En su viaje por los países del Norte, Dilvish el Maldito recorrió un día un tortuoso camino en un valle cubierto de pinos bajos. Su gran montura negra parecía incansable, pero llegó un momento en que Dilvish se detuvo para sacar provisiones y preparar una comida. Sus verdes botas no produjeron sonido alguno sobre las agujas de los pinos cuando extendió su capa y puso encima la comida.
—Alguien se acerca.
—Gracias.
Dilvish preparó su espada y empezó a comer de pie. Al poco, un barbudo hombretón que montaba un garañón roano dobló un recodo y aflojó el paso.
—¡Eh! ¡Viajero! —llamó el desconocido—. ¿Puedo acompañarte?
—Puedes.
El hombretón se detuvo y desmontó. Al acercarse, sonrió.
—Rogis es mi nombre —dijo—. ¿Y el tuyo?
—Dilvish.
—¿Has viajado mucho?
—Sí, desde el sudeste.
—¿También haces una peregrinación al santuario?
—¿Qué santuario?
—El de la diosa Aache, en lo alto de esa colina. —Señaló camino arriba.
—No, ni siquiera conocía su existencia. ¿Cuál es su virtud?
—La diosa puede absolver de asesinato a cualquier hombre.
—¿Sí? ¿Y haces la peregrinación por este motivo?
—Sí. La he hecho a menudo.
—¿Vienes de muy lejos?
—No, vivo en la carretera. Eso hace la vida mucho más fácil.
—Creo que empiezo a entender.
—Perfecto. Si eres tan amable de pasarme tu bolsa, evitarás a la diosa el trabajo de una nueva absolución.
—Ven y cógela —dijo Dilvish, y sonrió.
Rogis entrecerró los ojos.
—No muchos hombres me han dicho eso.
—Y quizá yo sea el último.
—Hum. Soy más corpulento que tú.
—Lo he notado.
—Estás haciendo difíciles las cosas. ¿Querrías mostrarme si llevas suficientes monedas para que valga la pena nuestro esfuerzo?
—Creo que no.
—¿Y qué te parecería esto? Partimos tu dinero, y ninguno de los dos se arriesga a que corra la sangre.
—No.
Rogis suspiró.
—Ahora la situación es violenta. Veamos, ¿eres arquero? No. Ningún arco. Ningún arma arrojadiza, tampoco. Yo diría que puedo irme sin que me alcances.
—¿Para tenderme una emboscada más tarde? Temo no poder consentirlo. Esto es un asunto de futura defensa propia.
—Qué pena —dijo Rogis—. Pero correré el riesgo de todas formas.
Se volvió hacia su montura y dio media vuelta con la espada en la mano. Pero el arma de Dilvish ya estaba desenvainada, y el Maldito paró el primer golpe y contraatacó. Rogis lanzó una maldición, evitó otro golpe y atacó. Así siguió el combate, seis pases más, y luego la hoja de Dilvish perforó el abdomen de su rival.
Una mirada de sorpresa cruzó el semblante de Rogis, que soltó su espada para aferrar la que le hería. Dilvish la arrancó y observó caer al salteador.
—Un día desgraciado para ambos —murmuró Rogis.
—Más para ti, diría yo.
—No escaparás de esto tan fácilmente, ¿sabes?... Soy favorito de la diosa...
—Pues ella tiene un gusto peculiar para elegir favoritos.
—He sido su siervo. Ya verás... —y sus ojos se nublaron y se desplomó con un gemido.
—Black, ¿has oído hablar de esta diosa?
—No —replicó la estatua metálica de su caballo—, pero hay muchas cosas en este territorio de las que no sé nada.
—En ese caso, vámonos de aquí.
—¿Y Rogis?
—Lo dejaremos en el cruce como advertencia de que el mundo es un lugar más seguro. Desataré su caballo y que él mismo encuentre el camino de regreso.
Esa noche, muchos kilómetros más al norte, Dilvish vio perturbado su sueño. Soñó que la sombra de Rogis llegaba al campamento y se arrodillaba junto a él, sonriente, para ponerle las manos en el cuello. Dilvish despertó asfixiándose, y una espectral luz pareció apagarse junto a él.
—¡Black! ¡Black! ¿Has visto algo?
Silencio en principio.
—Estaba muy lejos —fue finalmente la réplica de la inmóvil estatua—, pero veo señales rojas en tu cuello. ¿Qué ha sucedido?
—Soñé que Rogis estaba aquí, que intentaba estrangularme. —Dilvish tosió y escupió.
—Ha sido más que un sueño —decidió.
—Abandonaremos pronto este lugar.
