El beso de la muerte - Kathy Reichs
- ¡No! -protesté mientras el terror superaba mi decisión de no perder la calma.
Con un brazo oprimiéndome la tráquea y el otro doblando mi codo en un ángulo terriblemente doloroso, Pascal me condujo a través de la multitud. La hoja de la navaja saltaba con cada paso y yo sentía la sangre que bajaba por el costado del cuello.
La furia y el pánico habían disparado mi adrenalina y mi mente gritaba órdenes contradictorias.
¡Haz lo que te dice! ¡No vayas con él! Miré frenéticamente a todas partes buscando alguna fuente de ayuda. El tío de la barra se limitaba a observar nuestros progresos entre la muchedumbre, mientras las volutas de humo bailaban delante de su rostro.
En la gramola sonaba música rockabilly a toda pastilla. Oía silbatinas y abucheos, pero los rostros que pasaban junto a nosotros eran pasivos, tallados en la apatía. Nadie mostraba interés por lo que me estaba pasando.
¡No permitas que te saque del bar! Luché y me retorcí tratando de librarme de su abrazo, pero todos mis esfuerzos eran baldíos contra la fuerza de Pascal. Aumentó la presión sobre mi cuello y me obligó a salir a través de una puerta trasera que daba a un tramo de escalera metálica. El ruido de las pisadas de unas botas me confirmó que Tank estaba detrás de nosotros.
Cuando mis pies tocaron grava, respiré profundamente, me agaché y traté de darme la vuelta, pero Pascal aumentó su presa asfixiante.
Desesperada, bajé la barbilla y le mordí la mano con toda la fuerza que mis maxilares pudieron reunir.
Pascal lanzó un grito de dolor y me arrojó al suelo. Me arrastré entre papeles grasientos, condones, chapas de cerveza y colillas, con el estómago encogido ante la peste de orín y fango putrefacto, tratando de abrir la cremallera del bolsillo donde guardaba el bote de Mace.
- No tendrás esa jodida suerte -se burló Pascal, golpeándome con la bota en la espalda.
Mi pecho golpeó el suelo con fuerza. El aire desapareció de mis pulmones y una intensa luz blanca estalló en el centro de mi cerebro.
¡Grita! Había un incendio en mi tórax. No podía articular un sonido.
La bota se apartó, luego oí pasos y la puerta de un coche que se abría.
Jadeando desesperadamente en busca de aire, comencé a arrastrarme hacia adelante, codos y rodillas deslizándose sobre el fétido lodazal.
- ¿Es hoy el día, puta? Me quedé inmóvil al sentir el cañón de una arma apoyada en mi sien.
Tank estaba tan cerca que pude oler nuevamente su pestilente aliento.
‹Oí pisadas de botas sobre la grava.
- Tu limusina ha llegado, zorra. Tank, levántala del puto suelo.
Unas manos ásperas me levantaron como si fuese una alfombra enrollada. Me sacudí y revolví con todas mis fuerzas, pero era inútil. Ya en estado de pánico, miré a ambos lados del callejón. No había nadie a la vista.
Las estrellas y los tejados de las casas desaparecieron cuando me arrojaron dentro del coche. Tank subió al asiento trasero, colocó una de sus pesadas botas sobre mis hombros y me aplastó la cara contra la alfombrilla.
El olor a polvo, vino seco, humo rancio y vómito me provocó una sensación de náusea que recorrió todo mi cuerpo.
Las portezuelas se cerraron con violencia, los neumáticos giraron y el coche abandonó el callejón a toda velocidad.
¡Estaba atrapada! ¡Me estaba asfixiando! Llevé las manos a la altura de los hombros y levanté la cabeza. La bota se elevó y el tacón me golpeó en la espalda.
- Un solo ruido y te meto una bala por el culo.
Ahora la voz de Tank era más dura, menos pastosa que en el bar.
Con el alcohol y las pastillas alimentando sus habitualmente malvadas inclinaciones, yo no tenía ninguna duda de que estos hombres me matarían sin vacilar. No los provoques mientras no tengas una oportunidad de escapar, pensé. Busca esa oportunidad. Bajé la cabeza y esperé.
Pascal conducía de forma errática, pisando el freno y el acelerador con movimientos bruscos. El coche se sacudía, intensificando mi sensación de náusea. Incapaz de ver el exterior, contaba las paradas y los giros, tratando de memorizar la ruta.
Cuando nos detuvimos, Tank apartó la bota y las portezuelas se abrieron y se cerraron. Oí voces, luego la puerta trasera volvió a abrirse.
