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El vencimiento de la hipoteca de Míster Mappin - Zena Collier

Según la experiencia de míster Mappin, la vida no es lo que uno quiere que sea. Antes al contrario, la vida es la que le hace a uno. Las circunstancias de la vida se estrechan alrededor de uno, cercándole, obligándole implacablemente a concretarse. Míster Mappin, por ejemplo, que en otros tiempos se viera a sí mismo como un diplomático importante, un corresponsal extranjero, e incluso —y se sentía particularmente orgulloso de esta idea— como capitán de uno de esos majestuosos palacios flotantes en los que parece concentrarse todo el esplendor, la magia y el romanticismo del mundo, rondaba ya los veinte años de servicio en el departamento de hipotecas de Trimble, Goshen & Webb, abogados.


Veinte años atrás había llegado a Trimble, Goshen & Webb lleno de grandes esperanzas, con los ojos muy claros y manteniendo siempre ante él un firme anteproyecto de su futuro. No había dejado de ser un pequeño logro el ser aceptado por una empresa de tanta reputación como Trimble y Cía., de modo que sólo sintió muy débilmente haber tenido que posponer aquellos otros sueños... 

«Míster Mappin expresó hoy un moderado optimismo sobre su reunión con el embajador de Transilvania...» «...George Mappin dice en su último comunicado desde Hong Kong...» «El comodoro Mappin solicita el honor de que la señora condesa acuda a su mesa esta noche...» 

Aquellos sueños que quizá pertenecían más bien al reino de las imaginaciones propias de un muchacho. Al fin y al cabo, cuando todo estuviera dicho y hecho, tampoco quedaría mal un «míster Mappin, abogado muy conocido, calmó a los enojados accionistas que asistían a la reunión con su acostumbrada elocuencia».

¿Y qué había sido de todo aquello? ¿Qué había ocurrido en aquellos veinte años? Había envejecido, eso era lo que había sucedido. Y estaba en Hipotecas. Mientras que lo primero era un mal inevitable, lo segundo no había dejado de ser como la levadura que hinchaba el pan de la amargura que últimamente envenenaba todos sus momentos de vigilia.

Durante los dos primeros años, se sintió contento de esperar a que llegara el momento oportuno. Había tenido la oportunidad de aprender un poco de todo —verificación de testamentos, litigación, casos de seguros, escrituras de traspaso de bienes raíces, e incluso cuestiones relacionadas con impuestos y propiedad industrial—, antes de ser finalmente asignado al Departamento de Hipotecas, bajo la dirección de míster Carewe. 

Y allí había cumplido lo mejor que pudo, enfrentándose con investigaciones locales, sumarios, requisiciones de títulos, contratos, alquileres, hasta que conoció todo el trabajo realizado y por realizar, por dentro y por fuera. Y, a pesar del hecho de que la práctica de la ley no resultaba ser tal y como se la había imaginado —aquellas preguntas de los sumarios y recónditas respuestas, los secos términos de un arte antiguo—, se sintió bastante contento al principio. 

Naturalmente, esto ocurrió porque sólo se trataba de un período pasajero, hasta que los Poderes que Son recordaran dónde habían dejado a George Mappin, lo sacaran de Hipotecas, y lo enviaran a realizar misiones mucho más importantes y excitantes.

Pero había permanecido allí mucho más tiempo del esperado. De hecho, tuvieron que pasar diez años antes de que, finalmente, se le hiciera pasar al despacho de míster Trimble. Y su corazón latió con un poco más de rapidez y alegría ante la perspectiva de un cambio que, por fin, se iba a producir, después de tanto tiempo.

Míster Trimble se balanceó tranquilamente en el cómodo sillón situado tras la mesa, y le ofreció un cigarrillo.

—Veamos, usted ha estado con nosotros desde hace..., ¿cuántos años? ¿Siete? ¿Ocho?

—Diez, señor —dijo míster Mappin.

—Bien, bien, ¡cómo pasa el tiempo! —exclamó míster Trimble sacudiendo pesarosamente su blanca cabeza—. Ha estado la mayor parte del tiempo trabajando en Hipotecas, bajo la dirección de míster Carewe, ¿no es cierto?

—Así es, señor.

Míster Mappin se regocijaba interiormente; había llegado el momento, por fin había llegado el momento. ¿Cuál sería el resultado? Podría tratarse del departamento de la empresa que se ocupaba de las altas finanzas y que, en opinión de míster Mappin, era tan excitante como cazar tigres en Kenia, aunque quizá mucho menos pesado. 

O podría tratarse del departamento de difamación... había oído decir que aquel joven, Strauss, que se había encargado hasta entonces de todas las cuestiones de difamación, abandonaba la empresa para iniciar un negocio por su cuenta; así pues, quizá se le responsabilizara ahora de ese departamento a él, míster Mappin. 

O podría ser litigios de seguros..., este departamento no era tan animado, pero, sin duda alguna, era mucho más preferible que las hipotecas. Cualquier cosa del mundo sería mejor que las hipotecas, así es que míster Mappin esperó con ansiedad el edicto de míster Trimble.

—Voy a tratar directamente el asunto —dijo míster Trimble—. ¿Qué le parecería hacerse cargo de Hipotecas, míster Mappin? —preguntó al fin, mirándole expectativamente.

—¿Hacerme cargo de Hipotecas? —preguntó estupefacto, utilizando las mismas palabras—. Pero..., pero, míster Trimble, yo ya estoy en Hipotecas. ¿Cómo puede ser? He estado en Hipotecas prácticamente desde que llegué...

—Creo que no me comprende bien del todo —dijo míster Trimble—. Cuando se celebró la última reunión de cargos de la empresa, la semana pasada, míster Carewe nos anunció que pensaba jubilarse, y entonces se decidió ofrecerle a usted el departamento de Hipotecas..., quiero decir, ponerle a usted al frente de ese departamento. Como, sin duda alguna, sabrá —míster Trimble no podía evitar a veces hablar con una cierta redundancia de vocablos legales—, se trata de un puesto de elevada responsabilidad, para el que se necesita a una persona constante, como usted; alguien que tenga sensibilidad para el detalle, el método, la prudencia.

—¿Yo? —preguntó míster Mappin con incredulidad.

—Sí, usted —dijo míster Trimble con firmeza—. Creemos que es usted la persona más apropiada para ese trabajo, que está usted altamente cualificado para llevar todas esas cuentas, y que...

—No —le interrumpió míster Mappin un poco violentamente—. No, no, yo no soy... esas cosas que usted dice. No es..., yo había pensado... en algo con un poco más de oportunidades, con más... —se detuvo en busca de nuevas palabras.

Míster Trimble se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa, juntando las palmas de sus manos. Sin ninguna crueldad, dijo:

—Comprendo, míster Mappin. Le comprendo perfectamente. Pero, por otra parte, creo..., quiero decir que la empresa cree que tanto usted como la propia empresa recibirán los mayores beneficios si realiza usted el tipo de trabajo para el que está más preparado.

Pero entonces, míster Mappin se sintió desesperado, y no pudo evitar el espetar:

—¡Preparado! ¡Hipotecas! ¿Yo?

—Como sabe usted, George —dijo míster Trimble, y míster Mappin recordaría más tarde que esta fue la primera y última vez en que míster Trimble le llamó George—, un hombre que ocupa el puesto adecuado es un hombre sensato, que conoce sus capacidades y reconoce sus limitaciones. Le hemos estado observando últimamente, y me parece..., la empresa cree que realiza usted un trabajo excelente donde está y que puede ser de un gran servicio en ese puesto.

Tras escuchar aquellas palabras, míster Mappin se dio cuenta de que había perdido la batalla. Trimble, Goshen & Webb no habían alcanzado su posición actual a causa de una falta de buen juicio, sino todo lo contrario. 

De todos modos, viéndole allí sentado, hundido un poco en el cómodo sillón, se dio cuenta por fin de que, después de todo, no era un hombre de mente brillante, bien equilibrada y capaz de enfrentarse a las situaciones con estrategia. Sus mejores cualidades no eran precisamente las del desafío y el empuje que requiere una negociación comercial. 

Finalmente, a él ni siquiera le quedaba aquel otro sueño: «Míster Mappin, abogado muy conocido, calmó a los enojados accionistas que asistían a la reunión con su acostumbrada elocuencia».

La voz de míster Trimble le llegó con claridad a través de los restos de sus esperanzas casi desvanecidas.

—¿Aceptará usted entonces?

Se trataba de una pregunta muy dura. La cabeza le daba vueltas, pero míster Mappin terminó por asentir con un leve movimiento afirmativo.

—Está bien —dijo míster Trimble con brusquedad, extendiendo la mano hacia él—. ¡Felicidades!

La mano de míster Mappin estrechó la otra.

—¿Felicidades? —preguntó insensiblemente.

—Después de todo, se trata de un ascenso —le recordó míster Trimble.

—¡Oh, sí! Sí, claro —dijo míster Mappin—. Gracias.

Después, se volvió y abandonó el despacho.

Así pues, había vuelto al departamento de Hipotecas, con un cambio de cargo, un aumento de salario, un despacho diferente... pero seguía siendo Hipotecas. El seco y rojo departamento de Hipotecas. 

Y durante un día tras otro, sin fin, míster Mappin solucionó con eficacia todo aquello que se le planteó, satisfaciendo a todos, como siempre, y obteniendo bien poco de lo que hacía. La vida siguió su curso y él supo que lo único que cambiaría sería él mismo, haciéndose un poco más viejo cada día, más viejo, más viejo, y siempre en Hipotecas.

