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La visita - Iban Zaldua


Es algo increíble. Los fines de semana. Van por la calle como si no existieran más que ellos, dando codazos, no les importa atropellar a la gente. Hay quien recorre la calle con motocicletas que arman un estruendo de mil demonios. ¡Por una calle peatonal! ¡Y a cualquier hora de la noche! Con sus ropas brillantes, con sus pantalones de cuero. No se volverían a ayudar a un anciano con el que hubieran tropezado. Ni aunque fuera su abuelo. El alcohol les sale por las orejas.

Ya a las ocho de la tarde hay muchachitas que apenas tienen edad para pintarse vomitándolo todo contra la pared de casa, ahí abajo, ahí mismo. Una amiga se suele quedar con ellas, les grita a las otras que no sean cabronas, que las esperen, que no ves que Vanessa está muy mal, por culpa de Chemi que se ha puesto así. ¡Por culpa de Chemi! Que ha bebido más cervezas, más ginkases de la cuenta, chata. Y ahí está, dale que te pego, hasta que no le queda nada en el estómago, hipando, llorando, diciendo me quiero volver a casa, aullando Chemi es un hijo de puta, Chemi eres un hijo de puta, pero uno no sabe muy bien si es ella la que grita o es su amiga, porque están siempre gritando, da igual para qué, por qué, todo lo hacen gritando. 

Aunque, la verdad, es peor cuando se ponen a cantar: «Se fuee, se fuee…» como si, efectivamente, les fuera en ello la vida. Lo mismo a las diez de la noche que a las cinco de la mañana. Porque los bares echan la persiana a las tres. Oficialmente. Pero hay dos o tres garitos que no cierran hasta las seis. Podría llamarlos garitos de mala muerte, quedaría más propio, ¿verdad?, pero eso sería singularizarlos demasiado, todos esos bares son iguales, feos, oscuros, ruidosos. Tabernas de mala muerte eran las de Bahía, las de aquel otro puerto, no me acuerdo del nombre… Bien, pues parece que están cerrados, pero no.

Un camarero espera detrás de la puerta y sube la persiana cuando alguien se acerca. Más ruido. Los de la Municipal pasan en sus coches, a cuarenta por hora, ni siquiera miran. Qué más les da: a ellos les van a pagar igual. Así que hasta las cinco no hay quien duerma. Las ventanas de casa, bueno, son como son. Las barnizo todos los años, pero no cierran bien, nunca han cerrado bien. Antes compraba Tessa-Film, esa espumilla, pero ya no se encuentra en las tiendas. Aunque debería decir que donde ya no la encuentro es en la ferretería de Garnacho, que es donde suelo ir a comprar las cosas que necesito para hacer mis chapucicas: clavos, tacos, brocas, todo eso.

Es una tienda muy vieja, llena de cajones de madera que llegan hasta el techo, cada uno con su plaquita de latón siempre brillante. Está ahí cerca, a la vuelta de la esquina. A Garnacho lo conozco desde siempre, crecimos juntos en el barrio. Cuando volvimos, allí seguía, en la tienda que había heredado de su padre, que a su vez la había recibido de su abuelo. Ahora parece que se la van a tirar, con todas las casas de alrededor. La verdad es que es un edificio muy antiguo. En la misma tienda de Garnacho las tablas del suelo crujen a cada paso y hay un profundo olor a humedad. Dicen que toda la calle está construida sobre un río subterráneo, y que la humedad se filtra hacia arriba por los cimientos de las casas. Es muy probable.

De todas maneras, no me creo esas historias sobre seres deformes, cubiertos de vendajes, que viven en las cuevas y salen de vez en cuando al exterior, por los sótanos. Son las mismas historias que nos contaban cuando niños, para asustarnos. No digo que no haya ratas, no. De hecho, algunas son enormes. Y sí que salen al exterior, cuando no hay comida, cuando hace frío hasta en las alcantarillas, que son húmedas pero calurosas. No digo tonterías, no. Menos mal que los gatos…; lo malo es que cada día hay menos. En invierno sube un vapor nauseabundo que a veces se filtra hasta los tejados por las tuberías de desagüe, por los canalones.

No exagero: yo mismo me he asomado a una de esas tuberías para ver de qué se trataba. No estaba tranquilo viendo aquel humo perezoso, gris. Me acordé de lo que pasó una vez en Manaus, la compañía norteamericana que servía la gasolina y el fuel-oil a las gasolineras y a las factorías había tenido una fuga y vertió litros y litros de petróleo en el alcantarillado de la ciudad. La gente empezó a oler el petróleo, aparecieron algunas manchas oscuras en el Amazonas. De alguna manera, el fuego prendió y destruyó todo el barrio antes de que los bomberos pudieran controlarlo. Cuentan que hubo personas que se quemaron las nalgas mientras cagaban… es una broma. 

Nosotros nos libramos por los pelos, estábamos lejos aquella semana, en la selva. No teníamos muchas cosas en el piso, así que no nos apenó tanto su pérdida. Pero lo del barrio es otra cosa, huele mal, pero no a petróleo ni a nada que se le parezca. Es un olor a podrido, a montañas de desperdicios, de desechos, de restos de comida, fermentando, quemándose ahí abajo. No, seguro que no hace nada de fresco. Ya les he escrito al Ayuntamiento varias veces con ese tema y hasta ahora nadie me ha contestado. Hasta ahora.

Julio Guiarres, funcionario, recuerda perfectamente el estilo alambicado de cada una de aquellas cartas, la letra perfecta, la caligrafía de colegio religioso —¿La Salle quizás?—. El viejo se refería a la posibilidad de que en el fondo de aquellos subterráneos que conforman el alcantarillado del casco viejo el agua hubiera dejado de correr y estuviera estancada, o casi. En todo caso, proseguía, estaba seguro de que había algo que taponaba total o parcialmente la salida de las aguas fecales, y de que el nivel de éstas estaba ascendiendo lentamente.

La descripción era demasiado prolija, tanto que uno de los de la Comisión de Medio Ambiente y Actividades Insalubres dijo que llegó a marearse la primera vez que la leyó. Que fue la última, porque fue su compañero del departamento el que se hizo cargo del asunto. Es un decir. La aparición de un cada vez mayor número de ratas en la superficie la atribuía a este proceso, y los remedios…

—¿Dice usted que ha estado en América? ¿En serio? —ya lo sabía, claro, pero piensa que mostrando interés le puede caer más simpático.
—¡Claro que sí! —responde, haciéndose el ofendido—, yo y mi mujer, en Brasil, veinte años, se dice pronto, después de terminar mis estudios. Luego volvimos aquí. No tuvimos suerte y no ahorramos demasiado, es evidente —Su mano pasea brevemente por toda la habitación—. Si no, no tendríamos una casa en este barrio. En este barrio de mierda. Olvidados de Dios y del Ayuntamiento —La mirada es irónica—. Aunque tiene que ver con que yo haya nacido aquí, también.

Para Guiarres está claro que al anciano no le apetece hablar de su vida en Brasil. Se ha quedado con las ganas de saber por qué volvieron. Las historias que circulan no le convencen, pero prefiere no insistir. Mejor, porque no quiere perder demasiado tiempo.

—¿Desea que mi mujer le prepare una caipiriña? En ningún bar la probará igual. El secreto está en el aguardiente de caña, nos lo envía directamente un amigo desde allá. Unas cuantas botellas al año. Nada que ver con lo que venden en la licorería de la plazuela, que es el que compramos cuando se nos acaba el bueno. Tengo que confesar que la primera vez que lo probé creí que estaban tratando de envenenarme. Fui con la botella y todo, a protestar. En fin, ¿qué le parece?, ¿quiere o no? No me vendrá con esas monsergas de que está de servicio y lo demás, eso que dicen los policías en las películas. Pues buenos son ustedes los del Ayuntamiento.
—No tengo costumbre pero de acuerdo, está bien —Guiarres mueve la cabeza afirmativamente, siente que necesita esa copa, algo que moje sus labios y alivie el reseco de su garganta.
—María —grita el viejo—, haznos una caipiriña. Estará en seguida. Ya verá.

