Vivían en Trafalgar Square. Eran
dos palomas que por razones de conveniencia llamaremos Maud y Claud, aunque
ellas no utilizaran esos nombres para llamarse. Eran simplemente una pareja. Ya
llevaban dos o tres años juntas y se eran fieles, aunque en el fondo de su
pequeño corazón de palomas se odiaban.
Pasaban los días picoteando grano y
cacahuetes sembrados por el desfile interminable de turistas y londinenses que
compraban esas cosas a los vendedores ambulantes, Pec, pec, todo el día en
medio de otros cientos de palomas que, como Maud y Claud, casi habían perdido
la capacidad de volar porque ya apenas les era necesaria.
Muchas veces, Maud se
veía separada de Claud en un campo de palomas que movían la cabeza de un modo
constante, como si asintieran, pero, al caer la noche, de un modo u otro se
encontraban y se dirigían a un hueco que había al dorso de un muro de piedra
situado cerca de la National Gallery. ¡Uf! Y con esfuerzo conseguían subir sus
abultadas pechugas hasta su domicilio, que quedaba entre setenta centímetros y
un metro de altura.
Maud hacía unos ruidos muy desagradables con
la garganta que expresaban despecho y desdén. Tenía la misma edad que Claud; no
eran jóvenes. Su primer novio había muerto en la flor de la vida, atropellado
por un autobús cuando intentaba recuperar parte de un bocadillo del suelo.
Los ruiditos despectivos de Maud podían
interpretarse como un "¿Qué? ¿Otra vez igual, eh?" y similares
provocaciones a la virilidad de Claud y a su infundada autoestima. Tal vez
Claud no hubiera hecho nada aquel día, pero estaba claro que era un mujeriego.
Muchas veces, Maud había tenido la satisfacción de ver a Claud vencido por un
macho más joven que aparecía en el peor momento para Claud y su recién
encontrada hembra. Claud montaba un número bravucón, fingía que estaba
dispuesto a pelear, pero el macho más joven iba por él, directo a sus ojos, y
Claud se retiraba.
—Cállate —contestó por fin Claud, y se instaló
cómodamente para dormir.
De vez en cuando, para cambiar de escenario,
Claud y Maud cogían el metro a Hampstead Heath. La verdad es que una vez
tomaron el metro y se encontraron para su sorpresa, en Hampestead Heath.
¡Espacio! ¡Montones de migas para picotear! ¡Sin gente! O casi sin gente. A
veces tomaban el metro por diversión, sin importarles adónde irían a parar al
salir. Siempre podían encontrar el camino de vuelta a Trafalgar Square, aunque
tuvieran que hacer algo de esfuerzo y volar unos metros aquí y allá.
Los
autobuses eran más seguros respecto a la dirección que seguían, pero tampoco
había muchos sitios donde agarrarse en el techo de un autobús. Ciertamente
recordaban la dirección de Hampstead Heath, y saltando a un autobús que
arrancara en aquella dirección tenían bastantes posibilidades de llegar, y si
el autobús se desviaba, simplemente volaban hasta otro que pareciera más
prometedor. Dos veces habían ido en autobús.
Pero el metro era más divertido, porque a Maud
y Claud les gustaba hacer que la gente se apartara de su camino. La gente se
reía señalándolos cuando ellos subían o bajaban por las escaleras mecánicas. A
veces la gente sacaba la cámara, como en Trafalgar Square, y les hacían fotos
con flash.
"¡Cuidado! ¡No pisen a las palomas! ¡Ja,
ja, ja!" ya era una exclamación familiar.
A Maud le obsesionaba el vago recuerdo de una
hija que había muerto de un golpe de bastón, ante sus ojos, en una acera cerca
de Trafalgar Square. Era una hija de su primera pareja. ¿O acaso se lo había
imaginado? Desde entonces, Maud temía a la gente con bastón, incluso con
paraguas, y los había a montones. Maud se estremecía y se apartaba unos
centímetros. Pensaba que podría tener otra pareja si quisiera, pero algo —no
sabía decir qué— la mantenía junto a su aburrido Claud.
Un sábado por la mañana, de mutuo acuerdo,
decidieron dirigirse a Hampstead Heath. En Trafalgar Square estaba ocurriendo
algo horrible. Había hordas de gente y tribunas, y estaban instalando
altavoces. No era un buen día para los cacahuetes y las palomitas de maíz. Maud
y Claud bajaron al metro en Whitehall.
—¡Oh, mira, mami! —gritó una niña—. ¡Palomas!
Maud y Claud la ignoraron y siguieron bajando
a saltitos. Pasaron bajo la puerta mecánica, inadvertidas pero golpeadas por
algún pie, y luego bajaron por la escalera mecánica. Claud iba delante, aunque
no sabía adónde iba. Saltó al primer tren.