Fue entonces cuando empezó a sentir la amargura. Sentado ante su mesa, veía a otros hombres llegar a la empresa, hombres más jóvenes que él, y su resentimiento aumentó a cada año que pasó con la llegada de cada nuevo joven zumbándole en los oídos, con la tinta de los documentos de examen, con cada nuevo hombre al que se le ofreció una oportunidad para demostrar lo que era capaz de hacer en difamaciones, patentes y seguros; hombres que progresaron y llegaron a ocupar oficinas mucho más imponentes en los pisos superiores (cuanto más elevado era el puesto que se ocupaba en Trimble, más alto era el piso donde se trabajaba); algunos de aquellos hombres llegaron incluso a ser admitidos como socios de la empresa.

Y eso era otra cuestión. Lo menos que podían hacer después de quince años era ofrecerle ser socio de la empresa. Porque, aun cuando despreciaba el departamento de Hipotecas, hacía bien su trabajo. «Pero no —pensaba míster Mappin—, nadie se da cuenta, nadie se preocupa por eso». 

En cuanto a míster Trimble, desde aquel día, ya lejano, en que le ofreció, le entregó, le obligó a hacerse cargo de Hipotecas, nunca tuvo para él una sola palabra de elogio. Ofrecerle ser socio habría sido una forma de mostrarle aprecio. Míster Mappin pensaba que eso habría sido una muestra de lo mucho que le estimaban.

En cierta ocasión hizo un intento para salir de Hipotecas. Se fue a ver a míster Trimble y le pidió directamente que le cambiara de departamento.

—Pero... después de todos estos años..., ¿es que no está a gusto en Hipotecas? —preguntó míster Trimble con sorpresa.

—Me gustaría un cambio —dijo obstinadamente míster Mappin—. Uno se cansa de hacer lo mismo un año tras otro.

—¿Cansado? ¿Está usted cansado de Hipotecas? —míster Trimble se le quedó mirando como si hubiera pronunciado una blasfemia y finalmente dijo—: Siga con lo que está haciendo durante algún tiempo y veremos lo que se puede hacer. En realidad, míster Mappin, es usted tan apropiado para ese departamento..., creemos que no existe en la empresa ninguna otra persona en la que podamos confiar tan bien como en usted para Hipotecas.

Y míster Mappin abandonó el despacho de míster Trimble sabiendo muy bien que de aquella entrevista no saldría nada positivo para él, y que tendría que permanecer donde estaba.

«Atrapado», pensó míster Mappin. Y finalmente, de la amargura, del resentimiento, de la desilusión, surgió el odio. Odio contra la empresa que había cometido contra él aquella injusticia tan terrible, que le había arrojado a un rincón, en Hipotecas... a él, a George Mappin, que había soñado con una clase de vida tan diferente. Y el odio aumentó, aumentó y aumentó hasta que cada soplo de aire que respiraba estaba lleno de su desagradable gusto.

Fue poco antes de acabar sus veinte años de trabajo en Hipotecas cuando míster Mappin empezó a pensar con placer en asesinar a míster Trimble, quien, para él, representaba a la empresa que tan mal le había tratado. En cuanto se le ocurrió la idea, míster Mappin se sintió mejor. 

Era algo en lo que podía pensar por la noche, cuando estaba echado en la cama, despierto, de modo que en lugar de ponerse a pensar frenéticamente en todos aquellos años perdidos pudo concentrar sus pensamientos, con calma y objetividad, en un tema que le producía un infinito placer. 

Como quiera que, desde luego, no tenía la menor intención de poner en práctica su idea, se trató de un pasatiempo con el que no hacía daño a nadie y que, de algún modo, le proporcionaba una sensación de alivio.

Así pues, aquella clase de pensamientos se convirtieron en un hábito regular y cada noche, cuando se preparaba para acostarse, volvía hacia ellos con una penetrante anticipación. Se desnudaba con rapidez, apagaba la luz, se quitaba las gafas y se metía en la cama. Después, se echaba sobre la espalda, se quedaba mirando fijamente hacia la oscuridad y se ponía a pensar. 

Reflexionaba con gusto sobre los pros y los contras de varios métodos. Consideraba con gran placer las cuestiones relacionadas con el tiempo y las coartadas. Aunque míster Mappin no era ningún especialista en asesinatos, había leído bastantes novelas de detectives, suficientes como para familiarizarse con el axioma de que el mejor plan es el más simple. 

Finalmente, míster Mappin eligió, hipotéticamente desde luego, un plan muy simple. Había cada tarde un período de tiempo en el que míster Trimble no veía a ningún cliente, ni dictaba cartas, ni aceptaba llamadas telefónicas. Desde las cuatro a las cuatro y media de la tarde se tomaba un rato de relax —«mi propia resistencia a las presiones de este mundo de continuo trabajo», según él mismo decía—, y ¡ay de quien se atreviera a perturbar este período de descanso! La secretaria, la telefonista y todo el personal tenían instrucciones estrictas de mantenerse alejados de su despacho durante aquella media hora. «Voilà —pensó míster Mappin—, aquí está lo que necesito, hecho a mi medida». Sólo tenía que entrar en su despacho... y asesinarle.

Quedaba por resolver la cuestión del arma. Las armas de fuego eran muy ruidosas, un cuchillo resultaba muy sucio, un veneno..., el veneno resultaba algo demasiado científico y bastante complicado. Entonces recordó que sobre el despacho de míster Trimble había un pesado pisapapeles de bronce con la figura de un buda. «Ideal», pensó míster Mappin.

¿Y después qué? Bueno, sólo se trataba de matarle —míster Mappin siempre saltaba con rapidez sobre el propio hecho—, y después, para disponer de un poco más de tiempo, pondría el cuerpo en el armario que había en uno de los rincones del despacho de míster Trimble, cerraría la puerta del armario, regresaría a su propio despacho, y eso sería todo.

El único defecto del plan era que alguien podía verle abandonar el despacho. Pero ese sería el riesgo que tendría que correr y, en realidad, se trataba de un riesgo muy pequeño porque el despacho de míster Trimble estaba en el sexto piso y a aquellas horas de la tarde nadie se atrevería a subir allí.

Y así, del mismo modo que otras personas se dedican a contar borregos, míster Mappin calculaba las cuestiones relacionadas con un detalle u otro, hasta que llegó un momento en que lo tuvo todo perfectamente planeado. 

Realmente, era una lástima que nunca tuviera la oportunidad de demostrar lo que podría llegar a hacer en este nuevo campo. No podía evitar el sentir que todo el mundo le demostraría muchísimo más respeto en la oficina si supieran la clase de cosas que era capaz de hacer.

¡Ah, respeto...! Esa era otra cuestión. Todos aquellos jóvenes que habían llegado nuevos... Dos de ellos acababan de ser asignados a su departamento. Aquella misma mañana había interceptado un guiño entre ellos cuando él llegó. Un guiño... ¡y sobre él! Si hubiera sido un socio de la empresa, nunca se habrían atrevido a hacerlo. Nunca. 

Bueno, no importaba; no se quedarían mucho más tiempo en Hipotecas. Ellos no. Porque no tardarían en ser trasladados a algún otro departamento, a realizar algún trabajo algo más espectacular. No le cabía la menor duda..., y eso era precisamente lo que él hubiera deseado: ser trasladado.

El fuego del odio volvía entonces a encenderse en su interior.

Le pareció que últimamente hasta la misma miss Ashley había estado comportándose con él de un modo muy extraño. Miss Ashley era la mecanógrafa que compartía con míster Lyons, porque únicamente los socios de la empresa disponían de sus propias secretarias. 

Habría sido poco menos que un insulto que miss Ashley fuera al menos bonita (miss Burke, la secretaria de míster Trimble era, desde luego, una criatura perfecta y encantadora). Pero miss Ashley era una mujer baja y regordeta, con una barbilla muy corta y que tenía la desgraciada costumbre de reírse tonta y constantemente por cualquier cosa. 

El otro día, por ejemplo, cuando él recordó por casualidad el hecho de que a la semana siguiente cumpliría veinte años de servicio en la empresa (diciendo en voz alta sus propios pensamientos, y hablando más para sí mismo que para ella), miss Ashley emitió una risa chirriante que tuvo que cortar repentinamente cuando él la miró, mostrando en su rostro su profundo disgusto.

«Ríete, tonta —pensó míster Mappin, agitándose interiormente—. ¿Es que es algo tan divertido? ¿Le resulta divertido que haya desperdiciado aquí veinte años de mi vida? ¿Es eso algo realmente tan jocoso?». Se vio tan asaltado por la fuerza de sus sentimientos que tuvo que excusarse y salir de la oficina sin un destino concreto, para no verse obligado a pegarle. 

A la semana siguiente, míster Mappin se resfrió. El lunes sintió dolor de cuello, el martes tuvo dolor de cuello y, además, de cabeza, y el miércoles por la noche se quedó durmiendo en cuanto su cabeza se puso en contacto con la almohada, sin acordarse siquiera de pensar en míster Trimble. El jueves se despertó con fiebre. Se tomó la temperatura y comprobó que estaba a treinta y ocho. 

Se vistió débilmente y arrastró sus doloridos huesos, saliendo de la casa. No sabía por qué iba a trabajar aquel día; nadie apreciaría su esfuerzo. Pero, de todos modos, siguió su camino porque aquel día hacía veinte años que trabajaba para Trimble y Cía., y nunca se sabe..., quizá alguien pudiera, sólo pudiera recordar el hecho y mencionárselo. 

En honor a la verdad, suponía que ocurriría así; en el fondo, iba a trabajar con aquella esperanza. Porque se sentía muy enfermo. Sus piernas se le doblaban en los momentos más inoportunos. Sentía el cuerpo caliente y frío alternativamente, y notaba como si su cabeza fuera a explotarle en cualquier momento.

Tras haber llegado, sintió mucho haber realizado todo aquel esfuerzo. Nadie le dijo nada y era evidente que nadie iba a decirle nada. Y, después de todo, él tenía cierto orgullo; si nadie iba a recordárselo, no sería él quien lo hiciera. Podrían pensar que estaba implorando una palmada de conmiseración en la espalda, o algo así. 

