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Antonio - Iban Zaldua

Antonio se dispone a preparar la cena, y lo cierto es que no hay muchas posibilidades: huevos fritos o tortilla francesa. Es incapaz de pensar en algo más complicado que eso, y además no le queda una maldita lata en el armario, así que mañana no tendrá más remedio que bajar al ultramarinos de la esquina a enfadarse con la señora Juliana, que siempre le mira como a un réprobo o a un pecador. 

Con el disgusto esculpido en la cara, coge cuatro huevos, cierra el refrigerador e insulta silenciosamente a su mujer, que parece contemplar sus movimientos desde la silla de ruedas verde descolorida. Antonio la remira y piensa por enésima vez en el accidente que la confinó en su parálisis total; nunca se supo si por culpa suya o del conductor que les embistió de frente y afortunadamente murió en el acto. 

Solo Antonio, y acaso Mercedes, saben la verdad, y tuerce el gesto al recordarlo, con lo que su cara adquiere unos casi inverosímiles rasgos de deformidad. Es ahora cuando decide insultar en voz alta a Mercedes: aunque en el pabellón de parapléjicos le aseguraron que podía oír, él nunca ha estado convencido del todo, pues nada de lo que le dice hace mella en su sonrisa beatífica, altera la mirada perdida de sus ojos casi vidriosos, o hace palidecer la expresión como de triunfo en su rostro. ¡Hija de puta!, y se siente más tranquilo así. En esa cosa que se llama Mercedes todo sigue igual.

Retorna a los huevos, que ha dejado balanceándose sobre un plato hondo, aún no muy decidido por una u otra alternativa. Los deposita sobre el mármol negro y toma uno, lo casca con un exquisito cuidado delator de su impericia supina, y deja que el contenido se extienda lentamente por el plato, procurando que la yema no se rompa, por si acaso. Huevos fritos. 

Saca la sartén del horno y vierte en ella el poco aceite sucio que guarda en una lata, añadiendo algo más del de la botella de girasol, que también se acaba. Acordarse apuntar lista compra, mierda. El encendedor automático de la cocina hace años que no funciona, así que debe recurrir a la caja de cerillas. Tampoco quedan muchas, así que aprovecha para encenderse un Ducados, pese a que sabe lo mucho que le molesta a Mercedes que fume. O lo que le molestaba, pues ahora no se queja ni dice nada.

Bien es verdad que al principio, poco después del accidente, las cosas fueron más fáciles para Antonio, que casi casi piensa: «Para los dos». El seguro lo cubrió casi todo, aún no había problemas con el trabajo y, aunque no tenía noción alguna de cómo llevar a buen término las labores del hogar, o quizás precisamente por eso, apareció Marta a echarles un cable. 

Sí, le ayudó bastante. Mucho, se corrige al tiempo que abre un poco más la espita del gas butano y el fuego aumenta, a ver si se calienta de una maldita vez el aceite. Antes de aquello, claro, Mercedes lo hacía casi todo. Merche… Antonio no puede evitar una sonrisa amarga y arroja a la sartén una miga de pan de ayer para comprobar cómo va: le gustan los huevos hechos en aceite muy caliente. Marta fue su salvación, sí. 

Resultaba un tanto ridícula, enfundada en aquel peto de pana y sin maquillarse jamás, esforzándose en conservar aquel aspecto mustio, de ejercicio espiritual postconciliar. Pero nadie podía decir que no fuera útil, amén de silenciosa, para un hombre que, como Antonio, jamás en la vida se había hecho una cena, o barrido una habitación: preparaba exquisitos platos, dejaba la casa como los chorros del oro, fregaba los cacharros sin perdonar rastro de grasa, y bajaba ella misma las bolsas de basura, a las que Antonio no tenía más que esbozar un nudo. 

Todo ello, por supuesto, en un santiamén y prodigando muestras de refinada educación. Cada mañana, además, vestía y peinaba a su hermana, le aplicaba con algodoncitos agua de lavanda por los distintos vericuetos de su piel, limpiaba la silla de ruedas. La dejaba radiante, casi guapa. No como ahora. Por todo lo anterior, se comprende que Antonio pronto se acostumbrara a ella, y también que casi llegara a olvidarla.

Había algo en que no podía sustituir a Mercedes, claro está. Pero solo al principio. Los primeros meses. Doce años ya… Seis, siete acaso desde que Marta, tan sigilosamente como vino, se fue no se sabe adónde… y la miga de pan empieza a agitarse en el aceite turbio, asfixiada. Antonio no puede evitar volver a mirarla, raquítica, amarillenta, aplastada contra el respaldo de plástico sucio, la sonrisa estúpida hinchándole la cara. 

Había dejado de desearla hacía tiempo —¿desde antes del accidente?, se consuela—, y ya no dormían juntos. Él mismo se encargaba de acostarla, unas veces antes, otras veces más tarde, en la habitación que hubieran destinado a los niños. 

Después de la fuga de Marta, frecuentó ciertos clubes acortinados, algunas pensiones de mala muerte, güiskerías de reputación oscura. Pero de un tiempo a esta parte se traía las putas a casa, y seguía sin tener la seguridad de si Mercedes se daba cuenta o no. 

Como tampoco la tuvo cuando Marta, para ser fiel a la verdad. La cama crujía. Gemían y gritaban sin recato. Les pagaba más si lo hacían así. Y el cuarto de Mercedes era el contiguo. Todo inútil: los días transcurrían iguales, ella no se alteraba.

Y Antonio sigue con la vista fija en ella, no se percata de que el aceite está casi hirviendo y humea ya. Pero no puede apartarla de su mirada, aunque sus pensamientos estén más allá. El negocio va de mal en peor. El equipo, colista. Las medicinas están cada día más caras. El barrio da pena, y la casa también. Todo de mal en peor, sí, puede que precisamente desde que Marta se fue. 

Desde entonces Antonio ha tenido que aprender a hacérselo todo él mismo, y no muy bien, sobre todo al principio. Aún no ha conseguido planchar una sola camisa, y su ropa arrugada lo delata continuamente, dondequiera que vaya. No le preocupa. No tanto, al menos, como sus deudas en el juego. En fin, quién sabe cuál fue la razón, pero un día Marta decidió lo que decidió y se marchó sin decir ni mu, no sin antes haber abandonado en el fregadero la vajilla de la cena y la del desayuno, toda junta, sin hacer. 

Aquellos días no había cruzado con ella más palabras de las pocas habituales, que no pasaban, por otra parte, de los saludos rituales, algunos por favores, y los correlativos gracias y de nadas. Como todas las noches anteriores, habían hecho, sepulcralmente, el amor, y no había sido especialmente brutal, no lo creía, al menos: tal y como lo había aceptado la primera vez, en silencio, se dejó desnudar, abrazar y embestir, sin queja y sin expresión. 

En cualquier caso, aunque Antonio no esté seguro más que de eso, sabe que así puede fechar con aproximada exactitud el arranque de su decadencia. La cocina siempre sucia. La comida escasa y progresivamente reducida a huevos y chuletas de cerdo. El parqué llenándose de polvo. Los chirridos de la silla de ruedas. Los balances que no cuadran, el almacén, el expediente, las colas del INEM. 

La sombra perpetuamente esquinada de Mercedes. Los acreedores que apremian, las cartas de la caja de ahorros. La cara, la sonrisa inalterable de Mercedes. La basura hediendo durante días, antes de que se le ocurra sacarla. El vino de brik. La mueca de Mercedes.

Antonio vuelve a mascullar otro juramento, sin apenas alzar el tono. Baja el fuego por fin, y casca el otro huevo en el plato. A continuación, los vierte en la sartén con la mala fortuna de casi siempre. La yema de uno de los dos se rompe al contacto con el aceite, se desparrama, forma una corola anaranjada que se endurece y blanquea por momentos. La otra, puede que por simpatía, explota también. El siguiente par le saldrá mejor, por supuesto. En todo caso, una vez más, huevos espachurrados. Para Mercedes, claro. Los buenos se los comerá él.

Bronce - Iban Zaldua

Álvaro volvía muy excitado de la excavación. En el cuadro B7 acababan de encontrar un cuchillo de bronce, perfectamente conservado. Era algo extraordinario. Lo acariciaba en el bolsillo de la gabardina y sentía su frío, su brillo, el filo aún cortante. No había visto nunca una pieza así, ni siquiera en los mejores museos. ¿Sería el tipo de tierra en el que estuvo enterrado durante casi mil cuatrocientos años? 

Las pruebas del Carbono 14 habían llegado del laboratorio la semana anterior y eran claras. Un poblado de la Edad del Bronce, el más grande de la zona, casi del país. Tenía trabajo (y publicaciones) para años. Y el cuchillo. No dejaba de manosearlo. Le hubiera encantado enseñárselo a todos los que se cruzaban en su camino, pero se contuvo. Se lo reservaría a Marta. 

Lo que más le atraía era su falta de adornos: era un cuchillo, lisa y llanamente, sin dibujos ni en la hoja ni en el mango. Era una pieza muy particular. No había consultado los catálogos, pero no recordaba haber leído sobre nada parecido.

—Aquí estoy, ya he vuelto —dijo nada más entrar en casa.

Algo parecido a un gruñido le respondió desde el salón, superponiéndose a los aullidos del telefilme.

—Mira lo que traigo, es excepcional.

Sacó la daga del bolsillo, apenas envuelta en papel de periódico. La sostuvo en su mano derecha. De detrás del sillón se elevó una nube azulada, impecable.

—¿No quieres mirar? A fin de cuentas, tú también estudiaste Prehistoria. Conmigo. Es un cuchillo del Bronce. No sé cómo demonios se ha podido conservar así. Si brilla y todo.

Otra nube salió para encontrarse con los restos de la anterior en el techo. El olor a Sombra inundaba la sala.

—¿De verdad no vas a mirarlo? Es una pieza muy importante.

Álvaro esperaba una tercera nube, pero Marta habló. Pausadamente, como siempre.

—Qué me importa tu puta excavación. Siempre con el mismo cuento. Estoy harta, de verdad, harta. Tú y tus aires de Indiana Jones. Tu maldito orgullo. —Se volvió—. Ya veo tu cuchillo. Precioso. ¿Estás contento?

Iba a decir algo así como «y ahora déjame seguir viendo la tele, ¿vale?», pero no pudo. Álvaro ya estaba encima, acuchillándola una, dos, tres veces. Ni siquiera le había dado tiempo a quitarse la gabardina. Marta no gritaba. Cuatro, cinco. Si se lo hubiera pensado dos veces no le hubiera salido tan bien. Seguramente, ni siquiera la hubiera matado. Seis, siete. Ya no se movía. Era suficiente.

La despellejó allí mismo y luego la cortó en pedazos, de los que apartó dos. Llevaba todo el día fuera de casa y tenía hambre. El resto de los trozos los metió, chorreantes, en un saco de tela basta. Hizo un pequeño fuego con unas cuantas ramas que encontró cerca y asó los trozos. La cerda salvaje estaba estupenda. Ya era hora de volver al pueblo, iba a oscurecer pronto. Apagó el fuego y se echó el saco al hombro. 

No estaba tan lejos. Pronto se alzaron ante él el muro de adobe, la pequeña torre de madera. Saludó al vigía, que le dejó pasar sin decir nada. La calle principal, pequeñas casas de una sola planta, sin ventanas. Sabía dónde tenía que ir. B7. Era una casa como las demás, pegada al muro oeste. Una habitación amplia, nada más. En el centro, un círculo de piedras grandes, ennegrecidas. Dejó el saco en el suelo. Estaba muy oscuro.

—He traído carne —se sorprendió diciendo en una lengua que no conocía.

Al fondo, una sonrisa entre las greñas. Cuatro sombras se acercaron desde la derecha: tres niños y una chica. Álvaro acarició una vez más el cuchillo que pendía de su cinto. Todavía estaba ensangrentado. Tendría que limpiarlo. 

Donante - Iban Zaldua

Circunstancias más bien peregrinas me llevaron a hacerme donante de sangre. A Loperena, compañero de cenas y chiquiteo, el médico le recomendó —más bien le ordenó— que se hiciera sacar sangre con cierta regularidad: lo ignoro todo sobre la ciencia de Esculapio, pero recuerdo que el curioso remedio, uno más de entre todo un arsenal, tenía que ver con la extrema obesidad de nuestro amigo, y con el lamentable estado de su hígado. 
 
Le indicó que lo mejor para seguir el curioso tratamiento iba a ser que se hiciera socio de Donantes de Sangre. Loperena fue objeto de nuestras chanzas durante un tiempo, hasta que, conforme iban transcurriendo los días y comprobamos que a la pregunta: «¿Qué, has ido ya a sacarte sangre?», seguía respondiendo con evasivas, comprendimos algo que ni remotamente podíamos sospechar en él: estaba cagado de miedo. 
 
Tratamos de alentarlo como siempre suele hacerse en estos casos: que no pasa nada, si es un pinchacito y se acabó, que no se ha muerto nadie… Inútilmente. Así que decidimos, en un acto de generosidad sin precedentes hacia Loperena y la Humanidad, convertirnos nosotros mismos también en donantes y acompañar al desdichado gordo en su particular calvario. 
 
