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Un hombre para SECTRA - Iban Zaldua

Al terminar la Guerra Civil, muchas empresas españolas sintieron la escasez de técnicos especializados consecuencia de la movilización, los fusilamientos, la emigración y la nueva Guerra Mundial. 

SECTRA (Sociedad Española de Camiones y Transportes) no fue una excepción. Las actas de su Consejo de Administración revelan la preocupación que causaba en aquellos hombres de negocios la ausencia de uno de sus ingenieros, monsieur Monod, y la muerte de su ayudante, el señor Basterrechea. 

Sobre todo porque no era fácil conseguir, en aquellos días, ingenieros expertos en la organización de plantas de automotores. En realidad, era muy difícil conseguir un ingeniero de cualquier clase. La invasión alemana desbarató la posibilidad de contratar al especialista propuesto por la casa matriz francesa, oferta de la que nunca más se supo. 

Así que hasta 1941 los directivos de SECTRA no pudieron reanudar la búsqueda del ingeniero que necesitaban. Desde luego, no era este el único problema al que se enfrentaba SECTRA en la posguerra, pero sí uno de los más acuciantes.

Una carta del director técnico de SECTRA, el señor Espina, fechada en París en junio de 1941, nos informa de que creía haber encontrado al hombre ideal: Jules Merchant, natural de Limoges, ingeniero superior y jefe de planta en Renault desde 1934 hasta 1940, con excelentes referencias. 

Esta primera carta de Espina, leída en el Consejo de Administración del 3 de julio de ese mismo año, indica que había mantenido una primera entrevista con Merchant y que era relativamente optimista respecto a su decisión, que no iba a tomar hasta la siguiente cita prevista para tres semanas después: fue entonces cuando Merchant le dio el sí definitivo. 

Espina no tardó mucho en escribir, exultante, a la sede de Madrid. La noticia fue acogida con muestras de honda satisfacción por parte de todos los reunidos en el Consejo del 6 de agosto del mismo año. Los problemas no se terminaron aquí, sin embargo. La Dirección de SECTRA esperaba que, una vez logrados todos los visados, autorizaciones y vistos buenos del Ministerio de Industria y Comercio, el ingeniero Merchant podría cruzar la frontera a más tardar en torno a las navidades de 1941. 

Los permisos de las autoridades alemanas, sin embargo, se demoraron demasiado: durante meses Merchant no pudo cruzar la frontera franco-española. Mientras tanto, los problemas de organización de SECTRA se multiplicaban, faltaba la gasolina, las restricciones eléctricas hacían mella en la productividad y los sucesivos balances fueron ampliando el eco de la cada vez menos boyante situación de la empresa. El «asunto Merchant» se convirtió en un punto inamovible del orden del día de cada Consejo, mes tras mes, hasta diciembre de 1943. Después, ni una línea más.

Jules Merchant es precisamente el protagonista de nuestra historia. El ingeniero pasó veinticinco meses en Bayona esperando la documentación de las autoridades alemanas. Prácticamente todos los días que estuvo allí —varado, hubiera dicho él—, por las mañanas, realizaba un recorrido que lo llevaba desde su hotel al Café de l’Adour, donde desayunaba un vaso de leche caliente y cruasanes; de allí a la Oficina de Negocios Españoles, por si había alguna carta de la empresa; luego a la Kommandantur, a comprobar si habían expedido los permisos y desde allí, si era verano, se encaminaba a alguna de las terrazas que poblaban las plazas de la ciudad, a tomarse su Pernod y a leer el periódico. 

En invierno no tenía más remedio que refugiarse en el interior de algún bar, ir al cine o quedarse encerrado en la habitación del hotel, leyendo o, más a menudo, durmiendo. Aquel camino se le antojaba, cada día que pasaba, un laberinto circular del que, desganado, no sabía cómo salir. 

De acuerdo con el contrato que había firmado con SECTRA, la empresa se hacía cargo de todos sus gastos hasta que cruzara la frontera. La contrapartida era que se tenía que quedar en Bayona, con las maletas preparadas, listo para emprender viaje a España no bien le concedieran la autorización. El ingeniero, sin embargo, nunca llegó a su destino.

