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Hechos tocantes al difunto Arthur Jermyn y su Familia - H. P. Lovecraft (Parte 2)

 II

 Arthur Jermyn era hijo de sir Alfred Jermyn y una cantante de music-hall de antecedentes desconocidos. Cuando el marido y padre abandonó a su familia, la madre llevó al niño a la Casa de los Jermyn, donde no quedaba nadie que se opusiera a su presencia. No carecía ella de idea sobre lo que debe ser la dignidad de un noble, y cuidó que su hijo recibiese la mejor educación que su limitada fortuna le podía proporcionar. 

Los recursos familiares eran ahora dolorosamente exiguos, y la Casa de los Jermyn había caído en penosa ruina; pero el joven Arthur amaba el viejo edificio con todo lo que contenía. A diferencia de los Jermyn anteriores, era poeta y soñador. Algunas de las familias de la vecindad que habían oído contar historias sobre la invisible esposa portuguesa de Wade Jermyn afirmaban que estas aficiones suyas revelaban su sangre latina; pero la mayoría de las personas se burlaban de su sensibilidad ante la belleza, atribuyéndola a su madre cantante, a la que no habían aceptado socialmente. 

La delicadeza poética de Arthur Jermyn era mucho más notable si se tenía en cuenta su tosco aspecto personal. La mayoría de los Jermyn había tenido una pinta sutilmente extraña y repelente; pero el caso de Arthur era asombroso. Es difícil decir con precisión a qué se parecía; no obstante, su expresión, su ángulo facial, y la longitud de sus brazos producían una viva repugnancia en quienes lo veían por primera vez.

La inteligencia y el carácter de Arthur Jermyn, sin embargo, compensaban su aspecto. Culto, y dotado de talento, alcanzó los más altos honores en Oxford y parecía destinado a restituir la fama de intelectual a la familia. Aunque de temperamento más poético que científico, proyectaba continuar la obra de sus antepasados en arqueología y etnología africanas, utilizando la prodigiosa aunque extraña colección de Wade. 

Llevado de su mentalidad imaginativa, pensaba a menudo en la civilización prehistórica en la que el explorador loco había creído absolutamente, y tejía relato tras relato en torno a la silenciosa ciudad de la selva mencionada en las últimas y más extravagantes anotaciones. Pues las brumosas palabras sobre una atroz y desconocida raza de híbridos de la selva le producían un extraño sentimiento, mezcla de terror y atracción, al especular sobre el posible fundamento de semejante fantasía, y tratar de extraer alguna luz de los Jatos recogidos por su bisabuelo y Samuel Seaton entre los onga.

En 1911, después de la muerte de su madre, Arthur Jermyn decidió proseguir sus investigaciones hasta el final. Vendió parte de sus propiedades a fin de obtener el dinero necesario, preparó una expedición y zarpó con destino al Congo. Contrató a un grupo de guías con ayuda de las autoridades belgas, y pasó un año en las regiones de Onga y Kaliri, donde descubrió muchos más datos de lo que él se esperaba. 

Entre los kaliri había un anciano jefe llamado Mwanu que poseía no sólo una gran memoria, sino un grado de inteligencia excepcional, y un gran interés por las tradiciones antiguas. Este anciano confirmó la historia que Jermyn había oído, añadiendo su propio relato sobre la ciudad de piedra y los monos blancos, tal como él la había oído contar.

Según Mwanu, la ciudad gris y las criaturas híbridas habían desaparecido, aniquiladas por los belicosos n’bangus, hacía muchos años. Esta tribu, después de destruir la mayor parte de los edificios y matar a todos los seres vivientes, se había llevado a la diosa disecada que había sido el objeto de la incursión: la diosa-mono blanca a la que adoraban los extraños seres, y cuyo cuerpo atribuían las tradiciones del Congo a la que había reinado como princesa entre ellos.        

Mwanu no tenía idea del aspecto que debieron de tener aquellas criaturas blancas y simiescas; pero estaba convencido de que eran ellas quienes habían construido la ciudad en ruinas. Jermyn no pudo formarse una opinión clara; sin embargo, después de numerosas preguntas, consiguió una pintoresca leyenda sobre la diosa disecada.

La princesa-mono, se decía, se convirtió en esposa de un gran dios blanco llegado de Occidente. Durante mucho tiempo, reinaron juntos en la ciudad; pero al nacerles un hijo, se marcharon de la región. Más tarde, el dios y la princesa habían regresado; y a la muerte de ella, su divino esposo había ordenado momificar su cuerpo, entronizándolo en una inmensa construcción de piedra, donde fue adorado. Luego volvió a marcharse solo. 

La leyenda presentaba aquí tres variantes. Según una de ellas, no ocurrió nada más, salvo que la diosa disecada se convirtió en símbolo de supremacía para la tribu que la poseyera. Este era el motivo por el que los n’bangus se habían apoderado de ella. Una segunda versión aludía al regreso del dios, y su muerte a los pies de la entronizada esposa. En cuanto a la tercera, hablaba del retorno del hijo, ya hombre —o mono, o dios, según el caso—, aunque ignorante de su identidad. Sin duda los imaginativos negros habían sacado el máximo partido de lo que subyacía debajo de tan extravagante leyenda, fuera lo que fuese.

Arthur Jermyn no dudó ya de la existencia de la ciudad que el viejo Wade había descrito; y no se extrañó cuando, a principios de 1912, dio con lo que quedaba de ella. Comprobó que se habían exagerado sus dimensiones, pero las piedras esparcidas probaban que no se trataba de un simple poblado negro. Por desgracia, no consiguió encontrar representaciones escultóricas, y lo exiguo de la expedición impidió emprender el trabajo de despejar el único pasadizo visible que parecía conducir a cierto sistema de criptas que Wade mencionaba. 

Preguntó a todos los jefes nativos de la región acerca de los monos blancos y la diosa momificada, pero fue un europeo quien pudo ampliarle los datos que le había proporcionado el viejo Mwanu. Un agente belga de una factoría del Congo, M. Verhaeren, creía que podía no sólo localizar, sino conseguir también a la diosa momificada, de la que había oído hablar vagamente, dado que los en otro tiempo poderosos n’bangus eran ahora sumisos siervos del gobierno del rey Alberto, y sin mucho esfuerzo podría convencerlos para que se desprendiesen de la horrenda deidad de la que se habían apoderado. 

Así que, cuando Jermyn zarpó para Inglaterra, lo hizo con la gozosa esperanza de que, en espacio de unos meses, podría recibir la inestimable reliquia etnológica que confirmaría la más extravagante de las historias de su antecesor, que era la más disparatada de cuantas él había oído. Pero quizá los campesinos que vivían en la vecindad de la Casa de los Jermyn habían oído historias más extravagantes aún a Wade, alrededor de las mesas del Knight’s Head.

Arthur Jermyn aguardó pacientemente la esperada caja de M. Verhaeren, estudiando entretanto con creciente interés los manuscritos dejados por su loco antepasado. Empezaba a sentirse cada vez más identificado con Wade, y buscaba vestigios de su vida personal en Inglaterra, así como de sus hazañas africanas. Los relatos orales sobre la misteriosa y recluida esposa eran numerosos, pero no quedaba ninguna prueba tangible de su estancia en la Mansión Jermyn. 

Jermyn se preguntaba qué circunstancias pudieron propiciar o permitir semejante desaparición, y supuso que la principal debió de ser la enajenación mental del marido. Recordaba que se decía que la madre de su tatarabuelo fue hija de un comerciante portugués establecido en África. 

Indudablemente, el sentido práctico heredado de su padre, y su conocimiento superficial del Continente Negro, lo habían movido a burlarse de las historias que contaba Wade sobre el interior; y eso era algo que un hombre como él no debió de olvidar. Ella había muerto en África, adonde sin duda su marido la llevó a la fuerza, decidido a probar lo que decía. Pero cada vez que Jermyn se sumía en estas reflexiones, no podía por menos de sonreír ante su futilidad, siglo y medio después de la muerte de sus extraños antecesores.

