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Un cadáver de más - Ellis Peters

Antes del amanecer de aquel lunes de agosto, los oficiales del rey desplegaron pequeñas partidas cerrando todos los caminos de salida de Shrewsbury. Dentro de las murallas de la ciudad, otros grupos de hombres armados aguardaban dispuestos a recorrer metódicamente todas las calles y registrar todas las casas. Tenían órdenes de hacer algo más que requisar caballos y víveres, aunque eso se haría sobre la marcha, y muy exhaustivamente, por cierto.

—Todo indica que la moza tiene que estar escondida por aquí cerca —dijo Prestcote, presentando su informe al rey—. El caballo que encontramos pertenece a los establos de FitzAlan y el joven que perseguimos hasta el Severn tenía sin duda un compañero que todavía no hemos localizado. Estando sola, la muchacha no puede haber llegado muy lejos. Todos vuestros consejeros coinciden en que Vuestra Alteza no puede dejar pasar la ocasión de apresarla. Adeney regresaría sin duda para rescatarla, ya que es su única hija. Es posible que incluso pudiéramos forzar el regreso de FitzAlan, que no querrá enfrentar la ignominia de dejarla morir.

—¿Morir? —repitió el rey, erizándose con cólera siniestra—. ¿Acaso es probable que yo le quite la vida a la muchacha? ¿Quién ha hablado de su muerte?

—Vistas las cosas desde aquí —replicó secamente Prestcote—, parece absurdo, pero, para un padre que espera ansioso buenas noticias, todo es posible. Vos no le causaríais el menor daño a la joven, naturalmente. Tampoco sería necesario causar daño a su padre y ni siquiera a FitzAlan, si les echarais el guante a los dos. Pero Vuestra Alteza debe hacer todo lo posible por impedir que se pongan al servicio de la emperatriz. Ya no es cuestión de vengarse por lo de Shrewsbury sino de tomar una medida acertada para preservar vuestras fuerzas y debilitar las del enemigo.

—Eso es muy cierto —reconoció Esteban sin excesivo entusiasmo. Su cólera y su odio habían dejado sitio a su natural bondad, por no decir pereza—. Aunque no estoy muy seguro acerca de usar a la muchacha para esos fines.

Recordó que prácticamente le había ordenado al joven Berengario que localizara a su prometida a cambio del favor real. Y que el joven, a pesar de haberle presentado respetuosa y esporádicamente sus respetos, jamás había mostrado excesivo celo en la búsqueda. Tal vez, pensó el rey, porque supo leer mis pensamientos mejor que yo mismo.

—No sería necesario causarle daño, y Vuestra Alteza evitaría tener que enfrentarse con las fuerzas leales a su padre, y tal vez incluso a las de su señor. Si podéis arrebatarle todas esas fuerzas al enemigo, os ahorraréis muchas dificultades y muchos de vuestros hombres os deberán la vida. No podéis permitiros el lujo de dejar pasar esta oportunidad.

El consejo era muy sensato, y el rey lo sabía. Las armas están donde uno las encuentra, y Adeney podría impacientarse todo lo que quisiera en su dorado encierro, una vez lo hubieran capturado.

—¡Muy bien! —dijo Esteban—. Realizad una búsqueda exhaustiva.

Los preparativos fueron ciertamente muy minuciosos. Adam Courcelle descendió sobre la puerta principal de la abadía con una compañía de flamencos. Guillermo Ten Heyt estableció un puesto de guardia en San Gil para interrogar a todos los jinetes y registrar todos los carros que intentaran abandonar la ciudad; su lugarteniente colocó centinelas en todos los caminos y los posibles puntos de cruce del río. 

Courcelle tomó posesión, con gran cortesía no exenta de firmeza, de la caseta de vigilancia de la abadía y ordenó que cerraran las puertas a todos los que intentaran entrar o salir. Faltaban unos veinte minutos para prima y ya era de día. Apenas hubo ruido, pero el prior Roberto vio desde el dormitorio una insólita agitación en la caseta de vigilancia, a la cual daba la ventana de su celda, y bajó presuroso para ver qué ocurría.

Courcelle le hizo una reverencia que no engañó a nadie y pidió respetuosamente unos privilegios que ya estaba autorizado a tomarse, tal como todo el mundo sabía. Pese a ello, su amabilidad sirvió para aplacar en parte la indignación del prior.

—Mi señor, Su Alteza el rey Esteban, me ordena exigir libre entrada a todos los lugares de vuestra casa, un diezmo de vuestras provisiones para las necesidades de Su Alteza y todos los caballos que todavía no estén en poder de su ejército. También he recibido el encargo de registrar y hacer interrogatorios en todas partes, en busca de la doncella llamada Godith, hija del traidor Fulke Adeney, la cual se cree que permanece todavía oculta en Shrewsbury.

El prior Roberto arqueó una fina ceja plateada y deslizó la mirada por una larga nariz aristocrática.

—No esperaréis encontrar a semejante persona dentro del recinto de nuestra abadía, supongo. Os aseguro que no hay nadie de tales características en la hospedería, que es el único lugar donde se la podría encontrar sin desdoro.

—Será una mera formalidad, os lo garantizo —dijo Courcelle—, pero cumplo órdenes y no puedo tratar más favorablemente una casa que otra.

Unos hermanos legos y un par de muchachos de mirada soñolienta y asustada contemplaban la escena desde cierta distancia. El maestro de novicios acudió para acompañarlos de nuevo a sus cuartos, pero, una vez allí, se quedó a escuchar con ellos.

—El abad debe ser informado de inmediato —dijo el prior Roberto con admirable aplomo, dirigiéndose hacia los aposentos del abad Heriberto.

A su espalda, los flamencos cerraron las puertas y montaron guardia antes de dirigir su atención a los establos y los graneros.

Fray Cadfael, que durante dos noches seguidas se había perdido las primeras horas de sueño, permaneció durmiendo durante el revuelo inicial de la invasión y solo se despertó cuando la campana tocó llamando a prima, demasiado tarde para hacer otra cosa que no fuera vestirse a toda prisa y bajar a la iglesia con el resto de los hermanos. 

Únicamente cuando oyó los susurros que pasaban de uno a otro y vio las puertas cerradas, observó a los flamencos montando guardia y a los novicios con los ojos abiertos como platos. El rumor de cascos de caballos en los establos le indicó que, por una vez, los acontecimientos se le habían adelantado, arrebatándole la iniciativa de las manos. 

Entre los asustados y nerviosos novicios congregados en la iglesia no vio el menor rastro de Godith. Tan pronto como terminó el rezo de prima, Cadfael corrió a la cabaña del herbario. La puerta no tenía la aldaba corrida y estaba abierta; las hierbas secas, los morteros y las redomas se encontraban en perfecto orden, las mantas se habían retirado del banco que servía de cama, y un cestillo de lavanda recién cortada y uno o dos frascos de medicamentos aparecían inocentemente colocados junto a él. 

Godith no estaba en la cabaña ni en el huerto ni en los campos de guisantes a la orilla del arroyo, donde los tallos secos amontonados, tan pálidos como el lino, aguardaban ser trasladados a los graneros para mezclarse con el heno. 

Tampoco se veía la menor traza del gran fardo envuelto en sacos y ahora probablemente húmedo, que seguramente habría pasado la noche debajo del montón de tallos secos, ni tampoco de la pequeña embarcación cuidadosamente cubierta, que hubiera debido estar volcada encima de él. El bote, el tesoro de FitzAlan y Godith habían desaparecido como por ensalmo.

Godith despertó poco antes de prima, consciente de la enorme responsabilidad que ahora pesaba sobre ella, y salió sin excesivo temor para ver qué ocurría en la caseta de vigilancia. Aunque todo se hizo en silencio y con la mayor discreción, su mente se inquietó un poco ante el insólito sonido de aquellas voces, carentes de la decorosa serenidad propia de los monjes benedictinos. 

Estaba a punto de salir del huerto cerrado cuando vio a los flamencos desmontando y cerrando las puertas, y a Courcelle acercándose al prior. Se quedó helada al escuchar pronunciar su propio nombre con tanta frialdad. Si hicieran un registro exhaustivo, la encontrarían. Interrogada junto con los novicios, bajo todas aquellas miradas hostiles, no podría interpretar su papel. 

Y, si la encontraran a ella, tal vez ampliarían la búsqueda y localizarían también lo que tenía a su cargo. Además, tenía que proteger a fray Cadfael y a Toroldo. Éste había regresado fielmente al molino tras acompañarla a casa con el tesoro. La víspera, sintió deseos de quedarse con él, pero ahora se alegraba de que el Gaye le separara de aquella alarma matutina y de que el joven tuviera un tupido bosque a su espalda y unos rápidos sentidos que le permitirían captar en seguida las señales de alarma, induciéndole a escapar sin la menor dilación.

