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Allanadores - David Morrell

Sonó un trueno sin que vieran el relámpago. Amanda y Vinnie miraban a Balenger, y le escuchaban horrorizados.

—¿Así que ahora también eres un psicólogo populachero además de un soldado fracasado y un policía mediocre? —preguntó la voz.

—Detective.

Era detective. Supongo que todo lo que investigaste acerca de mí no te llevó a saber qué delitos investigué. También puede que lo ignoraras deliberadamente porque no quisieras pensar en tu problema. Delitos sexuales, Ronnie. Investigaba delitos sexuales. Puedo leerte la mente, colega, y es como una cloaca.

Ronnie. Ese nombre tampoco se le iba de la cabeza a Balenger.

—1968 —dijo Balenger al walkie-talkie—. Hay una foto tuya con Carlisle. Tiene la fecha por detrás: 31 de julio de 1968. Un mes después, Iris McKenzie desapareció. Al final de ese año, Carlisle cerró el hotel, despidió a todo el personal y vivió aquí solo. O puede que no estuviera solo. Ronnie. Ronnie. ¿Por qué me suena ese…?

Balenger pasó las páginas del informe policial, página a página; recordaba algo y lo estaba buscando. Ronnie. Entonces encontró la página y el nombre lo miraba a él. Hizo que se estremeciera.

—Ronald Whitaker.

—¡¿Qué?! —preguntó la voz.

—Ronnie. Ronald. Cuatro de julio de 1968. Ronald Whitaker.

—Cállate —dijo la voz.

Sonó otro trueno.

—Eres Ronald Whitaker.

—Cállate. Cállate.

Entre el ruido de la lluvia, Balenger pudo distinguir el sonido de unos golpes que venía de más abajo. No venía de la trampilla. Venía de más abajo. Balenger abrió el cerrojo de la trampilla y levantó la puerta mientras apuntaba con la pistola. Las gafas le permitieron ver las escaleras teñidas de verde.

—¡Cállate! ¡Cállate! —gritó Ronnie.

Mientras continuaban los violentos golpes, Balenger bajó la escalera y miró a través de la agujereada pared hacia la sala de estar devastada de Danata.

Los golpes venían de la puerta cerrada con barricadas y eran lo suficientemente fuertes como para empujar los muebles que estaban apilados contra ella.

—Tu madre murió —dijo Balenger al walkie-talkie—. Tu padre abusaba de ti.

—¡Te haré tanto daño que me suplicarás que te mate! —gritó Ronnie desde el otro lado de la puerta.

Balenger entró en la sala de estar de Danata y apuntó a la puerta. Habló en voz más baja para que Ronnie creyera que todavía estaba en el ático. Siguió hablando al walkie-talkie.

—Entonces tu padre pensó que ganaría unos dólares a tu costa, y te trajo aquí, al Hotel Paragon, para las fiestas del cuatro de julio, y te alquiló a otro pervertido.

—¡No te escucharé!

—El tío intentó sobornarte con una pelota de béisbol, un guante y un bate. No puedo imaginar lo atroz que debió de ser. Después, tu padre volvió a la habitación con el dinero. Estaba borracho. Se quedó dormido. Lo golpeaste veintidós veces con el bate. Ronnie, si yo hubiera estado en tu lugar, lo habría golpeado cincuenta veces. Cien. No puedo expresar lo mucho que lamento lo que le pasó a ese niño. Me enfurece enormemente pensar en lo que le hicieron. Se me parte el corazón al pensar en la infancia que él no pudo disfrutar.

La lluvia azotaba el edificio. Un trueno hizo que se tambalearan las paredes.

—Sin embargo, odio todo en lo que se convirtió ese niño después, Ronnie.

—¡Me llamo Walter Harrigan!

Balenger disparó hacia la voz. Una vez. Dos. Sus balas atravesaron la madera del centro de la puerta.

Cambió de posición inmediatamente, solo un instante antes de que parte de la pared rugiera y se partiera a causa de dos disparos y los perdigones se dispersaran hacia el ruido de su pistola.