En junio de 1913 le llegó una carta de M. Verhaeren en la que le notificaba que había encontrado la diosa disecada. Se trataba, decía el belga, de un objeto de lo más extraordinario; un objeto imposible de clasificar para un profano. Sólo un científico podía determinar si se trataba de un simio o de un ser humano; y aun así, su clasificación sería muy difícil dado su estado de deterioro. El tiempo y el clima del Congo no son favorables para las momias; especialmente cuando consisten en preparaciones de aficionados, como parecía ocurrir en este caso. 

Alrededor del cuello de la criatura se había encontrado una cadena de oro que sostenía un relicario vacío con adornos nobiliarios; sin duda, recuerdo de algún infortunado viajero, a quien debieron de arrebatárselo los n’bangus para colgárselo a la diosa en el cuello, a modo de talismán. Comentando las facciones de la diosa, M. Verhaeren hacía una fantástica comparación; o más bien aludía con humor a lo mucho que iba a sorprenderle a su corresponsal; pero estaba demasiado interesado científicamente para extenderse en trivialidades. La diosa momificada, anunciaba, llegaría debidamente embalada, un mes después de la carta.

El envío fue recibido en Casa de los Jermyn la tarde del 3 de agosto de 1913, siendo trasladado inmediatamente a la gran sala que alojaba la colección de ejemplares africanos, tal como fueran ordenados por Robert y Arthur. Lo que sucedió a continuación puede deducirse de lo que contaron los criados, y de los objetos y documentos examinados después. 

De las diversas versiones, la del mayordomo de la familia, el anciano Soames, es la más amplia y coherente. Según este fiel servidor, Arthur ordenó que se retirase todo el mundo de la habitación, antes de abrir la caja; aunque el inmediato ruido del martillo y el escoplo indicó que no había decidido aplazar la tarea. Durante un rato no se escuchó nada más; Soames no podía precisar cuánto tiempo; pero menos de un cuarto de hora después, desde luego, oyó un horrible alarido, cuya voz pertenecía inequívocamente a Jermyn. 

Acto seguido, salió Jermyn de la estancia y echó a correr como un loco en dirección a la entrada, como perseguido por algún espantoso enemigo. La expresión de su rostro —un rostro bastante horrible ya de por sí— era indescriptible. Al llegar a la puerta, pareció ocurrírsele una idea; dio media vuelta, echó a correr y desapareció finalmente por la escalera del sótano. 

Los criados se quedaron en lo alto mirando estupefactos; pero el señor no regresó. Les llegó, eso sí, un olor a petróleo. Ya de noche oyeron el ruido de la puerta que comunicaba el sótano con el patio; y el mozo de cuadra vio salir furtivamente a Arthur Jermyn, todo reluciente de petróleo, y desaparecer hacia el negro páramo que rodeaba la casa. Luego, en una exaltación de supremo horror, presenciaron todos el final. Surgió una chispa en el páramo, se elevó una llama, y una columna de fuego humano alcanzó los cielos. La estirpe de los Jermyn había dejado de existir.

La razón por la que no se recogieron los restos carbonizados de Arthur Jermyn para enterrarlos está en lo que encontraron después; sobre todo, en el objeto de la caja. La diosa disecada constituía una visión nauseabunda, arrugada y consumida; pero era claramente un mono blanco momificado, de especie desconocida, menos peludo que ninguna de las variedades registradas e infinitamente más próximo al ser humano… asombrosamente próximo. 

Su descripción detallada resultaría sumamente desagradable; pero hay dos detalles que merecen mencionarse, ya que encajan espantosamente con ciertas notas de Wade Jermyn sobre las expediciones africanas, y con 1as leyendas congoleñas sobre el dios blanco y la princesa-mono. 

Los dos detalles en cuestión son estos: las armas nobiliarias del relicario de oro que dicha criatura llevaba en el cuello eran las de los Jermyn, y la jocosa alusión de M. Verhaeren a cierto parecido que le recordaba el apergaminado rostro, se ajustaba con vívido, espantoso e intenso horror, nada menos que al del sensible Arthur Jermyn, hijo del tataranieto de Wade Jermyn y de su desconocida esposa. Los miembros del Real Instituto de Antropología quemaron aquel ser, arrojaron el relicario a un pozo, y algunos de ellos niegan que Arthur Jermyn haya existido jamás.

Hechos tocantes al difunto Arthur Jermyn y su Familia - H. P. Lovecraft (Parte 1)

La vida es algo espantoso; y desde el trasfondo de lo que conocemos de ella asoman indicios demoníacos que la vuelven a veces infinitamente más espantosa. La ciencia, ya opresiva en sus tremendas revelaciones, será quizá la que aniquile definitivamente nuestra especie humana —si es que somos una especie aparte—; porque su reserva de insospechados horrores jamás podrá ser abarcada por los cerebros mortales, en caso de desatarse en el mundo. 

Si supiéramos qué somos, haríamos lo que hizo Arthur Jermyn, que empapó sus ropas de petróleo y se prendió fuego una noche. Nadie guardó sus restos carbonizados en una urna, ni le dedicó un monumento funerario, ya que aparecieron ciertos documentos, y cierto objeto dentro de una caja, que han hecho que los hombres prefieran olvidar. Algunos de los que lo conocían niegan incluso que haya existido jamás.

Arthur Jermyn salió al páramo y se prendió fuego después de ver el objeto de la caja, llegado de África. Fue este objeto, y no su raro aspecto personal, lo que lo impulsó a quitarse la vida. Son muchos los que no habrían soportado la existencia, de haber tenido los extraños rasgos de Arthur Jermyn; pero él era poeta y hombre de ciencia, y nunca le importó su aspecto físico. 

Llevaba el saber en la sangre; su bisabuelo, el barón Robert Jermyn, había sido un antropólogo de renombre; y su tatarabuelo, Wade Jermyn, uno de los primeros exploradores de la región del Congo, y autor de diversos estudios eruditos sobre sus tribus animales, y supuestas ruinas. Efectivamente, Wade estuvo dotado de un celo intelectual casi rayano en la manía; su extravagante teoría sobre una civilización congoleña blanca le granjeó sarcásticos ataques, cuando apareció su libro, Reflexiones sobre las diversas partes de África. En 1765, este intrépido explorador fue internado en un manicomio de Huntingdon.

Todos los Jermyn poseían un rasgo de locura, y la gente se alegraba de que no fueran muchos. La estirpe carecía de ramas, y Arthur fue el último vástago. De no haber sido así, no se sabe qué habría podido ocurrir cuando llegó el objeto aquel. Los Jermyn jamás tuvieron un aspecto completamente normal; había algo raro en ellos, aunque el caso de Arthur fue el peor, y los viejos retratos de familia de la Casa Jermyn anteriores a Wade mostraban rostros bastante bellos. 

Desde luego, la locura empezó con Wade, cuyas extravagantes historias sobre África hacían a la vez las delicias y el terror de sus nuevos amigos. Quedó reflejada en su colección de trofeos y ejemplares, muy distintos de los que un hombre normal coleccionaría y conservaría, y se manifestó de manera sorprendente en la reclusión oriental en que tuvo a su esposa. Era, decía él, hija de un comerciante portugués al que había conocido en África, y no compartía las costumbres inglesas. Se la había traído, junto con un hijo pequeño nacido en África, al volver del segundo y más largo de sus viajes; luego, ella lo acompañó en el tercero y último, del que no regresó. Nadie la había visto de cerca, ni siquiera los criados, debido a su carácter extraño y violento. 

Durante la breve estancia de esta mujer en la mansión de los Jermyn, ocupó un ala remota y fue atendida tan sólo por su marido. Wade fue, efectivamente, muy singular en sus atenciones para con la familia; pues cuando regresó de África, no consintió que nadie atendiese a su hijo, salvo una repugnante negra de Guinea. A su regreso, después de la muerte de lady Jermyn, asumió él enteramente los cuidados del niño.

