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El ojo sin párpado - Philarète Chasles

«¡Hallowe'en!, ¡Hallowe'en! –gritaban todos–. Esta noche es la noche santa, la bella noche de las hadas y de los demonios de las aguas. ¡Carrick!, y tú, Colean, ¿venís? Están todos los campesinos de Carrick–Border, nuestras Megs y nuestras Jeannies también vendrán. Traeremos buen whisky en botijos de estaño, cerveza humeante y el sabroso parritch (gachas de avena). Hace buen tiempo; la luna brillará; ¡camaradas, jamás las ruinas de Cassilis–Downans habrán visto un grupo más alegre!»

Así hablaba Jock Muirland, granjero, viudo, joven todavía. Como la mayor parte de los campesinos de Escocia era teólogo, tenía sensibilidad poética, gran bebedor y, sin embargo, muy austero. Le rodeaban Muidock, Will Lapraik y Tom Dickat. Sostenían esta conversación cerca del pueblo de Cassilis.

Sin duda ustedes no deben saber en qué consiste Hallowe'en: es la noche de las hadas y se celebra a mediados de agosto. Entonces se consulta al brujo del pueblo; todos los duendes bailan sobre los brezos, atraviesan los campos, y cabalgan sobre los pálidos rayos de luna. Es el carnaval de los genios y de los gnomos. 

Durante esta noche todas las grutas, todas las rocas, celebran su baile y su fiesta, no hay flor que no se balancee al soplo de una sílfide, ni mujer que no cierre cuidadosamente su puerta, por miedo a que un spunkie se lleve la comida de mañana y sacrifique a sus travesuras la comida de los niños que duermen abrazados en la misma cuna.

Esta era la noche solemne, mezclada de caprichos fantásticos y un secreto terror, que iba a celebrarse en las colinas de Cassilis. Imaginaos un terreno montañoso, ondulado como el mar, cuyas numerosas colinas están tapizadas de un césped verde y brillante; a lo lejos, sobre un escarpado pico, los muros almenados de un castillo en ruinas, cuya capilla, desprovista de techumbre, se ha conservado casi intacta y proyecta sus afinadas columnas, esbeltas como el ramaje desnudo en invierno. 

La tierra no es fecunda en este cantón. La dorada retama sirve de escondite a la liebre. El hombre que solo conoce el poder supremo en la desolación y el terror, ve estas estériles tierras como marcadas por el mismo sello de la divinidad. La fecunda e inmensa buena voluntad del Altísimo no nos inspira demasiada gratitud: lo que de él veneramos es su castigo y su rigor. 

Los spunkies danzaban sobre el menudo césped de Cassilis; y la luna, ya en el cielo, se veía grande y roja a través de la vidriera rota del gran portal de la capilla. Parecía estar suspendida como una gran rosácea amaranta, sobre la que se dibujaba un trozo de trébol de piedra truncada. Los spunkies bailaban.

¡El spunkie! Es una cabeza de mujer, blanca como la nieve, con largos cabellos ardientes. Dos bellas alas, ropajes sostenidos por finísimas y elásticas fibras se unen, no a la espalda, sino a los blancos y delgados brazos a los que contornean. El 
spunkie es hermafrodita; une a su rostro femenino la elegancia esbelta y frágil de la primera adolescencia viril. El spunkie solo lleva por vestido sus alas, tejido fino y desliado, suave y apretado, impenetrable y ligero, como las alas de un murciélago. Una sombra negruzca, fundida en púrpura azulada, parpadea sobre este vestido natural que se repliega alrededor del spunkie en reposo, como un estandarte alrededor del bastón que lo sostiene. Largos filamentos, que parecen acero bruñido, sostienen los velos con los que el spunkie se abriga; garras de acero arman sus extremos. Desdichada la mujer que se aventure por la noche cerca del pantano donde permanece acurrucado, o por el bosque que suele recorrer.

La ronda de los 
spunkies empezaba en las riberas del Don, cuando el alegre grupo seguido por mujeres, niños y niñas, se acercó. Los duendes desaparecieron de inmediato. Sus enormes alas, desplegadas a la vez, obscurecieron el aire. Parecían una bandada de pájaros levantando el vuelo súbitamente de entre los rosales espinosos. Por unos momentos se veló la claridad de la luna; Muirland y sus compañeros se detuvieron.