—¡Mira eso! ¡Palomas! —dijo alguien.
Algunas personas se echaron a reír.
Maud y Claud se contaban entre los pocos
pasajeros que nadie empujaba. Había un círculo vacío a su alrededor. Otra vez
fue Claud quien se adelantó cuando salieron, asintiendo autoritariamente con la
cabeza. No sabía dónde estaba, pero le gustaba dar la impresión de que no era
así.
—¡Están subiendo las escaleras! ¡Ja, ja, ja!
Les abrieron camino como si fueran autoridades
o personas famosas.
En el tumulto de gente que subía las escaleras
hasta el nivel de la acera, Maud y Claud tuvieron que hacer uso de sus alas.
Eso las dejó exhaustas, cuando por fin llegaron a la luz del sol, cerca de un
kiosco. Maud se adelantó esta vez abriendo camino. La acera describía una leve
pendiente hacia arriba y Maud tomó aquella dirección. Cerca de Hampstead Heath,
las aceras solían ser de subida, recordó. Claud la siguió.
—Ah, el amor —dijo una voz masculina.
La voz se equivocaba. Muchas veces era Claud
el primero, cuando quería parecer superior a Maud, pues sabía que Maud le
seguiría de todas maneras. Otras veces era al contrario y no tenía nada que ver
con el deseo de aparearse. Al cabo de tres calles, saltando arriba y abajo por
los bordillos de las aceras, Maud empezó a cansarse.
Claud se había equivocado
al bajar en aquella parada y Maud se acercó a él y se lo indicó con una mirada
y un carraspeo significativo. Ella tampoco sabía dónde estaban, aunque sí sabía
que Trafalgar Square estaba en algún sitio por detrás, a su derecha. Al final
llegarían a casa sin problemas. Pero aquello no era Hampstead Heath.
Luego, Maud intuyó o divisó una franja de
verde a la izquierda, y con un movimiento de la cabeza que hizo brillar su
pecho azul y verde a la luz del sol dirigió a Claud hacia la izquierda. Se
detuvieron para dejar pasar un taxi y luego siguieron la marcha, bordillo
arriba. Ahora Maud ya veía el verde y aceleró un poco el paso, aleteando
mientras sus patas se movían a la vez sobre la acera. Hizo acopio de energías
para sobrevolar la barandilla de casi un metro que rodeaba un pequeño parque.
Había bancos con gente sentada tranquilamente,
y una considerable extensión de césped sin recortar, con un estanque en el
centro. Maud empezó a picotear.
Claud vio otras tres palomas, una hembra y dos
machos, no muy lejos, en el césped. Seguramente no les recibirían con agrado,
pero en aquel momento los dos machos estaban absortos. Maud dijo algo para que
Claud probara suerte allí y Claud le replicó enseguida que probara ella. Maud
se alejó, dándoles la espalda a todos, incluyendo a Claud. Claud estaba
picoteando un gusano y pensando que prefería grano seco cuando uno de los
machos se abalanzó volando sobre él.
El pájaro que le atacó estaba en mejor forma
física. Claud sólo se levantó unos centímetros del suelo y se lanzó sobre el
otro, pero su gesto no tuvo mucho efecto. Se batió en retirada, andando,
agitando las alas y haciendo ruidos para indicar que estaba disgustado pero en
absoluto vencido, y que simplemente no se iba a molestar en luchar.
Maud adoptó una expresión divertida e
indiferente.
De pronto empezó a llover. Claud y Maud
avanzaron hacia el árbol más cercano. Tenía todo el aspecto de que la lluvia
iba a persistir. ¿Debían tomar el metro para llegar a casa? Sólo era media
tarde. La lluvia haría salir los gusanos, tal vez un caracol o dos. De pronto,
Maud voló hacia Claud y le atacó en el cogote.
Claud ya estaba de malhumor y se alejó hacia
un camino. Cuando llegó a la acera, giró rápidamente a la izquierda. Aquél era
el camino del metro, pensó, y también era la dirección de casa.
Maud le siguió, odiándose a sí misma por
seguirle, pero consolándose con el hecho de que tenía a Claud controlado y que
aquélla era la dirección de Trafalgar Square. Ya le llegaría el día a Claud,
pensó Maud. Si se esforzaba un poco, un macho más joven podía invadir su casa y
expulsar a Claud. Aquello le enseñaría a...
¡Blam!
¿Qué era aquello?
La oscuridad había caído sobre ella. Claud
también estaba allí con ella, haciendo ruidos y aleteando.
