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Desde allá - Emilia Pardo Bazán


Don Javier de Campusano iba acercándose a la muerte, y la veía llegar sin temor, arrepentido de sus culpas; confiaba en la misericordia de aquel que murió por tenerla de todos los hombres. 

Sólo una inquietud lo acuciaba algunas noches de esas en que el insomnio fatiga a los viejos. Pensaba que, faltando él, entre sus dos hijos y únicos herederos nacerían disensiones, acerbas pugnas y litigios por cuestión de hacienda. 

Era don Javier muy acaudalado propietario, muy pudiente señor; pero no ignoraba que las batallas más reñidas por dinero las traban siempre los ricos. 

Ciertos amarguísimos recuerdos de la juventud contribuían a acrecentar sus aprensiones. Acordábase de haber pleiteado largo tiempo con su hermano mayor; pleito intrincado, encarnízado, interminable, que empezó entibiando el cariño fraternal y acabó por convertirlo en odio sangriento. 

El pecado de desear a su hermano toda especie de males, de haber injuriado y difamado, y hasta, ¡tremenda memoria!, de haberlo esperado una noche en las umbrías de un robledal con objeto de retarle a espantosa lucha, era el peso que por muchos años tuvo sobre su conciencia don Javier. 

Con la intención había sido fratricida, y temblaba al imaginar que sus hijos, a quienes tanto amaba, llegasen a detestarse por un puñado de oro. 

La naturaleza había dado a don Javier elocuente ejemplo y severa lección: sus dos hijos, varón y mujer, eran mellizos; al enviarlos al mundo a la misma hora, Dios les había mandado imperatívamente que se amaran; y herida desde su nacimiento la imaginación de don Javier, sólo cavilaba en que podían, sin embargo, aborrecerse hasta llegar al crimen. 

Para evitar que los celos de la ternura paternal engendrasen el odio, don Javier dio a su hijo la carrera militar y lo tuvo casi siempre apartado de sí; sólo cuando conoció que la vejez y los achaques lo empujaban a la tumba llamó a José María y permitió que sus cuidados filiales alternasen con los de María Josefa. 

A fuerza de reflexiones, el viejo había formado un propósito, y empezó a cumplirlo llamando aparte a su hija, en gran secreto, y diciéndole: Hija mía, antes de que llegue tu hermano tengo que enterarte de algo que te importa. Óyeme bien, y no olvides ni una sola de mis palabras. No necesito afirmar que te quiero mucho; pero, además, tu sexo debe ser protegido de un modo especial y recibir mayor favor. He pensado en mejorarte, sin que nadie te pueda disputar lo que te regalo. Así que yo cierre los ojos..., así que reces un poco por mí..., te irás al cortijo de Guadeluz, y en la sala baja, donde está aquel arcón muy viejo y muy pesado que dicen es gótico, contarás a tu izquierda, desde la puerta, dieciséis ladrillos -¡fíjate, dieciséis!, una onza de ladrillos, ¿entiendes? - y levantarás el que hace diecisiete, que tiene como la señal de una cruz, y algunos más alrededor. Bajo los ladrillos verás una piedra y una argolla; la piedra, recibida con argamasa fuerte. Quitarás la argamasa, desquiciarás la piedra y aparecerá un escondrijo y en él un millón de reales en peluconas y centenes de oro. ¡Son mis ahorros de muchos años! El millón es tuyo, sólo tuyo; a ti te lo dejo en plena propiedad. Y ahora, chitón, y no volvamos a tratar este asunto. ¡Cuando yo falte ... ! 

María Josefa sonrió dulcemente, agradeció en palabras muy tiernas, y aseguró que deseaba no tener jamás ocasión de recoger el cuantioso legado. Llegó José María aquella misma noche y ambos hermanos, relevándose por turno, velaron a don Javier, que decaía a ojos vistas. 

No tardó en presentarse el último trance, la hora suprema, y en medio de las crispaciones de una agonía dolorosa, notó María Josefa que el moribundo apretaba su mano de un modo significativo, y creyó que los ojos, vidriosos y sin luz interior, decían claramente a los suyos: “Acuérdate, dieciséis ladrillos... Un millón de reales en peluconas...”. 

Los primeros días después del entierro se consagraron, naturalmente, al duelo y a las lágrimas, a los pésames y a las efusiones de tristeza. Los dos hermanos, abatidos y con los párpados rojos, cambiaban pocas palabras, y ninguna que se refiriese a asuntos de interés. 

