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La muerte - Enrique Anderson Imbert

La automovilista (negro el vestido, negro el pelo, negros los ojos, pero con la cara tan pálida que, a pesar del mediodía, parecía que en su tez se hubiese detenido un relámpago), la automovilista vio en el camino a una muchacha que hacía señas para que parara. Paró.

—¿Me llevas? Hasta el pueblo no más —dijo la muchacha.

—Sube —dijo la automovilista.

Y el auto arrancó a toda velocidad por el camino que bordeaba la montaña.

—Muchas gracias —dijo la muchacha con un gracioso mohín—, pero ¿no tienes miedo de levantar por el camino a personas desconocidas? Podrían hacerte daño. ¡Esto está tan desierto!

—No, no tengo miedo.

—¿Y si levantaras a alguien que te atraca?

—No tengo miedo.

—¿Y si te matan?

—No tengo miedo.

—¿No? Permíteme presentarme —dijo entonces la muchacha, que tenía los ojos grandes, límpidos, imaginativos, y enseguida, conteniendo la risa, fingió una voz cavernosa—. Soy la Muerte, la M-u-e-r-t-e.

La automovilista sonrió misteriosamente.

En la próxima curva, el auto se desbarrancó. La muchacha quedó muerta entre las piedras. La automovilista siguió a pie y, al llegar a un cactus, desapareció.

La cena - Clarice Lispector

Él entró tarde en el restaurante. Por cierto, hasta entonces se había ocupado de grandes negocios. Podría tener unos sesenta años, era alto, corpulento, de cabellos blancos, cejas espesas y manos potentes. En un dedo, el anillo de su fuerza. Se sentó amplio y sólido.

Lo perdí de vista y, mientras comía, observé de nuevo a la mujer delgada, la del sombrero. Ella reía con la boca llena y le brillaban los ojos oscuros.

En el momento en que yo llevaba el tenedor a la boca, lo miré. Ahí estaba, con los ojos cerrados, masticando pan con vigor, mecánicamente, los dos puños cerrados sobre la mesa. Continué comiendo y mirando. El camarero disponía platos sobre el mantel, pero el viejo mantenía los ojos cerrados. A un gesto más vivo del camarero, él los abrió tan bruscamente que ese mismo movimiento se comunicó a las grandes manos y un tenedor cayó. 

El camarero susurró palabras amables, inclinándose para recogerlo; él no respondió. Porque, ahora despierto, sorpresivamente daba vueltas a la carne de un lado para otro, la examinaba con vehemencia, mostrando la punta de la lengua —palpaba el bistec con un costado del tenedor, casi lo olía, moviendo la boca de antemano—. Y comenzaba a cortarlo con un movimiento inútilmente vigoroso de todo el cuerpo. 

En breve llevaba un trozo a cierta altura del rostro y, como si tuviera que cogerlo en el aire, lo cobró en un impulso de la cabeza. Miré mi plato. Cuando lo observé de nuevo, él estaba en plena gloria de la comida, masticando con la boca abierta, pasando la lengua por los dientes, con la mirada fija en la luz del techo. Yo iba a cortar la carne nuevamente, cuando lo vi detenerse por completo.

Y exactamente como si no soportara más —¿qué cosa?—, cogió rápido la servilleta y se apretó las órbitas de los ojos con las dos manos peludas. Me detuve, en guardia. Su cuerpo respiraba con dificultad, crecía. Retira finalmente la servilleta de los ojos y observa atontado desde muy lejos. Respira abriendo y cerrando desmesuradamente los párpados, se limpia los ojos con cuidado y mastica lentamente el resto de comida que todavía tiene en la boca.

Un segundo después, sin embargo, está repuesto y duro, toma una porción de ensalada con el cuerpo todo inclinado y come, el mentón altivo, el aceite humedeciéndole los labios. Se interrumpe un momento, enjuga de nuevo los ojos, balancea brevemente la cabeza —y nuevo bocado de lechuga con carne engullido en el aire—. Le dice al camarero que pasa:

—Este no es el vino que pedí.

La voz que esperaba de él: voz sin posibles réplicas, por lo que yo veía que jamás se podría hacer algo por él. Nada, sin obedecerlo.

El camarero se alejó, cortés, con la botella en la mano.

Pero he ahí que el viejo se inmoviliza de nuevo como si tuviera el pecho contraído y enfermo. Su violento vigor se sacude preso. Él espera. Hasta que el hambre parece asaltarlo y comienza a masticar con apetito, las cejas fruncidas. Yo sí comencé a comer lentamente, un poco asqueado sin saber por qué, participando también no sabía de qué. 

De pronto se estremece, llevándose la servilleta a los ojos y apretándolos con una brutalidad que me extasía. Abandono con cierta decisión el tenedor en el plato, con un ahogo insoportable en la garganta, furioso, lleno de sumisión. Pero el viejo se demora poco con la servilleta sobre los ojos. Esta vez, cuando la retira sin prisa, las pupilas están extremadamente dulces y cansadas, y antes de que él se las enjugara, vi. Vi la lágrima.

Me inclino sobre la carne, perdido. Cuando finalmente consigo encararlo desde el fondo de mi rostro pálido, veo que también él se ha inclinado con los codos apoyados sobre la mesa, la cabeza entre las manos. Realmente él ya no soportaba más. Las gruesas cejas estaban juntas. 

La comida debía haberse detenido un poco más debajo de la garganta bajo la dureza de la emoción, pues cuando él estuvo en condiciones de continuar hizo un terrible gesto de esfuerzo para engullir y se pasó la servilleta por la frente. Yo no podía más, la carne en mi plato estaba cruda, y yo era quien no podía continuar más. Sin embargo, él comía.

El camarero trajo la botella dentro de una vasija con hielo. Yo observaba todo, ya sin discriminar: la botella era otra, el camarero de chaqueta, la luz aureolaba la cabeza gruesa de Plutón que ahora se movía con curiosidad, goloso y atento. Por un momento el camarero me tapa la visión del viejo y apenas veo las alas negras de una chaqueta sobrevolando la mesa, vertía vino tinto en la copa y aguarda con los ojos ardientes —porque ahí estaba seguramente un señor de buenas propinas, uno de esos viejos que todavía están en el centro del mundo y de la fuerza—. 

El viejo, engrandecido, tomó un trago, con seguridad, dejó la copa y consultó con amargura el sabor en la boca. Restregaba un labio con otro, restallaba la lengua con disgusto como si lo que era bueno fuera intolerable. Yo esperaba, el camarero esperaba, ambos nos inclinábamos, en suspenso. Finalmente, él hizo una mueca de aprobación. El camarero curvó la cabeza reluciente con sometimiento y gratitud, salió inclinado, y yo respiré con alivio.

Ahora él mezclaba la carne y los tragos de vino en la gran boca, y los dientes postizos masticaban pesadamente mientras yo espiaba en vano. Nada más sucedía. El restaurante parecía centellear con doble fuerza bajo el titilar de los cristales y cubiertos; en la dura corona brillante de la sala los murmullos crecían y se apaciguaban en una dulce ola, la mujer del sombrero grande sonreía con los ojos entrecerrados, tan delgada y hermosa, el camarero servía con lentitud el vino en el vaso. Pero en ese momento él hizo un gesto.

Con la mano pesada y peluda, en cuya palma las líneas se clavaban con fatalismo, hizo el gesto de un pensamiento. Dijo con mímica lo más que pudo, y yo, yo sin comprender. Y como si no soportara más, dejó el tenedor en el plato. Esta vez fuiste bien agarrado, viejo. Quedó respirando, agotado, ruidoso. 

Entonces sujeta el vaso de vino y bebe, los ojos cerrados, en rumorosa resurrección. Mis ojos arden y la claridad es alta, persistente. Estoy prisionero del éxtasis, palpitante de náusea. Todo me parece grande y peligroso. La mujer delgada, cada vez más bella, se estremece seria entre las luces.

Él ha terminado. Su rostro se vacía de expresión. Cierra los ojos, distiende los maxilares. Trato de aprovechar ese momento, en que él ya no posee su propio rostro, para finalmente ver. Pero es inútil. La gran forma que veo es desconocida, majestuosa, cruel y ciega. Lo que yo quiero mirar directamente, por la fuerza extraordinaria del anciano, en ese momento no existe. Él no quiere.

Llega el postre, una crema fundida, y yo me sorprendo por la decadencia de la elección. Él come lentamente, toma una cucharada y observa correr el líquido pastoso. Lo toma todo, sin embargo, hace una mueca y, agrandado, alimentado, aleja el plato. Entonces, ya sin hambre, el gran caballo apoya la cabeza en la mano. La primera señal más clara aparece. 

El viejo devorador de criaturas piensa en sus profundidades. Pálido, lo veo llevarse la servilleta a la boca. Imagino escuchar un sollozo. Ambos permanecemos en silencio en el centro del salón. Quizás él hubiera comido demasiado deprisa. ¡Porque, a pesar de todo, no perdiste el hambre, eh!, lo instigaba yo con ironía, cólera y agotamiento. Pero él se desmoronaba a ojos vista. 

Ahora los rasgos parecían caídos y dementes, él balanceaba la cabeza de un lado para otro, sin contenerse más, con la boca apretada, los ojos cerrados, balanceándose, el patriarca estaba llorando por dentro. La ira me asfixiaba. Lo vi ponerse los anteojos y envejecer muchos años. 

Mientras contaba el cambio, hacía sonar los dientes, proyectando el mentón hacia delante, entregándose un instante a la dulzura de la vejez. Yo mismo, tan atento había estado a él que no lo había visto sacar el dinero para pagar, ni examinar la cuenta, y no había notado el regreso del camarero con el cambio.

Por fin se quitó los anteojos, castañeteó los dientes, se enjugó los ojos haciendo muecas inútiles y penosas. Pasó la mano por los cabellos blancos alisándolos con fuerza. Se levantó asegurándose al borde de la mesa con las manos vigorosas. Y he aquí que, después de liberado de un apoyo, él parecía más débil, aunque todavía era enorme y todavía capaz de apuñalar a cualquiera de nosotros. Sin que yo pudiera hacer nada, se puso el sombrero acariciando la corbata en el espejo. Cruzó el ángulo luminoso del salón, desapareció.

Pero yo todavía soy un hombre.

Cuando me traicionaron o me asesinaron, cuando alguien se fue para siempre, cuando perdí lo mejor que me quedaba, o cuando supe que iba a morir.

—Yo no como. No soy todavía esa potencia, esta construcción, esta ruina. Empujo el plato, rechazo la carne y su sangre.

Donante - Iban Zaldua

Circunstancias más bien peregrinas me llevaron a hacerme donante de sangre. A Loperena, compañero de cenas y chiquiteo, el médico le recomendó —más bien le ordenó— que se hiciera sacar sangre con cierta regularidad: lo ignoro todo sobre la ciencia de Esculapio, pero recuerdo que el curioso remedio, uno más de entre todo un arsenal, tenía que ver con la extrema obesidad de nuestro amigo, y con el lamentable estado de su hígado. 
 
Le indicó que lo mejor para seguir el curioso tratamiento iba a ser que se hiciera socio de Donantes de Sangre. Loperena fue objeto de nuestras chanzas durante un tiempo, hasta que, conforme iban transcurriendo los días y comprobamos que a la pregunta: «¿Qué, has ido ya a sacarte sangre?», seguía respondiendo con evasivas, comprendimos algo que ni remotamente podíamos sospechar en él: estaba cagado de miedo. 
 
Tratamos de alentarlo como siempre suele hacerse en estos casos: que no pasa nada, si es un pinchacito y se acabó, que no se ha muerto nadie… Inútilmente. Así que decidimos, en un acto de generosidad sin precedentes hacia Loperena y la Humanidad, convertirnos nosotros mismos también en donantes y acompañar al desdichado gordo en su particular calvario. 
 
Los siete —todos menos Juárez, que había tenido hepatitis— nos encaminamos un sábado a la mañana hacia el banco de sangre, sin dejar de hacer chistes y dando palmaditas en el hombro a Loperena, que estaba más blanco que la leche. 
 
Para animarle, quedamos en que luego visitaríamos los bares del barrio y saquearíamos sus reservas de tinto y pinchos. Entre protestas, todos nos comprometimos a invitar. Ni siquiera esto devolvió la vida a los ojos de perro apaleado de Loperena.
 
La sede de la Asociación de Donantes de Sangre se halla en el bajo de un oscuro edificio del Centro, en la calle Lope de Aguirre; como Nazábal, con su habitual pedantería, se encargó de ilustrarnos, ocupaba lo que habían sido las antiguas oficinas de la CNT durante la guerra: los agujeros de bala que tachonaban el dintel y uno de los balcones, rellenos de un mortero que había ennegrecido más que la piedra de la fachada, daban fe de ello. 
 
El interior se correspondía casi exactamente con la lúgubre entrada: una amplia sala con una mesa, tres camillas que parecían sacadas de un compendio decimonónico, varias vitrinas modernistas y gastadas, llenas de frascos, azulejos blancos en el suelo, el techo y las paredes. Lo único anacrónico allí eran las bolsas de plástico para la sangre y las balanzas en el suelo, junto a las camillas. 
 
Nos recibió el doctor Elorza, alto, espigado, calvo, con una mueca de seriedad permanente de esas que uno, por conservar la calma, procura no confundir con la animadversión hacia todo lo que se mueve sobre dos piernas. Ni el marco ni el galeno eran, evidentemente, los más adecuados para que Loperena caminara sin miedo hacia su primera donación, así que —una simple mirada de entendimiento nos bastó— Juancho, Loco y yo decidimos afrontar los primeros el potro de la tortura. 
 
Tras un prolijo y desagradable interrogatorio, una enfermera sin edad nos fue tumbando en las camillas y el doctor, con una mirada casi sádica, fue clavándonos la aguja en la vena y dándonos las instrucciones para que la sangre fluyera a la bolsa. Aunque sólo puedo hablar por mí mismo, estoy seguro de que a los tres nos dolió más de lo que preveíamos, y que nos pareció una experiencia bastante desagradable. 
 