Pero fueron las palabras de Wade, sobre todo cuando se encontraba bebido, las que hicieron suponer a sus amigos que estaba loco. En una época de la razón como el siglo XVIII, era una temeridad que un hombre de ciencia hablara de visiones insensatas y paisajes extraños bajo la luna del Congo; de gigantescas murallas y pilares de una ciudad olvidada, en ruinas e invadida por la vegetación, y de húmedas y secretas escalinatas que descendían interminablemente a la oscuridad de criptas abismales y catacumbas inconcebibles. 

Especialmente, era una temeridad hablar de forma delirante de los seres que poblaban tales lugares: criaturas mitad de la jungla, mitad de esa ciudad antigua e impía… seres que el propio Plinio habría descrito con escepticismo, y que pudieron surgir después de que los grandes monos invadiesen la moribunda ciudad de las murallas y los pilares, de las criptas y las misteriosas esculturas. 

Sin embargo, después de su último viaje, Wade hablaba de esas cosas con estremecido y misterioso entusiasmo, casi siempre después de su tercer vaso en el Knight’s Head, alardeando de lo que había descubierto en la selva y de que había vivido entre ciertas ruinas terribles que él sólo conocía. Y al final hablaba en tales términos de los seres que allí vivían, que lo internaron en el manicomio. 

No manifestó gran pesar cuando lo encerraron en la celda enrejada de Huntingdon, ya que su mente funcionaba de forma extraña. A partir del momento en que su hijo empezó a salir de la infancia, le fue gustando cada vez menos el hogar, hasta que últimamente parecía amedrentarlo. El Knight’s Head llegó a convertirse en su domicilio habitual; y cuando lo encerraron, manifestó una vaga gratitud, como si para él representase una protección. Tres años después, murió.

Philip, el hijo de Wade Jermyn, fue una persona extraordinariamente rara. A pesar del gran parecido físico que tenía con su padre, su aspecto y comportamiento eran en muchos detalles tan toscos que todos acabaron por rehuirle. Aunque no heredó la locura como algunos temían, era bastante torpe y propenso a periódicos accesos de violencia. De estatura pequeña, poseía, sin embargo, una fuerza y una agilidad increíbles. 

A los doce años de recibir su título se casó con la hija de su guardabosque, persona que, según se decía, era de origen gitano; pero antes de nacer su hijo, se alistó en la marina de guerra como simple marinero, lo que colmó la repugnancia general que sus costumbres y su unión habían despertado. Al terminar la guerra de América, se corrió el rumor de que iba de marinero en un barco mercante que se dedicaba al comercio en África, habiendo ganado buena reputación con sus proezas de fuerza y soltura para trepar, pero finalmente desapareció una noche, cuando su barco se encontraba fondeado frente a la costa del Congo.

Con el hijo de Philip Jermyn, la ya reconocida peculiaridad familiar adoptó un sesgo extraño y fatal. Alto y bastante agraciado, con una especie de misteriosa gracia oriental pese a sus proporciones físicas un tanto singulares, Robert Jermyn inició una vida de erudito e investigador. Fue el primero en estudiar científicamente la inmensa colección de reliquias que su abuelo demente había traído de África, haciendo célebre el apellido en el campo de la etnología y la exploración. 

En 1815, Robert se casó con la hija del séptimo vizconde de Brightholme, con cuyo matrimonio recibió la bendición de tres hijos, el mayor y el menor de los cuales jamás fueron vistos públicamente a causa de sus deformidades físicas y psíquicas. Abrumado por estas desventuras, el científico se refugió en su trabajo, e hizo dos largas expediciones al interior de África. 

En 1849, su segundo hijo, Nevil, persona especialmente repugnante que parecía combinar el mal genio de Philip Jermyn y la hauteur de los Brightholme, se fugó con una vulgar bailarina, aunque fue perdonado a su regreso, un año después. Volvió a la mansión Jermyn, viudo, con un niño, Alfred, que sería con el tiempo padre de Arthur Jermyn.

Decían sus amigos que fue esta serie de desgracias lo que trastornó el juicio de Robert Jermyn; aunque probablemente la culpa estaba tan sólo en ciertas tradiciones africanas. El maduro científico había estado recopilando leyendas de las tribus onga, próximas al territorio explorado por su abuelo y por él mismo, con la esperanza de explicar de alguna forma las extravagantes historias de Wade sobre una ciudad perdida, habitada por extrañas criaturas. 

Cierta coherencia en los singulares escritos de su antepasado sugería que la imaginación del loco pudo haber sido estimulada por los mitos nativos. El 19 de octubre de 1852, el explorador Samuel Seaton visitó la mansión de los Jermyn llevando consigo un manuscrito y notas recogidas entre los onga, convencido de que podían ser de utilidad al etnólogo ciertas leyendas acerca de una ciudad gris de monos blancos gobernada por un dios blanco. 

Durante su conversación, debió de proporcionarle sin duda muchos detalles adicionales, cuya naturaleza jamás llegará a conocerse, dada la espantosa serie de tragedias que sobrevinieron de repente. Cuando Robert Jermyn salió de su biblioteca, dejó tras de sí el cuerpo estrangulado del explorador; y antes de que consiguieran detenerlo, había puesto fin a la vida de sus tres hijos: los dos que no habían sido vistos jamás, y el que se había fugado. 

Nevil Jermyn murió defendiendo a su hijo de dos años, cosa que consiguió, y cuyo asesinato entraba también, al parecer, en las locas maquinaciones del anciano. El propio Robert, tras repetidos intentos de suicidarse, y una obstinada negativa a pronunciar un solo sonido articulado, murió de un ataque de apoplejía al segundo año de su reclusión.

Alfred Jermyn fue barón antes de cumplir los cuatro años, pero sus gustos jamás estuvieron a la altura de su título. A los veinte, se había unido a una banda de músicos, y a los treinta y seis había abandonado a su mujer y a su hijo para enrolarse en un circo ambulante americano. Su final fue repugnante de veras. Entre los animales del espectáculo con el que viajaba, había un enorme gorila macho de color algo más claro de lo normal; era un animal sorprendentemente tratable y de gran popularidad entre los artistas de la compañía. 

Alfred Jermyn se sentía fascinado por este gorila, y en muchas ocasiones los dos se quedaban mirándose a los ojos largamente, a través de los barrotes. Finalmente, Jermyn consiguió que le permitiesen adiestrar al animal asombrando a los espectadores y a sus compañeros con sus éxitos. Una mañana, en Chicago, cuando el gorila y Alfred Jermyn ensayaban un combate de boxeo muy ingenioso, el primero propinó al segundo un golpe más fuerte de lo habitual, lastimándole el cuerpo y la dignidad del domador aficionado. 

Los componentes de «El Mayor Espectáculo del Mundo» prefieren no hablar de lo que siguió. No se esperaban el grito escalofriante e inhumano que profirió Alfred, ni verlo agarrar a su torpe antagonista con ambas manos, arrojarlo con fuerza contra el suelo de la jaula, y morderlo furiosamente en la garganta peluda. Había cogido al gorila desprevenido; pero este no tardó en reaccionar; y antes de que el domador oficial pudiese hacer nada, el cuerpo que había pertenecido a un barón había quedado irreconocible.

(CONTINUARA...)

Terror en el espacio (Capítulo 1) - Leigh Brackett

Capítulo 1 

Lundy conducía con sus propias manos el convertible aeroespacial. Lo había estado haciendo durante mucho tiempo. Tanto tiempo, que la mitad inferior de su cuerpo estaba dormida e insensible hasta las puntas de los pies y la mitad superior aún más insensible, con excepción de dos dolores separados peores que los que produce un flemón: uno alojado en su espalda y el otro en la cabeza.

Los jirones de nubes desgarradas y arrancadas de la espesa atmósfera venusiana color gris perla, pasaban rápidamente junto a la veloz aeronave. Los reactores palpitaban y zumbaban, mientras los instrumentos se movían desordenadamente bajo el influjo de las corrientes magnéticas que hacen de la atmósfera venusiana la pesadilla de los pilotos.