Merchant era miembro del Partido Comunista Francés. Un miembro clandestino del Partido Comunista, cabría añadir. Directamente ligado a la Komintern, de su militancia no había, desde 1929, la más mínima constancia en los archivos del PCF. Merchant ingresó en el Partido en 1927, siendo aún estudiante en la Escuela de Ingeniería, y en 1929 le ofrecieron pasar al «grupo especial» de la sección francesa de la III Internacional, es decir, a la clandestinidad. Aceptó. 

Desde aquel día no se supo nada de él en el Partido. Terminada la carrera, dejó su ciudad y se fue a vivir a París. No volvió a participar en ninguna manifestación, ni a recaudar fondos para el sindicato, ni a comprar prensa comunista. En las huelgas siempre estuvo, como el resto de los ingenieros, del lado de la dirección. 

Sin familia y sin amigos, una vez terminada la carrera no le costó demasiado emplearse, primero en la sociedad aeronáutica Thorez y, en 1932, en Renault, donde ascendió rápidamente. Se comportó como un ejemplar jefe de organización: activo y trabajador, era de esos empleados que, si había algún problema que resolver, no escatimaban las horas y lo mismo se quedaba hasta la noche en la fábrica que acudía al trabajo un domingo, si era necesario. Las sucesivas menciones que recibió de la dirección de Renault asombraron sin duda a Espina, cuando este consultó su hoja de servicios.

Las funciones de Merchant dentro del «grupo especial» fueron, durante mucho tiempo, imprecisas. O al menos, eso le parecía a él. Durante una temporada le mandaron redactar largos informes sobre su óptica de la situación de la lucha proletaria en Francia, basándose sobre todo en su experiencia en la Renault. 

No sabía para qué los querían en Moscú, adonde —pensaba— también llegarían los análisis, más voluminosos, que enviaba el Partido. Sospechaba que quizá quisiesen contrastar unos y otros. En otras ocasiones le pedían que realizara un seguimiento de las reivindicaciones y acciones del sindicato CGT en los centros Renault, consignando los nombres y apellidos de los protagonistas. 

Una ocupación más concreta, también habitual, consistía en copiar planos de motores y modelos de automóviles. Aquello lo tenía más claro: era puro y simple espionaje industrial a favor de la Unión Soviética. Merchant sabía que era una modesta pero necesaria ayuda para fortalecer la patria del Socialismo.

Durante todos aquellos años entregó sus «deberes» a un contacto, al que conocía como Lucien, con el que se citaba una vez al mes en un café, casi nunca el mismo. No llegaron nunca a intercambiar más de diez palabras seguidas mientras Merchant bebía —indefectiblemente— un coñac y Lucien, una cerveza. 

Lucien era también el que le pasaba las instrucciones, normalmente cortos comunicados que firmaba «A»; Merchant ignoraba si su superior era el mismo Lucien o si este era, al igual que él mismo, un simple peón. No le importa mucho: si él caía, no podría delatar más que a Lucien y era por ello que se inclinaba a pensar que en realidad Lucien no era más que un recadero. El resto de la organización seguiría, así, en pie.

La guerra de España no interesó excesivamente a Merchant. Las noticias sobre el conflicto civil aparecían levemente veladas en los periódicos conservadores que leía y, además, había recibido órdenes taxativas de no mezclarse con nada que tuviera que ver con aquello: ni comités de apoyo, ni donativos, ni mucho menos manifestaciones. 

Merchant siguió absorbido por problemas profesionales como el abastecimiento de acero de su planta y, por las noches, por la no poco laboriosa redacción de sus informes. Las directrices que recibía de Lucien cambiaban poco y no pocas veces se quejó, en su fuero interno, de lo absurdo y romo de su trabajo.

Por eso se sorprendió cuando, en agosto de 1939, las instrucciones le revelaron una novedad sustancial: debía prepararse para dejar su puesto de trabajo en Renault —«A» calculaba que para mediados de 1940 podría haber abandonado la empresa sin levantar excesivas sospechas— y estar dispuesto para una nueva misión. Le recomendaban además que procurara estudiar un poco de castellano: Merchant comprendió enseguida que su misión iba a tener que ver con España, cuya guerra había terminado hacía poco.

