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Carta a mi hermana - Sivela Tanit

¿Por qué no respondes? ¿Por qué me ignoras? ¿Qué te agravió?

Recuerdo cuando me llevabas a las plazas a comer helado; con el poquito dinero que ganabas, hacías un esfuerzo y me llevabas lejos, a una plaza bonita y nueva, y nos comprabas helados. Yo veía tus ojos orgullosos de podernos dar ese lujo.

Recuerdo cuando salía a las canchas a andar en bicicleta y me ayudabas a que no me cayera; también jugábamos a la pelota. Por ti aprendí a jugar voleibol y fui muy buena en la secundaria.

Recuerdo que me ayudabas a hacer las maquetas que tanto amaban pedir las maestras en la primaria. A veces, la tarea era titánica para mí, que nací sin habilidades manuales, y tú las terminabas y sacabas la mejor calificación.

Recuerdo que me enseñaste a iluminar; eso era algo que me gustaba hacer mucho y estabas contenta. Me explicabas la teoría de los colores y yo me divertía aprendiendo cómo, al mezclarlos adecuadamente, se hacían otros tantos.

Recuerdo los pequeños sacrificios que hacías por mí, para que mamá y papá no se enojaran tanto conmigo cuando fallaba al cumplir con sus reglas (estúpidas). Vivimos muchas cosas juntas.

Recuerdo cuando nació tu bebé, recuerdo cuando se murió tu relación, recuerdo cuando conociste al muchacho que me amaba y recuerdo cómo decidiste ser una viuda sin casarte. Y ahora no me hablas; eso me duele, ¿sabes?, que no me hables.

Mamá lo era todo para ti. Ahora que me ignoras, recuerdo que me cuidaste para que mamá tuviera tiempo de ser una buena esclava para papá: para mantener económicamente a su marido, para aprender un oficio, para cocinar, lavar, aprender a sobrevivir.

Cuando mamá se fue, cansada de todo, y nos dejó con papá, fue un golpe que no pudiste superar. Y nos quedamos a cuidar al hombre que se deshizo de mamá. No pudiste irte con ella porque a mamá no le dio tiempo de despedirse de ti, pero siempre te sentiste culpable de que ella se marchara.

Ahora vives con papá y yo me salí, me fui lejos; pero siempre quise que nos habláramos, pero dejaste de hacerlo y no entiendo por qué. ¿Será que te enteraste de que estoy con mamá? ¿Será envidia? ¿Será tristeza? ¿Será resignación? Quizá la respuesta sea muy simple: nunca me amaste. Ahora creo que entiendo: solo fui la carga que le quitaste a mamá para que tú la pudieras tener toda, toda para ti sola.

Esta vez es la última vez que te escribo, hermanita. Mamá dice que ya no te ruegue, y tiene razón. Yo estoy con mamá y eso te ha de carcomer las entrañas. Me da risa pensar que, si no fuera porque hice enfurecer a papá, jamás habría encontrado a mamá.

Ahora las dos estamos juntas; lo único que no me gusta es que, aunque nos apretamos entre nosotras, tenemos frío, porque papá nos cobijó con la tierra húmeda y pesada del llano.

Adiós, hermanita. Al final, yo fui la que me quedé con mamá.


Dos palomas muy desagradables - Patricia Highsmith

Vivían en Trafalgar Square. Eran dos palomas que por razones de conveniencia llamaremos Maud y Claud, aunque ellas no utilizaran esos nombres para llamarse. Eran simplemente una pareja. Ya llevaban dos o tres años juntas y se eran fieles, aunque en el fondo de su pequeño corazón de palomas se odiaban. 

Pasaban los días picoteando grano y cacahuetes sembrados por el desfile interminable de turistas y londinenses que compraban esas cosas a los vendedores ambulantes, Pec, pec, todo el día en medio de otros cientos de palomas que, como Maud y Claud, casi habían perdido la capacidad de volar porque ya apenas les era necesaria. 

Muchas veces, Maud se veía separada de Claud en un campo de palomas que movían la cabeza de un modo constante, como si asintieran, pero, al caer la noche, de un modo u otro se encontraban y se dirigían a un hueco que había al dorso de un muro de piedra situado cerca de la National Gallery. ¡Uf! Y con esfuerzo conseguían subir sus abultadas pechugas hasta su domicilio, que quedaba entre setenta centímetros y un metro de altura.

 Maud hacía unos ruidos muy desagradables con la garganta que expresaban despecho y desdén. Tenía la misma edad que Claud; no eran jóvenes. Su primer novio había muerto en la flor de la vida, atropellado por un autobús cuando intentaba recuperar parte de un bocadillo del suelo.

 Los ruiditos despectivos de Maud podían interpretarse como un "¿Qué? ¿Otra vez igual, eh?" y similares provocaciones a la virilidad de Claud y a su infundada autoestima. Tal vez Claud no hubiera hecho nada aquel día, pero estaba claro que era un mujeriego. 

Muchas veces, Maud había tenido la satisfacción de ver a Claud vencido por un macho más joven que aparecía en el peor momento para Claud y su recién encontrada hembra. Claud montaba un número bravucón, fingía que estaba dispuesto a pelear, pero el macho más joven iba por él, directo a sus ojos, y Claud se retiraba.

 —Cállate —contestó por fin Claud, y se instaló cómodamente para dormir.

 De vez en cuando, para cambiar de escenario, Claud y Maud cogían el metro a Hampstead Heath. La verdad es que una vez tomaron el metro y se encontraron para su sorpresa, en Hampestead Heath. ¡Espacio! ¡Montones de migas para picotear! ¡Sin gente! O casi sin gente. A veces tomaban el metro por diversión, sin importarles adónde irían a parar al salir. Siempre podían encontrar el camino de vuelta a Trafalgar Square, aunque tuvieran que hacer algo de esfuerzo y volar unos metros aquí y allá. 

Los autobuses eran más seguros respecto a la dirección que seguían, pero tampoco había muchos sitios donde agarrarse en el techo de un autobús. Ciertamente recordaban la dirección de Hampstead Heath, y saltando a un autobús que arrancara en aquella dirección tenían bastantes posibilidades de llegar, y si el autobús se desviaba, simplemente volaban hasta otro que pareciera más prometedor. Dos veces habían ido en autobús.

 Pero el metro era más divertido, porque a Maud y Claud les gustaba hacer que la gente se apartara de su camino. La gente se reía señalándolos cuando ellos subían o bajaban por las escaleras mecánicas. A veces la gente sacaba la cámara, como en Trafalgar Square, y les hacían fotos con flash.

 "¡Cuidado! ¡No pisen a las palomas! ¡Ja, ja, ja!" ya era una exclamación familiar.

 A Maud le obsesionaba el vago recuerdo de una hija que había muerto de un golpe de bastón, ante sus ojos, en una acera cerca de Trafalgar Square. Era una hija de su primera pareja. ¿O acaso se lo había imaginado? Desde entonces, Maud temía a la gente con bastón, incluso con paraguas, y los había a montones. Maud se estremecía y se apartaba unos centímetros. Pensaba que podría tener otra pareja si quisiera, pero algo —no sabía decir qué— la mantenía junto a su aburrido Claud.

 Un sábado por la mañana, de mutuo acuerdo, decidieron dirigirse a Hampstead Heath. En Trafalgar Square estaba ocurriendo algo horrible. Había hordas de gente y tribunas, y estaban instalando altavoces. No era un buen día para los cacahuetes y las palomitas de maíz. Maud y Claud bajaron al metro en Whitehall.

