—Adiós, querida.
—Adiós, cariño.
Alix Martin quedó apoyada contra la acera rústica contemplando la figura de su marido que se alejaba por el camino en dirección al pueblo.
Al fin dobló un recodo y le perdió de vista, pero Alix continuó en la misma posición apartando distraída un mechón de sus preciosos cabellos castaños que le caía sobre la frente.
Alix Martin no era hermosa, ni siquiera bonita, estrictamente hablando; pero su rostro... el rostro de una mujer que ya había pasado la primera juventud y tenía una expresión radiante, se había dulcificado hasta tal punto que sus antiguos compañeros de trabajo apenas la hubieran reconocido. La señorita Alix King había sido una joven eficiente de modales ligeramente bruscos, muy capaz y segura de sí... que sacaba el menor, no el mayor, partido posible a sus hermosos cabellos castaños. Su boca, de bonita línea, siempre estaba contraída en un gesto severo. Sus ropas fueron siempre limpias y cómodas, pero sin el menor detalle de coquetería.
Alix se había graduado en una escuela muy rígida, y por espacio de quince años, desde los dieciocho a los treinta y tres, se había mantenido (y a su madre inválida durante siete) gracias a su trabajo de taquimecanógrafa; fue la lucha por la vida la que endureció los suaves rasgos de su rostro de niña.
Cierto que tuvo un... novio. Dick Windyford, un compañero de oficina. Siendo una mujer sensata, Alix supo siempre que él la amaba. Exteriormente eran amigos, nada más. Con su sueldo escaso, Dick había tenido que contribuir a la educación de su hermano menor, y por el momento no podía pensar en casarse. Sin embargo, cuando Alix pensaba en el porvenir lo hacía con la certeza de que algún día sería la esposa de Dick. Se querían, o por lo menos eso hubiera dicho ella, pero ambos eran muy sensatos... tenían mucho tiempo por delante y ninguna necesidad de apresurarse. Y así fueron pasando los años.
Y pronto la liberación de aquella penosa vida cotidiana le vino a la joven de la manera más inesperada. Una prima lejana había muerto dejando su dinero a Alix. Varios miles de libras, las suficientes para proporcionarle una renta anual de doscientas. Para Alix aquello era la libertad, la vida, la independencia. Ahora ella y Dick no tendrían que esperar más.
Pero Dick reaccionó de un modo extraño. Nunca había hablado a Alix directamente de su amor, y ahora parecía menos inclinado que nunca. La evitaba, y se hizo reservado y pesimista. Alix no tardó en comprender la razón. Se había convertido en una mujer de posibilidades, y la delicadeza y el orgullo impedían que el correcto Dick la convirtiera en su esposa.
Alix le quiso más que nunca por eso, e incluso se preguntaba si no habría de ser ella quien diera el primer paso, cuando por segunda vez ocurrió lo inesperado.
Conoció a Gerald Martin en casa de unos amigos. Se enamoraron locamente y a la semana estaban prometidos; y la joven, que nunca había creído en «el flechazo», apenas sabía lo que estaba ocurriendo.
Sin querer había encontrado el medio de despertar a su antiguo amor. Dick Windyford se puso furioso al conocer la noticia.
—Ese hombre es completamente desconocido para ti. No sabes nada de él.
—Sé que le quiero.
—¿Cómo puedes saberlo... en una semana?
—Todo el mundo no necesita once años para descubrir que se ha enamorado —replicó Alix furiosa.
Dick se puso lívido.
—Yo te he querido desde que te conocí, y creí que tú también me querías.
Alix fue sincera.
—Yo también lo creí —admitió—. Pero es porque no sabía lo que era el amor verdadero.
Entonces Dick volvió a enfurecerse. Ruegos, súplicas... incluso amenazas contra el hombre que le había suplantado. Alix estaba sorprendida al descubrir aquel volcán oculto bajo el reservado exterior del hombre que creyó conocer tan bien. Y también le asustó un poco. Claro que Dick no podía pensar seriamente lo que estaba diciendo... aquellas amenazas para vengarse de Gerald Martin. Estaba despechado, no era nada más.
Sus pensamientos la habían llevado a recordar aquella entrevista aquella mañana soleada mientras se apoyaba contra la cerca de su casita. Hacía un mes que estaba casada, y era completamente feliz. No obstante, durante la ausencia momentánea de su esposo, que lo era todo para ella, una sombra de esa ansiedad era Dick Windyford.
Por tercera vez desde su matrimonio había soñado lo mismo. El medio ambiente variaba, pero los factores principales eran siempre los mismos. Veía a su esposo muerto y a Dick Windyford de pie a su lado, y ella sabía sin la menor duda que era su mano la que había descargado el golpe fatal.