Jackie Smith seguía frío y envarado en el asiento del copiloto. A través de la portezuela cerrada que tenía a sus espaldas y que comunicaba con la minúscula cabina interior, Lundy oía gritar y debatirse a Farrell.

Hacía rato que gritaba. Desde que la inyección de avertina que le puso Lundy cuando lo subieron a bordo dejó de surtir efecto. Se debatía chillando e intentando librarse de las correas, profiriendo roncas exclamaciones que nada significaban.

Luchaba y se debatía a causa de aquello.

En algún lugar dentro de Lundy, dentro del arrugado y sudoroso uniforme negro de la Sección Especial de la Policía de los Tres Mundos, dentro del metro sesenta y cinco de gruesos y acerados músculos que este uniforme recubría, había un nudo. Un nudo muy grande, y muy frío también a pesar del sofocante calor que reinaba en la cabina, y además tenía la mala costumbre de contraerse de vez en cuando, haciendo que Lundy se estremeciese y sudase copiosamente, como si le hubiesen pinchado.

A Lundy no le gustaba tener aquel nudo frío en el estómago, pues eso significaba que tenía miedo. Había tenido miedo muchas otras veces, y no se avergonzaba de ello. Pero en aquellos momentos necesitaba apelar a toda su inteligencia y valor para devolver aquéllo a su cuartel general de Vhia, y no deseaba tener que luchar también consigo mismo.

El miedo puede hacer las cosas muy difíciles. Puede debilitarnos cuando necesitamos ser más fuertes, si queremos salvar nuestra vida. Y en este caso se trataba de su vida y la de sus dos compañeros.

Lundy confiaba en poder dominar su miedo, y también su cansancio... porque aquello permanecía agazapado en la pequeña arquita guardada en la caja fuerte, esperando que alguien se desmoronase.

Farrell se había desmoronado completamente, desde luego, pero estaba firmemente sujeto. Jackie Smith había empezado a mostrar signos de desmoralización antes de desvanecerse, y por ello Lundy tenía una mano puesta sobre la jeringuilla hipodérmica cargada con anestésico que pendía a un lado de su asiento. Y Lundy pensaba:
«Lo peor de todo es que no se sabe cuando empieza a actuar en nosotros. No existen precedentes, o si existen nosotros los desconocemos. Quizás ahora mismo, las indicaciones que veo en estas esferas sean completamente falsas...»

Por debajo de ellos, podía atisbar de vez en cuando pequeñas extensiones de océano entre los jirones de niebla gris. Las aguas negras, inmóviles, sin mareas ni oleajes del planeta Venus, que ocultan innumerables secretos de su vida pretérita.

Lo que veía no era de ninguna utilidad para Lundy. Le era imposible calcular su rumbo... podía hallarse sobre un punto cualquiera del océano. Esperaba que los motores seguirían funcionando con regularidad, o de lo contrario todos se darían un buen baño, en la inmensa extensión de aguas negras y tranquilas.

Farrell seguía gritando. Parecía tener la garganta blindada. Chillaba y se debatía para libertarse de sus ligaduras, porque aquello estaba encerrado y pedía socorro.

–Tengo frío –dijo Smith–. Oye, enanito.

Lundy volvió la cabeza. Por lo general mostraba una cara redonda, fresca y vivaracha, en la que brillaban unos ojos obscuros y una sonrisa juvenil que dejaba al descubierto sus dientes blanquísimos. En aquellos momentos, su aspecto era más bien el de una basura que el camarero hubiese sacado con la escoba de debajo una mesa a las cuatro de la madrugada, del día de año nuevo.

–Tienes frío, ¿eh? –dijo con voz ronca, pasándose la lengua por los labios empapados de sudor–. ¡Tanto mejor! Eso es lo que necesitamos.

Jackie Smith se movió un poco, gruñó y trató de incorporarse. Su guerrera negra estaba entreabierta, mostrando los vendajes blancos que le cruzaban el pecho, y tenía la mano izquierda sobre el extremo roto de la cremallera que cerraba la guerrera. Era un hombre corpulento y no mayor que Lundy, de facciones prominentes y feas, unos cabellos ásperos y claros y una tez que parecía cuero reseco.

–En Mercurio, donde nací –dijo– el clima es adecuado para los seres humanos. Vosotros, los pisaverdes del Viejo Mundo... –se interrumpía, palideciendo bajo su piel curtida, y dijo con los dientes muy apretados–: ¡Vaya! Veo que Farrell se ha ocupado a conciencia de mí.
–Te salvarás –le dijo Lundy, tratando de no pensar en lo cerca que él y Smith estuvieron de la muerte. Farrell había luchado como un demonio cuando lo descubrieron en una aldea indígena, situada en lo más alto de los Montes de la Nube Blanca.

Lundy aún recordaba con horror lo sucedido.
A Lundy no le importaba entendérselas con matones o andar a tortas con los peores rufianes. Pero Farrell no era de ésos. Sólo era un buen muchacho que cayó en las redes de alguien mucho más fuerte que él.

Un buen muchacho, enamorado con locura de alguien inexistente. Un muchacho decente y trabajador, con esposa y dos hijos, que perdió la chaveta, el alma y el corazón por un ser del espacio, hasta el punto que estaba dispuesto a matar para protegerlo.
«¡Qué diablos!», pensó Lundy, cansado y furioso. «¿No dejará nunca de chillar?»

Los reactores rugían poderosos. Los grises jirones de niebla pasaban con rapidez junto a la nave. Jackie Smith permanecía sentado, muy rígido, con los ojos cerrados, los labios pálidos y respirando entrecortadamente. Y aún faltaba mucho para llegar a Vhia.

Tal vez más de lo que él suponía. Quizás ni siquiera se dirigía hacia Vhia. Quizá aquello ejercía su influjo sobre él, y nunca lo sabría hasta que su aparato se estrellase.

El frío nudo se apretó aún más en su estómago, como la helada hoja de un cuchillo clavado en su carne.

Lundy lanzó una maldición. Sí se dejaba llevar por aquella clase de pensamientos, se iría de cabeza al infierno.

Pero no podía dejar de pensar en aquello. En el ser que había apresado gracias a una red especial de apretadas mallas metálicas. Echó aquella red sin mirar sobre algo que Farrell estaba contemplando. El ser que había metido a la fuerza en el cofre de glasita, cubriéndolo con una tela negra porque le habían advertido que no lo mirase.

A Lundy le cosquilleaban y le ardían aún las manos, de una manera que no era desagradable. Todavía le parecía notar aquel pequeño ser debatiéndose desesperadamente para escapar, cubierto por la red. Le pareció de una forma vagamente cilíndrica y terriblemente vivo.

Aquello era vida. Vida del espacio interplanetario, que salió de una nube de polvo cósmico atraída por la fuerza de gravedad de Venus. Desde que Venus atravesó aquella nube, se desencadenó una extraña oleada de locura en todo el planeta. Una locura como la que hizo su víctima de Farrell, que causó muertes y cosas aún peores.

Los hombres de ciencia tenían algunas teorías acerca de lo que podía ser aquella vida del espacio. Tuvieron la suerte de descubrir el cadáver de uno de aquellos seres, y circulaban varios rumores acerca de una substancia de apariencia cristalina que en realidad no era cristal, de unos ocho centímetros de longitud y magníficamente cincelada y estriada, provista además de unos pequeños y extrañísimos instrumentos cuyo uso nadie supo discernir.

Pero el cadáver de aquel ser no les sirvió de gran cosa. Tenían que apresar a uno vivo, si querían descubrir el secreto de su existencia y hallar el medio de terminar con lo que los telecomentadores habían denominado «La locura del más allá», o «El hechizo del vampiro».

Sin embargo, una cosa acerca de estos seres era del dominio general. Sus víctimas enloquecían de pronto, y en su demencia afirmaban que habían encontrado a la mujer soñada o el ideal último de la feminidad. Sólo podían verla ellos, pero esto les dejaba sin cuidado. Ellos la veían, y para ellos les bastaba con ver a... Ella. Y los ojos de ésta aparecían siempre velados.