Y míster Mappin pensó amargamente que aquello sería extraordinariamente ridículo, desde luego... la idea de que George Mappin recibiera una palmada de conmiseración en la espalda.

A las dos de la tarde llamó a miss Ashley aunque, tal y como se sentía, encontró algunas dificultades para concentrarse. Pero pensó pasar aquel día para regresar después a casa y meterse en la cama durante un día o una semana, o un mes si era necesario, y dejarles colgados a todos. Que el trabajo se amontonara, ¿a quién le preocupaba eso?

Apenas había empezado a dictar, entró míster Trimble.

—Perdone la interrupción —dijo—, ¿tiene usted a mano la liquidación de Copeland? Quizá pudiera darle un vistazo...

Míster Mappin le entregó el acta y esperó a que míster Trimble la ojeara.

—No habrá ningún error, ¿verdad? —preguntó míster Mappin—. No hay ningún defecto en el título, el...

—¡Oh, no! No es nada de eso —contestó míster Trimble—. Es que míster Copeland me ha llamado hace unos minutos y me ha pedido que le explicara uno o dos puntos...

—Pero si yo mismo se lo expliqué todo la última vez que estuvo aquí —dijo míster Mappin, sorprendido—. Creí haberlo dejado todo aclarado.

—¡Oh! Estoy seguro de que así lo hizo —se apresuró a decir míster Trimble—. Pero, al parecer, a míster Copeland se le acaba de ocurrir una pequeña cuestión sin importancia..., algo que tiene que ver con esos derechos de pesca...

—En ese caso, ¿por qué no me lo ha preguntado a mí? —dijo míster Mappin, elevando la voz a pesar suyo—. Desde el momento en que estoy a cargo del asunto...

—Bueno, ya sabe cómo son estas cosas —dijo míster Trimble, dirigiéndose ya hacia la puerta—. Reg Copeland y yo nos encontramos con frecuencia en el club, así es que, probablemente, ha pensado que para tratar detalles sin importancia puede disponer de mi tiempo con mayor impunidad que del suyo.

Tras decir esto, sonrió cautelosamente a míster Mappin y se marchó. Un momento después, míster Mappin continuaba su dictado.

Pero sabía muy bien, al margen de aquella sonrisa, lo que míster Trimble había querido dar a entender. Míster Mappin se las arreglaba bien cuando se trataba de hipotecas para los Smith y para los Jones, en cuestiones de tipo habitual. Pero cuando se trataba de grandes cuestiones y de clientes realmente importantes, como Reginald Copeland, amigo de míster Trimble, George Mappin no era suficiente para llevarlas adelante. 

No entendía por qué. La semana anterior había supervisado junto con los Copeland cada uno de los pasos de la transacción y míster Copeland pareció perfectamente satisfecho en aquellos momentos. Si tenía alguna pregunta que plantear, ¿por qué lo había hecho pasando sobre la cabeza de míster Mappin?

Sentado ante su mesa, míster Mappin empezó a enfurecerse. Aparte de cualquier otra consideración e incluso de lo rudo que pudiera haber sido míster Trimble, lo cierto es que había hablado de «detalles sin importancia». 

Aquello sí que estaba bien, pensó míster Mappin: primero le confinaban en Hipotecas durante veinte años, y después le quitaban cualquier trabajo que tuviera una cierta dignidad o importancia llamándole «detalles sin importancia». ¿Era así como míster Trimble consideraba sus veinte años de desempeño consciente de su trabajo? ¿Era así? ¿Era así?

Debido a todo lo que sentía en aquellos momentos, el corazón de míster Mappin parecía a punto de saltársele en el pecho. Le dolía mucho la cabeza, la nariz le goteaba y, de pronto, no sintió el menor deseo de seguir trabajando, por lo que despidió a miss Ashley. 

Una vez solo, se colocó la cabeza entre las manos y permaneció allí, sentado, mientras los años regresaban a su memoria: años llenos de vacío, de desagradables esfuerzos que no habían sido recompensados en absoluto. 

Y ahora, aquel mismo día, ¿no podía haber esperado de míster Trimble alguna palabra, viéndole precisamente aquel día..., aun cuando fuera sólo algo trivial e incluso tonto, como un «felicidades por sus años de servicio»?

Míster Mappin permaneció sentado durante mucho tiempo. No podría haberle dicho a nadie lo que estaba pensando con exactitud. Sabía que se sentía muy mal y que un mazo le estaba golpeando la cabeza continuamente, justo sobre sus ojos. Estornudó y buscó cansadamente su pañuelo. «Debe estar acercándose la hora —pensó—, y desearía estar ya en casa, en la cama».

Miró su reloj. Las manecillas indicaban que eran las cuatro y cinco.

Míster Mappin no supo por qué, pero ahora, mirando la hora, observando cómo el segundero de su reloj avanzaba lentamente, dando una vuelta y otra, le pareció que había algo que tenía que hacer. Algo..., algo. Algo muy importante si es que quería volver a encontrar de nuevo paz en su mente.

Se levantó y lo único que supo después fue que estaba subiendo lentamente las escaleras, arriba, arriba, el cuarto piso, el quinto, el sexto. Una vez en el sexto piso, se detuvo y permaneció en silencio por un momento, apretándose una mano contra la dolorida cabeza. Y recordó entonces por qué estaba allí, hacia dónde se dirigía y qué era lo que tenía que hacer.

Todo el resto del mundo pareció desvanecerse entonces. No se le ocurrió mirar si había otras personas, preguntarse si se encontraría con alguien en su camino, alguien que, quizá, pudiera recordarlo más tarde. Se limitó a concentrarse en el problema principal que tenía planteado en aquel momento y que no era otro que poner un pie delante del otro y avanzar lentamente hacia donde quería ir.

Avanzó directamente por el pasillo y llegó a la puerta ante la que había un letrero con el nombre de «Emerson Trimble». Abrió la puerta sin llamar y penetró en el despacho. Sus pies no hicieron ningún ruido sobre la alfombra y míster Trimble ni siquiera levantó la mirada de su mesa, ante la que estaba concentrado en algo que estaba escribiendo. Míster Mappin se aproximó a él. Se situó justo enfrente de la mesa y su mano se posó sobre el buda de bronce cuando, finalmente, míster Trimble levantó su mirada.

Míster Trimble le observó con recelo tras dar un vistazo a su reloj.

—Catorce —murmuró, y miró inquisitivamente a míster Mappin—. Supongo que tiene usted algo muy importante que decirme para venir a verme a esta hora.

—Sí —contestó míster Mappin—. Se trata de algo muy importante, míster Trimble.

Y sin pensárselo dos veces levantó el buda y lo dejó caer pesadamente, con toda su fuerza, sobre la cabeza de míster Trimble.

Y así fue como lo hizo, sin ruido. Naturalmente, hubo sangre. Míster Mappin había olvidado que haría sangre, y apartó sus ojos del cuerpo, mientras la habitación oscilaba terriblemente a su alrededor. Después, hizo lo que tenía que hacer. Primero borró cuidadosamente sus huellas de la figura del buda; después extendió la chaqueta de míster Trimble..., bueno, la puso de tal modo que no tuviera necesidad de ver lo que había hecho; finalmente, haciendo un gran esfuerzo, se las arregló para arrastrar el cuerpo hasta el armario. 

Era todo como una pesadilla y, por un momento, míster Mappin pensó que nunca lo conseguiría. Pero lo consiguió. Después, tuvo una brillante idea. Cogió el abrigo y el sombrero de míster Trimble, tomándolos del perchero, y los escondió también en el armario, cerrando después la puerta. De ese modo, cualquiera que entrara en el despacho después de las cuatro y media no vería el abrigo y supondría que se habría marchado pronto para acudir a alguna cita, o simplemente a casa. 

Naturalmente, aquello no representaba ninguna diferencia, pero le daría tiempo suficiente para regresar a su despacho y permanecer allí hasta que fueran las cinco de la tarde, la hora de salida, sin que el crimen hubiera sido descubierto. Porque si, una vez descubierto el asesinato, la gente recordaba que míster Mappin se había marchado pronto aquella tarde, podría parecer sospechoso.

Se apretó una mano contra la frente, extrañado de poder pensar ahora en todas aquellas cosas, a pesar de que se sentía tan enfermo. Al dar un último vistazo por el despacho para asegurarse de que todo estaba en orden, vio que había algo... sucio sobre la mesa. Las hojas en las que había estado escribiendo míster Trimble estaban manchadas de rojo. Míster Mappin las recogió, las arrugó todo lo que pudo en su mano, y las ocultó cuidadosamente en el fondo de la papelera.

Después se marchó, regresando a su propio despacho, sintiéndose aturdido y sin haberse encontrado con nadie. En realidad, pensó, resultaba todo muy divertido; la providencia parecía haber estado de su lado en esta ocasión. Parecía como si no hubiera nadie en toda la oficina.

Entonces le aumentó la fiebre, se sintió como si se estuviera quemando y dejó de pensar en otra cosa que no fuera la necesidad de llegar a su casa y meterse en la cama.

Al cabo de lo que le pareció un siglo, fueron las cinco de la tarde. Lenta y dolorosamente, se puso el abrigo, el sombrero y los chanclos de goma. Se dirigió hacia el ascensor, apretó el botón de llamada y esperó. Cuando llegó, penetró en él, apoyándose débilmente sobre la espalda y cerrando los ojos, mientras el ascensor parecía moverse lentamente hacia abajo.

Por lo visto..., por lo visto debía estar realmente muy enfermo. Tuvo la sensación de que el ascensor estaba subiendo, en lugar de bajar. Abrió los ojos.

—Frank —le dijo al ascensorista—, Frank, me marcho..., quiero ir abajo.

¿Qué era aquello? ¿Qué cosa tan horrible estaba sucediendo? Frank ignoró sus palabras, hizo una mueca y el ascensor siguió subiendo.

