El negro animal con forma de caballo se detuvo en la helada senda. Con la cabeza vuelta hacia la izquierda y hacia arriba, contempló el castillo en lo alto de la fulgurante montaña, igual que su jinete.
—No —dijo por fin el hombre.
La negra bestia siguió cabalgando, y el hielo crujió bajo sus hendidos cascos metálicos y la nieve flotó alrededor de ellos.
—Empiezo a sospechar que no hay camino —anunció el animal al cabo de un rato—. Casi hemos dado media vuelta.
—Lo sé —replicó el embozado jinete de las botas verdes—. Yo podría escalar esto, pero eso significaría dejarte aquí.
—Arriesgado —contestó su montura—. Conoces mi valor en determinadas situaciones... en especial la situación a que vas a exponerte.
—Cierto. Pero si no hay otro remedio...
Siguieron avanzando un rato, haciendo periódicas pausas para examinar la prominencia.
—Dilvish, la pendiente tenía una parte más suave... más atrás, a cierta distancia —anunció el animal—. Con un buen impulso, puedo dejarte bastante arriba. No en la cumbre, pero cerca.
—Si no hay otro remedio, Black, iremos por allí —replicó el jinete. El aliento que humeaba ante él fue arrastrado por el viento—. Pero podríamos seguir buscando antes. ¡Vaya! ¿Qué es...?
Una oscura silueta se precipitaba montaña abajo. Cuando parecía estar a punto de chocar con el hielo delante de Black, extendió unas alas verde claro, similares a las de un murciélago, y se elevó. Dio rápidas vueltas, cobró altura, se precipitó hacia ellos.
De inmediato la espada estuvo en la mano de Dilvish, sostenida verticalmente ante él. Se echó hacia atrás, con los ojos fijos en la criatura que se aproximaba. Al ver el arma, el atacante se desvió, para volver inmediatamente. Dilvish atacó y falló el golpe. La criatura se alejó velozmente otra vez.
—Es obvio que nuestra presencia ha dejado de ser un secreto —comentó Black, volviéndose para quedar frente a la criatura voladora.
El atacante descendió de nuevo y Dilvish asestó otro golpe. La criatura se desvió en el último instante, siendo alcanzada por el filo de la espada. Cayó, revoloteó, se elevó, dio varias vueltas, ascendió a más altura, se alejó. Comenzó a remontar la ladera de la Torre de Hielo.
—Sí, parece que hemos perdido la ventaja de la sorpresa —observó Dilvish—. En realidad, pensaba que él nos habría visto antes.
Envainó la espada.
—Vamos a buscar ese camino... si es que hay alguno.
Prosiguieron su marcha alrededor de la base de la montaña.
Igual que un cadáver, el rostro verde y blanco miraba desde el espejo. Nadie había de pie ante el cristal para proyectar esa imagen. El alto salón de piedra se reflejaba detrás del rostro, con los raídos tapices de sus paredes, varias estrechas ventanas, la pesada y larga mesa con un candelabro flameando en el extremo más alejado. El viento emitía gemidos en una chimenea cercana, aplanando y alargando las llamas alternativamente en el amplio hogar.
El rostro parecía estar contemplando a los comensales: un hombre joven, delgado, moreno y de ojos oscuros, ataviado con una casaca negra de verdes bordes, que jugueteaba con la comida y cuyos nerviosos gestos ponían sus dedos en contacto continuo con un grueso anillo de negro metal que tenía una piedra de color rosa y colgaba de una cadena alrededor del cuello; y una joven, de cabello y ojos iguales que los del hombre, cuyos generosos labios se curvaban de vez en cuando formando raras y breves sonrisas mientras comía con mejor apetito. La joven llevaba sobre los hombros una capa marrón y roja, con las puntas plegadas en su regazo. Sus ojos no eran tan hundidos como los del hombre y no se agitaban tanto.
La criatura del espejo movió sus pálidos labios.
—Se acerca la hora —anunció con voz grave e inexpresiva.