La víspera fue como un alegre y atrevido sueño de inenarrable dulzura, durante el cual contuvieron la respiración mientras Cadfael se alejaba del puente, seguido por su sombra, y soltaron la amarra de la pequeña embarcación, izaron las alforjas que chorreaban agua, las envolvieron en sacos secos para que se parecieran al fardo de Cadfael, tomaron con sus manos la cadena y la apartaron del embarcadero de piedra para que no se oyera el menor ruido. 

Después remaron corriente arriba hasta rodear los campos de guisantes. «Esconded también la barca», les dijo Cadfael, «porque la necesitaremos mañana por la noche si se nos presenta la ocasión». La aventura de la víspera fue un sueño, pero aquella mañana era el despertar, y en aquel momento ella necesitaba la barca.

No tenía la menor posibilidad de reunirse con fray Cadfael para recibir órdenes, tenía que sacar inmediatamente de allí lo que guardaba y no podía salir por las puertas. Nadie podía indicarle lo que tenía que hacer, y la responsabilidad era exclusivamente suya. Por suerte, no era probable que los flamencos saquearan los huertos antes de registrar los establos, los graneros y las despensas. Todavía le quedaba un poco de tiempo.

La muchacha regresó rápidamente a la cabaña. Dobló las mantas y las escondió debajo del banco detrás de una hilera de redomas y morteros, deshizo la cama convirtiéndola en un simple estante donde colocar frascos y dejó la puerta abierta de par en par para que penetrara la inocente luz del día. 

Después se dirigío hacia el montón de tallos secos, sacó la embarcación de su escondrijo junto con el fardo y, gracias a que la suave pendiente del campo estaba cubierta de tallos y a que la barca era muy ligera, consiguió empujarla sin dificultad hacia el arroyo. La dejó varada, regresó por el tesoro, lo arrastró hacia la orilla y lo izó a bordo.

Hasta la víspera, nunca había estado en una embarcación semejante, pero Toroldo le enseñó a utilizar el remo y la suave corriente del arroyo le facilitó la labor.

Ya sabía lo que tenía que hacer. No tendría ninguna posibilidad de escape en caso de que bajara corriente abajo hacia el Severn; habría hombres vigilando en el camino principal, el puente e incluso a lo largo de las orillas. Sin embargo, a escasa distancia de donde ella se encontraba, había, un poco a la derecha, un ancho canal que llegaba hasta el estanque del principal molino de la abadía, cuyo canal, tras pasar por el estanque de la abadía y los estanques de los peces, hacía girar la rueda y se vaciaba de nuevo en el estanque para regresar al riachuelo y acompañarlo hasta el río. 

Más allá del molino, se encontraban alineadas las tres casas para huéspedes con sus jardincitos que llegaban hasta la orilla, mientras que otras tres semejantes protegían el estanque de la vista desde el otro lado. La casa al lado del molino era la que ocupaba Aline Siward. Courcelle había dicho que buscaría a la fugitiva por todas partes, pero si en el recinto monacal había algún lugar que no recibiría de él más que una visita de cumplido, ése sería donde se alojaba Aline.

«¿Qué importa que pertenezcamos a bandos contrarios?», pensó Godith, remando torpe pero obstinadamente para rodear la curva y adentrarse en el ancho canal. «No es posible que me arroje a los lobos con esa cara tan angelical que tiene. Pero ¿de veras pertenecemos a bandos contrarios? ¿No estaremos las dos en ambos bandos? Mi padre se juega la vida y las tierras por la emperatriz, pero no creo que a ella le importe lo más mínimo lo que le suceda a él o a los suyos, siempre y cuando consiga salirse con la suya. Estoy segura de que su hermano era para Aline mucho más importante de lo que jamás pueda ser el rey Esteban, y yo me preocupo más por mi padre y por Toroldo que por la emperatriz Matilde. Ojalá el hijo del viejo rey no se hubiera ahogado durante el horrible naufragio de aquel barco, ya que, en tal caso, ahora no habría discusiones sobre derechos hereditarios y tanto Esteban como Matilde se hubieran quedado en sus respectivos castillos y nos hubieran dejado a todos en paz».

El molino se levantaba a la derecha, pero su rueda no giraba y el agua del canal fluía libremente hacia el estanque para regresar al arroyo junto con las lentas contracorrientes de la otra orilla. En aquel punto la orilla tenía una altura de unos tres palmos para ofrecer la mayor cantidad de terreno posible a los pequeños huertos. 

Sin embargo, si primero conseguía izar el fardo hasta la orilla, Godith estaba segura de que después podría arrastrar la barca a tierra. Se agarró a la raíz de un sauce llorón que sobresalía del agua y amarró a ella la embarcación antes de intentar levantar el tesoro hasta la herbosa orilla. El fardo era muy pesado para ella, pero la joven lo tomó al través y lo sujetó con los brazos. 

A duras penas consiguió alcanzar el nivel de la orilla sin inclinar demasiado la embarcación. El fardo permaneció estable y, mientras lo sujetaba con ambos brazos, la joven sintió que las lágrimas asomaban por primera vez a sus ojos y le bajaban por las mejillas.

«¿Por qué», se preguntó en un súbitamente acceso de rebeldía, «me tomo tantas molestias por esta basura, si lo único que me importa es mi padre y Toroldo? ¡Y también fray Cadfael! Lo decepcionaría si dejara caer este peso al fondo del estanque después de lo mucho que se ha esforzado. Debo seguir adelante. Toroldo está empeñado en cumplir la tarea que le encomendaron. Eso vale más que el oro. ¡Este fardo no es lo más importante!».

La muchacha se pasó una mano impaciente y mugrienta por las mejillas y los ojos, e intentó encaramarse a la orilla, lo cual no era nada fácil porque la embarcación tendía a desplazarse bajo sus pies a lo largo de la cuerda de amarre. 

Cuando, al final, consiguió subir a la orilla, soltando maldiciones en lugar de llorar, no pudo tirar de la barca hacia arriba y temió agujerearla con las raíces melladas. La tendría que dejar allí. Se tendió boca abajo, acortó el amarre e hizo un fuerte nudo. Después arrastró la detestada pesadilla hasta la casa y aporreó la puerta.

Abrió Constanza. Godith se percató de que apenas eran las ocho de la mañana. Aline tenía por costumbre asistir a misa de diez y tal vez aún no estaría levantada. Pero, al parecer, el revuelo que reinaba en la abadía había llegado hasta aquel apartado rincón porque Aline ya estaba levantada y vestida y salió inmediatamente a ver qué sucedía.

—¿Qué ocurre, Constanza? —al ver a Godith tan sucia, desgreñada y sin aliento, apoyada en un gran fardo que había dejado en el suelo, se acercó con inocente solicitud—. ¡Godric! ¿Qué te pasa? ¿Te ha enviado fray Cadfael? ¿Ocurre algo malo?

—¿Conocéis a este mozo, señora? —le preguntó Constanza, sorprendida.

—Le conozco, es el ayudante de fray Cadfael, hemos hablado algunas veces —Aline estudió a Godith de pies a cabeza, vio las huellas de las lágrimas y la agitación de su pecho, y apartó rápidamente a su doncella en cuanto distinguió los signos de la desesperación, aunque éstos no fueran muy patentes—. ¡Entra, por favor! Deja que te ayude a llevar tus cosas. ¡Cierra la puerta, Constanza!

Ya estaban a salvo en el interior de aquella casa de paredes de madera, a través de una de cuyas ventanas abiertas penetraba a raudales la luz del sol matutino.

Ambas jóvenes se miraron, Aline con un precioso vestido azul y el cabello dorado enmarcándole el rostro como una nube, y Godith con una arrugada chaqueta parda que le estaba demasiado grande y unos calzones que le sentaban muy mal, el corto cabello desgreñado y el rostro desencajado y sucio de tierra, hierbas y sudor.

—He venido para pediros refugio —dijo Godith con toda naturalidad—. Me buscan los soldados del rey. Valdré mucho para ellos, si me encuentran. No soy Godric sino Godith. Godith Adeney, la hija de Fulke Adeney.

Aline contempló conmovida el bello rostro ovalado y las raídas prendas que cubrían las delicadas extremidades. Después miró de nuevo el desafiante rostro y se le iluminaron los ojos.

—Será mejor que os ocultéis en mi dormitorio —dijo, dando un vistazo a la ventana abierta—. Allí nadie os molestará… y podremos hablar libremente. Sí, traed vuestras pertenencias, os ayudaré a llevarlas.

El tesoro de FitzAlan fue trasladado por manos femeninas a la estancia interior donde ni siquiera Courcelle, y tanto menos otro hombre, se atrevería a entrar. Aline cerró suavemente la puerta mientras Godith se sentaba en un escabel junto a la cama, sintiendo por primera vez que todas sus inquietudes empezaban a desvanecerse. Después, apoyó la cabeza en la pared y miró a Aline.

—¿Os dais cuenta, señora, de que se me considera enemiga del rey? No quisiera poneros en peligro. Tal vez os sintáis en la obligación de entregarme.

—Sois muy honrada —dijo Aline— y tened la certeza de que no me pondréis en peligro. Ni siquiera estoy muy segura de que el rey me lo agradeciera, aunque sí estoy segura de que Dios no. Además, sé que nunca podría tener la conciencia tranquila. Podéis descansar tranquilamente aquí. Constanza y yo nos encargaremos de que nadie se acerque a vos.