Pero por terrible que fuera aquélla, aún había algo más horrible todavía... que le parecía horrible al despertar, pero que durante el sueño era para ella algo perfectamente natural e inevitable. Ella, Alix Martin, se alegraba de la muerte de su esposo... alargaba sus manos agradecidas hacia el asesino, e incluso le daba las gracias. El sueño siempre terminaba lo mismo... refugiándose en brazos de Dick Windyford.
Nada dijo de aquel sueño a su esposo, pero le preocupaba más de lo que hubiera querido admitir. ¿Sería un aviso... contra Dick Windyford? ¿Tendría algún poder secreto que trataba de transmitir a través de la distancia?
No sabía gran cosa de hipnotismo, pero había oído muchas veces que las personas pueden ser hipnotizadas contra su voluntad.
El timbre del teléfono sonando en el interior de la casa la sacó de sus pensamientos y yendo hasta la casita lo descolgó. Se tambaleó y tuvo que apoyarse para no caer. ¿Quién dirían ustedes que llamaba?
—Vaya, Alix, ¿qué le ocurre a tu voz? No te hubiera conocido. Soy Dick.
—¡Oh! —dijo Alix—. ¡Oh! ¿Dónde estás?
—En «La Posada del Viajero»... así se llama, ¿no? ¿O es que ni siquiera conoces la existencia de la posada del pueblo? Estoy de vacaciones... y vine a pescar por aquí. ¿Tienes algún inconveniente en que os vaya a ver a vuestra casa esta noche después de cenar?
—No —replicó Alix, tajante—. No debes venir.
Hubo una pausa y luego volvió a dejarse oír la voz de Dick un tanto alterada.
—Perdona —le dijo en tono grave—. No era mi intención molestarte...
Alix se apresuró a rectificar. Claro que debía parecerle extraño su comportamiento. Y lo era. Sus nervios estaban deshechos, pero no era culpa de Dick que ella tuviera aquellos sueños.
—Quise decir que esta noche tenemos un... compromiso —explicó tratando de que su voz sonara lo más natural posible—. ¿Por qué no vienes a cenar mañana?
Pero evidentemente Dick había notado la falta de cordialidad en su invitación.
—Muchísimas gracias —dijo en el mismo tono formal—. Pero tal vez me marche de un momento a otro. Depende de si regresa un compañero mío. Adiós Alix —hizo una pausa y luego agregó en tono distinto—: te deseo mucha suerte, querida.
Alix colgó el aparato con alivio.
—Él no debe venir aquí —se repitió—. No debe venir aquí. ¡Oh! ¡Qué tonta soy! Ponerme tan nerviosa por una tontería. De todas maneras, celebro que no venga.
Y cogiendo un sombrero de paja de encima de una mesa salió de nuevo al jardín deteniéndose ante el nombre grabado en el porche: «Villa Ruiseñor».
—¿Verdad que es un nombre bonito? —le había dicho a Gerald en cierta ocasión antes de casarse y él se rió.
—Eres una mujer de ciudad —le dijo en tono afectuoso—. No creo que hayas oído nunca el canto del ruiseñor. Y me alegro. Los ruiseñores debieran cantar sólo para los enamorados. Ya los oiremos juntos las noches de verano y ante nuestra propia casa.
Y el recuerdo de cómo los había oído, hizo enrojecer de felicidad a Alix de pie ante el umbral de su casita.
Fue Gerald quien encontró «Villa Ruiseñor», contándoselo a Alix con gran entusiasmo. Era lo que necesitaban... una ocasión única... la mejor oportunidad de toda su vida. Y cuando Alix la vio también quedó cautivada. Cierto que su situación era un tanto alejada..., estaba a dos kilómetros del pueblo más cercano..., pero la casa en sí era exquisita, con su aire de cuento, y sus magníficos cuartos de baño, con agua caliente, luz eléctrica y teléfono, que en el acto fue víctima de su encanto. Luego surgió una contrariedad. El propietario, un hombre muy rico que la hizo a su capricho, se negó a alquilarla. Únicamente se encontraba dispuesto a venderla.
Gerald Martin, aunque poseía una buena renta, no estaba en posición de poder tocar el capital. Todo lo que podría ofrecer eran mil libras y el propietario pedía tres. Pero Alix, que estaba enamorada de la casita, acudió en su ayuda. Su capital estaba más disponible, siendo en bonos al portador, y emplearía la mitad en adquirir la casa. Así que «Villa Ruiseñor» pasó a ser suya y ni un solo momento tuvieron que lamentar su elección. Era cierto que el servicio no apreciaba aquella soledad campestre... y en realidad no habían conseguido encontrar criada..., pero Alix, que nunca pudo tener vida de hogar, disfrutaba preparando la comida y cuidando de la casa.