–¡Tengo miedo! –dijo una niña.
–¡Bah! –contestó el granjero–. Son pájaros salvajes que levantan el vuelo.
–Muirland –le dijo el joven Colean en tono de reproche–, vas a acabar mal, no crees en nada.
–Quememos nuestras nueces, rompamos las avellanas –prosiguió Muirland, ignorando los reproches de su camarada–; sentémonos y vaciemos nuestras cestas. Aquí tenemos un refugio ideal; la roca nos protege; el césped nos ofrece una mullida cama. El gran diablo no perturbará mis pensamientos, que saldrán de estos botijos y de estas botellas.
–Pero los bogillies (
Espíritus de los bosques) y los brownillies (Espíritus de las landas) pueden encontrarnos aquí –dijo tímidamente una joven.
–El cranreuch (
Viento del norte) se los lleve –interrumpió Muirland–. Rápido, Lapraik, enciende cerca de la roca un fuego de hojas muertas y ramaje; calentaremos el whisky; y si las chicas quieren saber qué marido el buen Dios o el diablo les reserva, tenemos con qué satisfacerlas; Borne Lesley ha traído espejos, avellanas, grano de lino, platos y mantequilla. Muchachas, ¿no es todo lo que necesitan para sus ceremonias?
–Sí, sí –respondieron las jóvenes.
–Pero ante todo, bebamos –prosiguió el granjero, quien, por su carácter dominante, su fortuna, su bodega bien provista, su granero abarrotado de trigo y sus conocimientos agrícolas, había adquirido una cierta autoridad en el cantón.

Ya saben, amigos lectores, que de todos los países del mundo, Escocia es el que posee las clases inferiores mejor instruidas, pero más supersticiosas. Preguntarle a Walter Scott, este sublime campesino escocés, que debe su grandeza a esta facultad que recibió de Dios de representar simbólicamente la idiosincrasia nacional. 

En Escocia, se cree en todos los gnomos, y se discuten, en las cabañas, temas de la más abstracta filosofía. La noche de Hallowe'en está especialmente consagrada a la superstición. Entonces nos reunimos para vislumbrar el futuro. Los ritos necesarios para obtener este resultado son conocidos e inviolables. No hay religión más estricta en su cumplimiento. 

Era sobre todo esta ceremonia llena de expectativas, en la que cada uno es a la vez sacerdote y brujo, la que los habitantes de Cassilis consideraban como el final de su excursión y la distracción de su noche. Esta magia rústica posee un encanto difícil de expresar. Para decirlo de algún modo, nos detenemos en el punto límite entre la poesía y la realidad; nos comunicamos con las fuerzas infernales, sin renegar por ello de Dios; los objetos más vulgares se transmutan en objetos sagrados y mágicos; sobre una espiga de trigo y una hoja de sauce creamos esperanzas y temores. 

De acuerdo a la costumbre no se inician los sortilegios de Hallowe'en, hasta la medianoche, cuando consideran que toda la atmósfera está invadida por seres sobrenaturales, y en la que no solo los spunkies, principales actores del drama, sino también todos los batallones de la magia escocesa tomen posesión de sus dominios. 

Nuestros campesinos, reunidos desde las nueve, pasarán el tiempo cantando estas viejas y deliciosas baladas en las que un lenguaje melancólico e inseguro se combina tan bien con el ritmo brusco, con una melodía que desciende de cuarta en cuarta por medio de extraños intervalos, con un singular empleo del género cromático. 

Las chicas, con sus abigarradas capas escocesas y sus vestidos de sarga, de una impecable limpieza; las mujeres, con la sonrisa en los labios; los niños, ataviados con estas preciosas fajas rojas atadas a la rodilla que les sirve a la vez de liga y de adorno; los jóvenes, cuyos corazones latían más aprisa a medida que se acercaba el momento misterioso en que iba a ser consultado el destino; uno o dos viejos a quienes la sabrosa cerveza les devolvía la alegría de su juventud, formaban un grupo muy interesante, que Wilkie habría querido pintar, y que en Europa haría felices a todas las almas todavía accesibles, entre tantas emociones febriles, a las delicias de un sentimiento verdadero y profundo.

Muirland se abandonaba sobre todo a la ruidosa alegría que burbujeaba con la espesa espuma de la cerveza, y se comunicaba a todos los auditores.

Era uno de esos hombres a quienes la vida no logra dominar; y utilizan su poderosa inteligencia para luchar contra viento y marea. Una chica del cantón, que había unido su destino al de Muirland, murió al dar a luz a los dos años de matrimonio y este había jurado no volver a casarse jamás. Ningún habitante del pueblo ignoraba las causas de la muerte de Tuilzie; fueron los celos de Muirland. 

Tuilzie, delicada criatura, tenía apenas diecisiete años, cuando se casó con el granjero. Ella lo amaba y desconocía la violencia de su alma y el furor que era capaz de contener, el tormento diario que era capaz de infligir a sí misma y a las demás. Jock Muirland era celoso; la ingenua ternura de su joven compañera no le tranquilizaba. 

Un día, en pleno invierno, le hizo viajar a Edimburgo, para arrancarla de las supuestas seducciones de un joven laird (Terrateniente) a quien se le había antojado pasar la mala estación en su campiña. Todos los amigos del granjero, e incluso el cura, no dejaban de advertirle; él solo respondía que amaba ardientemente a Tuilzie y que se consideraba el juez más apropiado para determinar lo que podía contribuir a la felicidad de su matrimonio. 