 —¡Oh, mira, mami! —gritó una niña—. ¡Palomas!

 Maud y Claud la ignoraron y siguieron bajando a saltitos. Pasaron bajo la puerta mecánica, inadvertidas pero golpeadas por algún pie, y luego bajaron por la escalera mecánica. Claud iba delante, aunque no sabía adónde iba. Saltó al primer tren.

 —¡Mira eso! ¡Palomas! —dijo alguien.

 Algunas personas se echaron a reír.

 Maud y Claud se contaban entre los pocos pasajeros que nadie empujaba. Había un círculo vacío a su alrededor. Otra vez fue Claud quien se adelantó cuando salieron, asintiendo autoritariamente con la cabeza. No sabía dónde estaba, pero le gustaba dar la impresión de que no era así.

 —¡Están subiendo las escaleras! ¡Ja, ja, ja!

 Les abrieron camino como si fueran autoridades o personas famosas.

 En el tumulto de gente que subía las escaleras hasta el nivel de la acera, Maud y Claud tuvieron que hacer uso de sus alas. Eso las dejó exhaustas, cuando por fin llegaron a la luz del sol, cerca de un kiosco. Maud se adelantó esta vez abriendo camino. La acera describía una leve pendiente hacia arriba y Maud tomó aquella dirección. Cerca de Hampstead Heath, las aceras solían ser de subida, recordó. Claud la siguió.

 —Ah, el amor —dijo una voz masculina.

 La voz se equivocaba. Muchas veces era Claud el primero, cuando quería parecer superior a Maud, pues sabía que Maud le seguiría de todas maneras. Otras veces era al contrario y no tenía nada que ver con el deseo de aparearse. Al cabo de tres calles, saltando arriba y abajo por los bordillos de las aceras, Maud empezó a cansarse. 

Claud se había equivocado al bajar en aquella parada y Maud se acercó a él y se lo indicó con una mirada y un carraspeo significativo. Ella tampoco sabía dónde estaban, aunque sí sabía que Trafalgar Square estaba en algún sitio por detrás, a su derecha. Al final llegarían a casa sin problemas. Pero aquello no era Hampstead Heath.

 Luego, Maud intuyó o divisó una franja de verde a la izquierda, y con un movimiento de la cabeza que hizo brillar su pecho azul y verde a la luz del sol dirigió a Claud hacia la izquierda. Se detuvieron para dejar pasar un taxi y luego siguieron la marcha, bordillo arriba. Ahora Maud ya veía el verde y aceleró un poco el paso, aleteando mientras sus patas se movían a la vez sobre la acera. Hizo acopio de energías para sobrevolar la barandilla de casi un metro que rodeaba un pequeño parque.

 Había bancos con gente sentada tranquilamente, y una considerable extensión de césped sin recortar, con un estanque en el centro. Maud empezó a picotear.

 Claud vio otras tres palomas, una hembra y dos machos, no muy lejos, en el césped. Seguramente no les recibirían con agrado, pero en aquel momento los dos machos estaban absortos. Maud dijo algo para que Claud probara suerte allí y Claud le replicó enseguida que probara ella. Maud se alejó, dándoles la espalda a todos, incluyendo a Claud. Claud estaba picoteando un gusano y pensando que prefería grano seco cuando uno de los machos se abalanzó volando sobre él.

 El pájaro que le atacó estaba en mejor forma física. Claud sólo se levantó unos centímetros del suelo y se lanzó sobre el otro, pero su gesto no tuvo mucho efecto. Se batió en retirada, andando, agitando las alas y haciendo ruidos para indicar que estaba disgustado pero en absoluto vencido, y que simplemente no se iba a molestar en luchar.

 Maud adoptó una expresión divertida e indiferente.

 De pronto empezó a llover. Claud y Maud avanzaron hacia el árbol más cercano. Tenía todo el aspecto de que la lluvia iba a persistir. ¿Debían tomar el metro para llegar a casa? Sólo era media tarde. La lluvia haría salir los gusanos, tal vez un caracol o dos. De pronto, Maud voló hacia Claud y le atacó en el cogote.

 Claud ya estaba de malhumor y se alejó hacia un camino. Cuando llegó a la acera, giró rápidamente a la izquierda. Aquél era el camino del metro, pensó, y también era la dirección de casa.

 Maud le siguió, odiándose a sí misma por seguirle, pero consolándose con el hecho de que tenía a Claud controlado y que aquélla era la dirección de Trafalgar Square. Ya le llegaría el día a Claud, pensó Maud. Si se esforzaba un poco, un macho más joven podía invadir su casa y expulsar a Claud. Aquello le enseñaría a...

 ¡Blam!

 ¿Qué era aquello?

 La oscuridad había caído sobre ella. Claud también estaba allí con ella, haciendo ruidos y aleteando.

 Maud oyó risas de niños. ¡Una caja! A Maud ya le había pasado antes y había escapado, recordó. La caja de cartón se arrastró por la acera, aprisionándole dolorosamente una de las patas. Ella y Claud se encontraron de pronto volcados, patas arriba, vieron un breve trozo de cielo y luego una desagradable cubierta que cayó sobre la caja y fueron empujados y sacudidos mientras los niños corrían. Bajaron unas escaleras. Los niños tiraron a Maud y Claud al suelo de una habitación fuertemente iluminada. Ahora estaban dentro de una casa.

 Una mujer gritó algo.

 Los dos niños se reían.

 Maud voló sobre una mesa. Era la cocina de uno de esos edificios que Claud y ella habían observado muchas veces por la ventana de un semisótano.

 —¿Qué vas a hacer con ellos? ¡Aaah!

 Claud se había ido a posar en el borde del fregadero. Un niño fue a buscarlo y Claud saltó a un rincón junto a una puerta que tenía una rendija abierta.

 Un niño esparció pan por el suelo, pero Claud lo ignoró. A Claud le interesaba la puerta, Maud se dio cuenta, pero pensó que tal vez el resto de la casa estuviera cerrado, entonces, ¿para qué serviría la puerta? En ese momento Maud defecó.

 Aquello provocó un grito de la mujer. ¡Dios mío! Maud sabía que su excremento podía tener consecuencias: significaba desprecio, por ejemplo. A Maud le habían dado una patada alguna vez —deliberada— cuando lo había hecho en su propio terreno, Trafalgar Square, sin pretender insultar a nadie. Pero aquella gente no era normal, la mayoría estaba loca. No podía predecirse lo que iba a hacer la gente. Cacahuetes en un momento dado y al momento siguiente un palo.

 La mujer seguía parloteando. Hubo un chillido de los chicos y luego se abalanzaron sobre Claud con los brazos abiertos, intentando atraparlo. Claud levantó el vuelo y dejó caer su excremento, que aterrizó en la cara de uno de los chicos. Se oyeron risas. Claud se tambaleó sobre un tendedero de ropa que había cerca del techo, oscilando.

 Entró un hombre de voz estentórea. Maud le detestó nada más verlo. El hombre pronunció un largo y rugiente discurso y luego se acercó a Maud y le habló con más suavidad. Maud dio dos pasos atrás, chocó contra una tapa de porcelana de algo, sin quitarle ojo al hombre, dispuesta a unirse a Claud si el hombre se le acercaba más. Pero él salió de la cocina.