Los siete —todos menos Juárez, que había tenido hepatitis— nos encaminamos un sábado a la mañana hacia el banco de sangre, sin dejar de hacer chistes y dando palmaditas en el hombro a Loperena, que estaba más blanco que la leche. 
 
Para animarle, quedamos en que luego visitaríamos los bares del barrio y saquearíamos sus reservas de tinto y pinchos. Entre protestas, todos nos comprometimos a invitar. Ni siquiera esto devolvió la vida a los ojos de perro apaleado de Loperena.
 
La sede de la Asociación de Donantes de Sangre se halla en el bajo de un oscuro edificio del Centro, en la calle Lope de Aguirre; como Nazábal, con su habitual pedantería, se encargó de ilustrarnos, ocupaba lo que habían sido las antiguas oficinas de la CNT durante la guerra: los agujeros de bala que tachonaban el dintel y uno de los balcones, rellenos de un mortero que había ennegrecido más que la piedra de la fachada, daban fe de ello. 
 
El interior se correspondía casi exactamente con la lúgubre entrada: una amplia sala con una mesa, tres camillas que parecían sacadas de un compendio decimonónico, varias vitrinas modernistas y gastadas, llenas de frascos, azulejos blancos en el suelo, el techo y las paredes. Lo único anacrónico allí eran las bolsas de plástico para la sangre y las balanzas en el suelo, junto a las camillas. 
 
Nos recibió el doctor Elorza, alto, espigado, calvo, con una mueca de seriedad permanente de esas que uno, por conservar la calma, procura no confundir con la animadversión hacia todo lo que se mueve sobre dos piernas. Ni el marco ni el galeno eran, evidentemente, los más adecuados para que Loperena caminara sin miedo hacia su primera donación, así que —una simple mirada de entendimiento nos bastó— Juancho, Loco y yo decidimos afrontar los primeros el potro de la tortura. 
 
Tras un prolijo y desagradable interrogatorio, una enfermera sin edad nos fue tumbando en las camillas y el doctor, con una mirada casi sádica, fue clavándonos la aguja en la vena y dándonos las instrucciones para que la sangre fluyera a la bolsa. Aunque sólo puedo hablar por mí mismo, estoy seguro de que a los tres nos dolió más de lo que preveíamos, y que nos pareció una experiencia bastante desagradable. 
 
Sin embargo, ante los demás, y sobre todo ante Loperena, evitamos cualquier gesto de disgusto y seguimos bromeando hasta el final. Marcos, Nazábal y Mikel hicieron lo mismo. Loperena no pudo echarse atrás. Aguantó como pudo y, aunque estuvo a punto de marearse, no vomitó. 
 
Todos juntos ya, y acompañados por la enfermera, nos zampamos el bocadillo, bebimos los litros de agua prescritos, recibimos cada uno nuestro carné y salimos para la calle. Era la una y media del mediodía. Fuera porque la sangre que nos habían restado debilitaba nuestro organismo, fuera porque los pinchos que trasegamos no fueron suficientes para hacer base en nuestros estómagos, el caso es que para las dos y cuarto ya estábamos como cubas. 
 
No tuvimos más remedio que quedarnos a comer por la zona, en uno de esos tascuchos con menú de a mil doscientas pesetas que invitan, en los postres, a cantar a coro y a iniciar interminables guerras de pan. La memorable juerga concluyó con los primeros rayos del sol de la mañana siguiente. 
 
No extrañará, por lo tanto, que decidiéramos convertir aquellas donaciones en tradición, en el preludio de largas jornadas de disparates, cánticos y chuletadas que íbamos a perpetrar cada tres o cuatro meses. Así lo decidimos, ya recuperados de la resaca, con un solemne juramento.
 
Como era de esperar, la primera juerga eclipsó a todas las siguientes. Es sabido lo que perduran las tradiciones recién adoptadas en estas circunstancias: dos, tres años, o acaso lo que tarda en deshacerse una cuadrilla. En nuestro caso ambos plazos casi coincidieron. 
 
Habíamos concluido los estudios, conocimos a otras gentes, algunos encontraron trabajo lejos del barrio, la vida nos trazó líneas que se fueron separando en el mapa del tiempo. Yo fui de los que se quedó en la ciudad. Y el único que, una vez cada cuatro meses, siguió acudiendo a donar sangre. Es posible que alguno siguiera haciéndolo, pero no desde luego en aquel local del centro. 
 
La lista de excusas que fueron proporcionando para justificar su deserción es demasiado prolija y la considero innecesaria en este relato. Loperena fue el último en abandonarme. Un día me comunicó que su nuevo médico de cabecera había decidido cambiar radicalmente de tratamiento, aduciendo que, a fin de cuentas, aquellas donaciones de sangre no eran más que una burda variante de las sangrías de antaño. 
 
Todo eso, según Loperena, acompañado de una serie de lindezas sobre su colega que se pagarían a muy buen precio en el Colegio Provincial de Médicos. Pese a los alicientes que rodeaban a las jornadas de donación, Loperena nunca logró sacudirse de encima el malestar que le producían el doctor Elorza y sus agujas. 
 
Le felicité sinceramente, pero no advertí rastros de alegría —ni siquiera de alivio— en su mirada. Me lo explicó: el nuevo médico le había impuesto un régimen muy estricto. Después de realizar mi donación —la solidaridad de Loperena no llegó hasta el punto de acompañarme aquel día—, decidimos celebrarlo por todo lo alto en el Felipe: marmitako, pencas rellenas, gorrín, repostería variada, café, puro y pacharán. 
 
Todo ello regado con un par de botellas de Viña Ardanza de 1973 que elevaron la cuenta —y nuestra moral— como la espuma. Pero no nos importó. Loperena lo dejó muy claro: «Esta es la última. Mañana mismo empiezo con el régimen».
 
No sé por qué seguí donando. Local y empleados me resultaban desagradables, las satisfacciones que me proporcionaba el hecho de perder medio litro de sangre cada cuatro meses eran intangibles y —cavilaba— lo que sobra en esta provincia son donantes de sangre. Eso decían las estadísticas, por lo menos: cuando empecé a ir solo me sorprendió no coincidir nunca con nadie. ¿Por qué me empeñaba en ir, entonces? ¿Era, acaso, una forma de tranquilizar mi conciencia, de decirme que ya hacía —y, además, gratis— lo suficiente por la Humanidad? ¿Mi coartada para afrontar la vida con un mínimo de hipocresía? ¿Era la Asociación de Donantes de Sangre —a cuyas reuniones jamás acudía— lo mismo que el Movimiento de Objeción de Conciencia para Nazábal, la Asociación para la Protección de Nuestro Patrimonio Industrial para Marcos, el sindicato para Juancho? Lo ignoro. Creo que actuaba movido por una suerte de premonición. Esperaba a Milagros.
 
El hecho es que, tres sábados al año, allí me tenían, listo para vaciar mis venas. El doctor Elorza nunca llegó a tutearme, ¡faltaría más! Cuando traspasaba la puerta y le saludaba me solía atravesar con una mirada cansada, como si anduviera cargado de trabajo, agobiado por las masas de donantes. 
 
Nunca encontré a nadie allí. Después celebrábamos el ritual mecánicamente: me hacía las mismas preguntas, yo daba las mismas respuestas, me tumbaba en la camilla más alejada, me pinchaba, volvía a su escritorio y a partir de entonces era su casi muda ayudante la que se ocupaba de todo: vigilar la oscilación de la balanza, decidir cuándo había suficiente sangre en la bolsa, cortar el flujo, aplicarme el algodón en el pinchazo y recitarme, siempre con la misma voz monocorde: «Ahora apriete fuerte hasta que deje de manar sangre». 
 
Ni siquiera llegué a saber su nombre. Después de aquello, me bajaba la manga y, ya sin ayuda, me encaminaba a los sofás de la entrada, bebía medio litro de agua, ojeaba algunas revistas y deglutía un bocadillo de —parece difícil de creer— excelente salchichón. Siempre había cuatro o cinco más preparados en la mesilla, y más de una vez estuve tentado de pedirles permiso para repetir. 
 
Pero algo en el silencio de aquella amplia sala me lo impedía siempre también. Quizá fuera el recuerdo del brillo extraño que asomaba a los ojos de Elorza cada vez que extraía la aguja de su protector de plástico y miraba mi brazo buscando el punto exacto. No logré acostumbrarme.
 
Un sábado, nada más entrar, me di cuenta de que las cosas habían cambiado, y mucho, en el último cuatrimestre. Mamparas de color salmón dividían el espacio que antes ocupaba la gran sala, de manera que la entrada se reducía a un hall bastante pequeño, aunque coqueto. De las paredes originales no habían podido arrancar aquellos horribles azulejos, pero las habían cubierto con pósters y reproducciones de pinturas impresionistas que les daban otro aire. 
 
La mesa de oficina había sido sustituida por un mostrador tras el cual una vivaracha enfermera, que enseguida me dijo que se llamaba Merche, pedía los datos, rebuscaba en el fichero y conducía al donante a una pequeña sala de espera donde —y aquí venía la sorpresa— la doctora en medicina general Milagros Rotaeche cumplimentaba, con una amabilidad inusitada, el cuestionario de rigor. 
 
Ella fue la que me informó del cese del doctor Elorza y de cómo ella se había hecho con el puesto. Todo eso sin dejar de sonreír. Puedo decir, sin riesgo a equivocarme, que es una hermosa mujer, morena, de ojazos verdes y largas pestañas, y con una sonrisa que no abandona su boca en ningún momento: creo que fue ese rasgo, en contraste quizás con la actitud de Elorza, lo que me cautivó. 
 
Sospeché, con una mezcla de horror y satisfacción, que por fin habían descubierto los experimentos secretos que sin duda realizaba el doctor Elorza y se hallaba expiando sus crímenes en alguna institución penitenciaria; no he sabido hasta mucho después que se enroló en una misión de Medicus Mundi con destino a Ruanda, donde por lo visto realizó durante dos años una labor más que meritoria. 
 
Salió hasta en el semanal de El País. Tengo que confesar que la noticia me ha contrariado un tanto, pero en aquel entonces di gracias al Señor —las sigo dando— por el cambio y por el castigo que por sus crímenes contra la Humanidad se merecía Elorza. Pero sobre todo por el cambio.
 
La doctora Rotaeche era además encantadora, atenta e inteligente. Su conversación no decaía nunca y suponía una delicia estar con ella. Si no tenía mucho trabajo se quedaba junto a mí durante la extracción, y hablábamos de cualquier cosa. La verdad, era ella la que más hablaba, porque yo no tenía mucho que decir. 
 
Mi trabajo, en la sección de contabilidad de una sucursal de la caja de ahorros provincial, no daba para grandes aventuras; mis recuerdos de juventud, de puro felices, se me antojaban insulsos; mis vacaciones en Cuba —desde que empecé a trabajar he ido cuatro veces, cada verano—, eran más bien inconfesables, pese a que eran lo más excitante en una vida que se reducía a un eterno paseo entre la oficina y el apartamento. 
 
Milagros —enseguida si insistió en tratarme de tú— opinaba sobre todo lo divino y lo humano con una soltura envidiable, de esas que arrastran: yo mismo me sorprendí, en más de una ocasión, proporcionándole mi punto de vista sobre cuestiones que en la vida me habían interesado, o sobre las que nunca me habría atrevido a discutir. 
 
Aquellos ratos, desgraciadamente, no fueron tan abundantes como yo hubiera deseado. La voz corrió y los miembros de la Asociación de Donantes acudieron como moscas. Nunca había visto el local tan concurrido: hubo sábados en que tuve que volverme a casa sin haber cumplido con mi deber. Una vez en la sala, donde habían colocado dos camillas más, amén de una televisión, todos nos disputábamos los favores de Milagros. 
 
Al principio creí ser el preferido, pero casi estoy convencido de que a todos nos ocurría lo mismo. Durante un año entero me devoraron los celos: ¿acaso no pasaba unos minutos más con esa foca sebosa de Rodríguez Rezola, un carnicero que contaba chistes sin cesar, y no precisamente de los mejores? 
 
Pero no, luego volvía junto a mí, introducía aquella suave aguja bajo mi piel, acariciaba mi hombro, me preguntaba por el trabajo, me tranquilizaba. Mes tras mes, esperaba aquellos sábados con ansiedad. Más de una vez me planteé si podría verla fuera de aquel local, si me atrevería a invitarla a salir, o algo así. Nunca lo intenté: algo más fuerte que mi deseo me detenía. Como si la imagen de Milagros fuera de aquel local me pareciera irreal. Como si no pudiera tomar cuerpo en otro sitio que no fuera aquel escenario. Ahora sé que no tiene por qué ser así.
 
Milagros era, además, una médico muy preparada. Pronto nos enteramos —todo se llega a saber en los círculos devotos— de que había sido la primera de su promoción, y de que había publicado artículos en las revistas más importantes de la especialidad. 
 