Maud oyó risas de niños. ¡Una caja! A Maud ya
le había pasado antes y había escapado, recordó. La caja de cartón se arrastró
por la acera, aprisionándole dolorosamente una de las patas. Ella y Claud se
encontraron de pronto volcados, patas arriba, vieron un breve trozo de cielo y
luego una desagradable cubierta que cayó sobre la caja y fueron empujados y
sacudidos mientras los niños corrían. Bajaron unas escaleras. Los niños tiraron
a Maud y Claud al suelo de una habitación fuertemente iluminada. Ahora estaban
dentro de una casa.
Una mujer gritó algo.
Los dos niños se reían.
Maud voló sobre una mesa. Era la cocina de uno
de esos edificios que Claud y ella habían observado muchas veces por la ventana
de un semisótano.
—¿Qué vas a hacer con ellos? ¡Aaah!
Claud se había ido a posar en el borde del
fregadero. Un niño fue a buscarlo y Claud saltó a un rincón junto a una puerta
que tenía una rendija abierta.
Un niño esparció pan por el suelo, pero Claud
lo ignoró. A Claud le interesaba la puerta, Maud se dio cuenta, pero pensó que
tal vez el resto de la casa estuviera cerrado, entonces, ¿para qué serviría la
puerta? En ese momento Maud defecó.
Aquello provocó un grito de la mujer. ¡Dios
mío! Maud sabía que su excremento podía tener consecuencias: significaba
desprecio, por ejemplo. A Maud le habían dado una patada alguna vez —deliberada—
cuando lo había hecho en su propio terreno, Trafalgar Square, sin pretender
insultar a nadie. Pero aquella gente no era normal, la mayoría estaba loca. No
podía predecirse lo que iba a hacer la gente. Cacahuetes en un momento dado y
al momento siguiente un palo.
La mujer seguía parloteando. Hubo un chillido
de los chicos y luego se abalanzaron sobre Claud con los brazos abiertos,
intentando atraparlo. Claud levantó el vuelo y dejó caer su excremento, que
aterrizó en la cara de uno de los chicos. Se oyeron risas. Claud se tambaleó
sobre un tendedero de ropa que había cerca del techo, oscilando.
Entró un hombre de voz estentórea. Maud le
detestó nada más verlo. El hombre pronunció un largo y rugiente discurso y
luego se acercó a Maud y le habló con más suavidad. Maud dio dos pasos atrás,
chocó contra una tapa de porcelana de algo, sin quitarle ojo al hombre,
dispuesta a unirse a Claud si el hombre se le acercaba más. Pero él salió de la
cocina.
La mujer estaba haciendo palomitas en el
fogón. Maud y Claud reconocieron el olor. Mientras, los niños se reían
estúpidamente junto al fregadero. El hombre volvió con una especie de trípode
alto. Se encendieron unas luces muy brillantes. Entonces Maud y Claud lo
entendieron.
Habían visto lo mismo en Trafalgar Square, a gran escala:
trípodes, plataformas móviles, luces terribles por todas partes que convertían
la noche en día. Ahora la luz daba directamente en los ojos de Maud y ella
empezó a dar vueltas. La cámara zumbaba. Maud quería volver a defecar, pero no
pudo.
—¡Palomitas! —gritó el hombre.
—¡Ya van! —La mujer se acercó con la sartén
justo a tiempo de chocar con Claud, que se dirigía a la ventana intentando
escapar. Esperaba que la parte de arriba estuviera abierta, pero antes de poder
comprobarlo ya estaba tumbado de lado en el suelo. Se levantó. La mujer echó
palomitas en el suelo junto a él, y Claud las rechazó como si fueran venenosas.
—¡Ja, ja! —se rió el hombre—. ¡Asústales otra
vez, Simon!
El más pequeño de aquellos dos odiosos niños
agitó los brazos hacia Maud mientras el otro saltaba hacia Claud.
Maud y Claud se levantaron batiendo las alas
fuertemente. Claud cayó como una gruesa águila en la frente y el pelo del niño
mayor, sacando las uñas.
—¡Ay! —gritó el niño.
Maud se contentó con darles dos fuertes
picotazos a las mejillas del pequeño, además de clavar las uñas todo lo que
pudo, antes de saltar justo a tiempo para escapar del puño del hombre. Maud
comprendió que iba a ser una lucha por la vida, y que ella y Claud estaban
atrapados.
La mujer intentaba atizar a Claud con una
escoba, pero fallaba cada vez.
—¡Abrid la ventana! ¡Dejadlas salir!
—¡Voy a torcerles el pescuezo! ¡Están locas! —gritó
el hombre de cara colorada, dirigiéndose a la ventana.
Maud se dio cuenta de que el hombre estaba
furioso, pero ¿quién les había llevado allí sino aquellos repulsivos hijos
suyos? Maud atacó al hombre justo cuando abría la ventana desde arriba. El
apartó a Maud con un codo y agachó la cabeza.
Claud salió volando por la ventana.
—¡Usa la escoba! —gritó la mujer,
ofreciéndosela al hombre.