—He dicho que abajo —repitió míster Mappin furiosamente—. ¡Abajo! Quiero ir abajo. Estoy enfermo; por favor, lléveme abajo inmediatamente.

El ascensor se detuvo, la puerta se abrió y una docena de manos se extendieron hacia él. Había risas, una gran cantidad de risas y un fuerte zumbido de conversaciones. ¿Quién...? ¿Qué...? Se sintió repentinamente ciego, como si hubiera perdido todas sus facultades de pronto, mientras su cuerpo, empujado por las manos, fue sacado del ascensor, dando tropiezos.

Y entonces vio dónde estaba. Este era el séptimo piso. El Sancta Sanctórum. Pero ¿qué hacía él aquí? ¿Y por qué le empujaban todas aquellas personas, obligándole a avanzar?

Miró a su alrededor y reconoció algunos rostros que aparecieron como a través de una neblina... la telefonista... miss Ashley..., míster Lyons y míster Hawkins..., miss Burke... algunas de las otras chicas... y más allá, saliendo de aquella puerta... míster Webb, ¿no era él? Se restregó los ojos. Sí, era míster Webb que se acercó a él, riendo, y le dio una palmada en la espalda.

Y después, le hicieron cruzar la puerta, mientras todos reían y hablaban en voz alta. No pudo distinguir una sola palabra de lo que decían. Pero reconoció la habitación, a pesar de lo que habían hecho en ella. Se trataba de la sala donde se celebraban las reuniones mensuales de la empresa, donde los directores y jefes de departamento se encontraban y discutían los negocios de la empresa. 

Pero ahora, la sala estaba arreglada como para dar un banquete. Míster Mappin se dio cuenta de ello, a pesar de que la cabeza le daba vueltas, y observó las mesas, preparadas para la cena. Y entonces, le condujeron hacia la mesa presidencial, y le sentaron en el centro de la misma, con míster Goshen sentado a su izquierda, y con míster Webb más a su izquierda, y un asiento vacío a su derecha, mientras todos los demás, hombres y mujeres, todo el personal de la empresa, tomaba asiento.

A través de un terrible zumbido en sus oídos se dio cuenta de que míster Webb se había puesto de pie y decía algo que míster Mappin sintió instintivamente como de gran importancia, algo a lo que debía prestar una muy cuidadosa atención. 

Pudo escuchar partes sueltas de lo que decía, pero la voz de míster Webb parecía desvanecerse extrañamente, como si se perdiera en la nada para resurgir de pronto como un transatlántico, con toda su potencia. De vez en cuando, míster Mappin captaba una frase: «...y en esta maravillosa ocasión... veinte años con Trimble... un tributo... placer decir... y a partir de hoy, un socio...»

Algo pareció hacer sonar como un timbre en el interior de la cabeza de míster Mappin. Por un momento, la neblina desapareció y míster Mappin escuchó a míster Webb que siguió hablando:

—Sólo queda por decir una cosa —dijo míster Webb— y es que, George, confiamos en que nos disculpe por haberle traído aquí de esta manera, tan de improviso. Pero míster Trimble pensó que sería muy bonito combinar las dos ocasiones y sorprenderle con una fiesta. Y... ¡Oh, sí, a propósito...! Míster Trimble ha estado muy ocupado la mayor parte de la tarde escribiendo un discurso... —hubo risas generales—, escribiendo un discurso para este momento y prohibiendo a todo el mundo, bajo pena de muerte... —hubo más risas—, bajo pena de muerte, que pusiera un pie en su despacho durante toda la tarde.

Hubo aplausos y míster Webb se sentó.

Míster Mappin permaneció sentado, temblando. Temblando y temblando.

Míster Goshen inclinó la cabeza y le dijo con suavidad:

—Vamos, George, viejo, ¿se siente bien?

George, viejo, ¡oh!, George, viejo. ¡Cuántas veces había suspirado míster Mappin por aquella deportiva camaradería del George, viejo!

Miss Burke se inclinó graciosamente sobre la mesa, sonriendo, y dijo:

—Míster Trimble debe estar escribiendo todo un poema épico. Iré abajo y le diré que le estamos esperando, ¿le parece?

—Sí, dígale que se dé prisa. No podemos empezar sin él —dijo míster Webb y después, volviéndose hacia míster Mappin, agregó—: No sé qué tal estará usted, George, viejo, pero yo tengo mucha hambre.

Míster Mappin se quedó sentado. Observó al camarero aproximarse y empezar a llenar las copas de vino. Echó un vistazo a los rostros que le rodeaban, que parecían hincharse hasta adquirir el tamaño de grandes globos, para disminuir después hasta convertirse en pequeños e imprecisos puntos blancos. Escuchó las voces que resonaban alegremente en la sala adornada. Y míster Mappin podría no haber comido para salvar su vida. 

Carta a mi hermana - Sivela Tanit

¿Por qué no respondes? ¿Por qué me ignoras? ¿Qué te agravió?

Recuerdo cuando me llevabas a las plazas a comer helado; con el poquito dinero que ganabas, hacías un esfuerzo y me llevabas lejos, a una plaza bonita y nueva, y nos comprabas helados. Yo veía tus ojos orgullosos de podernos dar ese lujo.

Recuerdo cuando salía a las canchas a andar en bicicleta y me ayudabas a que no me cayera; también jugábamos a la pelota. Por ti aprendí a jugar voleibol y fui muy buena en la secundaria.

Recuerdo que me ayudabas a hacer las maquetas que tanto amaban pedir las maestras en la primaria. A veces, la tarea era titánica para mí, que nací sin habilidades manuales, y tú las terminabas y sacabas la mejor calificación.

Recuerdo que me enseñaste a iluminar; eso era algo que me gustaba hacer mucho y estabas contenta. Me explicabas la teoría de los colores y yo me divertía aprendiendo cómo, al mezclarlos adecuadamente, se hacían otros tantos.

Recuerdo los pequeños sacrificios que hacías por mí, para que mamá y papá no se enojaran tanto conmigo cuando fallaba al cumplir con sus reglas (estúpidas). Vivimos muchas cosas juntas.

Recuerdo cuando nació tu bebé, recuerdo cuando se murió tu relación, recuerdo cuando conociste al muchacho que me amaba y recuerdo cómo decidiste ser una viuda sin casarte. Y ahora no me hablas; eso me duele, ¿sabes?, que no me hables.

Mamá lo era todo para ti. Ahora que me ignoras, recuerdo que me cuidaste para que mamá tuviera tiempo de ser una buena esclava para papá: para mantener económicamente a su marido, para aprender un oficio, para cocinar, lavar, aprender a sobrevivir.

Cuando mamá se fue, cansada de todo, y nos dejó con papá, fue un golpe que no pudiste superar. Y nos quedamos a cuidar al hombre que se deshizo de mamá. No pudiste irte con ella porque a mamá no le dio tiempo de despedirse de ti, pero siempre te sentiste culpable de que ella se marchara.

Ahora vives con papá y yo me salí, me fui lejos; pero siempre quise que nos habláramos, pero dejaste de hacerlo y no entiendo por qué. ¿Será que te enteraste de que estoy con mamá? ¿Será envidia? ¿Será tristeza? ¿Será resignación? Quizá la respuesta sea muy simple: nunca me amaste. Ahora creo que entiendo: solo fui la carga que le quitaste a mamá para que tú la pudieras tener toda, toda para ti sola.

Esta vez es la última vez que te escribo, hermanita. Mamá dice que ya no te ruegue, y tiene razón. Yo estoy con mamá y eso te ha de carcomer las entrañas. Me da risa pensar que, si no fuera porque hice enfurecer a papá, jamás habría encontrado a mamá.

Ahora las dos estamos juntas; lo único que no me gusta es que, aunque nos apretamos entre nosotras, tenemos frío, porque papá nos cobijó con la tierra húmeda y pesada del llano.

Adiós, hermanita. Al final, yo fui la que me quedé con mamá.


Dos palomas muy desagradables - Patricia Highsmith

Vivían en Trafalgar Square. Eran dos palomas que por razones de conveniencia llamaremos Maud y Claud, aunque ellas no utilizaran esos nombres para llamarse. Eran simplemente una pareja. Ya llevaban dos o tres años juntas y se eran fieles, aunque en el fondo de su pequeño corazón de palomas se odiaban. 

Pasaban los días picoteando grano y cacahuetes sembrados por el desfile interminable de turistas y londinenses que compraban esas cosas a los vendedores ambulantes, Pec, pec, todo el día en medio de otros cientos de palomas que, como Maud y Claud, casi habían perdido la capacidad de volar porque ya apenas les era necesaria. 

Muchas veces, Maud se veía separada de Claud en un campo de palomas que movían la cabeza de un modo constante, como si asintieran, pero, al caer la noche, de un modo u otro se encontraban y se dirigían a un hueco que había al dorso de un muro de piedra situado cerca de la National Gallery. ¡Uf! Y con esfuerzo conseguían subir sus abultadas pechugas hasta su domicilio, que quedaba entre setenta centímetros y un metro de altura.

 Maud hacía unos ruidos muy desagradables con la garganta que expresaban despecho y desdén. Tenía la misma edad que Claud; no eran jóvenes. Su primer novio había muerto en la flor de la vida, atropellado por un autobús cuando intentaba recuperar parte de un bocadillo del suelo.

 Los ruiditos despectivos de Maud podían interpretarse como un "¿Qué? ¿Otra vez igual, eh?" y similares provocaciones a la virilidad de Claud y a su infundada autoestima. Tal vez Claud no hubiera hecho nada aquel día, pero estaba claro que era un mujeriego. 

Muchas veces, Maud había tenido la satisfacción de ver a Claud vencido por un macho más joven que aparecía en el peor momento para Claud y su recién encontrada hembra. Claud montaba un número bravucón, fingía que estaba dispuesto a pelear, pero el macho más joven iba por él, directo a sus ojos, y Claud se retiraba.