Ella constituía un verdadero rompecabezas, y estaba mucho más allá de la hipnosis y del dominio de las fuerzas de la mente. Por esta razón no se había conseguido nunca apresar con vida a Ella, o a Aquello. Esto solamente se consiguió cuando Lundy y Smith, contando con todo el asesoramiento científico de la Policía Espacial, consiguieron localizar a Farrell y apoderarse del misterioso ser que lo tenía hechizado.

Desde luego, lo consiguieron por pura casualidad, por una suerte increíble. Lundy movió su dolorida cabeza tratando de librarse de la tortícolis, parpadeó para librarse del sudor que penetraba en sus ojos inyectados en sangre, y deseó ardientemente encontrarse en su casa y acostado.
Jackie Smith observó de pronto:
–Enanito, tengo frío. Dame una manta.
Lundy le miró. Sus claros ojos verdes estaban entreabiertos, pero su mirada estaba perdida en el vacío. Temblaba como un azogado.
–No puedo dejar los mandos, Jackie.
–Tonterías. Aún tengo una mano útil. Todavía puedo pilotar esta lata de conservas durante unos momentos.

Lundy refunfuñó. Sabía que Smith no bromeaba al afirmar que tenía frío. Las temperaturas que reinaban en Mercurio hacían que los hombres pertenecientes a la primera generación de colonizadores, fuesen sensibles a todas las temperaturas inferiores a la de un horno eléctrico. Además de la herida, Smith podía contraer una pulmonía si no le abrigaban convenientemente.
–Muy bien –Lundy tendió la mano para cerrar el interruptor señalado con una A. –Pero dejaré que Miguelito se encargue de dirigir el vuelo. Probablemente no durará más de cinco minutos antes de estallar.

Miguelito, el piloto automático, se convertía en una verdadera nulidad cuando se trataba de volar por la atmósfera de Venus. La constante compensación magnética calentaba las bobinas del robot hasta tal punto, que era cuestión de minutos que éstas se fundiesen.

Lundy se dijo que después de todo era agradable saber que aún había un par de cosas que los hombres podían hacer mejor que las máquinas.

Se levantó, y le pareció como sí hubiese estado enmoheciéndose al aire libre durante cuatrocientos años. Smith no volvió la cabeza. Lundy le gruñó:
–¡La próxima vez, hijito, ponte ropa interior de lana y déjame tranquilo!

Tras decir estas palabras notó que el nudo se apretaba en su estómago. Un sudor frío cubrió su cuerpo y una oleada de fuego recorrió sus nervios.

Farrell había dejado de gritar.

Reinó silencio en la nave. Nada lo rasgó. El fragor de los cohetes era ajeno a aquel silencio. Incluso la respiración jadeante de Jackie Smith cesó. Lundy se dirigió lentamente hacia la portezuela.

Apenas había dado dos pasos, cuando ésta se abrió. Lundy se detuvo, presa de súbita inmovilidad.

En el umbral se erguía Farrell. Farrell, un hombre bueno y honrado a carta cabal, con mujer y dos hijos. Su rostro era el mismo de siempre, pero los ojos que brillaban en él aparecían enajenados. No eran ni siquiera humanos.

Lundy le había atado por el pecho, la cintura, las piernas y los pies a la litera con cuatro fuertes correas. El cuerpo de Farrell mostraba las señales de las mismas. Se le habían clavado en su carne, en sus músculos y tendones, hasta mostrar sus desnudas costillas. Estaba cubierto de sangre, pero esto a él no parecía importarle.
–He roto las correas –dijo, dirigiendo una sonrisa a Lundy–. Ella me llamó y rompí las correas.

Hizo ademán de dirigirse hacia el cofre que se hallaba en un ángulo de la cabina. Lundy se esforzó por salir de la nube negra y fría que lo atenazaba y consiguió mover los pies.
Jackie Smith le dijo con voz queda:
–Quieto, enanito. A ella no le gusta estar encerrada en el cofre. Tiene frío y quiere salir.

Lundy le miró por encima del hombro. Smith se había vuelto a medias en su asiento y empuñaba la pistola hipodérmica, que había tomado de la funda colgada en el respaldo del asiento del piloto. Sus claros ojos verdes tenían un brillo distante y soñador, pero Lundy no se fiaba en absoluto de ello.
Sin la menor inflexión en su voz, dijo:
–Tú la has visto.
–No. La he... oído.
Los gruesos labios de Smith se plegaron en un extraño rictus. Su respiración se hizo ronca y sibilante.

Farrell se arrodilló junto al cofre. Poniendo sus manos sobre su superficie lisa y brillante, se volvió hacía Lundy. Éste vio que estaba llorando.
–Ábrelo. Tienes que abrirlo. Ella quiere salir. Está asustada la pobrecita.
Jackie Smith levantó imperceptiblemente la pistola.
–Ábrelo, enanito –susurró–. Ella tiene frío, ahí dentro.
Lundy no se movió. El sudor corría a raudales por su cuerpo y a pesar de ello tenía frío. Sin más, respondió con lengua estropajosa.
–No. Tiene calor. Allí dentro no puede respirar. Tiene calor.
Entonces levantó la cabeza con gesto convulsivo y gritó. Se volvió para enfrentarse con Smith, y con paso inseguro pero rápido se dirigió hacia él.
Las feas facciones de Smith se contrajeron como si fuese a llorar.
–¡Vamos, enanito! Mira que no quiero disparar contra ti. Abre el cofre.
Lundy, con un hilo de voz, dijo:
–Eres un pobre estúpido.
Y siguió avanzando.
Smith oprimió el gatillo.

Las agujas hipodérmicas cargadas de anestésico se clavaron en el pecho de Lundy. No dolían mucho. Sólo un pequeño pinchazo. El siguió avanzando, llevado por su impulso inicial.
A sus espaldas, Farrell gimió como un cachorro y se tendió sobre el cofrecito. Ya no volvió a moverse. Lundy cayó de rodillas y siguió avanzando a gatas y como en sueños hacia los mandos. Jackie Smith le contemplaba con mirada turbia.
Súbitamente, el piloto automático estalló.

Del cuadro de mandos surgió una llamarada azul. Su brillo cegador y el calor intenso hicieron caer a Lundy de espaldas. La cabina se llenó de silbidos, aullidos y empezó a girar locamente, mientras el convertible bailaba como una hoja en brazos del huracán. El mecanismo automático de seguridad apagó los cohetes.
La aeronave empezó a caer.

Smith balbuceaba palabras incoherentes, entre las que sólo se entendía Ella y plegó su asiento. Lundy se frotó la cara con la mano. Sus facciones eran borrosas y estúpidas. Sus ojos negros no tenían ninguna expresión.

Empezó a arrastrarse sobre el suelo bamboleante en dirección al cofre.

La proa de la nave rasgaba las nubes, y de pronto apareció una gran extensión líquida. Un mar negro y tranquilo, sin oleaje, sembrada de islitas flotantes de sargazos que se movían y agitaban con vida propia.
Unas aguas negras que ascendían a su encuentro.

Lundy no las miró. Se arrastró sobre la sangre de Farrell empujándolo hacia la pared de la cabina, y empezó a rascar la brillante puerta, gimiendo como un perro al que no dejan entrar en casa.

La nave chocó con el agua a terrible velocidad. El impacto levantó oleadas de espuma, que brilló con una blancura cegadora sobre aquel negro mar.

El agua levantada por el impacto cayó, y los círculos concéntricos se fueran alejando y terminaron por borrarse.

Las islas verdinegras de sargazos se desplazaron lentamente sobre el lugar de la caída. Una bandada de pequeños dragones marinos agitó sus alas de pedrería para abatirse sobre las peces, y ninguno de aquellos seres demostró el menor interés por la suerte de la nave voladora que se hundía hasta. las profundidades.

