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La cajita del negro - José Antonio del Cañizo

En un pueblo muy pobre vivía un labrador viudo que se llamaba Tomás y tenía dos hijos.

El mayor, Pedro, era bueno y trabajador, mientras que el otro —Bernardino— era un gandul a quien le gustaba darse aires de señorito. Los dos eran polos opuestos, y reñían continuamente.

El padre salía de su modesta casa todos los días, al amanecer, camino de sus reducidas tierras. El hijo mayor se iba más tarde a una fragua donde añadía un jornal a lo poco que les daba el campo. Y el pequeño se quedaba en la cama, remoloneando y diciendo que sí, que sí, que enseguida iría a ayudar a su padre. Pero no iba. Y así un día y otro y otro...

El padre, por tanto, caminaba sin otra compañía que los dos borriquillos que araban sus tierras, a falta de mulas o bueyes.

Un buen día, los tres compañeros de trabajo estaban arando. El labrador, como solía hacer, chasqueaba la lengua e intentaba levantar el ánimo de sus esforzados colaboradores, llamándolos por sus nombres y diciéndoles:

—¡Arre, Teniente...! ¡Arre, Capitán...!

Pero los burros no podían avanzar más deprisa, por lo dura y seca que era aquella tierra.

—¡Arre, Comandante! ¡Arre, Coronel! —voceaba generosamente nuestro amigo.

Pero por mucho que los ascendía, la realidad era que no podían dar más de sí.

Y menos aquel día, cuando sucedió lo que sucedió.

Tras una dura mañana de trabajo, y justo a mediodía, la reja del arado se quedó hincada en el terreno, descubriendo el borde de una piedra blanca. Y no había manera de que los dos borricos la sacaran de allí.

—¡¡Arre, Almirante!! ¡¡Arre, General!! —vociferaba Tomás, poniéndolo todo de su parte.
Pero ni por ésas.

Se remangó y empujó el arado con todas sus fuerzas. Y cuál no sería su sorpresa al descubrir que aquella piedra era en realidad una gran lápida de mármol.

Quitó, impaciente, la tierra de encima y apareció una argolla oxidada. Tiró de ella con ambas manos y, tras muchos sudores, consiguió levantar la losa. Y exclamó:

—¡Rediez!

Que es lo que suelen exclamar los labriegos en tales ocasiones.

No era para menos: ¡bajo la lápida se iniciaba una lujosa escalera que se perdía en las entrañas de la tierra!

Tomás, ni corto ni perezoso, comenzó a bajar escalones. Sentía cierto miedo, por si se trataba de una tumba e iba a caer entre esqueletos o momias; pero su curiosidad era mucho más grande que su temor.

Bajados unos cuantos tramos llegó a una especie de recibidor circular verdaderamente señorial, que le tranquilizó. Parecía más la antesala de un palacio que el acceso a una catacumba.

Recorrió múltiples salones espléndidos y habitaciones lujosísimas cuyas paredes eran de mármol rosa y verde. Vio espejos enmarcados en oro y plata, bellísimas estatuas de ébano y alabastro y multitud de objetos preciosos. 

Y, al llegar al espectacular comedor, vio con asombro que la larguísima mesa, rodeada por veinte o treinta butacas, estaba preparada expresamente para él.

En efecto, en la cabecera estaban los platos y cubiertos correspondientes a una sola persona, rodeados de espléndidos manjares.

—¿Será posible que todo esto sea para mí? —se preguntó, intrigadísimo y muy excitado, mientras la boca se le hacía agua.

De una sopera de porcelana salía un apetitoso aroma. Junto a ella había una fuente de cristal tallado llena de mariscos y una decorativa bandeja de plata cubierta con una campana del mismo metal.

—¡Esto tiene que estar para chuparse los dedos! —exclamó levantando la campana y poniendo al descubierto un suculento pavo.

Destapó otro recipiente y lanzó un silbido de admiración al ver un churruscante cochinillo asado, junto al cual contrastaba una bandeja repleta de pasteles y dulces multicolores.

Sin poderse contener más, se sentó en la butaca, relamiéndose y colocando una gran servilleta alrededor de su cuello. Y, cuando ya empuñaba los cubiertos, le vino a la cabeza una idea que le destrozó toda la ilusión:

«¿Y si está envenenada? O si es cosa de encantamiento y me convierto en algo raro, como en los cuentos de mi abuela...».

Al removerse en el asiento, desasosegado, le acudió otra idea aún peor:

«¿Por qué será tan grandísimo este butacón? ¡Ay, madre, ay, madre! Ésta va a ser la comida del dueño del palacio, que será un gigante tremendo para necesitar un sillón así...».

Por si necesitaba confirmación en sus sospechas, tras la puerta situada a su espalda resonó un ronquido espantoso. Después se oyeron unos resoplidos dignos de una ballena, un larguísimo bostezo que sonó como un huracán, y el ruido que un corpachón enorme produciría en los muelles de una cama al levantarse.