Guiarres pasea la mirada por la habitación, se demora, tarda mucho en abarcarlo todo. Está tratando de sobreponerse a la sensación de agobio que le ha producido, tras las pertinentes presentaciones y una vez depositado el abrigo en una silla de mimbre junto a la puerta, la entrada en lo que su forzado anfitrión ha denominado el salón, demasiado pequeño, sin embargo, para recibir ese nombre. Es una sala mínima, llena de cosas, con un mirador parcheado de plástico y cristales rotos, por el que penetran la luz de un soleado día de invierno y el frío de la calle. 

Guiarres piensa que están locos los dos: el viejo y él. ¡Una caipiriña llena de cubitos de hielo! Las paredes aparecen cubiertas de anaqueles que contienen los más disparatados cachivaches, desde botellas vacías o semivacías a cámaras Minolta dignas de figurar en una vitrina de algún museo de la tecnología, además de revistas y libros, que se derraman e invaden también parte del suelo, formando islotes y archipiélagos de papel, y algún que otro atolón de mayor o menor altura, todos convenientemente nevados de polvo y hollín. Muebles de todos los estilos ocupan el mínimo espacio disponible y cohabitan pecaminosamente, disputándose unos a otros un hipotético premio al mal gusto. 

Sillas de playa se mezclan con esterillas de colores apagados que intentan disimular las simas que el paso del tiempo ha ido abriendo en el suelo de madera de olivo. Mesas de plástico lechoso, que a Guiarres de alguna manera le recuerdan a la película La naranja mecánica, soportan candelabros de metal estriado y ceniceros-recuerdo de Santillana del Mar, llenos de colillas húmedas y minúsculas. Entre las baldas repletas de libros y cuadernos hay un hueco que muestra una pared amarillenta en la que hay dos fotografías aéreas de algún pueblo meseteño difícilmente identificable y un par de máscaras rituales cubiertas de plumas descoloridas.

Un viejo tocadiscos yace abandonado junto a un revistero rebosante de Blancos y Negros e incluso algún antediluviano Sábado Gráfico, que conserva, imposible saber cómo, buena parte de los colores de su portada. Sobre una vacilante mesa de camping preside la escena, cual cabeza de retablo y semejante a un ojo perennemente abierto, un enorme televisor Zenith color bronce, que ha sido lo primero que le ha señalado el viejo al entrar, comentando: «No piense mal de unos intelectuales como nosotros. Hace años que no la vemos. Pero nos ha seguido a todas partes: es como de la familia…».

 Guiarres casi no se atreve a esbozar movimiento alguno, temeroso de pisar los inverosímiles singles de Raphael y Engelbert Humperdinck que asoman por debajo del sillón de orejas en el que se está hundiendo lentamente. La mujer del viejo aparece de repente, como si saliera de la nada, y sorteando los obstáculos con la habilidad de una participante en el eslalon especial de unos Juegos Olímpicos de Invierno, se acerca a Guiarres y le entrega un desmesurado tazón de caipiriña. Un tazón de leche, de loza. Aunque la presentación no es la más adecuada, era imposible no estar de acuerdo con el viejo acerca de la calidad del brebaje: ni en el O’Clock la ha tomado nunca mejor.

—Gracias, señora. Está estupenda.

Pero la anciana ya ha desaparecido tan silenciosamente como ha llegado y allí están él y el viejo. En su fuero interno no se acaba de acostumbrar a llamarlo por sus apellidos o por su nombre de pila. Ha leído sus cartas una y otra vez, pero no se le quita de la cabeza: cuando piensa en él es la única palabra que le viene a la mente. El viejo. En realidad, el Viejo, con mayúscula y todo.

—Está estupenda, de verdad, señor Díaz —se repite, mientras intenta no hacer ruido al sorber. En estos casos nunca sabe si tiene que decir el apellido entero. Hay gente muy suya para estas cosas.
—Díaz de Garayo, si no le importa. Es el apellido completo, ya sabe. Le parecerá una tontería, pero le tengo cariño. No le digo los demás porque se reiría. No, seguro. Además, usted ya sabe cuál es mi segundo apellido, por lo menos, lo habrá visto en mi ficha del Ayuntamiento. Pues imagínese el resto. Son todos del mismo pelaje —y le hace un guiño. Guiarres, resignado, sorbe la caipiriña ruidosamente—. Así que el Ayuntamiento se ha dignado por fin mandarme a un funcionario —es lo mismo que le ha escuchado decir cuando el Viejo le ha abierto la puerta para ver de qué se trataba. Se lo ha espetado por la rendija de la puerta, sin quitar el pestillo.

Y ha tenido que entregarle la acreditación del Ayuntamiento. La voz ronca del Viejo vuelve a romper el silencio de la sala—. Yo hubiera preferido que fuera el alcalde, claro, o algún concejal, por ejemplo el de limpieza, sí, ya sé que he hablado por teléfono dos o tres veces con él, bueno, si usted lo dice, ocho, ya, en los últimos tres meses, aunque es un político parece una persona simpática, pero no entiendo por qué no puede venir en persona, si total el casco viejo está aquí, al lado de su oficina. No pretendo menospreciarle, en absoluto. ¿Qué ha dicho que es usted? Asistente social. Del Ayuntamiento. Ya. Por algo se empieza. 

Pero usted ya no es un chaval, lo digo sin ánimo de ofender. No me malinterprete, es que las asistentes sociales que vemos por el barrio son jóvenes, encantadoras, algo ñoñas, pero muy jovencitas. Además son todas chicas; no sabía que los varones también hicieran esa carrera. Ah, que estudió usted en Madrid. Ya, ya sé que hoy día se puede hacer aquí, en la Escuela, seguro que esas chiquitas vienen de allí, ah, puede ser, estudiantes en prácticas. Así cambian tanto las que vienen a traerles la comida a los Echeverría, igual sabe usted algo de ellos, son muy mayores y casi no bajan a la calle, se cansan mucho, no pueden hacerse ellos mismos la compra. No, ya me imagino que lleva usted muchos años en el escalafón, ya, ya sé que no se dice así. 

Lo que quiero decir es que llevo cuatro años, no, de acuerdo, siete, siete años y medio escribiendo cartas al Ayuntamiento y ésta es la primera vez que me hacen caso, bueno, que me hacen caso de verdad, porque respuestas amables he recibido muchas, pero nunca han arreglado los problemas de este barrio. Sólo cartas a máquina, ninguna de puño y letra. Hasta fotocopias de respuestas modelo me han enviado. Ya ni siquiera las firmas son verdaderas: ¡vienen impresas en el papel oficial! ¡Y a veces en rojo, en verde, como si no hubieran tenido a mano su pluma de siempre y no les importara firmar con lo primero que tuvieran a mano!

Hombre, sé que es algo habitual, como las firmas de las cartas personales que envían los políticos cada campaña electoral. ¿Y sabe qué le digo? Que todos esos papelotes van directamente a la basura. No me creo nada, no señor. No, no voto, nunca. Pero si usted piensa que por eso no tengo derecho a que el Ayuntamiento me atienda como es debido, se equivoca. Ya, de acuerdo, no ha querido decirme nada de eso, pero sé leer en las miradas. No le fastidia. Pues pago mis impuestos como los demás, qué digo, seguro que mejor y más puntualmente que muchos: la basura, el agua, el gas ciudad… sin fallar nunca.

«Sin fallar nunca, es cierto —piensa Guiarres—, lo mismo que las cartas que puntualmente envía al Ayuntamiento, una al mes, exactamente». En realidad casi exactamente, porque las de algunos meses faltaban, sobre todo las de julio y agosto, aunque Guiarres sospecha que más bien se perdían por la indolencia del exiguo retén de funcionarios municipales que sobrelleva como puede los calores del verano burocrático. 

