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Las campanas de Shoredan - Roger Zelazny

Ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast.

Desde una era antes de esta era estaba el muerto dominio vacío de sonido, aparte del restallar de los truenos y el espit-espit-espit de las gotas de lluvia al rebotar en la piedra de los edificios y en las rocas. 

Las torres de la Ciudadela de Rahoring seguían en pie; el gran arco, al que le habían arrancado las puertas, continuaba abierto, como una boca paralizada en un aullido de dolor y sorpresa de muerte; el campo que rodeaba el lugar se asemejaba al estéril paisaje de la luna.

El jinete siguió el Camino de los Ejércitos, que terminaba en el arco de entrada y se adentraba en la Ciudadela. Tras él quedaba una sinuosa senda que descendía y descendía y retrocedía hacia el sur y hacia el oeste. Atravesaba frígidas siluetas de niebla matutina que se aferraban, entumecidas, al oscuro terreno lleno de agujeros, igual que escuadrones de gigantescas sanguijuelas. 

La senda se curvaba en torno a las viejas torres, que seguían en pie únicamente en virtud de los encantamientos que pesaban sobre ellas desde tiempos pasados. Negras e impresionantes, muy elevadas y perfiladas en la claridad de una pesadilla, las torres y la Ciudadela eran las últimas prolongaciones visibles del carácter de su fallecido constructor: Ho-horga, Rey del Mundo.

El jinete, el jinete de las botas verdes que no dejaba huellas al andar, debió sentir parte del siniestro poder que aún quedaba en el lugar, porque se detuvo y permaneció en silencio, contemplando largo rato las rotas puertas y las altas almenas. Luego dijo una palabra a la negra criatura parecida a un caballo que era su montura, y avanzó lentamente.

Al acercarse, vio que algo se movía en las sombras del arco de entrada.

Él sabía que ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast...

La batalla había ido bien, teniendo en cuenta el número de defensores.

El primer día, los emisarios de Lylish se acercaron a los muros de Dilfar, solicitaron parlamento, pidieron la rendición de la ciudad y obtuvieron una negativa. Siguió una breve tregua para permitir el combate entre Lance, el Segundo de Lylish, y Dilvish, llamado el Maldito, Coronel del Oriente, Libertador de Portaroy, vástago de la Casa Elfa de Selar y de la Casa Humana eliminada.

La lid duró menos de un cuarto de hora, hasta que Dilvish, cuya herida en la pierna provocó su caída, arremetió con la punta de su espada sin dejar de protegerse con el escudo. La armadura de Lance, considerada invencible, cedió entonces, porque el arma de Dilvish golpeó uno de los dos dibujos del peto, los que tenían forma de hendidas marcas de casco. 

Los soldados murmuraron que esas marcas no estaban allí anteriormente e intentaron hacer prisionero al coronel. Pero el caballo de Dilvish, que permanecía apartado cual estatua de acero, fue en su auxilio de nuevo y lo condujo a la seguridad de la ciudad.

El asalto se inició entonces, pero los defensores estaban preparados y defendieron bien los muros. Dilfar estaba perfectamente fortificada y provista. Combatiendo en posición de fuerza, los defensores lanzaron enorme destrucción sobre los hombres del Occidente.

Al cabo de cuatro horas, el ejército de Lylish se retiró con los enormes arietes que no había podido usar. Los soldados del Occidente iniciaron la construcción de plataformas de asalto mientras aguardaban la llegada de catapultas de Bildesh.

En los muros de Dilfar, en lo alto del Torreón de las Águilas, dos hombres observaban.

—No irá bien, lord Dilvish —dijo el rey, que se llamaba Malacar el Poderoso, aunque su estatura era escasa y sus años abundantes—. Si completan las torres que caminan y traen catapultas, nos atacarán desde lejos. No podremos defendernos de eso. Luego las torres se pondrán en marcha, cuando estemos debilitados tras el bombardeo.

—Es cierto —dijo Dilvish.

—Dilfar no debe caer.

—No.

—Hemos pedido refuerzos, pero se hallan a muchas leguas de distancia. Nadie estaba preparado para el asalto de lord Lylish, y pasará mucho tiempo antes de que se reúnan tropas suficientes y acudan a la batalla.

—Eso también es cierto, y por entonces podría ser demasiado tarde.

—Afirman algunos que sois el mismo lord Dilvish que liberó Portaroy hace largo tiempo.

—Soy ese Dilvish.

—Si es así, aquel Dilvish era de la Casa de Selar de la Espada Invencible.

—Sí.

—¿También es cierto, pues, lo que se dice de la Casa de Selar y de las campanas de Shoredan en Rahoringhast?

Malacar desvió la mirada mientras lo preguntaba.

—Eso no lo sé —dijo Dilvish—. Jamás he intentado despertar a las legiones malditas de Shoredan. Mi abuela me explicó que sólo dos veces en todas las épocas del Tiempo se ha hecho eso. También lo he leído en los Libros Verdes del Tiempo del alcázar de Mirata. Pero no lo sé.

—Sólo a un miembro de la Casa de Selar responderán las campanas. De lo contrario oscilan sin hacer ruido, se dice.

—Eso se dice.

—Rahoringhast se halla lejos, al norte y al este, y penoso es el camino. Pero con una montura como la vuestra se puede hacer el recorrido, conseguir que suenen las campanas, convocar a las legiones malditas. Se dice que esas legiones acompañarán a la batalla a un miembro de Selar.

—Cierto, también yo he pensado en ello.

—¿Podéis intentarlo?

—Sí, señor. Esta noche. Ya estoy preparado.

—Arrodillaos pues y recibid mi bendición, Dilvish de Selar. Supe que erais él en cuanto os vi en el campo ante estos muros.

Y Dilvish se arrodilló y recibió la bendición de Malacar, llamado el Poderoso, Señor del Dominio Oriental, cuyo reino abarcaba Dilfar, Bildesh, Maestar, Mycar, Portaroy, Princeaton y Poind.

El camino era difícil, pero el transcurso de leguas y horas se asemejaba al movimiento de las nubes. La puerta occidental de Dilfar tenía en la parte interior una salida más pequeña, una puerta que permitía el paso de un hombre, claveteada y con ranuras para disparar flechas.

Cual postigo al viento, esa puerta se abrió y se cerró. Agazapado, a lomos de un fragmento de la noche, el coronel cruzó la abertura y corrió por la llanura, entrando un instante en los lindes del campamento enemigo.

Hubo un grito mientras Dilvish pasaba, y resonaron armas en la oscuridad.

Brotaron chispas de desherrados cascos de acero.

—¡Toda la velocidad a tu disposición, Black, mi montura!

Cruzó el lugar del campamento y se alejó antes de que la primera flecha estuviera dispuesta en su arco.

En lo alto de la colina, hacia el este, una pequeña hoguera tremolaba al viento. Estandartes, montados en altos palos, aleteaban en la noche; estaba demasiado oscuro para que Dilvish leyera los emblemas, pero sabía que se hallaban ante las tiendas de Lylish, Coronel del Occidente.

Dilvish pronunció las palabras en el lenguaje de los malditos, y al pronunciarlas los ojos de su montura brillaron como ascuas en la noche. La pequeña hoguera de la cumbre de la colina, una gran fronda de llamas, se alzó hasta la altura de cuatro hombres. Pero no alcanzó la tienda. Y después no hubo ninguna hoguera, sólo las brasas de todos los leños consumidos en un instante.

Dilvish siguió cabalgando, y los cascos de Black produjeron iluminación en la ladera.

Persiguieron a Dilvish solamente un rato. Después el coronel se alejó solitario.

Toda esa noche cabalgó cruzando parajes de roca. Siluetas se alzaron y cayeron ante él, igual que tambaleantes gigantes sorprendidos en plena borrachera. Dilvish se notó lanzado, en innumerables ocasiones, por vacuo aire, y al mirar hacia abajo en tales momentos, sólo vio vacuo aire.

Con la mañana llegó la nivelación del camino, y el distante borde de la Llanura Oriental quedó primero ante Dilvish, luego bajo él. Comenzó a dolerle la pierna debajo de la ropa, pero él había vivido en las Casas de Dolor diez veces más que las vidas de los hombres, y apartó la sensación de sus pensamientos.

Cuando el sol se alzó sobre el irregular horizonte a su espalda, Dilvish hizo un alto para comer y beber, para estirar las piernas.