 La mujer estaba haciendo palomitas en el fogón. Maud y Claud reconocieron el olor. Mientras, los niños se reían estúpidamente junto al fregadero. El hombre volvió con una especie de trípode alto. Se encendieron unas luces muy brillantes. Entonces Maud y Claud lo entendieron. 

Habían visto lo mismo en Trafalgar Square, a gran escala: trípodes, plataformas móviles, luces terribles por todas partes que convertían la noche en día. Ahora la luz daba directamente en los ojos de Maud y ella empezó a dar vueltas. La cámara zumbaba. Maud quería volver a defecar, pero no pudo.

 —¡Palomitas! —gritó el hombre.

 —¡Ya van! —La mujer se acercó con la sartén justo a tiempo de chocar con Claud, que se dirigía a la ventana intentando escapar. Esperaba que la parte de arriba estuviera abierta, pero antes de poder comprobarlo ya estaba tumbado de lado en el suelo. Se levantó. La mujer echó palomitas en el suelo junto a él, y Claud las rechazó como si fueran venenosas.

 —¡Ja, ja! —se rió el hombre—. ¡Asústales otra vez, Simon!

 El más pequeño de aquellos dos odiosos niños agitó los brazos hacia Maud mientras el otro saltaba hacia Claud.

 Maud y Claud se levantaron batiendo las alas fuertemente. Claud cayó como una gruesa águila en la frente y el pelo del niño mayor, sacando las uñas.

 —¡Ay! —gritó el niño.

 Maud se contentó con darles dos fuertes picotazos a las mejillas del pequeño, además de clavar las uñas todo lo que pudo, antes de saltar justo a tiempo para escapar del puño del hombre. Maud comprendió que iba a ser una lucha por la vida, y que ella y Claud estaban atrapados.

 La mujer intentaba atizar a Claud con una escoba, pero fallaba cada vez.

 —¡Abrid la ventana! ¡Dejadlas salir!

 —¡Voy a torcerles el pescuezo! ¡Están locas! —gritó el hombre de cara colorada, dirigiéndose a la ventana.

 Maud se dio cuenta de que el hombre estaba furioso, pero ¿quién les había llevado allí sino aquellos repulsivos hijos suyos? Maud atacó al hombre justo cuando abría la ventana desde arriba. El apartó a Maud con un codo y agachó la cabeza.

 Claud salió volando por la ventana.

 —¡Usa la escoba! —gritó la mujer, ofreciéndosela al hombre.

 Maud esquivó la escoba, voló al escurridero de platos que había sobre la pila, intentó agarrarse a un platillo, y mientras volaba hacia la ventana, el platillo cayó en el fregadero y se hizo añicos.

 Otro grito de la mujer y un rugido del hombre que se desvanecieron mientras Maud se alejaba. Voló unos cuantos metros con la energía que le daba su ira, y luego descendió hasta la civilizada acera para poder andar normalmente y recuperar el aliento. ¡Qué alivio salir de aquella casa de locos! ¡Dios mío! ¡Alguien tendría que denunciar a aquella gente! 

Maud levantó la cabeza con orgullo, impulsando el pico a cada paso. Había grupos de gente que luchaba a favor de las palomas. Ella había visto a algunos en Trafalgar Square impidiendo que los niños usaran armas o incluso que les tiraran cosas a las palomas. Si alguna vez atrapaban a aquella familia, les harían pagar por aquello.

 ¿Dónde estaba Claud?

 Maud se detuvo y se volvió. No es que le importara mucho dónde estaba. Si iba directamente a casa, como pretendía, Claud aparecería aquella misma noche, no tenía ninguna duda. ¿Y acaso la había ayudado él hasta ahora en algo? No.

 Entonces oyó su voz. Claud apareció tras ella, acercándose sobre las patas y las alas, con aspecto de estar exhausto. Maud sacudió las alas y continuó adelante. Claud avanzaba junto a ella, protestando un poco, como hacía Maud, pero sus sonidos se fueron calmando gradualmente. Después de todo, eran libres otra vez y estaban andando en dirección a casa. 

De pronto, Maud se dirigió a un autobús. Claud la siguió, y se instalaron con dificultad en el techo del vehículo. Algunos autobuses daban unos bandazos terribles. Tuvieron que cambiar a otro, esperando que les llevara, pero su instinto era correcto y pronto se encontraron traqueteando por Haymarket. ¡Casa! Y aún no estaba oscuro. El cielo era de un azul grisáceo y el sol se estaba poniendo.

 Todavía tenían tiempo de picotear un poco en Trafalgar Square antes de retirarse, pensó Maud. Claud estaba pensando lo mismo, así que dejaron el autobús en Whitehall y se deslizaron al territorio familiar.

 No quedaban muchas palomas por allí. Las luces se encendían en los escaparates. Las migajas y restos eran pocos y estaban pisoteados. Y Maud se sintió cansada y débil.

 Claud impulsó la cabeza hacia ella y cogió un pedacito de cacahuete que Maud estaba a punto de alcanzar.

 Maud voló hacia él, agitando las alas. ¿Por qué seguía con él? Egoísta y avaricioso... ¡No podía contar con él para nada, ni siquiera para vigilar el nido cuando tenía un huevo!

 Claud quiso vengarse con un maligno picotazo en el ojo de Maud, pero falló y le dio en la cabeza.

 Entonces, de pronto —imposible decir quién de los dos se movió primero—, atacaron a un cochecito que pasaba. Fueron por el bebé, las mejillas, los ojos. La joven que empujaba el cochecito soltó un grito y empezó a golpear a las palomas. 

Maud quedó fuera de combate durante unos segundos, pero enseguida se unió a Claud en el cochecito. Dos personas corrieron hacia allí y las palomas salieron volando. Volaron sobre las cabezas de sus frustrados atacantes y se unieron a un grupo de más de veinte palomas que picoteaban en torno a una papelera.

 Cuando las dos personas y la mujer del cochecito se acercaron a las palomas, Maud y Claud no sentían ningún miedo, aunque algunas de las demás palomas levantaron la vista, asustadas por las voces iracundas.

 Uno de los humanos, un hombre, corrió entre las palomas, pateándolas, agitando los brazos y gritando. La mayoría de las palomas emprendieron un perezoso vuelo. Maud se dirigió a casa, al nicho situado tras el bajo muro de piedra, y cuando llegó, Claud ya estaba allí. 

Se prepararon para dormir, demasiado cansados incluso para intercambiar sonidos de protesta. Pero Maud no estaba tan cansada como para olvidar el medio cacahuete que Claud le había arrebatado. ¿Por qué vivía con él? ¿Por qué vivía allí, por qué vivían los dos juntos allí, corriendo el riesgo de ser capturados a diario, como aquel día, o pateados por gente que se molestaba incluso si defecaban? ¿Por qué? Maud se quedó dormida, exhausta de tanto descontento.

 El incidente de las palomas de Trafalgar Square con el bebé picoteado, que se quedó ciego de un ojo, inspiró un par de cartas al Times. Pero nadie hizo nada al respecto. 

Desde allá - Emilia Pardo Bazán


Don Javier de Campusano iba acercándose a la muerte, y la veía llegar sin temor, arrepentido de sus culpas; confiaba en la misericordia de aquel que murió por tenerla de todos los hombres. 