Son todas muy parecidas, aunque al mismo tiempo diferentes, pues tratan de asuntos como el incumplimiento de los plazos de una obra, el socavón que aparece en la acera de tal calle, las molestias que ocasionan los encargados de la limpieza de los patios a los gatos que allí viven, la desvergonzada actitud de los niños que suben desde la escuela pública al comedor comunal, la peligrosidad de los cables de la compañía eléctrica que penden entre las fachadas, provisionalmente, desde hace tres años, etc. Dentro del grupo «ruidos molestos» había una buena cantidad, de entre las que Guiarres recordaba vivamente una que rezaba así:

En, a 23 de octubre de 1993
El abajo firmante, Ernesto María Díaz de Garayo González de Durana, mayor de edad, con DNI número 3 762 841, residente en esta ciudad, calle Curtiduría número 97, cuarto, centro,
EXPONE
que debido al atroz barullo que produce el bar llamado «Catón», sito en la calle Curtiduría número 97, planta baja, exactamente donde antaño se ubicaba el establecimiento «Coloniales Las Heras», le es imposible, al igual que al resto del vecindario del mencionado edificio, conciliar el sueño hasta altas horas de la madrugada, por no decir de la mañana, de los viernes, sábados, domingos y vísperas de festivos. Ya se ha mencionado que la causa principal son los ruidos provenientes de dicho bar «Catón», propiedad, según el Registro Mercantil de la Provincia, de la sociedad colectiva Mauro y Mauro, fundada en 1956, hoja número 1547, tomo  XI, aunque arrendada desde 1983 a Pedro López de Acevedo, que es quien lo explota junto a otros dos amigos, cuyos apellidos se desconocen y que responden a los nombres de Santiago (o «Santi») y Jesús María (más habitualmente «Jesús Mari»), Los vecinos del inmueble nunca habían tenido problemas hasta hace cosa de dos meses…

Y así interminablemente durante cuatro páginas de letra apretada, refiriendo los más mínimos detalles acerca de la música que ponían al principio y la que pusieron después, describiendo los reiterados encuentros de la comunidad de vecinos del inmueble —siempre representados por el señor Díaz de Garayo— con los camareros del bar, las sucesivas denuncias, siempre inútiles, ante la policía municipal. Terminaba, indefectiblemente:

… Pero no es cuestión llegar tan lejos, y de ahí esta carta, que el abajo firmante le remite en su nombre y en el de todos los vecinos de este inmueble. Es cierto: los problemas de esta ciudad son muchos, mas ¿no cree que ya es hora de ocuparse de este barrio, cada día más degradado y ruinoso? No es éste un hecho aislado, ni mucho menos, como se le recuerda en las comunicaciones de 1/IV/1992, 28/XII/1992 y 26/III/1993, de las cuales, por cierto, no se ha recibido aún respuesta. Sin más y rogándole que aplique en este caso, y sin dilación, su reconocido celo y haga cumplir la ley —nada más, ni nada menos— se despide con un atento saludo
Ernesto M.ª Díaz de Garayo 

AL EXCELENTÍSIMO ALCALDE DE LA CIUDAD

Todas las cartas eran así, de ese estilo. A Guiarres le fascinan la minuciosidad, el amor al detalle y a la exactitud que denotan estos pequeños monumentos a la inutilidad, condenados de antemano al polvo del archivador, si no a las fauces de la trituradora. Ese afán por documentarse, como demostraba el censo de grupos musicales que había intentado pergeñar en aquella carta. Guiarres no sabe decidir hasta qué punto la imagen que se había formado del Viejo se corresponde con lo que está observando. Sentado en otro polvoriento sillón de orejas, inclinado sobre la taza de caipiriña, que bebe a pequeños pero ruidosos sorbitos, a Guiarres se le antoja una especie de ave enorme y expectante.

Cierra durante unos segundos los párpados. Su nariz aguileña, sus ojos de lechuza impasible, sus orejas minúsculas y parcialmente enterradas en una, por otra parte, no muy abundante mata de pelo entrecano, su cuello largo y pelado encima del polo beige, sus uñas largas y ennegrecidas… todo contribuye a reforzar en Guiarres esa imagen, a la que sólo añadiría algunos elementos escénicos como una rama desnuda y torcida y, quizás, la luna llena al fondo.

 A María, la anciana, menuda y oscura, sólo la ha entrevisto un instante, pero ha podido imaginarla sin dificultad como a un gorrión de esos que, dando saltitos, van robando en la plaza las migas de pan a las palomas. Un gorrión con moño. Y Guiarres no puede evitar verse a sí mismo como un pingüino, mofletudo, regordete y satisfecho entre los trozos de hielo de su caipiriña, que bien podrían ser icebergs a la deriva en el círculo polar antártico, o las carpetas blancas que habitualmente cubren su mesa de oficinista, una mesa que se ha agrandado con cada ampliación en gastos de mobiliario y material fungible, siempre inútilmente, pues las carpetas no tardan en invadir el espacio ganado. Extraviado en su ensoñación, con el sabor fresco de la bebida aún en los labios, Guiarres llega por un momento a identificar el olor que flota por la casa con el del alpiste, pero no es más que una impresión momentánea que se le escapa al instante.

Decide volver en sí y dirige su mirada hacia el Viejo, que lleva unos segundos sumido en un mutismo expectante. Hace un sitio en la mesilla que tiene a su lado y, como recordándolo de pronto, busca el maletín, que halla casi enterrado bajo una reciente avalancha de semanales de El País. Extrae trabajosamente la encuesta y encara al Viejo, que de alguna manera reconoce el fajo.

—¿Usted también me va a hacer una encuesta? —le suelta—. ¿No sabe que somos a diario pasto de encuestadores de la más diversa procedencia? Nos asaltan continuamente: del propio Ayuntamiento, por supuesto, pero también del EUSTAT, de la EPA, del servicio estadístico europeo, del Ministerio de Agricultura, de empresas privadas que no quieren revelar su nombre… Algunos sociólogos de sofá han decidido que los del barrio somos un apetecible objeto de estudio. Estoy seguro de que llenamos los gráficos con colores la mar de bonitos y las cifras de nuestras tablas le hacen exclamar «¡Tate! ¿No te lo decía?» a más de uno, pero las soluciones no llegan nunca. Para este barrio las soluciones no llegan nunca.


—Pues por eso estoy aquí, señor Díaz de Garayo. Para que nos cuente. Para que actuemos. Usted es el alma del barrio. Por eso estamos aquí —su aplomo es falso, pero quiere creer que convincente.


El Viejo no responde, se arrellana en el sillón, hace gemir la tapicería. A Guiarres le resulta difícil decidir si su gesto es de satisfacción o de otra cosa. Deja a un lado la encuesta, le pega otro sorbo al vaso y se inclina hacia delante.


—Dígame qué es lo que más le preocupa del barrio. No se calle nada. Incluso si es la administración el blanco de sus críticas. Déjeme adivinar. Quizá sea la seguridad ciudadana. Es uno de los aspectos más problemáticos del barrio, lo sé. ¿Sabe cuántas denuncias recibe sobre hechos delictivos ocurridos en este sector el cuartel de la guardia municipal al día? Ni se lo imagina. Y más desde el asunto de los asesinatos, claro. Pero, bueno, también tenemos sus propias quejas respecto a este tema. Por ejemplo, la de marzo pasado sobre los heroinómanos que venían, eh, a inyectarse la droga en su portal. Créame que desde ese día hay una ronda más patrullando por esta calle.


Guiarres sigue sin saber si el Viejo le mira socarronamente o está indignándose por momentos. Entrecierra los ojillos como si… en fin, no podría decirlo.