Luego vio en el cielo las siluetas de nueve palomas negras que debían circundar el mundo eternamente, sin posarse jamás, para ver todas las cosas del mar y la tierra pasando sobre ellas.

—Un augurio —dijo Dilvish—. ¿Es un buen augurio?

—No lo sé —replicó la criatura de acero.

—Entonces apresurémonos a saberlo.

Dilvish montó de nuevo.

Durante cuatro días atravesó la llanura, hasta que las onduladas hierbas amarillas y verdes quedaron atrás y el terreno se extendió arenoso ante el jinete.

Los vientos del desierto le hirieron los ojos. Dispuso su pañuelo a modo de embozo, pero no pudo frenar la totalidad del asalto. Para toser y escupir tenía que bajar el pañuelo, y la arena penetraba nuevamente. Parpadeó y sintió arder su cara, y maldijo, pero ningún hechizo conocido podía dejar el desierto entero como un tapiz amarillo, liso y sin arrugas bajo él. Black era un viento contrapuesto, y los vientos del territorio se apresuraron a combatir su paso.

El tercer día en el desierto, un loco ser voló invisible y disparatado detrás de Dilvish. Ni siquiera Black logró dejarlo atrás, y la criatura hizo caso omiso de las más inmundas imprecaciones en mabrahoring, el lenguaje de demonios y malditos.

Al día siguiente, más criaturas se unieron a la primera. No cruzaron el círculo protector donde Dilvish reposaba, pero llenaron de chillidos sus sueños —fragmentos sin sentido en una decena de idiomas— y perturbaron su descanso.

El jinete los dejó atrás al dejar el desierto. Los dejó atrás al entrar en el territorio de piedra, rebordes, guijos, oscuros estanques y siniestras aberturas en la tierra donde brotaban los vahos de los infiernos.

Dilvish había llegado a la frontera de Rahoringhast.

Un territorio húmedo y gris, por todas partes.

Había niebla en algunos puntos, y el agua rezumaba de las rocas, surgía del suelo.

No había árboles, arbustos, flores, hierba... Ningún pájaro cantaba, ningún insecto zumbaba... Ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast.

Dilvish siguió cabalgando y atravesó las quebradas fauces de la ciudad.

El interior era sombras y ruina.

El jinete prosiguió por la Senda de los Ejércitos.

En silencio estaba Rahoringhast, una ciudad de los muertos.

El lo percibió, no como el silencio de la nada, sino como el silencio de una paralizada presencia.

Sólo las hendidas patas de acero sonaban en la ciudad.

No había ecos.

Sonido... Nada. Sonido... Nada. Sonido...

Fue como si algo invisible se desplazara para absorber cualquier evidencia de vida en cuanto se manifestaba mediante el ruido.

Rojo era el palacio, igual que ladrillos recién sacados del horno y enrojecidos por el temple de su fabricación. Pero los muros eran uniformes. Ninguna juntura, ninguna división en la capa de rojo. Una construcción sólida, imponderable, de amplia base, y con sus trece torres alcanzaba más altura que cualquier edificio visto por Dilvish, aunque él había morado en el mismo torreón de Mirata, donde los Señores de la Ilusión dominaban, retorciendo el espacio a su voluntad.

Dilvish desmontó y contempló la enorme escalera que se alzaba ante él.

—Nos orientaremos dentro de eso.

Black inclinó la cabeza y tocó el primer escalón con su casco. Brotó fuego de la piedra. El caballo de acero retiró la pata y el humo formó rizos en ella. No quedó señal en la escalera indicativa del punto de contacto.

—Temo no poder entrar en este lugar y conservar mi forma —afirmó Black—. Como mínimo, mi forma.

—¿Qué te lo impide?

—Un antiguo encantamiento para defender este lugar del asalto de cualquiera como yo.

—¿Puede deshacerse?

—No por ninguna criatura que ande en este mundo o vuele sobre él o se retuerza bajo él, o yo soy un caballo. Aunque un día los mares suban y cubran la tierra, este lugar existirá en el fondo. Fue arrancado del Caos por el Orden en los tiempos en que estas normas dominaban el territorio pelado, al otro lado e las montañas. Quienquiera que fuera el causante, fue uno de los Primeros, y poderoso incluso desde el punto de vista del Poderoso.

—En ese caso debo continuar solo.

—Tal vez no. Se acerca alguien ahora mismo al que será mejor que aguardes y escuches.

Dilvish aguardó, y un solitario jinete salió de una distante calle y avanzó hacia los recién llegados.

—Saludos —dijo el jinete con la mano derecha levantada, abierta.

—Saludos. —Dilvish hizo el mismo gesto.

El jinete desmontó. Su vestimenta era de color violeta oscuro, la capucha echada hacia atrás, la capa tapándole por completo. No llevaba armas visibles.

—¿Qué hacéis aquí ante la Ciudadela de Rahoring? —preguntó.

—¿Qué hacéis vos preguntándome, sacerdote de Babrigore? —dijo Dilvish, y no apremiantemente.

—Paso el tiempo de una luna en este lugar de muerte, para extenderme en los hábitos del mal. Es para prepararme como superior de mi templo.

—Sois joven para ser rector de un templo.

El sacerdote se encogió de hombros y sonrió.

—Pocos vienen a Rahoringhast —observó.

—No es muy extraño —replicó Dilvish—. Confío en no quedarme mucho tiempo.

—¿Pensabais entrar en este... lugar? —El sacerdote señaló el palacio.

—Pensaba, y pienso.

El hombre era media cabeza más bajo que Dilvish, y era imposible conjeturar su silueta bajo la ropa que lucía. Sus ojos eran azules y su tez morena. Un lunar en su párpado izquierdo danzaba cuando pestañeaba.

—Permitidme rogaros que reconsideréis esta acción —dijo—. Sería imprudente entrar en este edificio.

—¿Por qué?

—Se dice que el interior continúa vigilado por los antiguos guardianes de su señor.

—¿Habéis estado dentro alguna vez?

—Sí.

—¿Os causó molestias algún antiguo guardián?

—No, pero al ser sacerdote de Babrigore me hallo bajo la protección de... de... Jelerak.

Dilvish escupió.

—Ojalá le arranquen la carne de los huesos y conserve la vida.

El sacerdote bajó los ojos.

—Aunque él luchó contra la criatura que habitaba en este lugar —dijo Dilvish—, después se volvió tan inmundo como ella.

—Muchos de sus actos son igual que manchas en la tierra —repuso el sacerdote—, pero él no fue siempre así. Era un auténtico mago que opuso sus poderes a los del Siniestro, en una época en que el mundo era joven. No estaba bastante capacitado. Cayó. El Maléfico lo usó como siervo. Durante siglos soportó ese cautiverio, hasta que la esclavitud lo transformó, tal como debía ser. También él alcanzó la gloria con métodos siniestros. Pero después, cuando Selar el de la Espada Invencible compró la vida de Hohorga con la suya, Jel... él cayó como si estuviera muerto y así permaneció durante una semana. Próximo al delirio, al despertar, recurrió a un contraencantamiento en un último acto de revocación: liberar a las legiones malditas de Shoredan. Lo probó. Lo hizo. Permaneció en esta misma escalera durante dos días y dos noches, hasta que la sangre se mezcló con el sudor de su frente, pero no consiguió romper el influjo de Hohorga. Aun estando muerto, la siniestra fuerza era tremenda para él. Luego vagó enloquecido por el territorio, hasta que fue recogido y atendido por los sacerdotes de Babrigore. Después volvió a los hábitos que había aprendido, pero siempre ha mostrado una amable disposición hacia la Orden que lo atendió. Jamás nos ha pedido nada. Nos ha enviado alimentos en tiempos de hambre. No habléis mal de él en mi presencia.

Dilvish escupió de nuevo.

—Ojalá se pudra en la oscuridad de las oscuridades por los siglos de los siglos y ojalá su nombre sea maldito por siempre. El sacerdote apartó la mirada del repentino fulgor en los ojos de Dilvish.

—¿Qué pretendéis hacer en Rahoring? —preguntó por fin. —Entrar... y hacer algo. Si debéis hacerlo, os acompañaré. Tal vez mi protección se extienda también a vos.

—No he solicitado vuestra protección, sacerdote.

—No es preciso solicitarla.

—Perfectamente. Venid conmigo en ese caso.