El jardín, exuberante de flores, era atendido por un viejecillo del pueblo que acudía un par de veces por semana, y Gerald Martin, gran aficionado a la jardinería, pasaba en él la mayor parte de su tiempo.
Al dar la vuelta a la casa, Alix se extrañó al ver al viejo jardinero trabajando en los parterres. Estaba sorprendida porque solía ir los lunes y viernes, y aquel día era miércoles.
—Vaya, Jorge, ¿qué está haciendo aquí? —preguntó al acercarse a él.
El viejecito enderezóse con una risita mientras se llevaba la mano a su sombrero.
—Ya pensé que le extrañaría, pero ahí tiene, señora. El viernes es el santo del alcalde, y tenemos fiesta en el pueblo, y yo me dije: ni al señor Martin ni a su buena esposa les importará que por una vez vaya el miércoles en vez del viernes.
—Tiene usted mucha razón —dijo Alix—. Espero que disfrute mucho en la fiesta.
—Sí —repuso Jorge con sencillez—. Es agradable llenar el estómago sabiendo que no es uno el que paga. El alcalde da un té espléndido a todos sus servidores, y además, señora, quise verla antes de su partida para saber qué es lo que hay que plantar. ¿No tiene idea de cuándo volverá poco más o menos?
—Pero si no me marcho.
Jorge la miró extrañado.
—Pero, ¿no se va a Londres mañana?
—No. ¿Cómo se le ha ocurrido pensarlo?
Jorge ladeó la cabeza.
—Ayer tarde me encontré a su esposo en el pueblo y me dijo que usted se iba mañana a Londres, y que no sabía cuándo regresaría.
—Tonterías —dijo Alix, riendo—. No debió entenderlo bien.
De todas maneras se preguntaba qué era lo que le podría haber dicho Gerald para que el viejecillo llegara a semejante error. ¿Ir a Londres? No quería volver a Londres en toda su vida.
—Aborrezco Londres —dijo con voz ronca.
—¡Ah! —repitió Jorge en tono bonachón—. Debí entenderlo mal, y sin embargo, me pareció que estaba bastante claro. Celebro que se quede aquí. No me gusta el ajetreo de las calles y no pienso ir a Londres. Demasiados coches... eso es lo malo de hoy en día. En cuanto alguien tiene automóvil, ya no puede estarse quieto en ninguna parte. El señor Ames, el antiguo propietario de esta casa... era un caballero muy tranquilo hasta que compró uno de esos chismes. No hacía ni un mes que lo tenía cuando se puso en venta esta casa. ¡Con lo que gastó en ella, con tanto cuarto de baño, luz eléctrica y demás! «Nunca recuperará su dinero —le dije—. No todo el mundo tiene afición a lavarse en cada habitación de la casa.» «Pero, Jorge —me dijo—, conseguiré dos mil libras por esta casa, que es lo que me ha costado.» Y las consiguió.
—Consiguió tres mil —dijo Alix, sonriendo.
—Dos mil —repitió Jorge—. Entonces se habló mucho de lo que pedía. Y era una cifra muy alta.
—En realidad fueron tres mil —insistió Alix.
—Las mujeres no entienden nada de números —replicó el jardinero sin dejarse convencer—. No me dirá que el señor Ames tuvo el valor de pedirle tres mil en voz alta.
—A mí no me las pidió —dijo Alix—, sino a mi esposo.
Jorge volvió a inclinarse sobre el parterre.
—El precio fueron dos mil —repitió obstinado.
Alix no se tomó la molestia de discutir con él, y dirigiéndose a otro de los parterres empezó a cortar un ramo de flores. El sol, el perfume de las flores y el ligero zumbido de las abejas contribuían a que el día fuese perfecto.
Cuando se dirigía a la casa con su fragante carga, Alix observó un pequeño objeto verde oscuro que asomaba entre las hojas de una planta. Se agachó para recogerlo viendo que era la agenda de bolsillo de su esposo. Debió caérsele mientras arrancaba las malas hierbas.
La abrió, hojeando su contenido con cierto regocijo. Casi desde el principio de su matrimonio había comprendido que el impulsivo y sentimental Gerald poseía las sorprendentes virtudes de la pulcritud y el orden. Quería que las comidas estuvieran dispuestas a la hora en punto, y siempre planeaba lo que haría al día siguiente con la misma precisión. Aquella mañana, por ejemplo, había anunciado que saldría hacia el pueblo después del desayuno... a las diez y cuarto. Y a esa hora en punto dejaba la casa.