Reputada experta en hematología, ella misma nos confesó que estaba perfeccionando un preparado con el que queremos conseguir que la sangre de los donantes recuperara más rápidamente los elementos que se perdían con la transfusión. No podíamos estar más de acuerdo con su línea de investigación: si tenía éxito el ritmo de donaciones se aceleraría y habría más sangre para transfusiones y, lo más importante, podríamos acudir cada menos tiempo a visitar la sede de la Asociación. A visitar a Milagros. 
 
Su sueño, me confesó un día, era la producción artificial de sangre, pero no confiaba en lograrlo aún, dados los escasos medios de que disponía. Por eso había optado por perfeccionar el funcionamiento de la mejor máquina de producir sangre que la naturaleza había creado. Y me acarició la cabeza.
 
Cuando, tímidamente, nos propuso formar parte de su experimento, dudo que nadie se negara a probar aquel brebaje rosa que Merche nos iba a servir después de cada donación, junto al agua y el bocadillo. Nos dijo que íbamos a ser famosos y que nuestros nombres aparecerían en el artículo que sin duda le publicarían en el Scientific American. Eso, por lo menos. 
 
A partir de ese momento empezamos a ser citados más a menudo. Primero cada tres meses, luego cada dos, y a partir de ahí Milagros fue bajando una semana a cada visita. Mi vida se convirtió en una delicia, al menos en parte. No sólo porque acudía al local de la Asociación de Donantes de Sangre más a menudo, sino también porque pasaba más tiempo allí. 
 
Efectivamente, el revitalizador de Milagros, por lo visto, no sólo lograba acelerar la recuperación de los elementos que perdía la sangre del donante, sino que lograba triplicar el ritmo de reproducción de la propia masa sanguínea, con lo que, nos comunicó, podríamos donar más sangre cada vez. 
 
La perspectiva de pasar ratos más largos junto a Milagros me sedujo —nos sedujo— sin remedio. Casi se convirtió en una competición entre los habituales. Subimos de medio litro a tres cuartos, de ahí al litro y algunos llegamos al techo de litro y medio por donación, con descansos de tres semanas entre una sesión y la siguiente.
 
Evidentemente, cada día que pasaba me sentía más débil. No puedo decir que me importara mucho. Nunca he sido muy dado a tomar el sol, pero la imagen que cada mañana me devolvía el espejo me decía a las claras que mi piel había perdido cualquier vestigio de color que alguna vez hubiera tenido. 
 
Perdí el apetito, adelanté y empecé a llegar tarde al trabajo. Siempre he sido puntual, y nunca antes se me habían pegado las sábanas. Pero ahora subía a casa y no sentía más que ganas de dormir, acudía al trabajo y me entraba sueño frente al ordenador. No, ni se me ocurrió preocuparme. 
 
Milagros nos hacía chequeos antes y después de cada sesión, nos tomaba la tensión, realizaba complicadas pruebas con muestras de nuestra orina y casi siempre proclamaba que estábamos estupendos; a algunos les prescribía unas vitaminas, «una ayudita», como ella solía decir, pero poco más. 
 
Un día, nada más llegar a la oficina, me desmayé. El médico diagnosticó anemia con complicaciones —la lista es demasiado larga—, y me dio a entender que tenía la sangre tan debilitada que lamentaba hasta haberme extraído la muestra. Me dio baja para un mes, que tenía que pasar en la cama. Ni se me ocurrió comentarle nada de los experimentos de Milagros. 
 
Ella misma se había encargado de subrayar que aquello era un secreto entre nosotros, que en el mundo de la investigación hay muchas envidias y muchos desaprensivos dispuestos a robar descubrimientos que no les pertenecen. Nunca dudamos de su buena fe, ni de sus revisiones. Confiábamos en Milagros.
 
Aquella baja, qué duda cabe, me salvó la vida. A la segunda semana ya estaba algo mejor, y pude empezar a leer los periódicos que, a regañadientes, me subía un vecino. La noticia apareció un lunes. Los titulares de los diferentes diarios no podían ser más expresivos: «LO MATÓ PARA EXTRAERLE TODA SU SANGRE», «HORRIBLE ASESINATO», «EL LOCAL DE LOS HORRORES», «LA VAMPIRESA DE LA CALLE LOPE DE AGUIRRE». Y continuaron los días siguientes: «MÁS CUERPOS EN LA TRASTIENDA DEL LOCAL», «SED DE SANGRE», «LA DOCTORA ROTAECHE INGRESA EN PRISIÓN», «DIMISIONES EN LA ASOCIACIÓN DE DONANTES DE SANGRE», «POSIBLE IMPLICACIÓN DEL DIRECTOR DE OSAKIDETZA», etc. 
 
La policía dio con el caso casi por casualidad, mientras investigaba la desaparición de Rodríguez Rezola que, como todos los carniceros, tenía dinero y sólidas relaciones. A algún espabilado se le ocurrió que acudía con demasiada asiduidad al local de Donantes y mientras hacían una pregunta por aquí, manoseaban un aparatito por allá, algún agente abrió la puerta del depósito y se topó con el cuerpo —por decir algo— de Rodríguez Rezola, convertido en un saco de piel y huesos apenas reconocible. 
 
El forense no encontró en su cuerpo, casi momificado, ni una gota de sangre. Lo mismo puede decirse de los otros cuatro cuerpos que hallaron bajo el suelo de aquella habitación; publicaron sus fotos y he de decir que los conocía a casi todos: mis antiguos rivales. El famoso preparado resultó estar compuesto básicamente de sirope de granadina. 
 
Merche, la enfermera, por lo visto, no sabía nada. La policía vino a visitarme una semana después de la detención de Milagros. Confirmé punto por punto las declaraciones de los demás testigos. Sin embargo no quise ponerle una denuncia. No he debido ser el único, porque los policías no insistieron. Ni siquiera parecieron sorprenderse.
 
Por suerte, los periodistas no me molestaron. No hubiera sabido qué contarles. El caso de la doctora Rotaeche fue, como era de esperar, un duro golpe para la Asociación Provincial de Donantes de Sangre: las estadísticas de este último año son elocuentes. Incluso han cambiado de sede, pero no parece que les haya servido de mucho. 
 
Yo, desde luego, no he vuelto a donar, y no conozco el nuevo local. Nunca lo conoceré. No es por lo que nos ocurrió. Sé que si voy no encontraré a Milagros allí, y eso es suficiente. No sería lo mismo. He intentado conseguir un permiso para visitarla en la cárcel, pero no me lo han concedido. 
 
Razones de seguridad, añaden. Me han dicho que probablemente pueda cuando la sentencia sea firme. Incluso un vis a vis; eso sería estupendo. Esperaré. Vaya que si esperaré. Me da un poco de lástima, claro. Todo este tiempo. Con la sed que estará pasando, la pobre.

Mancha - Iban Zaldua

Era como un chancro que se extendía semana tras semana, casi imperceptiblemente, entre negro y gris, homogéneo, compacto. No lo creerán ustedes, pero al principio casi ni me enteraba: echaba un poco de lejía de la amarilla, un chorrito de limpiahogar con olor a pino, frotaba con más fuerza la escobilla y tiraba de la bomba, fundiendo todo el fondo de la taza del váter en una explosión de espuma, burbujas y agua limpia. 

No es una labor de esas que me entusiasmen mucho, la de limpiar el cuarto de baño, así que creo que se me puede excusar por no haber tenido suficiente cuidado cuando todo comenzó. Procuraba terminar cuanto antes para ver el programa de las tardes, ese en el que salen esas señoras tan simpáticas y tan, tan inteligentes, y luego esos invitados… 

En fin, que no me fijaba y me volvía enseguida para limpiar el suelo de azulejo, que es lo último que hago —con agua bien calentita— después de repasar a míster Roca. Lo que quiero decir, a fin de cuentas, es que antes de tomar conciencia del problema ya había visto la mancha, pero que no le había dado ninguna importancia, tratándola como a otra mancha cualquiera. Fue, sin duda, un error.

El caso es que me iba poniendo cada vez más nerviosa. Es difícil de explicar. José volvía muy tarde del trabajo y no traía ganas de nada, solo de sentarse delante del aparato y mirar algún programa concurso de Tele 5. Ahora me doy cuenta de que ya entonces sabía que la mancha estaba avanzando, que lo sabía inconscientemente o así, pero que no acababa de hacerme cargo. Es verdad que notaba algo raro. 

Me demoraba cada vez más limpiando la taza. Incluso le pregunté a Jesús, mi hijo, si no notaba nada extraño en el cuarto de baño, pero como siempre que viene a casa después de pasar uno o dos meses en Madrid creo que ni me escuchó; para pedir dinero por teléfono cuando se le acaba a fin de mes ya se preocupa más, claro, entonces hasta me pregunta a ver qué tal estoy, que si mis varices me están dando mucha lata, que si he ido a la peluquería… y yo caigo como una tonta, normal. 

También se lo pregunté a José, pero sin ninguna esperanza; en eso es como mi hijo o peor, aunque quizás debería decir que es el hijo el que ha salido al padre. Hacía tiempo que no hablábamos de otra cosa que de facturas o de la tele y, durante los periodos electorales, de si iba a votar al partido, que el partido nos necesita ahora que las cosas están más difíciles que nunca, que hay que pararles los pies a esos chupatintas; así durante veinte o treinta días más o menos. Pero yo ya me había acostumbrado.

A lo que no terminaba de acostumbrarme era a la sensación de extrañeza que percibía en el baño. Tengo que decir que yo era la que más horas pasaba allí, pintándome por ejemplo —me gusta salir guapa a la compra— y no podía pasarlo por alto. 

El 13 de junio de 1993 —recuerdo perfectamente la fecha— la vi y supe. Se estaba extendiendo desde el fondo de la taza, desde la derecha, desde ese punto en que la curva se pierde de vista y se adivina el comienzo de la cañería de plomo que conduce al abismo. 

Aquel día froté como loca. Me pasé dos horas intentando limpiarla, abandonando incluso mi «tradicional» técnica de la escobilla, rebajándome a ponerme los guantes de goma —que no me gustan nada porque se pegan y luego no hay manera de quitárselos y hasta hacen daño—, a utilizar el Scotch-Brite, a arrodillarme. 

Inútilmente. José ni me hizo caso a la noche. Aún no estaba nerviosa, pero la verdad es que aquel lamparón que iba como corroyendo el esmalte me preocupaba, así que a la mañana siguiente lo primero que hice fue bajar al ultramarinos de la esquina a por algo más fuerte —y más caro— que mi limpiahogar habitual. Compré tres botellas de un producto muy espeso, alemán, de «eficacia probada», ecológico. 

Olía muy mal, pero en la propaganda decía que no había germen que se resistiera a su potencia limpiadora, y que con una gota bastaba para que una pudiera prepararse allí mismo el té con pastas que tomaba a la tarde con sus amigas. 

Fuera bromas, porque esa propaganda estaba mal e igual valía para Alemania o algún otro de esos países de Europa, que aquí lo más nos juntamos para charlar en torno a una taza de chocolate, acaso con churros, si alguna de nosotras comprueba que el de la caravana no se ha pasado con el aceitorro que suele utilizar; fuera bromas, digo, me apliqué en la tarea nada más llegar a casa, no sin apercibirme, con horror, de que la mancha había crecido más que considerablemente y cubría, como si fueran unos labios amoratados, todo lo que es la boca que se abre a la cañería y luego va a la cloaca y luego al colector y al río y vaya usted a saber si a algún mar. Daba miedo. 

Yo, desde luego, dejé de hacer mis necesidades allí: pensaba que de un momento a otro una rata o algún bicho horrible iba a salir de aquellas profundidades y me iba a morder, o peor todavía, que el propio orificio se alargaría, alargaría, negro como la pez, para pegárseme y absorberme y engullirme con un sonido como chuufff. Gasté los tres litros de producto alemán aquella misma mañana. Para que luego digan.

A la tarde no intenté nada, estaba demasiado cansada. Ni me atreví a acercarme al cuarto de baño. No podía dejar de pensar en que aquella mancha se estaba extendiendo, sin que nada pudiera impedirlo, taza arriba. Pensé en esa película horrorosa que pasaron el otro día por la tele, La invasión de los ultracuerpos, o algo así, donde una especie de sandías espaciales van tomando la forma de los seres humanos que tienen la desgracia de estar cerca de ellas… me estoy liando otra vez, vaya. Pero era una posibilidad. Un virus extraterrestre o similar. 

Se me ocurrió que podía mirar en alguno de los libros de Benítez —los tengo todos—, pero me dio tanto miedo encontrar algo que preferí dejarlo para cuando estuviera menos alterada, así que pasé el tiempo viendo la tele. 

Lo más que hice fue llamar a Jesús a la residencia, pero me dijeron que había salido, y no juzgué oportuno contárselo al padre Alonso, siempre atendiendo las llamadas, siempre tan amable, preguntándome si estaba preocupada por algo, que lo decía por mi tono de voz. Esperé a la noche para hablar con José, pero como si nada, que si la agrupación local esto, que si en la oficina aquello… 

El jueves por la mañana —¿o fue el viernes?— fui a la droguería a por salfumán. «Es lo más potente que hay», me dijo la dependienta, pero por si acaso me dio también unas sales «muy corrosivas. Mientras no le agujereen la tubería… ¿Es de plomo? Son las peores», y continuó con una interminable disquisición acerca de fontaneros, peritos, facturas y seguros, a la que procuré hacer el menor caso posible. 

