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Bronce - Iban Zaldua

Álvaro volvía muy excitado de la excavación. En el cuadro B7 acababan de encontrar un cuchillo de bronce, perfectamente conservado. Era algo extraordinario. Lo acariciaba en el bolsillo de la gabardina y sentía su frío, su brillo, el filo aún cortante. No había visto nunca una pieza así, ni siquiera en los mejores museos. ¿Sería el tipo de tierra en el que estuvo enterrado durante casi mil cuatrocientos años? 

Las pruebas del Carbono 14 habían llegado del laboratorio la semana anterior y eran claras. Un poblado de la Edad del Bronce, el más grande de la zona, casi del país. Tenía trabajo (y publicaciones) para años. Y el cuchillo. No dejaba de manosearlo. Le hubiera encantado enseñárselo a todos los que se cruzaban en su camino, pero se contuvo. Se lo reservaría a Marta. 

Lo que más le atraía era su falta de adornos: era un cuchillo, lisa y llanamente, sin dibujos ni en la hoja ni en el mango. Era una pieza muy particular. No había consultado los catálogos, pero no recordaba haber leído sobre nada parecido.

—Aquí estoy, ya he vuelto —dijo nada más entrar en casa.

Algo parecido a un gruñido le respondió desde el salón, superponiéndose a los aullidos del telefilme.

—Mira lo que traigo, es excepcional.

Sacó la daga del bolsillo, apenas envuelta en papel de periódico. La sostuvo en su mano derecha. De detrás del sillón se elevó una nube azulada, impecable.

—¿No quieres mirar? A fin de cuentas, tú también estudiaste Prehistoria. Conmigo. Es un cuchillo del Bronce. No sé cómo demonios se ha podido conservar así. Si brilla y todo.

Otra nube salió para encontrarse con los restos de la anterior en el techo. El olor a Sombra inundaba la sala.

—¿De verdad no vas a mirarlo? Es una pieza muy importante.

Álvaro esperaba una tercera nube, pero Marta habló. Pausadamente, como siempre.

—Qué me importa tu puta excavación. Siempre con el mismo cuento. Estoy harta, de verdad, harta. Tú y tus aires de Indiana Jones. Tu maldito orgullo. —Se volvió—. Ya veo tu cuchillo. Precioso. ¿Estás contento?

Iba a decir algo así como «y ahora déjame seguir viendo la tele, ¿vale?», pero no pudo. Álvaro ya estaba encima, acuchillándola una, dos, tres veces. Ni siquiera le había dado tiempo a quitarse la gabardina. Marta no gritaba. Cuatro, cinco. Si se lo hubiera pensado dos veces no le hubiera salido tan bien. Seguramente, ni siquiera la hubiera matado. Seis, siete. Ya no se movía. Era suficiente.

La despellejó allí mismo y luego la cortó en pedazos, de los que apartó dos. Llevaba todo el día fuera de casa y tenía hambre. El resto de los trozos los metió, chorreantes, en un saco de tela basta. Hizo un pequeño fuego con unas cuantas ramas que encontró cerca y asó los trozos. La cerda salvaje estaba estupenda. Ya era hora de volver al pueblo, iba a oscurecer pronto. Apagó el fuego y se echó el saco al hombro. 

No estaba tan lejos. Pronto se alzaron ante él el muro de adobe, la pequeña torre de madera. Saludó al vigía, que le dejó pasar sin decir nada. La calle principal, pequeñas casas de una sola planta, sin ventanas. Sabía dónde tenía que ir. B7. Era una casa como las demás, pegada al muro oeste. Una habitación amplia, nada más. En el centro, un círculo de piedras grandes, ennegrecidas. Dejó el saco en el suelo. Estaba muy oscuro.

—He traído carne —se sorprendió diciendo en una lengua que no conocía.

Al fondo, una sonrisa entre las greñas. Cuatro sombras se acercaron desde la derecha: tres niños y una chica. Álvaro acarició una vez más el cuchillo que pendía de su cinto. Todavía estaba ensangrentado. Tendría que limpiarlo. 

Granny - Ron Goulart

Se podía escuchar al viejo gritando por encima del sonido de la tormenta, emitiendo el agudo grito por una boca sin dientes.

Roy McAlbin, de estatura media y un ligero exceso de peso, sacó un cigarrillo del bolsillo de su impermeable y se apoyó sobre el borde de la balaustrada. La lluvia caía pesadamente, dejándole únicamente la espalda libre.

—¿Y qué es eso, doctor Caswell?

—No soy médico, míster McAlbin —dijo el delgado Caswell, de edad media, que estaba de pie sobre el felpudo situado junto a la entrada del edificio de oficinas.

—Está bien, míster Caswell, ¿por qué ese viejo está gritando allá en su cabaña?

Caswell restregó la palma de su mano izquierda sobre el pomo de cristal de la puerta de su oficina, y frunció el ceño, mirando por encima de la balaustrada de madera.

—Míster McAlbin, siento simpatía por el hecho de que como periodista, aun cuando sea un periodista libre sin compromiso con ninguna publicación, siente curiosidad. Pero no puedo empezar a contestar todas las preguntas que se le ocurran.

—Tampoco es usted un psicólogo, ¿verdad?

—No, yo no lo soy, aunque aquí en Paxville Woods disponemos tanto de doctores calificados como de personal psicológico acreditado.

—También ha conseguido a uno de los más conocidos pintores primitivistas de América —dijo McAlbin por entre el humo de su cigarrillo con filtro, restregándose después las húmedas y mofletudas mejillas con los dedos—. Hay una gran cantidad de gente interesada en Granny Goodwaller, míster Caswell.

—Sí, lo sabemos, míster McAlbin —contestó Caswell—. Pero sigue usted poniendo un terrible énfasis en la palabra "conseguido".

—Bueno, le diré una cosa —dijo—, siento una gran curiosidad por saber por qué Granny Goodwaller abandonó su apartamento hace tres meses y se marchó a la colina, a su villa de Paxville. Me pregunto por qué está ahora aquí, en Paxville Woods, en una cabaña en la que nadie puede entrar. Me gustaría hacerle una entrevista.

—Sí, le comprendí desde la primera vez que se presentó y me planteó su caso —dijo Caswell, dejando de restregar el pomo de cristal y acercándose más a McAlbin—. Paxville es un lugar maravilloso para gente mayor. Allí, detrás del bosque, disponemos de casas y apartamentos donde nuestros ancianos, individualmente o por parejas, pueden vivir sus últimos años rodeados de una bien ordenada comodidad. Aquí, en el hospital y en la zona de cabañas disponemos evidentemente de mayores facilidades de tipo médico. Disponemos incluso de unos cuantos bungalós privados destinados a cuidados intensivos.

—¿Quiere decir eso que Granny está enferma?

—Granny tiene noventa años —dijo Caswell—. Como usted dice, es una de las grandes artistas norteamericanas. Nos sentimos muy honrados cuando ella decidió, hace ya cerca de dos años, venir a vivir a nuestro complejo de Paxville, que por entonces acababa de iniciar sus actividades. Ella es una mujer muy anciana, míster McAlbin. Necesita muchos cuidados y no puede ser entrevistada.

—¿Pero sigue pintando aún?

—Sí, Granny conserva su fortaleza y sigue produciendo bastante. Si visita usted cualquiera de las exquisitas galerías de arte de Paxville Village, o bien la galería de Brimstone, podrá ver expuestas sus últimas obras. Puede que los óleos originales resulten un poco caros para alguien que se dedica al juego de escribir libremente, pero también podrá encontrar deliciosas tarjetas de saludo y algunos grabados.

—Ya he visto las pinturas en Paxville —dijo McAlbin.

El anciano que habitaba la cabaña individual de la colina había dejado de gritar. La lluvia, fría y dura, seguía cayendo. La tarde estaba empezando a oscurecerse.

—La exhibición de pinturas de Granny en la galería Marcus de Nueva York..., se trata de obras recientes, ¿verdad?

—Sí —contestó Caswell—. La Marcus Card Company ayudó a Granny a hacerse famosa, y ella insiste en que sean ellos los que consigan sus mejores obras. Bueno, en realidad, no puedo concederle mucho más tiempo, míster McAlbin. Gracias por su interés por Granny. Le voy a decir que ha venido usted y estoy seguro de que eso hará aparecer en su rostro una sonrisa triste y dulce.

—¿Dónde trabaja ahora? ¿En esa cabaña suya? —preguntó McAlbin arrojando la colilla por encima de la balaustrada, hacia el césped cortado que había cerca del porche.

—Sí, a veces pinta en la cabaña —confirmó Caswell—. Además, dispone de un gran taller aquí, en nuestro edificio principal.

—¿Podría verlo?

—Se trata simplemente de una gran habitación, llena de lienzos extendidos, y que huele mucho a pintura y a trementina.

—El ver los lugares donde trabajan los artistas me ayuda mucho —dijo McAlbin—. Aún tengo la intención de escribir algo sobre Granny Goodwaller y su trabajo. Como usted no me va a permitir visitarla, lo menos que podría hacer es dejarme ver el lugar donde ella crea sus pinturas.

Después de un breve bufido, Caswell dijo:

—Está bien. Venga por aquí —comenzó a andar a lo largo del porche y, volviéndose, frunció el ceño y dijo—: Y, por favor, no arroje más colillas sobre el césped.

McAlbin abandonó el lugar quince minutos después. Bajo su impermeable, envuelto en un paño lleno de pintura, llevaba una espátula y una taza de té que había cogido en el frío estudio, mientras Caswell le bajaba un álbum lleno de pruebas de tarjetas de saludo. 

Mientras avanzaba por el camino empedrado, dirigiéndose hacia la zona de aparcamiento, McAlbin metió las manos en los bolsillos de su impermeable. Unas dos docenas de cabañas se extendían por las cinco o seis hectáreas de terreno de Paxville. 

La hierba y los arbustos se veían limpios y cuidados; la mayor parte de las flores empezaban a descolorarse y a marchitarse. McAlbin había llegado hasta aquí, en Connecticut, impulsado por un presentimiento. «Estoy en lo cierto», se dijo a sí mismo. Subió a su coche y se dirigió hacia la ciudad.

.-.-.-.-.-.-.-

Las hojas secas se inclinaban y caían, chocando contra las pequeñas ventanas emplomadas de la galería de arte de Brimstone. McAlbin se colocó un puño pálido en el bolsillo de su abrigo y produjo con su lengua un sonido que trataba de ser un débil eco del viento y de las hojas muertas. 

«No, no», murmuró. Estaba ahora de pie, apoyado contra una de las paredes de la gran sala de la galería, después de haber pasado cuidadosamente de un cuadro de Granny Goodwaller a otro. Ahora se había detenido ante una luminosa escena de niñas pequeñas que le estaban colocando una silla de montar a un poni, en medio de un campo veraniego: figuras pequeñas, un poni de patas tiesas y color marrón. «No», repitió McAlbin.

—De ninguna manera —dijo una voz amable justo a su lado.

McAlbin se volvió dándose cuenta de la presencia de una jovencita de pelo castaño, cuyo rostro aún estaba arrebolado a causa del viento mañanero que soplaba en el exterior.