Sin embargo, ante los demás, y sobre todo ante Loperena, evitamos cualquier gesto de disgusto y seguimos bromeando hasta el final. Marcos, Nazábal y Mikel hicieron lo mismo. Loperena no pudo echarse atrás. Aguantó como pudo y, aunque estuvo a punto de marearse, no vomitó. 
 
Todos juntos ya, y acompañados por la enfermera, nos zampamos el bocadillo, bebimos los litros de agua prescritos, recibimos cada uno nuestro carné y salimos para la calle. Era la una y media del mediodía. Fuera porque la sangre que nos habían restado debilitaba nuestro organismo, fuera porque los pinchos que trasegamos no fueron suficientes para hacer base en nuestros estómagos, el caso es que para las dos y cuarto ya estábamos como cubas. 
 
No tuvimos más remedio que quedarnos a comer por la zona, en uno de esos tascuchos con menú de a mil doscientas pesetas que invitan, en los postres, a cantar a coro y a iniciar interminables guerras de pan. La memorable juerga concluyó con los primeros rayos del sol de la mañana siguiente. 
 
No extrañará, por lo tanto, que decidiéramos convertir aquellas donaciones en tradición, en el preludio de largas jornadas de disparates, cánticos y chuletadas que íbamos a perpetrar cada tres o cuatro meses. Así lo decidimos, ya recuperados de la resaca, con un solemne juramento.
 
Como era de esperar, la primera juerga eclipsó a todas las siguientes. Es sabido lo que perduran las tradiciones recién adoptadas en estas circunstancias: dos, tres años, o acaso lo que tarda en deshacerse una cuadrilla. En nuestro caso ambos plazos casi coincidieron. 
 
Habíamos concluido los estudios, conocimos a otras gentes, algunos encontraron trabajo lejos del barrio, la vida nos trazó líneas que se fueron separando en el mapa del tiempo. Yo fui de los que se quedó en la ciudad. Y el único que, una vez cada cuatro meses, siguió acudiendo a donar sangre. Es posible que alguno siguiera haciéndolo, pero no desde luego en aquel local del centro. 
 
La lista de excusas que fueron proporcionando para justificar su deserción es demasiado prolija y la considero innecesaria en este relato. Loperena fue el último en abandonarme. Un día me comunicó que su nuevo médico de cabecera había decidido cambiar radicalmente de tratamiento, aduciendo que, a fin de cuentas, aquellas donaciones de sangre no eran más que una burda variante de las sangrías de antaño. 
 
Todo eso, según Loperena, acompañado de una serie de lindezas sobre su colega que se pagarían a muy buen precio en el Colegio Provincial de Médicos. Pese a los alicientes que rodeaban a las jornadas de donación, Loperena nunca logró sacudirse de encima el malestar que le producían el doctor Elorza y sus agujas. 
 
Le felicité sinceramente, pero no advertí rastros de alegría —ni siquiera de alivio— en su mirada. Me lo explicó: el nuevo médico le había impuesto un régimen muy estricto. Después de realizar mi donación —la solidaridad de Loperena no llegó hasta el punto de acompañarme aquel día—, decidimos celebrarlo por todo lo alto en el Felipe: marmitako, pencas rellenas, gorrín, repostería variada, café, puro y pacharán. 
 
Todo ello regado con un par de botellas de Viña Ardanza de 1973 que elevaron la cuenta —y nuestra moral— como la espuma. Pero no nos importó. Loperena lo dejó muy claro: «Esta es la última. Mañana mismo empiezo con el régimen».
 
No sé por qué seguí donando. Local y empleados me resultaban desagradables, las satisfacciones que me proporcionaba el hecho de perder medio litro de sangre cada cuatro meses eran intangibles y —cavilaba— lo que sobra en esta provincia son donantes de sangre. Eso decían las estadísticas, por lo menos: cuando empecé a ir solo me sorprendió no coincidir nunca con nadie. ¿Por qué me empeñaba en ir, entonces? ¿Era, acaso, una forma de tranquilizar mi conciencia, de decirme que ya hacía —y, además, gratis— lo suficiente por la Humanidad? ¿Mi coartada para afrontar la vida con un mínimo de hipocresía? ¿Era la Asociación de Donantes de Sangre —a cuyas reuniones jamás acudía— lo mismo que el Movimiento de Objeción de Conciencia para Nazábal, la Asociación para la Protección de Nuestro Patrimonio Industrial para Marcos, el sindicato para Juancho? Lo ignoro. Creo que actuaba movido por una suerte de premonición. Esperaba a Milagros.
 
El hecho es que, tres sábados al año, allí me tenían, listo para vaciar mis venas. El doctor Elorza nunca llegó a tutearme, ¡faltaría más! Cuando traspasaba la puerta y le saludaba me solía atravesar con una mirada cansada, como si anduviera cargado de trabajo, agobiado por las masas de donantes. 
 
Nunca encontré a nadie allí. Después celebrábamos el ritual mecánicamente: me hacía las mismas preguntas, yo daba las mismas respuestas, me tumbaba en la camilla más alejada, me pinchaba, volvía a su escritorio y a partir de entonces era su casi muda ayudante la que se ocupaba de todo: vigilar la oscilación de la balanza, decidir cuándo había suficiente sangre en la bolsa, cortar el flujo, aplicarme el algodón en el pinchazo y recitarme, siempre con la misma voz monocorde: «Ahora apriete fuerte hasta que deje de manar sangre». 
 
Ni siquiera llegué a saber su nombre. Después de aquello, me bajaba la manga y, ya sin ayuda, me encaminaba a los sofás de la entrada, bebía medio litro de agua, ojeaba algunas revistas y deglutía un bocadillo de —parece difícil de creer— excelente salchichón. Siempre había cuatro o cinco más preparados en la mesilla, y más de una vez estuve tentado de pedirles permiso para repetir. 
 
Pero algo en el silencio de aquella amplia sala me lo impedía siempre también. Quizá fuera el recuerdo del brillo extraño que asomaba a los ojos de Elorza cada vez que extraía la aguja de su protector de plástico y miraba mi brazo buscando el punto exacto. No logré acostumbrarme.
 
Un sábado, nada más entrar, me di cuenta de que las cosas habían cambiado, y mucho, en el último cuatrimestre. Mamparas de color salmón dividían el espacio que antes ocupaba la gran sala, de manera que la entrada se reducía a un hall bastante pequeño, aunque coqueto. De las paredes originales no habían podido arrancar aquellos horribles azulejos, pero las habían cubierto con pósters y reproducciones de pinturas impresionistas que les daban otro aire. 
 
La mesa de oficina había sido sustituida por un mostrador tras el cual una vivaracha enfermera, que enseguida me dijo que se llamaba Merche, pedía los datos, rebuscaba en el fichero y conducía al donante a una pequeña sala de espera donde —y aquí venía la sorpresa— la doctora en medicina general Milagros Rotaeche cumplimentaba, con una amabilidad inusitada, el cuestionario de rigor. 
 
Ella fue la que me informó del cese del doctor Elorza y de cómo ella se había hecho con el puesto. Todo eso sin dejar de sonreír. Puedo decir, sin riesgo a equivocarme, que es una hermosa mujer, morena, de ojazos verdes y largas pestañas, y con una sonrisa que no abandona su boca en ningún momento: creo que fue ese rasgo, en contraste quizás con la actitud de Elorza, lo que me cautivó. 
 
Sospeché, con una mezcla de horror y satisfacción, que por fin habían descubierto los experimentos secretos que sin duda realizaba el doctor Elorza y se hallaba expiando sus crímenes en alguna institución penitenciaria; no he sabido hasta mucho después que se enroló en una misión de Medicus Mundi con destino a Ruanda, donde por lo visto realizó durante dos años una labor más que meritoria. 
 
Salió hasta en el semanal de El País. Tengo que confesar que la noticia me ha contrariado un tanto, pero en aquel entonces di gracias al Señor —las sigo dando— por el cambio y por el castigo que por sus crímenes contra la Humanidad se merecía Elorza. Pero sobre todo por el cambio.
 
La doctora Rotaeche era además encantadora, atenta e inteligente. Su conversación no decaía nunca y suponía una delicia estar con ella. Si no tenía mucho trabajo se quedaba junto a mí durante la extracción, y hablábamos de cualquier cosa. La verdad, era ella la que más hablaba, porque yo no tenía mucho que decir. 
 
Mi trabajo, en la sección de contabilidad de una sucursal de la caja de ahorros provincial, no daba para grandes aventuras; mis recuerdos de juventud, de puro felices, se me antojaban insulsos; mis vacaciones en Cuba —desde que empecé a trabajar he ido cuatro veces, cada verano—, eran más bien inconfesables, pese a que eran lo más excitante en una vida que se reducía a un eterno paseo entre la oficina y el apartamento. 
 
Milagros —enseguida si insistió en tratarme de tú— opinaba sobre todo lo divino y lo humano con una soltura envidiable, de esas que arrastran: yo mismo me sorprendí, en más de una ocasión, proporcionándole mi punto de vista sobre cuestiones que en la vida me habían interesado, o sobre las que nunca me habría atrevido a discutir. 
 
Aquellos ratos, desgraciadamente, no fueron tan abundantes como yo hubiera deseado. La voz corrió y los miembros de la Asociación de Donantes acudieron como moscas. Nunca había visto el local tan concurrido: hubo sábados en que tuve que volverme a casa sin haber cumplido con mi deber. Una vez en la sala, donde habían colocado dos camillas más, amén de una televisión, todos nos disputábamos los favores de Milagros. 
 
Al principio creí ser el preferido, pero casi estoy convencido de que a todos nos ocurría lo mismo. Durante un año entero me devoraron los celos: ¿acaso no pasaba unos minutos más con esa foca sebosa de Rodríguez Rezola, un carnicero que contaba chistes sin cesar, y no precisamente de los mejores? 
 
Pero no, luego volvía junto a mí, introducía aquella suave aguja bajo mi piel, acariciaba mi hombro, me preguntaba por el trabajo, me tranquilizaba. Mes tras mes, esperaba aquellos sábados con ansiedad. Más de una vez me planteé si podría verla fuera de aquel local, si me atrevería a invitarla a salir, o algo así. Nunca lo intenté: algo más fuerte que mi deseo me detenía. Como si la imagen de Milagros fuera de aquel local me pareciera irreal. Como si no pudiera tomar cuerpo en otro sitio que no fuera aquel escenario. Ahora sé que no tiene por qué ser así.
 
Milagros era, además, una médico muy preparada. Pronto nos enteramos —todo se llega a saber en los círculos devotos— de que había sido la primera de su promoción, y de que había publicado artículos en las revistas más importantes de la especialidad. 
 
Reputada experta en hematología, ella misma nos confesó que estaba perfeccionando un preparado con el que queremos conseguir que la sangre de los donantes recuperara más rápidamente los elementos que se perdían con la transfusión. No podíamos estar más de acuerdo con su línea de investigación: si tenía éxito el ritmo de donaciones se aceleraría y habría más sangre para transfusiones y, lo más importante, podríamos acudir cada menos tiempo a visitar la sede de la Asociación. A visitar a Milagros. 
 
Su sueño, me confesó un día, era la producción artificial de sangre, pero no confiaba en lograrlo aún, dados los escasos medios de que disponía. Por eso había optado por perfeccionar el funcionamiento de la mejor máquina de producir sangre que la naturaleza había creado. Y me acarició la cabeza.
 
Cuando, tímidamente, nos propuso formar parte de su experimento, dudo que nadie se negara a probar aquel brebaje rosa que Merche nos iba a servir después de cada donación, junto al agua y el bocadillo. Nos dijo que íbamos a ser famosos y que nuestros nombres aparecerían en el artículo que sin duda le publicarían en el Scientific American. Eso, por lo menos. 
 
A partir de ese momento empezamos a ser citados más a menudo. Primero cada tres meses, luego cada dos, y a partir de ahí Milagros fue bajando una semana a cada visita. Mi vida se convirtió en una delicia, al menos en parte. No sólo porque acudía al local de la Asociación de Donantes de Sangre más a menudo, sino también porque pasaba más tiempo allí. 
 
Efectivamente, el revitalizador de Milagros, por lo visto, no sólo lograba acelerar la recuperación de los elementos que perdía la sangre del donante, sino que lograba triplicar el ritmo de reproducción de la propia masa sanguínea, con lo que, nos comunicó, podríamos donar más sangre cada vez. 
 
La perspectiva de pasar ratos más largos junto a Milagros me sedujo —nos sedujo— sin remedio. Casi se convirtió en una competición entre los habituales. Subimos de medio litro a tres cuartos, de ahí al litro y algunos llegamos al techo de litro y medio por donación, con descansos de tres semanas entre una sesión y la siguiente.
 
Evidentemente, cada día que pasaba me sentía más débil. No puedo decir que me importara mucho. Nunca he sido muy dado a tomar el sol, pero la imagen que cada mañana me devolvía el espejo me decía a las claras que mi piel había perdido cualquier vestigio de color que alguna vez hubiera tenido. 
 
Perdí el apetito, adelanté y empecé a llegar tarde al trabajo. Siempre he sido puntual, y nunca antes se me habían pegado las sábanas. Pero ahora subía a casa y no sentía más que ganas de dormir, acudía al trabajo y me entraba sueño frente al ordenador. No, ni se me ocurrió preocuparme. 
 
Milagros nos hacía chequeos antes y después de cada sesión, nos tomaba la tensión, realizaba complicadas pruebas con muestras de nuestra orina y casi siempre proclamaba que estábamos estupendos; a algunos les prescribía unas vitaminas, «una ayudita», como ella solía decir, pero poco más. 
 
Un día, nada más llegar a la oficina, me desmayé. El médico diagnosticó anemia con complicaciones —la lista es demasiado larga—, y me dio a entender que tenía la sangre tan debilitada que lamentaba hasta haberme extraído la muestra. Me dio baja para un mes, que tenía que pasar en la cama. Ni se me ocurrió comentarle nada de los experimentos de Milagros. 
 