—Cuanto antes, mejor.
Al cabo de un rato, Dilvish volvió a dormirse. En determinado momento, Rogis estaba de nuevo con él. Esta vez el ataque fue muy repentino e incluso más violento. Dilvish despertó dando puñetazos, pero sus golpes iban dirigidos al aire. No le quedó ya duda alguna respecto a la luz, con la espectral silueta de Rogis.
—Black, despierta —dijo—. Debemos desandar el camino, visitar aquel santuario, conjurar a este fantasma. Un hombre tiene que dormir.
—Estoy dispuesto. Estaremos allí un poco después de que rompa el día.
Dilvish levantó el campamento y montó.
El santuario era una baja e irregular construcción de madera apoyada en la roca de la colina, llena de rojizas vetas, cerca de la cumbre. El sol matutino caía sobre su fachada, donde una doble puerta de madera, toscamente tallada, permanecía cerrada. Dilvish desmontó y trató de abrirla. Al comprobar que estaba atrancada, la golpeó con fuerza.
Al cabo de larga demora, la parte izquierda de la puerta se abrió y un hombrecillo de ojos claros y muy juntos asomó la cabeza. Llevaba una tosca vestidura marrón.
—¿Quién eres tú para molestarnos a esta hora? —inquirió el hombre.
—Un caballero incordiado por alguien que afirmó tener relaciones especiales con tu diosa. Deseo librarme de cualquier maldición o encantamiento que pese sobre mí.
—Ah, eres tú. Llegas muy pronto. Entra.
El desconocido abrió la puerta de par en par y Dilvish entró. La habitación estaba sencillamente amueblada con algunos bancos y un pequeño altar. Había otra puerta al fondo. Un vacío camastro, desarreglado, se hallaba cerca de una pared, junto a una estrecha ventana.
—Me llamo Task. Toma asiento. —El hombre señaló los bancos.
—Seguiré de pie.
El hombrecillo se encogió de hombros.
—Muy bien. —Se acercó al camastro y plegó las mantas—. Quieres librarte de la maldición, para evitar que el fantasma de Rogis te estrangule.
—¡Lo sabes!
—Naturalmente. A la diosa no le gusta que asesinen a sus siervos.
Dilvish vio que Task, con diestros movimientos, ocultaba una botella de un raro vino meridional en el interior de la plegada manta. También notó que en cuanto el hombrecillo escondía las manos en la vestidura, otro costoso anillo se esfumaba de sus dedos.
—Tampoco las víctimas de los siervos gozan mucho cuando las asesinan.
—Pse. ¿Has venido aquí para blasfemar o para que te absuelvan?
—He venido aquí para librarme de esta condenada maldición.
—Para eso, debes hacer una ofrenda.
—¿En qué debe consistir?
—En primer lugar, todo tu dinero, piedras preciosas o metales de valor que lleves contigo.
—¡La diosa es tan salteadora como sus siervos!
Task sonrió.
—Todas las religiones tienen su lado secular. Los devotos de la diosa no son muchos en esta región escasamente poblada, y las donaciones de los fieles no siempre bastan para cubrir los gastos de mantenimiento.
—Has dicho «en primer lugar». En primer lugar quieres todos mis objetos de valor. ¿Y en segundo?
—Bien, es simplemente justo que sustituyas tú mismo la vida que has destruido. Un año de servicio por tu parte sería suficiente.
—¿Haciendo qué?
—Bien, recaudar tributos de los viajeros, igual que Rogis.
—Me niego —dijo Dilvish—. Pide otra cosa.
—Ninguna otra cosa serviría. Esa es tu penitencia.
Dilvish dio media vuelta. Paseó de un lado a otro. Se detuvo.
—¿Qué hay detrás de esa puerta? —preguntó de repente, señalando la parte trasera de la habitación.
—Es un recinto sagrado, reservado para los ele...
Dilvish se acercó a la puerta.
—¡No puedes entrar ahí!
Abrió de golpe la puerta.
—...¡Y menos con una espada!
Dilvish entró. Había lamparillas de aceite encendidas. Vio paja en el suelo, notó humedad y un olor peculiar que no reconoció; por lo demás, la habitación estaba vacía. Pero una enorme y pesada puerta estaba ligeramente entreabierta en la parte opuesta, y Dilvish creyó oír ruido de arañazos, algo que retrocedía.
Task estaba junto a él cuando avanzó hacia la puerta. Le cogió del brazo pero no pudo detenerle. Dilvish abrió la puerta y miró.
Nada. Oscuridad y una sensación de lejanía. Roca a un lado. Una cueva.