—¿Perdón? —dijo él.

—Estabas mirando de un modo negativo y sólo quería asegurarte que las niñas también tienen ponis de ese color —las pecas configuraron dos débiles arcos bajo sus luminosos ojos—. Yo lo tuve, por ejemplo.

—Estás tranquilizándome —dijo McAlbin—. Cuando era chico nunca tuve un poni, aunque sí una bicicleta. Mi tío la pintó con el mismo color que ese feo caballo.

—No pareces sentir mucha simpatía por el trabajo de Granny.

—No. Si esta rama del arte dependiera de gente con la misma clase de gusto que yo, me temo que no tardaría en desmoronarse toda tu industria sobre Granny Goodwaller.

—No se trata exactamente de mi industria —dijo la chica—. Yo soy copropietaria de una tienda de regalos situada cerca de Paxville Village.

—A propósito, me llamo Roy McAlbin —le dijo—. Soy un periodista libre. ¿Quién eres tú?

—Nan Hendry —dijo la joven, sonriendo tranquilamente—. ¿Entonces no has venido a esta parte de Connecticut para ver nuestras famosas pinturas?

—Sí, aunque no exactamente para admirarlas.

Nan se llevó la mano izquierda a la mejilla, pasándosela por el arco que formaban las pecas.

—No te acabo de entender.

—Mira, Nan —preguntó—, ¿estarías interesada en que cenáramos juntos?

—Sí, eso podría ser agradable. ¿Quieres decir esta misma noche?

.-.-.-.-.-.

McAlbin volvió a llenar su copa y dejó la botella de vino sobre la mesa, cerca de su mano.

—Me agrada esta pequeña posada —le dijo a Nan— y este pequeño restaurante. Existe en todo el lugar una cierta sensación de europeísmo —los leños colocados en la cercana chimenea crepitaban y se movían, y él se detuvo un momento.— Aunque no deberían servir este vino de Nueva York. No, los únicos vinos buenos de tipo doméstico proceden de unos cuantos vinateros de California, muy poco conocidos.

—¿Has estado en muchos sitios? —preguntó la guapa chica—. ¿En Europa y en todos los Estados Unidos?

—Claro. Una de las grandes ventajas del trabajo libre es la de poder viajar. Sólo necesito llevarme la cámara fotográfica, un poco de ropa limpia y mi máquina de escribir portátil. En realidad, ni siquiera la necesito porque puedo tomar notas taquigráficas; en cuanto a la historia, la puedo escribir más tarde en alguna máquina alquilada, o simplemente la puedo telegrafiar. Todo depende de para quién esté trabajando.

—¿Y quién es en este caso?

—Por ahora, para nadie. No voy a decir nada sobre todo esto hasta que no consiga más material. Después, me dirigiré a alguna de las revistas semanales de noticias, o bien a una revista ilustrada. Les venderé toda la historia por unos honorarios adecuados, sin mayor compromiso.

—¿Qué estás investigando exactamente? No es que trate de fisgonear en tu método de trabajo. Sin embargo, siento curiosidad e interés.

McAlbin bebió un sorbo de vino.

—Eso está bien, Nan. Quiero decirte una cosa: uno se encuentra con una gran cantidad de chicas, tanto aquí como en ultramar, que no se preocupan lo más mínimo por lo que hace un tipo como yo. Cualquier clase de conversación profesional las aburre. No es que se trate de chicas especialmente domésticas. Se trata simplemente de unas imbéciles, poco más. Cuando un hombre llega a los treinta años, y ésa es la edad que he cumplido hace apenas tres semanas, la sociedad cree que debe haberse asentado en alguna parte. Sin embargo, yo no puedo ver ninguna razón por la que tenga que hacerlo, especialmente con una imbécil.

—Evidentemente, no estás casado.

—No. La mayor parte de las mujeres no se atreverían a seguir una vida errante como la mía —dijo—. Hace ya seis años que hago este trabajo, casi siete, prácticamente desde que terminé el servicio militar. Te voy a decir otra cosa porque pareces una clase de chica excepcional, una chica capaz de comprender: siento un verdadero impulso por descubrir la verdad, descubrir la verdad y sacarla a la luz. A veces, la verdad hace daño a la gente; en otras ocasiones incluso la destruye. Pero uno no puede dejar que eso preocupe demasiado. La verdad es como una especie de antorcha, y uno tiene que mantenerla encendida.

—Sí, puedo comprender eso, Roy —Nan se tocó la mejilla y sonrió—. Existe una gran cantidad de hombres que no tienen el mismo valor que tú. Eso me hace pensar en mi padre.

—¿De verdad? —preguntó McAlbin echándose a reír—. No es ése mi caso; al menos no lo puedo decir así. Mis padres nunca se atrevieron a hacer demasiadas cosas. Ahora, soy más o menos un huérfano.

—Lo siento.

—Se trata simplemente de la verdad. No hay nada por lo que preocuparse.

—Me siento realmente interesada por tu trabajo, Roy —dijo Nan—. Si quieres hablar sobre el proyecto que ahora llevas entre manos, me gustaría escuchar lo que digas. Supongo que, a veces, la clase de trabajo que haces puede llegar a ser muy solitario.

—Bien —dijo él—. No se trata de material relacionado con ningún escándalo matrimonial, ni con ningún crimen sindical. Ni siquiera se trata de una cuestión política. Sin embargo, creo que hay aquí una bonita y pequeña cosecha y voy a tratar de llegar al fondo de las cosas. Mira, hace un par de semanas me encontraba en San Francisco y vi una exhibición de nuevas pinturas hechas por tu Granny Goodwaller. Pasé por San Francisco sin sentirme siquiera con ánimos para ver a los amigos que tengo allí. Ellos siguen creyendo que estoy en el Pacífico o en algún lugar parecido. En cualquier caso, Nan, tuve oportunidad de ver esas pinturas y algo me conmocionó. No sé cómo es que nadie se ha dado cuenta de ello hasta ahora. Probablemente es porque Granny Goodwaller ocupa un lugar bastante peculiar dentro del arte norteamericano; no se trata de una verdadera artista y, sin embargo, tampoco es una simple pintora comercial. Es una pintora primitivista, de acuerdo, pero que ha alcanzado un gran éxito. Y que es muy rica.

—¿Qué es lo que notaste? —preguntó Nan, inclinándose hacia él.

—Las pinturas son falsas —dijo McAlbin.

Nan quedó fuertemente impresionada y frunció el ceño.

—¿Quieres decir que alguien está vendiendo pinturas falsificadas de Granny Goodwaller?

—Eso fue lo primero que pensé —dijo McAlbin—. Así es que con mucho cuidado y lo más sutilmente que pude, hice algunas preguntas a la gente de la galería de arte. Se trataba de una tranquila galería de arte situada en la Post Street, y conseguí descubrir que recibían las pinturas de Paxville, Connecticut, de la galería instalada en la ciudad residencial que ha estado manejando los ingresos de Granny desde hace varios años.

—Pero, Roy —dijo la chica—, ¿qué puede significar eso?

—Si estoy en lo cierto —contestó—, y tengo bastantes conocimientos de pintura como para estar bastante seguro, eso significa que en Paxville está sucediendo algo malo. Mira, Nan, ya he descubierto con anterioridad un par de casos de fraudes artísticos, aunque las falsificaciones se referían a pinturas de maestros antiguos. Estoy seguro de que la docena de pinturas que pude contemplar en San Francisco son falsificaciones. También sucede lo mismo con la mayor parte de las que están exhibidas en Paxville, con diez de las quince que se encuentran en la galería de Brimstone, donde nos encontramos esta mañana.

Nan respiró profundamente.

—¿Qué crees que está sucediendo exactamente, hoy?

—Puede suceder que Granny, que ya tiene noventa años, no pueda realizar todo ese trabajo con la rapidez con que solía hacerlo y disponga de un ayudante para asistirla en el cumplimiento de los pedidos —se reclinó en el asiento, poniéndose cómodo; la luz del fuego de la chimenea se reflejó en su rostro rechoncho—. Sin embargo, Nan, he venido aquí porque se me ocurrió otra idea, que ahora estoy tratando de comprobar.

—¿Cuál es tu teoría?

—Toda la instalación de Paxville se encuentra en un recinto privado —dijo McAlbin—. Lo he comprobado. También he descubierto que Granny Goodwaller no tiene parientes cercanos. Suponte que la anciana se haya dado un golpe y ya no pueda pintar más —se restregó la copa de vino contra su mejilla—. Suponte, que es lo que realmente me intriga, suponte que la anciana y la decana de los pintores primitivistas norteamericanos se puso enferma y murió. Puede que a la gente que está alrededor de Paxville le interese aparentar que está viva.

—Eso sería terrible —dijo la chica—. ¿Por qué razón va alguien a pretender que Granny esté viva si ha muerto realmente?

—Mientras las pinturas de Granny sigan saliendo de su estudio, seguirá llegando a Paxville una gran cantidad de dinero. Caswell y un par de sus hombres son socios en una empresa que comercia con la venta de las pinturas de Granny, comercializándolas. Como ya sabes, además, también utilizan sus pinturas para confeccionar tarjetas de saludo y calendarios.

—Sí, yo misma los vendo en mi tienda de regalos —Nan dejó descansar sus delgadas manos sobre la mesa, sacudiendo la cabeza—. Supongo que lo que tú sugieres es algo remotamente posible, Roy. Sin embargo, parece algo demasiado terrible para que alguien se atreva a hacerlo. ¿Qué dicen las otras personas con las que has discutido tu teoría?

—No soy de esa clase de tipos que se confían a todo el mundo —dijo McAlbin con suavidad—. Normalmente, no lo hago.

—Bueno, aprecio que hayas confiado en mí. Tu teoría es bastante inquietante.

—No se trata únicamente de una teoría —dijo él—. Cuando estuve en Paxville hace un par de días me llevé de allí una espátula y una taza de té, que se supone pertenecen a Granny. Una vez que termine aquí voy a hacer que comprueben las huellas digitales en Washington..., y hay huellas digitales suficientes para realizar esa comprobación.

—Está bien —dijo Nan—. ¿Y cuánto tiempo te quedarás aquí?
—Aún quiero dar un vistazo a la cabaña de Granny en los terrenos de Paxville —dijo McAlbin—. Y como quiero mantener mi mente muy abierta, hasta intentaré ver personalmente a la propia Granny.

—Quizá pueda ayudarte.

—¿De verdad?

Ella volvió a fruncir el ceño.

—Pensaré sobre este asunto y ya te diré algo —dijo ella.

—De todos modos, he estado hablando demasiado de mí mismo —observó McAlbin—. Cambiemos de tema, Nan. Habla de ti misma.

La joven miró sus manos, bajando la mirada y mordiéndose el labio. Después, sonrió, mirándole a él.

—Está bien, Roy...

.-.-.-.-.-.-.-

El día siguiente amaneció seco y claro. A las diez de la mañana, Nan le llamó. McAlbin había estado sentado sobre el borde de la cama, en su habitación de la posada Brimstone, tomando notas en uno de los cuadernos de colegial que le gustaba utilizar.

—Creo que puedo ayudarte —dijo la joven.