Maud esquivó la escoba, voló al escurridero de
platos que había sobre la pila, intentó agarrarse a un platillo, y mientras
volaba hacia la ventana, el platillo cayó en el fregadero y se hizo añicos.
Otro grito de la mujer y un rugido del hombre
que se desvanecieron mientras Maud se alejaba. Voló unos cuantos metros con la
energía que le daba su ira, y luego descendió hasta la civilizada acera para
poder andar normalmente y recuperar el aliento. ¡Qué alivio salir de aquella
casa de locos! ¡Dios mío! ¡Alguien tendría que denunciar a aquella gente!
Maud
levantó la cabeza con orgullo, impulsando el pico a cada paso. Había grupos de
gente que luchaba a favor de las palomas. Ella había visto a algunos en Trafalgar
Square impidiendo que los niños usaran armas o incluso que les tiraran cosas a
las palomas. Si alguna vez atrapaban a aquella familia, les harían pagar por
aquello.
¿Dónde estaba Claud?
Maud se detuvo y se volvió. No es que le
importara mucho dónde estaba. Si iba directamente a casa, como pretendía, Claud
aparecería aquella misma noche, no tenía ninguna duda. ¿Y acaso la había
ayudado él hasta ahora en algo? No.
Entonces oyó su voz. Claud apareció tras ella,
acercándose sobre las patas y las alas, con aspecto de estar exhausto. Maud
sacudió las alas y continuó adelante. Claud avanzaba junto a ella, protestando
un poco, como hacía Maud, pero sus sonidos se fueron calmando gradualmente.
Después de todo, eran libres otra vez y estaban andando en dirección a casa.
De
pronto, Maud se dirigió a un autobús. Claud la siguió, y se instalaron con
dificultad en el techo del vehículo. Algunos autobuses daban unos bandazos terribles.
Tuvieron que cambiar a otro, esperando que les llevara, pero su instinto era
correcto y pronto se encontraron traqueteando por Haymarket. ¡Casa! Y aún no
estaba oscuro. El cielo era de un azul grisáceo y el sol se estaba poniendo.
Todavía tenían tiempo de picotear un poco en
Trafalgar Square antes de retirarse, pensó Maud. Claud estaba pensando lo
mismo, así que dejaron el autobús en Whitehall y se deslizaron al territorio
familiar.
No quedaban muchas palomas por allí. Las luces
se encendían en los escaparates. Las migajas y restos eran pocos y estaban
pisoteados. Y Maud se sintió cansada y débil.
Claud impulsó la cabeza hacia ella y cogió un
pedacito de cacahuete que Maud estaba a punto de alcanzar.
Maud voló hacia él, agitando las alas. ¿Por
qué seguía con él? Egoísta y avaricioso... ¡No podía contar con él para nada,
ni siquiera para vigilar el nido cuando tenía un huevo!
Claud quiso vengarse con un maligno picotazo
en el ojo de Maud, pero falló y le dio en la cabeza.
Entonces, de pronto —imposible decir quién de
los dos se movió primero—, atacaron a un cochecito que pasaba. Fueron por el
bebé, las mejillas, los ojos. La joven que empujaba el cochecito soltó un grito
y empezó a golpear a las palomas.
Maud quedó fuera de combate durante unos
segundos, pero enseguida se unió a Claud en el cochecito. Dos personas
corrieron hacia allí y las palomas salieron volando. Volaron sobre las cabezas
de sus frustrados atacantes y se unieron a un grupo de más de veinte palomas
que picoteaban en torno a una papelera.
Cuando las dos personas y la mujer del
cochecito se acercaron a las palomas, Maud y Claud no sentían ningún miedo,
aunque algunas de las demás palomas levantaron la vista, asustadas por las
voces iracundas.
Uno de los humanos, un hombre, corrió entre
las palomas, pateándolas, agitando los brazos y gritando. La mayoría de las
palomas emprendieron un perezoso vuelo. Maud se dirigió a casa, al nicho
situado tras el bajo muro de piedra, y cuando llegó, Claud ya estaba allí.
Se
prepararon para dormir, demasiado cansados incluso para intercambiar sonidos de
protesta. Pero Maud no estaba tan cansada como para olvidar el medio cacahuete
que Claud le había arrebatado. ¿Por qué vivía con él? ¿Por qué vivía allí, por
qué vivían los dos juntos allí, corriendo el riesgo de ser capturados a diario,
como aquel día, o pateados por gente que se molestaba incluso si defecaban?
¿Por qué? Maud se quedó dormida, exhausta de tanto descontento.
El incidente de las palomas de Trafalgar
Square con el bebé picoteado, que se quedó ciego de un ojo, inspiró un par de
cartas al Times. Pero nadie hizo nada al respecto.