El joven se inclinó y cortó un trozo de carne. La mujer alzó su vaso de vino. Algo pareció agitarse un momento en una de las ventanas. En alguna parte del alargado pasillo situado a la derecha de la joven, una voz agónica gritó:
—¡Soltadme! ¡Oh, por favor, no hagáis esto! ¡Por favor! ¡Me hace mucho daño!
La joven sorbió el vino.
—Se acerca la hora —repitió el ser del espejo.
—Ridley, ¿me pasas el pan? —pidió la mujer.
—Ten.
—Gracias.
La joven cortó un trozo y lo mojó en la salsa. El hombre la observó mientras comía, como si ese acto le fascinara.
—Se acerca la hora —repitió la criatura.
De pronto Ridley golpeó la mesa. Los cubiertos resonaron. Gotas de vino cayeron en su plato.
—Reena, ¿no puedes hacer callar a ese maldito? —preguntó Ridley.
—Pero si tú lo llamaste —dijo dulcemente ella—. ¿No puedes agitar tu varita o chasquear tus dedos y decirle las palabras adecuadas?
El joven golpeó de nuevo la mesa, medio levantado de su silla.
—¡No se burlará de mí! —exclamó—. ¡Hazlo callar!
Reena meneó lentamente la cabeza.
—No es mi estilo de magia —replicó, con menos dulzura—. Yo no bromeo con cosas como esa...
Del pasillo llegaron más gritos.
—¡Qué daño! ¡Oh, por favor! ¡Duele tanto!
—... O como esa —dijo Reena con más seriedad—. Además, entonces me explicaste que tenía una finalidad útil.
Ridley se dejó caer en la silla.
—No era... yo mismo —replicó en voz baja. Cogió el vaso y lo apuró.
Un individuo con cara de momia y delantal oscuro salió corriendo del sombrío rincón próximo al hogar para llenar de nuevo el vaso. Muy tenue, y a gran distancia, se produjo un matraqueo, como de cadenas. Una oscura silueta chocó con otra ventana. Ridley manoseó la cadena que llevaba al cuello y siguió bebiendo.
—Se acerca la hora —anunció el cadavérico rostro del espejo.
Ridley le lanzó el vaso. Este se rompió, pero el espejo permaneció intacto. Quizás una levísima sonrisa asomó en las comisuras de los espectrales labios. El criado se apresuró a traer otro vaso.
Hubo más gritos en el corredor.
—Esto va mal —afirmó Dilvish—. Hemos dado más de una vuelta. No veo ningún camino fácil para subir.
—Ya sabes cómo son los magos. En especial este.
—Cierto.
—Tendrías que haber preguntado al hombre lobo que encontraste hace poco.
—Demasiado tarde. Si seguimos, pronto llegaremos a esa pendiente que has mencionado, ¿no es cierto?
—Por fuerza —replicó Black, sin dejar de andar—. Me vendría bien un cubo de jarabe infernal. Incluso me conformaría con vino.
—Ojalá tuviera vino para mí. No he vuelto a ver a esa criatura voladora.
Dilvish observó el cielo cada vez más oscuro y el lugar donde el castillo, cubierto de nieve y hielo, se alzaba con una ventana iluminada en lo alto.
—A menos que la haya visto volando hacia allí —dijo—. Difícil asegurarlo, con la nieve y las sombras.
—Qué extraño que él no enviara algo más mortífero.
—He pensado en eso.
Continuaron largo rato. La pendiente de la ladera se suavizó conforme avanzaban y el muro de hielo adoptó una inclinación ligeramente menor. Dilvish reconoció la zona que habían cruzado antes, aunque las huellas de los cascos de Black estaban completamente borradas.
—Estás bastante escaso de provisiones, ¿verdad? —preguntó Black.
—Sí.
—Entonces creo que sería mejor hacer algo... pronto.
Dilvish examinó la pendiente mientras avanzaban por el pie de la montaña.
—Es un poco mejor, delante —observó Black. Y añadió—: Ese mago que conocimos, Strodd, tuvo una buena idea.