Uno de los perdigones alcanzó a Balenger en el brazo. Balenger hizo caso omiso del dolor y disparó a derecha e izquierda de los agujeros que había en la pared. Cambió de dirección y se dirigió hacia la escalera mientras el rugido de dos disparos más hacía otros dos agujeros en la pared.

A lo lejos, a través de los agujeros de la pared, Balenger pudo oír que Ronnie recargaba su escopeta en la oscuridad.

«¡Maldita sea! ¡He dejado que me engañara! ¡Ha hecho que gaste munición! ¡Solo me quedan cinco disparos más!».

Sonó más ruido en su walkie-talkie.

«¡Ronnie está apuntando hacia el sonido!», se percató Balenger. Mientras sonaba la estática en el walkie-talkie de nuevo, subió por las escaleras. Dos nuevos disparos lanzaron perdigones contra los peldaños de la escalera que él ya había subido.

—No veo la luz de tu casco por los agujeros —dijo la voz desde el walkie-talkie de Balenger—. Ahora lo entiendo. Mientras tus amigos me entretenían, tú bajaste las escaleras y llegaste hasta los cuerpos. Cogiste sus gafas de visión nocturna.

Balenger se preparó para lo peor cuando se encontró delante de la trampilla. Ronnie no podía dispararle allí.

—Encontré los explosivos que metiste debajo de los cuerpos —le dijo Balenger al walkie-talkie.

—Bueno, hay uno que no encontraste —dijo la voz.

Un enorme ruido sordo sacudió el edificio. Por un momento, Balenger pensó que se trataba de otro trueno. Pero, cuando se tambalearon las paredes, se hizo evidente que el edificio retumbaba desde el interior. Balenger tuvo que sujetarse al borde de la puerta de la trampilla para mantenerse en pie. La onda expansiva le golpeó los oídos.

Amanda gritó desde más arriba.

—¡Aquí! ¡En la sala de vigilancia!

Balenger subió a toda velocidad por la trampilla. Corrió hacia la sala de vigilancia y abrió la trampilla de esa habitación. El humo le hizo toser. Cuando se despejó, las gafas de visión nocturna le permitieron ver que Ronnie había volado la escalera tres pisos más abajo. Los restos de metal se retorcían y balanceaban. Mucho más abajo había llamas.

Balenger cogió el walkie-talkie.

—Si te refieres a la caja de metal que le pusiste a Amanda, ya la encontramos. La tiré por la escalera de la sala de vigilancia. Está empezando un incendio allí ahora.

—De todas formas había pensado quemar este lugar mañana. Las monedas no tenían ningún valor para mí.

El brusco cambio de tema hizo que Balenger se preocupara.

—¿Las monedas?

—Una fortuna, pero no las pude utilizar para pagar los impuestos de este lugar —dijo la voz con amargura—. Fui a distintos anticuarios de numismática de diferentes ciudades. Nunca llevé más de dos monedas cada vez. Nunca llevaba las que no valían nada. Pero hay que vender muchas monedas de setecientos dólares para poder pagar cincuenta mil dólares de impuestos sobre bienes inmuebles. Un día, en Filadelfia, un anticuario al que no conocía le echó un vistazo a lo que le ofrecía y me dijo: «Así que usted es el tipo con los double eagle. Los otros anticuarios no paran de hablar de usted». Y esa fue la última moneda que me atreví a vender.

«¿Por qué estará hablando tanto?», se preguntó Balenger. «Está intentando entretenerme y hacer tiempo. ¿Qué se propone?».

De repente, Balenger se acordó de lo que le había dicho a Ronnie unos minutos antes: «La tiré por la escalera de la sala de vigilancia. Está empezando un incendio allí abajo». ¡Dios mío! Le he dicho dónde me encuentro.

Balenger se alejó corriendo de la trampilla y se dirigió hacia el dormitorio. Algo exploded detrás de él, pero esta vez no hubo metralla. Lo que la explosión provocó fue un fogonazo de calor que llenó la sala de vigilancia.