McAlbin garabateó su nombre en el margen del cuaderno.

—¿De qué modo, Nan? No quiero que te mezcles en este asunto de Paxville.

—Lo que me contaste anoche resultó algo muy inquietante para mí. No me gusta que se haga una cosa así precisamente aquí —dijo ella—. Está bien, dices que no estás absolutamente seguro. Creo que deberías estarlo. Y creo que puedo ser capaz de ayudarte a encontrar algo más.

—Lo aprecio mucho, Nan. Sin embargo, hay riesgos...

—No dejes que te eche abajo tus planes, Roy. Pero, en cualquier caso, tengo una idea.

—Adelante, dímela.

—Conozco a uno de los celadores de Paxville Woods. Independientemente de lo que pienses que está sucediendo allí, te puedo asegurar que Ben es un hombre honrado.

—Ben, está bien, ¿y...?

—Me dijiste que querías penetrar en el interior del recinto para echar un vistazo a la cabaña donde vive Granny.

—Así es. ¿Quieres decir que ese amigo tuyo, el honrado Ben, puede introducirme en el recinto?

—Se lo puedo preguntar. Pero primero quería estar segura de que tú estabas de acuerdo.

McAlbin asintió con un movimiento instintivo de cabeza hacia el receptor.

—No parece mal.

—Me pondré en contacto con Ben y trataré de organizar algo para esta noche, o para cualquier noche no muy lejana —dijo la joven con su voz suave y amable—. Si no te importa, me gustaría llevarte allí en mi coche.

—No estoy convencido de que eso sea muy seguro para ti.

—Roy, quiero ayudarte, por favor.

—Está bien, Nan —admitió, asintiendo de nuevo.

—Te llamaré pronto, en cuanto sepa algo.

—Gracias, Nan. Te lo agradezco.

Poco menos de dos horas después, ella le volvió a llamar.

Aquella tarde, McAlbin se encontraba envuelto en el pesado crepúsculo, escuchando. Todo a su alrededor estaba rodeado por una estremecedora tranquilidad. Extendió la mano y tocó la puerta de hierro en la enorme verja que rodeaba todo el recinto. Después, muy lentamente, hizo girar la manija. La puerta se abrió y no sonó ninguna alarma. Dio un suspiro. El amigo de Nan había cumplido lo prometido. 

McAlbin atravesó la puerta y la volvió a cerrar tras él. Se encontraba en el bosque, lleno de árboles rectos, cuyas hojas caídas crujían al ser pisadas. Avanzó lentamente hacia la colina, moviéndose lo más silenciosamente que pudo.

Tras haber descendido unos minutos, vio las luces de las cabañas que deseaba encontrar. En aquel sector, tres de las seis cabañas tenían luces encendidas. McAlbin se detuvo, aún en el bosque, y sacó de un bolsillo un croquis hecho a lápiz. 

La cabaña de Granny era la tercera de la izquierda. Levantó la mirada del dibujo, dirigiéndola hacia las cabañas. En la de ella había ventanas iluminadas. Plegó el papel y sacó su cámara fotográfica en miniatura.

No había sirvientes cerca de la cabaña. Permaneció a la sombra de los árboles y se aseguró de ello. Después, mientras la noche comenzaba a caer lentamente a su alrededor, McAlbin avanzó por el campo. Se inclinó bastante al llegar cerca de la vivienda de Granny y se aproximó paralelamente al seto que la rodeaba. Después, se fue elevando, mirando muy cuidadosamente hacia la ventana iluminada.

Una radio estaba tocando música antigua en su interior. Escuchó el sonido producido por el balanceo de una mecedora. McAlbin ajustó su cámara y se aproximó a la ventana. Se levantó por completo y pudo mirar hacia su interior. Había un caballete en la habitación construida con troncos de pino. 

Sobre el caballete vio una pintura, semiacabada, de gente menuda en un trineo. McAlbin vio una cabeza gris y una espalda cubierta por un chal de lana. Una mano estaba extendiendo débilmente una turbia pintura marrón sobre los flancos de un diminuto caballo. Hizo una fotografía.

La mano dejó entonces la espátula a un lado, se quitó la peluca gris. Caswell se levantó, se quitó el chal de la espalda y apuntó una pistola directamente hacia la ventana.

McAlbin saltó, corrió... en una nueva dirección, tratando de no seguir el mismo camino por donde había venido.

Las últimas luces del día habían desaparecido y una suave oscuridad azulada llenaba todo el bosque. Los árboles terminaron por convertirse en sombras negras. Sin embargo, se sentía rodeado por una tranquila y ominosa claridad. 

McAlbin se apretó los fuertes dedos de sus manos contra su blando pecho, aspirando la mayor cantidad de aire que pudo. Trató de respirar en silencio, pero no podía evitar un ligero silbido mientras subía lentamente por la colina, atravesando el bosque.

Se detuvo un momento, escuchando para ver si alguien le perseguía, pero no oyó nada. Una tenue y fría neblina se estaba extendiendo por entre los desnudos troncos de los árboles. Continuó su camino hacia arriba. Las hojas crujían a cada paso que daba, por mucho cuidado que llevara, señalando así el camino que seguía. 

McAlbin se detuvo de nuevo, escuchando con atención. No escuchó ningún sonido, a excepción de los que él mismo producía. Sus costillas empezaban a dolerle, apretándole los pulmones. Suspiró y reanudó su ascenso.

McAlbin no podía seguir una marcha rápida entre los árboles. Tuvo la impresión de que estaban cambiando de posición. Deteniéndose, echó un vistazo hacia la fría oscuridad. Inhaló aire con rapidez, sobrecogido. En la cresta de la colina había alguien, de pie, en silencio y esperando. Alguien estaba esperando pacientemente, oscuro y recto, como uno de los árboles muertos. 

Estaba seguro de que allá arriba había alguien, un hombre, justo a su izquierda; probablemente, se trataba de uno de los mozos, un hombre grande y ancho que se le había anticipado. McAlbin se agachó, dejándose caer sobre sus manos y rodillas y empezó a avanzar lentamente, apartándose de la figura que le esperaba. Se mantuvo agachado, arrastrando sus delicadas palmas y rodillas sobre las espinas y los trozos astillados de ramas caídas. 

Algunos minutos después, se levantó, explorando los contornos, volviendo a dejarse caer con rapidez. Había alguien más, recortado sobre el horizonte, esperándole; otro hombre, de pie, con los brazos cruzados y las piernas separadas; se trataba de una figura imprecisa, borrosa a causa de la creciente neblina, pero, sin duda alguna, estaba allí.

Empezó a arrastrarse en una nueva dirección, ahora con mayor lentitud. Trató de no hacer ningún ruido, de moverse y respirar sin atraer ninguna atención. La neblina se espesó, aumentando el frío de la noche a medida que esta avanzaba. McAlbin miró su reloj. Se dio cuenta entonces de que sólo hacía trece minutos que estaba en el bosque. Suspiró de nuevo y siguió avanzando.

Mucho tiempo después, aunque en realidad sólo habían pasado unos once minutos, llegó a una esquina del bosque y vio ante él el pequeño claro del camino donde Nan había aparcado su coche. Ella seguía allí; el vehículo se dibujaba borrosamente entre las sombras, bajo las ramas bajas de un árbol de hoja perenne. 

Sin preocuparse entonces por las alarmas, McAlbin corrió hacia la cerca de hierro, buscó un hueco adecuado y saltó sobre ella. No sonó ninguna alarma.

Cayó en el terreno exterior del recinto y corrió hacia el coche. Abrió la puerta del asiento situado junto al del conductor y se introdujo en el coche.

—Larguémonos de aquí —dijo y, de pronto, se detuvo, quedando inmovilizado por la sorpresa.

Caswell estaba sentado ante el volante y tenía en la mano derecha el mismo pequeño revólver con el que le había apuntado antes. Utilizando su mano izquierda, la extendió y pulsó el conmutador de la radio del vehículo.

—Tratando de conseguir un informe meteorológico. Parece como si mañana pudiéramos tener nieve. Todo parece indicarlo así, ¿no le parece?

McAlbin recuperó su respiración, dando una boqueada y preguntó:

—¿Dónde está Nan?

—Uno de mis empleados la llevó a casa.

—No puede seguir con todo esto, Caswell; no me puede seguir la pista como si se tratara de cazar a un animal salvaje, y tampoco puede raptar a Nan Hendry. Estamos en una zona suburbana de Connecticut, y no en un antiguo reino feudal.

—Ella no ha sido raptada; se encuentra perfectamente —dijo Caswell—. Sucede sencillamente que Nan parece estar de nuestra parte, como muchas otras personas. Usted mismo, míster McAlbin, indicó la gran cantidad de residentes de nuestra zona que dependen de Granny para vivir. Entre unas cosas y otras, la anciana representa aproximadamente un millón y medio anual para todos nosotros. Cuando murió esta primavera pasada, decidimos ignorar el hecho. Su estilo, terriblemente simplista, resulta muy fácil de imitar. Un joven artista, amigo de Nan, pinta para nosotros los nuevos cuadros de Granny. Nadie, excepto usted, ha descubierto nuestra pequeña operación.

—Cometí un error al confiarme a Nan, ¿verdad?

—Nunca se confíe a nadie si no tiene necesidad de hacerlo —replicó Caswell—. Desearía que un par de docenas de personas, tanto dentro como fuera de Paxville, no tuvieran por qué estar enteradas del asunto de Granny. Sin embargo, un plan tan complejo como este requiere a menudo contar con un gran número de participantes.

—Se supone que Granny Goodwaller ya tiene noventa años. ¿Durante cuánto tiempo cree que la va a poder mantener con vida?

—Por lo menos durante otros cinco años —dijo Caswell—. Eso nos reportará más de cinco millones de dólares; quizá más si conseguimos realizar un par de proyectos mercantiles en los que estamos trabajando ahora. Después, podremos permitirnos el lujo de hacerla morir. La codicia se apoderaría de todos si tratáramos de mantener el asunto de un modo indefinido; además, podrían surgir sospechas. Afortunadamente, Granny, al igual que usted, no tenía familiares inmediatos, nadie que nos pudiera causar problemas. Ella también era una persona que sólo dependía de sí misma y de su trabajo.

—Yo no dejo de tener ciertas conexiones. ¿Qué está usted pensando hacer?

—Sé que posee usted un tenaz y a menudo cruel espíritu de dedicación a la verdad —dijo Caswell—. ¿Dejarle marchar? No, eso no funcionaría para nosotros. No se le puede sobornar, ni se puede confiar en usted para que mantenga la boca cerrada. Por otra parte, me preocupa esa taza de té que cogió. Puede que mis huellas estén en ella, y también están en los archivos de ciertos lugares. No, durante todo ese tiempo no le podremos dejar marchar.

—¿Qué forma tan arrogante de hablar es esa? ¿Cree usted que me puede asesinar simplemente porque he descubierto su juego?

—No vamos a asesinarle, míster McAlbin —replicó Caswell—. Sólo vamos a mantenerle aquí y a evitar que nos cause problemas.

—¿Cómo cree que va a poder mantenerme aquí, en una vieja cabaña y entre unos viejos?