Volví a casa con una mezcla de afán por limpiar aquella mácula de una maldita vez y de temor porque no sirviera de nada, de que nada sirviera. La mancha invadía ya la parte cóncava inmediatamente inferior al borde, mezclándose con los marronáceos regueros que bajaban de los lados, tan habituales en tazas con unos cuantos añitos: parecía como si la mancha los estuviera utilizando para ascender en su camino hacia Dios sabe dónde. 

Esto de los regueros lo menciono para demostrar que no soy ninguna maniática de la limpieza ni nada que se le parezca; conozco lo que es suciedad habitual, indeleble, con la que se puede convivir. La mancha era distinta, tanto que resistió también al salfumán, aunque destrocé un buen par de guantes de goma y casi, casi me asfixio en las dos horas y media que me pasé allí, frota que te frota. 

Cuando no pude más, que fue cuando se acabó mi arsenal químico, comprobé no solo que la mancha no había desaparecido, sino que había crecido hasta casi rebasar el borde. La punta de los dedos de los guantes, hechos jirones, estaban también tiznados de aquella negrura extraña. 

Era, bien mirado, como una mancha de tinta china extendiéndose con una lentitud exasperante, de forma tentacular, asquerosa. No pude más. Cerré el baño a cal y canto y esperé a que volviera mi marido.

La cosa fue mal. Llegó tarde, cansado, oliendo a tabaco y cerveza, comentando que si los renovadores, ¡ja!, los renovadores habían elevado al comité no sé qué propuesta, casi ni me atendió, esos mamones… «José», tuve que levantar la voz, «José», tuve que repetir más fuerte cuando siguió con su perorata sin mirarme siquiera, «José», y a la tercera dejó de dar vueltas por la sala y se volvió hacia mí, «¿Qué hostias pasa contigo?», no soporto que me hablen así, pero: «Es la mancha, cariño, no la puedo quitar y me da miedo…», y por supuesto, «¿Qué mancha?», hastiada: «Ya te comenté, esa del váter, la que está creciendo sin parar, hay que hacer algo…», «¿Cómo que algo? Se llama al fontanero y sanseacabó», lo que hubiera dado yo por un marido más mañoso, como pienso siempre, «Pero esto es distinto, José, que te digo yo que es muy raro, como si la mancha quisiera salirse, no sé», «Vamos a verlo», por primera vez con una voz varonil, o eso me figuré yo. 

Cuando entramos en el cuarto de baño observé que la catástrofe había adquirido, en aquellas pocas horas, proporciones verdaderamente preocupantes: la mancha engullía no solo ya el interior de la taza, sino que lanzaba sus oscuros tentáculos por encima del borde, los extendía hacia abajo, hacia la base del váter, amenazando con propagarse por el terrazo gris que cubría el piso. 

Era como si la mancha se hiciera una con la loza, como si esta adquiriera, tan naturalmente como era blanca, el color negro, brillante, amenazador de aquella. Podía imaginarme el lavabo, el bidé, la bañera, el resto del cuarto cubierto con aquella película diabólica, viva. No pude reprimir un grito. «¡¿Pero tú estás loca o qué?!», y me miraba como si allí, delante de él, no pasara absolutamente nada, como si mi grito le pareciera algo anormal. «Aquí no hay nada. Si tienes problemas con el váter y te vas a quedar más tranquila, llama a un fontanero y en paz. Déjanos vivir a los demás», y lo vi alejarse por el pasillo, despacio, exasperantemente, como si la escena se estuviera desarrollando a cámara lenta, eso es, y me lo imaginé llegando al salón y quitándose los mocasines, calzándose las zapatillas a cuadros, todo lenta, lentísimamente, sentándose, cogiendo El País y el paquete de tabaco, vociferando como siempre «¡¿Dónde está el mecherooo?!», hasta la náusea, y sentía mi boca seca, áspera, lenta también, no sé si me explico, no pude aguantarlo. 

En un suspiro atravesé el pasillo y, antes de que hubiera rebasado la puerta de nuestro cuarto, lo alcancé y no sé de dónde saqué las fuerzas, pero le hice volverse y, sin compadecerme siquiera de su carucha de sorpresa, empujé su cabeza contra la pared, una, dos, tres, cuatro veces —sonaba tan extraño: crack, crack, crack, crunch— hasta que una marca de sangre apareció sobre aquella pared que no habíamos pintado en años —no sé por qué, en ese momento, fue lo único que se me ocurrió— y resbaló junto a su cabeza y su cuerpo, inusitadamente rápida, hasta el parqué del suelo.

No supe qué hacer. Antes de llamar a la ambulancia probé a fumar uno de sus Ducados, con estilo, como en las películas, pero nunca he podido con el tabaco y la verdad es que me atraganté. El vaso de clarete me sentó bastante mejor. No di ninguna explicación a los enfermeros, no sé si me mirarían raro, pero les dije que iría un poco después al hospital; «Parece muy serio», me susurró uno de ellos a modo de reproche. 

Esperé un rato, sentada en la cocina, me serví otro vaso de vino. Estaba mucho más tranquila. Tuve una corazonada. Me acerqué sin prisa al cuarto de baño y miré. La mancha seguía allí, sí, pero había empezado a retirarse, estaba segura. Los bordes estaban otra vez inmaculados, más brillantes que nunca, y el negro del interior era como si hubiera perdido fuerza, se le veía sin brillo, casi gris. 

Me fui al hospital sin temor. Cuando volví, ya de madrugada, no quedaba prácticamente ni rastro de ella, solo una pequeña mota casi invisible, muy dentro, debajo del agua, debatiéndose, y me quedé unos minutos a ver cómo desaparecía, silenciosa y definitivamente.

¿No es sorprendente? Todo lo que les cuento es real, absolutamente verídico. Y fácil de reconstruir, me imagino, tendrán para eso técnicos buenísimos, con sus videos y todo eso; además, acabamos de cambiar los azulejos y todo, ha quedado un cuarto de baño monísimo, aunque me dirán que es una lástima que no se me ocurriera sacar ninguna foto, es que en el momento… Pero ¿a que es una historia digna de su programa? 

Mi marido ya está mucho mejor y a él también le encantará ir, ahora mismo me lo acaba de confirmar. Y si nos avisan con tiempo les prometo que también podrán ir con nosotros mi hijo y uno o los dos enfermeros de la ambulancia, no creo que sea difícil localizarlos. Llámennos, se lo ruego, en la tarjeta que le adjunto está nuestro número de teléfono. Nos encantará participar en sus Historias familiares extraordinarias. Les juro que no nos perdemos ni uno aquí, en nuestra casa.


La cama - Iban Zaldua

En realidad no podía llamársele cama: era un jergón desvencijado, relleno de paja y lana, delgado, envuelto en sábanas que la señora Luisa lavaba cada dos semanas, con aspecto de estar siempre sucio y casi aplastado entre los otros dos camastros que llenaban la habitación. Otra particularidad de aquella cama, bastante común en aquellos días, era que siempre estaba caliente. Y eso llega a ser agradable, sobre todo en invierno. 

La señora Luisa no permitía a sus inquilinos calentar un ladrillo en la estufa de carbón para meterlo entre las sábanas, bien envuelto en trapos: solía argüir que no quería que le quemasen la poca ropa de cama que tenía. No había quejas porque, en realidad, el ladrillo resultaba, salvo en las noches más crudas del invierno, superfluo.

Amancio compartía aquel lecho con otros dos obreros de su fábrica, obreros de los que apenas sabía nada porque, obviamente, trabajaban en turnos distintos al suyo. Del que iba a despertar, conocía los gruñidos abotargados y un hombro hirsuto y fuerte (el que agitaba cuando quería sacarlo del sueño); del otro, del que trataba a su vez de despabilarlo, su olor a sudor y a antracita, y una voz pesada, apremiante y desagradable. 

No tuvo muchas oportunidades de conocerlos fuera del trabajo: los domingos y otros días festivos solía llegarse hasta Bilbao y no creía que los que compartían su cama fueran a los sitios que él frecuentaba. Amancio tampoco pareció mostrar nunca el menor interés por saber quiénes eran. 

La señora Luisa, que apreciaba los chismes y la conversación (sobre todo si nadie la interrumpía), opinaba que Amancio era de esos engreídos que, aunque recién llegados del campo, pensaban que no iban a pasar en su casa más que unos pocos días, unas semanas a lo sumo, que enseguida iban a ahorrar para el alquiler de una vivienda pequeñita, o de un cuarto bien ventilado, si acaso. Cada mes de más que pasara Amancio en su casa suponía un pequeño triunfo para ella. Qué se había creído aquel pueblerino.

La vida de Amancio transcurría entre la fábrica, la cantina y aquella cama. El paseo de los domingos no era más que una interrupción que apenas alteraba el lento transcurrir de la semana. Una noche, sin embargo, encontró entre sus sábanas un paquete dentro del cual parecían crujir unos papeles. En la oscuridad, no pudo ver lo que contenía, así que lo guardó bajo la cama y se durmió preguntándose si aquello tendría que ver con el hecho de que el ocupante del turno anterior se hubiera levantado tan deprisa; como si no hubiera conciliado el sueño durante sus horas de descanso. 

A la luz de la madrugada, fuera de la pensión, pudo ver de qué se trataba. Una nota, escrita en letras de molde, decía: «Me han dicho cómo te portaste en el asunto del capataz. Eres el único en quien podemos confiar. Repártelos entre los de tu turno. Salud». 

Los pasquines del paquete podían costarle el trabajo, e incluso la cárcel, si se los encontraban encima. Ni siquiera supo cómo los repartió: todavía hoy duda de que mucha gente los leyera, porque los fue dejando en los rincones más oscuros e inverosímiles de la planta. Amancio tuvo tanto miedo, además, que echó la mitad al horno, cuando nadie miraba. 

Los siguientes días no le dejaron nada en el camastro. A veces, cuando se tropezaba en el cuarto con alguno de los que llegaban o de los que se iban, creía notar una mano que le apretaba, durante un breve segundo, el brazo, pero no hubiera podido asegurarlo con certeza.

Casi un mes más tarde, se encontró otro paquete, más voluminoso esta vez. Ni siquiera se preocupó de comprobar el contenido de los panfletos. La nota era escueta e imperativa. Esa vez aprovechó mejor los descansos y la distribución fue algo más amplia —por lo menos, destruyó algunas proclamas menos que la vez anterior—. 

Dos días después, tras una gran asamblea, la fábrica se declaraba en huelga, en solidaridad con los despedidos de la cuenca minera. La noche anterior a la huelga, aquel obrero anónimo que le dejaba la cama tan calentita le susurró, al marcharse: «Muy bien». Él ni siquiera le dio las gracias. Estaba demasiado cansado.

Las cosas no se precipitaron inmediatamente. La lentitud de los acontecimientos irritaba ligeramente a Amancio. Los paquetes menudeaban pero, eso sí, todos los viernes encontraba, bajo la almohada, un ejemplar de El Obrero, con la tinta aún fresca. Lo leía a escondidas, los domingos. Cuando volvía de Bilbao, ya no lo traía consigo.

Amancio nunca llegó a conocer a los del grupo. Eso le preocupó, por lo menos al principio. ¿Sería que no confiaban en él? ¿No había cumplido, fielmente, con aquellos peligrosos encargos? Se tranquilizaba un poco pensando que, probablemente, se trataba de elementales normas de seguridad. 

No se atrevía a dejarle una nota a su desconocido corresponsal porque no sabía si el tercer turnista era de confianza. Tampoco creía prudente pasársela a cualquiera de esas sombras con que se cruzaba todas las noches, una de las cuales, muy raramente, le decía algo. 

Desde que había empezado todo, para cuando llegaba, la cama estaba vacía, aunque aún caliente, y él podía ser cualquiera de los que se afanaban en vestirse en la penumbra del cuarto. No sabía ni un nombre, ni un apodo: sus camaradas no tenían rostro. Sin embargo, no creía que estuviesen descontentos con él. Seguían haciéndole encargos. 

Leía con atención las páginas de El Obrero y creía encontrar guiños de complicidad cuando en algún breve se mencionaba «La extraordinaria solidaridad de los trabajadores del segundo turno…» o que: «La manifestación partió de la sala de calderas de la fábrica, a la que luego se unieron, como afluentes de un poderoso río, proletarios venidos de todas partes…».

Amancio ni siquiera acudió a la única cita que concertaron con él. Le picaba la curiosidad, desde luego, pero no le pareció prudente. Hacía tiempo que «Madrugador» —así lo había bautizado, en su fuero interno— no le escribía una nota. Fue lo primero que encontró en su cama aquella noche. Debajo de la nota había un paquete, y no era de pasquines. Una forma fría y pequeña se adivinaba bajo el envoltorio de estraza. 

Camino de la fábrica confirmó lo que sabía a medias: un revólver Star, nuevo, un día, el domingo, una hora, las tres, y un lugar, el muelle. Amancio rebuscó en su memoria y recordó las graves acusaciones que, desde hacía unas semanas, lanzaba El Obrero contra uno de los ingenieros del puerto. Estaba casi seguro. Iban a matar al ingeniero.