«El detonador que había al lado de la trampilla», pensó Balenger. Ronnie lo ha activado a distancia. El humo creció.

Amanda y Vinnie corrieron delante de él. Pero la dirección que tomó Vinnie dejó muy claro que no sabía qué había causado la explosión.

—¡Vinnie, aléjate de…!

En el dormitorio, Vinnie se detuvo y se dio la vuelta.

—¡La trampilla! —gritó Balenger—. ¡Aléjate de…!

Aturdido, Vinnie miró hacia abajo, donde se encontraba.

La trampilla.

El detonador.

La explosión fue pequeña, pero ensordecedora. Hizo que una ráfaga subiera por las piernas de Vinnie. Tenía los vaqueros en llamas. Gritó y cayó al suelo mientras intentaba apagar el fuego a manotazos.

Balenger cogió la colcha de la cama y se la puso en las piernas, en un intento desesperado por apagar las llamas. Vinnie seguía gritando.

Sucesivamente, y con gran rapidez, varios detonadores hicieron explosión por todo el ático. Balenger vio las explosiones y las llamas en la sala de vigilancia y en la de enfermería.

—¡Un extintor! —gritó Amanda—. ¡La cocina! —Corrió a través de la sala de vigilancia esquivando el fuego.

Balenger cogió un jarrón ornamental de un buró y corrió hacia el baño. Giró un grifo del lavabo, pero no salió agua. «¡La electricidad está desconectada! ¡La bomba no funciona!», recordó. Cogió agua de la taza del váter, corrió a la sala de enfermería y tiró el contenido del jarrón encima de las llamas. Un disparo hizo otro agujero en el suelo, pero para entonces Balenger ya estaba corriendo hacia el cuarto de baño de nuevo. Arrancó la tapa del váter y sacó más agua con el jarrón. Esta vez no llegó a entrar en la sala de enfermería, sino que se quedó en el umbral de la puerta y tiró el agua a las llamas desde allí. El fuego silbó y se redujo. Volvió al váter. Cogió toda el agua que pudo y regresó corriendo a la sala de enfermería. Esta vez las llamas se extinguieron cuando tiró el agua.

«No hay más agua. ¿Cómo voy a…?».

Oyó el sonido de un extintor al pulverizar. Era Amanda, que atacaba a las llamas en otra habitación. Pero ella no estaba en el comedor, donde también crecían las llamas. Agua. Hay que encontrar más agua. Miró hacia el ascensor abierto de la sala de ejercicio. Hizo caso omiso del peligro de que Ronnie disparara sobre él de nuevo y corrió hacia el ascensor, donde cogió las cinco botellas de orina que Ronnie le había devuelto para provocarle.

«Gran equivocación, hijo de puta», pensó Balenger mientras tiraba la orina sobre el fuego. El hedor del amoníaco le produjo arcadas. Echó más orina. El fuego crepitaba. Tiró el contenido de la tercera botella. El de la cuarta. El fuego se redujo al empaparse en la orina. La quinta botella logró apagarlo.

Otro disparo atravesó el suelo. Balenger sintió cómo se le clavaba una astilla en la cara mientras corría. Encontró a Amanda en la biblioteca, donde estaba apagando el fuego con el extintor con auténtica desesperación. Corrió hacia la sala de vigilancia, le echó una nube blanca a las llamas y las apagó también. Pero un instante después ya no había más nube: el extintor se había quedado vacío.

El suelo entró en erupción a causa de otro disparo, pero para entonces Balenger ya había llevado a Amanda al dormitorio. Se agacharon al lado de Vinnie contra la pared exterior. En teoría, ese era el sitio más seguro, encima del salón de Danata, cuya puerta seguía tapada por la barricada. El humo se movía a su alrededor. Los vaqueros carbonizados de Vinnie se le pegaban a las piernas. Tenía la piel ennegrecida y le supuraba líquido. Quemaduras de tercer grado. Balenger había visto muchas en Irak.

—Duele —dijo Vinnie.

Balenger sabía que a Vinnie le iba a doler mucho más cuando sus nervios se recuperaran del shock. Muy pronto estaría agonizando.