Sólo una inquietud lo acuciaba algunas noches de esas en que el insomnio fatiga a los viejos. Pensaba que, faltando él, entre sus dos hijos y únicos herederos nacerían disensiones, acerbas pugnas y litigios por cuestión de hacienda. 

Era don Javier muy acaudalado propietario, muy pudiente señor; pero no ignoraba que las batallas más reñidas por dinero las traban siempre los ricos. 

Ciertos amarguísimos recuerdos de la juventud contribuían a acrecentar sus aprensiones. Acordábase de haber pleiteado largo tiempo con su hermano mayor; pleito intrincado, encarnízado, interminable, que empezó entibiando el cariño fraternal y acabó por convertirlo en odio sangriento. 

El pecado de desear a su hermano toda especie de males, de haber injuriado y difamado, y hasta, ¡tremenda memoria!, de haberlo esperado una noche en las umbrías de un robledal con objeto de retarle a espantosa lucha, era el peso que por muchos años tuvo sobre su conciencia don Javier. 

Con la intención había sido fratricida, y temblaba al imaginar que sus hijos, a quienes tanto amaba, llegasen a detestarse por un puñado de oro. 

La naturaleza había dado a don Javier elocuente ejemplo y severa lección: sus dos hijos, varón y mujer, eran mellizos; al enviarlos al mundo a la misma hora, Dios les había mandado imperatívamente que se amaran; y herida desde su nacimiento la imaginación de don Javier, sólo cavilaba en que podían, sin embargo, aborrecerse hasta llegar al crimen. 

Para evitar que los celos de la ternura paternal engendrasen el odio, don Javier dio a su hijo la carrera militar y lo tuvo casi siempre apartado de sí; sólo cuando conoció que la vejez y los achaques lo empujaban a la tumba llamó a José María y permitió que sus cuidados filiales alternasen con los de María Josefa. 

A fuerza de reflexiones, el viejo había formado un propósito, y empezó a cumplirlo llamando aparte a su hija, en gran secreto, y diciéndole: Hija mía, antes de que llegue tu hermano tengo que enterarte de algo que te importa. Óyeme bien, y no olvides ni una sola de mis palabras. No necesito afirmar que te quiero mucho; pero, además, tu sexo debe ser protegido de un modo especial y recibir mayor favor. He pensado en mejorarte, sin que nadie te pueda disputar lo que te regalo. Así que yo cierre los ojos..., así que reces un poco por mí..., te irás al cortijo de Guadeluz, y en la sala baja, donde está aquel arcón muy viejo y muy pesado que dicen es gótico, contarás a tu izquierda, desde la puerta, dieciséis ladrillos -¡fíjate, dieciséis!, una onza de ladrillos, ¿entiendes? - y levantarás el que hace diecisiete, que tiene como la señal de una cruz, y algunos más alrededor. Bajo los ladrillos verás una piedra y una argolla; la piedra, recibida con argamasa fuerte. Quitarás la argamasa, desquiciarás la piedra y aparecerá un escondrijo y en él un millón de reales en peluconas y centenes de oro. ¡Son mis ahorros de muchos años! El millón es tuyo, sólo tuyo; a ti te lo dejo en plena propiedad. Y ahora, chitón, y no volvamos a tratar este asunto. ¡Cuando yo falte ... ! 

María Josefa sonrió dulcemente, agradeció en palabras muy tiernas, y aseguró que deseaba no tener jamás ocasión de recoger el cuantioso legado. Llegó José María aquella misma noche y ambos hermanos, relevándose por turno, velaron a don Javier, que decaía a ojos vistas. 

No tardó en presentarse el último trance, la hora suprema, y en medio de las crispaciones de una agonía dolorosa, notó María Josefa que el moribundo apretaba su mano de un modo significativo, y creyó que los ojos, vidriosos y sin luz interior, decían claramente a los suyos: “Acuérdate, dieciséis ladrillos... Un millón de reales en peluconas...”. 

Los primeros días después del entierro se consagraron, naturalmente, al duelo y a las lágrimas, a los pésames y a las efusiones de tristeza. Los dos hermanos, abatidos y con los párpados rojos, cambiaban pocas palabras, y ninguna que se refiriese a asuntos de interés. 

Sin embargo, fue preciso abrir el testamento; hubo que conferenciar con escribanos, apoderados y albaceas, y una noche en que José María y María Josefa se encontraban solos en el vasto salón de recibir, y la luz desfallecida del quinqué hacía, al parecer, visibles las tinieblas, la hermana se aproximó al hermano, lo tocó en el hombro, y murmuró tímidamente, en voz muy queda: 

- José María, he de decirte una cosa..., una cosa muy rara... de papá. 
- Di, querida ... ¿Una cosa rara?

- Sí, verás ... No te admires... Hay un millón de reales en monedas de oro, escondido en el cortijo de Guadeluz. 
- ¡No, tonta! -exclamó sobrecogido y con súbita vehemencia José María-. No has entendido bien. ¡Ni poco ni mucho! Donde está oculto ese millón es en la Corchada. 
- ¡Por Dios, Joselillo! Pero si papá me lo explicó divinamente, con pelos y señales... Es en la sala baja; hay que contar dieciséis ladrillos a la izquierda, desde la puerta, y al diecisiete está la piedra con argolla que cubre el tesoro. 
- ¡Te aseguro que te equivocas, mujer! Papá me dio tales pormenores, que no cabe dudar. En la dehesa, junto al muro del redil viejo, que ya se abandonó, existe una especie de pilón donde bebía el ganado. Detrás hay una arqueta medio arruinada, y al pie de la arqueta una losa rota por la esquina. Desencajando esa losa se encuentra un nicho de ladrillo, y en él un cofrecillo con un millón de peluconas y centenes... 
- Hijo del alma, ¡pero si es imposible! Créeme a mí, cuando papá te llamó estaba ya peor, muy en los últimos; quizá la cabeza suya no andaba firme, ipobrecíto! Yo tengo sus palabras aquí esculpidas... 
- María - declaró José cogiendo la mano de la joven, después de meditar un instante -, lo cierto es que hay dos depósitos, y sólo así nos entenderemos. Papá me advirtió que me dejaba ese dinero exclusivamente a mí... 
- Y a mí que el de Guadeluz era únicamente mío... 
- ¡Pobre papá! murmuró conmovido el oficial ¡Qué cosa más extraña! Pues... si te parece, lo que debe hacerse es ir a Guadeluz primero y a la Corchada después. Así saldremos de 
dudas. ¡Qué gracioso sería que no hubiese sino uno! 
- Dices bien confirmó María Josefa triunfante Primero adonde yo digo, ¡verás cómo allí está el tesoro! 
- Y también porque tuviste el acierto de hablar antes, ¿verdad, chiquilla? 
- Has de saber... que yo no te lo decía porque temía afligirte; podías creer que papá te excluía, que me prefería a mí.... ¿qué sé yo? Pensaba sacar el depósito y darte la mitad sin decirte la procedencia. Ahora veo que fui tonto. 
- No, no; tenías razón -repuso María, confusa y apurada -. Soy una parlanchina, una imprudente. Debió prevenírseme eso... Debí buscar el tesoro y hacer como tú, entregártelo sin decir de dónde venía... ¡Qué falta de pesquis!

- Pues yo deploro que te hayas adelantado -contestó sinceramente José, apretando los finos dedos de su hermana. 