Bajo el techo rústico de Jock, se oían a menudo quejas, gritos, sollozos; el hermano de Tuilzie había venido para exponer a su cuñado que había adoptado una conducta inexcusable; como consecuencia de este hecho se produjo una encendida discusión; la joven mujer languidecía por momentos. Al fin la pena que la consumía le ocasionó la muerte. 

Muirland cayó en una profunda desesperación que duró varios años; pero como en este mundo todo pasa, a pesar de su juramento de permanecer viudo, fue lentamente olvidando a la persona de quien él había sido un involuntario verdugo. Las mujeres, que durante muchos años lo despreciaron, lo perdonaron al fin, y la noche de Hallowe'en le volvía a encontrar tal como antes había sido, alegre, cáustico, divertido, buen bebedor y fecundo en maravillosos cuentos, en bromas rústicas, en altisonantes refranes que animaban la reunión nocturna y contagiaban su buen humor. 

Ya se habían agotado la mayor parte de las viejas leyendas tradicionales, cuando dieron las doce de la noche y propagaron a lo lejos el eco de sus vibraciones. Habían bebido mucho. Ahora llegaba el momento de las acostumbradas supersticiones. Todo el mundo excepto Muirland, se levantó.

–¡Busquemos el 
kail, busquemos el kail! –gritaron todos...

Hombres y mujeres se esparcieron por los campos, y volvieron uno tras otro con una raíz cada uno, arrancada del suelo: era el 
kail. Se trata de arrancar de cuajo la primera planta que uno se encuentra a sus pies; si la raíz está derecha, vuestra mujer o vuestro marido tendrán buena planta y belleza; si la raíz está torcida os casaréis con una persona contrahecha. Si queda tierra entre los filamentos, vuestro matrimonio será fecundo y feliz; si por el contrario, está desprovista de pelos y es pequeña, vuestro matrimonio durará muy poco. 

Imaginad las risas, el alegre tumulto, las bromas campesinas a las que da lugar esta búsqueda conyugal; se empujaban, se atropellaban precipitadamente, comparando los resultados de sus investigaciones; incluso los niños tenían su kail.

–¡Pobre Will Haverel! –exclamó Muirland, mirando la raíz que traía entre manos un muchacho–, tu mujer será tuerta, tu 
kail se parece a la cola de mi cerdo.

Luego se sentaron en corro, y cada uno probó el sabor de su raíz; cuando es amarga indica un mal marido; si es dulzona un marido imbécil; y en caso de ser olorosa, un esposo de buen humor. A esta gran ceremonia le sucedió la de tap–pickle. Las chicas deben recoger con los ojos vendados tres espigas de trigo cada una; si el grano que corona la espiga falta en una de ellas, no cabe la menor duda de que el futuro marido no le perdonará una sola ligereza cometida antes de las nupcias. 

«¡Oh, Nelly, oh, Nelly!, tus tres espigas carecían todas de tap–pickle, nadie te va a librar de las bromas. Es cierto que durante la misma víspera el granero de reserva había sido testigo de una larga conversación entre tú y Robert Luath.»

Muirland las miraba sin mezclarse activamente en sus juegos.

–¡Las avellanas, las avellanas! –gritaron.

Se sacó de una cesta una bolsa llena de avellanas y todos se acercaron al fuego que no habían dejado de mantener encendido. La luna brillaba pura y casi radiante. Cada uno tomó su avellana. Este sortilegio es célebre y venerado. Se distribuyen por parejas; se da a la avellana que cada uno ha cogido su propio nombre y al mismo tiempo se meten en el fuego la avellana bautizada con el nombre de la novia y la propia. 

Si las dos avellanas se queman lentamente una al lado de la otra, la unión será larga y tranquila; si las avellanas se rompen y se separan al quemarse; desgracia y separación en el matrimonio. A menudo es la chica quien se encarga de disponer en el fuego el doble símbolo al que está ligada toda su alma; y ¡cuál no será su tristeza cuando se da este divorcio, y cuando su futuro marido se aparta chispeando de su compañera!

Daban la una y todavía los campesinos no se habían cansado de consultar sus místicos oráculos. El terror y la fe que se mezclaban en estos sortilegios les conferían un nuevo atractivo. Los spunkies volvían a moverse por entre los juncos agitados. Las chicas temblaban. La luna, en lo alto del firmamento, se cubría con una nube. Se hizo la ceremonia de la maceta, la de la candela apagada, la de la manzana, grandes conjuraciones que no voy a descubrir. Willie Maillie, una de las muchachas más bonitas, sumergió tres veces su brazo en las aguas del Don, exclamando: 

–¡Mi futuro esposo, marido mío que todavía no existe!, ¿dónde está? Ahí tienes mi mano.

Tres veces había repetido el sortilegio, cuando la oyeron proferir un pavoroso grito.

–¡Dios mío!, el 
spunkie ha cogido mi mano –gritó.