Sin embargo, fue preciso abrir el testamento; hubo que conferenciar con escribanos, apoderados y albaceas, y una noche en que José María y María Josefa se encontraban solos en el vasto salón de recibir, y la luz desfallecida del quinqué hacía, al parecer, visibles las tinieblas, la hermana se aproximó al hermano, lo tocó en el hombro, y murmuró tímidamente, en voz muy queda: 

- José María, he de decirte una cosa..., una cosa muy rara... de papá. 
- Di, querida ... ¿Una cosa rara?

- Sí, verás ... No te admires... Hay un millón de reales en monedas de oro, escondido en el cortijo de Guadeluz. 
- ¡No, tonta! -exclamó sobrecogido y con súbita vehemencia José María-. No has entendido bien. ¡Ni poco ni mucho! Donde está oculto ese millón es en la Corchada. 
- ¡Por Dios, Joselillo! Pero si papá me lo explicó divinamente, con pelos y señales... Es en la sala baja; hay que contar dieciséis ladrillos a la izquierda, desde la puerta, y al diecisiete está la piedra con argolla que cubre el tesoro. 
- ¡Te aseguro que te equivocas, mujer! Papá me dio tales pormenores, que no cabe dudar. En la dehesa, junto al muro del redil viejo, que ya se abandonó, existe una especie de pilón donde bebía el ganado. Detrás hay una arqueta medio arruinada, y al pie de la arqueta una losa rota por la esquina. Desencajando esa losa se encuentra un nicho de ladrillo, y en él un cofrecillo con un millón de peluconas y centenes... 
- Hijo del alma, ¡pero si es imposible! Créeme a mí, cuando papá te llamó estaba ya peor, muy en los últimos; quizá la cabeza suya no andaba firme, ipobrecíto! Yo tengo sus palabras aquí esculpidas... 
- María - declaró José cogiendo la mano de la joven, después de meditar un instante -, lo cierto es que hay dos depósitos, y sólo así nos entenderemos. Papá me advirtió que me dejaba ese dinero exclusivamente a mí... 
- Y a mí que el de Guadeluz era únicamente mío... 
- ¡Pobre papá! murmuró conmovido el oficial ¡Qué cosa más extraña! Pues... si te parece, lo que debe hacerse es ir a Guadeluz primero y a la Corchada después. Así saldremos de 
dudas. ¡Qué gracioso sería que no hubiese sino uno! 
- Dices bien confirmó María Josefa triunfante Primero adonde yo digo, ¡verás cómo allí está el tesoro! 
- Y también porque tuviste el acierto de hablar antes, ¿verdad, chiquilla? 
- Has de saber... que yo no te lo decía porque temía afligirte; podías creer que papá te excluía, que me prefería a mí.... ¿qué sé yo? Pensaba sacar el depósito y darte la mitad sin decirte la procedencia. Ahora veo que fui tonto. 
- No, no; tenías razón -repuso María, confusa y apurada -. Soy una parlanchina, una imprudente. Debió prevenírseme eso... Debí buscar el tesoro y hacer como tú, entregártelo sin decir de dónde venía... ¡Qué falta de pesquis!

- Pues yo deploro que te hayas adelantado -contestó sinceramente José, apretando los finos dedos de su hermana. 

De allí a pocos días los mellizos hicieron su excursión a Guadeluz y encontraron todo puntualmente como lo había anunciado María Josefa. El tesoro se guardaba en un cofrecito de hierro cerrado; la llave no apareció. Cargaron el cofre, y sin pensar en abrirlo siguieron el viaje a la Corchada, donde al pie de la derruida arqueta hallaron otra caja de hierro también de igual peso y volumen que la primera. 

Lleváronse a casa las dos cajas en una sola maleta; encerráronse de noche, y José María, provisto de herramientas de cerrajero, las abrió, o mejor dicho, forzó y destrozó el cierre. 

Al saltar las tapas, brillaron las acumuladas monedas, las hermosas onzas y las doblillas; los hermanos, sin contarlas, unieron ambos caudales y los derramaron sobre la mesa, donde se mezclaron como Pactolos que confunden sus aguas maravillosas. De pronto María se estremeció. 
- Mira, José María, en el fondo de mi caja hay un papel arrollado. 
- Y otro en la mía - observó el hermano. 
- Es letra de papá. 
- Letra suya es. 
- El tuyo, ¿qué dice? 
- Aguarda.... acerca la luz... Dice así: “Hijo mío, si lees esto a solas, te compadezco y te perdono; si lo lees en compañía de tu hermana, salgo del sepulcro a bendecirte...”.
- El sentido del mío es idéntico - exclamó después de un instante, sollozando y riendo a la vez, María Josefa. 

Los mellizos soltaron los papeles, y por encima del montón de oro, pisando monedas esparcidas en la alfombra, se tendieron los brazos y estuvieron abrazados buen rato. 