—Una ronda más. Sí, por supuesto que tiene usted razón. De patrullar por delante de este portal una vez cada tres horas y media, han pasado a hacerlo una cada dos horas y veintidós minutos. Es una media, por supuesto. Pero sólo los fines de semana. Y entonces da igual, porque sus centuriones no hacen nada por evitar el pandemónium que se monta en la calle. En cuanto ven un atisbo de pelea, se largan. Lo he visto yo con mis propios ojos, desde ese mirador, sí. Hasta los serenos demostraban mayor gallardía que ese montón de pelagatos. El resto de los días pasan de cuatro en cuatro horas, y eso si incluimos el coche de las once de la noche. 

De los picotas tuvimos que encargarnos los vecinos mismos, por supuesto. Mire, decidimos turnarnos para limpiar la escalera todos los días, a eso de las ocho de la tarde, con bien de lejía. Durante dos o tres horas es imposible quedarse más de un minuto en el portal, por el olor. La verdad es que no han vuelto. Pero imagínese lo que le cuesta a la comunidad todo esto, y no estoy hablando de la cantidad de lejía (y a veces de Salfumán) que compramos todas las semanas. Salvo los Peláez, que viven en el cuarto, todos los demás vecinos somos viejos, gente con más de cincuenta tacos a la espalda. 

No sabe usted el coraje que da ver a una pobre anciana arrodillada, frota que te frota, cuando donde debería estar es dentro de casa, cenando o viendo la tele al calor de una manta. Sobre todo si esa anciana es su mujer. Hemos pasado por mucho, no lo dude, pero ya no estamos para ciertos trotes, no sé si me explico. De todas formas ése no es el problema gordo, ni mucho menos. No hay tanta delincuencia como quieren hacernos creer. 

El asunto ese de los mutilados, no sé…, lo mencionan en la tele, en la radio, pero no acabo de… ¿Hasta qué punto no es parte de un plan del Ayuntamiento para intervenir más en la vida del barrio y comprar más y más casas? Como ha estado haciendo todos estos últimos años, por otra parte…


—¡Señor Díaz de Garayo, por favor…! —Guiarres trata de imprimir un tono indignado a su réplica, pero no le sale más que un gallo, bastante ridículo por cierto—. Sospechar siquiera eso…


—De acuerdo, de acuerdo —en el semblante del Viejo, sin embargo, no aparece la más mínima mueca de disculpa—. Puede que haya exagerado. Pero era a eso a lo que iba. Gran parte de los problemas del barrio se deben, y no se enfade, a cómo nos tratan ustedes, los del Ayuntamiento. No tienen ningún respeto por los que vivimos aquí. No digo que no quieran, que no amen el barrio, como se encarga de subrayar cualquiera de sus concejales cada vez que se atreven a poner los pies en alguna de las mesas redondas que organiza la asociación de vecinos. 

Yo hace años que no voy a ninguna: son inútiles. Siempre los mismos temas, las mismas buenas palabras, los mismos resultados. El amor al barrio. ¡Ja! No, ustedes nos tratan como si no existiéramos, como meras cifras de ordenador, de estadística. Si se les ocurre plantar una grúa en medio de la calle y dejarla allí durante tres años, aunque sólo haya trabajado realmente durante seis meses, aunque hayan prometido que las obras terminarían en el plazo de un mes, aunque durante todo ese tiempo el recinto en el que la encierran se llene de verdín, yuyos e inmundicia, aunque los niños del barrio puedan entrar sin problemas y subirse hasta arriba, hasta que la caída no tiene remedio… 

¿qué se puede esperar de ustedes? No me diga que no hemos protestado. No me diga que no ha tenido que dar un buen rodeo para llegar a este portal. No me diga que no conoce el caso del hijo de los Azcue, que se quedó parapléjico. ¿Cree que nos consultan cuando se les ocurre hacer alguna reforma, alguna intervención, como ustedes las llaman? 

No hace ni dos meses que alguna directriz de vaya usted a saber qué departamento decidió que había que sacar a la luz las paredes de ladrillo de las casas viejas, eliminando el estucado o el hormigón que en algunos casos las cubría. Algunos edificios han quedado muy bonitos, no me cabe la menor duda. Pero cuando llegaron a la Casa Zuaznabar no se les ocurrió que las pinturas casi borradas que recubrían el enyesado podían tener algún valor. Procedieron igual: hicieron emerger el ladrillo. Y se cargaron una decoración con motivos vegetales ¡del siglo  XVII! Alguien les avisó, y gracias a algunas fotografías viejas pudieron reconstruir el diseño. Pero lo hicieron con pintura acrílica. Ahora la casa Zuaznabar parece un motel de carretera norteamericano.

Guiarres piensa en el Viejo. Escuchándole se le hace difícil no imaginárselo como uno de esos ancianos gruñones, con una pensión exigua, que todas las mañanas bajan al sol de la plaza en zapatillas de casa, a quejarse del gobierno y de los impuestos. El Viejo sólo baja en zapatillas, con su mujer, a dar de comer los menudillos con arroz que les preparan a los gatos del patio contiguo. Eso, al menos, es lo que le han contado a Guiarres. No, su forma de hablar, pedantería más o menos, no se aleja de la de cualquiera de esos jubilados. Sólo ese afán por la exactitud, por el detalle nimio… 

Aunque no han logrado averiguar en qué universidad cursó sus estudios, el Viejo es antropólogo, desde hace muchos años además. Lo primero que ha hecho al entrar al cuarto es mirar las paredes a ver si encontraba el título enmarcado: si está allí, no ha podido verlo por el abigarramiento. A principios de los sesenta escribió y publicó un estudio pionero titulado Televisión y control social, sorprendente teniendo en cuenta la breve historia que el medio tenía entonces en España. 

Guiarres se lo ha leído —no es demasiado largo— y ha de reconocer que aunque se ha quedado un poco anticuado, hay pasajes que siguen teniendo garra y actualidad. Una beca para perfeccionar estudios en París y una agregaduría en una universidad de provincias. Después, su trayectoria se hace algo más oscura: un viaje a Brasil con el objeto de estudiar una tribu amazónica, una vida difícil en los suburbios de algunas capitales de provincias en aquel país, el encuentro —y probablemente la boda— con María y, de repente, en 1977, vuelta a la ciudad natal, al desvencijado piso que ocupan los dos ahora. ¿Por qué? ¿Qué historia de derrotas se esconde tras aquellos vaivenes?

—Por lo tanto, señor Díaz de Garayo, usted es de la opinión de que no es el orden público el problema más preocupante, en este barrio. Quizá no sepa que hace dos días, a la vuelta de esta manzana…

—Conozco el tema. Yo también lo vi. Un charco tremendo… es horrible, claro. Pero, qué quiere. Vivimos en un barrio deprimido. Son ustedes los que han condenado a toda esa ralea de gente a vivir aquí. Y ahora, encima, quieren construir casas nuevas, más modernas, que ni los delincuentes ni nosotros, los antiguos vecinos del barrio, podamos comprar. Ahora, de repente, quieren que nos vayamos al extrarradio. ¿Sabe quién ganó las últimas elecciones, aquí, en el barrio? La derecha, qué digo, la extrema derecha. Y el segundo fue EH. Saque cuentas. El resto de los partidos les seguían a cientos de votos de distancia. 

La gente está crispada, y no me extraña, qué quiere que le diga. Con esas obras atronándonos todo el día, desde las ocho de la mañana. No me extraña que haya quien se vuelva loco y empiece a despedazar a la gente, sin más. Aunque tampoco sin más, si lo piensa usted bien.