Fray Cadfael se mostró muy tranquilo durante el rezo de prima, la primera misa conventual y la abreviada reunión del capítulo. Pero en realidad se estaba devanando los sesos y se mordía los nudillos, pensando en la inexplicable necedad que le había llevado a quedarse dormido mientras las fuerzas hostiles se cerraban a su alrededor. 

Las puertas estaban cerradas y no había modo de salir de allí. No podía pasar, y estaba seguro de que Godith tampoco habría pasado por allí. No había visto soldados en la otra orilla del río, aunque no cabía duda de que estaría vigilada. En caso de que Godith hubiera tomado la embarcación, ¿adónde habría ido? Corriente arriba, no, porque el arroyo resultaba visible durante un buen trecho y, más adelante, el lecho era demasiado pedregoso e irregular para surcarlo con aquella barca. 

Estaba esperando de un momento a otro el grito que anunciara su captura, pero cada minuto que transcurría sin que se escuchara semejante grito era un bálsamo de alivio para él. La joven no era tonta y, al parecer, había escapado, pero cualquiera sabía adónde, cargada con el tesoro que intentaban conservar y enviar a su destino.

En el capítulo, el abad Heriberto pronunció unas breves y desilusionadas palabras para explicar la invasión de la abadía, aconsejando a los monjes que obedecieran las órdenes de los soldados del rey con dignidad y fortaleza y que procuraran cumplir con sus obligaciones cotidianas con toda la fidelidad posible. 

Ser privados de los bienes de este mundo no debería ser más que una agradable disciplina para aquellos que aspiraban a los bienes del más allá. Por lo que respectaba a su propia cosecha, fray Cadfael podía estar tranquilo dado que no era muy probable que el rey le exigiera el diezmo de sus hierbas y remedios, aunque tal vez agradeciera una o dos garrafas de vino. El abad los despidió, rogándoles encarecidamente que se dedicaran a sus respectivas tareas hasta la misa mayor de las diez.

Fray Cadfael regresó a los huertos y se entretuvo en pequeñas labores que le permitieran pensar en otra cosa. Godith tal vez había vadeado el arroyo en pleno día para esconderse en el bosque. Sin embargo, no era posible que se hubiera llevado el fardo del tesoro porque pesaba demasiado para ella. Seguramente se habría alejado con el tesoro y la embarcación para que no hubiera ninguna prueba de actividades irregulares.

Cadfael estaba seguro de que no había llegado hasta la confluencia del río, pues en tal caso la hubieran capturado antes. Cada momento que transcurría sin que se recibieran malas noticias era un nuevo rayo de esperanza. Dondequiera que estuviera, la joven necesitaría ayuda.

Además, no podía olvidar a Toroldo, oculto más allá de los campos de labor en aquel molino abandonado. ¿Se habría percatado a tiempo del significado de aquellas señales y habría conseguido esconderse en el bosque? Cadfael lo deseaba con toda su alma. Entretanto, no podía hacer otra cosa que esperar. 

En caso de que cesara la persecución antes de que finalizara el día y al anochecer él pudiera encontrar a los dos jóvenes, procuraría por todos los medios que emprendieran viaje hacia el oeste aquella misma noche. 

Tal vez las circunstancias fueran favorables dado que el recinto de la abadía ya habría sido registrado concienzudamente, los soldados estarían cansados y deseosos de olvidar su vigilancia, la comunidad se hallaría totalmente entregada a la tarea de comparar notas para establecer lo que los soldados les habían arrebatado y los monjes estarían rezando fervientes oraciones de acción de gracias por el término de aquella prueba.

Cadfael se encaminó hacia el patio para asistir a misa. Los carros del ejército estaban siendo cargados de sacos de cereales procedentes del granero, y los flamencos entraban y salían constantemente de los establos. 

Los apurados huéspedes, que se quedarían a mitad de viaje sin caballos, suplicaban en vano que no se llevaran sus monturas, pero todo era inútil salvo en los casos en que alguien pudiera demostrar que ya estaba al servicio del rey. Solo los pobres jamelgos corrieron mejor suerte. Los soldados también requisaron uno de los carros de la abadía con sus mulos correspondientes, y lo cargaron de trigo.

Cadfael observó que algo extraño ocurría en las puertas. Las grandes puertas destinadas a los carruajes estaban cerradas y vigiladas, pero alguien había tenido la serena osadía de llamar al portillo, pidiendo entrar. 

Puesto que podía tratarse de alguien de los suyos, un correo del puesto de guardia de San Gil o bien del campamento real, el portillo se abrió y, en el estrecho espacio, apareció la recatada figura de Aline Siward, con el devocionario en la mano y el cabello dorado modestamente cubierto por la toca y el velo blanco de luto.

—Tengo permiso —dijo la joven con dulzura— para entrar en la iglesia —al ver que los guardias no entendían el inglés, repitió amablemente la frase en francés.

Los soldados no querían franquearle la entrada y estaban dispuestos a cerrarle la puerta en las narices cuando uno de los oficiales observó la discusión y se acercó a toda prisa.

—Tengo permiso de mi señor Courcelle para asistir a misa —repitió pacientemente Aline—. Me llamo Aline Siward. Si lo dudáis, preguntádselo, y él mismo os lo dirá.

Al final, consiguió hacer valer su privilegio y, tras un rápido intercambio de palabras, se abrió el portillo de par en par y los soldados se apartaron para franquearle la entrada. La joven cruzó el gran patio como si allí no ocurriera nada y se encaminó hacia el claustro y la puerta sur de la iglesia. 

Pero aminoró la marcha al ver que fray Cadfael se abría paso entre los soldados y los viajeros que protestaban, para cruzarse en su camino junto al porche. Aline le saludó modestamente delante de todo el mundo, pero, en el momento en que ambos estaban más cerca, le susurró:

—Tranquilizaos, Godric está a salvo en mi casa.

—¡Gracias a Dios y también a vos! —contestó Cadfael, suspirando—. Cuando oscurezca, iré por ella —aunque Aline había utilizado el nombre masculino, el monje adivinó por su leve sonrisa que la referencia femenina no constituía ninguna sorpresa para ella—. ¿Y la embarcación? —preguntó en un susurro.

—Preparada al final de mi jardín.

La joven entró en la iglesia y Cadfael, con el corazón súbitamente aliviado, se fue decorosamente a ocupar su lugar en la procesión de monjes.

Sentado en la rama de un árbol en el lindero del bosque situado al este del castillo de Shrewsbury, comiéndose los restos de pan que llevaba y un par de manzanas verdes robadas de un árbol de la abadía, Toroldo miró hacia el oeste al otro lado del río y no solo vio la gran roca de las murallas y torres del castillo sino también, un poco más a la derecha, apenas visibles por encima de las copas de los árboles, las tiendas del campamento real. A juzgar por la cantidad de gente que había en el monasterio y la ciudad, en aquellos momentos el campamento debía de estar casi vacío.

El cuerpo de Toroldo había soportado muy bien aquel repentino ajetreo, para su gran satisfacción y también, ¿por qué no decirlo?, para su sorpresa. Su mente, en cambio, se resentía bastante. 

Aunque no había caminado mucho ni hecho demasiado ejercicio, aparte encaramarse al frondoso árbol, estaba muy complacido por la respuesta de sus dañados músculos y la cicatrización de la herida del muslo, que apenas le dolía, y la del hombro, que no estaba roto ni le impedía el uso del brazo. Su mente, por el contrario, estaba inquieta y preocupada por Godith, el hermanito súbitamente transformado en una criatura medio hermana y medio otra cosa. 

Confiaba en fray Cadfael, por supuesto, pero no podía cargar todo el peso de la responsabilidad sobre unos hombros enclaustrados, por muy anchos y fuertes que fueran. Aunque estaba furioso y angustiado, Toroldo siguió comiendo las manzanas robadas. Tendría que estar bien alimentado para resistir el esfuerzo.

Una compañía de vigilancia recorría metódicamente la orilla del Severn. Él no se atrevía a moverse hasta tanto no se retiraran hacia la abadía y el puente. Aún no sabía qué rodeo tendría que dar por las afueras de la ciudad para eludir el cerco real.

Le despertaron unos inequívocos sonidos desde el puente, lo bastante fuertes como para interrumpir su sueño. Muchos, muchísimos hombres a pie y a caballo, anunciaban su presencia y su paso por un arco de piedra sobre el agua. Los ecos combinados fueron transportados por la corriente, desde la madera del molino y los canales de agua que lo alimentaban, hasta sus inquietos oídos. 

El sobresalto le indujo a vestirse instintivamente, y antes de asomarse a mirar recogió todo lo que hubiera podido delatar su presencia. Vio cómo las compañías se desplegaban en abanico al final del puente y ya no quiso ver nada más porque comprendió que la situación era muy peligrosa. 