—¡Duele! —A pesar del tinte verde de las gafas de visión nocturna de Balenger, la cara de Vinnie tenía un color ceniciento.

—Lo sé —dijo Balenger—. ¿Puedes andar?

—Solo hay una manera de saberlo. —Con un gesto de dolor, Vinnie le hizo una seña a Balenger para que le ayudara a ponerse en pie.

Pero Vinnie tenía las piernas hinchadas. Sus rodillas se negaban a doblarse. El poner peso en ellas le hacía contener la respiración del dolor. Balenger temía que se desmayara.

—Vale. No es buena idea. —Balenger le ayudó a ponerse en el suelo de nuevo.

—Amanda. —A Balenger le sorprendió que todavía sostuviera en su mano el extintor vacío—. Ve a la sala de vigilancia sin hacer ruido y tira el extintor lo más lejos que puedas. A la biblioteca si puedes. Pero espera a que yo llegue a la puerta de la sala de enfermería.

—¿Qué vas a…?

—Ayudarle con el dolor.

Balenger se dirigió hacia la derecha, hacia la sala de enfermería. Las velas que allí había brillaban tenuemente y estaban rodeadas de humo. Asintió hacia Amanda, quien tiró el extintor en dirección contraria, hacia la biblioteca. En cuanto oyó el golpe contra el suelo, que distraería a Ronnie, Balenger entró en la sala de enfermería y metió la mano por el cristal roto de la puerta del armario de las medicinas. Cogió una jeringuilla y un vial de morfina y corrió a toda velocidad al dormitorio, justo antes de que más perdigones atravesaran el suelo.

Se arrodilló junto a Vinnie.

—Te voy a poner lo suficiente como para aminorar el dolor, pero no como para dejarte inconsciente.

Vinnie asintió y se mordió el labio.

—Date prisa y hazlo de una vez.

Balenger le descubrió la muñeca a Vinnie y le puso la inyección.

La cara de Vinnie seguía rígida por el dolor. Muy despacio, el dolor desapareció.

—Sí.


El beso de la muerte - Kathy Reichs

- ¡No! -protesté mientras el terror superaba mi decisión de no perder la calma.

Con un brazo oprimiéndome la tráquea y el otro doblando mi codo en un ángulo terriblemente doloroso, Pascal me condujo a través de la multitud. La hoja de la navaja saltaba con cada paso y yo sentía la sangre que bajaba por el costado del cuello.

La furia y el pánico habían disparado mi adrenalina y mi mente gritaba órdenes contradictorias.

¡Haz lo que te dice! ¡No vayas con él! Miré frenéticamente a todas partes buscando alguna fuente de ayuda. El tío de la barra se limitaba a observar nuestros progresos entre la muchedumbre, mientras las volutas de humo bailaban delante de su rostro.

En la gramola sonaba música rockabilly a toda pastilla. Oía silbatinas y abucheos, pero los rostros que pasaban junto a nosotros eran pasivos, tallados en la apatía. Nadie mostraba interés por lo que me estaba pasando.

¡No permitas que te saque del bar! Luché y me retorcí tratando de librarme de su abrazo, pero todos mis esfuerzos eran baldíos contra la fuerza de Pascal. Aumentó la presión sobre mi cuello y me obligó a salir a través de una puerta trasera que daba a un tramo de escalera metálica. El ruido de las pisadas de unas botas me confirmó que Tank estaba detrás de nosotros.

Cuando mis pies tocaron grava, respiré profundamente, me agaché y traté de darme la vuelta, pero Pascal aumentó su presa asfixiante.

Desesperada, bajé la barbilla y le mordí la mano con toda la fuerza que mis maxilares pudieron reunir.

Pascal lanzó un grito de dolor y me arrojó al suelo. Me arrastré entre papeles grasientos, condones, chapas de cerveza y colillas, con el estómago encogido ante la peste de orín y fango putrefacto, tratando de abrir la cremallera del bolsillo donde guardaba el bote de Mace.

