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Erlathdronion - Lord Dunsany

El que fuera Sultán en un lugar tan remoto de Oriente que sus dominios fueron considerados fabulosos en Babilonia, cuyo nombre es hoy prototipo de lejanía en las calles de Bagdad, cuya excelencia invocan por su nombre viajeros barbados a la caída de la tarde con el fin de convocar oyentes a su recitación de cuentos, mientras se eleva el humo del tabaco, suenan los dados y las tabernas rebosan de gente, estableció también su mandato en esa misma ciudad y dijo: "Que sean conducidos hasta aquí todos los sabios que puedan comparecer ante mí y regocijar mi corazón con su sabiduría". 
 
Los hombres se apresuraron y los clarines sonaron, y así fue como se presentaron al sultán todos sus sabios. Y muchos fueron declarados no aptos. Mas de todos los que fueron capaces de decir cosas aceptables, después de ser llamados Los Afortunados, uno dijo que al sur de la Tierra había un País –coronado de loto, añadió– donde era verano cuando nosotros estamos en invierno y viceversa. 
 
Y cuando el Sultán de aquellas remotas tierras supo que el Creador de Todo había ideado una estratagema tan sumamente de su gusto, su júbilo no conoció fronteras. De pronto habló y dijo (eso fue en esencia lo que dijo) que sobre esa frontera o límite que separa el norte del sur se construiría un palacio en cuyos salones del ala norte sería verano, mientras que en los del ala sur sería invierno; así que él se trasladaría de unos salones a otros según su estado de ánimo: se reiría del verano por la mañana y pasaría el mediodía entre la nieve. 
 
De modo que mandaron llamar a los poetas del Sultán y les ordenaron que hablasen de aquella ciudad, previendo su esplendor lejos hacia el sur y en tiempos futuros, y algunos de ellos fueron considerados afortunados. Y entre todos los que fueron considerados afortunados y fueron coronados de flores, ninguno consiguió con más facilidad la sonrisa del Sultán (de la que dependía que los días fueran largos) que el que, imaginándose la ciudad, habló así de ella: 
 
–Durante siete años y siete días, ¡oh, Puntal del Cielo!, tus constructores edificarán tu palacio, que no estará ni en el norte ni en el sur, en el que ni el verano ni el invierno será dueño exclusivo de las horas. Lo veo blanco, tan extenso como una ciudad, tan hermoso como una mujer, auténtica maravilla del mundo, con muchas ventanas, desde las que al ocaso tus princesas mirarán al exterior. 
 
Sí, percibo la dicha en sus balcones dorados y escucho el rumor que desciende de las galerías y el arrullo de las palomas en sus aleros esculpidos. 
 
¡Oh, Puntal del Cielo!, esa ciudad tan hermosa deberían construirla tus antiguos señores, los hijos del sol, para que todos los hombres admiren su poder incluso hoy, y no sólo los poetas, cuya imaginación la ve tan alejada hacia el sur y en tiempos futuros. 
 
"¡Oh, Rey de los Años!, la ciudad debería estar situada en el centro de esa línea que divide equitativamente el norte del sur y separa las estaciones como si fuera una pantalla. Cuando en el ala norte sea verano, tus centinelas vestidos de seda pasearán por deslumbrantes murallas, mientras tus lanceros cubiertos de pieles circularán por el ala sur. 
 
Mas al mediodía del día central del año, tu chambelán descenderá de su elevada posición y entrará en el salón del centro, y tras él bajarán hombres con trompetas, y él proferirá un gran grito al mediodía, y los hombres harán sonar las trompetas, y los lanceros cubiertos de pieles marcharán hacia el norte y tus centinelas vestidos de seda ocuparán su lugar en el sur, y el verano abandonará el norte y se irá al sur, y las golondrinas levantarán el vuelo y le seguirán. 
 
Y únicamente no habrá cambio en tus salones interiores, pues están situados sobre esa línea que separa las estaciones y divide el norte del sur. 
 
"Y en los jardines siempre será primavera, pues la primavera permanece siempre al margen del verano; y el otoño también teñirá siempre tus jardines, pues siempre resplandece al borde del invierno, y esos jardines permanecerán aparte entre el invierno y el verano. Y habrá orquídeas en tu jardín, también, con toda su carga de otoño en las ramas y todas las flores de la primavera. 
 
"Sí, percibo ese palacio, ya que podemos imaginar las cosas venideras; veo su blanco muro resplandeciente a la deslumbrante luz del solsticio de verano, y los lagartos tumbados inmóviles al sol, y los hombres dormidos al mediodía, y las mariposas revoloteando alrededor, y las aves de radiante plumaje persiguiendo maravillosas polillas, y a lo lejos en la selva las grandes orquídeas, y los insectos iridiscentes danzando en torno a la luz. 
 
Veo el muro por el otro lado: la nieve se ha amontonado en las almenas, los carámbanos las han orlado de barbas de hielo, un violento viento que sopla desde parajes solitarios y clama a los helados campos, ha enviado los ventisqueros por encima de los contrafuertes. 
 
Los que se asoman a las ventanas de ese ala de tu palacio ven a los gansos silvestres volando bajo, y a todas las aves invernales pasando veloces en bandadas atenazadas por el implacable viento, y las nubes de encima son negras, ya que allí están en el solsticio de invierno. 
 
Mientras tanto, en tus otros salones las fuentes tintinean, cayendo sobre mármol bajo el sol abrasador del verano. 
 