Empezó a subir la escalera.

—¿Qué es eso que montáis? —inquirió el sacerdote mientras señalaba hacia atrás—. Igual que un caballo por su forma, pero ahora es una estatua.

Dilvish se echó a reír.

—También yo sé algo de los métodos siniestros, pero mis relaciones son particulares.

—Ningún hombre puede tener relaciones especiales con lo siniestro.

—Podéis decir eso a un morador de las Casas de la Llanura, sacerdote. A una estatua. ¡A alguien que pertenezca totalmente a la raza de los hombres! Pero no a mí.

—¿Cómo os llamáis?

—Dilvish. ¿Y vos?

—Korel. No os hablaré más de lo siniestro, Dilvish, pero a pesar de todo entraré con vos en Rahoring.

—En ese caso no sigáis hablando. —Dilvish se volvió y continuó subiendo.

Korel le siguió.

A medio camino, la luz que les rodeaba empezó a apagarse. Dilvish miró hacia atrás. Sólo pudo ver la escalera que bajaba y bajaba. No había nada en el mundo aparte de escalones. Un paso más hacia arriba, y la oscuridad aumentó.

—¿Ocurrió esto cuando entrasteis aquí la última vez? —preguntó Dilvish.

—No —dijo Korel.

Llegaron a lo alto de la escalera y vieron el nebuloso portal. Por entonces parecía como si la noche cubriera la tierra.

Entraron.

Un sonido, como de música, llegaba de muy lejos, y en el interior había una luz fluctuante. Dilvish puso la mano en el pomo de su espada.

—No os servirá de nada —musitó el sacerdote.

Recorrieron el pasadizo y llegaron por fin a una vacía sala. Varios braseros vertían llamas en los elevados huecos de las paredes. El techo se perdía en la penumbra y el humo.

Cruzaron esa sala hasta el punto donde una amplia escalera conducía a una llamarada de luz y sonido.

Korel miró atrás.

—Empieza con la luz —dijo el sacerdote—, toda esta novedad. —Señaló—. El pasillo exterior sólo contenía escombros y... polvo...

—¿Y cuál es el problema aparte de eso? —Dilvish volvió también la cabeza.

Sólo una hilera de pisadas recorría el polvo hacia la sala. Dilvish se echó a reír.

—Camino con suavidad —dijo.

Korel le contempló. Luego parpadeó y su lunar se agitó sobre el ojo.

—Cuando entré aquí anteriormente —dijo el sacerdote—, no había sonidos, ninguna antorcha. Todo estaba vacío y silencioso, destrozado. ¿Sabéis qué ocurre?

—Sí —repuso Dilvish—, porque lo leí en los Libros Verdes del Tiempo y en el torreón de Mirata. Debéis saber, oh sacerdote de Babrigore, que en la sala superior los fantasmas juegan a ser fantasmas. Debéis saber, igualmente, que Hohorga muere una y otra vez mientras yo estoy aquí dentro.

Al pronunciar el nombre Hohorga, se oyó un fuerte grito en la elevada sala. Dilvish corrió escaleras arriba, con el sacerdote detrás.

De entre los muros de Rahoring brotaba un potente gemido.

Se detuvieron al final de la escalera, Dilvish como una estatua, con la espada medio desenvainada, Korel con las manos metidas en las mangas, rezando según la norma de su orden.

Los restos de un gran festín se hallaban dispersos por toda la sala. La luz procedía de arriba, de unos globos de colores que daban vueltas como planetas bajo la gran pintura celeste del abovedado techo. 

El trono que ocupaba el estrado junto a la pared más alejada estaba vacío. Ese trono era demasiado grande para que alguien de la época lo ocupara. Las paredes estaban totalmente cubiertas de antiguos emblemas, muy extraños, sobre losas de mármol donde alternaban el blanco y el anaranjado. 

En las columnas de la pared había gemas del tamaño de puños cerrados, de ardiente amarillo y esmeralda, infrarrubí y ultra-azul que despedían un ígneo brillo, transparente e iluminador hasta los escalones del trono. 

El pabellón del trono era amplio y de oro blanco, trabajado a la manera de sirenas y arpías, delfines y serpientes con cabeza de cabra; estaba sostenido por dragones alados, grifos y pegasos sentados y erguidos. Pertenecía al ser que agonizaba en el suelo.

Con forma de hombre, aunque media talla más alto, Hohorga yacía en las baldosas de su palacio y sus intestinos llenaban su regazo. Lo atendían tres miembros de su guardia, mientras el resto se ocupaba del asesino. Se decía en los Libros del Tiempo que Hohorga el Maléfico era indescifrable. Dilvish comprobó que ello era cierto y falso al mismo tiempo.

Hohorga era hermoso y noble de facciones; pero tan cegadoramente hermoso era que todos los ojos se apartaban de aquel semblante arrugado entonces por el dolor. Un tenue halo azulado decrecía alrededor de sus hombros. Incluso con el dolor de la muerte Hohorga era tan frío y perfecto como una piedra preciosa tallada, dispuesta sobre el cojín verdirrojo de su sangre; la suya era la hipnótica perfección de una serpiente multicolor. 

Se dice que los ojos no tienen expresión propia, y que nadie puede meter la mano en un barril de ojos y separar los de un hombre encolerizado o los de un ser querido. Los ojos de Hohorga eran los de un dios arruinado: infinitamente tristes, tan altivos como un océano de leones.

Una sola mirada y Dilvish comprobó ese detalle, aunque no logró adivinar el color de los ojos.

Hohorga era de la sangre del Primero.

Los guardias habían arrinconado al asesino. El combatía, al parecer con las manos vacías, pero parando y asestando golpes como si aferrara una espada. Cuando su mano se movía, había heridas.

El asesino esgrimía la única arma capaz de herir al Rey del Mundo, que no toleraba armas en su presencia, salvo a su guardia.

Llevaba la Espada Invisible.

Era Selar, primero de la casa elfa de ese nombre, finado gran señor de Dilvish, que en ese momento gritó su nombre.

Dilvish sacó la espada y cruzó corriendo la sala. Arremetió contra los atacantes, pero su hoja los atravesó como si fueran de humo.

Superaron la posición de guardia de Selar. Un potente golpe lanzó despedido algo invisible que resonó en la sala. Luego despedazaron al vencido, poco a poco, a Selar de Shoredan, mientras Dilvish lloraba y observaba.

Y entonces habló Hohorga, con una voz firme aunque suave, sin inflexión, igual que el constante batido de la marea o cascos de caballos.

—He sobrevivido al que presumía de haberme vencido, como debe ser. Sabed que está escrito que jamás ojo alguno vería la espada capaz de herirme. Los poderes tienen sus bromas. Mucho de lo que he hecho permanecerá siempre así, oh hijos de los Hombres, Elfos y Salamandras. Me llevo de este mundo, al silencio, mucho más de lo que sabéis. Habéis vencido a lo que era más grande que vosotros mismos, pero no os enorgullezcáis. Eso ha dejado de importarme. Nada me importa. Mis maldiciones para vosotros.

Aquellos ojos se cerraron y hubo el estampido del trueno.

Dilvish y Korel estaban solos en las ensombrecidas ruinas de una gran sala.

—¿Por qué apareció hoy esto? — preguntó el sacerdote.

—Cuando uno de la sangre de Selar entra aquí — dijo Dilvish — la escena vuelve a realizarse.

—¿Para qué habéis venido aquí, Dilvish, hijo de Selar?

—Para tocar las campanas de Shoredan.

—Imposible.

—Si debo salvar Dilfar y liberar de nuevo Portaroy, ha de hacerse.

«Voy a buscar las campanas ahora mismo. »

Atravesó la casi negrura de noche sin estrellas, porque sus ojos no eran los ojos de los Hombres, y estaba acostumbrado a mucha oscuridad.

Oyó que el sacerdote le seguía.

Pasaron por detrás de la destrozada mole del trono del Señor de la Tierra. De haber habido suficiente luz, habrían visto que los puntos oscuros del suelo se convertían en manchas, luego adoptaban el tono tostado de la arena y un color verdirrojo de sangre al acercarse Dilvish, para esfumarse de nuevo al alejarse.

Detrás del estrado estaba la puerta de la torre central. Fevera Mirata, Reina de la Ilusión, había mostrado una vez esta sala a Dilvish en un espejo del tamaño de seis jinetes en línea, un espejo bordeado por un marco de atrompetados narcisos de oro que ocultaron sus cabezas hasta que no hubo más reflejo que el de ellos mismos.