Pascal me cogió de los brazos y me arrastró fuera del coche.
Mientras luchaba por mantener el equilibrio, mi mirada se posó en Tank y una oleada de terror ascendió por mi columna vertebral. Sostenía el 38 apuntando directamente a mi cabeza. Sus ojos tenían un brillo oscuro bajo la pálida luz rosada de las farolas, disfrutando cruelmente del momento.
Resistí el impulso de implorar, sabiendo que mis ruegos no harían más que alimentar su lujuria.
Pascal me condujo un breve trecho hasta un edificio con el techo verde y las paredes de ladrillo. Cuando sacó una llave, abrió la puerta y me empujó hacia el interior del recinto, mi calma dolorosamente construida se hizo pedazos.
¡Corre! ¡No entres ahí! -¡No! -Mueve el culo, zorra.
- ¡Por favor, no! El corazón se me salía por la boca.
Traté de clavar los pies en el suelo para impedir el avance, pero Pascal me obligó a atravesar el patio en dirección a la casa. Tank nos seguía a corta distancia. Podía sentir su arma en mi nuca y sabía que era imposible escapar.
- ¿Qué es lo que quieren de mí? -pregunté casi sollozando.
- Todo lo que tienes y algo más, zorra -se burló Pascal-. Ni siquiera ‹has soñado con lo que te pasará.
Habló por un intercomunicador. Oí una voz metálica seguida de un clic, luego abrió la puerta de acero reforzada con el hombro y me empujó al interior.
Hay momentos en la vida en los que parece claro que el resumen final es inminente. Tu corazón bombea y la presión sanguínea se eleva, pero sabes que la sangre pronto se derramará, que jamás volverá a fluir. Tu mente oscila entre la urgencia de un último y desesperado esfuerzo y una sensación de resignación, un deseo de tirar la toalla.
Había experimentado esa sensación una o dos veces, pero nunca tan vívidamente como en ese momento. Mientras Pascal me empujaba a lo largo del corredor, supe con absoluta certeza que no abandonaría esa casa con vida. Mi cerebro optó entonces por una acción desesperada.
Me volví y lancé el puño con todas mis fuerzas contra el rostro de Pascal. Sentí que algo se rompía, pero volví a golpearlo con el codo debajo de la barbilla. La cabeza de Pascal salió disparada hacia atrás, me deslicé por debajo de su brazo y corrí hacia una puerta que había a mi izquierda.
Me encontré en un salón de juegos similar al que había en la casa de los Serpientes en St-Basile-le-Grand. La misma barra. El mismo arte de neón.
Los mismos monitores de vídeo. La única diferencia era que éstos funcionaban, arrojando una fría luz azulada sobre la barra y sus ocupantes.
Corrí hacia el extremo más alejado de la mesa de billar, cogí un taco con una mano y busqué el bote de Mace con la otra, mientras mis ojos buscaban desesperadamente una puerta o una ventana.
Dos hombres estaban sentados a la barra y había un tercero detrás de ella. Los tres se habían girado al oír el rugido de Pascal. Me observaron cruzar la sala y luego dirigieron su atención nuevamente hacia la puerta cuando Pascal irrumpió en la habitación.
- ¡Mataré a ese pequeño saco de mierda! ¿Dónde coño se ha metido? La luz del cartel de neón cruzaba de forma oblicua el rostro de Pascal, acentuando las arrugas y arrojando sombras sobre las mejillas y los ojos.
- Quédate donde estás.
El tono de voz era bajo y duro como el cuarzo e hizo que Pascal se detuviera en seco. El sonido de la puerta exterior sugería que Tank había decidido no seguir participando de la fiesta. Eché una mirada furtiva al hombre que había hablado.
Llevaba un traje cruzado color tostado, una camisa melocotón pálido y una corbata a juego. Tenía la piel muy bronceada y probablemente le pagaba ochenta dólares al
peluquero cada vez que lo visitaba. Grandes anillos adornaban sus manos.
Pero era el hombre que estaba detrás de él quien hizo que se me parara el corazón.
Andrew Ryan llevaba tejanos negros, botas y una sudadera gris con las mangas cortadas. Los músculos de su rostro estaban tensos y una barba de tres días cubría la barbilla y las mejillas.
Los ojos de Ryan se encontraron con los míos y la piel de sus pómulos se tensó ligeramente, luego apartó la mirada.
Sentí que una oleada de calor me subía hasta la nuca y se extendía por las mejillas. Me temblaban las piernas y tuve que apoyarme en el borde de ‹la mesa de billar para no caerme.