—¿Me está usted diciendo que son los ruidos los que causan los crímenes? ¿Los de las obras? ¿No cree que está usted exagerando?
—Bueno, no quería decir que fuera sólo eso, no. Pero se nota que usted vive en una de esas urbanizaciones que tanto abundan por las afueras. Un jardincito bien cuidado, unos vecinos amables, una carretera que acaba ante la puerta de casa, ni un solo ruido durante el día y un silencio más profundo aún por la noche. Una inversión en el devenir histórico: el campo se torna civilización, la ciudad se convierte en el centro de la barbarie, del desorden. Un irónico revés de la oposición naturaleza-cultura, ¿no le parece?
—La verdad es que no estoy demasiado familiarizado con la filosofía moderna, señor Díaz… Díaz de Garayo…
—Pero qué filosofía ni qué leche. ¿Es que no le han enseñado nada en su universidad, o qué? Me importa un bledo que usted estudiara en un colegio universitario: ¿es que no tenían un plan de estudios? La mayoría de los miembros de ciertas tribus de la Amazonia, que por otra parte usted no dudaría en calificar de salvajes, serían capaces de comprender pensamientos más complejos que el que acabo de formular. Fíjese, sin ir más lejos, en la leyenda de la creación de los arumbayas, que viven diseminados a lo largo de las orillas del río San Ceferino, cerca de los wahtsu, y a los que tuve la suerte de estudiar durante varias campañas. 

Según la leyenda, al principio los arumbayas, que vivían lejos de donde se encuentran ahora, cerca de las montañas, carecían de espíritu, eran como las bestias de la selva, peleaban entre ellos por la comida. Pero sobre todo —y esto era lo que más asombro causaba entre los que oían la historia, especialmente en los niños— los hombres tenían por aquel entonces manos de tapir, es decir, algo parecido a pezuñas, así que no podían construir chozas ni hacer fuego y malvivían en la selva, esclavos de los elementos y del dios de la lluvia, a quien se veían obligados a adorar con sacrificios humanos. 

Pues bien, un día un arumbaya que vagaba por la ribera del San Ceferino —que ni entonces ni ahora tiene nombre, para ellos— se encontró al dios del río, parecido a un gran pez. El hombre, asustado, quiso huir, pero el dios del río le detuvo y le comunicó que él podía librar a los arumbayas de la tiranía del dios de la lluvia. «¿Cómo?», le preguntó el arumbaya. «Es fácil —le respondió el dios—, no tienes más que restregar las pezuñas en el fango que cubre las orillas de mi río». 

El arumbaya hizo lo que el dios le había dicho y vio cómo enseguida sus pezuñas se convertían en manos, con sus cinco dedos y todo eso. Al principio las miraba asombrado, pues no sabía para qué podían servir. Pero pronto comprobó su utilidad cuando las empleó para lanzar piedras a un ocelote que en otra circunstancia lo hubiera sin duda devorado: el félido, acostumbrado a la caza de los inofensivos arumbayas, huyó como alma que lleva el diablo. 

El hombre, entusiasmado, recogió todo el barro que pudo y lo llevó a donde vivía su gente, y pronto todos los arumbayas tuvieron manos y, enseguida, aprendieron a usarlas, construyendo una gran choza, fabricando instrumentos, haciendo fuego frotando dos ramitas. Cuando el dios de la lluvia decidió visitarles de nuevo encontró a los arumbayas poco dispuestos a servirle como antes hacían, se enfureció y descargó sobre la selva la más impresionante tormenta que nunca hubieran visto. Duró días y días, pero los arumbayas no se asustaron, porque tenían caza en abundancia, techos bajo los que protegerse y fuego con el que calentarse. 

De aquellas interminables noches bajo la tempestad les viene, añaden, la costumbre de congregarse para oír historias. Un día, el dios de la lluvia, cansado, dejó de molestarles. Decidieron entonces trasladarse a las orillas del río que, mucho después, un extremeño que buscaba El Dorado se toparía el día de San Ceferino, y adorar allí al dios del río, que tanto les había ayudado. Y allí siguen, concluyen, aunque el dios de la lluvia no les haya olvidado y les moleste de vez en cuando.

Guiarres lleva un buen rato observando la taza, preguntándose qué hace allí, con aquel viejo chiflado. Quiere parecer pensativo, concentrado en el sentido de la historia, pero es como si la realidad se le estuviera escapando. Es más, se da cuenta, con horror, de que casi ha olvidado el motivo de su visita a aquella casa.

—No me diga que no ha captado el fondo de esta curiosa versión del Génesis. Me dirá que no se parece en nada a la nuestra y tendrá razón, mas habrá notado que es mucho más certera que la que nuestra cultura ha heredado de los antiguos hebreos, por lo menos si hacemos caso a las hipótesis de antropólogos y arqueólogos como Besucov, Graham, Dunbar y otros, que como usted ya sabrá mantienen que en la peculiar forma de la mano humana —sobre todo en la posición del pulgar— está la base de la formación de nuestra inteligencia.

Somos inteligentes porque hemos aprendido a usar nuestras manos, porque hemos sido capaces de concebir y luego realizar instrumentos, instrumentos que tienen un fin. Las manos elevadas a fuego prometeico, a soplo de Dios. Fuente de la inteligencia, que es a la postre lo que nos hace humanos. Las manos…

El Viejo se mira las manos nudosas, oscuras. Guiarres trata de percibir en ellas algún temblor, una mínima vacilación, un anuncio de la muerte que no tardaría en rondarle. Pero, sin sorpresa, comprueba que permanecen firmes; el Viejo es como una estatua de bronce, imponente. El funcionario piensa en la encuesta que ha guardado en la cartera, se le antoja cada vez más inútil. ¿Cuál podría ser el próximo paso?

—Cuéntale lo de los gatos, Ernesto.

Guiarres se ha asustado, no siente vergüenza de confesárselo a sí mismo. La voz de María parece venir de muy lejos, casi de ultratumba, y revela un acento extraño, difícilmente identificable. Detrás de una columna de novelas añejas que casi llega hasta el techo ha surgido, inexplicablemente, una mecedora de mimbre en la que se ha materializado la misma vieja que ¿una?, ¿dos? horas antes les había servido la caipiriña.

Probablemente acaba de concluir su faena en la cocina, piensa el funcionario, que tiene la oportunidad de observarla con algo de detenimiento por primera vez. Pero le es difícil mantener la vista alzada ante esos ojos duros como diamantes. El moño es más grande de lo que pensaba, tan blanco que hace daño a la vista, un prodigio de ligaduras y retruécanos entre los que apenas se divisan las horquillas, un auténtico monumento al tiempo devorador. 

No, definitivamente no es un gorrión, aunque María sea pequeña y permanezca interminablemente encogida. La mecedora no se balancea ni un milímetro y permanece tan inmóvil como su mirada. Los conocimientos ornitológicos de Guiarres no son, en cualquier caso, lo suficientemente amplios como para dar con la especie que le correspondería a aquella María. Tampoco tiene ganas de pensar demasiado: le parece que el Viejo está tardando una eternidad en responder.

—Ya he mandado varias cartas al Ayuntamiento sobre este desgraciado asunto, el señor Guiarres lo recordará sin duda. ¿Que no las ha leído? Es lo que sospechaba: estaba seguro de que ni la mitad llegaban a su destino —su enfado es triunfal—. La burocracia, es lo que digo siempre. ¡Cuántas cosas no se perderán antes de llegar a su destino!

Pausa. El silencio es pegajoso. Guiarres ha claudicado definitivamente.

—Pues bien, cuando empezaron las interminables obras de la manzana de ahí al lado —la constructora ha rebasado con creces lo estipulado en las bases del concurso: ¡casi en dos años, qué le parece!—, una familia de gatos se vino a vivir a nuestro patio. Eran cuatro: la madre y sus tres cachorros, una preciosidad. Todos de raza común europea, cómo no, dos a rayas como la madre y el tercero negro como el betún. María y yo nos aficionamos a ellos, claro. Los veíamos jugar sobre las baldosas del callejón, correr hasta la gatera cuando algún perro suelto los perseguía, cazar las ratas que en ocasiones salían de las alcantarillas. Hasta nombres les pusimos.