"Así será tu palacio, ¡oh, Rey de los Años!, y su nombre será Erlathdronion, Prodigio de la Tierra; y tu sabiduría ordenará a tus arquitectos que lo construyan inmediatamente, ya que podemos ver lo que hasta ahora únicamente veían los poetas, y esta profecía se cumplirá. 
 
Y cuando el poeta se detuvo, el Sultán habló y dijo, mientras los demás escuchaban con la cabeza vuelta: –No será necesario que mis constructores edifiquen ese palacio, Erlathdronion, Prodigio de la Tierra, pues al oírte a ti hemos saboreado ya sus placeres. 
 
Y el poeta se fue de su Presencia y soñó otra cosa. 

Una historia de las montañas Ragged - Edgar Allan Poe

 
 Durante el otoño del año 1827, cuando yo residía cerca de Charlottesville, Virginia, casualmente conocí al señor Augusto Bedloe. Este joven caballero era notable en todos los aspectos y despertó en mí profundo interés y curiosidad. Hallé imposible comprender sus relaciones, tanto morales como físicas. Nunca averigüe de dónde venía. Hasta en su edad, aunque le llamo joven gentleman, había algo que me asombraba en no pequeña medida. 

Ciertamente parecía joven, y no dejaba de hablar de su juventud, pero había momentos en los cuales yo no habría tenido el menor reparo en imaginarlo de cien años de edad, pues nada había tan peculiar como su aspecto exterior. 

Era singularmente alto y delgado bastante encorvado, y sus miembros resultaban excesivamente largos y enflaquecidos. Su frente, ancha y baja; su tez, del todo exangüe. La boca, grande y flexible, y sus dientes ferozmente desiguales, aunque sanos como yo jamás había visto en cabeza humana. Sin embargo, la expresión de su sonrisa no era de ningún modo desagradable, como podría suponerse, aunque carecía de toda variación. Era una sonrisa de profunda melancolía, de permanente y molesta tristeza. 

Tenía unos ojos anormalmente grandes y redondos como los de un gato. También las pupilas, al menor aumento o disminución de la luz, experimentaban la misma contracción o dilatación que se observa en la familia de los felinos. En momentos de excitación, las órbitas le brillaban de un modo casi inconcebible; parecía que emitieran rayos luminosos, pero no como un reflejo, sino como sucede con una vela o con el sol. 

Con todo, en su estado ordinario eran tan totalmente opacas, sutiles y tontas como para transmitir la idea de un cadáver por largo tiempo enterrado.

Esos rasgos de su persona parecían causarle un gran fastidio y continuamente se refería a ellos por medio de semijustificativas excusas, que al escucharlas por vez primera me causaron muy dolorosa impresión.

Sin embargo, pronto me acostumbre y mi inquietud desapareció. Más bien parecía tener el propósito de insinuar que de afirmar directamente el hecho de que físicamente no siempre había sido lo que era, y que una larga serie de ataques neurálgicos le habían reducido, de un estado de belleza poco frecuente, al que yo ahora veía. 

Durante muchos años había sido atendido por un médico llamado Templeton, un señor viejo de unos setenta años de edad, a quien había conocido en Saratoga y de cuyo cuidado mientras tanto recibía, o imaginaba que recibía, gran beneficio.

El doctor Templeton había viajado mucho en su juventud, y en París se convirtió con entusiasmo en un seguidor de la doctrina de Mesmer. Sólo por medio de remedios magnéticos, había logrado aliviar los agudos dolores de su paciente, y este éxito inspiró en este último cierto grado de confianza en las opiniones que daban origen a aquellos remedios. 

Sin embargo, el doctor había luchado, como todos los entusiastas, para lograr una concienzuda conversión de su pupilo, y finalmente consiguió su propósito de que se sometiera a numerosos experimentos. 

Por una repetición frecuente de aquéllos había surgido un resultado, que desde aquellos días ha llegado a ser tan frecuente como para atraer muy poca o ninguna atención, pero que en la época sobre la cual escribo apenas se conocía en Norteamérica. Quiero decir que entre el doctor Templeton y Bedloe, poco a poco, había crecido una evidente y fuertemente acentuada conformidad o relación magnética. 

Sin embargo, no estoy preparado para sostener que esta afinidad se extendiese más allá de los límites del simple poder productor del sueño; pero este poder había obtenido una gran intensidad. Al principio el mesmerista, en su primer intento de producir la somnolencia magnética, fracasó por completo. En el quinto o sexto experimento, y después de largos y prolongados esfuerzos, obtuvo un éxito parcial. Sólo en el duodécimo tuvo el triunfo completo. Después de éste, la voluntad del paciente sucumbió rápidamente a la del médico, de modo que, cuando por vez primera conocí a ambos, el sueño se producía casi inmediatamente por la simple voluntad del operador, aun cuando el enfermo no se diera cuenta de su presencia. 

Sólo ahora, en el año 1845, cuando similares milagros son presenciados diariamente por miles de personas, me atrevo a resaltar esa aparente imposibilidad como un acto seno. El temperamento de Bedloe era en él más alto grado sensitivo, excitable y entusiasta. Su imaginación resultaba singularmente vigorosa y creadora, y sin duda esta fuerza adicional derivaba del habitual uso de la morfina, que él tomaba en gran cantidad, y sin la cual le habría resultado imposible vivir. 