Ella misma se había encargado de subrayar que aquello era un secreto entre nosotros, que en el mundo de la investigación hay muchas envidias y muchos desaprensivos dispuestos a robar descubrimientos que no les pertenecen. Nunca dudamos de su buena fe, ni de sus revisiones. Confiábamos en Milagros.
 
Aquella baja, qué duda cabe, me salvó la vida. A la segunda semana ya estaba algo mejor, y pude empezar a leer los periódicos que, a regañadientes, me subía un vecino. La noticia apareció un lunes. Los titulares de los diferentes diarios no podían ser más expresivos: «LO MATÓ PARA EXTRAERLE TODA SU SANGRE», «HORRIBLE ASESINATO», «EL LOCAL DE LOS HORRORES», «LA VAMPIRESA DE LA CALLE LOPE DE AGUIRRE». Y continuaron los días siguientes: «MÁS CUERPOS EN LA TRASTIENDA DEL LOCAL», «SED DE SANGRE», «LA DOCTORA ROTAECHE INGRESA EN PRISIÓN», «DIMISIONES EN LA ASOCIACIÓN DE DONANTES DE SANGRE», «POSIBLE IMPLICACIÓN DEL DIRECTOR DE OSAKIDETZA», etc. 
 
La policía dio con el caso casi por casualidad, mientras investigaba la desaparición de Rodríguez Rezola que, como todos los carniceros, tenía dinero y sólidas relaciones. A algún espabilado se le ocurrió que acudía con demasiada asiduidad al local de Donantes y mientras hacían una pregunta por aquí, manoseaban un aparatito por allá, algún agente abrió la puerta del depósito y se topó con el cuerpo —por decir algo— de Rodríguez Rezola, convertido en un saco de piel y huesos apenas reconocible. 
 
El forense no encontró en su cuerpo, casi momificado, ni una gota de sangre. Lo mismo puede decirse de los otros cuatro cuerpos que hallaron bajo el suelo de aquella habitación; publicaron sus fotos y he de decir que los conocía a casi todos: mis antiguos rivales. El famoso preparado resultó estar compuesto básicamente de sirope de granadina. 
 
Merche, la enfermera, por lo visto, no sabía nada. La policía vino a visitarme una semana después de la detención de Milagros. Confirmé punto por punto las declaraciones de los demás testigos. Sin embargo no quise ponerle una denuncia. No he debido ser el único, porque los policías no insistieron. Ni siquiera parecieron sorprenderse.
 
Por suerte, los periodistas no me molestaron. No hubiera sabido qué contarles. El caso de la doctora Rotaeche fue, como era de esperar, un duro golpe para la Asociación Provincial de Donantes de Sangre: las estadísticas de este último año son elocuentes. Incluso han cambiado de sede, pero no parece que les haya servido de mucho. 
 
Yo, desde luego, no he vuelto a donar, y no conozco el nuevo local. Nunca lo conoceré. No es por lo que nos ocurrió. Sé que si voy no encontraré a Milagros allí, y eso es suficiente. No sería lo mismo. He intentado conseguir un permiso para visitarla en la cárcel, pero no me lo han concedido. 
 
Razones de seguridad, añaden. Me han dicho que probablemente pueda cuando la sentencia sea firme. Incluso un vis a vis; eso sería estupendo. Esperaré. Vaya que si esperaré. Me da un poco de lástima, claro. Todo este tiempo. Con la sed que estará pasando, la pobre.

El vencimiento de la hipoteca de Míster Mappin - Zena Collier

Según la experiencia de míster Mappin, la vida no es lo que uno quiere que sea. Antes al contrario, la vida es la que le hace a uno. Las circunstancias de la vida se estrechan alrededor de uno, cercándole, obligándole implacablemente a concretarse. Míster Mappin, por ejemplo, que en otros tiempos se viera a sí mismo como un diplomático importante, un corresponsal extranjero, e incluso —y se sentía particularmente orgulloso de esta idea— como capitán de uno de esos majestuosos palacios flotantes en los que parece concentrarse todo el esplendor, la magia y el romanticismo del mundo, rondaba ya los veinte años de servicio en el departamento de hipotecas de Trimble, Goshen & Webb, abogados.


Veinte años atrás había llegado a Trimble, Goshen & Webb lleno de grandes esperanzas, con los ojos muy claros y manteniendo siempre ante él un firme anteproyecto de su futuro. No había dejado de ser un pequeño logro el ser aceptado por una empresa de tanta reputación como Trimble y Cía., de modo que sólo sintió muy débilmente haber tenido que posponer aquellos otros sueños... 

«Míster Mappin expresó hoy un moderado optimismo sobre su reunión con el embajador de Transilvania...» «...George Mappin dice en su último comunicado desde Hong Kong...» «El comodoro Mappin solicita el honor de que la señora condesa acuda a su mesa esta noche...» 

Aquellos sueños que quizá pertenecían más bien al reino de las imaginaciones propias de un muchacho. Al fin y al cabo, cuando todo estuviera dicho y hecho, tampoco quedaría mal un «míster Mappin, abogado muy conocido, calmó a los enojados accionistas que asistían a la reunión con su acostumbrada elocuencia».

¿Y qué había sido de todo aquello? ¿Qué había ocurrido en aquellos veinte años? Había envejecido, eso era lo que había sucedido. Y estaba en Hipotecas. Mientras que lo primero era un mal inevitable, lo segundo no había dejado de ser como la levadura que hinchaba el pan de la amargura que últimamente envenenaba todos sus momentos de vigilia.

Durante los dos primeros años, se sintió contento de esperar a que llegara el momento oportuno. Había tenido la oportunidad de aprender un poco de todo —verificación de testamentos, litigación, casos de seguros, escrituras de traspaso de bienes raíces, e incluso cuestiones relacionadas con impuestos y propiedad industrial—, antes de ser finalmente asignado al Departamento de Hipotecas, bajo la dirección de míster Carewe. 

Y allí había cumplido lo mejor que pudo, enfrentándose con investigaciones locales, sumarios, requisiciones de títulos, contratos, alquileres, hasta que conoció todo el trabajo realizado y por realizar, por dentro y por fuera. Y, a pesar del hecho de que la práctica de la ley no resultaba ser tal y como se la había imaginado —aquellas preguntas de los sumarios y recónditas respuestas, los secos términos de un arte antiguo—, se sintió bastante contento al principio. 

Naturalmente, esto ocurrió porque sólo se trataba de un período pasajero, hasta que los Poderes que Son recordaran dónde habían dejado a George Mappin, lo sacaran de Hipotecas, y lo enviaran a realizar misiones mucho más importantes y excitantes.

Pero había permanecido allí mucho más tiempo del esperado. De hecho, tuvieron que pasar diez años antes de que, finalmente, se le hiciera pasar al despacho de míster Trimble. Y su corazón latió con un poco más de rapidez y alegría ante la perspectiva de un cambio que, por fin, se iba a producir, después de tanto tiempo.

Míster Trimble se balanceó tranquilamente en el cómodo sillón situado tras la mesa, y le ofreció un cigarrillo.

—Veamos, usted ha estado con nosotros desde hace..., ¿cuántos años? ¿Siete? ¿Ocho?

—Diez, señor —dijo míster Mappin.

—Bien, bien, ¡cómo pasa el tiempo! —exclamó míster Trimble sacudiendo pesarosamente su blanca cabeza—. Ha estado la mayor parte del tiempo trabajando en Hipotecas, bajo la dirección de míster Carewe, ¿no es cierto?

—Así es, señor.

Míster Mappin se regocijaba interiormente; había llegado el momento, por fin había llegado el momento. ¿Cuál sería el resultado? Podría tratarse del departamento de la empresa que se ocupaba de las altas finanzas y que, en opinión de míster Mappin, era tan excitante como cazar tigres en Kenia, aunque quizá mucho menos pesado. 

O podría tratarse del departamento de difamación... había oído decir que aquel joven, Strauss, que se había encargado hasta entonces de todas las cuestiones de difamación, abandonaba la empresa para iniciar un negocio por su cuenta; así pues, quizá se le responsabilizara ahora de ese departamento a él, míster Mappin. 

O podría ser litigios de seguros..., este departamento no era tan animado, pero, sin duda alguna, era mucho más preferible que las hipotecas. Cualquier cosa del mundo sería mejor que las hipotecas, así es que míster Mappin esperó con ansiedad el edicto de míster Trimble.

—Voy a tratar directamente el asunto —dijo míster Trimble—. ¿Qué le parecería hacerse cargo de Hipotecas, míster Mappin? —preguntó al fin, mirándole expectativamente.

—¿Hacerme cargo de Hipotecas? —preguntó estupefacto, utilizando las mismas palabras—. Pero..., pero, míster Trimble, yo ya estoy en Hipotecas. ¿Cómo puede ser? He estado en Hipotecas prácticamente desde que llegué...

—Creo que no me comprende bien del todo —dijo míster Trimble—. Cuando se celebró la última reunión de cargos de la empresa, la semana pasada, míster Carewe nos anunció que pensaba jubilarse, y entonces se decidió ofrecerle a usted el departamento de Hipotecas..., quiero decir, ponerle a usted al frente de ese departamento. Como, sin duda alguna, sabrá —míster Trimble no podía evitar a veces hablar con una cierta redundancia de vocablos legales—, se trata de un puesto de elevada responsabilidad, para el que se necesita a una persona constante, como usted; alguien que tenga sensibilidad para el detalle, el método, la prudencia.

—¿Yo? —preguntó míster Mappin con incredulidad.

—Sí, usted —dijo míster Trimble con firmeza—. Creemos que es usted la persona más apropiada para ese trabajo, que está usted altamente cualificado para llevar todas esas cuentas, y que...

—No —le interrumpió míster Mappin un poco violentamente—. No, no, yo no soy... esas cosas que usted dice. No es..., yo había pensado... en algo con un poco más de oportunidades, con más... —se detuvo en busca de nuevas palabras.

Míster Trimble se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa, juntando las palmas de sus manos. Sin ninguna crueldad, dijo:

—Comprendo, míster Mappin. Le comprendo perfectamente. Pero, por otra parte, creo..., quiero decir que la empresa cree que tanto usted como la propia empresa recibirán los mayores beneficios si realiza usted el tipo de trabajo para el que está más preparado.

Pero entonces, míster Mappin se sintió desesperado, y no pudo evitar el espetar:

—¡Preparado! ¡Hipotecas! ¿Yo?

—Como sabe usted, George —dijo míster Trimble, y míster Mappin recordaría más tarde que esta fue la primera y última vez en que míster Trimble le llamó George—, un hombre que ocupa el puesto adecuado es un hombre sensato, que conoce sus capacidades y reconoce sus limitaciones. Le hemos estado observando últimamente, y me parece..., la empresa cree que realiza usted un trabajo excelente donde está y que puede ser de un gran servicio en ese puesto.

Tras escuchar aquellas palabras, míster Mappin se dio cuenta de que había perdido la batalla. Trimble, Goshen & Webb no habían alcanzado su posición actual a causa de una falta de buen juicio, sino todo lo contrario. 

De todos modos, viéndole allí sentado, hundido un poco en el cómodo sillón, se dio cuenta por fin de que, después de todo, no era un hombre de mente brillante, bien equilibrada y capaz de enfrentarse a las situaciones con estrategia. Sus mejores cualidades no eran precisamente las del desafío y el empuje que requiere una negociación comercial. 

Finalmente, a él ni siquiera le quedaba aquel otro sueño: «Míster Mappin, abogado muy conocido, calmó a los enojados accionistas que asistían a la reunión con su acostumbrada elocuencia».

La voz de míster Trimble le llegó con claridad a través de los restos de sus esperanzas casi desvanecidas.

—¿Aceptará usted entonces?

Se trataba de una pregunta muy dura. La cabeza le daba vueltas, pero míster Mappin terminó por asentir con un leve movimiento afirmativo.

—Está bien —dijo míster Trimble con brusquedad, extendiendo la mano hacia él—. ¡Felicidades!

La mano de míster Mappin estrechó la otra.

—¿Felicidades? —preguntó insensiblemente.

—Después de todo, se trata de un ascenso —le recordó míster Trimble.

—¡Oh, sí! Sí, claro —dijo míster Mappin—. Gracias.

Después, se volvió y abandonó el despacho.

Así pues, había vuelto al departamento de Hipotecas, con un cambio de cargo, un aumento de salario, un despacho diferente... pero seguía siendo Hipotecas. El seco y rojo departamento de Hipotecas. 

Y durante un día tras otro, sin fin, míster Mappin solucionó con eficacia todo aquello que se le planteó, satisfaciendo a todos, como siempre, y obteniendo bien poco de lo que hacía. La vida siguió su curso y él supo que lo único que cambiaría sería él mismo, haciéndose un poco más viejo cada día, más viejo, más viejo, y siempre en Hipotecas.

Fue entonces cuando empezó a sentir la amargura. Sentado ante su mesa, veía a otros hombres llegar a la empresa, hombres más jóvenes que él, y su resentimiento aumentó a cada año que pasó con la llegada de cada nuevo joven zumbándole en los oídos, con la tinta de los documentos de examen, con cada nuevo hombre al que se le ofreció una oportunidad para demostrar lo que era capaz de hacer en difamaciones, patentes y seguros; hombres que progresaron y llegaron a ocupar oficinas mucho más imponentes en los pisos superiores (cuanto más elevado era el puesto que se ocupaba en Trimble, más alto era el piso donde se trabajaba); algunos de aquellos hombres llegaron incluso a ser admitidos como socios de la empresa.

Y eso era otra cuestión. Lo menos que podían hacer después de quince años era ofrecerle ser socio de la empresa. Porque, aun cuando despreciaba el departamento de Hipotecas, hacía bien su trabajo. «Pero no —pensaba míster Mappin—, nadie se da cuenta, nadie se preocupa por eso». 

En cuanto a míster Trimble, desde aquel día, ya lejano, en que le ofreció, le entregó, le obligó a hacerse cargo de Hipotecas, nunca tuvo para él una sola palabra de elogio. Ofrecerle ser socio habría sido una forma de mostrarle aprecio. Míster Mappin pensaba que eso habría sido una muestra de lo mucho que le estimaban.