—¿A qué te refieres?
—Se dirigió hacia el sur. Odio este frío.
—No pensaba que te molestara a ti también.
—Hace mucho más calor donde yo nací.
—¿Preferirías estar allí?
—Ya que lo mencionas, no.
Varios minutos después bordearon una masa de hielo. Black se detuvo y volvió la cabeza.
—Esa es la ruta que yo elegiría... allí. Desde aquí puedes examinarla mejor.
Dilvish recorrió la pendiente con sus ojos. Tres cuartas partes de la distancia al castillo. Más arriba la pared ascendía abrupta y empinada.
—¿Hasta dónde crees que podrás llevarme? —preguntó Dilvish.
—Tendré que pararme cuando la montaña sea vertical. ¿Podrás escalar el resto?
Dilvish se protegió los ojos con la mano y observó:
—No lo sé. Tiene mal aspecto. Pero lo mismo pasa con el declive. ¿Estás seguro de poder llegar tan lejos?
Black guardó silencio unos instantes.
—No, no lo estoy —dijo—. Pero hemos dado una vuelta completa y este es el único lugar donde creo que tenemos una posibilidad.
Dilvish bajó los ojos.
—¿Qué opinas?
—Intentémoslo.
—¡No entiendo cómo puedes estar tan tranquila comiendo así! —observó Ridley mientras dejaba bruscamente el cuchillo—. ¡Esto es desagradable!
—Hay que conservar la fuerza cuando llegan las calamidades —replicó Reena. Dio otro bocado—. Además, la comida es excepcionalmente buena esta noche. ¿Cuál de ellos la preparó?
—No lo sé. No sé diferenciarlos. Solo les doy órdenes.
—Se acerca la hora —afirmó el espejo.
Algo chocó de nuevo con la ventana y se detuvo, un oscuro perfil suspendido allí. Reena suspiró, dejó los cubiertos, se levantó. Dio la vuelta a la mesa y se acercó a la ventana.
—¡No pienso abrir la ventana con un tiempo como este! —gritó—. ¡Ya te lo había dicho! ¡Si quieres entrar, baja por una chimenea! ¡O no entres, como más te guste!
Escuchó un momento el rápido parloteo al otro lado del vidrio.
—¡No, ni una vez más! —dijo después—. ¡Te lo advertí antes de que salieras!
Dio media vuelta y caminó airosamente hasta la silla. Su sombra danzó en un tapiz con el flameo de las velas.
—¡Oh, no!... ¡Por favor, no!... ¡Oh! —llegaron los gritos del pasillo.
Reena se acomodó en la silla una vez más, dio un último bocado, sorbió más vino.
—Tenemos que hacer algo —dijo Ridley mientras acariciaba el anillo de la cadena—. No podemos continuar sentados.
—Yo estoy bastante cómoda —respondió la joven.
—Estás metida en esto tanto como yo.
—Ni mucho menos.
—Él no lo considerará así.
—Yo no estaría tan seguro.
Ridley resopló desdeñosamente.
—Tus encantos no te salvarán del arreglo de cuentas.
El labio inferior de Reena sobresalió formando un fingido puchero.
—Por si fuera poco, insultas a mi feminidad.
—¡Estás irritándome, Reena!
—Ya sabes lo que debes hacer, ¿no?
—¡No! —Ridley golpeó la mesa con el puño—. ¡No lo haré!
—Se acerca la hora —dijo el espejo.
El joven se tapó la cara con las manos y bajó la cabeza.
—Tengo... tengo miedo... —dijo en voz baja.
Al verle así, un gesto de preocupación arrugó la frente y entrecerró los ojos de Reena.
—Tengo miedo de... del otro —dijo él.
—¿Puedes imaginar otra salida?
—¡Haz algo! ¡Tienes poderes!
—No a ese nivel —dijo ella—. El otro es el único que puede tener una oportunidad, no sé de nadie más.
—¡Pero él no es digno de confianza! ¡Ya no puedo prever sus actos!