- No tendrás esa jodida suerte -se burló Pascal, golpeándome con la bota en la espalda.

Mi pecho golpeó el suelo con fuerza. El aire desapareció de mis pulmones y una intensa luz blanca estalló en el centro de mi cerebro.

¡Grita! Había un incendio en mi tórax. No podía articular un sonido.

La bota se apartó, luego oí pasos y la puerta de un coche que se abría.

Jadeando desesperadamente en busca de aire, comencé a arrastrarme hacia adelante, codos y rodillas deslizándose sobre el fétido lodazal.

- ¿Es hoy el día, puta? Me quedé inmóvil al sentir el cañón de una arma apoyada en mi sien.

Tank estaba tan cerca que pude oler nuevamente su pestilente aliento.

‹Oí pisadas de botas sobre la grava.

- Tu limusina ha llegado, zorra. Tank, levántala del puto suelo.

Unas manos ásperas me levantaron como si fuese una alfombra enrollada. Me sacudí y revolví con todas mis fuerzas, pero era inútil. Ya en estado de pánico, miré a ambos lados del callejón. No había nadie a la vista.

Las estrellas y los tejados de las casas desaparecieron cuando me arrojaron dentro del coche. Tank subió al asiento trasero, colocó una de sus pesadas botas sobre mis hombros y me aplastó la cara contra la alfombrilla.

El olor a polvo, vino seco, humo rancio y vómito me provocó una sensación de náusea que recorrió todo mi cuerpo.

Las portezuelas se cerraron con violencia, los neumáticos giraron y el coche abandonó el callejón a toda velocidad.

¡Estaba atrapada! ¡Me estaba asfixiando! Llevé las manos a la altura de los hombros y levanté la cabeza. La bota se elevó y el tacón me golpeó en la espalda.

- Un solo ruido y te meto una bala por el culo.

Ahora la voz de Tank era más dura, menos pastosa que en el bar.

Con el alcohol y las pastillas alimentando sus habitualmente malvadas inclinaciones, yo no tenía ninguna duda de que estos hombres me matarían sin vacilar. No los provoques mientras no tengas una oportunidad de escapar, pensé. Busca esa oportunidad. Bajé la cabeza y esperé. 

Pascal conducía de forma errática, pisando el freno y el acelerador con movimientos bruscos. El coche se sacudía, intensificando mi sensación de náusea. Incapaz de ver el exterior, contaba las paradas y los giros, tratando de memorizar la ruta.

Cuando nos detuvimos, Tank apartó la bota y las portezuelas se abrieron y se cerraron. Oí voces, luego la puerta trasera volvió a abrirse.

Pascal me cogió de los brazos y me arrastró fuera del coche.

Mientras luchaba por mantener el equilibrio, mi mirada se posó en Tank y una oleada de terror ascendió por mi columna vertebral. Sostenía el 38 apuntando directamente a mi cabeza. Sus ojos tenían un brillo oscuro bajo la pálida luz rosada de las farolas, disfrutando cruelmente del momento.

Resistí el impulso de implorar, sabiendo que mis ruegos no harían más que alimentar su lujuria.

Pascal me condujo un breve trecho hasta un edificio con el techo verde y las paredes de ladrillo. Cuando sacó una llave, abrió la puerta y me empujó hacia el interior del recinto, mi calma dolorosamente construida se hizo pedazos.

¡Corre! ¡No entres ahí! -¡No! -Mueve el culo, zorra.

- ¡Por favor, no! El corazón se me salía por la boca.

Traté de clavar los pies en el suelo para impedir el avance, pero Pascal me obligó a atravesar el patio en dirección a la casa. Tank nos seguía a corta distancia. Podía sentir su arma en mi nuca y sabía que era imposible escapar.

- ¿Qué es lo que quieren de mí? -pregunté casi sollozando.

- Todo lo que tienes y algo más, zorra -se burló Pascal-. Ni siquiera ‹has soñado con lo que te pasará.

Habló por un intercomunicador. Oí una voz metálica seguida de un clic, luego abrió la puerta de acero reforzada con el hombro y me empujó al interior.