De allí a pocos días los mellizos hicieron su excursión a Guadeluz y encontraron todo puntualmente como lo había anunciado María Josefa. El tesoro se guardaba en un cofrecito de hierro cerrado; la llave no apareció. Cargaron el cofre, y sin pensar en abrirlo siguieron el viaje a la Corchada, donde al pie de la derruida arqueta hallaron otra caja de hierro también de igual peso y volumen que la primera. 

Lleváronse a casa las dos cajas en una sola maleta; encerráronse de noche, y José María, provisto de herramientas de cerrajero, las abrió, o mejor dicho, forzó y destrozó el cierre. 

Al saltar las tapas, brillaron las acumuladas monedas, las hermosas onzas y las doblillas; los hermanos, sin contarlas, unieron ambos caudales y los derramaron sobre la mesa, donde se mezclaron como Pactolos que confunden sus aguas maravillosas. De pronto María se estremeció. 
- Mira, José María, en el fondo de mi caja hay un papel arrollado. 
- Y otro en la mía - observó el hermano. 
- Es letra de papá. 
- Letra suya es. 
- El tuyo, ¿qué dice? 
- Aguarda.... acerca la luz... Dice así: “Hijo mío, si lees esto a solas, te compadezco y te perdono; si lo lees en compañía de tu hermana, salgo del sepulcro a bendecirte...”.
- El sentido del mío es idéntico - exclamó después de un instante, sollozando y riendo a la vez, María Josefa. 

Los mellizos soltaron los papeles, y por encima del montón de oro, pisando monedas esparcidas en la alfombra, se tendieron los brazos y estuvieron abrazados buen rato. 

Adiós, Mr. Bliss - Joseph Payne Brennan

    

El 30 de junio, un día antes de que la Biblioteca Lockridge cerrara sus puertas durante los meses de verano, Mr. Bliss, bibliotecario jefe, hizo acudir a su despacho a Miss Quinby para informarla de que sus servicios no serían ya necesarios al terminar el año.

Miss Quinby se sentó en silencio, con los fatigados ojos llenos de lágrimas. Había servido fielmente a la Biblioteca Lockridge por espacio de treinta y cinco años. Al cabo de otros cinco años hubiera podido jubilarse con una pensión.

Mr. Bliss jugueteó con su pisapapeles.

—No hay por qué tomárselo así, Miss Quinby. Tiene usted seis meses para encontrar otro empleo. Con su experiencia, estoy convencido de que no será problema.

Miss Quinby no dijo nada.

Mr. Bliss carraspeó. Su voz sonó ligeramente irritada.

—En realidad, creo que me estoy portando de un modo muy generoso con usted. Tendrá sus dos meses de vacaciones pagadas, y luego otros cuatro meses para buscar empleo. Seguramente…

—Preferiría quedarme aquí —dijo Miss Quinby.

Mr. Bliss sacudió la cabeza con cierta vehemencia.

—La cosa está decidida, Miss Quinby. Como ya le he dicho, carece usted de los conocimientos indispensables en estos días. No tiene usted ningún título universitario…, ni siquiera académico. Sus servicios han sido siempre muy… limitados. La Biblioteca Lockridge va a experimentar una profunda transformación. Contrataremos únicamente personal especializado. Su trabajo será realizado mucho más eficazmente por una joven bibliotecaria profesional, con los indispensables estudios.

«Una joven bibliotecaria profesional —pensó Miss Quinby amargamente— con las indispensables curvas».

Las sonrosadas mejillas de Mr. Bliss se tiñeron de rojo, como si hubiera leído los pensamientos de Miss Quinby.

—Creo que esto es todo —dijo.

—Si escribo al Comité de la Biblioteca —insistió Miss Quinby—, tal vez…

—Será inútil —la interrumpió Mr. Bliss—. El Comité no es más que un organismo asesor. Ni siquiera les he informado de esta decisión, pero si usted quiere hacerlo le aseguro que perderá el tiempo.

Miss Quinby sabía que era cierto. Desde su llegada, hacía poco más de un año, Mr. Bliss había manejado a su antojo al Comité. Ni uno solo de sus miembros se atrevió a enfrentarse con él.

Aunque sabía que no había ninguna esperanza, Miss Quinby continuó sentada, tratando desesperadamente de encontrar algo más que decir. Era todo tan injusto, tan cruel…, tan innecesario… A su edad no le sería fácil encontrar otro empleo, ni siquiera con su experiencia. Y si lo encontraba, se vería obligada a aceptar un sueldo mucho más bajo. Y echaría de menos a sus amigos, a sus…

Mr. Bliss se puso en pie, con el ceño fruncido.

—Desde luego —advirtió en tono severo—, si trata usted de complicar las cosas la pondré de patitas en la calle inmediatamente.

Miss Quinby se apresuró a levantarse. Sabía que Mr. Bliss cumpliría su amenaza. La aborrecía. Le había amargado la vida desde su llegada. Miss Quinby había hecho lo imposible por cumplir sus más caprichosas e irrazonables órdenes. Pero no le sirvió de nada. Y ahora no se atrevía a discutir con él. Necesitaría los seis meses.

Se dirigió hacia la puerta.

—Gracias —dijo, e inmediatamente se odió a sí misma por haberlo dicho.

Mr. Bliss inclinó la cabeza de un modo casi imperceptible.

De regreso en su oficina, Miss Quinby se sentó ante su escritorio y se quitó las empañadas gafas. Estaba demasiado aturdida para llorar. La entrevista con Mr. Bliss tenía un aire de irrealidad. Una pequeña parte de su mente trataba de convencerla de que no había sucedido nada, en realidad, de que todo el asunto era una especie de error que podía ser enmendado.

Las empleadas más jóvenes se marchaban temprano, como era costumbre el día anterior al comienzo de las vacaciones, y Miss Quinby pudo oír su alegre cháchara mientras sus tacones repiqueteaban en el pasillo.

Pasaron junto al despacho de Mr. Bliss.

«¡Adiós, Mr. Bliss!». «¡Feliz verano, Mr. Bliss!». «¡Felices vacaciones, Mr. Bliss!». «¡Adiós, Mr. Bliss!». «Adiós…».

Miss Quinby se puso bruscamente en pie y cerró la puerta de su oficina. Maquinalmente, empezó a arreglar los papeles esparcidos sobre su mesa. Trabajaba siempre hasta las cinco, incluso el día anterior al comienzo de las vacaciones. Hoy no sería una excepción. A pesar de lo que había sucedido, no podía inducirse a sí misma a marcharse más temprano.

Unos instantes después recordó que tenía que arreglar su taquilla. Siempre lo había hecho antes de marcharse de vacaciones. Abriendo la puerta, salió al pasillo y se dirigió a los vestuarios.

Al pasar por delante del despacho de Mr. Bliss le oyó hablar. Al parecer, estaba conversando por teléfono.

«Exacto —estaba diciendo—. He planeado unas verdaderas vacaciones. No le he dicho absolutamente a nadie adonde voy a ir. No voy a darle la dirección a nadie. Ni siquiera he hecho ninguna reserva. Emprenderé el viaje esta misma tarde, a las cinco, cuando salga de aquí, y no regresaré hasta septiembre».

Mientras ordenaba su taquilla, Miss Quinby consultó su reloj. Eran las cuatro.