El bostezo no había acabado todavía cuando ya nuestro héroe estaba catorce o quince salones más arriba, huyendo hacia las ansiadas escaleras. Al cruzar el recibidor, y dado que no oía que le siguieran, se paró un segundo, diciéndose:

—¿Cómo me voy a ir sin ninguna prueba de que he estado aquí? Ni mis hijos ni nadie me creerán si no me llevo algo.

Reparando en una cajita para tabaco que había sobre un aparador, se la echó al bolsillo y subió las escaleras como un gamo.

—No creo que esto sea robar —resollaba, tapando la losa con tierra—. Sería un disparate ver tantas cosas estupendas y no llevarse siquiera un recuerdo pequeñito...

Respiró hondo, se tranquilizó y se quitó el sudor frío de la frente con el velludo dorso de su mano. Se alejó, tirando de los burros, y cuando perdió de vista la parcela se relajó y se dejó caer al pie de un olivo.

Sacó la cajita y comprobó que era preciosa. Una obra de arte en miniatura, con incrustaciones de marfil. Apretó un resorte que había bajo el borde de la tapa y... ¡zas!, ésta se abrió y Tomás dio un salto, asombrado.

En el fondo de la caja había un negrito minúsculo. Estaba de pie y con los brazos cruzados. Se cubría con un turbante del tamaño de un garbanzo, e iba vestido de terciopelo rojo. Se inclinó haciendo una ceremoniosa reverencia y dijo:

—¡Manda, mi amo!

El labrador, sorprendidísimo, preguntó:

—¿Que mande?

—Claro. ¿Para qué crees que estoy dentro de esta caja? —preguntó el negrito—. ¿Crees que es por el placer de vivir siempre aquí encerrado? Anda, manda lo que sea y serás obedecido.

Tomás se había quedado de piedra. Alzó la cajita con una mano para ver de cerca a aquel ser prodigioso, que ya daba muestras de impaciencia. Y, con la otra, se rascó la cabeza, echando la boina sobre su frente, mientras balbuceaba:

—El caso es que yo... así de sopetón... como nadie me ha dicho en mi vida que mande... yo...

El diminuto genio, que parecía tener un genio nada diminuto, dio unas pataditas en el fondo de la caja y dijo:

—¿Qué? ¿Vamos a estar así hasta mañana? Hay que ver... ¡Qué hombre este! ¡Que es para hoy!

Pero Tomás estaba tan aturullado que no daba pie con bola. ¿Qué podría pedir? ¿Estaría soñando? ¿Sería verdad todo aquello? Tantas necesidades, tanta miseria, tantísimas fatigas como había pasado desde que era un zagal..., ¿podría remediarlas al fin?

El negrito vio la confusión y el desconcierto pintados en el rostro noblote y algo simplón del labriego. Se compadeció de él y le dijo, con expresión de paciencia:

—Pero, hombre, ¿no dices que nadie te ha dicho nunca que pidas lo que quieras? Pues ahora que se te ofrece la oportunidad, ¡no te la pierdas!

Tomás se decidió:

—Bueno, pues ¿qué he de pedir? Un labrador lo que quiere es mucho trigo, y llevamos malos años, ¿sabes? Entre el poniente y el levante, la escarcha y el pedrisco, y que cuando no es la sequía es la langosta, la verdad es que hace siete u ocho años que no levantamos cabeza...

—Pero bueno —le interrumpió el geniecillo—: ¿quieres pedir algo, o me vas a contar tu vida?

Tomás se quedó cortado, reaccionó y se lanzó:

—Pues lo que quiero es que, en llegando yo a mi casa, me la encuentre llena de trigo hasta los topes. ¿Se puede pedir eso?

—Pues claro. ¡Si es facilísimo! ¿Por qué clase de genio me has tomado? Hale, ya es cosa hecha. ¡Adiós, muy buenas!

Y, tirando del borde de la tapa con su manecita de azabache, la cerró de golpe, haciéndole dar un respingo al bueno de Tomás.

Mientras se iba acercando a su casa, Tomás la miraba y no advertía nada raro. Pero al llegar e intentar meter la llave en la cerradura, no pudo. ¡Los granos de trigo salían por ella! A través de las ventanas vio la casa entera abarrotada de grano.
Tomás se quedó atónito, pensando que no podría entrar. 

Rodeó la casa para esconderse tras la fachada posterior y abrió la cajita. El negro, que estaba tumbado en el fondo, se levantó refunfuñando. Se sacudió los pantalones, hizo una descuidada reverencia y dijo:

—¿Otra vez? Antes no sabías qué pedir, y ahora, ¿me vas a estar dando la lata cada cinco minutos? ¿Es que no tiene uno derecho a dormir la siesta tranquilo? ¡Por Alá, qué oficio este!

—Disculpa... verás... yo... es que me has llenado la casa de trigo de tal manera que no se puede ni entrar... y yo...

El negrito puso los brazos en jarras y dijo:

—¡Anda este! ¡Pues claro! ¿No es eso lo que me has pedido?