Dilvish abrió la puerta y se detuvo. Ondulante humo le envolvió. Sufrió un ataque de tos, pero se mantuvo en guardia.

—¡Es el Guardián de las Campanas! — exclamó Korel — . ¡Que Jelerak nos libre!

—¡Maldito Jelerak! — dijo Dilvish — . Me basto para librarme.

Pero al hablar, la nube formó un remolino y dando vueltas se transformó en una reluciente torre que guardaba la entrada, iluminando el trono y los puntos próximos. Dos ojos rojos centelleaban en el humo.

Dilvish pasó su espada una y otra vez a través de la nube, sin encontrar resistencia.

—Si continúas incorpóreo, pasaré a través de ti —anunció Dilvish—. Si adoptas una forma, te haré pedazos. Elige—y dijo todo ello en mabrahoring, el lenguaje que se habla en el Infierno.

—Libertador, Libertador, Libertador —silbó la nube—, mi predilecto, Dilvish, criaturilla de garfios y cadenas. ¿No conoces a tu amo? ¿Tan corta es tu memoria?

Y la nube se deshizo y se convirtió en una criatura con cabeza de ave, las patas traseras de un león y dos serpientes brotando de los hombros que se retorcían y reaparecían en la alta cresta de llameantes plumas.

—¡Cal-den!

—Sí, tu antiguo atormentador, hombre Elfo. Te he echado de menos, pocos abandonan mis cuidados. Era hora de que volvieras.

—Esta vez —dijo Dilvish— no estoy encadenado ni desarmado, y nos encontramos en mi mundo. —Y arremetió con su espada, arrancando la cabeza de serpiente del hombro izquierdo de Cal-den.

Un penetrante chillido de pájaro llenó la sala y Cal-den atacó.

Dilvish le golpeó el pecho, pero la hoja rebotó y sólo dejó un minúsculo corte del que fluyó un claro licor.

Cal-den lanzó a Dilvish contra el estrado, agarró la espada con su negra zarpa, la partió y levantó el otro brazo para derribarle. Dilvish atacó con lo que quedaba del arma, veinte centímetros de mellada hoja.

La punta alcanzó a Cal-den bajo la quijada, penetró y quedó allí, con la empuñadura arrancada de la mano de Dilvish mientras el torturador agitaba la cabeza y rugía.

Después Dilvish fue cogido por la cintura, de tal forma que sus huesos se afligieron y crujieron. Se sintió levantado en el aire, y la serpiente desgarró su oreja y las garras pincharon sus costados. El rostro de Cal-den se alzó hacia la víctima, con la empuñadura de la espada igual que una barba de acero.

Acto seguido lanzó a Dilvish al otro lado del estrado, como si quisiera aplastarlo contra las baldosas del suelo.

Pero el portador de las verdes botas de la Tierra Elfa no podía ser lanzado al suelo o caer de otra forma que no fuera de pie.

Dilvish se recobró, pero el choque de la caída le produjo dolor en la herida del muslo. Su pierna cedió, de modo que tuvo que apoyarse en una mano.

Cal-den saltó sobre él y le golpeó dolorosamente en la cabeza y los hombros. Desde alguna parte, Korel lanzó una piedra que alcanzó la cresta del demonio.

Dilvish retrocedió tambaleante, hasta que su mano topó con un objeto entre los escombros, un objeto que hacía sangrar.

Una espada.

Dilvish asió el puño y lo alzó del suelo asestando un golpe de costado que alcanzó a Cal-den en la espalda, dejándolo paralizado en un aullido capaz de reventar los tímpanos a cualquiera que lo oyera. Brotó humo de la herida.

Dilvish se levantó y vio que no tenía nada en la mano.

Entonces supo que la espada de su antepasado, el arma que ojo alguno podía ver, le había llegado de entre las ruinas, donde había permanecido siglos, para ayudarle como vástago de la Casa de Selar en ese momento de apuro.

Dilvish la dirigió hacia el pecho de Cal-den.

—Conejo mío, estás desarmado y sin embargo me has herido —dijo la criatura—. Ahora volveremos a las Casas del Dolor.

Ambos se lanzaron hacia delante.

—Siempre supe —dijo Cal-den— que mi pequeño Dilvish era un poco especial —y cayó al suelo con enorme estrépito y el humo brotó de su cuerpo.

Dilvish puso el pie en el cadáver y arrancó la espada, perfilada por humeante licor.

—A ti, Selar, te debo esta victoria —dijo, y alzó un trozo de humeante nada a modo de saludo. Después envainó la espada.

Korel estaba junto a él. Vio que la criatura que estaba a sus pies se esfumaba como ascuas y hielo, dejando un hedor sumamente repugnante.

Dilvish condujo de nuevo al sacerdote a la puerta de la torre y ambos entraron, Korel siempre junto al Maldito.

El roto tirador estaba a los pies de Dilvish. Se convirtió en polvo en cuanto lo tocó con la punta del pie.

—Se dice —explicó a Korel— que el tirador de las campanas se rompió en las manos del último que lo usó, hace media eternidad.

Alzó los ojos, y sólo había oscuridad en lo alto.

—Las legiones de Shoredan partieron para asaltar la Ciudadela de Rahoring —dijo el sacerdote, como si leyera en un viejo pergamino— y la noticia de su movimiento no tardó en llegar al Rey del Mundo, que realizó un encantamiento con tres campanas fundidas en Shoredan. Al tañer estas campanas, una gran niebla surgió en el territorio y envolvió a las columnas de marchantes y jinetes. La niebla se dispersó con el segundo tañido de las campanas, y el territorio apareció vacío de tropas. Más tarde, Merde, Mago Rojo del Sur, escribió que estos marchantes y jinetes todavía avanzan en alguna parte, atravesando regiones de eterna niebla. 

«Si estas campanas vuelven a ser tocadas por una mano de la misma Casa del ejecutor del encantamiento, esas legiones saldrán de la niebla para servirle durante algún tiempo en batalla. Pero cuando hayan cumplido, desaparecerán de nuevo en los parajes de lobreguez, donde continuarán su marcha en un Rahoringhast que ya no existe. ¿Es posible liberarlas para que descansen? No lo sabemos. Alguien más poderoso que yo lo ha probado y ha fracasado.»

Dilvish inclinó la cabeza un momento y después palpó las paredes. No eran como las exteriores. Estaban formadas por bloques del mismo material, y entre dichos bloques había exiguas grietas para proporcionar punto de apoyo a los dedos.

Dilvish dio un salto e inició el ascenso. Las blandas botas verdes encontraron soportes en cualquier lugar que tocaban.

El ambiente era caluroso y viciado. Rociadas de polvo caían sobre Dilvish en cuanto levantaba el brazo por encima de la cabeza.

Continuó subiendo, hasta contar cien movimientos, y se rompió las uñas de las manos. Luego se aferró a la pared como una lagartija, para descansar, y notó los dolores de su último combate, ardientes como soles en su interior.

Dilvish respiró el fétido aire y la cabeza le dio vueltas. Pensó en la Portaroy que había liberado en otra época, hacía mucho tiempo, la ciudad amistosa, el lugar donde le habían festejado, el territorio que le había necesitado con tanta fuerza como para librarle de las Casas del Dolor y romper la presa de piedra que agobiaba su cuerpo. Y pensó en la Portaroy en manos del Coronel del Occidente, y pensó en Dilfar que se resistía a Lylish, capaz de llevarse por delante los bastiones del Oriente.

Dilvish siguió subiendo.

Su cabeza tocó el borde metálico de una campana.

Se puso encima, apoyándose en los travesaños que acababa de ver.

Había tres campanas suspendidas de un mismo eje.

Dilvish apoyó la espalda en la pared y se agarró a los travesaños para poner los pies en la campana central.

Empujó, poniendo en tensión las piernas.

El eje protestó, crujió al frotar sus puntos de apoyo.

Pero la campana se movió, despacio. No retrocedió, empero, si no que permaneció en la misma posición después del empujón.

Tras lanzar una maldición, Dilvish cruzó trabajosamente los travesaños hasta el lado opuesto del campanario.

Movió el eje, y éste dio una vuelta y quedó fijo. Pero todas las campanas se desplazaron con el eje.