El estallido de la II Guerra Mundial facilitó aún más el plan de «A» y Merchant pudo dejar la empresa sin problemas. El ingeniero, que era cojo de nacimiento, no fue movilizado y vivió la invasión alemana como si fuera un sueño. Permaneció tranquilo y se centró, en la medida en que ello era posible en aquellos tiempos, en sus aficiones, que eran bien pocas, y en aplicarse en el estudio de la lengua española. 

Lucien no había caído y siguió llevándole las instrucciones de «A», junto a las cuales le entregaba un sobre con una modesta, aunque suficiente, cantidad de francos. Un día la carta de «A» le comunicó que la semana siguiente habían concertado una entrevista con el representante de una casa española: debía aceptar su oferta, aunque no inmediatamente. 

Un mes más tarde, ya lo sabemos, Merchant era miembro de la plantilla de SECTRA. Y quince días después llegaba a Bayona. Aún no conocía con exactitud el objeto de su misión en España, pero pensaba que podría tener que ver con la reconstitución del Partido Comunista allí, o quizá no fuera más que una simple misión de vigilancia, espionaje y enlace. 

Las instrucciones concretas las recibiría ya en su destino. A Merchant le daba igual. Y tampoco le importaba esperar, ni siquiera en una ciudad tan aburrida como Bayona. No al principio, al menos.

Los contactos en Bayona menudearon; de hecho, gracias a los pagos de SECTRA ya no necesitaba el dinero de la organización. Lucien, evidentemente, no le siguió hasta allí y era una mujer de aspecto equívoco la que se encargaba de llevarle las escasas cartas del jefe. 

No había fecha fija: la mujer subía una noche a su habitación, le entregaba el sobre y permanecía media hora aproximadamente, fumando y leyendo el periódico. Luego salía, sin ocultar su presencia. Apenas hablaron durante aquellas visitas. Así era mejor, pensaba Merchant.

Aunque no tenía prisa por pasar a España, a principios de 1943 Merchant empezó a preocuparse. Había tenido por lo menos cuatro entrevistas con un delegado del Ministerio de Trabajo alemán y en la Oficina de Negocios Españoles ya estaban hartos de él. Sabía que los nazis estaban estudiando a fondo su expediente, y no se decidían a darle permiso para cruzar la frontera. ¿Es que sospechaban de él? Y en ese caso, ¿por qué? Y si sospechaban, ¿por qué no lo detenían? 

La situación se volvió más preocupante a final del verano: desde mayo no había recibido ninguna instrucción más. Cuando a primeros de noviembre le comunicaron que las autoridades alemanas habían decidido concederle el visado, suspiró aliviado porque eso demostraba que no habían podido lograr pruebas contra él. 

Pero la falta de noticias de sus superiores le mantenía en un estado de continua incertidumbre. Repasando las instrucciones de los meses anteriores colegía que una vez en España se las arreglarían para ponerse en contacto con él. Pero dudaba si ir o no. ¿Había caído la organización? ¿Se habían olvidado de él en Moscú?

El contrato con SECTRA, por otra parte, le obligaba a partir no bien hubiese recogido la autorización. Envió una carta a Madrid y a la vuelta del correo la empresa le indicó que le esperarían en la delegación que existía en San Sebastián. Merchant tuvo que procurarse, solo y sin las instrucciones de «A», un transporte para llegar a España, lo que no era tan fácil en aquellos días. 

Actuó como «A» le hubiera aconsejado: buscó con discreción y encontró un camión que, una vez a la semana, transportaba pescado a San Sebastián. Se informó bien de que el conductor no tuviera relaciones con la Resistencia e hizo el trato. El doce de noviembre, al atardecer, Merchant se acomodó en el asiento junto al conductor y se encaminaron hacia la frontera. El camión era un Renault prematuramente envejecido y seguro que Merchant pensó, acaso con añoranza, que quizá lo había visto cuando aún era un armazón brillante, allá en la cadena.