La noche del sábado durmió mal, y el domingo madrugó más que de costumbre, para darse el paseo hasta Bilbao. Apenas disfrutó del paisaje, ni del viento, suave y casi cálido. La pistola le helaba la pierna; temía que se descosiese el bolsillo del pantalón y se le cayese en cualquier momento. 

Ya en Bilbao, en vez de tomarse el primer café junto a la iglesia de San Nicolás, como solía, se dirigió directamente a la comisaría y, sin pararse a hablar con nadie, se llegó hasta el despacho del señor Blázquez y le entregó la pistola y la nota garrapateada. 

Le informó sobre sus sospechas y se lamentó por no saber cuántos más acudirían. El señor Blázquez, que habitualmente se mostraba ceñudo, le felicitó e incluso llegó a palmearle el hombro. Le dijo que cogerían a los que pudiesen y que, por cierto, no creía que le conviniese volver, ni por la pensión ni por la fábrica.

La detención del grupo fue, durante los días siguientes, la comidilla del pueblo. Doña Luisa no podía creérselo, aquel muchacho tan serio. ¡Con pistolas, con dinamita! En la plaza, las tenderas la notaban contrariada, seguramente, pensaban, por haber perdido aquel cliente. «Más de un cliente», mencionó una de las fruteras. «Será por las cucarachas», reían. «¡La muy avara!». 

Pero en esto se equivocaban, porque a doña Luisa no le iba a costar nada encontrar nuevos inquilinos: no paraban de llegar. Le molestaba más que Amancio, que no figuraba en las listas de detenidos, hubiera desaparecido sin dejar ni rastro. Estaba segura, muy a su pesar, de que había progresado más de lo que ella hubiera deseado. El giro que recibió, a los pocos días del suceso, saldando la semana que había dejado sin pagar cuando se fue, y añadiendo una jugosa propina, no hizo sino confirmar sus peores temores. ¡Un pueblerino como aquel!

La visita - Iban Zaldua


Es algo increíble. Los fines de semana. Van por la calle como si no existieran más que ellos, dando codazos, no les importa atropellar a la gente. Hay quien recorre la calle con motocicletas que arman un estruendo de mil demonios. ¡Por una calle peatonal! ¡Y a cualquier hora de la noche! Con sus ropas brillantes, con sus pantalones de cuero. No se volverían a ayudar a un anciano con el que hubieran tropezado. Ni aunque fuera su abuelo. El alcohol les sale por las orejas.

Ya a las ocho de la tarde hay muchachitas que apenas tienen edad para pintarse vomitándolo todo contra la pared de casa, ahí abajo, ahí mismo. Una amiga se suele quedar con ellas, les grita a las otras que no sean cabronas, que las esperen, que no ves que Vanessa está muy mal, por culpa de Chemi que se ha puesto así. ¡Por culpa de Chemi! Que ha bebido más cervezas, más ginkases de la cuenta, chata. Y ahí está, dale que te pego, hasta que no le queda nada en el estómago, hipando, llorando, diciendo me quiero volver a casa, aullando Chemi es un hijo de puta, Chemi eres un hijo de puta, pero uno no sabe muy bien si es ella la que grita o es su amiga, porque están siempre gritando, da igual para qué, por qué, todo lo hacen gritando. 

Aunque, la verdad, es peor cuando se ponen a cantar: «Se fuee, se fuee…» como si, efectivamente, les fuera en ello la vida. Lo mismo a las diez de la noche que a las cinco de la mañana. Porque los bares echan la persiana a las tres. Oficialmente. Pero hay dos o tres garitos que no cierran hasta las seis. Podría llamarlos garitos de mala muerte, quedaría más propio, ¿verdad?, pero eso sería singularizarlos demasiado, todos esos bares son iguales, feos, oscuros, ruidosos. Tabernas de mala muerte eran las de Bahía, las de aquel otro puerto, no me acuerdo del nombre… Bien, pues parece que están cerrados, pero no.

Un camarero espera detrás de la puerta y sube la persiana cuando alguien se acerca. Más ruido. Los de la Municipal pasan en sus coches, a cuarenta por hora, ni siquiera miran. Qué más les da: a ellos les van a pagar igual. Así que hasta las cinco no hay quien duerma. Las ventanas de casa, bueno, son como son. Las barnizo todos los años, pero no cierran bien, nunca han cerrado bien. Antes compraba Tessa-Film, esa espumilla, pero ya no se encuentra en las tiendas. Aunque debería decir que donde ya no la encuentro es en la ferretería de Garnacho, que es donde suelo ir a comprar las cosas que necesito para hacer mis chapucicas: clavos, tacos, brocas, todo eso.

Es una tienda muy vieja, llena de cajones de madera que llegan hasta el techo, cada uno con su plaquita de latón siempre brillante. Está ahí cerca, a la vuelta de la esquina. A Garnacho lo conozco desde siempre, crecimos juntos en el barrio. Cuando volvimos, allí seguía, en la tienda que había heredado de su padre, que a su vez la había recibido de su abuelo. Ahora parece que se la van a tirar, con todas las casas de alrededor. La verdad es que es un edificio muy antiguo. En la misma tienda de Garnacho las tablas del suelo crujen a cada paso y hay un profundo olor a humedad. Dicen que toda la calle está construida sobre un río subterráneo, y que la humedad se filtra hacia arriba por los cimientos de las casas. Es muy probable.

De todas maneras, no me creo esas historias sobre seres deformes, cubiertos de vendajes, que viven en las cuevas y salen de vez en cuando al exterior, por los sótanos. Son las mismas historias que nos contaban cuando niños, para asustarnos. No digo que no haya ratas, no. De hecho, algunas son enormes. Y sí que salen al exterior, cuando no hay comida, cuando hace frío hasta en las alcantarillas, que son húmedas pero calurosas. No digo tonterías, no. Menos mal que los gatos…; lo malo es que cada día hay menos. En invierno sube un vapor nauseabundo que a veces se filtra hasta los tejados por las tuberías de desagüe, por los canalones.

No exagero: yo mismo me he asomado a una de esas tuberías para ver de qué se trataba. No estaba tranquilo viendo aquel humo perezoso, gris. Me acordé de lo que pasó una vez en Manaus, la compañía norteamericana que servía la gasolina y el fuel-oil a las gasolineras y a las factorías había tenido una fuga y vertió litros y litros de petróleo en el alcantarillado de la ciudad. La gente empezó a oler el petróleo, aparecieron algunas manchas oscuras en el Amazonas. De alguna manera, el fuego prendió y destruyó todo el barrio antes de que los bomberos pudieran controlarlo. Cuentan que hubo personas que se quemaron las nalgas mientras cagaban… es una broma. 

Nosotros nos libramos por los pelos, estábamos lejos aquella semana, en la selva. No teníamos muchas cosas en el piso, así que no nos apenó tanto su pérdida. Pero lo del barrio es otra cosa, huele mal, pero no a petróleo ni a nada que se le parezca. Es un olor a podrido, a montañas de desperdicios, de desechos, de restos de comida, fermentando, quemándose ahí abajo. No, seguro que no hace nada de fresco. Ya les he escrito al Ayuntamiento varias veces con ese tema y hasta ahora nadie me ha contestado. Hasta ahora.

Julio Guiarres, funcionario, recuerda perfectamente el estilo alambicado de cada una de aquellas cartas, la letra perfecta, la caligrafía de colegio religioso —¿La Salle quizás?—. El viejo se refería a la posibilidad de que en el fondo de aquellos subterráneos que conforman el alcantarillado del casco viejo el agua hubiera dejado de correr y estuviera estancada, o casi. En todo caso, proseguía, estaba seguro de que había algo que taponaba total o parcialmente la salida de las aguas fecales, y de que el nivel de éstas estaba ascendiendo lentamente.

La descripción era demasiado prolija, tanto que uno de los de la Comisión de Medio Ambiente y Actividades Insalubres dijo que llegó a marearse la primera vez que la leyó. Que fue la última, porque fue su compañero del departamento el que se hizo cargo del asunto. Es un decir. La aparición de un cada vez mayor número de ratas en la superficie la atribuía a este proceso, y los remedios…

—¿Dice usted que ha estado en América? ¿En serio? —ya lo sabía, claro, pero piensa que mostrando interés le puede caer más simpático.
—¡Claro que sí! —responde, haciéndose el ofendido—, yo y mi mujer, en Brasil, veinte años, se dice pronto, después de terminar mis estudios. Luego volvimos aquí. No tuvimos suerte y no ahorramos demasiado, es evidente —Su mano pasea brevemente por toda la habitación—. Si no, no tendríamos una casa en este barrio. En este barrio de mierda. Olvidados de Dios y del Ayuntamiento —La mirada es irónica—. Aunque tiene que ver con que yo haya nacido aquí, también.

Para Guiarres está claro que al anciano no le apetece hablar de su vida en Brasil. Se ha quedado con las ganas de saber por qué volvieron. Las historias que circulan no le convencen, pero prefiere no insistir. Mejor, porque no quiere perder demasiado tiempo.

—¿Desea que mi mujer le prepare una caipiriña? En ningún bar la probará igual. El secreto está en el aguardiente de caña, nos lo envía directamente un amigo desde allá. Unas cuantas botellas al año. Nada que ver con lo que venden en la licorería de la plazuela, que es el que compramos cuando se nos acaba el bueno. Tengo que confesar que la primera vez que lo probé creí que estaban tratando de envenenarme. Fui con la botella y todo, a protestar. En fin, ¿qué le parece?, ¿quiere o no? No me vendrá con esas monsergas de que está de servicio y lo demás, eso que dicen los policías en las películas. Pues buenos son ustedes los del Ayuntamiento.
—No tengo costumbre pero de acuerdo, está bien —Guiarres mueve la cabeza afirmativamente, siente que necesita esa copa, algo que moje sus labios y alivie el reseco de su garganta.
—María —grita el viejo—, haznos una caipiriña. Estará en seguida. Ya verá.

Guiarres pasea la mirada por la habitación, se demora, tarda mucho en abarcarlo todo. Está tratando de sobreponerse a la sensación de agobio que le ha producido, tras las pertinentes presentaciones y una vez depositado el abrigo en una silla de mimbre junto a la puerta, la entrada en lo que su forzado anfitrión ha denominado el salón, demasiado pequeño, sin embargo, para recibir ese nombre. Es una sala mínima, llena de cosas, con un mirador parcheado de plástico y cristales rotos, por el que penetran la luz de un soleado día de invierno y el frío de la calle. 

Guiarres piensa que están locos los dos: el viejo y él. ¡Una caipiriña llena de cubitos de hielo! Las paredes aparecen cubiertas de anaqueles que contienen los más disparatados cachivaches, desde botellas vacías o semivacías a cámaras Minolta dignas de figurar en una vitrina de algún museo de la tecnología, además de revistas y libros, que se derraman e invaden también parte del suelo, formando islotes y archipiélagos de papel, y algún que otro atolón de mayor o menor altura, todos convenientemente nevados de polvo y hollín. Muebles de todos los estilos ocupan el mínimo espacio disponible y cohabitan pecaminosamente, disputándose unos a otros un hipotético premio al mal gusto. 

Sillas de playa se mezclan con esterillas de colores apagados que intentan disimular las simas que el paso del tiempo ha ido abriendo en el suelo de madera de olivo. Mesas de plástico lechoso, que a Guiarres de alguna manera le recuerdan a la película La naranja mecánica, soportan candelabros de metal estriado y ceniceros-recuerdo de Santillana del Mar, llenos de colillas húmedas y minúsculas. Entre las baldas repletas de libros y cuadernos hay un hueco que muestra una pared amarillenta en la que hay dos fotografías aéreas de algún pueblo meseteño difícilmente identificable y un par de máscaras rituales cubiertas de plumas descoloridas.

Un viejo tocadiscos yace abandonado junto a un revistero rebosante de Blancos y Negros e incluso algún antediluviano Sábado Gráfico, que conserva, imposible saber cómo, buena parte de los colores de su portada. Sobre una vacilante mesa de camping preside la escena, cual cabeza de retablo y semejante a un ojo perennemente abierto, un enorme televisor Zenith color bronce, que ha sido lo primero que le ha señalado el viejo al entrar, comentando: «No piense mal de unos intelectuales como nosotros. Hace años que no la vemos. Pero nos ha seguido a todas partes: es como de la familia…».

 Guiarres casi no se atreve a esbozar movimiento alguno, temeroso de pisar los inverosímiles singles de Raphael y Engelbert Humperdinck que asoman por debajo del sillón de orejas en el que se está hundiendo lentamente. La mujer del viejo aparece de repente, como si saliera de la nada, y sorteando los obstáculos con la habilidad de una participante en el eslalon especial de unos Juegos Olímpicos de Invierno, se acerca a Guiarres y le entrega un desmesurado tazón de caipiriña. Un tazón de leche, de loza. Aunque la presentación no es la más adecuada, era imposible no estar de acuerdo con el viejo acerca de la calidad del brebaje: ni en el O’Clock la ha tomado nunca mejor.

—Gracias, señora. Está estupenda.