Adiós, Mr. Bliss - Joseph Payne Brennan

    

El 30 de junio, un día antes de que la Biblioteca Lockridge cerrara sus puertas durante los meses de verano, Mr. Bliss, bibliotecario jefe, hizo acudir a su despacho a Miss Quinby para informarla de que sus servicios no serían ya necesarios al terminar el año.

Miss Quinby se sentó en silencio, con los fatigados ojos llenos de lágrimas. Había servido fielmente a la Biblioteca Lockridge por espacio de treinta y cinco años. Al cabo de otros cinco años hubiera podido jubilarse con una pensión.

Mr. Bliss jugueteó con su pisapapeles.

—No hay por qué tomárselo así, Miss Quinby. Tiene usted seis meses para encontrar otro empleo. Con su experiencia, estoy convencido de que no será problema.

Miss Quinby no dijo nada.

Mr. Bliss carraspeó. Su voz sonó ligeramente irritada.

—En realidad, creo que me estoy portando de un modo muy generoso con usted. Tendrá sus dos meses de vacaciones pagadas, y luego otros cuatro meses para buscar empleo. Seguramente…

—Preferiría quedarme aquí —dijo Miss Quinby.

Mr. Bliss sacudió la cabeza con cierta vehemencia.

—La cosa está decidida, Miss Quinby. Como ya le he dicho, carece usted de los conocimientos indispensables en estos días. No tiene usted ningún título universitario…, ni siquiera académico. Sus servicios han sido siempre muy… limitados. La Biblioteca Lockridge va a experimentar una profunda transformación. Contrataremos únicamente personal especializado. Su trabajo será realizado mucho más eficazmente por una joven bibliotecaria profesional, con los indispensables estudios.

«Una joven bibliotecaria profesional —pensó Miss Quinby amargamente— con las indispensables curvas».

Las sonrosadas mejillas de Mr. Bliss se tiñeron de rojo, como si hubiera leído los pensamientos de Miss Quinby.

—Creo que esto es todo —dijo.

—Si escribo al Comité de la Biblioteca —insistió Miss Quinby—, tal vez…

—Será inútil —la interrumpió Mr. Bliss—. El Comité no es más que un organismo asesor. Ni siquiera les he informado de esta decisión, pero si usted quiere hacerlo le aseguro que perderá el tiempo.

Miss Quinby sabía que era cierto. Desde su llegada, hacía poco más de un año, Mr. Bliss había manejado a su antojo al Comité. Ni uno solo de sus miembros se atrevió a enfrentarse con él.

Aunque sabía que no había ninguna esperanza, Miss Quinby continuó sentada, tratando desesperadamente de encontrar algo más que decir. Era todo tan injusto, tan cruel…, tan innecesario… A su edad no le sería fácil encontrar otro empleo, ni siquiera con su experiencia. Y si lo encontraba, se vería obligada a aceptar un sueldo mucho más bajo. Y echaría de menos a sus amigos, a sus…

Mr. Bliss se puso en pie, con el ceño fruncido.

—Desde luego —advirtió en tono severo—, si trata usted de complicar las cosas la pondré de patitas en la calle inmediatamente.

Miss Quinby se apresuró a levantarse. Sabía que Mr. Bliss cumpliría su amenaza. La aborrecía. Le había amargado la vida desde su llegada. Miss Quinby había hecho lo imposible por cumplir sus más caprichosas e irrazonables órdenes. Pero no le sirvió de nada. Y ahora no se atrevía a discutir con él. Necesitaría los seis meses.

Se dirigió hacia la puerta.

—Gracias —dijo, e inmediatamente se odió a sí misma por haberlo dicho.

Mr. Bliss inclinó la cabeza de un modo casi imperceptible.

De regreso en su oficina, Miss Quinby se sentó ante su escritorio y se quitó las empañadas gafas. Estaba demasiado aturdida para llorar. La entrevista con Mr. Bliss tenía un aire de irrealidad. Una pequeña parte de su mente trataba de convencerla de que no había sucedido nada, en realidad, de que todo el asunto era una especie de error que podía ser enmendado.

Las empleadas más jóvenes se marchaban temprano, como era costumbre el día anterior al comienzo de las vacaciones, y Miss Quinby pudo oír su alegre cháchara mientras sus tacones repiqueteaban en el pasillo.

Pasaron junto al despacho de Mr. Bliss.

«¡Adiós, Mr. Bliss!». «¡Feliz verano, Mr. Bliss!». «¡Felices vacaciones, Mr. Bliss!». «¡Adiós, Mr. Bliss!». «Adiós…».