—Eso es algo bastante simple —dijo Caswell.

La puerta situada detrás de McAlbin se abrió y alguien puso una mano sobre su boca, tiró de su cuerpo y le sacó del coche.

Al cabo de una semana le habían arrancado todos los dientes, teñido el cabello de blanco, arrugado la piel y le habían alojado en un bungaló de cuidados intensivos donde le administraron drogas. 

Le dijeron que era un anciano muy enfermo... y, durante un largo período de tiempo, él creyó lo que le dijeron.

Donante - Iban Zaldua

Circunstancias más bien peregrinas me llevaron a hacerme donante de sangre. A Loperena, compañero de cenas y chiquiteo, el médico le recomendó —más bien le ordenó— que se hiciera sacar sangre con cierta regularidad: lo ignoro todo sobre la ciencia de Esculapio, pero recuerdo que el curioso remedio, uno más de entre todo un arsenal, tenía que ver con la extrema obesidad de nuestro amigo, y con el lamentable estado de su hígado. 
 
Le indicó que lo mejor para seguir el curioso tratamiento iba a ser que se hiciera socio de Donantes de Sangre. Loperena fue objeto de nuestras chanzas durante un tiempo, hasta que, conforme iban transcurriendo los días y comprobamos que a la pregunta: «¿Qué, has ido ya a sacarte sangre?», seguía respondiendo con evasivas, comprendimos algo que ni remotamente podíamos sospechar en él: estaba cagado de miedo. 
 
Tratamos de alentarlo como siempre suele hacerse en estos casos: que no pasa nada, si es un pinchacito y se acabó, que no se ha muerto nadie… Inútilmente. Así que decidimos, en un acto de generosidad sin precedentes hacia Loperena y la Humanidad, convertirnos nosotros mismos también en donantes y acompañar al desdichado gordo en su particular calvario. 
 
Los siete —todos menos Juárez, que había tenido hepatitis— nos encaminamos un sábado a la mañana hacia el banco de sangre, sin dejar de hacer chistes y dando palmaditas en el hombro a Loperena, que estaba más blanco que la leche. 
 
Para animarle, quedamos en que luego visitaríamos los bares del barrio y saquearíamos sus reservas de tinto y pinchos. Entre protestas, todos nos comprometimos a invitar. Ni siquiera esto devolvió la vida a los ojos de perro apaleado de Loperena.
 
La sede de la Asociación de Donantes de Sangre se halla en el bajo de un oscuro edificio del Centro, en la calle Lope de Aguirre; como Nazábal, con su habitual pedantería, se encargó de ilustrarnos, ocupaba lo que habían sido las antiguas oficinas de la CNT durante la guerra: los agujeros de bala que tachonaban el dintel y uno de los balcones, rellenos de un mortero que había ennegrecido más que la piedra de la fachada, daban fe de ello. 
 
El interior se correspondía casi exactamente con la lúgubre entrada: una amplia sala con una mesa, tres camillas que parecían sacadas de un compendio decimonónico, varias vitrinas modernistas y gastadas, llenas de frascos, azulejos blancos en el suelo, el techo y las paredes. Lo único anacrónico allí eran las bolsas de plástico para la sangre y las balanzas en el suelo, junto a las camillas. 
 
Nos recibió el doctor Elorza, alto, espigado, calvo, con una mueca de seriedad permanente de esas que uno, por conservar la calma, procura no confundir con la animadversión hacia todo lo que se mueve sobre dos piernas. Ni el marco ni el galeno eran, evidentemente, los más adecuados para que Loperena caminara sin miedo hacia su primera donación, así que —una simple mirada de entendimiento nos bastó— Juancho, Loco y yo decidimos afrontar los primeros el potro de la tortura. 
 
Tras un prolijo y desagradable interrogatorio, una enfermera sin edad nos fue tumbando en las camillas y el doctor, con una mirada casi sádica, fue clavándonos la aguja en la vena y dándonos las instrucciones para que la sangre fluyera a la bolsa. Aunque sólo puedo hablar por mí mismo, estoy seguro de que a los tres nos dolió más de lo que preveíamos, y que nos pareció una experiencia bastante desagradable. 
 
Sin embargo, ante los demás, y sobre todo ante Loperena, evitamos cualquier gesto de disgusto y seguimos bromeando hasta el final. Marcos, Nazábal y Mikel hicieron lo mismo. Loperena no pudo echarse atrás. Aguantó como pudo y, aunque estuvo a punto de marearse, no vomitó. 
 
Todos juntos ya, y acompañados por la enfermera, nos zampamos el bocadillo, bebimos los litros de agua prescritos, recibimos cada uno nuestro carné y salimos para la calle. Era la una y media del mediodía. Fuera porque la sangre que nos habían restado debilitaba nuestro organismo, fuera porque los pinchos que trasegamos no fueron suficientes para hacer base en nuestros estómagos, el caso es que para las dos y cuarto ya estábamos como cubas. 
 
No tuvimos más remedio que quedarnos a comer por la zona, en uno de esos tascuchos con menú de a mil doscientas pesetas que invitan, en los postres, a cantar a coro y a iniciar interminables guerras de pan. La memorable juerga concluyó con los primeros rayos del sol de la mañana siguiente. 
 
No extrañará, por lo tanto, que decidiéramos convertir aquellas donaciones en tradición, en el preludio de largas jornadas de disparates, cánticos y chuletadas que íbamos a perpetrar cada tres o cuatro meses. Así lo decidimos, ya recuperados de la resaca, con un solemne juramento.
 
Como era de esperar, la primera juerga eclipsó a todas las siguientes. Es sabido lo que perduran las tradiciones recién adoptadas en estas circunstancias: dos, tres años, o acaso lo que tarda en deshacerse una cuadrilla. En nuestro caso ambos plazos casi coincidieron. 
 
Habíamos concluido los estudios, conocimos a otras gentes, algunos encontraron trabajo lejos del barrio, la vida nos trazó líneas que se fueron separando en el mapa del tiempo. Yo fui de los que se quedó en la ciudad. Y el único que, una vez cada cuatro meses, siguió acudiendo a donar sangre. Es posible que alguno siguiera haciéndolo, pero no desde luego en aquel local del centro. 
 
La lista de excusas que fueron proporcionando para justificar su deserción es demasiado prolija y la considero innecesaria en este relato. Loperena fue el último en abandonarme. Un día me comunicó que su nuevo médico de cabecera había decidido cambiar radicalmente de tratamiento, aduciendo que, a fin de cuentas, aquellas donaciones de sangre no eran más que una burda variante de las sangrías de antaño. 
 
Todo eso, según Loperena, acompañado de una serie de lindezas sobre su colega que se pagarían a muy buen precio en el Colegio Provincial de Médicos. Pese a los alicientes que rodeaban a las jornadas de donación, Loperena nunca logró sacudirse de encima el malestar que le producían el doctor Elorza y sus agujas. 
 
Le felicité sinceramente, pero no advertí rastros de alegría —ni siquiera de alivio— en su mirada. Me lo explicó: el nuevo médico le había impuesto un régimen muy estricto. Después de realizar mi donación —la solidaridad de Loperena no llegó hasta el punto de acompañarme aquel día—, decidimos celebrarlo por todo lo alto en el Felipe: marmitako, pencas rellenas, gorrín, repostería variada, café, puro y pacharán. 
 
Todo ello regado con un par de botellas de Viña Ardanza de 1973 que elevaron la cuenta —y nuestra moral— como la espuma. Pero no nos importó. Loperena lo dejó muy claro: «Esta es la última. Mañana mismo empiezo con el régimen».
 
No sé por qué seguí donando. Local y empleados me resultaban desagradables, las satisfacciones que me proporcionaba el hecho de perder medio litro de sangre cada cuatro meses eran intangibles y —cavilaba— lo que sobra en esta provincia son donantes de sangre. Eso decían las estadísticas, por lo menos: cuando empecé a ir solo me sorprendió no coincidir nunca con nadie. ¿Por qué me empeñaba en ir, entonces? ¿Era, acaso, una forma de tranquilizar mi conciencia, de decirme que ya hacía —y, además, gratis— lo suficiente por la Humanidad? ¿Mi coartada para afrontar la vida con un mínimo de hipocresía? ¿Era la Asociación de Donantes de Sangre —a cuyas reuniones jamás acudía— lo mismo que el Movimiento de Objeción de Conciencia para Nazábal, la Asociación para la Protección de Nuestro Patrimonio Industrial para Marcos, el sindicato para Juancho? Lo ignoro. Creo que actuaba movido por una suerte de premonición. Esperaba a Milagros.
 
El hecho es que, tres sábados al año, allí me tenían, listo para vaciar mis venas. El doctor Elorza nunca llegó a tutearme, ¡faltaría más! Cuando traspasaba la puerta y le saludaba me solía atravesar con una mirada cansada, como si anduviera cargado de trabajo, agobiado por las masas de donantes. 
 
Nunca encontré a nadie allí. Después celebrábamos el ritual mecánicamente: me hacía las mismas preguntas, yo daba las mismas respuestas, me tumbaba en la camilla más alejada, me pinchaba, volvía a su escritorio y a partir de entonces era su casi muda ayudante la que se ocupaba de todo: vigilar la oscilación de la balanza, decidir cuándo había suficiente sangre en la bolsa, cortar el flujo, aplicarme el algodón en el pinchazo y recitarme, siempre con la misma voz monocorde: «Ahora apriete fuerte hasta que deje de manar sangre». 
 
Ni siquiera llegué a saber su nombre. Después de aquello, me bajaba la manga y, ya sin ayuda, me encaminaba a los sofás de la entrada, bebía medio litro de agua, ojeaba algunas revistas y deglutía un bocadillo de —parece difícil de creer— excelente salchichón. Siempre había cuatro o cinco más preparados en la mesilla, y más de una vez estuve tentado de pedirles permiso para repetir. 
 
Pero algo en el silencio de aquella amplia sala me lo impedía siempre también. Quizá fuera el recuerdo del brillo extraño que asomaba a los ojos de Elorza cada vez que extraía la aguja de su protector de plástico y miraba mi brazo buscando el punto exacto. No logré acostumbrarme.
 
Un sábado, nada más entrar, me di cuenta de que las cosas habían cambiado, y mucho, en el último cuatrimestre. Mamparas de color salmón dividían el espacio que antes ocupaba la gran sala, de manera que la entrada se reducía a un hall bastante pequeño, aunque coqueto. De las paredes originales no habían podido arrancar aquellos horribles azulejos, pero las habían cubierto con pósters y reproducciones de pinturas impresionistas que les daban otro aire. 
 
La mesa de oficina había sido sustituida por un mostrador tras el cual una vivaracha enfermera, que enseguida me dijo que se llamaba Merche, pedía los datos, rebuscaba en el fichero y conducía al donante a una pequeña sala de espera donde —y aquí venía la sorpresa— la doctora en medicina general Milagros Rotaeche cumplimentaba, con una amabilidad inusitada, el cuestionario de rigor. 
 