Pero la anciana ya ha desaparecido tan silenciosamente como ha llegado y allí están él y el viejo. En su fuero interno no se acaba de acostumbrar a llamarlo por sus apellidos o por su nombre de pila. Ha leído sus cartas una y otra vez, pero no se le quita de la cabeza: cuando piensa en él es la única palabra que le viene a la mente. El viejo. En realidad, el Viejo, con mayúscula y todo.

—Está estupenda, de verdad, señor Díaz —se repite, mientras intenta no hacer ruido al sorber. En estos casos nunca sabe si tiene que decir el apellido entero. Hay gente muy suya para estas cosas.
—Díaz de Garayo, si no le importa. Es el apellido completo, ya sabe. Le parecerá una tontería, pero le tengo cariño. No le digo los demás porque se reiría. No, seguro. Además, usted ya sabe cuál es mi segundo apellido, por lo menos, lo habrá visto en mi ficha del Ayuntamiento. Pues imagínese el resto. Son todos del mismo pelaje —y le hace un guiño. Guiarres, resignado, sorbe la caipiriña ruidosamente—. Así que el Ayuntamiento se ha dignado por fin mandarme a un funcionario —es lo mismo que le ha escuchado decir cuando el Viejo le ha abierto la puerta para ver de qué se trataba. Se lo ha espetado por la rendija de la puerta, sin quitar el pestillo.

Y ha tenido que entregarle la acreditación del Ayuntamiento. La voz ronca del Viejo vuelve a romper el silencio de la sala—. Yo hubiera preferido que fuera el alcalde, claro, o algún concejal, por ejemplo el de limpieza, sí, ya sé que he hablado por teléfono dos o tres veces con él, bueno, si usted lo dice, ocho, ya, en los últimos tres meses, aunque es un político parece una persona simpática, pero no entiendo por qué no puede venir en persona, si total el casco viejo está aquí, al lado de su oficina. No pretendo menospreciarle, en absoluto. ¿Qué ha dicho que es usted? Asistente social. Del Ayuntamiento. Ya. Por algo se empieza. 

Pero usted ya no es un chaval, lo digo sin ánimo de ofender. No me malinterprete, es que las asistentes sociales que vemos por el barrio son jóvenes, encantadoras, algo ñoñas, pero muy jovencitas. Además son todas chicas; no sabía que los varones también hicieran esa carrera. Ah, que estudió usted en Madrid. Ya, ya sé que hoy día se puede hacer aquí, en la Escuela, seguro que esas chiquitas vienen de allí, ah, puede ser, estudiantes en prácticas. Así cambian tanto las que vienen a traerles la comida a los Echeverría, igual sabe usted algo de ellos, son muy mayores y casi no bajan a la calle, se cansan mucho, no pueden hacerse ellos mismos la compra. No, ya me imagino que lleva usted muchos años en el escalafón, ya, ya sé que no se dice así. 

Lo que quiero decir es que llevo cuatro años, no, de acuerdo, siete, siete años y medio escribiendo cartas al Ayuntamiento y ésta es la primera vez que me hacen caso, bueno, que me hacen caso de verdad, porque respuestas amables he recibido muchas, pero nunca han arreglado los problemas de este barrio. Sólo cartas a máquina, ninguna de puño y letra. Hasta fotocopias de respuestas modelo me han enviado. Ya ni siquiera las firmas son verdaderas: ¡vienen impresas en el papel oficial! ¡Y a veces en rojo, en verde, como si no hubieran tenido a mano su pluma de siempre y no les importara firmar con lo primero que tuvieran a mano!

Hombre, sé que es algo habitual, como las firmas de las cartas personales que envían los políticos cada campaña electoral. ¿Y sabe qué le digo? Que todos esos papelotes van directamente a la basura. No me creo nada, no señor. No, no voto, nunca. Pero si usted piensa que por eso no tengo derecho a que el Ayuntamiento me atienda como es debido, se equivoca. Ya, de acuerdo, no ha querido decirme nada de eso, pero sé leer en las miradas. No le fastidia. Pues pago mis impuestos como los demás, qué digo, seguro que mejor y más puntualmente que muchos: la basura, el agua, el gas ciudad… sin fallar nunca.

«Sin fallar nunca, es cierto —piensa Guiarres—, lo mismo que las cartas que puntualmente envía al Ayuntamiento, una al mes, exactamente». En realidad casi exactamente, porque las de algunos meses faltaban, sobre todo las de julio y agosto, aunque Guiarres sospecha que más bien se perdían por la indolencia del exiguo retén de funcionarios municipales que sobrelleva como puede los calores del verano burocrático. 

Son todas muy parecidas, aunque al mismo tiempo diferentes, pues tratan de asuntos como el incumplimiento de los plazos de una obra, el socavón que aparece en la acera de tal calle, las molestias que ocasionan los encargados de la limpieza de los patios a los gatos que allí viven, la desvergonzada actitud de los niños que suben desde la escuela pública al comedor comunal, la peligrosidad de los cables de la compañía eléctrica que penden entre las fachadas, provisionalmente, desde hace tres años, etc. Dentro del grupo «ruidos molestos» había una buena cantidad, de entre las que Guiarres recordaba vivamente una que rezaba así:

En, a 23 de octubre de 1993
El abajo firmante, Ernesto María Díaz de Garayo González de Durana, mayor de edad, con DNI número 3 762 841, residente en esta ciudad, calle Curtiduría número 97, cuarto, centro,
EXPONE
que debido al atroz barullo que produce el bar llamado «Catón», sito en la calle Curtiduría número 97, planta baja, exactamente donde antaño se ubicaba el establecimiento «Coloniales Las Heras», le es imposible, al igual que al resto del vecindario del mencionado edificio, conciliar el sueño hasta altas horas de la madrugada, por no decir de la mañana, de los viernes, sábados, domingos y vísperas de festivos. Ya se ha mencionado que la causa principal son los ruidos provenientes de dicho bar «Catón», propiedad, según el Registro Mercantil de la Provincia, de la sociedad colectiva Mauro y Mauro, fundada en 1956, hoja número 1547, tomo  XI, aunque arrendada desde 1983 a Pedro López de Acevedo, que es quien lo explota junto a otros dos amigos, cuyos apellidos se desconocen y que responden a los nombres de Santiago (o «Santi») y Jesús María (más habitualmente «Jesús Mari»), Los vecinos del inmueble nunca habían tenido problemas hasta hace cosa de dos meses…

Y así interminablemente durante cuatro páginas de letra apretada, refiriendo los más mínimos detalles acerca de la música que ponían al principio y la que pusieron después, describiendo los reiterados encuentros de la comunidad de vecinos del inmueble —siempre representados por el señor Díaz de Garayo— con los camareros del bar, las sucesivas denuncias, siempre inútiles, ante la policía municipal. Terminaba, indefectiblemente:

… Pero no es cuestión llegar tan lejos, y de ahí esta carta, que el abajo firmante le remite en su nombre y en el de todos los vecinos de este inmueble. Es cierto: los problemas de esta ciudad son muchos, mas ¿no cree que ya es hora de ocuparse de este barrio, cada día más degradado y ruinoso? No es éste un hecho aislado, ni mucho menos, como se le recuerda en las comunicaciones de 1/IV/1992, 28/XII/1992 y 26/III/1993, de las cuales, por cierto, no se ha recibido aún respuesta. Sin más y rogándole que aplique en este caso, y sin dilación, su reconocido celo y haga cumplir la ley —nada más, ni nada menos— se despide con un atento saludo
Ernesto M.ª Díaz de Garayo 

AL EXCELENTÍSIMO ALCALDE DE LA CIUDAD

Todas las cartas eran así, de ese estilo. A Guiarres le fascinan la minuciosidad, el amor al detalle y a la exactitud que denotan estos pequeños monumentos a la inutilidad, condenados de antemano al polvo del archivador, si no a las fauces de la trituradora. Ese afán por documentarse, como demostraba el censo de grupos musicales que había intentado pergeñar en aquella carta. Guiarres no sabe decidir hasta qué punto la imagen que se había formado del Viejo se corresponde con lo que está observando. Sentado en otro polvoriento sillón de orejas, inclinado sobre la taza de caipiriña, que bebe a pequeños pero ruidosos sorbitos, a Guiarres se le antoja una especie de ave enorme y expectante.

Cierra durante unos segundos los párpados. Su nariz aguileña, sus ojos de lechuza impasible, sus orejas minúsculas y parcialmente enterradas en una, por otra parte, no muy abundante mata de pelo entrecano, su cuello largo y pelado encima del polo beige, sus uñas largas y ennegrecidas… todo contribuye a reforzar en Guiarres esa imagen, a la que sólo añadiría algunos elementos escénicos como una rama desnuda y torcida y, quizás, la luna llena al fondo.

 A María, la anciana, menuda y oscura, sólo la ha entrevisto un instante, pero ha podido imaginarla sin dificultad como a un gorrión de esos que, dando saltitos, van robando en la plaza las migas de pan a las palomas. Un gorrión con moño. Y Guiarres no puede evitar verse a sí mismo como un pingüino, mofletudo, regordete y satisfecho entre los trozos de hielo de su caipiriña, que bien podrían ser icebergs a la deriva en el círculo polar antártico, o las carpetas blancas que habitualmente cubren su mesa de oficinista, una mesa que se ha agrandado con cada ampliación en gastos de mobiliario y material fungible, siempre inútilmente, pues las carpetas no tardan en invadir el espacio ganado. Extraviado en su ensoñación, con el sabor fresco de la bebida aún en los labios, Guiarres llega por un momento a identificar el olor que flota por la casa con el del alpiste, pero no es más que una impresión momentánea que se le escapa al instante.

Decide volver en sí y dirige su mirada hacia el Viejo, que lleva unos segundos sumido en un mutismo expectante. Hace un sitio en la mesilla que tiene a su lado y, como recordándolo de pronto, busca el maletín, que halla casi enterrado bajo una reciente avalancha de semanales de El País. Extrae trabajosamente la encuesta y encara al Viejo, que de alguna manera reconoce el fajo.

—¿Usted también me va a hacer una encuesta? —le suelta—. ¿No sabe que somos a diario pasto de encuestadores de la más diversa procedencia? Nos asaltan continuamente: del propio Ayuntamiento, por supuesto, pero también del EUSTAT, de la EPA, del servicio estadístico europeo, del Ministerio de Agricultura, de empresas privadas que no quieren revelar su nombre… Algunos sociólogos de sofá han decidido que los del barrio somos un apetecible objeto de estudio. Estoy seguro de que llenamos los gráficos con colores la mar de bonitos y las cifras de nuestras tablas le hacen exclamar «¡Tate! ¿No te lo decía?» a más de uno, pero las soluciones no llegan nunca. Para este barrio las soluciones no llegan nunca.


—Pues por eso estoy aquí, señor Díaz de Garayo. Para que nos cuente. Para que actuemos. Usted es el alma del barrio. Por eso estamos aquí —su aplomo es falso, pero quiere creer que convincente.


El Viejo no responde, se arrellana en el sillón, hace gemir la tapicería. A Guiarres le resulta difícil decidir si su gesto es de satisfacción o de otra cosa. Deja a un lado la encuesta, le pega otro sorbo al vaso y se inclina hacia delante.


—Dígame qué es lo que más le preocupa del barrio. No se calle nada. Incluso si es la administración el blanco de sus críticas. Déjeme adivinar. Quizá sea la seguridad ciudadana. Es uno de los aspectos más problemáticos del barrio, lo sé. ¿Sabe cuántas denuncias recibe sobre hechos delictivos ocurridos en este sector el cuartel de la guardia municipal al día? Ni se lo imagina. Y más desde el asunto de los asesinatos, claro. Pero, bueno, también tenemos sus propias quejas respecto a este tema. Por ejemplo, la de marzo pasado sobre los heroinómanos que venían, eh, a inyectarse la droga en su portal. Créame que desde ese día hay una ronda más patrullando por esta calle.


Guiarres sigue sin saber si el Viejo le mira socarronamente o está indignándose por momentos. Entrecierra los ojillos como si… en fin, no podría decirlo.


—Una ronda más. Sí, por supuesto que tiene usted razón. De patrullar por delante de este portal una vez cada tres horas y media, han pasado a hacerlo una cada dos horas y veintidós minutos. Es una media, por supuesto. Pero sólo los fines de semana. Y entonces da igual, porque sus centuriones no hacen nada por evitar el pandemónium que se monta en la calle. En cuanto ven un atisbo de pelea, se largan. Lo he visto yo con mis propios ojos, desde ese mirador, sí. Hasta los serenos demostraban mayor gallardía que ese montón de pelagatos. El resto de los días pasan de cuatro en cuatro horas, y eso si incluimos el coche de las once de la noche. 

De los picotas tuvimos que encargarnos los vecinos mismos, por supuesto. Mire, decidimos turnarnos para limpiar la escalera todos los días, a eso de las ocho de la tarde, con bien de lejía. Durante dos o tres horas es imposible quedarse más de un minuto en el portal, por el olor. La verdad es que no han vuelto. Pero imagínese lo que le cuesta a la comunidad todo esto, y no estoy hablando de la cantidad de lejía (y a veces de Salfumán) que compramos todas las semanas. Salvo los Peláez, que viven en el cuarto, todos los demás vecinos somos viejos, gente con más de cincuenta tacos a la espalda. 