Miss Quinby se puso bruscamente en pie y cerró la puerta de su oficina. Maquinalmente, empezó a arreglar los papeles esparcidos sobre su mesa. Trabajaba siempre hasta las cinco, incluso el día anterior al comienzo de las vacaciones. Hoy no sería una excepción. A pesar de lo que había sucedido, no podía inducirse a sí misma a marcharse más temprano.

Unos instantes después recordó que tenía que arreglar su taquilla. Siempre lo había hecho antes de marcharse de vacaciones. Abriendo la puerta, salió al pasillo y se dirigió a los vestuarios.

Al pasar por delante del despacho de Mr. Bliss le oyó hablar. Al parecer, estaba conversando por teléfono.

«Exacto —estaba diciendo—. He planeado unas verdaderas vacaciones. No le he dicho absolutamente a nadie adonde voy a ir. No voy a darle la dirección a nadie. Ni siquiera he hecho ninguna reserva. Emprenderé el viaje esta misma tarde, a las cinco, cuando salga de aquí, y no regresaré hasta septiembre».

Mientras ordenaba su taquilla, Miss Quinby consultó su reloj. Eran las cuatro.

Cuando regresó a su oficina, todo el edificio parecía silencioso y desierto. Mr. Bliss estaba aún en su despacho; permanecería en él hasta las cinco en punto. Aparte de ellos dos, en el edificio sólo había otra persona: Jacobson, el encargado de la limpieza.

Miss Quinby se sentó, apoyó la barbilla entre sus manos y se sumió en profundos pensamientos. Durante más de diez minutos permaneció inmóvil. Con su almidonada blusa blanca de cuello alto, su severa falda negra y sus zapatos de tacones bajos, podía haber sido un maniquí de cera vestido para responder al tradicional concepto de «bibliotecaria» en la mente del público vulgar.

Finalmente, Miss Quinby se puso en pie con una expresión cautelosa y decidida al mismo tiempo. Después de sacar una llave de un cajón de su escritorio que siempre estaba cerrado, salió al pasillo. La luz del despacho de Mr. Bliss continuaba encendida. Dirigiéndose hacia el lado opuesto, Miss Quinby descendió la escalera que conducía al sótano. Jacobson, el encargado de la limpieza, no se veía por ninguna parte.

Una vez en el sótano, Miss Quinby recorrió un largo pasillo, cruzó una especie de arco, se adentró en otro pasillo, más corto, y se detuvo ante una maciza puerta de acero.

Al otro lado de aquella puerta se encontraba el departamento de seguridad de la Biblioteca, una pequeña habitación subterránea donde se guardaban los incunables y otros libros raros y valiosos que no circulaban entre el público ordinario.

Abriendo la puerta de acero con la llave que había sacado del cajón de su escritorio, Miss Quinby pulsó el interruptor de la luz y miró hacia el interior. Las estanterías estaban llenas de libros encuadernados en pergamino.

Vaciló unos instantes, consultando su reloj. Eran las cuatro y media. Volviéndose rápidamente, se dirigió al pasillo principal y entró en el lavabo del sótano. Un momento después volvió a salir llevando un vaso de papel lleno de agua.

Entró en el departamento de seguridad, dejó caer el agua en un rincón, arrugó el vaso de papel, se lo metió en un bolsillo de su falda y salió apresuradamente.

En el pasillo, en una abertura practicada en la pared, había un teléfono interior.

Miss Quinby lo descolgó y marcó el número del despacho de Mr. Bliss.

—Aquí Mr. Bliss, de la Biblioteca Lockridge —dijo la voz del bibliotecario jefe.

—Soy Miss Quinby, Mr. Bliss. Estoy en el sótano. He bajado a guardar un ejemplar en el departamento de seguridad. —Tomó aliento—. En el departamento de seguridad hay agua, Mr. Bliss. En el suelo. Una filtración, seguramente. Alguna cañería, o…

Mr. Bliss gruñó con desesperación.

—¡Precisamente ahora! Bajo en seguida. Trate de localizar a Jacobson.

Un par de minutos después Mr. Bliss se encontraba en el sótano. Estaba furioso.

—¿Dónde está el agua? —preguntó en tono desabrido—. ¿Ha localizado ya a Jacobson?

Miss Quinby señaló el rincón donde había dejado caer el agua.

—Allí. En el suelo.

Cuando vio el pequeño charco, Mr. Bliss frunció el ceño.

—¡Vaya un fastidio! —exclamó, inclinándose para examinarlo más de cerca.

Miss Quinby se agarró con las dos manos al pomo de la puerta de acero y tiró hacia sí. La puerta se cerró con un enorme estrépito. Se oyó el chasquido de la cerradura automática.

Durante unos segundos hubo un silencio absoluto. Luego, Miss Quinby oyó la voz de Mr. Bliss, ahogada y lejana.