—Es un espacio para almacenamiento.
Dilvish cogió una lamparilla y entró. Al avanzar, el olor se intensificó, igual que la humedad. Task le siguió.
—Este lugar está peligrosamente oscuro. Hay grietas profundas, abismos. Podrías resbalar...
—¡Silencio! ¡O te echaré por el primer agujero que vea!
Task retrocedió varios pasos. Dilvish avanzó con precaución, sosteniendo en alto la lamparilla. Tras pasar junto a un saliente rocoso, contempló una miríada de chispas. Un estanque, agitado hacía poco.
—Aquí ha venido —dijo Dilvish—, sea lo que sea. —Se acercó al estanque—. Lo esperaré. Sí. Tengo la impresión de que deberá salir, tarde o temprano. ¿Qué es?
—La diosa... —dijo Task en voz baja—. Deberías irte. Acabo de recibir un mensaje. Tu sentencia de un año ha sido anulada. Deja solamente el dinero.
Dilvish se echó a reír.
—¿Acaso las diosas regatean? —preguntó.
«Algunas veces» —sonó una voz en su mente—. «Dejémoslo así».
Un escalofrío recorrió sus extremidades.
—¿Por qué te escondes? —dijo Dilvish.
«No muchos mortales pueden contemplar a los de mi raza».
—No me gusta el chantaje, ni humano ni sobrenatural. ¿Y si tirara esta roca a tu estanque?
De pronto, el agua se agitó. El rostro de una mujer salió y contempló al guerrero. Sus ojos eran verdes y muy grandes, su piel sumamente pálida. Espesos bucles de cabello negro cubrían su cabeza igual que un casco. Su barbilla era puntiaguda, y había un rasgo antinatural en la forma de su lengua cuando la diosa habló.
—Muy bien, ya me ves —afirmó—. Tengo intención de enseñarte más.
Aache siguió saliendo del agua, cuello, hombros, pechos, totalmente blanca, y de repente cualquier apariencia humana se desvaneció, porque bajo su cintura había tantas extremidades, largas y esbeltas, que Dilvish no pudo contarlas.
Dilvish lanzó un grito y la espada apareció en su mano. Estuvo a punto de tirar la lamparilla.
—No pretendo hacerte daño alguno —sonó la voz ligeramente insegura—. Recuerda que tú mismo pediste esta audiencia.
—Aache... ¿qué eres? —preguntó él.
—Mi raza es vieja. No hay más que decir. Me has causado problemas.
—Tu siervo trató de matarme.
—Lo sé. Es obvio que se equivocó de víctima, qué pena. Voy a tener hambre.
La espada se revolvió en la mano de Dilvish.
—¿Qué pretendes decir?
—Como miel.
—¿Miel?
—Un líquido dulce producido por pequeños insectos voladores en el lejano sur.
—Sé lo que es, pero no lo entiendo.
—Es mi principal exigencia dietética. Necesito miel. No hay flores, no hay abejas tan al norte. Debo mandar a buscarla. Es costoso traerla desde tan lejos.
—¿Y por eso robas a los viajeros?
—Debo tener dinero, para comprarla. Mis siervos me la traen.
—¿Por qué te sirven de esta forma?
—Podría decir por devoción, pero seamos sinceros. En algunos casos, puedo controlar desde lejos a los hombres.
—¿De la misma forma que me enviaste a aquel fantasma?
—No puedo controlarte directamente, como hacía con Rogis. Pero puedo causarte malos sueños.
Dilvish agitó la cabeza.
—Tengo la sensación de que cuanto más me aleje de aquí, menos me afectará este poder.
—No te equivocas. Así pues, vete. Jamás serías un buen siervo para mí. Quédate el dinero. Déjame.
—Espera. ¿Tienes muchos siervos?
—Eso no es de tu incumbencia.
—No, no lo es. Pero tengo una idea. Hay riqueza mineral en este valle, ¿lo sabías?
—No lo sé. No comprendo a qué te refieres.
—Hace años participé en trabajos de minería. Cuando cabalgaba ayer por el valle, vi indicios de depósitos minerales. Creo que son muy ricos en metal oscuro y que los metalistas del sur lo pagarán bien. Si tienes bastantes siervos para cavar y purificar el metal, estarías mucho mejor que robando a los transeúntes.
—¿Lo crees realmente?
—Sería muy fácil averiguarlo, si me prestas algunos hombres.
—¿Por qué haces esto por mí?
—Tal vez para que este rincón del mundo sea un poco más seguro.
—Extraña razón. Vuelve al santuario. Estoy llamando a los siervos y poniéndolos a tus órdenes. Comprueba si es posible hacer esto, luego vuelve a verme... solo.