—Sí, sí, si está la mar de bien... Lo has hecho muy bien, de veras. Pero, si no es mucha molestia, ¿no podrías quitar el trigo del zaguán y de las habitaciones, dejando sólo el del granero? Perdona, hombre. Es la falta de costumbre de mandar...

El geniecillo puso cara de infinita paciencia y rezongó:

—¡Quitar el trigo! ¡Vaya acto de magia más birrioso! ¿Pero tú por quién me has tomado? ¡Métase usted a genio para esto! 

Llevo siglos en este oficio, he hecho favores a todos los idiotas que he tenido la desgracia de que encuentren esta cajita tan incómoda y con el suelo tan duro, y he tenido que soportar que me pidiesen toda clase de majaderías. Pero te aseguro que nadie me ha pedido jamás que le quitase nada. ¡Ni uno! ¡Es que ni uno! Puedes sentirte orgulloso: eres la mar de original. 

Pero en fin, con tal de que me dejes dormir... ¡Hale, ya está!

Y bajó la tapa.

Tomás miró las ventanas y vio que la casa estaba despejada, y en cambio los ventanucos del granero rebosaban trigo. Entró, muy contento, y depositó la cajita sobre la mesa de la cocina, con mucho cuidado para no despertar al genio.

«¡Atiza!», pensó. «¿Y qué les digo yo a mis hijos, y sobre todo a los demás del pueblo? ¡Menudo barullo armarán si se enteran! A Pedro y a Bernardino se lo contaría todo; pero ¿y si se van de la lengua? Y si me lo callo, qué explicación daré de lo del granero... ¡Si lo teníamos casi vacío, y todavía no es tiempo de cosecha!».

Lo pensó un buen rato y decidió que, por el momento, lo más prudente sería disimular. Se acercó a la mesa y alargó la mano hacia la cajita.

—Cómo se va a poner... —dijo.

Pero no tenía más remedio, y apretó el resorte.

Contra lo que temía, el negro no se encolerizó, por la sencilla razón de que estaba dormido como un tronco. Se removió y dijo entre sueños:

—¿Qué pasa? Parece que hay corriente...

Tomás susurró:
 
—Es que quiero que me cambies el trigo por las pesetas que valga, que son más fáciles de esconder. ¿Me oyes? Van a llegar mis hijos y no he tenido más remedio que moles...
 
El genio entreabrió los ojos, bostezó y se dio media vuelta, rezongando:
 
—Desde luego este me ha salido indeciso...
 
Añadió, con un suspiro:
 
—Hale, ya está.
 
Y siguió durmiendo.
 
Tomás se precipitó al granero, que se había vaciado por completo. Tan sólo quedaba un talego que abrió con dedos nerviosos para hundir sus manos en los billetes y monedas, cantando alegremente.

Oyó que sus hijos volvían, escondió el talego y bajó, disimulando.

A partir de entonces, su vida fue un continuo disimulo. Como no quería levantar la liebre, y además era hombre de gustos sencillos y sin pizca de ambición, fue gastando el dinero poquito a poco.

Un día se fue a la capital con una excusa y volvió diciendo que había echado una partida de cartas con unos ganaderos y les había sacado una buena pasta.

Cuando vendió la cosecha fingió que un forastero le había pagado mucho más de lo que en realidad había sido.

Así fue justificando los pequeños lujos que iba pidiéndole al genio. Pero cuando ya no pudo resistir más la tentación de construir una casa bien grande y muy bonita, tuvo que echarles más imaginación a las excusas. Y se inventó una herencia de un olvidado tío, emigrado a América hacía muchos años.

Mientras las obras iban avanzando, las cosas se complicaron.

Pedro, el mayor, estaba encantado con la suerte que parecía estar lloviendo a raudales sobre su familia, y disfrutaba como un chiquillo con cada cosa que iban obteniendo. Pero el pequeño, Bernardino, siempre se quejaba de que su padre le daba poco dinero, pues estaba lleno de caprichos y nada le parecía bastante.

Cuando vio que Pedro, al ir cogiendo aplomo y soltura a medida que prosperaba, se hizo novio de la moza más rica y guapa del lugar —a la que él también había echado el ojo—, su envidia y su cólera no tuvieron límites.

Lo del tío de América le decidió. Una noche, tras una bronca más violenta que todas las anteriores, robó una bolsa con dinero que su padre guardaba en un arcón y se escapó, para probar fortuna en las Américas.

Y no volvieron a tener noticias de él.

La gran mansión estaba terminada. Tomás vivía allí con Pedro y su mujer. Ésta, que ya de soltera era vanidosilla y malgastadora, una vez casada se hizo más y más soberbia. 

Despreciaba a los demás y trataba con dureza a la servidumbre y a la gente modesta y pobre. Y le fue contagiando a Pedro su mal carácter.

El padre fue envejeciendo y murió. Dejó a Pedro todas sus fincas, y a Bernardino la vieja casa abandonada, que el notario selló hasta la posible vuelta de aquel zascandil.