—¡Miss Quinby! ¡Abra inmediatamente la puerta!

Miss Quinby esperó. Era posible que Mr. Bliss se hubiera traído la otra llave del departamento de seguridad. Pero la guardaba en un cajón de su escritorio que siempre estaba cerrado y lo más probable era que no se hubiese entretenido en sacarla. Debió pensar que si Miss Quinby había abierto la puerta, forzosamente debía de tener una llave.

Al cabo de unos instantes, Miss Quinby se convenció de que sus previsiones habían sido correctas. Si Mr. Bliss tuviera la llave, ya la hubiera utilizado. En vez de eso, empezó a aporrear la puerta.

—¡Miss Quinby! ¡Miss Quinby! ¡Abra inmediatamente la puerta! ¡Inmediatamente! ¿Se ha vuelto loca?

En su voz había ya un acento de pánico.

Dejando la llave en la cerradura, Miss Quinby recorrió el pasillo interior. Al llegar al arco, se detuvo a escuchar.

Incluso a aquella corta distancia, la voz de Mr. Bliss era apenas audible. Miss Quinby no pudo oír lo que estaba gritando. No estaba segura de que dijera nada. Parecía como si se limitara a gritar.

Miss Quinby subió apresuradamente la escalera, entró en el despacho de Mr. Bliss, encendió la lámpara del escritorio y cerró la puerta.

Cuando apareció Jacobson, Miss Quinby estaba en su propia oficina.

Jacobson asomó la cabeza.

—¿Se ha marchado ya Mr. Bliss, Miss Quinby?

Miss Quinby levantó la cabeza.

—Supongo que sí. ¿Va usted a cerrar pronto?

Jacobson consultó su reloj.

—Dentro de diez minutos, Miss Quinby, si ha terminado usted su trabajo.

Miss Quinby permaneció en su oficina hasta las cinco en punto. Lo más probable era que Jacobson hubiera terminado ya su ronda final por todo el edificio. Pero quería estar segura.

En cuanto Jacobson y ella se hubieran marchado, la Biblioteca permanecería cerrada hasta después de la Fiesta del Trabajo. Dado que Mr. Bliss, soltero, había planeado unas vacaciones «íntimas», sin dejar la dirección a nadie, sin hacer ninguna reserva, nadie se preocuparía por su desaparición hasta que la Biblioteca volviera a abrir sus puertas.

Desde luego, podía ocurrírsele escribir una nota contando lo que había sucedido. Bueno, ya se ocuparía de eso. Resultaría muy desagradable, pero arreglaría las cosas de modo que fuera ella la primera persona que bajara al sótano. Entraría en el departamento de seguridad para comprobar que no había nada que pudiera comprometerla.

Nadie podría demostrar que Mr. Bliss no había quedado encerrado por puro accidente. Supondrían que, después de cerrar su despacho, Mr. Bliss había bajado al sótano para efectuar una inspección de última hora, o quizá para guardar algún libro valioso. Había dejado la llave en la cerradura y, Dios sabe cómo, la puerta se había cerrado…

Nadie, aparte de Mr. Bliss, sabía que Miss Quinby tenía un duplicado de la llave del departamento de seguridad. De acuerdo con las normas de la Biblioteca, la llave tenía que guardarse, encerrada, en el despacho del bibliotecario jefe. Mr. Bliss había permitido que Miss Quinby tuviera un duplicado para evitarse molestias.

Jacobson asomó de nuevo su cabeza.

—¿Ha terminado usted, miss Quinby?

—Sí, Jacobson. Voy a salir con usted.

Se detuvo en la gran escalinata de mármol, mientras Jacobson cerraba la puerta principal.

—Y ahora, hasta que pase la Fiesta del Trabajo —comentó Jacobson, sonriendo.

Miss Quinby sonrió. La Fiesta del Trabajo. El final de las vacaciones. Entonces regresaría a su oficina, pero no para cuatro meses, sino para otros cinco años. Desaparecido Mister Bliss, estaría a salvo. Al Comité de la Biblioteca no se le ocurriría nunca despedirla.

Mientras avanzaba con Jacobson por el enarenado sendero, se volvió a mirar por encima de su hombro.

Con sus grandes persianas echadas y todas las luces apagadas, la Biblioteca Lockridge tenía un aspecto oscuro, frío y repulsivo.

Parecía un mausoleo.