—Lo haré... Aache.
De repente, la diosa desapareció y el estanque chispeó. Dilvish se volvió y encontró la fija mirada de Task. Se marcharon juntos sin pronunciar palabra.
Durante los días que siguieron, extrajeron mineral, construyeron una fundición y el trabajo empezó. Dilvish sonrió al contemplar la transformación del oscuro metal en barras. Aache sonrió también cuando el guerrero se lo comunicó.
—¿Y hay mucho más? —preguntó ella.
—Una montaña entera. La semana próxima podemos tener bastante para llenar un vagón. Después podremos acelerar el proceso.
Dilvish se arrodilló junto al estanque. Los dedos de Aache salieron, tocaron tentativamente la mano del guerrero. Al ver que él no retrocedía, la diosa sacó el brazo y le acarició la mejilla.
—Casi deseo que fueras de mi raza —dijo, y después desapareció de nuevo.
«Ha pasado mucho tiempo desde que esta región era calurosa y podía tener flores y abejas» —dijo Black—. «Ella debe ser muy vieja».
—Imposible saberlo —respondió Dilvish mientras paseaban por la cima de la montaña y contemplaban el valle donde se alzaba el humo—. Pero si sólo hace falta miel para transformarla en una criatura honrada, vale la pena este pequeño retraso.
—¿Quiere ella que lleves un cargamento al sur la próxima semana?
—Sí.
—¿Y después?
—Sus siervos podrán encargarse de todo a partir de entonces.
—¿Como esclavos?
—No, ella podrá pagarles en cuanto esto marche.
—Entiendo. Una cosa...
—¿Sí?
—No confíes en ese sacerdote, Task.
—No. Tiene gustos muy costosos. Creo que se ha metido en el bolsillo parte de los beneficios.
—De eso no sabía nada. Lo he dicho porque lo considero un hombre que teme ser sustituido.
—Pronto tranquilizaré su mente a ese respecto, con mi marcha.
La mañana de la partida era radiante. Tan sólo había algunas ráfagas que arrastraban nieve fundente cuando Dilvish inició el descenso. Los siervos habían cantado mientras cargaban el carretón la tarde anterior. Y esa mañana rodearon a Dilvish, dejando ver sus dientes por los que brotaba su alegre respiración, y le dieron palmaditas en hombros y espalda, le cargaron de provisiones y le acompañaron en su chirriante camino.
—No aprecio el trabajo de tiro —comentó Black en cuanto estuvieron fuera del alcance de los oídos del campamento.
—Te lo recompensaré algún día.
—Lo dudo, pero lo recordaré.
Ningún bandido se acercó a Dilvish, porque los bosques ya se habían librado de ellos. Avanzaron con más rapidez en cuanto salieron de la cadena de valles, y por la tarde ya habían recorrido varias leguas. Dilvish comió mientras cabalgaba y Black prosiguió a paso regular.
Poco antes del atardecer, oyeron el ruido de un jinete que se acercaba por detrás. Se detuvieron al reconocer a Task a lomos del roano de Rogis. El caballo estaba cubierto de espuma y jadeaba. Casi cayó cuando Task tiró de las riendas junto al carretón.
—¿Qué ocurre? —preguntó Dilvish.
—Desaparecido. No existe. Cenizas —dijo el sacerdote.
—¡Habla con sentido!
—El santuario ha ardido por completo. Una lamparilla... con la paja...
—¿Y Aache?
—Quedó atrapada detrás... no pudo abrir la puerta...
—¿Muerta?
—Muerta.
—¿Por qué llegas a la carrera?
—Tenía que alcanzarte, para discutir mi parte del negocio.
—Entiendo.
Dilvish vio que Task lucía todos sus anillos.
—Ahora será mejor acampar. Tu caballo no puede seguir.
—Perfectamente. ¿En aquel campo?
—Servirá.
Esa noche, Dilvish tuvo un extraño sueño: abrazaba fuertemente a una mujer, la acariciaba de un modo casi brutal y temía mirarla. Le despertó un grito de horror.
Al incorporarse, vio un fulgor espectral sobre la silueta de Task. La luz ya estaba apagándose, pero él jamás olvidaría su perfil.
—¿Aache...?
«Duerme, mi único amigo, mi querido amigo» —llegaron de alguna parte las palabras—. «Sólo he venido a recoger lo que es mío. No es tan dulce como la miel, pero tendrá que servir...»
Dilvish tapó los restos del sacerdote sin mirarlos. Partió la mañana siguiente. Cabalgó en silencio el día entero.