Acostumbraba tomar una dosis muy grande inmediatamente después del desayuno, o más bien inmediatamente después de una taza de café cargado, pues él no comía nada hasta mediodía, y entonces se marchaba, solo o acompañado únicamente de su perro, a dar un largo paseo por la cadena de salvajes y tristes colinas que se extendían al oeste y sur de Charlottesville, y que son conocidas con el nombre de Ragged Mountain.

En un día oscuro, cálido y nubloso, hacia fines de noviembre, en ese interregno de las estaciones que en los Estados Unidos se llama "el Verano Indio", el señor Bedloe partió como de costumbre hacia las colinas. Pasó el día, y el señor Bedloe no regreso.

Cerca de las ocho de la noche, estando bastante alarmados por su prolongada ausencia, íbamos a salir en su busca, cuando inesperadamente hizo su aparición en el mismo estado de salud que de costumbre y un humor mejor que de ordinario. 

El relato que nos hizo de su paseo y de los acontecimientos que le habían detenido fue, en verdad, sorprendente.
Ustedes recordarán dijo —que eran cerca de las nueve cuando dejé Charlottesville. Inmediatamente dirigí mis pasos hacia las montañas, y cerca de las diez entré en un desfiladero que era del todo nuevo para mí. Seguí las sinuosidades de aquel paso con mucho interés. El escenario que sé presentaba por todas partes, aunque no pudiera llamarse grandioso, tenía para mí un indescriptible y delicioso aspecto de triste desolación. 

La soledad parecía absolutamente virgen, y no pude menos de creer que los verdes céspedes y las rocas grises que pisaba nunca habían sido holladas con anterioridad por los pies de ningún ser humano. La entrada del barranco estaba tan apartada y de hecho tan inaccesible, salvo a través de una serie de desviaciones, que no es inconcebible que haya sido yo el primer aventurero, el primero y el único que haya penetrado nunca en su interior.

La densa y peculiar niebla o humo que distingue al Verano Indio, y que ahora colgaba pesadamente sobre todos los objetos, servía sin duda para ahondar las vagas impresiones que aquellos objetos creaban. Tan densa era aquella agradable niebla que yo en ninguna ocasión veía más de doce yardas por delante del camino que recorría. Esta senda era excesivamente sinuosa, y como el sol no podía verse, pronto perdí toda idea de la dirección en que viajaba. 

Mientras tanto, la morfina había hecho su acostumbrado efecto de revestir el mundo exterior de un muy intenso interés. En el temblar de una hoja, en el matiz de una brizna de hierba, en la forma de un trébol, en el zumbido de una abeja, en el brillo de una gota de rocío, en el soplo del viento, en los suaves olores que venían del bosque formábase un universo de sugestión, un tren de pensamientos alegres, abigarrados, rapsódicos y desordenados. 

Entretenido de este modo, caminé varias horas, durante las cuales la niebla se espesaba sobre mi con tal extensión que al final me vi obligado a marchar absolutamente a tientas, y entonces un indescriptible malestar se apoderó de mí. Era una especie de excitación y temblor nerviosos. Temía caminar por la posibilidad de yerme precipitado en el abismo. 

Recordé también extrañas historias que se contaban de aquellas Ragged Hills, y acerca de las incontables y fieras razas de hombres que habitaban sus bosques y cavernas. Un millar de vagas fantasías me oprimían y desconcertaban, tanto más desconcertantes cuanto más imprecisas eran. De pronto mi atención quedó en suspenso por el alto golpear de un tambor.

Mi sorpresa fue, naturalmente, extraordinaria. Un tambor en aquellas colinas era algo desconocido y no me hubiera dejado más sorprendido el sonido de la trompeta del Arcángel. Pero surgió una nueva y aún más pasmosa fuente de interés y perplejidad. Se oía un salvaje tintineo o sonido metálico, como si se tratara de un manojo de grandes llaves, y en aquel instante pasó a mi lado un hombre de tez oscura, medio desnudo y profiriendo alaridos. 

Tanto se acercó a mi persona que sentí su cálido aliento sobre mi cara. Llevaba en una mano un instrumento compuesto de una serie de anillos de acero que agitaba vigorosamente mientras corría. Apenas hubo desaparecido en la niebla, cuando jadeando detrás de él, con la boca abierta y los ojos centelleantes, se precipitó una bestia enorme. Yo no podía estar equivocado sobre su especie: era una hiena. La vista del monstruo más bien alivió que aumentó mi terror, pues entonces me convencí de que estaba soñando e hice un esfuerzo por despertar. 

Caminé osadamente y con rapidez hacia adelante; me froté los ojos, hablé en voz alta, me pellizqué las piernas. Una pequeña cascada de agua apareció ante mi vista y, parándome allí, me lavé las manos, la cabeza y el cuello. Esto pareció disipar las sensaciones equívocas que hasta entonces me habían asaltado. Al levantarme, creo que me sentí otro hombre y entonces proseguí firmemente y con complacencia mi desconocido camino.

Al final, muy cansado por el esfuerzo y por una cierta opresiva pesadez de la atmósfera, me senté debajo de un árbol. En aquel instante apareció un débil rayo de luz, y las sombras de las hojas de los árboles cayeron sobre la hierba débilmente, pero definidas. Miré aquella sombra durante segundos con fijeza y admiración. Su forma me llenó de atónita sorpresa. Alcé los ojos: era una palmera.