La señorita Winters y el viento - Christine Noble Govan

Mientras permanecía en la esquina, aferrando con fuerza su billete de vuelta de autobús, la señorita Winters sentía un intenso odio hacia el viento. Durante los años que llevaba en aquella espantosa y desagradable ciudad, entre la mujer y el viento se había mantenido un constante estado de guerra. El aire parecía haberla elegido a ella —una solitaria y desamparada figura— para desahogar sus deseos de venganza. Le ladeaba el viejo sombrero de fieltro, le echaba sobre el rostro el revuelto cabello y le subía indecentemente las faldas, dejando a la vista sus negras medias de algodón. Una vez, cuando regresaba a casa desde el trabajo, el viento le arrebató de las manos el billete de vuelta y lo arrojó bajo el autobús que pasaba. Cuando el vehículo hubo desaparecido, la señorita Winters miró entre el polvo y buscó por todas partes; pero el trocito de amarillo papel parecía eludirla. La gente que se arremolinaba a su alrededor casi la empujó bajo un camión y manifestó impacientemente su disgusto contra ella. La cosa había sucedido el día antes de cobrar, cuando la mujer sólo disponía del dinero para pagarse el autobús de la mañana siguiente. Tuvo que hacer a pie el resto del camino a casa; cinco kilómetros, y todos con el viento en contra. Cuando era niña y vivía en el Sur, el viento era una cosa agradable. Las montañas lo mantenían adecuadamente dominado, domándole como se doma a un brioso potro. El aire chocaba contra las cumbres y era troceado en minúsculas partículas por los árboles, que susurraban con un sonido similar al del océano. En los campos, las flores silvestres se mecían con suavidad, formando hermosos mares color rojo dorado. En la escuela, cuando la señorita Winters leía Hiawatha, su delgado rostro se iluminaba momentáneamente ante estas líneas: Como bajo el sol brillan los rizos que el frío viento forma en los ríos. Pero entonces la señorita Winters no sabía realmente lo que era un viento frío. Ahora sí lo sabía. Era algo que se introducía por todos los resquicios y entumecía los pies de la señorita Winters, pese al fuego que tan asiduamente cuidaba. Por las noches, el helado viento se metía con ella en la cama, de forma que hasta su atigrado gato, que permanecía bajo las mantas, se estremecía y durante horas de oscuridad, no paraba de moverse tratando de calentar sus doloridos huesos. El aire se metía bajo el usado abrigo de la mujer, penetrando por el agujero que había hecho en sus pantalones el alambre del tejado en que los tendía. También atravesaba sus remendados guantes, entumeciéndole los dedos hasta que le quemaban en una agonía de frío. Su madre procedía de una agradable región del Sur. Y después de la muerte del padre de la señorita Winters, la anciana señora anheló con todas sus fuerzas volver a su tierra natal. Pero el viento había podido con ella, recordó la señorita Winters, con amargura: tras aguantarlo durante dos temporadas, la pobre murió de pleuresía. Por entonces, la señorita Winters poseía un negocio que funcionaba satisfactoriamente. Se dedicaba a Cos-tura Selecta y Elegante, Precios Razonables. La mujer se había convertido en una solterona de pecho plano, cuyas juveniles ilusiones se redujeron a cenizas años atrás. Confeccionaba ropitas para bebés, con diminutos canesúes bordados; trajes de novia, y bonitos delantales para niñas. La enfermedad y la muerte de su madre representaron grandes gastos. Luego vino la depresión. La señorita Winters se trasladó a barrios peores, barrios que, por lo visto, gustaban mucho al viento, ya que los azotaba constantemente. La mujer se sentía sola, inquieta y, a veces, asustada. El miedo le atenazaba la garganta como si fuese una verdadera mano, haciéndole difícil tragar. Más tarde, la Administración de Proyectos Obreros le facilitó costura. La señorita Winters hizo gruesas chaquetas y pesadas prendas de trabajo. La dura tarea envaró y despellejó sus dedos. No dejaba de pensar en las damas a quienes había vestido de seda y crepé de China y en los bellos trajes que realizara durante su juventud. El peor de los golpes lo recibió al concluir el proyecto obrero. Las mujeres llevaban pantalones, laboraban en las fábricas y compraban ropa hecha. No tenían tiempo para probarse las meticulosas prendas cosidas por la señorita Winters. Las viejas clientes de ésta murieron o se marcharon a Florida, donde el viento era menos cruel. El miedo iba cerniéndose sobre la mujer como una creciente marea. Las manos, que en tiempos bordaron ramilletes de lilas sobre la batista y la estopilla, se habían vuelto artríticas a causa del frío y del tosco trabajo. Todo lo que ahora podía hacer eran