Cuando regresó a su oficina, todo el edificio parecía silencioso y desierto. Mr. Bliss estaba aún en su despacho; permanecería en él hasta las cinco en punto. Aparte de ellos dos, en el edificio sólo había otra persona: Jacobson, el encargado de la limpieza.

Miss Quinby se sentó, apoyó la barbilla entre sus manos y se sumió en profundos pensamientos. Durante más de diez minutos permaneció inmóvil. Con su almidonada blusa blanca de cuello alto, su severa falda negra y sus zapatos de tacones bajos, podía haber sido un maniquí de cera vestido para responder al tradicional concepto de «bibliotecaria» en la mente del público vulgar.

Finalmente, Miss Quinby se puso en pie con una expresión cautelosa y decidida al mismo tiempo. Después de sacar una llave de un cajón de su escritorio que siempre estaba cerrado, salió al pasillo. La luz del despacho de Mr. Bliss continuaba encendida. Dirigiéndose hacia el lado opuesto, Miss Quinby descendió la escalera que conducía al sótano. Jacobson, el encargado de la limpieza, no se veía por ninguna parte.

Una vez en el sótano, Miss Quinby recorrió un largo pasillo, cruzó una especie de arco, se adentró en otro pasillo, más corto, y se detuvo ante una maciza puerta de acero.

Al otro lado de aquella puerta se encontraba el departamento de seguridad de la Biblioteca, una pequeña habitación subterránea donde se guardaban los incunables y otros libros raros y valiosos que no circulaban entre el público ordinario.

Abriendo la puerta de acero con la llave que había sacado del cajón de su escritorio, Miss Quinby pulsó el interruptor de la luz y miró hacia el interior. Las estanterías estaban llenas de libros encuadernados en pergamino.

Vaciló unos instantes, consultando su reloj. Eran las cuatro y media. Volviéndose rápidamente, se dirigió al pasillo principal y entró en el lavabo del sótano. Un momento después volvió a salir llevando un vaso de papel lleno de agua.

Entró en el departamento de seguridad, dejó caer el agua en un rincón, arrugó el vaso de papel, se lo metió en un bolsillo de su falda y salió apresuradamente.

En el pasillo, en una abertura practicada en la pared, había un teléfono interior.

Miss Quinby lo descolgó y marcó el número del despacho de Mr. Bliss.

—Aquí Mr. Bliss, de la Biblioteca Lockridge —dijo la voz del bibliotecario jefe.

—Soy Miss Quinby, Mr. Bliss. Estoy en el sótano. He bajado a guardar un ejemplar en el departamento de seguridad. —Tomó aliento—. En el departamento de seguridad hay agua, Mr. Bliss. En el suelo. Una filtración, seguramente. Alguna cañería, o…

Mr. Bliss gruñó con desesperación.

—¡Precisamente ahora! Bajo en seguida. Trate de localizar a Jacobson.

Un par de minutos después Mr. Bliss se encontraba en el sótano. Estaba furioso.

—¿Dónde está el agua? —preguntó en tono desabrido—. ¿Ha localizado ya a Jacobson?

Miss Quinby señaló el rincón donde había dejado caer el agua.

—Allí. En el suelo.

Cuando vio el pequeño charco, Mr. Bliss frunció el ceño.

—¡Vaya un fastidio! —exclamó, inclinándose para examinarlo más de cerca.

Miss Quinby se agarró con las dos manos al pomo de la puerta de acero y tiró hacia sí. La puerta se cerró con un enorme estrépito. Se oyó el chasquido de la cerradura automática.

Durante unos segundos hubo un silencio absoluto. Luego, Miss Quinby oyó la voz de Mr. Bliss, ahogada y lejana.

—¡Miss Quinby! ¡Abra inmediatamente la puerta!

Miss Quinby esperó. Era posible que Mr. Bliss se hubiera traído la otra llave del departamento de seguridad. Pero la guardaba en un cajón de su escritorio que siempre estaba cerrado y lo más probable era que no se hubiese entretenido en sacarla. Debió pensar que si Miss Quinby había abierto la puerta, forzosamente debía de tener una llave.

Al cabo de unos instantes, Miss Quinby se convenció de que sus previsiones habían sido correctas. Si Mr. Bliss tuviera la llave, ya la hubiera utilizado. En vez de eso, empezó a aporrear la puerta.

—¡Miss Quinby! ¡Miss Quinby! ¡Abra inmediatamente la puerta! ¡Inmediatamente! ¿Se ha vuelto loca?

En su voz había ya un acento de pánico.

Dejando la llave en la cerradura, Miss Quinby recorrió el pasillo interior. Al llegar al arco, se detuvo a escuchar.

Incluso a aquella corta distancia, la voz de Mr. Bliss era apenas audible. Miss Quinby no pudo oír lo que estaba gritando. No estaba segura de que dijera nada. Parecía como si se limitara a gritar.

Miss Quinby subió apresuradamente la escalera, entró en el despacho de Mr. Bliss, encendió la lámpara del escritorio y cerró la puerta.

Cuando apareció Jacobson, Miss Quinby estaba en su propia oficina.

Jacobson asomó la cabeza.

—¿Se ha marchado ya Mr. Bliss, Miss Quinby?

Miss Quinby levantó la cabeza.

—Supongo que sí. ¿Va usted a cerrar pronto?

Jacobson consultó su reloj.

—Dentro de diez minutos, Miss Quinby, si ha terminado usted su trabajo.

Miss Quinby permaneció en su oficina hasta las cinco en punto. Lo más probable era que Jacobson hubiera terminado ya su ronda final por todo el edificio. Pero quería estar segura.

En cuanto Jacobson y ella se hubieran marchado, la Biblioteca permanecería cerrada hasta después de la Fiesta del Trabajo. Dado que Mr. Bliss, soltero, había planeado unas vacaciones «íntimas», sin dejar la dirección a nadie, sin hacer ninguna reserva, nadie se preocuparía por su desaparición hasta que la Biblioteca volviera a abrir sus puertas.

Desde luego, podía ocurrírsele escribir una nota contando lo que había sucedido. Bueno, ya se ocuparía de eso. Resultaría muy desagradable, pero arreglaría las cosas de modo que fuera ella la primera persona que bajara al sótano. Entraría en el departamento de seguridad para comprobar que no había nada que pudiera comprometerla.

Nadie podría demostrar que Mr. Bliss no había quedado encerrado por puro accidente. Supondrían que, después de cerrar su despacho, Mr. Bliss había bajado al sótano para efectuar una inspección de última hora, o quizá para guardar algún libro valioso. Había dejado la llave en la cerradura y, Dios sabe cómo, la puerta se había cerrado…

Nadie, aparte de Mr. Bliss, sabía que Miss Quinby tenía un duplicado de la llave del departamento de seguridad. De acuerdo con las normas de la Biblioteca, la llave tenía que guardarse, encerrada, en el despacho del bibliotecario jefe. Mr. Bliss había permitido que Miss Quinby tuviera un duplicado para evitarse molestias.

Jacobson asomó de nuevo su cabeza.

—¿Ha terminado usted, miss Quinby?

—Sí, Jacobson. Voy a salir con usted.

Se detuvo en la gran escalinata de mármol, mientras Jacobson cerraba la puerta principal.

—Y ahora, hasta que pase la Fiesta del Trabajo —comentó Jacobson, sonriendo.