 —Cállate —contestó por fin Claud, y se instaló cómodamente para dormir.

 De vez en cuando, para cambiar de escenario, Claud y Maud cogían el metro a Hampstead Heath. La verdad es que una vez tomaron el metro y se encontraron para su sorpresa, en Hampestead Heath. ¡Espacio! ¡Montones de migas para picotear! ¡Sin gente! O casi sin gente. A veces tomaban el metro por diversión, sin importarles adónde irían a parar al salir. Siempre podían encontrar el camino de vuelta a Trafalgar Square, aunque tuvieran que hacer algo de esfuerzo y volar unos metros aquí y allá. 

Los autobuses eran más seguros respecto a la dirección que seguían, pero tampoco había muchos sitios donde agarrarse en el techo de un autobús. Ciertamente recordaban la dirección de Hampstead Heath, y saltando a un autobús que arrancara en aquella dirección tenían bastantes posibilidades de llegar, y si el autobús se desviaba, simplemente volaban hasta otro que pareciera más prometedor. Dos veces habían ido en autobús.

 Pero el metro era más divertido, porque a Maud y Claud les gustaba hacer que la gente se apartara de su camino. La gente se reía señalándolos cuando ellos subían o bajaban por las escaleras mecánicas. A veces la gente sacaba la cámara, como en Trafalgar Square, y les hacían fotos con flash.

 "¡Cuidado! ¡No pisen a las palomas! ¡Ja, ja, ja!" ya era una exclamación familiar.

 A Maud le obsesionaba el vago recuerdo de una hija que había muerto de un golpe de bastón, ante sus ojos, en una acera cerca de Trafalgar Square. Era una hija de su primera pareja. ¿O acaso se lo había imaginado? Desde entonces, Maud temía a la gente con bastón, incluso con paraguas, y los había a montones. Maud se estremecía y se apartaba unos centímetros. Pensaba que podría tener otra pareja si quisiera, pero algo —no sabía decir qué— la mantenía junto a su aburrido Claud.

 Un sábado por la mañana, de mutuo acuerdo, decidieron dirigirse a Hampstead Heath. En Trafalgar Square estaba ocurriendo algo horrible. Había hordas de gente y tribunas, y estaban instalando altavoces. No era un buen día para los cacahuetes y las palomitas de maíz. Maud y Claud bajaron al metro en Whitehall.

 —¡Oh, mira, mami! —gritó una niña—. ¡Palomas!

 Maud y Claud la ignoraron y siguieron bajando a saltitos. Pasaron bajo la puerta mecánica, inadvertidas pero golpeadas por algún pie, y luego bajaron por la escalera mecánica. Claud iba delante, aunque no sabía adónde iba. Saltó al primer tren.

 —¡Mira eso! ¡Palomas! —dijo alguien.

 Algunas personas se echaron a reír.

 Maud y Claud se contaban entre los pocos pasajeros que nadie empujaba. Había un círculo vacío a su alrededor. Otra vez fue Claud quien se adelantó cuando salieron, asintiendo autoritariamente con la cabeza. No sabía dónde estaba, pero le gustaba dar la impresión de que no era así.

 —¡Están subiendo las escaleras! ¡Ja, ja, ja!

 Les abrieron camino como si fueran autoridades o personas famosas.

 En el tumulto de gente que subía las escaleras hasta el nivel de la acera, Maud y Claud tuvieron que hacer uso de sus alas. Eso las dejó exhaustas, cuando por fin llegaron a la luz del sol, cerca de un kiosco. Maud se adelantó esta vez abriendo camino. La acera describía una leve pendiente hacia arriba y Maud tomó aquella dirección. Cerca de Hampstead Heath, las aceras solían ser de subida, recordó. Claud la siguió.

 —Ah, el amor —dijo una voz masculina.

 La voz se equivocaba. Muchas veces era Claud el primero, cuando quería parecer superior a Maud, pues sabía que Maud le seguiría de todas maneras. Otras veces era al contrario y no tenía nada que ver con el deseo de aparearse. Al cabo de tres calles, saltando arriba y abajo por los bordillos de las aceras, Maud empezó a cansarse. 

Claud se había equivocado al bajar en aquella parada y Maud se acercó a él y se lo indicó con una mirada y un carraspeo significativo. Ella tampoco sabía dónde estaban, aunque sí sabía que Trafalgar Square estaba en algún sitio por detrás, a su derecha. Al final llegarían a casa sin problemas. Pero aquello no era Hampstead Heath.

 Luego, Maud intuyó o divisó una franja de verde a la izquierda, y con un movimiento de la cabeza que hizo brillar su pecho azul y verde a la luz del sol dirigió a Claud hacia la izquierda. Se detuvieron para dejar pasar un taxi y luego siguieron la marcha, bordillo arriba. Ahora Maud ya veía el verde y aceleró un poco el paso, aleteando mientras sus patas se movían a la vez sobre la acera. Hizo acopio de energías para sobrevolar la barandilla de casi un metro que rodeaba un pequeño parque.

 Había bancos con gente sentada tranquilamente, y una considerable extensión de césped sin recortar, con un estanque en el centro. Maud empezó a picotear.

 Claud vio otras tres palomas, una hembra y dos machos, no muy lejos, en el césped. Seguramente no les recibirían con agrado, pero en aquel momento los dos machos estaban absortos. Maud dijo algo para que Claud probara suerte allí y Claud le replicó enseguida que probara ella. Maud se alejó, dándoles la espalda a todos, incluyendo a Claud. Claud estaba picoteando un gusano y pensando que prefería grano seco cuando uno de los machos se abalanzó volando sobre él.

 El pájaro que le atacó estaba en mejor forma física. Claud sólo se levantó unos centímetros del suelo y se lanzó sobre el otro, pero su gesto no tuvo mucho efecto. Se batió en retirada, andando, agitando las alas y haciendo ruidos para indicar que estaba disgustado pero en absoluto vencido, y que simplemente no se iba a molestar en luchar.

 Maud adoptó una expresión divertida e indiferente.

 De pronto empezó a llover. Claud y Maud avanzaron hacia el árbol más cercano. Tenía todo el aspecto de que la lluvia iba a persistir. ¿Debían tomar el metro para llegar a casa? Sólo era media tarde. La lluvia haría salir los gusanos, tal vez un caracol o dos. De pronto, Maud voló hacia Claud y le atacó en el cogote.

 Claud ya estaba de malhumor y se alejó hacia un camino. Cuando llegó a la acera, giró rápidamente a la izquierda. Aquél era el camino del metro, pensó, y también era la dirección de casa.

 Maud le siguió, odiándose a sí misma por seguirle, pero consolándose con el hecho de que tenía a Claud controlado y que aquélla era la dirección de Trafalgar Square. Ya le llegaría el día a Claud, pensó Maud. Si se esforzaba un poco, un macho más joven podía invadir su casa y expulsar a Claud. Aquello le enseñaría a...

 ¡Blam!

 ¿Qué era aquello?

 La oscuridad había caído sobre ella. Claud también estaba allí con ella, haciendo ruidos y aleteando.

 Maud oyó risas de niños. ¡Una caja! A Maud ya le había pasado antes y había escapado, recordó. La caja de cartón se arrastró por la acera, aprisionándole dolorosamente una de las patas. Ella y Claud se encontraron de pronto volcados, patas arriba, vieron un breve trozo de cielo y luego una desagradable cubierta que cayó sobre la caja y fueron empujados y sacudidos mientras los niños corrían. Bajaron unas escaleras. Los niños tiraron a Maud y Claud al suelo de una habitación fuertemente iluminada. Ahora estaban dentro de una casa.

 Una mujer gritó algo.

 Los dos niños se reían.

 Maud voló sobre una mesa. Era la cocina de uno de esos edificios que Claud y ella habían observado muchas veces por la ventana de un semisótano.

 —¿Qué vas a hacer con ellos? ¡Aaah!

 Claud se había ido a posar en el borde del fregadero. Un niño fue a buscarlo y Claud saltó a un rincón junto a una puerta que tenía una rendija abierta.

 Un niño esparció pan por el suelo, pero Claud lo ignoró. A Claud le interesaba la puerta, Maud se dio cuenta, pero pensó que tal vez el resto de la casa estuviera cerrado, entonces, ¿para qué serviría la puerta? En ese momento Maud defecó.

 Aquello provocó un grito de la mujer. ¡Dios mío! Maud sabía que su excremento podía tener consecuencias: significaba desprecio, por ejemplo. A Maud le habían dado una patada alguna vez —deliberada— cuando lo había hecho en su propio terreno, Trafalgar Square, sin pretender insultar a nadie. Pero aquella gente no era normal, la mayoría estaba loca. No podía predecirse lo que iba a hacer la gente. Cacahuetes en un momento dado y al momento siguiente un palo.

 La mujer seguía parloteando. Hubo un chillido de los chicos y luego se abalanzaron sobre Claud con los brazos abiertos, intentando atraparlo. Claud levantó el vuelo y dejó caer su excremento, que aterrizó en la cara de uno de los chicos. Se oyeron risas. Claud se tambaleó sobre un tendedero de ropa que había cerca del techo, oscilando.

 Entró un hombre de voz estentórea. Maud le detestó nada más verlo. El hombre pronunció un largo y rugiente discurso y luego se acercó a Maud y le habló con más suavidad. Maud dio dos pasos atrás, chocó contra una tapa de porcelana de algo, sin quitarle ojo al hombre, dispuesta a unirse a Claud si el hombre se le acercaba más. Pero él salió de la cocina.

 La mujer estaba haciendo palomitas en el fogón. Maud y Claud reconocieron el olor. Mientras, los niños se reían estúpidamente junto al fregadero. El hombre volvió con una especie de trípode alto. Se encendieron unas luces muy brillantes. Entonces Maud y Claud lo entendieron. 