Todo el mundo se precipitó a su alrededor, y todos temblaban, excepto Muirland. Maillie mostró su mano ensangrentada; los jueces de ambos sexos, a quienes una larga experiencia les confería habilidad en la interpretación de estos oráculos, convinieron sin vacilar que el arañazo no lo habían provocado, como afirmaba Muirland, las puntas de un junco espinoso, sino que el brazo de la chica presentaba realmente las huellas de las afiladas garras del 
spunkie. Todo el mundo reconoció que Maillie estaba amenazada por esta experiencia con tener en el futuro un marido celoso. El granjero viudo consideró que había bebido un poco más de lo conveniente.

–¡Celoso!, ¡celoso! –se exclamó.

Creyó ver en esta explicación de sus compañeros una alusión malintencionada a su propia historia.

–Yo –continuó Muirland vaciando un botijo de estaño lleno de whisky hasta los bordes–, preferiría mil veces casarme con el 
spunkie que volverme a casar. Yo he sabido en qué consiste vivir encadenado; preferiría permanecer encerrado en una botella herméticamente cerrada, con un mono, un gato o un verdugo por compañero. 

Yo estuve celoso de mi pobre Tuilzie: tal vez me haya equivocado; pero ¿cómo, os lo pregunto, no estar celoso?, ¿cuál es la mujer que no exige una continua vigilancia? No dormía por las noches, no la dejaba ni un solo momento en todo el día, no cerraba el ojo ni un instante. Los asuntos de mi mujer iban mal; todo languidecía. La misma Tuilzie palidecía ante mis ojos. ¡Que el matrimonio se vaya a los mil diablos!

Unos reían, los otros, escandalizados, se callaban. Quedaba todavía el último y el más temido de los sortilegios: la ceremonia del espejo. Uno se sitúa con una vela en la mano, ante un pequeño espejo; tres veces se sopla sobre el cristal, y tres veces se limpia repitiendo: «¡Aparece, marido mío!» o «¡Aparece, esposa mía!» Entonces, por encima del hombro izquierdo de la persona que consulta el destino, aparece claramente una cara que se refleja en el espejo; es la de la compañera o el marido invocado.

Nadie se atrevía, después del ejemplo de Maillie, a provocar a los poderes sobrenaturales. El espejo y la vela estaban en el suelo sin que nadie pensara utilizarlos para el sortilegio. El Don murmuraba entre los rosales; un largo trazo de plata, que temblaba sobre sus lejanas olas, era, ante los ojos de los campesinos, el rastro centelleante de los 
spunkies o espíritus de las aguas; la yegua de Muirland, su pequeña yegua de Highland de negra cola y blanco pecho rechinaba con todas sus fuerzas, signo evidente de que le rondaba un mal espíritu. 

El viento refrescaba; los tallos de los juncos balanceados provocaban un triste y largo murmullo; todas las mujeres empezaban a hablar del regreso; tenían muy buenas razones, reprimendas a sus maridos y a sus hermanos, consejos de salud para sus padres y una elocuencia doméstica a la que nosotros, reyes de la naturaleza y del mundo, nos resistimos en muy pocas ocasiones.

–¡Y bien! ¿Quién de vosotros se presentará ante el espejo? –preguntó Muirland.

Nadie respondió.

–Tienen muy poco valor –prosiguió–. El soplar del viento los hace temblar como al sauce. En cuanto a mí que jamás pienso coger mujer, como todos saben, porque quiero dormir, y como mis párpados no quieren cerrarse desde que me convierto en marido, me es absolutamente imposible empezar el sortilegio. Acaso piensan como yo.

Al fin, como nadie quería coger el espejo, Jock Muirland lo cogió.

–Yo voy a darles el ejemplo.

Entonces tomó sin vacilar el espejo fatal; fue encendida la vela y repitió bravamente el sortilegio.

–¡Aparece pues, esposa mía! –gritó Muirland.

Inmediatamente una cara pálida, cubierta de una cabellera rubia leonada, apareció sobre la espalda de Muirland. Se estremeció, se volvió para asegurarse de que ninguna de las muchachas del cantón estaba detrás suyo para simular la aparición. 

Pero nadie habría osado parodiar al espectro; y aunque el espejo se había roto al escaparse de la mano del granjero y caer al suelo, la misma cabeza blanca permanecía en su espalda, la misma cabellera ardiente: Muirland profirió un horrible grito y cayó de bruces en el suelo.

Hubieran visto a los habitantes del pueblo correr por todos lados, como las hojas esparcidas por el viento; sobre este lugar donde habían llevado a cabo hacía tan solo unos instantes sus diversiones rústicas, solo quedaron los despojos de la fiesta, el fuego apagado, los vasos y botijos vacíos y Muirland acostado sobre el césped. 

Los spunkies y sus acólitos regresaban con furia, y la tempestad que se preparaba en la atmósfera mezclaba con su canto sobrenatural este largo silbido que los escoceses designan de una manera tan pintoresca con el nombre de Sugh. Muirland, incorporándose, volvió a mirar sobre su espalda: siempre la misma cara. Esta sonreía al campesino, pero no decía nada y Muirland no podía adivinar si esta cabeza pertenecía a un cuerpo humano, pues solo se le aparecía cuando se volvía. 