Entonces me levanté apresuradamente, y en un estado de terrible agitación —pues el imaginar que soñaba no podría durarme mucho tiempo -, vi, sentí que tenía un perfecto dominio de mis sentidos, y esos sentidos traían ahora a mi alma un mundo de nuevas y singulares sensaciones. 

El calor, de pronto se hizo intolerable; la brisa iba cargada de un extraño olor, y un suave murmullo como el que sube de un río crecido, pero que corre suavemente, llegaba a mis oídos, mezclado con el peculiar susurro de una multitud de voces humanas.

Mientras escuchaba con la más extrema sorpresa, que prefiero no intentar describir, una fuerte y breve ráfaga de viento se llevó la niebla como por arte de magia. Me hallaba al pie de una alta montaña que dominaba una vasta llanura, por la cual corría un majestuoso río. 

En las márgenes de éste se elevaba una ciudad de aspecto oriental, tal como las que se describen en los cuentos de Arabia, pero de un carácter aún más singular que cualquiera de ellas. Desde mi posición, que estaba algo alejada y sobre el nivel de la ciudad, podía divisar todos los rincones y ángulos como si estuvieran dibujados sobre un mapa. Las calles parecían innumerables y se cruzaban de forma irregular en todas direcciones, siendo más bien callejones largos y sinuosos que aparecían absolutamente repletos de habitaciones. Las casas eran pintorescas. A cada lado había una profusión de balcones, de barandas, de minaretes, de hornacinas y miradores, fantásticamente esculpidos. 

Abundaban los bazares y en ellos había ricos objetos en infinita variedad y profusión: sedas, muselinas, resplandeciente cuchillería, magníficas joyas y piedras preciosas. Además de esto, por todas partes se veían estandartes y palanquines, literas que llevaban damas veladas, elefantes majestuosamente engualdrapados, ídolos grotescamente vestidos, tambores, banderas, batintines, lanzas, mazas plateadas y doradas, y en medio del gentío, del clamor y del tumulto y confusión generales —en medio de un millón de hombres negros y amarillos, de turbante y túnica, con las barbas flotantes —circulaba una innumerable multitud de bueyes sagrados, mientras nutridas legiones de monos inmundos pero sagrados trepaban, parloteaban y chillaban por las cornisas de las mezquitas o colgaban de los alminares y de los miradores. 

Desde las hormigueantes calles a la orilla del río, descendían innumerables escalinatas que llevaban a los baños, mientras el río mismo parecía hacerse paso con dificultad entre las nutridas flotas de barcos profundamente cargados que cubrían su superficie a lo largo y a lo ancho. 

Más allá de los límites de la ciudad se levantaban en frecuentes grupos majestuosos la palmera y el cocotero, con otros gigantescos y exóticos árboles de edad vetusta. Aquí y allá divisábase algún arrozal, alguna choza de paja de un campesino, una cisterna, un templo solitario, un campamento de gitanos o alguna graciosa doncella solitaria que marchaba con un cántaro sobre la cabeza hacia la orilla del río.

Desde luego, ustedes dirán que yo soñaba, pero no fue así. Lo que veía, lo que oía, lo que sentía, lo que pensaba no tenía nada de la inequívoca naturaleza del sueño. Todo era vigorosamente consecuente. Al principio, dudando de que estuviese realmente despierto, hice una serie de pruebas que me convencieren de lo que lo estaba realmente. 

Ahora bien, cuando uno sueña y dentro del sueño sospecha que está soñando, la sospecha nunca deja de confirmarse y quien sueña se levanta casi al instante. Por eso Novalis no yerra al decir que "estamos a punto de despertar cuando soñamos que soñamos". Si la visión se me hubiese presentado tal como la describo, sin la sospecha de que fuera un sueño, entonces debiera haberlo sido completamente; pero ocurriendo como sucedió, y sospechada y probada tal como lo fue, me veo forzado a clasificarla entre otros fenómenos.

—En eso no estoy seguro de que usted se equivocara observó el doctor Templeton-; pero continué. Usted se levantó y descendió hasta la ciudad.

—Me levanté —continuó Bedloe, mirando fijamente al doctor con un aire de profunda sorpresa-, me levanté, como usted dice, y descendí a la ciudad. Por el camino me encontré entre un inmenso populacho que obstruía todas las avenidas siguiendo todos sus componentes en la misma dirección y mostrando la excitación más salvaje. 

Repentinamente, y movido por algún impulso inconcebible, llegué a sentirme imbuido intensamente de un interés por lo que iba a pasar. Parecía sentir que tenía un papel importante en el juego, sin comprender exactamente de qué se trataba. Sin embargo, frente a la multitud que me rodeaba experimenté un profundo sentimiento de animosidad. 

Me aparté de ella y rápidamente, dando un rodeo, llegué y entré en la ciudad. Allí todo era tumulto y contienda. Un pequeño grupo de hombres, con indumentaria medio india, medio europea y mandado por caballeros de uniforme parcialmente británico, estaba combatiendo en absoluta desigualdad con el hormigueante populacho de las avenidas. 

Me uní al grupo más débil, tomando las armas de un oficial caído y luché sin saber contra quién, con la nerviosa ferocidad de la desesperación.

Pronto fuimos vencidos por la masa y tuvimos que buscar refugio en una especie de quiosco. Allí nos atrincheramos y por el momento estuvimos seguros. Desde una tronera situada en la parte superior del quiosco vi un enorme gentío en furiosa agitación, que rodeaba y asaltaba un llamativo palacio que colgaba sobre el río. 