Habían visto lo mismo en Trafalgar Square, a gran escala: trípodes, plataformas móviles, luces terribles por todas partes que convertían la noche en día. Ahora la luz daba directamente en los ojos de Maud y ella empezó a dar vueltas. La cámara zumbaba. Maud quería volver a defecar, pero no pudo.

 —¡Palomitas! —gritó el hombre.

 —¡Ya van! —La mujer se acercó con la sartén justo a tiempo de chocar con Claud, que se dirigía a la ventana intentando escapar. Esperaba que la parte de arriba estuviera abierta, pero antes de poder comprobarlo ya estaba tumbado de lado en el suelo. Se levantó. La mujer echó palomitas en el suelo junto a él, y Claud las rechazó como si fueran venenosas.

 —¡Ja, ja! —se rió el hombre—. ¡Asústales otra vez, Simon!

 El más pequeño de aquellos dos odiosos niños agitó los brazos hacia Maud mientras el otro saltaba hacia Claud.

 Maud y Claud se levantaron batiendo las alas fuertemente. Claud cayó como una gruesa águila en la frente y el pelo del niño mayor, sacando las uñas.

 —¡Ay! —gritó el niño.

 Maud se contentó con darles dos fuertes picotazos a las mejillas del pequeño, además de clavar las uñas todo lo que pudo, antes de saltar justo a tiempo para escapar del puño del hombre. Maud comprendió que iba a ser una lucha por la vida, y que ella y Claud estaban atrapados.

 La mujer intentaba atizar a Claud con una escoba, pero fallaba cada vez.

 —¡Abrid la ventana! ¡Dejadlas salir!

 —¡Voy a torcerles el pescuezo! ¡Están locas! —gritó el hombre de cara colorada, dirigiéndose a la ventana.

 Maud se dio cuenta de que el hombre estaba furioso, pero ¿quién les había llevado allí sino aquellos repulsivos hijos suyos? Maud atacó al hombre justo cuando abría la ventana desde arriba. El apartó a Maud con un codo y agachó la cabeza.

 Claud salió volando por la ventana.

 —¡Usa la escoba! —gritó la mujer, ofreciéndosela al hombre.

 Maud esquivó la escoba, voló al escurridero de platos que había sobre la pila, intentó agarrarse a un platillo, y mientras volaba hacia la ventana, el platillo cayó en el fregadero y se hizo añicos.

 Otro grito de la mujer y un rugido del hombre que se desvanecieron mientras Maud se alejaba. Voló unos cuantos metros con la energía que le daba su ira, y luego descendió hasta la civilizada acera para poder andar normalmente y recuperar el aliento. ¡Qué alivio salir de aquella casa de locos! ¡Dios mío! ¡Alguien tendría que denunciar a aquella gente! 

Maud levantó la cabeza con orgullo, impulsando el pico a cada paso. Había grupos de gente que luchaba a favor de las palomas. Ella había visto a algunos en Trafalgar Square impidiendo que los niños usaran armas o incluso que les tiraran cosas a las palomas. Si alguna vez atrapaban a aquella familia, les harían pagar por aquello.

 ¿Dónde estaba Claud?

 Maud se detuvo y se volvió. No es que le importara mucho dónde estaba. Si iba directamente a casa, como pretendía, Claud aparecería aquella misma noche, no tenía ninguna duda. ¿Y acaso la había ayudado él hasta ahora en algo? No.

 Entonces oyó su voz. Claud apareció tras ella, acercándose sobre las patas y las alas, con aspecto de estar exhausto. Maud sacudió las alas y continuó adelante. Claud avanzaba junto a ella, protestando un poco, como hacía Maud, pero sus sonidos se fueron calmando gradualmente. Después de todo, eran libres otra vez y estaban andando en dirección a casa. 

De pronto, Maud se dirigió a un autobús. Claud la siguió, y se instalaron con dificultad en el techo del vehículo. Algunos autobuses daban unos bandazos terribles. Tuvieron que cambiar a otro, esperando que les llevara, pero su instinto era correcto y pronto se encontraron traqueteando por Haymarket. ¡Casa! Y aún no estaba oscuro. El cielo era de un azul grisáceo y el sol se estaba poniendo.

 Todavía tenían tiempo de picotear un poco en Trafalgar Square antes de retirarse, pensó Maud. Claud estaba pensando lo mismo, así que dejaron el autobús en Whitehall y se deslizaron al territorio familiar.

 No quedaban muchas palomas por allí. Las luces se encendían en los escaparates. Las migajas y restos eran pocos y estaban pisoteados. Y Maud se sintió cansada y débil.

 Claud impulsó la cabeza hacia ella y cogió un pedacito de cacahuete que Maud estaba a punto de alcanzar.

 Maud voló hacia él, agitando las alas. ¿Por qué seguía con él? Egoísta y avaricioso... ¡No podía contar con él para nada, ni siquiera para vigilar el nido cuando tenía un huevo!

 Claud quiso vengarse con un maligno picotazo en el ojo de Maud, pero falló y le dio en la cabeza.

 Entonces, de pronto —imposible decir quién de los dos se movió primero—, atacaron a un cochecito que pasaba. Fueron por el bebé, las mejillas, los ojos. La joven que empujaba el cochecito soltó un grito y empezó a golpear a las palomas. 

Maud quedó fuera de combate durante unos segundos, pero enseguida se unió a Claud en el cochecito. Dos personas corrieron hacia allí y las palomas salieron volando. Volaron sobre las cabezas de sus frustrados atacantes y se unieron a un grupo de más de veinte palomas que picoteaban en torno a una papelera.

 Cuando las dos personas y la mujer del cochecito se acercaron a las palomas, Maud y Claud no sentían ningún miedo, aunque algunas de las demás palomas levantaron la vista, asustadas por las voces iracundas.

 Uno de los humanos, un hombre, corrió entre las palomas, pateándolas, agitando los brazos y gritando. La mayoría de las palomas emprendieron un perezoso vuelo. Maud se dirigió a casa, al nicho situado tras el bajo muro de piedra, y cuando llegó, Claud ya estaba allí. 

Se prepararon para dormir, demasiado cansados incluso para intercambiar sonidos de protesta. Pero Maud no estaba tan cansada como para olvidar el medio cacahuete que Claud le había arrebatado. ¿Por qué vivía con él? ¿Por qué vivía allí, por qué vivían los dos juntos allí, corriendo el riesgo de ser capturados a diario, como aquel día, o pateados por gente que se molestaba incluso si defecaban? ¿Por qué? Maud se quedó dormida, exhausta de tanto descontento.

 El incidente de las palomas de Trafalgar Square con el bebé picoteado, que se quedó ciego de un ojo, inspiró un par de cartas al Times. Pero nadie hizo nada al respecto. 

Desde allá - Emilia Pardo Bazán


Don Javier de Campusano iba acercándose a la muerte, y la veía llegar sin temor, arrepentido de sus culpas; confiaba en la misericordia de aquel que murió por tenerla de todos los hombres. 

Sólo una inquietud lo acuciaba algunas noches de esas en que el insomnio fatiga a los viejos. Pensaba que, faltando él, entre sus dos hijos y únicos herederos nacerían disensiones, acerbas pugnas y litigios por cuestión de hacienda. 

Era don Javier muy acaudalado propietario, muy pudiente señor; pero no ignoraba que las batallas más reñidas por dinero las traban siempre los ricos. 

Ciertos amarguísimos recuerdos de la juventud contribuían a acrecentar sus aprensiones. Acordábase de haber pleiteado largo tiempo con su hermano mayor; pleito intrincado, encarnízado, interminable, que empezó entibiando el cariño fraternal y acabó por convertirlo en odio sangriento. 

El pecado de desear a su hermano toda especie de males, de haber injuriado y difamado, y hasta, ¡tremenda memoria!, de haberlo esperado una noche en las umbrías de un robledal con objeto de retarle a espantosa lucha, era el peso que por muchos años tuvo sobre su conciencia don Javier. 

Con la intención había sido fratricida, y temblaba al imaginar que sus hijos, a quienes tanto amaba, llegasen a detestarse por un puñado de oro. 

La naturaleza había dado a don Javier elocuente ejemplo y severa lección: sus dos hijos, varón y mujer, eran mellizos; al enviarlos al mundo a la misma hora, Dios les había mandado imperatívamente que se amaran; y herida desde su nacimiento la imaginación de don Javier, sólo cavilaba en que podían, sin embargo, aborrecerse hasta llegar al crimen. 

Para evitar que los celos de la ternura paternal engendrasen el odio, don Javier dio a su hijo la carrera militar y lo tuvo casi siempre apartado de sí; sólo cuando conoció que la vejez y los achaques lo empujaban a la tumba llamó a José María y permitió que sus cuidados filiales alternasen con los de María Josefa. 

A fuerza de reflexiones, el viejo había formado un propósito, y empezó a cumplirlo llamando aparte a su hija, en gran secreto, y diciéndole: Hija mía, antes de que llegue tu hermano tengo que enterarte de algo que te importa. Óyeme bien, y no olvides ni una sola de mis palabras. No necesito afirmar que te quiero mucho; pero, además, tu sexo debe ser protegido de un modo especial y recibir mayor favor. He pensado en mejorarte, sin que nadie te pueda disputar lo que te regalo. Así que yo cierre los ojos..., así que reces un poco por mí..., te irás al cortijo de Guadeluz, y en la sala baja, donde está aquel arcón muy viejo y muy pesado que dicen es gótico, contarás a tu izquierda, desde la puerta, dieciséis ladrillos -¡fíjate, dieciséis!, una onza de ladrillos, ¿entiendes? - y levantarás el que hace diecisiete, que tiene como la señal de una cruz, y algunos más alrededor. Bajo los ladrillos verás una piedra y una argolla; la piedra, recibida con argamasa fuerte. Quitarás la argamasa, desquiciarás la piedra y aparecerá un escondrijo y en él un millón de reales en peluconas y centenes de oro. ¡Son mis ahorros de muchos años! El millón es tuyo, sólo tuyo; a ti te lo dejo en plena propiedad. Y ahora, chitón, y no volvamos a tratar este asunto. ¡Cuando yo falte ... ! 

