cabeza dorada de uno de los dragones de la canción, mientras con la otra jugaba de cuando en cuando con perlas procedentes de solitarios parajes marinos. 

Llenaron de perlas enormes conchas de haliotis y las pusieron a su lado; le llevaron esmeraldas que ella se apresuró a ostentar entre las trenzas de su larga cabellera negra; le llevaron zafiros ensartados para su manto; todo eso hicieron los príncipes de fábula y los elfos y gnomos de la mitología. 

Y, aunque todavía estaba viva, también formaba parte del pasado y de aquellos sagrados cuentos que las nodrizas contaban cuando los niños se portaban bien, y había llegado la noche y el fuego estaba encendido, y el suave golpeteo de los copos de nieve en el cristal era como la huella furtiva de las espantosas criaturas de los antiguos bosques encantados. 

Si al principio ella echó de menos aquellas primorosas novedades entre las cuales se había criado, el viejo y competente cántico del mar místico celebrando la tradición de las hadas la apaciguó momentáneamente y acabó por consolarla. 

Incluso se olvidó de aquellos anuncios de píldoras que son tan queridos en Inglaterra; incluso olvidó los tópicos políticos y las cosas de las que se suele discutir, y aquellas de las que no; y por fuerza debió contentarse viendo navegar enormes galeones cargados de oro para Madrid, y la divertida calavera y las tibias cruzadas de los piratas, y el diminuto nautilo saliendo al mar, y los navíos de los héroes que circulan por los romances o de los príncipes que buscan islas encantadas.

No fue con cadenas como el dragón la retuvo allí, sino con un sortilegio de los de antaño. Para aquellos a los que durante tanto tiempo las facilidades de la prensa diaria les han sido concedidas, los sortilegios han perdido todo su encanto -habría que decir- así como, al cabo de un tiempo, los galeones y todas las cosas anticuadas. Al cabo de un tiempo.

Pero ella no sabía si habían pasado siglos o años o nada de tiempo en absoluto. Si algo indicaba el paso del tiempo, era el ritmo de los cuernos de los elfos ascendiendo a las alturas. Si los siglos pasaron para ella, el sortilegio que le ataba le dio también juventud eterna y mantuvo siempre encendido el farol a su lado, y libró del deterioro al palacio de mármol situado frente al mar místico. 

Y si el tiempo no pasó por ella, su único momento en aquellas maravillosas costas se convirtió, por así decirlo, en un cristal que reflejaba miles de escenarios. Si todo fue un sueño, fue un sueño que no conoció comienzo ni se desvaneció. La corriente siguió su curso cuchicheando misterios y mitos, mientras cerca de aquella dama cautiva, dormido en su tanque de mármol, el dragón dorado soñaba. 

Y no muy lejos de la costa, todo lo que soñaba el dragón se veía borrosamente en la neblina que cubría el mar. Nunca soñó con ningún caballero salvador. Mientras soñaba, llegó el crepúsculo; mas cuando salió ágilmente de su tanque, cayó la noche y brillaron las estrellas en sus chorreantes escamas doradas.

Tanto él como su cautiva vencieron allí al Tiempo, o nunca se enfrentaron del todo a él. Mientras tanto, en el mundo que conocemos hacía estragos Roncesvalles u otras batallas todavía por venir... desconozco qué parte de los romances le contó a ella. 

Tal vez se convirtiese ella en una de esas princesas de las que nos hablan las fábulas amorosas, mas baste decir que vivía allí junto al mar; y gobernaron reyes y demonios, y volvieron de nuevo los reyes, y muchas ciudades retornaron a su polvo originario, y ella permaneció todavía allí, y su palacio de mármol no pasó aún a mejor vida, ni la fuerza del sortilegio del dragón.

Y tan sólo en una ocasión llegó hasta ella un mensaje del mundo que conocía de antiguo. Llegó en un barco nacarado a través del mar místico; procedía de una antigua amiga del colegio que había tenido en Putney, simplemente una nota, no más, con letra pequeña, clara y redonda. Decía:

"No es propio de ti estar allí sola".