Su lengua se paralizó, quedó adherida a su paladar. Intentó hablar con el ser infernal y probó en vano resucitar su valentía; cada vez que veía estos rasgos pálidos y los ardientes bucles, se estremecía de la cabeza a los pies. Empezó a correr con la idea de librarse de su acólito. Había desatado su pequeña yegua blanca y se disponía a poner el pie en el estribo cuando intentó todavía una última experiencia. ¡Terror!, siempre la misma cabeza, convertida en su inseparable compañera. 

Estaba atada a su espalda, como estas cabezas aisladas cuyo perfil los escultores góticos ponían a veces en lo alto de una columna o en el ángulo de una cornisa. La pobre Meg, la yegua del granjero, relinchaba con todas sus fuerzas y mediante frecuentes coces manifestaba cómo repercutía en ella el terror de su pobre dueño. 

El spunkie (pues debía ser uno de estos habitantes de los juncos quien perseguía al granjero), cada vez que Muirland se volvía, le miraba con dos ojos llameantes, de un azul profundo, sobre los que ninguna ceja dibujaba su sombra y ningún párpado velaba la insoportable claridad. Metió las dos espuelas; la misma curiosidad le empujaba constantemente a saber si su perseguidora estaba allí; esta no le abandonaba; en vano lanzó su yegua al galope, en vano el brezo y las montañas desaparecían y huían bajo el paso del animal; Muirland ya no sabía qué camino seguía, ni hacia dónde le conducía la pobre Meg. 

Solo tenía una idea en la cabeza, el spunkie, su compañero de ruta, o mejor su compañera, pues esta cara femenina tenía la malicia y la delicadeza propias de una joven de dieciocho años. La bóveda del cielo se cubría de espesas nubes que la disminuían por momentos. Jamás ningún pobre pecador se encontró solo y lanzado en medio de la campiña en una más satánica obscuridad. 

El viento soplaba como si quisiera despertar a los muertos; caía la lluvia diagonalmente empujada por la fuerza de la tormenta. Los rápidos fulgores del relámpago desaparecían devorados por las tenebrosas nubes que sobre ellos se cernían, de las que surgían largos, profundos y pesados mugidos. 

¡Pobre Muirland!, tu sombrero azul escocés, abigarrado de rojo, cayó, y no te atreviste a volverte para recogerlo. La tempestad redobló su furor; el Don desbordó de su cauce; y Muirland, después de galopar durante una hora, reconoció con dolor que volvía al mismo lugar del que había partido. 

La iglesia en ruinas de Cassilis se alzaba ante él; se hubiera dicho que el incendio abrasaba los restos de sus viejas pilastras; las llamas surgían por todas sus desiguales oberturas; las esculturas aparecían con toda su delicadeza sobre un fondo de lúgubres claridades. 

Meg no quería avanzar; pero el granjero, cuya razón ya no dirigía sus actos, y que creía notar esta terrorífica cara apoyada en sus hombros, hundía con tanta fuerza las espuelas en los flancos del pobre animal, que al fin cedió, a pesar suyo, a la violencia que se le imponía.

–Jock –dijo una voz dulce–, dejarás de tener miedo.

¿Se imaginan el profundo terror del desgraciado Muirland?

–Cásate conmigo –repetía el 
spunkie.

Mientras tanto huían hacia la catedral en llamas. Muirland, frenado en su carrera por las mutiladas columnas y los santos de piedra derribados, bajó de su montura; durante la noche había bebido tanto vino, cerveza y aguardiente, cabalgando tan extrañamente, que acabó por acostumbrarse a este estado de excitación sobrenatural; nuestro granjero entró con pie firme en la nave sin bóveda de la que surgían estos fuegos infernales.

El espectáculo que le sorprendió no lo había visto nunca. Un personaje agachado en medio de la nave sostenía, sobre su curvada espalda, una vasija octogonal de la que surgía una llama verde y roja. El altar mayor estaba cargado de sus viejos ornamentos religiosos. Demonios de ardientes cabelleras que se erizaban sobre sus cabezas estaban de pie sobre el altar en el lugar de los cirios. 

Todas las formas grotescas e infernales que la imaginación del pintor y el poeta han soñado se apresuraban, corrían, volaban, se balanceaban, se movían, se contorneaban de mil extrañas maneras. Las sillas del coro de los canónigos estaban ocupadas por graves personajes que conservaban los vestidos en perfecto estado. Pero sobre sus vestimentas se dibujaban manos de esqueletos, y de sus ojos socavados no salía resplandor alguno.

No diré, ya que el lenguaje humano es insuficiente, qué clase de incienso se quemaba en esta iglesia, ni qué abominable parodia de los santos misterios representaban los demonios. Cuarenta de estos duendes, encarnados en la antigua galería que en otros tiempos había sostenido el órgano de la catedral, tenían en sus manos gaitas escocesas de diversas dimensiones. 