Nueve veces más pasó de un lado a otro, en la oscuridad, para empujar las campanas.

Por fin los movimientos fueron más suaves.

Poco a poco las campanas fueron retrocediendo al dejar de hacer fuerza con las piernas. Dilvish dio otro empujón y las campanas retrocedieron de nuevo. Siguió empujando, sin cesar.

Hubo un ligero ruido en una de las campanas cuando el badajo tocó el metal. Luego otro. Y por fin una campana sonó.

Dilvish dio patadas cada vez más fuertes, y las campanas oscilaron libremente y llenaron la torre con un repiqueteo que hizo vibrar las raíces de los dientes del Maldito e inundaron de dolor sus oídos. Una tormenta de polvo cayó sobre él y los ojos se le llenaron de lágrimas. Tosió y cerró los párpados. Esperó a que las campanas se pararan.

Creyó oír a muchísima distancia el tenue sonido de un cuerno.

Inició el descenso.

—Lord Dilvish —dijo Korel en cuanto el Maldito llegó al suelo—, he oído sonido de cuernos.

—Sí —dijo Dilvish.

—Llevo conmigo una bota de vino. Bebed.

Dilvish se limpió los labios, escupió y dio tres generosos tragos.

—Gracias, sacerdote. Salgamos de aquí.

Atravesaron la sala de nuevo y bajaron las escaleras interiores. La sala menos espaciosa carecía de iluminación en ese momento y estaba en ruinas. Salieron, sin que Dilvish dejara huellas indicativas de adonde había ido. Y mientras bajaban los escalones la oscuridad abandonó a la pareja.

A través del grisáceo día que se aferraba al suelo, Dilvish contempló la Senda de los Ejércitos. Una intensa niebla llenaba el ambiente hasta mucho más allá de los destrozados portalones, y de la niebla brotaban las notas del cuerno y el ruido de movimiento de tropas. Dilvish casi distinguió los perfiles de las columnas de marchantes y jinetes, moviéndose sin cesar pero sin avanzar.

—Mis tropas me aguardan —dijo Dilvish en la escalera—. Gracias, Korel, por acompañarme.

—Gracias a vos, lord Dilvish. Vine a este lugar para investigar los métodos del mal. Me habéis mostrado muchas cosas que debo meditar.

Bajaron los últimos escalones. Dilvish se quitó el polvo de su ropa y montó a Black.

—Una cosa más, Korel, sacerdote de Babrigore —dijo—. Si alguna vez os encontráis con vuestro protector, que os proporcionará mucho más mal para vuestras meditaciones que el que habéis visto aquí, decidle que en cuanto todas las batallas hayan sido libradas, su estatua vendrá para matarlo.

El lunar se agitó cuando Korel parpadeó ante Dilvish.

—Recordad —replicó— que él llevó en tiempos un manto de luz.

Dilvish se echó a reír, y los ojos de su montura relucieron rojamente en la penumbra.

—¡Mirad! —dijo mientras señalaba—. ¡Ahí está vuestra señal de la bondad y la luz de él!

Nueve palomas negras daban vueltas en el cielo.

Korel bajó la cabeza y no respondió.

—Me voy ahora para ponerme al frente de mis legiones.

Black se encabritó sobre sus cascos de acero y rió al mismo tiempo que su jinete.

Y se fueron, por la Senda de los Ejércitos, dejando tras de ellos en las sombras a la Ciudadela de Rahoring y al sacerdote de Babrigore.

La Muerte de Arquímedes - Walter Erwes

 Berkeley, California, en el año 2033 d. C. 

—¿Y usted espera de este experimento unos re­sultados especiales, Jordan?

El doctor Vance no se esforzó en disimular su escepticismo.

—En efecto, los espero —replicó el profesor Robert Jordan de cara a su colega de Harvard, que echó una mirada llena de curiosidad a las hojas de eva­luación de la prueba previa.

»Mire, Vance —prosiguió Jordan—, desde que me dedico a la materialización psicosomática, nun­ca había encontrado un sujeto de experimentación con un potencial psi tan extraordinario. Como verá por los documentos, Toran Lenning posee el mayor factor mnésico que se conoce y, además, dispone de una fuerza imaginativa casi ilimitada y precisa.

El colega de Harvard parecía dudar todavía. Con gesto indeciso volvió a dejar los papeles sobre la mesa.

—No sé qué decirle, Jordan. Yo he perdido un poco la esperanza, después de realizar centenares de pruebas. Temo que siempre suceda lo mismo: el individuo sometido a experimento es sofronizado, se le inyecta la droga inhibidora y, después, viene la paulatina reanimación tras la cual el hombre nos explica, bajo hipnosis, cómo, durante el sitio de Toulon por las tropas napoleónicas, contrajo matrimonio con la hija de un pastelero, sin olvidar todos los de­talles de la noche de bodas.

—Y él mismo se asombra de esos detalles, cuando pasada la hipnosis escucha sus propias confesiones en cinta magnetofónica —le interrumpió el profesor Jordan, riendo a la vez que sacudía la cabeza—. No puede negar que estamos sólo al principio del cami­no, pero recuerde que, si bien en cuanto al tiempo dependemos totalmente del azar, ya contamos con interesantísimos conocimientos de la antigüedad. ¿Qué me dice, si no, de los descubrimientos sobre la historia de los mayas? Claro que la investigación histórica psicosomática es trabajo difícil, una especie de rompecabezas para el que hay que pescar las di­ferentes piezas en un lago gigantesco. Sin embargo, es indiscutible que estamos bien encarrilados. No olvide, además, que nuestros colegas del siglo pasa­do consiguieron únicamente unos mosaicos muy incompletos, aunque hay que tener en cuenta que ellos disponían sólo de unos hallazgos arqueológicos que ofrecían escasa garantía y, además, de unas fuentes de información poco fidedignas. Es precisamente la originalidad de nuestros resultados lo que permite que la actual investigación histórica se distinga tan­to de la del siglo XX.

El profesor Jordan se había entusiasmado ha­blando, pese a saber que, en el fondo, también Vance era un ardiente defensor de la indagación histó­rica por medio de la psicosomática. Como otros grandes descubrimientos, también el método psicosomático, que hacía revivir recuerdos históricos exac­tos en personas sometidas a hipnosis por su propia voluntad, había producido un revuelo mundial en la prensa y la televisión. 

Pero al ver que los recuer­dos explicados por las personas en estado de hipno­sis, después de permanecer adormecidas durante una o dos horas, presentaban lagunas y frecuentemente se referían a cosas que no guardaban relación con ningún acontecimiento histórico importante, el en­tusiasmo general había decaído. 

La gente estaba acos­tumbrada a leer en los periódicos, de vez en cuando, «relatos verídicos» de la época de los incas o de las guerras púnicas, pero los evidentes defectos de tales informes y su falta de coherencia hicieron que esos artículos, como había sucedido con sus predecesores científicos del siglo XX, pasaran pronto a las últimas páginas de los diarios, si no se veían limitados a ciertas publicaciones especializadas.

El profesor Jordan se inclinó un momento sobre sus papeles.

—Toran Lenning constituye una gran esperanza, Vance. Créame —continuó—, quizá sea el primer hombre capaz de describirnos de forma precisa y ordenada una vida histórica. En mi opinión, la es­casez de los resultados obtenidos hasta ahora es consecuencia de las personas de las que nos servimos. Además, nunca interrogamos a nadie por segunda vez, en estado de hipnosis...

—Lo sé, Jordan, lo sé. Es posible que, mediante un nuevo intento en el mismo individuo diésemos un paso adelante, pero las experiencias hechas con la droga inhibidora en el análisis psicohistórico nos impiden repetir el intento. Y no olvide que, por aho­ra, nadie se ha mostrado dispuesto a someterse a una segunda prueba, pese a que los sujetos de expe­rimentación no recuerdan absolutamente nada des­pués de la sesión, y sólo saben lo que nosotros les explicamos.

Vance calló.

—Tiene usted razón. Es curioso que los sujetos de experimentación no recuerden nada y, sin embar­go, parezcan algo cambiados y se resistan a respon­der luego a las más simples preguntas de control. Por cierto que Toran Lenning —agregó el profesor Jordan, levantando la cabeza con una sonrisa— ni siquiera quería prestarse a una primera prueba, a pesar de sus extraordinarias facultades. Pero al fin, entre las divergentes opiniones de padre e hija, ven­ció la ciencia en la persona del padre.