Hay momentos en la vida en los que parece claro que el resumen final es inminente. Tu corazón bombea y la presión sanguínea se eleva, pero sabes que la sangre pronto se derramará, que jamás volverá a fluir. Tu mente oscila entre la urgencia de un último y desesperado esfuerzo y una sensación de resignación, un deseo de tirar la toalla.

Había experimentado esa sensación una o dos veces, pero nunca tan vívidamente como en ese momento. Mientras Pascal me empujaba a lo largo del corredor, supe con absoluta certeza que no abandonaría esa casa con vida. Mi cerebro optó entonces por una acción desesperada.

Me volví y lancé el puño con todas mis fuerzas contra el rostro de Pascal. Sentí que algo se rompía, pero volví a golpearlo con el codo debajo de la barbilla. La cabeza de Pascal salió disparada hacia atrás, me deslicé por debajo de su brazo y corrí hacia una puerta que había a mi izquierda.

Me encontré en un salón de juegos similar al que había en la casa de los Serpientes en St-Basile-le-Grand. La misma barra. El mismo arte de neón.

Los mismos monitores de vídeo. La única diferencia era que éstos funcionaban, arrojando una fría luz azulada sobre la barra y sus ocupantes.

Corrí hacia el extremo más alejado de la mesa de billar, cogí un taco con una mano y busqué el bote de Mace con la otra, mientras mis ojos buscaban desesperadamente una puerta o una ventana.

Dos hombres estaban sentados a la barra y había un tercero detrás de ella. Los tres se habían girado al oír el rugido de Pascal. Me observaron cruzar la sala y luego dirigieron su atención nuevamente hacia la puerta cuando Pascal irrumpió en la habitación.

- ¡Mataré a ese pequeño saco de mierda! ¿Dónde coño se ha metido? La luz del cartel de neón cruzaba de forma oblicua el rostro de Pascal, acentuando las arrugas y arrojando sombras sobre las mejillas y los ojos.

- Quédate donde estás.

El tono de voz era bajo y duro como el cuarzo e hizo que Pascal se detuviera en seco. El sonido de la puerta exterior sugería que Tank había decidido no seguir participando de la fiesta. Eché una mirada furtiva al hombre que había hablado.

Llevaba un traje cruzado color tostado, una camisa melocotón pálido y una corbata a juego. Tenía la piel muy bronceada y probablemente le pagaba ochenta dólares al

peluquero cada vez que lo visitaba. Grandes anillos adornaban sus manos.

Pero era el hombre que estaba detrás de él quien hizo que se me parara el corazón.

Andrew Ryan llevaba tejanos negros, botas y una sudadera gris con las mangas cortadas. Los músculos de su rostro estaban tensos y una barba de tres días cubría la barbilla y las mejillas.

Los ojos de Ryan se encontraron con los míos y la piel de sus pómulos se tensó ligeramente, luego apartó la mirada.

Sentí que una oleada de calor me subía hasta la nuca y se extendía por las mejillas. Me temblaban las piernas y tuve que apoyarme en el borde de ‹la mesa de billar para no caerme.

Unos segundos después, Ryan giró sobre su taburete y estiró las piernas en mi dirección. Una sonrisa se dibujó en su rostro.

- Vaya, ésta sí que es una jodida coincidencia.

- ¿Conoces a esta putita? La voz de Pascal temblaba de ira. La sangre le manaba de la nariz y se la secaba con la manga.

- Es la doctora Demasiados Jodidos Títulos -dijo Ryan, sacando un paquete de cigarrillos del bolsillo.

Los otros miraron a Ryan cuando colocó el cigarrillo entre sus labios, sacó un fósforo de madera de debajo del celofán del paquete, lo encendió y exhaló el humo.

Yo hice lo mismo. Las manos de Ryan me resultaban tan familiares con el fósforo y el cigarrillo que sentí lágrimas detrás de los párpados. Mi pecho se expandió con un suspiro involuntario.