Y pasó el tiempo.

La vieja casa seguía sola y silenciosa, sin más vida que el martilleo de un zapatero remendón que vivía pared por medio. 

Un buen día se le acercó un forastero. Era un soldado que miró la casa vacía, le saludó, le ofreció un pitillo y preguntó por el tío Tomás.

—Don Tomás, buen mozo, don Tomás. Que en este pueblo se le llamaba así desde mucho antes de morir.

—¡Oh! ¿Es que ha muerto?

El zapatero, que era un charlatán y además hablaba sin dejar de arreglar unas botas, no reparó en lo afectado que se quedó el desconocido. Le contó de pe a pa la historia del muerto, sus hijos y su nuera, y acabó diciendo:

—La casa de don Pedro, que también le llamamos así ya, es aquella que asoma por encima de las demás. La más grande del pueblo. ¡Natural! Hacia esta hora suele darse un paseo en su coche de caballos. Si quiere verle...

Bernardino se despidió. Dio la vuelta a su vieja casa y lloró a escondidas. Volvía de hacer las Américas sin un céntimo; pero había madurado, pues había sufrido mucho y reflexionado bastante.

Luego fue hasta la mansión de su hermano y, al verle salir, se plantó ante él. Quitándose el gorro de soldado para que le reconociera más fácilmente, le dijo:

—Pedro, soy yo. He vuelto y acabo de enterarme de la muerte de padre. ¡Qué tristeza!

El mayor tuvo un instante de vacilación. Pero al ver que a su hermano se le humedecían los ojos al hablar de la desgracia, le dio un abrazo, le cogió del codo y le subió al coche de caballos.

Charlaron de todo lo ocurrido durante aquellos años. Y, al final, Pedro dijo que, puesto que él era rico gracias a la herencia y Bernardino volvía sin blanca, estaba dispuesto a ayudarle.

—Pero sin que se entere mi mujer, ¿eh? Vamos a la notaría a recoger la llave y te acompañaré a nuestra vieja casa, para que te quedes allí mientras disponemos otra cosa.

Las habitaciones olían a humedad. A Bernardino se le cayó el alma a los pies al evocar tantas cosas de su infancia. Y más aún cuando vio que todo el mobiliario consistía en un catre, un par de sillas desvencijadas, la artesa, la tinaja del aceite, una mesa y un arcón de madera carcomida.

—¡Vaya herencia! —exclamó de pronto; pero luego reflexionó y se dijo: «Aunque, desde luego, es más de lo que he merecido».

A la mañana siguiente fue a visitar a su hermano, pero el criado le dijo que no estaba.

—Entonces quiero ver a la señora. Dile que soy su cuñado.

El criado volvió a los pocos segundos:

—Dice la señora que se marche inmediatamente, que ni ella ni don Pedro quieren trato alguno con tan mala persona.

Y le dio con la puerta en las narices. Despechado, volvió a su casa, donde estuvo pensando en lo cruel que había sido su padre dejándole todo a Pedro, y a él sólo aquellos cuatro trastos.

—Me extraña eso en mi padre. Por muy alocado que fuera yo entonces... ¡Y sí que lo era! Este arcón es testigo...

Lo miró con tristeza, pues de allí sacó la bolsa de dinero aquel día fatal. Recordando aquello, se le ocurrió abrirlo, y el corazón le dio un vuelco. Allí estaban, cuidadosamente dobladas, sus ropas de joven. Sus escasos juguetes de niño. Sus alpargatas. Y sus cuadernos y lápices de la escuela. Parecían reliquias del hijo perdido que su padre hubiera atesorado durante toda su vida. Y precisamente allí, en aquel arcón...

Al iras revolviendo y sacando, cayó al fondo del arca una cajita, que recogió con una triste risotada:

—¡Aquí está mi verdadera herencia! ¡Una caja de tabaco!

Al coger la cajita, Bernardino oprimió sin darse cuenta el resorte, y se sobresaltó al oír una vocecilla que decía:

—¡Ya era hora! Antes me traías loco a todas horas, sin dejarme ni respirar, y en cambio últimamente... ¡menudo aburrimiento! 
¿Qué mandas? ¡Por Alá, si no es Tomás!

El negrito se quedó mirando a Bernardino con curiosidad, mientras el recién llegado contemplaba con los ojos como bolas a aquel ser prodigioso.

«Debe de ser su hijo», pensó el genio. «¡Cómo se le parece!».

Y preguntó en voz alta:

—¿Es que tu padre ha muerto o qué?

Bernardino tragó saliva, suspiró hondo y quiso contestar; pero sólo pudo decir que sí con la cabeza.

—¡Vaya, lo siento! —exclamó el geniecillo—. Era una buena persona. Bueno, pues ahora soy tuyo: ¿qué deseas? ¡Manda lo que quieras y te obedeceré!

Y, suspirando resignadamente, añadió en voz baja:

—Es mi misión en la vida. ¿Qué le vamos a hacer?