Y como fuera que el doctor Vance le miraba sin comprenderle, añadió Jordan:

—Toran Lenning es el prometido de mi hija, ¿sa­be? A Liélle, usted ya la conoce. Ahora está en Nue­va York, y me hizo prometer solemnemente que, una vez terminado el experimento, metería en el avión a Lenning. Eso significa —dijo el profesor consultan­do su reloj— que esta misma tarde, a las tres, debo llevarle al aeropuerto. Tengo sólo esta hija y, en mi condición de viudo y hombre ya viejo, me interesa mucho mantener buenas relaciones con ella.

 

Nueva York, aeropuerto Kennedy, en el año 2033 d. C.

 

La aguja del gran reloj del aeropuerto avanzó con una tenue campanada hacia las 17.30. Liélle se levantó por segunda vez y se encaminó a la recep­ción.

—Perdone que pregunte de nuevo —dijo—, pero estoy ansiosa por saber si ya tiene la lista de los pasajeros que vienen en el avión de California.

La muchacha pelirroja, sentada detrás de una pantalla de plástico, se encogió de hombros con un gesto de disculpa.

—Lo siento, señorita, pero no he recibido toda­vía información alguna. Créame que lo siento.

Tras unos instantes de vacilación, Liélle regresó a su mesa del restaurante. Nadie podía imaginarse cómo aumentaba en ella el miedo. Exteriormente reposada y tranquila, permanecía con las piernas cruzadas junto a su mesita de la terraza, aunque en su interior era cada vez más angustioso el pre­sentimiento de una desgracia que se aproximaba.

Liélle sabía, por su padre, que la materialización psicosomática producía algún cambio en toda per­sona sometida a experimentación. Le constaba, tam­bién, que los efectos de la droga inhibidora no ha­bían sido aún suficientemente estudiados. Sin embar­go, había aceptado la decisión de Toran de acceder a los insistentes ruegos del futuro suegro. 

No se ha­bía visto con ánimos, en cambio, de quedarse en Berkeley durante la prueba, como hubieran deseado su novio y su padre. Por eso se encontraba ahora en Nueva York, donde había pasado dos días de nervioso ajetreo con sus respectivas noches de insomnio en espera del momento en que Toran des­cendiera por la escalerilla del avión y la tomara en sus brazos. De aquel instante en que quedase defi­nitivamente demostrado que sus temores eran sólo fruto del agotamiento nervioso y de una fantasía demasiado viva.

Había conocido a Toran dos años antes. Exacta­mente el 23 de agosto de 2031. La acostumbrada bar­bacoa para celebrar el término del semestre univer­sitario de verano había tenido lugar en un naranjal situado al norte de Pasadena. De pronto, entre dos y tres de la madrugada, cuando la fiesta ya decaía y los escasos estudiantes que aún quedaban corrían a reunirse alrededor de los últimos fuegos, Toran apa­reció sentado a su lado en un banco de madera.

Al principio, su distracción y el modo inquieto y hasta desvalido con que reaccionaba a la conver­sación había apartado casi a Liélle, que temía en­contrarse con una actitud intelectual por parte del muchacho. En realidad no sabía aún qué la movió entonces a aceptar su invitación a dar un paseo por las calles de Pasadena a una hora tan intempestiva.

Hasta que se hizo de día anduvieron por las so­litarias calles de un barrio periférico. Arriba y aba­jo, de un lado a otro, sin fijarse en el tiempo que transcurría ni en las distancias. Y fue a aquella hora temprana, precisamente, cuando las sombrías imaginaciones y fantasías de Toran la impresionaron y confundieron.

Por eso le propuso, meses más tarde, que se so­metiera a un examen que le haría su padre y, cosa rara, él se avino sin vacilación alguna, y eso que no era partidario de las decisiones rápidas...

Liélle extrajo un cigarrillo de su pitillera y lo encendió. Al hacerlo, su mirada se posó en el techo plano del edificio del aeropuerto y, desde allí, en el horizonte, donde las siluetas de Manhattan destaca­ban claramente contra el azul del cielo.

Los dos últimos años habían sido una época de apasionado amor. Toran se le había declarado con palabras serenas y seguras, en sorprendente contraste con su comportamiento generalmente indeciso e incluso tímido frente a otras personas, y pocos me­ses más tarde también ella estaba convencida, aun­que no lo hubiera dicho, que uno había nacido para el otro.

Liélle le amó antes de darse cuenta de ello, y ahora, mientras con creciente desasosiego aguarda­ba la llegada del avión californiano, comprendió que ese terrible miedo, ese presentimiento que nada po­día apartar, era a la vez parte inherente de su amor.

 

Siracusa (Sicilia), en el año 212 a. C.

 

El día 2 de agosto del año 216 a. C. sufrieron los romanos la más grave derrota militar de toda su historia. Aníbal venció en Cannas a los cónsules Pau­lo Emilio y Terencio Varrón. De ochenta y seis mil soldados de Roma murieron cincuenta mil, entre ellos ochenta miembros del senado y el propio Pau­lo Emilio. El año siguiente —215— fue más favora­ble para los romanos. Aníbal se retiró a la Apulia y abandonó la guerra. En el año 214, el general Mar­celo se trasladó a Sicilia con una poderosa flota y comenzó el sitio de Siracusa.

La ciudad se hallaba entonces todavía en su me­jor época. Importante centro mediterráneo de co­mercio, con una población que superaba las quinien­tas mil almas y una extensión mayor incluso que la de la posterior Roma imperial, era junto a la egipcia Alejandría la más destacada urbe del mundo antiguo.

Cuando los enviados romanos fueron rechazados por Siracusa, Marcelo atacó la ciudad por tierra y mar a la vez. No obstante, al cabo de varios meses se comprobó que la superioridad numérica de los romanos y de sus aliados estaba sobradamente com­pensada por la habilidad técnica y el extraordina­rio ingenio de un hombre: el sabio griego Arquímedes, que ya contaba setenta y tres años de edad.

Lo primero que hizo Marcelo fue rodear Acradina, la bien fortificada ciudadela, con sesenta polirremes cuyas cubiertas iban repletas de honderos y arque­ros. Además preparó ocho de sus mayores navíos de guerra para el transporte de armas y máquinas para el asedio.

Pero Arquímedes supo responder a cada ataque ro­mano con sagaces disposiciones y medios. Bajo su di­rección, y según sus propios planos, se construyeron balistas y catapultas de los más diversos alcances, y la mortífera lluvia de proyectiles obligó a las poli­rremes a una rápida retirada, después de sufrir mu­chas bajas. 

Con unos maderos que podían moverse como gigantescos brazos de palanca, Arquímedes hizo caer sobre la artillería y las armas de sitio de Marcelo, todas ellas de madera, enormes piedras y pesos de plomo. De esta manera, las escaleras de asalto y las torres de los romanos quedaron ya des­trozadas antes de su llegada a las murallas. 

Las na­ves ocupadas por arqueros y soldados armados con peltas, destinados al apoyo de los legionarios que atacaban desde el mar, fueron levantados del agua mediante colosales palancas de cuyo extremo pendía un poderoso gancho de hierro, y dejadas caer de nuevo. De esta forma quedó destruida la mayor par­te de las embarcaciones, y el resto tuvo que retirarse gravemente deteriorado y con grandes pérdidas hu­manas y materiales.

Tras ocho meses de inútiles ataques, Marcelo con­virtió el asedio de la ciudad en un bloqueo por tie­rra y por mar. En la primavera del año 212 a. C., mientras los habitantes de Siracusa celebraban una fiesta en honor de Diana, Marcelo consiguió ocupar los suburbios de Tiquea y Nápoli.

La suerte de Siracusa parecía decidida.

 

—Señor, el camino del sol se hace cada día más corto. Deberías tomar ejemplo de ello y concederte más descanso al anochecer —dijo Hiescal, el númida, mirando preocupado a su amo que, sentado en un trípode, permanecía abismado en sus papiros.

—Bien sabes, señor, que yo no soy capaz de se­guir vuestros pensamientos y cálculos —agregó el númida—, pese a que llevo más de diez años a vues­tro servicio. Pero también tendrías que saber que no sólo soy leal para con usted, como corresponde a mi condición de esclavo, sino que le respeto y amo como a mi propio padre. Por lo tanto, perdone, señor, que me atreva a recordarle vuestra venerable edad.