Eliminó todas las huellas de su estancia en el molino, arrojando al agua lo que no pudo llevar consigo. Cruzó los límites de las tierras de la abadía y se alejó de la compañía que avanzaba a lo largo de la orilla del río, hasta alcanzar el lindero del bosque que se extendía al otro lado del castillo.

No sabía para quién o para qué se había decretado aquella batida, pero sabía muy bien quién podía quedar atrapado en ella, por lo que su único propósito en aquel momento era reunirse con Godith dondequiera que estuviera, interponerse entre ella y el peligro. Y, a ser posible, llevársela desde allí a Normandía, donde estaría a salvo.

A lo largo de la orilla, los hombres se separaron para batir el terreno a través de los arbustos donde Godith le había encontrado. Ya habían registrado el molino abandonado en el que, gracias a Dios, no habían hallado ninguna huella. Ahora que ya casi los había perdido de vista, Toroldo bajó del árbol para adentrarse más profundamente en el bosque. 

Desde el puente hasta San Gil, el camino real que conducía a Londres estaba flanqueado por tiendas y casas a las que no debía acercarse. ¿Sería mejor seguir hacia el este y cruzar el camino más allá de San Gil, o bien esperar y regresar por donde había venido, una vez cesara el tumulto? Lo malo era que no sabía cuándo iba a ocurrir tal cosa y la angustia que sentía por Godith era casi insoportable. 

Seguramente tendría que seguir hasta más allá de San Gil antes de atreverse a cruzar el camino; aunque allí el arroyo ya no sería un obstáculo, cuando se acercara al lugar situado enfrente en los huertos de la abadía, correría un grave peligro. 

Podría esperar en el escondrijo más cercano que encontrara, pasar a los campos de guisantes a la primera ocasión que se le presentara y, desde allí, si todo estaba tranquilo, dirigirse al herbario, que no conocía, y a la cabaña donde Godith había dormido las últimas siete noches. 

Sí, mejor seguir adelante y dar un rodeo. Si retrocediera, tendría que atravesar el puente, donde habría soldados hasta el atardecer y probablemente durante toda la noche.

A pesar de su impaciencia, el joven tuvo que actuar con mucha precaución. El repentino asalto había asustado e indignado a la población, y Toroldo tenía que procurar que no le vieran puesto que era un joven desconocido en un lugar donde todos los vecinos eran como de la familia y cualquier forastero suscitaba actitudes desafiantes nacidas del temor. Varias veces tuvo que esconderse hasta que pasara el peligro.

Quienes vivían cerca del camino y habían sufrido los primeros sobresaltos se escondían donde podían. Quienes cuidaban diariamente del ganado o cultivaban las tierras lejos del camino oyeron el tumulto y se acercaron para averiguar qué ocurría. 

Atrapado entre esas dos mareas, Toroldo pasó un día terrible, pero, al final, consiguió superar el inflexible y brutal puesto de guardia de Guillermo Ten Heyt que, para entonces, ya había requisado una considerable cantidad de bienes y una docena de magníficos caballos. 

Allí terminaban las últimas casas de la ciudad y empezaban los campos y las aldeas. Más allá del puesto de guardia, el tráfico era muy escaso. Toroldo cruzó el camino y se ocultó una vez más entre los arbustos que crecían por encima del arroyo. Desde allí, analizó el terreno.

En ese lugar el arroyo tenía dos brazos porque el canal del molino recibía sus aguas a través de una esclusa construida algo más arriba. Las dos cintas plateadas brillaban ahora bajo un sol que estaba empezando a declinar hacia el oeste. Ya casi debía ser la hora de vísperas. ¿Habría terminado el rey Esteban de registrar la abadía y saquear todo Shrewsbury?

Aquella parte del valle era angosta y empinada, por lo que nadie había construido en ella ningún edificio, prefiriendo dejar la hierba para las ovejas. Toroldo se deslizó hacia la bifurcación, superó fácilmente de un salto el canal del molino y se acercó al arroyo, saltando de piedra en piedra. 

Después echó a andar orilla abajo, pasando de un escondrijo a otro, hasta que, hacia la hora de vísperas, llegó a los suaves prados que se extendían al otro lado de los campos de guisantes de fray Cadfael. Allí el terreno era demasiado abierto y el joven tuvo que apartarse del arroyo y buscar entre los matorrales un escondrijo desde donde examinar el panorama. 

Distinguió los tejados de los edificios de la abadía por encima de los muros del huerto, y el tejado y el alto campanario de la iglesia, pero no vio nada de lo que ocurría en el recinto del monasterio. Todo parecía muy tranquilo, los pálidos campos de la ladera ya despojados de sus cosechas, el montón de rastrojos donde Godith ocultó la barca y el tesoro diecinueve horas antes, el muro rojizo del huerto más allá del tejado inclinado del granero. 

Tendría que esperar a que anocheciera, o bien correr el riesgo de cruzar el arroyo hasta el montón de paja del otro lado a la primera oportunidad que se le presentara. Por allí pasaba de vez en cuando alguna persona dedicada a sus quehaceres, un pastor dirigiendo su rebaño a los pastizales, una mujer que volvía a casa tras recoger setas en el bosque, dos niños con unas ocas. 

Hubiera podido cruzarse con ellos y saludarles sin que nadie le hiciera el menor caso, pero no hubiera podido cruzar el vado y entrar en los huertos de la abadía sin despertar sospechas. Eso hubiera llamado la atención. Además, desde el otro lado de los huertos, aún se oían rumores insólitos, gritos, órdenes y chirridos de carros y arneses. 

Por si fuera poco, un hombre a caballo recorría los prados algo más abajo como si vigilara la única salida no amurallada de la abadía. Parecía tomarse su misión con bastante calma. Un solo hombre, pero era más que suficiente. Le hubiera bastado con gritar o silbar para que inmediatamente se acercara una docena de flamencos.

Toroldo se agachó entre los arbustos y le vio acercarse. El caballo era grande y musculoso, pero no muy bonito, con manchas entre crema y gris oscuro. El jinete era un joven de cabello negro y tez aceitunada, con el rostro enjuto y un porte extremadamente arrogante. 

Fue precisamente su gesto altanero y el curioso color de su caballo lo que llamó la atención de Toroldo. Era la misma montura que había visto al amanecer, encabezando la compañía de soldados junto a la orilla del río; y aquel hombre fue el que primero desmontó para registrar el molino abandonado donde Toroldo se ocultaba. 

Después aparecieron unos seis hombres a pie para colaborar en la tarea de búsqueda, pero él se alejó al trote y los dejó rezagados. Toroldo estaba seguro de su identidad y tenía sobradas razones para extremar la cautela. Temía que, a pesar de todas sus precauciones, los soldados hubieran descubierto algún detalle que despertara sus sospechas. 

Eran el mismo caballo y el mismo hombre. Ahora el jinete cabalgaba corriente arriba con aparente negligencia, pero Toroldo no se fiaba. Aquel hombre lo veía todo, a pesar de su mirada displicente y lánguida.

Sin embargo, en aquellos momentos se encontraba de espaldas y no había nadie en los campos. Si se alejara un poco más, Toroldo intentaría cruzar el arroyo. Aunque se equivocara en el cálculo y se mojara, no podría ahogarse en tan poca agua, y la noche sería muy templada. Tenía que intentarlo y llegar hasta la cabaña de Godith para asegurarse de que nada le había ocurrido.

El oficial del rey siguió adelante hasta el límite del terreno llano sin volver la cabeza ni una sola vez. Ninguna criatura se movió. Toroldo se levantó, atravesó de carrerilla la franja de prado, cruzó el arroyo tanteando instintivamente con los pies, y emergió a los pálidos campos del otro lado. 

Después se escondió en el montón de rastrojos como un topo oculto en la tierra. En medio de la agitación de aquel día, no le sorprendió que la barca y el fardo hubieran desaparecido, y tampoco tuvo tiempo de pararse a pensar si aquello era un buen o un mal presagio. 

Extendió los tallos secos a su alrededor como si fueran una rígida sábana de color marfil entretejida de sol y calor, y se tendió temblando sin dejar de atisbar, a través de los rastrojos, el sereno paso de su enemigo al otro lado del arroyo.

De pronto, el hombre se detuvo con su caballo y miró corriente abajo, como si un escozor en los pulgares le hubiera advertido de algún peligro. Permaneció inmóvil unos minutos y después inició el camino de vuelta con tanta suavidad como el de ida.

Toroldo contuvo la respiración y le vio acercarse. No se daba prisa sino que cabalgaba con ociosa inocencia como si no tuviera nada mejor que hacer, aparte del repetido paseo arriba y abajo para pasar el rato. Sin embargo, al llegar a la altura de los campos de guisantes, se detuvo y miró hacia el otro lado del arroyo, clavando los ojos en el montón de tallos secos. 

A Toroldo le pareció ver una leve sonrisa en su rostro moreno e incluso un pequeño movimiento de la mano semejante a un saludo. ¡Debían ser figuraciones suyas! El jinete reanudó su paseo corriente abajo, contemplando el canal del molino y su confluencia con el río. No volvió la mirada hacia atrás ni una sola vez.