Bernardino se había quedado mudo. ¿Cómo iba a pedir nada en ese momento? ¡Con la cantidad de ideas que se le venían encima, en tropel!

«¡Así que este es el secreto del enriquecimiento de mi padre! ¡Conque el tío de América era este negrito! ¡Y el que compró el trigo tan caro! Ya me extrañaba a mí...».

El genio, viendo que Bernardino estaba en las nubes y su petición iba para rato, se sentó en una esquina de la cajita. Apoyó el mentón en un puño y se entregó a sus reflexiones:

«Desde luego es clavado a su padre», pensaba mirándole. «La misma cara de memo, la misma forma de mirarme embobado, igual lentitud en las respuestas, y la mismísima manera de rascarse la cabeza... Mira que tengo mala suerte: la única ventaja de este oficio, que es ver caras nuevas de cuando en cuando, ¡y me toca otra igual!».

Mientras, Bernardino, con un nudo en la garganta, meditaba:

«¡La causa de su fortuna me la ha dejado a mí, en vez de a mi hermano! Qué bueno era mi padre. ¡Lástima, no haberme dado cuenta hasta ahora! Y pensar que hace sólo unos minutos me lamentaba de lo ridículo de mi herencia... ¡Y me ha dejado lo mejor! ¡Padre! Con los berrinches que te llevaste por mi culpa...».

Se le saltaban unos lagrimones que trataba de contener. 

Mientras, el geniecillo seguía con su soliloquio:

«Desde luego, estoy de capa caída. ¡Después de tener los amos que he tenido! Tras haber servido a Solimán el Magnífico, a Marco Polo, a Gengis Kan, a Cristóbal Colón, que consiguieron tan grandes cosas gracias a mí... Mi último amo de importancia ha sido el Gigante Tragalotodo. Desde entonces parece que me he especializado en paletos. ¿Qué me pedirá éste ahora? ¿Cebada?».

«¡Mi padre era un santo!», seguía pensando mientras Bernardino. «¡Yo sabía que me perdonaría! Al fin y al cabo, lo mío fueron locuras de juventud...».

—Bueno, ¿quieres decirme de una vez qué deseas? —le interrumpió el negrito, poniéndose de pie y apoyando un codo en el borde de la caja.

Bernardino carraspeó, se pasó un pañuelo muy sucio por los ojos y las mejillas, pensó un rato y preguntó:

—Si pido algo ahora, ¿podré pedir luego más cosas?

—¡Qué remedio! Cada vez que levantes la tapa. Yo no estoy nada de acuerdo; pero las cosas son así.

—Pues entonces —dijo Bernardino, decidiéndose—, de momento sólo quiero que me venga a buscar una carroza con lacayos y cocheros, y que ese arcón se llene de la ropa más elegante. Quiero ir a visitar a mi hermano.

Y se oyeron los cascos de los caballos.

Al cabo de un rato Bernardino, convertido en un apuesto caballero, era recibido con todos los honores por el mayordomo de Pedro, que se deshizo en reverencias y corrió a anunciar su visita.

Al ver la suntuosa carroza y el lujoso vestuario de su cuñado, la señora de la casa corrió a arreglarse, mientras su marido bajaba los escalones a saltos.

—Conque lo de que volvías sin una perra era mentira, ¿eh, pillastre? —decía Pedro abrazando a su hermano—. Así que tu carroza y tus criados han llegado hoy, y tú te adelantaste ayer para ver cómo te recibíamos... ¡Qué alegría! Me alegro mucho de que en América hayas hecho fortuna. Y ya viste ayer que te recibí muy bien, aun creyéndote pobre.

La cuñada bajó, le saludó muy cortés y le invitó a comer. Charlaron animadamente, y de sobremesa el matrimonio le comentó a Bernardino la noticia que constituía en aquellos días la comidilla de todo el reino.

—La hija del rey ya está casadera —dijo la cuñada.

—Y el rey ha dicho que no será para este príncipe ni para aquél, sino para el hombre que haga las cosas más extraordinarias.

Al acabar la comida, Bernardino corrió a recoger la cajita mágica y ordenó a su cochero y sus lacayos:

—¡Al galope! ¡A la capital! Tengo que ver al rey inmediatamente.

Fue recibido en el salón del trono, y le prometió al rey que aquella noche haría el mayor prodigio que nadie podría imaginar.

—Ya verá Su Majestad al amanecer. ¡Ya puede prepararse para la mayor sorpresa de su vida!

El rey, muy intrigado, le dijo:

—Si pretendes burlarte de mí o de la princesa, te haré ajusticiar. Ahora, si de veras nos demuestras que haces cosas que ningún otro puede hacer, te consideraré digno de la mano de mi hija. ¡Mañana veremos!

Un rato antes de amanecer, Bernardino abrió la cajita.

—Pero ¿qué horas son éstas? —se quejó el negrito, restregándose los ojos y poniéndose en pie de mala gana.