La demanda de las lágrimas de la Reina - Lord Dunsany

Sylvia, reina de los bosques, reunió a la corte en su palacio y se burló de sus pretendientes. Les cantaría, dijo, les ofrecería banquetes, les narraría cuentos de los tiempos legendarios; sus juglares harían cabriolas ante ellos, sus ejércitos les saludarían, sus bufones bromearían con ellos y tendrían extravagantes ocurrencias; sólo que no podía quererles.

Ésa no era forma, dijeron ellos, de tratar a príncipes en todo su esplendor y a misteriosos trovadores que ocultaban nombres regios; no está de acuerdo con la fábula; no hay precedente de ello en la mitología. La reina podía haber arrojado su guante, dijeron ellos, en la guarida de un león, podía haber pedido una veintena de cabezas de serpientes venenosas de Licantara, o de haber exigido la muerte de cualquier dragón notable, o enviarles a todos ellos tras alguna demanda fatal, mas que no pudiera quererles... ¡eso nunca se había oído!... no tenía parangón en los anales del romance.

Y entonces ella les dijo que, si tenían necesidad de una demanda, ofrecería su mano al primero que la hiciera llorar; y la demanda sería llamada, para referirse a ella en las historias o canciones, la Demanda de las Lágrimas de la Reina, y el que las consiguiera se casaría con ella, aunque sólo fuera un insignificante duque de algún país desconocido en los romances.

Y muchos de ellos estallaron en cólera, pues esperaban alguna demanda sangrienta. Mas el anciano chambelán de los lores dijo, mientras murmuraban entre ellos en un lejano rincón de la cámara, que la demanda aunque ardua era sensata, porque si ella podía llorar alguna vez, también podía amar. 

Ellos habían conocido toda su niñez: ella nunca había suspirado. Muchos hombres había visto ella, tanto pretendientes como cortesanos, mas jamás había vuelto la cabeza cuando alguno de ellos pasó cerca. Su belleza era como los apacibles ocasos de esas tardes amargas en que todo el mundo está congelado: producía asombro y escalofríos. 

Era como una montaña soleada que se alzara en solitario, embellecida por el hielo, como un desolado y solitario resplandor, avanzada la tarde, lejos del mundo confortable y sin apenas acompañamiento de estrellas: la perdición  de los montañeros.

Si ella pudiera llorar, dijeron ellos, podría amar.

Y ella sonrió agradablemente a aquellos ardientes príncipes, y a aquellos trovadores que ocultaban nombres regios.

Luego, uno a uno, cada príncipe pretendiente contó la historia de su amor, con los brazos extendidos y puesto de rodillas. Y fueron tan tristes y lastimosos los relatos, que con frecuencia lloró en los balcones alguna doncella de palacio. Mas la reina asintió muy cortésmente con la cabeza como una indiferente magnolia cuya radiante floración fuera sacudida inútilmente en plena noche por todos los vientos.

Y cuando los príncipes contaron sus desesperados amores y se fueron sin otro botín que el de sus propias lágrimas, llegaron los desconocidos trovadores y relataron sus historias en forma de canción, ocultando sus graciosos nombres.

Y hubo uno, Ackronnion, cubierto de harapos en los que se había depositado el polvo de los caminos, bajo los cuales llevaba una armadura abollada por los golpes, que, cuando tocó el arpa y cantó, hizo llorar a las doncellas en todos los balcones, e incluso gimotear al anciano chambelán de los lores, quien más tarde rióse con los ojos arrasados en lágrimas y dijo:

"Es fácil conseguir que los ancianos lloren, o arrancar frívolas lágrimas a las chicas perezosas; mas no logrará que la Reina de los Bosques prorrumpa en llantos".

Y ella asintió cortésmente con la cabeza. Y ese hombre fue el último en intervenir. Y aquellos duques y príncipes, y trovadores disfrazados, se marcharon desolados. Sin embargo, Ackronnion meditó mientras se iba.

Él era rey de Afarmah, Lool y Haf, señor de Zeroora y la accidentada Chang, y duque de Molóng y Mlash, lugares todos ellos familiarizados con el romance o no ignorados en la gestación de los mitos. Meditó mientras se ponía su ligero disfraz.