Toroldo permaneció tendido bajo la ingrávida manta de paja, hundió su cabeza cansada entre los brazos, y las caderas en la suave tierra. Se quedó dormido de puro agotamiento. Cuando despertó, ya estaba oscureciendo y todo seguía tranquilo. 

El joven prestó atención un buen rato y después se movió a rastras y subió furtivamente por la pálida ladera hasta los huertos de la abadía, avanzando en solitario entre la miríada de soleadas fragancias de las hierbas de Cadfael. Localizó la cabaña con la puerta hospitalariamente abierta de par en par y atisbó casi con temor el tibio silencio y la luz del interior.

—¡Loado sea Dios! —exclamó fray Cadfael, levantándose del banco para saludarle—. Pensé que vendríais y cada media hora más o menos he estado saliendo a mirar. Finalmente, os tengo aquí. Sentaos y desahogad vuestro corazón, ¡hemos salido bastante bien librados!

En tono apremiante, Toroldo hizo la única pregunta que le importaba:

—¿Dónde está Godith?

La dama pálida - Alejandro Dumas (Parte 1)

—Escuchad —dijo la dama pálida con una extraña solemnidad—, puesto que todos los aquí presentes han contado una historia, también yo quisiera contar una. No me diga, doctor, que la historia no es verdadera, pues es la mía… Va a saber lo que la ciencia no ha podido explicarle hasta ahora, doctor; va a saber por qué estoy tan pálida.
 
En aquel momento, un rayo de luna se filtró por la ventana entre las cortinas y, yendo a travesear sobre el canapé donde ella estaba tendida, la envolvió con una luz azulada que parecía hacer de ella una estatua de mármol negro echada sobre una tumba.
 
Ninguna voz acogió la propuesta, pero el profundo silencio que de pronto reinó en el salón anunció que todos esperaban con ansiedad.

 
I. LOS MONTES CÁRPATOS
 

Soy polaca, nacida en Sandomir, es decir, en un país donde las leyendas se convierten en artículos de fe, donde creemos en nuestras tradiciones de familia tanto, y acaso más, que en el Evangelio. No hay uno solo de nuestros castillos que no tenga su espectro, ni cabaña que no tenga su genio familiar. Tanto en la casa del rico como en la del pobre, tanto en el castillo como en la cabaña, se reconoce el principio amigo y el principio enemigo. 

A veces estos dos principios entran en conflicto entre sí y pugnan. Entonces se oyen ruidos tan misteriosos en los corredores, rugidos tan espantosos en las antiguas torres, temblores tan aterradores en las murallas, que la gente sale huyendo tanto de la cabaña como del castillo, y aldeanos o nobles corren a la iglesia en busca de la cruz bendecida o de las santas reliquias, únicos protectores contra los demonios que nos atormentan.


Pero otros dos principios más terribles, más encarnizados e implacables, se encuentran también allí presentes: la tiranía y la libertad.


El año 1825 vio librar entre Rusia y Polonia una de esas luchas en las que se creería agotada toda la sangre de un pueblo, como a menudo se agota toda la sangre de una familia.


Mi padre y mis dos hermanos, alzados contra el nuevo zar, habían ido a alistarse bajo la bandera de la independencia polaca, siempre abatida, siempre levantada de nuevo.


Un día tuve conocimiento de que mi hermano menor había caído en la lucha; otro día me anunciaron que mi hermano mayor estaba herido de muerte; y, por último, tras una jornada durante la cual yo había oído con terror el tronar cada vez más próximo del cañón, vi llegar a mi padre con un centenar de hombres a caballo, resto de los tres mil hombres que mandaba.


Venía a encerrarse en nuestro castillo con la intención de enterrarse bajo sus ruinas.


Mi padre, que no temía nada por él, temblaba por mí. En efecto, el único riesgo para mi padre era la muerte, pues estaba segurísimo de no caer vivo en manos de sus enemigos, pero ¡a mí me amenazaba la esclavitud, la deshonra, la vergüenza!


Mi padre escogió a diez hombres entre los cien que le quedaban, llamó al intendente, le hizo entrega de todo el oro y de las joyas que poseíamos y, recordando que, con ocasión del segundo reparto de Polonia, mi madre, siendo casi niña, había encontrado un refugio inaccesible en el convento de Sahastru, situado en medio de los montes Cárpatos, le ordenó llevarme a aquel convento que, hospitalario como había sido con la madre, no lo sería menos con su hija.


A pesar del gran amor que mi padre me profesaba, la despedida no se prolongó mucho. Todo parecía indicar que los rusos llegarían al día siguiente a la vista del castillo, por lo que no había tiempo que perder.


Me puse apresuradamente un vestido de amazona con el que solía acompañar a mis hermanos en las cacerías. Me ensillaron el mejor caballo de las caballerizas; mi padre metió en las fundas del arzón sus propias pistolas, unas obras maestras de las fábricas de Tula, me besó y dio la orden de partida.


Durante aquella noche y la jornada siguiente recorrimos veinte leguas siguiendo la orilla de uno de esos ríos sin nombre que acaban vertiendo sus aguas en el Vístula. Esta primera doble etapa nos había puesto fuera del alcance de los rusos.


A los últimos rayos del sol, habíamos visto resplandecer las cimas nevadas de los montes Cárpatos.


Hacia el atardecer del día siguiente, alcanzamos su base; al fin, la mañana del tercer día, nos internábamos ya por una de sus gargantas.


Nuestros montes Cárpatos no se parecen en nada a las montañas civilizadas de Occidente. Cuanto la naturaleza tiene de extraordinario y de grandioso se presenta allí a las miradas en toda su majestad. 

Sus cumbres tempestuosas se pierden en las nubes, cubiertas de nieves eternas; sus bosques inmensos de abetos se inclinan sobre el terso espejo de unos lagos que semejan mares; y nunca navecilla alguna ha surcado estos lagos, nunca red alguna de pescador ha turbado su cristal, profundo como el azul del cielo; apenas, de tiempo en tiempo, resuena allí la voz humana, haciendo oír un canto moldavo al que responden los gritos de los animales salvajes: canto y gritos van a despertar algún eco solitario, atónito de que un ruido cualquiera le haya hecho tomar conciencia de su propia existencia. 

Durante millas y millas se viaja por debajo de las sombrías bóvedas de bosques interrumpidos por esas inesperadas maravillas que la soledad nos revela a cada instante, y que hacen pasar nuestro ánimo del asombro a la admiración. Allí el peligro está por todas partes, y se compone de mil peligros diferentes; pero uno no tiene tiempo para sentir temor, de tan sublimes como son estos peligros. 

Unas veces son cascadas improvisadas por el derretirse de los hielos y que, saltando de peña en peña, invaden de pronto el angosto sendero que recorréis, sendero trazado por el paso de la bestia feroz y del cazador que la persigue; otras hay árboles carcomidos por el tiempo que se desprenden del suelo y caen con un horrendo estruendo semejante al de un terremoto; otras, por último, son los huracanes los que os envuelven de nubes en medio de las cuales se ve fulgurar, proyectarse y zigzaguear el relámpago, como una serpiente de fuego.


Luego, tras haber superado estos picos alpestres, estos bosques primitivos, después de pasar por en medio de gigantescas montañas y bosques sin límites, nos vemos ante inmensas estepas sin fin, verdadero mar con sus olas y sus tempestades, sabanas áridas y gibosas, donde la vista se pierde en un horizonte infinito. 

Entonces ya no es terror lo que se apodera de vosotros, sino una triste y profunda melancolía, de la que nada puede distraeros, porque el aspecto de la región, por lejos que llegue nuestra vista, es siempre el mismo. Ya ascendáis o descendáis veinte veces unas pendientes semejantes, buscando en vano un camino trazado, al veros así perdidos en vuestro aislamiento, en medio de desiertos, os creéis solos en la naturaleza, y vuestra melancolía se trueca en desolación. 

En efecto, os parece inútil seguir adelante, porque ello no os conducirá a nada; no encontráis ni una aldea, ni un castillo, ni una cabaña, ningún rastro de habitáculo humano. Solo de vez en cuando, como una tristeza más en este mortecino paisaje, un pequeño lago sin cañaverales, sin arbustos, dormido en el fondo de un barranco, como si fuera otro mar Muerto, os cierra el camino con sus verdes aguas, sobre las que se alzan, al acercaros, algunas aves acuáticas de prolongados y estridentes gritos. Luego bordeáis aquel lago, trepáis a la colina que tenéis delante de vosotros, descendéis a otro valle, subís a otra colina, y así hasta haber recorrido la entera cadena montañosa que va disminuyendo cada vez más.

 
Pero, si al acabarse esa cadena, os volvéis hacia el mediodía, el paisaje recobra entonces toda su grandiosidad, percibís otra cadena de montañas más altas, de forma más pintoresca, de más rica vegetación; esta se halla toda empenachada de bosques, toda surcada de arroyos; con la sombra y el agua renace la vida en el paisaje; se oye la campana de una ermita y, en la ladera de alguna de aquellas montañas se ve serpentear una caravana. 