Entonces de una ventana alta del palacio se descolgó una persona de aspecto afeminado, valiéndose de una cuerda hecha con los turbantes de sus criados. En la orilla había un barco, en el cual escapó hasta la orilla opuesta del río.

Entonces una nueva decisión se apoderó de mi alma. Dije algunas apresuradas palabras a mis compañeros, y habiendo logrado convencer de mi propósito a unos cuantos de ellos, hice una salida frenética del quiosco. Nos arrojamos entre la multitud que nos rodeaba. Al principio retrocedieron, se reagruparon, luchando malamente, y de nuevo volvieron a retroceder. 

Mientras tanto, habíamos sido arrastrados lejos del quiosco y llegamos a estar aturdidos y enredados entre las estrechas calles de altas y sobresalientes casas, en cuyos recodos el sol no había sido capaz de brillar. El gentío presionaba impetuosamente sobre nosotros, hostigándonos con sus lanzas y abrumándonos con el vuelo de sus flechas. Estas últimas eran muy notables y se parecían en algunos aspectos al cris retorcido de los malayos. Imitaban el cuerpo de una serpiente arrastrándose, y eran largas y negras, con una punta envenenada. Una de ellas me alcanzó en la sien derecha. Me tambaleé y caí al suelo. Un mareo instantáneo y terrible se apoderó de mí. Luché, emití un estertor y quedé muerto.

—Difícilmente podrá pretender ahora —dije sonriendo —que toda su aventura no fue un sueño.¿Supongo que no sostendrá que está muerto, verdad?

—Desde luego, cuando dije estas palabras esperé alguna salida graciosa por parte de Bedloe, pero para asombro mío, le vi vacilar, temblar y ponerse terriblemente pálido, guardando silencio. Miré a Templeton. Estaba sentado, tieso y rígido, en una silla, sus dientes castañeteaban y sus ojos parecían salírsele de las órbitas.

—¡Continué!— Le dijo al fin con voz ronca.

—Durante muchos minutos —siguió aquél —mi único sentimiento, mi única sensación, fue de oscuridad y vacío con la conciencia de la muerte. Finalmente, me pareció que una violenta y repentina descarga pasaba por mi alma, cual si se tratara de una descarga eléctrica. Con ella llegó el sentido de la elasticidad y de la luz. Esta última la sentí, no la vi. En un instante me pareció que me elevaba de la tierra, pero no tenía presencia corpórea, ni visible, ni audible o palpable. 

El gentío se había marchado, el Tumulto había cesado; la ciudad estaba en relativo reposo. Debajo de mí yacía mi cadáver, con la flecha clavada sobre la sien y la cabeza enormemente hinchada y desfigurada. Pero todas aquellas cosas las sentía en vez de verlas.

—Nada me interesaba. Hasta el cadáver parecía algo que no me concernía. No tenía voluntad, pero sentía un impulso que me obligaba a moverme y volé ligeramente fuera de la ciudad, por el mismo camino sinuoso que había recorrido al entrar. 

Cuando hube alcanzado el punto del barranco donde había encontrado a la hiena, nuevamente experimenté una sacudida como de una pila galvánica, recobrando la sensación de peso, voluntad y materia. Recobré mi propio ser original y dirigí con apresuramiento mis pasos hacia casa; pero el pasado no había perdido la vivacidad de lo real, y ni siquiera ahora, por un instante, logro obligar a mi mente a considerar todo aquello como un sueño.

—No lo fue —dijo Templeton, con un aire de profunda solemnidad-, aunque sería difícil resolver la manera de calificarlo. Sólo presumamos que la mente del hombre de hoy está al borde de ciertos estupendos descubrimientos psíquicos. 

Conformémonos con esta suposición. En cuanto al resto, he de dar algunas explicaciones. Aquí tienen una acuarela que yo les hubiera mostrado antes si un inexplicable sentimiento de temor no me hubiera impedido hacerlo.

Observamos el cuadro que nos presentaba. No vimos en él nada de extraordinario, pero su efecto sobre Bedloe fue prodigioso. Casi se desmayó al verlo, y eso que no era sino un retrato en miniatura —de milagroso parecido, eso sí —que reproducía con absoluta fidelidad sus rasgos característicos. Al menos eso pensé.

—Ustedes pueden observar —dijo Templeton —que la fecha de este retrato está aquí, apenas visible, en esta esquina: 1780. El retrato fue hecho ese año; pertenece a un amigo muerto, un tal señor Oldeb, con quien llegué a tener gran intimidad en Calcuta durante el gobierno de Warren Hasting. 

Entonces yo sólo tenía veinte años. Cuando lo vi a usted por vez primera, señor Bedloe, en Saratoga, la milagrosa semejanza entre usted y el cuadro me indujeron a abordarle, a buscar su amistad, y a conseguir lo necesario para llegar a ser su constante compañero. Con el fin de llevar a cabo este propósito, me impulsó parcialmente, de manera esencial, el recuerdo lleno de pena del difunto, pero bien, en parte, una inquieta curiosidad hacia usted mismo, no exenta de sentimientos pavorosos.

—En los detalles de la visión que presentó usted en las colinas ha descrito con la más minuciosa exactitud la ciudad india de Benarés, sobre el Río Sagrado. Los motines, el combate, la matanza fueron acontecimientos reales de la insurrección de Cheyte Sing, que tuvo lugar en 1780, cuando Hasting estuvo a punto de perder la vida. El hombre que escapó por la cuerda confeccionada con los turbantes fue el mismo Cheyte Sing. El grupo del quiosco eran cipayos y oficiales británicos, capitaneados por Hastings. 