Ni siquiera el propio Lundy, tendido y frío en la cabina estanca, oprimiendo con su cuerpo el cofrecillo, mientras las lágrimas y el sudor se secaban en sus mejillas recubiertas de una barba incipiente.

(CONTINUARA...) 

La noche de los cincuenta libros - Francisco Tario

De pequeño era yo esmirriado, granujiento y lastimoso. Tenía los pies y las manos desmesuradamente largos; el cuello, muy flaco; los ojos, vibrantes, metálicos; los hombros, cuadrados, pero huesosos, como los brazos de un perchero; la cabeza, pequeña, sinuosa. Mis cabellos eran ralos y crespos y mis dientes amarillos, si no negros. Mi voz, excesivamente chillona, irritaba a mis progenitores, a mis hermanos, a los profesores de la escuela y aun a mí mismo. Cuando tras un prolongado silencio —en una reunión de familia, durante las comidas, etcétera—, rompía yo a hablar, todos saltaban sobre sus asientos, cual si hubieran visto al diablo. Después, por no seguir escuchándome, producían el mayor ruido posible, bien charlando a gritos o removiendo los cubiertos sobre la mesa, los vasos, la loza...

Tenía yo una hermanita que ha muerto y que solía importunarme siete u ocho veces diarias:

—Roberto, ¿por qué me miras así?

Recuerdo sus ojazos claros, redondos, como dos cuentas de vidrio, y sus rodillitas en punta, siempre cubiertas de costras.

Yo objetaba entonces, viéndola temblar de miedo:

—¡Bah, no sé cómo quieres que te mire si no sé hacerlo de otro modo!

Y ella echaba a correr, deteniéndose los bucles, en busca de la madrecita. Se arrojaba sobre sus faldas, rompía a gimotear del modo más cómico, y prorrumpía, señalándome con el dedo:

—¡Roberto me ha mirado! ¡Roberto me ha mirado!

La madrecita, al punto, le secaba los carrillos, haciéndole la cruz en la nuca.

Había cumplido yo los once años, me encaminaba precozmente hacia la adolescencia y aún no tenía un solo amigo en la comarca. Era mi voluntad. Gustaba, en cambio, de internarme a solas por el bosque, atrapando mariposas y otros volátiles, para triturarlos después a pedradas. 

Cuando lograba cazar un pajarito, me sentaba cómodamente a la sombra de un árbol y le arrancaba una a una las plumitas, hasta que lo dejaba por completo en cueros. Si sobrevivía, lo soltaba sobre la hierba, con un sombrero de papel en la cabeza. A continuación, volvía a echarle mano y me lo llevaba al río. Allí lo sumergía cuantas veces se me antojaba, ahogándolo por fin en las ondas tumultuosas de la corriente. Acto seguido, me tumbaba sobre cualquier pradera y me masturbaba frenéticamente.

De aquel terrible tiempo conservo en la memoria una palabra espantosa, un atroz insulto que repetían a diario en casa y en la escuela cuantos me conocían:

—¡Histérico! ¡Histérico! ¡Histérico!

Ni aproximadamente comprendía yo entonces el significado de semejante vocablo, pero me exasperaba de tal suerte, removiendo en mi interior tal cúmulo de pasiones, que reaccionaba como un auténtico loco. No obstante, rara vez quedaba satisfecho, pareciéndome que, por encima de cuanta atrocidad cometiera, persistía arriba de mí, flotante como una nube, la palabra maldita.

—¡Histérico! ¡Histérico!

Cuando la profería el maestro en clase, saltaba yo sobre mi pupitre y me mordía de rabia los puños, hasta que la sangre goteaba en el suelo o manchaba mis cuadernos. Cuando la pronunciaba un condiscípulo, lo aguardaba a la salida, seguíalo por entre los matorrales y, allí, en el lugar más propicio, a salvo de cualquier intervención ajena, lo desnudaba, rasgándole las ropas a dentadas. Y lo escupía, lo escupía, hasta que no me quedaba saliva en la boca.

Con mi familia era distinto. Temía de sobra a mi padre. Mi padre acostumbraba a golpearme, encerrándome después en un sótano muy lúgubre, lleno de ratones. Allí me moría de miedo. Por eso, cuando escuchaba en mi casa el atroz vocablo, hundía la barbilla entre los hombros y me escabullía medrosamente por los pasillos. Ya afuera, lanzábame a campo traviesa, gritándoles a los árboles, a las nubes, a los cuervos que volaban:

—¡Histéricooos!

Hasta que exánime, casi sin sentido, caía de bruces en cualquier lugar y allí pasaba la noche. Era mi voluntad.

¡No, no había en el mundo placer superior al que me proporcionaba la noción de que era un niño extraviado; un niño delicado y tierno, en mitad del bosque solitario, a merced de las fieras y los fantasmas! Gozaba, durante estas inocentes diabluras, imaginándome a mi padre, a la madrecita, a mis hermanos todos —siete— cada cual con un farol en la mano, recorriendo el campo negro, tropezando aquí, cayendo allá, requiriéndome por mi diminutivo:

—¡Robertito! ¡Robertitooo! ¿Dónde estás?

Distinguía yo con claridad absoluta sus voces sollozantes y me emocionaba, hecho un ovillo, sobre las rodillas. Si mi humor no era del todo malo, me enardecía el exasperarlos:

—¡Histéricoooos! —les chillaba.

—Robertito lindo, ¿dónde estás?

Y mudaba de escondrijo, con objeto de confundirlos. Nunca daban conmigo. Ellos traían luz y yo no. De forma que, con treparme a un árbol o a una roca, estaba resuelto todo. Cruzaban por abajo dando berridos, y listo.

Esa cruel palabra, ese insensato insulto decidió mi destino. Esa palabra, y el horror que inspiraba yo a la gente. También debió influir un tanto los pésimos tratos que me daba mi familia.

Tocante a esto último, conviene entrar en detalles. Realmente nadie en mi casa me amaba, visto lo cual, tampoco quería yo a nadie. Comía igual que mis hermanitos; vestía tan regularmente como ellos; y si a la cocinera se le ocurría fabricar algún inmundo pastelote, mi ración no era ni con mucho la menor de la familia. Mas a pesar de todo ello, entre mi parentela y yo interponíase una especie de muro que detenía en seco cualquier explosión afectiva. 

Me sonreían a veces por compasión; me dirigían la palabra por necesidad; me escuchaban por no irritarme. Pero me rehuían; escapaban de mí con un furor inconcebible. Bastaba, por ejemplo, que posara en alguien la mirada, para que ese alguien no permaneciera ni diez segundos en mi presencia. Bastaba que cualquier arrebato sentimental me empujara en brazos de la madrecita, para que ésta protestara al instante.

—Quita, Roberto, no seas brusco... Además, mira, tengo mucho quehacer...

En cuanto a mis hermanitos, ocurría lo propio aunque centuplicado. Constantemente me espiaban: detrás de los muebles, desde alguna ventana, por entre las ramas, a través de las cerraduras. A toda hora presentía yo sus miradas atónitas clavadas en mí como púas. Por lo demás, puede afirmarse que éste era mi único contacto con ellos.

Cierta tarde en que volvía yo del bosque, con las manos llenas de plumas, sorprendí a mi hermanita —la menor— emboscada entre unos cardos. Ella tenía cinco años y era incomprensiblemente bonita... Al darse cuenta de que había sido descubierta, se lanzó a correr despavorida, llamando a gritos al vecindario; pero yo le di alcance sin ningún esfuerzo. Y era tal el pánico que la invadía, que no lograba llorar ni sollozar siquiera, sino suspirar, suspirar entrecortadamente con un silbido de lo más antipático.

Yo le pregunté entonces:

—¿Qué hacías ahí? ¡Responde!

Mas ella, tratando de sobornarme con una medalla, respondió muy tristemente:

—¡Toma, toma...!   ¿No la quieres? ¡Robertito lindo, si es de plata...!

Pero yo dije:

—¡Verás cómo no vuelves a hacerlo!