Merchant nunca llegó a San Sebastián. De hecho, el camión ni siquiera atravesó la frontera. Las pesquisas realizadas por los enviados de SECTRA no dieron el menor resultado. Los días doce y trece de noviembre había habido en la zona incursiones aéreas de los aliados y los alemanes no estaban de humor para «tonterías». 

SECTRA, que había invertido veinticinco mensualidades en Merchant, para quedarse con la miel en los labios, no volvió a intentar contratar un ingeniero extranjero hasta 1947, cuando ya era demasiado tarde. Otros problemas llamaron a la puerta de la empresa y el «asunto Merchant» fue olvidado, aparentemente, enseguida.

La apertura de los archivos de la extinta Unión Soviética nos ha permitido, aunque solo en parte, reconstruir la peripecia del ingeniero. Además de lo narrado hasta ahora, hay que añadir que el silencio de sus superiores que tanto preocupó a Merchant no se debió a ninguna caída, sino a una simple reorganización administrativa en Moscú: efectivamente, en agosto de aquel año de 1943 Stalin, por razones que aquí no vienen a cuento, disolvió la Komintern, y algunos de sus servicios —entre ellos el que se ocupaba de la infiltración del ingeniero— pasaron a manos de la inteligencia soviética. 

Cuando los nuevos mandos decidieron ponerse en contacto con Merchant en Bayona se encontraron con que ya había partido. Los documentos del GPU recogen la sorpresa que les produjo la imposibilidad de localizarlo en España. El caso no se cerró hasta 1952, y el expediente revela que se barajaron todas las posibilidades, desde la traición hasta la caída. En una fase de la investigación se llegaron a iniciar gestiones para proponer que se nombrara a Merchant Héroe de la Unión Soviética. No siguieron adelante.

No pude saciar mi curiosidad por desvelar esta trama menor hasta que no se me ocurrió hurgar entre la documentación del archivo de la Subprefectura de Policía de Bayona. Por supuesto, ya había hecho consultas en el Archivo Central del Ministerio del Interior en París, y no creía que esta nueva idea fuera a aportarme más que trabajo añadido y, por ende, inútil: había empezado a sospechar que, efectivamente, las bombas de la RAF habían ido a caer justamente sobre el camión de Merchant y no habían dejado ni un tornillo. Pero allí estaba. 

El caso había sido investigado y, a mi entender, archivado con demasiada premura. Aquella noche del doce de noviembre, el camión fue ametrallado, presumiblemente por miembros de la Resistencia, cerca de Anglet. Extrañamente, el asunto fue dejado en manos de la policía local, y no parece que los alemanes hicieran nada. 

Pienso que en la confusión de aquellos días de bombardeo no fue difícil echar tierra sobre el hecho. Por otra parte, el ingeniero no tenía quien se preocupara —oficialmente— de él, y el camionero que tan cuidadosamente había escogido Merchant, aparte de ser de origen marsellés —de hecho, nadie reclamó su cuerpo—, no contaba con las simpatías de los lugareños: se le tenía por colaboracionista. 

Según el atestado, aquel día apenas transportaba veinte kilos de pescado, y no creo que fuera casualidad. Las balas de la Resistencia, si admitimos esta versión, probablemente no iban destinadas a Merchant, pero acabaron con él y con su misión de todas maneras. 

El hecho de que un caso así quedase condenado a la desmemoria en un archivo de provincias no debe extrañarnos: las autoridades francesas —y más aún las policiales— no tenían, después de la guerra, el menor interés en reavivar las diferencias entre los franceses. En algunos casos se perdonó, y en otros muchos, además, se olvidó. Como en este.

SECTRA pasó las dificultades propias de la posguerra y la autarquía españolas. No sabemos hasta qué punto la llegada del ingeniero hubiera aliviado su comprometida situación mercantil. El caso es que ya en 1946 fue intervenida por el Banco Urquijo, a quien debía sumas considerables, y solo cinco años después este vendía SECTRA al Instituto Nacional de Iniustria, que la disolvió e incluyó parte de sus activos en ENASA (Empresa Nacional de Autocamiones, S. A.). Su planta central de Alcorcón, abandonada desde los sesenta, aún podía verse hace apenas seis años, en un solar ahora ocupado por una manzana de viviendas de protección oficial.