—Quiero un palacio maravilloso en medio de los jardines que hay ante el palacio del rey. ¡Inmediatamente! Todo lleno de columnas de mármol y con las puertas talladas con adornos de marfil y bronce, y con altas torres rematadas por almenas de oro y plata. Y con la mayor colección de estatuas, obras de arte y joyas que haya en el mundo. ¡Hale, a ver si te luces!

El geniecillo, cambiando la cara de mal genio que había puesto al despertar por otra de ilusión, exclamó entusiasmado:
—¡Menos mal! Ya vais aprendiendo. ¡Qué alegría! ¡Poder hacer un palacio así de bonito! Esto me recuerda los buenos tiempos. Ya verás: ¡te voy a hacer un palacio como el de Solimán! Me acuerdo hasta de sus menores detalles. Fue una de mis obras maestras…

Y, chasqueando dos dedos, gritó:

—¡Ya está! Corre o serás el último en verlo.

En efecto, cuando Bernardino llegó, su palacio estaba rodeado por una muchedumbre encabezada por el rey, la reina y la princesa. Todos lanzaban exclamaciones de asombro y se preguntaban cómo se habría podido construir esa maravilla en una noche.

Él llegó en su carroza y subió las escalinatas, invitando a la familia real a ver el palacio por dentro. La multitud le saludó con una ovación.

Ovación superada por la que recibió la pareja al salir de la ceremonia de su boda, el domingo siguiente. El rey quería evitar que su hija continuase sus relaciones con un guapo oficial de la guardia que le tenía sorbido el seso, y había apresurado al máximo los preparativos.

Acabado el banquete, la pareja subió a su lujosísimo dormitorio. La princesa, con una sonrisa seductora, ofreció a Bernardino una copa. Había echado en ella un potente somnífero, y nuestro héroe cayó en la cama como un tronco. Ella corrió al balcón, al que ya trepaba por una escala de cuerdas el apuesto oficial.

Al cabo de un instante, a este le entraron ganas de fumar. Se palpó los bolsillos y advirtió que había olvidado el tabaco. La princesa buscó entre las cosas de su marido y encontró lo que le pareció una cigarrera.

—Toma, fuma de estos. Con lo rico que es mi marido, seguro que son buenos.

Y abrió la cajita.

—¡Cielo santo! —exclamó la princesa, que había sido educada para exclamar cosas así de finas.

—¡Rayos y truenos! —gritó el oficial.

—¡Hombre! ¡Al fin! ¡Caras nuevas! —se alegró el negrito—. ¿Qué deseáis?

—¡Este es el secreto de mi marido! ¡Así ha podido construir este palacio en una noche! Pues vamos a pedirle algo inmediatamente. ¡Pídele algo, princesa!

—No, pídeselo tú.

—No, tú.

—No, tú.

—¿Será posible? —gruñó el negrito—. Otros indecisos… Si es que tengo la negra. ¿Vais a pedir algo o no?

La princesa se lanzó:

—Sí, sí: queremos que nos construyas un palacio precioso muy lejos, y nos lleves allí a los dos. En una isla desierta donde nadie nos pueda encontrar. ¡Y ahora mismo!

—Qué perra han cogido todos con los palacios… Bueno, por mí encantado. Es lo que más me gusta hacer. ¡Ya está!

Cuando Bernardino se despertó, pasados los efectos del somnífero, se quedó extrañadísimo al no encontrar a su mujer. Luego descubrió, alarmadísimo, la desaparición de la cajita. E inmediatamente después encontró, horrorizadísimo, la escala de cuerdas colgada del balcón.

Bajó las escaleras a saltos, buscó por el jardín y recorrió en vano todos los salones y corredores. Corrió al otro palacio y despertó al rey. Este comprobó lo sucedido, interrogó a la guardia y mandó muchas patrullas en busca de los fugitivos.

—Y a ti, yerno imbécil, que presumes de lograr cosas imposibles y no eres capaz de guardar a mi hija ni en la noche de bodas, te doy siete días para encontrarla y traérmela. ¡¡¡O haré que te ahorquen!!! Ahora sí que vamos a comprobar tus verdaderos poderes…

Y dio orden de que pregonaran por todo el país que cualquiera que diese alguna pista sobre el paradero de su hija sería recompensado generosamente.

Bernardino, desprovisto de su cajita mágica, no sabía qué hacer. Estaba desesperado. Ellos, con la ayuda del negrito, lo podían todo, y él nada. Además, ¡malditas las ganas que tenía de recuperar a la traidora princesa!

Pero estaba en juego su propia vida. Fue dando tumbos de un lado para otro, preguntando a la gente y recorriendo barrios apartados, ventas de carretera, y los lugares donde vendían y alquilaban caballos… Pero todo fue inútil.

Llegó el último día del plazo.

Nuestro amigo estaba ya seguro de su muerte.

Se dejó caer al suelo en un recodo del camino, en pleno monte, y lloró amargamente.