Yo fui uno de los integrantes de este grupo, e hice cuanto pude por impedir la embestida y fatal salida del oficial que cayó en las callejuelas atestadas por la flecha envenenada de un bengalés. Aquel oficial era mi amigo más querido. Se trataba de Oldeb. Ustedes adivinarán por estas notas (en este momento, el narrador nos enseñó una libreta en la cual varias páginas parecían haber sido escritas recientemente) que en el mismo momento en que a usted, Bedloe, le sucedían esas cosas en medio de las montañas, yo me dedicaba aquí, en casa, a deleitarlas en estas páginas.

—Una semana después de esta conversación apareció en un periódico de Charlottesville la siguiente nota: "Tenemos el penoso deber de anunciar la muerte del señor Augusto Bedloe, un caballero cuyas buenas maneras y numerosas virtudes durante largo tiempo, le han valido el afecto de las gentes de Charlottesville.

Desde hace algunos años, el señor Bedloe ha padecido de neuralgias, que frecuentemente le amenazaron con terminar fatalmente; pero esto sólo puede ser considerado como la causa parcial de su muerte. La causa auténtica ofreció una especial singularidad. En una excursión a las Montañas Ragged, hace unos días, contrajo un ligero enfriamiento que le produjo una congestión en la cabeza. 

Para aliviar esto, el señor Templeton recurrió al uso frecuente de la sangría. Se le aplicaron sanguijuelas en las sienes, pero en un terrible y breve período el paciente murió, descubriéndose que en el tarro que contenía las sanguijuelas había sido introducida por accidente una de las sanguijuelas vermiculares venenosas que de vez en cuando se encuentran en las charcas de los alrededores. 

Este anélido se adhirió sobre una pequeña vena en la sien derecha, y su absoluta semejanza con las sanguijuelas medicinales hizo que el error se descubriese cuando era demasiado tarde.

Estaba yo hablando con el director del periódico en cuestión sobre este notable accidente, cuando se me ocurrió preguntar por qué el nombre del difunto había aparecido como Bedlo.—supongo dije —que usted tiene la suficiente autoridad como para emplear esa ortografía, pero yo siempre había supuesto que el nombre debía escribirse con una "e" al final.

—¡Autoridad! ¡No! —contestó él—. Sólo una simple errata tipográfica. El nombre es Bedloe, con una e final. Todo el mundo lo sabe y nunca en mi vida lo vi escribir de otro modo.

—Entonces —dije yo entre dientes, mientras daba media vuelta —sucede de hecho que una verdad es más extraña que cualquier ficción. Bedloe sin la "e" final no es sino Oldeb al revés... ¡ Y este nombre me dice que se trata de un error tipográfico!

Rincón de la Poesía: Julio - James Kambos

 Soy la fuerza de la vida en su momento culminante.

Soy el dador de todo lo que busca. 

Mis días de maduración han llegado y te sustentaré durante el año que vendrá.

Tú creíste en mí y cultivaste tus campos.

Ahora, los cultivos están altos bajo la luz solar.

Doy calor al maíz de tus campos.

Silenciosamente, hincho las hortalizas. 

Los hermosos días de la cosecha son míos.

Perfumo el aire con lavanda y tomillo.

Los brotes delicados de Mayo hace tiempo que desaparecieron; son un recuerdo, mientras canto la canción del verano.

El último verano - Amparo Dávila

Llevaba un vestido de gasa con volantes en el cuello y en las mangas; el pelo castaño oscuro, recogido hacia atrás con un moño de terciopelo negro, dejaba despejado un rostro joven de armoniosas facciones en el cual resaltaban los ojos sombreados por largas pestañas. No sólo irradiaba juventud y frescura aquella muchacha, sino una gran paz y felicidad. 

Pero aquella muchacha hermosa, porque en verdad lo era, y tan bien arreglada y respirando tranquilidad por todos los poros, estaba dentro de un marco, colocado sobre el tocador, cerca del espejo. Así era a los diez y ocho años, antes de casarse. Pepe había querido que le diera un retrato como regalo de cumpleaños. Había salido muy bien, sí, realmente, y experimentó un inmenso dolor al comparar a la joven de la fotografía con la imagen que se reflejaba en el espejo, su propia imagen: la de una mujer madura, gruesa, con un rostro fatigado, marchito, donde empezaban a notarse las arrugas y el poco cuidado o más bien el descuido de toda su persona: el pelo opaco, canoso, calzada con zapatos de tacón bajo y un vestido gastado y pasado de moda. Nadie pensaría que esa que estaba mirándola detrás del vidrio del portarretratos había sido ella, sí, ella, cuando estaba tan llena de ilusiones y de proyectos, en cambio, ahora...

"¿Qué te pasa mamá?" —le preguntó Ricardo, porque se había quedado con la cara escondida entre las manos, sentada allí, frente al tocador, a donde había ido a arreglarse un poco para salir. Con gran desaliento se cambió de ropa y se arregló, "claro que no es posible sentirse contenta y animosa cuando de sobra se sabe que una no es ya una mujer sino una sombra, una sombra que se irá desvaneciendo lentamente, lentamente..." Ahora tuvo que taparse la boca con el pañuelo para ahogar un sollozo. Porque aquel último tiempo se había sentido demasiado sensible y deprimida, y lloraba fácilmente.