En cierta ocasión hizo un intento para salir de Hipotecas. Se fue a ver a míster Trimble y le pidió directamente que le cambiara de departamento.

—Pero... después de todos estos años..., ¿es que no está a gusto en Hipotecas? —preguntó míster Trimble con sorpresa.

—Me gustaría un cambio —dijo obstinadamente míster Mappin—. Uno se cansa de hacer lo mismo un año tras otro.

—¿Cansado? ¿Está usted cansado de Hipotecas? —míster Trimble se le quedó mirando como si hubiera pronunciado una blasfemia y finalmente dijo—: Siga con lo que está haciendo durante algún tiempo y veremos lo que se puede hacer. En realidad, míster Mappin, es usted tan apropiado para ese departamento..., creemos que no existe en la empresa ninguna otra persona en la que podamos confiar tan bien como en usted para Hipotecas.

Y míster Mappin abandonó el despacho de míster Trimble sabiendo muy bien que de aquella entrevista no saldría nada positivo para él, y que tendría que permanecer donde estaba.

«Atrapado», pensó míster Mappin. Y finalmente, de la amargura, del resentimiento, de la desilusión, surgió el odio. Odio contra la empresa que había cometido contra él aquella injusticia tan terrible, que le había arrojado a un rincón, en Hipotecas... a él, a George Mappin, que había soñado con una clase de vida tan diferente. Y el odio aumentó, aumentó y aumentó hasta que cada soplo de aire que respiraba estaba lleno de su desagradable gusto.

Fue poco antes de acabar sus veinte años de trabajo en Hipotecas cuando míster Mappin empezó a pensar con placer en asesinar a míster Trimble, quien, para él, representaba a la empresa que tan mal le había tratado. En cuanto se le ocurrió la idea, míster Mappin se sintió mejor. 

Era algo en lo que podía pensar por la noche, cuando estaba echado en la cama, despierto, de modo que en lugar de ponerse a pensar frenéticamente en todos aquellos años perdidos pudo concentrar sus pensamientos, con calma y objetividad, en un tema que le producía un infinito placer. 

Como quiera que, desde luego, no tenía la menor intención de poner en práctica su idea, se trató de un pasatiempo con el que no hacía daño a nadie y que, de algún modo, le proporcionaba una sensación de alivio.

Así pues, aquella clase de pensamientos se convirtieron en un hábito regular y cada noche, cuando se preparaba para acostarse, volvía hacia ellos con una penetrante anticipación. Se desnudaba con rapidez, apagaba la luz, se quitaba las gafas y se metía en la cama. Después, se echaba sobre la espalda, se quedaba mirando fijamente hacia la oscuridad y se ponía a pensar. 

Reflexionaba con gusto sobre los pros y los contras de varios métodos. Consideraba con gran placer las cuestiones relacionadas con el tiempo y las coartadas. Aunque míster Mappin no era ningún especialista en asesinatos, había leído bastantes novelas de detectives, suficientes como para familiarizarse con el axioma de que el mejor plan es el más simple. 

Finalmente, míster Mappin eligió, hipotéticamente desde luego, un plan muy simple. Había cada tarde un período de tiempo en el que míster Trimble no veía a ningún cliente, ni dictaba cartas, ni aceptaba llamadas telefónicas. Desde las cuatro a las cuatro y media de la tarde se tomaba un rato de relax —«mi propia resistencia a las presiones de este mundo de continuo trabajo», según él mismo decía—, y ¡ay de quien se atreviera a perturbar este período de descanso! La secretaria, la telefonista y todo el personal tenían instrucciones estrictas de mantenerse alejados de su despacho durante aquella media hora. «Voilà —pensó míster Mappin—, aquí está lo que necesito, hecho a mi medida». Sólo tenía que entrar en su despacho... y asesinarle.

Quedaba por resolver la cuestión del arma. Las armas de fuego eran muy ruidosas, un cuchillo resultaba muy sucio, un veneno..., el veneno resultaba algo demasiado científico y bastante complicado. Entonces recordó que sobre el despacho de míster Trimble había un pesado pisapapeles de bronce con la figura de un buda. «Ideal», pensó míster Mappin.

¿Y después qué? Bueno, sólo se trataba de matarle —míster Mappin siempre saltaba con rapidez sobre el propio hecho—, y después, para disponer de un poco más de tiempo, pondría el cuerpo en el armario que había en uno de los rincones del despacho de míster Trimble, cerraría la puerta del armario, regresaría a su propio despacho, y eso sería todo.

El único defecto del plan era que alguien podía verle abandonar el despacho. Pero ese sería el riesgo que tendría que correr y, en realidad, se trataba de un riesgo muy pequeño porque el despacho de míster Trimble estaba en el sexto piso y a aquellas horas de la tarde nadie se atrevería a subir allí.

Y así, del mismo modo que otras personas se dedican a contar borregos, míster Mappin calculaba las cuestiones relacionadas con un detalle u otro, hasta que llegó un momento en que lo tuvo todo perfectamente planeado. 

Realmente, era una lástima que nunca tuviera la oportunidad de demostrar lo que podría llegar a hacer en este nuevo campo. No podía evitar el sentir que todo el mundo le demostraría muchísimo más respeto en la oficina si supieran la clase de cosas que era capaz de hacer.

¡Ah, respeto...! Esa era otra cuestión. Todos aquellos jóvenes que habían llegado nuevos... Dos de ellos acababan de ser asignados a su departamento. Aquella misma mañana había interceptado un guiño entre ellos cuando él llegó. Un guiño... ¡y sobre él! Si hubiera sido un socio de la empresa, nunca se habrían atrevido a hacerlo. Nunca. 

Bueno, no importaba; no se quedarían mucho más tiempo en Hipotecas. Ellos no. Porque no tardarían en ser trasladados a algún otro departamento, a realizar algún trabajo algo más espectacular. No le cabía la menor duda..., y eso era precisamente lo que él hubiera deseado: ser trasladado.

El fuego del odio volvía entonces a encenderse en su interior.

Le pareció que últimamente hasta la misma miss Ashley había estado comportándose con él de un modo muy extraño. Miss Ashley era la mecanógrafa que compartía con míster Lyons, porque únicamente los socios de la empresa disponían de sus propias secretarias. 

Habría sido poco menos que un insulto que miss Ashley fuera al menos bonita (miss Burke, la secretaria de míster Trimble era, desde luego, una criatura perfecta y encantadora). Pero miss Ashley era una mujer baja y regordeta, con una barbilla muy corta y que tenía la desgraciada costumbre de reírse tonta y constantemente por cualquier cosa. 

El otro día, por ejemplo, cuando él recordó por casualidad el hecho de que a la semana siguiente cumpliría veinte años de servicio en la empresa (diciendo en voz alta sus propios pensamientos, y hablando más para sí mismo que para ella), miss Ashley emitió una risa chirriante que tuvo que cortar repentinamente cuando él la miró, mostrando en su rostro su profundo disgusto.

«Ríete, tonta —pensó míster Mappin, agitándose interiormente—. ¿Es que es algo tan divertido? ¿Le resulta divertido que haya desperdiciado aquí veinte años de mi vida? ¿Es eso algo realmente tan jocoso?». Se vio tan asaltado por la fuerza de sus sentimientos que tuvo que excusarse y salir de la oficina sin un destino concreto, para no verse obligado a pegarle. 

A la semana siguiente, míster Mappin se resfrió. El lunes sintió dolor de cuello, el martes tuvo dolor de cuello y, además, de cabeza, y el miércoles por la noche se quedó durmiendo en cuanto su cabeza se puso en contacto con la almohada, sin acordarse siquiera de pensar en míster Trimble. El jueves se despertó con fiebre. Se tomó la temperatura y comprobó que estaba a treinta y ocho. 

Se vistió débilmente y arrastró sus doloridos huesos, saliendo de la casa. No sabía por qué iba a trabajar aquel día; nadie apreciaría su esfuerzo. Pero, de todos modos, siguió su camino porque aquel día hacía veinte años que trabajaba para Trimble y Cía., y nunca se sabe..., quizá alguien pudiera, sólo pudiera recordar el hecho y mencionárselo. 

En honor a la verdad, suponía que ocurriría así; en el fondo, iba a trabajar con aquella esperanza. Porque se sentía muy enfermo. Sus piernas se le doblaban en los momentos más inoportunos. Sentía el cuerpo caliente y frío alternativamente, y notaba como si su cabeza fuera a explotarle en cualquier momento.

Tras haber llegado, sintió mucho haber realizado todo aquel esfuerzo. Nadie le dijo nada y era evidente que nadie iba a decirle nada. Y, después de todo, él tenía cierto orgullo; si nadie iba a recordárselo, no sería él quien lo hiciera. Podrían pensar que estaba implorando una palmada de conmiseración en la espalda, o algo así. 

Y míster Mappin pensó amargamente que aquello sería extraordinariamente ridículo, desde luego... la idea de que George Mappin recibiera una palmada de conmiseración en la espalda.

A las dos de la tarde llamó a miss Ashley aunque, tal y como se sentía, encontró algunas dificultades para concentrarse. Pero pensó pasar aquel día para regresar después a casa y meterse en la cama durante un día o una semana, o un mes si era necesario, y dejarles colgados a todos. Que el trabajo se amontonara, ¿a quién le preocupaba eso?

Apenas había empezado a dictar, entró míster Trimble.

—Perdone la interrupción —dijo—, ¿tiene usted a mano la liquidación de Copeland? Quizá pudiera darle un vistazo...

Míster Mappin le entregó el acta y esperó a que míster Trimble la ojeara.

—No habrá ningún error, ¿verdad? —preguntó míster Mappin—. No hay ningún defecto en el título, el...

—¡Oh, no! No es nada de eso —contestó míster Trimble—. Es que míster Copeland me ha llamado hace unos minutos y me ha pedido que le explicara uno o dos puntos...

—Pero si yo mismo se lo expliqué todo la última vez que estuvo aquí —dijo míster Mappin, sorprendido—. Creí haberlo dejado todo aclarado.

—¡Oh! Estoy seguro de que así lo hizo —se apresuró a decir míster Trimble—. Pero, al parecer, a míster Copeland se le acaba de ocurrir una pequeña cuestión sin importancia..., algo que tiene que ver con esos derechos de pesca...

—En ese caso, ¿por qué no me lo ha preguntado a mí? —dijo míster Mappin, elevando la voz a pesar suyo—. Desde el momento en que estoy a cargo del asunto...

—Bueno, ya sabe cómo son estas cosas —dijo míster Trimble, dirigiéndose ya hacia la puerta—. Reg Copeland y yo nos encontramos con frecuencia en el club, así es que, probablemente, ha pensado que para tratar detalles sin importancia puede disponer de mi tiempo con mayor impunidad que del suyo.

Tras decir esto, sonrió cautelosamente a míster Mappin y se marchó. Un momento después, míster Mappin continuaba su dictado.

Pero sabía muy bien, al margen de aquella sonrisa, lo que míster Trimble había querido dar a entender. Míster Mappin se las arreglaba bien cuando se trataba de hipotecas para los Smith y para los Jones, en cuestiones de tipo habitual. Pero cuando se trataba de grandes cuestiones y de clientes realmente importantes, como Reginald Copeland, amigo de míster Trimble, George Mappin no era suficiente para llevarlas adelante. 

No entendía por qué. La semana anterior había supervisado junto con los Copeland cada uno de los pasos de la transacción y míster Copeland pareció perfectamente satisfecho en aquellos momentos. Si tenía alguna pregunta que plantear, ¿por qué lo había hecho pasando sobre la cabeza de míster Mappin?

Sentado ante su mesa, míster Mappin empezó a enfurecerse. Aparte de cualquier otra consideración e incluso de lo rudo que pudiera haber sido míster Trimble, lo cierto es que había hablado de «detalles sin importancia». 

Aquello sí que estaba bien, pensó míster Mappin: primero le confinaban en Hipotecas durante veinte años, y después le quitaban cualquier trabajo que tuviera una cierta dignidad o importancia llamándole «detalles sin importancia». ¿Era así como míster Trimble consideraba sus veinte años de desempeño consciente de su trabajo? ¿Era así? ¿Era así?

Debido a todo lo que sentía en aquellos momentos, el corazón de míster Mappin parecía a punto de saltársele en el pecho. Le dolía mucho la cabeza, la nariz le goteaba y, de pronto, no sintió el menor deseo de seguir trabajando, por lo que despidió a miss Ashley. 

Una vez solo, se colocó la cabeza entre las manos y permaneció allí, sentado, mientras los años regresaban a su memoria: años llenos de vacío, de desagradables esfuerzos que no habían sido recompensados en absoluto. 

Y ahora, aquel mismo día, ¿no podía haber esperado de míster Trimble alguna palabra, viéndole precisamente aquel día..., aun cuando fuera sólo algo trivial e incluso tonto, como un «felicidades por sus años de servicio»?

Míster Mappin permaneció sentado durante mucho tiempo. No podría haberle dicho a nadie lo que estaba pensando con exactitud. Sabía que se sentía muy mal y que un mazo le estaba golpeando la cabeza continuamente, justo sobre sus ojos. Estornudó y buscó cansadamente su pañuelo. «Debe estar acercándose la hora —pensó—, y desearía estar ya en casa, en la cama».

Miró su reloj. Las manecillas indicaban que eran las cuatro y cinco.

Míster Mappin no supo por qué, pero ahora, mirando la hora, observando cómo el segundero de su reloj avanzaba lentamente, dando una vuelta y otra, le pareció que había algo que tenía que hacer. Algo..., algo. Algo muy importante si es que quería volver a encontrar de nuevo paz en su mente.

Se levantó y lo único que supo después fue que estaba subiendo lentamente las escaleras, arriba, arriba, el cuarto piso, el quinto, el sexto. Una vez en el sexto piso, se detuvo y permaneció en silencio por un momento, apretándose una mano contra la dolorida cabeza. Y recordó entonces por qué estaba allí, hacia dónde se dirigía y qué era lo que tenía que hacer.