Miss Quinby sonrió. La Fiesta del Trabajo. El final de las vacaciones. Entonces regresaría a su oficina, pero no para cuatro meses, sino para otros cinco años. Desaparecido Mister Bliss, estaría a salvo. Al Comité de la Biblioteca no se le ocurriría nunca despedirla.

Mientras avanzaba con Jacobson por el enarenado sendero, se volvió a mirar por encima de su hombro.

Con sus grandes persianas echadas y todas las luces apagadas, la Biblioteca Lockridge tenía un aspecto oscuro, frío y repulsivo.

Parecía un mausoleo.

La señorita Winters y el viento - Christine Noble Govan

Mientras permanecía en la esquina, aferrando con fuerza su billete de vuelta de autobús, la señorita Winters sentía un intenso odio hacia el viento. Durante los años que llevaba en aquella espantosa y desagradable ciudad, entre la mujer y el viento se había mantenido un constante estado de guerra. El aire parecía haberla elegido a ella —una solitaria y desamparada figura— para desahogar sus deseos de venganza. Le ladeaba el viejo sombrero de fieltro, le echaba sobre el rostro el revuelto cabello y le subía indecentemente las faldas, dejando a la vista sus negras medias de algodón. Una vez, cuando regresaba a casa desde el trabajo, el viento le arrebató de las manos el billete de vuelta y lo arrojó bajo el autobús que pasaba. Cuando el vehículo hubo desaparecido, la señorita Winters miró entre el polvo y buscó por todas partes; pero el trocito de amarillo papel parecía eludirla. La gente que se arremolinaba a su alrededor casi la empujó bajo un camión y manifestó impacientemente su disgusto contra ella. La cosa había sucedido el día antes de cobrar, cuando la mujer sólo disponía del dinero para pagarse el autobús de la mañana siguiente. Tuvo que hacer a pie el resto del camino a casa; cinco kilómetros, y todos con el viento en contra. Cuando era niña y vivía en el Sur, el viento era una cosa agradable. Las montañas lo mantenían adecuadamente dominado, domándole como se doma a un brioso potro. El aire chocaba contra las cumbres y era troceado en minúsculas partículas por los árboles, que susurraban con un sonido similar al del océano. En los campos, las flores silvestres se mecían con suavidad, formando hermosos mares color rojo dorado. En la escuela, cuando la señorita Winters leía Hiawatha, su delgado rostro se iluminaba momentáneamente ante estas líneas: Como bajo el sol brillan los rizos que el frío viento forma en los ríos. Pero entonces la señorita Winters no sabía realmente lo que era un viento frío. Ahora sí lo sabía. Era algo que se introducía por todos los resquicios y entumecía los pies de la señorita Winters, pese al fuego que tan asiduamente cuidaba. Por las noches, el helado viento se metía con ella en la cama, de forma que hasta su atigrado gato, que permanecía bajo las mantas, se estremecía y durante horas de oscuridad, no paraba de moverse tratando de calentar sus doloridos huesos. El aire se metía bajo el usado abrigo de la mujer, penetrando por el agujero que había hecho en sus pantalones el alambre del tejado en que los tendía. También atravesaba sus remendados guantes, entumeciéndole los dedos hasta que le quemaban en una agonía de frío. Su madre procedía de una agradable región del Sur. Y después de la muerte del padre de la señorita Winters, la anciana señora anheló con todas sus fuerzas volver a su tierra natal. Pero el viento había podido con ella, recordó la señorita Winters, con amargura: tras aguantarlo durante dos temporadas, la pobre murió de pleuresía. Por entonces, la señorita Winters poseía un negocio que funcionaba satisfactoriamente. Se dedicaba a Cos-tura Selecta y Elegante, Precios Razonables. La mujer se había convertido en una solterona de pecho plano, cuyas juveniles ilusiones se redujeron a cenizas años atrás. Confeccionaba ropitas para bebés, con diminutos canesúes bordados; trajes de novia, y bonitos delantales para niñas. La enfermedad y la muerte de su madre representaron grandes gastos. Luego vino la depresión. La señorita Winters se trasladó a barrios peores, barrios que, por lo visto, gustaban mucho al viento, ya que los azotaba constantemente. La mujer se sentía sola, inquieta y, a veces, asustada. El miedo le atenazaba la garganta como si fuese una verdadera mano, haciéndole difícil tragar. Más tarde, la Administración de Proyectos Obreros le facilitó costura. La señorita Winters hizo gruesas chaquetas y pesadas prendas de trabajo. La dura tarea envaró y despellejó sus dedos. No dejaba de pensar en las damas a quienes había vestido de seda y crepé de China y en los bellos trajes que realizara durante su juventud. El peor de los golpes lo recibió al concluir el proyecto obrero. Las mujeres llevaban pantalones, laboraban en las fábricas y compraban ropa hecha. No tenían tiempo para probarse las meticulosas prendas cosidas por la señorita Winters. Las viejas clientes de ésta murieron o se marcharon a Florida, donde el viento era menos cruel. El miedo iba cerniéndose sobre la mujer como una creciente marea. Las manos, que en tiempos bordaron ramilletes de lilas sobre la batista y la estopilla, se habían vuelto artríticas a causa del frío y del tosco trabajo. Todo lo que ahora podía hacer eran zurcidos y, de vez en cuando, algún encargo para una tienda de ropas usadas. El autobús llegó atestado, y la señorita Winters tuvo que ir de pie. En la calle en que vivía, el frío había ma-tado incluso el olor a ajo y a repollo. Pero el viento seguía allí, haciendo volar los papeles, echándole a la cara humo y polvo, y tirando de su sombrero hasta que los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas de impotencia. Para llegar a su cuarto tuvo que subir dos tramos de escalera. El gato esperaba, hecho un ovillo, en medio de la cama. El animal saltó al suelo, estiró su flaco y listado cuerpo y se encaminó hacia su dueña. Era la única criatura que aún la recibía como a una amiga. Gracias al gato, la señorita Winters podía olvidar algunas veces su miedo atenazador. La confianza del animal en ella le daba un poquito de valor y determinación. Sin embargo, también temía por él. Había demasiadas personas que eran malas con los gatos, especialmente si éstos no eran de raza. —¿Estaba solito el minino de mamá? — dijo, con sus agrietados labios —. Mamá va a encender fuego y luego dará de comer a su gatito. El bicho, como apreciando tan patética devoción, se frotó, runruneando, contra la falda de la mujer. La señorita Winters, aún con guantes, puso en la cocina unas astillas y unos preciosos trocitos de carbón y les colocó debajo una cerilla. El maldito viento llegó por la chimenea y apagó la llama, sembrando de cenizas el suelo y manchando los limpios zapatos de la mujer. La señorita Winters consiguió al fin encender un débil fuego. Sobre el fogón colocó un recipiente para preparar el té. Mientras el agua se calentaba, la mujer se sentó en la mecedora de abombado asiento que había frente al fuego, con las piernas cómodamente extendidas y los brazos doblados contra el cuerpo para darse calor. El gato saltó a su regazo, dándole suaves cabezazos en la barbilla. La solterona, agradecida, le abrazó. El animal ponía una nota de vida en el desnudo cuarto. Era algo que le hacía olvidar un poco la creciente marea de su miedo: el alquiler, que se llevaba todo