Salomón, Moisés, Asurbanipal y la madre, Moña. Sic, como se suele escribir. Guiarres no sabe por qué, pero se acuerda de aquella estupidez, pese a que sólo había dedicado un momentito a repasar aquel archivador de cartas.

—… a la madre le pusimos Moña y a los gatitos Salomón, Moisés y Asurbanipal. Bajábamos todos los días con algo de comida para ellos, normalmente higadillos de pollo con arroz partido que les cocinaba mi mujer. ¡No sabe cómo lo agradecían! Lo devoraban en un abrir y cerrar de ojos. Cada vez que bajábamos, Moña se acercaba ronroneando y nos hacía fiestas: se nos enroscaba entre las piernas, se dejaba acariciar, nos lamía la mano. Sus hijos eran mucho más ariscos y no se llegaban a la comida hasta que no nos habíamos alejado un poco, impulsados sin duda por el temor a que Moña les dejara sin nada.

Y un día, de repente, nos asomamos a la ventana y encontramos el cuerpo de Asurbanipal tendido en el suelo en un charco de sangre. ¿O la versión epistolar era «bañado en sangre»? Guiarres se apuesta a sí mismo mil duros a favor de la primera alternativa.

—Y un día, de repente, nos asomamos a la ventana y encontramos el cuerpo de Asurbanipal tendido en el suelo bañado en sangre. Bajamos inmediatamente. No pudimos hacer nada, murió allí mismo, en mis brazos. Moña y sus gatitos se habían escondido en alguna de las bajeras del patio; tardaron muchos días en reaparecer. ¿Quién lo había podido matar? 

Preguntamos a los obreros de la obra, nadie sabía nada, eso nos dijeron. Uno de ellos, sin embargo, nos miró burlón y dijo algo así como «¡Qué más les dará a ustedes! Total, no hacían más que ensuciarnos la obra con sus cagadas». Le pregunté el nombre, pero no quiso dármelo. Me dijo que me fuera a tomar por el culo, que era un viejo chocho.

Alfonso Martínez, treinta y nueve años, capataz de obra, mujer y tres hijos, natural de Aranda de Duero, un metro sesenta y dos centímetros de estatura, moreno, barrigón.

—A Moña le costó volver a cogernos confianza. Pero siguió viviendo en nuestro patio. Quizás le cueste entender que gente como nosotros encuentre apasionante ver crecer y corretear a unos gatos por un patio sucio, pero le puedo asegurar que es una de las cosas más bonitas que se pueden hacer en esta vida. María y yo casi nos peleamos por asomarnos a la ventana: se habrá dado cuenta de que es muy pequeña —la pausa, una vez más, se le hace interminable al funcionario—. El siguiente en caer fue Salomón: se lo pusimos porque nunca nos pareció muy listo. Fue horroroso, lo vimos todo.

Unos chavales del barrio le llamaron y le ofrecieron comida. Aunque no se acercó, como era su costumbre, asomó el hocico por el agujero donde se escondía y recibió una pedrada y luego otra y otra y otra. Me desgañité gritándoles todos los insultos que recordaba, pero no pude hacer nada. María bajó a detenerlos —yo estaba con gripe— con tan mala fortuna que se cayó por las escaleras y se hizo una fisura en la cadera: tres meses de cama. Los basureros se llevaron, por la noche, lo que quedó de Salomón. De entonces es mi tercera carta, aunque ya había avisado en otras de lo peligrosos que son los gamberros de este barrio.

Jordi Ortiz, catorce años, detenido en una ocasión por hurto menor, huido de una escuela especial; José Cienfuegos Mechas, dieciséis, gitano, se le intervinieron navajas de distintos tamaños en al menos tres ocasiones; Koldo Bernaola, doce, escuela especial, padres divorciados. Guiarres, a pesar del sopor que lo envuelve desde hace rato, está cada vez más atento.

—No lo entiendo. Los gatos son unos animales preciosos. No hacen daño a nadie y son beneficiosos. ¿Sabe por qué apenas se ven ratas en la superficie, aquí en el casco viejo? Ya. Pero ustedes ni se han dado por enterados. Ni siquiera los de la Oficina Municipal de Medio Ambiente y Protección Natural: ¡valiente payasada! Una excusa para veinte o treinta nóminas más que tenemos que pagar entre todos los ciudadanos… En fin, Asurbanipal duró unos pocos meses más.

 Moña lo protegía continuamente, aunque estaba ya pasando de la edad en que los gatos dejan a sus madres. Pero no fue suficiente. Lo encontramos colgando de un cable, desangrado, un domingo por la mañana. No vimos a nadie, el ruido de la noche impidió seguramente que oyéramos nada. Pero puede estar usted seguro de que fueron ésos que andan por ahí hasta las tantas de la madrugada, los de las cazadoras de cuero y todo eso. Unos hijos de puta. No me gusta la palabra, pero eso es lo que son, unos hijos de puta.

Domingo Ezcurdia, veintidós años, estudiante; Lore Sánchez, dieciocho, estudiante y canguro; José Joaquín Quinito Fadrique, veintiséis, parado; Raúl Umbral, veintitrés, estudiante. Y aquel otro, cómo se llamaba. Guiarres tiene una idea pero se le escapa por momentos. Trata de estar al tanto de lo que el Viejo sigue contando.

—Moña sigue viva, aunque anduvo muy enferma después de comerse ese raticida que ustedes esparcen sin ningún cuidado por el barrio y que a las ratas la verdad es que no les hace nada. Ha tenido más suerte, pero ¿por cuanto tiempo? Hace poco la dejaron tuerta: otra pedrada certera. Y casi no se atreve a acercarse ni a nosotros. Y ¿qué hacen ustedes? Nada. Nada.

Félix Bejarano, pero no, ese no está en la lista, es un amigo suyo. ¿Por qué se le ha venido a la cabeza el nombre de Félix? Ah, tiene gatos, él también. Los quiere mucho. Últimamente no habla más que de ellos. Por unos gatos. Todo ha sido por unos gatos. Por unos miserables gatos. Ernesto Díaz de Garayo, ciudadano modelo. Guiarres se revuelve en el sillón, incómodo. No es suficiente. No tiene nada. Desde hace un rato viene notando un olor levemente acre pero cada vez más presente invadiendo la sala.

—Perdóneme, pero ¿no se les está quemando algo? —pregunta Guiarres, esperanzado.

El Viejo dirige una mirada rápida a su mujer, que se levanta lentamente de la mecedora.

—Tiene usted razón. He dejado el guiso en el fuego. Tendría que sacarlo ya. ¿Me ayudas, Ernesto? —la voz es más dulce cuando pronuncia esas tres últimas palabras.
—Por supuesto, María. Nos disculpa un momento, ¿verdad? Enseguida volvemos con usted.

Los dos desaparecen, sorteando los obstáculos, silenciosos, por la única puerta de la sala. No hablan o, por lo menos, no lo parece. Como si la cocina estuviera a kilómetros de distancia. Guiarres siente la necesidad de levantarse, de desperezarse, de arrancarse de la piel la sensación de opresión que le embarga. Tiene la intención de rebuscar entre las revistas y los periódicos de la sala, pero ningún ejemplar le parece lo suficientemente nuevo. Sin embargo, sigue sintiéndose mal.

 Le desazona profundamente la vieja televisión, es como si le observara, como si grabara cada movimiento, cada expresión suya. Le recuerda mucho a la primera que tuvieron en casa y que compraron sus padres cuando él era ya bastante mayor. Antes de encenderla, primero había que enchufarla —por si las tormentas, ya sabes— y luego había que accionar el interruptor del alimentador. Decide que es por allí por donde empezará a buscar.