Un enorme gato negro, sentado sobre un trono compuesto de una docena de estos señores, daba el tono con un prolongado maullido. La sinfonía infernal hacía vibrar los restos de las semiderruidas bóvedas y provocaba de vez en cuando la caída de escombros. 

Entre medio de este tumulto había bellas skelpies de rodillas; las habrían tomado por maravillosas vírgenes, si no fuera porque la cola demoníaca asomaba levantando las puntas de sus blancos vestidos; y más de cincuenta spunkies, con las alas extendidas o replegadas, bailando o en reposo. 

En las tumbas de los santos dispuestas simétricamente alrededor de la nave, había féretros abiertos, en los que el muerto, sobre un blanco sudario, aparecía con el cirio fúnebre en la mano. En cuanto a las reliquias sostenidas en el atrio, no me detendré a describirlas. 

Todos los crímenes cometidos en Escocia desde veinte años atrás habían acudido para preparar la iglesia en poder de los diablos. Allí habrían visto la cuerda del ahorcado, el cuchillo del asesino, el espantoso resto del aborto y los trazos del incesto. Habrían visto los corazones de los malvados ennegrecidos en el vicio y blancos cabellos paternos todavía colgantes de la hoja del puñal del parricida.

Muirland se detuvo, se volvió; la cara compañera de su camino continuaba allí. Uno de los monstruos encargados del servicio infernal lo tomó de la mano; él no opuso resistencia. Le condujeron al altar, siguió a su guía. Estaba dominado, sus fuerzas le habían abandonado. Todos se arrodillaron. Él se arrodilló. Cantaron extraños himnos, él nada escuchó; y permaneció allí, estupefacto, petrificado, esperando su suerte. 

Ahora los cantos infernales se hacían más ruidosos; los spunkies encargados del cuerpo de baile rodaban con más rapidez en su ronda infernal; las gaitas sonaban, chillaban, gritaban y silbaban con renovada vehemencia. Muirland volvió la cabeza para examinar su fatal hombro sobre el que un incómodo huésped había elegido domicilio.

–¡Ah! –exclamó, suspirando de satisfacción.

La cabeza había desaparecido.

Pero cuando su mirada deslumbrada y perdida se fijó sobre los objetos que le rodeaban, fue grande su sorpresa cuando vio, cerca de sí, de rodillas en un féretro, a una chica cuyo rostro era el mismo que el del fantasma que le había perseguido. 

Una camiseta escocesa de fino lino gris le cubría apenas hasta el muslo. Se le insinuaban los graciosos pechos y mostraba su blanca espalda, sobre la que caían dorados cabellos hasta el seno virginal que, debido a la ligereza de la ropa, se apercibía con toda su belleza. Muirland estaba conmovido; estas formas tan hermosas y delicadas contrastaban con todas las repugnantes apariciones que le rodeaban. 

El esqueleto que parodiaba la misa tomó con sus encorvados dedos la mano de Muirland y la unió a la de la chica; y este creyó sentir al abrazar a su extraña novia, la fina mordedura que el pueblo atribuye a las garras del spunkie. Esto ya era demasiado; cerró los ojos y se desmayó. 

Cuando aún no había logrado recuperar su lucidez, le pareció adivinar que manos infernales le volvían a poner sobre la fiel yegua que le había esperado a la puerta de la catedral; pero sus sentidos eran muy vagos, sus sensaciones indistintas.

Una noche así, como es evidente, dejó su huella en nuestro granjero; se despertó tal como uno se despertaría después de un letargo y quedó muy sorprendido al enterarse de que desde hacía unos días se había casado, que después de la noche de Hallowe'en había viajado hacia las montañas, de las que había traído una joven esposa, quien, en efecto, estaba a su lado en el lecho hereditario de su mujer.

Se frotó los ojos creyendo que soñaba, luego ya sin dudar, quiso contemplar a la que había elegido, ahora convertida en señora Muirland. Era por la mañana. ¡Qué bella era!, ¡qué dulce luz irradiaban sus prolongadas miradas!, ¡qué esplendor en sus ojos! No obstante, Muirland estaba sorprendido del extraño resplandor que emanaba de esos mismos ojos. 

Se acercó. Cosa extraña, su mujer, al menos así lo creía, no tenía párpados; grandes orbes de un azul obscuro se dibujaban bajo el arco negro de unas cejas de una curvatura admirablemente delicada. Muirland suspiró: el vago recuerdo del spunkie, de su carrera nocturna y de su terrible boda en la catedral, se le presentó súbitamente ante sí.

Al examinar con más detalles a su nueva esposa, creyó observar en ella todos los rasgos característicos de este ser sobrenatural, solo que un poco modificados, disimulados. Los dedos de la joven mujer eran largos y delgados, sus uñas blancas y afiladas; su rubia cabellera caía hasta el suelo. 