lo que ganaba en la tienda, los treinta y siete centavos que debía al lechero, las suelas de sus zapatos... El miedo siempre estaba allí. Atormentada por él, la anciana había estropeado una prenda en la ropavejería y casi perdido su día de trabajo. Al recordarlo, le invadía un frío que no era debido al viento, precisamente. El gato, sobre su falda, frotaba la suave nariz contra el rostro de la señorita Winters, a la vez que emitía un sonido que era, a un tiempo, ronroneo y maullido. En un repentino arranque de ternura, la señorita lo atrajo hacia sí, y el animal la miró con aire presuntuoso. Sus ojos eran como pálidas lunas verdes con misteriosas manchas doradas. La solterona se levantó y preparó el té. Luego echó un poco de leche y parte del agua caliente en una fuentecita, para el gato. De su bolso extrajo un hueso de chuleta que había conseguido le diera una de sus compañeras de trabajo. El hueso aún tenía una tira de carne y de ella emanaba un fuerte olor a pimienta y a frito. La mujer arrancó la carne, mirando, avergonzada, el desnudo cuarto. Luego comió lentamente, mientras lágrimas de autocompasión le llenaban los ojos. Después se agachó y colocó el hueso, al que aún estaba adherida la grasa, en la fuentecilla del gato. El animal dejó la leche y comenzó a roer el sebo mientras movía el rabo como muestra de satisfacción. La señorita Winters se quitó el sombrero y comenzó a beber el té. Tomó asiento y fue dando pequeños sorbos a la infusión, mientras contemplaba al gato, deleitándose con los graciosos movimientos del animal y con la maravilla de sus verdes y profundos ojos. Cada vez hacía más viento. A medida que la oscuridad aumentaba, la habitación se enfriaba más y más. La señorita Winters se quitó la ropa de salir a la calle, fue a buscar su bata de franela y la puso a caldear junto al fuego. Calentó más agua y llenó con ella una botella para meterla entre las frías sábanas. En seguida, armada con el gato y la botella, y tras remover los carbones para que el fuego durase el mayor tiempo posible, se introdujo en la cama. La bombilla que había junto al mueble apenas daba la luz suficiente para leer la sensacional revista de historias amorosas que cada noche ayudaba a la solterona a olvidar sus problemas. Horas más tarde se despertó. El viento, no contentándose con atormentarla de día, convirtiendo cada una de las horas de luz en un suplicio, tenía que desvelarla por la noche con el fin de devolverla a la miseria de que los sueños la libraban brevemente. El aire rugía en torno a la chimenea y golpeaba las ventanas hasta hacerlas temblar en sus marcos. La que la señorita Winters había pegado con un gran trozo de papel de goma parecía abombarse como si en cualquier momento fuera a reventar, llenando la habitación de cristales. En el tejado algo se soltó y quedó allí, batiendo y saltando, haciendo imposible el sueño. El frío parecía algo tangible, que recorría la columna vertebral de la anciana, mordía su rostro y punzaba sus pies, donde la ya helada botella se burlaba de cualquier idea de comodidad. La mujer dio la luz, como si eso pudiera calentarla. El gato se rebulló y comenzó a moverse nerviosamente por la cama. De pronto se produjo una ráfaga de viento más fuerte que las demás. Se oyó un fuerte ulular y la ventana rota saltó. El cristal penetró en la habitación como si fuera metralla. El gato brincó al suelo y, en medio del salto, fue alcanzado por una arista de vidrio. El animal lanzó un último maullido y cayó inerte. Sobre la amarilla alfombrilla, las manchas de sangre parecieron pétalos de rosa. La señorita Winters se levantó de entre las gruesas mantas. Tenía frío, pero el de ahora estaba producido por una insensata furia. Pasó entre los fragmentos de cristal y recogió el inerte cuerpo del animalito. Los maravillosos ojos verdes aparecían vidriados, y la sangre caía en cálidas gotas sobre los pies, enfundados en medias, de la mujer. La señorita Winters permaneció allí, inmóvil, durante mucho, mucho tiempo. Al fin dejó al gato en el suelo y dijo, con expresión ausente: —Esto ya ha ido demasiado lejos. Al menos, ahora ya sabía lo que debía hacer y, por consecuencia, se sentía tranquila. Se acercó a la cama, apartó las mantas, el abrigo que llevaba durante el día, la colcha que confeccionara con los retales del terciope-lo y la seda de sus días más felices. Tomó la sábana, inmensa y llena de remiendos, y se quedó mirándola pensativamente. Todo era tan claro, tan sencillo, que la señorita Winters se preguntó cómo no se le había ocurrido antes.
Debía atrapar el viento y encerrarlo herméticamente dentro de algo, de forma que nunca pudiera escaparse, para asustar y dejar ateridas a pobres ancianas, manteniéndolas despiertas y conscientes de su miseria, matando sus gatos... La mujer se puso los zapatos y, sin dirigir una sola mirada al animal muerto, abrió la puerta y comenzó a bajar resueltamente las escaleras. "¿Quién ha visto al viento?", cantó, con la atiplada voz de su niñez, mientras el aire la zarandeaba y trataba de arrebatarle la sábana. —¡Ja, ja! —rió la señorita, entre dientes, aferrando con más fuerza el enorme trozo de tela—. ¡Esta vez, no, querido amigo! ¡Esta vez, no! "¿Quién ha visto al viento? ¿Adonde se va el aire? ¡Arriba, arriba, arriba! ¡Hasta llegar al cielo! Miró hacia el campanario de la iglesia. Era el edificio más alto que había a la vista. Incluso en aquella noche brillaba como una arista reluciente. A su gato le había matado una arista. Ella mataría al viento. —R.I.P. —dijo sonriendo la mujer. A la torre de la iglesia se llegaba a través de una puertecita que había en la parte trasera. Tal como la señorita Winters esperaba, no estaba cerrada. Sin un momento de vacilación, la solterona comenzó su decidido ascenso. Cada vez más arriba, dando vueltas y vueltas, tropezando con la sábana, pisándose el borde del abrigo, dando traspiés, riéndose y volviendo a ascender. En el interior de la torre no había viento; pero aquello no la disuadió de su idea. El aire la estaba aguardando allá arriba... ¡y ella le aguardaría a él! Al fin llegó al pequeño cuarto donde se encontraban las campanas, una habitación cuadrada, con arcos góti-cos y una terraza abierta por un lado. El viento estaba allí, tal como la anciana había esperado, rugiendo como un león. Pero la señorita Winters ya no le tenía miedo. —¡Ahora veremos! —gritó, feliz—. ¡Ahora veremos! Sacudió la sábana. Como es lógico, el viento trató de arrebatársela; pero ella, diestramente, agarró las cuatro esquinas y salió a la pequeña terraza abierta. Allá abajo, las luces de la ciudad brillaban y parpadeaban. La señorita Winters las miró plácidamente, como diciendo: —¡Contémplenme! ¡Estoy dándole su merecido, de una vez para siempre, a este asqueroso viento! Fue precisamente entonces cuando una ráfaga de aire la fustigó. Sopló furiosamente y ella la atrapó en la sábana, que se hinchó como una inmensa hogaza de pan en el horno. La anciana tuvo que dar unos pasos para apoderarse del viento; pero al fin lo tenía allí. ¡Se sentía tan feliz, que le pareció caminar por el aire! Miró hacia abajo y pudo ver que las luces se precipitaban hacia ella. Antes de morir, la señorita Winters pasó por un momento aterrador... Un momento durante el que se dio cuenta de que el viento había ganado.