Ella fue la que me informó del cese del doctor Elorza y de cómo ella se había hecho con el puesto. Todo eso sin dejar de sonreír. Puedo decir, sin riesgo a equivocarme, que es una hermosa mujer, morena, de ojazos verdes y largas pestañas, y con una sonrisa que no abandona su boca en ningún momento: creo que fue ese rasgo, en contraste quizás con la actitud de Elorza, lo que me cautivó. 
 
Sospeché, con una mezcla de horror y satisfacción, que por fin habían descubierto los experimentos secretos que sin duda realizaba el doctor Elorza y se hallaba expiando sus crímenes en alguna institución penitenciaria; no he sabido hasta mucho después que se enroló en una misión de Medicus Mundi con destino a Ruanda, donde por lo visto realizó durante dos años una labor más que meritoria. 
 
Salió hasta en el semanal de El País. Tengo que confesar que la noticia me ha contrariado un tanto, pero en aquel entonces di gracias al Señor —las sigo dando— por el cambio y por el castigo que por sus crímenes contra la Humanidad se merecía Elorza. Pero sobre todo por el cambio.
 
La doctora Rotaeche era además encantadora, atenta e inteligente. Su conversación no decaía nunca y suponía una delicia estar con ella. Si no tenía mucho trabajo se quedaba junto a mí durante la extracción, y hablábamos de cualquier cosa. La verdad, era ella la que más hablaba, porque yo no tenía mucho que decir. 
 
Mi trabajo, en la sección de contabilidad de una sucursal de la caja de ahorros provincial, no daba para grandes aventuras; mis recuerdos de juventud, de puro felices, se me antojaban insulsos; mis vacaciones en Cuba —desde que empecé a trabajar he ido cuatro veces, cada verano—, eran más bien inconfesables, pese a que eran lo más excitante en una vida que se reducía a un eterno paseo entre la oficina y el apartamento. 
 
Milagros —enseguida si insistió en tratarme de tú— opinaba sobre todo lo divino y lo humano con una soltura envidiable, de esas que arrastran: yo mismo me sorprendí, en más de una ocasión, proporcionándole mi punto de vista sobre cuestiones que en la vida me habían interesado, o sobre las que nunca me habría atrevido a discutir. 
 
Aquellos ratos, desgraciadamente, no fueron tan abundantes como yo hubiera deseado. La voz corrió y los miembros de la Asociación de Donantes acudieron como moscas. Nunca había visto el local tan concurrido: hubo sábados en que tuve que volverme a casa sin haber cumplido con mi deber. Una vez en la sala, donde habían colocado dos camillas más, amén de una televisión, todos nos disputábamos los favores de Milagros. 
 
Al principio creí ser el preferido, pero casi estoy convencido de que a todos nos ocurría lo mismo. Durante un año entero me devoraron los celos: ¿acaso no pasaba unos minutos más con esa foca sebosa de Rodríguez Rezola, un carnicero que contaba chistes sin cesar, y no precisamente de los mejores? 
 
Pero no, luego volvía junto a mí, introducía aquella suave aguja bajo mi piel, acariciaba mi hombro, me preguntaba por el trabajo, me tranquilizaba. Mes tras mes, esperaba aquellos sábados con ansiedad. Más de una vez me planteé si podría verla fuera de aquel local, si me atrevería a invitarla a salir, o algo así. Nunca lo intenté: algo más fuerte que mi deseo me detenía. Como si la imagen de Milagros fuera de aquel local me pareciera irreal. Como si no pudiera tomar cuerpo en otro sitio que no fuera aquel escenario. Ahora sé que no tiene por qué ser así.
 
Milagros era, además, una médico muy preparada. Pronto nos enteramos —todo se llega a saber en los círculos devotos— de que había sido la primera de su promoción, y de que había publicado artículos en las revistas más importantes de la especialidad. 
 
Reputada experta en hematología, ella misma nos confesó que estaba perfeccionando un preparado con el que queremos conseguir que la sangre de los donantes recuperara más rápidamente los elementos que se perdían con la transfusión. No podíamos estar más de acuerdo con su línea de investigación: si tenía éxito el ritmo de donaciones se aceleraría y habría más sangre para transfusiones y, lo más importante, podríamos acudir cada menos tiempo a visitar la sede de la Asociación. A visitar a Milagros. 
 
Su sueño, me confesó un día, era la producción artificial de sangre, pero no confiaba en lograrlo aún, dados los escasos medios de que disponía. Por eso había optado por perfeccionar el funcionamiento de la mejor máquina de producir sangre que la naturaleza había creado. Y me acarició la cabeza.
 
Cuando, tímidamente, nos propuso formar parte de su experimento, dudo que nadie se negara a probar aquel brebaje rosa que Merche nos iba a servir después de cada donación, junto al agua y el bocadillo. Nos dijo que íbamos a ser famosos y que nuestros nombres aparecerían en el artículo que sin duda le publicarían en el Scientific American. Eso, por lo menos. 
 
A partir de ese momento empezamos a ser citados más a menudo. Primero cada tres meses, luego cada dos, y a partir de ahí Milagros fue bajando una semana a cada visita. Mi vida se convirtió en una delicia, al menos en parte. No sólo porque acudía al local de la Asociación de Donantes de Sangre más a menudo, sino también porque pasaba más tiempo allí. 
 
Efectivamente, el revitalizador de Milagros, por lo visto, no sólo lograba acelerar la recuperación de los elementos que perdía la sangre del donante, sino que lograba triplicar el ritmo de reproducción de la propia masa sanguínea, con lo que, nos comunicó, podríamos donar más sangre cada vez. 
 
La perspectiva de pasar ratos más largos junto a Milagros me sedujo —nos sedujo— sin remedio. Casi se convirtió en una competición entre los habituales. Subimos de medio litro a tres cuartos, de ahí al litro y algunos llegamos al techo de litro y medio por donación, con descansos de tres semanas entre una sesión y la siguiente.
 
Evidentemente, cada día que pasaba me sentía más débil. No puedo decir que me importara mucho. Nunca he sido muy dado a tomar el sol, pero la imagen que cada mañana me devolvía el espejo me decía a las claras que mi piel había perdido cualquier vestigio de color que alguna vez hubiera tenido. 
 
Perdí el apetito, adelanté y empecé a llegar tarde al trabajo. Siempre he sido puntual, y nunca antes se me habían pegado las sábanas. Pero ahora subía a casa y no sentía más que ganas de dormir, acudía al trabajo y me entraba sueño frente al ordenador. No, ni se me ocurrió preocuparme. 
 
Milagros nos hacía chequeos antes y después de cada sesión, nos tomaba la tensión, realizaba complicadas pruebas con muestras de nuestra orina y casi siempre proclamaba que estábamos estupendos; a algunos les prescribía unas vitaminas, «una ayudita», como ella solía decir, pero poco más. 
 
Un día, nada más llegar a la oficina, me desmayé. El médico diagnosticó anemia con complicaciones —la lista es demasiado larga—, y me dio a entender que tenía la sangre tan debilitada que lamentaba hasta haberme extraído la muestra. Me dio baja para un mes, que tenía que pasar en la cama. Ni se me ocurrió comentarle nada de los experimentos de Milagros. 
 
Ella misma se había encargado de subrayar que aquello era un secreto entre nosotros, que en el mundo de la investigación hay muchas envidias y muchos desaprensivos dispuestos a robar descubrimientos que no les pertenecen. Nunca dudamos de su buena fe, ni de sus revisiones. Confiábamos en Milagros.
 
Aquella baja, qué duda cabe, me salvó la vida. A la segunda semana ya estaba algo mejor, y pude empezar a leer los periódicos que, a regañadientes, me subía un vecino. La noticia apareció un lunes. Los titulares de los diferentes diarios no podían ser más expresivos: «LO MATÓ PARA EXTRAERLE TODA SU SANGRE», «HORRIBLE ASESINATO», «EL LOCAL DE LOS HORRORES», «LA VAMPIRESA DE LA CALLE LOPE DE AGUIRRE». Y continuaron los días siguientes: «MÁS CUERPOS EN LA TRASTIENDA DEL LOCAL», «SED DE SANGRE», «LA DOCTORA ROTAECHE INGRESA EN PRISIÓN», «DIMISIONES EN LA ASOCIACIÓN DE DONANTES DE SANGRE», «POSIBLE IMPLICACIÓN DEL DIRECTOR DE OSAKIDETZA», etc. 
 
La policía dio con el caso casi por casualidad, mientras investigaba la desaparición de Rodríguez Rezola que, como todos los carniceros, tenía dinero y sólidas relaciones. A algún espabilado se le ocurrió que acudía con demasiada asiduidad al local de Donantes y mientras hacían una pregunta por aquí, manoseaban un aparatito por allá, algún agente abrió la puerta del depósito y se topó con el cuerpo —por decir algo— de Rodríguez Rezola, convertido en un saco de piel y huesos apenas reconocible. 
 
El forense no encontró en su cuerpo, casi momificado, ni una gota de sangre. Lo mismo puede decirse de los otros cuatro cuerpos que hallaron bajo el suelo de aquella habitación; publicaron sus fotos y he de decir que los conocía a casi todos: mis antiguos rivales. El famoso preparado resultó estar compuesto básicamente de sirope de granadina. 
 
Merche, la enfermera, por lo visto, no sabía nada. La policía vino a visitarme una semana después de la detención de Milagros. Confirmé punto por punto las declaraciones de los demás testigos. Sin embargo no quise ponerle una denuncia. No he debido ser el único, porque los policías no insistieron. Ni siquiera parecieron sorprenderse.
 
Por suerte, los periodistas no me molestaron. No hubiera sabido qué contarles. El caso de la doctora Rotaeche fue, como era de esperar, un duro golpe para la Asociación Provincial de Donantes de Sangre: las estadísticas de este último año son elocuentes. Incluso han cambiado de sede, pero no parece que les haya servido de mucho. 
 
Yo, desde luego, no he vuelto a donar, y no conozco el nuevo local. Nunca lo conoceré. No es por lo que nos ocurrió. Sé que si voy no encontraré a Milagros allí, y eso es suficiente. No sería lo mismo. He intentado conseguir un permiso para visitarla en la cárcel, pero no me lo han concedido. 
 
Razones de seguridad, añaden. Me han dicho que probablemente pueda cuando la sentencia sea firme. Incluso un vis a vis; eso sería estupendo. Esperaré. Vaya que si esperaré. Me da un poco de lástima, claro. Todo este tiempo. Con la sed que estará pasando, la pobre.

El vencimiento de la hipoteca de Míster Mappin - Zena Collier

Según la experiencia de míster Mappin, la vida no es lo que uno quiere que sea. Antes al contrario, la vida es la que le hace a uno. Las circunstancias de la vida se estrechan alrededor de uno, cercándole, obligándole implacablemente a concretarse. Míster Mappin, por ejemplo, que en otros tiempos se viera a sí mismo como un diplomático importante, un corresponsal extranjero, e incluso —y se sentía particularmente orgulloso de esta idea— como capitán de uno de esos majestuosos palacios flotantes en los que parece concentrarse todo el esplendor, la magia y el romanticismo del mundo, rondaba ya los veinte años de servicio en el departamento de hipotecas de Trimble, Goshen & Webb, abogados.