Yo, ministro de - Iban Zaldua


    Esto podría parecer un relato de ficción, pero no lo es. Juro que yo —permítaseme hacer uso del título del cargo más alto que llegué a ocupar, aunque no sea ya más que un doliente ex— ministro de, lo viví. 

    Que quizá no quede nadie más que conozca todos los detalles de la historia; que cuando yo muera, la verdad morirá conmigo: por eso confío en estos papeles, que intentaré ocultar, en la esperanza de que sirvan para algo más que para poner en orden los recuerdos, algo confusos ya, de un anciano.

    Todo empezó en el año de. Llevábamos dos en guerra. Yo era —y nada me enorgullece más— un agente infiltrado en las filas del enemigo. Desde que estalló la sublevación, el Partido me destinó a tareas de espionaje tras las líneas de los facciosos. 

    Sin ningún antecedente rastreable, no me fue difícil vestir su maldito uniforme, demostrar mi valor en tres o cuatro acciones de escasa repercusión e incluso dirigir una represalia, en el curso de la cual llegué a dar la orden de fuego al pelotón que ajustició a seis «revolucionarios»; casi todos de la, afortunadamente. Me resultó doloroso, claro que me sí, pero las instrucciones del Partido eran claras al respecto.  

    Además —me lo aseguraron al encomendarme la misión— no creían que fueran a mantenerme durante mucho tiempo en el frente: tenía estudios de, y era seguro que les iba a ser más útil en puestos de mayor responsabilidad. De hecho, ascendí pronto, sobre todo tras la batalla del, en la que demostré —esa vez sí— un arrojo y decisión poco comunes. 

    En enero de me concedieron el grado de y me condecoraron con la Cruz de. Habíamos perdido la guerra. Yo seguía enviando informes a mis camaradas, pero no parece que sirvieran de nada. Era un infiltrado y tenía que seguir manteniendo mi verdadera identidad encubierta.

    Tras la rendición, bien es cierto, no supe qué hacer. Incluso llegué a pensar en exiliarme, o en pegarme un tiro y acabar con aquello de una vez. No porque no pudiera mantener por más tiempo aquella ficción tan bien trabada, ni por asco de mí mismo o de lo que estaba haciendo. Estaba cómodo en mi papel. 

    Las palabras victoria, cruzada, patria, tradición fluían sin rubor de mi boca durante los discursos que no pocas veces tuve que pronunciar, en razón del modesto cargo político que el gobierno tuvo a bien encomendarme y que me llevó a arengar a funcionarios, agricultores y religiosos de las provincias de. 

    No: yo estaba actuando correctamente, no hacía más que lo que el Partido me había pedido al principio de la guerra. Esperaba ansiosamente las noticias del exilio, pero no llegaban. Seguía enviando mis cartas al mismo número de la Rue de Saint-Hilaire de, y jamás recibí indicación alguna de volver o de abandonar mi labor. Estaba seguro de lo que hacía. 

    Si alguna vez llegué a barajar la idea del suicidio fue por el increíble desdén que sentía hacia aquel ambiente opresivo, hacia aquellos funcionarios serviles, hacia aquellos nuevos ricos que habían aupado la guerra y el estraperlo, hacia aquellos falangistas y militares que llenaban cada centímetro cuadrado de mi vida, de la vida de todos. Pero me mantuve firme: puedo proclamarlo con orgullo.

    Durante los primeros años de, continué perfeccionando mi disfraz, y estoy seguro de que no llegaron a sospechar nada. Me casé con la señorita María Felisa de, cuya familia poseía un título concedido por el propio y que, evidentemente, nunca se enteró de nada, al menos en un primer momento. Dudo que llegara a ser feliz a mi lado; en todo caso, yo siempre tuve la seguridad de estar cumpliendo con mi deber, y eso es un bálsamo suficiente para casi cualquier herida. 