¿Por qué está aquí? Ryan cogió el cigarrillo entre el pulgar y el índice, colocó de forma vertical el fósforo usado entre los dientes, lo arqueó y lo lanzó volando hacia mí a través de la habitación. Miré el fósforo que caía sobre la moqueta verde y la furia estalló en mi interior.

- ¡Jodido traidor! ¡Cabrón hijo de puta! Lee mis labios, Ryan. ¡Muérete! -Veis lo que quiero decir. -Pascal volvió a limpiarse la sangre de la nariz-. Vamos a enseñarle modales a esta zorra.

- Mala idea -dijo Ryan, dando una profunda calada a su Marlboro.

El hombre del traje cruzado miró el costado del rostro de Ryan. Pasaron varios segundos. La tensión en la habitación podía cortarse con una pestaña.

- ¿Por qué dices eso? -preguntó finalmente con voz tranquila.

- Es una policía. -Otra calada-. Y los polis ya tienen un dos por cuatro sobre el culo de Pascal por exactamente esta clase de mierda.

- ¿Y? ¿Qué pasa, no tienes pelotas? -lo desafió Pascal.

Ryan expulsó el humo por la nariz.

- Éstas son las últimas noticias, capullo. Ya la has cagado una vez liquidando a una de tus furcias, y ahora traes a una poli a esta casa. Te cargas a un poli, especialmente a una mujer, y tienes a todo el puto Departamento de Policía pisándote los talones. Ahora bien, tal vez a ti no te importe darle el viaje a esta rubia, pero al resto de nosotros nos importa y mucho. Toda la mierda que tenemos en movimiento quedará paralizada mientras los polis nos cortan en pedazos.

Pascal miró a Ryan, con los ojos brillando de furia y speed.

- ¡Esta maldita zorra me golpeó! Le voy a hacer un culo nuevo.

Los músculos del rostro parecían saltar debajo de la piel y los ojos y la boca se movían espasmódicamente.

El hombre del traje cruzado continuaba estudiando a Ryan, su rostro carente de toda expresión. Luego se volvió hacia Pascal.

- No -dijo con calma-. No lo harás.

Pascal comenzó a protestar, pero Ryan levantó una mano.

- ¿Quieres ver sangre? Observa esto.

Ryan fue hasta el extremo de la barra, cogió una botella de plástico roja, rodeó la mesa de billar y la sostuvo frente a mí. Luego la apretó, ‹haciendo movimientos circulares con la mano. No me moví.

- Lee eso, Shakespeare.

Golpeó la botella con fuerza contra la mesa.

Bajé la vista. La salsa de tomate formaba remolinos en mi camisa.

Cuando mis ojos volvieron a fijarse en el rostro de Ryan, en mi cabeza se arremolinaban palabras que sabía que nunca pronunciaría.

La sonrisa presuntuosa había desaparecido y, durante un momento, sus ojos azules sostuvieron mi mirada. Luego la mirada de Ryan se apartó de mí para volver a Pascal.

- Esta fiesta ha terminado.

- La fiesta terminará cuando yo diga que ha terminado.

Las pupilas de Pascal estaban más dilatadas que una tubería maestra.

Se dirigió al compañero de Ryan.

- Este cabrón no puede hablarme así. Ni siquiera es…

- Pero yo sí puedo. La fiesta ha terminado. Ahora lárgate de aquí.

Fue apenas un susurro.

El ceño de Pascal se frunció hasta convertirse en un surco y una vena se abultó en su sien. Con un último «¡Hija de puta!», dio media vuelta y abandonó la habitación.

El hombre del traje cruzado observó en silencio mientras Ryan se volvía hacia mí.

- Conservas tu patético culo, zorra, pero no te confundas. Esto no ha sido por ti. -Enfatizaba cada palabra con un golpe en mi pecho-. Por lo que a mí respecta, podrías estar arriba colocada a cuatro patas debajo de Pascal.

Y toma nota.

Estaba tan cerca de mí que podía oler su transpiración, un olor tan familiar como mi propio cuerpo.