zurcidos y, de vez en cuando, algún encargo para una tienda de ropas usadas. El autobús llegó atestado, y la señorita Winters tuvo que ir de pie. En la calle en que vivía, el frío había ma-tado incluso el olor a ajo y a repollo. Pero el viento seguía allí, haciendo volar los papeles, echándole a la cara humo y polvo, y tirando de su sombrero hasta que los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas de impotencia. Para llegar a su cuarto tuvo que subir dos tramos de escalera. El gato esperaba, hecho un ovillo, en medio de la cama. El animal saltó al suelo, estiró su flaco y listado cuerpo y se encaminó hacia su dueña. Era la única criatura que aún la recibía como a una amiga. Gracias al gato, la señorita Winters podía olvidar algunas veces su miedo atenazador. La confianza del animal en ella le daba un poquito de valor y determinación. Sin embargo, también temía por él. Había demasiadas personas que eran malas con los gatos, especialmente si éstos no eran de raza. —¿Estaba solito el minino de mamá? — dijo, con sus agrietados labios —. Mamá va a encender fuego y luego dará de comer a su gatito. El bicho, como apreciando tan patética devoción, se frotó, runruneando, contra la falda de la mujer. La señorita Winters, aún con guantes, puso en la cocina unas astillas y unos preciosos trocitos de carbón y les colocó debajo una cerilla. El maldito viento llegó por la chimenea y apagó la llama, sembrando de cenizas el suelo y manchando los limpios zapatos de la mujer. La señorita Winters consiguió al fin encender un débil fuego. Sobre el fogón colocó un recipiente para preparar el té. Mientras el agua se calentaba, la mujer se sentó en la mecedora de abombado asiento que había frente al fuego, con las piernas cómodamente extendidas y los brazos doblados contra el cuerpo para darse calor. El gato saltó a su regazo, dándole suaves cabezazos en la barbilla. La solterona, agradecida, le abrazó. El animal ponía una nota de vida en el desnudo cuarto. Era algo que le hacía olvidar un poco la creciente marea de su miedo: el alquiler, que se llevaba todo lo que ganaba en la tienda, los treinta y siete centavos que debía al lechero, las suelas de sus zapatos... El miedo siempre estaba allí. Atormentada por él, la anciana había estropeado una prenda en la ropavejería y casi perdido su día de trabajo. Al recordarlo, le invadía un frío que no era debido al viento, precisamente. El gato, sobre su falda, frotaba la suave nariz contra el rostro de la señorita Winters, a la vez que emitía un sonido que era, a un tiempo, ronroneo y maullido. En un repentino arranque de ternura, la señorita lo atrajo hacia sí, y el animal la miró con aire presuntuoso. Sus ojos eran como pálidas lunas verdes con misteriosas manchas doradas. La solterona se levantó y preparó el té. Luego echó un poco de leche y parte del agua caliente en una fuentecita, para el gato. De su bolso extrajo un hueso de chuleta que había conseguido le diera una de sus compañeras de trabajo. El hueso aún tenía una tira de carne y de ella emanaba un fuerte olor a pimienta y a frito. La mujer arrancó la carne, mirando, avergonzada, el desnudo cuarto. Luego comió lentamente, mientras lágrimas de autocompasión le llenaban los ojos. Después se agachó y colocó el hueso, al que aún estaba adherida la grasa, en la fuentecilla del gato. El animal dejó la leche y comenzó a roer el sebo mientras movía el rabo como muestra de satisfacción. La señorita Winters se quitó el sombrero y comenzó a beber el té. Tomó asiento y fue dando pequeños sorbos a la infusión, mientras contemplaba al gato, deleitándose con los graciosos movimientos del animal y con la maravilla de sus verdes y profundos ojos. Cada vez hacía más viento. A medida que la oscuridad aumentaba, la habitación se enfriaba más y más. La señorita Winters se quitó la ropa de salir a la calle, fue a buscar su bata de franela y la puso a caldear junto al fuego. Calentó más agua y llenó con ella una botella para meterla entre las frías sábanas. En seguida, armada con el gato y la botella, y tras remover los carbones para que el fuego durase el mayor tiempo posible, se introdujo en la cama. La bombilla que había junto al mueble apenas daba la luz suficiente para leer la sensacional revista de historias amorosas que cada noche ayudaba a la solterona a olvidar sus problemas. Horas más tarde se despertó. El viento, no contentándose con atormentarla de día, convirtiendo cada una de las horas de luz en un suplicio, tenía que desvelarla por la noche con el fin de devolverla a la miseria de que los sueños la libraban brevemente. El aire rugía en torno a la chimenea y golpeaba las ventanas hasta hacerlas temblar en sus marcos. La