—Pero él es cada vez más fuerte. Pronto tendrá la fuerza suficiente.
—N-no lo sé...
—¿Quién nos metió en este lío?
—¡Eso no es justo!
Ridley bajó las manos y levantó la cabeza mientras se producía un estrépito en el interior de la chimenea. Partículas de hollín y argamasa cayeron sobre las llamas.
—¡Oh, lo que faltaba!
—Ese murciélago loco... —empezó a decir Ridley, volviendo la cabeza.
—Mira, eso tampoco está bien —afirmó Reena—. Al fin y al cabo...
Se esparcieron cenizas cuando un pequeño cuerpo chocó con los llameantes leños, rebotó, saltó en el suelo agitando sus largas alas membranosas y verdes para sacudirse las chispas del pelaje. Tenía el tamaño de un monito, con una cara arrugada, casi humana. Chilló mientras saltaba, y alguno de los sonidos era extraño, como si se tratara de maldiciones humanas. Finalmente se quedó totalmente quieto, encorvado, levantó la cabeza y volvió sus encendidos ojos hacia la pareja.
—¡Habéis intentado quemarme! —dijo con agudos chirridos.
—¡Vamos! ¡Nadie ha intentado quemarte! —dijo Reena.
—¡Has dicho «chimenea»! —gritó la criatura.
—Hay muchas chimeneas ahí arriba —contestó Reena—. Es bastante estúpido elegir una con humo.
—¡No es estúpido!
—¿Qué otra cosa puede decirse?
La criatura olisqueó varias veces.
—Lo siento —dijo Reena—. Pero podías haber tenido más cuidado.
—Se acerca la hora —dijo el espejo.
La criatura volvió su menuda cabeza, sacó la lengua.
—Mucho sabes tú —dijo—. Él... ¡Él me ha pegado!
—¿Quién? ¿Quién te ha pegado? —preguntó Ridley.
—El Vengador. —Hizo un amplio gesto hacia abajo con su ala derecha—. Él está ahí abajo.
—¡Oh, no! —Ridley palideció—. ¿Estás seguro?
—Él me ha golpeado —repitió la criatura. Después fue dando botes por el suelo, batió el aire con sus alas y voló hasta el centro de la mesa.
En algún lugar, tenuemente, resonó una cadena.
—¿Cómo sabes que es el Vengador? —preguntó Ridley.
La criatura saltó en la mesa, agarró el pan con sus garras, se metió un trozo en la boca y masticó ruidosamente.
—Mis pequeñas, mis preciosas —cantó al cabo de unos instantes mientras observaba el salón.
—¡Basta! —dijo Reena—. ¡Responde a su pregunta! ¿Cómo sabes que es él?
El extraño ser alzó las alas hasta sus orejas.
—¡No grites! ¡No grites! —chilló—. ¡Lo he visto! ¡Lo sé! Él golpeó... ¡mi pobre costado!... ¡con una espada! —Hizo una pausa para abrazarse con sus alas—. Yo solo quería verlo de cerca. Mis ojos no son tan buenos... ¡Cabalga en una bestia demoníaca! Da vueltas, da vueltas... ¡a la montaña! Viene, viene... ¡hacia aquí!
Ridley lanzó una mirada a Reena. La joven apretó los labios, después agitó la cabeza.
—A menos que vuele, jamás llegará a la torre —dijo—. No era un animal alado, ¿verdad?
—No. Un caballo —replicó la criatura, y agarró de nuevo el pan.
—Había una cuesta en la faz del sur —dijo Ridley—. Pero no. Ni aun así. Ni con un caballo...
—Un caballo demoníaco.
—¡Ni con un caballo demoníaco!
—¡El dolor! ¡El dolor! ¡No puedo soportarlo! —sonó un estridente grito.
Reena alzó su vaso, vio que estaba vacío, lo dejó en la mesa. El hombre con cara de momia salió corriendo de las sombras para llenarlo. Durante unos instantes la pareja observó cómo comía la criatura.