Todo el resto del mundo pareció desvanecerse entonces. No se le ocurrió mirar si había otras personas, preguntarse si se encontraría con alguien en su camino, alguien que, quizá, pudiera recordarlo más tarde. Se limitó a concentrarse en el problema principal que tenía planteado en aquel momento y que no era otro que poner un pie delante del otro y avanzar lentamente hacia donde quería ir.

Avanzó directamente por el pasillo y llegó a la puerta ante la que había un letrero con el nombre de «Emerson Trimble». Abrió la puerta sin llamar y penetró en el despacho. Sus pies no hicieron ningún ruido sobre la alfombra y míster Trimble ni siquiera levantó la mirada de su mesa, ante la que estaba concentrado en algo que estaba escribiendo. Míster Mappin se aproximó a él. Se situó justo enfrente de la mesa y su mano se posó sobre el buda de bronce cuando, finalmente, míster Trimble levantó su mirada.

Míster Trimble le observó con recelo tras dar un vistazo a su reloj.

—Catorce —murmuró, y miró inquisitivamente a míster Mappin—. Supongo que tiene usted algo muy importante que decirme para venir a verme a esta hora.

—Sí —contestó míster Mappin—. Se trata de algo muy importante, míster Trimble.

Y sin pensárselo dos veces levantó el buda y lo dejó caer pesadamente, con toda su fuerza, sobre la cabeza de míster Trimble.

Y así fue como lo hizo, sin ruido. Naturalmente, hubo sangre. Míster Mappin había olvidado que haría sangre, y apartó sus ojos del cuerpo, mientras la habitación oscilaba terriblemente a su alrededor. Después, hizo lo que tenía que hacer. Primero borró cuidadosamente sus huellas de la figura del buda; después extendió la chaqueta de míster Trimble..., bueno, la puso de tal modo que no tuviera necesidad de ver lo que había hecho; finalmente, haciendo un gran esfuerzo, se las arregló para arrastrar el cuerpo hasta el armario. 

Era todo como una pesadilla y, por un momento, míster Mappin pensó que nunca lo conseguiría. Pero lo consiguió. Después, tuvo una brillante idea. Cogió el abrigo y el sombrero de míster Trimble, tomándolos del perchero, y los escondió también en el armario, cerrando después la puerta. De ese modo, cualquiera que entrara en el despacho después de las cuatro y media no vería el abrigo y supondría que se habría marchado pronto para acudir a alguna cita, o simplemente a casa. 

Naturalmente, aquello no representaba ninguna diferencia, pero le daría tiempo suficiente para regresar a su despacho y permanecer allí hasta que fueran las cinco de la tarde, la hora de salida, sin que el crimen hubiera sido descubierto. Porque si, una vez descubierto el asesinato, la gente recordaba que míster Mappin se había marchado pronto aquella tarde, podría parecer sospechoso.

Se apretó una mano contra la frente, extrañado de poder pensar ahora en todas aquellas cosas, a pesar de que se sentía tan enfermo. Al dar un último vistazo por el despacho para asegurarse de que todo estaba en orden, vio que había algo... sucio sobre la mesa. Las hojas en las que había estado escribiendo míster Trimble estaban manchadas de rojo. Míster Mappin las recogió, las arrugó todo lo que pudo en su mano, y las ocultó cuidadosamente en el fondo de la papelera.

Después se marchó, regresando a su propio despacho, sintiéndose aturdido y sin haberse encontrado con nadie. En realidad, pensó, resultaba todo muy divertido; la providencia parecía haber estado de su lado en esta ocasión. Parecía como si no hubiera nadie en toda la oficina.

Entonces le aumentó la fiebre, se sintió como si se estuviera quemando y dejó de pensar en otra cosa que no fuera la necesidad de llegar a su casa y meterse en la cama.

Al cabo de lo que le pareció un siglo, fueron las cinco de la tarde. Lenta y dolorosamente, se puso el abrigo, el sombrero y los chanclos de goma. Se dirigió hacia el ascensor, apretó el botón de llamada y esperó. Cuando llegó, penetró en él, apoyándose débilmente sobre la espalda y cerrando los ojos, mientras el ascensor parecía moverse lentamente hacia abajo.

Por lo visto..., por lo visto debía estar realmente muy enfermo. Tuvo la sensación de que el ascensor estaba subiendo, en lugar de bajar. Abrió los ojos.

—Frank —le dijo al ascensorista—, Frank, me marcho..., quiero ir abajo.

¿Qué era aquello? ¿Qué cosa tan horrible estaba sucediendo? Frank ignoró sus palabras, hizo una mueca y el ascensor siguió subiendo.

—He dicho que abajo —repitió míster Mappin furiosamente—. ¡Abajo! Quiero ir abajo. Estoy enfermo; por favor, lléveme abajo inmediatamente.

El ascensor se detuvo, la puerta se abrió y una docena de manos se extendieron hacia él. Había risas, una gran cantidad de risas y un fuerte zumbido de conversaciones. ¿Quién...? ¿Qué...? Se sintió repentinamente ciego, como si hubiera perdido todas sus facultades de pronto, mientras su cuerpo, empujado por las manos, fue sacado del ascensor, dando tropiezos.

Y entonces vio dónde estaba. Este era el séptimo piso. El Sancta Sanctórum. Pero ¿qué hacía él aquí? ¿Y por qué le empujaban todas aquellas personas, obligándole a avanzar?

Miró a su alrededor y reconoció algunos rostros que aparecieron como a través de una neblina... la telefonista... miss Ashley..., míster Lyons y míster Hawkins..., miss Burke... algunas de las otras chicas... y más allá, saliendo de aquella puerta... míster Webb, ¿no era él? Se restregó los ojos. Sí, era míster Webb que se acercó a él, riendo, y le dio una palmada en la espalda.

Y después, le hicieron cruzar la puerta, mientras todos reían y hablaban en voz alta. No pudo distinguir una sola palabra de lo que decían. Pero reconoció la habitación, a pesar de lo que habían hecho en ella. Se trataba de la sala donde se celebraban las reuniones mensuales de la empresa, donde los directores y jefes de departamento se encontraban y discutían los negocios de la empresa. 

Pero ahora, la sala estaba arreglada como para dar un banquete. Míster Mappin se dio cuenta de ello, a pesar de que la cabeza le daba vueltas, y observó las mesas, preparadas para la cena. Y entonces, le condujeron hacia la mesa presidencial, y le sentaron en el centro de la misma, con míster Goshen sentado a su izquierda, y con míster Webb más a su izquierda, y un asiento vacío a su derecha, mientras todos los demás, hombres y mujeres, todo el personal de la empresa, tomaba asiento.

A través de un terrible zumbido en sus oídos se dio cuenta de que míster Webb se había puesto de pie y decía algo que míster Mappin sintió instintivamente como de gran importancia, algo a lo que debía prestar una muy cuidadosa atención. 

Pudo escuchar partes sueltas de lo que decía, pero la voz de míster Webb parecía desvanecerse extrañamente, como si se perdiera en la nada para resurgir de pronto como un transatlántico, con toda su potencia. De vez en cuando, míster Mappin captaba una frase: «...y en esta maravillosa ocasión... veinte años con Trimble... un tributo... placer decir... y a partir de hoy, un socio...»

Algo pareció hacer sonar como un timbre en el interior de la cabeza de míster Mappin. Por un momento, la neblina desapareció y míster Mappin escuchó a míster Webb que siguió hablando:

—Sólo queda por decir una cosa —dijo míster Webb— y es que, George, confiamos en que nos disculpe por haberle traído aquí de esta manera, tan de improviso. Pero míster Trimble pensó que sería muy bonito combinar las dos ocasiones y sorprenderle con una fiesta. Y... ¡Oh, sí, a propósito...! Míster Trimble ha estado muy ocupado la mayor parte de la tarde escribiendo un discurso... —hubo risas generales—, escribiendo un discurso para este momento y prohibiendo a todo el mundo, bajo pena de muerte... —hubo más risas—, bajo pena de muerte, que pusiera un pie en su despacho durante toda la tarde.

Hubo aplausos y míster Webb se sentó.

Míster Mappin permaneció sentado, temblando. Temblando y temblando.

Míster Goshen inclinó la cabeza y le dijo con suavidad:

—Vamos, George, viejo, ¿se siente bien?

George, viejo, ¡oh!, George, viejo. ¡Cuántas veces había suspirado míster Mappin por aquella deportiva camaradería del George, viejo!

Miss Burke se inclinó graciosamente sobre la mesa, sonriendo, y dijo:

—Míster Trimble debe estar escribiendo todo un poema épico. Iré abajo y le diré que le estamos esperando, ¿le parece?

—Sí, dígale que se dé prisa. No podemos empezar sin él —dijo míster Webb y después, volviéndose hacia míster Mappin, agregó—: No sé qué tal estará usted, George, viejo, pero yo tengo mucha hambre.

Míster Mappin se quedó sentado. Observó al camarero aproximarse y empezar a llenar las copas de vino. Echó un vistazo a los rostros que le rodeaban, que parecían hincharse hasta adquirir el tamaño de grandes globos, para disminuir después hasta convertirse en pequeños e imprecisos puntos blancos. Escuchó las voces que resonaban alegremente en la sala adornada. Y míster Mappin podría no haber comido para salvar su vida. 

El secreto de la estrella Azul - Marion Zimmer Bradley

Una noche en Santuario, cuando las calles exhiben el falso glamour de la luz plateada de la luna llena de modo que las ruinas parecen torres encantadas y las calles y plazas oscuras islas de misterio, el mago mercenario Lythande sale en busca de aventuras.

Lythande acababa de llegar —si es que las enigmáticas idas y venidas de un mago pueden describirse con estas palabras prosaicas— de escoltar una caravana en su viaje por los Páramos Grises hasta Twand. 

En cierto lugar de los Páramos, una manada de ratas del desierto —ratas de dos patas con dientes de acero envenenado— habían asaltado la caravana, sin saber que gozaba de la protección de la magia, y los roedores habían acabado luchando contra unos esqueletos escurridizos que escupían llamas por los ojos, desplegados alrededor de un mago de gran estatura que exhibía una estrella azul entre sus ojos centelleantes, una estrella que arrojaba rayos de un fuego gélido y paralizante. 

De tal modo que las ratas del desierto habían acabado huyendo a todo correr, y ya no pararon hasta que llegaron a Aurvesh, y los relatos que contaron allí no causaron a Lythande daño alguno salvo en los oídos de los piadosos.

Por lo tanto ahora había oro en los bolsillos de la túnica larga y oscura del mago, o tal vez oculto en cualquier otra morada que albergara a Lythande. Pues, a fin de cuentas, al jefe de la caravana casi le inspiraban más temor los poderes de Lythande que los bandidos, una circunstancia que había incrementado la generosidad con la que había recompensado al mago. 

Como tenía por costumbre, Lythande no sonreía ni fruncía el ceño, pero unos días después comentó a Myrtis, la propietaria de la Casa Afrodisia, en la calle de las Linternas Rojas, que, si bien la brujería era una habilidad útil y llena de delicias estéticas para la contemplación del filósofo, por sí misma no ponía las habichuelas en la mesa.

Un comentario curioso al que Myrtis estuvo dando vueltas en la cabeza mientras guardaba la onza de oro que Lythande le había entregado en consideración por un secreto que compartían desde hacía muchos años. Le parecía curioso que Lythande hablara de habichuelas en la mesa cuando nadie, salvo ella misma, había visto jamás que un bocado de comida o una gota de bebida cruzaran los labios del mago desde que la estrella azul adornaba su frente alta y estrecha. 

Tampoco mujer alguna del barrio había sido capaz de alardear de que el extraordinario mago le había pagado por sus favores, ni de imaginarse cómo debía de comportarse un mago como él en una situación así, cuando reducidos a carne y huesos todos los hombres eran iguales.

Tal vez Myrtis podría explicarlo si quisiera; eso pensaban algunas chicas cuando, como ocurría a veces, Lythande entraba en la Casa Afrodisia y se encerraba con la propietaria durante un largo rato, o incluso, aunque en raras ocasiones, durante toda la noche. 

Se decía, a propósito de Lythande, que la misma Casa Afrodisia había sido un obsequio que Myrtis había recibido de manos del mago después de una célebre aventura sobre la que todavía se cuchicheaba en el bazar y en la que estaban involucrados un mago malvado, dos comerciantes de caballos, un jefe de caravana y un puñado variopinto de matones que se vanagloriaban de no haber pagado una moneda de oro por una mujer en su vida y que consideraban divertido estafar a una honrada mujer trabajadora. 

A ninguno de ellos se le volvió a ver el pelo —o lo que quedara de ellos— por Santuario, y Myrtis empezó a presumir de que nunca más habría de derramar una gota de sudor para ganarse la vida, ni complacer a un hombre, y reclamó el privilegio de una madame de disponer de una cama para ella sola.

Y entonces también, pensaban las chicas, un mago de la talla de Lythande podría haber reclamado a las mujeres más hermosas desde Santuario hasta las montañas que se levantaban más allá de Ilsig; no solo las cortesanas, sino también las princesas, las damas y sacerdotisas se habrían entregado a Lythande. 

No había duda de que Myrtis había sido hermosa en su juventud; de hecho alardeaba con frecuencia de los príncipes, magos y viajeros que habían pagado grandes sumas de dinero por su amor. 

Todavía era hermosa (y por supuesto había quienes decían que Lythande no pagaba por ella, que al contrario, que era Myrtis quien pagaba al mago grandes sumas para que por obra de su poderosa magia su belleza resistiera el paso de los años), pero su cabello había encanecido y ella no se molestaba en teñírselo con henna ni con tinte de oro procedente de Tyrisis-más-allá-del-mar.

Pero si Myrtis no era la mujer que sabía cómo se comportaba Lythande en la más elemental de las situaciones, en ese caso no había otra mujer en Santuario que pudiera decirlo. También se rumoreaba que Lythande invocaba demonios femeninos de los Páramos Grises para copular lascivamente con ellos, y desde luego no era el primer mago ni sería el último sobre el que se hiciera tal afirmación.