Permaneció como vencido por un profundo sueño. Sin embargo, todos sus vecinos le explicaron que la familia de su mujer residía en los Highlands; que justo al concluir la boda había cogido ardientes fiebres; que no era de extrañar que no tuviera ningún recuerdo de la ceremonia, ya que estaba enfermo, pero que pronto se encontraría bien con su nueva mujer, pues era guapa, dulce y buena ama de casa.

–¡Pero no tiene párpados! –exclamó Muirland.

La gente se le reía en las narices, pretendían que todavía le perseguían las fiebres; nadie, salvo el granjero, había notado esta extraña particularidad.

Llegó la noche; para Muirland era la noche de bodas, pues hasta este momento solo había sido marido formalmente. La belleza de su mujer le había conmovido, aunque según él, no tuviera párpados. Se prometió pues afrontar con resolución su propio terror, y por lo menos aprovecharse del singular favor que el cielo o el infierno le enviaba. 

En este punto pedimos al lector la concesión de todos los privilegios de la historia y pasar rápidamente por encima de los acontecimientos de esta noche: no diremos hasta qué punto la bella Spellie (este era su nombre) parecía todavía más bella con sus nocturnos atuendos.

Muirland se despertó, soñando que una sutil claridad solar inundaba la habitación baja en la que estaba el lecho nupcial. Deslumbrado por estos ardientes rayos, se levantó sobresaltado y vio los centelleantes ojos de su mujer mirándolo con ternura.

–¡Demonios! –exclamó–, realmente mi sueño es una injuria a su belleza.

Abandonó su sueño y dijo a Spellie mil cosas amables y tiernas, a las que la joven de las montañas respondió lo mejor que pudo. Spellie no había dormido en toda la noche.

«¿Cómo podrá dormir? –se preguntaba Muirland–. Pues no tiene párpados».

Y su peor espíritu volvía a caer en un abismo de meditaciones y de temores. Salió el sol. Muirland estaba pálido y fatigado; la granjera tenía los ojos luminosos como nunca. Pasaron la mañana paseándose por las orillas del Don. La joven esposa era tan bella que su marido, a pesar de su sorpresa y la fiebre que lo poseía, no pudo dejar de sentir admiración al contemplarla.

–Jock –le dijo esta–, te quiero tanto como querías a Tuilzie; tengo envidia de todas las muchachas de los alrededores, de tal forma que mira bien lo que haces, amigo mío. Seré celosa, os vigilaré de cerca.

Los besos de Muirland sellaron estas palabras; entretanto se sucedieron las noches y en medio de cada noche, los resplandecientes ojos no dejaban dormir al granjero; sus fuerzas sucumbían.

–Pero, querida –preguntó Jock a su mujer–, ¿es que no duermes nunca?

–¡Dormir yo!

–Sí, dormir. Tengo la impresión de que desde que nos hemos casado, no habéis dormido ni un instante.

–En mi familia, no se duerme nunca.

De las orbes azuladas de la muchacha emanaban rayos más ardientes.

–¡No duerme! –exclamó desesperado el granjero–, ¡no duerme!

Cayó vencido y aterrorizado sobre la almohada.

–¡No tiene párpados, no duerme! –repetía.

–No me canso de mirarte –contestó Spellie–, y de esta forma, te podré vigilar mejor.

Pobre Muirland. Los extraordinarios ojos de su mujer no le daban un momento de reposo; eran, como dicen los poetas, como astros eternamente alumbrados para deslumbrarle. En el cantón se compusieron más de treinta baladas dirigidas a los bellos ojos de Spellie. 

En cuanto a Muirland, un buen día desapareció. Tres meses habían pasado; el suplicio que había sufrido el granjero lo llevó a la desesperación, había agotado sus fuerzas; le parecía que aquella mirada de fuego le quemaba. Si volvía a los campos, si se quedaba en casa, si iba a la iglesia, siempre el mismo rayo terrible cuya presencia y esplendor penetraban hasta el fondo de su ser y le hacían temblar de horror. Acabó por detestar el sol, por huir del día.

El mismo suplicio que había sufrido la pobre Tuilzie se había convertido en el suyo; en vez de la inquietud moral que durante su primer matrimonio le había transformado en verdugo de su joven mujer, y a la que los hombres le dan el nombre de celos, se encontraba bajo la inquisición física e ineluctable de un ojo que nunca se cerraba: eran los celos también, pero convertidos en una imagen palpable, la inquisición convertida en tipo. 

Abandonó su granja, sus dominios, cruzó el mar y se hundió en los bosques de América septentrional, donde muchos hombres de su país habían fundado viviendas y construido tranquilamente su cabaña. Las sabanas de Ohio le ofrecían un seguro asilo, por lo menos así lo creía; prefería su pobreza, la vida de colono, la serpiente escondida en los espesos matorrales, una alimentación salvaje e insegura, a su casa de Escocia, bajo la que el ojo celoso y siempre abierto centelleaba para su tormento. 