María Josefa sonrió dulcemente, agradeció en palabras muy tiernas, y aseguró que deseaba no tener jamás ocasión de recoger el cuantioso legado. Llegó José María aquella misma noche y ambos hermanos, relevándose por turno, velaron a don Javier, que decaía a ojos vistas. 

No tardó en presentarse el último trance, la hora suprema, y en medio de las crispaciones de una agonía dolorosa, notó María Josefa que el moribundo apretaba su mano de un modo significativo, y creyó que los ojos, vidriosos y sin luz interior, decían claramente a los suyos: “Acuérdate, dieciséis ladrillos... Un millón de reales en peluconas...”. 

Los primeros días después del entierro se consagraron, naturalmente, al duelo y a las lágrimas, a los pésames y a las efusiones de tristeza. Los dos hermanos, abatidos y con los párpados rojos, cambiaban pocas palabras, y ninguna que se refiriese a asuntos de interés. 

Sin embargo, fue preciso abrir el testamento; hubo que conferenciar con escribanos, apoderados y albaceas, y una noche en que José María y María Josefa se encontraban solos en el vasto salón de recibir, y la luz desfallecida del quinqué hacía, al parecer, visibles las tinieblas, la hermana se aproximó al hermano, lo tocó en el hombro, y murmuró tímidamente, en voz muy queda: 

- José María, he de decirte una cosa..., una cosa muy rara... de papá. 
- Di, querida ... ¿Una cosa rara?

- Sí, verás ... No te admires... Hay un millón de reales en monedas de oro, escondido en el cortijo de Guadeluz. 
- ¡No, tonta! -exclamó sobrecogido y con súbita vehemencia José María-. No has entendido bien. ¡Ni poco ni mucho! Donde está oculto ese millón es en la Corchada. 
- ¡Por Dios, Joselillo! Pero si papá me lo explicó divinamente, con pelos y señales... Es en la sala baja; hay que contar dieciséis ladrillos a la izquierda, desde la puerta, y al diecisiete está la piedra con argolla que cubre el tesoro. 
- ¡Te aseguro que te equivocas, mujer! Papá me dio tales pormenores, que no cabe dudar. En la dehesa, junto al muro del redil viejo, que ya se abandonó, existe una especie de pilón donde bebía el ganado. Detrás hay una arqueta medio arruinada, y al pie de la arqueta una losa rota por la esquina. Desencajando esa losa se encuentra un nicho de ladrillo, y en él un cofrecillo con un millón de peluconas y centenes... 
- Hijo del alma, ¡pero si es imposible! Créeme a mí, cuando papá te llamó estaba ya peor, muy en los últimos; quizá la cabeza suya no andaba firme, ipobrecíto! Yo tengo sus palabras aquí esculpidas... 
- María - declaró José cogiendo la mano de la joven, después de meditar un instante -, lo cierto es que hay dos depósitos, y sólo así nos entenderemos. Papá me advirtió que me dejaba ese dinero exclusivamente a mí... 
- Y a mí que el de Guadeluz era únicamente mío... 
- ¡Pobre papá! murmuró conmovido el oficial ¡Qué cosa más extraña! Pues... si te parece, lo que debe hacerse es ir a Guadeluz primero y a la Corchada después. Así saldremos de 
dudas. ¡Qué gracioso sería que no hubiese sino uno! 
- Dices bien confirmó María Josefa triunfante Primero adonde yo digo, ¡verás cómo allí está el tesoro! 
- Y también porque tuviste el acierto de hablar antes, ¿verdad, chiquilla? 
- Has de saber... que yo no te lo decía porque temía afligirte; podías creer que papá te excluía, que me prefería a mí.... ¿qué sé yo? Pensaba sacar el depósito y darte la mitad sin decirte la procedencia. Ahora veo que fui tonto. 
- No, no; tenías razón -repuso María, confusa y apurada -. Soy una parlanchina, una imprudente. Debió prevenírseme eso... Debí buscar el tesoro y hacer como tú, entregártelo sin decir de dónde venía... ¡Qué falta de pesquis!

- Pues yo deploro que te hayas adelantado -contestó sinceramente José, apretando los finos dedos de su hermana. 

De allí a pocos días los mellizos hicieron su excursión a Guadeluz y encontraron todo puntualmente como lo había anunciado María Josefa. El tesoro se guardaba en un cofrecito de hierro cerrado; la llave no apareció. Cargaron el cofre, y sin pensar en abrirlo siguieron el viaje a la Corchada, donde al pie de la derruida arqueta hallaron otra caja de hierro también de igual peso y volumen que la primera. 

Lleváronse a casa las dos cajas en una sola maleta; encerráronse de noche, y José María, provisto de herramientas de cerrajero, las abrió, o mejor dicho, forzó y destrozó el cierre. 

Al saltar las tapas, brillaron las acumuladas monedas, las hermosas onzas y las doblillas; los hermanos, sin contarlas, unieron ambos caudales y los derramaron sobre la mesa, donde se mezclaron como Pactolos que confunden sus aguas maravillosas. De pronto María se estremeció. 
- Mira, José María, en el fondo de mi caja hay un papel arrollado. 
- Y otro en la mía - observó el hermano. 
- Es letra de papá. 
- Letra suya es. 
- El tuyo, ¿qué dice? 
- Aguarda.... acerca la luz... Dice así: “Hijo mío, si lees esto a solas, te compadezco y te perdono; si lo lees en compañía de tu hermana, salgo del sepulcro a bendecirte...”.
- El sentido del mío es idéntico - exclamó después de un instante, sollozando y riendo a la vez, María Josefa. 

Los mellizos soltaron los papeles, y por encima del montón de oro, pisando monedas esparcidas en la alfombra, se tendieron los brazos y estuvieron abrazados buen rato. 

Adiós, Mr. Bliss - Joseph Payne Brennan

    

El 30 de junio, un día antes de que la Biblioteca Lockridge cerrara sus puertas durante los meses de verano, Mr. Bliss, bibliotecario jefe, hizo acudir a su despacho a Miss Quinby para informarla de que sus servicios no serían ya necesarios al terminar el año.

Miss Quinby se sentó en silencio, con los fatigados ojos llenos de lágrimas. Había servido fielmente a la Biblioteca Lockridge por espacio de treinta y cinco años. Al cabo de otros cinco años hubiera podido jubilarse con una pensión.

Mr. Bliss jugueteó con su pisapapeles.

—No hay por qué tomárselo así, Miss Quinby. Tiene usted seis meses para encontrar otro empleo. Con su experiencia, estoy convencido de que no será problema.

Miss Quinby no dijo nada.

Mr. Bliss carraspeó. Su voz sonó ligeramente irritada.

—En realidad, creo que me estoy portando de un modo muy generoso con usted. Tendrá sus dos meses de vacaciones pagadas, y luego otros cuatro meses para buscar empleo. Seguramente…

—Preferiría quedarme aquí —dijo Miss Quinby.

Mr. Bliss sacudió la cabeza con cierta vehemencia.

—La cosa está decidida, Miss Quinby. Como ya le he dicho, carece usted de los conocimientos indispensables en estos días. No tiene usted ningún título universitario…, ni siquiera académico. Sus servicios han sido siempre muy… limitados. La Biblioteca Lockridge va a experimentar una profunda transformación. Contrataremos únicamente personal especializado. Su trabajo será realizado mucho más eficazmente por una joven bibliotecaria profesional, con los indispensables estudios.

«Una joven bibliotecaria profesional —pensó Miss Quinby amargamente— con las indispensables curvas».

Las sonrosadas mejillas de Mr. Bliss se tiñeron de rojo, como si hubiera leído los pensamientos de Miss Quinby.

—Creo que esto es todo —dijo.

—Si escribo al Comité de la Biblioteca —insistió Miss Quinby—, tal vez…

—Será inútil —la interrumpió Mr. Bliss—. El Comité no es más que un organismo asesor. Ni siquiera les he informado de esta decisión, pero si usted quiere hacerlo le aseguro que perderá el tiempo.

Miss Quinby sabía que era cierto. Desde su llegada, hacía poco más de un año, Mr. Bliss había manejado a su antojo al Comité. Ni uno solo de sus miembros se atrevió a enfrentarse con él.

Aunque sabía que no había ninguna esperanza, Miss Quinby continuó sentada, tratando desesperadamente de encontrar algo más que decir. Era todo tan injusto, tan cruel…, tan innecesario… A su edad no le sería fácil encontrar otro empleo, ni siquiera con su experiencia. Y si lo encontraba, se vería obligada a aceptar un sueldo mucho más bajo. Y echaría de menos a sus amigos, a sus…

Mr. Bliss se puso en pie, con el ceño fruncido.

—Desde luego —advirtió en tono severo—, si trata usted de complicar las cosas la pondré de patitas en la calle inmediatamente.

Miss Quinby se apresuró a levantarse. Sabía que Mr. Bliss cumpliría su amenaza. La aborrecía. Le había amargado la vida desde su llegada. Miss Quinby había hecho lo imposible por cumplir sus más caprichosas e irrazonables órdenes. Pero no le sirvió de nada. Y ahora no se atrevía a discutir con él. Necesitaría los seis meses.

Se dirigió hacia la puerta.

—Gracias —dijo, e inmediatamente se odió a sí misma por haberlo dicho.

Mr. Bliss inclinó la cabeza de un modo casi imperceptible.