Veinte años atrás había llegado a Trimble, Goshen & Webb lleno de grandes esperanzas, con los ojos muy claros y manteniendo siempre ante él un firme anteproyecto de su futuro. No había dejado de ser un pequeño logro el ser aceptado por una empresa de tanta reputación como Trimble y Cía., de modo que sólo sintió muy débilmente haber tenido que posponer aquellos otros sueños... 

«Míster Mappin expresó hoy un moderado optimismo sobre su reunión con el embajador de Transilvania...» «...George Mappin dice en su último comunicado desde Hong Kong...» «El comodoro Mappin solicita el honor de que la señora condesa acuda a su mesa esta noche...» 

Aquellos sueños que quizá pertenecían más bien al reino de las imaginaciones propias de un muchacho. Al fin y al cabo, cuando todo estuviera dicho y hecho, tampoco quedaría mal un «míster Mappin, abogado muy conocido, calmó a los enojados accionistas que asistían a la reunión con su acostumbrada elocuencia».

¿Y qué había sido de todo aquello? ¿Qué había ocurrido en aquellos veinte años? Había envejecido, eso era lo que había sucedido. Y estaba en Hipotecas. Mientras que lo primero era un mal inevitable, lo segundo no había dejado de ser como la levadura que hinchaba el pan de la amargura que últimamente envenenaba todos sus momentos de vigilia.

Durante los dos primeros años, se sintió contento de esperar a que llegara el momento oportuno. Había tenido la oportunidad de aprender un poco de todo —verificación de testamentos, litigación, casos de seguros, escrituras de traspaso de bienes raíces, e incluso cuestiones relacionadas con impuestos y propiedad industrial—, antes de ser finalmente asignado al Departamento de Hipotecas, bajo la dirección de míster Carewe. 

Y allí había cumplido lo mejor que pudo, enfrentándose con investigaciones locales, sumarios, requisiciones de títulos, contratos, alquileres, hasta que conoció todo el trabajo realizado y por realizar, por dentro y por fuera. Y, a pesar del hecho de que la práctica de la ley no resultaba ser tal y como se la había imaginado —aquellas preguntas de los sumarios y recónditas respuestas, los secos términos de un arte antiguo—, se sintió bastante contento al principio. 

Naturalmente, esto ocurrió porque sólo se trataba de un período pasajero, hasta que los Poderes que Son recordaran dónde habían dejado a George Mappin, lo sacaran de Hipotecas, y lo enviaran a realizar misiones mucho más importantes y excitantes.

Pero había permanecido allí mucho más tiempo del esperado. De hecho, tuvieron que pasar diez años antes de que, finalmente, se le hiciera pasar al despacho de míster Trimble. Y su corazón latió con un poco más de rapidez y alegría ante la perspectiva de un cambio que, por fin, se iba a producir, después de tanto tiempo.

Míster Trimble se balanceó tranquilamente en el cómodo sillón situado tras la mesa, y le ofreció un cigarrillo.

—Veamos, usted ha estado con nosotros desde hace..., ¿cuántos años? ¿Siete? ¿Ocho?

—Diez, señor —dijo míster Mappin.

—Bien, bien, ¡cómo pasa el tiempo! —exclamó míster Trimble sacudiendo pesarosamente su blanca cabeza—. Ha estado la mayor parte del tiempo trabajando en Hipotecas, bajo la dirección de míster Carewe, ¿no es cierto?

—Así es, señor.

Míster Mappin se regocijaba interiormente; había llegado el momento, por fin había llegado el momento. ¿Cuál sería el resultado? Podría tratarse del departamento de la empresa que se ocupaba de las altas finanzas y que, en opinión de míster Mappin, era tan excitante como cazar tigres en Kenia, aunque quizá mucho menos pesado. 

O podría tratarse del departamento de difamación... había oído decir que aquel joven, Strauss, que se había encargado hasta entonces de todas las cuestiones de difamación, abandonaba la empresa para iniciar un negocio por su cuenta; así pues, quizá se le responsabilizara ahora de ese departamento a él, míster Mappin. 

O podría ser litigios de seguros..., este departamento no era tan animado, pero, sin duda alguna, era mucho más preferible que las hipotecas. Cualquier cosa del mundo sería mejor que las hipotecas, así es que míster Mappin esperó con ansiedad el edicto de míster Trimble.

—Voy a tratar directamente el asunto —dijo míster Trimble—. ¿Qué le parecería hacerse cargo de Hipotecas, míster Mappin? —preguntó al fin, mirándole expectativamente.

—¿Hacerme cargo de Hipotecas? —preguntó estupefacto, utilizando las mismas palabras—. Pero..., pero, míster Trimble, yo ya estoy en Hipotecas. ¿Cómo puede ser? He estado en Hipotecas prácticamente desde que llegué...

—Creo que no me comprende bien del todo —dijo míster Trimble—. Cuando se celebró la última reunión de cargos de la empresa, la semana pasada, míster Carewe nos anunció que pensaba jubilarse, y entonces se decidió ofrecerle a usted el departamento de Hipotecas..., quiero decir, ponerle a usted al frente de ese departamento. Como, sin duda alguna, sabrá —míster Trimble no podía evitar a veces hablar con una cierta redundancia de vocablos legales—, se trata de un puesto de elevada responsabilidad, para el que se necesita a una persona constante, como usted; alguien que tenga sensibilidad para el detalle, el método, la prudencia.

—¿Yo? —preguntó míster Mappin con incredulidad.

—Sí, usted —dijo míster Trimble con firmeza—. Creemos que es usted la persona más apropiada para ese trabajo, que está usted altamente cualificado para llevar todas esas cuentas, y que...

—No —le interrumpió míster Mappin un poco violentamente—. No, no, yo no soy... esas cosas que usted dice. No es..., yo había pensado... en algo con un poco más de oportunidades, con más... —se detuvo en busca de nuevas palabras.

Míster Trimble se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa, juntando las palmas de sus manos. Sin ninguna crueldad, dijo:

—Comprendo, míster Mappin. Le comprendo perfectamente. Pero, por otra parte, creo..., quiero decir que la empresa cree que tanto usted como la propia empresa recibirán los mayores beneficios si realiza usted el tipo de trabajo para el que está más preparado.

Pero entonces, míster Mappin se sintió desesperado, y no pudo evitar el espetar:

—¡Preparado! ¡Hipotecas! ¿Yo?

—Como sabe usted, George —dijo míster Trimble, y míster Mappin recordaría más tarde que esta fue la primera y última vez en que míster Trimble le llamó George—, un hombre que ocupa el puesto adecuado es un hombre sensato, que conoce sus capacidades y reconoce sus limitaciones. Le hemos estado observando últimamente, y me parece..., la empresa cree que realiza usted un trabajo excelente donde está y que puede ser de un gran servicio en ese puesto.

Tras escuchar aquellas palabras, míster Mappin se dio cuenta de que había perdido la batalla. Trimble, Goshen & Webb no habían alcanzado su posición actual a causa de una falta de buen juicio, sino todo lo contrario. 

De todos modos, viéndole allí sentado, hundido un poco en el cómodo sillón, se dio cuenta por fin de que, después de todo, no era un hombre de mente brillante, bien equilibrada y capaz de enfrentarse a las situaciones con estrategia. Sus mejores cualidades no eran precisamente las del desafío y el empuje que requiere una negociación comercial. 

Finalmente, a él ni siquiera le quedaba aquel otro sueño: «Míster Mappin, abogado muy conocido, calmó a los enojados accionistas que asistían a la reunión con su acostumbrada elocuencia».

La voz de míster Trimble le llegó con claridad a través de los restos de sus esperanzas casi desvanecidas.

—¿Aceptará usted entonces?

Se trataba de una pregunta muy dura. La cabeza le daba vueltas, pero míster Mappin terminó por asentir con un leve movimiento afirmativo.

—Está bien —dijo míster Trimble con brusquedad, extendiendo la mano hacia él—. ¡Felicidades!

La mano de míster Mappin estrechó la otra.

—¿Felicidades? —preguntó insensiblemente.

—Después de todo, se trata de un ascenso —le recordó míster Trimble.

—¡Oh, sí! Sí, claro —dijo míster Mappin—. Gracias.

Después, se volvió y abandonó el despacho.

Así pues, había vuelto al departamento de Hipotecas, con un cambio de cargo, un aumento de salario, un despacho diferente... pero seguía siendo Hipotecas. El seco y rojo departamento de Hipotecas. 

Y durante un día tras otro, sin fin, míster Mappin solucionó con eficacia todo aquello que se le planteó, satisfaciendo a todos, como siempre, y obteniendo bien poco de lo que hacía. La vida siguió su curso y él supo que lo único que cambiaría sería él mismo, haciéndose un poco más viejo cada día, más viejo, más viejo, y siempre en Hipotecas.

Fue entonces cuando empezó a sentir la amargura. Sentado ante su mesa, veía a otros hombres llegar a la empresa, hombres más jóvenes que él, y su resentimiento aumentó a cada año que pasó con la llegada de cada nuevo joven zumbándole en los oídos, con la tinta de los documentos de examen, con cada nuevo hombre al que se le ofreció una oportunidad para demostrar lo que era capaz de hacer en difamaciones, patentes y seguros; hombres que progresaron y llegaron a ocupar oficinas mucho más imponentes en los pisos superiores (cuanto más elevado era el puesto que se ocupaba en Trimble, más alto era el piso donde se trabajaba); algunos de aquellos hombres llegaron incluso a ser admitidos como socios de la empresa.

Y eso era otra cuestión. Lo menos que podían hacer después de quince años era ofrecerle ser socio de la empresa. Porque, aun cuando despreciaba el departamento de Hipotecas, hacía bien su trabajo. «Pero no —pensaba míster Mappin—, nadie se da cuenta, nadie se preocupa por eso». 

En cuanto a míster Trimble, desde aquel día, ya lejano, en que le ofreció, le entregó, le obligó a hacerse cargo de Hipotecas, nunca tuvo para él una sola palabra de elogio. Ofrecerle ser socio habría sido una forma de mostrarle aprecio. Míster Mappin pensaba que eso habría sido una muestra de lo mucho que le estimaban.

En cierta ocasión hizo un intento para salir de Hipotecas. Se fue a ver a míster Trimble y le pidió directamente que le cambiara de departamento.

—Pero... después de todos estos años..., ¿es que no está a gusto en Hipotecas? —preguntó míster Trimble con sorpresa.

—Me gustaría un cambio —dijo obstinadamente míster Mappin—. Uno se cansa de hacer lo mismo un año tras otro.

—¿Cansado? ¿Está usted cansado de Hipotecas? —míster Trimble se le quedó mirando como si hubiera pronunciado una blasfemia y finalmente dijo—: Siga con lo que está haciendo durante algún tiempo y veremos lo que se puede hacer. En realidad, míster Mappin, es usted tan apropiado para ese departamento..., creemos que no existe en la empresa ninguna otra persona en la que podamos confiar tan bien como en usted para Hipotecas.

Y míster Mappin abandonó el despacho de míster Trimble sabiendo muy bien que de aquella entrevista no saldría nada positivo para él, y que tendría que permanecer donde estaba.