AI repasar la agenda, le divirtió ver que en el día catorce de mayo había anotado: Boda con Alix en San Pedro a las dos y media.
—El grandísimo tonto —murmuró Alix para sí, volviendo las páginas.
De pronto se detuvo.
—Miércoles, dieciocho de junio... vaya, es hoy.
Y en el espacio correspondiente a aquel día estaba escrito con la letra precisa de Gerald: Nueve de la noche. Nada más. ¿Qué era lo que pensaba hacer Gerald a las nueve? Alix sonrió considerando que si aquello ocurriera en una novela, como las que leía a menudo, la agenda hubiera proporcionado alguna revelación sensacional. Seguramente el nombre de otra mujer. Fue volviendo las hojas hacia atrás. Fechas, citas, referencias a tratos de asuntos comerciales, pero un solo nombre de mujer: el suyo.
Sin embargo, mientras guardaba la agenda en su bolsillo y llevaba las flores al interior de la casa, sintió una vaga inquietud. Acudieron a ella las palabras de Dick Windyford como si estuviera allí repitiéndolas: «Ese hombre es un desconocido para ti. No sabes nada de él.»
Era cierto. ¿Qué sabía de él? Al fin y al cabo, Gerald tenía cuarenta años. En todo ese tiempo debía haber habido alguna mujer.
Alix sacudió la cabeza con impaciencia. Nada de entregarse a aquellos pensamientos. Tenía otra preocupación más importante. ¿Debía o no decir a su marido que Dick Windyford había telefoneado?
Cabía la posibilidad de que Gerald le hubiera encontrado en el pueblo, pero en ese caso seguramente lo mencionaría en seguida de llegar y el asunto quedaría fuera de su acción. Y si no..., ¿qué hacer? Alix se daba cuenta de su afán por no decir nada. Gerald siempre se había mostrado amablemente dispuesto hacia el otro. «Pobre diablo —dijo en cierta ocasión—; creo que está tan loco por ti como yo. Qué desagradable debe ser que le rechacen a uno.» No dudaba respecto a los sentimientos de Alix.
Si se lo contaba, estaba segura de que invitaría a Dick Windyford para que fuera a «Villa Ruiseñor». Entonces se enteraría de que Dick mismo lo había propuesto y que ella se negó a que fuera. Y cuando le preguntase por qué lo hizo, ¿qué hacer? ¿Iba a contarle su sueño? Gerald se reiría o... lo que era peor, vería que ella le daba una importancia excesiva, y tal vez pensase... ¡oh, cualquier cosa!
Al final, bastante avergonzada, decidió no decir nada. Era el primer secreto que ocultaba a su esposo y le hizo sentirse intranquila.
Cuando oyó que Gerald regresaba del pueblo, apresuróse a refugiarse en la cocina afanándose en preparar la comida para disimular su turbación.
En seguida comprendió que Gerald no había visto a Dick Windyford e inmediatamente sintióse aliviada y nerviosa a la vez. Ahora sí que le ocultaba algo a su marido, y durante el resto del día estuvo distraída, sobresaltándose al menor ruido, aunque su esposo no pareció observarlo. Él también estaba ensimismado en sus pensamientos y un par de veces tuvo que repetirle alguna observación trivial para que pusiera atención antes de que respondiera.
No fue hasta después de cenar, cuando estaban sentados en el saloncito de estar con las ventanas abiertas para que entrara la suave brisa de la noche con el perfume de los jazmines, cuando Alix recordó la agenda de bolsillo y se dispuso a distraer sus pensamientos.
—Aquí tengo algo que encontré entre las flores —le dijo arrojándosela sobre el regazo.
—Se me cayó en un parterre, ¿eh?
—Sí. Ahora sé todos tus secretos.
—Soy inocente —replicó Gerald, moviendo la cabeza.
—¿Y qué me dices de lo que has anotado para las nueve de la noche?
—¡Oh!, eso... —pareció cortado de momento, y luego sonrió como si aquello le divirtiera—. Es una cita con una chica guapísima, Alix. Tiene el cabello castaño, los ojos azules y se parece muchísimo a ti.
—No comprendo —dijo Alix, fingiendo ponerse seria—. Estás apartándote de la cuestión.
—No. A decir verdad, lo anoté para acordarme de revelar algunos negativos esta noche, y que tú me ayudes.