—Padre, ya ves para qué me ha servido tu herencia… Tú me quisiste hacer el mejor regalo, y me ha traído la desgracia, la vergüenza y la muerte… ¡Ayúdame! Como no me ayudes tú…

Oyó unos pasos a su espalda y se volvió sobresaltado. ¿Sería el fantasma de su padre?

No. Era una viejecita encorvada que estaba recogiendo hierbas por el monte.

—Te oí llorar y me he acercado. Ven conmigo. Mi casa está allá, en la cumbre.

Bernardino, sin saber por qué, la siguió. Ladera arriba, ella le fue preguntando con toda naturalidad, y él se lo contó todo. Llegaron a un caserón completamente aislado del mundo, desde el que se dominaba un magnífico panorama. La vieja le hizo entrar y le dijo:

—Quizás mis hijas puedan ayudarte. Si es así, esta última noche puede traerte la salvación. Si no, este es un buen lugar para esconderse de la ira del rey. Ya anochece, y mis hijas volverán enseguida.

Le llevó a una cocina grande, a la que daban las puertas de las habitaciones, y le ofreció un vaso de vino.

De pronto se oyó un ruido en uno de los dormitorios. A Bernardino le pareció un aleteo vigoroso, el ruido de las alas de un pájaro enorme, y se asustó. Pero la vieja le puso una mano en el hombro y sonrió, diciendo:

—Es mi hija mayor. Siempre entra por la ventana.

Dio unos golpes con los nudillos en aquella puerta y dijo:

—Sal, hija mía, que aquí está el que se ha casado con la hija del rey. Se encuentra en peligro de muerte, ya sabes por qué. A ver si puedes ayudarle en algo.

La puerta se abrió y Bernardino estuvo a punto de echar a correr. Apareció un águila enorme, del tamaño de una persona y recubierta de un lustroso plumaje negro. Al instante se despojó de aquel plumaje, como quien se quita el abrigo al llegar a casa, y apareció una hermosísima morena de ojos negros.

—Sé quién eres y qué te ocurre —saludó a Bernardino con una amable sonrisa, para quitarle el susto—. Y, si mi madre quiere hacer todo lo posible por salvarte, yo también. Pero siento tener que decir que en mis vuelos de estos días no he visto nada extraordinario. Pero yo, como soy la mayor y estoy más dedicada al cuidado de mi madre, no me alejo tanto como mis hermanas. ¡Mira, aquí llega otra!

En la segunda habitación se oyó un plegar y desplegar de alas. Se repitió la escena, apareciendo una espléndida águila de plumaje dorado, como las de los escudos y monedas. Enseguida quedó al descubierto una atractiva rubia de ojos azules que, tras intercambiar unas frases con su madre y su hermana, dijo:

—¡Cuánto lo siento! He volado mucho estos días, pero no he visto nada fuera de lo normal. Pero aquí llega nuestra hermana, que como es la menor y la más atrevida siempre se aleja mucho más.

Y apareció una esbelta águila de plumaje rojizo, que se transformó en una simpática pelirroja de ojos verdes. Tras oír lo que le dijeron, batió palmas muy contenta, diciendo:

—¡Ya lo tengo! ¡Creo que tiene que ser eso! Es lo único que me ha llamado la atención en estos días. Muy lejos, en una isla desierta en medio del océano, he visto un palacio maravilloso que antes no estaba allí.

—¡Ese es! —exclamó Bernardino—. ¡Le han pedido un palacio al genio en un lugar remoto, y allí están! Son ellos, sin duda. ¡Qué alegría! ¡Me has salvado la vida!

Pero se le nubló el rostro y dijo:

—Tonto de mí: ¿cómo voy yo a llegar a esa isla desierta, y menos esta misma noche?

Las tres hermanas rieron con risas de pájaros, y la madre sonrió diciendo:

—En esta casa otras cosas resultan más difíciles —casar a estas hijas tan especiales, por ejemplo—; pero lo que a ti te parece imposible es muy fácil.

La pelirroja se vistió de nuevo de águila y se acercó a una ventana. Las otras dos cogieron a Bernardino en volandas y lo montaron a caballo sobre la menor. Y no había acabado de sujetarse cuando ya volaban como una flecha por el cielo, en dirección a aquel sol que se hundía en el horizonte.

Volaron mucho rato, con el silbido del aire en los oídos, y aguzando inútilmente la vista para escudriñar la oscuridad que cubría tierras y mares. Sobrevolaron cordilleras y lagunas, cascadas y bosques, desiertos y glaciares. Y, de pronto, divisaron una lucecilla en medio de las negras aguas del océano.

Al acercarse, nuestro héroe vio que aquellas luces salían de un soberbio palacio transparente, situado sobre un peñón en medio de una isla.

«¡Qué bonito le ha salido este al genio!», pensó. «Desde luego, su verdadera vocación es la de contratista de palacios, no cabe duda. Es lo que mejor se le da».