«Atrapado», pensó míster Mappin. Y finalmente, de la amargura, del resentimiento, de la desilusión, surgió el odio. Odio contra la empresa que había cometido contra él aquella injusticia tan terrible, que le había arrojado a un rincón, en Hipotecas... a él, a George Mappin, que había soñado con una clase de vida tan diferente. Y el odio aumentó, aumentó y aumentó hasta que cada soplo de aire que respiraba estaba lleno de su desagradable gusto.

Fue poco antes de acabar sus veinte años de trabajo en Hipotecas cuando míster Mappin empezó a pensar con placer en asesinar a míster Trimble, quien, para él, representaba a la empresa que tan mal le había tratado. En cuanto se le ocurrió la idea, míster Mappin se sintió mejor. 

Era algo en lo que podía pensar por la noche, cuando estaba echado en la cama, despierto, de modo que en lugar de ponerse a pensar frenéticamente en todos aquellos años perdidos pudo concentrar sus pensamientos, con calma y objetividad, en un tema que le producía un infinito placer. 

Como quiera que, desde luego, no tenía la menor intención de poner en práctica su idea, se trató de un pasatiempo con el que no hacía daño a nadie y que, de algún modo, le proporcionaba una sensación de alivio.

Así pues, aquella clase de pensamientos se convirtieron en un hábito regular y cada noche, cuando se preparaba para acostarse, volvía hacia ellos con una penetrante anticipación. Se desnudaba con rapidez, apagaba la luz, se quitaba las gafas y se metía en la cama. Después, se echaba sobre la espalda, se quedaba mirando fijamente hacia la oscuridad y se ponía a pensar. 

Reflexionaba con gusto sobre los pros y los contras de varios métodos. Consideraba con gran placer las cuestiones relacionadas con el tiempo y las coartadas. Aunque míster Mappin no era ningún especialista en asesinatos, había leído bastantes novelas de detectives, suficientes como para familiarizarse con el axioma de que el mejor plan es el más simple. 

Finalmente, míster Mappin eligió, hipotéticamente desde luego, un plan muy simple. Había cada tarde un período de tiempo en el que míster Trimble no veía a ningún cliente, ni dictaba cartas, ni aceptaba llamadas telefónicas. Desde las cuatro a las cuatro y media de la tarde se tomaba un rato de relax —«mi propia resistencia a las presiones de este mundo de continuo trabajo», según él mismo decía—, y ¡ay de quien se atreviera a perturbar este período de descanso! La secretaria, la telefonista y todo el personal tenían instrucciones estrictas de mantenerse alejados de su despacho durante aquella media hora. «Voilà —pensó míster Mappin—, aquí está lo que necesito, hecho a mi medida». Sólo tenía que entrar en su despacho... y asesinarle.

Quedaba por resolver la cuestión del arma. Las armas de fuego eran muy ruidosas, un cuchillo resultaba muy sucio, un veneno..., el veneno resultaba algo demasiado científico y bastante complicado. Entonces recordó que sobre el despacho de míster Trimble había un pesado pisapapeles de bronce con la figura de un buda. «Ideal», pensó míster Mappin.

¿Y después qué? Bueno, sólo se trataba de matarle —míster Mappin siempre saltaba con rapidez sobre el propio hecho—, y después, para disponer de un poco más de tiempo, pondría el cuerpo en el armario que había en uno de los rincones del despacho de míster Trimble, cerraría la puerta del armario, regresaría a su propio despacho, y eso sería todo.

El único defecto del plan era que alguien podía verle abandonar el despacho. Pero ese sería el riesgo que tendría que correr y, en realidad, se trataba de un riesgo muy pequeño porque el despacho de míster Trimble estaba en el sexto piso y a aquellas horas de la tarde nadie se atrevería a subir allí.

Y así, del mismo modo que otras personas se dedican a contar borregos, míster Mappin calculaba las cuestiones relacionadas con un detalle u otro, hasta que llegó un momento en que lo tuvo todo perfectamente planeado. 

Realmente, era una lástima que nunca tuviera la oportunidad de demostrar lo que podría llegar a hacer en este nuevo campo. No podía evitar el sentir que todo el mundo le demostraría muchísimo más respeto en la oficina si supieran la clase de cosas que era capaz de hacer.

¡Ah, respeto...! Esa era otra cuestión. Todos aquellos jóvenes que habían llegado nuevos... Dos de ellos acababan de ser asignados a su departamento. Aquella misma mañana había interceptado un guiño entre ellos cuando él llegó. Un guiño... ¡y sobre él! Si hubiera sido un socio de la empresa, nunca se habrían atrevido a hacerlo. Nunca. 

Bueno, no importaba; no se quedarían mucho más tiempo en Hipotecas. Ellos no. Porque no tardarían en ser trasladados a algún otro departamento, a realizar algún trabajo algo más espectacular. No le cabía la menor duda..., y eso era precisamente lo que él hubiera deseado: ser trasladado.

El fuego del odio volvía entonces a encenderse en su interior.

Le pareció que últimamente hasta la misma miss Ashley había estado comportándose con él de un modo muy extraño. Miss Ashley era la mecanógrafa que compartía con míster Lyons, porque únicamente los socios de la empresa disponían de sus propias secretarias. 

Habría sido poco menos que un insulto que miss Ashley fuera al menos bonita (miss Burke, la secretaria de míster Trimble era, desde luego, una criatura perfecta y encantadora). Pero miss Ashley era una mujer baja y regordeta, con una barbilla muy corta y que tenía la desgraciada costumbre de reírse tonta y constantemente por cualquier cosa. 

El otro día, por ejemplo, cuando él recordó por casualidad el hecho de que a la semana siguiente cumpliría veinte años de servicio en la empresa (diciendo en voz alta sus propios pensamientos, y hablando más para sí mismo que para ella), miss Ashley emitió una risa chirriante que tuvo que cortar repentinamente cuando él la miró, mostrando en su rostro su profundo disgusto.

«Ríete, tonta —pensó míster Mappin, agitándose interiormente—. ¿Es que es algo tan divertido? ¿Le resulta divertido que haya desperdiciado aquí veinte años de mi vida? ¿Es eso algo realmente tan jocoso?». Se vio tan asaltado por la fuerza de sus sentimientos que tuvo que excusarse y salir de la oficina sin un destino concreto, para no verse obligado a pegarle. 

A la semana siguiente, míster Mappin se resfrió. El lunes sintió dolor de cuello, el martes tuvo dolor de cuello y, además, de cabeza, y el miércoles por la noche se quedó durmiendo en cuanto su cabeza se puso en contacto con la almohada, sin acordarse siquiera de pensar en míster Trimble. El jueves se despertó con fiebre. Se tomó la temperatura y comprobó que estaba a treinta y ocho. 

Se vistió débilmente y arrastró sus doloridos huesos, saliendo de la casa. No sabía por qué iba a trabajar aquel día; nadie apreciaría su esfuerzo. Pero, de todos modos, siguió su camino porque aquel día hacía veinte años que trabajaba para Trimble y Cía., y nunca se sabe..., quizá alguien pudiera, sólo pudiera recordar el hecho y mencionárselo. 

En honor a la verdad, suponía que ocurriría así; en el fondo, iba a trabajar con aquella esperanza. Porque se sentía muy enfermo. Sus piernas se le doblaban en los momentos más inoportunos. Sentía el cuerpo caliente y frío alternativamente, y notaba como si su cabeza fuera a explotarle en cualquier momento.

Tras haber llegado, sintió mucho haber realizado todo aquel esfuerzo. Nadie le dijo nada y era evidente que nadie iba a decirle nada. Y, después de todo, él tenía cierto orgullo; si nadie iba a recordárselo, no sería él quien lo hiciera. Podrían pensar que estaba implorando una palmada de conmiseración en la espalda, o algo así. 

Y míster Mappin pensó amargamente que aquello sería extraordinariamente ridículo, desde luego... la idea de que George Mappin recibiera una palmada de conmiseración en la espalda.

A las dos de la tarde llamó a miss Ashley aunque, tal y como se sentía, encontró algunas dificultades para concentrarse. Pero pensó pasar aquel día para regresar después a casa y meterse en la cama durante un día o una semana, o un mes si era necesario, y dejarles colgados a todos. Que el trabajo se amontonara, ¿a quién le preocupaba eso?

Apenas había empezado a dictar, entró míster Trimble.

—Perdone la interrupción —dijo—, ¿tiene usted a mano la liquidación de Copeland? Quizá pudiera darle un vistazo...

Míster Mappin le entregó el acta y esperó a que míster Trimble la ojeara.

—No habrá ningún error, ¿verdad? —preguntó míster Mappin—. No hay ningún defecto en el título, el...

—¡Oh, no! No es nada de eso —contestó míster Trimble—. Es que míster Copeland me ha llamado hace unos minutos y me ha pedido que le explicara uno o dos puntos...

—Pero si yo mismo se lo expliqué todo la última vez que estuvo aquí —dijo míster Mappin, sorprendido—. Creí haberlo dejado todo aclarado.

—¡Oh! Estoy seguro de que así lo hizo —se apresuró a decir míster Trimble—. Pero, al parecer, a míster Copeland se le acaba de ocurrir una pequeña cuestión sin importancia..., algo que tiene que ver con esos derechos de pesca...

—En ese caso, ¿por qué no me lo ha preguntado a mí? —dijo míster Mappin, elevando la voz a pesar suyo—. Desde el momento en que estoy a cargo del asunto...

—Bueno, ya sabe cómo son estas cosas —dijo míster Trimble, dirigiéndose ya hacia la puerta—. Reg Copeland y yo nos encontramos con frecuencia en el club, así es que, probablemente, ha pensado que para tratar detalles sin importancia puede disponer de mi tiempo con mayor impunidad que del suyo.

Tras decir esto, sonrió cautelosamente a míster Mappin y se marchó. Un momento después, míster Mappin continuaba su dictado.

Pero sabía muy bien, al margen de aquella sonrisa, lo que míster Trimble había querido dar a entender. Míster Mappin se las arreglaba bien cuando se trataba de hipotecas para los Smith y para los Jones, en cuestiones de tipo habitual. Pero cuando se trataba de grandes cuestiones y de clientes realmente importantes, como Reginald Copeland, amigo de míster Trimble, George Mappin no era suficiente para llevarlas adelante. 

No entendía por qué. La semana anterior había supervisado junto con los Copeland cada uno de los pasos de la transacción y míster Copeland pareció perfectamente satisfecho en aquellos momentos. Si tenía alguna pregunta que plantear, ¿por qué lo había hecho pasando sobre la cabeza de míster Mappin?

Sentado ante su mesa, míster Mappin empezó a enfurecerse. Aparte de cualquier otra consideración e incluso de lo rudo que pudiera haber sido míster Trimble, lo cierto es que había hablado de «detalles sin importancia». 

Aquello sí que estaba bien, pensó míster Mappin: primero le confinaban en Hipotecas durante veinte años, y después le quitaban cualquier trabajo que tuviera una cierta dignidad o importancia llamándole «detalles sin importancia». ¿Era así como míster Trimble consideraba sus veinte años de desempeño consciente de su trabajo? ¿Era así? ¿Era así?