Gerald Martin era un fotógrafo entusiasta. Poseía una cámara un tanto anticuada, pero con muy buenas lentes, y él mismo revelaba sus placas en un sótano pequeño que había preparado como cuarto oscuro. Nunca se cansaba de retratar a Alix en distintas posiciones.
—¿Y tiene que ser precisamente a las nueve? —dijo Alix.
Gerald pareció algo molesto.
—Mi querida Alix —dijo con cierta tirantez—, siempre hay que buscar una hora precisa para hacer las cosas. Entonces es cuando se puede trabajar como es debido.
Alix permaneció unos instantes observando a su esposo. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo de su butaca y las líneas de su rostro pulcramente afeitado se recortaban contra el fondo oscuro. Y de pronto, por alguna razón desconocida, sintió que la invadía una ola de pánico y antes de poder evitarlo había exclamado:
—¡Oh, Gerald! ¡Ojalá supiera algo más de ti!
Su esposo volvió su rostro asombrado hacia ella.
—Pero, mi querida Alix, si sabes todo lo referente a mí. Te he hablado de mi infancia en Northumberland, de mi vida en África del Sur, y estos últimos diez años en el Canadá que me proporcionaron el éxito.
—¡Oh, los negocios!
Gerald se echó a reír.
—Sé a lo que te refieres... a la parte amorosa. Todas las mujeres sois iguales. Sólo os interesa la cuestión personal.
Alix sintió que se le secaba la garganta mientras murmuraba:
—Bueno, pero debes de haber tenido... amores. Quiero decir... que si yo supiera...
Hubo una pausa de unos minutos. Gerald Martin había fruncido el ceño y la indecisión se reflejaba en su rostro. Cuando habló, fue en tono grave, sin el menor rastro de frivolidad:
—¿Tú crees que tiene gracia el hacer de esposa de Barba Azul? Sí que ha habido mujeres en mi vida. No lo niego. No me creerías si te lo negara. Pero puedo jurarte que ninguna de ellas significó nada para mí.
Hubo tal sinceridad en su voz que se sintió agradablemente confortada.
—¿Satisfecha, Alix? —le preguntó con una sonrisa.
Y luego la contempló con cierta curiosidad.
—¿Por qué se te ha ocurrido hablar de esto precisamente esta noche? Nunca lo mencionaste.
Alix se puso en pie y comenzó a pasear inquieta.
—¡Oh! No lo sé —contestó—. Todo el día he estado nerviosa.
—Es curioso —dijo Gerald en voz baja, como si hablara consigo mismo—. Es muy curioso.
—¿Por qué es curioso?
—Oh, querida, no te pongas así. Sólo digo que es curioso porque por lo general eres siempre tan serena y dulce.
Alix procuró sonreír.
—Hoy todo se confabula para molestarme —confesó—. Incluso el viejo Jorge tenía la ridícula idea de que nos íbamos a Londres. Según él, tú se lo dijiste.
—¿Dónde le viste? —preguntó Gerald, en tono crispado.
—Vino a trabajar hoy en vez del viernes.
—El viejo imbécil —dijo Gerald, enojado.
Alix le miró extrañada. Su esposo tenía el rostro contraído por la ira. Nunca le había visto tan furioso, y al ver su asombro, Gerald hizo un esfuerzo por recuperar el dominio de sí mismo.
—Bueno, es un viejo estúpido —protestó.
—¿Qué le dijiste para que pensara que nos íbamos?
—¿Yo? No le dije nada. A menos... Oh, sí, recuerdo que en broma dije que nos íbamos a Londres a la mañana siguiente, y supongo que lo tomaría en serio. O debió entenderlo mal. Supongo que tú le desengañarías.
Y esperó su respuesta.
—Claro, pero es de esos viejos que cuando se les mete una idea en la cabeza... bueno, no es fácil quitársela.
Y le contó la insistencia del jardinero en la cantidad pedida por la casita.
Gerald guardó silencio unos instantes y luego dijo:
—Ames estaba dispuesto a aceptar dos mil libras en efectivo, y las mil restantes en hipoteca. Supongo que ése será el origen de su error.
—Es muy probable —replicó Alix.
Luego, mirando el reloj, en otro tono:
—Ya debiéramos estar abajo, Gerald. Pasan cinco minutos de la hora fijada.
Una sonrisa muy particular apareció en el rostro de Gerald.
—He cambiado de opinión —dijo tranquilamente—. Esta noche no revelaremos las fotografías.
La mentalidad de la mujer es algo muy curioso. Cuando se acostó aquel miércoles por la noche, Alix sentíase contenta y tranquila. Su felicidad, momentáneamente amenazada, resurgió triunfante como nunca.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Villa Ruiseñor - Agatha Christie (parte 1)
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