De regreso en su oficina, Miss Quinby se sentó ante su escritorio y se quitó las empañadas gafas. Estaba demasiado aturdida para llorar. La entrevista con Mr. Bliss tenía un aire de irrealidad. Una pequeña parte de su mente trataba de convencerla de que no había sucedido nada, en realidad, de que todo el asunto era una especie de error que podía ser enmendado.

Las empleadas más jóvenes se marchaban temprano, como era costumbre el día anterior al comienzo de las vacaciones, y Miss Quinby pudo oír su alegre cháchara mientras sus tacones repiqueteaban en el pasillo.

Pasaron junto al despacho de Mr. Bliss.

«¡Adiós, Mr. Bliss!». «¡Feliz verano, Mr. Bliss!». «¡Felices vacaciones, Mr. Bliss!». «¡Adiós, Mr. Bliss!». «Adiós…».

Miss Quinby se puso bruscamente en pie y cerró la puerta de su oficina. Maquinalmente, empezó a arreglar los papeles esparcidos sobre su mesa. Trabajaba siempre hasta las cinco, incluso el día anterior al comienzo de las vacaciones. Hoy no sería una excepción. A pesar de lo que había sucedido, no podía inducirse a sí misma a marcharse más temprano.

Unos instantes después recordó que tenía que arreglar su taquilla. Siempre lo había hecho antes de marcharse de vacaciones. Abriendo la puerta, salió al pasillo y se dirigió a los vestuarios.

Al pasar por delante del despacho de Mr. Bliss le oyó hablar. Al parecer, estaba conversando por teléfono.

«Exacto —estaba diciendo—. He planeado unas verdaderas vacaciones. No le he dicho absolutamente a nadie adonde voy a ir. No voy a darle la dirección a nadie. Ni siquiera he hecho ninguna reserva. Emprenderé el viaje esta misma tarde, a las cinco, cuando salga de aquí, y no regresaré hasta septiembre».

Mientras ordenaba su taquilla, Miss Quinby consultó su reloj. Eran las cuatro.

Cuando regresó a su oficina, todo el edificio parecía silencioso y desierto. Mr. Bliss estaba aún en su despacho; permanecería en él hasta las cinco en punto. Aparte de ellos dos, en el edificio sólo había otra persona: Jacobson, el encargado de la limpieza.

Miss Quinby se sentó, apoyó la barbilla entre sus manos y se sumió en profundos pensamientos. Durante más de diez minutos permaneció inmóvil. Con su almidonada blusa blanca de cuello alto, su severa falda negra y sus zapatos de tacones bajos, podía haber sido un maniquí de cera vestido para responder al tradicional concepto de «bibliotecaria» en la mente del público vulgar.

Finalmente, Miss Quinby se puso en pie con una expresión cautelosa y decidida al mismo tiempo. Después de sacar una llave de un cajón de su escritorio que siempre estaba cerrado, salió al pasillo. La luz del despacho de Mr. Bliss continuaba encendida. Dirigiéndose hacia el lado opuesto, Miss Quinby descendió la escalera que conducía al sótano. Jacobson, el encargado de la limpieza, no se veía por ninguna parte.

Una vez en el sótano, Miss Quinby recorrió un largo pasillo, cruzó una especie de arco, se adentró en otro pasillo, más corto, y se detuvo ante una maciza puerta de acero.

Al otro lado de aquella puerta se encontraba el departamento de seguridad de la Biblioteca, una pequeña habitación subterránea donde se guardaban los incunables y otros libros raros y valiosos que no circulaban entre el público ordinario.

Abriendo la puerta de acero con la llave que había sacado del cajón de su escritorio, Miss Quinby pulsó el interruptor de la luz y miró hacia el interior. Las estanterías estaban llenas de libros encuadernados en pergamino.

Vaciló unos instantes, consultando su reloj. Eran las cuatro y media. Volviéndose rápidamente, se dirigió al pasillo principal y entró en el lavabo del sótano. Un momento después volvió a salir llevando un vaso de papel lleno de agua.

Entró en el departamento de seguridad, dejó caer el agua en un rincón, arrugó el vaso de papel, se lo metió en un bolsillo de su falda y salió apresuradamente.

En el pasillo, en una abertura practicada en la pared, había un teléfono interior.

Miss Quinby lo descolgó y marcó el número del despacho de Mr. Bliss.

—Aquí Mr. Bliss, de la Biblioteca Lockridge —dijo la voz del bibliotecario jefe.

—Soy Miss Quinby, Mr. Bliss. Estoy en el sótano. He bajado a guardar un ejemplar en el departamento de seguridad. —Tomó aliento—. En el departamento de seguridad hay agua, Mr. Bliss. En el suelo. Una filtración, seguramente. Alguna cañería, o…

Mr. Bliss gruñó con desesperación.

—¡Precisamente ahora! Bajo en seguida. Trate de localizar a Jacobson.

Un par de minutos después Mr. Bliss se encontraba en el sótano. Estaba furioso.

—¿Dónde está el agua? —preguntó en tono desabrido—. ¿Ha localizado ya a Jacobson?

Miss Quinby señaló el rincón donde había dejado caer el agua.

—Allí. En el suelo.

Cuando vio el pequeño charco, Mr. Bliss frunció el ceño.

—¡Vaya un fastidio! —exclamó, inclinándose para examinarlo más de cerca.

Miss Quinby se agarró con las dos manos al pomo de la puerta de acero y tiró hacia sí. La puerta se cerró con un enorme estrépito. Se oyó el chasquido de la cerradura automática.

Durante unos segundos hubo un silencio absoluto. Luego, Miss Quinby oyó la voz de Mr. Bliss, ahogada y lejana.

—¡Miss Quinby! ¡Abra inmediatamente la puerta!

Miss Quinby esperó. Era posible que Mr. Bliss se hubiera traído la otra llave del departamento de seguridad. Pero la guardaba en un cajón de su escritorio que siempre estaba cerrado y lo más probable era que no se hubiese entretenido en sacarla. Debió pensar que si Miss Quinby había abierto la puerta, forzosamente debía de tener una llave.

Al cabo de unos instantes, Miss Quinby se convenció de que sus previsiones habían sido correctas. Si Mr. Bliss tuviera la llave, ya la hubiera utilizado. En vez de eso, empezó a aporrear la puerta.

—¡Miss Quinby! ¡Miss Quinby! ¡Abra inmediatamente la puerta! ¡Inmediatamente! ¿Se ha vuelto loca?

En su voz había ya un acento de pánico.

Dejando la llave en la cerradura, Miss Quinby recorrió el pasillo interior. Al llegar al arco, se detuvo a escuchar.

Incluso a aquella corta distancia, la voz de Mr. Bliss era apenas audible. Miss Quinby no pudo oír lo que estaba gritando. No estaba segura de que dijera nada. Parecía como si se limitara a gritar.

Miss Quinby subió apresuradamente la escalera, entró en el despacho de Mr. Bliss, encendió la lámpara del escritorio y cerró la puerta.

Cuando apareció Jacobson, Miss Quinby estaba en su propia oficina.

Jacobson asomó la cabeza.

—¿Se ha marchado ya Mr. Bliss, Miss Quinby?

Miss Quinby levantó la cabeza.

—Supongo que sí. ¿Va usted a cerrar pronto?

Jacobson consultó su reloj.

—Dentro de diez minutos, Miss Quinby, si ha terminado usted su trabajo.

Miss Quinby permaneció en su oficina hasta las cinco en punto. Lo más probable era que Jacobson hubiera terminado ya su ronda final por todo el edificio. Pero quería estar segura.

En cuanto Jacobson y ella se hubieran marchado, la Biblioteca permanecería cerrada hasta después de la Fiesta del Trabajo. Dado que Mr. Bliss, soltero, había planeado unas vacaciones «íntimas», sin dejar la dirección a nadie, sin hacer ninguna reserva, nadie se preocuparía por su desaparición hasta que la Biblioteca volviera a abrir sus puertas.

Desde luego, podía ocurrírsele escribir una nota contando lo que había sucedido. Bueno, ya se ocuparía de eso. Resultaría muy desagradable, pero arreglaría las cosas de modo que fuera ella la primera persona que bajara al sótano. Entraría en el departamento de seguridad para comprobar que no había nada que pudiera comprometerla.

Nadie podría demostrar que Mr. Bliss no había quedado encerrado por puro accidente. Supondrían que, después de cerrar su despacho, Mr. Bliss había bajado al sótano para efectuar una inspección de última hora, o quizá para guardar algún libro valioso. Había dejado la llave en la cerradura y, Dios sabe cómo, la puerta se había cerrado…

Nadie, aparte de Mr. Bliss, sabía que Miss Quinby tenía un duplicado de la llave del departamento de seguridad. De acuerdo con las normas de la Biblioteca, la llave tenía que guardarse, encerrada, en el despacho del bibliotecario jefe. Mr. Bliss había permitido que Miss Quinby tuviera un duplicado para evitarse molestias.

Jacobson asomó de nuevo su cabeza.

—¿Ha terminado usted, miss Quinby?

—Sí, Jacobson. Voy a salir con usted.

Se detuvo en la gran escalinata de mármol, mientras Jacobson cerraba la puerta principal.

—Y ahora, hasta que pase la Fiesta del Trabajo —comentó Jacobson, sonriendo.

Miss Quinby sonrió. La Fiesta del Trabajo. El final de las vacaciones. Entonces regresaría a su oficina, pero no para cuatro meses, sino para otros cinco años. Desaparecido Mister Bliss, estaría a salvo. Al Comité de la Biblioteca no se le ocurriría nunca despedirla.

Mientras avanzaba con Jacobson por el enarenado sendero, se volvió a mirar por encima de su hombro.

Con sus grandes persianas echadas y todas las luces apagadas, la Biblioteca Lockridge tenía un aspecto oscuro, frío y repulsivo.

Parecía un mausoleo.