Por fin, a los últimos rayos del sol poniente, se perciben, como una bandada de aves blancas, apoyándose las unas en las otras, las casas de una aldea, que parece que se hubieran agrupado para defenderse de un asalto nocturno; pues con la vida ha vuelto el peligro, y ya no son, como en los primeros montes que se ha atravesado, las manadas de osos y de lobos lo que hay que temer, sino las hordas de bandidos moldavos lo que hay que combatir.


Mientras tanto, nos íbamos acercando. Habían pasado diez días de marcha sin el menor incidente. Podíamos ya avistar la cumbre del monte Pion, que sobrepasaba a toda aquella familia de gigantes, y en cuya vertiente meridional se halla el convento de Sahastru, al que me dirigía. Tres días más, y habríamos llegado.


Estábamos a finales de julio; habíamos tenido una jornada muy calurosa y empezábamos a respirar hacia las cuatro con incomparable deleite el primer fresco del atardecer. Habíamos dejado atrás hacía poco las torres en ruinas de Niantzo. Descendábamos hacia una llanura que empezábamos a vislumbrar a través de una abertura de las montañas. Desde donde nos encontrábamos, podíamos seguir ya con la vista el curso del Bistriza, de riberas esmaltadas de rojas oficinales y de altas campánulas de flores blancas. Bordeábamos un precipicio por cuyo fondo corría el río, que no era allí todavía más que un torrente. Nuestras monturas apenas si tenían espacio para andar dos de frente.

 
Nos precedía nuestro guía, que, ladeado sobre su caballo, cantaba una canción morlaca, de modulaciones monótonas, y cuyas palabras yo seguía con singular interés.
 
El cantor era al mismo tiempo el poeta. En cuanto a la melodía, habría que ser uno de esos montañeses para poder transmitiros toda su salvaje tristeza, toda su profunda sencillez. He aquí lo que decía:

En el marjal de Stavila, 
donde tanta sangre guerrera se derramara,
¿no veis ese cadáver?
No es un hijo de Iliria, no;
sino un feroz bandido
que, tras engañar a la dulce María,
se entregó a matar, saquear e incendiar.
Una bala, rauda como el huracán,
ha atravesado el corazón del truhán,
clavado en la garganta tiene un yatagán.
Pero desde hace tres días, ¡oh misterio!,
bajo el pino triste y solitario,
su tibia sangre empapa la tierra
y ennegrece el pálido Ovigan.
Sus azules ojos han brillado por última vez,
huyamos todos, malhaya
quien pase por su lado hacia el marjal.
¡Es un vampiro! El lobo feroz
del impuro cadáver se aleja,
y el fúnebre buitre ha huido 
sobre la montaña de pelada cima.

De pronto se oyó la detonación de un arma de fuego, silbó una bala. La canción se interrumpió, y el guía, herido de muerte, fue a parar al fondo del precipicio, mientras su caballo se detenía temblando y alargando la inteligente testa hacia el fondo del abismo, donde había desaparecido su amo.
 
Al mismo tiempo se alzó un gran grito, y vimos, por la ladera de la montaña, aparecer a una treintena de bandidos: estábamos completamente rodeados.
 
Todos los nuestros empuñaron su arma, y aunque cogidos por sorpresa, como los que me acompañaban eran viejos soldados habituados al fuego, no se dejaron intimidar y respondieron; yo misma, dando ejemplo, empuñé una pistola y, consciente de lo desventajosa que era nuestra situación, grité:
—¡Adelante!
 
Y piqué espuelas a mi caballo, que se lanzó a toda carrera hacia la llanura.
 
Pero teníamos que vérnoslas con unos montañeses que saltaban de peña en peña como verdaderos demonios de los abismos, que hacían fuego incluso saltando, y manteniendo siempre en nuestra ladera la posición que habían tomado.
 
Por lo demás, nuestra maniobra había sido prevista. En un lugar donde el camino se ensanchaba y la montaña formaba una meseta, aguardaba nuestro paso un joven a la cabeza de diez hombres a caballo; cuando nos vieron pusieron sus cabalgaduras al galope y nos atacaron frontalmente, mientras que los que nos perseguían corrían laderas abajo de la montaña y, tras cortarnos la retirada, nos rodeaban por todos lados.
 
La situación era grave y, sin embargo, acostumbrada como estaba desde niña a las escenas de guerra, pude afrontarla sin perderme ni un detalle.
 
Todos aquellos hombres, ataviados con pieles de carnero, llevaban unos enormes sombreros redondos coronados de flores naturales como los de los húngaros. Cada uno de ellos empuñaba un largo fusil turco, que agitaban acto seguido de haber disparado, lanzando unos gritos salvajes, y al cinto llevaban un alfanje y un par de pistolas.
 
En cuanto a su jefe, era un joven de apenas veintidós años, de tez pálida, grandes ojos negros y cabellos ensortijados que le caían sobre los hombros. Su atuendo se componía de la casaca moldava guarnecida de piel y ceñida al talle con un fajín a franjas de oro y de seda. En su mano resplandecía un alfanje, y al cinto relucían cuatro pistolas. 

Durante la lucha lanzaba gritos broncos e inarticulados que no parecían un lenguaje humano, y que sin embargo expresaban lo que era su voluntad, pues a aquellos gritos sus hombres obedecían, ya echándose a tierra boca abajo para esquivar las descargas de nuestros soldados, ya alzándose para hacer fuego a su vez, abatiendo a aquellos de nosotros que seguían en pie, rematando a los heridos, y convirtiendo, en definitiva, la lucha en una carnicería.

 
Yo había visto caer uno tras otro a las dos terceras partes de mis defensores. Quedaban cuatro todavía en pie y se apretaban a mi alrededor, sin pedir una gracia que estaban seguros de no obtener, y únicamente pensando en vender su vida lo más cara posible.
 
Entonces el joven jefe dio un grito más expresivo que los otros, tendiendo la punta de su alfanje hacia nosotros. Aquella orden significaba sin duda que debía rodearse a nuestro último grupo de un cerco de fuego y fusilarnos a todos juntos, pues de repente vimos que nos apuntaban todos aquellos largos mosquetes moldavos. Comprendí que había llegado nuestra última hora. Alcé los ojos y las manos al cielo, murmurando una última oración, y esperé la muerte.
 
En ese instante vi, no descender, sino precipitarse, saltando de peña en peña, a un joven que se detuvo, erguido, sobre una roca que dominaba toda la escena, semejante a una estatua sobre un pedestal, y que, extendiendo la mano hacia el campo de batalla, pronunció esta sola palabra:
—¡Basta!
 
Todos los ojos se alzaron a esta voz, y todos parecieron obedecer a ese nuevo amo. Solo un bandido se llevó de nuevo el fusil al hombro e hizo un disparo.
 
Uno de nuestros hombres pegó un grito, pues la bala le había roto el brazo izquierdo.
 
Se volvió enseguida para abalanzarse sobre el que le había herido, pero no había dado su caballo todavía cuatro pasos cuando un fogonazo brilló por encima de nosotros y el bandido rebelde cayó herido con la cabeza destrozada por una bala.
 
Tantas emociones distintas habían acabado con mis fuerzas; me desmayé.
 
Cuando volví en mí, estaba tendida sobre la hierba, con la cabeza apoyada sobre las rodillas de un hombre, del que no veía más que la blanca mano cubierta de anillos rodeando mi talle, mientras que ante mí estaba parado, de brazos cruzados y la espada bajo un brazo, el joven jefe moldavo que había dirigido el asalto contra nosotros.
 
—Kostaki —decía en francés y con un tono de autoridad el que me sostenía—, que tus hombres se retiren de inmediato, y deja que yo me ocupe de esta joven.
 
—Hermano, hermano —respondió aquel a quien iban dirigidas estas palabras, y que parecía dominarse a duras penas—, procurad no hacerme perder la paciencia; yo os dejo a vos el castillo, pero vos dejadme a mí el bosque. En el castillo sois vos quien manda, pero aquí el todopoderoso soy yo. Aquí me bastaría una sola palabra para obligaros a obedecerme.
 
—Kostaki, el primogénito soy yo, lo que quiere decir que soy el amo en todas partes, tanto en el bosque como en el castillo, tanto allí como aquí. Por mis venas corre la sangre de los Brancovan, como también por las vuestras, sangre real acostumbrada a mandar, y yo mando.
 
—Mandáis sobre vuestros servidores, Gregoriska; pero no sobre mis soldados.
 
—Vuestros soldados no son más que unos bandidos, Kostaki…, bandidos a los que haré ahorcar de las almenas si no me obedecen al instante.
 
—Bien, tratad, pues, de darles una orden.
 
Entonces sentí que quien me sostenía retiraba su rodilla, y colocaba suavemente mi cabeza sobre una piedra. Le seguí ansiosa con la mirada y pude ver al mismo joven que había caído, por así decir, del cielo en medio de la refriega, y al que yo había podido entrever nada más, al haberme desmayado justo en el momento en que él había hablado.
 