Después de pasar un año en esta soledad, acabó por bendecir su suerte: al menos había encontrado la calma en el seno de esta naturaleza fecunda. No tenía la más mínima relación con Gran Bretaña, por miedo a tener noticias de su mujer; a veces, en sus sueños todavía veía aquel ojo abierto, aquel ojo sin párpado y se despertaba sobresaltado; pero este era todo el sufrimiento que tenía que soportar; se aseguró de que la vigilante y temida pupila ya no estaba cerca de él, no le penetraba, no lo devoraba con sus insoportables rayos y volvía a dormirse feliz.

Los narragansetts, tribu vecina de su vivienda, habían tomado por sachem o jefe a Massasoit, viejo enfermo y de pacífico carácter y con el que Jock Muirland estableció excelentes relaciones, al darle aguardiente, que él sabía destilar. Massasoit enfermó; su amigo Muirland le visitó en su choza.

Imaginen un wigwam indio, cabaña en punta, con un agujero por el que sale el humo; en medio de este humilde palacio, un fuego encendido; sobre las pieles de búfalo, extendidas por el suelo, el viejo jefe enfermo; a su alrededor los principales sagamores del cantón, chillando, gritando, llorando y haciendo tal ruido, que en vez de curar al enfermo hubieran enfermado a cualquiera en perfecta salud. 

Un powwow o médico indio dirigía el coro y la lúgubre danza. Resonaban los ecos vecinos por el ruido que provocaba esta extraña ceremonia: eran las oraciones públicas ofrecidas a las divinidades del país.

Seis muchachas se ocupaban de frotar los miembros desnudos y fríos del viejo: una de ellas, bastante guapa, de apenas dieciséis años, lloraba mientras cumplía este oficio. El sentido común del escocés le hizo ver que todo este aparato médico solo conseguiría la muerte de Massasoit; por su cualidad de europeo y blanco, pasaba por médico innato y se aprovechó de la autoridad que este título le confería, hizo salir a todos los vociferantes y se acercó al sachem.

–¿Quién se acerca? –preguntó el viejo.
–Jock, el hombre blanco.
–¡Oh! –respondió el sachem, tendiéndole su esquelética mano–, ya no nos veremos más, Jock.

Jock, aunque no tenía conocimientos médicos, se dio cuenta sin dificultades de que no tenía más que una indigestión; le socorrió, ordenó que todos se callaran, le puso a dieta, luego le cocinó un excelente potaje escocés, que el viejo tomó como medicina. 

En fin, que en tres días, Massasoit había vuelto a la vida; los gritos y los bailes de nuestros indios volvieron a empezar, pero estos himnos salvajes manifestaban alegría y gratitud. Massasoit hizo sentar a Jock en su cabaña, le dio a fumar de su calumet, y le presentó a su hija, la más joven y bonita de las que Muirland había visto en la cabaña.

–Tú no posees squaw –le dijo el viejo guerrero–, toma a mi hija y honra mis canas.

Jock tembló; se acordó de Tuilzie y Spellie, pensó hasta qué punto había fracasado en el matrimonio. No obstante, la joven 
squaw era dulce, ingenua, obediente. Una boda en los desiertos se lleva a cabo con muy pocas ceremonias; tiene escasas consecuencias funestas para un europeo. Jock se resignó, y la bella Anauket no le dio ningún motivo para arrepentirse de su elección.

Ocho días después de la boda, los dos, en una bella mañana de otoño, habían embarcado por el Ohio. Jock llevaba su fusil de caza. Anauket, acostumbrada a estas excursiones que componen toda la vida salvaje, ayudaba y servía a su marido. El tiempo era magnífico; las orillas de este hermoso río ofrecían a los amantes lugares encantadores. 

Jock había cobrado buenas piezas. Una pintada de brillantes alas hirió su mirada; apuntó, la hirió, y el pájaro, herido de muerte, cayó gimiendo, entre los espesos matorrales. Muirland no estaba dispuesto a perder una pieza tan magnífica; amarró su barca y corrió en busca del resultado de su conquista. 

Había chafado inútilmente varios matorrales y su obstinación de escocés le sumergía y hundía cada vez más en la espesura del bosque. Pronto se encontró rodeado de árboles de altas copas y en el centro de uno de estos espacios verdes naturales que se encuentran en las selvas de América, cuando un resplandor atravesó el follaje y llegó hasta él. Se estremeció: este rayo le quemaba; esta luz insoportable le obligaba a bajar la vista.

El ojo sin párpado estaba allí, vigilante y eterno.

Spellie había cruzado el mar; había encontrado el rastro de su marido y le seguía la pista; había mantenido su palabra y sus temibles celos abrumaban a Muirland con justos reproches. 

Corrió hacia la ribera, perseguido por el ojo sin párpado, vio el oleaje claro y puro del Ohio y enloquecido por el terror se precipitó en él. Este fue el fin de Jock Muirland. Está consagrado en una leyenda escocesa, y las mujeres la cuentan a su modo. Afirman que es una alegoría y que el «ojo sin párpado» es el ojo siempre abierto de la mujer celosa, el más terrible de los suplicios.