No sabe usted el coraje que da ver a una pobre anciana arrodillada, frota que te frota, cuando donde debería estar es dentro de casa, cenando o viendo la tele al calor de una manta. Sobre todo si esa anciana es su mujer. Hemos pasado por mucho, no lo dude, pero ya no estamos para ciertos trotes, no sé si me explico. De todas formas ése no es el problema gordo, ni mucho menos. No hay tanta delincuencia como quieren hacernos creer. 

El asunto ese de los mutilados, no sé…, lo mencionan en la tele, en la radio, pero no acabo de… ¿Hasta qué punto no es parte de un plan del Ayuntamiento para intervenir más en la vida del barrio y comprar más y más casas? Como ha estado haciendo todos estos últimos años, por otra parte…


—¡Señor Díaz de Garayo, por favor…! —Guiarres trata de imprimir un tono indignado a su réplica, pero no le sale más que un gallo, bastante ridículo por cierto—. Sospechar siquiera eso…


—De acuerdo, de acuerdo —en el semblante del Viejo, sin embargo, no aparece la más mínima mueca de disculpa—. Puede que haya exagerado. Pero era a eso a lo que iba. Gran parte de los problemas del barrio se deben, y no se enfade, a cómo nos tratan ustedes, los del Ayuntamiento. No tienen ningún respeto por los que vivimos aquí. No digo que no quieran, que no amen el barrio, como se encarga de subrayar cualquiera de sus concejales cada vez que se atreven a poner los pies en alguna de las mesas redondas que organiza la asociación de vecinos. 

Yo hace años que no voy a ninguna: son inútiles. Siempre los mismos temas, las mismas buenas palabras, los mismos resultados. El amor al barrio. ¡Ja! No, ustedes nos tratan como si no existiéramos, como meras cifras de ordenador, de estadística. Si se les ocurre plantar una grúa en medio de la calle y dejarla allí durante tres años, aunque sólo haya trabajado realmente durante seis meses, aunque hayan prometido que las obras terminarían en el plazo de un mes, aunque durante todo ese tiempo el recinto en el que la encierran se llene de verdín, yuyos e inmundicia, aunque los niños del barrio puedan entrar sin problemas y subirse hasta arriba, hasta que la caída no tiene remedio… 

¿qué se puede esperar de ustedes? No me diga que no hemos protestado. No me diga que no ha tenido que dar un buen rodeo para llegar a este portal. No me diga que no conoce el caso del hijo de los Azcue, que se quedó parapléjico. ¿Cree que nos consultan cuando se les ocurre hacer alguna reforma, alguna intervención, como ustedes las llaman? 

No hace ni dos meses que alguna directriz de vaya usted a saber qué departamento decidió que había que sacar a la luz las paredes de ladrillo de las casas viejas, eliminando el estucado o el hormigón que en algunos casos las cubría. Algunos edificios han quedado muy bonitos, no me cabe la menor duda. Pero cuando llegaron a la Casa Zuaznabar no se les ocurrió que las pinturas casi borradas que recubrían el enyesado podían tener algún valor. Procedieron igual: hicieron emerger el ladrillo. Y se cargaron una decoración con motivos vegetales ¡del siglo  XVII! Alguien les avisó, y gracias a algunas fotografías viejas pudieron reconstruir el diseño. Pero lo hicieron con pintura acrílica. Ahora la casa Zuaznabar parece un motel de carretera norteamericano.

Guiarres piensa en el Viejo. Escuchándole se le hace difícil no imaginárselo como uno de esos ancianos gruñones, con una pensión exigua, que todas las mañanas bajan al sol de la plaza en zapatillas de casa, a quejarse del gobierno y de los impuestos. El Viejo sólo baja en zapatillas, con su mujer, a dar de comer los menudillos con arroz que les preparan a los gatos del patio contiguo. Eso, al menos, es lo que le han contado a Guiarres. No, su forma de hablar, pedantería más o menos, no se aleja de la de cualquiera de esos jubilados. Sólo ese afán por la exactitud, por el detalle nimio… 

Aunque no han logrado averiguar en qué universidad cursó sus estudios, el Viejo es antropólogo, desde hace muchos años además. Lo primero que ha hecho al entrar al cuarto es mirar las paredes a ver si encontraba el título enmarcado: si está allí, no ha podido verlo por el abigarramiento. A principios de los sesenta escribió y publicó un estudio pionero titulado Televisión y control social, sorprendente teniendo en cuenta la breve historia que el medio tenía entonces en España. 

Guiarres se lo ha leído —no es demasiado largo— y ha de reconocer que aunque se ha quedado un poco anticuado, hay pasajes que siguen teniendo garra y actualidad. Una beca para perfeccionar estudios en París y una agregaduría en una universidad de provincias. Después, su trayectoria se hace algo más oscura: un viaje a Brasil con el objeto de estudiar una tribu amazónica, una vida difícil en los suburbios de algunas capitales de provincias en aquel país, el encuentro —y probablemente la boda— con María y, de repente, en 1977, vuelta a la ciudad natal, al desvencijado piso que ocupan los dos ahora. ¿Por qué? ¿Qué historia de derrotas se esconde tras aquellos vaivenes?

—Por lo tanto, señor Díaz de Garayo, usted es de la opinión de que no es el orden público el problema más preocupante, en este barrio. Quizá no sepa que hace dos días, a la vuelta de esta manzana…

—Conozco el tema. Yo también lo vi. Un charco tremendo… es horrible, claro. Pero, qué quiere. Vivimos en un barrio deprimido. Son ustedes los que han condenado a toda esa ralea de gente a vivir aquí. Y ahora, encima, quieren construir casas nuevas, más modernas, que ni los delincuentes ni nosotros, los antiguos vecinos del barrio, podamos comprar. Ahora, de repente, quieren que nos vayamos al extrarradio. ¿Sabe quién ganó las últimas elecciones, aquí, en el barrio? La derecha, qué digo, la extrema derecha. Y el segundo fue EH. Saque cuentas. El resto de los partidos les seguían a cientos de votos de distancia. 

La gente está crispada, y no me extraña, qué quiere que le diga. Con esas obras atronándonos todo el día, desde las ocho de la mañana. No me extraña que haya quien se vuelva loco y empiece a despedazar a la gente, sin más. Aunque tampoco sin más, si lo piensa usted bien.

—¿Me está usted diciendo que son los ruidos los que causan los crímenes? ¿Los de las obras? ¿No cree que está usted exagerando?
—Bueno, no quería decir que fuera sólo eso, no. Pero se nota que usted vive en una de esas urbanizaciones que tanto abundan por las afueras. Un jardincito bien cuidado, unos vecinos amables, una carretera que acaba ante la puerta de casa, ni un solo ruido durante el día y un silencio más profundo aún por la noche. Una inversión en el devenir histórico: el campo se torna civilización, la ciudad se convierte en el centro de la barbarie, del desorden. Un irónico revés de la oposición naturaleza-cultura, ¿no le parece?
—La verdad es que no estoy demasiado familiarizado con la filosofía moderna, señor Díaz… Díaz de Garayo…
—Pero qué filosofía ni qué leche. ¿Es que no le han enseñado nada en su universidad, o qué? Me importa un bledo que usted estudiara en un colegio universitario: ¿es que no tenían un plan de estudios? La mayoría de los miembros de ciertas tribus de la Amazonia, que por otra parte usted no dudaría en calificar de salvajes, serían capaces de comprender pensamientos más complejos que el que acabo de formular. Fíjese, sin ir más lejos, en la leyenda de la creación de los arumbayas, que viven diseminados a lo largo de las orillas del río San Ceferino, cerca de los wahtsu, y a los que tuve la suerte de estudiar durante varias campañas. 

Según la leyenda, al principio los arumbayas, que vivían lejos de donde se encuentran ahora, cerca de las montañas, carecían de espíritu, eran como las bestias de la selva, peleaban entre ellos por la comida. Pero sobre todo —y esto era lo que más asombro causaba entre los que oían la historia, especialmente en los niños— los hombres tenían por aquel entonces manos de tapir, es decir, algo parecido a pezuñas, así que no podían construir chozas ni hacer fuego y malvivían en la selva, esclavos de los elementos y del dios de la lluvia, a quien se veían obligados a adorar con sacrificios humanos. 

Pues bien, un día un arumbaya que vagaba por la ribera del San Ceferino —que ni entonces ni ahora tiene nombre, para ellos— se encontró al dios del río, parecido a un gran pez. El hombre, asustado, quiso huir, pero el dios del río le detuvo y le comunicó que él podía librar a los arumbayas de la tiranía del dios de la lluvia. «¿Cómo?», le preguntó el arumbaya. «Es fácil —le respondió el dios—, no tienes más que restregar las pezuñas en el fango que cubre las orillas de mi río». 

El arumbaya hizo lo que el dios le había dicho y vio cómo enseguida sus pezuñas se convertían en manos, con sus cinco dedos y todo eso. Al principio las miraba asombrado, pues no sabía para qué podían servir. Pero pronto comprobó su utilidad cuando las empleó para lanzar piedras a un ocelote que en otra circunstancia lo hubiera sin duda devorado: el félido, acostumbrado a la caza de los inofensivos arumbayas, huyó como alma que lleva el diablo. 

El hombre, entusiasmado, recogió todo el barro que pudo y lo llevó a donde vivía su gente, y pronto todos los arumbayas tuvieron manos y, enseguida, aprendieron a usarlas, construyendo una gran choza, fabricando instrumentos, haciendo fuego frotando dos ramitas. Cuando el dios de la lluvia decidió visitarles de nuevo encontró a los arumbayas poco dispuestos a servirle como antes hacían, se enfureció y descargó sobre la selva la más impresionante tormenta que nunca hubieran visto. Duró días y días, pero los arumbayas no se asustaron, porque tenían caza en abundancia, techos bajo los que protegerse y fuego con el que calentarse. 

De aquellas interminables noches bajo la tempestad les viene, añaden, la costumbre de congregarse para oír historias. Un día, el dios de la lluvia, cansado, dejó de molestarles. Decidieron entonces trasladarse a las orillas del río que, mucho después, un extremeño que buscaba El Dorado se toparía el día de San Ceferino, y adorar allí al dios del río, que tanto les había ayudado. Y allí siguen, concluyen, aunque el dios de la lluvia no les haya olvidado y les moleste de vez en cuando.

Guiarres lleva un buen rato observando la taza, preguntándose qué hace allí, con aquel viejo chiflado. Quiere parecer pensativo, concentrado en el sentido de la historia, pero es como si la realidad se le estuviera escapando. Es más, se da cuenta, con horror, de que casi ha olvidado el motivo de su visita a aquella casa.

—No me diga que no ha captado el fondo de esta curiosa versión del Génesis. Me dirá que no se parece en nada a la nuestra y tendrá razón, mas habrá notado que es mucho más certera que la que nuestra cultura ha heredado de los antiguos hebreos, por lo menos si hacemos caso a las hipótesis de antropólogos y arqueólogos como Besucov, Graham, Dunbar y otros, que como usted ya sabrá mantienen que en la peculiar forma de la mano humana —sobre todo en la posición del pulgar— está la base de la formación de nuestra inteligencia.

Somos inteligentes porque hemos aprendido a usar nuestras manos, porque hemos sido capaces de concebir y luego realizar instrumentos, instrumentos que tienen un fin. Las manos elevadas a fuego prometeico, a soplo de Dios. Fuente de la inteligencia, que es a la postre lo que nos hace humanos. Las manos…

El Viejo se mira las manos nudosas, oscuras. Guiarres trata de percibir en ellas algún temblor, una mínima vacilación, un anuncio de la muerte que no tardaría en rondarle. Pero, sin sorpresa, comprueba que permanecen firmes; el Viejo es como una estatua de bronce, imponente. El funcionario piensa en la encuesta que ha guardado en la cartera, se le antoja cada vez más inútil. ¿Cuál podría ser el próximo paso?

—Cuéntale lo de los gatos, Ernesto.

Guiarres se ha asustado, no siente vergüenza de confesárselo a sí mismo. La voz de María parece venir de muy lejos, casi de ultratumba, y revela un acento extraño, difícilmente identificable. Detrás de una columna de novelas añejas que casi llega hasta el techo ha surgido, inexplicablemente, una mecedora de mimbre en la que se ha materializado la misma vieja que ¿una?, ¿dos? horas antes les había servido la caipiriña.

Probablemente acaba de concluir su faena en la cocina, piensa el funcionario, que tiene la oportunidad de observarla con algo de detenimiento por primera vez. Pero le es difícil mantener la vista alzada ante esos ojos duros como diamantes. El moño es más grande de lo que pensaba, tan blanco que hace daño a la vista, un prodigio de ligaduras y retruécanos entre los que apenas se divisan las horquillas, un auténtico monumento al tiempo devorador. 