Era un joven de veinticuatro años, alto y con unos grandes ojos azules en los que se leía una resolución y una firmeza singulares. Sus largos cabellos rubios, indicio de la raza eslava, caían sobre sus hombros como los del arcángel san Miguel, enmarcando unas mejillas jóvenes y lozanas; sus labios, realzados por una sonrisa desdeñosa, dejaban ver una doble hilera de perlas. 

Su mirada era la que cruza el águila con el relámpago. Vestía una especie de túnica de terciopelo negro; iba tocado con un gorrito parecido al de Rafael, adornado con una pluma de águila; vestía unos calzones muy ajustados y calzaba unas botas bordadas. Ceñía su talle un cinturón del que pendía un cuchillo de caza; llevaba terciada una pequeña carabina de doble cañón, cuya precisión había podido comprobar uno de los bandidos.

 
Extendió una mano y con aquel gesto imperioso pareció imponerse hasta a su hermano.
 
Pronunció unas palabras en lengua moldava, palabras que parecieron causar una profunda impresión en los bandidos.
 
Entonces, en la misma lengua, habló a su vez el joven jefe, y tuve la impresión de que sus palabras eran una mezcla de amenazas y de imprecaciones.
 
A aquel largo y ardiente discurso respondió el hermano mayor con una sola palabra.
 
Los bandidos hicieron una inclinación.
 
A un gesto suyo, los bandidos se colocaron detrás de nosotros.
 
—¡Bien! Sea, pues, Gregoriska —dijo Kostaki volviendo a hablar en francés—. Esta mujer no irá a la cueva, pero no por eso dejará de ser mía. La encuentro hermosa, la he conquistado y la quiero para mí.
 
Tras decir esto, se arrojó sobre mí y se me llevó en volandas.
 
—Esta mujer será llevada al castillo y puesta en manos de mi madre; yo no la abandonaré desde ahora hasta ese momento —dijo mi protector.

—¡Mi caballo! —gritó Kostaki en lengua moldava.


Varios bandidos se apresuraron a obedecer, y le trajeron a su señor la cabalgadura que pedía.


Gregoriska miró en torno suyo, aferró las bridas de un caballo sin dueño y saltó sobre él sin tocar los estribos.


Kostaki, aunque me tenía todavía apretada entre sus brazos, montó en la silla casi con tanta ligereza como su hermano, y partió al galope. El caballo de Gregoriska pareció haber recibido el mismo impulso y fue a pegar su cabeza y el flanco contra los del caballo de Kostaki.


Era curioso ver a aquellos dos jinetes volando uno al lado del otro, taciturnos, silenciosos, sin perderse un solo instante de vista, por más que aparentasen no mirarse, y abandonándose a sus cabalgaduras, cuya impetuosa carrera los llevaba a través de bosques, peñas y precipicios. Yo tenía la cabeza echada hacia atrás, lo que me permitía ver los bonitos ojos de Gregoriska fijos en los míos. 

Como Kostaki se percató de ello, me levantó la cabeza y ya no vi más que su sombría mirada que me devoraba. Bajé los párpados, pero fue en vano; seguía viendo, a través de su velo, aquella mirada obsesiva que me penetraba hasta el fondo del pecho y hería mi corazón. 

Entonces me dominó una extraña alucinación, me pareció ser la Lenore de la balada de Bürger, llevada por el caballo y el caballero fantasmas, y cuando sentí que nos deteníamos abrí los ojos con terror, tan convencida estaba de ver en torno a mí solo cruces rotas y tumbas abiertas. Lo que vi no era algo mucho más alegre: era el patio interior de un castillo moldavo, construido en el siglo XIV.

  
II. EL CASTILLO DE LOS BRANCOVAN

Kostaki me dejó resbalar de sus brazos a tierra, bajando casi inmediatamente después que yo; pero, por rápido que hubiera sido su movimiento, no había hecho más que seguir al de Gregoriska.
 
Como había dicho este, en el castillo era él el amo.

Al ver llegar a los dos jóvenes y a aquella extranjera que traían con ellos, los criados acudieron; pero, aunque repartieron sus cuidados entre Kostaki y Gregoriska, se notaba que los mayores miramientos y el respeto más profundo eran para este último.


Se acercaron dos mujeres: Gregoriska les dio una orden en lengua moldava, y con una señal me indicó que las siguiera.


La mirada que acompañaba aquel gesto era tan respetuosa que no vacilé. Cinco minutos después, me encontraba en un aposento que, por más desnudo y totalmente inhabitable que hubiera parecido a la persona menos difícil de contentar, era evidentemente el más hermoso del castillo.


Una gran estancia cuadrada, con una especie de diván de sarga verde; asiento de día, lecho de noche. Asimismo había allí cinco o seis grandes sillones de roble, un arcón enorme y, en un rincón, un dosel semejante a una gran silla de coro.


Ni sombra de cortinas en las ventanas ni en el lecho.


Se subía a este aposento por una escalera, en la que, en unas hornacinas, se erguían tres estatuas de los Brancovan de un tamaño superior al natural.


Al cabo de unos instantes trajeron los equipajes, entre los que se encontraban también mis baúles. Las mujeres me ofreció sus servicios. Pero, pese a subsanar el desorden que lo sucedido había causado en mi vestimenta, conservé mi traje de amazona, más en armonía con el de mis anfitriones que ningún otro de los que hubiera podido adoptar.


Apenas había hecho estos pequeños cambios, cuando oí llamar suavemente a la puerta.


—Adelante —dije naturalmente en francés, al ser esta lengua para nosotros los polacos, como sabéis, poco menos que una lengua materna.


Entró Gregoriska.


—¡Ah!, señora, cuánto me complace que habléis francés.


—También a mí —respondí yo— me alegra saber esta lengua, pues así he podido, merced a este feliz azar, apreciar vuestra generosa conducta para conmigo. Es en esta lengua en la que me habéis defendido de las intenciones de vuestro hermano, y es en esa lengua en la que quiero expresaros mi sincero agradecimiento.


—Gracias, señora. Era la cosa más normal del mundo que me interesara por una mujer que se hallaba en vuestra situación. Me encontraba cazando en la montaña cuando oí unas detonaciones anómalas y continuas; comprendí que se trataba de un asalto a mano armada, y fui al encuentro del fuego, como se dice en términos militares. A Dios gracias, llegué a tiempo, pero permitidme que os pregunte, señora, por qué azares una mujer distinguida, como sois vos, se ha aventurado en nuestras montañas.


—Soy polaca, señor —le respondí—. Mis dos hermanos cayeron, hace poco, en la guerra contra Rusia; mi padre, al que dejé mientras se preparaba para defender nuestro castillo contra el enemigo, sin duda se ha reunido ya con ellos a estas horas, y yo, huyendo por orden de mi padre de todas aquellas matanzas, venía en busca de refugio en el convento de Sahastru, donde mi madre, en su juventud y en circunstancias parecidas, encontró un asilo seguro.


—¿Sois enemiga de los rusos? Tanto mejor —dijo el joven—; esto os será de gran ayuda en el castillo, y nosotros necesitaremos de todas nuestras fuerzas para sostener la lucha que se prepara. Pero ante todo, señora, puesto que ya sé quién sois, debéis saber también quiénes somos nosotros; el nombre de los Brancovan no os es desconocido, ¿verdad, señora?


Yo hice una inclinación.


—Mi madre es la última princesa de este nombre, la última descendinte de ese ilustre jefe al que hicieron matar los Cantimir, esos viles cortesanos de Pedro I. Se casó en primeras nupcias con mi padre, Serban Waivady, príncipe también él, pero de estirpe menos ilustre.


»Mi padre había sido educado en Viena, y allí pudo apreciar las ventajas de la civilización. Decidió hacer de mí un europeo. Partimos para Francia, Italia, España y Alemania.


»Mi madre (ya sé que no corresponde a un hijo contaros lo que voy a deciros, pero ya que, para nuestra salvación, es necesario que nos conozcáis bien, reconoceréis acertados los motivos de esta revelación), mi madre, que durante los primeros viajes de mi padre, cuando yo estaba todavía en mi tierna infancia, había tenido unos amores culpables con un jefe de los guerrilleros, que así es como llaman en este país —agregó con una sonrisa Gregoriska— a los hombres por los que fuisteis agredida, mi madre, como decía, que había tenido unos amores culpables con un tal conde Giordaki Koproli, medio griego, medio moldavo, le escribió a mi padre confesándole todo y pidiéndole el divorcio, apoyándose, para esta petición, en que ella, una Brancovan, no quería seguir siendo por más tiempo la mujer de un hombre que se volvía cada día más ajeno a su patria. 

»
¡Ay! Mi padre no tuvo necesidad de dar su consentimiento a esa petición, que puede pareceros extraña, pero que entre nosotros es algo de lo más común y natural. Mi padre acababa de morir de un aneurisma que desde hacía mucho tiempo padecía, y la carta de mi madre la recibí yo.