- La aventura de esta noche es un gran agujero negro en tu banco de memoria. No sucedió. -Me cogió del pelo y acercó mi cara a la suya-. Si abres la boca, yo personalmente llevaré a Pascal a hacerte una visita.

Me soltó empujándome por el pecho y salí trastabillada hacia atrás.

- Abriremos la puerta desde aquí. Ahora desaparece.

Ryan volvió a reunirse con el hombre en la barra, dio una calada al cigarrillo y luego arrojó la colilla contra el zócalo de acero inoxidable debajo de la barra.

Mientras observaba el baile de chispas, sentí que algo dentro de mí se transformaba en una bola dura y fría.

Sin decir una palabra, dejé el taco sobre la mesa de billar y me marché con piernas temblorosas. Una vez fuera pude sacar finalmente el bote de Mace y, en un ataque de frustración, humillación, alivio y furia, me volví y rocié la casa. Sollozando y castañeteando los dientes, aferré el bote vacío contra el pecho y me confundí con la oscuridad.

La casa donde me habían retenido estaba a menos de seis manzanas de La Taverne des Rapides y, después de haber recorrido esa distancia medio corriendo, medio trastabillando, no me llevó mucho tiempo encontrar mi coche. Una vez dentro, me aseguré de que las puertas tuviesen el seguro puesto, luego permanecí sentada durante un momento, con las piernas ‹como gelatina, las manos temblando de forma incontrolada, la mente confusa. Respiré profundamente varias veces y me obligué a moverme con gestos lentos y premeditados. Cinturón de seguridad. Encendido. Primera.

Acelerar.

Aunque los relámpagos iluminaban el cielo y la lluvia golpeaba el parabrisas, violé todas las restricciones de velocidad para llegar a casa. Mis pensamientos eran un caos.

Ryan le había dado a su compañero un valioso consejo. Una empresa ilegal necesita una poderosa razón para quitar de en medio incluso a una policía adjunta como yo. La represalia sería contundente y la organización estaría fuera del negocio durante mucho tiempo. A menos que esa policía estuviese causando graves daños a la organización, no tenía sentido cargársela, y el hombre del traje lo había entendido perfectamente.

¿Pero qué pasaba con Ryan? ¿Había sido el valioso consejo de un consigliere el único motivo de su actitud? ¿Qué había pasado en aquella casa? ¿Me había tropezado con Ryan en su nueva vida? ¿Estaba allí como miembro de la banda o tenía otras razones? ¿Qué significaban sus acciones? ¿Acaso me había humillado como si fuese un mensaje de que su vida pasada era historia y ahora él pertenecía al otro bando, o lo había hecho como parte de un montaje destinado a sacarme de allí sana y salva? ¿Se había puesto en peligro al hacerlo? Yo sabía que debía informar de ese incidente. ¿Pero qué ganaríamos con ello? Carcajou conocía la existencia de esa casa y seguramente tenía las fichas de Pascal y Tank.

Carcajou. Claudel y Quickwater. Tenía un nudo en el estómago. ¿Qué dirían ellos cuando se enterasen de cómo me había metido literalmente en la boca del lobo? ¿Reforzaría ese incidente el deseo de Claudel de que me retirasen como enlace con la unidad? ¿Y si Ryan era un infiltrado? ¿Un informe policial podría poner en peligro su tapadera? No tenía las respuestas, pero tomé una decisión. Independientemente de cuáles fuesen las razones de ese hombre, yo no haría nada que pudiese perjudicar a Andrew Ryan. Si existiera la más mínima posibilidad de que un informe sobre ese incidente pudiese ponerlo en peligro, no presentaría ninguno. Mañana lo decidiré, pensé.

Cuando llegué a casa, la puerta del cuarto de Kit estaba cerrada, pero pude oír la música a través de la pared.

Buena jugada, tía Tempe. Por eso no eres policía.

Arrojé la ropa sobre una silla y me metí en la cama. Mientras lo hacía, un pensamiento me asaltó de repente. ¿Qué hubiera pasado si Pascal me hubiese llevado a otro lugar? El sueño llegó mucho, mucho más tarde.