—No me gusta esto —dijo por fin Reena—. Ya sabes lo tortuoso que puede ser él.
—Lo sé.
—Y botas verdes —chirrió la criatura—. Botas Elfas. Siempre cae de pie. Vosotros me quemasteis, él me pegó... ¡Pobre Meg! ¡Pobre Meg! Él también os cogerá...
Saltó y se deslizó por el suelo.
—¡Mis pequeñas, mis preciosas! —gritó.
—¡Aquí no! ¡Sal de aquí! —chilló Ridley—. ¡Cambia o vete! ¡Que no se acerquen aquí!
—¡Pequeñas! ¡Preciosas! —sonó la menguante voz mientras Meg salía por el pasillo en dirección a los gritos.
Reena vertió vino en el vaso, bebió un poco, se lamió los labios.
—La hora ha llegado —anunció de repente el espejo.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Reena.
—No me siento bien —dijo Ridley.
Al llegar al pie de la pendiente, Black se detuvo y permaneció quieto como una estatua largo rato, examinando el lugar. La nieve seguía cayendo. El viento arrastraba los copos.
Al cabo de varios minutos, Black avanzó y comprobó el declive; trepó varios pasos, se paró apoyando todo su peso, pateó y escarbó con sus cascos, con la cabeza baja. Finalmente retrocedió ladera abajo y dio media vuelta.
—¿Cuál es el veredicto? —inquirió Dilvish.
—Quiero intentarlo pese a todo. Mi estimación de las posibilidades no ha variado. ¿Tienes alguna idea de lo que vas a hacer si... o mejor dicho, cuando llegues a la cima?
—Buscar problemas —dijo Dilvish—. Defenderme siempre. Golpear al instante si veo al enemigo.
Black se alejó poco a poco de la montaña.
—Casi todos tus hechizos son de tipo ofensivo —afirmó Black—. Y usarlos es terrible, excepto en casos extremos. Deberías tomarte tiempo para aprender otros inferiores e intermedios, ¿sabes?
—Lo sé. Esta es una buena ocasión para una conferencia sobre la situación del arte.
—Lo que trato de decir es que si te atrapan arriba, sabes cómo acabar con todo el lugar y contigo al mismo tiempo. Pero no sabes ningún hechizo para abrir la cerradura de una puerta...
—¡Ese hechizo no es sencillo!
—Nadie ha dicho que lo fuera. Solo estoy apuntando tus deficiencias.
—Es un poco tarde para eso, ¿no te parece?
—Temo que sí —replicó Black—. Pues bien, hay tres buenos encantamientos generales de protección contra ataque mágico. Sabes igual que yo que tu enemigo puede superar cualquiera de los tres. Pero los más potentes podrían frenarlo el tiempo suficiente para que tú hicieras algo. No puedo dejarte marchar sin la protección de uno de ellos.
—En ese caso, ejecuta el más potente conmigo.
—Cuesta un día entero hacerlo.
Dilvish meneó la cabeza.
—¿Con este frío? Demasiado tiempo. ¿Qué me dices de los otros?
—El primero podemos rechazarlo como insuficiente contra cualquier buen practicante del arte. El segundo precisa casi una hora para ejecutarlo. Te ofrecerá excelente protección para cerca de medio día.
Dilvish guardó silencio un momento.
—Manos a la obra —dijo por fin.
—De acuerdo. Pero a pesar de todo, habrá criados para ocuparse del lugar. Probablemente te encontrarás superado en número.
Dilvish se encogió de hombros.
—Esa servidumbre puede ser poco importante —dijo—, y no hay necesidad de tener gran protección en un lugar tan inaccesible como este. Correré el riesgo.
Black llegó al lugar que consideró suficientemente alejado de la pendiente. Dio media vuelta y miró la torre.
—Descansa ahora —dijo— mientras preparo tu protección. Probablemente será la última que tengas durante algún tiempo.
Dilvish suspiró y se inclinó. Black habló con extraña voz. Sus palabras parecieron crepitar en el helado aire.
(CONTINUARÁ...)