»A mí no me quedaba ya otra cosa que hacer votos muy sinceros por la felicidad de mi madre, votos que llegaron a través de una carta mía junto con la noticia de que era viuda.


»En dicha carta le pedía también permiso para continuar mis viajes, permiso que me fue concedido.


»Tenía yo la firme intención de establecerme en Francia o en Alemania para no encontrarme cara a cara con un hombre que me detestaba, y al que no podía amar, es decir, al marido de mi madre; cuando he aquí que, de improviso, me enteré de que el conde Giordaki Koproli acababa de ser asesinado, según se decía, por los viejos cosacos de mi padre.


»Me apresuré a regresar porque quería a mi madre; comprendía su aislamiento y la necesidad en que debía de encontrarse de tener a su lado en tales circunstancias a sus seres queridos. Aunque ella nunca se había mostrado muy afectuosa conmigo, yo era su hijo. Llegué inesperadamente una mañana al castillo de nuestros padres.


»Allí encontré a un joven, a quien al principio tomé por un extraño, pero luego supe que era mi hermano.


»Se trataba de Kostaki, el hijo del adulterio, legitimado por un segundo matrimonio; Kostaki, es decir, la indomable criatura que visteis, para quien sus pasiones son la única ley, para quien no hay nada sagrado en este mundo excepto su madre, que me obedece como el tigre obedece al brazo que lo ha domado, pero rugiendo siempre, en la vaga esperanza de poder devorarme un día. 
 
»En el interior del castillo, en la morada de los Brancovan y de los Waivady, el amo soy todavía yo; pero fuera de este recinto, en campo abierto, él se convierte en el hijo salvaje de los bosques y de los montes, que quiere doblegarlo todo bajo su férrea voluntad. Cómo es que ha cedido hoy, cómo es que han cedido sus hombres, no lo sé; acaso por una antigua costumbre, o por un resto de respeto. Pero no quisiera pasar por una nueva prueba. Quedaos aquí, no salgáis de este aposento, del patio, del recinto amurallado, en suma, y yo respondo de todo; si dais un paso fuera del castillo, no puedo prometeros otra cosa que dar mi vida por defenderos.

—¿No podré, pues —dije yo—, siguiendo el deseo de mi padre, proseguir el viaje hacia el convento de Sahastru?


—Hacedlo, intentadlo, mandad, que yo os acompañaré, pero me quedaré a mitad del camino, y vos…, vos sin duda no alcanzaréis la meta de vuestro viaje.


—Pero ¿qué puedo hacer, pues?


—Quedaos aquí, esperad, dejad que sean los hechos los que aconsejen qué hacer y aprovechad las circunstancias. Suponed que habéis caído en una guarida de bandidos, y que solo vuestro valor podrá sacaros del apuro y vuestra sangre fría salvaros. Mi madre, pese a la preferencia que otorga a Kostaki, hijo de su amor, es buena y generosa. 

»
Por otra parte, es una Brancovan, es decir, una verdadera princesa. Ya lo veréis: ella os defenderá de las brutales pasiones de Kostaki. Poneos bajo su protección: sois hermosa y os amará. Y por otra parte —me miró con una expresión indefinible—, ¿hay alguien que pueda veros y no amaros? Venid ahora al comedor donde mi madre nos espera. 

»No mostréis embarazo ni desconfianza: hablad polaco; aquí nadie conoce esta lengua; yo le traduciré a mi madre vuestras palabras, y estad tranquila, que solo diré lo que sea preciso decir. Y sobre todo ni una palabra de cuanto os acabo de revelar. Nadie debe sospechar que existe un acuerdo entre nosotros. No sabéis aún de cuánta astucia y disimulo es capaz el más sincero de nosotros. Venid.

Yo lo seguí por la escalera, iluminada por unas antorchas de resina colocadas en unas manos de hierro que sobresalían del muro.


Era evidente que aquella desacostumbrada iluminación había sido dispuesta para mí.


Llegamos al comedor.


Apenas Gregoriska hubo abierto la puerta y pronunciado una palabra en lengua moldava, que posteriormente supe que quería decir «la extranjera», avanzó hacia nosotros una mujer alta.


Era la princesa Brancovan.


Llevaba sus blancos cabellos trenzados en torno a la cabeza, que estaba cubierta de un gorrito de marta cibelina, que remataba un penacho, signo de su origen principesco. Vestía una especie de túnica de tisú de oro, el corpiño recubierto de pedrería, sobrepuesta a una larga hopalanda de tela turca, adornada con una piel semejante a la del gorrito.


Llevaba en la mano un rosario de cuentas de ámbar que desgranaba muy rápido entre sus dedos.


A su lado estaba Kostaki, ataviado con el espléndido y majestuoso traje magiar, bajo el cual me pareció todavía más extraño.


Era un ropón de terciopelo verde, de mangas anchas, que le caían hasta debajo de la rodilla, calzones de casimir rojo, babuchas de marroquín bordadas de oro; con su cabeza destocada, sus largos cabellos, de color negro tirando a azulado, le caían sobre su cuello desnudo, rodeado tan solo por la cenefa blanca de una camisa de seda.


Me saludó torpemente, y pronunció en moldavo algunas palabras ininteligibles para mí.


—Podéis hablar en francés, hermano mío —dijo Gregoriska—; la señora es polaca y comprende esta lengua.


Entonces, Kostaki dijo en francés algunas palabras casi tan ininteligibles para mí como las que había pronunciado en moldavo; pero la madre, extendiendo gravemente el brazo, interrumpió a los dos hermanos. Era evidente para mí que les decía a sus hijos que era ella quien debía recibirme.


Comenzó entonces en lengua moldava un discurso de bienvenida, al que su fisonomía daba un sentido fácil de explicar. Me indicó la mesa, me ofreció una silla cerca de ella, señaló con un gesto toda la casa, como diciéndome que estaba a mi disposición, y, sentándose antes que los demás con benévola dignidad, se persignó y dijo una oración.


Entonces cada uno ocupó el sitio que le correspondía, de acuerdo con la etiqueta, con Gregoriska a mi lado. Como yo era la extranjera, ello hacía que a Kostaki le tocara el puesto de honor junto a su madre Smeranda.


Así se llamaba la princesa.


También Gregoriska se había cambiado de indumentaria. Llevaba la túnica magiar como su hermano, solo que la suya era de terciopelo granate y sus calzones de casimir azul. Tenía colgada del cuello una espléndida condecoración, el Nisciam del sultán Mahmud.


Los restantes comensales del castillo cenaban en la misma mesa, cada cual en el rango que le correspondía según el grado que ocupaba entre los amigos o entre los servidores.


La cena fue triste: Kostaki no me dirigió la palabra una sola vez, aunque su hermano tuvo en todo momento la atención de hablarme en francés. En cuanto a la madre, me ofreció de todo ella misma con ese aire solemne que no le abandonaba jamás. Gregoriska había dicho la verdad: era una auténtica princesa.


Después de la cena, Gregoriska se acercó a su madre. Le explicó en lengua moldava la necesidad que yo debía de tener de estar sola, y lo muy necesario que me sería el descanso tras las emociones de una jornada como aquella. Smeranda hizo con la cabeza un signo de aprobación, me tendió la mano, me besó en la frente, como hubiera hecho con una hija suya, y me deseó que pasara una buena noche en su castillo.


Gregoriska no se había equivocado: deseaba ardientemente aquel momento de soledad. Di las gracias por ello a la princesa, que me condujo hasta la puerta, donde me esperaban las dos mujeres que me habían conducido ya a mi aposento.


Me despedí a mi vez de ella, así como de sus dos hijos, volví a ese mismo aposento, de donde había salido una hora antes.


El diván se había convertido en un lecho. Era el único cambio que se había producido.


Di las gracias a las mujeres. Les hice comprender mediante gestos que me desvestiría sola; y ellas salieron enseguida con mil muestras de respeto que indicaban que tenían órdenes de obedecerme en todo.


Me quedé sola en aquel inmenso aposento, del que mi candela solo alcanzaba a alumbrar, al desplazarse, aquellas partes que recorría, sin iluminar nunca el conjunto. Era un juego singular de luces, que establecía una especie de lucha entre el resplandor de mi vela y los rayos de la luna, que penetraban a través de la ventana sin cortinas.


Además de la puerta por la que había entrado, y que daba sobre la escalera, había otras dos en la habitación; pero unos enormes cerrojos, puestos en estas puertas, y que se cerraban por dentro, bastaban para tranquilizarme.


Fui a ver la puerta de entrada. También esta, como las otras, contaba con sus medios de defensa.


Abrí la ventana, que daba sobre un precipicio.


Comprendí que Gregoriska había elegido aquella habitación a conciencia.


De vuelta, por fin, a mi diván, encontré sobre una mesita puesta junto a la cabecera de mi cama una esquela doblada.


La abrí y leí en polaco:


Dormid tranquila; no tenéis nada que temer mientras permanezcáis en el interior del castillo. 
—Gregoriska

Seguí el consejo que me había dado y, como la fatiga era superior a mis preocupaciones, me acosté y no tardé en quedarme dormida.