Todos aquellos que no recuerden su niñez, por tener otras cosas que hacer, deben saber que debajo del País de las Hadas, que está, como todos saben, en los confines del mundo, mora la Bestia Alegre. Un sinónimo de la alegría.

Es sabido que la alondra en su apogeo, los niños jugando al aire libre, las brujas buenas y los ancianos padres joviales, todos han sido comparados -¡y cuán apropiadamente!- con la mismísima Bestia Alegre. Sólo tiene una "pega" (si se me permite utilizar momentáneamente el argot para explicarme con mayor claridad), sólo un inconveniente, y es que a causa de la alegría de su corazón echa a perder las coles del Anciano que Cuida el País de las Hadas... y, por supuesto, es devoradora de hombres.

Debe sobreentenderse además que quienquiera que logre obtener las lágrimas de la Bestia Alegre en un cuenco y se embriague con ellas, es capaz de hacer derramar lágrimas de alegría a cualquiera, con tal que la posesión le mantenga inspirado para cantar o componer música.

Inmediatamente Ackronnion reflexionó de esta guisa: si él pudiera obtener las lágrimas de la Bestia Alegre por medio de su arte, absteniéndose de la violencia gracias al hechizo de la música, y si algún amigo suyo matara a la Bestia antes de que dejara de llorar -pues el llanto debe tocar a su fin, incluso entre los hombres-, él podría marcharse sano y salvo con las lágrimas, y bebérselas delante de la Reina de los Bosques, arrancando a ésta lágrimas de alegría. 

Por consiguiente buscó a un humilde caballero a quien no le importaba la belleza de Sylvia, Reina de los Bosques, y que en una ocasión, un verano de hace mucho tiempo, había encontrado por sí mismo a una doncella selvática. El hombre se llamaba Arrath y era un caballero armado de la guardia de lanceros, súbdito de Ackronnion. 

Y juntos se pusieron en camino a través de parajes de fábula hasta llegar al País de las Hadas, un reino expuesto al sol (como todos saben) en muchas leguas a lo largo de los confines del mundo. Y por un extraño sendero contiguo llegaron a la tierra que buscaban, en medio de un viento procedente del espacio que soplaba con una especie de sabor metálico a estrellas errantes. 

Aun así llegaron a la casa de paja expuesta al viento, en donde mora el Anciano que Cuida el País de las Hadas, sentado junto a las ventanas del salón que mira más allá del mundo. Les dio la bienvenida en su salón orientado hacia las estrellas, contándoles cuentos del espacio, y, cuando ellos mencionaron su peligrosa demanda, dijo que sería caritativo matar a la Bestia Alegre; pues con toda evidencia él era de esos a los que no les gustaban los modales alegres de aquélla. 

Y luego les condujo afuera por la puerta de atrás, pues la de delante no tenía acera ni siquiera escalones -por ella vaciaba el anciano su agua sucia sobre la Cruz del Sur-, y de esa manera llegaron al huerto donde crecían sus coles y esas flores que sólo brotan en el País de las Hadas, volviendo siempre sus rostros hacia el cometa; y él les señaló el camino hacia un lugar que llamó el Fondo, donde la Bestia Alegre tenía su guarida. 

Entonces se pusieron todos manos a la obra. Ackronnion tenía que ir por las escaleras con su arpa y un cuenco de ágata, mientras Arrath daría un rodeo por el otro lado.

 Luego, el Anciano que Cuida del País de las Hadas regresó a su casa expuesta al viento, murmurando airadamente según pasaba junto a sus coles, pues no le gustaban los modales de la Bestia Alegre y los dos amigos partieron por caminos separados.

Nadie les descubrió salvo aquel ominoso cuervo, ya saciado de carne humana por demasiado tiempo.

Soplaba un viento frío procedente de las estrellas.

Al principio la escalada fue peligrosa; luego, Ackronnion llegó a los amplios y lisos peldaños que partían del borde de la guarida, y en aquel momento oyó en lo alto de las escaleras las continuas risitas de la Bestia Alegre.

Temió entonces que la alegría de la Bestia fuera insuperable, que no pudiera entristecerla ni la más doliente canción. No obstante, no se volvió atrás, sino que ascendió las escaleras silenciosamente y, depositando el cuenco de ágata en un peldaño, empezó a cantar una canción titulada Dolorosa. 