El águila aterrizó en un balcón y Bernardino saltó dentro. Se internó por el palacio aún dormido, recorriendo estancias cuyas paredes eran vidrieras multicolores. Subió y bajó escalinatas de cristal de roca. Apartó cortinajes hechos con cuentas de cristal. E hizo girar sigilosamente pomos de puertas que no eran sino gruesos diamantes y rubíes.

En el más escondido rincón de todo el palacio descubrió una alcoba con las paredes de cristal ahumado. Tras ellas latía el rítmico compás de dos respiraciones dormidas.

Se descalzó ante la puerta, entró de puntillas, y recorrió la habitación paso a paso, conteniendo la respiración. Sabía muy bien lo que buscaba. ¡Y lo encontró! En medio del lujoso tocador de la princesa, entre multitud de frasquitos, estaba la cajita del negro.

Mirando hacia la pareja dormida, se acercó al tocador. Alargó una mano. Cogió la cajita, con cuidado de no apretar aún el botón. Salió de la alcoba, se alejó y abrió la caja.

—¿Otra vez tú? —Fue el saludo del genio—. ¡Tú tenías que ser, a estas horas! Qué hombre más madrugador… ¿Es que no puedes desear cosas a partir de las nueve, como todo el mundo? Lo único que uno puede hacer dentro de esta cajita tan aburrida es dormir, ¡y no hay manera! A ver, ¿qué se te ha antojado ahora?

—Perdona, hombre. Es que me juego la vida. Necesito que nos traslades a todos rápidamente, dentro de este palacio, justo frente al del rey. ¡Y antes de que amanezca!

—De acuerdo. ¿Y con eso te quedarás tranquilo una temporadita? A ver si puedo echar una cabezada…

El negrito cerró la puerta de la caja. Bernardino tuvo que agarrarse a una columna de cuarzo para no caerse, pues el palacio efectuó un despegue en vertical realmente espectacular. El águila roja se vio en apuros para seguirlo en su vuelo; pero tras una persecución desesperada logró colarse por una ventana y cayó al suelo, jadeante.

Aterrizaron entre el palacio del rey y el suyo propio, y Bernardino corrió a despertar al rey:

—Majestad, os he traído a vuestra hija, sana y salva. Y al sinvergüenza del oficial, desgraciadamente también sano y salvo.

Entretanto, el águila roja volaba de mansión en mansión, entregando unas cartas que Bernardino había escrito durante el vuelo. En ellas citaba inmediatamente ante las puertas del palacio recién aparecido a los ministros, al arzobispo, al jefe de policía y al juez.

Los recibió a todos, les hizo quitarse los zapatos, y los guió hasta la alcoba de cristal ahumado. La regia comitiva, andando de puntillas por largos corredores de cristal y subiendo sigilosamente escalinatas cuyos escalones eran espejos, resultó todo un espectáculo.

Bernardino abrió la puerta del dormitorio haciendo «chissss» con un dedo en los labios. El rey y los altos dignatarios entraron de puntillas y rodearon el lecho. Y cuando aquel círculo de armiños y púrpuras, rasos y terciopelos, espadas y mitras, se cerró alrededor de la pareja dormida, Bernardino dio una palmada y ¡la que se armó!

El apuesto oficial se despertó sobresaltado e intentó escapar en calzoncillos, perseguido por el jefe de policía. La princesa dijo esa frase obligatoria de «¿Dónde estoy?», y al darse cuenta de dónde estaba y ante quiénes, empezó a lanzar chillidos histéricos.

El rey bramaba, encolerizado, avergonzado. Los ministros vociferaban, indignados. El arzobispo se hacía cruces. Y Bernardino elevó su voz sobre la de todos y exigió:

—¡Quiero que mi matrimonio se declare nulo inmediatamente! Señor arzobispo, señor juez: no creo que hagan falta más pruebas.

Se asomó a la ventana, y el águila roja, que lo había oído todo mientras sobrevolaba la escena, le guiñó un ojo.

La boda de Bernardino con la simpática pelirroja tuvo lugar al día siguiente. ¡Y ella resultó ser una princesa! ¡Qué casualidades hay en la vida! ¡Hay que ver! ¡Qué cosas! La madre y las tres hermanas resultaron ser la reina y las princesas de un reino muy lejano, que habían sufrido un encantamiento a manos de un genio maléfico que había matado al rey. Y dicho encantamiento solo podría deshacerse cuando apareciera un hombre que quisiera casarse con una de ellas, a pesar de ser unas pájaras.

Al subir marido y mujer las escalinatas de su palacio, acabada la ceremonia, él abrió la cajita del negro y le ordenó:

—Trasládanos inmediatamente, con palacio y todo, a mi pueblo. Quiero vivir allí, cerca de mi hermano y mis paisanos y de la tumba de mi padre. ¡Volando!

El pobre no se había dado cuenta de que su suegra y sus cuñadas les habían precedido, y ya estaban instaladas en el palacio.

Y se quedaron a vivir con ellos para siempre.

¡No hay felicidad completa en esta vida!

¡Ni siquiera en los cuentos!