—Calla, Hiescal, te lo ruego, y déjame solo hasta que te llame.

El anciano levantó malhumorado la vista, por unos momentos, mientras el gigantesco númida se retiraba en silencio. Luego volvió a inclinarse sobre sus rollos extendidos.

Allí arriba, en la colina que dominaba los tejados de Acradina, no se notaba en absoluto el asedio. Ni siquiera los ruidos cotidianos de la ciudad llegaban a la pequeña casa que Arquímedes habitaba con su siervo Hiescal. Transcurridos los primeros meses del sitio, en los que el sabio había sido casi el se­creto jefe de los soldados siracusanos y de sus tropas auxiliares cartaginesas, Arquímedes vivía nue­vamente retirado en su tranquilo hogar desde el co­mienzo del asedio, y de un día para otro, como quien dice, había dejado de hablarse de él. 

Llevaba una existencia tan retraída como en los años anteriores a la guerra y, aparentemente, pasaba el tiempo en­frascado en sus investigaciones. Sin embargo, tal impresión era engañosa. Y quien le hubiera conocido o tenido trato con él en otra época, se asustaría al verle ahora. Porque el viejo no era el Arquímedes de antaño, aquel sabio sereno y pacífico cuyo carác­ter más bien alegre y algo distraído sólo daba paso, muy raramente, a la excitación o incluso al empeño. 

Las personas que habían tenido relación con él en Alejandría o durante el brillante gobierno de Hierón de Siracusa, se habrían impresionado al obser­var el cambio operado en él: Arquímedes se mostraba brusco, y su modo de hablar era precipitado. Movía las manos nervioso, y gestos incontrolados acompañaban sus palabras, cuando hablaba con el criado. Igualmente ocurría que Hiescal pasaba días enteros sin oír la voz de Arquímedes. Ni un encargo; ni una orden. Nada.

El sabio permanecía la mayor parte del día —y con frecuencia también toda la noche— en el pe­queño aposento cuya ventana daba al sur, dedicado a sus cálculos, desconcertantes dibujos y proyectos de nuevas máquinas. La diferencia consistía en que no era ya el amable erudito de antes, que dibujaba sus planos y creaba sus inventos de manera casi ju­guetona y siempre jovial, sino un hombre obsesio­nado y taciturno, invariablemente inclinado sobre sus papiros y que apenas se concedía el sueño y el alimento necesarios. 

Pasaba encerrado, horas y días enteros, como si el temor de una próxima desgracia le tuviese lleno de horror. Otras veces se quedaba toda la noche en la colina, con la mirada fija en el cielo y susurrando sin cesar, a la par que sus del­gados dedos dibujaban confusas figuras en el aire.

Había días en que no pronunciaba una palabra. Se diría, entonces, inaccesible a toda emoción y a todo sonido. Luego, de repente, llamaba dos o tres veces al númida, en el espacio de una hora, para preguntar tan insistentemente por el asedio. 

Y si por fin le enviaba a la ciudad, para que se enterara de cuál era la situación real, podía suceder que, al regresar Hiescal con la cabeza llena de novedades y zumbán­dole los oídos de tantos rumores, el viejo ya no se interesara por nada o, incluso, hubiera olvidado el motivo de la bajada del esclavo a la población.

Quien le conociera antes, habría notado sin duda esta alarmante transformación. Quien estuviera fa­miliarizado con sus pensamientos de otros tiempos y pudiera adivinar los que ahora le rondaban, ha­bría sentido profundo temor y verdadera angustia. Pero nadie le conocía ya. 

De los antiguos amigos, que hubiesen podido advertir al mundo del peligro que le amenazaba en la persona del sabio anciano, no quedaba ninguno. Arquímedes les había sobrevivido a todos. Era el único, entre los grandes de otros días, que no había muerto.

El hombre se hallaba sentado en su taburete, con la cabeza apoyada en las manos. Fijos los ojos en la pared de enfrente, parecía absorto en sus pensamien­tos.

¡Qué fútiles se le antojaban aquel anochecer to­dos los descubrimientos de los que la ciencia de la épo­ca se jactaba! ¡Qué inútiles y fragmentarios! La me­cánica de Arquitas y los fenómenos astronómicos de Eudoxio y de Cnido, y hasta las leyes geométricas del gran Euclides y sus propias teorías e invenciones en el terreno de la mecánica..., ¿qué era todo eso, en comparación con el descubrimiento en cuyo um­bral él se veía? Precisamente aquel crepúsculo, a sus setenta y seis años, en el declive de la vida. 

Ar­químedes miró nervioso por encima del hombro, como si temiera sentir a sus espaldas la presencia de la muerte. ¡No, no quería morir ahora, en el mis­mísimo umbral de la verdad! No... Era de esperar que el fin no tuviera prisa y tardara todavía horas, días, meses y quizá años en llegar. Con mano tem­blorosa y rápida, el sabio comenzó a trazar figuras en un papiro limpio. Sí, ante todo necesitaba tiem­po... Pero también material y hombres. Le haría falta mucho material y muchos hombres para sus proyectos.

El pensamiento del hecho que Siracusa le hubiera bas­tado pocos meses antes, le hizo sonreír. ¡Siracusa, su ciudad natal! Arquímedes apartó de sí esas me­ditaciones. Los romanos se encontraban ante las puertas de Acradina y contaban los días y las horas de la urbe. Siracusa moriría antes que él, eso era cierto, y Roma sería dueña de Sicilia y Cartago. «Roma es la guerra y la fuerza —pensó de súbito el anciano—. Roma es brazo y es cerviz. Pero yo quiero ser la cabeza de Roma. ¡Sobre los hombros de Roma. y con su espada, quiero desquiciar el mundo!»

El propio Arquímedes se estremeció ante tales pensamientos. Su imaginación se había desbordado al soñar en lo que sería capaz de hacer con el poder romano y por el poderío de Roma. Las gigantescas catapultas y palancas ideadas meses atrás en defen­sa de Siracusa se redujeron en su mente a cosas in­significantes, a simples juguetes, en comparación con las máquinas de guerra que su fantasía iba pro­duciendo sin cesar. Sí, iría con Roma. Allí, en su co­lina de Acradina, aguardaría a sus legionarios para conquistar con ellos el mundo entero.

Un ruido tableteante asustó de pronto a Arquí­medes. Una bandada de palomas, ahuyentadas quizá por un movimiento casual en las callejuelas de la ciudad, pasó aleteando por encima de los tejados de Acradina.

«Los grises pájaros de Artemisa», pensó breve­mente.

Luego volvió a inclinarse sobre su estrecha mesa y continuó sus cálculos y proyectos cuando en el horizonte, al oeste, sobre la extensa bahía y la pen­ínsula de Magdalena, empezaba a ponerse el sol.

 

El sol estaba ya muy sumergido en el oeste cuan­do Marcelo ordenó a sus soldados que se preparasen para el ataque. El activo ir y venir de los legiona­rios fue cesando y, en el silencio que se hizo poco a poco, sólo se oyó, aquí y allá, la breve voz de un subjefe o el cortante mandato de los centuriones. 

Después de tres años de asedio y bloqueo de Sira­cusa, los soldados de Roma se disponían a conquis­tar las últimas partes de la ciudad. En cuanto el sol se pusiera —así rezaba la orden del cónsul y era también voluntad de Roma—, debían ser tomadas Ortigia y Acradina, auténtico corazón de Siracusa.

Antorus contemplaba la isla de Ortigia desde la altura del teatro griego. A la luz del crepúsculo le parecía ver brillar, en la punta del frontón del gran templo de Atenea, el escudo de oro de la diosa que tantas veces indicara a los barcos el camino del puerto. El templo de Atenea era el orgullo de Sira­cusa. 

Delante de sus impresionantes columnas dóricas, Antorus vio por primera vez a Julia. La mu­chacha ascendía las estrechas gradas que conducían al santuario, y él, llevado por un súbito impulso, la siguió. Antorus recordó la muchedumbre que le im­pedía acercarse a la esbelta joven, y cómo después, al descubrirla orando ante la diosa virgen en la som­bra del templo, quedó definitivamente prendado de ella.

Seis años hacía de eso. Julia, su esposa, que era romana, y él, el griego Antorus, se vieron obligados a abandonar la ciudad cuando el partido de los car­tagineses se hizo con el poder. A través de Tarento habían huido a Roma, y tanto esta ciudad como sus habitantes les habían acogido con afecto en una épo­ca en que ya parecía próximo su hundimiento...