Ésta mencionaba desolados y lamentables sucesos que acontecieron hace mucho en los albores del mundo. Contaba cómo los dioses, las bestias y los hombres hace mucho tiempo habían sido muy aficionados a las bellas compañías, aunque infructuosamente. Mencionaba una dorada multitud de alegres esperanzas, mas no su realización. Contaba cómo el Amor menospreciaba a la Muerte, mas también hablaba de las risas de ésta.

De pronto cesaron las risas contenidas de la Bestia Alegre dentro de su guarida. Ésta se levantó y tembló. Estaba bastante triste. Ackronnion siguió cantando la canción titulada Dolorosa. La Bestia Alegre se acercó a él lúgubremente. A causa de su pánico, Ackronnion no se detuvo, sino que siguió cantando. Cantó sobre la malignidad del tiempo. Dos lágrimas brotaron de los ojos de la Bestia Alegre. Ackronnion movió el cuenco con el pie hasta colocarlo convenientemente. Cantó sobre el otoño y sobre el paso del tiempo. 

Entonces la Bestia lloró, como lloran las heladas colinas durante el deshielo, y las lágrimas cayeron a raudales en el cuenco de ágata. Ackronnion siguió cantando desesperadamente; mencionaba las cosas agradables que pasan desapercibidas a los hombres, la luz del sol que apenas se advierte en los rostros ahora marchitos. El cuenco estaba lleno.

Ackronnion se desesperó: la Bestia estaba tan cerca. Por un momento pensó que su boca estaba llorosa..., mas lo único que ocurría era que las lágrimas de la Bestia corrían por sus labios. ¡Se sentía como si fuera a ser devorado! ¡La Bestia estaba dejando de llorar! Cantó sobre mundos que han defraudado a los dioses. Y de pronto se oyó un estallido y la fiel lanza de Arrath dio en el blanco por detrás del hombro, y las lágrimas y los jubilosos modales de la Bestia Alegre se terminaron para siempre.

Y se llevaron con cuidado el cuenco de las lágrimas, dejando el cuerpo de la Bestia Alegre como una alternativa de alimentación para el ominoso cuervo; y, al pasar cerca de la casa de paja expuesta a los vientos, se despidieron del Anciano que Cuida el País de las Hadas, el cual, al escuchar la hazaña, se frotó sus grandes manos y masculló una y otra vez:

"Y además algo estupendo: ¡mis coles!, ¡mis coles!".

Y poco después, Ackronnion volvió a cantar en el palacio selvático de la Reina de los Bosques, no sin antes haberse bebido las lágrimas de su cuenco de ágata. Y fue una noche de fiesta, y toda la corte se congregó allí, y los embajadores del país del mito y la leyenda, e incluso algunos procedentes de Terra Cognita.

Y Ackronnion cantó como nunca lo había hecho antes y ya no volverá a hacerlo. ¡Oh, cuán espinosas son las sendas de los humanos, cuán crueles sus contados días y su aflicción final, cuán vano su empeño! Y de la mujer... ¿qué diremos?... su perdición ha sido escrita junto a la del hombre por dioses apáticos, negligentes, con sus rostros vueltos a otras esferas.

Comenzó más o menos así y luego la inspiración le embargó. No me es posible poner por escrito la conflictiva belleza de su canción: había en ella mucha alegría, mezclada con dolor; era como las vidas de los humanos; como nuestro destino.

La canción provocó sollozos, los suspiros volvían en forma de ecos: los senescales y los soldados sollozaban y las doncellas gritaban; las lágrimas caían como lluvia de balcón en balcón.

Alrededor de la Reina de los Bosques había un frenesí de sollozos y pesares.

Mas no, ella no lloró.

Las imprudentes plegarias de Pombo el Idólatra - Lord Dunsany

Pombo el idólatra había dirigido a Ammuz una súplica sencilla, indispensable, de esas que incluso un ídolo de marfil podía conceder con suma facilidad, y Ammuz no la había concedido inmediatamente. Luego, Pombo había rezado a Tharma pidiendo el derrocamiento de Ammuz, un ídolo simpático a los ojos de Tharma, y al hacerlo violó el protocolo de los dioses. Tharma rehusó conceder la petición. 