que la señorita Winters había pegado con un gran trozo de papel de goma parecía abombarse como si en cualquier momento fuera a reventar, llenando la habitación de cristales. En el tejado algo se soltó y quedó allí, batiendo y saltando, haciendo imposible el sueño. El frío parecía algo tangible, que recorría la columna vertebral de la anciana, mordía su rostro y punzaba sus pies, donde la ya helada botella se burlaba de cualquier idea de comodidad. La mujer dio la luz, como si eso pudiera calentarla. El gato se rebulló y comenzó a moverse nerviosamente por la cama. De pronto se produjo una ráfaga de viento más fuerte que las demás. Se oyó un fuerte ulular y la ventana rota saltó. El cristal penetró en la habitación como si fuera metralla. El gato brincó al suelo y, en medio del salto, fue alcanzado por una arista de vidrio. El animal lanzó un último maullido y cayó inerte. Sobre la amarilla alfombrilla, las manchas de sangre parecieron pétalos de rosa. La señorita Winters se levantó de entre las gruesas mantas. Tenía frío, pero el de ahora estaba producido por una insensata furia. Pasó entre los fragmentos de cristal y recogió el inerte cuerpo del animalito. Los maravillosos ojos verdes aparecían vidriados, y la sangre caía en cálidas gotas sobre los pies, enfundados en medias, de la mujer. La señorita Winters permaneció allí, inmóvil, durante mucho, mucho tiempo. Al fin dejó al gato en el suelo y dijo, con expresión ausente: —Esto ya ha ido demasiado lejos. Al menos, ahora ya sabía lo que debía hacer y, por consecuencia, se sentía tranquila. Se acercó a la cama, apartó las mantas, el abrigo que llevaba durante el día, la colcha que confeccionara con los retales del terciope-lo y la seda de sus días más felices. Tomó la sábana, inmensa y llena de remiendos, y se quedó mirándola pensativamente. Todo era tan claro, tan sencillo, que la señorita Winters se preguntó cómo no se le había ocurrido antes.
Debía atrapar el viento y encerrarlo herméticamente dentro de algo, de forma que nunca pudiera escaparse, para asustar y dejar ateridas a pobres ancianas, manteniéndolas despiertas y conscientes de su miseria, matando sus gatos... La mujer se puso los zapatos y, sin dirigir una sola mirada al animal muerto, abrió la puerta y comenzó a bajar resueltamente las escaleras. "¿Quién ha visto al viento?", cantó, con la atiplada voz de su niñez, mientras el aire la zarandeaba y trataba de arrebatarle la sábana. —¡Ja, ja! —rió la señorita, entre dientes, aferrando con más fuerza el enorme trozo de tela—. ¡Esta vez, no, querido amigo! ¡Esta vez, no! "¿Quién ha visto al viento? ¿Adonde se va el aire? ¡Arriba, arriba, arriba! ¡Hasta llegar al cielo! Miró hacia el campanario de la iglesia. Era el edificio más alto que había a la vista. Incluso en aquella noche brillaba como una arista reluciente. A su gato le había matado una arista. Ella mataría al viento. —R.I.P. —dijo sonriendo la mujer. A la torre de la iglesia se llegaba a través de una puertecita que había en la parte trasera. Tal como la señorita Winters esperaba, no estaba cerrada. Sin un momento de vacilación, la solterona comenzó su decidido ascenso. Cada vez más arriba, dando vueltas y vueltas, tropezando con la sábana, pisándose el borde del abrigo, dando traspiés, riéndose y volviendo a ascender. En el interior de la torre no había viento; pero aquello no la disuadió de su idea. El aire la estaba aguardando allá arriba... ¡y ella le aguardaría a él! Al fin llegó al pequeño cuarto donde se encontraban las campanas, una habitación cuadrada, con arcos góti-cos y una terraza abierta por un lado. El viento estaba allí, tal como la anciana había esperado, rugiendo como un león. Pero la señorita Winters ya no le tenía miedo. —¡Ahora veremos! —gritó, feliz—. ¡Ahora veremos! Sacudió la sábana. Como es lógico, el viento trató de arrebatársela; pero ella, diestramente, agarró las cuatro esquinas y salió a la pequeña terraza abierta. Allá abajo, las luces de la ciudad brillaban y parpadeaban. La señorita Winters las miró plácidamente, como diciendo: —¡Contémplenme! ¡Estoy dándole su merecido, de una vez para siempre, a este asqueroso viento! Fue precisamente entonces cuando una ráfaga de aire la fustigó. Sopló furiosamente y ella la atrapó en la sábana, que se hinchó como una inmensa hogaza de pan en el horno. La anciana tuvo que dar unos pasos para apoderarse del viento; pero al fin lo tenía allí. ¡Se sentía tan feliz, que le pareció caminar por el aire! Miró hacia abajo y pudo ver que las luces se precipitaban hacia ella. Antes de morir, la señorita Winters pasó por un momento aterrador... Un momento durante el que se dio cuenta de que el viento había ganado.