La rodea, teniendo cuidado de no derribar toda una pila de Hazañas Bélicas encuadernadas y se da cuenta de que la vieja Zenith no tiene alimentador. Ni siquiera cable para la antena. Le hubiera gustado encenderla: ya casi no se acuerda ni de cómo es una tele en blanco y negro. Hay algo, sin embargo, que le atrae irremisiblemente hacia el aparato: se acerca y palpa el metal, tan frío como la casa. Golpea una, dos veces. Suena a hueco, mucho más a hueco de lo que su memoria le indica. La placa de atrás está medio suelta, ni siquiera hay tornillos. Se puede soltar fácilmente y así lo hace. No encuentra allí dentro, como esperaba, un desbarajuste de cables y lámparas y transistores. 

En un panel sencillamente enmarcado se le aparecen, en todo su horror, diez, doce manos en miniatura, arrugadas, tan brillantes como si las hubieran barnizado, revelando desde su menudez todos los detalles del dorso: las uñas —algunas bien recortadas, otras mordidas—, los nudillos como perlas oscuras, las minúsculas arrugas, las venillas petrificadas. Fijadas con alfileres sobre un tapete verde, las manos semejan mariposas terribles, presas para toda la eternidad.

Manos derechas, salvo en un caso: debe de tratarse de la de Lore Sánchez, que era zurda. Aquella más pequeña será probablemente la de Koldo Bernaola, ésa más oscura la de Txomin Ezcurdia. Los mutilados. Los asesinados. La lista le baila en la cabeza. Estaban allí, pues. ¿Lo ha sabido Guiarres desde el principio de la visita, desde que vio el televisor en medio de la habitación? No lo sabe. ¿Tiene ganas de vomitar? 

Sería la primera vez en doce años de servicio. Se palpa el bolsillo derecho para comprobar si la pistola sigue ahí, busca en el izquierdo la seguridad que le suele transmitir la placa del cuerpo. Pero no está. Recuerda súbitamente que se la ha dejado en el bolsillo del abrigo, junto a la entrada. En la silla de mimbre. A partir de ese momento, Guiarres sabe que las cosas pueden salir mal. Que van a salir mal.

Se da la vuelta y allí están, tan silenciosos como se habían ido La vieja se ha soltado el pelo, una cabellera blanca, larguísima, que le llega casi hasta la cintura. Pero no es eso lo que más llama su atención. Tiene pintura en la cara, cuatro rayas rojas bajo los ojos, una negra sobre la frente. Su expresión no ha cambiado. Lleva un cuenco humeante, lleno de un líquido espeso y dorado que a Guiarres le recuerda a la miel. 

El olor que había percibido antes se ha apoderado de la sala, hasta la náusea. Guiarres quiere apoyarse en algún sitio, quiere decirles que están detenidos, que es policía, que se estén tranquilos y que no pasará nada, quiere sacar la pistola. No puede.

—El veneno es lento, pero efectivo, señor Guiarres. No tema: es un producto cien por cien natural. Probablemente no notó su peculiar sabor en la caipiriña. Es una lástima, porque le aseguro que es dulce y sabroso —Guiarres ve, como entre una nebulosa, los labios del Viejo moviéndose—. Tiene usted una bonita mano. Se lo digo sinceramente —el Viejo tiene un pequeño serrucho en la suya, pero Guiarres se ha olvidado ya de lo que es sudar, de lo que es gritar.

El Viejo se acerca, lentamente. Guiarres ni siquiera sabe si ha podido sentarse o si sigue de pie, plantado en medio de la sala. Siente los dientes del instrumento como una punzada en la muñeca y el resto tiene que imaginárselo, el suelo manchándose de sangre, María limpiando solícitamente la herida del trofeo, la inmersión de la mano muerta en el líquido amazónico, la infame química actuando sobre los poros de aquella piel que ya no es suya. Todo eso se imagina, hasta que la oscuridad elimina los últimos colores danzantes y se lo lleva.

La habitación se queda silenciosa, tan limpia o tan sucia como antes de la llegada del funcionario. Por los cristales rotos llega el chirrido de la grúa, el estruendo del martillo mecánico, las órdenes del aparejador, el maullido de un gato. Los ojos de María parecen despertar.

—Espérate un poquito, Moña. Enseguida vamos. Enseguida tendrás tu comida.

Yo, ministro de - Iban Zaldua


    Esto podría parecer un relato de ficción, pero no lo es. Juro que yo —permítaseme hacer uso del título del cargo más alto que llegué a ocupar, aunque no sea ya más que un doliente ex— ministro de, lo viví. 

    Que quizá no quede nadie más que conozca todos los detalles de la historia; que cuando yo muera, la verdad morirá conmigo: por eso confío en estos papeles, que intentaré ocultar, en la esperanza de que sirvan para algo más que para poner en orden los recuerdos, algo confusos ya, de un anciano.

    Todo empezó en el año de. Llevábamos dos en guerra. Yo era —y nada me enorgullece más— un agente infiltrado en las filas del enemigo. Desde que estalló la sublevación, el Partido me destinó a tareas de espionaje tras las líneas de los facciosos. 

    Sin ningún antecedente rastreable, no me fue difícil vestir su maldito uniforme, demostrar mi valor en tres o cuatro acciones de escasa repercusión e incluso dirigir una represalia, en el curso de la cual llegué a dar la orden de fuego al pelotón que ajustició a seis «revolucionarios»; casi todos de la, afortunadamente. Me resultó doloroso, claro que me sí, pero las instrucciones del Partido eran claras al respecto.  

    Además —me lo aseguraron al encomendarme la misión— no creían que fueran a mantenerme durante mucho tiempo en el frente: tenía estudios de, y era seguro que les iba a ser más útil en puestos de mayor responsabilidad. De hecho, ascendí pronto, sobre todo tras la batalla del, en la que demostré —esa vez sí— un arrojo y decisión poco comunes. 

    En enero de me concedieron el grado de y me condecoraron con la Cruz de. Habíamos perdido la guerra. Yo seguía enviando informes a mis camaradas, pero no parece que sirvieran de nada. Era un infiltrado y tenía que seguir manteniendo mi verdadera identidad encubierta.

    Tras la rendición, bien es cierto, no supe qué hacer. Incluso llegué a pensar en exiliarme, o en pegarme un tiro y acabar con aquello de una vez. No porque no pudiera mantener por más tiempo aquella ficción tan bien trabada, ni por asco de mí mismo o de lo que estaba haciendo. Estaba cómodo en mi papel. 

    Las palabras victoria, cruzada, patria, tradición fluían sin rubor de mi boca durante los discursos que no pocas veces tuve que pronunciar, en razón del modesto cargo político que el gobierno tuvo a bien encomendarme y que me llevó a arengar a funcionarios, agricultores y religiosos de las provincias de. 

    No: yo estaba actuando correctamente, no hacía más que lo que el Partido me había pedido al principio de la guerra. Esperaba ansiosamente las noticias del exilio, pero no llegaban. Seguía enviando mis cartas al mismo número de la Rue de Saint-Hilaire de, y jamás recibí indicación alguna de volver o de abandonar mi labor. Estaba seguro de lo que hacía. 

    Si alguna vez llegué a barajar la idea del suicidio fue por el increíble desdén que sentía hacia aquel ambiente opresivo, hacia aquellos funcionarios serviles, hacia aquellos nuevos ricos que habían aupado la guerra y el estraperlo, hacia aquellos falangistas y militares que llenaban cada centímetro cuadrado de mi vida, de la vida de todos. Pero me mantuve firme: puedo proclamarlo con orgullo.

    Durante los primeros años de, continué perfeccionando mi disfraz, y estoy seguro de que no llegaron a sospechar nada. Me casé con la señorita María Felisa de, cuya familia poseía un título concedido por el propio y que, evidentemente, nunca se enteró de nada, al menos en un primer momento. Dudo que llegara a ser feliz a mi lado; en todo caso, yo siempre tuve la seguridad de estar cumpliendo con mi deber, y eso es un bálsamo suficiente para casi cualquier herida. 