Unos segundos después, Ryan giró sobre su taburete y estiró las piernas en mi dirección. Una sonrisa se dibujó en su rostro.
- Vaya, ésta sí que es una jodida coincidencia.
- ¿Conoces a esta putita? La voz de Pascal temblaba de ira. La sangre le manaba de la nariz y se la secaba con la manga.
- Es la doctora Demasiados Jodidos Títulos -dijo Ryan, sacando un paquete de cigarrillos del bolsillo.
Los otros miraron a Ryan cuando colocó el cigarrillo entre sus labios, sacó un fósforo de madera de debajo del celofán del paquete, lo encendió y exhaló el humo.
Yo hice lo mismo. Las manos de Ryan me resultaban tan familiares con el fósforo y el cigarrillo que sentí lágrimas detrás de los párpados. Mi pecho se expandió con un suspiro involuntario.
¿Por qué está aquí? Ryan cogió el cigarrillo entre el pulgar y el índice, colocó de forma vertical el fósforo usado entre los dientes, lo arqueó y lo lanzó volando hacia mí a través de la habitación. Miré el fósforo que caía sobre la moqueta verde y la furia estalló en mi interior.
- ¡Jodido traidor! ¡Cabrón hijo de puta! Lee mis labios, Ryan. ¡Muérete! -Veis lo que quiero decir. -Pascal volvió a limpiarse la sangre de la nariz-. Vamos a enseñarle modales a esta zorra.
- Mala idea -dijo Ryan, dando una profunda calada a su Marlboro.
El hombre del traje cruzado miró el costado del rostro de Ryan. Pasaron varios segundos. La tensión en la habitación podía cortarse con una pestaña.
- ¿Por qué dices eso? -preguntó finalmente con voz tranquila.
- Es una policía. -Otra calada-. Y los polis ya tienen un dos por cuatro sobre el culo de Pascal por exactamente esta clase de mierda.
- ¿Y? ¿Qué pasa, no tienes pelotas? -lo desafió Pascal.
Ryan expulsó el humo por la nariz.
- Éstas son las últimas noticias, capullo. Ya la has cagado una vez liquidando a una de tus furcias, y ahora traes a una poli a esta casa. Te cargas a un poli, especialmente a una mujer, y tienes a todo el puto Departamento de Policía pisándote los talones. Ahora bien, tal vez a ti no te importe darle el viaje a esta rubia, pero al resto de nosotros nos importa y mucho. Toda la mierda que tenemos en movimiento quedará paralizada mientras los polis nos cortan en pedazos.
Pascal miró a Ryan, con los ojos brillando de furia y speed.
- ¡Esta maldita zorra me golpeó! Le voy a hacer un culo nuevo.
Los músculos del rostro parecían saltar debajo de la piel y los ojos y la boca se movían espasmódicamente.
El hombre del traje cruzado continuaba estudiando a Ryan, su rostro carente de toda expresión. Luego se volvió hacia Pascal.
- No -dijo con calma-. No lo harás.
Pascal comenzó a protestar, pero Ryan levantó una mano.
- ¿Quieres ver sangre? Observa esto.
Ryan fue hasta el extremo de la barra, cogió una botella de plástico roja, rodeó la mesa de billar y la sostuvo frente a mí. Luego la apretó, ‹haciendo movimientos circulares con la mano. No me moví.
- Lee eso, Shakespeare.
Golpeó la botella con fuerza contra la mesa.
Bajé la vista. La salsa de tomate formaba remolinos en mi camisa.
Cuando mis ojos volvieron a fijarse en el rostro de Ryan, en mi cabeza se arremolinaban palabras que sabía que nunca pronunciaría.
La sonrisa presuntuosa había desaparecido y, durante un momento, sus ojos azules sostuvieron mi mirada. Luego la mirada de Ryan se apartó de mí para volver a Pascal.
- Esta fiesta ha terminado.
- La fiesta terminará cuando yo diga que ha terminado.
Las pupilas de Pascal estaban más dilatadas que una tubería maestra.
Se dirigió al compañero de Ryan.
- Este cabrón no puede hablarme así. Ni siquiera es…
- Pero yo sí puedo. La fiesta ha terminado. Ahora lárgate de aquí.
Fue apenas un susurro.
El ceño de Pascal se frunció hasta convertirse en un surco y una vena se abultó en su sien. Con un último «¡Hija de puta!», dio media vuelta y abandonó la habitación.
El hombre del traje cruzado observó en silencio mientras Ryan se volvía hacia mí.