Pombo suplicó desesperadamente a todos los dioses de la idolatría, pues aunque se trataba de un asunto sencillo, era indispensable para él. Dioses más antiguos que Ammuz rechazaron las plegarias de Pombo, e incluso dioses más recientes y por tanto de mayor reputación.

Les suplicó uno a uno y todos rehusaron escucharle. Al principio él ni siquiera pensó en aquel sutil protocolo divino que había violado. Se le ocurrió de repente mientras rezaba al quincuagésimo ídolo, un diosecillo verde jade conocido de los chinos, contra el cual se habían aliado todos los demás ídolos.

Cuando Pombo descubrió esto sintió amargamente haber nacido y se lamentó, alegando que estaba perdido. Podía vérsele entonces en cualquier parte de Londres frecuentando tiendas de antigüedades y otros lugares donde venden ídolos de marfil o de piedra, ya que residía en Londres con otros de su raza aunque había nacido en Burmah y era de los que consideran sagrado el Ganges. 

En las tardes lluviosas del peor noviembre podía verse su rostro macilento en el resplandor de cualquier tienda pegado completamente al cristal, suplicando a algún apacible ídolo cruzado de piernas, hasta que la policía le hacía circular. Y después de la hora de cierre se iba de nuevo a su sórdida habitación, en esa parte de nuestra capital donde raramente se habla inglés, a suplicar a pequeños ídolos que poseía. 

Y cuando la sencilla e indispensable súplica de Pombo fue igualmente rechazada por los ídolos de museos, salas de subasta y tiendas, entonces consultó consigo mismo y compró incienso, y lo quemó en un brasero frente a sus propios ídolos baratos, y mientras tanto tocó un instrumento como los que utilizan los encantadores de serpientes. Y los ídolos seguían aferrándose a su protocolo.

No sé si Pombo conocía este protocolo y lo consideraba frívolo frente a su exigencia; o si ésta, cada vez más apremiante, trastornó su mente; mas lo cierto es que Pombo el idólatra cogió un palo y súbitamente se volvió iconoclasta.

Pombo el iconoclasta abandonó inmediatamente su casa, dejando que sus ídolos fueran barridos por el polvo mezclándose así con el Hombre. Fue a ver a un archiidólatra de fama que esculpía ídolos en piedras poco corrientes y le expuso su caso. 

El archiidólatra, que creaba sus propios ídolos, reprochó a Pombo en nombre de la Humanidad por haber roto sus ídolos. "Pues, ¿acaso no los ha hecho el hombre?", dijo. Y en cuanto a los ídolos mismos habló larga y doctamente, explicándole el protocolo divino, que Pombo había violado, por lo que ningún otro ídolo escucharía sus súplicas. 

Cuando Pombo oyó esto lamentó y protestó amargamente, y maldijo a los dioses de marfil y a los dioses de jade, y a la mano del Hombre que los había hecho, mas sobre todo maldijo su protocolo, que había arruinado, según dijo, a un inocente. 

De manera que, finalmente, aquel archiidólatra que hacía sus propios ídolos interrumpió su trabajo de un ídolo de jaspe para un rey que estaba harto de Wosh, y tuvo compasión de Pombo, y le dijo que, aunque ningún ídolo escucharía sus plegarias, no muy lejos de allí actuaba cierto ídolo de mala reputación que no sabía nada de protocolos y aceptaba plegarias que ningún otro dios respetable hubiera consentido en escuchar. 

Cuando Pombo oyó esto, tomó dos puñados de la barba del archiidólatra y los besó alegremente, y enjugó sus lágrimas y volvió a ser el mismo impertinente de siempre. Y el que esculpía en jaspe al usurpador de Wosh explicó que en la aldea del Fin del Mundo, en el extremo más alejado de la Ultima Calle, hay un hoyo que podría tomarse por un pozo, rodeado por la tapia del jardín, y que, si descendía hasta su mismo borde y buscaba a tientas con los pies, encontraría un saliente, que es el último peldaño de un tramo de escaleras que conduce a los confines del Mundo.