    Por otra parte, fui ascendiendo en la cadena de mando de las diversas instituciones que surgían, engordaban, se refundían y desaparecían como setas en aquella época: el Instituto para, la Organización Nacional de, la Junta Técnica Consultiva de, el Comité del Sindicato de. Algunos cargos los simultaneé con los de subsecretario de y director general de, durante cuyo ejercicio alcancé un notable grado de influencia, amén de —aunque no me esté bien el decirlo— una cierta fama de efectividad, cosa poco común en los ministerios por aquel entonces. 

    En mis cada vez más prolijos informes confesaba al Partido que no creía en la posibilidad de seguir subiendo en la escala jerárquica y que, tras aquellos vibrantes nombramientos, la siguiente crisis ministerial me barrería del mapa, relegándome a un definitivo segundo plano como alto funcionario en alguna delegación provincial.

    El hecho de no estar vinculado a ninguna de las «familias» del régimen era el pilar de mi argumentación. Solicité muchas veces a la dirección del Partido alguna orientación en ese sentido pero, como siempre, sólo obtuve la callada por respuesta. 

    Sin embargo, es probable que fuera precisamente esa falta de ubicación «política» concreta la que me catapultó a aquel puesto de ministro en el que ocupé el año y medio más tormentoso de mi vida. Los rumores de cambio de gobierno circulaban por el Ministerio con más insistencia que nunca. Cuando don, entonces ministro de, me llamó para ofrecerme el puesto, casi no me lo creí. Contesté que sí inmediatamente, claro está. Al poco, tuve una conversación telefónica con el propio. 

    Al día siguiente, el anuncio oficial y mi nombre en la radio y en los periódicos, entre los otros designados. A sólo le había visto de lejos y en la inauguración de una vía de circunvalación, pero el día de mi toma de posesión me saludó e incluso departimos durante un rato. Yo apenas presté atención a lo que dijo, ni siquiera a las estupideces rimbombantes que pudo proferir mi temblorosa lengua. 

    Solamente pensaba: «Estoy con él, a menos de veinticinco centímetros, haciendo un aparte mientras esperamos la llegada de los que faltan, podría matarlo, sería fácil, una pequeña arma escondida en la manga y luego salir, escabullirse o ser atrapado, fusilado, qué más da, en todo caso me convertiría en un héroe, podría hacerlo, puedo hacerlo todo». Sólo necesitaba el permiso del Partido. Nunca lo obtuve.

    Tampoco les insistí demasiado: el Partido nunca había concedido demasiada importancia a los detalles supraestructurales. Sabía que el mal de era de una naturaleza mucho más profunda. Además, en aquella fase de mi trabajo como infiltrado la discreción era más necesaria que nunca: ya corría bastantes riesgos enviándoles mi informe mensual, y no era cuestión de aumentarlos con la posibilidad de que interceptasen la respuesta. 

    Comprendía el silencio del Partido, lo prefería incluso. Significaba que lo que les transmitía les parecía bueno y lo iban a utilizar provechosamente; el cómo no era de mi incumbencia. Por otra parte, no podía quejarme de como vivía. Mi trabajo como ministro no me exigía demasiado y me capacitaba para manejar más información que nunca: toda la que quería, por lo menos en lo que a mi Ministerio se refería. 

    Mis hijos se hacían mayores y cada vez tenía que mostrar menos preocupación por su crecimiento o su educación. El Ministerio fue, en todo caso, la excusa perfecta para afianzar el despego con el que trataba a mi esposa que, por otra parte, no parecía molesta con la situación.

    Fue entonces cuando empecé a sospechar que me habían descubierto o, al menos, que estaban al tanto de algo. La mirada torcida de los ujieres que poblaban los pasillos del Ministerio, el envaramiento de los guardias civiles de mi escolta personal, los gestos incomprensibles de mis subsecretarios, las bromas de los demás ministros en la antesala del consejo, el silencio de, todo se me antojaba diferente, premonitorio. 