Antorus cerró los ojos por un instante. Había regresado a Sicilia para verse como soldado romano y centurión ante las murallas y torres de su ciudad natal, Siracusa, y esperar la orden de ataque.

La ligera brisa procedente del mar le hizo sen­tir, de pronto, un escalofrío, por lo que se ciñó la túnica alrededor de los hombros. Al oeste, el sol aso­maba cual oscura bola de fuego por encima de la península de Magdalena, y las sombras de los árbo­les trazaban largas rayas sobre sus pies. El gran círculo del teatro yacía ya sumido en la semioscuridad cuando la fuerza de sus recuerdos condujo a Antorus nuevamente a Roma.

Ante sus ojos cerrados apareció la imagen de Julia, y el rostro dulce a la vez que orgulloso de su hermosa romana adquirió, poco a poco, una maravi­llosa claridad. Largo rato permaneció Antorus con­templando los ojos azulados de la mujer amada. Hizo luego descender y penetrar aún más la mi­rada, hasta que en el cuerpo querido descubrió, borrosa primero y luego cada vez más perfecta, su propia efigie. 

Así continuó, durante un tiempo in­calculable, fundido con el alma de la mujer romana, hasta que las fuerzas le abandonaron y la ilusión se desvaneció. Un violento dolor atravesó su corazón cuando tuvo que separarse de Julia, a la vez que renacía en él el temor a lo que las próximas horas podían traer.

Apartó las manos de sus ojos y miró a través de la extensa bahía en dirección a la isla de Ortigia. Sin embargo, el cuadro de las torres de Siracusa no logró dominar la preocupación que ceñía con cre­ciente amenaza todos sus pensamientos.

Antorus se acordó de la conversación sostenida la noche anterior con Metelo. Nunca antes había confesado sus visiones a otra persona. Pero el miedo a cualquier comentario burlón por parte del amigo había desaparecido pronto, al observar la seriedad y el interés con que Metelo le escuchaba. 

Y luego, al guardar silencio durante largo rato, el compañero nada dijo, cosa que Antorus agradeció de veras, pues en realidad tampoco había esperado respuesta. El relato del griego se había extendido a lo largo de buena parte de la noche, entre el santo y seña de los centinelas que efectuaban rondas sin cesar.

Antorus había confesado a Metelo el creciente te­mor que se iba apoderando de él desde los últimos meses del asedio: cómo, primero, empezó a marti­rizarle la crueldad externa de los combates diarios con los terribles cuadros de hombres mutilados, que habían quedado grabados de forma indeleble en su mente. 

Explicó al amigo cómo despertaba de noche, bañado en sudor y horrorizado, siempre con esas grandes y sangrientas batallas ante sus ojos. Veía espantosos campos de cadáveres y pavorosos incen­dios y ciudades que se deshacían en humo y cenizas. 

Agotado de tanta angustia, golpeaba el suelo con sus puños, para despertar, y se llevaba las manos a la frente y a los ojos, para no ver nada más, pero en­tonces llegaban las columnas de marcha de nuevos ejércitos y su duro paso era un inaguantable mar­tilleo en sus oídos.

Y cada vez había existido un pretexto y también una orden, así como una cabeza que enseñaba a los soldados cómo matar más y con mayor rapidez.

Antorus había visto cómo unos hombres se eleva­ban hacia los cielos y desde allí arrojaban fuego mortal sobre sus congéneres, y el atormentado griego había chillado y suplicado compasión a los dioses, con el único resultado que los ejércitos se hacían todavía más numerosos y las armas más terribles.

Y de nuevo se repetían el pretexto y la orden, y siempre aparecía la cabeza que indicaba a los hom­bres cómo matar aún más y con mayor rapidez.

Luego otra vez los ejércitos, más numerosos to­davía y con armas más aterradoras, y su paso re­tumbante y monótono conducía, por los campos de sus visiones, a una muerte sin remedio.

Antorus había visto bosques de los que sólo que­daban tocones reventados, y campos cuyos frutos y granos no eran ya más que ceniza gris. Había visto surgir imponentes trombas marinas que, al derrum­barse, destruían enormes barcos y arrastraban con­sigo, al fondo, el casco y la tripulación. 

Y por último vio también que en el cielo se abría una gigantesca boca de fuego y, en unos segundos, devoraba entre ardientes vaharadas de humo todos los países y las ciudades de la tierra con sus habitantes...

Y para eso, igualmente, había habido un pretexto, una orden y una cabeza que, por fin, enseñó a los hombres a matar de forma total y definitiva.

Eso era lo sucedido.

Cuando ya amanecía, Antorus le susurró al com­pañero su última visión: el pretexto y la orden de los romanos y la cabeza griega tras las murallas de Siracusa, dispuesta a instruir a los hombres de Roma.

Después Antorus calló. Todos los camaradas per­manecieron en silencio hasta que despertaron los pájaros y el ajetreo matinal del campamento les advirtió que debían regresar.

Antorus no recordaba que Metelo hubiese dicho nada durante toda la noche. Al volver juntos a sus puestos, un soldado comunicó al amigo que el gene­ral quería verle, y él, por su parte, se sumergió en la ruidosa actividad del campamento, cumpliendo sus deberes de manera mecánica...

El opaco sonido de una tuba sacó a Antorus de sus sueños. Dio media vuelta bruscamente y, mien­tras sus ojos se deslizaban una vez más sobre el teatro y la amplia bahía hasta la península de Mag­dalena, tras la cual acababa de hundirse el sol, oyó ya, en las colinas, los salvajes gritos de ataque de los legionarios, el retumbante traqueteo de los arie­tes y el metálico entrechocar de lanzas y espadas. Todavía alejado de la realidad y casi inconsciente, Antorus desenvainó su acero y corrió a reunirse con los soldados.

 

Ortigia cayó en el primer asalto de los legiona­rios y, en vista de ello, Acradina abrió sus puertas voluntariamente. Marcelo dio permiso a sus hombres para que saquearan la ciudad, aunque se afirma que lo hizo contra su voluntad. Entre el pillaje y el ensa­ñamiento del enemigo en Acradina perdió también la vida Arquímedes. 

Los relatos sobre su muerte difieren bastante unos de otros: hay quien asegura que un legionario abatió sin consideración al ancia­no que trazaba figuras geométricas en el suelo de su aposento, mientras que otros dicen que Arquí­medes fue asesinado en la calle por soldados que, al verle cargado de instrumentos matemáticos —que precisamente llevaba a Marcelo—, creyeron conse­guir un valioso botín. Cuentan que el general roma­no lamentó profundamente la pérdida del sabio, y que el nombre del gran científico proporcionó protec­ción y honor a sus parientes.

 

Nueva York, en el año 2033 A. C.

 

El altavoz anunció finalmente el aterrizaje del avión procedente de California. Liélle sintió que le abandonaban de súbito todas las angustias y preocu­paciones de las últimas horas. Se levantó en seguida, pagó y descendió la larga escalera que conducía al vestíbulo.

«¡Por fin!», pensó, y el enorme alivio hizo que se sintiera casi vacía, hueca...

La muchacha pelirroja del departamento de re­cepción le dedicó una sonrisa cuando la vio salir en dirección a la terraza, y esta pequeña prueba de simpatía y humana comprensión llenó a Liélle de maravillosa alegría y emoción.

Los primeros pasajeros bajaron la escalerilla del avión, y al fin descubrió a Toran, que descendía poco a poco las metálicas gradas y luego cruzaba el campo de asfalto.

«¡Qué delgado y pálido está! —se dijo Liélle mien­tras echaba a correr hacia el hombre amado—. ¡Pobrecito, qué mala cara tiene!»

Toran se detuvo al reconocer a su prometida. Como si una rotura de su conciencia le hubiera paralizado de repente, dio todavía unos pasos vaci­lantes para detenerse luego, perplejo, helado el co­razón. 

Y mientras Liélle le alcanzaba y, ante la leja­na expresión de su rostro, dejaba caer los brazos que había levantado impulsivamente para estrechar­se contra él, se borró de los ojos de Toran la imagen de la joven y su boca formuló despacio y balbucien­te, y luego una y otra vez, ya con seguridad aunque sin voz, el nombre de la mujer romana.