Fue a principios del verano, de ese verano seco y asfixiante, que había empezado a sentirse mal; a veces era una intensa náusea al despertar y unas como oleadas de calor que le subían hasta la cabeza, o fuertes mareos, como si el cuarto y los muebles se movieran; mareos que en algunas ocasiones persistían durante todo el día; también había perdido el apetito, no se le antojaba nada y todo le daba asco, y de su cuenta se habría pasado los días sin comer, sólo con un café o un jugo. 

Una inmensa fatiga se iba apoderando de ella y la imposibilitaba para el cumplimiento de las tareas diarias, ella que siempre había trabajado de la mañana a la noche, como una negra. Todo lo que hacía ahora era con un gran esfuerzo, un esfuerzo que cada día iba siendo mayor. "Ha de ser la edad." Esa edad que la mayoría de las mujeres teme tanto y que ella en especial veía llegar como el final de todo: esterilidad, envejecimiento, serenidad, muerte... Los días pasaban y el malestar aumentaba a tal punto que decidió ir a ver al médico. Tal vez le diera algo con que hacer menos pesada esa difícil etapa.

Después de examinarla detenidamente, el doctor le dio una palmada cariñosa en el hombro y la felicitó. Sería madre de nuevo. No podía creer lo que estaba escuchando. "Nunca lo hubiera creído, pero a mis años, yo pensaba que era... es decir, que ya serían los síntomas de... pero, ¿cómo es posible, doctor?" Y tuvo que preguntarle varias veces si estaba realmente seguro de su diagnóstico, pues era muy raro que eso sucediera a su edad. "Eso es, hija, y nada más, sigue mis indicaciones y vienes a verme dentro de un mes, no tengas temor, si te cuidas todo saldrá bien, ya verás, te espero dentro de un mes." Le recetó algunas medicinas que debería tomar. 

Y ella que durante días y días, y todavía unas horas antes, había llorado de sólo pensar que ya había llegado a esa terrible edad en la que la maternidad, la lozanía y el vigor terminan, ahora, al recibir la noticia, no experimentó ninguna alegría, por el contrario una gran confusión y una gran fatiga. Porque, claro, era bien pesado después de siete años volver a tener otro niño, cuando ya se han tenido seis más y una ya no tiene veinte años, y no cuenta con quien le ayude para nada y tiene que hacerlo todo en la casa y arreglárselas con poco dinero, y con todo subiendo día a día. 

Así iba pensando en el camión, de regreso a su casa, mirando pasar las calles que le parecían tan tristes como la tarde, como ella misma. Porque ya no quería volver a empezar; otra vez las botellas cada tres horas, lavar pañales todo el día y las desveladas, cuando ella ya no quería sino dormir y dormir, dormir mucho, no, no podía ser, ya no tenía fuerzas ni paciencia para cuidar otro niño, ya era bastante con lidiar con seis y con Pepe, tan seco, tan indiferente, "no es partido para ti, hija, nunca logrará nada en la vida, no tiene aspiraciones y lo único que hará será llenarte de hijos", sí, otro hijo más y él no haría el más mínimo esfuerzo por buscarse otro trabajo y ganar más dinero, qué le importaba que ella hiciera milagros con el gasto, o que se muriera de fatiga.

Esa noche le dio la noticia. Los niños ya se habían acostado y ellos estaban en la estancia viendo la televisión como todos los días después de cenar. Pepe le pasó un brazo sobre los hombros y le rozó la mejilla con un beso. "Cada hijo trae su comida y su vestido, no te preocupes, saldremos adelante como hemos salido siempre." Y ella se quedó mirando aquella pantalla de televisión donde algo se movía sin sentido, mientras en su interior un mundo de pensamientos y sentimientos se apretujaban.

Pasaban los días, las semanas, y seguía sin encontrar resignación ni esperanza. La fatiga aumentaba con los días y una gran debilidad la obligaba a recostarse, en ocasiones, varias veces durante el día. Así transcurría el verano.

Por las noches y un poco entre sueños Pepe la oía llorar o la sentía estremecerse, pero él apenas si se daba cuenta de que ella no dormía. Era natural que Pepe descansara a pierna suelta, ¡claro!, él no tendría que dar a luz un hijo más, ni que cuidarlo, "los hijos son un premio, una dádiva", pero cuando se tienen cuarenta y cinco años y seis hijos otro hijo más no es un premio sino un castigo porque ya no se cuenta con fuerzas ni alientos para seguir adelante.

A veces se levantaba a mitad de la noche y se sentaba cerca de la ventana, ahí, a oscuras, oía los grillos abajo en el pequeño huerto donde ella cultivaba algunas hortalizas, y el alba la sorprendía con los ojos abiertos aún y las manos crispadas por la angustia.

Había ido a ver al médico al cumplirse el mes y, después, al siguiente. Le cambiaba un poco las prescripciones, pero siempre las recomendaciones eran las mismas: "procura no cansarte tanto, hija, reposa más, tranquilízate". Ella regresaba a su casa caminando pesadamente.

Una de esas noches en que no lograba conciliar el sueño y el calor y la desesperación la hacían levantarse y caminar, salió a refrescarse un poco y se recargó en el barandal de la escalera que bajaba de las habitaciones hacia el huerto. Hasta, ella llegaba el perfume del huele de noche que tanto le gustaba, pero que ahora le parecía demasiado intenso y le repugnaba. Estaba observando indiferente a las luciérnagas que se encendían y se apagaban poblando la noche de pequeñas y breves lucecitas, cuando algo caliente y gelatinoso empezó a correr entre sus piernas. Miró hacia abajo y vio sobre el piso un ramo de amapolas deshojadas.     