Esa noche, sin embargo, Lythande no buscaba comida, bebida ni las delicias de los juegos amorosos. A pesar de que el mago frecuentaba las tabernas, ningún hombre había visto jamás que una gota de cerveza, aguamiel o aguardiente traspasara la barrera de sus labios. 

Lythande enfiló por el margen más alejado del bazar, bordeando la vetusta fachada del Palacio del Gobernador, manteniéndose en las sombras casi como lanzando un desafío a los asaltantes y atracadores. Su amor por las sombras provocaba las habladurías de la gente de la ciudad sobre su capacidad para aparecer y desaparecer en el aire.

Alto y delgado —de una estatura superior a la de un hombre alto y de una delgadez extrema—, Lythande exhibía el tatuaje con la forma de una estrella azul de maestro en magia encima de las cejas finas y arqueadas, e iba vestido con una túnica larga y con capucha que se fundía con las sombras. 

En cuanto a su rostro recién afeitado, o imberbe, nadie —que se recuerde— se había acercado lo suficiente a él como para poder afirmar que se trataba del capricho de un afeminado o de la ausencia absoluta de barba de un bicho raro.

El cabello oculto bajo la capucha era largo y abundante como el de una mujer, aunque canoso como ninguna fémina de aquella ciudad de rameras se habría permitido lucirlo.

Lythande continuó con rápidas zancadas en paralelo a una pared tomada por las sombras y entró por una puerta abierta sobre la que se había clavado la sandalia de Thufir, dios de los peregrinos, como reclamo de la buena suerte. 

Sin embargo, sus pasos eran tan ligeros y su túnica con capucha hasta tal punto se fundía con las sombras que cualquier testigo ocular de su entrada habría jurado después, totalmente convencido, que lo había visto aparecer del aire, protegido por conjuros, o de una capa que concedía la invisibilidad.

Un grupo de hombres en torno a la chimenea entrechocaban estruendosamente sus jarras al ritmo de una escandalosa canción de taberna que alguien acompañaba con un maltrecho laúd metálico, del que Lythande sabía que pertenecía al dueño de la taberna y que cualquier cliente podía tomar prestado. 

El músico resultó ser un joven vestido con las galas de un petimetre hechas harapos, destrozadas y rajadas por las contingencias de los caminos, que permanecía sentado perezosamente con las piernas cruzadas; y cuando la escandalosa canción llegó a su fin, la empalmó con otra, esta vez una lenta canción de amor perteneciente a otro tiempo y a otro lugar. 

Lythande conocía la canción; la había oído hacía más años de los que podía recordar, cuando el mago Lythande respondía a otro nombre y apenas si había tenido contacto con la brujería. Cuando la canción acabó, Lythande salió de las sombras y la estrella azul en el centro de su frente alta brilló a imagen y semejanza del fuego de la chimenea.

Brotaron unos leves murmullos en la taberna a pesar de que la clientela no estaba desacostumbrada a las idas y venidas inadvertidas de Lythande. El joven del laúd alzó unos ojos prodigiosamente azules debajo del ensortijado cabello negro que le caía sobre la frente. 

Era un muchacho delgado y ágil, y Lythande se fijó en el estoque que llevaba en un costado y que parecía cuidado con mimo, y en el amuleto, con la forma de una serpiente enroscada, que le colgaba del cuello.

—¿Quién eres tú, que tienes la costumbre de aparecer y desaparecer en el aire de esta manera?

—Alguien que te felicita por tus buenas aptitudes musicales. —Lythande arrojó una moneda al tabernero—. ¿Quieres tomar un trago?

—Un juglar nunca rechaza una invitación como esa. Cantar es un trabajo que lo deja a uno seco. —Pero cuando le sirvieron la bebida, preguntó—: ¿No vas a beber conmigo?

—Nadie ha visto comer o beber a Lythande jamás —masculló uno de los hombres que los rodeaban.

—Bueno, pues yo me tomo eso como un feo —protestó el joven juglar—. Compartir un trago con los camaradas es una cosa, ¡pero no soy un sirviente que cante por dinero o para beber a menos que obedezca a una muestra de amistad!

Lythande se encogió de hombros y la estrella azul de su frente alta empezó a brillar con una luz azul. Los clientes de la taberna retrocedieron, pues cuando un mago con una estrella azul se enfadaba, los que estaban cerca de él hacían bien apartándose de su camino. El juglar dejó el laúd para que no lo estorbara en el caso de que tuviera que levantarse de un brinco. 

Lythande supo, por la lentitud y la prudencia de los movimientos del juglar, que este ya había compartido una buena cantidad de tragos con sus camaradas ocasionales. La mano del juglar, no obstante, no se dirigió a la empuñadura de su espada, sino que se cerró alrededor del amuleto en forma de serpiente.

—Nunca he conocido hombre alguno como tú —señaló el juglar en un tono comedido.

Lythande notó en su interior el cosquilleo nervioso que advertía a un mago de que estaba asistiendo a un encantamiento, y rápidamente se aventuró a conjeturar que aquel amuleto era de esos que no protegían a su portador a menos que este enunciara una serie de afirmaciones ciertas —normalmente tres o cuatro— sobre su agresor o enemigo. A pesar de la desconfianza que le despertó la situación, a Lythande también le hizo gracia.

—Cierto. Y nunca conocerás a hombre alguno como yo en todos los años que deseo que vivas, juglar.

El juglar reparó, más allá del resplandor furioso de la estrella, en la mueca de burla cómplice en la boca ligeramente fruncida de Lythande.

—Y yo no te deseo ningún mal —dijo el juglar soltándose el amuleto—. Y tú tampoco a mí. Y también estas son afirmaciones ciertas, ¿verdad, mago? Con lo que ponemos el punto final a este asunto. Tal vez no exista otro hombre como tú, pero no eres el único mago que he conocido en Santuario con una estrella tatuada en la frente.

La estrella azul refulgió con intensidad, pero esta vez no se debió al juglar. Tanto él como Lythande lo sabían. La multitud que los rodeaba había recordado misteriosamente que tenía asuntos pendientes en otro sitio. El juglar recorrió con la mirada los bancos vacíos.

—Al parecer tendré que ir a otro lugar para ganarme la cena con mis canciones.

—No pretendía ofenderte cuando rechacé tu invitación de tomar un trago juntos —señaló Lythande—. El voto de un mago no se puede dejar a un lado como un laúd. Sin embargo me gustaría invitarte a una cena abundante y bien regada sin que te sientas herido en tu dignidad, a cambio de tu servicio como amigo.

—Tal es la costumbre en mi país. Cappen Varra te lo agradece, mago.

—¡Tabernero! ¡Sírvele lo mejor de tu cocina y todo lo que pueda beber esta noche a mi invitado!

—Después de una invitación tan generosa, no discutiré los pormenores de mi servicio —dijo Cappen Varra, y se lanzó a dar buena cuenta de los platos humeantes que le pusieron delante.

Mientras el juglar comía, Lythande sacó de los pliegues de su túnica una pequeña bolsa que contenía unas hierbas que despedían una fragancia dulce, las envolvió con una hoja azul y encendió el cigarrillo con un toquecito con el dedo anular. Lanzó una bocanada de humo dulce y grisáceo.

—En cuanto al servicio que te pido a cambio, no es gran cosa. Cuéntame todo lo que sepas de ese otro mago con la estrella azul. No conozco a ningún miembro de mi orden al sur de Azehur, y me gustaría asegurarme de que no fue a mí a quien viste, ni a mi espectro.

Cappen Varra sorbió el tuétano de un hueso y se limpió con esmero los dedos en el mantelito debajo de los platos. Y antes de responder dio un bocado a un fruto de jengibre.

—No fue a ti, mago, ni a tu estela ni a tu doble espectral, a quien vi. El que yo vi era mucho más ancho de espaldas y no llevaba espada, sino dos dagas ceñidas a las caderas. Tenía la barba negra y a su mano izquierda le faltaban tres dedos.

—¡Por Iles el de los Mil Ojos! ¡Rabben el Mediamano, aquí, en Santuario! ¿Dónde lo viste, juglar?

—Lo vi deambulando por el bazar, pero no compró nada que yo viera. Y luego lo volví a ver en la calle de las Linternas Rojas, hablando con una mujer. ¿Qué servicio requieres de mí, mago?

—Ya lo has cumplido.

Lythande pagó al tabernero con plata —tanta que el hosco propietario de la taberna temió que la capa de Shalpa lo cubriera en cuanto se fuera— y dejó otra moneda, esta de oro, junto al laúd de la taberna.

—Recupera tu arpa. Esto no hace justicia a tu voz.

Pero cuando el juglar levantó la cabeza para darle las gracias, el mago ya había desaparecido en las sombras; se guardó el oro en el bolsillo y preguntó:

—¿Cómo lo ha sabido? ¿Y por dónde ha salido?

—Solo Shalpa el rápido lo sabe —respondió el tabernero—. ¡Para mí que ha salido volando por el conducto de la chimenea! Ese ya tiene su capa y no necesita la de Shalpa. Ha pagado todo lo que quieras beber, muy señor mío, así que dime, ¿qué te pongo?

Y Cappen Varra procedió a emborracharse, ya que eso era lo más sensato que podía hacerse cuando uno se enredaba sin saberlo en los asuntos privados de un mago.

Ya en la calle, Lythande se tomó un momento para reflexionar. En Rabben el Mediamano no tenía un amigo; sin embargo no había razón alguna para que su presencia en Santuario tuviera algo que ver con Lythande o con una venganza personal. 

Si estuviera allí por un asunto relacionado con la orden de la Estrella Azul, si Lythande hubiera de ayudarlo en algún tema, o si el Mediamano hubiera sido enviado con la misión de convocar a todos los miembros de la orden, la estrella que ambos llevaban tatuada los habría avisado.

No obstante no pasaba nada por asegurarse. El mago caminó raudo hasta la hilera de viejas caballerizas que quedaba detrás del Palacio del Gobernador. Lo silencioso y lo recóndito del lugar resultaban propicios para la magia. 

Lythande se deslizó por uno de los minúsculos callejones laterales y levantó su capa de mago hasta que la oscuridad fue absoluta, y fue retirándose lentamente en el silencio hasta que el vacío conquistó el mundo... un vacío absoluto excepto por la estrella azul que brillaba en su frente. Lythande recordó cómo había adquirido la estrella y a qué coste: el precio que un maestro debía pagar a cambio del poder.

El resplandor azul ganó intensidad y explotó en haces multicolor palpitantes y brillantes, hasta que Lythande quedó bañado por su luz. Y allí, en el Lugar Que No Existe, sentado en un trono que parecía tallado en zafiro, se encontraba el Señor de la Estrella.

—Bienvenido, estrella hermana, hijo de las estrellas, shyryu. —El término afectuoso podía significar «camarada», «hermano», «hermana», «querido», «par», «peregrino»; su traducción literal es «el que comparte la luz de las estrellas»—. ¿Qué te trae al Palacio de los Peregrinos desde tan lejos esta noche?

—La necesidad de conocimiento, hermano de estrella. ¿Han enviado a alguien a buscarme en Santuario?

—La respuesta es no, shyryu. Todo está bien en el Templo de los Hermanos de estrella. Todavía no has sido convocado; el momento no ha llegado aún.

Todos los maestros de la Estrella Azul lo sabían; era uno de los precios que se pagaban por el poder. Cuando llegara el final del mundo, cuando todas las actividades de la humanidad y de los mortales hubieran sucumbido, el último reducto contra el ataque del Caos sería el Templo de la Estrella; y entonces el Señor de la Estrella convocaría en el Lugar Que No Es a los Maestros Peregrinos desperdigados por los rincones más remotos del mundo para que combatieran el Caos con toda la fuerza de su magia. Pero hasta que ese día llegara, gozaban de una libertad absoluta para fortalecer sus poderes.

—Todavía no ha llegado el momento —repitió en un tono tranquilizador el Señor de la Estrella—. Eres libre de moverte a tu antojo por el mundo.

El resplandor azul se atenuó y Lythande permaneció donde estaba, temblando. Por lo tanto, Rabben no había sido enviado para convocarlos para la reunión final. Sin embargo, tal vez el final y el Caos llegarían para Lythande antes del momento señalado si Rabben el Mediamano obtenía lo que se proponía.

«Se trató de una buena prueba de fuerza, ordenada por nuestros señores. Rabben, no deberías estar resentido conmigo...».

La presencia de Rabben en Santuario no tenía por qué tener algo que ver con Lythande. Podría encontrarse en la ciudad por motivos legítimos... si es que se podía calificar de legítimo algo relacionado con él. 

Solo el último día antes del fin del mundo habían jurado todos los Maestros Peregrinos luchar en el bando de la Ley contra el Caos. Y Rabben había optado por no practicarlo antes de que llegara ese momento.

Había que tomar precauciones. Lythande sabía que Rabben estaba cerca...

Al sureste del Palacio del Gobernador hay un pequeño parque triangular, al otro lado de la avenida de los Templos. Durante el día, los caminos cubiertos de grava y los recodos con arbustos están tomados por predicadores y sacerdotes que consideran insuficientes la adoración y las ofrendas; y por la noche el lugar se convierte en el reino de mujeres que no veneran a ninguna deidad salvo a La de la bolsa llena y el vientre vacío. Por ambos motivos el lugar es conocido, irónicamente, con el nombre de la Promesa del Cielo. En Santuario, como en cualquier otro lugar, es bien sabido que aquellos que prometen no siempre cumplen.

Lythande, que no tenía por costumbre frecuentar mujeres ni sacerdotes, no solía pisar el parque, que ahora parecía desierto. Los vientos molestos habían empezado a soplar, y azotaban arbustos y matorrales dotándolos de sorprendentes formas bestiales que ejecutaban actos poco naturales. 

Y gimiendo de una manera extraña alrededor de los muros y los aleros de los tejados de los templos al otro lado de la calle, el viento del que se afirmaba en Santuario que era el gemido de Azyuna en la cama de Vashanka. Lythande avanzó rápidamente, bordeando la penumbra de los caminos. Y entonces sonó el grito desgarrador de una mujer.