    Por otra parte, fui ascendiendo en la cadena de mando de las diversas instituciones que surgían, engordaban, se refundían y desaparecían como setas en aquella época: el Instituto para, la Organización Nacional de, la Junta Técnica Consultiva de, el Comité del Sindicato de. Algunos cargos los simultaneé con los de subsecretario de y director general de, durante cuyo ejercicio alcancé un notable grado de influencia, amén de —aunque no me esté bien el decirlo— una cierta fama de efectividad, cosa poco común en los ministerios por aquel entonces. 

    En mis cada vez más prolijos informes confesaba al Partido que no creía en la posibilidad de seguir subiendo en la escala jerárquica y que, tras aquellos vibrantes nombramientos, la siguiente crisis ministerial me barrería del mapa, relegándome a un definitivo segundo plano como alto funcionario en alguna delegación provincial.

    El hecho de no estar vinculado a ninguna de las «familias» del régimen era el pilar de mi argumentación. Solicité muchas veces a la dirección del Partido alguna orientación en ese sentido pero, como siempre, sólo obtuve la callada por respuesta. 

    Sin embargo, es probable que fuera precisamente esa falta de ubicación «política» concreta la que me catapultó a aquel puesto de ministro en el que ocupé el año y medio más tormentoso de mi vida. Los rumores de cambio de gobierno circulaban por el Ministerio con más insistencia que nunca. Cuando don, entonces ministro de, me llamó para ofrecerme el puesto, casi no me lo creí. Contesté que sí inmediatamente, claro está. Al poco, tuve una conversación telefónica con el propio. 

    Al día siguiente, el anuncio oficial y mi nombre en la radio y en los periódicos, entre los otros designados. A sólo le había visto de lejos y en la inauguración de una vía de circunvalación, pero el día de mi toma de posesión me saludó e incluso departimos durante un rato. Yo apenas presté atención a lo que dijo, ni siquiera a las estupideces rimbombantes que pudo proferir mi temblorosa lengua. 

    Solamente pensaba: «Estoy con él, a menos de veinticinco centímetros, haciendo un aparte mientras esperamos la llegada de los que faltan, podría matarlo, sería fácil, una pequeña arma escondida en la manga y luego salir, escabullirse o ser atrapado, fusilado, qué más da, en todo caso me convertiría en un héroe, podría hacerlo, puedo hacerlo todo». Sólo necesitaba el permiso del Partido. Nunca lo obtuve.

    Tampoco les insistí demasiado: el Partido nunca había concedido demasiada importancia a los detalles supraestructurales. Sabía que el mal de era de una naturaleza mucho más profunda. Además, en aquella fase de mi trabajo como infiltrado la discreción era más necesaria que nunca: ya corría bastantes riesgos enviándoles mi informe mensual, y no era cuestión de aumentarlos con la posibilidad de que interceptasen la respuesta. 

    Comprendía el silencio del Partido, lo prefería incluso. Significaba que lo que les transmitía les parecía bueno y lo iban a utilizar provechosamente; el cómo no era de mi incumbencia. Por otra parte, no podía quejarme de como vivía. Mi trabajo como ministro no me exigía demasiado y me capacitaba para manejar más información que nunca: toda la que quería, por lo menos en lo que a mi Ministerio se refería. 

    Mis hijos se hacían mayores y cada vez tenía que mostrar menos preocupación por su crecimiento o su educación. El Ministerio fue, en todo caso, la excusa perfecta para afianzar el despego con el que trataba a mi esposa que, por otra parte, no parecía molesta con la situación.

    Fue entonces cuando empecé a sospechar que me habían descubierto o, al menos, que estaban al tanto de algo. La mirada torcida de los ujieres que poblaban los pasillos del Ministerio, el envaramiento de los guardias civiles de mi escolta personal, los gestos incomprensibles de mis subsecretarios, las bromas de los demás ministros en la antesala del consejo, el silencio de, todo se me antojaba diferente, premonitorio. 

    Me vigilaban, estaba —estoy— casi seguro. Incluso en casa me sentía observado, extraño. Cada cocinero, cada mayordomo nuevo se me aparecía, en mis peores sueños, como el espía encargado de urdir mi perdición. Llegué a reconocer leves indicios de burla en la habitual indiferencia con que me correspondía Felisa, como si lo supiera todo, como si conociera cuál iba a ser mi destino y lo saboreara por adelantado. 

    Al principio no concedí mucha importancia a estos signos, que creí fruto del cansancio y la presión. Ni siquiera me atreví a insinuar mis sospechas al Partido, aunque, eso sí, extremé hasta el paroxismo las medidas de seguridad de los envíos, espaciándolos en el tiempo cada vez más.

    Cuando al final decidí hacer saber a los responsables ante la que pensaba que habían descubierto mi juego y que quizá me estuviesen utilizando para enviarles información falsa, los rumores de crisis ministerial volvieron a flotar en el ambiente y, cómo no, mi nombre sonaba, pero esta vez como el de uno de los que caerían. Se me hizo eterno aquel verano. 

    Esperaba a cada momento que llegase el motorista con el sobre e, inmediatamente después, los agentes de la policía y sus interrogatorios. No le temía a la muerte, pero sí al dolor, y a las consecuencias que para el Partido pudieran tener las revelaciones que, sin duda, llegaría a hacer a nuestros enemigos.

    Nada de esto ocurrió. Mi cese, en aquel agosto de, fue tan anodino como el de cualquiera; ni una línea de la carta que me agradecía los servicios prestados dejaba traslucir lo que sabían o dejaban de saber. Tampoco nada de lo que vino después se salió de la norma habitual: ni la presidencia de aquel grupo de empresas estatales, ni mi corta experiencia como embajador en, ni los títulos que recibí, ni las medallas al mérito que colgaron de mi chaqué en aquella ceremonia en honor de.

    Nada fue extraordinario, pero en todo creí ver algo extraño, una ironía maligna que impregnaba cuanto me estaba aconteciendo. Eso sin contar con que en mis nuevos cargos de responsabilidad apenas si recibía información alguna que pudiera serle de utilidad al Partido. 

    Este hecho fue el que me convenció de que sabían todo sobre mí, y que me habían condenado al peor de los castigos: a languidecer viviendo aquella vida de lacayo, sin tener la oportunidad de demostrar quién era, cuánto valía, por qué principios había luchado. Nada podía hacer, ni siquiera seguir escribiendo informes que, seguramente, a nadie interesaban allí, en.

    Hace dos meses me diagnosticaron un cáncer. No me queda mucha vida, y dudo de que pueda llegar a ver la victoria por la que he estado luchando durante tan largos años. He estado tentado de recurrir a los medios de comunicación para contarles mi historia, para revelar al mundo cuál ha sido mi verdadera labor. Pero no voy a hacerlo: controlan la prensa, las radios, la televisión, no dejarían siquiera que me acercase a ellos. 

    Y, sobre todo, no tengo el permiso del Partido para llevar a cabo una acción propagandística de esa índole, pese a que opino que los argumentos que he esgrimido en mis últimas comunicaciones han sido convincentes y están basados en un análisis profundo de la actual coyuntura política y social. 

    Por eso, en medio de los fuertes dolores que me atenazan, en los breves momentos en que me dejan solo y la morfina no embota mis sentidos, me he decidido a escribir este resumen que espero —aún no sé cómo— poner a buen recaudo, en espera de tiempos mejores; aunque yo no los llegue a conocer, sé que vendrán y que yo, que llegué a ser ministro de bajo, fui uno de los que, en compañía de otros miles de militantes del Partido de, en la más asombrosa clandestinidad, contribuyó a crear el mundo nuevo.

    Sólo temo que ellos encuentren este texto, lo oculten, lo destruyan o, peor aún, lo censuren, o lo tergiversen, o lo alteren para que parezca que lo escribió un viejo que no estaba en sus cabales; que lo conviertan en un relato entrecortado por espacios en blanco, vacío como un cascarón. Sólo temo que me condenen, esta vez sí, para siempre.