Y levantándole el vestidito hasta el pecho, le arranqué los calzones. Luego me eché a reír a carcajadas como un niño loco.

—¡Mira, mira! ¡No tiene con qué orinar, no tiene! ¡Se le ha caído! ¡Cualquier día de éstos morirás!

Y la oriné de arriba abajo, haciendo alarde de mi pericia.

Empapada hasta los cabellos, la vi perderse rumbo a la casa, limpiándose las lágrimas con los calzones.

¡Ah, qué mal me trataban todos en mi familia! ¡Qué de amenazas y abusos soporté pacientemente durante años y años! ¡Qué puntapiés me dio mi padre y, sobre todo, qué tirones de orejas más bestiales! Así las tengo ahora: caídas, frágiles, como dos hojas de plátano. ¡Y cómo resuena en mi oído la palabra maldita!

En cuanto tengo fiebre, la misma pesadilla me tortura: es una especie de fenomenal bocina, situada en la abertura de una roca, y a través de la cual van gritando por turno todos los habitantes del universo: "¡Histérico! ¡Histérico! ¡Histérico!". 

Y cuando a fuerza de escuchar sin descanso el insensato vocablo siento que la cabeza me va a estallar como un globo, se obscurece la Tierra, cantan los gallos y aparece la madrecita en mi cuarto, vestida con un hábito negro y una lámpara en la mano. Al verme, posa la luz en el suelo y, metiendo los dedos en la bacinica que está bajo la cama, me salpica de orines el rostro, tratando de espantar al demonio.

¡Qué huellas más crueles dejó en mí la infancia! ¡Qué de impresiones innobles, tenebrosas, inicuas!

Mas he aquí de qué forma se decidió mi destino:

Andaba ya en los albores de la adolescencia, un vello híspido y tupido me goteaba en los sobacos, cuando reflexioné:

—"Los hombres me aborrecen, me temen o se apartan con repugnancia de mi lado. Pues bien, ¡me apartaré definitivamente de ellos y no tendrán punto de reposo!"

Hice mi plan.

"Me encerraré entre los murallones de una fortaleza que levantaré con mis propias manos en el corazón de la montaña. Me serviré por mí mismo. Ni un criado, ni un amigo, ni un simple visitante, ¡nadie! Sembraré y cultivaré aquello que haya de comer y haré venir hasta mis dominios el agua que haya de beber. Ni un festín, ni una tertulia, ni un paréntesis, ¡nada! Y escribiré libros. Libros que paralizarán de terror a los hombres que tanto me odian; que les menguarán el apetito; que les espantarán el sueño; que trastornarán sus facultades y les emponzoñarán la sangre. Libros que expondrán con precisión inigualable lo grotesco de la muerte, lo execrable de la enfermedad, lo risible de la religión, lo mugroso de la familia y lo nauseabundo del amor, de la piedad, del patriotismo y de cualquiera otra fe o mito. Libros, en fin, que estrangulen las conciencias, que aniquilen la salud, que sepulten los principios y trituren las virtudes. Exaltaré la lujuria, el satanismo, la herejía, el vandalismo, la gula, el sacrilegio: todos los excesos y las obsesiones más sombrías, los vicios más abyectos, las aberraciones más tortuosas... Nutriré a los hombres de morfina, peste y hedor. Mas no conforme con eso, daré vida a los objetos, devolveré la razón a los muertos, y haré bullir en torno a los vivos una heterogénea muchedumbre de monstruos, carroñas e incongruencias: niños idiotas, con las cabezas como sandías; vírgenes desdentadas y sin cabello; paralíticos vesánicos, con los falos de piedra; hermafroditas cubiertos de fístulas y tumores; mutilados de uniforme, con las arterias enredadas en los galones; sexagenarias encinta, con las ubres sanguinolentas; perros biliosos y castrados; esqueletos que sangran; vaginas que ululan; fetos que muerden; planetas que estallan; íncubos que devoran; campanas que fenecen; sepulcros que gimen en la claridad helada de la noche...Vaciaré en las gargantas de los hombres el pus de los leprosos, el excremento de los tifosos, el esputo de los tísicos, el semen de los contaminados y la sangre de las poseídas. Haré del mundo un antro fantasmal e irrespirable. Volveré histérica a cuanta criatura se agita."

Y así lo hice.

Cada año, con una fecundidad que a mí mismo me aterra, lanzo desde mi guarida un libro más terrífico y letal: un libro cuyas páginas retumban en la soledad como estampidos de cañón o descienden sobre las ciudades con la timidez hipócrita de la nieve. Y son de tal suerte compactos sus copos, son mis creaciones a tal grado geniales, que he logrado ahuyentar de estos rumbos a las fieras; he espantado a las aves, a los insectos y a los peces; al Sol y a la Luna; al calor y al frío. 

Donde yo habito no hay estaciones y la Naturaleza es un limbo. El agua no moja; la llama no quema; el ruido no se percibe; la electricidad no alumbra. De noche todo es negro, impenetrable, pero yo veo. De día todo es blanco, lechoso, intangible. Son los dos únicos colores que restan por estas comarcas. Diríase que una monumental fotografía me rodea.

Y escribo, escribo sin cesar a todas horas, aunque ya soy viejo. Escribí así durante cincuenta años. ¡Cincuenta libros, pues, pesan sobre las costillas de los hombres! Y presiento a estos histéricos, histéricos incurables: los veo desplumar a las aves; mutilar sus propios miembros; orinar a sus mujeres; extraviarse en la noche enorme...

Y es tal mi avidez que, cuando me sobran fuerzas, trepo por la vertiente de esta montaña mía hasta la última roca desnuda, y, desde allí, más que como un titán o un profeta barbudo, como un dios todopoderoso y escuálido, lanzo al espacio la palabra maldita:

—¡Histéricoooos!

La fotografía no cambia. Pero los semblantes de los hombres sí, lo adivino.

Esta noche he concluido mi última obra. Digo mi última, porque ya no escribiré más. Me siento enfermo, vacío; con el cerebro tan yermo como una esponja o una piedra. Por otra parte, me estoy quedando ciego; ciego a fuerza de trabajar en esta obscuridad insondable. Ya no distingo los contornos de las cosas: apenas su volumen. De ahí que confunda fácilmente un árbol con una mesa y una mesa con un vientre. 

¡No, no escribiré más! Pronto seré un vestigio, y no conviene que la Humanidad se percate de ello. Conviene, más bien, que el tirano se exilie fuerte, que desaparezca hecho un coloso, que se retire con la majestad del Sol que desciende por entre los riscos...

He concluido mi última obra hace unos instantes, unos breves segundos. He escrito: FIN. Y he doblado las cuartillas precipitadamente, jadeante por el insomnio, aturdido por el abuso mental, sudoroso y febril, garabateando con dolor sobre ellas un jeroglífico indescifrable que viene a ser mi epitafio: FIN. FIN. FIN DE TODO.

A continuación, me he reclinado en el respaldo del asiento, suspirando triunfalmente.

—La obra está hecha.

Me pongo en pie porque la espalda me escuece y, de improviso, algo absurdo, ilógico, enteramente ridículo, comienza a ocurrir en torno mío: mi vista se aclara, hasta volverse perfecta; la noche se ilumina fantásticamente con el fulgor de una pequeña lámpara olvidada sobre la mesa; toman color y relieve los objetos; retumba el viento; la lluvia, cae estrepitosamente; surcan el espacio los relámpagos; mil aromas insospechados y confusos ascienden de la llanura. Todo palpita, bulle, vuelve a existir.

—¡No más fotografía! —prorrumpo—.Y con objeto de cerciorarme, huyo hasta la ventana, entreabro las vidrieras, espío.

Casi simultáneamente, advierto a mi espalda unos pasos blandos, muy lentos, como los de quien camina sobre una pradera. No distingo forma humana, pero los pasos siguen sonando a lo largo de mi biblioteca. Ora se aproximan a los anaqueles repletos de libros; ora a mi mesa de trabajo; se alejan; luego cesan imprevistamente, cual si "aquello" se detuviera y examinara algo. 