-Como todos los hombres saben, esas escaleras deben tener un destino o incluso un peldaño final -dijo el archiidólatra-; mas discutir acerca de los tramos inferiores es perder el tiempo.

Entonces a Pombo le castañetearon los dientes, pues temía la oscuridad; mas el que fabricaba sus propios ídolos le explicó que aquellas escaleras estaban siempre iluminadas por el pálido crepúsculo azulado en el que el Mundo gira.

-Entonces -dijo- pasarás cerca de la Casa Solitaria y bajo el puente que conduce de la Casa a Ninguna Parte, cuya utilidad no se adivina; desde allí dejarás atrás a Maharrion, el dios de las flores, y a su sumo sacerdote, que no es ni pájaro ni gato; y de esa manera llegarás al idolillo Duth, el dios de mala reputación que hará caso de tu plegaria.

Y siguió esculpiendo su ídolo de jaspe para el rey que estaba harto de Wosh; y Pombo le dio las gracias y se marchó cantando, pues en su vulgar mente pensaba que "tenía consigo a los dioses".

Hay un largo trecho desde Londres al Fin del Mundo, y a Pombo no le quedaba dinero. No obstante, en un plazo de cinco semanas estaba paseando por la Ultima Calle, aunque no diré cómo consiguió llegar hasta allí, ya que no fue de una forma completamente honrada. 

Pombo encontró el pozo al final del jardín, más allá de la última casa de la Ultima Calle, y mientras se descolgaba del borde con las manos cruzaron por su mente innumerables pensamientos, principalmente el que afirmaba que los dioses se reían de él por boca del archiidólatra, su profeta, y ese pensamiento se le metió en la cabeza hasta dolerle tanto como las muñecas... y entonces encontró el peldaño.

Pombo bajó las escaleras. Allí estaba, efectivamente, el crepúsculo en el que el mundo gira, y en él las estrellas brillaban débilmente a lo lejos.

Mientras bajaba no había nada ante él excepto aquel extraño y melancólico derroche de crepúsculo, con su multitud de estrellas, y sus cometas precipitándose al exterior a través de él o volviendo a casa. Luego divisó las luces del puente hacia Ninguna Parte y, de pronto, se encontró con el fulgor de la reluciente ventana del salón de la Casa Solitaria, y allí oyó voces que pronunciaban palabras, y las voces de ninguna manera eran humanas, y de no ser por su imperante necesidad habría gritado y huido. 

A mitad de camino entre las voces y Maharrion, al que ahora veía sobresaliendo del mundo, cubierto de halos irisados, divisó a la misteriosa bestia gris que no es ni gato ni pájaro. Mientras Pombo vacilaba, tiritando de miedo, oyó que las voces de la Casa Solitaria subían de tono, y en eso descendió sigilosamente unos cuantos peldaños y se abalanzó contra la bestia. La bestia observaba atentamente a Maharrion, el cual lanzaba burbujas hacia arriba, cada una de las cuales era una estación primaveral en desconocidas constelaciones, y llamaba a las golondrinas hacia inimaginables parajes. Le observaba sin volverse siquiera para mirar a Pombo, y le vio caer en el Linlunlarna, el río que nace en los confines del Mundo, cuya corriente depura el polen dorado que es arrebatado al Mundo para convertirse en la alegría de las Estrellas. 

Y allí estaba delante de Pombo el idolillo de mala reputación a quien nada importa el protocolo y el cual atiende las plegarias rechazadas por la totalidad de los dioses respetables. No sé, ni eso le importa a Pombo, si finalmente su visión de aquél excitó su impaciencia, o si fue su misma necesidad, superior a cuanto podía soportar, la que le condujo escaleras abajo tan velozmente; o si, como es más probable, pasó corriendo junto a la bestia demasiado deprisa; mas, en todo caso, no pudo detenerse, como era su propósito, a orar a los pies de Duth, sino que siguió bajando a la carrera los angostos peldaños, agarrándose a las peladas y lisas rocas hasta caerse del Mundo, como caemos en sueños, cuando nuestro corazón deja de latir y despertamos con un espantoso susto. Mas no hubo despertar para Pombo, el cual todavía sigue cayendo hacia las indiferentes estrellas, y su destino es el mismo que el de Slith.