- Conservas tu patético culo, zorra, pero no te confundas. Esto no ha sido por ti. -Enfatizaba cada palabra con un golpe en mi pecho-. Por lo que a mí respecta, podrías estar arriba colocada a cuatro patas debajo de Pascal.
Y toma nota.
Estaba tan cerca de mí que podía oler su transpiración, un olor tan familiar como mi propio cuerpo.
- La aventura de esta noche es un gran agujero negro en tu banco de memoria. No sucedió. -Me cogió del pelo y acercó mi cara a la suya-. Si abres la boca, yo personalmente llevaré a Pascal a hacerte una visita.
Me soltó empujándome por el pecho y salí trastabillada hacia atrás.
- Abriremos la puerta desde aquí. Ahora desaparece.
Ryan volvió a reunirse con el hombre en la barra, dio una calada al cigarrillo y luego arrojó la colilla contra el zócalo de acero inoxidable debajo de la barra.
Mientras observaba el baile de chispas, sentí que algo dentro de mí se transformaba en una bola dura y fría.
Sin decir una palabra, dejé el taco sobre la mesa de billar y me marché con piernas temblorosas. Una vez fuera pude sacar finalmente el bote de Mace y, en un ataque de frustración, humillación, alivio y furia, me volví y rocié la casa. Sollozando y castañeteando los dientes, aferré el bote vacío contra el pecho y me confundí con la oscuridad.
La casa donde me habían retenido estaba a menos de seis manzanas de La Taverne des Rapides y, después de haber recorrido esa distancia medio corriendo, medio trastabillando, no me llevó mucho tiempo encontrar mi coche. Una vez dentro, me aseguré de que las puertas tuviesen el seguro puesto, luego permanecí sentada durante un momento, con las piernas ‹como gelatina, las manos temblando de forma incontrolada, la mente confusa. Respiré profundamente varias veces y me obligué a moverme con gestos lentos y premeditados. Cinturón de seguridad. Encendido. Primera.
Acelerar.
Aunque los relámpagos iluminaban el cielo y la lluvia golpeaba el parabrisas, violé todas las restricciones de velocidad para llegar a casa. Mis pensamientos eran un caos.
Ryan le había dado a su compañero un valioso consejo. Una empresa ilegal necesita una poderosa razón para quitar de en medio incluso a una policía adjunta como yo. La represalia sería contundente y la organización estaría fuera del negocio durante mucho tiempo. A menos que esa policía estuviese causando graves daños a la organización, no tenía sentido cargársela, y el hombre del traje lo había entendido perfectamente.
¿Pero qué pasaba con Ryan? ¿Había sido el valioso consejo de un consigliere el único motivo de su actitud? ¿Qué había pasado en aquella casa? ¿Me había tropezado con Ryan en su nueva vida? ¿Estaba allí como miembro de la banda o tenía otras razones? ¿Qué significaban sus acciones? ¿Acaso me había humillado como si fuese un mensaje de que su vida pasada era historia y ahora él pertenecía al otro bando, o lo había hecho como parte de un montaje destinado a sacarme de allí sana y salva? ¿Se había puesto en peligro al hacerlo? Yo sabía que debía informar de ese incidente. ¿Pero qué ganaríamos con ello? Carcajou conocía la existencia de esa casa y seguramente tenía las fichas de Pascal y Tank.
Carcajou. Claudel y Quickwater. Tenía un nudo en el estómago. ¿Qué dirían ellos cuando se enterasen de cómo me había metido literalmente en la boca del lobo? ¿Reforzaría ese incidente el deseo de Claudel de que me retirasen como enlace con la unidad? ¿Y si Ryan era un infiltrado? ¿Un informe policial podría poner en peligro su tapadera? No tenía las respuestas, pero tomé una decisión. Independientemente de cuáles fuesen las razones de ese hombre, yo no haría nada que pudiese perjudicar a Andrew Ryan. Si existiera la más mínima posibilidad de que un informe sobre ese incidente pudiese ponerlo en peligro, no presentaría ninguno. Mañana lo decidiré, pensé.
Cuando llegué a casa, la puerta del cuarto de Kit estaba cerrada, pero pude oír la música a través de la pared.
Buena jugada, tía Tempe. Por eso no eres policía.
Arrojé la ropa sobre una silla y me metí en la cama. Mientras lo hacía, un pensamiento me asaltó de repente. ¿Qué hubiera pasado si Pascal me hubiese llevado a otro lugar? El sueño llegó mucho, mucho más tarde.
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