No, definitivamente no es un gorrión, aunque María sea pequeña y permanezca interminablemente encogida. La mecedora no se balancea ni un milímetro y permanece tan inmóvil como su mirada. Los conocimientos ornitológicos de Guiarres no son, en cualquier caso, lo suficientemente amplios como para dar con la especie que le correspondería a aquella María. Tampoco tiene ganas de pensar demasiado: le parece que el Viejo está tardando una eternidad en responder.

—Ya he mandado varias cartas al Ayuntamiento sobre este desgraciado asunto, el señor Guiarres lo recordará sin duda. ¿Que no las ha leído? Es lo que sospechaba: estaba seguro de que ni la mitad llegaban a su destino —su enfado es triunfal—. La burocracia, es lo que digo siempre. ¡Cuántas cosas no se perderán antes de llegar a su destino!

Pausa. El silencio es pegajoso. Guiarres ha claudicado definitivamente.

—Pues bien, cuando empezaron las interminables obras de la manzana de ahí al lado —la constructora ha rebasado con creces lo estipulado en las bases del concurso: ¡casi en dos años, qué le parece!—, una familia de gatos se vino a vivir a nuestro patio. Eran cuatro: la madre y sus tres cachorros, una preciosidad. Todos de raza común europea, cómo no, dos a rayas como la madre y el tercero negro como el betún. María y yo nos aficionamos a ellos, claro. Los veíamos jugar sobre las baldosas del callejón, correr hasta la gatera cuando algún perro suelto los perseguía, cazar las ratas que en ocasiones salían de las alcantarillas. Hasta nombres les pusimos.

Salomón, Moisés, Asurbanipal y la madre, Moña. Sic, como se suele escribir. Guiarres no sabe por qué, pero se acuerda de aquella estupidez, pese a que sólo había dedicado un momentito a repasar aquel archivador de cartas.

—… a la madre le pusimos Moña y a los gatitos Salomón, Moisés y Asurbanipal. Bajábamos todos los días con algo de comida para ellos, normalmente higadillos de pollo con arroz partido que les cocinaba mi mujer. ¡No sabe cómo lo agradecían! Lo devoraban en un abrir y cerrar de ojos. Cada vez que bajábamos, Moña se acercaba ronroneando y nos hacía fiestas: se nos enroscaba entre las piernas, se dejaba acariciar, nos lamía la mano. Sus hijos eran mucho más ariscos y no se llegaban a la comida hasta que no nos habíamos alejado un poco, impulsados sin duda por el temor a que Moña les dejara sin nada.

Y un día, de repente, nos asomamos a la ventana y encontramos el cuerpo de Asurbanipal tendido en el suelo en un charco de sangre. ¿O la versión epistolar era «bañado en sangre»? Guiarres se apuesta a sí mismo mil duros a favor de la primera alternativa.

—Y un día, de repente, nos asomamos a la ventana y encontramos el cuerpo de Asurbanipal tendido en el suelo bañado en sangre. Bajamos inmediatamente. No pudimos hacer nada, murió allí mismo, en mis brazos. Moña y sus gatitos se habían escondido en alguna de las bajeras del patio; tardaron muchos días en reaparecer. ¿Quién lo había podido matar? 

Preguntamos a los obreros de la obra, nadie sabía nada, eso nos dijeron. Uno de ellos, sin embargo, nos miró burlón y dijo algo así como «¡Qué más les dará a ustedes! Total, no hacían más que ensuciarnos la obra con sus cagadas». Le pregunté el nombre, pero no quiso dármelo. Me dijo que me fuera a tomar por el culo, que era un viejo chocho.

Alfonso Martínez, treinta y nueve años, capataz de obra, mujer y tres hijos, natural de Aranda de Duero, un metro sesenta y dos centímetros de estatura, moreno, barrigón.

—A Moña le costó volver a cogernos confianza. Pero siguió viviendo en nuestro patio. Quizás le cueste entender que gente como nosotros encuentre apasionante ver crecer y corretear a unos gatos por un patio sucio, pero le puedo asegurar que es una de las cosas más bonitas que se pueden hacer en esta vida. María y yo casi nos peleamos por asomarnos a la ventana: se habrá dado cuenta de que es muy pequeña —la pausa, una vez más, se le hace interminable al funcionario—. El siguiente en caer fue Salomón: se lo pusimos porque nunca nos pareció muy listo. Fue horroroso, lo vimos todo.

Unos chavales del barrio le llamaron y le ofrecieron comida. Aunque no se acercó, como era su costumbre, asomó el hocico por el agujero donde se escondía y recibió una pedrada y luego otra y otra y otra. Me desgañité gritándoles todos los insultos que recordaba, pero no pude hacer nada. María bajó a detenerlos —yo estaba con gripe— con tan mala fortuna que se cayó por las escaleras y se hizo una fisura en la cadera: tres meses de cama. Los basureros se llevaron, por la noche, lo que quedó de Salomón. De entonces es mi tercera carta, aunque ya había avisado en otras de lo peligrosos que son los gamberros de este barrio.

Jordi Ortiz, catorce años, detenido en una ocasión por hurto menor, huido de una escuela especial; José Cienfuegos Mechas, dieciséis, gitano, se le intervinieron navajas de distintos tamaños en al menos tres ocasiones; Koldo Bernaola, doce, escuela especial, padres divorciados. Guiarres, a pesar del sopor que lo envuelve desde hace rato, está cada vez más atento.

—No lo entiendo. Los gatos son unos animales preciosos. No hacen daño a nadie y son beneficiosos. ¿Sabe por qué apenas se ven ratas en la superficie, aquí en el casco viejo? Ya. Pero ustedes ni se han dado por enterados. Ni siquiera los de la Oficina Municipal de Medio Ambiente y Protección Natural: ¡valiente payasada! Una excusa para veinte o treinta nóminas más que tenemos que pagar entre todos los ciudadanos… En fin, Asurbanipal duró unos pocos meses más.

 Moña lo protegía continuamente, aunque estaba ya pasando de la edad en que los gatos dejan a sus madres. Pero no fue suficiente. Lo encontramos colgando de un cable, desangrado, un domingo por la mañana. No vimos a nadie, el ruido de la noche impidió seguramente que oyéramos nada. Pero puede estar usted seguro de que fueron ésos que andan por ahí hasta las tantas de la madrugada, los de las cazadoras de cuero y todo eso. Unos hijos de puta. No me gusta la palabra, pero eso es lo que son, unos hijos de puta.

Domingo Ezcurdia, veintidós años, estudiante; Lore Sánchez, dieciocho, estudiante y canguro; José Joaquín Quinito Fadrique, veintiséis, parado; Raúl Umbral, veintitrés, estudiante. Y aquel otro, cómo se llamaba. Guiarres tiene una idea pero se le escapa por momentos. Trata de estar al tanto de lo que el Viejo sigue contando.

—Moña sigue viva, aunque anduvo muy enferma después de comerse ese raticida que ustedes esparcen sin ningún cuidado por el barrio y que a las ratas la verdad es que no les hace nada. Ha tenido más suerte, pero ¿por cuanto tiempo? Hace poco la dejaron tuerta: otra pedrada certera. Y casi no se atreve a acercarse ni a nosotros. Y ¿qué hacen ustedes? Nada. Nada.

Félix Bejarano, pero no, ese no está en la lista, es un amigo suyo. ¿Por qué se le ha venido a la cabeza el nombre de Félix? Ah, tiene gatos, él también. Los quiere mucho. Últimamente no habla más que de ellos. Por unos gatos. Todo ha sido por unos gatos. Por unos miserables gatos. Ernesto Díaz de Garayo, ciudadano modelo. Guiarres se revuelve en el sillón, incómodo. No es suficiente. No tiene nada. Desde hace un rato viene notando un olor levemente acre pero cada vez más presente invadiendo la sala.

—Perdóneme, pero ¿no se les está quemando algo? —pregunta Guiarres, esperanzado.

El Viejo dirige una mirada rápida a su mujer, que se levanta lentamente de la mecedora.

—Tiene usted razón. He dejado el guiso en el fuego. Tendría que sacarlo ya. ¿Me ayudas, Ernesto? —la voz es más dulce cuando pronuncia esas tres últimas palabras.
—Por supuesto, María. Nos disculpa un momento, ¿verdad? Enseguida volvemos con usted.

Los dos desaparecen, sorteando los obstáculos, silenciosos, por la única puerta de la sala. No hablan o, por lo menos, no lo parece. Como si la cocina estuviera a kilómetros de distancia. Guiarres siente la necesidad de levantarse, de desperezarse, de arrancarse de la piel la sensación de opresión que le embarga. Tiene la intención de rebuscar entre las revistas y los periódicos de la sala, pero ningún ejemplar le parece lo suficientemente nuevo. Sin embargo, sigue sintiéndose mal.

 Le desazona profundamente la vieja televisión, es como si le observara, como si grabara cada movimiento, cada expresión suya. Le recuerda mucho a la primera que tuvieron en casa y que compraron sus padres cuando él era ya bastante mayor. Antes de encenderla, primero había que enchufarla —por si las tormentas, ya sabes— y luego había que accionar el interruptor del alimentador. Decide que es por allí por donde empezará a buscar.

La rodea, teniendo cuidado de no derribar toda una pila de Hazañas Bélicas encuadernadas y se da cuenta de que la vieja Zenith no tiene alimentador. Ni siquiera cable para la antena. Le hubiera gustado encenderla: ya casi no se acuerda ni de cómo es una tele en blanco y negro. Hay algo, sin embargo, que le atrae irremisiblemente hacia el aparato: se acerca y palpa el metal, tan frío como la casa. Golpea una, dos veces. Suena a hueco, mucho más a hueco de lo que su memoria le indica. La placa de atrás está medio suelta, ni siquiera hay tornillos. Se puede soltar fácilmente y así lo hace. No encuentra allí dentro, como esperaba, un desbarajuste de cables y lámparas y transistores. 

En un panel sencillamente enmarcado se le aparecen, en todo su horror, diez, doce manos en miniatura, arrugadas, tan brillantes como si las hubieran barnizado, revelando desde su menudez todos los detalles del dorso: las uñas —algunas bien recortadas, otras mordidas—, los nudillos como perlas oscuras, las minúsculas arrugas, las venillas petrificadas. Fijadas con alfileres sobre un tapete verde, las manos semejan mariposas terribles, presas para toda la eternidad.

Manos derechas, salvo en un caso: debe de tratarse de la de Lore Sánchez, que era zurda. Aquella más pequeña será probablemente la de Koldo Bernaola, ésa más oscura la de Txomin Ezcurdia. Los mutilados. Los asesinados. La lista le baila en la cabeza. Estaban allí, pues. ¿Lo ha sabido Guiarres desde el principio de la visita, desde que vio el televisor en medio de la habitación? No lo sabe. ¿Tiene ganas de vomitar? 

Sería la primera vez en doce años de servicio. Se palpa el bolsillo derecho para comprobar si la pistola sigue ahí, busca en el izquierdo la seguridad que le suele transmitir la placa del cuerpo. Pero no está. Recuerda súbitamente que se la ha dejado en el bolsillo del abrigo, junto a la entrada. En la silla de mimbre. A partir de ese momento, Guiarres sabe que las cosas pueden salir mal. Que van a salir mal.

Se da la vuelta y allí están, tan silenciosos como se habían ido La vieja se ha soltado el pelo, una cabellera blanca, larguísima, que le llega casi hasta la cintura. Pero no es eso lo que más llama su atención. Tiene pintura en la cara, cuatro rayas rojas bajo los ojos, una negra sobre la frente. Su expresión no ha cambiado. Lleva un cuenco humeante, lleno de un líquido espeso y dorado que a Guiarres le recuerda a la miel. 

El olor que había percibido antes se ha apoderado de la sala, hasta la náusea. Guiarres quiere apoyarse en algún sitio, quiere decirles que están detenidos, que es policía, que se estén tranquilos y que no pasará nada, quiere sacar la pistola. No puede.

—El veneno es lento, pero efectivo, señor Guiarres. No tema: es un producto cien por cien natural. Probablemente no notó su peculiar sabor en la caipiriña. Es una lástima, porque le aseguro que es dulce y sabroso —Guiarres ve, como entre una nebulosa, los labios del Viejo moviéndose—. Tiene usted una bonita mano. Se lo digo sinceramente —el Viejo tiene un pequeño serrucho en la suya, pero Guiarres se ha olvidado ya de lo que es sudar, de lo que es gritar.

El Viejo se acerca, lentamente. Guiarres ni siquiera sabe si ha podido sentarse o si sigue de pie, plantado en medio de la sala. Siente los dientes del instrumento como una punzada en la muñeca y el resto tiene que imaginárselo, el suelo manchándose de sangre, María limpiando solícitamente la herida del trofeo, la inmersión de la mano muerta en el líquido amazónico, la infame química actuando sobre los poros de aquella piel que ya no es suya. Todo eso se imagina, hasta que la oscuridad elimina los últimos colores danzantes y se lo lleva.

La habitación se queda silenciosa, tan limpia o tan sucia como antes de la llegada del funcionario. Por los cristales rotos llega el chirrido de la grúa, el estruendo del martillo mecánico, las órdenes del aparejador, el maullido de un gato. Los ojos de María parecen despertar.

—Espérate un poquito, Moña. Enseguida vamos. Enseguida tendrás tu comida.