    Me vigilaban, estaba —estoy— casi seguro. Incluso en casa me sentía observado, extraño. Cada cocinero, cada mayordomo nuevo se me aparecía, en mis peores sueños, como el espía encargado de urdir mi perdición. Llegué a reconocer leves indicios de burla en la habitual indiferencia con que me correspondía Felisa, como si lo supiera todo, como si conociera cuál iba a ser mi destino y lo saboreara por adelantado. 

    Al principio no concedí mucha importancia a estos signos, que creí fruto del cansancio y la presión. Ni siquiera me atreví a insinuar mis sospechas al Partido, aunque, eso sí, extremé hasta el paroxismo las medidas de seguridad de los envíos, espaciándolos en el tiempo cada vez más.

    Cuando al final decidí hacer saber a los responsables ante la que pensaba que habían descubierto mi juego y que quizá me estuviesen utilizando para enviarles información falsa, los rumores de crisis ministerial volvieron a flotar en el ambiente y, cómo no, mi nombre sonaba, pero esta vez como el de uno de los que caerían. Se me hizo eterno aquel verano. 

    Esperaba a cada momento que llegase el motorista con el sobre e, inmediatamente después, los agentes de la policía y sus interrogatorios. No le temía a la muerte, pero sí al dolor, y a las consecuencias que para el Partido pudieran tener las revelaciones que, sin duda, llegaría a hacer a nuestros enemigos.

    Nada de esto ocurrió. Mi cese, en aquel agosto de, fue tan anodino como el de cualquiera; ni una línea de la carta que me agradecía los servicios prestados dejaba traslucir lo que sabían o dejaban de saber. Tampoco nada de lo que vino después se salió de la norma habitual: ni la presidencia de aquel grupo de empresas estatales, ni mi corta experiencia como embajador en, ni los títulos que recibí, ni las medallas al mérito que colgaron de mi chaqué en aquella ceremonia en honor de.

    Nada fue extraordinario, pero en todo creí ver algo extraño, una ironía maligna que impregnaba cuanto me estaba aconteciendo. Eso sin contar con que en mis nuevos cargos de responsabilidad apenas si recibía información alguna que pudiera serle de utilidad al Partido. 

    Este hecho fue el que me convenció de que sabían todo sobre mí, y que me habían condenado al peor de los castigos: a languidecer viviendo aquella vida de lacayo, sin tener la oportunidad de demostrar quién era, cuánto valía, por qué principios había luchado. Nada podía hacer, ni siquiera seguir escribiendo informes que, seguramente, a nadie interesaban allí, en.

    Hace dos meses me diagnosticaron un cáncer. No me queda mucha vida, y dudo de que pueda llegar a ver la victoria por la que he estado luchando durante tan largos años. He estado tentado de recurrir a los medios de comunicación para contarles mi historia, para revelar al mundo cuál ha sido mi verdadera labor. Pero no voy a hacerlo: controlan la prensa, las radios, la televisión, no dejarían siquiera que me acercase a ellos. 

    Y, sobre todo, no tengo el permiso del Partido para llevar a cabo una acción propagandística de esa índole, pese a que opino que los argumentos que he esgrimido en mis últimas comunicaciones han sido convincentes y están basados en un análisis profundo de la actual coyuntura política y social. 

    Por eso, en medio de los fuertes dolores que me atenazan, en los breves momentos en que me dejan solo y la morfina no embota mis sentidos, me he decidido a escribir este resumen que espero —aún no sé cómo— poner a buen recaudo, en espera de tiempos mejores; aunque yo no los llegue a conocer, sé que vendrán y que yo, que llegué a ser ministro de bajo, fui uno de los que, en compañía de otros miles de militantes del Partido de, en la más asombrosa clandestinidad, contribuyó a crear el mundo nuevo.

    Sólo temo que ellos encuentren este texto, lo oculten, lo destruyan o, peor aún, lo censuren, o lo tergiversen, o lo alteren para que parezca que lo escribió un viejo que no estaba en sus cabales; que lo conviertan en un relato entrecortado por espacios en blanco, vacío como un cascarón. Sólo temo que me condenen, esta vez sí, para siempre.