Sintió la frente bañada en sudor frío, las piernas que se le iban aflojando y se afianzó al barandal mientras le gritaba a su marido. Pepe la llevó a la cama y corrió a buscar al médico.    "Te recomendé mucho que descansaras, hija, que no te fatigaras tanto", dijo el doctor cuando terminó de atenderla y le dio una breve palmada en el hombro,  "trata de dormir, mañana vendré a verte". Antes de caer en el sueño, le pidió a Pepe que envolviera los coágulos en unos periódicos y los enterrara en un rincón del huerto, para que los niños no los vieran.

El sol llenaba la habitación cuando despertó. Había dormido muchas horas. Sus hijos se habían ido a la escuela sin hacer ruido. Pepe le llevó una taza de café con leche y pan que comió con agrado. Tenía hambre. Y cuando Pepe salió a buscar a su hermana para que viniera unos días mientras ella se recuperaba, se quedó pensando y no pudo menos que experimentar un gran descanso por haber salido de aquella tremenda pesadilla. Claro que le dolía que hubiera sido en una forma tan triste, tan desagradable, pero las cosas no son como uno las desea, ni las piensa, sino como tienen que ser. Desde luego que ya no quería otro hijo, no, hubiera sido superior a sus fuerzas, pero no así, que no hubiera sucedido así, así, cómo le afectaba y la conmovía, y comenzó a llorar desconsoladamente, largo rato, hasta que se quedó nuevamente dormida.

A los pocos días todo había vuelto a la normalidad y cumplía con sus tareas domésticas, como siempre lo había hecho. Cuidando de no fatigarse demasiado procuraba estar ocupada todo el día, para así no tener tiempo de ponerse a pensar y que la invadieran los remordimientos. Trataba de olvidarlo todo, de no recordar aquel desquiciante verano que por fin había terminado, y casi lo había logrado hasta ese día en que le pidió a Pepito que le cortara unos jitomates. "No mami, porque ahí también hay gusanos."

Comenzaron a zumbarle los oídos y todos los muebles y las cosas a girar a su alrededor, se le nubló la vista y tuvo que sentarse para no caer. Estaba empapada en sudor y la angustia le devoraba las entrañas. Seguramente que Pepe, tan torpe como siempre, no había escarbado lo suficiente y entonces... pero, qué horror, qué horror, los gusanos saliendo, saliendo...

Ese día apenas si hubo comida y lo que logró hacer o estaba salado o medio crudo o quemado pues ella había empezado a girar dentro de un torbellino de ideas y temores desquiciantes.

Toda su vida y la diaria rutina cambiaron de golpe. Hacía el quehacer muy nerviosa, presa de una gran ansiedad, mal tendía las camas, daba unos cuantos escobazos y corría a asomarse a las ventanas que daban hacia el huerto; empezaba a quitar el polvo de los muebles, y otra vez a la ventana; se le olvidaba lo que estaba haciendo, al trapear dejaba los pisos encharcados, se le caían las cosas de las manos, rompía la loza, recogía rápidamente los pedazos y los echaba al bote de la basura para que nadie los viera y sospechara; pasaba largas horas recargada en el barandal, observando, observando...

Apenas si hablaba con Pepe y con los chicos, todo le molestaba: que le preguntaran algo, que le platicaran, que hicieran ruido, que pusieran el radio, que jugaran, que gritaran, que vieran la televisión..., ella quería estar sola, pensar, observar... que no la distrajeran, necesitaba estar atenta, escuchando, observando, escuchando, observando...

Esa tarde, Pepe había ido al centro a comprar unos zapatos y a la peluquería. Los tres niños más pequeños a la doctrina como todos los sábados, y los mayores a jugar basket. Estaba sola en la modesta estancia tratando inútilmente de zurcir calcetines y remendar las camisas y los pantalones, lo que antes hacía con bastante habilidad y rapidez mientras veía en la televisión los "Sábados con Saldaña" que tanto le gustaban, sobre todo "Nostalgia"... pero eso ya no era posible, a ella ya no le interesaba nada que no fuera escuchar, observar, estar atenta observando, escuchando...    

Cerca de las seis de la tarde, alcanzó a percibir como un leve roce, algo que se arrastraba sobre el piso apenas tocándolo; se quedó quieta, sin respirar...  sí, no cabía la menor duda, eso era, se iban acercando, acercando, acercando lentamente, cada vez más, cada vez más...  y sus ojos descubrieron una leve sombra bajo la puerta...  sí, estaban ahí, habían llegado, no había ya tiempo que perder o estaría a su merced...  Corrió hacia la mesa donde estaba el quinqué de porcelana antiguo que fuera de su madre y que ella conservaba como una reliquia. Con manos temblorosas desatornilló el depósito de petróleo y se lo fue virtiendo desde la cabeza hasta los pies hasta quedar bien impregnada; después, con el sobrante, roció una circunferencia, un pequeño círculo a su alrededor. Todavía antes de encender el cerillo los alcanzó a ver entrando trabajosamente por la rendija de la puerta... pero ella había sido más lista y les había ganado la partida. No les quedaría para consumar su venganza sino un montón de cenizas humeantes.