Desde las sombras, Lythande vislumbró la forma de una muchacha con el vestido raído y hecho jirones; iba descalza y le sangraba la oreja de cuyo lóbulo le habían arrancado un valioso pendiente. Estaba forcejeando para zafarse de los brazos de hierro de un hombre musculoso y corpulento de barba negra, y lo primero que vio Lythande fue la mano que aferraba la muñeca delgada y huesuda de la muchacha: le faltaban dos dedos completos y tenía otro seccionado a la altura del primer cartílago. Solo entonces —cuando ya era absolutamente innecesario— vio Lythande la estrella azul entre las pobladas cejas negras ¡y los felinos ojos amarillos de Rabben el Mediamano!

Lythande lo conocía desde hacía mucho tiempo, del Templo de la Estrella. Incluso entonces, Rabben ya era un depravado de una lascivia bien conocida. ¿Por qué, se preguntó Lythande, sus señores no le pedían que renunciara a su lascivia a cambio de sus poderes? Lythande apretó los labios con amargura; tan célebre era la lascivia de Rabben que si renunciaba a ella todo el mundo conocería el secreto de su poder.

Los poderes de un maestro de la Estrella Azul dependían de un secreto. Del mismo modo que en la antigua leyenda del gigante que guardaba su corazón en un lugar secreto fuera de su cuerpo y, junto con él, su inmortalidad, los maestros de la Estrella Azul depositaban toda su fuerza psíquica en un único secreto, y quien descubría ese secreto absorbía los poderes del maestro. De modo que el secreto de Rabben debía de ser otro... Lythande no se entretuvo especulando sobre ello.

La chica gritaba con desesperación mientras Rabben la tiraba de la muñeca. Cuando la estrella del mago empezó a brillar, la muchacha se tapó los ojos con la mano libre para protegérselos del resplandor. Lythande emergió de las sombras aún no plenamente convencido de intervenir.

—¡Por Shipri la Madre de Todo, suelta a esa mujer! —espetó Lythande con el chorro de voz que en el patio de la Estrella Azul había llevado a los aprendices de mago a llamarlo «juglar» en vez de «mago».

Rabben giró en redondo.

—¡Por el noningentésimo nonagésimo noveno ojo de Iles! ¡Lythande!

—¿Es que no hay suficientes mujeres en la calle de las Linternas Rojas como para que tengas que maltratar a una niña en la calle de los Templos?

Lythande había visto lo joven que era la chica, sus bracitos delgados, sus piernas y sus tobillos infantiles y los pechos todavía incipientes debajo de la túnica sucia y raída.

Rabben miró a Lythande y soltó un gruñido.

—Siempre has sido un remilgado, shyryu. Ninguna mujer viene aquí a menos que se venda. ¿Acaso la quieres para ti? ¿Ya te has hartado de tu madame gorda de la Casa Afrodisia?

—¡Ni se te ocurra mencionar su nombre, shyryu!

—¿Tanto te importa el honor de una ramera?

—Suelta a la chica —replicó ignorando el comentario de Rabben—, o tendrás que vértelas conmigo.

La estrella de Rabben empezó a lanzar rayos; el mago arrojó a un lado a la chica, que cayó como un peso muerto al pavimento, donde permaneció tendida inmóvil.

—Esperará ahí hasta que tú y yo hayamos acabado. ¿Pensaste que podría huir mientras nosotros luchábamos? Ahora que pienso, nunca te he visto con una mujer, Lythande... ¿Es ese tu secreto, Lythande? ¿No puedes satisfacer a las mujeres?

Lythande se mantuvo imperturbable. Sin embargo, independientemente del precio que hubiera de pagar, no podía permitir que Rabben continuara por ese camino.

—Tal vez a ti te guste copular como un animal en las calles de Santuario, Rabben, pero yo no soy tú. ¿Vas a dejar que la chica se marche o prefieres luchar?

—Tal vez debería dejártela a ti. Lo nunca visto. ¡Lythande involucrado en una pelea callejera por una mujer! ¡Ya ves! ¡Conozco perfectamente tus hábitos, Lythande!

«¡Por la maldición de Vashanka! ¡Ahora no me queda otra que luchar para salvar a la chica!».

El estoque de Lythande salió con un chasquido de la funda y atacó a Rabben como por propia voluntad.

—¡Ja! ¿Crees que Rabben resuelve sus reyertas callejeras con la espada como un vulgar mercenario?

La punta de la espada de Lythande explotó en el resplandor azul de la estrella y se transfiguró en una serpiente brillante, que se torció hacia atrás y rebasó la empuñadura vertiendo veneno por los colmillos mientras trataba de enroscarse alrededor del puño de Lythande. 

También la estrella de Lythande empezó a refulgir, y la espada se transformó de nuevo en acero, aunque quedó retorcida e inservible, con la forma de la serpiente enroscada hacia la funda. Encolerizado, Lythande soltó el trozo inútil de acero y arrojó una lluvia de fuego que salió chisporroteando en dirección a Rabben. 

El corpulento maestro se envolvió rápidamente en una nube de niebla y el chorro de fuego se extinguió. Lythande advirtió mediante un sentido que escapaba a la conciencia que empezaba a congregarse una multitud en torno a ellos; no ocurría dos veces en la vida que dos maestros de la Estrella Azul libraran una batalla de conjuros en las calles de Santuario. El resplandor de las estrellas que refulgían en las frentes de los magos echaba chispas en todas las direcciones.

Arrastradas por un viento aullante aparecieron unas pequeñas antorchas voraces cuyas llamas titilantes azotaron a Lythande y desaparecieron en cuanto tocaron la figura alta del mago. Entonces un violento torbellino agitó los árboles, arrancó las hojas de las ramas y fustigó a Rabben hasta derribarlo sobre las rodillas. Lythande empezaba a aburrirse; había que acabar de una vez. 

Ni uno solo de los espectadores que presenciaban la lucha con los ojos como platos supo decir después qué había ocurrido, pero Rabben se fue encorvando muy lentamente, centímetro a centímetro, hasta que hincó las rodillas en el suelo, se puso luego a cuatro patas y a continuación, tendido bocabajo, con la cara pegada al suelo, cada vez más apretada contra él y moviendo adelante y atrás la cabeza fuertemente estrujada contra la tierra.

Lythande acudió junto a la chica y la levantó. Ella miró con incredulidad al fornido hechicero que estaba estrujando su barba negra contra la tierra.

—¿Qué ha...?

—No te preocupes... Vámonos de aquí. El conjuro no lo entretendrá demasiado, y cuando se levante estará furioso —dijo Lythande con un leve tono de burla en la voz.

La chica no necesitaba una explicación viendo a Rabben con la barba y la estrella azul cubiertos de tierra y de polvo...

La muchacha salió disparada siguiendo la estela de la túnica del mago. Cuando estuvieron bien lejos de la Promesa del Cielo, Lythande se detuvo con tanta brusquedad que la muchacha se estampó contra él.

—Dime, ¿quién eres?

—Me llamo Bercy. ¿Y usted?

—Un mago no dice su nombre a la ligera. En Santuario me llaman Lythande.

El mago examinó a la muchacha y se dio cuenta, con una punzada, de que debajo de la tierra y del cabello desgreñado se escondía una chica muy guapa y muy joven.

—Puedes irte, Bercy. No volverá a ponerte la mano encima. Le he vencido limpiamente en el duelo.

La chica se arrojó a la espalda de Lythande y se aferró a él.

—¡No me dejes sola! —suplicó la muchacha, agarrándose al mago, con los ojos rebosantes de adoración.

Lythande la miró con el ceño fruncido.

Predecible, por supuesto. Bercy creía —¿y quién en Santuario no lo habría hecho?— que la chica era el premio para quien ganara el duelo, de modo que ella estaba preparada para entregarse al vencedor. Lythande hizo un gesto de protesta.—No...

La muchacha entornó los ojos en un gesto de compasión.

—¿Entonces es cierto lo que Rabben dijo...? ¿Que su secreto es que está privado de virilidad?

Sin embargo, detrás de la compasión se advertía un leve matiz de entusiasmo. ¡Menudo chisme! ¡Vaya cotilleo sabroso para chismorrear en las calles de las Mujeres!

—Baja la voz. —La mirada que le lanzó Lythande no admitía discusión—. Ven conmigo.

La chica siguió al mago por las calles sinuosas que conducían a la calle de las Linternas Rojas. Lythande caminaba con pasos firmes y seguros. Pasaron por delante de la Casa de las Sirenas, donde —según se decía— podían encontrarse delicias tan exóticas como la que prometía su nombre; y de la Casa de los Látigos, evitada por todo el mundo excepto por aquellos que se negaban a ir a otro lado; y, finalmente, bajo el rostro de la Dama Verde, como era venerada en los lugares más remotos y al otro lado del Ranke, la Casa Afrodisia.

Bercy contempló con los ojos como platos el vestíbulo con columnas, el resplandor de un centenar de faroles, las mujeres vestidas exquisitamente que aguardaban a que las llamaran apoltronadas sobre cojines. 

Todas ellas lucían elegantes vestidos y joyas —Myrtis conocía su negocio y la mejor manera de presentar su producto—, y a Lythande no se le escapó que la mirada de la harapienta Bercy era de envidia; probablemente la muchacha había estado vendiéndose en el bazar por un puñado de monedas de cobre o por una hogaza de pan desde que había tenido la edad para hacerlo. 

Sin embargo, de algún modo, como las flores que cubren un estercolero, conservaba una belleza exquisita y lozana, toda dorada y blanca, como una flor. A pesar de la ropa raída y el cuerpo esquelético, la muchacha había llegado al corazón de Lythande.

—Bercy, ¿has comido hoy?

—No, mi señor.

Lythande llamó al eunuco gigantón Jiro, quien se encargaba de acompañar a los clientes que gozaban de favoritismo a las cámaras de las mujeres que habían escogido y de echar a la calle a los borrachos y a los groseros. 

El eunuco apareció con su enorme panza, desnudo salvo por un escueto taparrabos y con una docena de aros prendidos de una oreja. Una vez había tenido una amante que se dedicaba a la venta de anillos y lo había utilizado para exhibir el género.

—¿En qué podemos servir al mago Lythande?

Las mujeres repantigadas en los sofás y en los cojines cuchicheaban entre sí sorprendidas y consternadas, y Lythande casi podía oír sus pensamientos:

«Ninguna de nosotras ha sido capaz de atraer o de seducir al gran mago, ¿y ahora se ha encaprichado de esta muchacha de la calle harapienta?».

—¿Puedo ver a madame Myrtis, Jiro?

—Está durmiendo, oh, gran mago, pero ha dejado la orden de que la despertáramos a cualquier hora si era usted quien preguntaba por ella. ¿Esto de aquí... —ningún ser vivo puede alcanzar las cotas de desdén del jefe de los eunucos de un burdel de moda—... es suyo, señor Lythande? ¿O es un regalo para la madame?

—Ambas cosas, quizá. Dale algo de comer y búscale un lugar para pasar la noche.

—¿Y un baño, mago? ¡Lleva encima pulgas suficientes para infestar todos los cojines de una habitación!

—Sí, claro, también un baño femenino con esencias y aceites —dijo Lythande—, y algo que semeje un vestido completo.

—Yo me encargo —afirmó Jiro con satisfacción.

Bercy miró a Lythande con ojos asustados, pero obedeció al mago cuando este le indicó que acompañara a Jiro. Cuando el eunuco se la llevó, Lythande vio a Myrtis parada en la puerta. Era una mujer entrada en carnes, ya no joven, aunque poseía la belleza gélida de un hechizo. Envueltos por unas facciones perfectamente conjuradas, sus ojos expresaron calidez y afecto cuando sonrió a Lythande.

—Amor, no esperaba verte aquí. ¿Es tuya? —Sacudió la cabeza hacia la puerta que acababa de atravesar Jiro con la atemorizada Bercy—. Seguramente se escapará cuando le quites los ojos de encima, ya lo sabes, ¿no?

—Ojalá, Myrtis. Pero me temo que no tendré esa suerte.

—Será mejor que me cuentes toda la historia —dijo Myrtis.

Lythande le relató de una manera breve y sucinta todo el episodio.

—¡Y como te rías, Myrtis, retiraré mi conjuro y volverás a tener el pelo gris y la cara llena de arrugas para mofa de Santuario!

Myrtis, sin embargo, hacía demasiado tiempo que conocía a Lythande como para tomarse en serio su amenaza.

—¡De modo que la doncella que has rescatado arde en deseos por el amor de Lythande! —Rió entre dientes—. ¡Suena exactamente igual que una vieja balada!

—¿Qué voy a hacer, Myrtis? ¡Por los pezones de Shipri la Madre de Todo, me enfrento a un dilema!

—Confía en ella y explícale por qué es imposible el amor entre ustedes —respondió Myrtis.

Lythande frunció el ceño.

—Tú conoces mi secreto porque no tuve otra opción; me conociste antes de que adquiriera mis poderes o llevara la estrella azul...

—Y antes de que yo me hiciera ramera —aseveró Myrtis.

—Pero si provoco que esta chica se sienta estúpida por quererme, me odiará en la misma medida que me ama. Y no puedo compartir mi secreto con alguien a quien no pueda confiar mi vida y mis poderes. Todo lo que tengo es tuyo, Myrtis, por el pasado que compartimos. Incluidos mis poderes si alguna vez los necesitaras. Pero no puedo confiar todo eso a esa muchacha.

—Aun así está en deuda contigo por haberla rescatado de las garras de Rabben.

—Pensaré en ello —dijo Lythande—. Y ahora, apresúrate y tráeme algo de comer. Tengo un hambre y una sed que me muero.

Lythande se aisló en una habitación privada y comió y bebió servido personalmente por Myrtis.

—Yo nunca podría haber hecho tu voto... comer y beber sin ser visto por hombre alguno —dijo la madame.