Otros pasos más fuertes y menos lentos suceden a los primeros: son más pesados desde luego, mucho más violentos, como producidos por un gigante malhumorado que gastara botas con clavos. Sigue lloviendo torrencialmente, y el viento que penetra por la ventana abierta cierra de golpe la puerta del aposento. Puesto que la fortaleza es sumamente sonora, el estruendo repercute en todos los rincones:

—Bum... Buuuuum... Bum...

Y los pasos persisten. Y yo comprendo aterrado que no estoy solo en la estancia.

Los pasos siguen, digo, cada momento más numerosos y diversos. Unos son de mujer, indudablemente; otros, de hombre; los hay también de cuadrúpedos, de niño. ¿Acaso una multitud de seres incomprensibles se ha dado cita en mi casa?

Verifico un esfuerzo desesperado, con la intención de liberarme de todo aquello, arrojándome por la ventana. Voy a hacerlo, en efecto, cuando aparece allí una mano enguantada que se aferra con angustia al marco. Doy un salto atrás, olvidado por completo de otras cosas. Busco el revólver en mi mesa, y aparece en la ventana otra mano compañera de aquella —enguantada, igual—. Asoma un brazo; el otro; después un sombrero negro —como los guantes— con el ala caída. Estalla un relámpago en el firmamento, sucedido por un horrísono estruendo. Se sacude la casa igual que un barco. Yo me mantengo en mi sitio, alerta, emboscado tras del sillón, con el revólver enfilado hacia el sombrero negro. Pero el hombre que pugna por entrar desmaya incomprensiblemente. Desaparece una mano; el brazo; poco a poco el sombrero; la otra mano... y escucho el golpe de un cuerpo que choca contra algo espantosamente sonoro.

Los pasos, adentro, continúan más y más implacables, y yo no me decido a moverme, temeroso de tropezar con alguien. Entonces, reparo con espanto en la alfombra que está poblada de huellas frescas y trozos de barro. Empero no se percibe el más inocente suspiro.

—¿Disparo? —pienso instintivamente.

Aprieto el gatillo y se escucha un ¡ay! dolorido, seguido de roncos estertores. Los pasos, a una, cesan totalmente, y yo presiento a mil seres horribles inclinados sobre el cuerpo de la víctima, reprochándome el crimen con sus miradas descompuestas.

Atisbo a un lado y otro, mas nada anormal ha sucedido. El herido prosigue quejándose con voz cada vez más débil, y, afuera, la borrasca sacude los montes. De súbito, advierto un arroyo de sangre negruzca que se va extendiendo por la alfombra en dirección a la puerta... Alocado por semejante sucesión de pavorosos acontecimientos, vuelvo a disparar sobre el herido que sangra. 

El herido enmudece. Lo he matado sin duda. Pero, simultáneamente, un libro cae del estante, rodando como una pelota. Echo a correr tras de él y lo sujeto con la punta del zapato. No tiene páginas; no resta de él sino la cubierta. Y es mío. Es mi primer libro. También está tinto en sangre.

Comprendo sin ningún titubeo:

"Lo he matado."

Luego aquellos seres que me acechan, aquellos monstruos infernales que me rondan son mis libros. Mis libros todos.

¡Cincuenta!

Preso de un valor repentino, recorro la biblioteca disparando a diestra y siniestra. El estampido de las detonaciones se confunde con los ayes lastimeros de las víctimas que van cayendo. Pronto la alfombra es un gran lago de sangre en cuya superficie navegan incontables libros sin páginas: unos, azules, amarillos o blancos; otros, negros, grises, verdes. 

Tengo un puñado de balas sobre la mesa y las voy consumiendo sin tregua. Diez, veinte, sesenta... Cuando las concluyo, alzo los ojos y observo agitadamente el estante. ¡Maldición! Aún queda un libro. Y una angustia desconocida y loca, una especie de borrachera fabulosa, hace que me tambalee. Como si hubiera caído en mitad de una profunda ciénaga, me siento irremisiblemente perdido. Van agonizando a mis pies las víctimas, con quejidos que parten el alma. La casa, gradualmente, como un mar que se tranquiliza, va quedando en suspenso, quieta. El viento también cede. La lluvia se torna más blanda. Aparece la luna, y en mi fortaleza reina una paz tenebrosa.

—¡Estoy perdido, perdido! —exclamo, oteando al superviviente cuyo espíritu presiento fluctuando.

Lenta, cautelosamente, me dirijo al estante. Dudo repetidas veces. Avanzo. Tomo al cabo el volumen entre mis manos. Lo examino: está intacto.

"Y si lo arrojara por la ventana al vacío, ¿se mataría?"

Avanzo, chapoteando en la sangre. Contemplo de cerca el campo; la melancolía húmeda de la noche, las capas de los árboles meciéndose, meciéndose. Me resuelvo y lanzo el libro contra las rocas. 

Cuando me vuelvo, un hombre pálido, con el sombrero negro sobre las cejas, está frente a mí. Doy un grito, reconociéndole al punto: es el ladrón misterioso de las manos enguantadas. Sonríe ante mi pánico, y yo le pregunto con el acento más tierno del mundo:

—Perdone. ¿Deseaba usted robar alguna cosa?

Me desmayo.

Y cuando sé de mí otra vez, voy a campo traviesa, bajo la luna mágica, en pleno bosque, perseguido por una multitud de seres que aúllan, gimen o blasfeman, enloquecidos por la ansiedad de atraparme.

"¡Son los personajes de mis libros que han escapado! —pienso sin reflexionar—. ¡Se han salvado! ¡Lograron huir a tiempo!"

A lo lejos, mi casa envuelta en llamas ilumina la noche, y yo corro despavorido, saltando arroyos y muros, empalizadas y simas, dejando parte de mis ropas enredadas en los matorrales, desgarrándome los párpados con las ramas de los árboles. Corro en silencio, medio muerto de miedo, casi asfixiado, blanco como un cadáver escapado del sepulcro. 

Y detrás, a diez o quince pasos, una muchedumbre compacta de monstruos alarga hacia mí sus miembros: son vírgenes desdentadas y sin cabello; hombres famélicos y enlutados; perros sarnosos cubiertos de pústulas y vejigas; resucitados, con los tejidos colgantes y vacíos; microcéfalos lascivos, con las ingles llenas de ronchas; mutilados de uniforme, con las arterias enredadas en los galones; machos cabríos, monjas, serpientes, exvotos, lechuzas, vinateros, átomos... Me persiguen y están a punto de darme alcance, cuando descubro a mis plantas una cavidad impresionante, iluminada tenuemente por la luna. 

Abajo ruge el mar, contorsionándose. Tiembla un barco en el horizonte. Se alargan las rocas hacia el cielo. Pero no se columbra una estrella. Vacilo ante aquella negrura caótica, mirando con pavor hacia atrás: un círculo de tentáculos erizados o gelatinosos se va estrechando en torno mío. Desgarro mis pulmones con un grito y me precipito al vacío. La velocidad me aturde... no alcanzo a respirar... veo luces, luces, todas gemelas... la atmósfera es cada vez más densa... Algo se dilata...

Transcurre el tiempo.

Y cuando mí cuerpo se estrella contra el lomo de las olas, sumergiéndose en un embudo de espuma, una voz ultrahumana se desploma de las alturas, sobresaltando a los que duermen:

— ¡Histéricoooo!

Abro los ojos con desconfianza y veo al doctor junto a mí; a mi padre, a la madrecita, a mis siete hermanos. Soy aún un adolescente y me duele aquí, aquí en el hombro.

Entonces el doctor me observa preocupadamente, me levanta con cuidado los párpados, me acerca una lamparita que huele a éter, y exclama:

—¡Ha muerto!

Mi familia, en pleno, cae por tierra de rodillas, sollozando o lanzando gritos frenéticos.

Mas, en cuanto a mí, me siento perfectamente.