Debido a todo lo que sentía en aquellos momentos, el corazón de míster Mappin parecía a punto de saltársele en el pecho. Le dolía mucho la cabeza, la nariz le goteaba y, de pronto, no sintió el menor deseo de seguir trabajando, por lo que despidió a miss Ashley. 

Una vez solo, se colocó la cabeza entre las manos y permaneció allí, sentado, mientras los años regresaban a su memoria: años llenos de vacío, de desagradables esfuerzos que no habían sido recompensados en absoluto. 

Y ahora, aquel mismo día, ¿no podía haber esperado de míster Trimble alguna palabra, viéndole precisamente aquel día..., aun cuando fuera sólo algo trivial e incluso tonto, como un «felicidades por sus años de servicio»?

Míster Mappin permaneció sentado durante mucho tiempo. No podría haberle dicho a nadie lo que estaba pensando con exactitud. Sabía que se sentía muy mal y que un mazo le estaba golpeando la cabeza continuamente, justo sobre sus ojos. Estornudó y buscó cansadamente su pañuelo. «Debe estar acercándose la hora —pensó—, y desearía estar ya en casa, en la cama».

Miró su reloj. Las manecillas indicaban que eran las cuatro y cinco.

Míster Mappin no supo por qué, pero ahora, mirando la hora, observando cómo el segundero de su reloj avanzaba lentamente, dando una vuelta y otra, le pareció que había algo que tenía que hacer. Algo..., algo. Algo muy importante si es que quería volver a encontrar de nuevo paz en su mente.

Se levantó y lo único que supo después fue que estaba subiendo lentamente las escaleras, arriba, arriba, el cuarto piso, el quinto, el sexto. Una vez en el sexto piso, se detuvo y permaneció en silencio por un momento, apretándose una mano contra la dolorida cabeza. Y recordó entonces por qué estaba allí, hacia dónde se dirigía y qué era lo que tenía que hacer.

Todo el resto del mundo pareció desvanecerse entonces. No se le ocurrió mirar si había otras personas, preguntarse si se encontraría con alguien en su camino, alguien que, quizá, pudiera recordarlo más tarde. Se limitó a concentrarse en el problema principal que tenía planteado en aquel momento y que no era otro que poner un pie delante del otro y avanzar lentamente hacia donde quería ir.

Avanzó directamente por el pasillo y llegó a la puerta ante la que había un letrero con el nombre de «Emerson Trimble». Abrió la puerta sin llamar y penetró en el despacho. Sus pies no hicieron ningún ruido sobre la alfombra y míster Trimble ni siquiera levantó la mirada de su mesa, ante la que estaba concentrado en algo que estaba escribiendo. Míster Mappin se aproximó a él. Se situó justo enfrente de la mesa y su mano se posó sobre el buda de bronce cuando, finalmente, míster Trimble levantó su mirada.

Míster Trimble le observó con recelo tras dar un vistazo a su reloj.

—Catorce —murmuró, y miró inquisitivamente a míster Mappin—. Supongo que tiene usted algo muy importante que decirme para venir a verme a esta hora.

—Sí —contestó míster Mappin—. Se trata de algo muy importante, míster Trimble.

Y sin pensárselo dos veces levantó el buda y lo dejó caer pesadamente, con toda su fuerza, sobre la cabeza de míster Trimble.

Y así fue como lo hizo, sin ruido. Naturalmente, hubo sangre. Míster Mappin había olvidado que haría sangre, y apartó sus ojos del cuerpo, mientras la habitación oscilaba terriblemente a su alrededor. Después, hizo lo que tenía que hacer. Primero borró cuidadosamente sus huellas de la figura del buda; después extendió la chaqueta de míster Trimble..., bueno, la puso de tal modo que no tuviera necesidad de ver lo que había hecho; finalmente, haciendo un gran esfuerzo, se las arregló para arrastrar el cuerpo hasta el armario. 

Era todo como una pesadilla y, por un momento, míster Mappin pensó que nunca lo conseguiría. Pero lo consiguió. Después, tuvo una brillante idea. Cogió el abrigo y el sombrero de míster Trimble, tomándolos del perchero, y los escondió también en el armario, cerrando después la puerta. De ese modo, cualquiera que entrara en el despacho después de las cuatro y media no vería el abrigo y supondría que se habría marchado pronto para acudir a alguna cita, o simplemente a casa. 

Naturalmente, aquello no representaba ninguna diferencia, pero le daría tiempo suficiente para regresar a su despacho y permanecer allí hasta que fueran las cinco de la tarde, la hora de salida, sin que el crimen hubiera sido descubierto. Porque si, una vez descubierto el asesinato, la gente recordaba que míster Mappin se había marchado pronto aquella tarde, podría parecer sospechoso.

Se apretó una mano contra la frente, extrañado de poder pensar ahora en todas aquellas cosas, a pesar de que se sentía tan enfermo. Al dar un último vistazo por el despacho para asegurarse de que todo estaba en orden, vio que había algo... sucio sobre la mesa. Las hojas en las que había estado escribiendo míster Trimble estaban manchadas de rojo. Míster Mappin las recogió, las arrugó todo lo que pudo en su mano, y las ocultó cuidadosamente en el fondo de la papelera.

Después se marchó, regresando a su propio despacho, sintiéndose aturdido y sin haberse encontrado con nadie. En realidad, pensó, resultaba todo muy divertido; la providencia parecía haber estado de su lado en esta ocasión. Parecía como si no hubiera nadie en toda la oficina.

Entonces le aumentó la fiebre, se sintió como si se estuviera quemando y dejó de pensar en otra cosa que no fuera la necesidad de llegar a su casa y meterse en la cama.

Al cabo de lo que le pareció un siglo, fueron las cinco de la tarde. Lenta y dolorosamente, se puso el abrigo, el sombrero y los chanclos de goma. Se dirigió hacia el ascensor, apretó el botón de llamada y esperó. Cuando llegó, penetró en él, apoyándose débilmente sobre la espalda y cerrando los ojos, mientras el ascensor parecía moverse lentamente hacia abajo.

Por lo visto..., por lo visto debía estar realmente muy enfermo. Tuvo la sensación de que el ascensor estaba subiendo, en lugar de bajar. Abrió los ojos.

—Frank —le dijo al ascensorista—, Frank, me marcho..., quiero ir abajo.

¿Qué era aquello? ¿Qué cosa tan horrible estaba sucediendo? Frank ignoró sus palabras, hizo una mueca y el ascensor siguió subiendo.

—He dicho que abajo —repitió míster Mappin furiosamente—. ¡Abajo! Quiero ir abajo. Estoy enfermo; por favor, lléveme abajo inmediatamente.

El ascensor se detuvo, la puerta se abrió y una docena de manos se extendieron hacia él. Había risas, una gran cantidad de risas y un fuerte zumbido de conversaciones. ¿Quién...? ¿Qué...? Se sintió repentinamente ciego, como si hubiera perdido todas sus facultades de pronto, mientras su cuerpo, empujado por las manos, fue sacado del ascensor, dando tropiezos.

Y entonces vio dónde estaba. Este era el séptimo piso. El Sancta Sanctórum. Pero ¿qué hacía él aquí? ¿Y por qué le empujaban todas aquellas personas, obligándole a avanzar?

Miró a su alrededor y reconoció algunos rostros que aparecieron como a través de una neblina... la telefonista... miss Ashley..., míster Lyons y míster Hawkins..., miss Burke... algunas de las otras chicas... y más allá, saliendo de aquella puerta... míster Webb, ¿no era él? Se restregó los ojos. Sí, era míster Webb que se acercó a él, riendo, y le dio una palmada en la espalda.

Y después, le hicieron cruzar la puerta, mientras todos reían y hablaban en voz alta. No pudo distinguir una sola palabra de lo que decían. Pero reconoció la habitación, a pesar de lo que habían hecho en ella. Se trataba de la sala donde se celebraban las reuniones mensuales de la empresa, donde los directores y jefes de departamento se encontraban y discutían los negocios de la empresa. 

Pero ahora, la sala estaba arreglada como para dar un banquete. Míster Mappin se dio cuenta de ello, a pesar de que la cabeza le daba vueltas, y observó las mesas, preparadas para la cena. Y entonces, le condujeron hacia la mesa presidencial, y le sentaron en el centro de la misma, con míster Goshen sentado a su izquierda, y con míster Webb más a su izquierda, y un asiento vacío a su derecha, mientras todos los demás, hombres y mujeres, todo el personal de la empresa, tomaba asiento.

A través de un terrible zumbido en sus oídos se dio cuenta de que míster Webb se había puesto de pie y decía algo que míster Mappin sintió instintivamente como de gran importancia, algo a lo que debía prestar una muy cuidadosa atención. 

Pudo escuchar partes sueltas de lo que decía, pero la voz de míster Webb parecía desvanecerse extrañamente, como si se perdiera en la nada para resurgir de pronto como un transatlántico, con toda su potencia. De vez en cuando, míster Mappin captaba una frase: «...y en esta maravillosa ocasión... veinte años con Trimble... un tributo... placer decir... y a partir de hoy, un socio...»

Algo pareció hacer sonar como un timbre en el interior de la cabeza de míster Mappin. Por un momento, la neblina desapareció y míster Mappin escuchó a míster Webb que siguió hablando:

—Sólo queda por decir una cosa —dijo míster Webb— y es que, George, confiamos en que nos disculpe por haberle traído aquí de esta manera, tan de improviso. Pero míster Trimble pensó que sería muy bonito combinar las dos ocasiones y sorprenderle con una fiesta. Y... ¡Oh, sí, a propósito...! Míster Trimble ha estado muy ocupado la mayor parte de la tarde escribiendo un discurso... —hubo risas generales—, escribiendo un discurso para este momento y prohibiendo a todo el mundo, bajo pena de muerte... —hubo más risas—, bajo pena de muerte, que pusiera un pie en su despacho durante toda la tarde.

Hubo aplausos y míster Webb se sentó.

Míster Mappin permaneció sentado, temblando. Temblando y temblando.

Míster Goshen inclinó la cabeza y le dijo con suavidad:

—Vamos, George, viejo, ¿se siente bien?

George, viejo, ¡oh!, George, viejo. ¡Cuántas veces había suspirado míster Mappin por aquella deportiva camaradería del George, viejo!

Miss Burke se inclinó graciosamente sobre la mesa, sonriendo, y dijo:

—Míster Trimble debe estar escribiendo todo un poema épico. Iré abajo y le diré que le estamos esperando, ¿le parece?

—Sí, dígale que se dé prisa. No podemos empezar sin él —dijo míster Webb y después, volviéndose hacia míster Mappin, agregó—: No sé qué tal estará usted, George, viejo, pero yo tengo mucha hambre.

Míster Mappin se quedó sentado. Observó al camarero aproximarse y empezar a llenar las copas de vino. Echó un vistazo a los rostros que le rodeaban, que parecían hincharse hasta adquirir el tamaño de grandes globos, para disminuir después hasta convertirse en pequeños e imprecisos puntos blancos. Escuchó las voces que resonaban alegremente en la sala adornada. Y míster Mappin podría no haber comido para salvar su vida.