—Si desearas tener el poder de un mago serías capaz de mantener tu promesa —respondió Lythande—. Ya rara vez siento la tentación de romperla. Solo temo quebrantarla sin darme cuenta. No puedo beber en las tabernas por si acaso entre las mujeres hubiera alguno de esos hombres extraños que hallan divertido vestirse con ropas femeninas. Por esa misma razón tampoco como ni bebo aquí en presencia de tus mujeres. Todo el poder depende de los votos y del secreto.

—En ese caso no puedo ayudarte —dijo Myrtis—. Ya que no quieres contarle la verdad a la chica, dile que juraste vivir sin mujeres.

—Tal vez lo haga —repuso Lythande, que acabó de comer con el rostro fruncido.

Pasado un rato, Bercy fue conducida a la habitación. Llegó con los ojos como platos, embelesada con el elegante vestido que le habían dado y el cabello recién lavado, que se le rizaba ligeramente alrededor de la cara sonrosada. De todo su cuerpo emanaba la fragancia dulce de los aceites de baño y los perfumes.

—En este sitio las chicas llevan una ropa tan bonita, ¡y una de ellas me ha dicho que podían comer dos veces al día si querían! ¿No le parece que soy lo suficientemente bonita como para que madame Myrtis deje que me quede?

—Si así lo deseas. Eres la más bonita de todas.

—Preferiría ser suya, mago —dijo Bercy con deseo, y volvió a arrojarse sobre Lythande. Se aferró al rostro demacrado del mago y tiró de él para acercárselo al suyo.

Lythande, quien rara vez tocaba algo con vida, la sujetó con suavidad, haciendo un esfuerzo para no revelar su consternación.

—Bercy, pequeña, solo es un capricho. Se te pasará.

—No —respondió sollozando la muchacha—. ¡Le amo! ¡Solo le quiero a usted!

Y entonces, de un modo inconfundible, Lythande notó ese ligero hormigueo de advertencia en su sistema nervioso, ese aviso en forma de estremecimiento que lo alertaba: «Hay un conjuro en marcha». El objetivo del encantamiento no era Lythande —en este caso podría haberlo contrarrestado—, sino otro espacio de la habitación.

«¿Aquí, en la Casa Afrodisia?». Lythande sabía que podía confiar a Myrtis su vida, su reputación, su fortuna, incluso sus poderes mágicos de la Estrella Azul. Ya lo había demostrado anteriormente. Además, en el caso de que la madame hubiera cambiado hasta el punto de ser capaz de traicionarlo, Lythande lo habría advertido en su aura cuando estaban juntos.

Eso solo dejaba a la muchacha, que continuaba asida a él y gimoteando.

—¡Moriré si no me ama! ¡Moriré! ¡Dígame que no es cierto, Lythande, que es usted incapaz de amar! ¡Dígame que es una burda mentira que los magos están castrados, que son incapaces de amar a las mujeres...!

—Sin duda es una burda mentira —afirmó Lythande con el gesto serio—. Te aseguro solemnemente que nunca me han castrado.

Sin embargo, Lythande notó un cosquilleo en los nervios mientras hablaba. Un mago podía mentir, y la mayoría de ellos lo hacía. Lythande siempre estaba dispuesto a mentir como cualquier otro, siempre por una buena causa, pero la ley de la Estrella Azul establecía lo siguiente: cuando se le realizara una pregunta directa relacionada con el secreto, el maestro no podía responder con una mentira directa. Y Bercy, en su inconsciencia, estaba a una sola pregunta de la cuestión fatídica sobre su secreto.

Con un esfuerzo descomunal, la magia de Lythande arrancó las costuras del mismísimo Tiempo. La chica se quedó petrificada, ajena al discurrir de los segundos, y Lythande se apartó de ella la distancia necesaria para estudiar su aura. Y en efecto, entre las trazas de su campo vibratorio se vislumbraba la sombra de una Estrella Azul, la de Rabben, dominando la voluntad de la chica.

Rabben. Rabben el Mediamano. Él había depositado su voluntad en la chica; él había ideado y organizado toda la trama, incluida la escena en la que la muchacha necesitaba ayuda; encantar a la muchacha para atraer a Lythande y hechizarlo.

La ley de la Estrella Azul prohibía a un maestro de la Estrella matar a otro, ya que todos serían necesarios para luchar hombro con hombro contra el Caos el día del fin del mundo. Sin embargo, si un maestro podía arrancarle el secreto de su poder a otro... entonces el mago que había perdido sus poderes ya no era necesario para el combate contra el Caos y podía ser asesinado.

¿Qué podía hacer ahora? ¿Matar a la chica? Rabben también tomaría eso como una respuesta. El encantamiento que dominaba a Bercy la volvía irresistible para cualquier hombre. Si Lythande la dejaba marchar intacta, Rabben sabría que el secreto de Lythande descansaba en esa área y no cejaría en sus intentos por descubrirlo. 

En el caso de que Lythande no sucumbiera a los efectos de este conjuro sexual que hacía irresistible a Bercy, significaría que era un eunuco, o un homosexual o... Lythande empezó a sudar y no se atrevió a seguir tirando de ese hilo. Su secreto solo estaría a salvo mientras no le preguntaran. Su aura nunca lo delataría; pero una sola pregunta y todo habría acabado.

«Debería matarla —pensó Lythande—. Ya no estoy luchando solo por conservar mis poderes, también por mi secreto y mi vida. Sin duda, una vez que perdiera mi magia, Rabben no perdería un segundo en acabar conmigo como venganza por la pérdida de la mitad de la mano».

La muchacha seguía inmóvil, en trance. ¡Qué fácil sería matarla! Pero entonces Lythande recordó un antiguo cuento de hadas que tal vez podría utilizar para salvaguardar el secreto de la Estrella.

La luz parpadeó mientras el Tiempo regresaba a la cámara. Bercy seguía aferrada a él y gimoteando, ajena al lapso de tiempo detenido; Lythande ya había decidido lo que haría, y la muchacha notó que el mago la envolvía con sus brazos y la besaba en la boca anhelante.

—¡Tiene que amarme! ¡Moriré si no! —exclamó sollozando Bercy.

—Te haré mía —afirmó Lythande en un tono suavemente neutro y muy dulce—, pero incluso un mago es vulnerable en el amor, así que debo tomar algunas precauciones. Hay que preparar un lugar sin más luz ni sonido que los que yo aporte con mi magia; y tú has de jurar que no intentarás verme ni tocarme excepto por medio de esa luz mágica. ¿Lo juras por la Madre de Todo, Bercy? Si lo juras te amaré como nunca ninguna mujer ha sido amada jamás.

—Lo juro —respondió temblando la muchacha.

Lythande sintió una compasión infinita por Bercy, a quien Rabben había utilizado de un modo tan despiadado. Tanto, que ahora ella ardía viva en su amor —insatisfecho y provocado por el conjuro— por el mago y era prisionera de su pasión por Lythande. «Si me hubiera amado sin que mediara un conjuro, yo también podría haberla amado», pensó Lythande con amargura.

«¡Entonces podría haberle confiado mi secreto! Pero Bercy solo es un instrumento de Rabben; su amor por mí es obra suya, y en él no hay nada de su voluntad... ni de realidad...». De modo que todo lo que pasara entre ellos a partir de ese momento solo sería una pantomima representada para Rabben.

—Lo prepararé todo con mi magia.

Lythande salió de la cámara y pidió a Myrtis todo lo que necesitaba. La mujer se echó a reír, pero un mero vistazo al semblante sombrío de Lythande le cortó la risa de cuajo. Conocía al mago desde mucho antes de que le colocaran la Estrella Azul entre los ojos y guardaba el secreto de Lythande por el amor que le profesaba, así que le rompía el corazón verlo presa de tanto sufrimiento.

—Lo tendrás todo listo —dijo la madame—. Le echaré una droga en el vino para debilitar su voluntad, así te será más sencillo hechizarla.

—Rabben ya lo hizo por nosotros cuando utilizó el conjuro para que se enamorara de mí —dijo Lythande con un horrible poso de amargura en la voz.

—¿Habrías preferido que fuera de otro modo? —preguntó Myrtis, vacilante.

—¡Todos los dioses de Santuario están riéndose de mí! ¡Madre de Todo, ayúdame! Preferiría que fuera de otro modo. Podría amarla si no fuera un instrumento de Rabben.

Cuando todo estuvo listo, Lythande entró en la habitación oscura. No había más luz que la luz de la Estrella Azul. La muchacha estaba tumbada en la cama y levantó los brazos hacia el mago con un aire de abandono exaltado.

—¡Ven conmigo! ¡Ven conmigo, amor mío!

—Enseguida —respondió Lythande, sentándose a su lado. Le acarició el cabello con una ternura que ni siquiera Myrtis habría sospechado que poseía—. Te cantaré una canción de amor de mi lejana patria.

Ella se estremeció de placer.

—¡Todo lo que venga de ti está bien, amor mío, mago mío!

Lythande sintió el vacío provocado por la desesperación absoluta. La muchacha era hermosa y estaba enamorada. Yacía tendida sobre la cama preparada para ambos, y sin embargo los separaba la vastedad del mundo. No se veía capaz de soportarlo.

Lythande cantó con su voz profunda y hermosa, una voz más encantadora que cualquier conjuro:

Ya se ha consumido la mitad de la noche; y la corona de la luna

Se desvanece, y ahora la corona de las estrellas palidece;

El cielo acepta a regañadientes la llegada de la mañana;

Yo sigo tendido solo.

Te amaré como ninguna mujer ha sido amada nunca.

Lythande reparó en las lágrimas en las mejillas de Bercy.

Entre la muchacha acostada en la cama y la figura inmóvil del mago, y mientras la túnica de Lythande caía pesadamente al suelo, empezó a cobrar forma un espectro; un espectro que en un primer momento pareció el doble de Lythande, alto y enjuto, con los ojos brillantes, con una estrella entre las cejas y un cuerpo pálido y sin cicatrices. 

Tenía la forma del mago, pero el espectro poseía una virilidad imponente, y avanzó hacia la mujer que lo esperaba inmóvil. La muchacha estaba cegada por su libido, atrapada, poseída, hechizada. Lythande le permitió ver la imagen fugazmente; ella no podía ver al verdadero Lythande que estaba detrás. Entonces, cuando Bercy cerró los ojos extasiada al notar el contacto del mago, este le acarició delicadamente los párpados con los dedos.

—¡Verás... lo que te pida que veas!

—¡Oirás... lo que te pida que oigas!

—¡Sentirás... solo lo que te pida que sientas, Bercy!

Y a partir de ese momento, Bercy quedó sometida al conjuro del espectro. Con indiferencia, sin inmutarse, Lythande observó cómo se cerraban los labios de la muchacha apretados contra el vacío y besaban unos labios invisibles; Lythande sabía en todo momento qué estaba tocándole y acariciándole. 

Cautivada y embelesada por la ilusión, que la llevó una y otra vez hasta las cimas del éxtasis, la muchacha soltó finalmente un grito de liberación. Solo para Lythande aquel grito sonó amargo, pues no iba dirigido a él, sino al espectro que la poseía.

Bercy quedó tendida en la cama, casi inconsciente, saciada, y Lythande la observó con dolor. Cuando la chica volvió a abrir los ojos, el mago estaba contemplándola con el gesto apesadumbrado.

Bercy tendió lánguidamente hacia él sus brazos.

—Es cierto, amor, me has amado como ninguna mujer había sido amada jamás.

Por primera y última vez, Lythande se inclinó hacia ella y apretó sus labios contra los de la muchacha en un beso largo y de una inmensa ternura.

—Duerme, querida.

Y cuando ella se sumió en un sueño extático y exhausto, Lythande rompió a llorar.

Mucho antes de que la chica se despertara, Lythande se levantó y se preparó en la pequeña cámara de Myrtis para emprender un viaje.

—El conjuro se mantendrá. Irá corriendo a Rabben con la historia... la historia de Lythande, ¡el amante sin parangón! Lythande, ¡el de la virilidad inagotable! ¡Capaz de amar a una doncella hasta agotarle las energías! —La amargura teñía de aspereza la voz profunda de Lythande.

—Y mucho antes de que regreses a Santuario, cuando los efectos del conjuro hayan desaparecido, ya te habrá olvidado en los brazos de muchos otros amantes —afirmó Myrtis—. Sería mejor y más seguro que así fuera.

—Cierto —dijo Lythande, aunque añadió con la voz quebrada—: Cuida de ella, Myrtis. Trátala con cariño.

—Lo haré. Te lo prometo, Lythande.

—Ojalá hubiera podido amarme sin más...

El mago se derrumbó y volvió a llorar brevemente. Myrtis apartó la mirada, desagarrada por el dolor. No sabía cómo consolar a Lythande.

—¡Ojalá hubiera podido amarme por lo que soy, sin el conjuro de Rabben de por medio! ¡Amarme sin fingimientos! Pero temía no poder dominar el conjuro obrado en ella por Rabben... ni confiar en que no me traicionara cuando supiera que...

Myrtis rodeó tiernamente a Lythande con sus brazos rellenitos.

—¿Te arrepientes?

La pregunta era ambigua. Podría haber significado «¿Te arrepientes de no haber matado a la chica?», o «¿Te arrepientes de la promesa y del secreto que habrán de acompañarte hasta el día del fin del mundo?». Lythande prefirió responder a la segunda interpretación:

—¿Si mi arrepiento? Llegará un día en que tendré que luchar contra el Caos junto al resto de mi orden. Al lado de Rabben incluso, si no lo matan antes. Y solo eso debe justificar mi existencia y mi secreto. Sin embargo, ahora tengo que marcharme de Santuario, y quién sabe cuándo los avatares de la vida me traerán de nuevo a esta dirección. Dame un beso de despedida, hermana.

Myrtis se puso de puntillas y sus labios se fundieron con los de Lythande.

—Hasta que volvamos a vernos, Lythande —se despidió la madame—. Que Ella te asista y cuide de ti eternamente. Adiós, mi querida hermana.

La maga Lythande se ciñó entonces la espada y abandonó la ciudad de Santuario sin ser vista ni oída cuando empezaba a despuntar el alba. Y en su frente, el brillo de la Estrella Azul empezó a atenuarse por la aparición del sol. Ni una sola vez volvió la vista atrás.